EL VIEJO SUBDESARROLLO ESTÁ DE CUMPLEAÑOS
—65 AÑOS DE EXISTENCIA—
Jorge H. Orellana P.1
Aprendiz de Pensador Independiente
De un día para otro, cientos de millones de personas fuimos clasificados en la categoría
llamada “Subdesarrollo”. El término se dice que ya había sido planteado por Wilfred
Benson en 1942 y Arthur Lewis en 1944; pero toda palabra o concepto en estos
tiempos para su impacto depende de quién y dónde se pronuncie. Así, que el 20 de
enero de 1949 el trigésimo tercer presidente de Estados Unidos Harry S. Truman acuñó
la expresión como una especie de continuidad de aquellos calificativos procedentes del
período de ‘conquista’ europeo cuando se nos llamó, primitivos, salvajes, cuasi
humanos, incultos, bárbaros, incivilizados, inferiores y hasta monos. Con la ‘conquista’
—aunque algunos prefieren decir invasión— se inició un período de ‘progreso’ según
el discurso hegemónico de dominación para los países recién ‘descubiertos’. Cinco
siglos después, con el presidente Truman se disfrazó la dicotomía civilizados –
primitivos por la de desarrollados – subdesarrollados. Con esta nueva denominación
aceptada casi de forma inmediata en todas partes del mundo, se han impulsado más
de seis décadas del llamado ‘desarrollo para la modernidad’. El ‘desarrollo’ es tan
ambiguo, flexible o adaptable que llega a significar cualquier cosa, “desde levantar
rascacielos hasta instalar letrinas, *…+ es un concepto de un vacío descomunal” dice
Wolfgang Sachs (1992).
Permítanme ser utópico y expresar un poco de indignación ética con respecto a lo que
sucede en nuestro país. Para superar aquella denominación impuesta llamada
‘subdesarrollo’ en 1949, a países como Honduras le dijeron que debíamos insertarnos
en las sendas del ‘desarrollo’, un concepto pegajoso que alude tanto a la instalación de
fogones mejorados como a las artificiales y prohibitivas “Islas Palm” en Dubái; ambos
ejemplos son catalogados en el discurso imperante como ‘desarrollo’. Los países
latinoamericanos no fueron siempre ‘subdesarrollados’, tampoco pobres, muchos de
ellos buscaban por su cuenta su propio destino; de hecho, la palabra pobreza en la
antigüedad no siempre fue el opuesto de rico. Majid Rahnema menciona que en
muchas culturas del mundo el pobre era aquel quien sufría de “la exclusión de la
propia comunidad, el abandono, la debilidad o la humillación pública”, incluso el
concepto “pobre” podía aplicarse al dueño de una propiedad libre de impuestos. Para
superar las condiciones de ‘subdesarrollo hay que ser desarrollado’ nos dicen
frecuentemente, porque este se concibe como una meta a la cual países como
Honduras nunca llegarán. Plantearse el ‘desarrollo’ como meta, es realmente aceptar
una condición tácita de ‘subdesarrollo’.
1
Jorge H. Orellana es profesor de la Universidad Nacional Autónoma de Honduras en el Centro Regional Universitario de Occidente.
Como proyecto económico y cultural es necesario la desmitificación del ‘desarrollo’, es
imprescindible revalorar el conocimiento contextual, los saberes locales, aunque
contradiga los preceptos científicos que solo el conocimiento de los países
‘desarrollados’ es valedero por ser ‘objetivo, neutral y hasta universal’. Estas
valoraciones necesitan abordar el concepto mismo de la ‘ciencia moderna’ para ir más
allá; sin querer negarlas, sino abrir el campo de visión hacia otros saberes. Desde el
discurso dominante se nos ha dicho que no es necesario que los ‘países pobres’
reinventen la rueda, que únicamente necesitan reproducir y adaptar el conocimiento
ya existente de los países más ricos; han moldeado nuestro pensamiento para que
actuemos como ellos, para adoptar visiones mecanicistas y mercadológicas en donde
lo que impera es el concepto de “vender”, no importa si con ello se llevan de
encuentro la Naturaleza y la propia vida. Miles de personas en países como el nuestro,
como dice el antropólogo Escobar (2007) “comenzaron a pensar en sí mismos como
inferiores, subdesarrollados e ignorantes y a dudar del valor de sus propias culturas”.
En la misma década que nos llamaron ‘subdesarrollados’, también nos clasificaron
como países pobres al tener un ingreso per cápita inferior a cien dólares; otros países
decidieron por nosotros quiénes eran los pobres y quiénes no lo eran. Entonces, si la
medición de la pobreza se basaba en ingresos, el camino obligado era el ‘crecimiento
económico’ como motor que impulsaría el anhelado sueño de ser ‘desarrollado y
moderno’. ¿Acaso nuestros ancestros Mayas no fueron modernos?
Por más de seis décadas se ha predicado este evangelio precisamente ‘el evangelio del
desarrollo y la modernidad’; gobiernos, instituciones, académicos, hombres y mujeres,
hemos caído en la trampa del esnobismo; en un mimetismo como medio para la
ansiada búsqueda de la ‘modernidad’. Las múltiples ‘intervenciones del desarrollo’ se
han realizado bajo falsas premisas, concebidas lejos de nuestro contexto; es más, la
ciencia desde el siglo XVIII estableció que para mayor objetividad el observador debía
colocarse lo más lejos posible, cuando se ha demostrado que es el acercamiento y la
interacción lo que se necesita para el estudio de los fenómenos ya sean estos sociales
o naturales; las intervenciones de países ricos en decisiones de los países pobres es un
ejemplo claro todavía de ese aspecto. El acercamiento permite valorar lo local, la
diversidad y lo contextual, los pueblos con sus particularidades e interacciones, sus
potencialidades, sueños y aspiraciones de vida. Es aquí donde podríamos encontrar
explicaciones del porqué países como Honduras siguen tan desiguales como nunca, y
peor aún, la exclusión más importante sigue siendo la gente, porque desde hace siglos
sobre nuestros pueblos ha imperado la visión del conquistador primero y del moderno
después. Desde varias décadas, impera una lógica “seudo religiosa” en el sentido de
que lo importante para lograr el crecimiento económico de estos países es salvar el
‘mercado’; la gente que espere más, o mejor dicho, hay que dejarla de lado aunque el
sufrimiento se vea por todos los rincones del país. El mercado no mide sentimientos,
su afán es la acumulación, promover el consumo desmedido y producir riqueza; es
indiferente a lo humano, cultural, social y ético; por otro lado, el ‘desarrollo’ siempre
pedirá más; más inversión, más infraestructura; autopistas, edificios, industrias, más
tecnología, automóviles, trenes; más de todo. ¿Cuánto será suficiente para el
desarrollo?, ¿cuánto será suficiente para los países ricos y cuánto para los pobres?
El discurso imperante del ‘desarrollo’ siempre alude a la necesidad de hacer ajustes y a
la austeridad como si en estos países se conociera algo distinto que no sea la
austeridad material; basta recordar los ajustes estructurales en la década del noventa
en el país para darse cuenta de que el sacrificio de aquel tiempo no redujo las
desigualdades que ahora tenemos en mayor proporción. El llamado ‘desarrollo’ se
erige con mucho sufrimiento por querer llegar a una meta que será imposible alcanzar.
Como los significantes de la pobreza, analfabetismo, hambre, inseguridad, violencia
que se derivan de una ‘estrategia modernista’ han alcanzado solidez en la mente de la
población como significados del subdesarrollo, es crítico en todos los sectores
educativos, revisar la teoría de la historia, realizar —como dice el profesor José de
Souza— una deconstrucción cultural acompañada de una descolonización
epistemológica. Es urgente transformar con la práctica nuestra educación
descontextualizada, memorística y esterilizante por una contextual y crítica que
fertilice el pensamiento, especialmente de las nuevas generaciones que exigidos y
presionados por las banalidades de la ‘modernidad’, están llegando al borde de una
irreversible mediocridad. Es imprescindible conceptualizar colectivamente alternativas;
si lo que ha conseguido el mundo a través del ‘desarrollo’ hasta ahora ha sido más
miseria, pobreza, desigualdad, hambre y deterioro de la naturaleza, ¿hacia dónde nos
llevan nuestros gobernantes?, ¿vale la pena tanto dolor y sufrimiento?, ¿será que
necesitamos otras alternativas en donde el valor de la vida esté por encima de
cualquier interés?, ¿cuántos experimentos con paquetazos o ajustes son necesarios
para alcanzar la meta universal de ser desarrollo?, ¿cuánto más es necesario aguantar
como sociedad? , ¿cuánto es suficiente?
No aceptar más la categoría de superiores e inferiores es un reto que hay que
enfrentar, somos nada más diferentes; hay que valorar la diversidad y no la
homogeneidad y estandarización que impone el llamado mundo ‘globalizado’.
Necesitamos hacer valoraciones e interpretaciones de aquellas imágenes, símbolos y
lenguajes del ‘desarrollo’ fuertemente arraigados en todos nosotros. No es nada fácil
como dice Escobar (2009), puesto que “una invención cultural de esta naturaleza
[desarrollo] no se desmantela fácilmente, pues involucra instituciones, individuos y
comunidades”. Hay que aprender a ser humanos en ámbitos pos humanistas dicen
algunos pensadores desobedientes de América Latina. Aunque todo esto parezca
utopía, se trata simplemente de manifestar esa indignación ética que pareciera se ha
perdido en esta sociedad; es continuar y construir un debate por la posibilidad de
tener “otro mundo” sin desestimar los importantes logros de la humanidad;
simplemente es el sueño de tener un mundo con sentido por la vida, ser nosotros
mismos, con nuevas formas de actuar; porque ningún interés, estrategia, modelo o
intervención puede estar sobre la vida misma. Puesto que la invención del
‘subdesarrollo y desarrollo’ no son naturales, es factible buscar otras alternativas,
otras formas de producir e intercambiar bienes, otros lenguajes; reemplazar —como
dice Souza— la meta universal de ser ‘desarrollados’ por el fin primordial de ser feliz.
No podemos seguir haciendo más de lo mismo; es buscar otras ideas, otras formas de
convivir, otros conceptos y otras alternativas para la vida sin más sacrificios para la
población, principalmente para que esta forma de ‘desarrollarnos universal’ quede en
la historia y para otras generaciones del “cómo era antes la forma de cometer
errores”. El ‘subdesarrollo’ seguirá con vida y cumpliendo más años si así lo queremos;
si no pensamos diferente continuará junto con toda una hipocresía organizada. Hay
que impregnarnos de emoción para tener mucha pasión y compromiso por este noble
pueblo llamado Honduras.
Santa Rosa de Copán, Honduras, C. A., 20 de enero de 2014
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