XXVI Congreso de la Asociación Latinoamericana de Sociología. Asociación
Latinoamericana de Sociología, Guadalajara, 2007.
Zapatistas y Sin Tierra:
territorio y movimientos
sociales.
Mariana Elkisch Martínez.
Cita: Mariana Elkisch Martínez (2007). Zapatistas y Sin Tierra: territorio y
movimientos sociales. XXVI Congreso de la Asociación
Latinoamericana de Sociología. Asociación Latinoamericana de
Sociología, Guadalajara.
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Zapatistas y Sin Tierra: Territorio y Movimientos sociales.
Mariana Elkisch M *
En el transcurso de la década de los años ochenta México y Brasil fueron escenario del
surgimiento de dos movimientos sociales de gran envergadura: el Ejército Zapatista de
Liberación Nacional (EZLN) formalmente fundado el 17 de noviembre de 1983 en el
estado de Chiapas, México, y el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra (MST)
en enero de 1985 en la ciudad de Curitiba, estado de Paraná, Brasil.
La emergencia de estos movimientos sociales profundamente relacionados con el ámbito
rural y articulados en torno a uno de los problemas estructurales de América Latina: la
propiedad de la tierra, no sólo asentó un parteaguas en la historia de la movilización social
sino que, “reintrodujo en la enrarecida atmósfera académica […] la problemática de los
sujetos y del conflicto social que en su extravío teórico había sido abandonada por los
intelectuales poseídos por eso que Platón denominaba el afán de novedad”. (Borón,
2001:91)
Hoy, a poco más de dos décadas de su constitución, existe una vasta bibliografía que desde
variados ángulos conceptuales e interdisciplinarios busca abordar la complejidad de estos
actores colectivos. Esta variedad de producciones, cuyos ejes de análisis y aportes varían
en función del énfasis en donde se ubique la problemática contrasta, sin embargo, con la
escasa producción de ejercicios en los que, reconociéndoles equidistantes, se ubiquen
trazos correspondientes o semejantes que tornen posible su comparación.
En este sentido, a partir del pleno reconocimiento de que los actores sociales deben
analizarse como fuerzas sociales inscritas en una realidad concreta y, por lo tanto, sin
apartar del horizonte las particularidades y diferencias de cada caso, nuestra intención es
establecer una serie de coordenadas básicas que permitan analizar de manera paralela los
procesos que cada uno de estos actores colectivos protagonizan.
I
Mientras que en la época neoliberal del capitalismo lo global ha adquirido un papel
protagónico a la par que lo local sufre una suerte de desplazamiento en la retórica
dominante, este desplazamiento –producto de una falsa disyuntiva- contrasta con la
centralidad que la dimensión local ha cobrado en el discurso, acción y organización de los
movimientos sociales contemporáneos que, particularmente en América Latina, anclan
parte fundamental de las dimensiones de la movilización social en el ámbito territorial.
(Cfr. Ouviña, 2004)
1
Estas transformaciones en las modalidades de protesta social y que constituyen uno de los
referentes fundamentales de caracterización de los llamados Nuevos Movimientos Sociales
(NMS), aunque remiten a un proceso de revisión y acumulación de experiencias pasadas es
innegable que hallan su origen en la configuración de una nueva estructura socioeconómica determinada precisamente por los reordenamientos globales relativos a la fase
actual del capitalismo. En este sentido, siguiendo con la idea de Vakaloulis en torno a que
los NMS son “un conjunto cambiante de relaciones sociales de protesta que emergen en el
seno del capitalismo contemporáneo” (Vakaloulis, 2000: 160) el papel protagónico que la
dimensión local ha cobrado en el discurso, organización, acción y demandas de los
movimientos sociales contemporáneos proponemos deberá ser abordado no como proceso
escindido de lo global sino a partir de la propia dinámica que impone dicho proceso.
Lejos de las visiones que pretenden reconocer en el proceso de globalización una tendencia
a la conexión y articulación de múltiples espacios, en la fase actual del capitalismo
atestiguamos un acelerado proceso de fragmentación y segmentación de los espacios tanto
reales como mentales. Mientras las fronteras se diluyen para facilitar la libre circulación
del capital y las mercancías, paralelamente se operan al interior de los debilitados Estados
nacionales una serie de ordenamientos y reordenamientos en el ámbito político,
económico, social y cultural cuyo común denominador y objetivo medular es precisamente
la disolución de cualquier tipo de instancia colectiva, empezando por los propios Estados
nacionales. Como plantea García Linera, parte fundamental del régimen neoliberal se
sostiene sobre la base de cuatro grandes pilares: la fragmentación de la sociedad, la
privatización de las riquezas colectivas, la disolución de la idea de Estado como una
instancia colectiva y; la expropiación o anulación de la participación de la sociedad en la
toma de decisiones (Cfr. García Linera: 2006).
La fragmentación y privatización de lo común, condición necesaria para emprender el
proceso de destrucción/despoblamiento y reconstrucción/reordenamiento del mundo, (Cfr.
SCI Marcos) por medio del cual se diseña la nueva geografía que impone el mercado
mundial, si bien ha logrado atomizar muchos de los nudos de relación transformando con
ello las formas de relación social [1], ha configurado también un escenario en el que la
sociedad y particularmente los movimientos sociales se ven obligados a diseñar, en
correspondencia con las renovadas tensiones relativas al proceso de globalización, nuevas
estrategias de organización, movilización social y recomposición de las tendencias
productivas de lo común, de producción y reproducción de la vida.
2
Así, el nuevo orden mundial que pretende subyugar a millones de seres y deshacerse de
todos aquellos que no tienen lugar en su nuevo reparto del mundo está siendo
paradójicamente contrarrestado por los prescindibles quienes en su afán por sobrevivir
despliegan, en prácticamente cada rincón del planeta, movimientos de resistencia que
aunque definidos por las tensiones territoriales de cada lugar, revelan un gran trazo común
y una tendencia estratégica generalizada: una la lucha abierta contra el proceso global de
fragmentación-exclusión-homogeneización, y una recuperación de la dimensión local y
concretamente del territorio como espacio fundamental de contención de las tendencias
neoliberales, de resolución de las demandas básicas de los colectivos y de transformación
de las relaciones sociales establecidas. Tal es el caso del Ejército Zapatista de Liberación
Nacional (EZLN) en México y el Movimiento de los Trabajadores Rurales Sin Tierra
(MST) de Brasil.
II
No obstante, después de un largo recorrido de reflexiones teórico metodológicas, uno de
los consensos contemporáneos en torno al estatuto teórico y ontológico del espacio es su
conceptualización como construcción o producción social (De la Fuente, 2002) como un
sistema de relaciones sociales cuya materialidad se identifica también como espacio
geográfico (Calderón y Berenzon, 2005: 318), frecuentemente el uso del concepto
territorio como herramienta de análisis de los procesos sociales, lejos de invertir la
relación tradicional entre sociedad y espacio ubicando en un papel central los social y
diluyendo las nociones del espacio como categoría independiente, tiende a priorizar la
dimensión material (la geometría del espacio) sobre la dimensión social del espacio.
Esta priorización que responde finalmente a la concepción poco superada del espacio
material como algo contingente a la interacción social, como espacio lugar, se hace aún
más evidente cuando tales dimensiones espacio-temporales remiten a procesos de
ocupación o apropiación de la naturaleza.
Si bien el concepto de territorio remite a una definición espacial (una porción de la
superficie terrestre), la existencia de territorios no depende de un simple ejercicio
cartográfico de delimitación y definición de fronteras sino que su existencia y demarcación
resulta de que en determinado espacio material un grupo humano realice una actividad.
Dicho en otras palabras es el uso (material y simbólico) del espacio (la apropiación social)
lo que delimita las fronteras y define los territorios y no la relación inversa.
Como plantea Velásquez:
3
Cuando una porción del espacio es habitada por uno o más grupos humanos
ocurre una apropiación social del espacio. Esto es lo que los geógrafos
denominan el espacio socialmente construido o territorio, es la expresión de la
interacción entre la naturaleza y la cultura, es decir, aquellos espacios
identificados individual y colectivamente como propios frente a los espacios de
los otros. (Velásquez, 1997: 113)
De la misma manera que la dimensión material del espacio (la naturaleza) no puede ser
considerada una dimensión contingente a lo social, pues como plantea Ortega “lo que
llamamos naturaleza, con la pretensión de oponerla a sociedad, no es sino una naturaleza
social […] separar o deslindar el espacio geográfico identificado como espacio físico o
como sustrato físico, de la propia sociedad constituye un reflejo analítico que no responde
a la verdadera naturaleza del espacio geográfico” (Ortega, 2000: 323), tampoco podemos
suponer que los procesos de apropiación de la naturaleza son resultado de “un proceso de
carácter exclusivamente material, casi siempre de carácter económico, como si la
apropiación material careciera de sentidos” (Pessoa, 2001:5).
La apropiación, en contraparte al concepto de alienación que se da cuando el sujeto no se
identifica con los objetos que ha producido, remite a un proceso de reinterización, de reaprensión y re-aprehensión del objeto que se hace mediante la actividad. [2]
En este sentido, si bien la conformación del espacio social no está condicionado a la
posesión material del espacio pues todo proceso de apropiación implica un “proceso de
atribución de sentidos, de significación o resignificación del espacio vivido sea este físico
o simbólico” (Pol, 1996:15) por el contrario, todo procesos de apropiación material del
espacio será el resultado de un doble proceso de apropiación, tanto material como
simbólico.
Si reconocemos que el territorio es producto de un proceso de apropiación social, no sólo
habremos de ubicar en un papel central la actividad humana o la dimensión social en la
conformación de territorios si no que, en contraparte al concepto de territorio nacional que
supone la unificación territorial a partir del ejercicio administrativo y jurídico que ejerce un
Estado sobre un espacio material determinado, reconoceremos un amplio abanico de
territorialidades posibles al interior de un espacio dado. Posibilidades multiterritoriales,
que en tanto se insertan en el marco del proceso de fragmentación-homogeneizaciónexclusión, no pueden menos que ser reconocidas como espacios que desafían al espacio
hegemónico que el mercado mundial pretende imponer y, en consecuencia, como sinónimo
de conflicto y objeto de persecución.
III
4
Si bien zapatistas y sin tierra comportan características muy distintas, basta partir de que
el primero es un movimiento indígena-campesino armado mientras que el segundo
responde a un movimiento de corte urbano-campesino cuya línea de acción es la llamada
acción directa no violenta, un primer elemento convergente radica en que, en ambos casos
la lucha por la tierra constituye un eje articulador central del movimiento.
Este elemento convergente que, finalmente, otorga un cariz común no sólo a estos sino a
otros muchos movimientos sociales adopta sin embargo, un carácter muy particular en la
medida en que ambos actores colectivos han trascendido de la lucha y la defensa del
derecho de propiedad de la tierra –controversia histórica si nos remitimos al problema de
la distribución de la tierra- a la lucha y la defensa del derecho al territorio (Aparicio, s/f:
8) es decir, al derecho a producir, organizar y gestionar el espacio según los principios
éticos y políticos del movimiento. Y vale la pena advertir que en ambos casos no sólo se
demanda tal derecho sino que, por medio de las ocupaciones/apropiaciones de tierras y la
consecuente construcción de Asentamientos emesetistas y Municipios Autónomos Rebeldes
Zapatistas (MARZ), tal derecho se ejerce de facto.
A partir de los procesos de territorialización, es decir de producción y organización del
espacio tanto en su dimensión real como en su dimensión mental, zapatistas y sin tierra no
sólo se disputan con los dueños del mercado internacional una porción del espacio material
del planeta con todos los recursos naturales que en él se encuentren [3] sino que se
disputan la creación y existencia de territorios que retan la organización tradicional del
espacio y, en consecuencia, las relaciones de dominación existentes. Retomando la
construcción trialéctica del espacio social de Lefebvre diríamos que, por medio de estos
procesos de territorialización ambos movimientos sociales desafían y transfiguran las tres
dimensiones conformadoras del espacio social: las prácticas espaciales diarias, los
espacios de representación y las representaciones del espacio. [4]
Aunque los espacios producidos y organizados por estos movimientos sociales tienen
como objetivo inmediato, e incluso en cierta medida como elemento aglutinador inicial, la
transformación del presente local, en ambos casos los procesos de apropiación y
territorialización social están determinados por una imagen de futuro en la que tal
dimensión temporal se presenta no como especulación sino como voluntad social, es
decir, como proyecto (Rodríguez de la Vega, 2005: 338). Como plantea Mançano, “la
territorialización significa ir más allá tanto en el espacio como en el tiempo, siempre en la
perspectiva de la construcción de una nueva realidad” (Mançano, 2001:17) nueva realidad
5
que, en ambos casos, no sólo apunta a la transformación del presente y futuro local sino a
la transformación nacional e incluso internacional.
En este sentido, la desestructuración/reestructuración del espacio que se genera al interior
de los asentamientos emesetistas y los MARZ no es resultado colateral de la resolución de
necesidades básicas localizadas sino expresión de la puesta en marcha de un proyecto que
si bien pretende transformar el presente, a la par sienta las bases de la construcción de algo
tendencialmente ajeno a las relaciones de dominación existentes.
IV
Los sin tierra están organizado en 23 estados del país y cuentan con cerca de dos millones
de miembros. En la actualidad, existen cerca de 22 millones de hectáreas ocupadas,
alrededor de 350 familias viviendo y produciendo en ellas y cerca de 150 mil familias
acampadas (Giardini: 2004). El esquema de reparto de la tierra que se realiza en los
asentamientos emesetistas es de aproximadamente diez hectáreas por familia, dejando el
resto del territorio ocupado como propiedad comunal para que en éste se desarrolle el
trabajo colectivo y para que cuando los Sin Tierrita lleguen a la edad productiva tengan
asegurada una tierra que trabajar.
Por su parte el EZLN cuenta con 31 MARZ, organizados en torno a 5 Juntas del Buen
Gobierno con sedes en: La Realidad, Oventik, Roberto Barrios, La Garrucha y Morelia,
Chiapas. La delimitación de estos municipios autónomos se ha definido en función de las
dinámicas y necesidades concretas de las comunidades indígenas lo que significa que no
corresponden a la organización político-administrativa oficial.
Con miras a garantizar la supervivencia económica de los miembros del movimiento, tanto
zapatistas como sin tierra han desarrollado diversos modelos alternativos de producción.
Actualmente existen en Brasil más de 500 asociaciones de producción, comercialización y
servicios; 49 cooperativas de producción agropecuaria, con 2 299 familias asociadas; 32
cooperativas de prestación de servicios, con 11 174 socios directos; dos cooperativas
regionales de comercialización y tres cooperativas de crédito, con 6 521 asociados. (Cfr.
Percovich, 2004) Por su parte los zapatistas han promovido la formación de tiendas
cooperativas de producción de cerdos, gallinas, borregos, pollos, ganado, hortalizas y
árboles frutales (Cfr. SCI Marcos, agosto, 2004) así como de comedores populares con el
fin de mejorar la alimentación de todos.
Los niveles de desnutrición infantil en Chiapas alcanzan el 80 por ciento (SCI Marcos,
febrero, 2001) dato que establece una relación directa con la tasa de mortalidad infantil que
hasta 1994 registraba 15 mil defunciones al año (SCI Marcos, marzo, 2001). Por su parte
6
en Brasil, hasta la década de los noventa del siglo XX, la mortalidad infantil estaba
próxima a 100 por cada mil. Frente a esta dramática realidad, tanto zapatistas como sin
tierra han sumado a los proyectos de producción y comercialización intensas campañas de
salud cuyos efectos tienen alcances notables. Basta señalar que en 1992, la FAO realizó
una investigación la cual reveló que la mortalidad infantil promedio en los asentamientos
emesetistas había disminuido a 15 por cada mil […] precisando que en los asentamientos
de las regiones sur y sureste había sido eliminada por completo. (MST, julio, 2000) Por su
parte el SCI Marcos en entrevista a la Revista Proceso aseguró que la tasa de mortalidad
infantil en territorios zapatistas disminuyó a entre 200 y 300 al año. (SCI Marcos, marzo,
2001)
Paralelo a los proyectos de salud y comercio, tanto zapatistas como sin tierra han
desarrollado diversos programas de educación concebidos, no sólo como la solución a los
problemas de analfabetismo y promoción de un mayor nivel de escolaridad entre los
miembros del movimiento sino como un espacio fundamental para el proceso de toma de
conciencia y liberación.
Actualmente, los sin tierra cuentan con 900 escuelas de 1º a 8º grado, 1.500 profesores,
300 monitores especializados en alfabetización de adultos y 35 mil niños y adolescentes
estudiando en las escuelas emesetistas (Coltro, 1998). Asimismo, desde 1996 opera un
programa de educación itinerante que atiende a los niños que viven en los campamentos y,
desde enero de 2005, la escuela Florestán Fernández, la primera universidad popular rural
del MST.
Por su parte, en los MARZ que se articulan en torno al Caracol I, ubicado en la comunidad
de la Realidad, existen 52 nuevas escuelas autónomas con 147 promotores (131 hombres y
16 mujeres) que dan atención a un total de 1,726 alumnos zapatistas (884 niños y 842
niñas). En el caracol II, ubicado en Oventik, opera una escuela secundaria que funciona
como centro de capacitación de los promotores que enseñan en las 62 escuelas primarias
autónomas de la región. Asimismo, a partir del año 2000, se fundó un centro de lenguas en
el que se imparte tanto a nacionales como a extranjeros la lengua tzotzil y el castellano.
En el Caracol III, ubicado en Ricardo Flores Magón, más de 3065 niños se han visto
beneficiados por los proyectos de educación autónoma mientras que en el Caracol IV,
ubicado en Roberto Barrios, durante los 8 años que han funcionado los proyectos de
educación se han apoyado a 38 comunidades en la construcción de escuelas y se han
equipado 146 escuelas con materiales didácticos, algunos de ellos producidos por los
7
propios promotores de educación [5] que suman 252 (83 mujeres y 169 hombres),
beneficiando a más de 2826 niños zapatistas. (Cfr. EZLN, diciembre, 2006)
V
Si bien América Latina ha sido una región predominantemente rural, a partir de la
introducción de políticas neoliberales se observa una acelerada tendencia a la
desruralización y, en consecuencia, a la migración tanto interna como externa. Muestra de
esto es que si en los años cincuenta se registraba en Brasil una población rural del 69 por
ciento contra una urbana del 31 por ciento, en los años ochenta se registró la relación
inversa: 32 por ciento rural contra 68 por ciento urbana (INCRA, 2006) representando una
de las mayores migraciones de la historia (más de 30 millones de personas) en un menor
lapso de tiempo. (Zibechi, 2001: 18)
Por su parte en México en la década de los noventa se registró un incremento de más de 6
puntos porcentuales frente a la dinámica migratoria registrada en la década de los años 50.
[6] Asimismo, en el último censo realizado en el 2000, 17 estados de la república
mexicana, prácticamente todos rurales [7], registraron saldos netos migratorios negativos
paralelamente a que la población nacida en México residente en los EE.UU., pasó de 760
mil en 1970 a 8 millones 527 mil en el año 2000. (INEGI, 2007)
Los procesos de territorialización, que como hemos señalado permiten la resolución en los
hechos de una serie de necesidades de los colectivos, no sólo contienen la oleada
migratoria que responde, finalmente, a la búsqueda de “mejores condiciones de vida” sino
que contrarrestan los procesos de proletarización o como sucede en el caso emesetista,
representan el inicio de uno de desproletarización y construcción de una nueva cultura
campesina.
Si bien la cultura campesina en la mayor parte de América Latina está profundamente
relacionada con la cultura indígena y por lo tanto en el análisis como en el debate sobre el
problema de la tierra se observa una combinación, muchas veces indistinta, entre el factor
raza y el factor clase, cuando analizamos este mismo fenómeno subregionalmente y, más
aún, lo delimitamos al territorio brasileño, nos encontramos con que tal relación no sólo
está prácticamente ausente sino que el propio ejercicio de identificación de una clase
campesina resulta una empresa en suma compleja pues el latifundio constituye el régimen
de propiedad de la tierra dominante desde el periodo colonial y por lo tanto lo que
predomina en el campo brasileño es el proletariado agrícola.
Sumado a esta particular configuración, si hacemos un breve resumen de los grandes
momentos históricos que han alterado, en cualquier sentido, la situación del mundo rural
8
brasileño observaremos que el proletariado agrícola brasileño representa un sector que ha
experimentado un intenso y permanente movimiento migratorio [8] que no sólo condujo a
que los colectivos y sus identidades se diluyeran a lo largo del tiempo y el espacio sino
que, a partir de las políticas de modernización agropecuaria impulsada por los gobiernos
militares (1964-1985), la gran mayoría de los proletarios agrícolas se vieron obligados a
incorporase a las filas del proletariado industrial o bien, al inmenso bloque de trabajadores
informales o desempleados.
El panorama histórico que hemos dibujado impone al caso emesetista un sin fin de
particularidades tales como que, en contraste con los países que tienen un alto porcentaje
de población indígena, el derecho de posesión de la tierra en Brasil difícilmente puede
argumentarse “sobre la base del asentamiento ancestral en ella, la identidad étnica, el
derecho consuetudinario, la reivindicación de la pertenencia a una región o a un
sentimiento de arraigo construido por la experiencia de generaciones, o por las tradiciones
y culturas relacionadas con la condición campesina,” (Rocchietti, 2002) he de ahí que el
derecho de propiedad de la tierra defendido por el MST sea reivindicado sobre la base de
una realidad más simple, que no por ello menos compleja: gente sin tierra y tierra sin
gente. Asimismo, a diferencia de los zapatistas que comparten una identidad colectiva
previa a la constitución del sujeto colectivo construida, es decir, en donde la comunidad
existe y de ahí emerge la organización la cual además desarrolla la lucha desde el espacio
geográfico (el territorio) compartido; los sin tierra requieren, en primera instancia, de la
constitución de un sujeto colectivo que conquiste el territorio. De este modo las
características del sujeto colectivo que se constituye durante el campamento, es decir la
primera fase de la ocupación, es más semejante, al de un colectivo de desplazados que en
este caso tendrán como elemento identitario inicial su condición de marginalidad y cuya
lucha implica conquistar (recuperar) un territorio, en contraste con aquellos colectivos cuya
lucha consiste en defenderlo.
Sin embargo, más allá del proceso particular de conformación de este sujeto colectivo lo
que vale la pena destacar es que, las ocupaciones de latifundios más allá de representar la
vía más efectiva de distribución de los inmuebles rurales, constituye un espacio de
construcción de una nueva cultura campesina. Nueva en tanto campesinización pues los sin
tierra se convierten en propietarios de la medios de tierra, pero sobre todo nueva en tanto a
su constitución pues será el resultado de un proceso en el que el territorio urbano marginal,
entendido en su dimensión espacial y social, es sustituido por el territorio rural
produciendo una nueva identidad que si bien conserva elementos residuales, se conforma
9
en sus estructuras básicas y fundantes, a partir de elementos emergentes: nuevos
significados y valores, nuevas prácticas, nuevas relaciones, etcétera todas ellas sobre la
base de un principio ético y político fundamental: XXX.
Aunque en el caso zapatista la territorialización no se trata de un proceso de reubicación
espacial y social del colectivo del que emerge una cultura e identidad campesina nueva, es
innegable que a la par de revitalizar las instancias tradicionales de organización indígena,
el zapatismo ha introducido elementos innovadores a las formas propias de organización de
los pueblos originarios. Uno de los aspectos más importantes y de mayor alcance es, tal
vez, la participación de las mujeres no sólo en la estructura militar del EZLN que vale
señalar actualmente se compone en más de una tercera parte por mujeres, sino en la toma
de decisiones tanto colectivas como individuales.
Plasmado en la Ley Revolucionaria de Mujeres, el zapatismo ha avanzado no sólo en el
reconocimiento de la mujer como una de las principales víctimas de la explotación, el
racismo, la discriminación y la represión sino que ha avanzado en la afirmación de la mujer
como “sujeto pleno, con derechos políticos, económicos, sociales y de género frente al
estado mexicano y su ley, pero también frente a sus comunidades y su ley.” (Millán,
1997:214) Y aunque la batalla no está ganada ni en el terreno global ni en el terreno local,
falta aún recorrer muchos caminos para que los propios varones zapatistas respeten
plenamente los procesos emancipatorios de las mujeres, el proceso ha comenzado y sin
duda alguna ha empezado a cimbrar las bases de las relaciones sociales establecidas.
En este sentido, con sus particularidades y convergencias, los procesos de
territorialización social que encabezan tanto zapatistas como sin tierra no sólo representan
la recuperación de un pasado arrebatado sino, fundamentalmente, la conquista de un
futuro por construir.
Notas al pie
* Actualmente la autora es profesora investigadora de tiempo completo en la Universidad
Autónoma de la Ciudad de México (UACM).
[1] Como plantea Zapata, “al atomizarse los nudos de relación, al privatizarse la vida
cotidiana, al generalizarse el cálculo individual frente al compromiso de índole colectivo,
al perder el sentido la identidad con un orden colectivo en el que la democracia pudiera
asumir un significado y representar un “ethos”, se transforman radicalmente las formas de
relación social”. (Zapata: 1995, 324)
[2] Esta apropiación, como plantea Marx, tiene dos sentidos básicos: 1.- Apropiación como
posesión de la naturaleza, del producto, por parte del ser humano y; 2.- Apropiación como
10
proceso histórico a tres niveles: a) Colectivo, en cuanto la cultura integra en ella todo lo
que sus antepasados han desarrollado. b) Histórico-individual, en cuanto todo individuo
integra él mismo el desarrollo de sus antepasados. c) Histórico del sujeto, en cuanto el
individuo antes de 'apropiar' no es el mismo que después de 'apropiar'. (Cfr. Pol, 1996:15)
[3] Vale la pena advertir que según un informe de la OIT, la población indígena mundial,
calculada en 300 millones, vive en zonas que tienen el 60% de los recursos naturales del
planeta. (García, mayo, 1997)
[4] “Las prácticas espaciales diarias serían el conjunto de prácticas ligadas al espacio que
configuran los espacios de actividad (Massey, 1995) de los sujetos sociales (por ejemplo,
las prácticas ligadas a la producción, a la comercialización de los productos, a los
movimientos migratorios, a los desplazamientos obligados, a las reubicaciones de las
familias, a los desplazamientos por causas de salud, etc.); los espacios de representación
son el conjunto de elementos que determinan la organización espacial, por ejemplo las
decisiones de organización político-administrativas que emanan de las autoridades
oficiales y sus planes regionales de desarrollo, los órganos de planeación territorial que
establecen los límites jurídicos de los territorios y sus jurisdicciones, así como los usos de
suelo, pero también el conjunto de estructuras socioeconómicas que influyen o determinan
la elección y localización de las inversiones en infraestructuras, educación, salud,
producción, etc., es decir, todo aquello que define "desde arriba" el diseño del espacio
social. Por último, las representaciones del espacio son el conjunto de representaciones
reales y simbólicas que los sujetos sociales tienen y recrean sobre el espacio, no siempre en
coincidencia con las cartografías oficiales y de las que puede emanar la resistencia diaria
pero también nuevas proyecciones espaciales.” (De la Fuente: 2002)
[5] Para enfocar los objetivos planteados en la educación autónoma, los grupos de
promotores de esta región han elaborado y publicado los primeros materiales de texto:
3000 ejemplares de “Qué peleó Zapata” en Castellano, Chol y Tzeltal y la misma cantidad
de ejemplares del cuaderno de trabajo intitulado “Lum, la tierra es de quien la trabaja”.
(Cfr. EZLN, diciembre, 2006)
[6] Este incremento porcentual va acompañado de un incremento en el número de mujeres
migrantes el cual superó en 6.2 puntos porcentuales al número de mujeres que migraron en
la década de los 50 y 7 puntos porcentuales al número de hombres migrantes en ese mismo
periodo.
[7] Estos estados son: Coahuila, Chiapas, Durango, Guanajuato, Guerrero, Hidalgo,
Michoacán, Nayarit, Oaxaca, Puebla, San Luís, Sinaloa, Tabasco, Tlaxcala, Veracruz,
Yucatán y Zacatecas.
[8] Cuando los portugueses arribaron a tierras brasileñas exterminaron a la mayoría de los
pobladores originales acabando con la mano de obra local la cual fue sustituida por
esclavos africanos. Tras la imposición de Inglaterra (en 1826) de la suspensión del tráfico
de esclavos en Brasil, la Corona portuguesa en alianza con las oligarquías regionales
impulsó un tráfico interregional. Este modelo de migración interno provocó que la mayoría
de los esclavos fueran transferidos a las regiones más prósperas. Una vez abolido el
régimen esclavista (en 1888) los campesinos –antes esclavos– comenzaron un intenso
movimiento migratorio en busca de trabajo asalariado que los obligó a desplazarse a lo
largo de todo el territorio brasileño.
11
Referencias
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Zapatistas y Sin Tierra: territorio y movimientos