Ocupación de los castillos
La ocupación o la defensa de los castillos era una práctica militar habitual a finales de la Edad Media, debido
a la proliferación de los castillos y de las ciudades fortificadas y a su importancia estratégica. Aunque una
pequeña fuerza podía defender un castillo, hacía falta un importante contingente para ocuparlo. El atacante
tenía que tener un ejército lo suficientemente grande como para poder controlar el campo que rodeaba el
castillo, rechazar a cualquier tropa de auxilio y asaltar directamente la fortaleza, o al menos mantener un cerco
estrecho. Esto era muy costoso.
Al acercarse un ejército al castillo, los lugareños normalmente se refugiaban en el interior llevando con ellos
cualquier objeto de valor, sobre todo comida y armas. Sin embargo, si se esperaba que el asedio fuera muy
largo, se podía rehusar la entrada a los campesinos que no pudieran luchar para así conservar los alimentos.
Hay muchos ejemplos registrados de personas que fueron expulsadas de ciudades asediadas para preservar la
comida. Cuando el rey inglés Enrique VIII asedió la ciudad de Rouen, los defensores expulsaron a los débiles
y a los pobres para conservar la comida. Los ingleses impidieron el paso por sus líneas de estos
desafortunados. Viejos, mujeres y niños se apiñaron entre la ciudad y el ejército inglés durante meses
escarbando en busca de sobras y muriendo de inanición hasta que se negoció la rendición.
Al llegar un ejército, se podía negociar inmediatamente la posibilidad de rendición y los términos de ésta,
sobre todo si había pocos hombres en el castillo o en la ciudad. En caso de que las negociaciones fracasaran,
los atacantes sopesaban cuidadosamente la posibilidad de asaltar la fortaleza. Si se repelía un asalto rápido o
se consideraba demasiado arriesgado, los atacantes impedían la salida del castillo y comenzaban el asedio.
Una vez que la artillería del asedio había disparado a la ciudad se consideraba que el asedio había comenzado
oficialmente. En la mayoría de los casos, retirarse sin un buen motivo era inaceptable y estaba considerado
como un deshonor.
Un asedio largo era algo parecido a un evento social. El asedio de Neussn en el siglo XV, sólo duró unos
meses, pero los atacantes construyeron un largo campo que incluía tabernas y pistas de tenis. Los nobles que
tomaban parte en un asedio se acomodaban y, a menudo traían con ellos a sus esposas y familias. Los
mercaderes y los artesanos de los pueblos vecinos acudían con rapidez para instalar tiendas y ofrecer sus
servicios.
Formalidades del asedio
La realidad de la guerra durante este período era que los castillos y las ciudades casi nunca eran capturados
realmente al asalto. Los asaltos, normalmente, eran un acto de desesperación, estaban facilitados por actos de
traición o se hacían amparados en el sigilo. Un asalto costaba demasiadas vidas a menos que la plaza asediada
contara con muy pocas fuerzas. Era mucho más frecuente orquestar un asedio según las leyes predominantes
de la guerra y del honor, y ocupar el castillo con relativamente pocas bajas. Para los defensores sería una
traición rendirse sin lucha, por lo que el asedio se mantenía y se destrozaban las murallas del castillo. Si el
señor del castillo no estaba dentro, su segundo al mando, llamado castellano o alguacil, podía rendir al castillo
con honor después de muchos días si no había aparecido una fuerza de auxilio. Los castellanos a menudo
solicitaban un contrato que especificara claramente cuales eran sus obligaciones y bajo que circunstancias no
serían penalizados por rendirse.
En los raros casos en los que la posibilidad de rendición no existía o era rechazada, la política aceptada era
que tras un asalto victorioso había poco lugar para la compasión. Los soldados corrientes e incluso los civiles
presentes en el interior podían ser masacrados y el castillo o la ciudad podían ser saqueados. A los caballeros
capturados normalmente se les mantenía con vida y se les retenía para conseguir el rescate. Todos los
atacantes recibían una parte del botín. La aplicación práctica de esta política era otro aliciente para que los
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defensores negociaran la rendición tras un período razonable de asedio. El rey Enrique V de Inglaterra tomó la
ciudad de Caen en 1417 tras un largo asedio. Después permitió a su ejército saquear la ciudad de un extremo a
otro en respuesta a la obstinada resistencia de los defensores. Todos los hombres de la ciudad que no eran
sacerdotes fueron asesinados. En su siguiente parada, el castillo de Bonneville, los defensores aceptaron la
rendición y entregarles las llaves tras siete días sin recibir ayuda, aunque ambas partes sabían que no había
perspectiva de ninguna tropa de auxilio.
El Krak de Chevaliers era el más famoso de los castillos de los cruzados en Oriente Medio y todavía se
levanta imponente en la moderna Siria. Durante la era de las Cruzadas fue defendido por los caballeros
Hospitalarios y resistió más de una docena de asaltos y ataques durante cerca de 130 años, hasta que
finalmente cayó en manos de los egipcios en 1271. La historia de su captura fue inusual, pero típica, en el
sentido de que sus defensores no lucharon hasta morir.
Los árabes desestimaron un ataque contra la puerta principal del Krak des Chevaliers porque al penetrar allí
llegaban hasta una serie de pasadizos mortalmente estrechos y hasta una segunda puerta, que era incluso más
poderosa. En su lugar atacaron la muralla sur socavando la gran torre en la esquina sudoeste. Esto les permitió
entrar más allá del muro exterior. Sin embargo, antes de atacar la torre del homenaje central, que era incluso
más poderosa, intentaron una estratagema. Enviaron una paloma mensajera al castillo con un mensaje del jefe
supremo de los Hospitalarios ordenando la rendición de la plaza. Inferiores en número y sin esperanzas de
recibir ayuda, los defensores aceptaron la orden del mensaje, aunque sabían que era falso, y rindieron el gran
castillo con honor.
Excavaciones
El principal problema para ocupar un castillo o una ciudad fortificada era el superar las murallas que impedían
la entrada y protegían a los defensores. Una solución a este problema el socavar una parte de la muralla, para
derrumbarla. Esto sólo era posible antes de que los castillos tuvieran fosos, o antes de que el foso estuviera
vacío de agua. Era imposible excavar cuando la muralla estaba construida en piedra sólida.
Los excavadores primero abrían un túnel hasta la muralla y después continuaban hasta llegar a sus cimientos.
El túnel se sostenía mediante apoyos de madera que gradualmente iban soportando la carga de la muralla que
había sobre la tierra que estaba siendo excavada. En un momento convenido de antemano, se prendía fuego a
las maderas del túnel. Al arder las maderas desaparecía gradualmente la sujeción de la estructura de la muralla
y, si todo salía como había sido planeado, una parte de la muralla se venía abajo. El muro hundido creaba una
entrada para un asalto directo de los soldados al castillo.
Las excavaciones eran laboriosas y llevaban mucho tiempo. Los defensores que se daban cuenta de la
excavación del túnel reforzaban el muro amenazado con un muro auxiliar para que el derrumbamiento no
abriera totalmente las defensas. Los defensores también sabían hacer contraexcavaciones, excavando sus
propios túneles debajo de las murallas, para intentar interceptar el túnel del enemigo. Cuando se encontraban
los dos túneles se producían verdaderas batallas bajo tierra.
El asedio
El ejército atacante instalaba posiciones alrededor del castillo para evitar fugas o misiones de combate de los
soldados asediados. Los atacantes tomaban las granjas y villas cercanas. Se creaban patrullas para informar
del acercamiento de cualquier ejército de auxilio y para buscar comida. Los jefes atacantes examinaban la
situación y decidían si simplemente sometían a asedio el castillo o si se preparaban activamente para atacarlo.
Si simplemente iban a dejar que los habitantes del castillo pasaran hambre hasta llegar a la rendición, los
atacantes se concentraban en mantener a los defensores encerrados y en evitar que cualquier fuerza de auxilio
obligara a levantar el asedio. La elección de la mejor forma de atacar un castillo podría incluir cualquiera de
las siguientes opciones:
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* Excavar una parte de la muralla
* Seleccionar una división de la muralla para abrir
brecha mediante el lanzamiento de piedras (o con
cañones, aunque éstos no fueron eficaces hasta
el año 1450, cerca del final de este período).
* Seleccionar una parte de la zanja (y del foso, en caso
de que lo hubiera) para rellenarla.
* Construir torres de asalto y escaleras para subir por
las murallas.
* Seleccionar una puerta u otra parte para destrozarla
con un ariete.
La velocidad de trabajo en los preparativos del asalto era proporcional a la urgencia que había en tomar el
castillo, las perspectivas de rendición y los hombres disponibles. Si los atacantes tenían grandes suministros
de comida, no se esperaban auxilios, y los defensores parecían dispuestos a rendirse una vez que su honor
estuviera a salvo, entonces los trabajos para preparar el asalto eran poco más que un espectáculo. Si los
suministros del atacante eran escasos, la llegada de auxilio era inminente y los defensores eran obstinados,
entonces los preparativos podían llevarse a cabo día y noche.
Cuando se terminaban los preparativos, se les daba a los defensores una última oportunidad de rendirse antes
de que comenzara el asalto.
El equipo del asedio
El equipo del asedio se usaba para superar las murallas y otras defensas del castillo, para que la fuerza
superior del ejército atacante pudiera enfrentarse a los defensores con una desventaja mínima. La mayor parte
del equipo estaba diseñado para tirar abajo las murallas o abrir una brecha. A demás de la escalera simple para
subir, el equipo de asedio usado más frecuentemente durante la Edad Media incluía el lanzapiedras, la
catapulta de trayectoria plana, la torre de asedio, el ariete, y el pavise.
Una vez que se había abierto una brecha o que se había colocado una torre de asedio, una fuerza voluntaria de
soldados encabezaba el asalto. A esta fuerza se le acabó dando el nombre de la "vana esperanza", por las bajas
que se esperaba que tuvieran. Pero los componentes de esta fuerza que sobrevivían, en la victoria eran
generalmente los más recompensados con ascensos, títulos y botines.
El lanzapiedras era una gran catapulta potenciada por un contrapeso pesado, normalmente una gran caja de
rocas. Se ponía el brazo largo de lanzar debajo, contra la masa del contrapeso y se cargaba una piedra de gran
tamaño. Cuando se liberaba el brazo el fuerte peso caía, levantando el brazo de lanzamiento y disparando el
proyectil de piedra de gran tamaño en una trayectoria elevada arqueada. Los proyectiles arrojados por este
arma caían hacia abajo y su uso estaba sobre todo indicado para destruir la parte superior de las torres y las
almenas. Era difícil dañar muros totalmente verticales con el lanzapiedras, a menos que los proyectiles
cayeran justo en la parte superior del muro. Se montaba fuera del radio del alcance de los arcos y se le
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defendía de una posible misión de los defensores para quemar el arma. La catapulta era útil para destrozar
tejados de madera y a continuación prender fuego a los escombros con proyectiles incendiarios.
La catapulta de trayectoria plana era un tipo distinto de catapulta que estaba potenciado por cuerdas o tiras de
piel enrolladas. Un trinquete enrollaba a las cuerdas, tensándolas. Al aflojarse, las cuerdas giraban tirando del
brazo lanzador hacia delante. Cuando el brazo golpeaba una barra pesada que estuviera en estado de
contención, se disparaba cualquier proyectil que estuviera en el canasto al final del brazo. La barra de
contención se podía ajustar para cambiar la trayectoria del proyectil. Estas catapultas tenían una trayectoria
recta, a diferencia de la de trayectoria plana, pero podían causar el mismo daño. Solían hacer falta muchos
disparos para causar un daño apreciable en una muralla. Sin embargo, los proyectiles disparados y los
fragmentos rotos de la muralla ayudaban a rellenar la zanja, creando una pila de escombros desde la que los
atacantes podían escalar los muros.
Las torres de asedio se acercaban a las murallas y a continuación arrojaban desde ella una plancha hasta la
parte superior de la muralla. Los soldados de la torre podían avanzar entonces por la plancha y entablar la
lucha cuerpo a cuerpo con los defensores. Dicha torre solía ser enorme. Tenía que ser protegida con pieles
húmedas para evitar que la quemaran. Se movía con lentitud y dificultad, a causa de su peso. Había que
empujarla o arrastrarla hacia delante con poleas que habían sido montadas previamente con estacas cerca de la
base de la muralla del castillo. Había que preparar la tierra con anticipación, normalmente con una calzada de
tablas planas de madera encima de tierra fuertemente comprimida, para facilitar el movimiento de la torre. Un
área para la lucha, situada en la parte superior de la torre, permitía disparar a los arqueros al castillo mientras
se acercaba la torre. Los soldados montaban las escaleras dentro de la torre una vez que estaban cerca. Los
asaltos desde una torre de asedio nunca cogían por sorpresa a los defensores, a causa de toda la preparación
previa. Los defensores cogían escaleras para fortalecer la parte amenazada de la muralla o para evitar que
tiraran la plancha. Ellos intentaban luchar contra la torre según se iba acercando. Hasta el último momento del
asalto, las máquinas de guerra disparaban contra su objetivo en la muralla para dificultar los preparativos de
los defensores y su respuesta al asalto. Si el primer grupo de atacantes provenientes de la torre lograba pasar,
una corriente continua de hombres les seguía por la plancha para finalizar la ocupación del castillo.
El ariete era un gran tronco con una cabeza de hierro que estaba introducida dentro de una abertura móvil y se
hacía rodar hasta una parte de la muralla o una puerta. Una vez en la muralla se balanceaba el tronco adelante
y hacia atrás contra el muro. La fuerza de los golpes abría brecha en la placa de madera de la puerta o el muro
de piedra, creando una abertura para el ataque. La parte de arriba del ariete estaba cubierta con pieles húmedas
para evitar que ardiera. El manejo del ariete era un trabajo peligroso. Los enemigos situados arriba arrojaban
rocas de gran tamaño, agua hirviendo o aceite ardiendo sobre el ariete, con la intención de destrozarlo o de
matar a los hombres que lo manejaban. Incluso cuando se destruía un portal o un puente levadizo, había
normalmente varios rastrillos y, además, tenían que abrirse paso por la puerta. En el asedio de Tiro, durante el
invierno de 1111−1112, los defensores árabes idearon una defensa ingeniosa contra el ariete. Tiraban ganchos
con los que sujetaban el ariete y lo alejaban de la muralla. Así dificultaban continuamente su utilización.
Los arqueros atacantes y los ballesteros se refugiaban cuerpo a tierra detrás de grandes escudos de madera
llamado pavises. Una estrecha rendija para disparar, situada en la parte superior, permitía disparar a los
defensores. El rey de Inglaterra, Ricardo Corazón de León, recibió una herida mortal en el hombro por una
flecha corta lanzada por una ballesta mientras miraba desde el lateral de un pavise.
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