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Educar Para El Perdón

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Educar Para El Perdón. Taller en línea.
Todos queremos ser felices y tenemos en nuestras manos una de las
claves para lograrlo, el perdón. Este curso afronta el tema, profundiza
en la belleza del perdón y ofrecen algunas soluciones para aplicarlo a la
vida diaria.
Autor: comunidad de Educadores Católicos
Fuente: Mons. Francisco Ugarte Corcuera, "Del Resentimiento al
Perdón. Una Puerta para la Felicidad". 12ª reimpresión, 2008.
¿Ya perdonaste? Es muy frecuente oírlo y creemos haberlo logrado,
pero casi siempre la herida se cierra en falso, por dentro queda el
malestar que con el paso del tiempo supura y hay necesidad de volver
a abrir para sacar el mal de raíz. Olvidar sin perdonar sólo hace que el
corazón resulte dañado porque el rencor volverá algún día tarde o
temprano, y el mal se verá agrandado y hasta con intereses.
El perdón siendo tan difícil, nunca vendría a nuestras fuerzas
humanas, si no tenemos el auxilio de la fe, y el ejemplo de Cristo que
desde lo alto de la cruz escribió la página más bella de amor y de
perdón a todos los hombres, pues perdonó y disculpó a todos:
"perdónalos, porque no saben lo que hacen", sin olvidarnos que el
mismo Cristo puso como única condición para perdonarnos:
"Perdónanos... como también nosotros perdonamos a los que nos
ofenden".
Olvidar sin perdonar sólo hace que el corazón resulte dañado porque
el rencor volverá algún día tarde o temprano, y el mal se verá
agrandado y hasta con intereses.
Introducción
Para algunas personas perdonar es signo de debilidad; otras lo
consideran un contrasentido porque lo suponen un atentado contra la
justica; hay quienes piensan que el perdón se deba condicionarse al
ajuste de cuentas o en el mejor de los casos, a la rectificación del
agresor. También es frecuente que alguien asegure que perdona
cuando en el fondo no está dispuesto a olvidar; o que le parezca
razonable perdonar hasta un cierto límite, porque lo contrario
resultaría intolerable. O que incluso se considera incapaz de perdonar
determinada ofensa, aunque quisiera hacerlo.
No podemos ocultar que el tema del perdón es difícil, pero mucho
más difícil es el vivirlo. Mas debemos reconocer que el perdón es uno
de los medios más importantes para alcanzar la felicidad porque
estabiliza el alma y la llena de paz.
Para tener éxito en este Taller se recomienda a los participantes que,
que para el mejor aprovechamiento del mismo, se procure ser sincero
consigo mismo, especialmente en aquellos puntos en los que de
alguna manera pueda verse reflejada su situación personal.
Lecciones del taller
Primera parte: Lo que es el resentimiento
1. Los estímulos y la respuesta personal
2. El auxilio de la inteligencia y de la voluntad
3. Un veneno que debemos evitar
Segunda parte: La persona resentida
1. Estar o ser resentido
2. Aliados del resentido
3.¿Cómo combatir a los Aliados?
Tercera parte: El perdón
1. Diferencia entre disculpar y perdonar
2. Consecuencias para quien perdona
3. La misericordia Divina
Cuarta parte: el misterio del perdón
1. Por qué perdonar
2. Cómo perdonar
3. Efectos del perdón y la belleza del perdón de Dios.
Conclusión
Quinta parte: Perseverar en el perdón
Primera parte: Lo que es el resentimiento
Tema I. Estímulos y la Respuesta Personal ante el Resentimiento
Para saber cómo debo evitar algo que me hace daño, debo conocer
qué es, de dónde viene y cómo actúa. Explicaremos lo qué es el
resentimiento, sus estímulos y la respuesta que personalmente
podemos dar ante ellos.
El resentimiento suele aparecer como una reacción a un estímulo
negativo que nos hiere. Ordinariamente se presenta en forma de
ofensa o agresión. No toda ofensa produce un resentimiento, pero
todo resentimiento va siempre precedido de una ofensa.
Los estímulos del resentimiento
Las ofensas que causan resentimiento pueden presentarse de diversas
formas:
1. Acción, de alguien contra mí: cuando me agreden físicamente, me
insultan o me calumnian.
2. Omisión, cuando no recibo lo que esperaba como una invitación,
un agradecimiento por el servicio prestado o el reconocimiento por el
esfuerzo realizado.
3. Circunstancias: se puede estar "resentido" por la situación
socioeconómica personal, por algún defecto físico, o por las
enfermedades que se padecen y no se aceptan.
En cualquiera de los casos anteriores, el estímulo que provoca la
reacción del resentimiento puede ser real y ser juzgado por el la
persona ofendida con objetividad. Puede tener fundamento real pero
estar exagerado por el sujeto, como aquél que considera que recibió
un golpe de graves consecuencias cuando a penas lo tocaron, o el que
piensa que nunca le agradecen sus servicios, porque en una ocasión
concreta no le dieron las gracias, o el que se siente invadido de cáncer
cuando sólo tiene un tumor incipiente.
La reacción del resentimiento también puede responder a un
estímulo imaginario, como el que interpreta una frase desagradable
como intento de difamación o el que no recibe el saludo de alguien que tal vez ni siquiera lo vio- y lo traduce como un desprecio, o el que
se considera socialmente marginado por culpa de los demás.
Estas formas muestran, por tanto, en qué medida el resentimiento
depende del modo como se mire una misma realidad. O más
concretamente, de cómo se juzguen las ofensas recibidas (con
objetividad, exageración o de manara imaginaria), esto explica el que
muchos resentimientos que almacenamos sean completamente
gratuitos, porque dependen de la propia subjetividad que aparta de la
realidad, exagerando o imaginando situaciones o hechos que no se
han producido o no están en la intención de nadie.
La respuesta personal
El resentimiento es una reacción ante la agresión que cuando no
interviene la razón humana encauzando o rectificando la reacción,
esta se convierte en algo negativo. Por esto lo determinante en un
resentimiento no está en la "ofensa" recibida, sino en la respuesta
personal.
Y esta respuesta depende de cada quien, porque nuestra libertad nos
confiere el poder de orientar de alguna manera nuestras reacciones.
Covey advierte en "Los 7 Hábitos de la Gente Eficaz" que "no es lo
que los otros hacen ni nuestros propios errores lo que más nos daña,
es nuestra respuesta. Si perseguimos a la víbora venenosa que nos ha
mordido, lo único que conseguiremos será provocar que el veneno se
extienda por todo nuestro cuerpo. Es mucho mejor tomar medidas
inmediatas para extraer el veneno". Esta alternativa se presenta ante
cada agresión: o nos concentramos en quien nos ofendió con su
agravio y entonces surgirá el veneno del resentimiento, o lo
eliminamos mediante una respuesta adecuada, no permitiendo que
permanezca dentro de nosotros. Esto explica que una misma "ofensa"
sufrida por varias personas a la vez con la misma intensidad, puede
causar en unos sólo un sentimiento fugaz de dolor, mientras los otros
pueden quedar resentidos para toda la vida. ¿Es posible realmente
orientar nuestras reacciones ante las ofensas para que no se
conviertan en resentimientos?
La dificultad para poder dar una respuesta adecuada ante una ofensa,
es que el resentimiento se sitúa en el nivel emocional de la
personalidad, porque esencialmente es un sentimiento, una pasión,
un movimiento que se experimenta sensiblemente. Quien está
resentido "se siente herido u ofendido" por alguien o por algo que
influye contra su persona. Y el manejo de los sentimientos no es
sencillo. Unas veces no somos conscientes de ellos y pueden estar
actuando dentro de nosotros sin que nos demos cuenta. Hay quienes
experimentan una especial dificultad para amar a los demás, porque
no recibieron afecto de sus padres en la infancia, pero no pueden
resolver el problema por desconocer la causa. Otras veces ocurre que
el resentimiento queda reforzado por razones que lo justifican,
cuando la persona no sólo se siente herida, sino que se considera
ofendida. Cuando sucede esto, el resentimiento se arraiga más, pero
sigue siendo emocional, una vivencia sensible. Si un marido es
insultado por su esposa, siente el agravio y nace en él el
resentimiento; si además de sentirlo, piensa que ella lo odia, este
pensamiento reforzará el sentimiento que está experimentando.
Reflexión:
Cuenta una leyenda árabe que dos amigos viajaban por el desierto. En
un determinado punto del viaje discutieron, y uno le dio una bofetada
al otro. Éste, profundamente ofendido, sin decir nada, escribió en la
arena: -"Hoy, mi mejor amigo me pegó una bofetada en el rostro".
Siguieron adelante y divisaron un oasis. Torturados por la sed, ambos
echaron a correr y el primero que llegó se tiró al agua de bruces sin
pensarlo y, de pronto, comenzó a ahogarse. El otro amigo se tiró al
agua enseguida para salvarlo. Al recuperarse, tomó un estilete y
escribió en una piedra: -"Hoy, mi mejor amigo me salvó la vida".
Intrigado, el amigo le preguntó: -"¿Por qué después que te lastimé,
escribiste en la arena y ahora escribes en una piedra?". Sonriendo, el
otro le respondió: -"Cuando un gran amigo nos ofende, debemos
escribir en la arena, porque el viento del olvido se lo lleva; en cambio,
cuando nos pase algo grandioso, debemos grabarlo en la piedra de la
memoria del corazón, donde ningún viento en todo el mundo podrá
borrarlo".
Aplicación: ¿las ofensas voluntarias o involuntarias que recibo ¿las
escribo en arena para que el viento del olvido las borre o las grabo en
piedra de la memoria de mi corazón?
Cuestionario práctico
El cuestionario práctico nos ayuda y llena de luz porque confronta
nuestra vida con las exigencias objetivas de la vocación cristiana,
haciéndonos conocer las desviaciones o avances positivos, así como la
raíz más profunda de sus causas. Nos ayuda también a suscitar dentro
de nosotros una actitud de contrición, al propósito de superación
cuando vemos lo negativo y de gratitud con Dios cuando
reconocemos con sencillez nuestro progreso. Además el católico, el
cristiano es un soldado de Jesucristo que con frecuencia debe limpiar,
afilar y ajustar la armadura según lo recomienda San Pablo: "Por lo
demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder, revestíos de
la armadura de Dios para que podáis resistir contra las asechanzas del
diablo…y tras haber vencido todo, os mantengáis firmes" (Ef.6. 1013)
El examen de conciencia realizado con seriedad y continuidad, es un
gran medio para alcanzar el conocimiento personal, la madurez, la
coherencia de vida y el progreso por el camino del bien. Nos hace
sensibles al pecado y nos ayuda a superar las tentaciones, pruebas y
contrariedades.
A continuación te ofrecemos un cuestionario que te ayudará a
examinar tu propia vida, tus principios, tus criterios conforme al
criterio del evangelio.
1. ¿Me conozco a mí mismo (a)? ¿Me acepto como soy? ¿Trabajo
firmemente por superar mis defectos? ¿Conozco mis cualidades?
2. ¿Acepto mis sentimientos? ¿los manejo, controlo, encauzo
adecuadamente? ¿soy una persona serena y equilibrada?
3. ¿Conozco las exigencias de mi vida estado de vida: como hija (o),
esposa (a), padre (madre), en mi trabajo? ¿las cumplo con agrado,
dedicación, alegría?
4. ¿Me llevo bien con los demás? ¿Soy buen compañero (a), amigo (a)
discreto y fiel?
5. ¿Soy capaz de trabajar en equipo? ¿participo, apoyo y colaboro con
entusiasmo? ¿o me opongo a las iniciativas y demás ideas que
proponen los demás?
6. ¿Soy pesimista? ¿pienso frecuentemente en mis fracasos, en mis
metas no logradas?
7. ¿Sé tomar decisiones o vivo al vaivén de mis sentimientos? ¿vivo
por convicciones o de acuerdo a lo que sucede a mí alrededor?
Preguntas que pueden servirte para estructurar tus conclusiones
¿Qué me ha parecido el tema?
¿Qué aplicaciones prácticas encuentro para mi vida?
Tema 2 El auxilio de la Inteligencia y la Voluntad
Hablamos de algunas dificultades que encontramos para configurar la
respuesta conveniente ante una ofensa. Dijimos que el resentimiento
se sitúa en el nivel emocional de la persona, que la persona resentida
"se siente" herida, se "considera" ofendida. Estos sentimientos se
arraigan cuando los estimulamos constantemente.
El auxilio de la Inteligencia
Sin embargo, estas dificultades no son insuperables si hacemos buen
uso de nuestra capacidad de pensar. La inteligencia se forma cuando
aprendemos a pensar, cuando descubre por sí misma, cuando lee el
interior de las realidades. El conocimiento propio, mediante la
reflexión periódica sobre nosotros mismos, nos permite ir conectando
las manifestaciones de nuestros resentimientos con las causas que lo
originan, y en esta medida, nos vamos encontrando en condiciones de
entender lo que nos pasa, lo cuál favorecerá a encontrar la solución.
Si al analizar las ofensas que hemos recibido hacemos un esfuerzo por
comprender por qué el ofensor actuó de esa manera y por
comprender la razón de su modo de proceder en esa determinada
circunstancia, nuestra reacción negativa se verá reforzada por estos
pensamientos más objetivos y en muchos casos desaparecerá el
resentimiento experimentado por debilitamiento del estímulo, por
falta de refuerzo que agigante el sentimiento. Cuando un hijo recibe
una reprensión de su padre porque se portó mal, si es capaz de
entender la intención del padre que sólo busca ayudarle mediante
esta llamada de atención, podrá incluso quedar agradecido. Esto
refleja en qué medida nuestra inteligencia puede influir,
descubriendo motivos o proporcionando razones, para evitar o
eliminar los resentimientos. Se trata de una influencia directa Aristóteles hablaba de un dominio político y no despótico de lo
racional sobre lo sensible-, que modifica las disposiciones afectivas y
favorece la desaparición del veneno. Esto es principalmente claro en
los casos en los que la supuesta ofensa se interpretó inicialmente de
manera exagerada o imaginaria.
La intervención de la voluntad
Otro recurso con que contamos para echar fuera de nosotros el
agravio, sin tenerlo, incluso en el caso de las ofensas reales, es nuestra
voluntad, por su capacidad de auto determinarse, pues como
acertadamente advierte Carlos Llano, "la causa eficiente- efectiva,
física, psíquica, real- de la voluntad es la voluntad misma". En efecto
cuando recibimos una agresión que nos duele, podemos decidir no
retenerla para que no se convierta en un resentimiento. Eleanor
Roosevelt solía decir: "Nadie puede herirte sin tu consentimiento", lo
cual significa que depende de nosotros que la ofensa produzca una
herida. Gandhi afirmaba ante las agresiones y maltrato de los
enemigos: "Ellos no pueden quitarnos nuestro auto respeto, si
nosotros no se lo damos". Ciertamente este no es un asunto fácil,
porque dependerá da la fortaleza del carácter de cada persona para
orientar sus reacciones en esta dirección. Marañón advertía que "el
hombre fuerte reacciona con directa energía ante la agresión y
automáticamente expulsa, como un cuerpo extraño, el agravio de su
conciencia". Esta elasticidad salvadora no existe en el resentido". Es
interesante que la voluntad fuerte en este terreno se caracterice por
ser elástica, más que dura o insensible, en cuanto que su función
consiste en echar fuera el agravio que realmente se ha sufrido, en no
permitir que se convierta en una herida que contamine todo el
organismo interior.
En quien carece de esta capacidad de dirigir su respuesta por falta de
carácter, porque no ha sabido fortalecer su voluntad, la ofensa,
además de provocar una emoción negativa, se repite y el
sentimiento permanece dentro del sujeto, se vuelve a experimentar
una y otra vez, aunque el tiempo transcurra. En esto precisamente
consiste el resentimiento: "Es un volver a vivir la emoción misma, un
volver a sentir, un re-sentir". Algo muy distinto del recuerdo o de la
consideración intelectual de la ofensa o de las causas que lo
produjeron. Más aún, una ofensa puede ser recordada al margen del
resentimiento, por la sencilla razón que no se tradujo en una reacción
sentimental negativa y, en consecuencia, no se retuvo
emocionalmente. En cambio, el resentimiento es un re-sentir, un
volver a sentir la herida porque permanece dentro, como un veneno
que altera la salud interior: "la agresión queda presa en el fondo de la
conciencia, acaso inadvertida; allí dentro incuba y fermenta su
acritud; se infiltra en todo nuestro ser; y acaba siendo la rectora de
nuestra conducta y de nuestras menores reacciones. Este sentimiento,
que no se ha alimentado, sino que se ha retenido e incorporado a
nuestra alma, es el resentimiento. Es significativo que algunas
personas que están resentidas refieran las ofensas de que han sido
victimas con tal cantidad de detalles que uno pensaría que acaban de
ocurrir; cuando se les pregunta cuándo tuvieron lugar esos terribles
hechos, su respuesta puede remontarse a decenas de años. La razón
por la cual son capaces de describir lo sucedido con lujo de detalle es
porque se han pasado la vida concentrada en tales agravios, dándole
vueltas, provocando que la herida permanezca abierta. "Por tanto,
podemos concluir que: resentimiento= sentirse dolido y no olvidar".
La voluntad débil es también origen de resentimientos por otra razón,
más sutil, pero ciertamente real. Al no alcanzar lo que desearía o al no
lograr lo que se propone, la voluntad influye sobre el entendimiento
para que éste deforme la realidad y quite valor a aquello que no ha
podido conseguir. En otras palabras "el resentimiento consiste en una
falsa actitud respecto de los valores. Es una falta de objetividad en el
juicio y de apreciación, que tiene su raíz en la flaqueza de la voluntad.
En efecto, para alcanzar o realizar un valor más elevado hemos de
poner un mayor esfuerzo de voluntad. Por lo cual, para librarme
subjetivamente de la obligación de poner ese esfuerzo , para
convencerme de la inexistencia de ese valor, el hombre disminuye su
importancia, le niega el respeta a que la virtud tiene derecho en
realidad, llega a ver en ella un mal a pesar de que la objetividad obliga
a ver en ella un bien. Parece pues que el resentimiento posee los
mismos rasgos característicos que el pecado capital de la pereza.
Según santo Tomás, la pereza es "esa tristeza que proviene de la
dificultad del bien".
Reflexión:
En la antigua Grecia, Sócrates fue famoso por su sabiduría y por el
gran respeto que profesaba a todos. A él se le atribuye la siguiente
anécdota...
Un día un conocido se encontró con el gran filósofo y le dijo:
- ¿Sabes lo que escuché acerca de tu amigo?.
- Espera un minuto -replicó Sócrates-.
Antes de decirme nada quisiera que pasaras un pequeño examen. Yo
lo llamo el examen del triple filtro.
- ¿Triple filtro?
- Correcto -continuó Sócrates-. Antes de que hables sobre mi amigo,
puede ser una buena idea filtrar tres veces lo que vas a decir. Es por
eso que lo llamo el examen del triple filtro.
El primer filtro es la verdad. ¿Estás absolutamente seguro de que lo
que vas a decirme es cierto?
- No -dijo el hombre-, realmente solo escuché sobre eso y... Bien -dijo
Sócrates- , entonces realmente no sabes si es cierto o no.
Ahora permíteme aplicar el segundo filtro, el filtro de la bondad. ¿Es
algo bueno lo que vas a decirme de mi amigo?
- No, por el contrario...
- Entonces, deseas decirme algo malo sobre él, pero no estás seguro de
que sea cierto.
Pero podría querer escucharlo porque queda un filtro: el filtro de la
utilidad. ¿Me servirá de algo saber lo que vas a decirme de mi amigo?
- No, la verdad que no. Bien -concluyó Sócrates-, si lo que deseas
decirme no es cierto, ni bueno, e incluso no me es útil, ¡¡¡¿para qué
querría yo saberlo?!!!
Aplicación: este sentimiento de dolor que siento por esta ofensa
recibida ¿Es verdad? ¿Me hace bien recordarlo? ¿Me es útil
mantenerlo?
Cuestionario práctico
El cuestionario práctico nos ayuda y llena de luz porque confronta
nuestra vida con las exigencias objetivas de la vocación cristiana,
haciéndonos conocer las desviaciones o avances positivos, así como la
raíz más profunda de sus causas. Nos ayuda también a suscitar dentro
de nosotros una actitud de contrición, al propósito de superación
cuando vemos lo negativo y de gratitud con Dios cuando
reconocemos con sencillez nuestro progreso. Además el católico, el
cristiano es un soldado de Jesucristo que con frecuencia debe limpiar,
afilar y ajustar la armadura según lo recomienda San Pablo: "Por lo
demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder, revestíos de
la armadura de Dios para que podáis resistir contra las asechanzas del
diablo…y tras haber vencido todo, os mantengáis firmes" (Ef.6. 1013)
El examen de conciencia realizado con seriedad y continuidad, es un
gran medio para alcanzar el conocimiento personal, la madurez, la
coherencia de vida y el progreso por el camino del bien. Nos hace
sensibles al pecado y nos ayuda a superar las tentaciones, pruebas y
contrariedades.
A continuación te ofrecemos un cuestionario que te ayudará a
examinar tu propia vida, tus principios, tus criterios conforme al
criterio del evangelio.
1. ¿Me preocupo por cultivar mi inteligencia? ¿Estudio y me capacito
para superarme?
2. ¿Soy capaz de analizar las situaciones, los problemas? ¿Les doy
pronta solución? ¿Soy indeciso?
3. ¿Cómo es mi voluntad? ¿Fuerte? ¿Luchadora? ¿Perseverante?
4. ¿Soy capaz de pedir consejo? ¿Creo que sólo yo tengo las respuestas
y la razón? ¿Recurro a personas que realmente puedan orientarme
cuando lo necesito?
5. ¿Pienso que sin abnegación y sacrificio se pueden alcanzar grandes
metas?
6. ¿Si algo me molesta se lo ofrezco a Dios? ¿Me muestro molesto (a) e
impaciente ante todo aquello que me mortifica? ¿Es norma en mi
conducta el hacer lo que me agrada y es cómodo?
7. ¿Necesito con mucha frecuencia una palabra de ánimo para seguir
adelante? ¿O me basta la conciencia y la voluntad?
8. Cuando fracaso o me va mal en algo ¿el mundo se me cae encima?
¿Busco hacer nuevo esfuerzo de superación y no me dejo llevar por el
sentimiento de derrota?
9. ¿Cualquier actitud de los demás que no concuerda con lo que me
agrada, ¿me desconcierta y enfada? ¿resto importancia a estas
pequeñas contrariedades?
10. ¿Domino mi temperamento cuando practico algún deporte o
juego? ¿Sé ganar con equilibrio? ¿Sé perder con nobleza? ¿Tengo
dominio en mis palabras?
Tema 3 Un veneno a evitar
Sentirse, lamentarse o resentirse
La forma de reaccionar ante las ofensas suele estar muy relacionada con los
rasgos temperamentales. Por ejemplo la persona que es muy emotiva siente
más una agresión que el que no es tan emotivo; la persona que vive más las
cosas en el interior (secundaria), suele retener más la reacción negativa ante
una ofensa que la persona que olvida con facilidad lo que siente cuando vive
las situaciones (primaria); y la persona que es activa cuanta con más recursos
para dar salida al sentimiento negativo que provoca la ofensa que el que es
menos activo.
Hay un modo de reaccionar ante la ofensa que se caracteriza ante todo por su
pasividad; consiste en distanciarse de quien ha cometido la agresión, en
ocasiones incluso retirándole la palabra. Son estas personas cuya susceptibilidad
está a flor de piel. Es tan fácil ofender a una persona de estas, basta con rozarle
la ropa, darle un pequeño empujón, involuntario desde luego, en el tumulto
del autobús; quedarse viendo por un segundo a la esposa, así sea para constatar
su fealdad, porque dos segundos ya no se resistiría; saludarlo con cara seria,
simplemente porque uno trae dolor de muelas. A estas personas susceptibles
no hay que tocarlas ni con los pétalos de una rosa, porque se siente. Para ellas
estar sentido con alguien es lo mismo que estar dolido, triste, enojado por
algún desaire que les hicieron. Muchas veces real y muchas más, aparente.
La imaginación de una persona “que se siente” trabaja horas extras viendo
moros con trinchete, donde no hay moros ni trinchetes. Es como su estado
natural creer ver aquí y allá malas caras, malas voluntades, siempre en espera
de lo peor, temerosa a cada paso de la emboscada, con lo que ella misma se
abre una fuente de sufrimientos y pequeños odios más o menos gratuitos.
Otras veces la reacción se manifiesta en simples lamentaciones y protestas
verbales, que son como un desahogo de quien está sentido, sin que se traduzcan
en acciones ulteriores. Es el caso, por ejemplo del hijo mayor en la parábola del
hijo pródigo que Nouwen glosa de la siguiente manera: “no es de extrañar que
en su ira, el hijo mayor se queje del padre…`nunca me has dado ni un cabrito
para celebrar una fiesta con mis amigos. ¡Pero llega ese hijo tuyo, que se ha
gastado tu patrimonio con prostitutas, y le matas el ternero cebado!’. Estas
palabras demuestran hasta qué punto este hombre está dolido. Su persona se
siente herida por la alegría del padre, su propia ira le impide reconocer a este
sin vergüenza como su hermano. Con las palabras `este hijo tuyo’ se distancia
de su hermano y también de su padre.
Los mira como a extraños que han perdido todo el sentido de la realidad y se
han embarcado en una relación inapropiada, considerando la vida que ha
llevado el pródigo. El hijo mayor ya no tiene un hermano. Tampoco tiene ya
un padre. Se han convertido en dos extraños para él. A su hermano, un
pecador, le mira con desdén; a su padre, dueño de un esclavo, le mira con
miedo”.
En cambio cuando el sentimiento de susceptibilidad que se retiene incluye el
afán de venganza, de desquite, entonces se trata propiamente de un
resentimiento, en el sentido clásico del término. El resentido no sólo siente la
ofensa que le hicieron, sino que la conserva unida a un sentimiento de rencor,
de hostilidad, hacia las personas causantes del daño, que le impulsa a la
revancha. En estos casos el sentimiento de rencor se va asociando poco a poco
con sentimientos de venganza, de ajuste de cuentas, no dejando las cosas tal y
como han quedado. El razonamiento se formula así `me has hecho mucho
daño con tu manera de actuar y lo pagarás antes o después, sea como sea’. En
estos casos, la persona resentida incluye la intención de realizar una acción
semejante ala recibida.
En ocasiones el resentido no puede actuar contra aquél que considera le ha
dañado, por el motivo que sea entonces su reacción puede recaer sobre quienes
nada tienen que ver con el asunto. El padre de familia que es agresivo en casa
frecuentemente está dando cause a los sentimientos acumulados en su vida
profesional, convirtiendo a los suyos, su mujer e hijos, en las víctimas de sus
frustraciones. Paralelamente, la mujer interiormente herida puede proyectar
su situación quizá no con actitudes agresivas, pero si con irritación, mal
humor, indirectas que expresan molestias, actitudes que lastiman
profundamente el ambiente familiar, donde el marido y los hijos esperan de
ella una conducta conciliadora, serena y alegre.
El resentido retiene interiormente la ofensa porque no quiere olvidar. Se siente
herido o dolido por el trato recibido. En determinados momentos y ante unas
circunstancias concretas, puede recordar y describir con todo detalle, porque
ha vivido concentrado en ese suceso. Sucede que vuelve sobre el hecho una y
otra vez, ante ciertos estímulos recordatorios. La detonación del resentimiento
puede venir años después de los hechos que lo hicieron germinar. Los años de
espera y el minucioso análisis de las ofensas van acrecentando la pasión que
puede llevar a acciones inimaginables.
Un veneno que me tomo yo, esperando que le haga daño a otro
El verdadero daño lo padece el resentido, aunque su intención se dirija contra
un tercero. El resentimiento es un veneno que me tomo yo, esperando que le
haga daño a otro. Puede ocurrir que aquél contra quien va dirigido el rencor ni
siquiera se entere, mientras que quien lo está evidenciando se está
carcomiendo por dentro. Un veneno tiene efectos destructivos para el
organismo y el resentimiento lo que produce es frustración, tristeza, amargura
en el alma. Es el peor enemigo de la felicidad porque impide enfocar la vida
según la verdad y aleja a las personas del bien.
Comprender cómo es el resentimiento es el primer paso para poder evitarlo.
Recuerda sus características
El resentimiento es un sentimiento que aparece como una reacción emocional
negativa ante una ofensa recibida y que permanece en el interior de la
persona, de manera que la vuelve a vivir, a sentir, una y otra vez (se resiente).El el resentimiento propiamente dicho, incluye la casi siempre la
venganza.
Lo puede producir una acción, una omisión o una circunstancia, parte de un
hecho real pero vivido de manera exagerada o incluso imaginaria.
Algunos antídotos contra este veneno
Dijimos que en muchos casos en las personas resentidas suele haber un error
en la forma como interpretan los hechos ocurridos, y una voluntad débil que
no sabe impedir que estos (negativos sentimientos) sentimientos negativos se
arraiguen en la memoria y poco a poco en el corazón.
Cuando mi inteligencia es capaz de reflexionar y de juzgar en la verdad, no
desde lo que siento, eliminando la exageración y lo imaginario, tratando de
comprender los motivos y lo que pudo llevar a esa persona a actuar de ese
modo conmigo; entonces muchos resentimientos reducen su intensidad o
incluso desaparecen.
Cuando la voluntad es fuerte y no permite que las heridas permanezcan
dentro porque las expulsa como a un cuerpo extraño, entonces el sentimiento
negativo ante una ofensa será sólo un dolor pasajero.
Todo esto se facilita si contamos con la ayuda de Dios, que clarifica la
inteligencia y fortalece nuestra voluntad cuando con sinceridad buscamos
actuar el bien, cuando nos esforzamos por comprender y aceptar al otro,
cuando buscamos de verdad y con sinceridad amar al prójimo.
Reflexión
El árbol de los problemas
El carpintero que había contratado para ayudarme a reparar una vieja granja,
acababa de finalizar un duro primer día de trabajo. Su cortadora eléctrica se
dañó y lo hizo perder una hora de trabajo y ahora su antiguo camión se negaba
a arrancar. Mientras le llevaba a su casa, se sentó en silencio. Cuando llegamos,
me invitó a conocer a su familia. Mientras nos dirigíamos a la puerta de su
casa, se detuvo brevemente frente a un pequeño árbol, tocando las puntas de
las ramas con ambas manos. Cuando se abrió la puerta, el rostro de aquel
hombre se transformó, sonrió, abrazó a sus dos pequeños hijos y le dio un beso
a su esposa. Luego me acompañó hasta el coche. Cuando pasamos cerca del
árbol, sentí curiosidad y le pregunte por lo que lo había hecho un rato antes.
"Oh, ese es mi árbol de problemas", contestó. "Sé que no puedo evitar tener
problemas en el trabajo, pero una cosa es segura: los problemas no pertenecen
a la casa, ni a mi esposa, ni a mis hijos. Así que simplemente los cuelgo en el
árbol cada noche cuando llego a casa. Luego, a la mañana siguiente, los recojo
otra vez. Lo bueno es -concluyó sonriendo- que cuando salgo por la mañana a
recogerlos, no hay tantos como los que recuerdo haber colgado la noche
anterior".
Cuestionario práctico
El cuestionario práctico nos ayuda y llena de luz porque confronta nuestra
vida con las exigencias objetivas de la vocación cristiana, haciéndonos conocer
las desviaciones o avances positivos, así como la raíz más profunda de sus
causas. Nos ayuda también a suscitar dentro de nosotros una actitud de
contrición, al propósito de superación cuando vemos lo negativo y de gratitud
con Dios cuando reconocemos con sencillez nuestro progreso. Además el
católico, el cristiano es un soldado de Jesucristo que con frecuencia debe
limpiar, afilar y ajustar la armadura según lo recomienda San Pablo: “Por lo
demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder, revestíos de la
armadura de Dios para que podáis resistir contra las asechanzas del diablo…y
tras haber vencido todo, os mantengáis firmes” (Ef.6. 10-13)
A continuación te ofrecemos un cuestionario que te ayudará a examinar tu
propia vida, tus principios, tus criterios conforme al criterio del evangelio.
¿Cómo vivo las situaciones difíciles de la vida? ¿Las cargo conmigo recordando
constantemente el dolor que me produjeron o me producen?
¿Cuento mis penas y sufrimientos a todo mundo o sólo aquellos a quienes debo
contárselos?
¿Se prescindir de mí mismo (a) cuando hay cosas que me gustan pero disgustan
a los demás?
¿Vivo atento(a) a hacer felices a cuantos me rodean? ¿Aún cuando tenga que
hacer un sacrificio?
Cualquier actitud de los demás que no concuerda con lo que me agrada, ¿Me
desconcierta y enfada? ¿Me irrita durante muchos días y guardo rencor?
¿Sé dominar mi impaciencia? ¿Pierdo lo mejor de mis energías y de mi tiempo
en enojarme por pequeñas tonterías? ¿Sé restar importancia a las cosas que no
la tienen? ¿Me ejercito en el dominio propio? ¿Soy constante en eso?
Ante ciertas situaciones críticas y dolorosas ¿mis reacciones son desde la fe?
¿Me dejo llevar por mi orgullo, mi soberbia, mi ambición, mi sensualidad, mi
racionalismo?
Segunda parte: La persona resentida
Tema 4 Estar o Ser Resentido
¿Cómo saber si soy una persona resentida?
Ya hemos hablado de lo que es el resentimiento y su forma de manifestarse en
el sentimiento y en la actitud de las personas. Ahora necesitamos de una fuerte
dosis de sinceridad para observarnos a nosotros mismos y ver hasta dónde
podemos caer en este juego del resentimiento y como consecuencia
envenenarnos con el rencor.
Hay personas que tienen una especial inclinación al resentimiento, se
Sienten con mucha facilidad, reaccionan desproporcionadamente ante
situaciones difíciles, dolorosas o simplemente que no son de su agrado,
acumulando rencores infundados.
Recordemos situaciones en las que podemos sentir el resentimiento:
- Determinadas acciones: un comentario crítico, una llamada de atención una
mirada de indiferencia o desprecio, un determinado tono de voz, una ironía,
etc.
- Omisiones de los demás: el que se siente herido porque no le felicitaron el
día de su cumpleaños, porque alguien no lo saludó, no le dio las gracias o no lo
invitó a su fiesta; o tal vez porque siente que no valoran lo que hace, no lo
toman en cuanta, no le piden su opinión o no le hacen caso.
Si ante estas situaciones sientes que el mundo se te viene encima, te sientes
sumamente agredido o entristecido y lleno de amargura, lo más probable es
que seas una persona RESENTIDA.
¿Qué puedo hacer?
Lo primero es preguntarnos si ese sentimiento negativo que siento es
proporcionado a la realidad de la acción o de la omisión. ¿De verdad no me
felicitó porque le caigo mal o simplemente porque es así distraído (a)? ¿De
verdad me ofende cada vez que me habla con ese tono que no me gusta o es su
forma de indicar las cosas sobre todo en ciertos temas?
¿Estoy sentido o soy resentido?
. Una persona está sentida cuando, por algún suceso concreto, se encuentra
interiormente dolida y permanece este dolor dentro. Cosa muy normal,
humana y que todos experimentamos.
. Cuando este sentimiento se ha convertido en una forma de ser, cuando yo, no
sólo estoy sentida, sino me siento con facilidad, entonces soy una persona
resentida
Cuando alguien ya no sólo está, sino que es resentido, sus reacciones afloran
continuamente y a veces en forma agresiva, incluso ante situaciones que no
son ofensivas. Esto deriva de situaciones que no se han aceptado y perdonado
y por esto aparecen una y otra vez robando la paz del alma.
Es importante detenernos aquí y pensar si dentro de nosotros mismos estamos
sentidos o somos resentidos.
Dentro del estar y ser resentidos hay algunos Aliados que facilitan
convertirnos en personas resentidas e incapaces de disculpar y mucho menos
perdonar. Estas son: el egocentrismo, el sentimentalismo, la imaginación y la
inseguridad. En esta sesión del curso hablaremos del primero
El egocentrismo y el olvido de sí
El egocentrismo es la tendencia a girar en torno a nosotros mismos,
convertirnos en el centro de nuestros pensamientos y punto de partida de
todas las acciones. La persona egocéntrica cambia constantemente de humor
porque de demasiada importancia a todo lo que a ella se refiere especialmente
si se trata de cosas negativas por parte de los demás.
San José María Escrivá afirmaba que “las personas que están pendientes de sí
mismas, que actúan buscando sólo su propio bien, son inevitablemente
infelices y desgraciadas. Sólo quien se olvida de sí y se entrega a Dios y a los
demás puede ser dichoso en la tierra con una felicidad que es preparación y
anticipo del cielo”.
El siguiente cuestionario nos ayudará a reflexionar sobre nuestra capacidad de
egocentrismo y olvido de sí
1. ¿Suelo usar la palabra yo para empezar cualquier frase?
2. ¿Me dejan indiferentes las noticias de catástrofes, accidentes y permanezco
ajeno en general?
3. ¿Oro por los demás? ¿especialmente por aquellos que se encuentran en
mayor dificultad en su vida?
4. ¿Suelo interpretar mal la forma de actuar de los demás? ¿Si no de todos al
menos de algunas? ¿O he formado la costumbre de mirar todo con ojos de
bondad, de disculpa, de aceptación?
5. ¿Me molesta tratar a las personas que me son antipáticas? ¿Trato de noten
mi antipatía?
6. ¿Impongo constantemente mi parecer? ¿Creo que sólo yo tengo la razón?
¿no me gusta recibir consejos? ¿O sé cambiar de opinión con sencillez?
¿reconozco ante los demás cuando me equivoco?
7. ¿Me alegran sinceramente los éxitos ajenos? ¿se hablar bien de los demás?
¿O soy altanero (a), brusco(a)?
8. ¿Renuncio a mis gustos o caprichos personales para complacer a mi esposo
(a), hijos, compañeros de trabajo, a cualquiera? ¿o más bien nunca tengo
tiempo para agradecer o hacer favores?
¿Cómo olvidarnos de nosotros mismos?
La respuesta como ya lo mencionamos anteriormente es mediante la entrega a
Dios y a los demás. Un gran ejemplo de olvido de sí, es el que nos dio la Madre
Teresa De Calcuta, cundo le preguntaban por su salud decía: “no sé, no he
pensado en ello, tengo tantas cosas que hacer por los demás como para pensar
en mi propia salud”.
Para concluir esta sesión te invitamos a reflexionar y a llevar a la práctica la
siguiente oración:
Señor, cuando tenga hambre, dame alguien que necesite comida;
Cuando tenga sed, dame alguien que precise agua;
Cuando sienta frío, dame alguien que necesite calor.
Cuando sufra, dame alguien que necesita consuelo;
Cuando mi cruz parezca pesada, déjame compartir la cruz del otro;
Cuando me vea pobre, pon a mi lado algún necesitado.
Cuando no tenga tiempo, dame alguien que precise de mis minutos;
Cuando sufra humillación, dame ocasión para elogiar a alguien;
Cuando esté desanimado, dame alguien para darle nuevos ánimos.
Cuando quiera que los otros me comprendan, dame alguien que necesite de mi
comprensión;
Cuando sienta necesidad de que cuiden de mí, dame alguien a quien pueda
atender;
Cuando piense en mí mismo, vuelve mi atención hacia otra persona.
Haznos dignos, Señor, de servir a nuestros hermanos;
Dales, a través de nuestras manos, no sólo el pan de cada día, también nuestro
amor misericordioso, imagen del tuyo.
Madre Teresa de Calcuta M.C.
Tema 5 Aliados Del Resentimiento y Obstáculos Para El Perdón
En la sesión anterior se mencionaba que dentro del estar y ser resentidos hay
algunos Aliados que facilitan convertirnos en personas resentidas e incapaces
de disculpar y mucho menos perdonar. Conocimos al egocentrismo como uno
de los principales aliados. En esta lección nos ocuparemos ahora del
sentimentalismo, la imaginación y la inseguridad.
El sentimentalismo
Los sentimientos juegan un papel muy importante en la conducta, entre otras
cosas su presencia intensifica la acción humana, da en algunos momentos
fuerza a las decisiones de la persona para que alcance sus metas. El Catecismo
de la Iglesia Católica advierte la insuficiencia de la voluntad, cundo no es
seguida por los sentimientos “la perfección moral consiste en que el hombre
no sea movido al bien sólo por su voluntad, sino también por su apetito
sensible (…), por su corazón”. Los sentimientos son una fuerza que pueden
mover a hacer el bien, sumándose a la fuerza de la voluntad. Además, cuando
a las cosas que debemos hacer le metemos el corazón, como suele decirse, la
calidad de nuestras acciones crece porque se humanizan. Lo contrario cuando
a nuestras acciones les falta corazón (sentimientos) son frías o indiferentes que
no resulta agradable a Dios ni a los demás.
Pero para que los sentimientos jueguen un papel positivo en la conducta deben
estar dirigidos por la inteligencia y la voluntad. Cuando esto no ocurre y las
personas no controlan sus emociones, sino que son gobernadas por ellas,
entonces se cae en el sentimentalismo. Cuando se vive así cualquier ofensa o
agresión genera una reacción desproporcionada que fácilmente se convierte en
un resentimiento porque la fuerza del sentimiento cierra campo a la
conciencia y disminuye la capacidad de modificar voluntariamente la reacción
que nos viene. Los sentimientos cuando no son dirigidos por la inteligencia y
la voluntad suelen ser egocéntricos, lleven a la persona a buscar sólo su interés
personal y egoísta. Por ejemplo, amar a alguien se convierte en una búsqueda
de efecto, compasión o cualquier otro tipo de complacencia y no en un amar
desinteresadamente al otro.
La solución ante el sentimentalismo consistirá en formar la voluntad para que
pueda no ser gobernada por las pasiones y los sentimientos, de manera que
actúe guiada por la recta razón. Y la voluntad se fortalece mediante el
ejercicio, por actos pequeños como vivir el orden en el trabajo, comenzando y
terminando a tiempo, trabajando realmente sin perder tiempo, terminar lo que
se ha comenzado, etc.
La imaginación
La imaginación también influye de manera determinante en el resentimiento.
La imaginación es una facultad que tenemos que favorece de por si la
creatividad, ayuda a descubrir soluciones ante los problemas, enriquece la
manera de percibir las cosas. Pero cuando escapa de nuestro control y lo hace
por cuenta propia, nos aleja de la realidad, deforma la manera de conocer las
cosas, los acontecimientos y mucho más las acciones de los otros, y se
convierte en fuente de complicaciones interiores. La imaginación sin control
acaba exagerando las cosas. Por ejemplo si una persona me hace una pequeña
ofensa (me roba el turno de la fila del Banco, mercado, etc.…) la considero
una gigante agresión y más si relaciono a esa persona como conocida y no me
saluda, juzgo al acto (me roba el turno de la fila en el Banco) como un
desprecio y una humillación completamente intencional.
En estos casos lo que debemos hacer es cortar tajantemente todo lo que fabrica
la imaginación antes de que nos lleven a conclusiones que no son verdaderas o
que no contienen intenciones que nosotros creemos.
Cuando no hay dominio sobre la imaginación se suma la falta de control de los
sentimientos y así se produce un círculo vicioso muy complicado.
La inseguridad
El resentimiento es una reacción emocional negativa que permanece dentro de
la persona, esta presencia hace que la herida (provocada por la ofensa recibida)
se vuelva a vivir una y otra vez. La falta de fortaleza en el carácter que es
dominado por la imaginación, los sentimientos y el egoísmo provoca una gran
inseguridad personal. La persona insegura está llena de una baja autoestima,
carece de confianza en sí misma y vive con el temor constante de ser agredida,
ignorada y rechazada por los demás.
La inseguridad frecuentemente lleva a la persona a buscar llamar la atención
por caminos variadísimos. Por ejemplo; cuando somos niños aprendemos que
enfermarse es una de las maneras más rápidas de llamar la atención porque los
papás y parientes están cerca e inmediatamente nos sentimos más amados y
seguros. Algunas personas jamás superan esta idea y se las ingenian para estar
siempre enfermos de algo.
Cuando estas personas no consiguen, a pesar de todo lo que se ingenian, ser el
centro de atención, se sienten mal, sufren y fácilmente se resienten.
Si esta inseguridad se asocia con el pesimismo la persona puede considerarse
víctima y fomentar autocompasión: “no me quieren, no me valoran, me
rechazan, no me hacen caso, etc.”
Es muy duro vivir con una persona que siempre se está quejando, y muy poca
gente sabe cómo dar respuesta a las quejas de una persona que se rechaza a sí
misma. Lo peor de todo es que, generalmente, la queja, una vez expresada,
conduce a lo que quieren evitar: más rechazo.
Para concluir esta sesión del curso te invitamos a leer y reflexionar la siguiente
historia de José Luis Martín Descalzo. En ella verás un ejemplo de cómo el
sentimentalismo, la imaginación y el egoísmo conducen a una inseguridad
personal gigante que nos lleva a olvidar el gran corazón que realmente existe
en los demás…
Historia de doña Anita
Doña Anita es una vieja-viejísima-viuda-viudísima que vive en una ciudad de
cuyo nombre prefiero no acordarme. Porque esto que voy a contar es una
historia absolutamente real, aun cuando tenga tanto olor a fábula como tiene.
Doña Anita tuvo la desgracia de enviudar a los cuatro días de casada, pues su
marido («su Paco», dice ella) murió siendo no se acuerda si teniente o capitán
en una lejanísima guerra, que ya no está muy segura si fue la de África o la de
Cuba. Lo que sí sabe doña Anita es que su Paco la dejó con el ciclo y la tierra.
Que de él sólo queda una preciosa fotografía, ya amarillenta; unas viejas
sábanas de seda, que sólo se usaron cuatro noches, y una pensión de 5.105
pesetas.
Con este fabuloso sueldo vive doña Anita, convertida ya en una gacela
antediluviana, rodeada por un mundo de monstruos. Pero doña Anita se las
arregla para que sus cinco billetes lleguen a fin de mes, dando por supuesto
que las primeras 105 se las gasta cada día 30, al cobrar, en una vela, que
enciende en honor y recuerdo de su Paco.
Hace no muchos meses, un día 30 pagaron a doña Anita su pensión con un
solo billete de 5.000, un billete de 100 y una moneda de 5 pesetas. A doña
Anita le alegró tener por primera vez en las manos aquel billete, que le parecía
un premio gordo, pero al mismo tiempo le entraron todos los temblores del
infierno ante la hipótesis de que pudiera perderlo. No estaría segura hasta que,
a la mañana siguiente, lo cambiara en la tienda.
Y los sudores del infierno llegaron cuando, al ir a pagar sus verduras, después
de su misa, se encontró con que, a pesar de todas sus precauciones, o quizá a
causa de ellas, el billete de 5.000 no aparecía. Doña Anita revolvió y volvió del
revés su bolso, Pero nada. Hizo cinco veces el camino que iba de su casa a la
iglesia y de la iglesia al mercado. Pero nada. Buscó debajo de todos los bancos
del templo, corrió los muebles todos de su casa...Y nada.
La angustia se hizo dueña de su corazón. ¿Cómo podría vivir ahora los treinta
horribles e interminables días del mes si no tenía un solo céntimo en el banco,
si todas las personas a las que conociera en este mundo estaban ya en el otro?
Volvió a recontar todas sus cosas y comprobó, una vez más, que no quedaba
nada de valor por vender... salvo, claro, aquellas sábanas de seda viejísimas,
aquel juego de café de plata que le regalaron sus hermanos el día de su boda y
aquel viejo medallón de su madre. ¡Pero vender eso sería como venderse a sí
misma!
Malcomió aquel día con las sobras que quedaban en la, vieja nevera y apenas
durmió en la larga noche. « ¡Eso es! -pensó entre dos sueños angustiados-, ¡el
billete lo perdí en el ascensor, al bajar para ir a misa!» Se levantó temblando y,
con un abrigo encima del camisón, salió a la escalera. ¡Pero ni en el ascensor ni
en la escalera había nada! Y regresó a su lecho como una condenada a muerte.
A la mañana, cuando salió a misa -Dios era ya lo único que le quedaba- clavó
en la cabina del ascensor una tarjetita en la que anunciaba que si alguien había
encontrado un billete de 5.000 pesetas hiciera el favor de devolvérselo a...
Pero lo clavó sin la menor de las confianzas,
Aquella misa fue la más triste en la vida de doña Anita. Cuando el sacerdote
comenzó a rezar el «Yo pecador», la viuda-viudísima se acordó de que ayer, en
una de sus idas y venidas, se había cruzado en la escalera con la otra viuda del
cuarto -ésa a la que los vecinos llamaban, para distinguirla de ella, la viuda
alegre, y no sin motivos, según decían- y había comprobado que acababa de
estrenar un precioso bolso de cuero. ¡Ahí estaban fundidas sus 5.000 pesetas!
¡Era claro como la luz del día!
Pero mientras el sacerdote leía el Evangelio, doña Anita recordó que las dos
chicas del tercero, ésas que volvían todas las noches a las tantas, con sus
novios, en motos estruendosas, habían llegado ayer aún mucho más tarde de lo
ordinario. ¡Y doña Anita tembló ante el simple pensamiento de lo que aquellas
dos perdidas hubieran podido hacer con sus 5.000 pesetas!
Cuando el sacerdote recitó el ofertorio vino al pensamiento de doña Anita su
vecino del segundo, el carnicero, un comunista malencarado, que ayer la miró,
al cruzarse con ella en la escalera, con una mirada aviesa y repulsiva. ¡Dios
santo, en qué habría podido invertir el comunista ese su dinero!
En la consagración fue don Fernando -ese que decían que vivía con una mujer
que no era la suya- la víctima de las sospechas de doña Anita. Y como la misa
aún duró diez minutos, fueron todos los vecinos, uno a uno, convirtiéndose en
probabilísimos apropiadores de la sangre de doña Anita.
Sólo cuando al ir a entrar en su piso -rabia le dio entrar en aquel bloque de
viviendas corrompidas- tropezó doña Anita, y al caérsele el misal, salieron de
él doce estampas y un billete de 5.000 pesetas, se dio cuenta la vieja de que era
ella tonta-tonta-tonta la culpable de sus sufrimientos.
Y cuando se disponía a salir jubilosa hacia el mercado, alguien llamó a su
puerta. Era la viuda del cuarto, que, miren ustedes qué casualidad, había
encontrado la víspera un billete de 5.000 mil pesetas en el ascensor. Cuando
ella se fue, pidiendo mil disculpas y diciendo que sin duda era de algún otro
vecino que lo había perdido, llamaron a la puerta las dos chicas del tercero,
que también ellas -¡qué cosas!, ¡qué cosas!- habían encontrado en la escalera
otro billete de 5.000 pesetas. Luego fue el carnicero, y éste había encontrado
no un billete de 5.000 pesetas, peso sí cinco billetes de 1.000 pesetas
nuevecitos y juntos.
Después subió don Fernando y una docena de vecinos más, porque -¡hay que
ver qué casualidades!- todos habían encontrado billetes de 5.000 pesetas en la
escalera.
Y mientras doña Anita lloraba y lloraba de alegría, se dio cuenta de que el
mundo era hermoso y la gente era buena, y que era ella quien ensuciaba el
mundo con sus sucios temores.
Reflexión Personal
El examen de conciencia realizado con seriedad y continuidad, es un gran
medio para alcanzar el conocimiento personal, la madurez, la coherencia de
vida y el progreso por el camino del bien. Nos hace sensibles al pecado y nos
ayuda a superar las tentaciones, pruebas y contrariedades.
A continuación te ofrecemos un cuestionario que te ayudará a examinar tu
propia vida, tus principios, tus criterios conforme al criterio del evangelio.
¿Soy consciente de lo que quiero hacer y hago lo que quiero? o ¿me dejo llevar
por mis sentimientos y emociones?
¿Suelo analizar las cosas con frialdad y calma? o ¿Reacciono bajo los impulsos
que dictan mis emociones?
¿Miro los hechos y las acciones de las personas con objetividad o a través del
filtro de mi gusto o de mi disgusto por ellas?
¿Aquella persona, a la que le guardo rencor, soy consciente de la verdadera
dimensión de sus actos o inconscientemente tiendo a exagerar el daño que
realmente me provocó?
¿Cuándo algo negativo sucede en mi vida objetivamente analizo la situación o
instantáneamente culpo al primero que tengo a mi lado?
¿Reconozco cuanto valgo como persona y por lo mismo me reconozco querido
y amado por mis conocidos o siento que necesito llamar su atención para
sentirme amado y seguro?
Tema 6 ¿Cómo combatir a los aliados?
En las sesiones anteriores nos hemos avocado a comprender el resentimiento y los aliados del
resentimiento. Ahora veremos cómo combatir estos aliados.
Uno de los medios especialmente eficaces para evitar que el veneno del rencor pueda invadir nuestro
corazón, porque se oponen frontalmente al egoísmo y a los demás aliados del resentimiento que hemos
analizado anteriormente; son la GRATITUD y la GENEROSIDAD.
La gratitud
Es la capacidad de reconocer los dones y beneficios recibidos. Es una virtud implica la aptitud para
descubrir todo lo positivo que hay en nuestra vida y verlo como un regalo por el que nos sentimos
movidos a dar gracias.
La gratitud es un valor que lo tienen las almas grandes. Agradecer es encontrar motivos para dar gracias.
Se encuentran si tenemos los ojos bien abiertos y el corazón dispuesto para descubrir los miles de gestos
que nos regalan los demás a todas horas.
La generosidad:
La generosidad es la capacidad de desprendimiento personal de quien sabe prescindir de algo propio para
ponerlo al servicio de los demás.
Es generoso quien comparte con los demás su tiempo, sus cualidades, sus bienes pocos o muchos, en fin
todo lo que tiene a su disposición. Esta virtud no surge de la noche a la mañana, hay que educarse en
ella, hay que formar la conciencia para que responda con prontitud a las necesidades de los otros aunque
esto implique pequeños o grandes sacrificios.
Algunos consejos para vivir estas dos virtudes de la gratitud y la generosidad
• Fíjate en las cosas buenas y en lo bueno de las personas.
• Reconoce sinceramente lo bueno que tienes y eres y pon lo que está de tu parte para ser mejor.
• No lamentarte por lo que no tienes o no eres.
• Mira siempre las necesidades de los demás y ante un sufrimiento piensa que hay gente que sufre más
• No exijas otras cosas, sino agradece aquello que se te ofrece.
• Di siempre gracias con una sonrisa y valora el sacrificio de quienes buscan hacerte el bien.
• Comparte las cosas y de buen modo
• De vez en cuando regala algo que sea valioso para ti.
• Comparte una sonrisa aunque te sientas mal
• Escucha con atención lo que los otros tengan que decirte, aunque tenga otras cosas que hacer o
realmente no te interese mucho lo que te digan.
• Estar siempre dispuesto a ayudar y hacerlo aunque no te lo pidan
• Haz algo cada día por el bien de los demás.
Si sigues estos consejos desarrollaras las virtudes de la gratitud y la generosidad. Estas virtudes son muy
raras en los hombres y son muy propias de los que conocen a Cristo porque él inspira con su ejemplo a
vivir así.
¿A caso no te ha sucedido recibir un regalo, un gesto que te ha hecho sentir bien y sentir la necesidad de
responder de la misma manera? ¿Y de hacerlo no tanto por educación o para quedar bien, sino por
verdadera gratitud, por amor sincero? Seguramente sí.
Si nos sucede a nosotros, te puedes imaginara a Dios, Dios que es amor. Él intercambia siempre cada
gesto que hacemos a nuestros semejantes, por dones abundantes. Esta es una experiencia que los
cristianos, los católicos experimentamos muy seguido.
¿Has hecho tú la experiencia? ¡Prueba! Pero hazlo no por ver los resultados, sino porque quieres
agradecer a Dios. Tal vez digas: “pero si yo no tengo nada que dar, ni mucho menos agradecer”
Al primero a quien tienes que agradecer es a Dios que te ha dado la vida, el espacio para vivir, la
naturaleza y no quedando saciado nos entregó a su hijo que es el ejemplo más cercano de generosidad y
gratitud. Ya encarnarse, hacerse hombre como nosotros supone un acto infinito de generosidad. “En la
cruz, Cristo lo entrega todo, se queda sin nada: sin nada material pues hasta sus vestiduras fueron presas
por los soldados, sin la propia vida pues la entrego por todos nosotros pagando así nuestras ofensas al
padre y la entrego por amor; se quedo incluso sin su madre, María , a quien nos la entregó como madre
nuestra. Nadie más generoso que Cristo, nadie más agradecido como él. Él es para todo católico el
modelo de toda virtud y de manera especial de la Generosidad y la gratitud”.
Mira a tu alrededor: cuántos enfermos en los hospitales, tantos ancianos solos, jóvenes que vagan por el
mundo sin más consuelo que el alcohol y la droga. Niños abandonados, personas que sufren mucho más
que tú. Asume el comportamiento de un buen hombre: Dar y agradecer.
Jesús mismo nos recomendó en el evangelio “Dad y se os dará; una medida buena, apretada, colmada,
rebosante, será derramada en vuestro regazo. La medida que con otros usareis, ésa, se usará con
vosotros”. Y él mismo nos llenó de dones por los cuales debemos estar agradecidos.
Tal vez te preguntes que tienen que ver la gratitud y la generosidad con el resentimiento. Resulta que el
resentimiento y la gratitud, el resentimiento y la generosidad, no pueden coexistir porque el
resentimiento bloquea percibir y experimentar la vida como don y el agradecer por este don inmerecido.
Mi resentimiento me dice que no se me da lo que merezco. En cambio quien no espera nada, ni exige
nada para sí, se alegra por lo que recibe y ordinariamente le parece que es más de lo que merece. Además
suele experimentar el deseo de corresponder, aunque tantas veces se considera incapaz de hacerlo de la
misma proporción de lo recibido.
Reflexión:
Un joven que pagaba sus estudios trabajando de vendedor ambulante, sentía hambre pero no tenía
dinero para comer. Decidió vencer la vergüenza que le daba mendigar y pedir algo de comer en la
próxima puerta que tocase. No obstante, perdió su nervio cuando una hermosa joven le abrió la puerta.
En lugar de pedir comida pidió solo un vaso de agua.
Ella, sin embargo, se apiadó de él y le trajo un vaso de leche. El se lo tomó tímidamente y preguntó,
"¿Cuánto le debo?". - "No me debe nada," respondió ella. "Mi madre nos enseñó a nunca aceptar pago por
hacer un favor." "Entonces le agradezco de corazón.", respondió el joven.
Aquel joven llamado Howard Kelly se fue de aquella casa, no solo sintiéndose fortalecido en su cuerpo
sino también en su fe en Dios y en la humanidad. Antes del incidente estaba pensando en rendirse y
renunciar.
Muchos años más tarde aquella joven, ya mayor, enfermó gravemente. Los doctores locales estaban muy
preocupados. Finalmente la enviaron al hospital de una gran ciudad donde practicaba un famoso
especialista en aquella enfermedad.
Cuando el médico se dio cuenta del nombre de su nueva paciente y del pueblo de procedencia,
inmediatamente se levantó y fue a verla. La reconoció inmediatamente. Volvió a su oficina resuelto a
hacer todo lo posible para salvar su vida. La lucha fue larga pero la señora se salvó.
Por su parte la señora andaba muy preocupada sabiendo que el precio de su estancia en el hospital sería
astronómico. Sin que ella supiese, el doctor envió órdenes que le pasaran a él la cuenta final. Después de
examinarla escribió un mensaje al pie de la cuenta antes de que fuese enviada a la señora.
Ella abrió aquella cuenta con gran temor, pensando que pasaría el resto de sus días pagándola.
Finalmente miró y cuál fue su asombro cuando leyó al pie de la lista de enormes cifras:
Todo Pagado por completo con un vaso de leche.
Firmado: Dr. Howard Kelly.
Cuestionario práctico
1. ¿vivo para los demás? ¿busco servir sin esperar nada a cambio?
2. ¿Valoro las capacidades y cualidades personales? ¿Agradezco a Dios el regalo que me ha dado con estas
cualidades y capacidades?
3. ¿Doy gracias a Dios por el don de la vida? ¿Considero que estar redimido por Cristo en la cruz y tener
abierta la puerta del cielo, es la más grande prueba de amor de Dios?
4. ¿Me auto compadezco por no recibir agradecimiento por mis servicios?
5. ¿Siempre espero que otros se ofrezcan o hagan las cosas por mí? ¿busco servir siempre que puedo, sin
condiciones?
6. ¿Enseño a mis hijos a ser agradecidos y generosos con Dios, con los demás, con la familia?
Tercera parte: El perdón
Tema 7 Perdonar y Disculpar
Si camino por la calle y de pronto tropiezo, pierdo el equilibrio e involuntariamente arrojo al suelo a una
persona, lo que procede es pedir una disculpa. Si la víctima de mi accidente se da cuenta que mi acción
ha sido, en efecto, involuntaria, me disculpará, es decir, reconocerá que no fui culpable. En cambio si ese
mismo transeúnte, al llegar a su casa, insulta a su esposa, no basta que luego solicite ser disculpado,
deberá pedir perdón, porque ha sido culpable de la ofensa cometida.
Se disculpa al inocente y se perdona al culpable. Disculpar es un acto de justicia, porque la persona que ha
ofendido merece que se le reconozca que no es culpable, tiene derecho a la disculpa, mientras que el
perdón trasciende la estricta justicia, porque el culpable, no merece el perdón; si se le perdona es por un
acto de amor, de misericordia.
No cabe duda que resulta más fácil disculpar que perdonar. Cuando me doy cuenta que alguien no tiene
la culpa, no encuentro en mí ninguna resistencia para disculparlo, porque lo natural es reconocer su
inculpabilidad. En cambio cuando, cuando descubro que el ofensor es culpable de su acción, de
ordinario, surge naturalmente una acción, inspirada por el sentido de justicia, que exige que esa persona
cargue con las consecuencias de su acción, que pague el daño cometido. El perdón implica ir en contra
de esa primera reacción espontánea, hay que superarlo con la misericordia. Lo que, en cambio, no tiene
sentido, porque se trataría de un esfuerzo estéril, es perdonar lo que merece una simple disculpa.
En la vida ordinaria es frecuente que muchas acciones aparentemente ofensivas se interpreten como
agresiones culpables, cuando en realidad no lo son, porque carecen de intencionalidad. Por ejemplo en
las omisiones involuntarias. Una buena dosis de reflexión, unida a la actitud de ponerse en el lugar del
otro, permite comprender con objetividad tales acciones u omisiones, y descubrir que en múltiples casos
sólo basta disculpar, porque la persona sólo actuó por error, por ignorancia o por simple distracción.
Otras veces ocurrirá que descubrimos circunstancias atenuantes que pueden reducir el grado de
culpabilidad, como el padre de familia que llega a casa cansado, después de un día problemático en el
trabajo, y reacciona con mal humor ante la música que están oyendo sus hijos; o la esposa no recibe al
marido con todo el afecto que él esperaría, porque está con los nervios de punta, después que ha atendido
múltiples asuntos domésticos. También puede suceder que existen circunstancias permanentes, que si se
comprenden simplifican considerablemente el problema del perdón, por ejemplo los padres que
reconocen las etapas que viven sus hijos y no se sorprenden por reacciones ofensivas, y no pierden el
tiempo lamentándose por la ofensa del hijo y sí emplean el tiempo en formarlo.
No se trata de cerrar los ojos a la realidad, hay que distinguir con la mayor precisión lo que es disculpable
y lo que si necesita ser perdonado. Debemos esforzarnos por mirar realista y objetivamente a los demás,
que no consiste en juzgarlos y mirarlos como enemigos potenciales, sino en mirarlos con amor.
Misericordia y perdón
En el antiguo testamento prevalecía la ley del Talión, inspirada en la estricta justicia. “ojo por ojo, diente
por diente”. Jesucristo viene a perfeccionar la antigua ley e introduce una modificación fundamental que
consiste en vincular la justicia a la misericordia, más aún en subordinar la justicia al amor, lo cual resulta
tremendamente revolucionario. A partir de Jesucristo, las ofensas recibidas deberán perdonarse, porque
el perdón forma parte esencial del amor. “El perdón es una feseta del amor”.
La misericordia que Jesús practica y exige a los suyos, choca, no solo, con el sentir de su época, sino con
el de todos los tiempos: “han oído ustedes que se dijo: ama a tu prójimo y odia a tu enemigo. Yo, en
cambio, les digo: Amen a sus enemigos, hagan el bien a los que los odian y rueguen por los que los
persiguen y calumnian” (Mt 5, 43-44). “Al que te golpee en una mejilla, preséntale la otra; al que te quite
el manto, déjalo llevarse también la túnica” (Lc 6, 28-29). Estas exigencias del amor superan la natural
capacidad humana, por eso Jesús invita a los suyos a una meta que no tiene límites, porque sólo desde ahí
podrán lo que se les está pidiendo: “Sean misericordiosos, como su padre es misericordioso” (Lc 6, 36).
Para este ideal tenemos que contar con la ayuda de Dios.
Qué es perdonar
A Diferencia del resentimiento producido por ciertas ofensas, el perdón no es un sentimiento. Perdonar
no equivale a dejar de sentir
Hay quienes consideran que están incapacitados para perdonar ciertos agravios porque no pueden dejar
de sentir sus efectos, no pueden dejar de experimentar la herida, ni el odio, ni el afán de venganza. La
incapacidad para dejar de sentir el resentimiento, en el nivel emocional, puede ser, efectivamente
insuperable, al menos a corto plazo. Sin embargo si se comprende que el perdón se sitúa en un nivel
distinto al del resentimiento, esto es, en el nivel de la voluntad, se descubrirá el camino que apunta a la
solución.
El empleado que ha sido despedido injustamente de la empresa, el conyugue que ha sufrido la infidelidad
de su pareja, o los padres que han padecido el secuestro de un hijo, pueden decidir perdonar, a pesar del
sentimiento adverso que necesariamente están experimentando, porque el perdón es un acto volitivo, es
decir, de la voluntad y no un acto emocional. Entender esta diferencia entre, entre sentir una emoción y
tomar una decisión, es ya un paso importante para clarificar un problema. Muchas veces en la vida
tenemos que actuar en sentido inverso a la dirección que marcan nuestros sentimientos, y de hecho lo
hacemos porque nuestra voluntad se sobrepone a nuestras emociones. Por ejemplo cuando sentimos
desanimo por algún fracaso que hemos tenido en la realización de alguna tarea, y en lugar de
abandonarla, nos sobreponemos y seguimos adelante hasta concluir; cuando alguien nos ha molestado y
sentimos el impulso de agredirlo, pero decidimos controlarnos y ser pacientes; cuando experimentamos
la inclinación hacia la pereza y, sin embargo, optamos por trabajar. En todos estos casos se manifiesta la
capacidad de la voluntad para dominar los sentimientos. Lo mismo ocurre cuando perdonamos, a pesar
de que emocionalmente nos encontremos inclinados a no hacerlo.
El perdón es un acto de voluntad porque consiste en una decisión. ¿Cuál es el contenido de esta decisión?
¿Qué es lo que decido cuando perdono? Al perdonar opto por cancelar la deuda moral que el otro ha
contraído conmigo al ofenderme, y por lo tanto, lo libero en cuanto deudor. No se trata, evidentemente,
de suprimir la ofensa cometida, de eliminarla y hacer como que nunca haya existido, porque carecemos
de ese poder. Sólo Dios puede borrar la acción ofensiva y hacer que el ofensor vuelva la situación en que
se encontraba antes de cometerla. Pero nosotros cuando perdonamos realmente, desearíamos que el otro
quedara completamente eximido de la mala acción que cometió. Por eso, “perdonar implica pedir a Dios
que perdone, pues sólo así la ofensa es aniquilada”.
Un palpable ejemplo de este tipo de perdón es el de Dios que siempre está dispuesto a cancelar toda
deuda, a olvidar y a renovar. Nos serviremos de la siguiente meditación del padre Juan Ferrán, para sacar
las conclusiones de este tema.
Encontramos este relato en Lc 7, 36-50.
Es un relato maravilloso en todo su desarrollo. Comienza la historia con la invitación de un fariseo a
comer en su casa. En la misma ciudad había una mujer pecadora pública. Al saber que Jesús estaba allí,
cogió un frasco de alabastro de perfume, entró en la casa, se puso a los pies de Jesús a llorar, mojando sus
pies con sus lágrimas y secándoselos con sus cabellos, ungió los pies de Cristo con el perfume y los besó.
El fariseo, entretanto, ponía en duda a Cristo. Pero Jesús, que leía su pensamiento, le propuso una
parábola sobre un acreedor que tenía dos deudores y a ambos perdonó. Se aprovechó de aquella parábola
para salir en defensa de aquella mujer comparando su actitud con la de él: la de ella llena de amor y
arrepentimiento; la de él llena de soberbia y vanidad. Tras ello, hace una afirmación que parece la
absolución tras una excelente confesión: “Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha
mostrado mucho amor”, dice dirigiéndose al fariseo, llamado Simón. Y a la mujer: “Tus pecados quedan
perdonados. Tu fe te ha salvado. Vete en paz”. Los comensales volvieron a juzgar a Jesús: “Quién es éste
que hasta perdona los pecados?”.
Siempre que se mete uno a fondo en la propia vida y comprueba lo lejos de Dios que se encuentra y ve
cómo el pecado grave o menos grave nos domina, se puede sentir la tentación del desaliento y de la
desesperación. Del desaliento en cuanto a sentirse uno incapaz de superar las propias limitaciones. De
desesperación en cuanto a pensar que no se es digno del perdón misericordioso de Dios. En estos
momentos de los ejercicios, tras haber reflexionado sobre el pecado, podemos sentirnos desalentados o
desesperados. Por ello, es muy importante sin frivolidad y sin infantilismos, -porque a veces se toma a
Dios así-, echarnos en brazos de la misericordia divina.
Dios siempre está dispuesto a perdonar, a olvidar, a renovar. Ahí tenemos la parábola del hijo pródigo en
la que un padre espera con ansia la vuelta de su hijo que se ha ido voluntariamente de su casa. Dios
siempre nos espera; siempre aguarda nuestro retorno; nada es demasiado grande para su misericordia.
Nunca debemos permitir que la desconfianza en Dios tome prisionero nuestro corazón, pues entonces
habríamos matado en nosotros toda esperanza de conversión y de salvación. La misericordia del Señor es
eterna. En el libro del Profeta Oseas leemos frases que nos descubren esa ternura de Dios hacia nosotros:
“Cuando Israel era niño, yo le amé... Cuanto más los llamaba, más se alejaban de mí... Con cuerdas
humanas los atraía, con lazos de amor, y era para ellos como los que alzan a un niño contra su mejilla...”
(11, 1-4).
Frecuentemente una de las acciones más específicas del demonio es desalentarnos y desesperarnos. “Ya
no tienes remedio. Ya es demasiado lo que has hecho”. Y muchos de nosotros nos dejamos llevar por esos
sentimientos que nos quitan no sólo la paz, sino la fuerza para luchar por ser mejores. Dios, en cambio,
siempre nos espera, porque nos ama, porque no se resigna a perder lo que su Amor ha creado. “Yo te
desposaré conmigo para siempre; te desposaré conmigo en justicia y en derecho, en amor y en
compasión” (Os 2,21). Qué nunca el temor al perdón de Dios nos aparte de volver a El una y otra vez!
Hasta el último día de nuestra vida nos estará esperando.
La misericordia de Dios, sin embargo, no se puede tomar a broma. Ella nace en el conocimiento que Dios
tiene de nuestra fragilidad, de nuestra pequeñez, de nuestra condición humana, y, sobre todo, del amor
que nos profesa, pues “El quiere que todos se salven y lleguen al conocimiento de la verdad”. La
misericordia divina no puede, en cambio, ser el tópico al que recurrimos frecuentemente para justificar
sin más una conducta poco acorde con nuestra realidad de cristianos y de seres humanos, o para
permitirnos atentar contra la paciencia divina por medio de nuestra presunción.
A espaldas de la pecadora sólo hay una realidad: el pecado. En su horizonte sólo una promesa: la tristeza,
la desesperación, el vacío. Pero en su presente se hace realidad Cristo, el rostro humano de Dios. Ella nos
va enseñar cómo actúa Dios cuando el ser humano se le presta.
La mujer reconoce ante todo que es una pecadora. Esas lágrimas que derrama son realmente sinceras y
demuestran todo el dolor que aquella mujer experimentaba tras una vida de pecado, alejada de Dios,
vacía. Hay lágrimas físicas y también morales. Todas valen para reconocer que nos duele ofender a Dios,
vivir alejados de Él. A ella no le importaba el comentario de los demás. Quería resarcir su vida, y había
encontrado en aquel hombre la posibilidad de la vuelta a un Dios de amor, de perdón, de misericordia.
Por eso está ahí, haciendo lo más difícil: reconocerse infeliz y necesitada de perdón.
Cristo, que lee el pensamiento, como lo demostró al hablar con Simón el fariseo, toca en el corazón de
aquella mujer todo el dolor de sus pecados por un lado, y todo el amor que quiere salir de ella, por otro.
Todo está así preparado para el re-encuentro con Dios. Se pone decididamente de su parte. Reconoce que
ella ha pecado mucho (debía quinientos denarios). Pero también afirma que el amor es mucho mayor el
mismo pecado. “Le quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor”. Se
realiza así aquella promesa divina: “Dónde abundó el pecado, sobreabundó la misericordia”. El corazón
de aquella mujer queda trasformado por el amor de Dios. Es una criatura nueva, salvada, limpia, pura.
La misericordia divina le impone un camino: “Vete en paz”. Es algo así como: “Abandona ese camino de
desesperación, de tristeza, de sufrimiento”. Coge ese otro derrotero de la alegría, de la ilusión, de la paz
que sólo encontrarás en la casa de tu Padre Dios. No sabemos nada de esta pecadora anónima. No
sabemos si siguió a Cristo dentro del grupo de las mujeres o qué fue de ella. Pero estamos seguros de que
a partir de aquel día su vida cambio definitivamente. También a ella la salvó aquella misericordia que
salvó a la adúltera, a Pedro, a Zaqueo, y a tantos más.
En nuestra vida de cristianos, y muy especialmente en la vida de la mujer, tan sensible a la falta de amor,
tan proclive al desaliento, tan inclinada a sufrir la ingratitud de los demás, es muy fácil comprender lo
que le dolemos a Dios cuando nos apartamos de su amor y de su bondad. Por ello, abrámonos a la
Misericordia divina para reforzar nuestra decisión de nunca pecar, de nunca abandonar la casa del Padre,
de nunca intentar probar ese camino de tristeza y de dolor que es el pecado.
La constatación de nuestras miserias, a veces reiteradas, nunca deben convertirse en desconfianza hacia
Dios. Más aún, nuestras miserias deben convencernos de que la victoria sobre las mismas no es obra
fundamentalmente nuestra sino de la gracia divina. Sólo no podemos. Es a Dios a quien debemos pedirle
que nos salve, que nos cure, que nos redima. Si Dios no hace crecer la planta es inútil todo esfuerzo
humano. Somos hijos del pecado desde nuestra juventud. Sólo Dios pude salvarnos.
Junto a esta esperanza de salvación de parte de Dios, la Misericordia divina exige nuestro esfuerzo para
no ser fáciles en este alejarnos con frecuencia de la casa del Padre. Hay que luchar incansablemente para
vivir siempre ahí, para estar siempre con Él, para defender por todos los medios la amistad con Dios. El
pecado habitual o el vivir habitualmente en pecado no puede ser algo normal en nosotros, y menos el
pensar que al fin y al cabo como Dios es tan bueno... Estaremos siempre en condiciones o en
posibilidades de invocar el perdón y la misericordia divina?
No olvidemos que como la pecadora siempre tenemos la gran baza y ayuda de la confesión. Ella hizo una
confesión pública de sus pecados, manifestó su profundo arrepentimiento, demostró su propósito de
enmienda. Al final Cristo la absolvió. La confesión es fundamental para el perdón de los pecados. Más
aún, es necesaria la confesión frecuente, humilde, confiada. Como otras muchas cosas, sólo a Dios se le
ha podido ocurrir este sacramento de la misericordia y del perdón. No acercarse a la confesión con
frecuencia es una temeridad. Tenemos demasiado fácil el regreso a Dios.
Cuestionario práctico
El cuestionario práctico nos ayuda y llena de luz porque confronta nuestra vida con las exigencias
objetivas de la vocación cristiana, haciéndonos conocer las desviaciones o avances positivos, así como la
raíz más profunda de sus causas. Nos ayuda también a suscitar dentro de nosotros una actitud de
contrición, al propósito de superación cuando vemos lo negativo y de gratitud con Dios cuando
reconocemos con sencillez nuestro progreso. Además el católico, el cristiano es un soldado de Jesucristo
que con frecuencia debe limpiar, afilar y ajustar la armadura según lo recomienda San Pablo: “Por lo
demás, fortaleceos en el Señor y en la fuerza de su poder, revestíos de la armadura de Dios para que
podáis resistir contra las asechanzas del diablo…y tras haber vencido todo, os mantengáis firmes” (Ef.6.
10-13)
El examen de conciencia realizado con seriedad y continuidad, es un gran medio para alcanzar el
conocimiento personal, la madurez, la coherencia de vida y el progreso por el camino del bien. Nos hace
sensibles al pecado y nos ayuda a superar las tentaciones, pruebas y contrariedades.
A continuación te ofrecemos un cuestionario que te ayudará a examinar tu propia vida, tus principios,
tus criterios conforme al criterio del evangelio.
¿Soy caritativo en mis pensamientos hacia los demás? ¿Se disculpar los fallos y errores? ¿o me he formado
ya la costumbre de mirar todo con ojos justicieros e interpretar su forma de actuar?
¿He desechado ya de mi vida todo rencor? ¿Toda envidia? ¿Celos? ¿Deseo de venganza? ¿Habita en mí el
perdón y la misericordia?
¿Oro por los demás especialmente aquellos que me han hecho del mal? ¿Cuándo perdono
verdaderamente cancelo la deuda que la otra persona ha contraído hacia mi independientemente si me
pide o no este perdón?
Tema 8 Consecuencias para quien perdona
Decíamos en la sesión anterior que a Diferencia del resentimiento producido por ciertas ofensas, el
perdón no es un sentimiento. Perdonar no equivale a dejar de sentir. El perdón es un acto de voluntad
porque consiste en una decisión. Al perdonar opto por cancelar la deuda moral que el otro ha contraído
conmigo al ofenderme, y por lo tanto, lo libero en cuanto deudor. Y para dejar de sentir los efectos de la
ofensa, debo pedir a Dios su gracia.
Este modo de proceder es radical e incluye diversas consecuencias para quien perdona. Veámoslas.
1. Modificar los sentimientos negativos
La decisión de cancelar la deuda al ofensor es un acto de amor y exige también el deseo de eliminar los
efectos subjetivos que la ofensa produjo en mí, como son el odio, el resentimiento, el afán de venganza.
Perdonar “es dejar de odiar, y está es, precisamente la definición de la misericordia: es la virtud que
triunfa sobre el rencor, sobre el odio justificado (por lo que trasciende la justicia), sobre el resentimiento,
el deseo de venganza, de castigo. Es entonces la virtud que perdona, no por suprimir la ofensa, porque no
lo podemos hacer, sino por la interrupción del resentimiento hacia quien nos ofendió o perjudicó”.
Ciertamente estas decisiones no eliminan automáticamente las tendencias emocionales, los sentimientos
generados por la ofensa, pero lleva a no consentirlos y a poner los medios para tratar de modificarlos
progresivamente.
La eliminación de esos sentimientos negativos, provocados por la ofensa, puede resolverse por una vía
indirecta. En lugar de reprimirlos es más efectivo tratar de darle un giro que lo haga cambiar de signo. Al
sentir la herida, podemos pensar en el daño que el otro se ha hecho a sí mismo al ofendernos, y dolernos
por él; podemos también pedirle a Dios que lo ayude a enmendar su acción errónea, a pesar de que
estamos aún experimentando sus efectos. No está en nuestras manos no sentir ya la ofensa y olvidarla,
pero el corazón que se ofrece al Espíritu Santo cambia la herida en compasión y purifica la memoria
transformando la ofensa en intercesión.
Cancelar la deuda que se produce al perdonar implica a la persona que perdona. No es un acto en el que
la subjetividad queda al margen, como si se tratara de un negocio que se resuelve fríamente. Perdonar
exige restablecer la relación que se tenía con el otro antes de que se cometiera la ofensa. Si la relación era
estrecha, exigirá restablecimiento desde el amor interior. No basta cancelar la deuda y mantenerse al
margen. Es preciso que ningún sentimiento negativo que produjo la ofensa, ensombrezca la relación
amorosa que existía. Cuando alguien ha sido ofendido por un amigo, no podrá decirle: te perdono, pero
de ahora en adelante guardaremos nuestras distancias. Si realmente lo ha perdonado las distancias han de
desaparecer. Deberá tratarlo como si nada hubiera ocurrido, aceptarlo a pesar del daño ocasionado, aún
cuando la herida no haya desaparecido todavía. Ciertamente, en este caso en el que la amistad exige
reciprocidad, se requerirá que e otro rectifique, porque si mantiene su disposición ofensiva, la relación
no se podrá reconstruir, por más que el ofendido perdone.
2. Perdón y la prudencia
Cuando alguien ha producido un daño y mantiene su intención de seguirlo cometiendo, es
perfectamente válido que el afectado al perdonar ponga las medidas de prudencia necesarias para evitar
que el otro siga realizando su propósito. Si alguien viene a mi casa y roba o intenta agredir a una persona
de mi familia, lo puedo perdonar, pero evitaré que vuelva a entrar a la casa, al menos mientras no me
conste que sus intenciones han cambiado realmente. Este modo de proceder no responde sólo al derecho
que tengo de proteger lo personal, sino también al afán por ayudar al ofensor. Si perdonar es un acto de
amor y el amor consiste en buscar el bien del otro, en la medida en que ayude al enemigo a evitar acciones
que lo dañan, le estaré haciendo un bien. Si además de cerrarle las puertas de mi casa para que no
concrete sus malos propósitos, puedo influir de alguna forma en su conducta, deberé hacerlo, si quiero
llevar el perdón hasta sus últimas consecuencias.
Del mismo modo, en algunas ocasiones el bien de la persona que cometió la ofensa, puede requerir una
acción punitiva por parte del que perdona. Un castigo puede ser compatible con el perdón, si lo que se
busca es realmente el bien del otro, no la venganza. Una madre puede llamarle fuertemente la atención a
su hija que ha desobedecido, y simultáneamente perdonarla; incluso imponerle un castigo, si este recurso
fuese lo más acertado para que se corrigiera.
También aquí es necesario, en muchos casos, sobre ponerse a los propios sentimientos, si en verdad se
busca el bien de los demás. Es más cómodo perdonar y quedarse pasivo ante el error del otro, que
perdonarlo y tomar las medidas correctivas que lo mejoren. Perdonar no significa necesariamente
cancelar el castigo o las deudas materiales, sino eliminar la deuda moral que el otro contrajo conmigo al
ofenderme.
Puede suceder que, después de perdonar y renunciar a toda venganza personal, permanezca, amparado
en el sentido de justicia, un sentimiento sutil, el deseo de que un tercero ejecute la venganza, como un
decir “yo te perdono, pero ya te las verás con Dios”. Quien procede así no estará realmente perdonando.
El perdón es un acto radical de la voluntad, que incluye dos aspectos, por una parte, la decisión de
cancelar la deuda moral que viene de la ofensa recibida, restablecer la relación con la persona que me ha
ofendido y buscar su bien, según convenga en cada caso; por otra parte, tratar de eliminar los
sentimientos contrarios provocados por la ofensa, cambiándolos por otros positivos.
3. Perdonar y olvidar
¿Qué relación existe entre perdonar y olvidar? ¿Perdonar es olvidar? ¿Olvidar es perdonar? ¿Qué
significa la expresión “perdono pero no olvido”?
Hemos visto que el acto de perdonar consiste en una decisión de la voluntad. La acción de olvidar, en
cambio, tiene lugar en el ámbito de la memoria, que no responde inmediatamente a los mandatos de la
voluntad. Yo puedo decidir olvidar una ofensa y que se borre aquel recuerdo, pero no lo consigo. La
ofensa sigue ahí, en el archivo de la memoria, a pesar del mandato voluntario. Lo primero que esto me
dice es que olvidar no es lo mismo que perdonar, porque yo puedo decidir perdonar y perdono, mientras
que mi decisión de olvidar no tiene el mismo resultado. El perdón entonces puede ser compatible con el
recuerdo de la ofensa.
En cambio la expresión “perdono pero no olvido” significa, en el fondo, no quiero olvidar, y ese no
querer olvidar equivale a no querer perdonar. ¿Por qué? Cuando se perdona se cancela la deuda del
ofensor, lo cual es incompatible con querer mantenerla, con no querer olvidar. Perdonar es querer
olvidar.
Ordinariamente, si la decisión de perdonar que incluye el deseo de olvidar, de no registrar los insultos,
ha sido fieme y se mantiene, el recuerdo de la ofensa irá perdiendo intensidad, y en muchos casos,
acabará desapareciendo con el paso del tiempo. Pero aun si esto último no ocurriera, el perdón se ha
realizado ya que su esencia no es olvidar, sino la decisión de liberar al ofensor de una deuda contraída.
Una señal elocuente de que he perdonado aunque no haya podido olvidar, es que el recuerdo
involuntario de la ofensa, no cuenta cuando me dirijo a la persona.
Tal vez no sea posible olvidar, pero hay que proceder como si hubiera olvidado. El verdadero perdón exige
obrar de este modo. Porque “el verdadero amor, no lleva cuantas del mal (1Cor 13, 5)”.
Por otra parte ¿podemos decir que olvidar es perdonar? Ya hemos visto que se trata de dos acciones que
no se pueden identificar. Una ofensa se puede perdonar sin haber sido perdonada, aunque si el agravio ha
sido intenso, difícilmente se olvidará sino se perdona. Por eso cuando la ofensa ha sido grave y se ha
decidido perdonarla, el olvido puede ser una clara confirmación de que realmente se ha perdonado.
Borges narra, con brillante imaginación, un supuesto encuentro de Caín y Abel, tiempo después del
asesinato, que ilustra lo que acabamos de decir: “Caminaban por el desierto y se reconocieron desde lejos,
porque los dos eran muy altos. Los hermanos se sentaron en la tierra, hicieron fuego y comieron.
Guardaban silencio a la manera de la gente cansada cuando declina el día. En el cielo asomaba alguna
estrella, que aún no había recibido su nombre. A la luz de las llamas Caín advirtió en la frente de Abel la
marca de la piedra y dejó caer el pan que estaba por llevarse a la boca y pidió que le fuera perdonado su
crimen. Abel contestó: ´ ¿tú me has matado o yo te he matado? Ya no recuerdo, aquí estamos juntos otra
vez como antes´ Ahora sé que me has perdonado Caín, yo trataré también de olvidar”.
Cuestionario práctico
¿Soy acaso de los que perdono pero no olvido?
Si no puedo olvidar las caídas ajenas, ¿por lo menos he aprendido a silenciar sus errores, de una vez para
siempre, o soy de los que escarbo en la herida, una y otra vez, sin dejar nunca que cicatrice?
¿Soy sincero cuando pido perdón? ¿Totalmente franco y veraz? ¿Espero con humildad y confianza el
perdón?
Reflexión
El perdón, ¡fuente de felicidad! Aquí tienes un modo sencillo, al alcance de tu mano, de gustar esa
felicidad y paz del alma: aprende a perdonar de corazón y de corazón a pedir perdón. Pues, no viene mal
recordarlo, todo hombre es débil. Es cierto, pero con todo y todo, como nos lo susurra Víctor Hugo, en
Los Miserables: “Mas si a pesar de sus esfuerzos, cae, es una caída, sí, pero caída sobre las rodillas que
puede transformarse en oración”. Y esa oración, merece la pena escucharla…
Oración para pedir perdón
Señor Jesucristo, hoy te pido la gracia de poder perdonar a todos los que me han ofendido en mi vida.
Sé que Tú me darás la fuerza para perdonar.
Te doy gracias porque Tú me amas y deseas mi felicidad más que yo mismo.
"Señor Jesucristo, hoy quiero perdonarme por todos mis pecados, faltas y todo lo que es malo en mí y
todo lo que pienso que es malo.
Señor, me perdono por cualquier intromisión en ocultismo, usando tablas de uija, horóscopos, sesiones,
adivinos, amuletos, tomado tu nombre en vano, no adorándote; por herir a mis padres, emborracharme,
usando droga, por pecados contra la pureza, por adulterio, aborto, robar, mentir.
Me perdono de verdad. Señor, quiero que me sanes de cualquier ira, amargura y resentimiento hacia Ti,
por las veces que sentí que Tú mandaste la muerte a mi familia, enfermedad, dolor de corazón,
dificultades financieras o lo que yo pensé que eran castigos. ¡Perdóname, Jesús, Sáname!
Señor, perdono a mi madre por las veces que me hirió, se resintió conmigo, estuvo furiosa conmigo, me
castigó, prefirió a mis hermanos y hermanas a mí, me dijo que era tonto, feo, estúpido o que le había
costado mucho dinero a la familia, o cuando me dijo que no era deseado, que fui un accidente, una
equivocación o no era lo que ella quería.
Perdono a mi padre por cualquier falta de apoyo, falta de amor, o de afecto, falta de atención, de tiempo,
o de compañía, por beber, por mal comportamiento, especialmente con mi madre y los otros hijos, por
sus castigos severos, por desertar, por estar lejos de casa, por divorciarse de mi madre, por no serle fiel.
Señor, perdono a mis hermanos y hermanas que me rechazaron, dijeron mentiras de mí, me odiaron,
estaban resentidos contra mí, competían conmigo por el amor de mis padres; me hirieron físicamente o
me hicieron la vida desagradable de algún modo. Les perdono, Señor.
Señor, perdono a mi cónyuge por su falta de amor, de afecto, de consideración, de apoyo, por su falta de
comunicación, por tensión, faltas, dolores o aquellos otros actos o palabras que me han herido o
perturbado.
Señor, perdono a mis hijos por su falta de respeto, obediencia, falta de amor, de atención, de apoyo, de
comprensión, por sus malos hábitos, por cualquier mala acción que me puede perturbar.
Señor, perdono a mi abuela, abuelo, tíos, tías y primos, que hayan interferido en la familia y hayan
causado confusión, o que hayan enfrentado a mis padres.
Señor, perdono a mis parientes políticos, especialmente a mi suegra, mi suegro, perdono a mis cuñados y
cuñadas.
Señor, hoy te pido especialmente la gracia de perdonar a mis yernos y nueras, y otros parientes por
matrimonio, que tratan a mis hijos sin amor.
Jesús, ayúdame a perdonar a mis compañeros de trabajo que son desagradables o me hacen la vida
imposible. Por aquellos que me cargan con su trabajo, cotillean de mí, no cooperan conmigo, intentan
quitarme el trabajo. Les perdono hoy.
También necesito perdonar a mis vecinos, Señor. Por el ruido que hacen, por molestar, por no tener sus
perros atados y dejar que pasen a mi jardín, por no tener la basura bien recogida y tener el vecindario
desordenado; les perdono.
Ahora perdono a mi párroco y los sacerdotes, a mi congregación y mi iglesia por su falta de apoyo,
mezquindad, falta de amistad, malos sermones, por no apoyarme como debieran, por no usarme en un
puesto de responsabilidad, por no invitarme a ayudar en puestos mayores y por cualquier otra herida que
me hayan hecho; les perdono hoy.
Señor, perdono a todos los profesionales que me hayan herido en cualquier forma, médicos, enfermeras,
abogados, policías, trabajadores de hospitales. Por cualquier cosa que me hicieron; les perdono
sinceramente hoy.
Señor, perdono a mi jefe por no pagarme lo suficiente, por no apreciarme, por no ser amable o razonable
conmigo, por estar furioso o no ser dialogante, por no promocionarme, y por no alabarme por mi
trabajo.
Señor, perdono a mis profesores y formadores del pasado así como a los actuales; a los que me castigaron,
humillaron, insultaron, me trataron injustamente, se rieron de mí, me llamaron tonto o estúpido, me
hicieron quedar castigado después del colegio.
Señor, perdono a mis amigos que me han decepcionado, han perdido contacto conmigo, no me apoyan,
no estaban disponibles cuando necesitaba ayuda, les presté dinero y no me lo devolvieron, me
criticaron.
Señor Jesús, pido especialmente la gracia de perdonar a esa persona que más me ha herido en mi vida.
Pido perdonar a mi peor enemigo, la persona que más me cuesta perdonar o la persona que haya dicho
que nunca la perdonaría. "Gracias Jesús, porque me estás liberando del mal de no perdonar y pido perdón
a todos aquellos a los que yo también he ofendido.
Gracias, Señor, por el amor que llega a través de mí hasta ellos. Amén.
Tema 9 La Misericordia Divina
La palabra misericordia tiene su origen en dos palabras del latín: miserere, que significa tener compasión,
y cor, que significa corazón. Ser misericordioso es tener un corazón compasivo. La misericordia, junto
con el gozo y la paz, son efectos del perdón; es decir, del amor.
Un palpable ejemplo de este tipo de amor misericordioso es el de Dios que siempre está dispuesto a
cancelar toda deuda, a olvidar a renovar. Para educarnos en el perdón debemos constantemente
recordarlo.
Los católicos acogemos un conjunto de verdades que nos vienen de Dios. Esas verdades han quedado
condensadas en el Credo. Gracias al Credo hacemos presentes, cada domingo y en muchas otras
ocasiones, los contenidos más importantes de nuestra fe cristiana.
Podríamos pensar que cada vez que recitamos el Credo estamos diciendo también una especie de frase
oculta, compuesta por cinco palabras: “Creo en la misericordia divina”. No se trata aquí de añadir una
nueva frase a un Credo que ya tiene muchos siglos de historia, sino de valorar aún más la centralidad del
perdón de Dios, de la misericordia divina, como parte de nuestra fe.
Dios es Amor, como nos recuerda san Juan (1Jn 4,8 y 4,16). Por amor creó el universo; por amor suscitó
la vida; por amor ha permitido la existencia del hombre; por amor hoy me permite soñar y reír, suspirar
y rezar, trabajar y tener un momento de descanso.
El amor, sin embargo, tropezó con el gran misterio del pecado. Un pecado que penetró en el mundo y
que fue acompañado por el drama de la muerte (Rm 5,12). Desde entonces, la historia humana quedó
herida por dolores casi infinitos: guerras e injusticias, hambres y violaciones, abusos de niños y
esclavitud, infidelidades matrimoniales y desprecio a los ancianos, explotación de los obreros y asesinatos
masivos por motivos raciales o ideológicos.
Una historia teñida de sangre, de pecado. Una historia que también es (mejor, que es sobre todo) el
campo de la acción de un Dios que es capaz de superar el mal con la misericordia, el pecado con el
perdón, la caída con la gracia, el fango con la limpieza, la sangre con el vino de bodas.
Sólo Dios puede devolver la dignidad a quienes tienen las manos y el corazón manchados por infinitas
miserias, simplemente porque ama, porque su amor es más fuerte que el pecado.
Dios eligió por amor a un pueblo, Israel, como señal de su deseo de salvación universal, movido por una
misericordia infinita. Envió profetas y señales de esperanza. Repitió una y otra vez que la misericordia
era más fuerte que el pecado. Permitió que en la Cruz de Cristo el mal fuese derrotado, que fuese
devuelto al hombre arrepentido el don de la amistad con el Padre de las misericordias.
Descubrimos así que Dios es misericordioso, capaz de olvidar el pecado, de arrojarlo lejos. “Como se
alzan los cielos por encima de la tierra, así de grande es su amor para quienes le temen; tan lejos como
está el oriente del ocaso aleja Él de nosotros nuestras rebeldías” (Sal 103,11-12).
La experiencia del perdón levanta al hombre herido, limpia sus heridas con aceite y vino, lo monta en su
cabalgadura, lo conduce para ser curado en un mesón. Como enseñaban los Santos Padres, Jesús es el
buen samaritano que toma sobre sí a la humanidad entera; que me recoge a mí, cuando estoy tirado en el
camino, herido por mis faltas, para curarme, para traerme a casa.
Enseñar y predicar la misericordia divina ha sido uno de los legados que nos dejó el Papa Juan Pablo II.
Especialmente en la encíclica “Dives in misericordia” (Dios rico en misericordia), donde explicó la
relación que existe entre el pecado y la grandeza del perdón divino: “Precisamente porque existe el
pecado en el mundo, al que ´Dios amó tanto... que le dio su Hijo unigénito´, Dios, que ´es amor´, no
puede revelarse de otro modo si no es como misericordia. Esta corresponde no sólo con la verdad más
profunda de ese amor que es Dios, sino también con la verdad interior del hombre y del mundo que es su
patria temporal” (Dives in misericordia n. 13).
Además, Juan Pablo II quiso divulgar la devoción a la divina misericordia que fue manifestada a santa
Faustina Kowalska. Una devoción que está completamente orientada a descubrir, agradecer y celebrar la
infinita misericordia de Dios revelada en Jesucristo. Reconocer ese amor, reconocer esa misericordia,
abre el paso al cambio más profundo de cualquier corazón humano, al arrepentimiento sincero, a la
confianza en ese Dios que vence el mal (siempre limitado y contingente) con la fuerza del bien y del
amor omnipotente.
Creo en la misericordia divina, en el Dios que perdona y que rescata, que desciende a nuestro lado y nos
purifica profundamente. Creo en el Dios que nos recuerda su amor: “Era yo, yo mismo el que tenía que
limpiar tus rebeldías por amor de mí y no recordar tus pecados” (Is 43,25). Creo en el Dios que dijo en la
cruz “Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen” (Lc 23,34), y que celebra un banquete infinito
cada vez que un hijo vuelve, arrepentido, a casa (Lc 15). Creo en el Dios que, a pesar de la dureza de los
hombres, a pesar de los errores de algunos bautizados, sigue presente en su Iglesia, ofrece sin cansarse su
perdón, levanta a los caídos, perdona los pecados.
Creo en la misericordia divina, y doy gracias a Dios, porque es eterno su amor (Sal 106,1), porque nos ha
regenerado y salvado, porque ha alejado de nosotros el pecado, porque podemos llamarnos, y ser, hijos
(1Jn 3,1).
A ese Dios misericordioso le digo, desde lo más profundo de mi corazón, que sea siempre alabado y
bendecido, que camine siempre a nuestro lado, que venza con su amor nuestro pecado. “Bendito sea el
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo quien, por su gran misericordia, mediante la Resurrección de
Jesucristo de entre los muertos, nos ha reengendrado a una esperanza viva, a una herencia incorruptible,
inmaculada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros, a quienes el poder de Dios, por medio
de la fe, protege para la salvación, dispuesta ya a ser revelada en el último momento” (1Pe 1,3-5).
¿Dónde encontrarnos con la misericordia de Dios?
El padre Eugenio Lira Rugarcía en su libro ¡Venga a mí! La Divina Misericordia nos recuerda cinco
medios para experimentar a este Dios rico en misericordia.
Capítulo 3: Lugares de encuentro con La Divina Misericordia
3.1- MEDITACIÓN ORANTE DE LA PALABRA DE DIOS
“Toda la Escritura divina es un libro y este libro es Cristo, porque toda la Escritura divina habla de
Cristo, y toda la Escritura divina se cumple en Cristo” . 59 De ahí que el Magisterio de la Iglesia nos
recomiende la lectura asidua de la Palabra de Dios ,60 ya que en ella Dios conversa con nosotros 61 Por
eso el Salmista proclama: Antorcha para mis pies es tu Palabra, luz en mi sendero (Sal 119,105).
Si, por nuestro bien debemos conocerla, meditarla, vivirla y anunciarla, a la luz de la Tradición de la
Iglesia y del Magisterio :62 “Todo el que oiga estas palabras mías y las ponga en práctica, será como el
hombre prudente que edificó sobre roca (Mt 7, 24). Consciente de esto, aún en medio de su locura, don
Quijote afirmaba de las letras divinas: “tienen por blanco llevar y encaminar las almas al cielo, que a un
fin tan sin fin como éste ninguno otro se le puede igualar” . 63
Sin embargo, hay quienes no le dan importancia; y mezclando la fe con supersticiones, dejan que
cualquier libro o película les confunda y les arrebate esa preciosa semilla. Otros se entusiasman de
momento, pero al no ser constantes están débiles, y cuando les llega un problema, lo dejan todo. En
cambio, quienes reciben la Palabra de Dios, y confiando en su eficacia la meditan con la guía de la Iglesia
y la alimentan con los Sacramentos y la oración, dan tal fruto, que son capaces de resistir la adversidad,
sabiendo que los sufrimientos de esta vida no se comparan con la felicidad que nos espera.64
3.2- CELEBRACIÓN DE LA LITURGIA
En la Liturgia está presente Cristo ,65 quien uniéndonos por el Bautismo a su Cuerpo, que es la Iglesia,
nos permite ofrecerlo y ofrecernos juntamente con Él, para participar, con la fuerza del Espíritu Santo,
en su alabanza y adoración al Padre, fortaleciéndonos en la unidad, y llenándonos del poder
transformador de Dios para ser signo e instrumento de salvación para toda la humanidad, participando
también de lo que será la Liturgia celestial.66 De entre los miembros de este Cuerpo, el Señor llama a
algunos para que, a través del sacramento del Orden sacerdotal representen a Cristo como Cabeza del
Cuerpo, anunciando la Palabra de Dios, guiando a la comunidad, y presidiendo la liturgia, especialmente
los sacramentos, entre los que destaca la Eucaristía, donde Él se nos entrega para comunicarnos todo el
poder salvífico de su pasión, muerte y resurrección, por el que nos une a la Santísima Trinidad y a toda la
Iglesia; con la Virgen María y los santos, con el Papa, con el propio Obispo, con todo el clero y con el
pueblo de Dios entero, dándonos la esperanza de alcanzar la vida eterna y resucitar con Él el último día,
fortaleciéndonos así para vivir el amor y ser constructores de unidad en nuestra familia y en nuestros
ambientes, siendo solidarios particularmente con que más nos necesitan.67
3.3- LA EUCARISTÍA, SACRAMENTO DE MISERICORDIA
Esto es mi cuerpo.. esta es mi sangre (Mt 26, 26-28). El que come Mi carne y bebe Mi sangre, tiene vida
eterna (Jn 6, 54). Por eso, el propio Jesús exhortaba a santa Faustina: No dejes la Santa Comunión, a no
ser que sepas bien de haber caído gravemente... Debes saber que Me entristeces mucho, cuando no Me
recibes en la Santa Comunión .68 Mi gran deleite es unirme con las almas. Has de saber, hija Mía, que
cuando llego a un corazón humano en la Santa Comunión, tengo las manos llenas de toda clase de gracias
y deseo dárselas al alma 69
En el año 304, durante la persecución de Diocleciano, en Abitina, 49 cristianos fueron arrestados un
domingo mientras celebraban la Eucaristía. Cuando el procónsul les preguntó por qué habían
desobedecido la prohibición del emperador, sabiendo que el castigo sería la muerte, uno de ellos
respondió: “sin la Eucaristía dominical no podemos vivir”. 70A los cristianos de hoy, el Papa Benedicto
XVI nos ha dicho: “Participar en la celebración dominical, alimentarse del Pan eucarístico y
experimentar la comunión de los hermanos y las hermanas en Cristo, es una necesidad... es una alegría”.
En ella podemos encontrar “la energía necesaria para el camino que debemos recorrer cada semana” 71
Procuremos comulgar con frecuencia, participando siempre en la Misa Dominical. Dediquemos también
algunos momentos a visitar al Santísimo Sacramento .72 “Es hermoso estar con Él –decía Juan Pablo II-
y, reclinados sobre su pecho como el discípulo predilecto (cf. Jn 13, 25), palpar el amor infinito de su
corazón”. 73Y si tenemos conciencia de estar en pecado grave, recordemos que antes de Comulgar
debemos primero recibir el sacramento de la Reconciliación .74
3.4- LA CONFESIÓN: EXPERIENCIA DE MISERICORDIA
No es voluntad de vuestro Padre celestial que se pierda uno sólo (Mt 18, 14). El pecado nos degrada, nos
aleja de Dios y de los hermanos, y nos arrebata la vida. Pero Dios, que nos sigue amando, nos busca y nos
ofrece en el Sacramento de la Penitencia el perdón que nos reconcilia con Él y con la Iglesia .75 “Como
se deduce de la parábola del hijo pródigo, la reconciliación es un don de Dios, una iniciativa suya” . 76 Y
“todo lo que el Hijo de Dios obró y enseñó para la reconciliación del mundo, no lo conocemos solamente
por la historia de sus acciones pasadas, sino que lo sentimos también en la eficacia de lo que él realiza en
el presente” . 77
Esto, gracias a que la tarde de Pascua, el Señor Jesús se mostró a sus apóstoles y les dijo: Recibid el
Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les
quedan retenidos (Jn 20, 22-23) . 78. Por eso, San Pablo afirma: “Dios nos ha confiado el misterio de la
reconciliación... y la palabra de reconciliación” (2 Cor 5, 18 s.). En el Sacramento de la Penitencia, el
Padre, con la fuerza del Espíritu Santo, a través de sus sacerdotes que son presencia y prolongación de
Jesús Buen Pastor, corre hacia nosotros para abrazarnos y colmarnos de su amor, y la Iglesia se alegra por
la vuelta de aquél hermano que estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado (Lc
15, 32).
Jesús es el cordero de Dios que, con su sacrificio, quita el pecado del Mundo (Cfr. Jn 1, 29. Por eso, Él,
que ha venido no para condenar, sino para perdonar y salvar (Cfr. Jn 3, 16), nos invita a acercarnos con
confianza a la confesión, donde por su voluntad, el Sacerdote, ministro de la Penitencia, actúa “in
persona Christi”. Así se lo comentó a Santa Faustina: El sacerdote, cuando Me sustituye, no es él quien
obra, sino Yo a través de él ;79 Como tú te comportarás con el confesor, así Yo Me comportaré contigo
.80
3.5- LA ORACIÓN
Una persona subió con entusiasmo a un pequeño barco, con el deseo de aventurarse en el mar. Al zarpar,
con emoción sintió la brisa y admiró la inmensidad y la belleza del océano. Pero después, a causa del
movimiento, experimentó un terrible mareo. Entonces, el capitán le dijo: “si no quiere sentirse mal, mire
hacia arriba”. ¡Qué buen consejo para quienes surcamos el gran mar de la vida!: miremos hacia arriba,
para no marearnos, ni con los bienes del mundo, ni con las crisis y problemas. Y mirar hacia arriba es
hacer oración, escuchando a Jesús que nos dice: Permaneced en mí, como yo en vosotros (Jn 15,4).
“Para mí, -escribe Santa Teresa del Niño Jesús- la oración es un impulso del corazón, una sencilla mirada
lanzada hacia el cielo, un grito de reconocimiento y de amor, tanto en la prueba como en la alegría” . 81
Necesitamos orar para pedir ayuda, dar gracias, alabar, adorar, contemplar, y escuchar a Dios, abriéndole
el corazón a Él y al prójimo .82 ¡En la oración, es Dios quien nos busca para saciar nuestra sed de una
vida plena y eternamente feliz! . 83 De ahí que Santa Teresa de Ávila diga: “Si alguien no ha empezado a
hacer oración...yo le ruego por amor de Dios, que no deje de hacer esto que le va a traer tantos bienes
espirituales. En hacerla no hay ningún mal que temer y si mucho bien que esperar” . 84
Habla con tu Dios que es el Amor y la Misericordia Misma ,85 exhortó el Señor a Santa Faustina. Pero
¿cómo orar?; con humildad ,86 confianza y perseverancia .87 Pidan y se les dará, ha prometido Jesús. Sin
embargo, quizá alguno diga: “Muchas veces he pedido y no he recibido. Orar no sirve para nada”. Pero
seguramente lo que le sucede es aquello que Santa Teresa describe así: “Algunos quisieran tener aquí en
la tierra todo lo que desean y luego en el cielo que no les faltase nada. Eso me parece andar a paso de
gallina, escarbando entre el basurero” . 88 ¡No perdamos el tiempo, ni entorpezcamos nuestro camino!;
creer en Dios es fiarse de Él, sabiendo que nos da lo que más nos conviene, no para una alegría pasajera,
sino para nuestra felicidad plena y eterna.
Cuestionario práctico
1. ¿Qué lugar ocupa Dios en mi vida? ¿Es algo que ya doy por supuesto o es una presencia viva y que guía
todas mis acciones?
2. ¿Soy sencillo en mis relaciones con Dios? ¿Creo que él me puede transformar con su gracia? ¿Creo que
Dios está conmigo en los momentos difíciles, aunque no lo sienta sensiblemente?
3. ¿Me esfuerzo por conocer más a Cristo a través de los Evangelios y de la frecuente recepción de los
sacramentos, especialmente la confesión y la Eucaristía?
4. ¿Puedo decir que de verdad amo a Cristo, Señor de la misericordia? ¿Cómo es mi amor por él: de
sentimiento, superficial, de fe y voluntad, de palabras o de obras?
5. ¿Cuándo juzgo a las personas y los acontecimientos de mi vida tengo como referencia el ejemplo de
Cristo y sus palabras del evangelio?
6. ¿Qué es para mí el sacramento de la penitencia o confesión? ¿Una obligación molesta? ¿Un medio para
tranquilizar momentáneamente mi conciencia? ¿una magnífica oportunidad para encontrarme con
Cristo y sentir su misericordia infinita? ¿Un camino para reconciliarme con Dios y recibir su perdón?
Cuarta parte: el misterio del perdón
Tema 10 Por qué perdonar
1. Por qué perdonar
Por qué perdonar. La pregunta tiene su lógica: si es tan difícil perdonar, al menos ciertas ofensas, ¿qué
necesidad tenemos de hacerlo?; ¿vale la pena?, ¿qué beneficios trae consigo el perdón?; en definitiva,
¿por qué habremos de perdonar?
El primer motivo que probablemente vendrá a la mente es que, cuando perdonamos, nos liberamos de la
esclavitud producida por el odio y el resentimiento, para recobrar la felicidad que había quedado
bloqueada por esos sentimientos. Algo que ayudaría muchísimo es darme cuenta que sentir el
resentimiento hacia otra persona, he depositado mi felicidad en las manos de esa persona. Le he
conferido un poder muy real hacia mí. Volveré a ser libre cuando tome en mis manos la responsabilidad
de mi propia felicidad.
Esto normalmente quiere decir que debo perdonar a la persona que resiento. Debo liberar a esa persona
de la deuda real o imaginaria que me debe y debo liberarme a mí mismo del elevado precio del constante
resentimiento.
También tiene mucho sentido perdonar en función de nuestras relaciones con los demás. Las diferencias
con las personas que tratamos y queremos forman parte ordinaria de esas relaciones. Algunas veces, tales
diferencias pueden convertirse en agravios, que duelen más cuando provienen de quienes más queremos:
los padres, los hijos, el propio conyugue, los amigos o las amigas. Si existe la capacidad y disposición de
perdonar, estas situaciones dolorosas se superan y se recobra el amor a la amistad. En cambio, sino se
perdonan, el amor se enfría o, incluso, puede quedar convertido, en odio; y la amistad, con todo el valor
que encierra, puede perderse para siempre.
Además de estos motivos humanos para perdonar, existen rezones que podríamos llamar sobrenaturales,
porque derivan de nuestra relación con Dios. De ninguna manera se contraponen a las anteriores, sino
que las refuerzan y complementan. Hay algunas situaciones extremas en las que los argumentos
humanos resultan insuficientes para perdonar, y entonces, se hace necesario recurrir a este otro nivel
trascendente para encontrar el apoyo que falta. ¿Cuáles son estas razones?
Dios nos ha hecho libres y, por tanto, capaces de amarle o de ofenderle mediante el pecado. Si optamos
por ofenderle, Él nos puede perdonar si nos arrepentimos, pero para ella ha establecido una condición:
que antes perdonemos nosotros al prójimo que nos haya agraviado. Así lo repetimos en la oración del
padre nuestro:”Perdona nuestras ofensas, como también nosotros perdonamos a los que nos ofenden”.
Podríamos preguntarnos porque Dios condiciona su perdón a que nosotros perdonemos y, aún más, nos
exige que perdonemos a nuestros enemigos incondicionalmente, es decir, aunque éstos no quieran
rectificar. Lógicamente Dios no pretende dificultarnos el camino y siempre quiere lo mejor para
nosotros. Él desea profundamente perdonarnos, pero su perdón no puede penetrar en nosotros sino
modificamos nuestras disposiciones. Al negarnos a perdonar a nuestros hermanos y hermanas, el corazón
se cierra, se endurece y se lo hace impenetrable al amor misericordioso del padre. Dios respeta nuestra
libertad. Condiciona su intervención a nuestra libre apertura para recibir su ayuda. Y la llave que abre el
corazón para que el perdón divino pueda entrar es el acto de perdonar libremente a quien nos ha
ofendido, no sólo alguna vez, aisladamente, sino incluso de manera reiterativa.
Porque tal vez no es tan difícil perdonar sólo una gran ofensa. ¿Pero cómo olvidar las provocaciones
incesantes de la vida cotidiana?, ¿cómo perdonar de manera permanente a una suegra dominante, a un
marido fastidioso, a una esposa regañona, a una hija egoísta o a un hijo mentiroso? A mi modo de ver,
sólo es posible conseguirlo recordando nuestra situación, comprendiendo el sentido el sentido de estas
palabras en nuestras oraciones de cada noche: “perdona nuestras ofensas, así como nosotros perdonamos
a los que nos ofenden”. Sólo en estas condiciones podemos ser perdonados.
Además Jesús insistió muchas otras veces en la necesidad del perdón. Cuando Pedro le pregunta si hay
que perdonar hasta siete veces, le contesta que hasta setenta veces siete, indicando con la respuesta que
el perdón no tiene límites; pidió perdonar a todos, incluso a los enemigos, y a los que devuelven mal por
bien. Para el cristiano, estas enseñanzas constituyen una razón poderosa a favor del perdón, pues están
dictadas por el maestro.
Pero Jesús que es el modelo a seguir para quien tiene fe en él, no sólo predicó el perdón sino que lo
practicó innumerables veces. En su vida encontramos abundantes hechos en los que se pone de
manifiesto su facilidad para perdonar, lo cual es probablemente la nota mejor que expresa el amor que
hay en su corazón: Por ejemplo mientras los escribas y fariseos acusan a una mujer sorprendida en
adulterio, Jesús la perdona y le aconseja que no peque más; cuando le llevan a un paralítico en una
camilla para que lo cure, antes le perdona sus pecados; cuando Pedro lo niega por tres veces, a pesar de
las advertencias, Jesús lo mira, lo hace reaccionar y no solamente le perdona, sino que le devuelve toda
confianza, dejándole al frente de la Iglesia. Y el momento culminante del perdón de Jesús tiene lugar en
la cruz, cuando eleva su oración por aquellos que le están martirizando: “Padre, perdónalos, porque no
saben lo que hacen”.
La consideración de que el pecado es una ofensa a Dios, que la ofensa adquiere dimensiones infinitas por
ser Dios el ofendido, y a pesar de ello Dios perdona nuestros pecados, cuando ponemos lo que está de
nuestra parte, nos permite ver la desproporción tan grande que existe entre ese perdón divino y el
perdón humano. Por eso resulta muy lógico el siguiente consejo: “Esfuérzate, si es preciso, en perdonar
siempre a quienes te ofendan, desde el primer instante, ya que, por grande que sea el perjuicio o la ofensa
que te hagan, más te perdona Dios a ti”. Y este “más” incluye el aspecto cuantitativo, es decir las
innumerables veces que hemos ofendido a Dios y Él ha estado dispuesto a perdonarnos. Por eso, este
argumento tiene valor perenne, cualquiera que sea la magnitud de la ofensa que hayamos recibido, y el
número de veces que hemos sido agraviados.
Hasta donde perdonar
Hay ofensas que parecerían imperdonables por su magnitud, por recaer en personas inocentes o por las
consecuencias que de ellas se derivan. Humanamente hablando no encontraríamos justificación
suficiente para perdonarlas, y es que el perdón no se puede entender, en toda su dimensión y en todos
los casos, con esquemas sólo humanos. Sólo desde la perspectiva de Dios podemos comprender que
incluso lo que parece imperdonable puede ser perdonado, porque “no hay límite ni medida en el perdón,
especialmente en el divino”. El hombre si realmente desea perdonar, debe vincularse a Dios. Sólo así se
explica, por ejemplo, el testimonio de Juan Pablo II que sacudió a la humanidad cuando, a los pocos días
del atentado del 13 de mayo de 1981, en cuanto salió del hospital, visitó personalmente a su agresor, Ali
Agca, lo abrazó, y posteriormente comentó: “Le he hablado como se le habla a un hermano que goza de
mi confianza, y al que he perdonado”.
Esta universalidad del perdón incluye también aquellas ofensas que más nos cuestan perdonar: las que
padecen las personas que más amamos. Emocionalmente experimentamos en estos casos que, si
perdonamos a quienes han cometido el abuso, estamos traicionando el afecto que sentimos hacia la
persona ofendido. Pero una vez más será preciso no dejarse llevar por el sentimiento y tratar de
distinguir el afecto que sentimos hacia ese ser querido, y la acción de perdonar. Y en la medida de
nuestras posibilidades procuraremos concretar el amor buscando el bien de ambas partes: de quien ha
recibido la ofensa y amamos naturalmente, mediante la ayuda y el afecto que le convenga, de quien ha
cometido la ofensa, a través del correctivo que le facilite rectificar su conducta.
La ausencia de límites y medida en el perdón incluye también volver a perdonar cada vez que la ofensa
se repita. La frese de Jesús, “hasta setenta veces siete”, tiene este sentido. Perdonar siempre significa que
cada vez que se repite el perdón es como si fuera la primera vez. Porque lo pasado ya no existe. Porque
todas las ofensas anteriores fueron anuladas y todas han sido borradas del corazón.
No Confundir el Perdón con la Codependencia
Es cierto que debemos perdonar "hasta 70 veces siete", es una realidad que debemos perdonar todas las
veces que somos ofendidos. Sin embargo, también debemos ser cautelosos y conscientes de la dignidad
de nuestra persona, de la protección y la salvaguarda de nuestra integridad, así como de la protección y
salvaguarda de la integridad de personas que están a nuestro cuidado. Es importante cancelar una deuda
moral, pero esto no significa que debamos exponernos a un peligro constante y latente.
Cuando una persona agrede repetidamente de una manera violenta y física a nosotros o a personas que
estén a nuestro cuidado, tal vez como efecto de alguna adicción padecida por el agresor, es importante
cancelar la deuda moral para estar en paz con aquella persona y con Dios, así como con nosotros mismos,
pero es preciso tomar las precauciones y medidas que sean necesarias para nuestra protección. Incluso si
es necesario, apartándonos del agresor y hasta rompiendo la relación con esta persona que puede resultar
peligrosa.
No debemos confundir el "perdonar 70 veces siete" con una actitud de codependencia, en la que
dependemos para vivir como una adicción, de una persona que nos agrede y nos pone en riesgo.
Debemos recordar que Dios quiere que perdonemos en primer lugar por nuestro propio bien, para que
no carguemos con ese peso del resentimiento que nubla nuestra paz interior y nuestra relación con otros
y con Dios mismo. Al mismo tiempo, Dios quiere que se respete nuestra integridad.
Reflexión final:
Si perdonas en nombre de Cristo, debes hacerlo como Él. ¡Qué difícil! Pero hay que intentarlo porque
Cristo quiere perdonar, y el hombre necesita ser perdonado, y tú puedes dar ese perdón.
No te canses de perdonar como Cristo, aunque falte mucho para igualar al modelo; no te canses y si
además lo tratas de hacer como Él lo haría, ¡mil veces!
Necesitan tus hermanos sentir la mano de Cristo en el hombro, el beso de Dios en la frente; la mano que
enjuga las lágrimas. Tú eres esa mano y ese beso de Dios; intenta hacerlo como Dios. Si perdonas como
Él, te perdonarán; si enjugas lágrimas con idéntica ternura, ellos te amarán; si les besas en la herida
purulenta, sanarán.
¡Qué difícil! Pero tienes que intentarlo, aunque al principio no te salga igual; intenta hasta que seas de
verdad ese Cristo en la tierra, ese Cristo que los hombres odian, y que, sin embargo, necesitan más que el
pan y el vino. Te necesitan, no te escondas de ellos, aunque sólo en el cielo te lo agradezcan.
Tu corazón debe acostumbrarse a amar y hacerlo con gusto y con amor; tu corazón debe aprender a
perdonar, a perdonar mucho, a perdonar con amor. Si perdonas en nombre de Cristo, debes hacerlo
como Él.
Te dejo el testimonio de Cardenal Francisco Xavier Nuguyen Van Thuan .
En 1975, François Xavier Nguyên Van Thuân fue nombrado por Pablo VI arzobispo de Ho Chi Minh (la
antigua Saigón), pero el gobierno comunista definió su nombramiento como un complot y tres meses
después le encarceló.
Durante trece años estuvo encerrado en las cárceles vietnamitas. Nueve de ellos, los pasó régimen de
aislamiento.
Una vez liberado, fue obligado a abandonar Vietnam a donde no ha podido regresar, ni siquiera para ver
a su anciana madre. Fue presidente del Consejo Pontificio para la Justicia y la Paz de la Santa Sede.
MISERICORDIA
Los "defectos" de Jesús
En la prisión, mis compañeros, que nos son católicos, quieren comprender "las razones de mi esperanza".
Me preguntan amistosamente y con buena intención: "¿Por qué lo ha abandonado usted todo: familia,
poder, riquezas, para seguir a Jesús? ¡Debe de haber un motivo muy especial". Por su parte, mis
carceleros me preguntan: "¿Existe Dios verdaderamente? ¿Jesús? ¿Es una superstición? ¿Es una invención
de la clase opresora?"
Así pues, hay que dar explicaciones de manera comprensible, no con la terminología escolástica, sino con
las palabras sencillas del Evangelio.Los defectos de Jesús
Un día encontré un modo especial de explicarme. Pido vuestra comprensión e indulgencia si repito aquí
delante de la Curia, una confesión que puede sonar a herejía:"Lo he abandonado todo para seguir a Jesús
porque amo los defectos de Jesús".
Primer defecto: Jesús no tiene buena memoria. En la cruz, durante su agonía, Jesús oyó la voz del ladrón a
su derecha: "Jesús, acuérdate de mí cuando vengas con tu Reino" (Lc 23, 42). Si hubiera sido yo, le habría
contestado: "No te olvidaré, pero tus crímenes tienen que ser expiados, al menos con 20 años de
purgatorio". Sin embargo Jesús le responde: "Te aseguro que hoy estarás conmigo en el paraíso" (Lc 23,
43). El olvida todos los pecados de aquel hombre. Algo análogo sucede con la pecadora que derramó
perfume en sus pies: Jesús no le pregunta nada sobre su pasado escandaloso, sino que dice simplemente:
"Quedan perdonados sus muchos pecados, porque ha mostrado mucho amor" (Lc 7, 47).La parábola del
hijo pródigo nos cuenta que éste, de vuelta a la casa paterna, prepara en su corazón lo que dirá: "Padre,
pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus
jornaleros" (Lc 15, 18-19). Pero cuando el padre lo ve llegar de lejos, ya lo ha olvidado todo; corre a su
encuentro, lo abraza, no le deja tiempo para pronunciar su discurso, y dice a los siervos, que están
desconcertados: "Traed el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en la mano y unas sandalias en los
pies. Traed el novillo cebado, matadlo y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío había
muerto y ha vuelto a la vida; se había perdido y ha sido hallado" (Lc 15, 22-24).
Jesús no tiene una memoria como la mía; no sólo perdona y perdona a todos, sino que incluso olvida que
ha perdonado.
Segundo defecto: Jesús no sabe matemáticas. Si Jesús hubiera hecho un examen de matemáticas, quizá lo
hubieran suspendido. Lo demuestra la parábola de la oveja perdida. Un pastor tenía cien ovejas. Una de
ellas se descarría, y él, inmediatamente, va a buscarla dejando las otras noventa y nueve en el redil.
Cuando la encuentra, carga a la pobre criatura sobre sus hombros (cf. Lc 15, 4-7).Para Jesús, uno equivale
a noventa y nueve, ¡y quizá incluso más! ¿Quién aceptaría esto? Pero su misericordia se extiende de
generación en generación...Cuando se trata de salvar una oveja descarriada, Jesús no se deja desanimar
por ningún riesgo, por ningún esfuerzo.
¡Contemplemos sus acciones llenas de compasión cuando se sienta junto al pozo de Jacob y dialoga con la
samaritana o bien cuando quiere detenerse en casa de Zaqueo! ¡Qué sencillez sin cálculo, qué amor por
los pecadores!
Tercer defecto: Jesús no sabe de lógica. Una mujer que tiene diez dracmas pierde una. Entonces enciende
la lámpara para buscarla. Cuando la encuentra, llama a sus vecinas y les dice: "Alegraos conmigo, porque
he hallado la dracma que había perdido". (cf. Lc 15, 8-9)¡Es realmente ilógico molestar a sus amigas sólo
por una dracma! ¡Y luego hacer una fiesta para celebrar el hallazgo! Y además, al invitar a sus amigas
¡gasta más de una dracma! Ni diez dracmas serían suficientes para cubrir los gastos...Aquí podemos decir
de verdad, con las palabras de Pascal, que "el corazón tiene sus razones, que la razón no conoce".Jesús,
como conclusión de aquella parábola, desvela la extraña lógica de su corazón: "Os digo que, del mismo
modo, hay alegría entre los ángeles de Dios por un solo pecador que se convierta" (Lc 15, 10).
Cuarto defecto: Jesús es un aventurero. El responsable de publicidad de una compañía o el que se presenta
como candidato a las elecciones prepara un programa detallado, con muchas promesas. Nada semejante
en Jesús. Su propaganda, si se juzga con ojos humanaos, está destinada al fracaso. Él promete a quien lo
sigue procesos y persecuciones. A sus discípulos, que lo han dejado todo por él, no les asegura ni la
comida ni el alojamiento, sino sólo compartir su mismo modo de vida. A un escriba deseoso de unirse a
los suyos, le responde: "Las zorras tienen guaridas, y las aves del cielo nidos; pero el Hijo del hombre no
tiene donde reclinar la cabeza" (Mt 8, 20).El pasaje evangélico de las bienaventuranzas, verdadero
"autorretrato" de Jesús aventurero del amor del Padre y de los hermanos, es de principio a fin una
paradoja, aunque estemos acostumbrados a escucharlo:"Bienaventurados los pobres de
espíritu...,bienaventurados los que lloran...,bienaventurados los perseguidos por la
justicia...,bienaventurados seréis cuando os injurien y os persigan y digan y digan con mentira toda clase
de mal contra vosotros por mi causa. Alegraos y regocijaos, porque vuestra recompensa será grande en
los cielos" (Mt 5, 3-12).Pero los discípulos confiaban en aquel aventurero. Desde hace dos mil años y
hasta el fin del mundo no se agota el grupo de los que han seguido a Jesús. Basta mirar a los santos de
todos los tiempos. Muchos de ellos forman parte de aquella bendita asociación de aventureros. ¡Sin
dirección, sin teléfono, sin fax...!
Quinto defecto: Jesús no entiende ni de finanzas ni de economía. Recordemos la parábola de los obreros
de la viña: "El Reino de los Cielos es semejante a un propietario que salió a primera hora de la mañana a
contratar obreros para su viña. Salió luego hacia las nueve y hacia mediodía y hacia las tres y hacia las
cinco... y los envió a sus viñas". Al atardecer, empezando por los últimos y acabando por los primeros,
pagó un denario a cada uno. (cf. Mt 20, 1-16).Si Jesús fuera nombrado administrador de una comunidad
o director de empresa, estas instituciones quebrarían e irían a la bancarrota: ¿cómo es posible pagar a
quien empieza a trabajar a las cinco de la tarde un salario igual al de quien trabaja desde el alba? ¿Se trata
de un despiste, o Jesús ha hecho mal las cuentas? ¡No! Lo hace a propósito, porque –explica-: "¿Es que no
puedo hacer con lo mío lo que quiero? ¿O va a ser tu ojo malo porque yo soy bueno?"Y nosotros hemos
creído en el amor. Pero preguntémonos: ¿por qué Jesús tiene estos defectos? Porque es Amor (cf. 1 Jn 4,
16). El amor auténtico no razona, no mide, no levanta barreras, no calcula, no recuerda las ofensas y no
pone condiciones. Jesús actúa siempre por amor. Del hogar de la Trinidad él nos ha traído un amor
grande, infinito, divino, un amor que llega –como dicen los Padres- a la locura y pone en crisis nuestras
medidas humanas. Cuando medito sobre este amor mi corazón se llena de felicidad y de paz. Espero que
al final de mi vida el Señor me reciba como al más pequeño de los trabajadores de su viña, y yo cantaré
su misericordia por toda la eternidad, perennemente admirado de las maravillas que él reserva a sus
elegidos. Me alegraré de ver a Jesús con sus "defectos", que son, gracias a Dios, incorregibles. Los santos
son expertos en este amor sin límites. A menudo en mi vida he pedido a sor Faustina Kowalska que me
haga comprender la misericordia de Dios. Y cuando visité Paray-le-Monial, me impresionaron las
palabras que Jesús dijo a santa Margarita María Alacoque: "Si crees, verás el poder de mi corazón”.
Contemplemos juntos el misterio de este amor misericordioso.
Cuestionario personal
¿Agradezco a Dios el perdón de mis pecados?
¿Siento la alegría de haber encontrado el perdón de Dios o me olvido rápidamente de esta gracia?
¿Pido perdón por los que no lo piden?
¿Deseo con todo mi corazón perdonar todas las veces que sea necesario?
Tema 11 ¿Cómo perdonar?
Las personas que se dejan dominar por su imaginación e inventan agravios o exageran los que reciben, lo
mismo que no distinguen lo que se debe excusar de lo que se debe perdonar, se consideran obligadas a
perdonar lo innecesario, con lo que la tarea del perdón se hace mucho más difícil. Pero también es
equivocado el camino contrario, el de aquel que no quiere reconocer las bondades del perdón ante la
ofensa real y pretende olvidar para no tener que perdonar. En este caso la herida permanece porque no
se ha perdonado. Por ello es importante siempre que recibimos o sentimos una ofensa, analizarla para
eliminar la exageración y lo que puede ser imaginario de nuestra forma de interpretar la ofensa y si ver
que es lo verdadero en ella. En otras palabras para perdonar hay que ser realistas, cruelmente realistas.
Para poder perdonar debemos ser valientes para mirar de frente al horror, a la injusticia, a la maldad de
la que fuimos objeto. No debemos distorsionar, ni sólo disculpar, ni mucho menos ignorar. Hay que ver
la ofensa frente a frente y llamarla por su nombre. Sólo si somos realistas podremos perdonar.
Dicho de otro modo, el perdón verdadero implica mirar sin rodeos el pecado, la parte inexcusable y
reconciliarse a pesar de todo con la persona que lo ha cometido. Esto y nada más que esto es el perdón y
siempre podremos recibirlo de Dios, si lo pedimos.
En la parábola del hijo pródigo, el hijo mayor no puede perdonar a su hermano por una sencilla razón:
porque él no se considera necesitado de perdón. Siempre se ha portado bien, ha permanecido en la casa
paterna y no tiene nada de qué arrepentirse. Cuando uno comprendemos que somos pecadores y
necesitamos del perdón de Dios, nos será fácil perdonar a los demás.
Tenemos que ser perdonados para poder perdonar. San Juan Crisóstomo decía que “aquél que considere
sus propios pecados estaré más pronto al perdón de su compañero”. Reconocer nuestras ofensas no es
otra cosa que ser humildes, y la humildad es la base para cualquier acción buena, especialmente cuando
la acción ha de estar movida por el amor, como ocurre con el perdón. El soberbio sólo se ama a sí mismo,
no se considera necesitado del perdón y, en consecuencia, no puede perdonar.
Para perdonar se requiere también fortaleza, tanto para que la decisión de liberar al otro, de perdonar a
la otro, sea firme, a pesar del tiempo. Recordemos que la decisión de perdonar no hace que desaparezca
automáticamente la herida, ni desaparece de la memoria, por esto se debe reiterar la decisión de
perdonar cada vez que la herida se sienta o la ofensa se recuerde.
Pero a pesar de las disposiciones anteriores (humildad y fortaleza, hay ocasiones en que perdonar supera
la capacidad personal. Es entonces el momento de recordar que el perdón, en su esencia más profunda, es
divino, por lo que se hace necesario acudir a Dios para poderlo otorgar. De la acogida del perdón divino
brota el compromiso de perdonar a los hermanos.
II. ¿Qué actitudes nos disponen a perdonar?
Después de aclarar, en grandes líneas, en qué consiste el perdón, vamos a considerar algunas actitudes
que nos disponen a realizar este acto que nos libera a nosotros y también libera a los demás.
1. Amor
Perdonar es amar intensamente. El verbo latín per-donare lo expresa con mucha claridad: el prefijo per
intensifica el verbo que acompaña, donare. Es dar abundantemente, entregarse hasta el extremo. El poeta
Werner Bergengruen ha dicho que el amor se prueba en la fidelidad, y se completa en el perdón.
Sin embargo, cuando alguien nos ha ofendido gravemente, el amor apenas es posible. Es necesario, en un
primer paso, separarnos de algún modo del agresor, aunque sea sólo interiormente. Mientras el cuchillo
está en la herida, la herida nunca se cerrará. Hace falta retirar el cuchillo, adquirir distancia del otro; sólo
entonces podemos ver su rostro. Un cierto desprendimiento es condición previa para poder perdonar de
todo corazón, y dar al otro el amor que necesita.
Una persona sólo puede vivir y desarrollarse sanamente, cuando es aceptada tal como es, cuando alguien
la quiere verdaderamente, y le dice: “Es bueno que existas.” Hace falta no sólo “estar aquí”, en la tierra,
sino que hace falta la confirmación en el ser para sentirse a gusto en el mundo, para que sea posible
adquirir una cierta estimación propia y ser capaz de relacionarse con otros en amistad. En este sentido se
ha dicho que el amor continúa y perfecciona la obra de la creación.
Amar a una persona quiere decir hacerle consciente de su propio valor, de su propia belleza.
Una persona amada es una persona aprobada, que puede responder al otro con toda verdad: “Te necesito
para ser yo mismo.”
Si no perdono al otro, de alguna manera le quito el espacio para vivir y desarrollarse sanamente. Éste se
aleja, en consecuencia, cada vez más de su ideal y de su autorrealización. En otras palabras, le mato, en
sentido espiritual. Se puede matar, realmente, a una persona con palabras injustas y duras, con
pensamientos malos o, sencillamente, negando el perdón. El otro puede ponerse entonces triste, pasivo y
amargo. Kierkegaard habla de la “desesperación de aquel que, desesperadamente, quiere ser él mismo”, y
no llega a serlo, porque los otros lo impiden.
Cuando, en cambio, concedemos el perdón, ayudamos al otro a volver a la propia identidad, a vivir con
una nueva libertad y con una felicidad más honda.
2. Comprensión
Es preciso comprender que cada uno necesita más amor que “merece”; cada uno es más vulnerable de lo
que parece; y todos somos débiles y podemos cansarnos. Perdonar es tener la firme convicción de que en
cada persona, detrás de todo el mal, hay un ser humano vulnerable y capaz de cambiar. Significa creer en
la posibilidad de transformación y de evolución de los demás.
Si una persona no perdona, puede ser que tome a los demás demasiado en serio, que exija demasiado de
ellos. Pero “tomar a un hombre perfectamente en serio, significa destruirle,” advierte el filósofo Robert
Spaemann. Todos somos débiles y fallamos con frecuencia. Y, muchas veces, no somos conscientes de las
consecuencias de nuestros actos: “no sabemos lo que hacemos”. Cuando, por ejemplo, una persona está
enfadada, grita cosas que, en el fondo, no piensa ni quiere decir. Si la tomo completamente en serio, cada
minuto del día, y me pongo a “analizar” lo que ha dicho cuando estaba rabiosa, puedo causar conflictos
sin fin. Si lleváramos la cuenta de todos los fallos de una persona, acabaríamos transformando en un
monstruo, hasta al ser más encantador.
Tenemos que creer en las capacidades del otro y dárselo a entender. A veces, impresiona ver cuánto
puede transformarse una persona, si se le da confianza; cómo cambia, si se le trata según la idea
perfeccionada que se tiene de ella. Hay muchas personas que saben animar a los otros a ser mejores. Les
comunican la seguridad de que hay mucho bueno y bello dentro de ellos, a pesar de todos sus errores y
caídas. Actúan según lo que dice la sabiduría popular: “Si quieres que el otro sea bueno, trátale como si
ya lo fuese.”
3. Generosidad
Perdonar exige un corazón misericordioso y generoso. Significa ir más allá de la justicia. Hay situaciones
tan complejas en las que la mera justicia es imposible. Si se ha robado, se devuelve; si se ha roto, se
arregla o sustituye. ¿Pero si alguien pierde un órgano, un familiar o un buen amigo? Es imposible
restituirlo con la justicia. Precisamente ahí, donde el castigo no cubre nunca la pérdida, es donde tiene
espacio el perdón.
El perdón no anula el derecho, pero lo excede infinitamente. A veces, no hay soluciones en el mundo
exterior. Pero, al menos, se puede mitigar el daño interior, con cariño, aliento y consuelo. “Convenceos
que únicamente con la justicia no resolveréis nunca los grandes problemas de la humanidad -afirma San
Josemaría Escrivá... La caridad ha de ir dentro y al lado, porque lo dulcifica todo.” Y Santo Tomás resume
escuetamente: “La justicia sin la misericordia es crueldad.”
El perdón trata de vencer el mal por la abundancia del bien. Es por naturaleza incondicional, ya que es
un don gratuito del amor, un don siempre inmerecido. Esto significa que el que perdona no exige nada a
su agresor, ni siquiera que le duela lo que ha hecho. Antes, mucho antes que el agresor busca la
reconciliación, el que ama ya le ha perdonado.
El arrepentimiento del otro no es una condición necesaria para el perdón, aunque sí es conveniente. Es,
ciertamente, mucho más fácil perdonar cuando el otro pide perdón. Pero a veces hace falta comprender
que en los que obran mal hay bloqueos, que les impiden admitir su culpabilidad.
Hay un modo “impuro” de perdonar, cuando se hace con cálculos, especulaciones y metas: “Te perdono
para que te des cuenta de la barbaridad que has hecho; te perdono para que mejores.” Pueden ser fines
educativos loables, pero en este caso no se trata del perdón verdadero que se concede sin ninguna
condición, al igual que el amor auténtico: “Te perdono porque te quiero –a pesar de todo.”
Puedo perdonar al otro incluso sin dárselo a entender, en el caso de que no entendería nada. Es un regalo
que le hago, aunque no se entera, o aunque no sabe porqué.
4. Humildad
Hace falta prudencia y delicadeza para ver cómo mostrar al otro el perdón. En ocasiones, no es aconsejable
hacerlo enseguida, cuando la otra persona está todavía agitada. Puede parecerle como una venganza
sublime, puede humillarla y enfadarla aún más. En efecto, la oferta de la reconciliación puede tener
carácter de una acusación. Puede ocultar una actitud farisaica: quiero demostrar que tengo razón y que
soy generoso. Lo que impide entonces llegar a la paz, no es la obstinación del otro, sino mi propia
arrogancia.
Por otro lado, es siempre un riesgo ofrecer el perdón, pues este gesto no asegura su recepción y puede
molestar al agresor en cualquier momento. “Cuando uno perdona, se abandona al otro, a su poder, se
expone a lo que imprevisiblemente puede hacer y se le da libertad de ofender y herir (de nuevo).” Aquí
se ve que hace falta humildad para buscar la reconciliación.
Cuando se den las circunstancias -quizá después de un largo tiempo- conviene tener una conversación
con el otro. En ella se pueden dar a conocer los propios motivos y razones, el propio punto de vista; y se
debe escuchar atentamente los argumentos del otro. Es importante escuchar hasta el final, y esforzarse
por captar también las palabras que el otro no dice. De vez en cuando es necesario “cambiar la silla”, al
menos mentalmente, y tratar de ver el mundo desde la perspectiva del otro.
El perdón es un acto de fuerza interior, pero no de voluntad de poder. Es humilde y respetuoso con el
otro. No quiere dominar o humillarle. Para que sea verdadero y “puro”, la víctima debe evitar hasta la
menor señal de una “superioridad moral” que, en principio, no existe; al menos no somos nosotros los
que podemos ni debemos juzgar acerca de lo que se esconde en el corazón de los otros. Hay que evitar
que en las conversaciones se acuse al agresor siempre de nuevo. Quien demuestra la propia
irreprochabilidad, no ofrece realmente el perdón. Enfurecerse por la culpa de otro puede conducir con
gran facilidad a la represión de la culpa de uno mismo. Debemos perdonar como pecadores que somos,
no como justos, por lo que el perdón es más para compartir que para conceder.
Todos necesitamos el perdón, porque todos hacemos daño a los demás, aunque algunas veces quizá no
nos demos cuenta. Necesitamos el perdón para deshacer los nudos del pasado y comenzar de nuevo. Es
importante que cada uno reconozca la propia flaqueza, los propios fallos -que, a lo mejor, han llevado al
otro a un comportamiento desviado-, y no dude en pedir, a su vez, perdón al otro.
5. Abrirse a la gracia de Dios
No podemos negar que la exigencia del perdón llega en ciertos casos al límite de nuestras fuerzas. ¿Se
puede perdonar cuando el opresor no se arrepiente en absoluto, sino que incluso insulta a su víctima y
cree haber obrado correctamente? Quizá nunca será posible perdonar de todo corazón, al menos si
contamos sólo con nuestra propia capacidad.
Pero un cristiano nunca está solo. Puede contar en cada momento con la ayuda todopoderosa de Dios y
experimentar la alegría de ser amado. El mismo Dios le declara su gran amor: “No temas, que yo... te he
llamado por tu nombre. Tú eres mío. Si pasas por las aguas, yo estoy contigo, si por los ríos, no te
anegarán... Eres precioso a mis ojos, de gran estima, yo te quiero.”
Un cristiano puede experimentar también la alegría de ser perdonado. La verdadera culpabilidad va a la
raíz de nuestro ser: afecta nuestra relación con Dios. Mientras en los Estados totalitarios, las personas que
se han “desviado” -según la opinión de las autoridades- son metidas en cárceles o internadas en clínicas
psiquiátricas, en el Evangelio de Jesucristo, en cambio, se les invita a una fiesta: la fiesta del perdón. Dios
siempre acepta nuestro arrepentimiento y nos invita a cambiar. Su gracia obra una profunda
transformación en nosotros: nos libera del caos interior y sana las heridas.
Siempre es Dios quien ama primero y es Dios quien perdona primero. Es Él quien nos da fuerzas para
cumplir con este mandamiento cristiano que es, probablemente, el más difícil de todos: amar a los
enemigos, perdonar a los que nos han hecho daño. Pero, en el fondo, no se trata tanto de una exigencia
moral –como Dios te ha perdonado a ti, tú tienes que perdonar a los prójimos- cuanto de un imperativo
existencial: si comprendes realmente lo que te ha ocurrido a ti, no puedes por menos que perdonar al
otro. Si no lo haces, no sabes lo que Dios te ha dado.
El perdón forma parte de la identidad de los cristianos; su ausencia significaría, por tanto, la pérdida del
carácter de cristiano. Por eso, los seguidores de Cristo de todos los siglos han mirado a su Maestro que
perdonó a sus propios verdugos. Han sabido transformar las tragedias en victorias.
También nosotros podemos, con la gracia de Dios, encontrar el sentido de las ofensas e injusticias en la
propia vida. Ninguna experiencia que adquirimos es en vano. Muy por el contrario, siempre podemos
aprender algo. También cuando nos sorprende una tempestad o debemos soportar el frío o el calor.
Siempre podemos aprender algo que nos ayude a comprender mejor el mundo, a los demás y a nosotros
mismos. Gertrud von Le Fort dice que no sólo el claro día, sino también la noche oscura tiene sus
milagros. ”Hay ciertas flores que sólo florecen en el desierto; estrellas que solamente se pueden ver al
borde del despoblado. Existen algunas experiencias del amor de Dios que sólo se viven cuando nos
encontramos en el más completo abandono, casi al borde de la desesperación.”
Reflexión final y cuestionario personal
Perdonar es un acto de fortaleza espiritual, un acto liberador. Es un mandamiento cristiano y además un
gran alivio. Significa optar por la vida.
Sin embargo, no parece adecuado dictar comportamientos a las víctimas. Es comprensible que una madre
no pueda perdonar enseguida al asesino de su hijo. Hay que dejarle todo el tiempo que necesite para
llegar al perdón. Si alguien le acusara de rencorosa o vengativa, engrandecería su herida. Santo Tomás de
Aquino, el gran teólogo de la Edad Media, aconseja a quienes sufren, entre otras cosas, que no se rompan
la cabeza con argumentos, ni leer, ni escribir; antes que nada, deben tomar un baño, dormir y hablar con
un amigo.
En un primer momento, generalmente no somos capaces de aceptar un gran dolor. Necesitamos
tranquilizarnos; seguir el ritmo de nuestra naturaleza nos puede ayudar mucho. Sólo una persona de
alma muy pequeña puede escandalizarse de ello.
Perdonar puede ser una labor interior auténtica y dura. Pero con la ayuda de buenos amigos y, sobre
todo, con la ayuda de la gracia divina, es posible realizarla. “Con mi Dios, salto los muros,” canta el
salmista. Podemos referirlo también a los muros que están en nuestro corazón.
¿Quiero realmente perdonar? ¿Estoy dispuesto a hacerlo?
¿Soy sincero para reconocer que también tengo faltas?
¿Me arrepiento de las faltas y pecados que he cometido?
¿Acudo al sacramento de la reconciliación para recibir el perdón de Dios?
¿He puesto ya los medios para reparar mis ofensas a Dios y al prójimo?
Tema 12 Efectos del perdón y la Belleza del perdón de Dios
Perdonar es la manifestación más alta del amor y, en consecuencia es lo que más transforma el corazón
humano. Por eso, cada vez que perdonamos se opera en nosotros una conversión interior, un verdadero
cambio al grado que San Juan Crisóstomo llega a decir “nada nos asemeja tanto a Dios como estar
dispuestos al perdón”.
Mientras un apersona está dominada por el resentimiento, mira al otro con malos ojos por los prejuicios
que el odio y el rencor le dictan. Al perdonar, nace un sentimiento nuevo y la mirada se clarifica,
desaparecen los prejuicios, y se puede ver a los demás como realmente son, descubrir y valorar sus
cualidades, que hasta entonces estaban ocultas.
Si los resentimientos son los principales enemigos para las relaciones con los demás, el perdón permite
recobrar el tesoro de la amistad o recuperar el amor que parecía perdido. ¡Qué doloroso resulta perder a
un amigo, por la sencilla razón de que no se cuenta con la capacidad para perdonar alguna ofensa! Y qué
frecuente es que el amor entre dos personas decaiga porque cada uno va acumulando, llevando cuentas
de las ofensas recibidas, en lugar de pasarlas por alto y perdonarlas. El perdón mantiene vivo el amor, lo
renueva, y evita la pérdida de la amistad que es uno de los dones más valiosos en esta vida.
El perdón produce grandes beneficios, tanto a nivel personal como en relación con los demás y con Dios.
1. Aceptación serena de ti mismo: en nuestro interior se opera un estado de paz interior que por sí misma
es liberador; el organismo ya no está atado, es libre, puede pensar y actuar como es debido, como todo
ser auténticamente libre.
2. Dispone el corazón a la vivencia de la caridad que tiene sus expresiones más concretas en
Caridad interna
• Bondad de corazón: aceptar a cualquier persona independientemente de lo que yo sienta por ella,
silenciar sus errores, ponderar sus cualidades y virtudes. Alegrarme por sus éxitos.
• Pensar bien de los demás: contrarrestar la tendencia natural del dicho popular “piensa mal y acertarás”
con una actitud cristiana, es decir, “cree todo el bien que se oye, no creer sino el mal que se ve y aun ese
mal, saber disculparlo”.
• Donación universal y delicada
Caridad externa
• Benedicencia: hablar siempre bien de los demás, descubrir y alabar lo bueno y disculpar lo malo
• Evitar la crítica, la murmuración y la burla.
• Servir desinteresadamente
• Colaborar generosamente
• Dar sin medida, sin buscar recompensa
• Tratar bien a todos: con aprecio, respeto, bondad y sencillez.
3. La paz interior que se expresa en
Paz con Dios: saberme y sentirme hijo querido del Padre, entregarme filialmente a Él.
Paz con los hombres. Quien se sabe en paz con Dios puede lanzarse a la ardua tarea de buscar paz con los
hombres. Que los que viven en contacto conmigo sepan que nada tienen que temer de mí. Que no vean
un rival, sino un amigo; no un obstáculo, sino una ayuda en su camino.
Paz conmigo mismo: aceptarme a mí mismo, mi pasado, admitir mis debilidades y, una gran paciencia
hacia mí mismo, todo eso hace imposible la paz. Y es difícil estar en paz con Dios y los demás, si en mí
mismo no hay unidad.
Paz con el mundo entero, con toda la creación. Paz cristiana que ama la naturaleza, porque es obra de
Dios, y se encuentra a gusto en el mundo, porque es la casa del Padre Dios. Paz que todo lo abarca y todo
lo lleva hacia su destino final en el corazón de Dios.
4. La felicidad
La paz del corazón es la única paz que trae la felicidad, y esa paz del corazón es un don de Dios.
5. La experiencia del amor misericordioso de Dios
Cuando perdonamos a quienes nos ofenden, nos ponemos en condiciones de ser perdonados por Dios.
También el perdón divino es la manifestación más explícita de su amor por nosotros. Por tanto al
perdonar nos abrimos al amor de Dios, que a su vez es la fuente de nuestro propio amor hacia él. En la
medida en que nos sabemos y nos sentimos amados por Dios, nos movemos a amarle, deseando
corresponderle, y así es como concretamos nuestra llamada a la santidad que él hace a todos los hombres.
¿Dónde se realiza este encuentro con la belleza del perdón de Dios?
Nos serviremos de la carta pastoral del arzobispo Bruno Forte “confesarse, ¿Por qué? La reconciliación es
la belleza de Dios”.
Confesarse, ¿por qué?
La reconciliación y la belleza de Dios
Carta para el año pastoral 2005-2006
Tratemos de comprender juntos qué es la confesión:
si lo comprendes verdaderamente, con la mente y con el corazón, sentirás la necesidad y la alegría de
hacer experiencia de este encuentro, en el que Dios, dándote su perdón mediante el ministro de la
Iglesia,
crea en tí un corazón nuevo, pone en ti un Espíritu nuevo, para que puedas vivir una existencia
reconciliada con Él, contigo mismo y con los demás, llegando a ser tú también capaz de perdonar y amar,
más allá de cualquier tentación de desconfianza y cansancio.
1. ¿Por qué confesarse?
Entre las preguntas que mi corazón de obispo se hace, elijo una que me hacen a menudo: ¿por qué hay
que confesarse? Es una pregunta que vuelve a plantearse de muchas formas: ¿por qué ir a un sacerdote a
decir los propios pecados y no se puede hacer directamente con Dios, que nos conoce y comprende
mucho mejor que cualquier interlocutor humano? Y, de manera más radical: ¿por qué hablar de mis
cosas, especialmente de aquellas de las que me avergüenzo incluso conmigo mismo, a alguien que es
pecador como yo, y que quizá valora de modo completamente diferente al mío mi experiencia, o no la
comprende en absoluto? ¿Qué sabe él de lo que es pecado para mí? Alguno añade: y además, ¿existe
verdaderamente el pecado, o es sólo un invento de los sacerdotes para que nos portemos bien?
A esta última pregunta creo que puedo responder enseguida y sin temor a que se me desmienta: el
pecado existe, y no sólo está mal sino que hace mal. Basta mirar la escena cotidiana del mundo, donde se
derrochan violencia, guerras, injusticias, abusos, egoísmos, celos y venganzas (un ejemplo de este
«boletín de guerra» no los dan hoy las noticias en los periódicos, radio, televisión e Internet). Quien cree
en el amor de Dios, además, percibe que el pecado es amor replegado sobre sí mismo («amor curvus»,
«amor cerrado», decían los medievales), ingratitud de quien responde al amor con la indiferencia y el
rechazo. Este rechazo tiene consecuencias no sólo en quien lo vive, sino también en toda la sociedad,
hasta producir condicionamientos y entrelazamientos de egoísmos y de violencias que se constituyen en
auténticas «estructuras de pecado» (pensemos en las injusticias sociales, en la desigualdad entre países
ricos y pobres, en el escándalo del hambre en el mundo...). Justo por esto no se debe dudar en subrayar lo
enorme que es la tragedia del pecado y cómo la pérdida de sentido del pecado --muy diversa de esa
enfermedad del alma que llamamos «sentimiento de culpa»-- debilita el corazón ante el espectáculo del
mal y las seducciones de Satanás, el adversario que trata de separarnos de Dios.
2. La experiencia del perdón
A pesar de todo, sin embargo, no creo poder afirmar que el mundo es malo y que hacer el bien es inútil.
Por el contrario, estoy convencido de que el bien existe y es mucho mayor que el mal, que la vida es
hermosa y que vivir rectamente, por amor y con amor, vale verdaderamente la pena. La razón profunda
que me lleva a pensar así es la experiencia de la misericordia de Dios que hago en mí mismo y que veo
resplandecer en tantas personas humildes: es una experiencia que he vivido muchas veces, tanto dando
el perdón como ministro de la Iglesia, como recibiéndolo. Hace años que me confieso con regularidad,
varias veces al mes y con la alegría de hacerlo. La alegría nace del sentirme amado de modo nuevo por
Dios, cada vez que su perdón me alcanza a través del sacerdote que me lo da en su nombre. Es la alegría
que he visto muy a menudo en el rostro de quien venía a confesarse: no el fútil sentido de alivio de quien
«ha vaciado el saco» (la confesión no es un desahogo psicológico ni un encuentro consolador, o no lo es
principalmente), sino la paz de sentirse bien «dentro», tocados en el corazón por un amor que cura, que
viene de arriba y nos transforma. Pedir con convicción el perdón, recibirlo con gratitud y darlo con
generosidad es fuente de una paz impagable: por ello, es justo y es hermoso confesarse. Querría
compartir las razones de esta alegría a todos aquellos a los que logre llegar con esta carta.
3. ¿Confesarse con un sacerdote?
Me preguntas entonces: ¿por qué hay que confesar a un sacerdote los propios pecados y no se puede
hacer directamente a Dios? Ciertamente, uno se dirige siempre a Dios cuando confiesa los propios
pecados. Que sea, sin embargo, necesario hacerlo también ante un sacerdote nos lo hace comprender el
mismo Dios: al enviar a su Hijo con nuestra carne, demuestra querer encontrarse con nosotros mediante
un contacto directo, que pasa a través de los signos y los lenguajes de nuestra condición humana. Así
como Él ha salido de sí mismo por amor nuestro y ha venido a «tocarnos» con su carne, también nosotros
estamos llamados a salir de nosotros mismos por amor suyo e ir con humildad y fe a quien puede darnos
el perdón en su nombre con la palabra y con el gesto. Sólo la absolución de los pecados que el sacerdote
te da en el sacramento puede comunicarte la certeza interior de haber sido verdaderamente perdonado y
acogido por el Padre que está en los cielos, porque Cristo ha confiado al ministerio de la Iglesia el poder
de atar y desatar, de excluir y de admitir en la comunidad de la alianza (Cf. Mateo 18,17). Es Él quien,
resucitado de la muerte, ha dicho a los Apóstoles: «Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los
pecados, les quedan perdonados; a quienes se los retengáis, les quedan retenidos» (Juan 20,22-23). Por lo
tanto, confesarse con un sacerdote es muy diferente de hacerlo en el secreto del corazón, expuesto a
tantas inseguridades y ambigüedades que llenan la vida y la historia. Tu solo no sabrás nunca
verdaderamente si quien te ha tocado es la gracia de Dios o tu emoción, si quien te ha perdonado has
sido tú o ha sido Él por la vía que Él ha elegido. Absuelto por quien el Señor ha elegido y enviado como
ministro del perdón, podrás experimentar la libertad que sólo Dios da y comprenderás por qué
confesarse es fuente de paz.
4. Un Dios cercano a nuestra debilidad
La confesión es por tanto el encuentro con el perdón divino, que se nos ofrece en Jesús y que se nos
transmite mediante el ministerio de la Iglesia. En este signo eficaz de la gracia, cita con la misericordia
sin fin, se nos ofrece el rostro de un Dios que conoce como nadie nuestra condición humana y se le hace
cercano con tiernísimo amor. Nos lo demuestran innumerables episodios de la vida de Jesús, desde el
encuentro con la Samaritana a la curación del paralítico, desde el perdón a la adúltera a las lágrimas ante
la muerte del amigo Lázaro... De esta cercanía tierna y compasiva de Dios tenemos inmensa necesidad,
como lo demuestra también una simple mirada a nuestra existencia: cada uno de nosotros convive con la
propia debilidad, atraviesa la enfermedad, se asoma a la muerte, advierte el desafío de las preguntas que
todo esto plantea el corazón. Por mucho que luego podamos desear hacer el bien, la fragilidad que nos
caracteriza a todos, nos expone continuamente al riesgo de caer en la tentación. El Apóstol Pablo
describió con precisión esta experiencia: «Hay en mí el deseo del bien, pero no la capacidad de realizarlo;
en efecto, yo no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero» (Romanos 7,18s). Es el conflicto
interior del que nace la invocación: «Quién me librará de este cuerpo que me lleva a la muerte?»
(Romanos 7, 24). A ella responde de modo especial el sacramento del perdón, que viene a socorrernos
siempre de nuevo en nuestra condición de pecado, alcanzándonos con la potencia sanadora de la gracia
divina y transformando nuestro corazón y nuestros comportamientos. Por ello, la Iglesia no se cansa de
proponernos la gracia de este sacramento durante todo el camino de nuestra vida: a través de ella Jesús,
verdadero médico celestial, se hace cargo de nuestros pecados y nos acompaña, continuando su obra de
curación y de salvación. Como sucede en cada historia de amor, también la alianza con el Señor hay que
renovarla sin descanso: la fidelidad y el empeño siempre nuevo del corazón que se entrega y acoge el
amor que se le ofrece, hasta el día en que Dios será todo en todos.
5. Las etapas del encuentro con el perdón
Justo porque fue deseado por un Dios profundamente «humano», el encuentro con la misericordia que
nos ofrece Jesús se produce en varias etapas, que respetan los tiempos de la vida y del corazón. Al inicio,
está la escucha de la buena noticia, en la que te alcanza la llamada del Amado: «El tiempo se ha cumplido
y el Reino de Dios está cerca; convertíos y creed en la Buena Nueva» (Marcos 1,15). A través de esta voz
el Espíritu Santo actúa en ti, dándote dulzura para consentir y creer en la Verdad. Cuando te vuelves
dócil a esta voz y decides responder con todo el corazón a Quien te llama, emprendes el camino que te
lleva al regalo más grande, un don tan valioso que le lleva a Pablo a decir: «En nombre de Cristo os
suplicamos: ¡reconciliaos con
Dios! » (2 Corintios 5, 20).
La reconciliación es precisamente el sacramento del encuentro con Cristo que, mediante el ministerio de
la Iglesia, viene a socorrer la debilidad de quien ha traicionado o rechazado la alianza con Dios, lo
reconcilia con el Padre y con la Iglesia, lo recrea como criatura nueva en la fuerza del Espíritu Santo.
Este sacramento es llamado también de la penitencia, porque en él se expresa la conversión del hombre,
el camino del corazón que se arrepiente y viene a invocar el perdón de Dios. El término confesión -usado normalmente-- se refiere en cambio al acto de confesar las propias culpas ante el sacerdote pero
recuerda también la triple confesión que hay que hacer para vivir en plenitud la celebración de la
reconciliación: la confesión de alabanza («confessio laudis»), con la que hacemos memoria del amor
divino que nos precede y nos acompaña, reconociendo sus signos en nuestra vida y comprendiendo
mejor así la gravedad de nuestra culpa; la confesión del pecado, con la que presentamos al Padre nuestro
corazón humilde y arrepentido, reconociendo nuestros pecados («confessio peccati»); la confesión de fe,
por último, con la que nos abrimos al perdón que libera y salva, que se nos ofrece con la absolución
(«confessio fidei»). A su vez, los gestos y las palabras en las que expresaremos el don que hemos recibido
confesarán en la vida las maravillas realizadas en nosotros por la misericordia de Dios.
6. La fiesta del encuentro
En la historia de la Iglesia, la penitencia ha sido vivida en una gran variedad de formas, comunitarias e
individuales, que sin embargo han mantenido todas la estructura fundamental del encuentro personal
entre el pecador arrepentido y el Dios vivo, a través de la mediación del ministerio del obispo o del
sacerdote. A través de las palabras de la absolución, pronunciadas por un hombre pecador que, sin
embargo, ha sido elegido y consagrado para el ministerio, es Cristo mismo el que acoge al pecador
arrepentido y lo reconcilia con el Padre y en el don del Espíritu Santo, lo renueva como miembro vivo
de la Iglesia. Reconciliados con Dios, somos acogidos en la comunión vivificante de la Trinidad y
recibimos en nosotros la vida nueva de la gracia, el amor que sólo Dios puede infundir en nuestros
corazones: el sacramento del perdón renueva, así, nuestra relación con el Padre, con el Hijo y con el
Espíritu Santo, en cuyo nombre se nos da la absolución de las culpas. Como muestra la parábola del
Padre y los dos hijos, el encuentro de la reconciliación culmina en un banquete de platos sabrosos, en el
que se participa con el traje nuevo, el anillo y los pies bien calzados (Cf. Lucas15,22s): imágenes que
expresan todas la alegría y la belleza del regalo ofrecido y recibido. Verdaderamente, para usar las
palabras del padre de la parábola, «comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto
y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado» (Lucas 15, 24). ¡Qué hermoso pensar que aquél
hijo podemos ser cada uno de nosotros!
7. La vuelta a la casa del Padre
En relación a Dios Padre, la penitencia se presenta como una «vuelta a casa» (este es propiamente el
sentido de la palabra «teshuvá», que el hebreo usa para decir «conversión»). Mediante la toma de
conciencia de tus culpas, te das cuenta de estar en el exilio, lejano de la patria del amor: adviertes
malestar, dolor, porque comprendes que la culpa es una ruptura de la alianza con el Señor, un rechazo de
su amor, es «amor no amado», y por ello es también fuente de alienación, porque el pecado nos
desarraiga de nuestra verdadera morada, el corazón del Padre. Es entonces cuando hace falta recordar la
casa en la que nos esperan: sin esta memoria del amor no podríamos nunca tener la confianza y la
esperanza necesarias para tomar la decisión de volver a Dios. Con la humildad de quien sabe que no es
digno de ser llamado «hijo», podemos decidirnos a ir a llamar a la puerta de la casa del Padre: ¡qué
sorpresa descubrir que está en la ventana escrutando el horizonte porque espera desde hace mucho
tiempo nuestro retorno! A nuestras manos abiertas, al corazón humilde y arrepentido responde la oferta
gratuita del perdón con el que el Padre nos reconcilia consigo, «convirtiéndonos» de alguna manera a
nosotros mismos: « Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le
besó efusivamente» (Lucas 15,20). Con extraordinaria ternura, Dios nos introduce de modo renovado en
la condición de hijos, ofrecida por la alianza establecida en Jesús.
8. El encuentro con Cristo, muerto y resucitado por nosotros
En relación al Hijo, el sacramento de la reconciliación nos ofrece la alegría del encuentro con Él, el
Señor crucificado y resucitado, que, a través de su Pascua nos da la vida nueva, infundiendo su Espíritu
en nuestros corazones. Este encuentro se realiza mediante el itinerario que lleva a cada uno de nosotros a
confesar nuestras culpas con humildad y dolor de los pecados y a recibir con gratitud plena de estupor el
perdón. Unidos a Jesús en su muerte de Cruz, morimos al pecado y al hombre viejo que en él ha
triunfado. Su sangre, derramada por nosotros nos reconcilia con Dios y con los demás, abatiendo el muro
de la enemistad que nos mantenía prisioneros de nuestra soledad sin esperanza y sin amor. La fuerza de
su resurrección nos alcanza y transforma: el resucitado nos toca el corazón, lo hace arder con una fe
nueva, que nos abre los ojos y nos hace capaces de reconocerle junto a nosotros y reconocer su voz en
quien tiene necesidad de nosotros. Toda nuestra existencia de pecadores, unida a Cristo crucificado y
resucitado, se ofrece a la misericordia de Dios para ser curada de la angustia, liberada del peso de la
culpa, confirmada en los dones de Dios y renovada en la potencia de su Amor victorioso. Liberados por
el Señor Jesús, estamos llamados a vivir como Él libres del miedo, de la culpa y de las seducciones del
mal, para realizar obras de verdad, de justicia y de paz.
9. La vida nueva del Espíritu
Gracias al don del Espíritu que infunde en nosotros el amor de Dios (Cf. Romanos 5,5), el sacramento de
la reconciliación es fuente de vida nueva, comunión renovada con Dios y con la Iglesia, de la que
precisamente el Espíritu es el alma y la fuerza de cohesión. El Espíritu empuja al pecador perdonado a
expresar en la vida la paz recibida, aceptando sobre todo las consecuencias de la culpa cometida, la
llamada «pena», que es como el efecto de la enfermedad representada por el pecado, y que hay que
considerarla como una herida que curar con el óleo de la gracia y la paciencia del amor que hemos de
tener hacia nosotros mismos. El Espíritu, además, nos ayuda a madurar el firme propósito de vivir un
camino de conversión hecho de empeños concretos de caridad y de oración: el signo penitencial
requerido por el confesor sirve justamente para expresar esta elección. La vida nueva, a la que así
renacemos, puede demostrar más que cualquier otra cosa la belleza y la fuerza del perdón invocado y
recibido siempre de nuevo («perdón» quiere decir justamente don renovado: ¡perdonar es dar
infinitamente!) Te pregunto entonces: ¿por qué prescindir de un regalo tan grande? Acércate a la
confesión con corazón humilde y contrito y vívela con fe: te cambiará la vida y dará paz a tu corazón.
Entonces, tus ojos se abrirán para reconocer los signos de la belleza de Dios presentes en la creación y en
la historia y te surgirá del alma el canto de alabanza.
Y también a ti, sacerdote que me lees y que, como yo, eres ministro del perdón, querría dirigir una
invitación que me nace del corazón: está siempre pronto --a tiempo y a destiempo--, a anunciar a todos
la misericordia y a dar a quien te lo pide el perdón que necesita para vivir y morir. Para aquella persona,
¡podría tratarse de la hora de Dios en su vida!
10. ¡Dejémonos reconciliar con Dios!
La invitación del apóstol Pablo se convierte, así, también en la mía: lo expreso sirviéndome de dos voces
distintas. La primera, es la de Friedrich Nietzsche, que, en su juventud, escribió palabras apasionadas,
signo de la necesidad de misericordia divina que todos llevamos dentro: «Una vez más, antes de partir y
dirigir mi mirada hacia lo alto, al quedarme solo, elevo mis manos a Ti, en quien me refugio, a quien
desde lo profundo del corazón he consagrado altares, para que cada hora tu voz me vuelva a llamar…
Quiero conocerte, a Ti, el Desconocido, que penetres hasta el fondo del alma y como tempestad sacudas
mi vida, tú que eres inalcanzable y sin embargo semejante a mí! Quiero conocerte y también servirte»
(«Scritti giovanili», «Escritos Juveniles» I, 1, Milán 1998, 388). La otra voz es la que se atribuye a san
Francisco de Asís, que expresa la verdad de una vida renovada por la gracia del perdón: «Señor, haz de
mi un instrumento de tu paz. Que allá donde hay odio, yo ponga el amor. Que allá donde hay ofensa, yo
ponga el perdón. Que allá donde hay discordia, yo ponga la unión. Que allá donde hay error, yo ponga la
verdad. Que allá donde hay duda, yo ponga la Fe. Que allá donde desesperación, yo ponga la esperanza.
Que allá donde hay tinieblas, yo ponga la luz. Que allá donde hay tristeza, yo ponga la alegría. Oh Señor,
que yo no busque tanto ser consolado, cuanto consolar, ser comprendido, cuanto comprender, ser
amado, cuanto amar». Son éstos los frutos de la reconciliación, invocada y acogida por Dios, que auguro a
todos vosotros que me leéis. Con este augurio, que se hace oración, os abrazo y bendigo uno a uno.
+ Bruno, vuestro padre en la fe
PARA EL EXAMEN DE CONCIENCIA
Prepárate a la confesión si es posible a plazos regulares y no demasiado lejanos en el tiempo, en un clima
de oración, respondiendo a estas preguntas bajo la mirada de Dios, eventualmente verificándolo con
quien pueda ayudarte a caminar más rápido en la vía del Señor:
1. «No tendrás otro Dios fuera de mí» (Dt 5,7). «Amarás al Señor con todo tu corazón, con toda tu alma y
con toda tu mente» (Mt 22,37). ¿Amo así al Señor? ¿Le doy el primer lugar en mi vida? Me empeño en
rechazar todo ídolo que puede interponerse entre El y yo, ya sea el dinero, el placer, la superstición o el
poder? ¿Escucho con fe su Palabra? ¿Soy perseverante en la oración?
2. «No tomarás en falso el nombre del Señor tu Dios» (Dt 5,11). ¿Respeto el nombre santo de Dios?
¿Abuso al referirme a Él ofendiéndole o sirviéndome de Él en lugar de servirlo? ¿Bendigo a Dios en cada
uno de mis actos? ¿Me remito sin reservas a su voluntad sobre mí, confiando totalmente en Él? ¿Me
confío con humildad y confianza a la guía y a la enseñanza de los pastores que el Señor ha dado a su
Iglesia? ¿Me empeño en profundizar y nutrir mi vida de fe?
3. «Santificarás las fiestas» (cf. Dt 5,12-15). ¿Vivo la centralidad del domingo, empezando por su centro
que es la celebración de la eucaristía, y los otros días consagrados al Señor para alabarlo y darle gracias
para confiarme a Él y reposar en Él? ¿Participo con fidelidad y empeño en la liturgia festiva,
preparándome a ella con la oración y esforzándome en obtener fruto durante toda la semana? ¿Santifico
el día de fiesta con algún gesto de amor hacia quien lo necesita?
4. «Honra a tu padre y a tu madre» (Dt 5,16). ¿Amo y respeto a quienes me han dado la vida? ¿Me
esfuerzo por comprenderles y ayudarles, sobre todo en su debilidad y sus límites?
5. «No matar» (Dt 5,17). ¿Me esfuerzo por respetar y promover la vida en todas sus etapas y en todos sus
aspectos? ¿Hago todo lo que está en mi poder por el bien de los demás? ¿He hecho mal a alguien con la
intención explícita de hacerlo? «Amarás al prójimo como a ti mismo» (Mt 22,39). ¿Cómo vivo la caridad
hacia el prójimo? ¿Estoy atento y disponible, sobre todo hacia los más pobres y los más débiles? ¿Me amo
a mí mismo, sabiendo aceptar mis límites bajo la mirada de Dios?
6. «No cometerás actos impuros» (cf. Dt 5,18). «No desearás la mujer de tu prójimo» (Dt 5,21). ¿Soy casto
en pensamientos y actos? ¿Me esfuerzo en amar con gratuidad, libre de la tentación de la posesión y de
los celos? ¿Respeto siempre y en todo la dignidad de la persona humana? ¿Trato mi cuerpo y el cuerpo de
los demás como templo del Espíritu Santo?
7. «No robar» (Dt 5,19). «No desear los bienes ajenos» (Dt 5,21). ¿Respeto los bienes de la creación? ¿Soy
honesto en el trabajo y en mis relaciones con los demás? ¿Respeto el fruto de trabajo de los demás? ¿Soy
envidioso del bien de los otros? ¿Me esfuerzo en hacer a los otros felices o pienso sólo en mi felicidad?
8. «No pronunciar falso testimonio» (Dt 5,20). ¿Soy sincero y leal en cada palabra y acción? ¿Testimonio
siempre y sólo la verdad? ¿Trato de dar confianza y actúo en modo de merecerla?
9. ¿Me esfuerzo en seguir a Jesús en la vía de mi entrega a Dios y a los demás? ¿Trato de ser como Él
humilde, pobre y casto?
10. ¿Encuentro al Señor fielmente en los sacramentos, en la comunión fraterna y en el servicio a los más
pobres? ¿Vivo la esperanza en la vida eterna, mirando cada cosa a la luz del Dios que llega y confiando
siempre en sus promesas?
Conclusión: Perseverar en el perdón
Perseverar en el perdón
Hemos buscado la felicidad en tanto lugares, teniéndola siempre a nuestro alcance. Ahora buscaremos la
felicidad en el lugar adecuado, la felicidad que sólo nos puede dar Jesús, la felicidad verdadera.
El amor de Dios es fuente inagotable de perdón y como aprendimos en este curso la clave del perdón está
en el amor, porque perdonar es un acto de misericordia. Sólo quien de verdad ama es capaz de perdonar.
Nuestro Dios es un Dios diferente a todo cuanto podamos pensar o imaginar. Es amable y bueno,
misericordioso y paciente.
"Él perdona todas tus ofensas y te cura de todas tus dolencias". “Él rescata tu vida de la tumba, te corona
de amor y de ternura”. "El Señor es ternura y compasión, lento a la cólera y lleno de amor". (Salmo 103)
El fundamento más radical para perdonar siempre al prójimo está en que Dios nos ha perdonado, porque
la ofensa que yo le hago a Dios mediante el pecado resulta infinitamente más grave que cualquier agravio
que yo pueda padecer. Sabemos que hay ofensas que superan la capacidad humana de perdón. Con el
auxilio de Dios es posible perdonar hasta lo humanamente imperdonable.
Agradecemos tu compañía a lo largo de este curso “Educar para el perdón”. Pedimos a nuestro señor que
te acompañe en este camino que es la puerta a la felicidad.
Para concluir a continuación desarrollaremos el tema de la necesidad de una conversión permanente.
Sera de gran ayuda para perseverar en el camino del perdón.
1. El verdadero sentido del pecado en nuestra vida
El pecado no es solamente la transgresión de un precepto divino o la cerrazón ante los reclamos de la
conciencia. Pecar es fallar al amor de Dios. El pecado consiste en el rechazo del amor de Dios, en la
ofensa a una persona que nos ama. «Contra ti, contra ti sólo pequé; cometí la maldad que tú aborreces»
(Sal 51,6).
El pecado de desobediencia de los ángeles y de nuestros primeros padres nació cuando empezaron a
sospechar del amor de Dios. Fue entonces cuando la inocente desnudez de un inicio se trocó en
vergüenza y en temor de que Dios pudiese descubrirles tal como eran; y el Creador, garante de su
felicidad, comenzó a ser desde ese momento su principal amenaza (cf. Gn 3,1-10). Todo pecado,
cualquiera que sea su género o calificación moral, es, en el fondo, un acto de desobediencia y
desconfianza de la bondad de Dios(cf. Catecismo, 397).
Entre los diversos pecados que podamos encontrar en nuestro pasado descubriremos, como una
constante, esa voluntad de preferirnos a nosotros mismos en lugar de Dios; de construir nuestra vida sin
Dios o al margen de Él; de anteponer nuestros bienes e intereses personales a su voluntad; de ver y juzgar
las cosas según nuestros criterios egoístas, pero no según Dios (cf. Catecismo, 398; exhortación
postsinodal Reconciliación y Penitencia,18). Sólo cuando se comprende el pecado en su verdadero
significado, se puede valorar y entender mejor el sentido y la importancia que las normas y preceptos
tienen en nuestra vida.
¡Qué poco nos duele a veces el pecado! ¡Con cuánta facilidad vendemos nuestra primogenitura de hijos
de Dios al primer postor que se cruza en nuestro camino! ¿Creemos de verdad en la vida eterna? Nos
duelen mucho las ofensas que los demás nos hacen, pero nos importa muy poco el dolor que infligimos al
Corazón de Cristo con nuestro comportamiento. Cuidamos demasiado nuestra imagen ante los hombres
y olvidamos fácilmente esa otra imagen de Dios que llevamos esculpida en nuestro ser. Buscamos salvar
las apariencias, pero nos esforzamos poco por salvar la propia alma y por construir nuestra vida ante
Aquel que nos examinará sobre el amor el día de nuestra muerte. Lamentablemente para muchos el
pecado no supone una gran desgracia ni un grave problema, como podría serlo la pérdida de la posición
social o un fracaso económico.
La mentalidad del mundo materialista y hedonista se nos filtra, casi sin darnos cuenta, y va cambiando
poco a poco nuestra jerarquía de valores. Nos preocupan mucho los problemas materiales –el hambre, la
pobreza, las injusticias sociales, la ecología y las especies de animales en extinción– y con facilidad nos
solidarizamos para remediarlos.
Pero pocas veces prestamos la misma atención y nos movilizamos para socorrer a los demás en sus
problemas espirituales y morales, que son la causa de la verdadera miseria del hombre. El mundo ahoga
nuestra sed de trascendencia en el horizonte de lo inmediato, y nos impide percibir que «el amor de Dios
vale más que la vida» (Sal 62,4).
¿Qué pasaría si Dios me llamara a su presencia en este momento: me encontraría con el alma limpia y las
manos llenas de buenas obras?
2. La experiencia del perdón y del amor misericordioso de Dios
a) Contemplar el rostro misericordioso de Cristo
Contemplar el rostro de Cristo: ésta es la consigna que el Santo Padre Juan Pablo II nos ha dejado en su
carta apostólica Novo Millennio Ineunte (cf. nn. 16-28). Fijar la mirada en su rostro significa dejarse
cautivar por la belleza irresistible de su amor y de su misericordia.
Contemplemos a Cristo, Buen Samaritano, que se agacha hasta el abismo de nuestra miseria para
levantarnos de nuestro pecado, que limpia y venda nuestras heridas, que se dona totalmente sin pedirnos
nada a cambio (cf. Lc 10,29-37). Cristo, que espera con paciencia nuestro regreso a casa, cuando nos
alejamos azotados por las tormentas de la adolescencia y juventud o instigados por el aguijón del mundo
y de la carne; y que nos abraza, nos llena de besos y hace fiesta por nosotros, porque estábamos perdidos
y hemos vuelto a la vida (cf. Lc 15, 11-32). Cristo, el único inocente, que no nos condena ni arroja contra
nosotros la piedra de su justicia (cf. Jn 8, 1-11). Cristo, que vuelve a mirarnos con amor, como el primer
día de nuestra llamada, y que sigue confiando en cada uno de nosotros, a pesar de que el canto del gallo
haya anunciado muchas veces nuestra traición (cf. Mc 14, 66-72; Jn 21, 15-19).
Es maravilloso, es emocionante contemplar este amor y misericordia de Dios sobre cada uno de nosotros;
su sola experiencia es suficiente para cambiar nuestra vida para siempre. El amor de Dios nos confunde.
Nos cuesta pensar que Dios pueda amarnos sin límites y para siempre; que su perdón nos llegue puro y
fresco, aunque sí sepamos lo que hacemos; que nos siga perdonando, incluso si nosotros no perdonamos a
los que nos ofenden. Él no nos trata como merecemos; su amor no es como el nuestro, limitado, voluble,
interesado. Él perdona todo y para siempre. Él nos conoce perfectamente y, aunque cometamos el peor
de los pecados, nunca se avergonzará de nosotros. Así es Dios: «Aunque pequemos, tuyos somos, porque
conocemos tu poder» (Sb 15, 2). Incluso en el pecado seguimos siendo sus hijos y podemos acudir a Él
como Padre.
Sólo quien ha contemplado y meditado, quien ha experimentado personalmente este amor y
misericordia de Dios es capaz de vivir en permanente paz, de levantarse siempre sin desalentarse, de
tratar a los demás con el mismo amor, la misma comprensión y paciencia con la que Dios le ha tratado.
No nos engañemos, sólo quien vive reconciliado con Dios puede reconciliarse, también, consigo mismo y
con los demás. Y para el cristiano el sacramento del perdón «es el camino ordinario para obtener el
perdón y la remisión de sus pecados graves cometidos después del Bautismo» (Reconciliación y
Penitencia, 31).
b) Necesidad de la mediación de la Iglesia
Al igual que al leproso del evangelio, también Cristo nos pide la mediación humana y eclesial en nuestro
camino de conversión y de purificación interior: «Vete, muéstrate al sacerdote y haz por tu purificación
la ofrenda que prescribió Moisés para que les sirva de testimonio» (Mc 1, 40-45). Tenemos necesidad de
escuchar de labios de una persona autorizada las palabras de Cristo: «Vete, y en adelante no peques más»
(Jn 8, 11), «tus pecados te son perdonados» (Mc 2, 5). Nadie puede ser al mismo tiempo juez, testigo y
acusado en su misma causa. Nadie puede absolverse a sí mismo y descansar en la paz sincera. La
estructura sacramental responde también a esta necesidad humana de la que hacemos experiencia todos
los días.
A este respecto, qué realismo adquieren las palabras que el sacerdote pronuncia en el momento de la
absolución: «Dios, Padre de misericordia, que ha reconciliado consigo al mundo por la muerte y
resurrección de su Hijo, y ha infundido el Espíritu Santo para la remisión de los pecados, te conceda,
mediante el ministerio de la Iglesia el perdón y la paz». Es en este preciso momento, cuando el perdón de
Dios borra realmente nuestro pecado, que deja de existir para Él. Sólo entonces brota en nuestro corazón
la verdadera paz, que el mundo no pueda dar porque no le pertenece, al no conocer al Señor de la paz
(cf. Jn 14, 27).
c) La paz interior fruto del perdón
La paz que nace del perdón sacramental es fuente de serenidad y equilibrio incluso emocional y
psicológico. ¡Cuántas personas he encontrado en mi camino que, como la mujer hemorroísa del
evangelio (cf. Mc 5, 25-34), han consumido su fortuna, lo mejor de su tiempo y de sus energías, buscando
en las estrellas la respuesta a sus problemas, o recurriendo a sofisticadas técnicas médicas o de
introspección psicológica que, bajo una apariencia científica, han explotado la debilidad de esas personas,
dejándolas más vacías y destrozadas que al inicio! No mediando un caso patológico o un problema
estructural de personalidad, la verdad de nosotros mismos y la solución a nuestros problemas la
encontraremos únicamente en la fuerza curativa que emana de Cristo, cuando se le «toca» con la fe y el
amor.
La psicología y las ciencias humanas pueden apoyar o acompañar este proceso de conversión interior,
sobre todo ante problemas especialmente complejos o ante casos de personalidades frágiles, pero nunca
podrán sustituir ni mucho menos pretender dar una respuesta a aquello que únicamente se puede
solucionar con el poder de Dios, pues sólo Él puede perdonar los pecados (cf. Mc 2, 6-12).
Queridos hermanos: «en nombre de Cristo, dejaos reconciliar con Dios» (2Cor 5, 20). Con las mismas
palabras de san Pablo les exhorto desde lo más hondo de mi corazón. No duden del perdón infinito de
Dios. Dejen que Él transforme sus vidas, que su amor y misericordia sea el objeto permanente de su
contemplación y de su diálogo con Él. No se cansen de pedir todos los días la gracia sublime del
conocimiento y de la experiencia personal de este amor. Cultiven en su corazón la memoria de la infinita
misericordia de Dios frente a sus faltas y pecados; se darán cuenta de que habrá siempre más motivos
para agradecer que para pedir perdón.
3. Algunas recomendaciones para vivir mejor el sacramento de la reconciliación y el espíritu de penitencia
a) Acercarse con gran espíritu de fe y humildad
La primera actitud básica con la que debemos vivir este sacramento es la fe. Una fe viva, renovada cada
vez que nos acercamos a la confesión: fe en la acción invisible de la gracia que actúa a través de la
mediación de la Iglesia; fe en ese hombre, pecador y limitado como nosotros, pero que representa a Dios
y obra en ese momento haciendo las veces de Cristo: «Yo te absuelvo de tus pecados...». Es Dios quien,
conociéndonos y amándonos, nos escucha y acoge a través del sacerdote.
Con esta actitud de fe y respetando la absoluta libertad de acudir a cualquier sacerdote para confesarse,
les recomiendo que procuren buscar un confesor, si es posible fijo, de probada experiencia, de sólida y
sana doctrina; profundamente adherido a la fe y al magisterio de la Iglesia; que sepa respetar y alentar
debidamente los carismas que el Espíritu Santo suscita en su Iglesia. Pero sobre todo que sea un hombre
santo, que busque con sinceridad y exigencia, por encima de sus propios criterios o intereses personales,
la voluntad de Dios y el bien espiritual de las almas.
Y la segunda actitud básica para poderse acercar a la confesión de modo fructuoso es la humildad. Se
necesita mucha humildad para ponerse de rodillas delante de Cristo y ante Él, que nos conoce y nos ama,
pedirle perdón con sinceridad. Reconocer el propio pecado significa, ante todo, reconocerse pecador (cf.
Reconciliación y Penitencia,13).
Reconocer, como hizo David al ser reprendido por el profeta Natán, que ese hombre a quien juzgo
merecedor de muerte soy yo, y que ese pecado que aborrezco en los demás es también mi pecado (cf.
2Sam 12, 1-15). «Reconozco mi culpa, tengo siempre presente mi pecado. Contra ti, contra ti solo pequé,
cometí la maldad que tú aborreces (...). En la culpa nací, pecador me concibió mi madre» (Sal 51, 5-6.7).
El alma humilde es aquella que, viendo la verdad de sí misma tal como Dios la ve, se acepta como es y
lucha por superarse con la ayuda de Dios, segura del éxito. El mayor mal no está en haber caído, sino en
no reconocerlo y quedarse tirado.
¡Qué indecible gozo experimenta el sacerdote cuando ve que una oveja descarriada vuelve al redil! ¡Qué
lección tan elocuente para él contemplar a un alma que con fe y humildad se arrodilla para pedir perdón
a Dios a través de su persona! Lejos de escandalizarse, constituye un motivo de sincera admiración y de
gratitud a Dios al constatar su acción misteriosa en las almas; y supone, además, una honda satisfacción
pues, como ministro del perdón, ha sido enviado para salvar lo que estaba perdido (cf. Lc 19, 10). El
sacerdote se convierte, de este modo, en el testigo de una íntima alianza entre Dios y el penitente, que
queda sellada para siempre por el secreto sacramental.
b) Buscar con sinceridad la verdad en la propia vida
El sacramento de la reconciliación nos brinda una ocasión excelente para el conocimiento de nosotros
mismos. Éste constituye el primer requisito para avanzar con paso firme por el camino de la verdadera
santidad y para poder hacer algo eficaz por el Reino de Cristo. Por ello, es una gracia inapreciable que
hay que pedir con insistencia, pues por nosotros mismos tendemos al subjetivismo y a las falsas
justificaciones. Hacer un examen de conciencia serio y honesto significa, por tanto, hacerlo bajo la
mirada de
Dios, en un ambiente de oración, en diálogo sincero y confiado con Él.
Es evidente que la conciencia rectamente formada representa un papel decisivo en este trabajo de
conocimiento personal. ¡Y quién mejor que el Espíritu Santo, el Espíritu de la Verdad, nos puede ayudar
en esta tarea de formación! Él, que ha sido enviado para «convencer al mundo en lo referente al pecado»
(Jn 16, 8; cf. Catecismo, 388). Este «convencimiento» no sólo nos ayuda a formar nuestra conciencia
según la verdad objetiva de la voluntad de Dios, sino que nos da también la certeza de la redención y de
la misericordia divina (cf. Catecismo, 1848).
Formen su conciencia. Cuídenla con sumo esmero y delicadeza. No ahoguen su voz ni permitan que se
acomode a sus gustos y apetencias pasionales, porque entonces habrán perdido uno de sus mayores y más
preciosos tesoros. Pueden caer y equivocarse, incluso gravemente, pero la gracia de Dios puede
solucionarlo si encuentra una conciencia sensible al bien que, aun en medio de su debilidad, es capaz de
escuchar y adherirse a la voluntad de Dios.
Es necesario, además, que se tomen el tiempo necesario en su examen antes de la confesión. Esta tarea, a
medida que se madura en la vida espiritual y en el conocimiento de sí mismo, se facilita y simplifica
enormemente. El mejor examen y el más fructuoso es el que se ha preparado a lo largo de los exámenes
de conciencia diarios y, sobre todo, con la actitud de la propia vida. Quien vive permanentemente de
cara a Dios no tiene que realizar grandes esfuerzos para entrar dentro de sí y hacer luz en su conciencia.
El fruto de transformación de una confesión depende en gran medida, al menos por lo que a nosotros se
refiere, de la profundidad de nuestro examen de conciencia. Por eso, yo les recomiendo que se esfuercen
siempre por ir a las raíces, a las actitudes y motivaciones profundas de sus faltas y pecados. Ayuda, para
ello, tener presente el propio programa de vida, sobre todo el así llamado «defecto dominante»; y
preguntarse siempre el porqué de su comportamiento, de manera particular ante la constatación repetida
de las mismas faltas.
Dentro de la diversidad de pecados, les recomiendo que presten una especial atención en sus exámenes a
tres categorías: la omisión, la pérdida del tiempo y las faltas contra la caridad. A veces se da una
importancia casi exclusiva a los pecados contra el sexto o el noveno mandamiento –aquellos que tienen
que ver con la pureza y la castidad, como si fuesen los más importantes o el centro de la moral cristiana.
Y no conviene perder de vista que estos tres tipos de faltas hieren hondamente al Corazón de Cristo y a
la Iglesia. La conciencia de su gravedad nos debe llevar a fijar siempre nuestra mirada en lo que Dios
espera de nosotros y a darlo todo en el cumplimiento de esa misión para la que hemos sido creados, que
es la práctica del verdadero amor, esencia del Evangelio.
c) Movidos por el arrepentimiento sobrenatural
El arrepentimiento por nuestros pecados constituye el requisito fundamental para recibir válidamente la
absolución. Este arrepentimiento, si es sincero, comporta «una ruptura con el pecado, una aversión del
mal, con repugnancia hacia las malas acciones que hemos cometido. Al mismo tiempo, comprende el
deseo y la resolución de cambiar de vida con la esperanza de la misericordia divina y la confianza en la
ayuda de su gracia» (Catecismo, 1431). Lo esencial, por tanto, es el dolor del alma, la compunción del
corazón:
«El sacrificio a Dios es un espíritu contrito; un corazón contrito y humillado, Señor, no lo desprecias»
(Sal 51, 19).
Este arrepentimiento puede expresarse en ocasiones con lágrimas, sensiblemente, como aquella mujer en
casa de Simón el fariseo, que lloró a los pies de Jesús (cf. Lc 7, 36-50), pero no es absolutamente
necesario. A medida que se avanza y madura en la vida espiritual, Dios permite que nuestra vida dependa
más de la fe y del amor desnudo de sentimientos y emociones externas.
Cuando Dios permite este tipo de manifestaciones sensibles, no debemos rechazarlas o avergonzarnos de
ellas, sino agradecérselas y aprovecharlas para unirnos más estrechamente a Él. No conviene,
ciertamente, buscarlas ni provocarlas, ya que puede ser una forma velada de buscarnos a nosotros
mismos. Lo que debemos pedir a Dios con insistencia, cada vez que nos acerquemos al sacramento de la
confesión, es el verdadero dolor del alma. Es necesario que Dios transforme nuestro corazón de piedra,
duro e insensible, en un corazón de carne (cf. Ez 36,26-27). La conversión –y, por tanto, el verdadero
arrepentimiento– es primeramente una obra de la gracia de Dios que hace volver a Él nuestros
corazones: «conviértenos, Señor, y nos convertiremos» (cf. Catecismo, 1432).
d) Propósito sincero de cambiar
Un termómetro fiel de nuestro arrepentimiento es este querer cambiar, que no es un vago deseo o
intención de ser mejor, sino la disposición firme de la voluntad que se compromete a luchar a muerte
contra las manifestaciones concretas del pecado en la propia vida y a cumplir por íntima convicción la
voluntad de Dios, aunque puedan preverse caídas en el futuro.
Por eso, yo les recomiendo que traten de sacar al final de cada confesión, con la ayuda de Dios e
iluminados por los consejos del confesor, un punto muy concreto y realista para trabajar hasta la
siguiente confesión. De este modo el sacramento de la penitencia se revela en toda su eficacia
transformante como un «medio de perfección y de perseverancia» y no sólo, como a veces sucede en la
mentalidad común, como una ocasión para «descargar» las propias faltas y así ponerse en paz con Dios y
consigo mismo.
Esta dimensión del sacramento de la confesión es muy importante, sobre todo para quienes ya han
caminado un buen trecho en la vida espiritual y están más tentados de caer en el tedio, el cansancio y el
desaliento, ante la constatación repetida de las mismas faltas. Para quien aspira a dejar de ser bueno y
convertirse en el santo que Dios quiere y que necesita el Movimiento y la Iglesia, la confesión, vivida
con este dinamismo transformante, se convierte en uno de los medios más importantes, deseados y
defendidos.
e) Cultivar el verdadero espíritu de penitencia y de reparación
La confesión no termina cuando se sale del confesionario. Para el alma que ama de verdad, no basta
cumplir la penitencia impuesta por el confesor, que generalmente suele ser sencilla en su realización,
sino que busca poner algo más de sí misma uniendo sus sufrimientos de todos los días a los de Cristo,
para completar así en su propia vida «lo que falta a la pasión de Cristo» (cf. Col 1, 24). Éste es el sentido
cristiano de la penitencia sacramental y del espíritu de reparación que se debe cultivar habitualmente
como actitud del corazón, y sin el cual «las obras de penitencia permanecen estériles y engañosas; por el
contrario, la conversión interior impulsa a la expresión de esta actitud por medio de signos visibles,
gestos y obras de penitencia» (Catecismo, 1430).
Para cultivar este espíritu suele ser útil fijar con antelación el día que se destinará para la confesión, que
se recomienda que sea frecuente. Todo ese «día penitencial», desde el ofrecimiento en la mañana hasta
las oraciones antes de acostarse, ha de estar sembrado de pequeños detalles de sacrificio y de delicadeza
con Jesucristo, para reparar los propios pecados y los de los hombres.
A lo largo del año, además, hay momentos muy aptos para el cultivo de la penitencia interior, como son
los viernes –en los que se conmemora la pasión y muerte de Cristo en la cruz–, la cuaresma y la Semana
Santa. Como cristianos, estas ocasiones deberían estar marcadas por un sentido de reparación
eminentemente apostólico, o sea, para salvar almas y arrancar de Dios las gracias necesarias para la
Iglesia.
La vida familiar puede ser un lugar privilegiado donde se aprenda en la práctica el valor humano y
espiritual del sacrificio y de la penitencia interior. El ambiente diario del hogar es una maravillosa
escuela de perdón, de paciencia, de comprensión recíproca, de honestidad y sinceridad con Dios y con
los demás. Los padres, a través de su ejemplo y de su palabra, tienen en este cometido un papel
insustituible.
Concluyo evocando el testimonio elocuente del apóstol san Pablo. En él tenemos una síntesis maravillosa
de este proceso de conversión sobre el que hemos reflexionado; y encontramos, además, los elementos
necesarios para llegar a ser grandes santos: una misión dada por Dios, un corazón lleno de debilidades y
limitaciones, pero desbordante de confianza y amor, y la generosidad para hacer crecer la semilla de la
gracia en la propia alma.
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