Revista de Pastoral Juvenil 478 febrero 2012
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Tema 2
Hermanos de un tronco común: el Antiguo Testamento
M. Junkal Guevara Llaguno1
1. Presentación del tema
Al comienzo de la carta a los Hebreos, podemos leer
“1 Dios, habiendo hablado en otro tiempo muchas veces y de muchas
maneras a los padres por los profetas, 2 en estos últimos días nos ha hablado
por el Hijo, a quien constituyó heredero de todo, y por medio de quien,
asimismo, hizo el universo. 3 Él es el resplandor de su gloria y la expresión
exacta de su naturaleza, quien sustenta todas las cosas con la palabra de su
poder” (Hb 1,1).
El autor, un discípulo de Pablo, escribió esta carta-homilía para anunciar a sus
contemporáneos a Jesús como quien conduce a su pueblo, la Iglesia, al encuentro de Dios,
su Señor.
Pero, si notamos, ese anuncio de Jesús lo inserta en la historia de la palabrarevelación paciente, versátil que Dios había ido comunicando al pueblo de Israel, su
pueblo, a lo largo de la historia. Ese mensaje no se presenta el autor como algo que rompe
con el pasado, sino como una novedad en el caudal de una historia de comunicación de
Dios con los hombres iniciada en los albores de la humanidad y visiblemente expresada en
su relación con el pueblo de Israel.
Esta intuición del autor de esta carta, está muy presente en todos los autores del
Nuevo Testamento que, de uno u otro modo, citando implícita o explícitamente el Antiguo
Testamento, conectan la persona y el mensaje de Jesús con lo mejor de la tradición judía,
recogida en los escritos de lo que hoy conocemos como en Antiguo Testamento.
Antiguo Testamento. Esa es la expresión; no viejo Testamento. Porque mientras
viejo sugiere algo desfasado, caduco, rancio; algo que ya no merece la pena conservarse,
antiguo sugiere tiempo, solera, valor ganado con el paso del tiempo. Y Testamento, a pesar
de que a los de lengua castellana nos sugiere un documento para transmitir la propiedad y
los derechos después de la muerte, en realidad, es un término que traducir la palabra
“alianza”. Así, Antiguo Testamento significa una alianza sellada tiempo atrás, que ha
ganado solera y que, sin embargo, necesita ser renovada y por eso, Nuevo Testamento. Y
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Profesora de Antiguo Testamento en la Facultad de Teología de Granada
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nuevo porque, como señala la carta a los Hebreos, Jesús se ha convertido en la palabra
definitiva, fuerte y elocuente de la nueva alianza de Dios con la humanidad.
Esta dinámica antiguo-nuevo es la que anima ese conjunto de libros vivos que
forman “la Biblia”, y que, por esa razón, se divide en dos grandes colecciones que recogen
la revelación por la que “Dios, habló en otro tiempo, muchas veces y de muchas maneras,
por los profetas” (Hb 1, 1) –el Antiguo Testamento-; o la que “en estos últimos días nos ha
hablado por el Hijo” (Hb 1, 2) –el Nuevo Testamento.
El Antiguo Testamento, recipiente de esa revelación antigua, está compuesta por 39
libros escritos en hebreo entre el s. IX y el II a.C. y en un arco geográfico que se extiende
desde la Mesopotamia (el espacio entre los dos grandes ríos de Oriente, Tigres y Éufrates)
hasta Egipto, recorriendo todo el Oriente Próximo y, por supuesto, la tierra de Israel. Esos
39 libros están también la Biblia de los judíos, y no puede ser de otro modo ya que recogen
la revelación de Dios a su pueblo, el que, en el seno de la creación renovada después del
diluvio (Gn 6-9), surge de la estirpe de Abram (Gn 12). Pero, además, en la época
helenística, la recepción y maduración de toda la cultura, ideología y teodicea de los griegos,
renovó el judaísmo de tal manera, que surgió una nueva literatura escrita en lengua griega
que expresó la comunicación de Dios con su pueblo a la altura de los nuevos tiempos. Hoy
esa nueva literatura está consignada en siete libros (Sabiduría, Eclesiástico, Tobías, Judit, 1 y
2 Macabeos y Baruc) que la tradición judía llama apócrifos por no estar integrada en el canon,
el elenco de literatura con valor inspirado, y que la tradición católica titula deuterocanónicos
(del segundo canon), precisamente por recoger un nuevo tiempo de revelación de Dios a su
pueblo.
Hemos de notar cómo tanto unos como otros son libros de matriz judía, y en ellos
advertimos cómo Dios se ha ido manifestando poco a poco, y ha sido descubierto,
desvelado en las entrañas de la azarosa historia del pueblo de Israel, de sus búsquedas, de
su mestizaje con los pueblos y culturas con los que ha convivido. Y, en todos ellos, judíos y
cristianos, descubrimos “las palabras que todos quieren oír” (Ned Flanders en “La historia
más grande jamás contada” –Los Simpson T 21x16-).
Si buceamos en esa gran biblioteca que hoy es el Antiguo Testamento, descubrimos
una serie de colecciones que son como cristales de un caleidoscopio: tienen colores y
formas diferentes pero, juntos, componen esa imagen-sinfonía fantástica en la que con
tanta armonía Dios sigue hablando a su pueblo, el pueblo de Israel y la Iglesia, todavía hoy.
La primera colección del Antiguo Testamento es el Pentateuco. El nombre, griego,
significa “cinco estuches”, y evoca la imagen de los recipientes en los que se guardaban los
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rollos de papiro en los que se escribían las palabras de la revelación. Por su fragilidad, el
papiro necesitaba ser protegido para conservarse bien. Esta colección reciben en hebreo el
nombre de Torá –ley-, la instrucción, la enseñanza que permite a Israel
aprender a
conformarse como “pueblo de Dios”. Por esa razón, en sus cinco libros –Génesis, Éxodo,
Levítico, Números y Deuteronomio- descubrimos a un Dios que sale de sí comunicándose
por una Palabra que crea la realidad de este mundo grande, fecundo y plural en el que
vivimos (Gn 1 y 2), y que ofrece un pacto tan sólido que queda grabado en las entrañas de
la creación (el arco iris Gn 9), en el cuerpo de los israelitas (la circuncisión –Gn 17-) y en el
corazón de su pueblo (el Decálogo Ex 20 y Dt 5). Ese Dios “comunicador” que está
siempre sintonizando las frecuencias de los hombres, se compromete con ellos y suscita un
movimiento liberador y renovador que conduciendo al pueblo por el desierto (Ex 15-19 y
Nm 10,11-22), y, a pesar del desánimo y la infidelidad de éste, se consumará habitando
“7una buena tierra: tierra de arroyos de agua, de manantiales y de fuentes del abismo que
brotan en los valles y en los montes; 8tierra de trigo, de cebada, de vides, de higueras y de
granados; tierra de olivos ricos en aceite y de miel; 9 tierra en la cual no comerás el pan con
escasez, pues nada te faltará en ella (Dt 8, 7-8).
La segunda gran colección la forma el conjunto de los libros históricos, que no son
libros de historia en el sentido moderno de la palabra (aunque durante mucho tiempo se
hayan usado así), sino libros en los que, escudriñando en la historia, Israel capta la
revelación de Dios que ilumina el sentido de las instituciones, los acontecimientos, la
política exterior, la convivencia con otros pueblos… En esa colección podemos identificar
dos grandes voces teológicas a las que llamamos deuteronomista y cronista. A la voz
deuteronomista le atribuimos los libros de Josué, Jueces, Samuel y libros 1 y 2 de Reyes; a la
voz cronista, los libros 1 y 2 de Crónicas, y es posible que también tenga alguna
responsabilidad en la composición de otros dos libros, Esdras y Nehemías. Junto a estas
dos grandes voces, tenemos que situar dos libros escritos en la época helenística y que
pertenecen al conjunto de los deuterocanónicos de los que hablamos antes: se trata de 1 y 2
Macabeos, que profundizan en el mensaje de Dios en una época muy convulsa en Israel, la
de la helenización forzosa de Israel por parte de la dinastía seleúcida que, desde Siria,
controlaba el territorio. La revuelta contra esa traición a la identidad judía por la familia de
Matatías (1 Mac 2), que ha pasado a la posteridad con el apodo de uno de sus miembros
más combativos, Judas, “martillo”-“Macabeo” (makkabah), proclama: “20yo y mis hijos y
mis hermanos seguiremos fieles al pacto que Dios hizo con nuestros antepasados. 21¡Dios
nos libre de abandonar la ley y los mandamientos!” (1 Mac 2, 20-21).
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La tercera colección está integrada por una literatura bellísima, rica en recursos
literarios, y preocupada por desvelar la presencia de Dios en las actividades de la vida
cotidiana. Se trata de la literatura sapiencial y poética que encontramos en Proverbios,
Eclesiastés, Cantar de los Cantares, Salmos, Eclesiástico y Sabiduría. Los autores bíblicos
recogen la sabiduría religiosa impregnada en los refranes, los poemas seculares y religiosos,
las listas de los grandes antepasados de Israel, y en experiencias como la amistad, el
matrimonio, la familia, los negocios, los viajes etc.
En esta colección podemos integrar también cuatro pequeñas “historias
ejemplares”, narraciones con interés didáctico: Rut, Esther, Tobías y Judit. En todas ellas
las historias de los protagonistas están tintadas de una enseñanza sabrosa para el pueblo de
Israel que, generalmente, tiene que ver con la necesidad de aprender a mantener su
identidad en medio de contextos que les resultan cultural y religiosamente ajenos.
La última colección la integran los libros proféticos, los textos de todos aquellos
que sintieron que Dios les encomendaba poner por escrito sus anuncios y denuncias a
Israel, recurriendo a un estilo muy particular (los oráculos y discursos, los símbolos, los
gestos públicos…). Los judíos clasifican esta gran colección en dos grandes grupos,
atendiendo al tamaño de las obras: los profetas mayores (Isaías, Jeremías, Ezequiel Y
Daniel) y los menores (Oseas, Joel, Amós, Abdías, Jonás, Miqueas, Nahum, Habacuc,
Sofonías, Ageo, Zacarías y Malaquías).
Recorriendo todos estos libros vamos descubriendo la partitura de esa sinfonía de
la revelación de Dios a su pueblo que lo reconoce como:
“12 el que hizo que su glorioso poder
acompañara a Moisés,
el que dividió el mar delante de su pueblo
para alcanzar fama eterna,
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el que los hizo pasar por el fondo del mar sin resbalar,
como caballos por el desierto,
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como ganado que baja a la llanura”
El espíritu del Señor los guiaba.
Así condujo a su pueblo
y alcanzó fama y gloria” (Is 63, 12-14).
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2. Textos para profundizar
“Me parece que los cristianos debemos también darnos cuenta cada vez más de
nuestra afinidad interior con el judaísmo. Para los cristianos, no puede haber una fractura
en el evento salvífico. La salvación viene, precisamente, de los Judíos (cf. Jn 4, 22). Cuando
el conflicto de Jesús con el judaísmo de su tiempo se ve de manera superficial, como una
ruptura con la Antigua Alianza, se acaba reduciéndolo a un idea de liberación que considera
la Torá solamente como la observancia servil de unos ritos y prescripciones exteriores. Sin
embargo, el Discurso de la montaña (Mt 5) no deroga la Ley mosaica, sino que desvela sus
recónditas posibilidades y hace surgir nuevas exigencias; nos reenvía al fundamento más
profundo del obrar humano, al corazón, donde el hombre elige entre lo puro y lo impuro,
donde germina la fe, la esperanza y la caridad. […] El mensaje de esperanza, transmitido
por los libros de la Biblia hebrea y del Antiguo Testamento cristiano, ha sido asimilado y
desarrollado por los judíos y los cristianos de modo distinto. "Después de siglos de
contraposición, reconozcamos como tarea nuestra el esfuerzo para que estos dos modos de
la nueva lectura de los escritos bíblicos –la cristiana y la judía– entren en diálogo entre sí,
para comprender rectamente la voluntad y la Palabra de Dios" (Jesús de Nazaret. Segunda
parte: Desde la entrada en Jerusalén hasta la Resurrección, pp. 47-48). En una sociedad
cada vez más secularizada, este diálogo debe reforzar la común esperanza en Dios. Sin esa
esperanza la sociedad pierde su humanidad” (Discurso de S.S. Benedicto XVI a la comunidad
judía en Berlín durante su viaje a Alemania, Jueves 22 de septiembre de 2011).
En el portal www.ivoox.com puedes encontrar unos podcast que te pueden ayudar
mucho. Son programas de radio producidos por los profesores de la Facultad de Teología
de Granada Junkal Guevara y José Luis Sicre, y tratan de presentar de una manera didáctica
todo el Antiguo Testamento. Toma nota de los enlaces:
José Luis Sicre habla de los profetas: http://www.ivoox.com/jose-luis-sicre-hablaprofetas-de-audios-mp3_rf_48082_1.html; y http://www.ivoox.com/jose-luis-sicre-hablaprofetas-2-audios-mp3_rf_48098_1.html.
Junkal Guevara habla del Pentateuco: http://www.ivoox.com/pentateuco-profesorajunkal-guevara-audios-mp3_rf_138893_1.html;
de
los
libros
históricos:
http://www.ivoox.com/cuenta-alguna-historia-historica-biblia-audios-mp3_rf_228623_1.html; de
los sabios de Israel: http://www.ivoox.com/sabios-israel-audios-mp3_rf_163761_1.html.
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3. Para trabajar
 Detente a leer de nuevo el texto. ¿Te ha sorprendido la matriz judía del Antiguo
Testamento de los cristianos? ¿Qué crees que nos aporta?
 Busca una Biblia que tengas a mano y vete al índice. ¿Aparece la referencia a los
apócrifos o deuterocanónicos? ¿Y las colecciones que hemos explicado? ¿Las reconoces?
Coteja el nombre de la colección y el conjunto de los libros que la componen.
 Busca el libro del Eclesiástico. Fíjate en que tiene un prólogo en el que el autor
nos explica el origen y la finalidad de la obra. Léelo despacio y toma nota de los siguientes
aspectos: ¿Quién es el autor original de la obra? ¿Cómo se llamaba? ¿Qué es, en realidad, lo
que ha llegado hasta nosotros? ¿Quién es autor de lo que hoy leemos? ¿Qué colecciones de
la Biblia se mencionan? ¿Qué nos ha sido revelado en ellas? ¿Para qué se ha escrito esta
obra que hoy conocemos como Eclesiástico?
 Busca el libro de los proverbios, vete a Os 8, 7 ¿reconoces un refrán que usamos
mucho en castellano? ¿cuál es? ¿y en Pro 24,5-6?
 ¿Te suenan todas estas expresiones coloquiales?
“venderse por un plato de lentejas”; “tiempos de vacas gordas y flacas”; “rasgarse
las vestiduras”; “pregonar en el desierto”; “poner el dedo en la llaga”; “estar en
Belén con los pastores”.
Todas tienen origen bíblico. Descubre y anota su sentido buscándolas en las
siguientes citas: (Gn 25,31-35; Gn 41,1-32; Mt 26,62; Is 40,7; Jn 20,25; Lc 2,8-11.
4. Materiales suplementarios
Una película, El libro de Eli de Albert y Allen Hughes, 2010.
Una canción para reflexionar: Brotes de Olivo, “La nueva humanidad” (1996)
Tema: El olvido de la Palabra.
Un libro para gozar: Eric-Emmanuel Schmitt, El hijo de Noé, Anagrama 2005.