Subido por José Ramón Salvador Gil

98-05. Sexenio democrático (1868-1874)

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J.R. Salvador
5. SEXENIO DEMOCRÁTICO (1868-1874)
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5. EL SEXENIO DEMOCRÁTICO (1868-1874)
En el mes de septiembre de 1868 se inició un breve pero fecundo período en la historia española
caracterizado por el fin del moderantismo que dominó el reinado de Isabel II y por la eclosión de
fuerzas políticas y sociales que democratizaron el sistema político, aunque también provocaron
una fuerte inestabilidad social que causó la reacción contra esta experiencia en 1874.
1. LA REVOLUCIÓN DE 1868 Y EL TRIUNFO DEL LIBERALISMO DEMOCRÁTICO
1.1. La Revolución de 1868
Las torpezas de Isabel II como gobernante, el uso abusivo que hizo de la confianza regia en favor
del partido moderado y el fracaso de un sistema electoral que impedía el acceso al poder a otras
fuerzas políticas representativas, fueron los factores que impulsaron el pacto entre unionistas,
progresistas y demócratas, con el propósito de poner fin a la monarquía isabelina.
La crisis económica de 1866, la muerte de O'Donnell (1867) y Narváez (1868), y la política represora y dictatorial del gobierno González Bravo provocaron en septiembre de 1868 una serie de
pronunciamientos militares y sublevaciones populares que terminaron con el reinado de Isabel II.
La revolución comenzó el 18 de septiembre con el pronunciamiento del almirante Topete, al frente de la escuadra anclada en Cádiz, al grito “!Viva la soberanía nacional!”. El general Prim, con
una parte de la flota, subleva los puertos mediterráneos. El general Serrano, también sublevado,
se dirige a Madrid. Las tropas gubernamentales, leales a la reina, al mando del general Pavía,
marqués de Novaliches, le salen al paso en el puente de Alcolea (Córdoba). Después de una breve
escaramuza, en la que resulta herido el general Pavía, sus tropas se suman a las de Serrano y juntas siguen hacia Madrid.
Isabel II, que se halla en San Sebastián con la Corte, toma el tren para Francia, en medio de la
indiferencia de la multitud. Sus últimas palabras en territorio español fueron: “Creía tener más
raíces en este país”. Se cerraba así un reinado que había durado exactamente 35 años. Cuatro
Constituciones, una guerra civil, innumerables Gobiernos, sublevaciones y pronunciamientos son
el balance de un reinado caracterizado por su inestabilidad.
Estos alzamientos militares fueron seguidos por multitud de levantamientos populares, encabezados por las Juntas Revolucionarias y batallones de Voluntarios de a Libertad, cuyas aspiraciones
iban mucho más allá del destronamiento de la reina. En sus numerosos manifiestos planteaban la
república federal y exigían el sufragio universal, la supresión de levas y quintas, y la desaparición
de los impuestos indirectos, reivindicaciones que muy difícilmente podían aceptar la burguesía
acomodada y los militares sublevados.
1.2. Gobierno provisional de Serrano: La Constitución de 1868
A diferencia de otros pronunciamientos y revoluciones, La Gloriosa, como fue llamada la Revolución de 1868, contó con el entusiasta apoyo de las masas populares.
Pero la coalición de fuerzas revolucionarias se hallaba dividida en cuanto a sus objetivos. Unionistas, progresistas y demócratas querían una nueva monarquía, mientras que los republicanos
propugnaban - como es natural - la instauración de la república.
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En octubre de 1868 se formó un gobierno provisional presidido por Serrano y formado por unionistas y progresistas. Al cabo de un mes, este gobierno firmó un decreto estableciendo el sufragio
universal y convocando elecciones a Cortes Constituyentes. Las Cortes elegidas promulgaron el 1
de junio de 1869 una nueva Constitución, que puede considerarse la primera democrática de nuestra historia. De los 112 artículos del texto constitucional destacan los que se refieren a:
. la soberanía nacional y la declaración de la monarquía constitucional como forma de Estado;
. la concesión del sufragio universal (establecido ya en la ley electoral de noviembre de 1868);
. la declaración de derechos (libertad de trabajo para extranjeros, inviolabilidad de la correspondencia, libertad de pensamiento, reunión y asociación, libertad religiosa, etc.).
Esta Constitución supuso un giro radical respecto a los anteriores textos constitucionales, ya que
convirtió a las Cortes en el auténtico centro de poder y relegó al monarca a un papel secundario.
En el País Vasco, la sublevación liberal de septiembre de 1868 que destronó a Isabel II y proclamó más tarde la primera República en España hizo posible una serie de ricas secuencias en torno
a la cuestión religiosa y la reivindicación foral. La reacción vasca a la Gloriosa fue de nuevo representativa de la dualidad permanente que afectaba a la sociedad: mientras la mayoría de la población recelaba ante la agitación liberal, los poderes políticos locales fueron ocupados por el
nuevo régimen en Álava, Guipúzcoa y Navarra. En Vizcaya, aunque se mantuvieron las autoridades forales anteriores, hubo un respeto mutuo entre los diputados - jauntxos conservadores - que
querían mantener a toda costa el poder y los liberales deseosos de no provocar un levantamiento
inconveniente en el Señorío.
El hecho más interesante de la época fue el de la celebración de las primeras elecciones democráticas (por sufragio universal masculino directo) de nuestra historia, en las que el electorado vasco
mostró su carácter conservador y prorreligioso. El triunfo de las candidaturas católico-carlistas,
con su programa de Dios-Fueros y con la ayuda del clero rural (púlpito y confesionario), fue
abrumador: entre las cuatro provincias vascas, 15 diputados de un total de 17.
El resultado electoral y la actividad del carlismo integrista en las Cortes españolas empezó a prefigurar unas bases sólidas, sobre la dialéctica de un acoso centralista a un pueblo vasco humillado,
católico y perseguido. El clero y los jauntxos más reaccionarios alentados por el triunfo en las
urnas no hicieron sino avivar estos sentimientos en espera de la oportunidad que les habría de
proporcionar de nuevo un retorno al absolutismo. Las fricciones en el plano religioso cotidiano
fueron abundantes, pero destaca la agitación de Guipúzcoa de 1869, cuando las Juntas Generales
en manos de los liberales trataron de reducir la subvención al clero. El enfrentamiento subsiguiente entre el obispo de Vitoria y el Diputado general encontró un caldo de cultivo en los ayuntamientos guipuzcoanos, alaveses y vizcaínos que se dividieron en sus preferencias.
1.3. La Regencia de Serrano
Una vez aprobada la Constitución de 1869 era necesario buscar un nuevo rey, puesto que las Cortes rechazaban la posibilidad del retorno de Isabel II y su hijo Alfonso era todavía un niño. Serrano, presidente de la Regencia, y Prim, jefe del gobierno, comenzaron la difícil tarea de encontrar un monarca entre las dinastías europeas. Se pensó en el príncipe Leopoldo de Hohenzollern,
de la familia real de Prusia, pero Francia puso el veto y ello dio lugar a la guerra franco-prusiana,
que acabó con el Imperio de Napoleón III. Se llegó a ofrecer la corona de España al general Espartero, quien la rechazó alegando su avanzada edad. Al final, triunfó el criterio de Prim y se
eligió a Amadeo de Saboya, segundo hijo de Víctor Manuel de Italia.
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2. LA MONARQUÍA DEMOCRÁTICA DE AMADEO I DE SABOYA (18711873)
En noviembre de 1870, don Amadeo es elegido rey de España, a donde se dirige para hacerse
cargo de la Corona y jurar la Constitución.
El día 27 de diciembre de 1870, el general Prim sufría un atentado en la calle del Turco, de Madrid (hoy calle del Marqués de Cubas), y a consecuencia de las heridas murió tres días después, el
mismo día en que Amadeo de Saboya desembarcaba en Cartagena. El nuevo rey inauguraba su
reinado sin el apoyo de su más firme partidario, el general Prim, que era el político con más prestigio del momento.
El reinado de Amadeo de Saboya duró dos años (1871-1873). Respetuoso con la legalidad, se
propuso reinar de acuerdo con la Constitución. En tan corto reinado tuvo que hacer frente a una
nueva guerra carlista; al recrudecimiento de la guerra independentista en Cuba; a una serie de
intentonas republicanas (motín de soldados federalistas en El Ferrol); al comienzo de las luchas
obreras; al desprecio de la aristocracia - partidaria de don Alfonso, el hijo de Isabel II en quien
ella había abdicado en enero de 1870 -; a la indiferencia del pueblo, que le consideraba un rey
intruso, como a José I, y, sobre todo, a las rencillas que dividían a los partidos.
Las fuerzas políticas que habían hecho posible la monarquía democrática vivieron un continuo
proceso de fraccionamiento que tuvo su reflejo en la composición de las Cortes y en la sucesión
de breves gobiernos: los progresistas constitucionales de Sagasta, los radicales de Ruiz Zorrilla y
los unionistas de O´Donnell y Serrano. En 1872 se produce el hundimiento del partido progresista. En 1873, la dimisión del unionista Serrano deja a la dinastía en dependencia de los radicales,
cuya política militar no es compartida por Amadeo I.
Amadeo I, ante la gravedad de los problemas y la falta de apoyo, decidió abdicar. El 11 de febrero
de 1873, ante la Cámara de Diputados y el Senado, reunidos en Asamblea Nacional, leyó el acta
de abdicación, modelo de caballerosidad. El mismo día de la abdicación de Amadeo, la Asamblea
Nacional proclamó la República.
En el País Vasco, en la consulta electoral de 1871, los carlistas volvieron a repetir los mismos
resultados afortunados que en las anteriores de 1869, ganando quince actas parlamentarias, por
sólo dos (Tudela y San Sebastián) de sus adversarios. Pero en la posterior ocasión de abril de
1872, Amurrio se alineaba en contra de los carlistas amenazando con iniciar un proceso de declive de esta fuerza en el nuevo campo del enfrentamiento electoral.
3. LA PRIMERA REPÚBLICA (1873-1874)
El mismo día de la abdicación de Amadeo de Saboya, el 11 de febrero de 1873, era proclamada la
Primera República española por el Congreso de los Diputados y el Senado reunidos en Asamblea
Nacional. La República había nacido sin derramamiento de sangre. Pero, si su nacimiento fue
pacífico, su breve vida fue muy agitada.
Los gobiernos republicanos tuvieron que hacer frente a la tercera guerra carlista que arreciaba en
el País Vaco; a las revueltas de los campesinos andaluces; al federalismo radical que intentó instaurar un Estado catalán; a las conspiraciones monárquicas y, sobre todo, al problema del cantonalismo, concepción radical del federalismo que pretendía la plena autonomía de los municipios.
En julio de 1873 se declaró el “cantón” de Cartagena y a los pocos días el movimiento cantonalista se extendió a casi todas las ciudades del centro, sur y levante (Málaga, Sevilla, Granada, Valencia, Cádiz, Alcoy), siendo fácilmente reprimido por Salmerón, excepto en Cartagena, donde
15.000 hombres armados lograron defender el cantón hasta enero de 1874. Por si fuera poco, la
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lejana isla de Cuba se hallaba en plena insurrección armada, reclamando la atención y el esfuerzo
de la metrópoli.
En los diez meses que duró la Primera República trataron de hacer frente a esta caótica situación
cuatro presidentes del Poder ejecutivo: los federalistas Estanislao Figueras –hombre tímido y
vacilante- y Francisco Pi i Margall, que redactó una constitución de corte republicano federal
que no llegó a ser aprobada, y los centralistas Nicolás Salmerón y Emilio Castelar, que se vio
obligado a dimitir acusado de olvidar los principios revolucionarios de la República.
El fin de la República tuvo lugar el 3 de enero de 1874, cuando el general Pavía, al frente de un
pelotón de guardias civiles, entró en las Cortes, las disolvió y entregó el poder a Serrano.
Se formó un Gobierno provisional de carácter conservador presidido por el general Serrano, quien
continuó la guerra contra los carlistas y logró dominar Cartagena, el último reducto de la sublevación cantonal.
Mientras tanto, don Antonio Cánovas del Castillo reorganizaba las filas de los partidarios de don
Alfonso, el primogénito de Isabel II. Éste, desde el colegio militar de Sandhurst (Inglaterra), se
dirigió al país en tono conciliador y liberal (“Manifiesto de Sandhurst”).
Cánovas quería que la entronización del príncipe Alfonso se diese como algo natural y no como
un acto de fuerza. Pero algunos sectores del Ejército se impacientaron, y el día 29 de diciembre de
1874 el general Martínez Campos se sublevaba en Sagunto y proclamaba rey de España a Alfonso
XII. En 1869 el general Prim había exclamado apasionadamente: “¡Los Borbones, jamás, jamás,
jamás!”. Cuatro años después la dinastía de Borbón volvía a ocupar el trono de España. Se inicia
el largo período histórico conocido con el nombre de Restauración.
4. LA SEGUNDA/TERCERA GUERRA CARLISTA: DIOS, PATRIA, FUEROS
Y REY (1872-1876)
A) Antecedentes
La experiencia republicana del 68, apenas con sosiego para tratar de imponer sus reformas, tendría un efecto negativo en el País Vasco, en el que el carlismo volvería con fuerzas para intentar
su último asalto al poder. Una buena parte de los carlistas empezaba a desgastarse en una lucha
parlamentaria poco satisfactoria, en la que la mayoría regional que ostentaba apenas les reportaba
ninguna ventaja apreciable. Por eso, cuando el pretendiente al trono, Carlos VII, dio la orden, en
abril de 1872, de preparar un levantamiento, la decisión fue acogida de modo favorable en los
círculos carlistas y entre los fueristas radicales.
La agitación política y social que precedió a esta segunda guerra carlista fue notable. Centenares
de publicaciones (periódicos, folletos, panfletos ... ) tuvieron ocasión de presentar al pretendiente
carlista como el más idóneo para sustituir el vacío regio y frenar una revolución aventurera. Algunos isabelinos defenestrados por la revolución se acercaron al carlismo y aportaron dineros o
experiencia militar. La guerra, precedida de algunas escaramuzas importantes que fueron dominadas por el gobierno, estallaría finalmente en abril de 1872.
B) La guerra
En el País Vasco, las partidas carlistas tuvieron ocasión de enfrentarse al más preparado ejército
republicano que mandaba el general Serrano. Arrigorriaga, Mañaria, Oñate y sobre todo Oroquieta fueron testigos del descalabro militar de los sublevados. D. Carlos pudo escapar a duras penas,
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mientras el general Serrano firmaba en Amorebieta en abril de 1872 con los responsables carlistas de la Diputación vizcaína una tregua de breve duración, por la que se mantenían los fueros y
se concedía un indulto a los sublevados.
En febrero del año siguiente, el reagrupado ejército carlista, tras la llamada de las Diputaciones
vascas a la movilización general, lanzaba nuevas ofensivas en Guipúzcoa, Navarra y Vizcaya
logrando dominar las cuatro provincias, con excepción de las cabeceras Bilbao, Vitoria, Pamplona y San Sebastián que una vez más resisten el acoso carlista. En plena fase de éxitos los carlistas
derrotan a la República en la histórica Montejurra, pero como en anterior ocasión la ocupación de
Bilbao habría de ser un objetivo insalvable y de repercusiones definitivas para la suerte de la guerra. El segundo sitio de la capital vizcaína proporcionó a ésta significación legendaria y gloria a
sus habitantes que tuvieron que soportar un largo asedio hasta el 2 de mayo de 1874 en que el
general Concha la liberó.
Así y todo la contienda habría de prolongarse aún hasta febrero de 1876, con distintas vicisitudes
en las que los carlistas parecieron recuperarse y alcanzaron alguna victoria. Pero en la fase final,
tras la restauración monárquica de 1874, el nuevo rey Alfonso XII se trasladó al teatro de la guerra y aumentó la presión gubernamental sobre las posiciones carlistas. Estella caía el 19 de febrero y en otra batalla de Montejurra los liberales prácticamente sentenciaron la suerte del pretendiente, que el día 28 de febrero de 1876 marchaba al destierro.
C) Valoración
. En primer lugar, es necesario señalar el carácter agónico, más significativo que en el primer
levantamiento, que tuvo la segunda guerra como expresión de las últimas oportunidades de un
viejo sistema social. La suerte del carlismo cada vez fue menos la de una pretensión dinástica,
que la ilusión de aferrarse a un modo anacrónico de entender las relaciones sociales y económicas. En todo caso, y la perspectiva histórica autoriza a pronunciarse en este sentido, la pelea por el
absolutismo, el integrismo religioso, el pensamiento irracional, el odio a lo extranjero, la conservación de los privilegios feudales, etc. que servía, entonces y hoy, para identificar el pasado más
reaccionario tenían sus días contados. En esta línea la contienda no hizo sino acelerar el proceso
de descomposición al facilitar que se unieran contra el viejo modo todas las fuerzas y recursos de
la nueva sociedad.
. Aunque la historiografía liberal, la historiografía liberal ha simplificado el conflicto, poco menos
que enfrentando progreso liberal a reacción absolutista, es necesario reconocer la posición del
clero, la opción del campesinado, o las preferencias de buen número de proletarios urbanos por el
carlismo. No cabe duda de que el componente foral jugó un papel importante en este aspecto.
Aunque para las capas económicamente progresistas resultaban inadmisibles, su propio anquilosamiento como normativa política es indudable que aportaba tranquilidad y seguridad ante el
futuro, no sólo a los notables jauntxos, sino a muchos sectores campesinos y artesanales que conocían perfectamente la práctica foral, sabían a qué atenerse y trataban de aprovechar al máximo
algunos privilegios residuales, como exenciones militares, sistema arancelario...
Estas actitudes habían sido alentadas, en el intervalo entre las dos guerras carlistas, por la perspectiva fuerista-liberal que había abrazado buena parte de la clase burguesa. Además la nueva
administración liberal post-isabelina se inclinó por respetar las peculiaridades vascas tratando de
evitar mayores males y convencida por los favorables resultados carlistas en las urnas. Una vez
estallada la guerra, sólo los núcleos más liberalizantes fueron ocupados por el ejército liberal que
se hizo fuerte en ellos (Bilbao, San Sebastián, Irún, Vitoria ... ). La dinámica del conflicto se encargaría del resto...
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. Y finalmente, es de destacar también el puente que ofreció la lucha carlista a los nacionalismos
vascos posteriores.
5. LA ABOLICIÓN FORAL
A raíz del final de la guerra, el proceso abolicionista, que ya había elevado su ritmo en los años
cuarenta del siglo XIX, habría de conocer un remate proporcionado a los términos de la derrota
militar. La ocasión victoriosa no sería desaprovechada por el gobierno de Cánovas, que contaba
además con la garantía moral de haber visto rechazada una oferta anterior del rey Alfonso prometiendo el respeto foral a cambio de la pacificación.
La Ley de 21 de julio de 1876, en la que intervino personal y decisivamente del propio Cánovas
del Castillo, se presentó como una necesidad constitucional para evitar que pudiera ser interpretada como represalia de vencedores, pero fue inapelable en sus términos. La actividad parlamentaria que precedió a su aprobación serviría para manifestar la solidaridad foral de todos los diputados vascos que veían razones de desconsuelo y preocupación en la abolición. Mateo Moraza,
diputado alavés, protestaría por el españolismo del país, de su infortunio y del descorazonador
futuro que le aguardaba, sin alcanzar fruto alguno sus lamentos. En el fondo de la unanimidad
vasca se escondía la realidad de la pérdida de unas prerrogativas, que bien podían modificarse,
adecuarse... pero no desaparecer, puesto que de ese modo también los liberales serían castigados
con el mismo rigor que los carlistas.
La ley, sin embargo, no sería tan dramática como habían pronosticado algunos fueristas, ya que
estaba impregnada del carácter conciliador y posibilista de Cánovas. De hecho fue calificada como una ley transaccional entre fueristas y antifueristas que equilibraba las aspiraciones de ambas
tendencias. En la práctica la Ley no suprimió literalmente los Fueros, pero sí aumentaba la intervención y el poder político-administrativo del Estado en las provincias vascas, al tiempo que establecía la obligación militar y el deber de contribución a las arcas estatales en igualdad de condiciones con las demás provincias del Estado. En este sentido sí que perdieron los vascos sus ancestrales privilegios.
5. EL CONCIERTO ECONÓMICO
A continuación de la abolición se estableció una nueva estructura de relaciones jurídicas, económicas y administrativas, resto de la anterior foralidad, que coincidía en sus planteamientos fiscales con la denominada Ley paccionada de 1841 entre Navarra y el Estado. El ordenamiento recibió el nombre de Concierto Económico y fue regulado por decreto de 28 de febrero de 1878, ordenamiento que se incardinaba en el régimen creado a partir de la Constitución de 1876. En este
sistema, la fórmula de los Conciertos Económicos servirá para guardar algunos grados de autonomía en el plano financiero y administrativo. Se establecía, por tanto, un régimen excepcional de
tributación para las tres provincias vascas.
Como estructura fiscal el Concierto Económico fue el componente nuclear de la relación entre
Vizcaya, Álava y Guipúzcoa, por un lado, y el Estado por otro, hasta su derogación en 1937. En
algunos puntos el contacto y paralelismo entre la solución concertista y la Ley navarra de 1841 es
notoria. Ambas ayudan a explicar el desarrollo económico del País Vasco, dentro de la estructura
general española en la época de arranque y esplendor.
La Ley de 21 de julio de 1876 antes citada incluía la posibilidad de un régimen fiscal preferente
aunque nunca privilegiado, sobre el que tenían las demás provincias. Esta previsión puso en marcha las negociaciones entre diputaciones provinciales vascas y representantes del gobierno, cuyo
resultado fue la organización del Concierto de 1878, renovado luego en 1887, 1894, 1906 y 1925.
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El Concierto consistía en un peculiar modelo fiscal, basado en el encabezamiento provincial de
los impuestos que percibía el Estado por los distintos conceptos. Las Diputaciones asumían ante
el poder central la responsabilidad de responder a estas cantidades pactadas, y a su vez, se encargaban de recoger los impuestos con la autonomía suficiente como para que el régimen impositivo
aplicado no tuviera que coincidir con el estatal. Esta independencia fiscal y el saldo financiero
que dicha peculiaridad ponía en manos de las diputaciones convirtió a éstas en centros claves de
la administración local vasca.
El Concierto además contenía una indeterminación respecto a las funciones y a la autonomía real
de las diputaciones. La ausencia de un decálogo de actuación hacía posible la asunción de facto
de un importante número de competencias, gracias a la habilidad con que siempre se negoció el
pago al Estado, por parte de los diputados vascos. El problema central en este aspecto consistía en
el desconocimiento práctico que la Hacienda central tenía de la auténtica capacidad fiscal de las
provincias vascongadas. La determinación del total a pagar por cada una de ellas, hubo de establecerse mediante estimaciones imprecisas y globales, sin datos estadísticos reales, y que partían
de la comparación con otras provincias que se consideraban con un nivel económico parecido.
Además la vaguedad de los textos respecto a las funciones provinciales extendió el poder de las
diputaciones en la tutela y vigilancia de los municipios, sobre los que de hecho asumieron la jurisdicción recaudatoria. El límite operativo establecido en la propia Constitución de 1876, sin
embargo, dejaba en manos gubernamentales las posibilidades de ordenar y recortar en cualquier
momento las competencias ejercidas por estos organismos, que sobre todo en Vizcaya y Guipúzcoa, mantuvieron una escasa entidad jurídica.
En esta situación ambigua, las diputaciones trataron cada vez que acordaban un nuevo Concierto
de ampliar sus facultades provinciales, y sobre todo de contraer las bases impositivas. En el primer Concierto que sirvió de guía a los posteriores, el Estado se reservaba el cobro directo de algunos impuestos como el del tabaco, minas, transportes, justicia y otros derechos reales. Después
de 1878, las fórmulas variaron en función de la propia evolución del impuesto en España y por la
capacidad de presión ejercida por las diputaciones. Los nuevos conceptos que se incorporaban a
la filosofía fiscal, como el de patentes de alcohol, carruajes de lujo, compañías de seguros, etc.. se
distribuyen entre las partes, según cada negociación.
Los períodos de duración de los acuerdos fueron siempre desiguales, respondiendo también a las
vicisitudes negociadoras. El primero se concertó para 8 años, mientras que el siguiente de 1886 se
firmaría con carácter indefinido, el de 1894 por 12 años, el de 1905 por veinte... Las modificaciones concretas de la legislación estatal en la materia se sobrepusieron siempre sobre la periodicidad concertada, hecho éste que le confiere una acusada irregularidad cronológica.
Otro de los aspectos llamativos de la aplicación del Concierto resulta de la peculiaridad de la
política impositiva aplicada por cada diputación. Los datos que se conocen, aunque fragmentarios, permiten sin duda definir el modelo contributivo de los Conciertos como continuista, respecto a la fiscalidad anterior en el país. En ella la partida principal era la aportada por los impuestos
al consumo, es decir los indirectos.
Pero el modelo predominante de la fiscalidad indirecta se mostraría muy pronto inadecuado para
sufragar el incremento de los gastos asumidos por las diputaciones. Las competencias en infraestructura, orden público, enseñanza o beneficencia, dispararon el gasto provincial de forma espectacular. Además la obligación de pagar un cupo fijo al Estado, frente a la arbitrariedad foral anterior, ponía a las instituciones vascas ante el cumplimiento de plazos ineludibles en el orden financiero. Tratando de hallar una solución se generaliza desde los años de la guerra europea (19171918) la fiscalidad directa, coincidiendo con el período de favorables resultados empresariales.
Habría sido Guipúzcoa la provincia pionera en este camino desde los años 80, mientras que la
diputación vizcaína dominada por intereses industriales y comerciales, se mostraría más reacia y
mantuvo por más tiempo la estructura desequilibrada en favor de la imposición al consumo. De
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cualquier modo desde los años iniciales del siglo XX aparecen ya nuevos conceptos fiscales como
la contribución del Timbre (1908), el impuesto de Utilidades (1910), los de Inmuebles, Cultivo y
Ganadería, de Comercio e Industrial, etc. (1912), adaptados de la reglamentación que está en
vigor en el resto del Estado.
El sistema concertado alavés tenía la peculiaridad de reproducir a nivel provincial la estructura
del Concierto con el Estado, dejando a los municipios libertad en el reparto de las derramas. Esta
descentralización municipal hacía posible una variedad sustancial entre los modelos impositivos
vascos, en la que sin embargo se mantienen a la cabeza recaudadora los impuestos indirectos.
La importancia y repercusión favorable del sistema de Conciertos en la trayectoria del País va
reduciendo su tono a medida que la negociación se ajustaba más a las necesidades del Estado, que
con mayor conocimiento estadístico del potencial económico vasco, habría de presionar el alza de
los cupos. En tanto pudieron, las diputaciones se aferraron al régimen de Conciertos procurando
conservar el sistema fiscal del Antiguo Régimen, que favorecía a los grupos dirigentes en el poder
provincial. Al mismo tiempo, el mantenimiento de una especie de aislamiento fiscal respecto al
resto español, permitió una mayor ralentización de las reformas aplicadas en otros lugares, junto a
una menor presión fiscal relativa. Sin embargo, estas reformas se impondrían finalmente por su
propio peso al verse necesitadas las diputaciones de cambiar la política hacendística y acoplar
nuevos conceptos tributarios, y sobre todo por el porcentaje de participación económica que los
sectores industriales estaban adquiriendo en el total provincial.
Mientras tanto, la desviación de la presión fiscal hacia sectores como el agrícola o los consumidores había favorecido el desarrollo de la pujante industria del país. Incluso la existencia de un impuesto sobre los beneficios (Utilidades) resultaba ineficaz en ese sentido, al aplicarse no sobre los
resultados, sino sobre los dividendos que pagaban las empresas a sus accionistas.
En 1937 al entrar en Bilbao las tropas franquistas una de las primeras disposiciones de las nuevas
autoridades fue derogar el Concierto Económico para las provincias que habían correspondido
"con la traición a aquella generosidad excepcional". La vehemente imputación política hecha por
el Nuevo Estado aunque se intentaba moderar con alusiones a un régimen de privilegio, o a frecuentes evasiones fiscales, fue suficiente para que los intereses económicos, las asociaciones de
empresarios, o las propias instituciones afectadas, se vieran obligados a acatar la medida sin ningún tipo de objeción. A partir de entonces las provincias marítimas vascas entraron a formar parte
del sistema fiscal del Estado, tras casi sesenta años de autonomía tributaria y administrativa,
mientras Alava y Navarra mantenían la fórmula concertada.
Resulta difícil de evaluar las consecuencias de la supresión de los Conciertos, puesto que si en el
aparato de infraestructura pública (vías de comunicación, servicios sociales o culturales ... ) fue
notable la diferencia entre las provincias concertadas y las que no lo estaban, ello no impediría un
desarrollo general de la economía favorable y más señalado en Vizcaya y Guipúzcoa.
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CUADRO DE LOS PARTIDOS POLÍTICOS DURANTE EL SEXENIO (1868-1874)
Coalición Revolucionaria:
. Unión Liberal (Gral. Leopoldo O´Donnell; José Posada Herrera; Gral. Francisco Serrano; Manuel Alonso Martínez)
. Progresistas (Gral. Prim, Pascual Madoz, P.M. Sagasta, Ruiz Zorrilla)
. Demócratas (Castelar, Orense, Rivero, Becerra, Martos, Figueras, Pi y Margall)
MONÁRQUICOS
REPUBLICANOS
Constitucionales
Carlistas Moderados
(Nocedal)
Alfonsinos
(Cánovas)
Unión Liberal Progresistas
(Serrano)
1870 Muerte de Prim
P. Constitucional P. Radical
(Sagasta)
(Ruiz Zorrilla)
Demócratas
(Rivero)
Cimbrios o
Prorrepublicanos
Promonárquicos (Castelar, Oren(Rivero, Martos, se, Figueras)
Becerra)
Republicanos
(Pi y Margall)
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