Revista destiempos N°38
LA EDAD MEDIA. UN CONCEPTO PROBLEMÁTICO Y
MULTIFUNCIONAL
Antonio Rubial García
Universidad Nacional Autónoma de México
♣
De todas las periodizaciones que se han creado en Occidente para definir
su historia la que se categoriza como medieval es sin duda la más
problemática. Sabemos que toda periodización es arbitraria y corresponde
a las necesidades de la época que la crea, pero ninguna tan injusta y tan
poco fundamentada como la que atribuyó un carácter oscurantista a un
periodo de mil años que van desde el siglo V al siglo XV. Petrarca y los
autores italianos fueron los forjadores del término que exaltaba su propia
época como una continuación de la antigüedad clásica y situaba a los
siglos que separaban a ambas como un intermedio. Pero fue hasta el siglo
XIX que con el surgimiento del concepto de Renacimiento se equipararía a
éste con lo moderno frente a lo medieval, que se definiría como
conservador. Esto se elaboró sobre la base que había creado la ilustración,
la cual con su postura anticlerical había puesto las bases para construir
una Edad Media tenebrosa e intransigente en contraste con la luminosidad
y apertura del humanismo.
Una concepción basada en
prejuicios no podía ver esos
mil años sino como un bloque
continuo y sin cambios, pero
con los estudios que desde
fines del siglo XIX han
ampliado el conocimiento de
ese largo periodo, se han matizado las diferencias marcadas
que separan los primeros
siglos medievales de los últimos. Asimismo esos estudios han permitido establecer los grandes
cambios propiciados por la actividad comercial y por las relaciones de
conflicto y convivencia entre el cristianismo y el Islam, especialmente con
las cruzadas y la reconquista ibérica, y el impacto que ambos fenómenos
tuvieron en la conformación del mundo moderno. A pesar de todo aún
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subsiste el problema de definir cuando inicia y termina ese periodo. Para
los estudiosos del mundo clásico, la Antigüedad terminaría en el siglo VII
con la aparición del Islam y la ruptura de la unidad del mar Mediterráneo,
mientras que para quienes se dedican al Renacimiento éste comenzaría
en el siglo XIV por lo que la Edad Media terminaría en el siglo XIII.
Al igual que la periodización temporal ha definido los límites del
medioevo con base en supuestos arbitrarios, también se ha limitado el
territorio medieval a la Europa central y en este sentido se ha impuesto el
esquema centro-periferia. Esto no sólo ha reducido la Edad Media a la
cristiandad, olvidando las importantes aportaciones del Islam, sino dentro
de la misma Europa se ha privilegiado el estudio medieval, y sobre todo el
concepto de feudalidad, a los territorios que abarcaba el reino carolingio y
sus herederos Francia y Alemania. Estos países se constituirán así en la
historiografía tradicional como el centro de Europa y desde ellos se
consideraba la expansión hacia el norte, el este y el sur y por el camino de
Santiago hacia Iberia. Pero éste supuesto proceso sería imposible de
explicar sin la participación activa de esa “periferia”, cuyas aportaciones
fueron determinantes en el desarrollo de Europa: Irlanda e Inglaterra cuyos
sus monjes sentaron las bases de la civilización cristiana; la península
ibérica con su realidad islámica y su situación de puente cultural entre
oriente y occidente; Hungría, la otra frontera y paso forzoso de los
cruzados; Italia con una Roma que tendrá un papel central desde el punto
de vista simbólico; y por supuesto el cercano oriente con una Jerusalén
cargada de sentidos.
Es indudable que los cambios acontecidos en el Renacimiento y
en la Europa central determinaron el principio de la modernidad y el fin de
la Edad Media. Sin embargo, sigue en pie la discusión entre medievalistas
y modernistas, que ha producido ríos de tinta, sobre cuáles fueron los
verdaderos alcances de tales cambios. Eugenio Garin,1 por ejemplo,
sostiene que hubo un cambio fundamental en el Renacimiento respecto al
mundo anterior, pues se comenzó a romper con el paradigma basado en
el pensamiento teológico para dar paso a otro sustentado en la ciencia y la
racionalidad, con el subsecuente proceso de secularización. Otros autores
como Jacques Heers2 han insistido en que el movimiento renacentista
solamente se puede observar en una capa de intelectuales, pero la mayor
parte de la población, y muchos letrados, continuaban viviendo en los
esquemas mentales basados en el pensamiento cristiano medieval hasta
muy avanzado el siglo XIX. Por ello, la escuela francesa ha creado el
1
2
Eugenio Garin. Medioevo y Renacimiento, Madrid, Taurus, 1981. (Ensayistas, 188).
Jacques Heers. La invención de la Edad Media, Barcelona, Editorial Crítica, 1995.
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concepto de sociedades de Antiguo régimen para hablar de la civilización
propia de la era preindustrial, sin olvidar por supuesto que en los siglos XVI
al XVIII se gestaron muchos de los fenómenos que darían origen al mundo
moderno y que este se fue insertando paulatinamente en la mentalidad
colectiva y de manera distinta en las diferentes regiones de Europa.
No es mi intención dilucidar en esta breve charla sobre la Edad
Media cuáles fueron los elementos novedosos que hicieron posible la
transformación del mundo occidental y como se pasó de un paradigma
definido por la religión, a otro marcado por la ciencia y finalmente al actual
determinado por la economía; me interesa en cambio insistir en aquellos
rasgos que nos permiten percibir las permanencias del mundo medieval
hasta el siglo XVIII e incluso hasta nuestros días.
Uno de los rasgos más importantes de esa continuidad es sin duda
el pensamiento cristiano de corte agustiniano. La percepción del mundo
terrenal como escenario de una lucha entre el bien y el mal, entre el vicio y
la virtud, y de un final catastrófico para la humanidad seguido por un Juicio
universal en el que Dios dará premios y castigos, infierno o gloria, a las
almas, tendrá vigencia, a pesar de la ruptura ocasionada por la Reforma.
La brujomanía, la demonología, la apocalíptica y las creencias en la
salvación o la condenación eternas serán creencias que comparten tanto
protestantes como católicos, aunque las convicciones sobre milagros,
apariciones, santos y vírgenes fueron cuestionadas por las iglesias
reformadas. Esto ocasionó que en muchos países pervivieran, por lo
menos hasta el siglo XVII, la visión del Dios violento, iracundo y justiciero
del Antiguo Testamento, y que ésta no fuera percibida como contradictoria
respecto a la concepción amorosa y providente que se muestra en el Nuevo
Testamento. Esas dos visiones de Dios hacían posible la convivencia de
ideas tan opuestas como el amor al enemigo y el
espíritu de cruzada, el llanto y el sufrimiento
como ideales de vida en convivencia con la risa
y el placer como paradigmas de la felicidad, la
adecuación entre la renuncia al mundo, a la
riqueza y al poder y las alianzas de los sectores
eclesiásticos con los ricos y poderosos, o la
persistencia de la esclavitud hasta el siglo XIX en
sociedades cristianas que predicaban que todos
los hombres eran iguales a los ojos de Dios, pero
que justificaban la esclavización de los africanos
a partir de la maldición bíblica que lanzó Noé contra los descendientes de
Cam, supuesto padre de los negros.
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Precisamente esa percepción de un Dios justiciero, muy presente en la
literatura apocalíptica, era la que inspiraba la exclusión del otro, el no
cristiano, y la justificación de la guerra contra él y de la intolerancia. Así, la
conciencia de una cristiandad en lucha frente al Islam continuaría siendo
el origen de la identidad de la Europa cristiana frente al mundo musulmán,
en especial frente al Turco, hasta el siglo XVII. Esa misma falta de respeto
a la otredad impondría la cristianización de los nativos americanos como
consecuencia de la conquista de los territorios llevada a cabo por el imperio
español, o las persecuciones y matanzas contra los judíos que siguieron
dándose en el mundo católico hasta el siglo XVII y en la Alemania nazi
hasta el XX.
De hecho, la presencia de un Dios justiciero siguió siendo la base
que justificaba que el gobernante civil legítimo tuviera entre sus atributos
el poder de juzgar y castigar como una actividad delegada por la misma
divinidad hasta el siglo XVIII. Se continuaba así utilizando el esquema
familiar de obediencia medieval: el Papa y el rey eran los paterfamilias de
unos fieles y súbditos considerados como niños necesitados de guía y
castigo. Por ello toda desobediencia (incluidas la rebelión y la herejía)
seguía siendo considerada un ataque directo a la autoridad de Dios. Se
abría así la justificación para condenar a la pena de muerte o a castigos
violentos (como las mutilaciones o los azotes) a todo aquel que el orden
monárquico, divinamente inspirado, considerara “culpable”.
El segundo rasgo que muestra esa pervivencia de los valores
medievales en la “edad moderna” está relacionado con las tecnologías
comunicativas. La imprenta fue sin lugar a dudas uno de los inventos más
revolucionarios y transformadores de la comunicación al permitir la
expansión de los conocimientos en amplios sectores de la sociedad, el
cuestionamiento de las verdades absolutas y la aparición del pensamiento
científico. Pero grandes masas de población continuaron teniendo a la
oralidad y a las imágenes como sus principales fuentes de información,
manteniéndose al margen de la alfabetización. Esto significaba que el
paradigma retórico continuó marcando los mensajes comunicativos. La
retórica se constituía en una manera totalizadora de percibir la realidad; no
sólo modeló la forma del discurso, también condicionó sus contenidos pues
todo lo conocido, la naturaleza y la historia, lo material y lo espiritual, fueron
susceptibles de ser utilizados como instrumentos para dar una enseñanza
moral. Como instrumento de la comunicación oral, la retórica era
reiterativa, amplificadora (es decir decía lo mismo de muchas maneras) e
iba dirigida a la emotividad, no a la racionalidad. En el conocimiento retórico
estamos ante una lógica figurativa basada en imágenes y en analogías, en
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la que no existían conocimientos novedosos, por lo cual los ya existentes
debían ser mantenidos gracias a la memoria y a la repetición.
Un tercer aspecto de continuidad es la pervivencia de la cultura
cortesana. La visión retórica concebía el universo como algo cerrado y
jerárquico, ordenado por Dios para cumplir una finalidad determinada y
basaba su éxito comunicativo en dos campos: el uso bello y elocuente del
lenguaje y la estilización de la conducta corporal, es decir los buenos
modales cortesanos. La retórica se convirtió así en un sistema único de
comunicación que sólo podía funcionar en sociedades jerarquizadas (como
las occidentales de los siglos XVI, XVII y XVIII) para las cuales hablar bien
y vestirse y comportarse con propiedad eran elementos que diferenciaban
al cortesano del plebeyo. Por ello la “buena educación” de las aristocracias
se centraba básicamente en el manejo adecuado de la comunicación oral
y gestual (humanista) pues esos eran los rasgos que hacían a los
“humanos” distintos de las “bestias”.
El elemento cortesano de las sociedades llamadas “modernas” era
sólo un aspecto de la continuidad del carácter estamental medieval de la
sociedad. Sobre todo en el mundo católico se mantuvo la pervivencia de
los valores nobiliarios y caballerescos por lo menos hasta el siglo XVII,
como la idea del amor cortés y de las hazañas guerreras como signo de
prestigio, así como la permanencia de un sector eclesiástico que detentaba
fueros y privilegios. Además del esquema estamental, en muchas regiones
se siguió funcionando bajo un sistema corporativo en el cual cada uno de
los cuerpos sociales (gremios, consulados, cabildos, provincias religiosas,
cofradías) presentaba fuertes autonomías, estructuras jurídicas inamovibles, posibilidades de sufragio y un cúmulo de signos que le daban
identidad (estandartes, vestimenta, escudos, santos, liturgias, edificaciones religiosas y, algunos, hasta crónicas). Estos aparatos de
representación eran fundamentales para una sociedad que tenía en la
teatralización, la apariencia y el boato externo desarrollado en los rituales
cotidianos, el único instrumento por medio del cual se hacía visible algo tan
abstracto como el poder, la autoridad y las instituciones.
Dentro de este esquema de unidad, esta sociedad estamental y
corporativa (donde cada quien ocupaba un lugar predeterminado por Dios)
se percibía a sí misma bajo un modelo jerárquico. A la cabeza de ella se
encontraba el rey, representado con la corona, el trono y el cetro y simbolizado por el sol, emblema de la centralización monárquica. El reino
terrenal quedaba además sacralizado pues en el cielo Cristo era un rey
coronado rodeado de una corte de santos y con una reina, su madre María.
Esta visión de un reino sin fisuras y sujeto a la voluntad de un monarca
todopoderoso no era, sin embargo, más que un discurso retórico pues el
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Estado real no podía ejercer sus funciones (mantener la paz y el orden y
administrar justicia) si no establecía pactos con las fuerzas sociales que
detentaban el poder económico. Los estados absolutistas conservaban así
el carácter pactista y patrimonialista que había caracterizado a las
monarquías medievales. A diferencia del estado administrador y burocratizado moderno, el medieval era un árbitro que intentaban armonizar
posiciones antagónicas con la ayuda de un reducido número de funcionarios. Esa limitación afectaba incluso a su sistema fiscal el cual era muy
precario.
De hecho, al no existir una economía de mercado propiamente
dicha, la posibilidad de manejar una hacienda pública eficiente era muy
difícil. Hay autores que hablan de la existencia de una economía moral,
marcada más por criterios religiosos que por el sentido de la ganancia con
miras a multiplicar los beneficios. La economía moral convertía el bienestar
económico en una obligación pues quien obtenía riqueza, lo hacía por la
gracias de Dios, por lo cual debía aplicar parte de ella a obras de
beneficencia, a fiestas patronales y a embellecer iglesias para el culto. Por
eso la Iglesia elevó el trabajo de los mercaderes a ser una actividad
necesaria y útil para la sociedad pues eran los administradores de los
bienes otorgados por la divinidad en beneficio de la colectividad. Eso
provocaba que un elevado porcentaje de las ganancias se destinara a la
ostentación de los poderosos y a la mayor alabanza a Dios en lugar de
derivarse hacia las actividades productivas. Este esquema de una
economía sujeta a valores religiosos también pervivió en muchos países
de Europa y América hasta el siglo XIX.
Hemos insistido en que la pervivencia de valores medievales en el
mundo llamado moderno se dio en diferentes grados en las distintas
regiones de Europa. La ruptura protestante había generado en el
continente no sólo dos grupos políticos y religiosos sino dos concepciones
distintas de la cultura occidental: aquella racionalista e individualista que
ponía como base del conocimiento la búsqueda de verdades demostrables
por la experimentación, con lo que nacería la ciencia moderna; y otra
emocionalista y populista, que centraba en la metafísica y en la retórica sus
parámetros de realidad, que adornaba con un vistoso ropaje metafórico y
emblemático su sentido trágico de la vida y que desplegaba un impresionante aparato visual y textual, en rituales, fiestas y espectáculos que
continuaban funcionando con los valores propios de la Edad Media. Es en
esta cultura en la que se insertaron los virreinatos de Nueva España y Perú
y por cual podemos considerarlos en algunos aspectos como una
continuación del medioevo europeo. Desde la evangelización cuyo proceso
tanto en los contenidos como en los métodos (catequesis, imágenes como
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instrumentos didácticos, sustitución de fiestas) es profundamente
medieval, hasta la exuberante cultura barroca, América se convertirá en
una extensión de la cristiandad católica.
Muchos de esos valores que podemos llamar por comodidad
“medievales”, fueron desdibujándose con la aparición de las revoluciones
del siglo XIX. La revolución industrial marcó el paso definitivo hacia la
economía capitalista que no necesitaba de valores morales para justificarse. La revolución francesa dio inicio al proceso de disolución de la
sociedad estamental y corporativa, monárquica y feudal hacia una
sociedad democrática y un estado administrador. Con la formación de una
razón de Estado que se justificaba en sí misma, la necesidad del apoyo
religioso sobre lo político se hizo innecesario y con él desaparecieron las
canonizaciones de los gobernantes y las representaciones celestiales
como símbolos de autoridad. La revolución científica iniciada en el siglo
XVII marcó la desaparición del modelo retórico basado en verdades
reveladas absolutas y en argumentos de
autoridad para sustituirlo por un pensamiento
lógico sustentado en la observación, la
demostración y la experimentación. Finalmente
la otra gran revolución, el secularismo, surgido
como consecuencia de la pluralidad de ofertas
religiosas y después de las sangrientas guerras
por estas cuestiones que asolaron a la Europa
de los siglos XVI y XVII; el problema de las
creencias pasó a convertirse en un asunto de
conciencia privado, lo que trajo consigo la
aparición de una sociedad secularizada que comenzaba a ver la tolerancia
religiosa como la única manera de convivencia para poder construir una
sociedad civil respetuosa e igualitaria.
Nuestra visión del mundo, modelada por estas revoluciones
decimonónicas, pudiera producir en nosotros la extrañeza respecto a lo
que consideramos sociedades preindustriales, pero no es así del todo. “La
civilización cristiana, señala Ricardo Ancira, ha sido a tal grado dominante
que ha conseguido imponer al resto del planeta el año cero del calendario
y efemérides como la Navidad, la semana santa y el descanso dominical”.
El sentido de la Historia que ve el acontecer humano como un proceso de
perfeccionamiento sigue siendo profundamente cristiana, aunque ya no le
encontremos a los acontecimientos ninguna trascendencia. El poder de las
imágenes en nuestra cultura dominada por los massmedia y su utilización
como mecanismo de control y manipulación de una sociedad supuestamente alfabetizada, fue un fenómeno iniciado en Occidente desde el siglo
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XII, etapa en la que se pusieron las bases para la comunicación audiovisual
dirigida a comunidades analfabetas. Y qué decir del sentimiento de culpa,
inseparable del binomio pecado-castigo, que sigue funcionando en la
psique de los hombres occidentales y que, como ha demostrado Evelyn
Pewzner, está enraizado en la cultura judeocristiana y pervive en muchas
de las psicopatologías actuales.3 Otro ejemplo lo constituye la discusión
actual en la comunidad europea sobre la asimilación o el respeto a las
poblaciones islámicas cada vez más numerosas en el continente, y si se
puede seguir hablando de una Europa definida a partir de la cultura
cristiana. El antisemitismo que derivó en el holocausto del siglo XX no fue
sino la continuidad de un antijudaísmo cristiano con fuertes raíces medievales. La violencia sigue formando parte de la vida cotidiana, la idea de
guerra santa está latente aún en los discursos nortemericanos para
justificar su intromisión en los países islámicos. La pena de muerte por
razones criminales o simplemente ideológicas sigue siendo practicada en
algunos países, y la reclusión de los inadaptados en la mayor parte de los
regímenes legales del mundo se da a partir de la visión de la justicia
vindicativa, que considera el castigo como el pago de una deuda social,
aunque se vaya introduciendo tímidamente la idea de rehabilitación y
reintegración a la sociedad, más acorde con los nuevos tiempos. Y en
nuestro mundo, incluso en los países más ricos, sigue existiendo la
violencia laboral, familiar, sexual, estatal o de clase y es tan vigente como
lo era en la Edad Media.
Esta pervivencia es aún más notoria en sociedades híbridas, como
la nuestra, donde los valores y prácticas de un mundo moderno, democrático, secularizado y plural conviven con elementos de las sociedades de
Antiguo Régimen aún vigentes. Baste mencionar la presencia de prácticas
corporativas con rasgos medievales en los sindicatos, instituciones como
el clientelismo y el compadrazgo en el ámbito político, el uso y abuso del
espacio público para la celebración de procesiones y fiestas religiosas o el
dispendio de recursos que familias y comunidades realizan en festejos
donde se gastan hasta lo que no tienen.
Dicha pervivencia se puede observar en el español que usamos en
México, como lo ha mostrado Ricardo Ancira respecto a los temas de la
religión y la sumisión. Respecto al primero, este autor señala: “Es por lo
menos paradójico que hasta el ateo más ortodoxo tenga compadres, que
hable de calor infernal, del éxodo del campo a la ciudad, de reformas que
quedaron en el limbo, manzanas de la discordia, chivos expiatorios y
Evelyne Pewzner, El hombre culpable. La locura y la falta en Occidente, trad. Sergio Villaseñor, México, Fondo
de Cultura Económica/ Universidad de Guadalajara, 1999. (Colección Popular, 568).
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satanizaciones. También que, sin rubor, llame mesías a los políticos
populistas, afirme no comulgar con una idea (ni con ruedas de molino); que
piense que martirio y tortura son sustantivos intercambiables, estime que
alguien predica en el desierto y lamente vivir un vía crucis (o calvario)
cuando tramita algo en una oficina gubernamental”.4 Frases como “ni
yendo a bailar a Chalma”, “no se puede repicar y andar en la procesión”,
“en el pecado se lleva la penitencia”, “estar en el limbo”, “sin pena ni gloria”,
son una muestra clara de esas permanencias medievales. Los mexicanos
“estamos conscientes tanto del poder divino como de la fragilidad de
nuestras expectativas, por ello decimos que haremos algo si Dios quiere/primero Dios; cuando el interlocutor pronostica algo negativo, las
invocaciones Dios guarde la hora o ni lo quiera/mande Dios mitigan el
temor. Hacer una tarea como Dios manda significa hacerla apropiadamente”.
En cuanto al lenguaje de sumisión, que nos recuerda una sociedad
fuertemente jerarquizada y estamental como la medieval, Ancira señala la
manera como utilizamos, en todas las lenguas de Occidente, las metáforas
orientacionales, que según la lingüística cognoscitiva tematizan nuestra
situación en el espacio: “Así, por ejemplo, en la mayoría de las culturas el
futuro está adelante y el pasado, atrás. Del mismo modo, adentro, central
y profundo son positivos; afuera, periférico y superficial, no. Dos metáforas
están correlacionadas: arriba es bueno (alta calidad/autoestima; altitud de
miras, levantar el ánimo, estar encumbrado, sentimientos elevados…) y,
consecuentemente, abajo es malo (baja calidad/autoestima/pasiones; ser
rastrero, tener el ánimo por los suelos, ir cuesta abajo…). El criterio
espacial alta/baja se usa también al hablar de clases sociales, con la
peculiaridad de que entre ambos extremos se sitúa la llamada clase
media”.5
Seguimos llamamos palacio a una casa lujosa; una cena puede ser
regia, imagen que en ocasiones involucra al alto clero para expresar
también lujo: bocatto di cardinale. Cuando algo se considera muy valioso
es la joya de la corona. Existen expresiones como clima/ambiente
imperante/reinante; se sueña con los príncipes azules que al parecer tienen
la sangre de ese color. Hay realeza en el ajedrez así como entre abejas,
metales, casimires, barajas, fiestas navideñas y mariposas. El que coronar
signifique “perfeccionar, completar una obra” nos presenta otra manipulación lingüística: corona es igual a perfección; igual sucede con el adjetivo
Ricardo Ancira, “Están clavadas dos cruces. Lengua y Religión”. Revista Este país. Tendencias y opiniones,
Abril, 2012.
5 Ricardo Ancira, “Entonces que mi reina. Lenguaje y sumisión”, Revista Este País. Tendencias y opiniones, junio
de 2013.
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majestuoso, aplicado por ejemplo a un paisaje. Todos deseamos vivir a
cuerpo de rey y seguimos denominando noble, al que tiene virtudes
encomiables y villano (que era el campesino habitante de la villa) al
malvado. Hasta hace no mucho tiempo a los niños mexicanos se les
obligaba a responder “mande”, cuando se les preguntaba algo, palabra que
remite a los mandamientos bíblicos y a una sociedad de servilismo y
sumisión.
De acuerdo a Jacques Le Goff,6 la superposición en una misma
época de estratos históricos distintos genera la convivencia de visiones
opuestas e incluso contradictorias. Esas tensiones internas, como las llama
constituyen, la dinámica de la sociedad. En nuestro México conviven esos
estratos históricos que causan esas contradicciones que nos son tan
evidentes. Una moral católica que ha interiorizado la culpa, pero que al
mismo tiempo deriva la salvación del cumplimiento de rituales, hace posible
que los narcos o los delincuentes cumplan con sus obligaciones religiosas
con la Iglesia y den limosnas y al mismo tiempo lleven a cabo actos
moralmente deleznables. Sólo en una sociedad donde conviven estratos
contradictorios se puede dar una tanatofilia que ve la muerte “sin miedo”
aparente y que tiene un culto por los muertos tan exuberante y al mismo
tiempo esté tan cargada de erotofilia y de entrega a la fiesta y al desfogue
de los instintos. Sólo acá convive la idea de Providencia, que implica una
mente que regula el proceso histórico con una meta, con la idea de Fortuna,
tan cara al mundo antiguo, en la que el Hado ciego y sin intencionalidad
ocasiona el ascenso o la caída de los hombres. Vivir en la contradicción es
propio de estas sociedades híbridas, modernizadas a medias y con un
fuerte arraigo en valores que muy bien podemos denominar “medievales”.
La nuestra es una de esas sociedades.
6
Jacques Le Goff, En busca de la Edad Media, Barcelona, Paidos, 2003, p. 151.
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