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Pedro Rodríguez López
Yehuda
Grafein ediciones
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Primera edición: marzo de 2007
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© Pedro Rodríguez López
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Impreso en España, CEE.
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PRIMERO.
Granada, tebet1 del año 5.0602, uno de enero de
1300 del calendario extranjero de los seguidores de
Jesucristo. Aquél era un mundo viejo, un mundo que vivía
de prestado, donde hombres y bestias compartían espacio y tiempo, pero no podían comprender lo que estaba
sucediendo a su alrededor.
El calendario decía: “en este mes aumenta la
pituita. Es bueno comer ajos cada mañana y beber encima agua caliente. También es conveniente comer
carne, grasa y pescado. Hay que precaverse en este mes
de comer sesos y de beber leche fresca o coagulada. Se
permite plantar desde el primer día hasta el completo de
cuarenta días. En este mes se hace la cosecha de la
caña de azúcar. Si en este mes ocurriese eclipse de luna,
habrá hambre en Oriente y Occidente. Y Alá es más sabio. Si durante él hubiese truenos, no habrá bienes en el
año. Si ocurriese algún terremoto, será un año en el que
habrá gran mortandad. Y Alá es más sabio. En él harás la
oración del zuhr cuando tu sombra mida diez pies y al
'asr, cuando tu sombra sea de diez y siete pies. En este
mes el sol entra en el signo de Acuario. El día tiene siete
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Mes del calendario judío entre diciembre y enero de
nuestro calendario.
2
Puede calcularse el año judío correspondiente
sumándole 3.760 al año cristiano.
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horas y veintinueve minutos y la noche tiene catorce horas y treinta y un minutos”.
El joven aspirante intuía que todo aquello era
ridículo, pero aceptaba la creencia de las otras religiones,
pues sabía que nada era tan pernicioso para la convivencia como la intolerancia. Eso también lo habían sabido, en otros tiempos, los gobernantes musulmanes de la
ciudad, por ello la vida había sido apacible y clara en toda
la zona. Ahora, un cierto temor se adueñaba de su raza,
porque la intransigencia, de los propios sefardíes y de las
otras religiones, provocaba no pocos problemas de integración.
En un primer acercamiento, la religión musulmana
resultaba, en extremo, sencilla. No tenía ni misterios, ni
sacramentos, ni hombres intermediarios entre Dios y los
fieles, gente que decidieran lo que estaba bien o lo que
estaba mal. Tampoco tenían imágenes, altares u ornamentos. Dios, Alá, era invisible, sólo tenía cabida en el
corazón de los hombres, y todo musulmán era el centro
del universo religioso.
Los que creían que Alá era el único Dios, y
Mahoma su profeta, tenían como regla que el cuerpo del
hombre estuviera completamente puro; por ello se instituyeron las abluciones legales, que consistían en lavarse tres veces seguidas las manos, la parte interior de la
boca, la nariz, la cara, los brazos, la cabeza, concretamente detrás de las orejas, la nuca y los pies.
Todo musulmán debía recitar la oración cinco veces al día, la primera al rayar la aurora3, la segunda, después del medio día4, la tercera en el momento que la
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Essebàh.
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Cuya oración se llama Ed-duhur.
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sombra del gnomon iguala su longitud5, la siguiente se
debe hacer en el momento mismo de la puesta del sol6, y
la última en el último instante del crepúsculo de la noche7.
Después de la creencia de la existencia de un solo
Dios, todopoderoso, también se tenía muy presente la
obligación de dar limosna, ley absolutamente obligatoria
para todo musulmán que se halle en estado de cumplirla.
Era una forma de ayudar a los hermanos que, en su sufrimiento, no podían encontrar una forma digna de vida.
Aquel mandamiento resultaba porque el Profeta
había comprendido que un mundo sin la cooperación de
todos sus integrantes no podría subsistir durante mucho
tiempo, y su pretensión era extender aquel mundo, según
su visión, a todos los lugares de la tierra, como única
forma de dar un destino común a su gente.
El Ayuno en el mes de Ramadán era otro de los
preceptos divinos instituidos por el Profeta. Consistía en
no comer, ni beber, ni oler los aromas o frutas y observar
perfecta continencia desde el momento del feger8, antes
de salir el sol, hasta que se ponía, en la hora del
mogareb, durante los veintinueve o treinta días del mes.
Desde la puesta del sol hasta la hora de la oración de la
mañana se podía comer, beber o divertirse cuanto se
quiera durante la noche, aunque algunos se dedicaban a
rezar.
Como consecuencia de esta tradición se celebraba la fiesta de la ruptura del Ayuno resultaba una festividad importante y esplendorosa para los musulmanes,
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Cuya oración se llama El-aàssar.
6
El-mogarèb.
7
El-àscha.
8
Crepúsculo.
8
que acaban con el padecimiento de no ingerir alimentos
durante un mes. En los palacios del principal Señor se
celebran recepciones solemnes, organizadas de forma
perfecta y con brillante pompa y magnificencia. En el
mundo musulmán de al-Andalus todo era refinamiento,
porque habían bebido la cultura del la hermosa y mítica
Bagdad.
Dentro de este ambiente religioso, los musulmanes comenzaban a comprender que su mundo mer-maba
frente al avance de los reinos cristianos del norte, y que
la preservación de su identidad religiosa era un instrumento vital para la supervivencia de una forma de vida
como la suya, ya que detrás de ellos no quedaba nada de
lo que habían dejado cuando tomaron la península.
La llegada de los almohades, su exceso de puritanismo y su política de intolerancia hacia la población no
musulmana ya supuso un cambio importante para el pueblo del aspirante. Muchos de ellos decidieron abandonar
las tierras que les habían pertenecido durante generaciones, que les habían visto nacer a ellos y a sus padres,
y emigrar a territorio cristiano que, evidentemente, tampoco era excesivamente seguro, aunque los reyes de aquellas tierras habían impulsado la entrada de los sefardíes, teniendo en cuenta el nivel científico y económico de los exiliados.
En la disminuida al-Andalus musulmana se oían
ya palabras de desprecio por parte de los poderosos
amos de la ciudad, desprecio por el diferente, el que no
se ajusta a la realidad deseada por el señor del lugar. Los
sefardíes buscaban el equilibrio entre la aceptación intrínseca del yugo que les era impuesto y la práctica de su
religión, a escondidas, sin que nadie pudiera acusarlos de
faltar a su palabra, llenos de miedo, pero, a la vez, llenos
de valor.
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Su mundo se había convertido en una lucha constante para mantener las tradiciones que habían sido un
regalo de sus antepasados, personas que habían luchado, igualmente, para conseguir un pequeño espacio en el
que sobrevivir con dignidad, en una especie de constante
Masada.
Todos los rabinos de los lugares donde los sefardíes intentaban encontrar una forma de vida eran plenamente conscientes de las implicaciones que suponía
para ellos la eterna guerra entre musulmanes y cristianos.
En el fondo la guerra entre religiones les perjudicaba absolutamente, dado que presuponía la necesidad de destruir a aquél que adoraba una imagen contraria o, al menos, alejada del Dios del vencedor.
De forma irrebatible estaban viviendo en un equilibrio inestable, un equilibrio que les obligaba a perder su
orgullo o convertirse en pequeñas sombras a las que nadie pudiera ver demasiado, so pena de llamar la atención
en exceso y atraer las miradas de los envidiosos y de los
fanáticos, pues ambos tipos de personas eran muy perniciosos para la subsistencia del que no podía utilizar la
violencia al encontrarse en inferioridad.
De niño, el aspirante preguntó a su padre el motivo de tanto odio y de tantas muertes. El padre, con lágrimas en los ojos, le dijo que si la generación era pecadora los justos son los primeros en ser castigados, sobre
todo porque si permanecieran con los pecadores acabarían siendo corrompidos.
Aquella era la respuesta del Zohar, la respuesta
del Esplendor. Pero la realidad resultaba mucho más
extraña y peligrosa. Los hombres no eran capaces de
comprender que el amor era el único mensaje, el mensaje esencial para mantener la existencia de una forma
digna. El ser humano, tan manchado de sangre que ya
no podía parar, era un asesino de asesinos, un mortal depredador de sus hermanos.
Tan lejos estaba el hombre de la bondad que
apenas comprendía que algunos seres, excepcionales,
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magníficos, se entregaran en el amor a los demás, ayudando a los desvalidos, comprendiendo y empujando hacia la vida a los abandonados, llegando a entregar su vida a los que tenían la muerte en la mirada.
En la mano de los hombres sólo cabía la espada,
una espada tremendamente afilada, si bien había acabado desgastada de tanto uso. El hombre siempre estaba
dispuesto a desenvainar el arma y demostrar a los demás
su valía, su valor, su poder, aunque para ello tuviera que
arrancar la vida del cuerpo de su hermano, de su padre.
Nada se escapaba del odio, del desprecio hacia la única
verdad.
Pocos sitios eran seguros para personas como
ellos, siempre mirando a los dos lados del camino para
ver si alguien se acercaba, siempre intentando pasar
desapercibidos, aunque sus vestimentas eran el menor
de sus estigmas y el mayor de sus orgullos. Siempre luchando por permanecer vivos, en esos instantes de su
historia comenzaba a oscurecerse su destino, encontrándose cerca de aquello que tanto temían, la huida, la
expulsión, el destierro.
Algunos habían llegado a pensar en la proximidad
del Apocalipsis, pues parecía como si se cumpliera la
profecía de Isaías9, según la cual “cesó la alegría de los
panderos, y se acabó el estrepitoso regocijo y el alegre
sonar del arpa. Ya no beben el vino entre cantares, y las
bebidas son amargas al que las bebe”.
Hacía mucho tiempo que la alegría era esquiva
para los sefardíes, que, no obstante, mantenían la sonrisa en el semblante, y la esperanza en el corazón, porque
esperaban, como lo habían hecho sus abuelos, que su
historia cambiara de forma radical, pues ellos siempre habían luchado y habían sobrevivido.
Si algo habían aprendido en sus largos años de
exilio de Israel era a esperar, a tener paciencia, a no pre9
Isaías 24,8-9.
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cipitarse en sus decisiones. El camino del judío era la
templanza, el contemplar la situación y aprovechar los
buenos momentos de cosecha para recolectar lo que, en
las largas temporadas de escasez, sería su sustento, su
salvación, cuan hormigas laboriosamente preparadas para la subsistencia en momentos de crisis.
No obstante, el miedo siempre se hallaba presente dentro del corazón de aquellos hombres, mujeres y
niños. Era el temor a no sobrevivir en esa ocasión, a no
estar a la altura de unas circunstancias como aquellas,
tan difíciles de asumir, de comprender. Entre dos bandos
enfrentados, ellos eran instrumentos escogidos de dominación y de rencor, y nada podían hacer al respecto.
Los cristianos, acumulando poder, eran un peligro
constante, pero su pueblo siempre había vivido en peligro, su pueblo siempre había sido perseguido, roto,
perturbado por la violencia de los otros, de los extraños.
Nunca había conocido una patria verdadera, sólo insólitos
remedos de hogar, porque los que practicaban su religión
no eran señores en ningún lugar.
Siempre los judíos habían sido condenados sin
permitir que se defendieran. El Talmud fue juzgado por
herejía y blasfemia en París en el año cristiano de 1240,
durante el reinado del rey Luis, el Santo. Dicho juicio
terminó con la condena y la quema de veinticuatro carretadas de obras talmúdicas.
Aquel episodio demostraba la imposibilidad de
convivencia entre los amos cristianos y los siervos judíos,
pues los cristianos siempre estaban buscando un chivo
expiatorio al que cargar con todos los males, y los judíos,
junto con los gitanos y otras minorías, eran los candidatos
más idóneos para tan rastrero fin.
Mucho antes, en el año cristiano de 1096, en mayo, muchos peregrinos armados que intentaban llegar a
Tierra Santa se ensañaron con las comunidades hebreas
en Europa. Así se causaron tremendos estragos, especialmente en Lorena, pues se consideraba que aquella
era la mejor forma de comenzar la Cruzada, siendo ese el
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fin que se merecían los enemigos de la fe cristiana, sin
distinción.
La matanza de hebreos fue, primero, obra de ciudadanos de Colonia que, al toparse con un grupo de
judíos, hirieron de muerte a muchos de ellos. Luego fueron a sus casas y sinagogas, repartiéndose el botín, saqueando y matando. Teniendo en cuenta la crueldad de
aquellos hombres, algunos hebreos aprovecharon la noche para escapar en barca a Neuss, pero fueron encontrados y masacrados.
Luego los cruzados se dirigieron a Maguncia. Los
hebreos, viendo que los cristianos no perdonaban ni la
vida de los niños, y no tenían piedad de nadie, empezaron a matarse entre ellos, llegando las mismas madres a
cortar el cuello a sus hijos lactantes o a ahogarlos, prefiriendo matarlos con sus propias manos que dejar que lo
hicieran los incircuncisos, pues eso supondría una profanación de sus cadáveres, algo que podría impedir que
acabaran en el reino de los Cielos.
En Tréveris, si bien muchos se bautizaron, para
evitar la muerte, algunos judíos tomaron a sus hijos y les
hundieron un cuchillo en el vientre diciendo que debían
enviarlos al seno de Abraham para que no se convirtieran
en una pelota en manos de los cristianos; mientras, las
mujeres se cargaron las mangas y corpiños de piedras y
se echaron al río desde un puente, buscando su propia
muerte.
Ulteriormente, en otro momento de su historia,
algo similar ocurrió en York, donde los judíos fueron
sitiados en un palacio hasta que no tuvieron provisiones y
acabaron con sus vidas después de que el rabino reconociera que debían perder la vida por defender su religión. El 17 de marzo de 1190 el rabino y la mayoría de
los miembros de la comunidad se inmolaron. Los padres
mataron a sus hijos y a sus mujeres. A la mañana siguiente el silencio fue lo único que encontraron los sitiadores.
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Era el eterno reto del judío, del pueblo de Dios,
que llenaba el mundo con su conocimiento y con su miedo, con sus caminos de infinita sabiduría, pero también
con creencias llenas de rencor hacia todo aquello que pudiera resultar nuevo para la mentalidad del que vigilaba el
cumplimiento de las enseñanzas, algo muy similar a lo
que sucedía con el hombre que servía al supuesto Dios
llamado Jesús.
Incluso Ibn Ezra10 ya había dicho:
“De los cielos ha caído la desgracia sobre Sefarad
mis ojos, mis ojos derraman agua.
Mis ojos lloran, como las fuentes por la ciudad de Lucena,
donde vivió solitaria la inocente comunidad exiliada,
sin ningún cambio durante mil setenta años.
Pero su día le llegó, su gente huyó y viuda se quedó,
sin Ley, sin Escrituras, ocultada la Misná,
abandonado el Talmud, toda su gloria perdida.
Criminales insaciables van de un lado a otro,
la casa de oración y alabanza se ha convertido en mezquita.
Por eso lloro y golpeo mis manos, mi boca llena de lamentos.
No puedo quedarme en silencio y digo: ¡que mi cabeza
se convierta en agua!
10
Abraham ben Meir ib Ezra, nacido en Tudela en
1089, uno de los intelectuales judíos más importantes. Incluso
Maimónides escribió sobre él a su hijo:
“Hijo mío, sé fiel a mí. Te animo a que leas y ocupes tu
inteligencia solamente en los comentarios y escritos de
Abraham ibn Ezra, porque son muy buenos y útiles para todo
aquel que los lee con claro raciocinio, lúcido entendimiento y
fina reflexión. No son como otros escritos, pues él es espiritualmente como Abraham, nuestro padre, que la luz esté con él.
Todo lo que leas de sus palabras y las alusiones que hay en
ellas, medítalo con buen razonamiento y piénsalo en profundidad con inteligencia aguda y análisis lógico”.
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Me afeitaré la cabeza y gritaré amargamente por la
comunidad de Sevilla,
por sus nobles asesinados y sus hijos esclavizados,
por sus refinadas hijas, convertidas a otra religión.
Córdoba está abandonada, su desolación es como un
inmenso mar.
Allí sabios y hombres ilustres perecieron de hambre y
sed.
Ni un judío, ni uno, ha quedado en Jaén ni en Almería.
Ni rastro queda en Mallorca ni en Málaga.
Los judíos que escaparon fueron cruelmente golpeados.
Por eso me lamento amargamente y aprenderé a entonar
una elegía.
De tanto dolor mis gemidos fluyen como el agua”.
La Iglesia de los cristianos había multiplicado los
decretos destinados a aislar a los judíos en la sociedad
que dominaban, pues podían ser el origen de la muerte
de la fe de la cristiandad. Así, la mayoría de los países
cristianos habían regulado la relación con los judíos, que
tenían vedado tener criados bautizados o servir de médicos a los cristianos, aunque dicho principio podía ser
vulnerado ante la necesidad del poderoso. Además, prácticamente no podían comerciar con los productos de primera necesidad.
Sólo se permitía que asumieran aquellos papeles
que no encajaban en la obra de Dios tal como había sido
reconstruida por los perversos mandatarios de una Iglesia
cristiana, cruel y egoísta, que buscaba el dinero por encima de cualquier otra cosa, incluso por encima de la propia salvación del alma, pues para ellos el alma era una
simple mercancía más que se podía comprar, vender o
arrendar.
Como cada persona cumplía un papel en la obra
de Dios, parecía que los judíos debían cumplir el papel de
víctima. En realidad, numerosos grupos e individuos habían sido excluidos, perseguidos y humillados, y vivían al
borde del abismo, odiados y mantenidos en un esquema
de insoportable crueldad.
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Sí los mendigos, los extremadamente pobres, esto
es, muchos de los siervos, los físicamente inválidos, los
que padecían enfermedades contagiosas e incurables
como la lepra, los esclavos, las prostitutas, los vagabundos o los criminales eran los marginados sociales y económicos, los judíos eran el centro de atención de los cristianos, dado que disponían de demasiado dinero para el
gusto de unos hombres que querían el enriquecimiento
sobre los demás.
Los judíos eran apartados de los cristianos y marcados con representaciones generalizadoras peyorativas
que se convirtieron en un uso común de los cristianos en
todo el mundo. Se consideraba que los judíos tenían un
olor concreto que les diferenciaba del resto de los mortales11, que eran avaros, promiscuos sexualmente, nigromantes, sodomitas, asesinos rituales de niños y, lo peor,
los asesinos de Cristo; no habiendo querido conocer su
mensaje, lo que demostraba, a todas luces, su ceguera
espiritual.
Mientras, los judíos, refiriéndose a los cristianos,
considerándoles impíos, utilizaban las Sagradas Escrituras: Pero vosotros, ¡Venga gozo y alegría, a matar vacas
y degollar ovejas, a comer carne y beber vino!12, o ¡Ay de
quienes madrugan en busca de licores y de quienes
trasnochan hasta que el vino les enciende!13. Era una
guerra de conciencias, una guerra en la que los judíos no
sabían que iban a perder, pues no eran conscientes del
problema que suponía luchar contra el que poseía el poder, contra el más grande.
11
Tal vez por la utilización del aceite de oliva para
cocinar.
12
Proverbios 11,22.
13
Isaías 22,13.
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Lógicamente, es estúpido luchar contra el que
podría matarnos sin que nosotros pudiéramos hacer nada, pero ellos tenían una extraña sensación de seguridad, un pensamiento infinitamente equivocado de impunidad mística, de impunidad religiosa, que les llevaba a
arriesgar, a veces, más de la cuenta.
El aspirante se llamaba Yehudá ibn Saprut, y era
un enamorado de la vida, de la belleza y de la justicia, por
encima de cualquier diferencia entre los hombres. Incluso
consideraba a las mujeres como seres merecedores de
igual consideración. En su hogar las enseñanzas eran
comunes a ambos sexos, y la vida era considerada como
un regalo que todo el mundo debía respetar.
Aunque ni siquiera se lo planteaba, en su pensamiento la igualdad de todos los hombres, sin diferencia
de religión, sexo o condición, era un hecho innegable, algo que se mantenía porque su sentido de la justicia estaba tan acusado que apenas podía aceptar que una
simple diferencia de condición mereciera un trato tan diferente como el que se estaba produciendo en su sociedad.
No concebía el odio, no concebía el ansia de sangre de muchos de los hombres que convivían en su ciudad, y en otras ciudades, musulmanas o cristianas. El
respeto era una idea que siempre tenía presente. No
quería, no podía pensar en el resto de los seres humanos
como en enemigos, pues estimaba que todos teníamos
en nuestras manos una parte del significado último de la
vida, y no se podía renunciar a alcanzar esta comprensión por una simple disensión temporal.
Su infancia se había desarrollado de una forma
semejante a la de cualquier niño perteneciente a una
familia adinerada y culta de al-Andalus. Recibió una educación completa, como sus antecesores, basada en el
conocimiento religioso, jurídico y literario.
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De pensamiento abierto, su familia le había enseñado que el conocimiento no era una forma de poder, una
posibilidad de exclusión, sino un instrumento de integración, un mecanismo que permitía ayudar a los más necesitados sin que ello supusiera rebajar la dignidad del que
poseía el saber.
Los orígenes de su familia se remontaban a
Hasdai ibn Saprut, médico en la corte del califa de
Córdoba, cuando Córdoba era una floreciente ciudad
musulmana de al-Andalus; cuando Córdoba era el símbolo máximo del refinamiento y de la plena integración
del hombre en su entorno.
Cuentan que Sancho I, rey de León, a quien apodaban el craso, debido a su sobrepeso, sufría un grave
problema que le impedía, incluso, montar a caballo, algo
esencial para un rey de aquella época. Por esta circunstancia los nobles se burlaban de él y prepararon una
conspiración para derrocarle. Al final le derrocaron y
echaron en el año cristiano 958, poniendo en su lugar a
Ordoño IV. Sancho huyó a Pamplona, donde vivía su
abuela la reina Toda de Navarra. Como no podían hacer
otra cosa recurrieron a la ayuda militar del califa de
Córdoba. Ahora bien, para solventar todos sus problemas
también necesitaban el auxilio del médico ascendiente de
Yehudá.
El califa, que era una persona bastante prepotente
había accedido a conceder la ayuda militar y prestar al
insigne médico al rey destronado con una condición, que
el rey de León y la reina de Navarra viajaran hasta su
palacio en Córdoba y se arrodillaran ante él suplicando su
ayuda. Cuando los dos reyes se personaron ante el califa
y se arrodillaron ante él se permitió a Hasdai ibn Saprut
actuar. Éste, por medio de unos brebajes a partir de
hierbas medicinales y el ejercicio físico curó de su sobrepeso al rey leonés.
Hasdai ibn Saprut ocupó altos cargos en la corte
califal de Abderramán III, y, además, colaboró en la traducción del griego al árabe de la Materia médica de
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Dioscórides, algo que proporcionó no pocos conocimientos y fama a la familia. Gracias a su labor se identificaron
numerosos nombres de plantas útiles en medicina desconocidos hasta entonces.
Fueron momentos felices aquellos días en los que
la familia ibn Saprut era respetada y considerada en toda
la península ibérica, pues su nombre llegó a todos los
puntos conocidos de la misma. Era un sueño hecho realidad, porque el reconocimiento conllevó la riqueza y la
tranquilidad, algo nada despreciable para una familia de
sefardíes que vivía en un entorno de musulmanes.
Luego vivieron momentos difíciles, porque su destino era existir con el miedo dominando todos los momentos de su existencia. No obstante, eran plenamente
conscientes del poder que suponía el conocimiento, de la
fuerza que suponía saber llegar a lugares donde el resto
de los mortales jamás habían llegado, y a los que nunca
llegarían fácilmente. Eran unos privilegiados en un lugar
donde el privilegio suponía la diferencia entra la vida y la
muerte.
En su familia prácticamente todos los hombres
habían sido médicos, en una enseñanza constante de
padre a hijo. En el ambiente ciudadano muchos médicos
eran judíos. Al menos ellos seguían las enseñanzas de
sus preceptores y aprendían en las aulas. Esa profesión
había sido un seguro de vida para toda la familia, que se
convertiría, de este modo, en protegidos de la autoridad,
dada la función que cumplían.
En el ámbito rural la medicina era ejercida sobre
todo por aficionados a los que se les atribuía una competencia tradicional y ciertas dotes particulares. Así el
mundo de la medicina se llenaba de viejecillas y curanderos, conocedores de las virtudes de ciertas plantas, y
de comadronas que habían adquirido experiencia desempeñando su oficio. Personas sin escrúpulos difundían creencias erróneas. Seres perversamente ignorantes convencían de sus conocimientos a la pobre gente que, desesperada, aceptaba cualquier remedio para salvar la
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vida o la salud. Se había alcanzado tal degradación que
la medicina era una profesión que debía luchar contra la
enfermedad y contra el enfermo a la vez, pues éste prefería creer a los que consideraba personas más cercanas a él que al médico, que se encontraba rodeado de un
halo de misterio que la gente temía.
Obviamente, eso no era muy seguro para los pacientes, que acababan, en el mejor de los casos, engañados y curados por su propia fortaleza; o, en el peor de
los supuestos, muertos como consecuencias de prácticas
terriblemente brutales e innecesarias.
No se sabía prácticamente nada de la mayoría de
las enfermedades, verdaderos misterios que se encerraban más allá del mundo de la realidad para convertirse en
castigos de una divinidad emocionada por poder controlar
a los hombres a través de sus débiles cuerpos. Al final el
lado místico de la enfermedad se encontraba tan marcado en la Medicina misma que nadie podía intentar separar Ciencia de Religión.
El hombre era un simple muñeco en manos de
una divinidad sin apenas conciencia de la piedad, porque
sus mensajeros en la tierra no eran capaces de transmitir
el menor respeto hacia la vida, lo que convertía al hombre
en un ser tremendamente vulnerable, un ser que no
importaba en absoluto en la creación.
La pequeña evolución de conocimientos que habían supuesto los años de la sabiduría clásica se habían
perdido hacía tanto tiempo que el mito y la realidad confundían el pensamiento racional, haciendo que creencias
populares se tomaran como mandatos médicos, y mandatos médicos objetivos fueran desechados por el pensamiento lineal de hombres que no eran capaces de entender la naturaleza humana.
Dios, siempre Dios, participaba en todas las facetas de la vida, incluso en la enfermedad, incluso en la
curación, haciendo que el padecimiento fuera consecuencia misma del pecado que el enfermo había cometido, por lo que la no curación no era consecuencia de
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la enfermedad o de la impericia del médico, sino del
propio Dios, que no consentía la sanación en castigo por
todos los pecados cometidos.
La muerte era un lugar común en aquellos días.
Morían dos niños de cada tres nacimientos, y los adultos
acababan destrozados por la ingente tarea de sobrevivir
en un ambiente absolutamente hostil. Apenas cabía la esperanza para una gran mayoría de hombres que sólo
vivían como bestias, trabajando, comiendo, concibiendo y
muriendo, en una huida a un futuro sin futuro que les entregaba a la amorosa Muerte. Era un ciclo constante, un
camino imperecedero, imposible. Todo dirigía a la humanidad a la Muerte, a la hermosa Señora que a todos igualaba en su fuerza y en su poder, un poder absoluto, el único poder que los hombres respetaban más allá de
cualquier creencia más o menos enraizada.
Por todo ello la muerte se había convertido en una
obsesión para todos, pero especialmente para los cristianos, que no paraban de reflejar su presencia en todos los
eventos en los que pudieran juntarse más de tres personas. En iglesias, en conventos, en monasterios, en las
propias casas, cuadros e imágenes varias demostraban
al hombre la futilidad de su intento de mantener la vida.
Al final todo se circunscribía a eso, el hombre debía creer porque no podía soportar que su vida no tuviera
ningún sentido, que su existencia fuera un raro accidente
sin finalidad ninguna. La esperanza en una vida después
de la vida era, pues, el único sustento de todos los que
pululaban por el infierno de la Tierra.
La familia del aspirante acabó huyendo al reino
nazarí de Granada, pues el mal de los cristianos se acercaba, y los poderes de Córdoba empezaron a descuidar a
sus súbditos de otras religiones menos importantes. Sin
embargo, aquella huida fue muy buena para ellos, dado
que Granada fue una maravillosa ciudad a la que la familia había aprendido a amar.
El Señor de Granada residía en bellísimos alcázares. Los lunes y los viernes por la mañana celebraba
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audiencia para la gente, asistido por su familia y por otros
personajes, en la Sala de Justicia, situada en la Sabïka.
La sesión siempre comenzaba dando lectura a un diezmo
del Alcorán14, y algunos hadices referentes al Profeta;
posteriormente el Ministro que asistía al Señor tomaba
las instancias que le presentaba la gente y las leía a
aquél. Al final el Señor siempre acaba decidiendo lo más
justo, o al menos eso era lo que creía la gente que acudía
a aquellos lugares para conseguir algo de justicia.
Las calles principales estaban empedradas y nacían en las puertas de la muralla. Las calles no tenían dirección fija, y de trecho en trecho eran más anchas o más
estrechas, en función de cómo se habían construido las
casas. De vez en cuando las calles se ensanchaban creando plazas naturales donde se comerciaba.
Aunque tenían un lugar propio donde vivir, algunos hermanos convivían con los musulmanes, lo que causaba mil disgustos a los pobres desgraciados, porque
excitaba con mayor frecuencia los lances desagradables,
en los cuales, si no tenía razón el judío, el moro se tomaba la justicia por su mano, y si la tenía, debía callar,
porque si acudía al juez éste se inclinaba siempre a favor
del musulmán.
Con el tiempo, esta desigualdad estaba comenzando a ser concienzuda y peligrosa. Si un muchacho
musulmán insultaba o maltrataba a un judío cualquiera,
sin tener en cuenta la edad o la condición de ese judío, el
sefardí no tenía derecho a quejarse y mucho menos a
defenderse. Así, los muchachos musulmanes se divertían
maltratando a los judíos, que no tenían permitida defensa
alguna.
En ningún momento se pretendía llegar a la justicia, sólo se quería que las otras creencias fueran abandonadas, porque ese era el principio fundamental de toda
religión, convertirse en la única religión, en la religión que
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El Corán.
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domina al resto, y eso se consigue mancillando al hombre, convirtiéndole en un muñeco que, a base de sufrimiento, ultrajes y humillaciones, dejaba de lado su verdadero yo para huir hacia delante, siempre hacia delante,
buscando la salvación del cuerpo.
Hasta su padre, un eminente médico que contaba
con la protección de los Señores de Granada, había
sufrido la persecución de jóvenes musulmanes incontrolados, que deseaban demostrar que Alá era el más grande, y que todo aquél que no se plegaba ante la voluntad
de Alá, y de su Profeta, era peor que los animales que se
devoraban entre ellos.
Ciertamente, los jóvenes fueron amonestados, pero eso sólo sirvió para que un pobre sefardí, sin instrucción, campesino, uno de los pocos campesinos sefardíes
que había, y su familia, acabaran perdiéndolo todo en un
incendio que demostró, a las claras, quien mandaba en
Granada.
La masa controlaba el mundo, y los imanes controlaban a la masa. No importaba lo que pudiera pensar o
decir la clase dirigente, lo importante era lo que en las
mezquitas se comentaba. Así, se extendía como la pólvora el odio a todo lo diferente, y lo diferente, fuera de los
poderosos cristianos que se acercaban cada vez más,
eran los pocos y patéticos judíos sefardíes que permanecían incansables en aquel mundo musulmán.
La humillación era moneda común para los judíos,
por eso debían pensar en salir prontamente de la ciudad,
porque el mundo que les rodeaba estaba convirtiéndose
en un peligro para cualquiera que no creyera en el Dios
del Señor de la zona, algo que, con menos fuerza, comenzaba a suceder en toda la península.
Su abuelo siempre decía, yes mamón, yes
15
kabod . De pequeño le contaban el cuento del Castigo
de Haim Pinto, que cuenta un milagro del rabino de ese
15
Hay dinero, hay honor.
23
nombre para hacer escarmentar a un funcionario musulmán que le había faltado al respeto. No obstante, la
realidad nunca se parecía a los hermosos cuentos de sus
padres o sus abuelos, pues el aspirante acabó comprendiendo que la vida era un cúmulo innegable de disgustos
para los sefardíes.
El aspirante adoraba los cuentos. Su familia se
había especializado en mostrar una realidad diferente a
través de la ilusión, y su abuelo era especialmente pródigo en ese tipo de relatos, que agradaban a grandes y
pequeños. La voz grave de su abuelo daba verosimilitud
a lo que contaba, convirtiendo todo un mundo de imaginación en un mundo paralelo, absolutamente real. Los
cuentos de Yohá eran especialmente agradables para los
niños, que se divertían con aquel hombre bobo y pícaro
que acababa por desarmar a sus atónitos adversarios a
pesar de su simplicidad y de su capacidad para ser engañado.
La magia estaba siempre presente en los relatos
de su familia, una magia blanca, sin mácula, perfectamente preparada para que el hombre de bien no cayera
en manos del maligno, pero que pudiera utilizarla en bien
de Dios, el único. Por ello la infancia del aspirante fue
siempre un reducto de paz y de amor, un lugar donde
acudir siempre que uno tenía problemas graves.
De pequeño siempre iba a la escuela cantando
una pequeña canción que había aprendido de su abuelo:
La Torá, la Tora,
mi fijico a la habrá16
con el pan y el quezo
y el livrico al pecho.
El aspirante era un buen estudiante, aunque no
gustaba de ser sometido a las constantes preguntas sobre religión, pues sus intereses eran otros, mucho más
importantes a sus ojos, porque siempre había querido ser
16
Especie de escuela para niños pequeños.
24
como su padre o como su abuelo, ya que llevaba la Medicina en la sangre.
Un día su abuelo le mostró un maravilloso libro
donde aparecía el mundo y todo el universo. Se quedó
maravillado, todo estaba en un estado de perfección de
tal magnitud que no podía dar crédito a lo que veía. Con
la Tierra en el centro, las esferas celestes suponían un
armonioso baile donde todos y todo podía ser posible.
Su abuelo le contó que las esferas de Júpiter y
Saturno estaban habitadas por las jerarquías de ángeles,
y que le centro del Universo era la Tierra, formada por los
tres continentes, Asia, África y Europa, divididos por el
mar Mediterráneo, el Danubio, el mar Negro y el Nilo.
No obstante, su abuelo le planteó una cuestión
que le dejó dudando todo el día, puesto que el padre de
su padre consideraba que era evidente que la tierra no
podía tener forma plana, como se planteaba en el dibujo,
pues el día y la noche no comenzaban al mismo tiempo
en todos los lugares del mundo, no pudiendo ser cóncava
porque el sol debería salir antes por el Oeste que por el
Este, por todo ello él estimaba que la Tierra tenía forma
esférica. El abuelo del aspirante era un gran estudioso de
la Astronomía, y se consideraba seguidor de Sacrobosco17, autor de un manual que comenta el sistema de
Ptolomeo y aportaba pruebas de la forma esférica de la
Tierra y de las órbitas planetarias.
La vida en la ciudad de Granada transcurría con
una inquietante e inestable tranquilidad. Era como si el
mundo se hubiera detenido por unos segundos para dejar
que el aspirante pudiera tomar un poco de resuello antes
17
Que parece ser esconde a un monje inglés llamado
John of Olywood.
25
de enfrentarse a un camino diferente, a un camino que le
llevaría a lugares insospechados.
Por la tarde una gran muchedumbre acudía a las
plazas para oír las pujas anunciadas en voz alta por los
agentes de almoneda, apiñándose en torno a los feriantes que se colocaban bajo un parasol. Los agricultores, las gentes del campo, acudían con prontitud a los
mercados, donde eran engatusados por faranduleros, funámbulos y equilibristas que les mostraban un mundo
diferente al duro trabajo al que estaban acostumbrados.
Otras personas, menos honradas, eran los vendedores de amuletos, que utilizaban cabezas de aves para engañar a sus clientes, pobres gentes que pretendían
cambiar su triste suerte. Astrólogos18 y echadores de
buenaventura19 se instalaban en tiendas y recibían constantemente a los pobres crédulos que intentaban descubrir su futuro, y las posibles salidas que tenían de su
triste situación. Algunos trazaban líneas sobre la arena,
otros esparcían piedras pequeñas sobre el suelo, algunos
utilizaban bolas de cristal que se suponían servían para
ver el futuro. Especial mención debían tener, en este punto, los que leían las líneas de las manos. La tradición judía daba gran predicamento a la estructura de las líneas
de las manos, sobre todo de la mano derecha, por lo que
muchas gentes simples se dejaban embaucar por hombres que, cono simples conocimientos de la lectura de
manos, se dedicaban a vivir de su supuesto poder.
Bufones soeces y borrachos contaban sandeces
al público, que disfrutaba con aquellos burdos comentarios. Existía una concepción muy lúdica de la existencia,
algo que no gustaba a los líderes religiosos musulmanes, que pretendían convertir la ciudad en una especie de
mezquita amurallada que sólo se permitiera el lujo de
18
Munaÿÿim.
19
Häsïb.
26
rezar y creer en Alá, donde la diversión se convirtiera en
un pecado fruto de la mano del maligno.
Los qäss20, de desbordante imaginación y fino ingenio, narraban historias donde el Profeta siempre aparecía, pues era una forma de acercar Alá a los hombres,
algo que todos los líderes religiosos pretendían, al existir
una especie de alejamiento del pueblo respecto de la religión que resultaba pernicioso para aquellos líderes.
También disfrutaba la gente de las ejecuciones y
de la exposición de los cadáveres ajusticiados en la horca. En todos los espectáculos fulleros profesionales intentaban ganar algo de dinero engañando a los transeúntes. Además, ladrones de hábiles manos cambiaban el
dinero de los bolsillos ajenos para introducirlo en los propios.
Comenzaban a proliferar hombres supuestamente
santos del Islam, que se dedicaban a recibir dinero de
todos los que pasaban junto a ellos. En Granada había
un santo que era, o parecía, un imbécil, anunciando su
presencia con un graznido semejante a un ánade. Vestido siempre de forma andrajosa y asquerosa, sus modales dejaban, también, mucho que desear. Asustaba a
los niños, sobre todo si estos eran sefardíes, pues gozaba especialmente torturando a los de otras religiones,
que, según su opinión, se merecían el sufrimiento que les
infligía por negar la realidad del Profeta Mahoma. Ese
hombre tenía la capacidad de devolver los alimentos ya
ingeridos a voluntad, lo que convertía su paso por las calles en un desastroso evento.
En la ciudad, la calle respondía a dos tipos fundamentales de funciones, según su ubicación, la Medina,
y los barrios dedicados a la vivienda. La Medina constituía la parte destinada a todo tipo de actividades, administrativas, mercantiles o industriales; en Granada era un
espacio dedicado a la comunicación, abierto a todo y a
20
Una especie de trovadores o cuentistas callejeros.
27
todos, lo que proporcionaba un caldo de cultivo delicado
para la convivencia entre religiones. En cambio, las calles
dedicadas a la vivienda, a moradas de personas que trabajaban fuertemente para subsistir, estaban concebidas
únicamente para la circulación y no para la detención, por
lo que eran estrechas y sinuosas, como una invitación al
caminante a no demorarse e importunar a los habitantes
de las casas.
Era una forma de ciudad intimista, la apreciada
intimidad en un mundo donde lo privado era importante
hasta el punto de necesitar especial cuidado por parte de
todos los que compartían espacios en común. El cristiano, apenas apegado a la privacidad, intentó acabar con
la libertad de ser uno mismo del pueblo andalusí, algo
que consiguió a base de ensanchar las calles y procurar
un mayor espacio a la gente, que podía detenerse en las
calles y entrar en el mundo de los hogares ajenos.
Progresó el mundo ante las miradas de todos,
compartiendo mesa y cama, hombres con mujeres, en un
intolerable, al menos ese era el pensamiento del habitante musulmán de Granada, intento de convertir toda la
convivencia en una comunidad de lecho, mesa y techo
donde hermanos y amigos compartían, incluso, la misma
cama con las esposas de los otros, en un aparentemente
inocente intento de economizar.
Muchas de las calles contaban con alcantarillado y
fuentes públicas de agua potable. El agua era un bien de
gran valor, que se cuidaba y se mimaba como en ningún
sitio se hacía, pues para el musulmán el agua era fuente
de la vida corporal y espiritual.
Junto a la ciudad de los vivos estaba la ciudad de
los muertos, que se encontraba fuera de la propia ciudad,
al lado de los caminos que llevaban a las puertas
principales de la cerca amurallada. Era un espacio abierto, con un servicio de vigilancia y de mantenimiento. Allí,
a la vez que se frecuentaba a los que se habían ido, los
hombres y las mujeres encontraban solaz y conversación
28
con otros desafortunados que habían perdido a un familiar, convirtiéndose en un lugar de sano esparcimiento.
La fachada de la casa de la familia del aspirante
era muy sencilla, con un amplio portón de dos batientes y
provisto de una aldaba; y con pocas ventanas, cubiertas
de celosías de madera, de manera que desde la calle no
podía verse el interior, mientras que los habitantes de la
casa podían ver la calle a través de ajimeces.
La puerta conducía a un vestíbulo de entrada, seguido por un corto corredor que desembocaba en un patio interior, que era el centro de la vivienda, con una alberca y una fuente. Una escalera conducía al piso superior donde vivía la familia. Disponían de un hermoso
jardín donde la familia pasaba las tardes disfrutando del
fresco de las fuentes y del aroma del azahar, de la granada y del limón, con sus sabrosos frutos dando color a la
vida. El jardín, que daba luz y aire a las habituaciones,
encontrando en el mismo abrigo de miradas indiscretas
las mujeres de la familia, se encontraba adornado con
riyäd21 y marÿ22.
Las salas de recibimiento y las habitaciones comunes acogían a toda la familia por la noche, que era
cuando se comentaba el día entre todos los miembros,
sin distinción de sexo. En dichas habitaciones se colgaban paños de lana fina y de seda para adornarlas, cu-
21
Arriates de flores.
22
Césped.
29
briendo el suelo con alfombras de lana de pelo largo23 y
seda24 de vivos colores.
En aquellos espacios, las alfombras y los tapices,
magistralmente teñidos con productos vegetales, eran
reyes en una casa real. Las alfombras suponían el abandono del espacio exterior, de la calle, e interiorizar el
mundo en el que estaban viviendo, convirtiendo la casa
en el refugio indiscutible de la familia, siempre unida,
porque la unión hacía la fuerza, y ellos necesitaban esa
fuerza.
A lo largo de las paredes de las habitaciones se
hallaban colocados largos divanes bajos. La comida se
desarrollaba en mesas redondas, también bajas25. Era
una casa de regocijo, de amor y de conocimiento, donde
se compartía todo, donde todos sentían lo que los demás
sufrían.
En las grandes fechas, cuando los visitantes acudían a la casa, el padre, patriarca, recibía a los invitados
sentado en su estrado, acomodado con cojines rellenos
de lana y adornados con borlas. Todo era simbólico, todo
suponía un paso más allá en la elegancia y en el reconocimiento del visitante.
En el mes de nisán26, entre el 15 y el 22, la familia
celebró el Pésah27, en conmemoración de la salida de los
23
Bisät, hanbal.
24
Qatïfa.
25
Tayfür.
26
Entre marzo y abril.
27
La Pascua judía.
30
judíos de Egipto, guiados por Moisés. Las dos primeras
noches se comía en familia, celebrando el poder de Dios,
el Señor de todas las cosas, que protegió a su pueblo
elegido.
Para el aspirante aquella fiesta era especial,
sentía un espíritu de conmemoración que no alcanzaba a
tener en otras fiestas. Quizá fuera la meticulosa realización de actuaciones para preparar el ritual, quizá la sensación de participación que tuvo desde pequeño, al
realizar él, durante algunos años, las preguntas del Ma
nistaná28.
En su casa se comenzaba con una meticulosa
limpieza de todo el hogar, incluyendo los utensilios y los
vestidos. El objetivo principal de esa limpieza era eliminar
cualquier resto de alimentos fermentados o que contuvieran levadura29, dado que, cuando los judíos salieron
de Egipto, el pan no tuvo tiempo de fermentar, al salir
precipitadamente, y por ello en el Pésah sólo se come
pan ácimo y se evita cualquier tipo de alimento fermentado.
Después su madre y sus tías escaldaban en agua
hirviendo los utensilios de cocina, sacando la vajilla
especial de esos días30. Era una tarea ardua, que a muchas familias les suponía un disgusto, pues las mujeres
del dueño de la casa, del padre de la familia, se esforzaban por demostrar su pulcritud a los vecinos y familiares que compartían la cena, obligando a los suyos a
vivir en condiciones infrahumanas durante los días de la
limpieza, y ello conllevaba, incluso, que debieran comer
fuera de casa, en la calle.
28
En qué se diferencia.
29
Hamés.
30
La loza de Pésah.
31
En la primera noche toda la familia se reunía en
torno a la mesa para cumplir con el ritual. Dejando un
sitio en la mesa al profeta Elías31, en una bandeja especial se colocaban los elementos preceptivos de la cena: los tres masot o panes ácimos envueltos en tela
blanca; un hueso de cordero32; un huevo cocido; lechuga33; y el haróset34. Junto a esta bandeja se colocaba una
jarra de agua salada y vinagre35, para mojar la lechuga.
El aspirante odiaba esa parte, ya que no podía soportar el
sabor del vinagre, pero su padre le había dicho que ese
sacrificio era bien visto a los ojos de Dio, pues el que se
esfuerza en superar sus repugnancias para adorar a su
Señor acabará viviendo en el Paraíso celestial.
Luego se bebían las cuatro copas de vino y se
salmodiaba la Hagadá, el relato de la salida de los judíos
de Egipto. Hasta que su hermano menor tuvo uso de
razón, el aspirante se encargaba, tal como se ha dicho
más arriba, de dirigir al cabeza de familia las preguntas
del Ma nistaná, algo que hacía sentirse importante al
joven.
Cuando su hermano acabó por asumir el papel
que él tenía en la fiesta, el aspirante desesperó por un
tiempo, porque sentía que había sido desplazado de su
posición de persona importante en el entorno familiar. Su
31
Eliyahu hanabí.
32
Representación del poder del brazo de Dios.
33
Utilizada como hierva amarga en representación de
la esclavitud del pueblo judío en Egipto.
34
Pasta de frutos secos, canela y miel, en representación del barro que los judíos utilizaban para hacer adobes.
35
vesaron.
Que representa el mar Rojo que los judíos atra-
32
padre, gran conocedor de su hijo, le explicó que ya no
debía hacer las preguntas del Ma nistaná porque él ya
era suficientemente mayor para conocer las respuestas,
por lo que tenía obligación de instruir a su hermano, no
debiendo dejarse guiar por la envidia.
Al poco tiempo del Pésah, el padre del padre del
aspirante murió. En Granada existía una hermandad llamada hebrá kadisá, cuyos miembros eran los encargados de lavar y amortajar el cadáver de acuerdo con la
Ley. Todos los parientes, incluido el aspirante, fueron
marcados con la queri´ á, la pequeña desgarradura en la
ropa signo de luto.
Amigos y familiares lejanos acompañaban a la
familia del aspirante manifestando su dolor con gritos,
llantos y sollozos. Aquello asustó un poco a los más pequeños, incluso al aspirante, pero tuvo que someter a su
voluntad el miedo, intentando ayudar un poco a su padre
en esos momentos de dolor, reconfortando a los que nada sabían de aquella extraña actuación para que no acabaran molestando a su progenitor, que apenas podía contener las lágrimas, tanto tiempo retenidas.
En el cementerio, el padre del aspirante pronunció
el cadís36 con lágrimas en los ojos, porque quería mucho
a su padre, que había sido siempre un ejemplo y un mito
para él. Durante la primera semana de abelut37, todos los
parientes cercanos del difunto se abstuvieron de todo
trabajo, comiendo en el suelo. Los amigos de la familia se
encargaban en esos días de procurarles todas las provisiones necesarias, aunque proliferaban los huevos duros.
36
Oración fúnebre.
37
Luto.
33
También se ocupaban de visitarles para distraerlos de su
dolor.
Después, durante treinta días, hicieron vida normal, pero debieron evitar las fiestas y mantuvieron la
queri´á en la ropa. El último sábado antes de acabar el
mes de luto riguroso volvieron a comer en el suelo, circunscribiendo la ingesta de alimentos a pobre agua y a
huevos duros.
Pasado el mes de luto su padre siguió diciendo el
cadís durante mucho tiempo, porque quería mucho a su
padre. También el aspirante sentía mucha pena por la
muerte de su abuelo, una persona a la que quería con locura, pues era amable con él, y siempre le tenía en cuenta, no despreciándole por su edad. Además sentía mucha
pena por su padre, al que el dolor se le notaba en el rostro deformando su faz, habitualmente jovial y alegre.
Cuando hubo transcurrido un año38 desde la
muerte de su abuelo todos fueron a su tumba a colocar la
lápida, pues aquella había permanecido con una cubierta
provisional durante ese tiempo.
Como ya sabemos, los judíos y los musulmanes
compartían la ciudad, pero no el poder. Cuando en el día
anterior moría un musulmán los judíos no podían salir a la
calle ese día por respeto a la despedida de sus familiares.
El entierro del musulmán era muy excepcional.
Los familiares ponían al muerto en unas parihuelas, cubriendo el cuerpo con una mortaja, y lo conducían precipitadamente, sin orden ni concierto, a la puerta de la
mezquita a la hora de la oración del medio día.
38
Cortadura del año.
34
Terminada la oración del medio día el Imán anunciaba que había un muerto en la puerta y todos los presentes oraban brevemente por el reposo del alma del fiel
creyente. Todos iban corriendo porque el ángel de la
muerte estaba esperando para hacer el interrogatorio y
determinar donde acabaría el alma del hombre.
Finalmente se dirigían al cementerio, donde el cadáver, después de una corta oración, era colocado en la
tierra sin ataúd, mirando hacia la Meca, la mano derecha
arrimada a la oreja por el mismo lado y como apoyada
sobre ella. Después se cubría el cuerpo con tierra y se
volvía a casa del difunto.
Durante ese tiempo hay un acuerdo tácito entre
musulmanes y judíos para no interferir en la procesión y
en el entierro, no vaya a ser que el ángel de la muerte
piense que el hombre era sefardí y le condene al fuego
eterno sin posibilidad de redención.
No obstante, los gritos de las mujeres durante los
primeros ocho días de luto no dejan lugar a dudas sobre
el evento acontecido, lo que supone una perturbación del
a tensa paz entre ambos pueblos, que se acercan de
forma inexorable a la ruptura absoluta de relaciones, a lo
que no está contribuyendo la actitud de Yehudá.
Ese primer día del resto de su vida, el 1 de enero
del año 1300, tal como hemos dicho al principio, Yehudá
había comido un plato de pichones de paloma. Su madre
había tomado un pichón gordo, y después de limpiarlo
cuidadosamente, lo puso en la olla añadiéndole un poco
de sal, pimienta, cilantro seco y aceite; lo hirvió un poco y
luego vertió sobre él agua hasta cubrirlo, posteriormente
le echó un cuarto de libra de azúcar y dejó que se
completara su cocción, hasta que estuvo hecho; después
lo rebozó con cuatro huevos batidos con azafrán y clavo;
le estrelló con yema de huevo y lo dejó en el rescoldo un
35
rato; finalmente lo vertió y lo espolvoreó con azúcar, espliego y clavo y lo sirvió.
Aunque los alimentos que se servían en aquella
época estaban muy condimentados, con sal, pimienta,
ajo, vinagre, orégano, perejil, mostaza, canela azafrán
clavo o jengibre, nadie era capaz de cocinar como su madre. Su madre era una mujer poderosa, fuerte, grande,
capaz de cargar el mundo sobre sus espaldas, era el
centro de la familia, el eje sobre el que se podía sustentar
el universo entero. Todos los habitantes de su hogar
adoraban a su madre.
Hacía muy poco tiempo que había celebrado su
bar misvá39. Que felices eran en aquel momento, despreocupados de los problemas que asolaban la tierra de
sus antepasados, inmersos en el reconocimiento de la
profesión de su padre. A partir de ese momento Yehudá
pudo participar activamente en los actos religiosos como
cualquier otro adulto, pudiendo formar parte del miniám40.
Para Yehudá aquella ceremonia fue verdaderamente importante, pues a partir de ese instante se convertía en un alumno de pleno de su padre y de sus maestros para aprender, algo que ansiaba verdaderamente,
que necesitaba como el aire o el agua, como los alimentos que ingería a desgana. Fue el momento de obtener
sus primeros tefellim41. La emoción embargó a la familia,
39
Hijo del precepto, ceremonia de la mayoría de edad
judía que los varones celebran a los trece años.
40
Grupo de diez hombres que constituye el mínimo imprescindible para realizar el culto público.
41
Pequeños estuches de cuero que contienen unos
pergaminos plegados en los que están escritos diversos pasajes del Éxodo y del Deuteronomio y que se atan mediante
correas a la frente y al brazo izquierdo durante la oración de la
mañana, simbolizando como el judío ha de tener siempre presente la Ley de Dios, tanto en su pensamiento como en sus
obras.
36
pues un nuevo médico se perfilaba en el hori-zonte. La
vocación de Yehudá, nunca discutida, era el júbilo de su
padre, el orgullo de su madre, y la garantía de vida en
aquella ciudad que tanto amaban.
Su padre le contaba que Dios creó al hombre con
el propósito que no cambiara jamás, que no se sometiera
a ninguna vicisitud, que fuera de humor constante y que
no variara jamás gracias a su fe, por ello fue colocado al
lado del Árbol de la Vida. En esos instantes el hombre era
feliz, y arrastraba su felicidad por el mundo regalando, a
cada instante, un poco de cariño. Pero el hombre no
estaba hecho para la felicidad. Adán y su mujer fueron
débiles y comieron la fruta del Árbol del Bien y del Mal,
con lo que condenaron a toda la humanidad al sufrimiento, un sufrimiento que el médico debía paliar en la medida
de lo posible, con los tristes medio que le proporcionaba
el propio Dios, bendito sea.
El joven aspirante, que no podía creer lo que estaba oyendo, comentó que no entendía por qué se condenaba a toda la humanidad, a toda la tierra, por el pecado de un solo hombre. Su padre sonrió, era un pensamiento recurrente en su familia, y le explicó que cuando
Adán se levantó todas las criaturas le temieron y le imitaron, por ese motivo los actos de Adán provocaron la
muerte en todo el mundo.
En el fondo el mensaje era claro, todo lo que el
hombre hace o debe hacer tiene que ser medido meticulosamente, comprendido y enviado al lugar que corresponde, porque el hombre no es más que un enorme
pecador que condena a todo lo que se mezcla con él al
abismo del infierno. La pasión, los bajos instintos, incluso
la propia bondad, puede esconder en el hombre el
camino de la perdición, por eso debía comprender
Yehudá que el mundo era demasiado grande como para
ser controlado adecuadamente.
37
Poco después de su bar misvá, los padres de
Yehudá celebraron el compromiso de su hijo con la hija
de un poderoso mercader sefardí que se asentaba en
Toledo, la ciudad donde acabaría sus días la familia, dado el cariz que estaban tomando los acontecimientos. Era
una boda muy buena para el joven, y suponía el lanzamiento de la familia fuera del la órbita musulmana.
Todo el mundo pretendía escapar de la ciudad,
pues la convivencia se estaba convirtiendo en algo demasiado complicado como para poder controlarlo. Las autoridades no eran capaces de parar a los creyentes que
veían como una obligación destruir al sefardí en una
muestra de amor a Alá. Por eso un compromiso con una
familia de una ciudad como Toledo era muy importante
en esos momentos.
Los esponsales se celebraron con la solemnidad
que requerían. La ceremonia se celebró en casa de la novia, como era de rigor en estos casos. Ese día se firmó el
documento donde se contenía las condiciones del casamiento, para después jurar los dos jóvenes delante del
haham42 las condiciones del casamiento.
Era un verdadero acontecimiento que dos familias
como aquellas se unieran convirtiéndose en los centros
de atención de ambas comunidades, separadas por el
miedo. Sobre todo la comunidad de Granada era un escaso grupo heterogéneo de judíos irremplazables para el
gobierno y el mantenimiento del poder de los musulmanes, por lo que vivían en precario.
42
Rabino. Rabí viene del término rab, que significa
señor o maestro, por lo que rabbi significa mi señor o mi maestro.
38
Obviamente, el amor no era necesario en aquellas
circunstancias, ni siquiera se pretendía que los jóvenes
se conocieran, para eso estaba el matrimonio y la sumisión de la esposa hacia su esposo, un común denominador de todas las religiones que pugnaban por sobrevivir en la península.
Aquello suponía una celebración social, en un
mundo en el que las celebraciones eran esenciales para
mantener unida a la comunidad. Yehudá regaló una hermosa joya labrada en Córdoba a su futura esposa, una
joven hermosa, pero absolutamente carente de interés
para el aspirante.
Para sus contemporáneos la mujer era un vientre.
La mujer se casaba muy joven con un hombre que se
acercaba a los treinta. La mujer, víctima de una gran
fecundidad tiene que pasar la mitad de su vida embarazada. La mujer, cualquier mujer, sometida a sus deberes como esposa, a la fidelidad al marino y a la autoridad
de éste, encontraba sólo compensaciones limitadas en el
amor a sus hijos.
Su padre, conocedor de la mente humana mejor
que nadie, y la de su hijo sobre todo, le comentó una vez:
“Rabino Yehudá dijo: El hombre está dirigido por tres
guías, el razonamiento inspirado por el alma santa, la
pasión inspirada por el malvado pecador y, por último, el
instinto de conservación común a todos los hombres,
llamado temperamento del cuerpo”.
Obviamente su padre le quería hacer ver que el
hombre, para ser santo, debe alejarse de la pasión y
acercarse al razonamiento, dado que éste es el único
camino para la salvación del alma, e incluso del cuerpo,
porque es la cercanía de la razón la que aleja las pasiones que nos empujan a realizar actos contrarios a las normas de los pueblos, actos que, frecuentemente, suponen
la desgracia para muchos. También aconsejó al aspirante
que dedicara su tiempo a las plegarias, pues éstas eran
39
como una escalera cuyo pie se apoyaba sobre la tierra y
su cabeza tocaba el cielo43.
Quizá ese era el problema. En la mente del aspirante Jasmina ibn Tahir se había convertido en un verdadero suplicio, tan lejana, tan hermosa, tan imposible.
Su percepción, afectada por la fiebre del amor, rememoraba las palabras de Ibn Zaydun:
“Alejados uno de otro, mis costados están secos
de pasión por ti, y en cambio no cesan mis lágrimas... Al
perderte, mis días han cambiado y se han tornado negros, cuando contigo hasta mis noches eran blancas...
Diríase que no hemos pasado juntos la noche, sin más
tercero que nuestra propia unión, mientras nuestra buena
estrella hacía bajar los ojos de nuestros censores. Éramos dos secretos en el corazón de las tinieblas, hasta
que la lengua de la aurora estaba a punto de denunciarnos”.
Ella olía a limón y a rosas, a ámbar gris y a violeta. Era una bella joven que dominaba todos los instrumentos de la seducción. No obstante resultaba, a la vez,
sencilla y amable, agradable e inteligente. Tenía un algo
especial, una luz distinta que enamoraba a todo el que la
veía.
Él la quería de verdad. Sentía que su alma se
desgarraba cuando comprendía que su amada había
muerto para él, que había desaparecido la menor esperanza de estar juntos. Todo había sido demasiado triste.
Dos jóvenes se amaban, dos jóvenes querían compartir
cuerpo y alma, pero la realidad se imponía, la realidad y
el odio ancestral a los otros, a los diferentes.
Lo extraño había sido conocerla. La mujer musulmana salía poco, consagrada al aseo personal y al cuidado de su belleza. La conoció en la visita de Jasmina a
43
El padre de Yehudá estaba parafraseando el
Génesis, 18.12.
40
una dalläla44. Sólo podía verla cuando ella iba a ver a
alguna amiga que estaba en el secreto; o en el paseo
hacia al hammän45 que Jasmina hacía dos veces por
semana, por la tarde, para poder estar con sus compañeras, aunque en su hogar existía una abzän46. Allí tomaba la merienda y se ponía en manos del personal femenino y de las maquilladoras que depilaban su cuerpo, le
aplicaban alheña y le untaban el pelo con aceites perfumados.
Los baños eran característicos de al-Andalus.
Atravesando un vestíbulo estrecho se llegaba a una sala
con cabinas donde se guardaba la ropa, luego se llegaba
a la sala fría, que tenía una alberca, después se pasaba
ala sala templada para acabar en la caliente, que era doble, en la primera habitación uno era enjabonado por los
mozos y los masajistas en alcobas provistas de bancos;
la segunda daba a la sala de calderas.
Jasmina era una joven culta, que había recibido
una esmerada educación. Conocía el arte de las buenas
formas y de la cortesía. Siempre se quiere pensar que el
amor rompe cualquier barrera social, pero las cosas no
son tan simples, porque las reglas de aquella sociedad
eran más rígidas de lo que se pensaba.
Las mujeres mayores acusaban a las jóvenes de
ser demasiado libertinas, y a los padres de ser demasiado permisivos, puesto que las jóvenes no respetaban la
tradición del velo, lo que generaba no pocos equívocos
entre hombres y mujeres. Por eso la situación de Jasmina
y Yehudá fue muy comentada.
Cuando fue consciente de la realidad el joven
acabó demasiado afligido y dolorido como para poder
44
Vendedor de almoneda.
45
Baño público.
46
Bañera.
41
perdonar al hombre que había generado ese dolor, aunque sabía que nadie les habría ayudado, que nadie habría aceptado la nueva concepción del amor que ellos
pretendían.
En esos momentos, en ese lugar, el amor resultó
lo menos importante, lo importante fue el poder, la fuerza,
y un matrimonio en el que se mezclara la sangre era mal
visto por todos. La raza y la religión suponía lo único que
tenían las personas para ser respetadas, para sentirse
dentro de una determinada comunidad, eso era tan importante que nadie podía vulnerar las normas sin sufrir un
castigo.
Su padre había comprendido la pasión, pero no
había aceptado la mezcla, sobre todo porque Muhammad
ibn Tahir, el poderoso hermano mayor de la joven nunca
permitiría que un sefardí desposara a su hermosa hermana. La muerte era certera para el aspirante si no huía
prontamente de su maravillosa ciudad, por eso la comida
celebrada era una comida de despedida, de tristeza, de
desesperación.
Muhammad ibn Tahir nunca hubiera permitido que
su hermana perdiera la religión de sus padres, y menos
que se viera sometida a una conversión a otra religión,
sobre todo cuando dicha religión era la del aspirante.
Todos sabían que el ritual para realizar la conversión de
una mujer al judaísmo conllevaba que tres rabinos la
inspeccionasen desnuda en un baño de purificación, lo
que hubiera sido una ofensa para el hermano.
La regla de los fieles a Mahoma era clara, si bien
un musulmán podía casarse con una judía o una cristiana, siempre y cuando los hijos de ese matrimonio sean
musulmanes, un judío no puede casarse en ningún caso
con una musulmana. Era la ley de los señores del Islam,
y nada podía cambiar dicha ley, ni siquiera el amor.
Los sefardíes, siempre acostumbrados a los obstáculos, también habían aprendido a soportar la discriminación, el odio, habían comprendido que nada conseguían luchando contra poderes tan importantes como
42
los señores de Granada o contra los nobles y reyes de
los territorios cristianos, sólo podían esperar, rezando en
su fuero interno.
Yehudá hubiera renunciado a su fe, no demasiado
arraigada, pero sabía que eso sería la muerte de su familia dentro de su entorno. Los judíos de la región, si bien
tolerantes, no como los del norte, sentían la necesidad de
defender la tradición, y la huida de un descendiente de
una gran casa supondría un golpe demasiado fuerte para
no resentir la frágil estabilidad de la zona.
La cohesión en el grupo sefardí era lo único que
podía conseguir que no desaparecieran. Por eso se debían sacrificar y aceptar el dolor que le embargaba de
una forma tan brutal. Formaba parte de una sociedad, de
un mundo, y ese mundo dependía de cada gesto que
hacía, igual que él dependía de lo que el mundo decidiera
sobre su persona y sobre su vida. No es otra cosa que la
supervivencia del más fuerte. La lucha por la vida dentro
de un mundo en constante lucha, una lucha fraticida y
cruel, despiadadamente real.
El aspirante era consciente de ese hecho, por eso
tenía que huir, por eso su vida se acababa, porque, en
aquellos momentos, el mundo era duro y peligroso, y sólo
la pura supervivencia constituía de por sí una preocupación constante y un fatigoso empeño. La tierra era bañada constantemente por la sangre, y las luchas entre
religiones no hacían sino poner más lágrimas en los ojos
de las madres.
Recordó a Yehudá Haleví, cuando decía:
“Los exiliados de Sión que viven en España
dispersados en medio de los árabes y por Idumea
igual que niños privados de su madre, sus corazones
se liberan y vuelan hacia el Templo.
Han vertido sus oraciones, pero la Roca se esconde,
Han escuchado las injurias, pero él permanece mudo.
Soñaban con volver a Sión,
Pero cuando despiertan no hay nadie que interprete sus
sueños”.
43
La partida estaba próxima, demasiado próxima. La
verdad de su existencia se reflejaba de forma oscura y
gris en el agua de la jarra, en el emplomado cristal de la
ventana, en los verdes ojos de sus hermanas, en las lágrimas, apenas contenidas, de su madre.
Yehudá sabía que aquello sería lo único que contentaría al Sanedrín, la fuente de todo el pensamiento religioso judío, que esperaba de todos sus fieles que se
comportaran de una forma adecuada, siguiendo una férrea tradición que, al menos, les había permitido permanecer vivos y unidos.
La madre del aspirante fingía ser feliz mientras
sus ojos se esforzaban por no perder ni una gota de
agua. El dolor de sus hermanas era plenamente visible,
desgarradas y llorosas abrazaban constantemente al joven, que había perdido la oportunidad de ser en aquella
ciudad por una locura de amor.
Su nombre, Yehudá, acompañado de suspiros y
lágrimas, sonaba por todos los rincones de su hogar. Era
una fuerza que descomponía la lánguida y plácida existencia de los suyos. El cambio, la llegada de lo nuevo, se
cebaba en los que quería para que todos comprendieran
que una nueva realidad se empezaba a vislumbrar a lo
largo del túnel de su historia.
El aspirante estaba, no obstante, perturbado. Por
una parte sentía como si su alma hubiera sido lacerada
por un cuchillo, pues no solo había perdido al ser que
más amaba, sino que dejaba a los suyos a su suerte,
pero el viaje le excitaba, iba a convertirse en lo que siempre había querido, y lo iba a hacer antes de lo previsto.
Su Granada natal había alcanzado la decadencia
hacía mucho tiempo, y el interés por las ciencias de los
antiguos había decaído, siendo reemplazado por el interés por las ciencias religiosas, algo que perjudicaba grandemente a todo aquél que quería conocer la verdad. Si
bien los estudios médicos tuvieron continuidad, siendo la
ciencia que quedó mejor parada por el advenimiento de la
intransigencia religiosa.
44
Se había transformado en un desterrado, un marginado. Era la exclusión de un hombre de su tierra. Ahora
se le había excluido de su habitual ambiente de vida, le
habían convertido en un exiliado. Cuando el sol asomara,
se iniciaría el triste camino del exilio, de la pérdida de la
infancia.
Consciente del dolor humano, él había intentado
siempre comprender el funcionamiento del cuerpo y de la
mente para desentrañar el problema último del hombre, la
muerte, la cercanía de la despiadada muerte que destruía
a todos, ricos y pobres, nobles y plebeyos, siervos y
amos.
En la despedida trágica, dos días después, su
padre le entregó varias cartas de presentación para las
santas comunidades que iba a conocer, así como para el
Rabino Sheshet, hombre sabio e inteligente, estudioso de
la Torá, que sería su preceptor y director en el viaje espiritual que todo hombre como él debía hacer.
Toda su familia, como una piña, se unió en aquellos momentos en los que un hijo perdía su legado y se
alejaba del mundo que le era común, para acercarse a
otros lugares, extraños, incomprensibles. Una de sus tías,
una mujer que había sobrevivido a sus hijos y a sus dos
maridos, convirtiéndose en una viuda rica, le entregó una
bolsa con monedas, porque ese era el único legado que
podía usar fuera de su casa, en el mundo de los otros, de
los demás.
Desconocía, en esos momentos, el camino que
iba a seguir, pues sólo pensaba en vivir en una ciudad
cristiana, Toledo; pero el mundo nunca es como nos lo
imaginamos, ni siquiera es como debería ser. Yehudá sabía que aquella aventura le iba a llevar lejos, lo que no
sabía era lo lejos que le iba a llevar. Lo peor para él era
que no tenía ninguna confianza en la religión de sus
45
padres, por ello siempre había sido algo irreverente con
las creencias de los demás, porque estimaba que la vida
era demasiado corta como para dedicarla a idolatrar a un
grupo de personas que se decían reveladores de la palabra de Dios.
El aspirante era plenamente consciente que Dios
era otra cosa, una imagen grabada en un inconsciente
común, consecuencia de una idea superior que creaba y
existía con independencia de las imágenes que sus discípulos pretendían extender con sus mentiras y sus medias verdades.
Yehudá comenzaba, sin saberlo, uno de los caminos más difíciles e interesantes que una persona podría
tomar, el camino del conocimiento, de la plena asimilación del yo y de la realidad que le subyace. En esos momentos era un adolescente, un joven que pretendía, solamente, curar a los enfermos, pero su destino iba mucho
más allá, mucho más lejos, porque él debía recorrer el
camino que muchos no han conseguido recorrer.
El camino del conocimiento es un camino exigente, que te obliga a abandonar las creencias últimas e íntimas que tus padres te regalaron convenientemente aleccionados por la cúpula religiosa de cualquier religión. No
obstante, dicho camino es un camino de alegría, de
plenitud, aunque, la mayoría de las veces, también de soledad, porque es un camino que debe hacerse sin obstáculos, con la mente abierta, libre.
Pocos hombres alcanzan ese estado especial,
que supone la negación de todo lo conocido para aceptar
los signos que nos regala el mundo, signos que demuestran la verdad, aunque muchos hombres se nieguen a
verlos por el miedo a lo desconocido, a lo inexplicado, a
lo que no pueden controlar.
Era pues la fuerza de Yehudá lo que le hacía
diferente. Pero no solo su fuerza, también su espíritu,
criado libre en un mundo de esclavos, demostraba la
esperanza de la humanidad. Quizá sea por eso que el
46
aspirante llegó al lugar donde muchos otros quisieron
llegar pero ninguno lo consiguió.
Se iba a encontrar con un mundo que no esperaba, el mundo cristiano, donde los sucesos ordinarios se
registraban en relación con las fiestas religiosas y los
santos del día, donde el año principiaba en el mes de
marzo, si bien empezaba oficialmente el Pascua; donde
las horas del día recibían los nombres de los rezos canónicos: maitines hacia medianoche, laudes alrededor de
las tres de la madrugada; prima al orto solar o hacia las
seis de la mañana, vísperas a las seis de la tarde y
completas a la hora de acostarse.
Quizá por eso el mundo se encontraba rodeado
de una imprecisión extraña, una imprecisión que impedía
a la gente conocer lo que les rodeaba de una forma
adecuada, dado que todo lo que existía estaba construido
por el mito y la leyenda.
47
SEGUNDO.
El jueves ocho de Shawwal de 695, equivalente,
de acuerdo con el calendario cristiano, al 3 de enero de
1300, el aspirante, el peregrino Yehudá, salió de Granada.
Desde Granada hasta Toledo había tres jornadas
de camino. Allí existía una santa comunidad y hombres
sabios e inteligentes, grandes príncipes del saber, príncipes que poseían heredades que nadie les podía expropiar por la fuerza. Entre ellos se encontraba el Rabino
Abrahán, jefe de la academia rabínica, ante el cual estudiaban muchos eruditos.
En sus manos un pequeño pergamino tenía escrito el siguiente mensaje:
“Vuestras iniquidades cavaron un abismo entre
vosotros y vuestro Dios; vuestros pecados hacen que Él
oculte su rostro para no oíros; porque vuestras manos
están manchadas de sangre, y vuestros dedos de iniquidades; vuestros labios hablan mentira y vuestra lengua dice maldades”47.
En el camino se encontró con un grupo de gitanos
vagabundos que buscaban unos pocos maravedíes. Una
gitana intentó leer las líneas de su mano; él era joven e
47
Isaías, 59, 2-3.
48
inexperto, y no supo decir que no. Cuando la mujer contempló aquella blanca e inmaculada mano las suyas comenzaron a temblar. Con los ojos llorosos y el alma destruida la mujer gitana se alejó de Yehudá sin mediar
palabra. Aquello fue sorprendente para el joven, porque
su madre le había dicho que las líneas de la mano encierran grandes misterios, al igual que las de los dedos.
Intentó, en vano, perseguir a la mujer para que le
explicase cual era el motivo de su huida, pero la gente
que le acompañaba, de su misma raza, le hicieron desistir, amablemente, porque ellos sí habían entendido lo que
la mujer había acabado por descubrir del hermoso joven
que huía a Toledo.
Perturbado por la escena, Yehudá no se encontraba en el mejor momento, pues su corazón estaba destrozado, y su mente estaba plagada de negros nubarrones y de un profundo miedo. Nunca se había alejado del
manto protector de su familia. Su padre siempre había
sido una amalgama, un refugio al que acudir cuando los
problemas crecían alrededor, por eso en aquellos momentos en los que se encontraba verdaderamente solo,
se encontraba absolutamente aterrado y desesperado,
aunque pretendía ocultar ese sentimiento a todos los hermanos de la santa comunidad.
Toledo era tal y como esperaba, oscura, gris, muy
alejada de su ciudad natal, de su mundo. La comunidad
judía le recibió con los brazos abiertos, amable, cariñosa,
aunque demasiado condescendiente. Allí le llamaban
mustarabim, un sefardí arabizado, alguien que no había
sido capaz de conservar el regalo de los antepasados en
todo su esplendor.
Se sentía como un extraño en un mundo de extraños. Era un forastero perdido en aquella ciudad incomprensible y terrorífica, un extranjero que había perdido a
49
su padre y a su madre, los verdaderos referentes de su
existencia, y que estaba temblando de puro miedo, miedo
a lo desconocido, a lo diferente, pero también miedo a no
ser capaz de enfrentarse al nuevo mundo que se avecinaba.
En la ciudad convivían varias culturas en un ámbito muy limitado, lo que complicaba enormemente la
existencia de los más débiles. La ciudad se emplazaba
en un altozano rodeado por el Tajo, que casi la ceñía por
completo, condicionando su expansión y obligando a sus
habitantes a hacinarse en pequeños hogares donde se
debía repartir el poco espacio posible.
Allí donde miraba encontraba multitudes de personas conviviendo en espacios limitados, cristianos y
judíos se hacinaban en pequeñas casas sin apenas luz,
tristes lugares lóbregos donde el hombre sólo era una
masa de carne que ocupaba un espacio, pero que no
podía conseguir en ningún instante la intimidad.
Tal vez ese fuera el principal problema que sentía
en algunos momentos de flaqueza, la falta de intimidad
que irradiaba toda la ciudad, pues no había un solo lugar
en aquel extraño mundo que pudiera ser considerado
privado. Todo se compartía, incluso la cama, incluso los
lugares donde uno hacía sus necesidades.
Procuró no tener en cuenta el oculto desprecio
que sentían la mayoría de sus hermanos en la fe por todo
aquello que no querían conocer, aunque sentía dolor
cada vez que pensaba lo difícil que era compartir la vida
con seres que sólo admitían una forma inmaculada de
existencia, algo carente de sentido.
Las calles tendían a ser malolientes y a estar
sucias porque, habitualmente, los desperdicios se tiraban
en la calzada y, a menudo, se vaciaban los orinales desde las ventanas de los pisos altos, a lo que hay que
añadir los excrementos de las docenas de animales que
pasaban por las mismas. Las calles habían acabado siendo cloacas a cielo abierto donde reposaba la inmundicia
sin el menor pudor.
50
En ningún momento Yehudá tuvo la sensación de
orden que sentía en su ciudad. En Toledo los cristianos
hacían lo que deseaban y los judíos, contagiados por la
desidia, tampoco ayudaban a convertir la ciudad en un
lugar habitable. Su padre le había dicho que no criticara
las condiciones de vida de sus hermanos, porque él estaba allí para aprender, pero era consciente del peligro que
suponía vivir rodeado de inmundicia.
Los desagües no eran adecuados, y el río estaba
contaminado con los despojos de los carniceros, los desechos de los curtidores y los detritos, acumulados, de
las multitudes. No todas las calles estaban pavimentadas,
así, las calles más pequeñas y los callejones sólo estaban cubiertos de grava y arena. Que lejos estaba la
ciudad del aspirante, su ciudad, limpia y llena de aire cálido y cercano.
La Judería era una ciudad dentro de la ciudad,
con su muralla, que se abría por la Puerta Assuica hacia
la Puerta de los Judíos, Bab-al-Yahud, sus lugares de
culto y sus baños. La zona comprendida entre el barrio de
Zocodover y el de la Gran Judería, junto al barrio de los
francos, reunía la Gran Mezquita, convertida en iglesia
desde la conquista en el año cristiano de 1085 por parte
de Alfonso VI, una sinagoga, una feria de animales, suqal-dawab48, y, sobre todo, la Gran Catedral. Sus calles
estrechas y tortuosas bajaban hasta el río. En la plaza de
Zocodover se realizaban transacciones de cereales, se
vendían carnes, pescados y verduras, mientras curtidores, ceramistas, orfebres y sastres exponían sus mercancías y ofrecían sus servicios.
Los monarcas tenían una actitud ambivalente respecto a su pueblo. Si bien se insistía en que los judíos
venían del linaje de aquellos que crucificaron a Jesucristo, y se les imponía la obligación de vivir en lugar
distinto y llevar una señal que les identificara en su ropa,
48
De donde viene el nombre de Zocodover.
51
al mismo tiempo se obliga a los cristianos a respetar la
sinagoga, dado que en ella se loa el nombre de Dios.
Aquí estaba muy presente el segundo concilio
cristiano, donde se prohibía a los judíos el matrimonio
con cristianos y el desempeño de cargos públicos; asimismo se prohibía la conversión al judaísmo y la circuncisión.
La vida diaria ofrecía de continuo ilimitado espacio
para un ardoroso apasionamiento y una fantasía pueril. El
cristiano, temeroso de la vida, negaba la belleza y la
dicha porque iban unidos a ellas dolores y tormentos, y
celebraba su indignidad con flagelaciones y cánticos. Los
arrepentidos se arrojaban al suelo delante de todos los
presentes para confesar con lágrimas sus grandes pecados, demostrando su piedad y aceptando el castigo divino, convenientemente decidido por el representante del
Dios cristiano en la tierra.
El cristiano partía del mundo de los vivos de la
misma forma que entraba en él, desnudo, aunque algunos podían permitirse llevarse una parte de su indumentaria. La muerte en Toledo era un espectáculo cotidiano.
Los cristianos acababan en sus tumbas envueltos en sudarios, o cubiertos de madera, según el dinero de la
familia. Aquellos rituales recordaban a Yehudá a sus señores de Granada, los fieles de Alá, que parecían más
cercanos a los cristianos de lo que ellos querían pensar.
Cientos de misas se celebraban en las iglesias de
los todopoderosos cristianos para ayudar a los muertos a
alcanzar el cielo, pues se pensaba que eso podía suponer la diferencia entre una condena o la salvación.
Aquello, se mirase por donde se mirase, era una solemne
tontería, sobre todo a los ojos de los pobres judíos que
debían contemplar como la fe de uno de sus apostatas
acababa siendo la guía de los que ostentaban el control
de sus vidas en muchas tierras occidentales.
Era inconcebible que las locuras se convirtieran
en dogma, pero así sucedía con los cristianos, los musulmanes o los judíos. Las tres religiones del Libro se
52
habían empeñado en crear un mundo absolutamente
disfuncional donde la realidad no tenía cabida, en ningún
momento, en los espesos pensamientos de los dirigentes
religiosos.
Las manos del pueblo se manchaban de sangre
mientras el iman, el sacerdote, o el rabino, controlaban el
mundo a su antojo, dirigiendo una estúpida y peligrosa
partida de ajedrez en la que los fieles eran piezas desdeñables, apenas útiles, que se manejaban con el mismo
desprecio que se tenía a las otras religiones.
Se odiaba a lo judío porque había sido un lugar
común al que acudían los invasores para controlar la
realidad. Era el mundo de las ideas sobre el mundo de
las realidades, pero ellos habían perdido. El rencor se
intentaba ocultar disimulándolo a base de extrañas teorías sobre el pensamiento instintivamente criminal de
todos los judíos. Obviamente aquello era mezquino, pero
lo era tanto como el propio pensamiento del pueblo de
Yehudá respecto a los cristianos.
Todo se centraba en la misma oscura causa, en la
necesidad de tener un referente de diferencia para asumir
la propia postura respecto al mundo, y ese referente debía ser odiado, porque el amor era algo demasiado caro,
demasiado precioso, para desperdiciarlo con alguien a
quien no se conocía, ni se quería conocer.
El primer problema que se encontró Yehudá fue
las rígidas costumbres de todos sus anfitriones. Acostumbrado a la laxitud de la plegaria en su mundo de origen la férrea disciplina talmúdica de aquellos hermanos
residentes en Toledo le resultaba enormemente compleja
y dura, pues la creencia se había convertido en un rito,
repetitivo y cruel, donde no había espacio para el amor y
la piedad. El placer era, en sí mismo, pecaminoso.
53
Si en su hogar la fe era algo esencial, algo que se
aprendía desde niño, haciendo que la intención fuera lo
más importante a la hora de relacionarse con Dios; allí lo
importante era el ritual, aunque el mismo fuera desarrollado con completa desidia y absoluta falta de fe. El judío
sefardí debía aceptar los mandatos de los Libros de una
forma tajante, aunque la lógica le dijera que eran erróneos, porque la lógica, en el fondo, no era sino un instrumento del Diablo para confundir al hombre.
Todo el mundo parecía conocer su historia con la
NShGZ49. Le resultó enormemente complicado contenerse cuando conceptuaban a su amada de zonah, pero su
obligación como invitado suponía aceptar los insultos,
bienintencionados, de sus hermanos, que tanto bien le
estaban haciendo.
Se le consideraba, se le presuponía pecador, se le
estigmatizaba, porque se creía que nadie podía pensar
en meterse en el problema en que el aspirante se había
metido sin la intervención del Señor de la Oscuridad. Esto
conllevaba que el alma de Yehudá estaba en peligro, y
que la obligación de sus hermanos era ayudarlo a salvarse, aún en contra del propio y verdadero deseo del
joven, que no se consideraba, en ningún momento, condenado, pues veía el amor lo suficientemente hermoso
como para no llegar a asociarlo al mal.
Un Rabino, en su enseñanza de la doctrina, intentó explicarle la verdad desde la perspectiva de la tradición, utilizando el ejemplo de Lot y sus hijas. Así, el
significado de las palabras, dijo la menor a la menor:
nuestro padre es ya viejo démosle vino, embriaguémosle
y acostémonos con él50, era claro, las hijas de Lot
representaban las dos guías inferiores del hombre, la
49
Niddah, shifhah, goyah, zonah (algo así como
esclava, gentil y prostituta).
50
Génesis 19,31.
54
pasión y el instinto, donde la pasión, desmedida, poseída
por el mal, empuja al instinto hacia lugares en los que el
instinto, por si mismo, nunca iría.
Odiaba la actitud prepotente de sus hermanos, la
incultura de muchos de los hombres a los que debía
amar, que creían a pies juntillas en el mal de ojo, y que
pensaban que su amada le había hechizado. El mal de
ojo era una de las supersticiones más populares entre los
sefardíes. Se tenía como un maleficio que una persona
podía proyectar sobre otra con sólo mirarla. A veces se le
atribuía el origen de algunas enfermedades desconocidas
o difíciles de curar, algo que llegaba a enfermar a
Yehudá.
Contra el mal de ojo se ponían en práctica una
serie de procedimientos rituales que contrarrestaban sus
efectos malignos y que, en el fondo, sólo servían para
estafar a los incautos que creían estar aquejados de tal
mal, pues de nada servían las pantomimas que se realizaban ante los ojos atónitos del afectado.
No obstante, su obligación era aceptar que era
una oveja perdida en el mundo del diablo, pero su espíritu
era demasiado libre para aceptar que todos aquellos
hombres que tanto le criticaban pudieran tener razón,
porque, en el interior de su propia fe, sabía que el amor
era la única verdad duradera.
Llegado el Ros hasaná51, el 1 y 2 del mes tisrí52,
comenzó la época del arrepentimiento por los pecados
cometidos y platearse buenos propósitos para el año
siguiente. Todos sacudieron su ropa sobre los pozos para
51
Festividad del comienzo del año judío.
52
Septiembre-octubre.
55
arrojar los pecados al agua. Para el rabino que le dirigía
espiritualmente aquel debería ser un momento de reflexión para él. Él era alguien que se había desviado del
recto camino, por eso había acabado teniendo que huir
de su mundo, por eso debería arrepentirse de todo lo que
había hecho a su pueblo.
Absolutamente agobiado, sus maestros intentaban
obligarle a asumir su pecado en el mundo del pecado. No
podían dejar de pensar en él como un hombre incompleto, porque había fallado una vez, lo que suponía, en
sus mentes estrechas y grises, que siempre acabaría
fallando a la comunidad. Para todos sus hermanos en
Toledo el error cometido era un lastre que siempre llevaría consigo, algo que le impediría ser verdaderamente
un hermano entre hermanos, porque estimaban que
había traicionado a su pueblo con ese acercamiento imposible a una infiel prostituta y rastrera como su amada.
El rabino que le dirigía hizo hincapié en esos días
en el problema de la pasión, dominadora del hombre, que
conducía irremediablemente al mal. Como estudiante de
Medicina Yehudá conocía la teoría según la cual la circuncisión no era sino un sistema para eliminar parte del
fuego que siempre corrompe al hombre. Es, pues, la
lucha contra la pasión la que debe empujar al ser humano
hacia la perfección, no dejándose engañar por falsas
promesas de seres terribles como el diablo, que enseñaban un presente de placer a cambio de un futuro de
condenación.
Después, el 10 de tiskí se celebró el Yom Kipur53,
la fecha más solemne del calendario judío, culminando
los diez días de penitencia que comenzaron en el Ros
hasaná. Yehudá debió abstenerse de comer, beber, calzarse zapatos de cuero y utilizar perfume, si bien él no
utilizaba nunca perfume.
53
Día del Gran Perdón.
56
Aquella época le permitía concentrarse en sí
mismo, en lo que el era y en lo que deseaba. Por eso
siempre había gustado de celebrar el día del Perdón,
porque era el momento en el que su mente se limpiaba
de todos esos oscuros pensamientos que le envolvían
constantemente, que le llevaban, en algunos momentos,
a desear morir.
Dedicó toda la jornada a la plegaria, pidiendo perdón por los pecados cometidos, con un consejo especial
para arrepentirse de sus pensamientos impuros respecto
a una extraña. En la sinagoga se oró el Kal nidré54, rogando a Dios el perdón por el incumplimiento de los votos
y promesas durante todo el año.
No podía creer la fuerza con la que se vivían los
días del perdón en aquellas regiones, como si el mundo
de los hombres no tuviera salvación. El pensamiento de
sus hermanos en Toledo era completamente distinto al de
sus hermanos en Granada, aunque parecía el mismo,
aunque debería ser el mismo. En su tierra, donde sus padres le habían criado, la tolerancia hacia los hombres
conllevaba que la lucha contra tu mal interior no era una
lucha perdida, sino un camino que debía recorrerse paso
a paso.
Ahora no era capaz de entender nada de lo que
pasaba a su alrededor, todo era demasiado complejo,
demasiado gris. El amor era el enemigo, siempre era el
enemigo, cuando la realidad era que la vida resultaba
demasiado hermosa para odiar. Todo el mundo se creía
con el poder de decidir lo que estaba bien y lo que estaba
mal, incluso personas tan perversas que se permitían
ordenar al resto que no ayudaran a otro ser humano
porque no era judío, o porque lo era.
En las enseñanzas de la Torá encontraba Yehudá,
en esos momentos, mensajes tan terribles y contradictorios con su propio pensamiento que no podía, no quería
54
Todos los votos.
57
aceptar que para formar parte de la santa comunidad se
debiera pensar siempre así, dejando de lado la verdad
que él conocía dentro de su espíritu.
Comenzó a estudiar con ahínco. Sus obligaciones
como judío le obligaban a estudiar la Mishnah y la
Gemarah, lo que le hacía perder tiempo de sus estudios
de Medicina, pero estaba entre personas que no entenderían su pensamiento lejano a las tradiciones, y no podía fallar más a su pueblo.
A pesar de lo inútil que para él resultaban aquellas
enseñanzas, sus hermanos sentían que eran lo único que
les quedaba de un pasado maravilloso, por lo que buscaban siempre tiempo para conservar las tradiciones de
sus antepasados, aunque para ello tuvieran que perder
alguna parte de su propia conciencia.
Yehudá siempre soñaba un sueño recurrente. Caminaba por desiertos y montañas, luchaba con enormes
tentaciones en una búsqueda sin sentido de algo que
siempre le faltaba. Cuando llegaba al final, cuando el
camino se acababa, una voz le preguntaba de forma dulce, aunque apenada: ¿Has vivido? En esos momentos se
despertaba, porque se daba cuenta que no estaba viviendo la vida que deseaba.
El miedo a perder su vida, su ilusión, en un eterno
reestudiar las Escrituras estaba eliminando su miedo a
estar sólo, porque la soledad no le resultaba tan negativa,
tan mala, cuando comprendía que la única forma de
alcanzar su felicidad era escapar de la férrea disciplina de
sus hermanos.
Él era un salto en la evolución de su especie, un
hombre que necesitaba pensar por sí mismo para sobrevivir, para alcanzar la plenitud, y esa realidad no podía
ser aceptada por hombres que, durante toda su vida, se
habían convencido de la necesidad de acabar con los
58
cambios como única forma de mantener la tradición a
salvo.
Sus maestros en la Torá se volvieron enormemente exigentes, pues veían en su persona la imagen de
la bestia. Querían que demostrara a cada instante una
absoluta aceptación de unos pensamientos que no podían ser los suyos, tan lejanos y diferentes a los que
aprendió en su hogar de Granada.
Una vez, uno de sus maestros en la Torá le
descubrió con un libro de Lógica. El aspirante no creía
que aquello tuviera la menor importancia, pero su maestro se enfadó y se lo confiscó, dado que debía hacerse
experto en ciencias religiosas para poder estudiar aquello
que pretendía estudiar, porque debía estar preparado.
El rabino criticó su actitud, buscando el conocimiento por encima de la verdad, y le dejó claro que los
desdichados que huyen de la verdad de Dios acaban
pereciendo. El rabino, obsesionado por la salvación del
joven Yehudá, le hizo una tremenda descripción de lo que
le sucede a un cuerpo cuando fallece, porque consideraba necesario que el miedo entrara en el cuerpo del
discípulo.
Así, para el rabino, en ese día espantoso en el
que la muerte acoge al hombre, los enviados del Rigor
acuden desde los cuatro puntos cardinales, y los cuatro
elementos de los que se compone el cuerpo lucharán
entre sí para separarse, y una voz proclamará la muerte
del hombre, y esa voz se escuchará en los doscientos
setenta mundos, que se regocijarán si el hombre es sabio
y digno, pero si el hombre es pecador sentirán pena.
Estaba claro que Yehudá era un pecador, y siempre lo sería, porque no era capaz de adaptarse a las enseñanzas. Algunos esperaban que el matrimonio amansase al toro bravo, pero otros no querían darle esa oportunidad, porque, en el fondo, sentían que dar una oportunidad a su pensamiento era dejar que entrase un
pensamiento ajeno a la comunidad, algo que podía resultar muy peligroso.
59
El problema fundamental para aquellas personas
era meridiano, uno de los hermanos no era capaz de
comprender la situación en la que se encontraba la comunidad, y pretendía convertir el mundo en algo más arriesgado, cuando la existencia misma dependía del equilibrio que habían conseguido. Esas personas no se daban
cuenta que el equilibrio en el que vivían no existía en realidad, que eran unos simples instrumentos de un poder
político superior, un poder controlado por los cristianos, y
que acabarían perdiéndolo todo cuando los cristianos no
tuvieran ninguna necesidad de ellos.
Yehudá sí veía a la comunidad como un juguete
en manos de los cristianos, pero los rabinos no querían
ver la realidad, pues el miedo hace que muchas personas
pierdan la perspectiva correcta y asuman sus problemas
de una forma adecuada. El mundo se estaba quedando
pequeño para los sefardíes, pero ellos no querían verlo.
Una tarde, en una acalorada discusión se planteó
el tema de las relaciones sexuales con gentiles. Todos
sabían a que se refería el comentario que se estaba realizando, pero no iba a dejar que le afectara. El rabino decía:
–La Halakhah nos enseña que todos los gentiles
son absolutamente promiscuos. Ezequiel 23,20 les aplica
el siguiente versículo: “cuya carne es como carne de
asno y cuya emisión es como emisión de caballo”. Además debemos tener en cuenta que “no hay matrimonio
para un pagano”, por lo que todos los gentiles son hijos
de una zonah.
–Entonces –dijo un aventajado compañero en el
estudio, cruelmente consciente de las implicaciones– no
se cometería adulterio si uno de los nuestros yaciera con
una gentil.
60
–No –dijo el rabino– pero el Talmud equipara la
relación con una gentil con el pecado de bestialismo,
dado que su carne es carne de asno. Aquél –siguió el
kohen55 de forma grave– que tiene conocimiento carnal
de la mujer de un gentil no es merecedor de la pena de
muerte, pues está escrito que no desearás a “la mujer de
tu prójimo”, no haciéndose referencia a la mujer del extraño, por lo que, aunque una mujer casada está prohibida a
los gentiles, en cualquier caso un judío se halla exento.
<< Ahora bien, esto no implica que las relaciones
sexuales entre un hombre judío y una mujer gentil estén
permitidas, es todo lo contrario. Pero el castigo principal
se le debe infligir a la mujer gentil, que deberá ser ejecutada. En este sentido dice Maimónides que “si un judío
copula con una mujer gentil, ya sea ésta una niña de tres
años o una adulta, esté casada o no, e incluso si él es un
menor de sólo nueve años y un día, porque realizó con
ella coito voluntario se la habrá de matar, como ocurre en
el caso de una bestia, pues a través de ella un judío se
vio envuelto en problemas”>>.
<<No obstante el judío debe ser azotado, y si es
un Kohen deberá recibir doble cantidad de azotes, ya que
ha cometido una doble ofensa, puesto que un Kohen no
puede mantener relaciones sexuales con una zonah, y
todas las mujeres gentiles lo son, según el propio Maimónides>>.
<<Asimismo, quien viola el precepto de la castidad, acostándose con una animal gentil, es tan culpable
como quien mancilla la simiente concedida por Dios, bendito sea, tal como está escrito: han violado la ley del Señor, han engendrado bastardos56>>.
Todo estaba muy claro, su amada no era su amada, era su enemiga, una gentil, una NShGZ, cualquier
55
Miembro de la tribu sacerdotal.
56
Oseas 5,7.
61
acercamiento a ella se supondría un pecado, y ella debería morir, aunque la unión estuviera bendecida por el
amor, por el sentimiento mismo de la verdad. Ahora entendía el término que se utilizaba para muchacha gentil,
sheqetz, cuyo significado se acercaba al de “mancha”.
Él y su amada no eran más que unos ilusos pensando que podían cambiar algo. Cuando uno nacía en el
seno de un pensamiento religioso era muy difícil romper
con ese pensamiento, por eso sus hermanos no acababan de aceptarlo, porque sabían que él había estado a
punto de dejar la luz por una mujer, que había intentado
abandonar a su pueblo para poder tener relaciones
sexuales con una hembra manchada.
No se planteaban la posibilidad de que existiera amor entre ellos, porque el amor no cuenta cuando un
pueblo esta buscando una salida a su difícil situación, y la
ruptura de la unidad por uno solo de los eslabones podría
suponer la ruptura de toda la cadena, algo que no querían ni siquiera plantearse.
Luego el rabino continuó hablando de los gentiles.
Ante la pregunta de un hombre casado que se planteaba
la incidencia del baño ritual mensual de purificación para
la mujer57. El rabino comentó que la mujer debía tener
cuidado con no encontrarse con una de las cuatro criaturas satánicas (gentil, cerdo, perro o mono), pues en el
caso de encontrarse con alguna de ellas debe volver a
bañarse.
Así, el desprecio hacia los otros no era único en
los cristianos y en los musulmanes, también los hermanos sefardíes odiaban a todo aquél que era diferente.
Todo era, pues, vano, el desprecio al diferente seguía vigente, incluso en la gente que se veía perseguida por su
propia condición.
El desprecio era una realidad constante en un
mundo constante. Nadie iba a cambiar, nadie quería cam57
Tras el cual el coito con su marido es obligatorio.
62
biar, porque, para cambiar, se debía pensar que se estaba equivocado, y ninguno de aquellos hombres pensaba que se estaba equivocando, creían ciegamente que el
error estaba en los demás, en los gentiles, en los paganos, en los que no creían en la religión verdadera, cualquiera que esa fuera.
Creo que en esos momentos el sentido de pueblo
de Yehudá murió. En su interior una voz estridente le
convenció de lo absurdo del odio que profesaba su “supuesta” gente a todo lo externo. Él no podía admitir que
su amada fuera una zonah, no podía admitir que aquellas
personas gentiles que tan bien le habían tratado fueran el
enemigo.
El problema era que él había aprendido de una
forma diferente a aquellos hombres, a sus hermanos.
Cuando, en los escasos momentos en los que se dedicaba a la religión, su religión, él leía el Levítico58, “amarás a tu prójimo como a ti mismo”, siempre consideraba
como prójimo a toda la raza humana, tal como lo había
hecho su padre antes que él, pero ellos sólo consideraban prójimo al judío, pues odiaban al resto de los hombres.
Ese era el pensamiento, eso era lo que todos,
judíos, cristianos o musulmanes, sentían respecto a las
otras religiones, por eso él no pudo quedarse con su amada, por eso él era un paria en su patria, que no era su
patria, pues no podía considerarse judío, ni castellano, ni
nada, no tenía hogar, su hogar era el lugar común de los
desesperados, de los que no tenían nada.
Lo que más odiaba era no poder hacer nada
durante el shabbat. El Talmud exigía que un judío no
58
Levítico 19.18.
63
hiciera ningún trabajo durante el mismo. La cuestión era
el concepto mismo de trabajo, que comprendía exactamente 39 tipos de actuaciones. El criterio para ser incluido en esa lista no tenía nada que ver con lo ardua que
puede ser una determinada tarea, era simplemente una
cuestión dogmática. Uno de los tipos de trabajos prohibidos era escribir, y eso le hacía sentirse enormemente
desgraciado, porque escribir se había convertido en su
única salida.
Había preguntado, en un momento de tristeza, la
cantidad de caracteres que debía escribir para cometer el
pecado de escritura durante el shabbat, y le habían respondido que dos. También había preguntado si era idéntico pecado escribir con la mano izquierda que con la derecha, y la respuesta había sido curiosa, no. No obstante, con objeto de prevenir contra el riesgo de caer en
el pecado la prohibición primaria de escribir se reforzaba
con el impedimento secundario de tocar cualquier instrumento de escritura durante el shabbat.
Otro trabajo prohibido era moler grano durante el
shabbat. De ahí se deducía, por analogía, que cualquier
tipo de trituración, de cualquier cosa, estaba prohibida
también. Esa prohibición se protege mediante el impedimento de la práctica de la medicina durante el shabbat,
excepto, claro está, que corriera peligro una vida, una
vida judía. La cosa se complicaba más, dado que el
Talmud también prohibía explícitamente las medicinas
líquidas y las bebidas reconstituyentes durante el
shabbat. Todo ello significaba, analizado en su conjunto,
que él no podía cumplir su obligación como médico durante el shabbat, a no ser que peligrase una vida judía, lo
cual conllevaba que no podía atender a un no judío durante el shabbat.
Había intentado razonar con sus maestros, había
intentado comunicarse con ellos y demostrarles que aquello era una locura, pero ellos no comprendían. Argumentó utilizando las palabras del maestro Maimónides,
que especificaba que: “cuando una persona sufre una
64
herida interna, es decir, desde los labios hacia adentro –
en la boca, en el vientre, en el hígado, en el bazo o en
cualquier otro órgano interno– se puede considerar que
está gravemente enfermo y no necesita ningún análisis
previo para determinar la gravedad de la enfermedad; por
lo tanto, se puede violar la santidad del shabbat de manera inmediata, sin mayor inconveniente. Si una herida
en el dorso de la mano o en una pierna se considera que
es interna y no hace falta evaluar su gravedad, también
se puede violar el shabbat para curarla. También se considera herida interna la fiebre acompañada de escalofríos. De la misma manera, en el caso de que cualquier
enfermedad sobre la que digan los médicos que es peligrosa, aunque sólo afecte a la piel por fuera, se puede
violar el precepto del shabbat basándose únicamente en
el testimonio del médico”.
Fue respondido inmediatamente por el rabino, que
tenía claro que, tal como señalaba rabino Yehudá, del
que había heredado el nombre: “los paganos, que no han
santificado el sábado durante su vida sobre la Tierra, lo
observan durante su estancia en el infierno, pues gozan
de descanso durante ese día. Todos los viernes por la
tarde, desde que empieza el sabbat, el castigo de los
culpables se ve suspendido. Pero los israelitas que jamás
observaron el sábado no encontrarán reposo ni siquiera
ese día, dado que ellos han cometido el crimen de negar
la existencia del Santo y han profanado el shabbat”59.
Para él la cosa estaba clara, la vida humana era
más importante que el precepto, pues el precepto estaba
construido para salvaguardar el alma, y el recipiente del
alma era el cuerpo. A pesar de todo, lo que había sido
establecido permanece establecido para siempre, esa era
la ley, esa era la regla, y, por absurdo que fuera, eso era
lo que debía hacer. Para aquellos hombres la regla de
Maimónides sólo se aplicaba al judío, por lo que el resto
59
Sefer ha-Zohar, o Libro del Esplendor.
65
de los hombres no tenían derecho a la vida, al apartarse
de la religión verdadera.
Las Sagradas Escrituras decían con toda claridad:
“y amarás al Señor, tu Dios, con todo tu corazón, con
toda tu alma y con todos tus recursos”60, por lo que el
respeto del shabbat no era sino una clara muestra del
respeto a Dios. Estando escrito que “Israel guardará el
shabbat”61. Había que consagrar ese día a las alabanzas,
a la oración y el estudio de la Ley, no pudiéndose hablar
de cosas banales, pues se estaría profanando el sabbat,
y el que lo profanara quedaría excluido del pueblo de
Israel.
No podían o no querían entender que el maestro
Maimónides, a pesar del valor que concedía a las leyes
judías, consideraba que todas ellas deberían olvidarse
cuando una vida humana, cualquier vida humana, se encontrase en peligro, porque la vida humana era el sustento esencial de la creación, obra y gracia de Dios, y si
no se respetaba la misma se estaba insultando y renegando del mismo Dios que se parecía alabar sacrificando el cuerpo por una regla sin sentido.
El joven sabía que el cuerpo del hombre era un
símbolo maravilloso que debía ser conservado. El cerebro simbolizaba el agua y el corazón el fuego. Uno y otro
también simbolizaban el Trono de la Clemencia y el Trono del Rigor. Cuando los pecados de los hombres son
numerosos, Dios abandonaba el Trono del Rigor, que era
el cerebro, y se sentaba en el Trono de la Clemencia, que
era el corazón, sin el que el mundo no puede subsistir.
De igual forma, un hombre cualquiera no puede
dejar de lado la clemencia hacia sus semejantes, porque
esos seres son seres creados por Dios, igual que los sefardíes, igual que todos los hijos del glorioso pueblo de
60
Deutoeronomio 6,4.
61
Exodo 31,16.
66
Israel, desperdigado por el mundo y aceptado en algunas
partes por esos mismos hombres.
Yehudá no entendía como se podía seguir pensando que el Creador de todas las cosas deseaba que su
mundo fuera imperfecto y que el hombre muriera sin necesidad, sólo por una excesiva interpretación de una norma no muy bien entendida, sobre todo porque todo creador lo que intenta es mantener su creación.
Era, pues, la ignorancia la que controlaba al hombre, convirtiéndole en un fantoche que no podía respetar
su propia vida, y que no cuidaba de su hermano simplemente porque el día no era propicio. Yehudá no quería
entender eso, por eso seguía luchando en su fuero interno por explicar a sus rabinos que el camino de la verdad y de la vida no puede ser interrumpido por reglas de
inferior rango y calado.
Por todo ello había acabado por tener fama de
díscolo y respondón, algo que no gustaba a sus anfitriones, que lo veían como un insulto a su caridad al recoger
al ofensor de la fe. Con paciencia, Yehudá debía esperar
su oportunidad, desesperado ante tanta ignorancia y ante
tanto odio.
Acabó por callar su pensamiento, aunque le
resultaba muy difícil asentir antes las bárbaras afirmaciones de algunos rabinos. No siempre conseguía permanecer callado, pero procuraba morderse la lengua
cuando un pensamiento de los que aquellos hombres
consideraban pecaminoso comenzaba a surgir de su
mente y empezaba a dirigirse a sus cuerdas vocales para
escapar de su cuerpo y ser transmitido.
En ese punto era más partidario del pensamiento
islámico de la vida, donde el ser humano se considera
una criatura divina, que debe ser respetada y cuidada,
incluso mejorada si es posible. Él sabía que la idea verdadera era la idea de la vida, de intentar mejorar en lo
posible el mundo, no de estropearlo por ser un día determinado.
67
Lo absurdo del pensamiento religioso no era, no
obstante, patrimonio único de los sefardíes españoles en
particular, o de los judíos en general. Tertuliano, uno de
los primeros padres de la Iglesia cristiana, llegó a escribir,
aunque parezca mentira, en el pleno uso de sus facultades psíquicas: “creo porque es absurdo”. Ese era el principio fundamental en aquellos tiempos, creer porque no
se podía hacer otra cosa, aceptar las reglas porque era
más complicado pensar por uno mismo.
En otro momento se planteó el debate sobre el
alimento y la salvación. Su rabino, consciente de las relajadas costumbres del lugar donde había habitado su
discípulo, tuvo que explicar con detenimiento las prohibiciones.
“La comida elaborada de acuerdo con las
prescripciones dietéticas de la Biblia, la comida kaser62
no solo depende de la condición del alimento en sí, sino
de la forma de prepararlo; o, dicho de otro modo, una
comida puede ser terefá63 o impura porque su consumo
esté radicalmente prohibido por la religión o porque,
estando permitido, no se haya elaborado de acuerdo con
las normas prescritas.
En la Biblia se establece una lista de alimentos
taref y kaser; por ejemplo, está admitido el consumo de
carne de mamíferos rumiantes que tengan la pezuña
hendida, como indica Levítico 11,1-3 al decir: “y habló
[Adonay] a Moseh y Aarón por dezir; a ellos: Hablad a
hijos de Israel por dezir: esta es la animalia que comeredes de toda la qatropea que sobre la tierra: toda uñán
62
Apta o apropiada.
63
Comida degradada.
68
uña y hendién hendedura de uñas alçán rumio en la
qatropea, a ella comeredes”. Asimismo, está permitido el
consumo de los peces que tengan aletas y escamas, ya
que en el Levítico 11,9-11 se señala que “a este comeredes de todo lo que en las aguas: todo lo que a él ala
y escama en las aguas, en los mares y en los arroyos, a
ellos comeredes; y todo lo que no a él ala y escama en
los mares y en los arroyos, de todo romovible de las
aguas y de toda alma la biva que en las aguas, abominación ellos a vos”.
Asimismo, también se pueden comer todas las
aves, excepto las que se indican en Levítico 11,13-19: “y
a estos abominaredes de la ave, no sean comidos, abominación ellos: a la águila y al arçor y al esmerejón. Y al
milano y al buytre a su manera. A todo cuervo a su
manera. Y a hija del autillo y al mochuelo y a la cerceta y
al gavilán a su manera. Y al halcón y a la gavia y a la lechuza. Y al calamón y al cernícalo y al pelícano. Y a la cigueña la ensañadera a su manera. Y al gallo montez y al
morciégalo”.
Además se prohíbe ingerir sangre, ya que, según
Levítico 17,12: “Por tanto dixe a hijos de Israel: toda alma
de vos no comerá sangre”. Pero ya hemos dicho que el
carácter de kaser viene dado tanto por la condición del
alimento en sí como por la forma de prepararlo. Especialmente importantes al respecto son las prescripciones
sobre el modo de sacrificar los animales cuya carne se
destina a la alimentación; el sohet64 debe procurar extraer
siempre el nervio ciático y vaciar de sangre el animal”.
Así continuó el rabino durante mucho tiempo,
explicando cada alimento prohibido y cada acto contrario
a la Ley. Yehudá era un hombre que no podía admitir las
cosas así, de una forma tan radical, sin explicación aparente, por ello acudió a la Ciencia para comprender las
prohibiciones. En algún momento encontró una explica64
Matarife oficial.
69
ción científica, como en el caso del nervio ciático, que
según Ibn Ezra es un órgano débil y enfermo que, ingerido por el ser humano, puede producir debilidad al
hombre. No obstante, el problema era que no resultaba
fácil explicar tantas prohibiciones y la actitud tan negativa
de sus hermanos en la fe de Dios.
Yehudá, siempre preparado para la lucha dialéctica e intentando comprender mejor todo lo que le rodeaba, planteó la posibilidad de compartir con los cristianos
los conocimientos que estaban adquiriendo, algo que escandalizó en gran medida a sus maestros. Uno de los
rabinos le dijo con voz cortante:
–El traidor revela los secretos, pero aquél cuyo
corazón es fiel guarda para si la palabra que le ha sido
confiada65.
Otro gran defensor de la fe comentó:
–Rabbí Simón dijo: “Yo no invito a los cielos a venir a escucharme, ni a la Tierra a oírme, al modo de
Moisés66, pues nosotros somos quienes han de oír en
este mundo ...Bienaventurados seáis, oh justos, a quienes el Misterio de los misterios ha sido revelado, cuando
ni tan sólo lo ha sido a los Santos Supremos67.
Era, pues, claro, que no había posibilidad alguna
de comprensión entre cristianos y sefardíes. La situación
se había puesto tan tensa que los cristianos habían
cogido la costumbre de apedrear las casas de los judíos
el viernes santo de su religión, con la plena aquiescencia
65
Proverbios 11,13.
66
Deuteronomio 32,1.
67
Sefer ha-Zohar, o Libro del Esplendor.
70
de la autoridad civil y con el respaldo de la autoridad
religiosa cristiana, deseosa de exterminar a la plaga que
tenían en casa y que, muchas veces, eran acreedores de
la iglesia, que debía mucho dinero a los prestamistas
judíos.
Aquel mundo no subsistía sino por el secreto, por
la ocultación, por la mentira, pues eso era lo que se pretendía en todo momento, utilizar la falsedad como moneda de cambio, dado que todas las religiones sentían un
enorme desprecio por el resto, algo que, de por si, no decía nada bueno de sus dirigentes.
Tampoco entendía demasiado a sus anfitriones
cristianos. Con prontitud salían a la calle para representar
escenas de su credo, extendiendo, o pretendiendo extender la historia a base de un enigmático realismo. En una
representación del crimen de Nerón, al abrir el vientre
materno para observar dónde había sido concebido, surgían entrañas sanguinolentas proporcionadas por el carnicero local, que se desparramaban de forma desagradable por el cuerpo de la víctima. Parecía como si sólo
pudieran creer en aquello que veían, y eso les obligaba a
mostrar las posibles imágenes de sus calenturientos pensamientos como modo de alcanzar una verdad de la que
no se sentían demasiado seguros.
El acercamiento a la fe de los cristianos resultaba,
por tanto, bastante curioso, a la vez que muy aparatoso,
sin la simplicidad del pensamiento de los musulmanes ni
la privacidad de los sefardíes. Aquello era una curiosidad
para Yehudá, que sentía muchos deseos de conocer todo
lo que los cristianos de Toledo pensaban sobre su Dios.
En este punto le resultaba curioso que llegaran,
incluso, a representar a Dios, que en las piezas aparecía
con túnica blanca y peluca, barba y rostro dorados, tan
dorados o más que las alas de los ángeles que aquellos,
71
en opinión del pueblo del aspirante, idólatras se atrevían
a mostrar tan impunemente. También eran capaces de
representar a los diablos con máscaras espantosas, cuernos y colas bifurcadas, como si tuvieran un conocimiento
especial de dichos seres.
Ese era un mundo extraño y desconocido, un
mundo que le estaba vedado, que se cerraba sobre si
mismo igual que los suyos negaban cualquier esperanza
a los demás. Era una locura, una absoluta y completa
locura, pero todo parecía estar escrito y determinado,
completamente prefijado para que las cosas no cambiasen en ningún momento.
Yehudá contempla un día un auto de fe. Sus hermanos no se detenían ante esas ofensas a Dios, pero él
deseaba comprender a sus vecinos. Se enjuiciaba a los
herejes de una forma curiosa. La preparación del auto de
fe se realizaba mucho antes de tener lugar el evento. Estos preparativos incluían la confección, o el arreglo, de los
sambenitos68 y de las mitras69 que cubrían las cabezas de
los condenados. En un cofre de terciopelo carmesí con
un ribete de oro y una cerradura dorada se guardaban las
sentencias de los infelices.
Cargados con cruces verdes, los hombres y mujeres que eran juzgados debían caminar en procesión el
día antes. Un dominico caminaba con la gran cruz verde
de la inquisición, mientras que un oficial de la cofradía
llevaba una cruz blanca. El fiscal tenía asignado su propio
estandarte70, símbolo del matrimonio entre la iglesia y el
estado.
68
Traje especial para estos eventos, era una túnica
amarilla con aspas de color azafrán.
69
Sombreros cónicos en imitación al sombrero del
obispo, pero a la inversa.
70
Una bandera de damasco rojo, con el blasón de
armas real y cruz de la Inquisición.
72
En la plaza mayor se preparaban dos grandes
escenarios, uno para los penitentes y otro reservado para
la Inquisición. Las ventanas y balcones se llenaban de
espectadores, que eran capaces de pagar grandes cantidades de dinero para obtener una imagen mejor. El auto
empezaba temprano, con misas en la iglesia parroquial y
en el mismo lugar de la celebración. Los herejes comparecían por orden de culpa jerárquicamente ascendente.
La ruta que seguían los herejes en la procesión estaba
completamente ocupada de espectadores deseosos de
ver a los condenados. El final era lógico, algunos se
arrepentían y se salvaban, otros morían.
Sus obispos predicaban los diez mandamientos,
como los rabinos judíos, cargando las tintas sobre los
adivinos, agoreros y echadores de cartas, que se convertían en adoradores de otros dioses que no el Dios
verdadero, por lo que incumplían de manera tajante el primer mandamiento, honrar a Dios sobre todas las cosas,
al único Dios, al verdadero Dios.
Lo curioso era que a los propios cristianos se les
trataba injustamente a cada instante. Un zapatero se quejaba amargamente de los señores, que no querían dejarlos respirar, ni hablar, ni tener aspecto humano; pretendiendo que no se mezclasen con ellos en lugares públicos. Así las cosas, a los señores se les rendía homenaje
forzoso y se les alimentaba con el tuétano de los huesos
de los pobres, pues aquellos hombres no tenían más
pensamiento que deslumbrar con oro y joyas, edificar soberbios palacios e inventar nuevos impuestos que abrumaban a todos los que estaban bajo su bota.
Los gastos del vulgo disgustaban a los nobles porque beneficiaban a los burgueses antes que a ellos. Además la Iglesia se sentía robada por los mercaderes y los
que prestaban dinero, porque estimaban que el flujo de
riqueza acababa en seres innobles, sobre todo en judíos
o moros, lo que le llenaba de odio.
73
En esos momentos no se comprendía que se pertenecía a la nobleza por nacimiento y linaje, pero había
de confirmarse tal pertenencia viviendo noblemente, es
decir, defendiendo a los necesitados y siendo justo en todo momento, porque esa era la misión del noble, defender al pueblo llano y convertir la vida en un lugar más agradable.
Los cristianos eran crueles con otros cristianos.
Un párroco apellidado Medrano fue torturado para que
confesara ayuntamiento carnal con una beata a la que se
pretendía condenar. Él gritaba que era inocente, pero a
los torturadores no estaban para apiadarse de su víctima,
la presa a la que había que devorar.
Muchos miembros de la elite eclesiástica y los
estadios menores vivían ostentosamente y desarrollaban
conductas sexuales prohibidas. No importaba siempre y
cuando el religioso se dedicara a sus asuntos y asumiera
la necesidad de enriquecimiento de su Santa Madre Iglesia. Era un pacto de no agresión.
Le encantaba estudiar Medicina. Adoraba las implicaciones de dicho oficio. En los momentos en que se
dedicaba a ello se sentía plenamente feliz, lleno de una
vida especial, de una fuerza que le alejaba del mundo
que le había tocado vivir, de un mundo de odios y rencores mutuos, de incomprensión absoluta.
Lógicamente, no podía realizar su aprendizaje en
los studia de las órdenes mendicantes, pero tenía las
aljamas de sus hermanos. Debemos tener presente en
este caso que Toledo fue uno de los centros de mayor
actividad científica de Europa en el siglo XIII, aunque en
esos momentos empezaba a perderse el empuje, algo
fundamental quedaba.
La obtención del permiso para ejercer la Medicina
requería una formación más larga que en otras ciencias,
74
consecuencia última de la incidencia en la vida y la salud
de los seres humanos. Desde muy temprano se habían
tomado medidas para evitar el intrusismo en la profesión
de personas sin méritos y conocimientos suficientes.
Los estudios se desarrollaban de una manera singular, mezcla de la antigua tradición y de un nuevo espíritu de superación. En al-Andalus, su origen, no existían madrazas donde se impartían las enseñanzas, por lo
que la medicina se estudiaba en casa de los maestros, y
consistían, la mayoría de las veces, en la lectura y memorización de diversas obras. Ese sistema, en Toledo se
complementaba con una gran Biblioteca y la existencia
de un fondo de “enseñantes” de medicina que reunían a
sus discípulos para convertir su saber en conocimiento
ajeno. Una vez adquiridos los conocimientos necesarios,
el maestro otorgaba al discípulo un permiso de transmisión de lo aprendido que le autorizaba a enseñarlo o
emplearlo en su profesión.
Los estudios de Medicina se desarrollaban a través de tres sistemas o métodos de análisis: la lectio, la
quaestio y la disputatio. Le lectio era la lectura de un texto
básico de enseñanza, y era algo que disfrutaba Yehudá
al principio de su aprendizaje, pero que comenzó a aborrecer cuando avanzó en su conocimiento. La quaestio,
era el lugar donde Yehudá disfrutaba de verdad, dado
que resolvían todos los problemas que se planteaba.
Este sistema, copiado de la universidad cristiana,
sedujo a la minoría científica sefardí, dado que era un
sistema que se ajustaba plenamente al pensamiento rabínico que ellos defendían, suponiendo, constantemente,
una reconsideración de todos los temas donde los especialistas destacaban.
A disposición de los estudiantes había un número
ingente de libros de medicina escritos en diversas lenguas. Por su procedencia y sus conocimientos de la lengua árabe estaba en mejor posición que el resto de sus
compañeros, atados al latín. Por eso podía beber de las
fuentes sin intermediarios.
75
Se sentía triste porque conocía el idioma de su
amada y no podía estar junto a ella. Por las noches se
levantaba excitado pues soñaba con ella, su tórrida imaginación cargaba sobre su vacío estómago y la imaginaba desnuda, entregada y libre, mientras él le acariciaba
su dulce vientre y bajaba la mano hasta alcanzar el lugar
prohibido.
Quería estar en Granada, quería vivir su vida de
nuevo, tan tierna, tan despreocupada, pero la realidad le
golpeaba con una fuerza inusitada y le obligaba a aceptar
las reglas de sus anfitriones aunque sabía que todo lo
que le rodeaba era mentira, que no existía un verdadero
amor en todo lo que contemplaba.
Intentó racionalizar sus sentimientos, el deseo que
tenía, estudió a Galeno y su De naturalibus facultatibus,
donde se señalaba que la digestión, la nutrición y la generación de los distintos humores, así como las cualidades de las sustancias residuales son el resultado del calor innato. El aspirante no entendía muy bien el fin de
todo aquello, pues nada práctico parecía derivarse de
aquella lectura.
Ibn Arabi de Murcia cuenta que, cuando Abu lWalid Muhammad ibn Ahmad ibn Rushd71 murió en
Marraquech, cargaron el ataúd con su cuerpo en una
acémila, y en el otro lado pusieron, a modo de contrapeso, los libros que había escrito. De esa forma realizó su
último viaje a su Córdoba natal, donde sería enterrado.
Ibn Arabi escribió después: “estaba yo allí parado y dije
para mis adentros: a un lado va el maestro y al otro van
sus libros. Mas dime: sus anhelos ¿viéronse al fin cumplidos?”. El aspirante entendía que si, que el maestro
71
Averroes.
76
había conseguido construir la realidad con su trabajo, que
había llevado a los hombres a lugares que nunca habían
soñado.
Cuando Fernando III conquistó Córdoba, el cuerpo
de Abu l-Walid Muhammad ibn Ahmad ibn Rushd ya
había sido consumido por los gusanos, pero sus libros
permanecían, estaban ahí, allá lejos, allá abajo, donde
los hombres guardan el conocimiento, para que los anhelantes del saber cumplieran su destino a base de esfuerzo y dedicación, a base de amor hacia una profesión
exigente y dura, llena de fracasos. Esos escritos se difundieron entre los sabios de todas las religiones, sin distinguir origen y condición, porque existían personas, como el aspirante, que deseaban seguir avanzando.
La Medicina era su religión, su verdadera religión.
El Tratado de los alimentos de Abu Marwan Abd al-Malik
ibn Abi l-Ala Zuhr72 fue el primer libro que tradujo del
árabe. Quedó sorprendido de lo que era capaz de aprender respecto al ser humano. Intentado olvidar a su amada, utilizó una receta de Avenzoar, el jarabe de lirio. Según Avenzoar tenía un agradable sabor, nada repugnante, y purificaba en gran medida el estómago y las venas,
cortaba los humores flemáticos y producía una cierta apertura de las obstrucciones73.
En la Medicina que Yehudá estudiaba se partía de
la base que en el ser humano se determinaba la exis72
73
Avenzoar.
Avenzoar señaló que “estos efectos se producen
cuando se emplean hojas grandes, aunque las pequeñas son
más eficaces. También limpia el pecho, el pulmón y las
vísceras; sin embargo, debilita el estómago, pues no es
astringente ni aromático.
Sí al prepararlo se cuece con un poco de almástiga,
resulta más efectiva y aún le resultará más útil a quien lo
emplee asiduamente cada cuatro días. También es beneficioso
contra las fiebres pútridas y prolongadas”.
77
tencia de cuatro humores: la sangre o humor rojo, la
flema o humor blanco, la bilis amarilla o humor amarillo y
la bilis negra o humor negro. Así se pensaba que la enfermedad y el dolor se producían cuando se perdía el
equilibrio entre ellos y uno u otro aumentaba excesivamente, tanto en su poder como en su cantidad. El exceso
o la escasez de cada humor también determinaba la
constitución, el temperamento y el carácter de las personas74.
Como la enfermedad se asociaba al desequilibrio,
la terapia debe dirigirse a la restauración del equilibrio. La
dieta y el ejercicio, lo que se llamaba régimen, estaba
entre las terapias más comunes; purgar el cuerpo, mediante sangrías, eméticos, laxantes, diuréticos y enemas,
era otro modo de reparar un equilibrio de los fluidos corporales.
Bebía ávidamente de la fuente de sus profesores,
gente que comprendía, o trataba de comprender, el funcionamiento del cuerpo humano como instrumento de
Dios. Él, como alumno, escuchaba, extasiado, las explicaciones de aquellos hombres cargados de sabiduría y
pensaba en convertirse en algo parecido, alejado de las
luchas dialécticas de sus hermanos, que acababan dejando de lado la verdadera obligación del médico.
Era, solamente, un hombre, pero se sabía diferente, porque comprendía lo que le estaban contando,
porque entendía que era un ser distinto, un ser capaz de
acercarse al enfermo con verdadero deseo de curar, no
con un sucio instinto mercantilista, que era lo que pretendían muchos médicos de la época.
Comenzaba a discrepar de las enseñanzas que
recibía. Algunos médicos opinaban que era fundamental
74
Así, gran cantidad de humor negro originaba el
carácter melancólico y depresivo, el dominio del humor amarillo
generaba el temperamento colérico y la abundancia del humor
blanco conllevaba el carácter flemático.
78
consultar la posición de los astros en el cielo a la hora de
establecer el diagnóstico de las enfermedades o cuando
tenían que realizar alguna intervención quirúrgica. Para
Yehudá aquello no podía ser demostrado, y no podía entender que se retrasara una intervención necesaria para
el paciente por motivos tan extraños.
No obstante, debía aceptar ciertos hechos, dado
que la influencia de los astros no era discutida por ningún
maestro, incluso ibn Ezra decía:
“Cuando nací las esferas y los planetas se desviaron de sus órbitas.
Si vendiera velas, el Sol no se pondría hasta el día
de mi muerte.
De nada me sirve buscar el éxito porque se me
han torcido los astros.
Si vendiera mortajas, la gente no se moriría.
Si pusiera mi mano en un horno, se apagaría y
nadie lo podría volver a encender.
Si fuera a buscar agua al mar se secaría, incluso
aunque estuviera lloviendo.
Si vendiera armas, los enemigos harían la paz y
no habría guerra”.
El problema era que desde Tácito se afirmaba que
existía una relación entre los judíos y Saturno, planeta
que, desde Tolomeo, estaba asociado a las características más negativas. Albumasar decía que los judíos
están unidos a Saturno porque de esta manera se separan del resto de las religiones, lo mismo que este planeta
se distancia de los demás porque es el que está más
alejado de la tierra; y Abdalla de Granada75 afirmaba:
“¿no dicen los judíos que son saturnianos?
Esto es indudable pues, de hecho, ¿no
hacen fiesta el sábado, que es el día de
Saturno?, y ¿no está su carácter del todo
acomodado a las cualidades de ese
75
Último rey zirí de Granada.
79
indicio Saturno, o sea, avaricia, sordidez,
ruindad, engaño y traición?”.
Yehudá no podía aceptar de plano todas esas teorías sobre su raza, su religión, y tampoco podía aceptar
que los planetas influyeran de esa forma en los seres
humanos, so pena de acabar siendo un proscrito para los
hombres de bien por el simple hecho de haber nacido en
el seno de una religión determinada.
Era, pues, un problema de principio. Él conocía
judíos buenos y judíos malos, igual que conocía personas
buenas y malas de las obras religiones. Si esto era así,
entonces los planetas no podían influir como se señalaba
por todos. Así, aceptando que, tal vez, existiera alguna
influencia, para Yehudá esta influencia sólo alcanzaría a
la persona individual, y no podría ser tan fuerte como
para marcar toda su vida.
Todo aquello se solucionó cuando pudo leer a
Maimónides, en su carta a los rabinos de Montpellier,
donde decía: “sabed, señores, que todo lo que se relaciona con “lo que decretan las estrellas” –cuando dicen
que algo ocurrirá así y no de otra manera, que el día del
nacimiento de alguien le condiciona el carácter y determinadas cosas que le van a suceder– es absolutamente absurdo y falso. ...Sabed, señores, que la verdadera ciencia que se ocupa de las estrellas es la que
nos permite conocer la forma de las esferas, su cómputo
y dimensiones, el curso de su movimiento y el tiempo que
emplea cada una de ellas, su inclinación hacia el norte o
hacia el sur, su rotación hacia el este o el oeste, la órbita
de cada estrella y como es su curso. Sobre todos estos
temas y otros similares escribieron libros los sabios griegos, persas e indios, pues es una ciencia muy importante”.
Con aquello Yehudá comprendió que su pensamiento tenía consistencia, que nadie se veía influido por
los astros más allá de lo que se dejaba influir, y que cada
persona era libre para hacer o para pensar por si misma,
80
sin acabar convirtiéndose en una triste marioneta de la
conjunción planetaria.
Supo, asimismo, que todo médico debía aplicar la
totalidad de sus sentidos al conocimiento de la enfermedad, que se manifiesta en los diferentes fluidos del
cuerpo y las diversas señales que el sanador debe interpretar de forma correcta. Aunque la mayoría de los médicos sólo entrenaban la vista y el tacto, el se comprometió con el resto de los sentidos, como la única foma
de convertirse en el mejor médico posible.
Él era una persona abierta, completamente centrada en su religión, la Medicina, por lo que no le importaba construir su conocimiento a través del trabajo diario,
del aprendizaje, del esfuerzo, porque era plenamente
consciente, tal vez por su origen, que todo lo que se deseaba conllevaba un esfuerzo.
Escapar de la ignorancia era un camino duro, donde los obstáculos siempre son más poderosos que el
caminante, pero la fuerza del deseo de conocimiento llega a ser tan grande que es capaz de mover montañas y
alcanzar los objetivos. Ese era el pensamiento último de
Yehudá, que confiaba en su mente para alcanzar el conocimiento.
Algo diferente también comenzó a interesarle.
Aprendiendo la mezcla de los elementos curativos un
libro comenzó a llamarle la atención. Era un libro escrito
en árabe, escondido detrás de varias obras poco consultadas. Se llamaba El museo hermético, y comenzaba
con una frase que no lograba borrar de su cabeza: “ardua
tarea es penetrar en las cualidades reales de cada cosa”.
Buscaba perfeccionar todo lo creado a través de
un agente perfeccionante. Era el contacto con una salida
a las incomprensibles situaciones que vivían los hombres,
encerrados en cuerpos imperfectos, en mundos imper-
81
fectos, cuan las sombras de la cueva del maestro griego,
que siempre ocultaban una realidad mejor, superior.
Comenzaba con la “Tabula smaragdina”, dictada
por Thot-Hermes Trismegisto a un faraón egipcio que
intentó compendiar la verdad en un solo pensamiento
cierto:
“Es verdadero, verdadero, sin duda y cierto:
Lo de abajo se iguala a lo de arriba, y lo de arriba
a lo de abajo, para consumación de los milagros del Uno.
Y lo mismo que todos las cosas vienen del Uno,
por la meditación sobre el Uno, así todas las cosas han
nacido de esa cosa única, por modificación.
Su padre es el sol, su madre la luna, el viento lo
ha llevado en su vientre; la tierra es su nodriza.
Es el padre de todas las maravillas del mundo
entero. Su fuerza es orbicular, cuando se ha transformado en tierra.
Separarás la tierra del fuego, lo sutil de lo grosero,
suavemente y con gran entendimiento.
Asciende de la tierra al cielo y vuelve a descender
a la tierra, recogiendo la fuerza de las cosas superiores e
inferiores.
Tendrás toda la gloria del mundo, y las tinieblas se
alejarán de ti.
Esta es la fuerza de fuerzas, pues vencerá todo lo
sutil y atravesará lo sólido.
Así se creó el mundo.
He aquí la fuente de las admirables transmutaciones y aplicaciones indicadas aquí.
Por eso me llaman Hermes Trismegisto, porque
poseo las tres partes de la sabiduría universal”.
Era un texto difícil, sin sentido, pero en esas palabras existía un principio, un inicio, allí había algo importante. El aspirante supo que algo había cambiado en su
interior. El primer conocimiento fundamental que descubrió en todo aquello fue la buena nueva de que el fondo
del propio ser humano tiene naturaleza divina, dado que
el alma aparece como un rayo de luz divina.
82
La mala noticia era el horror de la situación, dado
que ese rayo de luz es prisionero de los poderes tenebrosos, está confinado en el exilio de la materia, encerrado en la mazmorra del cuerpo, los sentidos corporales
lo engañan, los astros demoníacos lo mancillan y embrujan, para impedir su retorno a la patria divina.
Al pleroma76 se opondría en la gnosis el kenoma77.
La creación la asume Jehová, que se vuelve contra el
Dios de la Luz y de la bondad, como un demiurgo o
maestro de obras. Es el mundo real el que se debe mejorar por medio del arte, modificando la imagen de lo ya
existente.
El aspirante no podía creer que esos textos fueran
tan claramente oscuros. Era la fuerza de una verdad intuitiva, una verdad que no escapaba a los hombres, pero
que se pretendía ocultar para esclavizar a los no iniciados.
Era consciente del frágil equilibrio en el que vivía.
Su pueblo, el pueblo de Sefarad, apenas tenía derecho a
nada. A muchos hombres de bien se les había acusado
de comprar vírgenes y recurrir a la brujería, cohabitar de
manera bestial, contra naturaleza, con el sexo opuesto, o
con el propio sexo. Todo era válido para obtener un enriquecimiento que, en la mayoría de los casos, suponía la
ruina de toda una familia; la huida.
En esos momentos los estudios del joven eran,
sobre todo, un peligro para su gente. Eso lo sabía el aspirante, pero no podía dejar escapar la oportunidad de
saber más, mucho más, porque en su alma sólo existía el
deseo de aprender, de conocer, de intentar descubrir el
por qué de las cosas.
Pronto comenzó a comprender la relación que
existía entre aquel texto y la Cábala. Uno de los centros
76
La plenitud espiritual del mundo de luz divino.
77
La vida material del mundo de las apariencias.
83
de desarrollo de la obra era el árbol de los Sephiroth, el
símbolo más influyente y complejo de la cábala. Los
Sephiroth son las diez numeraciones que, combinadas
con las veintidós letras del alfabeto hebreo, constituyen el
plan de la creación de todas las cosas, tanto superiores
como inferiores. Son los diez nombres o atributos de
Jehová y forman el cuerpo del cosmos.
Según el texto, se sustenta en los tres pilares, el
de la gracia (derecha), el de la fuerza (izquierda), y el del
equilibrio (el central). El pilar del medio forma la arteria
principal, a través de la cual fluye el rocío divino en la
matriz interior. En la creación se manifiestan solamente
los siete Sephiroth inferiores, sin que los tres superiores
sean conocidos por el hombre. Los nombres de los
Sephiroth eran:
1.- Kether. La más alta corona, la voluntad inicial.
2.- Hochma. La sabiduría, simiente de todas las
cosas.
3.- Binah. La inteligencia, matriz superior.
4.- Hesed. La gracia, el amor, la misericordia.
5.- Gehbura. El rigor, el poder condenatorio.
6.- Tiferet. La compasión, el esplendor, la belleza.
7.- Netzah. La perseverancia, la victoria.
8.- Hod. La grandeza, la majestad.
9.- Yesod. El fundamento de todas las fuerzas activas.
10.- Malcut. El reino, la morada de Dios en la
creación.
Junto a aquel libro tenía su conocimiento de las
escrituras. Los Sephiroth inferiores, los nueve últimos,
son accesibles a los hombres. Los rabinos expertos en la
Cábala consideraban que, a pesar de ser nueve, en realidad son sólo uno, por ser su única esencia el Pensamiento y por estar vinculados únicamente a él. Están muy
próximos al Pensamiento Supremo, pero jamás lo alcanzan, al ser éste tan sublime y oculto. La buena voluntad humana se eleva hacia esos nueve Palacios, la
esencia de los cuales es igualmente la Voluntad, y son
84
los intermediarios entre lo conocido y lo desconocido, lo
comprensible y lo incomprensible. Todos los misterios de
la fe están encerrados en estos Palacios, formando un
vínculo entre la voluntad del hombre y la Voluntad Suprema.
Asimismo, las 22 letras de las Sagradas Escrituras
están comprendidas en los 10 Sephiroth, que, asimismo,
se encuentran comprendidos en las 22 letras de las
Sagradas Escrituras. Lo cual significa que las Escrituras
serían el camino último a la verdad, pero aquello se volvía demasiado cercano a la religión, algo que no encajaba en el espíritu del libro que estaba utilizando el aprendiz.
Yehudá no acababa de entender como podía descubrir nada sólo a través de las palabras, por lo que intentó, en la medida de lo posible, destilar el lapis para
alcanzar el verdadero poder de curación, el verdadero orden del mundo.
Intentó seguir las complejas instrucciones del libro, pero combinaba símbolos con verdaderos pasos a
seguir, por lo que el universo que pretendía montar en su
retorta no era, especialmente, halagüeño.
Al parecer el papel principal lo desempeñaba el
mercurio, pero el mercurio filosofal, no el metal del mismo
nombre, sino una substancia misteriosa de origen desconocido. De esa sustancia se extraería el espíritu material, el azogue, que en calidad de agente del opus, emprendería el vuelo en forma de paloma, no cesando de
volar hasta obtener el lapis definitivo.
El libro venía acompañado de rústicas y esquemáticas ilustraciones, que parecían contener en su interior la verdad de todo el proceso. El primer paso consiguió descubrirlo bastante pronto. Debía someter al oro
ordinario a un doble proceso de purificación para liberarlo
de sus impurezas; pero, a partir de ahí, las cosas no parecían demasiado claras.
Otra dificultad añadida era la supuesta existencia
de dos soles rodeando la tierra, porque era incapaz de
85
descubrir a que se refería el libro cuando hablaba del sol
espiritual. Sus conocimientos sobre Heráclito le permitían
vislumbrar que ese sol es el fuego vivificador que el autor
llamaba artista, y que penetra en la materia para darla
forma. Era a través de ese fuego como se conseguía la
producción de vida, dado que la vida era producto del
movimiento nacido de la tensión entre las dos fuerzas
polares del amor y la disputa. Pero el punto más importante de todos era la unión de los principios masculino y
femenino, entre el cielo y la tierra, dado que el producto
de esa unión era el lapis, el hijo rojo del sol.
Yehudá creía que se estaba volviendo loco, no
podía entender nada, dado que se mezclaba de forma
aparentemente indiscriminada el mundo externo con el
mundo interior del hombre, con su alma. Lo que más
claro le quedaba era el origen de los males del hombre.
Al nacer, el alma, que está en la luz, desciende la escala
de las siete esferas, siendo retenida en su bajada por los
planetas, arcontes, y es en ese momento donde se envuelve de materia y se mancha con el fango. Cada uno
de los planetas por donde pasa el alma le imprime una
propiedad negativa que estropea su perfección; Venus le
da la lujuria, Mercurio la avaricia, Marte la ira, hasta convertir el alma inmortal en un ser humano.
La cuestión era como eliminar los siete pecados
del alma para poder convertirse en un verdadero ser de
luz, purificado y perfecto, que conllevaría el conocimiento
de la verdad. Él sabía que el mal se encontraba en cada
mortal; él mismo sentía odio, desprecio y deseo a cada
instante, por lo que temía que no era la persona adecuada para seguir con la investigación que estaba desarrollando, pero, al mismo tiempo, sentía que quería ser diferente, que podía ser mejor, llegar más allá de donde se
encontraba.
Yehudá entendía que el problema se planteaba
por la existencia de dos mundos dentro del mundo del
hombre, uno visible y otro invisible, siendo lo visible el
reflejo de lo invisible. Por eso las Escrituras comienzan:
86
Be-resit bara Elohim78, que tiene un claro significado,
Beresit hizo nacer a Elohim, pues Elohim es el nombre
sagrado visible, por ello Beresit está Arriba y Elohim es
Su imagen en la tierra.
Aquello se acercaba, como no podía ser de otro
modo, a las ideas de Platón, y a la dificultad de conocer
en la Tierra de abajo, dado que en ella sólo existen tímidos reflejos de la verdad. Obviamente, Yehudá necesitaba comprender como podía alcanzar la visión de lo
invisible, pues esa visión era la única posibilidad de comprender lo que hasta ese momento le era vedado por el
Conocimiento del hombre.
Era plenamente consciente que el conocimiento
era como una hermosa joven encerrada en un palacio,
como Jasmina, la cual tenía un amante, él, pero nadie,
excepto ella, conoce su existencia. Cuando él pasaba por
delante del palacio para ver a su amada ella decide abrir
una pequeña puerta en el muro. En el momento en que
ella veía pasar a su amante acercaba el rostro a la abertura y lo retiraba inmediatamente. Todos los que pasaban
delante del edificio no veían al a joven, sólo Yehudá la
podía ver, puesto que sólo él dirigía su mirada, su corazón y su alma a su amada. Así el conocimiento debía
buscarse con todo el alma, con todo el corazón, y él se
sentía incapaz de entregarse de esa forma.
Recordando lo que había aprendido, el libro que
ahora tenía en su poder era un libro que hablaba con la
palabra de la verdad, pero una cortina separaba al lector
del autor conocedor de todo lo real del universo. Su
obligación como estudioso era descubrir de una forma
concreta y acertada el fin mismo del libro y su contenido.
78
Al principio creó Dios (Génesis 1,1).
87
TERCERO.
Con el tiempo se convirtió en un magnífico médico, respetado y considerado por todos. Yehudá adquirió
una casa y pudo, por primera vez en su vida, considerarse independiente. Su prestigio, ya que era sabio en
sus conocimientos médicos, amable con el necesitado y
atento con sus pacientes, resonaba por toda la región, lo
que hacía que hasta los cristianos de la zona acudieran a
él para solicitar consejo sobre sus enfermedades. Era,
pues, un hombre integrado en una sociedad de difícil integración. Pero las cosas no son siempre como uno desea.
Sus maestros sentían que habían hecho un buen
trabajo. Habían conseguido convencer, incluso a los más
recalcitrantes, que el hombre se había incorporado a la
santa comunidad olvidando su pasado de pecador y centrando su vida en el beneficio de todos los hermanos que
le necesitasen.
Si bien sentía un cierto regusto amargo cada vez
que pensaba en lo que se había convertido con el paso
del tiempo, Yehudá se encontraba cómodo en su nueva
posición, porque esta suponía un prestigio y un reconocimiento inusitado, sin que nadie se metiera en ningún
momento con lo que hacía o dejaba de hacer, siempre y
cuando cumpliera con el ritual de sus hermanos de una
forma adecuada.
La falta de creencia era, pues, el símbolo de su
acercamiento al resto de la comunidad. Jovial con todo el
mundo, cercano a los pacientes y respetuoso con los
rabinos, en sus manos estaba el conocimiento de la
88
integración en la familia de los sefardíes toledanos, una
enorme y bien avenida familia.
Al mismo tiempo, las cartas de su padre desde
Granada le confirmaban que las cosas no iban demasiado bien en la ciudad. Las prohibiciones eran cada vez
más claras, los dirigentes musulmanes esperaban acabar
con todas las religiones falsas y procuraban que los
judíos no celebrasen sus ritos en público. De esta forma
sólo en el hogar se admitía que un sefardí pudiera desarrollar su fe de una forma segura.
Yehudá desesperaba pensando que no podía
ayudar a los suyos como él hubiera querido, por eso
había pensado en salir de Toledo y dirigirse a Granada
para poder compartir la situación con su familia. Hasta
ese momento su padre había actuado de forma tajante
prohibiéndole el viaje a su hogar, todavía coleaban sus
amoríos, y no era el momento oportuno para que un judío
como él se pavonease antes los señores de la villa.
Por ello, fue en aquellos momentos de su florecimiento como médico cuando surgió el tema del matrimonio. Él había dejado su compromiso en el limbo de la
ignorancia, comportándose de manera cortés con la que
debería ser su futura esposa, pero sin creerse demasiado
que acabaría casándose con ella.
En el fondo Yehudá no creía que tuviera que casarse con nadie, pues se encontraba muy feliz de estar
como estaba, y no deseaba acabar con su libertad por
algo como aquello, ya que no le parecía una forma de
actuar ética contraer matrimonio de una forma tan contractual y poco romántica.
No obstante, en aquellos instantes un hombre
adulto tenía la obligación de contraer matrimonio y extender su semilla por el mundo, en una extraña forma de inmortalidad donde el origen perecía, pero la simiente seguía subsistiendo en los descendientes.
Con unos esponsales concertados, su novia, ayudada por las mujeres de su familia, había comenzado a
preparar el ajuar a partir del momento de la firma del
89
contrato. Yehudá había mantenido un contacto esporádico con la joven, pero en ningún momento se planteó
el matrimonio como uno de sus fines.
La realidad de golpeó con toda su crudeza cuando
su padre, de improviso, le visitó en su consulta. Aquello
era real, demasiado real. El padre de Yehudá fue franco y
directo; había llegado el momento de cumplir las promesas dadas. Él era un joven médico que podía mantener
una familia y la muchacha estaba preparada para el matrimonio, todo lo demás no importaba, era su deber el
asumir sus obligaciones.
Fue el momento de la verdad, Yehudá aceptó su
deber. En el fondo, aunque seguía sintiendo que su amor
era Jasmina, aquella mujer que llenaba su espíritu con el
olor del limón y la granada, con el sabor de la alegría y de
la esperanza; su futura esposa era una persona inteligente, agradable, que despertaba mucho cariño al aspirante, por lo que no fue de mala gana que se embarcó en
el camino matrimonio, pues su sentido del deber era una
parte de sus personalidad muy acusada.
Varios días antes de la boda, a fin de que pudieran contemplarlo los familiares y amigos y tasarlo los
preciadores para valorar si se atenía a las condiciones
pactadas en el contrato matrimonial de esponsales, se
expuso el ajuar, un conjunto de útiles para la casa y para
la esposa, así como joyas y muebles.
El día de la exposición del ajuar la novia celebró
una fiesta con sus amigas y parientes del sexo femenino,
que se reunían con ella para cantar, bailar, beber y comer
dulces. Era el momento más importante de la vida de una
mujer, el momento en el que adquiría carta de naturaleza
su condición.
Una mujer, cualquier mujer, era educada de forma
concienzuda para alcanzar la condición de casada desde
90
que nacía. El destino de las jóvenes era claro desde el
primer momento, por ello era tan importante preparar a la
futura esposa para que se convirtiera en el dechado de
virtudes que todo hombre buscaba o, al menos, debía
buscar.
Ella era, sin apenas saberlo, feliz. Desde el momento en que tuvo uso de razón y conoció físicamente a
su futuro esposo Anna se convirtió en una mujer dominada por un deseo, llevar al gozo máximo a su amado.
Sus conocimientos sobre la vida se ceñían a lo que su
padre, hombre integro y poderoso, había decidido, algo
que la convertía en una especie de sumisa esclava del
señor de su hogar.
No obstante ella, poderosamente hermosa e inteligente, escapaba de las férreas enseñanzas de su progenitor y llenaba su mente con pensamientos románticos
respecto a su esposo, pensamientos que se encendieron
cuando le vio convertido en un apuesto joven aspirante a
doctor.
El romanticismo estaba en toda la esencia de
Anna, que deseaba ser amada por su esposo. Ella sabía
que él había tenido una experiencia sentimental con una
joven musulmana en su tierra, por eso deseaba con más
fuerza estar con él, para convertirle en su esposo de
verdad, acercarle a lo que ella deseaba y convencerle de
su amor.
Yehudá era, pues, para Anna, como un enorme
reto que debía ser asumido con valentía, además de un
destino agradable y un futuro prometedor, porque el hombre era respetado y conocido por toda la comunidad, con
lo que el nombre de ella sería también asociado de forma
irresoluble con el respeto que él generaba.
El padre de la muchacha también sentía que había concertado una buena boda. Su hija acababa con un
hombre que ya tenía muchos posibles, y que había alcanzado un prestigio dentro de los hermanos de la comunidad, suponiendo un experto médico y un buen consejero para los momentos de dificultad.
91
Todos parecían sentirse felices con el enlace, porque aquel matrimonio era un nuevo paso hacia la perpetuación de la raza, un nuevo eslabón que unía a los
sefardíes y mantenía la fe intacta, después de muchos
siglos de peregrinación por diferentes países a lo largo de
todo el mundo.
El día de la boda músicos de ambos sexos acompañaron a la novia al baño nupcial. La joven iba seguida
de sus hermanas, su madre y sus tías, llevando los utensilios de aseo enviados la víspera por la familia del novio.
La novia usaba para tal ocasión suntuosos vestidos y
numerosas joyas.
Ella sentía que toda su vida se concentraba en
aquel instante, que su mundo se convertía en una existencia perfecta, porque ya podía completar su limitada
vida con su esposo. Su vida se había construido para
llegar al matrimonio, y, por fin, se cumplía su objetivo, su
misión, su destino de vida.
El camino fue amenizado con canciones acordes
con la ocasión. La madre de la joven, acompañada de
sus tías, comenzó:
Aunque le di la mano
la mano le di.
Aunque le di la mano
no me arrepentí.
Aunque le di la mano,
la mano al caballero,
anillo de oro
metió en mi dedo.
Aunque le di la mano,
la mano al hijodalgo,
anillo de oro
metió en mi mano.
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Después, las jóvenes amigas de la novia, ya casadas, pusieron el toque picante en el camino:
¿Quién busca a la novia
y viene desarmado?
–Las mis armaduras
con mí vo las traigo.
Ella se metió en la cama,
en la cama me metí yo.
Que ni sé por qué, ni porqué no.
Ella me entregó el tintero,
la pluma le entregué yo.
Aquellas canciones fueron reprendidas por las
mujeres más mayores, aunque una sonrisa de complicidad se dibujaba, a la vez, en su rostro. La joven novia, en
cambio, se sonrojó enormemente, porque sentía miedo
de lo que iba a suceder esa noche, algo que su madre
había intentado explicarle, aunque las palabras de la buena mujer no habían llegado a ser entendidas por su hija.
Las relaciones sexuales con un hombre eran totalmente incomprensibles para Anna. Jamás había tenido la
oportunidad de acercarse, ni siquiera un poco, a la sexualidad masculina, oculta por miles de tabúes y velos que
no dejaban a jóvenes como ella comprender el funcionamiento del cuerpo del hombre, que ni siquiera dejaban
comprender el funcionamiento de su propio cuerpo.
Como cualquier acto más o menos sexual fuera
del matrimonio era un horrible pecado, cuando ella tenía
un pensamiento de deseo respecto a su prometido, sentía el fuego del infierno acercarse y temblaba de puro
terror. Por eso nunca se atrevía a pensar en su prometido
y futuro esposo como hombre, y sólo lo veía como un
hermano doctor.
El baño de la novia duró varias horas. La madre
del novio entregaba la novia completamente desnuda a la
bañera, mujer encargada de asistirla en el baño. Ésta, a
continuación, entra con la novia en el baño y cuida de
que el agua cubra por completo su cuerpo; asimismo
93
cuida de que no roce su cuerpo con los muros de la piscina y reza las oraciones de la purificación.
La familia de Yehudá había regalado a la joven
innumerables productos que venían de los reinos musulmanes de oriente, un lujo que muy pocos podían permitirse en aquella ciudad. Era un verdadero lujo, un regalo de
nivel tan alto que el padre de la novia se vio obligado a
aumentar la dote, con mucho gusto por su parte, porque
sentía que aquella unión sería muy buena para su hija, a
la que quería con locura.
Después de haber hecho abundante uso de todos
los objeto y de todos los ingredientes que contenía el
paquete enviado por la familia de su novio, la futura esposa tenía que llevar a cabo la triple inmersión (tebilá) ordenada por las prescripciones rabínicas.
Todo aquello era una un perfecto minué completamente preparado para que la gente, en un mundo donde
ser judío podía ser un problema, supiera de la cohesión
del grupo. Todos sentían que su papel era importante, y
todos sabían que aquella unión suponía nueva vida para
la judería, para su fe.
Posteriormente, la madre del novio vistió la camisa a la novia, y las demás mujeres de la familia del desposado las demás prendas, que debían de ser blancas
para que la vida que iba a comenzar fuera clara y alegre.
Obviamente todo aquello no lo contempló Yehudá.
Que estaba muy nervioso por el paso que iba a dar. Su
padre trataba de llevar calma a su agitado corazón, pero
conocía a su hijo y sabía que todo lo que pudiera decirle
o hacerle era inútil, que lo único que debía conseguir es
que llegara vivo a la ceremonia.
La ceremonia de la boda, propiamente dicha, se
celebró en la sinagoga, dado el número de invitados que
asistieron a tan importante matrimonio. Bajo la hupá, o
94
palio nupcial, se colocó el tálamo en el que se han de
sentar los novios y en el cual se encendieron dos velas.
El rabino oficiante bendijo la copa de vino y la dio a beber
a ambos contrayentes, simbolizando así su obligación de
compartirlo todo.
En ese momento Yehudá se sentía morir. Conocía
a su futura esposa, que era una muchacha hermosa, agradable, la mejor mujer que un hombre sefardí puede
esperar. Estaba maravillosa, radiante, cubierta de una luz
que hacía muy difícil que un hombre no se enamorase de
ella. No obstante el aspirante sentía que estaba traicionando a su corazón.
Anna era estupenda, atractiva, verdaderamente
hermosa. Yehudá sentía un verdadero deseo de poseer
su cuerpo, pero temía que solo fuera ardor sexual lo que
le atraía de la joven. Quería ser un buen marido, quería
que su esposa se sintiera orgullosa de él y alcanzara la
felicidad a su lado. Por eso tenía miedo, porque no confiaba en su capacidad para hacer feliz a la joven Anna.
En el momento oportuno Yehudá colocó en la mano de su novia un anillo de oro pronunciando las palabras
hebreas: Haré at mecudéet li betabá´at zot, kedat Mosé
veYisrael79. Luego se leyó el texto arameo de la ketubá o
contrato matrimonial, en el que se especificaban las obligaciones de los contrayentes y la dote de la novia.
Al final se recitaron las seba´ berajot80, y Yehudá
rompió con el pie un vaso, en recuerdo de la dolorosa
destrucción del Templo de Jerusalén.
Acabada la ceremonia, se condujo a la novia a la
casa del nuevo marido con cantos y música. En el patio
de la casa esperaban los invitados la consumación del
matrimonio comiendo y bebiendo, porque era un día de
79
He aquí que tú estás consagrada a mí por este anillo,
según la Ley de Moisés e Israel.
80
Las siete bendiciones.
95
celebración y de felicidad para todos. En la habitación los
jóvenes no eran capaces de articular palabra, azorados y
temblorosos esperaban que algo pasara, pero ninguno de
los dos parecía estar dispuesto a hacer nada para que las
cosas cambiaran.
Finalmente Yehudá se acercó a ella y la besó,
apasionadamente, mostrando todo su deseo contenido.
Aquello fue la chispa que encendió la llama. Ambos jóvenes quedaron absolutamente desnudos, sus cuerpos se
entrelazaron de forma perfecta y eficiente mientras el pene del hombre penetraba y desvirgaba a Anna, que sintió
una pequeña punzada, seguida de un fuego abrasador
que le recorrió todo el cuerpo.
Instantes de maravilloso sexo vivieron los jóvenes
por primera vez en aquel día. Ambos aprendieron el
cuerpo de otro perfectamente, tan deseosos estaban de
alcanzar la plenitud en su relación. El amor se desató en
ese instante, torrente de sentimientos que anulaba los
sentidos y convertía a los cuerpos de los amantes en una
conjunción de simbiosis perfecta.
Tras la consumación del matrimonio la fiesta
continuó. La alegría de todos era patente, la joven tenía
la cara teñida de felicidad, y Yehudá parecía menos ceñudo que de costumbre, como si el mundo, al final, se
hubiera comportado con él de una forma adecuada, y hubiera comprendido su papel en el complejo sistema que
le había tocado vivir.
Padres y amigos bebían con alegría, intuyendo
que el hombre se había integrado plenamente en la comunidad, la santa comunidad, y que la joven se había
transformado en una mujer, una mujer plenamente consciente de lo que era y de lo que se esperaba de ella, preparada para cualquier cosa.
96
Aquellos jóvenes eran la esperanza de un pueblo,
lo mejor que podían ofrecer al futuro, eso lo sabían los
rabinos, que disfrutaban del momento, pues había sido
muy duro convertir a un hombre como Yehudá en un verdadero judío integrado en una sociedad tan complicada
como la que ellos tenían.
El tiempo y el esfuerzo que habían dedicado al
hombre habían valido la pena. Habían acabado por amar
al joven Yehudá, habían alcanzado un sentimiento de
cercanía con el pensamiento del hombre, alguien que luchaba por lo que consideraba justo aunque supiera que
iba a perder.
En la sinagoga se celebró el viernes por la noche
el oficio festivo Por fin se congregaron, junto con todos
los fieles. Los varones en la nave, tocados con la kipá81 y
cubiertos con el talit82. Las mujeres en la galería, en el
piso superior. El rabino se colocó en la tebá83, sacando
del aron84 los rollos de la Torá85, para dirigir la oración.
Todo era completamente predecible, completamente normal, todos se comportaban como se debían de comportar.
Los rollos de pergamino de la Torá estaban hechos con materiales estrictamente elegidos y confeccio81
Solideo.
82
Manto blanco de oración.
83
Tarima donde se realiza la lectura pública.
84
Armario donde se guarda la Torá.
85
Pentateuco.
97
nados con estrictas prescripciones rituales86. En nin-gún
momento el rabino tocaba directamente el rollo sagrado
durante la liturgia, y se servía de un yad87 para seguir las
líneas escritas.
La verdadera fiesta la disfrutó Yehudá en su hogar. Su esposa, el ama de la casa, encendió al caer el sol
las dos velas rituales y una lamparilla de aceite mientras
rezaba una oración. Ellos dos, juntos, solos, emocionados, enamorados, quizá por primera vez desde que se
conocieron, compartían su intimidad.
Yehudá, también por primera vez, pronunció la
bendición del quidús sobre la copa llena de vino. La mesa
estaba preparada sobre un mantel blanco como la nieve,
con dos bujías apuntadas con dos candelabros color del
oro y posados uno de cada lado. El aspirante, feliz, bebió
un sorbo del vino y lo pasó con alegría a su esposa.
Comieron el alimento que había preparado la joven, y no
hubo alimento mejor cocinado para Yehudá en toda su
vida, pues era el amor el que vivía en aquella mesa.
Después de comer el esposo leyó a la esposa la
parasá88 de la semana, luego ambos cantaron ciertos
pismonin como “Yoduja Rajiona, Omar l´adonai majsi” y,
por último, “Pazare agora y vere la tierra santa de
Tevaria”.
Ese mismo viernes por la noche, Anna preparó un
pastel relleno de carne picada y queso. El fuego se mantuvo hasta el día siguiente a mediodía.
86
Los encargados de escribirlos deben ser hombres
piadosos que se purifican antes de emprender la tarea.
87
88
Puntero.
Una de las cincuenta y cuatro partes en que se divide
la Torá, una para cada día de la semana.
98
El sábado siguiente a la boda89 correspondió a
Yehudá el honor de hacer la lectura pública sinagogal.
Después, durante el sábado, continuó el descanso hasta
que aparecieron en el cielo las tres primeras estrellas que
anunciaban el final del día. En esos momentos Yehudá
recitó sobre el vino y diversas especias olorosas la
habdalá90.
Los ocho días que seguían a la boda se llamaban
la semana de la hupa. En estos ocho días el novio no
trabajaba y debía quedarse al lado de su mujer. De las
puertas y ventanas abiertas de las casas de los consuegros se oían cantos y se contemplaban bailes.
Para aumentar el deseo sexual Yehudá y Anna
fueron alimentados como requería la ocasión. Siguiendo
a Maimónides, para aumentar el deseo sexual había que
alimentar al cuerpo con todo aquello que contribuye a
mejorar la calidad de la sangre y todo lo que hidrata e
incrementa la humedad del cuerpo. Por ello fueron alimentados con carne de cordero y de paloma y una sopa
formada por nabo, cebolla, guisantes, judías espárragos y
menta. También para potenciar la erección se alimentó a
Yehudá con leche, frutos secos y uvas. Yehudá, con esos
mimbres, teniendo en cuenta la hermosura de Anna, no
tuvo problema de erección la noche en que volvieron a
consumar el matrimonio.
89
90
Sabbat del tálamo.
Bendición que marca el final del sabbat y el
comienzo de la semana.
99
El primer domingo después de la hupa Yehudá
cantó una canción alusiva al principio de la semana. El no
había sido nunca un hombre creyente, pero sentía que
necesitaba demostrar su felicidad de alguna forma, y esa
forma era cantando:
Buena semana nos dé Dio
alegres y sanos.
A mis hijos bien decir
que me los deje el Dio vivir.
Buena semana.
Para fadar y cercucir,
para poner tefellín
Buena semana.
Seguidamente de aquello besó a su esposa, su
nueva esposa, y abrazó su cuerpo como si fuera a perderla en cualquier momento. El aspirante había encontrado algo que siempre había buscado, y lo había encontrado de mano de la joven con la que se vio obligado
a casarse. Ella era todo lo que él buscaba, sus ojos
reflejaban la oscuridad de la noche, sus manos, blancas y
afinadas, eran promesas de afecto.
El amor, tanto tiempo olvidado, surgió del alma de
Yehudá como una fiera que quisiera devorar a su amo.
Aquello era todo lo que él deseaba, aquello era la luz en
un lugar cargado de oscuridad. Podía sentir que su ser se
completaba absolutamente. En esos momentos entendió
las recomendaciones de Maimónides sobre la risa, la
felicidad y descanso como beneficiosos para el sexo.
Anna era bella, absolutamente bella. Su cuerpo,
relativamente pequeño, era hermoso y perfecto. Su pelo
negro, sus ojos oscuros, aunque algo aceitunados. En la
vida una persona ha podido contemplar tanta belleza en
aquellos lugares donde el cristianismo había vuelto a
asumir su papel.
Tierna, delicada, amable, cada gesto que hacía
era una pequeña danza de amor hacia su esposo, lo que
obligaba a Yehudá a contenerse, dado que no podía pensar obsesivamente en el sexo con ella, aunque en su
100
pensamiento siempre estaba presente su nueva y asombrosa esposa, un regalo del todo punto encantador.
Era como una copa de vino, embriagadora y dulce, pero con un efecto poderoso en el interior del cuerpo.
El amor rozaba claramente el alma de Yehudá, que no
quería pensar en otra cosa que en pasar la vida entera
con aquella mujer, tan sublime, tan perfecta, tan cercana
a lo que él había deseado.
Su espíritu, muy diferente al resto de su gente, le
decía que ella era el amor de su vida, el verdadero cuerpo al que debía entregar su fe, sus sentidos, todo. Era tan
cálida que Yehudá sentía que moría de calor en su fuego.
Apenas podía respirar cuando estaba junto a ella, tan
arrebatadoramente deseable.
En uno de esos momentos maravillosos en los
que estaba con ella, Anna, sintiéndose un poco avergonzada, le había preguntado si le hubiera gustado que su
mujer tuviera más pecho. Yehudá, que en ningún momento se había planteado tal hecho, acarició con dulzura
el suave pecho de su amada y le dijo, claramente, que
nada ni nadie podía alcanzar a tener una mujer tan hermosa y atractiva como era ella.
Su perfección era tan grande que apenas se podía
uno concentrar en otra cosa que en su presencia cuando
ella acudía a la habitación donde estaba Yehudá. Por ello
la felicidad pareció entrar, por fin, en la vida del joven
médico.
En otro momento de sus intimidades ella sintió
que estaba cometiendo pecado al desear unirse con su
marido, porque Anna siempre había sido educada en la
medida y en la moderación, y ella deseaba sentir a su
esposo dentro de ella. Yehudá la tranquilizó recordando
al rabino Simón, que consideraba que si Dios no hubiera
creado el espíritu del bien ni el espíritu del mal el hombre
no podría merecer o desmerecer, por lo que los deseos
sexuales eran buenos o malos según el espíritu que les
incitaba, pues estaba escrito, “mira: hoy pongo ante ti la
101
Vida y el Bien, la Muerte y el Mal”91, así la tierra no ha
sido creada para que permanezca vacía, pues también
está escrito, “el que la fundó no la creó para el vacío;
para ser habitada la creó”92.
Con estas palabras Yehudá tranquilizó a su joven
esposa respecto al deseo sexual, y como ella estaba deseando darle un hijo y heredero, aquello fue un descanso
para el atormentado cerebro de una persona que había
sido educada en el más oscuro de los mundos, un mundo
donde el pecado siempre estaba presente.
Ella era una persona llena de vida, de deseo, de
sabiduría interior, aunque nunca había sido educada en
el camino del saber de los hombres. Yehudá estimaba
cada comentario que salía de sus labios, porque eran los
comentarios de un espíritu puro, pleno de un halo de
misterio y bondad que acababan convirtiendo al hombre
en un idólatra de su propia religión, creada para someterse a su señora Anna.
Al poco tiempo Yehudá no podía dejar de pensar
en lo que suponía tener a Anna a su lado, tan llena de
amor, tan maravillosamente viva. Quería a Anna como no
había querido a ningún otro ser en el universo, porque
ella era su esperanza, su realidad, su corazón. Deseaba
abrazarla, tenerla, poseer todo su cuerpo y su mente,
porque ella era una verdad indefinible, magnífica.
El amor, hasta ese momento esquivo, no era sino
una luz que le alcanzaba a cada instante, tan obsesionado estaba. La quería tener siempre a su lado, hasta el
punto de negar ciertas tradiciones de su pueblo, que
siempre tenía muy claro lo que se podía hacer y no hacer
con el hombre y la mujer juntos.
91
Deuteronomio 30,15.
92
Isaías 45,18.
102
Algún hermano bienintencionado le regaló por
aquellas fechas un curioso cinturón, preparado especialmente para infligir castigo corporal. Conocedor de la naturaleza humana, sabía que era aceptado en todos los
lugares donde imperaban las religiones del libro que el
marido pudiera corregir a la mujer a través de castigos
físicos93; e incluso los legisladores de las ciudades preveían la no intromisión de la justicia en los asuntos de
riñas familiares, a no ser que se llegara al homicidio. No
obstante no entendía como un hombre podía golpear a
una mujer para demostrar su autoridad y hacerla más
sumisa en su comportamiento, porque, para él, la mujer
era una compañera con la que compartir todo.
Yehudá no podía ser así. Incluso repudiaba la
costumbre de comer separadamente hombre y mujer,
como sí la mujer pudiera contagiar alguna enfermedad al
marido, al hombre, algo totalmente ridículo. Él era un
hombre de ciencias, un verdadero conocedor del cuerpo
humano y de su funcionamiento, y no iba a aceptar tonterías y creencias sin sentido.
Aceptada la felicidad, no podía admitir que la violencia fuera la solución a los problemas del hombre. No
creía que la fuerza debiera utilizarse para solucionar las
cuestiones que se pudieran plantear entre personas, porque él veía a Anna como un ser independiente y maravilloso, un ser que podía aportar tanto como él mismo.
Quizá fue en esos momentos, o poco tiempo después, cuando entendió, verdaderamente, el mensaje del
libro.
93
En la cristiandad, según Bernardino de Siena, un ineludible
derecho y deber del hombre era el de instruir y si era necesario, en
caso de error, corregir a la mujer, incluso recurriendo a sistemas
drásticos, mientras que la mujer tenía la obligación de temer, servir y
obedecer al marido.
103
Yehudá estaba en contra de la utilización que se
estaba haciendo del shabbat. En una ocasión tuvo que
asistir a un parto en el sagrado día y los rabinos, sin
comprender la situación de necesidad que había surgido,
le multaron y le denunciaron a los oficiales reales, que
fueron bastante diligentes en cobrar la multa, de la que se
llevaron nueve décimas partes.
Tuvo que enfrentarse, de nuevo, con los dirigentes
religiosos de su pueblo. En una discusión memorable
demostró, sin ningún género de duda, que el cumplimiento del shabbat hubiera supuesto la muerte de la
madre y del niño, por lo que se hubiera incumplido el
mandamiento de la Ley de Moisés que prohíbe matar,
puesto que la omisión del que sabe es como la acción del
que no sabe.
Finalmente, vencedor moral del debate, fue conminado por su suegro a dejar de luchar contra las tradiciones, aunque se le restituyó el dinero pagado. En
ningún momento Yehudá pensaba en el dinero, que lo
daba bien empleado por haber conseguido salvar al niño
y a la madre, lo que pretendía era abrir las mentes de su
gente ante la realidad de la vida, una realidad que exigía
comprender la naturaleza humana y no establecer rígidas
reglas que suponían, en la vida cotidiana, enormes problemas para los fieles.
Ejemplos de ello los tenía constantemente. El lavado ritual era una especie de tortura sin sentido. No
podía realizarse dejando las manos bajo un grifo; cada
mano debía lavarse por separado con agua de una taza
de un tamaño mínimo, también prescrito, sostenida por la
otra mano94.
Asimismo, cuando cualquier judío pretendía aliviarse en un espacio público no podía hacerlo en dirección norte-sur, porque el norte se asocia con Satán.
94
Esto era así aunque las manos estuvieran demasiado sucias
lo que hacía imposible lavárselas de esa manera.
104
Satán, en este sentido, era muy tenido en cuenta por
todos los hermanos de Yehudá, tal como hacían los mismos cristianos. Era como una obsesión. Se suponía que
los setenta bueyes sacrificados durante los siete días de
la fiesta de los Tabernáculos se ofrecían a Satán en tanto
que señor de los gentiles con el fin de mantenerlo ocupado y que no interfiriera en el octavo día, cuando se le
hace le sacrificio a Dios.
Cuando era niño no le importaba, pero ahora consideraba una excentricidad de su pueblo que todos los
aspectos de la vida, tanto individual como social, estuvieran contemplados, por lo general con demasiado detalle, en las Leyes y reglas del Talmud, lo que suponía un
anquilosamiento que impedía al hombre ser el mismo.
Un ejemplo, horrible del todo punto para Yehudá,
era la prohibición de montar a caballo durante el shabbat.
Como durante el shabbat está prohibido cosechar, esto
se extrapola a otras actuaciones, tales como cortar la
rama de un árbol. De ésta extrapolación se deriva la
prohibición de montar a caballo, ya que de esta forma se
protege contra la tentación de cortar una rama para
azotar al animal. En ese sistema no importa que se diga
que ya se cuenta con una fusta fabricada o que se tiene
la intención de montar en una zona sin árboles; lo que ha
sido prohibido permanece prohibido para siempre, aunque sea absurdo.
Además de lo absurdo de la postura, siempre
existía la heterim95. Así, una prohibición absoluta podía
ser excluida, esto es, dispensada, cuando se acudía a
subterfugios para evitar la prohibición, como en el caso
del ordeñe durante el shabbat, que obligaba a utilizar a
gentiles para evitar problemas a los animales. Aquello era
absolutamente irritante. Se partía de una base errónea, y
se trataba de engañar a la ley en lugar de cambiarla,
como hubiera sido lo normal y lo lógico.
95
Dispensa.
105
Toda la vida de sus hermanos se circunscribía a
engañar una ley que ellos mismos habían creado, a esquivar unos daños que ellos mismos se habían autoinfligido, porque el problema estaba en su corazón, en un
corazón que no podía aceptar que la tradición estuviera
equivocada, aunque el error siempre estuviera presente
ante sus ojos, demasiado quemados por la lectura de las
Escrituras y del Talmud como para levantar la vista a la
realidad, a la vida real de la gente sefardí, con sus problemas y sus angustias.
Su gente era incomprensible para él. Su suegro,
reticente a las nuevas ideas, intentó hacerle comprender
que el hombre debía seguir a la mayoría. Así, el Éxodo
utilizaba las palabras “inclinándote a la mayoría para torcer la justicia”. Yehudá no lo podía creer, en una discusión que supuso un disgusto para todos, le hizo ver que
el texto real decía, “no sigas a la multitud para hacer el
mal, ni depongas en litigio inclinándote a la mayoría para
torcer la justicia”96. Lo que suponía, según el tenor literal,
lo contrario a lo que se pretendía demostrar.
El problema era que, en la enseñanza talmúdica,
el texto que su suegro utilizaba se concebía con la interpretación que el pobre hombre hacía, desviando la palabra de Dios para convertir unas palabras de justicia en
una injusticia que pretendía someter a la voluntad de todos a los hombres justos.
Yehudá intentaba integrarse en dos sociedades
distintas, no excluyéndose de la sociedad cristiana, aunque sus hermanos lo intentaban, lo mismo que hacían los
propios cristianos. Si los cristianos despreciaban a todo lo
judío, y una gran mayoría consideraba que debían desaparecer; sus propios hermanos, sobre todo los más
ortodoxos, interpretaban a su manera el versículo “amarás al prójimo como a ti mismo”97. Para muchos santos
96
Éxodo 23,22.
97
Levítico 19,18.
106
rabinos aquello significaba que debes amar a tu prójimo
judío, pero no al que sigue cualquier otra religión, porque
esa entidad no es un hombre sino un animal, una criatura
satánica, como el cerdo, el perro o el mono.
La casa de Yehudá era una típica y tópica casa de
la época. Escasa de mobiliario98, colocado a lo largo de la
pared para facilitar el paso, pues no existía pasillo; no
obstante disponía de dos armarios donde guardaba sus
instrumentos de trabajo, y una hermosa librería donde
disponía del saber que tanto ansiaba. Varias hornacinas
servían para colocar el ajuar de Anna, y en la habitación
de los señores existía una específica donde ellos se
podían asear, pues Yehudá estimaba que la limpieza y el
aseo eran puntos esenciales para conservar la salud,
algo que un buen médico siempre debía procurar.
Su cocina, simple pero eficaz, disponía también
de una hornacina con lavabo para lavar los platos. El
agua para los lavabos la obtenían a través de tuberías,
un lujo que asustó, en un primer momento, a la sirvienta
que hacía las labores del hogar, que sólo lo había visto
en las casas más señoriales.
También había dispuesto Yehudá que las paredes
de las habitaciones donde convivía con su esposa fueran
recubiertas de hermosas y gruesas telas, con el fin de
combatir el frío y la humedad, pues estimaba que ellos
eran los generadores de muchas muertes a lo largo del
gélido invierno. Toledo, para él, no era sino un lugar frío
98
Asientos (taburetes y bancos), diferentes tipos de arcas y
arcones, mesas, casi todas desmontables, y la cama para ellos,
mientras la sirvienta dormía en un saco de paja.
107
al que debía acostumbrarse, pero que suponía una fuente
inagotable de enfermedades.
Había conseguido que las ventanas de su casa
estuvieran recubiertas de cristal, un enorme lujo que pretendía conservar, porque para Yehudá el mundo no era
sino un lugar que debe ser adaptado a las necesidades
humanas. Como había vivido en casas ajenas, sabía lo
difícil que era dormir en lugares poco resguardados donde las ventanas estaban cubiertas de telas enceradas
que apenas impedían el paso del aire.
Siempre consciente de la necesidad de higiene en
las casas como forma de evitar las enfermedades y obtener la salud, no seguía la costumbre de sus coetáneos,
y no alfombraba el suelo de su hogar con hierbas fragantes en verano o con paja en las demás estaciones, pues
esa práctica favorecía a las pulgas que cohabitaban las
casas de una forma continua, dominando a los habitantes humanos y haciendo imposible la vida. Su sistema era
mucho más simple y más efectivo, la limpieza, la diaria
limpieza de suelos y elementos del hogar como forma de
prevenir las enfermedades y salvaguardar la vida.
Como médico era inflexible a la hora de enfrentarse a los problemas de higiene que suponía vivir en una
ciudad, por eso era considerado muy maniático por sus
pacientes y por la criada que les asistía, porque no comprendían que aquello era una forma de evitar la muerte a
través de la limpieza.
Su consulta, con un acceso especial en la parte
trasera de su hogar, suponía el logro de muchos años de
trabajo. Yehudá dedicaba su esfuerzo a sanar a la gente
común, no buscando, en ningún momento, notoriedad. La
calle que recibía la puerta de su consulta estuvo llena de
sillas desde un principio, pues la fama de buen médico y
buena persona se extendió como el agua derramada entre los lugareños, que casi nunca habían podido acceder
a un verdadero médico sin tener que pagar enormes
cantidades de dinero, que no poseían. Si al médico se le
exigían una serie de virtudes morales, entre las que des-
108
tacaba la generosidad para con los pobres y necesitados, Yehudá era el mejor de los médicos, pues nunca
exigía a nadie algo que no pudiera pagar sin ver comprometida la economía de la familia.
Su máxima era que la bondad podía conducirnos
a la felicidad, y que si una acción tuya lleva a la felicidad
a un hombre, éste puede también llevar la felicidad a
otras personas, por lo que tú eres la piedra que rompe el
agua del río para que las hondas viajen al infinito. Con
esa creencia Yehudá se alzaba de la cama todas las
mañanas y se enfrentaba a su vida, sabiendo que muchos necesitaban de su ayuda.
Estaba en desacuerdo con muchos rabinos que
estimaban que el Espíritu Tentador, el Ángel de la Muerte, el Diablo, estaba donde reinaba la alegría. Ciertamente era lógico pensar que el vino y la vanidad eran
pecados que llevaban a la perdición humana, pero no
podía admitir que aquello conllevara que la alegría fuera
un síntoma de pecado, de vicio, pues existían formas de
alegría mucho más sanas.
Se había pervertido la enseñanza de los antiguos,
que lo único que pretendían era excluir los enormes vicios del hombre de su sistema de valores, y se había
convertido la vida en un eterno sufrimiento, en un castigo
por la propia existencia, por el propio sentido de la realidad, un castigo por sentir necesidad de alegría.
La vida era un camino lleno de tristeza, de muerte,
de desolación, eso lo sabía muy bien Yehudá, por ello se
debía tender a buscar la felicidad como único bastión posible contra la pobreza de espíritu y la desgracia. Nada ni
nadie podía pretender que el mundo siguiera su curso si
se excluía la felicidad.
Tampoco entendía, ni quería entender, a aquellos
hermanos suyos que ponían el dinero por encima de
todo. Tampoco entendía a aquellos que predicaban el
odio. Para él el odio era el peor de los sentimientos, el
peor de los pecados, porque obliga al hombre a comportarse como una fiera respecto a sus hermanos, algo
109
que lleva a la destrucción de todos, y a la pérdida de la
humanidad de aquellos que se dejan guiar por el mismo.
No obstante, como médico, era rígido en los planteamientos que seguía para curar a sus pacientes. Uno
de ellos, un pobre borracho que no podía dejar la bebida,
había sido repudiado por todos Rabinos, dado que las
Sagradas Escrituras señalaban que el justo come hasta
saciar su apetito, pero el vientre de los malvados conoce
el hambre99, lo que conllevaba que el justo no se embriagaba jamás. Yehudá no podía dejar al hombre a su
suerte, por lo que luchó, encerrándolo en un granero,
hasta conseguir que el vino se escapara de su sangre,
convirtiéndolo en un hombre nuevo.
Yehudá investigaba incansablemente la ciencia
del libro, intentando comprender el mismo a través de la
Cábala. El Tetragrammaton, las cuatro letras que forman
el nombre sagrado del que no se puede nombrar100,
concentraría así toda la energía primera y la potencia de
la que emanaría la creación.
Si se analizaba la Cábala se podía descubrir que,
en el fondo, no existía un solo Dios único, sino varias
deidades sucesivas, que surgen de una sola fuente, la
primera causa o el Dios Verdadero. Del la Causa Primera
emanaron o nacieron, primero un dios masculino, la Sabiduría, y luego uno femenino, el Conocimiento. Del matrimonio de estos dos nacieron un par de dioses jóvenes,
el Hijo, Sacrosanto, y la Hija, Shekhinah, Reina. Estos
dos dioses son los que tienen que unirse, pero su unión
se ve impedida por Satán.
99
Proverbios 13,25.
100
Jehová, JHVH.
110
Así, la creación no es sino una actuación de la
Primera Causa para permitir que se unieran, pero lo que
conllevó fue la desunión, llegando Satán a poseer al dios
joven femenino. En ese punto la Cábala se alejaba de lo
que Yehudá leía en el otro libro, dado que, en el fondo,
era una justificación de la creación del pueblo judío como
intento último para subsanar la ruptura entre Adán y Eva.
Lo importante, no obstante, era el hecho de descender de un dios menor, pues el hombre era el fruto
último de la unión entre dos de los tres dioses menores,
El Hijo, la Hija o Satán. Por ello, siguiendo el esquema
mismo pretendido, la divinidad estaba en cada uno de los
que habitaban en el mundo, en mayor o menor medida,
dominando el temperamento según la sangre que se
mezclaba en sus venas.
En ese sentido, el hombre no es más que una
imagen de una realidad mejor, superior, que debe existir
fuera del hombre, y que el hombre debe encontrar en su
exterior, pero buscando en su interior, porque el poder de
Dios se encontraría en el alma del hombre, un alma libre
de todo deseo, de todo odio.
Con el sistema del universo estructurado en escalones de imposible comunicación, la labor del hombre
es localizar en su interior las puertas que le llevan al centro del universo, donde se encuentra el Ser Supremo de
creación, el Ser que todo lo puede, que todo lo es, del
que forma parte el hombre mismo.
Así pues, los diez sobrenombres de Dios surgirían
del Gran Nombre, haciendo referencia a los diversos
aspectos de la divinidad, convirtiéndose en las diez cifras
originales, los Sephiroh. En ese punto es donde Yehudá
perdía el hilo de su investigación, porque el mundo se
convertía en algo difícil de entender.
No obstante empezaba a vislumbrar que las diez
cualidades originales eran las que debía tener el alma del
hombre para hablar con su dios interior, y ese dios interior, que formaba parte de toda la creación y de la
esencia misma de Dios, hacía que el hombre se acercara
111
a la perfección de tal forma que podía convertirse en un
instrumento del mismo Dios, un dios en la tierra, al menos
esa era la teoría.
Yehudá comenzaba a temer que la caída de
Adán, como la de Lucifer, tenían que ver con el conocimiento mismo que él pretendía descubrir, y comenzaba a
sentir un poco de miedo, porque el árbol del conocimiento comenzaba a tener sus frutos, los cuales, aunque
verdes, eran una tentación para el que estudiaba todo aquello.
Adán, como hombre creado en estado de perfección, se encontraba entre el mundo de Dios y el del
Diablo, Satanás, el mundo sombrío del fuego y el mundo
divino. Por ello era pretendido por tres entidades,
Sophia101, que se encontraba sobre él, Satán, que está
por debajo de él, y el Espíritu. Cada ser vivo toma su propia decisión, por eso cada persona tiene el libre albedrío
para acabar sirviendo a un amo u a otro.
La lógica del libro era aplastante, pero eso suponía negar el pecado original, algo que Yehudá tenía miedo de reconocer, como también tenía miedo de reconocer
que el sistema que describía el libro conducía a la divinidad misma del hombre en cuanto descubre su propia
identidad con Dios, lo que le convierte en un dios único
dentro de un mundo único, compartido por otros dioses
únicos en otros mundos únicos.
El único problema de Adán fue que eligió el camino equivocado, pero ese camino no estaba vedado al
resto de los mortales, igual que no estaba vedado dirigirse por la senda del poder hasta el dios que todos
llevaban dentro. El análisis de la situación le hacía sentirse esperanzado y compungido, porque no entendía
bien el camino que se debía seguir, dado que un error en
el mismo supondría la condenación eterna, tal como reflejaban las Escrituras.
101
La Sabiduría.
112
No obstante, tal vez todo aquello no fuera nada
más que una mentira, o, tal vez, la mentira fuera que el
camino malo llevaba al infierno, porque, aunque sólo era
una posibilidad, lo que al final se pretendía era evitar que
el mundo se llenara de seres con el poder suficiente
como para acabar con él o convertirlo en algo diferente.
Demasiados pensamientos brotaban del atormentado cerebro de Yehudá, cargado de ánimo cansado, pero resuelto. El camino emprendido no podía ser desandado, y, aunque pudiera haber dejado de estudiar,
Yehudá no quería olvidar lo que estaba aprendiendo, no
quería dejar de lado la sabiduría.
Todo lo que leía le llevaba a comprender que el
mundo seguía siendo un caos, un caos organizado por
unas manos poco escrupulosas, pero que podía ser reorganizado y convertido en un sistema más racional, mejor,
pues los mimbres existían, y el poder estaba en todos los
hombres, sólo debía aprenderse el modo de utilizar el
caos para convertirlo en un cierto orden dentro del mismo
caos.
Todo hombre sería, pues libre y es como dios de
sí mismo, tendría el poder de transformarse en ira o en
luz en esta vida o en otra vida diferente. Tal vez por ello
Adán acabó condenado, porque decidió ser ira en vez de
luz, o tal vez Adán nunca supo que era lo que había
descubierto en realidad.
Un día su esposa, Anna, le preguntó, todavía
avergonzada por la educación que había recibido y por la
falta de confianza que aún tenía, sobre su tierra y su
gente. Yehudá dijo:
–Mi gente vive en casas blanqueadas, de forma
regular. El sol está siempre presente en nuestra vida,
convirtiendo la realidad en un mundo diferente. Allí he
tenido amigos, más no muchos, empeñados todos en
113
seguir el recto consejo del rabino por encima de la verdad.
Anna, asombrada de las palabras de su esposo,
se atrevió a decir:
–Pero el rabí se preocupa por todos nosotros, mi
propio padre es maestro en las enseñanzas de nuestra
gente.
–Amor mío –dijo Yehudá con cara de preocupación–, que tu padre estudie las santas reglas no significa que siempre tenga razón, es más, a veces el error
es creer que siempre se tiene razón.
–Pero, en estos momentos, tú consideras que la
razón es para ti– Anna intentaba no ofender a su marido,
pero necesitaba comprender la mente del mismo, tan
misteriosa e intrigante.
–En eso tienes razón –comentó entonces Yehudá
–, pero la diferencia está en que ahora tu puedes discrepar de lo que yo pienso y puedes tener razón, por lo
que no intento imponer mi pensamiento a lo que tu consideras.
Después de aquello Anna, que se marchó pensativa, comenzó a comprender la grandeza del alma de
su marido, preparado para admitir que estaba equivocado
y dejar que los demás pensaran cosas diferentes sin
obligarles a someterse a su disciplina. Fue en esos momentos cuando Anna comenzó a pensar por sí misma sin
miedo de lo que la gente pudiera opinar de su parecer.
De esta forma surgió un nuevo ser a la vida de la
razón, porque hasta esos momentos nada de lo que una
mujer como Anna pudiera pensar sería considerado por
nadie, tan lejos estaban ellas de poder enfrentarse a la
supremacía de los hombres, aunque ya principiaban algunas mujeres a buscar su lugar en el mundo que les
había tocado vivir, eminentemente masculino y violento.
Enseguida Yehudá retomó el libro con más ahínco, pues la clave del poder de las páginas no era nada
que estuviera fuera del hombre, sino que era en el interior
donde todas las fuerzas de la creación se concentraban
114
para determinar un nuevo ser, más poderoso y fuerte,
más cercano a Dios.
Ahora comenzaba a entender las imágenes. Sus
estudios le proporcionaron una inesperada ayuda. El ojo
humano se componía de tres formas diferentes de condensación del fluido corporal. El fluido helado se encuentra en el centro del ojo. Por delante está la parte acuosa y
por detrás la cristalina. Asimismo el ojo estaría recubierto
de siete telas o membranas que corresponderían a las
siete esferas planetarias del macrocosmos.
De esta forma el ojo (con las tres partes fluidas y
las siete membranas) sería análogo a las diez numeraciones del árbol de los Sephiroth, siendo el punto ciego
de la retina el Sephiroth más alto, Kether.
Así pues, toda la sabiduría del libro no se basaba
en algo fuera del hombre, era dentro del hombre donde el
poder de Jehová se desarrollaba, más aún, la naturaleza
humana abarcaba a Dios y a todo el cosmos, porque dentro del hombre todo era posible. No era, pues, en los metales donde debía buscar la piedra filosofal, sino dentro
del hombre, en su mente, en su poder infinito.
Una vez que alcanzó la inteligencia (Binah) a
través del rigor (Gehbura), que, a través de la perseverancia (Netzah) llegó al amor y a la misericordia
(Hesed) y de allí a la sabiduría (Hochma), pudo alcanzar
la voluntad inicial (Kether). Sus ojos, hasta ese momento
ciegos, comenzaron a contemplar el mundo de una forma
diferente. Fue un perro vagabundo, abandonado a su
suerte, el que le descubrió el primer atisbo del poder que
residía en el hombre.
Mirando al perro con los nuevos ojos que había
descubierto por la Gracia se dio cuenta que podía entender el pensamiento mismo del perro, lo que sentía, lo
que quería expresar, porque todo su cuerpo era un
mensaje, un conjunto de indicios que estaban allí en todo
momento esperando ser descubiertos. Cualquier persona
hubiera pensado que el perro tenía hambre, pero el
hambre que verdaderamente acuciaba al animal era muy
115
diferente a la que se le suponía, era hambre de amor, de
cariño.
Yehudá, consciente de aquello, con un simple
gesto transmitió al perro su comprensión y su afecto, y el
perro intuyó el mensaje del antiguo aspirante, ahora maestro, y se desarrollo una conversación sin palabras entre
el animal y el humano, una conversación en la que el
hombre descubrió otro mundo diferente, un mundo en el
que la verdad no se escondía.
Podía hacer lo que quisiera con el perro, era, literalmente, suyo, porque la mente del animal se había entregado completamente al nuevo maestro. La fuerza que
sentía crecer dentro de sí era de tal magnitud que apenas
podía creer lo que le estaba sucediendo, tan cerca de la
perfección se encontraba.
La siguiente revelación que tuvo Yehudá fue en su
consulta, cuando el primer paciente fue analizado por los
nuevos ojos del hombre. Inmediatamente supo la dolencia que aquejaba a aquel pobre hombre, un labrador que
había cargado demasiado peso sobre sus espaldas. Después de escuchar al hombre le obligó a tumbarse en el
suelo, y con sus manos desnudas tocó la musculatura
dolorida del campesino hasta que, en una comunicación
constante con los músculos doloridos, eliminó el mal.
Fue algo sorprendente, algo mágico. Sus manos,
como sus ojos, como todo su cuerpo, sabían lo que tenían que hacer por encima de la comprensión de la inteligencia, porque cada parte de su cuerpo había alcanzado la inteligencia superior que necesitaba para crear,
cada una a su manera.
El campesino salió llorando de la consulta de
Yehudá, porque había padecido durante demasiado tiempo el dolor, y ahora se veía privado de su triste carga. No
obstante la alegría del hombre, aquél fue el primer acto
116
de la desgracia de nuestro nuevo maestro, pues para el
resto de los hombres aquello era un milagro, un milagro
que podía achacarse a la capacidad del médico para
curar, o a un poder, benigno o maligno. Esto suponía
que, los cristianos, o su propia gente, podrían acabar con
su vida.
Su profundo convencimiento en la obligación que
había asumido de ayudar y sanar, en la medida de lo
posible, a sus semejantes, obligación que había asumido
incluso respecto de los que no eran de su pueblo, le
obligaba a seguir adelante, siempre hacia delante, tratando de eliminar el dolor de la mejor forma que su conocimiento pudiera indicarle, incluso a riesgo de su vida y la
de su familia.
Llegó por esas fechas su primera Sukot102 de casado. En una enorme terraza que disponía la casa de
Yehudá, éste comenzó a construir una suká o cabañuela
en la que su familia se reuniría para comer durante los
ocho días de celebración. Su esposa, Anna, maravillosa y
reluciente, reflejando un amor que el maestro absorbía
por todos sus poros llenándolo de felicidad, le contemplaba feliz.
Yehudá comenzó haciendo una armadura de palo,
después ató manojos de cañas unas con otras para hacer
las paredes y el tejado, donde dejó varias aberturas para
poder contemplar el cielo, tal como era la tradición. Cuando el feliz médico finalizó su labor su joven esposa se
dedicó a amueblar el interior. Sobre las paredes colocó
102
Fiesta de los Tabernáculos o de las Cabañuelas que se
celebra durante ocho días, del 15 al 22 de tisrí (a finales de septiembre
y principios de octubre). Conmemora el tiempo en que el pueblo de
Israel anduvo errante por el desierto tras su salida de Egipto.
117
sabanas blancas. Sobre esas paredes tapizadas de blanco Anna trazó hermosos diseños con flores de suká amarillas enganchadas con alfileres. La puerta de la cabaña
era un tapiz colgado, que se levantaba para poder entrar.
A los dos lados de la improvisada puerta Anna colocó dos
tiestos de hinojo.
Cada mañana Yehudá entraba en la suká y la
bendecía llevando a los cuatro rincones un buketo hecho
de ramas de tres plantas diferentes, un ramo de lulab
(palmera), un ramo de araba (saule) y un ramo de hadase
(mirto) a los cuales se unía un fruto, una manzana.
Después, dentro de la suká, Yehudá y Anna comían y bebían felices, cantando canciones que ambos
conocían, compartiendo miradas que eran mundos encerrados en un universo diferente, especial, pues Yehudá
era consciente de la inmensa felicidad que le rodeaba, de
la asombrosa suerte que suponía haber encontrado una
mujer como aquella, tan llena de vida, tan cercana.
El amor, parte esencial de la sabiduría, llenaba los
poros del hombre. Su nuevo conocimiento, lleno de aplicaciones, suponía que él era capaz de compartir su amor
de una forma plena con su esposa, y eso era lo que hacía
durante todos los días de su vida, entregar a su amada
parte del amor que ella le regalaba.
Al final de Sukot, el 23 de tisrí celebraron la
Simhat Torá103. Era un día de júbilo donde se arrojaban
caramelos y peladillas a los que leían la Torá en el púlpito
y se asperjaban los rollos de la Ley con agua de rosas.
Ese día Yehudá fue el hatán Torá104, un honor que le hizo
comprender al grado social que había alcanzado. Anna
103
La Alegría de la Ley; que se celebra cuando se acaba la
lectura de la última de las 54 parasá de la Torá y se comienza de
nuevo el libro.
104
Novio de la Ley, es decir, el varón miembro de la
comunidad a quien le correspondía la lectura de la última parasá.
118
se sentía plenamente feliz de ser la esposa de un varón
tan importante para la comunidad.
Lejos estaban los primeros momentos de Yehudá,
cuando sus amoríos con una morisca le habían obligado
a huir, cuando los mismos que ahora sentían orgullo por
tenerle allí le despreciaban por su debilidad. Era el camino del cambio, la adaptación, lo que había llevado al
resto de sus hermanos a comprender que dentro del
hombre había algo.
Yehudá estaba, en esos momentos, asimilando todavía el poder que comenzaba a desarrollar, y le resultaba increíble contemplar a sus convecinos y hermanos
con los nuevos ojos que Jehová le había otorgado. Era
un hombre nuevo, nacido para la verdad, con el poder de
la verdad.
El mal y el bien, la luz y la oscuridad, todo se reflejaba en los rostros y los ademanes de la gente. Ellos eran
libros en los que leer, fuentes inagotables de conocimientos que se podían obtener a base de perseverancia
y respeto. Sabía lo que otros sabían porque ellos lo llevaban escrito en su alma, y él empezaba a poder leer en
esa alma.
Pero sus poderes se estaban desarrollando mucho más de lo que había podido creer, pues también era
capaz de controlar pequeños gestos humanos, y toda la
personalidad de animales inferiores, y podía engañar a
los no iniciados con ilusiones perfectamente creíbles.
Estaba más allá de la comprensión del hombre corriente;
incluso sus maestros no creerían lo que él era capaz de
conseguir con un gesto de su mano o con un pensamiento bien dirigido al lugar adecuado. Era otro mundo,
otra forma de existencia, completamente diferente a lo
que el resto de los mortales creían que era la vida.
Intentó descubrir si el resto de los mortales eran
capaces de alcanzar los niveles que él había descubierto.
Para su desdicha su esposa Anna estaba vedada completamente al poder que la mente de Yehudá desarro-
119
llaba, pues no parecía capaz de comunicarse con el
simple pensamiento.
Yehudá notaba como si un tupido velo cubriera el
cerebro mismo de su esposa, al igual que lo hacía en
casi la totalidad de los hombres y mujeres que él había
conocido, porque estaban cerrados al poder de una forma
que él odiaba, pues empezó a sentirse solo, sin nadie
que pudiera comunicarse de tu a tu con su persona.
El 15 de sebat105, Yehudá invitó al Tu-bisbat106, a
toda su familia “política”. Decoró con flores la suntuosa
mesa, ilusionado y esperanzado por su nueva vida. En
medio de la mesa presidían la sandía y el melón, conservados durante varios meses por Yehudá para esta
celebración. La mesa contenía, expuestos de forma admirable, manzanas, peras, dátiles, higos secos, almendras,
avellanas, castañas y toda clase de frutas. Tras la comida
Yehudá pronunció las bendiciones propias de las frutas y
del vino blanco y tinto, después las canciones dominaron
el ambiente, totalmente distendido.
No obstante, más le hubiera valido a Yehudá prestar más oído a los comentarios de algunos de los comensales más impertinentes, que empezaban a criticar la ostentación y el poder económico que demostraba, algo que
consideraban inusual en un médico tan joven. Esos fueron los comienzos de la destrucción de la nueva vida de
Yehudá, pues se comenzó a pensar que recibía ayuda
poco recomendable, llegándose a insinuar que había he105
106
Mes entre enero y febrero del calendario cristiano.
Se llama también Ros hasaná lailanot, o año nuevo de los
árboles, y conmemora el resurgimiento de la naturaleza tras el
invierno.
120
cho un pacto con el diablo para lograr alcanzar un poder
de curación por encima de cualquier médico.
A los ocho meses de su nueva vida como matrimonio Anna quedó embarazada. La enorme emoción
de Yehudá se podía descubrir en cada simple gesto del
hombre. La felicidad acompañaba cada instante del ya
prestigioso médico, ensanchando la fuerza que le unía a
su esposa, que era un ser absolutamente encantador,
una persona que llenaba cada instante con la fuerza del
amor.
Su nueva fuerza le permitía contemplar a su mujer
de una forma diferente, y veía en ella una luz que no
podía contemplar en otros seres. Anna era una mujer
completa, feliz de su condición y feliz con su mundo, con
su vida. Había comprendido hacía mucho tiempo que la
fuerza de vivir estaba en todo lo que contemplaba, y
disfrutaba de cada instante de una forma completa.
Yehudá hubiera deseado ser como ella, ella era perfecta,
completa y absolutamente perfecta, la única preparada
para seguir en un mundo como aquél.
Su hijo nació sano, pero hubo dificultades en el
parto. Aunque no era lo corriente, él mismo asistió a su
esposa durante tan agónico esfuerzo. En el último momento el cuerpo de Anna decidió dejar de emitir señales
de pujo, y el niño quedó atorado sin poder ir hacia atrás ni
hacia delante. La matrona, que había atendido a todos
los sefardíes durante muchos años, consideró que aquello era la muerte del niño y de la madre si no se rompía el cráneo del pequeño para sacarlo, pero Yehudá era
de otra opinión.
121
Concentró todo su poder en el interior de Anna,
tomando como referencia las nalgas del niño que podía
percibir con su tacto, y él, sin otra ayuda que su mente,
empujó perfectamente a su hijo, conduciéndolo hasta el
nacimiento, aunque cometió el error de hacerlo delante
de la matrona, que quedó asombrada de tal milagro.
En esos momentos la mujer quedó callada, más
por el miedo de lo que pudiera hacer la familia de la mujer
si contaba lo que había visto que por respeto a un médico
que había demostrado tener tanta pericia. No obstante
quedó resentida cuando quiso cubrir al bebe de sal y
Yehudá, recordando a Avenzoar107, le ordenó dejar esa
práctica, pues Yehudá estaba de acuerdo con el insigne
médico de al-Andalus.
Anna se encontraba radiante, con el hermoso brillo que les queda a las mujeres recién paridas después
de su esfuerzo, un brillo de lucha y de triunfo, de fuerza y
de vida, algo que hizo sentir a Yehudá enormemente
feliz. Era la culminación de una vida de lucha, y el ser que
ahora tenía entre sus manos era la luz final de un camino
demasiado oscuro, una luz que debía brillar con mucha
más fuerza que la del padre.
La vida de Yehudá dio un vuelco radical. El tener
un hijo supuso para él una nueva perspectiva de vida,
una nueva forma de comprender el mundo, pues los ojos
de su hijo, extrañamente azules, suponían para el hombre la conciencia de la propia felicidad, tan claro era el
mundo cuando el niño nació.
107
Tratado de los alimentos: “pienso que la sal los quema,
les provoca un dolor áspero y agudo y puede que también les
produzca insomnio. Por tanto, lo mismo que he dicho que el cuerpo de
un niño se parece al queso fresco, también digo que no puede
soportar dolores y, menos aún, el insomnio, pues se asemeja a la flor
que se aja y se marchita al contacto con el más mínimo calor o
sequedad. Así, tampoco el niño puede soportar ni los esfuerzos, ni los
sufrimientos, ni el insomnio, que lo reseca y lo desgasta”.
122
Yehudá gustaba de tener el niño en sus brazos
hasta que durmiera, sentir la mente de su hijo aprender el
mundo a través de sus sentidos mientras que él veía un
mundo nuevo a cada instante. Su hijo vivía cada momento como si fuera único, y él sentía aquello de una
forma muy especial, pues la mente del bebe era tan
blanca que apenas podía creer lo que estaba sintiendo.
La noche anterior a la circuncisión los parientes
velaron a la recién parida y a su hijo en la noche de
semirá para evitar que le dañasen los espíritus malignos.
En aquella maravillosa noche se tomaron dulces y se
cantó, porque la alegría reinaba en la casa de Yehudá.
Siguiendo la tradición el parido había contratado una orquesta.
Al octavo día del nacimiento de su hijo108,
Salomon, se celebró la ceremonia berit milá109. El mohel
estaba preparado, y todos se sentían dichosos de tal
evento. En la ceremonia, en la que impusieron el nombre
al niño, estuvieron presentes, además del padre de la
criatura, el padrino o sandac, la madre, los amigos y otros
familiares dado que el acto era un motivo de júbilo para la
comunidad.
El padre de Anna comentó, “feliz suerte la de los
israelitas, a quienes el Santo, bendito sea, ha distinguido
entre los demás pueblos dándoles la señal de la circuncisión, pues el que se encuentre marcado por ese
108
Según el Génesis (17,9-14), todo varón judío debe ser
circuncidado ocho días después del nacimiento, entrando a formar
parte de la Alianza de Abraham.
109
Pacto de circuncisión.
123
signo no irá al infierno, siempre que cumpla con los preceptos de la Ley de Moisés”.
A la ceremonia también estaba invitado el profeta
Elías, al que se reservó un sillón preferente. Según la tradición, el profeta Elías baja a la Tierra en cuatro vuelos y
llega al lugar de la circuncisión. Yehudá pronunció las
palabras rituales, “esta silla está destinada al profeta
Elías”, dado que si no las pronunciaba el profeta no se
sentaría.
El sandac sostuvo al niño en sus rodillas mientras
se realizaba la operación. Tras la circuncisión los asistentes compartieron una copa de vino bendecido, una
gota del cual también se colocó en los labios del recién
nacido. Después del acto la tradición informaba que el
profeta Elías subiría al cielo para dar testimonio de la
circuncisión.
La felicidad, no obstante, no parece que sea eterna, ni mucho menos. El odio del hombre alcanza tal nivel
que la muerte no puede recoger todos los frutos del
mismo. Yehudá se encontraba fuera, lejos de su hogar,
visitando a un paciente importante, cuando la masa de
sus “hermanos” decidieron convertir la dulce existencia
de su familia en un infierno donde todos debían morir.
Los problemas comenzaron cuando una de las pacientes
de Yehudá, alguien que debía la vida al médico, decidió
contar su mágica curación, tal vez por envidia, tal vez por
simple ignorancia.
Otro contó su historia, y a ese le siguió un tercero
y un cuarto, hasta que la matrona, odiosa mujer que no
sabía respetar la sabiduría, acabó diciendo que el médico
era servidor del diablo, y que ella misma había visto con
sus ojos como Yehudá se encomendó a su Señor del mal
para salvar a su hijo de una muerte que debió ser segura.
124
Todos concluyeron que el diablo había salvado al
niño porque era hijo suyo, y que Anna, la hermosa mujer
de Yehudá, era la esposa del mal, por lo que decidieron,
sin acudir a alguna persona que les llevara a un pensamiento más racional, o que permitiera a la familia defenderse, quemar el hogar de tan malignas personas con
ellos dentro.
Llegados al hogar de Yehudá no encontraron al
hombre, por lo que acabaron concluyendo que el hombre
era el mismo diablo, que había huido al saberse descubierto. Aquello envalentonó más a aquel grupo de insensatos, que rompiendo las piernas de Anna con un
martillo para que no pudiera escapar, prendieron la casa
con la familia y la criada dentro. Gritos de súplica y de
dolor resonaban en el aire, pero nadie de los allí presentes quiso escuchar a las personas condenadas, no importaba su inocencia, sólo su muerte, porque lo que ellos deseaban era matar aquello que no entendían, lo que deseaban era acabar con la felicidad de otros, porque ellos
no habían podido o no habían querido buscar su propia
felicidad.
En el último instante de agonía Anna pensó en
Yehudá. Éste, ajeno hasta ese momento a lo que acontecía en su hogar, percibió con los ojos y con la mente de
su desesperada esposa todo lo sucedido, y el dolor devoró su alma y comió sus huesos hasta la médula. Su
mundo había muerto, no podía regresar, no quería regresar.
Aunque pudiera probar su inocencia la gente le
seguiría marcando, aunque eso no le importaba, lo que
verdaderamente le importaba era que había perdido las
dos razones para seguir existiendo, que le habían robado
el calor del cuerpo, la sangre que circulaba por su interior,
la fuerza vital.
Despreciando a los asesinos de su familia les maldijo como sólo un poderoso puede maldecir. Si el resto de
los mortales no son capaces de despertar las fuerzas del
mal para hundir al enemigo, Yehudá era perfectamente
125
capaz de despertar el dolor y la oscuridad, y eso hizo,
inconscientemente, cuando su corazón pronunció de
verdad el deseo de venganza y el odio eterno a los asesinos.
Aunque ellos nunca supieron del origen de sus
desgracias, si bien algunos, como la matrona, pudieron
intuirlo, todos los presentes en la masacre de su familia
murieron de una forma extrañamente horrible, acompañados de un agónico dolor que les mantuvo atados a la
vida hasta que su último suspiro supuso la última vuelta
de tuerca de desesperación.
La matrona, consciente de lo que había hecho,
acabó confesando a sus allegados que había mentido
para acabar con un médico que era capaz de salvar a
niños mejor que ella misma, y que odiaba a Yehudá de tal
forma que no pensó en las consecuencias de sus actos.
No obstante aquello no importaba en absoluto.
Yehudá nunca supo lo que la mujer confesó, nunca supo
lo que aquella gente sufrió. Acabó huyendo, buscando un
nuevo destino lejos de la gente que se suponía su pueblo, pero que le había condenado al sufrimiento y a la desesperación.
126
127
CUARTO.
Otra vez Yehudá tuvo que escapar de su mundo,
de sus sueños. Era el momento de la huida, porque nada
ni nadie puede impedir que el destino de los hombres se
cumpla. Había perdido todo, su mejor vida, su mejor mundo. Ella había desaparecido, su hijo había muerto, todo
estaba perdido.
Apenas creía lo que había sucedido. Todo lo que
él podía hacer no servía de nada ante tan horrible destino. El odio entró en su alma, pero tuvo que dejarlo ir,
porque no podía hacer nada, nadie podía hacer nada. La
muerte de su familia era la experiencia más horrible que
un hombre como él podría vivir.
Él seguía teniendo su poder, cada vez más fuerte,
cada vez con mayor capacidad. Sabía que aquello no iba
a acabar nunca, que siempre sería diferente, pero no
sentía rencor por su situación, él era lo que debía ser, era
un hombre nuevo en un mundo demasiado arraigado en
la mentira.
Todos existen en un mundo de sombras y nadie
quiere salir de la oscuridad. El privilegio del hombre que
conoce su destino, su fuerza, no es nada, apenas existe
esperanza. Ahora comprendía la religión, la base de la
alienación del hombre, porque se creó para que aquellos
que no pueden alcanzar la razón última dominen el
mundo.
128
El maestro fue “contratado” por Don Fadrique de
Ribera como médico y escribiente, por su condición de
conocedor del árabe, para un viaje insensato a Tierra
Santa. El nuevo dueño del médico vivía en Valladas, del
reino de Valencia, donde disfrutaba de una vida de disipación y placer, consciente de su poder y riqueza.
Yehudá cambió de nombre en esos momentos, optando
por el nombre de Kepa Mexía de Cherinos.
El voto que realizó Don Fadrique de Ribera, le
obligaba a realizar una peregrinación a Jerusalén, tuvo su
origen en una enfermedad grave de su esposa. Aunque
en el momento de la curación el cumplimiento del voto
podría parecer excesivamente oneroso, la palabra de
Don Fadrique era ley, y le exigía el esfuerzo que suponía
desplazarse a aquellos lugares tan peligrosos en aquellos
momentos. Perdido San Juan de Acre, y desaparecido el
reino cristina en 1291, el viaje que pretendía realizar el
hidalgo caballero podría suponer una temeridad, pero la
obligación del noble es demostrar que la palabra debe ser
siempre cumplida.
Don Fadrique era un hombre culto a su manera,
como lo eran todos los cristianos en aquellos lugares,
apenas conocedores de una verdad que se les escapaba,
pero que deseaba impulsar a una persona como Yehudá,
un hombre dedicado exclusivamente a la investigación
del hombre y de la muerte, un hombre que había comenzado a conocer la verdad de la existencia por encima de
cualquier otro sabio viviente, pues Yehudá, ahora Kepa,
había adquirido fama como médico y como persona docta
en multitud de conocimientos.
Antes de iniciar la expedición se hicieron las compras más diversas: pieles, telas, tiendas de lona, pabellones de cuero, sacos para el pan, pellejos para el vino,
ollas y loza, y algunas ballestas de calidad como armas
defensivas.
Iban a recorrer un mundo que, por desgracia, cada vez era más peligroso, lo que les obligaba a enfrentarse con grandes problemas y a luchar constante-
129
mente contra hombres que pretendían obtener todo de
sus presas. En un mundo cruel aquel viaje podría ser el
final de sus vidas.
El lunes, día de Santa Lucía, salieron de Valladas
para dirigirse a Mojén, donde pernoctaron en la casa de
Don Pedro Maça. Allí la reunión fue animada y dis-tendida. No parecía que las religiones les pudiera separar,
eran hombres compartiendo una vida de hombres, sin
distinciones, sin dolores. Su señor era muy dado a zahorar110, algo que Yehudá intentaba quitarle de la cabeza, pero a él le gustaba comer desmedidamente, y no
podía hacer otra cosa que cuidar su cuerpo lo mejor que
pudiera.
Cuando llegaban a un lugar determinado la búsqueda de un sitio donde dormir era esencial. No obstante,
el señor en cuestión contaba con un despensero muy
bueno. El descanso se hacía en habitaciones compartidas. Aquello no gustaba al señor Don Fadrique, pero no
podía hacer nada por evitarlo. Se dormía desnudo, intentando apartar del cuerpo los piojos y las pulgas que convertían la vida en un infierno.
El séquito de Don Fadrique de Ribera estaba formado por un nutrido grupo de hombres, entre los que se
encontraban miembros muy distinguidos de la nobleza. El
viaje lo iniciaron cuarenta personas, cincuenta y dos caballos y una carreta con pertrechos. Sabían que muchas
de las cosas que portaban acabarían en el camino,
porque la inteligencia no faltaba en ese grupo, y podían
comprender perfectamente que los lugares que iban a
110
Zahorar es sobrecenar, volver a cenar un poco de tiempo
después. En la Mancha actualmente se considera una comilona entre
amigos.
130
tener que recorrer no eran del todo seguros, y que la
naturaleza no es muy respetuosa con los hombres.
A Yehudá no le importaba ya la comida trifá o
kaser, ya había comprendido que el mundo no se fundamentaba en unas reglas insensatas creadas para controlar a un pueblo en concreto, sino que su base eran
fuerzas que unían cada pedazo de cuerpo a otro pedazo,
construyendo una realidad concreta. Era capaz de todo,
era un dios en la tierra, pero nada de eso era importante
en un mundo como aquél.
Todos querían escuchar al nuevo maestro, amplio
conocedor del poder de la nueva fuerza, de la verdad de
la existencia. Él temeroso de decir algo que no debiera,
construía verdades a través de noticias inconexas, historias ocultas y realidades bastante obvias. Todo el mundo pareció enormemente satisfecho de los descubrimientos del aspirante.
Algunos cristianos sentían un especial deseo de
conocer la sabiduría de otros pueblos, por eso se permitían el lujo de aceptar entre ellos a personas más o
menos renegadas, o que suponían renegadas de religiones como la judía. Don Fadrique de Ribera era de un tipo
de persona que pensaba que un hombre como Yehudá
podía ser muy interesante y desvelar secretos que él
deseaba conocer.
En ningún momento se plantearon la religión de
Yehudá, en esos momentos llamado Kepa, pero por su
forma de ser, su forma de actuar, todos sabían que existía algo que ocultaba, y ese algo sólo podía ser algo malo, por lo que el misterio se convirtió en un instrumento de
poder para Kepa-Yehudá.
La actitud general de Kepa era, por supuesto, una
de las causas de su carisma, porque se le veía preparado
para casi cualquier cosa, con unos conocimientos enormes en varias lenguas, más sus conocimientos médicos y
su capacidad para escribir con una hermosa y comprensible letra, lo que le hacía especialmente tentador para un
131
noble que apenas era consciente de sus propias limitaciones.
El martes partieron a la Puebla de Nonsén Cortés
y el miércoles llegaron a Almaçafas. En el camino, una
víbora atacó a uno de los hombres de Don Fadrique, su
despensero. Yehudá intervino inmediatamente utilizando
una triaca que llevaba para esos casos, la variedad llamada faruq, que descubrió a través de la Materia médica
de Dioscórides. Tuvieron que permanecer en Almaçafas
una semana hasta que el despensero se recuperó.
Durante esa semana Yehudá, conocedor de todas
las plantas y sus propiedades, preparó a su paciente infusiones de la corteza del sauce llorón, lo que bajaba la
fiebre del hombre, y atenuaba su dolor, haciendo mucho
más llevadera la enfermedad que padecía. La habilidad
de Yehudá asombró a todos los presentes, que, a partir
de ese momento, tuvieron al médico una especial estima,
sintiendo la seguridad que suponía compartir viaje con
tan sabio compañero y camarada. Mientras transcurría el
tiempo de convalecencia del hombre algo cambió en la
partida. Un respeto que antes no se tenía cubrió la imagen que todos tenían del médico; no en vano había salvado una vida con su rápida intervención, lo que generaba una enorme confianza en todos los que formaban
aquella comunidad.
La vuelta al camino estaba pronta, pero aquellos
seres deseaban tener verdadera conciencia de lo que
acababan de ver. Existía algo mágico en la curación de
una persona a manos de otra que, por su profesión, es
capaz de cambiar el mal por bien. Aunque eran conscientes de la existencia de esa capacidad en muchos profesionales de la medicina de la época, la cercanía de uno
de esos profesionales, así como la mera contemplación
132
de su capacidad de curar fue una especie de revelación
cuasireligiosa.
Hombres hasta ese momento respetuosos se
transformaron es verdaderos creyentes del nuevo ser
perfecto, un ser capaz de transformar la vida en muerte.
En esos días Yehudá sentía en su interior que su poder
crecía de una forma descontrolada, lo que le llevaba a
“leer” literalmente los pensamientos de todos los que se
cruzaban en su camino, y de poder controlar, con limitaciones, las acciones de muchos hombres de poca voluntad.
Un verdadero miedo le nacía de la conciencia de
su propio poder, porque hasta esos momentos sólo se
había mostrado en una pequeña parte, algo perfectamente controlable. Ahora era un ser distinto, alguien que
podía cambiar comportamientos, determinar intenciones,
asumir decisiones.
Ante el poder que surgía Kepa intentaba apartarse
de sus compañeros de viaje todo lo que podía. No quería
saber lo que pensaban aquellos hombres, no quería poder conocer sus intimidades, sus deseos, sus sentimientos. No quería, tampoco, poder controlar la mente de unos hombres que se habían comportado tan honradamente con él, si bien, de vez en cuando, no podía evitarlo.
Pretendía ser fiel a la confianza que habían depositado en su persona. No quería acabar siendo un
traidor. No obstante su don le permitía aprender muchas
cosas, habilidades que antes no tenía y que adquiría por
osmosis de sus acompañantes, convirtiéndose en un
verdadero experto en miles de acciones que ni siquiera
hubiera sabido realizar si no pudiera absorber todo lo que
absorbía.
Nada era tan aterrador como saber lo que todos
desconocían. Cuando pasaban cerca de una persona
mala, Yehudá sentía su mal de una forma muy especial, y
comprendía su forma de ser, de pensar, se convertía, por
así decirlo, en el mal. Eso le daba miedo, porque, a
133
veces, no era capaz de controlar todo lo que sentía, todo
lo que su capacidad le enviaba para que acabara comprendiendo.
Apenas era capaz de pensar, tanta información le
estaba matando. Por eso tuvo que poner cortapisas a su
poder, tuvo que cerrar el grifo para evitar la locura,
dejando que el tiempo le permitiera controlar lo que era
incontrolable. Al final sólo se abría a las mentes de los
demás durante pocos instantes, cerrando la puerta con
toda su voluntad durante el resto del tiempo, esperando
que el control funcionase de forma habitual.
El viaje continuó sin prisa. Después solo una sucesión de nombres, de lugares extraños para él, porque
se sentía perdido. Catarroxa, Valencia, Villareal,
Sazedella, Tortosa, donde permanecieron toda la Pascua
de Navidad, y así, sin quererlo, recorrieron su camino. En
Valencia, ciudad hermosa y bien construida, Yehudá
contempló el juzgar del Tribunal de las Aguas, y supo que
aquellos hombres honestos eran hombres de bien.
Pasaron por Narbona, el día de Nuestra Señora
de la Candelaria, donde tuvo que ver el cuerpo de San
Pastor; y también por Montpellier. En ambos lugares
había hermanos en su antigua fe, pero estaba cansado
de esperar algo de los demás, por lo que huyó de los que
antes fueron los suyos, dado que ahora era otro hombre,
un hombre que creía, solamente, en sí mismo, sin fe, sin
esperanza.
Un miércoles legaron a Arles, una ciudad a orillas
del río. Para llegar a la misma tuvieron que usar una
barca, que utilizaba maromas como forma de impulsión,
donde podían caber seis carros cargados y cien hombres.
En todo momento Yehudá acompañaba a su señor a
todos los lugares donde éste, en su ignorante fe, decidía
ir.
134
Sistemáticamente acudían a todas las iglesias y catedrales de los lugares donde debían pasar la noche, y
acababan contemplando las diversas reliquias que allí se
guardaban, pues su señor era muy devoto, incluso había
llegado a obsesionarse de tal forma con la muerte y su
salvación que confesaba todas las noches que le era
posible antes de acostarse, pues consideraba que ningún
cristiano debía dormir en pecado. Yehudá había llegado a
considerar enfermizo ese hecho, pero no podía hacer
nada, y ya no se implicaba tanto con el resto de los
mortales, aunque su señor era una buena persona.
No obstante, las iglesias, en aquellos días, no
eran el lugar más adecuado para buscar la salvación,
pues se habían convertido en una feria de carne y dinero
donde todo se podía comprar y vender, incluso el alma.
Cabezas, manos, brazos, todo era troceado y conservado
con el fin de obtener suculentos beneficios de los fieles
que entregaban buena parte de sus ganancias para
conseguir un trozo de cielo. Se había difundido universalmente la costumbre de cortar los cadáveres de las personas principales y cocerlos hasta que la carne se desprendía de los huesos, con el insano fin de guardar éstos
en cofres y devocionarios, enterrando solo las entrañas,
llegando, incluso, a engastar las reliquias con oro y piedras preciosas.
Yehudá no podía entender esa práctica tan bárbara; además tenía conocimiento de que el papa
Bonifacio VIII había prohibido esa práctica como un
“detestandae feritatis abusus, quem ex quodam more
horribili nonnulli fideles improvide prosequuntur”111. Era
una de las muchas cosas que le alejaban de aquellos
extraños seres que creían en un único Dios pero que
acababan venerando trozos de hueso o de carne amojamada sin ningún valor.
111
“Abuso de detestable crueldad, una horrible costumbre
que han practicado algunos fieles desconsideradamente.
135
Él sabía que lo macabro era el centro del pensamiento cristiano, pero no podía creer algunas noticias que
había tenido. Así, era tan loco el placer por lo macabro de
aquella gente que los monjes de Fossanova, donde había
muerto Tomás de Aquino, ante el temor de que pudiesen
desaparecer las santas reliquias, habían confitado el
cadáver, le habían quitado la cabeza y lo habían cocido y
preparado; llegaba a ser tan terrorífico el pensamiento
cristiano que, durante el tiempo que permaneció corpore
insepulto el cadáver de Isabel de Rutingia, los devotos
cortaban y arrancaban, no sólo trozos de los paños en
que se envolvía la mujer, sino también los pelos y las
uñas, incluso trozos de piel, de las orejas y de los pezones.
Él, más que nadie, era consciente de ese hecho.
En pleno uso de un poder como el suyo, había buscado
restos del alma o de algo de vida en los miserables trozos
de seres vivos que guardaban aquellos locos, y sólo había encontrado silencio, un silencio sepulcral que le dolía
más que su propia vida, porque era consciente de la
pérdida del alma humana cuando uno acababa muriendo.
No obstante, ¿qué se podía esperar de una religión que
consideraba lícito la idolatría a la imagen a pesar del segundo mandamiento que ellos mismos se habían impuesto? En el fondo los santos vivían en el espíritu del
pueblo como si fueran dioses.
Lo curioso era que, incluso con la extraña devoción que sentían hacia los muertos, en el fondo, sentían
miedo, un enorme terror hacia ese mundo desconocido
del más allá. Por eso, quizá, estaban tan cerca de la religión, por eso confiaban su fe a unas personas que ni
siquiera eran dignos de llamarse personas.
El 20 de febrero, viernes, llegaron a Aviñón.
Yehudá no entiende como se puede encontrar allí la sede
136
de la religión de los cristianos cuando antes existía otra
sede en Roma. Procura no demostrar su ignorancia dado
que ese hecho podría obligarle a descubrir sus orígenes
a gente que no debían saberlo.
El 27 de febrero, de nuevo viernes, llegaron a
Marsella. Intentaron ver la cabeza de San Lázaro, que dicen se encontraba en la Iglesia Mayor, pero no consiguieron nada porque en aquella iglesia eran muy respetuosos con las reliquias; este hecho gustó a Yehudá,
porque consideraba que no debían utilizarse los cuerpos
de los muertos de esa forma.
En este punto Yehudá sufría una curiosa contradicción en su alma. Si bien era consciente de la inexistencia del alma en el cuerpo caduco y de la necesidad
de investigar los cuerpos muertos para sanar a los vivos,
no podía dejar de pensar que el cuerpo del hombre no
debía mancillarse por nada, algo que nacía de la base de
sus creencias religiosas y que no había podido eliminar
de su pensamiento por más que hubiera abandonado la
religión judía.
La opinión de Yehudá era que debían emprender
el viaje por mar, desde Marsella, dado que el trayecto era
más rápido y podían ahorrar mucho camino, pero su amo
no deseaba embarcarse más de lo necesario. Parece ser
que el hombre sentía gran temor por los animales marinos, dado que tenía pesadillas en las que era engullido
por una ballena, como Jonás.
Sus acompañantes hicieron todo lo posible para
que el Señor entrara en razón. Le explicaron que en el
mar que iban a utilizar para llegar a su destino no había
peces tan grandes como para que fueran ingeridos unos
hombres como ellos, que aquel mar no suponía un excesivo peligro para la navegación, y que todo el mundo intentaba seguir el camino por mar porque suponía una seguridad mayor para los peregrinos que afrontar los enormes peligros de un trayecto por la tierra.
El temor de su Señor no cesaba, pues era un ser
compungido, atemorizado por una enseñanza que obli-
137
gaba a creer en el dolor y en la muerte, en el terrorífico
castigo final del alma apesadumbrada por los pecados.
No podía hacerse otra cosa que intentar convencerle de
que la historia de Jonás no era lo que él pensaba.
Yehudá intentó hacer comprender a su Señor que
la historia de Jonás y la ballena era una alegoría de lo
que le ocurre al alma cuando ha descendido a un cuerpo,
dado que el alma, cuando se asocia a un cuerpo, sufre un
enorme perjuicio, y lo que Jonás representa es la necesidad de soportar el perjuicio con resignación, atravesando
el océano de la vida admitiendo las limitaciones de un
cuerpo que aprisiona el alma.
Asimismo, el pez que tragó a Jonás es el símbolo
de la tumba, y sus entrañas en símbolo del Se´ol, el
mundo de ultratumba, morada de los muertos, porque el
hombre que no tiene fe no es sino un muerto viviente. De
nada sirvieron esas explicacio0nes, bienintencionadas,
aunque agradaron al Señor, al final continuaron el viaje
por tierra, exponiéndose a los peligros que suponía el
cambio de gobernante y los continuos asedios de los salteadores de caminos que imperaban por aquellas tierras.
Dejaron Marsella después de dos días de descanso y llegaron a Abreol, a cinco leguas de distancia,
donde quedaron toda la noche. El martes fueron a comer
a Balma, que se encontraba a tres leguas, donde se
supone que la Magdalena hizo su vida más de treinta
años, algo que dudaba Yehudá, pero no quería disgustar
a su empleador con cuestiones que le podrían hacer
mucho daño.
Parece ser que San Lázaro y sus hermanas,
Marta y María, pasados catorce años desde la muerte de
Jesús, fueron expulsados de Jerusalén, puesto que eran
gente principal y los patriarcas no quisieron matarlos
aunque perseveraban en la fe del Cristo. Así, en un viaje
inverosímil, en el que se embarcaron, junto con San
138
Lázaro y sus hermanas, San Maximino112, San Cidonio113,
Santa Marsela y otras tantas santas personas, llegaron a
Marsella donde, si bien fueron rechazados en un primer
momento, acabaron convirtiendo a parte de la población.
Tuvo que aguantar las historias increíbles del guía
local que les acompañaba, referidas a la imagen de la
Magdalena que se encuentra en un monasterio cercano,
que fue realizada por San Maximino y de cómo los
ángeles la subían siete veces al día sobre una peña muy
alta. En otro monasterio guardaban, Yehudá no sabía
muy bien porque motivo, los restos de San Maximino y de
la Magdalena, aunque no consiguieron que tampoco
mostraran los cuerpos, no así la supuesta cabeza de la
Magdalena, engastada en oro, con un vidrio delante del
rostro que nunca se quita. Esta cabeza tenía desde la
media frente hasta la sien izquierda un pedazo de carde
renegrida de dos dedos de ancho.
Asimismo los frailes les dieron de comer, aunque
cobraron cuantiosamente dicha “generosidad”. La comida
fue amenizada por un relato asaz curioso, resulta que algunas gotas de la sangre de San Maximino se conservan
secas en una redomilla y que el Viernes Santo, en la hora
que Jesús expiró, la sangre se pone a hervir. A Yehudá le
hubiera gustado comprobar tan extraño suceso, pero el
viaje debía continuar y su señor no estaba por la labor de
perder el tiempo y el dinero en dicha empresa, dado que
consideraba que la palabra de los frailes era suficiente
para creer en el milagro, por lo que no había necesidad
de comprobación alguna.
En el monasterio los monjes tenían muchos beneficios. Se les suministraba cuatro litros y medio de
cerveza al día, comían carne, usaban joyas y vestidos
112
Uno de los setenta discípulos a quien San Pedro había
encomendado a la Magdalena.
113
Que fue el ciego a quien Jesucristo sano.
139
recubiertos de pieles; incluso empleaban criados, que habían llegado a superar el número de monjes. Era absolutamente desagradable, porque no suponía un ejemplo
de religiosidad.
Acabaron durmiendo en San Maximino, a tres
leguas del monasterio. Después recorrieron un camino de
pocas leguas que pasaba por Ays, Peyrola y Pertus, donde llegaron el domingo. El lunes Yehudá tuvo que soportar otra escatológica experiencia en Zate, donde les mostraron la cabeza de Santa Ana, acompañada de otra
extraña e inverosímil historia donde se señalaba que el
cuerpo lo trajeron de Jerusalén sus hijas María Jacobé y
María Salomé.
Entre los pasatiempos de los aldeanos Yehudá
contempló como un grupo de ellos, con las manos atadas
en la espalda, competían en matar a cabezazos un gato
sujeto a un poste, con riesgo de que les desgarrase las
mejillas o les saltase los ojos.
El martes primero de marzo consiguieron avanzar
un poco más y llegaron a Monascar, a seis leguas de
Zate. El miércoles llegaron a Pernes114, y el jueves a
Aquilán, un pequeño villorrio con cuatro casas en el campo. Allí comenzaba el Delfinado.
El viernes alcanzaron a Talarte115 donde comieron
para pernoctar en Sorges116. El sábado pasaron por
Ambrun117 y pernoctaron el Sant Crespín, donde permanecieron todo el domingo, a consecuencia de la nieve. El
114
A seis leguas.
115
A cuatro leguas.
116
A dos leguas.
117
Allí tuvieron su nueva sesión de cristianismo pues en la
puerta de su iglesia una imagen de la Virgen hacía milagros, y cuando
intentaron meterla dentro de la iglesia ella amanecía fuera.
140
lunes de Carnestolendas118 llegaron a Briançon donde
permanecieron el martes, partiendo el miércoles de
ceniza, después de la misa.
Ese miércoles, primero de Cuaresma, llegaron a
comer a Monginebra y cenaron en Susaña. Fue una
experiencia increíble para Yehudá, que se enfrentaba por
primera vez a las inclemencias del tiempo de los Alpes y
la peligrosidad de los pasos alpinos. Su señor tuvo que
pasar el puerto en carretilla, por la mucha nieve que había, medio muerto de frío y con los ojos vendados para
que no viera los peligros del cruce.
El paso era infernal. Un buey, al extremo de una
cuerda muy larga, tira de un remolque, porque sólo el
buey corre peligro si el camino falla. Los montañeses que
les acompañan procuran hacer el suficiente ruido antes
de pasar para que con el estruendo, si debía de caer la
nieve, ésta cayera. Durante el paso todo el mundo guarda
un silencio sepulcral, porque les va la vida en ello. Los
guías les cuentan, tal vez para incrementar el precio
convenido, que en el paso muchos viajeros y animales
acaban enfermos, y que en algunos grupos hay miembros que, después de recibir atención médica, acaban
falleciendo; y que, en primavera, los guías recogían los
cadáveres de las personas sorprendidas por una tempestad o que no habían llegado al hospicio antes del
anochecer.
El jueves comieron en Aures y cenaron en Susa,
ya en el Piamonte, llegando el sábado a Turín. En un camino de ciudades interminables llegaron el miércoles a
Tercar para alcanzar, el jueves 23 de marzo, víspera de
Nuestra Señora de marzo, Minascar y acabar, llegada la
noche, en Milán.
A Yehudá le gustó mucho Milán, una ciudad con
las calles largas y muy anchas, con casas medianas pintadas por fuera. Era una ciudad grande, donde el co118
Lunes de carnaval.
141
mercio dominaba el ambiente de una forma increíble. Se
notaba que allí había muchas personas de renta. Todos
trataban mercadería.
El agua era el elemento vital de la economía milanesa. La ciudad dependía del desarrollo agrario que se
producía alrededor del Po, en una zona dominada por
bosques y pantanos el hombre, luchando contra la naturaleza, había creado cultivos. Los molinos de agua habían controlado la fuerza del río.
Milán contaba con una red de canales, construidos para cumplir la doble misión de la defensa y de la irrigación. Estos canales119 se comunicaban unos con otros,
y estaban en contacto con los grandes ríos, lo que facilitaba, además, la llegada y la salida de mercancías.
La ciudad era rica y espléndida, con más de seis
mil fuentes de agua potable, trescientos hornos públicos,
cuarenta copistas o diez mil monjes de todas las órdenes,
junto con más de cien fabricantes de las famosas armaduras milanesas. Para el viajero era sorprendente contemplar una ciudad como aquélla.
Yehudá descubrió en tan hermosa ciudad organizaciones de barrio llamadas vicinie, que tenían la finalidad de evitar los conflictos entre sus miembros y mantener la paz. Ser miembro de una de estas organizaciones era una tarea ardua, si bien muchos querían pertenecer a las mismas porque suponía un refuerzo contra
los abusos. Los responsables de las vicinie eran elegidos
por asambleas que se reunían cada seis meses, y tenían
un terrible poder que debían administrar con justicia.
También Milán fue agradable por las implicaciones
que se deducían de la existencia de una veintena de
hospitales para los aproximadamente cien mil habitantes
de la ciudad. Parecía un mundo pensado para procurar
119
Nirone, Sevesotto, Acqualonga, Naviglietto di Porta Tosa,
Vettabia Naviglio Grande, Olona.
142
una vida agradable al hombre, y aquello era algo distinto
de lo que había vivido el maestro.
Las mujeres milanesas, amables y hermosas, vestían con trajes de amplios escotes, enseñando los pechos
de forma elegante y descarada a la vez, algo que escandalizaba a muchos extranjeros, pero que agradó a
Yehudá, que pensaba siempre que la libertad de elección
correspondía a ambos sexos. Su señor se sorprendió de
los vestidos de las damas lugareñas, pues denotaban un
gasto enorme.
En aquella tierra dominaban los Visconti, cuyo
castillo de Porta Giovia era signo de poder en la región.
Había gente que no sentía especial amor por su gobernante, pero éste, poderoso, parecía ignorar a sus súbditos, como lo hacían la mayoría de los señores de aquella época, dedicados a otros menesteres.
Partieron de la ciudad el viernes 8 de abril y acabaron comiendo en Caçan120, durmiendo en Martiniega.
Ese día su señor decidió visitar su ciudad santa. De nada
sirvieron las protestas de nuestros guías, que indicaban
que aquello les desviaba de su destino. Lo importante
para Don Fadrique de Ribera era obtener una visión de
conjunto de su fe, y esa fe pasaba por la ciudad de
Roma.
Se desviaron entonces hacia Verona, pasaron por
Bolonia, Siena, San Giminiano y Florencia, recorriendo
caminos que les alejaban de su destino hasta llegar a
Roma, esa ciudad a la que los cristianos tenían especial
cariño.
Un manjar de aquellos lugares donde visitaban
era un alimento que se cocinaba a base de harina de
grano duro y agua, que se trataba hasta convertirlo en
finas capas de un plato llamado lasaña o se tornaba
filiforme para obtener un producto que, cocido y acompañado de diferentes ingredientes (carne, verdura o
120
A dieciséis millas.
143
pescado), era apreciado por todo el mundo y considerado
esencial en el yantar de los hombres, e incluso lo consumían los navegantes.
Yehudá se maravilló de encontrarse en Bolonia, la
primera ciudad con Universidad de Europa. Bolonia era
una curiosa ciudad donde, consecuencia del escaso terreno intramuros, se construía en muchas alturas, por lo
que se construían torres para aprovechar el escaso suelo; incluso se llegaba a habitar los sótanos, lugares oscuros y húmedos, poco adecuados para el hombre. Al
final el desarrollo urbanístico obligó a la construcción de
edificaciones extramuros para poder dar cabida a todos
los habitantes de la ciudad y a los visitantes, cada vez
más numerosos, que eran atraídos por la Universidad. Al
final los dirigentes de la ciudad tuvieron que asumir su
crecimiento y debieron construir una nueva muralla, y
luego una tercera.
Verdaderamente fascinante era el canal de
Sàvena, un canal de cinco kilómetros de longitud que
traía el agua del río Sàvena a la ciudad de Bolonia. Los
hombres que dirigían la ciudad121 habían comprado el
derecho a utilizar el agua del río Sàvena a los ramisanos,
lo que les permitió alimentar el canal Navile, que se
construyó para unir Bolonia al Po, y, desde allí, al mar, lo
que hizo posible un servicio regular de transporte fluvial
entre Bolonia y Venecia.
Siena se encontraba recorrida por tortuosas calles, tan estrechas que un caballero a caballo puede tocar
con la punta de sus zapatos a los transeúntes que intentan dejarlo pasar al pegarse contra el muro. Además, las
escaleras exteriores eran otro impedimento que oscurecía las calles convirtiéndolas, sobre todo por la noche,
en perfectos lugares para delincuentes de todo tipo que
pretendían adquirir la propiedad, y a veces la vida, de los
hombres de bien. Así, las calles son tan estrechas que en
121
El Comune.
144
algunos lugares, cuando los frailes pasaban para ir a
enterrar a un muerto, debían bajar la cruz procesional y la
gente no lograba pasar. Asimismo las casas se extienden
sobre la vía pública por medio de balcones, algo enormemente peligroso cuando se produce un incendio.
Tanto el mercado diario como el semanal se encontraban en el Campo, espacio creado en la parte de la
ciudad de mayor actividad mercantil, donde se edificó la
casa consistorial. Las únicas estructuras consentidas en
el mercado eran las móviles. Las estructuras mayores
eran las tiendas, conocidas con el nombre de barracas o
pabellones; éstas eran un espacio de tela basta, al abrigo
de la lluvia y del sol, sujeta por palos hundidos en la
tierra.
No obstante, la mayoría de los puestos de venta
del mercado estaban ocupados por bancos de varias
dimensiones, en los que se exponían las mercaderías.
Muchos de los vendedores que acudían al mercado de
Siena no se servían de un puesto para la venta, pues muchos eran ocasionales y se limitaban a dejar los productos en el suelo o en cestas. Asimismo estaban los barateros, que tienen licencia para hacer uso de los juegos
de azar.
Muchos ladrones, amantes de las bolsas ajenas,
pululaban intentando cambiar la propiedad del dinero de
los pobres ingenuos. A su señor le pretendieron robar la
bolsa, pero Yehudá era una persona muy avispada y
consiguió demostrar al ladrón que el robo no tenía interés.
La limpieza de la ciudad, que se encontraba realmente sucia, la realizaban los cerdos, que devoraban
todos los deshechos que el lugar generaba. Era algo
completamente asqueroso, pero la gente se había acostumbrado a ver recorrer las calles por piaras de estos
animales que buscaban alimento, e, incluso, se había establecido una especie de derechos preferentes para
utilizar los deshechos con el fin de alimentar a los cerdos.
145
De las casas sobresalían una especie de palcos,
adecuadamente equipados con sus asientos, desde los
cuales los habitantes de la casa defecaban sobre un
canal relleno de cenizas, convirtiendo aquellos lugares en
un foco de olores y sensaciones absolutamente desagradables.
En Siena los hornos de ladrillo se encontraban
ubicados dentro de la propia ciudad, aumentando el peligro de incendio, pero no parecía importar dicho hecho.
Como no tenían nada que hacer Yehudá se quedó contemplando como se hacían y secaban los ladrillos. La
arcilla se colocaba dentro de moldes de madera122; una
vez que ha sido prensada, la arcilla excedente se cortaba
mediante un hijo tensado con un arco. El ladrillo se separaba luego del molde con un golpe seco, y se limpiaba
el molde rascando su interior, para que no se alterasen
las dimensiones. Posteriormente los ladrillos se dejaban
secar durante un tiempo123, para acabar en el horno donde son convenientemente cocidos.
En Florencia encontró una asociación similar a la
vicinie, que por aquellos lugares se denominaba consorterie, unas agrupaciones de clientelas cuyos miembros
debían prestar juramento de socorro mutuo, y que creaban cajas de solidaridad para proveer a los miembros en
caso de necesidad. Aquello fue una agradable sorpresa
para Yehudá, que entendía la convivencia como auxilio al
necesitado sin reparar en gastos.
Florencia tenía manzanas de casas alineadas, con
un pequeño huerto en el centro, que se construían en serie por iniciativa de grandes propietarios, a menudos cofradías y compañías religiosas, que posteriormente eran
arrendados a operarios y artesanos. Este tipo de casas
se edificaban según un modelo repetido. Las casas des122
Que pueden ser con fondo o sin fondo.
123
Entre una semana y un mes.
146
tinadas a los artesanos hacían función de tiendas, y por
ello se asomaban a la calle. Los pisos superiores se
solían dedicar a la vivienda, contando cada casa, en la
parte de atrás, con un huerto privado, mientras que el
pozo servía a varias familias.
Finalmente llegaron a Roma. Yehudá no podía
creer que aquella fuera una ciudad santa, dado el triste
estado en el que se encontraba. Animales salvajes vivían
en cuevas dentro de la ciudad, y la gente se abandonaba
a una especie de sueño de infinita miseria.
Parecía una ciudad fantasma, un cuerpo amortajado que, si bien conservaba parte de su antigua belleza,
no era sino una triste imagen de algo ya caduco, de algo
que desapareció hacía tanto tiempo que apenas se recordaba. El Imperio había muerto, la República había pasado, todo era una mentira.
Después de contemplar la magnificencia de otras
ciudades de aquellas regiones, contemplar Roma no fue
sino una decepción absoluta, un triste recuerdo de lo que
el paso del tiempo puede hacer con las creaciones del
hombre, y con el hombre mismo.
La visita de Roma era un descubrimiento constante de la propia naturaleza humana, un viaje de descubrimiento de la propia futilidad, de la cercanía de la muerte, pues esa era la imagen que desprendía la ciudad y
muchos de sus ciudadanos. Era el claro ejemplo de la
danza macabra que proliferaba en muchas pinturas de
aquella época.
Yehudá veía desolación, tristeza. Ninguna magia
quedaba en la ciudad, toda había sido devorada por hombres sin sentimientos que esperaban, en todo momento,
conseguir una vida mejor vendiendo a sus familiares y
amigos, vendiendo su propia alma, porque, para ellos,
aquella alma no tenía ningún valor.
147
Lágrimas de lluvia recorrían sus semblantes cuando llegaron. El final de una ilusión supone el nacimiento
de una verdad. Las creencias humanas mueren con demasiada rapidez, no dejando nada más que un seco sentimiento de estulticia en el hombre que pretende llegar a
conocer a su Dios.
Aunque para la mayoría era preferible encender
una pequeña luz que vivir maldiciendo la oscuridad, lo
cierto era que allí todos concebían la vida como un
mercado sin fin, un mercado donde todo y todos podían
ser comprados y vendidos, dado que era el dinero el único dios que habitaba en su alma, que controlaba aquella
existencia oscura y patética.
Ya no había hermanos, todos eran clientes. No
había parientes, todos eran vendedores de ilusiones,
compradores de esperanza. La Iglesia católica, los cristianos, demostraban en aquel lugar su falta de fe a cada
instante, pues nunca pensaban en las ideas de su
Salvador, sino en la posibilidad de enriquecerse de forma
infinita con un poco de suerte de su parte.
Cansados por el excesivo viaje que estaban soportando tuvieron que pasar una semana en dicha ciudad, lo que era enormemente desagradable, dado que
estaba llena de rufianes que pretendían obtener el dinero
de las pobres almas que se atrevían a acercarse a sus
calles, puesto que no había ley ni orden, sólo rencor y
desesperación.
Aquello era una especie de Sodoma moderna, un
lugar donde todo se podía conseguir, incluso el cuerpo de
bellas mujeres, la propia salvación. El dinero era el rey, el
sacerdote era el mediador, y la muerte, siempre presente,
el único fin que no podía ser comerciado, la única verdad
que escapaba de los mercaderes.
Existía una clara sensación de necesidad en toda
la ciudad, una sensación que pretendían cubrir a base de
comerciar con muchos de los productos que los pocos
peregrinos que en aquellos tiempos se atrevían a ir a
Roma llevaban consigo. Antes muchos cristianos se diri-
148
gían a la Ciudad Santa, pero el temor a los saltea-dores,
las continuas guerras y la falta de seguridad hacía que la
mayoría se quedara en sus ciudades y realizara peregrinaciones mucho más seguras, como ocurría con
Santiago de Compostela.
Muchos romanos se habían convertido en codiciosos posaderos de temporada, sobre todo los que vivían
cerca de la basílica de San Pedro. Suelen salir a la calle
en busca de peregrinos, forzarlos a entrar en sus casas y
cobrarles después precios abusivos. Todo aquello era enormemente desagradable, porque se abusaba de la
necesidad del creyente convirtiendo la religión en un negocio.
El señor dinero imperaba en todos los lugares
donde miraban. Comercios grandes, medianos y pequeños demostraban que todo se podía comprar, hasta
niños, siempre y cuando el precio fuera el adecuado.
Aquel gran bazar de los hombres de Dios suponía pingües beneficios para la Iglesia, por lo que dejaba que las
migajas acabaran en manos de los habitantes de la
ciudad de Roma.
La seguridad era otro de los grandes problemas
de la ciudad. Ladrones profesionales campaban por toda
la villa. Además de los hábiles hurtadores de bolsas
ajenas, y los inteligentes estafadores de todo calado, estaban los muy peligrosos y violentos bandidos, que dedicaban sus esfuerzos a convertir la vida de sus víctimas
en una mercancía más. Si te alcanzaba uno de estos
verdaderos asesinos la mayoría de los hombres estarían
muertos si la bolsa que portaran no era de la conveniencia del ladrón.
Aquella ciudad atraía a la mala gente como el
queso a los gusanos. En su camino hacia los lugares
importantes para los cristianos Yehudá pudo contar tres
muertos por arma blanca, y dos heridos graves, algo que
demostraba sin ningún género de dudas que la vida valía
realmente poco en aquellos lugares olvidados de la
justicia.
149
Yehudá tuvo que actuar varias veces para salvar a
su señor de las agresiones de gentes sin escrúpulos. Con
sus poderes Yehudá era capaz de controlar esas situaciones con presteza, pudiendo atacar en los puntos flacos
del rival con una velocidad de vértigo, lo que le granjeo
cierta fama entre los violentos salteadores, que decidieron evitar enfrentarse con tan formidable enemigo y buscar presas mucho más sencillas.
También pudieron contemplar la humillación de un
hombre, abandonado por su mujer, que lloraba amargamente pidiendo permiso, en la puerta del tribunal eclesiástico, para poder tener otra mujer a su lado, dado que
la suya, “de ningún modo había querido volver a su lado”.
Todos sabían que aquello que el hombre pedía hubiera
sido posible si él tuviera el suficiente dinero, pero era un
pobre, lo que conllevaba que debía asumir su condición y
aceptar que era un cornudo y un desgraciado sin esperar
nada a cambio.
No había nada más vergonzoso que el deshonor
sexual. El matrimonio era un sacramento cristiano que
lavaba el pecado de la concupiscencia, aunque la mujer
debía estar siempre sometida al hombre, porque los maridos sometidos a sus esposas eran ridiculizados y escarnecidos, porque la crueldad siempre estaba presente
cuando un grupo de hombres se reunía a beber y hablar
de sus pequeñas historias.
Yehudá, sin entender muy bien por qué, tuvo entonces un recuerdo horrible. En su niñez el rabino que les
enseñaba la Torá y el Talmut les contó como el
Emperador Adriano torturó a los rabinos. Al rabino
Chamina ben Teradion, que tuvo que comparecer ante un
tribunal de sangre por haber dado conferencias clandestinas sobre la Escritura, a la pregunta de por qué
había transgredido las órdenes del emperador, contestó:
"Porque el Señor así me lo ha mandado". Fue envuelto
en un rollo de la Torá y quemado lentamente sobre un
montón de madera tierna de mimbre. Su hija Beruria fue
llevada a un burdel, donde padeció los abusos de innu-
150
merables hombres hasta que acabó matándose totalmente destrozada por la infamia cometida con su cuerpo.
Al doctor de la ley Rabino Chuzpit, intérprete en el
Sanedrín de Jabne, le fue cortada la lengua. La leyenda
reseñaba como último mártir al rabino Judas ben Baba.
Temiendo que con la muerte de los doctores más eminentes la tradición oral desaparecería por completo,
había consagrado a los últimos seis discípulos de Akiba.
Para no complicar a ninguna ciudad se había marchado
con los seis a un valle desierto de Galilea. Allí les impuso
las manos. Los esbirros romanos los descubrieron allí.
Los discípulos huyeron y pudieron salvarse. Judas ben
Baba fue muerto a golpes de lanza y agujereado como un
colador.
Así murieron hasta diez mártires, que han pasado
a la posteridad como representantes de todo el pueblo de
Yehudá, pues estas matanzas seguían llorándose en su
época en el Día de la Expiación124 y en el Día de la
conmemoración de la destrucción de Jerusalén125. Sólo
después de la muerte de Adriano terminó el tiempo espantoso de las persecuciones y martirios por la causa de
la fe.
Todavía en Roma, el domingo pudieron asistir a
un sermo generalis126. Los acusados de herejía fueron
situados en una plataforma elevada, para que todos
pudieran verlos. Todo comenzaba cuando el inquisidor
predicaba su sermón, dirigido, fundamentalmente a los
124
Jom Kippur.
125
Tischa beaw.
126
Juicio contra herejes, que atraían a grandes multitudes.
151
sospechosos de herejía, pero también a la audiencia que
se congregaba en una gran multitud.
El día del sermón, la multitud, enfervorizada, interrumpía al orador constantemente con vítores y gritos,
pues eso era lo que se pretendía. Acabado el sermón el
inquisidor otorgó indulgencias al público e impuso la sentencia a los acusados. Muchos de los considerados culpables se arrodillaron y arrepintieron públicamente de sus
herejías, reales o ficticias, lo que propició que fueran absueltos y pudieran reintegrarse en su vida.
Decepcionados por la imagen de la ciudad los viajeros volvieron a retomar su camino en Verona. Esta ciudad también tenía, como Milán, buenas y amplias calles.
Al día siguiente llegaron a Mantua, que también tenía amplias calles, incluso más anchas que las de Milán. Después de tal viaje, pasaron por Padua y llegaron a Venecia
el 30 de mayo.
Venecia era su punto de partida a lo desconocido,
hacia el infinito. Todo el mundo partía desde esa ciudad
porque era el camino más seguro. Los gobernantes venecianos habían considerado conveniente legislar las condiciones del tráfico de peregrinos porque era básico para
la reputación comercial de la Serenísima contar con clientes moderadamente satisfechos. Por todo ello el Dogo y
su Consejo insistían en el buen estado de los barcos, su
equipamiento, el número requerido de marineros y el
cumplimiento de los contratos, lo que hacía que el viaje,
en otro tiempo enormemente peligroso, se convirtiera en
una incomodidad más, aunque minimizada.
Formada por multitud de islas, Venecia se encontraba defendida por un arrecife, llamado Lido, entre el
mar y el agua. Todas las casas principales tenían puertas
al agua y a las calles; éstas, unidas por hermosos puentes, algunos de madera, otros de piedra, permitían el pa-
152
seo del viandante, si bien en algunos barrios era peligroso caminar según a que horas.
El Palacio de la Señoría era inmenso, y en él habitaba el Duque. Allí van a juzgar los jueces de la ciudad. El
Palacio tiene un corredor muy grande que sale sobre la
plaza donde se encuentran dos mármoles, que es donde
ahorcan a los gentilhombres que controlan la ciudad con
su dinero. Junto al mar se encuentran otros dos mármoles donde se ahorca al pueblo llano, y junto a la iglesia
hay otro mármol donde se ahorca a los duques.
Yehudá no pudo contener su corazón cuando pisó
la Plaza de San Marcos, la Piazza127, pensada para
asombrar a los visitantes con sus dimensiones y su magnificencia, con su aroma a tierras extrañas y poder, porque para eso había sido creada, para generar en los que
acudían a ella una sensación de vértigo y humildad necesaria para poder mantener la hegemonía de la ciudad.
En esa plaza se encontraba la Iglesia de San
Marcos. Yehudá comenzó a comprender, por fin, la grandeza del cristianismo al contemplar tan majestuoso palacio de oración. Si bien era pequeña a comparación con
otras iglesias y catedrales, asimismo era rica y espectacular, recubierta toda de mosaico. No obstante, también
comprendió que aquel templo no reflejaba el esplendor y
el poder de la iglesia de los cristianos, sino el poder de la
ciudad.
Cuentan que las reliquias de San Marcos, llevadas
a Alejandría en el año cristiano 828, fueron escondidas
en trozos de carne de cerdo, con el fin de evitar la curiosidad de los musulmanes, y transportadas por un barco
veneciano a los reinos cristianos. El citado barco es
salvado de la tempestad por las reliquias que portaba, por
lo que los venecianos instalaron las reliquias en la capilla
127
En Venecia sólo hay una plaza que los venecianos
consideran como tal, la plaza de San Marcos.
153
del Dogo, llevando así a la Serenísima al lugar que le
corresponde desde el inicio de los tiempos.
Era mitología pura lo que podía contemplar en
cada calle de la ciudad. Era la magia de lo diferente, de lo
desconocido. En algún momento, durante la creación del
mundo, alguien debió pensar en aquella ciudad y planificar todo lo que en ella existía. Tal vez por eso Yehudá
sentía que aquél era su mundo, un mundo lleno de contrastes, de pensamientos alegres y dichosos, de amor
hacia la vida.
En Venecia, Yehudá, se enamoró de la mágica
ciudad que acogía a los extranjeros con tanto amor y
tanto cuidado. Ciudad preparada para el huésped, todo
en ella giraba en torno al viajero, lo que permitía al hombre cansado y alejado de su hogar, de sus comodidades,
disfrutar de instantes de tranquilidad y placer.
Quizá el brillo de la ciudad, la atracción de su libertad, de su poder, contenido en cada piedra, en cada
roca, en cada canal, quizá el mismo pensamiento veneciano de permisividad hizo que Yehudá decidiera quedarse en aquél lugar y abandonar la peregrinación de sus
compañeros, al menos por un tiempo.
Venecia ocupaba el primer lugar entre las ciudades comerciantes y como ciudad del conocimiento,
como puerto de embarque y como centro de atracción
cultural, con San Marcos, sus múltiples iglesias y sus
centros de producción artística. La reputación de la marina veneciana contaba mucho en esto; al igual que un
gobierno que tendía siempre a colaborar y hacer más
confortable y segura la estancia de los peregrinos de paso por la ciudad. Los magistrados especialistas se ocupaban de los alojamientos y de las condiciones de embarque, los convoyes se sometían a diversos reglamentos para proteger el transporte naval de la piratería y
del peligro turco.
El espacio portuario de la ciudad no tenía parangón, y no se limitaba a la línea de contacto con el mar.
Era tan vasto como para permitir las operaciones de
154
transferencia entre el mar y la tierra; pudiendo circular los
convoyes de mulos y carros sin ninguna dificultad. Depósitos, tiendas, puestos de control128 tenían su lugar, como
no podía ser de otro modo. La vigilancia129 recorría el
puerto día y noche, generando una extraña seguridad
que no se tenía en otros lugares, aunque aquella zona
era especialmente peligrosa.
Asimismo era una ciudad llena de contrastes, de
vida, de oportunidades continuas. Cada callejón suponía
una aventura para una persona que escapaba de su
pasado y no quería enfrentarse a su futuro, porque el
futuro era lo que más temía Yehudá, dado que el poder
genera una enorme responsabilidad, responsabilidad que
el “maestro” debía, pero no quería, asumir.
Su primera noche en la ciudad, en un oscuro
puente que acababa en un callejón, fue asaltado por tres
indeseables que, por desgracia, se equivocaron de
víctima. El simple poder de sugestión hizo que aquellos
estúpidos arremetieran unos contra otros, acabando con
sus vidas en unos instantes. Aquello no disgustó a
Yehudá, que estaba cansado de esperar el bien de la
gente cuando ésta era incapaz de concebir dicho bien.
No obstante, teniendo en cuenta la propia naturaleza de la ciudad, Yehudá comprendió al poco tiempo que
no era a la noche a la que debía temer, sino al día, pues
era en el día el momento en el que se producían los peores crímenes, algo que era incapaz de asimilar un hombre que había vivido en una cultura como la suya.
Yehudá llegó a contemplar una situación curiosa,
dos barqueros tienen un pequeño encontronazo, algo
normal en aquellos lugares, pero los hombres ponen en
128
Puestos donde se pesan y se miden las mercancías y se
cobraban los derechos y peajes.
129
En Venecia los oficiales hacen rondas de vigilancia
permanente alrededor de los depósitos y del arsenal.
155
entredicho la reputación de sus mujeres y la legitimidad
de sus nacimientos, llegando incluso a escupirse. Un tercero, bienintencionado, terció inmediatamente, acabando
la querella en una reconciliación en la taberna vecina.
Yehudá adoraba el barrio de Castelloto, sus baños turcos y sus lugares de prostitución. No es que en
esos momentos Yehudá frecuentara prostitutas, no tenía
esa necesidad, pero se sentía cómodo rodeado de aquella gente, expulsados, como él, de una sociedad que no
comprendía a su propia gente.
Los domingos, dies dominica130, estaba prohibido
trabajar en la ciudad; siendo obligatoria la misa para los
cristianos, bajo amenaza de excomunión. Yehudá, aunque no era realmente cristiano, participaba de los rituales
de sus conciudadanos, pues, en el fondo, no le importaba
nada el pensamiento religioso mismo.
Aunque muchos hombres consideraban que, simplemente mirando la misa se obtenían gracias especiales;
las misas a las que asistía Yehudá eran muy curiosas,
Todos los hombres se despreocupaban del rito en sí
mismo y se dedicaban a contemplar a las mujeres que,
vestidas con sus más hermosas galas, eran una fuente
de perfecto deleite para el ojo. Ese hecho, lejos de constituir un problema, era la verdadera base del ritual; siempre y cuando se asista a la ceremonia sin molestar, obviamente.
La misa se celebraba por la mañana, después de
la hora tercera131. El enérgico sonar de las campanas
convocaba a todos los fieles que, apenas despiertos, esperaban el final de la misa para poder disfrutar de su día
libre. Que Yehudá asistiera a una misa cristiana no le
parecía demasiado horrible, pues había comprendido que
130
Días del Señor.
131
A las 8 en verano y a las 9 en invierno.
156
todo aquello no era más que una pantomima de control
de los fieles, como sucedía en su religión de origen.
Terminada la misa, los pobres y acomodados se
dispersaban fuera de la iglesia, las mujeres a preparar la
comida y los hombres a conversar y tomar vino en compañía de otros hombres, que, de esta forma, se quitaban
el yugo que les apretaba la vida durante toda la semana,
haciendo más soportable una existencia anodina, casi sin
sentido.
Las clases pudientes rivalizaban en esos momentos en cortesía. El de categoría inferior siempre intentaba
dejar a la derecha a los superiores, o les cedía el paso a
la hora de cruzar una calle. Cuando se llegaba a una
casa era obligado invitar a todos los acompañantes a
entrar en ella y beber algo; obviamente la cortesía exigía
que los invitados rechazasen tal oferta, lo que hacía que
el dueño del hogar acompañara al resto un poco más.
Con ello se convertía el día del domingo cristiano en una
especie de peregrinación de buenas intenciones y pocos
sentimientos para los que tenían el poder.
Muchas veces, el vino, y el juego, calentaban los
ánimos de los hombres, embrutecidos por el trabajo y la
vida misma, lo que generaba altercados y riñas donde
armas insospechadas eran utilizadas de forma diestra por
gente de lo más variopinto. Obviamente, el vino infunde
coraje a aquellos que de común no lo tienen, algo enormemente peligroso desde el punto de vista de la conservación de la propia vida.
Yehudá disfrutaba de esos momentos porque, sin
saberlo los otros, aprendía sus pensamientos y se ejercitaba en el control de la muchedumbre, algo que le resultaba demasiado complicado. Todavía tenía en mente
la muerte de su mujer y de su hijo, en sueños, casi cada
noche, los recordaba, los sentía a su lado, amables y
hermosos, siempre hermosos. Nunca pensó en sentir eso
por alguien, pero todo era inútil, le habían robado el alma
y le habían dejado rencor, odio.
157
Tal vez por esa misma naturaleza de la ciudad
Yehudá decidió que era el mejor lugar para perderse,
para olvidar lo que había sido alguna vez y convertirse en
otro ser distinto, en un hombre nuevo, un hombre que
había nacido el mismo día en que la vida del médico judío
afincado en la ciudad de Toledo desapareció.
En este caso nadie podía recriminar que el hombre, destrozado por la desgracia y por el odio que todos
sentían hacia personas como él, escapase de sus obligaciones últimas y asumiera una forma de vida más mundana, mucho más prosaica, que le proporcionara alguno
de los placeres que otros hombres disfrutaban constantemente.
Kepa Mexía de Cherinos se convirtió, por arte del
poder que tenía Yehudá sobre todos los elementos, una
vez que sus compañeros de viaje reiniciaron su peregrinación a Jerusalén, en un hombre de grandes y diversos recursos, que adquirió, para asombro de todos los
habitantes de la Serenísima, uno de las más suntuosas
mansiones que había en Venecia, abandonada por sus
habitantes, que huyeron de un golpe de mala fortuna
encomendando la administración de los escasos bienes
que dejaron en la ciudad a un avispado abogado que sacó tajada de la oportunidad.
Yehudá no quería discutir el precio, porque disponía de riquezas inimaginables, lo que le favoreció a la hora de asentarse como comerciante, aunque él nunca vendía al público, siempre lo hacía a otros mercaderes que
se ocupaban, cobrando una “pequeña” comisión, de distribuir los bienes que Yehudá obtenía.
Conocedor de la naturaleza humana, Yehudá se
ocupaba no sólo de distribuir vestidos, tejidos de lujo, vajillas de valor, joyas, especias y otras riquezas y rarezas
de todo tipo, sino que también dejó un especio para las
mercancías comunes, pues a través de la venta de éstas,
especialmente del grano y de telas para manufacturar,
podía controlar cosas que las riquezas no dejaban controlar.
158
Asimismo, decidió controlar los viajes a Tierra
Santa, puesto que eran una considerable fuente de ingresos, por lo que decidió refinanciar a los guías especiales
que el gobierno veneciano nombraba y colocaba en la
Piazza o en el puente de Rialto para ayudar a los peregrinos a cambiar su dinero por ducados venecianos132, y
adquirir las necesarias provisiones y ropa de cama.
El tráfico de personas era un negocio próspero,
que permitió a Yehudá controlar cinco grandes embarcaciones que hacían constantemente la ruta a Tierra Santa, con lo que se podía abastecer de productos constantemente, algo que hacía crecer su negocio de forma absolutamente fulgurante.
La fe de las personas, o su supuesta fe, era siempre una mercancía que generaba pingues beneficios si se
sabía explotar, algo que sabían muy claramente los dirigentes de todas las religiones que imperaban en el mundo, sobre todo la cristiana, que había convertido en negocio cualquier acercamiento a su Dios.
El comercio traspasaba las supuestas fronteras
que el hombre se imponía a sí mismo. Ni la Iglesia ni el
Estado hubieran sido capaces de controlarlo, lo que hacía
que los hombres que se dedicaban al comercio comenzaran a tener un poder cada vez mayor, algo que se hacía notar especialmente en la Serenísima República de
Venecia.
El ducado veneciano se convirtió en su moneda
de cambio, y el poder en su objetivo, un poder que le permitiera olvidar lo que había perdido, lo que le habían robado los ignorantes que no entendían que el hombre era
algo más que una masa de carne destinada a servir, que
era un mundo maravilloso que debía ser respetado y
cuidado, un mundo que, en si mismo, suponía un templo
para Dios.
132
Prácticamente aceptados por todo el Mediterráneo.
159
Sus poderes estaban creciendo, todavía más, y no
podía hacer nada por evitarlo, sólo utilizarlos de la manera menos dañina posible para su persona y para aquellas personas que verdaderamente merecían su amor y
su respeto. Era un ser único, pero eso no significaba para
Yehudá que podía colocarse por encima de todos los
demás.
El palacio que había adquirido era una joya arquitectónica que le permitió disfrutar de muchos momentos
de soledad sin que ni tan siquiera los sirvientes le molestaran; ese hecho le llevó a avanzar mucho más hacia
el mundo de la creación, lo que le permitió conocer las
pequeñas formas de vida a su antojo, llegando a ser un
experto en la fuerza de la naturaleza.
Cubrió las paredes de su hogar de hermosas alfombras de estética oriental. La alfombra se había convertido para Yehudá en un recuerdo de su tierra, y en un
mobiliario más de su casa, así como un signo de lujo y
ostentación, hasta tal punto había alcanzado una posición
de riqueza aquel hombre.
Sus techos cubiertos de hermosas maderas talladas, nogal, ciprés, ébano, suponían una joya indiscutible de aquellos lugares, y ponían en su sitio a aquellos
que, pretendiendo ser lo que no eran, acababan maravillados del lujo y esplendor del que se rodeaba el mercader y poderoso naviero.
Yehudá se encontraba feliz de vivir en una ciudad
tan regularizada. Ni siquiera la noche escapaba del control ejercido por los poderes públicos, así, las campanas
de San Marcos, la Marangona, y de San Giovanni
Elemonisario, la Rialtina, señalaban la extinción de los
fuegos, lo que conllevaba la necesidad de apagar las
velas. La Marangona matinum señalaba la hora de vuelta
al trabajo. Con ello la eficiencia en el trabajo se hacía ley.
Aunque Yehudá no temía nada, lo cierto es que apreciaba la seguridad que se procuraba imponer en
Venecia, que llevaba, incluso, a disponer de una magistratura especializada, los domini de nocte, asignados a
160
cada sestiere, los guardias se ocupaban de vigilar la
circulación de canales y canalones.
Con el tiempo comenzó a controlar los comercios
del puente de Rialto y la Lonja de los Mercaderes. Eso le
llevó a poder participar como acaudalado prócer de la
ciudad en el día de la Ascensión. Ese día el Duque, los
principales del gobierno y los gentilhombres más importantes salieron en una galera con dos suelos, uno donde
van los remeros, y el otro donde va la flor y nata de la
ciudad. En otra embarcación salió el Patriarca de la ciudad. Ambas se encontraron en alta mar, donde el
Patriarca bendice el agua a la que tanto debe Venecia.
Después el Duque, diciendo que se desposa con
el mar, arroja un anillo de gran valor, financiado en esa
ocasión por Yehudá. Alrededor de la galera se encuentran muchos hombres nadando, que se lanzan desesperadamente a conseguir el anillo. Después, como muestra del poder acumulado en la ciudad, se exponen en el
altar de la iglesia de San Marcos todas las riquezas que
hay en el tesoro.
Pronto se corrió la voz de la generosidad de
Yehudá, al que todas las madres con hijas casaderas
invitaban a fiestas llenas de ostentación. Las mujeres en
aquella ciudad eran muy liberales, vestían mostrando
generosamente sus escotes, dejando que la vista de los
hombres se regocijara ante la belleza del nacimiento de
los senos al descubierto, con los hombros al aire, marcando la ligera curva que les unía al cuello.
Yehudá, o mejor, el señor Kepa Mexía de
Cherinos, se convirtió en el centro de todas las conversaciones, porque era capaz de transformar cualquier empresa en la que se embarcaba en un auténtico éxito, llegando a amasar la mayor fortuna de una ciudad donde la
mayoría de los gentilhombres eran grandes fortunas.
En ese sentido, como el provecho superior al mínimo imprescindible para mantener al comerciante se
convertía en avaricia, obtener dinero con dinero en el co-
161
bro de intereses era considerado usura133, y comprar
mercancías a granel y venderlas sin modificarlas con un
precio superior era inmoral, Yehudá era un hombre que
vivía en pecado mortal134.
Como se partía del pensamiento de que la profesión debía proporcionar el simple sustento al individuo y
beneficio a todos, los precios debían mantener un nivel
justo, que sólo deberían incluir el valor de la mano de
obra y de la materia prima, sin exceso de beneficio, algo
que no encajaba en la mentalidad de un comerciante que
buscaba le máximo beneficio al arriesgar sus bienes al
máximo.
Todas las jóvenes, deseaban un hombre como él,
misterioso y con enorme poder y riqueza, lleno de un
aura que atraía de una forma muy diferente a la que
tenían el resto de los hombres. Yehudá lo sabía, pero él
no quería embarcarse de nuevo en una historia de amor,
por lo que, de forma galante y con delicadeza, rechazaba
las ligeras, y no tan ligeras, insinuaciones de todas aquellas que intentaban encontrar un rayo de esperanza en su
pueril vida.
Con pena, Yehudá no quería sentirse atado a
nada y a nadie. Sus necesidades sexuales las curaba en
dos prostíbulos que había adquirido para poder controlar
a los hombres. Cuando llegaba una nueva remesa de
chicas nuevas, él se reservaba tres, siempre tres, que
acababan en su palacio, en un ala escondida, proporcionándole todos los placeres que necesitaba su cuerpo.
Cuando alguna de esas mujeres había convivido con
Yehudá durante seis meses y se cansaba, podía irse,
133
Si bien, en la práctica, sólo se consideraba usura percibir
cantidades superiores a las decorosas.
134
Decía San Jerónimo: “Homo mercator vix aut nunqueam
potest Deo placere” (el comerciante pocas veces o jamás puede
complacer a Dios).
162
colmada de riquezas. Todas las muchachas que acudían
a aquel establecimiento para prostituirse tenían la secreta
esperanza de alcanzar una vida de lujos con aquel hombre.
En el ámbito amistoso, Yehudá comenzó a frecuentar un círculo de pensadores independientes, de
diferente condición social y económica, pero unidos por
un mismo destino, el conocimiento. A veces de forma
callada, otras demostrando plenamente su saber, Yehudá
fue entrando en un círculo mágico de seres que buscaban respuestas allí donde no había nada más que
preguntas.
Especialmente grato le era hablar con Jacomo
Caboto, hijo de una familia adinerada que necesitaba
comprender el mundo para poder vivir en él. Con tendencia a engordar, Yehudá llegó a recomendarle el ejercicio físico como ayuda para eliminar las muchas toxinas
del cuerpo, aunque le pidió que lo practicase con cuidado, preferentemente al amanecer o al atardecer, y después de hacer las necesidades. Además le dio otro pequeño consejo, “quien guarda su boca y su lengua guarda su alma de la angustia”135.
En sus reuniones se trataban todos los temas, sin
distinción, y se hablaba, a veces en broma, a veces en
serio, de lo divino y de lo humano. Un grupo especialmente amplio buscaba consejos de índole médico, dado
que en el grupo, por desgracia, no había ninguno –al
menos declarado. En esas ocasiones Yehudá disfrutaba
mostrando sus amplios conocimientos médicos, dejando
entrever que se trataba de un médico que había abandonado su profesión, creando, por tanto, un nuevo halo
de misterio a su alrededor.
Asimismo, cuando no se dedicaba a sus negocios
o se reunía con su grupo de conocidos Yehudá consumía
su tiempo de ocio jugando al ajedrez o a los dados,
135
Proverbios 21,23.
163
juegos en los que se había convertido en un verdadero
maestro, y asistía a los diversos espectáculos públicos
que la Señoría preparaba, y a los privados donde siempre
era invitado, dado su alto nivel de ingresos, que atraía
siempre a la gente que deseaba disponer de ciertos beneficios.
El privilegio de ser un privilegiado convertía su
existencia en un placer infinito, en una constante búsqueda de nuevas emociones, de situaciones límite, aunque él sabía, porque tenía el poder, que nada podía hacerle verdadero daño, pues en él estaba la fuerza suprema de la creación del mundo.
Asentado como mercader, alguien recomienda a
Yehudá que suscriba un contrato de convivencia con
alguna mujer joven y bella. Allí es común que señores
tengan una relación contractual con jóvenes que, durante
un periodo determinado de tiempo y por un precio cierto,
realizarán las tareas domésticas del hombre y estarán
disponibles sexualmente para aquél. Así, la mujer se
comprometía a conservar y cuidar al señor y sus bienes
sin engaño y el hombre a darle comida y vestido conveniente. Tras seis años, si uno de los dos quería romper
la relación, la mujer cobraría una cantidad determinada,
que dependía de la riqueza del hombre.
Obviamente Yehudá no estaba interesado en
tener una sirviente sexual en su casa, por lo que desecho
la idea nada más sopesarla, pero le pareció curiosa la
actitud francamente abierta de la ciudad, donde se podía
obtener cualquier cosa por un “módico” precio, ya que
sólo eso parecía importar.
Las mujeres de la ciudad cuidaban su cutis y su
cuerpo como ninguna otra mujer en occidente. Mascarillas de leche de harina de guisantes, habas, avena, almendras peladas y semillas de rábano en cantidades similares, eran comunes para las mujeres que querían
mantener la belleza.
Los anaqueles de las mujeres estaban repletos de
peines, espejos, de polveras, limas y tijeras para las
164
uñas, de pinzas para depilar cejas, de algodón y de
plumas para maquillaje de los labios, de goma adragante
y de azúcar de cebada fundido.
En Venecia la mujer ideal era rubia136, con mucho
volumen137, abundante y larguísimo; pálida, de piel suave138, con las mejillas de color rojo vivo, los labios de color rojo139, las cejas arqueadas y negras, pero el cuerpo
totalmente carente de vello. También deben tener los
dientes perfectos, debiendo poseer un candor inmaculado140, para los que se utilizan pastas y remedio dentífricos a base de sepia, coral o conchas.
Los cosméticos eran pastosos y con mal olor, que
llegan a parecer quesos blancos, que se realizan a través
de grasa blanca de perro y bilis o sebo de carnero y
grasa de cerdo. Las máscaras de noche se hacen con
harina de habas, para las cremas depilatorias se utiliza
pez griega o sulfuro de arsénico, ceniza y cal hervida en
aceite. El albayalde de Venecia141 aseguraba el color
cándido.
Para la Iglesia maquillarse era pecado, emparentado con la lujuria y el orgullo. Además los clérigos se
escandalizaban ante los tormentos, dignos de los mártires, a los que las mujeres se sometían para obtener la
belleza, además de ser un verdadero agujero para la
136
Que se conseguía a base de azafrán.
137
Con caña de azúcar cocida con lejía.
138
Con aceite de almendras y miel.
139
Que se consigue con fuco, un género de algas.
140
Por ello se creaban falsos dientes de hueso de vaca, marfil,
mármol o perlas.
141
Mezcla de albayalde y goma adragante.
165
economía familiar, sobre todo porque una mujer honesta
no debería sufrir para ser bella.
Siguiendo el consejo de ciertos mercaderes con
más mundo que él, cuando Yehudá vio que el resultado
de sus negocios había hecho aumentar su riqueza de una
forma abundante y notable, retiró de los negocios dos tercios del capital, para emplearlos en una sólida posesión
agrícola.
Asimismo desarrolló un sistema de producción y
distribución de sal que revolucionó el mercado, en un
tiempo en que la salazón era una de las formas más seguras de conservación de los alimentos. Su conocimiento
de la naturaleza, enraizado con su poder y su capacidad
de observación, le permitían saber cosas que los demás
sólo intuían, y emprender actuaciones donde los demás
vacilaban.
Comprendiendo la naturaleza física de la sal y de
composición misma del agua marina, su método optimizaba los hasta entonces utilizados, duplicando la producción y reduciendo el precio de explotación a la mitad,
con lo que sus precios de venta eran tan ajustados que
nadie podía competir con tan poderosa fuente. Al final
consiguió obtener un porcentaje tan amplio del mercado
que nadie podía disponer de una cantidad grande de sal
sin haber contado con el beneplácito de Yehudá, que, en
el fondo, ni necesitaba ni quería el poder económico que
estaba obteniendo de sus movimientos.
En el fondo Yehudá sólo estaba desarrollando una
forma de comprender el mundo que se escapaba a la
mayoría de los hombres de su generación, donde todo lo
que se había convertido en una forma de vida, las costumbres y los usos más corrientes, se consideraban
como institución divina, lo que anquilosaba las prácticas
166
económicas y sociales y favorecía a aquellos que sabían
donde saltarse la regla para no verse atrapados.
Con el tiempo Yehudá comenzó a aburrirse de su
mundo perfecto. No había ningún riesgo en su posición,
no había ninguna ilusión en su mente, pues todo lo que
hacía era disfrutar de su riqueza y de la adulación. Su
espíritu viajero le llevó, por tanto, a una decisión trascendental, decidió emprender de nuevo el viaje que había
dejado de lado y disfrutar del mundo que todavía no conocía, pues esa era la única forma de cambiar que podía
vislumbrar
167
QUINTO.
Yehudá salió de Venecia junto con un concurrido
grupo de peregrinos. Su imagen, imponente, dominadora,
llamaba la atención, sobre todo a aquellos hombres temblorosos que se embarcaban en un viaje cuyas pruebas
no podrían soportar. Él, como dueño y armador del buque, era respetado por todos los que en el barco navegaban, siendo el centro de todas las miradas.
El dinero, siempre el dinero, reluciente y perverso,
era lo que todos los hombres deseban, y era lo que
Yehudá significaba para la gran mayoría de los que allí se
reunían. Marineros, comerciantes, peregrinos, todos veían en el dueño del barco una referencia de algo que deseaban tener.
No quería colocarse en una posición de poder
excesivo, pero se sentía agradado de tanta adulación, de
tanta dedicación a su persona. No habían llegado los
tiempos del descubrimiento de la verdad de la vida, lo
que le hacía disfrutar de esos pequeños placeres de una
forma absoluta.
Controlar la vida y la muerte de los hombres era
muy interesante, sobre todo porque su poder no venía
sólo de su dinero. Muchas personas habían decidido
poner sus vidas en manos del rico hombre de negocios,
lo que le proporcionaba un capital humano importante
para realizar todos sus deseos.
Como Yehudá había sido, en sus inicios, médico,
decidió que debía contemplar los lugares en los que
había vivido y sanado Hipócrates, por lo que el viaje en
cuestión se dedicó a recorrer las islas griegas, lo que le
168
permitió disfrutar del especial ambiente de sabiduría que
todavía impregnaba aquellos hermosos lugares.
Antes de alcanzar Jerusalén el viaje se desviaba
hasta Bizancio, dado que existían poderosas razones
económicas para transportar a ciertos pasajeros a ese
lugar. Además, Yehudá era consciente de la necesidad
que tenía de viajar y conocer después de haberse enriquecido en Venecia.
Cuando Yehudá, como próspero mercader de
telas, piedras preciosas, peregrinos y especias, llegó a
Constantinopla, llamada Bizancio, su fama le precedía.
Extremadamente considerado por sus clientes y por su
competencia, su palabra era ley en muchas ciudades. Su
llegada a la ciudad produjo una pequeña revolución.
Todo hombre de la ciudad había llegado a conocer y admirar el nombre de Kepa, que se asociaba a las
enormes riquezas y a la honradez, algo muy complicado
de asociar en aquellos tiempo donde el hombre no era
más que una barata mercancía que podía despreciarse
de plano, pues existían una gran cantidad de pedazos de
carne con ojos para realizar las diferentes misiones que
los poderosos deseaban encomendar a sus intranscendentes siervos.
Así las cosas, la existencia de un hombre como
Kepa, misteriosamente rico, absolutamente honrado, era
como una especie de referencia metafísica que permitía a
los mortales reconocer la posible realidad de una vida diferente, suponiendo, asimismo, un reclamo para luchar
por alcanzar una vida mejor en la difícil tierra de los vivos,
allí donde habían sido abandonados a su suerte los hijos
de Adán.
Después de la llegada de Kepa-Yehudá, del descubrimiento del hombre, los pobres y menesterosos de
Constantinopla comenzaron a pensar en la posibilidad de
169
la redención, y los mercaderes menores decidieron planificar su vida de tal forma que pudieran alcanzar la riqueza como su ídolo en el mundo.
La singularidad de la ciudad de Constantinopla
comienza por su ubicación, enlace entre Asia y Europa,
rodeada en gran parte por el mar142, y abierta completamente a él, siendo la sede de una gran flota de embarcaciones de todo tipo y tamaño.
Constantinopla era una ciudad hermosa, bien defendida por fuertes y poderosas murallas, algo lógico teniendo en cuenta su localización y los enormes problemas de seguridad de la zona. La ciudad formaba un triángulo sobre un brazo de mar, que rodea la ciudad por ambos lados, que llaman Helesponto, aunque algunos le llamaban Brazo de San Jorge.
Constantinopla contaba con uno de los puertos
más grandes del mundo, siendo considerado, a la vez, de
los mejores. El conjunto portuario ocupaba un vasto
sector a lo largo del litoral, vistiendo a la ciudad con el
aroma del mar y de la vida. Así, el Liménès o Néoria
forma una línea continua desde la Propóntica hasta el
Cuerno de Oro; mientras que otro conjunto portuario, el
Exartysis143 se coloca cerca del citado Cuerno de Oro.
Grandes astilleros, superiores en espacio a los venecianos, convierten a la ciudad en un enorme instrumento
de dominación naval.
Cuentan que Constantino había decidido fundar
una sede para su imperio en Cilicia, y que los canteros
con las herramientas y los obreros para construirla fueron
transportados en una noche al Bósforo por obra de Dios,
que había escogido ese lugar como el más idóneo para
sus fines.
142
Mármara, Bósforo y Cuerno de Oro.
143
Eski-Tarsena.
170
Posteriormente, como siempre suele suceder, la
crueldad vence. En el verano de 1014, el emperador de
Bizancio Basilio II, tras vencer a las milicias macedonias
cerca de Struma, hizo sacar los ojos a catorce mil prisioneros y ordenó dejar un tuerto por cada cien ciegos a
fin de guiar al resto ante su caudillo, el zar Samuel.
La crueldad humana sustentando una ciudad tan
hermosa. La paradoja no debía dejar indiferente a los
mortales, pero parecían sordos a la curiosidad, ciegos a
la verdadera luz. A nadie le importaba la vida o la muerte
de miles de hombres de otras regiones, ni siquiera importaba la vida o la muerte del vecino, del amigo, del propio hermano, menos aún del forastero, del desconocido.
Siempre que un mercader llega a Constantinopla
pasa a ser “propiedad” del primer judío con que entabla
conversación; pasa a ser, entonces, su mercader y así
continuará hasta que parta, sin que ningún otro judío trate
de hacer negocios con él; así, si el mercader, en este
caso Yehudá, desea algo, tiene que pedírselo a su judío.
Yehudá se sonreía pensando en lo que supondría descubrir a todos su origen judío, pero ya había abandonado
completamente sus pensamientos religiosos.
Yehudá no creía en nada, ni siquiera en él mismo.
Se dedicaba a vivir holgadamente, sintiendo las caricias
de placeres infinitos, de todos los placeres que un hombre rico se podía permitir en la corta vida que el ser humano puede permanecer en la tierra, sin importarle la
verdadera trascendencia de lo que hacía; sin importante,
ni siquiera, el posible final a su aventura de placer.
Es obvio decir que Yehudá ya tenía un representante en el lugar; pero quería tener a alguien que le consiguiera ciertas cosas y, sobre todo, información, sin
viciar, especialmente, sus contactos más serios con las
rutas de las riquezas. Era, pues, necesario un hombre
171
excepcional que controlara cada movimiento que se
producía en Constantinopla, lo que le permitiría saber
todo lo necesario para extender su poder más allá de su
propia ciudad.
Lógicamente, Yehudá eligió al mejor hombre para
los menesteres que le llevaban a aquél lugar, ni demasiado bueno ni demasiado malo, con el corazón dominado por el ansia de riqueza, algo que el “maestro” podía
proporcionar sin problemas, tantas como quisiera cualquier hombre, y muchas más.
Era tal su fama, que en los primeros momentos de
contacto con el “proveedor”, estuvo a punto de producirse
una reyerta, dado que muchos comerciantes judíos de la
zona querían contar con Yehudá, conocido en le oriente
por todos como Thothermes, hasta tal punto llegaba su
mitológica historia. Al final su buena disposición y su
capacidad para controlar a los hombres sirvió para que
todos acabaran contentos con los contratos que, a partir
de esos momentos, unían a los litigantes con el poderoso
veneciano.
Las casas de la ciudad se construían con un entramado de madera que contribuía sobremanera a la
propagación de los incendios, disponiendo de dos niveles
diferentes de pisos, manteniendo la distinción clara entre
lo privado y lo público, dedicando el piso alto a lo privado
y el bajo a las relaciones sociales. Por ello Yehudá buscó
un alojamiento más seguro, un alojamiento que no pudiera ser incendiado con facilidad, y que tuviera las suficientes salidas como para escapar de cualquier ataque,
incluso del ataque del fuego. Después de su experiencia
en Toledo no iba a permitir que cualquier loco o fanático
acabara con su vida por una tontería de religión que ni
siquiera era creída por sus líderes más recalcitrantes.
Según la mayoría de los cristianos que viajaban
con Yehudá, en la ciudad se encontraba la iglesia más
172
bella del mundo, que fue edificada en honor a Santa
Sofía144. En los primeros días Yehudá tuvo a bien conocer la ciudad junto con sus compañeros de viaje, que viajarían junto a él a Jerusalén.
La catedral era un edificio magnífico, con una inmensa cúpula rebajada, rodeada de semicúpulas, lo que
causaba un gran efecto. Sus paredes están revestidas de
mármol. Era hermosa y enigmática, tan cercana a la fe
cristiana como a la musulmana o a la judía, pues suponía
la conjunción de oriente y occidente en un inmaculado
marco de realidad.
Yehudá, después de todo aquel viaje, sentía una
especial amistad respecto a Jehan de Mandeville, un
caballero inglés, nacido en St. Albans, que buscaba descubrir lo que a nuestros ojos se ocultaba, y para ello
decidió buscar fuera de sí mismo, un error que Yehudá
nunca iba a corregir, pues había aprendido que el camino
debía aprenderse desde el error.
Aunque Yehudá no mostraba ninguna inclinación
religiosa, todos le seguían tomando por cristiano, dado
que no cumplía ya ninguna de las reglas de la religión
judía, y provenía de la Serenísima, donde era considerado uno de los mercaderes más importantes de la ciudad,
con un poder enorme entre los que dirigían los destinos
de los habitantes de la misma.
Su condición religiosa no era considerada importante por el maestro, por lo que nunca dejó de mantener
una carcasa de fidelidad cristiana, sobre todo porque le
llamaba la atención la forma de desarrollarse los ritos de
esa religión. Durante su vida había vivido en un mundo
cerrado, pero los cristianos servían a su Dios sólo cuando
les interesaba, cumpliendo de forma mecánica unos mandamientos que ni siquiera entendían.
Tampoco tenían especial apego a sus dirigentes
religiosos, y sus costumbres no eran demasiado difíciles
144
Que luego se convertiría en una mezquita, Aya Sofía.
173
de seguir, una vez que uno se había adaptado al cambio
que suponía respetar ciertas cosas y hacer otras distintas. En cuanto a la comida, el cerdo le parecía a
Yehudá un animal bastante sabroso, por lo que no tuvo
ningún inconveniente en comer su carne cuando le apetecía.
Siendo así, en ningún momento se negó a visitar
la cruz de Cristo, y la túnica inconsutilis145. Junto a
aquellas reliquias Mandeville le comentó que se encontraban la esponja y la caña con la que dieron de beber
el vinagre y la hiel a Jesús, así como uno de los clavos
que sirvieron para sujetar su cuerpo en la Vera Cruz.
Jehan, verdadero experto en reliquias cristianas,
le contó que, gracias al verso evangélico: In cruce sunt
Palma, Cedrus, Cypressus, Oliva, se sabía que la cruz se
hizo con cuatro maderos de cuatro árboles distintos.
Mandeville conocía, incluso, como se distribuía la madera, la pieza que salía de tierra y subía derecho hasta la
cabeza era de ciprés; de palmera era el travesaño que la
cruzaba, donde le clavaron las manos; debajo del madero
de ciprés, hincado en tierra, había otro de cedro; y encima de la cabeza clavaron una tabla de un pie y medio,
hecha de olivo, que llevaba las inscripciones en lengua
hebraica, en griego y en latín.
En un momento dado incluso les permitieron ver la
famosa corona de espinas, que, según Jehan, estaba
hecha de juncos marinos. El pobre hombre, ciego de fe,
llegó a asegurar que la corona que existía en París y la
de Constantinopla eran dos partes de la misma corona,
con el fin de no estropear sus creencias más íntimas. Los
hombres que cuidaban de la corona, viendo la enorme fe
del amigo de Yehudá, decidieron concederle el don de
coger la corona, de la que cayeron varias astillas, que le
fueron regaladas.
145
Llamada así porque no tenía costura alguna.
174
Jehan de Mandeville se sentía feliz por disponer
de tal posesión. Cuando salieron del lugar donde se guardaba el relicario Jehan temblaba como si hubiera estado
junto al mismo Cristo, tanto era el amor y la fe que sentía
el pobre hombre, convencido de que todo lo que le sucedía era un regalo del cielo. Obviamente, Yehudá pagó
convenientemente, bajo cuerda, a los “escrupulosos”
guardianes de la reliquia, porque era el dinero, y no la fe,
la que movía a aquellas personas; en el fondo lo que
quería el maestro era hacer feliz a un pobre hombre, que
sólo vivía para su pequeño mundo de fantasía.
Le caía bien Jehan, era un tipo de persona rara de
ver, y mucho menos de conocer. Se había entregado a
un mundo particular donde la vida de Cristo era el centro
de todo su universo, y nada ni nadie le haría cambiar de
parecer. En su mundo, todo existía relacionado con el
Creador y con su Hijo. De esta forma podía soportar el
pasar de los días y la tristeza del camino, porque consideraba que todo se debía dar por bien empleado si el
Señor lo había ordenado así.
Era, pues, la amabilidad de la existencia de Dios
la que le permitía mantener su pose de eterno convencido de la propia eternidad. Amaba todo lo que viniera de
Dios, y no se planteaba que, tal vez, la fuente no fuera
demasiado fiable, y que podía suponer algo contradictorio
con los propios mandamientos.
No obstante, era simpático, afable, muy agradable
de trato, aunque demasiado simple en lo que se refería a
Dios y a sus ministros, pues siempre pensaba que jamás
le engañarían, lo que le había ocasionado más de un problema cuando intentó conseguir ciertas indulgencias para
poder visitar algunos lugares no permitidos.
Visitaron también la iglesia de Pantocrátor, fundada por la emperatriz Irene, esposa de Juan II Comneno,
que se dedicaba a la beneficencia; la de San Sergio y
San Baco, llamada la Pequeña Santa Sofía; y la de San
Juan de Studius.
175
Ningún interés tenía Yehudá en todo aquello, pero
estimaba a su compañero, que sentía verdadera devoción por lo que suponía reliquias de su Dios, Yehudá, ya
versado en ver dentro de las personas, era consciente de
la bondad y la candidez del hombre, por lo que decidió
dejarse llevar en el viaje, pues el pasar desapercibido se
había convertido en una forma de sobrevivir. Tal vez por
eso Yehudá acompañó al hombre a sus visitas a los
sepulcros de Santa Ana146, de San Juan Crisóstomo y de
San Lucas Evangelista147.
Su nuevo compañero se escandalizaba de las
costumbres, para él impías, de los habitantes de aquellos
lugares, puesto que aquellos hombres celebraban el sacramento del altar con pan de levadura, afirmando que
los cristianos occidentales no debían hacerlo sin levadura, ya que Jesucristo celebró la Eucaristía con pan
levado el Jueves de la Cena. Además no hacen más que
una unción, la del bautismo, porque a los enfermos no les
dan la extremaunción, no rezando por los difuntos, por
cuanto que aquellos no tienen ni gloria ni pena hasta el
Juicio Final.
Además Jehan se sintió perturbado por las dudas
que le hacían surgir en su férrea fe, tales como acusarle
de encontrarse en pecado mortal por seguir la costumbre
de afeitarse las barbas, cuando las barbas eran don de
Dios y signo de virilidad; o por comer animales prohibidos
en la Biblia, tales como cerdos o liebre, que no rumiaban
el alimento que comían. Aquello hacía mucha gracia a
Yehudá, dado que, en el fondo, estaban aplicando las
antiguas creencias de su pueblo.
No obstante, lo más grave para Jehan era la
permisividad que se detectaba en todas partes respecto a
146
Que, cuentan, fue traído desde Jerusalén por orden de
Santa Elena.
147
Cuyo cuerpo, también cuentan, fue traído desde Betania.
176
la fornicación, algo que para aquel hombre debería ser
pecado mortal, y que era tomado en aquellos lugares
como una cosa natural. El sexo, y todo su tráfico legal e
ilegal, era algo natural en Constantinopla, convirtiendo el
lugar, a los ojos de su amigo, en una pequeña Sodoma.
Otra cosa que desagradaba a Jehan era el comercio monetario que se producía en aquel lugar, muy por
encima de lo que sucedía en los países civilizados, al
menos eso creía él, aunque Yehudá, como empresario
floreciente, era consciente de las cantidades que se prestaban en ciudades como Venecia, que no tenían nada
que envidiar a aquella ciudad. Quizá lo que peor llevaba
Jehan no era el comercio monetario en si mismo, sino la
afirmación de los habitantes de aquella ciudad de que la
usura no era un pecado mortal y que se comerciara con
los beneficios de la Iglesia.
El pobre hombre no era quería ver que en su propia Iglesia pasaba lo mismo, que la Iglesia que tanto
amaba se había convertido en un traficante de indulgencias y de riqueza, un usurero que negociaba con las almas de sus fieles para que estos no tuvieran más remedio que entregar todo lo que poseían con el fin de alcanzar un supuesto lugar en un dudoso paraíso.
Asimismo pretendía convertir a todo musulmán o
judío que se encontraba, dado que su visita no era sólo
una peregrinación sino un acto pastoral. Por desgracia
para él los hombres que habitaban aquellos lugares tenían claro su sentir interno, y los musulmanes siempre
respondían, “no hay más Dios que Alá y Mahoma es su
profeta”, por lo que Jean no pudo convertir a nadie, con
gran disgusta par su causa.
Tristemente, Yehudá no se sentía capaz de discutir con su amigo de esos problemas, por lo que decidió
dejarlo vivir en su ignorancia, porque era la única forma
de mantenerle feliz, pensando que, en el fondo, la religión
era la solución, cuando, simplemente, era su solución, y
una solución, a juicio de Yehudá, poco acertada.
177
Yehudá partió de Constantinopla con pesar, pero
decidió volver a esa ciudad cuando acabara su periplo.
Aunque existía un camino por tierra, ciertamente más
peligroso, pero más directo, decidieron continuar utilizando su flamante embarcación, con la que recorrieron el
mar Egeo, haciendo parada en una gran cantidad de islas, lo que hizo la felicidad de sus acompañantes, que
deseaban conocer nuevos mundos. Patmos, Lesbos,
Chios, Samos, hasta llegar a Rodas, para luego hacer
escala en Chipre.
En Chipre, sus guías, todos ellos bien pagados,
contaron a Yehudá y a su amigo Jehan una historia curiosa relativa a una ciudad llamada Satalia, que quedó
destruida por la locura de un joven que amaba a una hermosa dama; cuando ésta murió de forma repentina y fue
colocada en su mausoleo de mármol el joven, movido por
el amor que sentía hacia la dama, profanó la tumba e
hizo el amor con el cadáver y se marchó de la ciudad. A
los nueve meses volvió a Satalia y una voz le dijo: “vete
hasta la tumba de esa mujer, ábrela y mira lo que tú has
engendrado en ella. ¿No te niegues a ir porque, si no vas,
has de sufrir mucho!”. Cuando el joven abrió la tumba
salió una cabeza deformada y monstruosa que miró a la
ciudad que, de forma fulminante quedó destruida y se
hundió en el abismo.
Yehudá disfrutaba de la vida que estaba llevando,
siempre contemplando cosas nuevas, escuchando a la
gente de los lugares por donde viajaba sin tener que
creer nada de lo que le contaban. Era su mundo ideal, un
mundo en el que no existía otro destino que vivir el momento.
Desde Chipre se dirigieron a San Juan de Acre, el
lugar donde desembarcarían e iniciarían el camino verdaderamente duro, porque dejaban la comodidad del barco
que, convenientemente preparado para una persona
como Yehudá, era un lujoso medio de transporte en
aquella época.
178
Si bien hasta la pérdida de San Juan de Acre y la
desaparición del reino cristiano, por el año 1291 del
calendario occidental, el objetivo fundamental era la cruzada148, tras la derrota, los conquistadores musulmanes
advirtieron muy pronto las ventajas económicas de permitir el tráfico religioso de los cristianos.
Perdida Jerusalén en el año cristiano de 1187, en
el año 1238 un grupo de frailes franciscanos fue autorizado por las autoridades islámicas a entrar en la ciudad,
convirtiéndose en custodios del Santo Sepulcro. Así, los
gobernantes árabes dieron su beneplácito para que pudieran reiniciarse las peregrinaciones, si bien deberían
estar organizadas, en grupos reducidos, y desarmados.
Todos se beneficiaban de los crédulos, de aquellos que se veían impulsados por su fe a buscar respuestas que su alma no encontraba, y de aquellos cuya creencia era tan clara que no dudaban en ningún momento de
la necesidad de embarcarse en tan peligroso trayecto
para demostrar a su Dios que ellos siempre estarían
presentes.
En la vida de todos los hombres de aquella época
la creencia religiosa era lo más importante que había,
porque, para muchos, era lo único a lo que les dejaban
aferrarse cuando todo lo demás, la esperanza, la libertad,
la propia vida de tus hijos y de ti mismo, se había perdido,
regalado por señores que consideraban la carne de sus
siervos como abono para sus campos.
Yehudá se sorprendía sobremanera de la capacidad que tenía Jehan para fantasear con la simbología
cristiana. En todo momento, en todo lugar veía símbolos
y signos de la existencia de su Dios y de la verdad de la
Biblia, aunque el maestro sólo veía trampas para viajeros
supersticiosos y poco inteligentes. Cada ciudad, cada
ruina, era un lugar de pensamiento y de peregrinación, y
148
Considerada como una peregrinación militar para reforzar
el poderío cristiano en Palestina.
179
Yehudá se veía obligado a retener a su amigo para que
no cayera en manos de los estafadores.
Con mucha paciencia, al final, consiguieron seguir
el camino recto, pasando por Jaffa, hasta llegar a la
ciudad de Jerusalén, el centro de la religión del mundo.
Cuando Yehudá entró en Jerusalén sintió, por primera
vez, la fuerza de la religión en toda su expresión. Allí se
respiraba fervor religioso, aunque muchos de los habitantes no sentían de verdad la fe. Era un lugar donde confluía el olor a santidad cristiano y la Torá judía, quizá porque todos buscaban lo mismo.
En esos momentos Yehudá recordó a Ibn Ezra,
que consideraba que aquella Ciudad Santa era el lugar
indicado para alcanzar la sabiduría, porque se encontraba a 33 grados de latitud norte, es decir, en el centro
del mundo habitado, y según él solamente las tres partes
centrales son adecuadas para que la naturaleza del ser
humano se desarrolle con rectitud y capacidad de conocimiento, dado que en las demás hace demasiado calor o
demasiado frío para que eso se produzca.
La ciudad de Jerusalén, asentada entre dos montañas, necesitaba el agua del valle de Hebrón para subsistir, pero eso no desluce su belleza y su misticismo. En
la obsesión que tenía Jehan de Mandeville por explicar
todo hecho y todo concepto, Yehudá tuvo que soportar la
farragosa explicación del origen del nombre de la ciudad.
Según aquel hombrecillo Jerusalén, en un principio, se
llamaba Jebus, luego la llamaron Salem, hasta que en
tiempos del rey David acabó llamándose Jebusalén.
Después el rey Salomón la llamó Hierosalomia y acabó
llamándose Jerusalén.
Jerusalén es la ciudad más santa de todas las
ciudades santas del mundo, pues todas las religiones del
libro se asientan en aquel lugar, que es el centro del mundo para todo aquél que crea en la existencia de Dios.
Todos los pueblos del libro eran conscientes de la
importancia estratégica del lugar, algo que no se escapaba a muchos de los líderes religiosos de aquellas re-
180
ligiones, que se habían empeñado en convertir la ciudad
en el centro de su fe, de su mundo, en un peligroso juego
de poder en el que los musulmanes, por su posición estratégica, tenían todas las de ganar.
Yehudá aún recordaba la trágica historia de
Aristóbulo, que, en época de las conquistas de Roma,
pretendió engañar a Pompeyo. El romano, que había
adivinado las intenciones de Aristóbulo, le hizo prisionero
a la entrada de Jerusalén, aunque en el templo los fieles
seguidores de Aristóbulo se habían atrincherado para evitar el dominio romano.
Aunque los demás habitantes habían abierto las
puertas de la ciudad, pues odiaban a su monarca, que les
había obligado a apartarse de sus sanas creencias, el
Templo era inexpugnable. Pompeyo tuvo que prepararse
para un asedio largo, tardando tres meses en derrumbar
el muro con las catapultas traídas desde Tiro. Sus hermanos cuentan que los sacerdotes, sin preocuparse de
los romanos que entraban en el Templo, continuaron
atendiendo al culto mientras eran asesinados sin ofrecer
resistencia.
Al final, Pompeyo, entró en el Sancta Sanctorum
donde nadie, salvo el sumo sacerdote, podía entrar, y
acabó diciendo, con un gesto de desprecio, “¡éste era,
pues, el lugar sobre el que los no judíos explicaban tantas
cosas misteriosas!”. Después de contemplar todo, ordenó
que se limpiara la cámara para que se reanudara el servicio divino, lo que todos interpretaron como miedo hacia
el Dios de los judíos, aunque Yehudá pensó siempre que
fue un gesto para evitar ulteriores problemas con todos
los habitantes.
No obstante, aquello fue el principio del fin, porque
Pompeyo procedió sin piedad contra los partidarios de
Aristóbulo, y puso a aquel pueblo de Dios al servicio de
roma, al declarar su protectorado, con lo que sólo permitió autonomía interna a aquellos orgullosos hermanos
de Yehudá, que supieron, desde entonces, lo que era huir
de su hogar.
181
La destrucción final se produjo años más tarde, en
otro levantamiento de sus insignes hermanos, que acabaron destruidos, dejando a una Jerusalén destrozada
por el propio rencor de su pueblo y por el odio de un
Emperador romano. Según la tradición, cuando el Santuario fue destruido e Israel exilado a causa de sus pecados, el Señor, Yavé, se retiró al más alto de los cielos y
no dirigió más su mirada ni al Templo en ruinas ni al
pueblo de Israel. Y los ángeles lloraron la destrucción del
Templo, tal como está escrito: “Sus heraldos gritan por
las calles, los ángeles de la paz lloran amargamente”149.
Aquello le llevó a Yehudá a pensar en Masada, la
fortaleza de su pueblo, el único reducto de dignidad, donde hombres mujeres y niños se inmolaron para no sufrir
las vejaciones que el Emperador de aquella Roma desaparecida tenía preparadas para ellos. Aunque no se
sentía muy cerca de sus hermanos en esos momentos
aquellos pensamientos le llenaron de orgullo y de un
extraño deseo de recuperar sus raíces.
Las calles de Jerusalén eran bastante regulares y
rectas, aunque algunas resultaban demasiado angostas e
inclinadas. Los mercados y las tiendas se hallaban en las
calles, puesto que no se disponían de grandes plazas
para colocarlos.
Llegados a la ciudad propiamente dicha, sin posibilidad de acudir a un hospedaje decente, Jehan decidió
que debían visitar primeramente la iglesia del Santo Sepulcro, una iglesia redonda con una apertura en la cúpula, con cinco naves. De la iglesia se alza una alta torre
de la que colgaban las campanas. En aquel lugar se suponía que estaba el sepulcro de Jesús de Nazaret, aun149
Isaías 33.7.
182
que todo lo que se llegaba a ver era un tabernáculo de
indefinible función.
Después de tal visita tuvieron que ir al Monte
Calvario, que era una roca blanca con mezcla de rojo
llamada Gólgota. A dicho monte se ascendía por unos
peldaños, una escalera de 16 escalones. De nuevo Jehan
descubrió una nueva anécdota, pues cuentan que en
aquel mismo lugar encontraron la cabeza de Adán después del diluvio para demostrar que el mundo sería redimido en aquel mismo sitio.
Santa Elena, madre de Constantino el Magno,
viajó a Jerusalén en busca del Santo Sepulcro, logrando
en sus investigaciones en el monte Calvario descubrir la
Cruz y el Sepulcro, situados cerca del Gólgota. La Santa,
entonces, mandó edificar en aquel lugar un templo, en
honor de la Resurrección de Jesucristo, construido alrededor de la piedra del Gólgota y del sepulcro de Cristo.
A ciento sesenta pasos de la iglesia del Santo
Sepulcro estaba el Templo de Nuestro Señor, rodeado
por una gran plaza pavimentada de mármol blanco. Se
suponía que en aquellos lugares no podían acceder los
hombres, pero aquello solo rezaba para los pobres y desdichados, no para alguien con los contactos en todos los
países que se dedicaban al comercio con occidente.
Muchas historias inverosímiles contaban los dos
guías que habían contratado con el capital del castellano
Kepa Mexía de Cherinos, el sefardí Yehudá, que controlaba ingentes cantidades de dinero y de poder, pues
todo el mundo estaba dispuesto a perder un poco de su
tiempo para conocer a tan insigne y acaudalado señor.
Historias que hacían las delicias de Jehan de Mandeville,
pero que comenzaban a cansar al maestro, que apenas
podía contener los bostezos ante tanta palabrería.
Yehudá sabía que por allí también estaba la Masjd
al-Aqsa150, que coronaba el monte Moriá151, desde donde
150
La Noble Mezquita.
183
Mahoma ascendió al Paraíso152. Sabía que no podría visitarlo, pero le gustaba pensar en su existencia. Como
entendido de los ritos musulmanes conocía que dentro de
ella existía una roca mística que, para el judaísmo, su
religión perdida, era la Piedra Fundamental sobre la que
fue creado el mundo, y, también, el escenario donde
Isaac estuvo a punto de ser sacrificado por su padre.
También se encontraba en Jerusalén el Haram, un
grupo de mezquitas que se convierte en una sola mezquita. Sólo este templo, junto con el de la Meca, es reconocido por los musulmanes como tal, dado que sólo en
esos templos está reconocida la presencia de la divinidad. En ambos está prohibida la entrada a cristianos,
judíos, y todo aquél que no sea musulmán.
La parte principal del templo consta de dos magníficos cuerpos que forman un todo simétrico, el Aksa y el
Sâhhara. Al lado oriental del gran patio del templo y arrimado a la muralla de la ciudad, que le sirve de pared, hay
un salón cuyo fondo adornan varias telas de diversos
colores, donde se cree que estaba el trono de Salomón.
Cerca de allí se encuentra el sitio donde se halla
153
el Sirat , tan cortante como una hoja de sable, sobre el
que pasarán los fieles creyentes con la rapidez del rayo
para entrar en el paraíso. Cuando se intenta pasarlo los
que no lo merecen caen al abismo del infierno.
Demasiadas iglesias, demasiadas palabras, demasiados ritos, todos ellos cargados de una mentira inne151
Donde Abraham estuvo a punto de sacrificar a su hijo
Isaac, y donde, mil años antes de Cristo, Salomón edificó el primer
templo.
152
En dicha roca inician los judíos y los cristianos el
Armagedón; considerando los musulmanes que allí se reunirán Jesús y
el Mesías para emprender la destrucción del mal., y la conversión de
los judíos y cristianos al Islam.
153
Puente invisible.
184
gable, una mentira que Yehudá debía aceptar porque
formaba parte de un engranaje que no podía detenerse.
Yehudá sabía que el conocimiento de la realidad, de la
verdadera visión y del verdadero mundo debía estar vedado a la mayoría, pero se sentía sólo, porque el conocimiento que no se comparte es una pesada carga que
hunde la espalda del que lo sufre.
Quizá ese fue el momento en que Yehudá decidió
abandonar a su compañero circunstancial. Sabía que
aquel hombre, cargado de una fe sin medida que no se
cuestionaba nada, no tendría ningún problema, de eso se
encargó específicamente él cuando le proporcionó varios
salvoconductos de gran poder entre todos los pueblos de
las zonas donde su iluso amigo quería ir.
No creo que podamos decir que Yehudá se alegrara de abandonar la compañía de Jehan de Mandeville,
pero sabía que su camino debía seguir en otra dirección,
porque el hombre que le acompañaba hasta esos momentos no era sino un visionario que buscaba justificar su
fe, y él era sólo un vividor al que le habían robado varias
veces la alegría de vivir y el amor.
Yehudá decide emprender su camino acompañando una caravana que se dirige a la Meca, pues necesitaba conocer la última Ciudad Santa de las religiones
del libro para poder comprender mejor a esos seres que
compartían el mundo con él, y que morían y mataban por
creencias que él había perdido.
Estimaba que el mundo estaría mejor sin religión,
pero le fascinaba el movimiento que provocaban las creencias de los hombres, el poder que adquirían algunos
seres simplemente al colocarse en posición de interpretar
la verdad del Dios de turno, un Dios que se podía volver
cruel o amoroso, según las necesidades políticas y eco-
185
nómicas de los dirigentes de las distintas iglesias, y de
sus estados sustentadores.
El maestro tenía una visión muy limitada del camino que iba a emprender. Había oído noticias estremecedoras del proceloso piélago que era el desierto. En
su ciudad natal las historias del desierto africano eran
terribles, y se afirmaba que el de los árabes era, si cabe,
aún peor.
Para los hombres de bien aquello sería como el
infierno. Todo hombre que se encontrara en la soledad
del desierto podía ser considerado como enemigo. En
algunas caravanas, según un relato que había conocido
de primera mano, el camino conllevaba que hombres y
bestias acabaran por no comer ni beber. La caravana
seguía caminando, a paso tirado desde las nueve de la
noche. Así uno y otro día. Al final, en el penúltimo y fatídico día, cuando ya no quedaba una gota de agua, tanto
las gentes como sus cabalgaduras comenzaban a ceder
a la fatiga. A cada instante caían las mulas con sus cargas, y era preciso irlas levantando continuamente, sosteniendo el peso de la carga que llevaban. Tan penoso
ejercicio acabó de agotar las pocas fuerzas de los que
quedaban.
Al día siguiente, extenuado de sed y de fatiga,
cayó un hombre en el suelo, yerto como un cadáver. Los
miembros de la caravana se pararon a socorrerle, logrando introducirle en la boca algunas gotas de agua, pero
tan débil socorro produjo muy poco efecto. El que contaba el relato empezaba ya a sentir una debilidad, que
acrecentándose de un modo espantoso, le anunciaba que
también a él le iban a abandonar las fuerzas. Dejaron,
pues, a aquel desgraciado y huyeron de la muerte. Desde
aquel instante fueron cayendo sucesivamente al suelo
gente de la caravana, y quedaron abandonados a su
suerte fatal, pues la caravana marchaba huyendo de su
destino. Finalmente un pequeño grupo alcanzó la salvación, pero murieron muchos, cientos de personas, ago-
186
tados en una peregrinación hacia la muerte, hacia la
destrucción.
Tan sobrecogedores relatos eran comunes en las
tierras musulmanas, y el respecto al desierto había alcanzado a todos los habitantes de al-Andalus, pero Yehudá
no era un hombre temeroso, antes al contrario, el riesgo
le había permitido seguir existiendo cuando nada ni nadie
le podría haber protegido, por eso decidió que su camino
era el desierto, porque aquellas gentes parecían no tenerle miedo.
Quizá aquella decisión fue la más importante de
su vida, pues descubrió un mundo de vivencias que, en la
realidad de cualquier persona que vivía la cotidianidad de
aquella época, nunca hubiera disfrutado; comprendiendo
el lenguaje del desierto mejor que cualquier otro hombre
sobre la tierra.
En otro mundo, tal vez hubiera sido un aventurero,
pero en aquel instante lo único que podía hacer era
disfrutar de la palabra del Creador, cualquiera que fuera,
a través de su obra, y la mayor obra del Creador era ese
mar de arena cálida y mortal, maravillosamente construida para convertir al hombre en creyente y al creyente
en mito; pues sólo a través de la fe el hombre sería capaz
de entender la magnificencia de aquellos lugares.
El camino de la caravana les llevó a Gaza, una
ciudad bastante grande, bien situada, rodeada de un gran
número de jardines. En calles angostas se multiplican las
casas sin apenas ventanas. Allí se preparaba una ceremonia de circuncisión, a la que fue invitado yehudá. Ésta
se practica en una capilla a las afueras de la ciudad.
Para ir al lugar donde se realizará el sacrificio se
reúne a cierto número de muchachos, cargados de banderas de color blanco. Detrás de aquel grupo vienen los
músicos, varios instrumentos de viento y tambores, to-
187
cando música completamente distinta a la que acostumbraba a oír Yehudá en su tierra.
A los músicos les siguen el padre con los invitados, que rodean al niño montado en un caballo, cuya
silla iba cubierta por una mantilla encarnada. El niño,
demasiado pequeño para ir sólo en el caballo, va cubierto
con un manto de tela blanca, y sobre este otro de color
rojo adornado con cintas. Su joven cabeza se cubre con
una faja de seda. A cada lado del caballo un hombre ahuyenta las moscas con un pañuelo de seda. Cierran la
marcha las mujeres, siempre relegadas al último plano.
En la capilla, un hombre, sin más traje que una camisa remangada hasta los hombros y unos calzones. El
padre del neófito se dirige al ministro que va a circuncidar a su hijo y le besa la cabeza, para, después, presentar al niño. Desnudan al pobre niño y le colocan sobre
una fría piedra, el ministro coge el prepucio del niño y sin
miramientos, sin ceremonias, corta el mismo de un sordo
tajo.
El niño, obviamente, comienza a llorar, desesperado. En esos momentos se le echa polvos astringentes,
y se envuelve el miembro dolorido con una venda. Después el niño es entregado al padre que, orgulloso, lo alza
sobre sus hombros. Al final el niño fue puesto en la espalda de una mujer que lo llevó a casa.
Aquellas escenas trajeron enormes recuerdos a
Yehudá, que tuvo que abandonar el lugar porque las lágrimas amenazaban con escaparse de sus secos ojos.
Era el momento de la reconciliación con el mundo, pero él
no estaba preparado, y, tal vez, nunca alcanzara la capacidad para estarlo.
En el camino encontró Yehudá muchos escorpiones, terribles animales con la capacidad de destruir
una vida con su picadura mortal.
188
Las caravanas seguían las wadi, sendas que se
encontraban en los lechos de antiquísimos ríos, ya desaparecidos. Esto permitía que los hombres viajaran con
la certeza de no perderse en el inmenso mar de arena
que les rodeaba. La wadi que seguía el grupo de Yehudá
era el Wadi ´I-Qurà, que unía la región de Hijaz con la
península del Sinaí y con Siria.
El desierto no era sino un mar de montañas de
arena movediza, sin el menor indicio de plantas ni de
animales, pero cargado de una extraña vida que sólo
pocas personas podían percibir, porque era un verdadero
vergel que se construía sobre la muerte del resto de la
creación.
En otras épocas aquello había tenido vida, había
existido de una forma diferente, pero una fuerza desconocida, llámala Dios, llámala naturaleza, llámala fatalidad, había contribuido a la destrucción de todos aquellos lugares llenos de vida convirtiéndolos en un lugar desolado donde la destrucción era la ley.
Muchos hombres pensaban que aquellos sitios no
eran sin antiguas ciudades exterminadas por la ira de
Dios, Sodoma, Gomorra, y otras muchas, pecadoras
ellas, destructoras de la integridad religiosa, de la fe. Era,
pues, el símbolo mismo de la obediencia a Dios, un Dios
vengativo, destructor, que exigía a los suyos que se comportaran de forma adecuada.
El viaje era un cúmulo de sensaciones que le
hacían sentirse libre. Su poder se acentuaba en compañía de tantos hombres buscando seguridad, era una sensación absolutamente increíble. Además estaba el desierto, el hermoso y mágico desierto, con sus trampas de
arena y sus peligrosos vientos.
La conciencia de ser diferente ya no pesaba, allí
todo era diferente, allí todo era mágico, irreal, pero también peligroso y distante. La vida se convirtió en un hermoso y trepidante juego en el que sólo ganaban los que,
al día siguiente, eran capaces de levantarse y andar.
189
El sol, siempre presente, era una promesa de
muerte y una invitación a la vida. Yehudá lo contemplaba
todas las mañanas sabiendo que podía ser el último sol
de su vida, y absorbía cada rayo luminoso como si fuera
su energía la que dependiera de ello. En esos instantes
todo podía pararse, todo se perdonaba.
Creía haber encontrado el lugar donde el hombre
podía ser libre; sentía que el mundo existía para mantener aquel pedazo de tierra en su más absoluta magnificencia, y deseaba acabar con sus huesos en aquellas
hondonadas de fina arena que formaban mares de brillante nada.
Era emocionante conocerse a uno mismo en aquellos momentos, en aquellos caminos cargados de
nítidos silencios y de recuerdos casi olvidados de vida y
de muerte. Allí podía sentir, de nuevo, el corazón de su
Anna latir a su lado, siempre firme, siempre fuerte, siempre presente. Era como revivir la existencia con ella y con
su hijo, porque en ese lugar siempre estarían vivos.
Ante la primera señal, aparecían de todos los puntos del horizonte largas hileras de camellos, que salían de
cada campamento para reunirse en el gran grupo, perfectamente organizado.
La caravana emprendía la marcha todas las mañanas a la hora en que el jefe ordenada tres redobles al
tambor principal. Sin mediar palabra todo el mundo se
alineaba y se preparaba para partir, de tal forma que diez
occidentales hacían mucho más ruido que toda la caravana junta.
Antes de la llamada, al alba, el almuédano llama a
la oración a los musulmanes, que, previamente, hacen
sus abluciones. Casi todos vestían de igual forma. Se
ponían encima de la piel la qamïs154, acompañadas de
154
Camisa de lino o de algodón.
190
unos saräwïl155 que se ajustaban con el tikka156. Algunos
completaban su vestimenta con una pelliza enguatada o
un chaquetón de piel de oveja. Algunos vestían con túnicas de seda cruda. Los hombres iban tocados con
turbantes y calzaban botas de cuero. Las mujeres se envolvían con el burd o mitraf157, que cubría la parte superior del cuerpo, o se envolvían en un amplio trozo de
tela cuyas puntas se ataban a la cabeza.
El medio natural de transporte era el camello158,
dada su capacidad para portar grandes pesos y para
viajar por durante varios días sin agua en tiempo caluroso. Además existían camellos especialmente criados
para correr que proporcionaban una red de comunicaciones rápidas muy adecuada teniendo en cuenta el
terreno donde discurría.
Pronto, gracias a los conocimientos de árabe de
Yehudá, entabla amistad con Baraq, el encargado de
protegerlos en la caravana, y con Mohamed, un mameluco que les guía por toda aquella zona. Para Yehudá era
refrescante encontrar personas como Baraq, más sincero
y leal que cualquier judío o cristiano que él hubiera conocido, descontando a su hermosa y brillantemente limpia Anna.
Baraq había adoptado la siguiente profesión de fe:
No hay otro Dios que Dios solo.
No hay compañeros con él.
A él pertenece la dominación a el la alabanza, la
vida y la muerte.
155
Unos calzones largos.
156
Cordón.
157
Manto.
158
Verdaderamente el dromedario.
191
Y él es sobre todas las cosas el Poderoso159.
Yehudá conversaba muchas veces con Baraq,
hombre inteligente y comedido, que sentía apego por personas como nuestro viajero. En un momento de conversación Baraq preguntó a Yehudá sobre su tierra y su gente. Quizá fue en ese instante cuando Yehudá comprendió lo lejos que estaba de todo lo que había querido, y lo
difícil que le era recordar sus orígenes.
Con lágrimas en los ojos Yehudá contestó a su
compañero:
–Mi tierra es más parecida a la tierra de los
griegos que a estos lugares. Es blanca y limpia. En ella la
luz del Sol crea la vida y no la destruye. Verdes campos y
jardines perfumados, adornados por hermosas fuentes,
convierten mi ciudad en una de las ciudades más bellas
del Universo. Ni Venecia tiene parangón con mi casa, mi
hogar –en esos momentos Yehudá no pudo seguir.
Baraq, consciente de los sentimientos de aquel
hombre atormentado, lo dejó sólo, sabiendo que buscaba
algo imposible, volver a un pasado que jamás se podría
repetir. El mismo Baraq buscaba un lugar en el mundo, y
esto le obligaba a viajar constantemente en caravanas
como aquélla, aunque corriera su vida peligro, aunque la
muerte rondara a todos los que viajaban por el desierto.
En la caravana, junto con ellos, viajaba un grupo
de cristianos poco recomendables. Hacían ruido constantemente y devoraban los alimentos que transportaban
como si fueran animales. Yehudá, sintiendo vergüenza de
159
La ialha ila Allah uahadahu;
La scharíka le hu;
Lohal mulku, loha alhando, ua uahía, ua yamita;
Ua hua ala kolli schaínn Kadìrun.
192
lo que veía, parafraseando a Avenzoar, les llegó a decir
una noche, “ciertamente Dios, honrado y ensalzado sea,
no le dio al hombre –al tiempo que le hizo partícipe de la
astucia, del poder y del empleo del hierro– los dientes
para que mordiese con ellos de la misma manera que las
bestias y las fieras voraces más que en caso de necesidad apremiante. Al crearlo decidió que su finalidad, en
el lugar en que se encuentran, fuera ante todo: servir de
apoyo a la lengua para que, con ayuda de ellos, la
pronunciación resultara perfecta”. Por ello, queridos compañeros, no estropeéis la creación de Dios con vuestra
bestial actitud.
Aquél comentario le podría haber costado muy caro a Yehudá, pero su mirada denotaba peligro, y comenzaba a generar un respeto en todos los miembros de la
caravana que hizo que aquellos maleducados cristianos
se tragasen sus insultos y acabaran intentando comportarse de una forma más adecuada.
Con ello Yehudá acabó siendo un centro de equilibrio imprescindible entre aquellos hombres, y le obligó a
asumir ciertas responsabilidades que, quizá, nunca quiso,
pero que estaban dentro de su temperamento, llevándolo
a hacer cosas para las que los demás no estaban preparados.
Del cuerpo del maestro emanaba una luz extraña,
una luz distinta, que le convertía en el centro de cualquier
pensamiento de salvación, que le hacía ser visto como un
hombre perfecto, un hombre en el que se podía, en el
que se debía confiar. Todos los hombres de la caravana,
tal vez con exclusión de los cristianos, se hubieran cortado una mano si Yehudá se lo hubiese exigido, tan alta
era su consideración.
El maestro sentía, no obstante, que no merecía
ser el centro de atención. El sólo quería ser diferente,
acercarse a una razón para seguir viviendo, no quería
tener en sus manos las vidas de muchos de los hombres
y mujeres que recorrían el desierto en su compañía, él no
había pedido esa misión, ni quería aceptar esa carga.
193
Ciertamente sentía la obligación moral de ayudar
a todo el mundo que se lo pidiera, porque, en el fondo, no
podía soportar dejar a nadie de lado, abandonado a su
suerte, pero no quería ser el salvador de nadie, no estaba
preparado, no quería estar preparado en ningún momento.
Los cristianos reprendidos por Yehudá no alcanzaban a darse cuenta de su delicada situación, por lo
que, su continua provocación a las mujeres que viajaban
en la caravana y las molestias a los jóvenes que intentaba defenderlas les supuso un castigo para el que, por
desgracia, no estaban preparados.
A primera hora de la mañana de un día cualquiera, pues en el desierto todos los días parecían iguales, un
joven con un rasguño en la cara se quejó al jefe de la
caravana, que llamó a los cristianos para identificar al
agresor. Una vez determinado el hombre que había agredido al joven, aquél fue tendido en la ardiente arena,
descalzaron sus pies y le pasaron un lazo corredizo por
los mismos.
Mientras dos soldados le sujetaban en el suelo, un
tercero, con una fuerte vara de madera dolorosamente
resistente, le asestó treinta y un golpes en la planta de los
pies. Sus compañeros cristianos intentaron socorrerlo,
pero había muchos hombres armados para impedir que
se intentara evitar la justicia de la caravana.
Aquel pobre loco, que había pretendido estar por
encima de los demás viajeros, acabó con los pies destrozados, sin poder calzar sus botas de estúpido occidental, y, ni siquiera aguantó dos días con vida, pues la
gangrena conquistó en un tiempo récord todo su cuerpo.
Al final él y sus compañeros fueron abandonados a su
suerte en el desierto, por lo que Yehudá imaginó que
acabarían formando parte de la arena y de las piedras del
mismo, en una muestra más de justicia en su estado
puro, sin la intervención del hombre.
194
En el desierto solo encuentras a beduinos, que
viven en tiendas fabricadas por pieles de diverso tipo,
aunque predomina la piel de camello160, verdadero centro
económico de aquellos lugares. Estos beduinos nómadas
ofrecían la carne y la leche de los camellos a todos los
hombres con los que se encuentran, en un gesto de buena voluntad que les honraba, y que conmovió a Yehudá.
Para la dura ley del desierto, el clan familiar lo era
todo; había que estar unidos cuando se comerciaba y
cuando se luchaba, todavía más durante la razzia, la
ghazwa, que ayudaba a sobrevivir a costa de beduinos
más ricos o sedentarios.
Estos hombres iban de un oasis a otro en busca
de dátiles, de pastos para las cabras y los dromedarios, y
de la ghazwa razzias, durante la cual había que evitar el
asesinato, pues de otro modo la venganza, tha´r, envolvía
la vida de los clanes enfrentados en un conflicto que solo
acababa con el exterminio de uno de ellos.
En un momento dado un grupo de bandidos decide que las riquezas de la caravana deben acabar en
sus arcas y atacan sin piedad al grupo donde Yehudá
viaja. Craso error. En aquella caravana hombres valientes
se habían comprometido en el viaje, hombres que, como
Yehudá, no tenían miedo a la muerte.
Dichos hombres, al grito de ¡Alla ak bar!, ¡Alá es
Grande!, lucharon sin piedad y sin tregua contra los
confundidos bandidos. El mismo Yehudá, poseído de un
deseo de venganza y de un odio por él desconocidos
hasta ese momento, arrebató la vida a más de veinte
bandidos, que acabaron huyendo apabullados por la
160
Tal como hemos dicho, verdaderamente un dromedario.
195
enorme ferocidad de su presa, que se había convertido
en una serpiente del desierto.
Todos los que contemplaron la acción temblaron
de miedo y de orgullo viendo como el maestro había
acabado con tantos enemigos de una forma tan magnífica. Era una máquina de matar engrasada, convertida
en un instrumento de muerte por tantos contactos mentales con verdaderos asesinos y guerreros, hombres que
le habían enseñado el poder de la espada y la fuerza de
la astucia.
Su hazaña, tal como se contó en el futuro, fue la
inspiración de miles de historias y mitos, pues él se había
convertido en el verdadero león del desierto, en la fuerza
sobrehumana que acababa con los enemigos de los
pacíficos, de los que querían la libertad y la paz. Su nombre se convirtió en leyenda a partir de ese momento, y
miles de personas se encomendaban a él como palabra
de muerte en momentos como aquél.
Prontamente llegaron a la Meca. Su fama le había
precedido. Todos querían conocer al cristiano que había
convertido el viaje en una leyenda, que había evitado que
un grupo muy superior de hombres acabara con la vida
de todos los viajeros de la caravana para obtener sus
riquezas.
Cuentan que en el año 570 del calendario cristiano el rey Abraha161, también cristiano, llegó a las puertas de la ciudad de la Meca a lomos de un elefante con la
intención de tomar la ciudad, pero tuvo que desistir al
propagarse una epidemia162. Ese mismo año nació en
161
162
Del reino himayrita del sur de Arabia.
La leyenda dice que el elefante, al llegar a las puertas de la
ciudad, se arrodilló y se negó a continuar.
196
dicha ciudad Mahoma163, el mensajero de Alá. Antes de
Mahoma los árabes vivían en una época de ignorancia,
adorando a piedras, a árboles o al Sol.
Mahoma nació en la tribu de los Quraishíes, entre
los que se encontraba el clan Hashim, del que formaba
parte el Profeta. La madre de Mahoma, Amina, no tuvo
molestias durante la gestación, y oyó voces misteriosas
que le hablaban de la naturaleza excepcional de la criatura que llevaba en sus entrañas; por ello se cubrió de
cadenas y de amuletos de hierro que se rompieron solos
milagrosamente.
Amina parió sin perder la virginidad, y al nacer el
profeta una gran luz iluminó el mundo desde Oriente a
Occidente, permitiendo ver a Amina los castillos de
Damasco y los camellos de Bosra, mientras el fuego
sagrado de Zoroastro se apagaba. Como era costumbre,
el Profeta fue entregado por su madre a una beduina del
clan de los Saad, para que le sirviera de nodriza.
Habiendo perdido a sus padres siendo todavía de
tierna edad, quedó a cargo de un tío suyo. De buen talante y amable, entró al servicio de una rica viuda llamada
Jadisha, que prendada del hombre no tardó en hacerlo su
esposo. Al principio se dedicó a los negocios, lo que le
permitió conocer las diferentes naciones que rodeaban su
país.
Al cumplir cuarenta años un ángel del Señor, Alá,
le dictó el primer capítulo del kur´ann o alcorán164, que se
llama El Fat-ha165. El profeta comenzó a predicar públi-
163
Hijo de Abd Allah, hijo de Abd al-Muttalib, hijo de
Hashim.
164
165
El Corán.
Alabanza sea dada a Dios! Señor de los mundos,
clementísimo, misericordisísimo, rey del día del juicio final,
adorámoste, e imploramos tu asistencia; dirígenos por el camino recto,
197
camente la nueva creencia y no tardó en adquirir un gran
número de fieles. Los líderes religiosos de la Meca, los
Quaraishíes, decidieron acabar con él, lo que le obligó a
huir de su patria la noche misma en que iba a ser asesinado, a la edad de cincuenta y tres años. Esa misma
noche comienza la era de los musulmanes, la Hégira166.
El profeta acabó en Medina, donde su doctrina había sido
aceptada con entusiasmo, y comenzó la guerra santa por
extender el Islam.
Después de infinidad de combates puso a la Meca
bajo su dominación absoluta, haciendo entrada en ella
con diez mil hombres, el viernes 20 del Ramadán del año
8 de la Hégira167. Destruyó los ídolos de la Kaaba y la
restituyó a su función primitiva, la adoración de un solo
Dios, Alá.
Mahoma que era un hombre orgulloso, una vez
comentó: “Alá me ha hecho nacer en la mejor de las dos
mitades de la Tierra, y en el mejor tercio de esta mitad,
entre los mejores hombres de este tercio, los árabes, los
quraysíes, Hashim y Abd-al-Muttalib”.
Todo buen musulmán cree que después de la
muerte y el entierro del Profeta su alma y su cuerpo se
reunieron subiendo al cielo en la cabalgadura del ángel
Gabriel, de nombre el Borak, lo que significaría que ascendió al cielo en cuerpo y alma.
Yehudá podía recordar todavía a Álvaro de
Córdoba, y su actitud respecto al Profeta de los musulmanes. El cristiano identificaba a Mahoma con el Anticristo, considerando que no hubo nunca un hombre tan
perdido de lascivia y tan lleno del hedor y las heces de un
el camino de aquellos a quienes has colmado de tus beneficios, de los
que son sin corrupción, y no del número de los extraviados.
166
El-hógera.
167
22 de enero de 639.
198
estercolero como éste rufián empapado de pestilencias,
que gozó como un alcahuete de las mujeres de los demás ocultando con el falso mandato angélico la suciedad
de sus porquerías.
Ahora que Yehudá conocía la enseñanza del
profeta, y su obra toda, así como sus avances para conseguir que su pueblo dejase de ser esclavo de otros
pueblos, no compartía en absoluto la opinión del cristiano, cargado enteramente de prejuicios y de odio por
algo que no era capaz de entender, que nunca sería capaz de entender, porque sólo era un fantoche con una
pluma.
Cinco veces al día, millones de musulmanes, allí
donde estén, realizan sus oraciones mirando hacia la
Meca, ciudad que debe ser visitada por todo musulmán al
menos una vez en la vida. Una obligación fundamental
del Islam es la häÿÿ168 a los lugares Santos de Arabia.
Esta häÿÿ, comporta un complejo ceremonial de varios
días de duración, siempre en el duodécimo mes del
calendario musulmán169. Para ingresar en el territorio de
la Meca hay que pasar previamente una Miqat170. Éstas
son cinco, Zil-Hulaifa, a unos 9 kilómetros de Medina y
250 de la Meca; Juhfah, a unos 180 kilómetros al oeste
de la Meca; Qarn al-Manazil, a 50 kilómetros al este de la
Meca; Zat Irq, a unos 80 kilómetros al noroeste; y
Yalamlam, a 60 al sudeste.
La Santa ciudad, capital del mundo musulmán, es
una ciudad de casas sólidamente construidas. La Meca
está construida en torno a la gran Mezquita. Los mercados públicos se celebran a lo largo de las calles principales, donde los vendedores se sitúan en barracas
168
Peregrinación.
169
Calendario lunar.
170
Estación.
199
construidas con palos y esteras, aunque algunos tienen
una especie de quitasol grande sostenido por tres palos
que se reúnen en el centro.
Asombrado Yehudá contemplaba la ciudad, plena
de hombres que adoraban a Dios con una fe sobrehumana. Un gentío enorme y aparentemente desorganizado se aglomeraba en torno al haram, alrededor de
una construcción cúbica, enfundada en una enorme
cortina negra de seda con versos coránicos bordados en
oro171, que decían había sido construida por orden de
Adán y reconstruida por Abraham y su hijo Ismael, los
hombres realizaban el tawaf172. Dentro del edificio se
encontraba la Piedra Negra que fue donada por el arcángel Gabriel173 y colocada en el ángulo sudeste de la
Kaaba de Abraham. Se creé que la Piedra Negra es un
jacinto transparente traído del cielo por el citado arcángel
como una prenda a la divinidad y que al ser tocado por
una mujer impura se volvió negra y opaca.
La Kaaba es una torre en forma de enorme cubo,
cuyos lados y ángulos son desiguales, de modo que su
planta tiene forma de trapecio. Dicho cubo está construido con rocas sillares cuadradas, de materiales sacados
de las montañas vecinas. El zócalo que rodea los pies de
la Kaaba es de mármol, y en el mismo se han colocado
un gran número de anillas de bronce donde se ata la tela
negra que cubre el edificio.
171
Denominada tob el Kaaba o camisa de la Kaaba.
172
Circunvalaciones rituales al edificio cúbico.
173
También se dice que la piedra era en un inicio blanca, y
que fue entregada a Adán para que absorbiera sus pecados, pero
fueron tantos los pecados de la humanidad que acabó negra.
200
En la Meca se encontraba la Masjid al-Haram174,
el gran templo, cuyo núcleo era la Kaaba. También se
encuentra la Maquam Ibranhim175, que atesoraba en un
receptáculo metálico y de cristal una roca santificada que
llevaba impresas las huellas del profeta; ésta forma una
especie de cenador paralelogramo frente a la puerta de la
Kaaba, mirando a la misma por su cara más estrecha.
Sostienen el techo seis columnas o pilastras. La mitad de
la Maquam Ibranhim se encuentra permanentemente
cerrada por una magnífica reja de bronce cuya puerta cierra una gran cadena de plata.
El Beb-es-Selem176 es un arco aislado en forma
de arco del triunfo, situado a diecisiete pies de la
Maquam Ibranhim, casi en frente de la misma, al lado
opuesto de la Kaaba. La tradición señalaba que daba
buena suerte pasar por debajo de dicho arco la primera
vez que se llega a dar las siete vueltas a la Kaaba.
Al lado del Maquam Ibranhim está el Monbar177,
de hermoso mármol blanco construido en forma de escalera que termina en un cuadrado, sobre el que se alza
una cúpula octogonal sostenida por cuatro columnas unidas por pequeños arcos. El imam nunca subía al final de
la tribuna para la prédica, sino que se queda de pie en el
penúltimo escalón, vuelto la espalda hacia la Kaaba. El
imam viste de forma excepcional, con un gran kaftán de
tela ligera de lana blanca y un chal ligero cubriendo su
cabeza.
174
La Santa Mezquita.
175
Estación de Abraham.
176
Puerta del Saludo.
177
Tribuna del predicador.
201
También existía el Bir Zemzem178. Dicho pozo lo
abrió milagrosamente el ángel del Señor a favor de Agar,
en el momento que iba a morir de sed en el desierto con
su hijo Ismail. Para sacar el agua era preciso subir el
brocal, de hermosísimo mármol blanco, en cuya parte
interior hay un pretil de hierro con una planta de cobre
para apoyar el pie. Tres poleas de bronce con cuerdas de
cáñamo, y pozales de cuero a la extremidad de las cuerdas sirven para sacar el agua.
El cargo de siqaya, el que da de beber a los peregrinos el agua del Zemzem, era de enorme importancia, tanto Abd-al-Muttalib desempeñó este cargo.
Frente a la puerta del Bir Zemzem, a muy poca
distancia, se puede ver El Cobbatain179. Se trata de dos
capillas contiguas cuyo punto de contacto presenta un
ángulo diagonal, y que se rematan con dos cúpulas de
hermosa factura., sirviendo de almacén para los cántaros
del Zemzem.
El ritual de los musulmanes consistía en dar siete
vueltas alrededor de la Kaaba. Cada vuelta comienza
desde la piedra negra, siguiendo el frente principal de la
Kaaba, donde se halla la puerta, y desde allí, volviendo
hacia el Oeste y al sur, se llega a una piedra de mármol
común, donde los hombres pasan la mano, teniendo
buena cuenta con que la parte inferior de su vestido no
toque el zócalo cubierto. Luego el fiel pasa su mano por
su cara y dice: En nombre de Dios: Dios muy grande,
alabanza sea dada a Dios. Luego se continúa hacia el
nordeste diciendo: ¡Oh gran Dios! Sed conmigo: dadme el
bien en este mundo, y dadme el bien en el otro. Posteriormente se vuelve donde la verdadera piedra negra, y
se elevan las manos exclamando: En el nombre de Dios,
178
Pozo de Zemzem.
179
Las dos cobbas.
202
Dios muy grande, alabanza sea dada a Dios. Al final se
besa la piedra negra y se comienza la siguiente vuelta.
El paso de los creyentes era apresurado en la
séptima vuelta, pues la tradición era aquélla. Yehudá,
apenas sorprendido de tan curioso ritual, intentaba pasar
inadvertido, porque él no debía estar en aquel lugar.
Las calles de la Meca rebosaban de vendedores y
de una vida distendida, olvidada hace tiempo por el maestro, donde el ser humano se encontraba en el lugar que
le correspondía, en un estadio de tendencia hacia la felicidad.
Sin que él lo sepa Baraq, mientras Yehudá hacía
la visita a la ciudad, ha hablado con el señor de la villa
para proporcionarle un trato como el que según Baraq se
merece. Es alojado, con gran pompa, pues Baraq le identifica como un gran señor de occidente, en una casa de
uno de los consejeros del Señor de la ciudad, que se
encuentra ausente. Como todos los hogares en aquella
zona la fachada es blanca. Cuando Yehudá entra en la
casa descubre que habían blanqueado, durante el día,
las paredes, y cubierto el suelo con una capa de yeso de
varios centímetros que no había secado todavía. Era una
cuestión de dignidad proporcionar al invitado.
También se habían comprado muebles nuevos
para su uso personal, así como alfombras, tapices, almohadas, colchones y esteras para que pudiera disponer de
un lugar confortable para vivir mientras permaneciera en
la Meca.
Como le aconteció en Roma, en la Meca, varios
particulares disputaban el hospedaje de los peregrinos,
buscando siempre el que aparentase más posibles para
obtener una buena recompensa. Como siempre los alojamientos se habían convertido en un instrumento de especulación y riqueza.
En las afueras de la ciudad, a dos horas de distancia en camello, se encontraba la montaña Djebel
203
Nor180, donde, según los musulmanes, el ángel Gabriel
entregó el primer capítulo del Corán. Yehudá, deseoso de
conocer a aquella extraña gente que controlaba medio
mundo no pudo hacer otra cosa que visitarla.
Asimismo se dirigió al monte Aarafat, pues era un
lugar de peregrinación para todos los musulmanes. Allí
descubrió la fuerza del Islam. Millares de hombres provenientes de la mayoría de los lugares del planeta, hombres que habían soportado privaciones y fatigas, que
habían superado innumerables peligros, se unían en
aquél lugar para adorar al mismo Dios, Alá.
Yehudá permaneció durante algún tiempo en la
Meca. Gracias a su amigo y compañero fue ´udül181 en un
contrato matrimonial. Aquello se parecía mucho a su
propia historia con Anna. La jitba182 se iniciaba con una
discusión acerca de la dote que el novio se compromete
a pagar a su futura esposa. Asimismo se determinó el
ajuar de la novia, que fue especialmente generoso.
Todos consideraban un honor contar con Yehudá
como invitado, pues allí era muy estimado y considerado
sabio, aunque no había hecho nada para demostrar aquel
hecho. No obstante Baraq se encargaba constantemente
de extender la fama del viajero con su ágil lengua árabe.
Los festejos de la boda se desarrollaron durante
una semana. Unas cincuenta mujeres se pasaron tres
noches cantando con acompañamiento de timbales hasta
las doce. El baño, en casa de la novia, fue un festejo
similar al baño de Anna en su boda. El día de la boda,
elegido por el astrólogo, la novia es conducida en pro-
180
La montaña de la Luz.
181
Testigo instrumental.
182
Petición de matrimonio.
204
cesión solemne183 a casa del novio, acompañada de armoniosa música.
La novia fue conducida a casa del esposo sobre
los hombros de varios hombres, en una especie de cestón cilíndrico, cubierto por fuera con una tela blanca y
rematado en una cubierta de forma cónica pintada de
diferentes colores. El novio recibe el cestón y levanta la
cubierta, y es cuando veía por primera vez a su prometida.
Yehudá disfrutó enormemente del walima184 recordando su boda con aquella hermosa sefardí que fue
asesinada por ser su esposa. El maestro, simple en sus
gustos, gozó especialmente del humus185, un manjar que
comía ya en su hogar, tan lejano. Todo el mundo estaba
feliz, los entrantes abundaban de tal forma que para
probar de todos ellos se tenía que pasar el día comiendo,
y eso que faltaban los platos principales, entre los que se
encontraba el kuskusu186, las tortas con croquetas de
pollo, el hojaldre relleno de carne picada de pichón mezclada con pasta de almendra o las biläÿa187.
Todo el mundo come con los dedos de la mano
derecha, sin utilizar nunca la izquierda, dado que le
profeta lo hacía así. No obstante, aunque utilizan las manos, son mucho más limpios que los cristianos, pues las
abluciones legales que hace un musulmán a lo largo del
día mantienen sus manos limpias.
183
Zifäf al-´arüs.
184
Convite de boda.
185
Crema de garbanzos y tahina (que a su vez es una crema
de sésamo molido).
186
Cuscús.
187
Pastel de ave o de caza.
205
Los postres fueron también abundantes y deliciosos, ka´k188 rellenas de miel, almendras montadas, adornadas con dátiles deshuesados; pasteles de pasta de
almendra fritos en aceite, espolvoreados con azúcar y
perfumados con almizcle; tortas de piñones, nueces picadas y pistachos; o el zabäzïn189.
El Iman o jefe de la mezquita, un viejo venerable y
tranquilo, conocedor del mundo y de las tentaciones humanas, quiso conocer al extranjero que tanto alboroto
había generado en la ciudad. Una mañana muy temprano
Yehudá, vestido al estilo de los hombres del desierto,
pero perfectamente aseado, sin la engorrosa arena que
aquellos hombres sufren en sus carnes y en sus ropas,
se personó en la morada del viejo.
El fakih Majarrasch le recibió de una forma amable
y sincera. Cuando ambos se encontraron hubo una luz,
un destello de comprensión, pues ambos eran poseedores del poder, hermanos que se habían reconocido al
instante, cercanos en el pensamiento y en el sentido,
aunque lejanos en la distancia.
Sus palabras brotaban en la mente del otro sin
necesidad de traducción ni de mover los labios, el fakih
reconoció el enorme poder de Yehudá, muy superior al
suyo, y le pidió, que fuera a las naciones hindúes, donde
hermanos de la misma sangre que Yehudá, y no simples
servidores como él, podrían enseñarle a ser lo que era.
La despedida fue enigmática e interesante, porque
el iman se inclinó ante Yehudá, juntando las palmas de
188
Galletas.
189
Pastel de pasta de avellanas y de miel.
206
las manos y llevándolas a la frente, y le pidió que le concediera el don de la luz, pues sus ojos se habían apagado hacía tiempo. Yehudá, agradecido, le tocó los ojos
con las manos e, inmediatamente, la fuerza vital se apoderó de ellos, pudiendo volver a contemplar la realidad.
Aunque aquella imagen no la vio nadie, pronto se
extendió por la Meca el milagro de la recuperación del
iman, y multitud de enfermos buscaron infructuosamente
al hombre milagroso que había recuperado a su líder espiritual. Ante aquel hecho, Yehudá, en compañía de
Baraq, que había decidido acompañar al viajero durante
un tiempo, decidieron volver sobre sus pasos buscando
un sentido a aquel viaje.
Como Yehudá no sabía muy bien cual sería su
destino, porque dudaba entre volver a Venecia a través
de Constantinopla o realizar el viaje del viejo Marco, o,
quizá, dirigirse a los países brahmánicos, tal como le
había pedido el iman, decidió dirigirse al reino de
Trevisonda, donde, con suerte, podría decidir el camino a
seguir.
La arena del desierto era tan fina y grácil que
formaba en el terreno olas semejantes a las del mar, un
mar de muerte y destrucción, una laguna de inmensa masa y terrible reflejo, creado por Dios para convertir a los
niños en hombres y a los cobardes en cadáveres, pues
nada puede sobrevivir al poder del desierto.
El viento barre, sin cesar, las colinas arenosas en
lontananza, cambiando perfiles de una forma sutilmente
arrebatadora, hasta olvidar la forma original de aquellos
lugares, que, tal vez, antes estaban plenos de vida, pero
que fueron castigados con el castigo del olvido, el peor
castigo que puede soportar el hombre y su entorno.
La fuerza del viento en el desierto tiene tanta intensidad que los hombres deben caminar algunas veces
207
a ciegas, confiados en los animales que les portan y se
convierten en guías improvisados de la salvación de todo
una caravana. Es el poder de la naturaleza, al que el
hombre, el beduino, al final, se entrega, pues nada puede
esperar de sus sentidos mortales en lugares donde los
dioses habitan.
Es, pues, el dromedario, el camello, el rey. Sus
ojos están guarnecidos por párpados carnosos, que
siempre están medio cerrados, fuertemente armados de
pelos; su caminar casi no deja huella en la arena, a consecuencia de sus almohadilladas pezuñas, y su resistencia, legendaria, le permite caminar por donde nadie ha
caminado, siendo los que acaban alcanzando los objetivos marcados cuando los hombres han fallecido hace ya
mucho tiempo comidos por el poder del viento y la arena.
Yehudá volvió a San Juan de Acre, para continuar
con un viaje por Antioquía, hasta llegar al mar Negro,
donde decidiría el camino a seguir. Consiguió sitio en una
caravana que se dirigía a Sinope. Era una aventura excitante para Yehudá, que, a cada instante, descubría nuevas sensaciones, todas diferentes, todas maravillosas,
todas cargadas de un aroma y de una vitalidad que no
había conocido en sus orígenes peninsulares, cuando,
ciego de su poder, se dejó llevar por el mal del hombre.
Pasó cerca del monte Tabor, celebre por el
milagro de la transfiguración de Cristo, que dejó a la derecha. Era un mundo árido, lleno de sueños de historias
pasadas, de pesadillas contadas a los niños en los caminos del tiempo. Él se sentía feliz de poder conocer de
primera mano los lugares donde la historia se había
construido, no en vano se sentía muy cercano a la realidad de la fe, aunque de una forma diferente, una forma
que comenzaba a sentir en su cuerpo y en su mente.
208
El camino de la caravana le llevó a Damasco, que
se encontraba a cinco jornadas de Jerusalén. Cuentan
que, preguntado Mahoma por qué no iba a Damasco, el
profeta contestó que no se podía visitar el paraíso dos
veces. Situada junto al oasis Ghuta, los minaretes de las
mezquitas competían en hermosura con las palmeras del
oasis, atrayendo a todos los hombres que contemplaban
tan hermoso espectáculo. El río Baradak190 y sus hermosos canales proporcionan abundante agua en una zona
como aquella, completamente seca, lo que convierte a la
ciudad en una hermosa sucesión de jardines.
La venta de comestibles y demás productos se
verificaba en bazares muy bien surtidos. La seda es un
producto excepcional en aquel lugar, y abunda en todas
las tiendas, almacenándose en depósitos inmensos. Una
gran multitud llena los bazares, algo que contrasta con la
tranquilidad del resto de la ciudad. Los bazares comprenden, asimismo, baños de magnífica apariencia.
Célebres son los sables y espadas que allí se
crean por maestros armeros preparados para convertir el
metal en filigrana, pero filigrana ponzoñosa, mortal.
Yehudá fue obsequiado con uno de esos sables, que llevó cerca de su cuerpo durante mucho tiempo, hasta que
decidió dejar de lado la violencia de los simples hombres
mortales.
En algunas tiendas se venden licores hechos con
azúcar, pasas, albérchigos y otras frutas. Eran deliciosamente dulces, lo que proporcionaba al cuerpo el sustento
necesario para alcanzar la felicidad, aunque no se debía
abusar de tales licores, porque alcanzaban la razón con
mucha rapidez. Más de uno de los compañeros de viajes
de Yehudá había perdido mucho dinero y mucho orgullo
como consecuencia de la ingesta de tales bebidas alcohólicas.
190
Barada.
209
También existe un gran mercado donde se venden mujeres blancas y negras. Era un gran patio rodeado
de tablados de tres o cuatro pies de alto, donde se exponían las esclavas, y unos aposentos donde el comprador
hace entrar a la mujer que le conviene, para examinarla
más particularmente.
Hermosas mujeres eran expuestas como ganado
en aquel mercado terrorífico. Yehudá estuvo a punto de
explotar cuando comprendió lo que aquello significaba
para las mujeres, pero no podía hacer nada, simplemente
adquirir alguna y regalarle su libertad, algo que hizo de
buena gana. Sus acompañantes, consejeros del patrimonio ajeno, le reprendieron cuando comprendieron lo que
pretendía, pero Yehudá era demasiado fuerte como para
enfrentarse a él de alguna de las formas posibles.
No obstante, una de las mujeres que adquirió no
quiso la libertad, por lo que Yehudá tuvo que enviarla a
San Juan de Acre con un representante suyo, para embarcarla hacia Venecia, donde viviría en su casa como
doncella. Esa actitud hacia la libertad de la mujer hizo
pensar a Yehudá en la realidad de la vida. Ella había sido
criada para ser esclava, para constituirse en un instrumento de placer y gozo de su amo, y cualquier otro pensamiento no cabría en su simple mundo. Aquello obligó a
Yehudá a replantearse su actitud hacia los demás y hacia
sus costumbres, y prometió dedicarse a no entrometerse
en realidades que, tal vez, no pudiera entender.
En esos instantes fue consciente del concepto de
esclavitud. El esclavo no era aquél que no tenía libertad
para vivir su vida, esclavo era aquél que ni siquiera sabía
que no tenía libertad, aquél al que el miedo le imponía
una forma de vida que le alejaba de la plena realización
como ser humano.
En aquellos días se celebraba una circuncisión del
hijo de uno de los dignatarios más importantes, algo que
transcurrió entre suntuosos festines. Siguiendo la costumbre, se celebró la circuncisión de cierto número de
jóvenes de la misma edad, corriendo el gran dignatario
210
con todos los gastos convidando a todos a una i´där191, a
la que también fue invitado Yehudá.
Para asistir al evento Yehudá se aseó en los baños públicos, un lugar maravillosamente preparado, cargado de elegancia y de confort. El primer salón es espacioso y con luz de grandes ventanas que daban a la
calle. Aquel edificio estaba rematado por una hermosa
cúpula de madera adornada con arabescos. Alrededor
del salón corre una galería elevada, donde se encuentran
dispuestos varios colchones sobre los que pueden descansar los que salían del baño. En medio del salón había
una fuente de mármol, y a cierta altura hay tendidas
algunas cuerdas para poner las toallas a secar. En el
baño había barberos, lo que facilitó a Yehudá ade-centar
su cara y su pelo para poder asistir con propiedad al
convite.
La ciudad no siempre había sido tan limpia y
hermosa. Los baños y letrinas polucionaban de una forma
clamorosa el río, fuente de la vida de la zona; por ello,
consultados los más insignes juristas, dichos baños y
letrinas fueron destruidos y sustituidos por hermosas casas y por tiendas, que mejoraron la calidad de vida del
lugar y solucionaron el problema de la contaminación del
agua. El interés público era muy tenido en cuenta. A orilla
del Banyas fueron expropiadas varias propiedades con el
fin de construir el gran hipódromo, convirtiendo la ciudad
en un lugar mejor para vivir.
Yehudá estaba contento, sentía suya la capacidad
de los musulmanes para construir un mundo hermoso en
aquel lugar, un universo muy distinto al universo cristiano
en el que se había visto obligado a vivir en contra de su
voluntad.
Allí los cristianos sienten un enorme dolor, porque
ven como la Catedral que construyeron para su Dios ha
sido sustituida por la Gran Mezquita, que conservaba aún
191
Comida de circuncisión.
211
la planta de su anterior destino. No obstante los cristianos
no se quejan, dado que recibieron una cuantiosa indemnización por perder uno de sus lugares de fe. Consciente Yehudá de la aberración que supone la venta de
un lugar de congregación, cada vez estaba más contento
de olvidarse de los cristianos durante su viaje, pues era
gente desconsiderada, prepotente, y cargada de odio,
que sólo buscaban obtener dinero a toda costa, incluso
por encima de su Creador.
El camino siguió, como sigue la vida. Posteriormente pasaron por un peligroso desfiladero, una garganta
dominada por alturas, donde hay diversos montones de
piedra a modo de parapetos. Fue una trayecto comprometido, donde la voluntad de los hombres valientes se
puso a prueba.
Pasaron por una montaña redonda, con pendiente
suave por la parte este, y desde allí pudieron contemplar
el horizonte de aquella tierra desierta. Mas tarde llegaron
a Homs. Aquélla era una ciudad grande, considerable.
Era un lugar de comercio, donde el Caisseria192 contaba
con buenas piezas de seda, algo que apuntó mentalmente Yehudá para continuar su negocio veneciano.
Las casas ofrecían un tono lúgubre, dado que el
material con el que estaban construidas era de piedra de
color negro, tal vez basalto. Las calles, no obstante, estaban bien empedradas.
La siguiente escala fue la ciudad de Hama, que se
sitúa al pie de una colina de cuesta suave. El río Orontes
pasa por medio de la ciudad, y corre encajonado entre
casas y jardines maravillosos, dándole ese halo característico de ciudad ribereña. Las calles de la ciudad son
192
Mercado.
212
estrechas e irregulares, si buen las principales sirven de
bazares, dado que son rectas y anchas y, a menudo, cubiertas. También allí había una Caisseria donde se vendían buenas telas de seda.
El calor en aquellos lugares era asfixiante, lo que
obligaba a los moradores a dormir al raso. Por ello hombres y mujeres no sentían vergüenza de estar a la vista
de los viajeros que frecuentaban la ciudad, e incluso las
mujeres, fieles a la enseñanza de Mahoma, atendían a su
aseo y tocador como si estuvieran dentro de su casa.
La siguiente escala fue Hhaleb193, una hermosa
ciudad frecuentada por miles de personas de todas las
religiones y creencias. Esta plagada de bazares cubiertos
de bóveda con lumbreras. En aquel lugar Yehudá tuvo
que atender al comerciante Alí Bey, que se indispuso e
hizo detener la caravana.
Aquél hombre era exigente y arrogante, algo que
se permitía por viajar con un ingente número de criados.
Yehudá ya conocía el nombre de aquel comerciante,
dado que había tenido relaciones de negocio con él en
los tiempos en que no era un peregrino en tierra extraña.
En Iskander194 se encuentran con un campamento
de turcomanos que comparten la comida con su grupo.
En aquellos lugares Yehudá encuentra la camaradería
que tanto había buscado entre su gente. Aquellos hombres, que se enfrentan a la muerte a cada instante, existía la verdad, sabían que todo lo que necesitaban estaba
en el hombre, al lado del hombre, y compartían sin prejuicios.
193
Alepo.
194
Alejandreta, al norte de Antioquia.
213
Entre las provisiones que ofrecieron a Yehudá y a
sus acompañantes había queso, uvas y gran cantidad de
leche cuajada, algo que ellos llaman yogur, que se comía
con un pan muy fino que se doblaba formando un cono.
En esos momentos todos los que allí estaban eran
hermanos, hermanos en el peregrinaje, hermanos en la
necesidad de compañía. La luz del atardecer rompía la
quietud de aquellas tierras dominando el alma de los
hombres, que acaba entregando la amistad al primer golpe de vista.
Yehudá estaba radiante, pues su poder le decía,
con toda claridad, que en aquellos hombres no había
doblez, que dentro de aquella gente el pensamiento salía
a borbotones por sus bocas al igual que por sus ojos, sin
engaños, sin pretender ser lo que verdaderamente no
eran.
Finalmente, llegó a Sinope una tarde en que la
luna había asomado pronta en el cielo. Al fondo el Gran
Mar, el mar Negro dominaba todo el horizonte que no era
roto por la silueta de la ciudad. Esa visión le obligó a
detener su paso y absorber la realidad de su vida. Él era
un caminante, debía seguir buscando, y esa búsqueda
debía ir hacia el oriente, hacia el extremo oriente, de
donde venía la seda y de donde tantas historias mágicas
se contaban.
214
215
SEXTO.
Otra vez en el camino, otra vez buscando algo,
aunque no sabía que es lo que buscaba. Era el eterno
caminante, el eterno peregrino, pero el peregrino sabe
donde se dirige, en cambio Yehudá, Kepa, Thothermes,
sólo tenía una ligera idea, y la idea le obligaba a huir del
lugar donde había puesto sus pies, con independencia de
la felicidad o la tristeza que hubiera obtenido en el mismo.
El camino se había convertido en la verdadera razón de su existencia, en el centro de su verdad, desplazando el destino por el propio sendero, el objetivo por
el modo. No podía, no quería llegar a ningún sitio concreto, necesitaba avanzar por pasos elevados, recorrer
ciudades olvidadas, con el fin último de acercarse a su
propio sentido, a la razón de su existencia como ser cada
vez más poderoso.
En el fondo sentía miedo de lo que le estaba sucediendo. Sus conocimientos habían traspasado los
límites mortales. Era capaz de realizar cosas insospechadas, incluso había podido resucitar a un animal que
había fallecido hacía poco tiempo. Movía fuerzas que era
incapaz de comprender, llegando a convertir los elementos, a su antojo, en agua o en alimento, o en piedras
preciosas.
En sus manos se encontraba el principio y el fin,
porque el era el principio y el fin, el alfa y la omega, y
aquél que deseara la abundancia debía acudir a él,
porque él le llevaría a las fuentes de la vida. El fin último
del hombre era la trascendencia, pero él no quería tras-
216
cender, el quería saber el motivo de su poder, de su inmenso poder.
Podía ver en la oscuridad, contemplar el alma de
los hombres y mujeres que se le acercaban, hablar con
ellos en sueños, convertir su mundo en el mundo de los
demás, comprender los deseos de los otros y realizarlos,
si lo consideraba preciso, porque él era tan poderoso que
no tenía límite.
Nadie podrá nunca entender la sensación del
hombre que alcanza la perfección del alma y del cuerpo,
del que consigue llegar allí donde, aparentemente, no
había llegado nadie, porque Yehudá desconocía al resto
de hermanos que habían alcanzado su estado, estaba,
en esos momentos, sólo.
De nuevo se une a una caravana, pues su intención es recorrer el mundo conocido y explorar el interior
de los hombres y de las bestias, reconstruir la historia de
la humanidad y decidir si su vida tiene sentido o, en
cambio, lo que no tiene sentido es mantener la vida de
todos los seres humanos.
En un mundo donde los milagros estaban a la orden del día, él era un verdadero milagro, una luz entre
tanta tiniebla. Sabía que podía hacer aquello que se le
antojara, pero no sabía lo que debía hacer con ese poder,
ni tan siquiera sabía lo que quería hacer con el poder, tan
lejos estaba de comprender cual era su destino.
El camino le lleva a conocer Trebisonda y la capital Tamerlán, atravesando Armenia y Azerbaiyán para
llegar a Tabriz. Tabriz es una ciudad muy rica, de un gran
tamaño, con una ingente cantidad de baños y de mezquitas. Luego se une a otra caravana que le lleva a
Sultaniyeh para acabar en Teherán.
En Teherán descubrió la desgracia de su antiguo
pueblo, que está esclavizado por los habitantes de la
217
ciudad, que odian desaforadamente a los judíos. Si un
judío encontraba a un musulmán de elevado rango, debía
desviarse precipitadamente a cierta distancia, siempre a
la izquierda de la dirección del musulmán, dejar en tierra
sus sandalias y ponerse en postura humilde, con el cuerpo inclinado hacia delante. Si no se sometían a esa humillación eran severamente castigados.
Asimismo, tal como ocurría en su ciudad, el gobierno obligaba a vestir a los judíos con un traje particular, para poder reconocerlos a la legua, y cuando pasaban por una mezquita estaban obligados a quitarse las
sandalias y hacer una reverencia en honor del profeta.
Cada vez Yehudá veía más odio, más horror, más desprecio.
Ni siquiera el dinero que obtenían del comercio
debía compensar aquella humillación, pero ellos eran
sumisos, habían aprendido, después de tantos años, que
luchar contra fuerzas mucho mayores que ellos era un
suicidio, por lo que no podían hacer otra cosa que someter su cuerpo, que no su espíritu, a las decisiones del
poderoso.
Para lo que sí se utilizaba constantemente a los
judíos, del sexo femenino, era para convertirlas en concubinas de los grandes señores, pues las judías de
aquella zona eran bastante hermosas, con la tez completamente blanca, como estatuas, pues nunca han podido salir a la calle sin estar cubiertas.
Llegado Yehudá a Bagdad recuerda sus conocimientos de tiempos pasados, mejores para aquella
ciudad, y considera con nostalgia la pasada grandeza de
la urbe bajo los Abasidas, aunque todo había desaparecido en esos momentos y sólo se conservaba el
nombre famoso. Colmado de la belleza del paisaje,
Yehudá se emocionó al contemplar el río Tigris a su paso
218
por la ciudad, que era como un colgante de perlas entre
los pechos de una mujer.
También sintió Yehudá, por primera vez en mucho
tiempo, atracción por los encantos de las mujeres del
lugar, cuya belleza ya conocía por su fama, pero no pudo
más que comprobar que los relatos que se contaban
sobre la misma eran ciertos.
En Bagdad contempla como los mozos entregaban a los pisos odres de agua, del agua que provenía del
río y que era conducida a la ciudad por millares de camellos. Ese servicio, necesario en lugares como aquél,
gustó mucho a Yehudá, que asumió como una nueva empresa a la que dedicarse cuando acabara su viaje.
Dos puentes suspendidos sobre barcas juntas y
atadas unas a otras entre ambas orillas del río, bordeado
a cada lado por una poderosa cadena de hierro, habilitan
el paso entre ambas márgenes del río, siendo atravesados día y noche por multitud de usuarios que lo convierten en una constante fiesta de color.
Allí, el 10 del mes dü l-hiÿÿa, celebró la fiesta de
los Sacrificios. Él mismo contribuyó a ayudar a la compra
del cordero para el sacrificio ritual. El sacrificio debe
realizarlo todo musulmán acomodado, padre de familia o
cabeza de la casa. Después de matar el animal por su
propia mano, entre la salida del sol y el mediodía, come
una parte de él asada y da a los pobres lo restante, que
ha de ser más de un tercio del animal. La piel de la
víctima servirá para el uso personal del dueño o se da a
los indigentes.
Era una fiesta alegre, completa, donde todos disfrutaban del amor a Alá, y recordaba a Mahoma, su
profeta. En ese día no sólo se comía cordero, sino también toda una serie de platos especiales para rememorar
ciertos eventos. Así, por ejemplo, se consumía trigo con
leche en recuerdo del primer alimento tomado por Amïna,
la madre del Profeta, tras el nacimiento de Mahoma.
Sus anfitriones, como estimaban que un hombre
sin mujeres no era bien mirado, le presentaron a una
219
esclava negra, joven y voluptuosa. Aquella mujer fue
reconocida como la concubina, fue bañada, purificada y
se la entregaron, sin miramientos, ella sería suya todo el
tiempo que él deseara.
De allí pasa a Isfahan y luego a Kerman. Después
recorre las ardientes llanuras de Jurasán, hasta llegar a
las orillas del Oxus195. Luego se dirige a Samarcanda,
donde llega un caluroso día de septiembre.
La hermosa ciudad de Samarcanda, con la calle
del mercado cubierta por un tejado abovedado, se abre a
los ojos de Yehudá en todo su esplendor, salpicada de
hermosas fuentes, jardines y viñas, plena de casas nobles.
Se siente atraído por aquél lugar, tan mítico, tan
magnífico, tan lleno de esa extraña sensación de plenitud
que no había encontrado nada más que en Venecia y en
Constantinopla. Piensa quedarse un tiempo el aquella
ciudad, pues siente que su mundo está en lugares tan
bellos como aquél, pero un impulso sobrehumano le obliga a seguir su camino, siempre hacia delante, siempre
avanzando, sin mirar atrás.
Posteriormente Yehudá cambia de dirección. Ha
oído hablar de un mundo distinto, donde el respeto por la
vida, cualquier vida, es ley. Si bien ha recibido informaciones contradictorias, la atracción por conocer los reinos
de los hindúes le obliga a cambiar su itinerario por un
tiempo, el suficiente para conocer aquella forma de vida.
A pesar del tiempo transcurrido desde su nacimiento, Yehudá se conservaba joven, dado que uno de
los poderes de su condición era controlar su cuerpo y
mantenerlo en adecuado estado mucho más tiempo que
195
Amu Daria.
220
el resto de los hombres. A ello había contribuido su
cuidada alimentación, su actitud positiva y el ejercicio físico. Por ello, a pesar de pasar ampliamente de los sesenta años, su aspecto y vitalidad era la de un hombre de
unos cuarenta años, todavía atractivo, todavía saludable.
Cada día irradiaba una luz más poderosa, algo
que algunas personas eran capaces de ver, lo que le convertía en el centro de las miradas de grandes hombres
santos, que veían en él un ser pleno de poder y de
orgullo, un ser que podía acabar con el mundo con un
ges-to de su mano, y no sabían que cerca estaban de la
verdad.
Aquello es otra consecuencia de su poder, de lo
que lleva dentro, de lo que siempre ha llevado dentro en
potencia, pero que está convirtiendo en acto a cada paso
que da, a cada instante que se acerca al nuevo mundo
que supone las tierras de Oriente, con su misterio, con su
misticismo, con su lejanía.
Agra se abre ante él. A la hora de su llegada sale
un cortejo nupcial. Un novio de apenas dieciséis años,
aterrado por su nueva situación, vestido de terciopelo rojo
y oro, sobre un caballo blanco, demasiado grande para
poder ser controlado por alguien de su edad, se dirige a
su destino, tal como le sucedió a él ya hace mucho tiempo. La novia, conducida en un palanquín cubierto, no es
visible para el ojo mortal, aunque sí para Yehudá, que
contempla extasiado la belleza de la joven, casi una niña.
Tentado de intervenir, les deja marchar, maravillado de la resignación de la joven y de su hermosura, aunque la concede un don, el don de la felicidad, porque ella
se merece en todo momento ser feliz. Además le entregó
parte de su simiente, por lo que cada hijo que tuvieran
ambos no sería del marido, sino de Yehudá. Era un
221
regalo y una carga, pero necesitaba que su existencia se
perpetuase.
Había descubierto hacía mucho tiempo que él
podía hacer ciertas cosas como aquella, pero nunca se
había atrevido. En aquellos lugares, envenenado de poder y de la extraña sensación de estar en su hogar, ha
tenido el valor de revelarse y convertirse en lo que era de
verdad desde hacía mucho tiempo.
Comenzaba su ordalía, su nuevo descubrimiento
de existencia extrema y verdadera. Nada ni nadie podría
impedir que Yehudá se acercase a la divinidad, porque
Yehudá era un Dios, un verdadero Dios que, sin saberlo,
iba a modificar el destino de los hombres y de las bestias,
de los creyentes y de los ateos.
Sus manos, grandes como el universo, podían
tocar todo lo que se le antojara. Sus ojos, tan profundos
como el mar, podían penetrar en lugares donde el hombre no había accedido nunca, donde jamás había llegado
el alma humana. Su fuerza, tan inmensa como el sol,
podía convertir el mundo en muerte y destrucción.
Más allá de las casas, más allá de los palacios,
los templos brahmánicos, con sus grandes pirámides,
rompen el horizonte. Ha llegado a Benarés. Es una ciudad sembrada de pirámides rojas y doradas. Siguien-do
la silueta del Ganges, amorosamente construida, la ciudad se vuelca hacia el río. Hermosas escaleras de granito
forman un camino hacia la bondad del río, desde la zona
donde moran los hombres hasta el lugar donde el río
acaricia al creyente.
Ese año se puede ver casi el fondo del río, tan
seco y penoso baja. Es una señal, un signo que avisa
sobre el hambre, sobre la muerte que recorrerá aquellos
lugares. Ajenos a todo aquello innumerables vendedores
de frutas, guirnaldas y gavillas intentan subsistir. Las
222
ventas de guirnaldas para arrojarlas al río ha bajado tanto
que muchos han dejado de venir, ya casi no consiguen
comer con lo que venden.
La muerte comienza a recorrer el paisaje. A lo
largo de la orilla innumerables piras, con escasa madera,
se preparan para incinerar los cuerpos. Son piras de pobres, dice un hindú que camina junto a Yehudá, con la
cara sonriente, ya que acaba de entablar conversación
con un extraño de otras tierras, un ser casi mitológico
para ellos.
Muchos seres de aquellos lugares eran capaces
de ver a Yehudá tal como era, por eso su destino estaba
en aquellas tierras, en aquellos mundos extraños donde
cada dios tenía su lugar, por encima del miedo, cerca de
la fe. Yehudá comenzaba a comprender el motivo de su
viaje, la vuelta de su destino, porque sólo en aquellos
sitios mágicos, enigmáticos, podía convertirse en lo que
realmente era.
Nota que sus manos sudan constantemente. No
tiene calor, no necesita tenerlo, el es un dios, pero teme
ser un dios, por eso sus manos no dejan de sudar, aunque desea fuertemente que aquello no suceda. Es el
poder revelándose ante el miedo, y el miedo del hombre
reaccionando ante tanto poder.
A la tarde la vida vuelve al río, es la hora de
Brahma. Por todas las escaleras descienden los brahmanes tocados con sus velos. Llegan al río en busca del
agua santa para las abluciones y el resto de los ritos. El
baño sagrado se convierte en lo único que les queda a la
mayoría de los hombres de aquellos lugares, pues el
hambre está asomando por las puertas de la ciudad.
Todos temen enfrentarse a la verdad. Fuera está
el padecimiento, pero mientras exista una posibilidad de
seguir la existencia propia, mientras el mal sólo afecta a
los otros, las cosas no irán tan mal para la gente. Los
hombres no pueden, no quieren contemplar la realidad
del mundo, una realidad que les dice que las cosechas
223
están muriendo, que el alimento que ellos toman, tal vez,
pueda ser el último.
Alcanza Gwalior, una bella ciudad donde la piedra
labrada domina todos los rincones. Siendo una ciudad de
Brahma, los musulmanes controlan el poder, desde Aláed-Din196. Es una ciudad viva, donde circulan constantemente cortejos nupciales que marchan a paso lento, con
el futuro marido a caballo cubierto por un inmenso parasol. También encuentra Yehudá cortejos mortuorios,
que van muy rápido, como si la muerte les persiguiera.
Los olores son excepcionales, pues en los mercados no se vende nada que haya vivido, puesto que la
gente se alimenta de arroz, cereales, vegetales y frutas,
intentando estar en sintonía con Brahma.
El sacrificio de seres vivos, tal como se conoce en
occidente, es concebido como una aberración por los hindúes, pues confían en la reencarnación y puede que alguien de su propia familia sea uno de los animales a los
que se está sacrificando. Por todo ello las vacas, sagradas todas ellas, pueden pasearse por las ciudades sin
que ningún hombre las mate, aunque el hambre aprieta
en esos días tristes.
Los palacios funerarios de los reyes de Gwalior
ocupan, al otro lado de la ciudad, forman todo un barrio,
cargado de misterio y de poder indómito. El mármol y los
jardines demuestran la grandeza de los señores de
aquellas tierras, nunca olvidados.
196
Aladino.
224
Yehudá vuelve a Benarés. Necesita encontrar
respuestas a sus preguntas, a sus deseos inconfesados
de convertirse en dios. Allí escucha a monjes predicar
contra la práctica religiosa. Según ellos, el hombre nace
solo, vive solo, muere solo; la justicia sola le sigue, pero
no hay nadie para escuchar sus plegarias. El maestro
opina que, tal vez, tengan razón, porque en todo su
camino no ha encontrado jamás muestras de la Divinidad
que todos los hombres parecen adorar en sus diferentes
formas.
En Benarés Yehudá encontró gente con poderes
muchos mas limitados que los suyos, pero con posibilidades de videncia y de comunicación parcial mediante el
poder mental. No obstante, parecía que un velo cubría los
ojos del alma de todos aquellos hombres, que no habían
sido capaces de alcanzar la meta que tan cerca habían
tenido.
Aún así se sentía reconfortado, no estaba sólo,
había hermanos dispersos esperando ser recuperados. Él
mismo estaba perdido, siempre lo había estado. Comenzaba a pensar en el Profeta de los musulmanes y
sentía que él era otro hermano perdido, un nuevo hermano al que nunca conocería.
En la puerta de una antigua ciudad Yehudá encuentra grupos de momias todavía con vida. Andrajosamente vestidos, familias enteras piden a la entrada de la
villa. Los huesos se notan claramente allí donde se les
mire. Las piernas y los brazos son puro material óseo, llegando a ser más ancha la pantorrilla que el muslo, como
consecuencia del doble hueso de aquélla.
Comer, esas pobres gentes querían comer, por
eso habían acudido a la ciudad. Esperaban que los habitantes de la urbe tuvieran piedad de ellos, que no les
dejarían morir, que sintieran el compañerismo del ne-
225
cesitado, pues sabían que allí se acopiaba harina y granos para resistir los sitios.
Aquello era cierto, carros de bueyes y reatas de
camellos iban, constantemente, entrando en la ciudad
cargados de sacos de arroz y de cebada, que eran apilados en grandes, inmensos graneros de insolidaridad, pero todos esos productos no son gratuitos, se venden, como todo en el mundo, y cuestan la vida de las personas,
la desesperación de las familias, de los padres, angustiados y destruidos por la imagen de sus hijos que se
extinguen ante sus ojos de forma rauda y terrible.
Son demasiados los campesinos que buscan refugio, que intentan encontrar algo de alimento para sus
familias y para ellos mismos; no habría bastante, por ello,
el señor del lugar, consciente de la crueldad del mundo,
mira hacia otro lado, olvidándose de parte de sus súbditos para poder salvar a algunos, pues, de otra forma,
perecerían todos.
La carestía se sumaba a la muchedumbre de
hambrientos; la muerte de las cosechas a la supervivencia de los hombres. Al final nada se puede hacer para
evitar la catástrofe. Demasiadas bocas para alimentarse
de algo que escasea cada vez más, demasiada poca cosecha para cubrir las necesidades.
Es la ley inexorable de las matemáticas aplicada a
los hombres. La muerte de algunos, siempre que suponga la salvación de otros muchos, es aceptable en términos generales, en términos de poder, de riqueza, porque
el que decide, afortunadamente para él, no pasa, en ningún momento, hambre.
La agonía de aquella gente llena de dolor el alma
del caminante, pero en todas partes sucede lo mismo, el
hambre ha entrado por las puertas de los reinos perdidos
y no queda otra cosa que hacer que morir, esperando
que el sufrimiento sea lo menor posible.
Dentro de la ciudad, en cambio, parece que la vida sigue su curso. Miles de vendedores de telas, armas o
alimentos, eso sí, escasos, obstruyen los dos lados de las
226
calles, intentando huir hacia delante, alejarse de la muerte que acecha en el exterior de los muros de la ciudad,
una muerte siempre presente, siempre pretendiendo alcanzar su lugar.
Al final la imagen de la muerte acaba entrando,
por necesidad, en la ciudad. Por eso acaban apareciendo
muertos vivientes escapados de su tumba, que intentan,
sin conseguirlo, alcanzar el bienestar que otros tienen en
abundancia. Apenas se reconocen sus rostros, hundidos
en un mar de telas muertas, pero en sus manos aparece
el símbolo último de la desesperación, y sus cuerpos son
infinitos gritos de rencor contra un mundo que se permite
el lujo de destruir a parte de su población.
Entre los vendedores, si uno se fija bien, montones de andrajos y de piel seca demuestra que el hambre
y la pobreza ha entrado en la ciudad, aunque los comerciantes intenten ignorar su presencia, aunque los compradores pasen con los ojos perdidos para no ver lo que
el día de mañana les puede suceder a ellos.
Un tendero, muy preocupado por los ojos de tres
esqueletos infantiles completamente desnudos que se
dedican a contemplar sus jugosas frutas, tiene que apartar de allí a los pobres niños, hijos de la ignorancia y de la
muerte, del dolor y de la desesperación, que no conseguirán sobrevivir en ningún momento. Eso lo sabe
Yehudá, es plenamente consciente de esa realidad, aunque no necesita el “poder” para saberlo.
El más pequeño de los tres parece ser el más
próximo a la muerte, esa dulce muerte que acaba con
todos los tormentos, que lleva el cuerpo a su lugar ideal y
libera el alma del tormento de seguir existiendo. Las
moscas, sabias y predadoras, se acumulan en las comisuras de sus ojos y de sus labios, buscando algo de alimento y agua, porque aquel líquido no iba a ser necesario ya para su propietario.
Los huesos marcaban sus cuerpos como un tatuaje, mostrando la fisonomía del hombre y del hambre,
enseñando hasta donde puede alcanzar la ignominia de
227
los poderosos, que dejan pasar la oportunidad de mantener la vida de seres como aquellos, seres que no han
pedido vivir, pero que tampoco han cometido ningún pecado para acabar muriendo de inanición, tal como les
estaba sucediendo.
Cuando ni el espacio les pertenece, cuando son
expulsados de la visión de los que algo tienen, ellos,
comprensivos y moribundos, se alejan con los ojos perdidos en una distancia de hambre y dolor. El mayor toma
en brazos al chiquitín de forma tierna, sabe que se está
muriendo y que su cuerpo ya no le pertenece, pues pertenece al odio y al rencor de los hombres que acaparan
alimentos.
La mayoría contempla las escenas con indiferencia, han aprendido a vivir con la muerte tan cercana y tan
presente que el hambre no es sino una decoración más
de sus ciudades, una muestra del espantoso olvido que
puede tener la humanidad. En el fondo todos tienen miedo, porque la muerte del vecino puede llegar a ser la tuya
propia, porque no hay seguridad en ese mundo tan gris.
Aquellos hombres, masa ingente de piel y huesos,
han ido perdiendo su humanidad día a día, siguiendo el
espeluznante plan de una muerte gozosa de poder besar
a sus hijos más queridos, los pobres. Porque son los pobres los que más adoran a la muerte. El destino, la fatalidad, coloca a cada persona en su sitio, y los pobres
deben estar bajo los pies de los ricos, de los poderosos.
El miedo al hambre, el miedo a la muerte, hace
que los pobres no tengan esperanza, dado que ellos son,
en el fondo, sólo un espejo en el que, tristemente, se
miran sus contemporáneos para saber cual es el destino
final de tanto sufrimiento. Al no existir esperanza, tampoco existe la caridad, porque la caridad sin esperanza
no puede vivir.
Los ganados, hace mucho tiempo muertos, son un
recuerdo que apenas consuela a hombres que han luchado hasta el último suspiro por conseguir mantenerse
con vida, pero es imposible, la tierra ha fallecido a con-
228
secuencia de la extrema sequía, por lo que nada ni nadie
puede subsistir.
En un tenderete donde un mercader comercia con
brazaletes mientras se alimenta de tortas jugosas y calientes se detiene una pobre mujer portadora de un esqueleto de bebe aún con un hálito de vida. Ruega, suplica, se arrastra, pero el hombre no piensa ayudarla, no
necesita tener una carga como aquella.
Ella, que en su momento pudo ser bonita, ahora
es un amasijo de huesos y pieles mal colocados. Sabe
que su hijo va a morir, en su pensamiento surge el odio y
la perdición, pretende acabar con todo y con todos. La
mujer, casi una niña, apenas tiene dieciséis años, pero
sabe que nadie tendrá piedad de ella, que está condenada, y que su hijo morirá en sus manos sin que pueda
hacer nada.
Yehudá no puede más, los acoge bajo su mente y
les cura de sus heridas con el poder que preserva, con su
propia fuerza. Luego, sin mostrar su pobre identidad, la
entrega joyas y dinero suficiente como para que pueda
vivir holgadamente con su hijo el resto de su vida. El
maestro sabe que su regalo se lo merecen todos los
muertos de hambre de aquellos lugares, porque todos
son seres que no merecen vivir de esa forma, pero en él
nacen impulsos que le obligan a beneficiar a ciertas
personas, perdidas como aquella joven.
Al pasar a su lado ella le mira. Aunque no han
intercambiado palabras sabe que ha sido él, pues un halo
de luz celestial le cubre. Se arrodilla ante su salvador, le
entrega su hijo, algo que Yehudá rechaza sonriendo a
medias. A partir de ese momento ella es suya, siempre lo
será, no importa que no la tome, y es bella, no importa
que no vuelva a verla, ella se reservará para su Dios, que
ha venido a salvarla.
Yehudá pretende seguir su camino, pero la mujer
le sigue esperanzada, pues su hijo está en esos momentos sano, sonriendo, sus pechos vuelven a tener la leche
de antaño, y su cuerpo es tan joven que apetece po-
229
seerlo. Ella le ama, pero no como una mujer puede amar
a un hombre, sino como una fiel adora a su Dios.
Al final Yehudá se detiene y la ordena seguir con
su vida, respetando su imagen, algo que tiene que hacer
para que ella acepte la orden de quedarse en su hogar.
La impone las manos, ella entonces se carga de energía,
de vida. En un último gesto de complacencia hacia su
esposa sacerdotisa, la fecunda con su espíritu. Un niño
nacerá de aquel contacto sin sexualidad, un hermoso
niño llamado a mover el mundo. Ella nota aquello y se
aleja, triste pero feliz, porque lleva en su vientre el hijo de
su amo.
Yehudá atraviesa desiertos seguidos de otros desiertos. Demasiado sol, demasiada muerte, pero él no
tiene miedo, porque es capaz de vivir del propio aire, convertido en alimento por su pensamiento.
Las imágenes que recorren su retina son desolación y horror. Nada ni nadie puede mantener la vida en
aquellos lugares inhóspitos. Antes aquellas tierras eran
verdaderos vergeles, lugares donde muchos podían alimentarse de los frutos de la tierra sin necesidad de trabajar demasiado, pero la tierra se ha cansado de regalar
el alimento, ahora a los hombres les toca seguir la vida
en otra parte.
Cabalga Yehudá en un caballo apenas famélico,
pero mantenido en vida por el poder del maestro, lo que
hace que el caballo sea feliz. Pasa junto a muchos campesinos que huyen del hambre en el campo, pues dicen
que en la ciudad todavía se come. Algunos no pueden
alcanzar su objetivo y acaban pereciendo bajo el sol
abrasador. Nadie se ocupa de ellos, salvo los buitres,
animales completamente adaptados al medio en que se
desarrolla la actual vida de aquellos seres humanos.
230
Algunos esqueletos, blanqueados por la arena y el
sol, muestran el camino que deben seguir los peregrinos
que se dirigen a una incierta realidad, a un mundo que no
les pertenece, porque ellos son lo que su tierra es, y si su
tierra está muerta, no produce, ellos son muertos vivientes.
Templos en ruinas jalonan el camino, plagado de
mausoleos sin utilidad. Edificios que servían para la
cremación de los príncipes difuntos han sido abandonados a su suerte, porque ya no había manos para poder
cuidar todo aquello.
Yehudá llega a una ciudad. En la puerta de la
misma muchos mendigos intentan conseguir su sustento
diario, pues es en la puerta de las ciudades donde aquella gente tiene alguna posibilidad de obtener algo de dinero con el que enfrentarse al hambre día a día. Es la
ciudad de Chitor, que hacía algunos años había sido
saqueada por Allaudin.
Los templos brahmánicos siguen presentes. Uno
de los templos más venerados se dedica al Dios ChriJanat-Raijie. El Dios pretende hablar con Yehudá, pero el
peregrino huye ante la invasión de su mente por pensamientos extraños, todavía no está preparado para poder
convivir con sus semejantes.
No obstante si habla con dos brahmanes gemelos,
descendientes de una antigua generación de seres casi
perfectos, servidores de los dioses. Ellos no han comido
nunca nada que hubiera tenido algún atisbo de vida,
nunca han hecho la guerra ni han levantado la mano,
pues esa es su función, su destino, ser ejemplos inalcanzables de perfección para los simples mortales.
Ellos le ruegan que no se cierre a la voz de los
dioses, pues ellos están complacidos de contar con un
hermano como él. Yehudá no entiende bien sus palabras,
atado en la lectura de pensamientos demasiado livianos y
no en la férrea atadura de la lengua, que no entiende,
pues Yehudá no comprende las palabras vocalizadas,
sólo los reflejos de pensamiento de los hombres, que le
231
proporcionan un mayor conocimiento de lo que le hombre
dice realmente, y de lo que quiere decir.
Allí mismo Yehudá tiene la primera visión, una
visión de destrucción, de abandono. Aquella ciudad acabaría arrasada y abandonada, completamente destruida,
a manos de un terrible hombre amante de la destrucción.
Se apena por aquellos brahmanes, guardianes de un saber milenario, pues ellos también perderán el saber y
quedarán solo los ritos, juegos de palabras y gestos sin
sentido en sí mismos.
Lágrimas de amor brotan de sus ojos. Los
brahmanes gemelos, que sienten lo que él siente, también se ponen a llorar y se abrazan a Yehudá, intentando
que la pena pase, que no domine su corazón, porque
ellos saben que su pensamiento se perderá, que ellos
morirán, pero que los dioses seguirán allí.
Yehudá se despide triste, por una parte, pero feliz
por otra. Aquellos hombres le demuestran que el mal y el
bien conviven en el mundo, y que él debe decidir de que
lado está, aunque siempre ha tendido a defender el bien.
En un bosque cercano encuentra a varios fakires,
parcamente vestidos, sentados en el duro suelo con las
piernas cruzadas al modo de Buda, inmóviles, concentrados en pensamientos que Yehudá no quiere descubrir,
por el respeto que aquellos buenos hombres le generan.
Él, sin quererlo, es uno de ellos, pero sigue otro
camino diferente, sigue el camino del poder, de su poder.
Ellos buscan salir de su cuerpo e integrarse en la naturaleza, en el mundo; él no necesita nada de eso, él es
la propia naturaleza, el propio mundo, él ha creado la
verdad y la vida.
Algunos tienen apenas una veintena de años, con
el pelo todavía negro, muy largo, y frondosas cejas. Los
ayunos y las mortificaciones han alterado a algunos sus
232
primitivas formas, dando una imagen esperpéntica, pero
los más jóvenes aún conservar el halo de viveza que
caracteriza a los hindúes.
Marcados con la marca de Siva, miran a Yehudá
con respeto. Tras ellos, bajo un frágil cobijo, relucen limpios y ordenados los utensilios de cobre que emplean en
sus abluciones todas las mañanas y para preparar su
frugal comida.
Al unísono, todos, hablan a Yehudá de la necesidad de ponerse en contacto con sus hermanos los dioses, que están esperando pacientemente su venida, tanto
tiempo anunciada. Él debe seguir hasta que la verdad se
descubra, pero no debe tener temor, porque sus hermanos le protegen.
Yehudá no puede creer lo que le dicen, pues es
un simple mortal. Entonces le hablan de Rama, el héroe
que acabó siendo Dios, padre de la raza solar, que
incluso tuvo dos hijos, el mayor fundó Lahora, y el menor
tuvo innumerable descendencia que extendió su dominio
por los pueblos radjputas.
Alcanza una aldea, pequeña y apartada, casi desierta. Entra en una casa donde le ofrecen un plato de
comida por algo de dinero. Él acepta encantado, tiene
hambre y desea ayudar a esa pobre gente. En la mesa se
encuentran dos hindúes de casta superior. Aquel hogar
parece pertenecer a esa casta, aunque la necesidad ha
obligado a los moradores de la casa a ofrecer su mesa
como única forma de mantener la vida.
En eso Yehudá tiene ventaja respecto al resto de
los hindúes. Como extranjero, a él no le afectaría la separación en castas, por lo que, en principio, y solo en
principio, aquella familia puede permitirse el lujo de darle
de comer en su hogar sin deshonrarse demasiado.
Cuando Yehudá se dirige a sentarse en la mesa
los gritos y los pensamientos furibundos le detienen.
Aquellos seres despreciables preferirían morir de hambre
233
antes que comer con un ser inmundo como él, ni siquiera
aceptarían de su mano un vaso de agua. Incluso el hecho
de comer en presencia de Yehudá sería para ellos una
deshonra de la que no se lavarían jamás.
El peregrino, comprensivo, acaba comiendo fuera,
bajo el calor abrasador, pero no siente odio, sólo pena,
porque ambos hombres tienen en su interior el germen de
la muerte, él lo supo al instante, por lo que todo su orgullo
no les servirá para nada.
En algunos lugares, donde el hambre controla todo, sólo hay algunos campos de mijo amarillento, condenado, sin esperanza, enormes plantaciones que no pueden producir lo suficiente, se alternan con tierras abrasadas por el calor y el frío simultáneo, eterno de aquellas
regiones.
Los hombres van cubiertos de telas blancas, envolviendo su cabeza con turbantes, tal vez por la influencia de otras razas y religiones. La sequedad aumenta de
hora en hora. Los arrozales están destruidos como por el
fuego, como si el deseo de aquellos hombres fuera la
destrucción por la destrucción.
Ratas y pájaros devoran todo lo que encuentran,
lo que obliga a los hombres a vigilar constantemente su
sustento, porque nada tienen sino es el alimento que la
pobre tierra les quiera conceder. Yehudá se siente apenado por aquellas gentes, pero no desea inmiscuirse en
los problemas ajenos, no está preparado para ello.
En aquellos momentos los ríos de aquellas tierras
no están lejos de secarse, formando mínimos riachuelos
donde antes existían grandes caudales generadores de
todo tipo de vida, y aquello destruye a los hombres del
lugar, apenas preparados para soportar la pertinaz sequía, la peor de la historia.
234
Yehudá alcanza una ciudad muerta, otra de tantas
ciudades abandonadas por sus habitantes hace mucho
tiempo. Nadie la sabe decir el motivo, pero parecía una
ciudad grandiosa, ciclópea. Murallas olvidadas demuestran al hombre lo fútil de su intento de construir un mundo
a su imagen y semejanza. Dioses de cabeza de mico habitan la ciudad esperando que su culto se retome, creyéndose vivos todavía.
En grandes grutas encuentra imágenes de los
Dioses aún vivos, imágenes de las que sobresale la de
Siva, el Dios de la muerte. Una extraña sensación invade
al peregrino cuando contempla las imágenes, dado que
ellas pretenden hablarle, aunque no puede ser, aunque
jamás podría ser.
Cercanas al mar, grutas excavadas por el hombre
surgen a cada instante para regocijo de Yehudá, que
siente que en aquellos lugares se encuentra su hogar,
tristemente perdido. En el templo de Siva descubre
Yehudá un guijarro negro197, de un brillo de mármol pulido, en forma de huevo alargado, que se mantiene en pie
sobre un zócalo que ostenta grabados en cada uno de
sus lados los símbolos del Dios.
Ahora comprende algunas cosas que ha visto, y
también comprende su viaje, su iniciación hacia un
mundo que nada tiene que temer, porque él es diferente,
es un ser que acaba comprendiendo la verdad del mundo
sin tener que morir para ello, al menos eso es lo que
piensa mientras deja aquellos santos lugares.
Yehudá contempla a niños horriblemente esqueléticos pedir para comer en la entrada de muchos pueblos
y ciudades. Prácticamente desnudos, con los ojos rotos
197
Es el Lingam.
235
de llorar y de sufrir, asombrados de la capacidad que
tiene el mundo de generar dolor, frotándose el abombado
vientre buscando un poco de alimento.
Tienden su mano para conseguir algo, y solo se
llevan un golpe, un insulto, porque la muerte ha anidado
en los corazones de los hombres, de todos los hombres,
incluso en aquellos lugares que deberían ser diferentes.
En aquellas regiones parece que todo está muerto, hasta
los propios supervivientes.
No obstante, los pobres, siempre los pobres, ayudan con lo que tienen, y entregan a los niños restos de
tortas de arroz, frutas o monedas de cobre, algo con lo
que los más necesitados puedan subsistir una noche
más, unos segundos más, aunque dicha subsistencia sea
horrorosa, terrible.
Después contempla a mujeres destruidas, agotadas de vivir, esqueletos sin alma andantes, con los pechos colgantes sobre jirones de tela blanca, cargadas por
encima de sus propias posibilidades con enormes fardos
de pieles malolientes, la piel de las vacas que han muerto
de enfermedad, de hambre, o de propia desesperación.
Aquella imagen era terrible, porque Yehudá era consciente de lo inútil de la acción de aquellas mujeres, dado
que nada o casi nada recibirían de aquella sucia mercancía.
El maestro, en esos momentos, hubiera deseado
ayudarles, convertir el sol en panes y peces, pero no podía intervenir, no quería intervenir, porque su poder había
causado mucho daño a su vida y ahora estaba relegado
de tal forma que fuera lo menos utilizado posible, pues él
consideraba que era fuente de todo el mal que le había
sucedido.
Uno de los niños más pequeños, de tres o cuatro
años, consigue una moneda, algo que puede suponer la
supervivencia de su familia, pero la vida es dura en aquellos lugares, uno de los niños mayores le arranca la
limosna que el pobre niño encerraba en su crispado
puño. En esos momentos el niño se pone a llorar, des-
236
consolado, consciente de la muerte que le espera, muerte
sin salida.
Yehudá no puede más. Con un simple gesto
arrebata al niño del grupo y lo traslada a su hogar, cargado de joyas y de alimentos, todo lo que una familia
necesita para salir adelante. Nadie se ha dado cuenta de
lo que ha hecho, al menos nadie humano, aunque algunos Dioses comienzan a entender la visita de su hermano.
Al final acaba viajando como un vagabundo. Descubre la verdadera tierra de los hindúes. Los caminos son
largos y monótonos. Cuando va acercándose al sur los
caminos se vuelven rojos, flanqueados por grandes árboles poderosos, contemplativos. Algunos campos de arroz
y de algodón rompen la monotonía del camino.
Cuando duerme en algunos albergues de una
planta, siente cerca de él el olor de la muerte y del hambre de los tigres que buscan su alimento allí donde más
abunda. Un día, hacia el final de la primera noche en aquellas tierras, sintió sobre el tejado un terrible estrépito,
carreras seguidas de peleas, bufidos y ronquidos de felinos de gran tamaño. Los tigres dormían durante el día y
se lanzaban a cazar por la noche invadiendo el dominio
de los hombres.
El despertar de una noche es curiosamente desagradable y triste a la vez. Desde su humilde lecho escucha un clamor humano, que se eleva antes del amanecer, y que asciende de forma fiera e imposible de detener hasta las primeras claridades del día, cuando el
alba despierta los sentidos. Procedía del recinto sagrado
de Brahma, donde miles de hombres se unen para celebrar a su Dios.
En la lejanía un sonido menos aparatoso se escucha, son los templos menores de la selva, que res-
237
ponden la llamada de los fieles en una conversación
inexplicable y perversa, donde el hombre abandona la
humanidad para entregarse a la esencia del Señor que
todo lo puede en aquellas tierras. Los cíndalos y las
conchas sagradas suenan entonces para rememorar que
aquél lugar sigue existiendo.
Hindúes de ambos sexos, vestidos con telas escarlatas, con el torso moreno y cobrizo al aire, descalzos, pasan sin producir el menor ruido, porque ellos son
como la vida en aquellas tierras, indiferente, etérea, presta a aceptar la muerte como única salida a una existencia
oscura y gris.
En aquel lugar donde pasó la primera noche la
vida comenzaba por la tarde, después que el calor huyera
y dejara espacio al hombre. En la calle de la ciudad, la
única calle verdaderamente calle, los comerciantes intentan vender a los pobres transeúntes parte de su mercancía. La pobreza es el denominador común de aquellas
gentes que, no obstante, parecen alegres y dichosas,
cargadas de una felicidad que Yehudá intentaba entender, aunque se le antojaba demasiado lejana para poder
llegar a ella.
La calle de los comerciantes concentra todo el
movimiento y todo el ruido de la ciudad, silenciosa en el
resto de sus calles. Esa calle conduce a la puerta del recinto sagrado, vedado para los extranjeros como él, en un
nuevo guiño del destino, que le quiere dejar claro que
aquél no es su sitio, aunque sienta algo especial por toda
aquella gente.
Caminando se cruza con brahmanes, hombres
que desdeñan los vestidos y los tocados, apenas cubiertos por un paño de tela de un blanco neutro y cruzado
en bandolera sobre su pecho desnudo nada más que el
cordón de lino, signo exterior de su casta, que fue anudado por el sacerdote en el momento de nacer, y que no
se quita jamás. Entre sus ojos, sobre la frente, donde
debería estar el tercer ojo, el símbolo del dios al que
adoran, un disco rojo con tres rayas blancas para los
238
sectarios de Siva; un tridente blanco y rojo para los de
Vichnú.
Yehudá era consciente del símbolo, de lo que
significaba, pero sabía, porque los había leído, que la inmensa mayoría de aquellos hombres no tenían el poder.
El mismo sentía su tercer ojo palpitar, pero no dejaba que
su conocimiento le descubriera, debía estar oculto, guardado en lo más profundo de su sabiduría, porque los
hombres no estaban preparados para conocer a los verdaderos hombres.
Nada pueden hacer las abluciones, ni las plegarias, porque el verdadero yo solo se despierta en el hombre con todos sus ojos abiertos, y hacía tiempo que
Yehudá era consciente de la enorme limitación de la mayoría de los mortales para comprender lo que el mundo
les ofrecía. Estudiando al hombre había descubierto que
un grueso velo de ignorancia crecía en la mayoría de las
mentes estropeando la verdadera luz que el ser humano
tenía, y ese velo no podía romperse, cuando existía, sino
a través del desgarrador dolor de la cercana muerte.
Invitado por un gran señor a permanecer en uno
de sus palacios, Yehudá descubre el sabor de la vida del
todopoderoso en aquella tierra. El señor de todo y de
todos en aquellos parajes le envía por algunas horas la
orquesta de su palacio, en señal de respeto y aprecio,
algo que no pasa inadvertido a los criados.
Todos los músicos, con andar delicado, entran, sin
hacer apenas ruido, con los pies desnudos, en el lugar
donde Yehudá reposa sobre un extraño diván. Todos se
inclinan ante aquel extraño señor y se sientan en la alfombra, sobre el suelo. Todos van vestidos de forma
similar, con un breve turbante dorado y una pieza de
seda, salpicada de oro, cubriendo su cuerpo pero, a la
239
vez, dejando libres un lado del pecho y del brazo, que se
encuentra adornado con aros de metal.
Llevan grandes instrumentos de cuerda, pintados
de forma hermosa y con incrustaciones de marfil que los
convierten en verdaderas joyas. Aquellos músicos tañen
con auténtica maestría, porque han sido instruidos para
hacer aquello, y solo aquello, convirtiéndose en instrumentos vivientes en un mundo donde el hombre se realiza intentando llegar a la perfección de su obra.
A los músicos les acompañan niños cantores
vestidos con trajes extremadamente lujosos, cuyas voces
convertían las canciones en verdaderos arrullos celestiales, tan grandemente estaban enseñados los pequeños.
La riqueza contrasta con el hambre. No obstante
no puede reprochar nada a su anfitrión, él es lo que su
mundo ha querido que sea, no puede ser otra cosa, no
debe ser otra cosa; de lo contrario, sería expulsado sumariamente de un mundo demasiado lleno de malas
intenciones y de peores deseos.
El camino sigue, Yehudá no piensa en nada. En el
viaje descubre el hasïs, un narcótico a base de cáñamo
que nubla el pensamiento para hacerlo más cercano al
ser interior. Los ojos de las hermosas mujeres eran, en
esos momentos, fuegos negros como la muerte, pero llenos de humano amor, y los tintineos de su joyas eran música celestial para un hombre acostumbrado a sufrir.
Jóvenes fastuosas y terribles danzan a sus pies
para conseguir su gracia, tal es el halo que rodea al
peregrino. Una de ellas es especialmente atractiva, con el
rostro pintado, los ojos enormes, bailaba entregada a
aquel hombre que no parecía un hombre, avanzando y
retrocediendo, sensual, apetecible. Sus manos dibujan
imágenes fantásticas en el aire mientras que sus piernas
seducen al maestro, su cuerpo, apenas cubierto por
gasas de seda, deja entrever el nacimiento de sus senos,
240
grandes, voluptuosos. Decorada con diamantes la mujer
entrega su cuerpo al hombre, dejando que la simiente de
Yehudá fecunde el fértil cuerpo.
Ella, entregada al culto de Siva, no desea otra
cosa que tener un hijo de aquel hombre, aunque no sabe
muy bien porqué. Es una fuerza interior que la empele a
destruir su mundo, estructurado en miles de pequeñas
joyas, y convertirse en un ser portador de una luz que
nadie entiende.
Yehudá se entrega al placer como nunca lo había
hecho. Su cuerpo, su mente, con el poder creciente, con
la fuerza creciente, es una fuente inagotable que deslumbra y acaba con cualquier resistencia, nada se puede
resistir a su atractivo, a su magnetismo, y las jóvenes no
sienten otra cosa que deseo, que necesidad de entrega.
Yehudá descubre a uno de esos brahmanes haciendo música, completamente absorto. Sentando en tierra, con las piernas cruzadas, coloca sobre su pecho
desnudo una olla ordinaria con guijarros dentro. El sonido
que produce cambia según deja la olla abierta o obture su
abertura con su propia carne. El joven músico no mira a
ninguna parte, sólo regala su música al resto de los mortales, con sus admirables ojos abiertos, como un regalo
hacia los viajeros.
Aquel joven sí tiene el tercer ojo, pero el miedo no
le deja mirar a su través. Yehudá, feliz de encontrar a un
hermano, le habla, comparte con él sus sentimientos,
abre su mente a la verdad dejando que el otro entre donde él ha estado ya. Son minutos de comunión, de poder.
Para los hombres que están compartiendo todo aquel
tiempo es infinito, pues infinita era la fuerza que les embargaba. Por eso no necesitaron hablar con palabras sonoras, no necesitaron decirse más, compartieron el poder
241
y vivieron miles de vidas juntos, con el dolor y la alegría
del conocimiento.
Nadie supo nunca lo que allí había sucedido, pero
ambos se convirtieron en hermanos, unidos por el vínculo
de la verdadera vida, sabiendo que, por mucho tiempo
que transcurriera, el otro estaría siempre presente dentro,
como una fuerza benigna, una puerta de escape que les
permitiría seguir.
Es recibido por una Maharani. El recinto sagrado
donde habita es diferente al que contempló con el otro
señor. Obviamente también tenía las santas piscinas en
las que, todas las mañanas, indefectiblemente, los
brahmanes, medio sumergidos, practican sus abluciones
y rezos en busca de la perfección.
No obstante, en aquella ciudad no hay solamente
habitaciones para príncipes, sino que existen verdaderas
calles terrosas, cuyo polvo no se atreve a despertar a los
moradores de las casas que las flanqueas, humildemente
construidas, pero habitadas por las castas altas, algo que
se demuestra en la altivez de los residentes.
Las criadas, a esas horas de la madrugada, cumplen sus obligaciones con prestancia, haciendo la limpieza de aquellos hogares. Los ojos de las mujeres hindúes
inquietan y atraen a Yehudá, que se enamora de cada
mirada, de cada gesto, porque en esos ojos hay una
comprensión del mundo como nunca había visto, y contienen una ternura y un amor que él hubiera querido tener
en su interior.
Allí tienen la costumbre de hacer dibujos en el
suelo con un polvo blanco semejante a la cal. Figuras
geométricas de diverso calado y dificultad inundan todas
las mañanas las callecitas, en una muestra de efímero
amor a los demás, porque el mundo acaba pasando
242
sobre los dibujos y destruyendo lo que con tanto amor se
ha realizado.
El esposo de la Maharani, completamente pertrechado, recibió a Yehudá con esa amabilidad que sólo
en aquellos lugares nuestro sabio había conocido. Aquel
hombre iba vestido con túnica verde y turbante de seda
blanca, adornado con un enorme diamante, símbolo de
un poder que Yehudá sentía a cada instante.
Le pidieron que hablara de su mundo, y Yehudá
contó historias maravillosas, algunas ciertas, otras falsas,
excitando la imaginación de los presentes, provocando
sueños extraños en los que huyen de su mundo y buscan
esas regiones extrañas y lejanas que el viajero describía.
Yehudá, afligido por la sensación que ha generado, la
borra inmediatamente y genera un estado de bienestar
absoluto en el interior de aquellas personas tan amables,
intentando que su deseo sea, solamente, permanecer en
un lugar tan maravilloso como aquél.
Fue una reunión alegre, aunque la tristeza asomaba a veces en los ojos de la Maharani. Yehudá indagó en
su interior y descubrió el motivo. Ella no había podido
tener hijas, por lo que su estirpe, que se heredaba a través de la mujer, se extinguiría sin remedio. Yehudá no
podía, no quería permitir eso, por lo tanto le hizo el mejor
regalo que podía hacer, la hizo florecer una niña de su
interior, mezclando dos partes de la misma mujer, convirtiendo a la niña en una réplica de su madre.
Durante cientos de años, después de la partida de
Yehudá, todo el pueblo comentó como la llegada de un
extranjero supuso la bendición de la Maharani, llegando a
pensar que se trataba de un Dios disfrazado, que buscaba ayudar a sus hijos más queridos. Tal vez aquella
explicación fuera, realmente cierta, pues Yehudá, evolucionando constantemente, había alcanzado el poder máximo que un hombre podía alcanzar, algo que tenía mucho que ver con la comunión que había tenido con el
brahman.
243
Yehudá siempre queda maravillado de los mercados que inundan las ciudades con su alegría. Abarrotados de hombres con torsos desnudos y mujeres de
largos cabellos negros, todos ellos con penetrantes ojos
de un negro profundo, que asustaba, todo era posible en
aquellos lugares. Los ídolos estampados en telas, las
imágenes brahmánicas, las lámparas coronadas por dioses, la vida fluía incansable en aquellos lugares, haciendo sentir a Yehudá viejo, aunque su cuerpo lo negara.
En otra ciudad, una ciudad cualquiera, Yehudá
descubre una agitación mayor de la normal. Se interesa
enormemente por aquellas idas y venidas para descubrir,
al final, que desde el día anterior se estaban preparando
en honor de Vichnú una enorme cantidad de guirnaldas
de flores amarillas.
Las jóvenes, hermosas, ligeras, magníficas, vestidas con trajes de fiesta, se agolpan en las fuentes para
llenar los cántaros de cobre. Sus brazos se encuentran
decorados con hermosos brazaletes, mientras que sus
orejas se ven cargadas con pendientes de bella factura,
en la nariz pequeños puntos de oro añaden color a una
cara ya de por sí perfecta.
Los animales de tiro también han sido preparados
convenientemente, pintando el cuerpo de los cebúes y
cargando a los animales con colleras y campanillas. Las
mujeres, en su morada, se apresuran a trazar ante la
puerta de sus casas las figuras geométricas oportunas
con aquél polvo blanco.
Aquella ciudad, cargada de templos, criptas y cuevas dedicadas a los dioses hindúes, es la personificación
de la religión, del poder de la fe de un pueblo. Yehudá
queda asombrado, abrumado, porque nada puede detener a aquél que controle aquella fuerza, a todos esos
244
hombres dirigidos, cuan gotas en el mar, a romper el
muro de la incredulidad ajena. Es un momento mágico,
verdaderamente revelador, porque nadie había asumido
el terrorífico poder de aquellos hindúes hasta ese momento.
En una de las innumerables salas los niños,
pequeños brahmanes, son educados por un anciano cubierto de pelos blancos a través de la lectura de los
santos libros. Todo se parece demasiado a lo que había
dejado atrás, pero aquellos hombres tenían el bien en el
interior, al menos la mayor parte de ellos.
Abajo, siempre abajo, los elefantes sagrados se
agolpan demostrando el poder que tienen en sus patas,
enormes y contundentes. Son cargados con oro y joyas y
puestos a disposición del Dios, como siempre lo han
estado, aunque la verdadera realidad podría ser otra muy
distinta si adquiriesen conciencia. Yehudá se siente tentado de despertar a los durmientes con su poder, pero no
merece la pena, ellos son felices.
Al final, en el último confín, Ghanesa, adorado en
un pequeño kiosco en la cumbre de todos aquellos templos superpuestos en la montaña. Rodeado de grandes
rejas de hierro, el dios oscuro, el dios negro, espera
constreñido en el pequeño espacio que le dejan los hombres a poder convertirse en el Dios por excelencia, pues
en él está el mal.
Yehudá tiene una extraña sensación, de terrorífico
reconocimiento, dado que en aquel ser encerrado hay
algo más que poder, hay maldad, pero también verdadera
comunión interior con el maestro. Ya le había pasado con
el brahmán, pero aquello era distinto, más intenso, si bien
también era mucho más desagradable.
Lo peor de todo era que ese ser monstruoso era
tan hermano suyo como el brahmán que había conocido,
incluso más, porque sentía más cercano los verdaderos
sentimientos de Ghanesa, por fin desterradas las hipócritas visiones de bondad que se había obligado a aceptar para poder sentirse un ser humano.
245
Se aterrorizó a sí mismo pensando en la destrucción del mundo. Quiso quitarse de la cabeza tal pensamiento, pero siempre estaba presente, siempre lo había estado, y siempre o estaría. El mal estaba en su interior, él era el mal, pero no podía admitirlo, no quería
admitirlo, en su mano estaba la vida y la muerte, pero no
sentía necesidad de utilizar tal poder.
La estatua parecía sonreír mientras un pensamiento de recriminación por su cobardía surgía, indefectiblemente unido a aquel extraño Dios. El poder exigía su
utilización, y, hasta ese momento, Yehudá sólo había
contemplado el mundo desde su caparazón, sin actuar,
sin demostrar lo que era.
Tantos pensamientos encontrados, tanto miedo
acumulado, le obligó a huir de aquél lugar, aunque en su
mente siempre quedaría un resquicio por donde Ghanesa
entrara y corrompiera el yo intacto del sabio.
El camino se hace más complejo, más oscuro. Un
brahmán le descubre ente la multitud y se inclina ante él,
besando sus pies cubiertos por unas viejas botas de
viaje. Hasta ese momento no pensaba que su poder pudiera suponer aquello, pero debe asumir que él es uno de
los únicos, de los elegidos. El brahmán le conduce a un
templo de Sundarechvar198 (Siva), donde no quieren acogerle, pero el hombre les explica todo, con miradas, con
gestos, con palabras, entonces todos se apartan, todos
dejan pasar al hermano del Dios, porque esa visita es
muy importante para su Señor, dado que hacía tiempo
que no se habían visto ambos dioses.
Yehudá no puede escapar, entra en el templo y
entra, también, en comunión con Siva, que le introduce
198
El bendito.
246
en un sueño sin sueño del que no despierta sino en trece
días. Los brahmanes allí congregados procuran no molestar la conversación de los dioses, porque saben que el
final de los días puede estar en aquella reunión.
El maestro, aturdido, no recuerda lo que ha sucedido, pero tiene un extraño sueño que domina su alma.
Aunque sólo quiere ser un simple hombre, un humano sin
responsabilidad, sus hermanos le piden que inicie la pequeña destrucción del mundo de la que él debe ser
instrumento; para eso ha venido a la tierra, para eso debe
luchar contra su yo humano, triste y lamentable, que lo ha
convertido en un esclavo del hombre.
Yehudá se va, nadie le sigue, nadie le para, Siva
ya ha dicho lo que tenía que decir, y el hombre se está
alejando de su humanidad, porque el sueño de la muerte
está demasiado presente en su alma. No obstante, el
camino, el eterno camino hacia ninguna parte, le trae de
nuevo a la realidad, o quizá no.
Un nuevo sobresalto le embarga, un gran templo
le exige su presencia, ningún brahmán le detiene, saben
quien es, cada vez lo tienen más claro. Vichnú le recoge.
Yehudá se sienta ante una estatua de oro puro del Dios,
acostado sobre la serpiente de cinco cabezas. Otros
trece días pasa Yehudá, el antiguo Kepa, conversando
con el hermano Dios. Luego acaba huyendo, siempre
huyendo, pero el su mente hay algo más.
Cuando Yehudá contempla a las mujeres parias
que circulan, como él, por los caminos, comprende, no
obstante, la dureza de su vida. Casi todas, incluso las
más jóvenes, tienen el pecho prematuramente deformado
247
como consecuencia del pesado trabajo y de la falta de
vestiduras adecuadas. Llevan un pendiente pasado por
cada una de las aletas de la nariz, lo que las convierte en
algo esperpéntico, sobre todo a las más mayores, dado
que las aletas de la nariz se ven deformadas por el peso
de los aretes. Además van absolutamente cargadas, como si la vida no fuera lo suficientemente dura de por sí.
Las ciudades, los pueblos, son absolutamente fascinantes. Pequeños templos a lo largo de los caminos facilitan el acercamiento de aquellos hombres a sus dioses.
El maestro está tentado de creer aquella religión como la
verdadera, tan afables y blancos aparecen ante sus ojos
aquellos nuevos hombres.
Las casas, que de día parecen blancas, adquieren
un tono grisáceo cuando la noche domina aquella parte
del mundo. Por encima de las galerías que todas disponen, las casas cuentan con un piso, con minúsculas
ventanas en las paredes. En la puerta de la calle, flanqueándola, hornacinas de diversos tamaños, excavadas
en la pared, contienen lamparas que iluminan la noche
para ahuyentar a los malos espíritus.
Los animales domésticos pululan libremente, aunque buscan habitualmente el refugio de las casas de los
humanos.
En las casas donde descansa, estatuas de
Ghanesa199 adornadas por una mano piadosa con un collar de clavelinas de la India enhebradas con rosas es el
símbolo mismo de la comprensión de la naturaleza que
aquella gente ha adquirido a base de aceptar las desgracias y comprender sus caminos.
Al final se asienta en Vijayanagar, un reino hindú
en un país originariamente hindú. Le resulta refrescante
la mentalidad hinduista, que le llena de una sensación de
esperanza que no había tenido en mucho tiempo. No
obstante, no entiende como se puede respetar cualquier
199
Dios con cabeza de elefante.
248
tipo de vida como concepto y admitir la separación entre
castas de forma tan tajante.
Es el mundo irracional del que ha huido, pero
parece perseguirle allí donde él se asienta. Odia tener
que luchar contra los convencionalismos, intentar que
comprendan los poderosos que, para él, todos los hombres son iguales, algo que deben aceptar si desean saber, de verdad, lo que es el mundo.
Pronto Yehudá vuelve a convertirse en un gran
mercader y comerciante, algo que se acrece cuando entra de nuevo en contacto con su imperio de Occidente y
con sus negocios en Constantinopla. Ahora domina el
comercio del mundo, siendo la persona más rica del planeta, aunque no lo demuestra a las claras.
El maestro entabló amistad con un joven hindú de
familia acomodada, un hombre que desea conocer todo
lo que a sus ojos se esconde. Alejado de las culturas occidentales, se empeña en aprender de Yehudá lo que
Yehudá no puede enseñarle. No obstante, la amistad va
creciendo entre los dos hombres, porque Yehudá ve en
su amigo su propia imagen antes de salir de su Granada
natal, cuando el odio entre religiones le arrebató la posibilidad de ser feliz por primera vez.
Yehudá fue invitado a la boda de la hermana de
su amigo. Elegantemente vestido, al estilo europeo, porque aquel estilo era un verdadero regalo para su amigo,
Yehudá parte al lugar de la ceremonia. En el camino se
encuentra con una multitud, se oían címbalos y tambores,
así como un coro de voces humanas. Se trata del cortejo
de boda. Iluminados por las antorchas, veinte jóvenes
con el torso desnudo portan el palanquín donde el novio,
249
convenientemente vestido como un dios200, se dirige a la
ceremonia.
La sonrisa de Yehudá se descompone cuando
contempla al novio que habían elegido para la hermana
de su amigo. Conocedor de las taras humanas, era consciente de que aquél hombre era un retrasado mental,
aunque lo habían intentado disimular con toda clase de
artimañas de tal forma que no pudiera descubrirse a simple vista.
Yehudá, como buen invitado, se vio en la obligación de comentarlo con su amigo. Aquello fue el caos. La
familia no podía permitirse el lujo de casar a su hija con
un retrasado, sería la perdición de la mujer. Obviamente
la tara del joven anulaba el contrato celebrado entre las
partes. Pero el problema fundamental estaba en la
tradición de aquellos lugares.
Su amigo le comentó a Yehudá que si una mujer
no contrae matrimonio en el día de su boda jamás podrá
contraerlo, por lo que será una carga para la familia durante toda su vida, además de convertirse en un ser desgraciado y desprestigiado a los ojos del resto de la sociedad. Yehudá, poderoso e inteligente por igual, sabe
perfectamente donde quiere llegar su amigo, no obstante
calló.
Al final su nuevo amigo tuvo que pedirle que se
casara con su hermana, pues era la única forma de evitar
la destrucción de la pobre joven. La novia, en esos momentos, tenía dieciséis años, y era hermosa y vergonzosa a la vez, pero estaba completamente cargada de un
halo de bondad que Yehudá sólo recordaba de Anna.
Decidió ayudar a la familia de su amigo y contrajo matrimonio con la joven, no sin antes advertir a su amigo de la
enorme diferencia de edad que les separaba.
No importaba que el europeo pudiera tener una
religión diferente, nadie sabía cual era y no parecía de200
Una túnica dorada, muy larga, coronada de oro.
250
mostrar mucho interés en ella, lo único que importaba era
que la tradición condenaba al ostracismo a aquella mujer
si no contraía matrimonio ese mismo día, y la familia
prefería un matrimonio como aquél a un matrimonio con
un retrasado o la falta de matrimonio.
La religión, siempre la religión, entrando en la vida
del Yehudá y convirtiendo la existencia de los mortales en
un falso dibujo esperpéntico. El maestro no podía entender como todavía se aceptaban reglas tan estúpidas como aquella, pero la verdad era la verdad, y el pensamiento humano era insondable y oscuro.
Nada se podía hacer sino seguir adelante, siempre hacia delante, buscando un hueco donde los hombres
no violentasen mucho la existencia pacífica del héroe que
no quiere ser héroe. Demasiado complicado como para
ser cierto.
Celebrada rápidamente la ceremonia, dejaron a
los recién casados en la habitación nupcial, donde debía
consumarse la entrega. La joven, de nombre Nayer
Apsara, era hermosa de verdad, con el perfil recto, los
rasgos puros, con unos grandes y magníficos ojos llenos
de una vida eterna, con negros cabellos de azabache,
largos y recogidos, por lo que no le costó nada a Yehudá
consumar la unión. Ya finalizado el primer acto carnal, el
maestro comenzó a indagar dentro de la mente de la
muchacha, dado que notaba una extraña sensación y
quería determinar cual era la causa de la misma.
Yehudá quedó maravillado. En aquella joven estaba el germen del poder que él poseía, escondido, poco
desarrollado, eso sí, pero estaba allí mismo, tan fuerte
como el suyo, quizás más. Aquello fue una revelación,
una luz en un mar de tinieblas. La pena que Yehudá llevaba escondida en el alma huyó despavorida ante el descubrimiento, porque aquello suponía que él no era el
único ser capaz de desarrollar las facultades que le venían atormentando a la par que ayudando durante gran
parte de su vida.
251
Yehudá comenzó a entrenar a su nueva esposa
en las artes de la mente. Ella, deseosa de agradar a su
marido, y feliz de ser entendida por alguien, dado que
siempre había sido un espécimen raro a la vista de toda
su familia por su peculiar forma de ser y de pensar, que
no encajaba en lo que se esperaba de una mujer.
El año 3828 de la Creación, 3168 de la Tribulación
y 8 de los cristianos, diez mil judíos huyeron a Malabar
después de la destrucción del segundo templo de Jerusalén, estableciéndose en Mahodraptna, que posteriormente se llamo Cranganore. Yehudá, con un poco de
nostalgia de su vida anterior, aunque en ningún momento
se arrepentía de sus decisiones, decidió visitar a sus
hermanos, perdidos hacía mucho tiempo en aquel extraño mundo.
Fueron acogidos con tolerancia, tal como suelen
hacer los hindúes con casi todos los hombres, y habían
permanecido aislados del resto del mundo y de las comunidades hermanas durante todo aquel tiempo.
Yehudá llegó a Matancheri, la ciudad que debía
atravesar para alcanzar la ciudad de los judíos blancos,
un viernes por la tarde, por lo que decidió pasar la noche
en aquel lugar. La ciudad de Matancheri era un enorme
mercado, toda ella construida de madera, donde el maestro disfrutó de unos instantes de paz.
Se sentía nervioso, intranquilo, porque hacía mucho tiempo que había decidido no creer en nada y no
acababa de entender su impulso de conocer a aquellos
hermanos que ya no eran sus hermanos, de alcanzar a
aquella gente que, en el fondo, eran los mismos que
habían matado su ilusión cuando acabaron con Anna y
con su hijo.
Temprano, muy temprano, porque no había podido dormir, Yehudá cogió el camino hacia la ciudad de
252
los judíos. Acostumbrado a las construcciones y a la
forma de vida de los hindúes la primera visión de aquel
lugar le sobresaltó. A media legua de Matancheri, después de una revuelta del camino, se encontró con una
acumulación de altas casas de piedra, apretadas unas
contra otras.
Rostros de sus hermanos, demasiado blancos
como para haberse adaptado a la vida en aquel lugar, se
asomaban por ventanas y puertas, desencajando todo
aquello en el decorado general de la tierra en la que
habían hecho su asentamiento. Tanto tiempo en aquella
tierra y no habían cambiado en nada, ni siquiera se habían curtido sus caras.
Yehudá, moreno y fibroso, completamente adaptado a su nueva vida, sintió pena por toda aquella gente
que, para su desgracia, odiaban el cambio, cualquier
cambio. Habían huido pero se habían llevado la esclavitud con ellos, no habían aprendido nada, porque no
consideraban que había nada que aprender de la gente
del lugar.
Era, tristemente, el sino de aquellos pobres hombres que, sin quererlo, estaban languideciendo en un país
que ni siquiera les pedía ser iguales a los demás. El
maestro, que se había mezclado con otros judíos, incluso
sefardíes, en otros lugares del globo, comprendió que
aquellos a los que ahora se acercaba no habían sabido
adaptarse, aunque la tozudez de su pueblo les permitía
seguir vivos, si bien el tiempo comenzaba a ganar la
carrera por la supervivencia, pues sólo quedaban unos
mil hermanos.
No obstante, todos parecían corteses y hospitalarios, deseosos de conocer a un extranjero, porque, aunque su cuerpo se había adaptado, sus rasgos de origen
le delataban allí donde iba. Se dirige directamente a la
sinagoga, que se encuentra al extremo de la calle.
Yehudá entra en el templo y contempla a aquellos que
todavía guardan la oración. Un rabino, que parece tener
cien años, se acerca a él, cuando Yehudá se identifica, el
253
rabino llora de emoción, pues pocas veces visitan aquel
lugar hermanos de otras tierras.
El rabino le muestra toda la sinagoga, le lleva a un
pequeño altillo desde donde se contempla un templo dedicado a Brahma, como símbolo último del poder del Dios
sobre todas las cosas de esa tierra, incluso sobre aquellos pobres judíos huidos de la destrucción para acabar
en el infierno.
Le conducen hacia una sala donde un grupo de
veinte jóvenes estudian el Levítico. Sobre la pizarra otro
rabino más joven que su anfitrión escribe los versículos
en hebreo para que los jóvenes sigan teniendo la lengua
de sus antepasados en la mente, quizá como única forma
de mantener la unión en ese pueblo desgajado.
Allí se discute sobre la regla que obliga al Sumo
Sacerdote del Templo de Salomón a casarse siempre con
una virgen. Se está discutiendo si una mujer que tiene
roto el himen por accidente debe considerarse virgen a
los efectos de poder contraer matrimonio con el Sumo
Sacerdote. Yehudá se apena mucho cuando ve esto,
pues ya hace mucho tiempo que no existía el Templo ni
había un Sumo Sacerdote, por lo que la discusión era, del
todo punto, inútil.
Durante todo el día Yehudá cuenta su viaje por el
mundo, la historia de su tierra y de su gente, ante unos
hermanos extasiados, ansiosos de conocer lo que les
oculta su asentamiento en aquel lejano país. Todo parece
diferente ahora, Yehudá es el centro, una especie de
salvador, pero él no se hace ilusiones, sabe que su mundo es otro, el mundo de los vivos, y aquella gente sólo
está esperando la muerte sin saberlo.
Yehudá se despide de todos que, apenados por
su marcha, le invitan a quedarse durante unos días para
poder compartir sus conocimientos y alegrar el espíritu de
su pueblo, acongojado por los pesares de esa tierra en la
que habían elegido vivir. El sabio Yehudá, que no tiene
nada que hacer, y que ha dicho a su joven esposa que
tardaría en llegar, accede a quedarse durante unos días,
254
lo que provoca regocijo en toda la población, pero, sobre
todo, en las pocas jóvenes casaderas.
Duerme en casa del rabino, y, una a una, todas
las jóvenes del lugar visitan el hogar del hombre para
poder tener un primer contacto con el extranjero, deseosas de poder escapar de aquel lugar, sintiendo que
Yehudá es su última oportunidad de vivir una vida distinta
a la que les obliga a vivir la tradición.
Todas ellas visten sus mejores galas, muestran
los encantos que tienen hasta donde el pudor y la tradición les dejan. Se nota que están nerviosas, ansiosas,
cansadas de luchar con una tierra que no se deja dominar en ningún momento, que siempre toma lo que es suyo, sin perdón, sin detenerse ante nada.
Escudriñando sus mentes Yehudá vislumbra el
deseo, el eterno deseo de ser poseídas por un hombre
que les aleje de las vivencias pesarosas que estaban
padeciendo. Para todas aquellas mujeres Yehudá era
una puerta que les llevaba a un mundo de ensueño que
ni siquiera habían pensado en alcanzar.
La noche transcurrió en una amena conversación
con el rabino, que se sorprendía de la erudición de
Yehudá, quien era capaz de comentar cada frase del
viejo como si de un maestro se tratase. Ese hecho le hizo
ganar mucho prestigio ante el rabino, que comenzó a
sopesar muy seriamente ampliar su congregación.
Yehudá fue preguntado por la posible existencia
de esposa. Él, halagado por todo lo que estaba sucediendo, obvió su reciente matrimonio, y señaló que era
viudo, que su mujer, Anna, había muerto en Toledo hacía
ya demasiado tiempo como para querer recordarlo. El
alma de Yehudá estaba, en esos momentos, ansiosa de
estar con los que consideraba suyos, aunque su mente
descartaba esa posibilidad, pues sabía, tristemente, que
él no pertenecía a ningún grupo identificado.
255
A la mañana siguiente Yehudá da un paseo por la
ciudad de los judíos hasta llegar a un lugar donde las
casas son de peor calidad, si cabe, que las de sus anfitriones. En aquella calle el color de los hombres no llega
a ser blanco como el de los pudientes, eran los convertidos, los mezclados, que no habían sido admitidos en la
congregación, y habían sido relegados a aquel lugar más
mísero, incluso, que el que tenían los judíos blancos.
El maestro acaba desagradado, pues no pensaba
que sus compatriotas allí, en ese lugar donde eran minoría, se atrevieran a excluir a sus hermanos por el hecho
de tener otro color diferente de piel.
En esos instantes Yehudá decide irse de aquel
lugar sin mirar atrás, olvidando todo lo que había vivido,
todo lo que había sentido, porque ese no era su hogar, su
hogar estaba con Apsara, esa mujer maravillosa que era
capaz de convertir sus negros pensamientos en días de
sol radiante y cálido.
No obstante, para no agraviar a sus anfitriones,
decide quedarse a las honras fúnebres del contenido de
la guenizá201. Todos los que podían moverse formaron un
cortejo, encabezado, a paso lento, por los dos bedeles de
la sinagoga, llevando los sacos que contenían la guenizá
estaba el rabino de la Comunidad y los miembros del
consejo comunal. Después fueron enterrados en el cementerio, como si de personas se tratase.
En el camino de vuelta a su hogar se encuentra
con una joven, hermosa, enigmática, llamada Balamoni.
Cargada de diamantes en todo su cuerpo, desde las
muñecas hasta los hombros; vestía un calzón amarillo
201
La guenizá es un lugar cerrado de la sinagoga donde se
almacenan de forma transitoria los textos sagrados estropeados.
256
recamado de oro y una especie de corsé, muy corto, de
seda lila, que mostraba la parte inferior de sus pechos,
perfectos y sensuales, absolutamente exquisitos. Sus
hombros, prácticamente desnudos, atraen la mirada de
Yehudá, cuyo deseo no puede ocultarse.
Al final, en un lugar oculto, hacen el amor apasionadamente. El cuerpo de ella encaja perfectamente con
el de Yehudá, que siente un enorme deseo y una fuerza
que no había sentido hacía mucho tiempo por una mujer,
ni siquiera por Apsara.
Después de una unión de infinito placer entablan
una alegre conversación con la mente, algo que asusta y
agrada a Yehudá. Al final la joven dice ser la encarnación
de Parvati, la diosa Minakchi202, y que su esposo, Siva,
quiere que le transmita un mensaje de condolencia.
Antes de darse cuenta la joven ha desaparecido,
dejando a Yehudá sólo, con una desagradable sensación
de vacío, y con un miedo que comienza a tomar forma en
su mente, que escudriña el espacio y el tiempo hasta
descubrir lo que ha sucedido en su hogar, el centro de su
vida en aquel lugar, del cual no debió ausentarse.
No obstante, consciente de la inutilidad de su
regreso, pues todo se ha consumado, se dirige al templo
de Parvati, porque necesita saber más, conocer más. Los
sacerdotes le esperan, sabe que va a venir, un nuevo
Dios, amante de la Diosa, maestro de los asesinos, aunque, tal vez, él no lo sepa todavía.
Aquellos hombres, servidores de un ser tan hermoso como terrible, abren la enorme y pesada puerta de
cobre que da acceso a la parte secreta del templo, el
lugar donde la Diosa descansa. Allí hay una piscina, otra
piscina sagrada, con graderías de granito alrededor para
descansar en ellas. Al final accede al lugar donde ningún
occidental ha accedido en toda la historia de la humanidad, pero eso no importa, él no es un mortal, el es un
202
La diosa de los ojos de pez.
257
Dios, y todos los brahmanes le temen, pues en sus ojos
centellea la locura.
Hace poco tiempo que ha dejado de ser humano,
pero no puede disimular sus sentimientos, porque odia,
porque siente que le han robado algo que era suyo, y porque han matado a su esposa, su nueva esposa, otra
Diosa que todavía no había descubierto su poder.
Le dejan solo con Parvati, que asume el aspecto
de Balamoni, aunque en los ojos de Yehudá ya no hay
deseo, solo odio, un odio infinito que no puede controlar,
que no quiere controlar. Balamoni-Parvati le abraza, se
comunica en sueños de eternidad incuestionable. Durante trece días Yehudá es consolado por la Diosa mientras
su deseo de muerte se apacigua, mientras alcanza el
control de su instinto asesino, para no acabar con la Humanidad, para no dejar que el mal se desboque.
Cuando deja el templo, y a su amante, Yehudá se
ha comprometido a no destruir el mundo hasta que no
tenga la plena seguridad de que lo merece, no obstante,
tiene manos libres para acabar con los asesinos de la
protodiosa, y en ello puede empeñar toda la crueldad que
desee.
La familia del primer novio de Apsara no estaba
demasiado feliz con el desaire que había sufrido, por ello
decidieron convertir el viaje de Yehudá en una venganza
sin precedentes en aquellas tierras. Apsara es invitada a
una ceremonia de concordia en casa de aquellos seres
vengativos. Ella, inocente, accede a personarse en el lugar sin ninguna escolta, sin ayuda, sin que su familia o
sus criados puedan convencerla de lo contrario.
Al principio es recibida con amabilidad, y es conducida al interior de aquella funesta mansión, donde se
le ofrece alimento y bebida. Sin mediar palabra un grupo
desordenado de hombres se abalanza sobre ella y la
258
arrancan toda la ropa hasta dejarla desnuda, luego abusan de su cuerpo mientras ella, indefensa, llora con las
lágrimas del dolor.
La siguiente escena es terrible, el antiguo novio,
perdido en su mente enferma, también la posee, de forma
sucia, asquerosa. Luego es destrozada por infinidad de
cuchillos y puñales, no dejando de su cuerpo nada que
sea reconocible a los familiares y, finalmente, es abandonado en la selva, para que algún tigre lo devore.
No obstante, aquel día no les iba a ser tan sencillo
deshacerse del cadáver, ya que los familiares de ella,
preocupados, lo descubren antes de que las fieras y los
carroñeros pudieran acceder a la otrora hermosa carne
de Apsara.
Prudentemente esperan a Yehudá, porque la familia del loco es muy poderosa, y ellos no pueden hacer
nada contra tales gentes. Saben que Yehudá tiene el dinero y el poder suficiente como para acabar con la
afrenta que han sufrido. Aún así, mandan mensajeros a lo
largo de los caminos que podría tomar Yehudá en su
regreso para conseguir que regrese lo antes posible.
Yehudá ya sabía lo que había sucedido antes de
que los mensajeros se lo contaran. Estaba poseído por el
dolor y por la sed de venganza. Sus ojos brillaban con
una fría luz blanca, increíblemente destructora, a la que
nadie se atrevía a mirar fijamente. Sus hermanos se lo
habían dicho, pero él no podía creerlo, los dioses no
podían mezclarse con los mortales, dado que si no lo
descubren a tiempo pueden ser destruidos, como le había pasado a Apsara, que encarnó demasiado tarde.
No necesitó a nadie para alcanzar su venganza.
Entró en el hogar, fuertemente defendido, de los asesinos
él solo, con el pecho desnudo, marcado con el signo de la
muerte en el corazón. En aquel lugar todos murieron mil
259
veces, de mil muertes diferentes, tanto era el poder y el
odio de aquel hombre.
Gritos inimaginables se extendieron por la infinita
tranquilidad de aquellas tierras, mostrando la agonía del
que pretendía robar lo que era de un Dios. Durante mas
de veinte horas los sufrimientos no pararon en aquel lugar, a partir de esos momentos maldito para toda la
eternidad. Cuando los gritos se acallaron los pocos que
se atrevieron a ir a ver lo que pasaba volvieron con la tez
pálida y el pelo blanco, pues el techo y el suelo estaba
cubierto de la piel y la carne de los habitantes de aquel
lugar, que habían perdido la humanidad y se habían
convertido en fieras irreconocibles.
Se produjo una hierofanía, se conoció el carácter
sagrado de Yehudá, que se convirtió en un Dios entre
aquellos hombres que supieron que el hombre no era tal
hombre, pues era la muerte, la verdad, la venganza, la
enorme venganza del que puede acabar con todo y con
todos con un solo gesto, con una sola señal a sus asuras,
sus pequeños diablos de poder.
Lo que la gente no supo es que todos aquellos
asesinos no estaban muertos, permanecían, condenados
eternamente al sufrimiento más horrible, presos de los
muros de la casa, donde el Dios les había confinado
reiniciando hasta el infinito el dolor que les había infligido,
un dolor que no podría describirse con palabras humanas.
Yehudá, por supuesto, había desaparecido, nadie
volvió a ver a aquel Dios de terror en aquellos parajes,
pero su fama se extendió por todas las tierras brahmánicas, convirtiendo el mundo en un lugar más temible.
260
261
SEPTIMO.
Abandonó aquellos lugares apenado, otra vez
destruido por la insensatez humana. Al fin había asumido
su poder, al fin era consciente de su propio ser, de su
naturaleza. Hasta esos momentos había sido un simple
mortal, pero ya no lo era, aunque, a veces, siguiera comportándose como tal en ese camino que había emprendido.
En sus manos estaba el destino del hombre, era
un instrumento de destrucción o de vida, pero debía decidir, de una vez, el lugar que le correspondía en la
creación, porque un Dios sin objetivos no era admitido
por la mayoría de los hombres, ni siquiera podía ser
admitido por los otros Dioses.
Su alma mortal había muerto hacía mucho tiempo,
sustituida, convertida en poder por pensamientos esquivos, casi infinitos. Él no podía concebir la existencia fuera
de su propia razón, porque él había equilibrado la razón
del mundo a través de su fuerza interior, de esa fuerza
que le preservaba de todo mal.
Reconoció a un brahmán. El hombre, que comprendía el dolor del Dios, se acercó con reverencia.
Acabo diciéndole:
–Somos gusanos en el queso, nuestro origen es la
nada, el caos, pero debemos convertir el caos en armonía.
262
Yehudá invadido por el dolor absoluto, le contestó:
–Mortal, yo soy el queso, el caos, pero el hombre
se niega a aceptar la realidad. Tal vez el hombre debe
pagar por su osadía.
El cielo se volvió rojo, porque el poder estaba en
el hombre, y el hombre era muerte. Yehudá caminaba
con la mirada perdida, reconvirtiendo el dolor en amor y
el amor en dolor, porque él era la resurrección y la vida,
porque él era el Señor que todo lo podía, pero que no se
atrevía a volver sobre sus pasos y reconstruir su mundo.
Se encontró con otro brahmán que le dijo:
–Tú eres la leche de la que se hace el queso,
nosotros los gusanos. Alimenta mi alma con tu poder.
Yehudá contestó:
–Pobre mortal, mi palabra es muerte, porque odio
a la humanidad traicionera. Yo ofrecía la resurrección y la
vida, pero nadie creyó en mí, ahora mi esposa me espera
en la tierra de los muertos.
El brahmán lloró desconsolado mientras Yehudá
se alejaba. El mundo parecía condenado por la voz del
Señor de la Condenación. Nada podía detener el reloj de
la muerte, tan cercano al hombre que podía oler el olor
del final. El ser humano había tenido una nueva oportunidad de redención y la había desaprovechado.
Yehudá descanso en una ciudad cualquiera.
Casas viejas y altas se extendían en galerías y miradores. En la puerta de la calle los hombres vendían miles
de cosas brillantes. En los pisos superiores hermosas
mujeres, esclavas de su cuerpo, ofrecían placer a cambio
de dinero.
263
Era agradable contemplar a mujeres que no pretendían ser algo diferente a lo que eran en realidad. En
su papel de prostitutas, de mujeres que entregaban su
cuerpo por dinero, suponían la imagen más real que
había visto Yehudá desde hacía mucho tiempo, demasiado tiempo como para poder recordarlo.
Las manos expertas de las jóvenes habían tocado
cientos de cuerpos, habían sido poseídas infinidad de
veces, y todo aquello lo aceptaban como aceptaban el
amanecer o el anochecer, con una voluntad de hierro,
con un verdadero coraje que el Dios no había encontrado
en ningún otro sitio.
Asimismo, aceptan las enfermedades del sexo,
transmitidas todas ellas por sus clientes, con estoicismo,
con verdadera resignación, porque ellas se sienten concebidas para recibir el mal del mundo; tanto tiempo ha
pasado desde que dejaron la niñez que apenas recuerdan lo que era ser unas niñas.
El Dios se acercó y convivió con ellas durante un
tiempo. Disfrutaba de sus cuerpos, perfectos y cálidos, de
sus movimientos, aprendidos después de miles de actos
diferentes, de su entrega. Ellas se sentían seguras con él,
sentían que tenía algo que no tenían los otros clientes,
por eso intentaban siempre ser suyas.
Ojos negros, pelo negro, hermosos y profundos
silencios. Ellas ofrecían una paz distinta, una paz de placer, de gozo máximo, una paz sin condiciones, porque
sólo necesitaban el dinero para seguir existiendo. El conocía los anhelos de sus amantes, de sus esposas improvisadas, por lo que siempre procuraba regalarles una
don cuando veía que no podían seguir como estaban, un
don que les proporcionara la posibilidad de vivir la vida
que ellas hubieran querido vivir.
El Dios gusta de contemplar a la gente pasear por
las calles. Le parece curiosa la actitud moralista y prepotente de algunos musulmanes. Siempre en grupo,
pasan presurosos por el barrio donde las mujeres ejercen
su oficio, despreciando con la mirada a las jóvenes y
264
hermosas prostitutas, y a los clientes y habitantes que,
como él, viven en aquellos lugares.
Corren como si una enfermedad se transmitiera
por permanecer en aquellos lugares, con aire torvo. Son
piadosos hombres que se dirigen a la oración. Devotamente se dirigen a la mezquita, que espera a sus fieles
como una hermosa matrona reposando sobre un mullido
colchón.
Cuando pasan las horas del calor la vida reverdece, los hombres vuelven a buscar un cuerpo en el que
depositar su simiente, con el que disfrutar de unos instantes de solaz dentro de una vida de absoluta desidia. El
placer es el centro de ese universo paralelo al dolor, un
universo que se niega a convivir con la tristeza, que se
llena de sensaciones largamente deseadas.
El hombre desea los cuerpos de esas jóvenes
condenadas desde su nacimiento a la entrega, a la facilidad. Ninguna de ellas ha tenido elección, compradas o
criadas para el sexo, para la satisfacción del que tiene el
dinero, del que tiene la fuerza, sólo pueden ser un poco
más felices si encuentran amabilidad en sus amantes,
pero el sexo forzado está siempre presente, como una
condena sobre sus lindas testas.
Yehudá ama de verdad a todas esas mujeres, que
pierden su juventud cuando apenas han llegado al inicio
de la verdadera vida, y pierden la adolescencia cuando apenas han dejado de ser unas niñas. Son cuerpos sin
sentimientos, porque los han perdido a base de dejarse
penetrar por hombres bruscos y sucios.
Amantes explotadas por gentes que se consideraban honrados, el Dios se mezcla con ellas como si fueran
sus iguales, porque solo con ellas siente, de verdad, que
el mundo tiene una posibilidad de existir entre tanta miseria.
Al final, como siempre, toma bajo su protección a
un grupo cada vez más grande de jóvenes. Tiene preferencia por las que están cercanas a la niñez, apenas
adolescentes, pero no le mueve un fin concupiscente,
265
simplemente desea apartarlas del dolor de su profesión lo
antes posible. El hecho de la entrega que ellas entienden
implícito en la compra no es más que un error de concepto, un error que ellas mismas no quieren cambiar,
porque sólo a través del sexo se sienten realizadas como
mujeres, tan lejos les ha llevado la esclavitud.
El Dios pretende enseñarlas otra forma de vida.
Mima sus cuerpos y sus mentes, enseña lo que pueden y
no pueden hacer, intenta que comprendan que sus deseos también son importantes. Cuando alguna alcanza la
plena comprensión la deja salir de la casa que él mismo
ha comprado para su harén, y la proporciona todo lo
necesario para una vida digna y desahogada.
Pronto el sueño de todas las prostitutas de la
ciudad es acabar en el harén del extraño occidental que
tiene tanto dinero como para comprar la ciudad entera.
Es un mito, una leyenda, que pasa de boca en boca.
Cuando le ven aparecer todas ellas se entregan de verdad al arte de la seducción, porque él es su única salida.
Él las ama a todas, pero sabe que esta eliminando
un servicio para los hombres de aquellos lugares, un
servicio que, si no se proporciona por las ya condenadas,
será prestado por otras nuevas niñas, demasiado jóvenes
para comprender el infierno en el que pueden acabar. Por
eso se mantiene en unos justos límites, porque el hombre
no ceja en su empeño de sojuzgar a otros, y el debe dejar
el suficiente número de cortesanas para que los proxenetas no tengan que comprar mar carne de la necesaria.
Así las cosas, en su harén la vida transcurre feliz.
Todas pueden vivir cómodamente, proporcionando un
placer nunca pedido a un solo hombre, sin necesidad de
corromper su cuerpo y su mente en tratos degradantes
con infinidad de seres de todo pelaje y condición. Muchas
nunca querrán abandonar la casa, pues es el único hogar
que han conocido, ni siquiera cuando Yehudá se vaya.
El Dios, no obstante, se da cuenta que vuelve a
intentar solucionar los problemas de los hombres con
soluciones de los hombres. No quiere utilizar su poder
266
más de lo necesario, aunque su poder es tan grande que
puede detener el tiempo, apagar el Sol o viajar fuera de la
Tierra a voluntad.
De la unión con sus mujeres nacen fuertes descendientes de ambos sexos, jóvenes que, impregnados
de la esencia del Dios, tienen poderes más allá de todo
poder. Se crea una escuela donde ellos aprenden, en
condición de igualdad. Niños y niñas comparten la fuerza
que les une, excluyen a todos los que son diferentes a
ellos, a los simples mortales, y se entregan al conocimiento de su propia naturaleza, de su alma incansable y
poderosa.
La gnosis, la verdad, todo acaba sabiéndose en el
lugar donde se juntan los jóvenes y el Padre. Yehudá sabe que les debe enviar lejos, que pronto deberá dejarlos
a su suerte, una legión de poder inconmensurable. El
viaje debe continuar, siempre tiene que continuar, porque no siente que aquél sea su sitio.
Un día, oscuro para la mayoría de las mujeres que
pierden a su esposo, a su amante, a su compañero, él se
despide con un largo beso. Sus hijos, se quedarán un
tiempo, protegidos por un grupo incondicionales de fieles,
brahmanes y sacerdotes de una nueva religión, una religión que nace de su propio pensamiento.
Pronto los niños serán hombres o mujeres, entonces caminarán sobre la Tierra y conocerán la obra de su
Padre. El deja la ciudad apenado. Sale por la misma calle
que antes era su hogar. Ve a los nuevos cuerpos exhibirse donde antes lo hacían sus amantes. Nada ha cambiado, la vida sigue su discurrir de una forma simple pero
efectiva, sin que la incidencia del Dios, como hombre,
sirva para nada más que para variar de posición un simple grano de arena.
267
Encontró a grandes hombre, adoradores del
Señor Oscuro, que sabían invocar a los demonios y realizar encantamientos. Un occidental, un cristiano deseaba formar parte de los elegidos, por ello le obligaron a
renegar de su fe. Yehudá contempló la imagen sorprendido, porque, en el fondo, él mismo ya había renegado de
la suya.
Yehudá acabó hablando con el hombre, después
de la ceremonia de renuncia de su antigua religión, y
quiso saber el motivo de su huida. El hombre, trastornado
por todo lo que había acontecido, le dijo:
–Desconocido viajero, en mi condición de sacerdote he visto cosas que no pueden ser descritas sin
causar rubor. Mis queridos compañeros en la fe han destruido la misma, han violado, asesinado, robado, han
cometido miles de tropelías en nombre de la religión, acabando con todo lo que hay bueno en el mundo.
–Pero eso lo ha podido contemplar todo el mundo
–contestó Yehudá– y muy pocos han escogido el camino
de la huida.
–Yo no huyo, –dijo el hombre excitado– me revelo.
Obligo al artesano de supercherías, al bandido de homenajes, ladrón de afecto, a escuchar, a ver como ha incumplido todas sus promesas desde que salió de las complacientes entrañas de una Virgen. El hombre no puede
más, por eso huyo de su palabra, pues su palabra es
símbolo de muerte.
<<Él debería haber redimido a los hombres, pero
no ha rescatado nada. Ha dejado que sus representantes
de comercio se hicieran con el poder y dejaran de
escuchar los lamentos de los tímidos atormentados por el
hambre; que dejaran de ver a las mujeres desventradas
por un poco de pan>>.
<<Todo es una mentira, ¿cómo hemos podido
creer que cualquier hombre estaba condenado por un
pecado original que ni siquiera había cometido? El castigo que soportamos es demasiado duro, sobre todo porque no hemos hecho nada para merecerlo, sólo escuchar
268
a un grupo de asesinos y cobardes que han asumido la
función de guías>>.
Yehudá sentía algo parecido a lo que ese hombre
estaba diciendo, pero él también tenía una extraña
sensación de poder, cada vez más fuerte, cada vez más
intensa. Él era una divinidad, alguien que podía alcanzarlo todo en la tierra de los vivos con simplemente desearlo. El problema era que no deseaba nada, no podía
desear nada, porque todo lo que deseaba se convertía en
una pequeña mentira.
Apenado, muy apenado, dejó a aquél hombre que
se había convertido en seguidor del mal, deseando que
no sufriera demasiado en sus descubrimientos, porque
tanto el bien como el mal son parte integrante del hombre, y el hombre es un traidor a si mismo y a su prójimo,
dado que nadie puede confiar en otro hombre.
Yehudá soñaba sueños extraños. En sueños, el
Rey Serpiente se le aparecía cada noche, indicándole un
camino que él, pobre dios sin condiciones para serlo, no
quería o no podía seguir. En esos momentos se siente
como un Eón, como si hubiera existido durante todo el
tiempo pasado, y pudiera existir durante toda la eternidad.
Se trata de una sensación extraña, casi enloquecedora, porque el mundo se une a su vida de tal forma
que su muerte supondría la destrucción del mundo tal
como es conocido. Tiene miedo de huir de su cuerpo,
pero también desea pasear por ese nuevo espacio cósmico que descubre a cada paso.
Desea tener relaciones sexuales, pero no conoce
a nadie, no existe nadie que pueda soportar su poder en
su interior. Es la destrucción en la destrucción, el odio en
el odio, por ello debe soportar su celibato, su abstinencia,
269
porque nada ni nadie se puede permitir ser su receptáculo.
Es la noche, como Madre Primordial, la que se
entrega a su nuevo amante, siendo poseída repetidas
veces pro Yehudá, que no puede parar de empujar,
dejando su simiente divina en la Señora de la Oscuridad.
Está enamorado de nuevo, siente amor por su nueva
esposa, que, generosa le ofrece una nueva descendencia, las Furias y las Parcas, que prometen a su Padre
venganza por todo el sufrimiento que ha padecido.
Después de la primera unión la Noche le entrega
dos hijos varones, Hipnos y Eros, creados del amor mismo de la Noche al Dios.
En esos instantes Yehudá se siente complacido.
Al fin existe un nuevo tipo de existencia que le permite
ser lo que siempre ha sido, además de suponer una
revelación respecto a su anterior vida. Sus hijas son adorablemente complacientes con él, pues le aman de una
forma real y tangible.
En un momento dado Madre e Hijas se entregan
al Padre, que concibe en todas ellas un solo ser, poderoso, terrorífico, la Muerte, hija de la noche y del incesto con las poderosas Furias y Parcas, descendiente
última del odio de Yehudá, un ser tan perfectamente
concebido que nada ni nadie puede detenerlo.
La Noche, orgullosa, envía a su hija menor a la
comunión del Dios. La besa en la boca y la entrega el
amor del Dios para que lo reparta entre todos los mortales, pues ese gesto de magnificencia supone que el Dios
les ha perdonado todos los pecados que han cometido
respecto a su persona y la persona de sus posesiones
terrestres.
Un ángel oscuro se persona entonces frente a su
Dios, arrodillándose con verdadero respeto, ofreciendo a
la Legión para cumplir la voluntad del nuevo Rey, el
verdadero Rey que había sido deseado, esperado, necesitado por el mundo y que se había perdido en una
extraña e inútil peregrinación.
270
El ángel, con orgullo, dice:
–Tú eres la verdad y la vida, aquél que crea en ti,
tendrá siempre, en abundancia, agua de la fuente de la
vida.
El Dios se mira al espejo, reconoce la cara de
Yehudá, pero ya no es Yehudá, es el soplo de cambio
que el mundo necesitaba para convertirse otra vez en un
lugar diferente, en un lugar donde el hombre supiera su
verdadera posición en la creación, su verdadero destino
en un universo de cambio.
Lucifer habla de nuevo:
–Dinos tu nombre para que podamos adorarte.
–Mi nombre es Caos –dice el Dios con una sonrisa de satisfactorio odio en sus labios, azulados, crueles.
Al pronunciar el nombre, el Se´ol203 se abre
dejando salir a todos los dolientes seres que lo habitan
con le único y loable fin de adorar al nuevo Señor de la
Oscuridad, a aquél que traerá la perdición a los hombres
que dejaron de lado a su Dios.
En esos momentos Yehudá despierta entre aterrado y complacido, contento y triste, porque el camino
que su mente le dibuja es un camino de destrucción, un
camino que llevará al mundo al caos que, por otra parte,
parece estar buscando con inusitada y dañina insistencia.
Tras salvar el nudo de Pamir, al que rodeó por el
altiplano para eludir el monte Himalaya, Llegó a Xinjiang,
atravesó el desierto del Gobi, siguiendo los pasos de
Marco Polo, cuyo Libro de las Maravillas había disfrutado
con regocijo. Luego Mongolia, hasta llegar a Shangdu.
En aquellos lugares comprobó la veracidad de las
historias de su amigo Marco. Vio con sus propios ojos los
203
Reino de las Sombras.
271
hospitales y los hospicios, donde se cuidaban enfermos y
huérfanos, no se dejaban morir de hambre y enfermedad.
También utilizó el papel moneda, un invento de gran
importancia para la economía que Yehudá apreció en
todo su valor.
Shangdu era enorme, monumental, pero Khanabalik204
era la ciudad fortificada más prodigiosa que cualquier
occidental pudo contemplar. Jardines como nunca se
habían contemplado205; oro en todos los lugares; agua
corriente y calefacción. Todas las comodidades existían
en aquel mundo donde miles de personas rodeaban al su
amo para que este tuviera la mejor vida que un hombre
pudo imaginar jamás; disponiendo de cuatro esposas y
cientos de concubinas para distraer sus días de asueto,
mientras que un pequeño ejército de diez mil hombres
guardaba su vida con una fiereza que acabó sorprendiendo a Yehudá, pues no había visto nunca tanta fidelidad en unos hombres.
Después llegó a T´ai-Shan, una montaña sagrada
que se alza sobre la llanura aluvial del río Amarillo. Al pie
de la montaña se hallaba el Templo de la Cumbre206,
dedicado al Dios de la montaña207, que iniciaba un ca-
204
Pekín.
205
Presididos por el Monte verde, un a colina artificial de
medio kilómetro de radio y treinta metros de altura.
206
En cuya sala central había una pintura dedicada a una
procesión en honor al citado Dios.
207
El Dios de los muertos.
272
mino jalonado de templos208, arboledas de cipreses y
pinos, estanques y cascadas; y en la cima de la montaña
estaba el Templo del emperador de Jade. En el último
tramo de escalera el peregrino pasa por la Puerta Sur del
Cielo, en el templo dedicado a la Hija de la Montaña, Pi
Hsia Yuan Chun, Diosa del amanecer y primera esposa
de T´ai Shan. No obstante, allí ya no estaban sus hermanos, los Dioses habían huido hacia sitios menos concurridos, pues demasiados hombre conocían su presencia.
Allí estudió el Tao durante un tiempo, buscando
un equilibrio que nunca conseguía. Las palabras del
maestro, que quizá en otros tiempos hubieran sido asumidas y disfrutadas por Yehudá, no suponían nada, porque el dolor de la muerte estaba en su alma.
Allí supo que no estimar en mucho los talentos
favorece que no haya competiciones; que no valorar mucho los objetos costosos favorece que no haya ladrones;
y que no ver lo codiciable hace que el corazón no se
alborote. Por todo ello, hacer que los más inteligentes no
se atrevan a actuar supone el principio del Tao, dado que
con el no obrar nada hay que no se arregle.
Asimismo supo que quien quiere conquistar un
Imperio se pone a trabajar para lograrlo no lo podrá
lograr, dado que el Imperio es un utensilio muy extraordinario, y no se puede manejar. Si te pones a manejarlo
lo estropearás, cogerlo es perderlo.
A la contracción precede necesariamente la
expansión. A la blandura precede la dureza y la fuerza, y
a la ruina precede la prosperidad. Por eso él había sufrido, por eso él había huido de todo y de todos. El que
208
Dedicados a diversas divinidades femeninas: la
Emperatriz del Oeste, Wang Mu Chi, y la Diosa de la Estrella del
Norte, Tai Mu.
El palacio de Tai Mu, poseedora del tercer ojo, es la
constelación de la Osa Mayor, girando alrededor de la Estrella Polar.
273
mucho ama sufre mucha pérdida, y el que mucho guarda
mucho pierde. El que sabe contenerse no sufre quebranto, el que sabe detenerse no se arriesga.
Preguntado un maestro por el camino y el viaje,
pues todos conocían la historia de Yehudá, el maestro
dijo, sin salir por tu puerta sabes lo que es el mundo. Sin
mirar por la ventana se ven los caminos del Cielo. Cuanto
más lejos hayas ido, menos habrás aprendido; así, el
santo se entera sin haber dado un paso, conoce sin ver,
ejecuta sin hacer nada.
Yehudá aceptaba que la paz sólo se podía alcanzar si se renunciaba a los bienes materiales. El hombre
debía dedicarse a contemplar el mundo interior y el mundo exterior, porque así se llegaría a la sabiduría.
No obstante sus sueños eran recurrentes, y su
esposa, la Noche, le lloraba cuando él se escapaba y se
entregaba a la vida del mundo diurno. Sus hijas siempre
le esperaban plenas de deseo, y la menor de todas, la
más poderosa, le rogaba a cada instante que la dejara
liberar a sus pequeños amigos.
Yehudá no tenía consuelo, estaba cansado de
buscar, estaba cansado del odio de los hombres, ese
odio que tanto daño le había hecho. Además, por desgracia para él y para toda la humanidad, un sentimiento
oscuro, terrible, comenzaba a nacer del centro mismo de
su alma, un sentimiento que desgarraba conciencias y
destruía voluntades.
Así como su poder siempre sirvió para hacer el
bien, así como la fuerza de la vida dentro de Yehudá era
la más poderosa del universo, así su poder de destrucción era el mayor poder que el hombre hubiera contemplado en la tierra, jamás. Era tan terrible que nada ni nadie podía escapar de su fuerza.
274
Yehudá intentó evitar la destrucción, intentó evitar
que el mal se adueñara de su alma, de sus sentimientos,
pero no podía soportar todo lo que le había sucedido.
Toda su vida huyendo de aquellos a los que se suponía
debería amar, toda su vida escondiendo su cara para que
nadie se sintiera ofendido, y todo lo que había conseguido era que su vida se destrozara varias veces. Era un
hombre perdido, que ya no quería encontrarse, porque el
mal había anidado tan fuertemente dentro de su pecho
que nada ni nadie podía evitar la destrucción.
Sus manos, ansiosas de sangre, buscaban la venganza, la dulce venganza de tantos años sufriendo injusticia. La ira le dominaba, cargando de fuerza su determinación de acabar con todo, de finalizar una humanidad que nunca debería haber existido, porque esa humanidad era mala en sí misma.
Cansado de todo Yehudá dejó a sus nuevos hijos
partir hacia Occidente, cargados de destrucción y de ira,
y se embarcó en un viaje de olvido, buscando entre las
islas que poblaban el mar frente a la India un lugar donde
recomponer su maltrecha humanidad.
Llamó a su hija la Muerte, y la entregó las pequeñas armas de la destrucción total. Era un ejército preparado para el dolor, para el odio, un ejercito de seres vivos
que sólo permanecían juntos para llevar la destrucción de
su amo y creador por todo el mundo, porque ellos sólo
eran un instrumento.
La plaga había sido despertada. Si el hombre se
había traído para si mismo la guerra y el hambre, el Dios
había decidido convertir el mundo en un lugar algo más
agradable, para lo cual había decidido llevar la peste allí
donde estaba siendo esperada con tanto deseo, porque
el hombre había perdido la fe.
275
Yehudá recordó algo, un pequeño fragmento del
Deuteronomio209, donde se decía:
Atender, pueblos, mi voz; prestadme oídos, naciones. Que de mí viene la doctrina y mi ley será la luz de
los pueblos. Mi justicia se acerca, ya viene mi salvación, y
mi brazo hará justicia a los pueblos
Alzad los ojos al cielo y mirad la tierra a vuestros pies.
Pasarán los cielos como humo, se envejecerá como un
vestido la tierra y morirán como las moscas sus habitantes. Pero mi salvación durará por la eternidad y mi juicio
no tendrá fin”.
Era consciente de su odio, era consciente del poder que había desatado. No se sentía orgulloso, no podía
estarlo, era un ser que había decidido sobre la existencia
de millones de personas con un solo gesto, pero no quería pensar en ello, sólo quería pensar en un lugar donde
descansar.
Su hija, complaciente amante, se ocupó de extender su perdición por la tierra de los mortales, entrando en
todas las casas sin distinción. Ricos y pobres, justos y
deshonestos, grandes y pequeños, todos iban a acabar
pasando por el juicio de Dios, del nuevo Dios que había
nacido del odio.
Yehudá ya no pensaba en la gente que conocía,
no le importaba en absoluto, sólo deseaba huir. Conoció
pueblos de lo más diversos, como aquellos que no se
atrevían a hablar abiertamente con sus vecinos y siempre
estaban comunicándose de forma evasiva. Así, nunca se
preguntaban por su estado de salud o por como se
encontraban, sino que se preguntaban que es lo que
209
Deuteronomio de Isaías 51, 4-6.
276
habían comido ese día. Estaba todo tan estructurado que
un desaire era contestar que se habían comido caracoles.
También conoció Angkor, la ciudad de los templos, cargada de estatuas, relieves y tallas que representaban escenas de la religión de los hindúes. Imágenes de
bailarinas con los pechos desnudos, un emperador guiando a sus soldados en la batalla, todo un universo inimaginable de poder.
Cada rey en aquel lugar decidió construir un
templo para contener su lingam, el símbolo fálico de su
autoridad. Los templos, además, eran representaciones
simbólicas del monte Meru, centro del universo y residencia de los dioses hindúes.
Yehudá pudo entrar en Angkor Vat, el templo
funerario de Suryavarnam II, que ordenó su construcción
hacía doscientos años, para dedicarlo a Visnú, con entrada hacia el este, hacia la tierra de los muertos. Recorrió sus laberínticos corredores adornados con tallas y
esculturas, con numerosas torres construidas en forma
de capullos de loto.
Aquellas tierras eran un paraíso, tan fértiles que
podían proporcionar cuatro cosechas al año, y cercanas
al lago Tonle Sap, con gran cantidad de peces. La selva,
con abundante teca, era una fábrica inagotable de materiales de construcción.
Era una sociedad llena de hombre laboriosos,
conscientes de su realidad, que buscaban hablar con su
señor de la única forma que sabían, alzando sus construcciones en un espacio de más de casi 100 kilómetros
cuadrados.
Sus ojos, cansados, aturdidos, contemplaban los
animales pacer alegremente mientras su dolor se reproducía exponencialmente. Recordó a Job210:
Mira al hipopótamo, creado por mí, como lo fuiste
tú,
210
Job 40, 10 – 18.
277
que se apaciente de hierba, como el buey.
Mírale; su fuerza está en sus lomos,
y su vigor en los músculos del vientre.
Endereza su cola como un cedro,
los nervios de sus costillas se entrelazan.
Sus huesos son como tubos de bronce,
sus costillas como palancas de hierro.
Es obra maestra de Dios,
hecho para rey de sus compañeros.
Los montes le ofrecen sus tributos,
mientras allí retozan todas las bestias del campo.
Échale debajo de los lotos,
en medio de los juncos del pantano;
los arbustos de la orilla le dan sombra,
le rodean las mimbreras del torrente.
Crezca el río, él no se espanta,
está seguro, aunque le llegue un Jordán al hocico.
Al fin Yehudá llegó a una pequeña isla, que los
habitantes de islas cercanas llamaban Nika, y que se
encontraba completamente desierta. Un pequeño riachuelo ubicado en el centro de la misma apenas cubría
las necesidades de agua de un hombre, pero Yehudá conocía a la perfección las formas de extraer agua potable
del mar.
El alimento estaba también cubierto por los frutos
de los árboles que proliferaban en la zona, y por la abundante pesca de las aguas de aquel hermoso mar, azul de
azules, fuente de vida y esperanza por encima de cualquier pensamiento o de cualquier modo de vida. Yehudá
sabía que su fuerza no se apagaba, que seguía latente,
dentro de su pecho, porque había aceptado ser lo que
era, y esa aceptación le debía llevar a considerarse un
eterno caminante en busca de una perfección apenas
existente.
278
No había olvidado su amor, no había olvidado los
besos del desprecio cuando le quitaban, por tercera vez,
aquello que deseaba, que anhelaba. Todas ellas habían
sido arrebatadas por un destino absolutamente macabro,
un destino que Yehudá no podía entender, que no quería
entender, porque aceptarlo suponía aceptar que nada podía cambiar dentro del hombre.
Amaba a sus esposas muertas como nadie había
amado nunca a una mujer. Sentía por ellas un destructor
deseo, una pasión insana. Esperaba ser feliz, pero no
quería serlo sin las dos mujeres que habían cambiado su
vida, sin aquellos dos seres que fueron capaces de
concebir un mundo junto con él.
Mientras, el año 1348 pasó a los anales de la
historia por ser el año de la Gran Mortandad, la Gran
Peste que asoló Europa. La enfermedad suponía la destrucción casi absoluta de todo signo de vida en el lugar
donde se asentaba. Regalada por Yehudá a todos aquellos que le habían llevado a la desesperación, en ningún momento distinguió inocentes de culpables, buenos
de malos, honrados de despreciables.
La gente perdió el poco equilibrio que tenía. Estaban indefensos ante una muerte prácticamente segura.
Derrumbados, medio locos ante el temor a una muerte atroz, irremediable y horrible.
La Peste fue un cataclismo. Occidente parecía
haberse desembarazado del bacilo de Yersin, confinado
desde entonces a las estepas asiáticas. El contagio comenzó en Caffa, entonces asediada por los mongoles,
Las hijas de Yehudá extendieron su terrible regalo entre
los asediadores, lo que principió el cataclismo. Los mongoles tenían el buen gusto de catapultar por encima de
las murallas los cadáveres de los apestados, como una
forma de debilitar a los asediados.
Posteriormente, las naves Genovesas vehicularon
la enfermedad hasta Palermo, Génova y Marsella en
279
otoño de 1347. En la primavera siguiente la epidemia se
propagó por todos los itinerarios mercantiles, alcanzando
toda Europa de una forma sistemática, dado que las
enfermedades no tienen sentimientos, no tienen capacidad de agotamiento, solo sirve para extenderse y devorar.
En mayo de 1348 llegó a Barcelona y a Valencia,
e hizo aparición el Almería en junio. La virulencia, la gran
mortandad, la wabä´, se declaró en el pueblo de alJawäm en el extremo oriental de la provincia de Almería,
y se había propagado con rapidez en los núcleos de
población de los alrededores, que vivían una vida miserable y en los que se hacinaban indigentes y mendigos
de todo tipo, provocando graves problemas de salubridad. Al final llegó a Granada, donde Jasmina, ya anciana, sufrió las consecuencias del poder de Yehudá,
aunque éste jamás supo que su deseo había llevado la
muerte a su primera amada.
La epidemia se presentaba bajo dos formas, la
peste bubónica y la peste neumónica, ambas formas
igualmente mortíferas, destructoras. La gente enfermaba
por dos o tres días y morían rápidamente. Las purgas y
las sangrías que recomendaban los médicos no tenía
ningún efecto sobre el azote de la muerte, y la población
estaba completamente desarmada, sólo se podía huir, o,
mejor dicho, sólo se podía intentar huir, porque la epidemia seguía al hombre allí donde él se dirigiera.
Los muertos inundaban las calles, el miedo de los
vivos hacía que la lucha por la existencia fuera mucho
más enconada. Todos los odios y los horrores se desataron en esos momentos. Las minorías eran acusadas de
entregar al resto de los hombres a la muerte, por lo que
eran perseguidos hasta su total destrucción.
Se vieron los signos, pues vinieron los días en los
que un gran terror alcanzó a todos los que habitaban la
tierra. El dominio de la verdad se vio ocultado y la tierra
de la fe se volvió estéril. La injusticia se multiplicó por
toda la tierra, que ahora se ha convertido en un desierto.
280
Odio, rencor, desprecio, desolación. Nada ni nadie
parecía estar a salvo de las garras de la terrible enfermedad que dominaba el mundo de una forma indiscutible e indiscutida. Ni siquiera la religión parecía tener
respuesta ante la venida de la muerte, pues el miedo se
apoderaba tanto de seglares como de religiosos.
Conscientes del final que se avecinaba, muchos
se entregaban a los mayores excesos, sexo, violencia,
destrucción. Otros, en cambio, se flagelaban en penitencia por el mundo, del que pensaban que se acercaba el
fin. Todos estaban desorientados, perdidos en el mar del
miedo y de la ignorancia, sin saber que actitud tomar
respecto a una situación que les desbordaba completamente.
Nadie quería morir sin confesión, pero muchos
sacerdotes no querían oír hablar de acercarse a un
apestado. Eso provocó no pocos asesinatos, dado que el
que moría sin arrepentirse de sus pecados acababa en el
infierno de forma fulminante, destruyendo la esperanza
del hombre moribundo y cargándole de dolores aún más
grandes que los físicos.
Insignes médicos se enfrentaban a la muerte todos los días buscando una cura inexistente, una salida
para acabar con el misterioso poder que desgarraba las
entrañas de una sociedad que se extinguía sin ninguna
solución, porque la luz agonizaba en cada esquina, dando un halo aún más misterioso al fin de los días.
Murió un tercio del mundo. En sitios cerrados como los monasterios y las cárceles, la infección de una
persona conllevaba la de las restantes, tal como sucedió
en los monasterios de Carcasona o Marsella; en
Montpellier solo se salvaron siete. En Siena, donde murió
la mitad de la población, se abandonó la construcción de
la catedral.
Magistrados y notarios se negaron a extender los
testamentos de los moribundos; los sacerdotes no acudían a oír en confesión. En los campos los campesinos
caían muertos en los caminos, en sus tierras de labor o
281
en sus casas. Los supervivientes, viviendo en la apatía,
no segaban las mieses maduras ni atendían el ganado,
no se sembraba cuando llegaba la primavera, con lo que
nadie tenía alimento para subsistir, por lo que los que no
morían por la peste morían por el hambre.
Cuando llegó la plaga, los enfermos fueron tratados de muy distintos modos, extrayendo la infección del
cuerpo con sangrías, laxantes o enemas, sajando los bubones o quemándolos, aplicando cataplasmas calien-tes.
Todos los remedios no servían de nada, la muerte llamaba a todas las puertas.
Los barrenderos y carreteros que portaban los
cadáveres también fueron víctimas de la epidemia. Sin
limpieza en las calles la porquería comenzó a dominar
todas las ciudades y la infección aumentó. Como las
defunciones frenaron la producción de alimentos, las mercancías escasearon y los precios subieron.
Para el pueblo la causa de la muerte estaba clara,
la ira divina. Los intentos de aplacar la cólera de Dios
adoptaron diversas formas. Algunas ciudades ordenaron
que cesaran aquellas actividades que pudieran encolerizarlo, tales como la bebida, el juego o la prostitución; en
otras se realizaban diariamente procesiones penitenciales, algunas de las cuales llegaban a durar tres días, algo
que contribuyó a extender la plaga.
Un predicador errante, un hombre creado por su
tiempo, lanzó sus inflamables palabras a todo el que quisiera escucharlas, convirtiendo el mundo en un enorme
dolor. En sus palabras se escondía el odio, pero los hombres sólo eran capaces de sentir odio. El hombre dijo:
–El profeta lo había dicho, pero no escuchamos,
porque el pecado está en nuestro espíritu, y vi como salía
del mar una bestia, que tenía diez cuernos y siete cabezas. Era la bestia que yo vi semejante a una pantera, y
sus pies eran como de oso, y su boca como la boca de
un león. Diole el dragón su poder, su trono y una autoridad muy grande, y toda la tierra adoró al dragón, porque
había dado el poder a la bestia, y adoraron a la bestia,
282
diciendo ¿quién como la bestia? ¿quién podrá guerrear
con ella? Diosele asimismo una boca, que profiere palabras llenas de arrogancia y de blasfemia. Abrió su boca
en blasfemias contra Dios, blasfemando de su nombre y
de su tabernáculo, de los que moran en el cielo. Fuele
otorgado hacer la guerra a los santos y vencerlos. Y le
fue concedida autoridad sobre toda tribu y pueblo y lengua y nación. La adoraron todos los moradores de la
tierra, cuyo nombre no está escrito, desde el principio del
mundo, en el libro de la vida del Cordero degollado211.
<<Porque debéis saber que el mal está en nuestros corazones, que somos hijos del Señor de las Tinieblas, y que nos hemos apartado de lo que es justo, por
eso ahora somos castigados por nuestro Señor, Yavé,
pues no somos merecedores de salvar nuestra alma.
Siglos enteros ha esperado nuestro Dios, en un suspiro, a
que los justos dominaran la tierra, pero los justos han
desaparecido>>.
<<Ahora la muerte viene, somos nosotros los que
estamos en peligro, porque el profeta dijo: “vi a los
muertos, grandes y pequeños, que estaban delante del
trono, y fueron abiertos los libros, y fue abierto otro libro,
que es el libro de la vida. Fueron juzgados los muertos
según sus obras, según las obras que estaban escritas
en los libros. Entregó el mar los muertos que tenía en su
seno, y asimismo la muerte y el infierno entregaron los
que tenían, y fueron juzgados cada uno según sus obras.
La muerte y el infierno fueron arrojados al estanque de
fuego; ésta es la segunda muerte, el estanque de fuego,
y todo el que no fue hallado escrito en el libro de la vida
fue arrojado al estanque de fuego212>>
<<Vamos a ser juzgados por nuestros pecados, y
estamos condenados de antemano, porque no hemos
211
Apocalipsis 13,1-8.
212
Apocalipsis 20,12-15.
283
sabido cumplir los mandatos de Dios. Por todas partes
pululan pecadores que se sienten orgullosos de su pecado. Las prostitutas, hijas de la Gran Babilonia, ejercen
su vil profesión a los ojos de todos, tentando incluso a
nuestros propios hijos; muchos sacerdotes han abandonado el celibato, entregándose a la concupiscencia y a
la simonía; los judíos pueblan nuestras ciudades y envenenan nuestros pozos, pues son los asesinos de nuestro Señor>>.
<<Mientras todo esto sucede, que hacen los
hombres de bien, callan, otorgan, disfrutan de la tranquila
vida del que piensa que el bien sólo es un concepto, que
sólo debe orar a su Dios y entregarse luego al placer.
¡Hermanos míos!, ahora vemos que el juicio se acerca, y
lo que hemos hecho no es suficiente. Estamos todos
condenados>>.
<<La senda de los justos es recta, derecho el
camino que tú abres al justo. Nosotros te esperamos en
el sendero de tus juicios, ¡oh Yavé! Tu nombre, tu
memoria, es el deseo de mi alma. Deséate mi alma por
las noches, y mi espíritu te busca dentro de mí, pues
cuando aparezcan sobre la tierra tus juicios, aprenderán
los hombres la justicia213>>.
<<Queridos hermanos, todos hemos pecado alguna vez, pero debemos arrepentirnos ahora, debemos
actuar, seguir por la senda de los justos, comprometernos
con la palabra del Señor, pues esa es la única manera de
salvar el alma, dado que el cuerpo está condenado ya a
la muerte>>.
<<No lo estáis viendo, aún desconfiáis. El profeta
dijo: “los que fueron inteligentes brillarán con esplendor
en el cielo, y los que enseñaron la justicia a la muchedumbre resplandecerán por siempre, eternamente, como
estrellas”214. Somos seres creados a imagen y semejanza
213
Isaías 26,7-10.
214
Daniel 12,3.
284
de Dios, por eso debemos seguir sus postulados, sus
mandatos son los mandatos que deben imperar en
nuestra alma>>.
<<Yavé, tú eres mi Dios; yo te ensalzare y alabaré
tu nombre, porque has cumplido designios maravillosos,
de mucho ha verdaderos con verdad. Porque hiciste de la
ciudad un montón de piedras; de la ciudad fuerte una
ruina. Ya la ciudadela de los impíos no es ciudad, y no
será jamás reedificada215>>
<<Así pues, está escrito: “se hundirá la tierra,
perecerá cuanto hay en ella, y tendrá lugar el juicio universal, incluso de los justos todos. A los justos, sin embargo, dará paz Dios, custodiará a los elegidos y habrá
misericordia para ellos; serán todos de Dios, triunfarán,
serán benditos y brillará para ellos la luz divina”216>>.
<<Hemos dejado que los impíos vivan junto con
nosotros, que coman nuestra comida, se acerquen a
nuestras mujeres, toquen a nuestros hijos. El fin está
cerca ¿Qué otra cosa claman las inclemencias del cielo,
las tormentas, los granizos, el hambre de los pueblos, el
mal que nos aqueja a todos? Los templos de Cristo han
sido privados del sacrificio, los Santos Lugares destruidos
por los seguidores del maligno>>.
<<Mientras los asesinos de nuestro Señor convivan entre nuestra gente, mientras ellos sean los que
controlan nuestra vida, Dios sólo nos enviará destrucción
y caos, porque somos cobardes a sus ojos. Ellos, los
impíos que acabaron con la vida de Cristo, deben pagar
en la tierra y en el Cielo, pero dejamos que sigan oponiéndose a nuestro Señor, protegemos sus bienes, que
mancillan la Sagrada Palabra, dejamos que entren en
nuestras vidas>>.
215
Isaías 25,1-2.
216
Enoc 1,3.
285
<<Nuestro Señor está muy descontento con
nosotros. Antes del juicio debemos convertir el mundo en
un lugar donde impere la verdadera fe, so pena de
acabar en el fuego eterno junto con los muchos infieles
que pueblan esta tierra de perdición y dolor. La venganza de los justos ante el rencor de los blasfemos y
mentirosos es obligada en estos momentos, porque somos la mano de Dios>>.
Continuó el hombre su prédica, incendiando los
corazones de odio y rencor, porque eso era lo único que
podía haber en el hombre. El miedo a la cólera divina
dominaba todo y a todos. Ese miedo, alimentado por los
sermones que asociaban sin cesar el pecado al castigo
de la muerte, llevaba a la gente a un lugar sin retorno,
cargando de pesimismo el pensamiento de todos, llevando a todos al convencimiento de que todo iría de mal
en peor. El hombre era frágil, y se encontraba encerrado
en su condición de gran pecador.
Se oyó entonces a San Malaquías217:
“Porque ved que viene el día, ardiente como horno, y serán entonces los soberbios y los obradores de la
maldad la paja y el día que viene la prenderá fuego, dice
Yavé. Mas para vosotros, los que teméis mi nombre, se
alzará un sol de justicia, que traerá en sus alas la salud, y
saldréis y saltaréis como terneros que salen del establo”.
Descalzos, vestidos con cilicios, llorando o rezando, portando reliquias, los penitentes desfilaban por las
calles mientras imploraban la ayuda de todos los santos.
Aparecieron también los flagelantes. En tropeles
de doscientos o trescientos, precedidos de grandes cruces, iban de ciudad en ciudad desnudos de cintura para
arriba, azotándose con látigos de cuero rematados con
puntas de hierro, hasta que acababan sangrando.
Miles de predicadores acudieron a Isaías, pues él
había dicho: “he aquí que Yavé devasta la tierra, la asola
217
Malaquías 4, 1-2.
286
y transforma su superficie y dispersa sus habitantes”218,
“y será del pueblo como del sacerdote, del siervo como
del amo, de la criada como de la señora, del que compra
como del que vende, del que presta como del que toma
prestado, del acreedor como del deudor”219, o “la tierra
está desolada, marchita; el mundo perece, languidece,
perece el cielo como la tierra”220.
Era el fin, al menos ese era el pensamiento general. Sólo los justos se salvarían, por eso todo el mundo
comenzó a buscar en su interior donde estaba ubicado el
mal en el mundo, porque era el mal lo que se debía
erradicar si se quería la salvación final, algo que todos
pensaban tener derecho.
Proliferaban los consejos de todo tipo. En un pueblo perdido de Francia un predicador medio loco dijo:
“Revivirán tus muertos, resucitarán sus cadáveres. Alzaos y cantad los que yacéis en el polvo, pues tu rocío es
rocío de luz, y renacerán las sombras del seno de la
tierra. Anda, pueblo mío, entre en tu casa y cierra las
puertas tras de ti; ocultate un poco, mientras pasa la
cólera”221.
Al final la hostilidad se manifestó contra los judíos,
acusados de haber envenenado los pozos con la intención de destruir la cristiandad y dominar el mundo. Se les
sacaba de sus hogares forzadamente, se les arrojaba a
las hogueras, donde perecían entre grandes y enormes
sufrimientos.
Se pretendió que la muerte negra fue conjurada
por los judíos, que habían envenenado todas las fuentes
218
Isaías 24, 1.
219
Isaías 24,2.
220
Isaías 24,3.
221
Isaías 26, 19-21.
287
públicas y todos los manantiales para exterminar a los
cristianos. En Saboya se consiguió la primera prueba verídica. El duque Amadeo ordenó que se detuviera a algunos judíos sobre los que recaían sospechas de envenenamiento y que se les encarcelara en la fortaleza de
Chillon, junto al lago de Ginebra. Allí fueron torturados
hasta que dos de ellos, el cirujano Balavigny y Aquet,
medio locos de dolor, hicieron su confesión. En ella
daban los datos más absurdos: hablaban de una conjura
de los judíos con el rey moro de Granada para exterminar
a toda la cristiandad, de venenos obtenidos de serpientes
desecadas, escorpiones, carne humana, de hostias consagradas y corazones de cristianos. Esto fue suficiente.
Los secretarios escribieron las confesiones y las confirmaron oficialmente. En el mes de septiembre, en toda
Saboya resplandecieron las hogueras en las que los
judíos fueron quemados en masa.
El rumor de la culpabilidad probada de los judíos
se extendió por toda Suiza. Las terribles y abominables
escenas se repitieron. Berna pidió a Saboya las actas
judiciales; luego los sospechosos fueron puestos a la
rueda y echados a las hogueras. En Zurich, en Winterthur
y en Sto Gallen, los judíos se vieron sometidos a la
muerte por el fuego, al bautizo o al destierro. Contra la
voluntad del Concejo Municipal de Basilea, la muchedumbre incendió una casa de madera situada en una isla
del Rin en la que se habían protegido los judíos el 9 de
enero de 1349.
Muerte, destrucción, dolor, todo estaba allí, convirtiendo cualquier acción en la acción desencadenadora
de la muerte, pues la muerte negra, la gran peste, no
perdonaba a nadie, y los hombres se encargaban de
extender el odio con sus manos desnudas, manchadas
de la sangre de los inocentes.
El odio era el rey, ningún Dios se atrevía a
aparecer en el mundo y poner paz, porque un Dios había
generado, aunque la gente no lo sabía, la muerte misma,
un Dios de venganza, de destrucción, un Dios que había
288
sido ofendido por los simples mortales que intentaban ponerse a su altura.
El representante del Dios de los cristianos en
aquellos momentos, el Papa Clemente, trató de refrenar
la histeria antijudía con la bula de 1348, en la que se
afirmaba que los cristianos que imputaban la pestilencia a
los judíos habían sido seducidos por el Diablo, estimando
que la acusación de envenenar los pozos era una cosa
espantosa. El Papa señaló que por un misterioso decreto
de Dios la plaga afligía a todos los pueblos, incluido el
judío; que azotaba sitios donde los judíos no vivían, y
que, al final eran tan víctimas como el resto de los
mortales.
Las cosas fueron desarrollándose de forma normal, el débil acababa sojuzgado, pisoteado por el fuerte,
por el que tenía el poder, y los judíos no tenían el poder.
Mucho después, en 1361, los bulbos negros reaparecieron en Francia e Inglaterra causando una grandísima cantidad de fallecimientos rápidos. Esta mortandad se cebó principalmente en los niños, el colectivo más
débil de la población, y que carecían de la inmunidad que
había generado la plaga anterior.
Las esclavas de Yehudá, pulgas portadoras de la
muerte y ratas transportadoras de las pulgas, convenientemente aleccionadas por el instinto de especie y la fuerza del condicionamiento que él había impuesto a sus
antecesores, seguían dominando la situación, regalando
destrucción a todos los seres humanos, sin distinción,
siguiendo las órdenes del hombre que había creado el
mal.
Así, la verdadera muerte no era la peste en sí
misma, sino su carácter endémico. Si el ataque hubiera
sido solamente puntual el efecto sobre la población hubiera sido limitado, pero la muerte negra dominaba a los
hombres y reaparecía, una y otra vez, desquiciando a los
supervivientes.
No obstante, la peste no fue la única plaga, sarampión, fiebre tifoidea, tuberculosis, tifus o viruela fueron
289
otros azotes que acababan con el universo de los hombres de una forma agotadoramente concienzuda, casi
diabólica, porque el mal estaba en los hombres, y los
hombres no sabían como atajar la destrucción de su
propia vida, de su maligno interior, tan oscuro, tan poderoso.
Los desastres no se quedaron solamente en
Occidente. Yehudá creó desastres naturales sin parangón en todo el territorio del emperador de Pekín. Éste,
desconocedor de la naturaleza humana, subió los impuestos, lo que provocó una rebelión. Los turbantes
Rojos, guiados por un monje budista, tomaron Nanjing en
1.356 y doce años más tarde expulsaron a los mongoles
de Pekín222.
Un día cualquiera, no importa el momento,
Yehudá recibió una visita. Era Balamoni-Parvati, vestida
completamente de rojo, cubierta de un ligero velo de seda
roja, una falda de grandes vuelos, también de seda roja, y
un pequeño cuerpo de tela que mostraba más que cubría
el pecho. Estaba especialmente hermosa.
Él se quedó mirando su cuerpo, perfecto en todo
punto. Sonriendo ella comenzó a bailar para él. Movía su
cintura con un ritmo acompasado, sacudiendo sus manos
como las hojas de un árbol mecido por el viento. Luego
cogió su velo y lo agitó cual llama de un fuego eterno,
atrayendo una música mística y extraña, que surgía de
dentro.
222
En ese momento es estableció la dinastía Ming.
290
Su negro pelo brillaba de pasión, sus ojos iluminaban la playa, aumentando el calor del lugar, ya de
por sí bastante cuantioso. El sexo, después de tanto tiempo, con una diosa, era experiencia inimaginable, sobre
todo cuando la relación se producía con otro dios, un
poderoso dios de muerte.
Perfectas posturas, perfectos abrazos, todo se
convertía en perfección cuando aquellos dos pequeños
colosos se unieron para convertir su existencia en algo
mucho más agradable, para comprenderse un poco mejor.
Después de días, semanas de placer, la Diosa,
Balamoni-Parvati, le habló:
–Menudo problema has generado con tus pequeños asuras. Deberías haber sido un poco menos vistoso.
–Ellos se lo merecían, habían acabado con todo lo
que yo deseaba.
–Ya, pero has creado una forma de actuar demasiado radical. Te llaman Deus Irae. Eres el más peligroso de entre nosotros, por eso me han enviado, aunque yo hubiera venido de todas formas, porque eres el
Dios más poderoso que existe.
–¿Por qué tendría que cambiar?, ellos no se lo
merecen, y me han robado lo más importante, además de
matar a una diosa.
–¿Apsara?, cariño, ella nunca hubiera sido una
Diosa, tal vez la madre de poderosos seres y de Dioses,
pero sólo era una ninfa celestial, como su propio nombre
indica. Me gustaría que me hicieras un pequeño favor –
ella comenzó a acariciar el fuerte pelo de Yehudá, que
parecía haber rejuvenecido con el paso del tiempo –
acaba con tu venganza Yama.
–Amiga mía, eso no me resulta posible, no quiero
tener piedad de aquellos que nunca han tenido piedad,
pues ellos mismos se han impuesto el talión como regla.
Ahora soy diferente, sigo el Tao, si con rectitud se gobierna un Estado, con la táctica se manda un ejercito, con
no hacer nada, wu wei, se conquista el mundo.
291
<< Además, está escrito que existirá un infierno en
la tierra, una tierra de miseria y de tinieblas, de la Sombra
y de la Muerte y del desorden, donde la claridad parece
noche oscura223.>>
Aquella conversación se desarrollaba de una forma tan educada y cariñosa que no parecía real. Estaban
decidiendo sobre la vida humana, sobre la posible desaparición de todo género de vida sobre la faz de la tierra,
algo terroríficamente complejo y peligroso para los seres
humanos normales.
–Nada violento es durable –dijo con un mohín
Balamoni-Parvati– un huracán no dura toda una mañana.
Una lluvia torrencial no dura todo un día.
–Mujer –dijo Yehudá con falso tono de enfado– no
utilices el Tao conmigo. Yo mismo he comprendido lo que
significa, y no es más que un camino hacia el lugar mismo donde yo he llegado. La destrucción, cuando es necesaria, supone una respuesta adecuada, sobre todo
cuando se deja actuar a otros seres completamente comprometidos con la verdad y con la razón, con el destino
de esos hombres que pretendían acabar con la Santidad
del mundo a base de matarse entre ellos y matarnos a
nosotros.
<<Has de saber que mi actuación se realizó simplemente para cortar demasías, de podar lo que sobra, y
en el mundo sobran esos seres despreciables que pretenden colocarse por encima de nosotros, por encima de
lo que podemos y queremos hacer, aunque dejemos que
el mundo se rija por su propio camino>>.
<<Además, es el fin de las fatigas y el principio del
descanso para la inmensa mayoría de esos desgraciados
a los que vosotros no parecéis tener en mucho aprecio,
porque de otra forma hubieras ayudado a los hambrientos
que he estado contemplando durante mi largo e infructuoso viaje>>.
223
Job 10.22.
292
<<El amor y la ira están mutuamente imbricados
en toda criatura, y el hombre tiene ambos centros en sí.
¿Puedo yo desoír mi propio centro? Creo que necesitas
comprender que mi trabajo de asesino de asesinos no es
más que un mal necesario para que los hombres comprendan que su función no es matar sino sobrevivir>>.
<<Es más, creo que el hombre no debe sobrevivir,
que el hombre que no es capaz de conocer su propio dios
interior debe perecer, porque es un ser deforme, sin destino y sin final, condenado a vagar por el mundo de los
muertos esperando que alguien le descubra la eterna
verdad que está ante sus ojos>>.
–Eres injusto con nosotros, no podemos permitir
que el mundo se sustente sólo en nuestra existencia, en
nuestra creencia. Nuestra obligación es dejar que ellos
mismos se impulsen hasta su salvación, pero procurando
ayudar sin ser un obstáculo.
<<Amor mío –continuó Balamoni-Parvati acariciando el pelo del hombre que hasta esos momentos le
había hecho gozar– no debes dejar que todo acabe, entre
ellos puede haber muchos de nosotros, y tu poder te
permite realizar casi cualquier cosa, incluso resucitar a
Anna o a Apsara si lo desearas>>.
<<Ahora has alcanzado la perfección, por lo que
eres hombre y mujer al mismo tiempo, pudiendo parir virginalmente a voluntad, atravesar piedras y árboles, crear
vidas inimaginables, eres el rey entre los pocos reyes que
han alcanzado tu nivel de comprensión, pero no quieres
acabar con el odio, lo necesitas para respirar, y eso no te
conviene>>.
<<Ellos son simples mortales que están aquí porque intentan comprender el movimiento de la tierra y el
destino del mundo, algo que tú has comprendido hace
largo tiempo, no les condenes más de lo debido, déjales
que tengan, al menos, una oportunidad, porque el poder
ejercido de forma desmedida no es bueno para nadie>>.
En esos instantes Yehudá comprendió que dentro
de sí mismo existía el poder de crear y destruir, de con-
293
cebir una nueva y maravillosa vida con sus dos esposas
o dejar de lado el amor hacia los mortales, pero que
siempre se había negado a aceptarlo porque, en el fondo,
deseaba la destrucción de aquellos que no habían sabido
responder a sus deseos antes de descubrir todo su poder.
Balamoni-Parvati comprendió que había nacido
una nueva conciencia del poder en aquel Dios todopoderoso, aquel Dios de la Muerte y de la Ira, por lo que le
dejó pensar mientras ella acariciaba su miembro con su
oscuro pelo, fruto de su propio deseo de belleza, pues
sus formas eran inimaginables.
Su Yehudá era ahora un Dios-Abismo, un arma
perfecta de matar o de morir, de crear aquello que deseara o dejar de crear lo que en el mundo no podría tener
cabida. La fuerza del, hasta hacía unos instantes hombre,
era terrorífica, y Balamoni-Parvati temió que aquello se
les escapaba de las manos.
Yehudá, con un inmenso poder sobre sus hombros, supo lo que pensaba Balamoni-Parvati, y también lo
que pensaban todos los hombres, y todos los dioses, y
todas las criaturas vivas que había sobre la tierra, debajo
de la tierra, por encima de la tierra y en el mar.
También vio a su hija, la Muerte, sonriendo mientras besaba la boca de los tristes mortales. Aquello iba
más allá de todo lo que había pensado. Deseaba escapar
de su propia condición, pero no quería perder lo que
ahora tenía, lo que siempre había deseado, el poder
sobre la vida y la muerte.
Balamoni-Parvati habló en esos momentos.
–Tú eres el que concede la vida y el que otorga la
muerte. Ninguno de nosotros podemos evitar que extiendas tu poder por el mundo, pero necesitamos que juzgues a los hombres antes de acabar con ellos indiscriminadamente, porque el Se´ol se está llenando de
almas esperando tu juicio.
–Amada –dijo Yehudá con una sonrisa de complacencia– tal vez digas la verdad. Voy a pedir a mi hija la
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Muerte que cese en su empeño de acabar con la
Humanidad. No obstante, estimo que el castigo debe
continuar, por lo que el azote de la peste se mantendrá,
aunque con menor virulencia, pues ellos han mancillado
Mi Nombre.
Balamoni-Parvati se estremeció al comprender
que Yehudá había asumido su poder en toda su plenitud,
convirtiendo a un igual entre iguales en un Señor de
Reyes. Ella temía a su nuevo Amo, aunque le deseaba y
sentía que necesitaba compartir con él el futuro del
mundo. En el corazón de la mujer el miedo a comprender
el destino último que pretendía aquel nuevo Señor del
Caos luchaba con la atracción por el poder absoluto.
–Ve a anunciar mi decisión a los otros –dijo
Yehudá con una voz imperativamente amable– aunque
creo que ya lo saben. Después aguarda dos años mortales y vuelve conmigo. Pide disculpas a tu antiguo
esposo, él sabe que le amo, pero quiero tenerte a mi lado
para repoblar el mundo superior de seres como nosotros,
y eso no lo puede hacer nadie sino yo.
Balamoni-Parvati partió en esos momentos, no
discutió la orden, sabía que ahora no había nada que
pudiera discutirse con el Dios.
El hombre salvó parte de su existencia, no en vano el Dios había sido hombre.
Yehudá dedicó todo el tiempo hasta la vuelta de
Balamoni-Parvati, su nueva esposa, a la que bautizaría
como Annsara para recordar su anterior mundo, a pensar
en el destino que le esperaba. No había pretendido ser lo
que era, pero lo era, se había convertido en algo superior
a lo que buscaba.
Tal vez ese sea el destino de algunos hombres,
alcanzar metas que ni siquiera consideran alcanzables.
En un momento dado, Yehudá pensó en el libro que le
habían entregado hacía mucho tiempo. Esa era la fuente
de todo su poder, aunque lo había dejado de lado en
Venecia, en otra vida diferente a la suya.
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Pensó en el libro, pero ya no lo sentía, era como
si, cumplida la misión, el espíritu mismo de la obra se
hubiera extinguido para él. Aquello no le importó, tenía
toda la eternidad en sus manos.
El camino que había seguido le alejó de la humanidad, pero seguía siendo algo humano, por eso
dedicó los dos años que se había dado a apagar la
humanidad misma de su alma, para acceder a la luz
distinta del Dios. Faltando dos días para el reencuentro
con Balamoni-Parvati, Annsara, al final pudo extinguir al
hombre, que luchó por mantener su propia existencia.
Fue en esos momentos cuando el Dios tomo forma; fue
en esos momentos cuando el cuerpo pereció, para dejar
el espíritu en un cuerpo supremo que compartiría con su
nueva esposa los mundos de los hombres y de los cielos.
El Dios sabía que debía abandonar su cuerpo
tarde o temprano, porque ese era el destino último del
Dios, pero él tenía el poder de hacer lo que se le antojara,
por lo que decidió permanecer mil vidas en aquellas
tierras, para, al final, acabar lo que había empezado.
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