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JO H N LYNCH
JUAN MANUEL
D ERO SA S
1829-1852
EMECÉ EDITORES
Ilustración de rapa.- Juan Alais, Gradado. 1836.
Título original: Argentine Dictador Juan Manuel de Rasas 1829-1852.
Onginaüy published ay Oxford University Freos
© John Lynch 1981
© Emecé Editores, S.A., 1984
Alsina 2062 - Buenos Aires. Argentina
Ediciones anteriores; JO.000 ejemplares
3a impresión en offset; 3.000 ejemplares.
Impreso en Compañía Impresora Argentina S.A., Alsina 2041/49,
Buenos Aíres, septiembre de 1985.
JMÍKESO Ef¡ LA ARGENTINA - PAINTED IN ARGENTINA
Queda hecho el depósito que previene ia ley 11,723.
I.S.B.N.; 950-04-0315-3 - "
37.046
Agradecimientos
i Agradezco al doctor Joseph Smith y al doctor Peter Blanchard que me asistiej : ron en la preparación de este libro; a Mr. Malcolm Hoodless y al doctor An1 drew Barnard por su ayuda en la última etapa.
En Buenos Aires, el doctor Ezequiel Gallo, del Instituto Torcuato Di Te. lia, y la señorita Dora Gándara me proveyeron de valiosos datos del Archivo
■ General de la Nación.
I
Los Documentos de Palmerston (Palmerston Papers) han sido utilizados
I f y citados con permiso de los Fideicomisarios de los Archivos Broadlands.
Í Quiero dejar constancia de mi reconocimiento a la Oficina del Registro Públijj; co de Londres; a la Biblioteca Británica; a la Real Comisión de Manuscritos
I ; Históricos y , especialmente. a la Biblioteca del Colegio Universitario de Lon| ; dres, al Instituto de Investigaciones Históricas y al Instituto de Estudios Latijn o a m erica n o s.
■i
Gracias a la inteirvención del Fondo Central de Investigaciones de la UniI .versidad de Londres íue posible la investigación en el Instituto Iberoamericaf nodeBerim.
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|
J.L.
Abreviaturas
ÁGN
Archivo General de la Nación, Buenos Aires
BIEABR
Boletín del Instituto de Historia Argentina “Dr. Emilio Ra vignani”.
BL
British Library, Londres
DEA
HAHR
Documentos para la historia argentina
Hispanic American Historical Review
HMC
Historical Manuscripts Commission, Londres
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Historia de ¡a Nación Argentina
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Public Record Office. Londres
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RIIHJM R Revista del Instituto de Investigaciones Históricas Juan ilfanuefg
. deRosas.
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Introducción
Juan Manuel de Rosas, estanciero, caudillo, gobernador de Buenos Aires e n -,
tre 1829 y 1852, ha dejado perplejos a los estudiosos de la historia durante más
de un siglo, aunque, fuera de la Argentina, son pocos los historiadores que han
intentado comprenderlo. E l tema requiere atención por varias razones. Estu- j
diar a Rosas es estudiar las bases originales dél poder político en la Argenti- :
na. las grandes estancias y su formación, crecimiento y desarrollo. Compren- í
der a Rosas es comprender más claramente la naturaleza de las relaciones
de parentesco, de los vínculos entre protector y protegido, entre patrón y peón,
clave de tantas instituciones políticas y sociales en América Latina. Com-.
prender a Rosas significa comprender más afondo las raíces del caudillism o,.
o dictadura personal, en el mundo hispánico, y discriminar más cuidadosa­
mente hasta dónde constituye una herencia del pasado colonial o cuánto de él
deriva de la independencia y sus consecuencias. Observar a Rosas es obser­
var más de cerca la tendencia a la violencia en la sociedad de esos tiempos, y
el usó del terror como, instrumento de la política. Ver a Rosas es ver la presen­
cia de los intereses'británicos en el Río d éla Plata, el alcance del. apoyo brítámico a la dictadura, los límites de la influencia británica. Conocer a Rosas es ¡
conocer a un extraño y particular personaje, cuya singularidad constituyó, en ;¡
eí cambio histórico, un factor tan considerable como ia economía y la estruc- >
tura social de la época. Éstos son. algunos de los aspectos a los que se dedica
este libro. No constituyen ellos el total de la historia. Dejan a un lado los deta­
lles —aunque no el escenario de fondo— de la política exterior y de las rela­
ciones entre las provincias argentinas, asuntos ambos que preocupaban a Ro­
sas, para concentrarse en Buenos Aires, su economía, su sociedad y su gobier­
no.
Muchos escritores se han ocupado del tema, y unos pocos historiadores,
en la Argentina misma. Existe ciertamente el riesgo de que un nuevo estudio
pueda convertirse .en un ejercicio de tautología. ¿Acaso no es Rosas autoevidente? ¿Es que no lo conocemos ya? Los intelectuales liberales y los estadis­
tas no tenían dudas. Domingo F. Sarmiento escribió que: "Rosas y todo su sis­
tema fue aborto de la ^ i^ d a T ¥ '^ d a ' dOSCK^^ le g u 5 s3 g T 5 H 3 t^ ^
súshermanos,fautor^y g eñ eralesraunier6hjñ Ís^ m n w.‘rB ^^om é'T ^ffe
9
lo identificó inequívocamente como tin estanciero: “representante de los inte-j
reses.de los grandes hacendados y jefe militar de los campesinos”, quien va-1
Ü'éndose de un control absoluto sobre el gobierno y los sectores del trabajo de-j
terminó el desarrolló económico y social de Buenos Aires durante medio si-,
glo.’ Según jotro punto de vista : “Rosas fue io que el pueblo, argentino quiso';
que fuese”.3
"
.
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Todos estos juicios son acertados, pero no constituyen toda la verdad. En
primer lugar, la base social delrosismo debe aún ser localizada con precisión;.?
¿Gozaba Rosas del apoyo de toda la d ase terrateniente? De haber sido así„|
¿cuál fue el motivo de la revolución del Sur. en 1839, y de las deserciones de su i
causa en 1852? Hay cierta confusión también en lo concerniente a sus vínculos j
con los sectores populares. ¿Disponía Rosas de. una fuerza masiva que lo si­
guiera de entre los gauchos? Si así era, ¿cómo respondieron a su severa políti­
ca agraria? ¿Y no existía acaso otro grupo, un sector urbano de artesanos y
personal de servicio, cuya relación con Rosas todavía debe ser establecida ? *
Algunos historiadores argentinos han interpretado ya a Rosas como un
conductor de masas, un precursor del dictador populista. Esto se halla implí­
cito en uno dé los primeros estudios revisionistas sobre Rosas., el de Ernesto j
Quesada, quien describe el conflicto.entre unitarios y federales como si fuese ]
entre propiedad y pobreza, aristocracia y democracia, conservadorismo y re.- 'i
-volucíón. “Fomentó las clases populares: su base eran los gauchos y los orille- ¡i
ros, a los que unió los negrQs^?rDemÓcratá^óT'féinDéraménto.Jas masas.po-'i
píüarés~fueron"sírbjffu^
a Rosas ]
énTérminos dirigidos OTntras£es,"cómo la personificaciónH etM enVernal,
y el verdadero registró de su gobierno resallo perdido en la'mitólogía.’ Even- \
tualmente¡ las preocupaciones ideológicas desbordaron el tema, y muchas de - ?
las modernas publicaciones sobre Rosas hablan más del presente que del pa- l
sado. Hay nuevos mitos, de la derecha-y de la izquierda. José María Rosa ve ;
á Rosas,como eLelegido de Dios y de los^gauchos,j a eorporizacíóñ'deloS'vMores argentinosrehazote'deYáimPeriafeía^GfaSYétáMT^Desdéla. cítra ala po- ■
Mica; los'ltiicrós'de Eduardo^B.'A;steslnÓYÓYóii^sicámente diferentes. Sí i
bien reconoce el verdadero origen de Rosas como estanciero, lo presenta sin i
embargo como un populista, cuyo nacionalismo comprende no sólo objetivos' ?
políticos y económicos sino también una profunda conciencia social. Según I
esta interpretación, los unitarios constituían una aristocracia urbana y mer- ■;
cantil, mientras que los federales representaban a “las m asas”, a “los secto- j
res populares”. Rosas lanzó una revolución social cuando subió tempestuosa­
mente al poder en 1829 como el “defensor del orden y de la legalidad, repre­
sentando las m asas, los gauchos, la pampa." Pero pronto amplió su base: “El
rosismo. como movimiento popular, como expresión de la revolución popu­
lar. avanza ahora de las campañas al poblado, ganando hasta los mismos ne­
gros”.®
Algunos historiadores profesionales han interpretado a Rosas desde un
punto de vista menos comprometido. El profesor H. S. F em s lo describe en
términos pragmáticos como un defensor de la independencia nacional, pro­
tector de su provincia y alternativa única de la anarquía.7 Miron Burgin
bace referencia a su atractivo popular diciendo que es simplemente un pro­
veedor de recursos y empleo: “Si bien representaban primariamente los inte­
reses y aspiraciones de la industria de Jos criadores de ganado, los federales
se dedicaban también, al mismo tiempo, a las clases más bajas tanto de los
distritos rurales como de la ciudad, ”0 Según Tuiio Halperín, la politización de
las masas rurales y la movilización popular contra los unitarios en 1829 con­
vencieron a Rosas de que el Rio de la Plata sólo podía ser gobernado “popular­
mente” . Aunque Rosas estaba lejos de ser demócrata, decidió que el nuevo
equilibrio era irreversible y se colocó a la cabeza del peligroso sector popular
a fin de poder controlarlo y usarlo. De esa manera logró de inmediato conver­
tir a las masas rurales en sus clientes y su baseú
En la Argentina, Rosas continúa provocando sentimientos de fascinación
y de indignación, y los juicios que le atribuyen todo el bien o todo el mal no aca­
ban nunca. En Inglaterra ha sido olvidado hace tiempo, aunque Inglaterra lo
apoyó, lo combatió, comerció con él y finalmente lo rescató. Los historiadores
de Palmerston y su diplomacia, cuando se refieren al Río de la Plata, sonpoco
curiosos con respecto al hombre y al mundo existente detrás de los hechos. Sin
embargo, Rosas fue interesante en algún momento para los escritores ingle­
ses y cautivador para el público inglés. Lo conocieron al principio como un ti­
rano cruel, impresión transmitida por las columnas normalmente hostiles de
The Times. Ése fue también el juicio informado al gobierno por algunos de los
primeros diplomáticos; como declaró uno de ellos su autoridad estaba constituí-.
da por “el sistema de la amenaza y el terror. ”10Sin embargo, el público pronto
dispuso de un retrato de Rosas más serio y. en cierta forma, más favorable.
En agosto de 1833, el JIMS Beagle llegó a la desembocadura del Río Negro
en las etapas iniciales de su expedición científica a la América del Sur, y el jo­
ven naturalista Charles Darwin desembarcó e inició un viaje bacía el interior.
Pasó por las ruinas de algunas estancias destruidas por los indios y luego se
dirigió al norte “a través de monótonos y tristes campos deshabitados, en los
que sólo encontró dos manantiales de agua salobre”, hasta que, finalmente, la
campiña desértica dio lugar a las planicies más verdes del Río Colorado.11 Se
encontró allí con el cuartel general del general Rosas y su caballería de feroz
aspecto, empeñados a la sazón en la así llamada “campaña del desierto” con­
tra los indios. Darwin conoció a Rosas y conversó con él. “Es un hombre de ex­
traordinario carácter”, escribió en su diario, “y tiene en el campo una gran .in­
fluencia que probablemente utilizará para hacerlo progresar y prosperar.”
Darwin se enteró de su eficiencia para administrar estancias, ae sus excéntri­
cos métodos disciplinarios, sus asombrosas proezas como jinete, su identifi­
cación con los gauchos. Quedó impresionado por su gravedad, inteligencia y
entusiasmo, aunque notó que raramente sonreía y si lo hacía, era m ás una ad­
vertencia que una amabilidad. También demostró Darwin cierta inquietud
por la política de Rosas con respecto a los indios. “Hay una sangrienta guerra
II
de exterminación contra los indios1'., escribió'a Caroline Darwin.12 Y en suf
Diario hizo esta anotación: “Si la campaña finaliza con éxito, es decir, si todos!
los indios son liquidados, se ganarán grandes extensiones-de campos para laf
producción de ganado vacuno..: El campo quedará en manos de los salvajes!
■ gauchos blancos en lugar de los indios cobrizos. Algo superiores los primeros 1
en cuanto a civilización, así como soninferiores en lo que hace a virtudes m o-|
rales.!’13 Los indios obsesionaban a Darwin. Más tarde, desde las Islas Malviví
ñas, volvió al tema en una carta dirigida a Edward Dumb, un comerciante in-1
glés que se hallaba en Buenos Adres: “ ¿Cómo les va a los indios contra ese Cé-1
sár de Rosas? ”14 En realidad, Darwin estaba equivocado, traicionado por un j
cierto prejuicio contra las razas mestizas y mostrándose injusto con res- f
pecio á la Campaña del Desierto. Es verdad que Rosas consideraba %
salvajes a los indios, pero no había salido a exterminarlos, sino más bien a I
darles una corta y acerba lección, para mostrar la bandera, empujar hacia |
atrás la frontera y negociar desde una posición de fuerza. Lejos de extermi- J
nar a los indios, su expedición obtuvo un acuerdo de paz y coexistencia para I
varias décadas subsiguientes-, y la solución militar esperó a ios gobiernos de |
las presidentes constitucionales.
|
Darwin dejó a Rosas en buenos términos. “Quedé absolutamente com pla-1
cido en mi entrevista con el terrible general. E s digno de verlo, ya que se traía I
decididamente déla-personalidad más prominente de América del Sur. ”15Ro-í ■§
sa-s ayudó al viajero facilitándole caballos y un pasaporte para el viaje á: f
Bahía Blanca y luego, a través de las pampas, hasta Buenos Aires. Algo más J
tarde, le demostró aún su preocupación al aconsejarle, mediante un mensaje- f
ro, que se uniera a una escolta de tropas que marchaba con su mismo rumbo, ¡
cruzando regiones infestadas de indios. En Guardia del Monte, Darwin dur- |
mío en la gran estancia de Rosas, más parecida a una fortaleza que a un esta- |
bleeimiento de campo. con rigurosa guardia para la casa, inmensos rebaños y í
doscientos peones. Por sus propias observaciones, el científico quedó conven- j|
cido de que el entusiasmo que despertaba Rosas era general en toda la provin;cía, que esperaban de él que librara a la gente del desgobierno, y que pronto f
sería él quien condujera el país en forma absoluta A6Más tarde, después de regresar a Inglaterra, Darwin escribió su Diario déla expedición, que fue publi- i
eado en 1839 y dejó a los lectores ingleses con una favorable impresión del die- j
tador argentino. Pero luego reconsideró sus juicios y, en la edición de 1845, |
agregó una nota al pie de la página diciendo que su profecía de un próspero go- ¡
Memo había resultado ser “total y lamentablemente equivocada ”. evidencia ¡
al menos de las noticias que circulaban en Gran Bretaña y del continuado inte- §
rés de Darwin por la Argentina. Se encontró una vez m ás con Rosas en South- f
ampton, a un mundo de distancia de la Campaña del Desierto de 1833.
|
Woodbine Parish dejó el Río de la Plata un año antes de que llegara Dar- 1
win. Había estado allí-desde 1824, como primer Cónsul General Británico, en- |
tre otros enviados a la América Hispánica por Canning para representar los f
intereses británicos en los-nuevos estados. Al principio, Parish se sintió deseo- *
I
J
l
12
i
razonado por esta sociedad primitiva y anárquica y por una vida que estaba
en los límites de la civilización. Pero reservó para sí mismo sus pensamien­
tos. informó cuidadosamente al Foreign Office sobre la situación política y
económica, defendió resueltamente los intereses británicos, y aun encontró
tiempo para perfeccionar sus conocimientos reuniendo documentación, estu­
diando el país, su pueblo y sus recursos, y convirtiéndose en un experto en re­
lación con este remoto y en gran parte desconocido territorio. Parish era un
aficionado 'a la paleobiología y, cuando regresó a Inglaterra en los primeros
meses de 1832, llevó con él no sólo sus anotaciones históricas sino también su
colección de esqueletos de mamíferos extinguidos, una modesta contribución
a los avances del conocimiento. Tenía por delante aün una larga vida y otras
actividades, pero no perdió su interés por el Río de la Plata, En 1333 publicó
Buenos Ayres and the Rio de la Pía ia, seguido en 1852 por una segunda edición
revisada, que informaba sobre la historia de la región asi como sobre su situa­
ción en ese entonces y sus posibilidades futuras.17 En sus despachos. Parish
había expresado su satisfacción por el acceso de Rosas al poder en 1829, y io
describía como un hombre fuerte y probo, restaurador de la ley y el orden, y
amigo de los británicos. En el libro, fruto de una mayor reflexión, no intentó
realizar una estimación general del dictador, pero sus referencias eran fa­
vorables y parecía seguir admirándolo todavía. Por sobre todas las cosas, el
libro continúa siendo una fuente de valiosa información sobre el ambiente v la
economía en el Río de la Plata en la época de Rosas.
La política británica con respecto al Río de la Plata, que culminó con.el
bloqueo de Buenos Aires entre 1845 y 1847, ocasionó una interminable polémi­
ca en las columnas de la prensa de Londres, parte de ella —en el Morning
Chronicle— inspirada por la propia propaganda de Rosas, y otra parte—en
The Times— originada por sus opositores desde Montevideo. Hubo también
ciertas publicaciones en forma de panfletos, de efímera existencia, pero que
evidenciaban los intereses prevalecientes y el nivel de información disponi­
ble. Los comerciantes británicos que actuaban en Buenos Aires en esos días
aclararon perfectamente a su gobierno que Rosas era su mejor protector y
que los privilegios de los cuales gozaban los colocaban en posición más fuerte
que la de los nativos, ya que tenían todos los derechas délos ciudadanos y nin­
guna de sus obligaciones, ün panfleto anónimo publicado en Londres en 1847
sostenía con respecto al gobierno de Rosas sobre su propio pueblo que, por
más opresivo que fuera, no era de la incumbencia de Gran Bretaña, cuyo úni­
co interés residía en su política exterior; “ni necesitaríamos ir a tanta distan­
cia como queda el Río de la Plata para ejercer nuestra filantropía, en caso de
que se juzgara conveniente para nuestros intereses nacionales que adoptára­
mos una política tan quijotesca.”18
Los británicos continuaron llegando al Río de la Plata por muchas razo­
nes. Ninguno de los viajeros tenia las credenciales científicas de Charles Dar­
win, y pocos de. los diplomáticos los intereses intelectuales de Woodbine Pa­
rish. Pero dos observadores se destacaron por sobre el nivel normal, y ambos
13
dejaron relatos originales sobre la vida en las pampas. William MaeCann era Jj
un comerciante inglés que arribó al Río de ia Plata en 1842. En 1-846 publicó:
un trabajo preliminar sobre temas políticos. Más'tarde, entre 1847 y 1848 efec-:f
tuo viajes ¿I sur y al norte de'Ja-provincia de Buenos Aires-: “mientras me ha^fj
liaba buscando aperturas hacia nuevos campos de comercio, durante ambos _
viajes, mi propio interés me indujo a estar alerta en mis observaciones y a ser 1
exacto en mis juicios.”13 En una prosa tan vigorosa y clara como el aire de las f
pampas, MaeCann registró con simpatía y ojo penetrante para los detalles la 1
vida rural de Buenos Aires, Córdoba, Santa Fe y Entre Ríos en los tiempos dé i
Rosas, y desde entonces es mucho lo que le deben los historiadores. MaeCann jf
fue acusado en la Sala de Representantes de ser m espía inglés y de realizar I
su viaje por cuenta del gobierno británico con el objeto de recoger informa- ¡i
ción de utilidad para sus intereses. Rosas se enteró del problema y lo invitó a |.
su residencia dé Palermo, donde aseguró al inglés que tenía libertad para con- I
tinuar efectuando sus viajes. MaeCann encontró a Rosas agradable y muy accesible: “su hermoso y rubicundo rostro, y su aspecto fornido... le daban la |
apariencia de un caballero de la campiña inglesa. ” Conversaron bajo la som- |
bra.de los sauces: “llevaba una chaqueta marinera, con pantalones azules y , |
gorra, y tenía en la mano un largo y curvo bastón. ”20
i
Otro observador británico, Wilfrid Latham, mostró menos simpatía ha- I
d a Rosas y su gobierno. Escribió en forma retrospectiva, durante la década:
iniciada en I860, y la Argentina que él describía estaba ya cambiando rápida- f
mente. Había criado ovejas durante veinticuatro años desde su llegada en los i
comienzos de la década de 1840 y mientras transcurrían los últimos diez años f
dél régimen. Su versión de Rosas y su época es un relato convencional de |
crueldades, fanatismo y estancamiento económico, pero su descripción de las I
consecuencias tiene valor perdurable al contrastar lo viejo y lo nuevo, la tran- |
sición de las vacas a las ovejas, y ej avanee hacia la modernización en la in- |
fraesíructura y la tecnología.21
f
Rosas fue derrocado en 1852 y, después de un largo exilio, murió en South- |
ampíon en 1877. Gradualmente,, a medida que eran menos sus contemporá- J
neos que quedaban, se iban desvaneciendo en Gran Bretaña los recuerdos de |
su vida y su época, aunque no era así en el Rio de la Plata. Sir Woodbine Pa- I
rish, al escribir a la hija de Rosas en el año siguiente a la muerte de su p a d re,. ;|
observaba con cierta ironía: “Es muy difícil ahora encontrar a alguien que j
recuerde, lo que era Buenos Aires hace cincuenta años. ”n Sin embargo, en la I
Argentina nadie olvidó a Rosas, y en los ambientes primitivos del campo. aún I
estaba vivo. En uno de sus extraños cuentos de viajes y aventuras en el inte- |
rior del Río de la Plata. Cunninghame Graham recordaba una violenta escena [
de su juventud, en una pulpería en las pampas meridionales. Describría a un j
grupo de hombres que se hallaban en el lugar, cantores y guitarreros que be- ¡
bían. fanfarroneaban y peleaban mientras algunas mujeres-los observaban j
desde un lado; de pronto, un viej o gaucho, provocado por las palabras de hom- j
bres más jóvenes, sacó su cuchillo y gritó “Viva Rosas”, para demostrar su j
I
14
actitud desafiante, su ira y su salvajismo. Esto ocurría alrededor de 1876o 77,
veinticinco años después de la caída de Rosas. ¿Era simplemente la nostálgi­
ca embriaguez de un viejo gaucho venido a menos? ¿O se trataba de la año­
ranza folklórica de una revolución popular ? Es imposible decirlo. Pero el mis­
mo Cunninghame Graham, invadido por un extraño impulso, abandonó e!
grupo y salió a galopar furiosamente por el campo gritando " ¡ viva Rosas i !!23
Aunque Cunninghame Graham era un terrateniente escocés se identifica­
ba tanto con los declinantes valores del gaucho como lo había hecho con las
victimas de la sociedad industrial en Gran Bretaña, y sus escritos conserva­
ros para los lectores británicos la historia, las escenas y la cultura de aquella
antigua y primitiva vida en las pampas, antes de que se transformaran en una
délas grandes regiones productoras de carne y granos en el mundo. También
era amigo de otro experto en temas del Río de la Plata, W. H. Hudson, supe­
rior como escritor y observador más agudo de las pampas y su gente, de ma­
nera m ás reflexiva y con menos tintes aventureros. Si alguien recordaba lo
que había sido Buenos Aires mucho tiempo atrás, era él.
Hudson dejó la Argentina en 1874, muchos años después de la caída de Ro­
sas, y nunca regresó a ese “país fatal”, donde había vivido desde su nacimien­
to en 1841,24 En noviembre de 1915, mientras se hallaba deprimido y enfermo
en la casa de reposo de un convento, en Cornwall, empezó a rememorar su ni­
ñez.25 Buscando más allá de posteriores sumas de conocimientos sobre la Ar­
gentina, Patagonia, Sussex, Hampshire y Wiltshire, descubrió los primeros
recuerdos de todo aquello, los de su niñez de tanto tiempo atrás en las pampas,
y las imágenes de ese mundo distante volvieron como un torrente con toda su
pureza y frescura, una visión del pasado que en seguida se hizo clara y conti­
nua. Fue una extraordinaria proeza de memoria, una recreación, en prosa
cristalina, de un país y una sociedad de sesenta y cinco años antes. Recordaba
especialmente la vida en el campo, ei mundo azul, verde y amarillo de las es­
tancias, y las modalidades extrañas y violentas de sus habitantes.
Vemos que-todas las tierras que nos rodean son llanas, el horizonte es un circulo perfecto
de nebuloso color azul donde la bóveda de un cielo azul cristalino descansa sobre el nive­
lado mundo verde. Verde al final del otoño, el invierno y te primavera, es decir, desde
abril hasta noviembre, pero no todo era como una verde pradera cubierta de hierbas: ha­
bía zonas desnudas donde las ovejas habían pastado, pero la superficie variaba comple:
lamente y en su mayor parte era más o menos áspera...
En todas astas extensiones visibles no había cercas, y tampoco árboles, excepto,
aquellos plantados en proximidades de las casas de las viejas estancias, y como éstas se
hallaban'aleiadas de los campos arados y las plantaciones, parecían pequeñas islas ar. boladas o montes, azules a 1a distancia, sóbrela inmensa llanura de ia pampa.26
Así introducía Hudson a sus lectores en el mundo de los gauchos y los pas­
tores, del ganado vacuno y de los caballos, de los patriarcas de las pampas,
viejos estancieros y nuevos colonos británicos, un mundo sólo visitado por él
pampero, el gran viento del sudoeste, por violentos incursores, por oficiales
reclutadores en busca de conscriptos y por fugitivos de la justicia o de un ejér-
15
cito enemigo. Pero Hudson también recordaba visitas aBuenos Aires durante!
los últimos años de la dictadura de.Rosas. Guardaba en su memoria las rectas!
calles, los angostos pavimentos, y el ruido de los carros sobre el empedrado d e |
adoquines; y, como Darwin, también él vio uno de los bufones de la corte d el|
dictador. Con oídos dé niño oyó las conversaciones de ios adultos sobre R osasl
y sus enemigos, la cruel necesidad de su autoridad, su llamado a la imagina-J
ción popular. Aprendió que ios gauchos lo ayudaron a tomar el poder sólo p aral
quedar finalmente desilusionados cuando empezó a privarlos de su libertad. |
Recordaba los nombres que le habían puesto sus enemigos, ‘'el Tirano del R ío |
de la P lata", ~ei píerón dé America del Sur”, “el Tigre de Palermo”. y él mis-1
mo, por su parte, lo resumía como “el m ás sangriento, así como el más origi-1
nal de los Caudillos y Dictadores, y asimismo, tal ves el más grande de quie-1
nes han subido al poder en este continente de repúblicas y revoluciones. ’rS7Ob-1
servó que mientras algunos lo aborrecían otros estaban de su lado, aún mu- J
chos años después de su caída, y entre éstos se encontraba la mayoría de los 1
residentes ingleses en el país. En el mundo de Hudson, no todos los británicos.I
son figuras uniformemente simpáticas. En The Purple Land, describió una $
colonia de borrachos británicos que llevaban una vida inútil e inmoral, dejan-1
do las tareas rurales a cargo de sus peones mientras ellos-se embriagaban has- f
ta la.estupidez, insultaban a los nativos y hablaban como caricaturas de los I
expatriados. Esto era en Uruguay. Pero en Allá lejos y hace tiempo, los britá-1
nicos eran sobrios, ambientados y pro-Rosas.
' I
Cunninghame Graham y W. H. Hudson mantuvieron vivo el mundo de R o-1
sas.y de las grandes llanuras en la literatura inglesa hasta bien entrado el si-1
glo XX, pero luego la tradición murió. Tuvieron un discípulo, queescueho y 1
aprendió, y, en 1918, brindó a un desinteresado público un largo poema narra- f
tivo sobre Rosas. John Masefield había visitado América del Sur brevemente f
en su juventudes calidad de marinero, pero era evidente que había estudiado f
la historia de Rosas de otras fuentes, literarias u orales. E l poema culmina |
con la ejecución, por el bien de la moralidad, de la joven Camila y su amante §
sacerdote, una de las inexplicables crueldades de la dictadura, episodio cono- ,f
cido por Hudson pero no común en las letras inglesas. El Rosas de Masefield f
es una curiosa mezcla de hechos, imaginación e inexactitud, y no constituye I
gran poesía: pero d autor hace algunas afirmaciones válidas y entiende que I
Rosas prometió sacar al pueblo de la anarquía si le daban poderes absolutos. I
¡
Así llegó Rosas al poder. Pronto su garraAferró a todo el país como si hubiera sido un caballo.
Iglesia, Dinero. Ley, todo cedió. Controló
Las salvajes pasiones de esas tierras con su fuerza aun más salvaje.
Y a través de sus lágrimas, de tanto en tanto.los hombres oyeron *
A sus esclavos adorar su astuto crimen.
Y sí la ciudad, aterrorizada hasta el espanto
Lo aborrecía como esclavos a sus amos, aún él seguía siendo
El amado capitán de los Gauchos: podía atraer
A gusto sus corazones con su habilidad de jinete,
16
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Nadie montó jamás como Rosas; nadie como él
Fue capaz de hablar su jerga o comprender sti misterio,38
___La literatura inglesa describió, m ás que interpretó, a Rosas. P ara encon­
trar una explicación, el estudioso debe recurrir a un filósofo político que escri­
bió un siglo y medio antes que naciera Rosas. La condición natural del hom­
bre, tal como fuera caracterizada por Thomas Hobbes en 1651, era una casi
perfecta descripción de la Argentina después del colapso del poder español en
1810 y antes del advenimiento de Rosas en i82r. “durante el tiempo en que los
hombres viven sin un poder común que mantenga a todos ellos bajo el temor,
se encuentran en aquella condición llamada-guerra; y qué guerra, ya cue es
de cada- hombre contra cada hombre, ” La afirmación de los derechos indivi­
duales se-convírtió en anarquía, interrumpida solamente durante breves in­
tervalos de gobierno efectivo, y la anarquía alcanzó un punto en el que ningún
hombre ni su propiedad se encontraban a salvo de los ataques enemigos. La
única forma de defenderse a sí mismos de los daños'provocados por otros y de
la invasión de extraños fue ceder sus derechos de gobierno y conferir todo el
poder a un solo hombre. “Porque mediante esta autoridad, otorgada por cada
individuo particular en el Commonwealth, es tanta la fuerza y el poder confe­
ridos y de que dispone que, por el terror que ello produce, es capaz de contro­
lar las voluntades de todos ellos, de lograr la paz interior y la mutua ayuda
contra los enemigos exteriores.’'29
17
■
'
CAPÍTULO I
Señor de las llanuras
i Juan Manuel de Rosas nació al privilegio y la propiedad en una tierra nueva y
¡ una antigua sociedad. La familia y la frontera fueron las primeras influencias
que lo formaron. Su herencia era colonial y sus antepasados se habían esta­
blecido en el Río de la Plata por varias generaciones atrás, patricios no sólo
por su linaje sino también por sus rangos y propiedades.1 Su abuelo materno,
Clemente López de Osornio, un terrateniente y oficial de milicias de Buenos
Aires; era un clásico ejemplo de soldado-estanciero, un recio guerrero de la
frontera india, que.murió con las armas en lamanodefendíendo su propiedad
sureña.en 1783. Por el lado de su padre, Rosas descendía de una línea de milí:tares coloniales y funcionarios oficiales. Su abuelo paterno, Domingo Ortiz de
Rozas, había emigrado a América desde la provincia española de Burgos, en
1742, y después de una oscura carrera como soldado profesional, se retiró en
modestas condiciones con el grado de capitán. Su hijo, padre de Rosas, León
Ortiz de Rozas, nació .en Buenos Aires en 1760-y también él continuó la tradi­
ción familiar uniéndose a un regimiento de infantería de Buenos Aires y al­
canzando el .grado-de capitán en 1801. Pasó cinco meses prisionero délos indios
antes de ser rescatado de vuelta a la civilización. Ése fue su principal argu­
mento para reclamar la gloria militar y el resto de su carrera transcurrió sin
distinción alguna; terminó sus días como un caballero estanciero, leyendo,
jugando a las cartas e inspeccionando sus propiedades. Murió en 1839, reci­
biendo honores gracias a su condición de padre de un hijo famoso.
Sin embargo, la influencia más poderosa sobre Rosas no fue su padre sino
su madre. Doña Agustina López de Osornio había heredado de su padre su
rica estancia, El Rincón de López, pero también su carácter despótico y alti­
vo. De los veinte hijos que tuvo sobrevivieron diez, a los que crió con extrema
dureza, azotando con látigos a los niños para someterlos, aún durante su ado­
lescencia. Ella era la verdadera cabeza de familia, y dirigíala casa y la estan-
19
cía de manera casi tiránica. Dejó en Juan Manuel una impresión imborrable;!
escribió en su vejez: “No hay día que no me acuerdo de mi madre, sintiendo!
siempre su pérdida, y no haberla podido acompañar tanto como eran m isi
constantes deseos, porque las ocupaciones públicas me 3o impedían”.2 ., I
Era a través de su madre que Rosas estaba emparentado con los AnchoJ
rena, una de las familias mas ricas de tono el Río de la P la ta : Juan José, To-y
más Manuel y Nicolás Anchor ena, hijos de un comerciante inmigrante vasco J
eran sus primos segundos y pronto se convertirían en sus socios y aliados. |
El futuro caudillo, por lo tanto, comenzó su vida con excelentes ventajas.?
La tierra era su legado, su patrimonio las pampas. Nació el 30 de marzo dej
1793 en la casa que tenía su familia en la ciudad de Buenos Aires, siendo el p ri-|
mogénito de sus padres. Su educación, aunque rudimentaria, era apropiada!
para el papel que debería desempeñar. Le enseñaron en el hogar a leer y es-fjj
cribir, y luego, a los ocho años de edad, lo enviaron por un corto tiempo a u n a|
escuela privada de Buenos Aires. Según el observador inglés William MacCann: “Me dijo que su educación había costado a sus padres tan sólo cien d ó -|
lares, ya que apenas había concurrido a la escuela durante un año; y su m aes­
tro acostumbraba decirle: !Don Juan, no debe preocuparse por los libros;;
aprenda a tener una buena mano, porque pasará toda su vida en una estan­
cia. ,. no se moleste con la enseñanza.: ”3Rosas pasó una mayor parte de su ju­
ventud en la estancia que en la escuela, conociendo las cosas del campo y laí
vida y lenguas de los indios. Su sobrino y biógrafo, Lucio Mansilla, afirmaba!
que el joven Rosas estuvo siempre destinado a ser un hacendado, porque ésa:]
era la ocupación de la élite en Buenos Aires: “Siendo sus padres pudientes, y!
hacendados por añadidura, en cuanto eso implica en el Río de la Plata tener)
estancia, no podían pensar y no pensaron en dedicarlo al clero, ni a la milicia,.!
ni a la abogacía, ni a la medicina, profesiones que precisamente, sólo eran eífí
refugio de los que no debían contar con gran patrimonio ” .4 •
|i
Mansilla exageraba, o le faltaba el sentido cronológico. La colonia no po-g
seía grandes haciendas pobladas de peones, características de otras partes |
de América Hispánica. .Alrededor del año 1800, la estancia todavía no había ,
adquirido el prestigio social y la supremacía económica que tuvo posterior­
mente. Los comerciantes eran probablemente superiores en riqueza y status-í
&aquellos que tenían tierras y nada más. Por lo menos eran vitales aliados y |
tenían capacidades admiradas por todos y que tampoco ignoraba Rosas. Pero
él creció despreciando cualquier carrera de escritorio páralos jóvenes. Como!
lo explicaba más tarde: “He llegado a creer que la carrera mejor que puedes I
darles es la agricultura y pastoreo”, y él enseñó a sus propios hijos las labores |
de campo y los estableció en sus propias estancias. Su educación formal q u e-f
dó complementada con sus propios esfuerzos en los años subsiguientes. Rosas |
no-era completamente iletrado, aunque su elección de autores se hallaba lim i-!
tada por la época, el lugar y su personal predisposición. Parece haber tenido !
cierta inclinación, aunque superficial; hacia algunos pensadores políticos ¡
menores del absolutismo francés.
I
20
Los acontecimientos políticos de esos tiempos, de soma importancia para
la Argentina,'resultaban marginales en el mundo de Rosas. Cuando una expe­
dición británica invadió el Río de la Plata en 1806, Rosas tenía trece años y,
junto con otros niños de su edad, sirvió como ayudante de municiones en el
[ ejército popular organizado por Santiago de Líniers y que derrotó a los britá| dícos en agosto de dicho ano. Durante la segunda invasion inglesa, en 1807, Ro[ sas prestaba servicios en la Caballería de los Migueletes, pero probablemente
[ no pudo participar en los combates por enfermedad.5 Fue después con sus.pa[ (ires al campo, a trabajar en su estancia. Tres años más tarde, Rosas fue uno
[ de los muchos que se quedaron en sus casas durante la Revolución de Mayo de
j 1810, que inició la independencia de España de la Argentina. La ejecución de
f Santiago Liníers, ex virrey, realista y hombre de la contrarrevolución, lo inI dignó: “ ¡Liniers! Ilustre, noble, virtuoso, a quien yo tanto he querido, y he de
í querer por toda la eternidad, sin olvidarle jamás. ”6Sin llegar a desafiar el he| cho de la independencia, Rosas no ocultó su preferencia por el orden social coi lonial: “Los tiempos, actuales no son los de quietud y de tranquilidad que pre! cedieron el 25 de Mayo... Entonces la subordinación estaba bien puesta; el
fuego devorador de las guerras civiles no nos abrasaba; había unión'’.7 Estaba
: hablando de la frontera india en particular, es verdad, pero los sentimientos
: tenían significado más amplio. R osas, como muchos de su clase, consideraba
eLperíodo colonial como la época de oro, en que la ley gobernaba y la propie­
dad era determinante. Además, creía profundamente en los valores hispáni­
cos. Cuarenta años después de la Revolución de Mayo, todavía eran evidentes
esos sentimientos de Rosas, al punto de ser reconocidos por un observador in­
glés : “E l general Rosas, aunque se esfuerza a veces.por disimularlo, estoy se­
guro de que nunca simpatizó con la lucha por 3a independencia. En su momen­
to, no tomó parte en el movimiento, y creo que no era patriota de corazón. Sus
ideas actuales son todas españolas, y exactamente iguales a las que uno oye a
los sobrevivientes del otro partido, llamados godos. ”s
La Revolución de Mayo, por consiguiente, influyó poco en la formación
del caudillo. Desde 18U se concentró en la administración de ia estancia de
sus padres. El Rincón de López, sin recibir salario alguno, tan sólo la oportu­
nidad de aprender. Se casó en 1813, eontra los deseos de su madre, como era
sabido. Su esposa, Encarnación Ezcurra y Arguibel, pertenecía a una familia
de clase alta de Buenos Aires y , como su marido, había nacido para la riqueza
y el status. Poco tiempo después, convencido de que su hermano Prudencio te­
nía la edad suficiente como para hacerse cargo, Rosas abandonó la estancia
de sús padres y su empleo a fin de trabajar por su propia cuenta. Las circuns­
tancias de su partida son discutidas. De acuerdo con una versión, su madre se
había vuelto contra él por mala administración de la estancia; su esposo se
puso del lado del hijo, y se encontraba discutiendo el asunto cuando Juan Ma­
nuel los oyó desde un cuarto contiguo. Inmediatamente se quitó el poncho y la
chaqueta que le había regalado su madre y, silenciosamente, dejó el hogar pa­
terno decidido a no regresar. Y la ruptura quedó simbolizada por su acepta-
21
ción para usar la escritura Rosas en su nombre.9 Rosas negó posteriormente
el hecho, que reviste cierta calidad folklórica pero carece de evidencias firf
mes. No hay razón alguna para creer que Rosas haya tenido una ruptura draí
mática con süs padres en esos días. Es más razonable su propia explicación:
de que simplemente decidió valerse por sí mismo y no seguir más tiempo bajc|
la dependencia de sus padres. Más aún. pese a que él no lo dijo, la tierra estaba!
virtualmente a disposición de quien la tomara.
"Las varias ocasiones que quisieron obligarme a recibir tierras y ganados en justa com _
pensacíón a mis servicios, contestaba suplicándoles me permitieran ei placer de servid
a mis padres, y ia satisfacción también honrosa de poder siempre decir" lo que tengo loá
debo puramente al trabajo de mfindustria y al crédito de mi honradez... Salí a trabajar!
sin más capital eme mí crédito y mi industria",10
Cuando su padre murió, no aceptó la parte de la herencia que le corres!!
pendía, sino que la pasó a su madre y, cuando-ella murió, la dividió entre lqs|
hijos de ella más necesitados y la doncella que la había atendido, y entregó é |
resto para caridad.
Rosas formó luego una sociedad con Juan Nepomuceno Terrero y Luís!
Borrego, Los tres organizaron una compañía para explotar tierras y sus profj
ductos. Borrego proporcionó alrededor de la mitad del capital. Rosas y Terre'|
ro el resto: el último se hizo cargo, además, de la administración de la compa­
ñía. supervisando Rosas el aspecto rural del negocio, y Terrero el comercial!]
Rosas, Terrero y Compañía promovieron varías-empresas rurales, que abar||
caban desde la compra de las tierras hasta la exportación de los productos. Su;
primera operación exitosa fue la producción de carne para exportación en up;
saladero, en la estancia Las Higueritas, en el distrito de Quilines. El primer¡
saladero de Buenos Aires había sido establecido en 1810, pero la nueva compai
ñía estaba entre las más dinámicas y los socios tuvieron rápidas ganancias
sobre sus inversiones. Comenzaron a producir el 25 de noviembre de 1815 y
pronto se hallaron exportando carne vacuna trozada y salada —tasajo o char­
qui-.-- a ios mercados de esclavos de Brasil y Cuba. La planta de producción y;
su ganado en pie les habían costado casi diez mil pesos; pero en dos años a e u |
saron ventas brutas por catorce mil quinientos pesos y pudieron completar la¡
compra del saladero y declarar beneficios personales de cuatro mil pesos!
para cada uno.11El saladero producía ganancias no sólo por una eficaz admi-J
nístración sino también porque Rosas tenía capacidad para evadir el.pago des
impuestos de exportación mediante la carga de sus productos no en Buenos
Aires, sino en sus propios barcos anclados frente a las costas del sur. Lo hacia
valiéndose de un decreto del 9 de agosto de 1815 que autorizaba el puerto dej
Ensenada para aquellas embarcaciones imposibilitadas para navegar hasta!
Buenos Aíres. Sus propios barcos importaban también sal desde Río Negro:*
■El rápido e independiente crecimiento pronto colocó a Rosas y sus asociados eni
competencia por el abastecimiento con los proveedores de' carne de Buenos
Aires, quienes se quejaban de la extrema escasez de carne para los consumí-
--dores y culpaban a los saladeros por dedicar las existencias a la exportación.
Se produjo un-amargo debate, en el que los saladeristas redamaban libertad
■de comercio eindustria y señalaban los inmensos recursos disponibles en ma> feria de-ganado vacuno para satisfacer a todos, con la sola condición de que
\ fuesen, mejor administrados. Pero los abastecedores de carne estaban respal; .dados por ei gobierno del Directorio y el 31 de mayo de 1817 fueron cerrados los
I saladeros de Buenos Aires en beneficio del mercado doméstico. La solución
lógica oe la situación era obtener mayores extensiones en tierras. Rosas, Te­
rrero y Compañía se reorganizaron y empezaron a dirigir sus miradas hacia
él sur. E l capital total de la compañía era de diecinueve mu setecientos seten; ta y siete pesos, de los cuales, ocho mil setecientos setenta correspondían- al
: aporte de Dorrego, cinco mil quinientos tres al de Terrero y cinco mil quiniení tos tres al de Rosas.12La compañía se hizo completamente rural y pronto co­
menzó a comprar tierras y ganado en el sur de la provincia. Fueron ios pre: cursores de una nueva etapa en el desarrollo de Buenos Aires, la época del
■ boom de la tierra, de la expansión de las estancias y de la exportación de la
i producción.
El puerto y su zona interior constituían una unidad. Buenos Aires no era
todavía una de ias grandes capitales de las Américas. El centro de la ciudad
; tenía un mínimo encanto heredado de su pasado colonial, con sus calles regu.lares y pavimentadas, que se cruzaban en ángulos rectos, y sus espaciosas
■ plazas que aliviaban la monotonía; pero las casas de una sola planta no im­
presionaban nada, y la línea de edificación sólo estaba realzada por unas pe.cas torres y cúpulas. El ambiente era insalubre y las comodidades no abunda­
ban. Afortunadamente, la transición de la ciudad al campo era brusca. A unos
cinco kilómetros del centro de la dudad, pasando barrios de suburbios, con
miserables construcciones y calles llenas de pozos, el viajero cruzaba el puen­
te Barracas y entraba al campo abierto. Allí las propiedades estaban bien
provistas de ganado vacuno y caballar. Pero la gente abundaba menos. Las
viviendas dispersas de los colonos rurales no eran más que primitivos ran­
chos, construidos con troncos y adobe, con techos de paja, y carentes de ca­
mas. Después de recorrer unos quince kilómetros, el viajero se acercaba a las
tierras-onduladas de los alrededores de Quilines, cerca de donde las tropas
británicas ai mando.del general Whitelocke habían efectuado su mal predestí. nado desembarco y marchado sobre Buenos Aires en 1807. Era posible conse­
guir algunos refrescos en ocasionales pulperías, combinación de taberna
yalmaeén de ramos generales, donde los jinetes podían descansar debajo del
alero y observar a los gauchos, milicianos, peones, indios y otros moradores
de las pampas. Pero el único alimento consistía en carne de vaca, muy dura,
cocida inmediatamente después de matar al animal, y de sus partes más fuertes. Siguiendo hacia el sur. el víaj ero entraba en un paraíso de parque natural,,
las-tierras de los indios, ganado vacuno, caballos, avestruces y miríadas de
aves salvajes. Cerca de la Laguna Chascomüs, el terreno era llano, desprovis­
to de árboles, pero dotado de ana salvaje belleza. Durante 3a primavera, la
I
23
m
■Is?
tierra estaba cubierta de flores y la hierba era de un briüante.coior verde; él
invierno se inundaban con grandes extensiones de agua; y en verano, cuand]
las altas hierbas se marchitaban y deshacían, ios campos quedaban áridos|
polvorientos en medio de un calor ardiente.-Como observaba M-acCann ef
años posteriores del siglo: “La disponibilidad de pastos durante el verano d |
pende de que las tierras hayan estado cubiertas por agua durante-el invierno!
de ahí la necesidad de grandes estancias con terrenos ondulados.
Contfj
cuando más hacía el sur, en dirección a Tandil —que pronto habría de convex!
tírse en un fuerte de frontera, y que aún en la década de 1840 no era más qu|
una aldea primitiva— estaban por entonces empujando la frontera y, en io|
años siguientes a 1815, se hallaban en proceso de formación grandes estahf
c ía s; la tierra pertenecía en su mayor parte al Estado, pero su ocupación estaf
ba librada a casi cualquiera que tuviera espíritu pionero. La conquista dela|
pampas estaba a punto de comenzar.
J
Las pampas eran vastas llanuras cubiertas de hierbas. W. H. Hudson la|
recuerda vividamente desde su infancia: “una tierra llana, su horizonte u|
anillo perfecto de color azul brumoso, donde la cupula azul brillante del ciei<¡
descansa sobre un mundo verde y nivelado... no había cercas, y tampoco áifj
boles, excepto los que habían plantado en las casas de las viejas estancias.'I
Nada había para ver, salvo los rebaños de vacas y caballos, un ocasional jinél
te que galopaba en el llano y, aún m ás raramente, la casa de alguna estancia!
muy lejana, como una isla en un mar de pastos y cardos. La temperatura er¿
agradable, aunque los meses de verano desde diciembre hasta febrero eran
muy calurosos. Había mucha humedad, llevada por ios vientos del nortefl
Pero desde el sudoeste llegaba la salvadora brisa de las pampas, él. pampera!
originado en los nevados Andes, y que alcanzaba a veces intensidad de huraJ
cárr cuando estaba ya llegando a Buenos Aires. Hudson recordaba el pampeif
ro, cuando “una extraña oscuridad, que no provenía de ninguna nube, corneal
zaba a cubrir el cielo: y poco después se levantaba una nube, una nube oscura!
y siniestra como sí fuera una montaña que se hacia visible sobre la ü&nura.af
enorme distancia." Normalmente era acompañada por una desagradable!
tormenta de polvo, pero el. viento barría los cardos gigantes y restituía la sí
pampas para los jinetes, El invierno no era demasiado severo, aunque podía!
resultar muy lluvioso, y kilómetros y kilómetros de llanura solían quedar ba jof
las aguas. Sin embargo, a pesar de las lluvias in vernales y los grandes ríos, la |
región sufría periódicas sequías, y entonces, esa inmensa extensión de tierrasi
que llegaban desde la Patagonia hasta Salta y desde el Atlántico hasta los An-|
des, absorbíalos ríos y los secaba. Normalmente, no obstante, había muchad
agua superficial disponible y el suelo de las pampas era rico y profundo. E li
agua abundaba más en las llanuras costeras que en ei interior, y eso acercó ai
Buenos Aires al ganado y los indios,
f
El enemigo más grande en las pampas no-era la soledad ni el clima sinof
los indios. Gran parte del territorio que hoy forma la provincia de Buenos Ai-1
res estaba en aquella época controlado por los indios. Y aun dentro de lafron- S
24
II
i
í
teca había extensas zonas despobladas por el hombre blanco y carentes de
protección por parte del Estado. Alrededor de 1830., las tierras que se hallaban
bajo una u.otra forma de propiedad alcanzaban a cinco mil quinientas dieci-• seis leguas .cuadradas, lo que dejaba sin ocupantes legales dos tercios dedo
que habría luego de convertirse en el territorio total de la provincia. Los in­
dios se presentaban en varías formas .Podía vérselos en 1a plaza del mercado,
en Buenos Aires, cambiando sus productos por ropa, pan, carne y el codiciado
vino. También se los encontraba en sus tolderías, o campamentos, amontona^
' dos en sus sucias tiendas y planeando su próxima correría contra las bien pro­
vistas estancias. El Cónsul General británico. Woodbine Parish, informó des­
cribiendo una típica incursión india:
La semana pasada, una partida de quiñientos o seiscientos indios hizo una audaz irrupdónenlas cercanías de Arrecifes, a menos de doscientos kilómetros de esta ciudad; y se
. llevaron gran cantidad de ganado vacuno antes de que las tropas del destacamento más
próximo recibieran información sobre ei hecho,.
Sin embargo, iniciaron de inmediato ía persecución y cayeron sobre ellos derrotándolo?
: con una partida de unos doscientos soldados, que recuperaron cerca de veinte mil cabe­
zas de ganado. La gran extensión de las fronteras de las provincias determina que sean
\ -muy vulnerables a dichos ataques, dado que, en la presente situación deí país, esimposií. ble mantener una fuerza suficiente dedicad a exclusivamente a su defensa. La ferocidad
; de los indios, que matan a todos los prisioneros varones y toman en cautiverio a las mu jeI res y los niños, agregada a la frecuencia de sus ataques por más insignificantes que ellos
i sean, dan pie a toda cíase de exageraciones con respecto a su número y fuerza . )A
Los indios de las llanuras constituían diversas tribus, que abarcaban dis­
tintas variantes de una misma cultura, aunque no siempre la del salvaje no­
ble.15 Todos ellos eran cazadores, inseparables de sus caballos, con las pier­
nas arqueadas por el constante cabalgar; viajaban sin grandes cargas y dor­
mían en tiendas. La última fuente de inmigración india era Chile, de cuyos te­
rritorios sureños habían estado llegando por muchos años los araucanos,
quienes se desplazaban hacia el este a través de los Andes, llevando con ellos
sulengua, sus costumbres y métodos de guerra. Las primeras décadas del si­
glo six contemplaron uno de los movimientos más grandes de indios desde Chile, cuando numerosos caciques condujeron a su gente hacia la Argentina,
para establecerse o efectuar correrías, ya fuera individualmente o en alian­
zas de grupos. Esta “araucanízación" de las pampas dio a los indios chilenos
una vasta reserva de tierras, ganado vacuno y caballos, y constituyó para las
estancias de frontera, para los hombres y sus mujeres, un problem a-de segu­
ridad casi insuperable.
Los pehuencbes habitaban al píe de los Andes, en el oeste de la Argentina.
Eran de mayor talla que los indios de la llanura, se pintaban la cara, usaban
mantos y taparrabos y vivían comiendo carne de caballo y maíz. Normalmen­
te coexistían en paz con los blancos, prefiriendo el comercio al terror. En las
pampas, desde las fronteras de Mendoza y Córdoba hasta el Río Negro en el
sur. había un grupo de tribus nómades que se movían en busca de pasturas
25
.
'
1
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para sus ovejas y vacas. Eran los rasque] es y los aucas, gente inclinada a l£
ebriedad y la violencia, .implacables e inaccesibles. Los húüliches. aliado a
con los puelches, establecieron su dominio sobre el nacimiento del Río Negro
y del Eío Salado y hacia el norte del Río Colorado, dispersándose hacia las
pampas y.las tierras altas entre Buenos Aires y Mendoza. Eran más pacífi­
cos. tenían grandes rebaños propios de ovejas y vacas, y manufacturaban ardan
los de gran demanda entre los blancos —ponchos, mantas de piel, bridas-4
que vendían en Buenos Aires y en lugares dedicados ai comercio. Más cerca:
aún de Buenos Aires estaban los indios conocidos como pampas. Vivían inme­
diatamente al sur y al oeste del Río Salado, y podía encontrárselos también en;
las montañas de Tandil y Volcán, atraídos hasta allí por tierras de ricas pastin'
ras. Los blancos veían a los pampas como los más crueles de todos los indios;
irremediablemente salvajes, traicioneros y venales; quizá fueran todo esoj
aunque se hallaban sujetos a una creciente provocación. Su forma de vida -4
es cierto— no era motivo de admiración. Explotaban como esclavas a sus mui
jeres, seres inferiores a quienes obligaban a trabajar tanto y tan duro que pa-;
reexan alegrarse de la poligamia, como un medio para compartir la carga:
Cuando no se hallaban cazando o combatiendo, los hombres pasaban su tiemé
po bebiendo, jugando y durmiendo. En cada toldo, o tienda, construida con
cueros crudos estirados sobre cañas, vivían cinco o seis familias, unas veinte
o treinta personas, amontonadas en la suciedad y 3a enfermedad. Si les falta­
ba combustible para cocinar, comían la carne cruda. Y saqueaban las estan­
cias no sólo por ganado sino también por mujeres. Los blancos debían parla!
mentar con grandes dificultades para lograr el regreso de las mujeres cautr
vas, quienes según las leyes de los pampas constituían trofeos de guerra yt
propiedad exclusiva del individuo que las.capturara.J6
i
Los indios a caballo eran un enemigo muy esquivo y de gran movilidad?
cuyas tácticas y armas se ajustaban perfectamente al ambiente que los ro*.
' deaba. Las armas primarias de los indios eran la lanza y las boleadoras. Lasffi
lanzas, generalmente de cuatro y medio a cinco y medio metros de largo, eran!
mortíferas en manos de un diestro jinete. Las boleadoras, formadas por dos:.
pequeñas bolas balanceadas y sujetas en los extremos de un cordón de cuero*?
se usaban como maza o como proyectil. Ambas habían sido preferidas durante mucho tiempo a las armas de fuego, y en los horrendos combates contra los?
blancos —veloces incursiones a caballo contra los caseríos, estancias, perso­
nal y propiedades— las armas de los nativos nada tenían que perder compara:j.
das con-las de sus enemigos.
y
La expansión de la economía estanciera a partir de 1815 fue una catástro­
fe para los indios de las pampas, Los colonos empezaron a ocupar las tierras? |
situadas a] sur del Salado y.el choque fue inevitable. Los indios se sintieron na-1
turalmente agraviados ante la propagación de establecimientos sobre tierras:!
a las cuales ellos siempre habían visto como propias y sobre cuya ocupación|
no habían sido consultados. Las tribus más pacíficas se retiraron hacia las|:
montañas del sur, pero los ranqueles, los pampas y otras hordas migratorias!
26
: se vengaron intensificando sus correrías y saqueos contra los invasores.
Cuando merodeaban en estas excursiones eran a menudo acompañados por
: gauchos vagabundos, desertores del ejército, delincuentes que huían de la
justicia y refugiados por conflictos políticos o sociales; v de ellos aprendían
■ muchas costumbres de los blancos, los métodos de la milicia y el uso de las ar­
mas de fuego, para agregar a su propio arsenal de armas.17 Y sus ambiciones
se vieron colmadas cuando en las guerras civiles posteriores a la independen­
cia uno u'otro bando solicitó su alianza. Eran todos conflictos muy violentos,
en los que la agresión de ios indios quedaba igualada por la violencia de los co­
lonos, un inglés viajero de las pampas preguntó a un gaucho cuántos prisioneros había tomado en una reciente pelea contra los indios i “Apretó los dientes,
entreabrió los labios y, pasando un dedo a través de su garganta durante un
cuarto de minuto, agachándose hada m í y al tiempo que sus espuelas se cla­
vaban en los costados de su caballo, dijo en voz baja y ronca: 'Se matan to­
dos’. ”18 Rosas mismo fue uno de los nuevos pioneros de las pampas. Pero no le
gustabaunatar indios.
Rosas anticipó la expansión de la economía ganadera de la década de 1820
y contribuyó a promover la conversión de Buenos Aires, de capital virreinal a
: centro exportador. La estructura económica de Buenos Aires, tal como emer­
gió del período colonial, estaba dominada por el comercio, no por la agricultu­
ra. Los grandes comerciantes de Buenos Aires no obtuvieron sus beneficios
, mediante la exportación de los productos del país —en realidad los alrededo­
res rurales propios de la ciudad estaban muy poco desarrollados— sino grar
cías a la importación de bienes de consumo para un mercado que se extendía
desde Buenos Aires hasta Potosí y Santiago, en intercambio con metales pre­
ciosos. En el momento de la independencia, la producción pecuaria sólo al: canzaba al veinte por ciento del total del comercio exportador de Buenos Ai­
res; el otro ochenta por ciento estaba dado por la plata. Hasta alrededor de
1815, por lo tanto, la explotación de la tierra continuaba siendo una actividad
secundaria y la posesión de la tierra se hadaba limitada, tanto en el número
de titulares como en la extensión de sus posesiones. '
Esta simple estructura quedó alterada por tres circunstancias.18 Prime­
ro, los comerciantes británicos desalojaron a los de Buenos Aires. Con sus
mayores recursos en materia de capitales y de contactos en Europa, los britá­
nicos se hicieron cargo de las funciones empresariales previamente ejercidas
por los españoles y forzaron a los porteños a buscar inversiones alternativas,
Incapacitada para competir en un mercado dominado por los ingleses, la éli­
te local buscó la salida en otra actividad de incipiente crecimiento: la indus­
tria ganadera. En segundo lugar, la provincia de Buenos Aires se beneficiaba
entonces con la ausencia de competencia de sus rivales. En los años que si­
guieron a 1813, Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes fueron devastadas por las
guerras de secesión, a la vez que la otra región rica en ganado, la Banda
Oriental, estaba arruinada por la revolución, la contrarrevolución y la inva­
sión portuguesa de 1816. La capital porteña sacó ventaja de la situación, en-
centrando una-solución beneficiosa en la actividad ganadera. Comenzaron a|
extenderse las pasturas, a expensas de las superficies cultivables, y la provin-1
cia pronto llegó a depender de la importación de granos. En la década de 1820-1
una estancia dedic-ada a la ganadería producía réditos de un treinta y uno porj
ciento sobre el capital invertido. comparado con el veinticinco por ciento obtéj
nido sobre el cultivo de tierras .K En tercer lugar, el comercio de Buenos Aires!
con el interior había dependido siempre de la capacidad del interior para gaíl
nar sobre la venta de sus productos, especialmente de sus industrias rurales m
artesanales. Pero el aumento de la penetración británica motivó la imposibbs
M ad de competencia para estas industrias en un momento en el que la guerra!
y la secesión estaban también impidiendo los mercados tradicionales de Chile!
y el Alto Perú.
,
La conjunción de la competencia británica, la devastación provincial y lál
declinación del interior tornaron a la economía de Buenos Aires incapaz del
sostener á la élite local. Comenzó, en consecuencia, a diversificar sus interej
ses orientándose a una base rural. La política agraria imperante favoreció las!
inversiones en tierras, ganado y saladeros. Una ley de enero de 1816, que auto|
rizaba el establecimiento de estancias al sur del Pío Salado, fijó un límite m í|
. nimo de doce leguas cuadradas para cada estancia, a fin de, impedir que las|
propiedades quedaran reducidas a meras granjas, y que éstas invadieran tieff.
rras de ganadería.21Alrededor de 1816 la tierra costaba sólo treinta y cinco pét;
sos la legua cuadrada (dos mil quinientas hectáreas) en las pampas, aunque;!
en.realidad, era entonces más común alquilar la tierra que compraría, A parí
tir de 1822, Bernardino Rivadavia. el progresista ministro del gobierno d i
Martín Rodríguez, introdujo el sistema de enfiteusis en la provincia de Buet
nos Aires. Se autorizaba a alquilar las tierras públicas por veinte años m et
diante el pago de una renta fija; el solicitante sólo tenía que medir y denunciarl;
la superficie elegida. No rae esto una reforma agraria, pero tema sentido er|
otros aspectos: impedía la abierta venta de tierras públicas al sector privado!
ya que el gobierno necesitaba la garantía de la tierra para los préstamos d e |
extranjero; entregaba la tierra para un uso productivo, especialmente las inl
m ensas reservas de campos en la frontera sur, siempre en expansión; y satis!
facía las ansias de tierras délos prósperos porteños. El sistema favoreció e|i
latifundismo y la concentración, de la tierra. No había limite para la superficie]
que el beneficiado podía alquilar; luego, éste era libre de vender sus derechos
y subalquilar; y las comisiones que determinaban los valores de las tierras j|
administraban su distribución estaban dominadas por estancieros. Desdt|
1824 hasta 1827 se otorgaron algunas enormes extensiones, recibiendo cierto!
individuos más de diez leguas cuadradas cada uno (veinticinco mil hectál
reas). Al iniciarse el año 1828 se habían otorgado casi mil leguas cuadrada!
(dos millones quinientas mil hectáreas>, a ciento doce personas y compañías-,!:
diez de las cuales recibieron más de cincuenta y dos mil hectáreas cada unáí
Para la década de 1830, algo más de ocho millones cuatrocientas mil hectád
reas de tierras públicas habían sido transferidas a unos quinientos indivih
28
¡ duos.23 El régimen-agrario deRivadavia. a] igual que el del período colonial,
i se basaba en. el principio de alquilar la tierra más que poseerla. El alquiler
i era extremadamente bajo, pero a medida que la industria ganadera creció en
; importancia y que la propiedad de ios animales adquirió un nuevo valor, los
estancieros empezaron a desear la disponibilidad de sus propiedades, sin lí­
mites de tiempo ni otras condiciones. Poseer tierras sin ganado era antieeonomieo, por supuesto; la clave era tener juntos la tierra y el ganado, y Buenos
Aires constituíala salida. Para lograr las condiciones convenientes, para con­
trolar el proceso completo de producción, desde la estancia hasta el puerto y
para vencer a los intereses económicos rivales, el sector rural necesitaría au­
mentar su peso político. En ese contexto, Rosas representó ia elevación al po­
der de un nuevo grupo social: los barones de la ganadería.
La conquista de las pampas se aceleró después de 1820, Cuando la econo­
mía de exportación de ganadería entró en un período de crecimiento, 1a ex­
pansión se hizo extensiva, más que intensiva, ya que erada tierra —y no los ca­
pitales— lo que abundaba. En esta etapa no hubo innovaciones técnicas, ni in­
tentos para mejorar la raza o modernizar los métodos de cría. Los saladeros
representaban el único progreso técnico. Como hemos visto anteriormente,
los saladeros se cerraron en 1817, debido a la escasez de la carne en la zona ur­
bana. En .1820 fueron autorizados otra vez y comenzaron a proliferar en los al­
rededores del sur de la ciudad. A mediados de la década de 1820, los saladeros
consumían más que los mataderos y habían reiniciado sus exportaciones de
carne a Brasil y Cuba. Pero la principal mercancía eran los cueros crudos; a
mediados de la década de 1830, constituían casi las dos terceras partes de las
exportaciones de Buenos Aires, mientras que los productos de la ganadería,
en general, alcanzaban a las tres cuartas partes. E s difícil cuantifiear la par­
ticipación de Buenos Aires en el total de exportaciones, que en 1825 excedió las
seiscientas mil unidades. Pero en 1824 llegaron a los dos mercados de Buenos
Aires ciento cincuenta y cinco mil cueros de vaca desde el cam po; y se sacrifi­
caron ciento sesenta y nueve mil animales: noventa mil para ios saladeros y
setenta y nueve mil para abastecimiento de la ciudad.23 En 1825. la provincia
de Buenos Aires había sobrepasado ciertamente a las otras provincias del li­
toral como, productora de eneros y otros derivados de la ganadería para ex­
portación; y a mediados de la década de 1830 Buenos Aires producía alrede­
dor de dos tereios de todos los cueros exportados desde el litoral.
Rosas fue uno de los pioneros de la expansión territorial y la formación de
ístancias. No estaba solo. Á partir de 1816, el gobierno de Buenos Aires formuó una política de fronteras destinada a mejorar la seguridad rural, a lograr ei
tvance de la frontera hacia el sur y a ofrecer tierras desocupadas a colonos
iispuestos a ocuparlas y defenderlas. En 1817 el coronel Juan Ramón Balear­
le fue designado Comandante General áe Campaña para coordinar esos esuérzos; en ese mismo año se cruzó la línea del Río Salado y se fundó la colonia
le Dolores; en 1818 se creó un comité especial integrado por autoridades civiss y militares para aconsejar sobre el problema, el que resolvió establecer la
29
frontera sur en Kaquel. Cierto número de-estancieros —entre ellos Francis!
Ramos Mejía— estaban ya colonizando más allá del Salado y organizando g|
trullas de frontera, Rosas no se hallaba muy distanciado de eso. Cuando su.s|
ladero cerró sus operaciones eh 1817. él y sus socios se dedicaron a ariquirjj
tierras y a las actividades ganaderas en gran escala. Primero compráronla
tierras de Julián de Molina Torres, en la Guardia del Monte, sobre el Salado!
frente a la frontera con los indios. Allí, en el distrito de San Vicente, estábil
cieron ia gran estancia Los Cerrillos, que llegó a convertirse en el feudo m |
poderoso de Rosas.34 Gradualmente su propietario fue extendiendo Los Cer|
líos, empujando dentro de territorio indio, avanzando la frontera y eoionizajj
do tierras desocupadas. En los primeros meses de 1820 extendió sus posesíf
nes más allá del Salado y organizó un nuevo establecimiento ganadero q u e ll
mó La Independencia; éste fue su puesto de avanzada contra ios indios. T a l
bíén en el sur compró tierra a Santiago Salas, por cuatro mil pesos, que inte!
tó convertir en estancia durante el transcurso de 1820, pero los sucesos que ra
nían lugar en Buenos Aires le impideron hacerlo. A su regreso dala capital, |
1821, reanudo la vida de un activo estanciero. En ese momento manejaba d |
estancias para su compañía: Los Cerrillos, que había crecido a ciento veínl
leguas cuadradas .(trescientas mil hectáreas), en Guardia, del Monte, y la. J
taneia de San Martín, en Cañuelas. A estas dos, agregó posteriormente la J
tancia E l Rey, en Magdalena. Mientras tanto, había vendido Los CamarónJ
una estancia de cuarenta y cuatro leguas cuadradas (ciento diez mil hectl
reas), a sus primos Juan José y Nicolás de Anchorena, con quienes h ab íail
trado en sociedad en 1821. Como administrador, él seguía participando en.ljj
ganancias (una sexta parte) sin tener responsabilidad en las pérdidas.
|j
Los Anchorena tenían antecedentes comerciales. Eran hijos de un v a s|
que había llegado a Buenos Aires en 1765, iniciándose como almacenero. 1
familia pronto expandió sus intereses incursíonando en operaciones comei
cíales entre provincias e internacionales. Acumularon rápidamente capitl
como para convertirse en inversores y financistas en la exportación de prj
ductos tales como los cueros, lana y yerba mate. Luego comenzaron a opera
en bienes rafees; al principio en propiedades urbanas, luego con fincas cercj
ñas a la ciudad y finalmente con grandes estancias.25La nueva orientación!
los Anchorena en cuanto a la inversión en estancias había sido posiblemenj
influenciada por Rosas, quien fue uno de los primeros en apreciar las m|
vas circunstancias que favorecían a la tierra por sobre el comercio y las deí
vacíones políticas que estaban tomando forma. De todos modos, Rosas adra
nistraba otras vastas posesiones de los Anchorena, además de Los Camas
nes. Entre ellas Las Dos Islas (en la cual tenía una quinta parte), El Tala, L |
Achiras y Las Averías. Y en 1826, cuando ellos compraron a William P arii
Robertson la estancia San Lorenzo, en Santa Fe, Rosas ios ayudó a dotarla ®
ganado. Rosas y sus socios acumulaban propiedades como operación com®
eial y aprovechaban toda circunstancia para comprar más. Especulaban ce
tierra y con ganado de acuerdo con el mercado, comprando en momentos |
; que aumentaba la presión dé los indios y los valores caían. Juan José de Anehorena escribió:
; ."‘Creo que habrá en Ja campaña mucho miedo de los indios; por tanto Vd. vea si algunos
tímidos dan ganado barato y compre tres o cuatro mil cabezas para nuestras estancias.
Quien nó arriesga no gana”.26
Era un vasto complejo de tierras y poder, un gran feudo. un imperio pri­
vado, asiento de incantables cabezas de ganado, miles cíe peones, tribus de ín• dios. Manejar semejante dominio y controlarlo era un verdadero y constante
: desafío, y el limite entre el orden y la anarquía debía estar perfectamente es­
tablecido. Rosas se quejaba de :íla turba de ociosos, vagos y delincuentes”.
:que consumían el ganado hasta el derroche, y de “ciertos hombres desconoci­
dos” que operaban de noche robando hacienda. La inefíciencía era también
una amenaza y Rosas no tenia tiempo para los pequeños propietarios luchado­
res;
“Los pudientes tienen esclavos, peonada, carretiLos, sitios donde estaquillar los cueros,
custodiar el sebo, y proporción para hacerse dueños de las basuras, Los que no lo son, gi­
ran con su industria, pero que la inutilizan el poder de las anteriores, a menos que no se
constituyan sn dependencia” P
Rosas dominaba la vida rural y llevó su competencia profesional a 3a ad­
ministración de estancias: “Soy hacendado que desde mi niñez trabajo con
discurso y con especulaciones sobre la riqueza principal nuestra”,28 Organi­
zaba su programa-rural hasta en el más mínimo detalle e imponía su voluntad
de hierro sobre todos sus subordinados. La palabra clave en su vocabulario
era subordinación, mediante la cual quería significar respeto a la autoridad,
■ai orden social, a la propiedad privada. Su .propia estancia era un estado en
[miniatura; había creado de la nada una sociedad, una fuerza de trabajo disci­
plinada, equipada para su autodefensa contra los indios, sin caer interior[meníe en la anarquía. Llegó a dominar a los gauchos nómades, los peones ha­
raganes, los indios rebeldes, él ambiente íntegro de la pampa, y pudo hacerlo
jen-virtud de dos cualidades particulares; en primer lugar, por su capacidad
[física, igual —si no superior— a la de ios más recios gauchos; en segundo lu­
gar, por su sagacidad para juzgar.
Rosas era un terrateniente eficaz pero no progresista. Era mej or en lo re­
lativo a detalles que en cuanto a lincamientos sobre política económica o
agraria. Las instrucciones para la administración de estancias que redactó
para sus capataces —tal vez en ISIS— contienen una serie de imperfecciones
técnicas indicativas de que sus conocimientos sobre ganadería eran bastante
primitivos y que poco sabía sobre mejoramiento de razas.29Prefería dedicar­
se a tamaño y cantidades más que a tecnología y calidad. Desde otro punto de
insta, en lo concerniente a movilizar mano de obra, al trato con gran número
ie hombres, con hordas de gauchos o tribus de indios, no tenia rival. En un do31
cumento escrito-en 1819 recomendaba al gobierno la creación de la Soeiedai
de Labradores y Hacendados, que-habría de colaborar con las fuerzas de de
fens a: éstas se encontrarían destacadas entre la línea de las últimas estañ
cías y las tolderías indias; no habría guerra, simplemente una colonizaciój
militar.30 En 1821 presentó un segundo documento en el que se ocupaba coi
mayor extensión de los problemas de la seguridad rural.31- Se oponía terms
nantemente a la idea de una expedición militar contra los indios, prefiriendi
la defensa a la confrontación, y proponía una línea de fuertes de frontera eos
importante presencia áe milicias. Preservar la paz con ios indios significad;
impedirles el entrenamiento que les daba la guerra, atraerlos a la civilización
y capacitarlos para llenar los vacíos existentes en la disponibilidad de traba
jadores rurales. Citaba el ejemplo de sus propias estancias, donde empleaba
indios pampas; “En mis estancias Los Cerrillos y San Martín .tengo.alguno;
peones indios pampas que me son fieles y son de los m ejores” . Para la paz é¡
el interior de la provincia, volvía a su tema favorito de la subordinación: j
í
“La colocación de sacerdotes virtuosos y ejemplares, que prediquen e impriman las m j
ximas de subordinación, de adhesión al orden.., es el cimiento de la felicidad y organizó
dónde la Provincia".
'
1
í
Y así, en medio del desorden reinante en el campo, Rosas invocaba sri
proposiciones fundamentales: conquista de la zona desocupada entre las el
tandas y las tolderías; la formación de una milicia regular; pacíficas relacij
nes con los indios, mediante un sistema de recompensas y obsequios; un £ue|
te poder ejecutivo en el sector rural, con poderes extraordinarios delegados!
los estancieros para que se ocuparan de las tareas de.rutina referentes a la le|
y el orden.
J
Sin embargo, ia frontera no era el único sector expuesto a la invasión y él
desorden. Én la misma Buenos Aires había una enorme brecha en las d efé|
sas de la provincia, que amenazaba directamente los intereses de los esta!
cleros. En 1820, Rosas debió posponer sus planes para el sur de la provincial
apresurarse a correr en ayuda de la capital.
I
1820 fue el año de la anarquía. La independencia de España no había cti
minado con la unidad nacional sino con un desmembramiento general. D e|
pués de diez años de conflictos entre Buenos Aires y las provincias, entre el g |
bierno central y los intereses regionales, entre unitarios y federales, la el
tructura de la organización política en el Río de la Plata se había derrumbad!
En todas las provincias proliíeraban las repúblicas independientes y, cuan®
Buenos. Aires trató de reducirlas y someterlas, lucharon en respuesta. L|jj
caudillos provinciales—Estanislao López en Santa Fe, Francisco Ramírez ejj
Entre Ríos— lideraron sus hordas irregulares de gauchos, los montonero%
contra la capital. El 1* de febrero de 1820 derrotaron a las fuerzas de Buend
Aires en la batalla de Cepeda, y así pudieron destruir al directorio, al congr|
so y a toda manifestación de autoridad central. Sólo sobrevivió el gobierní
32
rovincíal de Buenos Aires, y.también éste fue hostilizado en forma intolerale; en marzo, los invasores trataron de imponer en la provincia un gobierno
legido por ellos. Durante los meses siguientes Buenos Aires soportó una pro;imda crisis política, en medio de una anarquía casi total. Los unitarios quedaon profundamente desprestigiados y'deshonrados, mientras la gente y las
ropiedades se hallaban a merced de los caudillos, los gauchos y los. indios.
Buenos Aires miró hacia el sur. Mientras dos de sus líderes, Martín Rodrí|guez y Manuel Dorrego luchaban desesperadamente para contener la marea,
isepidíó a los estancieros del sur que acudieran al rescate con sus milicias n i­
trales. Respondieron de buen grado, comprendiendo ei peligro que corrían sus
^propios intereses. ¿Quién podía permanecer indiferente mientras caudillos
[extraños se imponían a su gobierno? ¿Quién podía arriesgar que sus bien proistas estancias fueran ocupadas c saqueadas por montoneros que escapaban
al empobrecimiento de sus propias provincias? Rosas, en particular, estaba
liisto para acudir. Hasta entonces no había buscado nombramientos públicos,
ero en ese momento, como copropietario de las estancias Los Cerrillos y San
ártín, y administrador délas de los Anchorena,'apareció por primera vez en
:un papel político, llevado de manera irresistible por la fuerza de las eircuns;ancias. La causa fundamental de su intervención fue defender las amenaza­
bas haciendas. Más tarde racionalizó esto considerándolo defensa del bien eojmún: “Rosas vivía contento en esa vida oscura. Su vida penosamente amarjga, empezó desde que en ese año 1820, lo arrancaron de las elaboraciones ra­
bales sus conciudadanos, para obligarlo a tomar parteen el restablecimiento
pel orden. ”32 Pero no era tan altruista: los intereses públicos eran tam bien los
[suyos propios.
S En el transcurso de 1820, Rosas preparó su peonaje. Cuando ei goberna­
dor de Buenos Aires los urgió a alistar a sus hombres rápidamente para la ac­
tion, él respondió secam ente: “El común de esta clase de hombres no se pose­
siona tan pronto de la inminencia de los riesgos ni de la necesidad de los sacri­
ficios.”33 Se. necesitaban caballos, dinero y abastecimientos antes que sus
hombres quedaran listos para la acción; él no quería eonducir una fuerza que
Riviera simplemente de la tierra, ya que siempre estuvo convencido de “la
Obligación de respetar las propiedades y protegerlas.”34 El campo básico de
reclutamiento fue su propia estancia: “Hablo a los sirvientes de la estancia en
í^ue resido en la frontera del Monte; se presentan a seguirme, con ellos y con
algunos milicianos del escuadrón marcho en auxilio de la muy digna capital
gue con urgencia veloz reclamaba este deber.”35 Así los hizo avanzar desde
Los Cerrillos, vestidos de rojo y bien montados. Éstos fueron los primeros Co­
lorados del Monte, quinientos hombres, que se unieron al ejército de Buenos
áires como Quinto Regimiento de Milicia.
El gobernador era Borrego, el comandante militar el general Rodríguez:
lébajo de él se hallaban el coronel Aráoz de Lamadríd y el coronel Pacheco, y
;1 comandante Rosas. ¿Pero quiénes eran los enemigos de la provincia? Las
ropas de Rosas eran la única fuerza disciplinada en un ejército que, movién-
33
1
dose desde Buenos Aires hacia Luján y más hacia el noroeste, era más;des|
tractive y rapaz que los'enemigos montoneros, y los hombres iban cargados
de productos del pillaje, incluyendo ganado y aves de corral, más que con ar|
mas.36 Rosas era el único que insistía en la disciplina: “Mis marchas mero!
hasta el pueblo de Rosario, territorio de Santa Fe. En ellas me lisonjeo que;
acredité—;cuánta es la superioridad que en mí reconocen el orden y la suborf
dínación!— que íbamos a salvar, no a destruir,”37’Con esa fuerza Rosas luchó:
enda batalla de San Nicolás y poco después en Pavón, Pero una derrota poste!
rior, en septiembre de 1820 en manos de López, motivó la caída de Dorrego y laconsecuente pugna para ocupar el cargo de gobernador. Rosas apoyó 3a candil
datura de Rodríguez, porque, como escribió a Anchorena, “podemos pn>me|
ternes que en su gobierno se sujetará al consejo y que siempre respetará el de
Vd.”68 Su política y su poder constituían un importante respaldo para el nonsl
bramiento de Rodríguez, ya que Rosas, al igual que Rodríguez, se inclinaba!
a-una paz negociada con el caudillo de Santa Fe, política destinada a des ai erg
tar nuevas invasiones. Poco después, cuando un levantamiento federal ei
Buenos Aires conducido por el coronel Pagóla intentó reinstalar a Dorrego|
fueron los colorados de Rosas quienes lo aplastaron el 5 de octubre, y confuí;
marón a Rodríguez en el poder. Los observadores difieren en sus reacciones
con respecto a la operación de los colorados. Según algunos de ellos, se comr|
portaron en forma disciplinada en las calles de la ciudad, respetando la prqí \
piedad y manteniendo la ley y el orden. Desde otro punto de vista, si ha d§
creerse a Lamadrid, las clases superiores pagaron muy cara esta interven;
ción, ya que “el carnicero'gaucho Rosas" utilizó más fuerza que la necesariaJ
y “gustó desde aquel momento el placer de oprimir a las clases ilustradas déf •
pueblo, con los hombres de la campaña.”3í! Ésta es una de las primeras e x p r é ;
síones de un tema que se repite en la historiografía argentina: que Rosas usá|
ba como base el poder gaucho para intimidar a las clases superiores e impoj
nía el barbarism o rural a la civilización urbana. Ésta parece ser la impresión!
producida en 1820, de acuerdo con el punto de vista del observador. Cualquief
ra sea la verdad, el prestigio que Rosas había ganado en los campos del s u f
adquiría en ese momento una dimensión política al utilizar sus tropas parade!
fender un .gobierno en particular.
:§
El 7 de octubre. Rodríguez ascendió a Rosas a coronel de caballería y lué|
go lo envió contra Santa Fe. Ansioso por pacificar Santa Fe, cuya legalidad jf
tendencia a la conducta guerrera constituían una amenaza para Buenos Airesf
y una atracción para sus subversivos, Rosas logró un tratado de paz con Lópe¿¡
sí 24 de noviembre de 1820, por medio del cual garantizaba que serían entrega!
das a Santa Fe veinticinco mil cabezas de ganado, para poner en marcha alai
provincia y erradicar la pobreza que contribuía a fomentar el saqueo inter!
provincial. El ganado fue provisto por terceros.y pagado-por el tesoro proviñ!
cial porque, como señaló Lamadrid, “pero quienes lo dieron en realidad fuel
ron los hacendados de la provincia.”® Rosas, por cuenta propia, envió a Lopes!
cinco mil ciento cuarenta y seis cabezas más de ganado; por estoy por su déf
sempeño como pacificador, Rosas recibió treinta y siete mil quinientos pesos
plata, una estancia de seis leguas cuadradas (quince mil hectáreas) llamada
El Rey. y una propiedad de treinta y dos leguas cuadradas (ochenta mil hectá­
reas) en el norte de Santa Fe,
El año 1820 fue importante en la formación de Rosas. Durante su Irans. curso adquirió poder militar, reputación política y crecieron sus propiedades
rurales. No obstante ello, pronto regresó a su estancia y permaneció en ella.
El hecho fue que su acuerdo con Rodríguez no duró mucho v pronto perdió la
simpatía del nuevo gobierno, ocurriendo otro tanto con respecto a su política
■india. Rodríguez se vio presionado para tomar acción debido a los crecientes
ataques contra los colonos, consecuencia inevitable de la expansión de la fron­
tera. Al principio intentó parlamentar para obtener una nueva línea límite Cuando los indios pampas la rechazaron, recayó en la tradicional estrategia
de la expedición punitiva. Como siempre, los indios se retiraron y desapare­
cieron. Pero volvieron, y tomaron represalias a lo largo de toda la frontera,
incluyendo la propia estancia de Rosas, Los Cerrillos. En enero de 1821, Ro­
dríguez tuvo que retirarse en medio de la confusión. Al mismo tiempo, los uni­
tarios de Buenos Aires comenzaron a ejercer cada vez más influencia sobre el
gobernador e iniciaron sus ataques políticos contra Rosas. Entonces él renun­
ció a su grado, declaró que no pertenecía a partido alguno y volvió a su vida
privada en Los Cerrillos, desilusionado con los políticos, especialmente con
quienes rodeaban a Rodríguez.
Rosas tenía profundas convicciones en cuanto a la política hacía los in­
dios, como ya hemos Visto. En el documento que presentó al gobierno en 1821,
propiciaba el nombramiento de un comisionado especial para la frontera in­
dia y una comisión de ganaderos y granjeros para organizar una nueva línea
de defensa. A los indios debía negárseles la guerra a toda costa: “Los indios,
acostumbrándose a vivir de la guerra, formarían escuela militar para ella; y
acaso adoptarían el pian de consumir el poder del ejército por medio de la gue­
rra de recursos. ”41La guerra de recursos -—resistirla y usarla— era uno de los
temas favoritos de Rosas, al que volvió en otras ocasiones. Mientras tanto, es­
tas ideas y su separación del servicio militar del gobierno no impidieron que
organizara tropas para la defensa de su propia estancia y las de sus colegas,
en tiempos de peligro. En 1823, cuando una gran invasión india conducida por
el cacique Quemalcoy penetró en profundidad en territorio d élo s blancos y
robó mucho ganado, el coronel Rosas salió con una poderosa fuerza integrada
por sus peones y rindió expertos servicios a las autoridades militares. El go­
bernador Juan Gregorio de Las Heras, en contraste con su predecesor, desea­
ba la paz con los indios, aunque más no fuese porque una inminente guerra con
e) Brasil amenazaba con, abrir todavía un frente más y crear la posibilidad de
una alianza entre los enemigos de Buenos Aires. Nombró dos comisiones, con
la participación de Rosas en ambas. La primera, en 1825. salió a negociar ¡a
paz con los indios en la frontera sur sobre la base de una mutua contención y li­
bertad de comercio. La segunda (31 de octubre de 1825) fue nombrada para
explorar una nueva línea de frontera, desde la costa al sur de Sierra del Vol­
cán. a través del centro de Boquerón del Tandil hasta el Fuerte Independencia
y la Laguna del Tigre. Rosas era uno de los tres miembros de esta comisión y
partió en noviembre de 1825 desde Buenos Aires a la cabeza de un considera-?
ble séquito personal que producía una vivida impresión de su poder en ese en-!
tonces: ayudantes, médicos, gulas, vaqueros, sirvientes, peones y esclavos.; j
en total ochenta y cinco hombres, ochocientos caballos, diez novillos, ochenta ;!
vacas, tres carretas con provisiones y treinta y seis bueyes.43La comisión ter-1
minó su trabajo en enero de 1826, inspeccionó el terreno, informó y recomendó j
la ubicación de nuevos fuertes y una guarnición de caballería permanente.43 ¡
SI gobierno de Bernardino Rivadavia aceptó el informe en teoría, pero en la práctica no llegó a implantarlo-.
i
Rivadavia fue nombrado presidente de las Provincias Unidas del Río de?
la Plata el 7 de febrero de 1826. Tenía una constitución unitaria y un programa ?
de modernización. Pero la frontera india no era una de sus prioridades. Los
estancieros como Rosas estimaron que, mientras Rivadavia organizaba e l:?
progreso urbano según el modelo europeo, se permitía a los indios salvajes •
que recorrieran sin obstáculos por las pampas. Uno de sus socios, un Anchore-:
na, había escrito tiempo antes; “Vamos a tener un par de años muy m alos,?
años como el 20, en que va a salir el fruto de las locuras, de los descuidos y de la ?
presunción del porvenir maravilloso.”44 Rosas criticó amargamente la ineryf
cía del gobierno y su indiferencia para asignar recursos al sur. Hasta abril del
1826 continuó presentando sus informes y presionando con su consejo de que ;
se nombrara un comisionado permanente para asuntos indios. Pero no reci- \
bié contestación; “todo fue ocioso”. Llegó julio, declaraba, y nada se había.;
hecho, las invasiones indias continuaron, y así saquearon tres bien provistas ■
estancias que se hallaban bajo su administración: “Entraron los indios por e l ; i
Sur, dispersaron nuestras pocas fuerzas, hicieron una terrible mortandad d e ;
hombres por todo el campo que pisaron, y se llevaron cuantos'cautivos y gana- ?
dos se quisieron llevar. Me ofrecí al gobierno para salir a su alcance con gente ?
armada y batirlos... pero mi oferta no fue considerada. En noviembre. Rosas rompió con el régimen, retirándose en silencio a Los Cerrillos y rehusán­
dose a asistir a una reunión de hacendados en Buenos Aires convocada por el ¿
gobierno. En realidad, Rosas y sus amigos protestaban demasiado. Rivada- i
via no era completamente insensible a las necesidades del campo y de la fron-i:
terá"sur. Después de todo, había sido Rivadavia quien determinó la extern?
sión de las concesiones de tierra mediante el sistema de enfiteusis. El ideal de-:í
su gobierno era “un templo y una escuela en cada aldea” ,y planeaba mejorar j
la. administración de justicia en el campo, para reemplazarlo que en realidad -|
era úna generalizada ley de linchamiento.46Y en lo inmediato, envió una fuer-1
za a las órdenes del coronel Federico Rauch, que atacó a los indios en sus tol- y
derías y los obligó a replegarse. Por otra parte, existía una contradicción fun- %
"daraental en la propia política de frontera de Rosas, que él mismo no advertía |
o a la cual no prestaba atención. Era imposible expandir las tierras despia-1
36
zando la frontera y mantenerse en paz con los indios, ¿Cómo se podía ocupar
sus territorios y esperar que ellos quedaran satisfechos parlamentando ?47La
realidad era que Rosas no sólo estaba desconforme con la política de frontera'
de Rivadavia sino con la totalidad de su programa.
Rivadavia se había empeñado en modernizar la Argentina. Perseguía el
■ crecimiento económico a través del libre comercio, la inversión extranjera y
la inmigración. La política requería instituciones liberales y una nueva ini fraestructura. Y el marco de la modernización tenía que ser ampliado para
[ dar cabida a una. Argentina grande y unificada, sin las trabas de las divisiones
políticas y económicas. Ése era el plan de Rivadavia, ilustrado, liberal y unif tario. En verdad, era más un sueño que un plan: algunas de sus ideas eran imí practicables, otras eran tontas. El ministro británico Lord-Ponsonby expresó
un desdeñoso concepto de Rivadavia cuando lo describió como “un hombre de
quien no puedo decir nada bueno, ni como estadista ni como titular del gobier­
no.. más allá del elogio merecido por el activo alcalde de algún pequeño pue. blo. ”4ESi su personaiidadno resultaba muy atrayente, su visión de la Argenti­
na era magnífica. Pero el programa completo de Rivadavia fue- rechazado
por irreievante por Rosas y sus socios, quienes representaban una economía
más primitiva —producción ganadera, para exportación de cueros y carne
salada— pero que reportara beneficios inmediatos y estuviera en armonía
con las tradiciones del país. Objetaban también algunas consecuencias de de­
talle del programa. Se consideraba que la inmigración era cara, innecesaria
y probablemente subversiva; y, especialmente, traería competencia por las
tierras y el trabajo, produciendo aumento de costos de ambas cosas. La políti­
ca anticlerical del régimen, diseñada primariamente para restringir el poder
temporal de la iglesia y extender la libertad religiosa, era anatema no sólo
para el clero sino también para todos aquellos que mantenían valores conser­
vadores, y produjo el efecto de reunir a sacerdotes, federales y estancieros
bajo la divisa de religión o muerte. Pero 3o que más indignaba a los.rosistas
eran las consecuencias políticas y económicas del programa unitario.
En marzo de 1826, la ciudad de Buenos Aires fue declarada capital de la
nación y federalizada. “tras una larga y violenta oposición. ”49 Luego, éí 12 de
septiembre, Rivadavia envió al congreso su propuesta dediyidir la parte no fe­
deralizada de la provincia de Buenos Aires en dos, la Provincia del Paraná, en
el norte, y ia Provincia del Salado, en el sur. Esta proposición alcanzó al cora­
zón de los intereses estancieros. La federalización de la ciudad de Buenos Ai­
res y sus alrededores había amputado la mejor parte de la provincia y un gran
sector de su población. Significó además nacionalizar el ingreso del puerto,
que alcanzaba al setenta y cinco por ciento de las rentas del gobierno provin­
cial, y generó el temor de que el próximo paso habría de ser la implantación de
un ingreso alternativo mediante un impuesto a las tierras. Para el mundo de
ios terratenientes estas medidas amenazaban con la división y el desastre.
Para ellos, Buenos Aires y su interior eran una sola cosa. Eran residentes de
ambos. El hacendado poseía una casa en la ciudad y una estancia en el campo,
37
En el puerto tenía contratos comerciales que cuidar, en la provincia haciei|
das que debía mantener en producción; no quería que el puerto estuviera se*
parado.de sus abastecimientos, ni sus productos aislados de su salida. El ea¡mj
po, argumentaban los estancieros, depende de la ciudad y no puede ser consS
aerado sino como “un mismo cuerpo de Sociedad con la población de Bueno!
Aires, cuyos miembros recíproca e inmediatamente tienen que hallarse todas]
las partes del año ya en el uno, ya en los otros puntos del Territorio, pues tod|
él no viene a formar sino un laboratorio común de la subsistencia y de las fot
tunas tanto de los moradores del Pueblo como de la campaña.r’50Los estancil
ros. por lo tanto, reaccionaron en defensa de sus intereses. Rosas y los Ancho?
rena asumieron el liderazgo para organizar la resistencia política al plan de
Rivadavia. Rosas se concentró en movilizarla oposición en el sur de lap rovii
cía y, entre octubre y diciembre de 1826, viajó por toda la campaña recoíeej
tando firmas para una petición a la legislatura. En Chascomús organizó uñ|
reunión política que terminó en un tumulto por el cual fue arrestado, aunque
las ruidosas protestas que se alzaron entonces motivaron que el mismo Rival
davia decretara su libertad. Rosas encabezó a los hacendados en la firma di
ma petición, fechada el 13 de diciembre, manifestando su disconformidad
por la propuesta división provincial. Para ese entonces la adm inistraciónh|
bía complicado aun más sus crímenes al perder la guerra con el Brasil por |
destino de la Banda Oriental, una costosa guerra que aumentó el perjuicio
para ios intereses de los hacendados: la conscripción de peones mermó |
fuerza de trabajo rural; la frontera india quedó 'descuidada y abierta a la invl
sión brasileña; y el prolongado bloqueo de Buenos Aires aisló las exportacif
nes de las estancias de sus mercados internacionales.
La política de Rivadavia afectó a una cantidad de grupos de interese!
Golpeó .evidentemente a los federales, sus opositores políticos inmedí ató¡|
quienes, influenciados por el federalismo norteamericano se opusieron á | |
política unitaria como antidemocrática, buscando una solución federal al p n l
blemá de la organización nacional. Golpeó a los estancieros de la provincia di
Buenos Aires al descuidar la seguridad rural y atacar sus bienes económicof
y fiscales. Y golpeó a los caudillos de las otras provincias al proyectar usjf
constitución que los obligaría a aceptar una Argentina unificada y centralxzff
da.. Hasta ese momento Rosas no había sido federal, no había pertenecido s
partido liderado por Manuel Borrego y Manuel Moreno, que corporizaba lof
principios políticos del federalismo. Pero en la segunda mitad de 1826, a l a c | |
besa de una red de amigos, relaciones y protegidos,. Rosas se alió al partitff
que eventualmente habría de absorber y destruir.111 Se unió a ese partido J e
por razones de ideología política, que no poseía, sino porque la política unitjf
ria entorpecía sus planes de hegemonía en la campaña. Pero los politic#
aceptaron su apoyo sin considerar el precio a pagar, y los caudillos provincif
les. creyeron inocentemente que habían hallado un nuevo campeón contra l |
pretensiones de Buenos Aires.
1
Rivadavia se inclinó ante la fuerza combinada de sus opositores y.renuf
ció a la presidencia el 27 de junio de 1827, En último análisis, carecía de apoyo
social amplio; representaba a los intelectuales, burócratas y políticos profe­
sionales. Rosas, del otro lado, proporcionaba músculo a la oposición, dado que
representaba una fuerza política básica, los estancieros. En este sentido, es
correcto decir que fue Rosas quien hizo caer a Rivadavia, y que fue aquel “que
clava en la culta Buenos Aires el cuchillo del gaucho,”5- Pero Rosas no gober­
nó. Los verdaderos federales ocuparon el poder. Después del interinato presi­
dencial de Vicente Lopez y Planes, la Junta de Representantes de la Provin­
cia de Buenos Aires fue reinstalada, y eligió gobernador a Manuel Dorr ego el
12 de agosto. El nuevo régimen pronto reconoció el status y los servicios de
Rosas. El 14 de julio lo nombraron Comandante General de la s Milicias de
Campaña en la provincia de Buenos Aires. A su gran base económica agrega­
ba así el mayor poder militar de la provincia. Fue en ese momento que Rosas
hizo su primera aparición en los documentos oficiales británicos, en los infor­
mes avinagrados y llenos de aire de superioridad de Lord Ponsonby, pero no
por ello menos perspicaces:
[' El Presidente ha dado el comando de la Milicia de la Provincia de Buenos Aires a Don
¡ Juan Rosas, un hombre de gran actividad y extrema popularidad entre la clase de los
[' gauchos, a la cual casi puede decirse que pertenece.Rosas se ha distinguido como un pof. deroso caudillo en los feudos domésticos de Buenos .Aíres. Fue Rosas quien, a la cabeza
■de un cuerpo de gauchos, estableció el gobierno del general Rodríguez, con quien el señor
[ Rivadavia fue ministro... Rosas no fue bien tratado por el señor Rivadavia", y es su más
í acérrimo enemigo... Su nombramiento ha producido un gran descontento entre los viejos
r —y regulares, como les llaman—oficíales militares. He hablado de él porque ciertament te habrá de cumplir un papel de cierta importancia.52
, Rosas obtuvo de inmediato de los federales la política de-frontera que
siempre había deseado. Una délas primeras medidas de Borrego (I6.de agosíto'de 1827) fue dar a Rosas una triple misión: conseguir y preservarla paz con
los indios; preparar un plan para expandir la frontera; y establecer una colo:nía en Bahía Blanca. Rosas se acercó en ese momento a ios indios como co:mandante de milicia, además de estanciero. Mantuvo estrecho contacto con
ellos, buscó su amistad, calmó sus temores. Esto significaba brindarles gran
hospitalidad, o bsequios y , por sobre todo., tiempo r “El respetable cacique Don
Venancio fue recibido lo mayor posible y ha sido alojado en mi casa donde se
¡é ha prodigado todo el mejor obsequio y agasajo, no podía menos que regre­
sar Heno de gratitud. ”54-Se quejaba de que esole ocupaba casi todo su tiempo.:
“los muchos indios que bajan hasta la ciudad, como los millares de los mis­
mos que habitan las haciendas de mi administración, no me presentan sino
motivos de perder tiempo... ”55 E3 otro aspecto de su política era instalar fuer­
tes de frontera y nuevos establecimientos para colonización, atrayendo a lo s .
colonos mediante las concesiones de tierras. E l problema de frontera sólo po­
día resolverse con la obtención de un puerto en el sur, para tener comunica-
33
ción directa por mar entre. Buenos Aires y las nuevas tierras. El puerío .at
cuado más próximo era -Bahía Blanca, y eso significaba ir más allá de las sj
rras de Volcán y Tandil y extender los límites, todavía más lejos. En 1828 S
sas empujó la frontera.más allá de Volcán y Tandil, hasta una línea de nuev
fuertes: Jurón, 25 de Mayo y Bahía-Blanca. La frontera de 1828 tenía aderó
la ventaja de abarcar tierras entre las dos cadenas montañosas del Voleáí
las-zonas altas de la Ventana, útiles para colonias agrícolas. Rosas se most
activo en la comisión nombrada para lograr acuerdos en la nueva íronter
Su influencia indujo a Ios-pampas de más pacífica disposición, a aceptar ít
taüos por sus tierras y a comprometerse a cooperar en su defensa contra:])
hostiles ranqueles y sus aliados.56
..
Éstos fueron entonces los tres elementos de la política de frontera de Bj
sas: asentamientos con fuertes, -protección mediante guarniciones militar®
y un.frente intermedio, a manera de amortiguador, con los indios amistoso
Dio a los estancieros un nuevo pacto y una participación en él. Su intención é
la siguiente:
]
“Es llegada ya la ocasión de garantir la protección de sus propiedades y personas sai
factoriamente y también la de convencer prácticamente que se preseriaran a cóopet
al éxito de una empresa eminentemente ventajosa y que aseguré los goces porque jusi
mente han suspirado largos años”.37
Rosas convenció a los estancieros para que organizaran los abaste
mientos necesarios para su milicia; el gobierno habría de compensarlos p
ellos y tendrían también el premio de la paz y la seguridad, dado que él siei
pre había sostenido que “La propiedad del labrador y del hacendado debe á
del celo de la comisión ponerla a cubierto de todo ataque”.156 De tai manei
Rosas cumplió su misión con respecto a la frontera, aumentó su poder y.pr|
tigio y logró un avance de sus propios intereses juntamente con los - de;
provincia. “Todo el mundo ha sido testigo de hallarse y a establecidas í
guardias con una nueva, línea de frontera, mucho-más avanzada de lo que pi
mitían los tratados con los pampas y tehuelches”. Como comandante de la r¡
licia. hombre de la-frontera y ganadero, Rosas disponía en ese momento;
una base incomparable para una maniobra hacia el poder, en caso de qué
ocasión se presentara o las circunstancias lo exigieran. La seguridad en
■frontera y en el campo dependía de la estabilidad política del frente interna
de la obtención de decisiones correctas de los políticos de Buenos Aires. Segf
el pensamiento político deRosas y sus asociados, esto ya no se podía seguir®
perando por más tiempo: era necesario imponerlo. Por lo tanto buscaron!
ciertamente así lo esperaban, controlar el gobierno.
I
Sin embargo. Rosas y los Anchorena pronto descubrieron que Borrego*
era fácilmente manejable. Habían aceptado sus políticas económica y I
r
ontera porque favorecían a los estancieros. Pero el resto de sus ideas poiítx¡s nodos convencía. Dorregorepresentaba la doctrina pura dél federalismo
|e Buenos Aires. Rosas y los Anchorena no eran, en realidad, del todo federafes y3.Los Anchorena eran hombres de negocios interesados solamente en sus
enlajas económicas. Rosas-era un pragmático, inconmovible por las ideas
íderaustas y sin obligaciones para iGrma alguna de gobierno en particular:
orrego era una especie de populista, que apelaba a lo más alto- y a lo- más
ajo. Si es posible referirse a un sector intermedio, de pequeños comercian¿s; artesanos y per-sao al administrativo y de servicio, era éste el que había
ido más golpeado por i a guerra con Brasil, y Borrego había fracasado en gaaria o terminarla: “Las familias ubicadas algo más arriba de las clases íraajadoras están deplorablemente afligidas por el cambio de valor de la moneg. ”5íl Por otra parte, Borrego parece haber cultivado a la vez una base popuít y otra, ia de los estancieras, casi como ei mismo Rosas lo había hecho. Las
eriva clones sociales de este tipo, objetables para algunos, no preocupaban
emasiado a Rosas. Lo que realmente lo alarmaba era la independencia de
lorrego y su negativa a aceptar consejos. Sus experiencias con Rodríguez y
pnRivadavia permitieron advertir a Rosas las tensiones latentes entre quic­
es mandaban en las estancias y quienes lo hacían en Buenos Aires. Como él
ra un estanciero que se esforzaba para controlar el. ambiente rural, no le gusaban los políticos incontrolables. Los observadores especializados notaron
sa hostilidad: Borrego “dio lugar a que se despertase la envidia y animosiad en el círculo de Rosas y los Anchorena, que desde el advenimiento de Borego se indispusieron con él porque no se dejaba dirigir por sus pérfidos con­
ejos y empezaron a meditar ios medios de derribarlo.”81 Invitado a formar
arte del gobierno, Tomás de Anchorena se negó, “porque la pretensión de
íste hombre de ideas rancias y antisociales era mandar desde su casa.,;f>2 Ma­
inel Moreno, uno de los líderes de la oposición, informó a Lord Ponsonby que
srnan la intención de deshacerse de Borrego por desgobierno y reemplazarlo
tor. Rosas, “jefe de toda ia Milicia Provincial y una especie de ídolo para la
;enfe del cam po,”83 Borrego tenía cierta noción del peligro, pero no lo sufí■iente: “Mientras yo viva este gaucho picaro no clavará el asador en el Fuerir, Rosas era igualmente despreciativo con respecto a Dorrego. a quien traa&a de imbécil y villano, y fanfarroneaba diciendo que tendría que deshacer, ■
é de él.184 Y a manera de preparación, renunció a su comando de milicias el l e
e abril de 1828. Finalmente, Borrego resultó derrocado, pero no por sus eneñgos internos sino por los de afuera, los .unitarios, quienes aprovecháron la
lacción de los aliados anteriores del gobernador. La guerra con ei Brasil terunó en octubre. El Io de diciembre de 1828, Juan La valle, porteño, unitario y
ildado, se pronunció contra Dorrego y se hizo cargo del gobierno.
Fueron dos los grupos que llevaron a cabo ia revolución de diciembre,Jos
üiitáres. recién'llegados de la guerra con el Brasil e indignados por la paz
ue había reconocido la independencia de Uruguay, y un pequeño grupo de po-
t
¡
41-
Uticos profesionales aliados a la élite mercantil e intelectual y que represent
taban a la reacción unitaria contra los caudillos, montoneros y otras maniíefl
taciones provinciales. La valle y su colega el almirante Guillermo Browner J j
militares profesionales, carentes de-una base económica y que contaban sinil
plemente con el respaldo de otros líderes militares, tales como les general^
José María Paz, Carlos de Alvear, Martín Rodríguez. Miguel E, Soler y í |
más G. Cruz. El ala civil délos unitarios. Julián Segundo de Agüero. Salvad!
del-Carril y el mismo Rívadavia, tampoco tenían fortunas personales y yf
vían de la política y la función pública. Defendían ciertas ideas. es verdad
revolución de diciembre se biso en nombre de principios liberales y contra!
conservadorismo rural, el caudillismo, una entrega a las provincias y “los bal
didos y los salvajes que formaron sus reuniones, amenazaron la campaña"^
Pero, bajo la superficie, estos hechos eran una etapa más en el conflicto ent|
los políticos de carrera y las nuevas fuerzas económicas, entre los profesiori|
les de la independencia y los intereses de los terratenientes. Y aunque por|
momento los revolucionarios de-diciembre habían capturado los instrumejj.
tos del poder y eran superiores en armas y dinero, no tenían recursos ecotif
micos suficientes ni bases sociales para conservar ventajas a largo término;
Dorrego abandonó Buenos Aires en busca del apoyo de amigos y aliado!
Según Woodbine Parish, fue “a reunirse con las milicias gauchas de don Jua|
Manuel de Rosas, el más formidable líder de esa gente... Si él resuelve apoyaj
a Dorrego contra el ejército —y él puede reunir una fuerza suficiente conic
para intentarlo— me temo que veremos una lucha-muy sanguinaria.5,66La b á |
populista de Dorrego no le negó su lealtad: “Entendí esta mañana que se e s|
produciendo una considerable reacción en favor del general Dorrego, espf
cialmeníe entre las clases bajas, y que muchos de ellos se están armando y d|
jando la ciudad para reunirse con él, y aun m ás: que los soldados relacionad!
can ellos han demostrado una gran disposición para desertar.”67Las posibili­
dades militares dé Borrego parecían brillantes, ya que Rosas también sa|i
de Buenos Aires y formó rápidamente una fuerza de lucha: “Sólo salí de Bu|
nos Aires el día de la sublevación y a los'cuatro días tuve conmigo dos rn¡
hombres, llenos de entusiasmo.”68 Pero otra vez chocaron los dos hombr<§¡
Rosas pretendió mandar, Dorrego se mantuvo insensible al consejo. R osasif
tentó convencer a Dorrego para que fuera con él hasta Santa Pe y que evitar|
a toda costa una batalla campal con las fuerzas regulares de Lavalle, veterl
ñas de la guerra con el Brasil. El consejo era correcto, pero fue ignorado. Ro­
sas, reacio a participar en la imprudente táctica de Dorrego, lo dejó pati
marchar en busca del apoyo del gobernador López, de Santa Fe. Algunos.ai
sus gauchos e indios a caballo tomaron parte en la Batalla de Navarro (9 de di
ciembre de 1828), pero Dorrego fue completamente derrotado y tomado baje
custodia. La-tragedia llegó rápidamente para él y su familia. Por-orden de Lavalle, fue fusilado el 13 de diciembre. "Toda la ciudad está horrorizada”, ó®
servó Woodbine Parish, y así era.89 Pero ese cruel asesinato recayó sobre los
42
: unitarios y Ies causó justo castigo. La ejecución de Borrego motivó.un profun­
do desagrado en todos los sectores, aun entre las clases superiores, que po­
dían haber sido sus opositores, pero especialmente entre las clases popula- res: !iLas clases bajas, que desde el principio se adhirieron a la causa de Do. rrego, manifestaron ruidosamente sus execraciones contra los asesinos v se
dedicaron activamente y con éxito a seducir a los soldados: las mujeres, en
■'especial, tuvieron importante participación en estos procedimientos.”70 El
cónsul británico-creía que Rosas podía haberse reconciliado con la revolu­
ción, pero la ejecución de Borrego le produjo un fuerte rechazo. También Te­
dio una oportunidad.
La muerte de Dorrego dejó a Rosas en buena posición para liderar el par­
tido federal. Los unitarios lo identificaron sin lugar a dudas como su principal
enemigo: “últimamente fueron liberados de la prisión dos asesinos ”, informó
Woodbine Parish, “bajo el compromiso de hacer todo lo posible para asesinar
a Rosas." Él tenia además las cartas credenciales más positivas. Como co­
mandante de las milicias había obtenido el virtual.monopolio del poder mili­
tar en la campana. Sus negociaciones pacíficas sobre la frontera le habían va­
lido ganar indios amigos, aliados y reclutas. Sus éxitos le habían permitido
. ganar el respeto de los estancieros, quienes disfrutaban de una inusitada paz
y seguridad. Los caudillos provinciales lo preferían a los unitarios de la ideo­
logía de Rívadavia. Y tenía una base popular en las pampas: “la adhesión
personal de toda la gentedel campo es difícil de creer. ”71 Fue sobre ese apoyo
popular que Rosas basó sus preparativos para la guerra.
Se convirtió entonces en jefe de montoneros..Inició una guerra de guerri­
llas, atacando a la propiedad enemiga y a sus dueños, pero evitando la batalla
abierta. Primero reclutó entre sus partidarios estancieros. Esperaba de quie. nes eran sus clientes entre ellos que acudieran a su servicio con peones i ca­
ballos y vacunos; y aquellos que no lo hicieron, por una u otra razón, algunos
i dudando quizá de sus posibilidades, comprendieron más tarde, en 1829, que
; habían perdido la oportunidad de enrolarse en una causa ganadora, y se apu• raron a dar explicaciones.72 Cuando partió hacia Santa Fe dejó instrucciones
a sus partidarios para que hicieran su base en el sur de la provincia, su zona
propia, y que libraran una batalla económica contra Lavalle y sus aliados.
Esta era la guerra de recursos, su estrategia favorita, aprendida con los in­
dios y trazada para obtener sus objetivos mediante el desgaste y la destruc­
tion de las estancias de los unitarios o. como lo describía el cónsul británico,
“una guerra gaucha contra las propiedades en el campo de todos aquellos de
quienes se sabía que eran partidarios de ia revolución." Para librar esta gue­
rra, sin embargo,.Rosas tuvo qué reclutar hordas rurales-de los más bajos
: sectores.
El mismo Rosas comentaba acerca del carácter social del federalism o:
“Todas las clases pobres de la ciudad y campaña están en contra de ios suble­
vados, y mucha parte de los hombres de recursos posibles. Sólo creo que están
43
con ellos los quebrados y agiotistas que forman esta aristocracia
! ti!.”7"1No es necesario tomar la declaración textualmente, pero aun c.oino-pro­
paganda probablemente contenía algo de verdad. ¿Quiénes eran los “hom|f
bres de recursos1'? Tal vez hieran los estancieros y rentistas, perjudicados!
por el bloqueo y las operaciones de los especuladores durante la guerra con er:
Brasil. En cuanto a las “clases pobres”, comprendían a los partidarios de Doé
rrego de la ciudad, del campo, y ciertos grupos marginales reclutados por «i!
mismo Rosas o sus agentes como medida política. En la segunda mitad de di-i
ciembre de IB28 hubo algunos levantamientos en su favor, algunos en el norte!
de la provincia, pero la mayor parte en el sur, donde tenía mucho prestigio en­
tre los indios “amistosos” y muchos seguidores entre los “amigos” de los inri
dios, hombres al margen de la sociedad rural, casi delincuentes sin trabajo
regular, protegidos de Rosas, a quienes ellos veían como su patrón. Los fun­
cionarios oficiales que se bailaban en el sur de la provincia informaban que.
había bandas de “indios, desertores y toda d a se de delincuentes11, y también
“anarquistas”, que merodeaban la región atacando estancias y desafiando alos representantes de la ley y el orden. “Los gauchos se están reuniendo para
unirse a él desde todas partes de la provincia y me dicen que en los ranchos de
las pampas no se ven más que mujeres y niños,.. la cosecha de esta estación
está perdida."74
Sin embargo, fue el reclutamiento de indios por Rosas lo que causó mayo- !
res comentarios. Se informó en Buenos Aires que, en la batalla de Navarro
“pelearon más de doscientos indios pampas en favor-de Dorr ego, de los que te­
nían sus tolderías en la estancia del comandante general de campaña, don,
Juan Manuel de R osas.”75 El general Lamadrid consignó “una gran concen­
tración de milicia y de indios pampas en la hacienda de Rosas ”. bajo el mando'
de Molina, el capataz de Rosas.76 Este “pardo desertor” era un tipo caracte-h
ristico de la frontera, un hombre que había vivido entre los indios, juntándose 1
con la hija de un cacique y ganando influencia entre ellos; posteriormente re-,1
gresó a la sociedad de los blancos, fue perdonado y empleado por Rosas. “Mo­
lina, un hombre de gran influencia entre la gente del campo y las tribus indias, i
del sur, de quien se dice que puede siempre tener a su disposición la cantidad
de hombres que pueda necesitar.1177
El coronel norteamericano John Anthony King, en viaje de Córdoba a
Buenos Aires, vio:
Las más espantosas escenas de desolación. Los indios, conocidos como los pampas, ha- ?
bían estrado en hordas en m achas délas aldeas,.cometiendo crímenes, sacando a la gen- i
te de sus hogares, destruyendo sus propiedades y, en numerosos casos, incendiando sus ;
viviendas. Por la forma sistemática y la impunidad con que actuaron, tomando práione- ’
ros y llevándoselos a través mismo de ios puebios que se habían manifestado en favor de !
Rosas... parecía más que posible que estas terribles escenas hayan sido realizadas com )
su connivencia o, aun, bajo su dirección.78
>
i
44
Rosas y sus partidarios reconocían a sus indios y hacían gala de ello. Si­
tiado por los montoneros de Rosas, en. marzo de 1829, el gobierno de Buenos.Ai­
res reclutó a toda prisa una milicia, incluyendo franceses y otros extranjeros.
El entusiasmo de los extranjeros por la causa unitaria provocó a los federa­
les, quienes levantaron cartelones en la plaza de Monserrat, Indios sí. extran­
jeros no: y Valen más indios que unitarios.78Y en su-viaje de regreso a Córdo­
ba, eí coronel King vio nuevas evidencias de la s incursiones de los indios, des­
trucciones y rapiñas en las haciendas de las pampas. En Córdoba conoció, al
general unitario Paz; "Le hablé de los terribles estragos de pueblos y caseríos
en toda la pampa, y expresé mi creencia de que los salvajes habían sido incita­
dos por Rosas a cometer esos actos. ‘¡Incitados!’ exclam ó: ‘eran empleados,
y realizaban su trabajo bajo promesa de recibir recompensas’.5,80
Esta incongruente alianza de federales, gauchos, delincuentes e indios no
se mantenía unida por intereses sociales, que carecían de cohesión, sino por el
mismo Rasas, quien era en última instancia la autoridad reconocida por todos
en distintos grados. Constituían un enemigo esquivo, que no podía ser comba­
tido de ninguna manera excepto la propia de ellos mismos, incursiones muy
rápidas conducidas por Molina y otros contra los unitarios y sus abasteci­
mientos, mientras los indios saqueaban en la periferia. En abril, cuando Lavaiíe marchó sobre Santa Fe, se produjeron revueltas en toda la provincia dé
Buenos Aires, de modo que la provincia entera pareció encontrarse bajo la
ocupación militar de unidades que actuaban en nombre de Rosas. Después de
perseguir a éste infructuosamente, La valle se vio obligado a retirarse;
Mientras tanto, grandes cantidades de montoneros que procedían aparentemente con
extraordinaria subordinación a sus lideres, avanzaron lentamente sobre la ciudad. Con­
siderando la composición de su tuerza, su conducta parecía ciertamente, y en forma
inesperada, la de tropas regulares. Se entiende que Rosas había impartido las más es­
trictas órdenes de respetar toda propiedad, y se decía que sus oficiales estaban dispues­
tos a castigar todo exceso de la manera m ás sumaria. En muchos casos han pagado por
los abastecimientos que necesitaban, mientras que. en otros, han extendido recibos an
nombre de Don Manuel Rosas y el Ejército Federal.®
El 25 de abril Lavadle iue derrotado en la batalla de Puente de Márquez, y
posteriormente Rosas estrechó aun más el cerco sobre los unitarios en Bue­
nos Aires. Durante el transcurso de mayo y junio, con sus fuerzas reducidas'
casi a un estado de inanición, Lavalle tuvo que negociar con Rosas, a quien
prefería con respecto a López, el caudillo de las provincias. También Rosas
estaba listo para negociar. Aunque él ocupaba toda ei área rural, controlaba
los abastecimientos y podía ejercer un verdadero estranguiamiento, no que­
ría asaltar y humillar a la ciudad. É l también era porteño y prefería una solu­
ción porteña a una impuesta por las provincias.
45
Como en realidad la ayuda e intervención de las otras provincias ya han dejado, de ser ne­
cesarias, se han convertido en embarazosas, y el mismo Sosas está deseoso de salvar a
Buenos Aires de la evidente bumiilación de tener que obedecer órdenes de ellas. Con las
fuerzas que él ha reunido en la misma provincia (que se estim an en no menos de ocho mil
hombres), hace tiempo que podría haber ocupado la ciudad, pero se ha mostrado muy
reacio a exponerla a las posibles consecuencias de un ataque... Esta moderación le ha
valido ganar un creciente n ú m e r o de partidarios en Buenos Aíres...®
El primer fruto de las negociaciones, el Tratado de Cañuelas (24 de junio
de 182S), quedó frustrado por la negativa de Lavalle para realizar elecciones
imparciales y su decisión de retener el control; por otra parte, el tratado me­
joraba la posición de Rosas autorizándolo específicamente a mantener la paz
en la zona rural y resolviendo poner a cargo de la provincia el pago de sus fuer­
zas, Presiones en constante aumento y sucesivas conferencias demostraron a ■
Lavalle las realidades del poder y culminaron en el Tratado de Barracas (24
de agosto); éste puso aun más en evidencia la reputación de Rosas, dado que
- fue claramente él quien lo impuso. E l 26 de agosto. Lavadle renunció en favor
de un honesto mediador, el general Juan José Viamonte, quien asumió como
gobernador interino, mientras ellíder unitario abandonaba Buenos Aires y se
dirigía al Uruguay, ááviríiendo al gobierno de la necesidad de reconstrucción
después de "la sublevación en masa de los indios bárbaros y de la multitud de­
senfrenada ”, punto de vísta unitario del contragolpe.83Rosas entró en Buenos
Aires en la noche del 3 de noviembre, siendo recibido no simplemente como el
servidor militar dei gobierno sino como un vencedor y un jefe del partido fede­
ral. El ministro británico le agasajó como a un hombre de importancia políti.ca y departió con él considerándolo una figura pública de liderazgo. “E l gene­
ral Rosas está en este momento en Buenos Aires y tengo gran satisfacción en
verlo con frecuencia. Su poder en este país es tan extraordinario como su mo­
deración y su modestia.,I84
Durante los m eses siguientes,, Rosas comenzó a extraer dividendos dex
capital político que había ganado. Una pregunta crucial era ¿debía haber
elecciones, o no? Los mismos federales estaban divididos al respecto. El ala
ortodoxa quería la restitución de la asamblea de Dorr ego, la Sala de Repre­
sentantes, disuelta por Lavalle el 1° de diciembre de 1828. Otros querían nue­
vas elecciones. El gobernador era personalmente muy débil para resolver el
tema, y pidió la opinión de Rosas, jefe indiscutído del partido federal e ídolo
del pueblo. Rosas vaciló. Al principio se mostró en favor de nuevas elecciones,
de acuerdo con la letra de los tratados de paz, pero por momentos daba la im­
presión de no estar en contra de la restitución de la legislatura de Dorrego.85
Lo preocupaba el hecho de que la disputa pudiera dañar al partido. O tal vez
fuera que todavía no era suficientemente poderoso como para dominar la or­
ganización federal y sus partidarios terratenientes. Por último, los puristas -
46
fueron tan intransigentes que, por la causa de la paz del partido, Rosas se alla­
nó junto a ellos y adoptó la opinión del grupo dominante. Anunció que el campono estaba listo para tener elecciones ni en situación de conducirlas pacífica. mente; la legislatura, ilegaimente clausurada por la revolución del 1° de di­
ciembre de 1828, debía ser restablecida. Éste fue el punto de vista que preva­
leció;. volvieron a llamar a los representantes de 1828 y. el 1“ de diciembre de
1S29 se reunió la Honorable Sala de Representantes, con cuarenta diputados
en total, para resolver dos problemas inmediatos; elegir un nuevo goberna­
dor y decidir qué poderes debían dársele. ¿Era conveniente otorgarle íaculta' des extraordinarias, que significarían un poder absoluto, según lo propuesto
por Tomás de Ánchorena en oposición a los puristas del partido ? La Sala esta■ba dividida entre aquellos que opinaban en .favor de una dictadura y los que te­
mían al despotismo, pero finalmente se aprobó la moción de los poderes ex­
traordinarios hasta el r de mayo de 1830. Y el 6 de diciembre de 1829, a la edad
de treinta y cinco años, Rosas fue elegido gobernador de Buenos Aires por vo­
tación de todos los diputados, excepto Juan.N, Terrero. Asumió el poder en
medio de una orgía de personalismo puro, extraño básicamente al pensa­
miento federal. El orden y la seguridad, observaba una nota-periodística, es­
taban asegurados, no tanto por las leyes generales como por “la personalidad
de nuestro respetable gobernador; es pues en el carácter de nuestro benemé­
rito gobernador que hallaremos todas las garantías que pueden aspirar los
buenos ciudadanos. ”86El ministro británico, simpatizante de Rosas, pensaba
que “los únicos'obstáculos eran su propia modestia y su gran renuencia a ser
colocado en una situación tan ostensible y responsable.”87 Enrealidad, Rosas
quería tanto la gobernación como los poderes extraordinarios y, en los años si­
guientes, al serles renovados ambos, la renuencia habría de ser un sentimien­
to repetido. Sin embargo, si había un elemento genuino de renuencia en 1829 se
debía a que, como hacendado y hombre de campo, carente de experiencia en
la política de la ciudad, tenía clara conciencia de los riesgos que acompaña­
ban a la carrera política y del elevado índice de fracasos entre los políticos de
Buenos Aires. Había también una razón política en su insistencia —y la de su
grupo— en el otorgamiento de poderes absolutos, y era que los unitarios,dejos
de hallarse completamente destruidos, podían intentar un regreso, a menos
que debieran enfrentar un gobierno muy decidido.
¿Cómo podemos explicar la hegemonía de Rosas ? Hasta cierto punto, fue
un producto de las circunstancias. Representaba el ascenso al poder de nue­
vos intereses económicos, de un nuevo grupo social, los estancieros. La élite
clásica de la revolución de. 1810 estaba formada por los comerciantes y los bu­
rócratas. La lucha por la independencia había creado políticos profesionales,
funcionarios del Estado, nuevos militares, hombres que hicieron una “carrera
de la revolución" Muchos de ellos provenían de una élite, anterior a 1810. de
familias de comerciantes y funcionarios d éla Corona, pero sus propias carre­
ras tuvieron un énfasis diferente, para servir al Estado y beneficiarse de él.
Los. comerciantes de Buenas Aires, surgidos dé la colonia como representantes de los intereses económicos dominantes en el Río de la Plata, fueron, al
principio importantes aliados d éla nueva élite. Pero la declinación del comerd o con el interior, la destrucción de la industria ganadera del litoral por la
guerra y, sobre todo, la irresistible competencia de ios comerciantes británieos, dislocaron la tradicional economía, y malograron las oportunidades a los
empresarios locales. El aumento de las exportaciones provocado por los británicos y el fracaso del sector exportador par a.responder motivaron una eíusión de m etales preciosos, que fue acompañada por un aumento en la demam
da de dinero efectivo. Llegó el momento en el que la economía tradicional de
Buenos Aires ya no podía sostener a la élife comercial. A partir de 1S20. aproximadamente, muchos de ellos empezaron a buscar otras salidas y. sin abandonar si comercio, a invertir en tierras, ganado y saladeros.
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“El deseo de em plear los.capitales en un negocio más lucrativo, dio fomento a la indus­
tria de la cría de ganados, que hasta entonces se había mirado en poco a pesar de 3a íera- ■'
cidad del suelo que ofrecía seguros y abundantes productos a esta ciase de especulado- .
nes. Y hasta ios comerciantes ingleses —los negociantes más positivos— emplearon
grandes rondos en'la población de nuevas estancias, dando así incremento a la riqueza .;
del país en su ramo más importante”.*9
Era éste un sector que no había sido dejado enteramente a los británicos.
Los empresarios ganaderos más prósperos eran los hermanos Anchorena, „
grandes comerciantes y financistas, y que pronto habrían de ser grandes terraíenientes. Había otros numerosos ejem plos: Juan Pedro Aguirre, tratante
de esclavos y comerciante, Félix de Álzaga y Manuel Arroyo y Pinedo, comer- . ciantes y financistas; los hermanos Chiclana, pequeños comerciantes que se -y
convirtieron en ganaderos y saladeristas; Díaz Vélez, quien invirtió en tierras toda una fortuna proveniente del comercio; Estanislao y Juan Fernández, modestos tenderos que adquirieron enormes estancias; los Saenz Valí ente, Viamonte, y otros, que se convirtieron en propietarios de grandes hadendas. Éste era el grupo social dominante del futuro, una d a se de terratenientes v
con raíces en la ciudad y originada en la sociedad urbana.
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El cambio de equilibrio desde la ciudad hacía el campo quedó reflejado en
el progreso político de los-intereses rurales. En 1820, alrededor de la mitad de
los miembros del cabildo, o ayuntamiento, de Buenos Aires eran comercian­
tes y otea mitad estancieros, y la misma proporción se daba en la Sala de Re- .
presentantes. Al mismo tiempo, los estancieros estaban desarrollando su po­
der militar, ya que teman que ser autorizados para mantener unidades armadas para la seguridad rural y la defensa de frontera, unidades que en .último
término eran pagadas por el Tesoro provincial. Pero los comerciantes-ierra- ■;
tenientes no participaban todavía directamente en el ejecutivo, y se mantenía
;
48
i:
el hecho, de que. quienes tenían el poder económico no gobernaban, y quienes
gobernaban carecían de base económica. Hubo por cierto tiempo una coinci­
dencia de intereses, o una relativa tolerancia, entre los dos sectores, pero las
probabilidades de conflicto eran muy grandes cuando existían diferencias de
intereses. El grupo gobernante, profesionales o intelectuales de la revolución,
junto con algunos de sus aliados por negocios, llegaron a formar una incipien­
te oligarquía; eran unitarios con una ideología relativamente liberal, que mi­
raban al exterior en busca de ideas, capitales extranjeros y comercio interna­
cional.90E l segundo grupo se volvió hacia el interior para desarrollar tierras,
ganado y saladeros, extendiendo la frontera y mejorando sus inversiones m e­
diante la comercialización de productos de la industria ganadera para expor­
tación. Estos intereses económicos preponderantes, de ios comerciantes-te­
rratenientes, estaban representados por los federales. Como era de suponer,
ellos proporcionaron al partido federal un poder militar y económico del que
anteriormente carecía. E ra inevitable que comenzaran a tratar de obtener el
poder político directo, primero contra los unitarios, luego, entre los mismos
federales.
E l blanco principal de los terratenientes fue el régimen de Rivadavia. Su
ideología liberal, sus intentos de diversificar la economía, su aliento a la inmi­
gración, todo ello era profundamente sospechoso para los intereses rurales,
mientras que el intento de'privar a la provincia de sus ingresos fiscales y eco­
nómicos era rechazado abiertamente. La caída de Rivadavia y el adveni­
miento de los federales resultó en una mayor identificación entre los poseedo­
res y los administradores del poder. El cambio económico del comercio a la
cria de ganado, la alteración del equilibrio social en favor del grupo comer­
ciante-terrateniente, quedó reflejado durante el gobierno de Borrego. Pero no
lo suficiente como para satisfacer a Rosas y los Anehoreea. Es posible que
ellos planearan un movimiento contra Borrego para asumir directamente el
poder. El .golpe unitario del 1" de diciembre de 1828 tornó aquello innecesario:
el tema quedó reducido a un simple conflicto entre federales y unitarios, y los
federales tuvieron que derrotar una vez más al viejo sistema de Rivadavia.
Lo hicieron de manera tan convincente bajo la conducción militar de Rosas,
que en 1829 estaban capacitados para hacer lo que quisieran con el gobierno.
En efecto, los terratenientes de Buenos Aires derrocaron al grupo gobernante
existente, los políticos, burócratas y m ilitares asociados, y tomaron posesión
directamente del gobierno de la provincia a través de su representante, Ro­
sas. En 1829, Rosas tuvo éxito para-desmantelar los remanentes del Ejército
de la Independencia, ya debilitado por la guerra en la Banda Oriental; y así. la
derrota de Lavalle fue la derrota.de un ejército profesional, uña fuerza rival,
por las m ilicias de Rosas y sus aliados estancieros.
Las circunstancias, pues, crearon a Rosas. Él era la síntesis individual de
la sociedad y la economía del campo y, cuando los intereses de este sector
coincidieron con los de los federales de la ciudad, Rosas resultó de inmediato
él representante y el ejecutivo de la alianza. Como observó Mansilla;
49
I;
“En tal sentido Rosas no se hizo; lo hicieron los sucesos, lo hicieron otros, algunos ríc a l
chones egoístas, burgueses con ínfulas señoriales, especie de aristocracia territorial^
que no era, por cierto la g e n t r y inglesa, iras de él, estarían ellos, gobernando3’A'
'"**
Ésta es una explicación simple del ascenso de Rosas, pero no completar!
No hace referencia a sus cualidades específicas, sus orígenes, carrera y pon­
der sobre los hechos. Era ya un caudillo antes de ser elegido gobernador.
%
Su carrera personal fue única y no coincidía exactamente con el model<rf|
de comercíante-convertido-en-terrateniente que caracterizaba a tantos
sus seguidores. Comenzó en la estancia., aprendió el negocio desde el extremo g
_ inicial, acumuló capital dentro del sector del campo mismo y avanzó desee
allí. Fue un pionero en la expansión de las propiedades rurales y la cría de g.\- ;=
nado, empezando algunos años antes de que se produjera el gran empuje ha-r;
cia el sur, a partir de 1820. A diferencia de los Ancharen a, por ejemplo, que ,J
contaban con mayordomos o con el mismo Rosas, éste no era un terrateniente T
absentista; era un estanciero trabajador, que actuaba en todas las fases de >a Ü
cria de ganado. Y fue así como tuvo contacto directo con los gauchos, .deling,
cuentes, indios y otros habitantes de las pampas, un poco para reclutarlos §
para sus estancias, otro poco a ñu de movilizarlos para sus milicias. Rosas.:?’
ejercía autoridad no sólo sobre sus propios peones, sino también sobre las ma-'
sas rurales más allá de los limites de sus propiedades privadas. Hubo otros.
sin duda, que compartieron esa experiencia: Viamonte, por ejemplo,.era un
hombre respetado por la extensión de sus haciendas y ia cantidad de peones a rí1
sus órdenes. Pero Rosas agregaba otra calificación. E ra el comandante.de mi?fj
lidas' de la provincia. Tenía mayor experiencia militar que cualquier otro es-??
tandero. Nadie podía igualarlo en su capacidad para el reclutamiento de las.ip
tropas, el entrenamiento y el control de las milicias y en el desarrollo de las
unidades, no sólo errla frontera sino también en las operaciones urbanas. Era' %
la dimensión militar desde los inicios de.la carrera de Rosas lo que le daba
ventajas con respecto a sus rivales. Esto culminó con su desempeño durante
laguerra de guerrillas de 1829, cuando reclutó, controló .y condujo las fuerz:.-.-.popsilares anárquicas del ejército irregular que derrotaron a los profesiona­
les de LavaJle. En este caso, las cualidades personales fueron causa d erla- ,1
mente decisiva, si no la única. Rosas no era solamente una creación de los be- .
cbos; él ios producía. No sólo representaba a otros; él los conducía. Este dualismo también quedó.en evidencia cuando se distribuyeron las recompensas ?
de la victoria.
A
Ya antes de diciembre de 1829 Rosas tema las cualidades de un líder poli- Y
tico. En la década anterior había establecido una poderosa base en eleam po, en parte como propia iniciativa y, por otro lado, como delegado del gobierno. A
Había servido al Estado y se había beneficiado del Estado. Ala vez que repre­
sentaba a los terratenientes sé representaba a sí mismo, el m ás poderoso de i:
todos los terratenientes. Era dudoso que pudiesen haber encontrado alguien ?
mejor-calificado que Rosas. En ese sentido, no era él meramente una crea­
ción, dé ellos, ya que.se encontraba en una fuerte posición negociadora. Rosas
era un caudillo producto de sus propios esfuerzos. Había una verdad, tanto po­
lítica como económica, en su afirmación: “Salí a trabajar sin más capital que
mi crédito y m i industria" ,92
CAPÍTULO II
Estanciero
¿Quién era Rosas? Un propietario de tierras
¿Qué acumulo? Tierras
=->
¿ Qué dio a sus sostenedores ? Tierras
¿Qué quitó oconfiscó de sus adversarios? Tierras^
::
A
Rosas asumió el cargo en diciembre de 1829 con sus activos y pasivos equíIi-2
hrados. Reclamó el poder absoluto y se le dio con gran apoyo político.i
E l absolutismo no entraba en conflicto con sus propios principios. En una;;
entrevista con el enviado uruguayo Santiago Vázquez, un día después de ocn-1
par el cargo, negó que fuera federal: ,!Ya digo a usted que yo no soy federal,
nunca be pertenecido a semejante partido, si hubiera pertenecido, le hubiera//
dado dirección, porque, como usted sabe, nunca la ha tenido... En fin. todo ¡o ',
que yo quiero es evitar males y restablecer las instituciones, pero siento que./
me hayan traído a este puesto, porque no soy para gobernar”.? Sin embargo,.una vez ocupado el cargo, Rosas no quiso fracasar por falta de poder. Las eir-Y
constancias requerían un gobierno fuerte.
.
Tanto por obra del hombre como de la naturaleza-, la- economía descendió: ’
a un nivel bajo. La guerra con el Brasil, seguida muy pronto por la guerra civil; "]
entre unitarios y federales, dañó la producción y las exportaciones y mutiló el ■
'
tesoro. Rosas heredó demasiados gastos y muy pocos ingresos. Además, du- //■
ran te la totalidad de su primer gobierno, la provincia soportó una tremenda'/;
sequía. Desde diciembre de 1828 hasta abril de 1832no llovió; los lagos, los ríos ;
y los pozos se secaron, la vegetación desapareció, sufrieron los cultivos y el í
ganado, los caballos morían de hambre y de sed, AI declinar la producción g a -'/
nadera todo el país languideció.,Sir Woodbine Parish relató a Charles Darwin .
que la tierra estaba tan seca y era tanto el polvo que volaba por todas partesque en el campo abierto quedaron borrados los mojones, y la gente ya no. sabía.
dónde estaban los límites de sus haciendas.3
Los problemas politicos también estaban ejerciendo presión. Aunque
Buenos Aires contaba con Santa F e como aliada, las fuerzas unitarias de la
Liga del Norte estaban todavía en campaña al mando del general Paz, y sólo
-cuando se produjo fortuitamente su captura, en marzo de 1831, finalizó la gue­
rra civil. Las relaciones políticas y económicas entre Buenos Aires y las pro­
vincias aún estaban por resolverse, pero después de una prolongada disputa
Rosas dio su conformidad para reconocer la autonomía de las provincias en
impacto federal informal. Pero en la misma Buenos Aires, el federalismo es­
taba dividido entre los moderados, llamados con las distintas denominacio­
nes de lomos negros, doctrinarios y (por Rosas personalmente) anarquistas,
quienes estaban en favor del constitucionalismo, y los conservadores delinea
dura, o apostólicos, que respaldaban a la dictadura de Rosas. La dictadura,
en realidad, creó una buena impresión de gobierno firme y solvencia finan­
ciera, y Rosas probablemente podría haber logrado un segundo período en el
cargo si hubiera estado preparado para convertirse en constitucional. Pero
como fueron las cosas, la Sala de Representantes, en sesión del 29 de noviem­
bre de 1832, aceptó la devolución de los. poderes extraordinarios y expresó su
gratitud porque “bajo el gobierno de Vuestra Excelencia la provincia ha al­
canzado la feliz situación de vivir con tranqulidad bajo la autoridad de las le­
yes” . Y así, el 5 de diciembre de 1832, Basas completó su primer período en el
cargo. Lo sucedió Juan Ramón Bale arce, con quien comenzaron a ganar posi­
ciones los intereses moderados; pero Balcarce fue derrocado en octubre de
1S33 por la revolución de los Restauradores, provocada por los rosistas. En­
tonces la legislatura nombró a Juan José Viamonte gobernador provisional,
en un intento de evitar una nueva dictadura, pero el balance de poder no esta­
ba en su favor y renunció el 27 de junio de 1834. Al principio, Rosas rehusó el
ofrecimiento de la gobernación, como lo hicieron varios otros candidatos que
no estaban dispuestos &aceptar. Pero eventualmente accedió, con la condi­
ción de que la legislatura le asegurara la suma del poder público. Así ocurrió
el 7 de marzo de 1835. y Rosas comenzó un largo período de gobierno virtualmente bajo sus propias condiciones.
Éstas eran asimismo las condiciones del sector dominante de la sociedad.
Se pensaba que eran necesarios los poderes dictatoriales para terminar con el
conflicto social, la inestabilidad política y el deterioro económico, y para ase­
gurar la hegemonía de ios intereses de los estancieros. La primera adminis­
tración de Rosas había tenido características conservadoras: representaba a
la propiedad, especialmente la propiedad rural, y había garantizado la tran­
quilidad y la estabilidad. Fortaleció al ejército, protegió a la Iglesia, silenció
las críticas, amordazó a la prensa, ignoró a la educacíóny trató de mejorar el
crédito financiero del gobierno. Después de Rosas, en 1833 y parte de 1834,
la inestabilidad política retornó, las exportaciones cayeron y la situa­
ción financiera desmejoró. El eónsul británico describió así lo que v io :
53
Las clases ricas e-industriosas de los habitantes hanquedado ahora empobrecidas debí- . :do a ía depredación de la moneda y a los continuos gastos en que ha debido incurrirse
para el mantenimiento de grandes efectivos de hombres armados, que han sido sacados
apresuradamente de sus ocupaciones agrícolas -y ganaderas y obligados a tomar las ar­
mas durante estas conmociones.
■~
Todas las personas prudentes, además, se han visto impedidas de crear nuevos esta­
blecimientos en los distritos rurales, por miedo á quedar expuestas a '¡as constantes de­
predaciones e insultos de los destacamentos de aquellos hombres armados; y muchos
que ya-se habían instalado en el campo, después de haber sufrido mucho durante estos ,
períodos de confusión, han abandonado sus granj as, y han regresado a tomar residencia
en esta ciudad.4
Rosas volvió al poder- con la reputación de su primer gobierno. Mediante su
política respecto a las tierras y a la frontera y su capacidad para imponer el
orden ya había vuelto a dar seguridades a los estancieros. Su política fiscal or­
todoxa también resultaba atractiva para ellos. Después de reelegido, una de
sus primeras medidas fue liquidar el Banco Nacional (30 de mayo de 1836).
Terminaba así con cualquier posibilidad de restaurar el valor oro del peso y
de deflación; en lugar de ello, su política financiera se basó firmemente en recortar los gastos, especialmente los gastos sociales, y el cobro de impuestos.
Los observadores británicos quedaron impresionados.5
.'
La élite de terratenientes respondió a Rosas positivamente. Ésta fue su
base política. El 6 de diciembre de 1829, los treinta y tres diputados de la Sala
de Representantes, producto todos ellos de los sectores altos de ciudad y provincia, habían elegido gobernador a Rosas, aun aquellos-que se oponían a concederle poderes extraordinarios. Y, como observó Baldías, “los miembros de
la legislatura eran en su totalidad hombres que se distinguían en la sociedad
por su posición, por su fortuna o por el rol que les había tocado desempeñar en
la cosa pública años atrás”.6 El 13 de abril de 1835, la misma ciase eligió otra
vez a Rosas para el cargo. Y en julio de 1835. los estancieros más prominentes
de todos los rincones de la provincia viajaron a Buenos Aires para montar
guardia frente a la casa de gobierno, como señal de “respeto” y “acatamiento”,7 Algunos estancieros, es cierto, se oponían a Rosas, aunque no constituían
un interés identiñcable. Había algunos que tenían objeciones políticas con
respecto a Rosas, unitarios a quienes disgustaba su federalismo, federales
que aborrecían ía dictadura. En 1838 podía tal vez haber existido algún elementó de interés económico en la oposición, cuando se pensó que la política de
Rosas, al provocar el bloqueo francés, resultaba perjudicial para el negocio
de exportación de las estancias y saladeros. Dé esta forma de pensar surgió la
rebelión del sur en 1839, entre cuyos líderes había un cierto número de gran­
des terratenientes, tales como Día2 Vélez, Lastra, Castelli, un hermano de
Rosas, y d director de la Sociedad Rural Argentina, Ambrosio Cramer.8 Pero,
en general, las críticas a Rosas eran ideológicas más que sectoriales. No había
ciertamente motivos para una oposición de d ase a R osas: siendo estanciero
él mismo sabía perfectamente lo que se requería y anunciaba su política por
adelantado.
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Ya con anterioridad a ser elegido gobernador, Rosas había aumentado su
poder y servido a sus pares. Fue él quien apresuró ei decreto de distribución
de tierras firmado por Viamonte el 19 de septiembre de 1829. con k pública in­
tención, asi se explicó, de aliviar £ia orfandad y miseria a que han quedado
reducidas numerosas familias del campo, por los efectos déla misma guerra,
y la imposibilidad en que se encuentran de reparar sus quebrantos.”9 Se otor­
garían tierras del Estado para formar estancias a los. habitantes de la provin­
cia que quisieran establecerse sobre la nueva frontera al sur de Azul y en otros
sitios de avanzada. Como comandante de las milicias en la campaña, Rosas
fue autorizado a administrar el decreto, a recibir las solicitudes, elegir los be­
neficiados y las ubicaciones y asignar las tierras. Pero esto no fue una simple
distribución de tierras a granjeros pobres, Instalar nuevos colonos sobre la
frontera significaba dar mayor seguridad a los estancieros de las zonas inter­
medias ; de modo que se convertía en una recompensa a los partidarios de los
victoriosos federales, Al mismo tiempo, ponía en manos de Rosas un impor­
tante instrumento de paternalismc. El comandante dé milicias era en ese mo­
mento el señor de las tierras públicas y su donante, aun antes de alcanzar ía
gobernación. El 22 de septiembre, ei gobierno interino emitió otro decreto en
favor de los estancieros; debido a los dañosos efectos de la guerra sobre los
capitales empleados en tierras, ¿ría de ganado y agricultura, éstos quedaban
eximidos del pago de la contribución directa (impuesto directo sobre el capi­
tal y la propiedad) por todo el año 1823, Y Rosas nunca fue negligente en los de­
talles. Para completar la serie de medidas de compensación, el gobierno hizo
instalar, por decreto del 12 de octubre, dos corrales que habrían de contener el
ganado llevado a Buenos Aires.'Por todos esos medios, Rosas demostraba su
capacidad para servir a los estancieros. Pero eso era sólo el comienzo.
Como gobernador de Buenos Aires. Rosas dio muchos pasos positivos a fin
de mejorar la situación y la seguridad de los terratenientes. Empezó a partir
del evidente razonamiento de que la economía de Buenos Aires dependía del
agro y de que ésta necesitaba más tierras. La presión sobre los campos de
pasturas desde la repentina prosperidad de los primeros años de la década de
1820 y la escasez de tierras a distribuir por el sistema de enfíteusis llevaron al
sector de la ganadería a los límites de la expansión redituable. Les ganaderos
estaban empujando hacia el sur, dentro del territorio indio, en busca de tie­
rras baratas.
Esto requirió la acción del gobierno, para ocupar nuevos territorios y prote­
gerlos. Rosas era partidario de una política de expansión y colonización. La
ley del 9 de junio de 1832 separó trescientas sesenta leguas cuadradas (nove­
cientas mil hectáreas) cerca de los fuertes Federación. Argentina, Bahía
Blanca y Mayo, para distribuirlas entre los veteranos de las guerras contra
los unitarios y ios ganaderos más perjudicados por la reciente sequía. Y un
año más tarde la frontera volvió a agitarse con una iniciativa m ás belicosa, 1a
Campaña del Desierto, conducida por Rosas personalmente contra los indios.
Eliejano sur, naturalmente, no era en realidad un desierto. Aunque las regio-
55
nes eran áridas y las lluvias escasas, tenía tres ríos importantes, el Salado, ei
Colorado y el Negro, capaces de transformar una región de veinte mil leguas
cuadradas en fértiles tierras de pasturas que se extendieran hacia efsur has­
ta los confines del norte de la Patagonia.
¿No era esto un nuevo rumbo para Rosas ? Era un tema que conocía por su
experiencia como estanciero y comandante de milieias. Sabía distinguir en­
tre indios enemigos, contra quienes había que luchar, y los indios amistosos a
quienes se podía conquistar mediante el comercio y obsequio de yeguas, e im­
pedirles que escondieran a los delincuentes. Sabía también cómo usar a los in­
dios para la causa federal, como lo hizo en ia guerra civil de 1828 a 1831. Sin.
embargo, antes, como ya se ha visto, no estaba de acuerdo en atacar a los in­
dios, prefería la paz, los parlamentos y los obsequios, a fin de atraerlos hacia
el trabajo y la civilización.10Por ese motivo habla roto con Rodríguez en 1821.
¿Estaba ahora abandonando los principios de toda su vida? De ser así, no lo
hizo de golpe. Empezó a pensar en planes específicos de expansión y coloniza­
ción hacia el sur ya en los primeros tiempos de su gobernación. Woodbine Pa­
rish pensaba que ése era i:de todos sus propósitos, el que el general Rosas tie­
ne con mayor peso en su corazón. Pronto comenzará a supervisarlo personal-'
mente, y sería difícil encontrar una persona más calificada para poner en
efectiva ejecución dicho proyecto”.11 Los motivos eran convincentes;
Al nielarse el presente mes. ios indios pampas hicieron una incursión a través de la fron­
tera sur de la provincia de Buenos Aires, y lograron llevarse alrededor de doce mil cabe­
zas de ganado. Gran parte de este ganado, propiedad del generaf Rosas, pudo luego recu­
perarse gracias a la milicia provincial; pero todavía no se ha podido obligar a los indios a
que se retiren al otro lado de la frontera.12
Rosas tuvo que reconocer que esa política de pacificación.no era siempre
válida, que había un límite a lo que podía obtenerse mediante los parlamentos
y obsequios, y que la agresión india merecía una respuesta militar. Probable­
mente terna además otros motivos. Si la legislatura se negaba a renovar sus
poderes extraordinarios y se veía obligado a abandonar la gobernación al fi­
nal dei período en el cargo, ¿cuál sería su papel y dónde estaría su poder? El
comando de un fuerte ejército, por cierto virtuaímente el de todas las fuerzas
dé la provincia, le proporcionaría una base inatacable. Y si él conducía ese
ejército en una exitosa expedición para expandir y asegurar la frontera, no
podía fracasar en el fortalecimiento de su influencia ante los estancieros de su
propia provincia y los caudillos de cualquier parte.
La Campaña del Desierto estuvo originalmente planificada como una
empresa conjunta de todas las provincias sureñas que tenían frontera con los
indios, incluyendo Mendoza, San Luis. San Juan y Córdoba; pero finalmente '
la.ejecución quedó casi exclusivamente a cargo de Buenos Aires y la acción
militar confinada a su sector.13Rosas sostenía la urgeneia de lograr la seguri­
dad en la frontera y la necesidad de efectuar una expedición contra los indios,
en su mensaje a la Asamblea el ? de mayo de 1832; y el 30 de noviembre, antes
56
a3:•
%-■
I de dejar el cargo, envió a la'legislatura un plan específico para la expedi| dón.1* Sus ideas no eran meramente defensivas. Había, en su llamado a las an
; mas un.espíritu inequívocamente expansionista:
“Hacendados: vosotros sabéis que la campaña y la frontera se encuentran
noy enteramente libres de los indios enem igos: que aterrados por los repetídos golpes de muerte que han sufrido en sus mismos hogares y tolderías, se
han refugiado al otro lado del Río Negro de Patagonia, y a las faldas de las cor­
dilleras de los Andes, ün esfuerzo más, y quedarán libres para siempre nues­
tras dilatadas campañas, y habremos establecido la base de todos los cálculos
de nuestra riqueza p ú b lic a .15
El 28 de enero de 1833 Rosas fue nombrado Comandante General de Cam­
paña y Jefe de k División Izquierda del Ejército Nacional para operaciones
contra los enemigos indios 1Y el 22 de marzo salió de la estancia de Rosas, Los
Cerrillos, el largo convoy de mil quinientos hombres, treinta carretas, seis
mil caballos y miles de vacunos. Hasta ese momento, la expedición había cos­
tado ya al Tesoro provincial más de trescientos mil pesos, reunidos por el go­
bierno cotilas mayores dificultades; pero hasta la caída de la administración
de 3 ai caree habría de costar un millón de pesos. Con todo, era un buen nege: / do para Rosas y ios estancieros, quienes aprovisionaban a la expedición y re­
cibían un buen pago. Rosas vigilaba atentamente el tema de los abasteci­
mientos . asegurándose de que las agencias apropiadas se encontrasen baio su
control y se dieran los contratos a sus protegidos y amigos. Los réditos de esta
gran inversión, afirmaba, beneficiarían a todo el mundo; “quedarán abiertas
nuevas vías de comercio, y a la actividad inteligente riquezas no conoci­
das”,16
E l ejército avanzó hasta la isla de Choele-Choel. sobre el Río Negro, des­
pejando el territorio cubierto, mostrando la bandera, efectuando alianzas con
indios amistosos, y golpeando fuerte a las tribus enemigas.17Rosas estableció
su cuartel general sobre el Río Colorado, al que hizo explorar hacia el oeste
i . hasta la vista de los Andes, y envió al general Pacheco a hacer otro tanto a
j
todo lo largo del Río Negro. El joven Charles Darwin, que desembarcó del
¡
Beagle en el Río Negro en agosto de 1833, observó al ejército de Rosas mieni
tras acampaba en una superficie cerrada por carretas, artillería, chozas de
[
paja, y equipo. “Casi todos los soldados eran de caballería,” anotó, “y podría
creer que jamás se había reunido un ejército como éste de gente con aparien¡
eia de malvados y bandidos. La mayor parte de los hombres era una mezcla
de razas, entre negros, indios y españoles. Desconozco la razón, pero los hom­
bres de tales orígenes difícilmente tienen buen aspecto” ,1SEn realidad, esta­
ba observando a tipos clásicos gauchos, Josvagos y mal entretenidos Jos pros­
critos y otros habitantes marginales de las pampas, que eran reclutados en
los ejércitos de la época. Rosas impuso una severa disciplina sobre esta fuer-'
'
za pero; en medio dé-las preocupaciones militares, nunca perdió de vísta la
57
justificación básicamente económica de la expedición. En su Diario, destaca
ba las características positivas del Río Colorado, que regaba excelentes Ha
nuras desde la cordillera hasta la costa y podía dar apoyo a muchas granjas
de ovejas y aun más estancias:
, “debiendo ser considerable el número de estancias que se forme, porque se conoce que
todas las castas son buenas y porque desde sus nacientes hasta la embocadura en el mar
debe calcularse una distancia de 190 leguas. E s decir, que a 3 leguas de frente contresde
fondofcaben en ambas márgenes 100 estancias que a 10.090 cada una de ganado vacuno,
resulta un millón, aue Duede dar cada año una exportación de 300.000 cueros, 365.000quin
tales de carne salada y 600.000 arrobas de sebo, pues que el engorde debe ser dedos
arrobas cuando menos".19
La expedición dio a R osas un nuevo título, C onquistador del Desierto, y le
sign ificó grandes dividendos políticos para el reg reso al poder. El título no era
en teram en te inapropiado. En un año había agregad o efectiv a m en te a Buenos
A ires una superficie que se extendía d o scien ta s iegu as al oeste hacia los An­
d es y al sur m ás allá del Río N egro, m iles de kilóm etros cuadrados en total;y
con los nuevos territorios vino nueva inform ación top ográfica, nuevos recur
sos, nueva seguridad. Como expresaba R osas en el m en sa je final a sus tro­
pas: “Las bellas regiones que se extienden hasta la C ordillera de los Andesy
la s costas que se desenvuelven hasta el afam ado M agallan es, quedan abier­
tas para nuestros h ijos”.20
D espués de la Campaña del D esierto, los indios buscaron un tratado de
paz con R osas. Se com prom etieron a m an ten erse dentro de su propio territo­
rio, no cruzar la frontera y no entrar a la provincia de Buenos Aires sin per
m iso. T am bién aceptaron cum plir servicio m ilitar cuando se los llamara y ac­
tuar com o pacíficos ciudadanos. En retribución, cada caciq u e recibía a inter­
valos regulares una cantidad de y egu as o potros, según el número de sushom
bres, y una pequeña asignación de yerba, tabaco y sal. La provisión de abaste­
cim ientos y recom pensas a los indios am istosos, unos diez miJ en total, llegó
a ser un atrayente negocio rural. Las pequeñas y pobres pulperías mejoraron
su s perspectivas con este com ercio, y las tribus a m isto sa s constituyeron un
m ercado insaciable para el aguardiente, tabaco, g a lleta s, mandioca y maíz,
todo lo necesario para m antenerlos contentos y tranquilos; y los bienes de
consum o, regalos para los caciques del “herm ano Juan M anuel”, significa
ban buenas órdenes para los talleres artesan ales de Buenos Aires y también
para los contratistas favorecidos, quienes engañaban notoriamente a los in­
d ios.21 Si bien la pacificación fue conveniente para la nación en los veinte años
sig u ien tes, a la larga perm itió tam bién a los indios fortalecer sus posiciones.22
La negociación total significó un subsidio para los indios, pagado por el go­
bierno de Buenos A ires. E ste liberalism o, de “despilfarrado soborno" como lo
llam aba el m inistro británico, dio a R osas un cierto control sobre los indiosy
extendió a sí m arginalm ente su base política.22 En las dem ostraciones federa­
les, s e hacía desfilar a los indios am istosos para que se pronunciaran en favor
de R osas, com o en Tapalqué, en 1835, cuando el cacique Cachuel declaró:
58
“Juan Manuel es mi am igo, nunca m e ha engañado. Yo y todos m is indios m o­
rirán por él... Las palabras de Juan son lo m ism o que las palabras de D ios”.24
Con respecto a los indios “extran jeros”, ta les com o los araucanos, el régim en
no m ostraba piedad. En 1836 fueron capturados unos ochenta en una incursión
sobre Bahía B la n ca ; los llevaron encadenados a Buenos Aires y los fusilaron
públicam ente, en grupos de diez, frente a la s barracas del Buen R etiro.25
A la Campaña del D esierto le siguió una rápida expansión de la frontera
sur y, durante la década de 1840, las estan cias habían invadido otra vez las tie­
rras de caza de los indios. Pero si bien los estancieros eran en e se m om ento ob­
jeto de un m ayor respeto por parte de los indios, éstos no les prestaban serv i­
cios ni trabajo. Los indios no querían trabajar para los blancos. A v eces cui­
daban ovejas, pero estaban poco dispuestos a convertirse en peones de traba­
jo, y sus m ujeres no se adaptaban al servicio dom éstico en las estan cias. La
población blanca propiam ente dicha era bastante esca sa todavía en el ca m ­
po. “Hace unos pocos años”, informaba W illiam MacCann, “el general R osas
tom aba en Buenos Aires a todas la s m ujeres de dudoso carácter y las enviaba
a esta frontera con estrictas órdenes para su detención; en la esperanza de au­
mentar la población por ese m edio.”26 Si bien la mano de obra esca sea b a , las
tierras eran abundantes. E l gobierno provincial transfirió grandes superfi­
cies a m anos privadas durante los años posteriores a 1833. En septiem bre de
1834 la legislatura autorizó la distribución de cincuenta leguas cuadradas
(ciento veinticinco m il hectáreas) entre los oficiales de la fuerza expediciona­
ria. E sta ley fue suplementaria por un decreto del 15 de noviem bre de 1834, se ­
gún el cual el general Angel Pacheco debía recibir siete leguas cuadradas
(diecisiete mil quinientas hectáreas), m ientras que las restantes cuarenta y
tres leguas cuadradas serían distribuidas entre once coroneles. Pero R osas
no sólo incorporaba nuevas tierra s; cuando volvió al poder introdujo tam bién
nueva legislación.
Rosas promovió importantes modificaciones permanentes a la estructura
legal referente a la posesión de tierras.27 Había tres m aneras de adquirir la
tierra: alquiler, compra y otorgamiento. La enfiteusis había sobrepasado ya
su período de utilidad, tanto para el Estado como para los individuos. Había fa­
cilitado la explotación de la tierra, aumentado la superficie dentro de la fron­
tera, de treinta y nueve mil doscientos cincuenta y ocho kilóm etros cuadra­
dos, a m ás de ciento dos mil, en 1826. Pero había alentado tam bién una ex cesi­
va concentración de tierras. Según las quejas presentadas en la Sala de R e­
presentantes en 1827, un número relativam ente pequeño de personas había
tomado posesión de enorm es haciendas.28 Los registros oficiales de asigna­
ciones por enfiteusis entre 1822 y 1830, m uestran que los Anchorena acum ula­
ron ciento cuarenta y cinco leguas cuadradas (trescientas sesenta y dos mil
quinientas hectáreas); Eustaquio Díaz Vélez, ciento cuarenta y dos leguas
cuadradas (trescientas cincuenta y cinco m il h e ctá rea s); la Sociedad Rural
Argentina, ciento veintidós leguas cuadradas (trescientas cinco mil hectá­
reas) ; Rojas Aguirre, cien legues cuadradas (doscientas cincuenta mil hectá-
59
V
r e a s ) ; F r ía s y C o., s e s e n ta y tr e s le g u a s c u a d r a d a s (c ie n to cmcuefl,
m il q u in ie n ta s h e c t á r e a s ) ; P a tr ic io L y n c h , s e s e n t a y tr e s leguas^
(c ie n to c in c u e n ta y s ie te m il q u in ie n ta s h e c t á r e a s ) ; J u a n Miller,^
o ch o le g u a s c u a d ra d a s (n o v e n ta y c in c o m il h e c t á r e a s ) ; Prudencj
tr e in ta le g u a s cu a d ra d a s (s e te n ta y c in c o m il h e c t á r e a s ) . D e esama
pequeño grupo de hom b res s e c o n v ir tió e n d u e ñ o y s e ñ o r d e toda la pjo|
en r e a lid a d , q u in ien to s tr e in ta y o c h o in d iv id u o s r e c ib ie r o n tres mi]^
ta s seis leg u a s cu ad rad as (o ch o m illo n e s q u in c e m il hectáreas), gja
obtuvo de e so m u y e s c a s o s b e n e fic io s , y a q u e la r e n ta d e e s a s tierrasp/t
só lo un pequeño in g reso . E n 1836 fu e d e c ie n t o n o v e n ta y ocho m ilp 3
1837, cuando exp iraron lo s a lq u ile r e s o r ig i n a le s , m u c h o s arrendataria
vech aron la oportunidad p a r a c o m p r a r d ir e c t a m e n t e su s tierras, ^
que fue m uy poco lo q u e q u ed ó e n e n f i t e u s i s . E n 1838 R o s a s duplicólos^
res de la s co n cesio n es r e s t a n t e s , q u e a lc a n z a b a n a u n a s tr e s mil quinj^}
guas cu ad rad as, q ue p r o d u c ía n s ó lo c ie n t o n o v e n t a y s e i s m il pesos
ser que, a p esa r de los p o d e r e s s u p r e m o s d e R o s a s , o qu izá gracias a ej?
ley es no se ap lica b a n d e l to d o . E l r e s u lt a d o fu e q u e , y a fu e se por favoi*
político o por o tra s r a z o n e s, a lg u n o s b e n e f i c ia d o s p o s e ía n m ás que el
leg a l (doce le g u a s c u a d r a d a s ) , m u c h o s n o p a g a b a n e l a lq u iler, y mucw
pagaban a lq u ileres m e n o r e s . E n v e z d e in t e n t a r s a lv a r el sistema de enf.
sis, R osas p refirió v e n d e r d ir e c t a m e n t e l a s t i e r r a s p ú b lica s, reuniera
dos donde y cuando fu e r a n n e c e s a r i o s . “ L a le y d e e n fite u sis prestó m,,
servicio al p ob lar los c a m p o s , in c o r p o r á n d o lo s a la a g ricu ltu ra o f '"
o rg a n iza ría vid a ru ra l, p e r o la p r o p ie d a d p r iv a d a e r a n ecesa ria despuést»
elev a r p r o g r e siv a m e n te e s a p o b la c ió n a u n m a y o r a d e la n to ”.30
La p rim era le y d e im p o r t a n c ia e n c u a n t o a la v e n ta d e tierras fue ladg
de m ayo d e 1836, q u e a u to r iz a b a a l g o b ie r n o a v e n d e r m il quinientas leg.
cuadradas de tie r r a s p ú b lic a s , e s t u v ie r a n o n o o c u p a d a s por enfiteusis.31^
jaba el p recio en c in c o m il p e s o s la le g u a c u a d r a d a e n e l territorio al nortfi
Salado, cu atro m il p e s o s p o r t i e r r a s a l s u r d e l S a la d o y h a c ia el sur hastal^
gión de T andil, y tr e s m il p e s o s p o r l a s q u e s e h a lla b a n al sur de esa lineal
tenedores d e tie r r a s e n e n f i t e u s i s te n ía n p r io r id a d p a r a com prar lo queyai
taban ocupando; no e s t a b a n o b lig a d o s a c o m p r a r , p e r o el incentivo consis
en la d u p licación d e la r e n ta c u a n d o t e r m in a r a e l p e r ío d o de enfiteusis,esi
cir, enero d e 1838. E s ta le y c o lo c ó e n e l m e r c a d o v a s t a s extensiones detien
a precios b a sta n te b a jo s y s i g n if i c ó u n g r a n a u m e n t o d e superficies depas
ra. La in ten ción e r a ir d e ja n d o d e la d o la e n f i t e u s i s y a le n ta r a los arrendá
rios a co m p ra r la s p r o p ie d a d e s q u e e s t a b a n a lq u ila n d o . U na ley posteriori
27 de julio d e 1837, e s t a b le c ía q u e la s t i e r r a s d e v u e lt a s a l E stado por falta
pago de la s r e n ta s r e s p e c t iv a s s e r í a n s a c a d a s d e l s i s t e m a d e enfiteusisytó
cidas en v e n ta . U n d e c r e to d e l 28 d e m a y o d e 1838 a n u n c ió la renovación^
en fiteu sis p a ra lo s c o n tr a t o s d e t i e r r a s s i t u a d a s e n z o n a s alejadas de lap
vin cia por un p eríd o d o d e d ie z a ñ o s , p e r o lo s a lq u i le r e s aum entaban enuñó
por cien to. A d e m á s, u n a g r a n e x t e n s ió n q u e c o m p r e n d ía la s partes delap
60
vincia m ás pobladas y valiosas quedó directamente‘fuera de la ley de enfiteusis; las tierras de esa región ocupadas por enfíteusis volvían al Estado y que­
daban sujetas a la venta pública de acuerdo con la ley del 10 de mayo de 1836.
Teóricam ente, las leyes de ventas de tierras permitían que compraran
los pequeños arrendatarios de la enfiteusis, y que se compraran las pequeñas
estancias en cam pos no comprendidos por la enfiteusis. Sin embargo, la reali­
dad fue que, con la ley de 1836, unas doscientas cincuenta y tres personas to­
maron en propiedad mil doscientas cuarenta y siete leguas cuadradas de tie­
rras, y los nom bres de los grandes compradores eran casi idénticos a los de los
grandes arrendatarios bajo el régim en de enfiteusis, los Anchorena, Diaz Ve­
lez, Álzaga, Arana, Lastra y Senillosa.32 Por el decreto de 1838 se vendieron
mil novecientas treinta y seis leguas cuadradas, y otra vez dominaron las ven­
tas los m ism os intereses. De acuerdo con una estimación, en 1840, tres mil
cuatrocientas treinta y seis legu as cuadradas de la provincia estaban en m a­
nos de doscientas noventa y tres personas. Después de 1838 el sistem a de enfi­
teusis quedó extinguido. El gobierno de Rosas favorecía a la propiedad priva­
da: respondió positivam ente a la demanda de tierras y a la preferencia por la
compra. Además, existía la esperanza de un aumento en los ingresos origina­
do en las ventas.
Los precios de venta fijados en 1836 eran bajos y resultaron aun más bajos
por la depreciación m onetaria. Sin em bargo, parecía que, a corto plazo, el
problema no consistía en la disponibilidad de tierras sino en la falta de deman­
da. Éste al menos era el punto de vista del Tesoro, ansioso de recoger un ingre­
so inmediato. Los terratenientes tenían una perspectiva diferente: estaban
dispuestos a com prar, pero en el m om ento en que ellos quisieran y en sus pro­
pios térm inos. Hacia fines de 1838, R osas expresó su decepción por la lentitud
en la venta de tierras ofrecidas en 1836. En realidad, habían producido un mi­
llón sesenta y dos mil pesos en 1839, pero sólo ciento un mil en 1840, y después
de eso, nada, según el informe del Tesoro.33 Entre las diversas razones existen­
tes para la lentitud de la dem anda no figuraba el precio de las tierras ; se ha­
bía mantenido bajo, y aun se deprim ió m ás por la cautela de los comprado­
res. Había dos precios para la tierra, el oficial y el de mercado. La legislación
había establecido un precio oficial bajo. E l precio de mercado era también
bastante bajo, y a que no era m ucha la gente en condiciones de pagar por la tie­
rra. E l precio oficial para la s tierras que se extendían hasta el Río Salado era
de cuatro mil pesos la legu a cuadrada, com o hem os visto ; el precio de merca­
do se encontraba entre cinco m il quinientos y seis m il pesos. Más allá del Sala­
do, el precio oficial de tres m il p esos tenía un precio paralelo de mercado de
cuatro m il a cuatro m il quinientos pesos. En la década de 1840, MacCann que­
dó im presionado por el bajo precio de la tierra sobre la frontera más allá de
Tandil, y durante todo el período de R osas el de las tierras fue un mercado que
favoreció a los com pradores.34 V arios factores mantenían bajo el precio de la
tierra. Uno de ellos fue la propia práctica del gobierno de emitir certificados
de recom p en sas m ilitares, entregando tierras a los ocupantes según servicios
61
prestados; había tantos de esos certificados en circulación (tal vez cerca de.
ocho mil quinientos, contando tanto a los soldados como a los oficiales) que el
precio de la tierra cayó por simple abundancia de la oferta.35 Porque muchos
soldados recibían esos certificados y de inmediato los vendían, y los compra: .
dores se hallaban en buena posición para mantener bajos ios precios; efecti­
vamente, ellos preferían muchas veces comprar en ese mercado privado de
tierras en vez de favorecer al del gobierno.
En vista de la lenta respuesta a la ley de tierras de 1836, se ofrecieron más
incentivos: los pagos podían hacerse en'cuotas, en documentos del Tesoro, y
aun en ganado hasta el cincuenta por ciento del total. Una cantidad de com­
pradores pagó sus.tierras con caballos y vacunos que entregarían al go­
bierno en fechas futuras y. por lo general, en ios fuertes de frontera. Otra for­
ma de ahorrar en la compra de tierras era adquirir ganado con la tierra, ya
' que el costo de 3a compra privada de ganado era siempre mucho más bajo que
los precios que le ponía-el Estado. En 1836, por ejemplo, cuando un novillo cos­
taba de treinta a treinta y cinco pesos, Nicolás Anchorena obtuvo un contrato
con el Estado para abastecer de ganado al fuerte de Bahía Blanca, a cuarenta
y seis pesos por cabeza. De esta manera, la clase de ios estancieros usaba a l .
Estado para enriquecerse. Ño obstante, hacia fines de 1837 las ventas aún no
progresaban y el Tesoro seguía sin percibir sus esperados ingresos. Entonces,
durante 1838 y 1839, el bloqueo francés a Buenos Aires causó una declinación
en la demanda de tierras al provocar una escasez de dinero efectivo y cortar:
la salida a las exportaciones de las estancias. Más aún, la política de terror y
confiscación aplicada por el régimen a sus opositores creó una sensación de.
inseguridad que deprimió los valores de las tierras y atemorizó a los compran
dores. El gobierno se encontró con tierras sin vender en sus manos y deudas
impagas en sus cuentas. Como alternativa a la venta, en consecuencia, Rosas
decidió regalarla tierra. Éste fue el lógico final del mercado de compradores.
El régimen operaba mediante un sistema de recompensas y castigos. Se.
otorgaban las tierras a los partidarios como recompensa por lealtad, o eñ lu­
gar de salarios para soldados y burócratas. La tierra se convirtió casi en mo­
neda o en fondo de salarios y pensiones. La Campaña del Desierto fue el punto ;
de partida, y Rosas en persona el primer beneficiario. Por ley del. 6 de junio de
1834; la asamblea le otorgó la propiedad de la isla de Choele-Choel, en el Río
Negro, Luego, por ley del 30 de septiembre de 1834, fue autorizado a cambiar la
inhospitalaria Choele-Choel por otras tierras ubicadas donde él quisiera “en
propiedad absoluta para él, sus hijos y herederos, hasta la cantidad de sesen­
ta leguas cuadradas de tierras de pastura provenientes de la hacienda públi­
ca. ” También se entregaron tierras públicas, por ley del 30 de septiembre de
1834, a ios oficiales superiores que habían tomado parte en la Campaña del
Desierto, hasta un total de cincuenta leguas cuadradas. Un decreto deí 25 de
noviembre de 1834 aplicó esta ley al general Angel Pacheco, quien recibió sie­
te leguas cuadradas, y a once coroneles, entre quienes se dividió el resto. Una
ley del 25 de abril de 1835 autorizaba al gobierno a distribuir hasta un total de
62
dieciséis leguas cuadradas entre los soldados de la División de los Andes que
habían-tomado parte en la expedición al Desierto.36 A la Rebelión del Sur, en
í octubre de 1833, siguieron castigos para-algunos y recompensas para otros:
Una ley del 9 de noviembre otorgaba tierras (con permiso para venderlas) a
TI los militares que habían aplastado la rebelión y a los civiles que se mantuvie­
ii
1 ron leales. Estas cesiones- comersndían desde seis leguas cuadradas cara los
i .generales, cinco para los coroneles, hasta media legua cuadrada para los su­
boficiales y un cuarto para los soldados.37 Otra ley. del 17 de diciembre de
1840-, otorgaba recompensas en sanado bovino y ovino a los oficiales partici­
pantes en la bátalla de Sauce Grande, y posteriores.decretas daban beneficios
similares a quienes hubieran intervenido en otras victorias federales. Y asi la
política de Rosas con respecto a las tierras culminó en un amplio sistema de
compensación a las incorporaciones militares.. Había comenzado con el des­
plazamiento hacia el sur de la frontera y el incremento de tierras disponibles.
Terminó luego con los alquileres de la enfiteusis, continuó después mediante
la venta de tierras a bajo precio. y finalizó regalándolas. Servía a los intereses
de los estancieros y saladeristas. "Ningún otro grupo social”, se ha observado
acertadamente, "obtuvo mayores beneficios del régimen de Rosas, ni hubo
grupo alguno más interesado íntimamente en mantener intacto el régi­
m en.”38
Así como las leyes sobre tierras y los valores de éstas favorecían a los es­
tancieros, también la política financiera de Rosas los beneficiaba. En 1829—y
otra vez en 1835— heredó un fuerte déficit, una moneda depreciada y una gran
deuda pública. Al liquidar el Banco Nacional abandonó cualquier intento de
restablecer el valor oro del peso. Siguió en cambio una política financiera con­
servadora, cortando el gasto, mejorando la recaudación de impuestos y es­
quivando cualquier redistribución social de recursos. El grueso de los ingre­
sos, normalmente un ochenta a un noventa por ciento, continuaba teniendo
origen en ios impuestos aduaneros. A excepción de los años 1839 y 1846, cuando
el bloqueo interrumpió el comercio exterior y el ingreso aduanero disminuyó,
las sumas percibidas crecían cada vez m ás; de diez millones de pesos en 1835
a sesenta millones en 1850
La contribución directa, un impuesto sobre el capital y la propiedad, ha­
bía sido introducida por la administración de Rivadavia en 1822, como alter­
nativa para una recesión excesiva de ios ingresos de aduana. Pero no dio los
resultados esperados.40 Los índices eran demasiado bajos y no se habían he­
cho previsiones para la depreciación de la moneda. Los contribuyentes eran
virtualmente sus propios inspectores de pago. Los propietarios podían tasar
ii
sus propiedades en valor oro y pagar el impuesto, calculado sobre la base de
jun porcentaje, en pesos papel; la Sociedad Rural Argentina, por ejemplo, pa­
gaba sólo quinientos cuarenta pesos papel por una estancia con capacidad
para diecinueve mil cabezas de ganado^ Como no se había efectuado un censo
estatal ni una valuación de propiedades, quedaba a juicio del contribuyente la
estimación de los valores a efectos del pago del impuesto. “E l impuesto a la
|
63
propiedad", afirmaba un observador británico, “del que se esperaba algo
considerable, produce sumamente poco por año—apenas doscientos mil dóla­
res— y esto, debido a los abusos que prevalecen en el cobro, ha sido pagado
por la porción menos opulenta de la comunidad. ”4i Por decreto del 28.de mayo
de 1838. Rosas duplicó la contribución directa sobre 3a base de que el ingresó'
aduanero había mermado mucho por el bloqueo y que los contribuyentes su­
bestimaban sus riquezas. La asamblea, que era generalm ente insensible con
respecto a los asuntos financieros, reaccionó de inmediato frente a los nuevos
índices creando una alternativa para los años siguientes. La ley del 12 de-abril
de 1833 mantenía ios índices establecidos en 1823 pero convertía al impuesto
en universal; además, formaba comisiones locales para valorizar la propie­
dad. con la esperanza de lograr un registro oficial de la riqueza imponible.
Pero las comisiones estaban compuestas por funcionarios locales—jueces de
paz y alcaldes— que se encontraban bajo la influencia de los terratenientes y
atados a los intereses de éstos. De modo que el producto de este impuesto se
mantuvo bajo, alrededor de un millón de pesos por año y, a veces, ochocientas
mil pesos solamente. En 1841, Rosas adquirió una nueva valoración, pero-la
asamblea no aceptó y él no insistió en el tem a; durante la década de 1840 se fue
permitiendo a los contribuyentes cada vez mayores atrasos en los pagos,42En
1850, cuando los ingresos totales alcanzaron la cifra pico de sesenta y dos mi­
llones de pesos (en moneda depreciada), la contribución directa, sólo produjo
alrededor de un tres por ciento del total. Aun así, los capitales invertidos en la
industria y el comercio pagaban bastante más de la mitad de la recaudación
por contribución directa. De manera que, la parte del ingreso total'correspon­
diente a los terratenientes y a los criadores de ganado era pequeña. Según Pe­
dro de Angelis: “El dueño de una estancia de treinta mil cabezas de ganado ¡
que en el estado actual de nuestras fortunas figura entre los más ricos hacen­
dados del país, podrá cancelar su cuenta corriente con el erario, entregando el
valor de cuatro novillos ” 43
Rosas prefería casi cualquier otro expediente antes que aumentar los im­
puestos y perturbar su base de poder. Había unas pocas y simples alternati­
vas, Podía solucionar el déficit del gobierno mediante una reducción de los
gastos. Era particularmente agresivo con respecto a los gastos sociales, tales
como educación, bienestar y obras públicas. En 1838 el gobierno retiró un sub­
sidio a la Universidad de Buenos Aires, que llegó casi a expirar en los últimos
días del régimen en que el cuerpo de profesores quedó reducido a tres titula­
res impagos.44 Rosas podía también tomar préstamos e imprimir moneda.
Hasta marzo de 1840 el gobierno hizo sucesivas emisiones de bonos y, hacia fi­
nes de dicho año, la deuda a largo plazo de la provincia llegaba a casi treinta y
seis millones de pesos. Los servicios de esta deuda se cumplieron -puntual­
mente y, en 1850, sólo quedaban por satisfacer trece millones setecientos mil
pesos de fondos públicos. Rosas-tuvo que evitar un gran endeudamiento a lar­
go plazo, ya que, los únicos capaces de apoyarlo, ios estancieros, preferían la
inflación. Por lo tanto, el gobierno recurrió a k prensa impresora. Comenzan-
64
do con quince millones doscientos mil pesos en moneda papel, en 1836. las su­
cesivas emisiones llevaron la suma a un total de ciento veinticinco'millones
doscientos mil pesos en el momento de la finalización del régimen,45 Por lo
tanto, Rosas fue-responsable de haber emitido ciento nueve millones nove­
cientos mil pesos en poco más. de once años. Éste fue el sistema financiero de
Rosas. Ésta fue su manera de afrontar los déficit evitando la quiebra, los pedi­
dos de préstamos y la presión impositiva. La emisión de papel moneda, por
supuesto, provocaba la suba de precios y deprimía los salarios, causando así
una redistribución de ingresos desfavorable a los sectores pobres. Los terra­
tenientes no objetaban esto; aceptáronla inflación del papel moneda como al­
ternativa preferible a ios préstamos forzosos y a mayores impuestos.
Alentados por las leyes, los precios y la política fiscal, los estancieros tu­
vieron acceso al mundo que efectivamente Rosas Ies había prometido. Él
. provocó la transferencia masiva de la propiedad pública al dominio privado.
En lugar de arrendatarios del Estado creó una élite de terratenientes, que po­
seían ahora algunas de las haciendas más grandes dei mundo. La política de
Rosas con respecto a la tierra tenía un obvio objetivo económico en el hecho
de que buscaba promover al máximo los bienes de mejores posibilidades de
exportación. Descansaba, además, sobre ciertas ideas sociales y reforzaba el
poder del dueño de la tierra por sobre el trabajador, Pero tuvo también eonse-’
cuencias políticas. Porque la tierra era el más rico medio de patronazgo dispo­
nible, un arma para Rosas, un sistema de bienestar para sus partidarios. Ro­
sas era el gran patrón, y los estancieVos eran sus dientes. En este sentido,
el rosismo era menos una ideología que un grupo de intereses, un foco de pro­
piedad antes que de principios.
Uno de los'principales instrumentos para la asignación de tierras eran los
boletos de premios en tierras, certificados que premiaban los servicios mili­
tares. o campañas particulares, o simplemente servicios para el Estado. La
exitosa Campaña del Desierto de 1833, y el aplastamiento de ia Rebelión del
Sur en 1839 fueron ocasiones para pródigas cesiones de tierras. A. veces estos
certificados se otorgaban efectivamente en reemplazo de salarios y pensio­
nes ; una de ¡as razones por las cuales se recompensaba con ellos a los solda­
dos y civiles leales después de la Rebelión del Sur fue que el gobierno carecía
de fondos para darles recompensas monetarias. En total se expidieron unos
ocho mil quinientos boletos. ¿Se justificaba el sistema? ¿No era deber de los
soldados y civiles servir al gobierno y oponerse a la rebelión? ¿No se recom­
pensaba habitualmente a la lealtad con medallas u otros honores ? El hecho es
que, con Rosas, el otorgamiento de tierras era parte de una operación políti­
ca, que presentaba al caudillo como distribuidor de patronazgo y a los clientes
como objeto de interés. Quienes menos aprovechaban los boletos de
premios eran los soldados en acción en el frente; se hallaban a mucha distan­
cia de Buenos Aires y no podí an presentarse personalmente en la eapital para
redam ar su recompensa; tampoco tenían los contactos necesarios para ase­
gurar un pronto despacho de papeles y documentos. Otros morían en servicio
65
activo y otros, finalmente, se limitaban a atesorar sus certificadqs. Todavía
después de 1852 debían entregarse tierras a quienes presentaban certificados;
Y si los vendían, era muy probable que obtuvieran precios muy bajos en el
mercado de compradores. En 1849, por ejemplo, Prudencio Rosas compró a
un oficial certificados por dos leguas cuadradas, a mil quinientos pesos la.le­
gua. Por lo tanto, relativamente pocos soldados recibían sus premios, y eran
aun menos los que reclamaban sus tierras. Por otra parte, la inclusión de civi­
les en el sistema ocasionó un verdadero reparto de certificados a gente que se
deseaba favorecer, incluyendo representantes diplomáticos, argentinos en
Europa y en los Estados Unidos, quienes sólo supieron de la Rebelión del-Sur
después de su finalización, el director de la Biblioteca Nacional, el portero de
la Casa de Gobierno y los carceleros de la prisión de Buenos Aires. Es decir
que el proyecto estaba lejos de ser igualitario y nada hizopara modificar Ia.estructura agraria.
Los certificados por menos de una legua eran virtuaímente inútiles en
manos de los soldados o los pequeños burócratas, en momentos en que el pro­
medio de las estancias existentes era de ocho leguas cada una. Y la tierra en sí
misma, sin capital, ganado, y un buen capataz, era un dudoso bien para un re­
cién iniciado. Pero en manos de gente que ya terna estancias, los certificados
constituían un poderoso instrumento para adquirir nuevas propiedades pro­
venientes del sistema de eníiteusis o de nuevas ubicaciones. Más del noventa,
por ciento de los certificados de tierras otorgados a los soldados y civiles ter­
minó en manos de los terratenientes o de quienes estaban luchando para
llegar a serlo.46 La gente de menores recursos vendió sus certificados
de tierras a especuladores o a quienes podían comprar. En otros cases-,
gente poderosa -recibió los certificados de sus protegidos o dependientes o los
obtuvo en nombre de sus servidores militares. Todo funcionó, con la ayuda de
una administración condescendiente, para lograr la extensión de las propieda­
des existentes, el fortalecimiento de los privilegios y la consolidación de la clase
de los estancieros. Llevé también refuerzos ai campo político de Rosas. Pern
la ganancia de una persona era también la pérdida de otra.
La contraparte de los otorgamientos de tierras eran las confiscaciones de
tierras, concebidas para castigar o impedir la oposición. Sus representantes
podían haber sido encarcelados o exiliados sin dañar a sus familias o debilitar
sus posibilidades. Pero la pérdida de la propia hacienda realmente perjudica­
ba. Era también una guerra económica. Mientras que las confiscaciones cor­
taban recursos a la oposición y los medios para reclutar peones, proporciona­
ban al gobierno una fuente de ingresos y de patrocinio. ¿Había algún elemen­
to de populismo en la política de Rosas? Si lo había, era sólo una derivación de
su principal propósito.
Dé ios arrestos efectuados en la ciudad, la mayoría eran hombres ricos, siendo sus pro­
piedades, con toda seguridad, el verdadero objeto de la acusación. A veces se decía pue,
cuando el gobernador deseaba obtener la propiedad de algún individuo, lo denunciaba
primero como unitario, teniendo así un pretexto para la confiscación.1,7
66
Inevitablemente, las confiscaciones golpeaban a los ricos más que a los
pobres..
Por decreto del 21 de mayo de 1835, Rosas dejó sin efecto la pena de confis­
cación: “Queda abolida para siempre la pena de pérdida y confiscación gene­
ral de bienes-en todos casos, sin excepción alguna... no podía aplicarse para
Castigo de ninguna d ase de delito”.48 Esto nc era tan generoso como parecía,
porque sólo abolía la “ confiscación general”. No se refería a otros casos, tales
como la confiscación de objetos preciosos, o cargas de contrabando, o dinero
para pagar una multa, porque en estas confiscaciones particulares o parcia­
les las leyes de la tierra aún se aplicaban. Además, las confiscaciones podían
tomar varias formas, tales como la conscripción de víctimas en el ejército,
por unitarios. Para pagar su liberación tenían que entregar una cantidad de
perseñeros, o substitutos, o abonar una contribución en dinero, o ambas co­
sas. E l número de personeros entregados de esta manera alcanzaba, al 12 de
febrero de 1840, a quinientos dos. casi un batallón. Algunos unitarios se vieron
obligados a presentar cinco, diez, o aun veinte o más personeros, y miles de
pesos.49Estas penalidades menores quedaron pronto sobrepasadas, para vol­
ver a la medida total de confiscación.
La ley fundamental de expropiación fue el decreto del 16 de septiembre de
1840, emitido en un momento en que el régimen se hallaba sometido a una pre­
sión extrema por el poder combinado de los franceses y los unitarios.50 Según
el mismo, cualquier propiedad de unitarios —mercaderías, tierras, propieda­
des urbanas, acciones, y propiedades rurales— debía responder por el daño
causado por el general Lavalle; mientras tanto, quedaba prohibida su venta o
hipoteca. El propósito era sufragar los gastos extraordinarios en que había in­
currido el Estado por la invasión y recompensar a ios individuos privados per­
judicados en la misma acción. El decreto amenazaba con la ruina a toda fami­
lia que tuviera un miembro del lado unitario. También aquellos federales
cuya lealtad estaba en duda sufrieron similares efectos, como lo muestran al­
gunos ejemplos.
Marcelino Galíndez peticionó a Rosas que se levantara la orden de confis­
cación sobre su estancia en Arroyo de las Flores, una propiedad que adminis­
traba su hijo, y de la cual poseía la mitad. Cualesquiera fuesen las opiniones
políticas de su hijo, él protestó, porque personalmente había sido siempre un
honesto federal, que sirvió a la causa con todos sus recursos desde 1820, como
¡Rosas muy bien lo sabía.51 Otro federal, Pedro Capdevila, propietario de una
estancia en Chaseomús, explicó a Rosas que “por uno de aquellos incidentes
que ofrece toda revolución, mi familia y yo somos victimas de un infortunio” .
Después de leales y largos servicios a la causa federal, reclamaba, la revolu­
ción de 1839 lo sobrepasó en Chaseomús. Los rebeldes, al mando del “salvaje
CasteHr1.llegaron a su estancia, mientras él se encontraba cuidándola seguri­
dad de su familia “para disponerme a partir”, llegaron las fuerzas del gobier­
no. Él se presentó de inmediato al general Prudencio Rosas y je dieron varías
.tareas a cumplir, antes de que tuvieran que sacarlo enfermo. Mientras se ha-
6?
liaba convaleciente-en Buenos Aires, se enteró, de que habían,confiscado su
estancia'en Chascomus y peticionó en vano al gobernador para que se la de­
volvieran. Peor aún, su pena incluía una “clasificación odiosa, que yo no me­
recía” como sospechoso político. Por lo tanto, cuando La valle invadió la pro­
vincia y se desarrollaron los hechos de abril de 1842. a pesar de su tranquilidad
de conciencia, temió por su vida y huyó a Montevideo, un exilio donde conoció
en forma directa “la protervia del salvaje bando unitario". Ahora había re­
gresado a Buenos Aires y, por el bien de su familia, imploraba a Rosas que lo
escuchara.52 Pero una vez perdido el favor era muy difícil recuperarlo , y las
peticiones de este tipo se encontraban normalmente con un helado silencio.
En cuanto a Rosas. las confiscaciones le permitieron alimentar y montar
a su ejército, recompensar a sus seguidores, subsidiar a sus indios amigos, y
mantener en marcha todo su sistema. Años más tarde, en Southampton, pidie­
ron a Rosas un comentario sobre los motivos de este decreto, y él respondió:
“Si he podido gobernar 30 años aquel país turbulento, a cuyo frente me puse en plena anar­
quía y al que dejé en orden perfecto, fue porque observé invariablemente esta regla de con­
ducta: proteger a tbdo trance a mis amigos, hundir por cualquier medio a mis enemi­
gos ”.K
Bajo el imperio de la ley de 1840 se confiscaron estancias y se tomó ganado
para el ejército o para venderlo y obtener ingresos. Se recompensaba a los ofi­
ciales y la tropa directamente después de una batalla “de las haciendas que fue­
ron de los salvajes unitarios”. Los principales agentes de transferencia eran los
jueces de paz. Durante el transcurso de 1841 remitieron al Tesoro numerosas e
importantes sumas obtenidas con la venta de productos, mercaderías, ganado,
cueros, y otras pertenencias de los unitarios. El comprador potencial se presen­
taba simplemente ante el juez de paz; convenían una suma por la estancia y su
contenido, incluidos los peones, y la transacción quedaba completada en eí acto.
O el juez ordenaba que “de las haciendas embargadas a los salvajes unita­
rios, remita al Fuerte Federación a disposición del comandante interino de
aquel punto ochenta y cuatro yeguas bien gordas”, o podía informar que “el
coronel de un regimiento ha sacado de las estancias de los salvajes unitarios
emigrados con los que no debe pararse en ninguna d a se de miramientos, mil
caballos con los cuales ha montado la división”. Otro oficial informaba “haber
tomado a la estancia del salvaje unitario Ladislao Martínez y despachado para
el Fuerte Argentino novecientas veinte reses, trescientos veintiún novillos y qui­
nientas noventa y nueve vacas, para el consumo de aquella guarnición”.55 La
mayor parte de esta propiedad confiscada se vendía sin mediar orden de un
juez, para gran beneficio de los federales influyentes. Lafórmula.estancias em­
bargadas a los salvajes unitarios se convirtió en un conveniente pretexto para
usurpar las propiedades de los demás y, en el caso del Estado, para recompen­
sar a servidores y favoritos. En total, el gobierno de Rosas efectuó dos mil con­
fiscaciones contra individuos de reconocida afiliación unitaria, o personas sira-
68
plómente marcadas como tales. Las confiscaciones comprendieron quinientas
estancias y .casi un millón de cabezas de ganado, valuadas en. quince.millones
quinientos'mil pesos.55 Los críticos unitarios denunciaron amargamente esta
política:
"La confiscación ha pesado sobre esa sociedad en una escala inmensa. La propiedad de las
ciases acomodadas ¿asido sin exageración, ei botín puesto a disposición de los asesinos or­
ganizados. Escribimos a presencia de miles de testigos y de víctimas. La fortuna de mu­
chos propietarios opulences, que hoy están en suma miseria en Montevideo, ó en ios otros
estados limítrofes de la República Argentina, ha sido repartida entre los hombres que Ro­
sas "na lévániádo déi cieno, y iá gozan a la vista del pueblo de Buenos Aires. Sólo una míni­
ma parte de ia propiedad comiscada, y ésta vendida a vilísimo preció, ha entrado en el Te­
soro de Buenos Aires”.56
Los m ismos unitarios, por supuesto, también confiscaron propiedades, y
node manera menos despiadada que los federales. Entre 1828 y 182S, La valle te­
nía a su alrededor consejeros que estaban tan dispuestos como Rosas para rea­
lizar una guerra valiéndose de la propiedad, y. de haber permanecido ellos, Ro­
sas en persona habría sido la primera víctima, va que algunos unitarios opina­
ban que “sería muy útil indemnizar a los terratenientes saqueados por los bár­
baros de Rosas con las propiedades de ese caudillo." Y el gobernador unitario
de Tucumán escribió como justificativo para confiscar las propiedades del cau­
dillo Ibarra: “los bienes de Ibarra deben servirnos para reparar los daños que
Ibarra les ocasione injustamente a nuestros paisanos.”57 De acuerdo con afir­
maciones de Quesada. las prácticas confiscatorias de Rosas eran mucho más
moderadas que las de los caudillos provinciales. Cualquiera sea la verdad so­
bre la propaganda dé los reclamos rivales, algunas de las consecuencias de la
confiscación resultaron imprevistas.
La confiscación introdujo un elemento de inestabilidad en el régimen agra­
rio que tuvo repercusiones más aüó de las víctimas inmediatas. Los valores de
las propiedades se deprimieron; el mercado de tierras cayó terriblemente, las
estancias cambiaban de manos a precios nominales, vendidas bajo compulsión
o por miedo a los partidarios del régimen. Los principiantes dudaban antes de
hacerse cargo de una hacienda, y los estancieros ya establecidos se negaban a
invertir nuevas sumas, temerosos del futuro. La sensación de inseguridad se
agravaba ante los ataques a los recursos de las estancias para abastecer a-los
ejércitos de Rosas. La aparición de una patrulla militar en busca de provisiones
podía significar el desastre para un estanciero, ya que veía requisar su ganado,
llevar sus caballos y hasta reclutar a sus peones. Y estas exacciones, natural­
mente, se producían tanto contra aliados y neutrales como contra enemigos,
Inevitablemente causaban un efecto depresivo sobre los terratenientes y los di­
suadían de realizar nuevas inversiones. Pero la inseguridad para algunos era la
oportunidad para otros. La situación se volcó en favor de los extranjeros, quie­
nes se hallaban exceptuados de estas penalidades y obligaciones. Porque Rosas
era muy escrupuloso en su tratamiento hacia los extranjeros residentes en la
6S
provincia, y ellos eran virtuahnente los únicos que recibían total protección de
la ley. Quienes poseían ya estancias disfrutaban de una posición privilegiada;
=otros compraron tierras muy baratas, confiados en el futuro. Y la libertad con
respecto a las leyes de herencia locales les permitía disponer de sus propieda­
des como quisieran. Así procedió Rosas, en otros aspectos aclamado por cons­
picuo nacionalismo, para promover la penetración extranjera en la economía
argentina. Las circunstancias fueron destacadas por el terrateniente británico
■ Wilfrid Latham:
La protección que aseguraban sus “tratados” a ios extranjeros, ios colocaba, en estas cir­
cunstancias, en ventaja por sobre ios nativos, dado que ios primeros estaban completa­
mente exceptuados del servicio militar y de las contribuciones forzosas, menos los caba­
llos, que se consideraban elementos de guerra: y cualquier daño a sus propiedades, o 3a
toma de su ganado en guerras internas, dabs lugar a reclamaciones de compensación, de
acuerdo con los tratados existentes, Alentados por el bajo precio de ia tierra y la mayor se­
guridad de que disfrutaban, los extranjeros, y más especialmente los británicos, compra­
ron grandes superficies de tierras ofrecidas en venta.,/'8
Como observaba Mansüla: “Se tuvo suerte si se era inglés en aquel enton­
ces ” . Y Tomás de Anchorena se quejó amargamente a Rosas por el favoritismo
demostrado hacia los extranjeros: “Las excesivas generosidades que está Vd.
dispensando a los gringos me tienen de muy mal h u m o r/58La verdad es que los
colaboradores cercanos de Rosas gozaban de los mismos privilegios y.comparabie seguridad. Y ei mejor ejemplo eran ios Anchorena.
La estructura erigida por Rosas era apropiada para 3a concentración de la
propiedad. En el período comprendido entre 1830 y 1852, la superficie ocupada
de la provincia creció en un cuarenta y dos por ciento como consecuencia de la
Campaña del Desierto y el mejoramiento de relaciones con los indios. Pero el
crecimiento de la superficie de las tierras no fue equiparado por un aumento del
número de establecimientos —veintiocho por ciento—, ni en el número de pro­
pietarios —diecisiete por ciento—, indicaciones éstas de una concentración aún
mayor en manos de un pequeño grupo. Esto ocurría en la frontera. En la zona
intermedia y en las proximidades de Buenos Aires había una mayor competen­
cia por las tierras, una mayor variedad de propiedades, mayor difusión de ia
tierra y tal vez un cambio de posesión más rápido. Sin embargo, tomando la
provincia’como un todo, la base dé una estancia típica podía comenzar con unas
veinte mil hectáreas y triplicarse en tamaño, hasta las sesenta mil hectáreas
hacia. 1855, y ésta posiblemente era sólo una de un-grupo de estancias pertene­
cientes ala misma.familia en diferentes partes de la provincia. Podía tener.casi
diez mil cabezas de ganado, mas de mil caballos, y mil ovejas merino, mientras
que, ios estancieros más progresistas estarían ya mejorando sus existencias
mediante la cruza de razas. La estancia tendría también cantidad de berramientas y equipos, puestos de adobe, una granja con huerto y, por lo general,
una gran casa principal.
70
En este período, de acuerdo con el Maps Catastral de 1836, predominaban
las grandes propiedades (de más de cinco mil hectáreas) que constituían el se­
tenta y seis con ochenta y nueve por ciento del total. Sólo un cuatro con ochenta
y cinco por ciento eran propiedades de menos de diez mil.quinientas hectáreas,
En 1830. novecientos ochenta terratenientes poseían las cinco mil quinientas
dieciséis leguas cuadradas (trece millones ochocientas mil hectáreas) de tie- .
iras ocupadas en la provincia d&Buenos Aires: de éstos, sesenta propietarios
monopolizaban casi cuatro mil leguas cuadradas, es decir, un setenta y seis por
ciento.60En el período transcurrido entre 1830 y 1852, las tierras ocupadas au­
mentaron a seis mil cien leguas cuadradas, con setecientos ochenta y dos pro­
pietarios. De éstos, trescientos ochenta y dos propietarios monopolizaban el
ochenta y dos por eient-o de las posesiones de más de una legua cuadrada, mien­
tras que doscientos propietarios, o sea un veintiocho por ciento, monopolizaban
ei sesenta por ciento d élas posesiones de más dé diez leguas cuadradas. Había
setenta y.cuatro propiedades de más de quince leguas cuadradas (treinta y sie­
te mil quinientas hectáreas), y cuarenta y dós propiedades de más de veinte le­
guas cuadradas {cincuenta mil hectáreas). En las proximidades de las ciuda­
des. donde algunas pequeñas .granjas se habían dividido sucesivamente entre
descendientes, se encontraban algunos minifundios. Pero eran pocos en núme­
ro. En el período de 1830 a 1852 hubo'trescientas treinta y siete propiedades de
superficies comprendidas entre una y tres leguas, que en total significaban qui­
nientas veintinueve leguas, es decir. el uno por ciento de la extensión total de las
tierras en uso. Éstos eran minifundios sólo para las pautas de las pampas. Es
que en ese periodo, el tamaño era importante; en realidad, era lo único que im­
portaba. Da tecnología era primitiva: el único criterio de éxito era el número de
animales. No había selección, ni cuidados, ni alimentación especial: simple­
mente la producción en m asa de cueros crudos, sebo, grasa, cuernos, y otros
productos de las bestias criollas. Todo esto producía buenos rendimientos sobre
las inversiones. “Se ha comprobado que los establecimientos ganaderos de este
país producirán un incremento cierto de más del treinta por ciento por año, con
un gasto anual insignificante,”61
La transferencia de tierras, representaba un movimiento de capital. La m a­
nera más rápida y efectiva de desarrollar una gran hacienda era invertirlos be­
neficios urbanos. Es cierto que, bajo ei gobierno de Rosas, la tierra se adquiría
todavía en pocos casos directamente a través de viejos títulos o.mediante acti­
vidades rurales exclusivamente. Pero el estanciero más característico, espe­
cialmente a partir de 1820, fue el capitalista de ía dudad. Era con frecuencia un
jefe de familia que había llegado a la colonia a fines del siglo dieciocho, como
comerciante o funcionario y, posteriormente, él o su hijo habían invertido
en tierras y ganado. Esto motivó una nueva relación social en la estancia..de­
terminada por la diferencia entre eí comerciante-estanciero que residía en la
ciudad, y su administrador, que vivía en el campo y era completamente depen­
diente de su empleador. Los inversores de capitales provenientes de la ciudad es­
taban en sxtuación de ganar las mayores concentraciones de tierras, de participar
en todas las etapas de producción, desde las pampas hasta el puertoy, en gene­
ral,- de dominar la economía rural. No eran terratenientes abseníistas sino m ás
hien administradores de la terminal de mercado de su empresa, mientras sus
empleados supervisaban la producción rural. Una variación de este modelo
eran aquellos comerciantes-estancieros que .trabajaban en sociedad con sala­
deristas extranjeros; también ellos tuvieron que adquirir sus propiedades éñ
tierras y ganado mediante la inversión de capitales.
Dentro de la clase de los propietarios había diferencias de escala económi­
ca y nivel social.82Pedro Trápani fue un ejemplo de los más pequen os, propieta­
rio visible de un saladero (en realidad pertenecía a Lord Ponsonby). terrate­
niente y dueño de ganado, que tenia doscientos doce mil pesos de capital total en
el momento de su muerte. En el nivel medio estaba Juan José Yiamonte, dueño
de siete leguas cuadradas y señor de numerosos peones, gobernador en ejerci­
cio en dos ocasiones y diputado durante más de siete años. En lo m ás alto de la
escala estaban los Anchorena, Nicolás de Anehorena comenzó como comer­
ciante en la década siguiente a 1810; entre 1820 y 1830 realizó fuertes inversiones
en tierras y, en 1852 habían acumulado trescientas seis leguas cuadradas. Era so­
cio de saladeristas argentinos y extranjeros, abastecía carne para el matade­
ro, prestaba dinero ai Estado, vendía ganado a los fuertes de frontera, fue
miembro de la asamblea desde 1827 hasta 1852, y consejero permanente de Ro­
sas. ¿Cuál era el secreto de su éxito?
E l fundador del imperio comercial de los Anchorena era un inmigrante
vasco que había llegado a Buenos Aires en 1765 y abierto una modesta pulpe­
ría. Legó a sus tres hijos suficiente experiencia y capital como para permitir­
les hacer una fortuna en el, comercio, y luego trasladar su capital hada la tie­
rra. Como no tenían conocimientos de ganadería. Rosas se convirtió en su ver­
dadero asesor y comprador en el mercado de tierras y permaneció estrecha­
mente ligado a sus intereses rurales. Era el experto del grupo en cuanto al va ­
lor de las tierras, su capacidad productiva y potencial exportador. Con su ayu­
da los Anchorena aprovecharon la ley de enfíteusis para adquirir grandes su­
perficies a muy bajos alquileres, a veces impagos, transfiriéndolas más tarde
como propiedades absolutas. Primero invirtieron en tierras para ganadería,
en 1818. que se expandieron con el desplazamiento de lairontera y el agrandamienío del mercado, y se transformaron en los mayores terratenientes de la
Argentina en ia década de i860, con veintitrés diferentes propiedades en la
provincia de Buenos Aires, decenas da miles de vacunos y caballos, y varios
cientos de peones. Desde 1821 Rosas fue el administrador de tres estancias
que pertenecían a Juan José y Nicolás de Anchorena; Las Dos Islas, Los Ca­
marones, y E l Tala. En 1824 ratificólos límites de Los Camarones, y en el m is­
mo año compró para sus primos las cuarenta y ocho leguas cuadradas que
pertenecían a J. J. Ezeíza en Marihuincuí, por un precio de ocho mil pesos.
Entre 1825 y 1826 ios Anchorena “denunciaron” las estancias Los Toldos y El
Sereno, Las Achiras y Las Averías. También eran dueños de Los Montes del
Tordillo, Montes Grandes y Morón. Rosas les ayudó a poblar estas estancias
con buen ganado, a manejarlas como una sola empresa, a emplear su fuerza
de trabajO'V:controlar sus capataces y, cuando llegó a la gobernación, a obte­
ner lucrativos contratos con el estado para proveer a las guarniciones de fron­
tera y otros establecimientos militares. En la cláusula veinticuatro de su tes­
tamento. escrito en 1862 en un relativamente empobrecido exilio, Rosas recla­
maba setenta y ocho mil quinientos cuarenta y cuatro pesos a los Anchorena,
“el precio de mis servicios y de mis gastos en su beneficio", durante erperíodo
de 1818 a 1830, cuando había creado y administrado para ellos varias estan­
cias.65
El grupo Rosas-Ánchorena no adquirió estancias en busca de prestigio o
por una obsesión de cantidad; ni compró tierras en el margen de la econo­
mía, ni para dejarlas desocupadas. Lo dirigía la ambición, la búsqueda de
beneficios, la atracción del poder, y sus métodos eran estrictamente comer­
ciales. Sus estancias estaban situadas, en zonas bien regadas, al norte del Sa­
lado, donde el campo era de buena calidad y próspero, los pastos cortos y de
un intenso color verde, superficies tachonadas con macizos de trébol y cardo y
marcadas con cuevas de vizcacha. Eran modelos'de industria y producción,
con rendimientos que alcanzaban el límite dé su capacidad. Y sus propieta­
rios no eran enemigos de la agricultura, ya que producían para su propio in­
tercambio de granos, La expansión de los Anchorena se puede apreciar en sus
exportaciones:
Carne salada o charqui (quintales)
Cueros crudos (unidades)
1820
1825
1828
87.000
599,000
350.000
650.000
521.000
834.000
En la década de 1840 William MacCann viajaba en las proximidades de
Los Camarones, sobre las orillas del Rio Salado. Quedó impresionado por su
magnitud y abundancia: veinte leguas cuadradas (cincuenta mil hectáreas)
y por lo menos cuarenta mil cabezas de ganado; pero igualmente notable era
la escasez de población en la estancia, insuficiente para manejar el ganado,
en los rodeos, por lo que las bestias eran bastante salvajes:64 E l grupo de los
Anchorena era el de los más grandes terratenientes de toda la provincia; en
1830, a nombre de Juan José y Nicolás solamente tenían unas ciento treinta y
cuatro leguas, cuadradas, y doscientas a nombre de todo el grupo; al llegar la
década de 1840. éstas habían crecido a trescientas seis leguas cuadradas (se­
tecientas sesenta y cinco mil hectáreas) ,55
En cuanto a la extensión de tierras, el mismo Rosas estaba bastante de­
trás de los Anchorena. En el grupo de unos diecisiete terratenientes dueños de
propiedades de más de cincuenta leguas cuadradas (ciento veinticinco mil
hectáreas). Rosas ocupaba el décimo lugar con setenta leguas cuadradas
(ciento setenta y. cinco mil hectáreas).65 El total incluía tierras pertenecien-
73.
tes a Rosas. Terrero y Compañía y estaba formado por varias estancias: Los
Cerrillos, San Martín y El Rey. que tenían en conjunto unas trescientas mil
cabezas de ganado; y aparte de esto, Rosas tenía tierras en Santa Fe. Corría
el ano 1830. D e allí en adelante, la magnitud de sus propiedades es difícil de
calcular con exactitud. Además de las tierras acumuladas por su empresa
privada, también recibió cesiones del Estado. Durante toda su vida, las re­
compensas obtenidas por servicios públicos tomaron la forma de tierras. El
premio más espectacular fue la isla de Choele-Ghoel, que le fuera otorgada
por la asamblea al S de junio de 1834, después déla Campaña del Desierto.87El
pidió que se la cambiaran por un. otorgamiento de tierras equivalente, a su
propia elección, sobre la base de que esa isla era demasiado importante para
que el Estado perdiera su posesión. El “equivalente” calculado por Rosas fue­
ron cincuenta leguas cuadradas, dos veces el tamaño de la isla ; y cuando llegó
el memento, la asamblea votó en su favor la cesión de sesenta leguas cuadra­
das de tierras aptas para ganadería, superiores y más accesibles en la provin­
cia. En 1837, Rosas, Terrero y Compañía fue liquidada por acuerdo mutuo. La
■estancia San Martín y las tierras ubicadas más allá del Salado quedaron para
Rosas, mientras que Terrero tomó Los Cerrillos.® Pero esta reorganización
no afectó al grueso de las tierras de Rosas, que se encontraban fuera de los ac­
tivos de la Compañía. Y si sus estancias estaban en alto nivel, sus propiedades
urbanas no eran menos considerables,
Rosas tenía grandes propiedades en la ciudad, consistentes en cinco ca­
sas situadas en la Calle Restaurador, en parte residencia, en parte oficinas del
gobierno. Y tenía su palacio en Palermo, una casa estucada de color blanco en
el sector norte de Buenos Aires. Palermo estaba construida sobre tierra ad­
quirida en 1838 y se había convertido en su residencia principal; posterior­
mente Resas amplió la propiedad, obligando a vender a ios dueños de los te­
rrenos vecinos, abusando de su poder en el procedimiento, y gastando cuatro
millones seiscientos .mil pesos de dinero público.® Esta grandiosa casa.de
campo, con su parque rodeado de largas rejas de hierro, sus cuidados jardi­
nes, fuente, avestruces y bosquedilos de naranjos, había sido evidentemente
muy costosa para construirla y mantenerla. Llegó a ser uno de los puntos de
atracción de Buenos Aires, impresionando a cantidad de viajeros y personas
que concurrían &vería. Rosas e s persona guió a William MacCann en su visi­
ta:
Podría alguien preguntarse, dijo, ¿por qué construyó semejante casa en ese lugar? La
había construido con el propósito de luchar contra dos grandes obstáculos: la obra co­
menzó durante el bloqueo francés: como ei pueblo se hallaba en esos momentos en un es­
tado de gran excitación, quiso calmar la opinión pública mediante una demostración de
confianza en un Suturo estable: y al erigir su casa en un sitio tan poco apropiado se propu­
so dar a sus compatriotas un ejemplo de lo que podía hacerse para superar obstáculos
cuando existía la firme voluntad de"lograrlo.7® *
"
74
TABLA I
Mayores terratenientes en la Provincia de Buenos Aires
(estancias en leguas cuadradas)
1830
25
100
80
134,75
41,83
0.75
11,50
12
59.50
51,75
64
25,50
79
96
77.33:
83
Aguirre. Juan Pedro
Aguirre. J. P. y otros
Álzaga, Félix
Anchorena, J. J.C. y N .
Anchorena. Nicolás
Anchorena. Nicolás y otros
Anchorena, Tomás
Anchorena y Arrovo
Arriola. José
Baudrix, Mariano
Capdevilla. Pedro
Candevilla, Marcelino
Díaz Vélez, Eustaquio
Ezeiza, Pablo J.
Luzuriaga, .Manuel
Martínez, Ladislao
Miller, Juan
Pacheco, Angel
Piñevro. Francisco
Rosas. Feline S.
Rosas. Francisco
Rosas, Juan Manuel
Rosas. Prudencio
Rosas, Terrero y Compañía
Sociedad Plural Argentina
Toba!, Santiago
Vela. Pedro
Villanueva, Eugenio
Cernadas. Antonio.
63,50
1.25
12
61,33
30
9
98
71
62
34
39,23
Fuentes," Carretero,' “Propiedad
rural en
*
22-23 ',1970), 273-92; L a
alr. 1846s
132
306 ,.v
161
58
52
74
52
79
59
193
104
69
provincia de Buenos Aires”\B
.. IS A E R ,i .*■
.13,
^ ir* V * i l í C i t i U t i Í j u L I I u ÍS fill, t í *
p ro p ie d a d a e ¡s
cierra sp J a - é p o c s
áe R o sa s.
cíO-160.
7;
Estas-curiosas razones se ie ocurrieron sin duda a R osas en otras circuns­
tancias posteriores, de mayor tranquilidad. Otro observador inglés, que via­
jaba por tren a lo largo del Río de la Plata, donde una vez había galopado el
dictador, describió a Palermo diez años después de la caída del. régimen;
“Está ahora bastante abandonado, pero ios parques constituyen amplía evi­
dencia de los enormes gastos realizados para que esto fuera una muy lujosa
residencia. Todavía se ven allí los bosquecillos de naranjos y durazneros. Sin
embargo, en los caminos y senderos alguna vez bien cuidados, ahora crecen
malas hierbas, y el silencio de la desolación reina entre esas paredes. ”n
¿Cuál era el saldo final de este gran complejo patrimonial? “En 1336 su
fortuna, según declaración pava impuestos, sobrepasaba los cuatro millones
de pesos plata y no tenía similar en la provincia.”72 En su testamento. Rosas
especificaba ciertas reclamaciones que sus herederos tendrían que presentar
contra el gobierno de Buenos Aires por legítimas compensaciones. Se refería
a ‘116.000 reses, 40.000 ovejas, 60.000 cabezas de ganado entre vacas, novillos
y terneros, 1.000 bueyes gordos, 3.000 caballos buenos y sanos, 100.000 ovejas,
100.000 animales yeguarizos y demás de mi propiedad, de que ha dispuesto el
Gobierno desde el 2 de febrero de 1852. ”73 Se requerirían vastas estancias
para sostener todo este ganado; la estimación oficial era de ciento treinta y
seis leguas cuadradas (trescientas cuarenta mil hectáreas).74 ¿Cómo se al­
canzó esta cifra ? Por decreto del 16 de febrero de 1852. las posesiones de Rosas
fueron declaradas de propiedad pública, por causa de sus “sangrientos crí­
m enes”. Más tarde, el general Urquiza emitió otro decreto, por el que se orde­
naba que la propiedad existente de Rosas fuera entregada a Juan Nepomuceno Terrero, el abogado del exiliado. Pero la ley dei 28 de julio de 1857, contra el
llamado reo de lesa patria, ordenó la venta de las tierras de Rosas por cuenta
de la legislatura. Se hicieron informesl se levantó un inventarío, pero éstos no
indicaban las fechas ni el origen de las diversas propiedades, sólo su exten­
sión. De acuerdo con el Departamento Topográfico (12 de agosto de 1863) la
cantidad de las propiedades en tierras “conocida como de Rosas” , sumaba
ciento treinta y seis leguas cuadradas. El informe del fiscal doctor Pablo Cár­
denas (23 de noviembre de 1863) dio una cifra algo más alta; ciento cuarenta y
cinco leguas cuadradas (trescientas sesenta y dos mil quinientas hectá­
reas).75 .
Rosas no se limitó a acumular tierras; también las explotó. Tenía estric­
tas reglas con respecto a la propiedad privada;
“El peón o capataz que ensilla un caballo ajeno o haga uso de un animal ajeno, sea de la
d a se que sea, comete un delito tan grande que no lo pagará con nada absolutamente:
será penado con echarlo en el momento de las haciendas a mi cargo, y a m ás será casti­
gado según lo merezca. ”7e
Tenía ojo de halcón en Jo atinente a su propiedad. Ajustaba el funciona­
miento de sus estancias hasta el más mínimo detalle y controlaba todos.los ac­
tos de sus empleados. En sus primeros años de estanciero estableció las re-
78
glas paraúsas capataces y peones. De ellas puede deducirse que no era un es­
tanciero progresista. No obtenía sus resultados por innovaciones sino por tra­
bajo, organización y meticulosidad.77 Estaba menos preocupado por la cali­
dad de sus animales que por su cantidad. A diferencia de muchos otros estan­
cieros, no parece haber intentado mejorar su ganado mediante la cría selecti­
va, No daba instrucciones referentes a la cantidad óptima de animales para
un rodeo. Pero si. bien su tecnología era deficiente, su organización, en cam ­
bio, era impecable; y para movilizar la mano de obra no tenia parangón.
Charles Darwin conoció a Rosas en la Campana del Desierto, en 1333, y quedo
impresionado por lo que d o y oyó:
Es un hombre de extraordinario carácter y tiene en e l campo una. influencia tremenda,
que probablemente utilizará para hacerlo progresar y adelantar. Se dice que es duóño de
setenta y cuatro leguas cuadradas de tierras y de trescientas mil cabezas de ganado. Sus
estancias se hallan manejadas de m asera admirable, y su producción cerealera es-mu­
cho mayor que las de otros. Prim ero se hizo famoso por sus disposiciones para sus pro­
pias estancias y por haber disciplinado a varios cientos de hombres como para resistir
con éxito los ataques de los indios.
Darwin pasó luego por Los Cerrillos, “una de las grandes estancias del ge­
neral Rosas. Estaba fortificada y tenia una extensión tal que. al llegar yo en la
oscuridad, pensé que se trataba de un pueblo y un fuerte. Por la mañana vi­
mos enormes rebaños de ganado, ya que allí tenía el general setenta y cuatro
leguas de tierra.”78 Mientras Rosas dedicó todo su tiempo a la estancia, él
mismo hacía las veces de capataz. Pero cuando ocupó la gobernación, sus ad­
ministradores atendían sus propiedades bajo la distante aunque estricta vigi­
lancia de su patrón, quien escribía, ordenaba y amonestaba, recordándoles
sus obligaciones y exhortándolos a mayores esfuerzos. En 1838. durante el
bloqueo de los franceses, escribió a Juan JoséBeccar, administrador déla es­
tancia San Martín:
“En primer lugar debo decir a V, con toda claridad que observo que V. no atiende a los in­
tereses de esa hacienda como antes. Que ya no es eíque era en otro tiempo y que tiradas
bien las cuentas de los productos de estancia no han correspondido ai capital invertido en
su compra en el año de 1821. Y si esto es lo esencial que son ias haciendas de todas espe­
cies, en le que son las cosas, absolutamente se ha olvidado V. del hombre que era” .7°
Rosas tenía elevadas pautas y, como observaba Darwin, sus estancias
eran-modelos en su clase. .
Las mejores estancias se hallaban situadas donde las tierras tenían ondu­
laciones, regadas por aguas permanentes y crecían en ellas variedades de
pastos. La casa estaba ubicada generalmente en los terrenos más elevados,
cerca del agua y en ei centro de la propiedad. Próximos a la casa se encontra­
ban los corrales para encerrar los caballos y el ganado cuando era necesario,
construidos con postes y una tranquera en la entrada. La estancia estaba divi­
dida en cierta cantidad de puestos, donde los respectivos puesteros atendían
77
el ganado vacuno o las ovejas, distanciados de la casa principal y cercanos al
agua, y algunos con sus propios corrales. Había un capataz para determinado
número de puestos, y un mayordomo- que mandaba sobre ei conjunto. Cuando
h'abía-que poblar una estancia con animales recien comprados, se contrataba
a un grupo de arrieros a las órdenes de un capataz, quienes conducían el gana­
do a través de grandes distancias y durante varios días. Había que tener cui­
dado para alejar a los animales de su anterior querencia y acostumbrarlos a
' la nueva; pastaban durante el día bajo la vigilancia de ios arrieros y eran en­
cerrados de noche en los corrales. En el sur de la provincia de Buenos Aires,
donde la tierra era menos valiosa por ^ ex isten cia de .pajonales y bañados,,
se consideraba necesario, en general tener una legua cuadrada por cada mil
cabezas de ganado vacuno; pero en el norte la calidad de la tierra era superior
y en una legua se podían mantener dos mil a tres mil cabezas de vacunos, cua­
trocientos a quinientos caballos,.y cuatro a cinco mil ovejas. El incremento
anual de ganado vacuno se estimaba en un treinta y cuatro a treinta y cinco
por ciento, pero aumentaba a menudo a un cuarenta por ciento. Durante la dé­
cada de 1840 había tres millones de cabezas de ganado vacuno, el patrimonio
principal del país. Eran animales de raza inferior, criados a campo abierto y
-al cuidado de un solo puestero para tres m i cabezas por lo menos, pero capa­
ces de producir el rendimiento esperado en cueros y carnes saladas, las prin­
cipales- exportaciones de Buenos Aires.
La práctica de marcar el ganado promovió el crecimiento de la propiedad
privada en las pampas y la asignación de todos los animales alas estancias, y
se hizo ilegal comerciar con animales sin marca. El estanciero que no podía o
no quería marcar su ganado ponía en peligro toda su inversión, y cuando las
autoridades negaban el permiso para marcar lo hacían con el propósito de se­
ñalar al estanciero en persona por razones políticas o de otra índole. En 1843,
José Braulio Haedo, un porteño propietario de una gran estancia en Tandil, se
quejó ante Rosas porque el juez de paz, Mariano Castañera, le había negado
permiso para marcar su ganado desde hacía dos años, y pedía autorización
para ejercer su derecho. Tenía una estancia de dieciséis o diecisiete leguas
cuadradas, veinticuatro mil cabezas de ganado vacuno con gran cantidad de
terneros, y había introducido recientemente otros quince a veinte mil anima­
les jóvenes, diez mil de los cuales eran vaquillonas que estarían listas en pri­
mavera para ser servidas. El hombre arriesgaba perder todo eso en beneficio
de las estancias vecinas. Según su propia estimación, era un progresista te­
rrateniente que invertía grandes sumas en su propiedad. Su inversión inicial
en ganado había sido del orden de los novecientos veinte a novecientos sesenta
mü pesos; gastó luego ciento cincuenta a doscientos mil pesos para reunir y
engordar su ganado en la estancia; el valor de ios animales de dos años de
edad que recientemente había agregado era de ciento cincuenta a doscientos
mil pesos y, finalmente, entre varios otros gastos menores, contaba la suma
de treinta a cuarenta mil pesos parala construcción de dos corrales de piedra
con capacidad para diez a doce mil cabezas. Y todo lo que podía exhibir des­
78
pués de semejantes inversiones era-un rebaño de ganado sin marca, que esta­
ba perdiendo en beneficio de las estancias vecinas, y con el cual tenía prohibi­
do comerciar, mientras vecinos suyos tales como Felipe Arana y Sáenz Va­
liente estaban marcando y comerciando y obteniendo utilidades originadas
en sus pérdidas. ¿Por qué —preguntaba Haedo— era él una excepción, cuan­
do tenía antecedentes de lealtad y patriótico servicio a la causa federal?80
La rutina de la estancia era invariable. Todas-las mañanas los puesteros
conducían ei ganado hasta un cierto punto llamado el rodeo, donde se reunían
durante una o dos horas y donde se subdividí an solos e instintivs mente de en­
tre miles de otros., formando pequeños rebaños llamados puntos y constitui­
dos por cincuenta a cien animales que incluían vacas, toros y terneros para
cada punto. Cuando los animales se sometían fácilmente para que los lleva­
ran al rodeo, se los consideraba mansos; pero sí escapaban al aproximarse
los hombres, los clasificaban como salvajes. En una estancia bien conducida
no se permitía que se juntaran más de tres mil animales en el mismo rodeo, y
era responsabilidad de los puesteros mantenerlos dentro de ciertos límites
para evitar que se'mezclaran con otros rebaños. En algunas estancias lleva­
ban el ganado al rodeo a la puesta del sol, o los reunían allí ocasionalmente.
Los peones eran quienes formaban el rodeo, cabalgando alrededor de los ani­
males —rodeando— y de esta práctica con el ganado se extendió el nombre Üe
rodeo tanto allugar donde se realizaba como al conjunto de animales reuni­
dos. Las estancias valuaban el ganado principalmente por los cueros, sebo y
grasa. Consecuentemente, no había incentivo para mejorar la raza a fin de
conseguir mejor calidad en la carne. Eso era cosa del futuro, cuando los es­
tancieros empezaron a encerrar sus campos con cercas de alambres de púas,
levantadas a veces por peones europeos. En 1876, los Anchorena invirtieron
diez millones de pesos en alambrados de púas para sus inmensas estancias.
Así como las estancias eran fuentes de riqueza, estereotipos de relaciones
sociales y puntos focales de poder político, eran también lugares primitivos y
nada cómodos para vivir en ellos, y muy poco se parecían a las grandes ha­
ciendas de regiones más antiguas de América española. Era un mundo vacío,,
severo en su simplicidad. William MaeCann describe la estancia de Mr. Tay­
lor, en la provincia dé Buenos Aires: cuatro mil hectáreas de campo con abun­
dancia de agua, caballos, vacunos, ovejas, muías y asnos en cantidad, una
casa de dos pisos construida con ladrillos en un sitio alto de un jardín donde
había árboles frutales y hortalizas, y sin embargo casi completamente des­
provista de comodidades materiales. Aun así, MaeCann la consideró'“un pe­
queño oasis de comodidades y cultivos en un desierto de inculta rusticidad” .
El ambiente hacía pensar en los tiempos bíblicos; “Cuando llegamos. los re­
baños de ovejas estaban entrando al redil, y nos sentamos en los escalones de
la puerta para contemplar la escena, que transportaba la mente a las costum­
bres pastorales de épocas patriarcales, tal como están registradas en ei Anti­
guo Testamento,”81 Sin embargo,.la hospitalidad de las estancias era igual­
mente cálida. Por cierto, constituían los únicos lugares de alojamiento para el
79
viajero, y se podía cabalgar novecientos o mil kilómetros .en las pampas sin
pagar un solo peso por comidas y alojamiento. La generosidad de la población
' rural suplía la falta de hoteles y posadas, aunque había una notoria.escasez de
camas, y la gente más ordinaria dormía en el suelo, dentro o fuera déla casa,
a 3a vez que faltaban en ésta platos, tenedores, mesas y sillas y difícilmente
alguien lavaba o usaba agua y jabón.
La estancia tenía que enviar sus productos a Buenos Aires o más allá,
pero la infraestructura era aun más primitiva que la misma economía rural.
Éste era un país sin caminos ni puentes, que sólo tenía huellas en las rutas
principales. Casi todo se hacía a caballo, también ei abastecimiento. Gauchos
montados dominaban a los animales con sus lazos. Los pescadores cabalga­
ban m ás de un kilómetro dentro del rio y arrojaban sus redes como podrían
haberlo hecho desde una embarcación, luego arrastraban la pesca hasta la
costa. Cazaban perdices montados en sus caballos, por medio de un lazo co­
rredizo sujeto en el extremo de una larga caña. Todo el mundo andaba a caba­
llo, las mujeres y los niños tanto como los hombres. Hasta los mendigos lo hacían.82 El único medio de transporte de cargas consistía en carretas de
bueyes, construidas en los talleres de Tucumán y conducidas por recios indi­
viduos, principalmente a lo largo de las dos rutas importantes que atravesa­
ban la Argentina, una desde Buenos Aires, por San Luis y Mendoza hasta Chi­
le, la otra también desde Buenos Aires, vía Córdoba, Santiago, Tucumán. Sal­
ta y Jujuy hasta Bolivia. Viajaban en trenes de unas catorce carretas, cada
una tirada por seis bueyes y llevaban tres de reserva. El costo del transporte
de cargas, incluyendo ios impuestos provinciales, era equivalente a veinte li­
bras esterlinas por tonelada, y el porte solamente absorbía el cuarenta o cin­
cuenta por dentó del costo.83
Las estancias preferían controlar, si no monopolizar, todas las relaciones
comerciales entre el campo y la ciudad, üna particular amenaza a sus recla­
mos de exclusividad provenía ce las pulperías volantes, especie de tiendas
viajeras, que recorrían el campo comerciando productos de la ganadería y
otras mercaderías de origen rural, tales como pieles y plumas de avestruz, y
vendiendo artículos de la ciudad a los habitantes del campo. Usaban carros y
carretas y un grupo de ayudantes; realizaban sus negocios con cualquiera
que encontraran y frecuentemente ofrecían también juego y bebidas; a veces
comerciaban con mercaderías robadas de las estancias. Las autoridades y
los estancieros consideraban que las pulperías volantes eran económica y so­
cialmente subversivas. Efectuaban su comercio fuera del monopolio infor­
mal de las redes de la estancia; eran libres e independientes, y fomen­
taban el robo y el pillaje. Además, establecían contacto directo con los
peones y los alentaban a producir y vender fuera del control de sus patrones,
ofreciéndoles, a la vez, un medio para comprar fuera de la tienda de la estan­
cia. Rosas era hostil con respecto a las pulperías volantes. Siempre ¡as había
prohibido en sus propias estancias y, a partir de 1831, su gobierno las proscri­
bió en toda la provincia. La prohibición se mantuvo durante el resto del régi»
80
men de R osas; la ley trataba de vagos a los operadores y los reclutaba en el
ejército.
Para la estancia, el saladero era la principal salida de sus productos. Al­
gunos estancieros producían-par a saladeros que pertenecían a su propio gru­
po, familiar. que podia también ser dueño de depósitos en Buenos Aires o de
sus propios barcos en la costa cercana. Otros estaban en sociedad con salade­
ristas. como el mismo Rosas lo había estado, De lo contrario, el saladero com­
praba ganado directamente a un estanciero independiente, o a través de un
agente; en esos casos, el saladero asumí- todos los riesgos de llevar el ganado
a la ciudad. La responsabilidad del vendedor cesaba una vez que había entre­
gado los anímales fuera de los límites de su estancia, "pero más tarde, mu­
chos de los estancieros más influyentes vendían su ganado a entregar en el sa­
ladero.”® Conducían los animales desde las tierras del vendedor hasta el sala­
dero u otro comprador un capataz con cinco o seis arrieros, y podían llevar
unos seiscientos animales a razón de cuarenta o cincuenta kilómetros por día;
deteniéndose a pasar las noches en campos de buenas pasturas.
Los saladeros eran grandes establecimientos donde mataban a las bes­
tias. extraían el sebo, salaban y secaban la cam e, y preparaban los cueros
crudos para exportación. Habían comenzado en Buenos Aires en 1810 y, des­
pués de una vacilante iniciación, quedaron firmemente establecidos en 1819.
En 1820 había unos veinte saladeros en la provincia de Buenos Aires, aunque
su producción era relativamente baja: menos de cien animales por día y por
saladero. Sin embargo, en la década de 1840, aunque el número de saladeros
que operaban en Buenos Aires o sus proximidades se había mantenido en la
misma cifra, su producción había crecido considerablemente, y cada uno sa­
crificaba alrededor de doscientos a cuatrocientos animales por día durante la
temporada.®6 El trabajo alcanzaba su pico en el verano, de noviembre a mar­
zo, cuando el ganado estaba en las mejores condiciones y el calor del sol era
más intenso, El tasajo era carne cortada en tiras, avinagrada, salada y seca­
da al sol. Resultaba inaceptable para la mayoría de los paladares, pero la ex­
portaban a Brasil y a Cuba para alimentar a los esclavos. Los cueros crudos
eran embebidos en salmuera, tendidos en sal y luego estirados y puestos a se­
car; el estiramiento variaba según el espesor requerido. Se había introduci­
do laiuerza del vapor para producirsebo. Col ocabana los bueyes sacrificados
en grandes vasijas donde se los trataba con vapor; el sebo se extraía y se lle­
vaba luego a una caldera de hierro fundido para purificarlo, después se lo en­
friaba en tanques de hierro forjado y. finalmente, era vaciado entoneles listos
para embarque. “La enorme vasija del establecimiento de mister Dowdall
podía contener los restos de doscientos cincuenta anim ales; el tratamiento
con vapor tiene una duración de sesenta a setenta horas. Mister Dowdall tiene
también otras dos calderas, y en cada una de ellas se pueden procesar dos­
cientos animales por día. ”S7El ganado se pagaba siempre con dinero efectivo.
En la década de 1840 el precio era de aproximadamente tres pesos por cabeza,
si la entrega se hacía en el saladero. El costo de una planta suficiente para
81
procesar mil animales por semana era de dos mü libras aproximadamente,
aunque algunas costaban bastante m ás: ios aparatos de vapor solamente va­
lían alrededor de mil libras. Establecer un saladero, en consecuencia, reque­
ría una gran inversión de dinero; los gastos generales eran importantes, y se
necesitaba una buena administración de la planta si se deseaba obtener bene­
ficios y resistir la competencia de otras provincias. La mayoría délos salade­
ros pertenecían a sociedades más que a individuos, y muchos extranjeros te­
nían capitales en esta industria.88
De manera que los saladeros eran parte integrante deí sistema de las es­
tancias y, como tales, fueron favorecidos por Rosas. En su mensaje anual de
1849 recordó a la asamblea que “estos grandes establecimientos merecen la
protección de la autoridad porque son talleres importantes de la riqueza na­
cional.” En realidad, eran fácilmente la industria más grande de Buenos Aí­
res, en razón de la cantidad de personas que empleaban y el capital invertido
en ellas. La “protecciónresuelta por Rosas consistía en una virtual exención
del pago de impuestos. En 1852, de un ingreso total de cuarenta, y cinco millo­
nes ciento noventa y cinco mil trescientos veintidós pesos obtenido por el go­
bierno provincial, sólo den mil pesos provenían de los saladeros. Y la ley de
aduanas de 1835 eximió del pago de .impuestos de exportación a toda la carne
salada embarcada en barcos nacionales. Financiados y manejados por ex­
pertos, abastecidos por las estancias y protegidos por el gobierno, los salade­
ros aumentaron su producción. La exportación de carne salada desde Buenos
Aires pasó de cinco mil seiscientas cincuenta toneladas iun millón cuatro­
cientos sesenta y dos mil cuarenta y dos pesos) en 1835, a nueve mil novecien­
tas toneladas (dos millones novecientos quince mil setecientos noventa y seis
pesos) en 1841, un buen año después del bloqueo; y a veintiún mil seiscientas
toneladas en 1851.as
Rosas ha recibido críticas por su fracaso en desarrollar una política
económica integrada y reconciliar los intereses divergentes- dei país. Fa­
voreció a los estancieros, y criadores de ganado a expensas de los pequeños
chacareros, y hasta el punto en que el país dependía del grano importado. Sin
embargo, existían razones convincentes para promover las riquezas natura­
les del país y alentar sus más exitosas exportaciones, aun cuando ello signifi­
cara privar de recursos a empresas menos rentables, por más meritorias que
fueran. El plan de Rivatíavía había consistido en subsidiar la inmigración y
confiar en el suelo fértil y las fuerzas del mercado. Pero los esquemas de .colo­
nización agrícola de la década de 1820 fracasaron por la falta de capital, orga­
nización, seguridad y estabilidad, en contraste con la expansión de la gran es­
tancia con su propio dinamismo interno. En último caso, la agricultura estaba
sujeta a obstáculos particulares y necesitaba un tratamiento especial. La
mano de obra era escasa y costosa, los- métodos eran primitivos y el rendi­
miento muy bajo. El alto costo del transporte obligó a los chacareros a insta­
larse cerca de las ciudades, donde los precios de las tierras eran más altos; y
había siempre competencia extranjera. De manera que la agricultura necesi­
82
taba capital y protección. En este punto, el gobierno dudaba, temiendo cau­
sar una escasez de alimentos y ganarse la antipatía del apoyo político masivo.
Desilusionados por ios regímenes anteriores, los granjeros esperaban más de
Rosas.. Su primer paso fue disolver la Comisión de Inmigración (20 de agosto
de 1830) con el fundamento de que los resultados no justificaban los gastos. El
argumento era difícil de negar.
Rosas cultivó trigo y maíz en su estancia Los Cerrillos, donde tenía parte
¿8 sus tierras dsciic&ds
sericultura. F ug cisrtHinsnts sctivo 8n si comerció de granos, y se decía que, a través de su agente Pablo Santillán, había acu­
mulado todo el trigo de la provincia para venderlo a las panaderías. Había tie­
rras aradas y granjas en las afueras de Buenos Aires, en distritos ubicados ai
norte de la capital, y también alrededor de Rosario. Rosas hizo una contribu­
ción para aumentar los.establecimientos agrícolas, aunque en menor escala.
En 1832 distribuyó;chacras fen lotes tomados de las tierras de la vieja estancia
de Nuestra Señora de Luján. Los dio a los colonos de la región y se convirtie­
ron en activas granjas. En 1836, con ocasión de la nueva ley de aduanas, los
chacareros de Luján agradecieron a Rosas por la protección recibida. En 1836
se distribuyeron más tierras para cultivo en San Andrés de Giles Apóstol. Du­
rante la primera administración de-Rosas se dis tr ibuy e ron) ehacr as'en Monte
y, en 1836, se nombró a Vicente González, guardaespaldas local de Rosas, co­
misionado especial para la distribución de chacras en dicho pueblo. En mayo
del mismo año, éste informó que el sistema era exitoso y que los chacareros
estaban contentos con la nueva ley de aduanas. En ese año, eran más de dos­
cientos los colonos beneficiados con el sistema de asignación de chacras.90
Después de la tierra misma, lo que más querían los chacareros del gobier­
no era protección. Rosas estaba en un dilema. Tenía que'mantener bajo con­
trol los precios del trigo y de la harina, para evitar inquietud social y agitación
política. Esto significaba mantener abiertas las puertas a la importación y
negar protección a los chacareros nativos; y en los primeros años de la déca­
da de 183C Rosas estaba preocupado para estabilizar ios precios locales del
trigo, que fluctuaban demasiado con respecto a lo esperado,93 Sin embargo, a
partir de 1834, los chacareros empezaron a aumentar su presión en busca de la
protección requerida. En 1835 peticionaron a la asamblea una política de de­
sarrollo y protección para la agricultura. Su lista de problemas era muy lar­
ga. Los chacareros necesitaban más tierras y seguridad para su tenencia; ne­
cesitaban capitales y créditos para semillas y equipos; necesitaban caminos
y puentes; necesitaban graneros, galpones y molinos; necesitaban merca­
dos, además del de Buenos Aires, donde en último caso debían competir con
las importaciones extranjeras; y necesitaban una marina mercante para ex­
portar. “Éste es el cuadro dej labrador provincial que, sin protección y sin am­
paro, tiene que luchar solo con el temperamento y los abusos; y presentarse
en un mercado único, regido por leyes absolutas, incipientes, y sin previsión
para trabar la concurrencia de los extranjeros^.92 Por último, en di­
ciembre de 1835, mediante la ley dé aduanas de 1836, Rosas tomó una resoíu-
83
TABLA 2
ción: anunció una política de protección para la industria y la agricultura. El
grano nacional quedaba protegido por una tarifa móvil y se prohibía la impor­
tación de trigo en forma absoluta cuando el precio local del trigo cayera por
debajo de los cincuenta pesos por fanega, A ello siguió una modesta recupera­
ción de la agricultura y hubo una serie de buenas cosechas; hasta se rcalizaí'cu algunas exportaciones de granos y harina, y varios grupos de agricultores
de diferentes localidades hicieron llegar su agradecimiento por ia nueva polí­
tica. Pero el bloqueo francés de 1339 interrumpió la marcha de estas exporta­
ciones, como lo hizo también el bloqueo anglo-írancés de la década de 1840. De
allí en más, el gobierno guardó silencio con respecto ala agricultura. El hecho
era que los chacareros no constituían un grupo de intereses lo suficientemente
fuerte, en 3o económico ni en lo político, como para apoyar una campaña y ob­
tener una adecuada respuesta.93
Mientras que la agricultura no significaba amenaza alguna para el domi­
nio de la estancia ganadera, la cría de ovejas sí lo era. La “merinización" de
Buenos Aires, el aumento en importancia de una sustancial economía basada
en la oveja y i a lana, comenzó en la década de 1840 y condujo a una pelea por
nuevas tierras. El cambio fue decisivo para la Argentina, ya que fue a través
de la exportación de lana que el país expandió por primera vez su capacidad
productiva, experimentó una acumulación de capitales y aceleró su integra­
ción en el mercado mundial. Una de las razones para ese cambio en favor de la
cria de ovejas fue que el precio de la lana no sólo aumentó m ás rápido que el de
cualquier otro producto agrícola sino que también lo hizo más rápido-que la
inflación, a diferencia de los cueros crudos y la carne salada. E l índice de pre­
cios de la lana subió de cien, en 1833. a trescientos trece en 1850. comparado
con ciento cincuenta y ocho con dos décimos para los cueros crudos y doscien­
tos setenta y siete con tres décimos para la carne salada, aumento de precio
diferencial motivado por la demanda originada en una industria textil euro-,
pea en expansión,94 Esta circunstancia proporcionó un buen mercado para la
exportación e indujo a los terratenientes argentinos a diversificar su produc­
ción en favor de la oveja. Muchos de los primeros criadores de ovejas eran de
origen inglés e irlandés y al llegar a la década de 1860 los colonos británicos se
habían convertido en algunos de ios más grandes terratenientes del país,
aunque era mayor el número de hacendados criollos, atraíaos por los altos be­
neficios derivados de la crianza de ovejas. El Estado se interesó una vez más
en nuevos desplazamientos de la frontera, porque las ovejas necesitaban
grandes extensiones de tierras, aunque no mucha mano de obra. Pero, al prin­
cipio, la cría de ovejas se expandió en perjuicio de la estancia ganadera.
En 1810 la provincia de Buenos Aires tenía una existencia de dos a tres mi­
llones de ovejas, aunque eran de inferior calidad y ocupaban tierras margina­
les. Los restos de las ovejas sacrificadas, secados al sol, servían de combusti­
ble para los hornos de ladrillas, y para muy pocas cosas m ás. En los primeros
años de ia independencia los estancieros mostraron poco interés en mejorar
las razas de ovejas, y fueron dos ingleses, John Harratt y Peter Sheridan.
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TABLA 3
ímjiüe de precios de producios agrícolas, 1833-1850
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quienes tomaron la iniciativa. A partir de ios primeros años de la década de
1820, Earratt empezó a comprar merinos españoles, y a cuidar y purificar lasrazas mejoradas. Luego comenzó a vender y. en la mitad de la década de 1830..
las ventas empezaron a aumentar cuando logró colocar varias parcelas de la­
nas mejoradas en Liverpool, a poco más de dos chelines la libra. La lana ar­
gentina no era tan apreciada en Gran Bretaña como la australiana, porque
era más corta, pero el mercado resultó lo suficientemente confiable como
para justificar posteriores expansiones, y no había virtualmente impuestos
de importación en Inglaterra sobre ese articulo. E’ creciente interés en la cría
de ovejas quedó reflejado en subsiguientes importaciones de merinos desde
Europa y los Estados Unidos enl836 y 1837, a la vez que se efectuaban también
cruzas de ovejas criollas y pampas con otras de raza Saxony. “A mediados de
la década de 1830”. informaba el cónsul británico, “las exportaciones de lana
mostraron un notable aumento, tanto en cantidad como en precio.”93 El blo­
queo de Buenos Aires interrumpió esta tendencia y detuvo el mejoramiento
de razas de ovejas por un tiempo. Pero la cantidad de animales mejorados au­
mentó rápidamente, y al terminar la década de 1840, la existencia total de
ovejas en la provincia de Buenos Aires era de seis millones, un tercio de los
cuales eran de raza mejorada. Las exportaciones crecieron lentamente. En
1822, la lana sólo significaba un noventa y cuatro centesimos por ciento de las
exportaciones totales de Buenos Aires; los cueros vacunos constituían el se­
senta y cinco por ciento. En 1836, la lana representaba el.siete con seis déci­
mos por ciento, los cueros vacunos el sesenta y ocho con cuatro décimos por
ciento; en 1851, la lana el diez con tres décimos por dentó, ios cueros el sesen­
ta y cinco por ciento. En 1861, la lana habla aumentado al treinta y seis por
ciento, y los cueros representaban un treinta y tres con cinco décimos por
ciento.66Al llegar 18521a provincia tema una población ovina de diez millones
de animales, y las exportaciones de lana se encontraban en el orden de los
veinticinco millones de libras.
El clima moderado y las tierras fértiles permitían que las ovejas se ali­
mentaran a campo abierto durante todo el año. Las tierras que habían estado
ocupadas durante más tiempo, en la zona norte de la provincia, eran las que
mejor se adaptaban para las ovejas, mientras que las nuevas tierras, en el
sur, eran más apropiadas para la cria de ganado vacuno. En las pampas, en­
tre Buenos Aires y el Río Salado, la oveja había empezado a desplazar ai vacu­
no; a partir de la década de 1840 en particular, estancia tras estancia pasó a
manos de los criadores de ovejas. Una legua cuadrada de tierra podía propor­
cionar pasturas para doce a catorce mil ovejas. A cien kilómetros de Buenos
Aires hacía el sur. una legua de tierra de buena calidad valía de cincuenta .a
sesenta mil pesos; para 1880 esos .valores habían aumentado tres a diez veces
más. Al sur del Salado, la tierra valía la mitad de esas sumas.
TABLA4
Producción de lana y exportaciones, Argentina 1830-80 ■
....... . ... «
Precio
Precio iaj
por
(pesos pajsj
por j
oveja
(pesos fuertes)
arroba)!
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1,20
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1.30
1,40
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Ano
Cantidad
de
ovejas
(millones)
Exportación
de
lana
(mill, lib .)'
283G
1840
1850
1860
1870
1875
1880
2.5
5
7
14
41
44
61
G
y
13
21
45
137
146
215
Libras de
lana
por
oveja
O*>
2.6
3,0
3,2
3,3
3.3
. 3,5
Fuentes : M. G. y E . T. Mulhail. S a n d b o o k o f t h e R i v e r P l a t e R e p u b l i c s (1885 ed. j, 23; J u ­
lio Broide. i;La evolución de los precios pecuarios argentinos en el periodo 18301850” , 139.
Una moderna industria de la oveja requería no sólo mejorar la calidad de
los animales y más tierras sillo también innovaciones en los métodos de producción; mejores pastos, campos alambrados, galpones para esquila y para
depositar la lana, nuevos pozos y acequias limpias. Todo esto exigía más trabajo, es decir, más mano de obra. El gaucho y el arriero iban siendo reempla;zados gradualmente por el pastor, el puestero y el peón. Comenzaron á llegar
los inmigrantes colonos, ya fuese como mano de obra contratada o como socios en empresas de ganancias compartidas, o bien como criadores dueños de
la tierra. Como ya se ha visto, muchos de los primeros criadores de ovejas fueron británicos, para quiénes esta ocupación les resultaba más agradable que
la vida esencialmente criolla del estanciero o del ganadero. Empleaban pastores, preferentemente trabajadores irlandeses, y les daban una participación en los rebaños mediante contratos de cinco años de duración, que con vertían a los pastores en socios medianeros con derecho a recibir un tercio de la
producción de lana, debiendo ellos cuidar tos animales y pagar los gastos. En
pocos años el medianero podía ganar lo suficiente como para comprar una mítad del rebaño, y al fina) reunía tantas ovejas y dinero que le permitían establecsrse en forma independiente, El cálculo normal de aumento era que un
rebaño podía duplicarse a sí mismo en tres años. Era una buena inversión;
muchos criadores de ovejas demoraron pocos años en triplicar sus ingresos
originados en la producción de lana. De manera que, entre los años 1840 y 1860,
los establecimientos dedicados a la cría de ovejas se expandieron en perjuicio
de la estancia. El valor de las ovejas aumentó diez veces, los valores de las tie­
rras lo hicieron en el mismo orden; se producía entonces cierta subdivisión
d éla propiedad y las tierras cambiab an de manos con más frecuencia. Las es­
tancias ganaderas sobrevivieron, naturalmente, bien como establecimientos
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mixtos, o en tierras bajas v pantanosas cuyos pastos no- eran aptos para las
ovejas. El mismo Rosas había alentado siempre la cria de ovejas, aunque no
su mejora, en sus propias estancias.57 Pero la estructura original de la hege­
monía de la estancia, tan laboriosamente desarrollada desde 1820. había que­
dado hasta cierto punto socavada. Había ahora una alternativa.
Rosas era un granhaeendado, que actuaba por instinto más que por teo­
rías, y ei modelo agrario que él prefería era en su mayor parte apropiado para
el lugar y la época. La estancia primitiva se ajustaba correctamente a la Ar­
gentina en la primera mitad del siglo diecinueve; correspondía a los hechos
de la vida económica y a las limitaciones de los recursos disponibles. Había
poca esperanza de atraer grandes inversiones para cambiar Ja estructura
económica, en una época en la que la disponibilidad de capitales extranjeros
era muy limitada y la Argentina significaba un gran riesgo. Desde otro punto
de vista, había abundancia de tierras desocupadas, aptas para un desarrollo
extensivo. El crecimiento de las inmensas propiedades desplazó la línea áe
frontera, mejoró el uso de la tierra y aprovechó las circunstancias ambienta­
les; y mediante la especial!ración en cria de ganado vacuno la estancia se
adaptó a la escasez crónica de mano de obra. Y la dedicación al ganado vacu­
no; además, significó producir un bien exportable, o varios', para los cuales
existía demanda en el mercado mundial. No era irracional importar grano a
bajo precio; dada la escasez de población, no era imperiosamente necesario
alentar un desarrollo de ia agricultura. Aun la misma concentración de tie­
rras ocurría en circunstancias en que habría sido exagerado desaprobarla,
aunque comprensible; las estancias no eran grandes porque algunas pocas
personas ambiciosas ganaran una carrera para obtenerlas, tampoco porque
se hubiera echado de ellas a colonos marginales, sino porque se trataba de un
país enorme y vacío, donde las escalas eran completamente distmtas.de las
que regían en Europa. Ademas, la inseguridad de un mercado internacional
Quemante, sobre todo de cueros, requería la consolidación de la cria de vacunos
en gran escala, para lo cual no eran necesarias grandes inversiones en tecnolo­
gía ni en tierras, y se obtenían muy buenas ganancias. Las inversiones debían
concentrarse en el ganado y se requerían tierras abundantes, baratas y relativa­
mente seguras, La pacificación rural y los bajos niveles impositivos a producto­
res y comerciantes mejoraron las ventajas de la naturaleza y desarrollaron las
exportaciones de productos de la ganadería hasta un punto en el que Buenos Aires
se aproximó a una balanza comercial favorable. El resultado fue la estancia, y '
había cierta justificación cuando Rosas afirmaba que la tierra era el negocio
clásico.
En la década de 1850. la estancia de Rosas no era ya simplemente clásica;
se estaba convirtiendo en arcaica. Había un límite, más allá del cual la econo­
mía de Rosas no podía crecer. La falta de tecnología significaba que la estan­
cia sólo podía expandirse mediante la adquisición de más y más tierras; y su
especialización se limitaba a cierto número de artículos —cueros crudos y
carne salada— para los cuales la demanda extranjera tenia limites; final-
mente, con los mercados de esclavos de Brasil y de Cuba las probabilidades s«
inclinaban más hacia una contracción que una expansión. En ultimo análisis,
el sistema de Rosas estaba económicamente estancado. Como lo hizo notar
Sarmiento, todo estaba subordinado al ganado y su producción; “Las vacas
dirigen la política argentina. ¿Qué son Rosas, Quiroga y Urquiza ? Apacenta­
dores de vacas nada m ás.”38 De haber prevalecido el rosismo. habría metido
a la Argentina, desde el punto de vista económico, en un cnaleco de fuerza..
Pero ej modelo resultó finalmente minado en sus cimientos desde adentro,,
primero por la cria de ovejas y luego por la revolución agraria de la década d e,
1880. yg en ios veinte años siguientes a Caseros pudieron apreciarse los:
primeros signos de cambios importantes; la difusión de los cercos de alaxn-j
ores de púas, el mejoramiento de la raza, la colonización, ía creciente inmi- j
gración, la extinción de la cultura del gaucho y la modernización de la econo- j
mía. Sin embargo, el régimen de Rosas dejó una huella indeleble en la estruc-1
tura agraria de la Argentina. El campo fue objeto de una configuración social \
y económica antes que la Argentina recibiera la inmigración masiva, pasara •]
por una revolución en las pampas y se convirtiera en importante exportador |
de granos y carnes. Antes que la modernización empezara siquiera, el sisíe- j
ma de posesión de tierras, el tamaño de las estancias y, en muchos casos, ei I
personal, todo eso había quedado permanentemente implantado.
|
Algunas características de esa herencia produjeron pronto revisiones y j
críticas. Las fáciles riquezas amasadas por quienes habían sido lo suficiente- I
mente afortunados como para adquirir-estancias, durante el régimen de Bo- ¡
sas eran tema de muchos comentarios. El historiador chileno Benjamín Vicu- j
ña Mackenna, quien viajó por la Argentina en 1855, quedó impresionado por el I
caso-de Fabián Gómez, uno de los más ricos estancieros, quien en 1885 había j
recibido en propiedad la estancia Carpinchos cerca de San Nicolás sobre las ¡
oí-illas del Paraná, con mil cabezas de ganado vacuno, a cuatro pesos por aní- )
mal. Veinte anos más tarde su ganado había aumentado a cincuenta mil, y \
cada uno se vendía a cuatro pasos:
I
Aumento de beneficio de la estañáis 1835-1855
___________________________________
Precio de la tierra por legua cuadrad a (pesos)
Precio del ganado
1835_______ 1855
1.500
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200,000
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215.000 '
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Puente: Vicuña Mackenna, ii D i a r i o , 429.
Alrededor de 1855 se podía comprar una legua cuadrada de tierra por un
precio comprendido entre diez y quince mil pesos. A pesar del aumento de
precio con relación a los años dorados de Rosas, la tierra era todavía una buena inversión y los beneficios estaban todavía asegurados. Sarmiento informó
a Vicuña Maekenna que, en la provincia de Buenos Aires era una transac'
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!pón común pedir prestadas diez mil cabezas de ganado y devolverlas en
-cuatro o cinco años, “en cuyo término el individuo obtendrá ocho mil a diez
mil terneros de producto”. Tan sencillo era, que muchos estancieros de Bue­
nos Aires pocas veces dejaban la ciudad para visitar sus estancias, y Nicolás
knchorena no conocía personalmente ninguna de sus numerosas haciendas.59
ibomo observara Wilfrid Latham; “Muchos de los estancieros educados y culios —principales ciudadanos de la nación— difícilmente habían visto alguna
yez sus estancias. Les llegaban sus ingresos originados en la venta de ganado.
,y sólo pensaban en una forma de invertir sus ganancias acumuladas (excep­
tuando una o dos casas en la ciudad), que no era otra que la adquisición de tiefrras, más y más leguas cuadradas de tierras de pasturas naturales.”100
I El mismo Sarmiento fue un severo crítico del régimen agrario de Rosas.
Declaraba que, en la Argentina, una superficie de ciento cuarenta mil kilóme­
tros cuadrados, aproximadamente el tamaño de Inglaterra, estaba en poder
¡de ochocientas veinticinco personas. Probablemente tenia más validez la imfpresión que la exactitud de las cifras. En 1856, con ocasión del debate parla­
mentario sobre la ley de tierras, formuló fuertes afirmaciones contra el lafcifundismo, en las columnas de El Nacional Denunciaba amargamente las
■consecuencias sociales de la distribución de tierras efectuada por Rosas: “El
.pueblo perece de hambre en el país consagrado a la cria del ganado. Hoy vale
seis duros en el mercado una arroba de carne; el pan vale más que en Euro­
pa”A01 La concentración de tierras en manos de unos poeos, argumentaba, las
mantenía en inferiores niveles de utilización, e impedía que otros adquirieran
fracciones; la gente se congregaba en la ciudad, imposibilitada de obtener
tierras para chacras o cría de ganado. Mientras unos pocos favoritos y prote­
gidos conseguían tierras con sólo pedirlas, el peón no tenía posibilidad alguna
de iniciar una granja. La misma red de familias privilegiadas que florecieron
con Rosas monopolizaba todavía las tierras:
“La campaña de Buenos Aires está dividida en tres clases de hombres: estancieros que
residen en Buenos Aires, pequeños propietarios, y vagos Véase la multitud de leyes y de­
cretos sobre vagos que tiene nuestra legislación. ¿Qué es un vago en su tierra, en su pa­
tria? Es el porteño que ha nacido en la estancia de cuarenta leguas, que no tiene, andando
un día a caballo, donde reclinar su cabeza porque la tierra diez leguas a la redonda es de
uno que la acumuló con capital, o con servicio y apoyó ai tirano, y el vago, el porteño, el
hijo del país, puede hacer daño en las vacas que pacen de donde se destierra al hombre” .
Los latifundistas ausentes vivían eon toda comodidad en Buenos Aires y
dejaban que manejara sus estancias el capataz, un recio jefe que dirigía con
vara de hierro y aplicaba en detalle las instrucciones recibidas del lejano pro­
pietario.102
La ley del 10 de mayo de 1836 era en teoría aplicable a todos. Nada había
en ella que impidiera a íos pequeños propietarios la transformación de sus al­
quileres por enfiteusís en propiedades absolutas y que organizaran pequeñas
chacras o estancias, o que los colonos más pobres compraran tierras baratas
91
en las zonas más nuevas.103Naturalmente, se alentaba a ios más pequeños coi
Iones para que se instalaran en las tierras recientemente ganadas por despla­
zamiento de la línea de frontera, en la esperanza de que ellos formarían un¿
valla o escudo contra los indios. Y si podían demostrar que eran buenos fede
rales, los chacareros estaban en condiciones de obtener adelantos de la Casa
de la Moneda, restituibles al cinco por ciento, para comprar animales pars
sus chacras. En agosto de 1833, el mismo Rosas ofreció chacras ubicadas en­
tre Los Cerrillos y el .Arroyo Azul a más de d en fam ilias. El gesto terna un pro­
pósito político: sumar apoyo para el rosismo en el campo, en un momento eui
el que, desde el desierto, estaba dirigiendo un movimiento contra sus enemiil
. gos de Buenos Aires. Encomendó la idea a su agente González: “Esta obra en
favor de algunos pobres, hace mucho que la tengo pensada, y si ha estado del
morada es tan sólo por lafaita de tiempo para poderla hacer yo personalities
te. ”1MInstruyó a González para que difundiera la noticia por todo el campo de]
que “yo le he-encargado que todos los paisanos pobres que han servido en 1|
restauración, o a sus padres o viudas o madres, que na tengan dónde poblar!
' se ”. Sus nombres debían colocarse en una lista; de inmediato recibirían unj
posición en la comunidad y tierras cuando Rosas regresara de la Campaña!
-del Desierto. La operación total no era tanto un ejercicio de reforma agraria!
como de propaganda y movilización política. Los colonos más pobres no erarf
normalmente objeto de una sostenida atención de parte de Rosas; en realij
dad. desde un comienzo había emitido las más severas prohibiciones contra!
los colonos usurpadores o intrusos en sus prop i aati erras.iíJSY aunque lo huhíel
ra deseado, no habría sido fácil modificar la estructura social del campo. |
CAPÍTULO m
Patrón y peón
La estructura de la sociedad era simple y su escala pequeña. La Argentina,
tan llena de ganado vacuno, estaba vacía de gente, y hastala década de 1850 la
densidad de su población no era mucho m ás que de un habitante porcada dos y
medio kilómetros cuadrados. Además, la población tenia tendencia a la extre­
mada concentración, y más de un tercio del total se encontraba en Buenos Ai­
res y Córdoba. No obstante, la Argentina experimentó un considerable creci­
miento demográfico en el medio siglo que siguió a la independencia, como lo
■muestran las estadísticas oficiales.
TABLA5
Crecimiento de la población, Argentina 1800-1869
Año
Total
1800
1816
1825
1857
1869
300.000
507.951
570.000
1.180.000
1.736.923
Puente:. Maeder, E v o l u c i ó n
d e m o g r á fic a ,
22-6,
E! salto entre 1825 y 185? se puede completar con las estimaciones de Die­
go de la Fuente, director del primer censo de la Argentina (1869), quien esta­
blece un total de setecientos sesenta y ocho-mil para 1839, y novecientos trein­
ta y cinco mil habitantes para 1849.1 Én los treinta y dos años transcurridos
entre 1825 y 1857, casi coincidentes con los gobiernos de Rosas, la población de
93
la: Argentina, en términos globales, se duplicó a sí misma. El crecimiento sí
debió esencialmente a una caída en i a tasa de mortalidad, en un período óf
mejoramiento de las condiciones de vida y liberación de las más graves epide
mías. Sólo hubo con Rosas una inmigración moderada, aunque durante los
años comprendidos entre los bloqueos, o después de ellos. llegó a Buenos Aires
un cierto número de vascos, franceses, gente d élas Islas Canarias, italianos e
ingleses,
=
El aumento de población más notable fue registrado en las provincias deí
litoral, cuya participación en el total pasó del treinta y seis por ciento en 1800;;
ai-cuarenta y ocho con ocho décimos en 1869. Buenos Aíres creció con Rosas*
pero no espectacularmente, y los historiadores del período se refieren a una!
muy pequeña comunidad. El mismo Rosas ordenó un censo de la provincia er¡|
1836; se cumplió exitosamente y dio una población de sesenta y dos mil dos-j
cientos veintiocho habitantes para la ciudad, y ochenta mil setecientos veinti-j
nueve para el campo, con un total de ciento cuarenta y dos mil novecientos!
cincuenta y siete.
.
j
TABLA 6
Provincia de Buenos Aires, Población 1797-1869
i
Año
Ciudad
Campo
Total
1797
1822
1836
1855
1869
40.000
55.416
62.228
90.076
177.787
32.168.
62.230
80.729
183.861
317.320
72.168
118.646
142.957
273.937
495.107
Fuente: M aeder, 33-4.
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1
1
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Las cifras muestrán que el campo compensaba de manera constante el]
equilibrio demográfico, ya que el ganado y la cría de ovejas atraían cantida- j
des crecientes hacia el sector rural. Las cifras oficiales sobre viviendas en l
Buenos Aires reflejan las principales interrupciones de la actividad económ l-1
ca, es decir, guerras civiles y bloqueos, pero no el crecimiento característico i
de una ciudad dinámica.
\
La estructura social estaba basada en la tierra; la gran estancia era la 1
que confería status y poder. Entre las aproximadamente ochenta personas I
que fueron miembros de la Sala de Representantes entre 1835 y 1852. la asam- ;
blea que votó a Rosas para el poder y continuó votándolo, la mayoría (sesenta :
por ciento) eran terratenientes o tenían ocupaciones relacionadas con la tie- ;
rra. También el gobierno estaba dominado por terratenientes. El más cerca- ;
no consejero político de Rosas, Nicolás Anehorena, era el terrateniente más ;
grande de la provincia :■en 1852 había acumulado trescientas seis leguas cua- ;
adradas (setecientas sesenta y-cinco mil hectáreas). Juan N. Terrero, asesor
| económico 'de Rosas, poseía cuarenta y dos leguas cuadradas (ciento cinco
I mil hectáreas). y dejó una fortuna de cincuenta y tres millones de pesos. Aa:
| «el Pacheco, general de Rosas, tenía setenta y cinco leguas cuadradas. Félix
| Álzaga, destacarla personalidad en asuntos políticos y económicos, tenia cienI to treinta y dos leguas cuadradas (trescientas treinta mil hectáreas), Tam| bien Vicente López, poeta, diputado y presidente de la alta corte, era propietaf rio de doce leguas cuadradas (treinta mil hectáreas). Y éstos son sólo unos po| eos ejemplos.2 Naturalmente, en un nivel local ei poder residía solamente en
i las tierras, y en el campo los terratenientes dominaban absolutamente todo.
¡ Los estancieros o sus protegidos eran quienes decidían ios nombramientos de
I las autoridades locales, tales como los jueces de paz y los comandantes mili[ tares. A menudo eran analfabetos y. por lo general, poco educados, pero poÜseían las calificaciones esenciales de la propiedad de tierras y la lealtad hacia
j Rosas y el federalismo. Por lo tanto, el gobierno de Rosas vio la creación de
| una clase dirigente primitiva en el campo, virtualmente coincidente con la
¡ ciase local propietaria de tierras; sus miembros comenzaron sirviendo a Ro[ sas. pero los gobiernos siguientes también los consideraron indispensables.i Tenían demasiados intereses en el país como para mantenerse alejados
í de la función publica o de la política. En la inauguración del gobierno de
; Rosas, en la Sala de Representantes, Felipe Arana expresó la identidad de
intereses entre clase y Estado: “Si el orden y el bienestar de la provincia de­
penden de la ejecución de las Leyes Patrias: que sea, señor, desempeñado por
los que le profesan amor y que ligados a ella por vínculos y relaciones podero­
sas hallan su interés personal en la utilidad publica”.3 La polarización de la
sociedad era absoluta. Había una clase alta, de los terratenientes y sus aso­
ciados ; y una d a se baja, que comprendía al resto de la población. También se
encontraban algunas ambigüedades, es cierto, y algunos márgenes sociales
no estaban del todo claros. Tanto antes como después de la declaración de la
Independencia, el comercio era económicamente importante y socialmente
respetable. En el mundo hispánico, ei comercio al por mayor nunca había sido
barrera para el status social, y en el Río de la Plata hasta el comercio minoris­
ta era aceptable. Había muchos comercios situados ene! centro de Buenos Ai­
res. A 1c large ae las calles Peni, Victoria y Buen Orden se encontraban los
principales comerciantes, que vendían directamente al público y también al
por mayor, y eran dueños de los edificios donde funcionaban sus negocios.
Eran los Medina, Carranza, Terrero. Anchorena..Beigrano, Frías. Lozano y
Quesada, antepasados de algunas de las familias más importantes de la Ar­
gentina. Pero la élite urbana de principios del siglo xix no adquirió iden­
tidad separada ni se convirtió en clase media independiente. Enfrentados
a una constante competencia británica durante los años siguientes a la inde­
pendencia, los comerciantes locales empezaron a derivar sus capitales hacia
la tierra y, sin abandonar sus ocupaciones en la ciudad, se transformaron en
estancieros y se identificaron con una nueva aristocracia. No había otros que
95
llenaran los niveles medios. Fueron los extranjeros quienes terminaron por i
■ejercer las funciones empresariales. Especialmente los capitalistas y hom -|
bres de negocios británicos dominaron pronto las actividades comerciales,'!'
mientras que los inmigrantes europeos se dedicaban a las ocupaciones arte J
sánales. Estos-grupos tenían tendencia a mantenerse fuera de la estructura l
social local, aunque constituían parte significativa de la población. Cuando fi-J
nalizaba la década de 1840, el ministro británico informó que “casi la mitad def
los comerciantes del país son extranjeros y una proporción aun mayor es la dej
los artesanos de todas las clases, que provienen en abundancia de todos lo sf
rincones de Europa."'- Sus equivalentes locales sobrevivieron, por supuesto;'i
ios industriales, o manufactureros, eran plateros, ferreteros, carpinteros, •
pero en nivel de artesanía-más que en el sentido moderno que caracteriza a un
industrial. Ai igual que a los comerciantes, se los puede encontrar en los regis- .
tros de la contribución directa, y también ellos eran con frecuencia dueños d e:
los edificios donde operaban. Pero, mientras que desde el punto de vista so cia l:
los comerciantes locales se movieron hacia arriba entrando en la aristocracia
terrateniente, los artesanos y manufactureros se mezclaron de manera in-:
confundible con los sectores bajos, marcados por sus ocupaciones manuales'
que muchas veces eran desempeñadas por gente de color.
Si había pocas probabilidades de que existiera una d a se media en las ciu-'
hades, menos aún las había de que surgiera en el campo, donde un profundo
abismo separaba al propietario de tierras del peón que no las poseía. Es ver-dad que existía un grupo considerable, tal vez un tercio de la población rural:
de la provincia, que no trabajaba directamente en la tierra sino-que habían'
encontrado empleo como comerciantes, artesanos, soldados o que se compla­
cían en el .desempleo. Pero éstos fueron arrastrados por la polarización pre­
valeciente. William MacCann no dudaba de que la sociedad rural estaba mar­
cadamente dividida: “No hay hasta ahora una clase media: Los dueños de lastierras donde se crían inmensos rebaños de ovejas y vacas forman una clase, ■
■
sus puesteros y pastores forman otra. ”5 MacCann creyó que ios colonos inmi­
grantes estaban empezando a formar una d a se intermedia de pequeños cria­
dores de ovejas, una variante de los pequeños propietarios rurales de Inglate­
rra. Pero esta posibilidad se cumplió sólo parcialmente v. en muchos casos los
primeros inmigrantes se retiraron o fueron absorbidos,.después de una o los
generaciones, por ía clase de los estancieros.
La homogeneidad de esta d a se no era absoluta. Así como no todos ios co­
merciantes eran plebeyos, tampoco todos los estancieros eran grandes terra- I
tenientes, indudablemente, algunos poseían concentraciones de tierras real- i
mente inmensas, pero había otros cuyas estancias eran relativamente mo- j
destas. Los primeros eran a menudo capitalistas de origen urbano, con cierta i
educación y aspiraciones para obtener mejores niveles de vida. En cuanto a
los segundos, era más probable que proviniesen de generaciones de poblado­
res del campo, y no se habían apartado mucho culturalmente de los gauchos
Sí
que ios rodeaban,'analfabetos, indiferentes a las comodidades materiales y
poco inclinados a mejorar.
Los dueños de la tie rra se pueden dividir en dos clases: los que desear adoptar cos­
tum bres europeas, y ios que prefieren las propias. La segunda de estas clases vive exac­
tam ente en la m ism a form a en que lo hace el trabajador: aunque el patrón puede se r due­
ño de una o m ás teguas de iierra"ss, en cuanto a costum bres y sentimientos, la contrapar­
te de su p u estero: la única diferencia notable es que uno tiene más dinero para el juego y
va m ejor m ontado que el otro. Los que están deseosos de h acerse europeos en sus costum ­
bres —IqUE form an ú.n sector grande y en aum ento— son aquellos que, por así quererlo o
accidentalm ente, se han puesto en contacto con los extranjeros de Buenos Aires. Regre­
san al cam po con ei deseo de m ejorar sus propiedades y , en la m edida de lo posible, adop­
tan las comodidades de la vida civilizada*
La diferencia entre las dos mentalidades no era exclusivamente resultan-*
te de la riqueza. Estaba también determinada por los niveles culturales y las
expectativas sociales. Sarmiento la definió en términos de civilización o bar­
barie, y parecería que MacCann conocía este concepto. En sus viajes a través
de las pampas conoció1ambos tipos, primero el estanciero rico,"que vivía en
una casa primitiva, se vestía como un gaucho, tenía un gallo de riña debajo de
la cama, espuelas y estribos en la pared; comía solamente carne vacuna, y lo
hacía en el suelo. Muy cerca vivía otro estanciero, no más rico que el primero
pero con aspiraciones a cosas mejores; tenía una casa con buenos muebles, le
servían las comidas con gusto y buenos vinos y frutas; aplicaba también ma­
yores capitales y esfuerzos para dirigir su estancia, y sus perspectivas eran
muy "buenas. Uno “deseaba ser civilizado'". ei otro “vivía en un estado de rela­
tivo barbarismo. ”7 Estaban ya generalizándose las ropas europeas, y las cla­
ses superiores no seguían divirtiéndose si un extranjero adoptaba vestiduras
de gaucho.
No-hay duda de que la civilización a menudo coincidía con ei capital, pero
no invariablemente. MacCann fue a comprar caballos a una estancia, un veci­
no del excelente establecimiento Taylor. La casa era primitiva, poco más que
un rancho construido con cañas y barro, 3as paredes apenas alcanzaban a dos
metros de altura, el techo de paja y juncos. Sólo tenia dos cuartos y en ninguno
de ellos había ventanas, pero la puerta estaba bien colocada, con bisagras he­
chas en Gran Bretaña. En esa pequeña casa vivían el dueño y su mujer, varias
bijas y nueras, vires jóvenes hijos, todos ellos vestidos con artículos de manu­
factura británica. “El señor de esta hacienda era. un buen, ejemplo de su d a se
entre los nativos: aunque la erección de su vivienda y todo el moblaje que con­
tenía costaba menos de treinta libras, era dueño de una propiedad tal que en
cualquier momento podía tener un valor no inferior a tres mil libras esterli­
nas."e
W. H. Hudson recordaba a algunos pequeños estancieros de su vecindad,
“una clase de terratenientes y criadores de ganado que se encontraban enton­
ces en decadencia y probablemente en rápida desaparición" .9 Una anciana
mujer, doña Pascuala, era la primera, y a la cual nunca vio él sin un ci­
97
garro en la boca; otro eraBarboza, un. verdadero cacique, enorme;feroz, con
ojos de águila, negra barba, hábil con el facón gaucho; un inglés, educado
pero poco práctico, antítesis de muchos exitosos inmigrantes británicos que
seguían aún conscientes de sus humildes orígenes en su propio país y se
mantenían al margen de la sociedad local; don Gregorio Gándara, criador de
caballos, que sólo se dedicaba a. animales manchados; don Anastasio Bueñavida, un solterón de mediana edad que se vestía magníficamente al estilo gau­
cho y usaba risos simétricos que le caían hasta los hombros, el último de una
larga lista de estancieros que alguna vez habían sido'ricos en tierras y en ga­
nado, pero.reducidos en ese momento a una vida de subsistencia, rodeados de
pobres relaciones; por último, inevitablemente, uno de los muchos patriarcas
de las pampas, don Evaristo, un viejo gaucho estanciero, dueño de tierras, ga­
nado, muchos caballos y seis esposas.
Sin embargo, a pesar de las diferencias de ingresos, cultura y éstüG.sociai, los estancieros eran como uno, comparados con los peones de sus estan­
cias y los gauchos de las pampas, y tenían entre ellos mucho más en común
que con eí resto de la sociedad. Había una gran cohesión de grupo y solidari­
dad entre los miembros de la clase terrateniente. El mismo Rosas era el cen­
tro de un numeroso grupo cuya afinidad se basaba en la tierra. Estaba rodea­
do por una estrecha red económica y política, diputados confiables, oficiales
ce justicia, funcionarios y militares, que también eran terratenientes y esta-,
ban relacionados entre ellos o con'Rosas. Aun cuando no estaba en el poder y"
se hallaba lejos de Buenos Aires, tenía considerable influencia política “a tra­
vés de los oficios de ciertos coadjutores que residían allí, es decir: en todos los
asuntos concernientes al departamento de gobierno, a través del general ■
Mansilla, jefe de policía; en los relativos ai departamento de finanzas, me­
diante don Nicolás Anchorena; y en los de relaciones exteriores a. través de
don Tomás Anchorena.'”0 Los tres hermanos Anchorena, Juan José Cristó­
b a l Mariano Nicolás, y Tomás Manuel, eran primos de é l; ellos también es­
taban conectados ventajosamente y se habían vinculado por casamiento con
prestigiosas familias de Buenos Aires. Felipe Arana, ministro de relaciones
exteriores desde 1835 hasta 1852, era pariente lejano dé Rosas, cuñado de Ni­
colás Anchorena y, en política, un dócil instrumento de la familia. Los Ezeurra eran parientes cercanos de R osas; Lucio N. Mansilla. jefe de policía, era
su cuñado; y para servicios en la provincia tenía a sus propios hermanos., Ger­
vasio y Prudencio. Rosas usó su amplio patronazgo para unir esta pequeña oli­
garquía aun más estrechamente. Los Anchorena,.en .particular, pudieron ex­
pandir sus propiedades rurales y urbanas gracias a-su ayuda directa, obte­
niendo beneficios por sus pretendidos servicios al Estado. Más tarde, Prosas
declaró que, como gobernador, había promovido sus intereses y engrosado in­
mensamente su fortuna: “No era solamente el precio de esos servicios como
encargado de sus estancias lo que m e debían. Entré y seguí por ellos, y por
servirlos, en la vida pública. Durante ella-los serví.con notoria preferencia en
■todo cuanto me pidieron, v en todo cuanto me necesitaron. Esas tierras que
QS
tienen, en .tan grande escala por mí se hicieron de ellas, comprándolas a pre-cios muy moderados. Hoy valen machos millones lo que entonces comprar oí
por unos pocos m iles1’.11 Estas palabras fueron escritas en e l exilio y repre
sentaban los reclamos de un hombre amargado, pero no están lejos de la ver
dad. Tomás de Anehorena agradeció una ve2 a Rosas, en 1846, por haber ex
cepi.uado a su hijo del servicio militar que lo habría expuesto al populacho
“el verlo rozándose en el cuartel con gente oscura, sin-ninguna educación ;
cargada de vicios, sería una fatalidad que sin duda alguna abreviaría los día;
CÍB m i YlGcl ,
Y el mismo Rosas admitió que había exceptuado deliberadamente a las estar
cías de los Anehorena de las exigencias del Estado para obtener peone;
ganado vacuno y caballos, “distinción y privilegio que era en esos tiempos á
muchísimo valor para ellos, en sus estancias, y en todos sus negocios en r
campo y en la ciudad”.
Eso no es más que la verdad.
La mentalidad de la clase de los estancieros era conservadora, y mucho
de ellos daban por sentado que la continuidad era mejor que el cambio. So
ideas sociales y, en muchos casos, políticas traicionaban una afinidad básic
con el orden colonial; para muchos de ellos los años anteriores a 1810 había
sido ciertamente una época de ore, durante la cual, en condiciones monópól
cas, sus familias habían hecho sus primeras fortunas. Tomás de Anchores
era uno de ellos, aunque sin duda ubicado en un extremo. Amigo, pariente
socio de Rosas, no perdía oportunidad para alabar el pasado y censurar lasú
novaciones. Su hostilidad hacia las influencias extranjeras llegaba a la xen¡
fobia. En la Sala de Representantes , en 1828, habló impetuosamente contr
“esa plaga de extranjeros corrompidos que infesta nuestra campaña”, decl;
rando que el campo había hecho más progresos antes de las invasiones ingi
sas al Río de la Plata en 1806 que después, y que Rivadavia había.permitido"
ingreso de demasiados inmigrantes.12 Continuó afirmando que había una i
nata superioridad en la generación prerrevolucionaría: “En cuanto a la ilu
tración, yo observo, y nadie lo negará, que generalmente los hombres de m;
capacidad y crédito que hay en el país, son los que se formaron antes de la r
volución y los que éstos han formado después bajo el método antiguo en esb
días”.
Los hombres como él se oponían a la más mínima modificación de la e
tructura social colonial. Tomás de Anehorena era un rígido opositor a las pe
turbaciones sociales y a la subversión, y un crítico constante déla.anarquía
la inseguridad en el campo, aunque hasta él mismo debía admitir, en su de
preciativo lenguaje, que existía en el cámpo un orden que no había sido car
biado: “La rusticidad de nuestra gente vulgar, y de la. camp aña, no. es tan ch
cante que la de igual clase en Europa. Aunque carecen de-maneras es genen
mente dócil, afable,1desinteresada, cortés, hospitalaria y humana”.13
Los puntos de vista de Tomás de Anehorena eran demasiado exagerad
aun para muchos de sus “elitistas” contemporáneos, pero su influencia sob
Rosas fue considerable, En una de las conferencias preliminares de los fede­
rales para la Liga del Litoral, en 1830, Rosas, después de agotar sus argumen­
tos contra Pedro Ferré, el representante de Corrientes, “presentó una carta
de su primo don Tomás de Anchorena, diciéndo'ie que para él era un oráculo,
pues lo consideraba infalible. ”14 Mansilla no dudaba de la autoridad de An­
chorena sobre Rosas: “Sólo un hombre, un Anchorena. tuvo verdadera in­
fluencia sobre él. Y por cierto no fue nada benéfica para ei país, aunque el que
la ejercitaba fuera persona de bien en la acepción lata. Pero pertenecía al
grupo de hacendados cuya gran profiláctica consistía en recetar un gobierno
“fuerte7’.1- Rosas se describía a sí mismo como apartado de los intereses de
ciase, un honesto hombre de campo llamado para restaurar las leyes: “Juan
Manuel de Rosas es un hombre de bien, un labrador honrado, amigo de las le­
y es y. de la felicidad de su país. Tiene en él una fortuna arraigada, esposa, hi­
jos, padres, hermanos. Treinta y cinco años de edad que los más ha pasado en
el retiro de una vida obscura que es lo más acomodable a su temperamen­
to ,”16Por otra parte, expresó una solidaridad social con su cíase que hasta lle­
gó a abrazar a sus enemigos políticos:
“Me dice V que ios Unitarios propietarios, los que figuraron en tiempo de Rivadavia,
son los que más abogan por k marcha de mi administración, y por mis amigos, sin que
hasta, ahora se sepa de uno solo qué esté con los Anarquistas. No io extraño: .siempre creí:
que si me aereaban algún día no habí an de ser esos. Yo he notado durante mi administra­
ción buena conducta, y juicio en muchos de esos hombres. Por eso no solo no los he perse­
guido sino que los he tratado siempre dándole a cada uno su verdadero lugar según su ca­
tegoría. Veía también la escasez que tiene ei país de hombres, y mirando muy lejos cono­
cía la necesidad deque ei tiempo fuese dándonos algunos hombres mas, de luces y de res­
ponsabilidad propietarios, para el Congreso-Nacional: que teníamos esa necesidad ya se
vio cuando nombre a Alvear de Ministro para Norte America... Por otra parte creía con­
veniente acostum brar la gente a m irar siempre con respecto a las primeras categorías
del país aun cuando sus opiniones fuesen diferentes a las dominantes. De aquí la razón
por que como todos mis castigos eran reducidos a los eachaíases, reboltosos, a toda esa
panduta de oficiales y Gefes aspirantes a quienes siempre he creido que se deben casti­
gar con severidad y sin indulgencia ” ,37
. . Rosas era un hombre de instinto conservador, una criatura de la sociedad
colonial en la que se había formado, defensor déla autoridad y la jerarquía. A
pesar de su abierto populismo, estaba en favor de la conservación de la es­
tructura social tradicional en su integridad. Su pensamiento político no era
profundo, pero sí consis tente. Su modelo favorito parece haber sido la monar­
quía absoluta del viejo régimen, y su gran aversión el espíritu revolucionario.
Se oponía al cambio en la Argentina, y lo aborreció en Europa, Después de
1852 sólo pudo observar los hechos de la historia contemporánea con pesimis­
mo e impotencia. En 1871, horrorizado por los avances de la democracia, es­
cribió desde Southampton: “Cuando hasta en las clases vulgares desapare­
cen cada día más el respeto al orden, a las leyes y el temor alas penas eternas,
solamente los poderes extraordinarios son los únicos capaces de hacer respe-
100
■I
tar los mandamientos de Dios, las leyes, el capital, y a sus poseedores’5.18E s­
tos son, sin duda, los puntos de vista de una conservadora edad avanzada, in­
fluidos tanto por las convulsiones en Europa como por los cambios en la Ar­
gentina, pero resumen también la filosofía de toda una vida.
Sin embargo, Rosas conservó el orden social heredado, lo reforzó y lo en­
tregó intacto. Había una innata propensión aristocrática en la sociedad ar­
gentina, una amalgama. de los valores hispánicos y la nueva prosperidad, que
sobrevivió a la caída de Rosas. Su amigo, José María Rojas, describía algu­
nas de sus características en 1882;
“Buenos Aires es el país de ias ideas más aristocráticas que cualquiera otro de la
América antes española.’. Se encuentran sus descendientes ¡délos conquistadores], aun
en las últimas clases, pobres pero orgullosos de su origen. En Santa Fe be conocido va­
rios jóvenes llenos de miseria, por no querer trabajar en oficios mecánicos, a causa de te­
nerse por nobles.
”Ys se ve, una gran parte de esa aristocracia es de dinero, la peor de todas. En un
país nuevo salen las fortunas del estiércol, como los hongos: muchos son venenosos y su
influencia deletérea contagia el cuerpo. Hablando un día con Mr. Parish sobre la dificul­
tad de gobernar un país tan heterogéneo como el nuestro, me dijo: “Esa dificultad será
cada día mayor” .
“Estaba yo mirando salir un cuerpo de gente pobre para Cepeda: los compadecía di­
ciendo que me afligía ver conducir hombres ai matadero, sin saber ellos por qué iban. Un
joven conocido que me oía, dijo: “Déjelos usted que vayan a morir. ¿Para qué sirve toda
ésa chusma?” ;A este punto se ha barbarizado la juventud!19
Si la Argentina estaba dividida en terratenientes y otros, ¿quiénes eran
los otros?
Al término dei período colonial, las pampas estaban habitadas por gana­
do salvaje, indios de frontera y gauchos indómitos. El gaucho era un producto
de la mezcla de razas; ¡os componentes han sido discutidos, pero no hay duda
de que había tres razas en el litoral, indios, blancos y negros. Según una muy
simple definición, el gaucho era un hombre líbre a caballo. Pero ei término
fue usado por contemporáneos y posteriores historiadores en un sentido am­
plio para caracterizar a la gente de campo en general. Sin embargo, muchos
pobladores del campo ño eran gauchos ni peones; eran fam ilias independien­
tes que vivían en pequeños ranchos o granjas, o que se ganaban la vida en una
pulpería o una población,20 Una precisión mayor permitiría.distinguir entre
ios pobladores rurales sedentarios, que trabajaban la tierra para ellos mis­
mos o para su patrón, y el gaucho puro, nómada e independiente, sin ataduras
a ningún establecimiento. Y una mayor exactitud de los términos haría posi­
ble identificar al gaucho malo , que vivía de la violencia y rayano a la delin­
cuencia y a quien el Estado veía como un delincuente. Sarmiento estableció su
propia tipología: el Rastreador, el Baquiano, el Cantor, el Gaucho malo. Pero
tanto el bueno como el malo, sin embargo, el gaucho clásico afirmaba su liber­
tad de todas las instituciones form ales; era indiferente al gobierno y sus agen­
tes, indiferente a la religión y a la iglesia. Para el gaucho, la marginalídad so­
cial era tanto un deseo como una condición. Como observó Sarmiento, “es fe101
Hr en medio de su. pobreza i de sus privaciones”, porque lo que más valoraba
era la ociosidad y i a independencia.21 No ambicionaba tierras; vivía cazando,
jugando y peleando. Félix de Azara dio una ilustrada opinión'española del
gaucho:
•
\
y
y
‘‘Esos hombres errantes que corres tras de ios ganados, y que persiguen bestias ai- ■
sadas en los desiertos no tienen la más minim a noción de regla. ni de medida para nada; . \
habituados a la completa independencia, no aman la sociedad que. no conocen, ignoran - [
las más elementales comodidades, carecen de toda instrucción y no saben obedecer 1 ■[
Acostumbrados desde ss infancia a degollar animales, les parece natural hacer lo mismo |
con ios hombres; la muerte les es indiferente.”|
La violencia prevalecía en las pampas. La única expresión del Estado era
esporádica, alguna expedición o una patrulla militar enviada para sofocar determinado desorden. Pero la población gaucha vivía en el desorden y la más
mínima pérdida de control por parte de Buenos Aires invitaba a la insubordinación. Las invasiones inglesas de 1806 y 180? brindaron tal ocasión, cuando la
huida del virrey aumentó el desprecio que sentían por la autoridad tanto los
gauchos como la milicia, La noticia del éxito británico llegó a Fuerte Meiineué el 9 de julio de 1806. Se oyó gritar a los milicianos: “ya no había Rey ni jeíes. Se puso tan insolente este pueblo que ya ninguno quería obedecer al comandante... No cabe en los límites del atrevimiento, la osadía de estos habí-i
tan tes”.2:La imagen del gaucho, en parte heroica, en parle trágica y en parte cómica, ha pasado a integrar el folklore. La realidad fue sin duda más cruda que
las imitaciones posteriores.24 Con su cara ennegrecida por la intemperie y e)
largo pelo enmarañado que le llegaba hasta los hombros y se mezclaba con la
barba, tenía un aspecto más temible que pintoresco. Vestía largos y amplios
calzoncillos de algodón y una prenda llamada chiripá, en lugar de pantalones,
ceñida alrededor de la cintura, además de camisa y poncho. Usaba un einturon de cuero con el que sujetaba el largo cuchillo gaucho, un pañuelo de color
en la cabeza y un sombrero de fieltro con el que completaba $u atuendo. míentras que un cuero curtido de anca dé potro le proporcionaba el material para
sus botas. El gaucho era un hombre sufrido con respecto al hambre, la sed y la
intemperie. Difícilmente tomaba algún alimento que no mera la carne vacuna. el',asado, y como la gente pobre del campo, en general, no comía pan ni
verduras ni bebía leche, mientras que sus lujos eran siempre el mate y los cigárrulos, Su coma era ei recado (parte déla montura) extendido en el suelo,
sus mantas eran el poncho y el resto de surecado. Nacía para el caballo y pa~
saba montado la mayor parte de su vida, aunque no demostraba sentimiento
alguno hacia el animal, al que urgía sin medica con sus enormes espuelas de
hierro, cuyas estrellas teman más de siete centímetros de diámetro; si el cabailo caía, lo abandonaba al os cóndores y luego enlazaba y montaba otro animal. El gaucho era experto con elflazo y las boleadoras., y no necesitaba otra
ayuda para capturar ganado vacuno, caballos y otros animales. El lazo, pro-
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bablemente. derivado del indio sudamericano, tenía poco menos de veinte me­
tros de largo, estaba hecho con cuero crudo, de una sola pieza y con una anilla
de hierro en uñ extremo par a formar el lazo corredizo. Otra forma de atrapar
animales —y hombres— era mediante las boleadoras, tres bolas de piedra
aseguradas en los extremos de correas, que lanzaba el jinete desde su caballo,
a una distancia de setenta u ochenta metros, hacia las patas traseras de los
animales en las que se envolvían y las trababan.- Éstas, además del cuchillo,
eran las armas del gaucho y.también sus herramientas; armas usadas en
crueles peleas con los rivales y enemigos, a menudo en pfcnrimidades de las
pulperías, dónete ia bebida, el juego y las cuestiones dehonor eran pronto cau­
santes de violencia. En las pampas, el gaucho vivía a sus anchas con el am­
biente, con su desarrollado instinto hacía todo lo que lo rodeaba, su rapidez de
visión y la economía de movimientos heredados de generaciones de jinetes,
pero esas condiciones eran virtuaimeníe inutile-' sin su caballo: lento sobre
sus píes, incapaz de realizar labores manuales o esfuerzos continuos y, según
cierto estanciero inglés “aun tediosamente Lenta para ensillar su caballo” 25
Los gauchos decían que est- ¡ sin eubf do era como estar sin pies. Hasta eran
incapaces de cavar o mantener un pozo, tan esencial para dar de beber al ga­
nado, y jamás intentaban arar, cosechar, hacer zanjas o cuidar un jardín..
El nomadismo del gaucho tenía muchas consecuencias sociales. Le impe­
día cualquier trabado u ocupación fija. La propiedad, la industria, la tierra, lavivienda, eran todos conceptos extraños. Y así era también la familia del gau­
cho. El sector superior disfrutaba de una gran estabilidad familiar y se forta­
lecía con los lazos de parentesco. En el otro extremo, ei sector más bajo era
mucho más débil institucionalmente. Esto era en parte una división urbanorural entre dos culturas; pero era también una característica de la estructura
social. Sin embargo,-ya sea que la interpretemos en términos de ciudad y
campo, civilización y barbarie, o hacendado y trabajador, la diferencia en
ei grado de estabilidad familiar era una característica fundamental de la so­
ciedad argentina. -Había mucha promiscuidad en las pampas, y Azara pensa­
ba que muchas de las hijas de las familias más pobres eran usadas para pro­
porcionar comodidad a ios gauchos, y en raros casos conservaban su virgini­
dad más allá de los ocho años.28 Las uniones, entre los gauchos y los peones,
eran temporarias y las familias resultantes sólo se. mantenían débilmente
vinculadas. “El casamiento es un acuerdo casi desconocido entre las clases
más bajas''. escribió Charles Mansfield, refiriéndose a Corrientes; “entre los
pobres, de cincuenta mujeres, aproximadamente, una sola está casada.”27
Otro tanto era cierto conrespecto a Buenos Aires. El casamiento era la excep­
ción, y el núcleo de la familia rural estaba formado por la madre soltera, úni­
ca permanente de los dos padres. Aunque el padre no fuera propenso al noma­
dismo del gaucho, no disponía generalmente de los recursos económicos para
sostener un grupo fam illaren el lugar; tenía que vender su trabajo donde pu­
diera o. de lo contrario, lo. reclutaban para el ejército o los montoneros La fal­
ta de domestxcidad signixicóique los gauchos no se propagaron como grupo fa­
los
■miliar ni preservaron su identidad'a través de varias generaciones. Las con­
diciones íes eran adversas, ya que se encontraban arrojados a la deriva en las
llanuras, sin hogar y acosados. Los gauchos y la gente del pueblo, en general,
eran víctim as de la política del gobierno y de la nueva economía:
Eran víctimas de las levas trimestrales para la guerra irregular, y no tenían incentivos
para eí trabajo estable y hü podían, de hecho, e n r a l z a r s e . Eran acosados en todo momen­
to y por todos los partidos, debían luchar o huir, desbandarse o ser desbandados, aunque
■sólo para ser capturados de nuevo: sin nadie con quien compartir un hogar, sin hogar que
compartir, obligados a vagar, carecían de pertenencias y no se propagaban. bDe que les ser­
viría form ar hogares o crear poblados en tanto las partidas de presa los acechan y deben
esconderse y agazaparse como ciervos acosados entre los densos matorrales y ios cam­
pos de cardos ?s£
Latham escribía en la década de i860, pero su descripción del ambiente
del gaucho, con la ley de leva, el servicio militar y la caza de los proscritos, es
también válida para el régimen de Rosas. El hombre pobre del campo, el
peón, el gaucho, cualquiera fuese su clasificación, había estado sujeto desde
mucho tiempo atrás a un orden severo e inhumano.
La clase dirigente en las zonas rurales había impuesto tradicionalmente
un sistem a de coerción sobre la gente a quienes ellos veían como mozos vagos
y mal entretenidos, vagabundos sin empleador ni ocupación, perezosos que se
sentaban en grupos tocando la guitarra y cantando, tomando mate y jugando,
pero, según parecía, nunca trabajando. Esta d ase fue considerada como una
fuerza laboral en potencia y. por lo tanto, sujeta a toda clase de obligaciones y
controles por los propietarios de las tierras —expediciones punitivas, prisión,
conscripción para la frontera cotilos indios, castigos corporales y otras pena­
lidades—. Los infortunados podían escapar al otro lado de la frontera, huyendo
■del crimen y la adversidad para convertirse en un gaucho alzado : pero vivir
entre los indios era el peor estigma posible pues significaba la pérdida de su
condición de hombre blanco, la delincuencia y la apostasía, Sin duda había
mucha ilegalidad crónica en el campo, y un elemento delictivo identificare:
robo de estancias, asesinato, juego en las pulperías, venta ilícita de cueros y
otros productos, viajes sin permiso, que no eran inventados por las autorida­
des y ocurrían con gran regularidad. Más allá de esto, sin embargo, la legisla­
ción procuraba identificar a los vagos y mal entretenidos como una d a se de­
lincuente por definición, y a la vagancia en sí misma como un delito.29 Ser po­
bre, desocupado, ocioso y carecer de propiedades era presunción en favor de
que se tratara de un vago y mal entretenido y, en la práctica, equivalía a ser
un gaucho. “Las leyes contra vagos y mal entretenidos, parecieran haber sido
dictadas por los hacendados cuyas propiedades necesitaban estar protegidas
en los parajes más apartados y difíciles de ser sometidos a custodia; por lo
que todo hombre sin bienes raíces y sin ocupación que transitara por sus tie­
rras, era un delincuente que ponía en peligro la integridad de la hacienda.”30
El primer propósito de la legislación antivagancia, en consecuencia, era im­
104
poner la ley y el orden en el campo; el segundo consistía en poner una fuente
laboral a disposición délos hacendados. el tercero proveer conscriptos para el
ejército. La milicia se transformó efectivamente en una prisión abierta, ha­
cia la cual arreaban por la fuerza a la parte más miserable de i a población ru­
ral. No puede caber en la imaginación más amplia que las milicias rurales
fueran formaciones espontáneas o fuerzas populares.
Los años posteriores a 1810 fueron para el gaucho mas duros que los ante­
riores. Durante el gobierno del régimen colonial, la existencia de costumbres
comunes en las pampas daba al gaucho libre y nómade acceso al ganado va­
cuno salvaje (cimarrones) en el campo abierto. Pero estas costumbres tradi­
cionales cesaron cuando se implantaron y poblaron las estancias y comenzó a
extenderse en las pampas la propiedad privada con la consiguiente apropia­
ción de todo el ganado vacuno. Entonces los terratenientes, con el apoyo deí
gobierno republicano, empezaron a impedir las actividades ilícitas de captu­
ra., sacrificio y comercio de cueros, y a defender sus tierras y ganado. Hubo
una lucha prolongada entre los hacendados y los gauchos. En tiempos de tur­
bulencia y guerra civil, la gente marginal del campo revivió las prácticas co­
munales del pasado y tomaron una vez más el ganado; pero cuando se resta­
blecía el orden, los hacendados reafirmaban sus derechos de propiedad. Esto
no significaba que ios cimarrones dejaran de vagar por el campo abierto, pero
en ese momento eran los peones de la estancia, y no los gauchos libres, quie­
nes se apropiaban del ganado salvaje y lo llevaban a sus patrones; de lo con­
trario, se lo consideraba robo.31
Mientras tanto, las propias guerras de la independencia tenían repercu­
siones sobre la población de gauchos. La rebelión de Buenos Aires contra Es­
paña dio ocasión para la rebeldía de las pampas contra Buenos Aires, lo que, a
su vez, condujo a una especie de contrainsurgencía. La Primera Junta, en
1810, comisionó al coronel Pedro Andrés García para inspeccionarlos fuertes
de la frontera, establecer las condiciones de la población rural y la posibilidad
de reunirla en aldeas. Su informe señalaba el estado de anarquía en que vivía
el campo. Su estimación era que, alrededor de un tercio de la población rural
estaba constituido por vagos ociosos y nóm ades; a éstos se unían delincuentes
y fugitivos de la le y ; otros se incorporaban a los indios como caudillos para or­
ganizar robos y ataques a las estancias. Encontró “impunidad de delitos, mul­
tiplicidad de malévolos, incivilidad, desorden délas poblaciones, ruina eindefensión de las campañas”,32El mismo gobierno era provocativo. Durante las
guerras de la independencia, las fuerzas combinadas del gobierno porteño,
los estancieros y los jueces de paz. reclutaban por la fuerza al gaucho para los
ejércitos revolucionarios. Todo hombre acusado o identificado como vago era
tomado sumariamente, si no para el ejército, para trabajos públicos. Mien­
tras que los negros formaban la infantería de los ejércitos revolucionarios, los
gauchos constituíanla caballería. Las patrullas militares barrían las pampas
reuniendo “voluntarios” para el servicio de fronteras, para el Ejército del
Norte y para la guerra contra el Brasil, Si los estancieros se quejaron fue por­
105
que estaban perdiendo, en determinado momento, más fuerza laboral que la
que podían soportar.33 Así se obligaba al gaucho a prestar servicios, con fre­
cuencia literalmente encadenado, en nombre de un sistema político y econó­
mico del que no recibía el menor beneficio. Nació un gran sentimiento de in­
justicia, cantado en los versos populares y más carde regístradopor José Her­
nández en su Martín Fierro :
Tiene une que soportar
el tratamiento más vil; ■
a palos en lo civil
y a sable en lo militar.
La estructura social del campo, suficientemente rígida bajo el régimen
colonial, se hizo aun más inflexible mediante la legislación republicana. Un
decreto del 30 de agosto de 1815 establecía que los habitantes rurales carentes
do “legitima propiedad” serían considerados como “de la clase de sirviente” ;
i mían que llevar con ellos un documento firmado por el estanciero para quien
trabajaban y por el juez del distrito, y renovado cada tres meses; cualquier
persona quemo tuviera ese documento sería tratada como vago, y quien se
trasladara por'el campo, aun en poder del documento pero sin permiso del
juez de paz. sería acusado de vagancia. Y en ese caso eran reclutados para el
ejército, en una primera ocasión por cinco años; si no eran aptos para el servi­
cio militar tenían que entrar al servicio de un patrón, primero por dos años, y
diez años cuando faltaban por segunda vez,34 Él sistema judicial existente de­
trás de todo esto era similar al del régimen colonial español; los hacendados
tenían jurisdicción para proceder sumariamente contra ios vagos, senten­
ciarlos y castigarlos, de acuerdo con el decreto de mayo de 1819. La adminis­
tración de Rivadavia, ilustrada en otros aspectos, tuvo poco que ofrecer a lá
población rural. En 1822 se describía a los vagos como “una d a se improducti­
va. gravosa, nociva a la moral pública e inductor a de inquietudes en el orden
sociar’.35 Se dio orden de que fueran incorporados al ejército o asignados a
trabajos públicos. Durante el año siguiente, la-administración expresó otra
vez su horror ante la pretendida ociosidad “que llega a tal extremo en los peo­
nes de la campaña que. por lo común, no sólo no los deja aspirar a mejorar su
fortuna, sino que los precipita hasta negar a sus patrones los trabajos de que
les son deudores ”. Por lo tanto, para asegurar y controlar su trabajo, la ley or­
denaba que los pobladores rurales llevaran con dios tarjetas de identidad y
certificados de .empleo, contrato de peones de campo, que certificaban la an­
tigüedad y el salario del conchabo (puesto); al peón que.se lo encontraba fue­
ra de su estancia sin permiso se lo incorporaba ai ejército por dos años o lo en­
viaban a.trabajar en obras públicas.®
La teoría que respaldaba toda esa legislación era que la ociosidad signifi­
caba vagancia, lo cual equivalía a delincuencia. Sin embargo, la explicación
básica consistía en que la concentración de .tierras impedía ala masa del pueblo.el acceso a las m ismas. mientras que la expansión de la estancia auménta­
los
ba la demanda de mano.de obra. El peón de campo estaba a sólo un paso de
distancia del vago y mal entretenido. La Ley Militar del 17 de diciembre de
1823. que asignaba los vagos al ejército, los definía como holgazanes sin ocu­
pación; aquellos que pasaban los días de trabajo jugando, bebiendo, corrien­
do carreras y en otras actividades sem ejantes; hijos que hablan abandonado
la obediencia a-sus padres; aquellos enviados a prisión por peleas con cuchi­
llo.3' Una ley posterior, del 19 de septiembre de 1824, admitía el mero testimo­
nio verbal de un juez de paz o un alcaide como prueba de que un hombre era un
vago, üna evidencia de este tipo podía mandarlo ai ejército por cuatro a seis
años, donde pasaría tal vez todo el tiempo'patrullando territorio infestado de
indios. En la frontera, hay que admitirlo, los talentos naturales de los pobla­
dores de la zona estaban en relación con los del enemigo, y eran apropiados
para las necesidades del ejército. Charles Darwin describió un grupo de sol­
dados gauchos a quienes encontró en la frontera sur en 1833, “extraños seres:
el primero, un apuesto joven negro; el segundo, mitad indio y mitad negro; y
los otros dos. de imposible clasificación... eran dos mestizos, de expresiones
tan detestables como nunca había visto antes”.58 Pensó que vivían una vida
miserable en el desierto, alimentándose de lo que podían cazar, avestruces,
ciervos, armadillos, con los únicos lujos de los cigarros y el mate, su único pa­
satiempo el juego de cartas, impedidos de relajarse y descansar por las no­
ches, siempre alertas por los indios. Sin embargo, Darwin admiraba' a los
gauchos, término que él usaba para la población rural en general. Le gusta­
ban sus buenas maneras, espíritu y hospitalidad. Pero lamentaba su inclina­
ción a la violencia y al derramamiento de sangre: “los robos son una conse­
cuencia natural del juego generalizado,- exceso de bebida y extrema indolen­
cia”.56 Éste era también el punto de vista de las autoridades y de los hacenda­
dos.
Los controles coercitivos y el horror de la vida entre los indios llevaron al
gauche a manos délos hacendados, pero como mano de obra contratada, asa­
lariado,peón de estancia. Esto tenia algunas ventajas, porque le daba la segm
ridad de la estancia y el respaldo de una persona poderosa que, así como
defendía su estancia contra las invasiones indias, defendía a sus peones
contra las incursiones del enemigo o de las autoridades. El gaucho per­
día su libertad y anonimato a cambio de un salario, comida, techo y-ropas.
Se convertía virtualraente en propiedad de su patrón: si la estancia era su
santuario, era también su prisión, El estanciero, naturalmente, estaba obli­
gado a imponer su autoridad no sólo por su riqueza y posición sino también por
sus cualidades personales en el ambiente del-campo. Tenía que ser un gaucho
tan rudo y talentoso como sus propios peones, si no más. Tenía que tener sufi­
ciente habilidad, recursos y poder como para derrotar a los indios y resistir a
las autoridades en caso de ser necesario. De manera que debía ser tanto un pe­
leador como un propietario. un hombre que pudiera proteger tanto como em­
plear.
La relación entre patrón y cliente era un vinculo esencial basado en el
107
personal intercambio de valores entre estos dos desparejos socios. El terrate­
niente quería mano de obra, lealtad y servicio en la paz y en la guerra. El peón
■queria subsistencia y seguridad. Por lo tanto, el estanciero era-un protector,
dueño de suficiente poder como para defender a sus dependientes de las ban­
das merodeadoras, sargentos reclutadores y hordas rivales. Era también un
proveedor, que desarrollaba y defendía los recursos locales y podia dar em ­
pleo. comida y abrigo. De esta manera, el patrón reclutaba una peonada. Y
estas alianzas individuales se extendían para formar una pirámide social ya
que, a su vez, los patrones se convertían en clientes de hombres más pode­
rosos, hasta que se alcanzaba la cumbre del poder y todos ellos pasaban a ser
clientes de un superpatrón. el caudillo.
Así era como el patrón obtenía una peonada que lo seguía ciegamente en
las tareas de la estancia, en la política y en la guerra. Y en esta forma, ade­
más, el patrón llegaba a ocupar el papel, de un padre y desempeñaba el papel
patriarcal en una sociedad rural en'la que el verdadero padre estaba huyendo
o era desconocido. Rosas fue el arquetipo del caudillo, la corporizacióndel paternalisrao en tal sociedad., que respondía más al amparo que a la política.
¿Podía contar Rosas con un seguimiento masivo de los gauchos? ¿Era un
verdadero populista? ¿Representaba a lás masas rurales contra la aristocra­
cia urbana, tal como lo insinúan sus contemporáneos y lo afirman ios historia­
dores ?wLa imagen que Rosas tenía de las clases populares estaba condicio­
nada por sus intereses económicos y su posición social. Como podía esperar­
se. era un punto de vísta autoritario y conservador, pero nobasado en una ac­
titud de crueldad o desprecio, sino, inicialmente, en el recelo. Poco después de
tomar posesión de su estancia Los Cerrillos, escribió al gobierno, en 181?. que­
jándose por la temible inseguridad y la anarquía existentes en la región de
Monte, infestada por hordas de vagos, holgazanes y delincuentes que no res­
petaban la propiedad ni a las personas y que erraban por el campo desafiando
con insolencia tanto a ios terratenientes como a la autoridad de los magistra­
dos: “Apenas es cumplido mi mes que fui acometido en m i estancia; porque
traté de impedir en ella corridas de avestruces que se hacían por decenares de
hombres, que con tai pretexto corrían mis ganados, usaban de ellos, no los de­
jaban pastar, y m e los alzaban. Mi vida se salvó de entre ios puñales; y desde
entonces sólo pende mí existencia de un golpe seguro con que- la asesten los
ociosos y mal ocupados.”41 El gaucho como delincuente; era una interpreta­
ción muy generalizada. Lo que primero impresionó a Rosas fue la ilegalidad
reinante en el campo. Y esta vivida captación de la anarquía incipiente gene­
ró en él la determinación de conquistarlo, primero en su propio ambiente, lue­
go en el mundo político que se abría más allá. Hubo un período, en los anos fi­
nales de la década de 1820, en que parece haber sentido un genuino temor de
que se produjera un movimiento autónomo de protesta desde abajo, un movi­
miento que él trató de captar y controlar. Éste es el contexto en el que se desa­
rrolló su frecuentemente citada entrevista con el enviado uruguayo, Santiago
Vázquez, al día siguiente de tomar posesión de su cargo de gobernador en
108
diciembre de 1829, cuando dijo que, a diferencia de sus predecesores, él había
cultivado la gente “de las clases bajas'’ y que se había “agauchado” él mismo
para poder controlarlos. Explicaba que, los anteriores gobiernos
“Se conducían muy bien para la gente ilustrada, que es lo que yo Hamo moral, pero des­
preciaban lo físico, pues, los hombres de las clases bajas, los de la campaña, que son la
gente de acción... me pareció que en los lances de la revolución, los mismos partidos ha­
bían de dar lugar a que esa ciase se sobrepusiese y causase los mayores males, porque
Vd. sabe ¡a disposición que hay siempre en él que no tiene contra ios ricos y superiores; me
pareció, pues, desde entonces’ muy importante conseguir una influencia grande sobre esa
clase para contenerla o para dirigirla; y me propuse adquirir esa influencia a toda costa;
•para ésto me fue preciso trabajar coa mucha constancia, con muchos sacrificios de co­
modidades y de dinero, hacerme gaucho come ellos, hablar como ellos y hacer cuanto
ellos hacían; protegerlos. hacerme su apoderado, cuidar sus intereses, en fin, no ahorrar
trabajo ni medios para adquirir más su concepto1’.42
Rosas se identificó así culturalmente con el gaucho. Educó a su hijo en la
misma forma. El general Gelly relataba una anécdota sobre una visita que
hizo Rosas a la estancia de su madre, acompañado por dos asistentes y su jo­
ven hijo Juan. Rosas dejó ai muchacho en la cocina y rehusó ei pedido de su
anfitrión para que lo llevara a la mesa de la familia, diciendo: “Déjelo, com­
padre, que se quede con los soldados y almuerce en la cocina con los peones.
E s bueno que se vaya acostumbrando al trato y a la vida de ios pobres”,45La
idea de Rosas sobre una broma, mientras cabalgaba en compañía de sus se­
guidores, era enlazar imprevistamente a un hombre por el cuello, arrancarlo
de su caballo y arrastrarlo cierta distancia.44 Las brutales y obscenas bro­
mas, la presencia de un bufón, Eusebio, las violentas payasadas y peleas sen­
do amistosas, iodo ello exhibía lo que un observador describió como “su genio
y carácter gauchesco”.45 Algo de eso tenía un valor positivo. Charles Darwin
conoció' evidentemente los relatos que circulaban sobre las habilidades de Ro­
sas y su simpatía hacia todo lo que fuera relativo al gaucho, y pudo notar qué
aun su férrea disciplina le había hecho ganar ei involuntario respeto de sus
hombres. Quedó impresionado por su manejo del caballo y su capacidad com­
pleta en todas las cosas del campo: “'Por estos medios, y adoptando las ropas
y costumbres de los gauchos, ha obtenido una ilimitada popularidad en la re­
gión y, en consecuencia, un poder despótico” 46 Y más impresionó aún a Dar­
win una cierta propensión ai igualitarismo en las relaciones sociales de Ro­
sas. Los enemigos deéste recalcaban mucho esa característica, aunque desa­
probándola amargamente. Según Andrés Lamas, un vocero de los emigres en
Montevideo. Rosas era un peligro social: “ingresando al poder, no representa
en él sino un elemento disolvente, un elemento de guerra social profunda”.47
Lamas denunció la forma en que “Rosas ha tenido que despojar ai rico para
atraerse al hombre vicioso u holgazán”, basando su poder exclusivamente en
“la parte embrutecida de la sociedad” y la falta de educación, dando limosnas
a las clases más bajas, permitiéndoles que se vengaran de sus superiores y,
en general, aplicando una política de profunda división social.4®
109
Identificarse cultor al mente con. la gente del carapo.no era-lo mismo'que
unirse-a ellos socíalmente. Comportarse como un gauche no significaba nece­
sariamente representar o elevar o salvar al gaucho. La posterior historiografía
rosista explicaba que Rosas se identificó totalmente con los gauchos., y que
ellos se levantaron espontáneamente por él. Una cantidad de observadores
contemporáneos, es verusG, hablaron en el mismo sentido. Los ministros bri­
tánicos informaron invariablemente que las clases bajas del campo y la ciu­
dad apoyaban a Rosas, y daban la impresión de hordas de gauchos que mar­
chaban a caballo hacia la capital por la causa de su salvador. Philip Yorke
Gore imormo: “Los gánenos, Habitantes de los distritos rurales i SSt-SJl 3-1*G.Í0TI*
tómente unidos al general Rosas, a quien, como jefe y benefactor reconocido.^
hace tiempo que admiran con increíble devoción. ”49 El mismo. Rosas explica­
ba a John Henry Mándevüle que “aquí no hay una aristocracia que apoye a un
gobierno ; son la opinión pública y las masas las que gobiernan.T,5Í)Henry'South­
ern creía que “El secreto de su poder es que él enseñó al gaucho de las llanu­
ras que era el verdadero amo de los pueblos. Fue sobre la base de tropas de
sus propios criadores de ganado, arrieros y domadores que estableció inicialmente su autoridad, mantenida hasta el día de hoy gracias al uso diestro y as­
tuto de la misma arma.Í?S1
Sin embargo, estas impresiones están distorsionadas o, por lo menos,
abiertas a una mala interpretación. En primer lugar, el núcleo de las fuerzas
de Rosas estuvo formado por sus propios peones y. dependientes, quienes lo
habían tenido que seguir en la guerra así como trabajaban par.a él en la paz.
¿Quiénes eran los peones de Rosas? Eran, ante todo, los gauchos, previamen­
te “salvajes” y nómades, luego, domados y atados a sus estancias, donde tra­
bajaban como mano de obra para tareas rurales, en retribución por una paga
y protección. Luego, comprendían también a los indios “amistosos1’; algunos
de éstos trabajaban para él como peones, otros simplemente vivían en las zo­
nas cercanas a sus estancias o acampaban en sus tierras, colaborando con él
en la lucha contra las incursiones de indios enemigos o contra enemigos políti­
cos, en agradecimiento por la protección de un caudillo poderoso que los im­
presionaba y que hablaba su propia lengua. En tercer lugar, las estancias de
Rosas albergaban una cantidad de proscriptos. Reclutaba deliberadamente
delincuentes, desertores del ejército, prisioneros, escapados, y ¡os alentaba
para que buscaran refugio en sus propiedades, en parte como una solución
para la escasez de mano de obra, en parte como una medida de control contra
la anarquía. Rosas, por supuesto, no toleraba los delitos contra la propiedad,
Gomo lo señaló Sarmiento, convirtió a sus estancias en “una especie de asilo
- para dos homicidas", pero, como propietario terrateniente, no extendía su
protección a ios ladrones.52 No siendo así, echaba sus redes con bastante am­
plitud, como observó'®] general Lam.adrid; “Pues a pesar de todo este rigor
con que se hacia obedecer, era él el hacendado que más peones tenía, porque
les pagaba bien, y tenía con ellos en los ratos de ocio sus jugarretas torpes y
groseras con que los divertía, y apadrinaba además a todos los. facinerosos o
110
desertores que ganaban sus estancias y nadie los sacaba de ellas” .s3 Gauchos,
indios, delincuentes o quienesquiera que fuesen, los peones, de Rosas eran sus
servidores más que sus partidarios, sus clientes más que sus aliados.
Cuando Rosas decía a sus gauchos “ i adelante' ”. era una orden, no un discur­
so DolítiC O .
Estos movimientos de la población rural, por otra parte, se produjeron en
tiempos de crisis excepcionales, rebelión o guerra, tal como en 182S, 1838 y
1838. Durante 1828 y 1829, como se ha visto, Rosas levantó deliberadamente a
las fuerzas populares para oponerse a la rebelión unitaria. Alguien que lo co­
nocía, informó en esa oportunidad: "Estableció un campamento que terna to­
dos los privilegios de un santuario para cada malhechor, en toaos los distritos
desde Buenos Aires hasta el Alto Perú” ; y usó esos elementos margínales
como parte de sus "fuerzas populares” ,34En 1833, dio instrucciones a su espo­
sa para que cultivara a los pobres, como base para un regreso político. Duran­
te la Campaña del Desierto, en ese año, estaba en cierto sentido esperando en
la trastienda mientras, desde lejos, movilizaba a lo s‘apostólicos contra los
cismáticos y, eventualmente,1socavaba la administración de Viamonte: En
una serie de cartas inculcaba en doña Encarnación ia importancia de adoptar
actitudes populistas y métodos, a fin de ganar el apoyo de las masas para la
fracción rosista del federalism o:
"Ya has vista lo que vale ia amistad de ios pobres y por ello cuanto importa sostenerla y
no perder medios para atraer y cautivar voluntades. No cortes pues sus corresponden­
cias. Escríbeles coñ frecuencia: mándales cualquier regalo, sin que te duela gastar en esto.
Digo lo mismo respecto de las Madres y mujeres de los paraos y morenos que son fieles.
No repares, repito, en visitar a las que lo merezcan y llevarlas a tus distracciones rura­
les, como también en socorrerlas con lo que puedas en sus desgracias."55
Y doña Encarnación, agente del rosismo, “heroína de la federación". pro­
tegió a los elementos populares y morenos, invitando a las negras para brin­
darles sus favores y despidiéndolas como protegidas. Su patio era como un
club para el pueblo. Más que politización, ésta era una forma primitiva y per­
sonalista de manipulación política. Y no existía organización alguna: Rosas,
su mujer y unos pocos amigos manejaban todos los hilos.
En todas estas ocasiones, cuando Rosas necesitaba dar un crítico,empu
jón político, reclutaba a los gauchos en el campo y al populacho en la ciudad
Eran la única fuerza humana disponible y, por el momento, tenían su valo)
fuera de la estancia. Pero el régimen agrario normal era diferente. Y, como le
destacó Sarmiento, las fuerzas de gauchos duraban tanto como las necesítala
Rosas, y no más. Una vez que Rosas tuvo en su poder el aparato del Estado, :
partir de 1835, cuando ya controlaba la burocracia, la policía, la mazorca, c
grupos paramiíitares, y, especialmente, el ejército regular, ya no necesitó n
quiso las fuerzas populares del campo.56 Reclutó, equipó, armó y purgó ui
ejército de línea, cuyos destacamentos fueron usados contra el campo par;
11
reunir las levas. En último término, íue el ejército acampado en Santos Luga­
res el que le dio su poder.
'
■
Además, las milicias de gauchos eran consideradas fuerzas- “populares
solamente en el sentido de que estaban compuestas por los peones del campo,
i
No siempre eran voluntarios por una causa, ni estaban politizados. Los méto\
dos militares de reclutamiento eran, en general. rudos y a menudo violentos,
i
El ministro, británico William Gore Ouseley registró una cínica opinión de la
espontaneidad. Describió las brutales actividades del general Prudencio Rol
sas mientras se levantaban levas sn una población cercana &Buenos Aíres,
donde dio doscientos latigazos a un hombre por resistir la conscripción forzo­
i sa. La severidad del castigo mató al hombre, pero el general Rosas pensó que
establecería un buen ejemplo. “E sta forma de reclutar tropas”, comentó Ou­
seley, “está descripta en los últimos números de la Gaceta como ;el levanta­
5 miento entusiasta y espontáneo del pueblo en defensa propia contra las agresio­
nes de los salvajes unitarios’.”57En cuanto a las milicias, sus oficíales y conducto­
res eran los jueces de paz. los comandantes del ejército regular y los estancie­
ros. El hecho de pertenecer a una organización militar no daba a los peones po­
der político o representatividad, porque la rígida estructura de la estancia
también regía dentro de la milicia, donde los estancieros eran los comandan|
tes, los capataces los oficiales y los peones la tropa. Estas tropas-no entra% ron en relaciones directas con Rosas; eran movilizadas por sus patrones, lo
f
que significaba que Rosas1no recibía su apoyo de las hordas de gauchos libres
|
sino de ios estancieros que conducían a sus peones conscriptos, servicio por el
% cual los estancieros recibían una paga del Estado. El mismo Rosas fue, desde
f
el principio, el estanciero más poderoso, y su peonada la más numerosa y bien
equipada. Pero eso no lo hizo líder populista.
Aun el uso de la palabra gaucho era ambiguo en la terminología rosista.
Tenía dos significados, según la situación. En público se la usaba como un tér­
mino de estima y perpetuaba la idea de que el gaucho, como el estanciero, era
' un modelo de virtudes nativas y que los intereses de ambos eran idénticos. En
? las palabras de las canciones populares
El hacendado es de plebe .
Y vas tendero hombre decente
i
También Rosas ayudó a propagar el mito de que el estanciero eomprenj día al gaucho y sólo se preocupaba por su bienestar; éste era uno de los temas
j de la propaganda del dictador y quedó incorporado al cancionero popular de la
J . época, iba privado, sin embargo, especialmente en el uso policial, gaucho sigI "niñeaba vago, mal entretenido, delincuente. E l primer uso representaba proI paganda política. E l significado peyorativo expresaba distinción de clase,
$ prejuicios sociales y actitudes economic a s : lo utilizaba el terrateniente, necej sitado de trabajadores, para enfrentar al hombre de campo que deseaba per­
il manecer libre. Según William MacCann. “El término Gaucho es ofensivo
ir
■
■a:
112
\
para la masa delpueblo, dándose por entendido que significa una persona que
no tiene permanencia fija, sino que vive como nómade; por lo tanto, euando
hablo de las clases más pobres, evito ese término.,,5e
i
La gente más pobre, naturalmente, constituía un grupo heterogéneo, no
una clase uniforme. Eran peones de estancia, dependientes vinculados a un
patrón trabajadores libres, granjeros y arrendatarios, pequeños ganaderos,
y la población marginal compuesta por casi profesionales montoneros. Estos
grupos, semibárbaros, analfabetos, ignorantes délos asuntas políticos, ñopodían participar ni siquiera en los más rudimentarias procesos políticos; eran
incspaCOS de cualquier acción autónoma, de organizarse y de responder a un
j liderazgo político. De manera que. el así llamado "populismo oligárquico’’, si
bien tenía base popular, carecía de objetivos populistas y de capacidad para
: cambiar la estructura social y redistribuir la riqueza.59 La historia del popu: iismo, por supuesto, contiene muchos ejemplos de líderes que ofrecían benefi­
cios a las masas apolíticas sin necesidad de incorporarlas a la poli dea ni de
cambiar básicamente la sociedad. ¿Hizo esto Rosas? ¿Mejoró las condiciones
;■ de la población rural? ¿Otorgó beneficios económicos y sociales?
!
Como se ba visto, el dominio de la economía por parte de la estancia fue
completado y continuado bajo Rosas.00 No se entregaron tierras al gaucho; no
i se asignaron propiedades a los peones. Pero se argumenta a veces que con Rosas los trabajadores rurales eran- hombres libres, respetados y defendidos.
Sin embargo, no existen evidencias de que alguna vez Rosas objetara la es¡ tructura social existente. Él heredó de los regímenes anteriores una legisla= ción social discriminatoria y un sistema político diseñado para excluir la pari ticipación. La ley electoral del 14 de agosto de 1821. que permaneció en vigenci a durante todo el período de Rosas y m ás allá, establecía elecciones directas
y sufragio universal masculino; todos los hombres libres, a partir de los veini te años de edad tenían derecho a votar, y todos los propietarios mayores de
i veinticinco tenían derecho a ser candidatos en la elección. É sa era la ley, y no
había exigencias de educación o de propiedad para los votantes. Pero, e s la
; práctica, los gauchos analfabetos no podían votar como hombres libres. El
sistema era un fraude y una farsa: el gobierno enviaba una lista de candidatos
. oficiales, y era misión de los jueces de paz asegurar que ellos resultaran elegi­
dos, La votación abierta y verbal, d derecho de los jueces de paz a excluir como
votantes y candidatos a quienes consideraban no calificados, la intimidación de
la oposición, éstas y muchas otras prácticas ilegales reducían las elecciones a
procedimientos absurdos. Rosas admitió francamente que era necesario con­
trolar las elecciones y condenó como hipocresía la exigencia de elecciones li| brea. En 1-837, dijo a la asamblea que su gobierno “ha dirigido, por toda la exI tensión de la Provincia, a muchos vecinos y magistrados respetables listas
j que contenían ios nombres de aquellos ciudadanos que, en su concepto, mere’ cían representar los derechos de la Patria, con el objeto de que propendiesen a
i su elección, sí tal era su voluntad’?61 En la práctica, las listas de Rosas eran : una orden indiscutible y los gauchos que concurrían a los comicios lo hacían
113-
sólo como instrumentos para la votación, Así se quejaba José Hernández en
su Martín Fierro.
No te perdonan sí yerra.
Que no saben perdonar,
Porque ei gaucho en esta tierra
Sólo sirve para votar.
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A raíz de su indefensión política, el gaucho sufrió toda dase de ataques,
mediante duras leyes laborales.- Las Ordenanzas de Olía en (1821) y el Estatu­
to del Peón (1823) clasificaban como vago a cualquiera que no tuviese empleo
reconocido u ocupación confirmada por un empleador. Para habitar o circu­
lar por el territorio provincial un hombre tenía que tener una-papeleta de con­
chabo un certificado en el que constaba que estaba trabajando para un pro­
pietario conocido y, si se encontraba en viaje, la fecha en que regresaría a su
habitual sitio-de trabajo. En caso de encontrársele sin ese certificado lo consi­
deraban un vago y era arrestado y enviado al ejército. De esta manera el gau­
cho perdía su libertad y sus derechos civiles y se convertía en peón con depen­
dencia absoluta de su patrón; sí no quería estar en el ejército o en prisión, sólo
restaba la estancia. La única individualidad que retenía el peón era su parti­
cular ocupación en la estancia, y algunos eran más hábiles que otros. Y asi la
estancia llegaba a ser una reserva socio-política cerrada, en la que el peón no
tenía derechos.
La se'vendad de estas sanciones reflejaba el vacío dé las pampas, la gran
escasez de población y la despiadada búsqueda de mano de obra en el período
•de expansión de las estancias. Por estas razones no podía esperarse que Ro­
sas cambiara básicamente la legislación discriminatoria que había hereda­
do: Simplemente aclaró la ley. definiendo con mayor precisión el delito y el
castigo para los vagos; ladrones, desertores y otros delincuentes, sin garanti­
zar, por supuesto, a las clases más pobres ningún medio de defensa legal. Si
algo ocurrió, fue que la aplicación de la ley se hizo más dura y hubo úna ten­
dencia a acortar los procedimientos criminales. Rosas continuó aplicando las
regulaciones existentes contra la vagancia y ordenó el reclutamiento forzoso
de. levas tal como en anteriores administraciones; en realidad, la incidencia
del reclutamiento aumentó a medida que sus guerras también aumentaban.
En 1830 decretó que los milicianos no podían viaj ar por el p ais sin que su documentó estuviera debidamente firmado por el magistrado local. Ningún,
miembro de la milicia podía cambiar de domicilio sin permiso y sin iníormarlo a su comandante. En su discurso par a la inauguración délas sesiones legis­
lativas del año 1836, informó sobre las rigurosas medidas tomadas contra los
vagos y mal entretenidos;y la creciente cantidad de reclutamientos para las
fuerzas.®2 El castigo corporal en el ejército era severo; ios reclutas eran virtualmente prisioneros. mantenidos bajo guardia hasta que llegaba el moro en~
to de la m archa; y las cantinas del ejército y las pulperías Ies robaban sus reducidos salarios. La conscripción obligatoria no era ei único castigo para la
114
"delincuencia rural. Durante la independencia y hasta el régimen de Ros a a
continuaron el látigo y otras formas de tortura característicos de la época co­
lonial. Y los propietarios de las estancias todavía castigaban a sus peones po­
niéndolos en ei cepo o estaqueándolos como cueros al sol, Era un régimen se­
ñoril. independiente, en el que los peones estaban privados de sus derechos ci­
viles por completo y gobernaba el campo una alianza informal de estancieros
y comandantes de milicia que, a menudo, eran las mismas personas. Se unía a
ellos un tercer opresor.
El agénte clave de control en el campo era ei juez de paz. El cargo fue es­
tablecido en 1821 para llenar el vacío dejado por el cabildo colonial, pero sus
funciones origínales de carácter administrativo y judicial en un distrito deter­
minado pronto se ampliaron hasta incluir las de comandante de milicia, jefe
de policía y recaudador de impuestos. En cierto sentido, el cargo creció con la
estancia. En ios años posteriores a 1821, la colonización del campo desierto se
vio acompañada por la creación de una nueva burocracia que se convirtió en
instrumento conveniente para la autoridad del caudillo.63 Porque el juez de
paz no era un funcionario “constitucional1' sino un agente político, un servidor
del centralismo estatal. Rosas comprendió esto de inmediato y asumió el con­
trol de los jueces de paz en la campaña de 1829; de allí en adelante ellos fueron
sus criaturas, “Desde el punto de vista administrativo, Rosas consideraba al
campo corno una inmensa estancia, dividida en distritos; a cargo de cada uno
de ellos había un juez de paz, una especie de señor feudal dependiente del po­
der señoril establecido en la capital.”- Los jueces de paz administraban y
controlaban loseontratos de los peones de campo:perseguían a ios delincuen; tes, desertores y vagos; informaban sobre propiedades y sus dueños, y asi■ mismo sobre sus afiliaciones políticas; tomaban censos de la población, apli:. caban confiscaciones de propiedades; presidían en las elecciones. Sin embar; go, en-general, la administración de justicia era defectuosa, y existía una es| pecie de delincuencia oficial tan sedienta de sangre como la delincuencia del
; gaucho.65 La mayoría de ios jueces de paz eran faltos de educación y sin ido! neidad para el cargo; algunos eran completamente analfabetos. Sin duda, ha;■bía excepciones, unos pocos funcionarios dignos que trataban de proteger sus
1distritos de los peores excesos del poder gubernamental y a los individuos de
: la venganza política.66 Pero, en general, los jueces de paz eran cómplices o
i bien instrumentos impotentes de una política expresada en arrestos, coníisj caciones. conscripciones o peor, dirigida contra cualquiera que fuera eonsií aerado unitario o delincuente.
Sin embargo, algunos observadores estaban impresionados por la severa
justicia que se administraba en la provincia, y por la ley y el orden impuestos
,■por Rosas. El índice de delincuencia parecía haber disminuido, la seguridad
:personal aumentado y la propiedad estaba mejor protegida. Más aún, las evi­
dencias se originan en diversas fuentes, algunas de ellas británicas, y en dís;tintos momentos:
Desde el comienzo de la administración de Rosas no ha habido mucho que temerles (a los
gauchos): no digo que se haya extinguido por completo entre hilos el'amor al pillaje, ins­
tinto natural del salvaje; pero como el Capitán General .los m ata invariablemente o los
convierte en carne de cañón al hacerlos soldados, cuando ceden a sus impulsos, han desa­
parecido. según mi información, los robos con violencia.87
Esto ocurría en la mitad de la década de 1830. Diez años más tarde, Wil­
liam Mac Cano destacaba la seguridad existente aun en las más remotas pro­
piedades desde que Rosas estableciera en las pampas la autoridad de la
Me han asegurado que no era ese el estado de cosas antes de la asunción del poder por e!
general Rosas; pero conociendo bien que, debido al sistema de policía establecido bajo
so gobierno, todos aquellos, sean, pobres o ricos, que resulten comprometidos en la viola­
ción de las leyes existentes en el país habrían de sufrir seguramente las extremas penali­
dades por sus delitos, el robo y el ultraje son casi desconocidos.58
. Ésta era la clásica defensa de Rosas, que su autoridad era la única alter­
nativa para la anarquía; el mismo Rosas se encargaba de propagaría y tenia
•atractivo para los extranjeros. Pero no para todos ellos. Un observador fran­
cés tema otras opiniones:
“Hay en las campañas argentinas, hombres más temibles que el gaucho malo que hacen
más daño, sin verse obligados a huir de la justicia, porque ellos mismos representan la
autoridad legal y la justicia. Son los funcionarios honrados por Rosas con su favor y su
confianza; los jefes militares de campaña y los jueces de paz. ”58
Los apremios y violencia del régim en rural eran un medio para superar la
extrema escasez laboral, como se ha visto. La población estaba muy dispersa
y la mano de obra era una mercancía difícil de hallar, especialmente en la dé­
cada de .1840, cuando las exigencias de la guerra aumentaron los niveles de
conscripción. -Se estimaba que. en aquellas estancias donde inicialmente seconsideraba que quince a veinte hombres eran apenas suficientes para el tra­
bajo con el ganado, en ese momento sólo podían conseguirse tres o cuatro y ni
siquiera éstos podían eludir la conscripción del ejército.70La situación no me­
joraba en virtud de la estrecha gama de habilidades y motivación que poseía
el peón rural: como observó MacCann. “generalmente, los nativos están poco
dispuestos a ocuparse de cualquier manera, excepto en los deberes ordinarios
de una estancia”.71 En la década de 1840, los peones de una estancia (vaqueros
y pastores) ganaban entre cien y ciento cincuenta pesos por mes, además de
tres kilos de yerba mate un poco de sal y toda la carne vacuna y de cordero
que quisieran. Sus condiciones de vida eran pobres, sus ranchos,! casuchas
primitivas, carecían por completo de las mínimas comodidades humanas,
. pero podían ganar dinero extra empleándose afuera ocasionalmente, por
ejemplo, para marcar ganado, por lo cual recibían de veinte a veinticinco pe­
sos diarios. Para otro tipo de trabajos no se encontraba gente disponible, y
116
MacCannno pudo contratar-an guía entre todala población de la estancia, “ya
que todos los miembros varones de casi todas las familias estaban lejos, en él
ejército, y ios pocos que quedaban en su casa no eran suficientes para atender
las obligaciones imprescindibles de la vida”.72Si la población era insuficiente
para trabajar con el ganado, ciertamente no había quien se ocupara délos tra■bajos agrícolas y, en el sur de la provincia' de Buenos Aires estaban consu­
miendo harina norteamericana, aunque toda la tierra de los alrededores era
extremadamente fértil y se hallaba lista para el arado. Para algunos terrate­
nientes la escasez de mano de obra fue un desafio para que se concentraran ya
no en aumentar la cantidad de animales sino en mejorar su calidad. Hubo al­
gunos criadores de ovejas que. sin incrementar mayormente ei número de ani­
males, mejoraron de tal manera la calidad de sus rebaños que ei valor de la es­
quila a comienzos de la década de 1840. de dos centavos por libra aumentó en
tres años a diez centavos por libra. Por otra parte, con un suelo fértil y un cli­
ma templado, el ganado vacuno y ovino aumentaba en número tan rápida­
mente que pronto superaban la mano de obra disponible, los rebaños se ha­
cían salvajes y las ovejas morían. Esas condiciones no eran exclusivas de
Buenos Aires. También en el resto del litoral la falta de mano de obra retardó
el crecimiento rural. Charles Mansfield visitó una gran estancia en Corrien­
tes a la que encontró “magnífica pero triste”, magnífica porque tenía suelos
fértiles y de gran variedad, con pastos, árboles y plantas; triste porque la ma­
yor parte de esas riquezas estaba desaprovechada por la falta de trabajo;
la “estancia” estaba formada por unos pocos ranchos, y el dueño vivía en la
pobreza.?s
La supervivencia de los esclavos en la Argentina fue. en parte, una conse­
cuencia de la escasez de mano de obra. La trata de negros del siglo xviu había
producido una considerable población de esclavos, la mayoría de ellos em­
pleados en el servicio doméstico o en ias industrias artesanales. La abolición
del comercio de esclavos en las Provincias Unidas] por decretos del 9 de abril
y del 14 de mayo de 1812, redujo la fuente de obtención; y el tratado del 2 de fe­
brero de 1825 con Gran Bretaña obligaba a las Provincias Unidas a cooperar
con Gran Bretaña en la supresión total del tráfico de esclavos. Sin em bargóla
abolición de la esclavitud en la práctica, que afectaba ai derecho de propiedad
y a la escasez de fuerza laboral, fue mas difícil de lograr. La cantidad de es­
clavos disminuyó, ciertamente durante la guerra de la independencia, dado
que recibían la emancipación en retribución por sus servicios m ilitares; pero
ésta solía conducirlos m ás bien a la muerte que a la liberación. En 1813; tres
medidas legales se aproximaron a la total abolición. La Asamblea Constitu­
yente decretó el 2 de febrero la así llamada libertad de vientres, por la que se
declaraba libre a todo hijo de esclavo nacido con posterioridad al 31 de enero
de 1813, o en esa fecha. Un segundo decreto, del 4 de febrero, declaraba libres
a todos los esclavos introducidos a partir de ese día en las Provincias Unidas
“por el solo hecho de pisar e) territorio de las Provincias Unidas”. Una terce­
ra medida, del 6 de marzo, estableció los límites de libertad otorgada a los hi-
117
jos de los esclavos: debían permanecer al cuidado del amo hasta.la edad de
veinte años: hasta los quince años debían prestar servicios a sus señores sin
recibir paga alguna, y durante los cinco años restantes tendrían una paga de
un peso por mes. Pero aun estas leyes limitadas quedaron frustradas o demo­
radas en su aplicación a causa de los conflictos políticos y la guerra civil.
Hacia el final del período colonial, había en el Río de la Plata unos.treinta
mil esclavos, en una población de cuatrocientos m il es decir, un ocho por
ciento. La incidencia de la esclavitud era mayor en las ciudades y, después de
1810, la gente de color continuó concentrándose en Buenos Aíres. En 1810 ha­
bía once mil ochocientos treinta y siete negros y mulatos en Buenos Aires, o
sea un veintinueve por ciento de la población total de cuarenta mil trescientos
noventa y ocho, y ia mayor parte de los negros eran esclavos. En 1822, de los
cincuenta y cinco mil cuatrocientos dieciséis habitantes de la ciudad de Bue­
nos Aires, trece mil seiscientos ochenta y cinco, un veinticuatro por ciento,
eran negros y mulatos; de éstos, seis mil seiscientos once, un cuarenta y ocho
por ciento, eran esclavos. En 1838 los negros sumaban catorce-mil novecien­
tos veintiocho de sesenta y dos mil novecientos cincuenta y siete, es decir, un
veintitrés eon setenta y uno por ciento.74
Las cifras del censo pueden, tal vez, conducir a.error; los observadores
contemporáneos tenían la impresión de que la proporción de hombres de color
era mayor que la establecida en las estadísticas. Los prejuicios raciales y la
discriminación probablemente impulsaban a la gente a “pasar por blancos”,
y de esa manera aumentaban la cantidad de blancos. Losmegros libres y los
mulatos ocupaban invariablemente los puestos de trabajo más bajos, como
mozos de cordel, carreteros, trajinantes, cocheros y lavanderas. Y el término
“mulato” era un insulto. Sus enemigos llamaban a Rosas “mulato”, no por su
color —era rubio y de oios azules— sino por su personalidad, a la que muchos
consideraban como indigna de confianza.75
. Las tasas de mortalidad en la década de 1820 eran mucho más altas entre
las personas de color que entre los blancos, y más elevadas todavía entre los
negros liberados (casi un sesenta por ciento) que entre los esclavos (diecisie­
te con veinticinco por ciento). Las condiciones de vida empeoraban páralos
negros cuando obtenían su libertad, ya que mientras eran esclavos consti­
tuían una inversion que dema ser cuidada, como Sirviente o hábil trabajador:
en cambio, el negro liberado no tenía quien cuidara de él. La mortalidad in­
fantil era más alta éntrelos negros, que tenían condiciones de vida inferiores,
y mayor aún entre los varones que entre las mujeres, lo que favorecía el mes­
tizaje. Desde 1822 hasta 1836 la cantidad de personas de color se mantuvo estacionaria debido a la incorporación de recién llegados desde el exterior y el in­
terior, pero declinó en relación ai resto de la población, ya que los blancos au­
mentaron y llegaron nuevos inmigrantes.
También el número de esclavos declinó. Sin embargo, la esclavitud so­
brevivió y continuó funcionando un tráfico interno de esclavos; los esclavos
domésticos acrecentaban el prestigio social y. en tiempos de extrema escasez
118.
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laboral, aunque fuera unos pocos esclavos podían influir logrando diferencias
en la tierra. Rosas era dueño de esclavos. La vasta adquisición de tierras, la
explotación de estancias en desarrollo, la creciente producción para los sala­
deros, todo eso aumentó la demanda de mano de obra, en una época en que los
peones eran escasos y el reclutamiento militar intenso por la guerra con el
Brasil. De manera que Rosas compró esclavos para sí mismo y para ios Anehorena. E n el período de 1816 a 1822 adquirió tres esclavos en Santa Fe, y los
Anchorena compraron también tres. En 1822 y 1823 Rosas compró quince es­
clavos paralas estancias délos Anchorena, y en 182S efectuó nuevas compras.
Solamente en las estancias Los Cerrillos y San Martín, tenía treinta y cuatro
esclavos.75 Era severo en su tratamiento con los esclavos, y partidario del
azote para mantenerlos obedientes y preservar el orden social. Reveló su ac­
titud con franqueza en una carta: “Pero me parece que el asunto es de poca
importancia y que quedaría remediado con que Ud. prenda al mulato y lo
mande a ésta a don Vicente González, que yo ie dejaré dicho que le arrimen
trescientos azotes y lo conserve preso hasta que yo disponga o el señor don Ni­
colás Anchorena su amo”.'77
Rosas fue responsable de un parcial restablecimiento del tráfico de escla­
vos. Su decreto del 15 de octubre de 1831 permitía la venta de esclavos impor­
tados por ios extranjeros como sirvientes, i;para hacer sentir a ios desgracia­
dos hijos de África los beneficios de la civilización", y además, evidentemen­
te, para aliviar la escasez de mano de obra. Además de esto, en la década de
.1830 subsistió un tráfico ilegal de esclavos desde Brasil, Uruguay y Africa, al
que el gobierno no reprimía con seriedad. E l mismo Rosas alegaba qué la es­
clavitud era necesaria para aliviar la escasez de mano de obra en las estan­
cias, industrias y casas de familia. Y durante toda la década de 1830 ios perió­
dicos publicaban diariamente avisos que ofrecían esclavos en venta. Según
ios observadores británicos, los esclavos “se vendían sin mayor oculta­
ción” .7S El gobierno británico presionó a Rosas para que actuara y. en parti­
cular, intentó concretar un tratado que se opusiera al tráfico deesclavos, pero
no recibió respuesta alguna hasta que Rosas necesitó el apoyo británico-con­
tra los franceses, durante el último bloqueo de Buenos Aires, desde 1838. El 24
de mayo de 1839 se firmó un extenso y completo tratado contra el comercio de
esclavos, én el que se preveían procedimientos de búsqueda recíproca, cortes
mixtas y reclam os.75 Hacia 1843, según una estimación británica, no había
m ás de trescientos esclavos en las provincias argentinas, aunque las perso­
nas de color constituían una calor cea va parte déla población total.80Mientras
tanto, los caminos tradicionales para la emancipación aún estaban abiertos:
los esclavos que se unían al ejército federal, especialmente si pertenecían a
dueños unitarios, ganaban su libertad ál volver del servicia m ilitar.81Hacia el
final del régimen, la emancipación parece haber aumentado: “Se sabem uy
bien en Brasil que si un esclavo logra alcanzar e! territorio de la Confedera­
ción, es libre. Aquí, Rosas ha sido el libertador de los africanos, y si hay .en el
país una clase que lo mira con afecto es la constituida por las razas de color, a
129
las que invariablemente ha favorecido”.**Y cuando en la Constitución de 1853
se abolió finalmente la esclavitud en toda la Argentina, quedaban ya m uy po­
cos esclavos..
La oposición atacó los antecedentes de Rosas sobre la esclavitud, y los li­
berales de Montevideo inevitablemente hicieron hincapié en el asunto. Com­
paraban la política de la antigua república después de la revolución de 1810
con lo que siguió bajo R osas: “Él dio un decreto, ahora ocho años, permitien­
do introducir negros esclavos; porque él y los Anchorena los necesitan para
sus estancias,í!E3 También Alfaerdi criticó la discriminación que se practicaba
contra la gente de color, aunque él se refería a todo el Río de la Plata y no sólo
al estado de Rosas. Citaba la expulsión de cuatro jóvenes negros de un café de
Montevideo en 1840. Y también el teatro estaba cerrado para los negros. Pero
esta clase de discriminación no fue nunca una característica déla actitud per­
sonal de Rosas con respecto a los negros y mulatos, que era ordinariamente
amistosa.
Rosas tenía muchos negros empleados y muchos más a su servicio políti­
co. No los elevaba so d aim ente, pero tampoco ejercía una discriminación con­
tra ellos desde el punto de vista racial. Tenían un sitie aceptado en su casa, y
una negra, Greguria, era madrina de uno de sus hijos.84 Fuera de su círculo
más próximo, el elemento de color le proporcionaba un apoyo sum ameníeúíii
:Sn las calles y eran parte de sus seguidores “populares”. Los negros de Bue­
nos Aires estaban agrupados en varias sociedades, tales como la Sociedad
Conga o la Nación Bangueia, cada una de ellas con su propio nombre, sus pro­
pios líderes y sus trajes distintivos, conservando todas un fuerte y relativa­
mente reciente carácter africano. En las afueras de la ciudad formaban una
serie de pequeñas colonias, enclaves negros, donde seguían haciendo sus bai­
les, toeando su música y practicando sus costumbres y lenguas. Rosas patro­
cinaba algunas de sus reuniones festivas y asistía discretamente a sus can­
dombes,,como lo hacia también su hija Manuela.
“Los negros encontraron en el candólo de la pampa una decidida protección: íes hizo
concesiones y proporcionó f o n d o s para que se estableciesen asociaciones con la denomi­
nación délas respectivas tribus africanas a que debían su origen. Así es que toda esa gen­
te estaba alzada y más entonada que nunca: sabido es cuanto lisonjea a ios negros las far­
sas y representaciones de sus extravagantes costumbres, usos, bailes y alusiones a su
•país natal.”85
~
'
A su turno, los negros dieron a Rosas su ciego apoyo. Dedicaban a él sus
candombes, a su "grande hombre”, y unidos alas clases más bajas, en gene­
ral. se congregaban en el Carnaval de Rosas, donde batían sus tambores,
marchaban ,_bm] aban y gritaban en un delirio de bebida y entusiastas “Viva
el Restaurador”. Estas orgías de bebida, bailes y peleas constituían un iróni­
co indicio para las clases altas del tumulto que podían esperar sin una mano
fuerte y restrictiva. En particular, el régimen usaba a la gente de color para
dos propósitos. Los desplegaban en el servicio militar en Buenos Aires y la
121
provincia, donde form aban .una unidad de milicia, la negrada-federal, tropas
negras con camisas rojas, muchos de ellos-ex esclavos.. Rosas también los
usaba como instrumentos políticos. Cuando en agosto de 1833. desdé el desier­
to, dirigía la actividad política en Buenos Aires, aconsejó a su esposa y a-otros
agentes que identificaran a la oposición en el ejército observando a las espo­
sas de los oficiales y sus contactos, recomendándoles en la práctica un siste­
ma de espionaje en el que los esclavos y los negros eran alentados para qüe in­
formaran a sus amos y amas®6 Y el negro Domiciano, ún antiguo peón de la
estancia deRosas, era uno de los .principales degolladores sa la s escuadras an­
tiunitarias. Sin embargo, en último análisis, la demagogia de Rosas entre los
negros y mulatos no hizo nada para cambiar su posición en la sociedad que los
rodeaba.
La sociedad tomó su forma bajo el gobierno de Rosas y subsistió después
de él. La hegemonía de los terratenientes, la degradación de los gauchos, la
dependencia de los peones, todo eso fue herencia de Rosas. Durante muchas
de las generaciones siguientes. la Argentina sobrellevó la impronta de una ex­
trema estratificación. La sociedad quedó establecida en un molde rígido, al
cual tuvieron que adaptarse luego la modernización económica y el cambio
político. Hasta cierto punto, Rosas fue una criatura de la estructura de clases,
un producto de la élite terrateniente, un hombre formado en la imagen social
de la estancia. Pero era más que eso. No era simplemente un fenómeno so­
cial ; era un hombre de idiosincrasia'. Hizo más que heredar un sistema; udó a crear una sociedad. Comenzando por la estancia, estableció valores y es­
tructuras que se extendieron a toda la provincia y se convirtieron en alma y
nervio en el estado de Rosas. En la estancia, él era el amo absoluto y exigía a
sus peones obediencia incondicional. Ya desde los comienzos castigaba a sus
hombres sin piedad. La pena por llevar un cuchillo en día domingo o en feria­
dos era permanecer dos horas en el cepo; por otros delitos menores, la esta­
queada ; por ir a trabajar sin llevar el lazo, cincuenta latigazos sobre la espal­
da desnuda. Siempre insistía en someterse él mismo a igual disciplina, y orde­
naba a su sirviente que le administrara a él el mismo castigo a manera de
ejemplo; a su vez, castigaba a los que dudaban en castigar a su propio amo.
Esta severa excentricidad dejó una huella en 3a sociedad por sus resultados:
“Este fue el modo con que Rosas comenzó a formarse una reputación. En toda
la campaña del sud. muy particularmente, era más obedecida una orden suya
que la del mismo gobierno. ■'87
E l sistema de Rosas era un producto del ambiente y la idiosincrasia. Su
estado era la estancia ampliada en extensión. La sociedad en sí fue edificada
sobre la base de la relación patrón-peón. Rosas ayudó a definir los términos de
esta relación, modelando un estado previo de cosas en el que la vida era
brutal y la propiedad un riesgo. “Subordinación” era su palabra favorita, la
autoridad su ideal, el orden su logro. Como lo expresó un ministro británico,
“Elogia a las clases bajas por su docilidad y obediencia”,83Esto ocurría en la
cumbre de su poder, Al principio, la obediencia no estaba tan asegurada. Por
122
cierto, Rosas explicábalos orígenes de su régimen como una desesperada al­
ternativa para la anarquía;
“La sociedad se encontraba disuelta enteram enteuerdido si influjo de ios hombres eme
en todo el país son.destmados a dar la dirección, el espíritu de insubordinación Labia cun­
dido, y echado multiplicadas raíces: cada uno conocía su impotencia y la de los otros, y
no se resignaba ni a maridar ni a obedecer... Efectivamente había llegado aquel tiempo fa­
tal, en que se hace necesario el influjo personal sobre las masas, para restablecer el or­
den, las garantías y las mismas leyes desobedecidas; y cualquiera que fuese el que tenía
respecto a ellas el Gobernador actual, fue muy grande su conflicto, porque conoció la fal­
ta absoluta de medios de gobierno para reorganizar la sociedad. ”M‘
Los fundamentos lógicos del régimen, su origen y su desarrollo, habrían
sido instantáneamente reconocibles para Thomas Hobbes.
m
CAPITULO IV
Una Argentina alternativa
Ir
1
Buenas Aires era tanto un puerto como una provincia y en sus calles y plazas
situadas entre el río y las llanuras existían una vida y una sociedad apropia­
das para una ciudad. Había un grupo,.pequeño pero discernible, de clase m e­
dia apesar déla polarizaciónsoeial. Inclusive en el campo había modestos ga­
naderos, arrendatarios, capataces, dueños de tienda, dependientes todos—en
una u otra forma— de los grandes propietarios rurales, pero caracterizados
por un status superior al de los peones carentes de bienes. Los que vivían m ás
cerca déla ciudad eran los chacareros granjeros suburbanos y hortelanos del
mercado y, en los alrededores, los empleados de los mataderos. El personal
dei.sector de servicios desarrollaba su actividad en el puerco —sirvientes, mo­
zos d e cordel, cocheros, carreteros, lavanderas—la mayor parte de ellos ocu­
paban el más bajo nivel de la sociedad; muchos eran negros o mulatos y pocos
de ellos aspiraban a cosas más elevadas. Los burócratas, profesionales, libe­
rales, policías, militares de jerarquía y hombres de la iglesia pertenecían a
diversas posiciones sociales y habitaban, generalmente, en la ciudad. Igual ca­
racterística teníanlos artesanos urbanos., los dueños o empleados de talleres,
los elaboradores de bienes manufacturados o productos procesados para el
mercado local, y los contratistas y obreros de la industria de la construcción.
Finalmente, los comerciantes constituían un importante grupo, urbano, hasta
cierto punto un enclave extranjero, pero que. incluía familias locales tanto en
las m ás altas posiciones como en el comercio minorista, en el clero y en otros
puestos menores. Todos estos tipos tenían amplías diferencias entre ellos.en
ingresos e intereses, pero los unía una identidad común en su residencia v ocu­
pación urbana o suburbana, y algunos de ellos buscaban un vocero político y
protección contra otros intereses.
124
A lo largo de la calle deí Buen Orden estaban ubicados numerosos estable­
cimientos comerciales y de pequeña industria —plateros, talabarteros, he­
rreros— quienes, como artesanos y comerciantes minoristas, s e encuentran
asentados en los censos rudimentarios de la época y en los registros de im­
puestos como la contribución directa. En muchos casos eran tanto propieta­
rios del edificio como del negocio. Era una época de bajo costo de los edificios,
con mano de obra y terrenos baratos y abundantes materiales de construc­
ción, que incluían los ladrillos fabricados localmente por una amplía fuerza
Laboral de negros. En los comienzos del período de Rosas la construcción ur­
bana estaba todavía en la infancia. Había unas pocas plazas espaciosas; la
principal era ia Plaza de la Victoria, rodeada por la catedral, el cabildo y una
arcada de tiendas. Pero las calles, que se cruzaban en ángulos rectos, estaban
mal pavimentadas y llenas de pozos-con barro, mientras que las casas, pinta­
das de blanco a la. cal. con rejas verdes de hierro forjado en las ventanas y
adornadas con plantas del Paraguay, no eran del todo elegantes y carecían de
comodidad; muchas tenían un aspecto pobre y ruinoso. La mayoría de las ca­
sas privadas tenían una sola planta, simples habitaciones comunicadas unas
con otras, pisos de ladrillos, paredes blanqueadas y carecían de cielo raso que
ocultara las vigas, mientras que el moblaje, según Woodbine Parish, “era ge­
neralmente de la más rústica manufactura norteamericana.'’1 No había un
sistema público de aguas corrientes, y el aguapara beber debía comprarse en
los carros que la llevaban en toneles’. En cambio, había abundancia de al­
cohol, con no menos de seiscientas pulperías solamente en la ciudad, sin con­
tar las de los alrededores.
En la década siguiente a la de 1820. las comodidades mejoraron ligera­
mente y hubo un cambio en las modas y costumbres, cuando las influencias in­
glesa y francesa se extendieron a muebles y decorados. Los hogares ingleses
reemplazaron a los calentadores españoles y el carbón, que se enviaba como
lastre desdeüverpooi, se vendía más barato que en Londres. También ia edi­
ficación empezó a desarrollarse. Con el crecimiento de la población y cierta
afluencia de inmigrantes, el valor de la propiedad se elevó considerablemen­
te, en especial en ia parte más céntrica de la dudad, por lo que los dueños de
casas empezaron a agregar más pisos y a construir hacia arriba. Se pavimen­
taron cada vez más calles con excelente granito extraído déla cercana isla de
Martín García. Algunas calles tales como Perú adquirieron una nueva ele­
gancia, aceptable para sus ricos vecinos. En los suburbios, las clases altas te­
nían espaciosas quintas con naranjos y colibríes y agradables jardines llenos
de flores y frutales, algunos de ellos eran especies nativas, otros introducidos
de Europa por jardineros y horticultores ingleses y escoceses.2
En un periodo de moderados costos de. construcción y terrenos de bajo
precio, hasta los sectores-más bajos de la sociedad porteña, los carniceros,
panaderos y trabajadores del transporte, podían aspirar a convertirse en due­
ños de sus casas, y la propiedad urbana estaba distribuida posiblemente de
una manera más equitativa que en épocas posteriores. Pero esos dorados días
125
pronto pasaron. La vida ciudadana se transformó en una lucha por la existen- ?
cía, y también allí un patrón debía proteger a ios suyos. Había barrios de ne­
gros y mulatos cuyos habitantes tenían inciertos derechos de propiedad y se
consideraban especialmente protegíaos por Rosas. Los muy pobres y semi
delincuentes se mudaban con frecuencia, entrando como intrusos en uno y
otro lado, sin documentos legales ni derechos formales, de propiedad. Los pro- ■,
tegidos pobres pedían a veces a.Rosas las casas de ios “salvajes unitarios”, o
que el dueño unitario de sus casas les redujera el monto del alquiler. Y si. ade^V7
más de ser pobre, tenían buenos antecedentes federales, eran muy grandes sus |
probabilidades de lograr éxito en su pedido.3 La construcción urbana refleja- 'l;
bs las condiciones económicas v sufrió cierta recesión durante las épocas de -■
bloqueo y de guerra, con la consiguiente escasez de viviendas; aunque esto
fue-seguido de un florecimiento de la construcción en los últimos años del régi­
men. Hacia la década de 1850, Buenos Aires se había convertido en una ciudad
sumamente cara para vivir en ella ; los alquileres eran altos, los servicios ha­
bían aumentado mucho de costo y una creciente pobl ación debía competir por
los terrenos, el trabajo y las viviendas.
TABLAS
Permisos de construcción de vhriendas en Buenos Aires, 1829-51
,.
Año
Permisos
Año
Permisos
1829
1830
1831
1832
1833
1834
.3835
1836
18?7
1838
1839
.1840
91
138
145
139
98
130
142
342
120
94
90
49
1841
1842
1843
1844
1845
1846
Íí>47
1848
1S49
1850
1851
32
49
64
108
158
120
124
■148
128
410
323 .
Fuentes: Elíseo Lesiva de. “Rosas: estudio demográfico de su época" RI1HJMR N° 9
( 1942 ), 55- 72 ,
Por lo tanto, Buenos Aíres no tuvo en este período un significativo desa­
rrollo urbano, a pesar de su economía de exportación o, tai vez, porque ésta no
era suficientemente dinámica. Había poco progreso material, las. comodida­
des básicas seguían siendo primitivas y la infraestructura se estancó. La ur­
126
*
*
banización no fue bastante decisiva como para transformar la economía o
para crear un mercado en expansión para la producción industrial, Hubo, es
verdad, cierto crecimiento de la población urbana y los habitantes de la du­
dad aumentaron de cincuenta y cinco mil cuatrocientos dieciséis en 1822, a no­
venta mil setenta y seis en 1855. aunque este crecimiento no estaba en propor­
ción con el del campo, de sesenta y tres mil doscientos treinta a ciento ochenta
y tres mil ochocientos sesenta y uno. En realidad, muchas actividades urba­
nas y grupos sociales eran simplemente una extensión del campo, y el incre­
mento urbano fue un aspecto del desarrollo rural,.Esto fue así inclusive en el
sector comercial, que vendía o exportaba los producios de una economía ex­
clusivamente pastoral, y en el sector manufacturero, o en aquella parte del
mismo que procesaba productos de la ganadería. En otros aspectos también
Buenos Aires alojaba una población “ruralizada”. Los chacareros de los-alre■dedores y suburbios eran pequeños granjeros y horticultores del mercado, ur­
banos y rurales al mismo tiempo, y producían trigo, maíz, melones, uvas,
membrillos y otros frutos y verduras, en especial para los mercados de la ciu­
dad. La mayoría de ellos eran dueños de su propiedad, aunque algunos las
arrendaban. Los abastecedores proveedores al por mayor de carne para la
ciudad y sus alrededores, eran también típicos en la sociedad rosista ¿gene­
ralmente poseían modestas fortunas y gozaban del favor del dictador, quien,
a su vez, dependía de ellos en cuanto a su apoyo y sus peonadas. Los abastece­
dores erar, dueños tanto de los mataderos como de las bocas de salida; en los
primeros empleaban esencialmente trabajadores rurales, a los que podían
movilizar para el servicio del dictador de manera muy parecida a la que usa­
ba el propietario rural para movilizar a sus hombres. Finalmente, la ciudad
tema una considerable población de peones, carreteros, vagos y mal entrete­
nidos; y otros tipos marginales, directa o indirectamente sometidos o busca­
dos por los propietarios rurales, quienes con frecuencia eran habitantes de la
ciudad y estaban relacionados con el comercio. De acuerdo con un relato,
Buenos Aires estaba plagada de vagos rurales: “En 1856, dieciocho mil porte­
ños estaban inscriptos como peones de campo y más de dos mil se clasificaban
como vagos, pero la cifra de estos últimos era mucho más abultada, decía
Sarmiento, ‘porque todos propenden a disimular ese estado de vivir’”.4
2
Si bien Buenos Aires era en muchos aspectos una sociedad rural más que
urbana, se encontraban además en ella las tradicionales industrias artesana­
les, cuyos dueños y empleados eran parte integral de la estructura urbana.
Los grupos de artesanos habían establecido su identidad en la sociedad colo­
nial aunque, hacia 1810, habían fracasado en asegurarse'una alta posición.
Los plateros porteños, por ejemplo,.no pudieron crear instituciones corporati­
vas o, por lo menos, un control efectivo en su propia industria, y tuvieron que
conformarse eon una situación margina] en la sociedad colonial.6 Sin embar­
go, la industria artesanal sobrevivió la transición hacíala independencia y la
‘ competencia extranjera, a la cual estaba en ese momento expuesta; las gue­
rras de la. independencia dieron mayor ímpetu a muchas industrias existen­
tes. y empezaba a desarrollarse un nuevo sector: el procesamiento de produc­
tos de la ganadería. El sector industrial tuvo capacidad para producir algu­
nas importantes sustituciones cuando fue necesario, como durante la guerra
con el Brasil y el consiguiente bloqueo. En 1827, unos comerciantes británicos
que estaban en Buenos Aires informaron:
No ha existido una verdadera carencia de artículos importados, ni siquiera dé elementos
suntuarios, ni parece que pueda producirse alguna como para causar inquietud; pero los
elevados precios que en general han alcanzado han reducido mucho el consumo de los úl­
timos y. para los primeros, en muchos casos se han encontrado sustitutos en ¡a produc­
ción del país, lo que ha disminuido enormemente ios problemas que, en caso contrario,
habría causado lá suspensión de importaciones del extranjero.6
La Argentina oo experimentó en esa época una revolución industrial, na­
turalmente, y no hubo transformación de una forma de producción a otra. El
historiador buscará en vano evidencias de especialización y división del tra­
bajo, aplicación de tecnología y de la energía mecánica, y métodos eficientes
para minimizar los costos por unidad y maximizar los ingresos. E s obvio que
no existían las condiciones previas para la industrialización. Aunque la eco­
nomía tenía un sector exportador, no era lo suficientemente dinámico como
para generar capitales excedentes para Inversión; la única excepción posible
era el saladero, financiado por una mezcla de ahorro interno y capital extran­
jero. En general, las industrias tradicionales no atraían las inversiones del
exterior. Por último, el mercado interno aún no estaba desarrollado; la pobla­
ción total era reducida, la población consumidora más pequeña todavía, y
tampoco estaba creciendo con la rapidez suficiente como para estimular la
producción industrial. En consecuencia, la industria se mantenía en el nivel
artesanal y de taller. La candad del producto era generalmente baja. la tecno­
logía primitiva, el mercado limitado, la fuerza laboral pequeña y, en el inte­
rior, diseminada en el campo, formando unidades domésticas más'que agru­
pada en concentraciones mayores.
Sin embargo, en Buenos Aires la escala de las operaciones era más alta y
las cifras en juego más abultadas, La-oferta. laboral aumentó gracias a la in­
migración desde el deprimido interior y, en la década de 1820, por ios inmi­
grantes extranjeros, cuyos abortados proyectos agrícolas los habían dejado a
la deriva en-Buenos Aires.7 Babia numerosos establecimientos urbanos que
se dedicaban a la manufactura de ropas, uniformes, trabajos en cuero, zapa­
tos, sombreros, artículos de plata, vehículos, muebles y materiales de cons­
trucción, además del procesamiento de alimentos y bebidas.ñ No es posible
medir con exactitud el tamaño o el crecimiento de la industria. No hay eviden­
cia del monto de capital invertido o del número de trabajadores empleados, y
128
no hay forma de calcular el valor o el volumen de la producción. Las estima­
ciones oficiales y privadas contienen serios defectos de clasificación y enume­
ración, y son inconsistentes entre ellas mismas; entre otras cosas, no acier­
tan a distinguir entre establecimientos industriales y comerciales.9 Se aplica
a algunas el término fábrica;a otras aríesanoío artesanía), pero las caracte­
rísticas diferenciales no se explican. Por lo tanto, sólo es posible obtener una
burda medida del desarrollo industrial,
Un censo oficial de 1836 publicaba una lista con un total de ciento veintiuna
“fábricas”,10 Entre los diversos establecimientos, los que confeccionaban
sombreros eran los m ás numerosos (treinta y nueve), seguidos por la fabrica­
ción de sillas (diecisiete) y la de velas para embarcaciones (trece); muchas
de las otras empresas se relacionaban con la producción de alimentos, más
que manufacturas. Había también una cantidad de talleres artesanales, dos­
cientos treinta y ocho en total, divididos de la siguiente m anera: carpinterías
(ochenta y cuatro), forjas (cincuenta y cuatro)., sastrerías (treinta y una), fa­
bricantes de arneses (veintisiete). hojalaterías (veinticinco), platerías (vein­
titrés). fábricas de toneles (diecisiete), fábricas de monturas (nueve), tapi­
cerías (cinco), broncerías (cinco), tornerías (cinco), armerías (tres).D ieci­
siete años más tarde, en un censo de establecimientos, en 1853, figuraba un to­
tal de ciento seis “fábricas”. Aparté de los molinos harineros (cuarenta y nue­
ve) y los saladeros (tres), había cuarenta y cuatro establecimientos de tipo
manufacturero, aunque muchos de éstos eran plantas- procesadoras de ali­
mentos. Los principales eran; fideos (diez), jabón (siete), velas para embar­
caciones (ocho), bebidas alcohólicas (cuatro), cerveza (tres), pianos (tres),
y carruajes (dos). El mismo censo daba una lista de trescientos veintinueve
talleres artesanales en total, como sigue: carpinterías (ciento diez), forjas
(setenta y cuatro), sastrerías (cincuenta y una), fabricantes de arneses (ca­
torce), hojalaterías (diecinueve), fábricas de toneles (siete), monturas
(veintitrés), tapicerías (cuatro), broncerías (una), tornerías (cuatro), arme­
rías (quince), platerías (veintiséis). Había además nuevos talleres: mueble­
rías (doce) y trabajos con cuero marroquí (seis). Ninguna de estas estadísti­
cas incluía astilleros, aunque Buenos Aires tenía una pequeña industria para
construir y reparar embarcaciones, especialmente las de río.
También resulta difícil medir el uso de maquinaria. E s probable que estu­
vieran comenzando a aparecer incipientes métodos de fabricación y que algu­
nos sectores de la industria manufacturera, tales como la confección de som­
breros, de velas para barcos, jabón, muebles y otros pocos, estuvieran em­
pleando cierta cantidad de obreros enün lugar, con alguna especialízaeión y
uso de máquinas. En 1832 se ofreció en venta, en Cangallo 152, Buenos Aires,
un taller metalúrgico que pretendía ser el mejor de la zona en su tipo, con ocho
fraguas, tornos, fresadoras, cortadoras de metal y máquinas para fabricar
una amplía gama de productos metalúrgicos y de herrería en general. La
prueba básica de progreso, sin embargo, fue la aplicación de la energía de va­
por en la industria. La energía de vapor, con calderas y bombas, se adoptó por
129
primera vez en ios saiaderos y se la usaba para curar cueros, extraer el sebo y
procesar otros productos déla ganadería.11 Unas pocas firmas, especialmen­
te de origen británico, vendían y mantenían esa maquinaria en.Buenos Aires,
y cierta cantidad de plantas metalúrgicas estaban en condiciones de cons­
truir y reparar equipo industrial. La energía de vapor se aplicó-lúe go a ios mo­
linos harineros. E l método tradicional de moler el grano se basaba en el traba­
jo de las muías, atahonas, de las cuales había cuarenta y nueve en Buenos Ai­
res en 1853.12 Pero desde 1846, las máquinas de vapor se aplicaron cada vez
más a los molinos harineros, y algunas de sus calderas en uso habían sido
construidas por J. E, Hall, de Dartford. En.1853 había probablemente no me­
nos de seis u ocho máquinas de vapor operando en Buenos Aires, algunas en
molinos harineros, otras en fábricas de jabón.
. Aproximadamente en 1850, por lo tanto, la industria había logrado cierto
avance a través de la aplicación de nueva maquinaria y el crecimiento de la
especialización laboral. Pero esto no podía ocultar la ausencia de cambios bá­
sicos en cuanto al número y tipo de establecimientos. La industria estaba diri­
gida primariamente hacía la demanda local y concentrada en alimentos; ro­
pas y vivienda; había pocas industrias de exportación, entre ellas, saladeros,
cueros y velas de barcos. El progreso así logrado, sin embargo, no significó
una verdadera industrialización. Fue en los saladeros donde la combinación
de la energía del vapor y ja division del trabajo condujeron a un aumento de la
producción y a la variedad de ios productos. Pero los saladeros eran parte inte­
gral del sector exportador de ganadería, y su adelanto no representó progreso
alguno en la industria manufacturera sino un refuerzo de la economía agra­
ria. generando aun-irravores beneficios para los estancieros. Mientras tanto,
las fábricas y los talleres artesanales sólo experimentaban mejoras margina­
les y no lograron mantener la proporción con el crecimiento de la población.
En resumen, después de medio siglo de1independencia, Buenos Aires tenía
una industria tradicionalmente artesanal, nada más.
La producción estaba limitada por las dimensiones del mercado y cual­
quier demanda extraordinaria significaba siempre un suplemento bien reci­
bido. Por lo tanto, la política militarista de Rosas tenía el apoyo incondicional
del sector .industrial, porque muchas de esas empresas se mantenían econó­
micamente gracias a la guerra, a través de los pedidos de armas, equipos,
quincalla y uniformes. La provincia tenía una pequeña industria de arma­
mentos, capaz de fabricar riñes, cañones, sables y pólvora, aunque algunos
de ellos se compraban también en el exterior. Los gastos de defensa, sin em­
bargo, estimulaban no sólo a las fundiciones y talleres de arm as; también da­
ban impulso a otras manufacturas. Los ejércitos de Rosas necesitaban miles
de ponchos, chaquetas, espadas, lanzas y otros equipos de cuero, tela y metal.
La guerra era una tabla de salvación para muchos talleres de Buenos Aires, y
Rosas se valía también de unafábrica.militar especial en Santos Lugares, que
empleaba una considerable fuerza laboral para confeccionar uniformes y
reparar arm as.13 Los artesanos urbanos, en'consecuencia, eran una parte
importante de la economía. Bastante numerosos como para significar cierto
.peso y,;sm constituir un grupo mayor de presión, para merecer considera­
ción. Aparte de los argumentos económicos, era de estos grupos de donde Ro­
sas reclutaba su milicia urbana.14 Parece haber cultivado también a los ne­
gros como apoyo social menor. Los negros y los mulatos estaban empleados
en las industrias artesanales: fabricaban escobas con ramas de durazneros,
hogares de arcilla, bolsos de cuero, cestas de mimbre, e intervenían además
en la-venta de trajes, zapatos, cigarrillos y pasteles. La presencia de los ne­
gros y mulatos en el sector industrial puede haber sido ciertamente una. de las
razones por las que los artesanos no pudieron logar una posición social eleva­
da y que motivaron siempre una escasez de mano de obra especializada a pe­
sar de los salarios relativamente altos.
Fuera de Buenos .Aires había pocas actividades industriales. En las dis­
cusiones contemporáneas referidas ai libre comercio y a la protección se ha­
cía referencia frecuentemente a “la industria del país" y a "las fábricas de las
provincias’', y la historiografía posterior ha citado a veces las “industrias del'
interior” como evidencia de intereses alternativos. Pero es muy difícil esta­
blecer su número y. en algunos casos, identificar dichas industrias. ¿Qué eran
las industrias del interior ?
Las provincias litoraleñas de Santa F e . Entre Ríos y Corrientes tenían re­
cursos económicos similares a los de Buenos Aires, aunque menos desarrolla­
dos. Para quesos economías pastorales fueran más competitivas, querían ac­
ceso directo al mar por los ríos Paraná y Uruguay, mientras que Buenos Aires
se interponía entre ellas y sus mercados extranjeros y trataba de mantener
cerrados los ríos al comercio exterior. A pesar de eso, Entre Ríos desarrolló
un exitoso comercio exportador de saladeros y. hacia la década-de 1850, esta­
ba compitiendo con Buenos Aires. También Corrientes, si bien parecía estar
satisfecha con una economía de mera subsistencia, tenía algunas posibilida ­
des comerciales. Su clima tropical le permitía producir algodón, tabaco,
arroz, azúcar e índigo, además de la normal ganadería y sus derivados en las
estancias. Nada de esto podría considerarse realmente industrias sino más
bien productos procesados, aunque algunos de ellos requerían protección con­
tra la competencia extranjera. Corrientes tenia también una industria de fa­
bricación de embarcaciones, Jo suficientemente fuerte como para valerse por
sí misma.
El interior propiamente dicho comenzaba en Córdoba, y allí operaba cier­
to pequeño número de plantas industriales que procesaban materias primas
locales: molían harina del trigo cultivado en Ja provincia, y había una-indus­
tria que curtía cueros de cabra y de guanaco.15 Pero la actividad cordobesa
más característica era la producción textil. Había tomado la forma de indus­
tria doméstica rural, que empleaba cientos de mujeres y les compraba su pro­
ducción de telas de lana y especialmente ponchos. La industria artesanal de.
este tipo no sucumbió del todo ante la competencia europea después de 1810;
Córdoba sufrió más por la pérdida de sus antiguos mercados coloniales en Pa-
.131
raguay y en el Alto Perú, y sus textiles siguieron abasteciendo al interior y
también Buenos Aires, aunque allí enfrentaban una dura competencia.
La Rióla tenía una economía aislada, pastoral y primitiva, con algunos
viñedos en el norte de la provincia. Mendoza, en cambio, estaba más desarro­
llada. Además de una agricultura diversificada, en ia provincia había exten­
sos viñedos y huertos, y producía vino, coñac y frutas secas que se vendían
tradieionalmente no sólo en el mismo Cuyo sino también en Buenos Aires y
otras partes de América del'Sur. Estas industrias tenían en esos tiempos una
severa competencia europea, como resultado de lo cual ia industria del vino
de Mendoza entró en prolongada recesión. No'estaba capacitada para competír, en Buenos Aires y oíros lugares, con los vinos franceses, españoles, portu­
gueses y alemanes, excepto quizás en tiempos de bloqueo, cuando los consu­
midores descubrieron que era un producto inferior y que no podía sobrevivir
comparado con los importados de mejor calidad. Los vinos de Mendoza se
vendían entonces solamente en el mercado provincial y, por el momento,.no
se hizo esfuerzo alguno para mejorarlos.
Santiago del Estero vivía en un nivel apenas superior al de subsistencia;
cierta cantidad de mujeres del campo confeccionaban ponchos, mantas y rús­
ticos paños para ios recados, pero sólo para ei mercado provincial. El camino
que partía de Santiago hacia el norte conducía a la provincia de Tucumán,
más cálida y exuberante y cuyas fértiles llanuras producían no sólo trigo,
maíz y excelente ganado vacuno sino también arroz, tabaco y-caña de azúcar.
El tabaco se comercializaba en escala interprovincial, mientras que los esta­
blecimientos dedicados a la producción de azúcar hacían también aguardien­
te y melaza. Pero, los molinos de azúcar no eran eficaces. Todavía en la déca­
da de 1850 la maquinaria era primitiva —consistía en poco más que rodillos
verticales de madera— y ios costos de mano de. obra eran elevados. En vez de
-usar el-rezago como combustible, se gastaba excesivamente para trasladarlo
hasta, cierta distancia y traer el combustible. Pero Tucumán tenía su propio
mercado, protegido hasta cierto punto por su aislamiento y por sus tarifas y
durante el bloqueo de Buenos Aires el azúcar tucumano se vendía a buen pre­
cio en-el puerto .16 Hacia la década de I860 hubo signos de mejoras. La provin­
cia ya tenía catorce plantas productoras de azúcar, y cinco de ellas contaban
con maquinaria construida’por Fawcett. Preston & Compañía,.de Liverpool;
pero ios costos de producción eran todavía altos, y el azúcar de Cuba, que se
vendía en Ja vecina provincia de Santiago, resultaba más barato que-el tucumano.17 Había cierta cantidad de industrias artesanales en Tucumán, siendo
notabie la manufactura de carretas de altas ruedas, con las maderas muy du­
ras de la zona, vehículos que constituían el medio dé transporte básico en la
Argentina de la primera mitad del siglo xix. H ada el norte, la provincia de
Salta tenía una economía diversificada correspondiente a la variedad de su
clima. En los valles regados por el río Juiuy se cultivaba azúcar, algodón y ta­
baco, y algunos molinos de azúcar que empleaban estacionalmente mano de
obra india, producían para el mercado local.
Las provincias subandinas de la Argentina tenían recursos minerales,
pero no había industria minera. La Rioja, Mendosa y San Juan tenían yaci­
mientos de plata, y en Cafcamarca había cobre. Pero las zonas remotas y de di­
fícil acceso, la necesidad de una afluencia masiva de capitales, la deficiencia
de establecimientos de fundición, la gran escasez de mano de obra, y la casi
absoluta falta de transporte a través de ¿as ¿¿¿mensas distancias basta ib . cos­
ta. eran todos obstáculos mayores para la producción y determinaban que la
minería argentina fuera una pobre inversión. Una circular del departamento
de Relaciones exteriores- británico, en la que se requería información sobre
las minas de oro y plata en la Argentina, motivo una ciara siirmación por par­
te de Woodbine Parish sobre la superioridad de la cría de ganado con respecto
a cualquier otra forma de inversión:
Desde hace muchos años la exportación de cueros desde este país ha sustituido en gran
medida a los metales preciosos como principal ingreso de las importaciones desde Euro­
pa, Se ha comprobado que los establecimientos ganaderos de este país producirán con un
aumento seguro de más del treinta por ciento por año con un gasto anual realmente insigniñcante, beneficio que constituye para los capitalistas un atractivo mucho mayor que i s
inversión en operaciones de minería, que en estas provincias nunca han sido muy pro­
ductivas y siempre han motivado elevados gastos de atención, por la escasez de mano de
obra y los impedimentos locales de los distritos donde hasta ahora se han encontrado ya­
cimientos de oro y plata. Las compañías inglesas que se formaron para traba-jar las mi­
nas de estas provincias no hallaron incentivo alguno ni siquiera para iniciar sus opera­
ciones, y abandonaron su intento después de recibir ios primeros informes de sus agen­
tes.**
¿Cuál era entonces el peso que tenían las industrias del interior? Desde
ya, constituían una actividad económica menor. La Argentina tenía una eco­
nomía pastoral de exportación y una agricultura de'subsistencia. Las indus­
trias locales estaban representadas por unos pocos talleres artesanales f
cierta producción doméstica rural; ia expresión cubría también el procesa­
miento de productos locales, especialmente en alimentos y bebidas. La tecno­
logía era primitiva, el producto era a menudo inferior y de elevado costo, y la
salida estaba limitada al mercado provincial. Las industrias del interior, en
resumen, estaban aún menos avanzadas que las de Buenos Adres. Woodbine
Parish desalentó con firmeza 1a posibilidad de desarrollar una, industria na­
cional en la Argentina con un argumento clásico, cuando se refirió a-la domi­
nación de las mercaderías británicas: “y en lo que respecta a cualquiera de
las manufacturas nativas, sería ocioso pensar en ellas en un país que se en­
cuentra hasta ahora tan escasam ente poblado, en el que toda mano es-necesa­
ria y puede volcarse hacia un aprovechamiento diez veces superior para au­
mentar sus recursos naturales y medios de producción, tan imperfectamente
desarrollados hasta este momento. "iS Y hasta los propagandistas de Corrien­
tes admitían que "Argentina no tiene fábricas", aunque agregaban que nunca
las tendría, a menos que se adoptara ia protección.20
3
La industria argentina comprendía poco más que los productos artesana­
les de Buenos Aires y los procesados del interior..Sin embargo, ambas activi­
dades ¡legaron a conformar un interés y un grupo de presión, y cualquier régi­
men en Buenos Aíres debía definir su política con respecto a ellos. Rosas creía
en el libre juego de las fuerzas del mercado. Sostenía que era necesario dejar
a un lado “el espíritu reglamentario y prohibitivo” impuesto por España en
tiempos de ignorancia y servidumbre.” Para lograr ei progreso económico
había que adoptar un absoluto laissez-faire y proveer de esa manera las con­
diciones apropiadas para ei crecimiento déla estancia y la exportación de sus
productos.23 Pero dos grupos sufrieron la indiscriminada aplicación-de estas
políticas, los artesanos porteños-y las provincias. Rosas había heredado una
fuerte posición con respecto a las provincias y si bien no pudo determinar sus
estructuras internas, estaba bien colocado para dictar ía política económica,
Esto porque Buenos Aires controlaba el rio. el puerto y ia entrada hacia ei in­
terior. Buenos Aires podía cerrar el rio a cualquier comercio que no fuera el
propio; podía cortar el uso de los puertos del Paraná y el Uruguay ala navega­
ción oceánica y obligar a las provincias del interior a que comerciaran a través
de Buenos Aires. Todos los productos argentinos para exportación y todas las
.importaciones del exterior tenían que pagar derechos a Buenos Aires. La tari­
fa no era simplemente un impuesto, era una política económica, que permitía
a Buenos Aires promover ciertos productos en el interior y deprimir otros y, al
' mismo tiempo, determinar cuáles mercaderías importadas debía consumir
el interior. Ese control podía asumir significación política, porque daba a los
gobiernosiporteños; los medios para empobrecer un grupo social de una pro­
vincia y favorecer otros. Por todas estas razones, el más serio desafío a la po­
lítica económica de Buenos Aires se originó en las provincias, y así se inicié el
gran debate entre el libre comercio y la protección,
En julio de 1830 se reunieron en Santa Fe los delegados de Buenos Aires ,
Santa Fe, Entre Ríos y Corrientes para discutir ios términos délo que habría
de conocerse como el Pacto Federal. El líder del movimiento proteccionista
en el litoral era Pedro Ferré, gobernador de Corrientes, descendiente de una
familia catalana aunque nacido en ía provincia. Él requirió cíe inmediato a
Rosas que modificara la política de tarifas de-Buenos Aires para proteger las
industrias provinciales, aunque sólo se encontró con el argumento de que la
política existente tenía ei apoyo de Tomás de Anchorena. “diciéndome que
para él era un oráculo pues lo consideraba infalible.”22 Ferré presentó la mo­
ción de nacionalizar los ingresos aduaneros y permitir la libre navegación de
los ríos, declarando que debía autorizarse a otros puertos, además del de Bue­
nos Aires, a operar directamente con el comercio exterior, disminuyendo así
las distancias y costos de transporte hacia las provincias. Estas exigencias
tradicionales del federalismo, además, fueron acompañadas por otras. Ferré
insistió en que debía permitirse a las provincias que participaran en el control
134
del comercio exterior, con el objeto de reemplaza!' el liberalismo económico
porteño por una política proteccionista que promovería la agricultura y la in­
dustria en las provincias prohibiendo la importación de productos que se obte­
nían en el país. No fue una coincidencia que Corrientes asumiera el liderazgo
para formular una política proteccionista, porque la expansión de su tabaco,
algodón y otros productos subtropicales dependía de la protección contra la
competencia paraguaya y, más aun. brasileña. Y se abogaba en favor de la
protección alegando la creación de trabajo, la calidad de ios productos loca­
les, los precios.competitivos y la pérdida de efectivo metálico a través de las
importaciones extranjeras.33
José María Rojas y Patrón, el delegada norteño, replicó en un extenso me­
morándum . afirmando la política de Buenos Aires ,2i Los impuestos de protec­
ción, decía, golpeaban al consumidor y no ayudaban realmente a las indus­
trias locales sí éstas no eran competitivas y capaces de abastecer las deman­
das de la nación. La economía pastoral dependía de tierras baratas, bajos cos­
tos de producción y demanda de cueros por parte de los mercados extranje­
ros. La protección elevaría los precios, aumentarla los costos y dañaría el co­
mercio de exportación. Y los que podían beneficiarse con la protección, apar­
te de la economía ganadera, eran una pequeña minoría. La masa de la pobla­
ción dependía del comercio exterior y. concluía, “nada podrá convencerme
de que es correcto prohibir ciertos productos extranjeros con el propósito de
promover otros que, o no existen todavía en este país o son escasos o inferiores
en calidad..”
Ferré volvió a rechazar los argumentos porteños.25 En su réplica a Rojas
censuró la libre competencia. Las industrias nativas no podían competir con-'
tra los menores costos de producción de los países extranjeros. Y así se per­
dían las inversiones, aumentaba el desempleo y los gastos de importaciones
llevaban a la ruina. Las provincias del litoral y del inferior necesitaban la pro­
tección para salvar sus economías, pero Ferré insistía en que él sólo.buscaba
la protección para aquellas mercaderías que el país yaestaba realmente pro­
duciendo, no para aquella que podría producir.
Buenos Aires no cedió, y el trata do federal del 4 de enero de 1831 fue con­
certado sin Corrientes, aunque posteriormente lo firmó. El delegado dé Co­
rrientes. Manuel Leyva, en una carta al gobernador de Caiamarca. acusó a
Buenos Aires de ser un obsta culo para la paz y la unidad, sólo interesada en.retener los ingresos nacionales para su propio beneficio. La carta fue intercep­
tada por Facundo Quiroga y entregada aEosas, quien expresó su indignación.
Ferré, sin embargo, se negó a repudiar las opiniones de Leyva e hizo circular
nuevas argumentaciones dirigidas a los gobernadores de las provincias. Bue­
nos Aires, alegaba, estaba arruinando la economía del país, que dependía de
“la promoción y protección de una industria territorial’'. “Prohibida la intro­
ducción de vinos, aguardientes, tejidos y demás productos que proporciona
nuestro feraz territorio, las producciones dé éste adquirirían ia debida impor­
tancia, y en igual sentido a proporción todos los ramos de industria nacional
que se crearon”'-26En lo concerniente al comercio exterior, debía ser alentado
mediante la apertura de los puertos fluviales a la navegación.de ultramar.
Pero la circular de Ferré fue criticada en Buenos Aires; la opinión oficial
señalaba los altos costos de producción y preguntaba: “¿Es correcto tiranizar a
la gran masa de consumidores simplemente para beneficio délos artesanos y
los estancieros?”27 ¿Acaso no existían ya impuestos del cuarenta-por ciento
para los vinos y licores importados, y veinticinco por ciento sobre las aceitu­
nas? El gobierno invocó otros argumentos. Cuando Ferré viajó en 1831 a Bue­
nos Aires para reunirse con M. J. García, el ministro de Hacienda de Rosas, e
insistió ante él sobre la necesidad de proteger a la agricultura local y a la in­
dustria contra la importación extranjera, sólo recibió en respuesta lo que él
consideró argumentos “puramente especiosos”. García sostuvo que “noso­
tros no estábamos en circunstancias de tomar medidas contra el comercio ex­
tranjero, particularmente inglés, porque hallándonos empeñados en grandes
deudas con aquella nación, nos exponíamos a un rompimiento que causaría
grandes m ales: que aquel arreglo era obra del tiempo, pues en el día tenia
también inconveniente, que con él disminuirían las rentas de Buenos Aires y
no podría hacer frente a los inmensos gastos dei aquel gobierno”.28 Tampoco
pudo aventurar sobre cuándo cambiaría esa situación. Sin embargo. Corrien­
tes tenía que resolver sus propios problemas, como siempre, siguió insistiendo
Ferré. En el período de 1825-30, la provincia tuvo una balanza comercial nega­
tiva durante todos esos años, excepto uno. La de Ferré no era la-tínica voz de
protesta. En enero de 1835, el gobernador de Mendoza, Redro Molina, solicitó
a-Rosas medidas que proporcionarán “una justa protección a su industria y
producciones” de su provincia. Se refería en la práctica a la prohibición de
importaciones, a fin de detener el desempleo y el drenaje de las reservas mo­
netarias.®
El federalismo provincial era la expresión política de la autonomía eco­
nómica, ya que el interior y el litoral procuraban defenderse contra Jas políti' cas de Buenos Aires y también, es necesario agregarlo, contra la de uno con
respecto al otro. Córdoba daba libre entrada a los vinos de Mendoza y San
Juan, privilegiados en relación con los importados del extranjero y, recípro­
camente, exportaba ganado vacuno, sin impuestos, a esas provincias. Co­
rrientes prohibió la importación de aguardiente (1830), ropas y calzado
Í183H, efectos y muebles de extranjería (1832), y yerba mate (1833).30 Pero
Corrientes era una provincia pobre, y demasiado grande su necesidad de
mercaderías y de ingresos; en 1834 se vio obligada a permitir la importación
de azúcar y yerba mate. A las provincias del litoral, en general, les resultaba
difícil resistir la atracción del comercio exterior, como puede apreciarse en
su deseo de soslayar el puerto de Buenos Aires, especialmente durante ios pe­
ríodos en que éste se hallaba bloqueado. Hasta este punto su proteccionismo
era irreal.
El nacionalismo económico era una fuerza política tanto en Buenos Aires
como en las provincias. No había, naturalmente, nada que pudiera llamarse
136
líbre comercio, ya que ei gobierno dependía de la aduana para recaudar ei
grueso de sus ingresos, y debía hallar ei correcto nivel impositivo que le per­
mitiera entradas suficientes sin matar el comercio que las generaba. Las ac­
titudes económicas estaban divididas siguiendo la linea de los partidos. En
general. los unitarios del grupo de Rivadavia apoyaban el libre comercio, y
los federales sostenían mía política más nacionalista, Pero los estancieros no
eran proteccionistas incondicionales, porque querían importaciones baratas,
' producción y ^ucns-s oporiuni&tidGS ^0 exportación. 31
bajos costos
La. penetración extranjera en Buenos .Aires, y particularmente la británica,
así como era bien recibida por algunos, tenia la amarga oposición de otros, ar­
gumentando que ella significaba un control exterior del comercio, competen­
cia con la industria local, desocupación y un obstáculo para ei desarrollo de
una marina mercante nacional. No todos estos razonamientos, reiterados
desde entonces, son válidos. Es verdad que los británicos, después de 1810, in­
trodujeron telas de algodón baratas para consumo popular, pero que no reem­
plazaron necesariamente a las telas producidas iocalmente. Hasta cierto
punto reemplazaron a las telas peruanas, que tenían mucha demanda en las
épocas coloniales. Más positivo fue el hecho de crear una demanda completa­
mente nueva, poniendo por primera vez algodones baratos al alcance de un
mercado masivo. Mientras tanto, en el campo y en el interioraos ponchos de
lana de confección local coexistían bon los textiles británicos en el nivel más
bajo del mercado.22Las industrias locales artesanales en Buenos Aires y en el
interior, por lo tanto, sobrevivieron después de 1810, aunque tuvieron que pa­
sar por un lento y constante periodo áe declinación.
Para promover las manufacturas nacionales, un grupo de comerciantes,
locales propuso en 1815 una política fiscal que comprendía desde elevados im­
puestos hasta la absoluta prohibiciónpunto de vista secundado por los arte­
sanos de Buenos Aires que, durante la década de 1820 continuaron presionan­
do para lograr la intervención estatal, exigiendo la importación libre de im­
puestos de las materias primas necesarias para la manufactura, y la protec­
ción de las mercaderías procesadas con productos locales. Los estancieros,
en cambio, incluidos Rosas y los Anehorena, preferían el libre comercio a la
protección, sosteniendo los intereses del sector ganadero orientado a las ex­
portaciones. Los intereses de los consumidores también se oponían a la expor­
tación, ya que ésta restringiría el abastecimiento, eliminaría las alternativas
de la competencia y elevaría los precios. Existía cierta propensión contra ios
producios locales y en favor de los artículos importados. En 1831, el propieta­
rio de una fábrica de cerveza de Buenos Aires, Antonio Martín Thym, en la pu­
blicidad de su producto en la Gaceta Mercantil, defendía la industria nacional
y desaprobaba :tía preocupación inveterada que remaba generalmente en
esta ciudad de que todo lo elaborado en ei país no vale tanto como io elaborado
en el extranjero”.23 Los consumidores no eran nacionalistas.
La opinión favorable al libre comercio contaba con el apoyo de los que se
oponían a la intervención del Estado como principio; sostenían que la indus-
tria sólo se desarrollaría cuando tuviera condiciones para hacerlo, y que los
fabricantes nacionales que no pudieran competir en precio y calidad con las
importaciones extranjeras no merecían la protección. Pedro de Angelis, uno
de los más ilustrados voceros del régimen de Rosas, decía que "antes de ser
manufactureros es preciso ser labradores”.34 Atacaba con dureza la idea de
dar protección a ia industria provincial del vino y a ia porteñadel calzado, so­
bre la base de que la protección alzarla los precios para la masa de ios consu­
midores y distraería hacia la industria una mano de obra que sería mejor em­
pleada en el sector agrario. Si existía fuerza laboral disponible, rendiría ma­
yores beneficios utilizándola en la producción de sustitutos para los productos
agrícolas importados; ífUna abundante cosecha de trigo sería incomparable­
mente más útil a la población, que todo el producto délas industrias que, a cos­
ta de inmensos sacrificios, se procura fomentar entre nosotros1'.35Angelis es­
taba realmente en favor del concepto de la división internacional del trabajo,
contra la cual las leyes restrictivas resultaban impotentes o perniciosas.
Sin embargo, la preocupación por la adversa balanza de pagos, aunque no
lo fuera por la industria y sus empleados., fue suficiente para convencer al go­
bierno de que no debía cerrar las puertas a la protección. En 1829, a una im­
portación de treinta y seis millones ochocientos treinta y seis mil seiscientos
un pesos, correspondió una exportación de sólo veinticinco millones quinien­
tos sesenta y un mil novecientos cuarenta pesos; el país estaba gastando másde lo que ganaba, y la diferencia tuvo que ser llenada con salida de efectivo.
Las cifras de mayo y junio de 1832 muestran nuevamente una muy desfavora­
ble relación entre importaciones y exportaciones, y otra vez sufrió el país la
salida de dinero al exterior.36 La inflación y la pérdida de valor de la moneda
absorbieron la pequeña protección otorgada previamente. En esas circuns­
tancias. el grupo de los industríales tuvo oportunidad para hacerse oír. La in­
dustria sombrerera y la naciente industria manufacturera del cuero estuvie­
ron entre las voces que se levantaron exigiendo protección contra la influen­
cia de las importaciones extranjeras y, en algunos casos, contra la competen­
cia por las materias primas.
El desarrollo de una industria.del sombrero, en Buenos Aires, a fines del
siglo dieciocho, se vio estimulada por el descubrimiento de que la piel de la nu­
tria —disponible localmente— era tan apta para-haeer el fieltro como la del
castor, Pero existía una fuerte competencia por el cuero de nutria por parte
de los compradores extranjeros de Inglaterra y los Estados Unidos. Desde las
pampas y las provincias, a través de Buenos Aires, se exportaron miles de
pieles, aumentando de nueve mil novecientos catorce docenas en 1822, a trein­
ta y cinco mil seiscientos setenta en 1825, cincuenta y nueve mil setecientas
cincuenta y seis en 1329, y setenta mil doscientas cincuenta y siete en 1835. y
pronto las pieles de nutria ocuparon ei tercer lugar en las exportaciones, des­
pués de los cueros vacunos y la carne salada,37 La excesiva exportación, la
caza irrestricta y la sequía de 1830-32, que casi aniquilaron la especie, motiva­
ron una fuerte suba en el precio de las píeles y amenazaron aumentar de tal
138
manera los costos de producción que los fabricantes locales habrían de que­
dar en desventaja con respecto a los competidores extranjeros. Algunos fa­
bricantes porteños de sombreros se quejaban de que ios compradores británi­
cos y norteamericanos estaban tratando deliberadamente de acaparar las
materias primas y de eliminarlos a ellos del negocio. En 1832, cuarenta y cin­
co fabricantes de sombreros pidieron ai gobierno que prohibiera Ja exporta­
ción de pieles de nutría, para favorecer a la industria local y reducir el desem­
pleo. Pero la intervención oficial se limitó a controlar la intensidad y el perio­
do de caca. La alternativa consistió enutilbtar nuevos materiales, tales como
la seda y la felpa. Pero la industria porteña no se adaptó fácilmente a innova­
ciones de este tipo y al intentar hacerlo perdió una de las ventajas de las que ha­
bía gozado originalmente: el abastecimiento local de la materia prima. En
ese momento como los costos de producción aumentaron, la industria som­
brerera necesitaba protección contra las importaciones del exterior y, en
1835, así lo solicitaron.
Mientras tanto, se había establecido una nueva rama déla industria con
la manufactura de cuero marroquí. La iniciativa nació en 1834 y fue de Juan
Brydone y su socio Carlos Cadett, quienes invirtieron en una nueva fábrica
empleando artesanos europeos y logrando un artículo de buena calidad, aun­
que a precios no competitivos, a pesar de la ventaja de contar con materias
primas locales. Pidieron protección al gobierno para permitir que la “nacien­
te industria1’ pudiera sobrevivir, rechazando las teorías de Adam Smith y
aduciendo que “s in k protección patriótica y paternal de la Honorable Legis­
latura nos veremos precisados a desistir de nuestra empresa para no arrui­
narnos. ”33 La legislatura, esperando tal vez la mano directiva de R osas. no in­
cluyó este pedido en el arancel para 1835. Pero el debate continuó afuera. Un
artesano que tuvo que cerrar su taller escribió a la prensa explicando que la
razón principal era la posibilidad de conseguir mercadería extranjera de con­
trabando, que se vendía a precios imposibles de igualar por ios fabric antes lo­
cales. Una razón secundaria era que ios establecimientos manufactureros ex­
tranjeros que había en Buenos Aires estaban favorecidos al ser exceptuados
del servicio de milicia: "Mientras un hijo del país tiene que servir personal­
mente o pagar personero por sí y por sus dependientes, un extranjero y los su­
yos (que generalmente son de su nación) trabajan sin ser interrumpidos en
sus tareas”.39 En medio de estos puntos de vistas conflictivos, ¿cuáles eran
las intenciones de Rosas? Rivadavia y ios unitarios, teóricamente, habían
apoyado el libre comercio, aunque también ellos dependían de los ingresos
aduaneros. Rosas favorecía a los estancieros con respecto a los granjeros y
artesanos, mantuvo bajos los impuestos de importación y. por mucho tiempo,
resistió los pedidos de intervención. Durante su primera administración no
hubo aumentos significativos en ios aranceles. Un decreto del 7 de enero de
1831 impuso una escala móvil sobre la harina importada, en interés de los
agricultores y molineros, pero las cifras no eran lo suficientemente altas
como para significar una verdadera protección, no índuí2 el trigo y otros gra-
nos y no ayudó positivamente a la actividad agrícola.44:1En los aranceles de
1832, el impuesto sobre la sal importada se redujo de dos a un peso por fanega,
a pesar de las necesidades del Tesoro y el perjuicio a la industria doméstica de
Ja sal; se dio prioridad a los saladeros, que alegaban estar sufriendo por la
competencia de Montevideo y Río Grande del Sur. En la misma tabla arance­
laria, el impuesto sobre los sombreros importados subió de nueve a trece pe­
sos por unidad, a fia de proteger a la industria local. Durante el debate en 1.a
Sala de Representantes algunos diputados pidieron que se extendiera la pro­
tección a otras industrias domésticas, tales como la de zapatos, ropas y mue­
bles, pero no lograron su propósito, y el tratamiento especial acordado a la in­
dustria del sombrero fue defendido sobre la base de que utilizaba mano, de
obra y materias primas de origen local.41 Los aranceles de 1833 redujeron ios
impuestos sobre la exportación de cueros y abolieron el gravamen sobre la sal
transportada en barcos nacionales desde las provincias del sur; pero la agri­
cultura y la industria no tuvieron otra protección. En las tablas arancelarias
de 1834, la sobrecarga del diez por ciento en aquellas importaciones gravadas
en un treinta por ciento, se redujo a un cinco por ciento, en interés de la expan­
sión comercial, y el impuesto total sobre las mercaderías sobrecargadas era
ahora del treinta y cinco por ciento. La tabla arancelaria de 1835, entrada a la
Sala de Representantes durante el interregno, fue ampliamente debatida allí.
Los estancieros expresaron claramente que deseaban mantener una política
de libre comercio favorable para la exportación de cueros y carne salada,
mientras que una minoría “nacionalista'' buscaba lograr un sistem a de pro­
tección para las industrias locales y provinciales. En esa ocasión se mantuvo
la tendencia opuesta a la protección, y un pequeño ajuste del impuesto sobre
el trigo hizo muy poco en ayuda de ios agricultores locales.
TABLAS
Establecimientos comerciales e industriales en Buenos Aires, 1836-53
Tipo
Alambique
Almidón
Alfarería
Atahonas
Abanicos
Ahumadores
ArmeríasBombas ÍF)
Billares (F)
Botones
14C
1836
1
—
—
3
1
—
3
1
—
—
1853
-HW
2
2
49
2
i
15
—
1
' 14
Tipo
Arneses
Litografía
Mercería
Mármol
Modistas
Mueblería
Molino
Cascos
Loza de barro (F)
Albamleria (F) '
1836
1853
27
1
48
14
i
—
13
—
1
—
2
15
12
1
6
—
1
3
—
—
Tipo
Baúles
Broncerías
Braseros (F)
Barracas
Carruajes (F)
Caías
Carpinterías
Colchones
Cuchillería
Curtiduría
Cigarros
Carros ÍF)
Cordones
Chocolaterías
Carne de cerdo
Carretas CF)
Cuerdas
Cerveza (F)
Fideos
Fundiciones
Goma
Guitarras
Grasas
Herrerías
Herrería mecánica
Harineros
Hilos
Imprentas
Jabón ÍF)
Joyerías
Licores (F)
1836
1853
—
2
i
__
5
l
33
3
—
84
7
1
—
—
I
4
11
9
2
1
7
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—
54
25
35
1
3
—
—
_
o
g
110
6
—
5
19
—
2
9
—
—
—
3
10
2
2
2
13
74
19
—
—
—
7
15
4
Tipo
Panaderías
Peluquerías
Piel de ovéis
Platerías
P araguas(F )
Persianas ÍF)
Pianos CF)
Peines
Piel de oveja ÍF)
Sillerías (F)
Sombreros íP)
Sebo <F)
Sastrerías
Saladeros
Sombreros señora
Sillerías
Rapé ÍF)
Riendas
Relojerías
Registros
Sillas montar
Tacheros
Toneles
Tornerías
Tapicerías
Tintorerías
vciiunS
Vel as náuticas (F )
Vinagre (F>
Zapaterías
1836
1853
34
10
—
23
61
43
2
26
1
_
1
2
5
1
2
39
1
31
—
_
—
17
1
1
13
42
9
—
17
0
5
9
—
í5
1
49
_
_
—
—
—
51
3
19
3
—
4
10
—
23
3
7
5
4
10
3
8
—
108
Nota: CF) indica que el,establecimiento estaba clasificado como fábrica.
Fuente; Nicolau, Industria A r g e n t i n a y a d u a n a , p. 161.
En 1835, anticipando tal vez una nueva iniciativa del gobierno entrante,
los pedidos de protección porteños y provinciales se hicieron más insistentes.
Hasta ese momento, las políticas arancelarias en vigencia desde que Rosas
asumió el poder en ,1829 favorecían a los estancieros y saladeristas antes que a
141
í
la provincia como un todo. No estaba dispuesto a-arriesgar aumentos de los
costos de vida y de producción y perjudicar así al sector exportador; no creía
■que el precio del nacionalismo económico fuera digno de ser pagado. No exíste evidencia de que Rosas reviera un programa industrial o una política ecocómica de largo plazo para la Argentina. Pero no estaba atado a los principios
y . .a veces ( ei pragmatismo pasaba ai frente. Asi como estaba decidido a mantener las estructuras e intereses dominantes de la economía argentina, se haHaba también dispuesto a rescatar a las particulares víctimas de esa econom ía. de modo que. en el momento oportuno, tenia en cuenta las necesidades de
protección.
En la ley de aduana del 18 de diciembre de 1835 (es decir, para aplicación
en 1836) Rosas introdujo una tabla-arancelaria significativamente elevada..
Partiendo de un impuesto básico de importación del diecisiete por ciento, las
cifras aumentaban para dar mayor protección a los productos más vulnerables, hasta alcanzar un punto de absoluta prohibición. Las importaciones vitales, como el acero, el latón, carbón y herramientas agrícolas pagaban ac.
impuesto del cinco por ciento. El azúcar, las bebidas y productos alimenticios
pagaban el veinticuatro por ciento. El calzado, ropas, muebles, vinos, coñac,
licores, tabaco, aceite y algunos artículos de cuero pagaban el treinta y cinco
por ciento. La cerveza, la harina y las papas, el cincuenta por ciento. Los sombreros pagaban trece pesos cada uno. Estaba prohibida la importación de un
gran número de artículos, incluidos los textiles y productos de cuero; guineaHa y otros elementos de hierro y acero; productos déla madera y, cuando el
precio local cayó;por debajo de los cincuenta pesos por fanega, el trigo.42 Por
decreto del 31 de agosto de 1837, los aranceles de 1835 sufrieron algunos aum entes: se agregó una Sobretasa del dos por ciento a las importaciones su jetas al diez a diecisiete por ciento, y una sobrecarga del cuatro por ciento a
aqueHas que pagaban ei veinticuatro por ciento, Aunque estos aumentos estaban calculados para elevar los ingresos por la guerra boliviana, fueron eontinuados después de ella y, en la práctica fortalecieron la protección. El ajuste
de.1887 fue el último aumento.
El acta arancelaria de diciembre de 1835 fue una revisión antes que un
, cambio de la política tradicional. Desde 1810 los sucesivos gobiernos habían
intentado solucionar las tres exigencias en cuanto a sus políticas arancelarias
—ingresos aduaneros, principios de. líbre comercio y protección a la industria— y mantenerlas en correcta proporción. La política de 1835 fue algo nuevo en cuanto a que reducía la tendencia hacia el libre mercado y buscaba dar
ayuda positiva a las industrias manufactureras y agricultura de sembrados;
ai hacerlo, dio un paso adelante para satisfacer las demandas proteccionistas
hasta el punto de prohibir la entrada de gran número de artículos. ¿Cómo
reaccionó el mayor socio comercial de la Argentina ? El cónsul británico pensó que la ley de aduanas de 1835 iba a estimular la industria local y la agricultura, y el gobierno británico no objetó las nuevas escalas arancelarias. Los
aumentos de 1837 se consideraron más serios, y Palmerston aconseje al con-
142-
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sul británico para que ilustrara al gobierno de Buenos Aires sobre los benefi­
cios de] libre comercio.43 Aun así. el cónsul británico estaba más preocupado
con el poder de compra de los consumidores que con ios aranceles y ni siquiera con el bloqueo francés; y la caída de la demanda de producios británicos
"superiores’’ la atribuía a la conscripción para la guerra con Bolivia. las po­
bres pagas de los militares y los préstamos forzados:
Lina disminución muy considerable del valor de ios productos británicos importados
p ara consumo de estas Provincias se ha producido, como podrá apreciarse, durante el úl­
timo año, y puede ser atribuida a is ere ai enre pooress ce las ciases m edias y m as bajas,
debida a la guerra con Bolivia y sus lam entables consecuencias.. - Por causa de estas, ca­
lam idades, la dem anda de productos británicos m anufacturados superiores ha declina­
do esencialm ente, y es de tem er que siga declinando h asta que se haya restituido otra vez
la paz y la tranquilidad en las Provincias.44
Si bien los británicos reaccionaron con calma ante la ley de aduanas de
1835 y es cierto que existían antecedentes en cuanto a parte de su contenido, es
realmente un hecho que se trató de una innovación, una vuelta de tuerca hacia
la protección, una concesión ala industria nacional y 8 la agricultura.
¿Por qué lo hizo Rosas ? ¿Creía realmente que la .Argentina podía aumen­
tar su autosuficiencia en la industria? ¿Estaba convencido de que el país po­
día reducir su dependencia de las importaciones, resistir la competencia ex­
tranjera y tolerar los costos de vida más elevados? ¿O influyó en él cierta
preocupación por lo que un historiador llamó “el bienestar de las clases me­
días”, a las cuales habría sido políticamente peligroso oponerse? De acuerdo
con esta interpretación, el partido federal estaba perdiendo terreno hacia me­
diados de la década de^ 1830 y necesitaba ampliar su base social, "'una vez
más, el partido federal necesitaba apoyo popular y estaba dispuesto a pagar
el precio, Reconoció que había que sacrificar al libre mercado en ei altar déla
conveniencia política”.45 Sin embargo, la explicación política sólo conduce a
nuevos interrogantes. El régimen tenía ya una base sólida en la estancia.
¿Qué diferencia política podía significar un débil sector industrial ? ¿Qué evi­
dencia existe de que Rusas necesitaba el apoyo de un interés minoritario? Y
aun si había en Buenos Aires una “clase media”, ¿se iban a beneficiar todos
sus miembros con la ley de aduanas de Rosas? Una explicación alternativa
utiliza el argumento dei nacionalismo. Considera a los aranceles de protec­
ción como un intento de dar realidad a la Confederación Argentina planeada
en el Pacto.de i83i: Rosas, hasta ese momento nombre de Buenos Aires, co­
menzó a actuar como autoridad nacional en favor de las "clases populares”'y
contra los intereses extranjeros.45 Pero de una política "nacional” era de es­
perar que incluyese concesiones sobre la navegación de los ríos y el control de
Sos ingresos aduaneros, y no había señales de que Rosas estuviera pensando
en eso. En cuanto a las "clases populares ”, no entraban en sus cálculos como
parte de la nación política.
La ley propiamente dicha no tenía un texto explicativo, pero el Discurso
143
del Gobernador a la Sala de Representantes, en dieiembre.de 1835. dio -algu­
nas indicaciones sobre sus fundamentos.
"Largo tiem po hacia que la agricultura y 3a naciente industria fab ril dei país, se resen­
tían dé la falta de protección, y que la clase m edia de nuestra población. que por cortedad
de sus capitales, rio puede en trar en em presas de ganadería, carecía dei gran estímulo al
trabajo que producen las fundadas esperanzas de adquirir con él m edios de descanso en
la ancianidad, y de fomente a sus hijos. El Gobierno ha tomado este asunto en considera­
ción, y notando que la agricultura e industria extranjera im piden esas útiles esperanzas,
sin que por ello reportem os ventaja en las form as o calidad
En otras palabras, sin comprometer la hegemonía de los estancieros, Ro■ tas se proponía asegurar el bienestar de los sectores menos-privilegiados;
mientras mantenía ís economía existente, tomó las medidas para ayudar a
sus víctimas.
Sin embargo, la ley de aduanas de diciembre de 1835 no puede ser juzgada
exclusivamente en términos de populismo porteño, porque sus fundamentos
tampoco eran exclusivamente sociales. Como el mismo Rosas lo explicaba, la
ley tenía un fuerte contenido iníerprovindai: si bien su propósito no era pro­
mover una política nacional, silo era lograr, por lo menos, que la política fede­
ral tuviera mayor credibilidad, dando protección tanto a las provincias como
a Buenos Aires, y constituía una invitación a las provincias para que adopta­
ran una política de mayor colaboración en sus propias tarifas aduaneras. Pero no todas las provincias quedaron tranquilas, porque una resolución no
declarada de la ley de 1835 era que Buenos Aires seguía controlando la aduana
y ejercía aún hegemonía sobre la política económica de la Confederación. En
consecuencia, Rosas tuvo que justificar su posición y, en particular, explicar
por qué la yerba mate y el tabaco de Corrientes pagaban en Buenos Aires los
mismos.impuestos que los de origen paraguayo, y por qué existía un derecho;
de importación sobre los cigarros del veinte por ciento, igualmente en detri­
mento del producto de Comentes. Escribió al gobernador correntíno que la
discriminación entre los productos de su provincia y los paraguayos provoca­
rían el contrabando: !!Por lo que hace a ios cigarros, tuve la fuerte considera­
ción de que en esta provincia hay muchas mujeres pobres que viven de esta
clase de industriad’ Había factores de compensación en otras partes del siste­
ma arancelario que favorecían a las provincias contra Buenos Aires: un
ejemplo era la prohibición de importar ponchos extranjeros, que eran noto­
riamente más baratos para el consumidor porteño que el artículo manufactu­
rado en las provincias (un treinta a un cuarenta por ciento).48
Posteriormente, después de haberse producido el aumento de los arance­
les, Rosas declaró en su discurso de enero de 1837:
"L as m odificaciones hechas en la ley de aduana, a favor de k ag ricu ltu ra e industria,
han em pezado a h acer sen tir su benéfica influencia... Los calieres de ios artesanos se h as
poblado de jóvenes, que con la vigilancia de la policía han dejado de m olestar el tránsito
de las calles, y debe esperarse que el bienestar de estas ciases aum ente con u su ra la in-
iroducción de los numerosos articules de la industria extranjera, que no han sido prohibí­
aos o recargados de derechos. Y es efecto, el com ercio exterior crece de un modo sólido y
perceptible”.
Por último, explicaba de nuevo que la ley de aduanas “no fue un acto de
egoísmo”, y que Buenos Aires esperaba de las provincias una acción recípro­
ca evitando levantar barreras contra su comercio.’®La inconsistencia deestas afirmaciones puede tener una explicación muy simple, que Rosas estaba
pronunciando un discurso formal desde el trono, que no había sido escrito por
él sino por algunos funcionarios que no coordinaron sus meas o sus políticas.
Una explicación alternativa puede ser la de que Rosas buscaba honestamente,
algo paraúoüos, especialmente para los estancieros y saladeristas, pero tam­
bién para los comerciantes, artesanos, obreros y granjeros. Porque continuó
afirmando que la restauración de la ley y el orden había beneficiado a todos,
incluyendo alos pobres: “cada uno se encuentra rico en su pobreza, desde que
sabe que lo que tiene es suyo, y que puede disponer de cuanto adquiere”, ün
punto de vista complaciente, sin "duda, pero muy característico. En estas pa­
labras, Rosas imprimía su bendición al orden social existente, no al cambio.
5
Los efectos de los aranceles de protección de 1835 se hallaban lejos de ser
ciaros. Los primeros en beneficiarse eran, aparentemente, los agricultores.
Los precios de los granos mejoraron, ante ¡a satisfacción de los cultivadores
déla provincia de Buenos Aires y del interior; bubo cierta di versificación y un
aumento constante en la producción de trigo, maíz y hortalizas hasta 1850 y
aún después. Entre 1835 y 1838 hasta se realizaron exportaciones de trigo, ha­
rina y maíz.5QPero la agricultura continuaba sufriendo la falta de condiciones
estables y ios precios de los granos oscilaban. En algunos años, ios altos pre­
cios eran un estímulo, en otros, subían a tales niveles que indicaban una esca­
sez de oferta. Los bloqueos dieron a la agricultura una protección agregada,
pero entonces los consumidores experimentaron una verdadera escasez. En
los últimos años de la década de 1840. todavía se importaba harina norteame­
ricana, En años buenos, como 1850, los productores de harina de Buenos Aires
pudieron abastecer el mercado local y dispones* ademas de cierta cantidad
para exportación, pero ia agricultura de sembrados habría de encontrarse en­
tonces con otro desafío para obtener la tierra, debido a la creciente cría de
ovejas. Mientras tanto, los productores de vino y coñac del interior, incapaces
de mejorar la calidad de sus productos —o no deseando hacerlo— no pudieron
salir de la depresión, a pesar de las medidas de protección.
La respuesta de las industrias locales a la protección fue lenta y débil. Al­
gunos críticos alegaban rápidamente que las tarifas arancelarias eran dema­
siado bajas. Los fabricantes de zapatos, de Buenos Aires, uno de los grupos de
145
artesanos más numerosos en 1836. alegaron que el treinta y cinco por ciento dJ
derechos ■de importación no constituía protección adecuada, y que solamente
una prohibición total para importar calzado podría detener las crecientes pér|
dídas de capital, la reducción del tiempo de trabajo, los cierres y el desem j
pieo.51 Las quejas eran probablemente exageradas: si bien era cierto au¡á
existía una intensa competencia extranjera en el nivel superior del mercado j
ia importación de zapatos era sólo limitada, y Buenos Aires exportaba nor-J
malmente calzado de fabricación local a las otras provincias. De "manera que-:
los argumentos del sector industrial no impresionaron demasiado al gobisrY
no. Y de cualquier forma, pronto hubo otras presiones sobre su política econó-f
mica,
SI primer bloqueo francés comenzó en marzo de 1838. y casi de inmediato !
provocó una grave escasez de abastecimientos en Buenos Aires, produciendo f
así, en la práctica, un exceso de protección. Por decreto del 28 de mayo, Rosas ¡
redujo en un tercio todos los derechos de importación, con el objeto de inducir!
a los extranjeros a una ruptura del bloqueo y continuar las provisiones. Una-f
vez levantado el bloqueo (29 de octubre de 1840), los aranceles retornaron a if
sus niveles de protección, y eso duró un año. Pero el 31 de diciembre de 184iJ
Rosas decidió permitir la entrada de todos los productos anteriormente prohi- ¡
oídos, “para que se provea al ejército y la población de unos artículos que hanlf
escaseado enteramente".52Éstos incluían. las manufacturas de hierro y hoja-j
lata, ruedas para vehículos y algunos textiles, aunque fueron gravados con un §
impuesto del treinta y nueve por ciento, que tenía el propósito de aumentar los J
ingresos e impedir que resultaran demasiado favorecidos en la competencia.!!
con la industria local. Este apartamiento de la ley de 1835 sugiere que la pro-1
tección o el bloqueo, o una combinación de ambos, había reducido de hecho las |
importaciones, pero la industria local no podía producir como para evitar las ?
consiguientes escaseces. Éste fue el final d éla prohibición de importaciones. |
En 1845, cuando los británicos y los franceses-bloquearon Buenos Aires por se- j
gunda vez, Rosas tuvo que modificar otra vez los aranceles para reducidos, y J
los-derechos de importación bajaron en un tercio, Hubo un flujo de importa- f
dones a través del bloqueo, y los productos locales sufrieron las consecuen- j
das. Los textiles de Córdoba, por ejemplo, soportaron una brusca declinación |
entre 1844 y 184S, y se produjo un vuelco en la economía provincial, de textiles |
a lana virgen. El bloqueo francés quedó levantado en 1848, y sólo entonces fi- J
nalizo la reducción de los aranceles en un tercio y.éstos volvieron a sus niveles. J
normales. Eran los derechos de protección establecidos en 1835, aunque en ;
ese momento habían pasado a ser poco más que una formalidad, solamente j
útiles para obtener ingresos.
5
¿ Qué opciones tenía Rosas ? El empobrecimiento de ia provincia, combi- !
nado con la depreciación de la moneda y la pérdida de poder adquisitivo —el i
peso papel había perdido en 1850 más de la mi íad de su valor oro de 1835— indi- ¡
bia el desarrollo industrial pues se había reducido el mercado para la pro- ;
ducción local. De modo que la tabla arancelaria, aun cuando era efectiva, sólo i
146
[causaba escasez y elevación de precios, alimentando el costo de vida para la
[masa dél pueblo. Por lo tanto, Rosas abandonó tácitamente el intento de pro[mover las industrias nacionales mediante nuevas tarifas de protección y, en
[los últimos años de su régimen, los estancieros y consumidores estuvieron
m ejor servidos, mientras que ios artesanos tenían que contentarse con los
¡aranceles existentes. Los estancieros probablemente habían sufrido menos
.que otros sectores las consecuencias de los bloqueos, porque ellos podíanacumular y multiplicar sus rebaños mientras esperaban la reapertura del co­
mercio exterior; y aunque is producción do tetas de tana podía sumir ios erec­
tos de ia competencia extranjera, había ya un mercado de exportación en ex­
pansión para la lana virgen. Luego, una vez que el bloqueo quedó levantado,
se produjo un breve pero agudo aumento de la demanda de artículos de consu­
mo importados. Este periodo pronto quedó superado a raíz de una prolongada
y grave sequía que causó una seria depresión en ei mercado, y por un abarro­
tamiento de importaciones que excedían la capacidad de absorción. Pero en.
1851 la prensa de Rosas pretendía ver signos de mejora. Sin embargo, lo que
quería significar corno-mejora era la capacidad dei mercado para absorber
las importaciones extranjeras y la capacidad del sector exportador para sol­
ventarlas :
'
Durante eí m es pasado ha tenido lugar cierto movimiento en los productos m anufactura­
dos. La dem anda local ha estado m ás anim ada. Se han despachado varias tropas de ca­
rretas hacia las provincias del interior para llevar provisiones de toda ciase... .Ei consu­
mo de azúcar, vino, aceite, café, arroz, licores, tabaco, m aderos, carbón, quincalla y la
larga lista de im portaciones m enores desde el Brasil, ios Estados unidos y el M editerrá­
neo. es tan grande que. en cualquier m omento, bastan unos pocos meses para corregir
cualquier desequilibrio accidental entre la oferta y la dem anda.55
Las importaciones extranjeras continuaron buscando el mercado de Bue­
nos Aires. Los artículos de algodón, que constituían el grueso de las exporta­
ciones británicas hacia la Argentina, crecieron de un promedio anual de diez
millones ochocientas mil yardas entre 1822 y 1825, a cuarenta y seis millones
seiscientas mil en 1849; las sedas, de ochenta y tres mil sesenta pesos a dos­
cientos treinta y un mil cuatrocientos ochenta y cinco pesos;- la loza de barro,
de trescientos cincuenta y tres mil seiscientos ochenta y cuatro a un millón se­
tecientos mil.54 A los británicos parecía no obstaculizarlos debidamente la ta­
bla arancelaria ni los bloqueos. Cuando Charles Mansfield visitó ei Río de la
Plata entre 1852 y 1853. viajaba como publicidad ambulante para los artículos
británicos: su poncho de algodón blanco, comprado en Corrientes, estaba con­
feccionado en Manchester; sus espuelas electro-plateadas, compradas en
Buenos Aires, habían sido fabricadas en Birmingham.55
Entonces, ¿cómo respondía a la protección la producción nacional? Era
incapaz de aprovechar la oportunidad. Una simple ley. naturalmente, no po­
día por sí misma provocar un cambio estructural o reasignar recursos dentro
de la economía. Una política arancelaria solamente no podía dar a la indusÍ47
tria loe al la infraestructura necesaria para el desarrollo, y su efectividad quei
daba contrarrestada por otros factores. En un país de tan grandes distancias]
y medios de transporte tan primitivos, el costo del flete era extremadamente!
alto. De manera que los productos délas provincias estaban gravados coupe-]
sados costos de transporte aur¿ antes de que llegaran a enfrentar la competen-!
cia de los precios internacionales en el litoral. El hecho fue que la industria do-|
m ésííca no aprovechó las ventajas de ia protección otorgada por ley ni las de]|
bloqueo francés, y no desarrolló suficiente resistencia contra la competencia!
extranjera. Y si éste fue el caso con las empresas existentes, era aún menos»
probable que se intentara crear otras nuevas o que se arriesgara el capital enf
la industria cuando estaba más seguro en la tierra. Lo cierto es que la indus-J
tria no se expandió; mantuvo su característica artesanal y su limitada extern]
sión.
|
La protección significó dar respiración artificia] al sector más débil de lal
economía, mientras estrangulaba al más fuerte. Pocos agradecerían por eso !
a un gobierno. El mismo Rosas parece haber perdido ia fe en la protección, J
aunque formalmente no la abandonó. Y después de dieciséis años de altas ta-|
rifas aduaneras, con listas de prohibiciones totales durante seis años, ¿quéf
podía mostrar la industria? En el debate de 1853 sobre la ley de aduanas, un]
año después de la caída de Rosas, resultaba claro que el proteccionismo esta-!
ba a la defensiva y que las fuerzas decisivas de la economía no eran los artesa- ]
nos sino los estancieros, exportadores y comerciantes. Hasta un ex restate, J
como Lorenzo Torres, criticaba el anterior proteccionismo declarando que í
era inútil para la economía, costoso para el consumidor y complaciente con la 1
fuerza laboral, y aseguraba que no había hecho nada para promover el crecí- s
miento ni la calidad en la industria: “el resultado era que existían hoy los mis- ]
mos talleres que antes. Que no había tales fábricas en nuestro país, sino sola- J
mente talleres, los más de los que se hallaban sin haber progresado un ápi- i
ce. ’'3GÉsta era también la opinión de los observadores extranjeros. Martín de \
Moussy. al escribir pocos años después de la caída de Rosas, observaba que !
fíLa industria, por lo menos como la entendemos en Europa, ha hecho muy I
poco progreso en el Plata... Es más económico, generalmente, comprar ar- ¡
tículos importados extranjeros, a pesar de los elevados derechos aduaneros i
que deben pagar, que los producidos en el país. ”s7 La ley de 1853 de hecho re- i
dujo la protección a ia industria, bajando el impuesto más elevado al veinte f
por ciento, pero la mantuvo para la agricultura, por lo menos para el trigo, el i
maíz y la harina.
E
Había muchos obstáculos para el crecimiento industrial en la Argentina, |
y la política de Rosas era sólo parte de ia situación económica de la época. La |
propensión hacia una economía pastoral orientada a la exportación reflejaba \
tanto las condiciones económicas como la estructura social. Sin duda, un i
próspero sector exportador promovía el crecimiento del ingreso y el aumento l
de la demanda interna. Pero esto no aumentaba necesariamente el mercado \
interno. Los grupos más altos preferían las manufacturas importadas. Ha bis ]
148
■poco ahorro o acumulación de capitales para inversiones fuera del sector pas­
toral, Las importaciones de artículos de consumo y suntuarios utilizaban
; gran parte del capital excedente que. de lo contrario podría haber sido invertí: do. Los textiles y otros artículos de consumo para el mercado calificado com­
prendían mas del cincuenta por ciento de las importaciones totales de Buenos
Aires, en los últimos años de la década de 1830. mientras que las materias pri­
mas industriales, como el hierro y la hojalata, sumaban menos del uno por
ciento, cruda indicación de una producción reducida, de una tecnología infe­
rior y áel empleo limitado en las industrias artesanales locales.5®Si el capital
era escaso, otro tanto ocurría con la especializacíón y ei trabajo; eran muy
pocas las previsiones para la adquisición de nueva tecnología o aprendizaje
industrial. Pero el principal obstáculo era tal vez el mercado. Mientras las
ciases altas no invertían, el resto de la población no podía comprar; los bajos
ingresos y la capacidad adquisitiva limitada impedían que las masas forma­
ran un mercado consumidor capaz de crear y sostener una industria nacional.
Aunque había cierto crecimiento déla población urbana, sus necesidades po­
dían cubrirse con una combinación de importaciones y manufacturas artesanales. Estos hechos no deben sorprender: la naturaleza, y no la política, hicie­
ron a la Argentina como era. Ni el Estado ni la economía estarían suficiente­
mente desarrollados como para generar una moderna industria manufactu­
rera hasta después de la década de 1870.
Los organizadores de la Gran Exposición del Palacio de Cristal, en Lon. tires, en 1851, invitaron a las legaciones extranjeras y consulados a que requi­
rieran la,colaboración de sus gobiernos para reunir productos de las indus­
trias nacionales. Manuel Moreno, ministro argentino en Londres, escribió a
sus superiores en Buenos Aires, con más esperanzas que confianza;
"Aunque a prim era vista pudiera no aparecer un interés en nuestro p a í s eneoneurrir
a esta exhibición por falta de m anufacturas nacionales y productos de industria, hay no
obstante algunas labores, bien que en pequeño núm ero, que pudieran ser rem itidos con
mucho beneficio como son alfom bras bordadas de Córdoba, ponchos de cierta ciase, es­
pecialm ente de vicuña, alfom bras de pieles para antes las chim eneas provenientes de
Patagones, algunos tejidos de Corrientes, obras de encaje y otros trabajos que quizás
existen y yo ignoro. Varios de estos artículos han venido aquí algunas veces en mano de
individuos m ás como objeto de curiosidad que de especulación y puedo asegurar a V.S.
que lian sido adm irados. En este último invierno se ha introducido en Londres el uso del
poncho por la calle o para viajar; hay tiendas donde se venden ya fabricados en Inglate­
rra y puede decirse que h a sido moda, m ayorm ente entre la juventud, aunque inferiores
a ios de nuestro, país en su tejido, durabilidad y en sus coloridos. ”5e
Los productos de las artesanías tradicionales no bastaban para causar
entusiasmo en Buenos Aires, y las opiniones británicas eran allí de que había
muy pocas probabilidades de participar:
Casi puede decirse que la m aquinaria y las invenciones m ecánicas son desconocidas en
este país, tan reducido es su empleo p ara cualquier finalidad. Los únicos artículos de m a ­
quinaria que'hay en el país —y fabricados en Gran B retaña— son un molino a vapor para
149
I
m oler trigo y ana docena de tinajas a vapor p ara obtener grasa de los huesos y reses
m uertas. Los artículos m anufacturados, ilustrativos de los resultados producidos por eií
trabajo humano sobre las m aterias p rim as naturales,, son de extensión m uy lim itada, y "
la población prefiere casi sin excepciones la industria extranjera aun p ara los productos,
m ás insignificantes.®
’
■'
1
El sector industrial no era lo suficientemente importante ni numeroso,
como para constituir una base de poder, y Rosas no tenía necesidad de satisfa-i
cerio o cultivarlo. Si lo hizo, temporariamente, parece haber estado persi-i
guiendo mía potinca social .preferida, para ayudar a quienes había dejado!
atrás la economía prevaleciente, y como excepción a la regia general, la b s-|
gemonía de la estancia. No existía una Argentina alternativa y aún no podía *
nr
t
T
Leviatán
Rosas dividió a la sociedad entre aquellos que mandaban y aquellos que obe­
decían. El orden lo obsesionaba, y la virtud que más admiraba en una persona
era la subordinación. Sus opiniones sobre la historia argentina reflejaban
esas simples ideas. Veía a la Revolución de Mayo de 1810 como un mal necesa­
rio; había dado la independencia a la Argentina, pero dejando un vacío en el
que prevalecía el desorden y reinaba la violencia. Él mismo había salido a
rescatar ei país del caos en 1829: entonces se vio por fin que la teoría era una
ilusión, la democracia una utopia y la libertad una forma de esclavitud. E l es­
tanciero que había dado detalladas instrucciones a sus capataces para esta­
quear a sus. peones al sol se convirtió en el gobernador que incitaba a sus
jueces de paz y colmaba Sa-capacidad délas cárceles. En lugar de una constitu­
ción pidió un autoritarismo total, y en 1335 justificó la posesión de “un poder
sin límites" como vital para suprimir la anarquía: “He cuidado de no hacer'
otro uso que el muy preciso con relación al orden y tranquilidad general del
país5' .1Mucho después, en Southampton, declaró que se había hecho cargo dé
un país anárquico, dividido, desintegrado, arrumado einestable, “uninfierno
en miniatura", y hecho de él un lugar adecuado para vivir. “Para mí, el ideal
de gobierno feliz sería el.autócrata paternal, inteligente, desinteresado e infa­
tigable... he admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los
primeros servidores de sus pueblos.”~Pero io que Pvosas veía como un bene­
volente despotismo, er.a calificado por otros argentinos como una despiadada
tiranía.
Si había algo para Rosas más detestable que la democracia, era el libera­
lismo. La razón por la que odiaba a los unitarios no consistía en que ellos que­
rían una Argentina unida, sino que eran liberales que creían en los valores se­
culares del humanismo y del progreso. Los identificaba como francmasones
e intelectuales, "hombres de las luces y de los p rin cip io s . subversivos que so-
151
cavaban el orden y la tradición, y a q u ien es h a lla b a responsables en último
término de los asesinatos políticos que hab ían d esa ta d o la brutalidad enla
vida pública argentina desde 1828 hasta 1835.3 L a s doctrinas constitucionales
de unitarios y federales no le interesaban, y nunca fu e un verdadero federal
En 1829 negó que perteneciera al federal ni a ningún otro partido, y expresósu
desprecio por Dorrego.4 Pensaba y gobernaba co m o un centralista y estaba
en favor de la hegemonía de Buenos A ires. E x p lic a b a la s divisiones políticas
en términos de estructura so cia l. Interpretó e l co n flicto de 1828-29 y sus const
cuencias como una guerra entre las c la s e s m á s p o b res y la aristocracia mer
cantil. “La cuestión es entonces entre una m in oría aristocrática y una mayo,
ría republicana.”5 “La m asa federal la com p on en só lo la gente de campaña;
el vulgo de la ciudad, que no son los que d irig en la política del gabinete".*!
en cierta ocasión confesó la fa u te d e m ie u x d e su f e d e r a lism o : “Estoy persua­
dido de que la Federación es la form a de G obierno m á s conforme conlospró
cipios democráticos con que fuim os ed u cad os en el esta d o colonial sin serct
nocidos los vincules y titulos de la A risto cra cia co m o en Chile y Lima...pero
aun asi, siendo Federal por íntimo con ven cim iento m e subordinaría a serUni­
tario, si el voto de los pueblos fuese por la U n id a d .”7
La unidad, solía decir, era m ás aprop iad a p a ra una aristocracia,elfedt
ralismo para una democracia. En abril de 1839, seg ú n lo informado porsuso
cretario, el conspirador Lafuente, p red icab a a lo s d e su peña en un atardece
bajo los ombúes de Palermo. Sostenía “que n o so tro s éra m o s demócratasofo
derales que para él todo es lo m ism o, d esd e lo s e s p a ñ o le s ”.8
Pero esto era retórica política. No h ab ía d e m o c r a c ia en la Argentinaya
pueblo no gobernaba. R osas m anipulaba a lo s s e c to r e s inferiores, comosebi
visto, pero no los representaba ni los em a n c ip ó . S e n tía horror de la revoluciót
social y cultivaba a las cla ses populares no p a ra d a r le s poder o propiedades
sino para apartarlas de la violencia y la in su b o rd in a ció n . Creía tener unalec
ciónpara enseñar a otros gobernantes. L a r e v o lu c ió n d e 1848, en Francia,®
tivó su más enérgica condenación. La vio co m o un co n flicto entre aquellos^
no tenían intereses en la sociedad y los h o m b r e s ju ic io so s y prudentes, duefó
de propiedades; y debía culparse al g o b iern o fr a n c é s por no prestaratenckí
a las clases más bajas.9 No abogaba él, n a tu r a lm e n te , por una reforma soci¿
sino por la propaganda y com pulsión. R o sa s te n ía in stinto para manipulan
los descontentos de las m a sa s y v o lv e r lo s c o n tr a s su s propios enemigos^
manera tal que no dañaran la e stru ctu ra b á s ic a d e la sociedad. Mediante^
mezcla de nacionalism o y d e m a g o g ia e r a c a p a z d e d a r , con mucha habilité
una ilusión de participación popular y u n a co m u n id a d de intereses entrepf
trón y peón. Pero su fed era lism o ten ía p o co c o n te n id o so cial. En realidad,
sas destruyó la división trad icion al e n tr e f e d e r a le s y unitarios e hizo queest^'
calificaciones carecieran v ir tu a lm e n te d e s ig n ific a d o . Las sustituyóporr^
sism o y antirrosism o.
,
¿Qué era el rosism o? Su b a s e d e p o d er e r a la e s ta n c ia , foco de recur*
económicos y sistem a de control s o c ia l. L a e s t a n c ia dio a R osas lospertr#
152
j^fle guerra. la alianza de colegas estancieros, y los medios para reclutar un
í ¡Ejército de-peones, gauchos y vagos. En 1829, no sólo derrotó a sus enemigos
jjpnitarios, también demostró su habilidad para controlar fuerzas populares.
>aJEntonces explotó de tal manera eimiedo que los hombres sentían por la anarp'lqula. que pudo pedir y obtener el poder absoluto. Así armado, procedió a to^ ímar la posesión total del aparato estatal—la burocracia, la policía, el ejército
°§de linea—. Con los principales medios de coerción en sus manos, terminó su de.^¡pendencia de las fuerzas irregulares del campo. Ya podían volver a casa, los
^estancieros a trabajar sus haciendas, los gauchos a cumplir sus tareas depeo' §ne$ o a servir en el ejército reguiar. Rosas ejercía en ese momento un monopojlio de poder en un estado adecuado a los intereses de ios ganaderos y a una pri■|jmitiva economía de exportación. A medida que el populismo retrocedía, la
f persuasión tomó su lugar; el control, la coerción y 3a propaganda se hicieron
características intrínsecas del régimen. Se impuso un control político total.
3'¡ En ese sentido, el rosismo era un clásico despotismo, pero era un despotismo
,-í con una novedosa organización y con su propio estilo. No se permitían leaita° | des rivales ni partidos alternativos, ün régimen que controlaba todos los medios de comunicación inculcaba en los cerebros délos hombres un implacable
| adoctrinamiento. Se hizo de Rosas una gran figura líder, un gobierno uniper.“¡ sonal, protector y padre de su gente, mientras un movimiento político único
íl tomaba el lugar de la elección constitucional. Los activistas del partido en
alianza con la policía aplicaban un sistemático terrorismo contra "el enemigo
í interior” . La detección de disidentes y la destrucción de quienes eran oposito:| res comprometían gran parte de los recursos del Estado, mientras se imponía
f un sistema de conformidad que era de carácter casi totalitario. La pacifica | ción tenía ou precio.
I
Este régimen dio a Rosas hegemonía sobre Buenos Aíres durante más de
| veinte años. Pero no pudo aplicar la misma estrategia para todo el resto de la
I- .Argentina. En las provincias del oeste veían a Rosas como un caudillo que ser| vía los intereses locales de Buenos Aires; allí no era tan fácil conseguir ia lealf tad de los hacendados y los servidos de sus peones. En el interior, el partido
| federal tenía raíces económicas más débiles y una base social más estrecha;
| y en las zonas más remotas de la confederación no se podía aplicar de inme| diato la dominación autocrática ni regular el uso del terror. La pacificación
I de! interior, por lo tanto, significaba la conquista del interior por parte de Bue­
nos Aires,10 Él federalismo daba paso al rosismo. Sin embargo, esta solución
no se pudo aplicar a las provincias del litoral, donde la intervención extranje­
ra, aliada con los opositores locales, impidió la hegemonía total de Buenos Ai­
res y finalmente ambos inclinaron la balanza en contra de Rosas.
El advenimiento de Rosas al poder en 1829 fue considerado como una res­
tauración después del interregno del usurpador Lavalle. La Sala de Repre­
sentantes aprobó con retroactividad todos los actos de su conducta política y
militar como Comandante General de Campaña desde el r de diciembre de
1828 hasta el 8 de diciembre de 1829, en que asumió como gobernador de Bue-
153
nos Aires dotado de poderes extraordinarios, Jo declaró Restaurador de ia|
Leyes e Instituciones de la Provincia de Buenos .Aires, y le otorgó-diversos 1
tulos y condecoraciones.13 Por supuesto, no existía cohesión ideológica e n |
país, ni unidad social detrás de los valores aceptados. De manera que la r e í
tauración estaba dirigida más a los intereses que a las ideas, Rosas represes!
taba poderosos grupos de intereses, estancieros y hombres de negocios, qu|
querían pa2y seguridad y que identificaban a los gobiernos unitarios de Rival
davia y Lavalle con la innovación y la inestabilidad. El primer gobierno dtf
Rosas (1829-1832) subordinó todo a la ley y el orden. Reforzó el ejército y prof
tegió a la Iglesia, silenció las críticas e ignoró a la educación. Pero no ignoró
ios pobres o, por lo menos, a aquellos que se habían empobrecido por la caus&í
federal durante la guerra de 1828-29, abasteciendo con bienes y servicios a lasP
fuerzas de R osas; a éstos los compensó, o les prometió compensación con fo s|
dos públicos.12 Así fue como Rosas entró para reconciliar, y comenzó con ungí
administración moderada: nombró al general Tomás Guido ministro de Go4
bienio y Relaciones Exteriores, al general Juan Ramón Balcarce ministro de!
Guerra y al doctor Manuel J. García ministro de Hacienda. Pero en marzo deij
1830 Guido fue designado comisionado argentino para considerar la constituí':
don del Uruguay, siendo reemplazado temporariamente (hasta el 5 de enero!
de 1832} por el doctor Tomás Manuel de Anchorena, a quien Rosas describía:!
como su “oráculo ” y Woodbine Parish como "un hombre de carácter violente í
y muy descuidado de la popularidad".33 Anchorena era un fanático conserva- ”
dor, un ultra católico, un nacionalista que hasta se había mostrado hostil aitratado anglo-argentino de 1825.
”
{
Esto marcó la iniciación de una política de facciones, con un gobierno dis-|
puesto a vengarse de sus enemigos unitarios. Las publicaciones antifederalesl
fueron objeto de ataques, y el ejecutor público quemó en la plaza principal!
muchos ejemplares del Pampero, la Gaceta Mercantil y E l Tiempo zL as “ía -|
cuítades ex traordin arias” significaban que Rosas podía restringir la libertad i
de prensa mediante acción ejecutiva. Un decreto del 3 de octubre de 1831 f
prohibió la venta de libros e ilustraciones “contrarios a la religión y buenas y
costumbres”. Se quemaron públicamente obras de Volney, Voltaire y hasta f
de Racine, juntamente con biblias protestantes y cuadros que representa -1
ban la más remota sospecha de desnudez, Pero el verdadero propósito era la 1:
censura política. El 29.de enero de 1832, Rosas decretó la suspensión de dos pe-1
riódicos, E l cometa y E l Clasificador o E l Nuevo Tribuno sobre la base de que |
constituían una amenaza para ei orden y la unión. El V de febrero de 1832 emi- :
ció un decreto de imprentas,, imponiendo la obligación de obtener un per- ,
miso expreso del gobierno antes de establecer cualquier diario o periódico.
Los dueños de los existentes tenían quince días para cumplirlo, vías pecalida- j
des en caso de falta eran severas; primera vez, seiscientos pesos o tres meses i
de prisión: segunda v e z : el doble de la primera: tercera vez, castigo como j
perturbador del orden público. Después de esto, la prensa quedó eíeetivamen- f
■te amordazada y se convirtió en simple vocero del gobierno.34
ií
.154
El cambio de dirección, sin embargo, no-fue causado solamente por per­
sonalidades. La razón básica era el colapso del federalismo en el interior, que
■amenazaba difundirse hacia el litoral y revertir las victorias de 1829. Facundo
Quiroga llegó dramáticamente a Buenos Aires el 11 de marzo de 1830,
huyendo del general Paz y los unitarios. Sin duda, Rosas explotó estos hechos
para excitar el odio contra sus enemigos, pero la amenaza en sí misma era su­
ficientemente real y. al ponerse personalmente a la cabeza del federalismo
intransigente, Rosas sólo respondía a las circunstancias. Retuvo los poderes
extraordinarios, presidió una clara victoria federal en las elecciones de abril
de 1830 y empezó a gobernar en forma antocrática. Hubo una cantidad de
arrestos arbitrarios, que la Sala de Representantes se apresuró a criticar,
pero los ministros Anchorena y Balcarce defendieron basándose en la seguri­
dad pública. Desde ese momento en adelante estaban en conflicto dos alas po­
líticas, el federalismo tradicional y el nuevo rosísimo. En consecuencia, el pri­
mer gobierno de Rosas se transformó en una lucha entre el gobernador y su
facción, que buscaban implantar una dictadura, y la Sala de Representantes,
que intentaba preservar el constitucionalismo federal. Y este conflicto era
acompañado por otro que fue aun más prolongado, entre Rosas el centralista,
que se negaba a otorgar una constitución, y los caudillos provinciales, quienes
querían que se les reconocieran sus derechos. En julio de 1830, el gobierno pre­
sentó a la asamblea una propuesta para que se le ampliaran los poderes ex­
traordinarios concedidos por la ley del '6 de diciembre, de 1829, y fortalecer así
la dictadura. Mediante una ley nueva, sancionada el 2 de agosto, los poderes
otorgados al gobernador ya no quedaban limitados por la '‘necesidad’' ni por la obligación de rendir cuentas de su uso a la legislatura. Se le dieron “faculta­
des extraordinarias” f‘con toda la amplitud” para que “haga uso de ellas se­
gún le dicten su ciencia y su conciencia. ” A partir de ese momento, cuando Ro­
sas arrestaba y castigaba a sus opositores y suprimía la libertad de prensa y
ios derechos individuales, no podía ser acusado ni debía rendir cuentas a na­
die.
Pero en el transcurso de 1831, Paz fue tomado prisionero y su liga militar
quedó derrotada. La victoria del federalismo, no sólo en Buenos Aires sino
también en el interior, produjo el efecto de calmar la atmósfera política y de­
terminó una promesa de concluir con las facciones. En 1832 Anchorena dejó la
administración, y otro tanto hizo García. El gobierno estaba en ese momento
formado por Vicente López y Planes, José María Rojas y Patrón, Manuel Vi­
cente de Maza y Victorio García de Zúñiga. Éstos eran hombres dignos y sen­
satos que significaban un retorno a la normalidad institucional. ¿Quería decir
esto que habían terminado los poderes extraordinarios? En los comienzos de
1832. Rosas tuvo conciencia de que la opinión pública, tranquilizada por la paz
y la seguridad, estaba en favor de la vuelta a la legalidad. Esto era contrario a
su propia convicción de que el país necesitaba un gobierno fuerte. A manera
de táctica, empezó a amenazar con su renuncia. La ofreció por primera vez a
la asamblea el 22 de enero de 1832. pero lo persuadieron para que la retirase.15
155
Luego se vio que la táctica no era suficiente. El 11 de mayo de-1832, en lj¡
apertura de una nueva sesión del parlamento. Rosas devolvió las facultades
extraordinarias, contra sus propios deseos. Durante los meses siguiente^
tuvo lugar una prolongada lucha verbal entre Rosas y .la asamblea, “El pro
greso de este debate", comentó el ministro británico, "se ha caracterizado
por una oposición más decidida a las opiniones del gobierno y por una exprej
sión m ás libre de los distintos puntos de vista, tanto en la misma Sala comoj
por parte del público, que las acostumbradas manifestaciones anteriores. ”-(j
Rosas exigía una “reforma" de la constitución con un sentido autoritario. Laj
negativa a obedecer de la legislatura fue la razón por la cual Rosas repetida^
mente se rehusó a aceptar la reelección. Esto no era simplemente para poned
su precio, sino porque él creía sinceramente que el gobierno no podía fundo-j
nar sin una mayor autoridad, y no quería ponerse en la situación de un gobier-j
no fracasado. Tenía cierto apoyo en la asamblea, pero había mucha oposi-j
cion. Algunos sostenían que “vivir constitucionalmente era una necesidad vi|
tal de nuestra sociedad” ; otros hacían una distinción entre las facultades con-j
íerídas para una emergencia y el otorgamiento de poderes dictatoriales per-]
manantes a un hombre; y otros consideraban "alarmantes” las propuestas y|
que era “muy peligroso poner el destino de un país en las manos de un solo|
hombre. ”17 La votación dio por resultado que una mayoría se oponía al pro-]
vecto. Los argumentos usados por la oposición irritaron a Rosas, lo misme]
que la votación, y lo tomó como una afrenta personal; éste fue un factor del
peso en su reehazo a aceptar la reelección como gobernador.
|
La Sala de Representantes, en la sesión del 29 de noviembre de 1832, acep-|
tó las facultades extraordinarias devueltas por Rosas y expresó su gratitud!
ante ei hecho de que “durante el gobierno de Vuestra Excelencia, la Provincial
ha alcanzado la feliz situación de vivir en tranquilidad bajo la autoridad de l
sus le y e s .E l 5 de didem bre de 1832 Rosas terminó su periodo de gobierno y laj
Sala de Representantes procedió a elegir un nuevo gobernador. La asamblea!
era totalmente federal en su composición, de modo que, inevitablemente, se -!
ría elegido un federal. ¿Pero quién? Ofrecieron de nuevo el gobierno a Rosas. |
y otra vez lo rechazó. Por lo tanto, el 12 de diciembre, eligieron al general S
Juan Ramón Baleares, a quien se veía como el más cercano a Rosas desde el I
punto de vista político y que tenía, de hecho, su aprobación; la continuidad í
también se lograba con dos ministros rosistas, el doctor Maza y García Zúñi-1
ga. La salida de Rosas, sin embargo, dejó un vado de poder en el que podía ge- J
aerarse la inestabilidad. El sector liberal del partido federal ganó más ban-J
cas en la asamblea y dio al nuevo gobierno una alternativa ante el grupo favo- ]
rabie a Rosas. Y. una vez en ei poder, Bálcarce no fue un dócil instrumento de J
Rosas sino un político independiente que buscó el apoyo de los oficiales del |
ejército y pareció decidido a gobernar, a dominar la asamblea,.refrenar la f
prensa rosisía y mantener en su lugar la facción de Rosas. Luego se vería que:|
había subestimado a la oposición. El 13 de octubre de 1833, una turba de tres-1
cientos rosistas fue dispersada y obligada a huir en el puente Barracas; pero J
158
se reagruparon en las cercanías y comenzaron a presionar sobre la ciudad
desde afuera. Rosas estaba en la Campaña del Desierto, cuyo ejército le pro■perdonaba otra base de poder; tenía ademas en el campo el apoyo de los peo­
nes y gozaba de una decisiva influencia sobre la milicia rara!. E l movimiento
¡ de resistencia rosista fue tomando impulso y quedó convertido en un sitio ar­
mado de Buenos Aires. Dentro de ia ciudad, la esposa de Rosas, doña Encar­
nación, movilizó a sus partidarios y preparó un enlace con las fuerzas resistas
que estaban afuera; tenía confianza en que “deben esperarlos en la Capital,
según los esfuerzos que hacen por reunirse y componer una fuerza imponen­
te”Is Rodeado y superado en su capacidad de maniobra. Baleares renunció el
3 de noviembre, y un día después eligieron gobernador a Juan José Viamonte.
Si ei gobierno de Baleares había representado una intervención militar en la
[ política, terminó en un triste fracaso, porque Rosas pudo convocar un apoyo
| militar mucho más amplio que el ejército regular.ifi
\
El Fosismo había demostrado que sus manipulaciones de ios sectores poí pnares rurales y urbanos podía generar poder político. Con ese factor en su
| vn or, no tenía interés en volver a las instituciones normales. De manera que
\ vía monte, inclinado a los principios constitucionales, nunca tuvo una oportuf aidad. Su gobierno perdió prestigio por ios ineficaces intentos del doctor.Gar; cía para reformar las finanzas, Perdió el apoyo de los federales conservado: res, como los Anchoren a, por su política eclesiástica liberal. Y se hizo sospe; choso ante los ojos de los estancieros rurales, quienes, junto con sus hombres,
' dieron a Rosas una base permanente de poder. Acosado y aislado, Viamonte
. renunció en junio de 1834. El ritual político empezó de nuevo. La asamblea eli­
gió a Rosas gobernador, pero él lo rechazó porque pensaba que nG se podía
ejercer el cargo sin facultades extraordinarias, y más aún teniendo en cuenta
que Balear ce y Viamonte habían introducido en ia administración elementos
que no eran dignos de confianza. Se negé cuatro veces, y entonces, el doctor
Maza,..presidente de la Sala de Representantes, fue propuesto y aceptó. Rosas
: pensó que podría controlar a Masa pero, como tantas veces ocurre. Maza no
fue tan fácil de controlar una vez que estuvo en el poder. Rosas le quitó su apo­
yo, y pareció inevitable la cíclica repetición del conflicto.
Rosas no se limitó a rechazar la gobernación, renunció además como Co­
mandante de Campaña (14 de julio de 1834), fundamentando su decisión en la
mala salud y la necesidad de atender sus descuidadas haciendas. Era de cono­
cimiento general —y así lo decían ios observadores políticos-— que su retiro
tenía la intención de perturbar al régimen e inducir a la asamblea a que le con­
firieran el poder total que él consideraba esencial para gobernar o, como te­
mían otros, “para convertir un sistema de gobierno constitucional y republi­
cano en. otro virtualmente despótico.,,2Í A medida que la sensación de insegu­
ridad aumentaba, el tácito argumento de Rosas se hizo irresistible. Y fuereforzado por un dramático golpe desde afuera.
Facundo Quiroga, el veterano caudillo del interior, había sobrevivido a la
violenta política de los llanos mediante una combinación de ferocidad militar
y férrea autoridad. Como azote de los unitarios, fue elegido por Buenos Aixg
para llevar una misión de pacificación al noroeste. Iba como emisario, no só|
de Maza sino también del mismo Rosas, quien el 20 de diciembre de 1834, des
de la hacienda de Figueroa, escribió a Quiroga una larga carta aconsejando!
sobre los problemas de mediación entre los caudillos enfrentados y sobre Ij
necesidad de apartar al gobierno y a la gente del interior de la idea de un¡j
constitución. El 25 de febrero de 1835, Rosas escribió otra carta a Quiroga de|
cribíéndole un remedio para el reumatismo.s Nunca le llegó. Cuando regr^
saba de su misión sufrió una emboscada y fue asesinado el 16 de febrero en B&
nanea Yaco. La muerte de Quiroga facilito el ascenso de Buenos Aires enlj
confederación. También preparó el camino para el retorno de Rosas al poder
Por éstas razones se rumoreaba en la época —y desde entonces asi lo han creí
do muchos— que el mismo Rosas había sido el responsable del asesinato, a pdf
sar de la versión oficial de que los autores del crimen de Quiroga eran sus enej
migos políticos, los hermanos Rein ai é, de Córdoba.32Pero si bien Rosas result
tó beneficiado por el asesinato, no existen evidencias que indiquen su autoría!
El asesinato de Quiroga polarizó a los políticos de Buenos Aires en federal
les doctrinarios, el ala liberal del partido, y los apostólicos, o resistas. E st|
concluyó abruptamente con el triunfo de los últimos, como única aJternativf
ante los unitarios y el caos. Se creyó que estaba en marcha una conspiraeíó|
para eliminar a los líderes del partido y que se necesitaban extremas medida|
de autodefensa. Tan pronto como el gobernador anunció a la Sala de Represen^
tantee, la noticia del asesinato de Quiroga, el 6 de marzo de 1835, ios diputado!
se precipitaron unos sobre otros para levantarse y clamar a Rosas que salvaf
ra al país de la anarquía, como ya lo había hecho antes. Era cierto que él ha,
rechazado el ofrecimiento del cargo un año antes. Pero en ese momento la si
tuación era diferente. Si era necesario, debían otorgársele facultades absolu­
tas para rescatar al país de la destrucción.23 Finalmente. Maza renunció el I
de marzo de 1835, y la Sala votó el siguiente decreto:
"Se deposita toda la su m a del poder público de esta Provincia en la persona del Brií
gadier General D. Juan Manuel de Rosas, sin m ás restricciones que las siguientes: 1
Que deberá conservar, defender y proteger la religión Católica Apostólica Rom ana. 2,
Que deberá defender y sostener la causa nacional de la Federación que han proclamado
todos los puebios de la República. 3. E l ejercicio de este poder extraordinario du rará por
todo el tiem po que a juicio del Gobernador electo fuese necesario.”
Rosas pidió doce días para considerar su respuesta. Finalmente, el 16 dé
marzo de 1835, se dirigió a la Sala expresando su agradecimiento por el hoi:
y lamentando el peligro inminente que amenazaba al país por la división
opiniones, el choque de intereses y las pretensiones de los individuos, todo Is
cual había paralizado totalmente la acción del ejecutivo. Declaraba luego qut
la única manera de resolver el problema era darle la entera suma del podes
publico, pero con el respaldo de la opinión pública, “que todos y cada uno de
los ciudadanos habitantes de esta ciudad, de cualquier clase y condición que
158
fuesen-expresen su voto precisa y categóricamente sobre el particular”.24
TambiénJa legislatura estaba dispuesta a explorar la opinión de toaos los ciu­
dadanos, por lo menos para compartir la responsabilidad de establecer una
dictadura.
■ El plebiscito se llevó a cabo los días 26 a 28 de marzo en las parroquias de
Ja ciudad de Buenos Aires, y ei electorado tenía que votar por “s r o por “no”
con respecto a la proyectada ley: esto no era exactamente para elegir a Ro­
sas, sino para “manifestar su opinión” en esta elección. También sépermiííó
catar a ios extranjeros. En realidad, los votantes comprendían a todos "los
ciudadanos habitantes de la ciudad”, “todo hombre libre, natural del país o
avecindado en él, desde la edad de veinte años o antes si mese emancipado”.
El voto universal masculino no era nuevo en la Argentina. Se había estableci­
do por primera vez por la ley electoral de Buenos Aires del 14 de agosto de
1821, que otorgaba el voto a “todo hombre libre, nativo o habitante del país, a
partir de la edad de veinte años”. Esa vez había dos diferencias. Primero, ei
plebiscite se realizaba solamente en la ciudad de Buenos Aires, presumible­
mente para ahorrar tiempo y en la suposición de que el campo era completa­
mente resista. En segundo lugar, mientras que normalmente sólo habían vo­
tado en las elecciones unos pocos cientos de personas, en ese momento partici­
pó una cantidad mucho mayor. EJ resultado rué: nueve mil trescientos dieci­
séis en favor de ia nueva ley; cuatro en contra.25 Calculando una población de
unas sesenta mil personas en Buenos Aires, y un padrón electoral de veinte
mil, esto significaba-que Rosas había recibido el voto de un cincuenta por
ciento dei electorado que, inclusive, había sido obligado a concurrir a ios co- •
micios por una mezcla de propaganda oficial y presión de los activistas. El
ministro británico creía que, aunque aparentemente Rosas había recibido
una aclamación universal, en realidad lo habían llevado al poder ios conser­
vadores y sus propios “servidores a medio-civilizar”, y con la sanción de un
“sistema,de amenaza y terror”.26La amenaza ejercida por la maquinaria po­
lítica de Rosas era realmente fundada, como se verá. Por esta razón eran
muy significativas las numerosas abstenciones; abstenerse constituía un
acto positivo y peligroso y. para mucha gente, un acto de müitaneia. Rosas
nunca repitió el experimento.
A continuación del referéndum, la mayoría de los diputados apoyó la nue­
va ley, que fue finalmente sancionada ei r de abril de 1835. En su mensaje a la
Sala, fechado el 4'de abril, Rosas aceptaba el cargo de gobernador, a pesar de
sus “costosas” consecuencias, su salud debilitada, y el daño a sus intereses.27
Señalaba que se le había confiado “ilimitado poder por el término de cinco
años” y que, aunque algunos pensaban que durante ese período era innecesa­
ria la existencia de la Sala de Representantes, él no podía aceptar esto, y espe­
raba que “los Sres. Representantes, que aun cuando tengan a bien cerrarla
Legislatura, y a la vez suspender sus sesiones,.harán que continúe la Honora­
ble Sala, renovando cada año los Sres. Diputados que corresponda, y obser­
vando todas las demás formalidades indispensables para su conservación”.
159
Era una siniestra perspectiva, que llegaba aun más allá que la preceden-';
te de 1S29-32. Entonces, por lo-menos, los tres poderes eran independientes.;
teóricamente. En ese momento, se había dotado ai ejecutivo de poderes ex-';
. traordinaríos cuyos límites serían establecidos por él mismo, no por xa legis-;|
latura. La Sala de Representantes quedaba reducida a cero. Y los jueces sólo ]
serían independientes hasta la medida que el gobierno se lo permitiera. Si al-1
guna vez los nombres buscaron refugio de la anarquía en un leviatám eso fue |
lo que hicieron en Buenos Aires en 1835.
f
El lunes 13 de abril de 1835. un ala de brillante sol otoñal, fue de fiesta pú- j
blica en Buenos Aires, con desfile de tropas, multitudes que adamaban desde j
los balcones y los techos, un arco triunfal en la esquina del cabildo, puertas y-j
ventanas adornadas con sedas rojas y amarillas y las calles y postes de luces J
cubiertos de ñores y estandartes. A la una de la tarde, Rosas, acompañado f
por los generales Pinedo y Mansilla, se presentó en la Sala de Representantes §
para prestar el juramento del cargo. Luego, tirado por hombres en vez de ca-1
ballos, fue conducido hasta el fuerte en su carrosa, donde las damas se apiña-1
ban en las terrazas, balcones, puertas y ventanas, arrojando flores al paso de-l
los que desfilaban. Un observador registró una breve tragedia: “La cuadra |
antes de llegar a la plaza de la Victoria, la rueda del coche apretó un niño de 121
o 14 años, que incauto se metió debajo de él y lo m ató; funesto principio que in -1
died antes del mando, lo que había de ser después de estar en él.”28 Durante |
las semanas siguientes, la vida pública de Buenos Aires fue una continua ron--|
da de tedéums, conciertos, bailes patrióticos y banquetes. El crescendo de l
adulaciones era cada vez mayor mientras los diversos grupos sociales, mili-1
cares, comerciantes, funcionarios y otros rivalizaban para demostrar su leal-1
tad a Rosas. Los principales barrios de la ciudad organizaron sus propios fes- jj
tejos. Revivieron las corridas de toros. El gobernador ofreció un baile en la |
casa de gobierno, en el que las damas estaban “'federalmente vestidas”, sin la t
menor traza de azul en ninguna parte.25 Rosas asistió a una función de teatro I
especial en la que habían puesto su retrato en el escenario mientras le rendían |
honores musicales con un himno dedicado si Restaurador de las Leyes. En i
otra ceremonia, organizada por el ejército, llevaron por las calles un gran re- í
trato de Rosas en un carruaje adornado con banderas y trofeos militares y f
arrastrado por sus seguidores vestidos con chaquetillas rojas. La adulación, f
se convirtió en idolatría, y los retratos del Restaurador ocuparon ios altares f
de las principales iglesias.
:].
La contribución particular de Rosas en estas celebraciones.inaugurales l
fue una proclamación en la que prometía usar sus poderes ilimitados para lie -1
var a un rápido juicio y a la muerte a los enemigos del régimen, de manera. ¡
que “de esta raza de monstruos no quede uno entre nosotros”, y con la espe- f
ranza.de que otros se alejarían espantados por el terror. Se veía a sí mismo ]
como un dictador por derecho divino y consideraba a los justos castigos que él I
imponía como un acto de Dios.30 En este sentido, sin embargo, el régimen co-J
menzó con moderación; tres acusados de conspiración militar contra ei g o -|
160
bernador fueron fusilados el 29 de mayo de 1835 en la Plaza del Retiro y sin jui­
cio previo. A excepción de éstos, hubo pocas muertes en el primer año y entre
los diversos espectáculos ofrecidos al populacho, las ejecuciones públicas no
fueron lasunás importantes.
'Las demostraciones estaban inspiradas oficialmente y constituían un an­
ticipo del estilo de gobierno de Rosas, un signo exterior de la sumisión inte­
rior. Pero la obediencia pasiva no era suficiente. Rosas quería un apoyo abso­
luto y activo de todas las instituciones del país, desde la Sala de Representan­
tes, las cortes de justicia, la burocracia, la prensa, la Iglesia, los militares,
hasta de los patrones y los peones. Como Rosas controlaba todas las institu­
ciones dél Estado y la sociedad, no había tolerancia para la oposición, ni tam­
poco oportunidad alguna, sólo una existencia clandestina y peligrosa. Rosas
proclamó una sola y exclusiva verdad en política.
La Sala de Representantes continuó como criatura del gobernador, a
quien ella formalmente había “elegido “. Adoptó Ja costumbre de enviar su re­
nuncia a la Sala de tanto en tanto. Pero jamás fue aceptada. Porque la Sala de
Representantes solo representaba al régimen. Hubo elecciones para la legis­
latura —aunque no para el ejecutivo— y desde 1S36 siempre se presentaban
candidatos oficiales y siempre eran elegidos. La Sala estaba compuesta por
cuarenta y cuatro diputados, y la mitad de ellos se renovaba anualmente m e­
diante elecciones. Pero sólo una pequeña minoría del electorado podía parti­
cipar. y los jueces de paz teman el deber de enviar estos votos al régimen. De
esa manera, ara.Rosas quien escogía a la asamblea; los diputados estaban
comprometidos con el régimen v tenían intereses creados para preservarlo.
Y ninguno de ellos quería ser reconocido como el diputado que votara —sin
éxito— para aceptar la renuncia del gobernador. Por lo tanto, la asamblea
era en gran parte un simple ejercicio de relaciones públicas, tanto para con­
sumo interior como exterior. La debilidad de la asamblea se originaba en Ja
circunstancia de no tener con exclusividad la función legislativa y el control
financiero. En el primer aspecto , la suma del poderipermítía a Rosas .legislar
por decreto, Como hizo notar un ministro británico: :tSu palabra es literal­
mente una ley, para él y para todos los que viven debajo de él. 'rS1En lo referen­
te a finanzas, la Sala no tenía poder de veto sobre ingresos ni sobre egresos.
Su derecho original de apropiación se perdió una vez que Rosas recibió facul­
tades absolutas en 1829..Y la Sala no hizo esfuerzo alguno para recuperar el
control financiero, en parte porque había sido impuesta por Rosas la condi­
ción de obtener el poder absoluto o dejar el país en el caos, y en parte porque él
era conservador y por lo tanto intachable en cuestiones de impuestos. De ma­
nera que las estimaciones financieras presentadas anualmente por Rosas a la
asamblea requerían aprobación y no restringían los gastos adicionales o ex­
traordinarios más allá de lo calculado. En marzo de 1839, la Sala fue convoca­
da tres veces para considerar un proyecto de ley sobre un impuesto directo.
En ninguna de esas ocasiones hubo quorum. En 1a cuarta convocatoria, el
Presidente de la Sala agregó la amenaza de que informaría Jas ausencias al
gobernador. Esa vez el salón se-llenó hasta-exceder la capacidad, con diputa­
dos y gente llevada de las calles y caminos.32
Había una maquinaria política para organizar el apoyo a Rosas. Aunque
él comunicó a la Sala de Representantes que debía elegir un sucesor que lo
reemplazara al término de su mandato en abril de 1840, esto no debía tomarse
en su sentido aparente. Sus agentes lo sabían. El 9 de noviembre de 1839. el di­
putado Baldomero García, conocido oportunista, entregó a ia Sala una peti­
ción que había recibido de los jueces de paz del séptimo distrito, eipartido de
Giles; estaba firmado por doscientos cinco habitantes y solicitaba la reelec­
ción de Rosas como gobernador y capitán general de la provincia.” Las peti­
ciones de ese tipo se multiplicaron en los meses siguientes. Por cierto, la orga­
nización de Rosas consideró esto como una ''elección”. Su más fiel vocero e in­
dicador válido de la opinión-,rosista era el diputado Agustín Garrigos, un fede­
ral fanático que había participado en la campaña de Rosas de 1835, El 10 de
enero de 1840, este diputado propuso a la Sala que el mandato de Rosas debía
continuar hasta .el fin del bloqueo francés, y que para esto debía realizarse un
plebiscito. Éste era el verdadero objetivo de Rosas y sus partidarios: el cargo
sin límites de tiempo ni de poder, y que ia ley apropiada fuera sometida a un
referéndum o. más bien, a la aclamación por petición. Garrigos, Baldomero
García y otros diputados rosistas montaron una elocuente campaña en la
asamblea y actuaron como vehículo de las “peticiones” de diferentes locali­
dades, asegurando la inevitable resolución de la Sala (5 de marzo de 1840)
para que Rosas fuera elegido gobernador con las mismas-facultades que en
1835, resolución que, según se propuso.no debía ser debatida sino aprobada
por aclamación, y así fue.34 Igualmente inevitable resultó el rechazo de Ro­
sas, ante la gran consternación de la asamblea, convencida de que “el señor
Rosas es el.único capaz de contener las m asas.” Rosas ofreció entonces con­
tinuar en el cargo por seis meses. La invasión de la provincia por el general
Lavalle en agosto "de 1840, seguida por el Terror de Octubre, preocuparon a
Rosas hasta sustraerlo del ritual político, mientras que la asamblea se dedi­
caba más a la declamación de panegíricos del Restaurador que a recordarle
el completamiento de su término en el cargo, Rosas tuvo que llamar la aten­
ción a los. diputados en diciembre de 1840. y de nuevo ofreció permanecer en el
poder por otros seis meses, aunque sin indicar las fechas que marcaban la ini­
ciación ni la finalización de ese periodo. La Sala expresó sus deseos de hacer
cualquier cosa que él pidiera.
El ‘'plebiscito” de 1340 fue descripto por Garrigos a la Sala como “un
acontecimiento histórico y el primero en su linea, pues que no se ha visto hasta
hoy una manifestación en más de toda la población, pidiendo la reelección del
Jefe del Estado”.
Informó que había seis mil doscientas una firmas de ia ciudad de Buenos
Aires y nueve mil quinientas veintiséis provenientes del campo.35 Los “vo­
tos”,, naturalmente, eran simples firmas de las peticiones, Y éstas habían sido
instigadas por las autoridades, reunidas por ios jueces de paz, oficiales de po-
182
Hela, o' sacerdotes, y firmadas bajo presión. Las firmas estaban invariable­
mente encabezadas por ios líderes'loe ales, seguidas por funcionarios inferio­
res; luego venían los nombres de muchos que firmaban personalmente y mu­
chos otros que, no sabiendo'escribir. eran representados por otros para la fir­
ma. Obviamente, el solo hecho de pedir a alguien que firmara, o que diera'su
acuerdo para que lo incluyeran, en esa sociedad en la que nada era privado, la
disensión peligrosa y la amenaza siempre presente, significaba una exigen­
cia casi irresistible, Y las cifras informadas en la Sala tenían tendencia a ex­
ceder a las verdaderas de las listas. Aun así, el resultado de 1840 podía moti­
var una interpretación diferente. No había sido un verdadero referéndum
realizado de acuerdo con la ley electoral, como en 1835; de modo que no exis­
tían limitaciones con respecto a quiénes podían votar, libres o esclavos, nati­
vos o extranjeros, residentes o en tránsito. En estas peticiones podía partici­
par toda la provincia. Sumando las firmas que llegaron después del 5 de mar­
zo, la cantidad total fue de dieciséis mil cuatrocientas cuarenta y tres. Si la po­
blación de la provincia totalizaba alrededor de ciento setenta mil personas,
los “votos” de 1840 significaban sólo un nueve con seis décimos por ciento.
Rosas persistió en mantener una pretensión de constitucionalismo hasta
el fin mismo de su régimen. Los extranjeros escépticos escuchaban solemnes
conferencias del gobierno; les informaban que en Buenos Aires existía la opi­
nión pública y que la asamblea la representaba.
Ha tenido la ceguera, o el descaro, de jactarse más de una vez ante mí de la absoluta inde­
pendencia de que goza aquí la Sala de Representantes, Es verdad, como él dice, que ja­
más ha indicado a miembro alguno lo que debe decir, pero, agrega, nunca se negó a dar
su opinión a aquellos que fueron pidiendo consejo; y el hecho es que cada uno de ¡os
miembros de la Cámara habla como lo hacían en un tiempo los proponem.es de leyes en
Atenas, con una soga alrededor del cuello. Yo sé que la opinión de cada miembro de la
Sala que se distingue por la violencia de. sus discursos es directamente contraria a la doc­
trina que predica.
Mientras tanto, a medida.que Rosas continuaba gobernando, había llega­
do a parecerle correcta una eventual reelección. En 1850 todavía expresaba
su renuencia a ejercer el cargo y su deseo de retirarse, lamentando siempre la
crueldad de su pueblo al mantenerlo en el puesto.
La noche anterior a ia última me expresó: Siempre le dije que yo era un esclavo que tra­
bajaba con cadenas de oro, ahora mis crueles compatriotas las han tachonado de dia­
mantes. Rompió luego en lamentaciones sobre las deficiencias de ios hombres, los sacri­
ficios que ya le habían costado a su salud y casi su vida, y luego señaló a su hija —que llo­
raba a su lado— como otra víctima en el altar del patriotismo... Pero ésta es su manera
de ir preparando las elecciones; el año próximo expiran sus cinco años de dictadura vota­
da por el país. Yo tengo informaciones secretas pero dignas de fe en el sentido de que está
preparando el camino para que le acuerden el Poder Supremo en forma vitalicia.37
Si deseaba o no Rosas gobernar por el resto de su vida no se ha sabido.
163
pero lo cierto es que indudablemente quería que sus hijos lo sucedieran. Por
primera vez se comenzó a hablar de la idea en los peligrosos años 1839 a 1841.
' En respuesta a una cantidad dé complots de asesinato de Rosas, reales, imaginarios o inventados que culminaron en ia “máquina infernal’- de 1841, un
grupo de ultrafederales. —José María Rojas, Felipe Arana. Felipe Ezcurra.
Juan N. Terrero. Nicolás Anehorena, Lucio Mansilla y otros— se sintieron
alarmados ante la perspectiva de un inminente problema sucesorio. Decidie­
ron que la única sucesora posible era la hija de Rosas, Manuela, y pidieron a
Rosas que recomendara la idea a los federales de otras provincias. Sin em ­
bargo, no fue éste el origen de ¡a propuesta; el mismo Rosas ya la había lanza­
do. En ios momentos de conspiración y crisis de 1839. advirtió a su intimo amigo Vicente González sobre el inevitable conflicto que se produciría entre los
federales en el caso de que lo asesinaran y tuviera que ser reemplazado. Esto
podía evitarse manteniendo ia sucesión en la fam ilia: “En Manuela mi querida hija íienenustedes una heroína. — :Qué valor' Si el mismo de la Madre—
¿Ni que otra cosa podría esperarse de los hijos de una señora ia esencia de la
virtud?... ¿Y Juan? Está en el mismo caso, son dos dignos hijos de mi amante
Encarnación, y sí Yo falto pur disposición de Dios en ellos ande encontrar usted quienes puedan suceder m e”.38 Una gobernación hereditaria; ésa era la
contribución de Rosas a las ideas constitucionales. Su sistema seguiría viviendo en sus herederos.
Así como controlaba la legislatura, también dominaba Rosas el poder judícial. No sólo hacía las leyes, las interpretaba, las cambiaba y las aplicaba.
Es verdad que la-maquinaria normal de 3a justicia continuó funcionando. En la base de la pirámide legal estaban los jueces de paz; éstos no eran solamente.administradores. oficiales de policía, recaudadores de impuestos y agentes
políticos, sino también magistrados,..Había un juez de paz por cada distrito y
once por la capital. Arriba de ellos había cuatro jueces, dos para los casos civiles y dos para los criminales; ellos recibían apelaciones de los jueces de paz y
eran también jueces de primera instancia en lo civil y criminal. Las apeladones a sus juzgados iban al juez de apelaciones (ju ez de alzada,, uno solo para
tod a la provincia. En el más alto nivel estaba la suprem a cor te, o cámara , qu e
reemplazaba a 3a antigua audiencia española, estaba compuesta por nueve
miembros y fue presidida durante casi todo el régimen por Vicente López y
Planes. Había también una corte de revocación, establecida por Rosas en
1838. En estas instituciones legales, ileg itim id a d resistía v ia ley sobrevivía.
Pero no era la ley la que reinaba. La intervención arbitraria del ejecutivo minaba la independencia del poder judicial. Sin ser presidente deninguca corte,
Rosas tomaba personalmente algunos casos, leía las evidencias, examinaba
los informes policiales y. sentado solo en su escritorio, emitía su juicio eseríbiendo en los expedientes: “fusílenlo”', “múltenlo", “pónganlo en prisión”,
“al ejército”.
Muchos de estos casos se han conservado en los archivos, y hacen revivir
el verdadero significado deí poder absoluto.35 En algunos de ellos, especial-
164
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mente en los de delincuencia rural. Rosas actuaba sobre la base de las reco­
mendaciones de Vicente González, quien le enviad a informes sobre ios deteni­
dos delincuentes o políticos. El gobernador los consideraba., escribía su sen­
tencia en el documento y lo pasaba ai Camarista Juez Especial, Manuel Vi­
cente de Maza, para que se registrara judicialmente y se procediera.
Lázaro Gorosito, de veintiséis años de edad, de Santiago, huérfano. Des­
pués de prestar servidos militares para la causa federal se había dado a una
vida de delincuencia que incluía robo a una casa privada, evasión de arresto,
otros robos posteriores de caballos, ropas y diversos efectos, la mayoría de ios
cuales habían sido luego recuperados. Lo habían arrestado hacía varios me?
ses-en Buenos Aires. González recomendó una sentencia de cinco años de ser­
vicios militares .en la frontera.. Rosas tomó en consideración el año que ya ha­
bía pasado en prisión esperando el juicio, y lo sentenció a siete años en el E s­
cuadrón de Dragones, en la nueva frontera (31 de octubre de 1836).
Migue} Roldan, cuarenta y un años de edad, federal de Córdoba, con ser­
vicios militares. Estaba empleado en el partido de Lujan y lo arrestaron por
llevar ganado robado a la casa de su patrón, cumpliendo órdenes de este-últi­
mo. González recomendó cinco años en el Regimiento de Blandengues en la'
frontera. Esta sentencia fue confirmada por Rosas ir de noviembre de 1835).
Cipriano Alfaro, de veinticinco años de edad, de Entre Ríos, sin- antece­
dentes de servicio para la causa federal. Fue arrestado por el juez de paz del
partido de Lobos por apuñalar a un hombre, y enviado a Buenos Aires. Gonzá­
lez recomendó cinco años en el Regimiento de Blandengues en la frontera. Ro­
sas lo confirmó (F de noviembre de 1835).
Pedro Ignacio González, de veintitrés años, de Santiago, huérfano. Fue
arrestado por desertor de su regimiento, recibiendo cien latigazos después
del arresto. González recomendó diez años en el Regimiento de Blandengues
en la frontera. Rosas lo confirmó, agregando que en caso de reincidir en la de­
serción debía-ser fusilado (F de noviembre de 1835).
Manuel Gorocito, de veinticinco años, porteño. “Éste parece mal Fede­
ral, porque nunca ha prestado servicio alguno a la Patria, ni ha servido en el
Ejército Federal. ” Fue arrestado y aherrojado por robar terneros sin marca.
González recomendó ocho años en el Regimiento de Blandengues en la fronte­
ra. Rosas lo sentenció a prestar siete años de servicio en el Fuerte Argentina,
debiendo previamente pasar un año en prisión en el mismo lugar (Io de no­
viembre de 1836).
Rosas justificaba la usurpación de las funciones judiciales basándose en
sus facultades extraordinarias:
“Aun quando estoy investido por la Honorable Junta de Representantes con la suma
del Poder público, teniendo siempVe muy presente el fin con que se me dio esta alta y ex­
traordinaria investidura, he cuidado de no hacer otro uso que si muy preciso con relación
al orden y tranquilidad general delPays, dejando correr cuanto me ha sido posible todas
las cosas por su orden y conductos regid ares, mientras esto no estudíese en oposición con
los objetos de la Política. Assi es que no me be ingerido en los asuntos correspondientes a
165
los Tribunales de Justicia, sino solamente en las causas criminales, nombrando pars es­
tas un Joes especial aim de. que el pronto castigo de los delincuentes preservase ai pays
de muchos delitos y asegurase d orden y tranquilidad de todos,"
En resumen, Rosas era un gobernante absoluto, "Como él mismo me lo
dijo”, observó ei ministro británico Southern, “ejerce un poder más absoluto
que cualquier monarca desde su trono.”40
Rosas no dominaba solamente los poderes legislativo y judicial, también
controlaba la administración. Una de sus primeras y más intransigentes me­
didas fue purgar la antigua burocracia. Este era el modo más simple de elimi­
nar a los enemigos políticos y recompensar a sus seguidores, e inherente a la
organización patrón-protegido que tenía ia sociedad. El mismo lo expresaba
en términos más elevados. Después de un periodo de extrema violencia políti­
ca. explicaba a las provincias, el único método de gobierno que quedaba era
“la depuración de todo lo que no sea conforme ai voto general de la República.
Nada dudoso; nada equívoco; nada sospechoso debe haber en la causa de la
Federación" ,41Había empezado ya a practicar en Buenos Aires ur¡ sistema de
reparto. Entre el 13 y el 30 de abril de 1835. mediante una serie de veinte de­
cretos, destituyó a funcionarios y jueces de la administración anterior, y por
otras disposiciones retiró una cantidad de oficiales del ejército. El 5 de mayo
dispuso el retiro de ciento sesenta y siete oficiales del ejército, cuarenta y
ocho funcionarios de la administración y seis miembros del clero.42 A los ofi­
ciales que ya estaban retirados pero eran de filiación unitaria, los privó de sus
haberes de retiro. Toda la política de depuración tenía por finalidad eliminar
a ios “enemigos interiores” ; se atribuía a las victimas su condición de unita­
rios o de ser simplemente personas que no eran suficientemente entusiastas
en su federalismo. Los beneficiarios.eran parte de la"clientela., iprotegidos}
que Rosas había acumulado en su camino hada el poder. Algunas de las va­
cantes. especialmente los lucrativos puestos-en la aduana, se llenaron con los
militantes en la Sociedad Popular Restauradora: otros candidatos a nombra­
mientos —por ejemplo en la policía— tenían que superar comprobaciones po­
líticas para demostrar que eran federales y no habían sido nunca unitarios. Y,
a menudo, la expulsión del cargo no era sino la primera etapa de una larga
separación del país, en la que los proscriptos abandonaban Buenos Aires y
buscaban refugio en Uruguay y Chile junto con otros exiliados.
La nueva administración no era excesivamente grande, y algunas de las
primeras-vacantes quedaron sin llenar, como parte de las economías en los
gastos que debió efectuar el régimen. Los diversos ministerios y departamen­
tos —relaciones exteriores, gobierno, justicia, hacienda, policía, y defensa—
tenían un total de poco más de doscientos funcionarios.43 El departamento de
policía tenía diecisiete funcionarios de jerarquía y siete empleados. De arriba
hacia abajo, las calidades de cliente y de federal constituían el principal
criterio para efectuar los nombramientos; la idoneidad ocupaba el segundo
lugar. EÍ ministro de Hacienda, José María Rojas y Patrón, era uno de los fe-
166
derales más liberales y un competente jefe de departamento. Las aptitudes
de otros para los cargos eran menos convincentes. El ministro áe Bel aciones
Exteriores era Felipe Arana. Cuando ofrecieron su propio cargo a Rojas y se
enteró de que .Arana habría de ser colega, objetó la promoción de alguien tan
poco capacitado: Tomás de Anchorena estaba presente en la entrevista y ter­
minó la disensión cenias palabras 11Arana entrará. Si no es por bien, por el sa­
ble. :>4ÍPero si a Arana le faltaba estatura moral e intelectual, tenia en cambio
otras condiciones, una o dos délas cuales interesaban mucho a Rosas, Era útil
tener en su entorno un político urbano, especialmente si era alguien totalmen­
te servil. Además, ese hombre pertenecía a la red familiar de Rosas, ya que
era hermano de la esposa de Nicolás Anchorena. En 1832, siendo presidente de
la Sala de Representantes durante las controversias sobre la renuncia de Ro­
sas, dijo a su señor: “Yo haré lo que Ud. m e díga,;’45Y siempre lo hizo así. Ro­
sas trataba a Arana más como un empleado que como a un colega. “En reali­
dad. aquí hay dos ministerios de Relaciones Exteriores !\ observaba Southern.
“El que conduce el gobernador con sus veinticuatro secretarios priva­
dos, que trabajan las veinticuatro horas del día. una mitad de día y la otra de
noche. ” El otro ministerio era el de Arana, que se ocupaba simplemente de los
asuntos menores y de la ejecución de la política.46 Oíros dos departamentos,
, Interior y Guerra, recibían también la atención personal del gobernador, y
sus respectivos titulares, el doctor Garrígos y el general Pinedo, políticos fe­
derales de alma, ni siquiera tenían nivel ministerial. Un miembro notable de
la administración en los primeros años era el doctor Manuel Vicente Maza,
antiguo amigo de Rosas, consejero y, hasta cierto punto, maestro del dicta­
dor. Maza era un hombre inteligente y capaz, que estaba por encima del nivel
promedio del gobierno, y como presidente de la Sala de Representantes y déla
Suprema Corte de Justicia parecía habér retenido cierta cuota de indepen­
dencia. Pero durante mucho tiempo había sido un entusiasta defensor de las
ideas y actos de Rosas y, si bien no ignoraba los deberes constitucionales, no
mostraba tampoco aversión hacia el sistema o el absolutismo de Rosas, de los
que pronto seria él mismo una victima.
Aparte de sus ministros y burócratas, Rosas tenía cierto mlxnero de cola­
boradores que mejor podrían ser llamados guardaespaldas. El más notorio
de ellos era Vicente González, el Carancho del Monte, quien llegó a ser el prin­
cipal agente rural del dictador .'González era un paisano tosco y primitivo, que
había llenado un papel informal pero específico en cada etapa de la carrera de
Rosas: servidor gaucho del caudillo rural antes de 1829, cacique de Monte
mientras el patrón se hallaba ausente peleando o gobernando, cuaríeímaestre de la expedición al desierto, intermediario en la revolución de octubre de
1833. agente de terror, ejecuciones, encarcelamientos y deportaciones d e s-'
pués de 1835. La amistad entre el jefe del Estado y este bárbaro no era vista
con buenos ojos por los federales más refinados. Ciertas observaciones
de Tomás de Anchorena parecen haber puesto a Rosas a la defensiva:
16/
"Don Vicente Gonzales no m e-dirige, ni puede ser por que es un hombre común, ni a mi
me dirige nadie. L a c o n o s c o desde ei año i?. Hemos vivido siempre muy amigos muy fi­
nos, muy consecuentes, y k aprecio deberás por su fidelidad, y tantos motivos que ya es
de suponerse en qmistad tan antigua. No es Español, y no es capaz de hacer mas que ie
que yo le, aconseje. Lo del sintilio no es de ei. ”47
En realidad, González era un sirviente politico, que mantenía un ojo de
águila en el sector rural para su amo ausente. Pero era algo más que un parti­
dario y un sirviente: era un compinche, a veces un bufón, con quienRosas bro­
meaba más que conversar. En 1S4I Rosas lo reprendió por haber bebido cier­
ta cantidad de su vino Bordeaux, én Monte, que se suponía debía administrar
él durante ia ausencia de Rosas; pero Rosas le aseguró que le perdonaría ia
deuda “por cada unitario y unitaria.; que fuera capaz de degollar en Córdo­
b a ” Este gaucho rudo y violento, tan lleno de fiereza y agresividad durante
el período ascendente deRosas, era un hombre destrozado después de Case­
ros, cuando se lo vio vagando sin rumbo por las calles de Buenos Aires, medio
.ciego, con un rosario en sus temblorosas manos y murmurando con incohe­
rencia.
El sistem a de gobierno que operaban Rosas y sus colegas era en extremo
primitivo y carecía por completo de una estructura constitucional. Ellos no
gobernaban “la Argentina". Las trece provincias se gobernaban a sí mismas
en forma independiente, aunque estaban agrupadas en una Confederación
General de las Provincias'Unidas del Río de la Plata. Sin embargo, aun sin
una unión formal, las provincias estaban obligadas a delegar ciertos intere­
ses comunes al gobierno de Buenos Aires, principalmente las políticas de re­
laciones exteriores y de defensa y. ocasionalmente, algún elemento de juris­
dicción leg a l; cuando Rosas redamó para Buenos Aíres el juicio yeieeución
de ios asesinos de Quiroga, convenció a las provincias para que aceptaran
que, en efecto, se trataba-de un crimen federal. Rosas, por Jo tanto, ejercía al­
gún control de faeno sobre las provincias, en parte para impedir que la subver­
sión y la anarquía se filtraran en Buenos Aires, en parte para tener una segura
base ‘en su política económica y exterior, y en parte, finalmente, para adquirir
para surégím en una dimensión nacional. Su política consistió en desgastar a
los caudillos provinciales y conquistarlos con paciencia. Rosas expandió su
poder en el litoral en ios años 1835 a 1840. Primero fue el gobernador dé Entre
Ríos, Pascual de Echagüe, quien se apartó de la influencia del poderoso Esta­
nislao López y se sometió incondicionalmeute a Rosas, Luego Corrientes, que
resentida por su inferioridad económica, resistió y declaró la guerra a Rosas;
pero ia derrota y muerte del gobernador Serón de Astrada en Pago Largo (31
de marzo de 1839) puso también a Corrientes bajo ei dominio de Buenos Aires.
Estanislao López, el gobernador de Santa Fe. era el más formidable de los
caudillos provinciales, con larga experiencia en las políticas ínter provincia­
les y una reputación en el interior equivalente a la de Rosas. Pero López murió
en 1838. La siguiente elección de Domingo Cuben provocó una crisis menor,
resuelta con el triunfo de Juan Pablo López, un protegido y, a partir de ese mo-"
168
mentó, dependiente de Rosas. De manera que, en cada una d élas provincias
pudo Rosas imponer gradualmente gobernadores aliados, satélites o simple­
mente débiles. Con la dominación del litoral, estaba listo para enfrentar al ge­
neral Rivera, quien, secundado por Lavaile y los emigrados-unitarios que se
hallaban en e-1 Uruguay, habían derrocado al presidente Oribe constituyéndo­
se en un grave desafío para Rosas.
En las relaciones interprovinciales, Rosas pretería el poder informa] a
una constitución escrita. Siempre se negó a preparar una constitución, ale­
gando que. antes de que llegara el momento oportuno para la organización na­
cional, debían organizarse las provincias ellas m ism as; el progreso de las
partes debía preceder al del todo; y la primera tarea era derrotar a los unita­
rios. Así lo comentó con Quiroga antes de su última misión, “si no hay estados
bien organizados y con elementos bastantes para gobernarse-por sí mismos, y
asegurar el orden respectivo, la república federal es quimérica y desastro­
sa .”®
El aparato de gobierno que funcionaba bajo Rosas no era sofisticado pero
sí ordenado y metódico. El centro de poder era el despacho privado de Rosas
con su propio equipo de empleados. ÉJ era un dictador personal y cumplía por
sí mismo la mayor parte del trabajo, haciéndolo en una extravagante rutina,
casi siempre de noche, en una forma que desconcertaba a sus sirvientes y visi­
tantes. Era capaz de empezar a las tres de ia tarde y continuar sin pausa hasta
las ocho o nueve de la mañana siguiente, en que finalmente se iba a la cama.
“No tenía hora fija para dejar de escribir”, observaba uno de sus principales
secretarios, “y sus empleados debían ser dotados de buena salud para sopor­
tar la tarea.”50 Un grupo de empleados trabajaba en turnos para seguirle'el
ritmo, Perdía mucho tiempo en trivialidades y parecía incapaz de discrimi­
nar entre diferentes prioridades: detalles de asuntos domésticos, provisio­
nes, vestidos para Manuelita, órdenes de ejecución, encarcelamiento o cons­
cripción de gente, se mezclaba todo en su agenda de trabajo y recibía tanta
atención como los asuntos básicos de política.
No había aprendido bien a delegar. Era muy reservado y silencioso, per­
mitiendo a cada uno de sus servidores sólo una porción de conocimientos,
aquella que él necesitaba. Ni siquiera sus ministros compartían el trazado de
la política. Cuando el ministro británico Southern se quejó de que no podía ob­
tener de Arana la más mínima expresión de una opinión, Rosas explicó:
No imagine que mis ministros son otra cosa que secretarios. .Los pongo en sus puestos
. para escuchar e informar, y nada más. Antes era diferente: los ministros acostumbra­
ban ir a la Sala, donde eran acosados por ios d o c t o r e s , las plagas de todo gobierno, y a ve­
ces los llevaban a deeir un monidnde cosas que costaban grandes dolores de cabeza:
pero no tardé en cambiar iodo eso.51
Nú tenía sesiones conjuntas con sus ministros; ni siquiera los consultaba
individualmente: les enviaba notas e instrucciones, de las que ellos eran m e­
ros ejecutores, De manera que trabajaba solo, sin un equipo ministerial, deci-
169
diendo y aplicando la política por sí mismo y comunicándose directamente
con sus generales, policía, jueces de paz y otros gobernadores. Sus secreta­
rios recibían y clasificaban la correspondencia y los despachosque llegaban y
ios entf egaban a Rosas. Pero él escribía o emitía personalmente la correspond
dencia: “Tengo que hacer yo mismo toda la correspondencia, y no me es posi­
ble entregar a otro un trabajo que es de absoluta necesidad que vo personal­
mente lo haga.”52 El hecho es que no confiaba en la gente. Él mismo era un
maestro del disimulo, on rasgo adquirido tai vez como consecuencia del am­
biente que lo rodeó desde mucho tiempo atrás, cuando tuvo que adaptarse al
criollo y tratar con los indios. Algunos de sus actos eran marcadamente inu­
suales. Al barón Howden, enviado británico, le concedió una entrevista a me­
dianoche.
Ei general Rosas... pasó por todas las inflexiones de los sentimientos humanos, y todas
las modulaciones de la voz humana. Admiró a Jos ingleses, odió a ios franceses, detestó a
ios, brasileños, injurió a los unitarios, elogió su propia política, y todo esto de una manera
evidentemente calculada para producir una gran impresión en su oyente. Si yo no hubie­
ra estado ocupado muy seriamente en el intento de descubrir qué quería realmente de­
cir ..habría sido en extremo divertí do, *
Sin embargo, la burocracia de Rosas era más bien tediosa que divertida;
aunque él personalmente parecía inmune al aburrimiento, algunos de sus co­
laboradores sufrían en forma aguda a causa de la sofocante rutina. Para acu­
car recibo de una carta, tm mensaje o un pedido, insistía en que se transcribie­
ra toda la nota, sin importarle que el contenido fuera trivial, y a ello debía se­
guirle la respuesta, a veces no más de dos palabras. Una victoria de “la auto­
ridad sobre la razón ”, según el veredicto de uno de sus secretarios,54Tai vez lo
era, aunque Rosas no hacía jada sin razón, y es de suponer que sus métodos
eran calculados. Pensaba que si un hombre de Estado se mantenía demasiado
en el Olimpo, corría el riesgo de perder contacto con la realidad, que ei secreto
de un gobierno exitoso consistía en prestar la atención a los detalles y a los in­
dividuos. El resultado de todo esto era un tremendo atraso en el trabajo para
el gobierno y una gran frustración para los que esperaban:
No permite hacer riada anadie que no sea él. Examina, filtra, acepta y decide todo perso­
nalmente. Para éí, todos los asuntos tienen la misma importancia. Una vez que se ha en­
frascado en im tema, por más insignificante que sea, lo trata como sí la vida y ei honor de­
pendieran de su decisión. En consecuencia, ías nueve décimas partes de los asuntos del
país quedan sin hacer: de propiedades, en cantidades inmensas; cuestiones de extrema
importancia para ios individuos a quienes conciernen; ia existencia misma de numero­
sas familias mantenida en suspenso, angustia y desesperación, y en eterna espera de una
decisión de cualquier naturaleza. Además, se ha convertido ahora en una especie de Cor­
te de Apelación, aun contra las sentencias y decisiones de los Tribunales y como su avi­
dez por ei poder y para m anejar y arreglar todas las cosas es insaciable, recibe todas las
solicitudes, sin importarle que sean o no procedentes; y dado que no tiene tiempo para
prestarles atención, los asuntos quedan en suspenso y es así como reina una especie de
estancamiento universal en todos los asuntos que deben ser referidos al gobierno.53
170
Rosas conducía su gobierno desde tres lugares: su casa de la ciudad, que
era en erecto la casa de gobierno; el palacio de Palermo, a unos seis kilóme­
tros del centro urbano y donde prevalecía un estilo de vida m edieval; y Santos
Lugares, que era esencialmente el cuartel general militar del régimen. Pa­
lermo era el asiento característico del gobierno, donde se mezclaban curiosa­
mente las cosas de rutina, pública y privada. Se ofrecían cenas diariamente a
cuantos quisieran participar en ellas, funcionarios, protegidos, visitantes, ex­
tranjeros. Dos o tres bufones profesionales —uno era un norteamericano.
otro, el cómico “general” don Eusebio— divertían a los invitados mientras es­
peraban. No era frecuente que. Rosas se uniera a ia recepción, ya que sólo co­
mía una vez en el día, a la noche y muy tarde, después de haber finalizado su
trabajo. Pero a veces recibía invitados especiales, como el general Aráoz de
Lamadrid, ocasión en la que servía mate debajo de los ombúes, o tal vez un
-asadoa orillas del río, con los bufones de la corte siempre presentes y, a la dis­
tancia, los cañones franceses que bloqueaban Buenos Aires.® Cuando Wil­
liam MacCann visitó a Rosas en Palermo, por invitación, encontró reunidas
sobre el césped y bajo la galería a varias personas, hombres y mujeres, que
esperaban ei despacho de los asuntos. En estas ocasiones, era la bija de Ro­
sas, Manueiita, quien presidía. “Su hija, doña ManueMta, era la intercesora
universal para todos aquellos que acudían al general Rosas en carácter extrajudicial. Cuestiones de momento para los individuos, tales como confiscacio­
nes, destierros, y hasta de muerte, quedaban así en manos de ella y eran la úl­
tima esperanza de los infortunados. ”57 Manueiita era una intermediaria entre
protegido y patrón, un canal para el favor y la gracia; en e! gobierno de Rosas,
ella era la gobernadora o, como lo decía Southern, !‘la Gran Sacerdotisa de su
Reino.”®
La propaganda era un ingrediente esencial del rosismo: unos pocos y sen­
cillos eslogans reemplazaban a la ideología, saturaban ia administración y
eran implacablemente inculcados al público. El lenguaje político estaba ear•gado de violencia y llevaba la intención de provocar el terror. A partir de 1835
la retórica política se envileció aun más. Un decreto del 22 de mayo de 1835 re­
forzó otro del 3 de noviembre de 1832 por el que se ordenaba que todas las notas
oficiales debían empezar con el encabezamiento “'Viva la Federación” . y em­
plear el sistema federal de fechado. Otro decreto del 27 de mayo revivió al del
U de marzo de 1831, según el cual debía usarse el emblema colorado como
“señal de fidelidad a la causa del orden, de la tranquilidad y del bienestar de
los hijos de esta tierra, bajo el sistema federal, y un testimonio y confesión pú­
blica del triunfo de esta sagrada causa en toda la extensión de la República, y
un signo de confraternidad entre los argentinos. En 1842, Rosas ordenó que .
en el encabezamiento de los documentos oficiales se reemplazara “Nuestro
Ilustre Restaurador de las Leyes” por “ ;Mueran los Salvajes Unitarios: ”, co­
locando este eslogan después de las palabras “ [Viva la Confederación Argen­
tina?'60 Así como el gobierno imponía el estilo, los seguidores fanáticos lo aeep-
taban yrepetían eon menos moderación aún. y con obsesivas referencias a 3os
degüellos. En las reuniones federales patrióticas se hacían brindis incitando a
los leales a la violencia. El comandante Martín Santa Coloma- bebió por la
muerte de todos los enemigos del Ilustre Restaurador: “Yo pido ai Todopode­
roso que no me dé una muerte natural sino degollando franceses unitarios. ”ñ5
Los serenos cantaban ” ¡Mueran los salvajes unitarios!” antes de anunciar la
hcra: cada treinta minutos. Los jueces de paz adornaban sus decretos con
amenazas sedientas de sangre, los clérigos predicaban feroces sermones.
Normalmente se llamaba a los unitarios salvajes inmundos y bestias asque­
rosas, pero los propagandistas seguían buscando -calificativos aun más viru­
lentos, que terminaban a menudo en una promesa de depositar pilas de cadá­
veres unitarios en las calles de Buenos Aires. "¡Insensatos!-'', declaraba un
decreto.conjunto de la justicia y el clero. "Los pueblos hidrópicos de cólera os
buscarán por las calles, en vuestras casas y en los campos, y segando vues­
tros cuellos formarían una honda balsa de vuestra sangre donde se bañarían
los patriotas para refrigerar su devorante ira.”62
Estos- eslogans monótonos y tontos eran tomados muy seriamente por el
régimen y sus sirvientes. Se consideraba su uso como una prueba de lealtad,
un juramento de colaboración. Un funcionario de alta jerarquía que olvidó en­
cabezar un decreto con el lema federal se humilló ante Rosas para pedir per­
dón ; sólo su miedo superaba a su servilism o:
"Me hallo agoviado con un profundo pesador, al saber que tenido la enormísima desgra­
cia de haber disgustado a V.E. Protesto ante V.E. por lo mas sagrado, que solo por un des­
cuido puramente involuntario puedo haber dejado de escrivir ia palabra salvaje unita­
rio., . ¿Sería creíble que contra diciendo mi modo de discurrir, me hubiera decidido a de­
jar de escribir ¡a palabra salvaje unitario, cuando a la exactitud de su aplicación, se
agrega mi convencimiento íntimo de la justicia de ella?”®
En una conversación con William MacCann en 1847, Rosas defendió el uso
que todos los ciudadanos debían hacer dei lema “ ¡Viva ia Confederación .Ar­
gentina • ¡Mueranlos Salvajes Unitarios!” :
Me explicó que lohabía adoptado contra ia opinión de hombres de gran reputación, pero
que en circunstancias de gran excitación popular había constituido un medio para saivar
muchas vidas; era un lema de hermandad, explicaba, a la vez que lo ilustraba dándome
un enérgico abrazo. La palabra muerte sólo quería significar la expresión del deseo de
que-lps unitarios, como partido político opositor ai gobierno, fueran destruidos. E ra cier­
to que se había ejecutado a muchos unitarios, pero sólo porque veinte gotas de sangre
vertida en el momento oportuno podían salvar el derramamiento de veinte mil.6*
Desde los primeros tiempos de la dictadura se había impuesto el “aspecto
federal”. Rosas insistía en el uso de la divisa punzó “colocada visiblemente en
el lado izquierdo sobre el pecho”. en un decreto emitido el 3 de febrero de 1832,
en virtud de sus facultades extraordinarias. La divisa debía llevar la inscrip­
ción “Federación o muerte”, y estaban obligados a usarla todas las autorida­
des civiles y militares, incluyendo a los jefes de milicias y los oficiales, todos
los seglares y sacerdotes que tenían sueldo, pensión o cualquier otro ingreso
de fondos públicos, profesores de leyes y medicina, practicantes y estudiantes
en estas disciplinas, abogados, agentes comerciales, ;íen resumen, por todos
aquellos que. aunque no recíban salarios del. Esta do, pueden considerarse
servidores públicos.1’ Gradualmente, se esperaba esta conformidad de toda
la población, y significaba más que una divisa. Los federales empezaron a
usar una banda colorada en sus sombreros, ante el disgusto de algunos pero
con gran satisfacción de Besas. Tomás de An choren a. desaprobóla costumbre
y la atribuyó a la influencia vulgar de Vicente González.65 Pero Rosas explicó
que la idea había sido suya, traída a] regresar de la campaña del desierto de
1833, cuando él y muchos integrantes de las tropas rurales usaban bandas ro­
jas en sus sombreros y chaquetillas también rojas; cuando se produjo la
muerte de doña Encamación, la usaba encima de una banda negra, y pensaba
que ella lo habría aprobado.66
Las invectivas federales, las ropas federales y, también, el luto federai.no
habían puesto término a la búsqueda de conformidad. Hasta había una fisono­
mía federal. El rostro de un verdadero federal estaba adornado con un exube­
rante bigote y largas patillas, que daban un aspecto de fiereza y servían para
identificar a los amigos militares. Los informes de la policía podían condenar
a un hombre por su aspecto: “no usa bigote, es unitario salvaje”: esto era sufi­
ciente para enviar a prisión al acusado. En los desfiles federales, aquellos que
no teman el tipo físico correcto se apresuraban a ponerse bigotes postizos.
Asi, toda la población quedaba presionada para integrar las filas federales,
fuera de las cuales sólo había unos pocos excéntricos disidentes. El rojo era el
color, y todo era rojo. Los soldados usaban chiripás rojos, gorras y chaqueti­
llas también rojas, y sus caballos estaban engalanados en rojo. Rosas tenía
sumo cuidado de que las tropas estuvieran correctamente uniformadas y con­
decoradas con cintas y medallas federales. En 1838, ordenó personalmente v
despachó seiscientas medallas especiales de campaña para las tropas que ha­
bían luchado en sus guerras federales, y tres mil divisas federales para to­
dos.67 Los civiles también usaban una especie de uniforme, de color rojo re­
glamentario. Los hombres tenían que usar chalecos rojos, cintas rojas en los
sombreros, y divisas de seda roja en el ojal con la in sc r ip c ió n ;Viva la Confe­
deración Argentina.' ¡‘Mueran tos Salvajes Unitarios!”. Las mujeres debían
adornar sus cabellos con cintas rojas. Los niños iban a la escuela con unifor­
mes federales y los jesuítas españoles no tardaron en comprobarlo. Los fren­
tes de las casas y sus puertas estaban también pintados de rojo y, en el inte­
rior, los muebles y decorados eran rojos. Un observador británico hizo notar
que “los colores verde y celeste han desaparecido del mundo de Buenos Aires
hasta donde lo permiten las manifestaciones de la naturaleza5’. Y los hombres
de negocios británicos debieron tener en cuenta:
Puede parecer ridículo en las latitudes de Londres pedir a los Baring que no escriban al
gobierno en papel azul o azulado. Sin embargo, es un hecho que él.nunca iee —y nunca lo
liará mientras viva— nada que esté escrito en papel1azul, En cambio, si las hojas están
unidas con un. pedaciío de cinta roja, se sentirá más satisfecho por ese pequeño y absurdo
homenaje que si ios Earing le hubieran concedido un gran préstamo,65
La explicación oficial de toda esta extravagancia era la que Rosas dio a
M ac Cana: era un signo de unidad y lealtad; permitía a los activistas que iden­
tificaran con una mirada a sus am igos; era, inclusive, una ley de amnistía.
Algo de cierto había en esto, pero no era toda la verdad. E l simbolismo federal
era una forma de presión; la gente estaba obligada a mostrar su conformi­
dad. Esta práctica reemplazaba a las pruebas ortodoxas, a los chequeos
de seguridad, a los juramentos de lealtad. La uniformidad federal era
una medida de coerción casi totalitaria, mediante la-cual las personas
quedaban obligadas a abandonar el papel pasivo o apolítico y a adoptar un
compromiso específico, a mostrar sus verdaderas inclinaciones. Más aún, no
era voluntario. Estaba impuesto por la fuerza y fácilmente podía convertirse
en instrumento de terror. Los activistas federales se desmandaban haciendo
recorridos en grupos de seis u ocho, irrumpían en el interior de las casas, esto­
peaban, destruían o arrastraban a la callé todo lo que fuera de color azul o ver­
de; así le ocurría a mucha gente, “como a m í me sucedió”, registró el diarista
Reruti en 1842.69
.La ortodoxia política se transmitía tanto por la palabra como por los he­
chos, y las imprentas de Buenos Aires —cinco en total— se empleaban en for­
ma absoluta al.servicio del régimen. Al asumir el poder, Rosas suprimió la
prensa opositora e hizo quemar diversas colecciones de periódicos en la Plaza
de la Victoria por el ejecutor público. Durante el resto de la dictadura sólo se
permitió la existencia de prensa oficial, que llegó a constituir una pesada car­
ga en el presupuesto. Rosas ejercía personalmente un control directo y deta­
llado sobre los periódicos, empleando varios periodistas extranjeros. Pedro
de Angelis, Nicolás Marino, Luis Pérez, y otros argentinos, tales como Ma­
nuel de Irigoyen. José Rivera Indarte y Lucio V. Mansüla.70De Angelis sobre­
salía del resto debido a su buen juicio y su erudición, que posiblemente puede
apreciarse mejor que en otras obras en su valiosa compilación de fuentes his­
tóricas, la Colección de Obras y Documentos del Río de la Plata. Nacido en
Nápoíes. había llegado al Río de la Plata desde Francia, con una reputación li­
beral y una invitación de F,ív adavia. Pero eventual mente se encontró con un
nuevo patrón, y entró al servicio de Rosas para convertirse de hecho, aunque ■
no por título, en director general de información y propaganda. De Angelis no
abandonó la investigación histórica, ni su sentido de juicio o su desaproba­
ción, en privado, de los excesos del régimen, Pero resultaba una triste ironía
que un hombre traído al Nuevo Mundo para servir a la ilustración tuviera que
convertirse en el publicista a sueldo de una.autocracia conservadora, Su de­
fensa básica de la dictadura era criticar la aplicación de pautas ambiguas en­
tre federales y unitarios: “no deja de ser una ironía punzante a la humanidad
que. al reprobar el asesinato cruel del ilustre Gobernador Dorrego. ensalce
con tanto afán a sus asesinos'7.71 La realidad era que De Angelis servía a un
gobierno que negaba la libertad de pensamiento y la libertad de prensa. Las
únicas noticias locales eran las oficiales. Y las que procedían del extranjero
eran corregidas cuidadosamente:
“Cada mes después de la venida de! paquete inglés forman en el Ministerio de Reíadones Exteriores una nota de todas las ¿Olidas venidas por e! paquete, para pasarla al
tigre. Esto ya Vd. sabe como lo sé. El tigre pasa una copia de ella a'todasias provincias:
esto, por supuesto, lo nace cercenando lo oue le es desfavorable y amollando lo favora­
ble." re
De Angelis editó varios periódicos para Rosas,73 Los más importantes
fueron El Lucero (1829-33). La Gaceta M ercantil y El Archivo Americano.,
Espíritu de Ja Prensa del Mundo. La Gaceta Mercantil había sido fundada en
1823. editada por James Kiernan, un irlandés pelirrojo, y subsistió hasta la
caída de Rosas en 1852. De Angelis se unió a ella en 1829 y, con la ayuda de Ni­
colás Marino, creó virtualmente un nuevo diario, expandiendo su informa­
ción más allá de los asuntos comerciales y convirtiéndolo en el vehículo prin­
cipa] de las noticias, comentarios y propaganda oficíales. Existía una estricta
censura para las noticias, mientras que la propaganda tomaba la forma de
monótonos resúmenes de demostraciones favorables a Rosas y diatribas con­
tra sus enemigos. Pero la Gaceta también expresaba, aunque de manera in­
coherente, las ideas políticas de Rosas, su “americanismo" y sus esfuerzos
para inculcar un sentido de identidad independiente, y hasta de nacionalismo,
entre los argentinos. Como observó Southern:
Es evidente que lamenta ia ausencia en esta gente de un espíritu de independencia nacio­
nal : muebos de los documentos y discursos de la Gaceta son expresamente escritos y pu­
blicados con el proposite de excitar ese sentimiento —poderoso instrumento en manos de
un gobernante enciente—. Las autoridades de los distritos leen iodos los días, en todos los
rincones del país, la “Gaceta Mercantil", que se encuentra directamente a su cuidado;
los jueces de paz la leen a los civiles y el comandante militar a las personas relacionadas
con el ejército. La Gaceta es, en realidad, parte de un s i m u l a c r u m de gobierno, que se
mantiene con una perfección de la que sólo es capaz un hombre de la fuerza de carácter y
de la naturaleza inflexible e incansable del general Rosas.74
Pero nada podía ocultar la haberen te opacidad de la Gaceta Mercantil ,
agravada por el peculiar hábito de aparecer ocho a diez días después de ia fe­
cha establecida; los suseriptores cayeron de setecientos en 1833 a ciento vein­
te en 1851, aunque su circulación, naturalmente, era mayor que esas cifras.
El Archivo Americano empezó a publicarse en junio de 1843, editado por
De Angelis. y pronto se constituyó en uno de los principales medios de propa­
ganda rosista, hasta su extinción en diciembre de 1851.75Su particular función
consistía en explicar y defender el régimen en Europa y las Americas, en una
época de constante presión y hostilidad extranjera. Era, hasta cierto punto,
una edición internacional de la Gaceta Mercantil, que buscaba presentar a
Rosas como un defensor del orden, de los intereses nacionales y de la indepen­
dencia americana. Lo publicaban semanalmente en tres idiomas, español,
francés e inglés, y con una tirada de mil quinientos ejemplares, cuatrocientos
de los cuales se enviaban al exterior, algunos al Reino Unido; el diario Mor­
ning Chronicle lo usaba como fuente para los artículos pro-Rosas,. que, a su
vez, eran reproducidos en la prensa de Buenos Aires.™ El Archivo Americano
sufría la censura directa dei dictador. Pedro de Angelin le sometía regular­
mente los artículos para su examen y. al parecer, eran leídos y corregidos en
detalle. Volvían marcados en aprobación o para que fueran modificados, o
simplemente rechazados, y con instrucciones en cuanto al idioma en que de­
bían publicarse. Rosas también insistía en ver las pruebas, porquenada deja­
ba al azar. De Angelis empleaba un equipo de traductores, que incluía a Anto­
nio Zinny para el francés y al doctor J. Á. Wüde para el inglés: ambos tenían
sueldos mensuales pagados por Rosas. Fuera del grupo de periódicos de De
Angelis, pero siempre sujeto a la censura, estaba el British Packet (1827-58),
un periódico en idioma inglés editado por Thomas George Love. Se trataba de
un semanario que circulaba entre los residentes británicos y norteamerica­
nos, y aunque en apariencias era una publicación independíente, en rigor se­
guía la línea impuesta en la Gaceta Mercantil y en el Archivo Americano, y
formaba parte de manera inequívoca de la maquinaria de propaganda de Ro­
sas. E l cuarto periódico del régimen era el Diario d eis Tarde (1831), una pu­
blicación que no se distinguía particularmente.
Aquellos que no podían o no querían leer la palabra deR osas recibían el
mensaje por otros medios. Había un grupo de bufones, a quienes llamaban ios
locos de Rosas que debieron aprender de memoria versos, discursos y docu­
mentos federales para recitarlos mientras recorrían las calles, intercalados
entre diversos actos cómicos, musicales y de danzas. Las campanas de las
iglesias también repicaban por Rosas. Había una liturgia política que llegó a
ser un sello característico del régimen. Las ceremonias idólatras que inaugu­
raron elperíodo de gobierno en mayo y junio de 1835 se repitieron en ocasiones
posteriores, especialmente durante las crisis. Cuando en 1839 Rosas se encon­
tró rodeado de enemigos, acosado por el bloqueo francés, presionado por el
descontento de las provincias, preocupado por súbditos rebeldes y viviendo en
el temor del asesinato, su maquinaria política entró en acción. Los trabajado­
res del partido organizaron una.orgía de adulación -—que alcanzó a las igle­
sias™. para glorificar al dictador, felicitarlo por su obra y aterrorizar a los
irresolutos. Se montó un retrato de Rosas sobre un carruaje triunfal, en medio
de adornos de flores, y los activistas, sus mujeres e hijas lo arrastraron a lo
largo de las desparejas calles de Buenos Aires-Lo seguía un grupo de vocalis­
tas que caminaba lentamente cantando “ ¡Viva la Confederación! ¡Mueran
los Salvajes Unitarios IL lev a ro n el retrato en procesión de iglesia a iglesia,
en cada una de las cuales lo recibían sacerdotes que desplegaban una devo­
ción normalmente reservada a propósitos m ás sagrados. Lo llevaban alo lar­
go de las naves mientras tocaba el órgano, se cantaban himnos y pronuncia­
ban oraciones. Mientras celebraban Misa Mayor, honraban al icono con in­
cienso y se ubicaban en el altar al lado del crucifijo y las imágenes del Salva-
176
dor.77 En-la Catedral, el obispo en persona oficiaba a veces esas ceremonias;
celebraban Misa con el retrato de Rosas y el Santo Misal uno junto a otro,
mientras uno de los sacerdotes de la catedral predicaba simultáneamente lo
sagrado y lo profano en un resonante sermón, haciendo oportunas alusiones a
las virtudes cívicas del gobernador v a las justificaciones de la causa fede­
ral.™
No se perdía ocasión para identificar al federalismo con la religión, espe­
cialmente cuando constituía una cruda y masiva atracción. En marzo de 1842.
el Comandante del Paroue construvó seis ciisiss de Judas, objeto anualmente
del odio del pueblo; ese año. por orden de Rosas, las hicieron con la forma de
“salvajes unitarios”. Rosas dio precisas instrucciones en el sentido de que de­
bían representar a Paz, Lamadrid, Rivera y otros unitarios muy conocidos, y
proveyó la información detallada sobre sus aspectos y uniformes. Finalmen­
te, ordenó que fueran quemados públicamente el Sábado Santo, en diversos si­
tios de la ciudad.73
La jerarquía eclesiástica respaldaba sólidamente a Rosas, pidiendo a los
fíeles que dieran total apoyo al restaurador de las leyes y defensor de la reli­
gión. E l Obispo de Buenos Aires, Mariano Medrano, que usaba vestiduras “fe­
derales” con rebuscados emblemas, instruyó a los sacerdotes en su diócesis
para que predicaran a mujeres y jóvenes sobre la virtud de pertenecer a la
causa federal: “Nada es más justo para el clero, como conformar sus opinio­
nes con las del Supremo Gobierno, por cuanto cualquiera divergencia en esta
parte pudiera ser ruinosa y perpetuar males a todos tan sensibles ”. Mientras
Rosas condenaba personalmente a los masones, heréticos e impíos, a todos
los cuales identificaba con los unitarios, el obispo Medrano, a su vez, alababa
“la Santa Causa Federa!", La mayor parte de los miembros inferiores del cle­
ro se mostraba con vehemencia favorable a Rosas; eran virtualmente otra,
arma de su “populismo”, una especie de milicia espiritual, a menudo inclina­
da con violencia contra los unitarios, a quienes acusaban por las medidas an­
ticlericales de Rivadavia y sobre quienes instigaban ahora por venganza. Era
un clero fanático, de poca educación, formación y disciplina. Muchos de estos
sacerdotes criollos eran, de hecho, caudillos menores del populacho de Rosas,
y desde sus pulpitos predicaban la santidad del restaurador y pedían el e x te r -,
minio de sus enemigos. Así eran el Padre Camargo, Fray Florencio Rodrí­
guez, el Padre Solis y, especialmente, el Padre Gaeta. que vestía sus estatuas
con colores y divisas federales y comenzaba sus sermones con la exhortación.,
“Feligreses míos, si hay entre nosotros algún asqueroso salvaje unitario, que
reviente." El clero formaba parte sin la menor reserva del movimiento rosis- .
fca. Y la Iglesia, a su vez, recibía el apoyo de Rosas, con un precio.
Rosas era católico convencional por nacimiento y educación. Rezaba,
creía en la Divina Providencia y consideraba a los unitarios como “enemigos
de Jesucristo”. Puso fin rápidamente al liberalismo y anticlericalismo de RiV
vadavía, restauró iglesias, reinstaló a los dominicos y autorizó el regreso de
los jesuítas. Pero tenía un concepto utilitario de la religión y la evaluaba sobre
177
todo como m apoyo para el orden social y la “subordinación’’.80Así como pro­
tegía a la Iglesia, también la dominaba y manipulaba, tratando ai clero como
una rama de la burocracia y esperando de ellos que sirvieran en todo ala cau­
sa federal. Redamó el derecho de patronato, lo usaba para nombrar solamen­
te a federales en la iglesia, y mantenía fuera de la Argentina la jurisdicción
papal. Por decreto del 27 de febrero de 1837 declaró nula toda bula papal emiti­
da desde 1810 y todo nombramiento eclesiástico allí contenido.81 Y todavía en
1851 se rehusó a negociar con un enviado del Papa cuya misión era resolver la
disputa sobre patronazgo.82
Los jesuítas regresaron a la Argentina en 1836. unos setenta años después'
de su expulsión por Carlos IIL Volvieron por invitación de Rosas, quien les
restituyó su antigua iglesia y colegio de San Ignacio, les permitió abrir escue­
las, planear misiones a los indios y establecerse en Córdoba y en Buenos Ai­
res. En virtud de esta decisión llegaron a Buenos Aires seis jesuítas españoles
el 9 de agosto de 1836, a bordo'del bergantín inglés Eagle, a los que siguieron
otros con breves intervalos. Rosas favoreció a los jesuítas porque estaba im ­
presionado a raíz dé “los incalculables servicios que había rendido previa­
mente la Compañía a la religión y el Estado''; creía que serían una fuerza
para ei orden y la unión; y esperaba de ellos que predicarían “las ventajas de
nuestra Santa Causa Federal ”.83 Pronto quedó decepcionado. El éxito inme­
diato y la popularidad de los jesuítas despertaron su resentimiento por el posi­
ble desarrollo de un foco rival de intereses e influencias, y más aún cuando
descubrió qué eran neutrales en política. Pronto fueron acusados de ser pro­
unitarios. los acosaron los activistas federales y los aterrorizó la mazorca. Lo
cierto fue que ellos no permitieron que sus escuelas e iglesias se convirtieran
en centros de propaganda federal. Se negaron a predicar la doctrina resista y
a colocar el retrato de Rosas en sus altares. Hacia 1840 , Rosas se había vuelto
en contra de los jesuítas y pronto estuvo en conflicto con ellos. Por un decreto
del 22 de marzo de 1843 los expulsó de Buenos Aires y, durante los años siguien­
tes, logró que ios expulsaran del resto del país, alegando que buscaban obte­
ner poder y dominación y que aceptaban el gobierno de Roma. En 1852 no que­
daba ya ni un solo jesuíta en la Argentina. No había, por supuesto, evidencia
alguna de que los jesuítas fueran culpables de subversión o conspiración. Sim­
plemente habían asumido una posición contraria ai compromiso político;
esto era la norma de la Orden, particularmente estricta después de la amarga
experiencia de la supresión. Los jesuítas se convirtieron así en una prueba
para la tendencia totalitaria del régimen. Era imposible ser neutral en la lu­
cha entre la verdad oficial y sus enemigos; la gente era pro-Rosas o anti-Rosas. Él esperaba que ios jesuítas aceptaran del gobierno “las máximas, prin­
cipios y sistema político en que han de instruir a nuestra juventud. ”84 Planea­
ba hacerlos agentes ideológicos del régimen. Eventualmente, él mismo probó
lo.que sus enemigos habían denunciado durante mucho tiempo: que en la Ar­
gentina de Rosas no se toleraba el más mínimo grado-de desviación, ni la me­
nor expresión de independencia, ni un sólo enclave. Personalmente, el dicta-
178
.dor parecía-insensible a las implicancias de su política, y acusó a Roma y a los
jesuítas ante el encargado de negocios británicos, Robert Gore, hallando un
elemento de base común con la Inglaterra protestante:
Se lanzó luego una furiosa invectiva contra el P apa, a quien injurié en términos desmedi­
dos; me preguntó qué Se propoma ei Papa pretendiendo interferir en ia soberana autori­
dad de un país extranjero, y más, una nación de diferente religión. Dijo: “Daría iodo el
pequeño poder que tengo para destruir a un a persons tan malvada. Yo soy un buen catóií. co apostólico, pero no romano... ”. Después habió de los jesuítas. “Los curas, señor, sen la
ruina de estos países: esos jesuítas son demonios conforma humana, nunca tengo natía
que decirles; les atribuyo todas las desgracias de este país.w®
Si bien la Iglesia y la prensa eran auxiliares importantes de Rosas, la últi­
ma sanción de su gobierno era la fuerza, aplicada por los militares y la poli­
cía, Estrictamente hablando, el régimen no era una dictadura m ilitar: era un
régimen civil que empleaba condescendientes militares. Sin embargo, la or­
ganización militar no sólo estaba para defender sino también para ocupar
Buenos Aires, no sólo para proteger a la población, sino además para contro­
larla. En el camino de la Chacarita, a unos quince kilómetros al oeste de Bue­
nos Aires y junto a un miserable asentamiento indio, estaba Santos Lugares
de Morón, cuartel general militar, campo del ejército y prisión política. Éste
era el pilar principal del régimen, erigido poF Rosas en los últimos años de la
década de 1830. Su fuerza establecida era de unos cinco mil hombres, dividi­
dos en tres divisiones, infantería, caballería y artillería. Los cuarteles consis­
tían en simples filas de barracas primitivas construidas por. los mismos solda­
dos, unos pocos alojamientos para oficiales, y unaipulpería. 86 Las fuerzas m i­
litares estaban compuestas por el ejército regular y la milicia. Pero la distin­
ción entre civiles y militares en un país donde los estancieros podían poner en
acción escuadrones de peones montados no era absoluta, y la capacidad paramnitarde los estancieros actuaba como una restricción al poder de los milita­
res profesionales.
La Ley de Milicia, del 17 de diciembre de 1823, estableció-en la provincia
de Buenos.Aires la Milicia de Infantería, dividida en unidades de servicio acti­
vo (diecisiete a cuarenta y cinco años de edad) y reservistas (de cuarenta y
cinco a sesenta y cinco, años), y la Caballería, formada por unidades de servód o activo solamente (de veinte a cuarenta y cinco años). La milicia de servi­
cio activo tenía una fuerza de once batallones en la capital y trece en el
campo; la reclutaban y controlaban los comandantes generales de milicias y
los jueces de paz. a menudo las mismas personas; y su función era la de com­
plementar el ejército regular.87Ésta fue la organización de milicias que here­
dó Rosas e hizo tanto para mejorar. La empleaba para mantener la ley y el or­
den, para suprimir la rebelión, para fortificar.el régimen federal en el campo,
y, en la práctica, para rellenar las filas del ejército regular. Los hombres de la
milicia recibían la misma paga que los soldados; los reclutas debían ser pre­
feriblemente solteros o con pocos hijos, ya que el servicio activo duraba ocho
años, antes de entrar a la reserva. La milicia consistía esencialmente en es­
tancieros que conducían a sus propios'peones; había también un cuerpo espe­
cial de élite, la Guardia de Honor del Restaurador, formada por destacados
hacendados.
Rosas mismo tenía experiencia militar. Después de la caída de Rivadavia salió de su “retiro” y aceptó el nombramiento de “Comandante General
de las Milicias de Campaña", con la misión de mantener la paz-en el campo,
sobre la frontera india y en el nuevo territorio en el que se expandían las estan­
cias.88 Él reclutó, armó y organizó una milicia de caballería y trató de infun­
dir a los milicianos un sentimiento de orgullo y darles protección contra el tra­
tamiento arbitrario y despreciativo de las autoridades civiles, que tradicio­
nalmente los veían como la escoria de la población y fácilmente confundibles
con los delincuentes. “Que el miliciano honrado", proclamó Rosas, “conozca
que su jefe militar lo ampara contra un acto de injusticia, que sepa el milicia­
no laborioso que no puede ser confundido con los holgazanes que infestan la
campaña. ”89La reputación que ganó entre la tropa rural le permitió ejercer
control y disciplina sobre sus hombres, algo raro en la época, especialmente
cuando los soldados del campo entraban en Buenos Aires, como victoriosos.
En 1829, el comportamiento de sus tropas mientras presionaban a las fuerzas
de Lavalle dentro de Buenos Aires, fue considerado ejemplar por los observa­
dores. Otro tanto ocurrió en 1833, cuando el 7 de noviembre celebraron el acce­
so al poder de Viamonte con la entrada de los Restauradores y un desfile de la
victoria; los observadores quedaron nuevamente impresionados por la au­
sencia de venganzas y pillaje entre los seis mil ochocientos.hombres; “lo más
admirable de todo”, informó Araña, “ha sido el orden y disciplina de la mili­
cia de la campaña, de los que no hay una sola quexa... y todos sin excepción
han admirado él acierto y poder de V, para reducir a tal orden y suvordinaeión
a nuestros campesinos.’’90
La explica clon residía en el hecho de que las fuerzas rurales eran parte de
la estructura de la estancia: la jerarquía de las tierras se trasladaba a las mi­
licias, donde los estancieros eran los comandantes, los capataces eran los ofi­
cíales, y los peones, las tropas. Desde arriba hada abajo había un firme con­
trol basado en la relación, patrón-cliente. Pero Rosas tenía también una mi­
licia urbana, reclutada especialmente entre los artesanos y otros grupos de la
ciudad. "El primer tercio cívico estaba compuesto por comerciantes minoris­
tas y dueños de tiendas. El segundo tercio había sido reclutado de la juventud
de la clase media, artesanos, empleados, carreteros, pequeños propietarios.
Algunos de éstos eran también miembros de la mazorca, aunque el liderazgo
de esta organización terrorista semiofieial provenía de ex oficiales milicianos
y otros miembros de los sectores m ás altos. La tercera brigada estaba forma­
da por negros y mulatos, la así llamada negrada federal, tropas negras con
uniformes rojos. Estas milicias urbanas no impresionaban mucho militar­
mente ; pero eran para Rosas una fuerza social, y parece haber cultivado a la
gente de color muy particularmente.
Rosas no sólo tenía la capacidad de controlar "a las fuerzas rurales; tam­
bién sabía cuál era la mejor manera de desplegarlas. Era partidario de la
guerra montonera. En 1829 había vencido al ejército profesional de Lavalle
con la guerrilla irregular; era en esas tácticas en las que depositaba su fe, por
ser las más apropiadas de acuerdo con el ambiente y ios recursos. De la m is­
ma manera, temía los efectos de una campaña guerrillera contra su propia
posiciónf como fue registrado por un espía en su campamento:
“Rosas tiene andón innata a la guerra montonera. Le he oído hablar sobra esto: le he
oído que temía a las bizarras tropas de nuestro querido y valiente Lavalle. pues eran m i­
litares y sus secuaces no io eran. Así es como evitaba e'l año 28 presentar acción: pero
cree tan buena la que él hizo, que piensa con ello burlarse siempre de sus enemigos, que
son porque han aprendido a serlo, militares. Creo que teme mucho una insurrección, una
montonera, que si la hubiese se moriría de miedo y sin duda caería. Lo creo así, pues ob­
servo que procura precavería. Sino fuera así, ¿por qué tener aquí al joven Ramón Maza
que tiene prestigio en la campaña? ¿Por qué también tener al coronel valle? ¿Por qué
adular tanto a Pacheco, consentirlo que robe tan escandalosamente en la campaña? Con
su nombre han aumentado su diccionario los gauchos significando con pachequear, ro­
bar... ¿Por qué encargar sus fuerzas a hombres negados que no tienen aspiraciones?
¿Por qué llevar úna correspondencia tan larga y minuciosa con los jueces de paz de la
campaña que son automates suyos, no hombres ?”Si
E l poder militar del régimen de Rosas, sin embargo, no sólo descansaba
en las milicias y los montoneros, sino también en un ejército regular de oficia­
les y soldados profesionales. El ejército de Rosas, si bien no era todavía un
verdadero ejército nacional, constituía el núcleo de uno de ellos. Su base insti­
tucional fue la Lev Militar del 2 de julio de 1822. complementada por ley del 17
de diciembre de 1823., “El ejército será reclutado por alistamientos volunta­
rios ; en caso de insuficiencia, por contingentes:7 La conscripción se aplicaba
como castigo a los vagos, ociosos y delincuentes, a quienes se daba caza para
llevarlos a las füas bajos los vigilantes ojos de los jueces de paz y los coman­
dantes militares, quedando, en realidad, en situación de encarcelados milita­
res.92 Los gauchos eran hombres de caballería naturales. Pero Rosas apreció
que, para algunas guerras y particularmente contra sus enemigos de las pro­
vincias y extranjeros, necesitaba también una infantería. Dedicó, por lo tanto,
gran parte de su primer gobierno a crear un ejército permanente. AI comen­
zar su segundo gobierno eliminó al ministro de G-uerra por ser un gasto inne­
cesario y se transformó, de hecho, en su propio ministro de Guerra, del ejérci­
to que era responsable ante é l; éste fue el general Agustín de Pinedo, un vete­
rano de las invasiones inglesas y de la guerra de la independencia. Debajo deél había tres comandantes militares de campaña en la provincia de Buenos
Aires, Prudencio Rosas, hermano del dictador, Lucio Mansüla, cuñado de Ro­
sas y Ángel Pacheco.
La mayoría de los militares de jerarquía que se hallaban bajo Rosas ha­
bían Iniciado sus carreras en la guerra de la independencia; eran soldados
profesionales y servían a Rosas como habían servido a los gobiernos anterio-
181
res, adaptándose fácilmente al nuevo lenguaje de la política federal. Algunos
oficiales antiguos, como Prudencio Rosas y Lucio MansÜla eran parte de la
red familiar áel dictador; otros como Ángel Pacheco. Juan Isidro Quesada;
Rolan. Ravelo y Corvaián, eran hombres íntimamente ligados ai régimen. El
coronel Nicolás Granada, veterano de las guerras de la independencia, co­
mandante del regimiento de Coraceros Escolta Libertad, un cuerpo recio y
leal, era un típico oficial superior del ejército de Rosas. Pero el prototipo era
Ángel Pacheco, modelo mismo del general rosista. Físicamente fuerte y er­
guido, de expresión severa y brillante uniforme. Pacheco era soldado profe­
sional de alma, peleador cruel que había ganado su experiencia en el campo
4 c batalla, en las guerras de la independencia, la frontera india y las guerras
civiles. Conocía íntimamente el país, desplegaba sus fuerzas con eficacia, y
su objetivo no era solamente vencer al enemigo sino destruirlo. Sus opiniones
políticas eran simples: odiaba a todos los unitarios, a quienes veía como la
ruina del país y aliados de los enemigos nacionales: los franceses. Pacheco
era el primer general de Rosas, -leal al líder y al régimen y. a su vez, era depo­
sitario de la admiración y la confianza de aquél.33 Con generales como Pache­
co, Rosas no tenía problemas con el más alto comando. Esto era importante,
porque siguiendo la línea hacia abajo, las virtudes militares eran menos evi­
dentes.
El ejército de Rosas no era en realidad un ejército de voluntarios. Si bien
había un fuerte núcleo de oficiales y suboficiales regulares, la masa de las tro­
pas era de conscriptos, oficialmente por cuatro años pero, en la generalidad
de los casos, por una indefinida emergencia, Como la población rural no es­
taba dispuesta a incorporarse y los terratenientes tampoco querían perder su
mano.de obra, se practicaban las levas, establecidas por ley e impuestas por
la fuerza; las patrullas militares o rondas de enganche acorralaban a los
conscriptos, arreando a los hombres desde las estancias o cazándolos en cam­
po abierto. E l gaucho era muy vulnerable, porque se lo consideraba muy bien
•capacitado para el ejército, al menos para la caballería:
La facilidad con que puede convertirse a los gauchos montados de este país en soldados
d e caballería los hace particularmente pasibles de dichas requisiciones. En la ciudad,
las ocupaciones y costumbres de las clases bajas so los hacen aptos para el servicio mili­
tar en el mismo grado; además, en la capital, hay autoridades locales y opinión pública a
las.cuales apelar en extremos casos de apuros, lo que da mayor seguridad a la propiedad
■yalavida.^
Las primeras víctimas de las levas, por lo tanto, eran los hombres que se
ajustaban a la ley, que no ofrecían resistencia. Otros blancos eran los delin­
cuentes, y se entendía como tales a los vagos y los desocupados tanto como a
los criminales y proscriptos. En una circular del 14 de enero de 1833, el minis­
terio de. guerra ordenaba que cada partide (distrito) debía enviar cada quince
días dos hombres de éntrelo peor de Jos vagos, los desocupados y los que se ha­
llaban fuera de la ley.95En un decreto del 19 de marzo de 1831, Rosas ordenaba
182
personalmente a los jueces de paz que despacharan a los delincuentes de sus
distritos para que prestaran servicios en el ejército por un tiempo proporcio­
nal a cada delito en particular. De tanto-en tanto se hacían barridas de nuevos
grupos de vagos y delincuentes, y estos conscriptos formaban por lo menos el
cincuenta por ciento del ejército, A otros conscriptos los obligaban primero a
integrarlas milicias. Aunque había una diferencia entre milicias y fuerzas re ­
gulares,-bajo el régimen de Rosas cualquier unidad de milicia podía ser sim­
plemente transferida a regimientos de línea y quedaba sujeta a la severa dis­
ciplina y al serví cío activo del ej ército regular.96
Muchos de.los hombres de tropa eran negros o mulatos, algunos de ellos
esclavos que ganaban su libertad mediante la incorporación; ios amos reci­
bían a veces orden de manumitir sus esclavos para que entraran al ejército,
una forma indirecta de impuesto o leva. Se consideraba que las tropas de co­
lor eran las mejores disponibles; tal vez tenían poco que perder, y en todos los
casos debían pasar un riguroso examen médico antes de incorporarse al ejér­
cito. La demagógica relación de Rosas con las clases más bajas no podía ocul­
tar el desdén que sentía por ellos, y si mostraba algún favoritismo hacia ios
hombres de color lo hacía dentro de la estructura existente. Durante su pri­
mer gobierno, Rosas creó un regimiento de negros libres llamado'Defensores.
de Buenos Aires, y un batallón de infantería, los Libertos de Buenos Aires;
más tarde estableció el Cuarto Batallón de Milicia Activa, formado por ne­
gros elegidos. También se reclutaba a los indios para las fuerzas de Rosas. Al­
gunos, capturados en las guerras de frontera, otros eran guerreros mitad in­
dios mitad gauchos de la misma región del sur. virtualmenté'montoneros pro­
fesionales. Otros eran de tribus pampas, que durante mucho tiempo habían
sido aliados de Rosas, uno de los pocos blancos que conocía sus costumbres y,
se decía, su lengua; o eran simplemente atraídos con el señuelo del botín.
Unos pocos regimientos de caballería del ejército federal tenían escuadrones
de indios, y el mismo Rosas contaba con indios bien armados entre los miem­
bros de su séquito.en Santos Lugares.<jTPero, militarmente, los indios nunca
fueron más que un elemento marginal, y el ejército regular existía tanto para
defenderse de ellos como para usar su alianza."
Por lo tanto, el ejército de Rosas no era un ejército "popular". Era una
multitud incoherente y apolítica de conscriptos reclutados más o menos de
mala gana, para muchos de los cuales la vida militar era una forma de cauti­
verio. y conducidos por oficiales profesionales de diversos grados de expe­
riencia. Sin embargo, el servicio militar era una carga no solamente para la
gente común del campo sino también para los estancieros, o por lo menos
para aquellos que no tenían influencias en el gobierno, porque agravaba la es­
casez de mano de obra llevándose por la fuerza empleados vítales para la es­
tancia, para no mencionar muchos valiosos caballos ya domados.98 Una for­
ma de evitar esto era conseguir un privilegio especial, como el que disfruta­
ban los Ánchorena. El otro camino era mediante el pago de substitutos. Ésta
era una forma de impuesto. “He visto a un individuo, cuyo capital no pasaría
■de ocho mil pesos, pagar en un solo mes cuatrocientos de personerías de sus
a sa la ria d o sescrib ió un demandante.99De lo contrario, estancieros y peones
quedaban completamente a merced de los comandantes militares del lugar,
■que dispensaban a sus amigos y ejercían las injustas levas sobre los demás.
■La carga se hizo intolerable en la década de 18.40, después de diez años de gue­
rras provinciales y extranjeras y así como crecieron las brutales y arbitra­
rias exacciones .otro tanto ocurrió con las protestas.
Este tipo de fuerzas tenía poca moral, sentido del deber c patriotismo,
mientras que el espíritu nacional y la motivación prácticamente no existían,
excepto entre los oficiales. Las impresiones de los observadores británicos
eran tai vez prejuzgadas, aunque su referencia ala ausencia de un sentimien­
to nacional probablemente sea correcta:
Puede considerarse que las fuerzas del general Rosas son absolutamente incapaces de
hacer frente a las tropas europeas, aun las de segundo orden,,. Podría ser suficiente men-‘
donar cómo se obliga por ia fuerza-y contra su voluntad a prestar servidos a hombres
frecuentemente mai pagados, alimentados y vestidos, y tratados con tremendo rigor; re­
ferirse también a la ausencia de todo sentimiento o fervor nacional, ya que ia mayor par­
te de las tropas son mitad-indios, traídos de grandes distancias, o extranjeros, especial­
mente españoles, vascos, italianos, brasileños, etc,, que sirven contra su voluntad, forza­
dos a hacerlo, muchos de ellos recién formados como soldados, e imperfectamente, vestán ansiosos de encontrar una oportunidad para desertar. Hay algunas excepciones en
cuerpos especiales de Buenos Aires, de porteños y negros, pero no son suficientes para
afectar el carácter general de las fuerzas del general Rosas. Los oficiales, por razones
personales, intereses o miedo, muestran a veces resolución y fidelidad en sus servicios;
un solo revés sacudiría estos sentimientos en la mayoría de ellos; una decidida derrota
dispersaría totalmente a casi todos ellos y destruiría su fuerza.100
Los ejércitos iban a veces acompañados por miembros de ia mazorca,,
que actuaban como comisionados políticos, para vigilar cualquier desviación
y estimular por el terror, Y la fundón de los oficiales no era solamente con­
ducir a sus tropas sino también retenerlas. La deserción era endémica y los
desertores llegaron a ser una nueva plaga en las pampas, una presa más para
las patrullas, con una recompensa de veinte pesos por desertor, al que podían
matar en caso dé encontrarlo. En este sentido, había poca diferencia entre los
ejércitos federales y los unitarios; ninguno de ellos estaba constituido por
■fuerzas “populares’: y tanto unos como otros quedaban diezmados por las de­
serciones.101 Las autoridades intentaron varios caminos para mantener uni­
das-las fuerzas. Las seguidoras de las tropas. llamadas "chinas”, se recono­
cían como parte de la organización; montaban igual que los hombres, los se­
guían y, a veces, peleaban.
Es costumbre, a través de todas estas provincias, que cada soldado sea autorizado du­
rante toda una campaña a llevar una mujer como compañera, la que recibe sus radones
regularmente... Las autoridades aducen que dicha licencia es absolutamente necesaria
para el bienestar del ejército; los hombres muestran menos tendencia a desertar cuando
tienen una m ujer compañera, que trabaja para él cocinando y cosiendo.102
184
Otra forma de mantener unidos a los ejércitos era mediante la esperanza
de recompensa. Generalmente recibían un pago inicial en el momento de alis­
tarse. En 1832, Rosas autorizó el pago de cuatro pesos a cada uno de los hom­
bres que se incorporaban. La gente a quien se consideraba más importante
recibía mayores remuneraciones; por ejemplo, en el mismo año, Francisco
Carril recibió cien pesos por servicios en el Ejército Restaurador.103'El botín
era un medio aceptado para sostener y financiar un ejército, fuera federal o
unitario. A falta de un ingreso adecuado y en condiciones de escasez de recur­
sos, se sostenía el esfuerzo de guerra mediante incursiones a las estancias en
busca de caballos y provisiones, o practicando el despojo en aquellas regiones
del país que no sostenían a la causa federal. Y el robo autorizado era virtual­
mente el tínico premio para el soldado común, cuando le debían sus salarios.
De esa manera se institucionalizó el pillaje y los ejércitos vivían a costa de
las tierras. Para algunos había sustanciales recompensas. En marzo de 1330,
Rosas decretó una partida en el presupuesto de los años siguientes para “una
suma adicional como ayuda de costas para sus buenos servidores”. lo que in­
cluía una sobrepaga a los militares, desde general hasta soldado raso.
Los oficiales también recibían donaciones de tierras v. en el caso de los ge­
nerales y coroneles, comprendían extensas haciendas, tomadas de las nuevas
tierras sobre la frontera india,, de las tierras públicas y de las confiscaciones.
Las cesiones de tierra de este tipo se hicieron periódicamente, después de la
Campaña del Desierto, de la rebelión del sur y de otras importantes operacio­
nes, con las unidades de tierras siempre graduadas cuidadosamente según
las jerarquías. También se distribuía ganado. La ley del 31 de marzo de 1846
otorgó a los vencedores de Pago Largo ganado vacuno y bovino en las siguien­
tes cantidades: seis m il cabezas a los generales, cinco mil a los coroneles, y
así sucesivamente hasta quinientas a los sargentos, y menos a los soldados e
indios; todas ellas habían sido tomadas “de las haciendas que fueron de los
salvajes unitarios”. Similares entregas se hicieron después de Quebradillo y
otras batallas. Un decreto del 26 de marzo de 1841 otorgó a los militares fede­
rales una excepción del pago de la contribución directa por veinte años, con­
cesión que sólo puede haber beneficiado a los oficiales. También se daban pre­
mios individuales. Un teniente naval. Roque Lenguaso, segundo en comando
de las lanchas de guerra de Garibaldi en Montevideo, se presentó a la Marina
Argentina llevando la lancha que estaba a su mando; le otorgaron umpremio de
cuatro mil pesos, dos leguas de tierra y un uniforme de teniente, y premios
menores al "dueño y a la dotación .m E l soldado que mató al general Lavalle en
Jujuy. José Bracho, recibió una asignación de trescientos pesos mensuales,
un certificado por tres leguas cuadradas de tierra, seiscientas cabezas de ga­
nado vacuno y mil ovejas.105 Pero pocos soldados rasos podían aspirar a se­
mejantes premios. Teóricamente, ellos también participaban en los premios
de tierras, pero en la práctica les resultaba difícil, sino imposible, reclamar
sus cesiones o explotarlas; normalmente debían- contentarse con un unifor­
me, una ración diaria de carne y veinte pesos por mes. La clientelateníatam-
185
bíén sus jerarquías, y también esto, reflejaba la estructura social.
El mantenimiento del establishment m.ilitar y el apoyo para su privilegia­
da posición en la sociedad eran una carga pesada sobre el resto-de la pobla­
ción, Además, se trataba de una fuerza militar activa, constantemente em ­
pleada en guerras exteriores, conflictos int'erprovinciales y seguridad inter­
na. Pero si bien la guerra y las exigencias económicas de la guerra significa­
ban la miseria para la mayoría, producían.for tunas para unos pocos. Los gas­
tos de defensa constituían un mercado seguro para ciertas industrias y em­
pleo poT-S. SUStrabajadores: la casi constante demanda de uniformes, armas y
equipos ayudaba a sostener una cantidad de manufacturas artesanales en un
sector industrial que de lo contrario habría estado deprimido. Sobre todo, el
mercado militar beneficiaba a muchos grandes terratenientes. Algunos pro­
pietarios, como los Anchorena, tuvieron durante largo tiempo valiosos com
tratos para proveer ganado vacuno a los fuertes de frontera. Luego, los ejérci­
tos de otros frentes llegaron a ser voraces consumidores y clientes regulares.
Así, los dineros públicos pasaban a manos de estancieros como Juan Langdon, Pablo Duarte, Pedro Bello, Nelson Harting, Esteban Adrogué, Claudio
Quiroga, Francisco Gándara, Carlos Bunge y, especialmente, Simón Pereira.
Éstos fueron algunos de los hombres que lograron grandes beneficios abaste­
ciendo a las fuerzas de Rosas.106
¿Qué magnitud tenía el ejército de Rosas ? Estaba compuesto por siete di­
visiones : el Ejército de la Capital; las unidades del cuartel general en Santos
Lugares; el Ejército del Norte, al mando del general Mansilla; el Ejército del
Sur. comandado por el general Prudencio Rosas; el Ejército del Centro, bajo
el mando del general Pacheco ; y la Fuerza Auxiliar de lp República Oriental,
al mando del general Oribe. Cada ejército en sí no erá grande. En marzo de
1842, en medio de la guerra contra los unitarios, el Ejército del Norte tenía mil
quinientos sesenta y nueve hombres.107 Esto puede compararse con los seis
mil trescientos noventa y cuatro hombres del fuerte ejército de Entre Ríos, al
mando de Urquiza, en octubre de 1842.ioa Pero reunidas estas divisiones de
Rosas sumaban una considerable fuerza para una pequeña población. En
1841, el ministro británico estimó que totalizaban dieciséis mil hombres. Otro
cálculo, en 1845, establecía la cifra en diez mil. Según el observador francés
Alfred Brossard, el ejército de línea estaba formado por veintiún batallones de
infantería, o doce mil seiscientos hombres; dieciocho regimientos de caballe­
ría, con seis mil hombres; la Guardia del Gobernador y los auxiliares indios,
de Santos Lugares, unos cuatrocientos o quinientos; y otros cuerpos que su­
maban tres mil hombres. Esto significaba un ejército permanente de veintiún
mil seiscientos hombres. S! se agrega la m ilic ia c a to r c e mil cuatrocientos
hombres en veinticuatro batallones— se llega a un total de treinta y seis mil
hombres bajo las arm as.109Ésta era probablemente una estimación algo au­
mentada. Sin embargo, teniendo en cuenta sus responsabilidades en el país y
en el extranjero, nadie dudaba de que Rosas mantenía un gran ejército per­
manente. en reía eión al nivel de población.
186
.El-'ejército y sus .obligaciones crecieron en un momento-en que los ingre­
sos se contraían, y algo tenía que ser sacrificado. Cuando empesó a apretar el
bloqueo francés, desde abril de 1838, no sólo perdieron muchos sus trabajos y
se sintieron golpeados por una rápida inflación, sino que el gobierno vio ade­
más que sus ingresos provenientes de la aduana —su ingreso básico— caía
dramáticamente. Enfrentado a graves déficit presupuestarios, impuso de
inmediato severas economías en los gastos:
TABLA 10
Ingresos y gastos del gobierno, Buenos Aires, 1822-50
PüQOpesos)
5
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|
1
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Año
Saldo
Ingreso
Gasto
2408
2869
.2596
3196
2198
2539
2649
2698'
7916
12055
8989
10657
12240
485?
9753
10276
13332
12245
12903
10151
f.d.
f.d.
f.d.
1840
1841
1842
1843
1844
1845
Í846
1847
1848
1848
7879
39307
341SI
36837
32511
31463
8720
17978
32060
51870
48516
41685
36320
3515?
34340
33877
3132?
3907o
37668
48192
- 40637
- 2378
- 2189
+ 1680
- 1829
- 2414
- 22607
- 21097'
- 5608
4- 3678
1850
62228
56016
+ 6212
1822
1823
1824
1825
1827
1828
1829**
1830
1831
1832
1833
1834 (6 meses)
1835-39
Fuentes: Woodbine Parish, Buenos Ayres, 521; Miron Burgin,
Argentine F e d e r a l i s m . 1 8 2 0 -1 8 5 2 , 4S, 66,167,195-7.
T+
~
+
-f-
The
210
330
53
498
798
4354
1837
1779
4343
1588
633
5294-
.Economic A s p e c t s
of
* Moneda en uso desde 1822 a 1828: pesos fuertes; desde 1829 hasta 1859: pesos papel.
ii
18?
Se &an suspendido algunas de las instituciones públicas, entre las últimas, las escuelas pú­
blicas y el hospital de niños. Se ba hecho unHaraado a suscripción pública para mantener
los hospitales de hombres y de mujeres, que deberán cerrarse si la suma recaudada no
alcanza para cubrir sus gastos. Todos los departamentos, civiles y militares, están atra­
sados en los pagos, y nadie ha cobrado desde que se inició el bloqueo, excepto los contra­
tistas de abastecimientos para el ejército, y el ministro destacado en Brasil sor este go­
bierno, que ha recibido tres meses de sueldo.350
Mientras el ejército y sus abastecedores sobrevivieron intactos, otros
sectores tuvieron menos fortuna. La educación, los servicios sociales y el bie­
nestar en general, todos sufrieron graves mutilaciones, quedando reducidos ¡
sus ingresos de ios fondos públicos a sumas mínimas. Si bien la educación de j
ninguna manera quedó extinguida, sufrió por las penurias económicas y por 1
el adoctrinamiento. Había poca educación primaria en Buenos Aires y vir- i
tualmente ninguna en el interior. La educación secundaria estaba represen- I
tada por dos colegios, uno de los cuales gozaba de subvención gubernamental. ¡
Pero aun estos modestos institutos quedaron privados casi totalmente de fon- f
dos en abril de 1838, en que una serie de decretos detuvo la afluencia estatal de j
dinero a las escuelas, colegios y a la universidad. La última quedó práctica- f
mente clausurada cuando se suprimieron los salarios a los profesores, aun- f
que pudieron hacerse arreglos alternativos para seguir dictando medicina y |
leyes. Los dos hospitales, como informó Mandeviíle, estaban crónicamente |
escasos de fondos. La Sociedad de Beneficencia, fundada en 1823 para el cui- I
dado y educación de niñas, si bien no fue del todo clausurada, dejó de recibir I
ingresos a partir de 1838. Mientras tanto, nada se hacía con respecto a la otra |
cara de Buenos Aires, el mundo marginal de los bajos barrios urbanos, donde |
había casuchas miserables en terrenos baldíos polvorientos o cubiertos de ba- I
rro y en las que habitaban los proscriptos de la sociedad. Como lo destacó el . I
observador francés Marmier, “Rosas no se ha dignado todavía descender |
hasta esta mitad miserable de su capital; no ha podido componer estas vere- I
das y sucios desagües con algo.delos fondos que la Junta de Representantes le 1
abandona con tanta complacencia”,1UCuando se establecían las prioridades f
Rosas ni siquiera pretendía simular que gobernaba “popularmente”.
I
188
i
TABLA 11
Distribución del ingreso del gobierno, 1822-1850
(porcentaje cié! total)
Dere- Implies- Contri* Intere­
ches
ios
bucióir
ses
Varíes
Aduana Patentes Directa V entas.
y Puerto Papel
Rentas
sellado
Ario
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CUrd-i
1822
1823
1824
83.9
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79,7
3.1
1,0
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12,0
100,0
4,6
0,8
10,6
4,3
100,0
1825*8'
1829
í.d.
84,5
2,3
2,9
7,3
3,0
100,0
1830
1831
1832
1833
1834 (6 m eses)
86,7
82,8
81,6
87,3
76,2
3,2
4,3
4,3
3,1
5,5
3,2
4.3
3,0
3,1
2,7
6,3
8,9
9.8
5,5
14,6
0.6
' 0,1
1,3
1,0
1,0
100,0
100,0
100,0
100,0
100,0
1835-9
f.d
1840
1841
1842
1843
1844
69,7
92.6
92,0
89.9
89,9
13,2
2.2
2.6
3,3
12,6
37
3.2
6,0
4j9
2,9
1,0
u.8
1,0
1,2
1,6
■0,5
1,3
0,5
0,7
88,6
69,2
83,6
89,9
92,6
4,3
12,3
7,2
4,4
3,2
4,6
11.1
6,5
4,1
3,5
1,5
0,4
2,1
0,7
0,6
0,5
-
100,0
100,0
100,0
100,0
100,0
93,1
2,9
3,1
0,6
0,3
100,0.
1845
1846
1847
1848
1849
1850
'
Fuente: Mirón Burgin,
1 6 7 ,1 9 6 . '
D
J
i
i a
100,0
1 AA A
100,0
100,0
100,0
T h e E c o n o m i c A s p e c t s o f A r g e n t i n e F e d e r a l i s m 182Ú-18S2, 49,
189
TABLA 12
Distribución dalos gastos del gobierno, 1822-1850
(porcentajes del total)
1822-1839
Des­
Gobier­ Relac.
Hacienda Tjitsrés cuentos Justicia V arios
Exter.
no
Año
Guerra
1822
1823
1824
1825
1826
1827
1828
1829
1830
1831
1832
1833
1834
(6 mes.)
1835
1836
1837
1838
1839
38.4
49,2
42.2
f.d.
f.d.
f.d.
f.d.
62,9
51,7
60.1
57,g
61,1
20,3
2o 2
25,8
—
59,7
f.d.
f.d.
f.d.
f.d.
f.d.
Aña
1840
1841
1842
1843
1844
1845
1846
1847
1848
1849
1850
—
29,3
17,9
20,3
13,0
18,0
12,1
14.2
13,7
0.6
2,9
0,7
1,4
1,3
3,8
5.8
28,6
** *
3,2
18,8
21,6
10,1
10,1
3,1
6,2
—
4,7
4(4
0,5
0,4
—
17j2
1,3
5,6
6,9
9,3
—
—
—
—
—
—
—
—
—
—
—
—
—
—
—
1840-1850
Sala de
Deuda
Cuentas
Gobier­ E&lac.
Hacienda Largo Hacienda Repre­
Guerra
Exter.
no
sentan!.
Plazo
49,1
71,1
83,4
53,1
61,0
54,7
49,5
57,9
■ 55,7
58,3
49,9
3,0
5,0
4,8
6*1
7,2
6.2
7.0
7,2
6,6
8,4
10,5
2,8
2,4
1.8
2.3
2,3
3,8
5.8
4,5
4,7
3,3
2,2
3,5
3.8
6.8
9,1
7,9
8,5
6,2
5,4
5,9
4,7
8,4
6,3
9,0
10,3
10,7
10,9
11.1
12,0
9,8
10,0
7,8
6,7
Fuentes: Woodbine Parish, Buenos Ayres. 520; Miron Surgía,
A r g e n t i n e F e d e r a l i s m 1 8 2 0 -1 8 3 2 , 49s 167,198.
190
—
—
—
12,0
12*7
11,2
—
35,2
8,7
12,8
18,6
10,7
15,6
19,4
15,2
17,1
17,5
21,2
0,1
0,1
0,1
0,1
0,1
0,1
0,1
0,1
0,1
0,1
0,1
T iie E c o n o m i c A s p e c t s o f
El contraste entre ios gastos militares y sociales reflejaba tasto las cir­
cunstancias como los principios. E l enemigo interior, los conflictos con otras
provincias y con potencias extranjeras y la obligación de socorrer a sus alia­
dos del interior, eran en conjunto causa para que Rosas mantuviera un costo­
so presupuesto de defensa. En algunos casos sus decisiones le habían sido im­
puestas. en otros, respondían a preferencias políticas; finalmente, en otros
reflejaban la indiferencia universal con respecto al bienestar. Cualquiera fue­
se el caso, las consecuencias significaban un retardo en materia social. En la
década de 1840, el ministro de Gobierno, o del Interior, recibió un promedio
del seis al siete por ciento del presupuesto total, y la mayor parte de esto esta­
ba asignada a la policía y a gastos políticos, no a servicios sociales. En cam­
bio, la defensa tenía prioridad absoluta. El presupuesto militar varió de cua­
tro millones de pesos —o veintisiete por ciento del total— en 1836, a veintitrés'
millones ochocientos mil —cuarenta y nueve por ciento— durante el bloqueo
francés en 1840, y a veintinueve millones seiscientos mil —setenta y uno con
once décimos por ciento— en 1841. Durante el resto del régimen nunca cayó
por debajo de quince millones, o un cuarenta y nueve por ciento.1:2
Éste fue el sistema de gobierno total que sostuvo a Rosas en el poder du­
rante más de dos décadas. Proclamaba una sola verdad en política y exigía
lealtad exclusiva. La mayoría de la gente obedecía, algunos con entusiasmo,
otros por inercia, muchos como producto del miedo. ¿Fue este régimen un
precursor del moderno totalitarismo, o era algo más primitivo? Muchos de
los observadores que lo veían desde afuera lo han considerado simplemente
como el despotismo de un hombre:
E] carácter del general Rosas está impreso en eada.acio y en cada palabra proveniente
de la autoridad. Su intervención desciende hasta las minucias de las vestimentas y las
diarias costumbres de la gente. Se propone establecer un absoluto sistema patriarcal de
mando despótico, que se sobrelleva en silencio y se obedece religiosamente, pero no sin
mucho descontento secretó y mala voluntad.113
Pero era más que una tiranía arbitrariamente impuesta. El gobierno de
Rosas respondía a condiciones inherentes a la sociedad argentina, en la que
los hombres habían vivido durante demasiado tiempo sin un poder común que
los hubiera mantenido a todos en una situación de temor y respeto. Rosas
reemplazó un natural estado de cosas en el que la vida consistía en una guerra
de todos los hombres contra todos los hombres, y en el que la gente y sus líde­
res vivían en un miedo constante y en peligro de muerte violenta. Él ofreció un
escape de la inseguridad y una promesa de paz, con la condición de que se le
otorgaran facultades totales, único antídoto para la anarquía total. Las reci­
bió con irrevocable consentimiento. Para Buenos Aires, era la generación del
gran leviatán, y Rosas el Dios mortal. El. poder de Rosas coincidía en muchos
aspectos con el concepto de soberanía de Thomas Hobbes: “Porque mediante
esta Autoridad, que le había sido conferida por cada hombre en particular den­
tro del Common-Wealth, él dispoma del uso de tanto poder y tanta fuerza reuni-
191
dos en sí, que estaba capacitado, por erterror resultante, para conformar las
voluntades de todos ellos, hada la paz en el país, y hacía la ayuda mutua contraios enemigos exteriores.”314Desde el momento de su acceso al poder, Basas re­
tuvo los clásicos derechos de soberanía en toda su pureza “hobbesiana”, el dere­
cho a inmunidad contra el derrocamiento, disenso, critica y castigo, el poder
de vida y muerte, el derecho a usar todos los medios para preservar la paz y la
seguridad para todos, el poder de emitir leyes referidas a Jos derechos de las
personas y ala propiedad, el derecho de judicatura, el derecho de hacer la paz
y la guerra con otras naciones, el derecho de establecer impuestos, el derecho
a elegir sus propios ministros, magistrados y funcionarios, el poder de recom­
pensarlos, castigarlos y otorgarles honores. Todos estos derechos eran inse­
parables y no había división de poderes.
Para ejercer esta soberanía, Rosas empleó la administración, los milita­
res y la policía. Y, de reserva, tenía otra forma de compulsión, el terror.
CAPÍTULO VI
El Terror
La oposición a Rosas ara insistente pero fragmentada; con enclaves en el
país, en las provincias, y en el exterior, sólo asociándose sus enemigos podían
constituir una amenaza. Su desunión fue la-oportunidad para Rosas: si quería
sobrevivir debía concentrar una fuerza aplastante sobre un solo frente por
vez y evitar una conflagración general. Los disidentes más vulnerables:eran
los- que se encontraban más cerca. Después de 1823, en que trasladó a Montevideo su base activa, la oposición unitaria en 3o interno era latente. Las filas
de los exiliados políticos fueron engrosadas por emigraciones posteriores, es­
pecialmente después de 1835, cuando un observador británico estimó su nú­
mero en cinco a seis mil, como mínimo; y tenían un foco militar en las fuerzas
del general La valle.1 Pero los unitarios no constituían la única oposición ideo­
lógica. La Asociación de la .Joven Generación Argentina, inspirada por Juan
Bautista Alberdi, Esteban Echeverría y Juan María Gutiérrez, representaba
a una generación más joven que repudiaba la polarización de la sociedaden
federales y unitarios y trataba de reemplazar a la política tradicional por va­
lores genuinamente liberales y reformistas.2. La Asociación comenzó como
un movimiento intelectual, influenciado por la Revolución de 1830 en Francia
y la literatura francesa de la escuela romántica, y también por la-Joven Italia
de Mazzini Sus líderes emigraron buscando seguridad, pero quedó un ala po­
lítica en Buenos Aires, cuyos adherentes se opusieron al otorgamiento de fa­
cultades extraordinarias a Rosas, y a otras manifestaciones de la tiranía. Ro­
sas estaba personalmente al tanto del movimiento, como lo registró más tar­
de el historiador contemporáneo Vicente López: “El Dr. Maza embromó a mi
padre [Vicente López y Planes] en el Tribunal, sóbrela asistencia a la función
de los muchachos reformistas y regeneradores y agregó Juan Manuel dice
que. Vd. es demasiado bueno y débil que ese no era su lugar. ”3La creciente po­
litización del movimiento culminó en conspiración en 1839, oportunidad en
que el mismo Maza estuvo comprometido.
Mientras tanto, el régimen se bailaba sujeto a varias presiones externas.
En el noroeste, los unitarios tenían un aliado en el ambicióse presidente de Bo­
livia, Andrés Santa Cruz. E n una desmedida reacción ante lo que consideró
como subversión de ia Confederación Argentina, Rosas declaró la guerra a
Santa Cruz el 19 de marzo de 183?. Ésta fue una guerra pequeña pero costosa.
En el este, el Pacto Federal del 4 de enero de 1831 entre las provincias del-lito­
ral Buenos Aires, Entre Ríos, Santa Fe y, posteriormente, Corrientes, inaugu­
ró una década de estabilidad relativa, pero esto no pudo ocultar la hegemonía
de Buenos Aires, su control de los ingresos aduaneros y la navegación de los
ríos y su indiferencia ante los intereses económicos de las provincias. E l cre­
ciente resentimiento que bullía en Corrientes esfcalló-en revuelta el 28 de febre­
ro de 1S3S, cuando el gobernador Berón de Astrada declaró la guerra a Rosas y
a su aliado Pascual Echagüe, gobernador de Entre Ríos. Rosas devolvió rápi­
damente el golpe y sus fuerzas, al mando de Echagüe y XJrquiza, destruyeron
en un sangriento combate al ejército correntino en Pago Largo (31 de marzo
de 1339), matando cuatrocientos hombres y al cabecilla rebelde. En cambio
en Uruguay, no fue tan fácil para Rosas. Su aliado, el presidente Manuel Ori. be, Había sido derrocado en junio de 1838 por el caudillo rival Fructuoso Rive­
ra. respaldado por el general L avalley aclamado por los exiliados unitarios,
Rosas no podía permitir que esos fuegos locales permanecieran sin extin­
guirlos, porque en ese momento sus problemas habían adquirido dimensión
internacional. Francia sabía muy poco sobre Rosas, pero lo que vio no fue de su
agrado'. Ansiosa por extender sus influencias política y económica en el Río de
la Plata, e irritada en particular por una disputa con Rosas referida a la situa­
ción de los ciudadanos de esa nacionalidad que se encontraban bajo sú juris-'
dicción. Francia autorizó a sus fuerzas navales a establecer un bloqueo de
Buenos Aires; éste comenzó el 28 de marzo de 1838 y fue seguido por una alian­
za entre las fuerzas francesas y los enemigos de Rosas en el Uruguay. E l blo­
queo francés hirió al régimen de varias maneras. En primer lugar, redujo la
economía al. estancamiento y privó al gobierno del vital ingreso de la aduana.
Segundo, desestafoiiizó el sistema federal y alentó a los disidentes del litoral y
del interior-Tercero, fue-motivo para que Rosas acentuara aún más el carác­
ter autocrátícQ de su gobierno; para justificarse, echaba la culpa a los france­
ses y apeló al patriotismo del pueblo. A pesar de su vigilancia se produjeron
defecciones, no sólo en' las provincias, donde había resentimiento por el costo
de sus guerras, sino también en Buenos Aires, donde los propietarios rurales
del sur e inclusive adherentes al movimiento federal comenzaron a dar mues­
tras dé inquietud. Los críticos del régimen aplicaban una lógica diferente de
la de R osas: en su opinión, la tiranía resista era una causa, no una consecuen­
cia. del bloqueo francés, el que a su vez infligía enormes daños a los intereses
de los productores tanto como a los de los consumidores. E l bloqueo, en resu­
men, significó un factor favorable a la oposición, que podía proclamar un
efecto doble y simultáneo: la revelación de la impotencia de Rosas y el incre­
mento de su impopularidad..
194
De manera que, en 1838, las perspectivas de llo sa s eran contradictorias.
Como gobernador de Buenos Aires estaba en la cumbre de su poder, servido
por un'ejército sin par en el Río de la Plata y una fuerza parapolicial ciega­
mente devota. Pero 1838 fue un mal año para la economía. La guerra eon Boli­
via constituyó una carga para todas las clases, mientras que el bloqueo fran­
cés impidió ei comercio, detuvo los barcos, cerró los depósitos y causó mucho
desempleo. Con la caída de Oribe y la intervención de Francia, miles de porte­
ños . especialmente la población estudiantil y la juventud profesional y educa­
da de Buenos Aires, cruzaron a Atontevideo , conde teman una prensa liore y
una salida para su política y propaganda. Para entonces, de ios treinta mil ha­
bitantes de Montevideo, veinte mil eran argentinos emigrados, además de al­
gunos franceses y españoles. Se preparó una fuerza de invasión y, en abril de
1839, llamaron de su retiro al general La valle para que la condujera. En Bue­
nos Aires, no se necesitaba mucha imaginación para pronosticar el esquema
futuro —si no la fecha— de los sucesos: un ataque desde afuera por las fuer­
zas combinadas de Lavalle y de los franceses en connivencia con el enemigo
interior.
¿Quién era ei enemigo interior? Era un grupo de hombres jóvenes que
conspiraban para derrocar a Rosas. Reclutaban a los disidentes tanto dentro
como fuera de las rilas federales. Al finalizar 1838, los miembros de algunas
me las principales familias fueron colocados en. situación de arresto domicilia-,
rio por hablar contra el gobierno; otras personas, ubicadas más abajo en la
escala social fueron encarceladas por la misma causa. Los líderes dé la oposi­
ción eran un grupo separatista derivado d éla Asociación d éla Joven Argenti­
na, Carlos Tejedor, Avelina Baleares, Jacinto Rodríguez Peña y Santiago AIbarracín.4 Ellos organizaron un club político que realizaba reuniones secre­
tas. Y los conspiradores civiles reclutaron aliados militares que incluyeron al
coronel Ramón Maza, jefe del Tercer Regimiento de Caballería, quien se hizo
cargo de la conducción militar, y el general Pinte, un veterano de 1810.5 Los
objetivos serios de la conspiración contrastaban en forma aguda con el entu­
siasmo de principiantes de los miembros más jóvenes, pocos de los cuales fue­
ron capaces de mantener el secreto. Tenían un agente infiltrado en elbando
deRosas. Enrique Lafuente, un empleado del secretariado, temporario y mal
pagado; él informaba sóbrelos hechos y dichos del dictador y se comunicaba
particularmente con Félix Frías, quien a su vez estaba en enlacecon Lavalle
y los franceses. El plan consistía en activar una quinta columna en la capital,
donde Maza habría de conducir las fuerzas militares declaradas en favor del
movimiento. Simultáneamente, una insurrección en el sur seríala encargada
de contener la reacción resista en el campo, mientras el general Lavalle, ayu­
dado por los franceses y otras unidades de Montevideo, desembarcaría en el
puerto de Buenos Aíres en apoyo de ambos frentes. Este plan requería una ex­
perta organización y secreto absoluto. En realidad carecía de ambos y, eventuaimente, las diversas fuerzas fallaron en la sincronización.
La conspiración resultó infiltrada y traicionada; el capitán Nicolás M ar195
tínez Fontes informó a Rosas sobre ios planes y fue pagado por sus servicios.
El 26 de junio de 1839 arrestaron al coronel Maza y a varios de sus asociados;
aunque otros permanecieron ignorados u ocultos. Rosas creyó entonces que
ambos Maza, padre e hijo, estaban comprometidos en la conspiración y, aun
más. pensó —probablemente equivocado— que planeaban asesinarlo, De
-cualquier manera, consideró el hecho como una traición. Maza, el padre, ha­
bía colaborado con Rosas durante varios años recibiendo distinciones y car­
gos a manera de recompensa; era en ese momento presidente de la Sala de
Representantes y de la Suprema Corte; y el mismo Rosas le había advertido
ya sobre el peligro que estaba corriendo. Su hijo también estaba protegido por
el dictador y tratado como uno de su familia, a la que había ingresado por su
casamiento. En vez de juicio, Rosas se decidió por la justicia sumaria. E l 27
de junio de 1839, a las ocho de la noche, el padre fue asesinado por la mazorca
en la Sala de Representantes. Al día siguiente mataron al hijo en la prisión, La
viuda se suicidó. Estos sombríos hechos inauguraron tiempos de gran miedo
en Buenos Aires y las calles fueron quedando vacias y silenciosas.
Un movimiento disidente en el sur se había anticipado a la conspiración
urbana. Y aun agosto de 1838, Rosas tuvo frente a sí informes de funcionarios
locales que se basaban en las declaraciones de un soldado miliciano, estable­
ciendo que se preparaba una revolución contra el gobernador y que debía es­
tallar entre- el 17 y el 18 de agosto. E l líder era un teniente Carlos O'Gorman,
ayudante del 6° Escuadrón de Blandengues, que —según se afirmaba— esta­
ba planeando un levantamiento de las trapas de Azul, con la intención de am­
pliar eí movimiento hasta Bahía Blanca.® Rosas admitió personalmente que
sospechaba desde antes de otros dos conspiradores unitarios, Zélarrayán y
Céspedes, pero, por falta de pruebas, les había permitido continuar hacia el
sur; Zélarrayán a Chascomús y Céspedes a Dolores. Cuando tuvo pruebas de
su complicidad e impartió las órdenes para que los arrestaran, ellos ya ha­
bían huido y O'Gorman se encontraba de regreso en Azul. Rosas decidió no
hostilizar a las tropas de Blandengues, a las que simplemente consideraba
como un objetivo de la subversión unitaria, pero sí arrestar y ejecutar a los lí­
deres rebeldes. Así lo hizo, y el coronel Zélarrayán y sus compañeros sufrieron.un horrendo castigo.7Mientras tanto, los funcionarios locales informaron
que la situación estaba controlada y que las tropas de Azul celebraban todas
las noches fiestas y bailes en honor del gobernador. E s difícil determinar si
esta conspiración militar menor tenía vínculos con los estancieros del sur. En
Buenos .Aires, los conspiradores lamentaron su descubrimiento y fracaso
para “prender una chispa en. la pólvora de la campaña demasiado seca ”. Pero
en los m eses siguientes'eí movimiento rural sobrevivió y se mantuvo en sus­
penso, listo para cuando llegara el momento de decisión.
La destrucción de la conspiración de Maza, junto con un .inesperado cam­
bio en los planes de La valle, dejó aislados a los disidentes del sur. Pero sus
jefes decidieron continuar y arriesgarlo todo; de cualquier m anera , Rosas co­
nocía sus planes desde mediados de octubre v, después de eso, tenían que ac196
tuar, y actuar rápidamente. El día de la decisión fue e l 29 de octubre de 1839,
en que los hacendados de Dolores se pronunciaron contra el gobernador, se­
guidos el 2 de noviembre por otros de Chascomús y Tuyú.
-El juez de paz de Chascomús era un hombre que estaba siempre alerta y
vigilante, observando a todos sin escatimar nombres, y que informaba todo a
Rosas, incluyendo algunas insinuaciones.-Su segundo despacho sobre estos
sucesos confirma los asombrosos detalles del prim ero:
“En este momento que sos las ocho y tres cuartos déla m añana acaba de llegar Don Juan
Aldao negosiante en frutos del País, de iá postrera, punto situado en la margen exterior
del Salado. Partido de Dolores, y declara haber oido en la pulpería de Don Ambrosio
Cramer ayer cerca de las oraciones lo que refería un paisano de Dolores y es lo siguiente.
Que el Comandante Rico encabezaba allí una fuerza arm ada considerable en.apoyo
de la insurrección dirigida por Don Benito Miguens y Don Pedro Casteili; que estaba
como complices de la insurrección varios hacendados de nota cuyos nombres no recorda­
ba el declarante; que el piquete destacado en el Tuyú mandado por el Capitán Bigorena
debía haber sido tomado por ayer; que toda la extensión de Campaña hasta Bahia Blanca
se hallaba insurreccionada por los revoltosos; pero no dice si han sido ocupados el Tandil
y Fuerte Azul; que una fuerza considerable se dirigió para aprender al Coronel Valle,
que debía hallarse en su Estancia del Tandil; que el Coronel Don Nicolas Granada con su
fuerza debía haber estado en el Monte al 29 a la noche para apoderarse de aquel punto y
tomar preso al Coronel Gonzalez y demás Gefes. Esto es todo lo que de cierto se dice por
los conductos expresados,
No hallándose Gafe alguno de la caballería en este Pueblo el infrascrito ha dirigido
avisos y llamado inmediatamente á los capitanes Don José Maria Ansorena de la Ia, y
Don José Mendiola de la 2a, ausentes en la campaña á seis y nueve leguas de distancia de
este Punto. E l infrascrito se ha puesto deacuerdo con el Capitán encargado de la Coman­
dancia de la Milicia Activa de Infantería y tanto esta como la Pasiva Que manda el in­
frascrito se halla desde anoche acantonada y haciendo patrullas y rondas en el Pueblo y
sus contornos durante la noche y acantonados hoy dia para lo que ocurra.
. “Necesitando el infrascrito el apoyo de una fuerza de caballería para llenar mis debe­
res con prontitud y eficacia la solicita en este momento del Comandante del Escuadrón
Don Francisco Olmos. El Sargento Mayor Comandante de. la Infantería Don Francisco
Vülerinó se halla ausente en su estancia de la Magdalena hace mas de un mes, y desem­
peña la Comandancia el encargado Capitán Don Lucas Baián. El Coronel del ' Regi­
miento Don Prudencio Ortiz de Rosas se halla hoy en su estancia Santa Catalina en el
AzüL"B
La rebelión del sur no fue un movimiento unitario sino un producto de la
crisis de 1838-39. Estos distritos sureños estaban en el corazón del territorio
resista, y los rebeldes pertenecían a un grupo social, los estancieros, hasta ese
momento sólidamente favorables a Rosas. Los líderes del movimiento —Pe­
dro Casteili, Benito Miguens, Leoncio Rico, Ambrosio Cramer. Francisco Ra­
mos Mejía y Gervasio Rosas, un hermano menor del gobernador— eran todos
hombres de buena posición y propietarios. Algunos de ellos acababan de ser
nombrados nuevamente jueces de paz, después de un cuidadoso examen de
sus credenciales políticas. Sin embargo, en ese momento ellos llevaron a sus
peones a la acción, cuarenta y siete líderes y una fuerza de dos milhombres y.
en la plaza de Dolores, lanzaron su grito contra el tirano Rosas, que ofendía a
197
los extranjeros y dañaba el país. Enviaron una declaración al almirante fran­
cés Leblanc, sosteniendo los principios de la libertad y la causa de Lavalle y
de los argentinos contra la tiranía de Rosas, y apelando a la alianza con los
franceses en lá lucha común, pero no para la conquista y .ocupación francesa,
como alegaba Rosas.9La propaganda rebelde denunciaba el empobrecimien­
to de la gente del sur a causa del servicio de frontera y las costosas guerras, la.
autoridad opresora de los tiranos resistas ocales. la indiferencia del gobierno
hacia los intereses del sur. Los hacendados sureños también tenían motivos
de queja como productores. Sufrían una forma de discriminación en manos
de ios saladeristas de Buenos Aires, poderosos intereses estrechamente iden­
tificados con el regimen.de Rosas. Las condiciones del mercado impuestas
por los saladeros eran perjudiciales para eí sur. Durante el largo traslado del
ganado vacuno hacia el norte, los animales perdían peso y s como el peso de­
terminaba el precio, los saladeros de las vecindades de Buenos Aires fijaban
cargas extras a los sureños, agregando a sus costos el engorde preventa de su
ganado en las pasturas próximas a los saladeros. Por último, los sureños eran
víctimas de la política exterior de Rosas, ya que sus posibilidades de exporta­
ción estaban cerradas por el bloqueo francés y, por tal causa, ellos considera­
ban -a Rosas como un obstáculo para el progreso. Como informó el ministro
■británico,
El levantamiento en el sur sólo debe atribuirse al bloqueo. El grito de los rebeldes que
claman por libertad y para term inar con la tiranía del general Rosas, fue el grito de gue■rra para derrocar a ún gobierno que resiste el bloqueo y les impide vender sus cueros y
sebo y otros productos de la tierra; y basta que no obtengan esa libertad mediante la sus­
pensión del bloqueo, las causas del último estallido están aumentando diariamente, y
pronto habrán de generalizarse e n l a s provincias de Ja República.10
Pero ios rebeldes del sur eran débiles y estaban aislados, mientras que la
organización gubernamental se encontraba preparada para la seguridad in­
terior. Los-jueces de paz informaron; Rosas tomó medidas; las fuerzas mili­
cianas se movilizaron; y los comandantes militares recibieron instruccio­
nes.11 Antes de cinco días los rebeldes fueron derrotados y eí castigo no tardó
en efectivizarse. Los rebeldes perdieron-sus estancias, y algunos de ellos sus
vidas. Otros escaparon.a través de los puertos cercanos. Muchos se refugia­
ron en el Uruguay, donde Lavalle les dio provisiones y caballos.12
■Rosas ya había suprimido, con intervalos convenientemente situados,
dos focos de oposición. Restaba la amenaza desde el exterior, materializada
por primera vez por Lavalle. apoyado por los franceses. Llegado el momento,
Lavalle condujo sus fuerzas de invasión, aunque no hacia el sur ni hacia Bue­
nos Aires sino sobre Entre Ríos (5 de septiembre de 183&), prometiendo liberar
a la Confederación del tirano y dar autonomía a las provincias. Pero su alian­
za con los franceses, a quienes muchos consideraron agresores contraía Con­
federación, lo privó del apoyo de los entrerrianos. Se volvió entonces hacia Co­
rrientes, cuyo gobernador Pedro Ferré lo aceptó y se declaró contrario a Ro-
íS8
sas, Los meses siguientes fueron difíciles para este 'último, pero no mucho me­
nos paraLavalle. A su ejército le faltaba dinero, armas y, tal vea. fe. Los fran­
ceses le dieron apoyo naval y armas, pero no podían proporcionarle fuerza
militar. Lavalle entró en la provincia de Buenos Aíres el ó de agosto de 1840 y
finalmente pareció listo para atacar a Rosas. Pero en ese momento su juicio
—o su voluntad— lo .traicionó. Se detuvo para esperar refuerzos franceses.
'que no llegaron, y perdió la ventaja de la sorpresa. El 5 de septiembre, ante la.
consternación áe sus partidarios, se replegó en dirección a Santa Fe, y su ejér­
cito, ya desmoralizado por el fracaso v ía s deserciones, comenzó su largaretirada en dirección al norte. Pero la expedición libertadora, humillada en Bue­
nos Aires, logró cierto grado de éxito en otras partes. Sirvió para estim ular a
ios enemigos de Rosas en el interior. A partir de abril de 1840, la Coalición del
Norte, organizada por Marcos Avellaneda, gobernador de Tucumán, y que in­
cluía a Salta, La Rioja, Catamarca y Jüjuy, salió a la campaña bajo el coman­
do del general Aráoz de Lamadrid y aliado con Lavalle, y amenazó a Rosas nuevamente desde el interior. En suma, 1840 fue un año peligroso para Rosas.
Pero sobrevivió y. al iniciarse 1841, la marea comenzó a invertirse. Los caudi­
llos federales dominaban Cuyo y empezaron a devolver los golpes. También
Oribe luchó ferozmente por Rosas. EÍ 28 de noviembre de 1840 derrotó al ejér­
cito libertador de Lavalle en Quebracho Herrado y completó la conquista.de=
Córdoba. Durante el año siguiente destruyó los restos de la Coalición del Nor­
te, primero las desgastadas fuerzas de Lavalle, en Famaillá (19 de septiembre,
de 1841), y luego las de Lamadrid, en Rodeo del Medio (24 de septiembre de
1841). El general Lavalle fue asesinado en Jujuy, el 8 de octubre de 1841, mien­
tras marchaba hacía Bolivia. La destrucción de las fuerzas Unitarias dei inte­
rior, sin embargo, en vez de postrar a las provincias del litoral, las incitó;
pero su rebelión quedó frustrada tanto por su propia desunión como por la ener­
gía de Oribe, quien las obligó a desistir y las desarmó en diciembre de 1842.
Éste no fue el final de la oposición contra Rosas. La campaña del gener al Paz
mantuvo vivo el espíritu revolucionario en Corrientes, que no pudo ser total­
mente extinguido hasta la victoria de Urquiza en la batalla de Vences (27 de
noviembre de 1847), a la que siguió un baño de sangre que estremeció a los
más duros partidarios.
Oponerse a Rosas era un crimen, casi de iése-majesíé, y no tenía perdón.
La oposición no solamente provocaba en él una simple irritación sino una in­
dignación tremenda y un fuerte deseo de venganza. Esto era una medida de la
violencia de la época y de las circunstancias en las que élm ism o había llegado
ai poder, con el constante riesgo de su vida y propiedades y las de sus asocia­
dos. Constituía asimismo un mecanismo de defensa contra los unitarios, cu­
yos propios antecedentes políticos eran también de agresiva violencia; Rosas
inició su segundo período de gobierno en 1835 con un odio reprimido contra los
unitarios.- En marzo, al escribir una carta a uno de sus capataces, comienza
refiriéndose a asuntos de la estancia pero repentinamente suspende el tema y
se lanza en una amarga denuncia política:
,!E1 señor Dorrego fue fusilado en Navarro por los unitarios. El general'Villafañe, com­
pañero del general Quiroga, lo fué en su tránsito de Chile para Mendoza por los mismos.
El general Latorre lo ha sido a lanzar después de rendido y preso en 1a cárcel de Salta, sin
darle un minuto de término para que se dispusiera, lo mismo que el coronel Aguilera que
corrió igual suerte. El general Quiroga fué degollado en su tránsito de regreso para ésta
el 16 del pasado último Febrero, 18 leguas antes de llegar a Córdoba. E sta misma suerte
corrió el coronel José Santos Ortiz, y toda la comitiva en número áe 16, escapando sólo ei
correo que venía, y un ordenanza que fugaron entre la espesura dei m onte.; Qué tal! ¿He
conocido o no el verdadero estado de la tierra? Pero ni esto ha de ser bastante para los
hombres de las luces y de los principios.”’3
Éste era el estado de ánimo con el que Rosas exigió facultades absolutas e
inició su gobierno.
La contienda e inseguridad de la vida política tuvo un. efecto profundo so­
bre Rosas, Era por naturaleza un hombre cauteloso, pero no cobarde. A partir
de 1829 vivió en constante prevención del peligro y tomaba toda clase de pre­
cauciones para su seguridad personal. Edificó una fortaleza alrededor de su
régimen: movilizó la policía, reguló los medios, dirigió la Iglesia y fortaleció’
el ejército, Mantuvo importantes fuerzas acuarteladas en la ciudad y una po­
derosa guardia próxima a su persona. En el comienzo de 1839 sintió particu­
larmente el miedo al asesinato. En febrero, comentó con su amigo Terrero,
“¿Sabes que conspiran contra.mí en Buenos Aires? Sí,-el plan es asesinar­
me... Lo peor es que hay algunos federales en el complot. Pero quiero saber
quienes son estos. No tem e por mí vida, sino por los horrores'que va a presen­
ciar Buenos Aires si me matan.”14Después de la muerte de su esposa, dividía .
su tiempo entre su casa en la ciudad, que era también el asiento del gobierno,
y su nueva.quinta en Palermo. Durante todo el año 1839 la seguridad en Paler­
mo fue estricta; las patrullas y los guardias detenían e interrogaban a cualquieraque pasara por la vecindad. Dieron la voz de alto a un in glés: "El inglés
contestó que si era prohibido hacer camino por allí, y le contestaron que no,
pero que mejor era que no lo hiciera".15
Rosas no descansaba.únicamente en las medidas defensivas. Contraata­
caba, Usó el terror como instrumento de gobierno, para eliminar enemigos,
para disciplinar disidentes, para advertir a los irresolutos y, finalmente,.para
controlar a sus propios partidarios. El terrorismo no erapopular, espontáneo
ni indiscriminado. Esto no hubiera respondido a la característica del régí, men, que se enorgullecía de mantener la ley y el orden. En lo referente a segu­
ridad personal, coincidían los observadores, Buenos .Aires era uno de los luga­
res más seguros del mundo. De modo que el terror no era anárquico. 'Ni era
tampoco un poder delegado, tramado y aplicado por subordinados. Los agen­
tes del terror no eran sus autores; no eran ellos quienes ejercitaban la política
de elegir a las víctimas. En este régimen, el terrorista era el gobierno. A eso
se debía que la maquinaria dei terror pudiera ser encendida y apagada con se­
mejante precisión. El terror no era masivo ni continuado, sino limitado y es­
porádico. Y tampoco era un instrumento de clase. Dentro de sus objetivos
200
esencialmente políticos,.es verdad, había una cierta tendencia clasista, por­
que las víctimas principales eran las que constituían la élite unitaria, pero
esto era una política más estratégica que social y su intención era destruir
una clase dirigente rival. El terror se aplicaba a personas y grupos cuidadosa­
mente elegidos por el gobierno. Se consideraba inútil matar a gente pobre e in­
significante; Y los terroristas no tocaban a los extranjeros, ni siquiera duran­
te los bloqueos francés y anglo-franees. Las víctimas estaban vinculadas con
la causa unitaria, directa o indirectamente, correcta o equivocadaménte, y
cuando los terroristas no podían poner sus manos sobre los unitarios, toma­
ban un sustituto o equivalente, por el valor déla demostración. Además de ios
unitarios, algunos de los blancos eran grupos políticos y administrativos de
los que Rosas no podía prescindir, pero en los cuales tenía muy poca confian­
za, Y más allá de éstos, el terror era una advertencia siniestra para otros
miembros del régimen, proveniente de un hombre que buscaba.docilidad in­
condicional de sus servidores, y que estaba decidido a dominar sus movimien­
tos y a destruir facciones. El terror terna también una dimensión militar: selo
aplicaba en el campo de batalla. Los ejércitos eran exterminados; rara verse
tomaban prisioneros o, en caso de tomarlos, los mataban luego: cazaban a los
fugitivos, los degollaban y exhibían sus cabezas. Se cultivaba el salvajismo
como medio de disuasión, para intimidar apoyos potenciales; el terrorismo se
convirtió en complemento —a veces una alternativa— de las batallas. El te­
rror no era, por lo tanto, simplemente una serie de episodios excepcionales,
aunque lo regulaban según las circunstancias. Era una parte integral.del sis­
tema de Rosas, el estilo distintivo del régimen. Marcaba la venganza y el po­
der de Rosas; era un castigo por el pasado y una advertencia para el futuro,,
Era la extrema sanción del régimen, la coerción final.
El terrorismo provenía de las facultades extraordinarias otorgadas a Ro-_
sas. Había medios alternativos disponibles, ya que la maquinaría normal de
la justicia aún existía, como se ha visto. Pero Rosas evitaba con rodeos Iosprocedimientos legales y dispensaba justicia sumaria, especialmente duran­
te las épocas de crisis interna y emergencia nacional. Nunca pudo olvidar qüe
tenía exclusivos poderes sobre la vida y la muerte, que podía juzgar a un acu­
sado sin proceso, que su palabra era suficiente para enviar un hombre al ver­
dugo. Los extranjeros estaban asombrados por la amplitud y la aplicación de
su autoridad personal:
Lo culpo de haberlos hecho m atar (a los ejecutados) por soldados, cuando debió haberlo
hecho el verdugo autorizado por sentencia del tribunal apropiado, del que ha prescindi­
do, desde que estoy aquí, en todos los casos. A unos los matan a bordo de un pequeño ber­
gantín de diez cañones amarrado en la rada, a otros en una barraca, algunos en otra, sin
que ninguno de ellos, según me han informado, haya pasado a través de las formas ordi­
narias de justicia, o juicio.16
Los casos referidos a la seguridad política y al orden rural eran asunto
particular de Rosas y a él los llevaban directamente. Por lo general se ocupa-
201
ban de ellos. no a través de los tribunales o al menos de la policía^sino por pro­
pia decisión, a menudo con el simple consejo de matones como Vicente Gonzá­
lez, quien parece haber actuado no solamente como agente político sino tam­
bién como asesor legal y funcionario de cárceles. Esto lo hacía en el sur de la
provincia, una región donde Rosas tenía intereses domésticos y políticos. Un
mes típico, noviembre de 1835. proporciona una cantidad de ejemplos .'Grego­
rio Barragón. unitario, que se puso violento en la prisión, fue sentenciado a ser
fusilado una mañana ala s diez en punto, en la plaza de Navarro. Toribio Gon­
zález, de veinticinco años, para quien González aconsejó quinientos latigazos
y diez años de prisión, fue sentenciado por Rosas para que lo fusilaran a las
diez de la mañana en la plaza de Lobos. Santiago Carvajas, de treinta y cinco
años, acusado de robo en la pulpería de Lobos, fue fusilado en la plaza princi­
p a l José Martínez, sospechoso de ser unitario, y ladrón de ganado por añadi­
dura, fue sentenciado a prisión en Monte, con González, Cayetano Esteres,
acusado de robo de ganado por su patrón unitario, fue sentenciado a servir
cuatro años en la milicia. Ésta era la forma en que Rosas gobernaba al sur de
la provincia, región a la que él consideraba como una extensión de sus estan­
cias privadas. En otras partes, su administración de justicia no era mucho
menos informal.Desde Santos Lugares, Antonino Reyes, su secretario jefe en
el cuartel general, le enviaba listas de delincuentes, unitarios y desertores, y
Rosas simplemente anotaba en ellas “fusílenlo” o “azótenlo”, y así hasta ter­
minar la lista; Algunos dé estos casos eran puramente políticos; otros eran
asuntos delictivos que comprendían vagancia, robo, asalto y'asesinato..En
cualquiera de las categorías se podía fusilar a un hombre sin necesidad de jui­
cio. y los delincuentes unitarios eran condenados casi con. certeza. En estos
procesamientos, una combinación de caza de brujas política y seguridad ru­
ral, no habí a-rastros de evidencias policiales o de cualquier tipo de proceso ju­
dicial E l ejecutivo era a la vez juez y verdugo, actuando en virtud de sus fa­
cultades extraordinarias.
•' Én qtros.casós, Rosas actuaba con la policía, o sobre la base de informes
policiales;.respondía aéstos dando instrucciones que, en la práctica, eran dic­
tados de juicios. Una muchacha de dieciocho años, Marcelina Buteler.-costu­
rera residente en Santos Lugares, conversó con un hombre joven, de veinti­
séis años, Marcelino Ojedá. tendero de la vecindad y que tenía un sirviente de
veintiocho años,. Timoteo A m ansa. Ojeda era un sospechoso, por. no ser fede­
ral activo y no haber participado en ninguna campaña contra los unitarios.
Todo esto se hallaba registrado. El 19 de octubre de 1840 encarcelaron a los
fres como “salvajes unitarios”. En el legajo de Armansa, una anotación manuserita de Rosas ordenaba “envíese al jefe de policía para que pueda poner
en la cárcel a Timoteo Armansa, por el delito de hallarse al servicio de Marce­
lino Ojeda y no haber denunciado la conversación que éste tuvo con la salvaje
unitaria Marcelina Buteler” .:7 Ésta, fue una sentencia liviana. Otras eran m e­
nos afortunadas, como la extraída de otra anotación en Jos archivos de R osas:
202
“Manana miércoles 2 del corriente mes de Febrero, a las cuatro, o cuatro y media de la
mañana, hágase fusilar a los salvajes imitarlos Marcos Leguizamón, José Giménez, Ma­
nuel Yélez, Pedro Burgos, Lorenzo Cabral, Pablo Ramírez y Antonio Helguero, a quienes
Se le facilitarán uno o dos sacerdotes que les confiesen.”18
Había dos características en la administración de justicia por parte de
Rosas que provocaban comentarios,-entonces y posteriormente, las listas po­
líticas y los modos de ejecución. Las clasificaciones;eran una forma de lista
negra. Describían las opiniones políticas de los individuos y estaban compila­
das con la información suministrada por los jueces de paz, la policía, los mili­
tares. la Sociedad Popular Restauradora, y f uentes privadas. Esa práctica
había sido adoptada por Lavaíle en 1829 contra los federales, aunque en forma
mucho menos sistemática, Rosas la usó por primera vez en 183Í. cuando or­
denó a los jueces de paz que le enviaran listas de todos los unitarios de sus dis­
tritos-. con pruebas de su afiliación política y de sus propiedades. Al principio
de su segunda administración, por un decreto del 20 de marzo de 1836. ordenó
a los jueces que prepararan listas aún más detalladas, dando los domicilios
exactos de cada uno de los que figuraban en las listas y, de los del campo, in­
cluyendo el dueño de cada estancia, granja o casa. Esta operación se repitió
todos los años y proporcionó a Rosas no sólo un censo de federales sino un re­
gistro creciente de todos los que residían y los transeúntes. En septiembre de
1840 se alcanzó una nueva etapa de urgencia cuando, respondiendo a la inva­
sión deLavalle, Rosas emitió el decreto de confiscación de la propiedad unita­
ria. Era entonces más imperativo conocer quiénes eran los unitarios: de
modo que se ordenó a las autoridades de la ciudad y del campó que hicieran un
particular esfuerzo para identificar la afiliación política de cada uno y de to­
dos; y esto se hizo valiéndose simplemente, en muchos casos, de característi­
cas externas tales como ropas, colores, y rasgos faciales. La Sociedad Popu­
lar Restauradora jugó de nuevo un importante papel para cotejar esta infor­
mación. Las listas asi preparadas fueron leídas cuidadosamente por Rosas y.
se convirtieron, en la práctica, en listas de víctimas cuando escribió frente a
algunos “fusílenlo”, “azótenlo”, “múltenlo”.
El sistema penal en la Argentina fue sangriento, cualquiera fuese el régi­
men. Para Sarmiento, resuelto a pintar a Rosas tan falto de originalidad
como incivilizado, la diferencia parecía ser solamente de grado: “Rosas no
ha inventado nada; su talento ha consistido solo en plajíar a sus antecesores, i
hacer de los instintos brutales de los más ignorantes un sistem a meditado i
coordinado fríamente.”19 La crueldad es difícil de medir y en los escritos de la
época la propaganda prevalecía a menudo sobre la precisión, Sin embargo, 3a
autoridad.de Rosas dejó una imborrable impresión de derramamiento de san­
gre y de muerte. Las prisiones, de hecho, eran probablemente más opresivas
y crueles y las ejecuciones más horribles que las de sus predecesores. En el
sur de la provincia, algunas de las prisiones eran realmente cárceles de las
haciendas privadas. En Monte, Vicente González administraba una prisión
de ese tipo, y había otras. En los primeros años de la década de 1830. muchos
unitarios fueron arrestados por la policía siguiendo órdenes, por ejemplo, de
Tomas de Anchorena, ministro de Rosas, y enviados a la estancia Callejas,
mitad hacienda, mitad campo de concentración a las órdenes del coronel Pearo Burgos, en Camarones Grandes, territorio de Anchorena al sur del Sala­
do, Pero las prisiones más notorias estaban en la capital, el Cuartel de Sere­
nos. dirigido por el coronel Marino, el Cuartel de Cuitíño en la calle Chaeabucc, el Cuartel de Restauradores, en ia esquina de la s calles Defensa y Méjico,
y. naturalmente, Santos Lugares, el cu artel general militar del régimen.
Para mucha gente, cruzar esas puertas significaba entrar en una celda de
muerte.
Sin embargo, los modos áe ejecución no fueron inventados por Rosas ni
eran exclusivos de uno de los lados. Martínez Estrada los describió como un
asunto de técnica, no de salvajism o: “Los unitarios mandaban castrar, los fe­
derales degollaban”, decía Mansiíla, “y todo eso es de la técnica del cuchillo
más bien quede las formas de la barbarie” ,20 La distinción hecha por Mansi­
lla es interesante pero incorrecta. Ambos bandos eran argentinos, y la suya
era una sociedad que había vivido en la violencia durante mucho tiempo. El
cuchillo y la lanza eran parte de la herencia cultural de la Argentina, profun­
damente arraigada en las tradiciones criolla y gaucha. Rosas heredó sus mo­
dos de ejecución en parte del ambiente rural y en parte de las leyes que impe­
raban. Había tres métodos principales: por fusilamiento, con las lanzas y.por
degüello,
■
■
.La forma en que mataban a las víctimas variaba segúnias circunstancias y según las in­
clinaciones del poder condenador. A veces los'fusilaban. A veces cumplían su destino en
manos de dos lanceros, que colocados a ambos lados del prisionero, esperaban la señal
para hundir en su cuerpo sus brillantes armas. Otras, por último, caían mediante la más
bárbara de las prácticas: una afilada hoja les cortaba el cuello A1
Los caudillos de la Argentina, o sus protegidos, también practicaban la
castración, cortaban las lenguas y arrancaban barbas con la piel. Pero el pro­
cedimiento más característico era el degüello; castigo favorito y la técnica
más valorada. El cuchillo era el arma del gaucho y cortar un cuello su delicia,
como recordaba Hudson: “la gente del llano ha desarrollado una ferocidad
asombrosa, les encanta matar un hombre, no con unabala. sino de una mane­
ra que les hace saber y sentir que están verdadera y realmente matando”.22
Pero lo que puede ser atribuido a tm defecto cultural en una criatura primitiva
de las pampas se convierte en un abuso de poder en manos del Estado. Y Sar­
miento estaba probablemente en lo correcto al sugerir que Rosas empleaba
esta práctica más allá que otros:
“El ejecutar con el cuchillo degollando i uo fusilando, es un instinto de carnicero, que Ro­
sas ha sabido aprovechar para dar todavía a la muerte formas gauchas, 1al asesino pla­
ceres horribles: sobre todo para cambiar las formas legales i admitidas en las socieda­
des cultas, por otras que él llama americanas...1,23
204
El degüélio se convirtió en un medio y un signo del terror, uña penalidad'
apropiada para unitarios y rebeldes, un triunfo para los verdugos:
“P o r cuanto, el miliciano Juan Duran, tuvo ia suerte de dar alcance y cortarle la cabeza
al salvaje unitario titulado coronel Pedro Castelli, se le acuerda si uso de barba y bigote
federal, testera y colera punzó en su caballo, acordándole a la vez el sueldo dé sargento
durante su vida. ”24
E l terror de este régimen era extraordinario, aun con las pautas déla épo­
ca. El diarista Beruti registró un incidente de particular salvajismo:
‘‘Benitez, hombre de mas de 60 años no lo degollaron y quedé vivo inutilizado; pues el de­
gollador Alen lo estaqueó boca arriba como media vara de altura, y bien atado entre cua­
tro estacas, le puso un brasero de fuego, y le quemó los testículos e intestino; . ..todo esto
lo he copiado de los papeles públicos, y sólo en extracto,1123
Hubo relatos de que las tropas federales jugaban a las bochas con la cabe­
zas de los unitarios o las llevaban a Buenos Aires para presentárselas a Ro­
sas ; y un capitán de la marina británica aseguraba haber visto una en la casa
de R osas. Un rumor extremo, de los de este tipo, quedó registrado por. el coro­
nel King:
Corrió el rum or de que Manuelita contemplaba los degüellos y jugaba con las cabezas de­
capitadas. y se dijo que Oribe le envió desde Tucumán las orejas en sal de un oficial unítarío de nombre Borda, a las que ella conservaba en una caja-de vidrio y las enseñaba a
sus visitantes.26
No todos los rumores eran exactos pero reflejan la atmósfera de terror
que predominaba, y que servia al régimen casi tanto como las mismas matan­
zas. Durante, el pico de terrorismo en octubre de 1840, todas las mañanas se
encontraban en Buenos Aires cuerpos sin cabeza; para los terroristas, la de­
m ostración era tan importante como el hecho. Era práctica común entre los
m ilitares clavar las cabezas de las víctimas en altos postes y distribuirlos en
las plazas públicas. La violencia se reflejaba en el lenguaje de la época. Dego­
llar, degollador, eran términos que se encontraban éntrelas palabras más co­
munes del vocabulario rosista, empleados con depravado placer tanto por el
gobernante como por sus seguidores. La obsesiva y maligna satisfacción de
los degüellos quedó tipificada en una canción del ejército llamada.La Resba­
losa, que cantaban los activistas en los momentos culminantes del terror:
Al que con salvajes
Tenga relación
La verga y degüello
Por esta traición;
Que ei santo sistema
De Federación,
Les da a los salvajes
violín y violón.37
205
Los agentes: del terrorismo eran miembros de la Sociedad Popular Res­
tauradora. un.ciub político y organización parapoliciai. La sociedad tema un
ala armada, comúnmente llamada lamazorca, La-palabra mazorca, que sig­
nifica la espiga del maíz con sus granos muy juntos, simbolizaba la fuerza me1
diante la unión, pero en realidad se popularizó porque su pronunciación sona­
ba en forma similar a “más horca'". Según algunos, tenía connotaciones aun
más horripilantes:
La Mashorca, afiliación secreta en apoyo del gobierno de Sosas, deriva su nombre del
cuerpo mtérior del maíz, una vez quitados los granos, y ha sido utilizado por los miem­
bros del club como un instrumento*de tortura del que su señoría puede tener una idea sí
trata de recordar la agónica muerte infligida a Eduardo II.28
En las fiestas patrióticas, los fanáticos federales saltaban gritando con­
tra algún unitario “aquí tengo un maíz tostado; vamos a ponérselo donde se lo
merece ”.2S
La Sociedad Popular Restauradora emergió por primera vez como una
organización favorable a Rosas durante la lucha contra los disidentes federá■ les en 1832-33. Bajo el patronato de doña Encarnación, sus líderes fueron in­
cluidos en las listas de pagos del Estado y se especializaron en intimidar a los
adversarios políticos. Los grupos de activistas recorríanlas calles de Buenos
Aires,.disparaban tiros contra las casas, asustaban a los enemigos y alejaban
a los.disidentes hacia Entre Ríos e Uruguay. Al finalizar abril de 1834 la inti­
midación aumentó; Rivadavia había regresado a.BuenosvAires y se propusie­
ron lograr su expulsión mediante presión y violencia. De manera que la Socie­
dad nació como grupo de presión en favor de Rosas e instrumento de extorsión
política mientras él estaba fuera del cargo. Se convirtió luego en agencia te­
rrorista, una especie de grupo de “vigilantes”, cuando Rosas volvió al cargo.
Pero no era-una organización totalmente privada. Era en parte espontánea,
en parte oficial; en cierto sentido, institucionalizó el terror y controló la vio­
lencia, eliminando así las cosas que más aborrecía R osas: la anarquía, el im­
perio de las pandillas y la vendetta personal. Es dudoso establecer si era genuinamente popular: no tenía poder propio, independiente de Rosas, y no
compartía de manera alguna su autoridad. No era un comité de seguridad pú­
blica,- un club jacobino ni un partido político, características con que a veces
se la ha calificado. Era esencialmente una organización paramüitar o para­
policial. Era un cuerpo selecto y exclusivo, de difícil ingreso por cuanto la ha­
bilitación de los miembros se efectuaba según los servicios rendidos y no en
consideración a un federalismo pasivo. El líder de la sociedad, Salomón, afir­
maba tener una especial relación con Rosas, confidencial de acuerdo con su
propio concepto, obsequiosa de acuerdo con un juicio objetivo. En septiembre
.de 1840 describió a la SociedadPopular Restauradora en un lenguaje tan vio­
lento como sus seguidores, declarándola !iel fuerte apoyo-de la causa que tan
dignamente sostiene Vuestra Excelencia”, dedicada a “exterminar” a.los
salvajes unitarios y otros opositores que Rosas pudiera indicar, y lista para
206
salir en cualquier momento a atacar a la. gente y las casas unitarias. Explica­
ba que, durante la invasión de Lavalle, mucha gente se apresuraba a unirse a
las filas de la sociedad, pero que él no admitía a nadie sin una cuidadosa con­
firmación de seguridad y comprobaciones prácticas, en acción, contra el ene­
migo, bajo su personal y estricta vigilancia; aun así. no estaba seguro de que
Rosas aprobara a todos los nuevos ingresados y prometía, siguiendo el conse­
jo de su amo, expulsar a cualquier sospechoso. Mientras tanto, había mante­
nido una rigurosa observación sobre las casas unitarias señaladas por Rosas,
sin resultado hasta ese momento, pero Su Excelencia sólo tenía que pronun­
ciar la palabra y él marcharía contra cualquier eas2 para exterminar a los
salvajes. “Por lo demás, Sr. Exxno.. yo me permito a decir a V.E. que puede
descansar en nuestro celo, dispuestos como estamos a sepultarnos antes, que
usar de la menor tolerancia para con los malvados, asesinos, traidores unita­
rios. " La respuesta de Rosas demostraba su estrecho vínculo con la Sociedad
y su confianza en ella: “todo ello es muy satisfactorio a mis ojos... en el mo­
mento oportuno le pediré que venga a conversar, mientras tanto, póngase en
contacto con Manuelita, para consejo.”30
No todos los miembros de la Sociedad Popular Restauradora- eran terro­
ristas activos. Había una división funcional en dos secciones, la mayoría de la
Sociedad y la'mazorca. La Sociedad era el cerebro, la mazorca el brazo; la So­
ciedad ayudaba a compilar las clasificaciones, la mazorca eran los activistas
que caían sobre los sospechosos; la Sociedad se manifestaba en favor de la po­
lítica de Rosas, la mazorca la aplicaba. La élite de la Sociedad, miembros de
la clase más alta que con frecuencia se asociaban simplemente como un segu­
ro, incitaban y toleraban el terrorismo, pero no salían ellos al galope a reco­
rrer Buenos Aires para degollar. Eso se dejaba a las tropas de choque, la ma­
zorca. Los mazorqueros eran los verdaderos terroristas, reclutados en secto­
res inferiores a los de la élite resista, y que constituían grupos armados para
salir en misiones diversas. Realizaban registros casa-per-casa, destruían
todo lo que fuera azul e intimidaban a los propietarios; actuaban sobre la base
de informes policiales tales como este hombre “no ha prestado ningún servi­
cio a la Federación, Es de chaqueta muy unitaria” ; arrestaban ; torturaban;
y mataban. Nada era sagrado. La mazorca ílegó inclusive a aterrorizar a la
asamblea: “La mazorca mostraba ei cabo de sus puñales en las galerías mis­
mas de la Sala de Representantes y se oía doquier, ”3i Los miembros ordina­
rios de la Sociedad podían mantenerse apartados de las más violentas salidas
de la mazorca, pero eran todos parte déla organización, vinculados entresí, y
con Rosas. El joven Andrés Somellera, un fugitivo déla conspiración de Maza
de 1839, fue conducido a una trampa callejera por un miembro de la Sociedad
que lo abordó en una conversación casual; un grupo de la.mazorca empezó a
acercarse sobre él mientras las personas que pasaban giraban la vista hacía
otro lado.32Somellera luchó, logró liberarse y huyó ala carrera, iniciando una
vida secreta en Buenos Aires; pasó parte del tiempo en la casa de Mr. Atkin­
son en ei consulado británico; luego partió de Buenos Aires, con el enemigo
siempre en su rastro, y se escondió en la costa esperando en vano un bate para
cruzar a Montevideo.. Volvió a la ciudad e hizo luego un nuevo intento, planea­
do por Atkinson; esta vez pudo escapar, de noche, en la misma embarcación
del general Paz, el 3 de abril de IMS. Era difícil evadirse del sistema, porque
tenía muchos ojos y largo alcance. La Sociedad proporcionaba una red de es­
pías, agentes e informantes, asi como también los grupos o escuadras de la
muerte. Era guardians del federalismo puro, el escudo del régimen y su cu­
chillo.
¿Quiénes eran estos militantes que seguían a Rosas? No había secreto al­
guno sobre la lista de miembros de ia Sociedad Popular Restauradora.^ En
1842 estaba formada por unas doscientas personas cuyos nombres publicaba
orgullosamente la Gaceta M e r c a n til Según Saldxas, comprendía “partida­
rios fanáticos, de militares de todas graduaciones y de hombres ventajosa­
m ente conocidos en la sociedad, en la magistradura, en las letras y en el
foro”.34 No era sorprendente que la lista incluyera nombres de miembros de
la Sála de Representantes y otros grupos de élite, que se asociaban tanto por
convicción como por miedo. El presidente era Julián González Salomón, naci­
do en Buenos Aires, dueño de una pulpería y hombre rudo de cuerpo y de men­
te. É se era el lado político del movimiento. Los miembros de lám azorca/los
superterroristas, eran reclutados en los grupos sociales más bajos, a menudo
de la policía y los serenos (cuerpo de vigilancia nocturna), e incluían delin­
cuentes y degolladores profesionales. Sus líderes eran Ciríaco Cuitiño y An­
drés Parra, notorio y siniestro par, asesinos y organizadores de asesinatos.
Cuitiño era el más despiadado de los carceleros y verdugos de Rosas, y que
cargaba en su cuenta con ocho asesinatos personales. Mendocino de origen,
. había sido oficial de la milicia de Buenos Aires, donde alcanzó el grado de co­
ronel. Hasta 182? fue alcalde de Quilines, y allí se convirtió en feroz persegui­
dor de los delincuentes rurales. É l y Parra habían establecido un vínculo per­
sonal con Rosas en.1834, cuando le escribieron para agradecerle por su interés
en ellos (vía doña Encamación) y reafirmándole su apoyo: “V.E. debe cono­
cer que Cuitiño y Parra siempre marcharán por el camino que V.E. nos ha for­
mado-desde que se destronó el pérfido partido Unitario, y que siempre sere­
m os unos obedientes súbditos para respetar las Leyes, y los derechos de im
ciudadano honesto como lo ha sido V.E. y que los grandes sacrificios que ha
hecho.,,3S Además de conducir las escuadras de la muerte, Cuitiño dirigía la
prisión que llevaba su nombre, aplicando las órdenes de-Rosas para sus vícti­
mas. También Parra había sido oficial de milicias-antes de convertirse en su­
perintendente de policía bajo el gobierno de Rosas. Otros maz orqueros cono­
cidos fueron Nicolás Marido, jefe de los serenos y de su cárcel; Manuel Troncoso, un horrible gigante asesino; el capitán Manuel Gaetán, ejecutado des­
pués del-asesinato de Maza; Moreira, un sereno y notorio criminal, a quien
mataron a su vez cuando fue demasiado lejos; Leandro Antonio Alem, Juan
-Merlo. Sílverio Badía, Manuel Gervasio López, Torcuato Canales, Fermín
Suárez, Antonio Reyes, Mánuel Leiva. José María Martínez, José Roldán,
208
AgustínRívarola, Patalonga, Bernardino Cabrera, Juan José Unarmé, Salva­
dor Moreno, Manuel Arvallo, Macaluz, Villanueva, y Juan Medina.36Ún justo
castigo esperaba a algunos de estos asesinos después de la caída de su señor.
Cuitiño y Troncoso fueron ejecutados en 1853, desafiantes hasta lo último;
Cuitiño murió con el puno levantado “como un buen federar*. Alem y Badia
también fueron ejecutados en 1853. Además de sus líderes y los'Soldados ra­
sos. la mazorca podía también movilizar fuerzas ajenas a sus filas. El popula­
cho de Buenos Aires no era una fuerza espontánea e independiente. Constituía
también una criatura deRosas, como apreciaron los observadores: “Elpopu­
lacho no debe ser interpretado aquí con su significado habitual, sino como
mercenarios de la policía,”37 La mazorca podía reunir y manipular una tur­
ba; ésta era otra de sus funciones.
Un antecedente típico de un mazorquer o terrorista, por lo tanto, era usa
carrera previa en la milicia o en la policía. Muchos habían perseguido delin­
cuentes o unitarios durante toda su vida. Otros habían sido ellos mismos delin­
cuentes; y algunos sentían una mórbida satisfacción al matar. Hasta cierto
punto, los mazorqueros eran asesinos profesionales que se ponían al servicio
de Rosas para recibir protección y para combinar el placer con el benefició
cuando degollaban. La confiscación de las propiedades de los unitarios era un
clásico instrumento de Rosas y un premio para sus protegidos. Afín de real­
zar su significado, se hacia de tanto en tanto una venta pública ficticia de los
bienes confiscados. A estas ventas asistían los miembros déla mazorca, quie­
nes arreglaban entre ellos la asignación de los artículos o propiedades y, ofer­
tando por ellos, se aseguraban la posesión, mientras, los demás participantes
eran ahuyentados por el sólo temor de su presencia.38 Los premios mayores
quedaban a disposición de los líderes. En 1840 Salomón hizo una oferta de dos
mil cuatrocientos pesos por una propiedad unitaria confiscada y recibió la
aprobación del gobierno por la compra.39
La) Socíe dad Popular Restauradora y su brazo armado fueron una crea­
ción de Rosas, quien autorizaba sus actos y los controlaba. Andrés Lamas,
aun siendo hostil, definió exactamente la mazorca : “Este club existe como
corporación oficial bajo el nombre de 'Sociedad Popular Restauradora’, y se
dirige en este carácter ai Gobierno... E sta sociedad ha sido el brazo de R osas;
ella ha ejecutado las degollaciones de Octubre de 1840 y de abril de 1841.5,40La
mazorca era una fuerza de irregulares urbanos, que figuraban en las listas de
pago del Estado y recibían dinero del servicio secreto. No era una repartición
del Estado, pero trabajaba en estrecho contacto con cuerpos oficiales, tales
como la policía y los serenos, y era evidente que había cierto grado de partici­
pación común. Además, los líderes de la mazorca recibían verhalmente del
propio Rosas las órdenes para ejecuciones específicas; asilo declaró más tar­
de Cuitiño, y no hay razón para ponerlo en duda; Si bien la mazorca era una
creación de Rosas, llegó a ser más terrorista que su creador. Como muchas de
esas escuadras de la muerte, adquirió en su accionar una semiautonomla, y
una vez que-estaba en las calles era imposible ejercer sobre ella un control ab-
209
soluto en todos los detalles. Los hombres temían a ia mazorca más que a S o ­
sas.‘EustaquioPrías, un oficial unitario que había recibido permiso de Rosas
para retirarse sin que lo molestaran,'emigró finalmente en.1839, “no por te­
mor al gobierno que no me perseguía, sino a un enemigo de bastante influen­
cia en la mazorca” .41 No sería exacto decir que Rosas había liberado un tigre
que no podía controlar. Pero así como daba precisas instrucciones para las
ejecuciones y elegía cuidadosamente a las víctimas, no podía refrenar todos
los asesinatos que se cometían más allá de las listas oficiales. Por otra parte,
si él no ordenaba personalmente cada acto de terror, pudo haber detenido los
excesos. Aparentemente, él sabía que la mazorca jamás contrariaba sus ór­
denes, pero con frecuencia se excedía en ellas. Rosas pensaba que no podía
gobernar sin la mazorca y que tenía que permitirle ciertas licencias. De ma­
nera que el terror adquirió una inercia propia y se constituyó en una tolerada
tiranía.
La crueldad tuvo su cronología. La incidencia del terrorismo varió según
las presiones que se ejercían sobre el régimen, alcanzando su cumbre entre 1839
y 1842, cuándo la intervención francesa, la rebelión interior y la invasión unita­
ria amenazaron destruir el Estado de Rosas y produjeron violentas-contramedidas. El pico de l839-1842no era típico del régimen total sino más bien una
manifestación extraordinaria de una regla general, es decir, el terroris­
mo existió para reforzar la sumisión a los métodos de gobierno en períodos de
emergencia nacional.
El terrorismo comenzó durante el primer gobierno de Rosas;- cuando el
asesinato del capitán Juail José Montero .se convirtió en cause céiéhre y mar­
có el estilo de, gobierno que sobrevendría. Montero era un oficial chileno, recio
y turbulento, de origen indio, veterano de la Expedición Libertadora a través
de los Andes y más tarde de las luchas en la frontera india, donde había servi­
do en la guarnición de Bahía Blanca. A comienzos de 1829, cuando los agentes
de Rosas estaban reclutando contingentes rurales para la guerra contra los
unitarios, Montero prefirió conducir a sus indios en apoyo de Lavalle, pero fue
atacado y herido por fuerzas rosistas y regresó con sus hombres a Bahía Blan­
ca. Rosas le escribió entonces (18 de febrero de 1829) expresándole su sorpre­
sa ante el hecbo de que no se hubiera unido a la “causa del orden”, y amenaza­
ba castigarlo si no se incorporaban—él y sus indios— ai bando federal. Monte­
ro desoyó el consejo y Rosas no lo olvidó. Cuando fue elegido gobernador tuvo,
oportunidad para ajustar cuentas; además, creía que Montero constituía una
influencia subversiva en la frontera y que estaba alzando a los indios contra
las- estancias y haciendas. En 1830, Rosas llamó a Montero y le dio una carta
que debía llevar al coronel Prudencio Rosas. Éste, sin juicio previo ni explica­
ción alguna, hizo fusilar al oficial. La carta llevada por Montero contema la-’
orden para su propia ejecución.
El caso Montero puede considerarse como un incidente aislado, de no ser
por dos aspectos que le dieron mayor significación. En primer lugar, tenía ca­
racterísticas sensacionales y macabras que habrían de convertirse en sello
210
distintivo del terrorismo rosista. En segundo lugar, provocó una explicación
personal de Rosas sobre su poder tal como él lo interpretaba. Porque, induda­
blemente. el asesinato perturbó a sus amigos e indignó a sus enemigos. Cuan­
do se trató el tema en la Sala de Representantes, en marzo de 1830, Tomás de
Anehorena replicó que Montero era culpable de insubordinación, que era necesarlo tomar rápidas y enérgicas medidas en interés de la ley y el orden, y
que las facultades extraordinarias autorizaban a Rosas a hacerlo. Pero el in­
cidente continuaba irritando; los unitarios se encargaban de mantenerlo
vivo, y era motivo de preocupación para los federales más moderados. Rosas
tomó conciencia de que estaba adquiriendo reputación de asesino, pero recha­
zó la acusación. Cuando accedió a suspender la ejecución de José Adolfo Quin­
tero --pedida por Vicente González—, escribió:
"Vd me conoce hace muchos años, y sabe que no soy sanguinario. Sabe también que esto
lo he acreditado e n el tiempo de mi Gobierno. ¿Quién en mi lugar hubiera economizado
tanta sangre? ¿Cuál es la que he derramado? Ni una gota áe lo que puede considerarse
fuera de la esfera ordinaria. Porque mandar fusilar éste o el otro faseineroso es común
en todas las partes del mundo, y nadie puede notarlo, ni es posible que la sociedad puede
vivir si asi no se hace. ”
Rosas continuó afirmando que no se había ejecutado a Montero por sus
opiniones políticas sino por ser un delincuente, y justificaba su acción en vir­
tud de sus facultades extraordinarias, dando en el proceso una interpretación
de éstas que muestra cómo podían invocarse para justificar el terrorismo:
“E sa ley que autorizó es la que mandó morir a Montero. Se dirá que abusé del poder. Este
será un error mío ; pero no un delito que pueda causarme remordimientos; porque cuan­
do se me entregó ese poder odioso, extraordinario, se me facultó no con la condición de
que en todo había de acertar, sino para obrar con toda libertad, según me juicio, y obrar
sin trabas rigiéndome por el solo objeto de salvar la tierra agonizante.”42
Ésta era sin duda la carta de principios de un terrorista.
Los enemigos unitarios de Rosas no le permitieron que olvidara el asesi­
nato de Montero y, en 1833, volvieron sobre el asunto, denunciándolo como un
acto de tiranía. En una carta a Felipe Arana, Rosas se defendió, sin negar el
hecho ni arrepentirse de él. ¿Por qué preocuparse tanto por esto?, pregunta­
ba. ¿Acaso él no había ordenado en Bahía Blanca que fusilaran a otros indios
prisioneros? “¿No era Montero tan indio salvaje como ellos? ”4S
El asesinato de Montero no fue la única ejecución durante el primer go­
bierno deRosas, y-los indios no fueron las únicas víctimas. En octubre de 1831
ejecutaron en San Nicolás a unos diez unitarios prisioneros de la guerra civil
en el interior, entre ellos un muchacho de catorce años, Agustín Montenegro.
Se encontraba presente en el lugar porque su padre enfermo era uno de los pri­
sioneros y su madre lo había enviado para que lo ayudara.44Se cumplieron las
ejecuciones de acuerdo coalas órdenes de Rosas, e incluyeron al niño, ya fue­
ra porque los verdugos temían desvirtuar los deseos de Rosas en el más míni­
311
mo detalle, o simplemente porque eran terroristas de alma. Por otra.parte,
esto ocurrió cuando la presión de 3a guerra civil estaba decayendo, y en un lu­
gar —el interior— adonde la jurisdicción de Rosas no se extendía. Otra ejecu­
ción notable fue la de Saturnino M igues, a quien fusilaron por sospechoso de
tener conexiones con ios unitarios, en 1832.
Rosas aplicaba su propio concepto de la justicia para castigar, advertir,
atemorizar y reformar. Algunos de sus actos, si bien no, significaron aplica­
ciones del terror, fueron sin embargo brutales y amenazantes, con una arbi­
trariedad moral que era característica del régimen. El diarista Eeruii re­
gistró:
‘’Todas las mujeres comunes fueron agarradas por partidas de tropas una noche y las lle­
varon a la plaza de Monserr at, y al aníanecar del otro día en carretas preparadas fueron
conducidas escoltadas de soldados con destino a B ahía Blanca habiendo dejado en sus ca­
sas o. cuartos de alquiler sus pobres muebles e intereses para que otros los disfrutasen, y
ellas a ser pasto de los soldados en Bahía Blanca hasta con el bello sexo fue malvado este
tirano, habiendo sido hecho este atentado en el año de 1831.
El castigo de algunos era la recompensa de otros'.
, Cuando Rosas dejó el cargo no cesó de usar o promover el terror. En 1833,
cuando acosaba desde lejos al gobierno de Viamonte, apremió a sus agentes
en forma efectiva para que aterrorizaran al régimen. Esto puede apreciarse
muy claramente en sus instrucciones a Vicente González, en julio de*1833, que
incluían borradores de varias proclamas que debían publicarse en la provin­
cia:
El Padre de los Pobres y Restaurador de las Leyes.
“Se ha formado una Logia con el objeto de acabar con nuestro general Rosas. Alerta y
preparaos, pues ya está visto que m ientras no colguéis dos docenas de legistas, en el País
se reproducirán nuevas escenas de horror y de sangre... ¡A los paisanos de poncho l Ya es
tiempo que vaíais afilando las puntas a vuestras lanzas y preparando vuestros caballos,
por que esta vez es necesario concluir colgando a todos ios Legistas revoltosos como ene­
migos del orden y del sosiego público."'®
Mientras la amenazante presencia de González mantenía el sur leal a Ro­
sas, doña Encarnación cuidaba sus intereses en Buenos Aires. E l 15 de no­
viembre de 1833. en las primeras horas de la mañana, un grupo de jinetes dis­
paró armas de fuego contra el exterior de las casas del general Tomás de
triarte y del general Glazábal, inequívoca advertencia para que abandonaran
el país. Iriarte atribuyó el ataque a 3a mazorca. Pero también estaba compro­
metida doña Encamación: “No se hubiera ido Olazábal”, dijo a su marido, “si
no hubiera yo buscado gente de mi confianza que le han baleado las ventanas
de su casa, lo mismo que las del godo Iriarte. ”47Este último estaba preparán­
dose para acostarse cuando se produjo el ataque, y se acercó a la ventana jun­
to con su mujer, pero no vio nada; “Creí que los asesinos Resistas se propon­
drían intimidar a las fam ilias, y que la demostración hostil que acababan de
212-
hacer en mi casa no tenía otro objeto que éste, asustarme y obligarme a emi­
grar” .m Doña Encarnación instigó otro ataque terrorista en la noche del 29 de
abril de 1834, en que pandillas de jinetes efectuaron disparos en las calles y a
los frentes de las casas de víctimas particulares, gritando “;Muerte al gober­
nador!” ¡Larga vida para Rosas, restaurador de las leyes! ”49 Observadores
políticos no dudan de que éstas y otras demostraciones del terrorismo eran
obra de Sosas y la mazorca, y tenían por objeto causar pánico, minar la con­
fianza pública y dar a Rosas la oportunidad de volver.50 Si bien el terrorismo
no restituyó por sí solo a Rosas en el poder, contribuyo a la inestabilidad del in­
terregno y preparó el camino para la restauración.
Al iniciarse el segundo gobierno de Rosas, entre 1835 y 1839, las ejecucio­
nes podrían describirse como de “rutina normal”. Para la mayor parte de
ellas se cumplieron los debidos procesos legales; en los casos de asesinatos y
robos las sentencias eran severas, pero dictadas por las cortes y aplicadas por
la policía.51 No obstante, va había presentimientos del terror que se avecina­
ba. En mayo de 1835 ejecutaron sin proceso previo a tres militares acusados
de conspiración contra Rosas, sacrificio inaugural que satisfizo temporaria­
mente a Rosas. Hubo también víctimas indias; unos setenta araucanos apro­
ximadamente, traídos en cadenas desde la frontera y fusilados en grupos de
diez por vez frente a los cuarteles del -Buen Retiro:
.. dos primeros diez que llegaron no tenían ni la menor idea de lo que iba a ser de ellos, ya
que nose había efectuado ni siquiera un simulacro de juicio, y cuando ios sentaron en los
bancos que habían colocado especialmente para ellos, pensaron que los iban a juzgar;
las decenas restantes iban llegando al lugar generalmente antes de que retiraran a sus
infortunados compañeros. Esta carnicería produjo poco o ningún efecto entre los habi­
tantes, a quienes, cuando yo les preguntaba, me daban siempre la misma respuesta: Ah,
sí, los bárbaros. Sí, los indios, siempre los destruyen...53
■ La violencia contra los indios de la frontera se consideraba acción de gue­
rra, no terror, y en la ejecución de los prisioneros de guerra Rosas no discri­
minaba entre blancos e indios; cualquiera que fuese tomado en la batalla co­
rría el riesgo. La masacre de los indios tuvo lugar en i336. En octubre de ese
mismo año, el ministro británico tuvo conocimiento de otro tipo de víctima;
Un coronel unitario, arrestado hace poco cuando viajaba de Chile a Buenos Aires y á
quien se le encontró correspondencia que implicaba traición, fue ejecutado el día ^ en
esta ciudad frente a los cuarteles del Buen Retiro; desde entonces se han producido una o
dos ejecuciones m ás, quizá más, de parecida naturaleza, pero debido al secreto que ro­
dea a estas ejecuciones y como ninguna forma de juicio las ha precedido, es difícil obte­
ner información referida a ia naturaleza del delito de los acusados o de las circunstancias
en que pudo haberse producido, o conocer por lo menos el número de los condenados y
ejecutados.33
En este período, no todos los opositores de Rosas tuvieron que enfrentar la
muerte. A principios de 1837, sobre ia inauguración de las sesiones parlamen­
tarias, hubo la apariencia de una amnistía relativa, cuando Rosas liberó bier-
213:
ta cantidad de prisioneros políticos: “en estos últimos días ha permitido aban­
donar la prisión a varias personas confinadas por faltas políticas,, y algunos
que estaban comprometidos en conspiraciones contra su persona/’54 Pero no
se descartaron los métodos terroristas. En 1338. en un resurgimiento de los
procedimientos sumarios, tomaron prisionero en la frontera sur al coronel
Zelarrayán, acusado de conspiración, y 3o decapitaron. A manera de castigo,
obligaron a dos de sus compañeros a permanecer de pie mirando su cabeza
durante tres días, pero un pedido de clemencia del ministro británico les salvó
la vida.
E l asesinato de Facundo Quiroga provocó en Rosas una mesurada reac­
ción. Afirmando sus prerrogativas'interprovinciales llevó a Buenos Aires
para ser juzgados a los hermanos Reinafé y otros acusados.55Los sentencia­
ron a muerte y fueron ejecutados el 25 de octubre de 1837. José Vicente Reina­
fé, ex gobernador de Córdoba y su hermano Guillermo fueron ejecutados en la
plaza de la Victoria frente a una muchedumbre de tropas y espectadores; con
ellos murió también Santos Pérez, quien gritó: “Rosas es el asesino de Quiro­
ga”. Los cadáveres quedaron colgando bajo los arcos del cabildo. José Anto­
nio Reinafé y Feliciano Figueroa murieron en prisión: y otros cuatro fueron
ejecutados en la plaza del Retiro. El caso Reinafé fue origen de algunas otras'
víctimas. El artista Cesáreo Hipólito B ade, cuya ilustración de Ios-cadáveres
colgados en el cabildo llegó a ser casi una insignia del régimen, fue encarcela­
do sin juicio previo por seis m eses en una celda húmeda y sin sol en la prisión
de Cuitiñó, y murió de tuberculosis a los pocos días de ser liberado. Su delito
consistía en haber tenido contacto con emigrados en Chile, aconsejando que
se estableciera allí una oficina de'imprenta y litografía, la que, según pensó
Rosas, sería un nuevo instrumento* para sus enemigos.56 Otra víctima..de
aquel caso fue el doctor Marcelo Gamboa, el abogado que había recibido ins, trucciones para defender a José Antonio y José Vicente Reinafé, y que resultó,
culpable por asociación. Cuando el gobierno publicó un extracto del caso, ei
doctor Gamboa solicitó permiso para conducir la defensa de sus clientes. En­
furecido, Rosas denunció al “insolente, picaro, impío unitario Gamboa”, y de­
cretó : “Al cual se le da por Cárcel, con prevención que si Regaba infringir las
órdenes que se le dan, será paseado por las calles, en un Burro vestido de ce­
leste, y castigado ademas, según la falta; como también si tratase de fugar
del país, será inmediatamente fusilado.”37 Pero, en retrospectiva, ésos fue­
ron años tranquilos, sin duda angustiosos para algunos pero suficientemente
seguros para' quienes lograron mantenerse anónimos. El terrorismo ace­
chaba, pero aún no era desenfrenado. El año 1838 fue el punto de cambio, el
momento en que el choque exterior fue seguido por una prolongada reverbe­
ración interior.
El bloqueo francés a Buenos Aires, a partir de abril de 1838, creó condicio­
nes clásicas para el terrorismo. El estancamiento económico, un programa
oficial de austeridad y la tensión política sometieron a dura prueba al régi­
men de Rosas y produjeron presiones en diversos puntos. Cuando aparecieron
214
•'•''^TrC i'"" 111
las zonas criticas en la capital, en el sur y en las provincias, el gobierno golpeó
en respuesta para reparar el daño. E l primer blanco fueron las provincias.
Rosas pensó que e l peligro más inmediato se originaba en el gobernador de
Sania Fe, Domingo Cullen. Primero instigó una rebelión contra él en Santa Fe
y lo echó de allí, luego debió sacarlo del santuario que en Santiago del Estero
le proporcionaba el gobernador Ibarra y, finalmente, lo hizo llevar devuelta.
Al final del largo camino, el 22 de junio de 1839, Cullen apenas tuvo tiempo de
escribir s su m ujer,"cn este momento m e intiman que cebo morír v, y le enco­
mendaba que cuidara a sus doce hijos.58Después, al pie de un ombú en Arroyo
del Medio, la escolta le vendó los ojos y lo fusiló; las órdenes venían de Eosas,
y no hubo juicio alguno.
Los conspiradores de Buenos Aires compartían las ideas de Cullen y fue-,
ron compasivos observadores de su destino. También ellos estaban bajo la vigi­
lancia de Rosas y, en su momento, sufrieron su ataque. Hubo elementos de te­
rror en la supresión de la conspiración. Cuando la descubrieron, la Socie­
dad Popular Restauradora entró en sesión permanente y exigió un castigo
ejemplar, mientras la mazorca se ponía en acción, instigando a sus matones
.para que intimidaran a cualquier sospechoso de pertenecer a los partidos uni­
tario o francés, y para que atacaran la casa del doctor Maza.50 El mismo
Maza íue apuñalado de muerte en su escritorio de la Sala de Representantes
por tres terroristas de la mazorca, encabezados por el capitán Manuel Gaetán; los otros eran el teniente coronel Manuel Maestre y Félix Padín. Se origi­
nó la leyenda de que Rosas observaba personalmente el hecho desde una
puerta lateral, acto poco probable en un hombre que ya había advertido a
Maza sobre él peligro que estaba corriendo.60 En realidad, el terrorismo no
era desenfrenado, y sólo hubo una ejecución, la del líder coronel Maza, a quien
fusilaron sin juicio previo en el patío de la prisión. Rosas prefería la acción
instantánea contra unos pocos en vez de un gran juicio, que habría compróme^
tido a muchas víctimas notables. No todos los conspiradores fueron captura­
dos; algunos, descubiertos y encarcelados, quedaron libres posteriormente;
y el líder de los asesinos de Maza fue ejecutado. Años más tarde, Rosas decla­
raría que no lamentaba la ejecución de Ramón Maza. En cuanto al padre. Ro­
sas culpó primero a Ios-federales, después a los unitarios y, de cualquier ma' ñera, deslindó toda responsabilidad; "No basta que mis contrarios políticos
digan que fui yo quien ordenó el horrendo asesinato del doctor Maza. Para que
fuera cierto deberían presentar las pruebas indudables. ¿Dónde están?”61
El tercer foco de rebelión se hallaba en ei sur de Buenos Aires y también
fracasó. A la derrota de los hacendados le siguió una dura y concentrada re­
presión. Persiguieron a Pedro Castelli y lo mataron al resistir el arresto. Lue­
go lo decapitaron y. siguiendo órdenes de Rosas, “para que sus colegas vean
el condigno castigo que reciben del cielo” , enviaron su cabeza a Dolores y la
clavaron en un poste en la plaza principal.®2Las tropas del gobierno, siguien­
do su victoria, cometieron excesos en elsu r. Muchos de los cautivos fueron lle­
vados en cadenas a Buenos Aires y conducidos a prisión a través de las calles.
Pero la mayor parte de estos fueron perdonados, algunos a través-de la inter­
cesión del ministro británico,53 Del total, sólo los líderes fueron-ejecutados,
' sus seguidores lograron el perdón, ü n ano más tarde se hizo una-distinción si­
milar con las ejecuciones de los prisioneros del ejército invasor1de La valle.
Lavalle no sincronizó su invasión en tiempo ni en espacio con las rebelio­
nes internas. Entró en ia provincia de Buenos Aires conduciendo sus fuerzas el
5 de agosto de 1840, pero perdió el valor y se retiró el 6 de septiembre, A pesar
del fracaso en que terminó, la invasión conmovió a Rosas. Decretó la expro­
piación de las propiedades unitarias, y se preparó para emplear el cuchillo te­
rrorista en la disuasión de desertores y la eliminación de los enemigos interio­
res. Las primeras víctimas al alcance de su mano fueron los invasores o sus
extraviados y rezagados. Porque Lavalle había dejado que los tristes restos
de su ejército y quienes lo apoyaban fueran tomados por los federales. ¿Qué
debía hacerse con ellos? Rosas dio instrucciones.a fin de que se aceptara en
las fuerzas federales a aquellos que desearan unirse a ellas, especialmente
los pobres, “No así dice S.É. que debe hacerse respecto de los -ricos y de los que
se titulan decentes, porque de esos ninguno es bueno, en cuya virtud deben ser
pasados por las armas o degollados inmediatamente todos los que aparezcan
de esa d ase de salvajes”.64 Entre los prisioneros ejecutados se encontraba
Laureano Valdés, un joven de dieciocho años, fusilado en los cuarteles de-Reíiro. Y pronto la sombra del terror cayó sobre el .pueblo mismo de Rueños
..Aires.
Durante 1840, con un ejército enemigo todavía en libertad y un imaginario
traidor en cada barrio, Rosas ordenó salir a sus escuadras de la muerte. En
Buenos Aires, los asesinatos aumentaron en número.y virulencia, a medida
que el gobierno daba caza a sus numerosos objetivos. La búsqueda de-seguri­
dad mediante la fuga se tomaba como admisión de culpabilidad y posibilidad
de reclutamiento por parte del enemigo. El 4 de mayo, un grupo de hombres
que tenían razones para creer que estaban en las listas de la mazorca, intenta. ron escapar al Uruguay. Eran el coronel Francisco Lynch, Carlos Masón.
José María Riglos e Isidoro Oliden, quienes habían dispuesto que un bote se
encontrara listo a la noche, en un lugar cercano a la casa del ministro británi­
co. Pero los estaban vigilando y cuando se acercaban a la embarcación, los ro­
deó una escuadra de la mazorca y los degollaron. Según Cuitiño, las órdenes
para estas ejecuciones fueron impartidas verhataente por Rosas al coronel
Parra.63 Los asesinatos continuaron esporádicamente y alcanzaron un mo­
mento culminante que no coincidió con lo peor de la emergencia sino que se
produjo después de la retirada dei ejército de Lavalle. Para entonces, la cons­
piración de Maza ya había sido erradicada y la rebelión del sur estaba derro­
tada; Lavalle superado y los franceses concurrían a la mesa de negociacio­
nes. Pero si lo peor de la crisis había pasado, lo peor del terror no había llega­
do todavía. ¿Cuál es entonces la explicación del terrorismo? ¿Era un instru­
mento de una defensa nacional inmediata o una precaución para el futuro?
¿Se lo invocaba como único método de gobierno, acorde con la emergencia o
216
era una venganza calculada una vez que la emergencia había pasado? ¿Fue
impuesto por la lógica de los sucesos o fue la cruel elección de su creador?
¿Fue el terror una defensa contra el enemigo o se lo pudo emplear con impuni­
dad solamente después que el enemigo se había retirado? El terror de Rosas,
contenía elementos de todas estas cosas, sin una simple razón lógica. Pero por
más extraña que parezca la oportunidad, la intención era suficientemente
cla ra d estru ir a aquellos cuya lealtad merecía sospechas, fortalecer la segu­
ridad del Estado y asegurar la soberdinación política.
El terror de 1840 fue presentado como una explosión popular y espontá­
nea. En realidad, estaba oficialmente inspirado y lo administraba un pequeño
grupo de hombres que se hallaban directa o indirectamente pagados por el ins­
tado, principalmente policías y la mazorca Más aún, se medía cuidadosa­
mente el terrorismo y se elegía con precisión a las víctimas, porque una ma­
sacre indiscriminada bien podría haber provocado una reacción masiva. El
principal objetivo de los terroristas eran los unitarios, reales o supuestos, y
cierta cantidad de personas, dentro de las filas federales, a quienes se consi­
deraba un riesgo para la seguridad. La culpa era retrospectiva y anticipada..
Era también fatal. Según el general D íaz:
“Las escenas sangrientas de Octubre de 1840, tuvieron origen en ias amenazas y protes­
tas de venganza, propaladas (segunal General Rosas) por el GeneralLavalle; pero cree­
mos que el verdadero objeto era asegurarse por medio del terror, de aquellos de sus su­
bordinados, cuya decisión creyó ver desmayar, a la'aproximación deLavalle, entrando
entre estos basta sus propios hermanos".56
Acusaron irremediablemente a muchos unitarios por el simple hecho de
tener parientes en el ejército de La valle, como lo registró el ministro británi­
co:
Aunque no se ha producido un levantamiento general en favor de La vale, tiene un fuerte
numero de partidarios que io apoyan, y las miserias y aflicciones ocasionadas por el blo­
queo están haciendo diariamente —si no prosélitos para su causa—enemigos del presen­
te gobierno. La ciudadestá oprimida por ei terror y parece abandonada, porque la mayor
parte de la gente que trabaja ha sido obligada a unirse al ejército, y muchos miembros de
las clases media y alta, como tienen relaciones en el ejército del general Lavale. temen
salir de s u s casas y aparecer en público.87
En los momentos culminantes de la crisis, Rosas se encontraba en su
cuartel general de Santos Lugares, corno para mantenerse apartado de la ciu­
dad, cuyo gobierno había delegado en Arana. E l jefe de policía, Bernardo Victoriea. informaba regularmente a R osas; actuando según órdenes recibidas,
intensificó la cacería de unitarios a mediados de septiembre:
“Ayer mande una persona desconocida a casa del salvaje Unitario Feiix dé Aizaga
con el preíesto de m atar un ganado. Hablo con un Dependiente, el que entró a otra pieza y
trajo la contestación sobre el precio. Inmediatamente mande a un comisario y habiéndo­
lo negado procedió a registrar la casa, como le había ordenado, y se encontró que estaba
217
la cama atm caliente, y una escalera de mano en una pared divisoria que da ala casa don­
de viven extranjeros Ingleses y señales de haber saltado a la azotea de otra casa; por lo
que no fue posible el tomarlo11.164
El jefe de policía arrestó en diversos lugares una cantidad de unitarios,
“el gringo Adarrabín, el viejo Giraldas y el hijo”, y otros dos; pero los hermanos-Linche no estaban en la ciudad: Manuel se hallaba en Montevideo y Anto­
nio peleando en el norte; lo arrestarían y enviarían a Rosas tan pronto como
regresara. Rosas intervenía directamente en estos detalles; aconsejó al jefe
de policía que no pusiera vigilancia en la casa de Álzaga, porque eso alertaría
simplemente al sospechoso y le posibilitaría que se escondiese.68 En circuns­
tancias como ésta fueron detenidos numerosos unitarios sospechosos; unos
doscientos cincuenta en el momento de la invasión de La valle,
.Durante cinco semanas, desde el 23 de septiembre hasta el 27 de octubre de
1840, Buenos Aires quedó a merced de los terroristas. La gente permanecía en
.sus casas, cerraba ios postigos de sus ventanas y echaba llave a sus puertas;
y las calles de la capital, ya sombrías calas mejores épocas, se hicieron aun
más silenciosas, desiertas y sin vida. El único movimiento en las calles era el
de los terroristas, grupos de mazorqueros con sus ponchos colorados, algunos
con altos sombreros de copa con cinta federal, otros con gorras con visera, y
todos armados, con pistolas o cuchillos o cachiporras. Cazaban sus presas en
las calles o .invadían las casas. Y cada mañana los vecinos se preguntaban en­
tre ellos, ¿cuántas cabezas cortadas, cuántos cadáveres? La gente debía cui:
dar sus palabras, "especialmente frente a sus sirvientes, porque una denuncia
equivalía a una sentencia de muerte: “la tiranía estaba en los de abajo”.70’
Además de matar, los terroristas atacaban también las propiedades de los
unitarios; con el pretexto de registrar en-busca de armas y de fugitivos,
irrumpían en las casas, golpeaban a sus moradores, robaban y destruían. No
se descartaban las formas-correctas; uno de ios procedimientos, por medio
del cual la policía solicitaba a un juez una orden de allanamiento para que la
mazorca pudiera entrar a las casa en persecución de unitarios fugitivos, ilus­
tra claramente sobre la relación entre funcionarios y terroristas. El 10 de oc­
tubre, el jefe de policía pasó a Arana un pedido de Cuitiño para una arden de
allanamiento en dos casas; el 13 de octubre, Arana lo pasó al juez Lucas Gon­
zález Peña quien, el 14 de octubre, entregó la orden ai “ Coronel graduado Gefe
de Escuadrón de Vigilantes de Policía, Don Ciríaco Cid tiño ” ; al día siguiente
Cuitiño procedió con su orden de allanamiento y en tal circunstancia se encon­
tró con que el sospechoso había huido.71 Y detrás de todo ello estaba Rosas,
distante pero presente, el promotor y el primer terrorista. Él describía poste­
riormente el terror como “la expresión laudable y ardorosa de vehemente pa­
triotismo” y una manifestación de “exaltación popular”. Pero sus propios
funcionarios, Victorica y Cuitiño, declararon que Rosas tomaba las decisio­
nes y les impartía las órdenes. Esto era terrorismo de Estado.
Mariano Lamadrid, hermano del general, fue degollado en la calle el-24.de
218
septiembre de 1840. El coronel Sixto Quesada, ex ayudante de campo del gene­
ral Lavaü&j-ñie secuestrado de su casa durante el día; uno de sus amigos lo vio
en la calle a las diez acompañado por un hombre y, a la mañana siguiente, 16
encontraron degollado cerca del cementerio.72 Pedro Echenagueia sufrió un
ataque déla mazorca el 8 de. octubre y murió degollado. E. N. Nóbrega. portu­
gués, fue degollado el 15 de octubre, y llevaron su cadáver desfilando por las
calles con el pecho cubierto de ñores. Otro portugués, de apellido Silva, fue de­
gollado el mismo dm. A Juan Cladellus* un OSpCEJuOl. lo asnxiaron dentro de un
baúl, también el 15 de octubre, y los vecinos vieron entrar y-salir de la casa al
asesino en horas del mediodía.73 El 19 de octubre, una escuadra conducida por
Nicolás Marino, jefe de los serenos, sacó de su casa a Juan Pedro Varangot,
un francés, y lo degollaron en la Plaza de la Concepción.74 Así transcurrieron
los hechos durante un mes aproximadamente; no fue una matanza, pero sí
una serie de asesinatos individuales.
En d momento oportuno, el ministro británico protestó. Primero se quejó
a Arana de los atropellos cometidos en la manzana donde él vivía. Ai ver que
esto no producía ningún resultado, se dirigió personalmente a su “ilustre ami­
go"’, el propio Rosas. Mandeville sentía simpatía por Rosas y, generalmente,,
le otorgaba el beneficio de la duda; esta circunstancia torna quizá más con­
vincente su testimonio del terror.73 Su protesta no había sido en manera algu­
na precipitada, puesto que bahía salvado ya a varios individuos mediante peti­
ciones especiales, y existía una ruta de escape conocida hada una nave británi­
ca. Sostenía, además, que era importante protestar en el momento oportuno,
cuando Rosas estaba buscando un pretexto para detener la matanza. La ra­
zón inmediata de su intervención fue la proximidad cada vez mayor de la vio­
lencia, pero aprovechó la circunstancia para generalizar y advertir a Rosas
sobre el peligroso nivel del terrorismo. El 9 de octubre escribió que, en la no­
che anterior, “un grupo de hombres rompió las ventanas de una cantidad de
casas en la cuadra siguiente a la que yo habito; después atacaron la casa si­
tuada frente a la mía y al grito de muerte a sus moradores rompieron las ven­
tanas y trataron de derribar las puertas con piedras." Recordaba a Rosas que
ésta era “la residencia de un ministro extranjero, representante de una na­
ción amistosa para este país, que debía permanecer inmune a los desmanes
cometidos en su inmediata vecindad por una turba salvaje.” Más aún, le ha­
bían advertido que su propia vida estaba en peligro y que no debía salir de no­
che.76
Rosas le contestó de inmediato y con cierta extensión. Si bien prometió a
Mandeville una guardia adecuada para la legación, se mostró impenitente y,
por cierto, hasta desafiante, con respecto al terror. Justificaba la conducta de
las bandas en razón de “las circunstancias extraordinarias en que han coloca­
do a este desgraciado país las crueldades de'sus bárbaros enemigos." Insi­
nuaba también que los ingleses no eran menos culpables;
219.
“Sin este respecto en la época actual,, no,debe V.E. extrañar que grupos dé hombres de­
senfrenados pasen a las casas inmediatas a la de V.E. a'perseguir asusferoces enemi­
gos, los salvajes unitarios. V.E. sábelo que pasé ha poco con los que de esto vivían allí, los
que abrigados a esas casas inmediatas a la de V.E., fugaban por ella conducidos por un
inglés, a quien no solo le dispensó toda indulgencia el Gobierno, sino que' aun los cuatro
mil pesos que recibió, los puse de mis fondos, particulares y se quedó con ellos... ¿Cómo
han correspondido a V.E. esos v los demás salvajes unitarios que han sido indultados por
la interposición y respeto de V.E. ?:”
Rosas aducía que no podía ir más allá de la opinión pública, que no podía
detener la furia federal, de lo contrario ofendería a sus propios partidarios, &
quienes necesitaba para gobernar e impedir la anarquía. “No me crea con po­
der suficiente a reparar boy esas desgracias... Tales medidas causarían una
' mayor irritación. ” Y si los ingleses se mostraban hostiles, ¿era de sorprender
que el pueblo se indispusiera en contra de ellos? “Sí esto sigue no podré res­
ponder tampoco de la seguridad de los bienes y vidas, ni aun de los mismos in­
gleses.”77
En su carta a MandeviUe, Rosas daba la impresión de que los hechos de
octubre de 1840 eran la reacción natural y espontánea de las m asas populares
contra los salvajes unitarios, y de que, deten er.ese sentimiento era algo supe­
rior a lo que su gobierno sé atrevía a hacer. Ésta era la versión oficial de* te­
rror. Era también la verdad, en cierto sentido, pero no toda la verdad. Hubo
siempre el peligro del terror anárquico. Cualquier gobierno que crea y usa un
instrumento de violencia ilícito tiene que dar su cabeza-al monstruo y permi­
tirle que persiga a sus presas libremente. Como estaba convencido de que no po­
día gobernar sin el terror, Rosas tenía que dar campo de acción a los terroris­
tas. Pero, en última instancia, el terror de Rosas estaba dirigido y controlado
desde arriba, partiendo de lo más alto, a través de la mazorca, y llegando,
abajo, a quienes querían movilizar. Como decía MandeviUe en sus conclusio­
nes: “hay un poder oculto más poderoso que él gobierno, pero que puede ser
controlado por la mano que lo dirige, si ios intereses o inclinaciones la impul­
san a hacerlo”.78 Rosas no necesitaba emitir pesonalmente una serie conti­
nuada de directivas para mantener la responsabilidad del terrorismo. Sólo te­
nía que permanecer simplemente a distancia y no hacer nada para detenerlo
hasta que él lo decidiera, método normal de aprobación de las operaciones de
■este tipo. No hay duda alguna de que él aprobaba lo que se estaba haciendo:
“Preciso es que ia república sea depurada de tan inmundos traidores... En sus
personas y en sus fortunas deben sentir las terribles consecuencias de su ini­
quidad, su alevosía, de su salvajismo.”79
Los asesinatos duraron aproximadamente un mes, finalizando el 27 de oc­
tubre después de cobrar unas veinte víctimas, no todas unitarias. El 28 de oc­
tubre, Rosas firmó la convención que restablecía las relaciones con Francia,
lo que fue ratificado dos días más tarde. Ese mismo día, 31 de. octubre, Rosas
emitió un decreto en el que justificaba el terror y. a la vez, poma fin al mismo.
Explicaba que la ira popular causada por la invasión de La valle, había esta-
220
Hado en una “venganza natural”, imposible de contener sin impugnar el pa­
triotismo y ia lealtad del pueblo. En ese momento había paz con Francia y una
mayor seguridad. Por lo tanto, el decreto imponía la pena de muerte por robo
y asalto y clasificaba como-perturbador a la paz a “cualquiera individuo, sea
la condición o calidad que fuese, que atacase la persona opropiedad deArgentino o extranjero, sin expresa orden escrita de autoridad competente” .MEsto
contuvo a los asesinos y probó, no tanto que Rosas podía suspender el terror si
lo deseaba, pero s í. en cambio, que podía suspenderlo cuando consideraba lle­
gado ei momento oportuno. Pero el terror no se había extinguido sa la Argen­
tina; solamente había cambiado de escenario.
En 1841 la posición deRosas mejoró- La paz con Francia devolvió la pros­
peridad a Buenos Aires: otra vez el puerto estaba lleno de barcos y las expor­
taciones revivían. Es verdad que las guerras civiles continuaban devorando
recursos y exigiendo el mantenimiento de un gran ejército. Pero también en
esto las perspectivas eran mejores. La derrota de la Liga del Norte, en 1841,
puso el interior del país a merced de Rosas. Su ejército, al mando de Oribe,
impuso el reino del terror en un solo golpe, cuando en Buenos Aires había ido
creciendo gradualmente hasta el pico de 1840.Hasta ese momento, las provin­
cias del interior no habían experimentado el terror en esa escala; recién en­
tonces cayó sobre ellas en forma bárbara, sangrienta e inolvidable.
Los agentes de esta represión eran los militares resistas Oribe, Pacheeo,
Áldao, Benavidez, quienes aplicaban-una política sancionada por su amo. Ori­
be dio el primer golpe en Quebracho Herrado (28 de noviembre de 1840). cuan­
do venció y maltrató al ejército de cuatro mil doscientos hombres de Lavalle,
e informó posteriormente la captura de sesenta y dos oficiales.81 Después de
esta derrota, la situación se deterioró rápidamente para lós unitarios y los
dejó abiertamente a disposición del terrorismo. En San Calá, las fuerzas de
Pacheco cayeron sobre el ejército del coronel Vilela en forma totalmente sor­
presiva y mataron a toda la tropa mientras dormía; “este suceso”, escribió
Lavalle, “me fue más sensible y tuvo peor influjo que el del Quebracho.”82An­
tes de finalizar el año, el mismo Lavalle perdió la vida, y los otros caudillos de
la coalición cayeron víctimas de la represión. Avellaneda, Acha, Espeche,
Cubas, González y Dulce, fueron todos decapitados y sus cabezas se exhibie­
ron a lo largo de los caminos de Tucumán y Cafamar ea. Gribe condujo luego
la guerra otra vez hacia el litoral y comenzó a aplastar allí a la oposición. En
febrero de 1843 comenzó el sitio de Montevideo, de nueve años de duración;
ésta habría de serla grieta en la armadura de Rosas. Por el momento, sin em­
bargo, había resistido la intervención extranjera, aplastado a los disidentes
de Buenos Aires y derrotado a la oposición en las provincias. Había ganado.
Durante el transcurso de 1841. el terror permanecía en suspenso en Bue­
nos Aires. Pero Rosas continuaba interviniendo en los procesos judiciales y
dispensando justicia sumaria; los archivos policiales de los años 1840-42 con­
tenían muchas m ás órdenes personales de Rosas que anteriormente, de las
del tipo de “que lo fusilen”, “que lo encarcelen”, a veces con aclaración de la
221
causa, a veces-sin ella.83Además, dos hechos fueron amenazadores para el fu­
turo. El primero, un pretendido intento de asesinato de Rosas que,, aun siendo
cómico en sus detalles, fue seriamente explotado por el régimen. El 23 de
marzo de 1841 descubieron una máquina infernal —un aparato explosivo en­
viado desde Montevideo a guisa de obsequio— dirigido a Rosas pero abierto
por Manuela, Según las descripciones-oficíales, consistía en una gran caja lle­
na de pistolas cargadas y dispuestas en forma tal que se dispararan al abrir­
la; de ser ciertos estos informes, el arfcflugio habría matado a sus fabricantes
mucho antes de llegar a Rosas. Se afirmó que los conspiradores eran Rivera y
otros unitarios, Mientras los escépticos observadores declaraban (JU6
u6masíado estúpido para ser tomado en serio, el régimen denunció el intento
como.un acto peligroso y criminal. Dio pie para una sesión extraordinaria de
la Sala de .Representantes, en la que fue condenado el “horrible hecho”, y
para que se realizaran ceremonias públicas enlas que celebraron la afortuna­
da salvación de Rosas.84
E l segundo suceso fue el anuncio por parte de los unitarios de una política
-de línea dura, tan intransigente como la de los federales. Siempre había exis­
tido un elemento terrorista en el bando unitario, y también ellos habían contri­
buido desde 1810 ai aumento de la violencia organizada, culminando con el de­
rrocamiento y fusilamiento del gobernador Borrego en diciembre de 1828 y un
año de mutuas represalias. Éste fue el verdadero comienzo del terrorismo,
que creció a medida que cada lado practicó sus calculadas venganzas. En las
campañas de 1840-41, los unitarios ejecutaron a los prisioneros federales. En
Entre Ríos, Lavalle proclam ó: “E s preciso degollarlos a:todos. Purguemos a
la sociedad de estos monstruos. Muerte, muerte sin piedad.” Estos sentimien­
tos no estaban reducidos a los soldados. Desde Chile, Sarmiento escribió: “Es
preciso emplear el terror para triunfar en la guerra. Debe darse muerte a to­
dos los prisioneros y a todos los enemigos... Todos los medios de obrar son bue­
nos. ” El mensaje de la comisión argentina en Chile al jefe de la Liga del Norte
era igualmente intransigente:
“Seria conveniente que todos los m alvados que empuñan las arm as en favor de Rosas tu.viesen la evidencia de que han de m orir, si caen en manos de sus enem igos... P a r a que es­
tos hom bres se decidan en ei acto contra Rosas y ayuden a V.E. en la em presa que dirige,
es preciso que sepan evidentem ente que perderán la fortuna y 3a vida, si continúan sien­
do io que han sido hasta ahora... todos los m edios de obrar soil buenos... La m ás grande
v erd ad en política, es la de que los m edios quedan siempre legitimados por los fines.”85
El paso siguiente a este razonamiento era inevitable, y Rivera Indarte lo
dio: “Será obra santa y grandiosa matar a Rosas. ” Los unitarios, como los fe­
derales, estaban presionados para ganar una rápida victoria a fin de evitar
los ruinosos costos de una prolongada guerra civil. Y también ellos veían al te­
rrorismo como un medio de defensa propia: “La guerra no se hace con paños
calientes, y si no matamos, hemos de ser degollados. ”86En ese momento el te­
rror se alimentaba a sí mismo, ya que cada lado respondía inexorablemente
222
al otro. Los unitarios llamaban bárbaros a los federales; los federales llama­
ban salvajes a los unitarios. La escena estaba dispuesta para una nueva ola de
terror.
A medida que progresaba 1342, otro tanto ocurría- con el terrorismo. Con
tropas enemigas en Entre Ríos, al mando de Rivera y Paz; y supuestas conspi­
raciones contra la vida de Rosas en la capital, las ejecuciones empezaron a
aumentar, tanto en la ciudad como en Santos Lugares, durante el transcursode febrero.87 Una cantidad de prisioneros de guerra y de civiles fueron ejecu­
tados, y la depresión se instaló una vez más en Buenos Aires. Sin embargo, la
posición de Rosas, aunque amenazada, no era desesperada y de nuevo el re­
surgimiento del terror no obedecía a causas evidentes. La amenaza in­
mediata venia del Uruguay y sus aliados unitarios de Santa F e y Entre Ríos;
esta vez no se trataba de un poderoso respaldo europeo, aunque la hostilidad
diplomática de Gran Bretaña y Francia era inocultable.88 Pero las fuerzas fe­
derales convergieron en Santa Fe. y entre el 12 y el 18 de' abril, derrotaron a los
unitarios, mientras que Entre Ríos se alzaba contra Paz el 4 de abril y lo obli­
gaba a retirarse. De modo que la coalición de Rivera. Paz y Ferré estaba ya des­
trozada cuando el terror alcanzó el pico entre el l l y el 19 de abril. Por-otra
parte, el cuadro de situación no era tan obvio para R osas: los unitarios habían
sido vencidos pero no estaban totalmente destrozados, y él era consciente de
la hostilidad aoglo-francesa y la posible intervención-en el futuro. Por lo tan­
to, resolvió lanzar el terror con prioridad; para purgar el cuerpo político y re­
forzar por adelantado la seguridad. Ésta es una posible explicación del terror
de abrá de 1842. Otra, fue expuesta por el general Díaz: '
“En las ejecuciones de Abril áe 1842, nadie veia objeto ni motivo, h asta que, el m ism o Ro­
sas preguntó una noche a una de las personas a quien prestaba alguna consideración sí
había leído un decreto del Gobierno de Corrientes en el que se decía, que por cada unita­
rio a quien se ie quitase la vida en Buenos Aires, se fusilarían diez délos prisioneros fede­
rales. ‘Ya ve Vd. lo que son estos salvajes unitarios: m atan y luego tienen m iedo de m o­
rir; ahora verán lo que m e im portan sus am enazas: que hagan decretos, que yo les iré
contestando como m erecen.”89
El terror alcanzaba su momento culminante. En los últimos días de marzo
y en diversos sitios de la capital se encontraban todas las mañanas, al amane­
cer , cadáveres que habían sido degollados; esto se prolongó hasta bien entra­
do el mes de abril. Muchos de esos asesinatos se cometían durante la noche y
se hallaban rodeados de misterio. Otros ocurrían de día. Asi se produjo la
muerte de José María Dupuy, a quien decapitaron en plena luz del día el 26 de
marzo, y otro tanto sucedió'con Agustín Duelos. Otro hombre fue asesinado en
su propia casa, en el centro de Buenos Aires, a las siete de la tarde aproxima­
damente. Los asesinos fueron dos hombres emponchados que entraron deci' didamente en la habitación donde se encontraba sentada la víctim a en com­
pañía de su esposa y ambos le dispararon sus pistolas; luego salieron de la
casa mientras los vecinos desviaban sus caras; una persona que acudió en au­
223
xilio de la esposa del muerto fue acusada por alguien de ser unitaria.90 En la
mañana del 5 de abril se dijo que había en el mercado un carnicero que había
puesto en exposición, entre el resto de la carne, una cabeza humana adornada
con un moño celeste; las sirvientas que gritaban horrorizadas recibían golpes
o eran arrestadas. En la noche del 5 de abril se realizó un baile publico y mien­
tras algunos bailaban a otros los degollaban a sólo pocos metros de distancia.
Hacia mediados de abril los asesinatos se hicieron aún más descarados. Los
■ degolladores mataron a un catalán en el muelle, en presencia de varias perso­
nas y a la s diez y media de la mañana. El 13 de abril, para festejar el séptimo
aui.versarlo del acceso de Rosas al poder, el jefe de policía ofreció un baile;
esa noche se cometieron varios asesinatos políticos, y sus autores fueron te­
rroristas que abandonaban el baile para cometerlos y luego regresaban a la
fiesta. El 14 de abril, un degollador de la jmazorca asesinó en la calle al doctor
José Macedo Ferreira, un abogado; lo mismo ocurrió con un señor Iranzuaga.
Ese mismo día. alrededor de las doce, cuatro hombres entraron en la casa de
un conocido abogado, el doctor Zorrilla, situada en la Plaza de la Victoria, en
el centro de la ciudad, con el pretexto de efectuarle una consulta, lo degollaron
y abandonaron el lugar sin ser mol estados. Un comerciante español dé apelli­
do Martínez, cuyas actividades durante el bloqueo habían llamado la atención
de las autoridades y que —según se decía— tenía vinculaciones de negocios
con el general Lucio Mansiíla’y su sobrino, invitó a éstos a cenar a su casa,
Posteriormente salieron caminando para dirigirse a la casa del general a to­
mar ca fé; los terroristas salieron a su encuentro, dejaronpasar a los Mansilla
pero tomaron a Martínez y lo degollaron; al descubrir que tenía medías azu­
les, metieron su cuerpo en un barril que se encontraba en la calle y que conte­
nía brea-caliente.
En la tercera sem ana de abril la ciudad estaba petrificada; las calles que' daban completamente vacías después de las seis de la tarde y los aterroriza­
dos habitantes se mantenían en sus casas, mientras que afuera reinaban las
escuadras de la muerte. Pero la matanza no era indiscriminada. Mandeville,
guien no podía explicar el terror en una época de relativa seguridad y que pa­
recía, en ese momento, ser más complaciente al respecto que antes, informó
sobre una visita a 3a casa de gobierno:
Hace unas noches estuve en la casa del gobernador y hablé con uno de los m iem bros del
Comité Secreto del Club de.ía Mazhorca, llamado ahora “Sociedad P o p u lar” .Le pregunté si
ao sería m ejor que m e acom pañara un hombre, por lo menos, a 3a noche, ya que vivo en un
lugar ap artad o de la ciudad, y es muy difícil que no salga p e r la s noches. Me respondió
que no, “usted está tan seguro como doña Maiiueiita, ia h ija del gobernador.” Quizases,
así, le dije, cuando m e conocen, pero podrían com eter uná equivocación. “Nunca se equivoean'%fue su contestación, “nunca hay errores .”91
A sí como se elegía cuidadosamente a las víctimas, también eran cuidadojámente tratadas: por lo general no las robaban, porque los terroristas que­
rían demostrar con toda claridad que se trataba .de asesinatos políticos y no
224
delincuencia. Era' una lección disuasiva y estremecedora, especialmente
para guien tuviese la más mínima relación con unitarios. Mandevüle pensaba
que esta vez la intención era sacar del país a los unitarios y confiscarles sus
propiedades. Pero además de los unitarios muchos federales estaban tam­
bién en riesgo y, finalmente, otros sehacían sospechosos simplemente porque
eran apolíticos. Una enmudecida histeria poseía a Buenos Aires en abril de
1842, y existía el peligro de que el terror pudiera producir inestabilidad en vez
de seguridad. Los extranjeros estaban armándose; los cónsules europeos
amenazaban abandonar el país; Mandevüle y otros representantes protesta­
ron.92 En esas circunstancias, el 19 de abril el gobierno ordenó terminar con
los asesinatos, y el jefe de policía recibió instrucciones de establecer patrullas
para capturar y encarcelar a los asesinos. Era destacable que algunas de esas
patrullas estaban formadas por hombres que previamente habían constitui­
do las escuadras de la muerte.83
La existencia del terror era innegable; sólo la responsabilidad podía dis­
cutirse. Los voceros oficiales afirmaban que “no han muerto miles, ni cientos,
sino cuarenta y tantos”, víctimas de “un pueblo indignado”. Rosas declaraba
no tener idea de la magnitud de los excesos. Su orden al jefe de policía finali­
zando con el terror hablaba de “el más profundo desagrado” por los recientes
asesinatos: aseguró que nadie estaba autorizado para ejercer semejante li­
cencia, ni siquiera contra los unitarios; y reprendió a la policía por su inercia
y negligencia.94 Sin embargo, en 1842, al igual que en 1840, Pmsas tenía la res­
ponsabilidad esencial por el terrorismo. La evidencia resultante de la conver­
sación de Mandevüle con los terroristas en la casa de gobierno señala en for­
ma inequívoca la aprobación oficial, Pero Rosas pensaba que, una vez activa­
do el terror por él. debía permitirle que siguiera su curso. En cierto sentido,
debía ser indulgente con algunos excesos que iban m ás allá de lo que había au­
torizado. En una reveladora entrevista con Mandevüle, Rosas explicó sus fa­
cultades y algunas de sus características:
A veces, sólo puedo retener m i influencia sobre m i partido y gobernarlo siguiendo a su
gente. Un d ía deí m es de abril, cuando se producían los asesinatos en la form a terrible
que u sted pudo a p reciar, em ití a las dos de la tard e la s órdenes que llevó a usted mi ayu­
dante de cam po, el general Corvalán... Bueno, fue im posible distrib u irlas de inm ediato
en todos los rin co n es de la ciudad, y qué ocurrió... V ictoriea, el jefe de policía, cayó sobre
una b an d a que h abía estado trabajando: muchos escaparon, pero apresaron al "jefe y lo
colgaron al in stante; y a otro lo m ataron de un tiro a la m añ an a siguiente. La gente" ¡o
que yo estab a decidido a poner término a estos excesos y cedió, pero m ás por respe!o a
mis desees qu e por miedo de mí, que no conozco el m iedo y a nada tem o excepto a Di s...
Aquí no h a y un a aristo cracia que anoye ai gobierno, son las m asas v la opinión pública las
que gobiernan...85
La terminación del terror de abril de 1842 no puso fin a las tendencias re­
presivas del régimen. EnMontevideo, la prensa de la oposición informó que el
10 de mayo de 1842 se había ejecutado a trece personas en Santos Lugares, in­
cluyendo a cuatro ancianos sacerdotes. En su réplica, la Gaceta Mercantil no
225
negó las ejecuciones, pero declaró simplemente que eran “por horribles cri- 3
menes.”95 Éstas, y otras, püeden ser consideradas como matanzas “nórma-a
les” . Después de 1842, el terror y la violencia extraordinaria dejaron de ser c a - J
racterísticas del régimen, aunque podía suceder todavía que se provocaran f
represalias fulminantes ante la más mínima falta política. Durante el blo- |
queo anglo-fr anees. el solo hecho de difundir noticias sóbrela acción enemiga |
y ios reveses federales era considerado como un delito. Francisco Aráoz, un f
empleado de correos, de Tucumán, fue arrestado por causas haladles y acu- |
sado de traidor a la causa federal por difundir falsas noticias en sus viajes en- í
tre Buenos Aires y Jujuy. El director general de correos informó el 8 de julio J
de 1846: uNo pudiendo determinarle a Aráoz que dase de noticias había derra- |
mado en su tránsito por las Postas u otros parajes, sino fijarme de las que ha- |
bía ido dando eran contrarias a la causa, ” Rosas firmó la condena de muerte i
el 13 de julio de 1846 y, dos días más tarde, Aráoz fue ejecutado, -7 Si bien el te- :|
rrorismo rara vez se usaba contra residentes extranjeros, podía ocurrir que |
se lo invocara como arma.de la diplomacia, para obligar a los extranjeros a
llegar a un acuerdo. El arribo de William Gore Ouseley como ministro británi- J
co en 1845 y su insistencia para una rapid a terminación de la guerra fueron se- |
guidos por una cantidad de asesinatos que algunos interpretaron como un |
mensaje de Rosas. La muerte de nueve personas, miembros de una familia de {
colonos escoceses que llevaban establecidos varios años en el país, y otros crí- I,
Bienes, junto con la aparición de carteles con las palabras “mueran los fran- |
ceses e ingleses”, fueron hechos que, en conjunto, podían considerarse I
como una advertencia a los británicos para que moderaran sus exigencias y ¡
■alcanzaran un acuerdo satisfactorio para la. Argentina.96
|
Durante los años 1846 hasta 1850 la cantidad, de ejecuciones se redujo y el J
régimen pareció ablandarse. En 1846 se disolvió la mazorca y sus miembros í
se reintegraron a sus legítimos puestos, tal como lo registró el periodista Be- |
ruti: “El 1 de junio de 1846. Desde este (¿a ha quedado disuelta la sociedad po- j .
pular restauradora, alias, la mas-horca, que tantos males y lágrimas ha he- J
cho derramar; habiéndose mandado, que sus individuos pasen a los cuerpos f
de las milicias activa y pasiva adonde corresponden. Rosas ya no necesita- f
ba una agencia especial del terror: en lo interno. si bien no con respecto al ex- |
tranjero, había superado a sus enemigos. Sin embargo, el régimen estaba to- ¡
davía basado en la violencia, aunque su empleo era menos frecuente. Como i
observó Southern:
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Aquí la fuerza del gobierno es el terror, y como el gobernador se ocupa personalm ente de
los m ás nimios detalles de la vida diaria, es e¡ vigilante jefe de su propia policía activa,
jam ás olvida la m ás m ínim a circunstancia ni la perdona cuando ia considera una indicaclon de hostilidad. V uestra Señoría com prenderá fácilm ente que vivimos como si fuera
en una g ran prisión. M ediante las facultades extraordinarias que le otorgara la Sala de
R epresentantes —y que, en caso contrario, él las habría tomado— el gobernador tiene
poder exclusivo de vida y m uerte sin juicio previo, y cuando se elíje a una víctim a no se
necesita ninguna cerem onia de juicio y no estoy seguro de qúe se le conceda aviso previo
o tiempo de preparación.1K)
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Estas opiniones eran vertidas poco tiempo después de producirse-la más
espectacular demostración de poder de todo el régimen.
La historia comenzó como un melodrama y terminó en tragedia. Camila
O’Gorman, la hija de diecinueve años de un inmigrante francés, se relacionó
con un joven dei interior, Ladislao Gutiérrez, a quien persuadió su familia
para que se ordenara sacerdote. Lo asignaron a una parroquia en Buenos Ai­
res y allí, en la estrecha vida social de la época, fue muy fácil que la pareja se
conociera y enamorara, pero muy difícil poder ocultarlo. Cuando se hizo evi­
dente la falta de esperanzas de su situación, decidieron fugarse para buscar
una nueva vida lejos del alcance de la Iglesia y del Estado, tal vez en los Esta­
dos Unidos donde, según ellos creían, “los sacerdotes pueden casarse1’. Huye­
ron el 12 de diciembre de 1847 y llegaron hasta Corrientes, esperando poder vi­
vir allí por un tiempo, como maestros, en una decente oscuridad. Mientras
tanto, la Iglesia estaba escandalizada, Rosas furioso, y los unitarios encanta­
dos. Aunque las generaciones posteriores quedaron impresionadas por el ro­
mántico atractivo de la fuga de los amantes a través de las llanuras hasta el
lejano norte, en Montevideo y en Chile la prensa de la oposición explotó el he­
cho para reprochar al régimen por su falta de moral. P ara Rosas, era tanto un
desprestigio como una ¿ren ta a su autoridad. Pero el poder de Rosas tenía
largo alcance. Tan pronto como recibió información sobre su paradero, hizo
arrestar a la pareja y llevarla de regreso a Buenos Aires. Los encarcelaron en
Santos Lugares y. ante el asombro de todos, aun de los m ás duros funciona­
rios, a pesar de la súplica de Camila por el hecho de estar embarazada, inme­
diatamente fueron sentenciados a muerte. Los llevaron juntos frente a un pe­
lotón de fusilamiento —Camila trágicamente vestida de blanco— y les dieron
muerte, el 18 de agosto de 1848.10i
Así, al am anecer, batieron los tam bores en llam ada
Y las pobres c riatu ras, arrancadas def sueño hacia la m uerte
Fueron llevadas h asta quedar de espaldas junto al muro
Dieron frente a los soldados; silenciáronla cam pana
Que había estado repicando, y en el minuto concedido
Se dieron e l adiós apretados en postrer abrazo.
Después, tom ados de la m ano, enfrentaron el grupo fusilero
Que Ies quitó la vida ante las tum bas que esperaban.;í>-
La salvaje sentencia era responsabilidad exclusiva de R osas. AI parecer,
las altas autoridades del clero y los abogados habían reclamado severidad,
pero él negó posteriormente que hubiera estado bajo la influencia de nadie;
“Ninguna persona m e aconsejó la ejecución del cura Gutiérrez y de Cam ila Q’Gorman;
ni persona alguna m e hablo en su favor. P or el contrario, todas las p rim e ras personas del
clero m e hablaron o escribieron sobre esa atrevida crim en y la urgente necesidad de un
ejem plar castigo p ara prev en ir otros escándalos sem ejantes o parecidos. Yo creía lo
mismo. Y siendo mi responsabilidad, ordené la ejecución.”'*®
Rosas estaba curiosamente orgulloso de su propio juicio. Sin embargo, el :
aecho constituyó una nueva causa para alejarse del régimen. Según South­
ern, “el pánico se apoderó de la ciudad de Buenos Aires, y ios hombres ocu­
paban su imaginación tratando de concebir cuál sería el próximo acto con el
que Rosas marcaría ese azaroso período.”104 Manuel Bilbao pensaba qué 1
“más le valiera a Rosas haber perdido una batalla que fusilar a Camila. Tal
fue el daño que le hizo a su prestigio y autoridad. ”105E l diario de Beruti reflejó ;
la inquietud provocada en Buenos Aires por la ejecución;
“Habiendo causado una so rp resa y sentimiento general á todos ios habitantes de esta cío- i
dad estas m uertes, por un cielito, que no creen m ereciera p erd er la vida, sino una recio- ¡
Sion por algún tiempo, p a r a que purgasen el escándalo qué habían dado, por solo una pa- \
sión de am or, que no ofendían a nadie sino a sí propios; siendo lo m ás sensible que esta- f
■ha em barazada de ocho m eses, se lo dijeron al gobernador; pero este señor , sin re p a ra r i
la inocente criatu ra que estab a en el vientre, sin esp era r a que ia m ad re pariese, la man- f
dó fu silar; caso nunca sucedido igual en Buenos Aires, de m anera, que por m atar a dos ■=;
m urieron tres. ”l*
¡
La gente quedó sobrecogida, no sólo por la pena que sentían por las víctimas sino también por el temor de que. justoen el momento en que parecían estar
ya al alcance de la mano la normalidad y la prosperidad. Buenos Aires esíab a
volviendo al terror de los tiempos más bárbaros. Se le recordó dramáticamente el poder ilimitado de Rosas y su propia indefensión. Esta noción pesaba más en las mentes de los hombres que las relativamente pocas ejecuciones
realizadas después de 1848, en general, casos de delincuencia, aunque las deserciones también provocaban rápidos castigos. A fines de 1850 fueron.ejeeutados veintidós desertores; en enero de 1851 ejecutaron en un día a dieciocho
delincuentes, acusados de asesinato y otros crím enes, mientras destinaban ai
ejército o a trabajos públicos a muchos internados en las cárceles de la eiudad .101Entre las diversas ejecuciones de ios primeros m eses de 1851, sólo una
se debió a una falta política. Rosas defendía su severidad ante el ministro británico empleando básicamente un argumento derivado de supuestas diferencías socio-raciales entre europeos y argentinos:
, Su E xcelencia se m ostró luego contrario a la idea de gobernar en estos países según las
nociones europeas; y al an alizar el carácter de sus com patriotas, esa extraordinaria
m ezcla —como é! la llamó— de caracteres españoles e indios, trató de convencerm e de
que la única form a de lo g rar resultados era m ediante severos castigos, y, a veces, ni eso
e ra suficiente; que las ejecuciones que él ordenaba ni siquiera tenían el propósito de casíigar al culpable, y en nrny poco grado llevaban la intención de disuadir a otros deüncuentes, sino que, sim plem ente, cum plían la finalidad de im pedirles que infligieran huevos daños a la sociedad. Dijo que a todos aquellos que él consideraba capaces de redim irse ios convertía en soldados. Su escolta estaba principalm ente com puesta por esa d a s e
de h o m b res; dijo que, de su s soldados dedicados a la'atencion común y constante de su
persona, p o r lo menos la m itad habían sido culpables de asesinato u homicidio sin prem edilación, aunque él hacia una profunda distinción entre los asesinatos causados por
am or, celos o em briaguez, y aquellos crím enes prem editados en los que se había em plea-
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do la traición y la m alignidad. Que los asesinatos de esta ultim a ciase eran terriblem ente
frecuentes, y que un número considerable de las personas ejecutadas había cometido
h asta cinco crím enes de este tipo.1*5
Para entonces, no importaba lo que dijera, el daño estaba hecho. Rosas
entraría en la historia como uno de los más crueles gobernantes, tanto como
uno de los m ás poderosos. El tema, sin duda, ha sufrido las distorsiones áe l a '
propaganda y el prejuicio, pero subsiste un irreductible elemento de verdad,
en la reputación de Rosas como terrorista. Y ganó su reputación no sólo por la
horrible naturaleza de su terrorismo sino también perla cantidad de victimas'
y su responsabilidad personal.
Es imposible cuaniificar el terror bajo el gobierno de Rosas. Sus contem­
poráneos intentaron hacerlo, pero los resultados estaban viciados por tenden­
cias y errores. Desde Montevideo, José Rivera Indarte, periodista y anterior
publicista del régimen, publicó en 1843 tablas detalladas, las asi llamadas
“Tablas de Sangre”, en las que daba los nombres de las principales víctimas
de Rosas, la forma de ejecución, el lugar y la fecha, y un resumen estadístico.
El período cubría desde 1829 hasta octubre de 1843.
T A B L A 13
El Terror, 1829-43: Cifras de la Oposición.108
Envenenados
Degollados
Fusilados
Asesinados
Total
Muertos en combate
Muertos en otras acciones y por deserción
4
3765
1393
722
5884
14920
1600
22404
Las cifras contienen una cantidad de defectos. Les falta una base de com­
paración con regímenes anteriores y con la acción de la oposición. Están in­
fluenciadas por prejuicios y probablemente exageradas. Más aún, y en parti­
cular, no discriminan entre delincuentes y víctimas de persecución política,
entre castigos legales y asesinatos, entre Buenos Aires y las provincias. Rive­
ra indarte atribuyó a Rosas responsabilidad personal por todos los actos de
violencia cometidos por los federales en toda la república, a menudo por gente
carente de autorización y más allá del control. Por otra parte, y como lo seña­
laron algunos críticos, el terrorismo aplicado por Quirogay Oribe, quienes co­
múnmente asesinaban a sus opositores, ejecutaban a los prisioneros y confis­
caban propiedades, era parte integrante del sistem a federal.110 Y las modali­
dades propias del régimen hacían difícil a los observadores la discriminación
entre sentencias legales, ejecuciones extra judiciales y simples asesinatos.
229
Las “Tablas de Sangre”' tuvieron cierta circulación en el exterior y constií
tuyeron la fuente de la mayor parte de las estimaciones sobre terrorismo pu-f
blieadas fuera de Buenos Aires. The Times de Londres publicó un artículo en|
el que citaba miles de victimas de supuestas matanzas. Para refutarlo, la S a i
ceta M ercantil declaraba que no habían sido más de quinientas las ejecucio-f
nes en catorce años, 1829-43, y que aproximadamente la mitad de éstas se ha-f
bian producido en las provincias por orden de sus propios gobernadores, Lasf
doscientas cincuenta ejecuciones restantes, en la provincia de Buenos Aíres, |
incluían a cien indios hostiles ejecutados por asesinatos, atrocidades y s a i
queos. Suponiendo que no debían contarse las de los indios, sólo quedaban!
ciento cincuenta casos de ejecuciones, y éstas comprendían a unitarios culpa-1
bles de conspiración y otros crímenes. La Gaceta Mercantil concluía que Hi- f
vera Indarie había inventado maliciosamente las cifras publicándolas luego |
como un hecho y confundiendo al mismo tiempo asesinatos y castigos legales. |
Es así como ha sido formada la cifra referida a personas muertas por degüello, medíante f
la acumulación de fábulas acompañadas de repugnantes circunstancias... Algunos ase- |
sinatos perpetrados en Buenos Aires en octubre de 1840 y abril de 1842 —que no exeedie- ¡
ron jos cuarenta— en circunstancias de gran confusión y conmoción, les proporcionaron jj
e! pretexto para ese falso y atroz calendario; y, sin embargo, el gobierno reprimió esos J
asesinatos con severas medidas y ejecuciones... Desde 1843 hasta el presente no se ha ;j
producido an la provincia de Buenos 'tires una sola ejecución por delitos políticos..,111 |
TABLA 14
El Terror. 1829-43; Cifras oficiales
Ejecuciones en-oíras provincias
Indios ejecutados después de capturados
Unitarios ejecutados
250
100
150
Total
500
Si
las estimaciones de Rivera Inflarte eran cifras de “la oposición ”, la
la Gaceta M ercantil eran “oficiales” de manera innegable. Otras fuentes i
' eran menos partidistas pero también menos completas, basadas en observa- l
clones parciales o temporarias. Hasta los mismos archivos policiales son in- ¡
completos, ya que .sólo registraron las ejecuciones “p rocesa d a s. pero no los l
cadáveres que se hallaron al amanecer flotando en el río. Un capitán naval f
. británico se refirió a ciento sesenta víctimas- en febrero de 1842, y otra fuente |
británica informó sobre novecientas en abril de 1842.112 E stas estimaciones !
son exageradas: otras fuentes sugieren cifras entre veinte y veinticuatro eje- |
euciones en octubre de 1840, y cuarenta .en abril de 1842Alif Un observador bri- |
tánico favorable a Oribe informó que, después de la batalla entre Rivera y Ur- |
quiza a principios de 1845 y en la que el primero cayó decididamente derrota- I
238
do, ejecutaron a cuatrocientos prisioneros, trescientos de ellos eran indios a
quienes alinearon y mataron con lanzas; al resto lo degollaron.114
Después de la caída de Rosas en 1852 las historias de terror empezaron a
circular con mayor libertad. ¿Podrían considerarse como el surgimiento es­
pontáneo de la verdad?. ¿o recuerdos distorsionados por el tiempo y la pa­
sión ? Es imposible decirlo. Beruti ha registrado:
“Rosas en octubre de 1840 hi20 degollar a m ás de 500 ciudadanos de los mas distinguidos,
xnilitai es, empleados y gente com ún; y en abril de 1842 se repitió el mismo desastre aga­
rrándolos sus corifeos de la ínfim a plebe, en sus casas o en las calles, con engaños, y ios
llevaban a-ios buscó? de xas quintas fuera déla ciudad, los tendían en el suelo boca arriba,
y otros boca abalo y m aniatados coa grandes cuchillos los degollaban; pero estos malval
dos verdugos ban m uerto lo m ás desastrosam ente y algunos por el mismo R osas m anda­
dos fusilar, p a ra que no publicasen sus m aldades. Rosas mandó em bargar las casas y sa ­
quearlas de una porción de ciudadanos que se creía ser unitarios, por chismes que le lle­
vaban sus picaros corifeos; cuyas casas las alquilaban los jueces de paz.'”n5
Esta clase de calemos no son precisos ni completos en medida suficiente
como para tener más valor que el de producir una impresión, aunque la im­
presión fue tremendamente vivida para los contemporáneos. Después de su
derrota y exilio, Rosas fue juzgado en ausencia por las cortes de Buenos Aires.
Fue un acto político, de ninguna manera imparcmL y sus registros no proveen
análisis de cifras relativas al terror de 1840-42; pero algunas evidencias se
'han tomado de los archivos policiales, que pueden reproducirse aunque sólo
sea para dar una impresión alternativa.
TABLA 15
El Terror 1829-52; Juicio de Rosas116
Condenados por orden de Rosas a diversas penas-, incluyendo la
de muerte, por supuestos delitos, 1835-52
Condenados a diversas penas, incluyendo la de muerte, pero
mayormente al ejército, sin delito mencionado
Condenados al ejército por diversas faltas, pero dejando
autoridad a los subordinados para pena de muerte
Ejecuciones en San Nicolás de los Arroyos, 1831, y en Arroyo
del Medio, 1839.
Persecuciones, exterminios y robos a ciudadanos calificados
como salvajes unitarios
.
Fusilados en diversas prisiones, Plaza del Retiro, Palermo,
y Santos Lugares, 1830-52
Total
218
1609
33
13
118
363
2354
Por lo tanto, las ejecuciones políticas sumaban una gran cantidad de víc­
timas: más de doscientas cincuenta, menos de seis mil y, tal vez, en el orden
de las dos mil, para todo el período de 1829-52. Si bien el historiador no puede ;
medir el terror, sí está capacitado en cambio para extraer algunas conclusio­
nes. Estos crímenes no fueron masivos. Los objetivos estaban perfectamente :
. elegidos y cuidadosamente identificados. No obstante, su impacto no debe ser j
medido solamente por la cantidad, sino por el sufrimiento que infligían a las ;
familias de las víctim as y por el miedo que provocaban en toda la población.
Puede suponerse que Rosas calculaba el monto de terror necesario para pro- ;
ducir resultados en círculos más amplios alrededor de la víctima. Si alguna :
vez gobernó un régimen basándose en el principio del miedo, fue éste, Rosas
actuaba según el convencimiento —a la manera de Hobbes— de que el miedo ■
es lo único que impulsa al hombre a cumplir las leyes. En términos políticos, ■
sus métodos daban resultado, El terror ayudó a mantener a Rosas en el poder. I
.y ai pueblo en orden durante unos veinte años; lo hizo junto con otros factores
entre 1829-32 y entre 1835-38; como principal instrumento-de gobierno en 1839- J
42, y como amenaza latente desde 1843 hasta 1852. En este sentido, el terror !f
sirvió para su propósito'. ¿Pero quién era el principal terrorista?
Rosas fue el responsable del terror: lo afirman los contemporáneos y es■tán de acuerdo los historiadores. Como observó Mansilla: “que Rosas manda- i
ra degollar o que consintiera que se degollara, nos es indiferente;” si él omitía j
ejercer su poder para detener los asesinatos, aun por medio del miedo, seguía ’
siendo él el responsable.117 Paro su función era más positiva. Según sus ;
funcionarios, él daba las órdenes. Felipe Arana, ministro de Rosas y go- ;
bernador sustituto durante el terror de 1840-42, rechazaba toda responsabilí- ¡
dad por las decisiones de esa época: “Rosas desde Santos Lugares libraba sus ;
órdenes con absoluta presdndencia del declarante, sin duda, c por la Policía ;
para la ejecución de aquellos asesinatos, o por los mismos ejecutores”.118El i
jefe de policía, Bernardo Victoríca, también negó responsabilidad y ninguna 1
obligación-de investigar. La razón que invocó fue que él sabia “de todos esos
crímenes era sabedora la primera autoridad y fue confirmado en esa convic­
ción, por cuanto el Gobierno no la hizo al declarante ninguna prevención”, .■
-hasta el decreto que detenía el terror, oportunidad en que fue acusado por falta |
de vigilancia. Sin duda, los testimonios de esta d a se eran sospechosos, ya que j
todos ellos estaban tratando de salvar sus propios pellejos durante el juicio de |
R osas. Difícilmente podría aplicarse esto a Cuitiño. sin embargo, dado que no j
se mostró arrepentido y se preparó para caer luchando. Cuitiño declaró a la [
corte “que la orden de degollar al Coronel D. Francisco Linch, a D. Isidro Olíden, Messon. etc. la recibió Parra del mismo Gobernador Prnsas, verbalmen- f
te”, y Parra con posterioridad, informó directamente a Rosas en la casa de |
gobierno. Y Cuitiño, en su propia prisión, había matado a tiros y degollado a 5
algunos detenidos, por orden del gobierno.118 El testimonio probablemente' |
era cierto.
i
De una u otra forma, Rosas obtuvo obediencia incondicional. Destruyó la |
f
J
J
j
232
anarquía, pero-creó un miedo pavoroso. Agotó a la oposición medíante una
fuerza irresistible. Después de dos memorables décadas, él aún estaba allí.,
irremovible y, aparentemente, impenetrable tanto a la amenaza interior
como a la intervención extranjera.
233
CAPÍTULO VII
La Penetrante Albión
Rosas encontraba británicos en todas partes. Su régimen comerciaba con;
ellos, admitía inmigrantes y vendía tierras &colonos de esa nacionalidad. En,
la Casa de Gobierno conversaba con sus diplomáticos, en la pampa cabalgaba;]
cerca de sus estancias, y desde sus jardines de Palermo observaba a sus bu­
ques mercantes en el río y, a veces, sus cañoneros. Pero esa impresión de ubi­
cuidad podía conducir a error. La Argentina dependía en gran parte de los la- i
brieaníes británicos, de su transporte marítimo, de los mercados británicos,.i
pero aún no necesitaba -no podía emplearlos- el capital y la tecnología britá- ■
nicós; formulaba sus propias decisiones económicas y su independencia ja- f
mas estuvo en duda . Así como los británicos no constituían un pilar para el ré- i
gimen, tampoco era el régimen un satélite de Gran Bretaña; frente a las pre- f
siones políticas, ei país podía levantar sus defensas y reducirse a una econo- |
mía de subsistencia. Las relaciones entre Gran Bretaña y la Argentina se j
construyeron sobre la base de conveniencia comercial y ventajas mutuas, y si j
interesaban más a Rosas que a Palmerston se debía simplemente a una cues- j
tiori de diferencia entre una potencia mundial y una nación en desarrollo,
j
La Argentina estaba muy lejos de la diplomacia europea, y sobre las mar- .genes del comercio internacional. Ni siquiera resultaba atractiva de inmedia- ¡
to a los visitantes británicos y algunos de ellos la rechazaban abiertamente.
El refinado Lord Pónsonby, ministro plenipotenciario desde 1826 hasta ;
1828, que llegó a Buenos Aires acompañado por un secretario y nueve sirvien- ?
tes, tuvo una desagradable conmoción ante lo que vio. y nunca se recuperó ;
verdaderamente de sus primeras impresiones: “No existen ojos que alguna :1
vez hayan visto un país tan detestable como Buenos Ayres. No confiaré en mis :•■
posibilidades para hablar de él. No recuerdo haber sentido antes tanto, disgus- ;
to por un lugar como lo siento por éste, pero suspiro profundamente cuando ;.
pienso que puedo pasar aquí mis días... en esta tierra de fango y pútridos ara- i
234
i males muertos."1El mismo Woodbine Parish, que trabajó duro por los intereIses británicos, describió a la Argentina como un “lugar desagradable y desa­
tienta dor”, aunque su mentalidad investigadora y sus instintos eruditos supefraron su repugnancia inicial.Éste era otro mundo, otra cultura. E l viaje desI de Inglaterra era largo y decisivo, en barco de vela o de vapor, y llevaba a una
i vida primitiva, solitaria y tediosa. Ir a la .Argentina exigía un espíritu de emj presa, aventura y hasta de excentricidad, y las motivaciones tal vez no eran
i enteramente comerciales. Una vez allí, los inmigrantes quedaban a merced
f de las autoridades locales. Lejos de participar en un plan del Imperio, los briI tónicos en la Argentina eran objeto mayormente de indiferencia por parte de
{ su propio gobierno, o de una protección contumaz que les hada más daño que
¡ bien. En su momento, Rosas no los molestó, y fue precisamente en esos años
I que ellos se establecieron pacíficamente y echaron raíces.
|
La importancia de los británicos no residía en su cantidad. En 1810, la coI lonia británica en Buenos Adres estaba formada por unas ciento veinticuatro
I personas. Desde los primeros tiempos del siglo diecinueve se asentaron-en los
í distritos rurales, como propietarios, vaqueros y peones. Unos pocos habían
! llegado en la época de las invasiones inglesas o aun antes, pero no fue hasta
{ 1824 y 1825 que arribaron en cantidad. Con el estímulo'de Rivadavia, se orgáí rizaron en Gran Bretaña diversos planes de inmigración y colonización, tales
| como el de la Asociación Beaumont y el de afincamiento fmancíado por John
; Parish Robertson. Sí bien no tuvieron éxito en sus propósitos comerciales,
dieron por resultado la introducción de importantes cantidades de colonos
británicos que se quedaron luego con una u otra ocupación. Hacia 1324. según
Woodbine Parish, había cerca de tres mil. De los mil trescientos cincuenta y
cinco súbditos británicos registrados en el consulado en enero de 1825. ciento
cuarenta y seis eran comerciantes;’sesenta y siete, empleados; noventa y
tres, tenderos; veinte granjeros, yun gran número de obreros y artesanos. En
los pocos años siguientes, los británicos aumentaron su número en varios
cientos. Una gran proporción de ellos eran escoceses y se desempeñaban
como tenderos y trabajadores de toda clase, que originalmente pertenecieron
a las asociaciones agrícolas y de minería. En 1831 había unos quince o veinte
mil extranjeros en Buenos Aires y su provincia, en una población total de cien­
to-cuarenta mil aproximadamente. Una tercera parte de los extranjeros eran
británicos, otra tercera, franceses; de los británicos, cuatro mil sesenta y cin­
co estaban registrados en el consulado, y se apreciaba que habría por lo me­
nos mil sin registrar.2 Para 1850, los franceses habían crecido a veinte mil en
Buenos Aires y suburbios, la mayor parte de ellos eran mecánicos y artesa­
nos, en la ciudad y alrededor de ella; había además muchos italianos que tra­
bajaban en transporte fluvial. En 1865, los británicos en la Argentina suma­
ban treinta y dos mil, de los cuales veintiocho mil eran irlandeses, la mayoría
de ellos ocupados en la crianza de ovejas. En sus escritos de 1840, William
MacCann pensaba que los ingleses y escoceses no habían aumentado en canti­
dades significativas desde la década de 1820. Los irlandeses, en cambio, ha-
235
bían llegado en mayor número desde entonces, algunos vía Estados Unidos,
. otros directamente desde su tierra natal, aproximadamente unos tres m il en
total, y la mayor parte de ellos solteros. .
Lo que faltaba en cantidad a los ingleses lo suplían en capital y recursos
comerciales, y en las calidades que podían esperarse de los pioneros. “Los
súbditos británicos son preferidos", escribió MacCann. "no solamente por las
autoridades sino también por la gran masa de la población nativa; y los irlan­
deses, por muchas razones, son particularmente aceptables.” Los hombres
de negocios británicos llegaron a formar parte influyente de la ciase empre­
sarial, “sus honorables principios e inteligentes opiniones eran incentivos
para quienes apreciaban el valor de una personalidad de alto nivel para el co­
mercio. y una saludable contención para sus competidores”, como observó
MacCann.3
Los comerciantes británicos iban a la Argentina para hacer fortuna, más
que para encontrar nuevas salidas a excedentes de riqueza, y tenían tenden­
cia a mantener trabajando insuficientes capitales. Sus fondos iniciales eran
normalmente británicos y la mayoría de ellos empezaban como comerciantes
generales, haciendo uso del crédito provisto por firmas mercantiles de Lon­
dres, Liverpool y Manchester. Vendían artículos baratos pero de buena cali­
dad, con largos, créditos y bajos intereses, a precios inferiores que los fabri­
cantes nacionales y compitiendo fuertemente con los rivales extranjeros. Si
bien obtenían beneficios, parecerían haber remitido muy pocos capitales a '
Gran Bretaña, y el drenaje de capital argentino en esta etapa no fue de mayor
importancia.- En realidad, los comerciantes británicos usaban a menudo
sus beneficios para proporcionar créditos e invertir capitales en la Argentina.
■; I .
r
•: -
Se instalaron en la economía local, comprando y preparando productos loca­
les para exportación y, en algunos casos, comprando tierras y desarrollando
estancias. Colaboraron también con el Estado. Los contratos con el gobierno
para importar partidas de ropas para el ejército, suministros militares y
otros artículos, sumaban una significativa parte de sus negocios. Simón Pe­
reira, sobrino de Rosas y hombre que llegó a acumular una cuantiosa fortuna
como contratista del gobierno, colocó algunas de sus órdenes más importan­
tes en firmas exportadoras-importadoras británicas en los-años 1841-42, y
cuando él quebró en 1844, fueron ellas las que se hicieron cargo de sus asuntos.
Otros inmigrantes británicos se dedicaron al campo, ya fuera como pro­
pietarios, dueños de estancias de tres a veinte leguas cuadradas1con su co­
rrespondiente población pecuaria, o como arrendatarios, que alquilaban las
tierras pero eran dueños de los animales. Este último grupo estaba formado
principalmente por escoceses e irlandeses, que habían llegado a la Argentina
como vaqueros, pastores, peones y artesanos y , mediante su duro trabajo, adquirieron propiedades, prestigio y un lugar en la sociedad rural, Los estáñeleros y agricultores británicos disfrutaban de una cantidad de ventajas con resnecio asus vecinos argentinos, ya que eran inmunes a los préstamos forzosos,
al servicio m ilitar y otras exigencias dei Estado resista,
236
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I
j
E l lado opuesto de la empresa británica era su evidente frialdad hacia la
I gente local. ¿Hasta qué punto llegaron los británicos a integrarse en la socie|. dad argentina ? ¿Cuándo se identificar on con el país, tomaron esposa entre las
| familias locales y se convirtieron en anglo-argentinos o simplemente argenti| nos? Es difícil decirlo. En los primeros días era excepcional encontrar un in! giés que se casara-can una argentina. Tenían mucha dificultad para aprender
| el español, especialmente las mujeres, y eran muy lentos para adaptarse a la
I vida criolla. Algunos sencillamente se mantenían firmes en el apego a sus
I propias costumbres. Otros eran arrogantes con los argentinos: “Miran desde
| arriba a los nativos con afectado aire de superioridad, y parecen esperar que
I estos, con adecuada humildad, levanten la vista hacia ellos.”5 Otros grupos.
I integrados por pobres inmigrantes escoceses , ingleses, galeses e irlandeses.
I conscientes de sus orígenes y del contraste con la situación que tenían en esos
I momentos, sufrían demasiadas inhibiciones para entrar a la sociedad local,
I como lo presumía Hudson: “Estos otros, a pesar de sus prosperidad (algunos
| poseían grandes estancias), procedían en su mayor parte de las clases obrera
¡ y media de su país, y sólo se:interesaban en sus propios asuntos. ”6Éstos eran,
| naturalmente, los recién llegados; mucho dependería de sus hijos y de las fu| turas generaciones de anglo-argentinos. Pero aun la primera generación, a
I pesar del fuerte ambiente local, mantuvo sus distintivas instituciones y eosí lumbres británicas, y se preocupaban por conservar su identidad.
Aunque vivían muy separados entre sí, los británicos se reunían en cier­
tas ocasiones, para practicar su culto o en recepciones sociales. Desde la dé­
cada de 1820 desarrollaron sus propias organizaciones einstituciones. En m e­
nos de veinte años tenían ya una cantidad de iglesias, En los tiempos de Wood­
bine Parish, el-gobiemo obsequió a la comunidad británica una superficie de
terreno ubicada en la mejor parte déla ciudad, para que se estableciera una
iglesia anglicana. “Por este hecho, los residentes británicos quedaban en deu­
da con el general Rosas y su ilustrado ministro y consejero en esa oportuni­
dad. el difunto don Manuel García. ”7La iglesia fue completada mediante sus­
cripciones de los residentes británicos y una donación del gobierno británico;
llevó once m eses construirla y se inauguró el 6 de marzo de 1831.® También el
gobierno británico se hizo cargo de parte del sueldo del clérigo. Los escoceses
construyeron una iglesia presbiteriana, y para los metodistas se hizo una ca­
pilla anglo-am erícana. Lós católicos romanos usaban una délas iglesias loca­
les pero tenían su propio capellán, un sacerdote irlandés, que actuaba tam ­
bién como funcionario de asistencia social y agente de empleo. William MacCann lo conoció en una estancia:
En la casa de Mr. Handy conocí al Reverendo Mr. Fahy, un sacerdote irlandés católico
romano, que se encontraba en una de sus visitas pastorales, y en cuya compañía pasa­
mos una agradable velada. Mr. Fahy es indispensable aquí para sus compatriotas: no
sólo cumple afectuosamente con sus deberes ministeriales sino que proporciona a su re ­
baño todo el beneficio de su experiencia y consejo en asuntos temporales,®
237
. Los británicos tenían otra cantidad de instituciones en Buenos Aires, que
incluían un cementerio protestante, de dieciséis mil metros cuadrados en la
esquina de las calles Victoria y Pasco: la B ritish Fríendly Society, un dispen­
sario que facilitaba servicios médicos y hospitalarios; las B ritish Commer­
cial Room s; dos bibliotecas; y} en los primeros años de la década de 1850, un
club británico, con “salones de lectura, comedores y los habituales etcéteras
de un club, en un estilo algo más sencillo que los que se encuentran próximos a
S t James, pero de todos modos muy confortables y con buenos hogares...”10
Había también escuelas británicas, que florecieron hasta 1844. en que los de­
cretos del gobierno empezaron a acosarlas con pruebas políticas y religiosas:
Probablemente uno de los más graves perjuicios infligidos por Rosas a los extranjeros
fue la emisión de un decreto según el cual sus escuelas quedaban sujetas a ios reglamen­
tos de la policía. Mediante este acto tiránico, igualmente injusto e impolítico, anuló la efi­
ciencia de instituciones que durante muchos años habían ocupado la ansiosa atención de
los comerciantes británicos en Buenos Aires, y a las cuales habían dedicado muchos cui­
dados y una elevada suma de dinero; instituciones que —de haberles permitido prospe­
rar— habrían beneficiado a las nuevas generaciones de todos los países en Buenos Ai­
res,1*
Las escuelas continuaron funcionando, pero bajo la constante amenaza
de la policía. Mientras tanto, los extranjeros estaban poco dispuestos a enviar
sus niños a las escuelas argentinas, debido a una mezcla de motivos educacio­
nales y políticos, y ya habían comenzado a practicar la costumbre de enviar­
los a Europa o a los Estados Unidos, lo que obstaculizaba aun más la integra­
ción. Sin embargo, aparte de las escuelas, las instituciones británicas goza­
ban de los “generosos principios de hospitalidad profesados por el gobierno
argentino”, como lo señalaba con frecuencia la prensa local, y los británicos
tenían libertad para ir y venir a su gusto. “Sus marineros... hasta pueden em ­
borracharse y acostarse en las calles sin entrar en contacto con algún m iem ­
bro impetuoso de la sociedad de templanza. ”12
Las relaciones entre Gran Bretaña y las Provincias Unidas del Río de la
Plata quedaron formalizadas en el tratado firmado el 2 de febrero de 1825 por
Woodbine Parish y Manuel José García.13 Éste se refería a la amistad y liber­
tad de comercio entre las dos naciones y estipulaba que ninguna de ellas ha­
bría de imponer derechos de importación o exportación sobre los artículos de
la otra más altos que sobre los de cualquier otro país extranjero. Todos los bri­
tánicos comerciantes, comandantes de barcos, y otros deberían tener la mis­
ma libertad para manejar sus propios asuntos en las Provincias Unidas como
la tenían los nativos de ellas. Los súbditos británicos tendrían “perfecta liber­
tad de conciencia ”, en su religión, podrían celebrar su culto en casas privadas
o en sus propias iglesias, y enterrar a sus muertos en sus propios cementerios.
Y las Provincias Unidas se comprometían a cooperar con Gran Bretaña en la
abolición del tráfico de esclavos.
Buenos Aires vivía dd comercio exterior, sin embargo, ia infraestructura
de su puerto era primitiva. La navegación de entrada al Río de la Plata, una
238
vía de aguas poco profundas pero rápidas, mejoró considerablemente en esos
años. Alrededor de 1820 el río estaba todavía sembrado de mástiles de naufra­
gios. muchos de ellos británicos, víctimas del peligroso pasaje. Antes de dos
décadas las condiciones habían mejorado. Se levantaron faros, las partes áe
mayor riesgo se marcaron con boyas, y se dispuso de pilotos competentes que
salían a la boca del río para conducir las naves en sus entradas a Montevideo o
Buenos Aires. Además, se publicaron —en Londres algunas de las m e jo r e scartas perfeccionadas v directivas de navegación. No obstante, el puerto en sí
mismo todavía estaba sin desarrollar, y se desconocíanlos diques, dársenas y
muelles. Los pasajeros y la carga debían ser desembarcados en lanchas y
barcazas en los canales exteriores, a diez o quince kñómetros de la costa, y lue­
go, cerca de tierra, eran transferidos a carros dé grandes ruedas tirados por
caballos. Á comienzos de 1847, Rosas comenzó a construir la muralla un mue­
lle que, según su diseño, se extendería desde el fuerte hacia ei norte cubriendo
todo el largo de la ciudad; pero la verdadera modernización del puerto tuvo
que aguardar varias décadas.
El comercio exterior de Buenos Aires fue afectado por dos bloqueos nava­
les durante el régimen de R osas: el de los franceses (1838-40), y el de los britá­
nicos y franceses (1845-47), pero logró sostenerse sóbrela base de exportacio­
nes pastorales e importaciones de bienes de consumo. La entrada a Buenos
Aires de barcos extranjeros mostró un crecimiento constante aunque nada es­
pectacular, desde un promedio anual de ciento siete naves extranjeras en la
década de 1810, a doscientos ochenta y ocho en la de 1820; doscientos ochenta
en la de 1830; cuatrocientos cincuenta y dos en la de 1840 y seiscientos setenta
y cuatro en ía de 1850, aumento de cierta significación.14 La demanda de los
mercados británico, europeo y norteamericano obtuvo respuesta de Bue­
nos Aires. En los primeros años que siguieron a la Independencia hubo un in­
tervalo en materia de comercio, ya que cayeron las exportaciones de metales
preciosos y se elevaron las importaciones de bienes de consumo, Hasta que s'e
produjo el crecimiento en la producción de ganadería y derivados, el exceso
de importaciones por sobre las exportaciones debió ser cubierto con el envío
al exterior de metálico, con la consiguiente escasez de efectivo en el país y
emisiones cada vez mayores.de papel moneda. El medio de comercio interna­
cional eran las cartas de crédito extendidas sobre la plaza de Londres, y io s
comerciantes británicos llegaron a dominar el mercado financiero de Buenos
Aires. El eslabón esencial era el intercambio de textiles de Gran Bretaña con
cueros de la Argentina, comercio que experimentó un moderado crecimiento
sólo interrumpido durante los años de bloqueo.
Desde 1822 hasta 183?, las exportaciones de Buenos Aires aumentaron de
setecientas mil libras esterlinas a un millón; desde 1837 hasta 1851 se duplica­
ron en valor, alcanzando los dos millones de libras al año. Los cueros forma­
ban el grueso de estas exportaciones, a medida que se incorporaban a la eco?nomía más y más tierras para la ganadería. La exportación de cueros creció
desde un promedio anual de quinientas setenta y cuatro mil cuatrocientas se-
239
senta piezas en la década de 1810, a dos millones trescientas tres mil novecien­
tas diez en la.de 1840; y. hacia 1850, la Argentina estaba-proveyendo a Gran
Bretaña de más del veinte por ciento de sus importaciones de eneros. En 1837,
el último año de comercio normal antes del bloqueo francés, los cueros signifi­
caban el sesenta y cuatro con dos décimas por ciento del valor total de las ex­
portaciones desde Buenos Aires; en 1851, el último año del gobierno de R osas,
' alcalizaban el sesenta y cuatro con nueve décimos por ciento. Los productos
de la ganadería contribuían con el setenta y seis con un décimo por ciento de
las exportaciones dé Buenos .Aires en 1837, y setenta y ocho por ciento en 3.851.
Las exportaciones de lana hacia ios Estados Unidos y Gran Bretaña aumenta­
ron de un promedio anual de dos mil trescientas nueve toneladas en la década
de 1830, a seis mil setecientas cincuenta y dos toneladas en la de 1840. Se ex­
portaba carne salada a las economías de esclavos de Brasil y de Cuba, aumen­
tando los montos de un promedio anual de mil ochenta y dos toneladas en la
década de 1810 a veintitrés mil doscientas tres en la de 1840.15 Mientras tanto,
las importaciones hacia Buenos Aires crecían de un total de un millón y medio
de libras esterlinas en 1825, a dos millones cien mil libras en 1850, y compren­
dían fundamentalmente bienes manufacturados.
Los armadores británicos lideraron la carrera hacia el Rio de la Plata
después de la Independencia y, en la década de 1810, llevaban el sesenta por
ciento del comercio que entraba y salía de Buenos Aires. E ste liderazgo sufría
naturalmente los embates de la competencia de otras naciones mercantes, y
hacia mitad del siglo, el transporte marítimo británico hacia Buenos Aires
era el veinticinco por ciento del total. La mayor parte del comercio iba a Gran
Bretaña (veintidós con ocho décimos por ciento del tonelaje entre 1849-51) y a •
los Estados Unidos (veintiuno con se is décimos por ciento), pero un treinta y
tres por ciento iba hacia países no industriales, Cuba, Brasil, Italia y Espa­
ña.16
Los británicos dominaron el comercio en el Río de la Plata durante las dos
primeras décadas después de la Independencia, y tenían a su favor la balanza
comercial, debiendo la Argentina equilibrar la diferencia enviando metálico
al exterior. La clave del éxito británico se apoyaba én productos apropiados a
precios competitivos, y eso les dio el control masivo del mercado, especial­
mente en textiles de algodón. Woodbine Parish, desde el consulado británico,
observó esa situación:
Ahora se han convertido en artículos de prim era necesidad para las clases bajas de Amé­
rica del Sur. E s todas partes, el gancho se viste con ellas. Si se toma su equipo completo 3'.
se examina todo lo que tiene... ¿qué hay allí--—excepto lo de cuero— que no-sea británico ? ■;
Si su m ujer tiene un vestido... diez a uno quees de Manchester. Ei asador donde prepara d
su comida, los platos comunes de donde come, su cuchillo, espuelas, freno, y el poncho ’
que io cubre... todo es importado de Inglaterra .17
Cada etapa de la expansión fabril, cada mejora en la maquinaria, cada
disminución de los costos de producción, consolidaba el dominio británico del .
240
mercado. Los artículos de algodón sumaban ia mitad de todas las exportacio­
nes británicas ai Río de la P la ta ; elresto induía-manufacturas de lana, seda y
lino, quincallería y cuchillería, ferretería, loza y porcelana, vidrio y carbón*
No obstante, ni el mercado ni el comercio deben exagerarse. “Lentos ré­
ditos, comunicaciones pobres, elevadas tarifas y comisiones,'5eran todos fac­
tores que hacían dudar a un comerciante antes de invertir su capital en nego­
cios con América Latina, como se ha observado acertadamente.18SI valor del
comercio británico con la Argentina no se elevé espectacularmente en la pri­
mera mitad del siglo diecinueve. El promedio anual de exportaciones en el pe­
ríodo 1822-25 se hallaba entre setecientas y ochocientas mil libras esterlinas.
En 1850, el valor de las exportaciones británicas a la Argentina solo estaba en
el orden de las novecientas mil libras. En el intermedio, el comercio sufrió di­
versas vicisitudes, no todas causadas por la Argentina.
Entre 1845 y 1847, los británicos, en cierto sentido, se bloquearon a ellos
mismos. Esto fue una aberración temporaria. El principal fracaso en el pro­
pósito de mantener su porción de la expansión comercial se debió, en parte, a la
pérdida, de un temprano monopolio cuando los otros competían por un lugar;
sin embargo, hasta 1837, el valor del comercio británico al Río de la Plata su­
peraba a la suma del que realizaban todos los oíros países extranjeros juntos;
y aún en 1850 no estaba muy lejos de ello.18 Pero mientras tanto el comercio
británico estaba perdiendo su saldo favorable, va que su mercado consumía
mayor cantidad de materias primas argentinas y, hacia mitad del siglo, la Ar­
gentina estaba cerca de conseguir un balance comercial.20
En 1818 había en Buenos Aires cincuenta y cinco firmas comerciales bri­
tánicas, pero una década más tarde ei número había descendido.21 La guía
Blonde! de 1829 enumeraba para Buenos Aires treinta y ocho firmas británi­
cas, que sumaban un treinta y tres por ciento de todas las ca sa s; los otros esta­
blecimientos británicos comprendían dieciocho comercios de comestibles,
cuatro hoteles, nueve ebanisterías, tres tapicerías, tres herrerías y otros cin­
cuenta minoristas, artesanos y profesionales ~
Muchas de las casas británicas fueron eliminadas por el bloqueo y liqui­
dación, como también por la competencia de otras naciones y de empresarios
nativos; en 1845, todavía sumaban treinta y siete, aunque sólo significaban en­
tonces un veintitrés por eiento del total.23El comercio francés al Río de la Pla­
ta era el que seguía en importancia al británico; aumentó más de cuatro ve­
ces entre 1825 y 1850, de ciento diez mil libras esterlinas a quinientas mil, y
consistía en sedas, lanas, algodón y vinos. La inmigración francesa, particu­
larmente de las provincias vascas, ayudó a aumentar la población artesanal
de Buenos Aires y, además, a estimular la demanda de productos franceses.
El comercio de los Estados Unidos al Río de la Plata, uno de cuyos principales
artículos era la harina —para una economía dominada por la ganadería— su­
fría normalmente un déficit en la balanza comercial; en 1849-50 el promedio
anual de exportaciones fue de novecientos dieciséis m il ciento dieciocho dóla­
241
res ; las importaciones, dos millones ciento ochenta y un mil ochocientos cin­
cuenta y dos dólares„24Quíenesquíera que fueren, los comerciantes extranje­
ros se dedicaban casi exclusivamente al comercio al por mayor, en exporta­
ciones e importaciones, al que sin duda dominaban. El comercio minorista en
el puerto y en la provincia, en cambio, era del dominio de los propios argenti­
nos, como 3o era también la preparación de los productos locales para expor­
tación.25 Se encontraba a los criollos en la navegación costera y fluvial, en el
comercio de transporte de cargas desde el interior, en el acopio de ganado y
productos pastorales de las estancias y su entrega a Buenos Aires, en la pro­
piedad de los saladeros y depósitos.
Si bien la importación de artículos extranjeros era considerable y había
dería importación de mano de obra extranjera, era todavía mínima la entra­
da de capitales del exterior y, en ese período, la exportación de beneficios no
tenía trascendencia. El régimen unitario de la década de 1820 había intentado
atraer inversiones extranjeras en minería y otros sectores de la economía,
pero los resultados fueron magros. En 1824, la Casa Baring dio al gobierno un
préstamo de un millón de libras sobre títulos argentinos; este dinero no fue in­
vertido en crecimiento económico sino en la guerra con el Brasil. La pequenez
de los excedentes de exportación, la renuencia del gobierno para gravar los
ingresos o la propiedad, y los fuertes gastos en la guerra, se combinaron para
dejar al gobierno muy poco margen financiero. Rosas trató de equilibrar las
cifras mediante el ingreso de la aduana y reduciendo gastos no militares, y los
agentes extranjeros de crédito no estaban en alta priondadJÍEl hecho de que
Rosas no haya cambiado nunca su política financiera para satisfacer los re­
clamos de los acreedores extranjeros se debe en parte a la falta de disposición'
del gobierno británico a aplíear presiones en beneficio>de los bondholders.'"’23
Las cargas anuales derivadas del crédito eran de sesenta y cinco mil li­
bras. Los pagos estaban atrasados desde 1828; Buenos Aires no tenia ingresos
para la renovación y el gobierno británico no presionaba, dejando que los
bondholders se las arreglaran a través de la ageneia de los Baring.
En diciembre de 1831, Manuel Moreno, ministro argentino en Londres,
recibid a una representación de veinte bonoleros, como los llamaba Rosas,
que él dirigió a Buenos Aires, pero no había dinero sobrante.27 En 1842, para
mejorar las relaciones con Gran Bretaña, Rosas demostró voluntad para re.novar los servicios de la deuda, y Francis Falconnet. agente de los Baring,
viajó a Buenos Aires para efectuar las negociaciones. El resultado fue que
Buenos Aires se comprometió a pagar a Baring mil libras mensuales a partir
de mayo de 1844.28 Pero los pagos se suspendieron en 1845 y no volvieron a
efectuarse hasta 1849.
Los británicos iban a la Argentina como comerciantes y se quedaban
como terratenientes. Algunos ingleses consideraron una buena inversión po­
ner sus beneficios comerciales en establecimientos ganaderos o de cría de
ovejas. Otros orientaron sus capitales a la tierra y el ganado cuando el comer­
cio quedó interrumpido por los bloqueos o deprimido por la guerra.29Otros se
242
dedicaron directamente ala- agriculturacomo inmigrantes pobres-y se abrie­
ron camino hacia arriba.
'
TABLA 16 '
Promedio de exportaciones anuales desde Buenos Aires
1810-1855
(productos seleccionados)
1810s
Cueros vacunos. N&
Cueros caballo, N°
Carne salada, Tons
Sebo, Tons
Lana, Tons
1820s
574.460 624.101
144.898 206.889
1.548
1.082
1.420
416
163
277
1830S
1840s
1850s
798.564 2.303.910 1.762.356
163.022
158.220
31.903
20.95510.846
23.203
2.278
,10.462.
8.516
6.752
2.309
11.091-
Fuentes; Humpreys. C o n s u l a r R e p o r t s ] Woodbine Parish. Buenos Ayres; Jonathan C.
Brown. " D y n a m i c s a n d A u t o n o m y o f a T r a d i t i o n a l M a r k e t i n g S y s t e m : B u e n o s A i ­
r e s . 1810-1860”, S A H R . 56 (1976),
TABLA 17
Importaciones argentinas en 1825 por país de origen
Pais .
Gran Bretaña
Francia
Norte de Europa
Gibraltar, España y Mediterráneo
Estados Unidos
Brasil
Habana y otros países
Total
Pesos fuertes
4.000.000
550.000
425.000
575.000
900.000
950.000
425.000
7.825.000
Porcentaje
51,11
7,03
5,43
7,35
11,50
12,14
5,43 '
99,99
Fuente: Woodbine Parish. Buenos Ayres,
242'
TABLA 18' ■
Valor declarado-de las exportaciones británicas
al Río de la Plata, 1831-50
1831
1832
1833
1834
1835
1836
1837
1838
1839
1840
1841
1842
1843
1844
1845
1846
1847
1848
1849
1850
£ 339.870
660.152
515.362
831.564
658.525
697.334
696.104
680.345
710.524
614.047
Fuente: Woodbine Parish, B u e n o s
A yres,
£
989,362
969.791
700.416
784.564
592.279
187.481
490.504
605.953
1.399.575
909.280
■
369.
Wülíam MaeCann visitó mía cantidad de estancias británicas durante su
viaje a través délas pampas en 1847. A unos veinticinco kilómetros de Buenos
Aires, hacia el sur, visitó la estancia de Mr. Clark, quien terna una buena casa,
construida según las pautas inglesas de comodidades, y una floreciente gran­
ja bien poblada con vacunos, ovejas y caballos, completamente cercada y di­
vidida en corrales y prados. El propietario desarrollaba tareas agrícolas y de
pastoreo y producía tanto para el mercado consumidor de Buenos Aires como
para exportación. Sus trabajadores eran principalmente irlandeses; los em­
pleaba para cavar y cercar y les pagaba tres libras por mes, casa y comida.30
Más hacia el sur, Mr. Taylor tenía una estancia en Magdalena, en un a zona en
la queda tierra se vendía a sesenta mii pesos laleguacuadrada, es decir, a mil
libras esterlinas las dos mil quinientas hectáreas (seis mil aeres), o tres cheli­
nes con cuatro peniques por acre (cuatro mil metros cuadrados). A ocho kiló­
metros de Chascomüs, Mr. Thwaítes tenía una gran estancia que empleaba al­
rededor de setenta personas. Entre álamos y paraísos tenia una casa estilo in­
glés construida con ladrillo y paja, y en la que había una buena biblioteca, un
piano fabricado en Londres, un alegre hogar, sirvientes irlandeses y un coci­
nero inglés. Muchas de estas estancias británicas eran esencialmente esta­
blecimientos de cría de ovejas, actividad que sus dueños consideraban más
acorde con ellos que la vida de gaucho de quienes se dedicaban al ganado va­
cuno. Thwaítes era un ejemplo típico de terrateniente progresista que había
dado los pasos necesarios para mejorar sus rebaños: "Su rebaño de Sajorna,
que en 1841 sólo era de ciento cincuenta animales, aumentó en seis años a m il:
principalmente como consecuencia del extraordinario cuidado con que man­
tiene a las ovejas en galpón durante dos o tres días durante la parición. ”
244
No muy lejos, sobre las márgenes del Río Salado, había atro estableci­
miento ovejero que pertenecía a un irlandés llegado poco antes al país, Mr.
Murray. Esta zona, en la vecindad de Chascomús, fue colonizada poruña can­
tidad de inmigrantes británicos, especialmente irlandeses del condado áe
Westmeath, todos ellos empleados en establecimientos ovejeros y ia mayoría
dueños, únicos o en sociedad, de ios rebaños. MaeCann conoció algunos irlan­
deses que se hallaban cavando una zanja en la región de Tandil y descubrió
que ese tipo de trabajo era el más beneficioso de todos: los hombres ganaban
diez o doce chelines por día, con abundancia de carne vacuna, lo que les daba
la posibilidad de ahorrar hasta cuarenta chelines por semana. “La razón por
la que reciben salarios tan enormes”, escribió MaeCann, “es que son pocos los
de su clase que llegan tan lejos hacia el sur. y los nativos nunca empuñarán
una pala; por lo tanto, estos individuos que trabajan tan duro, consiguen casi
todo lo que piden.” Un informe del ministro británico confirmaba esta afirma­
ción:
El costo de la mano de obra de todo tipo es excesivo, y existe una particular demanda por
esa clase de trabajo que el irlandés es particularmente apto para desempeñar; como cer­
car, cavar y otros trabajos agrícolas, cuidado de ganado vacuno y ovino, y el arreo de reba­
ños de uno a otro distrito. Muchos propietarios me han informado sobre su decisión de reali­
zar convenios para recibir cualquier cantidad de inmigrantes irlandeses y emplearlos en
forma permanente a partir del día de su llegada, a cuatro libras esteriinaspor mes, man­
teniéndolos al mismo tiempo, además de contribuir a los gastos de viaje.35
De ser cierto este inf orme, Gervasio Rosas, hermano del gobernador, ha­
bía declarado su disposición para recibir y dar empleo permanente a mil ca­
bezas de familia.
Los irlandeses eran m uy apreciados como pastores de ovejas, en parte
porque trabajaban duro, y en parte porque estaban exceptuados del servicio
militar; y, como socios, los criollos los preferían porque traían la protección
emergente del tratado. La mayor parte de los irlandeses llegaban como inmigrantes pobres: probablemente los recibía en el puerto el padre Anthony
Fahy, quien los enviaba a trabajar como pastores para sus compatriotas ya
establecidos o para otros empleadores aprobados. Los salarios eran buenos,
la mano de obra escasa, un trabajador podía ahorrar y comprar sus propias
ovejas, y un rebaño podía duplicarse en un año. Desde el punto de vista del te­
rrateniente, el problema no era sólo encontrar sino conservar a los buenos
pastores. Comenzando como trabajadores a salario, los inmigrantes con am­
bición podían convertirse en aparceros, arrendatarios y, eventualmente, due­
ños de la tierra, y solamente los haraganes o los borrachos iban quedando
como peones. Los pastores procuraban normalmente obtener un contrato de
aparcería , mediante el cual proporcionaban su trabajo y parte del capital ne­
cesario, mientras que el dueño de las tierras poníalas tierras y el resto deí ca­
pital ; al término del período, los pastores recibían una parte de la producción.
Una variante de este acuerdo consistía en que el pastor proveyera también
245
parte del rebaño, con lo que, en cierto sentido, se transformaba emsocio. Y de
esta manera los irlandeses se establecieron y crecieron en el mundo de las
pampas, y algunos de ellos se unieron a la oligarquía terrateniente de la Ar-.
gentina. .
Si
bien se encontraban establecimientos ovejeros en el sur de la provin­
cia. había aun más cerca de Buenos. Aires; muchas estancias se convertían
para la cria de ovejas después de ser adquiridas por británicos. Entre éstas se
bailaba un importante establecimiento de propiedad de Mr. M. Handy, a
quien llamaban también Mike el Irlandés y el “Duque de Leinster", un gracio­
so y próspero personaje dueño de una hermosa casa, que tenía esposa e hijos,
y un tutor privado para sus niños. MacCann quedó impresionado:
Ha estado últimamente en el sur comprando ovejas, y allá, gracias a su habilidad y-un.
poco de paciencia, obtuvo ocho mil &¡dieciocho peniques por docena! ...Realizó el viaje
de regreso, de unos trescientos kilómetros, con su compra, en treinta días; durante eí
viaje consumió y perdió en el camino menos de cien animales de ese enorme rebaño. Tan
pronto como engordó las ovejas en sus propios campos, mató alrededor de mil, vendió los
vellones a cinco chelines y tres peniques la docena, y con la carne alimentó una piara de
cerdos. Al mencionar este hecho a un numeroso grupo de europeos en el banquete de. Lord
Howden, en Buenos Aires, mis afirmaciones fueron recibidas con murmullos de esceptidsm o: pero me ofrecí para acompañar a los incrédulos hasta los campos, donde ei resto
de las ovejas se bailaban en esos momentos pastando.
También los escoceses se dedicaron al campo. Á seis días de Buenos Ai­
res, MacCann llego a ún establecimiento de cría de ovejas de propiedad de
una familia escocesa, ios Methvin, donde las ovejas tenían lana particular­
mente fina y la mayor parte de la fuerza laboral era británica. Otro escocés, el
doctor Dick, poseía una estancia llamada Tres Bonetes, en el sector sur de la
provincia y cerca de la frontera india; tenía dieciocho leguas cuadradas de
buena tierra, bien regada, veinticinco mil cabezas vacunas, además de ove­
jas y unos tres mil caballos. “Pero por falta de arrieros, tanto los vacunos
como los caballos tan salvajes que, cuando se venden, ei costo de los sala­
rios para reunirlos y entregarlos al comprador, asciende al doce o quince por
ciento del costo.1’ Finalmente, la comunidad británica tenía algunas mujeres
de empresa. Mrs. Miller era propietaria de la estancia Los Toldos, hacia la
frontera oeste de la provincia. Cerca se hallaba la estancia de Mrs. Burns, una
viuda inglesa que había adquirido una importante propiedad gracias a sus
ahorros y trabajo y la manejaba personalmente. Tenía una casa muy bien'
construida y Banqueada por valiosas edificaciones auxiliares. Había emplea­
do una maestra profesional para educar a su numerosa familia de hijos, sobri­
nos, sobrinas, y dependientes.
La presencia y el éxito délos extranjeros no habrían despertado suscepti­
bilidades nacionalistas por sí mismos si sus gobiernos no hubieran practicado
simultáneamente políticas hostiles a la Argentina. En su momento, los propa­
gandistas rosistas mostraron tendencia a insultar a los "gringos", a incitar
sentimientos contrarios a la “gringada" y a denunciar a los extraños como
246
enemigos délos valores e intereses délos criollos. Algunos observadores pien­
san que el régimen alimentaba una aguda xenofobia y alentaba un irracional
resentimiento hacia los inmigrantes extranjeros, especialmente entre las
clases bajas y en él campo, creando y fomentando una hostilidad que poste­
riormente sólo pudo ser contenida por la élite y el propio gobierno 1Existía la
suposición de que los extranjeros eran los aliados naturales de los unitarios,
cuy as'doctrinas política y económica tendían a favorecer relaciones más es­
trechas en los países más adelantados, cuya inclinación intelectual era más
europea que criolla, y que preferían educar- a la juventud argentina de acuer­
do con los modelos extranjeros,32Aun antes de los años de la intervención an­
sí o-ír ancesa, cuando eran de esperar las respuestas críticas, los agentes fe­
derales vivían inmersos en fuertes sentimientos nacionalistas y se incitaban
unos a otros hacia grados cada ver mayores de chauvinismo. Por ejemplo, el
12 de noviembre de 1843, en la Sala de Representantes, el doctor Lahitte pro­
testó vigorosamente contra ios extranjeros-. “Decididos e interesados por
vernos siempre en guerra, siempre en campaña, siempre sobré las armas,
para ser ellos los exclusivos dueños del comercio, de la industria y de las ar­
tes, han sembrado siempre la discordia. ” “ ¿Qué nos importa” , gritó Lorenzo
Torres, un leal rosista, “que no nos venga nada de Europa? Si no tenemos.silias de madera en que sentamos, nos sentaremos en cabezas de vacas.” (Aplausos) .33En el debate del 20 de mayo de 1844, Torres denunció el “espíritu
del extranjerismo” del gobierno que había negociada el préstamo de Londres
de 1824, y se lanzó en una prolongada invectiva contra los ingleses, aliados e ■
instigadores de ios unitarios, agresores de las flotas, territorios y ciudadanos
argentinos, quebrantadores del bloqueo y auxiliares de enemigos sitiados.
“Ingleses son en fin lo que con mil vejaciones mas, han. producido un odio pro­
fundo que se extiende a sus nacionales aqui, al nombre Inglés, y hasta al de ex­
tranjeros también. ”34 Otros señalaban que ios extranjeros gozaban de privile­
gios y excepciones en lo referente a obligaciones nacionales, lo queíes otorga­
ba ventajas sobre-los argentinos y por las cuales no demostraban la menor
gratitud. Hasta existían prejuicios contra el ganado “unitario”, es,decir, et
ganado bovino y ovino importado desde el extranjero para mejoramiento de
razas para, según se decía, las estancias unitarias. Se sospechó que ellos ha­
bían difundido la sarna durante-la epidemia de 1845, y pronto se escuchó el gri­
to; “mueran los. extranjeros sarnosos”.35 El sentimiento antibrítánico fue
epitomado por el doctor Manuel Irigoyen, diputado y alto funcionario del Mi­
nisterio de Relaciones Exteriores:
“Se observa que estas potencias [europeas] lejos dém irar el sistema colonial como con­
cluido, tienen un grande empeño por sostenerlo, haciéndose de territorios no solamente
en Asia y Africa sino también muy particularmente en América. La Inglaterra no con­
tenta con las Malvinas, ha intentado comprar las Californias, y pretende las costas de
Mosquitos, en Guatemala, haciendo valer el testamento de un indio salvaje en favor de la
Reina Victoria, y quiere apoderarse del Rio Orinoco de Venezuela. ”ss
247
El más conservador y rudo de los nacionalistas, sin embargo, era Tomás
de Anehorena, quien consideraba a todos los extranjeros herejes, liberales y
ladrones. A su vez. los británicos detestaban a Anehorena, “cuyo carácter fa­
nático, intolerante y peligroso no tiene igual en toda la provincia de Buenos Ai­
res3’, comentó un enviado.®7 Anehorena estaba dispuesto a colaborar con los
principales comerciantes británicos, y tanto él como sus hermanos aceptáron­
la hospitalidad británica en 2328-29 cuando, a través de la mediación de Wood­
bine Parish, obtuvieron refugio a bordo de una nave inglesa durante la repre­
sión de Lavaíle a los federales.®8 Pero su posterior gratitud sólo funcionaba &
regañadientes, y. en la comunidad de delincuentes internacionales, Tomás de
Anehorena colocaba a los británicos sólo un puesto detrás de los franceses.
Mientras que los franceses creían que el poder naval les tíabaderecho a hacer
io que quisiesen, sostenía, los-británicos apoyaron a Rosas durante el bloqueo
francés de 1833 tan sólo para satisfacer sus propios intereses. Básicamente,
los británicos respetaban la ley argentina y reconocían a la justicia argentina
con respecto a los ciudadanos extranjeros y residentes. Pero esto no significa­
ba que debiera confiarse en los británicos:
“Ellos es verdad que gustarían, como todos los demás extranjeros, de que cediéramos a
las.pretensiones de los-franceses, porque entrando entonces, como deberían entrar a la
par de éstos, sería Ib mismo que entregarles todo el territorio de la República, y entre­
garnos todos los argentinos a si¡ disposición para que cada uno de ellos, es decirde los es­
tados extranjeros, hiciese de nosotros lo que quisiese y pudiese hacer.”3-
Anehorena p arece haber sentido un particu lar desprecio por la s clases
b ajas de inm igrantes y la “canalla ex tra n je ra ” , como la llam aba. Y sus p re ­
juicios aum entaron con los años. Según P edro de Angelis, “Don Tomás de An.chorena aconsejaba un día ai señor gobernador, de bacer prender a todos los
extranjeros que vivían en Buenos Aires, m arcarlo s a fuego en los dos c a rri­
llos, y m andarlos después con esta recom endación a las provincias interio­
res. “4E! No ocultaba a Rosas sus sentimientos: “L as excesivas generosidades
que está Vd, dispensando a los gringos me tienen de muy m al hum or:’’41
La observación, sí bien no justificada, era probablemente correcta. Rosasno era antibritánico. Sus respuestas a la política británica y su tratamien­
to a los súbditos británicos evidenciaba una gran ecuanimidad. Su observan­
cia del protocolo era siempre puntillosa. En .1831, decretó duelo nacional por
la muerte de Jorge IV, e hizo otro tanto cuando murió Guillermo IV en 183?;
presentó sus respetos a la Reina Victoria; y en su exilio solía sostener que la
gobernante ideal para la Argentina hubiera sido la Princesa Alicia, hija de la
reina inglesa. Tenía particular afecto por Mandeville, el ministro británico
que actuó durante mayor tiempo acreditado a su gobierno. En una carta de
1839, Rosas expresaba un profundo Interés en las relaciones con Gran Breta­
ña. con excesiva complacencia, explicable, sin duda, por sus dificultades polí­
ticas en ese año;
•248
“Cuando los argentinos tanto-debemos ai Gobierno de S.3Í.B; en ia jura de nuestra inde­
pendencia, cuando V JE. tanto se interesa de corazón en ia libertad,-honor y gloría de ia
Confederación Argentina y cuando estoy tan intimamente reconocido a los finos, ami­
gables, buenos oficios de VJ*¡. me permito poner o dejar en poder de V.S. los adjuntos do­
cumentos originales; por ser el testimonio.flamante con que acredita la Nación Argenti■na haber sabido castigar inmediatamente de muerte a los malvados que se atrevieron a
querer insultar la paz de sus pactos en el Tratado con el gobierno de S.M.B. que tuvimos
el honor de firmar, tanto mayor cuando era, es y será siempre intensa nuestra encareci­
da gratitud, a aquellos favores que nos dispensó S.M. y otros posteriores que realzan la fi­
nura de su benevolencia hacia nosotros. ”
Y una de las razones.que dio Rosas por la ejecución de Domingo Cullen
en 1839, después de su iniciativa en favor de los franceses, fue que había inten­
tado anular el tratado con Gran Bretaña. Pero Rosas prestaba tanta atención
a los detalles como a la política. En diciembre de 1840, escribió al gobernador
de Entre Ríos, Pascual de Eehagüe, pidiéndole que aceptara la recomenda­
ción de Mandeville enfavor de una estancia que pertenecía a residentes britá­
nicos en Guaieguay, y que les asegurara “toda la protección posible por las
autoridades locales de esa benemérita provincia.”43 Aún después de la Inter­
vención, Rosas mostraba cierta inclinación hacia Gran Bretaña;
Rosas tiene una decidida predilección por el carácter inglés ; debemucho. sino iodo, alos
agentes ingleses; siempre ha sido estimado y apreciado por ios ingleses, entre quienes.
ha formado muchas amistades y apacibles relaciones.44
Los residentes británicos veías a Rosas como un protector que podía con­
vertirse en perseguidor, y su actitud nacía el régimen era tácticamente con­
formista: “El 30 de noviembre, día de San Andrés”, informaba la prensa ofi­
cial. “se celebró por los escoceces,. en el Monte Grande, una brillante fiesta,
en la que se pronunciaron entusiastas discursos en celebridad del día y del
Restaurador de las Leyes, por quien se díó el brindis siguiente: ;A nuestra E s­
trella de Esperanza y Ancla de Seguridad, el E s eme. donjuán Manuel deR o­
sas'1.”45 En 1849, celoso por restaurar las buenas relaciones después de la In­
tervención, Southern intercambió con las autoridades una obsequiosa corres­
pondencia para establecer si los residentes británicos podían firmar las peti­
ciones en masa que se estaban organizando —o imponiendo— urgiendo a Ro­
sas para que no renunciara. Eventualmente. setenta y seis comerciantes bri­
tánicos firmaron una petición propia:
La decidida protección de Vuestra Excelencia, la libertad de que han disfrutado en la po­
sesión de sus propiedades y en el ejercicio de sus industrias y comercio, a pesar de los he­
chos, iodo infunde en ellos un ferviente deseo de que Vuestra Excelencia pérmanezea a la
cabeza del gobierno... de lo contrario, su retiro será no sólo una calamidad pública sino
que afectará los más importantes intereses de los residentes británicos.4®
Difícilmente podía considerarse que éste fuera el lenguaje del im perialis­
mo. Y los diplomáticos británicos no eran procónsules. Por cierto, su trabajo
249
para convencer a su gobierno de que se interesara en el Río de la Plata era
duro.
En general, cualesquiera fuesen las alternativas de la política del Fo­
reign Office, los representantes británicos en Buenos Aires apoyaron a Rosas
y prefirieron su gobierno a otros. Woodbine Parish estableció la tendencia,
Observó con profundo rechazo el cruel conflicto entre unitarios y federales y
la anarquía latente en todo el-territorio y, en privado, se sentía desencantado.
Se opuso a Rivadavia y los unitarios por divísxomstas y consideró a Rosas un
poderoso pacificador, sin condonar la .viol encía rural que lo llevó al poder. Du­
rante el sitio de 1823, cuando Lavalle intentó reclutar extranjeros. Parish in­
vocó los derechos de los tratados británicos y mantuvo a sus compatriotas es­
trictamente neutrales. De manera que comenzó bien con Rosas, y sus despa­
chos reflejaban.su satisfacción con el nuevo régimen. Mientras rechazaba a
la oposición unitaria como “un grupo pendenciero e indigno de funcionarios
sin empleo y especuladores en quiebra”, continuaba informando favorabia.mente sobre el dictador, a quien consideraba moderado, fuerte y popular.47
Pero Parish dejó Buenos Aires a principios de 1832 y. en consecuencia, sólo
pudo observar en forma directa la primera administración de Rosas; fue des­
pués de 1835 que Ja opinión británica local comenzó a alertarse por la otra faz
de Rosas, y a apreciar que no era solamente un hombre fuerte sino también un
terrorista. En un libro posterior sobre Buenos Aires, publicado por primera vez
en 1838. Parish no tuvo mucho que decir referente a Rosas y no emitió juicio,
aunque su actitud general seguía siendo de aprobación. Como explicó al capitán
William Bowles, veía a Rosas como representante de un grupo social que.tema intereses creados para preservar la paz y la estabilidad, y como la única
defensa contra una guerra montonera:
Rosas, el actual gobernador, es sin duda un gran déspota, y su ministro Ai)choren a es un
viejo español fanático y obstinado: pero conozco muy bien a ambos y , sí se Jos irata ade­
cuadamente responderán a nuestros proposites mejor que otros individuos cualesquiera
que ocuparan sus puestos: son ios jefes del partido más fuerte déla República (los fede­
rales! , personalmente, poseen inmensos intereses y propiedades que dependen de la per­
manencia de Ja paz-doméstica, que han sido capaces de preservar desde que ascendieron
al poder...
•
'
Estos hombres y sus partidarios, m caso de que Lavalle y Rivadavia sean impuestos en
Buenos Aires por Jos franceses, no tendrán otra alternativa que lanzarse, en autodefen­
sa, a las masas dei puebio del campo y de las provincias, que se agruparán alrededor de
ellos como lo han hecho antes a menudo; Buenos Aires será sitiada; ia gente, en general,
se verá de nuevo perturbada en sus costumbres y sufrirán un retroceso en su vida civili­
zada ; Jos productos del interior dejarán de llegar ai mercado; y nuestros comerciantes,
que cumplen más de la mitad del tráfico total hacia el Rio de ia Plata, sufrirán penosas
consecuencias. **
Sentimientos similares, tal vez menos razonados pero sostenidos con
igual firmeza, fueron característicos de la mayoría de los enviados británi­
cos. John Henry Mandeville, ministro plenipotenciario desde 1836 hasta 1845
fue más que am able; casi fue un partidario. Viajó a Buenos Aires creyendo
250
que iba a entrar en una república, pero pronto descubrió que estaba acreditado
ante “el déspota más grande del nuevo mundo... y quizás del viejo.- E s un
hombre gordo y pulcro, cuya apariencia es más la de un regidor que la de un
gaucho, de labios apretados y un gesto que debe de ser muy desagradable
para quien tenga que enfrentarlo después de haber cometido una falta.”49
Pero ni el aspecto ni la política de Rosas perturbaron a Mandeville, quien cul­
tivó su relación con el dictador hasta llegar a la amistad y gozar de su influen­
cia. En 1839. después de la abortada rebelión del sur, muchas fam ilias apela­
ron al ministro británico en busca de ayuda:
Siempre he encontrado al general llosas dispuesto a acceder a mis plegarias en ei senti­
do de que debería tener misericordia cuando puede otorgarla sin peligro para su admi­
nistración; y me siento feliz de poder informar a Vuestra Señoría que en ésta oportuni­
dad, como siempre lo ha hecho antes. Su Excelencia se ha dignado a escuchar mis peti­
ciones. No se ha producido ninguna ejecución, ai siquiera entre aquellos que por haber
firmado la carta ai almirante francés [pidiendo ayuda]... habían sido declarados pros­
criptos por ei voto dé la Cámara.50
Resultó irónico que la amistad de Mandeville demostrara ser demasiado
condescendiente para limitar ei terror de 1840-42 y su influencia demasiado
débil para impedir la crisis en las relaciones anglo-argentinas en 1843.
Ei sucesor de Mandeville. William Gore Ouseley; fue excepcionalmente
hostil hada Rosas. Es verdad que este ministro fue el agente dei bloqueo y de
la intervención, pero sus impresiones personales eran aun menos amistosas
que la política de su gobierno. Pronto llegó a la conclusión de que Rosas era in­
curablemente tirano y agresivo, que no tema interés ennegociar o en cambiar
su política en el Río de la Plata, que sólo comprendía la fuerza, y que la mane­
ra más efectiva de tratar con él era mediante la guerra:
Yo tenía, debo confesarle, una opinión completamente equivocada de este hombre. Pen­
saba que, con todas sus faltas y enemigos, éra en cierta forma un buen gobernante para
nosotros; que tenía alguna nobleza de carácter, y que había en él una especie de bastarda
caballerosidad y una suerte de patriotismo medió salvaje. Si puedo tomarme la libertad
de decirlo, ¿creo que Vuestra Señoría se inclinaba a esta impresión de su carácter? Si es
así, no pudo haber error más grande, como podré demostrarlo de ahora en adelante. El
más absoluto ególatra.,, la cobardía personal más miserable, con una crueldad inhuma­
na cuando puede ejercerla rnipunemente, y, por último, una perfecta indiferencia can
respecto a los intereses de sus compatriotas.51
En ciertos aspectos, los puntos de vista de Ouseley eran idénticos a los de
los unitarios: “Rosas sabe muy bien que Monte Vídeo es el territorio donde se
asientan la civilización y la influencia europea, contra el sistema de barbarie
y odio a los extranjeros que él trata de establecer.”52 Ouseley se sentía más
inspirado por .el paisaje que por Rosas, Durante su permanencia en el Río dé
la Plata pintó algunas hermosas y delicadas acuarelas, incluyendo una pláci­
da vista de Buenos Aires desde la residencia británica. Retrospectivamente,
su arte demostró ser más perdurable que su diplomacia.
251
A la agresión siguió la reconciliación, y Henry Southern, conveniente­
mente aleccionado por Mandeville antes de abandonar Londres, restableció
las relaciones con Rosas en un terreno más am istoso;
Se dice mucho sobre la ambición de Rosas: fue llamado al gobierno principalmente por
la posesión de cualidades que se necesitaban para salvar a su'país déla anarquía, ¿ sta es
una gente muy difícil de gobernar. Rosas ha tenido que vérselas con la revolución y cons­
piración permanente; tal ve 2 nadie pudo establecer nunca el orden y la seguridad absolu­
ta que existe aquí... con menos derramamiento efectivo de sangre, menos violencia ver­
dadera. aunque por cierto no con menos terror, cerque ese es ei poder que Rosas esgri­
me.”
*
"
Este tipo de opiniones no era simplemente el lenguaje de la diplomacia.
Ponía en evidencia el pragmatismo británico y los intereses comerciales. Wil­
liam MacCann lo confirmó cuando escribió que el gobierno británico "siem­
pre consideró con respeto al gobierno de Rosas, sabiendo que, en semejante
país, entre la anarquía y el despotismo apenas podía existir algún curso me­
dio”.54
Por lo tanto, de acuerdo con estos puntos de vista, Rosas despejó la princi­
pal amenaza contratos intereses británicos en el Río de la Plata, la tendencia
hacia la anarquía. É ste fue su mérito principal. Pero tuvo también otros. Fue
correcto con los súbditos británicos, tolerante con respecto a su religión, y
complaciente para su comercio. Los británicos no atacaron normalmente la
política económica de Rosas. La Argentina quería tener un mercado libre en
Gran Bretaña y, al permitir tarifas redituables, Rosas dio a los británicos un
mercado libre en la Argentina. La ley de aduanas.de 1835, es verdad, significó
un apartamiento temporario dé estos principios. Pero los británicos parecie­
ron comprender que sé trataba esencialmente de una táctica para reconciliar
a todo el país con la dominante economía de exportación ganadera, medíante
la protección de algunos de los otros grupos ante sus consecuencias. Los britá­
nicos no desaprobaron la protección de la agricultura y no se desalentaron por
la protección de las industrias artesanales. El autor de la ley. y de la mayor
'parte de la política económica de Rosas, José María Rojas y Patrón, era ami­
go de los británicos y un hombre a quien ellos consideraban útil aliado contra
el maligno Aranay ei odioso Anchorena, Su liquidación del Banco Nacional no
fue particularmente perjudicial para sus intereses: era una institución d ed i­
ñante a la que poco quedaba por hacer además de prestar al Estado, y fue
reemplazada por una repartición que emitía papel moneda, con el mismo per­
sonal aproximadamente.
É l curso de las relaciones anglo-argentinas contenía dos puntos de peligro
potencial, las islas Malvinas y el bloqueo francés. É l 2 de enero.de 1833. si­
guiendo instrucciones impartidas por Palmerston, la corbeta británica Clio
llegó a las Malvinas desde Río de Janeiro y obligó ai personal argentino a
abandonar las islas. Durante los años siguientes, Gran Bretaña declaró su so­
beranía sobre las islas y continuó ocupándolas, aunque solamente con un pe­
252
queño establecimiento y un diminuto destacamento naval. La Argentina pro­
testó manifestando que eso era una violación de sus derechos territoriales,
pero en la práctica Rosas veía a las islas como un asunto menor y estaba dis­
puesto a utilizarlas como un elemento en su favor para necesidades de nego. elación. Bn diciembre de 1838, Manuel Moreno regresó a Londres como minis­
tro argentino. Llevaba entre otras instrucciones la orden de explorar la posi­
bilidad de ceder los derechos argentinos sobre las Malvinas a cambio de la
cancelación de la deuda remanente del préstamo de 1824.55 A partir de 1841
Moreno persiguió la idea más activamente.55 Pero fracasó frente a ía dura
realidad del caso, y tuvo que informar: “Mientras este gobierno niegue la so­
beranía délas islas en la República, como lo ha hecho hasta ahora, no hay me­
dio de inducirlo a indemnizaciones por la cesión de aquel dominio.1,57 En todo
caso, quedaba todavía el problema de calcular la suma-precisa de que se tra­
taba. Lord Aberdeen no perdió tiempo: rechazó de plano la idea. Y la razón
era sim ple: ¿por qué habría de comprar Gran Bretaña lo que ya poseía? Más
aún, desde el punto de vista británico, la deuda no cobrada era privada y no
del gobierno. Y allí quedó el asunto. En cuanto a Rosas, se ha observado acer­
tadamente que “la preocupación de sus principales partidarios eran las vacas
y las ovejas, no las focas y las ballenas.”58 Y le importaba más cultivar la
amistad de Gran Bretaña que desafiarla. El motivo era Francia.
La política de Francia en el Río de la'Plata reflejaba la convicción de que
suposición era inferior a sus intereses. La hostilidad hacia Rosas se alimenta­
ba de diversas fuentes.59 El fracaso para obtener un tratado equivalente al de
Gran Bretaña, la inseguridad resultante de los ciudadanos franceses en la Ar­
gentina, y la obligación que tenían con respecto al servicio militar, consti­
tuían elementos irritantes permanentes. Las relaciones se dañaron aún más a
causa de la política francesa de aliarse con los enemigos de Rosas en el Río de
la P lata y la negativa de Rosas para negociar. El conflicto culminó con el blo­
queo de Buenos Aires por una flota francesa desde el 28 de marzo de 1838, la
ocupación de la Isla Martín García por marinos franceses el 11 de octubre, y la
triple alianza de Francia, Rivera y los emigrados argentinos.50En el lado bri­
tánico, la opinión política y los comerciantes interesados censuraron la ac­
ción francesa y presionaron al Foreign Office para que hiciera algo.
La política exterior de Palmerston respondía a un inteligente interés na­
cional. Pensaba que el único objetivo de un Secretario Británico para el Exte­
rior era el progreso de los intereses británicos y, en su persecución, Gran Bre­
taña no tenía aliados eternos ni enemigos perpetuos. Sin embargo, parecía
considerar a Francia, si no como un enemigo perpetuo, por lo menos como ob­
jeto permanente de sospecha, especialmente en Europa y Medio Oriente.
Tampoco aprobaba las ambiciones francesas en América del Sur, y su instin­
to lo ñevó a apoyar a Rosas contra sus atormentadores. Pero no quería pertur­
bar la alianza anglo-francesa por 3o que, en la política británica, era un asunto
secundario. Por lo tanto, optó por la mediación. Protestó a Francia y, en Bue­
nos Aires, Mandeville urgió a Rosas para que negociara. En el mar, la arma-
da británica nada hizo para ayudar ai bloqueo francés, y el comercio británi- f.
eo pasaba a través de él con una mínima declinación de volumen,61
|
Mientras tanto. Rosas estaba conteniendo o derrotando a sus enemigos i
provinciales apoyados por los franceses y a los disidentes, rechazando la in -1
vasión de Lavalle. En los hechos, resistía exitosamente a los franceses, con e l ;)
resultado de que ellos no podían ganar sin cometer nuevos actos de fuerza-; los j
informes desde Europa indicaban que se estaban preparando. Fue entonces
cuando intervino Palmerston, en una particular aplicación de su política de \
estorbar a Francia en todo el mundo. Preparó un detallado informe sobre las I
relaciones de los franceses con los enemigos de Rosas y lo envió ai Ministro de i
-Relaciones Exteriores de Francia; era una evidencia perjudicial, en momen- i
tos en que Francia se hallaba también en difícil situación en Medio Oriente, j
De manera que Francia decidió no enviar refuerzos al Río de la Plata. La de- I
cisión ayudó a desmoralizar a la causa unitaria en el litoral, a facilitar las vic- ;{
torias de Rosas y a debilitar la posición de negociación francesa. Mandeville |
presionó a Rosas para que aceptara los términos mínimos de Francia, cosa -f
que hizo. Por la convención del 28 de octubre de 1840 quedó levantado el blo- .f
queo y evacuada la Isla Martín García. Rosas accedió a otorgar a Francia un if
tratamiento equivalente al de nación más favorecida; pero nada prometió |
con respecto a los aliados de Francia,62
4
Gran Bretaña ganó considerable crédito en la Argentina a raíz del bio-; |
queo francés. La mesurada respuesta de Palmerston a la situación significa ' J
ba que Rosas podía obtener beneficios de ia buena voluntad de Gran Bretaña. I
pero no darla por asegurada. Actuó con ei convencimiento de que si se notante- |
nía el tiempo suficiente y resistía en forma pasiva, 1a voz déla razón, íransmi- |
tida por la diplomacia británica, alcanzaría a París. Y así cultivó la amistad I
con ios británicos. firmó el tratado contra el tráfico de esclavos —que Mande- f
vílle había perseguido durante tanto tiempo—, revivió la costumbre depermi- f
tir que los ministros británicos vieran los borradores de documentos oficiales, |
y. declaró que el tratado de 1825 era la piedra angular de la política exterior ar- |
gentina. Su lenguaje sehizo positivamente respetuoso;
'
¡
Después de conversar durante un tiempo sobre el moqueo, sobre su injusticia, y cuán deseoso estaba de hacer cualquier sacrificio honorable para que lo levantaran, concluyó dideuda;. Queremos ser “AmigosdelosFrancesesperonoesclavos. Amigos de los Francesés y hijos de los Ingleses, parque los Ingleses eran nuestros padres en iá Guerra de ia Revotación. Pero si tas Franceses no quieren ser nuestros amigos y tos Ingleses nuestros nadres, queremos a los Ingleses por nuestros amos.->63í!kl
'
j
j
|
|
>
f
Rosas sabía que no existía probabilidad alguna de que Gran Bretaña acordar a un protectorado ni de que sus propios partidarios lo aceptaran. Pero la
retórica de la diplomacia traicionaba una inclinación que permitió a Gran
f
¡
|
El párrafo entrecomillas está en castellano en el original. (N. de! T.)
254
Bretaña un claro lidéra2go en el Río de la Plata y la convirtió en principal be­
neficiaría déla paz franco-argentina. Estas ventajas pronto fueron malgasta­
das.
Buenos Aires no era todo el Río de Ia.Plaia. Había otro foco de política y co­
mercio; Montevideo. Durante la década de 1830. Montevideo empezó a recu­
perarse de sus largas guerras de independencia, a explotar nuevamente la ri­
queza pastoral de su territorio interior, y a atraer en forma creciente el co­
mercio y la navegación. Los negocios británicos llegaban ahora a ambas már­
genes del Río de la Plata, y los dos intereses no siempre estaban en armonía.
Las políticas locales de confrontación arrastraron a quienes eran ajenos a
ellas, les gustara o no. En Uruguay. Rivera, que había depuesto de la presiden­
cia ai aliado de Rosas, Oribe, y se había declarado en favor de Francia y de los
exiliados argentinos, necesitaba dinero para sobrevivir. Mediante la hipoteca
de los ingresos déla aduana de Montevideo, tomó un préstamo de un consorcio
extranjero que era en su mayor parte británico, ;‘un asunto gordo’' hecho por
“un pequeño grupo de personas” , como lo describieran luego en la Cámara de
los Lores.54De manera que los financistas británicos tenían así una participa­
ción en el régimen de Rivera, y un interés natural en que aumentaran los in­
gresos de la aduana de Montevideo, en que el comercio se derivara allí, y en
buscar el apoyo 'del gobierno británico. ¿Por qué se dejó comprometer Gran
Bretaña, apartándose de sus prácticas tradicionales y, en particular, la délos
últimos años?
Lord Aberdeen, secretario del Foreign Office en la administración de Peel,
se dispuso a reconstruir la entente con Francia, apoyado por la Reina Victoria
-y su consorte. Una alianza con Francia en el Río de la Plata no podía hacer
daño, ¿Pero seria de alguna utilidad? ¿Y sería algo más que una cooperación
artificial? Superficialmente-podían esgrimirse argumentos en favor de la
alianza anglo-francesa. Rosas estaba entonces tomando la ofensiva, dispues­
to a restablecer a Oribe en el poder en Uruguay. Si Rivera resistía, el resulta­
do seria una prolongada guerra. Si Rosas tenía éxito, no significaría necesa­
riamente la paz. Al ganar un satélite podía destruir el equilibrio de poder en el
Río de la Plata y provocar así al Brasil. De cualquier manera el comercio bri­
tánico habría de sufrir, en un momento en el que vitalmente necesitaba cre­
cer. La crisis económica de Gran Bretaña, en 1836-3? había determinado un
aumento en las presiones de los intereses comerciales e industriales para lo­
grar la acción del gobierno en la promoción de oportunidades y mercados. Si­
multáneamente. el movimiento orientado hacia ellibre comercio ganaba im ­
pulso, y también esto originaba la necesidad de nuevos mercados. El interior
de la Argentina era considerado un mercado de vasto potencial, que se podía
alcanzar a través del gran sistema del Río de la Plata, toda una invitación de
la naturaleza a úna potencia marítima, Pero estas tentadoras vías de agua se
hallaban firmemente cerradas a la navegación extranjera, por el desorden
político y la política de Rosas. Desde Buenos Aíres, con el poder de una metró­
polis y las ventajas de un monopolio, Rosas prohibía el enmercio extranjero
255
directo con ios puertos de ios ríos interiores, de Santa F e, Entre Ríos y Co­
rrientes. además de Paraguay.
¿Qué importancia tenía la libre navegación? En épocas anteriores al barco
de vapor y al ferrocarril, la navegación fluvial hacia, el interior y el litoral no
era probablemente lo suficientemente rápida como para que resultara económi­
ca, y podía ser discutible que la prohibición de Rosas dañara de manera efectiva,
al interior o al comercio extranjero. La opinión británica sobre el tema estaba
dividida. Woodbine Parish pensaba que la Argentina tenía derecho a restrin­
gir la navegación de sus ríos interiores. Según éilo veía, el principal problema
no era la libertad sino la velocidad; navegar a vela los mil seiscientos kilóme­
tros que había entre Montevideo y Corrientes podía tomar ciento doce días. La
tarea más urgente para Buenos Aires consistía en alentar el uso de barcos de
vapor, La navegación a vapor en el Paraná podía traer a Buenos Aires los pro­
ductos de Paraguay y Corrientes con menores costos, estimulando asi la de­
manda extranjera:
Poro la gente de esos países no debe seguir engañándose con el sueño del doctor Francia
eme puede responder ai proposite de ios comerciantes de' Europa de incurrir en los ries­
gos innecesarios y los gastos de enriar sus propias naves, tan poco aptas para la navega­
ción fluvial, tantos cientos de kilómetros en el interior del continente sudamericano, en
busca de una carga que está disponible en todo momento en ios puertos marítimos de sus
desembocaduras.65
Pero estos argumentos eran en gran parte teóricos. Subsistía el hecho de
que Rosas era dueño de la situación y no se podían cambiar las cosas. Estaba
en condiciones de obstruir no sólo la navegación sino también el comercio. En
1342, cuando un comerciante británico, W. R. B. Hughes, solicitó permiso al
gobierno de Buenos Aires para viajar por el Paraná hasta Asunción, se le
negó. En febrero de 1843, sir Robert. Peel comentó: !‘No parece posible dispu­
tar el derecho de Buenos Aires para cerrar el Paraná.”66 Y hasta el mismo
Aberdeen, en 1845, admitió en la Cámara de los Lores que no era asunto fácil
‘'abrir aquello que las autoridades legales han declarado cerrado.”67Por otra
parte, mucha gente pensaba que la líbre navegación era tanto justa como de­
seable. William MacCann era uno de ellos, y proponía que un barco británico
de guerra subiera y bajara continuamente por el Paraná, a fin de mantener
abierto el rio y proteger a los mercantes británicos.68
De manera que la política británica en el Río de la Plata estaba cada vez
mejor informada, pero aún se hallaba vagamente definida. Era al producto
de diversas circunstancias y consideraciones, ninguna de las cuales, por sí
misma, significaba estímulo suficiente para la acción pero que, en conjunto,
podían significar incentivos. El objetivo a largo plazo era"bastante simple, un
comercio en expansión y en mercados estables. Los medios eran más comple­
jos,..En la política de violencia del Río de la Plata, ¿estaban servidos los inte­
reses británicos por la no intervención y la tradicional neutralidad? ¿Se nece­
sitaban una presencia m ás poderosa? ¿un propósito más firme? En unMemm
256
sobre el Comercio Británico, preparado por el Foreign Office en di­
ciembre de 1841. se desarrollaba con mayor profundidad el conocido tema de
la expansión de exportaciones.65Se decía que. en América-del Sur. existían los
mercados pero estaban en la práctica cerrados por el desorden político. La in­
tervención no se justificaba normalmente, ni siquiera-para asegurar merca­
dos vitales, pero a veces podía quedar justificada por razones predominan­
tes ; una situación así se había alcanzado en esos,momentos en el Pao de ia P la­
ta. Ezi años recientes habían mejorado en Montevideo las perspectivas co­
merciales, pero se hallaban amenazadas por el conflicto con Rosas. Por lo
tanto, Gran Bretaña debía acudir en “socorro” del gobierno de Montevideo,
en respuesta a un tratado comercial. E l “socorro” se definía como “una pe­
queña cantidad de fuerza” contra la agresión. E l M emorándum no era un do­
cumento de política de alto nivel y no formaba parte de ningún tipo de instruc­
ciones. Pero revelaba la tendencia del pensamiento oficial, y el curso de ac­
ción que recomendaba resultó notablemente similar a los hechos que se pro­
dujeron posteriormente. Revelaba también una confusión de pensamientos
en el Foreign Office, Imaginaban que se podía usar la fuerza sin desatar la
guerra, que los mercados de estados independientes se podían asegurar m e­
diante 3a intervención, y que “una pequeña cantidad de fuerza” sería sufi­
ciente. La política siguiente sufrió precisamente por causa de esas confu­
siones.
Acertada o equivocadamente, se consideraba ahora a Uruguay como de
mejores perspectivas que Buenos Aires, más promisorio comercialmente y
más flexible desde el punto de vísta político. Aberdeen presionó a Mandeville
para que acercara más la política británica hacia la posición Uruguay a. Toda­
vía intentaba mediar entre Rosas y Rivera, aunque un anterior ofrecimiento
de Palmerston, en julio de 1841, ya hábía sido rechazado. Aberdeen instruyó a
Mandeville en el sentido de que, si el gobierno de Buenos Aires aún rechazaba
la .mediación y continuaba la guerra, la defensa de los intereses británicos
“podría imponer al gobierno de Su Majestad el deber de apelar a otras medi­
das, a fin de suprimir los obstáculos que en estos momentos interrumpen la pa­
chaca navegación de estas aguas.”70 Las instrucciones permitían diversas in­
terpretaciones y Mandeville decidió utilizarlas como un virtual ultimátum.
Posteriormente le comunicaron que se había excedido en sus instrucciones al
amenazar con una. fuerza armada para poner fin a las hostilidades.71 Además,
fue criticado también por parcialidad en favor de Rosas. Los residentes britá­
nicos en Montevideo hacía tiempo que, naturalmente, lo consideraban resis­
ta, y uno de ellos lo denunció como “la voluntaria y cándida víctima de uno de
los hombres más inescrupulosos que hayan obtenido alguna vez ascendiente
sobre una mente crédula y débil.>m Pero Aberdeen también tenía sus sospe­
chas y, después del terror de abril de 1842, con informes sobre Rosas que había
recibido, más críticos que los de Mandeville. despachó una severa reprimen­
da al enviado por no protestar antes de lo que lo había hecho y por no recurrir
al HMS Pearl para proteger las vidas de los súbditos británicos. En una afíigiránáum
257
da respuesta, M andeville alegaba se r el único de los diplomáticos que había \
protestado, que su protesta puso fin a los crím enes, lo que no era enteram ente |
cierto, y que la presencia del HMS'Pearl sólo habría lograda aum entar el te- J
rror, lo que puede o no ser cierto.75 M ientras tanto, Rosas sospechaba que J
M andeville estaba pasando inform ación m ilitar a R ivera.74
|
De acuerdo con las instrucciones de Aberdeen. Mandeville viajó a Monte- J
video p ara negociar un tratado de comercio y am istad con el gobierno de Hi- f
vera. Antes de hacerlo, informó a Rosas que a ello habría de seguirlo la me- f
diación anglo-francesa y que una negativa a aceptarla “podia ser de fatales, |
consecuencias” p a ra Rosas y su gobierno. Rosas replicó que sí él hacía la paz f
con Rivera, su partido no lo apoyaría, y si a él lo apartaban del gobierno. ni un f
solo extranjero quedaría a salvo en Buenos A ires:
|
Sé perfectamente bien que Gran Bretaña sola —mucho más Gran Bretaña y Francia |
combinadas— puede tomar Buenos Aires con sus buques y hombres. ¿Qué ocurriría en- j
tortees? Las partidas de guerrilleros rodearían Ja dudad y pronto se vería obligada aren- "i
dirse a nosotros de nuevo por hambre... Hay ciertas cosas, la paz con Rivera, por ejem- .1
pío, que, por más grande que fuera mi inclinación en favor de ella, por más deseoso que f
estoy siempre de acceder a los deseos del gobierno de Su Majestad, mi partido y la opi- d
rdón pública jamás me permitirían concretarla. Mi vida no estaría segura si lo intentara. ’:;f
No hay aquí una aristocracia que apoye al gobierno; son las masas y la opinión pública ¡í
las que gobiernan.75
;¡
■4
■Hubo otra entrevista el 12 de agosto, cuando Mandeville regresó con un j
tratado que resultó im popular en Buenos Aires e irritante p a ra Rosas, quien
comentó que este tratado significaba p a ra R ivera m ás que cualquier victoria
m ilitar ■.“E n este m om ento hay una gran agitación entre la gente, en especial
entre la del campo. Si algo m e sucediera, todos los extranjeros —los ingleses
tanto como los otros— se encontrarán en inminente peligro, particularm ente
los que viven en el cam po. ” En realidad, Mandeville estaba impresionado por
el control que ejercía Rosas sobre las fuerzas de la violencia, en la ciudad y en
el campo:
|
Nunca había visto pruebas tan grandes del poder del general Rosas sobre esta gente como
en estos últimos tiempos: desde la publicación délas dos ordenanzas para la represión de
conductas indignas mediante palabras o actos, no se ha. oído una sola palabra en la cíudad o en la provincia de Buenos Aires, que yo sepa, contra ningús extranjero.78
|
f
4
I
Pero .Rosas continuaba con sus serm ones a Mandeville. En la víspera de
otra visita a Montevideo, le advirtió que esas visitas eran un incentivo p ara
Rivera, a quien pronto derrotaría sin em bargo, siem pre que Gran B retaña y
F ran cia no intervinieran en su favor. Y si lo hacían, “Buenos Aires se convertíría en un osario y la provincia en un desierto blanqueado de huesos hum anos,
Cuando llegue ese momento, que todos lo extranjeros se vayan, y que se vayan
pronto; aquí no h ab rá poder que los salve, aunque yo pueda perecer en el intentó.”77Acosado porA berdeen y arengado por Rosas, Mandeville ni siquiera
obtuvo éxito con R ivera, y sus esfuerzos diplomáticos para term inar la gue-
j
558
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rr.a fracasaron. La mediación anglo-francesa fue rechazada. Rosas-continuó
¿oque Peal llamó-“hostilidades de locura"; impulsó su. ejército hacia adelante
y. hacía febrero de 1843, dominaba el litoral. Rivera estaba encerrado en Mon­
tevideo y Oribe se hallaba en las afueras acampado en el Cerrito. La-flota de
Buenos Aires destruyó a la de Montevideo e impuso un bloqueo.
En la Cámara de los Comunes, Peer declaro que el gobierno británico es­
taba decidido a no tomar parte sn las hostilidades ,n N o era ésta la impresión
de los observadores que estaban en el lugar. Los enviados británico y francés
dirigieron a Rosas una infructuosa nota aconsejándole oue firmara un armis­
ticio y mantuviera sus fuerzas dentro de los límites de la Confederación Ar­
gentina. Ai mismo tiempo, instruyeron a sus comandantes navales para que
estuvieran listos para proteger a los residentes extranjeros en Montevideo. Al
parecer. Mandevíüe también prometió a Rivera ayuda militar y naval anglofrancesa, informándole que estaba sn camino una flota. Esta promesa, junto
con las acciones del comodoro J. B. Purvis, comandante navaí británico en el
Río de la Plata, ayudó a sostener a Rivera y la causa unitaria en Montevideo.
Purvis hizo su entrada e impidió que la flota de Buenos Aires bombardeara
Montevideo poniendo así en peligro a los británicos y otros residentes extran­
jeros ; también posibilitó que llegara ayuda por barco y abastecimientos s los
sitiados defensores y que reclutaran legionarios extranjeros. Si bien no llegó a
quebrar el bloqueo de Montevideo por Buenos Aires. ciertam ente logró dismi­
nuir su efectividad.
El sitio de Montevideo duró nueve años, desde el 16 de febrero de 1843
hasta el 8 de octubre de 1851 en que se estableció la paz entre los uruguayos ri­
vales. El compromiso británico fue de menor duración, pero, en el comienzo,
resultó crucial por cuanto salvó la ciudad y prolongó la guerra. No fue una ac­
titud de neutralidad en ei Río de la P la ta ; por lo contrario, el poder naval bri­
tánico contuvo a las fuerzas navales de Buenos Aires y de esa manera propor­
cionó a los asediados defensas más efectivas y mayores reservas que las que
hubieran tenido en caso contrario. Esto significó que, por tierra. Oribe no
pudo asestar un golpe decisivo y las fuerzas resistas quedaron aferradas en
un largo y costoso sitio. El comodoro Purvis quería ir más allá, tomar la ofen­
siva, acosar a Oribe, romper el bloqueo y dominar .el Río de la Plata, pero
Mandevüle lo contuvo: él debía tener en cuenta el peligro que corría la comu­
nidad británica en Buenos Aires. El ministro británico estaba atrapado entre
la ambigüedad de sus -instrucciones, la agresividad de Purvis y las contra­
amenazas de Rosas. Se insinuaba que el gobierno podía no ser capaz de garan­
tizar las vidas y propiedades de los británicos y, en abril de 1843, Arana comu­
nicó a Mandevüle que si no desautorizaba a Purvís se haría responsables a los
residentes británicos por los actos de la Armada Real,79 Mandevüle se apre­
suró a rechazar este argumento y sostuvo que, mientras los súbditos británi­
cos no quebraran las leyes argentinas, tenían derecho a la protección del tra­
tado de 1825. Tomó medidas para reprender a Purvis, quien continuaba ha­
ciendo gala de su belicosidad, sin que Lord Aberdeen hiciera nada para conté259
nerlo, Pero como Gran Bretaña detuvo-sus avances p ara brindar una ayuda
m ás positiva a Montevideo; pudo p rese rv a r la apariencia de neutralidad y
m antener relaciones oficiales con Buenos Aires, Aberdeen, em itió instruccio­
nes en las que declaraba que Buenos Aires tenía derecho a bloquear M ontevi­
deo de acuerdo con las reglas existentes sobre bloqueos navales y que las fu er­
zas navales británicas debían aceptarlo. R etiraron a P urvis a Río de Janeiro
y pareció prevalecer una neutralidad m ás evidente.
La g u erra continuó su curso h asta un punto de estancam iento. Rosas y sus
aliados eran, básicam ente, jos beligerantes m ás poderosos, pero Oribe e sta ­
ba todavía inmovilizado trente a Montevideo y el bloqueo había perdido su
efectividad. Montevideo sobrevivió g r a d a s a su dominio de la navegación flu­
vial, la ayuda de la legión extranjera, los esfuerzos de Garibaldi—a quien la Ga­
ceta M ef cantil llam aba “el chacal de los tigres anglo-íranceses , la alianza
de los exiliados argentinos y los esfuerzos dé los mism os uruguayos.30 El ocho
a Rosas y el miedo a la venganza de Oribe perm itieron aceptar a los u rugua­
yos la intervención ex tran jera sin pérdida de su autoestim a, y utilizarla en be­
neficio del Uruguay. E l costo p a ra la economía era alto y las operaciones co­
m erciales declinaron. Pero eran los británicos quienes m ás se quejaban de
ello. En Liverpool y en M anchester había un “interés por Montevideo” ; los
banqueros y com erciantes presionaron a Lord Aberdeen en 1844 p ara que de­
fendiera su m ercado contra Rosas e im pusiera la libertad de navegación en el Río de la P lata. Las firm as británicas en Montevideo sostenían el m ism o pun­
to de vista. Algunas de éstas eran sucursales de establecim ientos británicos
en'Buenos .Aires, también hostiles a la política de Rosas. “Desde el comienzo
del bloqueo francés hasta el día de hoy. la m ay o ría de los com erciantes b ritá­
nicos establecidas en Buenos Aires no han intentado nunca ocultar el interés
que tienen en el éxito de los enemigos del presente gobierno...”81La im presión
de Mandeville era parcial. Las opiniones com erciales británicas en el Río de
la P la ta no eran de ningún modo homogéneas. E l comercio de Buenos Aires
sobrevivió al bloqueo francés y, ahora, durante la guerra, Buenos Aires se­
guía siendo un puerto libre y el com ercio británico se sostenía bien allí por sí
m ism o; los buques británicos seguían llevando el correo a la A rgentina y —se­
gúnsospechaba ei gobierno— abriéndolo.82E n realidad, los com erciantes bri­
tánicos en Buenos Aires estaban siem pre dispuestos a tra ta r con Rosas, m ien­
tras los beneficios fueran buenos. E n este sentido, las opiniones tam bién dife­
rían.
Se han hecho esfuerzos para presentar al comercio de Monte Video como de m ayor im­
portancia que ei de Buenos Ayres. Sería fácil exponer cifras para demostrar que eso no
es verdad... Es suficiente decir que sí se deja seguir al comercio su curso natural, cada
parte obtendrá de él aquella porción queda conveniencia de su situación y otras circuns­
tancias locales le permitan atraer... P ara nuestros fabricantes y comerciantes es indife­
rente cual sea el destino de la mayoría de sus mercaderías.83
Sin duda, algunas de estas m anifestaciones eran p arte de una cam paña
260
I
pe propaganda organizada en favor de Rosas. Pero existen pruebas ciaras de
|jue algunos intereses británicos importantes, por falta de esperanzas o por
miedo, empezaron a favorecer a Rosas; unos peticionaron.ai Foreign Office
ten beneficio de é l; otros escribieron panfletos; y otros, finalmente, hasta lle­
garon a pelear por él.
I Estas tendencias del sector privado do se reflejaron in ri edia tam en te en
|a política exterior británica. Aberdeen decidió destacar en Buenos Aires a un
nuevo enviado, William Gore Ouseley, a quien impartió no muy precisas ins­
trucciones pero sí agresivas. El objetivo principal consistía en obtener la in­
dependencia del Uruguay : en consecuencia, Ouseley debía advertir a Rosas
fjue retirara sus tropas deis Banda Oriental de lo contrario Gran Bretaña le­
vantaría él sitio de Montevideo por la fuerza. E l objetivo secundario era abrir
f os ríos a la libre navegación. Si era necesaria la fuerza. Ouseley debía consul­
ta r con el comandante naval británico en el Río de la Plata y concertar medijdas con los franceses. Quedó aclarado —si es que algo resultó claramente es­
tablecido— que Gran Bretaña no tenía intención de efectuar operaciones en
¡tierra,
|
Ouseley no aumentó su reputación en el Río de la Plata. Pero no era tonto.
'¡Había actuado ya casi doce años como secretario de la legación en Río de Ja­
neiro y de ninguna manera ignoraba los asuntos del Río de la Plata. Aunque
|sus informes reflejaban en forma constante su creciente hostilidad hacia Ro¡sas, señaló algunos puntos válidos sobre el régimen: observó que Rosas, si
bien usaba los términos federal y unitario, había logrado quitarles toda signi­
ficación, reduciendo la política a¡rosismo y anürrosismo comprobó que el die.
dador había comenzado odiando a los intelectuales y a la cultura, pero ahora
jlos explotaba y usaba a la prensa como un medio de propaganda sin preceden­
t e s ; además, tenía plena conciencia del poder y personalidad de Rosas. Pero
Jsu análisis de la«útuación y la política que recomendó contenían una cantidad
¡de errores fatales. Creyó que la fuerza haría ceder a Rosas y que la guerra ha¡bría de servir a los intereses británicos. Sus opiniones ya estaban formadas
¡antes de asumir su cargo, el 20 de febrero de 1845. En un memorándum defe¡cha 12 de diciembre de 1844, Ouseley ya daba por segura la idea de la interven¡ción británica:
jLa intervención de Inglaterra y Francia quedará limitada aúna mediación que se presi 0fnará con insistencia, pero sí eso fracasada cooperación naval con el Brasil." como' el blojqaeo. etcétera.
¡E s de suponer que lo primero será ofrecer la Mediación, insistiendo y presionando con
f urgencia, antes de la efectiva Intervención.
I Además, que no existe el deseo de deshacerse de Rosas por completo. Al contrario, que si
jes posible inducirlo por las buenas para que actúe eordialmente con nosotros y asuma el
j.liderazgo para conseguir que otros estén de acuerdo; si podemos hacer uso de él, tanto¡mejor,84
261
Después de su llegada a Buenos Aires, en febrero dé 1845. Ouseley cotí
deró confirmados sus puntos de vista, y apreció erróneamente la situacif
cuando pidió una.declaración de “guerra contra llosas (no contra los argenf
nos)'’, como si ambos hubieran podido separarse.85Comenzó a avanzar a
tir de instrucciones que no lo.controlaban con suficiente rigor. Según una fueS
te argentina, supuestamente informada por Ouseley. el gobierno británi|
había decidido usar la fuerza cuando designó a su nuevo enviado: “Mr. Ous¡
ley me manifestó que cuando fue nombrado para Buenos Aires, el Ministeit
Inglés estaba decidido &una intervención armada en el Río de la Plata. !|
Esta interpretación, una amalgama de las preconcebidas ideas de Ouseley
vaga beligerancia de Aberdeen y una tendencia argentina a exagerar las |
tenciones británicas, era probablemente incorrecta, pero contribuyó ala co|
fusión que caracterizaba en esos momentos a las relaciones angloargení]
ñas.
I
Cuando Ouseley llegó al Rio de la Plata. Rosas había obtenido una can¡
dad de triunfos importantes contra sus enemigos en el Uruguay y parecía ejj
tar a punto de lograr la victoria definitiva. Urquiza había derrotado comp]|
lamente a Rivera en India Muerta, destruyendo tanto su ejército como su cof:
fianza. Oribe había quedado ya libre para concentrarse sobre Montevidéf
mientras que las fuerzas navales británica y francesa se mantenían a distai
cía. En ese momento, Ouseley'declaró “Montevideo no debe ser tomada”,!
convenció al enviado francés para que cooperara con é l ordenando la consi
tución de una fuerza naval conjunta que produjera el desembarco de Infantl
de marina e impidiera el colapso de Montevideo; declaró que no reconocería!
ningún gobierno encabezado por Oribee instalado por la Argentina. E18de j |
üo de 1845, Ouseley y su colega francés Deffaudis enviaron una nota al gobiél
no argentino pidiendo la evacuación del territorio uruguayo por las tropas a|
gentinas y la partida de Montevideo del escuadrón argentino. Estos pediddi
estaban basados en tres proposiciones: la presencia de tropas argentinas |
mando del general Oribe para reinstalarlo como presidente constituía una h|
terferencia en los asuntos del Uruguay y un ataque a su independencia; laj
atrocidades cometidas durante esa guerra habían conmovido al mundo crvg
lizado; y los intereses comerciales británicos y franceses estaban sufriend|
par la obstrucción áe tiempo de guerra de la navegación en el Río de la Plata.!|
Rosas rechazó los pedidos y. el 30 de julio de 1845, Ouseley fue obligado a tras!
ladarse de Buenos Aires a Montevideo. La posición británica había quedade
así deteriorada en la Argentina; sin embargo, aun el mismo Ouseley admitif
a Aberdeen que el comercio de Montevideo jamáis compensaría la pérdida di
Buenos Aires. ¿Por qué intervinieron entonces los ingleses arriesgando l|
más grande por lo que era menor?
|
Una posible explicación era que Gran Bretaña buscaba mantener el equi­
librio de poder en el Río de la Plata sustrayéndolo de la hegemonía de Buenef
Aires. Sí éste era el propósito, existían mejores medios —al menos discutí
bles—para lograrlo. Otro objetivo era tal vez ganar la libre navegación áe ló|
262
^iosinteriores. Contra esta idea puede alegarse que Gran Bretaña ya dominajba el comercio de Buenos Aires y Montevideo y no necesitaba una penetración
b ad a el interior, menos aún cuando se trataba de mercados que todavía eran
sn gran parte quiméricos. El mismo Aberdeen dio una explicación. En febre146: al justificar su política en la Cámara de los Lores, afirmó que Buc­
e s había rechazado la mediación británica en 1841 y 1842. Entonces se
la mediación por tercera vez: si también ésta era rechazada, existía la
intención de hacer valer la fuerza. Por lo tanto, concluyó. Gran Bretañababía
intervenido para preservar la paz y la independencia del Uruguay. Y , a pesar
déi bloqueo impuesto por Gran Bretaña y Francia, “este país no estaba en
guerra con Buenos Aires” 38 En esa forma, se usaba la fuerza para mantener
la paz, no para hacer la guerra, era un argumento clásico y ni siquiera Aber­
r e e n parecía convencido.
No obstante. en Gran Bretaña respaldaban a Ouseley en form a considera-'
[ble. Desde 1843, Brasil había incitado a Gran Bretaña en el sentido de que ha­
mbría sido fácil montar una demostración de fuerza en el Río de la Plata y leivantar el litoral contra Rosas. El argumento encontró alguna correspondencia.
.Veían entonces a Rosas como causa de perturbación, ya no de estabilidad. Los
icomerciantes de Liverpool y Manchester, los políticos y la opinión publica, to­
ldos clamaban pidiendo medidas para defender al Uruguay e imponer la libre
[navegación en el Río de la Plata. Un folleto publicado por Thomas Baines des|de las oficinas del Liverpool Times recomendaba la guerra como un instru;mentó de comercio.8fl Durante el transcurso de 1845, los intereses británicos
jen Montevideo recibieron una oleada de apoyo de parte de los aliados y porta­
vo ces en la metrópolis y se beneficiaron de la relación de su causa con la de la
¡¡libre navegación en general. Solamente en la Argentina se oyeron voces es de­
sacuerdo ; desde allí, la comunidad británica redactó una petición protestanido contra la política angio-franees a. Y en Londres la maquinaria de propa­
ganda de Rosas lanzó un contraataque.
Manuel Moreno, el ministro argentino en Londres, enviaba asiduamente
¡material pro-Rosas a la prensa británica y a las librerías. En 1843 contrató a
¡un periodista inglés, Alfred Mallalieu, amigo aparentemente de los comer­
ciantes de Londres y Liverpool y que decía tener directos conocimientos de
■América del Sur, para que escribiera un panfleto en inglés defendiendo a Rosas
de sus enemigos y calumniadores.90 Escrito desde The Bank, Highgate Hill,
en la forma de cartas públicas dirigidas a Lord Aberdeen entre 1844 y 1845,
desde la abierta, posición de im observador independiente, el panfleto era
esencialmente, en realidad, una traducción de material oficial, en su mayor
parte de la Gaceta Mercantil, y constituía una franca apología del régimen de
Rosas. Mallalieu opinaba que Gran Bretaña no tenía legítimos motivos de
queja contra Rosas, ya que su comercio estaba protegido durante el bloqueo
de Montevideo y el comercio de los buques mercantes a Buenos Aires conti­
nuaba siendo allí bien recibido. Las quejas provenían principalmente de los
especuladores británicos y otros intereses en Uruguay, hombres que sehalla263
ban detrás de Purvis y Rivera y que se beneficiaron conmotivo del favorahj
contrato de préstamo que este último les había otorgado. Los asuntos interit
res-de Buenos Aires, tan objetables como podían considerarse, no concernía,
a Gran Bretaña; la necesidad de contener la anarquía justificaba las faculta
des extraordinarias del gobierno y aun del terror, como lo aceptaba ahora.],
opinión délos comerciantes británicos. De cualquier manera, las acusaeíone
de terrorismo que aparecían en las Tablas de Sangre eran una “monstruos;
ficción^ fabricada por un desacreditado renegado. Mailalieu se quejaba de ig
coran d a y superficialidad en el tratamiento británico a las noticias de Amén
ca Latina, :ien esas raras ocasiones en que son puestas a disposición del públi
co". aunque estos países son importantes consumidores de los productos bri
tánicos.91En el caso de la Argentina, Gran Bretaña estaba asociándose abort
con Francia y el Brasil para atacar una potencia que protegía ios intereses
británicos., en favor de otra potencia (Uruguay) que era más'o menos una co­
lonia de Francia, mientras que el Brasil simplemente buscaba controlar com­
pletamente el Río de la Plata, Mientras tanto. Oribe favorecía la independen
d a del Uruguay; Rosas nunca bahía cerrado previamente el Río de la Plata s
la navegación extranjera y, en todo caso, era incapaz de hacer eso contra Ú
marina británica. La Intervención, concluía Mailalieu. sólo podría frustrar ei
comercio y dañar los intereses británicos.92
.
. Mientras la guerra verbal continuaba en Gran Bretaña, Ouseley y sus eo;
legas navales estaban combatiendo una guerra informal en el Río de la Plata
La política del enviado británico era engañosamente simple. Obligaría a R oí
sas a que cesara en su ayuda a Oribe, le impediría que estableciera un gobieri
no títere en el Uruguay y lo llevaría a un acuerdo negociado. Pero la única íori
ma era la fuerza, y esto ereaba complicaciones. Ouseley no. subestimaba la tal
rea: “Hay... poca esperanza de obtener nuestra meta con e] general Rosas sin
recurrir a la fuerza y en ese caso debemos esperar una prolongada y obstina!
da resistencia.1,93 Por lo tanto, cuanto antes se declarara la guerra mejor se-’
ría. Él mismo dio el ejemplo. El 2 de agosto de 1845, fuerzas navales angio-’
francesas tomaron a la flota argentina que estaba sitiando Montevideo, reem­
plazaron: a sus dotaciones y la pusieron al mando de Garibaldi. El 17 de sep­
tiembre. después de desembarcar una fuerza de ocupación en la Isla Martín]
García, que guardaba la entrada de los ríos Paraná y Uruguay, la flota anglofrancesa declaró el bloqueo a Buenos Aíres.94 Ouseley también quería tropas;!
Los regimientos 45 y 73 de infantería se hallaban convenientemente a mano en|
Río de Janeiro, en camino hacia Africa del Sur. A pedido de Ouseley. el minis-!
tro británico en Río los envió a Montevideo. En octubre estaba preparada anal
flota para forzar el paso hacia el norte por el río Paraná, con el propósito de es^
collar una flota de más de den barcos mercantes a puertos de Entre Ríos yj
Corrientes, Invitaron a participar a los comerciantes interesados. Sólo falta-4
ba a Ouseley una declaración formal de guerra. Ejerció urgente presión sobre|
Aberdeen para obtenerla;
$
264
f^-apaz sólo puede ser restablecida de manera sólida y ventajosa y se podrá tener fe en la
prosperidad de estos países mediante la caída del general Rosas. Si el gobierno de Su Ma­
lgastad decide continuar las medidas coercitivas que la conducta de Rosas nos ha obliga­
d o ya s. adoptar, no deberá perderse tiempo alguno en hacerlas rápidamente decisivas.
¿La manera más efectiva de actuar sería declarar la guerra al general Rosas.95
a¡
s!
&
j
4 Aberdeen va citó. Desde cierto punto de vista pareció estar en des acuerdo
■eos la fuerza, "Rosas es tan inescrupuloso y sus instrumentos tienen una de­
voción tan ciega por él que cualquier atrocidad (contra las personas, o propie­
dades de súbditos británicos) puede ser posible.” Éstos fueron sus comenta­
rios cuando confirmó el uso de medidas coercitivas contra Rosas y basta pre­
c ió la posibilidad de guerra entre ios dos países.96 Sin embargo, el 5 de noviem­
bre instruyó a Ouseiey a ñn de que preservara una estricta neutralidad y, un
Ines más tarde, dio otro paso hacia atrás: aclaró perfectamente a su enviado
ijue consideraba al bloqueo como “la última medida hostil contra Rosas que
jfcontemplan sus instrucciones, y lamentaría mucho que este bloqueo pudiera
pegenerar en una verdadera guerra.”87 Era demasiado tarde: ía armada y
|a s tropas ya estaban en acción.
¡
¿Qué clase de acción sería más efectiva? El góbierno británico excluía
¡específicamente la guerra en tierra. É sa fue una decisión obvia, sobre la base
|de la logística tanto como de la política. En su litoral atlántico, Buenos Aires
testaba protegida por aguas de poca profundidad, rocas y bancos de arena, y la
¡faltade puertos. También la capital estaba defendida contra buques pesados
¡por aguas muy poco profundas que mantenían a sus cañones a varios kilóme­
tros de distancia. Cualquier ejército que desembarcara en esas zonas tendría
|que combatir contra un enemigo móvil y esquivo que podría instalarse tácü|mente en el campo, y enfrentar una sociedad que resistiría por inercia. Por lo
|tanto, las operaciones terrestres quedaban fuera de toda cuestión. La deci­
sion significaba que los funcionarios británicos tenían una limitada influencia
¡en el Río de la Plata. Ouseiey y sus colegas negociaron con los caudillos de En¡tre Ríos,. Corrientes y Paraguay para .formar una coalición contra Rosas.
¡José de Urquiza, gobernador de Entre Ríos, no se mostró contrario a las consversaciones, pero era demasiado cuidadoso como para arriesgar su futuro sin el
¡apoyo asegurado de poderosas fuerzas terrestres que garantizaran el éxito,
iComo éstas no se encontraban disponibles se mantuvo junto a Rosas, contro­
lando a Corrientes y Paraguay. Los británicos, por otra parte, carentes, de
[sanciones, de fuerza, de posición militar, no estaban bien colocados para ne­
gociar en asuntos de esta naturaleza ni para convencer a Urquiza para que pe­
leara. Solamente Brasil podía proporcionar las fuerzas terrestres, sin las cun­
des Urquiza no podía moverse, como lo hizo en 1852. Mientras tanto, al poder
británico en el Río de la Plata le faltaba una dimensión militar: ésos eran los
límites reales del imperialismo.
Las operaciones navales eran el único medio, que finalmente tomó la for­
ma de una expedición -para subir al Paraná, asegurando la libre navegación e
265
inaugurando el comercio directo con el interior. Rosas estafe a preparadora:
disputar el paso de la flota aliada y había realisado sus preparativos. Desp
chdtropas desde Buenos Aires para reforzar las guarniciones situadas a oí
lias del río Paraná e hizo instalar lanchones armados para interceptar a 1;
naves mercantes británicas en ei río. En particular, decidió defender el pa;
Tonelero, sobre el Paraná, en la Vuelta de Obligado, donde las barranc;
son altas y el río tiene unos setecientos metros de a n ch o é E l lugar esta!
bien elegido y el plan inicial fue hábilmente ejecutado. Cuatro baten,
estaban en posición en terreno ventajoso, dos de ellas sobre alturas de dieeií
cho metros por encima del agua, dos en el valle intermedio, con espesos boj
ques a sus espaldas: en total comprendían veintidós piezas de artillería, eó:
cañones que variaban de doce a treinta y dos iibras. Además de los artillero
se habían reunido también efectivos de infantería y caballería, con un total!
tres mil quinientos hombres. Algunos de ellos eran voluntarios de ia cornual
dad británica en Buenos Aíres. Para detener a la flota enemiga habían temí
do tres pesadas cadenas a través del río, desde la costa hasta una isla y sosf|
nidas por veinticuatro barcazas; detrás de éstas había otras diez embarcad!
nes incendiarias y el extremo oeste de las cad- ñas estaba defendido por uij
goleta de guerra argentina armada con seis c í ' mes. Tal vez ei plan era m j
impresionante que los recursos disponibles. Ei <., viandante de ia operado!
general Mansilia, no había recibido armas suficientes ni completado sú pr|
paracíón cuando ya los aliados estaban sobre él y la batalla de Obligado habí
comenzado.
"
1
La flota angio-francesa dejó Montevideo ei 17 de noviembre, comandac|
por el capitán Charles Hotham. Al llegar a la barrera, un día después, separ|
a sus buques en dos divisiones, una hacia la costa norte y otra hacia la del su|
con cuatro naves es cada una. Los barcos de vapor, tres en total, formaron
tercer grupo.
§
El 20 de noviembre. los aliados empezaron a combatir para abrirse cam f
no y pronto quedaron comprometidos en una dura lucha. La batalla se transí
formó en una contienda directa entre los buques anglo-íranceses y las bate|
rías de costa argentinas. La exactitud del fuego anglo-francés estaba contra!
crestada por la bravura de los argentinos, aunque una de las misiones de la cal
ballena ubicada cerca del bosque era llevar de vuelta a aquellos que in ten t#
ran abandonar sus posiciones. Los británicos lograron cortar las cadenas i:
los primeros barcos empezaron apasar al otro lado, no sin sufrir severas aves
rías y muchas bajas por el intenso fuego de la costa.
|
El paso siguiente consistía en destruir las baterías. Cubierto por el escuái
drón francés, al mando del capitán Tréhouart, el capitán Hotham desembalé
có a las 17:45 con ciento ochenta marineros y ciento cuarenta y cinco infante!,
de marina, “y dando tres jhurras! formaron en la playa.”99 Los infantes df|
marina hicieron retirar al enemigo y detuvieron el fuego de sus mosquetesfc
mientras los marineros tomaban el bosque. En esta acción, el propio MansillSr
M
266
|e herido. Luego desembarcó la brigada francesa y algunos.de los cañones ^
feron inutilizados y desmantelados; a la mañana siguiente completaron la “
Irea de destrucción y retiraron diez cañones de bronce. E l grupo de desemlirco retuvo la posesión del terreno y los bosques durante todo el día.
| Mientras tanto, los aliados habí an. destruido la goleta de guerra con los
eís cañones, las veinticuatro barcazas encadenadas a través del río. y todos
!s cañones hallados en las fortificaciones, excepto los cañones de bronce capirados. Las pérdidas sufridas por las fuerzas argentinas no se conocieron
¡jxactam.1ente, aunque los británicos informaron haber encontrado varaos ceninares de muertos en las baterías. Hoíbam informó también la rendición de
íbho ingleses que, según él creía, habían servido en las fuerzas enemigas y
dudado a disparar los cañones. En cuanto a la expedición, habían debido pa­
sar un precio por sus éxitos: en el total de pérdidas aliadas, los británicos tu­
pieron nueve muertos y veinticuatro heridos.100 Dejando una fuerza desem­
barcada y dos navios de guerra, la flota continuó luego aguas arriba por ei Palana escoltando a los barcos mercantes. El convoy sobrevivió a otro ataque
¡ñ San Lorenzo, aunque esperaba una mejor recepción en el interior. Sufrió
[na decepción.
1 La expedición no encontró aliados que les dieran la bienvenida ni mérca­
los promisorios. En Entre Ríos, el gobernador Urquiza estaba en el proceso
je ganar ascendiente sobre el aliado délos británicos, el general Paz; tampo¡o hubo bienvenida ni posibilidades de una alianza antirrosista con Corrientes
i Paraguay. En Corrientes, la expedición encontró la desconfianza popular
jor su presencia, y las autoridades «levaron de inmediato los derechos adua­
neros a niveles exorbitantes, que los comerciantes extranjeros no tuvieron
jtra alternativa que aceptar'. En Paraguay hubo una manifiesta hostilidad,
Sn cuanto al impulso a las ventas, el mercado era pobre y muchos comercian.es regresaron sin vender sus mercaderías.XÜ1Si bien la expedición demostró
jue Rosas carecía de poder para impedir el acceso al interior, puso también
;n evidencia que el interior no respondía positivamente a la intervención exranjéra y a la libre navegación. Además, después de haber entrado, los bar­
ios mercantes aún debían salir. Una vez alcanzados sus mercados, vendido
us artículos y comprado productos de Comentes y Paraguay —cueros,
ana. sebo y tabaco— las naves teman que regresar bajo la protección del con­
voy o permanecer encerradas y empobrecidas en Corrientes. Partieron en
nayo de 1846, en un convoy de ciento diez naves, y se encontraron con que las
uerzas y baterías de Rosas los estaban esperando en diversos puntos del río.
[’uvieron un duro encuentro en las alturas de San Lorenzo y . aunque el convoy
uchó para abrirse paso &través del fuego argentino de cañones, recibió gra­
ms daños en Quebracho y, con Ja pérdida de cuatro barcos, seguramente una
eccíón de que la libre navegación no era fácilmente conquistable.102 E i capián.Hothamfue armado caballero por sus servicios, y las fuerzas armadas iniudablemente habían luchado con valor y eficiencia. Pero la causa no era henica.y los resultados no fueron permanentes.
267
A todo esto, las unidades navales británicas habían reforzado elbloq\|
con un vigor que era más irritante que efectivo. El 21 de abril, por ejemp}o,J
buque de guerra británico que perseguía a ciertos violadores del bloqueo^
sembarcó un grupo en Ensenada, combatieron contra la guarnición, quenjj
ron barcos y mercadería y escaparon. Otro grupo que desembarcó en Ataiai
fue menos afortunado, allí perdióla vida el infante de marina Wardiaw. Ros|
amenazó con ejecutar a los prisioneros de esas operaciones como delincuei
tes comunes ya que no existía una declaración de guerra y. según se añrrd
■hizo degollar a por lo menos uno de los prisioneros ingleses,103En su comaní
en Montevideo, Ouseiey y sus colegas franceses se comportaban como
.cónsules imperiales, impartiendo ordenes ai gobierno uruguayo, entregan!
recursos y armas a Rivera —cobrándolos en ganado y otros productos—]
alentando al caudillo para que obtuviera los medios de pago mediante sjj
queos dedos distritos rurales. Uruguay descubría ahora que debía pagar t|
precio por la alianza angla-francesa. Y otro tanto comprobaron ios come;
«antes, Todas las naves que estuvieran dispuestas a pagar dinero a la aduar
de Montevideo (es decir, a sus dueños extranjeros) obtenían permiso pa^
proseguir hasta Buenos Aires, a través del bloqueo. Lord Howden habría, áj
observar más tarde en la Cámara de los Lores que nunca había podido cois
prender “por qué, una medida tendiente a deteriorar el comercio y herir íf
recursos del general Rosas (habría de convertirse en) un medio para reíorz|
las decaídas finanzas de Montevideo."104
|
El bloqueo no era más efectivo que la expedición. Fue un arma torpe|
lenta que golpeó más al comercio que al enemigo. Con toda razón, Rosas di|
de los bloqueos r “si molestan a estos países, no los privan de sus primeros r|
cursos, ni alcanzan a abatir su energía.”103 Y MacCann expresó el punto t|
vista del comercio británico: “Un bloqueo contra la Argentina es absurdf
porque son los extranjeros los que se arruinan: sus propios ciudadanos no s|
fren, ya que existen muy pocas casas mercantiles nativas en toda la repúbl|
ca -uos Su economía primitiva hacía a la Argentina invulnerable a la prestó!
exterior. Siempre podía reducirse a-una economía de subsistencia y resistid
esperando que reviviera su contenido comercio mientras acumulaba sus r |
cursos ganaderos. Entre las diversas presentaciones recibidas por el Foreign
Office contra el bloqueo había una carta de San M artín, quien proporcionaba
una especie de referencia en favor deRosas explicando que un bloqueo no prof
duciria en la Argentina el mismo efecto que en Europa, ya que la masa de|
pueblo no tenía las necesidades de consumo de ios europeos y. frente a una inf
tervencion m ilitar, podría retirarse con su ganado a una zona reducida a mi
desierto:107
j
En todo caso, como se quejaba Howden. el bloqueo no era absoluto. H ábil
un comercio de connivencia a través del Río de la Plata dado que los británif
eos querían el mercada y Buenos Aires necesitábalos ingresos aduaneros. É
los comerciantes beneficiados por ambas autoridades se íes permitía trafica]|
en forma clandestina y. entre Buenos Aires y Montevideo se producía un acti|
268
vo movimiento a través del bloqueo con pequeñas embarcaciones que nave­
gaban de noche bajo las narices fiel escuadrón de patrullaje. Sin embargo el
■bloqueo de Buenos Aires, como ia expedición del Paraná, fue un hecho srnna! mente irritante, que nada hizo en favor de los intereses británicos e indispuso
1 innecesariamente a la Argentina. MacCann hablaba por los británicos resiI dentes en Buenos Aires cuando escribió; *:E1 tesoro y las vidas de los súbditos
| británicos fueron... sacrificadas innecesariamente, al disputar con un pueblo
\ al que debería haberse dejado que manejara sus propios asuntos. Y es de esi perar que. en el futuro, nunca más sea enarbolada de nuevo la bandera britáí nica para promover otra ‘Intervención' en La Plata.” En realidad, durante
t todo el período Ge intervención, nadie molestó a ios residentes británicos y,
| más tarde, Wilfrid Latham recordaba cuánto mitigaba su aislamiento la obí servación de las distantes acciones en el Río de la P la ta : "era una ruptura
[ casi agradable en la placidez de la noche reunirse en los techos de las casas
í para presenciar una exhibición de mosquetería, explosiones y el ocasional
I fuego que vomitaban los cañones de las baterías del puerto. ”108
|
El uso de la fuerza en el Rio de la Plata no fue recibido en Gran Bretaña
| con mayor uniformidad ni mejores reacciones que entre los británicos en
[ Buenos Aires. Una parte importante de la opinión comercial preguntaba por
i qué debía arriesgarse un mercado que valía un millón de libras en exportaciol nes a fin de aumentar los beneficios de los extranjeros dueños de la aduana de
i Montevideo. Y la Casa de Baring presionaba para que se pusiera fin a la inter[ vención contra uno de los pocos gobiernos de América Latina que estaba in| tentando pagar el préstamo británico, El comercio ya era difícil cuándo la po¡: lítica británica con respecto a Rosas se endureció, y la intervención lo redujo
i aun más. Las exportaciones británicas a Buenos Aires cayeron a quinientas
noventa y dos mil doscientas setenta y nueve libras en 1845 y a ciento ochenta
; y siete mil cuatrocientas ochenta y una libra en 1846; comparadas con novei denlas ochenta y nueve mil libras en 1841, después de la finalización del blo! queo francés, y con un millón trescientas noventa y nueve mil libras a que al­
canzarían en 1849. Los comerciantes se quejaban amargamente al Foreign
Office de que el mercado se estaba perdiendo y las ventas se extinguían, que
los partidarios de la intervención no representaban el comercio del Río de la
Plata sino intereses rivales, tales como los del Brasil, que no verían con desa­
grado el cierre del Río de la Plata, y especuladores que habían comprado el
derecho a cobrar los ingresos de la aduana de Montevideo. Mientras Gran
Bretaña perseguía ilusiones, ofendía y desairaba a un buen cliente. Como esos
argumentos se multiplicaban, finalmente convencieron a Aberdeen. En pri­
mer lugar, en febrero de 1846, advirtió a Ouseley para que no emprendiera
nuevas agresiones contra un gobernante con el que “hemos llevado amistosas
relaciones... y un ventajoso comercio durante muchos años.” Luego, adhirió
abiertamente a la causa de los comerciantes:
...los comerciantes más respetables de este país dan testimonio de su (deR osas) buen
269
i
comportamiento hacia nosotros, y si bien admiten sus defectos morales y el carácter pel
verso dé su política doméstica, declaran en forma unánime que, en nuestros tratos es
mereiales con él, no tenemos motivo de queja.1*®
,1
También aumentaba la presión política. En la Cámara de los ComunéJ
■Palmerston llamó la atención sobre el contraste entre el lenguaje de paz en e|
Parlamento y los actos de guerra en el Río de la Plata. ‘‘Deseo saber”, prel
■guntó el 23 de marzo, “si estamos ahora en guerra con Buenos Aires o no”, porj
que las-instrucciones y las acciones no estaban en estrecha relación. Peei.rel
pilcó que un bloqueo no significaba necesariamente el estado de guerra, di
modo que la respuesta era no. Las instrucciones, explicó, sancionaron el b!o|
queo, pero “no contemplaban una expedición de esa clase (aguas arriba def
Paraná)í!; y volvió atrás para rendir tributo a los “valientes oficiales, mari¡
ñeros e infantes de marina que participaron en la expedición” .m
1
A medida que cambiaba la opinión británica, o se hacían sentirlos intere|
ses y la propaganda comerciales, Aberdeen empezó a retroceder. El 4 de mar-?
zo de 1846 ordenó a Ouseley que retirara las naves británicas del Paraná. En
una serie de despachos críticos el Foreign Office reprendía a Ouseley por noi
haber seguido las instrucciones, por intensificar el bloqueó, por identificarse;
con la política local y con facciones, y por buscar el derrocamiento de Rosas;;
se le advirtió;
i
que abandonara cualquier intención que pudiera atentar contra ese gran objetivo de lai
Paz, que ambos gobiernos tienen tan honestamente en ei corazón. Soy el más ansioso enl
hacerle a usted esta advertencia, porque en los dos despachos a ios queme he referido,)
usted ha tratado de establecer una diferencia entre el general Sosas y lá República Ar-J
gemina; entre el presidente y el país, lo que el gobierno de Su Majestad no puede perm E
tirse aceptar ni por un momento ,iu
?
Aberdeen envió a Thomas Hood, ex cónsul en Montevideo y reconocido;
amigo de Rosas y Oribe, como enviado especial para restaurar las relaciones?
angio-argentinas.112Pero la confusión no se disipó de inmediato. Cuando Gran:?
Bretaña se mostró fría hacia el Uruguay, los colorados que estaban allá s é
volcaron hacia sus antiguos aliados y atacaron a las fuerzas británicas y fran-i
cesas en Montevideo, mientras Ouseley, lejos de estar arrepentido, se opuso a;?
Hood por lo que él consideraba una entrega a Rosas. Ésa era la situación que?
se le presentaba a Palmerston cuando regresó al Foreign Office en julio de •
1846.
;
La Argentina no era una de las prioridades de Palmerston. En 1846 le inte­
resaba m ás la cuestión de los matrimonios españoles en Europa que los asu n -:
tos de una ex colonia española en América del Sur. Pero tuvo que trasladar su
atención al Rio de la Plata aunque sólo fuera para liquidar el problema. Si
bien no era obviamente tan pro-francés como su predecesor, no abandonó
bruscamente la política de Aberdeen. Continuó el bloqueo y permitió que pa­
saran algunos meses antes de retirar definitivamente a Ouseley, Aparte de su
270
aversión a conceder demasiado'a cualquier oponente, deseaba salvaguardar
el tratado de 1825, procurar la libre navegación más allá de Buenos Aires! y
asegurar la independencia del Uruguay. En consecuencia, retuvo algunas po­
siciones de negociación. Pero tuvo también algunas actitudes positivas. Bn su
[momento retiró a Ouseley y reemplazó al almirante Ingleñeld, comandante
['de la estación naval británica, por el comodoro Thomas Herbert, un hombre
[más agradable y de mayor tacto. Despachó nuevas instrucciones., con la fir|me declaración polínica de que el gobierno británico no deseaba ni se proponía
|tomar nuevamente-parte en las hostilidades entre Buenos Aires y Montevi­
d eo . Y destacó a un nuevo enviado, John Hobari Caradoc, segundo Barón
f Howden, quien llegó a Buenos Aires en mayo de 1847.
|
A través de una convencional carrera de las armas y de la diplomacia,
I Lord Howden había preservado una naturaleza romántica que se manifesto
I en Buenos Aires a pesar de sus cuarenta y ocho años. Causó una buena impre| -sión en los porteños por su informalidad y franqueza, sus esfuerzos por domiS r¡ar el español y sus maneras criollas.113 Estaba acompañado por el comodoro
| Herbert, quien, no obstante ser el comandante de la ilota que efectuaba el blóI queo, se paseaba sin ser molestado por las calles de Buenos Aires y hasta reei| bió de Rosas el ofrecimiento de"proveerle vituallas, como informó Howden:
| “El general Rosas me ha ofrecido abastecer diariamente al escuadrón de tílo| queo con came vacuna, pan y hortalizas, todo fresco. Por más ineficiente que
¡ sea el bloqueo, me pareció que había en el ofrecimiento algo demasiado ah|. surdo como para permitirme aceptarlo.”114 Así como Howden rechazó las
|: provisiones de Rosas, habría aceptado a su hija. Su pasión por Manuelita se
|. despertó rápidamente y fue expresada muy pronto. E l 24 de mayo de 1847.
| cuando ella cumplió treinta años, le dirigió una ardiente nota: “este día
I jamás se irá de mi memoria ni de mi corazón. ”115 Sus emociones alcanzaron
I su punto más alto durante una excursión criolla a Santos Lugares, oportuni1 dad en que, vestido de gaucho. Howden galopó por el campo y, entre otras di! versiones rurales, encontró tiempo para estrechar las manos de un grupo de
| caciques y jefes indios, a quienes aseguró que él también era un señor en su
I país y, además, que también era amigo de Rosas. Mientras regresaban proI puso-matrimonio a Manuelita, quien le respondió con firmeza que sólo lo
I veía como a un hermano. Su ardor ahora se calmó poco a poco y, cuando
| abandonó Buenos Aires, el 18 de julio, le escribió desde el HMS RaMgh una
I cariñosa carta de despedida, “mi-vida, mi buena, querida y apreciada her| . mana, amiga y dam a.”116
I
Mientí as-Howden ponía su corazón a los pies de Manuelita Jugaba su políf tica ante Rosas, aunque con el mismo escaso resultado, Rosas se-negó a dar
I una garantía de la independencia del Uruguay a las potencias europeas, pen| sando que sería una negación de la independencia y soberanía americanas.
f En cuanto a la Ubre navegación, sostuv o que el río P araná estabnen territorio
I argentino, mientras que el río Uruguay era un problema conjunto déla Árgen­
s' tina y el Uruguay, pero no de las naciones europeas.117Howden no aceptó esos
argumentos, como posteriormente lo informó a Palmerston, “su gran desea
su gran jactancia, su gran esperanza de fama postuma reside en segregará
tanto como sea posible de todo lo que sea europeo y envolverse en su !america|
msmo V ’118 Pero algo salvó al enviado. Comprendió que, mientras el bloque!
interfería el comercio, las principales víctimas eran los mismos británicos!
“estamos sencillamente bloqueando nuestro propio comercio!!, observó é
Herbert. El 15 de julio de 1847 abandonó' su parte en el bloqueo la flota británil
ca —los franceses continuaron otro año, hasta el 12 de junio de 1848— y re tir!
de Montevideo las tropas y equipos británicos. Palmerston estuvo de acuerdol
Pensaba que el bloqueo había sido ilegal desde el principio, dado que Gran)
Bretaña y Francia so estaban formalmente en guerra con Rosas, y que habíaf
quedado anora reducido a poco más que piratería; e ignoró los gritos de pro-j
testa que se levantaron desde los diversos grupos de intereses en Montevideo
Palmerston había llegado a considerar a Rosas como un mal necesario: al
pesar de ser un tirano, puso orden donde había' caos, salvaguardó la libertad y|
la seguridad de los extranjeros, y ofrecía mejores perspectivas a ios hritání-j
eos que Montevideo, que permanecía en manos de aventureros extranjeros yi
bajo la influencia de Francia. Para suceder a Howden nombró a Henry South-]
em como ministro plenipotenciario, con la misión de restablecer las buenasl
relaciones con Rosas como asunto de primera prioridad. Southernoo era una j
elección casual; se trataba de un hombre educado, con experiencia en el xnun- \
do ibérico y comprensión de sus valores. E ra Master of Arts del Trinity Colie- j
ge, Cambridge, miembro del Middle Temple (una de las cuatro sociedades i
de estudiantes y practicantes de leyes en Inglaterra), tema ciertas ambicio- i:
nes literarias y. en 1,824, Jeremy Hentham lo había nombrado director de la
Westminster R eview , con John Bowring. Había pasado cinco años en Madrid, j
desde 1833, como secretario privado del embajador británico, seguidos de ocho i
años en Lisboa como secretario de la legación británica. En la persona de
Southern, Palmerston eligió un calificado diplomático. Fue cuidadosamente ;
preparado por Mandeville antes de partir de Londres y estaba ya dispuesto a
apreciar lo mejor del régimen de Rosas. En Buenos Aires siguió fielmente sus
instrucciones; envió a Palmerston una continuada corriente de notas infor- ¡
mativas y, sin perder sus facultades críticas, trabajó duro para mejorar la re­
putación del dictador y para promover la paz y la amistad*.118
Sin embargo, la misión de Southern comenzó mal, porque Rosas prefirió
adoptar una actitud difícil. Se negó a recibir oficialmente al nuevo ministro y
sólo le permitió desembarcar, a principios de octubre de 1848, como ün simple
ciudadano. Southern no quiso mostrarse ofendido y se apartó de su camino
para adaptarse, usando poncho, vistiendo a sus sirvientes con librea de subido
color rojo y presentando sus respetos en la corte de Mannelita. Pero cuando
llegaron a Londres las.noticias de su recibimiento, se produjo una explosión
de cólera. Disraeli, que había perdido varios miles de libras en especulacio­
nes en la Asociación de Minería del Río de la Plata en 1825 y tema amargos re­
cuerdos de los gobiernos argentinos, llevó el asunto a la Cámara de los Comu-
272
bes. En respuesta al discurso desde el trono del r de febrero de 1849, se refirió
a la intervención en el Río de la Plata y al daño causado a los intereses comer­
ciales británicos simplemente para ayudar a los hombres de negocios de Li­
verpool :
¡El gobierno de Su Majestad ha empleado seis agentes confidenciales en conexión con La
¡Piate, algunos de ellos ministros de la más alta clase. Todos han fracasado; si últi§no, creo, si bien no fue realmente expulsado, ha sido tratado casi faltando a su dignidad
rebelde y de segunda clase, imitando a la madre patria
¡cedientes, fulmino a Rosas. Hacía mucho tiempo
t las actividades de Manuel Moreno, el ministro
Argentino en Londres. Moreno había planteado a Palmerston una cantidad de
¡temas que incluían la cuestión délas deudas extranjeras, las Islas Malvinas y
la intervención anglo-francesa, sobre los cuales el periódico comentaba, “no
Sabemos qué admirar más, si la insolencia del sudamericano o la resignación
pel ministro de la Reina que no lo lanzó a puntapiés escaleras abajo." Para erajpeorar las cosas, el desempeño de Moreno había sido alabado por Rosas en un
¡discurso en la Sala de Representantes, y esto, combinado con el tratamiento
sdado a Southern por el dictador. no hacía más que confirm ar que era un tirano
[bárbaro e ignorante, que gobernaba por el terror y el despotismo y para quien
a respuesta más efectiva era respaldar la independencia y libertad de Man te­
ndeo.
Í
posas no tenia en vista otro propósito que gratificar su propia ignorancia —la vanidad de
jun salvaje injertada en el orgullo de un español— exhibiendo ai representante de la Reina
Inglaterra ante el pueblo de Buenos Aires en una posición en la que no debía permanecer
¡ningún ministro como él... Nada efectivo puede hacerse contra Buenos Aires a menos
gue se tome total posesión del puerto y de la ciudad y se le convierta en una colonia britá­
nica permanente; y el momento para una medida tan decisiva aún no ha llegado.121
I Mientras tanto, en Buenos Aires, Southern no perdía la calma. Explotó la in­
dignación de Inglaterra para tratar de convencer a Arana sobre la necesidad'
¡¡deser más complaciente, como informó éste, a Rosas: “en Inglaterra, toda la
prensa y aun en las Cámaras, su permanencia enBuenos Aires en su carácter
jextraoíicial ha sido agriamente censurada.”122Pero Southern pudo informar
pronto que Rosas estaba respondiendo, que la administración era digna de
apoyo y que las condiciones para el crecimiento económico eran buenas. “Los
acreedores ingleses deberían rezar para que Rosas permaneciera en el po|er. Es un administrador honesto y prudente délos fondos públicos,”123Y te|ía confianza en que Gran Bretaña gozara todavía de una relación especial:
IApenas nos consideran extranjeros aquí, y tal es la abrumadora superiori­
dad de nuestro comercio y riquezas en Buenos Ayres y, en general, en la pro­
vincia, que nuestra influencia siempre habrá de predominar aquí para el es­
tablecimiento de relaciones pacíficas.”124 Palmerston recibió de buen grado
273
lo
que leía, e informó a la Cámara de los Comunes que el comercio brit
estaba floreciendo ahora en Buenos Aíres donde “existía verdadera hambre
sed por nuestros productos, y los cargamentos británicos eran comprados, cü
avidez.”125 Los errores del pasado fueron más fácilmente reconocidos destj
el momento en que las ganancias fueron buenas, y las circunstancias estaba]
maduras para restablecer formalmente las relaciones. Por el tratado del J
de noviembre de 1849, Gran Bretaña acordó evacuar la Isla Martín Gareí|
devolver todos los buques de guerra argentinos, saludar a la bandera argent|
na en reconocimiento de su soberanía en el rio, y reconocer que ei Paraná erj
un río interior de la Confederación Argentina; pero Gran Bretaña no acept|
responsabilidad alguna para terminar el conflicto en Montevideo. Por supajf
te, Rosas accedió &retirar sus fuerzas del otro lado del Uruguay cuando iqf
franceses desarmaron a todos los extranjeros que servían en las fuerzas d|
los colorados.12®El tratado se celebró en Buenos Aires con una serie de fiesta!
y recepciones; Southern era en esas oportunidades alma y vida, creando bué|
na voluntad con su Ruido, aunque incorrecto, español, su cortesía con las d é
mas y sus satíricas bromas. Los beneficios económicos de la paz y la amistad
fueron también alentadores: 1849 fue un año de brusco crecimiento de las exd
portaciones británicas hacia la Argentina, y los Inmigrantes británicos Ingres
saron al país en cantidades crecientes.
-í
Ahora Francia había quedado librada a su propia y exclusiva política en. i
el Río de la Plata. EJ almirante Le Prédour y Arana llegaron a un acuerdoJ.
para un tratado en abril de 1849, pero el gobierno francés se negó a ratificarlo I
y, por el contrario, envió al río un escuadrón de refuerzo en abril de 1850. Redj
sas parecía estar dispuesto a la guerra, y sólo pudo ser aplacado gracias &Is'tí
diplomacia de Southern y Le Prédour. En agosto-septiembre de 1850 se firmó'I
un tratado con Francia, acordando una mutua retirada de Montevideo de iasq
tropas francesas y argentinas.
|
A pesar del rapprochement, Rosas todavía era objeto de críticas en Grañ il
Bretaña, y aún había quienes se quejaban por el hecho de que una gran poten-'"!
cía tuviera que negociar con un caudillo gaucho. En el debate sobre el tratado
de 1849 en la Cámara dé los Lores, Aberdeen estaba preocupado por asegurar t|
la independencia del Uruguay: “éste era. en realidad, ei único objetivo deim-hf
portañola, porque con Rosas no teníamos ninguna disputa, nada teníamos de . ;|
' qué quejarnos, nada que pedir, excepto la independencia de la República j
Oriental.” Aberdeen también atacó por la circunstancia de que el ministro
británico aún no había sido recibido oficialmente por Rosas, ni siquiera des- i
pués de más de un año. tampoco después de haberse firmado el tratado. “Ad- :
mitió abiertamente que era absurdo insistir con rigor en la etiqueta diploma- .;
tica con gobiernos semibárbaros... pero, después de todo, había límites para :
la insol encía. ¿Debía seguir perdiendo el tiempo en la antecámara de esté jefe
gaucho ?... ¿Debía seguir esperando por el placer del bárbaro hasta que fuera
conveniente verlo ‘R 127 Pero no fue éste el lenguaje de Palmerston, quien por I
io general reconocía un ataque a los intereses británicos cuando veía alguno, i
274
; '"'Los británicos apoyaron ahora a Rosas hasta el final. Su justificación
—que-erala única alternativa para la anarquía— era un argumento usado durantemueho tiempo por el mismo régimen. Si era cierto, los propios brxtáiú-cos habían ayudado a demostrarlo por su fracaso para reformar a Rosas o*
bien derrocarlo. La diplomacia de las cañoneras, tal como fue practicada en
el Río deis Piáis, en 1843-46, fue curiosamente ajustada en el tiempo, planeada
de manera informal, y casi completamente ineficaz. Como lamentó en la Cá­
mara de los Lores un crítico de esa política: “el gran error... fue que nosotros
do contemplamos simplemente nuestros propios intereses, j los de nuestros
i compatriotas residentes en aquel país”, en vez de unirse a Francia, cuya
1 alianza'en Europa podía haber sido importante pero que en América del Sur
era sólo una responsabilidad.128 Pero si la diplomacia con cañones tenía
poca capacidad para hacer algo bueno, su potencial para hacer daño fue muy
limitado, por lo menos en la Argentina. A pesar de las locuras de su gobierno,
: los británicos en la Argentina sobrevivieron y prosperaron. Durante la inter| vención —según se conoció el episodio— el gobierno de Buenos Aires dio esI dietas órdenes para que ningún extranjero fuera molestado, no obstante la índignación local. Muchos residentes británicos experimentaron una sensación
de inseguridad, un sentimiento de que eran considerados enemigos de la nacíón y, en 1845-46, algunos de ellos llevaron sus familias del campo a la capital,
y dentro del alcance de ía protección naval. Pero sus temores probaron care­
cer de fundamentos. Durante lasguerra s de Rosas, no sólo no fueron acosados
los extranjeros sino que, indirectamente, fueron favorecidos. Los extranjeros
podían sacar provecho de la desgracia dedos nativos. Eran inmunes ante las
duras exacciones sobre las estancias y ante las inexorables exigencias del E s­
tado. en hombres y provisiones, para el esfuerzo de guerra. Los británicos go­
zaban de particulares ventajas gracias a 3a situación que les daba el tratado,
con excepciones al servicio militar, los préstamos forzosos y las requisiciones
de ganado. Ayudados por el bajo precio de las tierras y. en tiempos de tensión
política, por ausencia de la competencia de los argentinos, fueron comprado­
res que se abrieron camino en el sector rural. En la década de 1840' avanzaron
rápidamente en la industria de la oveja, adquiriendo üerra-s y rebaños, y
acentuando las mejoras de las ovejas criollas mediante cruzas con las merino
importadas, Nacieron grandes establecimientos, tales como los de Sheridan,
Harratt, Hannah, Thwaltes y otros, beneficiándose de los grandes lugares
abiertos y los excelentes pastos. Algunos observadores estaban sorprendidos
de que no hubiera resentimientos más fuertes contra los británicos:
Causas acreditables tanto a ios nativos como a los extranjeros contribuyeron, a impedir
el crecimiento de tales prejuicios; por un lado, el buen sentido de la gente del país, al ver
que los extranjeros estaban fomentando y mejorando sus industrias y que eran ellos casi
exclusivamente los que deseaban y podían comprar las cosas y propiedades que querían
vender; por el otro. ía solidaridad de los extranjeros con el pueblo en sus problemas y ba­
jo sus opresiones, y aun su disponibilidad para protegerlos y darles abrigo con sus mejo­
res posibilidades como así también, cuidar sus propiedades. Con este propósito, a menu­
do se efectuaban ventas simuladas a los extranjeros,ias
275
P o r otra p arte , la oposición política en tre los exiliados se ocupó del te:
y, sin dem ora, denunció las discrim inaciones en favor de ios extranjeros
La población se divide en dos clases. Los nacionales desposeídos de toda protección:!
sus vidas, en su hacienda, en su industria: sujetos a la voluntad tiránica d*e un ho;
imposibilitados para adquirir, sin garantía para conservar. Los extranjeros, con de§
cho a ser protegidos en sus vidas, en su hacienda, en su industria: con capacidad para
auirir, coin capacidad para conservar.150
E l contraste está estropeado por la hipérbole, pero subsiste el hecho de q>J
los británicos tenían poco de qué quejarse bajo el gobierno deR osas. É staep
tam bién la opinión del encargado de negocios de los Estados Unidos, quíen’g
pudo ocultar su exasperación:
Una ’de las peculiaridades más extrañas e inexplicables del gobernador, y tambiég
como necesaria consecuencia, de todos los principales hombres de nota en este país,
una extraordinaria parcialidad, admiración y preferencia por el gobierno inglés y los
gleses, en todas las ocasiones y circunstancias. Yo califico a esta parcialidad y prefer* ..
ciacomo inexplicable y extraña, en vista de la política egoísta y arrogante, el entróme}
miento y siniestra influencia que el gobierno y la gente británicos siempre se han empe­
ñado en poner en práctica en ¿stos países.535
v-:
•;
'I
■S'
f
R osas podía p erm itirse ser m agnánim o, y a que indudablem ente h a b |
obtenido un gran crédito con motivo de la intervención. Su te rc a oposición,
determ inación y el éxito final lo elevaron en el tem plo de los nacionalistas
gen tinos. Aun la b atalla de Obligado se convirtió en una especie de v ícto ri|
por lo menos en la mitología nacionalista. ¿Acaso no fracasó la arm ad a m |j
poderosa del mundo en su intento de m an ten er abierto el P aran á ? ¿ Y no d
contenerse de un segundo asalto? La A rgentina se reunió en torno a Rosas,
doctor López y P lanes escribió una inevitable oda patriótica. La Sala de
presentantes resonó de orgullo y alabanzas. Los diputados com petían e n r
rica p ara elogiar a Rosas por haber dado una lección a los extranjeros e
ñándeles a lim itarse al -comercio, Lorenzo T orres, un resista, naeíonali
probablem ente habló por todos cuando describió a la intervención como 1
gu erra de vandalaje en la que la principal p a rte , o toda la parte, la tenía la
nalla extranjera.”132 Los-mismos británicos adm itieron que Rosas había m
rado su posición. Southern no lo d u d ab a: “la Intervención ha dado fuerza y
gor al poder de Rosas. Su reputación, n atu ralm en té, ha llegado a ser inm
s a ; y ha dem ostrado a satisfacción de sus com patriotas que, por lo menos,
invulnerable.”133 Rosas recibió tam bién m uchas alabanzas, aunque poca
ayuda práctica, de o tras naciones su d am erican as por su obstinada resisten
cia a los gigantes im periales, y h asta Andrés Bello se sintió impulsado a elo|
giarlo diciendo “cuya conducta en la gran cuestión am ericana le coloca, a m|
juicio, en uno de los lugares m ás distinguidos en tre los grandes hom bres de.
América. ”13‘i T am bién Rosas consideró su éxito como una contribución a una;
causa m ás grande que la de la A rgentina; su g ra n ambición era se r el creador
de la identidad am ericana, un defensor de la independencia am ericana. Su’
276
compromiso hacia un americanismo más amplio fue observado por Lord
Howden:
..,1o llaman t2el gran Sistema Americano” , que consiste en una determinación para no
admitir jamás el derecho de ninguna potencia europea a intervenir, para hostilizar o pro­
teger. en ios asuntos de este continente.'.. La única idea política que se inculca asidua­
mente a todos los niños en las calles es que existe una gran conspiración europea contra
la independencia americana en la totalidad del mundo americano.125
Rosas no había terminado aún con los británicos; habría de pasar los últi­
mos veinticinco años de su vida en medio de ellos. Por el momento, la Inter­
vención había confirmado, más qiie modificado, su característica relación
con ellos, una extraña mezcla de atracción y repulsión.
277
CAPÍTULO VIII
Apogeo y Derrota
|
I
1
Rosas gobernó siguiendo objetivos fijos y principios irrenuneiables. Pero res-i
pondióa las circunstancias y características de las diversas épocas. Hacia l a ;
mitad de la década de 1840, los años transcurrieron en calma y con estábil!-."
dad, el gran peligro había pasado y el régimen se'hizo, si no benigno, por lo ,
menos conciliatorio. Es cierto que el bloqueo anglo-francés puso a'prueba ay
Rosas y en tensión a la. economía, pero no dañó su reputación y no fue ácompanado por un disenso interior. De manera que el terror de 1840-42 no se repitió, y ■
Rosas pudo retener el control sin necesidad de recurrir a la violencia. La pro- b
paganda oficial aún era excesiva, y los lemas antiunitarios seguían siendo ¡
salvajes; pero su aplicación ya no era feroz y las manifestaciones facciosas ¿f
habían disminuido. Si bien el gobierno seguía siendo el mismo y la vida poli ti- |
ca normal todavía estaba proscripta, la atmósfera era más calma, el régimen: 'í
más moderado, la sociedad estaba menos atormentada.
;|
El diarista Beruti fijaba fecha al cambio a partir de 1844, un año de paz jf
y tranquilidad; “no ha habido insultos, embargos, confiscaciones'ni degüe- í
líos, ni se ha perseguido a nadie; Dios quiera que ásí sigamos en adelante has- |
ta la paz general, y que se constituya la república, que es lo que todos desea- ■i
mos,!!1Dos años más tarde (Iode junio de 1846) informó 2a extinción-de la n a - - j
zorca y la dispersión de sus miembros para incorporarlos a la milicia. En b ;
1340, Rosas había declarado una implacable guerra.contra los unitarios y or-:
ganízado una acabada confiscación de sus propiedades. Pero a partir de 1845 '
las propiedades confiscadas comenzaron a reintegrarse en forma creciente a
sus dueños. Muchos resistas, naturalmente, se habían beneficiado de manera. ■
permanente con las confiscaciones y sus ganancias no fueron tocadas. Pero el -b
278
gobierno parecía ansioso por. liquidar el pasado y dar la bienvenida de vuelta
al redil a los propietarios favorecidos con las restituciones.
La tendencia continuó. En 1848 el régimen alcanzó la cumbre de su poder
y reputación. El país estaba unido y fuerte, en su propio territorio y en el exte­
rior. Rosas había impreso su personalidad a cada aspecto del gobierno y a
cada sector de la vida, hasta en los más mínimos detalles de vestimenta y con­
ducta. Aunque fuera a disgusto, le obedecían en Buenos Aires y más allá. Ha­
bía amansado a los caudillos y convencido a las provincias, por terror o por in­
tereses, de que la hegemonía de Buenos Aires era un precio razonable a pagar
para obtener la paz federal y el orden. Había combatido éxitos amente la in­
tervención de Oran Bretaña y Francia y ganado cierto respeto en las Ameri­
cas por sus logros. La paz y la seguridad alentaban a la inmigración y mejora­
ban la disponibilidad de trabajadores. Los émigrés políticos continuaron re­
gresando y muchos descubrieron que no era demasiado tarde para reclamar
sus tierras y propiedades.
Hay también una inmensa afluencia de emigrantes, tanto de la dase de los que Megan &
estas costas por primera vez y desde países extranjeros, como también de la de los nati­
vos que han estado ausentes durante mucho tiempo por razones políticas. Cantidades
considerables vienen a establecerse aquí desde la ciudad de Montevideo y, entre ellos,
muchos quehan actuado en armas durante los Ultimos sucesos. Sin embargo, no se hacen
investigaciones, y a nadie molestan porto que puede haber ocurrido en otra parte. Los re­
fugiados que regresan también so» tratados con toda consideración y con mucha fre­
cuencia, ante solicitudes presentadas al gobierno, el secuestro de sus propiedades es de­
jado sin erecto.*
Rufino de Elizalde escribió a su amigo Marcelino ligarte, ausente- en
Montevideo desde hacía ocho años, y dispuesto ahora a regresar, que hacerlo
era compl etamente seguro y que nada hallaría que le impidiera su práctica de
la ley: “Las circunstancias políticas en nada influyen sobre esto, pues debes
saber que si el mismo Lavaile volviese al mundo y quisiera venir a ésta, sería
tan respetado como cualquiera.”3 Un corresponsal más cínico escribió: “Ro­
sas se está humanizando y los porteños contentos de que no los degüellen, han
llegado a creer necesario el gobierno de aquel perverso."4
Según Saldías, después de la represión y el derramamiento de sangre co­
metidos por ambos bandos, “el país en general comenzaba a gozar de cierto li­
beralismo."5 Pero estas circunstancias no eran signos de liberalismo; más
bien significaban que algunos émigrés, desgastados por la extensión de su .
exilio y la durabilidad del régimen, habían perdido toda esperanza de cambio
y estaban dispuestos a regresar bajo las condiciones del dictador. Los asesi­
natos cesaron, la conciliación reemplazó al odio, pero de no ser por eso, el sis­
tema seguía siendo el mismo. Detrás de un exterior más blando, sobrevivía
tina férrea resolución. Fue en 1848 cuando ejecutaron a Camila O’Gorman y a
su amante, Y fue también entonces cuando el ministro británico informó so­
bre la implacable insistencia en la exteriorización de conformidad, que era el
sello característico del régimen:
1
En Buenos Ayres, todos los. ciudadanos déla Confederación Argentina están obligados a3|
usar una especie de uniforme, que es la m arca distintiva del federalismo- El chaleco!;
debe ser rojo, deben llevar una cinta roja alrededor de la copa de su sombrero, y otra cb¿3
ta roja en el ojal, con la inscripción “Viva la Confederación Argentina1’ y “Mueran los!
■'Salvajes Unitarios”, Las mujeres también están obligadas a-llevarumnoño de cinta rojáS
snei cabello.®
i
Eosas tenía entonces su residencia principal en Palermo, cuyos edificios;-;
y parques estaban más o menos terminados, y donde había trescientas perso­
nas al servicio del dictador, desde funcionarios y secretarios hasta sirvientes.;;
capataces y peones. Más de un visitante inglés hizo observaciones sobre su es- f '
tilo bucólico:
;■
En su vida privada, Rosas parece bondadoso y alegre. Es de aspecto robusto y vigoroso; ••
y se asemeja más a un apuesto granjero inglés que a un general español- Su hi ja es su ver- y
dadera m inistra y secretaría y, a través de ella, es fácil concertar cualquier comunica- j ;
ción que se desee efectuar. Ella es afable, aparentemente de buen corazón y afectuosa, j
Sus modales y aspecto son agradados, aunque ya no es bella. Su adoración por su padre ■:
- llega a ser pasión.7
William MacCann visitó en esos días a Rosas, por invitación, y caminó ¡con él por los jardines bajo la sombra de ios sau ces: “Su rostro guapG y rubí- “ :
cundo y su aspecto rollizo,., le daban la apariencia de un caballero rural in-"d ;
glés. Tiene una altura aproximada de un metro setenta y cinco y su edad es de - .
cincueníaynueve años.” Ene! momento de la visita de.MacCann, Rosas tenía
cincuenta y cinco años y, como de costumbre, se mostró amable con sus hués- .
pedes: “El trato del general Rosas era tan sencillo y familiar que inmediata- y
mente hizo sentirse cómodos a sus visitantes... después de abandonar su p r e -:sencia, el m ás prejuiciado'de los concurrentes debe de haber pensado que la i ;
relación con ese hombre era agradable y. sin reservas. ”8En momentos de me- y 1
ñor compostura, Rosas dejaba una impresión diferente; algunos críticos y
como Sarmiento observaron su predilección por las bromas, los cuentos obsceños, lenguaje sucio y groseras payasadas físicas.9Pero todos coincidían en
que su aplicación al trabajo era extraordinaria.
i
En su residencia dé Palermo, rodeado por su estado mayor, Rosas se co- y
locaba a distancia de sus ministros; no vio más a Arana y sólo se comunicaba . y
con él de la manera más formal. Los ministros le enviaban los expedientes de y
los asuntos de gobierno y Rosas les contestaba por escrito. Sus secretarios
tr abajaban sín parar en turnos de doce horas. Rosas conducía las entrevistas .
y trataba los asuntos con sus funcionarios caminando de arriba abajó su lar- -0
ga sala de recepción, mientras sus secretarios corrían detrás de él, y daban 0
vuelta en e l extremo de la habitación. En lapráctica, Rosas redujo elsistema 0
de gobierno a dos sectores, su secretariado personal que ejercía el verdadero y
poder, y los ministerios, cuyas funciones eran más form ales. Henry Southern
informó:
280
Aquí hay de hecho dos departamentos de Relaciones Exteriores, Une conducido por el
gobernador y sus veinticuatro secretarios privados, que trabajan las veinticuatro horas,
una mitad de día y la otra de noche. Esta oficina privada realiza igualmente Is mayor
parte de las otras tareas, reduciendo a los ministerios a asuntos de forma. La adminis­
tración es cumplida principalmente por la Policía, otra ram a de su gobierno privado, y
tiene todavía otra ram a de secretarios militares privados en su cuartel general, que se
encuentra a unos veinte kilómetros de la ciudad y que constituye el centro de todos los
asuntos relativos a las provincias. Se mantiene a los ministerios tan ignorantes de lo que
astá ocurriendo como resulta posible sin vulnerar una estricta observancia de todas las
formas oficiales-3®
Era éste un gobierno personal en la más burda de las formas; Rosas to­
maba todas las decisiones en política y aun las más ejecutivas, y no se hacía el
menor intento para organizar la delegación de los poderes y funciones admi­
nistrativas. La única excepción era el trabajo hecho por su hija Manuelita, a
quien Southern describió como <;e! Ángel redentor de R osas1' Ella actuaba
como una especie de filtro a través del cual se transmitían los temas de carác­
ter extrajudicial, que incluían peticiones de dem encia en las sentencias de
confiscaciones, destierros, y aun las de muerte. Aparte.de esto, el dictador
asumía el peso total de los detalles administrativos en forma indiscriminada:
“está siempre ocupado en un solitario estudio, análisis y concreción de los
asuntos, y no acepta ayudas, a excepción de la que le prestan mecánicamente
sus asistentes.”11 SegúnSaldías, el trabajo se hizo excesivo para é l; “en el año
1848 es cuando comienza su decadencia intelectual”, un proceso que podía
apreciarse en sus vacilaciones, obsesiones, conducta excén trica, rutina sin­
gular y en repentinas explosiones de cólera por cosas triviales, Southern pen­
só que podía haber un toqué de locura en su comportamiento:
Él mismo dice que no hay un solo miembro de su familia que no sea maniático; él es
aun algo más. A veces pienso que sus aberraciones alcanzan a ser como fugaces toques
de locura: en todo momento se encuentra en el más alto grado de. capricho, propenso a
irritarse; lento para escuchar o. más bien,.para comprender razones, y es quizás el indi­
viduo m ás obstinado y terco que exista,12
Una de sus obsesiones eran el delito y sus autores. En 1851. cuando au­
mentaron una vez más las presiones externas sobre el régimen, Rosas se
preocupó por la ley y el orden, recordando tal vez aquella combinación de ata­
que extranjero y subversión interior que tanto lo había amenazado en 1840-42.
Se mostraba muy interesado en los detalles de la conducta delictiva, y .urgía a
los jueces de paz para que realizaran grandes esfuerzos. Les ordenó, por
ejemplo:
Ea adelante, a todo preso o presos que remita usted a este cuartel general, debe pregun­
tarles si acostumbran a emborracharse con frecuencia, si beben poco o mucho, si tienen
mala o buena bebida, y silesda por pelear o cometer otra clase de desórdenes con la bebi­
da, todo lo cual debe usted anotar en las clasificaciones con que los remita, según el ad:
junto modelo de clasificación.33
281
' ■ Los registros policiales daban la impresión de un aumento en los índie|
delictivos, una mayor cantidad de delitos sexuales, ataques en las calles,
bos con violencia, falsificación de dinero y deserciones del ejército. Enlaprf
mera mitad de 1851. una cantidad de delincuentes fueron ejecutados,
como explicó Rosas a Southern, “con élpropósito de castigar al culpable, yn|
tanto para disuadir a otros delincuentes, sino simplemente para impedirle^
que vuelvan a causar daños a la sociedad”.14
Rosas creía íntimamente que su régimen había logrado ahora el decidí
equilibrio entre el conservadurismo y la moderación, y declaró orguiiosg
mente a la Sala de Representantes:
Me complazco en manifestaros que las represiones oportunas han producido indeciBle*
bienes, y que me he aplicado perseverantemente en .la religiosa protección de todos los
derechos, propiedades, intereses, públicos y particulares, nacionales y extranjeros, v p¡j
actos de clemencia- Ese concierto entre las miras conservadoras y las inspiraciones #
la moderación ha producido, en una época tan extraordinaria y ante las"conmociones in,,
sólitas del mundo político, resultados "que apenas me toca indicaros...15
£
Los observadores extranjeros también tenían esa impresión. Henry South-;
em , simpatizante admitido del régimen, pensaba que los éxitos de Rosas erarif
ahora reconocidos:
’~
Ahora que su ascendiente es índíscutido y, par el momento, incuestionable, puede apréi?
ciarse que, aunque los castigos sanguinarios no le cuestan nada, tampoco se complace'
con ellos, y que, ahora que ha pasado la époc2 de lucha y.peligro, se hacen cada di¿ másí
insignes las numerosas cualidades eminentes y valiosas que distinguen al general Ro-'-j
sasA6
'•?
Y aun sobre el final, en la víspera de la última batalla, seguía habí ando ad
los extranjeros sobre sus sueños de un mejor futuro; como lo informó Robert ,]
Gore:
M
No dudo para mis adentros que si el general Rosas triunfara, en poco tiempo intentaría;'
un sistema muy diferente, en el que se desarrollaran las grandes riquezas de este magní­
fico país, se asegurara la rígida ejecución de la ley y se adelantara mediante la educa-.;,
eíony, además, la civilización y la industria. Así... es la noción que me he formado como.1
consecuencia de las pocas conversaciones que he tenido con el general Rosas, con quien ssempre he hablado con absoluta franqueza.17
’
:
Sin embargo, había un defecto inherente alrosismo.aun en la cúspide de
su éxito. ¿Cómo podía prolongarse su estabilidad y asegurarse su contínuidad? Una monarquía personal se perpetúa por sucesión hereditaria. Pero un..
caudillo, no sólo no podía nombrar un sucesor, tampoco y mucho menos, eon-L
tinuarse en un heredero; ciertamente, lo único que no podía dictar era una f or-;
mal transferencia del poder. Un régimen personal de este tipo no podía garan~v
tizar, normalmente su propia supervivencia ni proveer para la permanencia ;
de sus políticas. Llevado al poder por la violencia, o amenaza de violencia, el. :
caudillo podía extinguirse en la misma forma, y el sistema por él adoptado po- .
282
día desaparecer reemplazado por el de un rival. Además de su verdadero po­
der, Rosas poseía una legitimidad formal, y a ella se aferraba; en realidad, le
resultaba difícil abandonarla.
La Sala de Representantes había elegido a Rosas gobernador de Buenos
Aires con facultades absolutas el 6 de diciembre de 1829 y por ley del 2 de agos­
to de 1830 se le autorizaron “facultades extraordinarias en su totalidad, para
ser usadas según los dictados de su propio juicio y conciencia.1118 A fines de
1332, no aceptó la reelección para otro período de gobierno, pues 3a Sala se
mostraba poco dispuesta a renovar aquellas facultades. Sin embargo, en 1835
aceptó una vez más el nombramiento cuando le garantizaron la suma del
poder que podría usar de acuerdo con su juicio y conciencia. En 1840 no acep­
tó la-reelección, y los diputados encontraron una fórmula salvadora, la pró­
rroga de su período de gobierno, que Rosas pareció no objetar. A principios de
. 1842, alegando su precaria salud, solicitó nuevamente a la Sala de Represen­
tantes que buscara un sucesor ; una vez más no lo hicieron y de nuevo continuó
Rosas gobernando. Lo mismo ocurrió en 1843. En 1844. todavía estaba “sacri­
ficando su salud”, y la Sala, seguía aún declarando su lealtad. En ese momen­
to, durante el bloqueo de Montevideo y la intervención anglo-franeesa, Rosas
parecía especialmente indispensable. En 1845 fue reelegido por el voto unáni­
me de la Sala. En 1846, otra vez pidió ser relevado porque su salud estaba que­
brantada pero, como era igualmente previsible, la Sala lo reeligíó. La misma
rutina y casi las mismas palabras fueron adoptadas en 1847 y 1848. Así conti­
nuó el juego, y la gobernación de Rosas alcanzó el año 1849.
Hacia fines de 1849, Rosas parecía más decidido que nunca a retirarse,
mostrando tai vez verdaderos signos de fatiga, una sensación deque las cosas
se le escapaban y una ansiedad por abandonar las preocupaciones del cargo.
Su principal tarea —podía alegarse— ya había terminado. El país estaba en
■paz; la ley y el orden estaban asegurados; los enemigos derrotados; y la pros­
peridad aparecía en el horizonte. La razón que dio fue su agotamiento en el
servicio de este país, la necesidad de retirarse a la vida privada y dar paso a
alp ien lleno de vigor, “que con más voluntad y fuerza de opinión, suceda sin
demora al'general R osas.”18 Podía también interpretarse como un medio de
obtener un pseudo plebiscito, alentando al pueblo para que presionara por su
continuación en el cargo. Los agentes dei-Tosismo,;y no menos la misma legis­
latura, organizaron una clamorosa campaña de demostraciones y peticiones,
simulando una presión pública de todas partes. El 18 de octubre se presentó a '
la Sala una petición masiva. Hasta la comunidad comercial británica se unió
a ella, solicitando a Southern que apoyara el movimiento en favor de Rosas.
La campaña terminó al finalizar el año, en una orgía de adulaciones. La Sala
confirmó a Rosas con poderes absolutos, limitados solamente por su propia
voluntad, declarando “Él mundo sabe que el general Rosas y la Confedera­
ción Argentina son hoy sombres inseparables. Si se quita uno de ellos se per­
derá el otro.”30
Había, por supuesto, un verdadero obstáculo para el retiro de1Rosas.
283
¿Quién lo sucedería? Tomás Anchoreña, su “oráculo”, había muerto en 1E$7.
Manuel Instarte y Felipe Arana eran más burócratas que ministros- Mediar.-,
te un proceso de conformismo, exclusión y persecución, Rosas había elimina-;
do todo talento político y todo rival posible. La política estaba reducida al ro-sismo, y el r osismo sin Rosas era inconcebible. Todo el complejo sistema de
protecciones dependía de él; era ei patrón fundamental, y sus protegidos se
ponían más ansiosos cada vez que se producía un indicio de renuncia: “El señor gobernador tiene sobrados motivos para mandarnos a todos a la p... que
nos parió. Es ei único hombre puro, patriota y de buena voluntad que tenemos.
Srél falta, todo se lo lleva la trampa, y no es posible que él lo desconozca. ¿Qué
será del país?”31 Sin duda, algunos de los rumores de corrupción administra­
tiva, especialmente aquellos que circulaban entre los grupos de. émigrés de
Montevideo, que hablaban de “inmoralidad y corrupción en todas las ramas
de ia administración" y de “la arbitrariedad délos mandarines”, eran exage­
rados por motivos de propaganda.22Pero parece haber existido una real decli­
nación, no meramente de eficiencia sino también de moral e integridad. Mu­
chos oficiales y administradores estaban haciendo dinero a costa del Estado,
.extendiendo sus propiedades, interviniendo en contrabandos y aun traficando
con el enemigo en Montevideo. Un cargo en el gobierno era considerado como
un negocio privado, y los lemas políticos fueron perdiendo significado: “'está,
rodeado de salvajes unitarios”', se quejaba Vicente González.2? Rosas estaba
ahora conduciendo todo el Estado: “Todo ei peso de la administración, en sus
pequeños y grandes detalles, descansa sobre sus hombros y. lo que es más, so­
bre su responsabilidad. Las faltas de los empleados, los abusos que cometen,
su misma ineducación, todo se pone en cuenta del gobierno y se atribuye a su
descuido y hasta su connivencia,”24 ¿Quién podía asumir esa responsabili­
dad?
El 27 de diciembre de 1849 Rosas continuó su práctica anual de presentar
un mensaje a la Sala de Representantes. Estos íníoiunes políticos se hacían
cada año más largos, aunque su valor para los historiadores no aumentó en
relación a su prolijidad. Esa vez. el informe tenía una longitud de cuatrocien­
tas cincuenta y tres páginas, y Rosas anunció que se necesitarían tres sesio­
nes para leerlo; en consecuencia, se le asignaron los tres primeros días de
enero. El secretario de la Sala empezó a leer el informe el r de enero, pero
sólo había alcanzado la página cuarenta y nueve cuando concluyó la sesión y
los sufridos diputados se retiraron. Durante el segundo día. llegó hasta la pá­
gina setenta y ocho, de modo que se requirieron dos días más y una lectura
más rápida para completarlo y terminar con ei tedioso tema. El mensaje era
una verbosa y satisfecha relación política y referente ai cargo, en la que Ro­
sas Regaba a una conocida conclusión: que había destruido su salud al servi­
cio de la república y ahora deseaba retirarse.25 Legalmente, el período en el
■cargo de gobernador finalizaba en abril de 1850, y. el 7 de marzo, ia Sala eligió
por unanimidad a Rosas como gobernador y capitán general. Luego tuvieron
que convencerlo para que aceptara. “Cada uno de los Representantes tendrá
284
® -.siempre como un timbre haber ocupado un asiento en esta Sala mientras el
f General Rosas hacía las grandes cosas que hoy se admiran, y traía a la República al estado de prosperidad en que se encuentra”. Henry Southern observó
-sue. Rosas atravesaba el paroxismo d éla frustración ante su imposibilidad de
f ¡ . renunciar:
I
Realmente creo que Rosas es a veces victima dé sí mismo y por momentos se identifica a
menudo con ei papel que está jugando. Sospecho que tiene algo defectuoso es. el cerebro
y. aunque hay un método constante er¡ su locura, debe ser, de todos modos, alucinación.
Hace unas pocas noches, mientras hablaba de la crueldad de sus compatriotas al obligar­
lo a permanecer como poder supremo en esta parte del mundo, su tono de lamentación y
dolor habría derretido cualquier corazón que no estuviese endurecido por l_a mcr-áui:dad—Anteanoche me dijo: Siempre le digo que yo soy un esclavo que trabaja con cade­
nas de oro, ahora, mis crueles compatriotas las han tachonado con brillantes. Luego
rompió en lamentaciones sobre la falta de los hombres, ios sacrificios que hasta entonces
había hecho, casi de su vida y por completo de su salud, y finalmente señaló a su hija,
que lloraba a su lado, como otra víctima en el altar del patriotismo
A principios de octubre hubo un nuevo pedido a Rosas para que permane­
ciera en el cargo. No contestó hasta ei 13 de diciembre de 1850 cuando, en un
nuevo y enmarañado mensaje, reafirmó su decisión de no continuar. Estas re­
nuncias constantes dejaban perplejo a Southern, especialmente porque no po­
día ver alternativa alguna que no fuera Rosas y ninguna otra barrera para la
anarquía; pero, se preguntaba, ¿por qué ha de juzgar uno los motivos de “un
hombre que ha descubierto la forma de gobernar a uno de los pueblos más in­
quietos y turbulentos del mundo?’127 El hecho fue que, mientras la Sala de Re­
presentantes y el gobernador cumplían todas las idas y venidas de elección y
renuncia. Rosas continuó gobernando.
Después de haber llegado a dominar Buenos Aires, Rosas deseaba confir­
mar su soberanía y extender su apoyo en las provincias, pero no a través de un
arreglo constitucional. La única provisión constitucional existente era el
Tratado del Litoral de 1831, que dejaba la organización nacional a un congreso
que debía ser convocado por acuerdo de las provincias. Pero Rosas prefería
otros medios, un llamado directo a las provincias. Cuando se rehusó a la ree­
lección en 1M9, una de las razones que invocó fue que “su opinión eú la Provin­
cia. y en la República, naturalmente ha decaído,” E ste punto de vista fue
transmitido a la s provincias y la maquinaria política resista se puso en movi­
miento, como era la intención, para demostrar que estaba equivocado. En
todo el. país, los gobernadores y asambleas comprendieron la insinuación y
compitieron unos con otros para rendir honores políticos, aplaudiendo a Ro­
sas y suplicándole que continuara. Santa Pe, Catamarca, Córdoba. San Juan,
Tucumán, Salta. San Luis, Mendoza, Santiago del Estero. Corrientes, todas le
enviaron su apoyo. Desde Entre.Ríos, ürquiza reclamó para sí mismo y para
su provincia “el alto honor de combatir siempre a la vanguardia contra el
bando rebelde a los salvajes unitarios”. y le prestaba su adhesión a “su gran­
diosa misión de salvar la Patria y de abrirle la senda que la conduzca hasta
285
' •V'Í3Í? '•
su porvenir”.28 Algunas provincias declararon que querían que Rosas fu era|
su gobernador..,, otras, como Salta, lo llamaron Jefe Supremo de la Comedera-1';:?
ción, otras le asignaban la suma del poder y una de ellas lo proclamó P r e si­
dente de la República, Ya desde 1848, por lo menos, el mismo Rosas había.empezado a usar ampulosos títulos de mayor significación nacional, aunque no
definidos por ninguna ley. tales como Gobierno de la Confederación. Gobierno.
General, Jefe Supremo de la Nación. Como resultado de la campaña en las
provincias, comenzó a llamarse a sí mismo Jefe Supremo de la Confederación.
Argentina. En su mensaje de 1850 habló de los gobernadores y pueblos de la s '
provincias “que obedecen y acatan las órdenes del jefe supremo del Estado”;
y del “gobierno argentino que habla a su cuerpo legislativo”, reclamando así.'
un carácter nacional para su gobierno. Hasta cierto punto, esto reflejaba su
verdadero poder e influencia, pero no significaba que existiera un Estado na-'?
cional ni que Buenos Aires poseyera la maquinaria de gobierno para susten­
tarlo, Y desde una remota pero combativa provincia llegó un revuelo de pro­
testa.
Antiguo feudo de Facundo Guiroga, La Rioja estaba gobernada en esos
días por Manuel Vicente Bustos, a quien había llevado ai poder la revolución.
de Angel Vicente Peñaloza —El Chacho— en 1849. y era considerada por Ro- ;
sas como un débil eslabón en la cadena federal. Cuando se sintió presionada . ■
para unirse a la campaña provincial en favor de Rosas, la asamblea de Ls ?
Ríoja cumplió la obediencia ritual, pero expuso también ciertas ideas consti-;:.'
tu clónales: que las provincias debían defender sus sistemas políticos, que;./
mientras la Argentina no tuviera una constitución su destino dependía de un . : :
hombre, y que, hasta tanto tuviera un congreso representativo, debía preval
lecer la ley existente. Rosas nunca aprobó las referencias a una futura organr-?.
ración del país o la creación de un cuerpo representativo nacional. Considera^/,
ba que hablar de la organización nacional- era una invitación a la anarquía. EL/v
26 de diciembre de 1850 respondió a todos los gobernadores en términos apro- . :
xünatíamente iguales. Pero en su contestación a Bustos agregó que las ideas :
expresadas en el mensaje recibido, desde La Rioja estaban “opuestas en parte,, /
y en algo éstas, a sus principios y sentimientos políticos”. Hasta el fin de su go­
bierno Rosas se opuso a la organización constitucional de la Argentina y se. ■;
mantuvo firme en favor de una indefinida confederación en la que Buenos Afe
res ejercía de facto la hegemonía sobre un grupo de satélites. Como explicó? /
más tarde, seguía oponiéndose a una constitución sobre la base de que “los há­
bitos de la anarquía no podían modificarse en un día”, y que una constitución;
no podía crear el orden, sólo reflejarlo. Su punto de vista sobre el gobierno
nunca tuvo vacilaciones: “Para mí, el ideal de gobierno feliz sería el aütócra-, ..
ta paternal”29
Cuando 1850 llegó a su término, nada estaba resuelto y nada había cam? /
biado. Rosas informó a la Asamblea del triunfo en las provincias, pero toda? /
vía parecía decidido a no continuar. Los diputados estaban acostumbrados a
esto, pero las provincias se mostraron consternadas. Como estaban domina­
285
das por federales, expresaron nuevamente su solidaridad a Rosas, quisieron
proclamarlo Jefe Supremo de la Confederación, y nombraron plenipotencia­
rios ante su gobierno. Naturalmente, éstos no se reunieron en Buenos Aires,
sino que trataron invariablemente .en forma separada con Rosas. Y así, llegó
1851 lleno de incertidumbre. El Jefe Supremo quería abandonar el gobierno o,
al menos, asilo decía. Nadie ofrecía reemplazarlo, o no lo dejaban. Y repenti­
namente el propio régimen fue desafiado. Corrieron rumores de que Urquiza
estaba organizando a la oposición en el litoral y hablando de una constitución.
Un artículo del periódico enírerriano La Regeneración (» de enero) bajo el tí­
tulo "El año 1851 ” declaraba que sería conocido c o m o e s e año el de la Organi­
zación”. Rosas no podía ignorar el desafío. El 15 de marzo de 1851, la Gaceta
Mercantil, sin explicación alguna, publicó la célebre carta de Rosas a Quiroga escrita el 20 de diciembre de 1834 en la Hacienda de Figueroa, en la que ex­
plicaba su convencimiento de que no era conveniente imponer una constitu­
ción nacional o convocar un congreso general.36 Y en el mes de abril, en el Ar­
chivo Americano , aparecía reproducido ei artículo de Entre Ríos y criticado
como anarquía: “organizar un país es conmoverlo. ”
Mientras las provincias del interior proclamaban su apoyo al Jefe Supre­
mo de la Confederación, en otras partes aparecían signos de descontento. Ha­
bía tres focos de crítica, en particular: los emigres que permanecían irrecon­
ciliables ; la economía daba motivos de preocupación, aun dentro de Buenos
Aires; y el litoral que rechazaba ahora en forma total las políticas económi­
cas de Rosas.
2
Los émigrés políticos seguían en guardia en la década de 1840. sin que la
moderación superficial del régimen pudiera convencerlos, y rechazaban las
propuestas del dictador. Pero ellos también fueron afectados por las circuns­
tancias de la época. La Joven Generación era ahora más blanda y madura.
Los escritos de los émigrés empezaron a mostrar un mayor conocimiento de
los éxitos de Rosas, una apreciación de sus talentos particulares y una preocu­
pación por la futura reconciliación de todos los argentinos. Aun Sarmiento,
uno de los liberales menos complacientes, se vio forzado a reconocer los me­
recimientos deRosas y, en 1844, escribió de él una franca valoración, buscan­
do comprender, dentro de su condena:
Nadie conoce con más sagacidad que el general Rosas la situación social de los pueblos
que lo rodean. Su larga permanencia en el mando i la inteligencia penetrante i aguda de
que por desgracíalo ba dotado la naturaleza, i que sólo par una miserable i ridicula porfía
de partido se le puede negar, basta para hacer que esté bien informado de estas cosas
287
que, a la verdad, se revelan con facilidad a cualquiera que se dedique a m irarlas con una
avisada atención.
Elevado al mando de su país por los brazos de una insurrección general de las m asas:
sostenido en este mando por los medios mismos de que esta insurrección io ha provisto:
dueño de este elemento i conocedor de su fuerza i de sus instintos; vencedor, si no en el
campo de batalla, al menos en la política i en ios resultados, de toda la parte ilustrada, de
toda la parte europea, diremos asi, por ideas i por hábitos que tenía ia República Argenti­
na, ha Hegado a tener un conocimiento cqmpieto dei estado de ¡a sociedad enSud-América, i despliega a cada momento una astucia nada común para tocar las cuerdas sociales
i producir los sonidos que le. interesan, según las miras que se propone realizar.
Ei hecho es que hoy representa sin disputa el primer poder guerrero en acción de este
continente; nosotros ai menos, no sabemos que haya habido de algunos años acá otro go­
bierno que, como él, tenga en campaña doce mil veteranos, no bajando quizá de cuatro
mil los que tiene de reserva en sus "respectivos cuarteles. El general Rosas jam ás se ha
presentado en un campo de batalla, pero hace el papel de conquistador sobre la Repúbli­
ca Oriental del üru g u ai; lo hará sobre la del Paraguai; hará m ás omenos tarde, el papel
de protector contra el Imperio del Brasil en las provincias de Río Grande.31 -
Un año más tarde, en 1845, Sarmiento presentó en la parte final de Facun­
do, un programa de reconstrucción nacional que marca un contraste con la in­
transigencia de los primeros capítulos. Sostenía que la gente no era natural­
mente delincuentes o asesinos; todo dependía de las circunstancias que se les
presentaban. Por lo tanto, una Argentina futura tendría un lugar para los ho­
norables partidarios de R osas; ni siquiera serían excluidos los-inazorqueros,
porque había entre ellos virtudes ocultas.32
También Alberdi intentó comprender a Rosas y las razones para su dura­
bilidad política. Su fría apreciación de la Argentina, treinta y siete años des­
pués de la Revolución de Mayo, publicada en un folleto el 25 de mayo de 1847, $1
bien estaba escrita desde el abierto punto de vista de un opositor a R osas,es­
candalizó a muchos exiliados por sus opiniones complacientes sóbrela situa­
ción en esos momentos. Veía ai régimen como un producto inevitable del lu­
gar y la época. “Donde haya repúblicas españolas, formadas de antiguas co­
lonias, habrá dictadores, llegando a cierta altura al desarrollo de las cosas.1’
Esto no significaba que Rosas fuera un mero tirano. Así como esgrimía su
vara de hierro, poseía también talento político y había ganado tai reputación
que en el mundo lo conocían mejor que a Bolívar y Washington. Representaba
las cualidades típicas de la Argentina. “Como todos los hombres notables, el
desarrollo extraordinario de su carácter supone ei de la sociedad a-que perte­
nece. Rosas y la República Argentina son dos entidades que dependen mutua­
mente ; él es lo que es porque es argentino; su elevación supone la de su país, ”
Tenía en su crédito muchos triunfos: h a b ía rechazado a Gran Bretaña y Fran­
cia, creado un poderoso estado, y establecido la paz. En cuanto al conflicto fe­
deral-unitario, no era responsabilidad de un lado solamente. “El partido fede­
ral echó mano de la tiranía; el unitario de la liga con el extranjero. Los dos-hi­
cieron m al.” Rivadavia podía haber proclamado la unidad, pero Rosas la ha­
bía logrado. “Los unitarios han perdido; pero ha triunfado la unidad. Han ven­
cido los federales, pero la federación ha sucumbido.” Además, Rosas había
288
promovido al poder alas clases bajas y había ayudado-a educarlas en política
y-gobierno. Sin embargo, concluía Alberdi, Rosas había malgastado sus opor­
tunidades; en último análisis fracasó, porque no había dado a la Argentina
una constitución:
No hay Ccmsolución escrita en la República Argentina, no hay ni leyes sueltas dé carác­
ter fundamental que la suplan. ¿Si ejercicio de las que hubo en Buenos Aires está suspen­
dido. mientras eí general Rosas es depositario indefinido d e la suma d e l p o d e r p ú b lic o ...
es un dictador: es un jefe investido de poderes despóticos y arbitrarios, cuyo ejercicio no
reconoce contrapeso... Vivir en Buenos Aires es vivir bajo el régimen de la dictadura mi­
litar. Hágase cuanto elogio se quiera dé la moderación de ese poder: será en tal caso una
noble dictadura. En el tiempo en que vivimos las ideas han llegado a un punto en que se
apetecen más las Constituciones mezquinas que las dictaduras generosas.”
A'Rosas le gustó el folleto de Alberdi. e invitó al autor a que regresara.
Pero Alberdi no quería ser absorbido por el régimen, como tampoco tenía in­
tenciones de disgustar a sus compañeros exiliados en Chile y Montevideo. El
trabajo debía ser leído en el contexto en que estaba escrito, expresando —
como lo hizo— un profundo patriotismo y sentido de identidad nacional, tan
necesario para el exiliado que hasta abarcaba la dictadura en su búsqueda de
un consenso argentino y ofrecía, aun a Rosas, la colaboración de los exiliados
en la tarea de la reconciliación. Además, estaba escrito ante una audiencia ex­
tranjera. entre quienes Albercü no quería denigrar a su país.34
Por ío tanto, la oposición intelectual a Rosas soportó la frustración del
exilio y se resistió a la tregua con el régimen. Pero Rosas igualmente sobrevi­
vió a la oposición. Una campaña política no podía derrotar a la dictadura sin
el apoyo de un grupo de intereses y el respaldo de una base militar. ¿Había al­
gún signo de debilidad en la estructura económica o un debilitamiento del apo­
yo económico?
Los años triunfales de Rosas parecían demostrar que él era capaz de ga­
rantizar lapaz en Buenos Aires y la prosperidad para su pueblo, aunque fuera
a expensas de otras partes del Río de la Plata. Desde 1348 hasta 1851, Buenos
Aires estuvo en condiciones de exportar sus productos en circunstancias rela­
tivamente normales, recibir crecientes importaciones y reexportar hacia al­
gunas délas provincias. E lfin del bloqueo no sólo llevó importaciones muy ne­
cesarias sino también nuevos inmigrantes, que aumentaron las filas de los
productores y consumidores. La industria de la construcción volvió a traba­
jar y Buenos Aires retomó su crecimiento. Otros beneficios acompañaron el
desarrollo urbano. El gobierno obtuvo un aumento en los ingresos délos im ­
puestos y de la aduana. Los artículos de consumo baratos dieron la impresión
de elevación, en eí nivel de vida entre la masa de la población, mientras que
para las. clases más altas había en las tiendas ropas europeas, sombreros, za­
patos y libros en mayores-cantidades. En marzo de 1849 se pudieron contar
ciento ochenta y nueve barcos en.el puerto, de los cuales treinta y cinco eran
británicos.35 También en otras formas se acentuaba la influencia británica.
La gente afecta a los deportes concurría a las carreras 'siguiendo las normas de
289
Newmarket :, otros asistían a las reuniones de la Sociedad de Beneficios y Abs­
tinencia Total de Buenos Aires. Si bien esto no era exactamente el estilo de
una belle époque, los últimos años del régimen deRosas fueron probablemen­
te los mejores.
Pero la estructura económica no era tan estable como parecía. La reanu­
dación de las exportaciones, el súbito crecimiento de la población, el aumento'
de la demanda y una grave sequía, causaron en 1850 una ola de inflación.36La
inmigración, apenas tuvo tiempo de resolver la crónica escasez de mano de
obra cuando quedó anulada por ía conscripción para la guerra y, en 1851..el
servicio, militar casi universal. Porque Rosas no podía dejar las casas como
estaban. Quien se suponía debía garantizar la paz, parecía demasiado dis­
puesto a comenzar la guerra. Todavía deseaba controlar el Uruguay y recu­
perar el Paraguay, de ser necesario por la fuerza. Y no oran sólo éstas las ten­
siones que obraban sobre la economía.
Los comerciantes, los artesanos y los granjeros.se quejaban de la escasez
de dinero efectivo y del alto precio. Las fluctuaciones de la moneda, cierta­
mente hacían estragos con las transacciones económicas y con las fortunas de
las firmas de exportación-importación. En los últimos meses de 1850, cuando
parecía probable la guerra con el Brasil, el valor déla moneda local cayó, el 11
de octubre, de sesenta y dos a ochenta y cinco pesos por libra esterlina, es de­
cir, alrededor de un treinta y siete por ciento. Cuando pasó el temor de la gue­
rra, volvió a subir, en el término de un mes, a sesenta pesos, o sea un treinta
por ciento. Los comerciantes tuvieron grandes dificultades para obtener fon­
dos de Londres, v el precio del oro comenzó a subir día a día.37 Además, la eco­
nomía no sólo estaba trabada por un papel moneda depreciado e inconverti­
ble, sino que había escasez de disponibilidad de dinero debido a la práctica del
gobierno —especialmente en los años de crisis por la guerra, 1850-52— de rete­
nerlo para sus propios fines. :‘Los derechos de aduana”, informó el ministro
británico, “han dado ai gobierno un excedente de ingresos muy considerable y
que se paga en papel; y este excedente es retenido por la Tesorerí a... Ahora la
acumulación ha alcanzado tal exceso que el gobierno retiene más de un tercio
del único circulante permitido, y se desconoce con qué objeto. ”3fí Pero el resul­
tado fue que se forzó el alza de precios, y los exportadores que habían visto
caer la libra un cincuenta por ciento en dos años, no podían pagar los precios
qué pedían los productores por sus artículos. De modo que el comercio se es­
tancó y se detuvo el vital flujo exportador, Naturalmente, se invocaron otras
teorías para explicar las dificultades económicas de 1851. La versión oficial
era queda extraordinaria afluencia de importaciones con posterioridad al blo­
queo. más allá de la capacidad del mercado, y la prolongada sequía que redu­
jo'la producción y, por 3o tanto, el poder de compra, eran las causa„s básicas
del problema. Los exiliados lo atribuían a la disminución del consumo provo­
cada por la represión social y política. Cualesquiera fuesen las razones; los
años dorados pronto dejaron de brillar.
Porque el sistema de Rosas no dependía solamente de la represión sino
290
también de las seguridades de beneficios continuados para diversos sectores.
La clave del sistem a residía en la capacidad de exportación. Los buenos pre­
cios de exportación satisfacían a los terratenientes y a los saladeristas, quie­
nes eran a la vez virtualmente inmunes a los impuestos. Un ingreso cuantioso
permitía al gobierno afrontar los gastos del gran ejército, que era simultánea­
mente un instrumento del Estado y un importante comprador en el mercado
interno. Solo un ingreso aduanero abundante y constante podía sostener se­
mejante asignación de recursos. Ésta era una de las razones por las cuales
Rosas nunca podía estar de acuerdo en disminuir el monopolio aduanero de
Buenos Aires o renunciar a su control económico en tavor de las provincias.
El sistema total descansaba así sobre tres b ases: la hegemonía délos terrate­
nientes. la presencia del ejército y la subordinación de las provincias. Y aho­
ra, esos propios apoyos empezaban a moverse.
Una economía de cueros y carne salada no podía generar crecimiento.
Perpetuaba una tecnología primitiva y un bajo nivel de empleo, y dependía de
mercados que se caracterizaban por una inherente tendencia al estancamien­
to. La exportación de carne salada estaba limitada a Brasil y Cuba, mercados
de esclavos que podrían sobrevivir a la abolición de ia esclavitud pero que di­
fícilmente se expenderían. La producción de cueros, especialmente la que si­
guió a las grandes expansiones de tierras y estancias, de 1820 a 1840. excedía
la demanda del mercado británico. En la década de 1840, el mercado europeo
para cueros significaba una salida agregada, pero ahora otras áreas de pro­
ducción estaban compitiendo con Buenos Aires, entre ellas—y no las que m e­
nos— los saladeros de Río Grande do Sul. Para compensar esos obstáculos, la
economía de Buenos Aires comenzó a desarrollar una actividad alternativa,
la cría de ovejas. La última década del régimen de Rosas vio cambiar a mu­
chas estancias, o partes de estancias, del ganado vacuno a las ovejas, a la vez
que la lana virgen empezó a mejorar su participación en las exportaciones.
La mano de obra apropiada estaba disponible, ya que los inmigrantes Mande■ses, los vascos y los gallegos aprovecharon las pacíficas condiciones que se vi­
vieron después de los bloqueos. Si bien estos desarrollos indicaban que el rosismo.podía ajustarse para cambiar y acomodarse a las actividades económi­
cas alternativas, también era cierto que sus consecuencias eran menos favo­
rables. La cría de ovejas significó un cambio tanto en la agricultura como en
la sociedad, entrando en escena nuevos colonos cuyos valores y estilos esta­
ban muy lejos de los barones rurales y sus hordas, los primeros en salir en
apoyo de Rosas. Los criadores de ovejas, sus socios y pastores, se sentían me­
nos obligados hacia Rosas que los antiguos hacendados ganaderos de la pro­
vincia. menos militarizados, menos movibles, más domésticos y “civiles”
que los estancieros rosistas del pasado. Esto constituyó una erosión a la pri­
mitiva base social deirosismo, enraizada en la estancia ganadera y la milicia
rural.
Otra consecuencia del cambio económico afectaba a las provincias. Si
Buenos Aires podía desarrollar un nuevo sector agrícola, otro tanto podían
291
hacer ias provincias del litoral, cuyas tierras y recursos no. eran sino una ex■ tensión de las pampas y estaban dotadas de manera muy similar. La indus­
tria de la ganadería en el litoral, especialmente la de Entre Ríos y Corrientes,
también había crecido mucho durante esos años y, en los períodos de bloqueo,
cuando el comercio de Buenos Aires estaba embotellado, estas provincias ha­
bían podido realizar una abierta —si bien no autorizada— competencia. Este
hecho no había tenido todavía un serio peso económico, menos aún en materia
de lanas, pero tenía significación política, Hasta 1352, las exportaciones de
carne salada desde Entre Ríos sólo alcanzaban al diez por ciento de las de
Bueno? Aíres.ss Pero los obstáculos que encontraron debido a la política de Bue­
nos Aires sobrepasaban en mucho a ios cálculos económicos. La así lla­
mada por Rosas unificación déla Argentina era una fachada; se trataba más
bien de la conquista déla Argentina por Buenos Aires. Pero los intereses eco­
nómicos provinciales eventualmente se rebelaron contra la dominación de
Buenos Aires, su control déla aduana, el monopolio de los ingresos federales y
la prohibición del libre comercio. Fue un unitario, Florencio Varela, quien
pronosticó que los territorios del litoral habrían de ser ios escollos.ocultos en
los que la dictadura se iría a pique, y que la exigencia de la libre navegación de
los ríos los uniría en una liga para enfrentar a Rosas, “Las provincias litorales
del Paraná, arruinadas por una serie no interrumpida de guerras sin objeto y
sin utilidad, empobrecidas por, ese sistem a de aislamiento y de pupilaje mer­
cantil, tienen más intereses que otro pueblo ninguno del mundo en promover
esa liga.”*
3
El mundo exterior podía ser hostil, pero Rosas todavía estaba seguro en
su base esencial de poder, la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Allí, en su
mayor fortaleza interior, no había el menor aflojamiento de su control, ningün signo de oposición, ningún cambio político. E l régimen parecía tan pode­
roso cómo siempre, destinado a perdurar por muchos años más y a conceder,
finalmente, los beneficios que siempre había prometido. Como no había for­
ma de socavar la dictadura desde adentro, sólo podía ser destruida por una
conmoción del exterior. Así-fue precisamente como se originó la amenaza e,
irónicamente, el propio Rosas contribuyó a crearla. Él vio el peligro, y su
campaña para unir a las provincias tuvo suficiente intensidad. Pero demostró
ser una maniobra inútil: en su momento las provincias habrían de mostrarse
indiferentes, impotentes u hostiles. La hostilidad provincial por sí misma no
era. sin embargo suficiente, porque las provincias no tenían poder militar
-como para afectar el equilibrio contra Buenos Aires. Cualquier provincia que
tomara la iniciativa necesitaría agregar el peso del apoyo exterior. Y Rosas
contribuyó a provocar también esto.
292
En octubre de 1850. Brasil rompió relaciones con Rosas, formó una alian­
za con el Paraguay el 24 de diciembre y alcanzó-un entendimiento con Entre
Ríos a principios de 1851. En todos los casos se invocó la independencia del
Uruguay como objetivo primario de los aliados. Entre Ríos declaró la guerra
a Rosas en mayo de 1851. y Corrientes hizo otro tanto. E l 29 de mayo de 1851 se
estableció una liga formal entre Brasil, Entre Ríos y Uruguay; luego fue am­
pliada para incluir a Corrientes y Paraguay, con el propósito de derrocar al
enemigo común, Rosas, Las operaciones comenzaron en el Uruguay, con éxi­
to tal que Oribe se rindió el 8 de octubre. E l día del juicio se estaba acercando
para Rosas. ¿Cómo podemos explicar esta coalición sin precedentes?
Cuando terminó formalmente la intervención anglo-francssa mediante
los tratados con Gran Bretaña (1849) y Francia (1850), Buenos Aires quedó li­
bre para enfrentar a Brasü. Ambos estaban, ya empeñados en la Guerra Gran­
de, la prolongada guerra civil en Uruguay entre caudillos y facciones oposito­
ras. Rosas apoyaba a Oribe, acampado fuera de la capital, y Brasil al gobier­
no de Montevideo, sitiado en su interior. Brasil pensaba que dehía-sostener a
Montevideo y Paraguay a fin de mantener a Rosas y sus satélites fuera de su
frontera sur. Se decidió, por lo tanto, eafavor délas fuerzas unitarias vantirrosistas en Montevideo, y en ayuda de la causa de ía independencia de Uruguay,
aunque obteniendo grandes concesiones en reciprocidad y mientras perse­
guía su propio expansionismo. Brasil estaba preocupado por la seguridad de
Río Grande do Sul no solamente por ser su provincia más meridional sino
también por ser su frontera económica móvil; también quería la libre nave­
gación del Paraná, y un Paraguay libre y amistoso.
.Rosas veía todo esto como imperialismo brasileño en el Río de la Plata.
En su apreciación, Río Grande do Sul era simplemente una base de penetra­
ción brasileña hacia eí sur; un Paraguay independiente no era más que un sa­
télite de Brasü: y la libertad de navegación equivalía a la expansión del poder
naval brasileño. Para evitar que Brasü saltara sobre sus satélites para entrar
en el Río de la Plata, Rosas tenía que fortalecer su frontera norte e impedir
que los gobiernos de Uruguay y Paraguay cayeran dentro de la órbita de po­
der de Brasil y. se convirtieran en canales de futura expansión imperial. Ro­
sas nunca había reconocido al Paraguay como nación independiente, Todavía
la llamaba “la provincia del Paraguay". y buscaba su “recuperación". con el
propósito de extender las fronteras de la Confederación hasta igualarlas alas
que tenía el antiguo virreinato español. Uruguay era una excepción, porque
su independencia había sido asegurada por un tratado y su conquista sería ex­
tremadamente difícil.*1 De manera que era improbable que Rosas deseara
destruir ía independencia de Uruguay; le convenía m ás reducirlo a la situa­
ción de satélite, el destino natural de un vecino más débil.
La defensa de la frontera nordeste no había sido descuidada. Para conte­
ner a los paraguayos, de quienes no se esperaba que combatieran lejos de su
país, se consideró suficientes la milicia de la provincia de Corrientes y un es­
cuadrón fluvial. El mayor esfuerzo se reservó para la seguridad del litoral
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contra el Brasil. Aguí Rosas tenía el ejército de operaciones ai mando de ürquíza, con un fuerte efectivo de diez mil hombres y al que Rosas reforzó con
armas y tropas desde marzo de 1850. También tenía el ejército aliado, de Ori­
be, otra fuerza veterana,‘también de diez mil hombres, cuya misión-era man­
tener eí sitio de Montevideo y guardar la seguridad de la Banda Oriental. Fi­
nalmente. Rosas contaba con la caballería de Mansxüa y otras'tropas, unos
veinte mil, entre Santos Lugares y Palermo, como ejército de reserva y fuer­
za de defensa. Era consciente desús deficiencias en poder naval y. en 1851rrecibió dos buques de guerra comprados en Trieste. Be manera que, aparente­
mente. Rosas tenía un poderoso ejército de.tropas argentinas veteranas, con­
ducidas por experimentados oficiales y eomandandas por el mejor general ar­
gentino : Urquiza.42Pero lo que debió haber sido su mayor fuerza se convirtió
en fatal debilidad. Rosas había encargado la última defensa de Buenos Aires
y su régimen a generales que eran básicamente caudillos provinciales, y ha­
bía ubicado sus mejores tropas y armas en el iitoraL donde habrían de emer­
ger sus más peligrosos opositores y sus aliados. Esto se debía al hecho de que
" é l había identificado a Brasil como la amenaza principal a su seguridad. Pero
también significaba que estos generales caudillos y sus fuerzas —en la práctíca los mejores ejércitos de Rosas— quedaban en riesgo ante Brasil, ya fuera
por deserción o por derrota. Cuanto más fuerte se hacía Rosas, mayor era su
vulnerabilidad.
En d transcurso de 1850 Rosas aumentó sus preparativos militares. A
partir de marzo los dirigió abiertamente contra el Paraguay, para contrarrestar las incursiones qu e éste había llevado penetrando en Misiones, pero el
objetivo más importante era la guerra contra el Brasil. El 2 y el 3 de octubre,
la Sala de Representantes se debatió en un delirio de fiebre guerrera, en el que
dos diputados se esforzaron por superarse unos a otros en sus mu estras de hos­
tilidad hacia el Brasil. Una multitud se desbandó por las calles pidiendo a gri­
tos la guerra.4®Pero Henry Southern estaba convencido de que. debajo de ese
entusiasmo exterior, existía una verdadera hostilidad popular contra unapolítica de guerra, debido a los sacrificios materiales que ello significaba:.
En ninguna parte se sienten los males de la guerra con mayor crueldad que en estas pro­
vincias, donde los sacrificios quesehacen para apoyarla, tanto en personal como en pro­
piedades, toman las formas más penosas; y como la comunidad es totalmente agrícola o
comercial y los productos nativos de toda clase se dedican casi por completo ala exportadon, la guerra golpea en las mismas raíces del bienestar de casi todos los individuos del
país, tanto nativos como extranjeros.44
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f.
Por otra parte, el punto de vista rosísta fue sintetizado por el sacerdote
Esteban Moreno, quien declaró “el Imperio es nuestro enemigo natural” y pidió la guerra de inmediato. Sin embargo, muchas ¿fe las medidas defensivas
de Rosas dispersaron aim más sus fuerzas y lo pusieron en riesgo. En junio adquirió un escuadrón de barcos fluviales, incluyendo a algunos de vapor, y envió
con ellos a Urquiza refuerzos de tropas y nuevas provisiones de artillería y
294
munición. 4“ mientras Rosas se jugaba a una sois carta. sus enemigos estaban preparando la coalición contra él. E l 24 de diciembre de 1850 se firmó una
alianza entre Brasil y Paraguay, para defender recíprocamente su indepen­
dencia y asegurar la libre navegación de los ríos Paraguay y de la Plata “bas­
ta su. desembocadura”. Esto era sólo el comienzo, lina alianza entre Brasil y
Entre Ríos significaría una amenaza aun inás grave.
Entre Ríos era el peligro más grande para Rosas, porque tema los intere­
ses, los recursos y el líder para desafiarlo. La provincia estaba menos desa­
rrollada que Buenos Aires y había sufrido grandes daños por la guerra de la
Independencia, en. la que sus'tierras habíansido campos de batalla y hacienda
proveedora para los ejércitos opuestos. Pero la economía agraria había revi­
vido gradualmente y. bajo la guía política y militar de Urquiza, renovó su cre­
cimiento en la-década de 1840. La navegación de cientos de kilómetros hacía el
interior permitía a los barcos penetrar hasta el corazón del país para recoger
la producción, y la provincia tenía en Paraná un puerto sobre el río que. aun­
que primitivo, podía exportar con éxito y, si se le daban condiciones favora­
bles. competir con Buenos Aires. El recurso básico era la ganadería: Entre
Ríos tenía algunas estancias verdaderamente inmensas y había un creci­
miento paralelo de los saladeros, de seis en 1844 a doce en 1849 y a diecisiete en
1851. Se había desarrollado una industria artesanal para servir a la agricultu­
ra, y también un considerable número de hornos de cal. Por último, la provin­
cia tenía un sector agrícola protegido por elevadas tarifas contraías importa­
ciones de otras provincias. Entre Ríos protegía cada vez más su economía, un
proceso que culminó con la ley de aduanas de 1849. que buscan a promocional
y proteger la agricultura y las industrias artesanales. Pero fue el bloqueo unglo-francés a Buenos Aires lo que proporcionó el estímulo más efectivo a En­
tre Ríos, permitiéndole desarrollar un activo tráfico desde sus propios puer­
tos. o desde Rosario, directamente hacia Montevideo y desde allí hacia Euro­
pa o los Estados Unidos; así escapó su comercio de exportación a la tutela de
Buenos Aires, mientras que las importaciones también eran llevadas desde
Montevideo. Rosas tuvo que reconocer la situación, y decretó que se permitía
exportar los frutos del país a Montevideo, pero no los productos de los salade­
ros, ya que éstos competirían con el comercio exportador de Buenos Aires
Urquiza aceptó esto aparentemente, pero continuó el tráfico ilegal. Luego, er
diciembre de 1847, él gobierno de Entre Ríos terminó formalmente su comer
ció con Montevideo, a fin de evitar enfrentamientos con Rosas, pero sus co­
merciantes y armadores ignoraron abiertamente la prohibición. Había llega
do ciertamente el momento para que Entre Ríos volviera a considerar la si
tuación, para que rechazara el control porteño de la aduana y pusiera fin -ah
■política de un solo puerto de entrada y salida.46Mientras tanto, la carrera poli
tica y militar de Urquiza estaba facilitando los medios y recursos para imple
mentar esta decisión,
Justo José de Urquiza era el mejor líder militar de la Confederación, el ven
cedor de una serie de famosas y sangrientas batallas, India Muerta (1845), Lñ
29
gima Limpia (1846) y Vences (184?) en las que su defensa de la Confederación y
amor a la guerra gaucha habían sido más evidentes que su lealtad hacia lio ­
sas. Era gobernador de Entre Ríos desde 1841. jefe del Ejército de Reserva
Federal desde 1845 v comandante en jefe del ejército de operaciones desde
1849. Siempre fue un sagaz conocedor del equilibrio del poder militar y , en
1846, no se había sentido tentado a desertar para unirse a los enemigos de Ro­
sas (Gran Bretaña. Francia y Corrientes). debido a la incapacidad que tenían
para poner en el terreno un poderoso ejército. En 1847 todavía no estaba dis­
puesto a resistir a Rosas y. el 27 de noviembre, en la batalla de vences, destru­
yó ¡as fuerzas de Joaquín Madariaga, el gobernador antirrosisía de Corrien­
tes, e instaló un régimen clientelista. Rosas estaba en ese momento en la
; cumbre de su poder, pero ürquiza no se hallaba mucho m ás atrás, A partir de
1847, Rosas no vio con buenos ojos los éxitos de ürquiza y desconfiaba por el
. importante papel que jugaba entonces en la guerra contra los unitarios, ür1 quiza ya no era simplemente un agente de R osas: era un poder independiente.
; Ya no era sólo un caudillo de una provincia; se había convertido en el líder del
i ' litoral.
Ürquiza reunía tanto poder como prosperidad. La guerra en Uruguay y el
bloqueo de Buenos Aires habían estimulado la economía de Entre Ríos, y todo
i. lo que enriqueciera a Entre Ríos enriquecía a ürquiza. Los estancieros llega| ron a ser proveedoras de la sitiada Montevideo, y el escuadrón anglo-franeés
| protegía sus cargamentos de carne contra Rosas, ürquiza no sólo controlaba
| la producción ganadera y las exportaciones, también participaba de ellas con
¡| sus propiedades. Poseía las estancias más grandes de la provincia, situadas
| embarras muy fértiles y qué cubrían varios cientos de kilómetros cuadrados
| de buenas pasturas, con algunos campos de trigo y huertos1frutal es. La haI ciénda de San José solamente, a principios de la década de 1850, tenía unas
I cincuenta mil ovejas, cuarenta mil cabezas de ganado vacuno y dos mil cabaI ’ Hos; el casco de la estancia era una maciza estructura de piedra, deforma
i. cuadrangular y con dos elegantes torres en ia esquina del frente.47 Pero Ur| quiza era tanto un empresario como un terrateniente. Exitoso saladerista,
§ exportador de carne, propietario de barcos, importador de artículos europeos
í desde Montevideo hacia Entre Ríos y luego hacia Buenas Aires, donde obtenía
í el oro que luego exportaba vía Entre Ríos.48
j
ürquiza tenía así un interés vital en defender el tráfico costero con Monte'■i video, en apoyar una política de libre navegación, y en resistir el monopolio
' porteño en el comercio y en la aduana. Pero Rosas se defendió. Primero deeretó que todo artículo importado a Buenos Aires mediante tráfico comercial
(■ internó (es decir, por otro puerto o provincia) quedaba sujeto a la ley de adua■ na y tarifas de Buenos Aires. Luego, el 31 de agostG de 1847, ordenó que no po- día salir de Buenos Aires moneda en metálico para las provincias; los comeri ciantes y productores debían aceptar el papel moneda, aunque ellos mismos
y pagaran por sus compras en Buenos Aires en moneda metálica, como lo h«r
; cían los compradores extranjeros.49 Estas medidas golpearon particular-
mente el nuevo comercio de Entre Ríos, ürquiza protestó en noviembre de
1848, en julio de 1849 y. finalmente, el 22 de octubre de 1849. En los primeros
m eses de 1850 los rumores de su proyectada ruptura con Rosas eran tan per­
sistentes que, el 20 de abril, indignado los rechazó. Pero ei Brasil apreciaba
que la decisión estaba cerca y trabajaba para apresurar la fecha. También
otros, incluido Henry Southern, estaban convencidos de que Urquiza había
llegado al final del cam ino: “E l tono del general Urquiza con Rosas es muy
distinto del de cualquier otro gobernador de provincia: y es muy cierto que el
general ürquiza uo se someterá por mucho más tiempo a la esclavitud comer­
cial en que mantiene el gobierno de Buenos Aires a las provincias ubicadas so­
bre el Paraná. ”55 Hacia fines de 1850, después de malgastar nuevos refuerzos
para el ejército de Urquiza, el mismo Rosas entró en sospechas, aunque se­
guía siendo reacio a la idea de que su mejor general pudiera desertar en favor
de Brasil. Pero ya Urquiza estaba suficientemente decepcionado como para
superar su desagrado ante una invasión extranjera a la Argentina y, en el
transcurso de abril de 1851, se comprometió con el enemigo.51 El 15 de abril,
Rosas cerró toda comunicación con Entre Ríos.
Ürquiza declaró abiertamente su rebelión contra Rosas en su Pronuncia­
miento del r de mayo de 1851. Manifestaba en éste que asumía los poderes de
jefe de un estado soberano, “en aptitud de entenderse directamente con los
demás gobiernos del mundo,”52 El efecto fue que el ejército de operaciones de
Rosas y su comandante se retiraron de la Confederación para aliarse con el
Brasil en una guerra contra Rosas. Urquiza solo, con un ejército de quince mil
hombres, no podía derrotar a Rosas, que todavía tenía veinticinco mil hom­
bres a su disposición; Urquiza necesitaba al Brasil, que tenía un poderoso
ejército ubicado en Rio Grande do Sul y cuyos buques de guerra estaban ya
protegiendo el comercio de Entre Ríos. La alianza se formalizó el 29 de mayo
de 1851, en que se firmó el tratado entre Brasil, Entre Ríos y Montevideo. para
hacer la guerra a Oribe y Rosas.53 Sin embargo, Urquiza no recibió apoyo al­
guno délas otras provincias. Los gobernadores, todos rosistas,' se declararon
unánimemente contra Urquiza y rechazaron su invitación a la rebelión.54 Las
noticias de la rebelión de Urquiza se publicaron en la Gaceta Mercantil el 20
de mayo de 1851.ss Hubo una tormenta de protestas contra el “pérfido Impe­
rio”, “el vil traidor vendido al oro brasileño” , “el loco Urquiza”. A partir de
ese momento, la designación oficial de Urquiza era “el loco traidor salvaje
unitario Urquiza”, y así lo nombraban en todas las declaraciones públicas y
documentos. En el desfile militar del 9 de julio, a pesar de la lluvia torrencial,
Rosas marchó a la cabeza de la División Palermo gritando “ ¡Viva la Confede­
ración Argentina l ”, "; Muera el loco traidor salvaje unitario Urquiza! ”, para
demostrar su poder de recuperación y su rechazo al Pronunciamiento.56Lue­
go, después de una nueva demostración masiva en su favor, hizo lo que le su­
plicaban: retiró su renuncia y aceptó continuar en el gobierno. E l 15 de sep­
tiembre de 1851, una gran concurrencia (cuarenta diputados) a la Sala de Re­
presentantes y un gentío en la galería de visitantes, escuchó a Lorenzo Torres
297
¡
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cuando anunció que, para derrotar a Urquiza y a sus amos, ios pérfidos brasi­
leños, Rosas había decidido continuar en el cargo “hasta que quede para
siempre enterrado con sus armas el salvaje bando unitario.”57 Todos estalla­
ron en aplausos. Torres agradeció a Rosas por no vacilar en arriesgar su ‘'im­
portante salud” en la lucha contra el loco traidor. Luego los diputados se lan­
zaron a una orgía de rosismo. haciendo de sus discursos una antología de len­
guaje político contemporáneo en alabanza de Rosas y censura de sus enemi­
gos. Estos sentimientos se repetían en las calles, teatros y demostraciones de
toda clase; los gobernadores, diputados provinciales, oficíales del ejército,
funcionarios, magistrados, clérigos, todos declaraban su lealtad a Rosas y
odio a Urquiza y los brasileños. Pero tal vez.el premio a la adulación debió ha­
berse dado a Esteban Moreno, sacerdote diputado en la Sala de Representan­
tes, quien finalizó así su discurso:
Yo tengo un especial deber que llenar, una obligación particular; yo debo dar a mis com­
patriotas el ejemplo en una ocasión como ésta en que todos somos militares, hasta los que
vestimos este hábito. Yo soy como ei perro, que cuanto más viejo es más fiel. Desde que
-ei Exmo. Sr. General Rosas ha tenido la dignación de nombrarme capellán suyo, mi des­
tino es único. Este destino me lleva a colocarme a su lado para darle los consejos y los au­
xilios de la Religión; yo no haré más que im itar a un gran Pontífice Romano, que en una
situación semejante ocupó su solio con la cruz en una mano y la espada en la otra, aquella
para defender los derechos de ia Religión, y ésta los de la P a tria ; porque si la Religión de
Jesucristo es de todo hombre, el patriotismo es la Reügión déí corazón; sí Señores, y lle­
varé mí espada, yo me colocaré al lado áebGratiRosas.y cumpliré sus órdenes, seré su
escudero, y si viese que una lanza se dirige contra su pecho, seré entonces su escudo, yo
presentaré mi peeho’para recibir en él el golpe... ¿Qué importa mi vida ?
Llegado el momento, los diputados no se destacaron en lo más mínimo en
la batalla final, si es qué estaban por 3o menos allí.
Asi.es que Rosas se declaró “resuelto a cumplir otra vez más mis reitera­
dos] ur amentos de sacrificarlo todo en defensa del orden, de la libertad y ho­
nor dé la Confederación”.58 Empezó a tomar medidas defensivas. Una de las
últimas leyes sancionadas por la Sala de Representantes fue la del 20 de sep­
tiembre de 1851, que ponía la ;suma del poder publico y todos los recursos de
Buenos-Aires, las vidas y fortunas de sus habitantes, sin límites ni excepcio­
nes, a disposición de Rosas para hacer la guerra contra urquiza. En septiem­
bre de 1851 a Rosas no le faltaban tropas ni armas. En Buenos Aires y sus alre­
dedores tenía doce mil hombres, y en la Banda Oriental otros catorce mil, al
mando de Oribe. Desesperadamente trató de reclutar más para reemplazar
al perdido ejército de Urquiza, en una época su orgullo, ahora su enemigo. En
años recientes había abastecido a Urquiza no sólo con hombres sino también
con sus mejores recursos en materia de caballos, armas y municiones, todo
lo cual era difícil de reemplazar. Hizo compras en el exterior, fusiles y artille­
ría en B élgica; buques, donde pudo. Formó nuevos regimientos en Santos Lu­
gares, suplemento los batallones que guarnecían la ciudad, y reforzó la Divi­
sión Palermo, su propia unidad particular. Fortificó diversos puntos sobre el
2&8
Paraná, para dificultar al escuadrón brasileño el pasaje del río, E intentó
más esperanzado que convencido, hacer participar a las provincias en la de
fensa de la Coníederación, encargando al general Benavidez, gobernador d<
San Juan, la formación de un Ejército de Reserva sobre la base de las milicia;
de Cuyo. Una vez tomada su decisión, Rosas estaba resuelto a permanece;
hasta el final.
Sin embargo. Rosas no tenía plan estratégico. Después de toda una vid;
de comando, era ahora un seguidor de ios acontecimientos, no el dueño d*
ellos. Demoró todavía en asumir la iniciativa contra los brasileños, aúnan
sus navios estaban moviéndose libremente en el Río de la Plata y operando s i
oposición en los ríos Uruguay y Paraná. Hasta el 18 de agosto de 1851 ni siquie
ra había declarado la guerra ai Brasil. A pesar de que, en Montevideo, Orib
tenía un buen ejército, probablemente el mejor de Rosas, con una estructur
básica de cinco mil aguerridos soldados argentinos, veteranos de muchas d
las -campañas del dictador. Pero si bien ese ejército era superior al de Urqu:
za, no tenía poder suficiente para resistir la doble acometida de Urquiza y lo
brasileños. La única posibilidad de Oribe era enfrentarlos separadamente
abandonar el sitio de Montevideo, cruzar el Uruguay y empeñarse contra Ui
quiza en territorio de Entre Ríos; sólo después de derrotar a Urquiza podía re
sistir Oribe la invasión brasileña. Era un plan difícil, pero no imposible y. d
todos modos, el único factible. Rosas no estaba preparado para correr el riee
go. Ordenó a Oribe que mantuviera el sitio y que impidiera la unión de Urqu
za con los brasileños. Eso fue un error: simplemente porque Oribe no teñí
medios para resistir a las fuerzas combinadas de los aliados en la Band
Oriental, como pronto habría de demostrarlo la derrota de su vanguardia.
E l ejército de Urquiza invadió el Uruguay entre los días 18 y 19 de julio d
1851. El 4 de septiembre, un ejército brasileño de dieciséis mil hombres hiz
otro tanto y su sola presencia significó un refuerzo suficiente. Urquiza entr
en la Banda Oriental con un ejército y un aliado pero, además, con una politic
de conciliación —1‘no hay vencedores ni vencidos ’ que, sumada a otros al:
dentes, ganó para su causa a una cantidad de comandantes uruguayos de Or
be y, eventualmente, al mismo Oribe. Por cierto. Oribe no ofreció resistencí
alguna: capituló el 8 de octubre de 1851, “desacreditado pero no deshonrado5
sobre la base de una amnistía política y la independencia del Uruguay.58 E
hecho había traicionado a Rosas al aceptar la derrota en manos de una fuerz
inferior y sin presentar batalla. Además, debiMó los recursos de su líder. T¡
das las armas y municiones enviadas por Rosas a Oribe a fines de 1850, valí
radas en un millón y medio de pesos, aproximadamente, cayeron en poder c
Urquiza, junto con los cinco mil veteranos de la Ia División Argentina.60Este
tropas eran básicamente leales, pero necesitaban órdenes para saber qué hacer;
en la ocasión, no las habían hecho entrar en acción contra Urquiza: quedaron ent¡
la espada y la pared y se rieron enfrentadas a un fait accompli. Rosas intentó dese
paradamente hacerlas volver, tanto más porque las tropas argentinas del ejérci
de Urquiza, ante el mismo dilema, habían aceptado el nuevo comando.
■Rosas pidió encarecidamente a] ministro británico. Henry Southern, que
autorizara a la Armada Real para que transportara a las tropas argentinas al
otro lado del Río de la Plata y protegiera también el embarque de sus armas,
equipos, artillería y caballos. Southern sentía simpatía por Rosas, a quien
veía como el tínico hombre que se interponía entre la Argentina y el caos, y lo
prefería a cualquiera de sus enemigos, extranjeros y provinciales. Pero, en
ese caso, nada podía hacer. Las fuerzas navales británicas que se hallaban en
el río debían ajustarse a la neutralidad y, aunque facilitaron el pasaje de unos
pocos oficiales argentinos, no pudieron evacuar una division entera. De ma­
nera que Rosas perdió la Is División, ürquiza pudo jactarse de que “todo el
personal y material del ejército de Buenos Aires está unido a las armas liber­
tadoras”, aunque no —es necesario agregar—, para ventaja definitiva de esas
fuerzas.61 La “traición” de Oribe, inexplicable excepto como expresión de
profunda desilusión ante esa interminable e infructuosa guerra, causó sensa­
ción en Buenos Aires, donde Southern pensó que podía producirse un colapso
similar, debido a la ausencia de un verdadero deseo de lucha:
La población estaba tan cansada y hastiada de ia guerra como en la Banda Oriental: de
haber sido consultada, su predisposición habría mostrado el deseo de hacer cualquier sa­
crificio por la paz. En el caso de la Banda Oriental, parecería que todo el sacrificio reque­
rido a ios orientales fue el de un individuo. El ejemplo habría sido seguido aquí, sin duda,
si el experimento hubiera podido hacerse en el momento. Si el General Urquiza se hubie­
ra atrevido a em barcar instantáneamente su heterogéneo ejército a bordo de ios buques
de vapor brasileños y otras embarcaciones remolcadas por estos, y desembarcarlo en
los alrededores de esta ciudad, era tal la absoluta falta de preparación, la ausencia de
medios para rechazarlo y el estado mental de los hombres, que estoy convencido deque
no habría existido la m ás mínima muestra de resistencia : y realmente no sé cómo el Ge­
neral Rosas, con toda su capacidad, actividad y recursos generales, habría podido soste­
ner algo m ás que una breve campaña de guerra de guerrilla.62
4
La etapa siguiente de la campaña aliada era el ataque a la propia Buenos
Aires. Eso necesitaba una preparación más cuidadosa que la batalla de la
Banda Oriental. E l tratado del 21 de noviembre de 1851, entre Brasil. Uruguay
y los “estados de Entre Ríos y Corrientes ”, completó el apoyo deseado por Urquiza y al que consideraba como el mínimo necesario para emprender el ata­
que decisivo contra Rosas. “Los estados aliados declaran solemnemente que
no pretenden hacer la guerra a la Confederación Argentina... el objeto único a
que los Estados Aliados se dirigen es libertar al Pueblo Argentino de la opre­
sión que sufre bajo la dominación tiránica del Gobernador Don Juan Manuel
de R osas...”63 La guerra propiamente dicha sólo seria llevada: a cabo por En­
tre Ríos y C om entes, mientras que Brasil actuaría simplemente como auxi­
liar. Los brasileños desplegarían su ejército principal de doce mil hombres en
una posición de reserva sobre la costa uruguaya, pero agregarían también tres
mil hombres al ejército de Urquiza de veinticuatro mil, una cantidad substan­
cial de artillería, armas y municiones, apoyo naval para el cruce del Paraná,.
y un subsidio mensual que sería devuelto con el seis por ciento de interés “por
el gobierno que sucediera al general Rosas51.64 El Paraguay se unió ala alian­
za con la condición de que la Confederación Argentina reconociera su inde­
pendencia. Finalmente, durante el transcurso de noviembre, ürquiza recibió
refuerzos políticos, cuando los exiliados de Chile, Sarmiento y Mitre entre
ellos, se unieron al ejército grande. Desde 1848. Sarmiento había estado'con­
vencido de que ürquiza habría de levantarse contra Rosas y, a partir de febre­
ro de 1851 le había ofrecido sus servicios; pero las ideas políticas de los dos
hombres estaban muy alejadas y sus relaciones nunca fueron cordiales.
La mayor responso bilidad asumida por Urquiza en los tratados de no­
viembre de 1851 era la obligación de Entre Ríos y Corrientes de garantizar la
libre navegación de los ríos argentinos y regularla con los estados aliados en
caso de que un nuevo gobierno central no lo hiciera.65Mientras tanto, Urquiza
dependía del poder naval brasileño en aguas argentinas y del ejército brasile­
ño en el territorio argentino. E s cierto que la Argentina aún no era del todo una
nación, ni sus habitantes habían desarrollado todavía un imperioso sentido de
identidad nacional. De cualquier forma, los aliados y sus teóricos negaban te­
nazmente que estuvieran desertando de la causa de la nación. La política de
Rosas, —ni siquiera su resistencia a la intervención extranjera— no había lo­
grado motivar una respuesta nacional positiva, porque se la consideraba
esencialmente como una política de defensa de los intereses provinciales y no
nacionales. En consecuencia fue posible recibir la ayuda extranjera para de­
rrocar a Rosas, un gobernador provincial, sin afectar la susceptibilidad na­
cional. Oponerse a Rosas, rehusarse a seguir su política con respecto al Bra­
sil, apoyar a sus enemigos extranjeros, no significaba desmembrarla Argen­
tina ni ofender la nacionalidad argentina, porque, como siempre lo había sos­
tenido Florencio Varela, la guerra de Rosas “no es una guerra nacional5’ sino
un conflicto de una parte de la Argentina contra otra.66
El ejército de Urquiza se embarcó en Montevideo hacia fines de octubre
en tres barcos brasileños que lo transportaron a Entre Ríos. Desde allí comen­
zó su gran campaña, cruzando el Paraná sin oposición los días 23 y 24 de di­
ciembre de 1851, ganando así su primera victoria. Pascual Echague, goberna­
dor de Santa F e y uno de los más firmes partidarios de Rosas, antela negati­
va de éste para enviarle los refuerzos solicitados con la intención de impedir o
dificultar el cruce del Paraná, e incapaz de contar con la gente de su provincia
para una resistencia militar, se derrumbó ante Urquiza y huyó atravesando,
las pampas hacia Buenos Aires. Varios comandantes regionales, de Santa Fe,
Rosario y San Nicolás, se pasaron entonces a los aliados, con la esperanza de
mantener sus comandos bajo un nuevo régimen. Pero San Nicolás fue la últi­
301
ma de estas deserciones. De allí en adelante, los “libertadores” fueron recibi­
dos con general hostilidad; no obtenían información alguna de las poblacio­
nes locales, ni ayuda, ¿Cuál era entonces el balance de poder entre Urquiza y
Rosas en el comienzo de la campaña?
Desde su cuartel general en Diamante, Urquiza, .que era ahora General
en Jefe, del Ejército Aliado , había e^uiíiQo una proclam a:
“La campaña que vamos a emprender es santa y gloriosa, porque en ella vamos a decidir
déla suerte de una Gran Nación, que Veinte Años ha gemido bajo el pesado yogo de la ti­
ranía dél Dictador de ios Argentinos, y a completar iti
oDi 3, Qííis rs^6iísrá.c¡íóo uo“■
ciai de las Repúblicas del Plata, para que de principio la nueva E ra de Civilización, de
'Paz y de Libertad.”67
Cuando el ejército partió en su larga marcha hacía Buenos Aires —un
ejército no menos gaucho que el de Rosas—, Sarmiento terna sus dudas sobre
el nivel de “civilización” que caracterizaba a los libertadores, Él era el único
oficial argentino vestido como europeo; su aspecto era extraño, con la levita y
el quepis. Para él, era ana*cuestión de principio, una protesta contra la barba­
rie, contra Rosas y los caudillos, una campaña en favor del uniforme por so­
bre el chiripá, del ciudadano por sobre el gaucho. “Mientras no se cambie el
traje del soldado argentino, ha de haber caudillos”, dijo.68 Pero era un espec­
táculo curioso entre los gauchos, lanzas y ponchos, con su correcto uniforme y
la imprenta de viaje. Actuaba como una combinación de cronista y oficial de
publicidad de la campaña aliada, funciones no muy apreciadas por el poco
, cuito Urquiza, quien observó “que hace muchos años que las prensas chillan
en Chile y en otras partes, y que hasta ahora don Juan Manuel de Rosas no se
ha asustado; que, antes al contrario, cada día estaba m ás fuerte”.69Sarmien­
to; se sintió indignado, “Los tiranos sólo pueden ser derrocados por otros tira­
nos”. había escrito en 1849, y aceptaba a Urquiza como el mal menor.70 Pero
nunca olvidó ei insulto. No estaba solo en su resentimiento. El contingente
brasileño se sentía ofendido por la actitud de los argentinos, que consideraban
arrogante y con aires de superioridad y negligente con respecto a su bienes­
tar. Su comandante, el brigadier Márquez, se quejó a Sarmiento de que Urqui­
za lo ignoraba, no le daba órdenes, ni caballos ni ayuda de ninguna clase: “No­
sotros formamos aquí un grupo aparte, no nos comunicamos.con nadie, nadie
se nos acerca y podríamos decir que venimos en medio de enemigos”. Sar­
miento le respondió que Urquiza era “un pobre paisano sin educación”,-y que
el así llamado ejército argentino no era m ás que una levée en m asse de pobla­
dores del campo.71
El ejército de Urquiza adolecía de otros defectos. Era esencialmente el
ejército de un caudillo; no tenía estado mayor general, ni órdenes del día, ni
programa de instrucción, ni técnicos, ni intendencia, y tampoco tenía hospi­
t a l Dependía-de los brasileños para el transporte fluvial, y ellos por lo menos
le proporcionaban la ventaja del poder naval. Sin embargo. Urquiza se apro­
ximó a Buenos Aires desde el oeste, describiendo un amplio arco; eso lo aisló
-302
por un tiempo de sus aliados y bases y apoyo naval, pero él esperaba que te da­
ría acceso a los recursos de las pampas en ganado vacuno y agua, lo pondría
entre Rosas y sus aliados del interior y lo llevaría &una posición desde la cual
podría bloquear toda ruta posible de escape hacia el sur. Rosas no aproveche
para explotar aquellas debilidades. No se movió para unir fuerzas con Sanri
Fe y resistir el cruce del Paraná en Diamante. No atrapó a Urquíza en medie
de la pampa abierta. Por lo contrario, ordenó a los comandantes de su van
guardia. Pacheco y Lagos, que evitaran la acción y se retiraran hasta Puentf
de Márquez. La estrategia elegida era puramente defensiva y consistía en re
tirarse frente al enemigó, vaciando el campo dé ganado, caballos y provisío
nes y concentrando hombres y recursos en Buenos Aires. El propósito de Eo
sas era terminar la guerra con una gran batalla en las puertas de la capital
Esto significaba abandonarla defensa del Paraná, desamparando sus fronte
ras y territorio, y dejando que el ejército de Urquíza se moviera según sus de
seos.' Pero, ¿tenia otra alternativa? Se mostraba ahora reacio a confiar en su
oficiales titulares de comandos independientes demasiado lejos de BuenosA
res; y sus recientes experiencias no habían contribuido a darle seguridades
Además, los brasileños disponían de im ejército del otro lado del río y , si Rosa
se alejaba de la capital, ellos podían entrar, ya fuera por la fuerza o por la ir
dolencia de sus habitantes. Rosas estaba obligado a permanecer en Bueno
Aires, tenia que cuidarse de dos ejércitos, mantener en suspenso a ambos,
moverse rápidamente y a último momento contra uno de ellos. Ésta era 1
consecuencia del desequilibrio militar impuesto por la intervención foráneí
¿Qué apoyo tuvo Rosas en ésta, la etapa más critica de su régimen? En i
misma Buenos Aires, los signos exteriores de adhesión popular no habían di
minuido.. El 20 de septiembre de 1851, la Sala de Representantes designó un
comisión para que presentara personalmente a Rosas todas las leyes puestr
en vigencia para confirmar sus poderes en el cargo y enla guerra. Se organi?
una gran demostración para el domingo 28 de septiembre. Desde muy ten
prano en la mañana se reunió en Palermo gente de ‘todas las clases sociales
a pie. a caballo y en carruajes. La procesión oficial comenzó a las once de la m
ñaña, organizada por el jefe de policía y su plana mayor, con la partí eipacic
de funcionarios, jueces de paz, sacerdotes, militares, representantes de 1;
parroquias, y los diputados de las provincias. La columna de jinetes y carru
jes salió del centro de la ciudad a las trece y cuarenta y cinco y avanzó a lo lar;
de la cosía del rio hasta Palermo, con banderas y pancartas que se agitaban, 3a
zando gritos y aumentando el número de participantes a medida que march
ban. En Palermo se mezclaron con.quienes habían legado anticipadamente
pulularon por los jardines y se amontonaron en los corredores de la residenci
Después de las ceremonias v discursos, Rosas caminó en medio de la multiti
conversando y haciendo bromas, mientras la gente se apretujaba contra él, a
siosos todos por verlo y tocarlo, hasta las dieciocho en que empezaron a regres
á la ciudad. E l jefe de policía estimó que habían llegado más de trescientos c
rruajes, dos mil doscientos treinta jinetes y -una multitud de quince mil person
para apoyar a Eos as en ese memorable domingo; una demostración que impre­
sionó vividamente y por mucho tiempo las mentes de los observadores, aun los
menos parciales. En estas semanas previas a las últimas del régimen sonaron
notas triunfales en desafío a la tormenta que se acercaba. Una serie de acon­
tecimientos desmedidos marcó la promulgación de la ley del 20 de septiembre
de. 1851, y se expresó la gratitud hacia Rosas en la forma de salvas, fuegos arti­
ficiales, iluminaciones, demostraciones, desfiles y funciones teatrales,
Esta clase de apoyo popular no era espontánea sino organizada, y los sa­
cerdotes y magistrados sacaban la gente a las calles para reunir apoyo y le­
vantar la moral. Esto era significativo en sí mismo, porque indicaba que la
maquinaria política rosista estaba todavía funcionando y la sumisión seguía
siendo la norma. Pero el elemento de manipulación era siempre de primor­
dial importancia. Como observó Henry Southern, el populacho de Buenos Ai­
res no era un populacho normal, sino '‘mercenarios de la policía”. Si se toma­
ban estas demostraciones por su valor aparente. Rosas era tan amado como
temido. Pero en la práctica era el terror el que inspiraba obediencia, y el mie­
do el que mantenía en línea a la gente. Southern informó en esos tiempos;
Si mañana Rosas mera obligado a retirarse de Buenos Aires, lo seguirían en sus andan­
zas por las llanuras todos los hombres respetables de la ciudad y. por supuesto, la canalla
que son sus soldados. Casi todos esos hombres respetables odian su autoridad pero, a pe­
sar de ello, se los encontraría sin excepción a su lado. Sosas dice a susintimos—y yo lo sé
por uno de ellos—; “Aquellos que me quieren bien estarán con el Comando; aquellos que
se queden atrás, serán degollados7772
Los observadores británicos, aunque generalmente simpatizantes de la
autoridad de R osas, pensaban que 1a mayoría de la población de Buenos Aires
prefería la paz a la guerra, y no pelearían en una guerra de resistencia. Henry
Southern decía que “el estado mental de los hombres” era antibélico. Y. a prin­
cipios de 1852, Robert Gore también infería que la gente estaba cansada de la
guerra,-que había mucho descontento en Buenos Aires y que Rosas probable­
mente no sobreviviría el año como líder;
En Buenos Aires no hay simpatía por ürquiza, pero existe un deseo muy generalizado de
paz que permita a ios individuos atender sus asuntos privados, descuidados durante mu­
cho tiempo por causa de la g uerra; además, se teme que. en caso de triunfar R o sa s, la
guerra se prolongue a d i n f í a i t v m , pues, una-vez vencido Ürquiza iría a la guerra con P a­
raguay y el Brasil.73
Terminaba diciendo que ala masa de la gente le faltaba entusiasmo y pre­
feriría que se permitiera tranquilamente a ürquiza derrocar a Rosas.
En el campo, el apoyo a Rosas era más espontáneo. Guando-el ejército de
Urquiza marchaba a través de las pampas entrando a la provincia de Buenos
Aires, tuvo que luchar no sólo contra el calor sofocante, los terrenos sin trillar
y a veces ardientes, la escasez de alimentos y agua, sino también contra la
sorda hostilidad de la gente, poca y dispersa, pero indudablemente rosista.
Los habitantes de las llanuras resistieron pasivamente a los libertadores, ne­
gándoles información, contactos y provisiones, y manteniéndose fieles a su
caudillo. Según César Díaz, comandante de la División Uruguaya, el ejército
grande no pudo menos que percibir que “el espíritu de los habitantes de la
campaña de Buenos Aires era completamente favorable a R osas”, aunque
esto era.atribuido a la fuerza: “se veía claramente que él terror que este hom­
bre infundía había echado allí raíces profundas y que. hasta entonces, ningu­
na influencíalo había debilitado”.74Hasta Ürquiza estaba asombrado y preo­
cupado al ver “que un país tan maltratado por la tiranía de ese bárbaro, se
haya reunido en masa para sostenerlo” ,75 Díaz registró más tarde que ürquiza “se quejaba, y con razón, de que no había encontrado en la provincia de
Buenos Aires la menor cooperación, la más leve muestra de simpatía”, y que
admitía francamente. “Si no hubiera sido el interés que tengo en promover la
organización de la República, yo hubiera debido conservarme aliado a Rosas,
porque estoy persuadido de que es un hombre muy popular en este p aís”.76En
cuanto al propio Díaz, reconocía que Rosas era popular, de lo contrario habría
sido difícil explicar por qué la población rechazaba la libertad que se le ofre­
cía:
Tengo una profunda convicción, formada por los hechos que he presenciado, de que el
prestigio de su poder en 1852 era tan grande o mayor tal vez de lo que había sido diez años
antes, y que la sumisión y aun la confianza del pueblo en la superioridad de su genio, no le
habían jamás abandonado .77
Por último, Rosas contaba con apoyo hasta en si mismo ejército aliado.
Los argentinos que integraban sus filas, aquellos que habían peleado duro y
por mucho tiempo en favor de la causa federal o, al menos, enfavor deRosas,
no habían cambiado sus simpatías de la noche a la mañana y, aunque obede­
cían a Urquíza como comandante en jefe, estaban ofendidos por la proximi­
dad de quienes antes habían sido sus enemigos y por la alianza con potencias
extranjeras. Según el general José María Francia,
Habíamos contraído un serio compromiso de honor en que, si el día de una batalla en que
fuese vencedor nuestro ejército caía prisionero el general Rosas, no íbamos a permitir
que se le tocase en lo m ás mínimo, ni fuese mortificado por sus enemigos. 37hasta pediría­
mos que se nos confiase su guarda.78
E l núcleo fuerte de las tropasrosistas se encontraba en la unidad argenti­
na transferida sumariamente del ejercito de Oribe al de Urquíza en octubre
de 1851. Estos hombres habían sido enviadas por Rosas a la Banda Oriental en
1S37, cuando muchos de ellos ya eran veteranos de las guerras contra-ios in­
dios. Catorce años más tarde aún estaban luchando en el sitio de Montevideo,
casi olvidados, sin promociones ni expectativas, pero con ciega fe en.Rosas y léales a su causa. Esto causó una impresión indeleble en .Sarmiento, que los veía
como una monstruosa encarnación de la barbarie rosista; de cuatrocientos ca­
torce soldados y suboficiales del regimiento de Aquino, sólo siete sabían le e r y
305
escribir y también muchos oficiales eran analfabetos. Sarmiento dejó una vivi­
da descripción de estos terribles tercios de Rosas, vertidos de rojo con chiri­
pá. gorros y ponchos, fósiles extraños de un. pasado primitivo:
Fisonomías graves como árabes y como antiguos soldados, caras llenas de cicatrices y
de arrugas. Un rasgo común a toaos, casi sin excepción, eran las canas de oficiales y sol­
dados... ¡Qué misterios de la naturaleza humana, qué terribles lecciones para los pue­
blos í He aquí los restos de diez mil seres humanos, que has permanecido diez años casi
en la brecha combatiendo y cayendo uno a uno toáos los días, ¿por qué causa? ¿sosteni­
dos por qué sentimiento?... Estos soldados y oficiales carecieron diez años de abrigo, de
un techo, y nunca murmuraron. Comieron sólo carne asada en escaso íuego^ y nunca
murmuraron... Tenían por él, por Rosas, una afección profunda, una veneración que di­
simulaban apenas,.. ¿Qué era Rosas, pues, para estos hambres? ¿o son hombres estos
seres 7^
Cuando se incorporaron al ejército grande fueron puestos bajo el mando
del coronel unitario Pedro León Aquino, compañero de exilio de Sarmiento e
íntimo amigo de Mitre. Le habían asignado un tigre indomable. Cuando los
aliados cruzaban las pampas saliendo de Santa Fe, el 10 de enero de 1852. cua­
trocientos de estos hombres se rebelaron, mataron a su comandante y otros
oficiales unitarios y desertaron para unirse á su verdadero caudillo. Abrién­
dose paso a través de la s pampas llegaron a Santos Lugares y se presentaron
triunfalmente ante Rosas, quien les reconoció cálidamente su lealtad.80
En resumen, Rosas no estaba aislado en Buenos Aires, y todavía podía
contar con ía adhesión de las masas. ¿Por qué, entonees, no hubo en 1852 un le­
vantamiento popular en la ciudad y en el campo en favor de él. comparable a l
de 1829? Había varias razones. En primer lugar, el apoyo eseneial a Rosas en
1829 había sido materializado por los estancieros, quienes no dejaron.nada li­
brado a la suerte sino que movilizaron activamente a sus peones para la causa
del caudillo. Veinte años más tarde muchos estancieros, cuyos peones habían
sido llevados por la conscripción y cuyas perspectivas fueron empeoradas por
la guerra, prefirieron mantenerse apartados, esperando la paz y mejores tiem­
pos. En segundo lugar, por su campaña de terror y de despolitización total de
'Buenos Aires, Rosas había quitado la espontaneidad a todo el apoyo popular
existente; si el motor impulsor fallaba, la maquinaria se detenía. Finalmen­
te, no podía haber un levantamiento masivo en el campo porque los oficiales
de reclutamiento del régimen lo habían dejado desnudo, y todos los hombres
aptos ya se encontraban en el ejército o en la clandestinidad. De manera que
la última esperanza de Rosas estaba puesta en el ejército.
Rosas no era un gran comandante militar y malgastó sus diversos recur­
sos. Sus medidas de defensa fueron tardías y derrotistas. Es cierto que había
perdido, en favor del enemigo, dos ejércitos'regulares, el de Urquiza y el de
Oribe. Esto fue el resultado de un error estratégico a largo plazo, ya que había
hecho depender la seguridad del régimen de la lealtad de los caudillos provin­
ciales, concentrando su mayor esfuerzo defensivo en ejércitos que él no podía
controlar directamente y que, eventualmente, podrían ser fácilmente perdi-
306
m
■
.....
dos. También desertó de. Rosas una cantidad dé jefes militares regionales, y
las fuerzas de Santa Fe demostraron no ser efectivas. Fue obligado a retirar­
se a su ultima base de poder, la ciudad y la provincia de Buenos Aires. Pero
..i , . aun allí, sólo en noviembre de 1851 comenzó a armar un improvisado ejército,
una combinación de voluntarios y conscriptos íncorporadosen levas. Aunque
las levas habían sido tantas que los oficiales locales encontraron pocos hom­
bres en edad militar y sólo pudieron enviar a Rosas muchachitos adolescen­
tes , separados de sus madres por la fuerza, en medio de llantos y gemidos, en
i
escenas tales como la descripta por W, K. Hudson, quien observó comportari
se a una mujer “como un animal salvaje que trataba de salvar su cría de los
cazadores” ,81 Las milicias de Buenos Aires y de campana, llamadas entonces,
.guardia civil, eran también fuerzas improvisadas, ya que se obligaba a la
gente a abandonar sus negocios, chacras y estancias en detrimento del co­
mer cí o y la producción. Se empleó a los artesanos para el equipamiento, se or­
denaron uniformes y se reunieron tropas y caballos. Comenzaron el entrena[
miento al mando de oficiales retirados y llamados nuevamente a prestar ser1 vicios, y el aspecto de la campaña pronto se convirtió en el de un enorme aurt|
que desordenado campamento. E l diarista Berutí escribió:
j
I
Concluyó el presente año de 1851, con la desgracia de estar todos los ciudadanos déla ciu. dad y su provincia sobre las armas haciendo ejercicios militares como soldados, sin disj } tinción de empleados, abogados, escribanos, jueces, etcétera, capaces de llevar las ar­
il
mas, y hasta los niños de doce años a dieciséis... habiéndose llevado de los pueblos de la
■| campaña, sin distinción de personas pobres ni ricas.83
1
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¡
f
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Las mejores unidades-de Rosas eran la artillería y el Regimiento Escolta
aunque, a falta de buenos oficíales antiguos, tuvo que ofrecer el comando de
esas unidades a dos oficíales unitarios que habían regresado a Buenos Aires,
Mariano Cbilavert —uno de los hombres dé artillería de Lavalle en la campa*.
ña de .1840— y Pedro José Díaz, capturado en Quebracho Herrado y bajo palabra desde entonces. Ambos aceptaron y, en la última batalla, lucharon vigorosamente por Rosas. Pero la mayor debilidad del régimen era su falta depoder naval. Esto permitió a los brasileños dominar el Río de la Plata y los oíros
ríos y proporcionar cubierta y transporte efectivos al ejército grande. Era ya
muy tarde, el 17 de enero de 1852, cuando Rosas compró, por trece mil oehocientas libras, un buque británico de vapor de trescientas noventa y cinco to­
neladas para reforzar el escuadrón de Buenos Aíres. En realidad, era dema­
siado tarde.83
Sí a Rosas le faltaba talento militar, a algunos de sus jefes militares les faltaba entusiasmo.. Nombró a Ángel Pacheco comandante de la vanguardia y
luego comandante en jefe del centro y norte de Buenos Aires. Pero Pacheco,
hasta ese momento un incondicional del régimen y uno de sus principales beneficiarios, pareció tener pocas agallas para la campaña más crucial de todas. Estaba entonces disgustado con Rosas y en relaciones muy poco amistosas con su subordinado,, el coronel Lagos, uno de los comandantes que aún
¡
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cumplía eou su. deber y hasta había logrado incorporar dos mil quinientos
hombres, bien montados y armados, de Lujan, Cirtvilcoy y 25 de Mayo.84 Pa­
checo no tenía ningún plan y no ejerció iniciativa alguna; no se empeñó contra
el enemigo ni permitió que lo hicieran sus subordinados. E s verdad que sus ór-...
denes consistían en retirar su ejército con seguridad hasta Puente de Már­
quez y defender ei puente. Pero no lo hizo; en cambio, se retiró más ailá de éste
y luego intentó renunciar. Su renuncia fue rechazada y, el 30 de enero, dejó su
puesto sin consultar a Rosas y se marchó a su estancia El Talar de López, so­
bre el otro iaao del río de Las Conchas. Allí presentó nuevamente su renuncia
y, mientras se estaba librando la batalla final para el régimen, Pacheco y su
tuerza de caballería de quinientos hombres estaban descansando en su estan­
cia.83 Urquiza tenía así el camino abierto desde Santa Fe basta Buenos Aires.
Mientras tanto, en Buenos Aires, Rosas perdía los señuelos de su comandan­
te, el general Mansilla, quien cayó seriamente enfermo el 26 de diciembre, contribuyendo a debilitar aún más al régimen.
Rosas ignoraba la verdadera situación, ya fuera por engaños o erróneas
apreciaciones de quienes lo rodeaban. E l ministro británico Robert Gore es­
taba presente en la casa del gobernador en la noebe del 2 de febrero, y le ase­
guraron positivamente que el general Benavidez, gobernador de San Juan, se
hallaba a la retaguardia de Urquiza con cuatro mil hombres, y que Pedro Ro­
sas se encontraba detrás de su,flanco derecho con dos mil indios; de manera
que Urquiza estaba atrapado entre dos fuegos. La información era totalmente,
falsa. Y Rosas no sólo fue engañado, fue virtualmente traicionado. Pocos días
más tarde, después de la última batalla, Gore informó:
Casi todos los jefes en quienes Rosas había confiado están abora en el servicio, empleados
por Urquiza; son las mismas personas a quienes he escuchado con frecuencia jurar su
devoción a la causa y a la personada! general Rosas: ningún hombre ha sido jam ás trai­
cionado en esa forma. El encargado de*asuntos confidenciales que escribía sus notas y
despachos nunca dejó de enviar copias a Urquiza de todo aquello que importaba que co­
nociera; los jefes que comandaban la vanguardia del ejército de Rosas están ahora en ei
comando de distritos. Nunca existió traición más completa.86
Rosas había gobernado siempre solo en sus dominios; ahora tenía que lu­
char solo en su batalla, y era una batalla para perder. Admitió que su ejército
terna insuficientes.oficiales, pobres instructores, tropas inexpertas. Las ar­
mas y los uniformes se enviaban en todas direcciones, por todos los medios
disponibles e. invariablemente, a último momento. Había desorden en las fi­
las, confusión entre los comandantes, y graves pérdidas de moral.87 Rosas
tuvo que tomar personalmente el comando; difícilmente hubiera podido hacerlo otro, y nadie en quien él pudiera confiar.
Durante enero de 1852, Rosas estuvo inmovilizado en Santos Lugares, sin
poder dejar Buenos Aires para el caso de que el Ejército de Reserva Brasileño, estacionado en Colonia, del otro lado del Río de la Plata, resolviera entrar
y los defensores de la ciudad carecieran de espíritu para resistir; en su mbmentó, los brasileños pusieron cinco mil hombres a las puertas de la ciudad,
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' Por Jo tanto., Rosas no se movió hasta que Urquiza se acercó desde el oeste.
Entonces resolvió salir y enfrentarlo. E l 26 de enero delegó el gobierno en sus
ministros, Arana e Instarte. La defensa militar de la ciudad quedó a-cargo de
..j Lucio Mansilla, supuestamente recuperado, y de la milicia urbana. El 27 de
¡ enero abandonó Palermo y tomó en Santos Lugares sus disposiciones finales;
j desde allí partió el ejército con la esperanza de asestar un golpe decisiva ai
! enemigo en una batalla campal.'Y así, en la noche del 2 de febrero, Urquiza
j se encontró inesperadamente con el ejército de Rosas que le cerraba el cami| no a Buenos Aires cerca del arroyo Morón.
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El 2 de febrero por la noche, con el enemigo cerca y listo para la batalla,
Rosas convocó a una junta de guerra. Comunicó a sus oficiales más antiguos
que el deber y el honor lo impulsaban a dirigir la batalla, y que defendería has­
ta elfínal los derechos e intereses de la Confederación. Pero si ellos eonsidera. ban que debía negociar Ja paz con Brasil y Urquiza en vez de pelear, aceptaría
, el consejo' de ellos, sin pensar en su propia persona.® Chilavert habló por to­
dos cuando dijo que debían pelear, y Rosas io elogió por su patriotismo, agre­
gando que quienquiera venciese, Urquiza o Rosas, ellos debían trabajar luego
por una constitución nacional. “Nuestro verdadero enemigo es el Imperio del
Brasil, porque es un Imperio. ” Pero algunos oficiales, encabezados por Chilavert, querían poner en práctica tácticas dilatorias; propusieron-a Rosas que
retirara la infantería y la artillería para cubrir la línea de la ciudad, y usara la
caballería en acciones móviles contra la retaguardia del enemigo. Otros querían una inmediata batalla en esa misma mañana. Rosas, personalmente,
quería entrar en acción sin demora, y observó a su ayudante, Antonino Reyes:
¡ Aquí he estado oyendo el consejo de los gefes sobre lo que debemos hacer y cada uno me
1 ha dado su opinión. Por supuesto que no son de opinión que se dé la bata¡la,*smo que gane{ mos la ciudad con la Infantería y la Artillería, y mandar la Caballería al Siid para venir
\ con los indios. pero ya sabe V. que- soy opuesto a mezclar este elemento entre nosotros,
í pues que si soy vencido no quiero dejar arruinada la campaña...Sí.íriunfamos, .quién con­
i' tiene a los Indios. Si somos derrotados, quién contiene a los Indios: No hay remedio, ya esI tamos aquí, es preciso dar la batalla, sea lo que sea.®9
Los dos ejércitos se encontraron el martes 3 de febrero en Morón, un arro­
yo cerca del río de las Conchas, a unos treinta kilómetros al oeste de Buenos
Aires. El ejército de Urquiza tenía un efectivo de veinticuatro mil hombres,
de los cuales tres mil quinientos eran brasileños, mil quinientos uruguayos y
el resto argentinos; contaban con cincuenta piezas de artillería. El ejército de
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Rosas estaba constituido por veintitrés mil hombres, con cincuenta y seis pie­
zas de artillería. Pero no.podían comparárselas fuerzas veteranas de ürquiza con los bisoños reclutas de Rosas, ni los respectivos comandos superiores. Urquiza era un modelo de experiencia y capacidad militar, mientras que Ro­
sas, con todo su talento para la guerra irregular, no era un soldado profesio­
nal. Sus tácticas fueron en ese momento tan débiles como su estrategia; era
evidente que no tenía planes y ubicó sus tropas en forma indiscriminada. La
batalla comenzó a las 7:00 de la mañana, con fuego de artillería de ambos la­
dos. Urquiza atacó primero el flanco izquierdo de Rosas con su caballería y
dispersó la caballada enemiga. Luego desplegó su infantería y artillería con­
tra el flanco derecho de Rosas, se atrincheró en la casa de Caseros, de donde
tomó su nombre la batalla; allí hubo más resistencia, pero también fue supe­
rada,* De manera que pudo sobrepasar, rodear y dispersar fácilmente a las
tropas de Rosas, que huyeron en desorden, derrotadas tanto por su falta de
disciplina, experiencia y conducción como por la excelencia del ejército gran­
de. Solamente la artillería de Chílavert y el regimiento de Díaz presentaron
una efectiva resistencia, pero también ellos fueron superados. Hacia medio­
día. la derrota era total, y rápidamente reconocida; las bajas en conjunto no
sumaban más de doscientas, 1a mayoría de ellas en el ejército de Rosas. Miles
de soldados, con artillería, fusiles y municiones, abastecimientos y equipos,
cayeron en manos de los aliados,.quienes a las 1S:00 estaban ya en Santos Lu­
gares, que pocas horas antes había sido el cuartel general militar de un pode­
roso régimen.
La caída de Rosas fue rápida y total. Sufrió una ligera herida en la mano y '
cabalgó desde el campo de batalla acompañado solamente por un servidor,
para dirigirse a Hueco de los Sauces en el sur de la ciudad, donde escribió su
renuncia a la Sala de Representantes. Urquiza le rindió un generoso cumplí- .
do: "Rosas es un valiente; durante la batalla de ayer le he estado viendo al
frente mandar su ejército”.91 Pero Sarmiento registró qué fácil había sido ;
todo al final: '‘La caída del tirano más temido de los tiempos modernos se ha i
logrado en una sola campaña, sobre el centro de su poder, en una sola batalla
campal, que abría las puertas de la ciudad sede de su tiranía, y cerraba toda
posibilidad de prolongar la resistencia”.
En Buenos Aires, como en el campo de batalla, el calor era agobiante ese
día. E l sonido distante de los cañones se había oído desde hora temprana. A
las 09:00 empezaron a circular rumores sobre la batalla y la derrota de Rosas
y, alrededor de las 11:00, entraron al galope algunos grupos de soldados de ca­
ballería, confirmando el informe. A medida que avanzaba el día iban llegando
nuevos fugitivos, que sólo se detenían para refrescarse antes de dispersarse
hacia el sur. E l general Mansüla no ofreció resistencia, pues no quiso utilizar
la Guardia Civil para combatir por la ciudad; en consecuencia, el Ejército de
Reserva Brasileño no necesitó siquiera desembarcar. En cambio. Mansüla
retiró la milicia y pidió a los diplomáticos extranjeros que obtuvieran de Ur­
quiza condiciones de seguridad para Buenos Aires. Luego, ante el disgusto de
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muchos, el cuñado de Rosas se rindió a Urquiza coa el grito “;Viva Urquiza!
¡Muera el tirano Rosas!” Algunos soldados de barcos extranjeros, incluida
una partida de rolantes de marina británicos, desembarcaron para proteger a
sus connacionales y sus propiedades, Pero la única baja fue la del sargento de la
marina del 3.MS Locust, Mr. Payne quien, contra el consejo de todos. partió hada
Palermo para ver qué estaba pasando. En el camino, fue detenido por un soldado
que huía, quien le exigió que le entregara su caballo y. ante la negativa, le dis­
paró un tiro; m ás tarde murió a bordo de su barco. Mientras tanto, continuaba
la fuga en desorden, y Buenos Aires quedó indefensa ante el enemigo. “Así fue
la ignominiosa caída” f.concluía el despacho de The Times , “del tirano suda­
mericano; un dictador cuyo poder era más absoluto que ei del Autócrata
Ruso, y que el de cualquier gobernante en la tierra” .93
Urquiza llegó en seguida a Palermo, donde estableció su cuartel general.
Pero en la ciudad había comenzado el saqueo, primero por la caballería rasista , luego por las tropas de Urquiza y los delincuentes locales, que formaron
bandas errantes en el centro de la ciudad,'disparando contra las puertas para
abrirlas y robando las tiendas. Amenazaba un colapso total de la ley y el or­
den, hasta que Urquiza impuso su autoridad y superó el terror con ei terror;
en Buenos Aires. más de doscientas personas fueron fusiladas por orden suya.
incluyendo muchos civiles. Y a la victoria le siguió una terrible venganza.
¡Una cantidad de antiguos oficiales rosistas fueron fusilados, algunos por el
pasado terrorismo, otros con justificaciones menos obvias. “Los mazorqueros existentes”, escribió Sarmiento, “eran como seis o siete, y el pueblo en
Buenos Aíres sólo tenía ojeriza contra los más crimínales de entre ellos” ,n El
corone] Martín Isidro Santa Coloma, un rosista de la línea dura, fue degollado
por orden de Urquiza; había sido miembro de la mazorca, juez de paz y partí­
cipe en. el asesinato de Maza en 1839. En otro caso, Martiniano Chilavert. un
simple aunque antiguo oficial que cambió de bando, también fue asesinado.
Ejecutaron a muchos soldados. Todo el regimiento de Aquino, o los.que caye­
ron prisioneros, fueron ejecutados sin juicio previo, y la gente-aplaudía a me­
dida que eran degollados. Alrededor de Palermo, los árboles estaban llenos1de
cadáveres. La infantería de Rosas, reclutada de entre las más bajas clases y
carentes de opinión en la toma de decisiones, quedó prisionera de Urquiza du­
rante casi un mes, acampada en Palermo. Sin embargo, una cantidad de polí­
ticos Irosistasjque incluía a Felipe Arana. Nicolás Anchorena y Baldomcro
García, sobrevivieron y prosperaron. Urquiza ejerció una justicia extrema­
damente dura, perdonando a algunos, ejecutando por fusilamiento a otros y
finalmente degollando a otros, pero, en general, como en el terror deRosas, el
castigo se practicaba en una campaña controlada.
Caseros no significó la conquista de una vieja Argentina por una nueva.
Su efecto inmediato fue el reemplazo de un caudillo por otro. Urquiza, a quien
el corresponsal de The Times en Buenos Aires describió como “más animal que
intelectual” en su exteriorización, era en cierta forma más gaucho que el mis­
mo Rosas, y sólo un grado más conciliador, Instaló su corte en Palermo, orde-
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nó el uso del uniforme federal con emblemas rojos, a pesar de su relación con
Rosas, y gritó “ ¡Mueran los salvajes unitarios!" Sarmiento 3o vio como otro
Rosas, rodeado de aduladores e r r asistas.94Y, en el epílogo de Caseros, el'ven­
cedor parecía destinado a perpetuar los conflictos ideológicos-vía política de
caudillos de la época. Según el diarista Beruti, !tün nuevo tirano que ha
reemplazado a Rosas, su maestro, ha entrado con sus tropas a-la ciudad y las
ha colocado en varios puntos, causando a sus habitantes un susto extraordina­
rio... El señor Urquiza entró como libertador y se ha hecho conquistador”.85
Fuera de la ciudad, la memoria del pueblo y las lealtades eran más fuertes y
los mitos más tenaces. En la campaña y en la frontera sur. en todos aquellos
sitios que habían sido la base de su poder, la nostalgia por Rosas llegó a-consti­
tuir una forma de protesta. Los gauchos saludaban su memoria y los indios in­
vocaban su nombre. En abril de 1852, unos doscientos indios invadieron la pro­
vincia y amenazaron Bahía Blanca, recorriendo estancias en busca de caba­
llos y ganado. Robert Gore informó: “Pequeños grupos de indios se están
uniendo todos los días a los invasores, y las últimas cuentas llevan su número
a unos dos mil, además de algunos cristianos que sé supone eran parte del an­
tiguo-ejército del general Rosas. Se informa que en diversas ocasiones han
gritado ‘;Viva R osas!’ ‘ ¡Muera Urquiza !f ',96E1 mismo Rosas pensaba que no
había sido derrotado por el pueblo, sino por extranjeros. Después de Caseros,
afirmó, “No es el pueblo el quem e ha volteado. Son los'macocas,dos brasile­
ros.” Y de manera más cínica, observó, “Estoy abandonado de todos; el pue­
blo me aborrece, porque mis generales y mis hermanos lo han saqueado, y
mis generales me abandonan porque están hartos de fortuna y quieren guar­
darla”.97 ¿Podría ser que la verdadera explicación déla caída de Rosas tuvie­
ra una clásica simplicidad? Él aplicaba políticas que tenían oposición, si no
dentro de Buenos Aires por lo menos-mera de ésta, y sus opositores tuvieron
suficiente fuerza como para derrotarlo. Los brasileños nó habrían podido in­
vadir la Argentina sin un aliado interior; y Urquiza no habría podido rebelar­
se sin apoyo extranjero. Juntos, fueron demasiado poderosos para Rosas. De
pronto se encontró solo. La vida económica debía continuar. Los estancieros
.teman que producir y vender, ios hombres de negocios tenían que comerciar,
y todos ellos podían hacerlo bajo otro gobierno tanto como bajo el gobierno d e­
Rosas. Los británicos debieron buscar nuevos socios y quizá mercados más
amplios, y también ellos descubrieron que, después de todo, Rosas no era .in- .
dispensable.
6
Después de Caseros, la vida de Rosas.estaba en peligro. Al final de la ba­
talla, dijo a sus acompañantes más próximos: “Señores, sigan Ustedes su
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destino, yo me separo” .9SInsistió en partir solo, en compañía de un sirviente,
Lorenzo López, y en su caballo favorito. Victoria —así llamado por la Reina de
Inglaterra— se dirigió rápidamente a los suburbios del sur de la ciudad. En
Hueco de los Sauces desmontó debajo de un árbol y escribió una renuncia for­
mal dirigida a ía Sala de Representantes:
Señores Representantes: Es llegado el caso de devolveros la investidura de gobernador
de ia Provincia y la suma del poder con que os dignasteis honrarme. Creo haber llenado
mi deber como toaos ios verdaderos federales y mis compañeros de armas. Si más no he­
mos hecho en el sostén sagrado de nuestra independencia, de nuestra integridad y de
nuestro honor, es porque m ás no hemos podido... Ruego a Dios por cada uno de voso­
tros™
Después, cambiándose para vestir el poncho rojo y el gorro escarlata del
soldado que lo acompañaba, Rosas entró a la ciudad y cabalgó sin ser recono­
cido hasta la casa del capitán de la Armada Real, Robert Gore, el encargado
de negocios británico, en la calle Santa Rosa. Llegó alrededor de las dieciséis,
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Casi con certeza, la fuga había sido planeada algunos días antes. Gore
i ■aprobaba a Rosas —aunque no sus métodos— y apreciaba sus medidas en fa­
vor del orden y la protección de ios extranjeros. Parece haber tenido acceso al
;dictador cuando deseaba y, en los últimos días del régimen, concurría a .la
■; ' casa de gobierno casi todos los días. Informó a Palmerston la posibilidad déla
derrota de Rosas, pero no sobre la existencia de planes para esa eventualidad.
Más tarde, desde su exilio, Rosas declaró: “había con anterioridad preparado
todo para ausentarme, encajonando papeles y poniéndome de acuerdo con el
í ministro inglés”.™ En realidad, ya había transferido sus archivos a su casa
de la ciudad, listos para el transporte..También su hija Manuela había aban­
donado Palermo la noche anterior a la batalla. La derrota, si bien no supues■i ta, había sido prevista ciertamente.
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Gore estuvo todo el día fuera de su casa el 3 de febrero, conferenciando
; con otros diplomáticos sobre la protección de sus connacionales y sus intereI ses. Cuando regresó, aproximadamente a las cuatro y media de la tarde, su sir­
viente le informó que había admitido a una persona vestida como un soldado eoj mún, de quien sospechaba que era el general Basas. Gore encontró a Rosas acosíj tado exhausto en su cama, hambriento y todavía sucio de la batalla, pero por
otra parte, tranquilo y confiado. Se sentía feliz de encontrarse bajo la protección
de ia bandera británica y aun dispuesto a quedarse unos pocos días más para
poner en orden sus asuntos. Gore tenía algunas reservas al respecto, pero or­
denó comida y un baño para su huésped y, como tenía que volver a salir por
otras cuestiones relacionadas con el ejército victorioso, dejó estrictas ins­
trucciones para que nadie entrara ni saliera de la casa hasta su llegada. Esa
i noche, más tarde, fue a ver al vicealmirante W. W. Henderson, comandante de
j‘ las fuerzas navales británicas en el Río de la Plata, quien estuvo de acuerdo
j de inmediato en que ers vital sacar a Rosas de la residencia del encargado de
i negocios' ya que su presencia sería dañosa páralos intereses británicos, y que
debía embarcarse a la madrugada, con su familia, a bordo del E M SLocust
que se encontraba en el puerto.
Gore fue a buscar a Manuela y la llevó a su casa a la medianoche. Allí con­
venció a Rosas sobre la necesidad de que oartiera inmediatamente y se dedi­
caron a preparar todo.101 Gore facilitó a R >sas un gabán de marinero y una go­
rra ; Manúeliia se vistió como un muchachito: y el hijo de Rosas se puso algu­
nas ropas del dueño de casa. Así disfrazados partieron, escoltados por Gore y
seis infantes de marina británicos. Tuvieron que cruzar dos puestos de centi­
nelas. pero llegaron a salvo hasta si bote qüe esperaba en el río. Para las tres
de la mañana estaban todos a bordo del HMSLocust, y desde allí los transfi­
rieron luego al HMS Centaur. A la mañana siguiente, Gore fue presentado a
ürquiza, quien comentó que Rosas había peleado valientemente y se creía
que estaría en ese momento viajando hacía el sur, palabras que Gore no se
sintió dispuesto a contradecir.
Gore pensaba que no había hecho otra cosa que cumplir con su deber
como inglés y caballero, actuando sobre la base de principios humanitarios.
Pero en Buenos Aires se notó cierta hostilidad hacia él por causa de la fuga de
Rosas, y se mostró particularmente indignado al comprobar que algunos resi­
dentes británicos lo criticaban por haberlos comprometido a todos ante Jos
ojos de los vencedores. Gore informó a Palmerston que lo amenazaban en la
calle, hacían demostraciones frente a su casa y difundían rumores de que él se
había casado con Manuelita, recibido doce mil libras de recompensa, de Ro-,
sas, y de que se había hecho cargo de Palermo, Pero Gore trató todo esto con
el desprecio que merecía y se atuvo a sus principios. Negó también versiones
sobre la riqueza de Rosas, quien le había asegurado que no tenía dinero en el
extranjero, y sólo llevó con él dos mil trescientas libras.102
El gobierno provisional de Buenos Aires no estaba menos ansioso de ace­
lerar la partida del dictador derrocado que las autoridades británicas. Rosas
pidió formalmente al almirante Henderson que lo llevaran a Inglaterra y, el
10 de febrero, con su familia, tres sirvientes y unos pocos amigos, fue transfe­
rido al vapor HMS Conflict para el viaje hacia el exilio.103Rosas tenía con él un
poco de dinero, setecientas cuarenta y cinco onzas de oro, doscientos pesos
oro y veintidós reales, según declaró.104Pero debía proveer por su familia y se
supuso.que no podía pagar su pasaje o el de los suyos; eventualmenté, el costo
del viaje fue solventado por Gran Bretaña. Rosas desembarcó el 26 de abril en
Plymouth y tomó habitaciones en el Moorshead's Royal Hotel,.Devonport.
Las autoridades del puerto lo recibieron cordialmente; saludaron su llegada
con veintiún cañonazos, lo esperaban diversos dignatarios e hicieron pasar
rápidamente su equipaje por la aduana. El periodista de The Times observó.
todo esto, y el diario lo censuró: “Ha sido maravillosa la ansiedad de estos ca­
balleros ingleses, de alto rango militar y naval, por estrechar su mano teñida
de sangre”.105 Rosas deseaba presentarse al gobierno británico y explicarle
su posición, y pidió también permiso al secretario dé Relaciones Exteriores
para alquilar una casa en Inglaterra. El Foreign Office no lo alentópara que
314
insistiera en la entrevista; en cambio, recibió una carta por la cual le acorda­
ban el derecho de instalarse en cualquier parte de las Islas Británicas, bajo la
protección de las leyes existentes y siirnecesidad de un permiso especial.106
Pero en la Cámara de los Lores se formularon varias preguntas. ¿Por qué
se había hecho al general Rosas en Plymouth una recepción que parecía ofi­
cial? ¿Por qué se lo había recibido con honores más que habituales? El secre­
tario del Foreign Office, Conde de Malmesbury, respondió que ei gobierno no
había impartido orden alguna referida a la rendición de honores oficíales,
sino que las autoridades de Plymouth habían actuado por su cuenta;
Un sentimiento natural ios ha inducido a recibir coa hospitalidad y respeto a un distingui­
do refugiado de un país extranjero. Y en esto debe observarse que el general Rosas no era
un refugiado común, sino alguien que había demostrado una gran distinción y bondad ha­
cia los comerciantes británicos que negociaron con su país, y alguien con quien ei ante­
rior gobierno efectuó negociaciones de carácter importante, v hasta firmó un Tratado en
1849.
Pero el descontento continuaba, y el Primer Lord del Almirantazgo tuvo
que explicar que no se habían enviado órdenes especiales al escuadrón del Río
de la Plata, pero que existía una orden general impartida a todos los coman­
dantes navales para que salvarán la vida en emergencias tales como la recaí­
da sobre el general Rosas, y había sido en esas circunstancias que fue embar­
cado en el Conflict.107
Y así pasó Rosas del poder en la Argentina a la vida privada en Gran Bre­
taña, veinte años en el cargo seguidos por veinticinco años en ei exilio.
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Exilio
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Rosas decidió establecerse en Inglaterra y alquiló una amplia casa en Carlton
Crescent, Southampton. Su elección estuvo dictada en parte por el sentimien­
to y en parte por los hechos. No simpatizaba del todo con los valores de una In­
glaterra plenamente Victorian a, pero le agradaban los británicos f había-ad­
mira do.a Palmerston desde hacía mucho tiempo y probablemente calculó que
si debía buscar asilo sólo podía ser el mejor. El bloqueo británico era una.cosa
del pasado; desde entonces, sus diplomáticos habían tratado de proteger a
Rosas de Brasil, y la Armada Real lo había rescatado desde la Argentina. En
realidad, hizo su elección durante las semanas anteriores a su derrota, cuan­
do decidió que solamente Gran Bretaña tenía voluntad y poder para salvarlo,
y cuando efectuó ios arreglos para escapar con Gore. De manera que perma­
neció en Inglaterra, y fue allí donde más cerca se sintió de la Argentina. En
cuanto a Southampton, como Buenos Aíres, era un puerto y cercano ál campo.
Comenzó a aprender inglés y, aunque nunca dominó el idioma y tenía dificul­
tad para comprenderlo, progresó lo suficiente como para comunicarse.
Los primeros años de exilio fueron los más amargos: aún frescos en su
mente sus anteriores poderes, y con la adversidad de esos días atormentándo­
lo. Hasta su propia familia lo decepcionó, aunque la culpa sólo era suya. Ro­
sas había tenido dos hijos con su esposa Encarnación, y, ambos lo acompaña­
ron al exilio. A su hijo Juan jamás le había interesado la política y era mínimo
el papel que jugaba en la vida de su padre: pronto retornó a Buenos Aires con
su familia. En cambio Manuela, sencilla y poco educada como era, había-sido
una indispensable colaboradora y una exacta copia de Rosas en todo lo que
316
fuera político. En ese momento, terminada su tarea pública, encontró en In­
glaterra una nueva libertad. Antes de los seis meses de su llegada, el 23 de oc­
tubre de 1852. se casó con Máximo Terrero. hij o del antiguo socio de Rosas, un
meritorio joven que la había cortejado en Palermo y la siguió voluntariamen­
te al exilio. Para Manuela, a los treinta y cinco años de edad, fue una especie
de emancipación. Para Rosas, acentuados sus instintos posesivos por causa
del aislamiento, fue una traición; objetó dolorido el matrimonio y reprochó a
su hila por su “inaudita crueldad” ai dejarlo solo en el mundo cuando más la
| necesitaba.1Durante los años siguientes, Manuela tuvo dos hijos y se trasladó
• a Londres con su m árido, mientras Rosas se retirad a aun más en sí mismo, pií
diéndole que no volviera a su casa, ya que no le proporcionaría más ningún
placer y no deseaba recibir a nadie allí. Sin embargo, la pareja se mantuvo
leal y devota usando a los niños como pretexto para visitarlo, a pesar de suínj.
sístencia en que “no debes, pues, alimentar esperanza alguna de venir a esta
j casa” .2 La derrota y los celos se combinaban para desmoralizar al caído dicf tador, lo que era comprensible, decía él “sí consideran mis circunstancias, lo
i que he sido. lo que soy”, y por momentos pensaba que estaba “verdaderaraeni
te loco”. De manera que siguió culpando a su familia por su falta de compa5 síón, tanto más cruel cuando sus así llamados amigos de Buenos Aires tamI bién lo estaban traicionando .3
Su depresión aumentó, alimentada por la soledad y autoconmiseración.
' ' Tal era su estado de ánimo cuando concluyó toda relación con Manuela y su.
' marido, y hasta les advirtió que no le escribieran: “Si lo hacen perderán su
; tiempo, las estampas, o porte, puesto que sin abrir las cartas, cajones, o lo que
t fuere. devolveré a Vds. todo lo que sea. También ruego a Vds. no vengan a ver­
me 4 Así se aisló Rosas todavía m ás en su tristeza, resentido ante su destino,
enojado con su familia en Inglaterra y sus enemigos en Buenos Aires e invadi­
do por un prolongado letargo. De jó de aceptar las invitaciones que le enviaban
; algunas familias de la pequeña aristocracia para participar en cacerías y carre­
ras, quejándose de que la falta de dinero le impedía retribuir esas cortesías. Qué
: oportunidad se estaba perdiendo, se lamentaba, de promover losintereses de
; " la Argentina; porque pensaba que, de haber tenido medios para moverse en la
alta sociedad, podría haber hecho conocer su país y lograr "mucho enfavor de
esas naciones de Sud América".5 Pero dada la situación, permanecía en su
casa, y su placer principal consistía en cabalgar solo en el New Forest, donde
\ pasaba largas horas en comunión con la naturaleza y condenando a-los hom­
bres . Por eso, la primera década de su exilio fue la más triste. En junio de 1862'
■ todavía resistía los intentos de Máximo para restablecer el contacto pero, fi­
nalmente. en agosto-septiembre de 1863, escribió una vez más a su hijo políti­
co. La redacción de su testamento y el alquiler de una granja lo obligaban a
consultar a su familia, y pareció dispuesto a verlos de nuevo, especialmente a
sus dos nietos.5 Manuela y su familia, de hecho, se convirtieron-en los princi­
pales beneficiarios de su última voluntad.7 Ella continuó viviendo en Inglate­
rra con su maridó' e hijos y allí murió en septiembre de 1898.. Jamás había de­
jado de ser leal a Rosas, siempre lodefendió y, antes de su-múerte, túvola sa­
tisfacción de leer los trabajos históricos de Adolfo Saldias y Ernesto Quesada.
y de saber que la revisión de la reputación de su padre ya había comenzado,
Manuela y Juan no fueron los únicos hijos de Rasas. También tuvo hijos e
hijas con María Eugenia Castro, hija de un oficial del- ejército, el comandante
Juan Gregorio Castro, quien había nombrado a Rosas su albacea y tutor de su
hija mayor, Eugenia. Cuando la nina tenía trece años, Rosas la llevó a su resi­
dencia de Palermo como doncella de compañía de su esposa Encarnación y,
después de la muerte de ésta, Eugenia pasó ce criada a amante. Tenía quince
años, Rosas cuarenta y siete. En ios años siguientes nacieron cinco niños déla
pareja, Nicanora, Ángela, Justina, Joaquin y Adrián.8 E l último nació des­
pués de la caída del dictador, pero los primeros cuatro se criaron en Palermo
y, aunque nunca fueron formalmente reconocidos por Rosas, los trataba bon­
dadosamente y como parte de la familia. Después de su caída, la madre y los
niños permanecieron en la Argentina, en precarias condiciones y con pobres
perspectivas. Eugenia escribió anualmente a Rosas entre 1852 y 1855, al pare­
cer quejándose de su situación, pero como no había aceptado la invitación de
Rosas para unírsele en Inglaterra, la conciencia de él estaba tranquila. “Si
cuando quise traerte conmigo, según te lo propuse con tanto interés en dos
muy expresivas y tiernas cartas, hubieras venido, no hubieras sido desgra­
ciada. Así. cuando hoy lo sois, debes culpar solamente a tu maldita ingrati­
tud. Su hija Ángela también le escribió y , al agradecerle por el regalo de un
pañuelo, tuvo oportunidad de negar los rumores mencionados por ella de que
se había casado con una rica dama inglesa; como dijo, no tenía deseos de ca­
sarse con una rica esposa y no tenía dinero para mantener a una pobre. Escri­
bió su última carta a Eugenia en 1870, alegando su continua pobreza e incapa­
cidad para ayudarla y agregando poco más. En ninguna de esas cartas firmó
como amigo o padre, sino simplemente tu afectísimo paisano, y en la última
carta a Eugenia patrón.
2
La tristeza de su vida privada tuvo eí agravante de la desgracia pública.
En Buenos Aires, después de Caseros, confiscaron todas las propiedades de
Rosas. Aunque Urquiza revocó esa decisión, el alivio tuvo poca vida, porque
la revolución del II de-septiembre de 1852 puso un nuevo gobierno en Buenos
Aires, el que confiscó nuevamente las propiedades de Rosas y ordenó su juz­
gamiento como criminal. El juicio fue iniciado por la legislatura provincial de
Buenos Aires con la ley del 28 de julio de 1857, en la que se tildaba a Rosas dé
traidor: “Se declara a Juan Manuel de Rosas reo de lesa-patria por la tiranía
sangrienta que ejerció sobre el pueblo durante el período de su dictadura".10
318
La declaración era de dudosa validez legal, pero le siguió un juicio ante un tri­
bunal. El fiscal alegó que “El asesinato, el robo, el incendio, las devastacio­
nes, el sacrilegio, el perjurio, la falsificación, la impostura y la hipocresía han
sido los elementos constitutivos de esa terrible tiranía erigida en sistema polí­
tico por tan largos años en nuestro país”. El juez Sixto Villegas pronunció la
sentencia el 17 de abril de 1861 “Condeno, como debo, a Juan Manuel de Ro­
sas a la pena ordinaria de muerte... A la restitución de los haberes robados a
los particulares y al fisco”. Más aun, como Rosas era un criminal convicto y
no un refugiado político, se debía solicitar al gobierno británico que lo entre­
gara.11 En realidad, éste era un juicio de índole política, y la sentencia no fue
menos política que las confiscaciones ordenadas por el mismo Rosas. La in­
tención era la venganza.
Rosas rechazó los procedimientos y la sentencia, negándose a aceptar el
juicio de sus enemigos, amigos o supuestas víctimas. “El juicio”, declaró,
“está reservado a Dios y la Historia”. Escribió una protesta y refutación, pu­
blicada en Londres en tres idiomas y distribuida en Europa y las Americas;
en Buenos Aires, fue reproducida por La Tribuna, el 21 de noviembre de 1857.12
Estaba indignado por la acusación de que había robado el Tesoro y usado dine­
ro público para obtener ganancias privadas, y repudiaba la demanda contra
su propiedad confiscada por el gasto de cuatro millones seiscientos cuarenta
; y siete mil sesenta y seis pesos en Palermo. Consideraba ésta como la más in­
justa de todas las acusaciones, ya que siempre había servido al Estado sin co­
brar sueldo. Estaba especialmente agraviado por la confiscación de sus pro­
piedades que, insistía, habían sido adquiridas correctamente y laboriosa­
mente ganadas.15 Además de su protesta, Rosas tomó otras medidas prácti­
cas para defenderse, pensando que sus enemigos tratarían de llegar hasta In­
glaterra para atacarlo, y que desde hacía algún tiempo ellos mantenían un
agente a sueldo para que lo matara, dañara su propiedad y, tal vez, robara sus
papeles; por esa razón contrató un guardia para que vigilara de noche, al que le
pagaba cuatro chelines por día con casa y carbón:14
La ignominia del juicio público estuvo.acompañada por la penosa expe-,
riencia de la deslealtad. Tal vez ésta fue su mayor mortificación, ver que tan­
tos antiguos amigos y protegidos no sólo eran incapaces de resistir a la persecución sino que voluntariamente lo traicionaban; al patrón que los había ayu­
dado para mejorar sus fortunas y situación. Es verdad que algunos pocos par­
tidarios y amigos íntimos se mantuvieron leales, afirmaron su adhesión y se­
guían en contacto. Antonino Reyes, su ayudante militar y secretario, Pedro Li­
meño, su capitán del puerto, Juan Moreno, su jefe de policía, y. especialmente.
José María Rojas y Patrón y Juan N. Terrero, colegas de sus primeros días, con­
tinuaban teniendo fe y comunicados entre ellos y con Rosas. También mantuvo
una larga y detallada correspondencia con Josefa Gómez, desde 1853 hasta la
muerte de ella, en 1877,,poco antes de la suya. Era una mujer de buena posi­
ción, dueña de muchas propiedades y.amiga de la familia; no era política­
mente rosísta, pero sumamente lea] a Rosas; una mujer formidable que sig-
míicó un eficiente agente para sus intereses en Buenos Aires y un foco de
unión para las lealtades que aún subsistían.15Pero fueron muchos más los an­
tiguos amigos que cambiaron de lado, y algunos de sus ex aduladores se con­
virtieron en los peores detractores. Otros se mantuvieron simplemente apar­
tados y en silencio: Con quienes más amargado estaba. Rosas era con los An­
chorena, que habían estado muy cerca de él en los días del poder y recibido
muchos favores. Después de Caseros. Nicolás Anchorena Je dio la espalda al
amigo y protector de su familia y ni siquiera le escribió, deserción que mere­
ció el desprecio de Rosas por el resto de su vida: “S í,;esos Anchorena! y, muy
señaladamente el tal Dn. Nicolás. \Qué hombre tan malo, tan impío, tan hipó­
crita y tan bajo, tan asqueroso e inmundo' ”16 ¿Le habían pagado por lo menos
las deudas que tenían con él? Rosas las calculó en doscientos pesos por mes
durante los doce anos (1818-1830) en que él había administrado sus estancias
sin sueldo. Le sumó los intereses, alcanzando un total de setenta y ocho mil
quinientos cuarenta y cuatro pesos, que redam ó entonces a la viuda de Nico­
lás.17 Ella negó secamente su responsabilidad, por falta de documentación
probatoria, y Rosas debió soportar tristemente un nuevo agravio todavía.
Todo lo juzgaba en términos personalistas y. aun en el exilio, reducía a los po­
líticos argentinos arosistas y sus enemigos. Estos conceptos eran demasiado
simples. Como todos los estancieros, los Anchorena no eran “amigos” ni “ene­
migos”, “leales" ni “desleales” a Rosas. Los intereses económicos no desapa­
recieron abruptamente con la caída de un gobierno y la toma del poder por
otro. La clase terrateniente, partidarios y beneficiarios de Rosas, tenían en
ese momento que hacer la paz —y los beneficios— con sus sucesores. La supervivenda, ño la lealtad, era su política.
Mientras que los amigos de los buenos tiempos desertaban, uno de sus
enemigos se reconciliaba. Rosas quedó patéticamente reconocido a Urquiza
por el decreto que le restituía sus propiedades, y le escribió para agradecerle
su m a ^ .armr»Hafí. ^ Urquiza continuó apoyando a Rosas y. cuando asumió la
presidencia de la Confederación Argentina, en conflicto conBuenos Aires, in­
tento rehabilitar al dictador caído ante los enemigos de allí. Como lo escribió,
esperaba 3a derrota de Buenos Aires y la restauración de Rosas “a su rango, a
sus goces, y a su patria”.19Hizo reproducir laprotesta de Rosas en los periódi­
cos de la Confederación.25 Rosas respondió agradeciendo las palabras de
aliento y reconocimiento de sus servicios a la Argentina formuladas por Ur­
quiza, consciente,, sin duda, de las posibilidades económicas de tal amistad.
Urquiza también era impolítico, y calculaba que el apoyo de Rosas podía ser­
le útil para desestabílizar Buenos Aires. Ciertamente se ejercieron algunas
presiones sobre Rosas en los años 1858-64, para que regresara al país. Urquiza
esperaba que Rosas pudiera alzar un movimiento de oposición favorable a la
Confederación. Los rosistas de Buenos Aires —había aun unos pocos nostálgi­
cos del pasado y desilusionados del presente— pensaban que Rosas podía en­
cabezar una nueva “revolución del sur”. Hasta el mismo Alberdi, en ése mo­
mento agente de la Confederación, usó sus buenos oficios para la reconcilia-
323
clon entre ios enemigos de Caseros. Pero Rosas no estaba dispuesto a montar
una contrarrevolución, como escribió a Urquiza después de la batalla de Pa­
vón, “Le he de servir en todo lo que me ocupe, toda véz que no sea para conspi­
rar contra el gobierno de m i patria, ni contra las personas que lo componen,
aun cuando fuesen sus enemigos”.21 En 1864, Rosas pensó por un breve tiempo
que tal vez podrían .quererlo en Buenos Aires para algún servicio, pero esas
esperanzas pronto pasaron y, a pesar de las superficiales palabras de los fede­
rales en el sentido de que él debía hacer un movimiento, ya no se engañó más a
s í mismo. Toda esperanza de regreso parecía haber desaparecido, y se apartó
de las controversias inútiles. Pero todavía estaba muy preocupado por su si­
tuación económica. En un gesto de amistad, Urquiza ofreció a S osas ‘‘Una
•súma de dinero para ayudarlo en sus gastos, si es que esto no lo ofende”.22Al
principio, Rosas declinó la oferta pero, más tarde, en 1861, se rebajó para pedir
ayuda a Urquiza: "No poco m e cuesta molestar a V.E. con pedido de tal natu­
raleza, pero mí caso tan claro y notorio me impone llamar en mi auxilio por
asistencia, pues creo que debo, hasta a mi Patria, no perdonar medio alguno
permitido a un hombre de mi d a se para no parecer ante el extranjero en esta­
do de indigencia, quien nada hizo para merecerlo. ” Rosas encargó el pedido a
Josefa Gómez, quien de inmediato partió de Buenos Aires en un vapor fluvial
y entregó personalmente la carta a Urquiza en su estancia de Entre Ríos: ahí,
el caudillo le habió, con sinceridad o no, de “el dolor con que recuerda su gran
error y crimen (son las palabras del general Urquiza) en haber dado en tierra
con el gobierno de V.f!23 Después de una ansiosa espera, Rosas recibió de Ur­
quiza un envío de mil libras esterlinas.
3
El proceso de sus enemigos y la deserción de sus amigos tuvieron graves
consecuencias para Rosas; quedó sin propiedades ni renta. Por alguna pazón
inexplicable, el dictador no había realizado ninguna previsión económica
para el exilio, ya fuera por adelantado o a último momento. Sólo tomó un poco
de dinero en efectivo en el viaje a Inglaterra y, todavía en agosto de 1852, de­
clinó un regalo de diez mil onzas de oro que su amigo Felipe Vara le ofreció por
intermedio del anglo-argentino Carlos P. Lumb. Parecería haber supuesto
que el nuevo régimen respetaría sus propiedades privadas, aunque su propia
ley de confiscación y el odio que ella había acumulado debieron haberlo aler­
tado. La venganza fue muy rápida. Por decreto del 16 de febrero de 1852, emi­
tido por el gobierno provisional, todas sus propiedades fueron confiscadas. El
7 de agosto de 1852, Urquiza revocó esa medida, más preocupado por la justi­
cia y la tolerancia que por la venganza.24 Pero el decreto de Urquiza fue pron-
321
to superado por la revolución del i l de septiembre de 1852, que rompió la frágil
unidad nacional y restauró la autonomía de Buenos Air.es. Allí, el nuevo go­
bierno se apresuró a poner nuevamente en vigencia el decreto de confiscación
del 16 de febrero. Rosas comprendió entonces que se encontraba eii serios pro­
blemas. Movilizó a sus amigos, apeló a la opinión pública y luchó desespera­
damente para recuperar sus propiedades. Pero finalmente tuvo que admitir
la derrota, sólo fortalecido por la convicción de que lo habían despojado injus­
tamente de lo que había ganado con todo derecho. ¿Cuánto era el monto total
de la confiscación? Esto daba en 3a práctica la medida de su anterior riqueza.
Primero, las haciendas rurales, que comprendían la estancia San Martín, su
principal posesión, y las estancias Encarnación y San Nicolás, juntamen­
te con su población en ganado; una investigación del gobierno establecía el ta­
maño total en ciento treinta y seis leguas'cuadradas (trescientas cuarenta mil
hectáreas), que sólo podía ser una estimación aproximada.-5Segundo, su pro­
piedad urbana, la casa y terrenos de Palermo, y un grupo de cinco casas en la
calle Moreno. É sas fueron las propiedades sujetas a confiscación en 1852, me­
diante un proceso confirmado por ley del 28 de julio de 1857, Ése fue para Ro­
sas el final dél camino en Buenos Aires :■sus propiedades estaban en ese mo­
mento completamente dispersas, en poder de los demandantes, los compra­
dores y el Estado.
¿Cuáles eran entonces sus ingresos en el exilio? Durante el breve período
de respiro proporcionado por el decreto de Urquiza, Rosas vendió la estancia
San Martín por cien mil pesos oro. Su agente, Juan N. Terrero, tuvo que pagar
de allí los costos, como también las deudas con diversos acreedores y otros
gastos incidentales antes de transferirle el saldo. Éste era el ingreso básico,de
Rosas.28 Además, unos pocos amigos, entre ellos Rojas y Patrón y Juan N. Te­
rrero, le enviaban periódicamente fondos de sus propios recursos, y las muje­
res de su familia 3o ayudaron. Obtuvo un crédito anual de tres mil libras en un
Baneo inglés, conseguido se dijo, mediante los buenos oficios de Lord P al­
merston y, aunque esto no era una renía, significó un préstamo vital, que se
fue incrementando y Regó a causarle cierta ansiedad.27De manera que, hacia
fines de la primera década de exilio, Rosas empezó a pasar apuros. Se vio obli­
gado a dirigirse a Urquiza, quien le envió mil libras en 1865, con la promesa de
convertir esa suma en anualidad, si podía lograrlo; pero no hubo nuevos en­
víos, Rosas estimaba personalmente en mil libras anuales sus necesidades
para vivir con modesta seguridad. Como no pudo lograr que su granja cubrie­
ra los costos —y mucho menos que le produjera beneficios— necesitaba nue­
vos ingresos provenientes de la Argentina. Una suscripción de fondos pro­
puesta por los Terrero encontró su aprobación, y se esperaba que eso podría
proveer el ingreso requerido.38Rosas supervisó la lista, escribió cartas perso­
nales a los probables suscriptores, en su mayoría parientes, amigos y ex ca­
maradas políticos, y esperó ansiosamente los resultados. En Buenos Aires,
Josefa Gómez organizó toda la operación, enviando incansablemente los pe­
didos y recordatorios, escribiendo agradecimientos, reuniendo las suserip-
dones y, a partir de 1867, efectuando giros de remesas a Inglaterra. A pesar
de' su celo, la respuesta fue desalentadora, un reflejo más de las declinantes
lealtades. Los nombres más importantes de la dictadura estaban todos ausen­
tes: sólo unos pocos amigos y-relaciones leales conformaban la lista, pero, a
medida que pasaban los años y la gente moría o sus recursos menguaban,
también disminuían sus ingresos. Como observó con sarcasmo ürquiza.
¿Qué se han hecho los amigos del General Rosas, a quienes colmó de fortuna
en su época?,;2£>Rosas agotó su capital original, gastóla suscripción según iba
llegando y durante los diez años siguientes sobrevivió gracias a los amigos
que le quedaban y a su propia familia.30
Pero aun en los peores días de su exilio, Rosas no era realmente pobre. Su
ansiedad con respecto al ingreso, sus coléricos intentos de revertir las confis­
caciones, su cuidadoso examen de las listas de suscripción, su implacable
búsqueda de nuevos fondos, aumentaron hasta convertirse en una obsesión
por el dinero, rayana en la avaricia o el pánico. En 1876, a los ochenta y tres
años de edad, en un absurdo y último llamado, hasta se dirigió a la viuda de
Urquiza en busca de ayuda. Existe la sospecha de que sus pretensiones eran
demasiado altas, que estaba viviendo más allá de sus medios. Al principio
gastaba ciento veinte libras por mes, lo que ciertamente sobrepasaba sus-po­
sibilidades. É l decía que su estilo era pobre, sus gastos modestos y que su vida
social había quedado muy reducida, aunque sus pretensiones aún seguían en
evidencia; “Por más esfuerzos que hago para no salir de m i silencioso retiro,
no me es ya posible cortar por más tiempo las visitas de personas de elevada
distinción, como la del H. Vizconde Palmerston y otros,., y a corresponder
esas demostraciones con iguales visitas m ías.”31 Diez años más tarde, aún
sostenía que vivía frugalmente:
Mi economía en los doce años corados ha continuado siempre tan severa como parece.
imposible al que no ha estado cerca de mí. No fumo, no tomo rapé, ni vino ai licor alguno,
no asisto a comidas, no hago visitas ni las recibo, no paseo ni asisto ai teatro ni a diversio­
nes de clase alguna. Mi ropa es la de un hombre común. Mis manos y mi cara estáis bien
quemadas y bier¡ acreditan cuál y cómo es mi trabajo diario incesante, para en algo ayu­
darme. Mí comida es un pedazo de carne asada y mi mate. Nada más.32
Pero esto no significa que viviera en la indigencia. Siempre tuvo su propio
establecimiento y, durante un tiempo, dos casas; mantenía dos caballos y
tuvo un coche durante muchos años. Su pasión por el dinero no era avaricia ni
intemperancia. Rosas había estado acostumbrado por largos años al poder y
la influencia. En Inglaterra, sin embargo, carecía de significación política o
social. Allí, solamente la riqueza podía garantizarle el respeto y darle la posi­
ción que consideraba su deber como hombre de Estado, que su propio país le
debía y que era vital para su reputación en la Argentina. Era el status más que
el dinero lo que lo obsesionaba, la opinión argentina más que la inglesa lo que
le preocupaba.
323
4
Eosas era un hombre de formación rural y vivía para la tierra y el. cielo.
Cuando llegó por primera vez a Southampton estuvo alojado en el Windsor Ho­
tel por poco tiempo y luego alquiló Eockstone House en Carlton. Tenace, don­
de mantuvo un buen nivel de vida, dio dos habitaciones a su hija y su marido y
puso_a su servicio a un maltratado peón argentino, de apellido Martínez, a
quien, mandó buscar de entre sus ex servidores. Pero odiaba vivir en la ciudad
y en 1857, la inactividad lo estaba matando. Anhelaba tener una estancia y vi­
vir en el campo, y empezó a buscar una granja. En 1862 alquiló Burgess Street
Farm, en Swaythling, a unos cinco kilómetros de Southampton. Era una pro­
piedad típica para un arrendatario, no para un estanciero, y pagaba por ella
una renta anual de ciento noventa libras al propietario, Mr. John Fleming, de
Stoneham Park. La casa de la granja era una amplia vivienda campestre con
techo de paja, nueve habitaciones y construcciones auxiliares, pobres ran­
chos, como los llamaba Rosas. La tierra tenía unas ciento sesenta hectáreas,
con una mezcla de superficies cultivables y de pasturas. Con esta propiedad,
Eosas inició un nuevo capítulo en la historia de su exilio.
Aquello no era la Argentina, un país joven y una nueva frontera, y Rosas
no podía expandir ni la casa ni el “campo”. Las construcciones estaban llenas
de bichos y descuidadas, y le le v ó algún tiempo limpiarlas y restaurarlas.33
La tierra era un desierto; fue una tarea ardua y costosa ponerla en condicio­
nes. Durante los primeros meses tuvo que dedicarse a limpiar y despejarla;
drenó los pantanos, eliminó malezas y malas hierbas, cortó los troncos dé ár­
boles secos y taló cientos de árboles. En una loma cercana a la casa hizo una
quinta de manzanos, peras, durazneros y ciruelos, rodeada por un seto vivo,
con una cerca y portón; detrás había un prado para ejercitar los caballos y, a
pocos metros un estanque con patos; todo era aproximadamente tal como re­
cordaba los alrededores de los cascos de estancias en las pampas. Excepto
que no podía compararse con las grandes haciendas que había dejado atrás.
No le gustaban las granjas inglesas, apretadas y confinadas, donde toda.la em­
presa constituía una lucha. “Muy poco y muy malo era lo que había en esos ti­
tulados farm s . Todo he tenido que comprarlo y que hacerlo. Pero no tengo, ni
hago lo preciso por falta de fondos”, escribió.34 Tenía dieciocho caballos, tres
toros jóvenes, sesenta vacas, veinte vaquillonas y treinta y cuatro cerdos, a
todos los cuales podía alimentar de su propia producción correctamente cose­
chada. Trató de vender lo que podía, pero sus expectativas comerciales que­
daron limitadas por la reducida escala de las operaciones. La granja podía
mantener cuarenta vacas más y mil.quinientas ovejas, pero no tenía capital
para adquirirlas. Le hubiera gustado establecer una empresa de cria de gana-
324
do vacuno y otros animales, comprando buenos caballos en la Argentina 7 en
Uruguay; vacas y toros, gallinas y otras aves de corral en Inglaterra y Fran­
cia; ovejas en España, y mejorarlos para el mercado, alquilando tal vez la
casa principal y la vivienda de la granja. Pero esos eran sueños. Todo lo que
pudo hacer fue establecer un tambo y subalquilarlo, usando la renta para dis­
minuir su propio alquiler; pero el tambo fue destruido por un incendio en 1865,
que puso su nombre en la prensa local y en nada contribuyó a mejorar sus fi­
nanzas. Introdujo el cultivo de zapallos e hizo dulce de leche, afirmando que
había introducido también otras costumbres criollas:
No se usa aquí el tasajo como no se usa el mate, por amor puramente a las costumbres dei
país y porque los argentinos, orientales y paraguayos que vienen so son como yo. son
como Máximo, que dice: a la tierra que fueres haz lo cue vieres. Yó sigo lo bueno que
veo... No conocían el mate los vecinos del f a r m . Ahora todo el pobre que viene y recibe un
m átelo prefiere a un vaso de cerveza. No conocían el zapallo; ahora todos lo comen apre­
ciándolo con gusto su verdadero mérito, pues yo lo como todo el año.35
Rosas tenía una ama de llaves, Mary Ann Mills y en la granja, em pleaba.
de dos a cuatro trabajadores, o peones, como él los llamaba. Pagaba bien, al­
rededor de un tercio más que los salarios corrientes en el distrito, pero sólo
contrataba a sus peones por día y, a medida que pagaba a cada hombre, le de­
cía si lo necesitaría o no ai día siguiente. Ésta era quizás una costumbre subsis­
tente délas estancias, o una resistencia a atarse con un acuerdo permanente;
pero posteriormente comenzó a tomar regularmente a los hombres y efectua­
ba pocos cambios. Si bien les pagaba bien por su trabajo, era estricto en el
control de la tarea; las labores de la granja estaban rígidamente reguladas, el
trabajo de cada hombre calculado bora ñor hora y estrechamente supervisa­
do.'
Rosas sabía que estaba arriesgando, pero confiaba en que esa granja se­
ría un éxito comercial, y que él podría demostrar “al gobierno y a la historia,
que no tengo más aspiraciones que al trabajo y al retiro honesto y en el silen­
cio de la vida privada, dejando también así a mis hijos esa herencia noble, dig­
na de mi nacimiento y de mi d a se .,,36Pero la granja no produjo ganancias y ni
siquiera bastó para los propios gastos en forma independiente. Sus ansieda­
des financieras continuaron y vivía diariamente en el temor a las penurias del
mañana. Escribió a Josefa Gómez que sólo ganaba un poco con sus tareas ru­
rales, ni siquiera lo suficiente como para sufragar los gastos, y que estaba re­
frenado por la falta de capital para expandir la producción. Pensaba que se
vería obligado a renunciar a la casa, aunque la necesitaba para recibir a sus
visitantes, que incluían a Lord Palmerston, el cardenal Wiseman, !!y otras
personas de la nobleza.1,37Se quejaba de que el rumor difundido en Buenos Ai­
res de que gastaba cinco mil libras al añoera falso. Luego pareció perder tan­
to su ánimo como su dinero; en la década de I860 habló con frecuencia de
abandonar la granja y tomar una casa aun más pequeña, en aras.de la econo­
mía. También soportó tiempos difíciles en los primeros años de la década de
325
1870 y volvió a manifestar que perdía dinero en la propiedad, estorbado por
nuevas restricciones al arrendamiento, obteniendo muy poco de la tierra y ro­
deado de enemigos que le robaban, peones insolentes y campesinos-codicio­
sos.®
En su exilio, las actividades de la granja eran más una forma de vida que
un negocio, una ocupación para levantar so moral, una rutina diaria que le
daba seguridad en sí-mismo. Así lo explicó a su familia, en tono conciliatorio,
“que en él están en juego mi salud, muchos años más de mi vida, y la única dis­
tracción a mis tan tristes como desgraciados días.11La granja le restituyó su
identidad. Se levantaba temprano, tomaba mate, ensillaba su caballo a lo
gaucho y salía a cabalgar, con espuelas en los talones, las boleadoras al cinto,
el lazo en apresto y el viejo poncho argentino sobre sus hombros, con su lana
de vicuña aún fuerte después de cincuenta años. Recorría toda la granja,
como un solitario patriarca de las pampas, orgulloso de su estampa y su habi­
lidad para arrojar el lazo y las boleadoras en sus más de setenta años, tal
como lo hacía en la campaña contra los indios en 1833-34. “Soy a la vez admi­
nistrador y mayordomo”, alardeaba, “puede que tenga aspecto de viejo, pero
mi trabajo, mi experiencia y mi progreso me dan más capacidad que la del
mejor hombre joven. ” Todavía sentía placer en dar órdenes y requería que le
respondieran si habían comprendido la orden y le contestaran sus preguntas.
Como lo hizo notar un hábil observador: “Su mayor felicidad parecía consis­
tir en montar su caballo y dar órdenes a sus empleados. ”39 Amaba estar al aire
libre y en las más calurosas noches de verano se quedaba afuera hasta tarde, y
hasta dormía a la intemperie sobre la manta de su recado, como lo hubiera he­
cho un gaucho. Normalmente regresaba a la casa al final del día, y entonces rea­
sumía otra ocupación del pasado, la del burócrata, revisando sus papeles, escri­
biendo documentos y ocupándose de su correspondencia, mientras su sereno
montaba guardia en la propiedad. Su estudio-dormitorio, en el primer piso,
estaba lleno de libros y documentos, y sólo despejaban la mesa principal en un
extremo para servirle sus comidas.4*5Era allí, a la luz de las velas, donde en­
contraba consuelo para su exilio en el recuerdo del pasado y la tranquilizado­
ra lectura de la historia.
5
Rosas llevó con él a Inglaterra abundante documentación, tanta como pudo,
en contraste con su imprevisión económica. Tenía ya preparado su archivo
para el embarque, empaquetado en diecinueve cajones. El 26 de enero dé
1852, ocho días antes de Caseros, los hizo llevar desde Palermo a su casa de
Buenos Aires y, desde allí, los cargaron a bordo y viajaron con él.4í Después
326
fue agregando a éstos otros papeles, a medida que sus amigos ios reunían y
despachaban; en 1865 recibió unas diez cajas. Tenía así en su poder cartas y
notas que había recibido durante su desempeño del cargo, copias de las que
había enviado, documentos oficiales de su gobierno, archivos del Tesoro y de
asuntos exteriores, y muchos otros papeles. Aun así. una gran masa de mate­
rial quedó inevitablemente atrás; parre de ello fue reunido por ex partidarios
y funcionarios para guardarlos con seguridad, y el resto cayó en poder de los
gobiernos siguientes pasando aíormar parte de ios archivos nacionales. Pero
todos aquellos papeles que logró reunir en Southampton eran un consuelo en
la adversidad, “mil veces más valiosos que mis bienes”, decía, una fuente por
medio de la cual podía aconsejar a sus amigos, refutar sus críticas y confun­
dir a sus enemigos. Confió a Josefa Gómez que pasaba muchas horas en sus
pobres ranchos, organizando su archivo: “Sigo conduciendo a estos ranchos
mis papeles y muchas otras cosas que no pueden ni deben ser vendidas, los pa­
peles son numerosos y de muchísima importancia para mis herederos.”42
Legó su archivo a su hija Manuela en Londres y, según el historiador Adolfo
Saldías, allí fue conservado intacto.43
Rosas aspiraba a ser escritor y hablaba de los libros sobre política y filo­
sofía que estaba preparando, además de una autobiografía, pero ninguna de
ellos fue escrito. El único trabajo que completó fue una gramática y dicciona­
rio del lenguaje de las pampas, cuyo manuscrito fue confiado en su momento
a Saldías. En cambio, la mayor parte de los escritos de Rosas estaba en for­
ma de cartas y, de éstas, especialmente las de su correspondencia con Josefa
Gómez, es posible reconstruir su pensamiento político y social.
El exilio no atemperó su rígido conservadorísimo ni ablandó la crudeza de
sus opiniones. El punto de partida era todavía el derecho absoluto a la propie­
dad privada y la dominación de los intereses de los terratenientes, en general,
los principios de la autoridad de su régimen en la Argentina. La polarización
de la sociedad era una virtud, no un defecto. Era esencial atraer a los sectores
comerciales en desarrollo hacia los estratos superiores, alejándolos de las
m asas; éstas debían ser mantenidas abajo, bien apartadas del' poder. El desa­
rrollo de las ideas liberales y democráticas lo llenaba de horror, especialmen­
te en los años posteriores a 1850. “¿Dónde está el poder de los gobiernos para
hacerse obedecer?”, preguntaba. La anarquía estaba avanzando en todas
partes, y las autoridades debían ocuparse de sus defensas. Como Napoleón IH
en Francia, las monarquías debían aprender a conceder y no ceder, actuando
desde una posición de fuerza, detrás de poderosos ejércitos. La revolución no
conocía fronteras y se requería la acción internacional.; los estados teman de­
recho a intervenir en otros estados para aplastar movimientos subversivos.
También la Iglesia debía luchar para defenderse, resistiendo los ataques del
liberalismo y. preservando su poder temporal. Rosas consideraba esencial-'
mente a la Iglesia como una conveniencia política y fuerza social y al papado
como una soberanía absoluta que conservaba la tradición y lideraba la lucha
contra la revolución. Desaprobaba el dogma de la infalibilidad papal, del Pri­
327
mer Concilio Vaticano, como inapropiada para los tiempos turbulentos'.:Pero
el poder político del papado era otra cosa, y se mostraba partidario de una
efectiva dictadura del Papa, presidiendo un gobierno cristiano universal. E s­
taba en favor del establecimiento de una especie de Santa Alianza, una orga­
nización internacional de monarquías cristianas bajo la presidencia del
Papa, que habría de resolver los problemas del momento, contener a las cla­
ses trabajadoras e impedir la anarquía.44 Ésta era la extraordinaria conclu­
sión a la que lo condujo su lógica fanática.
Rosas estaba ai tanto de'las condiciones de la clase trabajadora, se com­
padecía de los pobres y de los que pagaban alquileres e impuestos con bajos
ingresos y, personalmente, no era despiadada. Pero dejaba librado a la cari­
dad y al gobierno paternal el remedio para la pobreza. Se oponía terminante­
mente al movimiento de la clase-obrera, que consideraba un insulto para la
sociedad y'una amenaza h ad a la autoridad.45 Detestaba al socialismo, al que
hacía equivalente al ateísmo y comunismo, y se mantuvo siempre como un
firme defensor del sistema capitalista. Consideraba un ultraje la existencia
de la Asociación Internacional de Trabajadores, o Primera Internacional,
fundada en Londres en 1864, y jamás comprendió por qué la toleraban. Exage­
rando la importancia y confundiendo los objetivos dei movimiento. 3a denun­
ció como atea comunista y tremendamente peligrosa, una amenaza a todos los
derechos de propiedad y herencia. Hasta en Sussex, informó asombrado, uno
de los agentes de aquélla se había dirigido a una muchedumbre de miles
de personas, amenazando con que no estaba distante el día en que incendia­
rían en Londres los palacios de ia aristocracia.46 liLo que he visto y veo es inso­
lencia en la plebe; licencia escandalosa sin freno en los agitadores; concesio­
nes y más concesiones sin equilibrarías; tumultos, reuniones, huelgas por
dias, semanas, y aún más en algunos lugares ,1,117El único remedio era pode­
res ejecutivos más fuertes y más policía.
La libertad de pensamiento, de expresión^ de enseñanza, era la raíz de
todo el problema, Esa clase de libertades permitían simplemente que los
charlatanes, “esos que profesan falsas ideas, subversivos de la mora) y el or­
den público”, explotaran sus puntos de vista conduciendo, una vez más, &la
anarquía y a la torre de Babel. Al mismo tiempo, los descubrimientos científi­
cos y los avances de la técnica sólo estaban llevando hacia otra d a se de desor­
den, materialismo, codicia y corrupción. Las naciones que toleraban esos de­
sarrollos solamente recuperarían la paz cuando se sometieran al despotis­
mo.48 También sentía desdén por la educación gratuita y obligatoria, espe­
cialmente cuando leyó los planes de Sarmiento y Avellaneda en la Argentina.
Pensaba que la educación era dañosa para las clases más pobres, que Ies im­
pedía aprender un oficio, ganarse )a vida y aceptar su lugar en la sociedad;
alentaba falsas esperanzas y llevaba a la vagancia y el delito. En la práctica,
Rosas proponía herramientas para los trabajadores y libros para la élite, un
prejuicio que compartía con mucha gente de Inglaterra en esa época.
A medí da que el mundo cambiaba a su alrededor, él permanecía aferrado
328
a los dogmas del viejo régim en, sospechando de toda novedad y consciente de
su aislamiento cada vez m ayor: “Sobre todof el mayor torm ento es quedar
solo y extranjero en medio de generaciones que lo desconocen. ” Su modelo po­
lítico seguía siendo el del despotismo ilustrado .
para mí, el ideal de gobierno feliz seria el autócrata paternal, inteligente, ossinieresado
e infatígabíe; enérgico y resuelto a hacer la felicidad de su pueblo, sin favoritos uí favori­
tas... He despreciado siempre a los tiranuelos inferiores y a los caudillejos de barrio, es­
condidos en la sombra: he admirado siempre a los dictadores autócratas que han sido los
primeros servidores de sus pueblos. Ese es mi gran titulo: he querido siempre sen-ir al
país.49
Ésta era su visión de gobierno para la Argentina, su propio gobierno, for­
mado exactamente para la necesidad del país. Sostenía que todo lo que había
estado diciendo y haciendo desde 1834 estaba justificado por ios sucesos del
momento en la Argentina, Americas del Norte y del Sur. y en Europa.50Toda­
vía estaba convencido de que su política era correcta, aun veía a la Argentina
con ojos conservadores. Si bies no fue nunca tan reaccionario como su orácu­
lo, Tomás de Anehorena —a quien le hubiera gustado restaurar la Inquisi­
ción— Rosas se mantenía implacable en sus opiniones. Su filosofía de gobier­
no siempre partía de los derechos de la propiedad privada y la primacía del
sector terrateniente. La gran estancia era la principal institución social de su
régimen, y los estancieros le habían dado poder absoluto, con facultades ex­
traordinarias para gobernar con fuerza y, de ser necesario, por el terror. En
su gobierno no había lugar para el pueblo, ni para ei menor disenso; los oposi­
tores eran anarquistas o “salvajes unitarios”. Pero, en cuanto a federales y
unitarios, quedaba én ese momento claro que durante todo el tiempo él había
sido ambos,porque las dos cosas representaron.dos etapas del desarrollo poli-,
tico: el objetivo ulterior era el gobierno centralizado pero, antes, el federalis­
mo fue una preparación necesaria. Seguía identificando a Sarmiento como su
mayor enemigo y al liberalismo como la peor amenaza, tanto para la Argen­
tina como lo era para Europa. Parecía no tener arrepentimientos sobre un
solo detalle de su política y su conciencia permanecía incólume aun ante los
más controvertidos actos de su gobierno. Obviamente, consideraba al régi­
men del terror como una consecuencia inevitable de los poderes extraordina­
rios con que lo habían investido durante un período de crisis. Era cierto que la
“crisis” había durado veinte años pero, ¿qué era eso ante Dios y la historia?
La ejecución de Camila 0 ’Gorman y su sacerdote amante no le causó la me­
nor inquietud durante los años siguientes; estaba justificada para siempre so­
bre la base de que la anarquía moral necesitaba el castigo absoluto.
Durante el tiempo en que presidí-el gobierno de Buenos Aires, encargado de las relacio­
nes exteriores de la Confederación Argentina, con la suma de! poder por la ley, goberné
según mi conciencia. Soy, pues, el único responsable de todos mis actos, de mis hechos
buenos como de los malos, de mis errores y de mis aciertos. Las circunstancias durante
329
los años de mi administración, fueron siempre extraordinarias, y no es justo que durante
ellas se me juzgue como en tiempos tranquilos y serenos.51
No mostraba señales de arrepentimiento por la expulsión de los jesuítas
ni, ciertamente, por cualquiera de sus políticas eclesiásticas, que tendían a
manejar la religión según los intereses del Estado, y que fueron posteriormen­
te criticadas por algunos hombres de la Iglesia en la Argentina. Se considera­
ba a sí mismo como un católico ortodoxo, como sin duda lo era, y sus cartas es­
taban, llenas de sentimientos piadosos e invocaciones religiosas, aunque no
parecía que concurriera a misa regularmente durante su exilie.
Las reflexiones de Rosas sobre política argentina carecían de ínteres e
inspiración, a pesar de haberle asegurado Alberdí que “nadie tiene derecho a
considerarse m ás versado que V. para conocer los asuntos del pueblo argenti­
no.”52 Sobre los temas que requerían antecedentes históricos o sobre aquellos
que tenía documentación, tales como los sucesos de 1828-1829, y las disputas
de límites con Chile, sus opiniones tenían un cierto valor.53 De lo contrario, se
mostraba satisfecho con respecto al pasado y desdeñoso en lo que hacía ai pre­
sente; consideraba e s sus apreciaciones los factores social y económi­
co, y juzgaba a la política exclusivamente en términos de personalida­
des y facciones, federales y unitarios, lealtad y deslealtad. Rosas sobrevivió
al vencedor de Caseros, cuyo asesinato en 1870 aparentemente no lo sorpren­
dió ni lo conmovió. “Por el contrario, lo admirable e inaudito en el general Urquiza es su permanencia en el poder, aunque siempre declinante debido a ac­
tos que dañan a él y a sus amigos y son favorables para sus en em igos.R osas
le había aconsejado que entregara y se marchara, pero el consejo fue ignora­
do. Fue un desgraciado destino pero, ¿podía un hombre que se había alzado en
rebelión criminal contra Rosas esperar algo mejor para sí mismo?54
El conservadurismo de Rosas no era único en el siglo xrx, ni sus ideas
originales. Se distinguió por su persistencia a lo largo de toda una vida. Su
mente estaba fija en un molde rígido; no consintió nada por movimiento cro-nológico o cambio histórico, y su pensamiento estuvo cerrado debido a la in­
fluencia del tiempo y lugar. Vivió en Inglaterra durante un período de grandes
cambios políticos, pero eso no parece haberlo impresionado, excepto, tal vez,
para intensificar todavía más sus propios instintos; mientras que el cónservadorisme reformador de la época de Disraeli le resultaba incomprensible.
Aunque ios hechos de .esos años sólo encontraron un débil eco en sus cartas, es
muy claro que su pesimismo político se aplicaba también a Inglaterra. Des­
pués del Acta de Reforma de 1867, estaba convencido de que Gran Bretaña
empezaba a caer de sú eminencia, saltando de cabeza al desastre, víctima de
una democracia excesiva y del liberalismo. La élite necesitaba fortalecerse,
pensaba, mediante la creación de títulos nobiliarios vitalicios y no partida­
rios, iguales en número a los hereditarios.55 La enseñanza que podía apren­
derse de Inglaterra y su política estaba expuesta en el acta de preservación dé­
la paz, de 1870, para controlar en Manda ia agitación agraria. Rosas no sentía
330
simpatía por el nacionalismo irlandés; al contrario, pensaba que la política
de Inglaterra era demasiado débil. Si el gobierno británico hubiera asumido
desde tiempo atrás la-suma del poder, como Rosas lo había hecho en la Argen­
tina, no estaría en ese momento enfrentado a la alternativa de perder Irlanda
o conservarla por la fuerza.56
Rosas identificaba dos amenazas en particular para los intereses británi­
cos. Primero, quedó impresionado por la derrota de Francia en 1870 y la evi­
dencia creciente del imperialismo alemán y su fuerza militar, que, según él
pensana, destruirían el equilibrio de poder en Europa. Mientras tanto, la res­
puesta del gobierno británico al avance alemán era débil; la preparación
militar no era suficiente para proteger la posición material y moral
británica en el mundo, por lo tanto, la situación “de esta gran nación y
su glorioso futuro” estaban en peligro.37 La falla era sintomática de la retira­
da británica y su tendencia a ceder a todas las exigencias de los gobiernos ex­
tranjeros. En segundo lugar, en Inglaterra no menos que en Europa, existía el
grave riesgo de subversión social —por cierto, socialista— que él veía di­
fundirse sin control y con inadecuada respuesta de la autoridad. La policía
era buena pero escasa. “Cuando llegué a este Imperio, hace diecinueve años,
un solo vigilante en esta parroquia era suficiente. Sigue siempre ese uno:
nada más, cuando ya serian necesarios veinte, para contener los robos, las
quemazones y la insolencia de la plebe.,,5a En Inglaterra, la libertad de reu­
nión había llegado a convertirse en Ucencia para la anarquía. El Estado de­
bía prohibir todos los ataques a la monarquía, al gobierno mismo y al orden
establecido: “El gobierno inglés y el dé los Estados Unidos, no tienen garan­
tías contra la anarquía, y hay necesidad urgente de dársela, so pena de aca­
barse la libertad y entronizarse el despotismo sostenido por la fuerza.”59Ese
era el contexto en el que Rosas formuló una de sus más intransigentes afirma­
ciones políticas: “Cuando hasta en las clases vulgares desaparece cada día
m as el respeto al orden, a las leyes y el temor a las penas eternas, solamente
los poderes extraordinarios son los únicos capaces de hacer respetar los man­
damientos de Dios, las leyes, el capital y a sus poseedores.”60
6
Ésas eran sus ideas privadas, reveladas a corresponsales en quienes confia­
ba. Rosas no vivía en el centro de los acontecim ientos en In g laterra, y nadie lo
consultaba con respecto a sus opiniones. Siem pre fue tratado con respeto y sin
olvidar su presencia. Una o dos figuras públicas lo reconocían y, en 187 ". The
Tim es le rindió honores con un obituario que redim ía su anterior hostilidad.
Lo conocían en la zona de Southampton como un residente interesante, y sus
331
asontos aparecían ocasionalmente informados en la prensa local: pero él
mismo se guardaba de los periodistas y otros visitantes, porque había apren­
dido por experiencia que sus informes podían terminar en forma falseada y
poco grata en los periódicos de la Argentina. Desde 1852 fue una especie de
producto político en exhibición y a medida que fueron pasando los años se con­
virtió en una curiosidad. Su lugar en la Argentina evolucionó de historia re­
ciente a creciente mitología. En Inglaterra vivió en relativo aislamiento, reti­
rado de los hombres y ios acontecimientos. Parece haber tenido algún contac­
to con el cardenal Nicholas Wiseman, arzobispo de Westminster. Y hablaba
de una larga vinculación con LordPahnerston, el único hombre de Estado bri­
tánico que le había dispensado su amistad.
Rosas no se acercó a Palmerston durante los tres primeros años después
de su llegada a Inglaterra. Luego, en 1855. escribió su primera carta cuando
Palmerston era primer ministro. A ésta le siguió una entrevista y nuevas car­
tas de Rosas, doce en total, una de ellas acusando recibo de un presente de
caza, otra el recibo de una tarjeta de visita.81Sólo existe una respuesta conoci­
da de Palmerston, breve y formal.62 Por otra parte, las cartas de Rosas eran
tina triste mezcla de adulación, servilismo y autojustificación, e incluían fra­
ses idénticas, oraciones y párrafos enteros que había empleado en cartas a
otros, particularmente a Josefa Gómez. Fueron seguidas por tres cartas , aun
más embarazosas, a la viuda de Palmerston, que al parecer no tuvieron con­
testación.
Rosas afirmó que Palmerston acostumbraba a visitarlo una vez por año,
y que él visitaba al estadista inglés todos los días de Año Nuevo, en Broadíands. No hay evidencias de esas visitas, aunque Palmerston mencionó una
vez en su diario que el “General Rosas vino por la tarde”, y Broadlands estaba
lo suficientemente cerca como para que pudiera haberío hecho.63 Nombró a
Palmerston su albacea cuando redactó por primera vez su testamento en
1862, aunque sin conocimiento de aquél, y probablemente para dar fuerza a
sus reclamaciones contra el gobierno de Buenos Aires. Rosas aseguraba que
Palmerston le había ofrecido ayudarlo para recuperar sus bienes:
El Lord Palmerston me insinuó la oferta de los buenos oficios confidenciales del Gobier­
no de Su Majestad para la devolución de mis propiedades... Mi contestación, aunque la
más entrañablemente agradecida al Lord Palmerston, fue siempre la de no obligar al
Gobierno de mi patria, de quien debía yo esperar no tan distante la debida justicia. ¡Qué
descrédito para los Gobiernos de la América cuando se ve que el General Rosas ha m ere­
cido de uno de los primeros hombres y de uno de ios primeros Gobiernos de Europa lo que
no ha merecido de ninguno de los déla América toda!54
Cuando Palmerston murió, en 1865, Rosas lamentó la desaparición de un
gran estadista, cuya pérdida sería dolorosamente sentida no sólo en Europa y
América “y muy principalmente en esas Repúblicas del Plata, como lo van
ustedes a conocer en poco tiempo.”65 Habló cálidamente de Palmerston a
cuantos lo entrevistaron y en sus cartas a Buenos Aires. Sin embargo, subsis­
832
te una duda. ¿Se trataba de una amistad imaginaria? La verdad parecería ser
que Rosas exageró sus relaciones con Palmerston, y que sus acercamientos
no fueron alentados ni retribuidos. La amistad era una fantasía que Rosas ne­
cesitaba inventar para afirmar su identidad; enaltecer su posición e impre­
sionar la opinión en la Argentina.
Rosas concedía entrevistas a muchos visitantes, la mayor parte de los
cuales llegaban por simple curiosidad o en busca de una nota para los periódi­
cos. A casi todos les decíalo mismo. Había servido bien a su país, siendo luego
despojado en forma fraudulenta de sus propiedades; obligado a vivir en la po­
brera y ganar un ingreso con el sudor de su frente; a su edad, todavía tenía que
trabajar, aunque gozaba de buena salud, vivía modestamente en su granja a
la usanza criolla, rodeado de libros y papeles y aislado de la sociedad, excepto
en el trato y amistad con unas pocas personas eminentes. Sin embargo, con
uno o dos argentinos tuvo conversaciones más serias.
Alberdi lo conoció en Londres el 17 de octubre de 1857, cuando era ministro
de la Confederación Argentina en Europa y Rosas estaba de visita en la du ­
dad para arreglar la publicación de su protesta. La ocasión fue una comida en
la casa de Mr. George F. Dickson, banquero y cónsul general déla Confedera­
ción.66 Alberdi recibió una favorable impresión. Encontró a Rosas agradable
e interesante, más viejo de lo que él esperaba a la edad de sesenta y cuatro
años, de cabello gris, bien afeitado, pobremente vestido; hablaba de caballos
y política y se mostraba muy dueño de sí mismo y en dominio de la situación,
aunque sin alardes ni arrogancia. Rosas describió los actos de su gobierno y
las ejecuciones como ‘‘hechos políticos de la guerra civil de esa época.”
Al ver su figura toda le hallé menos culpable a él que a Buenos Aíres por su dominación.
Habló mucho. Habla inglés mal; pero sin detenerse, con facilidad. Es jovial y atento en
sociedad. Después de la mesa, cuando se alejaron las señoras, habló mucho de política.
Acababa de leer él todo lo que trajo el vapor dé antes de ayer sobre su proceso. No por eso
estaba menos jovial y alegre. Me llaman por edicto —decía— ¿pues estoy loco para ir a
entregarme para que me maten? Niega a Buenos Aires el derecho de juzgarlo. Repite
como de m em oriaias palabras de su protesta. Dice que el único gobierno de autoridad so­
berana es el de la Confederación, no el de Buenos Aires... Habló con moderación y respe­
to de todos los adversarios, incluso de Alsina.07
Alberdi era un hombre tolerante que no alimentaba ágravios; interpreta­
ba el cambio histórico en términos de factores generales, no de personalida­
des.6®Pensaba que los rencores del pasado eran inútiles ya que Rosas estaba
derrotado y destronado, y el encuentro en Londres parece haberlo convencido
de que en su ex enemigo había más que una reputación de opresor. SI dictador
había estado expuesto a la civilización, había sido “bautizado en Londres por
la libertad”, y había aprendido de Inglaterra que los partidos podían oponerse
al gobierno sin ser enemigos nacionales dignos del cadalso. Alberdi exagera­
ba la influencia ejercida en la mente de Rosas por las instituciones libres, an­
sioso sin duda dé reclutarlo para su propia causa, y lo elogió ante Urquiza
como una personalidad reformada y un buen amigo de la Argentina y de la
333
Confederación; “Indudablemente el general Rosas se conduce mejor como
vencido, que lo hacia como vencedor. Los trabajos y el espectáculo de la vida
libre de Inglaterra han influido mucho en él.”6S Más tarde, en 1864, más .im­
presionado todavía por la conducta resignada y honorable de Rosas en el exi­
lio. su laboriosidad y dignidad, Alberdi le aconsejó escribir una breve'memo­
ria, dando los hechos documentados de su gobierno, el logro de la ley y el or­
len, de la moneda sana y el respeto internacional, en comparación con la si­
tuación actual de la Argentina,70 Pero Rosas jamás escribió una memoria po­
lítica; ei tiempo permanecía detenido para él, era Alberdi el que avanzaba.
Quince años más tarde, Vicente G, Quesada. un hombre de letras y de! go­
bierno, desembarcó en Southampton en su viaje a Europa y fue a visitar a Ro­
sas con su hijo Ernesto, Posteriormente sintió cierta vergüenza por haber ido
a visitar al desamparado anciano por pura curiosidad, y no publicó la entre­
vista. Sin em bargo, su hijo, que tenía entonces catorce años, conservó las no­
tas del encuentro y cincuenta años más tarde las utilizó en su historia La épo­
ca de Rosas. Aceptando la natural deformación, esa entrevista tal cual fue re­
gistrada, daba una verosímil impresión de Rosas en el invierno de su exilio.
Los visitantes admiraron su fidelidad a las costumbres rurales y las tradicio­
nes criollas, y quedaron asombrados por la profusión de papeles en los que es­
ta ba trabajando. “Era entonces aquel octogenario un hombre todavía hermo­
so y de aspecto imponente; cultísimo en sus maneras, el ambiente más mo­
desto de la casa en nada amenguaba su aire de gran señor, heredado de sus
mayores. La conversación fue animada e interesantísima.” Incitado por Quesada, Rosas expuso su acostumbrada apología: había impuesto un gobierno
fuerte como única respuesta a la anarquía, y había gobernado como un servi­
dor del pueblo. Ésa era su justificación; no tenía arrepentimiento, aunque sí
cierto resentimiento.
Subí al gobierno encontrándose el país anarquizado, dividido en cacicazgos hoscos y hos­
tiles entre si... convertido en un verdadero caos, un infierno en miniatura... E ra preciso
pues antes de dictar una constitución arraigar en el pueblo hábitos de gobierno y de vida
democrática, lo cual era tarea larga y penosa. Cuando me retiro con motivo de Caseros
—porque había con anterioridad preparado todo para ausentarme, encajonando papeles
y poniéndome de acuerdo con el ministro inglés— el país se encontraba quizá ya parcial­
mente preparado para el ensayo constitucional. Y Vd. sabe que, a pesar de eÜo, todavía
se pasó una buena docena de años en la lucha de aspiraciones entre porteños y provincia­
nos, con la segregación de Buenos Aires respecto a ia Confederación...
Me considero ahora feliz en esta chacra y viviendo con la modestia que Vd. vé, ganando a
duras penas el sustento con mi propio sudor, ya que mis adversarios me han confiscado
mi fortuna hecha antes de entraren política y la heredada de mi m ujer. pretendiendo así
reducirme a la miseria y queriendo quizá que repitiera ei ejemplo del romano Belisario,
que pedía el óbolo a los caminantes.71
Pasaron pocos años más. pn frío y húmedo día de marzo de 1877 salió de la
granja; al regresar, no se sintió bien, y rápidamente cogió una neumo­
nía. Fue atendido por el doctor John Wibblin, su médico desde 1852, quien lla­
mó a Manuela que estaba en Londres; ella llegó sola, ya que su marido acaba-
334
ba de p a rtir de Southampton en viaje a Buenos Aires. Rosas pareció recupe­
ra rse, pero gradual y tiernam ente fue separándose de ella. Murió a las siete
de la m añana del viernes 14 de m arzo de 1877, cuando tenia ochenta y cuatro
años.72Hubo una m isa de réquiem en la iglesia católica de Southampton y pos­
teriorm ente fue enterrado en form a p riv ad a en el cem enterio de la ciudad y
en p resencia de unos pocos parientes y am igos. The Times publicó un obitua­
rio. •'
Una coherencia extraña m areó la vida de Rosas. Se dijo acertadam ente
de su exilio, “su m ayor felicidad p arecía se r m ontar su caballo y etar órdenes
a su s em pleados.5 É sa fue tam bién la v erd ad sobre su vida s n ls Argentina,
en la estancia, en la cam paña y en el gobierno.
i
*1
NOTAS
INTRODUCCIÓN
1 “Situación social35, 151 N a c io n a l . 1' de junio de 1857. O b r a s d e D . F. S a r m i e n t a , vol. 24
(Buenos Aires, 1899), 27.
/
2 Bartolomé Mitre, H i s t o r i a d e B e l g r a n o y d e Ja i n d e p e n d e n c i a a r g e n t i n a (6a. edic., 4
vols., Buenos Aires, 1927), IV, 183-4.
S Antonio Zinny, H i s t o r i a d e l o s g o b e r n a d o r e s d e l a s p r o v i n c i a s a r g e n t i n a s (5 vols.,
Buenos Aires, 1920-1), II, 178.
4 Ernesto Quesada, L a é p o c a d e R o s a s (Buenos Aires, 1923), 64.
5 José María Rosa, D e f e n s a y p é r d i d a d e n u e s t r a i n d e p e n d e n c i a e c o n ó m i c a (3a. ed.,
Buenos Aires. 1926); E s t u d i o s r e v i s i o n i s t a s (Buenos Aires, 1967).
6 Eduardo B. Ástesano, R o s a s : b a s e s d e l n a c i o n a l i s m o p o p u l a r (Buenos Aires. 1960),
64-9.
7 H. S. Ferns, Britain a n d A r g e n t i n a in t h e N i n e t e e n t h C e n t u r y (Oxford, 1960), 211-17.
3 Miron Burgin, T h e E c o n o m i c A s p e c t s o f A r g e n t i n e F e d e r a l i s m 1820-1852 (Cambrid­
ge, Mass., 1946), 109.
9 Tuiio Halperin Donghi, A r g e n t i n a : d e l a r e v o l u c i ó n d e i n d e p e n d e n c i a a l a c o n f e d e r a ­
c ió n r e s í s t a (Buenos Aires, 1372) 301-3.
10 Hamilton a Wellington, N" 27,14 de abril de 1835. PRO, FG 6/47.
11 Charles Darwin, J o u r n a l o f R e s e a r c h e s i n t o t h e N a t u r a l H i s t o r y ' a n d G e o l o g y o f t h e
Countries v i s i t e d d u r i n g t h e V o y a g e o f H . M .S . “B e a g l e ” r o u n d t h e W o r ld (9a. ed.
Londres, 1890), 51-4: C h a r l e s D a r w in a n d t h e V o y a g e o f t h e B e a g l e , ed. Nora Barlow
(Londres, 1945), 90.
12 Charles Darwin a Caroline Darwin, 20 de septiembre de 1833, C h a r l e s D a r w i n a n d , t h e
V o y a g e o f t h e B e a g l e . 90.
13 C h a r l e s D a r w i n ’s D i a r y o f th e V o y a g e o f H . M .S . “B e a g l e ’’, ed, Nora Barlow (Cam­
bridge, 1933), 172-3 ( « septiembre de 1833).
14 Darwin a Dumb, 30 de marzo de 1834. John H. Winslow, “Mr. Dumb and Masters Me­
gatherium : an unpublished letter of Charles Darwin from the Falklands”. J o u r n a l o f
H i s t o r i c a l Geography , 1,4 (1975), 350.
15 C h a r l e s D a r w i n ’s D i a r y o f th e V o y a g e o f
“B e a g l e ”, 164,
16 Ibid.. 164,183,190; C h a r l e s D a r w i n a n d t h e V o y a g e o f t h e B e a g l e , 205; J o u r n a l , 85.
17 Sir Woodbine Parish, Buenos Astras a n d t h e P r o v i n c e s o f t h e R i o d e la P l a t a (2a. ed
Londres, 1852),
18 ■B r i t i s h D i p l o m a c y i n t h e R i v e r P l a t e (Londres. 1847), 8-9,
19 William MacCann, T w o T h o u s a n d M i l e s ’ R i d e th r o u g h t h e A r g e n t i n e P r o v i n c e s (2
vols., Londres, 1853), I, viL
20 Ibid., II, 5.
21 Wilfrid Latham, T h e S t a t e s o f t h e R i v e r P l a t e (2a. ed., Londres, 1868), 342. Prim era
edición 1866, escrita desde su casa en el campo después de un cuarto de siglo en la Ar-
337
22
:23
24
25
26
27
28
29
gentiha. “Ahora las palmas de mis manos están endurecidas, mis veranos son cin­
cuenta,”
Parish a Manuela,Terrero, julio 1878, Adolfo Saidías, ed;, P a p e l e s d e R a z a s (2 vols.,
La-Plata, 1904-7) J i, 478.
E. B. Cuimínghame Graham. "La Pulpería” , en T h i r t e e n S t o r i e s (Londres.. 19000,
172-5 ; sobre las circunstancias, véase Cecine Watts y Laurence Davies, C u n n i n g h a m e G r a h a m : A C r i t i c a l B i o g r a p h y (Cambridge, 1979), 28-35,195-6.
Así lo llamaba en T h e P u r p l e L a n d , en S o u t h A m e r i c a n R o m a n c e s (Londres, 1930). 2.
F a r A w a y a n d L o n g A g o (Allá lejos y hace tiempo) (Everyman’s library, Londres,
1967), 2-4; sobre los orígenes y circunstancias del libro, publicado par primera vez en
1918, véase Dennis Shrubsali. W. H . H u d s o n , W r i t e r a n d N a t u r a l i s t (Tisbory, 1978),
79-80.
F a r A w a y m d L o n g A g o , 54-5,
Ibid,, 91,108-13; véase también los comentarios sobre Rosas en el Apéndice a "El
Otnbú”. en S o u t h A m e r i c a n R o m a n c e s , 819-23.
R o s a s , en T h e C o l l e c t e d P o e m s o í J o h n M a s e f i e l d (Londres, 1927),
Thomas Hobbes, Leviathan (Everyman’s Library, Londres, 1976), 64,89-90.
Capítulo! SEÑOR DE LAS LLANURAS
Adolfo Saldías, Historia de ¡a Confederación Argentina; Rosas y su época (9 voís.,
Buenos Aires, 1958,1,14-24,
2 Rosas a Josefa Gómez, 20 de jumó de 1868, C a r i a s del exilio 1853-1875, ed,, José Raed
(Buenos Aires, 1974), 102; Carlos Ibarguren, J u a n M a n u e l d e R o s a s : s u v i d a , s u d r a ­
m a , s u t i e m n o (Buenos Aires, 1961) ,11,.
3 William MacCann, Two Thousand Miles‘ Ride, ü, S.
4 Ludo V. Mansilla’ R o z a s : E n s a y o h i s i ó r i c o - p s i c o i ó g i e o (París, 1913), 21; Rosas a
Terrero, 10 de nov. 1831, EmOio Rarignani, I n f e r e n c i a s s o b r e J u a n M a n u e l d e R o s a s
y o t r o s e n s a y o s (Buenos Ames, 1945). 51.
5 Saidías, Papeles de Rozas, ií, 342; Ernesto VL Celesta, Rosas, aportes para su histo­
ria (2a. ed., 2 vols., Buenos Aires, 1968). ii. 31: Ibarguren. Juan Manuel de Rosas, 2223.
6 Arturo Enrique Sampay, Las ideas políticas de Juan Manuel de Rosas (Buenos Ai­
res, 1972), 35-6.
7 “Segunda memoria del coronel Juan Manuel de Rosas”, 1821, Saidías, Historia de la
Confederación, i, 221-34; Sampay, 100.
8 Southern a Palmerston, 18 die. 1850, HMC, Palmerston Papers, GC7SO/268,
9 Manuel Bilbao, H i s t o r i a d e Rosas (Buenos Aires, 1961), iGi-3.
10 Saidías, Historia d é l a C o n f e d e r a c i ó n , i , 25-$; Rosas a Josefa Gómez, 8 de die. 1865,
C a r t a s d d E x i l i o , 67.
U Alfredo J , Montoya, H i s t o r i a d e l o s s a l a d e r o s a r g e n t i n o s (Buenos Aires, 1956). 38-55;
Jonnatan C. Brown, A S o c io e c o n o m i c H i s t o r y o f A r g e n t i n a , 1776-1866 (Cambridge,
1979) 110.
12 Celesia, Rosas, aportes para su historia, i, 49.
13 MacCann, T w o T h o u s a n d M i l o s ’R i d e , i, 58.
14 Parish a Canning, 18 oci. 1824, PRO, FO 6/5. En realidad, había posiblemente doce
mil al norte del Río Negro, de los cuales no más de cuatro mil eran'guerreros activos.
15 Bernardo González ArrilÜ, L o s I n d i o s P a m p a s (Buenos Aires, I960); Dionisio Schoo
Lastra, L a l a n z a r o t a : e s t a n c i a s , i n d i o s , p a z e n l a c o r d i l l e r a (Buenos Aires, 1953);
Juan Carlos Walter, L a c o n q u i s t a d e l d e s i e r t o (2a. ed. Buenos Aires, 1964); John M.
Cooper, "The Patagonian and Pampean Hunters”, Oficina de Etnología Americana.
H a n d b o o k o f S o u t h A m e r i c a n I n d i a n s (Washington, 1946-50), i . 133-4; Alfred J. Tapson, “Indian Warfare on the Pam pa during the Colonial Period” , HAHR, 42 (1962), 128.
'
338
Woodbine Parish, B u e n o s A i r e s , 190-5.
17 Ibid. 183-3.
18 Francis B o n d B e a d , R o u g h N o t e s t a k e n d u r i n g s o m e r a p i d J o u r n e y s a c r o s s t h e P a m p a s a n d a m o n g t h e Andes (Londres , 1826) 21,
19 Tubo Halperin Donghi, P o l i t i c s , E c o n o m i c s and S o c i e t y i n A r g e n t i n a i n 't h e R e v o l u ­
t i o n a r y P e r i o d (Cambridge. 1375) 81-108.
■20 Enrique M. Barba, "Notas sobre la situación económica de Buenos Aires en la déca­
da de 1820", t r a b a j o s y C o m u n i c a c i o n e s , 17 (1967), 65-71.
21 Ricardo Rodríguez Molas, H i s t o r i a s o c i a l d e l g a u c h o (Buenos Aires, 1968), 201.
22 Miron Burgin.'ÍTbe E c o n o m i c A s p e c t s o f A r g e n t i n e F e d e r a l i s m 182-1852 (Cambrid­
ge, Mass., 1946), 96-100; Emilio A. Coni, L a v e r d a d s ó b r e l a e n ñ t e u s i s d e R í v a d a v i a
(Buenos Aires, 1827), 171-5; Sergio Bagó, E l p l a n e c o n ó m i c o d e l g r u p o R í v a d a v i a n o
1 S 1 M 8 2 7 (Rosario, 1966), 167-456, repetidas veces; Jacinto Oddone, La b u r g u e s í a t e ­
r r a t e n i e n t e a r g e n t i n a (3a. eá., Buenos Aires, 1967). 76-91. Una legua cuadrada equi­
valía a unas dos mil quffiientas"bectáreas.
23 Tubo Halperin Bongin. A r g e n t i n a ; d e l a r e v o l u c i ó n d e i n d e p e n d e n c i a a la c o n f e d e r a ­
c ió n r e s i s t a (Buenos Aires, 1872) 181.
24 Ibarguren, J u a n M a n u e l d e Rosas. 44, 59,87; Celesia, R o s a s , a p o r t e s p a r a s u h i s t o ­
r i a , I, 54-5.
25 Andrés M. Carretero. L o s A n c h o r e s s : p o l í t i c a y n e g o c i o s e n e l s i g l o x z x (Buenos Ai­
res, 1970), 9-16,136.
26 J. J . Anchorena a Rosas. Ibarguren, J u a n M a n u e l d e R o s a s . 82.
27 Montoya, H i s t o r i a d e l o s s a l a d e r o s a r g e n t i n o s , 50-3.
28 Ibid., 54.
29 Juan Manuel de Rosas, I n s t r u c c i o n e s a l o s m a y o r d o m o s d e e s t a n c i a s , ed. P . Carlos
Lemée (Buenos Aires, 1942).
30 "Memoria” , 1819, Saldías, H i s t o r i a d e l a C o n f e d e r a c i ó n , i, 35-6.
31 “Segunda Memoria”, 182Í. Saldías, H i s t o r i a d e l a C o n f e d e r a c i ó n , i , 221-34; Irazusta
Julio. V id a p o l í t i c a d e J u g n M a n u e l d e R o s a s , a ' t r a v é s d e s u c o r r e s p o n d e n c i a (8
vois-, Buenos Aires, 1970), i, 100; Sampay. 97-109.
32 Rosas a Josefa Gómez, 25 julio 1869, Carias d e l e x i l io , 131.
33 Rosas a Baleares, 6 sept 1820, Irazusta, V id a P o l í t i c a , I, 85,
34 Ricardo Levene, L a a n a r q u í a d e 1 8 2 0 y l a i n i c i a c i ó n d é l a v i d a p ú b l i c a d e R o s a s (Aca­
demia Nacional de la Historia, O b r a s d e R i c a r d o L e v e n e , 4, Buenos Aires, 1972), 104■5.
35 “Manifiesto de Rosas” , 10 oct. 1820, Juan A. Pradere y Fermín Chávez, Juan M a n u e l
d e R o s a s (2 veis. Bueaos Aires. -1970), i, 26-8.
36 Gregorio AráozdeLamadrid. M e m o r i a s d e l g e n e r a l . .. {2vols. Buenos Aires, 1968), I
179-81.
37 "Manifiesto de Rosas”, Pradere, J u a n M a n u e l d e R o s a s , i, 26.
38 Rosas a J. J. Anchorena, 8 sept. 1820, Carretero, L o s A n c h o r e n a , 123-4,
38 Lamadnd, M e m o r i a s , i, 197.
40 Celesta, R o s a s , a p o r t e s p a r a su h i s t o r i a , i, 6S-2; Horacio C. E. Gíberti, H i s t o r i a e c o ­
n ó m i c a d e l a g a n a d e r í a a r g e n t i n a (Buenos Aires, 1961), 129-30.
41 “Segunda memoria”, 1821, Saldías, H i s t o r i a d é l a C o n f e d e r a c i ó n , i, 309; Irazusta,
V id a p o l í t i c a , i, 100-8,
42 Rómulo Muniz) L o s i n d io s p a m p a s (Buenos Aires, 1929), 77.
43 Diario déla Comisión, 25 ene. 1826, Pedro de Angelas. C o le c c ió n d e o b r a s y d o c u m e n ­
t o s r e l a t i v o s a ¡a h i s t o r i a a n t i g u a y m o d e r n a d e l a s p r o v i n c i a s d e l R í o d e l a P l a t a (2a.
ed., 5 vois., Buenos Aires, 1910), V, 89,
44 J. j . Anchorena a Rosas, ene. 1824, Ibarguren, J u a n M a n u e l d e Rosas, 85.
45 “Memoria” ,.22 jal. 1828, Saldías, H i s t o r i a d e l a C o n f e d e r a c i ó n , i, 235-46; Irazusta,
V id a p o l í t i c a , i, 154-61; Levene, L a a n a r q u í a d e 1 8 2 6 , 166-S.
46 Mensaje, 18 may. 1825, Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires, M e n s a j e s
16
339
(2 vols,, La Plata,
1976), i, 38.
Pedro de Angelis, A c u s a c i ó n y d e f e n s a d e R o s a s , ed. Rodolfo Trostiné (Buenos Ai­
res, 1945).
'
.
'
43 Ponsonby a Canning, N*38, 20 jul. 1827, PRO, FO 6/18.
49 Parish a Canning, N515,14 mar. 1826, PRO/FO 6/11.
50 Petición en contra de la división de la provincia, en Archivo Histórico de la Provincia
de Buenos Aires. D o c u m e n t o s d e l C o n g r e s o G e n e r a l C o n s t i t u y e n t e d e 1824 -1 8 2 7 (La
Plata, 1949) 27S.
51 Enrique M. Barba, C ó m o l l e g ó R o s a s a l p o d e r (Buenos Aires, 1972), 8.
52 Domingo Faustino Sarmiento. Facundo (La Fiata, 1S3S), 72,120. Para una aprecia­
ción del régimen de Rivadavia, véase Ricardo Piceiriiii, R i v a d a v i a y s u t i e m p o (2a.
ed. 3 vols., Buenos Aires, I960), y Sergio Ragú, E l p l a n e c o n ó m i c o d e l g r u p o R i v a d a - ■
v i a n o 1811-1827 (Rosario, 1966).
53 Ponsonby a Canning, N° 38,20 jul. 1827, PRO, FO 6/18.
54 Ibarguren. J u a n M a n u e l d e R o s a s , 102.
55 “Memoria”, 22 jul. 1828, Saldías. H i s t o r i a d e l a C o n f e d e r a c i ó n , i. 235-46.
56 Woodbine Parish, B u e n o s A y r e s . 196-20,204.
57 Ibarguren, J u a n M a n u e l d e R o s a s , 104.
58 “Segunda Memoria” 1821, Sai días, H i s t o r i a d e i s C o n fe d e r a c ió n , i, 233.
59 Surgin. 109-10, afirma que Borrego representaba el ala democrática del partido fe­
deral, Rosas y Anehorena el ala derecha. La presente obra sugiere una distinción di­
ferente, entre verdaderos federales y pseudo federales.
60 Ponsonby a Dudley, 15 oet. 1827, PRO, FO 6/19.
81 Tomás de Iriarte, Memorias (11 vols., Buenos Aires. 1944-69), iv, 86.
62 Ibid, iv, 72,
63 Ponsonby a Dudley, 27 die. 1827, PRO, FO 6/19.
64 L u c a s A y a x r a g a r & y , L a a n a r q u í a a r g e n t i n a y e l c a u d i l l i s m o , (3a. ed., Buenos Aires,
1935) 115-16.
65 E l T i e m p o N° 175, 3 die. 1828. incluido en Parish a Aberdeen, N'AÜ, 3 die. 1828, PRO, .
F06/23.
'
66 Parish a Aberdeen, Nfl37; i die. 1828, PRO, FO 6/23.
' 67 Parish a Aberdeen, N*38,3 die. 1828. PRO, FO 6/23.
68 Ricardo Levene, É l p r o c e s o h i s t ó r i c o d e L a v a l l e a R o s a s .(Academia Nacional de la
Historia, O b r a s d e R i c a r d o L e v e n e , 4, Buenos Aires, 1972) 195-6.
69 Parish a Aberdeen, N544, ls dic. 1828, PRO, FO 6/23.
70 Parish a Aberdeen, N62,12 ene., 1829, PRO, FO 6/26.
71 Ibíd.
72 José Antonio Beja a Rosas, 1 oct. 1829, AGN, Secretaría de Rosas, Sala X, 23-8-4.
73 Rosas a López. 12 die. 1828, Bilbao, H i s t o r i a d e R o s a s , 197-8; Ir azusta. V id a p o l í t i c a .
í, 189.
74 Parish a Aberdeen, N° 3,12 ene. 1829, PRO, FO 6/26.
75 Juan Manuel Reruti. M e m o r i a s c u r i o s a s , en B i b l i o t e c a d e M a y o (17 vols. Buenos Ai­
res, 1960-63) iv, 4010.
76 Lamadríá, M e m o r i a s , i, 292-93.
•77 Parish a Aberdeen, N° 2,12 ene. 1829, PRO, FO 6/26.
78 John Anthony King, T w e n t y - f o u r y e a r s i n t h e A r g e n t i n e R e o u b h e (Londres, 1846),
224-5.
79 Celesia, R o s a s , a p o r t e s p a r a s u h i s t o r i a , i, 113.
80 King, o p . c i t 241-2,
81 Parish a Aberdeen, N" 21,20, abr. 1829, PRO, FO 6/26.
82 Parish a Aberdeen, N° 31,9 jun. 1829. PRO, FO 6/27.
83 Levene,; La vaZte a R o s a s , 262.
84 Parish a Aberdeen, N ‘ 49, u nov. 1829, PRO, FO 6/27.
85 Levene, L a v a l l e a Rosas, 256-62; Barbad C ó m o l l e g ó R o s a s a l p o d e r , 124,147.
d e l a s g o b e r n a d o r e s d é l a p r o v i n c i a d e B u e n o s A i r e s 1822-1848
47
;!
340
ge
E l L u c e r o , N° 78,9
die. 1829, incluido en Parish a Aberdeen, N° 53,12 die. 1829, PRO,
FO 6/27. Véase también Celesia, R o s a s , a p o r t e s p a r a s u h i s t o r i a , i,.i03-4.
S7 Parish a Aberdeen, N' 53,12 die. 1829, PRO, PO 6/27.
gg Para un relato original de k “carrera de la revolución", véase Halperín, P o l i t i c s ,
E c o n o m i c s a n d S o c i e t y i n . i r g e n t i n s i n t h e R e v o l u t i o n a r y P e r i o d , 211-15,382-91.
89 Iriarte, M e m o r i a s , üi, 25-6;- véase también .Andrés M. Carretero, “Contribución al
■cono cimiento de la propiedad rural en la provincia de- Buenos Aires cara 1.830",
B I H A E R , tomo X IIL2 serie, N° 22-3 (1970), 246-92.
90 Sergio Basú. “Los unitarios: El oariído de la unidad nacional", R e v i s t a d e H is to r ia .,
2 (1957), 23-36.
91 Mansilla, R o z a s . 145,
92 Véase más arriba, nota 1G.
Capítulo 2 ESTANCIERO
1 Domingo Faustino Sarmiento, I n m i g r a c i ó n y c o lo n iz a c ió n , en O b r a s d e D .F , S a r - ,
m i e n t o (5S voís„ Santiago y Buenos .Aires, 1887-1903). xxiii, 292.
2 El relato de Vázquez de esta celebre entrevista fue publicado en forma incompleta '
por Andrés Lamas, “Confidencias de don Juan Manuel de Rosas en el día en que se
recibió, por Xa primera vez. del gobierno de Buenos Aires1’. Revista d e l R i o d e h Pia­
ra. 5 (1873), 596-606, reproducida en H i s t o r i a d e l a literatura a r g e n t i n a , de Ricardo
Rojas (9 vols.. Buenos Aires, 1960), iii. 250A; para el texto completo, véase Sampay,
129-36.
3 Charles Darwin, J o u r n a l , 96.
4 Griffiths a Palmerston, Nc4,9 abr . 1834, PRO , PO 6/43.
5 Hamilton a Palmerston, N* 45,21 jui. 1835, PRO. FO 6/47.
6 Saídías, H i s t o r i a d e i s C o n f e d e r a c i ó n , ii, 122.
7 G a c e t a M e r c a n t i l , 19 jul. 1835.
8 José María Rosa. “Rosas, la sociedad rural, los terratenientes y Alvaro Yunque",
R H H J M R , 22 (I960) [1961], 335-43.
9 Miguel A. Cárcano, E v o l u c i ó n h i s t ó r i c a d e l r é g i m e n d e l a t i e r r a p ú b l i c a , 1810-1916
( 3a, ed,, Buenos Aires, 1972), 56-7; Barba, C ó m o l l e g ó R o s a s a l p o d e r , 150-2; Ibarguren, Juan Manuel de R o s a s , 137; Levene, l a v a l l e a R o s a s , 266-7. 307.
10 Véase más arriba, pp. 33,36,41.
11 Parish a Palmerston, N" 13,- 20 jui. 1831, PRO, FO 6/32.
12 Fox a Palmerston, Ne3; 29 oet. 1831, PRO, FO 6/33.
13 Sobre la Campaña del Desierto véase Salólas H i s t o r i a . d e la C o n fe d e r a c i ó n , iii, 2960; Arturo de Carranza. L a C a m p a ñ a d e l D e s i e r t o d e 1833: P l a n i f i c a d a y l l e v a d a a
c a b o p o r e l S r . B r i g a d i e r O r a l. D . M a n u e l d e R o s a s (Buenos Aires, i960); Celosía,
Rosas, a p o r t e s p a r a s u h i s t o r i a , I, 286; Margarita Ferrá de Hanoi, “El origen de ia
campaña al desierto de 1833", T r a b a j o s } ' C o m u n i c a c i o n e s , N° lo (1961), 31-51.
14 Mensaje, 1832,-en Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires “Ricardo Reve­
ne" . M e n s a j e s d e i o s g o b e r n a d o r e s d é l a p r o v i n c i a d e B u e n o s A í r e s 1822-1849 <2vois.,
La Plata, 1976) í. 66-7.
15 Carta pública en favor de la expedición emitida al dejar el cargo, en Juan Manuel de
Rosas, D i a r i o d e ¡a e x p e d i c i ó n a l d e s i e r t o (1833-1834) (Buenos Aires, 1965), 55.
16 Orden del día, 1.1 mar. 1833, Irazusta, V id a P o l í t i c a , ü, 203.
17 Woodbine Parish, Buenos Ayres, 206-7.
18 Darwin, J o u r n a l , 51.
19 Rosas. D i a r i o , 17 may. 1833,99-100.
20 Ibid., 136-7.
21 José María Ramos Mejía. O b r a s c o m p l e t a s . 1-3: R o s a s y s u t i e m p o ( 3a ed.. 3 vois.,
Buenos Aires, 1927), I, 269-70.
22 La oposición alegaba que la política de Rosas habría de perder finalmente terreno al
341
23
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25
26
27
admitir a los indios “amistosos” d e n t r o de la frontera: véase Florencio Varela, “Ro­
sas y las fronteras áe Buenos Aires”, II oct 1845; R o s a s y s u g o b i e r n o ( e s c r i t o s p o l í t i ­
c o s , e c o n ó m i c o s y l i t e r a r i o s ) (Buenos Aires, 1927), 93-7.
Hamilton a Wellington, N° 10,14 feb. 1835, FRO, FO 6/46.
G a c e t a M e r c a n t i l , jul. 1835, Antonio Zinnv, L a G a c e t a M e r c a n t i l d e B u e n o s - A i r e s ,
1823-1852 (3 vols., Buenos Aires, 19121, I I 244-5.
MandeviBe a Palmerston, N° 21.22 ag. 1836, PRO, FO 6/52.
MaeCann, T w o T h o u s a n d M i l e s ' F i d s , i, 36.
Con respecto a las leyes argentinas sobre tierras, véase D. de la Fuente, T i e r r a s , c o ­
lo n ia s y a g r ic u ltu r a , R e c o p ila c ió n d e le y e s , d e c r e to s y o tr a s d is p o s ic io n e s n a c io n a ­
l e s (Buenos Aires, 1898); Joaquín M. Musiera, T i e r r a s p ú b l i c a s : R e c o p i l a c i ó n d e l e ­
y e s . d e c r e to s y r e s o lu c io n e s d e la p r o v in c ia d e B u e n o s A ir e s s o b r e t ie r r a s p ú b lic a s ,
d e s d e 1810 a 188-5 (La Plata, 1896).
Coni. L a v e r d a d s o b r e l a s n f i i e u s i s d e R i v a d a v i a (Buenos Aires, 1927), 171-5; Oddo-
;i¡
'8 A
.i
28
ne, 75-91.
29 Burgin, 199.
30 Citado por Horacio C. E. Giber ti, H i s t o r i a e c o n ó m i c a d e l a g a n a d e r í a a r g e n t i n a
(Buenos Aires, 1961), 123.
31 Cáreano, 62-3.
32 Gddone, 96-109. Las estimaciones de Oddone son incompletas e inexactas, y son cita- das aquí pana dar una idea; se refieren solamente a las tenencias por enfiteusis y a
las ventas de tierras públicas de la década de 1830, no a las asignaciones totales de
tierras. Para esto, véase m ás abajo, pp. 70,74.
33 Burgin, 200.
34 “En estas cercanías la tierra se vende a unos dieciocho mil dólares la legua cuadra­
da;' esto, con el elevado cambio de tres peniques por dólar, significa cuatrocientas
cincuenta libras esterlinas, y eso no es más que dieciocho peniques por aere inglés,
por las tierras de pasturas más fértiles, listas para el arado. El ganado vacuno, como
viene, bueno y malo, se vende a quince dólares por cabeza, ylas ovejas, desde un che­
lín y seis peniques hasta tres chelines la docena.” MaeCann, T w o T h o u s a n d M i l e s '
R i d e , i, 86.
35 Carretero, “Propiedad R ural” , BIHAER, serie 2,13,22-3.(1970), 246-92.
36 Cáreano. 61,
37 Ley del 9denov, 1839; por decreto del 9 de julio de 184.0, Rosas ordenó que fueran emi­
tidos ios certificados de tierras, íbid, 64.
38 Burgin, 255.
39 También contribuía a esto cierta depreciación de la moneda, con el aumento de pre­
cios de los bienes; véase ibíd, 185.196.
" 40 Alfredo Estévez. “La contribución directa. 1821-1852”, R e v i s t a d e l a F a c u l t a d d e
C i e n c i a s E c o n ó m i c a s . s e r i e A 46,10 (i960), 115-232.
■41 Hamilton a Palmerston, N4 4,17 nov. 1834, PRO, FO 6,41: véase Pedro de Angelis,
M e m o r i a s o b r e e l e s t a d o d e l a h a c i e n d a p ú b l i c a e s c r i t a p o r o r d e n d e l g o b i e r n o (Bue;
nos Aires, 1834).
42 Burgin, 194-6.
43 Citado por Giberti, 136-7, Pedro de Angelis, erudito, periodista y, en la práctica, mi­
nistro de propaganda, fue uno délos más ilustrados voceros del régimen.
44 Víctor Gálvez Jpseud. Vicente G. QuesadaJ, M e m o r i a s d e u n v i e j o : e s c e n a s d e c o s ­
t u m b r e s d e j a R e p ú b l i c a A r g e n t i n a (4a. ed. 3 vols., Buenos Aires, 1889), 323-5.
45 Burgin, 216.
46 Andrés M. Carretero, L a p r o p i e d a d d e la t i e r r a e n Ja é p o c a d e R o s a s (Buenos Aires.
1972), 25-30.
4? King, T w e n t y - f o u r y e a r s i n t h e A r g e n t i n e R e p u b l i c , 413, n .i.
48 R e c o p i l a c i ó n d e l e y e s y d e c r e t o s p r o m u l g a d o s e n B u e n o s A i r e s d e s d e e l 2 5 d e m a y o
d e 1810 "h a sta f i n d s d i c i e m b r e d e 1 8 3 5 (Buenos Aires, 1836), part 2.
49 Celesta, R o s a s , a p o r t e s p a r a s u h i s t o r i a , ii 194: Ramos Mejía, iii 73A.
342
50
R e c o p i l a c i ó n , . part. 3,
Gáiíndez a Rosas, 11 die. 1840, AGN, Sala X, 27-7-4,1840 A-C.
52 Capdevilla a Eosas, 30 ene. 1S44, AGN, Sala X, 27-74.
53 Ernesto Quesada, La é p o c a d e É o s a s (Buenos Aires. 1923), 78-9.
54 Casos citados de ios años 184041 por Ramos Mejía, iii. 834.
55 Carlos Heras, “Confiscaciones v embargos durante'eí'gobierno de Eosas ”, H u m a n i ­
d a d e s (LaPlata), 20 (1929) [1930], 4-24.
56 Andrés Lamas. E s c r i t o s p o l í t i c o s y l i t e r a r i o s d u r a n t e l a g u e r r a c o n t r a la Tiranía d e "D. J u a n M a n u e l R o s a s , ed, Angel J. Carranza (Buenos Aires, 1877), 282-3: véase
“Agresiones de Rosas”, i b i d , ,368-9.
57 Salvador María del Carril a Lavado, 15 die. 1328, Irazusta, V id a p o l í t i c a , 1.161: B.
Piedrabuena a M, Sola, 28 jul, 1840, Ernesto Quesada, A c h a y l a b a t a l l a d e A n g a c o
(Buenos Aires, 1965), 22-3.
58 Latham , T h e S t a t e s o f t h e R i v e r P l a t e , 316.
59 Tomás de Anchorena a Rosas, 1 mar, 1846, Juan José Sebreli, A p o g e o y o c a s o d e ¡o s
A n c h o r e n a (Buenos Aires, 1972), 16".
60 Carretero, L a p r o p i e d a d d e i s t ie r r a e n l a é p o c a d e R o s a s , 14.31; “Propiedad rural”,
'BIHAER, señe 2,12,22-23 (1970), 251-2, 273-92.
61 Parish a Aberdeen, Ñ” 22,17 ago. 1830, PRO, FO 6730. Véanse, sin embargo, las con­
clusiones de Jonathan Brown, cuyas investigaciones sobre libros de contabilidad de
las estancias, “revelan que los márgenes de beneficio normales en ganadería y agri­
cultura pueden no haber sido tan altos como el legendario treinta por ciento” ; A S o ­
c i o e c o n o m i c H i s t o r y o f .A r g e n t in a , 154.
62 Véase Jorge Newton, Diccionario biográfico d e l c a m p o a r g e n t i n o (Buenos Aires,
1972).
63 Antonio Deüepiane, E l t e s t a m e n t o d e R o s a s (Buenos Aires, 1957), 101-2; sobre la fun­
dación y expansión del negocio ganadero de los Anchorena, véase Brown, A S o c i o e ­
c o n o m i c H i s t o r y o f A r g e n t i n a , 174-200, quien asigna a sus .propiedades en 1864 un to­
tal de nueve mil quinientos ochenta y dos kilómetros cuadrados.
64 MacCann, T w o T h o u s a n d M ile s - 'R i d e , i, 72-3; sobre la expansión délos Anchorena en
la década de 1820, véase Carretero, Lcfe A n c h o r e n a , 178,
65 Carretero, L a p r o p i e d a d d e J a t i e r r a e n l a é p o c a d e R o s a s , 14. En diciembre de 1873,
el S t a n d a r d de’Londres publicó un articulo laudatorio sóbrelos Anchorena, valuando
sus propiedades en cuatro millones de libras: véase Ernesto.Fitte. E l P r o c e s o a R o ­
s a s y l a c o n f i s c a c i ó n d e s ú s b i e n e s (Buenos Aires, 1973), 19.
66 Vése Tabla L
Celesta. Rosas, a p o r t e s p a r a s u h i s t o r i a , ü, 94,405.
Baldías, P a p e í e s d e R o z a s , i, 147, Rosas a Marcos León Agrelo, 30 mar.. 1838.
69 Emilio Ravígnani, "Los bienes de Juan Manuel de Rosas según inventarios que se
conservan en el Archivo General de la Nación, Buenos Aires”, B o l e t í n d e l I n s t i t u t o
d e i n v e s t i g a c i o n e s H i s t ó r i c a s , 28 (19434). 217-23; 29 (1944-5), 227-35; Antonio Díaz, .
S3
51
H is to r ia p o lític a y m i l it a r d e la s r e p ú b lic a s d e l P la ta d e s d e e l a ñ o d e 1828h a s ta e l d e
1B68 (12 vols., Montevideo, 1877-8), ix, 87. La evidencia no es del todo confiable, y íue
duramente discutida por Rosas; véase abajo, p. 340.
70 MacCann, T w o T h o u s a n d M i l e s ’ R i d e , I I 8.
71 Thomas Joseph Hutchinson, Buenos Áyres a n d A r g e n t i n e G l e a n i n g s : w i t h e x t r a c t s
f r o m a d i a r y o f S a l a d o e x p l o r a t i o n i n 18 6 2 a n d 1862 (Londres, 1865), 39. Para una des­
cripción de Palermo por alguien que, al visitarla inmediatamente después de la caí­
da del dictador, la cafifíeó con desprecio como ordinaria, vulgare incivilizada, véase
Domingo F. Sarmiento, C a m p a ñ a e n e l e j é r c i t o g r a n d e a l i a d o d e S u d A m é r i c a , ed.
Tulio Halperín Donghi (México, Buenos Aires, 1958), 209-11.
72 Giberti, 128.
73 El testamento de Rosas, art. 7. Dellepiane, E l t e s t a m e n t o d e R o s a s , 96.
74 Sobre las haciendas de Rosas, véase Enrique Arana (h.), J u a n M a n u e l de Rosas en la
h i s t o r i a a r g e n t i n a (3 vols., Buenos Aires, 1954), ii, 2S2-3, quien establece en ochenta
343-
* 3 * 8 *
ss
m illas cabezas de ganado en el rodeo de 3.846 en Los Cerrillos, San Martín y otros yentiséis lugares,
75 Véase Ricardo Revene, ed.. H i s t o r i a d e l a P r o v i n c i a d e B u e n o s A i r e s y f o r m a c i ó n d e
s u s p u e b lo s ,. Archivo Histórico de la Provincia de Buenos Aires (2 vois., La-Plata,
1941), ii, 368, er¡ que aparece un mapa de las propiedades de Rosas en el partido de
Las Flores, y L a a n a r q u í a d e 1820. de Le vene’ 176-81, para ia cita de documentos;
véase también E l p r o c e s o s R o s a s , de Fítte, 123-35.
76 Rosas, I n s t r u c c i o n e s a l o s ¿na v o r d o m o s d e e s t a n c i a s , 53.
77 Ibid., 57-76.
78 Darwin, J o u r n a l , 52-3,85.
79 Rosas a Beecar, 22 ju l 1838, Saldías. P a n e l e s d e R a z a s . i, 143; Levase, L a a n a r a u i a
d e 1826, 180-1.
Sí) José Braulio Haedo &Rosas, 1 sept. 1843, AGN, Sala VII, 22-2-1, í. 186-S.
81 MacCann, T w o T h o u s a n d M i l e s ’ R i d e , i, 19,292-5, de información que le fuera sumi­
nistrada por Don Patricio Lynch, el dueño de la estancia; Latham, 35; Rosas, I n s ­
t r u c c i o n e s a J o s m a y o r d o m o s d e estancias, 49-60,
82 Woodbine Parish, Buenos Ayres, 122.
83 MacCann, Two T h o u s a n d M i l e s ’ R i d e , 1, 209-10.
84 Gastón Gori, V a g o s y m a i e n t r e t e n i d o s : A p o r t e a l t e m a h e m a n d i a n o (2a ed., Santa
Fe, 1965), 65-8; Jorge A. Bossio, H i s t o r i a d e l a s p u l p e r í a s (Róenos Aíres, 1972), 201-2;
Rosas, I n s t r u c c i o n e s a l o s m a y o r d o m o s d e e s t a n c i a s , 17.
85 MacCann, T w o T h o u s a n d M i l e s ’ R i d e , i, 216.
86 Alfredo J. Montoya, L a g a n a d e r í a y Ja i n d u s t r i a d e s a l a z ó n d e c a r n e s ; MacCann,
T w o Thousand M i l e s ’ R i d e , i. 213-15.
87 Ibid, i, 214.
88 Victor Martin de Moussy, D e s c r i p t i o n g é o g r a p h i q u e e t s t a t i s t i q u e d e la C o n f é d é r a t io n A r g e n t i n e (3 vois., Paris, 1860-4), if, 12Ó-1.
89 Juan Carias Nicolao, “La industria saladeril en la Confederación Argentina (18351852) y N u e s t r a H i s t o r i a , 7 (1970), 20-28.
90 Benito Díaz, I n m i g r a c i ó n y a g r i c u l t u r a e n l a é p o c a d e R o s a s (Buenos Aires, 1975).
■ 73.
91 P ara el precio del trigo, véase Burgin, 259:62. Sobre las importaciones dd extranje­
ro, véase Griffiths a Palmerston, N" 4,9 abir. 1834, PRO, FQ 6/43: “No hay ahora nin­
guna exportación de granos desde Buenos Ayres; por lo contrario, hay una gran im­
portación de harina de los Estados Guidos, y de granos de Chile y dei Cabo de Buena
Esperanza, que sumada a lo que se cultiva en estas provincias, es requerida anual­
mente para el consumo del pueblo. ”
G a c e t a M e r c a n t i l , 8 ene. 1835.
Sobre eí precio de los granos para el consumidor, véase Haydée Gorosíegüi de To­
rres, “Los precios del trigo en Buenos Aires durante el gobierno de Rosas”, A n u a r i o
d e l I n s t i t u t o d e I n v e s ti g a c i o n e s H i s t ó r i c a s , fi (Rosario, 1962-3); sobre exportaciones,
Véase Alfredo Brossard, Rasas v i s t o p o r u n d i o l o m á ü c o f r a n c é s (Buenos Aires,
1942), 358Laura Randall, A C o m p a r a t i v e E c o n o m i c H i s t o r y o f L a t i n A m e r i c a 1300-1914. V o lu ­
m e s : A r g e n t i n a (Ann Arbor, 1977), 51-2,207. Véase Tabla 3,
Griffiths a Palmerston, N° 9.30 abr. 1837, PRO. FO 6/60; véase Parish, B u e n o s A y r e s ,
359-60.
José Carlos Chiaramonte, N a c i o n a l i s m o y l i b e r a l i s m o e c o n ó m i c o s e n l a A r g e n t i n a
1880-1880 (Buenos Aires, 1971), 33-6.
Rosas, I n s t r u c c i o n e s a l o s m a y o r d o m o s d e e s t a n c i a s . 43-7; sobre la expansión de la
cría de ovejas, véase MacCann, T w o T h o u s a n d M i l e s ’ R i d e , i, 273-38; Latham, 23-6
218-29; sobre la difusión de la propiedad de las tierras, véase Brown, A S o c io e c o n o ­
m i c H i s t o r y o f A r g e n t i n a , 159-60.
Sarmiento, C a m p a ñ a e n e l e j é r c i t o g r a n d e , 241.
Benjamín Vicuña Mackenna, P á g i n a s d e m i d i a r i o d u r a n t e t r e s a ñ o s d e v i a j e s (1853-
344
1854-1855) ( O b r a s c o m p l e t a s ,
4 vols., Santiago, 1936-8i , ii 429-30.
100 Latham, 251-2.
r
101 B l N a d ú n a l , 12 septi 1856.
102 Sarmiento, F a c u n d o , 50.
>03 Sobre3 ana
defensaYde
la política de Rosas con respecto a los pequeños chacareros,
Capítulo
PATRON
PEON
véase José María Sosa, “Rosas, Is sociedad rural,los terratenientes y Alvaro Yunaue’\ RIIHJMR, Buenos Aires,'Ñ* 22 Í1960 [1961JL 335-43.
1 Diego
la Fuente, 26
“Introducción
retrospectiva",
b lic a A r ­
104
{tosasde
a González.
ag. 1832, Celesia,
¿tesas, a p o Pr t reismp ea rr ac esni ts ho ids et oJa
r i aR,eip, ú372,589.
g
e n t i n a ,I n1869
105 Rosas,
s t r u c(Buenos
c i o n e s &Aires,
i o s m a y1872),
o r d o mxix-xsíi,
o s d e e s tvéase
a n c i a sErnesto
, 18-17. J. A. Maeder, E v o l u ­
c ió n d e m o g r á f i c a a r g e n t i n a d e 1 8 1 8 b 1868 (Buenos Aires, 1989).
2 P ara estos y otros casos véase Carretero, L a p r o p i e d a d .d e Ja t i e r r a e n l a é p o c a d e R o ­
sas-, 38-9.
3 írazusta, V id a p o l í t i c a , ii, 182.
4 Southern a Palmerston. Nc 10.21. nov. 1848, PRO. FO 6/139.
5 MacCann, T w o T h o u s a n d M i l e s ' R i d e , i, 158. Jonathan Brown llama la atención so­
bre la diversidad de la población rural y estima en un 35 % aquellos que no trabaja­
ban directamente en ja tierra íen 1854); véase A S o c i e c o n o m í c H i s t o r y o f A r g e n t i n a ,
155-6.
6 MacCann. o p . c í L , i, 157.
7 Ibid., i, 157-8.
S rmd.! 1,30-1.
9 W. H. Hudson. F a r A w a y a n d L o n g A g o , 144.
10 Hamilton a Palmerston, Ns5,26 ene. 1835, PRO. FO 6/46.
11 Rosas a Terrero, Southampton, 21 nov. 1863,- Saídías, P a p e l e s d e R o z a s , II, 353-4.
12 D i a r i o d e S e s i o n e s 15 feb. 1828.
13 Ibid.
14 Pedro Ferré, M e m o r i a d e l b r i g a d i e r g e n e r a l P e d r o F e r r é , o c t u b r e d e 1821 a d i c i e m ­
b r e d e 184$ (Buenos Aires, 192Í>. 52.
15 Man.silla, B o z a s , 145.
16 Rosas a Pacheco, 24 de julio de 1828, Irazusta, V id a P o lí t ic a , i, 182; Rosas se refería a
su relación con Lavalls.
1” Rosas a Arana, 28 ag-1833, Celesta, R o s a s , a p o r t e s p a r a su historia, i, 530.
18 Pmsas a Josefa Gómez, 24 sepí. 1871, Ibarguren, J u a n M a n u e l d e R o s a s , 306.
19 José María Rexas a Rosas, 1 ene. 1862. Saídías, i-a e v o l u c i ó n r e p u b l i c a n a d u r a n t e Ja
r e v o l u c i ó n a r g e n t i n a (Madrid, 1919), 376-7.
20 Brown, A S o c i o e c o n o m i c H i s t o r y o f A r g e n t i n a , 158-9.
21 Sarmiento, F a c u n d o , 44-5,53-63,65.
22 Félix de Azara, V i a j e s p o r i a A m é r i c a M e r i d i o n a l (2 vals., Madrid, 1941), ii, 193.
23 Luis de la Cruz, “Viaje desde el fuerte de Ballenar hasta la ciudad de Buenos Aires ” ,
Pedro de Angelis, C o le c c ió n d e o b r a s y d o c u m e n t o s r e l a t i v o s a l a h i s t o r i a a n t ig u a y
m o d e r n a d e l a s p r o v i n c i a s . d e l R í o d e la P l a t a (2a ed., 5 vols., Buenos Aires, í SÍ0), i,
25
24 Sobre el gaucho, de una amplia bibliografía, véase Fernando A. Assuncáo, E l
G a u c h o (Montevideo, 1963); Emilio A. Com, E l G a u c h o : A r g e n t i n a , B r a s i l , U r u g u a y
(Buenos Aires, 1968). Véase MacCann, T w o T h o u s a n d M i l e s ' R i d e , i. 57.156; Lat­
ham, 35-6.
25 Latham, 249-50.
26 Azara, Viajes, ii, 188.
.345
27 Charles Blackford Mansfield, Paraguay, B r a z i l a n d t h e P l a t e ; L e t t e r s w r i t te n in
1852-53 (Cambridge, 1856), 271.
Latham, 326-7.
29 Benito Diaz. J u z g a d o s d e p a z d e c & m o a ú a d e l a p r o v i n c i a d e B u e n o s A i r e s (18211854.) (L aP lata. 1959).204-18.
'
30 Gori. V a g o s v m a l e n t r e t e n i d o s . 18.
31 Ibid., 53-8.
32 Pedro Andrés García, “Informe”, y -'Viaje1' , Angelis-, C o le c c ió n d e o b r a s y d o c u m e n ­
to s .- . R í o d e i a P l a t a , iii, 203-16,219-60.
33 Rodríguez Molas. H i s t o r i a s o c i a l d e l g a u c h o . 185-201.
34 Ibid.. 198-201.
35 Decreto del 19 de abril, 1822. Bagá, 106.
36 Decreto del 17 de julio, 1823. ibid., 203-4: Díaz. J u z g a d o s d e P a z , pp. 104-9. inste decre­
to permaneció en vigencia hasta i860 y aún tnás.
37 Díaz, J u z g a d o s d e p a z , 202-3.
38 Darwin, J o u r n a l . 80-1.
29 Ibid., 113.
40 Quesada, L a é p o c a d e R o s a s , 25,64; Astesano, 84-9.
41 Rosas al gobierno provincial, 1817, Montoya, Historia de ios saladeros a r g e n t i n o s , 41.
42 “Nota confidencial de Santiago Vázquez... relatando una conversación mantenida
en la noche del 9 de diciembre de 1829 con el gobernador de la provincia de Buenas Ai­
res Juan Manuel de Rosas”, Sampay, 131-2. Véase más arriba p. 363, nota 2.
43 Ayarrugaray, L a a n a r q u í a a r g e n t i n a y e l c a u d i l l i s m o , 115-16.
44 Damadrid, M e m o r i a s , ' 199, quien señala que cabalgaba con cautela cuando estaba
en compañía de Rosas,
45 Lafueste a Fría? 18 de abril, 1836, Gregorio F. Rodríguez, ed.. C o n t r i b u c i ó n h i s t ó r i ­
c a y d o c u m e n t a l 3 vals,, Buenos Aires, 1921-22) ü . 4 67-8, o f r e c e la descripción de una
fiesta gauchesca en Palermo.
46 Darwin, J o u r n a l , 53,113-14.
47 Lamas, “Agresiones de Rosas”, en E s c r i t o s p o l í t i c o s y l i t e r a r i o s . 17.
48 Ibid., 27, 367.
49 Gore a Palmerston, N° 26¡ 21 oct. 1833, PRO, FO 6/37.
50 Mandeville a Aberdeen. Ñ557, 7jul. 1842, PRO. FO 6/84.
51 Southern a Palmerston, 22 de noviembre, 1848, Comisión de Manuscritos Históricos,
Documentos de Palmerston, GC/SO/241, con autorización de los Fideicomisarios de
los Archivos Broadiands.
52 Sarmiento, F a c u n d o . 68.
53 - Lamadrid, Memorias', I; 199; para más evidencias, en 1828 véase Celesia. R o s a s ,
a p o r t e s p a r a s u h i s t o r i a , 1 ,33.
54 Gen, J. T. O’Brien a Aberdeen, ene. 1845, PRO, FO 6/110; véase más arriba, pp. 43,46,
. _ 47,
55' Rasaste Doña Encarnación. 23 nov. 1833, en R e v i s t a A r g e n t i n a d e C i e n c i a s P o l í t i c a s .
xxviíi, 118-26.
56 S a r m i e n t o , F a c u n d o , 2 8 ? .
57 Ouseley a Aberdeen, Nc 31,26 de julio de 1845, PRO, FO 6/104. Después de largas exi­
gencias de la guerra, el año 1845 fue, sin duda, particularmente difícil, pero estos mé­
todos de reclutamiento no eran excepcionales.
58 MacCann, T w o T h o u s a n d M i l e s ; R i d e , i, 154, quien usa los términos “peón nativo o
labrador", “campesino nativo” .
59 Rubén H. Zorrilla. E x t r a c c i ó n •s o c i a l d e l o s c a u d i l l o s 1810-1870 (Buenos Aires, 1972),
179-85.
60 Véase más arriba, Capitulo 2.
61 M e n s a j e , 1 ene, 1837, M e n s a j e s d e l o s g o b e r n a d o r e s , i, 109.
82 M e n s a j e , 3l die. 1835, ibid., i. 91; véase también Benito Díaz, J u z g a d o s d e p a z . 211,
234,
28
63
64
65
66
67
68
69
70
71
72
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83
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85
86
87
88
89
1Benito Díaz, J u z g a d o s d e p a z , 23-4, "0-3,134-40,
Ibid., 133.
Latham, 333.
Andrés R. Allende, “Un juez de paz de la tiranía: Aspectos de la vida en una parrotraia de Buenos Arres durante la énoca de Rosas” , I n v e s t i g a t i o n e s y E n s a y o s . 14
(1973), 167-204.
Msndevüle a Straugways. 18 o z t 1836, PRO,.FO 6/53.
MacCann, T w o T h o u s a n d M i l e s 1 R i d e , i, 162-3,
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Sobre la abolición véase J . F . King. “The Latin American Republics and the Supression of the Slave Trade”, HAHR. 24 (1844), 387A ll; Hebe ClementL La abolición déla
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Capitulo 4 UNA ARGENTINA ALTERNATIVA
1 Woodbine Parish, B u e n o s A y r e s , 103.
2 Ibid., 104-7.
3 Ramos Mejia, i, 277-8,
4 ‘ Gorí,.32
5 Lyman L. Johnson, “The Silversmiths of Buenos Aires: A Case Study in the Failure
of Corporate Social Organization” , J o u r n a l o f L a t i n A m e r i c a n S t u d i e s , 8, 2 (1976),
181-213.
6 Informe a P arísh de la Comisi0n.de Comerciantes Británicos, 31 die. 1827, incluido en
Parish a Bidwell, Nc 20, 31 die. 1827, PRO, FO 6/20: véase tambi
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