Subido por Jazmín Demarchi Oliveira

El Horla

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Trabajo Práctico 1
(Recuperatorio)
Literatura de Habla Francesa
Jazmín Demarchi
En el cuento “El Horla”, publicado en 1882 por Guy de Maupassant, el
autor naturalista expone una puja constante entre lo fantástico y la razón,
entre el pensamiento mágico y el cientificismo.
El relato está escrito en forma de diario, lo cual presupone un narrador que
observa y registra lo vivido: este recurso nos remite al método científico.
Ya en el primer día narrado se hace mención tácita al fenómeno que hilará
todo el relato: “El Horla”. Desde el primer momento en que es
mencionado,
se
lo
describe
como
una
entidad
incomprensible,
incontrolable. “…venía una soberbia fragata brasileña, completamente
blanca, admirablemente limpia y brillante. La saludé sin saber por qué lo
hacía. Me gustó tanto ese barco.”(De Maupassant, 2008, p.15) Más
adelante, dicho barco nos será revelado como el medio de llegada de la
criatura. No es un detalle menor que provenga de Brasil, país exótico
normalmente
vinculado
a
lo
salvaje
y
desconocido.
Primero en la “soberbia fragata”, más adelante en una agradable caminata
por el río (“se llenaba mi mirada de amor por la vida, por las golondrinas,
cuya agilidad es una alegría para mis ojos”, De Maupassant, 2008, p. 53),
la criatura suele aparecer en situaciones alegres, luminosas, para oscurecer
aquello que parece obvio y manipulable. La naturaleza y los sueños,
ámbitos que escapan al control humano, parecen ser sus escenarios
favoritos. Por otro lado, el personaje principal se ve afectado
fundamentalmente cuando se halla solo: “Ciertamente, la soledad es
peligrosa para las inteligencias que trabajan” (De Maupassant, 2008, p.35).
Durante sus viajes a la ciudad, incluso luego de experimentar con las
botellas, la existencia de “El Horla” llega a resultarle ridícula.
A lo largo del cuento, observamos cómo se va modificando el modo de
percibir “El Horla” del personaje principal: en un principio, lo considera
una fiebre, un malestar; algo con una existencia poco clara, a la vez que un
mal científicamente identificable. Sólo hacia el final le da entidad de “ser”,
designándolo con un nombre propio. Este avance implica una pérdida de
civilización por parte del narrador: “Ceno rápido, luego trato de leer un
poco; pero no alcanzo a comprender las palabras; apenas distingo las
letras"”. (De Maupassant, 2008, p.19) El protagonista va siendo despojado
de ciertas facultades imprescindibles para razonar. “Con un salto furioso,
salto de bestia descontrolada que va a agarrar a su domador, atravesé la
habitación para agarrarlo, para apretarlo, para matarlo”(De Maupassant,
2008, p. 63). Las posibles soluciones que encuentra son cada vez más
impulsivas y menos metódicas, siendo recurrente la identificación con un
animal sometido. No comprender le impide asumirse como un igual, por lo
cual el único modo que halla de rebelarse es la fuerza ciega.
Desde un comienzo, el narrador se cuestiona sus capacidades como
humano. Sin embargo, la explicación que da en primera instancia es más
bien de orden racional: nuestros sentidos serían insuficientes, mediocres,
para percibir ciertas cosas. Dicha carencia atañería al cuerpo. “El pueblo es
un rebaño imbécil (…). Le dicen “Diviértete”. Y se divierte” (De
Maupassant, 2008, p. 35). Su fe en el hombre nunca es plena: en este caso,
toma distancia del resto de los humanos por considerarlos estúpidos y
carentes de poder: predecibles. A ellos opone el resto del universo. Más
adelante, él mismo se verá cumpliendo el rol que critica.
El constante ir y venir entre lo racional y lo fantástico se manifiesta
claramente en los experimentos que efectúa el personaje principal para
comprobar la existencia de “El Horla”. “Desaté las cuerdas de los tapones,
temblando de miedo. ¡Habían bebido toda el agua! ¡Habían bebido toda la
leche!”
(De
Maupassant,
2008,
p.
33)
Observación,
hipótesis,
experimentación: el personaje pasa por todas estas fases. Al principio,
intenta explicar las botellas vacías asumiéndose como sonámbulo. Sin
embargo, al comprobar lo contrario, el conocimiento le quita poder en lugar
de dárselo.
Por otro lado, los primeros intentos por desterrar el mal son las duchas y el
bromuro de potasio, recetados por el médico: soluciones científicas que no
tienen ningún efecto. De algún modo, es esta la cuestión fundamental del
cuento: la impotencia del hombre frente a lo desconocido.
Frente a esta problemática, el monje y el médico cumplen roles esenciales:
si el primero se limita a sembrar la duda en el protagonista, el segundo le
da certezas. Así es como la ciencia aparece legitimando lo paranormal: sólo
presenciando la hipnosis con sus propios ojos, llevada a cabo por un
médico, el narrador comienza a dar crédito a sus impresiones. Recién hacia
el final del cuento, ya habiendo sido apoyado por ciertas autoridades del
conocimiento, el protagonista es capaz de ver a la criatura en plena acción:
“vi, sí, vi con mis propios ojos otra página dar dar vuelta y caer sobre la
precedente, como si un dedo ojeara el libro. Mi sillón estaba vacío, parecía
vacío; pero yo comprendí que él estaba ahí”.(De Maupassant, 2008, p. 63)
Son tres los momentos en que el narrador halla explicaciones científicas
para el mal que lo atormenta; cada uno de esas instancias va aumentando su
nivel de especificidad. En primer lugar, presencia la hipnosis: entonces
comienza a creer en cierta fuerza superior. Más adelante, solicita “el tratado
del doctor Hermann Herestauss sobre los habitantes desconocidos del
mundo antiguo y moderno”. Allí lee sobre seres invisibles, pero sin
encontrar ninguno que se asimile a “El Horla”. Y por último, cuando llega
a sus manos la Revue du Monde scientifique: “Una noticia muy curiosa nos
llega de Río de Janeiro. Una locura, una epidemia de locura, comparable a
las demencias contagiosas que azotaron a los pueblos europeos en el
medioevo, asola en estos momentos la provincia de San Pablo.”(De
Maupassant, 2008, p. 63-65). En esta última instancia se identifica por
completo.
El protagonista se debate entre dos explicaciones: la locura o la existencia
real de la criatura. Sin embargo, parece afectarlo más el desconcierto que
las certezas: “Él ya no se manifiesta más, pero lo siento cerca de mí,
espiándome (…) y más temible aún, ocultándose, en vez de señalar su
presencia invisible y constante a través de fenómenos sobrenaturales” (De
Maupassant, 2008, p. 55). No verlo implica no tener ningún tipo de control
sobre él.
Esta falta de poder se vuelve cada vez más intolerable,
alcanzando su punto culminante cuando lo lleva a destruir a quienes lo
rodean y a sí mismo. Así es como prefiere morir a no ser dueño de sí, y,
fundamentalmente, a hallarse en la misma situación que el resto de los
seres
de
la
Tierra:
sometido
a
otra
criatura.
Resulta fundamental el momento en que el narrador no logra aprehender su
reflejo en el espejo: “El Horla” lo ha eclipsado, transformándolo en algo
indefinido. La realidad más inmediata para él, su propia imagen, pasa a ser
incierta.
Por otro lado, la criatura aparece siempre como la figura material de una
ausencia: se manifiesta por los objetos a los que afecta, pero no puede
mostrarse por sí misma.
«En lugar de concluir con estas simples palabras: “No comprendo porque
la causa escapa a mi conocimiento”, estamos prontos a imaginar misterios
espantosos y poderes sobrenaturales.» (De Maupassant, 2008, p. 35), piensa
el protagonista cuando se halla en París. Finalmente, sucumbe a la opción
última: prefiere asumir la existencia del monstruo como una certeza y
actuar en consecuencia, que vivir sin comprender.
BIBLIOGRAFÍA
-DE MAUPASSANT, Guy. El Horla. Córdoba. El Copista. 2008.
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