PICNOLEPSIA
Pseudónimo: Américo L
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Salió de la ciudad sin darse cuenta. A veces le sucedía al atravesar el
umbral de la puerta de su casa; minutos más tarde estaba en la calle sin que se
lo hubiera propuesto. Con la mano derecha apretó con fuerza su pequeña radio
contra la oreja. Le había absorbido la disputa que en la emisora seguía sin fin
durante horas y horas. Se dio media vuelta. No había rastro en el horizonte de
la ciudad en la que vivía. En la radio dieron las 8 de la tarde. Calculó
mentalmente la distancia recorrida. Al menos, varios kilómetros desde la
periferia. Imposible regresar a casa antes de que oscurezca. Pensó en tomar
un taxi, rebuscó en sus bolsillos, ¿dónde estará su cartera?
Cada día estoy más viejo. El error, la equivocación o el olvido están
presentes en todo lo que hago, incluso en los asuntos más simples. Tengo la
extraña sensación de que el mundo a mi alrededor ha perdido consistencia. Y
ahora, en mitad de este páramo me siento desprendido de la realidad, lanzado
por no se sabe qué fuerzas a una de esas carreteras comarcales que unen
lugares olvidados. Suerte que estamos ya en junio; la temperatura es
agradable, los días son largos, no hace viento.
A medida que Antonio camina, se levanta una nueva ciudad en el
horizonte. Las siluetas de unos edificios asoman ahora por detrás de una
colina. Tengo que volver, esa ciudad no es la mía, y sin embargo, podría llegar
hasta allí; bastaría con caminar un par de horas más. Me he dejado absorber
por una absurda disputa, y he caído en la picnolepsia de la escucha, en el
lodozal de las imágenes sonoras.
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La bombilla de la cocina. Era seguro que había dejado encendida esa
bombilla. Demasiado blanca, demasiado parecida a la luz del día. Las palabras
de la radio lo habían arrebatado y lo habían lanzado fuera, fuera de su soledad,
de su vivienda, de su ciudad. No había podido evitarlo.
Antonio separa el aparato de su oreja y lo apaga. ¿Pero de qué
hablaban? El tema en cuestión era la desaparición de las abejas. Millones de
colmenas en todo el mundo están siendo abandonadas por sus moradoras sin
que exista una razón clara. Pero detrás de esta noticia se esconde otra, más
oscura, casi paradójica, un mensaje en clave que él no acierta a descifrar. Por
otra parte, ¿qué necesidad tiene él de escuchar precisamente esa emisora?
¿Por cierto, de qué emisora se trata? ¿Y si fuera a la inversa? Que la emisora
te necesitara a ti, a ese atento oyente que eres tú, el único oyente en el mundo
capaz de concentrar su atención en sus mensajes. De ser así, una vez
desconectado el aparato de radio sería imposible volver a sintonizarla. De ser
así, la información encriptada en la noticia de la desaparición de millones de
abejas era un mensaje para Antonio Pires.
No sé dónde estoy. No reconozco el lugar donde estoy. Antonio se
aparta de la calzada y toma un camino de tierra entre trigales. Sería una gran
casualidad que alguien pasara por aquí a estas horas de la tarde. No me
cruzaré con nadie y a nadie podré preguntar si me pierdo, pero no me gustaría
tener que volver a la carretera; en las carreteras secundarias es donde más
atropellos suceden. ¿Cuánto tiempo llevo caminando? He caminado sin parar
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durante horas y horas. Sólo ahora que lo pienso comienzan a dolerme las
piernas. Mañana me saldrán ampollas en los pies. Está refrescando, no queda
ni media hora para que anochezca.
Se detiene unos segundos. No recuerda cuando fue la última que
contempló un atardecer a horizonte abierto. Mira a su alrededor y lanza un
suspiro. Piensa en el paisaje, en el resplandor de las espigas a las puertas del
verano, en el viento suave que provoca ondulaciones en las lomas, en el olor
que desprenden las plantas. Las manchas de color en el cielo posadas sobre el
recortable de edificios al fondo impregnan de fantasía la situación en la que se
encuentra, cómica sin duda, digna de ser narrada en tono de humor; como
hacía su propia mujer cuando comentaba sus despistes a sus amigas.
Ha pasado toda la vida rodeado de gente que hablaba sin parar. Su
capacidad para escuchar y ayudar a los otros es el origen de su retraimiento;
volcado en los otros buscaba espacios de aislamiento que le permitieran
disfrutar de su tiempo con egoísmo. Su mujer, a la que tanto había amado, era
una auténtica parlanchina incontenible que sacaba punta a todo con su
desbordante ironía. También en su trabajo, una oficina de reclamaciones, había
tenido que escuchar día tras día, y durante decenas de años, a personas
ansiosas por exponer sus quejas sobre el mal funcionamiento de uno u otro
servicio. Sus hijos no habían sido precisamente ejemplos de autonomía
responsable; ¿cuántas veces había salido en su ayuda, acompañando los
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cheques de buenos consejos que no lograban saciar, sin embargo, sus
constantes peticiones?
Se sentó un momento, posó la radio en el suelo, se ató los zapatos. Su
costumbre de aislarse para encontrar huecos donde escucharse a sí mismo le
venía de muy atrás. Pero ahora los otros ya no estaban. Sus hijos vivían lejos y
habían conseguido por fin ser independientes. Hacía diez años que se había
acabado el tormento de las reclamaciones. Y cinco años que su mujer yacía en
el cementerio. En cuanto a sus amigos, tenía que reconocer que le aburrían, él
no era de la clase de jubilados capaces de pasarse la tarde jugando a las
cartas todas las tardes. La radio, en parte, aliviaba esta desdicha.
Este pequeño aparato me domina. Cuando giro la rueda para cambiar de
dial, el origen de la señal me atrae hacia ella, hacia ese lugar incógnito desde
donde emanan las conversaciones, los relatos, la música. Absorto y embebido
echo a andar de manera irrefrenable, casi autómata, hasta perder la
consciencia; si bien parte de esa consciencia permanece latente y en alerta,
capaz de evitar de manera misteriosa que tropiece con otros viandantes o que
los automóviles me atropellen.
Antonio Pires echó a andar y la radio quedó olvidada sobre la tierra. Era
de madrugada cuando llegó a una población todavía dormida en la noche,
sumida en el obligado descanso que se antepone a un día laboral cualquiera.
No había apenas tráfico y las pocas personas que cruzaban las calles lo hacían
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de forma rápida y con la avidez de alcanzar su objetivo. En la oscuridad las
caras huyen de ser reconocidas y de reconocer, ¿cómo pedir ayuda?
Comenzaba a sentir frío y hambre. Recordó de pronto que había perdido
su pequeña radio; las sensaciones de malestar quedaban adormecidas cuando
la radio se hallaba pegada a su oreja y funcionaba sin parar. Sin su radio,
regresaban las necesidades básicas para reclamar con dureza un simple
abrigo y algo de comida.
Se miró en un escaparate. No tenía aspecto de mendigo, pero tampoco
sus ropas eran lustrosas; esa camisa vieja y los pantalones gastados delataban
su descuido. Hacía tres días que no se afeitaba. Nadie se compadecería de él,
nadie le creería cuando pidiera dinero para poder volver a su casa porque
había dejado precisamente en casa su cartera.
Pasó a su lado un hombre con una pequeña radio pegada a la oreja. El
hombre había salido de un portal cercano y rápidamente se había lanzado a la
calle; caminaba de forma apresurada. Quiso seguirle pero el otro andaba muy
rápido, se notaba que hacía pocos minutos que había encendido la radio, y que
ésta le empujaba todavía con fuerza. El hombre cruzó una avenida y se perdió
tras el paso de un madrugador autobús en el que sólo viajaba el conductor.
Antonio Pires decidió volver sobre sus pasos hasta dar con el portal del
que había salido aquel hombre. Podría entrar en el edificio y descubrir así su
identidad. Por suerte, una joven salía con prisa. Antonio le dio los buenos días
y aprovechó para entrar. Apretó el interruptor de las luces de las escaleras.
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Miró los nombres que aparecían en el buzón, no reconocía ninguno. Subió las
escaleras. Al llegar al piso tercero, encontró una puerta entreabierta. Entró en
el apartamento. La luz de la cocina estaba encendida. Esperaba encontrar a
alguien que gritase al verle, que se asustara de aquel atrevimiento suyo. Lo
siento, le diría él entonces, vi la puerta abierta y pensé que era mi casa. Pero
no encontró a nadie. Encima de la mesa de la cocina había un buen trozo de
queso sobre una pequeña tabla de picar, al lado de un panecillo seco. Alguien
me ha leído el pensamiento, alguien me cuida allá donde me pierdo, pensó
Antonio Pires con ligera inquietud. Después de comer, se dirigió al dormitorio;
se sentía profundamente cansado. Debajo de la almohada latía una
conversación radiofónica. Levantó la almohada, una pequeña radio yacía sobre
las sábanas.
Se desvistió y se adentró en el mar de voces. Antes de dormirse tuvo
dudas; aquella situación le resultaba familiar, también él olvidaba sus aparatos
de radio por todas partes, también él dejaba sin darse cuenta comida para el
regreso, también él dejaba al marchar la puerta abierta. De inmediato le pasó
por la cabeza la idea de que aquel hombre que había salido del edificio y que
había seguido pudiera ser él mismo, él mismo desdoblado en múltiples seres
andantes que vagaban por aquellas ciudades en las que ya antes se había
perdido. A las puertas del sueño, la inquietud se transformó en asombro hacia
su propio despiste. ¿Por qué no pensar que esta fuera la auténtica ciudad
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donde vivía, y esta su verdadera casa, la primera de todas, antes de comenzar
su rueda de extravíos?
Una vez dormido, cuando todavía sus sentidos se hallaban en
duermevela, tuvo una revelación absurda pero verosímil que le hizo encogerse
entre las ondas llenas de palabras y vidas ajenas: Hacía mucho tiempo que él
se hallaba viajando por el mundo, de ciudad en ciudad, ocupando nuevas
viviendas cada vez, usurpando el espacio de otros que, como él, se
encontraban atrapados en el deseo de perderse con la radio en la oreja, con el
olvido en sus pies, dejando encendida la luz de la cocina, y la puerta abierta.
En la radio, decían, ha sido encontrado un enorme panal, en plena
Laponia; nadie sabe cómo pudieron sobrevivir las abejas en condiciones tan
extremas. ¿Pero de qué huyen las abejas?
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La ciudad había despertado a la luz, se dejaba bañar de arriba