Hojita 120: Dos ltimos preceptos del Dec logo - No codiciar s

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8. Los Mandamientos
Los dos últimos preceptos, que mandan al hombre no codiciar, marcan una
grandísima diferencia entre las leyes humanas y la ley divina, a saber: • que las
leyes humanas sólo pueden obligarnos al cumplimiento externo de nuestros deberes, por el hecho mismo de que no pueden penetrar en el interior de la conciencia; • mientras que la ley divina, además, exige de nosotros castidad y rectitud pura y sincera de espíritu, porque Dios ve y juzga el fondo del corazón, y
por eso mismo puede intimarnos el cumplimiento de deberes en el foro interno
de la conciencia.
Por esta misma razón, los dos últimos preceptos del Decálogo apuntan al interior del hombre, esto es, a extirpar de raíz la motivación que el hombre tiene
para violar los demás mandamientos. De este modo la ley de Dios no sólo protege como con escudos los principales bienes que hemos recibido de Dios (la
autoridad divina de que estamos investidos en el cuarto precepto, nuestra vida
en el quinto, nuestra unión conyugal en el sexto, nuestros bienes en el séptimo y
nuestra fama en el octavo), sino que además quiere protegernos a nosotros mismos contra nuestros apetitos desordenados, para que el aguijón de las pasiones
nos moleste menos, y encontremos el modo de vivir cristianamente, guardando
los demás mandamientos.
En efecto, como enseña la Escritura, «la codicia desenfrenada es la raíz y
semilla de todos los males» (I Tim. 6 10), y quienes se dejan dominar por ella se
ven arrastrados precipitadamente a toda clase de pecados y vicios. Por eso, quien
desee observar los mandamientos anteriores de la Ley, ha de poner su primer
cuidado en no codiciar; ya que el que no codicia, contentándose con lo suyo, no
deseará lo ajeno, se alegrará de los bienes del prójimo, tributará gloria al Dios
inmortal y por todo le dará rendidas acciones de gracias, santificará el sábado,
vivirá en perpetua paz, honrará a los mayores, y a nadie, en resumidas cuentas,
perjudicará ni por obra, ni de palabra, ni de ningún otro modo.
Cada uno de estos mandamientos tiene en común con los anteriores que en parte
prohíbe y en parte manda alguna cosa: • lo que prohíbe, según lo dicho, es dar rienda
suelta a la concupiscencia desordenada, dejándose llevar por lo que ella desea; • y lo
que manda es que se mantengamos ordenada la concupiscencia, o facultad de desear
lo que no poseemos, según el criterio de la razón ilustrada por la fe.
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LOS MANDAMIENTOS
1º Precepto negativo de este mandamiento.
1º «No codiciarás» («non concupisces»).
Por concupiscencia se entiende la moción o impulso de nuestro espíritu en
virtud del cual apetecemos cosas agradables que no poseemos. Esta moción no
siempre es mala, ya que es Dios quien imprimió en nuestro ser esta facultad de
apetecer; mas por el pecado de nuestros primeros padres dicha facultad traspasó
los límites de lo lícito y quedó inclinada a apetecer lo que es contrario al espíritu
y a la razón.
Esta concupiscencia ofrece las siguientes ventajas, si va regida por la recta razón:
• ante todo, el apetecer ardientemente una cosa hace que roguemos a Dios con oraciones continuas y más fervorosas; • luego, es causa de que los dones de Dios nos
sean más apreciables, pues cuanto más vehemente es el deseo de una cosa, tanto más
la apreciamos cuando Dios nos la concede; • por último, hace que demos a Dios más
rendidas acciones de gracias, por el gozo que nos proporciona el objeto deseado.
De lo dicho, claro queda que no se prohíbe la facultad natural y moderada
de apetecer, y mucho menos el deseo espiritual de la recta razón, que nos hace
desear lo que repugna a la carne, pues a ello nos excitan las Sagradas Letras:
«Codiciad mis palabras» (Sab. 6 12); y: «Venid a mí todos los que me codiciáis» (Eclo. 24 26). Lo que se prohíbe es el uso de este apetito cuando está
desordenado, esto es, cuando carece de la debida moderación y no se contiene
dentro de los límites señalados por Dios; el cual es llamado por San Pablo concupiscencia de la carne (Gal. 5 16, 19 y 24), y es siempre pecado si va acompañado
del asentimiento de la voluntad.
Esta concupiscencia está condenada, ya porque apetece cosas malas en sí mismas,
como adulterios, embriagueces, homicidios y otros detestables pecados de esta clase; ya porque, aun cuando no sean cosas malas en sí mismas, hay alguna otra razón
por la que es pecado apetecerlas, como sucede con todas aquellas cosas que Dios y
la Iglesia nos prohíben poseer; y así, por ejemplo, no nos es lícito desear lo que
estaría mal poseer, como fue el caso, en la Ley antigua, del oro y de la plata de que
se habían hecho ídolos, y que el Señor, en el Deuteronomio, había mandado no codiciar (Deut. 7 25); y más particularmente se prohíbe esta concupiscencia viciosa
cuando las cosas apetecidas pertenecen a otros, como la casa, el siervo, la sierva,
la hacienda, la mujer, el buey, el asno y otras muchas cosas que la Ley divina prohíbe
codiciar por ser de otros; de modo que la codicia de tales cosas es mala, y se cuenta
entre los pecados más graves cuando la voluntad consiente en codiciarlas.
Por lo tanto, las palabras «no codiciarás» significan que debemos reprimir
nuestros apetitos de las cosas ajenas; pues este deseo ardiente de las cosas que
no se poseen es inmenso y nunca se sacia, según está escrito: «El avaro nunca
se hartará de dinero» (Eclo. 5 9).
Esta codicia o concupiscencia puede recaer sobre un doble objeto, que es lo que
cabalmente distingue los dos últimos preceptos del Decálogo: • puede haber una
LOS MANDAMIENTOS
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Hojitas de Fe nº 120
codicia de bienes útiles y provechosos, y ésta es la que se reprime en el décimo
mandamiento; • y puede haber una codicia o concupiscencia de bienes deleitables,
esto es, de liviandades y placeres sensibles, y ésta es la que se reprime en el noveno
mandamiento.
2º «La casa de tu prójimo, ni su siervo ni su sierva, ni su buey ni su asno,
ni cosa alguna de las que le pertenecen».
• Por «casa» se significa aquí, no sólo el lugar en que habitamos, sino toda la
hacienda, como lo indica el uso de la Sagrada Escritura (Ex. 1 21); por lo que
este precepto nos prohíbe también apetecer con codicia las riquezas y el lujo, y
tener envidia de los bienes ajenos, de su dignidad y nobleza.
• Por «buey y asno» se entienden las cosas de menor valor que la hacienda y
las riquezas, y que no nos es permitido desear si son ajenas.
• Por «siervo y sierva» entendemos tanto a los sirvientes como a las demás
clases de empleados que nuestro prójimo pueda tener, y a los que nosotros no
podemos sobornar ni seducir mediante palabras, o proyectos, o promesas o recompensas, para que dejen su servicio y se pasen al nuestro.
• Finalmente, se hace mención del «prójimo» porque el hombre suele desear
sobre todo los bienes y fincas de sus vecinos; y así la vecindad, que es parte de
la amistad, suele pasar a menudo del amor al odio por el pecado de codicia.
No se prohíbe, en cambio, desear los bienes del prójimo que éste pone en venta, pues
en ese caso no sólo no se le causa daño alguno, sino que se le favorece mucho al
permitirle sacar dinero y utilidad de lo que él vende.
3º «Ni desearás su mujer».
Al precepto de no codiciar los bienes del prójimo se añade el de no desear su
mujer, esto es, no cometer pecado alguno con mujer unida en matrimonio, y no
desearla tampoco como mujer para sí mientras estuviere casada, aunque haya
sido abandonada por su marido.
Y a la verdad, en tiempos en que se permitía el libelo de repudio (Deut. 24 1), podía
suceder fácilmente que uno tomase por esposa a la mujer repudiada por otro; mas
el Señor volvió a prohibirlo (Mt. 5 31-32), para que ni los maridos se sintieran solicitados a despedir a sus mujeres, ni las mujeres se mostrasen tan molestas y desagradables con sus maridos, que se viesen éstos como obligados a repudiarlas. Y
este pecado de desear la mujer del prójimo reviste ahora mayor gravedad, por
cuanto fácilmente se le añaden otros, como el de infidelidad, si se lleva a la práctica,
o el de desear la muerte del actual marido, etc. Es también ilícito desear la mujer
consagrada a Dios por los votos de religión.
Mas si alguien deseara contraer matrimonio con una mujer casada pensando
que es soltera, y sin abrigar la pretensión de casarse con ella aun sabiendo que
ya está casada con otro, como le sucedió a Faraón (Gen. 12 11) y a Abimelec
(Gen. 20 2 y ss.), los cuales desearon casarse con Sara pensando ambos que era
soltera, y que era hermana de Abraham y no esposa suya, ese tal así dispuesto
quedaría libre de pecado.
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LOS MANDAMIENTOS
2º Precepto afirmativo de este mandamiento.
Para mantener a raya el vicio de la concupiscencia se nos prescriben algunos
remedios relativos al pensamiento, y otros relativos a la acción.
1º Remedios relativos al pensamiento. — Consisten en considerar los males
que proceden del ardor de las pasiones:
• El primer daño que recibimos de ellas es que reina en nuestra alma el pecado con
toda su fuerza y poder. Por eso nos amonesta San Pablo: «No reine el pecado en
vuestro cuerpo mortal, de modo que obedezcáis a sus concupiscencias» (Rom. 6 12).
• El segundo daño es que de este ardor de la concupiscencia brotan como de su fuente
toda clase de pecados: el alma se deleita en juegos deshonestos y se entrega sin moderación a la diversión; el comerciante desea la falta de género y la carestía de productos, para poder vender más caros los que posee; los militares desean guerras para
poder saquear, los médicos las enfermedades, y los abogados los pleitos; algunos desean por envidia la honra y gloria de otros, no sin ofensa de la fama del prójimo, etc.
• El tercer daño está en que, por culpa de esas concupiscencias, se oscurece el recto
juicio de la razón, y obcecados los hombres con las tinieblas de sus apetitos, juzgan
honesto y bueno todo cuando codician.
• Finalmente, el brío de la concupiscencia sofoca la palabra divina, sembrada en
nuestras almas por el supremo labrador, que es Dios: «Lo que cayó sobre las espinas
–dice Nuestro Señor– significa a los que oyen la palabra, pero los afanes del siglo,
la ilusión de las riquezas y las demás concupiscencias a que dan entrada, ahogan la
palabra y no da fruto alguno» (Mc. 14 18-19).
2º Remedios relativos a la acción. — Las principales actitudes que ha de
adoptar el cristiano son:
• No poner el corazón en las riquezas, cuando Dios nos concede abundancia de
ellas (Sal. 61 11), estando dispuesto a renunciar a ellas para darnos a la perfección
y a las cosas divinas, si Dios llama a tal estado de vida.
• Emplear de buena gana el dinero en socorrer las necesidades de los pobres.
• Sobrellevar la pobreza con resignación y alegría, si Dios no nos concede abundancia de bienes y riquezas.
• Reprimir los deseos de los bienes ajenos, para lo cual ayuda mucho el desprecio
de las riquezas y la práctica de la virtud de generosidad.
• Finalmente, elevar el corazón hacia las cosas celestiales y apartarlo de los bienes
de la tierra; deseando así sobre todas las cosas el cumplimiento de la voluntad de
Dios, nuestra propia santificación, la humildad y pureza del alma, las obras espirituales e intelectuales; dejándonos guiar por la razón y por el espíritu, y siguiendo
así el verdadero camino de la vida.1
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