REVISTA DE ANDALOGIA
REVISTA
DE
ANDALUCIA
SÉTIIIO tiO.-TOMO XX
A N T O N I O LUIS C A R R I O N
MALAGA
m DE LAS NOTICIAS! LA REVISTA DE ANDALUCIA
Calle del Cister, n ü m . 9
1880
ESTUDIOS DE LITERATURA GRIEGA.
LAS POETISAS DE LESBOS
POR
Á. GONZALEZ G A R B I N
Caledrático de LUoralura griega en la Universidad de Granada.
I.
Frente á las pintorescas costas del Asia menor, acariciada
por las cristalinas aguas del mar Egéo, y engalanada espléndidamente por la naturaleza, se halla la isla de Lésbos (1). En
esa isla encantadora, un divino coro de ninfas, excitadas por
la fúlgida luz de un cielo purísimo, al mágico compás de las
azules ondas, y embriagadas con las embalsamadas auras de
mágicos pensiles, entonaron en siglos remotísimos los himnos
sacros mas melodiosos y patéticos, los cantos de amor mas apasionados y tiernos y encendidos. ¡Celestiales sacerdotisas de la
(1) Esta isla fué poblada por «los eolios», que fundaron en ella la
«Hexápolis», consistente en las seis ciudades de Mytilene, Methymne,
Eróso, Pyrra, Antissa y Arisbe. De esta especie de confederación la principal ciudad fué Mytilene. Salieron de Lésbos grandes génios: Terpandro, Alcéo, Safo, Arion, el sabio Píttacos, el historiador Helánico y el filósofo Teofrasto. En la historia griega se hizo célebre, en los primeros
tiempos, por haber sido la cuna de la poesía lírica eólia.
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religión y del amor, cuya magestuosa hermosura reprodujo en
mármoles y bronces el buril de los grandes artistas, cuyas v i das se relatan en leyendas interesantes y poéticas, cuya rara
inteligencia y sublime, prodigioso numen, han celebrado con
singular entusiasmo las almas elevadas y generosas de todos
los tiempos y de todas las naciones!
II.
La isla hermosa de Lésbos venía siendo desde muy antiguo
pátria adorada de las musas. Las tradiciones populares se complacían en referir que la lira y la cabeza del divino cantor Orfeo hablan sido arrojadas por las Furias á las aguas caudalosas
del Hébro, y que, arrastradas al mar por la comente, habían
llegado hasta las costas privilegiadas de la isla venturosa. Con
esta bella fábula estaba sin duda relacionado el piadoso culto
que se rendía en el templo de Antissa: en él veneraban los lesbenses un sepulcro que decían guardaba las preciosas reliquias del sublime cantor de Tracia, y á aquel culto religioso
atribuían ellos las singulares facultades de que estaban dotados sus famosos músicos y poetas, y los incomparables atractivos de los ruiseñores, que anidaban en sus alegres hermosísimas florestas. En la risueña Lésbos, y en la misma ciudad de
Antissa, vio su primera luz el singular Terpandro, el inventor
celebrado de la forminge melodiosa lira de siete cuerdas, el fundador del sistema musical de ios griegos, el padre de aquella
dulce y patética poesía lírica, que por muchos años debió resonar en torno del venerado monumento, que guardaba los restos del divino Orfeo. El fuego sacro de la poesía se conservó
cuidadosamente por espacio de un siglo en la escuela musical
del memorable maestro, hasta que en el siglo V i l , antes de
nuestra era, comenzó á brillar con todo su radiante esplendor
el génio de los hijos de Lésbos: edad dorada de la poesía y del
arte eólico, en la que conquistaron también imperecedera gloria las bellísimas hijas de la Grecia antigua.
III.
Pertenecientes tal vez á la escuela óríica de la Antissa y am-
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bos bíjos quizá de la hermosa ciudad de Mytilene lucieron en
esta época dos fúlgidos astros de la poesía: el fogoso poeta patriótico Alceo, vehemente enemigo de los tiranos de su pátria,
y la inspirada Safo, la musa incomparable sobre cuyo espirita
excelso derramó el divino Apolo dones tan ricos, tan espléndidos y tan imperecederos como no los ha vuelto á conceder tal
vez á ninguna mujer en el mundo.
La historia de esta mujer admirable de la antigüedad ha llegado á nosotros adulterada por las mas opuestas fábulas é interesadas leyendas. Para explicar, pues, el verdadero génio, carácter y rango de la celebrada poetisa, es preciso apuntar p r é viamente algunas consideraciones acerca de la distinta condición que tenian las mujeres en las varias regiones de la clásica
Grecia.
IV.
Las mujeres de raza jónica, en particular las atenienses, v i vían confinadas, como las mujeres orientales, en la apartada
gyneconitis, excluidas de toda intervención en las cosas del entendimiento, limitadas al estrecho círculo de las ocupaciones
domésticas, habiendo perdido por completo aquella encantadora ingenuidad, aquella libertad amable que nos hace tan interesantes y simpáticas á las Helenas, á las Andrómacas y Náusicas de los poemas homéricos. La casa y la familia eran el
único teatro de las mujeres de Atenas. La posición inferior l i mitada que en la Jonia asiática ocupaba el sexo débil por circunstancias particulares á la historia de esta raza, habia llegado áser la situación ordinaria de las bellas mujeres atenienses.
Vivir en ia oscuridad de la vida privada: esta era su misión
única. La mejor de las mujeres, decia Feríeles, es aquella de
la que no nos ocupamos ni para bien ni para mal. Las que sallan de esta triste oscuridad, las que adquirían alguna celebridad por su hermosura ó por su génio, las Aspasias afamadas
por su talento eran miradas como mujeres de mal vivir, si l i sonjeadas tal vez, en el fondo menospreciadas como impúdicas
hetairas. Las mujeres cólicas y dóricas, por el contrario, gozaban de mas generosa libertad en sus costumbres. Las mujeres
de Lésbos especialmente conservaron las antiguas ingénuas
costumbres de la Grecia tales como se nos pintan en la Mito-
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logia j en la epopeya. Concediendo á sus mujeres los habitantes cultos de aquella isla afortunada una parte activa en la v i da social del hogar y en los regocijos piiblicos, les ofrecian por
tan digna manera ocasión de desplegar una individualidad ori giual y un carácter moral, aprovechando aquellas mujeres i n geniosas los beneficios de la civilización como los gozaban del
propio modo las distinguidas matronas dóricas del Peloponeso
y las hermosas mujeres de la Gran Grecia. La vida y la educación del bello sexo en Lósbos no se realizaba como en A t é nas en la sola interioridad del hogar: en aquel bello centro de
amable cultura aislado en las aguas del Archipiélago, mujeres aristocráticas de notable saber se rodeaban de un círculo
encantador de jóvenes educandas, á la manera que en Aténas
un selecto plantel de jóvenes discípulos rodeaba al eminente
filósofo que los iniciaba en los profundos secretos de su doctrina. Uno de estos centros de bella educación intelectual fué la
casa de la renombrada Musa de Lésbos: y no debió ser la d i v i na Safo la única ilustre lesbiana que se distinguiera en dar á
sus jóvenes compatriotas la educación musical y poética, la
cultura elevada del espíritu, y la dulce afabilidad de las maneras, 4que eran el objeto inmediato de aquellas tiernas asociaciones de jóvenes delicadas, libremente sometidas á la dirección intelectual y artística de matronas severas y respetables;
además del celebrado nombre de la egrégia Safo, la historia nos
ha conservado los de otras mujeres afamadas de distintos países de la Grecia, que se consagraron á aquel noble ejercicio de
amigas institutrices ó mathetrias. Ella misma nos cita los nombres de Gorgo y Andrómeda sus rivales; y otros escritores nos
han trasmitido ios nombres de la milesia Auactoria, de Gongyla de Colofón, de Eunice de Salamina, de Gyrinna, de Atthis y
de Mnasídica.
Vemos pues, cuán opuesto era el papel que desempeñaban
las famosas mathetrias, y en general las educadas compatriotas de Safo, del que representaban las impúdicas y elegantes
hetáiras de Aténas. Las mujeres instruidas ya hemos consignado que gozaban en la sociedad ateniense de una reputación
nada envidiable; y esta es la clave sin duda de la triste adulteración que sufrió la historia legendaria de la sin par poetisa de
Mytilene en la pluma de los escritores cómicos atenienses, que
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tíos pintan como meretriz liviana á la «virgen púdica de dulce
sonrisa», cual la llama su apasionado compatriota y contemporáneo ei gran lírico Alceo.
V.
La poetisa Safo fué no obstante objeto de la general admiración de la sábia Grecia. El busto de la décima musa, así apellidada en sus tiempos, apareee grabado en las monedas antiguas de su pátria: señal ciertísima de la alta celebridad que
conquistó esta mujer inspirada, llamada también por los antiguos griegos astro de Léshos y f a r o de la poesía. Que sea L é s bos su pátria ningún escritor antiguo ni moderno lo ha puesto
en duda; empero es mas difícil decidir si fué natural de Eresos
ó de Mytelene: tal vez, opina el sábio Müller, seria acertado recurrir á un prudente término medio, y suponer que de la mas
pequeña de estas dos ciudades vino la noble poetisa á establecerse en Mytilene en ei momento de llegar á su apogeo su talento soberano y magnífico. La vida de la inmortal Safo coincide con la de su compatriota y amigo el gran poeta Alceo, si
bien fué mas joven y le sobrevivió hasta la olimpiada 58 (568
años antes de Jesucristo). Dignas de atenta meditación son las
relaciones de esta mujer esclarecida con el eminente poeta político de su pátria, pues en ellas se refleja, en nuestro sentir,
claramente la condición y el carácter de la noble hija de Lésbos. Se hallaba empeñada en aquella sazón, en su pátria, una
lucha, general entonces en ei mundo griego, entre la nobleza
y las clases populares que debia sustituir á la antigua tiranía
de los eupatridas, el predominio tiránico de la demagógia, para llegar al fin después de sangrientas turbulencias á la constitución definitiva do una justa y pacífica democracia. Entre
las escasas noticias auténticas que han llegado hasta nosotros
acercadel insigne poeta Alceo, está fuera de toda duda la pasión
ardiente qae sintió por la célebre poetisa de su pátria y la participación activa que tuvo en los sucesos políticos de su tiempo
en favor do la aristocracia, habiéndole valido el destierro la
conspiración vencida de la nobleza contra el rígido tirano Píttaeos que había logrado sojuzgarla. Ahora bien,oncuanto á la vehemente pasión de Alceo por su sin par amiga Safo, encontraTOMO X X
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10 .
ílÉVlStA ÍÍE ANDALUCÍA
mos de ella preciosos vestigios en los cantos del ilustre poeta
y en los hermosos fragmentos de la musa lesbiana. Por otro lado sabemos de una manera evidente que hácia la olimpiada 46
(596 años antes de Jesucristo) se vió también la hermosa poetisa expulsada de su pátria y obligada á embarcarse para Sicilia. Desde este punto nada puede asegurarse, con datos auténticos, acerca de la suerte de la ilustre escritora. ¿Pero será i n verosímil atribuir su destierro, como opinan algunos críticos
eminentes, á las miras políticas que motivaron el de Alceo y
el de todos los que habían defendido la bandera abatida de los
eupatridas? Su conocida intimidad con el poeta, el alto estilo y
superior lenguaje de la noble poetisa y la delicadeza amable y
esquisita de sus sentimientos, háeennos conjeturar la superioridad de su rango y la identidad probable de sus pensamientos
con los de aquellos egregios señores, conjurados en vano contra el tirano de su país. La egregia Safo fué, pues, una matrona
excelsa y respetable. Es una impostura indigna haber hecho de
la elevada matrona, de la respetable mathetria, de la celestial
poetisa, una seductora hetaira presa de la voluptuosidad y de
erotismo impuro. En los preciosos restos de sus maravillas poéticas encontramos nobles arranques de su alma, que la defienden de esta difamación injusta.—Su enardecido amante Alceo
la significa en una de sus enamoradas odas «que de hien grado
la declararía sus deseos... si el r u l o r no le contmiera,..j> «Si
tus deseos se encaminasen, oh Alceo, á lo que es eternamente
nadie y lello, le contesta la poetisa, y si tu lengua no tuviera
deseos de expresar una impureza, no se retrataria el nihor en
tu mirada...: entonces expresarlas con libertadlo que anhelas.»
—En otro pasaje censura ásperamente á su hermano Cháraxos
el haber comprado por una creeida suma, en Náneratis, á la famosa cortesana Rhodopis ó Doricha y el haberla concedido la
libertad en pago de sus lúbricas caricias. ¿Cómo podría concebirse esta rigidez de la inmortal Musa de Lésbos si ella á su vez
hubiera sido una impúdica hetaira sin honor? La conciencia i n maculada de la grave matrona nacida libre y educada en la modestia se alza airada contra los escándalos del hermano libertino, como antes la vimos contestar severa á las atrevidas insinuaciones del amante. Por fortuna, para defender la limpia gloria y el nombre esclarecido de la memorable poetisa, y como
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relevante testimonio de haber sido confundida, torpe ó maliciosamente, esta mujer ilustre de la Grecia con otra cortesana
famosa del mismo nombre, han llegado hasta nosotros los retratos de las dos Safos nacidas en Lésbos (1).
Nada hay efectivamente en la vida de la célebre lesbiana que
no la haga dignamente merecedora de la entusiasta apoteosis
que de su génio sublime se ha venido haciendo al través de los
siglos. Ya hemos indicado como pudo formarse en la antigüedad la falsa opinión que acerca de esta mujer celebrada se encuentra en algunos escritores griegos; ya hemos advertido préviamente que para ei pueblo ateniense una mujer que osaba
disputar á los hombres el laurel concedido á los privilegiados
de las musas, que revelaba al público sus íntimos sentimientos
con esa ternura y esa libre ingenuidad de las mujeres eólicas...
una mujer t a l , era para los atenienses una desvergonzada sin
costumbres, y como tal la ofrecieron sus escritores cómicos en
la escena (2). Y ¿cómo hemos de maravillarnos de esta grave
injusticia de la sociedad antigua, si después de numerosos s i glos, y de haber proclamado la religión y el derecho la d i g n i dad augusta de la compañera del hombre, si después de haber
sido obsequiada en los ponderados tiempos caballerescos con
un culto exageradamente idolátrico y proclamada reina en las
lides del amor y de la poesía, todavía en nuestras educadas sociedades las mujeres superiores en cuya frente arde con calor
la divina llama del génio, si quieren seguir el rumbo que les
traza la estrella polar de su destino, lo hacen á la continua bogando en el mar de hiél de tristísimos dolores?
Los críticos modernos mas profundamente conocedores de la
civilización antigua de la Grecia, desde el sábio Miiller hasta el
docto Leo Joubert, han dedicado en nuestros tiempos eruditas
disertaciones á las poetisas lesbianas, rechazando las odiosas
acusaciones y envenenadas sátiras de los antiguos cómicos
contra la noble Safo, y como fábulas marcadamente inverosí-
(1) «Vlsconti. Iconographie grecque, I , 30.»
(2) Véase «Otfried Müller.... Geschichte der griechischen Lítoratur»,
—y el Suplemento del traductor francés HILLEBRAND: «Sur les poetes
lyriques etsur la Musique», t. III. p. 296.—FR. G. WELCKER «Sappho
von einem herrschenden Vorurtheil befreyt». GOTTINGEN, 1816.
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miles sus amores con el viejo poeta Anacreonte, la novelesca
pasión por Faon y su célebre trágico fin en la roca de Léucade
(1). Los esfuerzos generosos de tudos estos amantes de la antigüedad en la culta moderna Europa, salvo alguna excepción
extraña, se e n c a m i n a n á vindicar la memoria de aquellas m u jeres espirituales eolias, presentándonos Safocumo una educadora apasionada y ardiente (quizás hasta la sensualidad, como correspondía á una época y á un pais delicioso, que miraban la belleza corporal como símbolo del alma), de aqnel grupo de jóvenes encantadoras, en las cuales se queria despertar
con enérgica voluntad el sentimiento puro del ideal (2).
Por otro lado, el concepto erróneo que se ha tenido de las
obras poéticas creadas en aquellos centros de artística cultura
ha contribuido á sostener la difamación de las bellas mujeres,
que concurrían á las escuelas poéticas de Lésbos. Aquellas escuelas de música y de poesía pueden considerarse como una
evolución ó desdoblamiento de la escuela órfica de Antissa: sus
odas tiernas y melodiosa|i frecuontomente se dedicaban á Afródita y al Amor: eran en verdad el asunto predilecto y casi único de los bellos cantos de las poetisas lesbianas, Este debió ser,
por consiguiente, el carácter de la escuela célebre de Safo; pero incurriríamos en un grosero error si considerásemos la escuela sáfica como una especie de deshonesta corte de amor, ó
como una triste consecuencia de la repugnante depravación en
las costumbres. Nada ménos exacto: leamos la bella invocación
á Vénus ó á Afrodita en el poema latino del inmortal Lucrecio,
y en ella encontraremos magníficamente expresada la religiosa veneración con que era mirada en la antigüedad esta deidad
hermosa, considerada como el símbolo de la energía fecunda ó
incesante, que produce la generación y la vida. «¡Oh alma Vénus! (exclama el poeta) tú haces fecunda esta Tierra, colocada
bajo los astros errantes, el navígero Mar y los fértiles campos;
tú das la vida á todos los sércs y por tí abren sus ojos á la fúlgida luz del Sol. Ante tí se ahuyentan los vientos, las nubes
del cielo se disipan; la Tierra desplega bajo tus plantas ricos
(1) Müller opina que la supuesta pasión de Safo por Phaon está tomada de la leyenda de «Afródita y Adónis», asunto quizá de algún poema de Safo: lo cual pudo dar origen á que se la atribuyeran á la poetisa.
(2) Véase Müller, I I , 105.
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tapices de matizadas flores, la superficie del Océano te sonrie,
y el límpido Cielo derrama un torrente de clara luz. Apenas
vuelven los hermosos dias de la primavera, apenas el cautivo
céfiro ha recobrado su hálito fecundo, y ya las aves que pueblan los aires anuncian tu presencia agitados sus corazones por
tus fuegos; los rebaños inflamados también triscan en las alegres praderas, y salvan, saltando, los rápidos arroyos: de tal
manera, cautivados por tus encantos, seducidos por tu hermosura, todos los vivientes se afanan por seguirte á donde los lleva tu voluntad irresistible. En los mares, en las montañas, en
las profundidades de los torrentes, en los espesos sotos, en las
verdes campiñas, tu dulce llama penetra los corazones, y anima á todas las razas en el deseo ardiente de perpetuarse... tú
eres ¡oh Vóaus! la única soberana de la Naturaleza, la creadora de cuanto existe, el manantial perenne de las gracias y de
los placeres... tú sola puedes conceder á los mortales la dulce
paz... hasta el sanguinario, armipotente Marte dobla en tu seno la cerviz inhiesta, y en tí fija la mirada insaciable, sin respirar, pendiente de tus labios...»
Afródita no era por lo tanto la divinidad de las pasiones i m puras, n i por este título era solo por el que la cantaban los dulces poetas de la antigüedad gentílica: en ella veian representada, como hemos dicho, esa fuerza de la Naturaleza poderosa
é inagotable, que impulsa á amar á todos los séres, que anima
y conserva ia generación y por la cual se sienten subyugados
«hasta los mismos dioses»: fuerza omnipotente que así engendra grandes y generosas pasiones como puede arrastrar en el
exceso de la efervescencia á los crímenes mas horrendos y á
las acciones mas impuras. La diosa de la hermosura era adorada con pasión en Lésbos, desde edades remotísimas, y á su
culto se habían consagrado en el período de la poesía hierática, y en calidad de sacerdotisas, graves matronas y vírgenes
bellísimas. Cuando la poesía so despojó de las formas sacerdotales, apareciendo la oda armoniosa en la literatura del paia,
los coros de las mujeres lésbicas siguieron todavía eligiendo
para asunto ordinario de sus himnos poéticos á la divina Afrodita y los Amores (1). Tal es el origen de los poemas eróticos
(l)
«Burnouf, Littéraíure grecque», I , 192.
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de las mujeres lesbianas. POP los restos preciosos que se han
salvado de la sublime Safo y de sus discípulas celebradas, podemos cerciorarnos que en aquellos cantos tiernísimos arde el
fuego de almas enamoradas, que respiran si se quiere ardiente
libertad; pero que jamás degeneran en vergonzosa licencia,
ostentando con frecuencia una severidad magestuosa.
VI.
Las divinas poesías líricas de Safo, que fueron pasmo y admiración del mundo antiguo, se dividieron por los eruditos y
lexicógrafos en nveve libros y atendiendo mas bien á la forma
métrica que al asunto de los poemas: así en el primer libro se
contenían las odas en estrofas sáficas (1), en el segundo los
poemas en verso alcáicos, y de análogo modo los restantes. Pero el plectro de Safo recorrió todos los tonos de la lira con una
gracia y una ternura que jamás el alma de ningún poeta ha
unido á tanta vehemencia, ni á una pasión tan conmovedora.
Ella entonó himnos religiosos sublimes; encendidas canciones
amorosas; sentidas elegías; y sobre todo, hermosísimos epitalamios, que se repitieron con entusiasmo por todas las regiones
de la Helada. De todo aquel rico tesoro de poesía solo dos bellísimas odas podemos avalorar, que justifican plenamente el
entusiasmo de los antiguos por esta mujer extraordinaria, cuyos versos melodiosos eran comparados por Plutarco «con los
oráculos que pronuncia la Pitonisa cuando el dios se apodera
de ella y halla por su loca.^
Las dos piezas que se han salvado de la hermosa poesía s á ñca, son: la oda á Venus, conservada por Dionisio de Halicarnaso, y otra oda, tai vez incompleta, citada por el famoso retórico Longino. En la oda á Venus irradia el fuego de una pasión
ardiente, la poetisa nos hace sentir en ella la borrasca que agita su alma conturbada y delirante, y pide con una ternura i n (1) «Schoeli, Litterature grecque», I , '206.—Los fracmentos de Safo,
«quse exstant», fueron publicados con el mayor esmero porWolf.—Lóndres, 1735. La edición mas notable es la «Blomfleld», que se encuentra
en el vol. I del «Museurn criticum of Cambridge clasical researches»,
1814.
LAS POETISAS DE LÉSBOS
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finita, con una aflixion grandísima y conmovedora, que venga en su auxilio la divina Afródita.
ODA Á VENUS (1).
Hija do Jove, sempiterna Cipria
Varia y artera, veneranda diosa
Oye mi ruego; con letales ansias
No me atormentes.
Antes desciende como en otro tiempo
Ya descendiste, la mansión del Padre
Por mi dejando, mis amantes votos
Plácida oyendo.
Tú al áureo carro presurosa uncías
Tus aves bellas y á traerte luego
De sus alitas con batir frecuente
Prestas tiraban.
Ellas del Cielo por el éther vago
Raudas llegaban á la tierra oscura
Y tú bañando tu inmortal semblante
Dulce sonrisa;
¿Cuál es tu pena, tu mayor deseo
Cuál, preguntabas? para qué me invocas?
¿A quién mis redes, ¡oh mi Safo! busc an?
¿Quién te desprecia?
¿Huyete alguno? Seguirate, presto.
¿Dones desdeñas? Te dará sus dones,
¿Besos no quiere? Cuando tú le esquives
Ha de besarte.
Vén, y me libra del afán penoso;
Vén, cuanto el alma conseguir anhela
Tú se lo alcanza, y á mi lado siempre
Siempre combate.
Observemos que la pudorosa Safo no se arroja en brazos do
su amado, dirigiéndole sus versos para tornar al joven esquivo
en amante apasionado. Alma delicada, sensible y melancólica
pide al cielo, á la divinidad que preside en estas tempestades
del alma, que venga á mitigar su dolor como en otras ocasiones
(1) Traducción del helenista D. J. Castillo y Ayenza.-—Estas traducciones reflejan muy pálidamente el hermoso colorido del originalgriego.
Ni Philips, ni Boilaeu, ni Delille, ni ninguno de los poetas modernos que
han ensayado la versión de estos bellos fragmentos, han logrado llevar
á'sus traducciones el fuego que late en las ardientes estrofas de la poetisa lesbiana.
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la había consolado con el bálsamo dulce de tranquilizadoras esperanzas. La composición de la poetisa eolia conservada por
Longino como ejemplo precioso del sublime poético, es tal vez
en su género la mas notable de la lírica antigua, pues acaso
ninguna poesía en la civilización antigua ni en la moderna ha
presentado los síntomas de la pasión desastrosa del amor ó de
los celos con vigor tan poderoso y concentrado. Todos los c r í ticos convienen en que es de lo mas bello, encantador y expresivo que en el arrebato lírico do una pasión amorosa ha producido el espíritu humano.
ODA.
(1).
Igual parece á los eternos dioses
Quien logra verse frente á tí sentado:
Feliz si goza tu palabra suave,
Suave tu risa.
A mí en el pecho el corazón se oprime
Solo en mirarte; ni la voz acierta
De mi garganta á prorumpir; y rota
Calla la lengua.
Juego sutil dentro mi cuerpo toio
Presto discurre: los inciertos ojos
Vagan sin rumbo: los oidos hacen
Ronco zumbido.
Cúbreme toda de sudor helado:
Pálida quedo cual marchita yerba;
Y ya sin fuerzas, sin aliento, inerte
Muerta parezco.
El fuego abrasador que derrama la musa de Lésbos sobre las
flores de su poesía (ha dicho un escritor ilustre) sirve como en
el amianto: para hacerlas mas puras y brillantes. ¿Cómo extrañarnos de la general admiración de los antiguos hácia este i n genio divino y de que los modernos hayan participado del
mismo entusiasmo, á posar de haber llegado á nosotros las bellísimas concepciones de la poetisa en tristes aunque m a g n í ficas ruinas? El fecundo autor de las Metamorfosis ie consagró
(1) Traducción de D, M. MEIVEXDEZ.—Esta Oda la intitulan generalmente «A la muy amada». Pierron opina que debe titularse «Al muy
amado». Otfredo Müller vé en esta oda un ejemplar precioso de aquella
pasión exaltada, de aquel tono vehemente propio do las pasiones.
LAS POETISAS DE LÉSBOS
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una de sus bellas Heróidas; el tierno Catulo y el inspirado Cisne de Venusa se afanaron por imitarla. Todos los grandes h u manistas se han complacido en dedicar un recuerdo de admiración á la tierna musa de Lésbos; sábios filólogos (1) de todas las
naciones se han consagrado con amorosa solicitud á disipar las
leves nubes con que se ha pretendido oscurecer la brillante fama de la ilustre griega; justificando unánimes antiguos y modernos la exclamación memorable del sábio Solón, cuando ya al
borde del sepulcro oia recitar á un nieto suyo unas hermosísimas estrofas de Safo: «wo quisiera morir sin haüer aprendido
de memoria esa encantadora poesía.-»
Vil.
En torno de aquella alma enamorada y. poética vibraba las
cuerdas de sus liras de oro una pléyade de vírgenes hermosísimas. Una de sus amigas, la panfiliana Dahnáfila, compuso para el culto indígena de la Artemis de Perga un bimno en estilo
eólico celebrado por Filostrato. Además de esta poetisa compartían la tierna amistad de Safo, Anágora, Anactoria, A n drómeda, Atthis, Cydno, Eúnica, Erinna, Góngyla, Megara,
Telisippa, irradiando por todos lados el color y la luz poética en
este amable círculo de hermosas mujeres griegas. Pero la discípula mas amada de Safo fué la sublime E r i n n a . ¡Ah! la vida
de esta celebrada cantora se halla irrevocablemente sepultada
en el olvido. Se le ha dado por cuna á Rodas, Lésbos, Télos
cerca de Guido,y Ténos en el Peloponeso. La historia nádanos
dice sobre la vida de la bella poetisa; pero podemos leer graciosos pormenores acerca de ella en los cantos de sus compatriotas.... «Ved á Erinna sentada, niña aun virgen, bajo la severa
autoridad de una madre temida, teniendo en las manos la rueca y el huso y tejiendo la tela. Con todo, los hilos se enredan
sin que ella piense desenmarañarlos; mientras que en silencio, joven abeja del monte Pierio, elabora la miel de sus versos.» Agostóse en edad temprana aquella preciosa existencia.
(1) Bergk, Poetse lyrici gríeci, 1853;—Welcker, Kleine Schriften,
1860;—Bernhardy, Gradriss der Griechischen Litteratur, 1854;—Koclily
Ueber Sappho, 1859;—Kock, Alkáos und Sappho, 1862.
TOMO xx
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18
. REVISTA DE ANDALUCIA
Murió á los diez y nueve años. Las musas decian «que mientras cojia flores, el dios de la muerte la tomó, aún niña, para
el dulce himeneo.» « \ O h F r i n n a ! mientras tú dabas á luz tu primavera de himnos, dulces como la miel de las abejas, la Parca
te arrebató hácia Aqueronte.» El único canto que podemos aun
hoy admirar de esta hija privilegiada de las musas es la oda
«A la Fuerza» (Es Romeen) mirada, no sin razón por los apasionados del arte clásico, como una de las mas enérgicas inspiraciones de la lírica eóiica.
Al interpretar en nuestra lengua el intrépido pensamiento
que encierra esta preciosa endecha, hemos sentido helarse su
entonación en nuestros lábios. Pálida y débil presentarnos á
nuestros lectores una imperfecta copia de tan precioso canto,
seguros de que los que conocen la divina lengua de Píndaro y
de Tirteo se reservarán la dicha de leer sus atrevidos versos en
el inimitable modelo.
A LA FUERZA, ( i )
Salud, oh hija del divino Marte,
La del casco de oro, de héroes reina,
Habitante del firme, augusto Olimpo
Sobre la tierra.
Solo á tí concedió la vieja Parca
De eterno señorío fama régia,
Y la excelsa pujanza con que á todos,
Señora, imperas.
Los pechos de la mar y tierra oprimes
Bajo el yugo potente de tus riendas,
El freno con que á pueblos y naciones
Fuerte gobiernas.
El poderoso tiempo lo trasforma
Y cambia todo en formas mil diversas:
Solo el viento propicio de tu marido
Jamás altera.
Tú la Deidad que ocultas en tu seno
A los hgcs temibles de la guerra,
Y apiñados á luz los das cual Céres
La miós engendra.
¡Ah! magnífica invocación al genio destructor de la Fuerza,
que reduce los imperios á polvo, que vé hundirse al empuje po(1) Esta traducción la pub'leamos en la «Revista de Filoaofía, de Ciencias y de Literatura?» do Sevilla,
LAS POETISAS DE LÉ6B0S
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deroso de su brazo mil y mil naciones y solo él impávido y potente á todos los aniquila y avasalla! La tierra y el mar aguijoneados por este Numen desolador y terrible, se le conjaran
tal vez altivos é impacientes; pero él tiene encadenados sus pechos bajo el yugo poderoso de sus riendas. La Fuerza armipotente, fluctuando siempre inextinguible sobre el borrascoso
piélago de la vida humana, jamás se hace infecunda. Sus h i jos so multiplican «como las haces en el campo deCéres,» ¡valiente imagen para significar los infinitos, inacabables elementos que minan el sosiego y la paz que podría hacer dichosas á nuestras desventuradas sociedades! ¿Es una mujer la que
cantó estas estrofas valientísimas? Tal es nuestra pregunta
siempre que recitamos tan bellísima oda y sentimos levantarse
nuestra alma en fuerzas de su virilidad.
VIH.
Fuera de estas preciosas joyas de la literatura cólica sólo nos
quedan ruinas mutiladas del repertorio poético de las afamadas hijas de Lésbos. Mas no pueden leerse sin profunda conmoción, sin amarga pena, estas composiciones incompletas, estos
cantos lastimosamente rotos y destrozados, en los cuales á pesar de todo resplandece todavía ese ardor poético vigoroso, y
ese vuelo rápido que tanto enaltece la hermosa lírica de los
griegos. ¡Cuánto daríamos por poder admirar aún en nuestros
tiempos aquellos hermosos epitalamios que tanta gloria dieron
á la ilustre Safo! ¡con qué celestial ternura no celebraría la d i vina poetisa la casta unión de los esposos, ella que había, aunque efímeramente, gozado en la dorada edad de las ilusiones
de las dulzuras del tálamo uupcia!, y que poseía además aquella alma superior y excelsa capaz de apreciar las grandezas de
espíritu del hombre y las ternuras infinitas de la mujer!
SEGUIDILLAS GITANAS
POR
NARCISO D I A Z .
Por este desierto
con mis penas marcho;
sin luz que me guie, pues hasta tus ojos
me niegan sus rayos.
A las penas presentes
yo no les temo;
mas las penas futuras que ya adivino
me infunden miedo.
Pasar por mi lado
te miré, ya muerta;
y o n aquel instante murieron mis dichas,
nacieron mis penas.
Jilgueriilo, dile
que ya no la amo;
pero no le digas que al pensar en ella
mis ojos lloraron.
Tu acción fementida
olvidar espero,
si no vuelvo á verte, ni escucho tu nombre,
ni escucho tu acento.
Hay penas que pasan
y penas que duran,
la de verse en el mundo sin madre
no se acaba nunca.
LOCOS QOE 10 LO PARECI.
CONFERENCIA
DADA EN EL ANFITEATRO GRANDE DE LA FACULTAD DE MEDICINA DE MADRID
(COLEGIO DE SAN CARLOS)
A I N V I T A C I O N DEL_ A T E N E O D E I N T E R N O S
POR EL D R . ESQUERDO,
Médico del Hospital General,
EL
D I A 12 DE MARZO DE I88O,
según las notas (niñadas por los taquígrafos Sres. Martorrell y Marcillach.
SEÑORES:
Tras larga ausencia impuesta por el cumplimiento de sacratísimos deberes, vuelvo al seno de esta ilustre sociedad en bien
desventajosa situación. Por un lado cohiben mi entendimiento
circunstancias que los mas conocéis y que los menos habréis de
presumir, por otro traba mi lengua la depresión de fuerzas consiguiente á un doloroso padecimiento que me ha retenido en
cama hasta pocas horas há, y que solo he abandonado en testimonio de la consideración, aprecio y alta estima en que tengo
ú todos los socios de esta entusiasta corporación y á cuantos
me dispensáis la altísima honra de escucharme, pero ya lo sabéis; cualesquiera que sean las circunstancias que me rodeen,
soy siempre el mismo hombre; como siempre, vengo animado
de los mismos sentimientos, fortalecido por las mismas convicciones, y alentado por los mismos nobilísimos propósitos, los de
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REVISTA DE ANDALUCIA
redención del loco ante la opinión pública y su irresponsabilidad positiva, real, no ilusoria ante los Tribunales. (Aplausos.)
No podéis, señores, imaginaros en que ocasión tan preciosa
para mi alma me invitásteis para dar esta conferencia; yo sentía entóneos la pesadumbre y amargura que experimenta el
hombre de convicciones robustas cuando vé menospreciadas sus
doctrinas, doctrinas que ha aprendido en la observación directa, que ha fortalecido con la lectura de las obras clásicas, y que
se ven hoy consagradas por la universalidad del sufragio, doctrinas, en fin, que tras larga evolución han llegado á formar
parte íntima de su propio sér.
Pues bien, señores, yo sabia, no lo he olvidado jamás, que la
humildad del origen es causa de menosprecio, en tanto que la
notoriedad de la evidencia propia de dichas opiniones no l l e gue á imponerlas, y consiguientemente que bastaban fuesen
mías para desestimárselas justamente; pero si la doctrina es
mia porque la sustento desde años há, (el 69), no ha de tenerse
hoy como tal en el sentido de que solo yo la profese, porque
hoy la defienden los mentalistas mas notables de todos los
paises y la prestan su aquiescencia los hombres pensadores de
todos los pueblos que se han ocupado de la razón humana, y
dicho sea de paso, aunque incurra en repetición, su base está
tomada del natural, observación del loco, apoyada por el buen
sentido, y fué siempre dogma de los autores de todos los paises
y edades que escribieron de Psicología sin presumir de psicólogos, porque en cuanto á estos no solamente rechazaron nuestra doctrina, sino que borraron el cuadro de nuestros caractéres psíquicos arrojando en el grabado del entendimiento humano para borrar sus rasgos mas salientes la herrumbre de sus
vanas y fantásticas elucubraciones. (Grandes aplatisos.)
Me consuela el considerar que vuestra invitación y la calurosa ovación con que me habéis recibido son una especie de desagravio no á iui humilde personalidad, sino al médico frenópata
que en la cátedra y en la clínica, en la hoja del periódico y en
la academia, en la conversación familiar y en el foro, defiende
las mismas doctrinas que de hoy en adelante tendrán un nuevo título, un nuevo encanto para mí; vuestra sanción.
Es buen procedimiento de estrategia, cuando el enemigo ocupa una gran extensión, cuando está encastillado en diferentes
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reductos y tiene gran superioridad numérica, ir atacándole parcialmente, combatiéndole sucesivamente y por fin asediarle en
esos reductos é incomunicarle dejándole en el aislamiento.
No os importe vuestra inferioridad, ni vuestra insignificancia; resultados que no obtienen los mas poderosos agentes lo
alcanzan por su modo do obrar otros que al parecer no gozan
do gran potencia, y en vana dirigirían certeros y potentes fuegos contra el peñón de Gibraltar los mas fuertes cañones; aquel
peñasco no se desgajaría, y bien sabéis, señores, que la gota de
agua infiltrada por imperceptible hendidura en el interior de la
roca basta para hacerla estallar. Difundamos nuestras doctrinas hasta hacer participar de ellas á la opinión pública, que
los médicos todos la sustenten con lucidez y energía y procuremos sobre todo, que un rayo de luz frenopática se inicie por
las rendijas del entendimiento humano, hasta penetrar en la
conciencia del recto magistrado, y estallará sepultándose en el
olvido esa aparentemente formidable obra del oscurantismo,
que aprisionando la irresponsabilidad del loco, la restringe
tanto que no alcanza á los que mas han menester de ella. (Muestras de aprobación.) ¿Qué enagenado necesita mas inmediatamente de nuestros escritos y de nuestra palabra? Aquellos que
se confunden con los cuerdos; procuremos ante todo limpiar de
errores la opinión de nuestros compañeros eminentes é ilustrados en otras materias, ¡qué también en techos de régios alcázares hay telarañas! disipemos las dudas de la opinión pública,
informemos finalmente la conciencia de los siempre rectos magistrados y terminada esta nuestra obra de propaganda, la re°
volucion está hecha.
Entre los enagenados que se confunden con los cuerdos descuellan en primer término los imbéciles, los monomaniacos homicidas, suicidas, homicido-suicidas, el depto-maniaco ó monomanía del robo, el dipso-maniaco ó monomanía de las bebidas, el monomaniaco genésico, todos los de monomanías ya de*
terminadas y otras que no han recibido todavía nombre en la
ciencia, y de las cuales me ocuparé después; por fin señores,
las locuras epilépticas, histéricas, las intermitentes, transitorias, los periodos de invasión y remisión de la parálisis progresiva, los pseudo-lúcidos de la manía periódica, y los prodrómicos de toda enageuaciou mental.
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REVISTA DE ANDALUCIA.
¡Qué de lamentables preocupaciones hay acerca del imbécil, propiamente dicho, el imbécil en el sentido frenopático tal
cual lo estudiamos y clasificamos nosotros, el imbécil en una
palabra, que confina con el cuerdo, al que solo un defecto de
organización, una mera insuficiencia le separa del hombre normal, fisiológico, responsable. Este imbécil no tiene síntomas
somáticos, físicos, perceptibles á simple vista, no presenta al
exterior defecto de organización, que acuse de golpe la imperfección de su inteligencia y de sus afectos; no os llamará la
atención lo deforme de su cabeza, de su cara, de su columna
vertebral, de su pecho ni de sus estremidades; si alguna deformidad notáis en su hábito exterior que revele su imbecilidad,
si lo defectuoso de su físico perceptible á la simple inspección
le asemeja y acerca al idiota, no os fiéis; el imbécil no es un
ser deforme, raro, contrahecho, feo y hasta desabrido, como un
empleado de la vicaría; (risas) no tiene ninguno de estos caractéres que señalan á primera vista la monstruosidad; se parece completamente al cuerdo; pero si lleváis mas allá la inspección, al penetrar en su mente observareis el desarrollo pobre, débil, enteco de su inteligencia, de sus sentimientos é instintos; advertiréis la falta de armonía entre las facultades i n telectuales y afectivas, la desproporción dominando como carácter gráfico de estos séres que no alcanzan bajo el punto de
vista orgánico-mental al nivel normal y fisiológico del hombre,
como al trasponer la pubertad no logran subvenir á las necesidades sociales y aún á las de familia, si son algún tanto críticas; y sin embargo, como á primera vista no se hacia notar
por su organización defectuosa, tampoco se hace notar en la vida de familia y social de golpe; penetrando en el exámen de
sus funciones cerebrales, se ponen de manifiesto sus imperfecciones, como internándose él en la vida pasional descubrirá su
insuficiencia, fundamento de su irresponsabilidad.
El imbécil, según los mentalistas contemporáneos, goza de
las demás facultades perceptivas que el resto de los hombres,
A excitación de los agentes exteriores reacciona, piensa, quiere,
aborrece, recuerda, olvida, preveo, etc., etc., con la diferencia
de que están faltos de sinergia y espontaneidad.
Comparen á un imbécil, midan el desarrollo de su inteligencia y de sus afectos, establezcan un paralelo entre las faculta-
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des intelectaales y los conocimientos mediante ellas adquridos
por el niño de ocho á nueve años, con las primeras categorías
de la imbecilidad, y se notará que el niño á esa edad sabe leer
y escribir correctamente, sabe gramática, aritmética, geografía, historia profana, sagrada, etc., etc.; es afecto á sus padres,
ama á sus amigos, tiene estimación de sí mismo, sentimientos
de caridad y benevolencia para el prójimo, es religioso y hasta fanático y ¡qué inconsecuencia! á pesar de todas esas facultades y sentimientos que le encauzan á la vida de ia razón, en
sus hechos penables no delinque, y al imbécil con ménos motivos racionales y con mas potentes causas de extravio, y de
violentas pasiones, le consideráis responsable! ¡Qué inconsecuencia!
Leed el Fabre en su página 332 y veréis como dice que estos
séres son lujuriosos, suspicaces, malignos, embusteros, e t c é tera, etcétera, y hago estas citas, porque se ha calumniado á
mi sáblo y venerable maestro el Dr. Mata, poniendo en sus autorizados lábios que él asigna caractéres de deformidad, de raquitismo y escrofulismo á los imbélices, cuando dichos caractéres y así lo consigna en su obra, son propios de los idiotas, los
cuales separa radicalmente.
¿Qué deciros de ia imbecilidad total tan en boga? Que es una
invención moderna, de última hora. ¿Cómo? ¿En dónde? ¿Cuándo han visto esos imbéciles? ¿En qué manicomio ú otro lugar
los han observado? ¿En qué obra moderna se lee tal aserto contradictorio al espíritu que las informe, espíritu que señala la
frecuencia con que un sugeto mismo presenta grados diversos
de la imbecilidad moral y de la intelectual? El mismo Esquirol
llama ya la atención hácia la imbecilidad parcial. ¿Pues qué,
vamos nosotros á reproducir de hecho lo de la poetisa de cierta
comedia, que ignorando una cosa resuelve el problema diciendo: «no lo sé.... pues lo inventaré.» (Risas.) No, en nuestra severa ciencia no se sale así del paso; es preciso observar, comprobar, meditar, y después de haber observado y meditado
mucho, todavía exponer con la duda de que puede escapársenos el error: así y solo así se imprime á nuestras opiniones el
sello de la íespetabilidad y las acatan los demás hombres y es
cuando obtienen el aplauso de nuestra conciencia. (Aplausos.)
Q(ie la imbecilidad no es total, que cabe en ella desarrollos
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privilegiados de facultades aisladas, no lo digo yo, lo dice todo
el mundo.
Desde el mismo imbécil hasta la inteligencia mas esclarecida
afirman que la memoria es el talento de los tontos. ¿Pues q u é ,
no habéis oido lamentarse de falta de memoria á hombres que
la tienen sobresaliente, con cuyos lamentos arrullan su amor
propio, por la común creencia que establece cierto antagonismo
entre la memoria y el talento? ¿Pues qué, no habéis oido ó leí do un discurso de nuestro eminente tribuno Castelar, en que
alardeaba de su portentosa memoria, y es concebible siquiera
una ostentación tal, sin el convencimiento de que para sus
oyentes y lectores el gran desarrollo de la memoria implica insuficiencia de talento, debilidad de las facultades reflectivas?
Pues de otra suerte no se concibe que así se expresara nuestro
titán de la tribuna, y dicho está que la tribuna española puede
sin hipérboles suponerse la primera tribuna del mundo, la t r i buna divina, porque si Dios hubiese de hablar en nuestros dias
eligiera nuestra hermosa lengua y tomara carne y huesos en
el cuerpo de uno de nuestros primeros oradores parlamentarios. (Bravos y aplausos.)
¿Queréis hechos que depongan en favor de esta opinión?
Pues los os voy á citar. Gracholet cuenta de un imbécil de tan
portentosa memoria, que se sabia el Almanaque. Otro autor
cita otro imbécil que conocía todos los nombres de algunas letras del diccionario inglés de memoria. D. Luis Martínez Leganés, mi venerable Decano, D, José Palomino, distinguido médico del Hospital general, si la memoria no rae es infiel, y el que
tiene la honra de dirigiros la palabra, reconocimos á un empleado de la Biblioteca del Escorial, que tenia una memoria
portentosísiuia y sin embargo era imbécil.
Si se abriese una información para que los profesores de
Instrucción primaria, los catedráticos de Instituto, y aun los de
facultad mayor presentasen ejemplares notables de memoria,
de seguro que hallaríamos alguno que otro imbécil; yo por mí
sé deciros, que he tenido un discípulo imbécil y otro pensionista imbécil que habia llegado á estudiar segundo año de derecho. Trelat cita otro estudiante imbécil que traducía las mejores
obras de latin sin necesidad de Diccionario. Que hay emplea*
dos imbéciles todo el mundo lo sabe. (Aplausos.) No debo ex-
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traüaros, señores, porque para firmar la nómina no se necesita
un gran talento; basta con recordar cierto dia del mes. (Risas.)
No solo ofrecen los imbéciles excepcionalmente la memoria
muy desarrollada, si que á veces presentan órganos predominantes, como el del cálculo, de cuyo ejemplo cita Moreau á los
hermanos Mondesu, quienes ofreciendo portentoso desarrollo
de dicha facultad, jamás pudieron aprovecharla á los fines de
la vida, y esto se explica por incapacidad de los demás órganos
que no se prestaban á trasportarla allí donde pudiera ejercitarse y dar utilidad, como ocurriria con un atleta que estuviese parapléjico; en vano gozaría de sus grandes fuerzas musculares en los brazos, teniendo paralíticas las piernas, si para
hacer útil esa su gran fuerza, con los miembros abdominales
tuviera que trasladarse á distancias mayores ó menores; hace
además cita de un hábil constructor de violines, tan nulo y
pacato en todo lo demás, que cuando de su pueblo se trasladaba á París, distante de aquél unas horas, se hacia acompañar
de su mujer para cobrar y emplear el importe en diferentes cosas, pues desconocía hasta el valor de la moneda.
Es mas señores, ¿á qué extrañarse de estos ejemplos?. Si
aquí hay algún filarmónico que rae dispense, pero así lo atestiguan autores respetables: Mozart era imbécil, y si yo no creyera inferirle ofensa, citaría otro músico notable contemporáneo nuestro que es imbécil también.
Seguramente vosotros no extrañaríais que multiplicase las
citas de este género, pero sí os condoleríais de ello, porque el
criterio de analogía ilustra de tal suerte el asunto que no deja
al ánimo la menor duda. Los enanos y los gigantes representan los extremos de la talla corporal, como los imbéciles y los
génios son las estaturas extremas en el sentido mental; que
aquellos ofrecen desigualdades, faltas de proporción, lo sabe
todo el mundo; que esas organizaciones son defectuosas en el
sentido armónico, nadie lo ignora; el enano es comunmente de
cabeza exigua, pequeña y deforme como un membrillo, (Risas)
ó por el contrario de cabeza abultada, complanada ó prominente, de frente hundida ó insolentemente descarada, porque
avanza sobre la cara un kilómetro; en una palabra, es una
cabeza espaciosa y grande como una tienda de ultramarinos;
(Risas) su pecho hundido ó corcovado, angosto, estrecho ó
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REVISTA DE ANDALUCIA
cilindrico que parece una lombriz, sus piernas cortas como las
manos de un almiréz; en fin, á qué recargar mas el cuadro?
Examinad el conj unto y advertiréis esas imperfecciones que
saltan á primera vista.
Los gigantes, perdónenme los buenos mozos, también presentan sensibles deformidades y la desproporción se hace notar desde luego; el uno á pesar de su gran estatura tiene la
cabeza tan pequeña como esta campanilla y como ella terminada en punta; un hombro un piso mas alto que otro; (Risas)
ya son estrechos de pechos ó cargados de espalda, pero ¿á qué
molestaros mas? La naturaleza cuando se va á los extremos
pierde el tipo, el orden, la regularidad. Sobre esta materia y
otras mil, uos podria dar lecciones un eminentísimo catedrático que nos está oyendo y que seguramente, apoyarla con su
autoridad mis asertos.
Lo mismo, señores, que ocurre en el orden físico, pasa en el
órden intelectual y afectivo; las organizaciones extremas abundan en desigualdades, en desproporciones; ios imbéciles presentan algunos sentimientos, instintos ó facultades intelectuales sobresalientes, otras extremadamente rudimentarias; el n i vel medio de ellas ha de tomarse de la suma que ofrezca la
mayoría de facultades; los hombres notables en artes, que son
los gigantes en su género, presentan también órganos eminentemente desenvueltos, esplendentemente desarrollados al
lado de otros muy deficientes; los hombres grandes, hasta los
mas insignes varones en la esfera del saber, (y cuidado que
aquí ya se necesita mayor suma de capacidades para brillar)
también presentan alguno que otro órgano liliputiense; por
esto se ha dicho que ningún hombre grande lo es para su ayuda de cámara; los admiradores de las celebridades no ven mas
que aquellos órganos sobresalientes, mientras que el ayuda de
cámara vé los grandes órganos y los pequeños, y acaso se fije
preferentemente en éstos porque le mortifican mas.
No en vano se ha dicho también que no hay hombre grande
sin pero, comparándole con la mujer hermosa.
Creo haber demostrado invocando el criterio de la experiencia, el de la autoridad y el de la analogía, que lo de imbecilidad total es una mera invención ó cuando mas una entrega de
novela médica.
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Y ya que hablamos de talla, de la talla mental, de la talla
intelectual y afectiva, ¡talla tan difícil de medir! ¿por qué no
decir dos palabras acerca de este extremo interesantísimo? Para declarar útil un quinto el médico y solo el médico es perito;
para medirle tienen las diputaciones sus talladores ó peritos; si
se levantase el presidente de la diputación á decir, este sugeto
tiene tal talla porque á mí me lo parece, sus compañeros de
diputación, los mozos, el público y la opinión toda se indignaría y le pediría los títulos de su pretendida competencia; pues
para medir la talla intelectual y afectiva de un individuo,
para medir esa talla mental que se esconde en el interior de
nuestra conformación cerebral, que radica allá en las profundas
tenebrosidades de la conciencia, en donde solo se logra ver y
d i s t i n g u i r á fuerza de hábito y de observación, como logra
distinguir en la oscuridad el cautivo encerrado en lóbrega
mazmorra ó el presidiario en oscuro calabozo, para ver en las
tenebrosidades del entendimiento humano no se necesita estudiar, no se necesita observar, no se necesita hábito y costumbre de recojer hechos análogos ó idénticos, nada, absolutamente nada; puede un simple particular ó un particular simple,
(Risas y grandes aplausos) pudiera muy bien este particular
penetrar en el salón, medir con sus ojos que no ven, porque señores ¿á que ir con ambajes? nosotros los médicos, y solo los
médicos y aun no todos, tenemos esa aptitud; nosotros, y solo
nosotros tenemos la medida, la marca de esa altura, y sin embargo, llega aquél, mide ó mejor dicho aparenta medir, sale y
dice al público ¡útil!., ¡útil para el patíbulo! (Profunda sensación.)
¡ Ah! señores, esto me causa espanto, yo me estremezco de pavor! ¡Pobres imbéciles cuya razón naufraga tan fácilmente!
Naves construidas para flotar en las tranquilas aguas de un estanque, que cuando salen á alta mar al menor soplo del vendabal naufragan, al empuje del oleaje de las pasiones se vuelcan! ¿Qué será de vosotros, infortunados locos? Buques de mas
alto porte, que tenéis imperceptible hendidura en el casco, escondida abertura por donde penetra el agua, ¡cómo ha de conocer la causa de vuestro naufragio el que á distancia os mira,
el ignorante que os contempla! Ya los sabéis, médicos frenópatas, médicos todos que hayáis hecho algún estudio y tengáis
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REVISTA DE ANDALUCIA
alguna práctica en enfermedades mentales; después do tantos
siglos de atesorar observaciones, después de tantos y tan porfiados trabajos, después de tantos, tan penosos y prolijos estudios, el saber que encierran todas esas vuestras obras clásicas,
los progresos que llevan en sus columnas todas vuestras revistas y periódicos científicos, las observaciones que hayáis recogido en vuestra penosa carrera, todo, absolutamente todo es
inútil, todo, todo es impávidamente arrojado por la ventana.
(Grandes y prolongados aplausos.) Si esos hombres preclaros
cuyos nobilísimos títulos se ostentan en cada una de las obras
que inmortalizaron su nombre se vieran de esa suerte menospreciados, rasgaran las hojas de sus libros y aventaran sus
propias cenizas; y vosotros los que hoy ejercéis ó mañana os
habéis de honrar con nuestro título, nada significa tampoco el
saber médico probado, nada la experiencia adquirida á costa de
largos años, nada el tino y tacto logrados á costa de grandes
sacrificios; vuestro premio es el desdén, el menosprecio, pero
no.... nuestra recompensa está mas allá. (Grandes y prolongados aplausos.)
Mas dejemos, señores, á u n lado este asunto; y puesto que he
de dar todavía algunas conferencias sobre el particular, permitidme que haga algunas meras indicaciones interesantes no
ya á los que por insuficiencia cerebral dejan de alcanzar el n i vel normal del hombre, origen de su responsabilidad, sí también á los que habiendo conseguido ese grado de desenvolvimiento intelectual y afectivo, pierden accidentalmente su l i bertad moral.
Nada, señores, mas chocante, nada mas sorprendente, nada
que hiera tanto la inteligencia del hombre pensador y que sobrecoja el corazón del hombre honrado, como la contemplación
de algunos séres infortunados que viviendo en los manicomios
ofrecen todas las apariencias del hombre sano, del hombre responsable: visten como nosotros, con nosotros conversan; en la
mesa, en el paseo, en la tertulia, en el pensar, en el sentir, en
el ejecutar, en todo se acomoda á la vida de razón, si no herís
la exigua esfera de sus aberraciones. ¡Considerad que aquellos
hombres están locos! ¡qué pena! Y sin embargo, la verdad es
que entre los enagenados, ningunos mas difíciles de tratar,
ningunos mas difíciles de curar. Guislain, el mas sábio y el
LOCOS QUE NO LO PARECEN
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mas humanitariamente reformador de los módicos belgas, lo ha
dicho: «El monomaniaco tiene la máscara, las apariencias todas del hombre cuerdo.» De ahí, señores, la muy lamentable
frecuencia con que se confunden estos desgraciados con los
criminales cuando realizan algunos de esos hechos que hacen
estremecer la conciencia humana, y no creáis que esa semejanza es superficial, no; aun profundizando todavía mas, estudiando analíticamente su inteligencia, notareis que cuentan detallada y cronológicamente bien los hechos y los interpretan con rectitud, que los enlazan lógicamente; que sienten y juzgan moraimente en la esfera de la mayoría de los
afectos; mas allá, un poco mas allá, hay una en donde todo es
desbarro, todo desórdeo, todo locura, el punto de su afección
mental, la lesión que la presta su apellido. Ya comprendereis
que no poseyendo cierta ilustración frenopática, que no hablen*
do logrado cierta práctica, es fácil á pesar de una y otra observación, estudiar á estos enfermos sin apercibirse de su dolencia mental, las monomanias.
Y crecen de punto las dificultades, cuando sobre lo exiguo y
reducido de la lesión, poseen los enfermos, como harto frecuentemente ocurre, el dón del engaño, de la hipocresía, de la ocultación» No puedo en estos momentos separar de mi memoria un
enfermo de mi establecimiento que habia ingresado creyéndose príncipe de la casa de Borbon, que habia ido perdiendo sus
grados á medida que mejoraba, hasta llegar al de sargento segundo de artillería cuyo cargo tuvo real y positivamente on el
ejército, y que á pesar de este regreso á la razón en el aminoramiento de su personalidad militar, y ofrecer en sus palabras
y en sus obras las apariencias de la cordura, cuando se separaba de mi presencia ó de los empleados de mi establecimiento,
volvía de nuevo á sus delirios de grandeza y de presunción.
¡Qué ejemplo tan elocuente para los profanos! Conducirse en
presencia mía con modestia y cortesía extremas y á los pocos
momentos, ausente yo, asegurar que era feldmariscal de Austria, general de España y quien sabe cuantos títalos mas. Uu
distinguido ingeniero naval que visitaba á la sazón mi establecimiento por tener en él un hermano queridísimo y no menos distinguido, pudiera daros cuenta de estas inconcebibles y
voluntarias transiciones.
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REVISTA DÉ ANDALÜCIA
Contestadme con franqueza, ¿pueden estos enfermos ser diagnosticados por un profano? ¿No es verdad que necesitan algo
mas que un profano, un médico? Y aun á veces, no ya un m é dico consagrado á las enfermedades comunes, sino especialista, frenópata.
Mas imaginaos que no se trata de una monomanía ambiciosa, religiosa, de persecuciones, etc.; es una monomanía que requiere sobre todo al principio ó en la edad última, de grandes
estímulos para revelarse, al principio porque ia enfermedad no
alcanzó todavía gran desarrollo, en la senectud porque el empobrecimiento, la falta de vigor del cuerpo, (si me permitís la
expresión) no responde pronta y valientemente á los mandatos
del órgano enfermo; tras de uno ó varios atontados contra ei
pudor es conducido á la cárcel un sujeto; la disminución de los
excitantes exteriores, la carencia de bebidas alcohólicas y condimentos irritantes, el aislamiento, la contemplación de su
situación carcelaria y la ausencia sobre todo del acicate que
hacia saltar su desenfrenado apetito genésico, la mujer, excitante especial y específico del estro venéreo, le sumen en una
depresión que no experimenta puesto en medio de todos esos
excitantes y ai choque de poderosos estímulos. ¿Es posible,
señores, que un hombre desconocedor de nuestro juego funcional patológico resuelva tan árduo problema? ¿Qué significa
para el profano el que este sugeto tenga un cáncer en el teste,
un foco irritativo en los puntos circunvecinos, ascárides en el
recto, etc., ó si se trata de una mujer que sus ovarios... que su
matriz padezcan; pero á qué molestaros mas? Si gran distancia
separa los órganos genésicos de la mente, alcázar de la razón,
¿cómo ha de ver las relaciones, proximidad é íntimas y recíprocas influencias de ésta sobre aquellos el profano? Aunque á
decir verdad es muy vulgar la creencia de que los órganos secsuales y la razón están sometidos á un juego de bolsa, cuya
alza y baja alternativas están ya inscritas en el registro de las
debilidades humanas. (Risas.)
Si la enfermedad genésica radica en un imbécil, débil esclavo al servicio de cruel negrero, entonces solo los médicos frenópatas podrán aquilitar los grados de servidumbre y de responsabilidad moral que le restan á este desgraciado. (Sensación,) E l tiempo avanza y yo me canso; quería hablaros de la
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gran predisposición que tienen los imbéciles á las monomanías, á las excitaciones maniacas, y otros trastornos mentales;
pero vá á espirar la hora, y toda vez que he de ocuparme de
esta materia en otras conferencias, permitidme que me contente
por ahora con referir algunos hechos interesantes á mi tesis,
que forman una variedad de monomanías todavía no clasificadas en la ciencia, pero que ni son muy raras, n i dejan de interesar á los magistrados.
Baillarger publicó en los Archivos clínicos de enfermedades
mentales la siguiente observación: Mr. X . , de edad avanzada,
esperimentó desde los primeros años de la pubertad, cuando
iba al teatro, el deseo vehemente de saher todo lo que tenia relación con las actrices que habia visto; hubiera querido averiguar el lugar del nacimiento, edad, posición, costumbres, g é nero de vida, etc., etc. En la categoría solo de los deseos vehe mentes podrá en Francia ser rara esta observación; pero lo que
es en España y sobre todo en Madrid, nó; aquí hay una caterva
de danzantes, que cuando ven una suripanta líb se contentan
con todo eso; quisieran algo más.
Decía, señores, que el enfermo citado por Baillarger sentía la
necesidad de averiguar la historia de las actrices; mas tarde el
deseo se trueca en idea dominante, fija, y se extiende á las mu jeres bonitas, en lo cual no demostraba gran locura; ses altera
muy luego mas su mente; ya para salir á la calle necesita que
le acompañe una persona, y cuando se encuentran con una mujer bonita se lo pregunta al criado, quien le dice uniformemente y en todos los casos «no lo és», y el enfermo queda contento y prosigue tranquilo su camino. Baillarger es uno de los
mentalistas mas notables de Europa, presidente de la Sociedad
médico-psicológica de París, en cuya notable obra didáctica
abundan hechos análogos.
Por mi parte podría citaros otros de esta índole no menos notables, que caso de extrema necesidad quizá se prestarían á
comparecer donde conviniera á la justicia humana, hechos que
interesa divulgar, porque sin debida preparación, sin algo igual
o análogo por nuestro entendimiento recogido anteriormente,
los recibimos con dudas, con recelo. Conservo en mi poder la
nota de un médico militar escrita de su puño y letra, redactada
por él y muy bien redactada, con un trastorno mental, cuyo
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5
34
REVISTA DE ANDALUCÍA
síntoma dominante era la acefalia ó falta de cabeza «tras de un
período de excitación, dice, durante el cual me sentía impelido
á realizar atentados contrarios á mi conciencia; después de una
lucha porfiada y cruel, caí en el colapso y bajo el peso de esta
situación surgió en mí la idea de que tenia hueca la cabeza;
mas tarde estaba desprovisto totalmente de ella, luego he m i rado con envidia á los demás y hasta he sentido deseos de arrancársela; en esta calle, me decia, frente á la botica hace poco
he esperimentado dicha impulsión.»
Pasemos á las locuras transitorias; ya no es una enfermedad
que con paciencia y observación podréis sorprender, acaso no
se presente ya mas; es una tromba que todo lo arrolla, lo sepulta ó arranca de cuajo; el desgraciado enfermo se convierte
en una máquina infernal, en un producto del averno que incendia, destruye, hiere, mata, destroza ai cadáver, magulla y esparce sus visceras; el hombre deja de ser hombre, es el génio
de ia muerte y de la destrucción que lleva tras sí el terror y el
espanto.
¿Quién sinó el médico es capaz de resolver la influencia que
la epilepsia, la supresión de una hemorragia ó la frenética pasión del eretismo genésico han podido ejercer en estos autores
de horrendos atentados?
Un honrado padre estaba trabajando en sus viñas, junto á él
su esposa y su hijo mayor, á poca distancia tres mas pequeños?
en medio del trabajo se vé sorprendido por un vértigo, levanta la azada, se dirijo hácia su mujer y la descarga formidables
golpes, mata á su hijo mayor, luego acomete con sin igual f u ria á los otros tres y los mutila despiadamente. Y todavía señores, ¡yo me estremezdo cuando pienso en ello! todavía vá buscando el magistrado en la herencia ¡en la posibilidad de gozar
la herencia de su mujer y de sus hijos! la causa moral de esta
horrenda hecatombe. ¡Qué tortura! ¡qué desgarrador tormento
no esperimentaria aquél padre ya lúcido al verse acusado de
asesino de su mujer é hijos por heredarles! No lo olvidéis, vosotros los que sois padres, imaginaos, víctimas de una tremenda é inconcebible acusación; la muerte, mil muertes serian preferibles á estos bárbaros y crueles tormentos: ¡la humanidad
debiera sentirse ultrajada en estas inquisitorias! (Profiinda
sensación.)
LOCOS QUE NO LO PARECEN
35
Todos los países de Europa tienen Sociedades protectoras de
los animales, y sin embargo, al menos que yo sepa, el hombre,
mas necesitado de proteccioo, carece de sociedades que le amparen: para impedir las vivisecciones, cuando acaso al corte del
neurotomo surja la luz del pensamiento, se congregan los hombres para defender al animal; sin embargo, no nos asociamos
los hombres para defender á nuestros semejantes de esos animales que le mutilan con sus vivisecciones! (Aplausos.)
¡Oh señores! que infamia, prohibir las vivisecciones fisiológicas, las vivisecciones orgánicas, y no impedir con formales
protestas, con gritos de indignación las vivisecciones psíquicas.
¡Proscribís los tormentos físicos para inquirir la verdad, y aplicáis despiadados el tormento moral. Los que á cada momento
aparentáis estremeceros por leve vivisección en el cuerpo, y
protestáis de sagrado respeto al espíritu, abusáis torpemente de
las vivisecciones morales, de las vivisecciones de la conciencia!
(Grandes aplausos.)
Para terminar, señores: ¿existen todas esas formas mentales?
Si existen ¿son locos todos esos desgraciados que no lo parecen?Lo son. Cuando informéis,cuando se os pida dictámen,dadlo con arreglo á vuestra conciencia y á la ciencia que honradamente profesáis; y en los tiempos venideros, cuando del fondo
de la posteridad surja la Frenopatia pidiéndoos estrecha cuenta
de vuestros actos y os diga ¿qué hicisteis de aquellos infelices
sujetos á vuestra observación, fiados á vuestro dictámen? contestad: «nosotros cubrimos su cuerpo con el augusto purpúreo
manto de la irresponsabilidad; otros rasgaron sus vestiduras;
otros aherrojaron sus miembros con la cadena del presidario;
otros rasgaron sus carnes, y otros entregaron sus cabezas á la
segur del verdugo.»
CANTARES
POR
A N T O N I O LUIS C Á R R I O N .
Llorad, tristes ojos mios;
que el llanto las penas calma
cuando las desdichas vienen
y se van las esperanzas.
¡Que mengiiados espíritus
son aquellos que tienen
para el débil orgullo,
sumisión para el fuerte!
Si se salvan los hijos
cuando las madres rezan,
¡pobre de aquel que muere
sin madre y sin creencias!
¡Nada esperanzas me dá..
y todo tu fé sostiene!
¡Tú eres un alma que viene:
yo soy un alma que vá!
GOCES TRANQUILOS
POR
T E O D O R O R O D R I G U E Z DE L A T O R R E .
En la extensa llanura que hay en Castilla
con el nombre de Campos, yace una villa
donde yo v i del mundo la luz primera
y en la cual mis despojos dejar quisiera.
Riégala un arroyuelo, que fuera un rio
sin los grandes calores que hay en estío,
donde yo me entretengo pescando á veces
barbos, tencas, anguilas, ranas y peces.
Mas de doscientas casas de anchos corrales,
como se usan en pueblos de agricultores,
son los templos que guardan castos amores
y respiran costumbres patriarcales.
Tres torres en su radio, del pueblo atletas,
desafian al viento, fuertes y ufanas,
y señalan al cielo con sus veletas,
y hablau al sentimiento con sus campanas.
En el medio del pueblo, un puro cielo
que del orto al ocaso claro sol baña.
38
REVISTA DE ANDALUCIA
tengo yo una casita, para mi anhelo
la casa mas bonita que hay en España.
Allí está el santuario de mis amores,
y en ella, como muestra de eternos lazos,
un buen padre me espera, que mis dolores
calma con la ternura de sus abrazos.
Allí, grata, me llama la Noche-buena,
y en el hogar me guarda paz y ventura,
vida dulce, tranquila, de goces llena,
de recuerdos sembrada, inocente y pura.
En los dias hermosos de vacaciones
en que dejan sus libros los estudiantes,
anhelando tan solo las diversiones
al lado de los séres caros y amantes.
Yo anhelo ver el pueblo donde he nacido,
y respirar sus áuras, paras, galanas,
y contemplar la cuna que me ha mecido,
y dormirme al abrigo de sus solanas.
Oir de aquella gente quiero el murmullo
que al saber mi llegada se escache á coro,
y soñar mil placeres al grato arrullo
de la amorosa frase del bien que adoro.
Y á mi padre, á quien amo y él es mi gloria,
estrechar en mis brazos con firme anhelo,
y hallar en cada objeto grata memoria
de mi madre querida que está en el cielo.
Veré de los labriegos, francos y rudos,
la sencilla y sin dolo dulce alegría
agobiándome al peso de sus saludos
que aunque abruman, encantan el alma mia.
Veré con regocijo los pátrios lares,
rodeado de gentes jamás extrañas
GOCES TRANQUILOS
que las tiernas historias de los hogares
me cuenten, al chasquido de las castañas.
Y en llegando la noche de Noche-buena,
cubierta nuestra mesa de albos pañales,
por colación tomando sencilla cena,
con arreglo á costumbres inmemoriales,
Partiré con mi padre ricos turrones
y castañas y nueces y uvas sin tasa,
olvidando mis penas con libaciones
de sabrosos licores hechos en casa.
Y un recuerdo guardando para mi madre,
porque goce en el cielo la gloria eterna,
unida al alma mia la de mi padre,
á Dios elevaremos plegaria tierna.
Y de la antigua casa do hidalgo mora
hasta la humilde choza de fiel vasallo,
reinarán los placeres hasta la hora
de la misa que llaman misa del gallo.
Allí, mi voz mezclando con los cantores,
entonaré al Dios Niño tiernos cantares,
y depondré mis penas y mis dolores
al pié de sus sencillos, bellos altares.
Y escucharé ol sonido de panderetas,
y oiré de las zampoñas el tosco ruido,
y el alegre repique de castañetas
con que se honra en el campo al recien nacido.
Y escucharé el son grave de las campanas
que los chicos alegres doblan á vuelo,
y, al órgano siguiendo, claman ufanas
celebrando la dicha que tuvo el suelo.
Y habrá baile en la plaza; y allí las bellas,
su juventud luciendo con sus primores,
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REVISTA DE ANDALUCIA
gozarán escuchando dulces querellas
ó enviando sonrisas llenas de amores.
Y de mozos y mozas la turba ufana,
en la plaza forjando vivo corrillo,
bailará sin descanso tarde y mañana
del tambor y la gaita al compás sencillo.
Y habrá gozo y murmullo, risa y jarana,
luciránse aquel dia los ricos trapos,
y echaremos la casa por la ventana,
gordos, limpios, alegres, frescos y guapos.
¡Dulce dicha del alma jamás cumplida!
¡Dios me dé para siempre tanta ventura!
¡Dios me dé que en mi pueblo pase la vida
y en él hallen mis huesos la sepultura!
¡Dios me dé que allí pase la Noche-buena,
y mientras en el pecho dure el aliento
que pueda yo mi vida, de goces llena,
con la mujer que adoro pasar contento;
Y á mi padre, á quien amo y él es mi gloria,
estrechar en mis brazos con firme anhelo,
y hallar en cada objeto grata memoria
de mi madre querida que está en el cielo!
Diciembre del 79.
ESTUDIOS
DE
L I T E R A T U R A CLASICA ROMANA
por el profesor de esta asignatura
DR.
Á. GONZALEZ G A R B I N .
SOBRE LA VIDA Y EL TEATRO DE PLAUT0( 1
í
Entre los autores de la Literatura clásica de la antigua Roma es el poeta dramático Maccio Planto (1) uno de esos génios
de primera magnitud cuyas creaciones logran la envidiable
gloria de producir perpétuamente el regocijo de cuantos aman
las maravillas deleitadoras del arte. Mientras del inmenso repertorio de obras dramáticas, así griegas como latinas, que lograron ser representadas en la escena ateniense y en la romana, apenas se ha salvado del naufragio del tiempo un número
(1) Ritschl y Hertz, siguiendo el palimpsesto de Milán,
sostienen que el nombre de este poeta es Maccius y no M . Accius como se le ha llamado generalmente.—Nosotros seguimos esta opinión llamándole Maccio Plauto, como lo hacen en
la actualidad los mas acreditados clasicistas alemanes y franceses. (V. Teuffel, Bernhardy, P. Alberts, en sus obras de Hist.
de la Lit. latina.)
TOMO
xx
4Ü
REVISTA DE ANDALUCIA
reducido, y mientras de muchos y afamados poetas del generó
cómico apenas se nos han conservado los títulos de los dramas
que les granjearon en su época reputación y fortuna, el popularísimo poeta Piauto gozó la noble satisfacción de ser frenéticamente aplaudido y coronado por sus contemporáneos, los ásperos conciudadanos del severo Catón, y la gloria insigne de
que su memoria y sus escritos hayan seguido ejerciendo una
eficaz influencia á través de los siglos. Eepresentábanse sus
comedias en tiempo do Dioclociano; sobrevivieron á la ruina del
Imperio; triunfó el encanto de sus fábulas de la ruda barbarie
déla Edad média, siendo puestas en escena, según cuentan las
Crónicas, hasta mediados del siglo X V ; se han imitado en todas
las modernas literaturas los caractéres que supo dibujar aquel
génio vigoroso con tanta verdad y colorido, embelleciéndolos
con gracia inimitable su alegre vena franca y comunicativa; y
por una singularidad, notable en la historia de las letras, el que
supo ganar laurelesinmarchitables en la antigua escena, los ha
conquistado también en la moderna, arrancando aplausos en
las márgenes del Sprée, en 1844, como ha dos mil años los
conquistaba bajo los muros del Capitolio. (1)
(1) Sus comedias fueron estudiadas y comentadas por los
hombres mas doctos, y constituyeron la delicia de Cicerón, y
resistieron á las revoluciones de la moda y del gusto, y después de haber divertido á los libres romanos del siglo V I , fueron aplaudidas algunos siglos adelante bajo la esclavitud del
imperio.... Bomanelli en su Viafe d Pompeya habla de una
tessera ó contraseca de entrada,—hallada entre las ruinas del
teatro de la Ciudad sepultada por la lava del Vesubio,—que dice: Cav, I I , cun. I I I , grad. V I I I , CASINA PLAUTI. (A. Vaunuci.
Stíi-di sulla letterat. latina.)
En el dia 5 de Mayo de 1844 fueron representados, en Berlín, Los Cautivos, de Piauto, en la lengua original, por los estudiantes de la Universidad, en presencia del Rey y de los P r í n cipes y ante un auditorio compuesto de hombres de Estado, de
literatos y de artistas. Las decoraciones reproducían una calle
y una plaza de Pompeya; los trages, de la mas exacta verdad,
"fueron regalados por eí monarca, sirviendo de intermedios odas
de Horacio, puestas en música por Meyer Beer. Esta magnífica erudita representación produjo un efecto sorprendente. Véase A. F.t Notici sur la Vis etles Onvrnges de Plante. (Callee(.ion iV?'5ffr^—Theatre complet des Latius.)
LITERATURA CLÁSICA ROMANA
43
Ea el año 529 de Roma (224 ant. Chr.), bajo el consulado de
aquel altivo Flaminio á quien venció el valeroso Aníbal en la
batalla de Trasimeno, nació en Sarsinia, en la Umbría, el poeta
popular á quien tal vez, al decir de Festo, le dieron el nombre
de Piauto (Plautus,) dyecltim planitie, por la anchura de sus
piés, por cuya cualidad parece que apellidaban ploti ó p l a u t i á
todos sus compatriotas.—En aquellos dias de gran ansiedad para el pueblo romano, en los que paseaba el Cartaginés victoriosas sus legiones por el codiciado suelo de Italia, poniendo
pavor en el ánimo á la orgullosa Roma, entraba por las puertas
de la Ciudad eterna el jóven umbrío que, aunque venía á la v i da en dias de luto y abatimiento para el pueblo romano, debia
amenizar en breve plazo con sus alegres dramas las fiestas
triunfales de los Marcelos y de los Escipiones. El deseo de hacer fortuna, utilizando sus talentos, le condujo á Roma, donde
se consagro á escribir comedias, que vendia á los ediles para los
juegos ó fiestas públicas, siendo representante de sus propias
obras, como lo fueron Shakspeare, Rueda, Moliére y tantos
otros en lo antiguo y en lo moderno. Sonrióle primero la fortuna y enriquecióse en poco tiempo, pues desde la edad de 17
años, en que comenzó su carrera con el estreno de Los MenechmoS) debieron seguir logrando sus piezas éxito sorprendente.
Parece que quiso aumentar por medio del comercio el espléndido caudal que habia adquirido con el arte: especulaciones
mercantiles que ocasionaron su ruina, viéndose precisado á hacerse esclavo y á dar vueltas á la rueda de un molino. La servidumbre no apagó la llama de su génio, y es fama que en s i tuación tan precaria compuso algunas de sus inmortales producciones, explicándose por el hecho incuestionable de su desgracia (que la vida de un poeta deja una huella profandaen sus
escritos) el conocimiento perfecto que revela, en algunas de
estas piezas, de las ínfimas clases sociales de Roma. Su numen
poderoso le devolvió al cabo su libertad y su fortuna, dedicándose de nuevo al teatro, en el que siguieron obteniendo
triunfos grandiosos sus preciosas innúmeras fábulas dramáticas. (1) Del gran repertorio cómico de este poeta, adorado del
(1) Háse dicho que compuso hasta 120 comedias, Pero los
críticos convienen en que engrosarían este número obras e v i -
44
REVISTA DE ANDALUCIA
pueblo, sólo veinte piezas han llegado hasta nosotros; pero las
bastantes para darnos á conocer el ingénio, la sal y exquisita
vis cómica de Planto. Murió el poeta de la Umbría en el año
570 de Roma, cuando aún contaba nueve afios el después celebrado Terencio, digno continuador de la gloriosa carrera de
Plauto. Nuestro poeta se compuso un epitafio, como Nevio y
como Ennio, en el cual se dice que después de la mueHe de
Plauto, la Comedia llora, la Escena queda desierta, y la Risa,
los Juegos, las Gracias, la Poesia y la Prosa derraman d la
p a r copiosas lágrimas ( l ) .
dentemente aprócrifas.—A ocasionar esta superchería literaria, contribuyó la misma popularidad de Plauto, que llevó sin
duda á escritores oscuros á poner el nombre del gran poeta al
frente de las producciones de ellos. Varron contaba como comedias plautinas auténticas solo 21, de las cuales han llegado
20 hasta nosotros. Las comedias de Plauto se dividen en dossé«
ries: la una comprende las 8 únicamente conocidas hasta el
año de 1430. El Anfitrión, Asinaria, Anlularia ó la Marmita,
Los Cautivos, Curculio ó el Parásito, C¿m*%¿óPa Suerte, GisteTíaria y Epidicus.—LB.s doce restantes, descubiertas en el s i glo X , se hallan en un estado de conservación inferior á las
primeras, abundando en ellas las mutilaciones ó interpolaciones. Sus títulos son: Bacchides, MenecTimi (los Hermanos gemelos), Mostellaria, Miles gloriosus (el Soldado fanfarrón),
Mercator (el Negociante), Pseudóliis (el Impostor), Pcenulus
(el Cartaginesillo), Persa Rudens (el Cable), Stichus Triwummus ó el Tesoro escondido, Truciüentus ó el Grosero. Estas
comedias y la Vidularia de la que sólo se conservan unos pocos
versos, componen las veinte y una del número varroniano*
Los manuscritos de Plauto, que se conservan en las Bibliotecas de Europa, derívanse todos al parecer, de una misma fuente. Sin embargo, el manuscrito de la amlrosiana de Milán, y
los dos que se encuentran en Eoma y en Heidelderg pueden
considerarse como los mejores, y deben servir de base á toda
restauración fiel y auténtica, que se pretenda hacer del texto
mismo. JBaehr, GfescMchte der romisch, liiter. (trad. ital.)—
Teuffél, iden; Paul, Aldert, Histoire de la litter. romaine.—
A. Vannuci, Studi, etc.
(1)
Postquam morte captu'st Plautus, C o n i d i a lugetr
Scena est deserta: dein Risus, Ludu4, Jocusque,
Et Numeri Innumeri simul omnos colíacrumarunt.
k. Gelio, I , 24 dice: Epígramma Plauti, quod dubitassemus
an Plauti foret, nisi á M . Varrone positum esset in libro de
LITERATURA CLÁSICA ROMANA
45
II.
Cuando Plauto hizo representar su primera obra, aun no habian trascurrido veinte años desde que Livio Andrónico, aportando á la bárbara Italia las artes de los griegos, habia mostrado á los romanos él primer bosquejo de una fábula cómica. Los
romanos venían celebrando de antiguo juegos públicos, que
duraban cierto número de dias, el último de los cuales se consagraba por lo regular á los juegos escénicos; mas estas diversiones teatrales no consistieron por mucho tiempo sino en danzas y ejercicios de destreza y de fuerza, á los cuales solian mezclar improvisaciones cómicas y cantos dialogados, tales como
las groseras canciones corales fescenninas de las cuales surgió
una especie de farsa ó comedia, que, por ser una mezcla de
metros y de asuntos diversos sin unidad y sin acción, recibió el
nombre de satura: diversión cómica á la que se asoció mas tarde otra especie de f a r s a itálica llamada atellana: primeras tentativas dramáticas, que pudieron servir de fundamento á un
teatro verdaderamente nacional en la antigua Roma, si, al despertarse en ella el gusto por las artes y por las letras, no se
hubiera puesto súbitamente en moda el artístico drama griego, atrayendo hácia sí toda la atención de los romanos, haciéndose dueño casi único de la escena: cautivando de tal manera á los romanos aquella novedad en las fiestas teatrales, que
levantaron una estátua en señal de admiración al poeta extranjero, que arrojaba en el suelo romano aquel fecundo germen de
cultura.
En efecto, grande fué la trasformacion que se operó, ai copoetis primo. Acerca de la vida de Plauto pueden consultarse: A Qellii, Noctes atticm, I , 24: I I I , 3 . — Z P h . Parei, D i s sert, de Vité, ooitu et scriptis Plauti (en su edición);—Lessmgt Sobre la Vida y las otras de Plauto, en los «Apuntes para ía Historia del Teatro» (en alem.) Stuttg. 1750;—JRoquefort,
Dissertation sur Plaute et ses ouvrages, en la Enciclop, de
Millin, 1815;—/. Natidet, JSur la Vie et les Omrages de Plaute, (delante de su traduc. francesa), en la Collection Panckouke: París, 1831;—y A . Francois: Noiice sur la Vie et les Ouvrages de Plaute (Collect.—Nisard—Theatre des Latins): París, 1856.
46
REVISTA DE ANDALUCIA
menzar el siglo V I , en las ideas, en los gustos y en las costumbres de los romanos-, pero de todas las importaciones helénicas de este período ninguna fué sin duda tan popular como
la comedia, género dramático que alcanzó mas fortuna que la
tragedia griega, porque las condiciones literarias, políticas,
religiosas y sociales, que favorecieron en Atenas el desarrollo
de la literatura trágica, fueron enteramente nulas en la positivista Eoma. La comedia aristofánica política fué ensayada
por Névio; pero el valiente poeta vino á pagar con la cárcel y
con el destierro los acerados tiros, que habia osado arrojar desde la escena al altivo patriciado.
Los escritores dramáticos romanos tuvieron que abandona?
aquella senda erizada de punzantes espinas; y , dejando á un
lado el noble ardimiento de la libre comedia antigua ática, tomaron por modelos á los poetas cómicos de la Grecia esclava,
á los autores de la media y de la miem comedia: á Menandro,
á Demófilo, á Dífilo y á Filemon. El mismo Plauto lo declara
íenninantemente en algunos de sus prólogos.
¿Y cuál era el carácter de la nueva comedia de la Grrecia?—
Después de haber perdido su antigua libertad política el tea •
tro ateniense, habia tomado un carácter mas psicológico; los
tipos generales habían reemplazado á las antiguas caricaturas
de los individuos; la pintura de los caractéres era menos viva,
pero mas profunda; la composición del drama mas regular,
el diálogo mas mesurado, mas natural; la musa de la comedia no hablaba ya á aquella muchedumbre ateniense móvil y
apasionada, que aplaudía y silbaba en la cavea á sus oradores
y á sus generales; sino á un público mas reservado, mas civilizado, aunque mas corrompido, y sobre todo mas excéptico,
que solo buscaba en el teatro el recreo y el pasatiempo. Sucedía esto en la época de las grandes expediciones de Alejandro;
el estrecho patriotismo de los antiguos se habia trasformado
en un cosmopolitismo universal, las barreras artificiales, en
una palabra, caían de todos lados. En la comedía, imagen viva
de la vida íutima de los pueblos, debía revelarse la fusión general hácia la cual se sentían arrastrados todos los espíritus:
los padres mostrábanse caraaradas de sus hijos mas bien que
sus señores; entre el dueño y el esclavo comenzaba á establecerse una especie de igualdad; lo que hoy llamamos la vida del
LITERATURA CLÁSICA ROMANA
47
rnunflo empezaba á existir en la sociedad antigua, pues las ca.
sas de las hetairas eran centros de reunión de artistas y de filósofos, de políticos y de ricos negociantes. El vicio elegante y
gracioso, el refinamiento y la molicie, en suma, penetraban en
las costumbres fielmente retratadas en el teatro de la épocaY para dar al cuadro un dulce claro-oscuro, el pintor de aquellos tipos, tan gratos para el público, de la elegante cortesana,
ó de la meretriz impúdica, del viejo gruñón, avaro ó libertino,
ási joven calavera, del amante apasionado, del esclavo enredador, presenta al lado los ridículos caractéros del servil mísero
parásito, del odioso mercader de esclavas (el leño), del obeso
comerciante extranjero inflado< porque cree que todos le adoran y le envidian su riqueza, del militar f a n f a r r ó n especie de
mata-moros ó de perdona-vidas de aquellos tiempos, y de otros
varios tipos de la época, por to lo extremo risibles y á veces
hasta odiosos y repagnantos.
Tales fueron los héroes de la comedia nueva de los griegos,
tal los modelos esencialmente áticos, que el gran genio de
Planto quiso introducir en Roma, y que hallamos de mauo
maestra y con entonación vigorosa reproducidos en sus dramas.
Pero, aunque el poeta romano fué imitador de los griegos,
sería un absurdo creer que perteneció al rebaño servil de imitadores (imitatores, servum pecus!) de que tan graciosamente
se burlaba siglos después el satírico latino. Piauto no fué un
traductor literal de las comedias griegas: el cómico de Umbría
tomaba los personajes y los argumentos de las comedias griegas y ios acomodaba con notable originalidad á los usos y costumbres romanas, como los autores de los teatros modernos han
hecho arreglos de los dramas antiguos clásicos á las costumbres y gustos de la sociedad mordena. (1) Piauto pone el lugar
( l ) Las comedias plaittinas han servido de modelo á m u l titud de piezas del teatro moderno de Europa. El Anfitrión ha
tomado carta de naturaleza en el teatro moderno merced á Villalobos, Piareta, Rotrou, Ludovico Dolce, Boccacio, Moliére y
Dryden, traductores unos é imitadores otros de esta notable
tragi comedia, como la denomina Piauto;—Voltaire elogia la
imitación hecha por Rotrou del bello drama Los Cautivos;—
la comedia de carácter Avlularia ha servido de modelo á la
48
REVISTA DE ANDALUCIA
de la escena en ciudades extranjeras: en Atenas, en Epidauro,
en Thebas, en Calidon, en Efeso, en Cirene; como dá nombres
griegos, sérios ó cómicos, á sus personajes: á un viejo lo l l a ma Antifon (Contradictor—D. Gruñón), á cierto parásito le dá
el nombre de Artotrogus (Traga pan ó Ganapán), un anciano
acaudalado y generoso de la Aulularia se llama Megadoro (Dadivoso—D. Rumboso) como al protagonista lo denomina En~
dion (De buena fama—D. Pobre hombre).—Pero á pesar de este ropaje griego que cubre su comedia, y á pesar de que el
pensamiento y la trama, los argumentos, los toma de los poetas cómicos de la Grecia, en el teatro de Planto late el espíritu
de Roma, las ideas, los usos, las costumbres romanas: los pretores administran justicia en Atenas ó en Cyrene con arreglo a
la Ley decenmrál de las Doce tablas, n i más n i menos que en
el F u m m de Roma; los comicios centuriados deciden las sentencias capitales; los padres gozan de absoluto imperio sobre
sus hijos; los dioses de Roma inspiran á sus ciudadanos; en la
Atdularia deposita el viejo avariento la marmita de su tesoro
en el templo de la Buena F é , y un esclavo invoca á Laverna,
protectora délos ladrones; cierto personaje se queja en losMenechmi de las grandes molestias que ocasionan las obligaciones
y cargas de la clientela; un Cartaginés habla de las fiestas que
proporcionan al pueblo los ediles: en otros dramas aparecen
en ciudades griegas, triunviros, lictores con las haces, dictadores, cuestores, el senado dando en suertes las provincias, las
prácticas romanas del censo, las monedas romanas. En u n á
palabra: el poeta, para que no se dude de su intención, estudiosamente desmiente el lugar en que la acción acaece y coloca el Capitolio en Epidauro y á Júpiter Capitolino y la Puerta
Metía en Atenas.
De todo ello aparece claramente que el poeta latino se proSpofta de Gelli y al Avaro tan celebrado de Moliére;—Regnard ha copiado el Curcidius; Nicolás Maquiavelo tomó asunto para su Clizia de la Casina;—la. Mostellaria ha sido imitada
por Addison y Destouches;—el argumento de los Meneclmi ha
servido de base á Shakspeare para su Comedia de Los Errores;
— E l Mercator es el Vecchio amoroso de Donato Giannotti;—El •
cobini y Dolce han imitado el Ríidens;-~i& Dote de Cecchi se
modeló en el Trimmmcs.
LITERATURA CLÁSICA ROMANA
49
pone, como todos los escritores cómicos, representar las costumbres y el vivir de su pueblo y de su época. Por esta razón
la lectura de Plauto, como la de los grandes dramáticos de t o dos los tiempos, es no solo útil bajo el punto de vista del arte,
sino también como fuente de conocimiento de gran valer, para
el estudio profundo de la historia de un pueblo, de sus costumbres y de sus instituciones. Durante el dia vemos á los romanos asistir al foro, á la plaza de comercio, al tribunal: ó bien
pasar el tiempo en casa del médico, del perfumista ó del barbero, discutiendo y ocupándose de política;—durante la noche
ir de recreo acompañados de esclavos con las teas encendidas;
recrearse en opíparos banquetes y entregarse al juego de los
dados después del festin; y por último aprendemos los cantos
báquicos y galantes que deleitaban á aquellos señores del mundo. Vemos á las coquetas, reuniendo en su ropero centenares
de túnicas de nombres y de formas diferentes: la túnica trasparente, la tupida, la de lino de franjas, la interior recamada,
la túnica pluvial, la azafranada, la verde-mar, etc. y mil otras
invenciones elegantes, claro testimonio del génio de los mercaderes de modas de la antigüedad, que podian dar lecciones á
ios de nuestros tiempos.—Adquirimos el conocimiento circunstanciado de lo que constitua el programa de la educación de la
juventud, dividida entre los ejercicios dei cuerpo y los del espíritu. A h ! y á cuán séria meditación no se entrega el alma,
viendo al través de veinte y dos siglos el original de multitud
de usos, de intrigas, de refinamientos de nuestra civilización!:
los tipos de farsantes, de tunos y de miserables de todos ios
tiempos; el usurero estafador, el petardista caballero de industria, los bufones y f a c t ó U m s de los grandes, bajo la figura de
los JJ^'^VOÍ, nuestros perdona-vidas de tiesos mostachos y ruidosas espuelas, bajo el aire jactancioso de los fanfarrones de
Roma; los funcionarios del Estado, cometiendo siempre los mismos abusos; los industriales y mercaderes con las mismas artes para atraer ó engañar al público; en los teatros antiguos las
mismísimas intrigas y charlatanerías, las mismas prácticas de
nuestros modernos teatros: los aplausos y las silbas preparadas, las fórmulas de galantería dirigidas al público, el lujo de
las decoraciones y de los trajes, supliendo en muchas ocasiones la falta de mérito de una producción dramática; las sátiras
TOMO XX
7
50
REVISTA DE ANDALUCIA
dirigidas á otros autores rivales, el uso aristocrático de hacerse guardar el asiento por un esclavo, los acomodadores, colocando en su localidad á cada espectador, la policía manteniendo el orden y procurando el silencio. Minuciosas curiosidades
que dan una gran fuerza de verdad á esta ingeniosa idea de un
ilustre escritor:
teatro suple á la historia, y una buena comedia es el mejor retrato de un puello.»
m.
Las preciosas producciones de Plauto, ya lo hemos dicho,
han obtenido el universal aplauso de antiguos y modernos. Se
han lanzado, sin embargo, graves y duras censuras contra el
cómico latino.
La mas digna de consideración, que le suele arrojar la crítica, es la de emplear una licencia excesiva en sus diálogos. Pero este cargo se ha exagerado contra Plauto. No consideramos
nosotros que sea lícito jamás ai artista n i al poeta inspirarse en
asuntos n i en pensamientos, que condene el decoro n i la moral;
pero ¿quién desconoce que los poetas dramáticos, aun los mas
severos y esclarecidos, se han visto precisados, para hacer tolerables al vulgo necio sus rígidas enseñanzas, á
hallarle m
NECIO para
darle gusto?
¿Cómo hemos de olvidar que el poeta de Sarsinia se dirigía á
aquella romana plebe bárbara y turbulenta,—cuya mugiente
inquietud en las gradas del teatro producía el ruido de las arboledas en el monte Gárgano,—de corazón endurecido, de í n dole bufona y sarcástica, hasta entonces sólo divertida con las
feroces luchas de los gladiadores, con los insolentes cantares
fescenninos ó con las groseras representaciones de las atelanas? ¿Y habremos de ser mas inexorables con este antiguo
poeta del pueblo, que al cabo tenía que captarse el favor de
una muchedumbre inculta y grosera, que con el egregio dramático inglés, que empleó á veces el mismo cínico lenguaje,
dirigiéndose á los graves señores y nobles damas de una córte
distinguida? ¿Pues nuestros antiguos escritores cómicos fueron siempre púdicos y reservados? ¿Y nuestros novísimos dramáticos pueden hablar de honestidad, cuando el adulterio, la
LITERATURA CLÁSICA ROMANA
51
violación y la seducción se emplean á cada paso como resorte dramático? Planto, como los grandes dramáticos de t o das las épocas, conocía perfectamente la misión moral del teatro; pero este ilustre ingenio sabia también que.ia comedia corrige con la risa: castigat, Hdendo, mores; y tenia que transigir
con los torpes gustos é inclinaciones del vulgo, para sembrar
en su corazón fecundos gérmenes de moral profunda. Como su
contemporáneo, y tal vez amigo, el severo Catón, se muestra
rígido condenador de la perversidad de las costumbres; como
el austero Censor condena el lujo desenfrenado délas matronas,
el afán inmoderado de riquezas, la insaciable ambición que empieza á corroer las entrañas de la sociedad romana; como el estoico Marco Porcio se duele de la pérdida de las sencillas costumbres de los primitivos romanos. Planto esmalta sus escritos, aun los mas alegres y joviales, con las sentencias mas puras de la moral antigua: muéstrase amante de la justicia, de la
patria, d é l a humanidad; lanza atrevidas sátiras contra los dioses del paganismo; proclama en Los Náufragos el dogma de la
Providencia, y nos ofrece la elocuente crítica de los escándalos
de su tiempo. En suma, el gran fundador del teatro romano se
propuso inculcar en su auditorio ideas levantadas, nobles sentimientos, pasiones generosas. Si se vé obligado á emplear el
triste recurso de los equívocos groseros y de los chistes indecorosos, no disimula su repugnancia, sintiéndose regocijado su
honrado espíritu, cuando puede decir al pueblo, como en el interesante prólogo de uno de sus dramas más bellos y morales:
«Áqui no vais á oir versos ciñióos como en la mayor parte de
las comedias—mi comedia es un cuadro de buenas costumbres.»
La comedia es la viva imágen de la sociedad que retrata: en
aquella época, como en todas, tal cinismo acusa mas bien al
público que al poeta.
No pueden celebrarse del propio modo las comedias plautinas bajo el punto de vista de la versificación y del lenguaje. Su
metrificación es descuidada y poco armoniosa; y su dicción en
verdad algo ruda y arcáica; pero aun bajo este punto de vista,
las comedias de Planto ofrecen á los amantes de la antigüedad
clásica y de la filología un objeto curiosísimo de estudio, porque este monumento de la antigua poesía latina nos ofrece un
ejemplar aproximado de lo que debió ser aquella lengua habla-
52
REVISTA DE ANDALUCIA
da rústica ó vernácula de las clases populares de Roma, de
aquella enérgica lengua de los fieros conquistadores del antiguo mundo, antes de sufrir el fino pulimento y el ritmo melodioso que le dieron los poetas y oradores, los historiadores y filósofos del esplendente siglo de oro. Cicerón, sin embargo, era
entusiasta admirador de la vigorosa frase de Planto; Aulo Gelio, le apellida ornamento de la lengua latina, y Varron, al decir de Quintiliano, afirmaba qiie si las musas quisieran hablar
la hermosa lengua latina, delerianpreferir la expresiva lenguade Planto.
LOS CAUTIVOS,
PRÓLOGO.
EL JEFE DE LA CATERVA, en traje de Prólogo;—Tindaro y
Filócrates, encadenados, delante de la casa de Eegion.
Esos dos C ^ ^ O Í que veis ahí de pié... (señalando á Tindaro
y áFilócrates) esos dos cautivos que están ahí de pió... están
de pié, y no están sentados. Vosotros me sois testigos de que
yo no miento.—El viejo Hegion, que habita en esa casa, (indicándola) es el padre de este de acá (señalando á Tindaro).—
Pues ¿cómo se encuentra en calidad de cautivo, diréis vosotros,
en la casa misma de su propio padre?—Eso es lo que, por via
de introducción, me propongo explicaros, si os dignáis prestarme vuestra atención.
Tenia Hegion dos hijos: Era el uno de ellos niño de cuatro
años, cuando le fué robado por un siervo suyo, que se huyó
con él á la Elida, y lo vendió al padre de este otro cautivo
(apuntando con el dedo á Filócrates). Quedáis enterados? Perfectamente... Pero uno que está allá en lo último de la cdvea
me significa que no me ha oidobien... Pues, oye, acércate más
y, si no eucontráres lugar donde sentarte, lo tendrás donde
pasearte... Vaya! por estos así, los pobres histriones nos veríamos reducidos á pedir una limosna. Si te crees que, por darte
á t i gusto, tengo yo el deber de reventarme, te equivocas! —A
vosotros, oh ciudadanos! los que por razón de vuestra fortuna
podéis estar inscritos en los libros de los censores, á vosotros
debo el resto de la historia, y voy al punto á pagaros m i deuda.
Pues, como decíamos, el picaro del esclavo, que se escapó.
54
REVISTA DE ANDALUCIA
llevándose al niño pequeñuelo de su amo, lo vendió al padre
de este otro (señalando otra vez d Füócrates); y el hombre»
apénas lo hubo comprado, se lo regaló en peculio á su hijo:
como que ambos eran de la misma edad próximamente... Y
ahora vedle aquí (mostrando d Tindaro) de siervo en la casa
de su padre, y el padre sin saberlo! Míseros mortales! los dioses nos hacen rodar como una bola.
Ya sabéis de que manera el viejo perdió á uno de sus hijos.
Pues el otro hallábase, no ha mucho, en el ejército de Etolia,
combatiendo contra los eléos, cuando por uno de aquellos accidentes tan comunes en la guerra, ha sido hecho prisionero y
vendido en Elida al médico Menarco; Heglon compra desde entonces cuantos prisioneros puede de aquel país, con la esperanza de librarlo por medio de un canje;—y sin saber, que es
un hijo suyo éste que ahora tiene en la casa!
Ayer mismo, se enteró que entre los prisioneros eléos venia un caballero de familia rica y distinguida; y , sin reparar
en precio,—como que su único anhelo es redimir á su hijo,
volverle á ver entrar en su hogar, compró al cuestor esos dos
cautivos que formaban parte del botin.
A su vez los dos cautivos han ideado una estratagema, por
medio de la cual, el esclavo proporcionará la evasión á su amo,
cambiándose recíprocamente los nombres y los trajes. E l de
acá (señalando d Tindaro) se llamará Filócrates; y aquel otro
(indicando d Filócrates) tomará el nombre de Tindaro: cada
uno de ellos vá á pasar por el otro en el dia de hoy. El jóven
esclavo conducirá con esquisita habilidad el artificio hasta conseguir la libertad de su dueño; y sucederá más: que su ardid
salvará también al hermano suyo prisionero de los eléos, el
cual será restituido á su anciano padre y á su pátria, y todo...
por una casualidad!... es decir, que en esta, como en otra multitud de ocasiones, antes se deberá el bien á la casualidad que
á la prudencia de los hombres.—Así tienen fraguada su estratagema estos cautivos, sin pensar en mas consecuencias, sino
en que se quede aquí el jóven esclavo: y se quedará... ¡siendo
siervo de su propio padre! ignorando que se halla reducido á l a
esclavitud en su propia casa paterna!... Desdichada humanidad ¡y qué poca cosa somos, si bien en ello se reflexiona!
Ya sabéis lo que nosotros vamos á representar, como si fue-
LOS CAÜT1VOS
55
ra un hecho real; pero que para vosotros no será mas que una
fábula. Y á propósito, necesito añadir dos palabras, con el objeto de haceros una advertencia. Sabed que esta comedia no será indigna de vuestra atención: esta pieza es de un género enteramente nuevo: en ella no oiréis frases impúdicas, de esas
que no pueden repetirse; n i hay en esta fábula perjuro mercader de esclavas, n i maliciosa cortesana, ni militar fanfarrón.—
Tampoco vayáis á alarmaros, por lo que os he indicado de la
guerra de los etólios con los eléos: ellos combatirán léjos de la
escena, muy léjos de aquí. Sería una imbecilidad que nosotros,
cuyos papeles son de actores cómicos, quisiéramos á la vez hacer pasos de tragedia. Con todo, si alguno de. los presentes se
encuentra deseoso de peleas, que promueva riña con cualquiera; y si dá con un adversario, por poco que sea, algo mas v a liente que él... yo contra él me pondré de su parte; y se trabará una tan tremenda, que á buen seguro ha de perder para
siempre la afición á tales espectáculos.
Y, con esto, me retiro... Jueces equitativos en la paz, valerosos soldados en la pelea... yo os saludo!
ACTO PRIMERO.
ESCENA I .
ErgdsÜo> el parásito.
Los jóvenes se divierten dándome el nombre de ramera
(SCORTUM), porque en ios banquetes soy siempre comensal INVOCATUS (no-invitado). Estos burlones de oficio se creen sin duda, ellos mismos que me dicen una simpleza; y yo afirmo que
no lo es. Y si nó, juzgad vosotros mismos: ¿no es cierto que todo
amante cuando tiene que echar en la mesa los dados á la suerte, INVOCA ante todo á su QUERIDA? Luego las rameras (SCORTA) son invocadas, (INVOCATA). ¿SÍ Ó no? evidentísimamente.
—Y los parásitos? ¡Por Hércules! los parásitos con mucha mas
razón se pueden llamar INVOCATI (no-invitados); á los parásitos nadie nos invita ni deja de invitarnos; y , sin embargo nos
colamos como los ratones, para engullir en todas partes de la
56
REVISTA DE ANDALUCIA.
comida ajena. Mas ¡ay! también cuando llegan las vacaciones
y temporadas de campo, viene la suspensión de ejercicio para
nuestras mandíbulas; y , así como los caracoles durante los calores languidecen en su concha, alimentándose de su propio
jugo, porque no les cae entonces el roció, tal los pobres parásitos en el tiempo de vacaciones viven encerrados en sus conchas, nutriéndose de sus propias carnes, mientras que se recrean en sus granjas ios ricos en cuyas casas engullen por costumbre. ¡Ah!, durante esta muerta temporada, el parásito se
queda consumido, escuálido como lebrel de caza; pero vuelve
la época de los negocios, y tórnase de nuevo mastín de raza v i gorosa.... ladrando por devorar!... Por lo demás, el oficio tiene
en verdad sus sufrimientos: el parásito debe estar dispuesto
siempre á recibir bofetadas, siempre dispuesto á dejarse estrellar cacharros y copas sobre su cabeza. Sin ésto... por Hércules! que se eche el saco de mendigo á la espalda, y se vaya á la
Puerta Trigémina. 4Y cómo me temo que sea ésta la suerte que
me esté reservada!.. Mi REY, mi anfitrión ha caído en manos de
los enemigos.—(Porque sabed que se hallan en guerra los etolios con los de la Elida: la Etolia es ésta).—Pues bien, los eléos
han hecho prisionero á Filopólemo, hijo del anciano que habita en esa morada (señalándola)¡ morada que para mí es un objeto de dolor, casa que no pueden mirar mis ojos sin derramar
copiosas lágrimas,—El mísero viejo, por causa de la pérdida
del hijo, se ha entregado á una ocupación poco decorosa y que
repugna á su carácter: se ha dedicado al comercio de cautivos
á ver si le es dado hallarse con uno con quien pueda canjear á
su hijo querido.—Voy ahora á visitarle.... Mas veo que se abre
la puerta por la que yo tantas y tantas veces he salido saturado de ricos manjares.
ESCENA II.
Hegion, él Siervo Corrector, Ergásilo.
Los dos cautivos en el fondo de la escena. Esclavos cerca de la casa.
HEGION.—/¿^ corrector). Eoldíl escucha. A estos dos prisioneros
que compró ayer á los cuestores, en la venta del botin, pon-
LOS CAUTIVOS
57
les cadenas por separado, y quítales esos pesados hierros con
que los tienes encadenados; permíteles que se paseen en el
interior de la casa ó en sus alrededores, si lo desean; pero sin
que se les pierda un momento de vista: hombre libre cautivo, es como ave salvaje... con una ocasión que se le presente de huir, la aprovecha; y , cuando el pájaro ha volado, es
ya de todo punto imposible el atraparlo.
EL CORRECTOR.-—Ni un sólo hombre habrá, á fé mia, que no
prefiera la libertad á la servidumbre.
HEGION.—Oláh!... pues hasta ahora no me hablas mostrado
que tenias tal opinión.
EL CORRECTOR.—Como hasta hoy no he tenido con qué compraros mi libertad... Si quisierais que ospagdra con los talones... ya veríais!...
HEGION.—Pues te advierto, que si alguna vez ensayas payarme
de esa suerte... yo sé también la ganancia que debo proporcionarte.
EL CORRECTOR Imitarla al ave de que hablábais hace poco.
HBGION.—Guárdate no sea que yo, para que la imites mejor,
te haga encerrar en una jaula... Vaya, vaya! basta de conversación, y cuídate de cumplir lo que he ordenado. Márchate de aquí.
ERGÁSILO fapartej.—fiou cuántas veras le pido á los dioses
que logre lo que desea! porque si ha perdido irremisiblemente á su hijo... ah! entonces yo, pobre parásito, soy también hombre perdido. De esta juventud nada puede uno esperar: son unos completos egoístas. Sólo podia exceptuarse
ai excelente hijo de Hegion: él era el único que conservaba
las costumbres de la edad de oro: ni una sola vez le desarr u g u é la frente sin ser inmediatamente recompensado. Y el
padre es, en verdad, una buena persona, un padre digno de
tai hijo.
HEGION faparteJ.—Voy á llegarme á la casa de mi hermano,
á ver si mis otros cautivos han estado en orden, durante la
noche, y me vuelvo en seguida á la casa.
ERGÁSILO (aparte).—Duéleme que este buen anciano, por amor
á su hijo, se vea precisado á desempeñar el oficio de carcelero; pero... si no hay otro medio de que consiga su noble
propósito, que ejerza aunque sea el oficio de verdugo!...
TOMO XX
s
58
REVISTA DE ANDALUCIA
HEGION.—Quién habla ahí?
ERGÁSILO (con aire compungido).—Soy yo, que me consumo de
tristeza; yo que me siento enflaquecer, languidecer, debilitarme, perecer miserablemente: me he quedado en el hueso
y el pellejo de puro escuálido. Nada de lo que cómo en mi
casa me satisface; y cualquier pequeña cosa que me dan
en la ajena ¡me sienta tan bien!
HEGION.—Que los diose te guarden, Ergásilo.
ERGÁSILO.—Ellos te protejan, Hegion... (nonq2ieando) hí! hí!..
HEGION.—No llores, hombre.
ERGÁSILO.—Que no le llore! que no llore yo á aquel jóven i n comparable!
HEGION.—Siempre te he tenido por un verdadero amigo de mi
hijo, y sé cuanto él te estimaba también.
ERGÁSILO.—No conocemos el precio de un bien, sino cuando
lo hemos perdido. Yo hoy lo experimento. Hasta que tu hijo
ha sido cautivado por los enemigos no he apreciado lo mucho
que valía.
HEGION.—Pues si un extraño se querella de tal manera de su
desgracia, considérese cuánta será la aflixion de un padre
de quien era el único hijo.
ERGÁSILO Yo extraño á él? extraño él á mí? No me lo digas
Hegion, y sobre todo guárdate de creerlo. Tú le amabas como hijo ÚDÍCO; ¡oh! pues para mí era más que único, más
que todo cuanto hay único en el mundo.
HEGION.—Alabo que sientas como desgracia propia la desgracia de tu amigo. Pero, vamos, ten ánimo!
ERGÁSILO.—Y cómo he de tenerlo, viendo en la inacción mi b i zarro ejército masticador?.,.
HEGION.—Pero qué! no has encontrado aun quien quiera t o mar á su cargo el mando de ese tu desocupado ejército?
ERGÁSILO.—El mando, que á tu querido Filopólemo le habia tocado en suerte,—desde que él se halla cautivo, podrás creerlo? no ha habido ni uno que quiera aceptarlo.
HEGION Por Pólux! y ¿cómo hemos de maravillarnos de que
todos rehusen ese mando, si t ú has menester en tu ejército
un sin número de tropas de todas las regiones? Tú has de llevar en él anto todo á los pistorienses, que se dividen en bandas numerosas; luego necesitas á lospaniceosy placentinos;
LOS CAUTIVOS
59
iuegú á los turdetanos y Jicedulenses; y por último á un sin
fin de tropas marítimas, sin las cuales te es imposible pasar
de manera alguna. (1)
ERGÁSILO.—Ved como los grandes génios languidecen en la oscuridad: un general como yo, y privado sin embargo de empleo!
HEGION.—Consuélate, hombre, me halaga la esperanza de v o l ver á ver á mi hijo dentro de pocos dias. ¿Ves ahí á ese prisionero? pues es un joven de Eléa, de familia noble y pudiente, y me prometo que hemos de estipular un cambio.
ERGÁSILO.—Los diosos y las diosas lo permitan!
HEGION.—Vaya! dónde estás hoy invitado á comer?
ERGÁSILO.—En ninguna parte, que yo sepa. ¿Por qué me lo
preguntas?
HEGION.—Porque hoy es el dia de mi natalicio, y deseaba convidarte.
ERGÁSILO.—Con qué gracia lo has dicho!...
HEGION.—Pero, amigo, te has de contentar con poco...
ERGÁSILO.—Con tal que no sea muy $oco... pues con esa camilla me regalo yo en mi casa todos los dias.
HEGION.—Vamos, decídete. ¿Quedamos convenidos?
ERGÁSILO.—«Queda hecho el trato; pero con reserva de poder
aceptar otros ofrecimientos s i se me hicieran tales que d m i
juicio y al de mis amigos fueran preferibles.» Me doy á tí,
mediante condiciones, como si consumáramos la venta de un
fundo,
HEGION.—Mu fundo!... una sima sin fondo es loque t ú acabas
de adjudicarme.—De todas maneras, si has de venir, que
vengas á la hora oportuna.
ERGÁSILO.—Por mi parte, ahora mismo estoy dispuesto.
HEGION.—Vé á ver ántes si puedes por ahí cazar una liebre;
porque aquí no te espera más que un erizo; ya sabes, mi r é gimen habitualmente sigue una senda escabrosa.
(1). En este pasaje los nombres geográficos, panicéos, p í a ceniínoSy turdetanos, etc., tienen un doble sentido: pues recuerdan ciertos pueblos y á la vez ciertos manjares ó cosas de
comer: panicéos el pan, placenta la torta, turdtcs, el tordo, etc.
—Véase la nota en que lo explicamos mas extensamente,
60
REVISTA DE ANDALUCIA
ERGÁSILO.—No has de lograr arredrarme por eso, querido Hegion: es trabajo perdido. Vendré entonces con los dientes calzados.
HEGION.—Mira, que mi comida es áspera y mala...
ERGÁSILO.—Por vida mia! ¿tienes acaso por costumbre comer
abrojos?...
HEGION.—Es que en mi mesa hace el gasto la tierra...
ERGÁSILO.—La tierra produce javalíes...
HEGION.—Y también muchas legumbres...
ERGÁSILO.—Pues te las guardas para cuando haya enfermos en
tu casa.—Tienes algo que ordenarme?
HEGION.—Que no vengas may tarde.
ERGÁSILO.—Bah! Eso se llama advertir al hombre advertido.
/Vase.J
HEGION.—Me vuelvo hácia dentro á tirar un pequeño cálculo
del dinero, (y no será ya mucho), que aun me debe quedar
en la casa de mi banquero; y , á seguida, como dije hace poco, me marcharé casa de mi hermano.
ACTO SEGUNDO.
ESCENA I.
M Corrector y los Cautivos (Filócrates y Tin dar o.)
Otros esclavos de Región.
EL CORRECTOR,—Puesto que los inmortales dioses han querido
haceros probar esta miseria, es preciso sufrirla resignadamente: no hay otro modo de mitigarla. Vosotros erais de condición libre en vuestro pais según entiendo: pues si ahora os
veis reducidos á la servidumbre no hay más sino conformaros cón vuestro estado, y obligar al señor con vuestra conducta humilde, á que os trate con dulzura. Cualquier cosa
que haga el señor está siempre bien hecha... ¿entendéis?
aunque sea una indignidad. (Lloran los dús cautivos). Vamos á ver, y de que os vá á servir ese llanto? un mal de ojos
que añadiréis á los demás. En la adversidad el recurso mas
eficaz es tener buen ánimo.
LOS CAUTIVOS
61
FILÓCRATES.—Vernos cargados con estas cadenas! ¡qué vergüenza para nosotros!...
EL CORRECTOR.—Y ¡qué disgusto para el amo si os hiciera soltar esas ligaduras, y os permitiera estar á vuestra libertad...
después de haberos comprado por tan buenas monedas!
FILÓCRATES.—Pues qué podria temer? Nosotros sabriamos bien
cual era nuestro deber, si él se fiara de nosotros.
EL CORRECTOR.—Ya lo creo: huir. Conozco perfectamente vuestro deseo.
FILÓCRATES —Huir nosotros? y adonde?
EL CORRECTOR.—Toma! á vuestro país.
FILÓCRATES.—Qué indignidad! personas como nosotros iríamos
á imitar á unos esclavos fugitivos?
EL CORRECTOR.—Y por qué nó? Si la ocasión se os presentára
yo os aconsejo que la aprovechéis.
FILÓCRATES.—Quisiéramos, amigo, que nos concediérais un
solo favor.
EL CORRECTOR.—Qué es lo que queréis?
FILÓCRATES.—Que nos permitáis hablar un momento sólos, sin
la presencia de éstos, (indicando d los esclavos que están en
él fondo del teatro) y sin la de vosotros, f/Señala al Corrector
y á sus compañeros.)
EL CORRECTOR.—Concedido. (A los cautivos.) Alejáros de aquí.
(A los esclavos.) Y nosotros retirémonos un poco. (A F i l ó cuates.) Pero os advierto que la conversación ha de ser
breve.
FILÓCRATES.—Es asunto de un momento. Tíndaro, acércate por
aquí.
EL CORRECTOR (d los demás).—Apartáros del lado de ellos.
TÍNDARO (á los mismos),—Os estaremos eternamente agradecidos á este favor, que colma nuestro deseo.
FILÓCRATES fd Tíndaro).—Yente por este lado, te he dicho.—
Es indispensable que esta gente no nos escuche ni una sola
palabra, que no puedan apercibirse en lo mas mínimo de
nuestro plan. La astucia no es astucia si no se emplea con
toda perfección; y se convierte en una desgracia tremenda,
si llega á descubrirse. Si nosotros convenimos en pasar yo
por tu esclavo y t ú por mi señor, es preciso que obremos con
constante atención y con prudencia; que la cosa se haga con
62
REVISTA DE ANDALUCIA 1
entera habilidad, con serenidad completa, como hombres de
entendimiento y de corazón. La empresa es difícil y es menester no dormirnos n i un sólo momento.
TÍNDARO.—Espero que quedareis satisfecho de mí.
FILÓCRATES.—Así me lo prometo.
TÍNDARO.—Ya veis que por salvar vuestra persona, que me es
tan querida, arriesgo yo mi cabeza que no me es menos apreciable.
MÉI^
FILÓCRATES.-—Lo sé muy bien.
TÍNDARO.—Si lo sabéis, señor, acordaos de ello cuando hayáis conseguido vuestro intento. La mayoría de los hombres
mientras andan en pretensiones de una cosa son todos justos, excelentes; pero después del deseo cumplido, la bondad
se trueca en deslealtad é indigna perfidia. No lo digo por
vos; hasta ahora no tengo el menor motivo de recelo respecto de vuestros sentimientos; lo que os acabo de manifestar, á
mí mismo padre se lo hubiera advertido también.
FILÓCRATES.—Por Pólux! A tí sí que me atrevería á llamarte
mi padre, porque realmente estás siendo un segundo padre
para mi, querido Tíndaro.
TÍNDARO.—Vamos, ya escacho tus órdenes.
FILÓQRATES.—No sé cuantas veces tengo que repetírtelo para
que lo grabes en t u memoria: yo no soy tu amo; soy t u esclavo. Puesto que los dioses han querido, que después de haber sido t u señor, sea hoy tu compañero de cautiverio, en
lugar de mandarte como antes lo hacia por mi derecho, ahora te suplico con toda mi alma, por el infortunio á que me
ves reducido, por las bondades de m i padre para contigo,
por la común servidumbre á que nos ha sujetado el brazo del
enemigo, que no me guardes en estos momentos ningún g é nero de respetos ni de consideraciones; ni más ni menos que
como yo no te los dispensaba cuando te hallabas á mi servicio. Acuérdate bien de ello: no te olvides n i un solo momento de lo que eras ántes y de lo que eres en la actualidad.
TÍNDARO.—De que yo soy vuestra persona y vos sois la mía ¿no
es esto?
FILÓCRATES.—Exactamente. Si puedes fijarlo bien en tu memoria, debemos prometernos un éxito feliz en nuestra empresa.
t o s líSCIAVOS
63
ESCENA II.
Hegion, FiJócrates y Tin dar o.
HEGION (saliendo de su casa y hablando d los que se hallan dentro).—Me volveré á entrar tan luego como averigüe de ellos
lo que deseo saber. (A los esclavos). ¿Dónde están esos á
quienes dije que se les tolerara pasear por los alrededores de
nuestra casa?
FILÓCRATES (presentándose d Hegion).—Por Pólax! veo que
para que no os cueste trabajo buscarnos habéis tomado vuestras precauciones, con estas cadenas, y los guardianes estos
que nos rodean.
HEGION.—Para el que cree que puede ser burlado, ah! toda v i gilancia es poca y aún así, el que cree que está mas en guardia corre el riesgo de ser engañado. ¿No os parece razón suficiente para que yo os custodie con el mayor cuidado el que
me hayáis costado tan crecida suma y el que yo haya dado
mi dinero en moneda contante?
FILÓCRATES.—Seguramente. Nosotros no debemos quejarnos,
en verdad, porque nos hagáis vigilar de este modo; pero
tampoco por vuestra parte deberíais llevar á mal el que
nosotros, si se nos ofreciera la ocasión de huir, también la
aprovecháramos.
HEGION.—Yo tengo un hijo prisionero en vuestro país, como
vosotros lo estáis en el nuestro.
FILÓCRATES—Prisionero?
HEGION Sí.
TÍNDARO.—No somos, pues, los únicos que se han visto obligados á rendirse...
HEGION ( d Filócrates á quien cree ser esclavo de Tin dar o) . - ^
Ven tú hácia acá: deseo dirigirte á solas algunas preguntas... ¡y cuidado con engañarme!
FILÓCRATES.—Te prometo lealmente decirte cuanto sepa: en
cuanto á lo que ignore no podré hacer confesarte mi ignorancia.
TÍNDARO (aparte),—Ea! Ya tenemos á nuestro viejo en la har~
derla,.. Mi amo le va á hacer la l a r l a . . . de lo lindo!.. N i s i -
64
ÍIE^ISTÁ DE ÁÑÍ>A.LÜCÍA
quiera me lo cubre con un peinador para no ensuciarle el traje!.. Y qué es lo que le irá á hacer?., lo irá á afeitar ó le vá
á cortar el pelo solamente?.. Yo no lo sé; pero por mucha
moderación que gaste, espero que lo desollará primorosamente,
HKGION ( á Filócrates).—Contéstame con franqueza: qué es preferible para t í , ser esclavo ó ser hombre libre?
FILÓCRA.TES.—La situación en que ménos se sufre, señor, es
siempre preferible: es verdad que hasta ahora no ha sido dura ni enojosa mi servidumbre; pero en mi pátria...gozaba de
los miramientos que se tienen al hijo de familia.
TÍNDARO (aparte)
Preciosa contestación! Ya no daría yo un
talento n i aún por el mismo famoso Tales; pues toda la ponderada sabiduría del filósofo de Mileto es nada en comparación, con la de mi amo: con qué discreción acomoda su lenguaje á la triste condición de esclavo!
HEGION (d Filócrates).—D'mQ: de qué familia es ese Filócrates?
FILÓCRATES.—De la familia Poly'phmam, que es de las mas
poderosas é ilustres de nuestro país.
HEGION.—¿Y á él en qué consideración se le tiene?
FILÓCRATES.—A él? á él le dispensan las mayores atenciones,
los personajes primeros de la Elida.
HEGION.—Y su fortuna es tan grande como la consideración y
el prestigio, de que, según tú afirmas, goza entre los suyos?
FILÓCRATES.—El viejo tiene el riñon bien cubierto.
HEGION.—Qué has dicho? Vive su padre?
FILÓCRATES.—Vivo lo dejamos cuando de allí salimos. Si está
vivo ó muerto en este momento Pluton es el único que puede saberlo.
TÍNDARO (aparte).—Nuestro asunto está salvado!... Qué tal?
cómo también el hombre filosofal Ya veis que no es un embustero... vulgar.
HEGION (á Filócrates).—'Cómo se llama su padre?
FILÓCRATES.—Thesáuro-Chrysónico-Chrysedes.
HEGION.—Sin duda le llamarán así por sus inmensas riquezas
eh?
FILÓCRATES.—A causa de su avaricia y de su insolencia. Su
verdadero nombre es Theodororaído.
LOS CAUTIVOS
65
HEGION.—Qué dices? conque su padre es apretado?
FÍLÓCRATES.—Por Pólux! Apretado y reapretado. Para que sepáis que clase de hombre es el tal viejo, figuraos que cuando
hace una ofrenda á su dios Genio, no se sirve jamás sino de
vasos de barro samio, temiendo que su génio se los robe. Juzgad, pues, la confianza que le inspirarán los demás.
HEGION.—Sígneme. (Aparte). Quiero hacer mas preguntas á
este otro. (Se acercan ambos á Tindaro, qtce el viejo cree ser
Filócrates). Filócrates, tu esclavo, es un buen muchacho. Me
ha dejado satisfecho. Ya sé por él cual es tu familia, pues
todo me lo ha confesado. Si me quieres t ú ser ahora igualmente sincero lograrás un buen resultado. No te olvides de
lo que ya tengo averiguado por él.
TÍNDARO (creído Filócrates).—Hegion, mi esclavo, ha cumplido
con su deber descubriéndote la verdad... Confieso que yo deseaba ocultar mi rango, mi nacimiento, mi fortuna... pero
habiéndolo yo perdido ya todo, pátria y libertad, considero
justo que él se muestre sumiso contigo mas bien que conmigo, el hierro del enemigo ha hecho mi condición igual á
la suya. En otro tiempo se hubiera mirado más en las palabras; hoy ni aún en sus obras tiene que guardarme contemplaciones. Qué queréis, Hegion? La fortuna dispone de los
hombres y los oprime y avasalla á su antojo: yo era libre y
héme ahora esclavo; he caido desde la posición mas elevada
á la mas infame bajeza; yo estaba acostumbrado á mandar,
y ahora tengo que obedecer. Y si el amo que he encontrado
es para mí tal como yo lo fui para mi servidumbre, no tendré al menos que obedecer órdenes injustas ni violentas. Ya
sabéis, pues, de lo que quería hablaros, contando con vuestro beneplácito.
HEGION.—Habla, habla sin temor, prosigue.
TÍNDARO.—Pues bien: yo era libre como lo era también vuestro
hijo; la mano del enemigo me ha arrebatado lo mismo que á
él la libertad; él se halla reducido á la esclavitud en mi p á tria como yo lo estoy en la vuestra... pues acordaos que hay
un Dios testigo de todas nuestras palabras y de todas miestras acciones, y que según como vos me tratéis á mí en vuestra casa, asi ese Dios velará por él en la Elida. E l bienhechor
obtiene su recompensa, pero también el que obra mal debe
TOMO X X
9
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REVISTA DE ANDALUCIA
esperar el mal del propio modo. Como vos lloráis á vuestro
hijo, así mi padre se estará doliendo de la pérdida del suyo.
HEGION.—Todo eso lo sé muy bien. ¿Pero tú me confirmas todo
cuanto éste me ha revelado?
TÍNDARO.—Sí, Hegion. Mi padre posee cuantiosas riquezas; soy
de noble origen. Pero yo os ruego encarecidamente que mi
fortuna no excite vuestra codicia. Mi padre, aunque soy su
hijo único, antes querría dejarme sirviendo en vuestra casa,
vestido y alimentado á vuestras espensas, que verme en
nuestro pais vergonzosamente reducido á la mendicidad.
HEGION.—Gracias á la bondad de los dioses y á la virtud de mis
padres, yo soy dueño de una buena fortuna, l^o soy tampoco de aquellos que consideran honrada toda clase de ganancia. He visto á muchas gentes hacerse ricas con enormes l u cros; yo creo que en algunas ocasiones vale más perder que
ganar. ¡Cuántas veces he maldecido el oro, reflexionando los
horrendos crímenes que ha producido!
Préstame una poca atención y sabrás cuales son mis i n tenciones. Mi hijo se halla prisionero y esclavo en Elida:
pues devolvédmelo y yo en cambio ni un dracine exigiré por
tu emancipación n i por la de t u esclavo. A este solo precio
os otorgo la preciada libertad.
TÍNDARO.—Me parece vuestra proposición justísima^ y sois una
persona excelente. Pero decidme: vuestro hijo se encuentra
empleado en el servicio público ó es siervo de algún particular?
HEGION.—Ks esclavo del médico Menarco.
FÍLÓCRATES.—De Menarco? Por Pólux! pues si es un cliente de
ese (señalando d Tindaro). La terminación de vuestro asunto es cosa tan fácil... como el que haya goteras, cuando
llueve.
HEGION.—Haz cuanto puedas por la redención de mi hijo.
TÍNDARO.—Tened seguridad de ello. Pero quisiera pediros una
gracia, Hegion.
HEGION.—Todo cuanto tú quieras con tal que no sea en contra
de mis intereses.
TÍNDARO.—Escuchad, vais á saberlo. No pretendo yo que me
dejéis partir antes de que os sea devuelto vuestro hijo; pero
deseo que me dejéis disponer de Tíndaro, fijando antes por
LOS CAUTIVOS
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él el precio que gustéis, y lo enviaremos á mi padre para
que arregle con él el rescate de vuestro hijo.
HEGION.—No, no: cuando se haya acordado una tregua, enviaremos mejor á otro cualquiera para que desempeñe todas
las comisiones que queráis.
TÍNDARO.—Si enviáis á cualquiera otro es como si nada hiciérais. Mi siervo Tíndaro es el que conviene que vaya, y yo os
aseguro que, apénas haya llegado, quedará el negocio concluido. ISIo podéis enviar á mi padre otro mensajero mas fiel,
ni que ie inspire mayor confianza. Es su esclavo predilecto,
y no hay nadie á quien pueda él entregar vuestro hijo mas
gastosamente. No abriguéis el menor recelo: yo respondo de
su fidelidad con mi cabeza. Cuento con toda seguridad con su
lealtad, porque Tíndaro sabe ei gran cariño que le profeso.
HEGION.—Bueno! pues íijarémos su precio, y le enviaremos
bajo tu caución.
TÍNDARO.—La acepto. Pero procedamos lo mas pronto posible
á la ejecución.
HEGION.—¿Quedamos convenidos en que, si no vuelve, t ú tendrás que dar por él la cantidad de veinte minas? (cerca de
seiscientas pesetas.)
TÍNDARO Queda resuelto y convenido.
HEGION fá los lorarios) Quitad los hierros á ese esclavo ( i n dicándoles á Filócrates.) Desatádselos á los dos!...
TÍNDARO.—Que los dioses os colmen de beneficios, en remuneración del bien que nos dispensáis, rompiendo generosamente nuestras cadenas! En verdad que no me disgusta tener mi cuello libre de esa maldita argolla.
HEGION.—Cuando se hace el bien á los buenos, el beneficio es
fecundo para el bienhechor. Ya puedes enviar tu esclavo á
Elida y dadle instrucciones de todo cuanto debe decir á t u padre, Quiéres que le llame?
TÍNDARO.—Llamadlo.
ESCENA ni-
Hegion, Filócrates y Tindaro*
HEGION.—Ojalá que la cosa salga bien para mí, para mi hijo y
68
REVISTA DE ANDALUCIA
para vosotros!.. En calidad de amo nuevo tuyo te ordeno que
ejecutes lo que te mande t u antiguo señor, con toda exactitud. Acabo de concertar el dejarte á su disposición, prévia
una estimación de veinte minas.
FILÓCRATES.—Por mi parte me encuentro favorablemente dispuesto, tanto por vos como por él. Ambos podéis manejarme
como un aro: hacedme rodar por aquí, por allí, por donde
queráis. Estoy á vuestras órdenes.
HEGION.—Con ese bello carácter, con esa disposición á servir
con solicitud, demuestras que entiendes t u verdadero interés. Vamos, sigúeme.—(A Tindaro tenido 'por Filócrates.)
Ahí tienes ai hombre.
TÍNDARO.—Gs agradezco infinito, Hegion, vuestra lealtad concediéndome enviar á mi padre ese mensajero que podrá darle cuenta de mi situación, y explicarle lo que debe ejecutar
en obsequio mió. (A Filócrates) Tíndaro! acabo de acordar
con Hegion el enviarte á Elida á la casa de mis padres; y
que si no vuelves, le indemnizaré con la suma de cincuenta
minas, en cuya cantidad quedas valorado.
FILÓCRATES.—No creo que habéis concertado ninguna insensatez, pues vuestro padre me recibirá perfectamente á mí, ó á
cualquiera otra persona que vaya en vuestro nombre.
TÍNDARO.—Fues quiero que fijes bien tu atención en lo que
has de hacerle saber, inmediatamente que llegues á nuestra
patria.
FILÓCRATES.—Filócrates, emplearé en la gestión de este negocio el mismo celo que sabéis he desplegado siempre en todo
lo que os interesa; estad seguro que os serviré con todo m i
corazón, con mi alma toda y con todas mis fuerzas.
TÍNDARO.—Eso es hacer lo que se debe. Pues óyeme bien. En
primer lugar saluda de mi parte á mi padre y á mi madre, á
mis parientes y á cualquier amigo mió que te encontrares:
díles que lo paso bien, y que he caido en las manos del mas
bondadoso de los hombres, el cual me ha tratado y me trata
cada dia con la mas extremada benevolencia.
FILÓCRATES. ^-Recomendación supérñua, pues fácilmente me
hubiera acordado por mí mismo de hacerlo.
TÍNDARO.—Y que si no fuera por que tengo á mi lado quien me
vigila, me creería en plena libertad. Comunica por último á
LOS CAUTIVOS
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mi padre el pacto que Hegion y yo tenemos hecho con relación á lo de su hijo.
FILÓCRATES. —Me estáis diciendo todo cuanto sé perfectamente:
vuestras explicaciones no sirven más que para retardarme.
TÍNDARO Que mi padre le dé libertad, y lo envié aquí á cambio de nosotros dos.
FILÓCRATES. —Está bien, no so me olvidará.
HEGION.—Sobre todo, Tíndaro, que sea con la mayor prontitud... pues á unos y á otros nos interesa grandemente.
FILÓCRATES.—Creed, Hegion, que si grande es el deseo vuestro de ver á vuestro hijo, no ménos impaciente estará él de
abrazar al suyo.
TÍNDARO.—Mi hijo me es muy querido... para qué padre no le
será también el suyo!..
FILÓCRATES (á Tindaro).—No tenéis ninguna otra cosa que comunicarme para vuestro padre?
TÍNDARO.—Asegúrale que quedó en buena salud. Puedes, oh
Tíndaro, añadirle que entre los dos no ha habido jamás la
menor discordia; que no me has faltado en lo mas pequeño;
que no me has dado ni el mas leve motivo de quejarme; que, á
pesar de mi desgracia, no has dejado de serme leal y obediente y que t u fé y tu celo no se han visto desmentidos en mis
peligros é infortunios. Y estoy seguro que, cuando m i padre
conozca tu conducta, no ha de ser tan avaro que rehuse el
otorgarte la libertad, en agradecimiento; y si yo vuelvo, sabré hacerle que te la conceda con entera complacencia: pues
á tus cuidados, á tu honradez, á tu virtud y á tu prudencia
deberé el volverme á encontrar en el seno de mi familia. Tú
me has proporcionado dicha tan inapreciable, descubriéndole á Hegion mi nacimiento y mi fortuna. Con t u ingénio
has roto las cadenas de t u señor. Esa es t u obra.
FILÓCRATES.—He hecho con vos, señor, todo cuanto estáis recordando, y os agradezco con todo mi corazón que no lo hayáis olvidado. Pero, en verdad, merecíais que me comportase con vos de tal manera; pero si yo hiciera del mismo modo
mención del mucho bien que os debo, el dia concluiría antes
que m i relato: aunque la suerte os hubiera hecho mi siervo
no hubierais podido tributarme deferencias mas extremadas!
HEGION.—Qué corazones tan nobles, dioses inmortales!... me
70
REVISTA DE ANDALUCIA
hacen derramar lágrimas de enternecimiento!... Ved ahí una
entrañable mutua amistad... con qué alabanzas tan delicadas ha correspondido el esclavo á su señor!
FILÓCRATES.—Por Pólux! los elogios que me prodiga no son ni
la centésima parte de lo que él merece.
HEGION.—Después de haberle servido tan cumplidamente, tese
ofrece la ocasión de coronar ¡oh Tíndaro! tu bella obra, desempeñando la misión que te ha confiado con toda fidelidad.
TÍNDARO.—No me es posible, Hegion, manifestar mi buena voluntad sino con mis obras y procurando con ardorosa solicitud el éxito deseado. Y para convenceros de ello, pongo por
testigo al poderoso Júpiter, de que nunca dejaré de ser fiel
á Filócrates.
HEGION.—Eres un hombre de bien.
FILÓCRATES.—Y que jamás dejaré de ejecutar en interés suyo
lo mismo y del propio modo que en el mió.
TÍNDARO.—¡Quiera el cielo que tus acciones y sus efectos correspondan á tus palabras! Y ya que no me ha sido dado decir acerca de tí cuanto hubiera sido mi deseo... escucha sin
incomodarte mis últimas advertencias: piensa bien ¡por los
dioses te lo suplico! que bajo mi palabra y mediante caución,
te se envia á mi casa paterna, y que mi vida se queda en
prenda de la tuya. No vayas á olvidarlo después que te
alejes, dejándome aquí sólo en la servidumbre; considerándote t ú libre, no vayas á condenar al abandono á tu fiador, n i me descanses, por los cielos! hasta que traigas al hijo de este anciano para permutarnos. No olvides que son 50
minas las que tendría que abonar si tú no parecieras; con
que sé fiel con el que lo ha sido contigo, y que t u lealtad
probada no se desvanezca jamás. Mi padre, estoy seguro, segurísimo, no faltará al cumplimiento de su deber. Conserva
mi amistad que será eterna, y acepta la de este anciano que
te la ofrece. Por esta t u mano que yo oprimo con l a mía,
con toda el alma te ruego que me pagues con la fidelidad
que yo he tenido para contigo. Reflexiona, Tíndaro, que tu
eres en estos momentos mi dueño, mi protector y mi padre.
En tus manos pongo mi suerte y mis esperanzas.
FILÓCRATES.—Basta, señor!... Quedareis contento con que se
cumplan satisfactoriamente todos vuestros encargos?
LOS CAUTIVOS
7r
TÍNDARO Completamente.
FiLÓGRATEs.—Pues yo os prometo que volveré, y que se colmarán vuestros deseos. ¿No tenéis más que ordenarme?
TÍNDARO.—Que vuelvas, ya lo sabes, cuanto ántes.
FILÓCRATES.—Eso no es menester advertirlo.
HEGION ( á Filócrates).—Sigúeme y haré que mi banquero te
entregue dinero para el viaje, y al mismo tiempo iré á recojer un papel casa del pretor.
TÍNDARO.—Qué papel?
HEGION.—Un documento que debe presentar á la gente del
ejército para que le permitan el paso para la Elida.—Tú!
(d Tíndaro) éntrate en la casa.
TÍNDARO (d Filócrates).—Qué lleves un viaje feliz!
FILÓCRATES.—Que el cielo os conserve en completa salud!
HEGION (aparte).—Por el dios Pólux que he asegurado m i fortuna, comprando estos Cautivos & los cuestores, en la venta
del botín! Me parece, loados sean los dioses! que tengo redimido á m i hijo de la servidumbre; y , sin embargo, por cuánto tiempo estuve vacilante sobre si Jos compraría ó no los
compraría!... (A los esclavos). Siervos! guardadme á este
cautivo dentro de la casa, y que no me ponga un pié fuera
de ella, sin que vaya acompañado de uno que le vigile.
Yo ostoy aquí de vuelta en un segundo. (Aparte), Vamos á
visitar á mis otros cautivos en la casa de mi hermano y al
mismo tiempo nos informaremos si entre ellos hay alguno
que conozca á este joven, (d Filócrates). Y , t ú , vente conmigo, y ante todo te dejaré á tí despachado. Este es ahora
mi asunto mas apremiante.
ACTO TERCERO.
ESCENA i.
Ergdsito.
Infortunado mortal el que, buscándose la vida, sólo á duras
penas encuentra qué comer! mas infeliz aún el que penosamente lo busca y no lo halla!., pero el desdichado sobre todos
72
ÜEVISTA DE ANDALUCÍA
los desdichados es ei que siente el aguijón del hambre y no
tiene qué llevar á la boca!..
Dia maldito! con cuánto gusto te arrancaría los ojos, si p u diera, por la fatal influencia que me estás ejerciendo sobre todo
el mundo!.. No he conocido jamás un famélico mas harto de
ayunos que este desgraciado, ni de menos suerte en todas sus
tentativas de procurarse pábulo para el estómago... Mi vientre
y mis mandíbulas celebran hoy la gran fiesta del hambre!..
Mal haya m i l veces el oficio de parásito! Esta juventud endurecida está dejando penar á los pobres bufones en la indigencia. No se hace ya el menor caso de estos Fspartiatas de la
ínfima clase, de estos míseros ¡Sufre-lapos, de estos desventurados parásitos, poseedores de frases agradables; pero sin viandas que comer, ni dinero con que comprarlas. Hoy no se brinda con un banquete sino al que puede devolver el convite...
Pero ¿qué más? si hasta van ellos mismos al mercado, al mercado que en otro tiempo era dominio exclusivo de los parásitos! y luego desde el foro se encaminan casa de los viles mercaderes de meretrices, con la cabeza erguida, como si fueran á la
asamblea del pueblo á juzgar á los criminales!.. Tanto les iraporta un bufón como un bledo: no tienen amor á nadie, á nadie
más que á sí propios. Hace poco, cuando me salí de aquí, me encaminé hacia el foro y, aproximándome á un grupo de jóvenes;
«yo os saludo, les dije, dónde se come hoy?—Ni una palabra.
—¿Quién ha sido el que ha contestado: «en mi casa?»—Mudos
como estátuas: ni aun siquiera se mofaban de mí.—¿Dónde cenaremos, por lo menos? Me hacen señas de que no. Apelo á
uno de mis chistes favoritos, á uno de aquellos graciosos
cuentos, que en otra época me aseguraban la bucólica de un
mes entero. Nadie absolutamente se ríe... No hay duda, es una
confabulación infame. N i uno sólo se dignaba imitar siquiera
al perro enfurecido: ya que no fuera de risa, que al ménos me
hubieran enseñado los dientes... Viendo que aquellos mancebos se divertían conmigo, los abandoné. Después me fui en
busca de otros; luego de otros, luego de otros más... en todas
partes la misma acogida. Se han dado la consigna como los
mercaderes de aceite en el Velabro. Me marché por último de
allí, corrido de verme tan indignamente burlado: Y, como yo,
toda la turba de los parásitos se consumía, dando vueltas inú-
LOS CAUTIVOS
73
tílmente.—Estoy resuelto á demandar justicia, con arreglo á
la ley bárbara, contra esta juventud coaligada para privarnos
de los víveres y de la vida. Yo envolveré en un lindo proceso á
los culpables, y pediré en gordo contra ellos: haré que se les
condene á que me den diez comidas, á mi discreción, atendida
la carestía de las subsistencias. Es del todo necesario hacerlo
así—Ahora dirijo mi rumbo hácia el puerto: allí está la única
esperanza que me resta de pescar una cena; si también se me
frustra... no habrá otro remedio sino volverme en casa del viejo, y aceptar su insípido banquete.
ESCENA II.
Hegion, AHstofonte.
HEGION.—Qué cosa mas grata que conseguir uno su provecho unido al del bien público!: eso me ha sucedido á mí ayer con
la compra de esos prisioneros... Todos cuantos me vén se apresuran á darme el parabién. Por cierto que con tanta detención
y con tanta charla me encontraba ya rendido, y me creía que
nunca iba á llegar la hura de verme libre de aquel diluvio de
felicitaciones. Por fin pude llegar á la casa del pretor; y , después que tomé un poco de aliento, exijí el pase, me lo despacharon, se lo entregué á Tíndaro, y se marchó el hombre h á cia sus país. A seguida me vine hácia la casa, pasándome antes por la de mi hermano, donde tengo mis otros cautivos. ¿Hay
entre vosotros, les pregunté, alguno que conozca á Filócrates
de Eléa?Yeste que viene ^ x ú (señalando d Aristofonte) toe contestó: ¿A Filócrates? es amigo mió.—Bueno! pues en mi casa se
encuentra. Entonces me rogó que le dispensara el favor de ver
á su camarada, y se lo he concedido, ordenando que le soltaran las cadenas.—Aristofonte). Sigúeme. Voy á satisfacer
tu deseo, conduciéndote al lado de tu amigo.
ESCENA III.
Tin d aro.
En este momento en vez de vivir, preferirla no haber existido nunca. Toda esperanza, todo recurso, todo auxilio se ha
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REVISTA DÉ ANDALUCÍA
perdido. Este es el dia en que no hay para mi pobre vida esperanza alguna de salvación. No encuentro por donde salir, en
este caso tan terrible; no vislumbro ni un rayo de esperanza en
esta espantosa tenebrosidad. De que manera voy á ocultar mis
astucias y engaños? con qué velo voy á encubrir mis intrigas
y trapacerías? No hay conmiseración posible para mis imposturas, ni hay escape que valga para mis iniquidades. La audacia
no encuentra refugio, ni hay asilo para el engaño. Todo el
misterio se ha descubierto; se ha puesto en evidencia la impostura, y toda esta farsa es ya clara como la luz del dia. No encuentro medio de evitarme la horrible muerte que me espera,
en pago de nuestro engaño. Me ha perdido ese Aristofonte,
que acaba de entrar: ese hombre me conoce y es amigo y pariente de Filócrates. La misma diosa de la Salud, aunque quisiera, no podría salvarme... A menos que no sacara yo de esta
cabeza alguna nueva maquinación... Pero cual, diántres!..
qué es lo que ya puedo inventar?.. No me vienen á la imaginación más que estúpidas imbecilidades... Estoy enteramente
atrapado.
ESCENA IV,
Hegion, Tindaro y Ánstofonte.
HEGION.—Cómo es que ese hombre se ha salido fuera de la
casa?
TÍNDARO.—-Ah! estoy muerto!.. El enemigo se acerca, pobre
Tindaro. Qué diré? que alegaré? qué es lo que puedo confesar? que es lo que debo negar? No sé ¡cielos! qué resolución
tomar... ¡jEl medio de salir de esta situación!!... Maldito
Aristofonte! ¿por qué los dioses no te llevaron á los inñernos,
ántes que hubieses sido arrebatado de tu pátria? tú has venido con tu fatídica presencia á derrumbar todos nuestros
planes. Todo este asunto está perdido, si no imagino alguna
audaz estratagema.
E m i o n { d ÁristofonteJ.—Por aquí.,. Ahí lo tienes. Acércate
y háblale.
TÍNDARO (volviéndose de escalda á ÁristofonteJ.—Eay a l g ú n
mortal mas desgraciado q ue yo?
LOS CAUTIVOS
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ARISTOFONTE—Qué es eso, Tíndaro? porqué huyes de mi vista? porqué ese aire de desprecio, como si yo fuera para tí un
desconocido? Esclavo soy ciertamente, como tú lo eres también. Pero yo en mi país era de condición libre, y t ú , desde
niño, has vivido en la servidumbre.
HEGION.—Por el dios Pólux! pues yo no me maravillo que se
aleje y que evite tus miradas, y n i aún me extrañaría que te
mostrase aversión, cuando estás llamándole Tíndaro, en vez
de decirle Filócrates.
TÍNDARO.—Hegion! esc hombre en Elida es tenido por loco f u rioso. No prestéis oidos á nada de cuanto os hable. Se le ha
visto en su casa perseguir con una pica á su padre y á su
madre. Además, de vez en cuando le dá ese picaro mal para
el que es bueno echar saliva sobre el paciente. Señor, os
aconsejo que huyáis de su lado!
HEGION.—Que se lo lleven léjos de mí!
ARISTOFONTE (d TíndaroJ.—Cómo, bribón! t ú dices que yo estoy demente? que yo he perseguido con una pica á mi padre
y á mi madre? que yo padezco una enfermedad cuyo preservativo es escupirme?
HEGION.—No tienes porque ruborizarte de ello. Muchos se ven
afligidos de ese mal y han encontrado en la saliva un remedio muy saludable.
ARISTOFONTE.—De modo que vos creéis lo que dice ese infame?
HEGION.—Pero, qué es lo que yo creo?
ARISTOFONTE Que yo estoy loco!!,..
TÍNDARO fd Hegion).—Mirad, mirad que ojos tan furiosos os
echa! lo mejor es que os retiréis. Hegion, lo que yo os he
anunciado ántes: el acceso se apodera ya de él. Tened cuidado con vos, señor.
HEGION Desde que le oí darte el nombre de Tíndaro, me apercibí que no estaba en el uso de su razón.
TÍNDARO.—Como que á veces se olvida hasta de su mismo
nombre, y no sabe decir quien es él mismo.
HEGION.—Pues él se decia amigo tuyo...
TÍNDARO.—Amigo mió!.. En la vida lo he visto... Almeon,
Orestes y Lycurgo son mis amigos del mismo modo que él.
ARISTOFONTE Cómo, racimo de horca, te atreves á seguirme
injuriando? Dices que yo no te conozco?
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REVISTA DE ANDALUCIA
HEGION.—Pues es claro: cómo que le llamas Tíndaro en vez de
Filócrates... A l que ves no lo conoces; y estás nombrando al
que no vés.
ARISTOFONTE (d Eegion) A l contrario, él reniega de ser lo
que és y dice ser lo que no és.
TÍNDARO.—En efecto, si tú vas á ganar á Filócrates en decir la
verdad.
ARISTOFONTE.—Cielos!... veo que este infame va á producir la
convicción de la verdad con sus mentiras. Por Hércules! mírame, mírame, te suplico á la cara.
TÍNDARO (mirándole) T bien, qué?
ARISTOFONTE.~Y te atreves aún á negar que tú eres Tíndaro?
osarás todavía sostener que tú eres Filócrates?
TÍNDARO.—Lo digo y lo repito.
ARISTOFONTE (á Eegion).—Y tú le das crédito!..
HEGION Mas que á tí, y mas que á mí mismo: porque el Tíndaro que tú pretendes ver, se ha vuelto hoy á la Elida, y vá
casa del padre de ese que miran tus ojos.
ARISTOFONTE
¿Pero qué padre decís, si ese es un esclavo?
TÍNDARO (á Aristofonte).—Y tú también eres esclavo así como
antes has sido libre; y yo me prometo serlo á mi vez, si consigo que recobre su libertad el hijo de Hegion.
ARISTOFONTE
Qué dices miserable? ¿tienes el descaro de asegurar que eres libre?
TÍNDARO.—Yo no he dicho que soy libre, sino Filócrates.
ARISTOFONTE
Qué significa esto? Este pillastre está jugando
con vos Hegion! él es y ha sido siempre esclavo, y en su v i da ha tenido á su servicio mas esclavo que él mismo.
TÍNDARO.—Porque tú eres un pobre indigente en tu patria
que no tienes que comer, quisieras que el mundo entero te
igualase. Pero no hay de que sorprenderse: los pobres de
ordinario son enemigos envidiosos de los ricos.
ARISTOFONTE.—Guardaros, Hegion, de creerle con ligereza;
porque ó yo me engaño mucho, ó medita alguna fechoría
digna de él. Acaba de asegurar que está trabajando por el
rescate de vuestro hijo, y no me agrada esto de ningún
modo.
TÍNDARO.—Demasiado sé que no verás con satisfacción que esto se realice; pero yo cumpliré mi promesa: así los dioses me
LOS CAUTIVOS
77
ayuden! Yo le restituiré á su hijo, y él en cambio me entregará á mis padres: con este objeto he enviado á Tíndaro á mi
casa paterna.
ARISTOFONTE.—Pero si Tíndaro eres tú; y no hay mas esclavo
de ese nombre que tú en nuestro país.
TÍNDARO.—Cuando acabarás de echarme en cara esta servidumbre á qu3 me ha reducido la suerte de las armas?
ARISTOFONTE.—Ira del cielo! No puedo contenerme!..
TÍNDARO (á Hegion).—Ay señor! lo oís? Huid! mirad que nos va
á apedrear, siuó dais orden de que le aten.
ARISTOFONTE.—Estoy dado á los infiernos!
TÍNDARO.—Despide fuego por los ojos! cuerdas, Hegion! pronto cuerdas! ¿no ves como todo su cuerpo se tiñe de manchas
lívidas? la negra bilis que le atormenta...
ARISTOFONTE.—A tí si que, de hacer este anciano lo que debe,
hará que te dé tormento la pez negra, á manos del verdugo,
y que arrojes llamas por esa cabeza.
TÍNDARO.—Ya no dice sino estravagancias; enteramente ya es
presa de las fúrias.
HEGION.—Por Hércules! y si hago yo que le aten?
TÍNDARO.—Eso es lo que aconseja la prudencia.
ARISTOFONTE. —El suplicio estoy pasando de no tener una gran
piedra con que aplastar el cerebro á este miserable!
TÍNDARO.—Hegion, qué busca una piedra! no has oído?
ARISTOFONTE
Deseo hablaros en secreto, Hegion.
HEGION.—Pues no te acerques te suplico. Habíame desde donde estás: que yo te puedo escuchar á distancia.
TÍNDARO.—Por Pólux! si os aproximáis á él se arrojará á vuestra cara y os arrancará las narices de raiz.
ARISTOFONTE.—Hegion, no creáis que estoy loco; ni lo he estado en m i vida ni yo adolezco tampoco de ninguno de los
males que ese hombre me atribuye. Sin embargo, si os causo
miedo, haced que me aten, yo consiento en ello; pero con
tal que ordenéis atar también á ese miserable.
TÍNDARO.—A. mí? á mi nó; que lo encadenen á él en buen hora
si ese es su gusto.
ARISTOFONTE.—Cállate, mentido Filócrates, yo haré que seas
reconocido por el verdadero Tíndaro. ¿Porqué me estás haciendo señas?
78
REVISTA DE ANDALUCIA
TÍNDARO.—¡Qué yo te estoy haciendo señas! (d ílegion). Cielos!
A que no se atrevería si vos no estuvierais presente.
HEGION (comenzando d desconfiar),—Qué te parece á tí que haría este loco si yo me aproximára á él?
TÍNDARO.—Tonterías! se burlará de vos. Os empezará á contar
majaderías sin piés ni cabeza. No le faltan mas que las vestiduras; por lo demás es el mismo Ayax en persona el que
tenéis delante de vuestros ojos.
HEGION.—-Pues no me importa. Me voy á él.
TÍNDARO (aparte).—ViiosQs inmortales, estoy perdido!—Me encuentro entre la espada y la pared, y no sé que partido tomar!
HEGION.—Aristofonte, estoy dispuesto á escucharte, si tienes
algo que decirme.
ARISTOFONTE.—Vais á oir de mis lábios la verdad, que hasta
ahora os ha parecido mentira; mas ante todo, necesito disuadiros de la idea de que soy un maniaco. Yo no padezco n i n guna locura, ni sufro otro mal que el de la servidumbre; pero que el Rey de los dioses y de los hombres no me conceda
volver á pisar jamás el suelo de mi pátria, si ese infame no
es tan Filócrates como vos y como yo!
HEGION.—Entonces dime, quien es ese hombre?
ARISTOFONTE.—El mismo que os he dicho desde un principio.
Si vos averiguáis lo contrario, me someto sin restricciones,
y para siempre, á vivir en vuestra casa privado de mi familia y de mi libertad.
HEGION (á Tindaro).—Y qué tienes t ú que responder á esto?
TÍNDARO.—Que vos sois mi dueño y señor, y yo soy vuestro
esclavo.
HEGION.—Esa no es la cuestión. Se te pregunta si eres ó no de
condición libre.
TÍNDARO Lo he sido, señor.
ARISTOFONTE.—Falso! jamás io ha sido: vamos, ese hombre está de broma!..
TÍNDARO.—Y tú qué sabes? fuiste acaso ia comadrona de mi
madre para hablar con todo ese atrevimiento?
ARISTOFONTE.—Pues no te he visto á t i niño pequeño, siendo
yo niño también?
TÍNDARO Toma! también yo hombre hecho, te estoy viendo,
LOS CAUTIVOS
19
á tí ahora mismo que no eres ningún niño. Te se vuelve la
cosa en contra. Lo mas acertado sería que no te mezclases
en mis asuntos, ¿por ventura, d i , mo cuido yo de ios tuyos?
HEGION fd Aristofonte).—El padre de este se llama ThesauroChrysóoico- Chrysides?
ARISTOFONTE En la vida he oido pronunciar semejante nombre. El padre de Filócrates se llama Theodoromédo.
TÍNDARO (aparte),—Ahora sí que acabo de recibir el golpe de
muerte! Calma, corazón mió, suspende tus naturales movimientos. Tú estás brincando y en cambio yo de miedo apenas puedo sostenerme.
HEGION (encolerizado).—Estás dispuesto á proporcionarme al
punto la prueba de quo este traidor ha sido un esclavo en Elida; y que no es, ni se liamn Filócrates"?
ARISTOFONTE.—Tan cumplida como que nada puede aducirse
contra esa afirmación. Pero ¿el verdadero Filócrates dónde se
encuentra en este momento?
HEGION.—Donde yo no querría que se hallára y donde él estará
muy grandemente. Ah! me ha partido, me ha descoyuntado
este infame con su perfidia; con sus engaños mo ha conducido á donde ha querido. Pero en fin, qué debo yo creer?
ARISTOFONTE.—Por mi parte nada os he dicho que no podáis
averiguar cumplidamente.
HEGION.—Conque es cierto?
ARISTOFONTE.—En la vida oiréis una verdad mas exacta que la
que habéis oido: como que Filócrates ha sido amigo mió desde la niñez.
HEGION.—Y cuáles son la señas de ese tu camarada Filócrates?
ARISTOFONTE.—Voy á decírtelas: rostro macilento, nariz aguda, cutis blanco, los ojos negros, el cabello algo rubio, crespo y ensortijado.
HEGION.—Es su retrato!
TÍNDARO (aparte)—En que atolladero estoy metido!.. ( E n to~
no irónico). iLástima de varas que se van hoy á romper en
mis costillas!
HEGION.—Me han engañado inicuamente! ya lo veo.
TÍNDARO (aparte con ironiaj.—Grillos queridos, porqué tardáis
en venir á abrazaros á mis piernas, á fin de que yo os tome
bajo mi custodia?
80
REVISTA DE .AÑDALÜCIA
HEGION.—Ah!.. estos inicuos prisioneros se han mofado hoy de
mí completamente. El uno se ha fingido esclavo y el otro ha
simulado ser hombre libre... Se han comido la almendra y
me han dejado en prenda la cascara!.. ImbécilL. Me he dejado tiznar el rostro con toda clase de colores!., (Mirando d
Tindaro). Pues este por lo menos no se burlará de mí. Cólafo, Cordálion, Córax!.. Hola! venid al punto con las cuerdas.
EL CORRECTOR (abarte).—Vaya una hora de enviarnos á hacer
leña!
ESCENA V.
Hegion, Tindaro, Aristofonte, Esclavos correctores,
HEGION.—Ponedle las esposas á ese infame.
TÍNDARO.—Qué significa esto? qué delito he cometido?
HEGION.—Y te atreves á preguntarlo sembrador, escardador, y
ahora gran segador de males?
TÍNDARO."—Y por qué üo me habéis llamado primero desterronador: pues el desterronar precede siempre á la carda en las
faenas de la labranza.
HEGION.—Pero no veis con qué descaro me provoca?
TÍNDARO."—-El esclavo inocente y sin culpa debe hablar siempre
con confianza y sobre todo á su señor.
HEGION.—.Atadle las manos fuertemente, os ordeno.
TÍNDARO.—Sois mi dueño: mandad que me las corten si queréis. Pero dignaos manifestarme el motivo de vuestro enoj o : por qué es esto, señor?
HEGION.—Porque habiendo puesto en tí toda mi confianza, tus
mentiras, tus ardides, han desconcertado, han destruido t o dos mis proyectos, han echado por tierra todas mis esperanzas. Tú me has arrebatado á Fiiócrates con tus imposturas.
Le tuve por esclavo y á tí por hombre libre, dando crédito á
vuestras palabras: y ahora resulta que habéis permutado los
nombres.
TÍNDARO.—Confieso que es verdad cuanto decís; confieso que
él se os ha escapado, con la ayuda de mis ardides y ficciones.
Y qué causa es esta, por Hércules! para que estalle contra
mí vuestro furor?
HEGION,—Con terribles tormentos tienes que pagarlo.
LOS CAUTIVOS
81
TÍNDAEO.—Con tal que yo no me haya hecbo merecedor de la
muerte, poco me importa. Aunque yo sucumba aquí y aunque Fílócrates no regrese como me ha prometido, con el sacrificio de mi vida babré realizado una acción memorable;
pues habré arrancado á mi señor de la servidumbre y de manos de sus enemigos, restituyéndolo libre á sus padres y á
su patria, habiendo preferido arriesgar mi cabeza ántes que
dejar de salvarle.
HEGION.—Pues vé á gozar de tu gloria á orillas del Aqueronte.
TÍNDARO.—El que perece por la virtud, no muere.
HEGION.—Cuando en castigo de t u engaño yo te haya hecho
sufrir los mas crueles tormentos, y cuando la muerte les ponga término, que digan después si has muerto, ó si has perecido, poco me importa: con tal que perezcas me esindiferen*
te que prediquen que vives.
TÍNDARO.—Por Pólux! si tú ejecutas tal cosa no la realizarás impunemente; pues si regresa mi amo Filócrates, como de ello
estoy segurísimo...
ARISTOFONTE.—Oh dioses inmortales! acabo de penetrar este
misterio; ya la comprendo todo! Mi amigo Filócrates se encuentra en libertad en su pátria y con sus padres. Cuánto me
alegro! cómo que no hay nadie á quien yo quiera tan entrañablemente como á él... Y ¡cuánto siento ahora el flaco servicio que he hecho al pobre Tíndaro! Por mi indiscreción y
mis palabras lo cargarán de cadenas!
HEGION fá Tindaro).—'No te recomendé que me dijeras la verdad?
TÍNDARO.—Ciertamente que rae lo exijisteis.
HEGION.—Pues entonces, por qué has osado mentir?
TÍNDARO.—Porque la verdad hubiera perdido al que deseaba
servir, y una mentira le salvaba.
HEGION.—-Pues cara te ha de costar.
TÍNDARO.—Sea en buen hora. He salvado á mi dueño y el haberle salvado me produce una satisfacción, pues su padre
(que era mi señor) me habia colocado á su lado pani custodiarle. ¿Creéis que en esto he obrado malamente?
HEGION.—Pésimamente.
TÍNDARO.—Pues yo afirmo que me he portado bien: mi juicio
difiere del vuestro. Reflexionad sin embargo, oh Hegion! ¿si
TOMO X X
11
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REVISTA DE ANDALUCIA.
uno de vuestros siervos se hubiera producido de análoga manera con vuestro hijo, ¡cuánta gratitud no le guardariais! A
un esclavo tal, decid, no le otorgariais la libertad? No seria
para vos vuestro siervo mas estimado? Contestadme, señor.
HEGION.—No digo que no.
TÍNDARO.—Pues entonces, por qué os encolerizáis contra mí?
HEGION.—Porque has sido con él mas leal que conmigo.
TÍNDARO.—Pues qué! por ventura pretendíais que un día y
una noche fueran suficientes para cambiar el corazón de un
cautivo, de un esclavo novicio, recientemente colocado á vuestro servicio, hasta el punto de que prefiriese vuestro interés
al de aquel con quien había pasado la vida desde la niñez?
HEGION.—Pues mira: exígele á él el premio de tus servicios. —
(A los esclavos). Conducídmelo donde le carguen de fuertes
y pesadas cadenas, (d Tíndaro) Y desde allí derecho irás á las
canteras; y en lugar de las ocho piedras que ios otros cortan
al cabo del día, t ú tendrás que hacer el doble de trabajo. Y si
nó... haremos que te se llame ¡Sexcentoplago. (Seiscientos
azotes).
ARISTOFONTE.—En nombre de los dioses y de la humanidad yo
os ruego que no perdáis á ese infeliz.
HEGION.—Ah nó! se tendrá cuidado con él. Por de noche se le
encadenará y custodiará, y durante el dia arrancará piedras
en los subterráneos. Quiero prolongar su suplicio, y no acabar con él en un solo dia.
ARISTOFONTE.—Pero es cierto que lo vais á hacer?
HEGION.—Mas cierto que el que ha de llegar un dia en que tengo que morir. Llevadle sin pérdida de tiempo á la fragua de
Hipólito y decidle que le aplique unas gruesas esposas; y desde allí conducídmelo fuera de las puertas de la ciudad á la casa de mi liberto Córdalo para que lo lleve á trabajar en las
canteras.—Y recomendadle especialmente, de mi parte, que
no me lo trate sino tan mal como al que trate peor.
TÍNDARO.—Por qué he de anhelar que me conservéis la vida, á
pesar vuestro? Peor para vos si peligra mi vida. Después de
muerto nada tengo que temer de la muerte. Aunque mi vida
se prolongase hasta una extrema vejez, siempre sería breve
el tiempo que me restaría de padecer. Pasadlo bien. Aunque
en verdad mereceríais otra despedida. Y en cuanto á tí, Aris-
LOS CAUTIVOS
83
tofonte, que los Cielos te paguen el servicio que me has hecho. Tú y solo t ú eres el autor de mis infortunios.
HEGION.—Llevadlo de una vez.
TÍNDARO.—Una gracia, señor! Si regresa Filócrates, permitidme siquiera verme con él.
HEGION.—La vida os va , si no me lo quitáis al punto de mi presencia.
TÍNDARO Oh! esta es una brutal violencia. ¡Por Hércules! arrastrarme, llevarme á empellones de esta manera...
ESCENA VI.
Hegion, AHstofonte.
HEGION.—Ya lo conducen al calabozo como se merece. Así servirá de lección á los otros cautivos, para que ningún otro se
atreva á seguir su ejemplo. Sin éste que me lo ha descubierto todo, no hay duda, me hubiesen llevado con sus engaños,
dónde se les hubiera antojado, tirándome de la brida. De nadie, de nadie absolutamente me he de fiar en adelante; bueno
es haber sido miserablemente burlado una vez. Qué desgracia tan enorme la mia! abrigaba la esperanza de rescatar á mi
pobre hijo y mi esperanza se ha desvanecido. Perdí á aquel
pobre niño de cuatro años que me robó el esclavo y no he
vuelto á tener noticias ni del esclavo n i de aquel hijo; ahora
cayó mi hijo mayor en poder de los enemigos... qué suerte
tan funesta me persigue! Soy padre y me he quedado sin h i jos. (A Áristofonte). Sígneme, por aquí: te volveré á conducir al lugar de donde te traje. No quiero tener compasión de
nadie, puesto que nadie se apiada de mí.
ARISTOFONTE.—Hoy me despertó entre cadenas. Entiendo que
mañana me acontecerá lo mismo.
ACTO CUARTO.
ESCENA I .
Ergásilo.
Oh! soberano Júpiter! t ú me salvas la vida, y me colmas
de bienes, en este momento! Qué de felicidades me esperan!
84
REVISTA DE ANDALUCIA
Grandes opíparas cenas; gloria, provecho, placeres, juegos,
risas, alegrías, fiestas, pompas, abundancia, ricos vinos, manjares suculentos, dicha completa!... De hoy en adelante ya no
tendré que suplicará nadie. Héme aquí ya en estado de proteger á un amigo ó de perder á un enemigo... de tal manera me
ha colmado de felicidad este dia venturoso! Acabo de lograr una
riquísima herencia sin los gastos del sacrificio... Voy á toda
prisa á buscar al pobre viejo Hegion; pues le traigo el mayor
bien que él puede pedir al Cielo, y mucho más. Ciertamente
mi negocio está hecho. Ahora voy á la manera de los esclavos
de comedia, á recoger mi manto sobre el cuello para ser el
primero de quien oiga tan grata noticia, y cuento que por ella
me asegurará la comida para el resto de mi existencia.
ESCENA II.
Hegion, E r g asilo,
HEGION.—Cuanto mas medito en esta aventura, tanto mas se
redobla el despecho en mi alma... Haberme dejado tiznar el
rostro de esta manera, y no haberme apercibido n i remotamente de ello!... Cuando este hecho se divulgue, voy á ser
la irrisión de la ciudad... No hay duda: cuando me presente
en el foro, de seguro van á gritar todos: «ahí vá, ahí vá el
viejo bobalicón que cree todo cuanto le dicen!». Pero no es
Ergásilo ese que veo venir y que trae recogido el manto!
Qué es lo que irá á hacer?
ERGÁSILO (aparte).—Basta de tardanzas, Ergásilo, y á desempeñar cuanto ántes tu misión. Fuera todo el mundo y nadie
se oponga en mi camino, si no se encuentra mal con su existencia. A l que me impida el paso le aplasto las narices.
HEGION.—Este hombre se prepara para el pugilato.
ERGÁSILO.—Que lo voy á hacer como lo digo. Que cada cual
prosiga su camino, sin detenerse á hablar de sus negocios en
esta plaza, porque mi puño es una balista, mi codo una catapulta y mis hombres un ariete: con la rodilla derribaré
por tierra á aquel que se me oponga y dejaré sin dientes á
todo mortal con quien tropieze.
HRGION.—Qué amenazas son estas? En verdad que no salgo de
mi asombro.
LOS CAUTIVOS
85
ERGÁSILO.—Cuidado que se ha de acordar para siempre de este
sitio, y de esta hora y de mí!.. El primero que tropiezo conmigo, encuentra su muerte.
HEGION Pero qué proyectos traerá entre manos, cuando pronuncia tan tremendas amenazas?
ERGÁSILO.—Lo prevengo de antemano, para que si alguno se
vé cogido, lo sea por su culpa. Manteneros en vuestras casas. Evitad todos, os digo, rci violencia.
HEGION.—Por vida de Pólux! para mostrarse tan inflado, de seguro que le han inflado también á él el estómago. Compadezco al pobre tonto, de cuya mesa haya salido tan arrogante.
ERGÁSILO.—Ay de los panaderos que alimentan á sus cerdos
con salvado, lo cual produce un olor tan fétido que no se puede pasar por delante de sus tahonas!., como yo tropiezo con
uno de estos animales en la vía pública, por mi fé, que á los
cerdos y á sus amos les he de sacar el salvado del cuerpo.
HEGION.—Soberbio edicto! y con qué tono de rey! Nada, sin duda está bien repleto: porque la magostad de éste reside en el
estómago.
ERGÁSILO.—Guay también de los pescadores que traen á vender al pueblo, en jumentillos, pescado podrido, cuya fetidez
hace huir de la plaza á los que se pasean en los pórticos! Yo
les restregaré en el rostro sus canastas de pescado, para que
aprendan á no infestar las narices de las gentes; y en cuanto á los carniceros que arrancan á las ovejas sus tiernos recentales, que venden corderos para los sacrificios, y dan carne de carnero por carne de castrón... si me encuentro en la
calle con algunos de estos endurecidos carneros, aseguro que
el amo y la res lo han de pasar malamente.
HEGION Bravo! el hombre dicta sus ordenanzas como un edil.
Si le habrán nombrado los etolios agoránomo?
ERGÁSILO.—Yo no soy ya parásito; yo soy un rey, el mas régio
de los reyes. Tantos y tan soberbios son ios socorros que me
trae la nave que acaba de fondear en el puerto. Mas ¿porqué
tardó en inundar de alegría él corazón del viejo Hegion, que
es en este instante el mas afortunado de los mortales?
HEGION Qué grata noticia será la que me trae este diablo tan
alborozado?
86
REVISTA DE ANDALUCIA
ERGÁSILO (llamando á la yueHa) .—YíoX&W. dónde demonios estais? No hay quién abra esta puerta?
HEGION.—-Vamos, este danzante viene á cenar conmigo.
ERGÁSILO—Abridme al punto las hojas de esta puerta olas derribo á puñetazos.
HEGION.—Me han entrado ganas de dirigirle la palabra. E r g á silo?
ERGÁSILO (sin volverse).—Quién dice por ahí Ergásilo?
HEGION Oye, mírame.
ERGÁSILO.—Me pides una cosa que no te concede ni te concederá la fortuna. Pero ¿quién eres tú?
HEGION.—Mirame, hombre. Soy Hegion.
ERGÁSILO.—Oh tú el mas venturoso de cuantos hombres hay en
el mundo, ¡cuán á tiempo has llegado!
HEGION Sin duda encontraste alguien con quien cenar en el
puerto y por eso despreciaste mi convite?
ERGÁSILO.—Echa esa mano.
HEGION Mi mano?
ERGÁSILO.—Dame esa mano á seguida.
HEGION.—Tómala.
ERGÁSILO Ahora... regocíjate.
HEGION.—Y de qué quieres que me regocije?
ERGÁSILO.—Porque yo te lo mando. Vamos, alégrate te digo.
HEGION.—Por el dios Pólux! mis quebrantos no me permiten
alegrarme.
ERGÁSILO Fuera ya el mal humor. A l punto voy á borrar de
tu semblante todas las huellas del pesar. Te digo que te regocijes con toda confianza.
HEGION.—Vaya! pues me alegro, aunque no sé porqué.
ERGÁSILO.—Haces bien. Ahora vas á dar tus órdenes.
HEGION.—Pero qué órdenes tengo que dar?
ERGÁSILO.—Ordena que enciendan un gran fuego.
HEGION.—Un gran fuego?
ERGÁSILO Sí; pero un fuego enorme.
HEGION.—Qué buitre eres! Te croes tú que, por solo darte gusto, voy á hacer arder mi casa?
ERGÁSILO.—No hay que incomodarse. Es que no quieres hacer que pongan al fuego las calderas? No quieres que se Jimpie la vagilla? que se preparen ardientes hornillas para el ja-
LOS CAUTIVOS
87
mon y las viandas, y que vaya alguno á comprar pescado?..
HEGION.—Vamos! este sueña despierto.
ERGÁSILO.—Qué otro vaya ó comprar puerco,corderoy pollos?..
HEGION—Sabrías darte buena vida, si tuvieras con qué.
ERGÁSILO.—Y jamones, y mariscos y salmones y rodaballos, y
lenguados y blando queso?..
HEGION.—Mas fácil te será nombrar todas esas cosas que comerlas en mi casa ¡oh Ergásilo!
ERGÁSILO.—Crees, pues, que yo te lo exijo en interés mió?
HEGION.—No hay que hacerse ilusiones querido mió. En m i casa no saborearás n i hoy ni en toda tu vida esos ricos manjares que acabas de nombrar. Te suplico, pues, que no me
traigas aquí mas que tu apetito ordinario.
ERGÁSILO.—Y qué haremos si t ú mismo te empeñas en hacer
ese gasto, aún impidiéndotelo yo?
HEGION.—Yo?
ERGÁSILO.—Sí t ú .
HEGION.—Serás tú mi amo en este momento.
ERGÁSILO.—No soy tu amo, sino tu mejor amigo, Díme: quieres que haga tu felicidad?
HEGION.—¡Quién no quiere mejor la felicidad que la desgracia!
ERGÁSILO.—Pues dáme tu mano.
HEGION Ahí la tienes.
ERGÁSILO.—Ay Hegion! los dioses todos te protegen!
HEGION.—Pues no siento en q u é . . .
ERGACILO.—Ya lo creo! no sientes, porque no estás metido en
una sentina (1). Haz que preparen prontamente los vasos
puros para el sacrificio y que traigan un carnero cebado, el
mejor que encuentren.
HEGION.—Para qué?
ERGÁSILO.—Para inmolarlo,
HEGION.—A qué dios?
ERGÁSILO—A mí! Yo soy para tí en este momento el soberano
Júpiter: yo soy para tí la salvación, la fortuna, la dicha y la
(1) En el original dice: estás en un espinar fin senticeto.)
Pero hemos dado esta traducción para conservar en castellano
un juego de palabras análogo al del texto, y que expresa la
misma idea.
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REVISTA DE AÑDALÜCÍA
alegría. Por coDsecaencia procura con opimas ofrendas merecer la protección de este dios.
HEGION,—Parece que t ú me tienes ánsia de devorar.
ERGASILO
A mí, no á t í ! . .
HEGION Como te parezca... ese hambre no me hace á mí sufrir.
ERGASILO.—Ya lo creo! ese es hábito tuyo desde la infancia.
HEGION.—Qué Júpiter y los dioses te confundan!..
ERGASILO.—Qae te confundan á tí. Por Hércules! lo justo sería
que me dieras las gracias por mis noticias: tan gran provisión de felicidad te traigo del puerto! conque ya me estás
complaciendo...
HEGION.—Vete allá, necio del diablo!., has acadido tarde; ya no
es tiempo.
ERGASILO.—Si hubiera venido antes, es cuando podrías, haberme dicho eso con motivo; pero ahora... recibe, Hegion, esta
alegría que te traigo: acabo de ver, en el puerto, en un barco de la república, á tu hijo Filopólemo vivo, sano y salvo,
acompañado del joven eleo, y de Estalagmo, aquel esclavo
que se te fagó, llevándose el niño tuyo de cuatro años...
HEGION.—Anda enhoramala!., ¿te estás burlando de mí?
ERGASILO.—Así me ayude la sagrada diosa de la Hartura y me
tenga siempre por uno de los suyos, según es cierto que lo
he visto, Hegion!..
HEGION.—A mi hijo?
ERGASILO.—A tu hijo, á mi Genio tutelar.
HEGION.—-Y á mi Cautivo aquel de la Elida?
ERGASILO.—Per Ápolinem (1).
HEGION.—Y á mi siervo Estalagmo el que robó mi hijo?
ERGASILO.—P^ É f e m (2).
HEGION.—Mucho tiempo há?
E R G A S I L O . — P m n e s t e (3).
HEGION.—Es verdad que ha llegado?
ERGASILO
Per Signiam (4).
(1)
(2)
(3)
(4)
Sí por Apolo.
Sí por Cora.
Sí por Preneste.
Por Signia.
LOS CAUTIVOS
89
HEGION.-—Dime: estás seguro de ello?
ERGÁSILO.—Per Phrusinonem (1).
HEGION.—Pero t ú lo has visto bien?
ERGÁSILO.—Per Álatriam.
HEGION.—Porqué, dime, juras por ciudades bárbaras?
ERGÁSILO.—Porque son tan difíciles de digerir, como la comida, que t ú me ofreciste.
HEGION.—Maldita sea tu vida!
ERGÁSILO.—Ojalá!., ya que no me crees cuando te estoy hablando la pura verdad.—Y á propósito: de qué nación era
Estalagmo cuando se fué de aquí?
HEGION Siciliano.
ERGÁSILO.—Ea, pues ya no es siciliano: ahora es boyo: lleva en
el cuello un dogal de Boya; sin duda le han dado esa esposa,
para que pueda procrear hijos, y no tenga necesidad de llevarse los de otros.
>
HEGION.—Vamos, con formalidad... ¿es cierto lo que me has
dicho?
ERGÁSILO.—Pues ¿no ha de ser?
HEGION.—Dioses inmortales! Me sientorevivir con esa noticia...
si dices la verdad.
ERGÁSILO.—Cómo! ¿lo dudas aún, después de mis solemnes j u ramentos? En fin, si t ú no tienes fé en mis palabras, vete tu
mismo al puerto.
HEGION.—Eso es lo mas acertado. Tú éntrate y prepara todo lo
necesario. Toma cuauto quieras, pide, dispon á tu atonjo. Te
hago mi despensero.
ERGÁSILO (dándose golpes en el mentre).—Por Hércules! si mis
vaticinios no se cumplen, me mueles con un garrote.
HEGION.—Ah! yo te prometo que si no me has engañado, te
espera una buena mesa para el resto de tus días.
ERGÁSILO En dónde?
HEGION.—En mi casa y en la de mi hijo.
(1) Lo juro, por Frusinona.—Son ciudades latinas: el p a r á sito las cita en griego como puede notarse en el texto: queriendo conservar el efecto que se propuso Plauto, con esas fórmulas exóticas, las hemos puesto nosotros en latin, como hace
el docto Mr. Naudet.
TOMO xx
is
90
REVISTA DE ANDALUCIA
ERGÁSILO Me prometes eso?
HEGION
Te lo prometo.
ERGÁSILO.—Pues yo te respondo de que ha llegado tu hijo.
HEGION.—Prepáralo todo lo mejor que puedas,
ERGÁSILO.—Con bien vayas y vuelvas pronto. (Váse Hegion).
ESCENA III.
Ergásilo.
Se marcha... ¡y me confia por completo la administración de
las provisiones! ¡dioses inmortales! ¡cuánta cabeza voy á cortar
hoy! ¡oh pobres cerdos y javalíes! ¡qué calamidad os amenaza!
¡qué destrozo de pemiles y de jamones! ¡qué horrible matanza!
¡bien les voy á dar que hacer á los carniceros y tocineros!.. Pero en verdad que es perder el tiempo si me entretengo en enumerar todos los manjares que pueden reparar este estómago...
Tomemos posesión de nuestra prefectura: comencemos por dictar sentencia contra el tocino; y luego iremos á socorrer á esos
desgraciados pemiles que están colgados, sin haber sido j u d i cialmente condenados.
ESCENA IV.
Un esclavo de Hegion.
Qué Júpiter y los dioses todos te esterminen maldito E r g á silo, á tí y á t u insaciable vientre, y á todos los parásitos del
mundo, y á cuantos de aquí en adelante os inviten á comer!
¡Qué desolación, qué calamidad, qué estrago ha caido sobre
nuestra casa! Parecía un lobo hambriento, yo temblaba creyendo que iba á devorarme... ¡Ay qué horror cuando le v i enseñarme los dientes!.. Derecho se encamiuó á la despensa é hizo
razzia con todo. Cogió un gran cuchillo y degolló tres cerdos.
Ollas, jarros, todo lo ha destrozado; no perdonando mas vasijas que aquellas que tenían la capacidad de un modio... ¿Pues
no preguntó al cocinero sí no seria mejor que se llevasen las
tinajas mismas á la lumbre?.. Despensas, armarios, todo lo ha
violentado.—Esclavos, no lo perdáis de vista, por los cielos,
LOS CAUTIVOS
91
mientras yo voy en busca de nuestro viejo. No hay mas sino
que es menester que se provea el pobre señor nuevamente de
todo, si es que quiere tomar alguna cosa, pues al paso con que
el tal Ergásilo lo anda todo destrozando, poco debe quedar ya
en este momento.
ACTO QUINTO.
ESCENA I ,
fíegion, Filopólemo, Filócraies, Estálagmo, encadenados
Esclavos que le conducen,
HEGION (á Filócrates).—Cuántas gracias tenemos que dar á
los dioses, hijo mió! A l fin te han concedido volver al lado
de tu padre, librándome del gran tormento que he venido sufriendo mientras me he visto privado de t í . . . (Indicando d
Estdlagmo) A l fia ha caido en nuestro poder!... (A Filócrates). Y éste cuán fiel y honradamente ha cumplido con nosotros!
FILOPÓLEMO Basta ya de lástimas y de congojas, padre mió:
bastantes lágrimas hemos derramado. Ya me habéis referido
en el puerto esa historia de tristezas. Ocupémonos ahora solo de lo presente.
FILÓCRATES.—Y bien, Hegion: qué debo yo esperar ahora de
vos, habiéndoos cumplido mi palabra y habiéndoos traido en
libertad á vuestro hijo?
HEGION.—Es tan grande t u servicio, amigo Filócrates, quejamás podremos ni mi hijo ni yo demostrarte dignamente nuestro reconocimiento.
FILÓCRATES.—Sí podéis, padre mió, y yo podré también. Los
dioses nos concederán el medio de recompensar á nuestro
bienhechor por el beneficio que le debemos. Ahora mismo teneis en vuestra mano el corresponderle.
HEGION.—Entonces á qué mas palabras? (A Filócrates). Qué
puedes tú exigir de mí que yo no te conceda al momento?
FILÓCRATES.—Pues bien! el único favor que os pido es que me
devolváis el esclavo que os he dejado en prenda. Fué siempre mas celoso de mi bien que del suyo mismo, y deseo viva-
92
REVISTA DE ANDALUCIA
mente premiar, en cuanto pueda, sus inmensos beneficios.
HEGION.—El que tú me has prestado á mí ¡oh Filócrates! te hace acreedor no digo yo á lo que pides, sino á todo cuanto quieras exijir de mí. Pero no te has de incomodar, Filócrates;
cegado de cólera, he tratado con crueldad á ese pobre m u chacho.
FILÓCRATES.—Qué habéis hecho, cielos?
HEGION.—Enviarle encadenado á las canteras cuando supe que
me habíais engañado.
FILÓCRATBS.—Oh mísero de mí!., que un ser tan bueno haya
sufrido esa tribulación por causa mía!
HEGION.—En compensación de ese error, no quiero que me dés
ni lo mas mínimo por su rescate: qué venga, y que obtenga
gratis su. libertad!
FILÓCRATES.—Por el dios Pólux! Eso es obrar noblemente. Mas
os ruego que mandéis traerle cuanto ántes.
HEGION.—Al momento. Hola! Dónde estáis? Uno cualquiera que
vaya volando en busca de Tíndaro. fA Mlopólemo y á F i l ó crates). Y vosotros entraros dentro, mientras yo hago unas
preguntas á esta estatua merecedora de latigazos sin compasión (señalando d Estalagmo) para ver si puedo averiguar
qué ha sido de mi hijo menor. Podéis lavaros entretanto.
FiLOPÓLEMO.—Vente por aquí conmigo, querido Filócrates.
FILÓCRATES.—Ya te sigo.
ESCENA II.
Hegion, Estalagmo.
HEGION.—Acércate, hombre de bien, mi amable esclavo, hermoso.
ESTALAGMO Y qué ha de hacer uno, cuando un hombre como
vos falta tan descaradamente á la verdad? Conque yo hermoso? y amable? y hombre de bien? Ni lo íuí, ni lo soy, ni lo
seré en mi vida, ni lo quiero ser. No contéis jamas con ello.
HEGION.—Mira: ya saBes la suerte que te espera. Pero si tú te
decides á confesar la verdad, las cosas irán mejor para t í .
Háblame leal y sinceramente... Pero ¿qué leal y sinceramente si éste en todos los dias de su vida, n i ha dicho ni ha
hecho nada que sea bueno?
LOS CAUTIVOS
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ESTALAGMO.—Convenido, y qué? ¿Os creéis que me voy á r u borizar por eso?
HEGION.—Ya te sacaré yo, bribón, los colores; como que te voy
á poner morado desde los piés á la cabeza.
ESTALAGMO.—-Asustarme á mí, con el látigo, como si fuera un
novato!.. Bah! bah! dejaros de esas amenazas, y decid de
una vez lo que queréis saber para contestaros.
HEGION.—Buen parlanchín estás!., quiero que nuestra conversación sea breve, estamos?
ESTALAGMO.-—Como os dé la gana.
HEGION faparteJ.~~CaB.náo muchacho era dócil; pero lo que es
ahora... fA Estalagmo). Vamos al asunto: escúchame con
atención, y respóndeme punto por punto á lo que te pregunto. Si dices la verdad, cree que t u suerte será ménos mala.
ESTALAGMO.—Majaderías. ¿Creéis que yo no sé perfectamente
la suerte que me tengo ganada?
HEGION.—Pero puedes mejorarla en parte, sino en todo.
ESTALAGMO.—No podrá ser mucha la mejoría... Buenas cosas
me esperan!., pero bien merecidas las tengo. En efecto: me
fugué, me llevé á tu hijo y io vendí.
HEGION.—A quién?
ESTALAGMO.—A Theodoromedo Polyplusío, en Elida, por seis
minas.
HEGION.—Dioses inmortales! ese es el padre de este Filócrates!
ESTALAGMO.—Lo conozco mejor que á vos, como que le he visto infinidad de veces.
HEGION.—Júpiter soberano! Sálvame á mí y á mi hijo! Filócrates! por tu Génio protector, sal inmediatamente, te suplico.
ESCENA III.
Filócrates, Hegion, Estalagmo.
FILÓCRATES.—Aquí me tenéis, Hegion. Estoy á vuestras órdenes.
HEGION (indicando d Estalagmo).—Este hombre dice que vendió mi hijo á tu padre, en Elida, por seis minas.
FILÓCRATES.—Cuanto tiempo hará de eso?
ESTALAGMO.—Hará unos veinte años.
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REVISTA DE ANDALUCIA
FÍLÓCRATES.—Mentira!
ESTALAGMO.—Pero quién miente, t ú ó yo? Tu padre, siendo tú
niño, te lo dió en peculio: tenia él entonces... unos cuatro
años.
FÍLÓCRATES.—Su nombre? Si dices la verdad, debes saber como
se llamaba.
ESTALAGMO.—Llamábase Pegnion; y vosotros le disteis el nombre de Tíndaro.
FÍLÓCRATES.—Y cómo es que yo no te he reconocido?
ESTALAGMO.—Oh! de ordinario olvidamos y despreciamos á
aquellos de quienes nada tenemos que esperar.
FÍLÓCRATES.—Explícate: ¿el que t ú vendiste á mi padre, recuerdas bien si fué el mismo que se me dió á mí en peculio?
ESTALAGMO.—El mismísimo, el hijo de Hegion.
HEGION.—Y te consta á tí si vive aún?
ESTALAGMO.—Yo recibí el dinero: no me cuidé de mas.
HEGION fd Fílócrates con tristeza).—Y qué dices tú ahora, F í lócrates?
FÍLÓCRATES.—Qué s e g ú n estos indicios, Hegion, Tíndaro es
vuestro hijo; niños de la misma edad, nos educamos juntos
honrada y honestamente, desde la infancia hasta la adolescencia.
HEGION.—Si ambos decis verdad, héme aquí contento y pesaroso á la par. Pesaroso, sí, porque le he tratado duramente,
siendo mi hijo de mi vida... Haberle yo mismo hecho ménos
bien y mas mal del que debia!.. El tormento suyo es ahora
mismo mi tormento... Oh! si lo pasado estuviera en mi poder!
(Viendo venir d Tindaro). Miradle! con un atavio indigno de
su virtud.
ESCENA IV-
. Tíndaro, Hegion, Fílócrates, Estalagmo.
TÍNDARO.—Mil veces he visto pintados los suplicios del infierno; pero no hay infierno comparable al de esas malditas canteras donde me han arrojado: el cuerpo y los miembros todos
se estenuan allí y se rinden de fatiga. No bien puse el pié en
ellas, eso sí, me empezaron á tratar como á los niños de ios
patricios: así como á éstos se les dan ánades y codornices ú
LOS CAUTIVOS
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otros pajarillos para que se diviertan, así á m i . . . me pusieron
en la mano este pico para que me entretuviera (enseñando el
pico que trae de la cantera en la mano). Pero veo á mi amo
delante de la puerta... cielos!., y á mi joven señor también
que ha regresado de la Elida.
HEGION.—Los dioses te guarden, hijo mió tan deseado!..
TÍNDARO,—Cómo hijo mió! Ah! ahí ya sé por qué me llamáis
hijo vuestro... sin duda porque en este momento me sacáis
á la luz, eh?
FILÓCRATES.—Salve, querido Tíndaro.
TÍNDARO.—Con bien vengáis vos, por quien tanto estoy padeciendo.
FILÓCRATES.—En cambio ahora te vas á ver libre y colmado de
bienes. Aquí tienes á t u padre; y al esclavo que te robó de esta casa, cuando eras un tierno niño de cuatro años. Te vendió, por seis minas, á mi padre, y éste te puso á mi servicio,
siendo yo un niño también. Nosotros nos hemos traído de ia
Elida al raptor; y él mismo acaba de revelárnoslo todo.
TÍNDARO.—Y qué es del hijo de éste? (señalando á E e g i m ) .
FILÓCRATES.—Tú hermano? Ahí dentro lo tienes.
TÍNDARO.—Qué decís? de verdad le habéis traido al hijo que se
hallaba prisionero.
FILÓCRATES.—¿No te acabo de decir que se encuentra aquí,
dentro de la casa?
TÍNDARO.—Por el dios Pólux, que habéis realizado una bella
obra!
FILÓCRATES.—Tienes aquí, repito, á t u padre (indicando d Hegion) y este es el raptor tuyo, el que te sustrajo, en t u n i ñez, de la casa paterna.
TÍNDARO.—Sí? pues ahora que soy hombre yo, entregaré al
vejarrón este al verdugo, en castigo de su robo.
FILÓCRATES.—Y muy bien que lo merece.
TÍNDARO.—A fé mía, que le he de dar la debida recompensa. (Á
Hegion) Pero decidme, por favor: es esto cierto? es verdad
que sois mi padre?
HEGION.—Sí hijo de mi alma. Yo soy tu padre.
TÍNDARO.—Reflexiono efectivamente... y evocando mis recuerdos... se me presenta, como á través de una nube, la memoria de haber oido que mi padre se llamaba Hegion.
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REVISTA DE ANDALUCIA
HEGION.—Yo soy, hijo mió.
FILÓCRATES.—Ea! prontamente á aligerar á vuestro hijo de esas
cadenas y á cargárselas á ese v i l esclavo.
HEGION,—Ya lo creo que debemos comenzar por ahí. Entramos dentro y hagamos venir al herrero para que quite á mi
hijo esos hierros y se los regalaremos á este miserable.
ESTALAGMO (irónicamente).—Un regalo?,, no me vendrá mal;
porque, pobre de mí! no tengo peculio.
EL ORADOR DE LA CATERVA.
Oh espectadores! ya habéis visto que esta comedia es un espejo de buenas costumbres. No habéis visto en ella n i impúdicas caricias, ni amores libertinos, ni suposición de muchacho,
ni escamoteo de dinero, ni mancebo entregado al amor de l i viana meretriz á escondidas de su padre. Rara vez los poetas
componen comedias así en que los buenos aprenden á ser mejores.
Ahora^ oh público, si á todos
Os ha sido grato el drama...
Amantes de la virtud!
Venga, en premio, una palmada.
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