Subido por mlaudalto

Stuart Hall - Codificar y decodificar

Stuart Hall
Codificar y Decodificar
En: CULTURE, MEDIA Y LENGUAJE, London, Hutchinson, 1980. Pág. 129139
Traducción: Silvia Delfino
Tradicionalmente, la investigación en comunicación de masas ha
conceptualizado el proceso de comunicación en términos de circuito de
circulación. Este modelo ha sido criticado por su linealidad Emisor/Mensaje/Receptor- por su concentración en el nivel del intercambio de
mensaje y por la ausencia de una concepción estructurada de los diferentes
momentos como una estructura compleja de relaciones. Pero también es
posible (y útil) pensar este proceso en términos de una estructura producida y
sostenida a través de la articulación de momentos relacionados pero distintivos
-Producción, Circulación, Distribución/Consumo, Reproducción-. Esto llevaría a
pensar el proceso como una "estructura compleja dominante", sostenida a
través de la articulación de prácticas conectadas, cada una de las cuales,
retiene sin embargo, su carácter distintivo y tiene su modalidad específica
propia, sus propias formas y condiciones de existencia. Esta segunda
aproximación, homóloga a la que forma el esqueleto de la producción material
ofrecida en los Manuscritos y El Capital de Marx, tiene además la ventaja de
descubrir más agudamente cómo un circuito continuo -producción-distribuciónproducción- puede sostenerse a través del "pasaje de formas". También
ilumina la especificidad de las formas en que el producto del proceso "aparece"
en cada momento, y de ese modo, qué distingue "producción" discursiva de
otros tipos de producción en nuestra sociedad y en los sistemas de
comunicación modernos.
El "objeto" de estas prácticas es el significado y los mensajes en la forma de
vehículos de signos de una clase específica organizados, como cualquier forma
de comunicación o lenguaje, a través de las operaciones de códigos dentro de
la cadena sintagmática de un discurso. Los aparatos, relaciones y prácticas de
producción así concebidas, en un cierto momento (el momento de
producción/circulación) en la forma de vehículos simbólicos construidos dentro
de las reglas del "lenguaje". Este proceso requiere, de este modo, en el fin de
la producción, sus instrumentos materiales -sus "medios"- así como sus propios
equipos de relaciones sociales (de producción)- la organización y combinación
de prácticas dentro de los aparatos de los medios masivos de comunicación,
pero es en la forma discursiva que la circulación del producto tiene lugar, así
como su distribución a las distintas audiencias. Una vez completado, el
discurso debe entonces ser traducido-transformado nuevamente en prácticas
sociales si el circuito va a ser a la vez completado. Si no hay "significado"
puede no haber "consumo". Si no se articula el significado en la práctica, no
tiene efecto. El valor de esta aproximación es que mientras cada uno de los
momentos, en articulación, es necesario para el circuito como un todo, ningún
momento puede garantizar completamente el momento siguiente con que está
articulado. Desde que cada momento tiene su modalidad específica y sus
condiciones de existencia cada una puede constituir su propio corte o
interrupción del "pasaje de formas" de cuya continuidad depende el fluir de
producción efectiva (esto es, reproducción).
Así, no queriendo limitar la investigación "a seguir sólo aquellas líneas guías
que emergen de los análisis de contenido", debemos reconocer que la forma
discursiva del mensaje tiente una posición privilegiada en el intercambio
comunicativo (desde el punto de vista de la circulación), y que los momentos de
"codificación" y "decodificación" son momentos determinados, a través de una
"autonomía relativa" en relación con el proceso de comunicación como un todo.
Un hecho histórico no puede, de este modo, ser transmitido "en bruto" en, por
ejemplo, un noticiero televisivo. Los hechos pueden ser significados sólo dentro
de las formas auditivo-visuales del discurso televisivo. En el momento en que
un hecho histórico pasa bajo el signo del discurso, está sujeto a todas las
"reglas" complejas formales a través de las cuales el lenguaje significa. Para
decirlo en forma paradójica, el evento debe convertirse en una "historia/relato"
antes de que pueda convertirse en un evento comunicativo . En ese momento
las sub-reglas formales del discurso están "en función dominante", sin, por
supuesto subordinar la existencia del evento histórico así significado, las
relaciones sociales en las cuales las reglas trabajan o las consecuencias
sociales o políticas del evento que ha sido significado de este modo. La "forma
mensaje" es la "forma de aparición" necesaria del evento en este pasaje entre
la fuente y el receptor. De este modo la transposición dentro y fuera de la
"forma mensaje" (el modo de intercambio simbólico) no es un momento
"azaroso" que podamos olvidar o ignorar de acuerdo con nuestra conveniencia.
La "forma mensaje" es un momento determinado, aunque, a otro nivel,
comprende los movimientos superficiales del sistema de comunicaciones y
requiere, en otro nivel, ser integrado dentro de las relaciones sociales del
proceso de comunicación como un todo, del cual el sólo forma parte.
Desde esta perspectiva general, podemos caracterizar el proceso de
comunicación televisivo, grosso modo, como sigue. Las estructuras
institucionales de broadcasting, con sus prácticas y redes de producción, sus
relaciones organizadas o infraestructuras técnicas, se requieren para producir
un programa. Usando la analogía de El Capital éste es el "proceso de trabajo"
en el modo discursivo. La producción aquí, constituye el mensaje. En un
sentido, entonces el circuito comienza aquí. Por supuesto, el proceso de
producción no carece de su aspecto "discursivo": éste también está
estructurado a través de significados e ideas conocimiento en uso acerca de
las rutinas de producción, desempeños técnicos históricamente definidos,
ideologías profesionales, conocimiento institucional, definiciones y creencias,
creencias acerca de la audiencia, etc., la estructura o marco de constitución del
programa a través de su estructura de producción. Más aún, aunque las
estructuras de producción de televisión originan el discurso televisivo, ellas no
constituyen un sistema cerrado. Ellas reúnen temas, tratamientos, agendas,
eventos, personas, imágenes de audiencia, "definiciones de situación" de otras
fuentes y otras formaciones discursivas dentro de estructuras políticas y socioculturales más amplias, de las cuales son sólo una parte diferenciada. Philip
Elliot expresó esto suscintamente, dentro de un marco de trabajo más
tradicional, en su discusión sobre el modo en que la audiencia es a la vez
"origen" y "receptor" del mensaje televisivo. Así, tomando prestados términos
de Marx -circulación y recepción son, en efecto, "momentos" del proceso de
producción en televisión y son incorporados mediante un número de
retroalimentaciones estructuradas e indirectas, en el proceso mismo de
producción.
El consumo y recepción del mensaje televisivo es también él mismo un
"momento" del proceso de producción en un sentido más amplio, a pesar de
ser el último en "predominante" porque es el "punto de partida de la
efectivización" del mensaje. La producción y recepción del mensaje televisivo
no son, por lo tanto, idénticas pero están relacionadas: son momentos
diferenciados dentro de la totalidad formada por las relaciones sociales del
proceso comunicativo como un todo.
En cierto punto, sin embargo, las estructuras de radiofonía deben ofrecer
mensajes codificados en la forma de discurso significativo. Las relaciones
institucionales y sociales de producción deben pasar por las reglas discursivas
del lenguaje para que su producto se haga efectivo. Esto inicia un momento
diferenciado posterior, en el cual las reglas formales del discurso y de lenguaje
están en función dominante. Antes de que este mensaje pueda tener un
"efecto", satisfacer una "necesidad" o ser puesto en "uso" debe primero ser
apropiado en tanto discurso significativo y estar significativamente codificado.
Es este conjunto de significados codificados el que "tiene un efecto", influye,
entretiene, instruye o persuade, con consecuencias de comportamiento,
porceptuales, cognitivas, emocionales, ideológicas muy complejas. En un
momento "determinando" el "mensaje" a través de su decodificación seemite
dentro de la estructura de las prácticas sociales. Estamos completamente
advertidos de que esta re-entrada en las prácticas de recepción de audiencia y
"uso" no puede ser entendida en términos simples de conductismo. Los
procesos típicos identificados en la investigación positivista como elementos
aislados -efectos, usos, "gratificación"-, están ellos mismos encuadrados en
estructuras de entendimiento, a la vez que son producidos por relaciones
sociales y económicas que modelan su "efectivización" en la recepción al final
de la cadena y que permitan que los contenidos significados en el discurso
sean transpuestos en práctica o conciencia (para adquirir valor de uso social o
efectividad política).
Obviamente lo que hemos etiquetado en el diagrama como "estructuras
significativas 1" y "estructuras significativas 2" pueden no ser las mismas. No
constituyen una "inmediata identidad". Los códigos de codificación y
decodificación pueden no ser perfectamente simétricos. Los grados de simetría
-esto es, los grados de "comprensión" o "incomprensión" en el intercambio
comunicativo-depende de los grados de simetría/asimetría (relaciones de
equivalencia) establecidos entre las posiciones de " personificaciones",
codificador-productoy y decodificador-receptor. Pero esto a su vez depende de
los grados de identidad - no identidad entre los códigos que perfecta o
imperfectamente transmiten, interrumpen o sistemáticamente distorcionan lo
que tiene que ser transmitido. La ausencia de ajuste entre los códigos tiene
mucho que ver con las diferencias estructurales de relación y posición entre los
emisores radiales y las audiencias, pero también tiene algo que ver con la
asimetría entre los códigos de la "fuente" y el "receptor" en el momento de
transformación dentro y fuera de la forma discursiva. Lo que se llama
"distorsiones" o "malentendidos" surge precisamente por la falta de
equivalencia entre dos lados del intercambio comunicativo. Una vez más, esto
define la "autonomía relativa" pero "determinación" de la entrada y salida del
mensaje en sus momentos discursivos.
La aplicación de este paradigma rudimentario ha comenzado a transformar ya
nuestra comprensión del viejo término, "contenido" televisivo. Estamos
comenzando a ver cómo puede también transformar nuestra comprensión de la
recepción de la audiencia, "lectura" y respuesta. Los comienzos y los finales ya
han sido anunciados antes en la investigación de comunicaciones, por lo tanto
debemos ser cuidadosos. Pero parece haber base para pensar que se está
abriendo una faz nueva y excitante en la llamada investigación de audiencia,
pero de un nuevo tipo. En cualquiera de los extremos de la cadena
comunicativa el uso del paradigma semiótico promete disipar el behaviorismo
que ha entorpecido la investigación en medios masivos por tanto tiempo,
especialmente en esta aproximación al contenido. Aunque sepamos que el
programa de televisión no es un input de conducta, ha sido casi imposible para
los investigadores tradicionales conceptualizar el proceso comunicativo sin
patinar en una u otra variante del behaviorismo de corto vuelo. Sabemos como
Gerbner ha indicado que las representaciones de violencia en la pantalla de
televisión "no son violencia sino mensajes acerca de violencia" pero hemos
continuado investigando la cuestión de la violencia, por ejemplo, como si
fuéramos incapaces de comprender la distinción epistemológica.
El signo televisivo es complejo. Está constituido por la combinación de dos
tipos de discurso, visual y auditivo. Más aún, es un signo icónico, en la
terminología de Pierce, porque "posee algunas de las propiedades de la cosa
representada". Este es un punto que ha conducido a grandes confusiones y ha
instalado una intensa controversia en el estudio del lenguaje visual. En la
medida en que el discurso visual traspone un mundo tridimensional a planos
bidimensionales, no puede, por supuesto ser el referente o concepto que
significa. Un perro en una película puede ladrar pero no puede morder. La
realidad existe fuera del lenguaje pero está constantemente mediada por y a
través del lenguaje en relaciones y condiciones reales. Así no existe un
discurso inteligible sin la operación de un código icónico y los signos son por lo
tanto signos codificados también -aún si los códigos funcionan en forma muy
diferente aquí en los de otros signos. No hay grado cero en el lenguaje. En el
naturalismo y "realismo" la aparente fidelidad de la representación de la cosa o
del concepto representado, es el resultado, el efecto de una específica
articulación del lenguaje sobre lo "real". Es el resultado de una práctica
discursiva.
Ciertos códigos pueden, por supuesto, estar tan ampliamente distribuidos en el
lenguaje específico de una comunidad o cultura, y haber sido aprendidos a tan
temprana edad, que puede parecer que no están construidos -el efecto de una
articulación entre signo y referente- sino ser dados "naturalmente". Los signos
visuales simples parecen haber adquirido una "casi-universalidad" en este
sentido: aunque reste evidencia de que son aparentemente códigos visuales
"naturales" son específicos de una cultura. Sin embargo, esto no significa que
no existan códigos que han sido profundamente "naturalizados". La operación
de códigos naturalizados revela no la transparencia y "naturalidad" del lenguaje
sino la profundidad del hábito y la "casi-universalidad" de los códigos en uso.
Ellos producen reconocimientos aparentemente "naturales". Esto tiene el efecto
(ideológico) de ocultar las prácticas de codificación que están presentes. Pero
no debemos ser engañados por las apariencias. En realidad lo que el código
naturalizado demuestra es el grado de hábito producido cuando hay un vínculo
y reciprocidad -una equivalencia- entre los extremos de codificación en un
intercambio de significados. El funcionamiento de los códigos en el extremo de
la decodificación frecuentemente asumirá el status de percepciones
naturalizadas. Esto conduce a pensar que el signo visual de "vaca" en realidad
es (más que representa) el animal, vaca. Pero ni pensamos en la
representación visual de una vaca en un manual y más aún en el signo
lingüístico "vaca" -podemos ver que ambos, en diferentes grados son
arbitrarios con respecto al concepto de animal que ellos representan. La
articulación de un signo arbitrario -ya sea visual o verbal- con el concepto de un
referente es el producto, no de la naturaleza sino de la convención, y la
convención de los discursos requiere la intervención, el soporte, de códigos.
Así Eco sostiene que los signos icónicos "lucen como los objetos en el mundo
real porque reproducen las condiciones (esto es, los códigos) de percepción en
el sujeto que los ve". Estas "condiciones de percepción" son, sin embargo, el
resultado de una alta codificación, (aún si son virtualmente inconscientes) de
un conjunto de operaciones de decodificación. Esto es tan cierto con respecto a
la imagen fotográfica o televisiva como lo es de cualquier otro signo. Los signos
icónicos son, sin embargo particularmente vulnerables de ser leídos como
naturales porque los códigos de percepción visual están ampliamente
distribuidos y porqué este tipo de signo es menos arbitrario que el lingüístico: el
signo lingüístico "vaca" no posee ninguna de las propiedades de la cosa
representada, mientras que el signo visual parece poseer algunas de estas
propiedades.
Esto puede ayudarnos a clarificar la confusión en la teoría lingüística y a definir
con precisión algunos términos claves que se utilizan en este artículo
La teoría lingüística frecuentemente emplea la distinción entre "denotación" y
"connotación". El término "denotación" se equipara con el sentido literal de un
signo. "Connotación" en cambio suele ser empleado simplemente para referirse
a significados menos fijados y por lo tanto más convencionalizados,
asociativos, los cuales varían y dependen de la intervención de códigos.
Nosotros no usamos la distinción denotación/connotación en este sentido.
Desde nuestro punto de vista se trata de una distinción analítica que no debe
ser confundida con distinciones en el mundo real. Hay muy pocas instancias en
que los signos organizados en un discurso signifiquen sólo su sentido "literal"
(es decir, un consenso casi universal).
En el discurso real la mayoría de los signos combinan ambos aspectos, el
denotativo y el connotativo. Se puede preguntar entonces si es útil mantener
esta distinción. El valor analítico reside en que el signo parece adquirir su valor
ideológico pleno -parece estar abierto a la articulación con discursos y
significados ideológicos más amplios- en el nivel de los significados
"asociativos" (esto es, en el nivel connotativo) -porque los significados no están
fijados en una natural percepción (no están naturalizados) y su fluidez de
significado y asociación puede ser más ampliamente explotada y transformada.
Por lo tanto, es en el nivel connotativo del signo que las situaciones ideológicas
alteran y transforman la significación. En este nivel podemos ver más
claramente la intervención de las ideologías en y sobre el discurso: aquí el
signo se abre a nuevos acentos, entonaciones y, en términos de Voloshinov,
entra plenamente en una lucha acerca de las significaciones, la lucha de clases
dentro del enunciado. Esto no significa que el significado denotativo o "literal"
está fuertemente fijado porque se ha vuelto tan plenamente universal y
"natural". Los términos "denotación" y "connotación" entonces son herramientas
analíticas, no para distinguir en contextos particulares, entre la
presencia/ausencia de ideología en el lenguaje sino para distinguir los
diferentes niveles en los cuales ideologías y discursos se interceptan.
El nivel de la connotación en el signo visual, de su referencia contextual y
posición en los diferentes campos discursivos de significación y asociación, es
el punto donde los signos ya codificados se intersectan con los códigos
semánticos profundos de una cultura y toman una dimensión ideológica
adicional, más activa. Podemos tomar un ejemplo del discurso publicitario. Aquí
tampoco existe lo puramente denotativo y ciertamente no hay representación
"natural". Todo signo visual en publicidad connota una cualidad, situación, valor
o inferencia, que está presente como un significado de implicancia o
implicación que depende de su posición connotacional. En el ejemplo de
Barthes, el sweater siempre significa "abrigo cálido" (denotación) y de allí la
actividad/valor de "conservar el calor". Pero en sus niveles más connotativos
también puede significar "la llegada del invierno" o "un día frío". Y en subcódigos de la moda especializados sweater puede significar muy diversas
cosas.
En este nivel claramente se contrae relaciones del signo con un universo de
ideologías en la sociedad. Estos códigos son los medios por los cuales el poder
y la ideología significan en los discursos particulares. Ellos remiten los signos a
los "mapas de significados" en los cuales cualquier cultura está clasificada; y
estos "mapas de realidad social" tienen un amplio espectro de significados
sociales, prácticas, usos, poder e intereses "escritos" en ellos. Los niveles
connotativos de significación como resalta Barthes, "tienen una estrecha
comunicación con la cultura, el conocimiento, la historia, y es a través de ellos
que el contexto, entorno del mundo invade el sistema lingüístico y semántico.
Ellos son, fragmentos de ideología" (Barthes R: Elementos de semiología).
El sí llamado nivel denotativo del signo televisivo está fijado por ciertos códigos
muy complejos pero limitados o "cerrados". Su nivel connotativo, aunque
también está limitado, es más abierto, sujeto a transformaciones más activas,
que explotan sus valores polisémicos. Cualquier signo ya constituido es
potencialmente transformable en una configuración connotativa (o varias). La
polisemia no debe ser confundida sin embargo con el pluralismo. Los códigos
connotativos no son iguales entre ellos. Cualquier sociedad o cultura tiende,
con diferentes grados de clausura, a imponer sus clasificaciones del mundo
político, social y cultural. Estas constituyen el ORDEN CULTURAL
DOMINANTE aunque nunca sea unívolco o no contestado. La cuestión de la
"estructura de discursos dominantes" es un punto crucial. Las diferentes áreas
de la vida social están diseñadas a través de dominios discursivos
jerárquicamente organizados en significados dominantes o preferentes. Los
eventos nuevos, problemáticos o conflictivos que quiebran nuestras
expectativas o nuestras construcciones de sentido común, deben ser
asignados a sus dominios discursivos antes de que puedan "tener sentido". El
modo más común de ubicar en el "mapa" estos hechos es asignar lo nuevo a
algún dominio de los existentes en el "mapa de la realidad social problemática".
Decimos "dominantes" y no "determinantes" porque siempre es posible
ordenar, clasificar y decodificar un evento dentro de más de uno de los
dominios. Pero decimos "dominante" porque existe un patrón de "lecturas
preferentes" y ambos llevan el orden institucional/político e ideológico impreso
en ellos y se han vuelto ellos mismos institucionalizados. Los dominios de los
significados "preferentes" están embebidos y contienen el sistema social como
un conjunto de significados, prácticas y creencias: el conocimiento cotidiano de
las estructuras sociales, de "cómo funcionan las cosas para todos los
propósitos prácticos en esta cultura", el rango de poder e interés y la estructura
de limitaciones y sanciones. Entonces para clarificar un "malentendido" en el
nivel connotativo, debemos hacer referencia, a través de los códigos, a los
órdenes de la vida social, del poder económico y político. Más aún, en tanto
estos campos están estructurados en "dominantes" pero no cerrados, el
proceso comunicativo, consiste no en una asignación aproblemática de cada
item visual a su posición dada dentro de un conjunto de códigos pre-asignados,
sino que consiste en reglas performativas -reglas de competencia y uso, de
lógicas -en uso- que buscan activamente reforzar o proferir algún dominio
semántico sobre otro del mismo modo que items o normas dentro y fuera de
sus conjuntos apropiados de significaciones. La semiología formal ha
descuidado a menudo esta práctica de trabajo interpretativo aunque constituya
de hecho, las relaciones reales de transmisión de prácticas en televisión.
Al hablar de significaciones dominantes, entonces, no estamos hablando de un
lado del proceso que gobierna cómo los hechos serán significados. Consiste en
el "trabajo" necesario para reforzar, ganar plausibilidad y dirigir como legítima la
decodificación de un evento dentro del límite de definiciones dominantes en las
cuales ha sido connotativamente significado. Terni ha resaltado: "con la palabra
lectura no queremos decir sólo la capacidad de identificar y descodificar un
cierto número de signos, sino también la capacidad subjetiva de ponerlos en
una relación creativa entre ellos y otros signos: una capacidad que es, por sí
misma, la condición para una conciencia completa del entorno total de cada
uno" ("Entendiendo la Televisión").
Nuestra discusión aquí es con la noción de "capacidad subjetiva", como si el
referente de un discurso televisivo fuera un hecho objetivo pero el nivel
interpretativo fuera un asunto individualizado y privado. El caso parece ser el
opuesto. La práctica televisiva toma la responsabilidad "objetiva" (esto es,
sistemática) precisamente por las relaciones que vinculan los signos con otros
en cualquier instancia discursiva, y así, continuamente reacomoda, delimita y
prescribe dentro de qué "conciencia del entorno total de uno" se incluyen estos
items.
Esto nos lleva al problema de los "malentendidos". Los productores de
televisión que encuentran que sus mensajes "fracasan en ser comunicados"
están frecuentemente preocupados por ordenarnos, alisar los pliegues en la
cadena de comunicación. La mayoría de las investigaciones que reclaman la
objetividad de un "análisis de planificación" reproduce el objetivo administrativo
tratando de descubrir en qué medida la audiencia reconoce un mensaje y de
incrementar el grado de comprensión. Sin duda existen malentendidos de tipo
literal. Si un televidente no conoce los términos empleados, no puede seguir la
lógica compleja del argumento o la exposición, por no estar familiarizado con el
lenguaje. Pero es más frecuente que los productores se preocupen porque la
audiencia no ha entendido el significado como ellos intentan transmitirlo. Lo
que quieren decir es que los televidentes no están operando dentro del código
"dominante". Su ideal es el de una "comunicación perfectamente transparente".
En cambio, con lo que tienen que confrontarse es con una "comunicación
simultáneamente distorsionada".
En los últimos años las discrepancias de este tipo han sido explicadas
habitualmente refiriéndose a la "selección perceptiva". Esta es la puerta a
través de la cual el pluralismo residual evade las compulsiones de un proceso
altamente estructurado, asimétrico y no equivalente. Por supuesto, habrá
siempre lecturas privadas, individuales y variables. Pero "percepción selectiva"
no es prácticamente nunca tan selectiva, casual o privada como el término
parece sugerir.
Los patrones, normas, exhiben a través de las variantes personales,
confluencias. Y una nueva aproximación a los estudios de audiencia deberían
comenzar con una crítica de la teoría de la "percepción selectiva".
Se argumentó antes que no existe correspondencia necesaria entre
codificación y decodificación, la primera puede intentar dirigir pero no puede
garantizar o prescribir la última que tiene sus propias condiciones de existencia.
A no ser que sea dislocada, la codificación tendrá el efecto de construir alguno
de los límites y parámetros dentro de los cuales operará la decodificación. Si no
hubiera límites la audiencia podría simplemente leer lo que se le ocurriera en
un mensaje. Sin duda existen algunos "malentendidos totales" de este tipo.
Pero el espectro vasto debe contener algún grado de reciprocidad entre los
momentos de codificación y decodificación, pues de lo contrario no podríamos
establecer en absoluto un intercambio comunicativo efectivo. De cualquier
forma esta "correspondencia" no está dada sino construida. No es "natural"
sino producto de una articulación entre dos momentos distintivos. Y el primero
no puede garantizar ni determinar, en un sentido simple, qué códigos de
decodificación serán empleados. De lo contrario el circuito de la comunicación
sería uno perfectamente equivalente, y cada mensaje sería una instancia de
una "comunicación perfectamente transparente".