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LOS MARGINADOS EN JAÉN.
SIGLOS XV – XVII
José RODRÍGUEZ MOLINA
Universidad de Granada
esde hace algunas décadas no han
dejado de sucederse estudios y congresos sobre Marginados. Los investigadores han tratado de cruzar en
ellos los resultados obtenidos en sus
respectivos trabajos. Sin embargo,
continúan siendo muchos los casos en los que la confusión en torno al concepto de marginado mantiene
plena vigencia. Por lo que se escribe y se habla, no
parece que estén completamente claras las ideas sobre
los marginados. Casi siempre se les identifica con los
pobres, con los menos favorecidos. Se incluyen entre
ellos, con acierto, ciertas minorías, cruelmente perseguidas a lo largo de la historia. Pero también se encuentra, a veces, algún artículo sobre algún señorío
venido a menos, basándose para ello en la merma económica sufrida en sus haberes por una persona o personas concretas.
Aún permanece, para algunos estudiosos, bastante brumosa la indefinición de las características que
posibilitan que una persona o grupo humano deba ser
contemplado en el mundo de la marginación.
La clarificación del concepto reclama, en primer lugar, la necesidad de establecer los elementos
del referente, que nos permita ver qué personas o grupos no se adecuan con él. Éste no puede ser otro que
un determinado orden, dentro del que se está integrado, o situado fuera de él, en sus márgenes.
Será a partir de aquí cuando podremos hablar
de marginados.
Es decir, nos podremos referir a todas aquellas
personas que se mantienen en los márgenes de un determinado orden, a menudo, por diferentes razones,
que pueden ser de carácter económico, social o cultural, según que se inserten o no en alguno de esos elementos constitutivos del orden en cuestión.
Partiendo de ese elemental referente, podremos
detallar los diferentes grupos de marginación, que son
bastantes más que los situados al margen de los bienes
materiales. Es verdad que quien carece de los necesarios bienes materiales para vivir, se sitúa
automáticamente al margen del orden productivo y distributivo de bienes. Está marginado de él, como también queda marginado de un determinado orden cultural, quien no comparte los elementos fundamentales
de esa cultura dominante. El morisco es un marginado
cultural de la cultura dominante impuesta por el poder
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Códice
y la masiva presencia de cristianos viejos; el judío y el
gitano, con sus propios valores culturales, también se
establecen en el margen de la cultura cristiana dominante.
El orden establecido
El establecimiento de un orden se basa, generalmente, con unas pautas decididas, que configuran
un determinado sistema productivo - agrícola, artesanal
o comercial -. Siempre cuenta con unas normas de tipo
fiscal o impositivo, justificadas en la necesidad de
mantener su integridad y hacer frente a las correspondientes mejoras, que exigen el paso del tiempo y el
desarrollo de la sociedad en que se asienta. El grupo o
los grupos sociales que lo aceptan, se dotan de una
determinada ética, vivencias y manifestaciones culturales, o de la profesión mayoritaria de una religiosidad concreta y bien definida.
Se erigen en garantes y mantenedores de dicho
orden aquellos que más disfrutan los resultados que se
desprenden de su funcionamiento. En el Jaén de los
siglos XV - XVII, quienes más interesados estuvieron
en el mantenimiento del orden establecido fueron la
nobleza y el clero. Tenían en sus manos el poder de
dar normas para su funcionamiento y así lo hicieron
constantemente. Pero también vigilaron para que nada
ni nadie debilitasen su estabilidad.
Fueron los que, en su forma de hablar y actuar,
decidieron quiénes estaban integrados en él y quiénes
no y, por consiguiente, se sintieron autorizados a vigilar sus vidas y sus comportamientos, para evitar presuntas desestabilizaciones. Decidieron, en pocas palabras, si tales grupos o personas estaban integrados
en el orden que habían forjado, y vigilaban, y si aceptaban sus valores, o los atacaban de alguna manera.
Según todos los datos aportados por los diferentes documentos, al orden establecido de los siglos
XV - XVII pertenecía la masa de hombres y mujeres
que aceptaban sus constitutivos vitales. Formaban parte
de éstos las condiciones de trabajo impuestas por el
sistema productivo, el sistema fiscal o contributivo, y
las normas emanadas de la autoridad establecida, compuesta por la nobleza y el clero. El conjunto de tales
elementos fue elevado a la categoría de querido por
Dios, en breves palabras, de origen divino.
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La persona o grupo de personas que carecía de
alguno de los elementos fundamentales que componían dicho orden, eran automáticamente aislados de
él, con la anuencia tácita de los individuos que lo integraban y aceptaban. Las autoridades dictaron normas
orientadas a la exclusión o tolerancia, teniendo siempre en cuenta el supuesto beneficio o perjuicio seguido para la divinidad, sustentadora de aquel orden para
el buen funcionamiento de la sociedad.
Por eso, los excluidos o marginados eran considerados con desconfianza, porque no participaban del
orden ni de su evolución. Con demasiada frecuencia
sus procedimientos y actuaciones resultaban
desestabilizadores de los elementos fundamentales que
constituían el conjunto de normas y directrices que la
sociedad necesitaba para correcto desenvolvimiento.
De acuerdo con ello, hubo dos grandes grupos
de personas marginadas. El grupo que no podía participar de los bienes económicos y el grupo, que, por
diferentes razones, no formaba parte del conjunto de
bienes culturales, aceptados por la mayoría o minoría
dominante.
Marginados económicos
El sistema productivo e impositivo no siempre
permitió que todos los hombres que vivían en una determinada población tuviesen lo necesario para vivir
y, sobre todo, para cumplir con sus obligaciones fiscales en relación con el municipio, la corona o la iglesia.
Los censos y padrones municipales, fundamentalmente, hablan de ese grupo empobrecido que no puede
hacer frente a sus impuestos. Todos los insolventes
fueron considerados como pobres. Tan escasa fue su
fortuna y tan débiles sus ingresos, que hasta se les exoneraba del pago de impuestos.
En dichos padrones, se muestra, con frecuencia, una nutrida masa de pobres (en el sentido de
insolventes ante el fisco), entre los que se enumeran
siempre las viudas, los menores y los ancianos.
No eran los menesterosos e indigentes, mendigos o pordioseros. Se trataba, sin más, de vecinos que
carecían de los suficientes recursos para cumplir con
sus obligaciones fiscales. Las circunstancias adversas
les colocaron en esa situación. Eran, en definitiva, pe-
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queños artesanos o campesinos, próximos a los jornaleros, castigados por las malas condiciones económicas. Entre ellos se contaban numerosas viudas y doncellas sin padre, menores huérfanos y no pocos ancianos sin fuerza ni fortuna.
Gran parte de ellos se veían, con frecuencia,
obligados a mendigar.
Los datos documentales nos ofrecen un nítido
panorama de los mismos. Nos muestran un claro bosquejo de su realidad que, de alguna manera, encontramos ejemplificado en la parroquia de San Juan de la
ciudad de Jaén, en los comienzos del siglo XVI. De
sus 343 vecinos, sólo 104 de ellos funcionaban de
acuerdo con los parámetros económicos aceptados por
el orden establecido, es decir, un 30% de la población
total de dicha parroquia. Un amplio grupo de 139 vecinos quedaban englobados en el colectivo de pobres
insolventes. Su abultado porcentaje acaparaba el 70%
de los habitantes del barrio. Su composición era muy
heterogénea, pues en él confluían miembros de la comunidad marcados por la edad, la enfermedad o las
desgracias familiares. El porcentaje global señalado
se distribuía de forma desigual entre las viudas, que
acaparaban el 30% del total, los viejos y enfermos,
abocados a ejercer la mendicidad, componían el 18%,
y los menores, generalmente huérfanos de padre, rondaban el porcentaje del 17%.
La situación ejemplificada por la parroquia de
San Juan de Jaén fue la mantenida en los distintos rincones del Alto Guadalquivir, desde el siglo XV hasta
bien entrado el siglo XVII. Así no lo dejan ver datos
de 1535 y de 1587, en los que se nos muestra la extendida realidad de viudas, menores, doncellas y ancianos.
Fue nutrido el número de viudas en las distintas
poblaciones del antiguo reino de Jaén. En 1535 se contabilizaban, en todo el Alto Guadalquivir, unas 4.400
viudas; de ellas, sólo en Baeza, con una población de
1.888 vecinos, vivían 549 viudas, es decir, casi 1/3 de
la población. Ese mismo panorama aparecía en Alcalá
la Real, en 1587, donde de 1.909 vecinos, 424 eran
viudas y, por tanto, expuestas a todas las carencias, ya
que únicamente 18 parecen tener suficientes medios
económicos, como nos hace pensar el título de “Doña”
que les acompaña en los padrones.
Los porcentajes de menores oscilaron entre el
10% de comienzos del siglo XVI, y el 3% de finales
de la centuria. A ellos debemos añadir las numerosas
doncellas pobres, a quienes tocó, con frecuencia, engrosar el número de mujeres, que debieron buscar solución a sus graves problemas económicos en los diferentes prostíbulos.
Los ancianos, carentes de medios y fuerza física, estuvieron ineludiblemente llamados a padecer todo
tipo de carencias y a engrosar los gruesos contingentes de mendigos. Aunque excepcionalmente, esta misma situación debieron arrastrar los mismos hidalgos,
llegados a viejos y desvalijados de fortuna y de hijos.
Así lo vio Miguel de Cervantes en El Quijote, hacia
1615, cuando hablaba de uno de ellos, que “era viejo,
soldado, hidalgo y pobre”. Pero debemos matizar que
la figura del hidalgo famélico, aireada por la Literatura del siglo de Oro, no se prodigó mucho en el Reino
de Jaén. Alguna vez aparece alguno, como el hidalgo
que encontramos, en 1575, en la Puerta de Segura, “el
qual es hombre de setenta años e pobre”.
El modo de vida, a que se vieron sometidos los
diferentes grupos de este amplio conjunto, fue duro
física y moralmente hablando. Les rondaban las carencias y los múltiples peligros.
Las viudas solían vivir con su madre, suegra,
hermana, también viuda y, en el mejor de los casos, con
un hijo sacerdote. Se ganaban la vida hilando lana, tejiendo, trabajando como panaderas y, en algún caso,
regentando algún mesón. Sus tierras, caso de tenerlas
quedaban abandonadas e improductivas. Ha quedado
en la memoria colectiva la difícil vida y pobreza de la
viuda, en el dicho popular campesino, por el que cuando a alguien se le quiere recordar que tiene las tierras
muy descuidadas se le dice, “tienes las tierras como el
haza de una viuda”. Más de la mitad de ellas estaban
consideradas como pobres de solemnidad, y en calidad
de tales debían ser amparadas por los vecinos o las autoridades municipales. Malvivían y hacían crecer, con su
obligada presencia, las abultadas filas de los mendigos.
Los menores, considerados vecinos por defecto
de sus padres, fallecidos, arrastraban una situación aún
más precaria. Algunos eran empleados como criados
o pastores; otros, más numerosos, engrosaban las filas
de los pordioseros. Llevaban una vida muy parecida a
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Códice
la que se nos describe para El Lazarillo de Tormes.
Muy pocos vivían de sus rentas, por ello un buen porcentaje vendía pan, actuaba de aguador o llevaba a cabo
otras tareas parecidas.
Los cuidados que les prestaba el municipio tenían que ser debidamente remunerados por ellos. El
Padre de los Menores que, en Alcalá la Real, en 1543,
se encargaba de la custodia de los huérfanos y de sus
bienes, cuando los menores eran pobres y debía buscarles trabajo de que se pudiesen alimentar y vestir,
cobraba por ello de cada menor _ real, tomado de su
débil sueldo. Si la acción consistía en reclamar el sueldo
del menor, porque los amos no le pagaban, entonces
cobraba por la gestión 1 real, siempre que el sueldo
sobrepasase los 400 mrs. anuales.
Viudas y menores fueron numerosos hasta mediados del siglo XVI, en que descendió el número de
las guerras. A finales de la centuria volvió a crecer
desmesuradamente el colectivo. Como tónica general,
malvivieron y engrosaron las filas de los mendigos.
Hubo marginados que estuvieron sometidos a
la protección de sus señores, pero despojados prácticamente de autonomía y de medios económicos. Podemos contar entre ellos los servidores domésticos,
los clérigos asalariados y los esclavos.
Los servidores domésticos en casas de hidalgos
ciudadanos o de gentes económicamente desahogadas,
estaban compuestos por hombres, mujeres, jóvenes o
niños. El número de ellos en casa de un amo podía
oscilar entre 3 y 12 criados, ocupados en tareas domésticas o agrícolas.
Sus condiciones de vida dependían mucho del
desahogo de la casa en que servían y de las condiciones humanas y éticas del amo al que prestaban sus
servicios. Eran, a menudo, contemplados en los testamentos, como destinatarios de alguna prenda de vestir
usada o de una pequeña cantidad de maravedíes. Tampoco faltaron las ocasiones en que los amos, laicos o
eclesiásticos, llegaron al final de su vida, sin haberles
satisfecho su salario, lo que solían consignar en el testamento, al aconsejar a sus herederos la debida compensación. Algunos monasterios o conventos, cuyos
criados llegaban al fin de su vida sin haber cobrado el
salario, no de un día, mes o año, sino el de casi toda su
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vida, compensaban la deuda del criado fallecido celebrando por él misas o recitándole responsos y elevando
al cielo numerosas oraciones por la salvación de su alma.
Su vida discurría, ordinariamente, por los cauces de un tono aceptable de satisfacción de sus necesidades vitales de comida, vestido y techo bajo el que
cobijarse.
Clérigos asalariados
Eran los conocidos como capellanes de las parroquias, generalmente ordenados de orden sagrada,
gentes de humilde extracción social, muchas veces
criados de los señores de los beneficios parroquiales.
El beneficio o prebenda era la parte económica
que cada parroquia consideraba congruente para el
correcto mantenimiento de un clérigo. Por tanto cada
entidad parroquial disponía de tantos beneficios, cuantos les permitía el volumen total de sus ingresos. Cada
uno de éstos debía ser servido por su correspondiente
clérigo.
La corrupta distribución de prebendas parroquiales daba lugar a que miembros de catedrales,
colegiatas, de la administración eclesiástica o hijos de
familias acomodadas, ordenados de simples clérigos,
acumulasen en su exclusivo provecho varios de esos
beneficios. Tal acumulación de prebendas dio lugar a los
conocidos en el Sínodo de Jaén de 1492, como señores
de los beneficios. Muchas de las referidas prebendas terminaron por ser consideradas desde antiguo, como patrimonio hereditario, dentro de una misma familia.
Esta situación, en lógica consecuencia, hacía
imposible la presencia del señor del beneficio en cada
una de las parroquias, a las que estaban adscritas sus
prebendas, creando un estado de absentismo crónico.
Por eso, para desempeñar las diferentes funciones parroquiales adscritas al beneficio, contrataron clérigos económicamente necesitados que, mediante una
parte ínfima de los ingresos totales de la prebenda,
suplían las obligaciones contraídas por el señor del
beneficio.
Esa mínima parte constituía el salario anual de
estos jornaleros eclesiásticos. En la demarcación go-
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bernada por la Orden de Santiago, en los pueblos de
Segura de la Sierra, la mayoría de los párrocos, clérigos asalariados, no recibían más que una mínima parte del conjunto de la prebenda. Es decir, la correspondiente al llamado “pie de altar” u ofrendas presentadas
por los fieles ante el altar, y las escasas limosnas resultantes de las colectas dominicales. El resto de la prebenda se la embolsaba la Orden de Santiago, a través
del Comendador correspondiente. En el Obispado de
Jaén, no eran mejores sus condiciones. Cobraban un
salario anual, estipulado en una décima parte de la prebenda, generalmente, procedente de las rentas pagadas
por los bienes rústicos y urbanos de la parroquia.
Este servicio barato de los beneficios incrementó
aún más el absentismo de sus señores, realidad que
nos descubre la visita pastoral girada, en 1501, por el
obispo de Jaén, don Alonso Suárez de la Fuente el
Sauce, por el arciprestazgo de Santisteban del Puerto.
Su relato, recogido en el archivo parroquial de esta
población, es sumamente expresivo:
“Otrosi, se falló que ay en esta dicha iglesia de Santisteban y en la de Santa María , que
son entramas unidas, trese benefiçios:
El priorazgo de esta dicha iglesia tiene e
posee Rodrigo de Calvente, que reside en
Guadix y sírvelo por él Palencia, clérigo.
El otro beneficio simple servidero, poséelo Françisco Pérez, clérigo, que reside en el obispado de Cuenca, en Altarejos, e sírvelo por él
Santisteban, clérigo.
El otro benefiçio es, así mismo, servidero […] doctor Niño, maestrescuela de Jahén, y
de […] los otros, e non lo sirve ninguno.
En la otra iglesia de Santa María del Collado tiene e posee el priorazgo Domingo Mexía,
clérigo, canónigo de Málaga, sírvelo por él
Diego Román, clérigo.
El otro benefiçio simple servidero de la
dicha iglesia tiene e posee Pero Martínez, vicario, que reside en el Viso, sírvelo por él, Gonzalo Martínez, clérigo.
El otro benefiçio es, así mismo, servidero, poséelo Medina, que no se sabe quien es,
nin donde es, e que debe serviçio commo los
otros, e non se sirve.
Ay otro benefiçio simple, que es de la
mesa obispal, e non debe serviçio, el cual lleva
de todas las cosas, commo los otros benefiçios
servideros.
Ay una prestamera en las dichas iglesias,
que tiene e posee el doctor Galanes, que está en
Roma.
Ay otra prestamera que tiene e posee Juan
de Segura, residente en Roma.
Otra prestamera de Carrança, dízese que
reside en Roma.
Ay otra prestamera que posee Françisco
de Alcocer, canónigo de Jaén.
Ay otra prestamera que tiene e posee
Quesada, sochantre de la iglesia de Jaén.
Ay otra prestamera que tiene e posee Cristóbal de Córdova, secretario del obispo de
Salamanca”.
Los ingresos económicos de estos auténticos
servidores de las parroquias eran tan escasos que ni
siquiera llegaban a cubrir sus más elementales necesidades. Comparados con los ingresos de los señores de
beneficios no llegan ni a limosna. Cuando, en 1512, el
cabildo de las catedrales de Jaén y Baeza ingresaba
dos millones de maravedíes anuales a distribuir entre
unos 30 miembros y la entrada media de una parroquia de Baeza oscilaba en torno a 30.000 maravedíes,
a distribuir entre unos 3 beneficios, el clérigo asalariado percibía al año una cantidad que oscilaba entre 200
y 300 maravedíes, procedentes de los llamados censos (rentas de fincas y casas de la parroquia) y entre
500 y 600 maravedíes, procedentes del “pie de altar”.
Podemos intentar decirlo con mayor precisión: mientras los ingresos de un beneficio cualquiera quedaban
constituidos, en orden descendente, por la parte correspondiente al Diezmo eclesiástico, de las posesiones de las parroquias, de aranceles funerarios y
sacramentales, de ofrendas de los fieles, del “pie de
altar” y algunos maravedíes de censos y primicias, los
del clérigo asalariado quedaban reducidos al insuficiente “pie de altar” y a unos exiguos maravedíes de
censos.
Un señor de beneficios como Rodrigo López,
cofundador con San Juan de Ávila de la Universidad
de Baeza, podía percibir por sus siete beneficios acumulados, un mínimo de 70.000 maravedíes anuales,
muy por encima, sin duda, de los mil maravedíes anuales que pudiera percibir, en el mejor de los casos, un
clérigo asalariado.
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Códice
Pero, las posibilidades de promoción o subida
del sueldo del clérigo asalariado eran prácticamente
nulas. Su situación semiservil, apenas le permitía alzar la voz, pues “los señores de los tales benefiçios
fazen con los capellanes convençiones en que los capellanes son mucho agraviados, pero consiéntenlas por
estar en nesçesidad”. Crecidos por ello, los señores de
los beneficios se negaban a conceder a sus asalariados
una mínima subida de sueldo, “diciendo non ser justo
lo pedido por los dichos capellanes, pues las premiçias
e posesiones son crecidas en munchos lugares e
parrochias de nuestro obispado”, rechazando las propuestas reivindicativas de los capellanes con el viejo
recurso de los dueños de los medios de producción de
todos los tiempos, al amenazarles con buscar “personas que más barato sirvan sus benefiçios”.
No extrañaba mucho el esclavismo a la sociedad del momento, pues la sociedad judeo-cristiana,
en la que estaba integrada, venía acostumbrada desde antiguo a comprar y vender personas desprovistas
de derechos. Cuando en el libro del Génesis se dan
mandamientos, como emanados de Dios, se dice a
los varones, no tomarás la tierra, ni el asno, ni el buey,
ni el esclavo, ni la mujer de tu vecino. Es decir, el
vecino, cabeza de familia era el dueño, en igualdad
de condiciones, de la tierra, del esclavo y de su propia mujer.
Los esclavos
En la Edad Media también hubo muchos esclavos, como indican los testamentos y crónicas.
Eran personas desposeídas de todo. Quien entraba en esa situación dejaba de ser sujeto de derechos,
para convertirse en objeto de los derechos de sus amos.
En esa condición eran tratados como animales de trabajo. Las Ordenanzas Medievales de Jaén
los cuentan junto con los animales, expresándose
del siguiente modo “… las vestias, así caballos,
como yeguas y mulas e azémilas y hacas y asnos y
esclavos y esclavas”. Tan lejos estaban de la consideración humana que, en Alcalá la Real, se vendía,
en el siglo XVI, un lote formado por un esclavo y
un borrico.
Su estatuto de animales parlantes facultaba a sus
dueños para usar y abusar de ellos, según les dictasen
sus intereses. Así ocurría en Alcalá la Real, donde el
dueño de unos 6 o 7 esclavos moros los alanceó fríamente a fin de que una cabalgada de granadinos no se
aprovechase con su captura. Con frecuencia se les apaleaba por parte de los dueños de la casa a la que pertenecían, lo que con tanta expresividad nos refiere el
“Discurso genealógico de Sancho de Aranda” para
Alcalá la Real. No es de extrañar que muchos esclavos desarrollaran bajos instintos, convirtiéndose en
malsines, cizañeros, soplones, borrachos y ladrones.
En 1562, el esclavo “arroba” o “arrobilla” de Alcalá,
era descrito como “mal hombre y mal esclavo, borracho, fugitivo, alcahuete”, de tal modo que nadie se atrevía a comprarlo y meterlo en su casa.
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Era notable el número de esclavos, en consonancia con la triste primacía que, según Domínguez
Ortiz, alcanzó Andalucía, a partir del reinado de los
Reyes Católicos.
Su procedencia era muy variada. A los producidos por la conflictividad con Granada, sucedieron los
capturados en las costas atlánticas de África, moros y
negros.
Eran poseedores de esclavos bastantes miembros
de los más diversos estratos sociales. Los había en casa
de los nobles, del alto clero, de artesanos, de monasterios y conventos. A menudo, algunos frailes y monjas
tenían sus propios esclavos, heredados de la familia. En
el siglo XVII, el abad de Alcalá la Real tenía 3 esclavos. Muchos regidores presumían en sus testamentos
del número de esclavos que había en sus casas.
La numerosa esclavitud de los siglos XVI y primera mitad del siglo XVII, disminuyó a partir de la
segunda mitad de esta centuria, llegando casi sin vigencia al siglo XVIII. En 1752, no llegaban a dos docenas los esclavos recogidos en los censos jiennenses.
Sin embargo, quedaban las consecuencias de su dura
existencia en los muchos berberiscos y mulatos
manumitidos que, en Baeza, a mediados del siglo XVII,
ejercían oficios despreciados y viles, como aguadores
u horneros.
Mendigos, vagabundos y prostitutas
Aunque los padrones municipales sólo prestan
atención a los pobres insolventes y, por tanto, en es-
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trecha relación con el fisco, a cuyo grupo pertenecían
los tratados hasta aquí, había muchos más marginados
económicos. Eran personas, a las que la indigencia
precipitó, a menudo, por los despeñaderos de la
marginación social, moral y cultural. Sus filas se nutrieron de mendigos o pordioseros, vagabundos o
“vagamundos”, como los nombra la documentación,
y prostitutas o “mujeres enamoradas”, tal como las
suelen designar las ordenanzas municipales.
Los mendigos o pordioseros proliferaron en los
diferentes rincones del alto Guadalquivir.
mejor en los callar, que en los poner en tal libro como
éste”, “porque muchos destos son menguados de entendimientos” y caen en yerros. El ser pobre, como el
ser borracho era un impedimento para ser testigo en
los pleitos.
La única actitud positiva ante los pobres era la
limosna. La inversión en limosnas era un negocio que
podía asegurar la vida eterna. Había personas que con
ese fin donaban sus casas para pequeños hospitales de
enfermos, aunque pronto se cerraban por la carencia
de medios. Por ello, las limosnas se convertían más en
consuelo de donantes, que en provecho de pobres.
A comienzos del siglo XVI se alojaban en Úbeda
más de mil personas pobres en casas de vecinos desahogados, para que les diesen la indispensable comida, mientras que la población de la ciudad rayaba los
10.000 habitantes. Aparte de éstos, otros muchos mendigaban por las calles.
Las prostitutas estaban presentes en las poblaciones de cierta importancia. Cada una de ellas contaba con su mancebía y, a veces, hasta dos prostíbulos,
como ocurría en la ciudad de Jaén.
En 1750, la misma ciudad, con una población
en torno a los 11.000 habitantes, veía deambular por
sus calles cerca de 4.000 mendigos, es decir, más de
un tercio de la población tendiendo la mano a los dos
tercios restantes.
Las mancebías se nutrían, por lo general, de
mujeres pobres que necesitaban comer o dar de comer
a sus hijos. Las fundaciones piadosas preferían dar las
ayudas a doncellas de la propia familia venidas a menos, como ocurrió con la fundación que D. Diego de
los Cobos, obispo de Jaén, constituyó, aneja al Hospital de Santiago de Úbeda.
Tantos fueron los mendigos que, en 1590, debió tomar medidas la Corona, como nos muestra la
carta enviada a Alcalá la Real, en la que sólo se permitía mendigar en la ciudad a los naturales de ella, prohibiendo que por sus calles “anden bagabundos y
holgazanes” o pobres fingidos, que también a éstos
daba lugar la picaresca.
Los vagabundos se daban cita en las tabernas,
donde también confluían esclavos y prostitutas.
Fueron muy numerosos, pero no atraían la compasión de los vecinos. Además, eran vistos con sospecha por parte de las autoridades.
En la base de tanto mendigo estaban las sequías,
las excesivas lluvias, los despiadados impuestos, las
carestías, epidemias y mal reparto de la propiedad y
de la producción.
Los pobres mendigos eran despreciados y considerados como posibles delincuentes. El Infante D.
Juan Manuel en el Libro de los Estados dice, “parece
El resto de las mujeres, viudas o doncellas pobres, se veían obligadas, con frecuencia, a ir “como
putas por rastrojo” o a entrar en la mancebía.
Muchas jóvenes eran entregadas como
mancebas, por sus padres viejos o enfermos, a un clérigo que, a cambio, les ayudaba en sus necesidades
económicas. Otras eran tomadas como mancebas por
un hombre económicamente desahogado que, al casarse, les buscaba casamiento con alguno de sus criados o sirvientes, asegurándoles con esto y cierta compensación económica, una vida social algo más digna.
Pero las mujeres pobres y abandonadas solían
concentrarse en las mancebías, donde las solía controlar el cabildo municipal, mediante el Padre de la Mancebía. Era éste el encargado de mantener el orden dentro de ella. Cuidaba de que se cumplieran las Ordenanzas de la Mancebía, que debían de estar a disposición de cuantos entraban en ella, tal como lo requieren las Ordenanzas de Alcalá de 1520.
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Códice
Pero se trataba de un orden muy peculiar. Así,
en 1567, se ordena en Alcalá que se traslade de lugar
la Casa de la Mancebía, quitándola del destacado espacio ciudadano, en que estaba, para no dar mala impresión a la gente, debido a lo céntrico de su emplazamiento, Se propuso, incluso que la mancebía se dedicase a “casa de doctrina y colegio para enseñar a niños”. Ello no era más que una de las caras de la doble
moral imperante, porque en Sevilla, los beneficiarios
de los impuestos pagados por las putas de la Mancebía,
eran los canónigos de la catedral. La mancebía de Andújar pagaba sus impuestos al obispo de Jaén, Don
Alonso Suárez de la Fuente el Sauce. Una de las dos
casas de mancebía, existentes en Jaén –alta y baja, según la profesora Dra. Consuelo Díaz Bedmar– era concedida por Enrique IV, siendo Príncipe, a un notable
hidalgo de Jaén, Antón Sánchez del Corral, vasallo suyo
y regidor de Jaén. En concreto, el Príncipe pagaba los
servicios prestados por este hidalgo jiennense con los
tributos aportados por la Mancebía del Arrabal de Jaén.
Marginados étnicos, culturales o religiosos
Los grupos que no compartían con el pueblo
mayoritario y dominante sus caracteres étnicos, culturales o religiosos, fueron constantemente objeto de discriminación y marginación respecto del orden imperante.
Esos grupos, siempre minoritarios, se vieron, con frecuencia, perseguidos por razones culturales o religiosas o, simplemente, por pertenecer a etnias, cuyos orígenes estaban en países muy apartados y, por consiguiente, tenían sus propias características como grupo en su
organización, vida y manifestaciones folklóricas.
Tres fueron los grupos marginados de estas características en Jaén, los conversos, los moriscos y los
gitanos.
Judíos y conversos estuvieron, desde siempre,
muy arraigados en el alto Guadalquivir.
Durante la Edad Media, los judíos de estas tierras andaluzas convivieron con los otros grupos de
población, cristianos y mudéjares o moriscos, dedicados a modestas tareas agrícolas, artesanales o comerciales. Algunos de entre ellos, en número reducido,
desempeñaron cargos administrativos, como escribanos públicos, recaudadores de impuestos o prestamistas a cambio de elevados intereses.
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Estas últimas dedicaciones les ocasionaron no
pocas revueltas y persecuciones.
Con motivo de la peste negra de 1348, la población cristiana cargó sobre ellos en Arjona. Pedro I se
hacía eco de la notificación que le había hecho el Concejo: “como estaba yerma la villa de Arjona y muy despoblada, lo uno, por la grant mortandad que y fue, e lo
otro, por la muerte e robo de los judíos que y acaeció”.
Algunos años después de estos hechos, Pedro I
recompensaba la ayuda recibida de los musulmanes
de Granada contra su hermano, Enrique de Trastámara,
vendiéndoles como esclavos un total de 300 familias,
de entre los judíos de Jaén. Muchos, aterrorizados por
el procedimiento, aseguraron sus vidas mediante la
conversión al cristianismo, como hicieron los judíos
de Baeza, en 1369.
El problema volvió a agudizarse, tras la instalación en el trono de los Trastámara. Las luchas endémicas de bandos y las predicaciones del Arcediano de
Écija, dieron lugar a la explosión popular antijudía de
1391 que, con epicentro en Sevilla, afectó a numerosas villas y ciudades del alto Guadalquivir, tales como
Jaén, Baeza, Úbeda y Andújar.
Alcalá la Real, como importante lugar de paso,
vio discurrir por sus caminos y calles judíos fugitivos
de la justicia, en 1390, pero sobre todo, comerciantes
almayales judíos, entre Granada y Jaén.
Los conversos tomaron carta de ciudadanía tras
el duro progrom de 1391. A partir de este momento se
produjo un auténtico alud de conversiones y el
protagonismo no residirá ya en la comunidad judía de
cada ciudad, sino en el grupo de sus conversos.
Éstos siguieron las costumbres de sus antepasados judíos, ejerciendo de pequeños campesinos, artesanos y comerciantes. Continuaron recaudando las rentas y haciendo préstamos clandestinos.
Sus condiciones, en cambio, eran mejores. El
bautismo recibido les brindaba buenas posibilidades
para acceder a magistraturas concejiles y para ocupar
destacados puestos eclesiásticos. Algunos pudieron
acumular riquezas, de las que, por cierto, gustaban de
hacer pública ostentación. El medio estaba, por consi-
NÚM. 22
guiente, perfectamente preparado para la nueva revuelta que se aproximaba.
En pleno recrudecimiento de bandos señoriales, estallaba, en 1473, en Córdoba, una sangrienta persecución anticonversa, encabezada por labradores y
artesanos. Se extendió con gran rapidez por el alto Guadalquivir, acompañada de robos, decapitaciones de
conversos y de sus simpatizantes. En ese contexto se
producía la muerte de Miguel Lucas, acechando el
mismo peligro al señor don Alonso de Aguilar y al
Conde de Cabra.
La revuelta estaba, al parecer, estrechamente
unida a conspiraciones nobiliarias. El Marqués de
Villena preparaba algo parecido, desde 1468, contra
D. Alonso de Aguilar y Miguel Lucas.
La inflamación popular anticonversa se prolongó en el tiempo. La tensa situación y el intento de ganar las simpatías de las gentes, no debieron estar muy
lejos de los móviles que alentaron a los Reyes Católicos a relegar a conversos y judíos en lugares especiales, como Segura de la Sierra, según las Leyes de Toro
de 1480, para expulsarlos a continuación, primero de
Andalucía, donde la situación era más tensa, y luego,
en 1492, de todos los reinos de Castilla.
A partir de estas determinaciones se cernió sobre ellos la estrecha vigilancia de la Inquisición, que
produjo desastrosas consecuencias económicas y sociales en las ciudades del alto Guadalquivir. Así parece
indicarlo alguna información en 1507: “E asimismo por
la Santa Inquisición, que han sido e están presos muchos vecinos de la dicha ciudad (Jaén) caudalosos, mercaderes e tratantes”. Esa oleada de intransigencia acabó
con la mayor parte de los judíos y conversos baezanos
en la cárcel y de rechazo con el emprendedor dinamismo pañero de Baeza, tercera productora de paños en
Castilla. Aún se mantiene la Casa de la Inquisición en
la Plaza de la Cruz Verde de Baeza, como emblema de
esa atormentada memoria histórica.
Pese a todo ello, dinamizaron los conversos la
vida intelectual de Baeza. Rodrigo López y San Juan de
Ávila, clérigos y conversos, fundaron la Universidad
de Baeza, que se convirtió, según Domínguez Ortiz, “en
un asilo para intelectuales conversos, lo que corrobora
Álvaro Huerga en su Historia de los Alumbrados. Cons-
tituyeron un foco renovador opuesto a la soberbia
genealógica de los hidalgos baezanos, convertidos en
“Nido Real de Gavilanes”, sostenido por la Compañía
de los Doscientos Caballeros del Señor Santiago, marcada por una profunda conciencia de casta hidalga,
netamente definida por su carácter de cristianos viejos.
Reclamaban frente a los competidores conversos la Limpieza de Sangre para entrar en su Compañía.
Contagiaron en la búsqueda de la pureza
genética cristiana a los cabildos catedralicio y colegial, que acabaron por convertirse en furibundos defensores de su genealogía cristiana. El cabildo
catedralicio de Jaén elaboraba, en 1552, los Estatutos
de Limpieza de Sangre. Tal difusión e intensidad tomó
el movimiento, que se extendió también a Cofradías
Gremiales y Piadosas, que exigieron dicha limpieza a
las pobres doncellas que pretendieron beneficiarse de
sus dotaciones o limosnas.
Según Domínguez Ortiz, pudieron ser el germen del proceso, luego generalizado, de la exigencia
de tal Limpieza, que se hizo realidad en fundaciones
religiosas o patronazgos, como el del Hospital de Santiago, que ayudaba anualmente a cuatro doncellas que
pretendiesen contraer matrimonio, pero que debían ser
huérfanas, honestas, pertenecientes a la familia de su
fundador, D. Diego de los Cobos, obispo de Jaén, preferentemente, y sobre todo “cristianas viejas”.
La presencia judeoconversa, casi extinguida por
las duras persecuciones inquisitoriales, se vio reforzada, a fines del siglo XVI, por la inmigración a tierras
jienenses de conversos portugueses, más modestos que
sus antepasados. Actuaban como mercaderes de tejidos o buhoneros de mercería. Otros oficios desempeñados por ellos fueron los de sastres, zapateros y pequeños tenderos. Fueron muy activos en la Plaza Alta
de la ciudad medieval de Alcalá la Real.
También éstos debieron soportar, a menudo, las
trabas que les pusieron los concejos, imbuidos por el
ambiente de cristiandad, aunque, paradójicamente, se
acercaban a ellos para pedirles dinero prestado con que
celebrar las fiestas del Corpus en las respectivas ciudades. Muchos de ellos fueron llevados, en Baeza, a
la cárcel por la Inquisición, como en los mejores tiempos del siglo XVI. En 1627, la Inquisición volvía a
decapitar una activa burguesía mercantil, haciéndoles
77
Códice
huir o encarcelándolos. En 1644 los continuó persiguiendo con dureza.
Durante los años comprendidos entre 1716 y
1725, en que parecía zanjado el problema
judeoconverso, se agudizó la persecución, aunque parece que el motivo de ello fue el apoyo ofrecido por
parte de los conversos portugueses al Archiduque Carlos, pretendiente al trono de España, frente a Felipe V.
Pero la etapa más dura de las persecuciones,
especialmente, remarcada en Alcaudete, se dio entre
1722 y 1731. El miedo no desapareció y las gentes
avergonzaban con sus miradas a todo el que perteneciera a una familia penitenciada.
Los contactos, durante el siglo XVI, entre moros de Granada y cristianos del Valle del Guadalquivir, debieron ser intensos. Los pobladores jiennenses
de Granada, su Vega y el Valle de Lecrín, constituyeron más del 60% del total. Alcalá la Real contaba con
el Privilegio del Vino que, por cierto, se bebían los
moriscos en la Alhóndiga, antes de que llegara a las
tabernas.
Entre diciembre de 1568 y julio de 1571, fechas de la Gran Revuelta Morisca, las relaciones se
agriaron. Fueron violentas y excluyentes. Jaén colaboró activamente en el sometimiento de la Rebelión.
El obispo jiennense ponía a disposición del Rey 300
caballeros, costeados a sus propias expensas. Colaboraron, asimismo, los concejos con bastante intensidad.
La minoría morisca
Tras la conquista de las poblaciones de Jaén por
Fernando III, quedaron numerosas comunidades mudéjares completamente aceptadas y defendidas por la
Corona. Así lo manifiestan las cartas del Rey Santo
cuando concedía al concejo de Baeza diferentes castillos y aldeas en “Albaragin”, es decir la vieja comarca
de la Albarayila, en torno al río Jandulilla. Los integraba bajo su jurisdicción, exigiéndoles “que sean custodiados fielmente los sarracenos que allí había, y se
les respeten los acuerdos que han hecho conmigo”.
Tras la expulsión de los mudéjares, sublevados
en 1264, del Valle del Guadalquivir, las noticias sobre
musulmanes en el Reino de Jaén no se acaban, como en
un principio pudo dar a entender la carencia de documentación. Posteriores exhumaciones de documentos
nos permiten vislumbrar sus continuos movimientos en
estas tierras. Aluden a cautivos y esclavos, que trabajaban el campo o elaboraban la lana. Encontramos
moriscos, asentados en plena libertad que, a mediados
del siglo XV, tenían arrendadas huertas del cabildo
catedralicio de Jaén. Vivían en el alto Guadalquivir
mudéjares, que se enamoraban en Granada de cautivas
cristianas y huían con ellas. Se producía un ajetreo diario de mercaderes moros, intercambiando sus mercancías con los cristianos. Se hospedaban en la “Alhóndiga
de los moros” de Jaén, donde encontraban absoluta seguridad y garantías. Eran muchos los que accedían con
regularidad, semanalmente, a los mercados de Pegalajar
y de Torres o bien recibían a los cristianos en los puntos
de mercado establecidos en el Mercadillo y Cambil.
78
A medida que se les fue sometiendo, las tierras
jiennenses recibieron numerosos cautivos deportados
de Granada. En 1569, llegaba al Reino de Jaén una
primera oleada de familias moriscas, de las que 203 se
asentaron en la ciudad y en sus términos. En 1570, llegaba una segunda oleada de inmigrantes forzosos. También se arrastraron en condición de esclavos muchos
moriscos cautivados en guerra. Debemos destacar, entre éstos, la importación a las ciudades de Jaén de numerosos niños, con edades comprendidas entre 4 y 12
años, legalmente inhabilitados para ser esclavos. Por
ello, en 1572, una Pragmática de Felipe II salía al paso
del problema. Advertía de los límites temporales, legalmente establecidos, para poder convertir en esclavo a
un niño. Las niñas debían de contar con nueve años y
medio, y los niños con diez años y medio, en el momento del cautiverio producido en guerra.
Cerca de 2.300 esclavos de estas características
quedan anotados en el Padrón de Moriscos del Archivo Municipal de Úbeda.
De acuerdo con la ley, esos pequeños cautivos,
sin edad legal para ser esclavos, debían de quedar depositados bajo la custodia de sus dueños hasta la edad
de veinte años, en que adquirirían la libertad.
Distribuidos entre diferentes vecinos de Úbeda,
pertenecientes a todos los estratos sociales, no quedó
prácticamente familia de cierto nivel económico que
no contase con uno de esos cautivos. En algunas casas
se agrupaban dos o tres de ellos. Tan importantes los
NÚM. 22
consideraron para sus intereses que, se rebelaron contra la Pragmática de Felipe II, negándose a reconocer
la libertad de sus pequeños esclavos. Entre los que con
más fuerza protestaban, se alineaban algunos clérigos
de las parroquias de la ciudad. Terminaron por quedarse con ellos y, como mano de obra barata, fueron
empleados en tareas de tiendas, en trabajos de la huerta, o como arrieros y aguadores.
Los moriscos, no sólo llegaron a Jaén y Úbeda,
pues al terminar la Guerra de las Alpujarras, en 1571,
también fueron deportados a Baeza 397 de ellos. Número que fue creciendo con sucesivas deportaciones,
hasta alcanzar una cifra superior a 2.000 en tiempo de
la expulsión definitiva. Procedían de Guadix, las
Alpujarras y Ronda. Tanto aumentó el contingente de
los llegados a Baeza que, en esos tiempos, de comienzos del siglo XVII, esta ciudad de La Loma llegó a
tener el doble de población morisca que su vecina
Úbeda.
En Alcalá la Real, el número de moriscos expulsados en sus postrimerías, fue mucho menor, dada
la cercanía de Granada. Las estimaciones se centran
en unas 20 familias. Sin embargo, en su vecina Priego,
parece que eran 3.000 los moriscos, en 1609.
El Catastro oficial de moriscos en la provincia
de Jaén, en 1592, arroja el número de 7.268 personas,
casi todos agrupados en las ciudades de Baeza, Jaén y
Andújar. ¿Surtió al final sus efectos la Pragmática de
Felipe II en Úbeda?
Las actividades desempeñadas por estas personas, arrancadas de sus tierras, fue la de pequeños labradores, jornaleros del campo, tejedores, curtidores,
tenderos y aguadores.
Sus niveles de integración con la población cristiana tuvieron cierta aceptación en lo que respecta a
las tareas laborales, pero no en sus intercambios culturales, pues la mayor parte de los moriscos de tierras
jiennenses se mantuvo fiel a su religión, lengua y costumbres. No faltaron, sin embargo, casos de algunos
que, como en Alcalá la Real, casaron con cristianos
viejos.
No parece que fuesen muy perseguidos por la
Inquisición, pero no pocos fueron víctimas de algunas
autoridades corruptas, como D. Juan Solís, corregidor
de Úbeda y Baeza, que les forzó a entregarle 2.000 ducados, a cambio de protección cuando, a partir de 1609,
debieron encaminarse hacia el puerto de Málaga. Otros
administradores de la Pragmática de Expulsión, a fin de
cobrar derechos por el servicio prestado, buscaban
moriscos donde no los había. Las cargas de la administración corrupta y otras imposiciones, les obligaron a
vender sus tierras a bajos precios para hacer frente a las
numerosas exigencias que pesaron sobre ellos.
Otra cara de esta moneda fue la compasión que
suscitaron entre las instituciones o algunos altos personajes de las poblaciones, donde vivían, cuando se
produjeron los decretos de expulsión de 1609-1610.
Sea por los servicios que prestaban a sus dueños, sea
por los nexos de convivencia anudados, muchos ayuntamientos y algunas personalidades reaccionaron en
su favor. Los Concejos de Jaén y Baeza manifestaron
sus sentimientos contrarios al destierro. El Concejo
de Úbeda solicitó del monarca que el bando de expulsión no se aplicase a los de la ciudad y su tierra. En
Alcalá la Real, el abad Alonso de Mendoza intentó
por todos los medios que no se marcharan de la ciudad, a semejanza de las gestiones que también había
desarrollado contra la expulsión de los 3.000 moriscos
de Priego. Parece que se consiguió que sólo se expulsaran tres personas de Alcalá. En Úbeda, Segura de la
Sierra y otros núcleos de población se logró que no
fuese expulsado un reducido número de moriscos pobres, previo certificado de que eran buenos cristianos.
Pero el problema no quedó zanjado con esta
definitiva expulsión. La vigilancia sobre los moriscos,
sobre todo, en Granada, se mantuvo activa y ello repercutió en Alcalá la Real, lugar de paso. En 1729, de
las 226 personas apresadas en Granada, debido a la
profesión de fe islámica, 80, que habían sido
penitenciadas por el Santo Oficio de la Inquisición,
buscaron refugio en Alcalá. El cabildo municipal, atento a los aires que corrían, densamente impregnados de
limpieza de sangre, debió tomar la determinación de
no permitirles el establecimiento en la ciudad.
Los gitanos
Aparecen por primera vez en España, a mediados del siglo XV, referidos en los Hechos del Condestable de Castilla don Miguel Lucas.
79
Códice
No parecen muy numerosos durante el tiempo
que transcurre entre esta primera aparición en Jaén y
los años finales del siglo XVI, en el alto Guadalquivir.
Un solo gitano detecta el Padrón de Vecinos de la ciudad de Úbeda de 1586, y con el calificativo de pobre.
En el Padrón de Alcalá la Real, de 1587, sólo se registran tres gitanos, con residencia en Castillo de Locubín.
La tendencia favorable se iba consolidando, pues
avanzada la segunda mitad del siglo XVIII, se constatan 3 familias en Alcalá la Real, 10 en Andújar, 21 en
Baeza, 4 en Jaén, 7 en Úbeda y 1 en Mancha Real.
Estas poblaciones formaban parte de las 75 designadas para albergar las 527 familias gitanas dispersas en
Andalucía.
Sin embargo, los rigurosos estudios de Carmen
Juan Lovera sobre Alcalá la Real nos abren otros horizontes más llenos de vida. Desde 1539 se anotaban en
las parroquias de esta población bautismos de gitanos,
aunque pocos y con largas intermitencias. Entre 1539 y
1599, es decir, en un amplio periodo de 60 años, se anotaron 18 bautizos de gitanos. Escaso número, si se compara con los 16.708 bautizos de alcalaínos. Ello nos
permite hablar de un uno por mil de población gitana.
Terminado el siglo XVIII, aumentó el número
de gitanos en las tierras del alto Guadalquivir. De los
7.993 gitanos andaluces de 1783, se asentaron 380 en
tierras jiennenses. De ellos, 184 se acogieron a las ciudades de Úbeda y Baeza.
En la vida de la ciudad aparecen ejerciendo funciones de albarderos, herradores y tratantes de bestias.
Otras veces, como en 1571, los encontramos danzando en la procesión del Corpus.
En cualquier caso, a partir de 1587, se registra
un lento goteo de afluencia de gitanos. En 1602 se habla
de nueve familias gitanas que vivían fuera del recinto
amurallado, en torno a la Puerta de Villena. A lo largo
del siglo XVII subió la proporción de gitanos al dos
por mil del conjunto de vecinos de Alcalá.
Se nota, incluso, cierta protección hacia ellos
por parte de las autoridades superiores. En 1627 ordenaba el monarca a las autoridades alcalaínas dar vecindad a una familia gitana y respetarle sus tradicionales
costumbres de tratos en ferias. En Jaén se registran, a
comienzos del siglo XVII, 10 familias gitanas. Por esas
mismas fechas se contaban 6 familias en Baeza.
Pese a las vejaciones de que fueron objeto, sobre todo en los tiempos negros de las Pragmáticas adversas de 1693, en las poblaciones del alto Guadalquivir, se nota hacia ellos cierta tolerancia y mano levantada. Carlos II y Felipe V ordenaron la vecindad de
gitanos granadinos en Alcalá la Real. Las reticencias
de los regidores ante la orden, sólo permitieron que se
asentasen 6 familias. En 1746, el Marqués de la Ensenada obligó a esa misma población a que avecindase
gitanos necesitados, garantizándoles que serían debidamente vigilados por las tropas.
80
Conclusión
Hemos tratado de obtener una visión panorámica, gracias a los estudios de Antonio Domínguez Ortiz,
Luis Coronas, Carmen Juan Lovera, Francisco Martín
Rosales, Emilio López Ruiz, y otros investigadores,
entre los que me encuentro, sobre los grupos marginados en Jaén, tanto por razones de sus carencias económicas, como su discriminación étnica y cultural.
La compra de un seguro para el “Más Allá”
arrancó algunas limosnas para los pobres, aunque éstas sirvieron más para consuelo de quienes las daban,
que para provecho de los indigentes.
A la tolerancia de los tiempos medievales entre
etnias y culturas, sucedió la intransigencia, a partir del
siglo XVI. Los sentimientos de protección, cuando los
hubo, hacia los grupos de etnia y cultura diferente, estuvieron más relacionados con los servicios que ellos prestaban, que con una auténtica tolerancia o actitud filantrópica. Primaron las persecuciones y el utilitarismo, que
redujeron a esclavitud a niños sin edad para serlo.
Muchas de esas gentes, culturalmente diferentes
y perseguidas, continuaron viviendo entre la población
mayoritaria, quizás porque su no competitividad con
ella borró sus huellas y así pudieron pervivir. Aún quedan por la Comarca de Segura de la Sierra personas que
se consideran descendientes de moriscos.
Nuestra historia fue así. Quizás aprendimos algo
del pasado. Hoy estamos más dispuestos a abrir los
brazos. Así lo canta el Himno de Jaén: “La tierra de
Jaén abre sus brazos de mujer”.
NÚM. 22
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MCMXCIX.
***
RESUMEN
ABSTRACT
RÉSUMÉ
Desde hace algunas décadas no han dejado de sucederse
estudios y congresos sobre Marginados. Sin embargo, continúan
siendo muchos los casos en los que
la confusión en torno al concepto
de marginado mantiene plena vigencia. Casi siempre se les identifica con los pobres, con los menos favorecidos. Se incluyen entre ellos, con acierto, ciertas minorías, cruelmente perseguidas a
lo largo de la historia. Pero también se encuentra, a veces, algún
artículo sobre algún señorío venido a menos, basándose para ello
en la merma económica sufrida en
sus haberes por una persona o personas concretas. La clarificación
del concepto reclama, en primer
lugar, la necesidad de establecer
los elementos del referente, que
nos permita ver qué personas o
grupos no se adecuan con él. Éste
no puede ser otro que un determinado orden, dentro del que se está
integrado, o situado fuera de él, en
sus márgenes. Será a partir de aquí
cuando podremos hablar de marginados. Este artículo analiza la
situación de menores, clérigos asalariados, esclavos, mendigos, vagabundos, prostitutas, marginados
étnicos, culturales y religiosos.
During the last decades
there have been frequent studies
and conferences about marginalized people. Nevertheless, in
many cases there continues to be
confusion about the concept of
marginality. It is frequent to
identify the marginalized with the
poor and underprivileged. Among
them are correctly included certain
minorities who have been cruelly
persecuted throughout history.
Occasionally, in some articles, one
finds stores on certain impoverished fortunes due to economic
decline suffered by one or more
specific people. To clarify the
concept, first of all it is necessary
to establish elements that allow us
to distinguish between the people
or groups that do or do not belong
to this classification. This should
consist of a category to which one
either belongs or does not and is
thus on its margins. Once this is
done, it will be possible to talk
about the marginalized. This
article analyses the situation of
children, clerics, wage-earners,
slaves, beggars, prostitutes, and
those marginalized for ethnic,
cultural or religious reasons.
Depuis quelques dizaines
d’années, études et congrès sur les
“marginaux” n’ont cessé de se
succéder. Cependant, les cas de
confusion autour du concept de
“marginal” sont tellement nombreux que celui-ci est toujours
d’actualité. On les confond avec
les pauvres, les moins favorisés.
On inclut parmi eux, avec raison,
certaines minorités, historiquement poursuivies de façon cruelle.
Mais on trouve aussi, parfois, un
article traitant d’une seigneurie
déchue, se basant sur une perte
économique de sa fortune due à
une ou à plusieurs personnes en
particulier. La clarté de la définition du concept dépend tout
d’abord de la nécessité d’établir
les éléments du référent qui nous
permettent de voir quelles personnes ou groupe de personnes s’y
ajustent, celui-ci ne pouvant
répondre qu’à un certain ordre où
être soit intégré, soit placé en dehors, en marge. C’est seulement à
partir de ce moment-là qu’on
pourra parler de “marginaux”. Cet
article analyse la situation de mineurs, de clercs salariés, d’esclaves, de mendiants, de prostituées,
de marginaux ethniques, culturels
et religieux.
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