F Quesada Sanz 2008 2nd ed 2014 Armas de

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QVESADA SANZ
Il u strac io nes
CARLOS FERNÁNDEZ DEL CASTILLO
DE
RECIA y ROMA
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FORJARON LA HI STOR1A DE LA
ANTIGÜ EDAD C LÁSICA
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Primera edición: febrero de 2008
Primera edición rúsrica: febrero de 2014
Quedan rigurosamente prohibidas, sin la auwrización escrira de los rirulares del copyright, bajo las sanciones esra­
blecidas en las leyes, la reproducción wral o parcial de esta obra por cualquier méwdo o procedimiento, compren­
didos la reprografía y el tratamiento informático, y la distribución de ejemplares de ella medi ante al quiler o prés­
tamo públicos.
© Fernando Quesada Sanz, 2008
© De las ilustraciones: Carlos Fernández del Castillo, 2008
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Avenida de Alfonso XlII, 1, bajos
28002 Madrid
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ISBN: 978-84-9060-073-3
Depósito legal: M. 2.474-2014
Forocomposición: IRe, S.L.
Impresión: Anzos
Encuadernación: De Diego
Impreso en España-Printed in Spain
Índice
Introducción ................ ... ............. .......... .. :........................................................................... ............... 11
Primera parte
El mundo griego arcaico, clásico y helenístico
Capítulo l . La guerra en la Grecia arcaica y clásica ........ ...................... .... ................................ ........
17
Capítulo 2. Un caso único: el escudo hoplita .............................................................. .. ..................
Capítulo 4. Hasta en La guerra de las galaxias: el casco corintio .................................... .... .. .... ........
Capítulo 5. Proteger la espinilla: las grebas ......................................... ........ .....................................
Capítulo 6. Termópilas. Una derrota aplastante convertida en victoria ... moral.............. .................
27
33
39
45
49
Capítulo 7. «No es tan fiero el espartano... »: la batalla de Esfacteria (425 a.e.) ..................... ....... ..
71
Capítulo 8. ¡Mercenario! El so ldado profesional en el antiguo Mediterráneo ...................................
91
109
115
121
127
135
155
173
185
191
195
Capítulo 3. Arma y coraza: una competición sin fin .......................................................................
Capítulo 9. Un escudo exótico: la pelta .............. .. .......... ......................... .............. ............... ...........
Capítulo 10. Una peligrosa arma de los pobres: la honda .............................. .. .. ... .................. ...... ...
Capítulo 11. El arco compuesto , una obra maestra de la mecánica .................. ...............................
Capítulo 12. De la lanza a la pica ............................ .. ......................................................................
Capítulo 13 . El ejército de Filipo y Alejandro Magno .....................................................................
Capítulo 14. El día en que Alejandro pudo morir: la batalla del Gránico .. .. ....................................
Capítulo 15. El asedio de Tiro. La guerra en su forma más salvaje ................................................. .
Capítulo 16. La primera artillería .... ........................ .. .... .. ........................ ....... ........ .........................
Capítulo 17. «Arco de vientre»: la primera ballesta ......... ........................ ......... ............................. ...
Capítulo 18. Helepolis: conquistadora de ciudades ...... ............................................................... .. ...
Capítulo 19. Elefante: un arma de doble filo ............................................................................... ... 201
Capítulo 20. Guerra biológica en la Antigüedad clásica ................................................................... 207
Segunda parte
Roma, de la República a la caída del Imperio
Capítulo 21. Los ejércitos de Roma ................................................................ .. .............................. 213
Capítulo 22. El pilum .................... ......... ........................ ... ............................... .... .......................... 225
Capítulo 23. Gladius hispaniensis: la terrible espada de origen hispano ............................................ 233
Capítulo 24. Pugio: el puñal legionario ............................ ......................... .. .... ......... .................. ..... 239
Capítulo 25. Scutum: el escudo de forma ovalo rectangular ........................................................... 243
Capítulo 26. Que inventen ellos: la cota de malla .. .. ............. ........ .................................................. 249
Capítulo 27. El casco «gorra de jockey» ............................................................ ... .......................... 255
Capítulo 28. Aníbal contra Escipión: la batalla de Zama .... .... ........................................................ 261
Capítulo 29. Combatiendo en mar como en tierra: el corvus ............................... .. ......................... . 277
7
Ar mas ti c' Gr ee I a y Ro In a
11--------------------
Capítulo 30. La prehistoria de la mina terresrre ............................................................................... 281
Capítulo 3l. Enseñas militares: esenciales en la batalla y símbolos sagrados de la unidad ................ 287
Capítulo 32. Los cascos romanos de época imperial. Luchando contra gigantes .............. .. .............. 297
Capítulo 33. Romanos de Astérix: la lorica segmentata .. .................. .. ........................ .. ......... ............ 303
Capítulo 34. La matanza de Teuroburgo ........................................................................................ .. 309
Capítulo 35. Las armas de los gladiadores .. ........................... ... ............................................... .. ....... 323
Capítulo 36. La primera silla de montar .. ............ ................... .................. ....... ..................... ... ....... 331
Capítulo 37. El bocado de caballo ................................................................................................... 337
Capítulo 38. ¡Roma saqueada! El fin del mundo ......................................................... .... ................ 343
Capítulo 39. El estribo: ¿un accesorio sobreestimado? ........ ......... ... ........ ..... .. .................. ........... ..... 359
Capítulo 40. Fuego griego .... ....................... .... .................................... .. ...... ........ .......... .. ....... .. ....... 363
Capítulo 41. Legionarios por la avenida: la recreación histórica ........................................ .. ............. 367
Bibliografía ........ ... .......... ... ...... .... ...................... ............ .... ... ..... .. ........ ... .......... .............. ..... .... .. ...... 379
8
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¡Mercenario! El oIdado
profesional en el antiguo Mediterráneo
«Mi lanza cuece mi pan y despacha vino de Ismaro ; en la
lanza me apoyo cuando bebo». Así describía su medio de vida
Arquíloco de Paros, hijo bastardo de padre noble y esclava tracia,
aventurero y mercenario, hoy más conocido como uno de los creado­
res de la poesía lírica griega: «Soy yo, a la vez, servidor del divino Ares
y conocedor del amable don de las Musas». Vivió aproximadamente
entre los años 680 y 640 a.c., y por lo que de sus poemas nos ha lle­
gado vemos que sabía de cerca qué es la guerra: «No quiero a un jefe
erguido y pavonean te) adornado con rizos y esmerado en afeites.
Prefiero uno pequeño y patizambo, pero que pise firme y sea valiente».
Era un veterano cínico y curtido que, al contrario que en la ética
espartana, prefería huir hoy si las cosas venían mal dadas, para poder
luchar arra día : «El escudo que arrojé de mal grado en un arbustO ,
soberbia pieza) ahora lo blande un tracia; pero salvé la vida. ¿Qué me
importa el escudo? Otro tan bueno puedo comprarme». Un hombre
que se mofaba de sus victorias: «Siete son los muertos, que a la carrera
alcanzamos, y los matadores somos mil». No tenía Arquíloco falsas ilu­
siones: «El mercenario, Glauco, es apreciado en tantO que combata».
Murió en batalla, luchando por su ciudad contra los de Naxos, y se
cuenta que la Pitia expulsó a su matador del templo délfico por haber
acabado con un servidor de las Musas. Arquíloco de Paros es uno de
los primeros ejemplos individuales conocidos de una figura que sería
importante, y cada vez más, en la azarosa histOria del Mediterráneo
arcaico, clásico y helenístico: el mercenario.
e a p
Sobre todo desde Erasmo de Rotterdam y su escuela renacen­
tista, pero también desde antes, la profesión de mercenario -es decir, la
profesionalidad en un mundo de militares amateurs primero, y el ser­
vicio bajo bandera ajena después- ha adquirido y retenido un signi­
ficado despectivo. y) sin embargo, mercenario es, en general, quien
trabaja por un salario; y, en el subconjunto de los militares) merce­
narios hubo ya en la Antigüedad que marchaban prestados por un
Estado a luchar por Otro, siguiendo acuerdos y tratados plenamente
regulados, como los que hubo entre Rodas y diversas ciudades creten­
91
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Rt:pr~S~l1r;IL¡,ín cl~
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un guar~ro hoplita
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«Mercenario'" ¿un (érmino peyorativo?, ¿un er despreciable?
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\o[UscO :-¡.1CiOIl31.
~
Armas de Grec i a y Ro ma
1-1----------­
capítulo
ses, tales como Hierapytna. Y otros, como los Diez Mil de ]enofonte,
eran profesionales plenamente orgullosos de sus capacidades, cuyo es­
tatus último dependía de la victoria de la causa que defendían. Pues
vae victis!, la muerte de Ciro en Cunaxa les dejó solos y aislados en
medio de un imperio hostil; pero si Ciro hubiera vivido, y Artajerjes
muerto, hubieran sido héroes. Hoy, cuando la voz «mercenario» se
aplica sólo a los Bob Denard, Blackwater y compañía, es políticamen­
te incorrecto hablar del soldado profesional como de un mercenario,
pero recordemos que esto no ha sido siempre así. Ya desde los sharda­
Ésee es el aspecto que pudo tenn
Arq uíloco en 1 segunda rojead dd
s. VI I a.e. Lleva un casco del (ipo
llamado "ilirio», aLlllque po iblemente
tiene su origen en el Pe/opone o;
una coraza de bronce llamada "de
e;¡mpanaOl, y greba~ . Es, pu~,
un ejemplo de los . hombres de bronce"
descriros por Herodmo.
Bebe vino de una copa o cotila
de esti lo prowcorintio, muy
de moda en la época.
92
- - - - - - - - - - - - - - l I IMerCe nario! El soldado profesiona l
~
c a p ítul o
na y los medjay que combatieran por un sueldo al serVICIO de los
faraones egipcios, la de mercenario fue profesión plenamente asenta­
da y a menudo respetable en los Estados de la Antigüedad.
La po lis y los mercenarios
El genio griego produjo entre finales del s. V1II y principios
del VII a.e. un sistema nuevo para organizar la comunidad, la po­
lis, que sólo con imprecisión puede traducirse como «ciudad Estado».
Porque, a diferencia de otros sistemas anteriores basados en unidades
territoriales reducidas y articuladas en torno a un centro urbano, la
polis implicaba además que los hombres -aunque fuera sólo un por­
centaje pequeño de quienes vivían en ese territorio- se otorgaban a sí
mismos unos instrumentos de gobierno y unas formas de organiza­
ción que, sin prescindir de la protección de dioses tutelares, sí limita­
ban considerablemente la intervención de lo sobrenatural en la polí­
tica (véase Capítulo 1) .
Puesto que la guerra era una actividad estacional casi tan
constante como la cosecha o la siembra, la participación en el ejérci­
to era a la vez requisito y consecuencia natural de la ciudadanía de la
polis. El hoplita era un miliciano a tiempo parcial, que cada verano
tomaba las armas, a menudo padre con hijo, y vecino con vecino , en
las apretadas filas de la falange. Incluso Esparta, tantas veces citada
como una excepción , se atiene en lo esencial a esta regla. Así pues,
durante al menos tres siglos la guerra fue en la Hélade fundamental­
mente cuestión de milicias de propietarios agrícolas, guerreros a tiem­
po parcial -aunque bastante bien encuadrados y organizados-o Sólo la
extensión de la guerra a los largos inviernos, y año tras año, a partir de
la Guerra del Peloponeso (431-404 a.e.) (véase Capítulos 1 y 7) cam­
bió definitivamente el sistema militar heleno, introduciendo una cre­
ciente profesionalización de los ejércitos, formados cada vez más por
soldados y no por guerreros, ya fueran ciudadanos o mercenarios.
Sin embargo, el fenómeno del mercenariado, que es esencial
para entender el funcionamiento de los ejércitos griegos a partir del
S. IV a.e. y durante todo el periodo helenístico, tiene muy antiguas
raíces que se remontan al mismo momento de la aparición del sistema
de poleis. La diferencia básica estriba en que durante los ss. V1I-V a.e. ,
los mercenarios de origen heleno sirvieron mayoritariamente al servicio
de reinos bárbaros -esto es, no griegos- como Lidia o Persia, indi­
vidualmente o en unidades, mientras que unas pocas poleis griegas
emplearon como policía o tropas auxiliares unidades normalmente
pequeñas de origen bárbaro, sobre todo arqueros escitas.
En cambio, a partir de comienzos del S. IV a.e., la gravísima
crisis causada -entre otras cosas- por la recién concluida Guerra del
Peloponeso dejó grandes contingentes de tropas helenas desmoviliza­
das y desarraigadas, dispuestas a ponerse al servicio del mejor pagador,
griego o bárbaro. Es de notar que, incluso tras las guerras Médicas , fue
habitual que grandes contingentes de mercenarios griegos sirvieran
93
~
Ar ma s de Gr ecia y Roma
1-1----------­
capítulo
sin vergüenza ni deshonor al Gran Rey persa, e incluso que, cuando
en 334 a.e. Alejandro atacó Persia, combatieran con dureza contra el
ejército del macedonio.
Los qu e cobran sa lari o
El término griego para los mercenarios era xenoi, literalmente
«extraños», lo que entre otras cosas implica un sentido de alteridad.
También se les llamó misto ifo roi, esto es, «que cobran paga», o epiku­
roi, «que auxilian», y en algunos casos doryforoi (lanceros).
Los testimonios precisos más antiguos sobre mercenarios hele­
nos se remontan a mediados del s. VII a.c., poco después de la apari­
ción de la táctica de falange asociada a la nueva panoplia hoplita basa­
da en el escudo circular o aspis (véase Capítulos 1 y 2). Los «hombres
de bronce» que asombraron a los egipcios y les ayudaron a expulsar a
los asirios (véase recuadro en pág. 105); o Antimenidas, hermano del
poeta Alcea, que combatió como mercenario de los babilonios a fina­
les del s. VII a.c., o incluso los versos de Arquíloco, son una nueva
clase de soldados profesionales, pesadamente armados, de origen a
menudo jonio o cario -estos últimos gentes no griegas del sur de
Anatolia, pero íntimamente relacionados con los helenos-, y sobre
todo conocidos en tanto que individuos, uno de los rasgos definito­
rios de lo heleno.
Aunque sin duda hubo aventureros aristocráticos lanzados por
su carácter a una vida azarosa, como el mismo ]enofonte, parece claro
que el mercenariado griego, sobre todo desde el s. V a.c., tuvo funda­
mentalmente una base económica, lo mismo que el de los bárbaros al
servicio de ciudades griegas, y esto se hace evidente tras la desastrosa
Guerra del Peloponeso (431-404 a.c.), cuando el número de merce­
narios, veteranos desarraigados, aumentó exponencialmente. Hay
además textos explícitos, como los del orador ateniense Isócrates, que
en la segunda mitad del s. IV exponía la miseria de masas enteras de
población impulsadas al mercenariado. Iseo, un ateniense de media­
dos del s. IV especializado en escribir discursos (logógrafo), especial­
mente en demandas de herencia, nos ha transmitido la historia de dos
hermanos varones huérfanos que vendieron sus tierras para poder dar
dote a sus dos hermanas y que, así arruinados, marcharon como mer­
cenarios a Tracia bajo el mando del general lfícrates.
Este fenómeno se hace más claro aún cuando se analiza la pro­
cedencia de los mercenarios: los primeros fueron carios no griegos, y
jonios, griegos del Este; luego, los mejores núcleos de reclutamiento
fueron las regiones agrestes interiores del Peloponeso, como Arcadia,
o la atrasada Creta. Y entre las fuentes de aprovisionamiento de mer­
cenarios auxiliares especialistas de origen bárbaro destacaron siempre
los tracias, armados a la ligera como peltastas, y los arqueros escitas,
empleados como policía en Atenas. Mercenarios de la misma proce­
dencia podían encontrase contratados por bandos distintos, y enfren­
tados entre sÍ, como ocurrió con los arcadios en Sicilia en 415 a. C.
94
- - - - - - - - - - - - - - 1 I IM erCen ariol El sold a o prof esi onal
~
cap ít ulo
7im'o/Ol'fll) pdtJ.u mercenario gnt:gu
de principio' <Id "l'lo 11 a . en hid
:-.. knor, JI '<:1'\'11.;10 de un reino
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Ih lerro, 1I en guerrilla ror Id.\ montañ.b,
por III yuc \U polivalt:ncia I,IS hizo
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princip.tl , aclem,h dd C.l,l..() d..- bronu:
r>CuJolllrintio. e el mreos \'ariaIHc
hclcllI>uca del SC/IIItIl/ u escudo oval
cmplt:ado, Jdt:mis, por los re mallo l'
J() edras ( 1·¿tI>l' (J.jJllulo 2" ).
Durante los ss. VlI y Vl a.C. su número parece haber sido
reducido en la Grecia propiamente dicha, donde los tiranos recluta­
ron grupos como guardias personales, que oscilarían en torno a los
300 hombres en muchos casos, e incluso Herodoto cuenta (3, 120)
que Polícrates de Samas consiguió la tiranía sublevándose con quin­
ce hoplitas. En cambio, los contingentes al servicio de los grandes
reyes del Este y del Sur, como Lidia o Egipto, pueden haber ascendi­
do a algunos millares durante los ss. VlI-V a.e. Durante la Guerra del
Pe/oponeso, a partir de mediados del s. v, no sólo aumentó el núme­
95
~
Ar mas de Grec i a y Ro ma ¡1-- - - - - - - - - - - ­
capItulo
ro de mercenarios, sino su especialización. Encontramos entonces
arqueros a caballo y a pie, magníficos honderos, peltastas capaces de
luchar tanto en formación como en guerrilla, hoplitas corrientes ...
todo ello en órdenes de magnitud de millares. Las constantes y des­
tructoras guerras del s. IV a.e., que postraron a las ciudades griegas y
facilitaron la invasión macedonia de 338 a.e., fueron libradas funda­
mentalmente por mercenarios, ya mediados del s. IV a.e. podía haber
más de 20.000 mercenarios griegos en el Mediterráneo oriental, que
aumentarían hasta los 100.000 a la muerte de Alejandro, cuando se
convirtieron en la base de los ejércitos de sus sucesores.
¿Cuánt cobro? La paga ele los mere nano '
En ningún momento de su larga historia los mercenarios grie­
gos, o bárbaros al servicio de los griegos, podían esperar razonable­
mente hacerse ricos con su paga. Sólo si un asedio victorioso o un
golpe de suerte les proporcionaba un cuantioso botín podían esperar
ingresar de golpe una suma considerable.
A partir de terraCOlas y pinlura~ sobre
cerámica e~ posible rt:con truir el
aspecto Jt: un sirviente o acompañante'
de un oficial de mercenarios del
a.e. Ueva a la e.\pa lda. en un
arad ill o . la mama de su sei1or, así
como orros elemento!; tiri lcs como
5 . 1\ '
alimenms, vaj illa, etcérera, e in luso
puede llevar, durante las marchas,
parte del armamento de su am .
96
~
- - - - - - - - - - - - - - - - i I IM erC enar l o l El sol dado pro le s l onal
capit u l o
Desconocemos cómo obtenían su paga los primeros merce­
narios, puesto que la moneda como tal todavía tardaría muchas
décadas en aparecer, hacia el 600 a.c., en Lidia, y unas décadas más
aún en Grecia. No sabemos con certeza cuál fue el propósito incial
de las acuñaciones de electrum de Lidia, pero el pago a mercenarios
parece una de las mejores opciones. K. Rurrer ha afirmado que
«dada la naturaleza de las monedas más antiguas -en particular su
peso estandarizado y la cabeza de león que aparece en muchas de
ellas-, es una hipótesis plausible que fueran emitidas para poder
realizar un gran número de pagos iguales y elevados en forma fácil­
mente transportable y duradera, y que la autoridad o persona que
realizaría los pagos, quizá a mercenarios, sería el rey de Lidia». Es
posible que en el ejército lidio hubiera mercenarios de origen grie­
go a los que se pagara en monedas de electro, aunque los datos son
muy escasos, pero desde luego sí los había en el persa desde la
segunda mitad del s. Vl a.c.
En las últimas décadas del s. v a.c. , un mercenario venía a
cobrar, más o menos, lo que desde hacía pocos años (431 a.c.) un
ciudadano-miliciano ateniense recibía en concepto de ayuda: entre
3 y 6 óbolos diarios (6 óbolos = 1 dracma), fueran mercenarios grie­
gos, tracios o escitas. En el ejército de los Diez Mil de ]enofonte,
hacia el 400 a.c., los hoplitas recibían un dárico al mes (unos 5
óbolos diarios), sus oficiales el doble, y el cuádruple los generales.
Mucho tiempo después, en 329 a.c., los hypaspistas de elite de
Alejandro Magno (véase Capírulo 13) recibían todavía una dracma
diaria.
En ejércitos profesionales, y según su ardor en el entrena­
miento y combate, los soldados recibían a veces paga simple,
doble o hasta cuádruple: así ocurría con los hombres de ]asón de
Feras en 375 a.C. Hazañas excepcionales a veces eran recompen­
sadas con cifras excepcionales, como coronas de oro de hasta 100
minas de valor (10.000 dracmas). Hay una gran polémica sobre si
el salario o misthos incluía o no la manutención en especie, la dieta
o sitos.
Pero en todo caso estos valores sólo tienen senrido si se ponen
en perspectiva: hacia 480 a.c. el mínimo de subsistencia estaba en los
2 óbolos diarios; dos décadas después, un artesano especializado
podía esperar ganar una dracma al día; pero los trabajadores del
Erecteion en la acrópolis de Atenas recibían en 409 a.c. entre 6 y 9
óbolos diarios, bastante más que un mercenario . En cambio, la for­
runa de un ateniense rico podía medirse entre las 480.000 y las
3.600 .000 dracmas.
En época de ]enofonre, una túnica púrpura podía costar 300
dracmas -casi el sueldo de un año-, pero una túnica normal sólo 10.
Una vaca costaba en torno a las 60 dracmas, y una oveja unas 15. Un
cuarto de litro de miel costaba 5 dracmas, pero un medimno de trigo
-suficiente para alimentar a un adulto enrre cuarro y seis semanas­
costaba sólo 6 dracmas. En cuanro a las armas, una lanza costaba en
el s. v unos 10 óbolos, y a mediados del s. lV una panoplia de hopli­
97
I'e.:w ral de una cor:t7.a de ,-,tmpana en
hr<m:e procedenr" del s.mrua rin de:
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Armas de Grecia y Rema
1-1-----------­
capítu l o
ta costaba como mínimo 300 dracmas, lo mismo que un caballo nor­
mal, esto es, un año de sueldo de mercenario, mientras que un buen
caballo podía subir a las 1.200. Las potencias extranjeras pagaban en
su moneda -por ejemplo, el dárico persa era muy apreciado-, e inclu­
so Egipto se vio obligado a acuñar moneda copiada de cuños atenien­
ses por primera vez en su milenaria historia a principios del s. IV a.c.,
única y exclusivamente para pagar mercenarios. Aunque la inflación
no es exagerada a lo largo de todo el periodo, el hecho de que los suel­
dos de los mercenarios se mantuvieron constantes o incluso bajaron
indica además una progresiva pérdida de poder adquisitivo.
Así pues, la paga de los mercenarios era baja o incluso misera­
ble, por lo que su única esperanza de enriquecerse consistía en reali­
zar alguna hazaña notable o, en la mayoría de los casos, conseguir un
buen botín gracias a un golpe de suerte. Esto implicaba que el saqueo
de ciudades e incluso santuarios se fue convirtiendo en una práctica
habitual de ejércitos famélicos, lo mismo que la venta de prisioneros
esclavizados.
Sólo en casos muy concretos, y ya en época helenística, con­
siguieron los mercenarios condiciones de trabajo ventajosas. Es el caso
del famoso contrato ofrecido en 260 a.e. por Eumenes de Pérgamo a
sus mercenarios, normalmente asentados en cómodas guarniciones;
en él se aseguraba la llegada a tiempo de la paga en metálico, se limi­
taba el periodo de campaña a diez meses, evitando el campo en lo
peor del invierno, se incluían privilegios como un precio fijo para el
vino y el grano, se aseguraban dispensas de impuestos e incluso pen­
siones para los huérfanos de los fallecidos.
Parece que la esperanza de la mayoría de los mercenarios era
conseguir, para retirarse, que una ciudad o Estado les concediera tie­
rras para establecerse y culrivarlas . Ésta fue, por ejemplo, una prácti­
ca frecuente entre los tiranos griegos de Sicilia: Dionisia de Sicilia
asentó numerosos mercenarios en lugar de ofrecerles metal, y éstos
aceptaron encantados. En otras ocasiones, los propios mercenarios
podían apropiarse a la fuerza de haciendas, mujeres y tierras, como
hicieron los mamertinos en Mesina. Sin embargo, la mayoría de los
mercenarios del s. IV nunca consiguió tierras.
Un fenómeno especial es el de las cleruquías, sistema caracte­
rístico de los Estados helenísticos tardíos y en especial de Egipto y
Babilonia, por el que se asignaban tierras a colonos militares de origen
macedonio o al menos griego, a cambio de que ellos, y sus descendien­
tes, estuvieran a disposición del Estado como soldados si surgía la nece­
sidad; la idea era que los soldados macedonios eran naturalmente
mejores que los indígenas y había que atraerles de alguna manera
desde las montañas de la Hélade. Naturalmente, el sistema no podía
funcionar bien a largo plazo porque, con el paso de los años, y sobre
todo en periodos de paz, los soldados se iban convirtiendo, más y más,
en campesinos, perdiendo su disposición militar; y en cuanto a sus
hijos, nunca iban a tener la capacitación militar de sus padres. Estos
clerucos eran un complemento a contingentes mercenarios que hacían
vida de guarnición.
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g.TIt:gCl~ .
El equipo de los mercenarios
A lo largo de los ss. VHV a.e. se había ido produciendo en
Grecia un paulatino aligeramiento de la panoplia hoplita, sobre todo
en la coraza (véase Capítulo 3). La coraza de campana fue poco a poco
sustituida por corazas musculadas más confortables pero igualmente
calurosas, luego por armaduras de capas de lino con escamas metáli­
cas cosidas, más tarde por corazas de lino a secas, y finalmente por el
jubón acolchado o spolas. Del mismo modo; el casco corintio cerra­
99
~
Ar mas de Grecia y Rema
/-1----------­
capítul o
do (véase Capítulo 4) fue igualmente abriendo sus formas, sustituyén­
dose progresivamente por tipos más ligeros y abiertos que garantizaban
una más eficaz protección activa, mejorando la visibilidad y la audi­
ción. Las grebas, en fin, fueron también desapareciendo (Capítulo 5).
En el s. IV los griegos, incluso los espartanos, iban renuncian­
do al casco metálico en favor de un pilos de cuero o fieltro, o quizá
metálico, pero muy ligero; algunos hoplitas habían renunciado por
completo a la coraza y confiaban su protección al aspis. Las reformas
de Ifícrates tras la batalla de Lechaeum (390 a.e.) aligeraron aún más
el equipo del hoplita. Este aligeramiento corporal evolucionaba en pa­
ralelo al crecimiento y progresiva especialización de los distintos cuerpos
de infantería ligera. Sin embargo, cuando los griegos de los ss. VI o Va.e.
querían representar a sus héroes troyanos del pasado en pintura cerámi­
ca, seguían dotándoles de panoplia metálica completa, incluso con
algunos elementos rara vez documentados: protectores metálicos de
vientre, de muslo, de antebrazo ... La razón es que la panoplia defen­
siva metálica adquiría un valor de prestigio, una simbología aristocrá­
tica, que iba más allá de la realidad del campo de batalla.
Dicho aligeramiento tiene que ver, creemos, tanto con cues­
tiones prácticas como con transformaciones sociales, reflejo quizá de
una extensión del armamento prestigioso hacia un segmento más
amplio de la sociedad que, sin embargo, no podía permitirse las cos­
tosas panoplias aristocráticas de placa de bronce; la Guerra del
Peloponeso y las del s. IV a.e. no harían sino acelerar este proceso.
En este contexto, cabe preguntarse cómo se equipaban las tro­
pas. Ya hemos visto (Capítulo 1) que en el s. IV a.e. Atenas entrega­
ba a los efebos que hacían e! servicio militar las armas básicas de! equi­
l\ ter enano hor lnJ g l iego de I11U~'
Jlnales dd ~. \. Q pnnuplo, del 1\' a.c. .
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- - - - - - - - - - - - - 1 1 100 I t - - - - - - - - - - - - ­
Mere nar
01
~
El so l dado oro esional .
ca pí t u l o
Homero.
¿Mercenarios chipriotas en
Asiria?
Guerra lelantina.
664 Psamético l. faraón.
«Hombres de bronce»
en Egipto.
¿Leyes de Licurgo en Esparta?
TIranlas en muchas polis.
Arqulloco de Paros.
Antimenidas.
593 grafitos de Abu Simbel.
Reforma de Solón en Atenas.
Pisistrato. tirano en Atenas.
Reformas de Clistenes en Atenas.
490-479 Guerras Médicas,
de Maratón a Platea.
Brasidas de Esparta.
Pericles.
Jenofonte y los «Diez MlIlI.
431-404 Guerra del Peloponeso.
Atenas y Esparta.
Ifícrates.
Jasón de Feras.
371 Tebas vence a Esparta
en Leuctra.
Dlon, Chares.
336-323 Alejandro Magno. rey
Memnon.
de Macedonia.
260 Contrato de
Eumenes I de Pérgamo.
255 Jantipo de Esparta
recibe el mando del
ejército cartaginés contra
Roma.
230 Atalo I de Pérgamo vence
a los gálatas.
146 Roma destruye Corinto.
Octavio Augusto.
Egipto bajo control romano.
- - - - - - - - - - - - - i l 101
los prin Ip:des
cuado,
en d [t'X[<) y rcbuondJo~ con el
Il1crccn.uiado "riego.
Cuadro cronológico
COIl
per~()naics ~. Jcorltcc l mil:l1(o~
~
Armas de Grecia y Roma
1-1----------­
c a pítuto
po hoplita (Aristóteles, Consto At. 42, 4). También sabemos que ya en
el S. v a.c. ocasionalmente el Estado armaba contingentes (como por
ejemplo Tucídides 8, 25, 1, cuando Atenas armó a 500 peltastas argi­
vos como hoplitas) , pero normalmente no de ciudadanos. Todo indi­
ca que, conforme a la ortodoxia tradicional, los hoplitas ciudadanos
se proveían de sus armas en casi todos los casos en los ss. V-IV a.c.
Más debatida es la cuestión de quién equipaba normalmente a los
mercenarios. McKechnie ha defendido enérgicamente que el Estado
empleador se encargaba de proporcionar el equipo, quizá a crédito; lo
que ha sido negado con igual energía por Whitehead, quien conside­
ra, al igual que la mayoría de los investigadores anteriores, que la com­
pra del equipo era individual. La cuestión no es banal, porque afecta
al estatus económico de muchos mercenarios, que, en palabras de
McKechnie, podrían pertenecer al mismo grupo social que las «mulas
de Mario» romanas (véase Capítulo 21). Sin embargo, las fuentes son
problemáticas: se ha dicho que Jenofonte (Hel. 2, 5, 38) prueba que
las armas de los Diez Mil eran del rey persa Ciro, pero el texto bien
podría ser una metáfora. Distinto parece el caso de Sicilia, donde
sabemos que algunos tiranos poseían grandes arsenales con los que
armaban mercenarios (e.g. 399 a.c., Oiodoro 14,41-43). Hay algu­
nos otros textos (Oiodoro 16, 33, 2; 16, 36, 1) que parecen apoyar la
idea de que al menos en algunos casos los Estados podían proveer
parte o todas las armas para los mercenarios, pero son escasos. Por lo
general, y salvo casos concretos, los mercenarios se costeaban su propio
equipo. Teniendo en cuenta el elevado coste de adquisición, manteni­
miento y reposición de una panoplia hoplita completa, incluyendo la
coraza de bronce, que se puso de nuevo de moda, no es de extrañar que
la mayoría fuera pasándose de la falange hoplita a la menos costosa
clase de los peltastas o tureoforos, por no hablar de los contingentes
especializados de arqueros cretenses u honderos rodios, dos ejemplos
muy significativos.
Ejácitos méfcenarios, maestros Je armas y COIll!ottieri
En las penosas condiciones generales de paga que hemos des­
crito , llama la atención que por lo general los mercenarios fueron
razonablemente fieles a sus empleadores, y relativamente poco pro­
pensos a amotinarse, aunque motivos a menudo sobraran. De todos
modos , un especialista como Eneas el Táctico recomendaba en su tra­
tado sobre defensa de ciudades no confiarse demasiado en la fidelidad
de tropas a sueldo.
La larga guerra del Peloponeso provocó la aparición de verda­
deros generales, «profesionalizados» por la duración de las campañas,
como el espartano Brasidas, quien dirigió ejércitos parcialmente mer­
cenarios en la lejana Calcídica, hasta morir luchando en el momento
de su victoria decisiva de Anfípolis (422 a.c.).
A partir de principios del S. IV, la llegada de ejércitos profesio­
nales implicó la aparición también de verdaderos generales profesionales.
--------------------~I 102
r l- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - ­
------------------------~I I~ercerar 01 El su
dado
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ro'es on~
cap ílul o
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int~II1(("1 J.l Ilg 1:1.
Hay decenas de nombres con biografías apasionantes, como el ate­
niense Ifícrates, que revolucionó la táctica cuando, al mando de un
contingente de tropas ligeras, aplastó frente a Lechaeum a un regi­
miento de la mejor infantería, la de Esparta, en el año 390 a.e. Sus
nuevos peltastas pesados barrieron del mercado a los viejos peltastas
tracias , que dejan de aparecer en esta época. El propio ]enofonte,
diez años antes, había conseguido sacar de una situación imposible
a un ej ército de diez mil mercenarios griegos abandonados y perdi­
dos en el corazón de Persia tras la muerte de su empleador, llevándo­
les hasta las colonias griegas del Mar Negro, en una anábasis famosa
en la historia de la humanidad.
]asón de Feras (en Tesalia), Otro de los grandes generales de
mercenarios, lo decía bien claro en la primera mitad del s. IV a.e.:
mientras que las milicias ciudadanas estaban formadas por tOdo tipo
de hombres, unos jóvenes y Otros mayores , unos en buena forma y
----------------------------~I 103
r l- - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - - ­
~
Ar mas de Gr ecia y Roma 1-------------
capítulo
,\ l~rcel1a rio galo () gahra Je <'r OLa
11denlsliLd. L IS IIw~sjol1es edras qut' se
produjeron tn ¡ralia, Gr~cí¡l y Sta
ML'Il0r Jurantt' d s. 111 a.e. d i~ron a
conocer en los Lsrados hclen lsrieos
a C,LOS m:l1lcndos y f~roces . aunque
in Jisc lplll1ados , g U t:rrcro~ . \ 111ULhu~
de lIos pru.arOI1 a rormar parte, como
mcrccnariu~ . de reinm como el
Plnll:l1ldico JI:: Fgipw, armaJo con
su panoplia uaJiciollJl.
orros fondones, sus seis mil mercenarios eran una fuerza homogénea
y enrrenada, en perfecta forma física.
El siguiente paso se dio hacia mediados del s. IV, cuando sur­
gieron aventureros -condottieri, los llama W K. Pritchett-, con o sin
tropas, que se ofrecían al mejor postor, que no mandaban tropas mer­
cenarias al servicio de su ciudad, y que incluso luchaban conrra ellas:
es el caso de Dion en Sicilia; Chares de Atenas, que combatió en
Persia, y muchos orros. La actividad de estos generales profesionales
era compleja. Se podían ofrecer por un precio, incluso para dirigir
lejanas guerras; y estas actividades eran a veces en beneficio propio,
otras para conseguir dinero para sus propias poleis, como en e! caso
de! espartano Agesilao. Aparte de ejemplos tan conocidos como los de
Jenofonte, Chabrias o Ifícrates, uno de los casos más espectaculares es
el de Jantipo, un espartano que, según nos cuentan Polibio (1, 32) Y
Diodoro (23, 15, 7), entre otros, tomó en 255 a.e. el mando de las
fuerzas cartaginesas contra Roma, aplastando al general romano Atilio
Regulo en la Primera Guerra Púnica. No sabemos qué paga llevó con­
sigo cuando partió (Polibio 1, 36), quizá a Egipto, pero lo cierto es
------------------­
------------------~I 104 ~I
---------------tl
Mercenar l o l El sol dado prof es i onal
d
capítulo
que no vio el final desastroso de la guerra. Hay quien ve en este desarro­
llo de «espadones» e! origen de los sistemas de gobierno unipersonales
de! helenismo, pero esro es simplificar en exceso. Lo esencial, desde
el puma de vista militar, es que esros generales expenos eran capaces
de coordinar el uso de diversos ripos de tropas con e! máximo efecro,
y esto a su vez supuso un avance que prefigura los del helenismo. Por
OtrO lado, el carisma de esros generales prefigura también e! «culro a
la personalidad» de! militar que se daría desde finales de! s. IV a.c. en
ade!ame.
Los grandes jefes mercenarios llegaban a alcanzar un rango
importame en las eones de los reinos bárbaros que los acogían, como es
e! caso de Memnon de Rodas, que mandaba a los mercenarios que se
enfremarían al brutal Alejandro en Granico e Issos (véase Capítulo 14).
Otro tipo de especialista que surgió en e! siglo IV fue e! hopló­
maco, un maestro de armas que recorría las ciudades enseñando los tru­
cos de! oficio, a veces en e! combate individual, pero en ocasiones tam­
bién táctica. Aunque al principio fueron despreciados, por ejemplo por
Platón (Laches) o por ]enofonce (Mem. 3, 1), lo cierro es que la ins­
trucción en orden cerrado acabó siendo común encre los mercenarios,
a un nivel que sólo Espana podía igualar. Así, eran capaces de realizar
movimientos de armas al unísono al roque de trompetas (Jenofonte,
Anab. 1, 2, 17; G, 5, 25), con una eficacia que podía asombrar incluso al
rey espanano Agesilao (Diodoro Sículo, 15, 32-33). Un general experro
al mando de mercenarios, como Brasidas, podía observar, por el irre­
gular movimienw de las lanzas de sus enemigos atenienses, que estaban
vencidos de antemano (Anfípolis en 422 a.c., Tucídides 5, 10, 5). Uno
Im;¡g<:!11 de un arqm:ro vt:srido al modo
t:scita <:11 Ull<1 COp'l .iLica muy J f1nalt:.\
del s. \ 1 ~.c. Prm:e.:dt· de.: Vulci
(Erruril). El arqu<:!ro Ilcv3 vc~tinl<.:mJ
b:írhara, como I an lakll1t:s, y u~a ...omo
arma el porenrísimo arco -ompu<:!,w
de doble curva. 7imdo o medallón del
interior de UllJ copa .¡rica (cílic3 ) para
beber vino, decoradJ. en el csrilo cito:
Figur3' Roí,l~. Musco ilriránico,
Londres.
--------------------~I 105
r l- - - - - - - - - - - - - - - - - - - ­
~
Armas de Gre cia y Rom~
1-1-----------­
cap í tut o
Det.J le Jel l{'llIpla hl!,ng,C'l Je
R..!msó 11 -:n .\bll 'irnhd, ·\lrid .
1:./1 b~ piLrna~ de ,src colo~o del laúu
t1\uiú¡on:J.! Jl la flt hada ~e ll' rellJll
lo.. 6'Talirn,> ljUt' ldiWllQniaJl la pr':\t'Ol l<l
gril:g\h <'11 "''fil ZOfld [,111
m.... ridi¡l11 •.d J...,J,. ¡iIlJIc:\ dd ~ . \l .l.e
úe IlH'fCeIlJrio,
de los generales profesionales que hemos citado, Ifícrates, podía obser­
var, por sus deficiencias en la instrucción «de orden cerrado», que su
ejército no estaba todavía preparado (Polieno 3, 9, 8). Pero el texto
más explícito, en tanto que compara las habilidades del ejército profe­
sional con el ciudadano, lo proporciona el discurso de Polidamante en
Esparta en 374 a.c., en el que alude a una opinión de ]asón de Feras
(Jenofonte, He!. 6, 1, 5): «Sé bien que tengo unos seis mil mercenarios
extranjeros contra los que no podría fácilmente combatir ninguna
ciudad, según yo pienso. Por supuesto, puede salir de otras partes un
número no inferior, mas los ejércitos de las ciudades unos tienen
hombres de edad ya avanzada, otros aún no en pleno vigor. Evi­
dentemente, muy pocos ejercitan su cuerpo en cada ciudad, pero con­
migo no hay mercenario que no sea capaz de realizar los mismos
esfuerzos que yo ».
En general, los mercenarios fueron fieles a sus empleadores, a
veces incluso en circunstancias difíciles; pero existÍa una cierta «mala
conciencia» social respecto a ellos, a su utilidad y sus peligros para la
polis, que es visible en las fuentes. Es el caso del Hieron de ]enofonte,
quien aprovecha un supuesto diálogo entre el tirano y el poeta Simónides
para discutir el mejor empleo de los mercenarios, sus peligros y su poten­
cialidad (Jenofonte, Hieron 10). Desde luego, parece que un ieit motif
común en las fuentes es que -lamentablemente- los mercenarios se
muestran superiores en el campo de batalla a los soldados ciudadanos,
incluso aunque éstos les superen en coraje (cf. Hieron 10, 7 ; pero tam­
bién Polibio 11, 13, 5-8).
--------------------~I 106
rl--------------------­
-------------41
Mercenar o' E so l dado pr oles i onal .
~
capítulo
Los terribles hombres de bronce
En la pierna izquierda de! coloso situado a la izquierda de la puer­
ta del gran templo hipogeo de Ramsés Il en Abu Simbe!, en
Nubia, encontramos grafitos, gamberradas de ayer que son docu­
mentos históricos de hoy, pues nos documentan la presencia de
mercenarios griegos, al servicio del faraón, de campaña en Nubia
hacia 591 a.c., seis siglos después de la construcción del templo.
Recogemos aquí sus nombres: Anaxanor de Yaliso, en Rodas;
Arcon, hijo de Amebico; Elesibio de Teos; Crithis; Pambis de
Colofón; Pe!eco, hijo de Eudemo; Psamético, hijo de Teocles;
Piton, hermano de Arcon, y Telefos de Yaliso. El párrafo seguido
más importante, tallado por Arcon, dice: "Cuando el rey Psamético
llegó a Elefantina, los hombres que marcharon con Psamético, hijo
de Teocles, escribieron esto. Marcharon más allá de Kerkis hasta
donde el río lo permitió. Potasimto mandaba a los mercenarios;
Amasis a los egipcios».
Estos mercenarios eran dignos sucesores de otros, los más
antiguos mercenarios bien documentados, cuya historia nos ha
llegado transmitida por Herodoto (2, 152), Diodoro de Sicilia
(1, 66 ss.) y Polieno (7, 3). Dichos autores cuentan cómo unos
hombres de bronce (kalkeoi andres) llegados de Caria y Jonia fue­
ron empleados por el faraón Psamético I, a mediados de! s. VII
a.c., para expulsar a los asirios que habían invadido el valle del
Nilo. Se trataba de mercenarios hoplitas que, con sus pesadas
corazas de campana, grebas, cascos y escudos broncíneos asom­
braban a los combatientes orientales, acostumbrados a una pano­
plia mucho más liviana. Las diferencias tácticas entre los modos
oriental y occidental de hacer la guerra se prefiguran ya en este
momento, y alcanzarían su cima en las guerras Médicas. Psamético
inauguró también una costumbre que, siglos después, continua­
rían los reyes helenísticos y en particular los Ptolomeos de Egipto:
conceder tierras a estos mercenarios extranjeros para que se esta­
blecieran en el Delta a cambio de su concurso militar en caso de
necesidad. Faraones posteriores, como Necao o Psamético IlI,
mantuvieron contingentes jonios.
Bib liografia
Adema.' de la biblingrJlh general (ap.lrtJd" l] l. del aparrad" [[ 1. Ander<on
( 1t)70): l3~sr (1%)); llerr '1 11 I 11')')')), l,nl"fnh (1')3')); UJmmund (l9R'I):
I lurchínsul1 12(00); une FQ.\ C-004); LlSsarrolgue (1 ()<)O); ,\lannúvic ( 1cn;~I;
Mor~I1O (2002); Ml Kechl1le (1994): )Jussbaum (1%7). PJ.rke (198 1); Pere
~ugUt.lo ( 1 9~9); PId.'>S.lll (1'113); PIIl(.ht:[[ (19 7 1-19')1)' Qu('~atlJ (1 99CJ);
Rurrer (19%); 5lulimisrkl ( 1952); Vos (1 ')6.~); Wheell:r (J <J"'<J) , Whi tt:hl:aJ
( 199 J) .
--------------------~I 107
Ir-------------------­
CRITICA
DE LIBROS
QUESADA SANZ, Fernando: ARMAS DE GRECIA YROMA. FORJARONLA
HISTORIA DE LA ANTIGUEDAD CLÁSICA. Con ilustraciones de Carlos
Fernández del Castillo. Madrid 2008. 407 pp. La Esfera de los libros. ISBN:
978-84-9734-700-6. €.50,00.
El profesor Fernando Quesada, que ejerce como profesor titular de
arqueología en la Universidad Autónoma de Madrid, no necesita presentación
en el mundo científico. Muchas de sus publicaciones sobre armamento y guerra
son referencia fundamental en los estudios académicos. Por lo que nos
concierne, una de sus últimas publicaciones es la monografía Los estandartes
militares en el mundo antiguo, publicado en 2007 como número especial
monográfico de Aquila Legionis. Ahora nos sorprende con un libro verdaderamente extraordinario: extraordinario en su propia bibliografía, y extraordinario
en el panorama general español de estudios militares, donde, unas veces desde
la pura historiografía apoyada en los textos epigráficos, y otras veces, en el polo
opuesto, desde la (prácticamente) estricta arqueología, los profesores
universitarios escatiman al lector un tipo de libros como éste que comentamos:
una obra seria que, sin embargo, no está reñida (¡todo lo contrario!) con la
amenidad.
Yo creo que este es uno de los grandes méritos del libro: agradar al
aficionado y servir de guía, en muchos casos, para los especialistas, en
particular para los que se dedican al estudio del armamento -y su uso
estratégico, general, o individual en las batallas- "del mundo griego arcaico,
clásico y helenístico" (capítulos 1-20), y de Roma (capítulos 2 1-4l), según el
índice general. En efecto, el libro está repartido equitativamente entre Grecia
y Roma, si bien es verdad que algunos capítulos del llamado "mundo
helenístico" son parte de la historia romana, y algunos de los ubicados en
"Roma" son parte o comparten el mundo helenístico (como las guerras contra
Aníbal). Peccata minuta. Algunos capítulos son necesariamente transversales.
El hilo conductor, el tema central, es, como indica el autor (p. 1l), "un
estudio del armamento antiguo en un periodo y área muy amplios, a menudo
con detalle, abarcando sus diferentes niveles de lectura y análisis: tecnológico,
funcional, simbólico y social. Pero, además, y sobre todo, utilizaremos el
estudio de las armas antiguas como pretexto y palanca para analizar cuestiones
de tipo social, ideológico y económico de amplio alcance, decisivas para
entender las culturas de cada periodo, cuestiones que trascienden con mucho el
estudio de objetos, de sus tipos y de su evolución". Así queda planteada la
intención, que se traslada a los capítulos. Cada uno de ellos puede leerse
autónomamente. Son temas "cerrados" -que llevan al final su bibliografía
fundamental específica (pp. 379-407), y, a veces, textos o cronologías
CRÍTICA
DE LIBROS
relativas-, pero que leídos en conjunto nos dan la visión global sobre la guerra
en Grecia o Roma, a modo de mosaico temático. Al ir colocados, en la medida
de lo posible, por orden cronológico, la lectura permite ir viendo o
vislumbrando la evolución de las armas, de los sistemas estratégicos, de las
técnicas de ataque o defensa, es decir, la evolución -que a veces es revolución-,
de la guerra, un instrumento de poder desde los orígenes de la humanidad, que,
pese a quien pese, "forjaron la historia" occidental, como reza el título del libro.
Fernando Quesada nos presenta y nos acompaña en este paseo ilustrado
por la historia militar antigua con mano experta, maestra, conjugando la
erudición con el entretenimiento. Esto es mucho, en un tiempo en que apenas
se leen libros especializados, pero que nos consta que el autor sí ha leído y
digerido, y nos los presenta, a modos de resumen y de resultados, a lo largo de
estas páginas, liberadas de los pies de página eruditos, que tan "duros" hacen
para el público no especializado los estudios de investigación histórica. El matiz
académico se solventa aquí con una bibliografía final, amplia aunque selecta,
a donde el lector más inquieto puede hacer excursiones.
Parece que el germen del libro está en la serie de artículós que el autor
venía, y viene, publicando regularmente en una revista de divulgación histórica,
mensual, La Aventura de la Historia, si bien los capítulos han sido aquí
convenientemente revisados, ampliados, maquillados y engalanados para dar
unidad y coherencia a la secuencia de temas expuestos. Diversidad y unidad (o
unidades) temáticas se consiguen en este libro pese a no ser concebido como tal
desde el principio. Aquí se nota el esfuerzo arduo del autor por evitar
repeticiones, ampliar capítulos, o añadir citas o ilustraciones mayores y mejores
que las aparecidas en la publicación mensual. Con todo, el espíritu de alta
divulgación se mantiene, y aun se amplía.
La intención de instruir entreteniendo se observa, por ejemplo, en las
alusiones que el autor hace al mundo del cine. Quizás se parte de la idea de que
aquellos que no leen libros, al menos van al cine, una actividad cultural mucho
más cómoda y más barata que los libros: la pasividad del espectador de cine
contrasta con la actividad -acción activa y el esfuerzo- del lector. Es más
cómodo tragarse en un par de horitas la película de Oliver Stone sobre
Alejandro Magno que leer los libros de Curcio Rufo o de Arriano. La realidad
es que los libros y la alta cultura cada vez interesan menos; e incluso el cine -el
colmo de los colmos-, cada vez también interesa menos. Así que, después de
expresar este negativo diagnóstico particular (que no tiene por qué ser
compartido), y visto lo visto, me parece bien que libros como éste, que no
renuncia a que sea comprado y leído "también" por diletantes del ejército
romano, lance esos anclajes cinematógráficos en su discurso, con la presunción
de que la mayoría de los lectores no ha leído a Arriano, pero sí ha visto la
película Alexander de Oliver Stone, 300, o "la Guerra de las Galaxias" (cf. Cap.
CRITICA
DE LIBROS
4). Otro tanto podría decirse de las alusiones directas al celebérrimo cómic
Astévix (ver cap. 33), ese galito enano e insoportable cuya gracia yo no capto
jamás y cuyo éxito no alcanzo a comprender, salvo en las mentes infantiles.
Una nota breve sobre las ilustraciones: todas son de gran calidad gráfica
y plástica. Mapas, esquemas de batallas, dibujos multicolores, perfiles de armas,
en fin, apoyan y complementan muy bien el discurso explicativo, acentuando
el papel didáctico del libro. También las fotos de grupos de "recreación
histórica" (sobre el asunto, ver especialmente el cap. 41, que debe ser
considerado anecdótico o periodístico), tan de moda.
Tengo que decir que muchos de los dibujos de reconstrucción que
aparecen aquí como originales a mí particularmente me suenan "mucho" a otras
ya conocidas y publicadas. No seré yo quien entre aquí -innecesariamente, por
otra parte-, en delimitar o definir la delgada frontera entre "originalidad" y,
como decía aquél, "interpretación propia", es decir realizar variantes n, o
"retoques personales", sobre modelos/dibujos ajenos de los grandes maestros
en este ámbito, como Peter Conolly, Angus Mac Bride, o James Field. Allá
cada cual.
Naturalmente me resulta imposible -por razón de espacio, y por la
aspiración personal de alcanzar siempre que se pueda la "razón práctican-,
comentar, ni siquiera glosar, los capítulos donde, de un modo u otro, interviene
el ejército romano. Me limitaré a citar los que más me han interesado. La
sección estrictamente griega-en la que luchan griegos contra griegos, o griegos
contra persas-, concluye con el capítulo 15, dedicado al asedio de Tiro por
Alejandro Magno, en el 332 a.c. La sección se cierra con varios capítulos de
historia militar "helenística", que tratan concretamente sobre artillería y
máquinas de cuerda tensada y de torsión (cap. 16, 17), asedio y poliorcética
(cap. 18, sobre la Helepolis), y armas "especiales" de ataque, como son los
elefantes (cap. 19) y el curioso capítulo sobre "la guerra biológica" (cap. 20,
sobre el uso de venenos que se hacen ingerir al enemigo, o que se impregnan
en algunas armas). Si se me permite la ironía, también el elefante es un "arma
biológica". Muy bien podría haber sido insertado aquí el capítulo 40, titulado
"Fuego griego".
Los capítulos dedicados al ejército romano -sus armas y su utilización
en distintos episodios de su historia-, son los 2 1-39. El primero de ellos, el 21,
es un "mini-tratado", o tema para el estudio para alumnos de bachillerato, sobre
el ejército romano a lo largo de su historia, pero es un capítulo necesario para
enmarcar todos los siguientes en un hilo cronológico, tan importante en historia.
Este capítulo tiene continuación en el 38, sobre el saqueo y el "final" de Roma.
Los capítulos siguientes tratan de distintas armas personales del soldado
romano republicano: elpilum (cap. 22), el gladius hispaniensis (cap. 23, donde
Quesada corrige errores muy instalados en la historiografía sobre el origen y
CRÍTICA DE LIBROS
adscripción en las fuentes de este arma hispana, que en realidad es de origen
galo), elpugio o puñal legionario (cap. 23), el scutum (cap. 25), la cota de malla
(cap. 26), y el casco "gorra de jockey" (cap. 27).
Las páginas y capítulos siguientes se centran en la descripción/
explicación de batallas (cap. 28 Zama) o de elementos tácticos, armas al fin y
al cabo, que contribuyen a la victoria (cap. 29, sobre el cowus), las "minas"
(cap. 30), es decir abrojos o distintos tipos de "clavos-trampa de madera"
(podemos llamarlos así) que, sembrados en el campo de batalla, dificultaban el
avance de los soldados y monturas, causándoles heridas en los pies.
El cap. 3 1, bastante singular respecto al conjunto, está dedicado a las
enseñas militares, que son "esenciales en la batalla y símbolos sagrados de la
unidad". Siguiendo un orden cronológico, establecido con laxitud, el lector
entra en el Alto Imperio. El autor, siguiendo el esquema precedente, se centra
en la descripción de algunas batallas clave, como la clades Variana en
Teotoburgo, desastrosa para tres legiones romanas en el año 9 d.C. (cap. 34),
y distintas armas: cascos romanos (cap. 32, con interesante dibujo diacrónicotipológico en p. 299), la lorica segmentata (p. 33), la "primera silla de montar"
(cap. 36), el bocado de caballo (cap. 37) y el estribo (cap. 39).
El capítulo 35, sobre las armas de los gladiadores, muy bien podía haber
quedado fuera del libro, o puesto en último lugar a título de curiosidad. Las
relaciones entre Iudi gladiatorios y ejército tiene detrás una amplia bibliografía,
que no se limita solo al tipo de armamento.
Se trata, pues, de un libro altamente recomendable para todos los
interesados en aspectos bélicos de la antigüedad en Grecia y Roma. Está
publicado con una estética y una pulcritud exquisitas -tipografía, tamaño, tipo
de papel, tintas, encuadernación-; y tiene una excelente distribución. Todo ello
contribuye a hacer de este libro un producto atractivo, y de éxito comercial
seguro. Y por todo elproducto quiero felicitar al autor. También deseo resaltar
la originalidad de la idea de este libro en el panorama bibliográfico-militar en
España, que nos aleja, ¡gracias a Dios!, de los libritos tipo Osprey, cuya idea ha
sido plagiada hasta la saciedad, con resultados penosos en muchos casos.
Ojalá que el presente libro sirva de cebo a jóvenes investigadores, y que
los lectores que se acerquen por primera vez al ejército romano (o el griego,
aunque éste tiene menos seguidores, porque no hay "arqueología militar griega"
en España), se queden prendados -mediante este libro-, de esta institución
prodigiosa, de este verdadero instrumento de poder fáctico, el ejército, los
ejércitos, que, tal como indica el título, forjaron la historia-y habría que añadir
casi siempre "imperialista" de la antigüedad clásica.
Sabino Perea Yébenes
Universidad de Murcia
ANCIENT WARFARE 2.4 (2008)
Hitfffe ñOr4ificafhs c. 1650-700 BC
The companion volume to Hlttite W ~ n i ohas
r *he admntage of being able to skip al1 the
introdudarytext thatis m a U y íncluded in the W d o r volumes. Nossov almost immediately delves into the extensive fortifications the Hittites built to W e d the borderr oftheir
Anatclian m p i r e antl the commercial routes in it. Nossov taks the reader thtough m&ods of construdion and anatomy ofthe fomes5es including *he postems whose purpose.
states Nossov, is mi undear. Then follows a'touf af three important sites with emphasfs
on thelayout of their fortifioritfons, adiscusfien of sanchraries and population enters, and
noteron the surviving sites. their location and what remains to be seen. Aswith al1 Ospmys,
the boak i5 ~ o f w e l iliustrated
y
wi«i the black and white plmtography a notch a b ~ v *he
e
usual.
Armas de
Grecia y Roma
ISBN:
978-84-9734-7004
Pages:
407
Authdeditor:
Fernando Quesada Sanz
Publisher:
La Esfera de los Litros
Address of Publisher:
www.esferalibros.com
I wish I read Spanish. Because I do not, I can only
comment on the non-textual aspects of this book.
They're good These pages contain hundreds of
clear, full color photos, reconstruction drawings,
maps and illustrations. Overall production values are high. bringing out the illustrations. For
further study, every chapter comes with its own
list of titles for further reading. Many of those
are in English as well, which is also borne out by
the bibliography. Judging by those factors alone,
if any publisher decides to bring an English version on the market, they might well have the next
'edition'of Connolly's Creece and Rome at War on
their hands.
ISBN:
978-1-84603-207-3
Pages:
64
Authorleditor:
Konstantin S Nossov
Publisher:
Osprey Publishmg
Address of Publisher:
www.ospreypublishing.com
Dogs of War
Ever wondered what the 'Wardogs'in the popular computer game Rome: Total War were
based on? David Karunanithy's book lays the evidence out. For the annent Celtic world which makes up the first 40 pages of the book that reaches to the 19th century - there's
not much to go on.The literary evidence is limited to a unambiguous quote from Strabo for
actual use of dogs in war and several indications of warlike dogs used to guard their masters wherever they went. More evidence is derived from early Medieval lrish sources, which
relate vivid and bloody scenes of dogs at war. K. obviously believes that Celticuse of dogs in
war was of amore structural nature. After a discussion of early Medieval dog use, K.lists the
breeds of dogs used for war (although that sometimes cannot be distinguished from hunting) and the glimpses that remain of their actual use on the battlefield throughout history,
including examples from the Classical wor1d.A number of these incidents is related in more
detail and illustrated in the next part of the book. The book throughout is very well illustrated with black and white draw'ngs of representational evidence and severa1 color plates
of dogs in adion. K. clearly shows his reasoning, quoting the sources he adduces verbatim.
The only thing I found slightly annoying is his habit to list a book's complete bibliographical
datain text. He has endnotes, why not put this information in there?
ISBN:
978-0-9555607-2-9
Pager:
218
Authorleditor:
David Kaninanithy
Publisher:
Yarak Publishing
Address of Publisher:
www.yarak.co.uk
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