Fernando Butazzoni
Universos verticales *
Dos hombres aplastados por la congoja coinciden ahora en mi cabeza,
me habitan. Se queda el dibujo de sus palabras marcado en mi cerebro. Memoria
fotográfica: cada coma, cada letra, cada frase. Ellos, desde la vida, escriben
sobre la muerte. Los pienso a ambos, tan lejos y tan cerca. Los imagino apenas
y eso me asusta, así que trato de descifrarlos como puedo, para conjurar el
miedo.
Acabo de leer Niveles de vida, el breve libro de Julian Barnes en el que
detalla con entereza y seriedad el proceso de duelo vivido por él mismo tras la
muerte de su mujer, a la que no nombra durante el relato aunque a ella está
dedicado. Antes de eso, inmediatamente antes, me había leído Solo el amor
puede encender lo muerto, el texto de Nadal Vallespir que retrata, de manera
apenas ficcional, el dolor de su propia viudez. Con igual entereza y seriedad que
Barnes, el escritor y psicoanalista uruguayo traza un mapa de sentimientos y
pérdidas. Y lo hace tras la muerte de su mujer, a la que tampoco nombra y a la
que también dedica el relato.
No pretendo realizar una reseña literaria, ni mucho menos una crítica
comparada de esas obras. En mi caso la atención se centra en otro lugar, porque
ocurre que las coincidencias aquí halladas son abrumadoras, y hasta
escalofriantes. Ambos libros, de similar extensión, se construyeron de forma casi
paralela sin que existiera ninguna forma de contacto previo entre los autores.
Cuando el libro de Barnes se publicó en Londres, en marzo de 2013, la desgracia
ya estaba lista para golpear a Nadal de forma idéntica, demoledora. Ocurrió
exactamente en Montevideo, a 11.650 kilómetros al suroeste de la capital
británica.
Daniel Gil, quien es amigo de Nadal y es un muy ilustre psicoanalista y
escritor, fue el primero en detectar las concordancias de ambas historias, y tuvo
el temple y la cercanía suficientes para referírselas. ¿Qué significan esas
relaciones? A propósito, el propio Gil refiere a Nietzsche en uno de sus textos
sobre Vallespir: “No hay hechos, sino solo interpretaciones”. Otra forma del
duelo.
En este caso no se trata de las peripecias emocionales de aquellos que
asumen una pérdida de esa envergadura ‒coincidencias que hasta cierto punto
podrían resultar lógicas, tan humanas ellas‒, sino de las historias en sí, tanto de
quienes leen como de quienes escriben y aun de aquellos que son escritos: en
los relatos de Julian Barnes y de Nadal Vallespir, el protagonista último es, para
nuestra sorpresa, un mismo y elusivo personaje.
Mientras Nadal empezaba a escribir en Montevideo sobre su pérdida, se
informaba en la prensa británica que Julian iba a presentar la edición en español
de la suya, traducida por Jaime Zulaika. Para Vallespir, la extraña aparición de
un viejo con quien se encontraron él y su mujer en Lyon en una tarde de lluvia
fue el punto de inicio de un periplo. Para Barnes, la evocación de un sexagenario
que se le apareció en Venecia mientras paseaba con su mujer fue la certeza del
suyo. La mujer del escritor inglés se llamaba Patricia y murió en Londres, a las
pocas semanas de ser diagnosticada con un tumor fatal en el cerebro. Tenía 68
años. Lo mismo ocurrió en Montevideo con la mujer del escritor uruguayo, que
se llamaba Nelly. Un tumor en el cerebro la mató rápido y mal. Tenía la misma
edad que Patricia: 68 años.
Ya al final de su texto, Barnes recuerda al hombre que vio llorar en un
pequeño puente de Venecia, mientras paseaba con su esposa. Lo describe con
precisión y vaguedad a la vez: “Hay un hombre en Venecia al que recuerdo tan
nítidamente como si lo hubiera fotografiado; o quizá más claramente porque no
lo hice. Fue hace algunos años, a finales de otoño o principios de invierno. Ella
y yo vagábamos por una parte no turística de la ciudad y ella se me había
adelantado. Yo me disponía a cruzar un puente pequeño y vulgar cuando vi a un
hombre que venía hacia mí. Probablemente era sexagenario y vestía muy
correctamente. Recuerdo un elegante abrigo, una bufanda negra, unos zapatos
negros, quizá un bigotito y seguramente un sombrero: un sombrero de fieltro
negro. Podría haber sido un avvocato veneciano, y desde luego no se dignaba
mirar a los turistas. Pero yo le miré porque en la cima poco elevada del puente
sacó un pañuelo blanco y se enjugó los ojos: no de un modo ocioso, práctico ‒
estoy seguro de que no era por el frío‒, sino lento, concentrado, familiar.
Entonces, y más tarde, traté de imaginar su historia. En ocasiones casi proyecté
escribirla. Ahora ya no hace falta, porque he asociado su historia con la mía;
encaja en mi modelo”.
Al comienzo de su relato, Vallespir evoca al viejo con el que se toparon él
y su mujer mientras subían hacia la Croix‒Rousse de Lyon. Aquí también se
juntan vaguedad y precisión: “Los anchos escalones de concreto trepaban por la
colina semejando una calle plegada. La humedad que se iba acumulando en
ellos los tornaba resbaladizos. No obstante, preferimos caminar cuesta arriba, a
la intemperie, con el riesgo que suponía hacerlo en esas condiciones, en lugar
de optar por la cálida comodidad del metro de cremallera que nos habría
transportado igualmente por la superficie. Lo consideramos parte de nuestro
ejercicio diario, sin duda innecesario por todo lo que habíamos caminado desde
que empezamos el viaje. Llovía más cuando el Viejo surgió como de la nada. Ya
estábamos en una especie de enorme plaza que nos permitía apreciar en una
vasta extensión la parte baja de la ciudad y el curso de los dos ríos. Al principio
no nos dimos cuenta de su presencia. Se había acercado sigilosamente, tal vez
porque temía que nos alejásemos apenas lo viéramos o porque quería
observarnos con la tranquilidad de quien se cree protegido por su aparente
invisibilidad. Cuando nos dimos vuelta para emprender el regreso, nos
sobresaltamos al encontrarnos de súbito con ese hombre que parecía llevar allí,
detenido en ese mismo punto, una eternidad.”
Como ocurre con todo, esos dos personajes vienen de la nada. En este
caso vienen de la nada del relato y quizá configuren una cifra, tal cual pedía
Borges en su poema. Y los dos son, uno en Venecia y el otro en Lyon, referencias
extrañas, augures un tanto sombríos. Si bien los verdaderos extraños son los
que relatan (al fin y al cabo Barnes es un inglés de paseo por Venecia y Vallespir
un uruguayo de paseo por Lyon), la forma en que están construidos esos
personajes termina por colocarlos a ellos como los extranjeros, forasteros en su
propia ciudad a la vez que testigos anticipados de los futuros duelos de quienes
son capaces de verlos. Tanto el personaje creado por Vallespir como el creado
por Barnes son reales, y de tan reales que son acaban fuera del relato. Por eso
son iguales y concluyen por ser uno. Un único testigo. El augur.
***
Los dos relatos empiezan con puntuales ascensos: el de Julian Barnes de
forma vicaria, en globos aerostáticos. El de Nadal Vallespir por su propio andar,
rumbo a la colina. Ambos narradores, que son personajes apenas disimulados
de sus propios textos, se disponen a hablar de la hondura de la muerte, pero lo
hacen con una elevación. Como si esas alturas iniciales pudieran aliviarlos de
los abismos por los que, necesariamente, deberán transitar a medida que la
narración avance.
Y sin embargo, en los dos casos la narración permanece: sube o baja,
pero sin horizontalidad y sin horizonte. En esos mundos no hay costados. Es un
espacio topológico en el que solo hay arriba y abajo. Eso ocurre porque los
universos del amor son verticales. Podemos recorrerlos en sus infinitos niveles,
pero estaremos atrapados en ese ascenso‒descenso que distorsiona la fórmula
matemática de Moebius y su cinta. Es en esa relación siempre perpendicular con
lo terreno donde se afinca la fortaleza de esos universos, y es allí también donde
se descubre su fragilidad.
Una digresión sobre este punto: un amigo ha objetado el concepto de
universo vertical, pues lo considera “incongruente e imposible de entender”
según me dijo. Es verdad, pero también es imposible de entender cualquier otro
concepto de esa categoría, desde los viejos postulados sobre la esfericidad del
universo hasta los más recientes sobre su forma plana. Claro que no es a través
de las matemáticas que podemos desentrañar la verticalidad de los universos
amorosos. Mi amigo pensaba en la geometría y yo en los sentimientos. Ese es
un dominio que le pertenece por entero a la palabra, acaso la única herramienta
útil para entender lo inentendible. Después de todo, se trata de juntar cosas que
nunca se habían juntado antes. De eso se trata el amor.
Barnes cuenta una historia que cubre como un vual todo el texto: la
aventura de Félix Tournachon, uno de los primeros y más extraordinarios
fotógrafos de Francia, quien fue además el primer hombre que logró fotografiar
la tierra ‒o tal vez, para ser preciso, deba escribir la Tierra‒ desde el aire. Lo
hizo montado en el canasto de mimbre de un globo aerostático. Eso ocurrió en
1858, en las afueras de Petit‒Bicêtre, un lugar ubicado en lo que hoy es el
municipio de Clamart, en el suroeste de París. Por cierto, debe señalarse que
1858 fue justo el año en que el matemático alemán Ferdinand Möbius descubrió
y dio a conocer la fórmula de su célebre cinta. Otra casualidad.
La cuestión es que a Tournachon, quien era un parisino nacido en Lyon,
sus amigos de la juventud le decían Tournadar, y luego simplemente Nadar. Así
fue como pasó a la historia, pues de esa manera firmó sus trabajos fotográficos,
sus caricaturas y escritos. Por ese nombre lo conocían todos en el París de aquel
tiempo. Y cuando escribo todos me refiero a un montón de gente impresionante:
Baudelaire, Zola, Corot, Clemenceau, Monet, Kropotkin, Sarah Bernhardt, Rodin,
Debussy, Eiffel, Pasteur, George Sand, Julio Verne y un etcétera en el que
podríamos incluir a buena parte del nomenclátor parisino actual. Nadar era una
celebridad.
Entre Nadar y Nadal hay apenas una letra de diferencia, además de un
siglo entero de distancia. Entre Nadal y Julian, en cambio, hay múltiples capas
de palabras y sincronías que ambos parecen compartir. Es una correspondencia
casi geológica, no porque sus respectivas historias sean exactamente iguales,
sino justamente porque no lo son: una parece acompañar a la otra, replicarla,
seguirla en su inicial ascenso y luego en su poderoso hundimiento. Y se alternan
en ese recorrido, y en ocasiones se solapan. Así, en ese curioso amague de
simetría, las dos letras finales del nombre Julian son las dos primeras del nombre
Nadal, pero invertidas como en un espejo. Otra coincidencia, una nueva
maniobra del azar.
Barnes se ha ocupado reiteradamente de la muerte y del duelo, de forma
directa o tangencial, en varios de sus libros. Antes de Niveles de vida, en Nada
que temer, publicado en el 2012, aparecía con claridad y precisión ese asunto
como tema de reflexión. Vallespir, por su parte, ha escrito sobre la muerte (o
quizá a propósito de ella, o en torno a ella) y por consiguiente del duelo en
muchas ocasiones a lo largo del tiempo, a veces mediante la ficción y a veces
con el ensayo, al punto de reunir algunos de sus trabajos psicoanalíticos bajo el
título La muerte y otros comienzos, en un libro publicado en el año 2000. De
modo que, respecto a la muerte, uno de nuestros autores proclamó en su
momento que no había nada que temer (“nothing to be frightened of”) y el otro
que era un posible comienzo.
Es como si uno temblara (en esta ocasión el uruguayo Nadal, en el año
2000) y el otro le replicara con su propio temblor (el inglés Julian, en el año 2012).
En algunas ocasiones esa segunda sacudida puede ser más suave que la inicial
y, en otras, más intensa. O ubicarse más arriba o más abajo. A veces se alternan,
pero a veces los textos y las vidas y las muertes se acoplan con una exactitud
que, pese al escalofrío ya mencionado, no deja de ser esperanzadora. Después
de todo, ese es el fin de cualquier escritura en los universos verticales del amor.
Una esperanza que va y viene, de abajo hacia arriba y de arriba hacia abajo.
Con ella cada quien se eleva y luego se precipita o cae con suavidad o, incluso,
queda por un momento suspendido en el aire, ese aire liviano gracias al cual el
gran Nadar pudo, hace un siglo y medio, fotografiar por vez primera la Tierra
desde el cielo.
Patricia y Julian, Nelly y Nadal. Cuatro nombres, cuatro humanos distintos,
irrepetibles. Ellos vivos. Ellas muertas. Tal vez en la imposibilidad de la repetición
radique toda congoja y sea esa la correspondencia final a la que deba atenerme.
No hay nada intercambiable ahí. No hay más simetría que aquella nacida de las
palabras que danzan en mi memoria fotográfica, con letras de más o de menos,
casi siempre de menos: Julian, Nadal, Nadar, Nada.
* Fragmento del libro “La vida y los papeles” (Seix Barral, 2016)
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