Subido por Hernan Leonhardt

El contacto corporal en el Acompañamiento Terapéutico

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El contacto corporal en el Acompañamiento Terapéutico
Licenciada Nora Cavagna
http://www.taringa.net/posts/apuntes-y-monografias/2822342/El-contacto-corporal-en-elacompanamiento-terapeutico
Si bien nos comunicamos todo el tiempo y a menudo sin hablar, probablemente la
comunicación no verbal sea responsable de más de lo que sucede entre los seres humanos
que el hablar mismo.
"El cuerpo no miente", dice un viejo proverbio y con razón. Precisamente porque representa
un código de comunicación privilegiado, el "lenguaje del cuerpo" resulta más revelador que
el verbal. Esta concepción se agiganta en el caso de los enfermos mentales, ya que muchos
han perdido una parte de la gama total de las expresiones emocionales humanas. Los
síntomas descriptos con palabras por el sujeto perturbado se complementan con sus
aspectos no verbales y con el "lenguaje de los hechos".
Sin embargo, decimos que el lenguaje del cuerpo no engaña, pero sólo si el observador sabe
leerlo y descifrar sus mensajes. ¿De qué manera? Interactuando y sintiendo cómo siente la
otra persona, aunque no lo que siente, porque las emociones son algo privado y subjetivo.
Así, esto constituye un proceso empático que permite descifrar los estados emocionales del
otro y reaccionar frente a ellos en el intercambio afectivo. Por lo tanto, para leer el lenguaje
corporal se necesita estar en contacto con el propio cuerpo y ser sensible a su expresión.
Justamente, el acompañante terapéutico es un agente de salud entrenado para realizar
básicamente una tarea de contención a pacientes crónicos y agudos; en un nivel vivencial,
no interpretativo, y para el cual debe poner el cuerpo y constituir una presencia receptiva,
cálida y confiable. Trabaja insertado en un equipo terapéutico interdisciplinario siguiendo
las consignas del terapeuta de cabecera. Este enfoque de mínima distancia y gran
disponibilidad afectiva favorece una mayor eficiencia terapéutica.
Tocar a un paciente supone mucho más que técnica, ya que al hacerlo la experiencia es
inevitablemente mutua.
Los estímulos corporales se pueden definir tanto en función de las "sensaciones" que
generan como de las "intenciones" de quien los provoca. Los enfermos mentales suelen
tener un grado tal de sensibilidad y percepción, que aprecian sin dificultad la diferencia
entre un contacto firme y otro acartonado, o entre uno mecánico y otro lleno de
sentimiento y afecto.
Ahora bien, ¿a qué se debe que la estimulación táctil aplicada en forma de contacto, caricias
o abrazos ejerza tan extraordinario influjo en los trastornos emocionales? La explicación es
que justamente resulta esencial para el crecimiento y desarrollo físico y de la conducta,
existiendo una relación directa entre las experiencias táctiles vividas durante la infancia
(sólo basta recordar las realizadas por Spitz y Harlow al respecto) y el tacto demostrado en
la edad adulta. Por lo tanto el contacto físico es importante para el bienestar emocional y
corporal durante toda la vida. La satisfacción de las necesidades cutáneas confiere a toda
edad la sensación de seguridad y de que se es apreciado.
Los significados asignados al contacto táctil varían de acuerdo con:
1. La parte del cuerpo tocada (espalda, cabeza, pecho, cara, manos, hombros);
2. El tiempo que dura ese contacto;
3. La fuerza aplicada, por ejemplo una caricia puede causar consquillas, y si se la repite
puede convertirse en algo doloroso;
4. La frecuencia del toque;
5. El modo de tocar: abrazar, palmear, sostener, besar, guiar, apoyarse, acariciar y
enlazarse.
En el ser humano el tacto se halla repartido por toda la superficie cutánea, pero está
especialmente desarrollado en la yema de los dedos y en los labios. Así, el lactante
aprehende tanto el mundo que lo rodea como los alimentos que ingiere merced a sus labios,
y éstos representan durante los primeros meses la única vía de conocimiento. En virtud de
ello, pronto adquiere el hábito de aplicar los labios contra los objetos, y más adelante usa
la yema de los dedos y la palma de las manos. Por lo tanto aprende antes a tocar que a ver.
La palabra tacto podría definirse como la acción de tocar con la mano u otra parte del
cuerpo, es decir como el acto de sentir ciertas cualidades de un objeto mediante su contacto
con la piel. A este respecto conviene hacer hincapié sobre la importancia que reviste el
hecho de sentir, ya que si bien el tacto no es en sí un afecto, sus elementos sensoriales
provocan alteraciones nerviosas, glandulares, musculares y mentales cuya combinación
denominamos "emoción". Basta con tomarle la mano a una persona sometida a una
situación angustiosa para reducir considerablemente su ansiedad e instaurar un clima de
tranquilidad y mutua confianza.
Pero, el saber cuándo y cómo realizar ese contacto corporal, respetando los tiempos del
paciente, su espacio corporal, sus ritmos, la distancia óptima, sus tiempos y el acercamiento
apropiados, sin dejar de tener en cuenta el cuadro psicopatológico y el momento en el que
se encuentra el enfermo, serán cruciales para que el acompañamiento resulte
efectivamente terapéutico.
Al conocer al paciente que deberá ser acompañado terapéuticamente, las primeras
impresiones que se registran son reacciones corporales que se tiende a pasar por alto con
el tiempo al concentrarse en sus palabras y acciones, sin embargo revisten el valor de lo
auténtico y genuino. A pesar de todo, el saludo inicial deja sus huellas. A su vez, el habla es
algo más que palabras y frases, ya que comprende la inflexión de la voz, el ritmo y el gesto,
el cual añade riqueza al lenguaje y a la expresión. Incluso el silencio también dice cosas
sobre esa persona.
Los ojos tienen una doble función: son un órgano de visión, pero también de contacto.
Precisamente el contacto ocular es una de las formas más íntimas que pueden establecerse
de contacto entre dos personas, y las miradas suelen resultar más poderosas que las
palabras. Cuando se encuentran las miradas hay una sensación de contacto físico entre
ellas. Su cualidad y valor depende de la expresión de los ojos. Puede ser tan dura y fuerte
como una bofetada o tan dulce como una caricia. Mucha gente evita todo contacto ocular
porque tiene miedo de que sus ojos puedan ser reveladores. Y otros se turban al permitir
que otra persona escudriñe en sus sentimientos. Es por eso que se debe ser cuidadoso de
no clavar los ojos cierto tiempo en la persona enferma, ya que puede evitar o desalentar el
contacto con ella. Cuando un paciente se aísla, sus ojos no miran ni se interesan por el
mundo que lo rodea. Lo ven, pero sin excitación ni sentimiento alguno, percibiéndose
inmediatamente la falta de contacto. El procurar establecer contacto ocular con él
constantemente, comenzando por una mirada breve y receptiva, desviando después la
vista, ayuda a averiguar lo que está pasando por él de momento a momento, y a su vez le
proporciona la seguridad de que se está a su lado.
Es posible entablar contacto con las personas que sufren trastornos mentales si se emplea
suficiente paciencia y comprensión. Empezando por tener en cuenta el espacio personal
que necesita cada paciente en particular. En general los hombres mantienen una cierta
distancia entre ellos mismos y los otros, según sea el tipo de relación y la situación. Una
especie de burbuja invisible rodea a cada individuo, representando su margen de seguridad.
Si alguien la atraviesa, la respuesta puede ser retroceder, irritarse o tener una vaga
sensación de malestar y un intento automático de restablecer la distancia previa. Los
pacientes esquizofrénicos por ejemplo necesitan de una mayor distancia para sentirse
cómodos. Por eso al aproximarse a un enfermo de este tipo es crucial dejarle un amplio
espacio para que pueda alejarse, ya que su terror es a fundirse y disolverse en una pérdida
de límites. Contrariamente a las personas que padecen fobias, con las que el espacio deberá
ser estrecho para generarles mayor seguridad. Y en todos los casos se evaluará
cuidadosamente el grado de proximidad que cada paciente pueda tolerar con comodidad
en sus diferentes momentos. La "distancia ideal u óptima" es el punto en el que el
acompañante terapéutico pueda entender, pero no en el que se pueda quedar.
A veces los tiempos y ritmos de un enfermo resultan sumamente lentos y en otros
imposibles de seguir, como es el caso de los estados maníacos.
De todas maneras, si bien el contacto con otra piel tiene un efecto tranquilizador y
energizante, los acercamientos deberán ser "graduales" y "cautelosos". Probando y
buscando la manera de ser aceptado en un juego de aceptación-rechazo, en el que el
paciente pondrá a prueba a su acompañante terapéutico, para comprobar si lo va a poder
sostener y soportar. En ese intento el acompañante terapéutico apelará a distintos tipos de
contacto, dejando de lado el tabú de que el contacto físico está asociado con la genitalidad,
y de que vive en una sociedad de "no contacto". A su vez procurará que el paciente venza
el temor a ser rechazado al tocar a su acompañante terapéutico y se acerque para romper
con su sentimiento de aislamiento y soledad. Se puede acariciar con la mirada o con una
sonrisa que es el puente más corto entre dos personas. Aproximarse de a poco y probar
primero con un leve contacto de la mano, puede ser un buen comienzo si el enfermo lo
admite. De todos modos al acercarse a una persona que vive al borde de la desintegración,
es esencial encontrar un cierto equilibrio entre dar demasiado o demasiado poco. Ya que
cuando la patología resulta más grave y más regresivo está el paciente, más también se
tiene que poner el cuerpo. Pero cuanto mayor es el acercamiento, mayor también es el
compromiso. Así, algunos necesitarán ser acunados en una función de maternaje y otros,
que se los mantenga a una determinada distancia con límites precisos, como en el caso de
los adictos.
Sin embargo, hay que saber en qué momento acariciar, teniendo en cuenta el estado del
paciente y la parte corporal que se elige. Por ejemplo tocar una zona próxima a los genitales
como el muslo puede provocar erotización o agresión.
Resulta imprescindible que el acompañante terapéutico mantenga una "disposición
expectante" por la cual se halle dispuesto, alerta y listo para salir a la arena y atajar en
cualquier momento las situaciones que se le presenten. Si bien los pasos del enfermo
pueden ser vacilantes o tímidos, también es esperable que pueda ocurrir una reacción
violenta y agresiva, cuando no emociones sexuales presentadas de manera sutil o directa.
Las dos situaciones más difíciles de enfrentar por parte de los acompañantes terapéuticos,
sean hombres o mujeres quienes los realicen, son la agresividad y la sexualidad. Constituye
una regla de ética profesional el que no pueda haber una relación sexual con los pacientes
ni agresiones de ninguna clase. Pero el acompañante terapéutico puede verse enredado y
entrar en el juego por sentimientos personales, entorpeciendo así la relación, y no pudiendo
poner ni ponerse límites. No deberá asustarse por las fantasías que le surjan al respecto,
pero sí estando cercano a la acción. Estos temas necesitarán ser hablados y trabajados con
el equipo terapéutico, el cual es el indicado junto con quien lo supervisa, de rescatarlo de
su ceguera.
Por último, el abrazo es la forma de contacto humano que contiene más al otro y produce
alivio al compartir. Abrazar es una respuesta natural para demostrar distintos sentimientos.
A veces para calmar miedos, angustias, dar seguridad y protección.
El acompañante terapéutico tenderá a regularle al enfermo los intercambios afectivos en
una forma más adecuada, a través de un "vínculo" diferente a los que tuvo anteriormente,
con la intención de mejorar las relaciones del paciente y ayudarlo a reformular el desarrollo
de una personalidad más armónica con su medio.
De todo lo dicho hasta aquí se desprende lo comprometido de la tarea de ser acompañante
terapéutico. Cuando se toca corporalmente a otro con fines terapéuticos, se levantan
emociones, se crean compromisos, se requiere presencia e inclusión en ese vínculo,
entrega, respeto y consideración por el otro, como alguien valioso a quien se intenta
comprender y ayudar.
Bibliografía
Mark L. Knapp, La comunicación no verbal, Barcelona, Paidós, 1992.
W. Pasini, Intimidad, Buenos Aires, Paidós, 1992.
Ashley Montagu, El sentido del tacto, Aguilar.
Jürgen Ruesch, Comunicación terapéutica, Buenos Aires, Paidós, 1980.
N. Cavagna, "¿Qué es el acompañamiento terapéutico?", Dinámica, año 1, vol. 1, Nº 1,
octubre de 1994.
Michael Argyle, Análisis de la interacción, Buenos Aires, Amorrortu
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