La oración y el invocar el nombre del Señor (6)

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Lecturas Bíblicas diarias para el mes de Junio de 2015
La oración y el invocar el nombre del Señor
(6)
Día 1 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 87
“No ceso de dar gracias por vosotros, haciendo memoria
de vosotros en mis oraciones”
(Efesios 1:16)
Orar sin cesar
El Señor nos exhorta a orar sin cesar. Él no nos hace una visita
ocasional de vez en cuando, sino que pagó un gran precio en la cruz
para poder morar continuamente en nosotros. Por tanto no tenemos
necesidad de dirigirnos a un templo o a ningún lugar especial para
orar, porque nuestro cuerpo “es el templo del Espíritu Santo” (1 Cor.
6:19). Tampoco tenemos necesidad de dirigirnos a ningún
intermediario para que Dios acepte nuestras oraciones. Nuestro Dios
desea que cada uno de nosotros desarrolle una comunión con Él, viva
y directa.
El apóstol Pablo tenía la costumbre de orar sin cesar (Efe.
1:16). Eso nos puede parecer difícil, pero como la oración es una
característica de la nueva vida que mora en nosotros, todos podemos
aprender a orar sin cesar. Es verdad que muchos cristianos pasan sus
jornadas casi sin orar y se entregan a tantas actividades que se olvidan
por completo de que el Señor vive en ellos. No obstante, esto no
debería ser así. Pablo sabía que cada nuevo convertido podía aprender
a orar en todo momento. Es esta la razón por la que no sólo se dirige a
los cristianos con más experiencia, también lo hace a los cristianos
recientes en Tesalónica (1 Tes. 5:17). También les dice a ellos que
estén siempre gozosos y que den gracias en todo (1 Tes. 5:16, 18). Dios
desea que estemos en comunión con Él “siempre”, “sin cesar”, y “en
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todas las cosas”. Es cierto que muchas cosas no son causa de regocijo
en ciertos momentos; pese a ello, el Señor quiere ser la fuente de
nuestro gozo, aún en las circunstancias difíciles, entristecedoras o
agobiantes. A menudo no nos podemos regocijar con un problema que
nos agobia, pero podemos aprender a “regocijarnos en el Señor” (Fil.
4:4). Esto fue lo que descubrió Pablo cuando se encontraba en la
prisión (Hechos 16:25).
La oración y el invocar el nombre del Señor
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Día 2 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 88
“Pero temo que como la serpiente con su astucia engañó a Eva,
vuestros sentidos sean de alguna manera extraviados
de la sincera fidelidad a Cristo”
(2 Corintios 11:3)
Nada hay más importante en nuestra vida cristiana que el
mantener una comunión viva y siempre nueva con el Señor. Es una
Persona que merece que la amemos y pasemos tiempo en Su
presencia. Es posible, sin embargo, ser muy activos para servirle y
acumular muchos conocimientos bíblicos sin vivir en una comunión
íntima con Él. No dejemos a un lado lo esencial. Quiera el Señor hacer
que nos ejercitemos en volvernos siempre a Él, invocando Su nombre,
orando con sencillez y alabándole continuamente. Pablo le dijo a
Timoteo: “Ejercítate para la piedad... Ocúpate en estas cosas;
permanece en ellas, para que tu aprovechamiento sea manifiesto a
todos” (1 Tim.4:7,15). El ejercicio constante de volver a Él el corazón es
asequible a todos, incluso a los cristianos más jóvenes. No se requiere
un esfuerzo sobrehumano, sino un ejercicio repetido de la voluntad.
Cualquiera puede aprender a lanzar un balón hacia una canasta, pero
es necesario ejercitarse para encestar en ella. Cuanto más se haga más
fácil será. En el terreno espiritual sucede lo mismo: cuanto más nos
ejercitemos en contactar al Señor, más fácil se nos hará. También es
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verdad lo contrario, si descuidamos mantenernos en comunión con Él,
más difícil nos resultará cada vez hacerlo. De hecho, como el Señor
vive en nosotros, podemos restablecer esa comunión
inmediatamente, pero satanás se esfuerza en corromper sutilmente
nuestros pensamientos para que nos desviemos de la sincera
fidelidad al Señor (2 Cor. 11:3). Cuando nos damos cuenta de que
nuestro corazón se está alejando del Señor, nos encontramos en una
encrucijada. Podemos seguir alejándonos o volvernos a Él. Ese
momento es crucial. Hagamos la elección correcta y recordemos que
es sencillo restablecer la comunión con Él. Confesemos nuestros
pecados y démosle gracias por Su sangre que nos limpia de toda
maldad (1 Juan 1:7,9). Recordemos entonces que el Señor olvida
nuestras transgresiones (Heb. 8:12) y que podemos volver a estar en
Su presencia de inmediato. Sigamos ejercitándonos en contactar al
Señor, sabiendo que cada vez que lo invoquemos y le abramos nuestro
corazón, Él aprovecha la oportunidad para irnos transformando a Su
imagen (2 Cor. 3:18). Si estamos muy ocupados, aprovechemos cada
momento libre para invocar Su nombre. Aunque estemos presa de
una actividad absorbente, podemos parar un instante para invocar en
silencio Su nombre. Podemos venir al Señor prácticamente en
cualquier situación: en el trabajo, en el coche, en la escuela, al hacer
las tareas del hogar, etc. Aprovechemos todas las ocasiones para
contactar e ese maravilloso Señor que vive en nosotros.
La oración y el invocar el nombre del Señor
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Día 3 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 89
“Orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el
Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por
todos los santos”
(Efesios 6:18)
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La oración de intercesión
Cuanto más cuidemos nuestra comunión con el Señor, más
deseo tendremos de orar por Sus intereses. Entonces nos daremos
cuenta de, que como cristianos, nuestra principal responsabilidad es
orar para que se cumpla Su voluntad (Mat. 6:10). También nos
daremos cuenta de que satanás se las ingenia para disuadirnos de
orar. Él no tiene a menudo miedo de nuestras palabras ni de nuestros
esfuerzos, pero tiembla cuando nos dedicamos a orar. Dios querría
que nos despertáramos para interceder por Sus intereses (Isa. 59:16;
62:6-7). Muchos cristianos, desgraciadamente, anteponen muchas
cosas a la oración. Samuel, por el contrario, se dio cuenta de la
importancia de la oración y dijo incluso: “Así que, lejos sea de mí que
peque yo contra Jehová cesando de rogar por vosotros” (1 Sam. 12:23).
Aprendamos a orar desde el comienzo de nuestra vida
cristiana con el fin de que Dios abra puertas para predicar el Evangelio
(Efe. 6:19; Col. 4:3-4). Oremos por las personas que nos rodean, por
los miembros de nuestra familia, por nuestros amigos y compañeros,
“porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador, el
cual quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al
conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:1-4). Oremos los unos por los
otros con perseverancia (Efe. 6:18). A veces no sabemos exactamente
lo que tenemos que pedir, pero podemos hacer mención de algunas
personas, invocando el nombre del Señor (Rom. 1:9). El Espíritu mismo
intercede por los santos con gemidos indecibles (Rom. 8:26-27).
Dios quiere que desarrollemos una vida de oración, pero el
enemigo de Dios va a hacer todo lo posible para apartarnos de ella. En
cuanto dejemos de orar, él se va a reír de nuestros esfuerzos y de
nuestras palabras, pero cuando comencemos a orar, temblará,
porque es entonces cuando comienza a actuar Dios.
Desdichadamente hay muchos cristianos que descuidan la oración. El
Señor nos llama a la comunión consigo desde el comienzo de nuestra
vida cristiana. ¿Contestaremos a Su llamado, invocaremos Su nombre y
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oraremos por Sus intereses? Comencemos por reservar a primera
hora un tiempo para orar, luego durante nuestras actividades
aprovechemos cualquier ocasión para orar. Descubriremos así que a la
largo de la jornada el tiempo disponible para orar es más significativo
de lo que pensamos. Seremos bendecidos ricamente y se podrá
cumplir el plan de Dios. Ejercitémonos por lo tanto en invocar en todo
momento el nombre del Señor y en perseverar en la oración, velando
en ella con acciones de gracias (Col. 4:2).
La sangre preciosa de Cristo (1)
Día 4 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 90
“Nuestro Señor Jesucristo, el cual se dio a sí mismo por nuestros
pecados para librarnos del presente siglo malo, conforme a la
voluntad de nuestro Dios y Padre”
(Gálatas 1:3-4)
Dios mostró Su amor hacia nosotros, en que, siendo aún
pecadores, Cristo murió por nosotros. Al haber creído en Él y haberlo
recibido como nuestro Salvador, ahora somos “justificados por Su
sangre” (Rom. 5:9). Eso quiere decir que a los ojos de Dios, ahora
somos justos, no por causa de las buenas obras que hayamos hecho,
sino porque Jesucristo ha sido hecho justicia para nosotros (1 Cor.
1:30).
Pertenecemos al Señor
Todos habíamos pecado y éramos culpables ante Dios (Rom.
3:23, 29). El pecado merecía la pena capital, o sea la muerte (Rom.
6:23). Pero Dios mostró Su misericordia y Su amor hacia nosotros, no
cerrando los ojos ante nuestros pecados, sino enviando al mundo a Su
Hijo Unigénito. Él se entregó a Sí mismo por nuestros pecados (Gal.
1:4), llevándolos sobre Su cuerpo en el madero (1 Ped. 2:24).
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Al derramar por nosotros Su sangre, pagó un gran precio.
¡Cuánto tenemos que apreciar “la sangre preciosa de Cristo, como de
un cordero sin mancha y sin contaminación” (1 Ped. 1:19)! La sangre
de los demás hombres es común porque todos han pecado. Cristo, por
el contrario, “fue tentado en todo según nuestra semejanza, pero sin
pecado” (Heb. 4:15). Además, Jesucristo no era solamente humano,
también era divino. En Él habitaba la plenitud de la Deidad (Col. 2:9).
Por eso Su sangre tiene un valor eterno delante de Dios. Él es
poderoso para limpiarnos de todo pecado, para hacer callar las
acusaciones de satanás y para darnos un libre acceso delante de Dios.
Como cristianos tenemos que apreciar diariamente Su preciosa
sangre.
Es fundamental que desde el comienzo de nuestra vida
cristiana nos demos cuenta de que hemos sido redimidos de la vana
manera de vivir que habíamos recibido de nuestros padres. No fuimos
redimidos con oro o con plata, sino con la sangre preciosa de Cristo. Le
pertenecemos a Él porque pagó un gran precio para redimirnos, y
somos felices al consagrarle nuestra vida. “¿O ignoráis que vuestro
cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el cual
tenéis de Dios, y que no sois vuestros? Porque habéis sido comprados
por precio; glorificad, pues, a Dios en vuestro cuerpo y en vuestro
espíritu, los cuales son de Dios” (1 Cor. 6:19-20).
¿Nos damos cuenta de que pertenecemos realmente al
Señor? Si compramos un libro somos conscientes de que nos
pertenece. Cuanto más elevado sea su precio, más apreciamos los
objetos que nos pertenecen. El Señor pagó un gran precio en la cruz
por nosotros. Él tiene todo el derecho sobre nuestras vidas, pero
desea que nos consagremos voluntariamente a Él. Habituémonos a
consagrarnos al Señor cada mañana. Acordémonos del gran precio que
pagó para salvarnos y recordemos que le pertenecemos. Démonos por
completo a Él y dejemos que sea el Señor en nuestras vidas.
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La sangre preciosa de Cristo (2)
Día 5 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 91
“...y de conocer el amor de Cristo, que excede a todo
conocimiento,
para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios”
(Efesios 3:19)
Acabar con nuestra vieja forma de vida
Nos faltan palabras para describir el valor de la sangre de
Cristo y la grandeza del precio que Él pagó por nosotros. Su amor,
demostrado en la cruz, nos impulsa a no vivir más para nosotros
mismos, sino para Aquél que murió y resucitó por nosotros (2 Cor.
5:15). La reacción espontánea de todo creyente que se le revela que
Cristo lo ha amado y se ha entregado por él, es abandonar los ídolos “
para servir al Dios vivo y verdadero” (1 Tes. 1:9). Cuando los creyentes
de Tesalónica oyeron las buenas nuevas del Evangelio, dejaron los
ídolos muertos y falsos para servir al Dios vivo y verdadero. Algunas
personas, antes de convertirse, adoraban los ídolos y tuvieron que
abandonarlos completamente. Muchos de entre nosotros teníamos
ídolos modernos que no eran fetiches ni estatuas, sino objetos y
actividades que robaban y usurpaban el lugar de Dios. De ahora en
adelante es el Señor quien tiene que ocupar el primer lugar en
nuestras vidas.
Si alguien recibe a Jesucristo como Su Salvador y Su Señor, se
convierte en una nueva criatura. “De modo que si alguno está en
Cristo, nueva criatura es; las cosas viejas pasaron; he aquí todas son
hechas nuevas” (2 Cor. 5:17). El Señor nos quiere liberar de la vieja
manera de vivir que habíamos heredado de nuestros padres (1 Ped.
1:18) para podernos llenar con toda la plenitud de Dios (Efe. 3:19).
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Cuando Zaqueo recibió a Jesús en su casa, tuvo
espontáneamente el deseo de poner fin a su antigua forma de vida. A
lo largo de toda su vida sólo había pensado en acumular dinero y había
engañado a muchas personas. Pero después de su conversión, deseó
restituir el cuádruplo de lo que les había defraudado. Cambió su
manera de considerar el dinero. Estaba contento con compartir su
dinero con los pobres. Muchas cosas cambian cuando Cristo viene a
morar en nuestro corazón.
La sangre preciosa de Cristo (3)
Día 6 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 92
“Si bien hicieres, ¿no serás enaltecido? y si no hicieres bien, el
pecado está a la puerta; con todo esto, a ti será su deseo,
y tú te enseñorearás de él”
(Génesis 4:7)
En el capítulo 19 de los Hechos se habla de personas que
habían practicado la magia, las cuales creyeron en el Señor Jesús.
Esos creyentes no se limitaron a recibir a Jesús como su Salvador,
además quemaron todos los libros relacionados con sus prácticas
antiguas, haciéndolo delante de todo el mundo. De esa manera
dieron fin a su antigua manera de vivir (Hechos 19:18-19). Hay que
desterrar radicalmente todo aquello que esté relacionado con los
ídolos, con la magia, con el ocultismo o con las religiones paganas. La
Biblia nos muestra inequívocamente que tenemos que abandonar por
completo todas esas cosas.
La Palabra de Dios nos revela igualmente cual tiene que ser
nuestra actitud ante la fornicación y la inmoralidad. Ella dice: “Huid
de la fornicación. Cualquier otro pecado que el hombre cometa, está
fuera del cuerpo; mas el que fornica, contra su propio cuerpo peca” (1
Cor. 6:18). La inmoralidad es una característica de nuestra sociedad,
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pero la Biblia dice que tenemos que huir de esa corrupción. El mundo
ha cambiado “la verdad de Dios por la mentira” (Rom. 1:25), es decir,
lo normal se ha convertido en anormal, y lo anormal no sólo se
tolera, sino que se considera normal. Así que es corriente que los
jóvenes convivan sin estar casados. Pero Dios desaprueba eso muy
claramente: “Honroso sea en todos el matrimonio, y el lecho sin
mancilla; pero a los fornicarios y a los adúlteros los juzgará Dios”
(Heb. 13:4).
Cuando Jesucristo viene a morar en nosotros, verdaderamente
nos convierte en una nueva creación, limpiándonos de todo lo que
nos ensuciaba en el pasado, para podernos llenar de Sí mismo, y
hacernos felices y útiles para el cumplimiento de Su propósito.
La sangre preciosa de Cristo (4)
Día 7 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 93
“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si
alguno hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre,
a Jesucristo el justo”
(1 Juan 2:1)
La eficacia de la sangre de Jesús
La sangre de Jesús es preciosa porque cubre todas nuestras
necesidades en tres esferas diferentes: Con respecto a Dios, en
relación con nuestra conciencia y frente a satanás, el acusador de los
hermanos.
Con respecto a Dios: Nuestros pecados son perdonados y Él
los olvida
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Ya hemos visto que Dios perdonó todos nuestros pecados
pasados, porque la sangre de Jesucristo fue vertida por nuestra
redención (Rom. 3:24-25). Ahora, como hijos de Dios, tratamos de
complacer a nuestro Padre y caminar de acuerdo a Su voluntad. Nos
esforzamos para no pecar, pero como la naturaleza del pecado todavía
habita en nosotros (Rom. 7:16-17), seguimos pecando aún. ¿Qué
haremos pues? Escuchemos lo que el apóstol les dice a los creyentes:
“Hijitos míos, estas cosas os escribo para que no pequéis; y si alguno
hubiere pecado, abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el
justo. Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por
los nuestros, sino también por los de todo el mundo” (1 Juan 2:1-2). Si
un cristiano dice que él ya no peca más, se engaña a sí mismo (1 Juan
1:8). Tenemos que aborrecer al pecado y apartarnos de él, pero
cuanto más caminemos en comunión con el Señor, más brillará Su luz
en lo profundo de nuestro corazón para mostrarnos nuestras malas
inclinaciones. A veces tenemos incluso la sensación de que nuestra
situación empeora. De hecho no es que ella empeore, sino que la luz
del Señor alumbra rincones de nuestro ser que hasta ese momento
nos eran desconocidos. No nos atemoricemos al descubrir la
verdadera naturaleza de nuestra carne, por el contrario, démosle
gracias a Dios por la sangre de Jesús que nos limpia de todo pecado:
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para perdonar
nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad” (1 Juan 1:9). Este
versículo es maravilloso porque nos demuestra que Dios es fiel y justo
para perdonarnos. Dios no es solamente amor, es justo igualmente. Él
ve la sangre de Jesús que fue vertida por nosotros, y en base a ella, nos
perdona. Por lo tanto es a Dios a quien le tenemos que confesar
nuestros pecados y no a ningún intermediario para que nos otorgue la
absolución sacerdotal y que se haría así imprescindible para nuestra
salvación. Cuando confesamos nuestros pecados a Dios en lo secreto
de nuestro corazón, Él es justo al perdonárnoslos.
La sangre preciosa de Cristo (5)
Día 8 de junio de 2.015
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Lectura: Salmo 94
“Antes sed benignos unos con otros, misericordiosos,
perdonándoos unos a otros, como Dios también os perdonó a
vosotros en Cristo”
(Efesios 4:32)
Es como si debiésemos algo y nos es imposible pagarlo. Si
alguien pagase esa deuda por nosotros, aquel a quien se lo debíamos
no nos la podrá reclamar. Sería fiel y justo al anular nuestra deuda.
Dios puede perdonarnos porque ve la sangre de Jesús, la cual salda la
deuda que con Él teníamos.
Cuando los hijos de Israel estaban en Egipto, tuvieron que
poner la sangre de un cordero sin falta, aplicándola en los postes y el
dintel de las puertas de sus casas (Exo. 12:5-7). Dios había dicho: “la
sangre os será por señal en las casas donde vosotros estéis; y veré la
sangre y pasaré de vosotros” (v. 13). Dios ve la sangre de Jesús, el
auténtico Cordero sin contaminación y sin mancha, y pasa de nosotros
(1 Ped. 1:19).
Dios ha dicho: “Porque seré propicio a sus injusticias, y nunca
más me acordaré de sus pecados y de sus iniquidades” (Heb. 8:12).
Cuando Dios perdona nuestros pecados, también los olvida. Nosotros,
por el contrario, cuando perdonamos a otros, recordamos a menudo
lo que nos hicieron, incluso varios años después de que nos
ofendiesen. Afortunadamente, el Señor perdona y olvida
verdaderamente todas nuestras faltas pasadas. Aprendamos a
perdonar como Él lo hace. Nuestro perdón se parece a un perro
muerto, al que al enterrarlo se le dejase fuera el rabo. Perdonamos a
quien nos ofende, pero no enterramos “el rabo”, no olvidamos por
completo lo que se nos hizo o se nos dijo. Demos gracias a diario a
nuestro Dios, que nos perdona y olvida nuestros pecados y eso nos
ayudará a perdonar en la misma manera; como Dios nos perdonó a
nosotros en Cristo (Efe. 4:32).
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La sangre preciosa de Cristo (6)
Día 9 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 95
“Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo
vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible
para la venida de nuestro Señor Jesucristo”
(1 Tesalonicenses 5:23)
En lo que a nosotros concierne: Nuestra conciencia es
purificada
Nuestra conciencia juega un papel crucial a lo largo de
nuestra vida cristiana. Desde que el Señor vive en nosotros, nuestra
conciencia se vuelve más sensible de lo que era antes de nuestra
conversión. Su función consiste en mantenernos en los caminos del
Señor. Cada vez que tendemos a desviarnos, el Señor actúa en ella
para que no nos extraviemos. En cierto sentido ella es como el piloto
que se enciende en el tablero de mandos de un vehículo para
indicarnos la falta de aceite o de gasolina. Su función, por tanto, es
para ayudarnos y no para condenarnos. También se puede comparar
con una brújula que nos ayuda a mantener el rumbo. Si no nos
mantenemos en guardia corremos el riesgo de naufragar en lo que a la
fe se refiere (1 Tim. 1:19). El apóstol Pablo procuraba tener siempre
una conciencia sin ofensa delante de Dios y de los hombres (Hechos
24:16). Eso no quería decir que jamás pecaba o que nunca tuviese
malos pensamientos. Pero se esforzaba en ajustar continuamente la
dirección que llevaba con el fin de mantenerse en el buen camino y
acabar con éxito su carrera (2 Tim. 4:7).
Sigamos su ejemplo volviéndonos al Señor cada vez que
nuestra conciencia reaccione y nos indique que vamos por el camino
equivocado. De esa manera nos llevará el Señor a la renuncia de los
anhelos mundanos y a caminar de acuerdo con Él (Tito 2:12).
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La sangre preciosa de Cristo (7)
Día 10 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 96
“Justificados, pues, por la fe, tenemos paz para con Dios por
medio de nuestro Señor Jesucristo”
(Romanos 5:1)
Cuando nuestra conciencia nos reprenda por causa de algo
que hayamos hecho o dicho, confesémoslo al Señor y recordemos que
el Señor perdona y olvida nuestras faltas. Es posible que después de
haberlas confesado no nos sintamos perdonados o que el recuerdo
de nuestros fallos regrese continuamente a nuestra memoria. Por
tanto, es importante saber que Dios ve la sangre de Cristo y que ella
le satisface. La sangre del cordero pascual no se ponía en el interior de
las casas, sino en su exterior. Dios era quien la veía y no aquellos que
estaban dentro. Nosotros, igualmente, no tenemos necesidad de
“sentirnos” perdonados, pero si podemos “saber” que Dios está
satisfecho, y proclamar por medio de la fe que tenemos paz con Dios
(Rom. 5:1). Nuestra preocupación debe ser la de caminar en
comunión con Dios y no la de practicar la introspección.
No tratemos de recordar todos nuestros pecados pasados,
ejercitémonos en contactar al Señor que ahora vive en nuestro
espíritu. Sólo tenemos que confesar los pecados de los que somos
conscientes o de los que recordamos. Si después de habérselos
confesado al Señor, nuestra conciencia nos reprende aún, eso no
quiere decir que los tengamos que confesar una segunda, tercera o
décima vez. Más bien tenemos que recordar que Dios nos los ha
perdonado. Aunque nuestros pecados vuelvan continuamente a
nuestra mente, agradezcamos a Dios Su perdón perfecto. Así pues,
cada vez que el recuerdo de nuestras transgresiones pasadas o el
sentimiento vago de insatisfacción nos asedien, démosle gracias a Dios
por la preciosa sangre de Cristo. Entonces cada uno de esos
pensamientos deprimentes se convertirá en una ocasión para alabar a
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Dios. De esa manera pierden eficacia y poder las acusaciones de
Satanás.
La sangre preciosa de Cristo (8)
Día 11 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 97
“Así ha dicho Jehová: El que cae, ¿no se levanta?
El que se desvía, ¿no vuelve al camino?”
(Jeremías 8:4)
Con respecto a Satanás: el acusador está derrotado
Satanás es el tentador que nos descarría por medio de los
deseos carnales y engañosos (Efe. 4:22). Él se esfuerza en hacernos
caer y a ser infieles a Dios, luego viene a acusarnos, para culparnos y
para que nos deprimamos. Si no somos conscientes de que la sangre
de Jesús ha borrado todos nuestros pecados, nos dejaremos acusar día
y noche por él (Apoc. 12:10). ¿Cómo podremos vencer sus
acusaciones? No con nuestros esfuerzos ni con nuestras resoluciones,
sino mediante la sangre de Cristo: “Y ellos le han vencido por medio de
la sangre del Cordero y de la palabra del testimonio de ellos, y
menospreciaron sus vidas hasta la muerte” (Apoc. 12:11).
Recordemos que la sangre nos limpia de todo pecado.
Nuestros pecados se pueden comparar con las manchas sobre una
alfombra. Cuando la manchamos, nos esforzamos rápidamente a
aplicar un producto que pueda quitar las manchas. La sangre de Cristo
es poderosa para borrar todas nuestras manchas, todos nuestros
pecados. La sangre no solamente las cubre, las borra definitivamente.
Cuando venga a acusarnos satanás acerca de “las manchas”
que teníamos anteriormente, recordemos que Dios las ha limpiado
mediante la sangre de Jesús. No hagamos caso a las acusaciones del
enemigo, démosle gracias a Dios por la eficacia de la sangre de Cristo.
Si caemos, no permanezcamos bajo las acusaciones del diablo,
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levantémonos mediante la sangre de Jesús. Dios quiere que nos
levantemos rápidamente. Por eso dice: “El que cae, ¿no se levanta? El
que se desvía, ¿no vuelve al camino?” (Jer. 8:4). Dios nos pide que nos
levantemos y volvamos a Él. No perdamos el tiempo, vengamos a Él
con confianza.
La sangre preciosa de Cristo (9)
Día 12 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 98
“Y he aquí, el velo del templo se rasgó en dos, de arriba abajo;
y la tierra tembló, y las rocas se partieron”
(Mateo 27:51)
Acercarse a Dios mediante la sangre de Jesús
Aún tenemos que ver otro aspecto maravilloso de la sangre de
Cristo: Ella nos permite acercarnos a Dios con confianza.
Si se considera el templo, en el Antiguo Testamento, se
observa que únicamente el sumo pontífice podía entrar en el Lugar
Santísimo, en donde estaba la presencia de Dios. Sólo podía hacerlo
una vez al año y exclusivamente por medio de la sangre de un animal
sin mácula ni defecto. Cuando Jesucristo murió en la cruz, el velo del
templo se rasgó en dos (Mat. 27:51). Desde ese momento, todos
tienen la posibilidad de entrar en la presencia de Dios y no una sola
vez al año, sino en cualquier momento del día.
Gracias a la sangre de Jesús nos podemos acercar a Dios
confiadamente: “Así que, hermanos, teniendo libertad para entrar en
el Lugar Santísimo por la sangre de Jesucristo, por el camino nuevo y
vivo que él nos abrió a través del velo, esto es, de su carne, y teniendo
un gran sacerdote sobre la casa de Dios, acerquémonos con corazón
sincero, en plena certidumbre de fe, purificados los corazones de mala
conciencia, y lavados los cuerpos con agua pura” (Heb. 10:19-22).
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Después de confesar nuestras transgresiones, las tenemos
que abandonar y acercarnos a nuestro Padre mediante la sangre de
Jesús. “El que encubre sus pecados no prosperará; Mas el que los
confiesa y se aparta alcanzará misericordia” (Prov. 28:13). Es
importante abandonar nuestras transgresiones, pero es tanto más
importante acercarnos a Dios quien se compadece de nuestras
debilidades y nos socorre en nuestras necesidades (Heb. 4:15-16).
La naturaleza pecaminosa está aún en nuestra carne, por eso
siempre reaparece a lo largo de nuestra vida cristiana. Cuando sea
este el caso nos tenemos que levantar confesando nuestras faltas y
acercándonos al Señor mediante la sangre de Cristo. Él nos puede
sostener en nuestra debilidad y ayudarnos para que seamos libres del
imperio del pecado, y de las tentaciones, pero somos nosotros
quienes tenemos que acercarnos a Dios mediante la sangre de Cristo
(Heb. 7:25).
La sangre preciosa de Cristo (10)
Día 13 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 99
“Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y justo para
perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad”
(1 Juan 1:9)
El ciclo de la vida
Prestemos atención a tres expresiones en el versículo
siguiente: “Si andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión
unos con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo
pecado” (1 Juan 1:7).
Cuando permanecemos en comunión con el Señor,
resplandece la luz sobre las intenciones de nuestro corazón y sobre
nuestros actos. Entonces descubrimos los pecados, los confesamos, y
la sangre de Jesús nos limpia de todos ellos (1 Juan 1:9). De esa
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manera puede mantenerse nuestra comunión con el Señor. Esta
comunión trae más luz a nuestra vida y todos los pecados que
confesamos pueden ser lavados entonces por la sangre de Jesús, lo
que nos permite experimentar una comunión con el Señor cada vez
más rica.
Este ciclo de la vida (la comunión de la vida – la luz de la vida –
la sangre de Jesús) es lo que nos permite crecer en el Señor.
Recordemos cada mañana que le pertenecemos al Señor porque nos
ha redimido por medio de Su preciosa sangre. Consagrémosle nuestra
jornada y mantengamos la comunión con Él. Cuando brille la luz
sobre ciertos aspectos de nuestra vida o de nuestro caminar,
confesémosle nuestras transgresiones y démosle gracias por Su
sangre que las limpia todas. De esta manera experimentaremos en
nuestra vida diaria una salvación tan grande.
La realidad del bautismo (1)
Día 14 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 100
“Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos
en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo”
(Mateo 28:19)
El bautismo tiene un significado espiritual muy profundo y no
se debe convertir en un simple rito. Al comienzo del Nuevo
Testamento, Dios envió a Juan el Bautista a predicar el bautismo del
arrepentimiento (Luc. 3:3). El mismo Señor Jesús se hizo bautizar,
mostrando así la importancia del bautismo. Después de Su
resurrección confió a Sus discípulos la misión de predicar el Evangelio
a todas las naciones y bautizarlos en el nombre del Padre, y del Hijo, y
del Espíritu Santo (Mat. 28:19). Él les dijo: “Id por todo el mundo y
predicad el evangelio a toda criatura. El que creyere y fuere
bautizado, será salvo; mas el que no creyere, será condenado” (Marcos
16:15-16). El bautismo está pues estrechamente ligado al anuncio del
17
Evangelio. Cuando alguien cree en el Señor Jesús, se tiene que
bautizar.
El arrepentimiento, la fe y el bautismo
El mensaje maravilloso del Evangelio es, que “de tal manera
amó Dios al mundo, que ha dado a su Hijo unigénito, para que todo
aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna” (Juan 3:16).
Todos habíamos pecado y consecuentemente nos encontrábamos bajo
el justo juicio de Dios. El que se enfrenta a una ley humana, es juzgado
por un tribunal humano. Si no respetamos el código de circulación,
tendremos que pagar una multa y, en ciertos casos, nos retirarán el
permiso de conducir. La gente, a veces, trata de enmascarar sus
irregularidades, pero cuando son descubiertas por la justicia, son
juzgados y condenados. El mundo castiga a los que infringen la ley.
¡Con cuánta más razón castigará Dios todo pecado y toda injusticia!
Delante de Él están al descubierto todos nuestros actos e incluso todas
nuestras intenciones.
La realidad del bautismo (2)
Día 15 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 101
“El que creyere y fuere bautizado, será salvo;
mas el que no creyere, será condenado”
(Marcos 16:16)
No todos hemos cometido los mismos pecados, pero, como la
Biblia dice: “todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios”
(Rom. 3:23). Por tanto “está establecido para los hombres que mueran
una sola vez, y después de esto el juicio” (Heb. 9:27). No obstante,
“Dios quiere que todos los hombres sean salvos y vengan al
conocimiento de la verdad” (1 Tim. 2:4). Dios, en Su amor, ha enviado
a Jesucristo al mundo para salvar a los pecadores. “Mas Dios muestra
su amor para con nosotros, en que siendo aún pecadores, Cristo murió
18
por nosotros” (Rom. 5:8). La buena nueva es que Jesucristo “se dio a sí
mismo en rescate por todos” (1Tim. 2:6).
El apóstol Pedro, el día de Pentecostés, les dijo a todos cuantos
le escuchaban que Dios había resucitado de los muertos a Jesús y le
había hecho Señor y Cristo (Hechos 2:36). “Al oír esto, se
compungieron de corazón, y dijeron a Pedro y a los otros apóstoles:
Varones hermanos, ¿qué haremos? Pedro les dijo: “Arrepentios, y
bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón
de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo. Porque para
vosotros es la promesa, y para vuestros hijos, y para todos los que
están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare. Y con otras
muchas palabras testificaba y les exhortaba, diciendo: Sed salvos de
esta perversa generación. Así que, los que recibieron su palabra fueron
bautizados; y se añadieron aquel día como tres mil personas” (Hechos
2:37-41).
Por tanto, el arrepentimiento y la fe preceden al bautismo.
Arrepentirse es reconocer y lamentar el mal que se ha hecho, es pedir
sinceramente perdón a Dios. Cuando alguien se arrepiente y cree en el
Señor Jesús, tiene que hacerse bautizar. El bautismo acompaña al
arrepentimiento y a la fe en Jesucristo, no se puede demorar. La
Palabra de Dios es sencilla y clara: “El que creyere y fuere bautizado,
será salvo”.
La realidad del bautismo (3)
Día 16 de junio de 2.015 Lectura: Salmo 102
“Todos los que habéis sido bautizados en Cristo,
de Cristo estáis revestidos”
(Gálatas 3:27)
El significado del bautismo
19
El bautismo es una señal visible de una realidad espiritual. Es
esta la razón de que éste siga al arrepentimiento y a la fe en
Jesucristo. Antes de nuestra conversión, estábamos en el mundo sin
Dios, pero después de recibir a Jesucristo como Salvador, fuimos
unidos a Dios. Así pues, cuando alguien se bautiza “en el nombre del
Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo” (Mat. 28:19), está
verdaderamente unido al Dios Triuno.
Ser bautizados en Cristo
Creer en Jesús no es solamente creer que Él murió por
nosotros hace dos mil años, sino recibirlo ahora en nuestro corazón.
La palabra “bautizar” procede del griego “baptizo” y significa
“sumergir”.
Al ser bautizados visiblemente en el agua, somos bautizados en
realidad, invisiblemente, en el Señor. Podemos estar unidos a Él
porque eliminó nuestros pecados en la cruz. ¡Qué transferencia tan
maravillosa! El bautismo “en el nombre de Jesucristo” (Hechos 2:38),
nos identifica con Cristo. Cuando salgamos de las aguas del bautismo,
seamos conscientes de que nos hemos vestido de Cristo: “porque
todos los que habéis sido bautizados en Cristo, de Cristo estáis
revestidos” (Gal. 3:27). Recordemos ese glorioso hechos todos los días
de nuestra vida.
Aunque no nos sintamos siempre henchidos de gozo,
recordemos que hemos sido revestidos de Cristo y que Él está con
nosotros todos los días, hasta el fin del mundo (Mat. 28:20).
La realidad del bautismo (4)
Día 17 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 103
“¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados en
Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte?
Porque somos sepultados juntamente con él
20
para muerte por el bautismo”
(Romanos 6:3-4)
Ser bautizados en la muerte de Cristo
Como ya hemos mencionado, la palabra “bautizar” significa
“sumergir”. Los primeros cristianos fueron sumergidos en agua y no
rociados con algunas gotas. Unas pocas gotas de agua no pueden
representar al bautismo, ya que éste simboliza un enterramiento.
Cuando somos sumergidos en el agua, somos sumergidos realmente
en Su muerte. “¿O no sabéis que todos los que hemos sido bautizados
en Cristo Jesús, hemos sido bautizados en su muerte? Porque somos
sepultados juntamente con él para muerte por el bautismo” (Rom. 6:34).
Jesucristo, en la cruz, realizó dos cosas fundamentales a
nuestro favor: Llevó nuestros pecados (1Ped. 2:24) y crucificó a
nuestro viejo hombre, origen de todos nuestros problemas (Rom. 6:6).
También destruyó al que tenía el imperio de la muerte (Heb. 2:14),
crucificó al sistema del mundo que usurpa el lugar de Dios (Gal. 6:14) y
ha derribado el muro de separación que impedía que fueran uno a los
judíos y a los gentiles (Efe. 2:14-16). ¡Qué obra tan maravillosa efectúo
en la cruz!
Cuando nos hacemos bautizar, testificamos mediante una
señal visible el hecho de que Cristo cargó sobre Sí, en la cruz, nuestros
pecados y que crucificó a nuestro viejo hombre. Reconocemos por
medio de la fe que nuestro viejo hombre ha sido crucificado y
aceptamos que sea sepultado. Una persona viva nunca consentiría ser
enterrada, pero nos dejamos sepultar alegremente en las aguas del
bautismo porque creemos que hemos sido crucificados con Cristo (Gal.
2:20).
Ser bautizados en un solo Cuerpo
21
Al ser bautizados todos en Cristo y en Su muerte, formamos
un solo Cuerpo en Él. “Porque por un solo Espíritu fuimos todos
bautizados en un cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y
a todos se nos dio a beber de un mismo Espíritu” (1 Cor. 12:13). Todo lo
que nos dividía y todas nuestras diferencias fueron abolidas en la
cruz. Todos procedemos de clases sociales diferentes y orígenes
distintos, nuestras naturalezas nos son parecidas, pero gracias a una
maravillosa
transferencia
dentro
de
Cristo,
formamos
verdaderamente un solo Cuerpo en Jesucristo: “Ya no hay judío ni
griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer; porque todos
vosotros sois uno en Cristo Jesús” (Gal. 3:28). Mediante el bautismo
somos introducidos en Cristo, en Su muerte y consecuentemente en
un solo Cuerpo.
La realidad del bautismo (5)
Día 18 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 104
“Porque habéis sido comprados por precio; glorificad, pues, a
Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu,
los cuales son de Dios”
(1 Corintios 6:20)
Las aguas del diluvio
En 1 Pedro 3:20-21, vemos que las aguas del diluvio son una
imagen del bautismo. La familia de Noé se salvó “a través del agua”.
El arca, que es un símbolo de Cristo, salvó a Noé y a los suyos del
juicio, pero fue mediante el agua que Dios los salvó de la corrupción
del mundo. El bautismo también nos salva de la contaminación del
mundo. El bautismo es la “aspiración de una buena conciencia hacia
Dios” (1 Ped. 3:21). Nos dejamos bautizar porque sabemos que la
sangre de Jesús ha satisfecho todas las exigencias de Dios y estamos
justificados delante de Él. Al tener paz con Dios, ahora tenemos una
buena conciencia (Rom. 5:1) y podemos entregar nuestra vida al
22
Señor, sabiendo que Él nos ha redimido y que le pertenecemos (1 Cor.
6:19-20).
Cuando nos bautizamos estamos llenos de agradecimiento y
de gozo porque sabemos que nuestros pecados están perdonados;
teniendo una buena conciencia y dándonos cuenta de que le
pertenecemos al Señor, estamos contentos al entregarle nuestra
vida. Esta consagración es maravillosa y hace que se regocije el
corazón de Dios. Esto se convierte en una declaración ante todas las
potestades invisibles que el mundo, en donde satanás es el príncipe,
ha sido juzgado y se encuentra sepultado en las aguas. De esta manera
somos salvados del mundo por medio del bautismo “a través del agua”
y podemos iniciar una nueva vida con el Señor, para que se cumpla Su
plan en la tierra.
La realidad del bautismo (6)
Día 19 de junio de 2.015 Lectura: Salmo 105
“Porque donde esté vuestro tesoro,
allí estará también vuestro corazón”
(Mateo 6:21)
El paso del mar Rojo
De acuerdo a 1 Corintios 10:2, el paso del mar Rojo es otra
figura del bautismo. Los hijos de Israel estaban en Egipto, esclavos del
Faraón. Egipto es una imagen del mundo y Faraón una figura de
satanás, el príncipe de este mundo (Juan 16:11).
Dios envió a Moisés y a Aarón para que le dijesen a Faraón:
“Deja ir a mi pueblo a celebrarme fiesta en el desierto” (Exo. 5:1).
Pero éste les respondió: “¿Quién es Jehová, para que yo oiga su voz y
deje ir a Israel? Yo no conozco a Jehová, ni tampoco dejaré ir a Israel”
(v. 2). Muchos de nosotros hemos pensado antes de decidirnos a
seguir a Jesús: “¿Quién es Jesús? ¡No lo conozco! ¡No le seguiré!”
23
Debido a que Faraón endureció su corazón, Dios tuvo que enviarle
algunas plagas y éste tuvo finalmente que dejar que el pueblo de
Israel ofreciese sacrificios a Dios. Pero dijo: “Andad, ofreced sacrificio
a vuestro Dios en la tierra” (Exo. 8:25). Satanás nos hace la misma
clase de sugestión. Insiste para que permanezcamos en “la tierra”, es
decir en el mundo. Hoy, muchos cristianos están aún “en el mundo” y
su caminar no difiere mucho del de los incrédulos. Moisés y Aarón no
aceptaron la oferta de Faraón. Éste cambia entonces su proposición y
les permite ir al desierto a ofrecerle sacrificios a Jehová, pero añade:
“Yo os dejaré ir para que ofrezcáis sacrificios a Jehová vuestro Dios en
el desierto, con tal que no vayáis más lejos” (v. 28). Satanás les hace la
misma propuesta a todos los creyentes. Sugiere: “Leed la Biblia,
acudid a las reuniones, pero no os comprometáis demasiado”.
Tenemos que escuchar, no obstante, lo que dice el Señor: “Pero por
cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca” (Apoc.
3:16). El señor no se dio a medias por nosotros, sino que se entregó
hasta morir en la cruz a fin de salvarnos de la perdición. ¿Cómo le
mostraremos nuestro agradecimiento? ¿Siendo tibios o
consagrándonos completamente a Él?
Faraón endureció de nuevo su corazón y Dios tuvo que enviarle
nuevas plagas. Si oímos hoy la voz del Señor, no endurezcamos
nuestros corazones (Heb. 3:15), abrámosle la puerta de nuestra
corazón y permitamos que se convierta en Señor de nuestras vidas. De
esa manera seremos verdaderamente bienaventurados y festejaremos
con Él (Apoc. 3:20).
Faraón hizo llamar a Moisés y a Aarón y les dijo que podían ir a
servir a Jehová, pero que tenían que dejar en Egipto a sus niños, a sus
ancianos y su ganado (Exo. 10:8-11). Pero Moisés y Aarón nos se
doblegaron y Dios tuvo que enviar nuevas plagas. Faraón hizo entonces
una última propuesta diciendo: “Id, servid a Jehová; solamente queden
vuestras ovejas y vuestras vacas; vayan también vuestros niños con
vosotros” (Exo. 10:24). Satanás sabe que donde está nuestro tesoro,
allí se encuentra también nuestro corazón (ver Mat. 6:21). Moisés le
24
contesta sin vacilar: “Nuestros ganados irán también con nosotros;
no quedará ni una pezuña” (Exo. 10:26). Dios tuvo que enviar la última
plaga; Faraón acabó cediendo y dijo: “Salid de en medio de mi pueblo
vosotros y los hijos de Israel, e id, servid a Jehová, como habéis dicho.
Tomad también vuestras ovejas y vuestras vacas, como habéis dicho, e
idos” (Exo. 31:32).
Pero cuando el pueblo se fue a prisa, Faraón cambió de
opinión y se arrepintió de haberlos dejado partir. Les persiguió con
sus carros y su caballería. Igualmente, cuando decidimos entregarnos
por completo al Señor y seguirle, satanás se esforzará para
perseguirnos y hacernos volver al mundo. Faraón persiguió a Israel
hasta el mar Rojo, pero Jehová hizo que el mar se secase y los hijos de
Israel pasaron por medio del mar. Los egipcios los siguieron pero las
aguas se cerraron sobre Faraón, sobre sus carros y su caballería, y Dios
hizo resplandecer Su gloria (Exo. 14:5, 22,23,31).
La realidad del bautismo (7)
Día 20 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 106
“Y Crispo, el principal de la sinagoga, creyó en el Señor con toda
su casa; y muchos de los corintios, oyendo,
creían y eran bautizados”
(Hechos 18:8)
El paso del pueblo de Israel por el mar Rojo es una figura del
bautismo por medio del cual somos liberados por el Señor de la
prisión y esclavitud del mundo y de satanás. Al entrar en las aguas del
bautismo, proclamamos la victoria sobre satanás y el mundo, y nos
consagramos al Señor, para servirle en el cumplimiento de Su plan. Al
salir del agua del bautismo loamos a nuestro Señor con cánticos y
alabanzas, como alabó el pueblo de Israel a Jehová por Su gran
liberación (Exo. 15:1-2).
25
¿Quién se tiene que bautizar?
En el Nuevo Testamento, el arrepentimiento y la fe preceden
siempre al bautismo (ver Marcos 1.16; Hechos 2:37-38; 8:36-38; 18:7;
20:21). Nunca se trata de bautizar a niños, porque ellos aún no son
capaces de elegir, de arrepentirse o de creer en el Señor.
Para mantener la tesis del “bautismo” de niños, algunos citan
el pasaje bíblico de Marcos 10:13-16 en donde dice el Señor: “Dejad a
los niños venir a mí, y no se lo impidáis; porque de los tales es el reino
de Dios”. Este pasaje, sin embargo, no dice que Jesús los “bautizó”,
sino que los bendijo. Otros justifican esta práctica recordando la
circuncisión de los niños judíos al octavo día de haber nacido (Luc.
1:59). Eso es una práctica del Antiguo Testamento que no tiene nada
que ver con el bautismo. Otros piensan que cuando los primeros
cristianos creyeron y se hicieron bautizar, habría entre ellos algunos
niños también. Pero no hay derecho a fundamentar una doctrina o una
práctica sobre una suposición, porque si se hace se abre una puerta a
toda clase de enseñanzas falsas. Limitémonos a lo que dicen las
Escrituras. Por ejemplo, en el caso de Crispo se nos dice que él “creyó
en el Señor con toda su casa” y que a continuación fueron bautizados
(Hechos 18:8). Es imperativo que la fe preceda al bautismo.
En los Hechos se habla de personas que se habían bautizado
con el bautismo de Juan, es decir, el bautismo de arrepentimiento
(Hechos 19:1-4), pero que no se habían percatado de que aquel
bautismo no tenía razón de ser, por cuanto ya había venido Jesucristo.
Por tanto fueron bautizados de nuevo con el bautismo verdadero “en
el nombre del Señor Jesús” (v. 5). Es conveniente que una práctica
incorrecta del bautismo, como la de bautizar a niños, sea corregida
mediante un verdadero bautismo por inmersión en el nombre del
Señor Jesús.
La realidad del bautismo (8)
Día 21 de junio de 2.015
26
Lectura: Salmo 107
“Y él, tomándolos en aquella misma hora de la noche,
les lavó las heridas; y en seguida se bautizó él
con todos los suyos”
(Hechos 16:33)
¿Quién tiene que bautizarse?
Cuando alguien cree en el Señor, no tiene necesidad de
esperar para hacerse bautizar. Tres mil personas creyeron en el Señor
en Pentecostés y fueron bautizadas el mismo día (Hechos 2:41).
El eunuco etíope se hizo bautizar cuando volvía a su país, al
escuchar el Evangelio por parte de Felipe. “Y yendo por el camino,
llegaron a cierta agua, y dijo el eunuco: Aquí hay agua; ¿qué impide
que yo sea bautizado?” (Hechos 8:36). Felipe le contestó: “Si crees de
todo corazón, bien puedes. Y respondiendo, dijo: Creo que Jesucristo es
el Hijo de Dios. Y mandó parar el carro; y descendieron ambos al agua,
Felipe y el eunuco, y le bautizó”(Hechos 8:37-38). Este pasaje nos
enseña que nos podemos hacer bautizar desde el mismo momento en
que creemos en el Señor. ¡No hay necesidad de esperar! Por otra
parte, este relato muestra que el bautismo tiene que ser practicado
por inmersión, porque ambos descendieron dentro del agua. Este
pasaje también nos muestra también que no hay necesidad de ninguna
ceremonia oficial, sino que si una persona se ha arrepentido realmente
y ha recibido a Jesucristo como su Salvador, se puede hacer bautizar,
con tal que haya agua disponible. Felipe no tuvo que llamar a un
apóstol. La persona que bautiza no tiene necesidad de tener una
cualificación especial; sólo tiene que ser enviada por el Señor, alguien
que sirve al Señor, y apta para anunciar el Evangelio (Mat. 28:19),
como lo fue Felipe.
Cuando Pablo y Silas estaban presos en Filipo, orando y
alabando con cánticos a Dios, el Señor intervino y se abrieron todas la
puertas de la prisión. El carcelero se quiso matar entonces, pero Pablo
27
le pidió que no lo hiciese y le predicó el Evangelio a él y a toda su
familia (Hechos 16:25-32). Al creer ellos en el Señor Jesús, Pablo no
espero varios días para bautizarlos, sino que “en aquella misma hora
de la noche”, el carcelero “en seguida se bautizó él con todos los
suyos” (Hechos 16:33).
Para terminar citaremos el ejemplo de Pablo, quien después
de su conversión se quedó ciego y fue llevado a Damasco. El Señor le
envió a uno llamado Ananías, que le dijo: “Ahora, pues, ¿por qué te
detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su
nombre” (Hechos 22:16).
Este ejemplo nos muestra una vez más que si estamos
arrepentidos y hemos creído en el Señor Jesús, no necesitamos
esperar para ser bautizados, sino que lo tenemos que hacer lo más
rápidamente posible, invocando el nombre del Señor y
consagrándole nuestra vida.
Después de creer en el Señor y haber sido bautizados,
desarrollemos rápidamente el hábito de testificar del Señor,
descansando en el Espíritu, quien es el único que puede convencer a
las personas (Juan 16:8).
Llenos del Espíritu (1)
Día 22 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 108
“Y todo el pueblo responderá y dirá: Amén”
(Deuteronomio 27:15)
Sed llenos del Espíritu
Jesucristo, después de Su muerte y Su resurrección, se
apareció a Sus discípulos y se manifestó a ellos durante cuarenta días.
Después les dijo que no se alejaran de Jerusalén, que esperasen
aquello que el Padre les había prometido, es decir, el bautismo del
28
Espíritu Santo. Ellos perseveraron en la oración y el día de Pentecostés
todos fueron llenados del Espíritu Santo. Alrededor de ellos se
congregó una gran muchedumbre y el apóstol Pedro tomó la palabra y
les dijo: “Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre
de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del
Espíritu Santo” (Hechos 2:38). Esta declaración nos revela que cuando
alguien escucha el Evangelio y cree en el Señor Jesús, recibe un don
precioso: El perdón de los pecados y el Espíritu Santo. Como indica
este versículo, el Espíritu Santo no está reservado a unos pocos
privilegiados, sino a “cada uno de vosotros”, es decir, a todos los que
han recibido el perdón de sus pecados. No obstante, el recibir el
Espíritu Santo no es suficiente, es preciso aún estar llenos de Él a
todo lo largo de nuestro caminar diario.
El cumplimiento de las promesas
Las Escrituras nos revelan dos aspectos de la obra del Espíritu
Santo: 1.- El aspecto interno para la vida del creyente y 2.- El aspecto
exterior para su servicio –en y sobre nosotros.
En el Evangelio de Juan el Señor promete a Sus discípulos que
el Padre les daría otro Consolador: el Espíritu de verdad, y dice con
respecto a esto: “y estará en vosotros” (Juan 14:17).
En los Hechos de los Apóstoles, Él les dice a Sus discípulos:
“pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu
Santo, y me seréis testigos” (Hechos 1:8).
Por lo tanto el Espíritu está por una parte en los creyentes
para aprovisionarles (1 Cor. 6:19-20; 2 Tim. 1:14) y por otra, sobre
ellos para revestirles de autoridad en su servicio.
Llenos del Espíritu (2)
Día 23 de junio de 2.015 Lectura: Salmo 109
29
“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros
en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados;
y recibiréis el don del Espíritu Santo”
(Hechos 2:38)
El Señor prometió, antes de Su muerte, que enviaría al
Espíritu Santo como el Consolador (Juan 14:16-17; 16:7). Esta
promesa se cumplió el día de Su resurrección cuando les dijo a Sus
discípulos: “Recibid el Espíritu Santo” (Juan 20:22). Sin embargo su
experiencia del Espíritu Santo no era todavía completa porque el Señor
aún no había ascendido y todavía no había sido glorificado en los
cielos. Entonces les dijo que no se alejaran de Jerusalén, sino que
esperasen a ser revestidos del poder de lo alto (Hechos 1:8). Esta
promesa se cumplió el día de Pentecostés (Hechos 2:1-4).
En Jerusalén
Los primeros cristianos tuvieron que esperar un lapso de
tiempo entre el día de la resurrección y el de Pentecostés, pero hoy,
una persona que se convierte no tiene necesidad de esperar durante
algún tiempo para recibir el Espíritu Santo. Desde el momento en que
una persona se arrepiente y cree en el Señor Jesús, recibe
inmediatamente el perdón de los pecados y el Espíritu Santo (Hechos
2:28). Esta fue la buena nueva que le dio Pedro a la multitud
congregada alrededor de los primeros cristianos. Todos cuantos
creyeron fueron bautizados y recibieron el Espíritu Santo “aquel mismo
día”. Tres mil convertidos recibieron el Espíritu Santo al mismo
tiempo que el perdón de los pecados y eso sin dilación.
En Samaria
Consideremos ahora un caso particular relatado en los Hechos
8:11: Se trata de los samaritanos que no recibieron el Espíritu Santo
hasta que los apóstoles Pedro y Juan vinieron de Jerusalén y les
impusieron las manos (Hechos 8:14-17). Para entender ese caso es
30
importante recordar que existía una gran enemistad entre los judíos y
los samaritanos. Recordemos la extrañeza de la mujer samaritana
cuando Jesús le pidió de beber: “¿Cómo tú, siendo judío, me pides a mí
de beber, que soy mujer samaritana? Porque judíos y samaritanos no
se tratan entre sí” (Juan 4:9).
Debido a la grave división que existía entre los judíos y los
samaritanos, era fundamental que los samaritanos admitiesen que “la
salvación viene de los judíos” (Juan 4:22) y sobre todo que se diesen
cuenta de que Dios no quería hacer en Samaria una obra
independiente de la que efectuaba entre los judíos convertidos. La
imposición de manos fue precisa en este caso para demostrar la
identificación de los creyentes samaritanos en un mismo y único
Cuerpo de Cristo. El bautismo del Espíritu Santo sirve para que todos
los creyentes formen solamente un Cuerpo en Cristo (1 Cor. 12:13).
Así pues, en este caso particular, el derramamiento del Espíritu Santo
no siguió inmediatamente al bautismo en el agua, sino que fue diferido
hasta la llegada de Pedro y Juan. Cuando escuchamos el Evangelio de
nuestra salvación y creímos en el Señor, fuimos sellados con el
Espíritu Santo de la promesa (Efe. 1:13).
Llenos del Espíritu (3)
Día 24 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 110
“Y cuando comencé a hablar, cayó el Espíritu Santo sobre ellos
también, como sobre nosotros al principio”
(Hechos 11:15)
En la casa de Cornelio
Consideremos ahora otro caso distinto y recordemos que
nuestro Señor siempre es el mismo (Heb. 13:8), pero que no siempre
actúa de la misma manera. Se trata de la experiencia del bautismo del
Espíritu Santo en la casa de Cornelio.
31
Los creyentes judíos consideraban a los gentiles como seres
impuros e inmundos, pero Dios los quería hacer partícipes de las
bendiciones del Nuevo Pacto e introducirlos en el Cuerpo de Cristo.
Dios tuvo que preparar al apóstol Pedro, dándole una visión especial,
para que aceptase ir a la casa de Cornelio, donde los gentiles estaban
reunidos (Hechos 10:9-33).
Antes de que Pedro hubiese terminado su mensaje, “el
Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hechos
10:44) y Pedro ordenó que fuesen bautizados, considerando que no
podía negarse el agua del bautismo a los que habían recibido el
Espíritu Santo (vv. 47-48). Cuando los apóstoles y los hermanos en
Judea supieron que los paganos también habían recibido la palabra de
Dios, se lo reprocharon a Pedro (Hechos 11:1-2), después tuvieron que
reconocer que los gentiles habían recibido el mismo Espíritu Santo
que ellos y que ahora todos juntos formaban un solo Cuerpo en
Cristo.
En Éfeso
En Hechos 19, encontramos otro caso particular relacionado
con doce discípulos de Juan el Bautista. Esos hombres no eran
cristianos en el sentido habitual del término. Habían escuchado el
mensaje de arrepentimiento que anunciaba Juan pero no el Evangelio
que predicaban los apóstoles. Ni siquiera habían oído que existiese el
Espíritu Santo (Hechos 19:2). Entonces fueron bautizados con un
verdadero bautismo cristiano, en el nombre del Señor Jesús y
recibieron el Espíritu Santo (v. 6). No hay una forma reglada o única
para recibir el Espíritu Santo, Dios hace como quiere si bien lo normal
es creer, bautizarse y recibirlo. Recordemos que en el caso de los
gentiles reunidos en la casa de Cornelio, ellos recibieron el Espíritu
Santo antes de ser bautizados en agua y sin que mediase la imposición
de manos.
32
Todos estos ejemplos nos muestran que no se pueden sacar
reglas normativas a partir de casos particulares que se refieren a
situaciones históricas diferentes. Además, estos acontecimientos
tuvieron lugar en un periodo transitorio entre la dispensación del
Antiguo Pacto y la del Nuevo Pacto.
No cometamos el error de tomar los hechos de Pentecostés y
las diferentes experiencias relatadas en el libro de los Hechos para
sacar una regla que tendría que regir la vida de los cristianos a lo
largo de todos los siglos. Atengámonos más bien a las enseñanzas
claras de los apóstoles que se reseñan en las Epístolas.
Llenos del Espíritu (4)
Día 25 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 111
“Porque por un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un
cuerpo, sean judíos o griegos, sean esclavos o libres; y a todos
se nos dio a beber de un mismo Espíritu”
(1 Corintios 12:13)
La enseñanza de los apóstoles
El Espíritu Santo ha sido dado para que los creyentes puedan
ser uno y formar un solo Cuerpo en Cristo, pero el enemigo de Dios,
con sus artimañas, a menudo lo ha convertido en motivo de división.
Como hemos visto, una de las causas de este problema fundamental es
la mezcolanza de experiencias históricas diferentes con una enseñanza
universal.
También es fundamental no confundir ciertas expresiones
bíblicas como “sellados con el Espíritu Santo”, “bautismo del Espíritu
Santo” y “plenitud del Espíritu Santo”. Una de las causas de confusión
es la mezcla de estos términos como si fuesen sinónimos.
33
Consideremos pues lo que la Palabra de Dios nos dice con respecto a
estas tres expresiones.
El Bautismo del Espíritu Santo
Un versículo en las Epístolas nos habla con claridad del
Bautismo del Espíritu Santo; se trata de 1 Corintios 12:13: “Porque por
un solo Espíritu fuimos todos bautizados en un cuerpo, sean judíos o
griegos, sean esclavos o libres; y a todos se nos dio a beber de un
mismo Espíritu”.
Algunos cristianos piensan que existen dos clases de creyentes,
los que han sido bautizados en el Espíritu Santo y los que no lo han
sido. Pero la Biblia no divide el Cuerpo de Cristo entre “carismáticos” y
“no carismáticos”. Tampoco enseña que existen dos bautismos: Uno
en Cristo (al convertirse) y otro en el Espíritu (después de la
conversión). Las Escrituras dicen inequívocamente que todos los
cristianos, ya sean judíos o griegos, han sido bautizados en un único
Espíritu para forman un solo Cuerpo. Si todos los cristianos no
estuviesen bautizados en el Espíritu Santo, significaría que algunos nos
estarían formando parte del Cuerpo de Cristo, lo cual es inconcebible.
La Palabra nos enseña que el bautismo del Espíritu Santo
debe ser un hecho adquirido por todos los cristianos que han recibido
a Jesús como Salvador. Nos exhorta en cambio a buscar la plenitud
del Espíritu Santo. Tampoco enseña la Biblia que el hablar en lenguas
sea una señal indispensable en el bautismo del Espíritu Santo. De
hecho, en 1 Corintios 12:13 se dice que todos han sido bautizados en
un mismo Espíritu y, en el mismo capítulo, en el versículo 30, se dice
que no todos hablan en lenguas.
Llenos del Espíritu (5)
Día 26 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 112
“En él también vosotros, habiendo oído la palabra de verdad,
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el evangelio de vuestra salvación, y habiendo creído en él,
fuisteis sellados con el Espíritu Santo de la promesa”
(Efesios 1:13)
El Sello del Espíritu Santo
En la Epístola a los Efesios, Pablo dice que fuimos sellados con
el Espíritu Santo (1:13). Este versículo nos muestra claramente que
cuando oímos el Evangelio y creímos en el Señor recibimos el Espíritu
Santo. Por eso, después de nuestra conversión no tenemos necesidad
de esperar a que nos sea dado el Espíritu Santo. Podemos tener la
certeza de que el Espíritu Santo vive en nosotros. No se nos dice que
tenemos que “sentir” que el Espíritu está en nosotros, sino más bien
que podemos “conocer” que Él mora en nosotros: “¿O ignoráis que
vuestro cuerpo es templo del Espíritu Santo, el cual está en vosotros, el
cual tenéis de Dios, y que no sois vuestros?” (1 Cor. 6:19). Podemos
estar seguros incluso de que el Espíritu jamás nos abandonará. En el
Antiguo Testamento, Dios podía retirar Su Espíritu de los creyentes
infieles (1 Sam. 16:14). Por eso oraba David: “no quites de mí tu santo
Espíritu” (Sal. 51:11). Pero en el Nuevo Testamento los creyentes
están “sellados con el Espíritu Santo”, esto quiere decir que reciben el
Espíritu de una manera definitiva. El sello se refiere a algo irrevocable:
“ porque un edicto que se escribe en nombre del rey, y se sella con el
anillo del rey, no puede ser revocado” (Ester 8:8).
El Espíritu Santo que recibimos el día de nuestro nuevo
nacimiento es “las arras de nuestra herencia...” (Efe. 1:14).
Actualmente no podemos todavía disfrutar plenamente de nuestra
herencia, pero podemos tener un anticipo de ella. Es como una semilla
que ya contiene todo lo que va a formar la planta, pero que se tiene
que desarrollar para expresar toda la “gloria” de la misma. Por lo
tanto, el Espíritu Santo con el cual hemos sido sellados es una garantía
de la herencia gloriosa que nos está reservada.
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Llenos del Espíritu (6)
Día 27 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 113
“Y no contristéis al Espíritu Santo de Dios, con el cual fuisteis
sellados para el día de la redención”
(Efesios 4:30)
La plenitud del Espíritu Santo
La Palabra dice que todos los cristianos han sido sellados con
el Espíritu Santo y fueron bautizados en un mismo Cuerpo. No
podemos perder el Espíritu Santo, pero lo podemos contristar. Por
este motivo la Palabra nos dice: “no contristéis al Espíritu Santo de
Dios, con el cual fuisteis sellados para el día de la redención” (Efe.
4:30). Este versículo confirma que hemos sido sellados con el Espíritu
Santo y que este habitará en nosotros hasta el día de la redención, es
decir, hasta el día de la venida del Señor. Nuestra responsabilidad
consiste en “no apagar el Espíritu” (1 Tes. 5:19), es decir, no
dormirnos espiritualmente.
El engaño de las riquezas y los afanes de la vida pesan
fácilmente sobre nuestro corazón y apagan en nosotros la llama del
Espíritu (Mat. 13:22; Luc. 21:34). Entonces nos hacemos perezosos y
holgazanes. Por eso nos dice la Palabra: “En lo que requiere diligencia,
no perezosos; fervientes en espíritu, sirviendo al Señor” (Rom. 12:11).
Ahora que hemos sido sellados con el Espíritu y bautizados en Él, no
esperemos pasivamente a ser llenados del mismo, despertémonos y
abrámonos al Señor para ser llenados del Espíritu Santo. La Palabra
nos dice con claridad: “Despiértate, tú que duermes, y levántate de
los muertos, y te alumbrará Cristo” (Efe. 5:14).
Es fácil ser negligentes, y desperdiciar el tiempo que el Señor
nos concede y dejarnos embriagar “por el vino” del mundo.
Escuchemos la exhortación que el Señor nos hace: “Mirad, pues, con
diligencia cómo andéis, no como necios sino como sabios,
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aprovechando bien el tiempo, porque los días son malos. Por tanto, no
seáis insensatos, sino entendidos de cuál sea la voluntad del Señor. No
os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes bien sed
llenos del Espíritu, hablando entre vosotros con salmos, con himnos y
cánticos espirituales, cantando y alabando al Señor en vuestros
corazones; dando siempre gracias por todo al Dios y Padre, en el
nombre de nuestro Señor Jesucristo” (Efesios 5:15-20).
Llenos del Espíritu (7)
Día 28 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 114
“Yo reprendo y castigo a todos los que amo;
sé, pues, celoso, y arrepiéntete”
(Apocalipsis 3:19)
Cómo ser llenados con el Espíritu Santo
El Señor desea que todos los creyentes sean llenos del
Espíritu Santo. Los primeros cristianos tuvieron que esperar diez días
para ser bautizados en el Espíritu porque esto tenía que acontecer en
un día exacto, el de Pentecostés. Pero nosotros no tenemos que
esperar un cierto número de días, o incluso años, para ser llenos del
mismo. El Señor espera que volvamos a Él nuestro corazón y le
permitamos ocupar todo nuestro ser. Ahora consideraremos en qué
consiste nuestra colaboración para ser llenados con el Espíritu.
Arrepentirse
Cuando los que habían oído el discurso de Pedro le
preguntaron: “ ¿qué haremos? Pedro les dijo: Arrepentios...y recibiréis
el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:37-38). Esto vale para el día de
nuestra conversión, pero debido a que nuestro corazón se desvía con
facilidad del Señor, tenemos que arrepentirnos y volvernos a Él.
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Al dirigirse a la Iglesia en Éfeso, el Señor le dijo: “Pero tengo
contra ti, que has dejado tu primer amor. Recuerda, por tanto, de
dónde has caído, y arrepiéntete” (Apoc. 2:4-5). A la Iglesia en Laodicea
le dijo: “Yo reprendo y castigo a todos los que amo; sé, pues, celoso, y
arrepiéntete” (Apoc. 3:19). Cuando nos arrepentimos de haberle sido
desobedientes y de dejar que nuestro corazón se enfríe con respecto a
Él, el Señor está presto a llenarnos con Su Espíritu. Confesemos
nuestras transgresiones y nuestras faltas y volvamos a Él nuestro
corazón.
Orar sin cesar
Los primeros cristianos fueron llenos del Espíritu el día de
Pentecostés, pero esa experiencia se repitió, por ejemplo, cuando se
pusieron a orar por la predicación del Evangelio: “Cuando hubieron
orado, el lugar en que estaban congregados tembló; y todos fueron
llenos del Espíritu Santo, y hablaban con denuedo la palabra de Dios”
(Hechos 4:31).
Podemos invocar al Señor en todo tiempo y en todo lugar.
Cuando decimos “Jesús es el Señor” (1 Cor. 12:3) o cuando nos
dirigimos a Él diciendo “Oh Señor Jesús”, somos saciados por el Espíritu
(1 Cor. 12:13). Invocar el nombre del Señor nos permite gustar de Sus
inescrutables riquezas (Rom. 10:12). La Palabra de Dios nos exhorta a
“orar sin cesar” (1 Tes. 5:17) y “en todo tiempo” (Efe. 6:18).
Dar gracias por todo
En el capítulo 5 de la Epístola a los Efesios vemos que somos
llenos del Espíritu, cantando las alabanzas al Señor con todo nuestro
corazón y dándole gracias continuamente (Efe. 5:18-20). El Señor ya
nos ha bendecido con todas las bendiciones espirituales en los lugares
celestiales, en Cristo (Efe. 1:3). Él nos ha capacitado para ser
participantes de la herencia de los santos en luz (Col. 1:12). Por lo
tanto no tenemos necesidad de conducirnos como mendigos, pero lo
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podemos alabar por todas las bendiciones que hemos heredado.
Leamos la Palabra para descubrir el legado que hemos recibido y
démosle gracias a Dios que tan ricamente nos ha bendecido. El darle
gracias a Dios fortalecerá nuestra fe y nos permitirá ser llenados con
el Espíritu en nuestro andar diario y experimentar Su poder en
nuestro servicio. La Biblia nos revela que la voluntad de Dios es que le
demos gracias por todo (1 Tes. 5:18). Entonces descubriremos que
Dios hace que todas las cosas nos ayuden para bien (Rom. 8:28) y que
cambie incluso el mal en bien como vemos en la experiencia de José
(Gen. 50:20). Dándole gracias al Señor descubriremos en Él nuevas
riquezas, seremos llenados del Espíritu Santo y podremos llevar frutos
para la gloria de Dios.
Llenos del Espíritu (8)
Día 29 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 115
“En el día de mi angustia te llamaré, porque tú me respondes”
(Salmo 86:7)
Es crucial darse cuenta de que ya hemos sido bautizados con
el Espíritu Santo y que Éste mora “en nosotros” para ser nuestra vida
y está “sobre nosotros” para fortalecernos en nuestro servicio. No
necesitamos pedirle al Señor que nos bautice de nuevo con el Espíritu
Santo, sino que tenemos que agradecerle por haberlo hecho ya y
alabarlo por Su Espíritu que nos acompaña en todo momento y en
todo lugar. Ejercitémonos en andar por medio de la fe y no por vista
(2 Cor. 5:7), es decir, sin depender de lo que sentimos, sino
asiéndonos de la Palabra de Dios.
Al escribirle a Timoteo, Pablo no le dijo que esperase
pasivamente, al contrario, le dijo: “Ejercítate para la piedad...
Ocúpate en estas cosas; permanece en ellas, para que tu
aprovechamiento sea manifiesto a todos... persiste en ello...” (1 Tim.
4:7, 15, 16). Cuando Timoteo se encontraba desanimado por las
circunstancias externas, Pablo lo dijo: “te aconsejo que avives el fuego
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del don de Dios que está en ti” (2 Tim. 1:6). No caigamos en la pereza,
en la pasividad, la indiferencia o el desánimo, despertémonos para
apegarnos al Señor invocando Su nombre (Isa. 64:6). Él nos invita a
beber gratuitamente en la fuente del agua de la vida; pero a nosotros
nos corresponde la iniciativa de beber de esta agua viva,
arrepintiéndonos, orando sin cesar y dándole gracias en todo al Señor.
Él dice: “el que quiera, tome del agua de la vida gratuitamente” (Apoc.
22:17). No olvidemos, por lo tanto, la exhortación que nos hace a
todos: “No os embriaguéis con vino, en lo cual hay disolución; antes
bien sed llenos del Espíritu” (Efe. 5:18).
Servir en el santuario
Día 30 de junio de 2.015
Lectura: Salmo 116
“Servid a Jehová con alegría;
Venid ante su presencia con regocijo”
“Ofrezcamos siempre a Dios, por medio de él, sacrificio de
alabanza, es decir, fruto de labios que confiesan su nombre”
(Salmo 10:2; Hebreos 13:15)
Los sacerdotes que accedían al santuario, a la presencia de
Dios, eran llamados a servirle (Ezequiel 44). Nosotros, igualmente,
cuando entramos al Lugar Santísimo, somos llamados a ese mismo
servicio, “para ofrecer sacrificios espirituales aceptables a Dios por
medio de Jesucristo” (1 Ped. 2:5). ¿En qué consisten esas ofrendas?
Realmente son sacrificios de alabanza (Heb. 13:15). El Padre busca a
los que quieren vivir para El. Él se goza cuando le ofrecemos nuestras
alabanzas.
No somos llamados a ser servidos, sino a servir. ¿Cómo
podremos dejar de alabar a nuestro Dios y Padre cuando vemos que
podemos acercarnos a Su presencia y contemplarle a cara descubierta?
Pero ese servicio a Dios nos tiene que conducir siempre hacia los
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hermanos y las hermanas. Somos llamados a traerlos delante del
trono de Dios.
Y allí, en el Lugar Santísimo, recibimos una luz y una provisión
particulares. ¡Acerquémonos pues! Así podremos conocerlo más y
contemplarlo.
No permanezcamos en las experiencias pasadas o imitando lo
que otros han experimentado; la plena restauración del Señor consiste
en que entramos allí para recibir un conocimientos más profundo de
Su gloria. En el Nuevo Pacto, el Señor quiere que le conozcan desde el
más pequeño hasta el más grande. Un buen mensaje, una buena
conferencia, no son suficientes; Él quiere que le conozcamos porque
quiere derrotar al enemigo por medio de nosotros.
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