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I
Era noviembre de 1911 y parecía como si todos y cada uno de los
casi trescientos millones de habitantes de la India se dirigieran a
Delhi. Las polvorientas carreteras del inmenso subcontinente estaban abarrotadas de caravanas de carros tirados por bueyes y camellos, pequeños carruajes tirados por ponis, palanquines dorados,
humildes bicicletas y elefantes con la cara pintada y cargados de
gente y baúles y paquetes que viajaban rumbo a la deteriorada majestuosidad de arenisca roja de la antigua capital mogol, situada
en las llanuras del norte de la India. De vez en cuando pasaba a toda velocidad un automóvil moderno y exótico tocando la bocina.
En el aire flotaba el olor a gasolina y a excrementos secos. Una
espesa capa de sedoso polvo rojo lo cubría todo, desluciendo los colores del arco iris de los saris de las mujeres. Maharajás cargados de
joyas acompañados por sus enveladas maharaníes y sus desperdigados séquitos, soldados barbudos con kilts y turbantes, brahmanes
completamente envueltos en blanco, arrogantes administradores
británicos con sus esposas de labios pintados, todos iban de camino hacia el gran durbar de la Coronación, cuyo objetivo era celebrar la llegada al trono del nuevo rey de Gran Bretaña y nuevo emperador de la India, Jorge V, y dejar constancia a todo el mundo de
que los británicos gobernaban el mayor imperio de la historia.
La palabra durbar se utilizaba tradicionalmente en la India para describir la corte de un gobernante o un rajá, su Gobierno, o sus
ceremonias, pero principalmente se aplicaba a las grandes recepciones, celebradas en un salón del durbar o en un campamento en
el caso de que el gobernante se encontrara viajando por sus territorios. Era el método empleado para que los súbditos pudieran ver
a su rey, presentarle sus respetos y recibir directamente sus mandatos. La magnificencia de la vestimenta del rajá, de sus criados, de
sus elefantes y de sus nautch, o bailarinas, daba fe de su riqueza y su
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poder. Se sentaba en su gaddi, un trono-taburete acolchado que simbolizaba su dominio, con las piernas cruzadas y allí recibía los honores de sus servidores. Era el único que tenía derecho a llevar en
su turbante un adorno de joyas y plumas que recibía el nombre de
kalgi. Detrás de él se colocaban sirvientes uniformados con terciopelos oscuros y tejidos de oro. Algunos sostenían sobre su cabeza
un chatri, o gran parasol, con flecos; otros le abanicaban con gigantescos abanicos hechos con plumas de avestruz, y aun había otros
que portaban los chamares reales, o matamoscas, hechos con colas
de yak unidas a mangos de plata repujada. Así, rodeado por las pruebas de su majestad, el rajá recibía de forma ritual el tributo de sus
sometidos.
En otoño de 1911 la India se reunía para rendir pleitesía a sus
dominadores extranjeros en la persona del virrey, Lord Hardinge,
el representante en la India del rey-emperador y gobernador supremo de las posesiones británicas en esa tierra. Había ordenado
la construcción de una inmensa ciudad campamento, Coronation
Park, en las llanuras situadas justo al norte de Delhi, una tranquila
ciudad provinciana. Lejos de ser una elección al azar, se trataba de
un lugar cargado de significado imperial. Durante la rebelión de verano de 1857 (conocida por los victorianos como el Motín Indio)
Delhi, sede del último emperador mogol superviviente, había sido
el centro simbólico del alzamiento. Antes de reconquistar Delhi y
asegurar su control completo sobre el norte de la India los británicos habían acampado en el emplazamiento del futuro Coronation
Park. Tanto el primer durbar británico, celebrado en 1877 y durante el cual la reina Victoria fue declarada emperatriz de la India, como el durbar de Lord Curzon en 1903, para celebrar la subida al
trono del hijo de aquélla, Eduardo VII, se habían celebrado allí.
Lo que el año anterior había sido campos de «ondeante maíz»1
se había convertido a principios de diciembre de 1911 en una ciudad de lona, los blancos picos de los techos de sus tiendas, miles de
velas en un mar polvoriento. Coronation Park cubría una extensión de setenta y dos kilómetros cuadrados e incluía doscientos
treinta y tres campamentos independientes. Aunque fue el primer
durbar en el que los automóviles se convirtieron en el medio de
transporte preferido, un pequeño tren, con un recorrido de dieciséis minúsculas estaciones, serpenteaba además por el lugar. Los
estados importantes tenían su propia flota motorizada; los coches
oficiales del estado más rico de la India, Hyderabad, eran de color
amarillo cromo. En el interior del campamento se habían cubierto con una espesa capa de alquitrán negro sesenta y cinco kilóme10
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tros de caminos de tierra con el fin de impedir que el polvo lo cubriera todo. La novedosa electricidad que daba luz al campamento
podía haber iluminado las ciudades de Portsmouth y Brighton juntas. Panaderías, lecherías, carniceros y mercados de fruta y verdura abastecían de alimentos frescos una población que ascendía a
doscientas cincuenta mil personas. El agua llegaba a los distintos
campamentos a través de cañerías. Se habían construido treinta oficinas de correos temporales y ciento dieciséis buzones gestionaban
las cartas escritas en los veinte principales idiomas de la India; el
tendido de los cables del telégrafo se extendía, crepitando, por todas partes.
El campamento del rey ocupaba por sí solo treinta y cuatro
hectáreas. Un ancho camino de gravilla roja, flanqueado a ambos
lados por un césped inmaculado bordeado por macetas con helechos, palmeras y parterres con flores, daba acceso a la tienda central de recepción. Los rosales habían sido importados especialmente
de Inglaterra. Esbeltas columnas en blanco y oro sostenían en pie
la shamiana o carpa principal con paredes en azul celeste. Los candelabros eléctricos de cristal bañaban de luz los acontecimientos.
Alfombras persas cubrían los suelos de madera. La tienda vecina, que
hacía las veces de salón comedor y que seguía un estilo de decoración similar, albergó a ciento cuarenta y cinco británicos y treinta
indios la noche del banquete de gala.
Los ciento veinte invitados del rey, ingleses en su mayoría,
se hospedaron en su campamento. Durante las frías noches de invierno las chimeneas de mármol y la electricidad, ésta sólo en el
campamento del rey, sirvieron para calentar las tiendas. Los invitados comían en tres tiendas comedor, de menor tamaño y menos
formales que la tienda del salón de banquetes, adornadas con ricos
cortinajes rojos, y pasaban su tiempo libre en tiendas de color azul
celeste y rosa que hacían las veces de salones, o (en el caso de los
hombres) en las tiendas para fumadores y habilitadas como billares. Detrás de las tiendas dormitorio principales se habilitaron los
espacios dedicados a cocinas, garajes y hospedaje de los sirvientes.
En las tiendas de los establos cada caballo tenía su propio syce, o caballerizo, que dormía junto al animal.
Los más destacados «estados nativos» —como los británicos
insistían en denominar a los centenares de estados principescos cuya administración doméstica estaba controlada por un maharajá en
lugar de por el Gobierno británico de la India— fueron obligados
a asistir al durbar y cada uno de ellos disponía de su propio campamento. Estaban agrupados por regiones en un gran semicírculo, a
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cierta distancia de los campamentos principales del rey, el virrey y
los gobernadores británicos de las once provincias de la India gobernadas directamente por ellos. Los campamentos estaban estrictamente dispuestos en orden de estatus y precedencia; no habría
estado bien que un poderoso maharajá de Rajput se hubiese visto
situado junto a un simple rajá de las colinas occidentales próximas
a Assam. El maharajá del campamento de Baroda tenía incluso un
pabellón de madera, correspondiente a su estatus de tercer príncipe de la India (detrás de Hyderabad y Mysore). El césped de color esmeralda de su campamento estaba flanqueado por palmeras
y diversos caminos de gravilla roja conducían hasta las tiendas de
lona correspondientes a dormitorios, comedores, salones, billares
y baños. A lo largo del cercado que delimitaba las instalaciones crecían girasoles, el emblema del estado de Baroda. En lo alto el viento agitaba las banderolas de color azafrán.
Dos días antes del 12 de diciembre, la fecha en que debía tener lugar la ceremonia principal, había llovido. «Esto va más allá
del chiste»,2 observó un periodista, preocupado al parecer de que
Dios se burlara del rey impidiendo que luciera el buen tiempo en
su durbar. Pero la mañana del 12 el sol acabó triunfando sobre la
fina niebla matutina. Antes de mediodía el rey-emperador, Jorge V,
y la reina-emperatriz, Mary, salieron de sus tiendas vestidos de armiño y seda púrpura, las resplandecientes coronas sobre sus respectivas cabezas. Escoltados por guardaespaldas completamente
vestidos de escarlata y por los miembros del cuerpo de cadetes imperiales, que cabalgaban sobre monturas negras con pieles de leopardo de las nieves a modo de silla, la pareja real subió a un landó descapotado tirado por cuatro caballos que los conduciría hasta
la arena del durbar, donde recibirían el homenaje de sus súbditos
indios.
Cincuenta mil espectadores se habían congregado bajo el sol
abrasador para ver la ceremonia.3 Muchos habían sido transportados expresamente al lugar donde iba a tener lugar el durbar desde
el Punjab, al norte de Delhi, con el fin de animar a la multitud. El
Pabellón Real se erigía en el corazón de un anfiteatro semicircular
de cuatrocientos cincuenta metros de diámetro. Cuando el rey y la
reina llegaron a la cúpula roja y dorada y ascendieron a la tarima
para tomar asiento en los tronos de oro y de mármol, sonó una salva de ciento un cañonazos, se izó el estandarte real en el asta de la
bandera, la guardia hizo su saludo y el «Dios salve al rey» resonó
por la llanura cubierta de soldados. El durbar se declaró inaugurado con un repique de tambores.
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La utilización del antiguo ritual del durbar es sólo un ejemplo
de cómo los británicos manipularon la iconografía indígena de la
India para reforzar su posición de dominio —o su supremacía, según ellos lo denominaban—. Igual que hicieran los mogoles antes
que ellos, adoptaron el durbar como un medio para exhibir su poder al pueblo indio y a los príncipes indios. Otra demostración de
la forma en que los británicos impusieron su autoridad a través del
ceremonial fue la estricta jerarquía con la que ordenaron los estados principescos, exhibida públicamente con salvas de cañonazos.
Los estados se dividieron en ciento dieciocho «estados con salvas»
gobernados por maharajás, ciento diecisiete estados sin salvas cuyos rajás (término que significa rey, en contraposición a maharajá
que significa gran rey) eran más bien líderes de clan y trescientos
veintisiete estados menores bajo el mando de thakures, o señores,
sin poderes jurisdiccionales. Algunos thakures gobernaban «reinos»
de menos de tres kilómetros cuadrados. Las salvas para los ciento
dieciocho estados principales oscilaron entre las salvas de nueve cañonazos y las salvas de veintiún cañonazos para los cinco príncipes
más importantes. El virrey, el jefe del Gobierno de la India, fue obsequiado con una salva de treinta y un cañonazos.
Originariamente, las salvas eran una forma de asignar un rango a los rajás y a los nawabs, o príncipes musulmanes, cuyas tierras
y riquezas variaban enormemente. Pero, como las salvas no se distribuían de forma estricta, la Administración británica acabó utilizándolas como método para solicitar apoyo y recompensar la
obediencia. Pronto se convirtieron en señales del favor imperial calurosamente respondidas.
«Si eras un príncipe sin salvas, cualquier Agente Político [el
oficial asignado a cada estado por el Gobierno de la India] de cuatro cuartos podía ir a visitarte cada tres meses y pedirte que le enseñaras las cuentas», recordaba el miembro de una antigua familia principesca. «Pero si te correspondía una cantidad elevada de
salvas, el Agente Político se acercaba a ti sólo a modo de chaprassi
[mensajero] y, si te correspondía una salva de diecinueve cañonazos, entonces te dejaban tranquilo, porque sólo podía venir a molestarte el virrey. De modo que cuanto más elevado era el número
de salvas, menos problemas tenías... y ahí residía su atractivo».4
Un concepto erróneo que los estados más pequeños solían tener de los mayores. La verdad era que a los británicos les gustaba
entrometerse en todos los estados principescos, independientemente de su riqueza o su estatus, aunque su entrometimiento era
rara vez valorado. Los británicos gobernaron un territorio que, pe13
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se a sus muchos conocimientos individuales y especializados sobre las vías navegables bengalíes o la poesía sánscrita, nunca llegaron a comprender de verdad, y los estados principescos fueron
las áreas más elusivas de todas.
Rituales imperiales como el del durbar de la coronación ilustraban el abismo existente entre lo que los británicos pensaban sobre la India principesca y lo que los príncipes indios pensaban
sobre los británicos que vivían en la India. Los virreyes adoraban la
extravagancia y el exotismo del durbar. Menos de una década antes, con la reina Victoria recién enterrada, Lord Curzon había suplicado poder representar a su heredero, Eduardo VII, en una espléndida recepción que se celebraría en honor a su coronación. Por
otro lado, muchos maharajás los soportaban, extremadamente conscientes de que estaban siendo forzados a demostrar públicamente
su sumisión a un poder extranjero. Su pleitesía nunca estuvo libre
de complicaciones ni fue tan incondicional como a los británicos
les gustaba creer.
Antes del durbar de 1911 cuatro de los cinco príncipes de la
India más importantes (Hyderabad, Mysore, Baroda y Gwalior; el
quinto era Cachemira), todos ellos con derecho a salvas de veintiún
cañonazos, solicitaron quedar exentos de tener que rendir homenaje al rey Jorge. No querían inclinar la cabeza ante él como sus
vasallos, sino saludarlo como sus aliados e iguales. Sus demandas
fueron rechazadas. Uno de los cuatro, el maharajá de Baroda, había sugerido «una alteración en la manera en la que los pobres príncipes nativos iban a ser recibidos por el rey».5 Con ello se refería
a una recepción que fuera deliberadamente menos humillante. Su
solicitud fue ignorada.
Sayajirao* Gaekwad, maharajá de Baroda, era un hombre reservado y afable de 48 años. De mediana altura y con cierta tendencia a la obesidad, tenía una buena mata de pelo negro veteada
en gris, un bigote recortado y unos ojos castaños inteligentes y bondadosos. Gobernaba uno de los estados más ricos y mejor dirigidos
de la India, situado en el moderno Gujarat, hacia la parte central
de la costa occidental del subcontinente. Bajo su gobierno Baroda se
jactaba de poseer enseñanza obligatoria (no instituida aún en la India británica), hospitales modernos, universidades, museos, bibliotecas y ferrocarriles. La política del maharajá era llamativamente
* «-rao» es un sufijo masculino maratí de carácter honorífico; la versión femenina
es «-raje» (o «-devi» en bengalí).
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liberal y progresista, y fue el único «gobernante nativo» que se atrevió a declarar abiertamente su deseo de que llegara el día en que
la India se quitara de encima el peso del yugo británico.
En los años anteriores a 1911 había aumentado el resentimiento y la frustración por ambos bandos, ya que el Gaekwar (como era conocido por los británicos; en general pronunciaban mal
Gaekwad, que era tanto un apellido como un nombre honorífico)
seguía luchando por conservar su autonomía frente a la oficiosidad
y la interferencia británica. En 1904 Baroda se había visto obligado a solicitar a Lord Curzon, a quien aborrecía, permiso para viajar a Europa por motivos de salud; recibido el permiso, se negó
de manera deliberada a regresar a tiempo para recibir en Baroda al
príncipe y a la princesa de Gales, que en 1905 estaban de gira por
la India. Para rematar el desaire, y pese a la intensa desaprobación
por parte británica, Baroda siguió contratando a brillantes y jóvenes oficiales indios que se mostraban abiertamente a favor de la independencia de la India; su esposa y sus hijos eran francamente antibritánicos. Y aunque el Ministerio Indio había hecho llamar ya a
Sayajirao para discutir la «deslealtad» de su actitud, como si de
un niño que hace novillos se tratara, hasta 1911 había conseguido
evitar cualquier incidente que pudiera hacer cristalizar la hostilidad creciente entre los británicos y Baroda.
La mañana del 12 de diciembre el maharajá llegó al anfiteatro
con el vestido típico de la corte de Baroda, una chaqueta cruzada
larga de muselina fina estampada recogida a un lado sobre una túnica de brocado dorado y rosa y unos sencillos pantalones blancos,
estrechos en las pantorrillas y holgados de rodillas para arriba. En
su impecable pugree (un tipo de turbante; véase Glosario) de color
terracota resplandecía un gran penacho de diamantes, a conjunto
con un collar de perlas y diamantes. Había prescindido expresamente para esta ocasión de la espada ceremonial incrustada con piedras preciosas y se había decantado, en cambio, por un bastón con
empuñadura de oro. Había también olvidado la banda de seda de
color azul celeste, la más alta orden imperial, y el diamante Estrella de la India. Cuando tomó asiento en la primera fila del recinto
de los maharajás, entregó su gargantilla a su hijo menor Dhairyashil, que no llevaba joyas y estaba sentado detrás de él. Fue un
inicio poco propicio.
A los británicos les gustaba el fasto de sus maharajás. El vestido de gala del hijo del maharajá de Patiala consistía en un turbante
de seda decorado con cadenas de perlas y sujeto con una diadema.
Llevaba un collar de diamantes al cuello y cuatro o cinco gargan15
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tillas más de diamantes y esmeraldas. La chaqueta iba abrochada
con botones de diamantes, las muñecas rodeadas por pulseras de
diamantes, la cintura ceñida por un cinturón de diamantes y por un
pañuelo de lamé dorado sujeto por una única esmeralda del tamaño de un puño. Aparecer sin aquella brillante exhibición el día del
durbar, igual que cuando se vestía a la europea en lugar de utilizar
el atuendo indio para asistir a actos oficiales, era una afirmación del
gusto personal de Baroda: a diferencia de la mayoría de los maharajás, apenas llevaba joyas y no le gustaba que esperaran que lo
hiciese para complacer a los británicos. Pretendía ser también una
afrenta calculada, y como tal fue considerada.
Durante la ceremonia todos los príncipes, uno por uno, tenían
que presentar sus respetos y obediencia al rey-emperador: debían
acercarse al trono de mármol, hacer tres reverencias y volver a su
asiento caminando en marcha atrás. Nadie tenía permiso para volver la espalda al rey-emperador. Baroda era el tercero en orden
de prioridad, después de Hyderabad y Mysore. Cuando le llegó el
turno, se acercó al trono caminando con desenvoltura, balanceando su bastón, y realizó una única reverencia, con desgana, antes de
dar media vuelta y regresar a su asiento. Un noticiero cinematográfico lo mostró retirándose con aspecto confuso, quizá porque
no se había molestado siquiera a asistir a los ensayos. Algunos noticiarios informaron de que agitó el bastón en dirección al rey y la
reina, pero no fue así. Sus maneras no fueron llamativamente distintas a las de los hombres que lo precedieron y lo siguieron. Pero
su desafío a los convencionalismos de la ceremonia fue definitivamente intencionado, lo que no pasó inadvertido.
A última hora de aquella misma tarde, paseando por los bulliciosos y coloristas campamentos de Coronation Park, el maharajá
se detuvo en las puertas almenadas del campamento de su amigo
Sir George Clarke, el gobernador de Bombay. Con toda la intención le dijeron que Clarke no estaba «en casa» para recibirlo. A la
mañana siguiente un amigo indio, Gopal Krishna Gokhale —uno
de los fundadores del Congreso Nacional Indio (posteriormente el
partido político Congreso) y uno de los primeros mentores de Mohandas Gandhi—, entró corriendo en el campamento de Baroda,
pasó volando por debajo de las banderolas naranjas que el viento
sacudía con fuerza y explicó al maharajá que Sus Majestades se habían tomado su reverencia, o la ausencia de ella, como un insulto.
Baroda, consciente de que el mal ya estaba hecho, siguió el consejo de su comisionado residente y escribió de inmediato al virrey
para presentarle sus disculpas. Hardinge, un detallista de la etiqueta
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(sobre todo cuando le atañía a él y, en este caso, consideró un insulto al rey como un insulto a su propia persona) y ya furioso porque el maharajá no se había puesto en pie en una ocasión anterior
en que él (Hardinge) había hecho su entrada en un salón, se negó
al principio a aceptarlas. Hubo quien solicitó la destitución de Baroda, incluso su deportación; como mínimo, dijeron muchos, era
necesario reducir el número de salvas que le correspondía.
Mientras el maharajá calibraba el precio de su deslealtad, no todo
el mundo en el campamento de Baroda andaba preocupado por sutilezas políticas. El furor que la exhibición de Baroda había provocado dejaba indiferente a Indira, su bella y obstinada hija. En un
mes se convertiría en la segunda esposa de un maharajá inmensamente rico. Aquel matrimonio organizado, que uniría a dos poderosos reinos, llenaba a sus padres de gran satisfacción. Las montañas de seda que formaban su ajuar estaban ya preparadas en sus
aposentos del laberíntico palacio de Baroda. Pero durante el durbar Indira no estuvo con su familia ni con su prometido, sino en
el campamento de sus amigas del colegio, las princesas Prativa y
Sudhira de Cooch Behar, conocidas respectivamente como Pretty
y Baby.
Cooch Behar, en el nordeste de la India, era un estado exuberante y remoto cuya glamurosa familia gobernante era inmensamente popular entre los británicos. Como familia, «tenían el don
del atractivo y del estilo».6 El elegante maharajá Nripendra Narayan, que había fallecido dos meses atrás, había sido ADC (ayudante de campo) del rey Eduardo VII; su tercer hijo, Victor, recibió su nombre en honor a su madrina, la reina Victoria.
El grado de integración de los Cooch Behar en la sociedad y
la forma de ser británica era un caso único entre las dinastías principescas indias. Pese a que a principios del siglo XX varios maharajás habían decidido que el refinamiento europeo era esencial si
querían ser bien tratados por los británicos (y algunos más decidieron que les gustaba la libertad, los ríos de alcohol y las mujeres
liberales que había disponibles en el extranjero), la mayoría conservaba en casa sus costumbres familiares y nunca perdía sus reservas frente a las clases gobernantes británicas. Los Cooch Behar, aun
viviendo en un estado geográficamente apartado, tradicional en sus
costumbres y relativamente poco importante desde el punto de vista político, eran en Inglaterra miembros conocidos de la alta sociedad eduardiana.
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Los Cooch Behar eran tan poco ortodoxos en cuestiones religiosas como bien relacionados estaban en Gran Bretaña. Pese a
lo mucho que destacaba en el escenario social de Calcuta, Darjeeling y Londres, la maharaní de Cooch Behar, Sunity Devi, era miembro devoto del brahmanismo Samaj, un movimiento reformista hindú que pretendía fusionar la cultura occidental con la oriental y
cuya pertenencia convertía literalmente, tanto a ella como a su familia, en descastados a ojos de los hindúes más tradicionales, como
los Baroda.
Pretty y Baby habían estudiado en un internado de Eastbourne, en la costa sur de Inglaterra, junto con Indira de Baroda. Era
de lo más natural que, al verla en Delhi, las princesas de Cooch Behar pidieran a Indira que visitase su campamento. Fue allí donde
conoció a su alto y guapo hermano, el príncipe Jitendra, «una especie de príncipe de cuento de hadas, de aspecto espléndido y lleno de encanto, impulsivo, generoso y una entretenida compañía».7
Jit (como se le conocía) tenía 25 años y era el más atractivo de
los siete hijos de los Cooch Behar, hablaba el típico argot de Eton,
estaba siempre sonriente y poseía «una gracia asombrosa para
todo lo que hacía».8 Miembro de la élite del cuerpo de cadetes imperiales, que había escoltado al rey y a la reina hasta el trono el
día del durbar, iba vestido con su chaqueta de color marfil bordada en oro hasta la altura de la rodilla y fajín azul celeste, y un turbante con penacho en la cabeza.
Mientras bailaban —un escándalo ya de por sí, pues sólo los
indios muy sofisticados bailaban al estilo europeo; se consideraba
una desvergüenza—, Jit preguntó a Indira por qué estaba tan triste. Si estaba a punto de casarse, «debería estar en la luna».9 «Estoy
apenada porque me caso», le respondió ella.
«Entonces, ¿por qué no te casas conmigo?» fue la respuesta
de Jit. Lo que empezó como un comentario casual se convirtió rápidamente en un romance tormentoso que escandalizaría a la comunidad en la que ambos habían nacido y marcaría el inicio de cambios
sociales que la transformarían por completo. Durante el bullicio y el
furor del durbar, en la frescura de las mañanas del desierto o por las
noches, cuando las luces eléctricas iban poco a poco convirtiendo
el campamento en un país de las hadas iluminado, Indira y Jit aprovecharon su cercanía para robar horas que disfrutar juntos, desafiando
los deseos y los convencionalismos de sus padres. Una y otra vez Indira ignoró las advertencias de sus padres de que no se relacionase
con «determinada gente» y regresó en secreto al campamento de
Cooch Behar para reunirse con su amante y planificar su futuro.
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Cinco días después de que la «poco adecuada reverencia»10 de
Baroda provocara aquel escándalo, Madhavrao Scindia, maharajá
de Gwalior, corpulento y engreído, fue a visitar a su futuro suegro en el campamento de Baroda. Ignorante de que su prometida
se había enamorado de otro hombre, se presentó informalmente
para ofrecerle su apoyo y despedirse de la familia; volverían a verse todos en pocas semanas, cuando se desplazase a Baroda para
casarse con Indira. A última hora de aquel mismo día los Baroda y
su séquito emprendían viaje hacia el sur en su tren privado. Pocas
horas después de iniciado el viaje Sayajirao recibía un telegrama urgente del maharajá de Gwalior, que seguía todavía en Delhi, y que
decía: «¿QUÉ QUIERE DECIR LA PRINCESA CON SU CARTA?».
Antes de partir de Coronation Park, Indira había dejado una
carta a su previsto futuro marido. Sin consultarlo con sus padres
había informado a Gwalior de que no podía casarse con él y de que
su boda, planificada desde hacía años y programada para dentro de
un mes, estaba cancelada. Cuando se le preguntó al respecto, Indira respondió sin perder la calma: confirmó que había escrito a
Scindia para cancelar la boda y explicó que se debía a que se había
enamorado y, de hecho, se había prometido a Jit Cooch Behar.
Los padres se quedaron horrorizados. El hermano mayor de
Jit acababa de subir al gaddi de Cooch Behar, por lo que era muy
poco probable que Jit acabara convirtiéndose algún día en maharajá y que su bella e inteligente hija llegase a maharaní por derecho
propio. Pero para los orgullosos Baroda incluso peor que aquella
decepción era el deshonor de relacionarse con los Cooch Behar.
Pese a que los miembros de la familia eran kshatriyas, la casta de
los guerreros a la que pertenecían todos los soberanos indios, Cooch
Behar no era más que un pequeño estado merecedor de trece salvas de cañonazos. Su linaje, reconocidamente mucho más antiguo
que el de los Gaekwad,11 tenía la reputación de haber sido mancillado (para los ojos de las familias principescas indias más puras)
con el paso de los siglos por los matrimonios con princesas de los
reinos tribales que los rodeaban en las montañas del Himalaya. Finalmente, y lo que es más importante, Sayajirao y Chimnabai consideraban a los Cooch Behar extremadamente influidos por los
ingleses —como brahmanes, ni siquiera eran correctos hindúes—
y, lo que era peor, avanzados a ellos.
En la India de los príncipes los matrimonios no eran cuestión de
corazón, sino de estado, y los acordaban, en nombre del novio y
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de la novia, padres y gobernantes. Dos años antes, después de conocer en Londres a Indira, que tenía entonces 17 años, el maharajá Madhavrao Scindia de Gwalior había pedido la mano de Indira
al maharajá de Baroda. Completadas las largas negociaciones, las
consultas y las comparaciones de horóscopos, Sayajirao, tremendamente satisfecho, había aceptado la proposición de Scindia en
nombre de su hija.
El enlace sería la unión entre dos de los estados principescos
más importantes de la India. Baroda y Gwalior eran dos de los cinco estados merecedores de los mayores honores ceremoniales por
parte del Imperio Británico en reconocimiento a su destacada riqueza y a su influencia política. Geográficamente, los estados estaban relativamente próximos, Baroda en Gujarat, en la zona occidental de la India, y Gwalior en la zona del norte central. Ambas
familias descendían de generales del siglo XVIII que habían ayudado a los maratha a conquistar la India central. El hecho de que aquellos dos poderosos estados se unieran a través de un matrimonio
era motivo de satisfacción y orgullo para ambos maharajás. Madhavrao Scindia estaba embelesado con su animosa y bella futura esposa; Sayajirao de Baroda estaba encantado por haber obtenido la
garantía de que su única hija, la favorita de todos sus hijos, se casaría con uno de los príncipes más importantes de la India y tendría
su seguridad y su posición aseguradas.
Gwalior, de 34 años, era muy respetado por los británicos.
Lord Curzon, el antiguo virrey, había comentado a la reina Victoria en 1900 que era el más inteligente y prometedor de los jóvenes
príncipes. En cambio, E. M. Forster, durante un tiempo secretario
del maharajá de Dewas Senior, consideraba a Scindia «un insolente y un malhumorado mequetrefe en su vida privada y, en público,
un militarista y un oscurantista»12 y destacaba su conocida afición
por las bromas pesadas. Un Día de los Inocentes, recordaba coincidiendo con esa opinión otro visitante británico, se encontraron
con que «los huevos escalfados eran de piedra, las cerillas eran de
broma, los cigarrillos explotaban, los bocadillos de jamón estaban
rellenos de franela de color rosa, las sillas cojeaban y cuando por la
tarde nos reunimos para jugar al bridge descubrimos que los lápices tenían la punta de goma».13
El teniente coronel Dunlop Smith se mostraba más positivo.
Consideraba a Scindia «capaz, ambicioso y lleno de energía, tremendamente leal, pero rencoroso ante cualquier interferencia por
parte del Gobierno o habitante de Gwalior».14 Cuando la «interferencia» adoptó la forma de reprimenda oficial por haberse qui20
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tado el pugree después de que el virrey abandonase una recepción,
no es de extrañar que el maharajá permitiese, por una ocasión, que
su frustración saliese a la luz. Al principio Gwalior hizo todos los
esfuerzos posibles por cooperar con los británicos, intentando ganarse su aprobación y su amistad. Pero los británicos, con «su arrogancia y sus prejuicios, consiguieron alienarlos [a los príncipes].
Incluso los más tolerantes solían ser excesivamente sensibles, y la
línea entre el servilismo y un nivel aceptable de familiaridad era muy
delgada».15
Posteriormente Scindia eligió los nombres de Jorge y Mary
para sus dos hijos en honor a Jorge V y la reina Mary, pero su nuera comentó que aquello no fue más que un símbolo externo de la
estima que sentía por el rey-emperador. «Nunca nadie se atrevió a
llamarlos con esos nombres en su presencia»;16 siempre se les llamó por sus nombres indios. Jorge —o Jivajirao— «jamás puso los
pies en Inglaterra mientras los ingleses gobernaron la India».17
La política de Scindia para con los británicos fue, como siempre
fue la de su familia, de una intensa desconfianza enmascarada por
una cortesía extravagante. Los británicos eran los únicos que creían
que su cortesía era sincera. La verdad es que el nacionalista Sayajirao nunca habría deseado que su hija se casara con un príncipe que
estuviera en el bolsillo del Gobierno de la India.
Otro punto a su favor era que Scindia era inmensamente rico,
casi tan rico como el mismo Baroda. Su inmenso palacio en Gwalior, Jai Vilas, o Casa de la Victoria, fue construido en 1876 con motivo de la visita del príncipe de Gales a la India. Las dos arañas de
cristal del salón, la mayor de ellas con doscientas cuarenta y ocho
velas, eran tan pesadas que durante la construcción tuvieron que
subir dos elefantes al tejado del salón para comprobar que fuese
lo suficientemente seguro como para soportar su peso. Las arañas
iluminaban un salón del durbar cubierto de espejos que tenía unas
dimensiones de quince metros de ancho por veintiocho de largo y
doce metros de altura. Por la gigantesca mesa de comedor corría
un trenecito eléctrico de plata que se detenía delante de los comensales para dispensar Oporto, bombones y puros. En ambos extremos de la estancia, lucían sendos bustos de mármol del rey Jorge y la reina Mary que se engalanaban con caléndulas doradas en
los días festivos.
Pese al homenaje verbal rendido al emperador, Gwalior estaba claramente gobernado siguiendo las normas tradicionales.
«Aquí parece haber mucho más servilismo que en cualquier otro
estado que haya visitado», comentó en 1918 uno de los huéspedes
21
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británicos del maharajá. «En nuestra presencia todo el mundo se
pasa el día inclinado hacia el suelo».18 La actitud normal ante el
príncipe y su familia en cualquier estado indio era la de una deferencia que lindaba con la veneración; el saludo para cualquier miembro de una familia real india era el inmensamente respetuoso mujira, una reverencia hasta el suelo y tocando los pies reales. Era el
tipo de homenaje que Gwalior solía recibir de su gente.
En verano de 1911, después de que se llevara a cabo el anuncio de su compromiso con Gwalior, Indira visitó Londres con sus
padres. Su belleza exótica y sus antecedentes la convirtieron en la
preferida de las columnas de cotilleo. Scindia celebró una suntuosa fiesta en los Ranelagh Gardens para celebrar su compromiso. Indira pasó la estancia en las tiendas de la ciudad, preparando su ajuar,
parte del cual incluía mobiliario y sábanas de lino irlandés bordadas
con las iniciales «I S», por Indira y Scindia, bajo una diadema.* Pero su estado de humor estaba demasiado inquieto, demasiado absorto para tratarse de una futura y emocionada novia. Aquel otoño
volvió a casa distraída y pensativa.
Aunque había consentido al enlace, Indira no veía en el novio
la pareja deseable que su padre le había presentado, sino más bien
un hombre fanfarrón y corpulento que le doblaba la edad. Había
tenido una educación excepcional para tratarse de una mujer, india
o británica, nacida a finales del periodo victoriano, y había heredado la curiosidad intelectual que caracterizaba a sus padres; pero
Scindia no escondía su desdén por la actividad mental. Al final, y
de manera determinante, no consiguió ganársela emocionalmente.
El hecho de que Gwalior tuviera ya una esposa no tendría que
haber sido un factor que desanimara a Indira de haberse manejado
la situación con cierta sensibilidad. Pese a que su padre se oponía
por principio a la poligamia y era un monógamo comprometido en
la práctica, la mayoría de los príncipes indios de principios del siglo XX tenía varias esposas, además de un harén de concubinas que
vivía en la zenana, o aposentos para mujeres, de su palacio. Aunque
atribuida a menudo a la influencia musulmana, la poligamia formó
parte de la vida principesca india durante muchos siglos, lo que garantizaba un amplio suministro de herederos masculinos y actuaba
a modo de alianza entre estados. Por deferencia a la costumbre
local los británicos nunca hicieron ningún esfuerzo por legislar
en su contra. Independientemente de con qué príncipe se casara,
* Véase página 92. Un alegato tanto político como decorativo: el Gobierno británico tenía prohibido a los príncipes indios llevar o utilizar coronas.
22
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Indira podía haber albergado esperanzas de ser la maharaní más veterana de una zenana, pero no de ser la única maharaní.
La primera esposa de Scindia, Chinku Raje, no había tenido
ningún hijo, por lo que él andaba buscando otra novia. Indira encajaba a la perfección: era joven (fértil, por tanto) y no sólo de la
casta y el clan adecuados, sino que, además, pertenecía a la única
familia maratha que los Scindia consideraban como sus iguales. Tenía también a su alcance la posibilidad de ser una futura reina y era
bonita, encantadora y segura de sí misma. Desde el punto de vista
de su padre el hecho de que la esposa actual de Scindia no le hubiese dado un heredero significaba que, si Indira lo conseguía, pasaría a disfrutar de una posición de prioridad por encima de la primera esposa. Los hijos eran mucho más importantes que los
sentimientos de las esposas o el afecto de los maridos. Por su parte, Gwalior creía estar enamorado de Indira, juraba que no podría
casarse con ella si ella no lo quería, pues afirmaba que ya se había
casado por conveniencia y no deseaba otro igual, pero nunca le prometió la luna.
Desde el punto de vista de Gwalior su matrimonio tenía que
ser un acuerdo de negocios, pero también un romance. Independientemente de si amaba o no a Indira, había convencionalismos
que obedecer y obligaciones que cumplir. El principal deber de Indira como maharaní sería producir un heredero y Gwalior visitaría
sus aposentos con regularidad con este objetivo. Pero no podía desatender a su primera esposa —su familia, a quien estaba ahora unido como su esposo, y que le había pagado una dote considerable
con motivo del enlace, pondría objeciones a ello— y tampoco quería desatender a sus amantes, uno de los placeres aceptados de su
rango. Durante las negociaciones del matrimonio Scindia envió a
su ayudante de campo a discutir con la familia de Indira el régimen
cotidiano bajo el que viviría como su esposa y en el que sería conocida como «Su Alteza Segunda».19 Indira fue informada de que
pasearían juntos los lunes al amanecer y de que pasaría con ella la
noche de los jueves. Las restantes veladas quedaban reservadas para su primera esposa y sus amantes.
Al vivir bajo las reglas del purdah Indira no vería a su marido
—ni a ningún otro hombre, incluyendo a sus queridos hermanos—
en ninguna otra ocasión. Dispondría de sus propios aposentos en
la zona del palacio destinada a las mujeres y de una asignación generosa, pero no de libertad. En urdu la palabra purdah significa
«cortina», detrás de la cual debe permanecer siempre escondida la
mujer. La reclusión de las mujeres de clase alta era una caracterís23
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tica de la sociedad india anterior a las primeras invasiones musulmanas del siglo XII y que se había endurecido entre los siglos XV
y XVIII bajo el Gobierno mogol.
A finales del siglo XIX el purdah significaba la segregación doméstica de hombres y mujeres y la prohibición de que las mujeres
pudieran mostrarse en público o, a veces incluso, de que pudieran
abandonar su casa. Después de contraer matrimonio la novia se
trasladaba a la casa de la familia de su esposo, donde solía impedírsele el contacto con su propia familia y no se le permitía reunirse
con nadie que no fuesen las demás mujeres y los niños que vivían
en la zenana. El único hombre que veía era su esposo y sólo cuando él así lo quería. El hombre, por su parte, vivía libremente. La fidelidad no formaba parte del contrato matrimonial. La castidad de
la mujer, sin embargo, estaba íntimamente relacionada con el honor de su familia y se protegía como un tesoro. Se consideraba que
los hombres eran incapaces de controlarse en presencia de mujeres; el purdah era, entonces, una defensa de la mujer contra los predadores sexuales y contra sus propios instintos básicos.
Para una princesa criada en purdah casarse con un príncipe y
trasladarse a su zenana no era más que la siguiente fase de su vida, el
principio de su vida adulta enclaustrada. Para Indira habría sido como encarcelarla. Era tan independiente como voluntariosa y no deseaba ser enterrada con vida en el harén de un hombre a quien ni
quería ni respetaba. Su primera respuesta al compromiso matrimonial fue intentar establecer su poder en el seno de la relación y cierto control sobre su vida futura. «Se niega a seguir el purdah, insiste en
pasar seis meses [al año] en Europa e incluso, dice el informe, exige
la llave del Tesoro, además de una garantía por escrito de que cualquier hijo suyo será el sucesor del trono»,20 destacó un observador.
Mientras no comprometió sus emociones en otra parte, sin
embargo, Indira estuvo dispuesta a seguir adelante con el enlace,
independientemente de lo que sintiese por Gwalior. Era su deber,
y sus padres, pese a su liberalismo, le habían inculcado la importancia de cumplir el deber. Pero éste pasaría a ocupar un segundo
lugar en cuanto el amor entró a formar parte de la ecuación.
La boda de Indira y Gwalior debería tener lugar seis semanas después del durbar: el 25 de enero de 1912. Se había consultado a los
astrólogos reales para encontrar la fecha más favorable, se habían
trazado las rutas ceremoniales que seguiría la procesión por Baroda, se habían encalado las casas que flanqueaban el trayecto y en las
24
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calles se habían instalado arcos cubiertos de vegetación para dar
la bienvenida al novio. Había previstos cientos de invitados. Las invitaciones a las bodas solían ser auténticas obras de arte: cuando
en 1910 se casó una princesa de Jaipur, la invitación, ilustrada como un manuscrito miniado, llegó «guardada en el interior de una
bolsa alargada de seda roja bordada en oro y cerrada por la parte
superior con un lacre de cera».21 Se había planificado la colorista
decoración de las calles así como las festividades tradicionales: peleas de elefantes, exhibiciones de gimnasia, cacerías de leopardos y
fuegos artificiales.
Pero llegó el 25 de enero y pasó de largo sin celebraciones.
Corrió la voz de que la boda se había pospuesto por «motivos
enteramente personales»,22 una señal de que los padres de Indira
esperaban poder evitar el escándalo de un compromiso matrimonial roto y, peor aún, de una fuga. Sin sospechar la verdad la prensa especuló que Scindia, sorprendido por el comportamiento de Sayajirao en el durbar, había dejado correr la alianza. A puerta cerrada
los Baroda hicieron todo lo posible para convencer a Indira de que
cambiase de idea, pero fue en vano. Tenía el corazón volcado en Jit
y él en ella. Cupido, escribió posteriormente Jit, «debió de fabricar una flecha especial, sumergirla en una poción de amor especial
y dar a su arco un toque muy fuerte que taladró esa parte de mí
situada en la zona noroeste del cuerpo».23
A puerta cerrada Indira hacía pucheros y se enrabietaba por
turnos, declarando «que dejaría a Jit, se casaría con alguien de su
propia casta, lo abandonaría el mismo día de la boda y marcharía
a Londres o París donde viviría como divorciada».24 Su madre,
la maharaní Chimnabai, «con severos y aterradores discursos», la
hacía sentirse «tan pequeña, tan despreciable, tan desleal por haber desgraciado a su familia y, por decirlo así, haber decepcionado a todo el mundo que sólo el apoyo y el cariño de sus hermanos
daban cierto sentido al asunto y le proporcionaban el coraje suficiente como para seguir manteniéndose en sus trece».25
En agosto de 1912 la princesa devolvió a Scindia el anillo de
compromiso y otros regalos, expresándole su pesar por el desenlace de los acontecimientos y subrayando su culpabilidad. La carta
de respuesta que Gwalior dirigió a su padre fue digna y amable. Daba las gracias a Sayajirao y Chimnabai por su amabilidad y consideración con él, y deseaba a Indira felicidad y prosperidad con su
«amigo Cooch Behar, Jit». Firmaba como «Vuestro hijo».
«¡De haber sucedido una cosa así en otros tiempos Gwalior
habría invadido Baroda con un ejército!»,26 dijo furiosa Chimnabai
25
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al leer la carta, añadiendo que su hija nunca se casaría con Jit Cooch
Behar. «Visto desde fuera, el maharajá de Gwalior se tomó con valentía el desengaño, pero por dentro estaba conmocionado»,27 observó el Aga Khan, amigo de Sayaji. Necesitado aún de una segunda
esposa (y de un hijo), Scindia se casó nueve meses después.
Durante aquel otoño e invierno la vida en el inmenso palacio
Baroda de Laxmi Vilas continuó según era habitual. Chimnabai rindió su homenaje anual a la Cobra, Gran Protectora de las Mujeres,
en el festival de Nag Panchmi. Pese a que la maharaní vivía según
el purdah, era un elemento importante del tejido social y religioso
de Baroda. Tradicionalmente, las mujeres llevaban a cabo muchas de
las ceremonias hindúes más esenciales, desde la puja diaria (oraciones) para el bienestar de la familia hasta las ceremonias de iniciación de los hijos cuando éstos se hacían mayores, pasando por
oraciones y ayunos para la larga vida de sus esposos y actos anuales como éste, en el que Chimnabai, como representante de las mujeres Baroda, realizaba una ofrenda al dios serpiente. Además, en
muchos estados, y como demostración de la voluntad de no querer
aislar a sus súbditos musulmanes, las maharaníes (y los maharajás)
llevaban a cabo tanto ceremonias islámicas como hindúes.
Con la totalidad de las fuerzas armadas de Baroda encabezando la procesión las damas de palacio salieron en dirección a la carpa a lomos de elefantes, escondidas tras cortinas en sus howdahs, o
sillas para elefante. Descendieron de los animales por elaboradas escaleras con cortinajes y entraron en la carpa a través de un túnel cubierto también con cortinas. Allí, rodeada de sacerdotes, la piel mudada de una cobra se extendía sobre una rama de laurel. Chimnabai
hizo una reverencia ante el altar mientras los pandits entonaban mantra tras mantra y ofrecían al dios flores, dulces y ghee. Entonces
Chimnabai se retiró, unió sus manos a las de Indira, que llevaba
un anillo de nariz con una gran perla, y a las de las demás damas, y
formaron un círculo alrededor del estrado y entonaron cánticos.
Cuando empezó a hacer más calor, Chimnabai, cargada de joyas, cumplió con otro de sus papeles oficiales, presidiendo un durbar para damas durante el cual las mujeres de Baroda le presentaban sus peticiones, igual que los hombres hacían con su marido. La
maharaní se reclinó sobre una pila de cojines de terciopelo rojo y
oro situados en un extremo del gran salón dorado. Iba vestida con
un resplandeciente sari de color rosa hecho con seda de Benarés y
adornaba los pies desnudos con pulseras tobilleras de diamantes
y relucientes anillos. La cimbreña figura de una bailarina seguía
el ritmo del sitar, la veena y la tabla que tocaban un grupo de mu26
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jeres, mientras las visitantes de Chimnabai se aproximaban a ella
y la saludaban llevándose la mano a la frente y haciendo una reverencia hasta el suelo. Cada mujer ofrecía a Chimnabai un puñado
de tilgul, un dulce hecho a partir de canela y melaza que según la
costumbre brotaban en primavera; a cambio, ella distribuía paan,
arroz y caña de azúcar, símbolo de los buenos deseos. En otras ocasiones una criada era la encargada de verter semillas de sésamo en
las manos abiertas de las postulantes de Chimnabai.
Indira asistió también al durbar, pero tenía la cabeza a miles de
kilómetros de distancia. Se negaba a ver con buenos ojos otras propuestas de matrimonio y rechazó la de un rajá del sur de la India,
«muy devoto, que le doblaba la edad y agraciado con la autoridad»
con quien sabía «podría estar bien, pues le gustaba más Europa que
la India»,28 pero a quien no pudo aceptar porque amaba a Jit. Su
desobediencia persistente sorprendió incluso a los observadores
británicos, pero Indira se mantuvo firme.
El encanto de Jit era tan convincente como embriagador. Para Indira, criada en un entorno donde el deber siempre estaba por
encima de todo, Jit, «el más consentido de todos gracias a sus modales ganadores»,29 representaba un mundo nuevo y atractivo, una
apasionante mezcla del exotismo de su tierra con la modernidad occidental, con sus potentes cócteles y sus bailes novedosos y desinhibidos. La reputación de la familia Cooch Behar estaba rodeada
por una aureola de escándalo, como las atrevidas canciones de teatro de variedades que cantaban al piano en el salón blanco y dorado de su palacio. Las cartas de amor que durante este periodo envió Jit a Indira estaban «llenas de descripciones de la seductora vida
de Cooch Behar y de las festividades de invierno en Calcuta, de
las de primavera en Darjeeling [la estación de montaña más cercana a Cooch Behar], del alborozo, los bailes, las fiestas de disfraces, las visitas de equipos de polo, los partidos de críquet, y de las
salidas para practicar la caza mayor».30
En febrero de 1913, después de casi un año de correspondencia clandestina con Jit y de la oposición invariable de sus padres,
Indira ya no podía aguantar más aquella situación de impasse. Desde su habitación en Laxmi Vilas escribió formalmente a su padre
para decirle que deseaba casarse en Calcuta el 18 de marzo y que
planeaba abandonar Baroda tres días antes. Albergaba todavía esperanzas de obtener el consentimiento de sus padres, pero era evidente que había decidido que no podía esperar más.
Al no serle concedido el permiso, Indira empezó a buscar una
ruta alternativa hacia la libertad. Su principal problema era que, pe27
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se a pertenecer a una de las familias más ricas del mundo, no tenía
acceso a dinero propio. Sus valiosas joyas eran propiedad del estado y el tesorero del estado tenía que firmar su autorización cada vez
que ella las utilizaba; su asignación era generosa pero meticulosamente detallada y tenía la obligación de devolver todo lo que no gastaba. Sabía que su padre le cortaría los ingresos si huía. Jit no podía
ayudarla: como segundo hijo que era, tampoco tenía dinero. «Así
pues, el dinero o la necesidad de él estropea la felicidad»,31 se lamentaba. Tendrían que encontrar otra manera.
Mientras, Jayasinh, el hermano de Indira, se casaba aquel
febrero y su felicidad contrastaba con la apurada situación de ella.
La boda se celebró con todo el lujo y la fanfarria, incluyendo una
representación por parte de la famosa troupe de loros verdes de Baroda. Montaban en bicicleta, daban saltos mortales, disparaban cañones de plata en miniatura, cargaban cámaras y tomaban fotografías, se transportaban los unos a los otros en pequeños carruajes
y por parejas, saltaban aros y disparaban flechas con pequeños
arcos; uno incluso tocaba el piano mientras otro bailaba. Los festejos culminaron con una bulliciosa juerga en el interior del custodiado palacio —todos los involucrados en la boda, desde la maharaní Chimnabai hasta el menor de los hijos de los Baroda, «ese
joven villano, Dhairyashil»,32 se dedicaron a lanzar como locos polvo rojo sobre todo el mundo mientras por encima de sus cabezas
estallaban los fuegos artificiales—. El alboroto duró, según comentó una poco divertida (y manchada de rojo) señorita Tottenham, la dama de compañía inglesa de Chimnabai, hasta las cuatro de la mañana, cuando el bando del novio se hizo finalmente
con la victoria.
El coronel Impey, como representante oficial del Gobierno de
la India en Baroda, informó prontamente a Calcuta sobre la boda
de Jayasinh. «El Gaekwad ha estado muy ocupado con los asuntos de su familia»,33 observó. Sayajirao estuvo, dijo, mal de salud y
no pudo asistir más que a una de las numerosas ceremonias de la
boda y a unos pocos minutos del banquete, donde el dewan (ministro de estado) leyó el discurso por él. El discurso fue adornado
satisfactoriamente con declaraciones de adhesión a Jorge V y al Imperio Británico. «Menciono este hecho, ya que en mi anterior informe [de octubre de 1912] hice alusión a otro discurso en el que
el Gaekwad había dejado pasar la oportunidad de expresar en público su lealtad y la necesidad de lealtad». Después de su decepcionante comportamiento en el durbar los británicos vigilaban de
cerca a Sayajirao.
28
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La oportunidad de Indira llegó en abril, cuando los Baroda
recibieron de los británicos el poco entusiasta permiso para que
Sayajirao pudiera desplazarse a Europa por motivos de salud; planearon llevarla con ellos con la esperanza de distraerla. Ella y Jit
tramaron una cita en Bombay, donde Indira y sus padres debían
embarcar. Entonces él la llevaría a Calcuta, donde se casarían. En
sus aposentos del laberíntico palacio de Baroda, entre montañas de
baúles y cajas cargadas con saris con remates dorados y saltos de cama adornados con encaje de Bruselas de color café, la princesa fumaba cigarrillo tras cigarrillo, planificando su escapada.
Antes de que la familia partiese para Bombay el 13 de abril Baroda despachó un telegrama a Cooch Behar ordenando a Jit que no
se desplazase a esa ciudad, pero llegó demasiado tarde. Cuando llegaron a Bombay, Sayajirao convocó la presencia de Jit en el salón
del durbar con paredes de mármol de su palacio, Jaya Mahal. En
una galería superior la maharaní observaba detrás de una fina cortina de bambú. Jit hizo su entrada, recorrió la inmensa longitud de
la estancia hasta el lugar donde lo esperaba Sayajirao y saludó con
una reverencia. «Quiero que sepas que me resulta prácticamente
imposible permitir que te cases con mi hija. Nunca podrá ser y mi
actitud no cambiará jamás»,34 dijo el maharajá. «Esto es muy duro», respondió lentamente Jit. La entrevista terminó aquí. Después
Chimnabai habló brevemente con Jit y él le pidió poder ver a Indira por última vez. Les fueron concedidos cinco minutos.
Luego, por la tarde, una sorprendentemente risueña Indira
visitó a su costurera junto con la dama de compañía inglesa de su
madre, la señorita Tottenham, que había recibido instrucciones de
no perderla de vista. Cuando salió del probador, la princesa besó
con mucho afecto a la modista. «¿Debería haberla vigilado también ahí?»,35 se preguntó la señorita Tottenham. Se dio cuenta
de su error en cuanto llegaron a Jaya Mahal. Indira había entregado a la costurera una carta para Jit, que había sido devuelta a
Chimnabai y Sayajirao por un criado fiel. En ella describía su plan
—tramado durante la breve reunión que habían mantenido aquella mañana— para escaparse de palacio con la ayuda de Jit y hospedarse en su hotel.
Aquella noche el palacio estaba vigilado sólo por los criados
de más confianza del maharajá. Indira estaba en su habitación caminando inquieta de un lado a otro frente a la ventana como si
estuviera esperando a alguien. A las once Jit intentó entrar en el recinto del palacio, pero fue sorprendido y expulsado de allí. La señorita Tottenham escoltó a Indira hasta el barco a las nueve de la
29
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mañana siguiente y la vigiló muy de cerca hasta que se izó la pasarela por si trataba de escapar.
A bordo del barco una abatida Indira leyó en los periódicos la
noticia de su próxima boda, anunciada ya por los Cooch Behar a
la prensa de Calcuta.
«En Woodlands, Calcuta, la residencia del maharajá de Cooch
Behar, están llevándose a cabo grandes preparativos para la boda
del maharajá Kumar Jitendra Narayun, hermano del maharajá, y la
princesa Indira, la única hija de Su Alteza el Gaekwar. El enlace tendrá lugar el próximo lunes. El novio es muy popular entre los círculos deportivos de Calcuta».36
Sayajirao y Chimnabai se pusieron furiosos ante aquella publicidad engañosa. Si la maharaní se cruzaba casualmente con su
hija durante sus paseos por cubierta, le siseaba palabras hirientes
en maratí o no le dirigía la palabra. Indira, con un toque de histeria en su forzada risa, intentaba ignorar a sus padres en el confinado espacio del transatlántico. Las notas de prensa la habían
convertido en una celebridad a bordo y estaba protegida por admiradores que defendían su causa romántica y se oponían a que la
obediente señorita Tottenham verificara todos los telegramas que
llegaban a Indira de tierra firme y la obligara a acostarse a las diez
de la noche. «Es culpa de padre», explicó desesperada Indira a la
señorita Tottenham. «Podría haberme casado a los 16, pero padre
dijo que era demasiado joven y que debía esperar más tiempo para opinar sobre el tema». Y cogiendo su raspador de lengua dorado continuó. «Y ahora saboreo toda la amargura de mi vida. He tomado mi decisión y aun así soy una prisionera».37
Los Baroda, aliviados después de haber hecho desaparecer a
Jitendra y esperando que su estancia en el continente distrajera
a su recalcitrante hija, desembarcaron en Francia y después de una
breve estancia en París se desplazaron hasta Evian-les-Bains. Como era habitual siempre que el maharajá se ausentaba de la India,
un hombre de Scotland Yard seguía el rastro de Sayajirao, pues se
temía estuviese en contacto con nacionalistas indios instalados en
Europa. A los revolucionarios en espera les resultaba más fácil realizar sus movimientos de agitación a favor de la independencia
de la India desde una distancia prudente. Debido a su reputación
como simpatizante de los «insurreccionistas» el maharajá estaba considerado como un símbolo demasiado fuerte de los nacionalistas,
que lo veían como un líder potencial de una India independiente,
como para dejarlo sin vigilancia mientras viajaba por Europa. El
detective del Gobierno se percató de la presencia sospechosa de un
30
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hombre con barba que merodeaba por el hotel de los Baroda e informó de ello a la India Office. Pero no se trataba de ningún rebelde ni de ningún enemigo del imperio, sino simplemente de un
amante clandestino, recién llegado a Europa, que establecía contacto con su princesa en su alta torre. Si Chimnabai y Sayajirao
creían que alejando a Indira de la India romperían la unión entre
ella y Jit Cooch Behar, se equivocaban.
N OTAS
1
Hardinge, p. 42.
2
Reed, p. 68.
Estoy tremendamente agradecida a Charles Allen por la valiosa información que
me remitió sobre los tres durbars británicos que tuvieron lugar en Delhi. Véase su
artículo en Allen, ed., India Through the Lens.
3
4
Allen, Indian Princes, p. 171.
5
FPG, p. 236.
6
Lord, p. 62.
7
GD, p. 42.
8
Entrevista a Garbo Garnham, 14 de agosto de 2001.
9
Entrevista a Habi Deb Burman, 1 de noviembre de 2001.
10
Hardinge, p. 51.
Los orígenes de estos clanes son complicados y varían mucho según la fuente.
Con la gran ayuda de Charles Allen he intentado en este capítulo y en el siguiente presentar el relato más comúnmente aceptado sobre los primeros Gaekwad
y el clan maratha al que pertenecían.
11
12
Forster, p. 130.
13
Fitzroy, pp. 86-87.
14
OIOC, MSS EUR F166/31.
15
Scindia, p. 108.
16
Ibíd., p. 81.
17
Ibíd.
18
Montagu, p. 168.
19
Entrevista, Habi Deb Burman, 1 de noviembre de 2001.
20
Webb, p. 89.
21
Weeden, p. 165.
31
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Era noviembre de 1911 y parecía como si todos y cada uno de los