Subido por Gerii Fujioka

“Japón era el futuro, pero se quedó atrapado en su pasado”

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“Japón era el futuro, pero se quedó
atrapado en su pasado”
28 enero 2023
La economía de Japón, la tercera más grande del mundo, lleva años estancada
En Japón, las casas son como los autos.
Tan pronto como te mudes, tu nueva casa valdrá menos de lo que pagaste por ella
y, cuando hayas terminado de pagar la hipoteca por ella, no valdrá casi nada.
Me desconcertó cuando me mudé aquí por primera vez como corresponsal de la
BBC: 10 años después, cuando me preparo para irme, sigue siendo igual.
Es la tercera economía más importante del planeta. Es un país pacífico y próspero
con la mayor esperanza de vida del mundo, la tasa de homicidios más baja, escasos
conflictos políticos, un pasaporte poderoso y el sublime Shinkansen, la mejor red
ferroviaria de alta velocidad del mundo.
Estados Unidos y Europa alguna vez temieron al gigante económico japonés de la
misma manera que temen hoy al creciente poder económico de China. Pero el
Japón que el mundo esperaba nunca llegó. A fines de la década de los 80, los
japoneses eran más ricos que los estadounidenses. Ahora ganan menos que los
británicos.
Durante décadas, Japón ha estado luchando con una economía lenta, refrenada por
una profunda resistencia al cambio y un terco apego al pasado. Ahora, su población
está envejeciendo y disminuyendo.
Japón está estancado.
El futuro estaba aquí
Cuando llegué a Japón por primera vez en 1993, lo que me llamó la atención no
fueron las calles iluminadas con luces de neón de los barrios de Ginza y Shinjuku,
en Tokio, ni la moda salvaje "Ganguro" de las chicas "Harajuku".
El distrito de Harajuku de Tokio ha sido durante mucho tiempo un imán para las
subculturas y la moda alternativa.
Era lo mucho más rico que se sentía en comparación con cualquier otro lugar en el
que había estado en Asia; lo exquisitamente limpio y ordenado que era Tokio en
comparación con cualquier otra ciudad asiática.
Hong Kong había sido para mí un asalto a los sentidos: ruidosa, maloliente, una
ciudad de extremos, desde mansiones llamativas en Victoria Peak hasta los talleres
clandestinos "oscuros y satánicos" en el extremo norte de Kowloon.
En Taipei, la capital de Taiwan, donde estudié chino, las calles se abarrotaban con
el sonido de las motos con motor de dos tiempos que arrojaban un humo acre que
envolvía la ciudad en una capa de smog tan espesa que a menudo apenas se
podían ver dos cuadras.
Si Hong Kong y Taipei eran los adolescentes escandalosos de Asia, Japón era el
adulto. Sí, Tokio era una jungla de concreto, pero estaba hermosamente cuidada.
A fines de la década de los 80, los japoneses eran más ricos que los
estadounidenses. Ahora ganan menos que los británicos.
Frente al Palacio Imperial de Tokio, el horizonte estaba dominado por las torres de
cristal de los titanes corporativos del país: Mitsubishi, Mitsui, Hitachi, Sony. Desde
Nueva York hasta Sydney, los padres ambiciosos suplicaban a sus hijos que
"aprendieran japonés". Me preguntaba si había cometido un error eligiendo chino.
Japón había emergido de la destrucción de la Segunda Guerra Mundial y
conquistado la fabricación global.
El dinero volvió al país, lo que provocó un auge inmobiliario en el que la gente
compró todo lo que pudo, incluso trozos de bosque. A mediados de la década de los
80, la broma que se decía era que los terrenos del palacio imperial en Tokio valían
lo mismo que toda California. Los japoneses lo llaman "Baburu Jidai" o la era de la
burbuja.
Luego, en 1991, la burbuja estalló. El mercado de valores de Tokio colapsó. Los
precios de las propiedades cayeron por un precipicio. Todavía están por
recuperarse.
Recientemente, un amigo estaba en negociaciones para comprar varias hectáreas
de bosque. El dueño quería US$20 por metro cuadrado. "Le dije que la tierra forestal
solo vale US$2 por metro cuadrado", dijo mi amigo. "Pero insistió en que necesitaba
20 dólares el metro cuadrado, porque eso era lo que había pagado en la década de
los 70".
Si tienes en mente los elegantes trenes bala de Japón o la maravilla de la
fabricación en línea de montaje "justo a tiempo" de Toyota se te perdonará que
pienses que Japón es un ejemplo de eficiencia. No lo es.
Más bien la burocracia puede ser aterradora mientras se gastan enormes
cantidades de dinero público en actividades de dudosa utilidad.
Estas impresionantes tapas de alcantarilla se pueden ver en todo Japón... Y cuestan
una fortuna.
Un ejemplo es del año pasado, cuando descubrí la historia detrás de las
impresionantes tapas de alcantarilla en un pequeño pueblo de los Alpes japoneses.
En 1924, los huesos fosilizados de una antigua especie de elefante fueron
encontrados en un lago cercano. Se convirtió en un símbolo de la ciudad y, hace
unos años, alguien decidió reemplazar todas las tapas de las alcantarillas por otras
nuevas que tendrían una imagen del famoso elefante en la parte superior.
Esto ha estado sucediendo en todo Japón.
Ahora existe una Sociedad Japonesa de Tapas de Alcantarilla que afirma que hay
6.000 diseños diferentes. Entiendo por qué a la gente le encantan estas tapas. Son
trabajos de arte. Pero cada uno cuesta hasta US$900.
Es una pista de cómo Japón terminó con la montaña de deuda pública más grande
del mundo. Y la creciente factura no se ve favorecida por una población que
envejece y que no puede jubilarse debido a la presión sobre la atención médica y
las pensiones.
A menudo se describe como un país que se ha modernizado con éxito sin
abandonar lo antiguo. Hay algo de verdad en esto, pero diría que lo moderno es
más bien una fachada.
Cuando renové mi licencia de conducir japonesa, el personal exquisitamente cortés
me llevó de la prueba de la vista a la cabina de fotos para pagar la tarifa y luego me
pidió que me presentara en la "sala de conferencias 28". Estas conferencias de
"seguridad" son obligatorias para cualquier persona que haya tenido una infracción
de tráfico en los últimos cinco años.
Adentro encontré un grupo de almas de aspecto desconsolado esperando que
comenzara nuestro castigo. Un hombre, vestido muy elegantemente, entró y nos
dijo que nuestra "conferencia" comenzaría en 10 minutos y ¡duraría dos horas!
Ni siquiera es necesario que entiendas la conferencia. Yo no entendí muchas de las
cosas que decían. Mientras la charla llegaba a su segunda hora, varios de mis
compañeros de clase se quedaron dormidos y el hombre a mi lado completó un
boceto bastante bueno de la torre de Tokio. Estaba aburrido, resentido y me parecía
que el reloj en la pared se burlaba de mí.
"¿Cuál es el punto de esto?" Le pregunté a mi colega japonés cuando regresé a la
oficina. "Es un castigo, ¿verdad?"
"No", dijo riendo. "Es un esquema de creación de empleo para policías de tránsito
jubilados".
Cuando llegó la pandemia por Covid, Japón cerró sus fronteras incluso a quienes
tenían ya residencia permanente, casa y trabajo en el país. "Son todos extranjeros",
alegó el Ministerio de Exteriores.
Pero cuanto más vives aquí, incluso las partes frustrantes se vuelven familiares,
incluso entrañables. Empiezas a apreciar las peculiaridades, como los cuatro
empleados de la gasolinera que limpian todas las ventanas de tu auto mientras
llenan el tanque y se inclinan al unísono cuando te vas.
Japón todavía se siente como Japón y no como una reproducción de Estados
Unidos. Es por eso que el mundo está tan emocionado con todo lo japonés, desde
la nieve en polvo hasta la moda. Tokio alberga restaurantes superlativos; Studio
Ghibli hace la animación más encantadora del mundo (lo siento, Disney); sin duda el
J-pop es horrible, pero Japón es sin duda una superpotencia de poder blando.
A los geeks y a los bichos raros les encanta por su maravillosa rareza. Pero también
tiene admiradores de extrema derecha por rechazar la inmigración y mantener el
patriarcado. A menudo se describe como un país que se ha modernizado con éxito
sin abandonar lo antiguo. Hay algo de verdad en esto, pero diría que lo moderno es
más bien una fachada.
Cuando la pandemia por el covid golpeó el mundo, Japón cerró sus fronteras.
Incluso los extranjeros con estatus de residencia permanente no podían regresar.
Llamé al Ministerio de Relaciones Exteriores para preguntar por qué los extranjeros
que habían pasado décadas en Japón, tenían casas y negocios aquí, eran tratados
como turistas. La respuesta fue contundente: "son todos extranjeros".
Ciento cincuenta años después de haberse visto obligado a abrir sus puertas, Japón
sigue siendo escéptico, incluso temeroso, del mundo exterior.
El factor externo
Recuerdo un viaje a una pequeña localidad en la península de Boso, al otro lado de
la bahía de Tokio. Estaba allí porque el pueblo estaba dentro de la lista de
poblaciones en peligro de extinción, una de las 900 que hay en todo Japón.
La población local es muy reacia a los extranjeros, aunque sean residentes de larga
data en el país. Esto es una de las cosas que está haciendo que los pueblos pierdan
poco a poco gente.
Los ancianos, reunidos en el salón del ayuntamiento, estaban preocupados. Desde
la década de los 70 habían visto a los jóvenes irse a trabajar a las ciudades. De las
60 personas que quedan solo hay un adolescente y ningún niño.
"¿Quién cuidará de nuestras tumbas cuando nos hayamos ido?" se lamentó un
anciano. Cuidar de los espíritus es un asunto serio en Japón.
Pero a mí, nativo del sureste de Inglaterra, la muerte de este pueblo me parecía
absurda. Estaba rodeado de arrozales de postal, colinas cubiertas por un denso
bosque y con Tokio a menos de dos horas en coche.
"Este es un lugar tan hermoso", les dije. "Estoy seguro de que a mucha gente le
encantaría vivir aquí. ¿Cómo se sentirían si trajera a mi familia a vivir aquí?"
De repente, el aire se podía cortar con un cuchillo. Los hombres se miraron entre sí
en silencio y avergonzados. Entonces uno se aclaró la garganta y habló, con una
mirada preocupada en su rostro: "Bueno, tendrías que aprender nuestra forma de
vida. No sería fácil".
El pueblo estaba en camino a la extinción, pero la idea de que fuera invadido por
"forasteros" era algo peor.
Un tercio de los japoneses tiene más de 60 años, lo que convierte a Japón en el
lugar con la población más anciana del mundo, después del pequeño Mónaco. Se
registran menos nacimientos que nunca y para 2050 podría perder una quinta parte
de su población actual.
Sin embargo, su hostilidad hacia la inmigración no ha flaqueado.
Solo alrededor del 3% de la población de Japón nació en el extranjero, en
comparación con el 15% en el Reino Unido. En Europa y Estados Unidos los
movimientos de derecha señalan al país como un brillante ejemplo de pureza racial
y armonía social.
Pero Japón no es tan étnicamente puro como podrían pensar esos admiradores.
Están los ainu de Hokkaido, los okinawenses del sur, medio millón de personas de
etnia coreana y cerca de un millón de chinos. Luego están los niños japoneses que
tienen un padre extranjero, eso incluye a mis propios tres hijos.
Si quieres ver qué le sucede a un país que rechaza la inmigración como solución a
la caída de la fertilidad, Japón es un buen lugar para comenzar
Estos niños biculturales son conocidos como "hafu" o "mitades", un término
peyorativo que es normal aquí. Incluyen celebridades e íconos deportivos, como la
estrella del tenis Naomi Osaka. La cultura popular los idolatra como "más bellos y
talentosos". Pero una cosa es ser idolatrado y otra muy distinta ser aceptado.
Si quieres ver qué le sucede a un país que rechaza la inmigración como solución a
la caída de la fertilidad, Japón es un buen lugar para comenzar.
Los salarios reales aquí no han crecido en 30 años. Los ingresos en Corea del Sur y
Taiwán han alcanzado e incluso superado a Japón.
Pero el cambio se siente distante. En parte se debe a una jerarquía rígida que
determina quién tiene las palancas del poder.
Los exsamuráis
"Mira, hay algo que debes entender sobre cómo funciona Japón", me dijo un
eminente académico. "En 1868, los samuráis entregaron sus espadas, se cortaron
el pelo, se vistieron con trajes occidentales y marcharon hacia los ministerios en
Kasumigaseki (el distrito gubernamental del centro de Tokio) y todavía están allí".
En 1868, por temor a que se repitiera el destino de China a manos de los
imperialistas occidentales, los reformadores derrocaron la dictadura militar del
shogunato Tokugawa y encaminaron a Japón hacia una industrialización de alta
velocidad.
Pero la restauración Meiji, como se la conoce, no fue una toma de la Bastilla. Fue un
golpe de élite. Incluso después de una segunda convulsión de 1945, las "grandes"
familias sobrevivieron. Esta clase dominante abrumadoramente masculina se define
por el nacionalismo y la convicción de que Japón es especial. No creen que Japón
fue el agresor en la guerra, sino su víctima.
La clase política dominante en Japón es esencialmente masculina, nacionalista y
parte de una élite de tradición antigua. Las mujeres no tienen apenas cabida en ella.
Por poner un ejemplo, el ex primer ministro Shinzo Abe, asesinado el año pasado,
era hijo de un ministro de Relaciones Exteriores y nieto de otro primer ministro,
Nobusuke Kishi. El abuelo Kishi fue miembro de la junta de guerra y fue arrestado
por los estadounidenses como presunto criminal de guerra. Pero se libró de la
condena y a mediados de la década de los 50, ayudó a fundar el Partido Liberal
Democrático (PLD), que gobierna Japón desde entonces.
Algunas personas bromean con que Japón es un Estado de partido único. No lo es.
Pero es razonable preguntarse por qué Japón sigue reeligiendo a un partido dirigido
por una élite que anhela desechar el pacifismo impuesto por Estados Unidos, pero
no ha logrado mejorar el nivel de vida durante 30 años.
Durante unas elecciones recientes conduje por un estrecho valle fluvial excavado en
las montañas dos horas al oeste de Tokio, el territorio del PLD. La economía local
depende de la fabricación de cemento y la energía hidroeléctrica. En un pequeño
pueblo conocí a una pareja de ancianos que caminaban hacia el colegio electoral.
"Votaremos por el PLD", dijo el esposo. "Confiamos en ellos, nos cuidarán".
"Estoy de acuerdo con mi esposo", dijo su esposa.
La pareja señaló al otro lado del valle un túnel y un puente recientemente
terminados que esperan atraer a más turistas de fin de semana desde Tokio.
A menudo se dice que la base de apoyo del PLD está hecha de hormigón. Esta
forma de clientelismo es una de las razones por las que gran parte de la costa de
Japón está plagada de bloques de concreto y sus ríos están amurallados de este
material. Es esencial mantener el bombeo de hormigón.
Estos bastiones rurales son cruciales ahora debido a la demografía. Deberían
haberse reducido ya que millones de jóvenes se mudaron a las ciudades para
trabajar. Pero eso nunca sucedió. Al PLD le gusta así porque significa que los votos
rurales más antiguos cuentan más.
A medida que esta vieja generación fallece, el cambio es inevitable. Pero no estoy
seguro de que signifique que Japón se volverá más liberal o abierto.
Los japoneses más jóvenes tienen menos probabilidades de casarse o tener hijos.
También es menos probable que hablen un idioma extranjero o hayan estudiado en
el extranjero, al contrario que sus padres o abuelos. Solo el 13% de los puestos
gerenciales en Japón lo ocupan mujeres y ni tan siquiera 1 de cada 10 llega al poder
como diputada.
Cuando entrevisté a la primera mujer gobernadora de Tokio, Yuriko Koike, le
pregunté cómo planeaba que su administración ayudara a abordar la brecha de
género.
"Tengo dos hijas que pronto se graduarán de la universidad", le dije. "Son
ciudadanas japonesas bilingües. ¿Qué les dirías para alentarlas a quedarse y hacer
sus carreras aquí?"
"Les diría que si yo puedo tener éxito aquí, ellas también pueden", contestó.
Yo no pude evitar pensar: "¿Eso es todo lo que tienes para decirles?".
Y sin embargo, a pesar de todo esto, voy a extrañar Japón, que me inspira tanto
cariño como habituales brotes de exasperación.
"Me he acostumbrado a cómo es Japón y he llegado a aceptar el hecho de que no
está a punto de cambiar".
En uno de mis últimos días en Tokio, fui con un grupo de amigos a un mercadillo de
fin de año. En un puesto rebusqué entre cajas de hermosas herramientas antiguas
para trabajar la madera. A poca distancia, un grupo de mujeres jóvenes vestidas con
hermosos kimonos de seda estaba charlando.
Al mediodía nos metimos en un pequeño restaurante almorzar un menú del día
compuesto de caballa a la parrilla, sashimi y sopa de miso. La comida, el entorno
acogedor, la amable pareja de ancianos que se preocupaba por nosotros, todo se
había vuelto tan familiar, tan cómodo.
Después de una década aquí, me he acostumbrado a cómo es Japón y he llegado a
aceptar el hecho de que no está a punto de cambiar.
Sí, me preocupa el futuro. Y el futuro de Japón tendrá lecciones para el resto de
nosotros. En la era de la inteligencia artificial, menos trabajadores podrían impulsar
la innovación; Los agricultores ancianos de Japón pueden ser reemplazados por
robots inteligentes. Grandes partes del país podrían volver a la naturaleza.
¿Japón se desvanecerá gradualmente en la irrelevancia o se reinventará a sí
mismo? Mi cabeza me dice que para prosperar de nuevo, Japón debe aceptar el
cambio. Pero me duele el corazón al pensar en perder las cosas que lo hacen tan
especial.
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