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Una flor para Jorge García Usta
(Aproximación fraternal a su obra periodística)
Alberto Salcedo
Ramos
Para Rocío, Alejandro y Esteban. Con mi alma
Lo conocí una tarde de noviembre de 1985 y me
cayó como una patada en el estómago.
El estaba en su escritorio del periódico El Universal,
en la vieja sede de la Calle San Juan de Dios.
A mis dulces 22 años, no entendía cómo había gente
que podía escribir en medio de aquella atmósfera tan
estridente. U n redactor se levantaba de vez en cuando
de su silla, para bailar porros con una pareja imaginaria.
Su escritorio era un caos de papeles, montañas de libros
y hasta ropa. Dos periodistas discutían sobre el Happy
Lora. Otro, sobre política. Una redactora de cabello
tinturado como por su enemiga, soltaba una perorata
insufrible sobre las reinas del Concurso Nacional de
Belleza. A l fondo se escuchaba el tableteo lluvioso de
las viejas máquinas Remington.
Alvaro Anaya, el jefe de redacción, fue quien me lo
presentó. El tipo ni siquiera levantó la cabeza, no me
concedió la menor importancia. Sin dejar de mirar su
cuartilla, extendió la mano derecha con desgano. Pero
no dijo ni mu.
Alvaro le informó que me había llevado hasta donde
ttl
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El periodista Jorge García Usta con el
cantautor Diomedes Díaz
él porque yo quería conocerlo. Y se refirió a mí como el
nuevo redactor, "un muchacho barranquillero".
Entonces, por fin, el hombre habló.
—Erda, loco - d i j o , remedando burlonamente el
acento barranquillero-: ¡espero que tú seas por lo
menos de los que usan medias!
Aún recuerdo que me quedé paralizado por el
asombro. Pero si acaso pensaba que aquel había sido
su dardo más inamistoso, estaba muy equivocado. A
continuación, el tipo se dio la vuelta en su silla y me
soltó otra descarga, esta vez mirándome de manera
desafiante.
-¿El gentilicio de ustedes es barranquilleros o
barranquillososi
a salvar nuestras almas mundanas con sus consejos.
Era paternal, incluso, con la gente de su misma edad.
A pesar de llevarme apenas tres años, parecía haberse
leído todos los libros de este mundo que valían la
pena. Como además tenía vocación de pedagogo, cogía
mis textos y los descuartizaba con un bolígrafo azul
mordisqueado en la punta, y mientras hacía eso iba
expresando en voz alta algunas reflexiones formidables
sobre el uso del lenguaje. Me enseñó que la búsqueda
de la palabra precisa no es un lujo exótico, como creen
algunos reporteros cuadriculados o incultos, sino un
deber. Y que el buen periodismo puede ser también
una fuente de belleza estética.
***
***
Más allá de su desdén, hubo otros detalles que me
llamaron la atención en aquel primer encuentro: por
ejemplo, el hecho de que él se mantuviera al margen de
las distintas tertulias de los redactores. No leía en voz
alta cada párrafo que iba escribiendo, ni preguntaba a
los gritos si Venancio se escribe con "c" o con "s", ni
gastaba saliva criticando la manera de vestir de la esposa
del gobernador. Lo suyo era pegar una palabra detrás
de la otra con una disciplina silenciosa. Se notaba a
leguas que el oficio era para él un asunto muy serio.
Escribía sentado a horcajadas, con las piernas a ambos
lados de la silla, como si estuviera domando un potro
muy brioso.
Ahí, en ese primer encuentro, estaba pintado Jorge
García Usta: su sentido del trabajo, su ironía corrosiva,
su manera de enconcharse para que no lo alcanzara
cualquier persona sino solamente aquellas que a él le
interesaran. Jamás se entregaba en la primera, ni en la
segunda, ni en la tercera ocasión. Eso lo inhabilitaba
para el protocolo, pero lo predisponía para la amistad.
Como no estaba en el plan de hacerse el simpático
con todo el mundo, resultaba difícil llegar a él. Era
especialmente arisco frente a los seres extraños, sobre
todo si se le acercaban con maneras empalagosas. Pero
una vez entraba en confianza, una vez comprobaba que
el intruso, después de todo, no representaba ningún
peligro, se quitaba la máscara de la antipatía y abría
todas las puertas y ventanas. Entonces era el mejor
amigo, el mejor hermano. Lo arropaba a uno con
afecto, se transformaba en un viejo precoz dispuesto
La obra periodística de Jorge García Usta tiene,
a m i modo de ver, tres vertientes principales, i) El
periodismo narrativo, 2) el periodismo investigativo
y de denuncia, y 3) su trabajo como editor de revistas
importantes, el cual le permitió, por un lado, ocuparse
de su cultura y de su entorno, y, por el otro, formar un
grupo de talentos jóvenes que hoy brillan con luz propia
en Cartagena. De esta última característica no hablaré,
porque es tema de otro de los autores que participan
en este especial.
García Usta fue un exponente formidable del periodismo narrativo. Aparte de su habilidad literaria, tenía
una gran formación teórica porque conocía a fondo
el trabajo de los principales cultores del género en el
mundo. Era dueño de una prosa cargada de imágenes
sugerentes, dotada de ritmo, sensual, bella. Maniático
del rigor, aconsejaba desconfiar de la inspiración. "Si
ves que te sale muy fácil - sentenciaba - abre el ojo,
porque algo debe estar fallando". De modo que se
autoflagelaba. Dudaba, rompía la cuartilla, empezaba
de nuevo. Era, para decirlo con una idea de Sábato,
un escritor auténtico, o sea, alguien a quien no sólo
conocemos por lo que escribe, sino también por lo
que borra.
Siempre me impresionó su destreza en el difícil
oficio de contar historias a través de escenas. Recreaba
las atmósferas con vigor, captaba la psiquis de los personajes y tenía un olfato de tiburón para capturar la
frase sentenciosa, inolvidable. Sólo los maestros como
él son capaces de encontrar el nervio principal de la
historia en una simple escena. En sus manos este recurso
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no era un mero ornamento, sino una manera eficaz
de revelar el carácter de sus personajes, y de acercar al
lector a los hechos como si éstos ocurrieran frente a
sus ojos. En su perfil Clímaco Sarmiento, la muerte del
primer guerrero, García Usta apela a una curiosa escena
inicial, con lo cual logra aproximarnos, de entrada, a
la cálida intimidad del personaje. Y seducirnos de una
vez por todas.
Clímaco Sarmiento entrecerró sus breves ojos de indio
sabido, se levantó del sillón y se dirigió hacia la parte
trasera de la casa, luego de advertirle al periodista:
- Si vamos a hacer la foto, que sea en el patio.
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Con sus resignados ojos zarcos, su última y definitiva
mujer, Cristina Vega, lo vio atravesar el comedor con
los lentos andares de su vejez, oyéndole decir:
- Mire, aquí hay de todo. Es un patio bueno. Como
en los pueblos. Donde uno ha estado haciéndose y se
ha vuelto hombre.
Diez años atrás, Sarmiento, el autor de canciones populares inmortales como "Pie Pelúo" y "La vaca vieja", era
un hombre ágil, una especie de vaquero de pie ligero
que igual tocaba en un gril selecto o se metía en los
montes remotos a entusiasmar a los campesinos con los
dones de su clarinete. Ahora, lenta, muy lentamente,
miraba los peladeros del desolado patio de su casa en
el barrio San Fernando, al suroriente de Cartagena. A l
"anotó" y "puntualizó". Por eso, sin duda, su aporte en
fin, avistó unas matas de plátano cuyas hojas estaban
este sentido es más meritorio.
rayando por el acoso del verano y parecían refiladas por
A menudo, García Usta empleaba las escenas en un
el cuchillo de un desocupado. "Es el tiempo", explicó,
contexto anecdótico. Tenía un ojo de lince para reco-
misterioso, Clímaco, y en seguida las enmanojó para
nocer la situación divertida, graciosa, capaz de revelar
apartarlas de un manotazo amoroso, como quien agarra
el sentido cómico de la vida. Lo mejor es que iba más
pelos de yegua.
allá del simple chiste: usaba este recurso para mostrar
Entonces - siempre mirándolo todo — se situó delante
las motivaciones más profundas de sus protagonistas y
de las matas y miró hacia la cámara de fotografía con
para contextualizar los ambientes que hacían posibles
la resignación de un fusilado: los ojos extrañamente
sus reacciones. Eso se aprecia en el siguiente pasaje del
sosegados, las piernas tensas, el pecho combado por la
perfil Landeros, el rey de la cumbia.
respiración típica del asmático en receso.
En ese instante hizo rodar la mano derecha por la
En San Jacinto no tardó en regarse, como fuga de hija de
barriga, obedeciendo a un viejo hábito de charlador de
rico, la fama de Landeros como virtuoso del acordeón,
río y halló en el camino dos ojales sin botones.
y en caer el rumor en los periódicos verbales de cantinas
El encanto se deshizo.
y billares, pero Landeros sabía que era una fama apre-
— ¡Aguante! — gritó.
surada, inquietante. Sabía que le faltaba mucho, que
— ¡Aguante! — gritó otra vez. - Jefe, tengo la barriga
no tardarían en probarlo - como era costumbre en la
asomada.
tradición musical del pueblo - y temía una decepción
— Pero eso no importa, maestro — sonó la voz del perio-
prematura.
dista. Parecía divertido.
La primera oportunidad para examinar, en público,
Sarmiento entrecerró otra vez sus ojos.
su destreza inicial llegó cuando Vicente Fernández, un
— N o , nada de eso. Después dicen que Clímaco Sar-
comerciante del mercado público, alegrón y echado
miento no tiene botones.
para adelante, lo repechó en una esquina de la plaza y
Se reacomodó en su pose de fusilado, improvisó un
lo convidó al mercado.
poco de desacostumbrada solemnidad, y después se
— Los matarifes te esperan - le dijo, aparentemente
oyó varias veces el click de la cámara. Volvió a arrugar
sin otra intención. Pero Landeros sabía que la mansa
la cara y se desabotonó la camisa sobre el pecho.
invitación encubría un desafío. Fernández agregó:
— Vamos pa' dentro - dijo, y el periodista lo siguió,
— Sabemos que eres un diablo con ese aparato.
viendo cómo Sarmiento batía sus anchos pantalones
Landeros se sintió sin aire, pero el otro hombre aparentó
de montar caballo o desgracia.
no advertir la incomodidad de su alma.
— Maestro, ¿y usted por qué se puso delante del plá-
— ¿Qué es la vaina? ¿Sabes o no sabes?
tano?
— N o es para tanto, Vicentino - respondió Landeros.
Sarmiento puso la mano derecha en el borde de la
Yo medio sé.
puerta, los pómulos se le ajustaron de repente en
— ¿Qué tanto sabes?
el asomo de la gracia, y se volvió suavemente, son-
Landeros creyó encontrar una salida fácil.
riendo.
— Bueno, así como para alegrar borrachos.
— Ahí dio usted donde era - dijo — porque el plátano
El rostro de Fernández se iluminó.
es como uno, dulce y durón, y además gustador. ¿No
— Ay, m i madre, Andresito, si eso es lo que necesita-
cree usted?
mos.
Los matarifes, algo ebrios, lo repararon al llegar, ceñu-
Hoy muchos pueden hacer eso, según se ve en
dos, expectantes. Habían acabado las artes de la matanza
varias de las revistas consagradas a defender el perio-
y en el piso había sanguaza fresca, restos de tripas. Era
dismo narrativo. Pero hace 20 años los referentes eran
un debut inesperado. (Uno de ellos, recuerda Landeros,
más bien escasos, especialmente en la Cartagena de
dijo: "ándala, si el muchacho es hasta serio").
nosotros, carente de buenas librerías. Lo que predo-
Con los nervios enlazados en una sonrisa helada, Lan-
minaba era el estilo ortodoxo, el del "dijo", "señaló",
deros se abrió paso para posesionarse del espacio donde
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tocaría. Abrió el cuerpo del acordeón, se encomendó
única que reconoce todos esos sonidos descalabrados en
a sus gracias y tocó las seis canciones que se sabía,
que ha concluido su voz de mando. En vez de hablar,
variando el orden de repetición. Una hora después, los
Fernández se acompaña de gesticulaciones muy veloces,
matarifes entusiasmados le jondeaban elogios celestes
de unos ojos que siguen irradiando un fulgor autoritario
y lo incorporaban a la rueda de la bebezón.
y un abundante recelo. Su mujer, Encarnación, oye sus
En tres horas de música, Landeros se ganó 12 pesos, una
relatos sin levantar la vista de la máquina donde cose
suma de dinero que apenas podía ganarse en cinco días
vestidos. Durante días lo oyó hablar sin interrumpirlo.
de duro trabajo de monte. Rosalba Landeros notó su
Sólo una vez lo hizo.
orgullo guapachoso cuando volvió a su casa y le pre-
Nos quedamos los tres en la casa, pues había comenzado
guntó qué le pasaba. " M e voy pa' la música, mamá",
a caer una tempestad arrasadora que quería destrozar
dijo Landeros, y en seguida se dirigió a su hermano:
los canales de desagüe. El patio estaba iluminado por
"ahí te dejo las maticas de tabaco".
los relámpagos, pero Fernández, impasible, seguía
comiendo su almuerzo con una cuchara, y las migas
E l nos enseñó que recrear u n a escena n o es perder
de comida las hacía bolitas antes de tirárselas a los
el t i e m p o sino ganarlo. Q u e la escena añade belleza
animales: el perro y las gallinas, los patos y los cerdos.
pero también c r e d i b i l i d a d , p o r q u e convierte al perio-
- Pruchi, je, hay para todos - les dijo. Luego mencionó
d i s m o en una representación de la vida. A q u í ya n o
algo confuso sobre la lluvia y el hombre, y dijo que en
se trata solamente de dar la información básica, sino
Europa no llueve como aquí. Su mujer, Encarnación,
t a m b i é n los elementos esenciales del e n t o r n o . Eso,
dijo de repente:
finalmente,
- T o d o el mundo habla de Europa, de los que se fueron
es contar la realidad m á s allá de las cifras.
Varias de las escenas escritas por Jorge, especialmente
a Europa, pero no de las que nos quedamos aquí.
en el l i b r o Diez juglares
son memorables.
Contó en seguida cómo, durante la famosa travesía a
Y m u y útiles, p o r q u e nos p e r m i t e n ver a los personajes
Europa, sus pequeños hijos salían a vender bollos por las
en su verdadera d i m e n s i ó n h u m a n a , m e d i r su d o l o r y
calles para ganarse la vida y mantener la honra de la casa,
su gracia. C u a n d o T o ñ o Fernández les echa m a í z a las
en medio de la espera angustiosa que duró años; cómo no
gallinas mientras evoca sus pesares, o cuando C l í m a c o
recibían una sola línea de carta en un pueblo que tampoco
Sarmiento, solo y resentido, m i r a c o n recelo a los chicos
preguntaba por ellos y comenzaba a considerarlas viudas;
que juegan fútbol frente a su casa, u n o entiende p o r fin
recordó que algunos amigos iban a darles noticias de
lo que quiso decir Flaubert cuando advirtió que "en los
ilusión sobre las aventuras de su marido y sus amigos en
en su patio,
detalles está la verdad".
países remotos, con nieve y trenes, donde eran aplaudiun
dos y famosos. Y recordó el día que Toño apareció por
aparte de ser
la casa, sin rastros de aquel triunfo tan lejano, y más que
E l t r a m o final del reportaje Toño Fernández,
hombre que era más que todo el mundo,
u n o de los mejores m o m e n t o s del periodismo narrativo
un hombre triunfante le pareció un machetero más que
c o l o m b i a n o , contiene una carga emotiva que sobrecoge
volvía a su casa, cansado, al atardecer. Pero era el final de
al lector. U n o se enfrenta a ese pasaje con una mezcla
aquellos que a las mujeres de los gaiteros les pareció un
de júbilo - por la belleza del texto - y tristeza — por
bullanguero pero peligroso disparate.
la inmensa soledad de las criaturas que i n t e r v i e n e n
Encarnación asumió esa soledad sin hombre como otra
en la acción - . D u r a n t e muchos años, nuestro m e d i o
imposición del destino y su amor siguió igual, abas-
c u l t u r a l magnificó la gira de Los Gaiteros de San
Jacinto
tecido por las costumbres de la lealtad. A lo que más
por Europa y Asia. García Usta desmitifica esa aventura
de atrevió fue a desanimar a sus hijos de la música y a
c o n el recurso simple pero efectivo de hurgar en las
desdecir, en voz alta, de los gaiteros borrachos.
penurias domésticas de u n o de sus protagonistas. ¿Y
Oyéndola hablar ese día, Fernández se quedó callado en
c ó m o l o hace? C o n una escena i n o l v i d a b l e :
la silla. Dejó de hacer bolitas de comidas y los animales
se dispersaron. De repente, soltó un pujido y comenzó
En vísperas del almuerzo, Fernández, descamisado y
obstinado, indaga por la comida con varios ruidos
estripados, hasta que lo tranquiliza su mujer, que es la
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a llorar, y los animales alborotados regresaron a sus
pies para pedir más comida. Su mujer se puso en pie
y fue hacia él.
las acciones más elementales de los hombres. Uno lee su
Diez Juglares W.
en su patio
obra y entonces comprende de qué manera aplicaba él
este concepto. Por ejemplo, en el remate del perfil que
sobre Abel Antonio Villa, escribió en la revista Solar.
Abel Antonio va a empezar la parranda, pero se detiene
y alza la vista. Con la botella de whisky en la mano, se
recompone en la silla. Cada vez que va a iniciar una
parranda, hace una especie de juramento y evocación
de los músicos vivos y muertos que respeta y quiere,
de todos esos hombres con los que ha compartido una
alegría, una tristeza, un destino.
Va dejando caer un chorrito de whisky sobre el piso,
después de cada nombre:
- Por Luis Enrique — dice, y deja caer un chorrito.
- Por Alejo — dice, y deja caer otro.
- Por Juancho Polo, por Pacho Rada, por Lorenzo
Morales...
Concluye la ceremonia y mira a los bebedores impa-
JORGE GARCIA USTA
ALBERTO SALCEDO RAMOS
cientes que lo miran también a él, esperando la orden
de partida.
- Ya podemos empezar — dice Abel Antonio - . Ahora
sí estamos todos reunidos.
Gracias a su pericia en la concatenación de las
escenas y a su habilidad para explorar el paisaje interior
de sus personajes, García Usta nos dejó un periodismo
narrativo universal y atemporal, dos virtudes poco
frecuentes.
— Ya, mijo, ya eso pasó, ya - dijo ella, mientras le
sobaba la cabeza.
García Usta tenía un gran tino para elegir aquellas
escenas que le permitieran explorar la vida de sus seres
en un contexto individual que, al mismo tiempo, fuera
global. La soledad tremenda de Toño Fernández es
la soledad de todos los gaiteros: la de Juan Lara, por
ejemplo, obligado por la pobreza a cambiar su propia
casa por víveres, con el tendero de su barrio. O la de
José Lara, que en su vejez vagaba sin rumbo fijo por las
calles de Cartagena, bajo los soles más inclementes.
Más de una vez le oí decir a Jorge que la poesía
- necesaria para dignificar el periodismo - va más allá
del lenguaje: es saber buscar lo grandioso de lo simple,
lo sublime de lo cotidiano. Él hablaba - recuerdo - de
una "poesía situacional", que es aquella que subyace en
Tite Curet Alonso, ese gran compositor puertorriqueño, utilizó la imagen de un "periódico de ayer"
para cantarle a una mujer que ya no estaba vigente en
su corazón. Jorge Luis Borges coincidió con él cuando
advirtió que en el mundo no hay nada más nuevo que
el periódico de hoy, ni nada más viejo que ese mismo
periódico al día siguiente. Pues, bien: el periodismo de
Jorge García Usta no es un periódico de ayer, porque
no fue escrito para el olvido sino para el recuerdo. Es
memoria viva de la cultura a la cual se sentía ligado,
testimonio de la época que le tocó en suerte.
Jorge García Usta tenía un feroz sentido de pertenencia a sus raíces. Así, el periodismo narrativo le
sirvió también para exaltar la cultura popular, excluida
durante largos años de la agenda informativa de nuestros medios. Lo mismo podía narrar la historia de un
pescador de Ararca que la de un locutor de boxeo,
la de un agricultor cordobés que la de una matrona
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sincelejana. Muchos de los excelentes periodistas que
coincidieron con él en la época de El Universal— como
Gustavo Tatis, Alberto Martínez y Elsa Mogollón, entre
otros - aún recuerdan su legado, muy útil a la hora de
valorar nuestro patrimonio cultural.
***
El llamado periodismo investigativo y de denuncia
fue otra de sus obsesiones. Esa inclinación se debía, en
parte, a su carácter de hombre necio al que le gustaba ir
más allá de lo evidente. Como además era desconfiado
por naturaleza, siempre hundía el dedo en la torta
para asegurarse de que no tuviera por dentro ninguna
tachuela peligrosa.
Me consta que Jorge era, en esencia, un tipo porfiado, discutidor. Con la misma exaltación con que
defendía a un periodista olvidado como Clemente
Manuel Zabala, podía criticar después a un compositor
consagrado como Rafael Escalona. En cualquier caso,
se cuidaba de buscar los argumentos necesarios para
sustentar sus puntos de vista. He aquí, a propósito, una
muestra de la andanada que soltó contra Escalona:
Cuando en 1982, en medio de los esplendores de la
entrega del Premio Nobel, el compositor, Rafael Escalona dijo que él le había dado de comer al entonces
famoso novelista García Márquez cuando éste era
pobre, la imagen de Escalona como compositor pueblerino, sabroso y campechano, y su imagen de costeño
leal, comenzaron a erosionarse. Ya estaba, por entonces,
erosionada en ciertos ambientes de compositores y en
sectores de Valledupar, donde la imagen del Escalona
compositor y del Escalona hombre, eran percibidas
como dos caras de una misma moneda: la del poder
social y la egolatría desenfrenada, que producidos por
los orígenes humanos y los cambios sociales, se trasladan
a la utilización de la música.
En el código costeño de la amistad, un hombre que
es capaz de recordarle en público o en privado a otro
hombre, sea o no su amigo, que le dio un plato de
comida, produce la peor impresión y recibe los peores
calificativos. Algunos campesinos dicen que para decir
cosas así "se necesita tener el alma contrahecha.
Era, qué duda cabe, parte de su naturaleza. Por un
lado, le gustaba investigar, irse hasta el fondo. Y por el
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otro, señalar lo turbio. No sólo cuando opinaba sino
también cuando narraba, le daba rienda suelta a ese ser
aguafiestas que lo habitaba.
A mí, francamente, se me antojaban excesivas
algunas de sus polémicas, como esa que planteó para
documentar la tesis de que García Márquez aprendió
a escribir en Cartagena y no en Barranquilla. Me temo
que García Márquez aprendió a escribir en ambos
lugares pero, en el fondo, no aprendió del todo en ninguno de los dos. Me temo que, a la hora de la verdad,
agarró de cada ciudad lo que le servía para su maleta
de trotamundos, y luego siguió su viaje por otros sitios,
tomando en cada caso lo que creía necesario para llegar
al destino final. A mí me parece que Jorge se exasperó
demasiado con este asunto y que magnificó la influencia
de Rojas Herazo en la obra de García Márquez. Sin
embargo, es evidente que investigó de manera seria, y
es evidente que dijo algunas verdades que con el tiempo
van a crecer aún más.
Esa tendencia a la polémica está presente en la
obra periodística de Jorge, no sólo en las columnas de
opinión que publicaba en El Periódico de Cartagena
con el título de La raya en el agua, sino también en sus
reportajes. Con frecuencia, salpicaba sus narraciones
con apuntes editorializantes. En el ya citado relato sobre
Clímaco Sarmiento hay ciertos dardos contra el compositor Rafael Escalona - en aquel entonces directivo de
Sayco - por haberle incumplido a Sarmiento la promesa
de una pensión vitalicia. Y aquí hay otro ejemplo de
sus sátiras, tomado de una crónica que publicó en la
revista Solar sobre el comentarista deportivo Melanio
Porto Ariza:
A sus 74 años, Melanio Porto Ariza parece no esperar
nada de Cartagena, esa ciudad que tuvo murallas hechas
por negros y después se asustó con la crónica deportiva
hecha por los mestizos.
Ahora bien: con polémicas o sin ellas, lo cierto es
que Jorge García Usta era un investigador nato. Jamás
se conformaba con la voz única del personaje principal,
jamás hacía periodismo con una sola fuente, así se tratara del mismísimo Jesucristo. Escarbaba montones de
periódicos, se sumergía durante horas en las bibliotecas,
oía muchas voces, gastaba sin remordimiento la suela
de sus zapatos. Sabía, sin duda, que el buen periodismo
es aquel que se construye con base en muchas miradas
diversas, con base en una exploración plural. Los archivos
históricos, por cierto, eran una de sus grandes pasiones.
Allí encontraba los elementos necesarios para contextualizar los hechos que contaba, para abarcarlos en una
perspectiva mucho más amplia. Y, por supuesto, para
continuar la polémica. A menudo, estas fuentes bibliográficas le servían como punto de partida para armar
formidables crónicas sobre sucesos viejos. Una vez, por
ejemplo, elaboró un relato divertido sobre el tiempo en
que García Márquez - pobre e indocumentado - escribía
discursos para coronar reinas populares. En otra ocasión
evocó la visita que la diva argentina Isabel Sarli hizo a
Cartagena durante el Festival de Cine de 1968, cuando
"sus admiradores quedaron perplejos por el tamaño y el
ímpetu de su escote" y la sometieron a un acoso que "le
produjo varios morados en las piernas".
Volviendo al punto de partida, el del periodismo
investigativo y de denuncia, debo decir que Jorge
Jorge García Usta con su madre,
Nevija Usta, persona clave en su
formación y en su obra
ejercía el oficio con una notable conciencia social. Ya
sé que esa frase, en estos tiempos, puede sonar como
una antigualla sospechosa. Pero puedo dar fe de que su
actitud era genuina. A veces, a la hora del almuerzo, su
casa de la calle D o n Sancho se convertía en una Torre
de Babel: uno llegaba sin que nadie lo invitara, y allí se
encontraba con edil de la Boquilla, un bibliotecario de
La Puntilla, un poeta enorme como Rómulo Bustos,
un economista como Alberto Abello o u n decimero
de abarcas rotas. La Cartagena de entonces era todavía
feudal: yo escuché a algunos dirigentes diciendo que la
ciudad se deterioró en el momento en que los españoles
se fueron. Tenían nostalgia del látigo, querían seguir
construyendo murallas de piedra y castillos colonia-
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les. U n día despertaron del sueño y descubrieron que
lo que ellos llamaban coloquialmente "Corralito de
piedra" se les había convertido en un caos de mototaxis,
contaminación, corrupción y congestión vial. Jorge
anticipó muchos de esos problemas, lo cual le costó
el puesto en El Universal, porque aquella ciudad era
absolutamente excluyente e intolerante con la crítica.
Envilecida por el turismo, por la necesidad de atraer
gente a cualquier precio, vivía una mentira terrible que
después terminaría creyéndose. Recuerdo que a veces
las calles de Manga amanecían alfombradas de peces
muertos, por la contaminación de la Bahía de Cartagena, y pese a una evidencia monstruosa como ésa, en
el periódico local no salía nada. O a veces salía, pero
minimizado en las páginas interiores, como tratando de
que la noticia fuera invisible. Yo mismo fui víctima de
semejante mentalidad castradora una vez que publiqué
una crónica sobre un niño de Mariangola, Cesar, al que
por equivocación le transfundieron sangre contaminada
de SIDA en la Clínica Napoleón Franco Pareja. U n
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"notable" de la ciudad pidió m i cabeza. Y el político
Joaquín Franco Burgos escribió en la página editorial
del periódico un comentario en el cual se mostraba
extrañado de que se le hiciera tanta bulla a la calamidad
de un niño que ni siquiera era cartagenero. Y hasta se
preguntaba si acaso la gente del Cesar compraba la
lotería de Bolívar.
Hoy, por fortuna, han surgido nuevos canales de
información, como las revistas Aguaita y Noventaynueve, y ya la otra ciudad puede, por lo menos, expresarse, pues no existe ese unanimismo que nos tocó a
nosotros. Creo, sinceramente, que esa conquista se le
debe en gran parte a Jorge, ya que él siempre luchó
contra la corriente. Ejerció un tipo de periodismo con
conciencia política y social, fundó medios alternativos,
levantó la voz sin miedo.
Yo, que siempre he sido más apático en estos temas,
a veces no compartía sus furores. Para molestarlo, le
decía que a mí me gustaba que el pez grande devorara
al chico, que el lobo se comiera a Caperucita Roja,
que a la lechera se le cayera el cántaro y que al final,
para festejar tanto desastre, nos comiéramos en un
sancocho a la gallina de los huevos de oro. Le decía que
este mundo estaba jodido desde antes de que nosotros
naciéramos, y nada podríamos hacer para enderezarlo.
El me miraba con sorna, callaba. Una noche vio, nítida,
la oportunidad de desquitarse, y la aprovechó con la
misma sevicia que empleó el día que nos conocimos.
Estábamos en el Muelle de los Pegasos dándonos un
banquete, cuando de pronto llegó un indigente, me
raponeó el jugo de níspero y se fue corriendo. Quise
perseguirlo, pero la voz de Jorge me detuvo en seco.
-Aja, maestro — exclamó, mirándome con malicia
- : a usted le gusta que el lobo se coma a Caperucita,
pero se pone bravo si un gamín le roba su jugo. ¿Cómo
es esa vaina?
Después me dio una palmada conmiserativa en el
hombro y me dijo que para evitar que nos arrebaten la
comida, deberíamos averiguar de vez en cuando por qué
hay tantos indigentes y cuáles son los problemas que
ellos tienen. "Ese es el verdadero reto del periodismo",
remató, esta vez con el rostro grave.
También en el periodismo de denuncia Jorge nos
dejó lecciones valiosas. Para empezar, de equilibrio, de
sensatez. Tenía prejuicios, como la mayor parte de los
seres humanos, pero sabía mantenerlos a raya cuando
investigaba una situación turbia. Buscaba muchas
voces, confrontaba puntos de vista, les daba a los
personajes cuestionados - así fueran los bribones más
repugnantes - la oportunidad de defenderse.
nada del mundo permitía que los demás se rieran de
él. Eso, de alguna manera, impedía que su sentido del
humor fuera intachable. Sin embargo, sus apuntes eran
tan explosivos como geniales. Tuve el privilegio de ser
testigo de varios de ellos. Y ahora, para cerrar m i breve
aproximación a su obra y a su personalidad, he elegido
uno en el que aparece como quisiera recordarlo siempre.
Por los días en que salió al mercado la primera edición
de Diez juglares en su patio, que escribimos juntos, yo
solía enfurecerme cuando veía en los medios reseñas
triviales, de esas que apenas informan cuántas páginas
tiene el libro, cuánto vale y dónde se consigue, pero
no arriesgan un juicio crítico sobre su concepción.
Jorge, que ya estaba curtido en el tema, porque había
publicado varios libros, me miraba con sorna, como
siempre, y callaba. U n domingo, recuerdo, un diario
de publicación nacional publicó una foto enorme de
la portada de Diez juglares en su patio, encima de unos
breves piropos que a todas luces parecían gratuitos, pues
era evidente que el autor no sabía por dónde le entraba
el agua al coco. Ese día, viendo m i enojo, Jorge no se
quedó callado como las veces anteriores, sino que soltó
un gracejo sublime:
- Carajo, blanco - me dijo - : ¡usted sí es el hombrecito inconforme! Resulta que el tipo nos elogia, ¡y
usted quiere que además se lea el libro! B
Cualquiera que busque sus investigaciones sobre
la contaminación de la Bahía de Cartagena o sobre la
deforestación de la Popa, comprobará la pulcritud con
la cual contrastaba sus fuentes.
García Usta siempre ejerció el periodismo con
dignidad. Y esa dignidad le impedía arrodillarse,
mendigar, prestarse para que lo manosearan. A él lo
sacaba de quicio el argumento de que los malos sueldos
justifican untarse las manos con la podredumbre de
un soborno. Como era furiosamente independiente,
prefería enredarse en varios trabajos simultáneos y sudar
mucho para ganarse el pan de manera decente, como
le enseñaron sus mayores. Sin embargo, no alardeaba
de ese don, que a mí me parece aleccionador.
Pese a ser sico-rígido, como yo, usaba con frecuencia el recurso de la burla, en especial si era contra
el prójimo. Sabía reírse de sí mismo, pero eso sí: por
AGUAITA TRECE CATORCE/ DICIEMBRE 2 005
JUNIO 2006 I
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Una flor para Jorge García Usta (Aproximación fraternal a su obra