El lenguaje simbólico en los cuentos populares
Víctor Montoya*
Los cuentos populares son alimentos para el alma del niño, estimulan su fantasía y
cumplen una función terapéutica; primero, porque reflejan sus experiencias,
pensamientos y sentimientos; y, segundo, porque le ayudan a superar sus ataduras
emocionales por medio de un lenguaje simbólico, haciendo hincapié en todas las etapas
-periodos o fases- por las que atraviesa a lo largo de su infancia.
Cuando el niño lee o escucha un cuento popular, pone en juego el poder de su fantasía
y, en el mejor de los casos, logra reconocerse a sí mismo en el personaje central, en sus
peripecias y en la solución de sus dificultades, en virtud de que el tema de los cuentos le
permiten trabajar con los conflictos de su fuero interno. El psicoanalista Bruno
Bettelheim ha manifestado que en el campo de la literatura infantil no existe otra cosa
más enriquecedora que los viejos cuentos populares, no sólo por su forma literaria y su
belleza estética, sino también porque son comprensibles para el niño, cosa que ninguna
otra forma de arte es capaz de conseguir. Bettelheim, en su Psicoanálisis de los cuentos
de hadas, afirma que: “A través de los siglos (si no milenios), al ser repetidos una y otra
vez, los cuentos se han ido refinando y han llegado a transmitir, al mismo tiempo,
sentidos evidentes y ocultos; han llegado a dirigirse simultáneamente a todos los niveles
de la personalidad humana y a expresarse de un modo que alcanza la mente no educada
del niño, así como la del adulto sofisticado. Aplicando el modelo psicoanalítico de
personalidad humana, los cuentos aportan importantes mensajes al consciente,
preconsciente e inconsciente, sea cual sea el nivel de funcionamiento de cada uno en
aquel instante. Al hacer referencia a los problemas humanos universales, especialmente
aquellos que preocupan a la mente del niño, estas historias hablan a su pequeño yo en
formación y estimulan su desarrollo, mientras que, al mismo tiempo, liberan al
preconsciente y al inconsciente de sus pulsiones. A medida que las historias se van
descifrando, dan crédito consciente y cuerpo a las pulsiones del ello y muestran los
distintos modos de satisfacerlas, de acuerdo con las exigencias del yo y del super-yo”
(Bettelheim, B., 1986, p. 12-13).
Conforme a lo señalado por Bettelheim, no cabe duda de que casi todos los cuentos que
provienen de la tradición oral abordan el mismo tema: la sublimación de los conflictos
emocionales y los problemas existenciales que aquejan a los niños. No es extraño que
las niñas, que son víctimas de abusos sexuales, asocien a sus violadores con los
personajes “malditos” de los cuentos populares, cuyos protagonistas -lobos, ogros,
gnomos, brujas y otros- se tornan en individuos del mundo real.
Si bien existen libros pedagógicos que ayudan a desarrollar las funciones cognoscitivas
del niño, existen también libros que ayudan a superar los traumas psicológicos por
medio de la ficción y el lenguaje simbólico, que representa cosas que no están al alcance
del entendimiento humano. Ya Carl G. Jung, en “El hombre y sus símbolos”, dice:
“usamos constantemente términos simbólicos para representar conceptos que no
podemos definir o comprender del todo. Esta es una de las razones por las cuales todas
las religiones emplean lenguaje simbólico o imágenes. Pero esta utilización consciente
de los símbolos es sólo un aspecto de un hecho psicológico de gran importancia: el
hombre también produce símbolos inconscientes y espontáneamente en forma de
sueños” (Jung, C.G., 1995, p. 21).
La tesis de Betellheim parte de la base de que todos los cuentos populares reflejan la
evolución física, psíquica, intelectual y social del niño; por ejemplo, el fracaso del
egocentrismo, la soledad y falta de afecto, la satisfacción del deseo (casa de chocolate) y
el triunfo sobre el peligro (la bruja) está simbolizado en el cuento “Hansel y Gretel”; el
complejo de Edipo en “Blancanieves”; la pubertad en “Caperucita roja”; la rivalidad
entre hermanos en “La Cenicienta”; el temor sexual en “La Bella y la Bestia” y el
incesto en “Piel de asno”, un tema tabú del que todos saben algo, pero del que pocos se
atreven a hablar. El rey y la reina simbolizan a los padres, la flor al desarrollo sexual y
la casa a la seguridad y armonía en el hogar. El árbol simboliza la vida, el crecimiento o
la maduración física y psíquica del individuo. Así como el perro simboliza la fidelidad,
las aves simbolizan la libertad y la ayuda; esto ocurre en el cuento de “La Cenicienta”,
cuando su madrastra echa ante ella un montón de guisantes buenos y malos y le dice
que los separe. Aunque parece una tarea imposible, Cenicienta comienza,
pacientemente, a separarlos y, de pronto, las palomas (los ratones, según otras
versiones) acuden a ayudarla. Asimismo, la rama que Cenicienta planta en la tumba de
su madre, se convierte en un árbol, en cuyas ramas vive un pájaro que, cada vez que
Cenicienta llora, le concede sus deseos; por lo tanto, el árbol y el pájaro simbolizan el
espíritu o la reencarnación de la madre de Cenicienta.
En el cuento de “Blancanieves”, justo cuando ésta yace en el ataúd de vidrio, que
simboliza su muerte espiritual, tres pájaros acuden a llorar junto a los siete enanitos; la
lechuza (pájaro de la muerte y la sabiduría), el cuervo (pájaro de Odín, jefe de las
fuerzas oscuras) y la paloma (pájaro de Afrodita, de la inocencia y el amor). Los tres
pájaros, aparte de constituir piezas claves en la trama del cuento, simbolizan un número
mágico que también aparece en otros cuentos. El genio en Las mil y una noches
concede tres deseos a Aladino; tres son las dificultades o pruebas que deben vencer los
héroes de los cuentos fantásticos para liberar a la mujer amada y coronar su triunfo; tres
veces la madrastra de Blancanieves visita la casa de los siete enanitos. “En su primera
visita, disfrazada de una vieja buhonera, intenta estrangular a la hijastra con un corsé
(no un “lasito” como dice la versión española), dramatizando su deseo de contrarrestar
la pubescencia en proceso de la joven. Blancanieves, medio muerta, es reavivada por los
enanos, y el espejo informa a la reina malvada del hecho. En la segunda visita la
madrastra le da un peine envenenado, que igualmente la deja 'como muerta'. El
envenenar los cabellos parece ser otro signo de la culpa que la madrastra le achaca a
Blancanieves por crecer. Esto es confirmado por la tercera visita, después de que los
enanos nuevamente procuran salvarla. Esta vez la madrastra, disfrazada de campesina,
le ofrece una manzana 'con un veneno de lo más virulento'. La bruja come de la mitad
blanca para demostrar su inofensividad, pero cuando Blancanieves la recoge y come de
la mitad roja, se desmaya con la manzana atorada en la garganta” (Heisig, J.W., 1976, p.
76).
El siete es otro de los números mágicos en los cuentos populares. Ahí tenemos a los
siete enanitos en el cuento de “Blancanieves”, quien se convierte en una niña hermosa a
los siete años. Siete son los colores primarios, siete los días de la semana, siete los
planetas de la antigüedad, siete las virtudes, siete los pecados capitales, siete los
misterios, siete las maravillas del mundo y, según el mito de creación, el séptimo día es
sagrado y de descanso.
Los animales salvajes simbolizan los conflictos no resueltos y los instintos de agresión.
La víbora y el elefante, por su forma, pueden simbolizar la masculinidad, mientras que
la manzana (los senos de la madre) es un viejo símbolo del amor y el matrimonio, pero
también del peligro y el pecado. En la Biblia se dice que Adán y Eva incurren en el
pecado por comer la fruta (manzana) del árbol de la ciencia del bien y del mal. La
madrastra de Blancanieves, asaltada por los celos y la envidia, le procura la muerte con
una manzana envenenada. De otro lado, el color rojo o colorado de la manzana simbolismo extensamente repetido en ritos primitivos de la pubertad- representa la
menstruación, la culminación de la etapa latente y la maduración sexual; lo mismo que
la caperuza roja es un atributo de la primera menstruación de Caperucita roja, quien,
aparte de sentirse acosada por la sexualidad masculina, es capaz de concebir y ser madre
desde el punto de vista biológico.
La belleza está simbolizada por el color rojo, blanco y negro. De ahí que el cuento de
“Blancanieves”, en algunas versiones, comienza con un rey y una reina que viajan por
un camino cubierto de nieve, circunstancia en que el rey dice: “Deseo tener una hija
blanca como la nieve“, Más adelante, al divisar un hueso lleno de sangre, exclama:
“Deseo tener una hija con las mejillas rojas como la sangre“ y cuando ve a tres cuervos,
volando a cielo abierto, el rey dice: “Deseo tener una hija con los cabellos color de
cuervo”. En otras versiones modernas, el cuento comienza así: Es invierno y la nieve
cae como ovillos blancos. La reina está cosiendo junto a la ventana, cuyos marcos están
decorados en ébano. De pronto, la reina se pincha en la mano y saca el dedo herido a
través de la ventana, dejando caer tres gotas de sangre sobre la nieve. Entonces se dice:
“Quiero tener una hija blanca como la nieve, con las mejillas rojas como la sangre y los
cabellos negros como el ébano“.
El complejo de Edipo, ese conjunto de sentimientos amorosos y hostiles que cada niño
siente en relación con sus padres (atracción sexual hacia el progenitor del sexo opuesto
y odio hacia el del mismo sexo, que considera rival), está simbolizado en varios cuentos
populares. . Ahora bien, ¿qué es el complejo de Edipo? Según refiere una de las
tragedias griegas, un oráculo había predicho que Edipo, hijo del rey de Tebas, mataría a
su padre y se casaría con su propia madre, profecía que se cumplió fatalmente. Los
psicólogos -a partir de Freud- designan con este nombre la atracción que el niño alrededor de los 4-6 años de edad- experimenta por el progenitor del sexo contrario.
En los cuentos populares, de un modo general, el conflicto de Edipo está representado
por el héroe que mata al dragón para liberar a la princesa; un hecho que simboliza la
rivalidad inconsciente que el niño experimenta contra el padre (dragón) y el amor
desmedido que siente por la madre (princesa). El conflicto de Electra, a su vez, está
representado por Cenicienta y Blancanieves, quienes, en procura de liberar el amor
sojuzgado del padre, se enfrentan a la crueldad de la madrastra, figura que, desde el
principio, encarna el peligro y la maldad. Empero, valga aclarar que el complejo de
Edipo, en algunas versiones adaptadas para los niños, es apenas una sugerencia sutil,
debido a que un mensaje más directo podría provocarles angustias y ahondar sus
conflictos emocionales.
El tema de la envidia y la rivalidad entre hermanos está simbolizado en el cuento de “La
Cenicienta”, quien no sólo es presa del trato inhumano de su madrastra, sino también
del odio y la envidia de sus hermanastras. Otros símbolos constituyen el zapato de
cristal (en la versión antigua era una zapatilla de cuero suave), que Cenicienta pierde al
salir de la fiesta, en la ceniza (símbolo del desprecio y la humillación), en el árbol que
planta en la tumba de su madre y en el príncipe que la revive y la toma por esposa.
El narcisismo de la madrastra de Blancanieves está simbolizado por el espejo mágico y
la madurez sexual por el corpiño, el anillo y la manzana. Si la combinación del color
rojo, blanco y negro es símbolo de belleza, entonces el “Príncipe sapo” y “la Bestia” son
símbolos de la agresividad inconsciente de la personalidad humana.
El incesto, al menos como intento, aparece expuesto en “Piel de asno”. Todo comienza
con un rey todopoderoso, amado y respetado por su pueblo, y una reina que, sintiendo
acercarse su última hora, le dice al rey: “Cuando te vuelvas a casar, júrame que lo harás
con una princesa que sea más bella y mejor formada que yo.” El rey le jura que así lo
hará. Sin embargo, al cabo de un tiempo, no resiste a la tentación de pensar en la
princesa -su hija-, quien no sólo es bella y admirablemente bien formada, sino que
sobrepasa en mucho a la reina -su madre- en donaire y encantos. De modo que el rey,
seducido por la juventud y belleza de su hija, decide tomarla en matrimonio. La
princesa, consternada por la actitud de su padre, le ruega no obligarla a cometer un
crimen. Mas el rey no desiste en su propósito y manda a preparar la boda. La princesa
pide ayuda a la Hada de las Lilas -su madrina-, quien, para salvarla del dolor y el
infortunio, le aconseja pedirle al rey la piel de un asno. Entonces el rey, obsesionado por
casarse con su hija, no le niega su deseo y deja matar a su asno preferido. La princesa se
disfraza con la piel del animal y huye del palacio sin ser reconocida. El rey moviliza a
sus guardias y mosqueteros para dar con el paradero de la princesa, quien se convierte
en fugitiva y llega hasta tierras lejanas, donde contrae matrimonio con un príncipe que
la pone a salvo del incesto y la conducta perversa de su padre.
La relación de las niñas con su sexualidad está reflejada en varios cuentos. Pero quizás
el más representativo sea “La Bella y la Bestia”. La versión más conocida de esta
historia cuenta cómo la Bella, la menor de cuatro hermanas, se convierte en la favorita
de su padre, debido a su bondad desinteresada y su actitud cariñosa. No obstante, lo que
desconoce la Bella es que, al pedir una rosa blanca, pone en peligro la vida de su padre
y las relaciones ideales con él, pues la rosa blanca es robada en el jardín encantado de la
Bestia, quien, llena de cólera, le impone el castigo de que en el lapso de tres meses debe
entregarle a su hija menor, a cambio de poner a salvo su vida. Así es como la Bella se
ve obligada a vivir con la Bestia, hasta el día en que, redimido por el amor, vuelve a su
condición humana trocado en un hermoso príncipe. De entrada, el cuento simboliza la
animalidad integrada en la condición humana, pues en muchísimos mitos y cuentos
populares se habla de un príncipe convertido por arte de hechicería en un animal salvaje
o en un monstruo, que es redimido por el beso y el amor de una doncella; un proceso
que, según el psiquiatra M-L. von Franz, simboliza la forma en que el ánimus se hace
consciente. En muchos mitos, el amante de una mujer es una figura misteriosa y
desconocida que ella nunca debe ver y al que sólo puede encontrar en la oscuridad. De
lo contrario, si enciende una luz y revela su identidad, corre el riesgo de no redimirlo de
su condición monstruosa. El ejemplo está en la doncella Psique, quien era amada por
Eros, pero tenía prohibido que intentara mirarlo. Eros la visitaba sólo por las noches y
desaparecía al despuntar el alba. Las hermanas de Psique le advirtieron que el hombre
con quien vivía era un monstruo horrible que no se atrevía a mostrarse a la luz del día.
Entonces Psique, curiosa por descubrir el misterio que guardaba su amante, encendió el
mechero y se enfrentó a la hermosa imagen del hombre que dormía a su lado. Pero
como estaba nerviosa y sorprendida, agitó el mechero y dejó caer una gota de aceite
sobre el hombro de Eros, quien despertó y la abandonó por haber visto lo que no debía.
De modo que Psique pudo recuperar su amor sólo después de larga búsqueda y muchos
sufrimientos.
Cabe añadir que en los cuentos populares, como en gran parte de los cuentos de la
literatura infantil moderna, existe una dicotomía maniquea entre los personajes, cuyos
atributos representan la bondad o la maldad, dependiendo del rol que se les asigna en la
trama del cuento. Las fuerzas del bien están simbolizadas por el protagonista central y
los personajes secundarios -el príncipe, las hadas, las palomas y los magos-, entretanto
las fuerzas tenebrosas del mal están simbolizadas por los personajes -humanos y
animales- que representan la insensatez, la astucia y el peligro, como es el caso del lobo
feroz, los gnomos, las brujas y los ogros.
FIN
Bibliografía
Bettelheim, Bruno: Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Ed. Grijalbo, Barcelona,
1986.
Heisig, J.W.: El cuento detrás del cuento, Ed. Guadalupe, Buenos Aires, 1976.
Jung, Carl.G.: El hombre y sus símbolos, Ed. Paidós, Barcelona, 1995.
* Víctor Montoya nació en La Paz, Bolivia, el 21 de junio de 1958. Escritor, periodista
cultural y pedagogo. Vivió en las poblaciones mineras de Siglo XX y Llallagua. En
1976, como consecuencia de sus actividades políticas, fue perseguido, torturado y
encarcelado. Estando en el Panóptico Nacional de San Pedro y en la cárcel de mayor
seguridad de Chonchocoro-Viacha, escribió su libro de testimonio "Huelga y
represión”. Liberado de la prisión por una campaña de Amnistía Internacional, llegó
exiliado a Suecia en 1977. Egresado del Instituto Normal Superior de Estocolmo, en
cuya Institución Pedagógica cursó estudios de especialización. Impartió lecciones de
quechua, coordinó proyectos culturales en una biblioteca, dirigió talleres de literatura y
ejerció la docencia durante varios años. Ha publicado: “Huelga y represión” (1979),
“Días y noches de angustia” (1982), “Cuentos Violentos” (1991), “El laberinto del
pecado” (1993), “El eco de la conciencia” (1994), “Antología del cuento
latinoamericano en Suecia” (1995), “Palabra encendida” (1996), “Cuentos de la mina”
(2000), “Entre tumbas y pesadillas” (2002), “Fugas y socavones” (2002), “Literatura
infantil: Lenguaje y fantasía” (2003) y “Poesía boliviana en Suecia” (2005). Fundó y
dirigió las revistas literarias “PuertAbierta” y “Contraluz”. Su obra mereció premios y
becas literarias. Tiene cuentos traducidos y publicados en antologías internacionales.
Actualmente escribe en publicaciones de América Latina, Europa y Estados Unidos. Es
director responsable de la edición digital de Narradores Latinoamericanos en Suecia:
www.narradores.se y del Rincón Literario: welcome.to/heterogenesis.
La violencia en los cuentos populares
Víctor Montoya*
Se ha dicho muchas veces que los cuentos populares encierran una serie de
“crueldades”, que no son aptas para el desarrollo emocional del niño y cuyas lecturas
pueden estimular su agresividad. Los críticos consideran que varios de los cuentos
populares, rescatados de la tradición oral por los hermanos Grimm y Charles Perrault, al
menos en sus versiones originales, deben ser leídos sólo por los adultos, aun sabiendo
que los niños, como todos los humanos, no están al margen de los actos de violencia y
las “crueldades”, que a diario experimentan a través de las pantallas de la televisión o en
la vida cotidiana.
Los instintos primarios y reprimidos, como es el caso de la agresión, pueden aflorar en
cualquier momento y hasta dominar sobre la parte racional y consciente del niño, pues
todos los individuos cargan genéticamente un instinto de agresión en la parte más
irracional e inconsciente de su ser. No obstante, como bien apunta el psicoanalista
Bruno Bettelheim: “La creencia común de los padres es que el niño debe ser apartado de
lo que más le preocupa: sus ansiedades desconocidas y sin forma, y sus caóticas, airadas
e incluso violentas fantasías. Muchos padres están convencidos de que los niños
deberían presenciar tan sólo la realidad consciente o las imágenes agradables y que
colman sus deseos, es decir, deberían conocer únicamente el lado bueno de las cosas.
Pero este mundo de una sola cara nutre a la mente de modo unilateral, pues la vida real
no siempre es agradable” (Bettelheim, B., 1986, p. 14-15).
Mucho antes de que exista una literatura escrita exclusivamente para niños, los cuentos
populares -de hadas, ogros y princesas- se transmitían a través de la tradición oral y de
generación en generación. Durante siglos, quizás milenios, los cuentos eran contados
entre los adultos; empero, de tanto repetirse una y otra vez, llegaron también a gustar a
los niños no sólo por el poder de la fantasía que alimenta el desarrollo de su
personalidad, sino también porque abordan temas que les toca de cerca. Así pues, los
cuentos populares se han convertido en un tesoro invalorable para los niños, incluso
cuando no existía una literatura infantil propiamente dicha y en épocas en que la
pedagogía no había advertido su importancia.
Con el transcurso del tiempo, los cuentos populares sufrieron una serie de mutilaciones
tanto en la forma como en el contenido, y muchas de las adaptaciones, lejos de mejorar
el valor ético y estético del cuento, tuvieron la intención de moralizar y censurar las
partes “crueles”, arguyendo que la violencia era un hecho ajeno a la realidad del niño y
algo impropio en la literatura infantil. De cualquier modo, una cosa es mutilar el
contenido de un cuento, y, otra muy distinta, adaptarlo al nivel lingüístico o al
desarrollo cognoscitivo del niño, quien, para gozar de la lectura, requiere comprender el
léxico y la sintaxis del texto. Esto implica, por ejemplo, simplificar las descripciones
largas, las frases irónicas y las moralejas, debido a que éstas son incomprensibles para
los niños que no han alcanzado la etapa del razonamiento lógico, sobre todo, si
consideramos los preceptos de la psicología evolutiva.
Si bien es cierto que la literatura infantil estimula la fantasía del niño y cumple una
función terapéutica, es también cierto que los cuentos llamados “crueles” no tienen por
qué ser censurados ni rechazados; por el contrario, deben ser presentados con un sentido
crítico, ya que el propio niño vive en un mundo que no es un paraíso, sino un territorio
lleno de tragedias e injusticias. Es más, los cuentos populares, al mismo tiempo que
entretienen al niño, le ayudan a comprenderse mejor a sí mismo y contribuyen al
desarrollo de su personalidad; claro está, cuando y siempre se los conserve y cuente en
su forma original, pues cualquier tipo de mutilación que sufran sus partes más violentas
no hará otra cosa que restarle importancia al cuento y malograr su contenido literario
que, como en toda obra de arte bien concebida, es perfectamente comprensible para el
niño.
Ahora bien, ¿vale la pena poner al alcance de los niños los cuentos populares que
encierras una cantidad inverosímil de crueldades y violencia? No creo que baste con
abolirse las escenas más desagradables o explicarles a los niños que las “crueldades”
corresponden a la fantasía del autor y a una época pretérita en la historia, porque esto
implicaría cubrir con un manto las violencias que a diario se comenten contra millones
de niño en todo el mundo. ¿Quién no ha recibido una bofetada en su infancia?
Probablemente muchos. ¿Cuántos niños fallecen a consecuencia del martirio causado
por los mayores? El síndrome del apaleamiento es cada vez más frecuente no sólo en los
hogares, sino también en los recintos de enseñanza, donde los profesores maltratan a los
alumnos, sujetos al precepto de que la “letra con sangre entra”. En verdad, nada pudo
contra este mal de todos los tiempos, ni siquiera la Declaración de Ginebra, en 1924, ni
la Asamblea General de las Naciones Unidas, ni el famoso “Año Internacional del
Niño”, celebrado en 1980.
Sólo en Latinoamérica mueren cada año, por golpes recibidos en el hogar, tantos niños
como mueren en los accidentes de tráfico, y se habla de cifras alarmantes de niños
permanentemente lesionados por idénticos motivos. Sin ir más lejos, en cualquier
escuela primaria, el maestro puede advertir las huellas que deja la violencia en el
semblante y la conducta de un niño que es objeto de maltratos. Es decir, hay quienes no
necesitan leer los cuentos “crueles” de los hermanos Grimm y Charles Perrault para
comprender las consecuencias negativas del castigo, puesto que ellos mismos, en algún
momento de su vida, han sentido el dolor en carne propia. La violencia no es un hecho
ajeno a la experiencia cotidiana del niño, quien, cada día y durante horas, se hace testigo
de escenas “crueles” a través del cine, la televisión y las revistas de series, donde se
cuentan historias que tienen como tema central la violencia. Éste es el caso de Tom y
Jerry, un gato voraz y un ratón astuto que enseñan a los niños las maneras más
sofisticadas de vengarse y eliminar al adversario.
La realidad nos enseña que no hay por qué censurar ni clasificar como “malos” los
cuentos que abordan el tema de la violencia; por el contrario, la lectura de los cuentos
populares tiene un sentido terapéutico por medio del cual el niño puede resolver sus
conflictos emocionales internos. Para Sigmund Freud, padre del psicoanálisis, la
fantasía es un medio que le permite al niño cumplir con un deseo frustrado, como si la
fantasía fuese una suerte de corrector de la realidad insatisfecha. De este mismo modo,
la lectura de los cuentos populares, al influir en su mundo inconsciente, le permite
elaborar los conflictos internos y resolverlos en un plano consciente. Si bien es cierto
que el niño experimenta angustia mientras lee “Caperucita Roja”, es también cierto que
siente una enorme satisfacción cuando sabe que Caperucita es liberada por el cazador,
quien da muerte al lobo feroz. Una sensación parecida le causa la lectura de
"Cenicienta", una adolescente que sufre el desprecio de la madrastra y las hermanastras,
hasta el día en que se le aparece un hada que la ayuda y un príncipe que la convierte en
su esposa.
En el cuento de “Blancanieves”, la madrastra perversa, que siente celos y envidia por la
juventud y belleza de su hijastra, ordena a uno de sus súbditos quitarle la vida. Pero
éste, en lugar de consumar el crimen, la abandona en el bosque, donde Blancanieves se
refugia en la cabaña de los siete enanitos, hasta el día en que su madrastra, disfrazada de
bruja, le da de comer una manzana envenenada. Cuando Blancanieves yace en el féretro
de cristal, lista para ser sepultada por los siete enanitos, aparece el príncipe que la
resucita con un beso y se la lleva a vivir en su castillo.
Las escenas de “crueldad” se repiten una y otra vez en los cuentos populares. Así, en
“Pulgarcito“, el ogro quiere degollar y comerse a los siete hermanos, del mismo modo
como la bruja quiere matar y comerse a “Hansel y Gretel” en la casa de chocolate. En
ambos cuentos, aparte de que la monstruosidad humana está simbolizada en el ogro y la
bruja -enemigos temibles-, la inteligencia infantil está encarnada por los protagonistas
menores que se libran de una muerte atroz y retornan a sus hogares, donde son recibidos
por sus padres con la esperanza de vivir felices por el resto de sus días.
No cabe duda que los cuentos populares, tanto por la trama como por el desenlace, sean
excelentes recursos terapéuticos que ayudan al niño a resolver sus ataduras emocionales
y forjar una personalidad más equilibrada. Según Bruno Bettelheim: “Los cuentos de
hadas tienen un valor inestimable, puesto que ofrecen a la imaginación del niño nuevas
dimensiones a las que le sería imposible llegar por sí solo. Todavía hay algo más
importante, la forma y la estructura de los cuentos de hadas sugieren al niño imágenes
que le servirán para estructurar sus propios ensueños y canalizar mejor su vida (...) Los
cuentos de hadas transmiten a los niños, de diversas maneras: que la lucha contra las
serias dificultades de la vida es inevitable, es parte intrínseca de la existencia humana;
pero si uno no huye, sino que se enfrenta a las privaciones inesperadas y a menudo
injustas, llega a dominar todos los obstáculos alzándose, al fin, victorioso (...) Las
historias modernas que se escriben para los niños evitan, generalmente, estos problemas
existenciales, aunque sean cruciales para todos nosotros. El niño necesita más que nadie
que se le den sugerencias, en forma simbólica, de cómo debe tratar con dichas historias
y avanzar sin peligro hacia la madurez. Las historias ‘seguras’ no mencionan ni la
muerte ni el envejecimiento, límites de nuestra existencia, ni el deseo de la vida eterna.
Mientras que, por el contrario, los cuentos de hadas enfrentan debidamente al niño con
los conflictos humanos básicos“ (Bettelheim, B., 1986, p. 14-16).
En el amplio espectro de la literatura infantil, existen algunos cuentos que son más
“crueles” que otros. Aquí tenemos, por mencionar algunos casos, “El enebro”, un
cuento trascrito de la tradición oral por los hermanos Grimm: La madre muere al nacer
su hijo. La madrastra llega a tener una hija y odia al hijastro. Lo mata. Involucra a la
hija para dominarla. Alimenta al padre con la carne del hijo. El pájaro del enebro (un
arbusto), que en realidad simboliza a la madre, resucita al hijo cuando la madrastra es
triturada por las muelas del molino. Otro cuento, del autor francés Charles Perrault, es el
famoso “Barba Azul”, quien degüella a sus esposas la primera noche de bodas. A la
última de ellas le entrega una llave, que tiene una huella indeleble de sangre, y le
advierte no abrir la puerta prohibida de la habitación secreta. Pero ella, sin resistir a la
tentación de la curiosidad y desoyendo las advertencias, abre la puerta prohibida y
encuentra, en medio de una escena bañada de sangre, los cadáveres de las anteriores
mujeres de Barba Azul, quien, luego de sorprenderla delante de la macabra escena, la
condena a morir como a sus predecesoras por el simple hecho de haberle desobedecido.
Y, aunque al final el esposo-monstruo recibe el castigo que se merece, no es seguro que
el niño se sienta completamente aliviado, pues este cuento escalofriante, que narra la
“cruel” historia de un hombre acomodado, no es tan fácil de comprenderlo si, al menos,
carece de magia y no ocurre nada de maravillo en la trama ni el desenlace.
El tema del esposo-monstruo, los reyes o príncipes encantados, es frecuente en los
cuentos populares, en los cuales aparece un personaje convertido en animal o monstruo
por actos de hechicería, como en “La Bella y la Bestia”, “El cerdo encantado” y “El rey
sapo”. En otros cuentos aparecen las “damiselas venenosas” (como las llaman en
Oriente). Se trata de hermosas mujeres que esconden armas blancas en el cuerpo o un
brebaje venenoso con el que matan a sus esposos la primera noche de bodas, y, por
supuesto, no se debe olvidar la maldad femenina encarnada en las madrastras “crueles”
tanto de Blancanieves como de Cenicienta.
Según M-L. von Franz , “muchísimos mitos y cuentos de hadas hablan de un príncipe
convertido por hechicería en un animal salvaje o en un monstruo, que es redimido por el
amor de una doncella: un proceso que simboliza la forma en que el ánimus se hace
consciente (como en el caso de la Bella y la Bestia). Muy frecuentemente, a la heroína
no se le permite hacer preguntas acerca de su misterioso y desconocido enamorado y
esposo; o se encuentra con él solo en la oscuridad y jamás debe mirarlo. Esto implica
que, por confianza y amor ciegos hacia él, ella podrá redimir a su marido. Pero eso
jamás sucede. Ella siempre rompe su promesa y, al final, encuentra a su marido otra vez
después de una búsqueda larga y difícil y de muchos sufrimientos (Von Franz, M-L.,
1995, p. 193-94). Así, en muchos mitos, el amante de una mujer es una figura
misteriosa que ella nunca debe ver. El ejemplo está en la doncella Psique, quien era
amada por Eros, pero tenía prohibido que intentara mirarlo. Casualmente lo hizo una
vez y él la abandonó; ella pudo recuperar su amor solo después de larga búsqueda y
muchos sufrimientos.
Asimismo, “La figura de una muchachita deforme aparece en numerosos cuentos de
hadas. En esos cuentos la fealdad de la joroba suele esconder una gran belleza que se
descubre cuando el ‘hombre adecuado’ viene a liberar a la muchacha de su mágico
encantamiento, generalmente con un beso” (Jocobi, J., 1995, p. 289).
Quizás por ello, varios de los cuentos censurados por la pedagogía y la psicología,
siguen siendo los mejores espejos que reflejan ese mundo cruel y violento del cual son
víctimas y testigos los niños. Valga citar algunos de los “cuentos crueles” de la
literatura infantil:
-“Piel de asno”, un rey que enviuda y quiere casarse con su propia hija, la misma que
huye horrorizada del palacio.
-“Hansel y Gretel”, los pequeños héroes que son abandonados en un bosque tenebroso,
debido a que sus padres, pobres leñadores, no tienen qué darles de comer.
-“Caperucita Roja”, la historia despiadada de un lobo que devora a una anciana y su
nieta, quien se entretuvo en el bosque desobedeciendo las recomendaciones de su
madre.
-“Grisalida”, un hombre somete a su mujer a todo tipo de suplicios morales -le quita a
su hija- para poner a prueba su paciencia y sumisión.
-“La bella durmiente”, cuya versión original no termina con la feliz boda, sino en la
horrible muerte de la madre del príncipe, que cae a un cubil lleno de serpientes y sapos
venenosos, muerte que, en realidad, estaba destinada a la esposa de su hijo.
-“Alí Baba” y el terrible descuartizamiento que se lee en sus páginas, estremece al más
experimentado lector de las crónicas de crímenes que a diario se publican en la prensa.
Para algunos críticos, partidarios de la censura y la moralización, ni siquiera los cuentos
de HC. Andersen reúnen las condiciones necesarias para ser catalogados dentro del
marco de la literatura infantil, puesto que el dolor y la “crueldad” descritos en algunos
de ellos, como en “Claus grande y Claus chico”, se tornan en escenas inapropiadas para
la lectura de los niños. Sin embargo, se debe aclarar que los cuentos de Andersen, así
sean tristes, y a veces demasiado tristes, son cuentos que apasionan a los niños no sólo
porque su honda sensibilidad poética hace más leve el dolor, sino también porque sus
protagonistas, a pesar de las peripecias y adversidades de la vida, tienen la magia de
tener un final feliz como en “El patito feo”.
Las escenas de violencia en los cuentos populares confirman la regla de que nadie está
libre de esta conducta negativa que forma parte de la personalidad humana, y que, por
mucho que los censores tiendan a eliminar la violencia en los cuentos infantiles, los
niños seguirán exigiendo que se los lean, una y otra vez, las escenas “crueles” en
Cenicienta, Blancanieves o Caperucita Roja; esos cuentos que tienen la magia de
despertarles su fantasía y ayudarles a resolver sus conflictos emocionales, pues quién no
recuerda la escena “cruel” en que Caperucita, ya despojada de su capita roja y recostada
junto al lobo disfrazado con el camisón de la abuelita, le pregunta con voz temblorosa:
“-Abuela, ¡qué brazos tan largos tienes!
-Es para abrazarte mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué piernas tan largas tienes!
-Es para correr mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué orejas tan grandes tienes!
-Es para oír mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué ojos tan grandes tienes!
-Es para ver mejor, hija mía.
-Abuela, ¡qué dientes tan grandes tienes!
-¡Es para comerte!...” (Cuentos de Perrault, 1975, p. 92).
FIN
Bibliografía
Bettelheim, Bruno: Psicoanálisis de los cuentos de hadas, Ed. Grijalbo, Barcelona,
1986.
Cuentos de Perrault, Ed. Susaeta, S.A., edición autorizada por Western Publishing
International, Barcelona, 1975.
Jacobi, Jolande: El hombre y sus símbolos - C. Jung, ed. Paidós, Barcelona, 1995.
Von Franz, L-M: El hombre y sus símbolos - C. Jung, ed. Paidós, Barcelona, 1995.
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El lenguaje simbólico en los cuentos populares Víctor Montoya* Los