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Brujas y Buques, Estravaganza en ciclo Otto. - 1a ed.
Buenos Aires : Veremos, 2012.
ISBN 978-987-28135-2-9
CDD A863
Fecha de catalogación: 15/05/2012
Queda hecho el depósito que marca la ley.
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BRUJAS Y BUQUES
Estravaganza en ciclo Otto
Carlos Duro
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Dedicado a la ya desaparecida Empresa Líneas
Marítimas Argentinas (Requiescat), que se alimentó de
nuestro sudor, nuestro cansancio y nuestras tensiones, pero
que nos dió a cambio El Mundo para jugar, y respiros cada
tanto para disfrutarlo.
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Índice
 Admisión
Penas.........................................................................................................9
San Antonio...........................................................................................19
Lima........................................................................................................35
Buenaventura.........................................................................................47
Tabasco..................................................................................................67
Extractos de la Libreta.........................................................................71
Buenaventura, de nuevo....................................................................121
Caldera..................................................................................................129
La Botella.............................................................................................145
 Compresión
Tabasco................................................................................................177
New Orleáns.......................................................................................183
Houston...............................................................................................205
Veracruz...............................................................................................223
Tampico...............................................................................................247
Tabasco................................................................................................247
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 Ignición, expansión
Ignición, expansión............................................................................269
Proa.......................................................................................................275
Bahía.....................................................................................................299
 Escape
Escape..................................................................................................329
Popa......................................................................................................369
Coatzalcoalcos.....................................................................................383
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ADMISION
PENAS:
En una tarde oscura, un buque cruzaba el Golfo de
Penas, peleando contra el viento y el mar de fondo.
El Primer Oficial de Máquinas salió de la ducha con
mucho cuidado. De pié en el centro del baño, las piernas
bien abiertas y flexionando ora una rodilla, ora la otra, volvió
a sentirse como metido en una caja de galletitas danesas. Le
pasaba siempre que reparaba en los mamparos de acero
inoxidable del baño, nublados por los años con un tono
grafitado, y se le acentuaba más cuando, como ahora, el
movimiento del buque hacía que se sintiera como si algún
gigante perverso, además, estuviera sacudiendo la lata.
El cabeceo lo hacía hamacarse de adelante hacia
atrás, en unos ángulos que, en tierra, lo hubieran derribado
irremediablemente al piso. Las flexiones que hacía con las
rodillas para compensar el rolido, sumadas al penduleo de
todo el cuerpo para entenderse con el cabeceo, hacían que su
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cabeza acabase por girar en unas elipses bastante
impredecibles.
Renunció a afeitarse.
Al salir, la puerta del baño pareció pesar cuatro veces
su peso normal hasta el siguiente rolido, en el cual se abrió
por sí misma y estuvo a punto de estrellarse contra su rodilla.
La cerró firmemente, y pasó al camarote.
-Puta que lo parió- murmuró al ver que dos cajones
habían roto sus fallebas y abandonado sus sitios debajo de la
cama. Parte de su ropa interior había saltado de ellos y
quedado repartida por la alfombra, entre algunos papeles que
no se sostuvieron sobre el escritorio y las ruinas de una
lámpara de mesa que nunca estuvo del todo bien atornillada.
El camarote había perdido su aire acogedor, y se
había vuelto un lugar irritante e inestable. Las cortinas se
movían como las alas de una mariposa que estuviera
descansando. Se separaban un pie de la ventana, y volvían
lentamente a su sitio, fieles a su propia perpendicularidad.
Ramas y hojas de una plantita que sobrevivía contra el ojo de
buey se movían hacia arriba y hacia abajo, en una
gesticulación para nada vegetal. El piso y los mamparos,
hostiles, se movían y se interponían en el paso.
Se vistió para la cena, sentándose prudentemente en
el sillón para ponerse los pantalones. Camino al comedor,
mientras trataba de no dar con los hombros en uno u otro
costado del pasillo, pudo oír los bramidos del motor
principal, pautados por las toses de gigante que daba su
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turbosoplante cada vez que la hélice salía del agua y las
seguridades del propulsor debían frenar el motor para que
no se disparase por la falta de la resistencia del agua.
Frenaban, aullaban, y volvían a arrancar. Todos los
corazones del buque, supuso, debían estar repitiendo este
ciclo del motor; el suyo, por lo menos, parecía dejar de latir
un par de segundos cada vez, hasta asegurarse de que el
monstruo siguiera vivo y nadando. Quedar al garete sobre un
mar así era tan seguro como estar parado sobre un barril
flotante.
Había varias personas en el comedor, y todos tenían
ese aire circunspecto que da la náusea. Pero, barqueros viejos
al fin y al cabo, se las arreglaban para charlar y comer algo.
Ocupó su lugar de costumbre, y puso su botella de
tinto junto al riñón izquierdo (entre el respaldo y el
apoyabrazos). Los mozos habían mojado los manteles para
que la vajilla no resbalase, y habían levantado los “violines”,
pero siempre le pareció que ni el mantel húmedo ni el corral
de maderitas alrededor de la mesa servían para nada cuando
las mesas se ponían a corcovear, así que dejó las manos
cerca del plato y del vaso, listas para atajar a cualquiera de los
dos que tratase de salir volando.
-¿Cómo te trata el pesto?- le preguntaron, usando la
expresión de rigor. A bordo nunca se habla de temporales, o
tormentas tropicales, o colas de huracán: ya bastante
seriedad contienen en sí mismas estas calamidades, como
para andar asustándose los unos a los otros con esos
nombres de monstruos.
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-¿Cuál pesto?- fue la perpleja respuesta. Se la festejó.
A medida que pasó la entrada y el primer plato (esta
noche no iba a haber sopa) empezaron a hablar del tiempo.
Navegando, el tema nunca es una forma de sacar
conversación casual: se trata ni más ni menos que del propio
destino, ya que lo que en tierra puede ser apenas una
contrariedad, mar afuera se transforma en una directa
amenaza contra la propia vida. Y en este caso en particular,
se había salido de la paz de los canales fueguinos y se iba a
entrar al golfo de Penas, que para algunos está en el sur del
Chile, mientras que otros sostienen que no, que ya son aguas
territoriales del Infierno. Son los mismos que aseguran que
es inútil consultar a los meteorólogos acerca de cómo va a
estar el clima en la zona en tal o cual fecha, ya que no tiene
días buenos o malos: la tormenta, afirman, empezó en Penas
el día en que Dios terminó el mundo, y todavía se está
esperando a que amaine.
Trabajando con la cintura para mantenerse sentado
más o menos derecho, usando las manos para manejar los
cubiertos y, al mismo tiempo, retener el vaso y el plato,
volvió a tratar de acordarse del nombre del imbécil que había
llamado a esto océano Pacífico. (Lo del Penas, sabía, había
sido una feliz errata. Originalmente, cuentan, había sido “de
Peñas” pero, careciendo la tipografía del almirantazgo
británico de la excentricidad de una letra “ñ”, los ingleses
acertaron en sus cartas, sin querer, con un nombre mucho
más representativo del ánimo y la digestión de los marinos).
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De la cocina se escuchó el estrellarse de alguna vajilla
que llegó al desastroso fin de su vuelo. Una cubierta más
arriba o más abajo, una puerta mal cerrada se azotaba contra
su marco con furia suicida.
-Cárajoylaputa..-fue la despedida del tercer oficial de
cubierta cuando dejó la mesa. Camino a su guardia trataría
de encontrar y cerrar la puerta, aunque hasta las 20 no le
quedaba mucho tiempo. No le envidió la guardia al pobre
tipo: el puente, allá arriba, debía moverse como el extremo
de un bastón de desfile.
Miró los ojos de buey del comedor: si no hubiese
sido por el spray salado que hormigueaba del lado de afuera
por la rabia del viento, podían haber estado pintados con
alquitrán. Cada tanto relampagueaba, pero sin los truenos ni
el olor a tierra mojada de las tormentas de casa.
Mala cosa el temporal mar afuera. Ni olor lindo tenía.
Terminó de poner algo en el estómago y, ya sin
interés en la sobremesa, volvió a su camarote. Ni pensar en
dormir, por supuesto, ni siquiera a pesar de que las horas de
sacudirse, subir, bajar, y hacer constantemente fuerza con las
piernas para equilibrarse (se sentía como si hubiese pasado
cuatro horas viajando parado en una montaña rusa) le
hubieran dejado en la mente un sopor pegajoso y exigente.
Se sentía abotargado por un sueño que dolía en las sienes y
en la nuca, una modorra irresistible que nacía de los
mismísimos sistemas de autopreservación del tipo, y que lo
conminaba a detenerse inmediatamente: Ante la locura de
funcionar horas y horas en un espacio totalmente loco,
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tenso, nervioso, y en vilo, tarde o temprano algún circuito
del cerebro con sentido común opinaba carájo, hay que parar
a este idiota antes de que se mate, ¡anestésienlo si es
necesario!, y disparaba una somnolencia fastidiosa y
desalentadora. Pero la cama, lejos de ser esa acogedora
serenidad horizontal que nos consuela en tierra, se había
vuelto algo con las pendiente de un techo a dos aguas (por
cinco segundos volcaba todo hacia el mamparo, y luego, por
otros cinco segundos, tiraba todo hacia la alfombra). El
camarote entero, además, subía de un salto el equivalente a
dos pisos de un edificio, y los bajaba luego en otra
zambullida, más violentamente que el más perverso de los
ascensores más nuevos. Para dormir así, además de tener que
construirse una especie de trinchera haciendo una canaleta
con el colchón y las almohadas para encajarse en ella, iba a
ser necesario estar al borde del colapso. Desvestirse y
acostarse iba a ser perder el tiempo.
Y ni hablar del susto. Si las cosas se ponían tan mal
que no hubiese más remedio que salir corriendo, por lo
menos estar ya vestido para la ocasión y no tener que andar
eligiendo corbatas y camisas que combinen en un camarote a
oscuras.
Así que se puso el overall, se calzó los botines,
automáticamente se echó al cuello los protectores auditivos,
y bajó a máquinas.
Estaba seguro de que habían sido tomadas todas las
precauciones horas atrás (todo lo que pudiera moverse había
sido trincado, incluso cosas que, por su peso, era
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inimaginable moverlas sin la ayuda de alguna maquinaria: en
temporales como estos no era rara la espeluznante
experiencia de ver cosas de una tonelada de peso cobrar
vida, como el comendador de piedra, y empezar a correr por
ahí, ciegos rinocerontes veloces, volviendo untable a todo lo
que encontraban a su paso). Se habían atiborrado de aceite
los motores de los generadores para que las bombas, no
importaba cuán loca fuese la escora, siempre encontrasen
aceite que aspirar -quedarse sin energía eléctrica, para un
buque, es como si sufriese un paro cardíaco, y en esos
momentos, en esos lugares, el tiempo para los primeros
auxilios era angustiosamente escaso-. También se habían
verificado y vuelto a verificar los niveles de todos los
tanques, preparado filtros extra por si se revolvía el fango del
fondo de los tanques del combustible, y se había colgado
una cabeza de ajo sobre el comando del motor principal.
Pero nunca estaba de más mirar un poco. Estar un
poco. Hacerle sentir a los fierros que, aunque peleaban solos,
no peleaban sin apoyo.
Llegó hasta el cuarto de control sin dejar de tomarse
siempre de por lo menos una de las barandillas (de las cuales,
de todas maneras, convenía mantenerse lejos, porque no
sólo no pararían una caída, sino que, incluso, la complicarían
un poco con el molinete que haría el cuerpo al pasar sobre
ellas). Cruzó algunas palabras con el engrasador de guardia,
falló un chiste, y se puso a leer presiones y temperaturas.
Todo estaba fuera de rango, por supuesto.
Bellaqueando los motores de la forma en que lo hacían no se
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les podían pedir temperaturas estables, y en cuanto a las
bombas, con que no se descebaran ya se habían ganado su
más profundo agradecimiento.
-Basta, por favor...- dijo el engrasador con fastidio,
pero sin énfasis. No le hablaba a él: presentaba su queja,
desengañado, a cualquier Poder que estuviese oyendo. No
era una súplica religiosa exclusiva o a un Dios en particular:
cualquiera que dejase quietas las aguas un par de horas estaba
bien.
Se sentaba frente al pupitre donde estaban los
controles e instrumentos de medición, aferrando con ambas
manos el pasamanos en la posición del conductor de una
motocicleta. De hecho, si soltaba las manos, su silla pasaría
de mueble a vehículo y lo pasearía por todo el cuarto de
control.
-Falta poco. Cuatro o cinco horas...-¿Nada más?-No. Este hijo de puta, con mar y viento en contra,
sigue haciendo cuatro nudos.-¡No!-Sep-¡Viejito lindo, nomá!-Y, es Sulzer, viejo: no hay con qué darle...-
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En el silencio que siguió, ambos recordaron otros
viajes, en otros buques quizá más nuevos pero también más
avaros de potencia, faltos de líneas marineras, con motores
menos confiables, en los que debieron pasarse horas y horas
en el mismo sitio esperando a que amaine... e incluso a veces
retrocediendo. Esta vez, y a pesar de que estaban en los
últimos viajes del buque, el Golfo iba perdiendo poco a poco
la pulseada.
Dio las buenas noches al engrasador, que seguía
exigiéndole a Alguien, sin mucha esperanza, el fin del
suplicio y, sin nada más que hacer, y no mucho más seguro
que antes, volvió a subir. Mientras exigía sus piernas
escaleras arriba, los nudillos blancos a cada rolido por la
fuerza aplicada en aferrarse a los pasamanos, tuvo que
reconocer que, aunque faltase poco, la cosa estaba fea. Trató
de pensar en otra cosa, porque estar demasiado consciente
de lo grave de una amenaza, cuando no se puede hacer nada
al respecto, sólo proporciona una carga extra e inútil de
ansiedad. No ignoraba que un parpadeo en la presión de
aceite, un rodamiento engranado en un motor eléctrico, agua
en el combustible, un falso contacto: cualquier cosa, podían
producir una parada de máquinas y que, si ello ocurría, el
buque podía acostarse y darse vuelta sobre si mismo en un
revolcón horroroso que dejaría a todos los tripulantes
(despiertos o dormidos) bajo diez metros de aguas negras,
rabiosas, y heladas.
Pero hacía lo posible por ignorarlo.
Puede que la muerte inminente y probable nos invite a
meditar en nuestras vidas y en las leyes del Universo –por lo
menos, en las novelas siempre era así-, pero lo cierto es que,
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cuando está cerquita pero mirando para otro lado, uno trata
de llamar lo menos posible la atención de la Dama.
Así que se acomodó en el sillón del escritorio, se
afirmó como pudo, y trató de leer un poco.
Lejos de allí, en Lima, en la pequeña pieza de un
primer piso a mitad de camino entre el Puente y la Plaza de
Toros, un hombre, gris de años, con rasgos de gringo y ojos
azules de chimpancé, hizo un gesto con su mano derecha,
como retorciendo el extremo de un hilo que colgara sobre su
cabeza, mientras que con la izquierda acariciaba una bola
imaginaria sobre su pié izquierdo.
El Universo cambió. No fue lo que estaba destinado
a ser. Se transformó en otro, aunque no mucho más distinto.
En el nuevo, una mariposa que mantenía cerrado el
tambucho de proa de un buque en pleno Golfo de Penas no
estaba apretada, sino floja. En este nuevo universo, también,
el reloj pulsera de Ricardo Urióz, primer oficial de máquinas
de dicho buque, cayó del escritorio al piso y entregó su alma
electrónica al Creador cuando fue, a su vez, pisado por el
propio Ricardo Urioz al levantarse del sillón dónde leía.
Por lo demás, todo era exactamente igual.
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SAN ANTONIO, CHILE:
Finalmente, cuando el temporal dejó de torturar al
buque, el primer oficial de máquinas durmió seis horas y
descansó en ellas lo que en veinte. Un sueño, que estaba un
milímetro más acá del estado de coma, lo había mantenido
en la cucheta inmóvil, inconsciente, sin sueños y sin vueltas,
y no lo había abandonado hasta que no hubo recuperado un
mínimo de fuerzas. Físicas y nerviosas.
Apenas hubo desayunado, y antes de haber podido
bajar a máquinas, lo llamó el primer oficial de cubierta por
teléfono. Quedaron en encontrarse en cubierta, a babor de la
bodega cuatro.
Luego de la noche y la tormenta, el día era un retrato
al óleo de la Gloria, aunque toda la dicha que sintió al recibir
el fresco aire de la mañana y contemplar el agua verde y
mansa (blancas aves de nombre desconocido planeando
sobre su cabeza, el sol dorando el filo de las nubes, el
horizonte enchapado de oro y rojo), toda la alegría se le vino
abajo al ver la cara del otro Primero. Era una cara sin brisas
ni aves ni sol. Por el contrario, era la que Ricardo clasificaba
como la de “Grande e Irreparable Cagada”, precursora
siempre de malas noticias, mal rato, y sobre todo mucho
trabajo. Algo había pasado, y, en el pálido susto del rostro
que venía a contárselo, se daba por descontado ya el jaque
mate.
-Vení. Mirá. A ver qué podemos hacer...19
Cuando llegaron a proa, a Ricardo le brotó un silbido
largo y sorprendido, que fue perdiendo fuerza lentamente, al
ver la fila de proa de los contáiners trincados sobre la tapa de
la bodega uno. Estaban todos abollados por delante, incluso
los que habían sido estibados más alto. No era difícil
imaginarse un puño de un metro de alto golpeando y
hundiendo el metal (claro que también había que imaginarse
que el metal era el aluminio de las latas de cerveza, en lugar
de la chapa real, de acero perfilado).
Los golpes de mar de la noche pasada, en proa,
debieron de haber sido todo un espectáculo.
Pero el problema que los traía allí parecía estar más a
proa. Con las manos en las caderas, el primero de cubierta
miraba hacia abajo por el tambucho que daba al pañol del
contramaestre. Ricardo se acercó, y miró también.
-Mieeeeeeerda....-soltó bajito el de máquinas.
Lo que había sido un prolijo pañol, con latas de
pintura y de grasa en sus estantes, bidones, pinceles, cabos,
cuñas, cadenas, bolsas de jabón en polvo, cemento
fulminante, estopa, trapos, material de estiba, herramientas,
etc., todo perfectamente acomodado y ordenado, se había
transformado en un natatorio. El agua llegaba a cincuenta
centímetros del techo, y en ella (que ya no era tal, sino una
sopa de querosén, pintura, soda cáustica, detergente y aceite,
con agua) flotaban y navegaban tirantes de madera y
tablones. Ante la tácita pregunta, el otro explicó.
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-Deben haberse olvidado de apretar alguna
manigueta. Los golpes de agua atacaron la tapa, las
maniguetas que quedaban no aguantaron solas, se fueron
rompiendo una a una, y al final una ola voló la tapa al carájo.
Debemos haber estado embarcando agua toda la noche.-Qué desastre...-Y eso no es lo peor. MiráIluminó con la linterna, agachado, el fondo del pañol.
Ricardo recordó entonces que todo el control eléctrico, los
fusibles y la alimentación de alta tensión a los cabrestantes
de anclas y amarre de proa se encontraban en un gabinete en
ese mismo pañol. Trató de encontrarlo, arrodillándose y
bajando la cabeza (“como mono espiando un sótano” le
vino a la cabeza, sin mucho humor), y vió el armario que
contenía los tableros eléctricos casi totalmente sumergido,
abierto de par en par, y siendo demolido por las maderas
flotantes que lo golpeaban como arietes a cada rolido.
Las anclas y los cabrestantes de amarre estaban
muertos, comprendió. Bien muertos.
-Podemos fondear en caso de necesidad- le dijo al
primero de cubierta, pensando en la posibilidad de soltar
mecánicamente los frenos eléctricos que retenían a las anclas
–pero olvidate de volverlas a virar. Donde fondeamos,
quedamos-¿No se puede hacer nada, no?-Únicamente...lamentarlo mucho21
De modo tal que el buque, cuyo plan era fondear en
rada un par de días esperando turno, cargar y zarpar de
inmediato, entró directamente a un muelle de poco
movimiento, amarró con mucha dificultad, y permaneció en
San Antonio varios días, en espera de repuestos y del fin de
los trabajos de reparación de sus cabrestantes.
Cuando el trabajo se lo permitía, Ricardo disfrutaba
bajando a tierra solo, de día, y sin rumbo fijo. Caminar
despreocupadamente entre personas que, sin duda, iban y
venían por allí con objetivos definidos, lo hacía sentirse
partícipe de la vida normal de tierra y, a la vez, ajeno. Rozaba
piel con piel contra una humanidad que lo asimilaba y a la
cual él gustaba de creer que comprendía pero, al mismo
tiempo, su falta de razones para estar allí, su desarraigo, su
mirada sin urgencia, lo envolvían en la burbuja impenetrable
de lo intrínsecamente ajeno. Era el único que no tenía un
objetivo, que no tenía nada concreto que hacer, nadie que
visitar, ni nadie que lo esperara. No lo empujaba el comercio
local, ni la política, amigos parientes o dioses de los otros
seres humanos a su alrededor. Si dejaba de hacer lo que
hacia, o cambiaba de dirección, nada cambiaría, ni para él ni
para los otros.
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-“Ser y no ser, esa es la cuestión”- sonreía por dentro,
sintiéndose casi un fantasma, un ser humano como todos y,
al mismo tiempo, nadie.
Como una ficha de dominó en un tablero de ajedrez.
No era algo desagradable, por supuesto. Era una
condición pasajera y voluntaria, que cesaría cuando él lo
quisiese, así que podía darse el gusto de experimentar su
extrañeza cuanto lo quisiera, sin riesgos. Además, pocos de
aquellos que a su alrededor engranaban perfectamente con la
sociedad podían lucir la sonrisa, o la parsimonia, del marino
en su día franco.
Caminando así hacia el centro de San Antonio,
entibiándose al solcito, lo irritaba la sensación de que la
ciudad le resultaba parecida a otro sitio que conocía, pero sin
poder precisar a cuál. Entretuvo su paseo en descubrir el
molesto lugar que se escapaba de su memoria. Tan sólo al
llegar al final del paseo costero, y contemplar la pequeña
bahía apretada entre una loma empinada y las calles oblicuas
del pueblo, cayó en cuenta de que lo asociaba con Portofino.
Y casi se ríe. Nada más lejos del caro y falsamente típico
puertito italiano, que la pragmática ciudad sudamericana en
donde se encontraba. Nada de cruceros privados ni joyerías,
perfumes caros o autos arrogantes en San Antonio: apenas
unos pesqueritos pulidos por el mar y el clima, y un muelle
de artesanos.
Y aún así, aún así...tuvo que admitir que el terreno
era parecido, la vegetación similar, y que los ángulos
irregulares de las calles no diferían mucho. Quizá hubiese
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alguna asociación posible entre el snob reducto italiano y el
puertito enquistado en la costa chilena. Habría que ver. Por
algo había aparecido en su cabeza. Por un lado Portofino, un
lugar donde el turista humilde, al codearse con el dinero que
luce su ocio, no sólo se siente fuera de lugar entre los
aristócratas sino que, para colmo, no encuentra por ningún
lado a nadie más humilde que él, pasando así a sentirse el
primer eslabón de la cadena alimenticia. Y por el otro San
Antonio, que no.
Quién sabe: quizá asociar no fuese otra cosa que
hacer abstracción de las diferencias entre dos cosas, hasta
llegar a encontrar algo común entre ambas. Si uno viaja
mucho, si uno mira mucho, pensaba Ricardo, es inevitable
volverse cada vez más difícil de encandilar por la maravilla
de la novedad. Porque al principio –recordaba
perfectamente- buscaba y se dejaba seducir por todo lo
diferente que aparecía en sus viajes. Lo apasionaban Las
Diferencias. Pero, cuando la novedad dejó de serlo, y su
trivialidad quedó al desnudo, fueron siendo cada vez más
aparentes las cosas universales.
A la fecha, se maravillaba más con lo igual que con lo
distinto. Y, tal vez, sus sorpresas y entusiasmos tendrían
origen en la intuición de estar al borde de descubrir, de
confirmar, que, tras el velo de lo contingente, todo es Uno y
lo Mismo.
...pero Portofino y San Antonio... ¡Dejáte de joder!
De cualquier forma, la mañana corría, perfumada y
seca, mientras Ricardo recorría placitas, remontaba calles,
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disfrutaba con los aleros de la estación de tren, y curioseaba
lo pescado por otros. Para cuando llegó al mercado, y
mientras miraba intrigado unas cosas parduscas, secas y
medio aterciopeladas, que luego averiguó eran algas
comestibles, el hambre lo empezó a molestar.
Distraído, lo había ignorado hasta entonces. Pensó
que, si no podía seguir ignorándolo más, debía ser casi la
hora de comer. Eso podía ser un problema. Quería almorzar
a bordo, ya que a las 15 se iban a hacer las pruebas de los
cabrestantes, y no le gustaba la idea de volver corriendo al
puerto luego de almorzar bien en tierra. Miró su muñeca, y la
mancha pálida a su alrededor le recordó que ya no tenía
reloj.
Preguntó la hora. Eran veinte minutos más tarde de
lo que creía, y ya vergonzosamente tarde como para comer
en el buque. Puteando –a nadie ni a nada en particular- por
la falta de su reloj, sin el cual le era muy difícil calcular
cuánto había caminado y cuánto le faltaba para volver
tranquilo, buscó un lugar donde almorzar cerca y pronto.
La estación de tren estaba casi sobre la playa, loma
arriba. El edificio se prolongaba hacia el mar en una especie
de enorme balcón cerrado, construido sobre pilotes
hundidos en la arena, y en él funcionaba un restaurant de
mariscos. Los paneles del cerramiento de este balcón,
hechos con innumerables rectangulitos de vidrio (en lugar de
los modernos ventanales de cristal blindado) mostraban un
cierto desprecio por la perpendicularidad que le recordaba a
las popas de los galeones de Hollywood. Y ya fuese que ello
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apeló al encanto de las películas de Erroll Flynn que lo
fascinaban durante su infancia, o porque el olor que
provenía de la cocina se impuso a cualquier otra decisión
consciente, el caso es que Ricardo entró en el comedor, que
descubrió (para su alivio) saludablemente atestado de gente
que mascaba con alegría.
Uno de ellos, solo en una mesa del fondo, era del
buque. Cuando reconoció a Ricardo, lo invitó a sentarse.
Ricardo, siguiendo su consejo, pidió un plato de lo que el
otro estaba comiendo (una sopa espesa, o guiso chirle, de un
nombre raro que olvidó apenas ordenado), y medio litro de
blanco de la casa.
A medio consumir ambas cosas ya se sentía
reconciliado con el mundo. El restaurant tenía los detalles
(los buenos y los malos) de una casa de familia. La vista al
mar a través del cristalero era deliciosa, y la charla con Julio,
delirante y profunda.
Tan satisfechos quedaron con el sitio –y el blancoque decidieron ir a pagarle en persona a la dueña para
manifestárselo. Era una mujer amplia y activa, que
conversaba con varios clientes a la vez desde detrás de la caja
y que, ante las felicitaciones por la comida, la atención y el
ambiente, no pudo menos que imponerles una bebida de
despedida por parte de la casa, aunque fuese sólo un vino y
de parados.
Junto a ellos, un par de ancianos consumían, sin prisa
pero sin pausa, sendos vasos de tinto, callados y como
pensando. Uno al fin se arriesgó a adivinar si los señores
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eran marinos y argentinos, y, al confirmársele que sí, sonrió
triunfante al otro, como si quedase finalmente zanjada una
larga y obstinada discusión.
Julio, por cortesía, averiguó que ambos viejos eran
(fueron) arrieros, mal jubilados y sedentarios ya para
siempre. Poco a poco, la comunidad entre viajeros (unos por
los páramos de piedra, los otros por el agua interminable)
fue encontrando temas de charla y, eventualmente, pareció
necesario invitarse mutuamente con otros vasos de vino,
tanto como para poder brindar y dejar formalmente
establecida la mutua simpatía.
Después, Ricardo se entretuvo escuchando, durante
un largo rato, las descripciones de la severa sequedad del
norte de Chile, enterándose de las rarezas que ocurrían en
esa feroz ausencia de humedad. Uno de ellos contaba, por
ejemplo, que en un cierto lugar, donde se había registrado un
promedio de lluvias de cero milímetros durante los últimos
cien años, había llovido –vaya uno a saber por qué- durante
dos días seguidos. La sorpresa de los habitantes no terminó
allí, sino que aumentó los días que siguieron al chaparrón, al
ver verdear y florecer arenales y pedregales que habían
estado muertos desde antes de nacer sus abuelos.
-Pero las semillas...-empezó Ricardo, no entendiendo
si habían estado latentes cien años, o si fueron traídas por los
vientos que trajeron la lluvia, o si, tal vez, el mismo milagro
que produjo las nubes se extendió un poco más y sacó vida
de la nada. Pero fue perdiendo interés en el asunto al volver
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a extrañar el reloj en su muñeca. Se disculpó y procuró
averiguar la hora.
Ya quedaba poco tiempo, de modo que se despidió
de todos y tranqueó hacia el buque, tratando de cortar
camino por calles más o menos diagonales.
Cegado por el sol del mediodía, adormilado por el
almuerzo y el vino, venía bajando por una callecita muy
empinada que suponía lo acercaría al puerto, dejándose
apurar por lo fácil de la pendiente, cuando se llevó por
delante a una mujer que salía de una casa. Ella parecía igual
de apurada que él, y no menos encandilada, ya que salía de
un zaguán ensombrecido.
De la colisión resultaron algunos grotescos intentos
por no perder el equilibrio (la pendiente de la calle no
ayudaba), y un desparramo de papeles que volaron de los
brazos de ella y quedaron a merced de los vientos
patagónicos.
Ricardo hizo lo que pudo por disculparse y correr
agachado al mismo tiempo, recogiendo las hojas que podía y
pisando desprolijamente a las que no. Para cuando terminó y
vió lo que tenía entre manos (un desorden pisoteado y
arrugado de hojas sucias) pensó que, quizá, hubiesen
quedado mejor si se los hubiese llevado el viento. Así y todo,
se las alcanzó e intentó otras disculpas. La mujer, confundida
por la catástrofe de sus papeles, atinó a contestar, no muy
convencida, que la culpa había sido de ella, y que todo podía
dejarse como estaba. En cualquier caso, era evidente que
para ambos se estaba haciendo tarde y, tras una incómoda
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despedida, una subió y el otro bajó por la calle, rápidos
como el disimulo.
Ricardo llegó a tiempo para la prueba de los
cabrestantes, que resultó un fracaso. Murphy era un genio,
pensaba, mientras miraba las ruinas fundidas de lo que había
sido el bobinado del motor del cabrestante, quizá uno de los
pocos componentes del equipo que no había sufrido daños
durante la tormenta. Por lo menos, no daños visibles. Algo,
aparentemente, lo había dejado sentido por dentro (alguna
fisura en el barniz, un poco de humedad, una puesta a masa),
algo que, teniendo las protecciones en servicio y operando,
no habría pasado de ser una contrariedad. El motor se
hubiese desconectado automáticamente, todos sabrían que
había algún problemita, y la cosa no hubiese pasado de allí.
Pero, mal reparado el tablero, no se dispararon las
protecciones, ni se soltó el contactor cuando se pulsó el
botón de parada. El pobre animalito siguió reventándose un
par de segundos más hasta que volaron los fusibles y se
desmayó, pero, por supuesto, para entonces ya era
demasiado tarde. Aunque Ricardo no hubiese sido
informado del desastre por el acre olor que flotaba pesado
por sobre toda la proa, la expresión de “grande e irreparable
cagada” del electricista hubiese sido más que suficiente.
-¿Cuánto tiempo?- le preguntó, resignado, al del taller
-Dos, tres días más. Con mucha suerte- le respondió
el otro, con los puños en los riñones y la expresión de quién
se llenó los carrillos para bufar pero optó por contenerse y
soltar el aire despacito.
29
Ricardo volvió a su camarote, con la comida aún
cerca de la garganta, lleno de malas noticias, y con los pies
latiendo por la caminata apurada hasta el buque.
Rezongando, pensó que lo que mejor le caería en ese
momento sería un café doble, amargo y negro. Pero al llegar
al comedor y ver la mesa destendida cayó en cuenta de que
hacía rato que había pasado la hora de la merienda.
No había agua caliente, la cocinilla estaba fría, y todo
estaba guardado en los misteriosos recovecos a los que
recurrían los mozos para asegurarse de ser considerados
irreemplazables. Y ni siquiera había alguien que fuera testigo
de su despecho (desilusionarse de un café, cuando se lo ha
anhelado y esperado con ilusión y con ansia, probaría la
paciencia de media docena de santos). Así que de nuevo se
dirigió al camarote, sin saber qué hacer. Era temprano para
iniciar una salida nocturna, estaba cansado para salir de
nuevo, tarde para hacer ningún trabajo útil, y no tenía cartas
que escribir ni ganas de leer.
Se confesó harto de San Antonio, de los
cabrestantes, y de la madre que los parió. Y concluyó, con
esa lógica retorcida de los contrariados, que la culpa de todo
la tenía el reloj –o su ausencia-. Decidió cenar a bordo,
temprano, irse a dormir, temprano, y, en la primera
oportunidad que tuviese de volver al pueblo, comprarse uno
nuevo.
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La primera oportunidad fue día y medio después,
cuando dejó su guardia, organizó los trabajos del personal de
máquinas, y pudo volver a salir.
La oferta de relojes era bastante limitada (“a ver
cómo asociás esto con Hong Kong, o Yokohama,...”) pero
llegó a encontrar algo parecido a lo que había pisado, a un
precio aceptable. Entró al negocio sin apartar los ojos del
reloj de la vidriera –para no tener que volver a salir a
buscarlo y volver a entrar como un bobo- y, tras saludar,
pidió que por favor se lo mostraran. Recién entonces miró a
quién lo atendía, y reconoció a la mujer a quién había
topeteado y estropeado los papeles dos dias atrás.
Es sabido que algunas personas están dotadas de una
habilidad especial para salir airosas de situaciones
incómodas, pareciendo siempre saber exactamente qué decir
y cómo actuar, no importa qué tan inesperado o extraño
fuese el percance con el que tuviesen que tratar. Bueno,
Ricardo no. El se quedaba callado, mirando, sonriendo, y
dudando al mismo tiempo de que correspondiese mirar y
sonreír. Y eso cuando tenía suerte y no lo acometía la
inspiración de una frase ingeniosa, porque esas veces, si, la
catástrofe era absoluta, y la incomodidad, intolerable.
Aquella vez, por suerte, no habló. La vendedora sí,
tomándose en broma el choque del otro día y consiguiendo
poner en marcha una charla liviana y más distendida.
Mientras duró el proceso de apreciar, probar, y pagar
el reloj, tuvieron tiempo para comentar que Ricardo era
marino, oficial de máquinas, desilusionado de amores y poco
31
amigo del fútbol, mientras que ella, además de atender la
relojería, era periodista free-lance para un par de diarios de la
zona, y el único sustento de un par de hermanitos menores.
Ricardo, entonces, temió que tanto interés naciera
de la idea de aprovechar y escribir algo sobre la vida de los
lobos de mar (¿qué tantas otras cosas sobre las cuales
escribir podía tener una vendedora de relojes de San
Antonio?), y como sabía que, al ser la vida de los lobos de
mar un verdadero bodrio, los articulistas se sienten siempre
justificados al agregarle algo emocionante de su propia
cosecha (un poco de “extracto de Salgari”, decía él) haciendo
que la cosa terminara siempre en un mamarracho híbrido y
falso, hizo lo posible por llevar la charla hacia las cosas de
ella.
Modesta, al principio se resistió a hablar de sí misma,
alegando que, para un hombre acostumbrado a recorrer el
mundo y los mares tormentosos (“¡Ahá!”), su vida de pueblo
debía parecerle aburrida. Pero terminó por decidirse y
explayarse.
Y sobre todo a explayarse. Demasiado. Mucho. Para
cuando Ricardo consiguió salir de la relojería, el nuevo reloj
en su muñeca izquierda le informó que hacía más de una
hora que ya era suyo, mientras que un sobre en su mano
derecha lo sumía en esa perplejidad, entre divertida y
fastidiada, que nos asalta al darnos cuenta de que, sin saber
cómo, nos hemos metido en un lío insólito y grotesco.
Volvió al restaurant de mariscos, consolándose al
pensar que, después de todo, cualquier sacrificio fue poco
32
con tal de escapar de las maniobras y emboscadas de la
mujer. En efecto, en cierto momento de la charla, Ricardo
(que siempre fue un discapacitado en lo concerniente a los
sobreentendidos sociales y las indirectas) tuvo una
iluminación, y supo que habían malinterpretado su interés en
la vida de la vendedora. Y que fue demasiado mal
interpretado. Supo que dicho interés no había sido mal
recibido (es más: era indudablemente correspondido), y que
ciertas frases, que hasta el momento habíanle pasado
desapercibidas, eran gruesas indirectas de que sí, sí, ella iba a
decir que sí si se la invitaba a cenar, a bailar, o a lo que fuese.
Y si era a lo que fuese, mejor. Ricardo había orejeado sus
naipes entonces (cuando cayó en cuenta, se entiende),
estudiado el juego sobre la mesa (los kilos, los años, y el
monótono zumbido de lugares comunes), y se había ido al
mazo.
Lo hizo, cometiendo un error en la urgencia del
momento, escapándose por el tema de los papeles pisados.
Se enteró así de que la señorita free-lance (“changas”,
tradujo él para sí) mantenía correspondencia con varios
colegas, remitiéndose entre ellos artículos “en crudo” sobre
temas de su zona, que cada uno ampliaba y glosaba en su
periódico local. El arreglo les permitía tener siempre algún
tema sobre el cual escribir –nadie puede ser creativo todo el
tiempo, ¿no?-, y tener algo de difusión en el exterior. El que
editaba algo escrito sobre la correspondencia de otro firmaba
con ambos nombres, compartiendo los méritos, y todos
contentos. Los papeles que Ricardo había echado a volar el
otro día resultaron ser cartas sin ensobrar para varios
33
escritores conocidos, producto, parecía, de varios meses de
trabajo e investigación.
Casualmente, ella tenía allí mismo dos que, por haber
tenido que tipearlos de nuevo (él no preguntó por qué; si hubo
algún reproche indirecto, no iba a darle el gusto de
reaccionar con una disculpa), se demoraron y no pudieron
salir por el correo junto con las otras. Una era para Lima.
¿Ud. no va para Lima, ahora? ¡Pero qué casualidad! ¿No quisiera
llevarla? No, no importa que por barco tarde más, si de esa manera me
quedo más tranquila de que no se pierda. Fíjese que, además, así va a
conocer a Leonel Millán, un notable escritor y amigo peruano, que
seguro seguro que lo recibe como los dioses. Vaya, vaya: vaya de parte
mía, va a ver qué bonísima persona es el señor Millán, y qué bien que
lo agasaja si le menciona mi nombre.
Y allí estaba Ricardo, engullendo sus mariscos y
preguntándose por qué carájo había aceptado un encargo
que, sin duda, lo fastidiaría y le haría perder parte del poco
tiempo libre que tendría en tierra, en una ciudad que nunca
le había gustado mucho, de parte de una mujer que no le
interesaba nada, y para un tipo que, sin duda, debía de ser un
pedante insufrible.
Porque soy un bolúdo, concluyó.
Y lo confirmó cuando, tras considerar la posibilidad
de tirar la carta al agua y librarse de toda la molestia con total
impunidad, tuvo que admitir que no, no iba a poder hacerlo.
Un bolúdo, se repitió.
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LIMA:
-Yo no sé cómo hacen para tratar de vender Lima las
agencias de turismo. Es más: no sé si hay alguna que se
atreva.
Lo único que le ofrece al turista son el pasado y los
incas. Si no hubiese habido incas, y los españoles no se
hubiesen tomado el trabajo de construir esos mamotretos
que les gustaba tanto construir, tendrías sólo Lima. Y con
Lima sóla, no sé si hubiese habido algún turista, jamás.
Claro que para nosotros los barqueros, que somos
turistas a la fuerza (o que no tenemos nada mejor que hacer
en nuestro tiempo libre), la cosa es distinta. No se trata de
elegir o no, ni de si nos gusta un lugar para pasear o no.
Como no tenemos más remedio que ir a sitios donde el
turista típico no iría jamás, ni gratis –suponiendo, además,
que estuviese enterado de que existen- tenemos que sufrir,
además, la maldición de que, cuanto menos interesante,
agradable y civilizado es un puerto, más larga es siempre la
estadía del buque. Así que rebuscamos, damos vueltas,
preguntamos, y siempre terminamos por encontrar algún
lugar que vale la pena conocer, o, por lo menos, a donde ir
para escaparse un poco del barco.
En Lima no es fácil, te digo: no es fácil. El puerto, El
Callao, es un lugar pobre y desamorado. Suele haber escasez
de agua, así que todos los vidrios están opacos de polvo, y
las calles, sobre todo las que están alrededor del puerto,
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hieden a orina milenaria. Es una zona peligrosa, donde no es
raro que te asalten. Allí se consiguen muy buenas artesanías
de recuerdo cosidas a mano, con sutura y en el propio cuero
de uno. Hay muchos kilombos cerca, como el Ana´s Bar –
que tiene más recuerdos marítimos en las paredes que el
museo de la marina mercante de Amberes, dicho sea de
paso-, pero son sórdidos, roñosos, berretas. Las chicas,
pobres, hacen lo que pueden, pero, la verdad, si tuvieran que
ejercer el oficio en cualquier otro país, se mueren de hambre
las pobrecitas...
Si uno consigue salir de las calles de cerca del puerto,
pasa de largo por los kilombos, y llega al centro del Callao, la
cosa no mejora mucho: olor a comida frita en aceite de
algodón, grasa de pollo, basura vieja, veredas atestadas de
vendedores, y mucha pobreza, mucha decrepitud en todo.
Mugre. Uno busca con apuro un transporte y, en ómnibus,
en guagua, o en taxi (pero para el taxi hay que ser de veras
corajudo) se huye a Lima o a Miraflores.
Algunas veces parábamos a mitad de camino, en los
mercados indios, para comprar platería o tapices, pero la
verdad es que comprar, por más que el regateo y la “caza” de
piezas lo hagan divertido un rato, te entretiene apenas una o
dos veces. Después es un fastidio.
Yo prefería ir a Miraflores. Está bien: será sintético,
será de utilería, será un ghetto de acomodados, y no tendrá
color local ni sabor típico, si, pero está limpio, es elegante, la
higiene de los alimentos no te saca el hambre, y el asalto es
un poquito menos frecuente.
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Claro que, por la época que te cuento, uno podía
quedar mezclado con el revoque en cualquier momento si
daba la casualidad de que estuviese cerca algo que los
terroristas quisieran borrar del mapa, pero, te digo, hay que
haber conocido el centro del Callao de noche para entender
que valía la pena correr el riesgo.
Sin embargo, hubo un día que cambié Miraflores por
el centro de Lima. Charlando en el desayuno con Ricardo
Urióz, supe que pensaba pasar el día turisteando por Lima:
tenía unos datos, unos folletos, y una dirección donde
cumplir un encargo. Me tentó lo del turismo y me prendí en
la salida; aunque Ricardo era de máquinas y yo de cubierta
(ya sabés, aquella vieja rivalidad...) nos llevábamos bastante
bien. Además, yo era segundo: con esos horarios de guardia,
no me podía llevar mal con nadie. Ni ver a nadie, si vamos a
eso. Y Ricardo era un tipo muy agradable a la hora de pasar
el rato.
Me acuerdo de que salimos apenas desayunamos, y
de que pasamos una mañana interesante y distinta dando
vueltas por el centro. Hicimos el recorrido por la Catedral
(“¿dónde está la cabeza de Pizarro?” y todo eso), del Museo
del Oro, el Mercado Azul y, tras terminar de agotar los pies
por las peatonales, fuimos por unas hamburguesas a plaza
San Martín.
Andábamos con suerte. El día estaba fresco, brillaba
el sol (cosa rara, porque no por nada Lima tiene el apodo de
“la triste”), encontramos un par de lindas piezas de plata a
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buen precio, y, en fin, nos olvidamos por completo del
buque, que no es poco.
Habíamos dejado el Puente, La Alameda, y la Plaza
de Toros para la tarde, porque quedaban cerca del lugar en
donde Ricardo tenía que entregar su encargo. No me gustaba
nada, y se lo dije varias veces: si la visita se alargaba, y se
ponía el sol, la única forma segura de volver al puerto iba a
ser en taxi, y esa aventura a veces terminaba atrás de un
cerro, con el taxista y sus amigos apuntándote.
Me dijo que no me preocupara, que el cansancio lo
había hecho cambiar la categoría de su visita: decidió que iba
a ser más cartero que invitado. Tocar timbre, entregar los
papeles, estrechar la mano, y al barquito.
Yo no estaba muy convencido, pero le hice caso. El
sol estaba tan lindo que se te hacía cuento que alguna vez iba
a ser de noche. Así que fuimos al puente, y paseamos por la
Alameda.
¿Nunca te lo imaginaste? De veras, en serio: ¿nunca?
Cuando escuchabas la canción de La Flor de la Canela, ¿no
te metía en la cabeza Chabuca Granda un sitio hermoso,
perfecto para el romance, delicado, donde la naturaleza y la
arquitectura componían una especie de poema parquizado?
Yo, te cuento, tenía casi un Watteau en la mente, te juro. La
realidad, el puente desconchado y ordinario, el río de menos
de un metro de ancho y con las orillas llenas de basuras
plásticas, la Alameda que en sí era apenas una vereda
enrejada, con banquitos de cemento y vista a los frentes de
las casitas, todo, todo cayó sobre mi fantasía y me la hizo
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pelota. Me sentí estafado y, te juro, un poco triste. Ricardo
me dijo que no sólo compartía mi pena, sino que se sentía,
además, indignado. El problema era que no se decidía si
estaba indignado con Lima, con Chabuca, o con él mismo
por ser tan pajarón.
Después nos perdimos un poco buscando la plaza de
Toros –que conocimos nada más que por rigor turístico, ya
que a ninguno de los dos nos importaba mucho-, y
finalmente nos perdimos muchísimo, buscando la dirección
encomendada a Ricardo.
Él, nervioso, se puteaba bajito. Yo, demasiado
nervioso, me callaba la boca. Hasta que llegó un momento
en que decidimos dejar todo para mañana, y fue entonces
cuando nos dimos cuenta de que era tan difícil entregar la
carta como salir del barrio. No encontrábamos taxi (y en
Lima es raro, porque lo difícil es encontrar un auto que no lo
sea), y el lugar se fue poniendo tan feo, tan pesado, que
optamos por no preguntar ya más direcciones para no seguir
publicando por todos lados que éramos dos extranjeros
indefensos. Hicimos lo que pudimos por pasar
desapercibidos y orientarnos como pudiésemos y, la verdad,
no pudimos. Fue por pura casualidad que al doblar una
esquina dimos con la calle del encargo. Vimos la salvación en
el tipo que recibiría el sobre, y apretamos el paso –un ojo
puesto en los números de las casas que íbamos pasando, y el
otro en los recovecos de las puertas- hasta que encontramos
la dirección.
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La casa a donde llegamos estaba en el fondo de un
pasillo largo, angosto, y feo. Mientras pensaba en lo
problemático que iba a ser todo si no encontrábamos a nadie
en casa, y alguien, atraído desde la calle por nuestro aspecto,
decidiera cortarnos la salida del pasillo, Ricardo golpeó y, por
suerte, lo atendieron.
Salió a atender un viejo gordo, de camiseta
musculosa y bragueta abierta que, cuando se enteró de lo que
nos había traído por ahí, se emocionó y le dio como un
ataque de hospitalidad (Cuando me acuerdo del tono de
maravilla con que repetía lo de “llevado hasta allí” me doy
cuenta, tarde, de que se no emocionaba por lo amable de
nuestro gesto, sino porque sabía lo remoto y peligroso que
era “allí” para los turistas). Insistió en que nos sentáramos,
que probáramos aunque fuese un bocado de algo que estaba
comiendo (ya ni sé qué), que bebiéramos una copa, que
fumáramos algo...tan ansioso estaba por que le aceptáramos
algo suyo, que empecé a ilusionarme con que, en una de
esas, tuviese una hija.
Pero no tenía. El tiempo pasaba como los bomberos,
y el poco sol que quedaba se puso colorado y se murió
violeta. Codeé a Ricardo y él, como pudo, se paró, mintió
algo sobre las guardias a bordo, agradeció la atención del
gordo, y le pidió que, por favor, nos ayudara a volver al
Callao.
Hete aquí que no sólo nuestro huésped no tenía
vehículo de ningún tipo, sino que su entusiasmo se marchitó
en el mismo instante en que sugerimos que quizá podía
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acompañarnos hasta una esquina transitada donde encontrar
un taxi. Se disculpó. No podía salir de casa. El tipo esperaba
visitas, fijáte vos.
Si, claro.
Nos hizo un planito (¡Un planito!); si lo seguíamos,
nos aseguró, no podíamos tardar más de quince minutos en
llegar a la avenida. Y quince minutos es poco, sí.
Tratá de pasarlos abajo del agua...
Pero, no habiendo más remedio, tragamos saliva, nos
despedimos, y salimos a la noche.
Íbamos bien. Me acuerdo que, cuando en una de
tantas vueltas, vi la avenida, ya me sentí prácticamente a
bordo. Casi estábamos ahí, sin incidentes ni disgustos: en
pocos minutos estaríamos respirando hondo en el asiento de
un taxi y riéndonos del susto que habíamos pasado. Pero
cometimos el error de mirar un callejón que se abría al
costado de nuestra calle al pasar frente a él, y ahí empezó a
estropearse todo.
Cosa de veinte o treinta metros callejón adentro, en
lo oscuro, la poca luz que llegaba de un farol de nuestra calle
nos permitió ver a tres tipos que tenían a un viejo contra la
pared, y lo venían deshaciendo a mano limpia.
Ahora bien, no es cuestión de pretender pasar por
macho ni por héroe: soy el primero en confesar que, frente a
cosas como estas, siempre creí que lo mejor era volverse
autista, escapar lo más rápido posible, y avisarle a gente que
41
estudió y que cobra un sueldo por solucionar estos asuntos.
Me han pegado, sé que duele, sé cómo duele, y sé que nunca
quedás del todo bien si peleás con tipos que viven de eso.
Son malos, son hábiles, y pegan donde a vos te daría asco o
vergüenza hacerlo.
Por salvar el amor propio se puede perder un ojo o
un testículo, cosas que, al final, son mucho más útiles para
vivir que el orgullo. Siempre es un mal negocio. Y,
charlándolo más tarde con Ricardo, me dijo que su primer
impulso fue, también, ignorar el asunto. Ser dos tipos más
entre los muchos miles que ignoraban al viejo, un viejo más
entre los millones que estaban siendo robados o asesinados
ahora mismo... ¿qué diferencia haría nuestra pequeña
indiferencia? ¿Mucho peor quedaría el mundo?
Nah.
Pero había algo en la forma de pegar de los tipos,
algo que los dos vimos, que nos volcó contra ellos por
reflejo. No pegaban para robar, no pegaban para asustar, no
pegaban por venganza...no sé cómo explicarlo...parecían
matarifes faenando. Lo estaban demoliendo como albañiles
tirando
abajo
una
pared,
mecánicamente,
desapasionadamente. Se turnaban un golpe cada uno, y hasta
se podía notar que, mientras uno golpeaba, los otros
estudiaban el lugar y la posición más cómodos para
aprovechar al máximo su turno. Parecían amigos jugando al
pool. Resultaba tan frío y repugnante que, antes de poder
pensar qué carájo estábamos haciendo –y dejar de hacerlo-,
ya estábamos ahí, Ricardo golpeando en los riñones de uno,
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y yo empujando a otro cara contra la pared con toda la
inercia de mi carrera.
Como tuve una suerte bárbara –suerte de estúpido,
creo- el tipo que estrellé se durmió, con la cara hecha un
pecheto con salsa. Ricardo, más suertudo todavía, había
podido conectar su rodilla con la nariz del que se había
doblado por el golpe del riñón y, aunque no le apagó las
luces, logró que se quedara en el piso, hecho un bollito y
pensativo. Me puse contento. No lo podía creer. De estar en
inferioridad de fuerzas, pasábamos a tener la manija. Me di
vuelta para encarar al tercer tipo, al último que quedaba –
éramos dos contra uno, ahora tenía que ser todo un paseítoy ahí me dieron ganas de vomitar, o de cagar, o de mearme,
porque el tipo había sacado una pistola, una cosa cuadrada,
grande, de un color negro aceitoso, y con el agujero más
grande del mundo en la punta.
Pensé “y voy a morirme acá, en este barrio de
mierda...qué bolúdo”. Se me empezó a borronear todo
alrededor, y creo que, si el tipo no se hubiese movido, en
unos instantes más me hubiese desmayado como una mina.
Pero se movió, e hizo lo más loco, lo más chiflado
del mundo. Apuntó al viejo, al pecho, y tiró. Apuntó al que
yo le había hecho la plástica, y tiró. Apuntó al que había
golpeado Ricardo –que seguía de rodillas, pero ya se estaba
levantando- dudó un poco, y también tiró.
Después nos miró, como eligiendo por donde seguir
con su laburo, pero nos quedamos con las ganas de saber
quién hubiera sido el primero (Lo de las ganas, te darás
43
cuenta, fue un chiste). Bueno: resulta que, aunque parezca
mentira, justo en ese momento, el viejo habló. Dijo algo en
inglés, sonriendo (¡Son-rien-do!), y el otro se quedó, como
dudando. Después, de golpe, el tipo enfundó el arma, corrió
callejón arriba, entró en un auto que no vimos, y salió
quemando cubiertas. Era cosa de locos, pero parecía
espantado. Cagado en las patas. De todas formas, no me
sorprendió: todo había sido tan rápido, tan intenso, y tan
ilógico, que yo ya estaba atontado, y aceptaba sin cuestionar
cualquier nuevo episodio de la pesadilla.
Sentí algo en el brazo. Tardé en darme cuenta de que
era Ricardo, que me sacudía y me gritaba algo. Me lo tuvo
que repetir. Entonces entendí, y corrí a buscar ayuda
mientras él se arrodillaba junto al viejo y hacía lo que podía.
Mi viajecito solo por esos barrios, aquella noche,
(“Lassie, el abuelo está en problemas, busca ayuda, ¡corre
Lassie!”) fue otro viaje en el tren fantasma, que no te voy a
contar ahora porque si no esto se nos va a hacer demasiado
largo. Para cuando volví, como a la hora, con dos policías y
la promesa de una ambulancia, el viejo, por supuesto, ya se
había muerto. Ricardo estaba sentado en la vereda de
enfrente, con la espalda contra la pared y la mirada perdida.
De ahí en más, la noche no mejoró mucho que
digamos. La burocracia fue terrible. Bien latinoamericana. La
delegación de policía era de terror, y me parece que nos
salvamos de un par de días de estadía en la cárcel sólo
porque los dos delincuentes muertos eran viejos conocidos
de la policía, y porque al tercero lo agarraron a la madrugada.
44
Lo más raro de todo, por lo menos para mí, incluso
en una noche llena de cosas raras e inexplicables (como lo de
que el tercer tipo, a quién nadie perseguía ni conocía, corrió
como loco, se estrelló contra un cuartel -¡un cuartel, nada
menos!-, se puso a tirotear a los soldados que se acercaron a
ayudarlo, y los soldados, por supuesto, lo cosieron a
balazos), aún en medio de todas esas rarezas, no podía dejar
de preguntarme para qué se había tomado Ricardo el trabajo
de levantar un baldosón de la vereda al lado del viejo. Y
estaba seguro de que había sido así. No pude dejar de
notarlo cuando llegué con los policías, porque lo había
apoyado contra la pared, detrás de la cabeza del viejo, como
si ya tuviese la lápida lista. Además, el hueco en el piso
brillaba, porque se había llenado de sangre y reflejaba el
farol.
Le pregunté un par de veces, pero, cuando vi que
evitaba el tema y que me daba vueltas, me resigné y no
molesté más. Tuve bastante con qué entretenerme entre
sumarios, informes, las preguntas de la Empresa, los trámites
ante el Consulado, y no me acuerdo cuántas bobadas más
(que duraron meses, incluso después de haber vuelto a casa)
así que terminé por considerarlo más un dolor de huevos
que una aventura, y cambié la curiosidad por unas enormes
ganas de olvidarme de todo, y archivarlo profundo y para
siempre...-
............................................................................................................
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Imperceptibles cambios siguieron ocurriendo en el
devenir del Universo. Simplemente, algunas cosas no
ocurrieron como era inevitable que ocurrieran, si bien
siempre fueron cosas muy humildes. Los cambios fueron
mínimos e imperceptibles
Encontraron en el buque un VHS porno que se daba
por perdido hacía meses. A un tendero en Colombia le
gustaron, y decidió comprar, unos vestidos de un
escandaloso color amarillo. Y Ricardo Urioz fue
reconcentrándose más y más en sí mismo, al extremo de no
pisar tierra –ni siquiera el muelle- en Guayaquil. Aunque a
nadie le sorprendía un poco de shock después de lo que
había tenido que pasar en Lima, les resultaba curioso, y les
preocupaba además que, además de estar callado y pensativo
todo el día, cayese en la extraña manía de negarse a ver u oír
a ningún extranjero. Huía de cualquiera que no fuese
argentino, sin disculpas ni explicaciones.
Pero confiaron en que mejoraría con los días, y lo
dejaron tranquilo.
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BUENAVENTURA, COLOMBIA:
El buque estaba fondeado frente a la ciudad, en un
río apretado entre verdes poderosos, desde más o menos las
siete de la tarde.
Antes de las siete y cuarto ya se le había acercado un
bote con veinte o treinta putas que pedían subir a los gritos.
El capitán, en el dilema de desafiar la prohibición de las
autoridades o la exigencia de sus tripulantes, resignado, miró
profesionalmente el disco de Plimsoll de la otra banda. Con
una habilidad increíble, si se tienen en cuenta las polleras
ceñidas y los tacos altos, las chicas treparon por la escala de
gato y fueron recibidas con simpatía y cortesía por los
tripulantes.
Hubo cena, copas, brindis, música a alto volumen, y
baile. Hasta eso de las once, y salvo alguna pareja que se
retiraba solapadamente, la fiesta estuvo animada pero
tranquila. Pero de ahí en más, y menos por las bebidas que
por la diabólica proporción que guardan la cintura estricta y
las ancas poderosas de las colombianas (y el terciopelo de su
acento, sus escotes pródigos y, seamos honestos, el oficio), la
fiesta se desató, el volumen de la música hizo tintinear los
vasos, y, explorando formas más locas de divertirse, todo el
mundo se desparramó cantando y bailando por los pasillos,
hasta subir a la cubierta de oficiales.
En sí, esto era medio tabú. No era que no hubiese
oficiales en la reunión con las chicas (el segundo de
47
máquinas, protegido por un casco de seguridad, bailaba en
calzoncillos sobre la mesa del comedor de los marineros.), o
que hubiese distintos stándards morales según la categoría de
los tripulantes, sino que había una especie de regla no escrita
que decía que se podía festejar todo lo que se quisiera,
siempre y cuando el capitán no fuese testigo de ello, ya que
su obligación era prohibir la permanencia a bordo de las
chicas. El capitán, en un esfuerzo heroico por ignorar la
rugiente bacanal, se había enquistado alto en su camarote
(hasta era probable que se hubiese tapado la cabeza con las
almohadas): llevarle las putas y la cerveza hasta la puerta era
abusar del pobre hombre, amén de correrse el riesgo de que
cometiera un error, saliese del camarote sin darse cuenta, y
los viese sin querer.
El disimulo tiene sus límites.
Aquella vez, sin embargo, el alcohol y la ropa interior
de las chicas, que las empinadas escaleras del buque
revelaban enloquecedoramente, pudieron más que la
prudencia y todos fueron Arriba.
Cuando el oleaje encontró el amplio estuario del
comedor de oficiales amainó un poco. Se destaparon
botellas, se ciñeron talles, se hicieron chistes bravos, y se
estaban empezando a dar cuenta de que iba a ser mejor para
todos si la fiesta seguía en los respectivos camarotes, cuando
una chica vió, a través de los cristales de la puerta, a Ricardo,
que, de overall, salía al pasillo, camino a máquinas.
Imposible evitar verla a ella. No sólo su cuerpo
copiaba la geometría de un reloj de arena, sino que estaba
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encajado en un vestido color amarillo histeria (un amarillo
tan chillón que sería atrevido de usar hasta en un barrilete),
un vestido que empezaba justo debajo del pubis –más o
menos el ancho de una uña más abajo- y terminaba apenas
en el ecuador de su busto. La tela era tan delgada y estaba
tan tensa, que no sólo se notaban las costuras de su ropa
interior, sino que hasta incluso podían contársele las
puntadas.
Lo que ella vió fue a un tipo moreno, pálido,
desencajado, que la miraba con una expresión que estaba
entre la maravilla y el espanto. Le sonrió, lo llamó, y le guiñó
un ojo, en vano.
Indignada por lo que tomó como desprecio, le
preguntó al tipo que tenía más cerca qué le pasaba al
muchacho del pasillo.
-Pasha que vimo una película ce poco- le contestó el
otro con la lengua lerda por el alcohol –en que una mina she
cogía a lo tipo y despué los mataba...y vo so igualita la trís-¿Y con eso?-Y...q´sé yo..- el borracho perdía interés en el tema a
medida que iba ganando interés en el escote de la morena ...anda medio loc. Capá que she cre que si sencama con vo lo
vaja mata. Lo deben haber asustao lo mushasho. So igualita,
so-¡Pero como va a podé pensá eso! ¡Por una película!
¿Le diheron eso y lo creyó?49
-Ta medio loco el pobre. Pero so igualita, igualitagangoseó. Empezaba el borracho a extender las manos, los
ojos profundamente sumergidos en el valle del escote,
cuando Ricardo se encogió de hombros, pareció decidir algo,
y entró al comedor. Se plantó frente a la chica de amarillo, la
miró seriamente a los ojos, y, sin saludar ni nada, le dijo que
dijera lo que tenía que decir.
Furiosa por haber sido usada para una mala broma,
furiosa por el poco interés que despertaba en Ricardo, y
bastante más furiosa por la indiferencia con que éste se había
dirigido a ella (todas las profesiones tienen su orgullo), sin
pensarlo ni dudarlo, le dio una respuesta destinada a lastimar
y vengarse.
-¿Que qué te digo? ¡¿Que qué te digo?! ¡Pué te digo
que es cierto, chico, mira! ¡Es cierto! ¡Todo lo que te han
dicho es verdad!Ricardo, blanco como la panza de un pescado,
pareció a punto de gritar. No encontró aire, y se fue
sentando despacio en un sillón, en donde terminó por
desmayarse, ante la consternación de todos y la angustia
infinita de la chica de amarillo.
Lo llevaron al camarote. Reaccionó enseguida,
pidiendo que lo dejaran solo. No, no necesitaba médico. No,
que ni se les ocurriera decirle nada al capi. Estaba bien:
comió poco, nomás. Le hicieron caso, y siguieron con la
fiesta en el salón de maestranza. Costó un poco, pero al
poco rato renacieron los romances, y en cosa de veinte
minutos se apagó la música, se cerraron las puertas de los
50
camarotes, y un silencio poblado de gemidos se adueñó del
casillaje.
No muy lejos del puerto de Buenaventura –menos de
media hora a pié, caminando despacio- está el hotel La
Estación. Es un edificio blanco, con tres o cuatro pisos
decorados sobriamente, de un estilo pasado de moda hacía
más de un siglo, y con una columnata, (o veranda, o recova)
al frente de toda su planta baja.
En su interior posee una piscina excelente, rodeada
de jardines y sombreada de palmeras. Hace ya tiempo,
alguien de a bordo investigó y descubrió que podía accederse
a la misma, al bar y al restaurant, sin ser necesariamente
pasajero del hotel. Sólo había que pagar una tarifa,
ridículamente accesible. Este valioso descubrimiento se
transmitió oralmente, de generación en generación, y, para la
época de Ricardo, se había vuelto la salida obligada en los
días tórridos de ese puerto.
Ricardo estaba allí, apenas un par de horas después
de amarrado el buque, sentado junto a piscina, y nadando un
poco cuando el calor se hacía insoportable. El capitán y el
Jefe de máquinas lo habían obligado a tomarse el día franco
y a tratar de divertirse, asustados por su reacción de la noche
anterior (El pedido de Ricardo de que nadie se enterara de su
desmayo no pasó de ser una formalidad. El, y todos los
demás, sabían perfectamente que el único secreto que se guarda a
51
bordo es el que a uno le interesa conservar. Todo lo demás se
publica en “La Voz del Escobén” o se transmite por “Radio
Pasillo”, los implacables y fulminantes medios de prensa oral
de la tripulación). No les preocupaba la posibilidad de que le
ocurriera otro hecho violento, porque, si bien Buenaventura
no es ningún suburbio del Vaticano, el hotel era el sitio más
seguro de la ciudad. Y les pareció alentador que estuviera
dispuesto a bajar de nuevo a tierra y a ver gente: que hubiera
perdido su fobia a desembarcar parecía indicar que
empezaba a salir del shock.
Además, le dejaron bien en claro que, o mejoraba, o
se volvía a casa.
El se daba cuenta de lo que pensaban y, a pesar de
saberlos equivocados, los dejaba hacer. Que lo creyesen
medio loco no le molestaba, mientras eso hiciese que lo
dejaran solo y le diesen tiempo para razonar tranquilo.
Ahora, sentado junto a la celeste reverberación del
agua, agitado por haber buceado todo el largo de la piscina,
sorbía pensativo una piña colada y pensaba, tratando de
poner orden y método en algo que parecía tener de todo
menos eso. Había algo sedante en las caricias que el reflejo
del sol en el agua tanteaba en su cara, y hasta las sombras
zigzagueantes de las palmas parecían las banderas de un
peón de vialidad que ordenara disminuir la velocidad mental.
Cuando pudo sentirse, al fin, razonablemente tranquilo, y
sólo entonces, encaró lo que estaba pasando, empezando
por repasar los hechos. No le hacía mucha gracia pasar de
nuevo por todo, ni siquiera con la memoria, pero no parecía
52
haber otra forma de saber dónde estaba parado, y tomar una
decisión acertada, que no pasase por encarar las cosas.
Revivió una vez más, como una pesadilla fastidiosa,
aquella tarde en Lima.
Los hechos previos a la pelea se confundían,
descoloridos e indistintos. La pelea misma se veía a través de
un caleidoscopio sacudido con saña, donde las imágenes de
brazos o caras aparecían y desaparecían tan rápido en la
oscuridad que era imposible decir a quién pertenecían. Sólo a
partir del instante en que el tercer delincuente sacó su arma
la memoria se le volvía precisa, reteniendo hasta el último de
los detalles y mostrándolos en un tiempo raro, más lento y
más definido que el tiempo real.
Volvió a verlo todo. Volvió a contemplar la ilógica
frialdad del asesino, y resistió la tentación de hacer
conjeturas al respecto. Luego vinieron las palabras, las
increíbles palabras del viejo, y su no menos increíble sonrisa,
que habían logrado poner en fuga al otro y salvarles la vida a
él y al Segundo.
Una vez libres del peligro inmediato, y como el otro
parecía tan paralizado como él, se obligó a hacer algo. No
importaba que fuese algo inteligente ni que solucionara las
cosas: bastaba con salir del estupor y poner de nuevo las
cosas en movimiento. A bordo se aprende pronto que la
ansiedad es contagiosa, y que no deja pensar ni salir de los
problemas, ni a uno mismo ni a los que lo rodean. Eso
termina por crear el hábito, que no tiene nada que ver ni con
el coraje ni con la sangre fría, de disimular el propio miedo y
53
exagerar la serenidad -que se está lejos de sentir-, para que
todos puedan concentrarse un poco más en buscar la
solución. Ricardo no era la excepción. Temblando, con las
tripas a punto de avergonzarlo –por ambos extremos-,
comprendió que la única chance que tenía el viejo de
sobrevivir era que él y su compañero se separasen enseguida
(juntos a su lado, o juntos buscando ayuda, iban a resultar
inútiles). Supuso que, ante el escándalo que se había
desatado, los delincuentes de la zona deberían haberse
resguardado prudentemente, y que el que fuese hasta la
avenida no correría gran riesgo. Con falsa serenidad le indicó
al otro que fuese a ver qué encontraba, y él se agachó junto
al herido.
Había poca luz, pero la que había le alcanzó para
darse cuenta de que el otro no tenía muchas posibilidades.
Controlando la náusea y el bajón de presión (nunca había
sido muy bueno en eso de ver sangre), vió que el agujero de
entrada estaba en un lugar alto del vientre (hígado o bazo,
quien sabe), que era muy grande, y que sangraba con fuerza.
No quiso ver el de salida por miedo a romper más al viejo al
darlo vuelta, y porque supuso que no iba a tener forma de
taponarlo ni con un plato de té. Semejante calibre, a tan poca
distancia, debía llevarse un manojo de carne al salir. Si se
desmayaba al verlo, iba a ser de menos utilidad todavía para
el herido, así que lo dejó acostado boca arriba. Arrancó parte
de la camisa de uno de los dos muertos, hizo un bollo con
ella y la colocó bajo el viejo, en el lugar por donde la sangre
que manaba le decía que debía estar el agujero. Confiaba en
que el peso del cuerpo comprimiría la tela y parase un poco
la hemorragia de la espalda, mientras él hacía compresión
54
con la palma de la mano sobre la del abdomen. Si lo
mantenía consciente, si no se ahogaba con sangre (debía
tener hemorragia interna, porque le corría un hilo desde la
boca. Aunque, claro, con los golpes que había recibido antes,
era difícil de saber), si no lo aplastaba al hacer compresión, y
si le paraba un poco la pérdida de sangre, podía ser que
aguantara hasta que llegara la ambulancia. No es que tuviera
muchas esperanzas; simplemente, seguía con lo que estaba
haciendo porque tenía pocas opciones.
No se abría una ventana, no se prendía una luz, no
paseaba una rata ni curioseaba un perro flaco: en el silencio
oscuro del mugriento callejón, el tiempo se medía con los
latidos húmedos del viejo. Ricardo se sintió como
abandonado en un asteroide, o perdido en el centro de la
tierra. Absolutamente solo, con excepción del anciano
moribundo, y de la Muerte, que casi seguro estaba parada
detrás de él, mirándose el Rolex de la muñeca y fastidiada
por la forma en que la hacía perder el tiempo.
El viejo lo sacó de su lástima por sí mismo cuando
tosió, escupió, sonrió y le guiñó un ojo.
-¡Hola! - saludó con un cierto acento gringo.
-¡No hable, por favor, no hable!- atinó a contestar
Ricardo -está herido, y le conviene quedarse lo más quieto
posible. Ya viene en camino la -la ambulancia. Ya sé. No va a llegar a tiempo. No
importa, para lo que hemos venido a hacer, nos sobra con el
tiempo que queda 55
-Shhh...No hable -Hágame un favor: levante esta baldosa -. Ricardo
tardó en darse cuenta de que se refería a una sobre la cual
había caído la mano del viejo al recostarlo. No supo qué
hacer, pero el otro insistió.
-Levante la baldosa. Tengo algo escondido debajo, y
necesito que Ud. lo recupere. Ya ve: me encuentro un poco
indispuesto como para hacerlo por mí mismo - se rió de su
propio chiste, y eso le costó un espumarajo de sangre
impresionante. En cuanto se compuso, siguió como si nada.
-Ya sé que parece raro que sea precisamente bajo la baldosa
que me quedó más cómoda de señalar después de toda esta
batalla, pero es mejor que se vaya acostumbrando a una
nueva clase de casualidades, muchacho- Tosió. Le dolía. -Lo
escondí hace cosa de veinte días, y elegí esta baldosa por
elloRicardo asumió que deliraba. Por ninguna causa iba a
dejar de contener la hemorragia, y mucho menos a
embarrarse las manos cuando más limpias las necesitaba.
Ignoró al viejo, mirando en dirección a la avenida y
deseando que de una vez por todas apareciesen las luces de
la ayuda, pero el otro le apretó el brazo, lo obligó a mirarlo, y
le dijo entre los dientes apretados
-Ricardo Urióz: levante YA esa baldosa-¿co, cómo, como es que...? -Sé su nombre, no deliro, confíe en mí. Vamos a
tener todo el tiempo que nos haga falta, pero no podemos
56
perderlo en estupideces. Levante de una vez la bloody
baldosa Atónito, Ricardo no resitió al reflejo de obedecer y
despegó con dificultad la losa, que apoyó contra la pared.
Debajo vió una bolsa de plástico encintada a conciencia. Al
dársela al viejo, este negó con la cabeza. Cerró los ojos y
suspiró.
-No. Guárdela bien, y escuche, que no estoy para
discursos- Hubo un silencio largo, tan largo que Ricardo
llegó a creer que jamás escucharía lo que el otro había
empezado a decirle. Pero, finalmente, la conciencia volvió al
viejo, que respiró hondo, y volvió a tomarlo del brazo. Para
estar malherido, apretaba muy fuerte.
-No le mencione el paquete a la policía, no hasta no
haber entendido del todo en qué se metió. No sólo yo sé su
nombre: está escrito en todo el documento, y no tiene forma
de explicarle a las autoridades la relación entre mi muerte y
esos papeles, así que escóndalos y léalos a solas.
Esto va a ser difícil para usted. Tendría que haberse
hecho gradualmente, y en circunstancias muy diferentes.
También se tendría que haber hecho dentro de algunos
años...o quizá nunca...pero en fin, las cosas pasaron como
pasaron, y yo he tratado de completar el proceso del mejor
modo posible. Hasta es una cierta alegría comprobar que no
todo...no todo puede controlarse. Je- cada coma, cada punto, era
una honda inspiración sibilante -En ese paquete hay una
libreta que contiene todas las respuestas a las preguntas que
está haciéndose ahora, e incluso muchas más a las que va a
57
hacerse en los próximos días. No voy a adelantarle nada,
porque creo haber previsto todo en ella. Lo único que no
encontrará en ella es esto que voy a decirle y que, como
luego comprenderá, sólo podía decírselo en persona
Oiga bien. Lo que dice la libreta es imposible de
creer. No digo difícil, no digo incómodo: digo Imposible. Es
todo verdad, y yo lo sé, pero también sé que es inútil que le
pida que lo crea, porque no se puede creer. Y como, si usted
no cree en lo que va a leer, todo esto va a ser un sacrificio
inútil, he tomado ciertas disposiciones para que no pueda
leerla hasta por lo menos estar convencido de que, en vista
de lo que le va a pasar, por lo menos me merezco el
beneficio de la duda. Quiero que, cuando la lea, por lo
menos dude.
Lo invito a que trate de leerla cuantas veces quiera:
siempre habrá algo que se lo impida, y, cuantas más veces fracase,
más cerca va a estar de aceptar que cosas increíbles pueden,
y suelen, suceder- Volvió a toser, feo y mucho. Sonó como si
algo de cuero le flamease por dentro -Finalmente, sabrá que
el momento de intentarlo de firme habrá llegado cuando, no
importa a qué país o puerto llegue, la primera persona que
vea le confirme que le he dicho la verdad. Esta persona,
recuérdelo, se va a cruzar con usted por más que trate de
impedirlo- Lo apuntó, divertido, con el dedo -Es más: lo
invito a que trate de evitar todo contacto con gente extraña.
No baje en los puertos, no hable con los proveedores, evite a
los estibadores y operarios extranjeros. Haga su mejor
esfuerzo. No importa. La persona que le mando le llegará en
su momento, y no hay forma de que usted no se cruce con
58
ella. Y para estar más seguro de que la reconozca, he
arreglado las cosas para que se le aparezca...- cabeceó, a
punto de desmayarse, pero levantó alarmado la cabeza, se
serenó, y dijo, mirando a Ricardo con sus ojos azules de
chimpancé -...vestida... de amarilloY se apagó.
Cuando llegó la policía, Ricardo no mencionó el
paquete. Sabía que debería hacerlo pero, argentino al fin y al
cabo, desconfiaba de dicha Institución. En condiciones
normales quizá ni siquiera hubiera pensado en quedársela,
pero, dada la advertencia del muerto, la escondió
profundamente en sus vaqueros, y guardó silencio. Pensó
que ningún daño haría a las pesquisas si leía la libreta
primero y, si veía que no lo incriminaba, la entregaba más
tarde. Siempre podría mentir que, en el shock, se olvidó de
que la tenía.
Decidió leerla cuando terminasen las formalidades de
esa noche, y se acercó al sitio donde habían quedado los
muertos, espiando desde detrás de los policías.
Antes de que taparan el rostro del anciano, y a la luz
potente de las linternas de los agentes, lo miró como para
dibujarlo, para grabarlo en su memoria, en la idea de poder
recordar dónde se había cruzado con ese hombre. Porque,
evidentemente, y aunque no podía reconocerlo, debían
haberse conocido con anterioridad. Quizás trabajaba en el
puerto, o subió a bordo en algún otro viaje como operario
de algún taller. Puede haber trabajado con la agencia
marítima que se encargaba de los trámites del buque, o ser
59
pariente de algún tripulante que le habló de sus compañeros
de abordo...En cualquier caso, era una casualidad
descomunal que vinieran a matarlo justo a su lado, y más aún
que recordara su nombre.
Claro que podía ser al revés, podía ser que lo hubiese
estado siguiendo hasta la casa del gordo, y de esa manera
todo era un poco más razonable. Un poco. Casi nada, en
realidad. Había que asumir que lo había seguido para darle la
libreta, y que lo interceptaron antes. Y que trataron de
sacársela, pero no pudieron porque la había escondido.
La había escondido hacía veinte días, cuando Ricardo
ni sabía que tendría que entregar el sobre.
Aunque, claro, el viejo decía que la había escondido
hacía veinte días. ¿Mentía, deliraba, agonizaba? ¿Y para qué
mentir en algo tan evidentemente falso? ¿O para qué mencionar
siquiera la fecha en que ocultó la libreta?
Esa noche, de todas formas, le fue imposible leerla.
Ni siquiera tuvo oportunidad de cambiarla de bolsillo (ni
siquiera cuando cayó en cuenta de que, si la policía
sospechaba de veras de él y de su amigo, y procedían a
registrarlos, la tenencia de la libreta iba a ser algo muy difícil
de explicar. En pánico, decidió tirarla por el excusado o por
la primera ventana abierta que encontrase, pero los
diferentes trámites lo tuvieron de aquí para allá, y no
consiguió ni siquiera esos minutos a solas para hacerlo.
Quizá fuese lo mejor, pensó: bastaba imaginar lo que pasaría
si tapaba el inodoro con ella, o si la tiraba por la ventana y
caía sobre un patrullero.)
60
Llegaron al buque bien entrada la mañana del día
siguiente, y a lo único que atinaron fue a dormir. Por la
tarde, y parte de la noche, los retuvo el Capitán por lo del
sumario interno y el informe a la Compañía.
Al día
Guayaquil.
siguiente,
temprano,
zarparon
hacia
Durante el trayecto, Ricardo trató varias veces de leer
la libreta. No pudo. Una vez lo llamaron urgente a máquinas
por una pequeña explosión en el tablero eléctrico principal
(seguía, según parecía, la maldición de los cabrestantes. El
agua de la inundación había llenado los conductores
eléctricos por capilaridad, y, como el buque siempre tiene la
proa más alta que la popa, fue bajando con los días hasta sala
de máquinas. Mientras el agua de cada conductor viajase
entre el cobre y el forro plástico del mismo, no pasaba nada.
Pero, cuando las aguas de diversos cables salieron y se
juntaron en el tablero, fiesta, fiesta, fiesta...).
En otra oportunidad se clavaron los rodamientos del
ventilador del equipo de aire acondicionado. En esas zonas,
la reparación no se puede demorar ni un segundo, a menos
que se quiera ver a la tripulación transformada en la horda
del pueblo del doctor Frankestein, pidiendo a los gritos la
cabeza del oficial de máquinas. Y cuando volvió a intentar la
lectura, el Jefe le pidió un sondaje general de todos los
aceites y combustibles del barco.
Para cuando llegó a Guayaquil, con la libreta aún
dentro de su bolsa plástica encintada, ya había acumulado
más coincidencias de las que cualquier escéptico puede
61
digerir. Decidió que no quería darle a las coincidencias más
oportunidades de inquietarlo, así que optó por no tratar ya
de leerla, ni cruzar palabra con nadie de tierra, vistiera de
amarillo o no. Incluso insistió en engañarse a sí mismo,
explicándose que estaba muy ocupado para perder tiempo en
esas tonterías. Se quedó a bordo, leyendo, trabajando, y
molestando en general a todos los que estaban obligados a
permanecer allí y hubieran dado cualquier cosa por poder
disponer del privilegio al cual él renunciaba.
Llegó a Buenaventura un poco más tranquilo, ya que
no le había fallado ningún intento de leer la libreta. Claro
que tampoco había hecho ninguno, pero el susto era más
fuerte que la lógica. Tampoco había recibido ningún
“mensaje”, de amarillo ni de ningún otro color, y esto
reforzaba su confianza en que todo no había sido más que
una serie normal de coincidencias, resaltadas por la sugestión
de las palabras de un moribundo. Al fin y al cabo, la fuerza
de una sugestión nace de lo impresionante que sean las
circunstancias que la rodean, y aquella noche ganó medalla
de oro en el campeonato olímpico de circunstancias
impresionantes de su vida.
La primer noche en Buenaventura, sin embargo, sus
ojos no pudieron sustraerse al delicioso espectáculo de
aquella morena que, más que vestida, parecía pintada con
aerosol amarillo.
Resignado, pero aún con fe en la racionalidad del
universo, le hizo la pregunta que le hizo, y ella le respondió
como él jamás pensó que le podría responder.
62
Y bien, acá estaba. ¿Ahora qué pensaba hacer?
¿Qué sabía, en concreto, más allá de toda duda?
Poco.
Uno: el viejo supo lo que iba a pasar con la lectura y
la chica de amarillo. No, peor: arregló las cosas que iban a
pasar.
Dos: las cosas que usó para demostrarle a Ricardo
que hablaba en serio no podían ser manipuladas por los
medios usuales. Ni la mafia, ni la CIA, ni el MI5 podían
organizar la fabulosa serie de coincidencias que llevó al
resultado que el viejo le anticipó. Bueno, podían haber
plantado a la morena a bordo, pero... ¿y el no poder leer
aquel cuadernito?
Tres: ya Creía. O, por lo menos, ya creía que, fuese lo
que fuese lo que estaba a punto de leer, no era ni una broma
ni un delirio místico de un viejo gagá. Pero no sabía, ni podía
imaginar, a dónde iba a llevarlo creer en lo que fuese que
dijese esa libreta. Fuera lo que fuera, era pesado. No se trataba
de metafísica, ni de parapsicología, ni de avistaje de ovnis:
esa libreta lo metía en un asunto donde se mataba gente, y se
sacrificaba a los propios heridos como a caballos viejos.
Creer, y abrir la libreta, era entrar en algo de lo que no habría
marcha atrás.
63
Opciones, entonces.
Podía tirar la libreta al carájo y olvidarse de todo.
Pero atención, cuidado compañero: si no conseguía el
olvido, arrastraría toda la vida una duda y una curiosidad
imposibles de satisfacer. Además, y tal y como venían
pasando las cosas, algo le decía que no le iba a resultar tan
fácil deshacerse de ella. No señor. Ni tirarla al inodoro ni
quemarla ni arrojarla al mar: en cuanto intentase cualquiera
de las formas tradicionales de sacarse un objeto de encima,
seguro que algo se iba a romper o a quemar, o alguien lo iba
a llamar para algo, y no iba a terminar de hacerlo. La tenía
pegada a los dedos como con loctite.
Podía armarse de lógica, pensarlo bien, y explicar
(mal que mal y de los pelos) todas las coincidencias con que
se topó (“a las putas les gustan los colores, el amarillo resalta
la piel morena, sin duda –era tan chillón- tenía que ser la de
amarillo la primera que viese, la frase con que me contestó
fue una casualidad, fue por la película y por lo que le dijo el
mamado, que tampoco era una cosa muy ilógica. Y en
cuanto a los obstáculos para leer la libreta, bueno: ¿qué es mi
trabajo, al fin y al cabo, sino una cotidiana carrera de
obstáculos?”). Todo estaba bien, si, pero el problema era que
no conseguía terminar de convencerse. No iba a poder.
Nada sonaba bien, excepto esa idea loca de que los hechos
habían sido manipulados para llegar a este momento.
Se sentía que la cosa había sido dirigida.
Podía, por otro lado, asustarse mucho –más-, y
permitirse creer que estaba metido en un lío mucho más
64
profundo que un sórdido asesinato en Lima. Algo que iba
más allá de la ley o del delito. Reconocer que él no era quién,
ni tenía la habilidad ni experiencia necesarias para tratar con
esta clase de cosas. Buscar ayuda, recurrir a las autoridades,
hacer denuncias.
Si claro. Ya podía imaginarse tratando de armar una
exposición que no lo llevase derecho al psiquiatra. ¿Y para
presentar ante quién, dicho sea de paso? ¿Qué repartición del
estado -¿de qué estado?- se encarga de los viejos moribundos
que rompen ventiladores de aire acondicionado post mortem
o que prevén las explosiones en los tableros eléctricos? ¡Pero
por supuesto, claro: la que investiga las libretas enterradas
con demasiada antelación a las palizas!
La lógica, estaba visto, aclaraba poco y ayudaba
menos. Ricardo tenía la desagradable sensación de sentirse el
personaje de una obra de teatro de la que no había leído
nunca el guión, y cuyo autor se orientaba hacia lo fantástico.
Bueno, pensó: si fuese así, la libreta quizás era el
guión.
Respiró hondo. En un mundo de drogas, tráfico de
personas, venta de órganos, tráfico de armas, crímenes
políticos y demás delicias, las explicaciones para la muerte a
tiros eran tan abundantes que perder el tiempo en pensar si
no se estaría en la Dimensión Desconocida era pecar de
ingenuo.
Se inclinó hacia la silla de al lado y sacó de su bolso
el negro paquete apretado con cinta adhesiva.
65
Lo desenvolvió y se recostó, contemplando la libreta
cerrada que sostenía en la mano derecha.
-A ver qué pasa ahora...- se dijo, y empezó a leer.
66
TABASCO, MEXICO:
María se levantó con mucho esfuerzo. Por lo menos,
así lo pareció. Limpió sus manos con un repasador y dejó a
su nieta, o biznieta, a cargo de su puesto de venta de tacos
en la Plaza. Con un paso oxidado por el peso y la artritis se
alejó por entre los puestos de los artesanos, demasiado bajita
y demasiado india como para que ningún turista le prestase
atención.
Si lo hubiesen hecho, habrían visto una vieja de
rodete y pelo gris, casi blanco, con un rostro varonil que
parecía hecho a cuchillo. Una vieja de ropa bastante roñosa y
de andar parsimonioso, a la que automáticamente darían el
nombre de “María”.
Los que no la conocían no la veían, de tan anodina
que resultaba. Y los que sí la conocían evitaban mirarla. Ellos
sabían que no se llamaba María, y creían, con espanto, que
era el ser más poderoso del mundo.
Llegó a una casa que, hacía treinta o cuarenta años,
pretendió parecer de todo menos mexicana y que,
desgraciadamente, lo había logrado. Golpeó las manos, y fue
escuchada, o adivinada, por una mujer que le abrió la puerta
enseguida. María, escalón por escalón, apoyando las palmas
de las manos en las rodillas a cada envión hacia arriba, logró
trepar los dos peldaños de la entrada y cerrar prolijamente la
puerta tras de sí.
67
La otra, una maciza morena que andaría por la mitad
de sus cincuenta, sintió en la boca del estómago la
inoportuna vibración del temor. Se apuró a hablar, antes de
que María hiciese ninguna pregunta.
-Hay noticias, María. Hoy Vi. Está hecho-¿Todo, mi niña?-Todo, siCallada, miró el piso durante unos segundos.
Después se dirigió con suavidad y respeto hacia la dueña de
casa, que, ante esa suavidad y respetos, no pudo empezar a
temblar de miedo. Suavidad y respeto, en María, eran la
única y última advertencia que, raras veces, se molestaba en
hacer.
-¿Estás segura, niña?-Si, si, está hecho. Eso lo Ví- tartajeó la morena.
-¿Tan fácil?-Pos si... -¿Y los perros? -Muertos-¿Y todo como debe ser hecho? ¿No hubo nada raro,
ninguna sorpresa?-
68
-...n...no- Se sabía en peligro, aunque no sabía
porqué, y la voz le salía cada vez más bajita -pero están todos
muertos, te juro. Lo Ví - ts, ts - chistó María, mientras negaba con la cabeza.
-Demasiado fácil- Parecía excusarse por insistir -Quiero que
Veas más, que sigas Viendo, y que me cuentes
todito...demasiado fácil, ¿sabes?...demasiado... ¿Verías más,
por mi, por favor?-¡Si, si, claro, cómo no! Sin decir adiós, María volvió a su puesto de tacos.
69
70
EXTRACTOS DE LA LIBRETA
-"¿de modo que por fin ha logrado abrir su mente,
don Ricardo? Por si le queda alguna duda, este hombre
muerto va decirle ahora, en este preciso instante, que la piña
colada que está bebiendo en estos momentos no es lo que se
dice un trago de hombres. Pero en fin, gustos son gustos.
Espero que no se haya atragantado con ella, ni haberle
provocado un ataque de tos. Por más que pasen los años,
nunca dejo de divertirme con estas bromas. Soy demasiado
infantil, me temo, para el papel que me ha tocado en la
vida...-"
-"Quién soy, o quién fui, es intrascendente. Puedo
darle mi nombre –varios de ellos, incluso- y ninguno va a
significar nada para usted. Soy un perfecto desconocido.
Incluso podría decirse que soy El Perfecto Desconocido. Un
hombre más en la multitud, por lo menos en lo que se
refiere a mi nombre. Y lo importante, Ricardo, no es Quién,
sino Qué. -"
-"Explicar las cosas es malditamente difícil. Espero
que sepa disculpar si no consigo ser perfectamente claro:
71
usted mismo verá, cuando se vaya metiendo más en el
asunto, que se trata de ideas bastante difíciles de encajar en
palabras.
En principio podría enunciarlo, lo más
resumidamente posible, y luego, a medida que pueda ir
convenciéndolo un poco, pasar a analizar poco a poco los
enunciados.
Soy un hombre que ha encontrado la forma de
moldear la causalidad con la herramienta de su imaginación.
Soy la Piedra Filosofal de los deterministas. Verá: no he
adivinado nada de lo que le ha sucedido. Lo he hecho
suceder.
Incluso esa tonta piña colada -"
-"sé que voy a terminar por convencerlo, aunque este
mal principio ya me haya ganado el descrédito del loco. Una
vez que entienda lo que quiero explicarle, incluso, verá que
no puede ocurrir de otra manera. No por que sea bueno
explicando, sino que, literalmente, no puede ocurrir de otra
manera-"
-"Hace algunos años –muchos, según los cánones
usuales- hice un viaje de negocios y placer a Bélgica. Me
desempeñaba, por aquellos años, en lo que hoy se llamaría
un cargo ejecutivo en una casa inglesa de exportación e
importación. Sólo que, por aquellos años, la “gestión
72
ejecutiva” no gozaba del glamour de que goza hoy en día;
por el contrario, era un trabajo rutinario, deslucido, con
poco prestigio y, para resumir, sumamente aburrido.
Eso ya era de por sí bastante frustrante, pero,
además, sucede que me encontraba yo, por aquella época, en
esa etapa de la juventud en que se sueña con la aventura –o,
por lo menos, con tener el prestigio del aventurero-. Poca
aventura se podía encontrar en negociar precios de tapices y
alfombras. Poco prestigio podía adquirir narrando mis
experiencias en conseguir los mejores precios para nuestras
telas.
Veía pasar mi juventud hora a hora sin que hubiera
realizado ninguna obra, ninguna proeza que dejara
boquiabierto al mundo. Ganaba mi dinero inventariando y
gestionando trámites aduaneros: trate de imaginarse una
mujer cautivada mientras yo le narrase eso. ¿Qué romance
podía cruzarse en mi camino cuando estaba en busca de una
partida de botones que hiciera juego con nuestro casimir?
¿Qué impresión de virilidad, qué aura de coraje y decisión
iba a ganar mi personalidad reservando espacio de bodegas
para nuestras mercaderías?
A todos nos pasa, supongo. Todos somos un poco
Lord Jim en nuestra juventud. Y yo, como casi todos,
procuraba huir de la frustración de una vida anodina
mediante el necio expediente de meterme en cuanta tontería
con aura de rareza o de riesgo se cruzara en mi camino. Hice
un montón de chiquilinadas, cuya relación voy a ahorrarle,
sin darme cuenta de que no importaban para nadie, ni podía
73
salir de ellas mejor ni peor de cómo entré. No había riesgo ni
trascendencia en ellas: apenas el capricho de un joven
bohemio.
Mujeres alucinadas, licores extraños, filosofías
morbosas, algún duelo, algún frecuentar disfrazado el bajo
mundo, algún arriesgar la vida en apuestas tontas: la eterna
historia del riesgo de ser joven y estar aburrido. Si hubiera
habido algo más que opio en mis tiempos –y con eso,
créame, ya era demasiado-, quizá no hubiese contado el
cuento.
El hecho es que todo acaba por aburrir, y así,
buscando Algo Más, empezamos (yo y otros cuatro o cinco
jóvenes, todos tan idiotas como yo) a frecuentar magos y
médiums. -"
-"No puedo enojarme con los jóvenes de hoy en día.
Los entiendo. Comparto, o compartí, su desesperación.
Incluso creo que, viejo y todo como estoy, el no haber
perdido el recuerdo de lo doloroso que es no tener emoción
dramática cuando se tienen veintitantos me acerca más a
ellos que a los adultos actuales -"
-"No importa cuánto hice por creer. Cuando se es
inglés, uno se ahorra mucho tiempo si se resigna, desde el
principio, a que hay cambios imposibles de imponer a
nuestro temperamento. No es que seamos particularmente
lógicos –Chesterton se encargó de demostrar lo contrario74
sino que tenemos la capacidad de fanatismo bastante
amaestrada. Tenemos fanatismos específicos. Se puede usar
para con la Reina, la Union Jack, “rules the waves”, y todo
eso, pero no para otras cosas.
Me causaban gracia la escenografía, me aburrían las
seances, me irritaban los trances de los médiums, y cometía
la perversa falta de tacto de preguntarles a los adivinos
precisamente aquello que no tenían forma de averiguar.
Mi lado racional conspiraba contra mi faceta
romántica, y le ganaba, pero yo, el joven fastidiado por la
banalidad de su existencia, no ganaba nada con ello. No me
enorgullecía desenmascarar farsantes, y, en última instancia,
sufría con ello, porque cada magia que probaba ser falsa me
hacía sentir que el mundo era un poco más pobre. -"
-"llegamos a la ironía que, por huir de la rutina, se
nos hizo rutinario el intentarlo-"
-"un vidente que ostentaba un notable porcentaje de
aciertos. Más por hábito que por esperanzas de encontrar un
verdadero fenómeno sobrenatural, lo visitamos y pedimos
presenciar sus procedimientos. Resultó ser un hombre de
buen pasar, que, por cierto, no se tomaba a la adivinación
como una vocación divina, ni como un medio de ganarse la
vida, sino como un pasatiempo placentero. Poseía varias
75
tiendas, estaba felizmente casado, y era padre de varios niños
sanos y discretos. Aceptó cordialmente nuestro pedido y nos
invitó a una salita confortable ubicada en el fondo de su
casa.
Tomamos algunos trapistes y charlamos largo rato.
Era una persona agradabilísima, hacia la cual era imposible
no sentir afecto casi de inmediato. Casi lo lamentamos
cuando interrumpió la charla para intentar adivinar nuestro
futuro. Creo que, inconscientemente, lo que lamentábamos
era que un caballero tan amable fuese a hacer el ridículo
frente a nosotros...
Pidió silencio, cerró los ojos cosa de diez minutos, y
luego predijo algo para cada uno de nosotros. Sin tarot, sin
bola de cristal, sin tomarse las manos ni invocar a los
difuntos. Simplemente nos describió, en el tono de quién lee
las noticias, algo que cada uno de nosotros viviría en los
próximos días. Poco después nos despedimos, y volvimos a
Amberes-"
-"o sea: todas las predicciones cumplidas, hasta las
más rebuscadas. Hasta los detalles de las predicciones se
cumplieron. El único que no cayó en un rapto de entusiasmo
fui yo. Los otros veían en el adivino la prueba de que existen
Artes que van más allá de la ciencia y las leyes de la
naturaleza. Yo, curtido a desengaños, me reservaba el
derecho a analizar el asunto. Con uno o dos resultados
76
sorprendentes no alcanzaba para que mi credulidad y yo
hiciéramos las paces y nos embarcáramos de nuevo en otra
aventura: ninguno de los dos quería salir de nuevo
malparado. Creo que, de tanto tratar de creer en todo, ya me
había vuelto un escéptico compulsivo-"
-"y le presenté, honestamente, mis reservas y mi
deseo de ahondar en la explicación de su habilidad. Lo
aceptó con gusto. Él mismo, me confió, se sentiría aliviado si
pudiese comprender algo más sobre su don.
Intentamos, a veces yo solo, otras, en aras del
cumplir con el método científico y la estadística, con mis
amigos, descubrir cómo era que lograba predecir con tanta
exactitud sucesos por venir. Buscábamos las fallas, los
errores, pero fue en vano: un porcentaje altísimo de sus
augurios se cumplió siempre, matemáticamente -"
-"ellos estaban en éxtasis. Yo buscaba el truco
febrilmente, ensayando y descartando todas las explicaciones
posibles. No éramos hipnotizados para creer a posteriori que
lo que ocurría nos había sido profetizado (anotábamos en
sobre cerrados y fechados todos sus dichos), no se nos
drogaba, ni se pagaba a terceros para que hicieran suceder las
cosas. No se trataba de hábiles deducciones en base a lo que
sabía de nosotros: ninguna de nuestras biografías servía para
predecir una noche de suerte en la ruleta, el encuentro con
77
un primo llegado de América, la mejoría en la enfermedad de
una madre. Probé y tuve que descartar todos los métodos de
fraude que conocía, y acabé por darme por vencido. Terminé
por admitir ante mis amigos que, si el hombre era un
farsante, era mejor como farsante que como adivino.
Me felicitaron por haber abandonado mi
incredulidad, e insistieron en ir otra vez a su casa. No
entendí para qué. Ya tenían una conclusión, un hecho cierto
¿Para qué volver?
Entonces parecieron ser ellos los que no entendían
por qué necesitaba yo motivos para consultar al adivino.
Discutimos un largo rato. Yo sostenía que, en realidad,
ninguna predicción del adivino había sido una revelación
significativa para la Humanidad (todas se referían a hechos
personales, y bastante banales), y qué sólo servían como
prueba de que existían los hechos paranormales, y que valía
la pena seguir investigando.
Ellos, avergonzados, reconocieron que querían
volver porque parecía traerles suerte.
Entonces empecé a entender-"
-"una última visita, en la cual no pedí ninguna
profecía, sino la respuesta a una pregunta.
Maravillado por no haber reparado antes en la
particularidad que yo había descubierto, confirmó mis
sospechas.
78
Por más increíble que parezca, todas y cada una de
sus profecías, siempre, se habían referido a hechos felices. -"
-"caminado junto al Squelda, y perdiéndome
pensativo por las estrechas calles de Amberes. Finalmente
concluí que la habilidad que tanto nos había maravillado en
ese hombre se podía explicar dando vuelta la relación
causa/efecto.
En efecto, no sólo era demasiada coincidencia el que
siempre lograse acertar, sino que, además, sólo acertaba en
las predicciones que harían felices a los que se las pedían. El
mundo no funciona así: el futuro no puede ser siempre feliz.
El único futuro feliz es el que se imagina feliz. Siendo un
buen hombre, y no deseándole mal a nadie, sin duda
pensaría algo bueno para cada uno de los que lo venían a
consultar. Acabé por convencerme de que no eran los
hechos a ocurrir en el futuro los que ocasionaban las
visiones, sino que, de alguna manera, los ensueños amables
del hombre hacían que esas cosas ocurriesen.
Parecía medio estúpido de plantear, sobre todo
después de haber descartado por imposible el fraude (la
manipulación de los hechos por terceros pagados). Era una
necedad que la explicación lógica pero improbable no me
satisficiera, y que, en cambio, aceptara la delirante.
Y sin embargo, si aceptaba provisoriamente ese
supuesto, todo lo demás encajaba: la fortuna del adivino, su
salud, su dicha familiar, todas y cada una de las predicciones
79
hechas a mi grupo y, sobre todo, aquella suerte
estadísticamente imposible de la que parecía gozar. La suerte
común es algo ciego y espasmódico. La suerte de nuestro
vidente, en cambio, tenía la regularidad de los ferrocarriles
británicos. Tanto era así que, cuando mis amigos y yo
solicitábamos sus predicciones, nuestra suerte parecía,
también, hecha a pedido.
No había tal suerte, decidí. El hombre acomodaba el
mundo a su conveniencia y, a veces, también a la nuestra-"
-"El asunto ocupó mi mente casi constantemente,
trabajando, en mis ratos libres, y hasta creo que también
cuando dormía. -"
-"Suponiendo que ese fuera el mecanismo, entonces,
¿Cómo lo hacía? ¿Cómo era posible “acomodar el mundo”?
¿Entendía el adivino el poder que tenía?
Me respondí inmediatamente que no. El hombre era
un intuitivo, un empírico, que nunca se había preocupado
mucho por el origen de su don, y que incluso lo había
malentendido, limitándose a emplearlo como una forma de
adivinación. Lo tomaba como algo pasivo, limitándose a
“recibir” imágenes.
Según me había dicho, entendía que era un don de
nacimiento, probablemente de origen religioso, y, por tanto,
80
absolutamente inexplicable. Cien por ciento fe, cero por
ciento curiosidad. -"
-"era, soy, totalmente diferente. No tenía interés en la
religión ni en las visiones del futuro: quería saber cómo
podía ser que hubiese una mecánica de la realidad tan
distinta a la aceptada, quería comprenderla y, si fuera posible,
controlarla. Despreciaba lo Pasivo: sólo tenía interés en lo
Activo.
Gracias a haber tomado conocimiento de esta rareza
por medio de este hombre, que era todo un prodigio de
costumbres y sentido común burgués, supe que se podía
llegar a prodigiosos niveles mágicos sin recurrir a ningún
Arte esotérico ni unirme a ningún Culto Hermético. Me
libré, así, de estudiar e investigar el fárrago de escritos necios
que existe sobre ocultismo, y me dediqué a romper la cáscara
del misterio a fuerza de razón y sentido común-"
-"No, nunca cedí. El hecho podía lograrse, y me
constaba. Lo lograba un hombre común, hecho de la misma
carne y sangre de que yo estaba hecho, e incluso, quizá, hasta
menos inteligente que yo. En esto no intervenían talismanes
secretos ni filtros bebedizos; no había encantamientos ni
invocaciones a los poderes del Más Allá.
81
Había una TECNICA, y simplemente eso. El que la
poseía no la podía explicar, porque no la había creado, sino
que simplemente se había topado con ella por casualidad.
Pero no importaba: yo estaba convencido de que,
conociendo el resultado al que quería llegar, y estando
absolutamente seguro de que se podía lograr, tarde o
temprano conseguiría recrearla. -"
-"Durante unos meses estuve ocupado con los
negocios, y luego tuve que volver a Londres por una
reorganización de la Casa. Me dejaban muy poco tiempo
libre –en una época en la cual, de por sí, un empleado apenas
si sabía lo que era tal cosa-, pero incluso durante esos pocos
ratos libres, agotado y somnoliento, seguía dándole vueltas a
los mismos interrogantes. -"
-"Verano de 1864. No recuerdo qué mes. Pero era
verano, seguro. Se descubrió un fraude bochornoso en la
Casa. El dueño se voló los sesos –la gente hacía esas cosas,
antes- y algunos de los directivos fuimos detenidos y
encarcelados por fraude.
No voy a describirle la angustia de ir a prisión, ni
tampoco la de saberse inocente y no poder probarlo. No se
puede, no hay palabras que alcancen a transmitirlo. Y no es
el tema de estas notas tampoco. Lo que sí importa es que me
deprimí horrorosamente, y padecí la abrumadora sensación
de que ya todo había terminado para mí. Saliera libre algún
82
día o no, mi vida ya no tendría solución ni futuro: todo
aquello que no hubiese logrado hasta ese día, ya jamás lo
podría volver a intentar.
Maldije el tiempo que perdí en tonterías en vez de
amar a una buena mujer y disfrutar de mi libertad. Sobre
todo, y especialmente, contemplé con vergüenza y con
arrepentimiento la importancia y el tiempo dedicado a mis
investigaciones esotéricas. Hundido en una celda, lo único
importante parecía la vida afuera, y todo aquello que me
había apartado de disfrutarla a conciencia me parecía un
estúpido e infantil modo de desperdiciar el don más valioso
que cualquier ser podía tener.
Demás está decir cuánto más me despreciaba por las
horas empleadas en tratar de entender al adivino de
Amberes, y que abandoné por completo hasta el recuerdo de
mis ridículos razonamientos -"
-"llevaba más de dos años preso. Una mañana de
primavera, sentado al sol en el patio del presidio, cerré los
ojos para no ver los muros, para olvidarme de dónde estaba,
y recordé mi piso en Londres. De hecho, no todo el piso:
apenas el rincón de la cocina iluminado por el sol a la
mañana.
Recordé el silencio, las motas de polvo cayendo
lentísimas en el rayo de sol, y el mantel de la mesa. Tanto
disfruté de esta visión, tanta paz y alegría trajo a mi corazón,
que me abandoné por completo a ella. Dejé de ser el sujeto
83
del verbo soñar, y me anulé. Fui sólo el predicado. Fui sólo
esa cocina. Me di permiso para creerla, y me lancé
amorosamente a aprehenderla.
El recuerdo se volvió tridimensional, con
características fotográficas. Pude ver cascaduras en una
tetera enlozada (y jamás había reparado en ellas, aunque en el
sueño aparecían claras como islas en un mapa, con rebordes
craquelados y una leve textura oxidada). Pude ver –no
recordar: ver- el diseño del empapelado y de las baldosas del
suelo. No me perdí ninguna grieta de los muebles, y hasta
me di el lujo de contar los fósforos que quedaban junto al
fogón.
Animado por mi éxito abrí un cajón bajo la mesa (Ví
todos y cada uno de mis cubiertos), y me dispuse a
prepararme té y algunas tostadas. Veía mis manos, y sentía
mi cuerpo de pié, aunque, en la realidad, seguía sentado en
un banco del patio de la cárcel. Imaginé y experimenté,
quieto, todos los movimientos de los dedos y las piernas.
Cuando hube hecho el té y las tostadas, radiante, me
senté a la mesa, cerca del sol. Pero, claro, para que la
felicidad fuese completa, faltaba algo. Amo y señor de mi
ensueño, al fin y al cabo, decidí que no tenía por qué
privarme de nada, y, tranquilamente, desplegué el Times.
Hojeé el diario sin mucho interés –no leí nada, sólo
vi borrosamente las paginas impresas- pero me detuve al
llegar a las policiales. Allí, en letras grandes y nítidas, los
titulares informaban de qué manera prodigiosa se había
probado mi inocencia y otorgado la libertad.
84
Como un tonto, me alegré hasta las lágrimas,
sintiéndome de nuevo en paz con el mundo y con la
humanidad. Hasta que un golpe en el hombro me parió
brutalmente a la sórdida realidad de la cárcel. Tardé un par
de segundos en darme cuenta de que la cocina, el té y mi
libertad no habían sido más que un ensueño, tan vívido que
lo había creído (o tan creíble que lo había vivido). Fue un
reaccionar cruel y amargo, y me costó mucho reponerme de
la angustia que me causó. Me consideré un idiota, y llegué
incluso a temer que el encierro me estuviese enloqueciendo.
Si empezaba a confundir los sueños despiertos con la
realidad, me dije, estaba perdiendo gravemente la cordura.
Pero, a fin de cuentas, no importó en lo más mínimo
porque, antes de cinco días, estaba libre, exonerado, y
tomando el té en mi cocinita. -"
-"No vaya a pensar, Ricardo, que a partir de ahí pedí
y me fue concedido. Con mucha concentración conseguía
repetir esa sensación de que mis ensueños eran más reales
que la realidad misma, pero muy pocas veces conseguía lo
que pretendía (y muchas veces, pretendía cosas tan humildes
que el milagro hubiese sido que no ocurriesen). Sin embargo,
siendo metódico y concienzudo, noté que había grados de
dificultad en lo que uno buscaba, y que, además, había un
cierto factor de contingencia que me dejaba siempre con la
duda sobre mis hipotéticos logros.
El hombre de Amberes, por ejemplo, propiciaba
cosas sencillas, posibles e incluso probables. Cosas que,
85
quizá, hasta podían haber sucedido por sí mismas, sin su
ayuda. Su poder, en realidad, no era gran cosa: simplemente
lo aplicaba a empujar hechos que ya estaban en precario
equilibrio.
En mi caso, digamos, yo era inocente de aquello que
me había llevado a la cárcel, y las pruebas que lo
demostraban existían en alguna parte, así que no resultó
difícil salir de prisión. Por el contrario, si hubiese sido
culpable, quizás no lo hubiese logrado: el brazo de la
Realidad no podía torcerse con mis humildes habilidades.
Así, tampoco pude ser rey de Gran Bretaña, ni amante de
una duquesa rica, ni armador naviero. Logré, en cambio, que
pasase un carro vendiendo verduras cuando lo necesitaba, y
que se mudaran unos vecinos molestos, a quienes todo el
vecindario odiaba. Pero siempre me quedaba con la duda, ya
que estas cosas, tarde o temprano, iban a ocurrir por sí
mismas. Yo apenas si las acomodaba y precipitaba un poco,
o tal vez ni siquiera eso. Uno no se golpea “siempre donde
está lastimado”. Uno se vive golpeando por todos lados,
pero sólo se da cuenta de ello en el lugar donde le duele: no
hay una magia que persiga las lastimaduras, y en mi caso,
puede que tampoco hubiese una magia que hiciese ocurrir las
cosas. Apenas si notaba con maravilla que ocurrían
simplemente porque estaba pendiente de ellas. -"
-"Una teoría era que el límite de este poder fuese eso:
mover lo que ya se estaba por mover, causar lo que no tenía
más remedio que suceder. En ese caso, lo que yo tendría que
86
hacer era copiar al hombre de Amberes, y, poquito a poco, ir
acumulando pequeños aciertos hasta lograr un buen pasar
burgués. Si uno lo piensa, era bastante lógico. Un mendigo
no puede aspirar a estar de novio con la hija de un industrial,
pero si el mendigo encuentra algunas libras, y con esas libras
se viste y consigue un modesto empleo, y si tiene suerte en
ese empleo y asciende, y su patrón se entusiasma con él y le
ofrece parte de la sociedad, cuando ese patrón muere –
pronto, y sin herederos- nuestro ex mendigo emprenderá
negocios cada vez más audaces, apostando capitales cada vez
mayores, hasta llegar a un punto en que el matrimonio con
su hija va a ser un honor para el industrial. Si sólo se nos
permite el salto pequeño, hay que pensar en usar muchos de
ellos para coronar una gran altura.
Pero me resistí a aceptar que podía haber
limitaciones, hasta no haber encontrado una razón valedera
para ello. O por lo menos hasta haber entendido cómo
lograba lo que lograba, ya fuese poco o mucho-"
-"La limitación, intuía, estaba en el método, y no en el
don o en el objetivo. El problema era cómo lo hacía, no qué
quería hacer, ni qué fuerza tenía para hacerlo-"
-"A pesar de estar en lo cierto (claro que eso lo sé
hoy: entonces no estaba tan seguro) toda mi fuerza de
voluntad hubiese sido inútil de no haber sido por una de esas
87
trivialidades que terminan siendo la inocente espoleta de
tantos descubrimientos. No importa cuánto tiempo haya
pasado, jamás pude olvidar la emoción de, en un relámpago
de iluminación, comprender repentinamente todo.
Me encontraba de visita en lo de una familia amiga,
cuya hija, en un estudio cercano, castigaba a un piano
haciéndole algo que no tenía nada que ver con las escalas de
su lección. Su madre se levantó molesta y fue a llamarle la
atención. Pude oír, desde donde me encontraba, como le
preguntaba, enojada, que qué estaba haciendo. La niña
pareció responder que quería tocar determinada pieza, y que
se creía capaz de lograrlo.
La mujer la reprendió recordándole que esa era su
hora de practicar, no de jugar a la gran pianista. Tocando
teclas al azar, le explicó, jamás tocaría nada, como jamás lo
lograría un mono, aunque lo intentara durante mil años.
Tenía que practicar sus escalas primero, aprender primero lo
básico de las notas y las teclas, y, aunque no estaba mal su
deseo de tocar una determinada melodía, debía primero
querer, desear aprender a ejecutar.
Quedé con la boca abierta. Me despedí
atolondradamente, y quise volver urgentemente a mi casa
para calmarme y estudiar lo que se me había ocurrido, pero,
ya durante el trayecto, la sencilla lección de la madre se había
transformado en la metáfora que resumía mi cul de sac.
Tanto el adivino de Amberes como yo, razonaba,
hacíamos lo que la pequeña pianista. Sólo teníamos en mente
la melodía que queríamos “sacar”, sin reparar en que nunca
88
nos habíamos preocupado por entender y dominar el
instrumento.
Cada pequeño pedido, cada intento de lograr algo
con ensueños, era un pulsar a ciegas cualquier tecla.
Estábamos seguros, de una manera infantil, de que había una
relación entre teclas y música, pero nos conformábamos con
saber que existía, confiando en que, de tanto probar, alguna
vez llegaríamos a tocar bien. De hecho, a veces y por puro
azar, en lo mío podía reconocerse algún trozo de melodía
(como en lo de salir de la cárcel). Y, estirando el paralelismo,
los años le habían enseñado al hombre de Amberes a tocar
de oído, y con un dedo, canciones infantiles. Ni él ni yo
llegaríamos así, jamás, a los preludios de Chopin.
Mi intención sería, de ahí en más, volverme un gran
pianista. Un dotado. Para ello, comprendí, debía dejar de
pedir en mis sueños el ser Rey, o millonario, o Sultán: debía
concentrarme en pedir la comprensión y el dominio de esta
habilidad. Como el mendigo que empieza con encontrar una
modesta cantidad de dinero, así yo tenía que pedir una
modesta cantidad de conocimientos. Una vez logrados estos
conocimientos básicos, no me sería tan difícil pedir, y lograr,
otros más complejos, y así sucesivamente. Saltos pequeños
para subir una gran altura, cada uno de ellos un peldaño
desde el cual dar el siguiente.
No debía trabajar para conseguir el Poder o el
Dinero, sino que debía concentrarme en lograr el
Conocimiento. Pulsaría una sóla nota, de ahí en más, con
perseverancia, y no por el placer de oírla sonar bonito, sino
89
para que me ayudara a conseguir el cuerpo de mi teoría
musical. -"
-"Nunca llevé un registro escrito de mis experiencias,
y hoy lo lamento. Pero estimo que no pude haber hecho más
de diez intentos, diez ensueños en los cuales sentía que había
empezado a comprender los fundamentos de esta habilidad,
cuando, finalmente, lo logré. Sin fanfarrias, sin eclipse, sin
fuegos de artificio: simplemente, sentado en una silla de mi
cocina, junto a un té que se había enfriado, comprendí
TODO y, de hecho, creo que me volví el hombre más
poderoso del planeta -"
-"Entiendo que voy demasiado rápido. Comprenda,
por favor, que no tengo mucho papel dónde escribir, ni me
sobra el tiempo tampoco. No puedo llenar hojas y hojas
tratando de convencerlo de lo que pude –y puedo- hacer,
porque debo pasar a otros temas, más urgentes y más serios.
Urgentes y serios para los dos, créame.
Así que le pido que, aunque sea como una hipótesis
de trabajo, o para darle el gusto a un viejo senil, acepte,
momentáneamente, que las cosas fueron como le cuento, y
que, cuando hablo del poder de condicionar el futuro, tal
cosa realmente existe y está en mi poder.
Ya tendrá oportunidad, más adelante, de descreer de
todo y olvidar el asunto. Sólo espere a terminar de leer lo
90
que le he escrito, y luego, si no lo convencí, arroje todo a un
cesto de desperdicios-"
-"tengo el vicio de la metáfora. Sepa disculpar si
abundo en ejemplos; no puedo evitar temer no ser
comprendido si no lo hago.
La forma en que adquirí este conocimiento, la
sensación que tuve cuando ocurrió, sólo puedo compararla a
esa vez en que uno puede, por primera vez, dominar una
bicicleta. Un instante antes nos caemos, y nos parece
imposible lograr jamás mantenernos verticales sobre dos
delgados neumáticos. Un instante después uno consigue
desplazarse en ella, y pasa a considerarlo algo sencillo, obvio
y evidente por sí mismo. Se logra todo el conocimiento en
un instante, como de forma infusa, y se es, también,
totalmente incapaz de explicarlo. Todos podemos aprender a
andar en bicicleta, pero nadie puede enunciar una técnica
que le sirva a otro para hacerlo. -"
-"y mi vida era una fiesta. No hubo gusto o placer
que no me concediese, ni amigo o pariente a quién no
ayudase.
Me impuse apenas tres restricciones. Primera, no
adquirir riqueza, capitales, ni joyas en exceso, ya que toda la
diversión de ser rico es poder tener dinero para lograr lo que
se desea, dinero que, desgraciadamente, también impone
obligaciones y sobresaltos. Pudiendo cumplir mis deseos a
91
voluntad, no necesitaba en absoluto tener “liquidez”, y
prescindí tanto de él como de ostentosos carruajes y castillos
inhabitables. Adquirí lo necesario para vivir bien, pero
cuidándome siempre de pasar desapercibido.
Segunda –corolario, quizá, de la primera-, eludí la
fama. Fue difícil, y me costó muchísimo sacrificar el
capricho de ser conocido y admirado, pero terminó por ser
evidente que, si el mundo supiese o sospechase mis
habilidades, yo no volvería jamás a tener paz. Entre las
peticiones de los pobres desgraciados que las necesitaban, las
de los sinvergüenzas que no pero que querrían aprovechar la
oportunidad, los manejos de los políticos y militares, y los
delirios de los místicos y los profetas, ni con mi poder
lograría, entendí, vivir tranquilo. No se puede cerrar la puerta
a la Humanidad entera, (salvo que se quiera vivir como un
ermitaño), y si bien no toda, una gran parte de ella vería en
mis posibilidades la solución a sus problemas. Si la elección
tendría que ser vivir atendiendo la puerta de mi casa día y
noche hasta mi muerte, trabajando para otros, o exiliarme
sólo entre las fieras, magro placer obtendría de mi recién
adquirida habilidad. Hubiera sido un pésimo negocio. Así
que, cuidadosamente, tuve siempre la precaución de que en
ninguno de mis proyectos ni mis placeres figurasen jamás mi
verdadero nombre.
Y tercera, last but not least, me impuse la obligación
de ser un Ser Moral. Quizá esto le suene un poco mojigato,
demasiado victoriano para nuestra mentalidad actual, pero si
trata de comprender lo que puede significar para la conducta
de un hombre el tener un poder gracias al cual nada de lo
92
que desee le puede ser negado (Y le aconsejo que vaya
empezando a tratar de entenderlo), entenderá que, aunque
yo estaba a salvo de todas las enfermedades y males de la
humanidad, me encontraba seriamente amenazado por un
mal incurable. Podía, con solo desearlo, curarme de cualquier
cosa y de cualquier herida, pero no podía hacer nada contra
la descomposición del carácter, ya que es un mal que se niega
a sí mismo. Todos lo perciben, menos el infectado. Para no
perder la objetividad sobre mí mismo y mis actos, para no
degenerar en un Calígula o un Hyde, me impuse reglas muy
estrictas, y creo, honestamente, que nunca falté a ellas, y
creo, también, que no me perdí de nada importante por
ello”-
-"Cuando todos mis contemporáneos hubieron
muerto de viejos sin que yo padeciese de nada más grave que
unas sentadoras canas, la gente empezó a extrañarse, mi
nombre empezó a ser comentado, y mi segunda restricción
me impuso tomar medidas.
Abandoné Londres y, durante varios años, bajo
muchos nombres diferentes, simplemente viajé y conocí el
mundo. Los largos trayectos por mar me brindaron la
posibilidad de leer sin distracciones, haciéndome conciente
de la gran cantidad de cosas que ignoraba (y cada vez que
encontraba una de ellas, deseaba conocerla a fondo: en
pocas meses, y sin poder darme cuenta yo de dónde, todos
los datos y conocimientos aparecían en mi camino, se me
cruzaban como por casualidad, se me revelaban en ejemplos
93
clarísimos, y se grababan en mi mente como si hubiesen
estado allí desde hacía años). Y tanto en el mar como en las
más feroces tierras vírgenes me movía con la misma
tranquilidad que en Londres: saberme a salvo de todo riesgo
me permitió disfrutar, como ningún viajero antes, de mis
expediciones.
La relación de mis aventuras sería larga de narrar, y
probablemente poco útil. Realicé prodigios en lugares sin
testigos, sólo para probar mis alcances, conocí los paraísos
de placer de Bangkok, de Polinesia y de Brasil, y, aunque no
creo prudente revelarlas en detalle, intenté algunas
intervenciones en política internacional (baste saber que
tener el conocimiento, el poder y la piedad, no bastan par
evitar ser manipulado y engañado en política: siempre fui
poderoso, pero nunca infalible, y la combinación de ambas
cosas produjo resultados dolorosos y grotescos. Acabé por
abandonar). -"
-"un hombre maduro, de salud y vitalidad juvenil,
viajando años y años como Ahasverus, y enriqueciendo sus
conocimientos a una velocidad imposible para cualquier otra
persona.
Tentador, ¿verdad?: Todos los placeres de la carne,
sin secuelas, y todos los del intelecto, sin sacrificios. Vivir sin
ningún apuro, ni económico ni de tiempo, con el mundo
entero a mi disposición para lo que mi fantasía desease.
94
Tan encantadora era esa vida, que tardé bastante
tiempo en darme cuenta de que, de tanto investigar lo que
otros habían descubierto, había abandonado toda curiosidad
por mí mismo. Aprendiendo todo lo que podía sobre las
curiosidades que otros habían estudiado, había pasado por
alto que, probablemente, yo era la cosa más curiosa que
existía, y nadie, ni yo mismo, me había analizado ni
entendido.
Había logrado dominar a la perfección mi habilidad,
pero nunca había terminado de analizar su naturaleza íntima.
A medida que iba cerrando mi largo trayecto por el
conocimiento, trayecto que ahora sabía circular, ya que
debería necesariamente terminar en mi mismo, se me iba
volviendo más y más importante descubrir los principios que
explicaban y regulaban mi habilidad. Fue así que me instalé
en Barcelona, en una pequeña casa del Barrio Latino, y me
dispuse a dejar de viajar hasta no haber aclarado a mi entera
satisfacción esta rareza con la que vivía. (Aprovecho para
contarle que este español del que está Ud. disfrutando ahora
lo aprendí allí)-"
-"Nunca llevé registros, repito, pero era como si
tuviese estampadas en bronce y a la vista, en todo momento,
las consignas de mi investigación.
¿Qué relación podía haber entre las fantasías, meras
sombras coloreadas que apenas lucen unos segundos dentro
de un cráneo, y las férreas leyes de la causalidad? ¿Podría, y
debería, transmitir mis habilidades a otros?
95
Y por último, ¿Por qué yo? -"
-"No busqué las respuestas como antaño,
devanándome los sesos años enteros. Me había vuelto tan
perezoso, con aquello de desear y tener, que ni se me ocurrió
intentar un enfoque metódico y racional. Simplemente
programaba (en ese entonces no existía la palabra, pero el
concepto es de lo más preciso) obtener tal o cual respuesta,
o tal idea, y, apoyado en ella, pedía la siguiente, hasta que, en
relativamente poco tiempo, llegué a aclarar las dos primeras
preguntas. La tercera, empecé a notar con inquietud, era
imposible de resolver por este medio.
Pero hablaremos de ello, y de mis desgracias, más
tarde. Ahora, si me permite, Ricardo, trataré de resumir uno
o dos principios un tanto filosóficos en los cuales se basó mi
explicación del Poder.
Seré breve: téngame paciencia. -"
-"Lo malo de la filosofía es que, al tiempo de
estudiarla y conocerla, se le pierde la curiosidad. Llega un
punto donde uno –ya sea leyendo o pensando por sí mismofinalmente se detiene, considerando que ha logrado las
respuestas más acertadas posibles. Se adopta un sistema, y
este deja de ser interesante o investigable: a lo que solucionó,
lo volvió un tema acabado, y a lo que no, lo transformó en
un tema irresoluble para siempre.
96
Otro tanto puede decirse de la religión o la
metafísica. No tienen, como las ciencias naturales o exactas,
constantes desafíos y misterios a resolver. No. El misterio es
misterio, para siempre, y los desafíos fueron encarados y
resueltos por otros hace rato. Para los voceros de estas
disciplinas, uno no pasa de ser público de sus opiniones.
Cuando alguien dice que investiga, en religión o en mística,
en realidad está diciendo que es apenas una especie de
arqueólogo, que investiga lo descubierto por otros hace
mucho. En estas cosas, uno no busca la verdad en la
realidad, uno simplemente aprende los dichos de otros. Uno
es Pasivo.
Odio ser Pasivo.
No es de extrañar, pues, que mi prolongada
sobrevida terminara por lograr que todos esos temas me
resultaran insulsos, volcándome hacia las ciencias, que nunca
pierden el misterio ni la posibilidad de resolverlo.
Cuando quise explicarme mi don, entonces, no
recurrí a íncubos, reencarnaciones, misiones divinas ni
maldiciones infernales, sino que revolví nuestro plano
humano y común, buscando algo que me pudiera servir. Y lo
descubrí. Usted juzgará si es o no más lunático que una
teoría mágica cualquiera.
Todos los sucesos poseen una causa, inmediatamente
antecedente, y una consecuencia inmediata. Nada está
aislado: todo hecho, toda cosa que existe en el Tiempo, tiene
un ganchito adelante y otro atrás, que lo conectan con su
causa y con su consecuencia. Y estos, a su vez, también
97
tienen sus conexiones, de modo de formar una cadena
infinita. Nadie puede verla toda junta: vemos sólo un
eslabón a la vez, y vamos cambiando de uno al siguiente,
siempre en la misma dirección. Esta limitación de nuestra
percepción (uno a la vez, y siempre para el mismo lado) es lo
que pomposamente llamamos el TIEMPO.
Lo que hace entretenido a este enhebrar eslabones,
es que, si se cambia una causa cualquiera, necesariamente se
cambia la consecuencia, y, con ello, toda la infinita cadena
por venir. El asunto es abrumadoramente complicado, pero
no reparamos en ello porque es la forma en que todo existe
para nosotros desde siempre. Un pez no repara en el océano,
y pocas personas reparan en la atmósfera que los rodea
mientras esta no los incomode.
Lo que ocurre en el Universo, en este preciso
instante, es consecuencia inevitable de todos los infinitos
hechos que constituían el Universo de hace un instante. No
es difícil imaginarse que cada microsegundo nace un
Universo, y que el mismo fue creado por el anterior que
acaba de desaparecer. Tampoco es una conclusión muy
ilógica el pensar que, dada una configuración de hechos
determinada –y salvo que se acepte la Intervención Divina-,
es imposible que ésta dé origen a distintos tipos de Universo:
sólo uno es posible, y es el que se concibió en la matriz de
esa configuración. -"
-"metáfora: reduzcamos el Todo Universal a una
mesa de billar con tres bolas, dos quietas y la tercera ya
98
golpeada por el taco y en camino. Si se pudiera detener el
tiempo y observar a esa bola apenas un instante antes de su
impacto con las otras dos, estudiar su velocidad, su masa, su
coeficiente de fricción, su efecto, se nos haría evidente que
los cursos que las otras van a seguir luego del choque no
tienen nada que ver con el azar: sería imposible que hicieran
algo distinto a lo que calculamos que harán. Y lo mismo
puede decirse de sus carambolas subsiguientes: Incluso hasta
el punto donde finalmente perderán su impulso y se
detendrán está ya escrito en el golpe del taco.
Lo que a nosotros nos parece un fluir constante no
es más que una férrea concatenación de hechos, que algunos
filósofos consideran irrompible.
Ahora bien: para cada instante del tiempo en que las
cosas estuvieron condicionadas para ocurrir de una sóla y
única manera, existen infinitas maneras de las que no
pudieron ocurrir. Nuestra bola de billar, por ejemplo, no
puede saltar, ni partirse, ni desviarse. Un terremoto lo
lograría, digamos, pero un instante antes no se estaba
generando ninguno, así que el suceso, si bien no es algo
imposible en la realidad, lo es para esta combinación de
causas y para este Universo.
Aun así, y dejando volar un poco la fantasía en bien
de la especulación, es evidente que, si alguna de las cosas que
ocurriese no fuese la esperada, todo el Universo subsiguiente
sería distinto, aunque fuese muy poquito y en un detalle casi
imperceptible. Y cuanto más tiempo pase, y más se
extiendan y relacionen entre ellas las diversas cadenas de
99
hechos, más distinto se irá haciendo este nuevo Universo del
que se esperaba que ocurriese. -"
-"idea muy vieja, todo un cliché ya para los autores
de ciencia-ficción. Incluso hay un cuento, perfecto creo yo,
de un compatriota suyo, “El jardín de los senderos que se
bifurcan”, en donde encontrará esta misma explicación
mucho más artística y prolijamente explicada. Por otro lado,
los epistemólogos dicen que afirmar que “sólo pudo ocurrir
lo que ocurrió, porque de hecho ocurrió” es, en principio,
una tautología, y en segundo lugar, una soberana bobería,
porque lo mismo diríamos si hubiese ocurrido algo
totalmente distinto.
Es fácil perderse en los juegos de palabras y las
paradojas. Lo que nos interesa es que todo está unido
secuencialmente a todo, y que cualquier cambio, no importa
cuán pequeño, define al universo subsiguiente.
La trampa es que no puede haber cambios, porque
ellos también tienen causas, o sea que están tan obligados a
existir como el Universo al que pensaban alterar. -"
-"Muchos se tentaron con la posibilidad de prever el
futuro construyendo una matriz exhaustiva con los datos de
un instante. En teoría es posible, pero, en la práctica, tan
sólo prever el curso de nuestras tres bolas de billar requeriría
físicos, matemáticos, analistas, parámetros ambientales,
coeficientes de fricción, índices de dureza, y qué se yo
100
cuantas cosas más. La inversión de tiempo y recursos sería
formidable, y siempre estaría presente el factor incógnito de
“algo” que se pasó por alto en la construcción de la matriz, y
que alteró todo (el terremoto, por ejemplo).
Por supuesto, la tentación de predecir el futuro no es
la de ser su espectador anticipado, sino la de poder alterarlo.
Lo que el hombre sueña, cuando le da vueltas a esto de la
causalidad, es poder ver qué tendría que cambiar hoy para
que mañana le vaya mejor. Parece sencillo, pero es
condenadamente difícil.
Por ejemplo, y volviendo al ejemplo de las tres bolas
de billar. Suponiendo que nuestro deseo fuese que
terminaran de determinada manera. Sabemos, porque fuimos
prolijos y obstinados, como van a llegar a estar, y, si lo
sabemos, es porque comprendimos el encadenamiento de
hechos que llevó a ese final. Lo que podemos hacer,
entonces, es cambiar algo, modificar alguna de las causas que
condicionaron todo, para que el final sea distinto.
¿Pero cuál, cuándo, de qué forma? Recuerde que no
sólo se trata de lograr un final distinto, sino de lograr un
final determinado: nuestro final.
Las posibilidades de equivocarse son, literalmente,
infinitas.
La única forma de lograrlo sería asegurarse primero
el resultado. Tendríamos que partir del estado final, y
reconstruir hacia atrás la secuencia que nos llevaría hasta él.
Tendríamos que retroceder de consecuencias a causas, desde
101
el Universo que queremos lograr, hasta nuestro Universo de
hoy. Compararíamos entonces este, de ahora, con el otro
que dedujimos que nos va a llevar al resultando deseado, y,
encontrando la diferencia, modificaríamos nuestro Universo
para que la incluya y, voilá, el tiempo pasaría, y las bolas no
tendrían más remedio que quedar como lo decidimos. (Por
ejemplo, si hubiésemos sabido que contestar “hermoso”
cuando una mujer nos preguntó cómo le quedaba el
sombrero, en vez de “horrible” como le dijimos, nos hubiera
terminado por dejar en su cama en vez de solos,
cambiaríamos nuestra respuesta, y, así, cambiaríamos nuestro
destino)
La modificación puede ser más sencilla de lo que
parece, aunque no necesariamente accesible. Quizá, para
llegar a tener el juego perfecto, todo tendría que ser
exactamente igual que como es, excepto el color del jarrón
del dormitorio de Khadaffi, detalle que no podríamos
modificar. Pero recuerde que los Universos que no iban a ser
–antes de que nosotros nos metiéramos a molestar, claroson infinitos. Puede haber otro en que, además de nuestro
juego, hubiese otras diferencias, también mínimas (alguna
lluvia, algún árbol en otro sitio, algún horario de tren), y que
diferirían de nuestro Universo de ahora en algún detalle
simple que estuviese a nuestro alcance.
De hecho, habiendo infinitos Universos posibles,
habría infinitos Universos en los que ganaríamos nuestro
juego de billar. Simplemente tendríamos que elegir el más
sencillo de cambiar por el nuestro.
102
Por ejemplo, en este de ahora, en el cual estoy
destinado a perder el juego, mi mano derecha reposa sobre la
mesa. En otro, en el que voy a ganar, todo es igual, salvo mi
mano, que está extendida en el aire. Si hago, entonces, algo
que en mi Universo no iba a ocurrir (levantar la mano)
cambio la cadena de hechos, entro en otra secuencia apenas
alterada, me meto en otro Universo, y gano al billar-"
-"Mi teoría es que mi cerebro, cuando se halla en
estado de ensoñación profunda, tiene la capacidad de sentir
cual es la mínima diferencia entre la cadena de hechos en la
que estoy, y aquella en la que tendría que estar para que el
ensueño fuese real. Así como se percibe un grano de arena
en un bocado de carne, o una gota de limón en un vaso de
buen vino, siento, durante el ensueño, qué es lo que
desentona en mi realidad. Lo percibo como la única nota
falsa en un ensueño, por lo demás, perfecto.
Algo así como los errores de edición en una película,
que saltan de inmediato al ojo y nos sacan por un instante
del mundo de fantasía que veníamos disfrutando. O una
nota errada en la interpretación de una melodía que nos es
muy conocida.
Veo la causalidad de atrás para adelante: sueño lo que
quiero conseguir, y recibo, en ese sueño, el dato de qué es lo
que debo cambiar ahora para que suceda.
La explicación más científica sería que, al imaginar
algo que me gustaría que ocurriese, algo parecido a un
103
computador me entrega el total de datos que precederían a
ese algo, y lo comparase con el total de datos de lo que va a
resultar realmente si nada se cambia. Todo de manera
inconsciente, por supuesto: una fracción infinitesimal de ese
paquete de datos sería más que suficiente para dejarme
idiota. Y, por supuesto, sólo percibo las diferencias que se
relacionan conmigo y con mis actos posibles.
De la comparación resalta, como un error de
ortografía o de tono de pintura, el mínimo cambio necesario
para “saltar” a otra vía de sucesos-"
-"A veces es un movimiento, a veces una palabra, a
veces, simplemente, un pensamiento incoherente. Para salir
de la cárcel, o para mantener el status del burgués de
Amberes, por ejemplo, que eran cosas que estaban casi por
ocurrir por sí mismas (ambos Universos, digamos, eran casi
el mismo), bastaba con el ensueño y ciertos pensamientos.
Cuando se trata de situaciones más complejas, -como mi
longevidad, por ejemplo, o la adquisición de conocimientos,
o detener tormentas- cosas que implican un Universo muy
alejado del nuestro, se requiere de gestos o actos más
conspicuos, aunque ninguno sea demasiado difícil ni
demasiado chocante (Una vez, por ejemplo, derroqué a un
dictadorcito africano rascando el cuello de una cacatúa. Fue
bello, elegante, y sumamente gracioso). -"
104
-"Moverse a otro Universo quizá no sea una
expresión muy acertada. No hay infinitos Universos: hay uno
sólo, que va creándose a cada instante, eligiendo entre
infinitos Probables. Y que en realidad no elige, sino que, a la
hora de elegir, no pasa de ser un esclavo de la ley de la
causalidad. Por el contrario yo, libre y soñador, elegía
voluntariamente entre los Probables, pero, entiéndase, nunca
me moví de uno a otro, así, transversalmente. Simplemente
preparé el Universo futuro en el que habría de caer -"
-"Es importante remarcar esto: no hay forma de
cambiar el pasado. La cadena que nos trajo hasta aquí está
forjada con el más resistente de los materiales. Por eso, si lo
que pedimos que ocurra requiere una larga cadena de
hechos, y éstos no han ocurrido aún hasta hoy, nuestro
resultado tardará más, o será imposible.
Supongamos que yo quiero que nazca una gallina
parda de una gallina blanca. Dispongo que suceda. Bien:
alguna serie de coincidencias ocurrirá para que un gallo
pardo fecunde a esa gallina, para que sus genes dominen a
los blancos, y para que por lo menos uno de esos pollitos sea
más o menos pardo. Pero si pido una gallina con dentadura
completa y colmillos, si pido que evolucione un animal así, y
como no venían evolucionando en esa dirección, mi pedido
finalmente ocurrirá, pero probablemente dentro de ciento
veinte mil años.
Puedo disponer que aprenderé electricidad, y las
cosas se darán de modo tal que, consciente o
105
inconscientemente, todo lo que haga falta para aprenderla se
me vaya metiendo en la vida, y termine así por dominarla en
relativamente poco tiempo. Pero, si pretendo pintar como
Leonardo, y como hasta hoy nunca tomé un pincel, el
proceso de casualidades que me llevará a ello quizá sea más
largo que el resto de mi vida. -"
-"Muerto y todo, casi puedo escuchar sus reparos
desde aquí. Por ejemplo, ¿quién me creía yo que era para
cambiar el universo, y con él el destino, de toda la
humanidad?
Nadie. No más que cualquier otro. Si se acepta toda
mi explicación anterior, se desprende de ella también que
todos los seres humanos, constantemente, están
construyendo el universo futuro. Cada acto configura un
destino, para todos y para todo. La diferencia conmigo es
que yo no lo hacía a ciegas, y que yo, en mi humilde
capacidad, siempre tenía presente el no dañar a los demás.
O, protestará usted también, yo, que elegía como
cambiar la dirección de la causalidad, ¿escapaba a ella? ¿Qué
me llevaba a pensar que todas mis decisiones, mis opciones,
habían sido libres de mis causas anteriores? ¿Acaso el
universo en que estoy no me lleva a elegir si o si
determinado cambio, con lo cual, en realidad, no hay nada
que se salga realmente de lo previsto? Yo creía que decidía
cambiar el rumbo del Universo, pero, ¿no éramos, mi
decisión y yo, una consecuencia de ese rumbo?
106
¿Pretendía yo, anárquicamente, cambiar las vías del
ferrocarril del Universo, o simplemente viajaba en él, era un
empleado más, y hacía –sin saberlo- el cambio que se
suponía que debía hacer?
Opté por una respuesta humilde. Me fue imposible
creerme independiente de la Causalidad, especialmente
cuando mis propias experiencias me mostraban lo inviolable
que eran sus leyes. Mi crianza, mis experiencias, mi tiempo,
mi cuerpo, todo lo pasado me había llevado a ser lo que soy
y, por lo tanto, a desear lo que deseaba y detestar lo que
detestaba. Estaba tan timoneado en la vida como cualquier
otro ser humano, animal, o vegetal. Como cualquier otro ser
humano, cada vez que creía estar cambiando el Universo,
simplemente seguía por la senda que los hechos previos
habían vuelto inevitable. Uno no decide los cambios de la
historia: simplemente tiene la suerte de que lo hayan elegido
para interpretarlos.
Pero la diferencia conmigo, Ricardo, existe y es clave.
Antes de que yo dominara mi habilidad (o, si se quiere, antes
de que el Universo produjera una persona que tuviese esta
habilidad), el Universo avanzaba a ciegas, creciendo y
ramificándose de una forma, diríamos, vegetal. Era como la
cadena de derrumbes de una hilera de fichas de dominó, o el
crecimiento salvaje de los arbustos. Cuando yo aparezco,
aparece una tijera podando los arbustos de determinada
forma. Aparece una mano que frena, o cambia de dirección,
la caída de las fichas. El Universo, la Causalidad, por
supuesto, habían hecho que fuese así –yo era una ficha más-,
pero con una personalidad definida. Yo tenía (había sido
107
fabricado con) principios, nociones de bien y mal, de justicia.
El azar no. Conmigo, ciertas cosas que se desarrollaban en el
Universo empezaban a estar planeadas con un criterio ético.
Empezaba a haber un Rumbo-"
-"Piénselo: las consecuencias para la estructura de mi
personalidad fueron enormes. Si son las cosas que nos pasan
las que dan origen a nuestras decisiones futuras, nadie puede
pretender que va a ser siempre el mismo. La identidad es una
ficción. Constantemente nos ocurren cosas, imprevistas y al
azar, que influyen en nosotros y nos cambian. Poco, mucho,
bien o mal, depende de qué sea lo que nos cae encima, pero,
sin duda, el hombre de hoy será muy distinto al hombre de
dentro de diez años. Y no tiene forma de imaginar cómo
cambiará, en qué diferirá, qué valores habrá adquirido o
resignado en esa década.
En mi caso, en cambio, casi nada de lo que me
ocurría escapaba a lo que yo había decidido para mí. Mi
personalidad moldeaba esas decisiones, y, a su vez, esas
decisiones terminaban por moldear a mi personalidad. En
vez de un azar lineal y ciego, como les ocurría a los demás,
mi identidad se había metido en un círculo de
retroalimentación que la reforzaba cada vez más. Cuanto
más usaba mi poder, más me programaba involuntariamente
para, en el futuro, ser más yo mismo. Este círculo, vicioso o
virtuoso, debería ir destilando mi personalidad con los años,
concentrándola, purificándola, dejándome con las
características fundamentales de la misma, y perdiendo
108
aquellas que aparecieron por azar y que no tuve interés en
perpetuar. Y también, supuse, se iría imprimiendo en el
Universo futuro. No podía ser de otra manera: cuanto más y
más interviniese, más decisiones de mi personalidad habría (y
más consecuencias de esas decisiones). En una existencia de
una longevidad aún por determinar, mi efecto podría llegar a
ser enorme-"
-"Estudiando la mecánica de mi habilidad, la
pregunta de “¿por qué yo?” había quedado relegada a tercer
lugar, y no parecía demasiado importante. Podía haber una
explicación médica o biológica al asunto, y encontrarla no
parecía tan emocionante como aclarar el misterio de la
causalidad.
Pero, cuando fui consciente de cómo mi forma de
ser iba a ser moldeada para siempre, preservada de las
alteraciones normales del destino, y cómo podía llegar a
imprimirse en el tejido básico del Universo, entonces, con
inquietud, tuve que alterar la prioridad de mis
investigaciones. “¿Por qué yo?” era, entonces, una pregunta
terrible.
¿Qué hubiese ocurrido, razonaba, si esta habilidad le
hubiese tocado a un jerarca nazi, a un berserker, a un
hashishin, a un sádico? ¿Tan frágil era el destino de la cultura
humana que una capacidad neuronal aleatoria podía borrar
todo en un suspiro?
109
El destino de la cultura humana era tan frágil como
la personalidad del hombre de que hablábamos antes.
Cualquier cosa que ocurre ahora –todas las cosas que están
ocurriendo ahora- van a cambiar “lo que es” en “aquello que
terminará por ser”, y ambas cosas, por supuesto, diferirán.
Todos cambiamos el destino de la humanidad (mucho o
poco), a cada instante. Pero las mutuas influencias de cientos
de millones de personas, más o menos parecidas (porque
vienen formadas por la historia que les precedió) hacen que,
en bloque, lleven un rumbo más o menos común. El famoso
Rumbo de la Humanidad, que venimos conformando desde
hace más de cien mil años. Ese no cambia por una persona,
por lo menos, no por una persona normal.
Pero, volviendo a mi poder: si un sádico, un
perverso, o un estúpido hubiesen dominado esta habilidad,
dudo que hubiesen obedecido a mis tres restricciones. No
estaríamos aquí: la humanidad, como la conocemos, hubiera
desaparecido –o el planeta, o el Cosmos mismo-. Lo cual me
dejaba con dos posibilidades: o yo era el primero, y era un
feliz –esperaba- resultado del azar el que tuviese un mínimo
control ético, o hubo varios, había varios. En el primer caso,
no quedaba nada más que especular, y sólo el tiempo diría en
qué iba a terminar todo. Ahora bien, si la segunda opción
fuese la verdadera, entonces muchas cosas serían más fáciles
de explicar.
Por ejemplo, no nos maravillamos de que no nazcan
ovejas en el fondo del mar (más metáforas) porque sabemos
que las leyes de la evolución hacen que sólo puedan habitar
el océano los seres que se han venido adaptando a la vida
110
acuática durante miles de años. Si, por una mutación, algún
cetáceo pariese algo similar a una oveja, la cría moriría, y esa
mutación no se propagaría. Si a alguna oveja le diese por
parir en el fondo del mar, ambas –madre y cría- morirían, y
la estupidez de la madre ni se heredaría ni se propagaría. Hay
una Ley natural que, si bien permite las mutaciones, sólo
conservan las que son útiles para la vida, y elimina
inmediatamente a las que no.
De la misma forma, sería trágico que un Stalin, un Idi
Amín, un Crowley, apareciesen con mis poderes. Pero
también sería imposible si el Universo estuviese moldeado
por gentes que controlan la causalidad y tienen principios
diferentes. Si usaron su habilidad durante mucho tiempo, en
el Universo habría una Ley –no una ley natural, pero casique impediría que apareciese la combinación de poder con
falta de ética.
Podemos haber corrido un grave riesgo al principio,
cuando nadie tenía el don y todo podía ocurrir, pero luego,
en algún momento, un hombre lo logró. Y por fortuna,
parece, fue un hombre manso. Empezó a manejar la
causalidad según su carácter y, colateralmente, cada elección
nos iba llevando –entre los infinitos universos posibles- a un
universo más afín a él. Hasta que, finalmente, se llegaría a un
estado de cosas tal que, si apareciese otro con esta habilidad,
sólo podría ser –en lo que respecta al carácter- como él.
Mis tres restricciones, evidentemente, no fueron tan
decisión mía como yo creía, sino parte de la combinación de
factores que me hizo apto para llegar a ser lo que soy. Si
111
hubiese faltado una sóla de ellas, una cualquiera, o yo
hubiese tenido un carácter diferente, me hubiese sido tan
imposible obtener el poder como si me hubiese faltado parte
del tejido neuronal.
Consciente o inconscientemente, los hombres que
usaron esta habilidad antes de mi (si los hubo, claro) la
cerraron con una cerradura que calcaba sus personalidades.
Solo aquel que tuviese la llave con la cerradura exacta podía
tener acceso.
Yo lo conseguí, pero no me ilusioné con que
bastaban, en un asunto tan complejo, con mis tres
condiciones. Sin duda habría otras, que yo cumplía sin
conocer, y que hicieron elegible a mi persona-"
-"Me gustaba pensar caminando por las Ramblas. Le
daba vueltas al asunto de si había florecido esta habilidad en
mí porque este era un Universo condicionado, quién sabe
hace cuánto o por quién, para que sólo aquellos que éramos
como yo lo lográramos, o había habido algún factor externo,
algún golpe en la cabeza, digamos, o algo que bebí, o un dios
o un mago que me formó.
Caminaba ensimismado, prestando poca atención a
las Ramblas, encajado en el problema y sin saber de qué
forma elucidarlo, cuando un viejito que caminaba a mi lado
me dijo que sí, que por supuesto que me habían guiado y
que, si me parecía bien, podíamos entrar en aquel bar de la
esquina y, vino mediante, terminar con mi preparación.
112
Quizá no lo crea, Ricardo, (¡Vamos! ¡Pero si es casi
seguro que no crea nada de todo lo que he escrito!) pero lo
tomé con naturalidad. Llevaba tanto tiempo moviéndome en
un mundo que se había dado vueltas patas arriba, que una
extrañeza más no pudo con mi cuero curtido por las
maravillas.
Conocí entonces a Don Pedro, quien, tras excusarse
por hacerme venir todo el camino hasta Barcelona –ya le
fatigaba mucho viajar, admitió-, confirmó o corrigió todas
mis teorías, y me reveló lo último que me faltaba conocer-"
-"No tenemos un nombre para designarnos a
nosotros mismos; no tiene sentido acuñar una palabra que
no se va a tener oportunidad de usar. Tampoco hay un
término para designar el “don”, el “poder”, o la “habilidad”
(se habrá dado cuenta de que me vi en figurillas mientras le
escribía sobre ello, obligado a repetir una y cien veces el
mismo pretencioso término). No hablamos mucho de ello
porque sólo podemos encontrarnos cuando estamos
maduros para ello, y eso implica haber comprendido
previamente nuestra habilidad.
En realidad, nunca hablamos mucho de nada.
“Nosotros”, los que poseemos esta “habilidad”,
somos muy pocos. De hecho, y por lo general, sólo suele
haber uno en el mundo, aunque puede ser que haya otro en
camino de serlo, sin saberlo. Nuestra función es existir y
obrar, ya que mientras existamos y usemos nuestro poder
113
(ahí va otra vez la palabrita...), la Realidad va a ser una
realidad en gran parte condicionada por la acumulación
milenaria de nuestras intervenciones. Siendo todos
sumamente parecidos en carácter y principios, será
necesariamente una Realidad que abortará la aparición de
otros, igualmente poderosos, pero de ética diferente. Nuestra
realidad es un filtro, y el tamaño de sus agujeros sólo deja
pasar a tipos como nosotros por el camino al Poder.
Es un arma de doble filo. Impide, es cierto, que un
perverso pueda llegar a ser todopoderoso, pero también nos
priva de la posibilidad de que alguien, con ideas y con la
decisión de mejorar el mundo, aparezca y lo logre.
Explico esto porque, imagino, si Ud. viene aceptando
lo que le vengo diciendo (de lo cual aún conservo serias
dudas), su indignación podría llegar a ser enorme. “¿¡Cómo!
–se preguntará- : esta gente tiene el poder de cambiar el
mundo, y deja que haya guerras, hambres, tortura,
enfermedades y explotación? ¿No les importa, no quieren
tomarse el trabajo, o son cómplices, y autores de las
atrocidades?”
Con el poder no basta. Y así como en nuestras
personalidades hay muchos elementos positivos –o, por lo
menos, neutros-, también tenemos nuestro lado flaco. La
política a gran escala, la creatividad revolucionaria, la
perseverancia en conseguir las mejoras sociales, nos faltan.
Nos repugna la idea de manipular la mente de las personas
(habrá notado ya que cambiamos hechos, no psicologías, y,
aunque los unos terminan por moldear a las otras, el proceso
114
de entender y prever esos resultados es terriblemente
complicado e incierto). Y, por último, un exceso de
prudencia nos impide exagerar en la escala de nuestras
acciones, ya que sabemos que nuestro poder no nos deja
dudas sobre lo que lograremos, pero no nos dice nada acerca
de en qué se transformará ese cambio dentro de cien o mil
años. No podemos prever consecuencias, sólo podemos
causarlas.
A ver si me entiende. Puedo hacer que cese el
hambre en África occidental. Ya mismo, si quiero. Pero ¿qué
harán esos países ricos, superpoblados, dentro de doscientos
años? ¿Serán justos, serán conquistadores, serán fanáticos?
Puedo estar poniendo las bases del mejor gobierno de la
historia, o del fin de la misma. Si trato de ver el futuro, veo
lo que quiero ver. Lograré lo que vea, también, pero porque
yo decida que pase, y no porque eso sea necesariamente la
consecuencia de cesar el hambre hoy. Es una
responsabilidad terrible, y nos falta la audacia –o la
capacidad- de asumirla.
Por eso es que, aunque vemos el dolor en el mundo,
y nos apiadamos de él (más que muchos, si se tiene en
cuenta que vivimos más) nuestro carácter conservador no
nos permite una reforma drástica y global: apenas
mantenemos el status-quo, confiando en que la Humanidad
siga su evolución natural, pagando el precio que tenga que
pagar por ello-"
115
-"tenemos un solo ritual. Cuando uno de nosotros
entiende que ha vivido ya lo suficiente (“Consiente en
morir”, como dijo Voltaire), hace que esto ocurra sólo
después de que su sucesor haya alcanzado la madurez y se
haya reunido con él.
Es en esa reunión donde se rompe por primera y
última vez la decisión de conservar el anonimato, y se le
informa al nuevo de todo lo que le hace falta saber.
Esto debe hacerse así porque el último consejo que
se da al iniciado es que inmediatamente “programe” (sueñe)
llegar al día de su muerte sin ser descubierto. ¿Entiende el
mecanismo?: Si el que pasa la posta no estuviese por morir,
el otro, incluso con la verdad expuesta ante sus ojos, jamás
lo aceptaría, jamás lo percibiría. No podría creerlo. El hecho
de inmediatamente asegurarse el nuevo poseedor del Poder
el secreto sobre su don asegura, también, que no exista ni un
solo segundo en que otra persona pueda sospechar de
“nuestra” existencia.
De paso, el hecho de permanecer el mayor “oculto”
mientras vive, hace que el que se está formando no pueda
concebir la verdad hasta no haber madurado del todo, ni
cometer errores al concebirla (la madurez que permite
conocer al antecesor es la única y definitiva prueba de
aptitud. Nada se le dirá a quien no haya madurado, porque
podría tratarse de un error y no madurar nunca, como el
adivino de Amberes. No podemos correr el error de que
nuestro saber caiga en manos de alguien que pueda tener el
poder y no vaya a evolucionar como nosotros).
116
La reunión nos quita la venda de los ojos, y se la
pone a la próxima generación-"
-"Don Pedro se despidió, y partió para morir
discretamente en algún sitio. No sentí ninguna pena; no sólo
era un completo extraño, sino que se moría por propia
voluntad, lo cual indicaba que había vivido mucho más de lo
necesario (y, por lo que yo sabía, también sin privarse de
nada).
Soñé yo, entonces, con mi anonimato de por vida, y
me dispuse a seguir con mi vida de siempre. Se habían
resuelto todas mis dudas sobre mi naturaleza y la de mi
extraña habilidad, pero aún me quedaban las ciencias y las
artes para intrigarme e interesarme durante muchos años-"
-"Nunca sospeché que habría de tener que conocer a
mi sucesor tan pronto. Porque, como ya estará sospechando,
y aunque aún le parezca todo una locura, usted es quien va a
reemplazarme.
Me anticipo a sus objeciones. Nunca ha
experimentado nada anormal. Sus sueños son sólo eso,
sueños, sin consecuencias ni logros. Es un tipo común y
corriente.
Concuerdo completamente. Es más: soy el primero
en reconocer que todo esto está mal hecho, y que hasta
puede resultar peligroso: usted no sólo no está maduro, sino
117
que ni siquiera ha empezado a sospechar nada. No puedo
imaginar de qué manera va a repercutir esto en el futuro, ni
qué tanto daño le he causado escribiéndole todo esto en
lugar de reunirnos y explicarle las cosas. Lo único que sé es
que no tuve alternativa, y que he hecho lo que supuse que
sería lo más efectivo. Hice lo que pude. No en cuanto a
convencerlo, porque no era mi intención el hacerlo con este
escrito (Fíjese: pude haberlo “soñado” ya convencido y
creyéndome todo, pero eso hubiera sido manipularlo
psicológicamente, y, honestamente, me repugna). Para
convencerlo planeé que le sucedieran ciertas cosas, muy
pocas, que quizá lo llevaran a creer, y no me atreví a más
para no correr el riesgo de volverlo conspicuo. Mi objetivo,
al redactar este cuaderno, fue barajarle unos naipes para que
usted tenga algo que jugar sobre la mesa si llega a verse
necesitado. Nada más. Que me crea o no, que desarrolle su
habilidad o no, ya no depende de lo escrito, sino de Ud.
mismo, y de la fuerza de su curiosidad.
Por lo que sé, usted reúne todas las condiciones para
tener la habilidad, e, inevitablemente, va a tenerla en
determinado momento de su vida. Su destino, su futuro, será
el de los hombres que compartimos el poder. Todo lo que le
falta saber, todo lo que necesitará conocer, se lo brindará el
mismo uso de ese poder.
Le aconsejo, como su antecesor, que su primer sueño
sea el de morir sin ser descubierto como poseedor del poder
hasta los últimos minutos de su vida.
118
Y, antes de despedirme, voy a decirle cuál es su
objeción más fuerte a mi historia, y voy a negarme a
contestarla.
Sin duda, debe usted haberse planteado “Si de veras
fue este hombre tan poderoso, si de veras gobernaba el
destino, ¿Cómo es que se dejó matar tan cruelmente? ¿Cómo
no pudo por lo menos demorar su muerte hasta después del
supuesto ritual de la reunión? ¿Y cómo puede alguien, que
afirma que todo pasa como él decide que pase, decir en el
mismo papel que todo se le fue de las manos y se vió
obligado a improvisar?”. No tengo que tener ningún poder
especial para darme cuenta de que no se le puede haber
escapado este bache lógico. Y, lamentablemente, no puedo
responderle. No ahora. Pero he tomado medidas para que,
en el caso de que usted llegue a la plenitud de su poder –o,
por lo menos, a la suficiente como para defenderse- un
segundo escrito mío le llegará con las respuestas.
Si usted no llega a la madurez de su poder, si no es la
persona que se supone debería ser, no necesitará las
respuestas. No correrá ningún peligro. Es más: esa
información podría resultarle fatal. Y si llega a completar su
desarrollo, entonces tenga la seguridad de que las tendrá.
Cometiendo la grosería de no contestarle, estoy
evitándole un destino tan amargo como el mío de Lima (del
cual, por lo menos, espero que no le quede ninguna duda).
Por ahora, sólo puedo hacerle notar que, si yo fuese
un mentiroso, sería uno demasiado torpe para dejar
119
semejante agujero sin tapar. Aunque sólo sea por eso, no
permita que esta inconsistencia lo aleje de la verdad-"
-"suerte, Ricardo, y gracias por sus atenciones para
con un viejo moribundo desconocido. La nuestra fue, me
parece, la primera Reunión causada principalmente por la
piedad y por la compasión ante un extraño.
Me suena como un buen augurio-"
120
BUENAVENTURA, DE NUEVO:
-"Otro loco más al que le caigo simpático, y van... -"
Cerró y guardó la libreta (no sin antes revisar las
pocas hojas que quedaban en blanco en busca de la firma,
que no encontró). Volvió a zambullirse en la pileta.
Mantenía la mente obstinadamente en blanco. Le
daba vergüenza el sólo plantearse si era o no cierto el
disparate que acababa de leer, pero, también, le era
honestamente imposible descartar las casualidades y las
frases en que el viejo adelantaba hechos por venir. Carájo:
llevaba más de diez días muerto, y le hablaba desde la libreta
como si estuviese espiando por sobre su hombro...
El dilema era que no podía explicar nada
lógicamente, pero tampoco tenía la credulidad necesaria para
tragarse todo crudo y entero.
Se daba cuenta de que no resolvería nada aplicando
la lógica a descartar los hechos que conocía, y que tampoco
podría, nunca, limitarse simplemente a aceptar lo que el viejo
había escrito. La única forma de zanjar la cuestión sería con
un experimento, y ya iba viendo que iba a sentirse muy
estúpido intentando algo que le había sugerido alguien a
quien no podía menos que considerar un megalómano, un
mitómano, o lisa y llanamente un chiflado. Y, para colmo, si
todo resultaba falso, sabía que no iba a poder mirarse al
espejo durante por lo menos un mes. Porque, vamos, si el
viejo resultaba ser un loco, él, que se dejaba convencer,
121
pasaría a calificar como un especial espécimen de tarado. Lo
iba a saber, no iba a poder olvidarlo nunca: tendría que vivir
para siempre sabiéndose un tonto. Uno especial.
Volvió al buque, se preparó unos mates en el
camarote, y leyó todo de nuevo. Dos veces.
Una de las primeras cosas que descubrió fue que la
historia le sonaba inverosímil, no tanto por los hechos
fantásticos que describía, sino por lo deslucido que resultaba
todo. El suyo era un escepticismo nacido más de la estética
literaria que de la razón: Podía llegar a creer en seres
superdotados, en milenarias sectas secretas, o en poderes
cósmicos (¿Quién no?), pero lo que no podía creer es que
esas cosas le pasaran a tipos comunes como él, y mucho
menos en una escena tan anodina como lo era el recibir un
cuaderno envuelto en plástico y cinta de embalar. No podía
imaginarse un ser con semejante don que no intentase
cambiar la historia, o volverse un gobernante del mundo. O
por lo menos de un país. O de algo.
Nuestra realidad no tiene cosas fantásticas. Raras,
impresionantes, si, pero fantásticas, con magia y poderes, no.
Lo que sabemos de lo fantástico lo sabemos casi con
exclusividad de la literatura y el cine, razonó. Aprendimos
que se guía por ciertas normas –normas de la literatura y del
cine, claro-, y que este tipo de cosas, que cambian la historia
o el destino, siempre ocurren con señales en los cielos y
poses mayestáticas. Se desarrollan en cavernas o palacios, y a
veces en la cima de montañas altísimas. No en un callejón de
Lima, entre cáscaras de banana podridas y bolsas plásticas
122
rotas. Y menos por medio de una libreta escrita
apretadamente, como con apuro, y sin ningún
apasionamiento.
Pobre viejo, lo habían matado a balazos y golpes, y
para colmo, en su supuesto ritual de traspaso de Poder, no
había ningún drama, ni ninguna emoción.
-”Levante la bloody baldosa”. ¿Cómo puede algo
mágico estar ligado a una frase tan tonta?
Eran
prejuicios
Hollywodeanos,
reconoció,
probablemente los más profundos que puedan rastrearse hoy
en día (¿Cuántos años tiene la iglesia para meterle prejuicios
en la cabeza a un niño? ¿Cuántos tienen los padres, cuántos
la escuela? Hollywood, en cambio, tiene toda la vida de la
persona, varias horas por día, y, además, a la persona le gusta
el papel en que vienen envueltos). Pero aunque la cosa “no
sonaba” como historia, y no cerraba lógicamente tampoco,
lo cierto era que no había encontrado aún ninguna forma de
explicar el hecho de que en la libreta hablaba un hombre que
llevaba diez dias muerto, contando cómo iba a ser su muerte,
y sabiendo que iba a ser Ricardo quien intentase ayudarlo, dándole las gracias a posteriori, para colmo-.
Inútil darle más vueltas. Inútil desautorizar a la
libreta porque no tenía “ambiente” mágico ni explicación
razonable. Inútil esquivar el ridículo. La única posición
honesta iba a ser intentarlo.
Derramándose en su sillón preferido, planeó con
cuidado y detenimiento qué pedir. Debía ser algo posible,
123
que no requiriese mucha experiencia, pero también un poco
improbable, de modo de estar seguro, si ocurría, de que
estaba ocurriendo algo anormal.
Además, se recordó, tenía que ser algo placentero.
Dudó unos instantes y, finalmente, cerró los ojos y se
sonrió como un gato de dibujo animado.
La guardia lo retuvo a bordo todo el día siguiente, y
aprovechó los ratos libres para insistir en su intento. Siempre
el mismo sueño, y siempre reaccionando lo más
automáticamente que pudiese a las sensaciones que tenía al
terminar. Como no sabía qué se sentía al percibir la
diferencia entre el ahora-que-es y el ahora-que-debería-ser, se
limitaba a hacer todo lo que sentía impulsos de hacer, en la
esperanza de acertar a ciegas.
Cuando estuvo franco, salió a deambular por
Buenaventura. No ocurrió nada durante la hora que perdió
en los puestos de libros usados, ni en el supermercado
donde, como buen marino, perdió otra.
Llegó al centro, a la costa, y fue atraído por el
mercado de artesanías. Eran dos filas de casillas de madera,
montadas sobre un pequeño espigón, en donde ofrecían
caracoles, crema de conchanácar, caparazones de crustáceos,
tallas en madera, caricaturas talladas en cocos, etc. La madera
de las casillas era muy oscura, y la sombra de los árboles
124
profunda, así que los rayos de sol destacaban los sitios que
podían iluminar como si fuesen spots de teatro.
Había poca gente a esa hora de la mañana, y, siendo
lunes para colmo, se podía caminar tranquilo y perder todo
el tiempo que se quisiera mirando caracoles o veleros a
escala.
Llevaba ya Ricardo demasiado tiempo mirando sin
comprar nada, y le estaba pareciendo más correcto el
retirarse, cuando, del otro lado del espigón, le llamó la
atención un rayo de sol que subrayaba a una muchacha. A
pesar de estar vestida muy sencillamente (blusa blanca floja,
pollera de algodón negra a media pierna, zapatos sin taco, y
el pelo recogido con una hebilla), no pudo dejar de notar una
elegancia exquisita en la arquitectura de su esqueleto, en la
altiva rectitud de la espalda, y en los hombros derechos y
orgullosos.
Muchísimo menos se le escaparon sus tobillos
finísimos, los altos músculos de sus pantorrillas, y sus nalgas
de diosa, tensas, altas y –se adivinaba- sabrosas.
Se acodó de espaldas en el mostrador de la tienda
donde estaba, y se dispuso a disfrutar descubriendo qué
otras riquezas naturales escondían esas ropas baratas y
pálidas. Por alguna razón no había podido pasar más arriba
de las nalgas, a las cuales seguía prestando una indiscreta
atención (estirando el cuello como un perro curioso cada vez
que ella, al cambiar de posición o dar un paso, dejaba
entrever cuánto músculo ocultaban, y cuanta firmeza
ofrecían). Gozaba, travieso, de la sinestesia de palpar con los
125
ojos, cuando la mujer se dio vuelta inesperadamente y lo
sorprendió en su pose de espectador. Antes de que llegase a
ofenderse, Ricardo, en tono más de aclaración que de
excusa, dijo
-Te buscaba las alas...La inmediata sonrisa halagada de ella se congeló al
reparar mejor en Ricardo.
Para él, la cara de ella no fue menos impactante.
Pero, como en su caso la sorpresa era que no había sorpresa
(porque lo había “pedido”, y quizá incluso deseado) y
aunque sintió como una explosión silenciosa de preguntas y
respuestas en su cabeza, no dudó sobre qué hacer o qué
decir. Lo había ensayado dos días, y, aunque no supo hasta
último momento que la mujer con la que había programado
encontrarse estaría allí y sería ella, él esperaba que ocurriese
(por lo menos, lo consideraba probable), y eso le permitió
reponerse con un instante de ventaja: ese instante de ventaja
(los varones me entienden).
Así, pudo presentar fluidamente y sin vacilar sus
excusas, presentarse formalmente, charlar algo trivial, e
invitarla a almorzar. Para cuando ella pudo recuperar su
aplomo, ya estaban entrando a un restaurant como viejos
amigos.
La siesta fue en un hotel. La cerveza de la puesta de
sol, en la mesita de un bar que daba al mar. Charlaron
muchísimo, interesándose cada uno en la vida y el trabajo del
126
otro, y, finalmente, Ricardo le tomó cariñosamente ambas
manos, y empezó a despedirse.
Ella se negó, amagó encapricharse, y terminó por
bajar, abatida, la cabeza. Las zarpadas son inapelables.
-No tengo tiempo de comprarte algo para que te
acuerdes de mí- le dijo él -pero quisiera pedirte que lo
hicieras por míElla rechazó el dinero que le ofrecía y, recuperando
su buen humor le dijo que no, que se lo comprara la próxima
vez que volviese a Buenaventura. Se besaron, y él volvió al
puerto, dejando en la mesita del bar a la chica que había
lucido la noche anterior aquel cortocircuito de vestido
amarillo.
127
128
CALDERA
Ricardo jamás había llegado, en ninguno de sus
viajes, a Punta Arenas (Costa Rica), que venía a ser la ciudad
más importante cerca de puerto Caldera. La metrópolis,
digamos: el lugar donde había comercio, lugares nocturnos,
gente y tráfico. Y no le había hecho falta tampoco. Si
deseaba comer o tomar algo caminaba desde Puerto Caldera
hasta Mata de Limón, un caserío disperso entre el monte, sin
tráfico ni luces, que empezaba junto a una laguna de mar, y
se extendía, sin que pudiese saberse si mucho o si poco,
entre mangos, cocoteros e infinidad de otras plantas del
caribe.
Si quería pasear, entonces su salida favorita era trepar
a la ladera de selva contra la que se recostaba el puerto –una
elevación muy pequeña, pero a la que el calor y las plantas
volvían abrumadora- y bajar del otro lado, donde una playa
virgen se enroscaba encajonada entre paredes de selva casi a
pique, tildadas por cocoteros altísimos.
Contra la arena volcánica, fina y negra, la espuma de
mar era más blanca que en cualquier otro sitio. El agua era
tibia y poderosa, y la falta de turistas, una bendición.
Caminaba hasta agotarse, nadaba un rato, se
recostaba a la sombra, curioseaba cangrejos, juntaba
caracoles, y seguía caminando. Nunca llegaba a ningún sitio
en particular, ni nunca, tampoco, le importaba en lo más
mínimo.
129
Esta vez había caminado más de lo de costumbre,
perdido en sus reflexiones sobre cómo habían cambiado las
cosas –y él- en estos últimos días.
Reconoció que, cuando probó descartar todo el
asunto haciendo el experimento de seguir las instrucciones
del viejo y hacer que sucediese algo a su pedido (encontrarse
con la colombiana de amarillo), y la encontró en la ciudad a
pesar de casi no reconocerla vestida de “civil”, dejó de dudar
de la libreta del viejo. Por lo menos, había aceptado que lo
que había leído tenía más evidencia a favor que la otra
hipótesis, la de que el viejo estaba loco. Si de algo estaba
seguro, era de que algo raro estaba pasando, y de que ese
algo tenía que ver con lo que el viejo le explicaba en su
escrito.
De lo que dudaba ahora era de su propia cordura, y
de su criterio para distinguir lo cierto de lo falso. Tardó
mucho en decidirse a experimentos más audaces. No sólo
temía obtener más pruebas de estar viviendo sucesos
sobrenaturales (con lo cual se iba a sentir cada vez más lejos
de la cordura y del sentido común) sino que, -no podía
negarlo- sentía por dentro una ilusión que le iba creciendo
como la cosquilla de una carcajada, y la adivinaba tan
gloriosa, tan deliciosa, que le espantaba la desilusión que
sobrevendría al primer intento fallido.
Por eso, y en un principio, arregló sólo que
sucedieran sucesos simples, sin entrar mucho en detalles. La
polea de ventilador de aire acondicionado del buque, a la
cual se sabía le quedaban pocos días de vida por causa de un
130
desgaste irregular sobre el eje (y de la cual, por supuesto, no
había repuesto), no se rompió, y de un día para el otro dejó
de vibrar. Magia.
El rodamiento soporte de un alternador, que había
empezado a sonar feo (un object-d´art del tamaño de un
bizcochuelo, para reemplazar al cual, y en el hipotético caso
de que hubiera repuestos a bordo –que no- habría que
extraerlo primero del fondo de una abrumadora serie de
piezas enormes y difíciles de manipular), una noche dejó de
cantar, por la mañana dejó de calentarse, y a la tarde
siguiente parecía funcionar como nuevo. Milagro.
Una purificadora de combustible Sharpless, cuya
bomba de agua rompía sistemáticamente sus retenes, no lo
hizo más y dejó de figurar a la cabeza de la lista de “Los Más
Puteados de Máquinas”. Suerte.
Hasta la masa de la pizza del cocinero mejoró su
esponjosidad y su crocantez.
Todos estos cambios, si bien eran muchos, no eran
algo que alguien pudiera considerar una intervención
paranormal, por lo cual pasaron desapercibidos para el resto
de la tripulación. A lo sumo, alguno que otro comentó la
racha de buena suerte que estaban atravesando, (reprendido
por un coro de chistidos furiosos de gentes que tocaban
madera y se agarraban el testículo izquierdo) pero, como a
nadie se le ocurrió desarmarlos para ver cómo se habían
arreglado por sí mismos (Porque uno de los principales
tabúes en máquinas es que no se debe toquetear nada que
131
funcione bien, por ninguna razón y bajo ningún motivo),
nadie vió nada raro en las mejoras espontáneas.
Cuando la suerte se equivoca a favor nuestro, en fin,
se considera muy grosero el andar investigando ese error.
Para Ricardo, por supuesto, saltaban a la vista, y cada
uno de ellos era una palmadita más en el hombro que lo
animaba a creer que, contra toda la lógica, había recibido
algo mejor incluso que la Lámpara de Aladino: había
aprendido a ser el Genio.
Sentado a la sombra de unos mangos altísimos,
esperando en vano que le cayese cerca alguno maduro,
recordaba lo que le había pasado tres días atrás, en Acajutla,
El Salvador.
Para cuando llegó a Acajutla, los músculos de su
nuevo talento estaban ejercitados en aspectos
exclusivamente técnicos. Ya se sentía seguro de poder evitar
averías, corregir defectos, (en la medida en que los cambios
en las distribuciones de los pesos, en los puntos de calor y
fricción, o en las condiciones en que trabajaran las cosas
fuesen posibles en la realidad), y hasta incluso revisar y tener
en sus manos las cosas que se habían salvado. Estas últimas
eran las menos notables, pero las más importantes, porque
eran la prueba objetiva que necesitaba para convencerse del
todo de que las cosas, efectivamente, ocurrían como el viejo
decía que ocurrían, y no eran, como llegó a temer,
132
alucinaciones o auto sugestiones. Claro que sólo hasta cierto
punto. No aparecía metal nuevo, la goma buna no
rejuvenecía, ni las poleas se torneaban de nuevo: lo único
que se podía apreciar era que algo había pasado en las piezas
a punto de estropearse que las había aliviado de seguir
trabajando mal, o mal alineadas, o desbalanceadas. Nada que
se pudiese presentar ante un tribunal, digamos.
Si sólo él podía ver lo que lograba, o si los otros las
tomaban como cosas naturales (al fin y al cabo, no eran del
todo imposibles, sólo terriblemente improbables), entonces bien
podía ser que no existiese el tal talento, sino alguna
consecuencia que el trauma por el asesinato dejó en su
mente. Podía estar sugestionándose tanto a si mismo que
terminara por retorcer los hechos y la lógica para demostrar
que todo lo de la libreta era cierto. Es más: puestos a dudar
de la propia cordura, ¿qué prueba tenía de que el viejo
hubiese realmente escrito ni entregado ninguna libreta? Además de
Ricardo, ¿Quién presenció la entrega, quién leyó la libreta? Si
existía la posibilidad de que se alucinara que conseguía
modificar el porvenir, también existía la de que él mismo
hubiese escrito la libreta y borrado todo recuerdo de haberlo
hecho, proporcionándose la prueba física de que el asesinato
no había sido una fría carnicería porque si, sino que tenía un
fin, que no era en vano, que había una razón para todo. Era
mucho más lógico, más científico, que aquello de creer en la
capacidad de controlar la causalidad.
Y, llevando la desconfianza freudiana hasta su límite,
¿había realmente una libreta? Ricardo no la mostraba a nadie,
así que, por lo que él sabía, sólo él la veía y sólo él sabía lo
133
que decía. Seamos prácticos, se decía: si nos vamos a
engañar creyendo en la libreta que nosotros escribimos,
¿para qué tomarnos el trabajo de escribirla? Engañémonos
un poco más, y simplemente pretendamos que existe.
La libreta no probaría nada a Ricardo sobre su
cordura mientras no la leyese también un tercero, y de eso, y
teniendo en cuenta lo importante del secreto en caso de que
todo fuese verdad, ni hablar.
En cambio, la desaparición de la serie de fallas que
llevaban al desgaste de una polea es una evidencia objetiva,
universal, e irrefutable. No hay modo de alucinarse el estado
de un retén de goma buna, y, si lo hubiese, los demás nos lo
desmentirían (no es cuestión, tampoco, de llevar las cosas al
extremo de dudar de si no nos lo habrán desmentido y nos
negamos a escuchar, o de si fueron contagiados por nuestra
alucinación, haciéndola colectiva. Hasta el psicoanálisis tiene
sus límites).
Y el proceso de rotura de un rodamiento no da
marcha atrás. Por más intensa que fuese la voluntad de creer,
por más profunda que fuese su sugestión, no habría forma
de ignorar el caos que sobrevendría luego de una rotura, o de
la reparación subsiguiente. Por supuesto, el rodamiento del
alternador no había “cicatrizado” (no había magia ni brujería
posible que lo lograse), pero, fuese cual fuese el desbalance,
la suciedad, o la vibración que venía estropeando el del
buque, algun eslabón en la cadena de acontecimientos que lo
causaba cambió, y dejó de empeorarlo. Seguiría dañado, sin
134
duda, pero ya en un cómodo statu-quo que les iba a permitir
llegar a Buenos Aires y cambiarlo en puerto.
Las evidencias mecánicas le permitieron estar seguro,
y sin involucrar a terceros, de que lo que programaba,
ocurría. Pero no del todo, no del todo.
Bajó en Acajutla dispuesto, entonces, a medirse con
la realidad humana. No hizo nada en la larga caminata del
puerto al pueblo; recorrió sin entusiasmo las cuatro o cinco
cuadras del centro y, espoleado por el calor y la humedad,
bajó por un callejón roñoso hasta la playa
Como toda playa sobre la cual se vuelca una ciudad,
y una ciudad pobre, además, esta estaba sembrada de
plásticos y de restos de envoltorios. Los caseríos de casas de
caña y techos de palma llegaban hasta la arena, y hubiesen
resultado bonitos –pintorescos, por lo menos- de no haber
sido por la triste miseria que revelaban. De este caserío
llegaban a la playa basuras, cáscaras, plásticos, y algunas
canaletas de agua sucia. Y música, mucha música, toda de
temas distintos del mismo estilo, a un volumen que
desconaba los parlantes. Si se quiere, se diferenciaba de otras
playas, también, en el simpático detalle de que varias
marranas con sus crías concurrían también a refrescarse a la
orilla, y a asolearse sobre la arena.
Tuvo que alejarse mucho para encontrar un sitio
tranquilo –y limpio- donde sentarse y “programar”.
Finalmente llegó a un lugar, lejos de las casas, donde un
arroyo salía de la selva, cortando la playa, y se perdía en el
mar. Podía considerarse a solas, con excepción de algunos
135
miembros del Turismo Porcino que habían llegado en busca
de agua dulce y que deambulaban a la sombra. Los chanchos
no ponían música, ni tiraban envoltorios plásticos, ni se
metían con nadie, así que Ricardo los prefería con mucho a
la gente y no se sintió molesto en absoluto con su presencia.
Decidió hacerlo difícil. Se vió a sí mismo
encontrando un sobre manila con 497 dólares adentro.
Quizá no hubiese tanto efectivo en toda Acajutla, pero
mejor así. La prueba sería más contundente.
Pasó la tarde en la playa, en parte mirando a las
mujeres, y en parte estudiando a los chanchos. Meterse al
agua fue más de lo que sus prejuicios higiénicos le
permitieron, pero la brisa del mar y la sombra de los árboles
brindaban suficiente alivio al calor como para haraganear
tranquilamente, sin tener necesidad de mojarse.
Volviendo al buque, y en el borde de un sendero que
cortaba camino a través de un baldío, vió el sobre manila. Lo
tomó, y dos cuadras después había contado y vuelto a
contar. No había quinientos, ni había cuatrocientos noventa
y cinco. Eran cuatrocientos noventa y siete, en papelitos
verdes emitidos por la madre patria.
Se rió, pegó un salto, y se apuró a volver a bordo: ese
sobre se iba a transformar en la mejor fiesta que viera esta
tripulación en mucho tiempo. Nada era demasiado caro en
El Salvador, y con ese paquetito manila se podían conseguir
cerveza, comida, y mujeres para todos.
136
Pero el camino al puerto era largo, y le dio mucho
tiempo para pensar. Quizá 497 no fuesen suficientes, quizá
conviniese “encontrar” un poco extra, por las dudas.
Indeciso respecto a cuál debería ser la próxima cifra, cayó en
cuenta de que había tomado demasiado a la ligera la
aparición del dinero. Entusiasmado con el efectivo fácil, se
había olvidado que, en el fondo, era un experimento. Se
había olvidado de analizarlo en profundidad. Y, en cuanto
empezó a hacerlo, se dio cuenta del resultado
verdaderamente importante del asunto.
No importaba la cantidad. No importaba si eran
dólares, slotis o maravedíes. Lo verdaderamente importante
era que aunque lo había considerado suyo (¿acaso no hizo él
que apareciera?) y sin ningún escrúpulo de conciencia,
honestamente tenía que admitir que él no había creado el
dinero (cosa que, formalmente, también sería un delito), sino
que había programado encontrarlo. No especificó
“encontrar lo perdido por otro”, pero ahora caía en la cuenta
de que no había otra forma posible. Ese otro no hubiese
perdido el dinero si no hubiese sido por Ricardo. En menos
y más crudas palabras, Ricardo se lo había robado. Carájo:
era un ladrón. Y de los más dañinos: la cifra secuestrada
podía ser muy importante en un país tan pobre.
Se sentó en el cordón de la vereda y deseó,
fervientemente, poder regresar el dinero a su dueño.
Luego no supo qué hacer. ¿Seguía camino al puerto,
confiando en lo todopoderoso de su pedido, o daba una
manito volviendo al pueblo? ¿En cuál de los dos Universos,
137
diría el viejo Sin Nombre, le devolvía la plata al que la
perdió?
Enderezó para el pueblo, movido, esta vez, más por
el remordimiento que por el deseo de comprobar una teoría.
Una vez allí, y habiendo recorrido todo tres veces,
comprendió que no había nada que pudiese hacer para
devolver el dinero. No podía ponerse a preguntar por la calle
a voz en cuello quién había perdido algunos billetes (Sólo
conseguiría un YO unánime, y puede que hasta alguno se
entusiasmara tanto con su deseo de devolver plata, que
pretendiese quedársela por la fuerza). Y mucho menos ir a la
policía –por aquel prejuicio argentino, ya se sabe...Se dio finalmente por vencido, y volvió a
encaminarse hacia el buque, abrumado de vergüenza. ¿Qué
iba a hacer ahora con esos dólares? No habría alegría alguna
en gastarlos, y no soportaba la idea de conservarlos.
Decidió darle tiempo a su poder hasta una hora antes
de la zarpada. Si para entonces no se había resuelto nada, se
los regalaba al primer chiquilín con que se cruzara.
Un topetazo en el hombro, desde atrás, casi lo sentó
en el asfalto. Sin detenerse, pero caminado ahora marcha
atrás, el hombre enloquecido que lo había chocado pidió
disculpas, volvió a enderezar su rumbo, y siguió su camino
mirando el piso.
-Oiga, ¿perdió algo?- le dijo Ricardo. La situación era
delicada, se entiende, y había que preguntar bien. Si le
preguntaba al otro que qué le pasaba, jamás le iba a decir que
138
había perdido casi quinientos dólares, para no tener un
competidor en la búsqueda. Contestar Si a la pregunta de
Ricardo no lo comprometía tanto.
Así y todo, quedó boquiabierto, sin saber si
ilusionarse con este extranjero, o desconfiar de él.
-Encontré algo, que puede ser lo que busca. Si me
dice exactamente qué es, me sacaría un peso de encima el
podérselo devolver-Pos, un sobre...un sobre marrón, de mis patrones.
Tenía dinero americano dentro-¿La cifra? El otro dudó. Se le veía en el rostro la angustiosa
lucha entre la ilusión y la desconfianza.
-cuatrocientos noventa y siete-Tenga. Y emborráchese bien, viejo: se lo ganó- le
dijo Ricardo, tendiéndole el sobre. La incredulidad, la alegría,
y el agradecimiento del hombre valieron, para Ricardo, más
de la cifra que había devuelto.
Y consideró la experiencia mucho más valiosa aún.
No sólo había adquirido más confianza en la potencia de su
talento, sino que había aprendido algo nuevo e inesperado:
había aprendido a desconfiar de él.
Tal y como le había escrito el viejo Chistoso Sin
Nombre, lo único seguro era que lo que uno programaba iba
a ocurrir. No se sabía nada sobre qué ocurriría después,
139
siendo los hechos posteriores a la consumación del pedido
totalmente imprevisibles. Y los previos, las causas necesarias
para que lo nuestro se cumpla, podían ser sumamente
desagradables. No se trataba de que el fin justificara los
medios: no se los conocía, y no había forma de saber cuánto
daño harían esos medios para lograr nuestro fin.
El universo, parecía, se regía por el principio de la
“sábana corta”, y destapaba a uno para tapar a otro. No
bastaba con el poder: debía aferrarlo con criterio, y tratar de
comprender en qué dañaba a los demás cada ventaja que
disponía para sí.
Para terminar de probar sus supuestos, y de paso
compensar su involuntario daño del día anterior, decidió
dañar a alguien dañino. Programó encontrarse el dinero de
un traficante de narcóticos y mujeres, y que quedase este
como único responsable de la pérdida. Y pedir por pedir,
pidió mil quinientos dólares, qué joder...
Los vió caerse, al otro día, del bolsillo de un
estibador (un tipo mal vestido pero limpio, que
prácticamente nunca trabajaba y que estaba siempre tratando
de entablar charla con los marineros que operaban en
cubierta). El rollo de dinero, apretado con una bandita
elástica, cayó entre la brazola de la bodega y la línea de
incendio. Nadie lo vió. Lo dejó ahí, sin preocuparse por que
otro se lo birlase: sabía que no iba a poder ser así. Cuando la
zona quedó más o menos desierta, Ricardo lo recogió y fue a
su camarote.
140
Ni lo contó. Retiró cien para salir esa noche, y el
resto se lo regaló, una hora antes de zarpar, a una bandada
de chiquitos descalzos que rondaba por el puerto.
Ahora, trazando una línea larguísima de pisadas en la
arena negra de Caldera, iba poco a poco adquiriendo
conciencia del vertiginoso alcance de su poder. Una cosa era
leerlo en aquella libreta inverosímil, y otra, muy distinta,
sentirlo metido dentro de uno como los huesos o la sangre.
Uno no siente sus huesos o su sangre, pero son inseparables
de su identidad y de su funcionamiento. La nueva habilidad
de Ricardo ya no sería más un truco que se aprendía, o un
conocimiento que se había procurado obtener: a partir de
ahora, sería parte de su ser, su herramienta más poderosa, y
su mayor responsabilidad.
Había sobre él un nuevo Adjetivo, uno jamás
pronunciado, de una envergadura tan cósmica que su propia
sustantividad se afantasmaba. Para decirlo más sencillo,
Ricardo era Poderoso, tan Poderoso, de hecho, que no había
forma de saber cuánto Ricardo había quedado aplastado y
chatito debajo de Poderoso.
¿Podía decir que era la misma persona que antes,
ahora que tenía el joystick de la realidad en una mano y todas
las fichas del juego en la otra? ¿Tenía siquiera el derecho a
pretender seguir igual, habiendo tanto que podía hacerse, y
tanto que se podía impedir hacer?
141
¿Qué iba a hacer de ahora en más: seguir
programando colombianas, rodamientos y rollos de billetes,
o trazarse un plan para mejorar, aunque sólo fuese un
poquito, a este pícaro mundo?
Según el viejo, no era necesario ni posible.
De hecho, parecía ser que programando pavadas ya
hacía bastante, ya que el universo se iba moldeando según el
“espíritu” de sus pedidos, de la misma forma en que un
millar de ovejas siguen las órdenes de un solo perro pastor.
Según su predecesor, esta forma de proceder, si bien no
mejoraba al mundo, impedía que apareciese otro como él,
pero malvado.
Ricardo se reservaba su opinión. No podía dudar de
la realidad de aquello que había comprobado, pero no estaba
dispuesto a comulgar con ninguna hipótesis que no lo
hubiera convencido. No iba a permitir que se le ordenara
qué hacer, cómo ser, ni mucho menos qué pensar.
Especialmente cuando, íntimamente, tenía serias dudas sobre
su encajar en los parámetros que, según el viejo, cumplíamos
“Nosotros”. No podía evitar sospechar que, o las
condiciones eran mucho más flexibles de lo que el viejo
sostenía, o había habido un error bastante chistoso. Cómo
podía haber un error cuando uno escribía el libreto del
mundo era algo que aún no podía explicar, pero se daba
cuenta de que, por lo menos, lo de la elasticidad de las
normas era imposible. Si había margen para aunque fuese
una pequeña diferencia, a la generación siguiente (¡Darwin
viejo y peludo, nomás...!) esa diferencia se estamparía en el
142
mundo, y aparecería otra, y otra, y otra. Con el tiempo, y
muchas generaciones de “nosotros”, había tantas
posibilidades de que apareciese un monstruo con poder,
como un viejo estructurado y apático. Si no había pasado,
razonaba, era porque no podía pasar. Para que el sistema
funcionase durante tanto tiempo, era condición básica que
todos los poseedores del talento poseyeran, también, el
mismo carácter: si Ricardo llegó hasta allí era porque, en el
fondo, era como ellos. Era uno de “Nosotros”:
teóricamente. Otra cosa era imposible.
Se dijo que tenía que revisar a fondo ese aspecto de
la cosa. Todo ese barullo de causas y efectos, de
retroalimentaciones y de condiciones, lo mareaba bastante, y
siempre le pareció que era en los argumentos que mareaban
donde los estafadores escondían sus mejores trampas.
Algo flotó, se hundió, y volvió a flotar entre la resaca
de las olas, cerca de la punta de la playa. Parecía un objeto
pequeño, no muy lejos de Ricardo, y sus destellos al sol le
llamaron la atención.
No pudo acercarse nadando: a esa hora, la marea
tiraba fuertísimo. Volvió a la playa y trató de alcanzarlo
acercándosele por sobre las piedras de la punta, cuidando de
no resbalar en el musgo ni cortarse con los moluscos
adheridos a las rocas. Logró rescatar del último golpe de ola
una botella facetada, vacía y lacrada, con unos papeles
enrollados dentro.
Estuvo a punto de caerse, saltando de roca en roca
en su apuro por volver a la arena. Apenas llegó a un lugar
143
seguro rompió el lacre y extrajo los papeles, que empezó a
leer, parado y empapado, mientras la puesta de sol cubría
todo de oro y sombras.
144
LA BOTELLA:
-"Lo prometido es deuda. En estos papeles (que
puede conservar, si quiere, a modo de diploma de
graduación) voy a explicarle los puntos que deliberadamente
dejé en blanco en la libreta. -" Ricardo sintió un escalofrío, y
no por el ocaso sobre su piel mojada. Acá estaba otra vez el
Viejo Corresponsal, escribiendo desde su tumba. O, peor
aún, mandando un fax desde el pasado
¿Sería posible que hubiese podido hacer navegar una
botella desde Perú a Costa Rica para que alcanzara cierta
playa, en cierto momento, y fuese recogida por una persona
en particular?
Evidentemente, si.
Incluso, y aunque daba vértigo el considerarlo, no
podía haber hecho navegar la botella en los días previos a su
muerte, porque, magia o no magia, nunca hubiera podido ir
más rápido que el buque. El mensaje había sido tirado al mar
hacía mucho tiempo. Quizá hasta fuese anterior a la libreta.
¿Cuánto tiempo hacía que se venía armando la jaula
alrededor de Ricardo Urióz? ¿Qué tan grande era, y cuánto
de su vida iba a quedar esclavo de ella?
Tuvo un impulso, producto del miedo, que casi le
hace arrojar los papeles no leídos al mar. Presintió que no
145
iba a gustarle nada lo que dirían, y que alguna razón había
tenido Il Morto qui Parla para no decirle todo de entrada.
Volviendo a los trucos de los estafadores, se dijo que
siempre hablaban primero de todo lo tentador y lo bueno
del trato que ofrecían, dejando para el final –cuando ya
tenían enganchada a la víctima- la parte de la letra chica.
Hasta Mefistófeles trabajaba así. Lo habían tentado a probar
el poder, lo habían llevado a ejercerlo y disfrutar de él, y
ahora, sin duda, vendría la factura. TINSTAFL, que diría
Heinlein. Si la llegada del mensaje era inquietante, su
contenido no podía serlo menos. Ricardo estaba asustado:
temía tener más miedo de la razonable dosis que ya venía
cargando.
Al fin y al cabo, ¿para qué saber más? Con lo que ya
sabía no le faltaría nada el resto de su vida. Tirando estos
papeles al agua, difícilmente se perdería de algo que le doliera
mucho perder. E incluso así, estaba dispuesto a conformarse
con lo que tenía, antes de correr el riesgo de enterarse de las
malas noticias.
Pero, claro, volvía siempre a lo mismo. Tirar los
papeles era ignorar para siempre una parte fundamental de lo
que estaba pasando, y echarse para siempre sobre los
hombros el peso de una duda imposible de resolver.
En su mente hubo una pulseada entre miedo y
curiosidad. El miedo, por supuesto, no tuvo ninguna
oportunidad. Cedió, pues, a su naturaleza, y siguió leyendo.
146
-"Me propongo explicarle por qué no pude evitar ser
asesinado, a fin de que usted pueda evitar caer en los errores
que yo cometí-"
Me gusta, pensó Ricardo. Lo compro.
-"Según le contaré más adelante, en una libreta que
aún estoy escribiendo (la que usted ya ha recibido), mi vida,
hasta Barcelona, fue una de perplejidad, investigación y
tranquilidad. Si la felicidad es la falta de ansiedades, la falta
de aprensiones por el mañana, y la disponibilidad de tiempo
y medios para hacer lo que uno quiere (y créame, lo es) yo era
un hombre feliz.
La instrucción final de labios de don Pedro acabó
con mis últimas dudas sobre mi poder y mi rol, y de ahí en
más me dediqué parsimoniosamente a aprender, y a gozar de
mis comodidades.
Como inevitablemente sucede en estos casos, me
crucé con una mujer maravillosa de la cual me enamoré con
todos los síntomas clásicos, y algunos nuevos creados por
mí. Yo era un hombre maduro, que de tanto haber
esquivado el compromiso de sus sentimientos se creyó
inmune al amor. Cuando finalmente fui sorprendido totalmente desprevenido, y sin ningún anticuerpo-, la
virulencia de mi caso fue alarmante. Multiplique usted un
enamoramiento clásico por el número de mis años de
soledad –durante los cuales me empecinaba en creer que con
el sexo era suficiente-, y multiplíquelo nuevamente por el
tamaño de expectativas que yo podía tener para el futuro,
teniendo en cuenta mi poder y mi tranquilidad. Nada temía:
147
no había ningún hecho que el universo pusiera ante mí y que
yo no pudiese controlar. Podía entregarme al amor sin
aprensiones, sin angustias, sin otra preocupación que la de
amar cada día más a mi amada.
Sin los recaudos normales de cualquier enamorado
(hasta los más apasionados se fijan si tienen dinero antes de
invitar a salir a sus parejas, o si lloverá en el picnic que
planean, o si conseguirán localidades en el teatro), con un
hambre de amor de más de siglo y medio, puse el centro de
mi vida en una mujer, y mi dicha fue completa.
Puedo decir, con ternura, que no me equivoqué al
hacerlo, y que ella fue digna de toda mi devoción, y más. Los
meses que compartimos en Barcelona fueron los más
dichosos de todos, y, a pesar de nuestra diferencia de edades,
logramos unirnos espiritualmente a tal extremo que recuerdo
ese periodo como si lo hubiese vivido doble. Como si
hubiese sido dos personas para el placer, para el ser, para la
vida. Yo veía por sus ojos, saboreaba por su boca, reía su
risa.
Para ser breve, nos amábamos. Si me he extendido
en una cuestión personal, que sin duda a usted lo tiene sin
cuidado, es para que comprenda cuando le digo que tomé
todas las precauciones para que nuestra dicha no tropezara
con nada. Supongo que, a esta altura, comprenderá a qué me
refiero con eso de tomar todas las precauciones.
No sólo hacía que, si dábamos un paseo, el clima
fuese espléndido, si cenábamos, la cena exquisita, si nos
amábamos, la privacía absoluta. No. Además, cuidaba que
148
ningún malestar nos rozara, ningún ladrón nos acechara,
ningún vehículo nos pusiera en peligro. Todos los días se me
ocurrían una o dos cosas que podían ocurrir y separarnos, o
entristecernos, y ponía entonces mi poder a trabajar para que
jamás ocurriesen.
Andando los meses, fui extendiendo este cono de
protección a las cosas o personas importantes para ella, a fin
de que ni siquiera una pena ajena pudiera manchar nuestro
idilio. Ella no sabía nada sobre mis habilidades (¿se acuerda?
Cuando me reuní con Don Pedro programé que nadie jamás
descubriría lo que yo era, por lo menos hasta estar a las
puertas de la muerte. No había nada que yo pudiera decirle o
mostrarle a ella que la hiciese creer en ello), pero notaba la
luminosa serenidad de nuestra vida, y bromeaba diciendo
que yo había resultado ser el mejor de los amuletos.
Y ella era, para mí, el único amuleto capaz de lograr
algo que mi poder no podía: el fuego en el alma del amor
correspondido. Ambos, me dije, salíamos ganando.
Pues bien, se acercaba el mes previo a nuestra boda,
y, embriagado por el entusiasmo, decidí aflojar un poco mi
moderación en el uso del poder, y llevar a cabo mi propia
versión de los fuegos artificiales. Me concentré, y realicé los
movimientos y cambios necesarios para lograr que en toda
Barcelona, y hasta una semana después de mi boda, no
hubiese un solo hecho triste ni lamentable.
Fue mi tonta forma privada de festejar, o de dar las
gracias a la vida. Tuvo consecuencias terribles, es cierto, pero
149
como nació de un sentimiento bueno y honesto, jamás me
pude arrepentir de ello.
Así, hubo un mes entero sin muertos ni heridos,
enfermos ni asesinados. Un mes de sanaciones y mejorías, de
reencuentros y soluciones. Los perros no se perdían, las aves
cantaban, el dinero no se acababa, los delincuentes
emigraban o encontraban un buen empleo...No me metí con
las emociones, pero no hizo falta, el bienestar general lo hizo
por mi. Madres y jefes resultaron menos gruñones, las
esposas propias resultaron más apetecibles, los vecinos
menos molestos, y hasta las suegras se volvieron más
tolerables.
Todo era paz y sonrisas.
Me casé, y el paraíso en la tierra duró siete días más.
Al mes de casados, en una notita zumbona, mi mujer
me informaba, descaradamente, que se iba con un joven
amante, harta ya de un viejo estúpido y aburrido como yo.
Antes de que pudiera reponerme, mientras sostenía aún la
carta en la mano, la policía golpeó a mi puerta.
Atontado, los acompañé a una delegación, y más
tarde a la morgue, a reconocer su cadáver. Me entregaron sus
cosas, y me permitieron ver la nota que me había escrito
antes de suicidarse. En la misma me decía que, al reaccionar
de su lujuria y su locura, había sido tanta la vergüenza y tanto
el dolor por lo que había destruido y ensuciado, que sólo
quitándose la vida podía, quizá, tener paz. Pedía perdón a
Dios, y decía no atreverse a pedírmelo a mi.
150
Tras su sepelio vegeté, no sé cuántos días, en mi casa
vacía. Bebí, lloré, maldije, y volví a llorar. La infidelidad y el
suicidio de una mujer a la que se ama con toda el alma
pueden derrumbar a cualquier varón –sobre todo a uno de
mi edad- pero en mi caso, además, el escudo que había
creado a mi alrededor con mi poder me había
desacostumbrado del todo a la desdicha. Había perdido
todos los reflejos humanos ante la tragedia: no sabía como
entenderla, no sabía cómo consolarme, no tenía esos
mecanismos automáticos, esos clichés de las personas
sufridas, que los ayudan a pasar la parte más aguda de la
crisis sin desarmarse del todo. Es más, no tenía la seguridad
inconsciente, que tienen los que han pasado por varias
desgracias, de que el dolor pasa, de que la angustia
eventualmente termina, de que todo, tarde o temprano,
cicatriza. Nunca aprendí eso: mi dolor, por lo que yo sabía –
que era nada, porque yo no sabía nada del dolor- podía llegar
a durar para siempre.
Nada malo me había ocurrido desde mi salida de la
cárcel, hacía ya tanto, y no había permitido ni una sola
contrariedad en mi vida desde entonces. Ahora, golpeado
brutalmente, no sabía cómo volver a pararme. No creía que
se pudiera.
Hasta que un día, en uno de los tantos blancos entre
borracheras, torturado por la resaca y la debilidad, un
pensamiento al azar me abofeteó el rostro y me obligó a
encarrilarme. Puede que usted ya lo haya descubierto; mi
dolor es la única excusa que encuentro para mi ceguera.
151
Pensé, al principio sin prestarle mucha atención, que
qué coincidencia cruel era que le hubieran ocurrido a mi
esposa precisamente las dos únicas calamidades que jamás se
me hubiese ocurrido prevenir con mi poder: el adulterio y el
suicidio.
Como una gota de ácido, la certidumbre de que era
demasiada casualidad filtró lentamente en mi conciencia y la
desgarró con la furia y el horror de darme cuenta de que
todo había sido provocado. No había posibilidad de error o
mala interpretación: si alguien en este mundo sabía cuánto
era “demasiada casualidad”, ese era yo, que tenía el poder y
el privilegio de introducir demasiada casualidad en mi vida y
en las de los demás.
Perdoné entonces a mi amada, a pesar de que ella no
se atrevió a pedir mi perdón, ya que no me cupieron dudas
de que fue llevada a hacer lo que hizo por un poder más
fuerte que su voluntad. Enseguida concluí que, no habiendo
sido yo el que arregló toda la tragedia, y no pudiendo ser una
casualidad, necesariamente debía ser alguien como yo.
Buscar al culpable me devolvió a la vida. A una feroz clase
de vida.
Empecé por buscar al amante. No por los métodos
tradicionales de los maridos cornudos, claro. Me concentré
en la imagen de que la única persona que estaría en tal
esquina, a tal hora, sería él.
Concurrí a lugar a la hora exacta, Ví a un hombre
parado como desconcertado en el borde de la acera, le puse
la mano en el hombro, y, para su espanto, me identifiqué.
152
Una vez dejado en claro que no tenía ninguna intención de
hacerle daño (no inmediatamente, le aclaré), sino saber
ciertas cosas, en medio de pucheros me contó
tartamudeando lo poco que pudo.
Mi mujer pareció haber enloquecido de un día para el
otro, lo persiguió, lo acosó, y él se limitó a darle el gusto.
Como si para mí hiciese alguna diferencia, se preocupó de
dejarme bien en claro que él no la había buscado ni
seducido, sino simplemente reaccionado de la única manera
posible para un Hombre Que Se Respeta.
Pero luego, esa misma noche, ella lo odió, lo insultó,
y lo echó de su casa (de la de él, dicho sea de paso).
Me hice el distraído, y lo dejé escapar corriendo. El
hombre era apenas la herramienta de otro, ignorante del
papel que había tenido en los hechos, y sólo le quedaban
para contarme detalles dolorosos e inútiles.
Me zambullí, entonces, en la búsqueda del Otro, de
aquél ser capaz de manipular la mente de una mujer
inofensiva y arrastrarla a la degradación, a la depresión y al
suicidio.
Ya sé lo que parece. Hombre mayor, enamorado por
primera vez, destronado de la cúspide de su felicidad por la
infidelidad y la muerte. No puede soportarlo, no quiere
aceptarlo, y construye una teoría paranoica para librarse de la
culpabilidad, de la sensación de que, de alguna manera, su
mujer no hubiera pasado por todo eso si no se hubiera
relacionado con él. Siente una culpa imprecisa (culpa por ser
153
viejo y no satisfacer el ansia de aventuras de ella, culpa por
no haber previsto su reacción, culpa por haberla puesto,
quizá, en una jaula de oro que la asfixiaba), y “hace” un
enemigo imaginario para que cargue con ella.
O, mejor aún, conociendo la forma en que opera
nuestro poder, puede haber ocurrido que el mismo hombre,
bajo la misma presión, hubiese hecho que apareciese una
conspiración allí donde no había ninguna. Una conspiración
real, pero producto de su talento para modificar el devenir.
Son razonamientos perfectamente aceptables, y a
todos los evalué fríamente. Fue por ello –y aprovecho para
recomendarle que preste atención a esta lección de cómo
elegir aquello que se programa- que no pedí encontrar a los
responsables de la muerte de mi mujer, ni tampoco conocer
los detalles de la supuesta conspiración. Si lo hubiera hecho,
si, habría dado con ellos y cobrado mi venganza, pero jamás
sabría si la conspiración había sido real, o si yo mismo la
fabriqué al pretender conocerla. Dejé abierta la posibilidad
de estar equivocado, y usé mi poder de una manera más
ambigua.
Lo usé para obtener un aviso, una pista que me
dijera dónde empezar a buscar mis respuestas. Si había
habido una conspiración, obtendría el lugar por donde
empezar a rastrearla. Si no, probablemente encontraría otros
signos, cualquier otra cosa, que me indicase que debía buscar
la explicación por otro lado.
A la hora que yo estipulé, el aviso me llegó en la
forma de un volante pasado bajo la puerta. Resultó ser el
154
anuncio de un adivino, nada menos, que prometía cura
contra el mal de ojo, y los males de amores y de dinero.
Obtuve una cita con él, y, luego de escuchar sus
visiones sobre mí (erradas todas), le pregunté a boca de jarro
qué había tenido que ver con el asunto de mi esposa.
Desencajado, quiso huir.
(Le recomiendo, Ricardo, que use su habilidad para
adquirir el dominio de algún arte de combate oriental. No
subestime el tema como poco digno de personas tan metidas
en lo metafísico como nosotros: viajamos, andamos por
lugares peligrosos, y siempre es bueno tener esas técnicas a
mano, como un as en la manga más). El adivino quedó en un
estado lamentable después de su intento fallido de suspender
nuestra consulta, pero aún podía hablar, y le insistí en que lo
intentara.
Juró ser un farsante, juró jamás haber logrado nada
con su magia, y juró que nunca creyó que lo que le pidieron
para esa señora fuese a resultar.
Pero también juró que no fue su idea, sino de un
viejo maestro, a quién él tenía por un verdadero adivino, que
le pidió “el trabajo”, y le dio las instrucciones precisas.
Cuando le pregunté que por qué, que qué tenía ese
“maestro” contra mi esposa, se retorció inquieto, como si le
desagradara muchísimo seguir ahondando el tema. Un poco
de persuasión de mi parte lo estimuló a seguir explayándose,
y me contó que, aunque nunca se habló directamente de ello,
por lo que pudo oír y entender de una charla de ese
“maestro” con otra persona que estaba en la habitación
155
contigua, parecía ser que “el trabajo” era una forma de
castigar a alguien cercano a ella..
Antes de irme, arreglé que le diese un pequeño
derrame cerebral: si no moría, perdería sin duda la memoria
o el habla. Si perdía ambos, mejor.
Me mudé a un hotel, sin siquiera pasar por mi
apartamento a retirar nada, y traté de ordenar lo que sabía -"
La tarde se acercaba a su fin, con esa velocidad
sorprendente que tiene en los trópicos, y Ricardo se apresuró
a enrollar de nuevo los papeles y emprender el regreso al
buque. Nunca había recorrido estos senderos de noche, y
malditas las ganas que tenía de empezar ahora.
Apurando el paso, logró llegar con las últimas luces.
Declinó una invitación a salir más tarde con los muchachos,
se duchó, comió algo, y se encerró en el camarote a seguir
con los papeles de la botella.
Odiaba reconocerlo, pero el asunto se estaba
volviendo apasionante. Destapó una cerveza, se sentó en su
sillón, y siguió con la lectura de los maltrechos papeles.
-"lo que sabía. Me buscaban a mí, eso era evidente.
Nadie podía tener nada en contra de mi pobre esposa pero,
incluso si hubiese tenido algún enemigo en la tierra, sería un
enemigo de esta tierra. En el atentado contra nuestra
156
felicidad se veía un accionar que no tenía nada que ver con
las venganzas normales, ni con los rencores humanos
comunes. Habían usado algo fuera de lo normal. Yo era el
fuera de lo normal en nuestra pareja, así que era obvio que
nuestro enemigo era más afín a mi que a ella: era, pues, mi
enemigo. Quien, o por qué, era algo que se vería más tarde. El
nudo del asunto era que, aún buscando destruirme, él, casi
con seguridad, no supiera de quién era enemigo.
Habiendo usado mi poder luego de aquella entrevista
con Don Pedro para que nadie pudiera descubrirme
(Hubiera podido estar parado debajo de un cartel luminoso
que dijese “Éste es” con una flecha señalándome, y, aun así,
o no me verían, o no se darían cuenta, o se darían cuenta
pero no lo creerían), rodeado de una muralla de
coincidencias que no permitía a nadie sospechar de mí,
buscaron a la persona más cercana a mi persona. Algo en mi
esposa tendría mi marca para el que supiera verla. El caso es
que descubrieron, vaya uno a saber cómo, a una mujer que
se relacionaba con el que buscaban. Pero incluso así, incluso
teniendo frente a sus ojos que yo era su vida y ella la mía, no
podían saber ni descubrir quién era la persona cercana a ella
cuya identidad querían revelar. Deben haber probado, sin
duda, y fallado, diferentes formas de dañarla. Las fallas no
hicieron más que confirmarles que el que ellos buscaban
estaba protegiendo a la mujer, y los llevó a insistir.
Finalmente, dieron con el agujero en mi muralla que
les permitió asestarme semejante golpe. No dejaban de ser
conjeturas traídas de los pelos, y yo lo sabía, pero alguna
línea de investigación tenía que tener para empezar.
157
Haciendo discretas averiguaciones, entonces, supe
que, durante mi crisis de dolor y de alcohol, una serie de
desgracias terribles había ocurrido a parientes y amigos de mi
difunta esposa. Decidí aprovecharme de ello: mientras las
calamidades seguían golpeando a la familia, yo aplicaba mi
poder como una nariz a cada una de ellas
Mi, o mis enemigos, sólo sabían de mí que había sido
importante para mi esposa. Se dedicaban, por lo tanto, a
castigar sistemáticamente a todos aquellos que cumpliesen
con esa condición (menos a mi, a quién olvidaban o
ignoraban). Y yo, de cada uno de esos ataques, acababa
obteniendo un nombre. Todos estos nombres eran distintos,
pero todos resultaron tener un denominador común. Todos
eran personas que se dedicaban, de una forma o la otra, a la
magia comercial, a la charlatanería, al ilusionismo barato y al
fraude místico. Todos eran farsantes que pretendían tener
Poderes.
Todos lo pagaron caro.
Una vez que hube establecido esto, dejé de comer
peones y puse todo mi empeño en darle mate al rey negro.
No fui hacia él: arreglé el futuro para que nos
encontráramos, de noche y tarde, detrás de cierta iglesia.
(Note, Ricardo, que la gente como nosotros no se mueve
por los tiempos de la literatura o el cine policial. No tenemos
molestas demoras ni largas cadenas de investigación y
búsqueda de pruebas. Todo resulta vertiginosamente rápido
y sencillo. Un poco aburrido, incluso).
158
Cuando el momento llegó, pude ver a un hombre
anciano, elegante, vacilando en la actitud de quien,
acostumbrado a ganar siempre, cae en cuenta de que está
perdiendo el partido. Tendría sin duda una razón para estar
allí –para él absolutamente verdadera y lógica- pero, aunque
no podía menos de estar seguro de estar allí por su propia
voluntad, seguro de su libre albedrío, así y todo parecía oler
algo hostil alrededor. Estoy seguro de que podía oler la
trampa. No le sirvió de nada.
Sin preámbulos, desde las sombras, le dije que tenía
una sóla posibilidad de salir con vida de esto: no darse
vuelta, no callar, no mentir.
Asintió con la cabeza. Lo interrogué. Satisfizo todas
mis preguntas. Cumplí y lo dejé ir, asegurándome luego –
poder mediante- de que viviese muchos años más en la
constante agonía de los cánceres óseo y de piel que se le
manifestarían esa misma semana.
Mi venganza cumplida, y mis dudas resueltas,
emprendí un viaje hacia América que terminaría, varios años
después, en aquella noche de Lima-"
-"Lo que descubrí, Ricardo, y que de ahora en más
deberá transformarse en su principal preocupación, es lo
siguiente.
“Nosotros”, comprenderá, no somos los únicos.
159
Somos la última etapa de una evolución. Estamos al
final del proceso, y, por lo tanto, somos los más elaborados,
los más precisos, y los que poseen el poder más sofisticado.
Pero, aún así, no somos, de ninguna manera, los únicos que
conseguimos manipular las cadenas de causa y efecto.
La esencia de lo que logramos hacer consiste en
conocer el preciso y mínimo cambio a realizar para que, en
un futuro determinado, ocurra un hecho estipulado por
nuestra voluntad.
Lamentablemente, hay otros, no tan avanzados como
nosotros, pero que tienen algo de nuestra habilidad, y
consiguen resultados parecidos. De hecho, hay innumerables
estadíos inferiores; gentes que, como el adivino de Amberes,
sólo han desarrollado parte de su capacidad, y que viven
confundidos con respecto a qué es, de dónde viene, y cómo
funciona.
La mayoría de estas gentes son lo que, a lo largo de
toda la historia, se ha conocido como magos, brujos, o
hechiceros. Su habilidad, aunque menor, se basa en el mismo
principio que la nuestra. Sólo que, en vez de obtenerse con
el razonamiento y el estudio de causas y efectos, ellos lo
consiguen de una manera empírica, por ensayo y error, a
través de la experiencia empírica acumulada durante cientos
y cientos de años.
Sus rituales, sus cánticos, sus pentagramas en el piso:
toda su escenografía no hace más que introducir un cambio
ilógico en el normal desarrollo de las cosas. Hacen algo que,
normalmente, no tendría sentido hacer. Eso lleva a que la
160
cadena de hechos siguiente ya no sea la misma, las cosas
ocurren de otra manera, y se llega a un Universo diferente de
aquel al que se iba a llegar.
La principal diferencia entre las cosas que hacen
ellos, y las que hacemos nosotros, es la precisión. No
pueden, como nosotros, alterar un hecho puntual en un
momento definido, sino que disparan al azar, en un campo
muy amplio, y fallando la mayoría de las veces. Esto de
ninguna manera los vuelve menos peligrosos, sino que, por
el contrario, todo ese poder disparado a boca de jarro,
explicado como causado por poderes demoníacos o
espirituales, y totalmente inconsciente de las ramificaciones
que altera, es una ruleta rusa jugada con cañones.
Si hubiese que llevar un vaso de un extremo al otro
de la mesa, por ejemplo, lo que nuestro poder haría sería el
equivalente a tomarlo con la mano, ir al otro lado de la mesa,
y depositarlo en el lugar deseado. El de ellos haría algo así
como levantar todo el extremo de la mesa para que vasos,
platos, cubiertos, panes y botellas resbalaran como fuese
hacia el otro extremo. Establecen una pendiente ciega en la
causalidad, en la esperanza de que, entre las miles de
secuencias que cambian, alguna de ellas termine resultando
como ellos lo desean
Metiéndome un poco con la antropología (No
proteste: va a ver que estos datos le van a terminar por
servir, y mucho), creo que puedo explicar cómo se originó
este conocimiento “mágico”.
161
Es de suponer que, miles y miles de años atrás, un
hombre, que deseaba profundamente algo (caza, la muerte
de un enemigo, buen clima, etc.) lo consigue de una manera
que no esperaba. Como tantos –como todos- lo habrá
achacado a la ayuda de algún Dios, algún Espíritu, algún
Demonio. A la Suerte, si no. Pero, en este caso en particular,
recuerda haber hecho algo inusual antes y pasa a preguntarse,
intrigado, si no habrá tenido algo que ver. A partir de allí, a
modo de su propia receta de buena suerte, empieza a
repetirlo innumerables veces. Por supuesto, usted y yo
sabemos que para cierto enemigo y cierta desgracia en cierto
momento, sólo hay un cambio específico posible. Pero, si el
hombre espera algo vago, algo muy general, quizá, tal vez,
aquel movimiento de la primera vez sirva. No conseguirá
caza, pero si mujer. O, si quiere derrotar al rival, quizá no lo
logre, pero puede que le vaya mejor con la recolección de
frutos. Como al adivino de Amberes, una buena suerte
imprecisa empezará a rodearlo.
Hasta es posible que las pinturas rupestres de
mamuts y de antílopes fueran el equivalente, para aquellas
mentes toscas, de los ensueños del adivino o de los nuestros.
Mi soñar mi cocinita de Londres, cuando estaba en prisión,
puede ser un primo lejano de las grutas de Altamira.
Lo importante es que la repetición dará algunos
resultados. No harán falta muchos para que una mente
supersticiosa y primitiva intuya que allí hay Poder. Puede que
con el tiempo afine un poco su técnica, descubriendo por
casualidad que hay cambios que sólo producen suerte en la
caza, mientras que otros la traen a la hora de conseguir
162
hembras. Caerá en el error de confundirse y creer que es el
movimiento o el canto el que hace el cambio, y no la imagen
que genera en su cabeza de lo que desea, pero no importa:
los memorizará y los seguirá repitiendo incansablemente,
movido por su superstición.
Este hombre transmite sus pases, secretos y amuletos
a uno o varios aprendices. Un aprendiz normal repetirá los
movimientos del maestro y fracasará casi siempre. Un
aprendiz intuitivo, uno con el principio embrionario de
nuestro poder, visualizará además lo que espera conseguir
con esos pases mágicos, los variará imperceptiblemente,
inconscientemente, logrando un cierto éxito y transmitiendo,
a su vez, esas variaciones que intuyó.
Fíjese que, a pesar de ser los mismos rituales,
efectuados por distintos magos, hay resultados distintos. Lo
sensato sería darse cuenta de que no es el ritual el que sale
bien o mal, sino el mago, pero, para la mentalidad primitiva,
este salto lógico nunca fue posible. Así y todo, siempre se
aceptó que había grandes magos, sujetos más poderosos que
los demás, incluso cuando hacían las mismas tonterías que
los otros. Hoy en día, fíjese, la misma plegaria, rezada por
diferentes fieles de una religión, dará resultado en algunos y
defraudará a otros: si el Dios es el mismo, y el texto de la
plegaria también, hay que concluir que lo que hace que en un
caso funcione y en el otro no tiene que ser la capacidad del
que reza. Pero tampoco las religiones fueron nunca muy
lógicas al respecto.
163
Con el pasar de los años y de las generaciones de
aprendices, habrá conjuros establecidos para cada cosa,
pulidos por miles de años de infatigables ensayo y error,
recetas que, realizadas por una persona con la suficiente
intuición como para afinarlos al instante presente (a nuestro
universo) pueden alterar, con cierta gruesa puntería, al
futuro.
Nunca vamos a poder afirmarlo con total certeza,
pero es posible que estos “magos” no tengan la suficiente fe
en sus propios ensueños como para creer en ellos y obtener
así el detalle que hay que modificar. El ritual, la ceremonia,
en los que sí creen les prestan la confianza necesaria y,
mientras bailan, o cantan, o degüellan corderos, intuyen qué
está diferente, y lo logran. Al igual que las pinturas rupestres,
necesitan creer que es muy poderoso y externo lo que logra
que sus deseos se cumplan.
No estamos hablando, Ricardo, de solitarios como
Nosotros, sino de un grupo corporativo, con su folklore y
sus jerarquías, sus prodigios y sus don nadie. Lo que les falta
en poder, en comprensión de su poder, lo suplen con el
conocimiento compartido, y, sobre todo, con el acumulado
en generaciones y generaciones de práctica.
Ahora bien: al equivocarse sobre el mecanismo que
les permite lograr lo que logran, no pueden ver las
consecuencias de esos logros.
Nosotros, por ejemplo, aceptamos que un hombre es
quién es según los hechos que lo hayan formado, y será, en
el futuro, como los hechos que sigan ocurriendo lo sigan
164
moldeando. Hechos, claro, regidos por el azar. Como para
nosotros, prácticamente, no existe el azar, los hechos que
nos moldean están moldeados, a su vez, por nosotros
mismos, con lo cual seremos cada vez más lo que somos
ahora.
Marea un poco, ¿no?
En el caso de los hechiceros, como no “sueñan”
racionalmente lo que quieren que ocurra, sino que
simplemente repiten los gestos que creen que pueden servir
porque, hasta ahora y algunas veces, dieron resultado,
imprimen en el universo cambios que, no sólo son tiros a
ciegas, sino que son tiros rituales, con conceptos religiosos o
mágicos implícitos en ellos. El universo que crean, cada vez
que intervienen, es un universo con más arbitrariedad que el
que estaba por ocurrir, más removido por el azar, y más
orientado a las taras religiosas de estas personas.
Entiéndame: no van a hacer nunca que aparezca un demonio
ni que Dios les dé las tablas de la ley, pero el universo se va a
comportar como si esas cosas realmente existieran. La diferencia
entre un mundo gobernado por orixas o espíritus, y otro que
no, pero en el que pasan las cosas que harían suceder los
orixa y los espíritus es, en la práctica, irrelevante.
Como corolario final de el daño que hacen, ellos
mismos serán lo que conforman, de modo que, cuanto más
usen sus poderes, y más acierten, más devotos y más
equivocados estarán con la magia.
La hechicería, a diferencia de nuestra habilidad, no
asienta al ser en su propia esencia, sino que, como tiene un
165
margen tan amplio de error, lo lanza –a él y a su universo- a
una serie interminable cambios en el carácter, cuyo único
factor común es la alienación y la creencia, cada vez más
reforzada, en explicaciones mágicas de la realidad.
Si lo quiere más resumido, se vuelven locos y
vuelven loco al normal curso de las cosas. Si bien el azar es
imprevisible, por lo menos sigue una línea más o menos
recta: con ellos, en cambio, todo son desvíos inesperados y
rutas sorpresa. Para ilustrar con una metáfora, según mi mala
costumbre, es como si nosotros fuésemos médicos
recetando drogas tras haber estudiado la enfermedad del
paciente (y los efectos curativos de las mismas), y ellos, en
cambio, fueran dementes que tomaron la farmacia por
asalto, y se recetaran entre ellos mismos según el color de los
envoltorios o el sabor de los medicamentos. Quizá acierten
alguna vez, y les sirva saber que los verdes son para la
garganta y los rosa para las vaginas, pero, sin duda, el resto
de las drogas, administradas a ciegas y en base a la fe en el
poder mágico de las cajitas de cartón, no puede menos que
hacer un desastre con la farmacia, y con las propias mentes
de los enfermos.
Nunca lo hubiera descubierto, ni ellos hubieran
descubierto que uno de Nosotros existía, si no hubiese sido
porque mi mes de dicha para Barcelona chocó con una ley
básica que es común a nuestro talento y al de ellos. Es algo
paradojal, exquisitamente sencillo y, a la vez,
endiabladamente difícil de entender.
166
(Como todo lo que me cuenta, pensará usted.)
Funciona más o menos así: Cuando dispongo que
ocurra algo, el cambio que intuyo tiene en cuenta todo lo
que, en este instante, tiene consecuencias en el futuro. Si
hubiese otra persona con un poder igual al mío, mi intuición
también la tendría en cuenta (después de todo, está en mi
universo actual), y, si por alguna razón esa otra persona fuera
a hacer algo que se opusiese a lo que yo quería hacer, también
lo tendría en cuenta Mi proceso elegiría un cambio tal que,
además de culminar en mi pedido, generase circunstancias
que se opusieran y anularan a las originadas en el otro.
Tiene lógica. Yo quisiera comer un pato nanking.
Otro, luego, programa que yo no tenga mi pato nanking. Yo
me quedo sin pato. Para evitar esto, yo uso primero mi
poder para llegar indefectiblemente al pato nanking. Cuando
lo hago, no sólo las cosas se irán acomodando para que yo
cene pato, sino que también incluirán cambios que sirvan
para que el otro no pueda desear, o hacer, o interferir de
ninguna manera con mi pato.
No es cuestión de más o menos poder, sino de la
secuencia: el que juega primero baraja el universo hasta el fin
de su pedido, y eso incluye las manifestaciones de poder de
otros que sean contrarias a las suyas. A igualdad de barajas,
gana el que es mano.
Entre Nosotros no habría tal problema, ni
hubiésemos descubierto jamás el fenómeno tampoco, ya que
sólo había uno sólo de nosotros vivo a la vez. Nadie
interferiría con nadie.
167
Y como cuando actuábamos lo hacíamos siempre
esporádicamente, y siempre en asuntos muy concretos y
definidos, rara vez podía darse que alguno de nuestros
esquemas interfiriese con el de otros.
Pero, cuando decreté la felicidad sobre Barcelona,
todos los hechizos, todas las brujerías, todos los males de ojo
fueron contrarrestados y anulados. Quizá alguno se haya
escapado –alguno arreglado antes de mi decreto-, pero, dada
la baja efectividad de los magos, puede que incluso esos
fallaran por sí mismos, o que su daño se mitigara por el
bienestar general de los allegados a la víctima.
La comunidad de brujas y hechiceros se encontró de
pronto totalmente impotente. Igual que yo, no tardaron en
darse cuenta de que una performance de 0% era demasiada
coincidencia, y buscaron la causa por todos los medios
posibles.
Claro, yo era invisible, digamos, para ellos. Les debe
haber resultado endiabladamente difícil, pero de alguna
forma, navegando por marcaciones, deduciendo por la zona
donde más se sentían mis efectos, o estudiando qué criterios
se habían usado para decidir qué cosas buenas le ocurrirían a
la gente de Barcelona, consiguieron oler que, fuese lo que
fuese lo que los tenía congelados, tenía alguna relación con
mi señora. Y el resto ya lo sabe.
Siguieron buscándome, por supuesto, rastreándome
en vano a lo largo de todos estos años. No pueden verme
aunque me les pare en frente y les grite que yo soy el que
168
buscan, pero, en cuanto tiro mis “fuegos artificiales”, todos
alzan el hocico y levantan vuelo en mi dirección.
Mi vida empezó a complicarse y a volverse más
dolorosa a partir de mi venganza de Barcelona. Por ejemplo,
cuando quise ayudar a la gente de toda una favela en Río, la
anomalía, el neutralizado de la magia los atrajo a la zona
como moscas a un cerdo muerto. En cuanto mi ayuda
concluyó, todas aquellas personas cercanas a mí (las que
tenían mi “olor mágico”, por decirlo de alguna manera)
sufrieron desdichas atroces, desdichas que, por haber sigo
dispuestas previamente, mi poder no podía contrarrestar ni
deshacer. Volví a tomar venganza sobre los autores, pero,
por lo general, eran magos de ínfima categoría a los cuales,
en esas ocasiones, miembros más poderosos ayudaban y
elevaban sobre sus niveles. Y aunque me llevé mi buena
cuota de esos maestros, y limpié bastante el mundo de esa
confusión en la causalidad que causaban, pronto me di
cuenta de que estaban alerta en todo el mundo, expectantes,
esperando mis próximas buenas acciones. No había lugar a
donde fuese en el cual no se desatase una feroz represalia
cada vez que trataba de ayudar a grandes grupos de gente.
Tanta dedicación, supuse, estaba dirigida a
encontrarme, descubrirme, y sacarme del tablero. Cuál de
todas las creencias mágicas, cuál de las sectas, cuál de todas
las pervertidas formas de entender la realidad me perseguía
(si no se trataba, después de todo, de una “mafia” que las
uniese a todas) nunca lo pude averiguar, ni me interesó. Si
no era una, sería otra. Si yo vencía al vudú, me seguiría el
candomblé. Si vencía al candomblé, tendría tras de mí a
169
todos los chamanes americanos. Y seguirían las tiradoras de
cartas, los curanderos, los satanistas, etc. La estupidez
humana probablemente es infinita; para mí, al menos,
aparecía como inagotable, así que abandoné todo intento de
indagar el asunto.
Nunca lograron dar conmigo –ni se acercaron
siquiera-, pero al final lograron vencerme. No pude soportar
más el daño que sufrían los inocentes que me rodeaban cada
vez que los perros se soltaban a rastrearme. No quise que
nadie más sufriese por ser mi amigo, por ser mi amante, o
simplemente por caerle bien.
Dejé de actuar en gran escala, y me radiqué en Lima.
Fue en Lima, y cuando ya me sentía seguro y libre
para siempre (al fin y al cabo los había dejado tranquilos, y ya
no tenían por qué hostigarme), fue allí que, una noche, supe
por la dueña de la casa que tres hombres habían venido a
buscarme. Dos veces. Y que al no encontrarme, hicieron un
montón de preguntas sobre mí. No dijeron nada sobre ellos
mismos y a ella, en particular, no le gustaron para nada.
Volví a usar el truquito de encontrarme con ellos,
pero sin que se dieran cuenta de que yo estaba cerca. Supe
que uno de ellos era uno de Los Grandes (no por nada
sobrenatural esta vez, sino porque, de tanto matarlos, había
aprendido a conocer sus miradas enloquecidas, sus poses
soberbias, y su absoluto desprecio por el ser humano
común). Los otros dos no parecían estar muy conscientes de
lo que hacían, ni por qué, ni para qué.
170
Averigüé donde vivía aquel Maestro. Esperé a que
dejara el hotel en mi busca y, sabiendo que contaba con
bastante tiempo antes de que regresara, le revisé la
habitación. Entre sus papeles encontré listas y listas de
nombres, cada una encabezada por el nombre de una ciudad
y una fecha. Mi nombre aparecía subrayado en todas.
Cuando entendí, casi me reí. Estos brujos, estos
poderosos Maestros de las Artes Arcanas, se habían rebajado
a rastrearme usando una vulgar pesquisa detectivesca.
Cotejaron la información de todos los sitios en los que yo
había actuado para el bien de un grupo de gente. Tenían
todos los nombres de las relaciones de mi esposa, todos los
de aquellos que habíamos formado un círculo de amigos en
la favela, los de aquellos que vivimos aquella sequía en el
Chaco, los que sobrevivimos a la nieve en los Andes, los del
valle del volcán en El Salvador, etc., y yo, claro, figuraba en
todas. Ileso. Inmune.
La conclusión evidente sería la de que yo había
causado todas esas sombras a la brujería, pero no creí que
hubiesen podido llegar a ella. Mi poder aún les impedía
aprehender mi secreto, si bien, para el caso, era lo mismo.
Cualquiera fuese la conclusión a la que hubieran llegado
(muy probablemente a la de que yo era muy cercano al
culpable, que viajaba con él, y que él era quién me protegía
de sus hechizos), acertados o equivocados, era cosa segura
que mi muerte había sido decretada.
Si no podía ser por medios mágicos, sería por otros:
para eso estaban los matones.
171
Cuando volví a mi pieza, traté de recordar contra
cuántos tipos de muerte me había amparado con mi poder
(porque lo cierto es que nunca pretendí la inmortalidad, sino
apenas la longevidad).
Eran muchísimos, pero nunca se me ocurrió
protegerme de asesinos profesionales. Nunca anduve en
nada que lo justificara.
Ahora, conociendo a los magos, y teniendo presente
ese juego de que el primero que ordena el futuro bloquea a
los demás, me resigné a que ya era tarde. Algún hechizo,
alguna brujería habrían hecho, sin duda, para que los
asesinos tuvieran éxito. Algo torpe, algo vago, sin duda, y
que era probable que terminara rompiendo vidrios o
matando perros en otra ciudad, pero, aún así, algo repetido
varias veces y por varias personas. Muchas personas.
Recuerde: lo que no consiguen con habilidad, lo logran
insistiendo, repitiendo, y apoyándose en su innumerable
cofradía.
Alguno de todos esos orates iba a tener que acertar.
Pedí, pues, saber los datos sobre mi muerte.
Conociendo el lugar y la hora, sólo me quedó hacerme a la
idea y cumplir apresuradamente con mis deberes.
Mentiría si le dijese que estaba triste, furioso,
asustado o filosófico. Había vivido demasiado, había vivido
muchas cosas, y todas muy buenas, y había hecho todo lo
que tenía ganas de hacer. Estaba cansado, las penas me
pesaban en el alma, y el fin de mi historia, como una cama
172
bien tendida al final de un día agotador, me parecía más
tentador a cada momento.
Me preocupaba, si, el problema de cómo continuar
con Nuestra tradición, y ahí es donde entra usted, Ricardo.
Usé todo mi poder (me empleé a fondo, créame) para que la
persona más capaz de reemplazarme estuviese junto a mí en
el momento de morir.
No antes, para que no pudieran asociarlo conmigo.
No después, para poder, hasta último momento,
impresionarlo y tratar de convencerlo.
Mi problema era que, a diferencia de todas las
entregas de posta Nuestras, en este caso no se le iba a hacer
a un hombre que había descubierto prácticamente todo
sobre el tema, que estaba seguro de que podía hacer las cosas
que se le iban a decir que podía, y qué sólo necesitaba
algunos datos menores para poder manejarse en la vida. Yo
le iba a entregar todo este paquete inverosímil a alguien que
ni sospechaba que esto pudiese ser posible. Sin tiempo de
largas conversaciones ni de pruebas y experimentos
convincentes. A uno que no había Madurado.
Iba a tener que convencer a un perfecto extraño de
que creyera el que parecía el mayor cuento de borrachos de
todos los tiempos.
Supuse que no iba a ser fácil, así que hice algunas
previsiones.
173
Lo más complicado fue conocer su nombre. Fue
muy difícil. Tardé más de dos días, y aún hoy resultaría muy
complicado explicar cómo llegó hasta mí.
Con su nombre, y algunos otros datos suyos que
conseguí, estoy programando, ahora, varios sucesos para
orientarlo y sacarle las dudas. También me tomé un trabajo
especial en planear como hacer para que saliese con vida del
encuentro con mis asesinos (tarde, pero finalmente aprendí a
tener en cuenta a esa gentuza en mis planes). Lo voy a hacer
de un modo bastante sencillo, y sin usar mi poder. Se que el
asesino va a matar a sus dos peones luego de terminar su
trabajo –no tienen interés en tener ningún tipo de testigospero también se que, estando cerca de mi muerte, la niebla
que ocultaba mi secreto se va a disipar, así que, en
determinado momento, cuando me llegue la hora, voy a
revelarle que no soy un amigo de su presa, sino La Presa en
si. Sin duda, la lista de Grandes Maestros que llevo
liquidados lo va a convencer de que cuanto más se aleje de
mí, mejor.
De paso, le cuento que su cara, cuando me escuche
decirle al asesino que yo efectivamente soy el que ha venido
a matar, y que, a pesar de lo estúpidamente obvio que eso
resulta, el asesino reacciona con terror y huye, su cara,
Ricardo, bien vale un tiroteo.
El resto, de ahora en más, depende de usted.
Los Magos manipulan la mente. Nosotros no, así que
no voy a interferir con su lógica o su credulidad: si usted era
quien se suponía que debía ser, encontrará esta botella. Si no,
174
se romperá contra las piedras y sus contenidos se desharán
en el mar. Una solución elegante, que le dicen.
Me despido, Ricardo. No le deseo suerte, porque sé
que ahora tiene el poder de forjarla. Le pido, si, que tenga
presente siempre la presencia de la Legión de Incompletos.
Use todo lo que quiera su poder para su propio
beneficio, pero recuerde que, si lo usa de un modo amplio,
para ayudar a grupos o pueblos grandes, ellos lo descubrirán
y lo perseguirán eternamente.
Disfrute, sobreviva, y siga orientando al Universo
como siempre lo hemos hecho Nosotros. Especialmente
ahora, que sabemos que hay una nación entera de locos
tratando de sacudirle el eje.
Y ya que está en Quetzal, busque un restaurant sobre
la ruta, cien metros después de la calle principal, con un
enorme pez espada embalsamado en una pared: se come
maravillosamente bien, y los mariscos son enormes y frescos
(tenía que darme el gusto de darle una última sorpresa: mi
lado travieso, pobre de mí, nunca me abandonó)
Perdón por todo, y, al mismo tiempo, no hay de qué.
Adiós
Nadie-"
175
Ricardo comprendió todo, Ricardo aceptó todo.
Todo cerraba, todo coincidía: hasta las palabras que el viejo
dijo en Lima, y que espantaron al asesino.
La explicación aclaraba las maravillas, y las maravillas
confirmaban la explicación. Todo era coherente.
Salvo, claro, el final. Ricardo conocía el restaurant, la
dirección, y el pez espada. Coincidía incluso en la crítica de la
cocina. Era una de las mejores cosas para hacer en Quetzal.
Pero Quetzal estaba en Guatemala, y él, Ricardo, en
Costa Rica. El buque no llegaría a Quetzal hasta dentro de
cuatro días.
O sea que, o el retorcido humor del viejo seguía
molestando con sus jueguitos desde el Más Allá de la tumba,
o, por primera vez, una grave distorsión había aparecido en
lo planeado por Nadie.
Aparentemente, Ricardo (o la botella) se habían
adelantado a los tiempos previstos. La realidad pudo
acomodarse, de alguna manera, y ambos pudieron
encontrarse, pero no como había sido previsto.
El viejo había cometido un error, o algo había
interferido con sus “arreglos”
Sentado en su sillón, la mirada perdida sobre la
lámpara del escritorio, Ricardo se preguntó varias veces si
aquel habría sido el único error, o la única interferencia.
176
COMPRESIÓN
TABASCO:
María estaba sentada junto a una mesita cuadrada,
apoyada contra la pared del fondo de una cocina. El sol no
daba en ese rincón, sino en lo ojos de quien mirase hacia allí.
La vieja, de medio luto, era apenas discernible contra el
hollín y la grasa de las paredes.
Evaristo –que no se llamaba Evaristo- se dejó
engañar por la inmovilidad de iguana de María cuando entró
a la cocina creyéndola vacía. Cuando la vieja quedamente lo
saludó, tuvo otro de esos respingos de miedo que, no
importaba cuantos años llevase ayudando a aquella mujer,
sufría cada vez que tomaba conciencia de lo indefenso que
se encontraba a su lado.
No es que ella le hubiese hecho daño alguna vez (no
que él supiera, por lo menos), pero la rutina hacía que, cada
tanto, Evaristo se olvidase por un rato de todo lo que podía
hacer aquella a quién servía: cada vez que, como ahora, caía
en cuenta de nuevo de con quién trataba, lo asaltaba la
sensación de el que descubre que ha estado caminando a
oscuras al borde de un abismo, sin saberlo.
177
-¿Q´noticias me traes?- María era respetuosa, y su
voz sonaba tenue y avejentada. Evaristo conocía el tono y,
lejos de tranquilizarlo, esto hizo que su corazón se acelerara
locamente (cosa que, a su edad, era una tonta forma de ruleta
rusa).
-Otra vez lo mismo, MadreNo era, claro, su madre. Usaba el título porque todos
en su familia, desde su bisabuelo hasta él –y también sus
bisnietos- lo habían usado. Podía ser, por supuesto, que
existiese algún otro parentesco entre ambos; muy en su
interior, el anciano sentía repugnancia ante la idea. Haciendo
de tripas corazón, dio las malas noticias
-Quejas de otra ciudad, en un país diferente. Y nadie
pudo Ver nada tampoco esta vezMaría apoyó el brazo derecho en la mesa,
jugueteando con un diente de ajo que hacía pasar entre sus
dedos como si fuese un ratoncito blanco. Evaristo,
fascinado, hasta creyó ver, en un parpadeo, un ratón
verdadero.
-¿Y tú qué crees?- preguntó, sin pasión y sin mirarlo.
-Pos...pos creo que son muchos, Madre...Creo que se
han juntado muchos. Y creo que lo hacen a propósito. Yo
creo que nos provocan, pueses... Silencio.
178
-Quiero que me traigas algo, hijo- El viejo se
preparó. Los encargos de María nunca eran fáciles ni
agradables, siendo incluso, muchas veces, ilegales. Tenía ya el
alma y el estómago curtidos, pero nunca terminaba de
acostumbrarse del todo a las sorpresas que ella le daba.
-Tráeme un mapa. Del mundo, ¿sabes?, uno de esos
con todos los países. Con los nombres de las ciudades. Y
que tenga letras grandes: mis ojos, ya sabes... Evaristo, aunque casi seguro de haber entendido mal,
fue a buscar uno, y lo desplegó sobre la mesita. María,
arrimando cada tanto un cuaderno muy manoseado a su
nariz, tomó un lápiz e hizo varios puntos y marcas sobre el
planisferio. Cuando estuvo satisfecha de haber terminado, se
enderezó, asintiendo.
-Pos fíjate que yo creo que no. No son muchos. No
hay dos quejas de lugares diferentes al mismo tiempo ¿ves?,
ni saltan tampoco de una punta a la otra del mundo. Son
como pasitos. No son muchos. Es uno. Uno sólo, que se
mueve mucho-Pero, ¿no tiene amigos en los pueblos, no tiene
conocidos, no se acuesta con nadie? ¿Cómo es que vive así?María pasó el dedo a lo largo de la línea de lápiz que
unía todas las cruces que había hecho, y en el orden de las
fechas que había garrapateado al lado.
-Hi....jo de la chingada....- siseó. Puso ambas palmas
sobre el planisferio, y miró, con la mirada maravillada de
quien ha descubierto la más inesperada de las respuestas.
179
-....es un barco, tiene que ser un pinche barco. Fíjate, fíjate:
son todas ciudades junto al mar. Va lento de una a otra, no
se detiene nunca... ¡y claro que tiene amigos y conocidos!
Pero los lleva con él. Se mueven con élEvaristo empezó a entender.
-Pero en algún momento se tiene que bajar. En
alguna ciudad tiene que tener una casa, padres, una esposa...-No sirve, chavo. En esa ciudad se debe mover
calladitito como un ratón. Te aseguro que de esa ciudad
nunca vamos a tener ninguna queja...María pareció quedarse dormida. Evaristo, que había
visto esto muchas veces, no cometió el error de creerlo ni
por un momento.
-Hijo, hazme un favor, ¿quieres? Búscalo a ese
policía pelón, a Samaniego, y dile que si no sería tan amable
de averiguarme qué barco estuvo en estas ciudades, en estos
días. Y que si puede, también me consiga los nombres de los
marineros...anda, sé bueno, veY, con lo más parecido a un trote que sus ochenta y
siete años le permitían, el anciano salió aliviado al sol de la
tarde. La conclusión a la que había llegado María no le
producía ninguna urgencia, ni pensaba que el encargo fuese
algo que no se pudiera hacer perfectamente caminando: lo
importante, lo que lo hizo apresurarse, era que al fin podía
alejarse de allí. No es que hubiese olor a lagarto en el aire
encerrado, pero se sentía como si lo hubiese...
180
Lo otro, eso del gringo en barco, era ya historia
pasada. Faltaba la fecha del final, cosa muy poco
emocionante, por cierto, y enterarse de los detalles previos,
pero no había lugar para la urgencia. El final, una vez que a
María se le metía la idea en la cabeza, era algo que los
ochenta y siete años de Evaristo habían comprobado
inevitable.
Si tenía mucha, pero lo que se dice mucha suerte, el
gringo podía darse por muerto.
181
182
NEW ORLEANS:
Nueva Orleáns. Si, creo que Nueva Orleáns es el
mejor lugar para empezar a contar la historia de cómo y
cuándo se empezaron a poner interesantes las cosas.
Aquella fue la segunda vez que tocaba Nola con este
buque, aunque ya perdí la cuenta de cuántas van en total.
Fue especial, y por eso la recuerdo con más detalle.
Como siempre, me alegraba la perspectiva de poder
estar un par de días, descansando del viaje y visitando mis
lugares preferidos. Todo barquero tiene tres o cuatro puertos
favoritos, y esta ciudad era uno de los míos. (Es más:
sacando Nueva Orleáns, y algunos puertos chicos como
Nantuckett, o los del noroeste, Estados Unidos me resultaba
un país del que podía prescindir sin lamentarlo demasiado).
Pero Nola no. Una ciudad de Dionisos, carcomida
por su historia, llena de salsa humana, de verdín, de olor a
cerveza rancia, y de música.
Me encantaba.
Qué se yo: para mí, lo fundamental de visitar
cualquier lugar era poder sentir lo que de humano había en el
ambiente. Un rascacielos, un tren bala, una discoteca, no
conservan mucho de los humanos que los construyeron en
ellos, son todo técnica, fierros, cable o ladrillos. En cambio,
183
recorrer el Vieux Carré hacía que se sintiera –intenso como
el café, ineludible como la coliflor hirviendo- la cultura del
jazz, la fuerza latina de lo que había dejado el francés, la
hipocresía de la rectitud española, el esoterismo de las
religiones africanas, y la alegre pavada de los
norteamericanos.
Las calles están llenas de músicos y pintores, de las
puertas de los bares sale un tufo a sótano y alcohol
centenario, todo está gastado y viejo y a nadie le parece mal,
hay humor y chistes por donde se mire, y, sobre todo, una
inocente picardía campea en todo el ambiente.
Describir Nola es perder el tiempo, ya lo sé. Pero me
gustaría poder transmitir el placer anticipado que sentía ya
desde la maniobra de amarre, y cómo revisaba angurriento el
horario de guardias, viendo de qué manera podía sacar más
tiempo para pasar en tierra. Adoraba Nueva Orleáns, en
resumen, y mi ánimo se afinaba un par de octavas más alto
cada vez que podía haraganear por sus calles. Si no dejo esto
en claro, puede que no se entienda bien todo lo que siga.
Me gustaba mucho Nueva Orleáns, entonces. Sin
embargo, y hasta aquella vez de la que venía hablando, jamás
había intervenido en su destino con mi habilidad.
Llevaba ya tres años, casi cuatro, de haberla
adquirido, y dos años y ocho meses de desoír
sistemáticamente los consejos y advertencias del viejo Nadie,
tres años durante los cuales les causé enormes ondas de
estática a los magos de todos los puertos que toqué,
184
aprovechando, de paso, para darles tres o cuatro días de
felicidad a sus habitantes.
Era divertido, era halagador, y obedecía a mi idea de
cómo hacer las cosas. No era peligroso en absoluto, siempre
y cuando nunca actuara donde tuviese amigos o conocidos.
Sabía –por lo dicho por Nadie- que, en cuanto yo retirara mi
cortina de humo y recuperaran su capacidad de hacer daño,
se lanzarían como hormigas a las que les hubiesen pateado el
hormiguero, buscando quién les deshizo el nido. Y si no lo
encuentran –y no pueden, claro- muerden al que encuentran
más cerca. Respetando esa sencilla restricción, no sólo había
conseguido evitar daños a terceros, sino que también había
conseguido un placer extra al imaginar la frustración de
aquellos bichos cuando no hubieran encontrado nada en qué
hincar el diente.
Así, nunca pude arreglar nada en Baires, por ejemplo
–que buena falta le haría- y nunca, tampoco, pude irritar a
los brujos de Nola. La causa de esta limitación era (¡cuando
no!) una chica, Elfriede Kreusell, que una vez me paró en la
calle para convencerme de que Dios existe.
Bueno, ya se sabe: hay dos tipos de mujer que
pueden pararte en la calle sin conocerte. Están las que
quieren que creas que dios existe, y la otras, que te dejan
convencido de que debe haber algún dios en alguna parte.
No hay forma de confundirse, porque tienen aspectos y
aptitudes totalmente opuestos, y, en el caso de Elfriede, no
había ninguna duda acerca de cuál lado de los muros de las
185
iglesias prefería (A las otras, dice el dicho, les gusta apoyarse
del lado de afuera).
Su pasión evangélica era tan intensa, que uno no
podía imaginarse que dentro de su pellejito pudiera caber
otra. Vestía como para empezar a limpiar su casa, y usaba
menos maquillaje que un estibador. Creo que nunca me pasó
por la cabeza otra cosa que discutirle y razonar con ella, pero
con eso tuvimos más que suficiente. Con tanto tiempo de no
ponernos de acuerdo, no sólo conseguimos algún tipo de
relación, sino que hasta llegamos a la conclusión de que
teníamos algo en común, si es que un profundo desacuerdo
puede considerarse “algo en común”. De todas formas, y
como no nos irritaban nuestras diferencias, terminamos
teniendo una amistad bastante peculiar, encontrándonos con
largos intervalos de separación cada vez que el destino (o la
Empresa) me pusiese en un buque que tocase Nola.
Por protegerla a ella, pues, yo dejaba tranquila a
Nueva Orleáns. No se perdía gran cosa, tampoco. El exceso
de felicidad es artísticamente estéril, y nada florecería como
florece en aquella ciudad si no fuese por el abono maldito de
su propio caos.
Aquella vez no di con Elfriede (estaba, me dijeron,
en New York, ayudando a no sé quienes, que tenían no sé
que problema en otra parte), y me pasé la tarde yendo de la
Bourbon a Plaza Lafayette, del Riverside Mall a Canal, y del
río de nuevo a la Bourbon, mirando vidrieras, oyendo jazz, y
esperando a que se pusiera el sol para embarcar algunas
cervezas.
186
Inevitablemente, cuando se camina solo, se conversa
con uno mismo. (Mientras uno no mueva los labios, y se
comporte con discreción, nadie se da cuenta y no pasa nada).
Aquella vez, y una vez más, me maravillé de no maravillarme
por lo que me estaba pasando. Porque, por raro que sonase,
yo, maquinista naval superior –despachando de primer
oficial-, lógico y pragmático por profesión y temperamento,
hombre de aficiones mecánicas, electrónicas, hidráulicas y
termodinámicas, que entendía al mundo según los evangelios
de Carnot, Joule, Ohm y Maxwell, andaba por el mundo
esquivando brujas y convencido de tener el poder de
acomodar el Universo a su antojo. Contradicción que, en
última instancia, sería explicable si la sostuviese con pasión,
con entusiasmo, con mística. Yo podía ser, en efecto, el más
poderoso de los Magos, o un lunático de campeonato
mundial, daba igual, pero tenía que ser, en cualquiera de los
dos casos, un tipo que vivía en un rapto metafísico,
alucinado, entusiasmado o angustiado infinitamente por la
realidad secreta que conocía.
Pero no. Me tomaba la cosa como si fuese algo
perfectamente normal.
Seamos justos: no es que anduviese confiado ni
tranquilo, pero, cuatro años después de la locura de tomar
contacto con los papeles de Nadie, todo el asunto había
perdido ese encantador escalofrío macabro de los primeros
meses, y no pasaba, ya, de ser una amenaza más, como los
huracanes, el sida, o los ladrones. Una vez que supe qué eran
las brujas, y por qué hacían lo que hacían, una vez que
fueron algo cotidiano y fácil de eludir, perdieron todo el
187
misterio, conservando apenas un leve tono de amenaza
lejana.
Como cruzar un paso nivel cuando el tren que viene
es lento. La primera vez es emocionante. Incluso pueden
darte un pequeño escalofrío la segunda, o la tercera. Pero,
después de hacerlo durante tres años...
Y en cuanto a mi Poder, y a pesar de lo divertido y
reconfortante que resultó durante todo el primer año, ya no
me parecía el cielo en la tierra. Sé que, para quien no lo
posea, esto puede parecer una descarada mentira (como
cuando la gente que está nadando en riquezas te dice que el
dinero no hace la felicidad –pero no lo comparte tampoco-)
y, aún así, es cierto.
Mi gran problema cuando empecé la secundaria, por
ejemplo (uno de mis tantos grandes problemas, digamos) era
que no conseguía hacer las demostraciones de los teoremas
geométricos. No había caso: no tenía idea ni de por dónde
empezar. Al cabo de unos meses de probar, de varios
reveses, y de inútiles explicaciones de mis compañeros
(podían explicarme el desarrollo de una demostración ya
hecha, cosa que yo entendía solito, pero no cómo se les había
ocurrido), un día zaz, me empezaron a salir. Viví más
tranquilo, pasé los exámenes más relajado, y dejé de sentirme
oligofrénico, pero mi vida real no cambió gran cosa. Adquirí
una habilidad que creía sobrenatural, valga la exageración,
(no se aprendía ni se memorizaba, sino que se recibía,
aparentemente, de lo Alto), pero, así y todo, seguía siendo el
mismo pajarón de siempre. Era un bobo con una habilidad
188
nueva, nada más. Yo era, y seguía siendo, irremediablemente
Yo.
En eso tenía razón el viejo Nadie: con el poder no
basta. Al tiempo de usar Nuestro poder, empecé a darme
cuenta de que las cosas que ocurrían como uno quería no
eran tan divertidas como se esperaría, ya que no habían
podido ser de otra manera, y que lo que se lograba así tenía
mucho menos valor si no hubo forma de haberlo dejado de
lograr. Entendí que tenía una hermosa herramienta en las
manos pero que podía llegar a aburrirme de ella, y de mi vida
en el proceso, si no la ponía a trabajar con un objetivo.
Y cuando digo “trabajar”, no me refiero a crear
helados de vainilla cuando tengo antojo, ni a manejar un
XKE ´67, sino a abocarme a algo que tenga sentido, algo que
me trascienda, y algo en lo que quizás falle. La única tarea que
podía emprender con esta habilidad, y en la que podía fallar
–según le constaba a Nadie- era la de hacerle la guerra a la
famosa sociedad Magos, Brujas y Hechiceros, S.A.
Como no se me ocurrió nada mejor que hacer, puse
manos a la obra, y me dediqué a romperles las pelotas en mis
ratos de ocio.
Nada de precipitarse, por supuesto. Lo pensé
durante varios meses. Medí bien las fuerzas, repasé la
historia del viejo, traté de entender qué hizo bien y qué hizo
mal, y finalmente terminé por armar un plan de acción que
me pareció que quizá pudiese dar resultado.
189
No era de extrañar, entonces, que al cabo de tres
años de darle vueltas y vueltas a ambos asuntos (mi poder y
los brujos), y de actuar una y otra vez según un plan hacía
largo tiempo establecido, pudiese convivir con ellos con
cierto desapasionamiento. Ni era raro, tampoco, que durante
aquella caminata por Nola me fuese más fácil entusiasmarme
con la idea de comprar unas reproducciones de
impresionistas que vi en un comercio de cuadros, que con el
estado actual de mi cruzada personal. Al fin y al cabo, y
habiendo decidido no actuar en esta ciudad, estos días
podían considerarse como una tregua entre nosotros.
Franco para mí, franco para los Magos.
Una vez que me hube cansado bastante, paré a
tomarme una cerveza en uno de los patios del Riverside
Mall. No era uno de mis lugares favoritos –muy moderno,
muy limpio, muy lleno- pero tenía una pecera enorme, del
tamaño del ropero de mi abuela, habitada por cachorros de
caimán, y frente a la cual me fascinaba sentarme. Los bichos
flotaban inertes como troncos, con toda la vida concentrada
en el fuego verde de sus ojitos, y, a veces, se hundían con la
deliberación de un submarino, permaneciendo en el fondo
mucho más de lo que duraba mi cerveza. De piel clara,
blanco verdosa, con manchas oscurísimas sobre el lomo,
eran, en la transparencia del líquido, pequeñas joyas de rara
perfección.
No sé cómo me vieron los del barco, porque yo me
había sentado bien de frente a los caimanes y de espaldas al
190
mundo. A propósito, de hecho. Pero lo hicieron, y me
sacaron de mi fascinación con la delicadeza y el tacto que
nos caracteriza a la gente de a bordo.
En cuanto el resto del público se tranquilizó respecto
a que no iba a ser necesario llamar a la policía, volvieron a
ignorarnos. No es que provocáramos disturbios o molestias,
sino que siempre parecía que los íbamos a causar. Como
cuando sueltan en un salón lleno de cristales a un grupo de
chicos que pasaron el día entero encerrados en la escuela:
puede que los pobres ni pretendan ni terminen por romper
nada, pero nadie va a respirar tranquilo hasta que no
desalojen la habitación.
No era ni la primera ni la única similitud que se me
había ocurrido entre nosotros, los viejos lobos de mar, y los
niños menores de nueve años. Pero no puede demorarme
tratando de explicarme por qué éramos tan parecidos. La
conversación había alcanzado su punto álgido. Uno de mis
compañeros le estaba explicando a un electricista –nuevo en
“la línea”- que el nombre Bourbon St. no se lo habían
puesto a la calle como un homenaje al whisky de centeno
norteamericano, sino que era un chiste local (chiste
norteamericano, entiéndase: no se puede pedir mucho) que
aprovechaba la similitud de sonido del nombre español de la
calle (“Calle de Borbón”, en la época en que Nueva Orleáns
era española y se llamaba “Antigua”) con el del popular
brebaje. Borbón/Calle de los bares donde se vendía y
consumía Bourbon/Bourbon. Fácil. Yanqui.
191
Pero, por supuesto, estaba también la posición
opuesta, y la discusión se elevaba en espirales de retórica, y
en volumen, sin que se pudiese prever a donde llegaría. Las
cervezas no ayudaban, y, en cierto momento, el partido
“histórico” sometió como prueba los carteles en mayólica de
los nombres originales de las calles, que databan de la época
del dominio español, y el otro partido, el “alcoholista”, negó
que dichos carteles existiesen. La única forma posible de
zanjar la discusión que nos venía quedando era volver a
Bourbon St. y buscar los cartelitos. De hecho, y, de no haber
sido por el calor pegajoso que esperaba fuera del Mall, -y de
la racionalidad que nos mete en la cabeza la cerveza a la hora
de realizar esfuerzos inútiles-, toda la partida habría salido a
paso veloz hacia allí inmediatamente.
Nos demoramos, sin embargo, y eso permitió que
uno de los marineros que habían quedado a bordo nos
encontrase. Se nos acercó, con expresión preocupada, y se
dirigió al primer oficial de cubierta. Este, aún riendo, se
enteró de que el capitán lo necesitaba a bordo con urgencia.
Su rostro pasó de la risa a la preocupación tan rápido, que
seguro que algún músculo le dolió.
Que un capitán despachase mensajeros en una
misión tan desesperada como era encontrar a alguien en el
loquero de turistas de Nola, era, para todos, señal de que
algo terriblemente serio estaba pasando. Preguntamos todos
a la vez, y, en cuanto encontró un hueco de silencio, el
marinero, azorado, nos resumió el problema.
192
Habían encontrado muerto a Raúl, el oficial de radio.
Según parecía, había ido a escuchar música al Tipitinas y, al
salir, en vez de entrar de nuevo al puerto, se fue a caminar
por Napoleón (Puede que el boulevard Napoleón tenga
mejores zonas tierra adentro, no lo sé. Nunca probé. Pero su
esquina con Tchoupitoulas, donde llega al puerto y muere,
era un lugar que los marinos aprendíamos pronto a evitar de
noche). No se sabía si había sido por un robo o una riña,
pero el caso es que Raúl había sido encontrado cosido a
puñaladas a la vuelta del Rose Tatoo.
Algunos enmudecimos, otros putearon bajito. El
Primero se levantó apurado, y volvió con el marinero al
buque. Los demás, sin saber qué hacer ni qué decir, nos
dejamos caer en las sillas.
Nunca nos había pasado esto de que falleciera uno
de nosotros durante un viaje. Nos golpeó durísimo; mucho
más, me atrevo a decir, que lo que sacudiría la muerte de un
compañero de trabajo en otro oficio. Porque, si bien es raro
que un compañero de buque sea algo muy personal de uno,
en circunstancias como estas, era lo de menos. Había una
extraña catarsis en juego, un juego de roles y papeles
cambiados, que volvían a toda muerte en el extranjero algo
tanto o más impactante que la de un familiar. En cierta
forma, retorcida y compleja, era como si fuese la propia
muerte la que se está contemplando.
Imposible que no nos pasase por la cabeza que el
que falleció se perdió de aprovechar su último par de meses
de vida con sus seres queridos por estar dedicándose a
193
navegar (como uno), que cuando murió, murió estando lejos
de todos sus familiares y amigos, rodeado por extraños
(como está uno, ahora), que le tocó en un lugar al que llegó
por azar (como uno), y por circunstancias que no se
hubieran dado si se hubiese dedicado a otra cosa (como
perfectamente puede en cualquier momento pasarle a uno).
El total desamparo de morir en un rincón ajeno del mundo,
y el dolor de esposa e hijos por ese último mes invaluable,
malgastado en la rutina estúpida de llevar el barco adelante
(cuando “adelante”, además, incluye ese rincón donde uno
encontrará la muerte), se nos hacía a todos más evidente, nos
resultaba más impresionante, que las heridas de cuchillo y las
tripas sobre la acera de Raúl.
Fue, para todos nosotros, un memento mori en
mitad de la fiesta que, sumado al afecto por un tipo al que
sólo podíamos recordar sonriendo, nos demolió. Para
colmo, a bordo ya no existen esos viejos mecanismos que le
hacen sentir al ser humano que, por lo menos, “hace algo”.
Concurrir al velatorio, honrar al fallecido, llevar flores,
preparar café, hacer número en el entierro (construir una
pirámide, embalsamarlo, incendiar un drakkar, quemarlo
junto al Ganges, amortajarlo y tirarlo al mar con dos balas de
cañón atadas a los tobillos) pueden parecer actos inútiles,
pero la misma convención que los hace obligatorios hace
que, al cumplirlos, no se sienta ese oprobio de total derrota
que nos deja la muerte. Es como se le dijéramos a La Muerte
“de acuerdo, está bien: Ud. elige cuándo y cómo llevarse a
nuestro ser querido, pero él se va a ir como nosotros
queremos. De acá no se va nadie hasta que le brindemos
toda la pompa y honores que entendemos que
194
corresponden, así que siéntese ahí, no moleste, y espere a
que terminemos de hacer las cosas como se deben”.
Algo se le pelea, algo –muy poco- se le roba a la
muerte: Gana, es cierto, pero no nos humilla tanto. No nos
saca la lengua, simplemente, y nos lo quita todo.
A bordo, en cambio, resultó como si nos hubieran
pateado todos los penales sin tener arquero. Todo pasó por
el forense, el embalaje, y la aerolínea. Ayer estaba, hoy no.
Desamparados, sin saber qué hacer o cómo manifestarnos,
andábamos de un lado a otro, sin saber qué decir ni qué
hacer. La bandera a media asta no conformó a nadie, y la
sensación general era la de que no sólo la Muerte había
hecho trampa, sino que, además, ni siquiera se quedó a
escuchar nuestras protestas.
En mi caso en particular, me encontré con que tenía
otras cosas que considerar. Cuando se tiene al futuro
supuestamente domesticado, cualquier sorpresa es una
desagradable sorpresa. Una sorpresa indica que no todo está
tan bajo control como creíamos.
Por supuesto, yo nunca había hecho como hacía
Nadie en sus épocas felices. Nunca había manipulado las
cosas para que los buques en que navegaba, o sus
tripulaciones, tuvieran viajes dichosos y sin contratiempos.
Por un lado, era ponerlos bajo un reflector ante los ojos de
los brujos, y, por el otro (y debo reconocer que quizá esta
fuese la razón principal), algo de riesgo, algo de
incertidumbre, condimentan la vida. Para disfrutar de que las
cosas salieran bien, o de resolverlas cuando no, era necesario
195
que existiese la posibilidad de que salieran mal, de que
aparecieran imprevistos, de que la realidad nos desafiase con
sus juegos de ingenio.
No podía tomar la muerte del radio como una falla
en mi programa, porque no había tal programa. Pero, como
todo hecho imprevisto, tenía la obligación de considerar que
podía haber sido casual o causado: habiendo caído la granada
tan cerca de mí, no era tan paranoico tratar de establecer a
cual de las dos categorías pertenecía. En condiciones
normales, por supuesto, sería un planteamiento enfermizo,
pero yo resultaba ser –merced a mi poco prudente
provocación a los brujos- un perseguido real: desconfiar se
volvía la primera regla de supervivencia (si Fernando Vidal
Olmos hubiera llegado a viejo, lo hubieran tenido por un
loco paranoico. Como murió joven, en cambio, murió como
cuerdo y lúcido. Pero murió, claro).
Yo era, hasta un punto imposible de calcular,
invulnerable. Pero no caí en el error de Nadie de pensar que
mi protección era perfecta. No importaba contra cuántas
cosas me hubiese cuidado de protegerme (desde un kilotón
para abajo), era tonto decir que no hubiese ninguna
posibilidad de que se me dañase: si algo habíamos aprendido,
Nadie y yo, era que el mecanismo de las probabilidades era
bastante entretenido, y que las posibilidades, siempre, eran
infinitas.
Alguien podía estar en mi pista, y tratando de
perjudicarme de alguna manera. Consideré, por unos
minutos, hacer algo para que, quienquiera que fuese que
196
estuviese deseándome mal, tuviese una diarrea fulminante e
imparable (yo era, como se ve, mucho menos caballeroso
que Nadie), pero me detuvo el viejo gambito: si la verdad
resultaba ser que nadie me estaba atacando, entonces, y para
que mi orden de que se hicieran encima mis agresores se
pudiera cumplir, primero se tendrían que generar esos enemigos. Si
yo planeaba encontrar en tal y tal esquina, a tal hora, a
quienes me habían descubierto y estaban tramando algo
contra mí, lo lograría, pero, como primero sería necesario
que existiesen, quizá yo causase el que dieran conmigo y se
confabulasen.
Era el dilema de Lord Arthur Saville, ese aristócrata
bobo de Wilde al que la profecía de que va a cometer un
crimen lo hace tomar tantas precauciones, que termina por
cometerlo y realizar la profecía.
No, la cosa no pasaba por tomar acciones
apresuradas, sino por la lógica. El punto principal era, me
parecía, determinar exactamente en qué forma podía
descubrirme o perjudicarme la muerte del radio. Y, en
principio, no pude encontrar ninguna. Si realmente existía un
plan ulterior, éste estaba demasiado en gestación como para
que yo pudiese vislumbrar en qué medida esta muerte podía
ser parte de él, o qué podría hacer yo para impedirlo.
Una cosa, en cambio, era cierta: si cedía a la
tentación de encontrar y castigar a los asesinos de Raúl,
estaría cometiendo mi primer grave error. Si su muerte había
sido consecuencia apenas de un hecho delictivo común, mi
venganza no serviría para nada (Raúl no volvería a vivir, ni
197
yo sería menos infeliz por su muerte), pero si, en cambio,
formaba parte de un plan para descubrirme, entonces les
habría dado lo que buscaban. Estaría cambiando la muerte
de un par de peones de ellos, sin valor, por la pérdida de mi
tranquilidad y mi secreto.
Nada indicaba que hubiese en este crimen algo
contra mí, pero elegí no correr riesgos: por esta vez, los
asesinos se saldrían con la suya.
Decidí seguir con mi decisión original de no usar mi
poder en New Orleáns: ni siquiera para enfriar una cerveza.
Pasé la noche en el Pat O´Briens. El Pat O´Briens,
para aquellos que no lo conozcan (porque hay de todo,
¿saben?) era un grupo de dos o tres caserones del barrio
francés –nunca estuve seguro de cuántos, o de si en realidad
no era uno sólo- unidos por sus patios en el corazón de la
manzana. Creo, por lo menos. El desorden siempre era tan
grande, la gente era tanta, y la música tan buena, que me
confundía deliciosamente. Las habitaciones habían sido
transformadas en bares, y un espacio mucho más grande
(quizá un antiguo salón, o varios unidos) era una especie de
teatro, en cuyo escenario había dos pianos de cola,
enfrentados, forrados en cobre rojizo, lustrados como
trompetas y remachados como locomotoras.
Sentadas a estos pianos, dos viejitas (de tul y
camafeos, como la abuelita de Tweety) alternaban entre un
198
jazz feroz y un Cole Porter vibrante, y tenían al público
cantando a los gritos.
Si uno vigila lo que toma, puede escuchar buena
música y divertirse hasta altas horas de la madrugada.
Yo no vigilé, claro, y amanecí al día siguiente con
algo que se sentía como una lobotomía sin anestesia. Mirar
hacia los lados dolía, abrir los ojos dolía, pensar dolía, vivir
dolía. Para colmo de males, al sentarme en la cama sentí el
estómago como si me hubiese empachado con medusas
vivas.
Tendría que esperar a que la naturaleza siguiera su
curso, forzando un poco el concepto de “naturaleza” para
que incluyera analgésicos, digestivos, y recetas caseras contra
la resaca. No podía darme el lujo de usar ninguno de mis
truquitos, por aquel asunto de que quizá me estuvieran
rastreando, pero sí podía quedarme en cama un par de horas,
-hasta las siete, digamos-, y ver si se me pasaba un poco.
Yo podía. El buque no. A los cinco minutos de
haber engullido todo el pastillerío que pude, y volverme a
arrebujar en la cucheta, sonó el teléfono y me dieron la grata
noticia de que una de las dos bombas de agua de
refrigeración de pistones no levantaba presión.
Me vestí de trabajo, como pude, y fui a ver. Sacamos
un grifo de purga que tenía la voluta, y vimos el impulsor
quieto, a pesar de que el motor y el manchón de
acoplamiento giraban sin problemas. Entrecortado por un
eructo inflamable les avisé a los muchachos que o se nos
199
había cortado el eje o se había barrido el alojamiento de la
chaveta en el impulsor: les pedí que empezaran a desarmar la
bomba mientras yo subía al pañol, (vomitaba) y buscaba el
repuesto.
Teníamos un conjunto eje-impulsor nuevo, pero el
impulsor, Murphy sea loado, no coincidía con el que había
que meter dentro de la bomba (Me parecía escuchar dentro
de mi cabeza al locutor de las caricaturas de la Warner
anunciándome “REPUESTOS PARA BUQUE MARCA
“ACME”). Cualquiera hubiese sido la rotura, y cualquiera
fuese la pieza que fuésemos a usar, iba a haber que tornear
con delicadeza aquel repuesto defectuoso para hacerlo
encajar en nuestra bomba.
Era una situación apretada. El buque puede
funcionar con una sóla bomba, pero es una insensatez total
zarpar sin tener lista para funcionar la de reserva. Ya se sabe:
las posibilidades de que algo falle crecen exponencialmente
con lo necesario o irreemplazable que resulte. Si hay dos, es
raro que una se rompa. Si hay una sola, todas las fichas hay
que ponerlas en que la pobre va a reventar a la brevedad.
Y si esta bomba en particular ser rompe, y no entra
automáticamente la de repuesto, el motor principal se para.
Mississippi abajo, y sin máquinas, el timón no gobierna y el
buque se transforma en un pan de jabón cayendo por un
tobogán mojado. Dado el tráfico de buques que tiene este
río, y las velocidades a que se desplazan, la cosa se vuelve
una de esas experiencias que blanquean los cabellos de un
capitán en cuestión de minutos.
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Fui a avisarle al Jefe que convendría demorar la
zarpada hasta que estuviéramos listos (el pobre hombre
creyó que mi cara se debía a la preocupación por el buque, y
buscó palabras de ánimo y consuelo para mi. Por una vez,
mi hígado flojo me hizo quedar de maravillas). Entregadas
las malas nuevas, bajé, conteniendo las náuseas, a la
máquina.
Tenía ya la puerta de Máquinas abierta cuando me
tocaron el codo y me llamaron por mi nombre. Cerré la
puerta a los rugidos de la sala de Máquinas, y me dí vuelta.
En el pasillo había una mujer (menos: una chica), alta como
yo, con una cantidad alarmantemente desprolija de pelo
colorado, lanudo y seco. Los ojos no llegaban a verdes, le
sobraba boca y le faltaban pómulos. Vestía la camisa celeste
del uniforme y un vaquero talle y medio más grande de lo
necesario: ni en la una ni en el otro se apreciaba ningún
volumen digno de mencionarse.
Habló bajito, y tuve que pedirle que repitiera lo que
quería. Cuando escuché mejor, le pedí que volviese a
repetirlo una vez más, aunque esta vez fuese porque me
costaba creerlo.
Me enteré así de que la colección de huesos que
estaba contemplando era la nueva oficial de radio, relevo del
pobre Raúl, que respondía al nombre de Aída (nada menos),
y que necesitaba que yo, o alguien de mi personal, fuese a
cambiar de lugar un artefacto fluorescente de su camarote.
Resulta que necesitaba más luz del otro lado del sillón (para
leer y esas cosas) y que, además, en la nueva ubicación
201
quedaría mucho más lindo. Dicho lo cual sonrió y me
interrogó alzando las cejas.
Le puse las manos en los hombros, y la miré fijo a
los ojos (me acordé tarde de que las tenía sucias de revolver
repuestos, y me pareció que mirándola insistentemente no
desviaría la mirada ni se daría cuenta).
-Aída hija mía, en estos momentos me resulta
imposible cumplir con tu pedido. Lo lamento mucho, de
veras: un compromiso previo (una tontería al lado de lo
tuyo, por supuesto, pero nobleza obliga) un compromiso
ineludible me obliga a fabricar un repuesto que no tengo,
para que la carísima demora del buque en puerto no se
alargue en otros varios miles de dólares ni acabemos
tampoco ensartados río abajo en un convoy de barcazas.
Pero te prometo seriamente, es más, te juro por el férreo
perineo de los cíclopes que, en cuanto me libere de estas
minucias, no dormiré, ni comeré, ni beberé, ni conoceré
fémina hasta no haber logrado dar fin a esa maravilla de luz y
arte que concebiste-.
La besé en la frente y bajé puteando a pelearme con
la bomba.
Lo conseguimos casi sin demorar la zarpada (rendí
mucho más cuando empezó a remitir la resaca), y esa noche
navegábamos Mississippi abajo rumbo al golfo y a Houston.
Volví a encontrarme con Aída durante la cena, pero, a pesar
de mis corteses sonrisas y animados intentos de iniciar una
conversación, nos ignoró totalmente a mí y mi simpatía.
202
No se volvió a hablar de sus tubos fluorescentes
tampoco.
203
204
HOUSTON:
Si le fascina la idea de estar de a pié, en medio de
destilerías y galpones portuarios, separado por kilómetros de
autopistas de una ciudad que en su 98% consiste en
rascacielos de oficinas, Port of Houston es El Lugar para
usted. Si no, y si el destino quiso que diera con sus huesos en
ese lugar, lo mejor que pude hacer es buscar algún marino y
preguntarle que hacer para pasar el rato.
El marino siempre encuentra algo para pasar el rato.
El día que dejen caer uno sobre la superficie lunar, le den un
par de días y lo amenacen con un montón de trabajo si
vuelve a bordo, seguro que encuentra un bar simpático, un
lugar donde las chicas no son demasiado exigentes, dos o
tres sitios donde hacer compras baratas, y un selenita que lo
estafe vendiéndole artesanías falsas.
En Houston, por ejemplo, se costeaba entre tres o
cuatro un taxi y se iba a hacer compras al Almeda mall, o se
recorrían las casas de empeño en busca de “oportunidades”,
o, si todo eso parecía muy cansador (o si se había llegado a
esa etapa del viaje en que las finanzas ya no cerraban) se
pasaba el día cerca del buque, en el Seaman´s Center, una
moderna mansión que sostenían la iglesia Católica y la
Protestante –nunca supe cual de entre todas las protestantesen terrenos del puerto, para contener a los muchachos y
apartarlos de los malos sitios.
205
Recibían importantes donaciones de la gente de
Houston, así que yo sospechaba que también querían
alejarnos de los buenos sitios, pero lo importante era el
hecho incontestable de que el travieso carácter de la gente de
mar había logrado, en el puerto de Houston, una alianza
entre iglesias que hubiese volado las arterias de Lucero,
Calvino y la Contrarreforma.
A mi me gustaba (¿y a quién no?). El amplio edificio,
de ladrillos a la vista color arena, estaba techado de pizarra y
se derramaba suavemente en el prado de césped que lo
rodeaba. Tenía canchas de cuanto deporte implicara mover
una pelota de un lado al otro, pileta de natación con
trampolines, solarium, pista de atletismo, el mejor restaurant
de hamburguesas que he probado –y créanme que he
probado algunos-, televisor gigante, una tienda pensada para
lo que los marinos realmente necesitan, y un primer piso
enorme cuya pared sur, de cristal, daba luz a unas mesas de
pool y unos metegoles. Todo lo que no era gratis era
sumamente barato, y el trato que nos daban –acostumbrados
como estábamos a ser considerados sospechosos en
principio y por las dudas- era excelente.
Particularmente me seducían dos cosas. Una, el
carácter cuidadosamente laico del sitio (era uno el que tenía
que ir en busca de los religiosos, si tenía interés, y no al
revés). La otra era la biblioteca, que consistía en cientos y
cientos de volúmenes ordenados y puestos a disposición de
quien quisiera llevárselos. Te daban una bolsa enorme de
papel, y te decían que cargaras todo lo que quisieras. Y que
no lo devolvieras nunca jamás. Sin condiciones, sin
206
recomendaciones, e incluso hasta parecía que con alivio
(alivio porque siguiese habiendo gente aficionada a los libros,
quizá, o por tener menos libros que catalogar, no sé.).
Siempre que pude reposté material para el viaje allí, y
siempre muy bueno. El viaje en que murió Raúl, sin
embargo, no tuve suerte.
Empezamos la mañana con una inspección del Coast
Guard, encaprichados como siempre en que todo funcionase
como debía. Por supuesto, la ley de Murphy se encargó de
que cosas probadas a plena satisfacción antes del amarre
fallasen lastimosamente durante la inspección, con la
consiguiente demora y las humillantes explicaciones y
solicitudes de un nuevo intento.
Una vez probados y aprobados nuestros equipos,
empezamos a cargar combustible, completo, como para
llegar a casa y volver a Houston de vuelta. Mucho
combustible, muchas horas, muchos nervios. Primero vino
la barcaza con las cuatrocientas toneladas de diesel oil para
los generadores, y, sin haber podido tomar ni un mate en
medio, enseguida vino la otra con las casi mil de fuel oil para
el motor principal. Cuando todo hubo terminado, y ya
creíamos que podíamos bañarnos, comer, y recuperar
nuestra condición humana, supimos que también iba a venir
la provisión de aceites lubricantes (tambores y tambores y
tambores de ella), y, además, los repuestos y provisiones
pedidos –que debían ser controlados y contados antes de
firmar los recibos, claro-.
207
A las nueve de la noche tenía la cintura, rodillas,
talones y plantas de los pies en estado de senilidad terminal.
Me di una ducha larga, de malcriado, y crucé hasta la
misión, pero no llegué a tiempo: a las 2200 cerraba,
inapelablemente. Hasta la caridad cristiana tiene sus límites, y
las diez de la noche parecían ser uno de ellos en Houston.
Quedamos, entonces, tres o cuatro tipos del barco
bañados, afeitados, vestidos para salir, con la billetera intacta,
y la Misión cerrada.
Como forma de apartarnos de los “malos sitios”, me
pareció bastante tonta.
Entre volver al buque o atorrantear un poco, bueno:
la noche estaba agradable, al cansancio lo había escurrido la
ducha caliente, y uno necesitaba imperiosamente sacarse esa
sensación de ser un galeote que sólo deja el trabajo en el
buque para dormir o mover el vientre.
Downtown Houston no era una opción (por lejos,
por caro, y por feo), pero había, sin embargo, algunos
barrios latinos cerca que tenían buenas cantinas –y que, con
la lógica sensatez latina, abrían a las 2200, y que cerraban
cuando ya no valía la pena seguir abiertas-. Eran una buena
alternativa. Acordamos ir, comer algo, tomar algunas
cervezas, y volver sin meternos en líos.
Lo de los líos, vale la pena aclarar, era muy
importante. No sería la primera vez que, a pesar del suave
Tex-Mex y la mucho más suave cerveza norteamericana, los
–también- suaves cerebros de los gringos encontraran pobre
208
la diversión sin violencia y empezaran a las trompadas. Los
norteamericanos creen en John Wayne como en Mateo o
Lucas, y todavía creen que lo que pasaba en los bares del
cine era divertido y conveniente en la vida real. Los
mexicanos, por otra parte (y como corresponde a una cultura
mucho más avanzada) creen que las peleas sólo acarrean
presupuestos de ortodoncia y cirugía reconstructiva, así que,
empujados al extremo de no poder evitarla, proceden en la
convicción de que la hoja de una navaja o un plomo tienen
el sutil encanto de la síntesis, despejando de paso un asunto
que llevaría media hora resolver a trompadas en apenas un
par de segundos de violencia artera. Y el marino, finalmente
(el que pretende llegar a jubilarse de marino, quiero decir),
sostiene siempre que la violencia es un fenómeno que debe
manifestarse preferentemente en ausencia de su persona.
Por eso, y como en todas partes hay de todo,
conviene aclarar de entrada que si alguno mamó demasiado
Hollywood cuando era chico, más le valía no contar con que
los adultos que lo acompañaban fueran a seguirle la
corriente. La advertencia llegaba a veces hasta a explicarle
que no sólo se lo iba a dejar solo con los amiguitos que
hubiese logrado conseguir para jugar, sino que el grupo
aprovecharía la confusión para retirarse sin pagar, por lo que,
cuando se asentase toda la polvareda, y si seguía vivo, los
dueños del local y los representantes de la ley le iban a exigir
el pago de la cuenta. Dura lex, sed lex.
Estábamos, pues, frente a la puerta de la Misión,
regodeándonos pensando en esas jarras de dos litros de
cerveza helada que servían, cuando un taxi que se acercaba
209
por el estacionamiento nos ahorró la llamada telefónica y la
espera de otro. Trotamos hasta el alero bajo el cual se
detendría el auto, para evitar que nadie se nos adelantara y
nos lo ganase, y nos preparamos para subir en cuanto lo
vaciaran sus ocupantes
No teníamos forma de saber el terrible error que
estábamos cometiendo: las luces de los faros, en el
estacionamiento a oscuras, no nos dejaron ver otra cosa que
el cartel luminoso amarillo del techo.
Se detuvo junto al extenso alero del frente de la
Misión. Del auto descendieron algunos compañeros de
nuestro mismo buque: un mozo, con una bolsa en cada
mano y un paquete bajo cada codo, un marinero, con una
mochilla a reventar de paquetes y ambas manos ocupadas
sosteniendo dos packs de 24 Budweissers, el segundo oficial
de cubierta –padre primerizo- con una caja enorme que
contenía un cochecito de bebé plegado y, cuando ya
pensábamos que era imposible que quedase nadie vivo bajo
tanta carga, la industria automotriz norteamericana volvió a
sorprendernos cuando del último rincón del asiento trasero
se desplegó Aída.
Dijo que pagaba ella y que luego harían las cuentas a
bordo. Que fueran adelantándose, si querían. En cuanto ella
bajó, mis tres cómplices se acomodaron en el auto. Yo
esperaba a que ella terminara para ocupar el asiento
delantero, pero ella no pagó hasta no haber bajado todas y
cada una de sus cosas.
210
Sus cosas (parte en el asiento delantero, parte en la
luneta, parte en el piso y, me temo, parte también sobre el
conductor) eran un panda de peluche de casi un metro de
alto, bolsas de Maison Blanche y J.C.Penney, cajas de
zapatos, un bolsón de Toys r Us, un blister con seis coca
colas de dos litros, varias bolsas de maní y papas fritas, una
bolsa angulosa de Radio Shack, un teléfono, y varios otros
bultos imprecisos que la oscuridad no me dejó identificar.
Tomó algunos con la mano derecha, otros con la
izquierda, quiso cargar el resto en los antebrazos, y se le
cayó. Todo. Hizo una pila de paquetes sobre las cocas, y no
pudo luego levantarla del piso. Pasó el brazo izquierdo por
los ojos de cuatro bolsas, hizo otro tanto con el derecho,
sostuvo las cocas con las manos, y se quedó mirando
confundida al panda. Abrazó entonces al peluche, y se le
cayeron las cocas.
Yo la contemplaba maravillado, parado junto a la
puerta abierta. El taxista me miraba a mí, y luego la miraba a
ella. Los del asiento trasero, a su vez, miraban a Orión y a la
Osa Mayor.
Acepté mi destino. Me acodé en la ventanilla trasera
(delante de mí se seguían escuchando jadeos y ruidos de
cosas que se caían) y averigüé a donde pensaban dirigirse mis
tránsfugas amigos.
Una vez hube hecho esto, colaboré con la
recolección de bolsas y paquetes y, luego de que ella hubo
pagado el taxi, volvimos al buque. No me molestaba tanto
perderme el taxi, o demorarme, o cargar el peso de las
211
compras ajenas, como subir la planchada a la vista del
marinero de guardia con un panda gigante abrazado a mi
cuello.
Descargado todo en el pasillo, frente a su camarote,
me despedí, acepté su agradecimiento –expresado muchas
más veces de las necesarias- y dí la vuelta para volver a salir
cuando, desgraciadamente, ella tuvo una idea.
-Pero...vos ibas a salir. Te ibas con los otros chicos (“Chicos” no era forma de referirse a aquellos tres
tiburones, pero no estaba yo para la docencia a aquellas
horas) -sep-¿Y te volviste por culpa mía?-No. Es karma, seguro-Uy no, no, no puede ser. Lo menos que puedo hacer
es invitarte a tomar algo. ¿Dónde iban? ¿Te dijeron?Disimulé un escalofrío. No bastaba con el Coast
Guard, el combustible y los repuestos: el destino quería,
además, probarme con esta piedra de molino.
-No, no, mirá: no te va a gustar. Es un lugar muy
humilde, muy pobre. La música es muy chillona, la gente es
muy bruta....noche por medio hay piñas, todo está roñoso, y
se llena de borrachos, y... -¡Ay, pero está buenísimo! ¿Puó ir? ¡Dále!-
212
Me quedé sin palabras, apenas gesticulando con las
manos en el gesto del que quiso insistir pero lo pensó mejor
y se resignó. Hice una reverencia y le indiqué el camino con
la mano derecha.
Cuando pasamos frente al marinero de planchada,
este me susurró con cara de poker que “cuando se me
muriese el terito, le guardara las patitas”, cosa que le subió
un punto más a mi fastidio y mi humillación de aquella
noche: lo único que me faltaba, ahora, era que empezaran a
correr el rumor de que le andaba arrastrando el ala a Miss
Autopsia ´96
Para cuando llegamos a la cantina se me había
pasado la euforia de la ducha. El acarreo de los paquetes, y
las idas y vueltas al buque –nada queda cerca en ese puerto
desangelado- me habían terminado por extenuar. Me caía de
sueño y lo único que realmente deseaba, a esa hora, era
volver pronto y acostarme.
Conseguimos encontrar la mesa de mis tres
compañeros en medio de la confusión y el gentío. Nos
miraron estupefactos. Tres hermosas mujeres los
acompañaban; la cuarta (una morena que tenía de todo, bien
puesto, y por todos lados) estaba sola, sentada junto a la
única silla vacía.
Las cuatro miraron a Aída. Ella no, ella sólo tenía
ojos para el grupo de música country que estaba tocando.
Tanteando, tropezando, retrocedió hasta la silla vacía y la
ocupó. La morena se levantó de la silla contigua y pasó junto
a mí con una indiferencia feroz.
213
Seamos honestos, ¿qué podía hacer? Me senté y pedí
cerveza. La charla se murió de frío. La única que reía y
aplaudía (y más cuanto más cervezas ingería) era nuestra jefa
de radio, entusiasmadísima con el tex-mex.
De las tres parejas de nuestra mesa (obviamente yo
no me cuento en ninguna de ellas), dos se excusaron y
desertaron. La chica de la tercera pareja se fastidió y se fue a
la barra, a donde el último pobre tipo la siguió para tratar de
rescatar algo de la noche. Aída aplaudía. Yo bebía,
enfurruñado, mi cerveza.
Me había impuesto la una de la mañana como tope a
mi cortesía. A esa hora propondría que volviésemos y,
aceptara o no, yo enfilaría para abordo. Pero no llegamos, no
señor. No.
No había pasado mucho tiempo desde quedamos
solos en la mesa, cuando nos llegaron unas voces más altas
que el ruido ambiente (que no es poco decir), y que venían
de la barra.
Un americano grandote, apoplético, martillaba con la
punta de su dedo índice de 3/4 de pulgada el pecho del
tercero de mis compañeros, gritándole vaya a saber uno qué
cosa en su bárbaro dialecto, mientras otros dos -igualmente
desmedidos- se habían parado detrás de la banqueta del
pobre barquero.
La morena se escurrió hacia el baño con veloz
disimulo.
214
Mirando con atención la cara del argentino (toda
sonrisas conciliadoras) supe que, aunque no tuviese la más
remota idea sobre lo que el gorila le estaba diciendo, no iba a
soportar mucho rato más ni sus insultos ni su dedo. Y que
sus sonrisas no iban a conseguir penetrar, tampoco, en el
tanque de cerveza donde flotaba el cerebro del otro. La
bronca era sólo cuestión de tiempo.
Magnífica oportunidad para usar mi habilidad: lo
único que tendría que hacer sería concentrarme, imaginar el
problema resuelto, y sentir qué diferencia había entre el
universo en el cual las cosas resultarían así, y el nuestro.
Habría un movimiento, un acto, o una palabra distintos
entre ambas cadenas de sucesos: yo diría esa palabra, o
realizaría ese movimiento, y la cantina se ahorraría una
fortuna en vasos rotos y botellas partidas.
Lamentablemente, todo eso lleva tiempo, y mi
compañero de la barra fue más rápido. Le tiró un pésimo
cross de derecha al yanqui (no fue del todo su culpa, tengo
que reconocerlo: no es fácil tirar un cross sentado en una
banqueta alta), falló, y el grandote le consiguió su vuelo de
bautismo con una izquierda realmente perversa. Amagué
levantarme, pero un par de manos, en las cuales cabría
cómodamente sentado, me ahorraron el trabajo. Me
agarraron de los hombros, me pusieron de pié –casi en el
aire-, me giraron 180º y, mientras una de ellas hacía un bollo
con todo el frente de mi camisa y me sostenía en puntas de
pié, la otra se cerró en un puño muy parecido al radiador de
un Scania y se disparó hacia mi nariz.
215
Lo que pasó luego fue una sorpresa, incluso –y muy
especialmente- para mí.
Uno de los pocos consejos que seguí del viejo Nadie
fue el de usar nuestro talento para “saber” como pelear. Lo
hice por mero formulismo, porque nunca creí que pudiera
resolver nada importante a los sopapos, y, con el tiempo,
olvidé haberlo hecho. Y como, además, nunca me había
visto envuelto en ninguna pelea –de hecho, usaba el Poder
para abortarlas- ni tampoco aprendí, practiqué o probé nada
relacionado con ponerle la mano encima al prójimo, no era
consciente de saber nada. Pero sabía, o, por lo menos, parte
de mi mente sabía.
Mi nuevo amigo Manotas cayó en un grito, con la
rodilla derecha doblada hacia atrás y una sorpresa en los ojos
muy similar a la mía.
Antes de que pudiera darme cuenta o pedirle
disculpas (si, soy esa clase de tarado), mi talón derecho
golpeaba hacia atrás, dejando a otro señor, que sostenía una
botella en alto, doblado y atesorando cariñosamente sus
genitales. Algo en mí supo que el tipo estaba ahí, pero no se
dignó informármelo, sino que lo conversó directamente con
mi talón.
Quise pensar qué hacer, pero no pude hacerlo. Ya
estaba junto a mi compañero de la barra, que estaba por
recibir otro sopapo del gorila que gritaba. Tomé la mano
derecha del Increíble Hulk con el pulgar y el índice de mi
mano izquierda (atónito ante el disparate de ver a mi mano
tomar con delicadeza –pulgar en el dorso e índice en la
216
palma- a aquella mano desmesurada), y, al tirar bruscamente
hacia adelante y hacia afuera, su brazo se retorció como el
cable del auricular del teléfono, y se lo escuchó crujir. Un
golpe con los nudillos de la otra mano en un punto debajo
de la clavícula lo dejó parpadeando.
Todo se volvió muy confuso. De los otros dos tipos
tras las banquetas, uno quedó muy pensativo aferrándose los
testículos, aunque al día de hoy no consigo averiguar cómo
pasó. El otro lo pensó un poco, puteó en su gutural y
primitivo lenguaje, y se fue.
Conseguí, finalmente, reaccionar. Levantando al
maltratado barquero, llamé a gritos a Aída y salimos a la
calle. Los otros dos, comprobé sin reproche, hacía rato que
habían abandonado el bar. En el fondo, pensé, era mejor así:
sólo tenía que preocuparme por nosotros tres.
Por supuesto, con el escándalo no había quedado
ningún taxi ni en la puerta ni en varias calles a la redonda.
Quedarse a esperar uno, por otra parte, significaba entrar en
la máquina burocrática de la policía que, sin duda, no tardaría
en llegar. No tenía forma de saber qué daño les había
causado a esos tipos, pero algo en mí me decía que no era
nada que se fuese con hielo y pomadas.
Y también podía ser que apareciesen amigos
vengadores, o que alguno decidiera seguir con la fiesta pero
usando un cotillón más afilado o de otro calibre, así que la
decisión era obvia.
-Vamos. Caminen ligero. Para allá, para lo oscuro217
-¡Pero no! ¿Por qué? ¡Mirá si ahora, además, nos
roban!- Aída, lamentablemente, iba recuperando el habla.
-Vamos, no preguntes. En cualquier momento
aparece la policía...-¡¿Y?! ¡Si la culpa la tuvieron ellos!No podía pararme a explicarle que rara vez se siente
el impulso de justicia cuando se está frente a un extranjero
que castigó a unos compatriotas, ni que los marinos tenemos
la reputación sentada siempre en el banquillo de los testigos
por la acusación, ni que ni al capitán, ni a la Empresa, ni al
buque le convienen las formalidades que, aunque finalmente
terminen por exonerarnos, demoran y generan gastos para
todos. No había tiempo para demolerle la ingenuidad, y
necesitaba, además, concentrarme para que mi habilidad
alejase indefinidamente de la policía a todos aquellos que
pudieran identificarnos. No iba a resultar fácil. Cualquiera
podía mencionar a la flaca con el pelo de Ronald McDonald,
el flaco de pelo negro cortito, o al argentino sin dientes.
-Aída, por favor, te lo ruego, mirá. Te lo suplico por
lo que más quieras: por tus tubos fluorescentes, por tu oso
panda te lo pido: no discutas, hacéme caso. Vamos por
aquella calle, y por el camino te explico-Ji, ´amoj- me ayudó el otro, a pesar de la hinchazón
de sus labios y sus dos dientes perdidos. Y como ambos
empezamos a alejarnos en dirección a lo oscuro, Aída no
tuvo más remedio que taconear detrás de nosotros.
218
Nos habíamos internado ya dos cuadras en la
oscuridad cuando nos llegó el resplandor celeste de las luces
de la ley que se detenían frente a la cantina. Yo ya estaba
seguro respecto a los testigos, y no creía que los patrulleros
saliesen a peinar inmediatamente la zona, pero no pude
arreglar un taxi tranquilo hasta no haberle explicado al alma
de la fiesta todas y cada una de las razones por las cuales
habíamos huido como culpables, siendo inocentes. Estuve
incluso tentado de cuestionar nuestra inocencia –o, por lo
menos, la de ella-, pero el cansancio y la urgencia pudieron
más. Quería un taxi. Que mi mente, vaya a saber uno cómo,
hubiese llegado a conocer los movimientos del combate era
una cosa, pero que mis músculos, tendones y articulaciones
estuviesen entrenados para ello era otra muy distinta. Me
dolían las ingles, la cintura, los hombros, el cuello...a cada
paso que daba me preguntaba si no me hubiese convenido
más encajar aquella primera trompada, desmayarme, y dejar
que los demás se las arreglaran como pudieran.
Por lo menos estaría acostado y durmiendo.
Cuando Aída, finalmente, y debido a no sé qué feliz
circunstancia, se calló la boca durante cinco minutos
seguidos, programé un taxi.
Camino al buque, no del todo despierto, me las
arreglé para que luego le ocurriese al taxista algo tan
agradable que se olvidase de nosotros por completo. A
bordo hicimos lo que pudimos con la boca de nuestro
infortunado compañero (yo haría más al día siguiente, como
para que lo rápido de la cura no llamase demasiado la
219
atención), y me fui a mi camarote –por fin- dispuesto a
dormir como un expediente.
Cinco minutos después de haberme acostado y
arropado, me golpearon la puerta.
Sin la lógica de Holmes, sin la vista de rayos X de
Superman, sin los poderes mentales de Mandrake, supe
quién era. Me levanté resignado, y atendí por la rendija de la
puerta.
-¡Perdonáme, perdonáme! ¿Estabas durmiendo ya?
¡Huy, perdón, no sabía! Bueno, quería preguntarte, ¿te parece
que despertemos al capi y le contemos? Yo creo que
corresponde. A lo mejor necesita saber, ¿viste? Por si le
preguntan algo mañana (hoy, bah). Capaz que si no le
contamos se enoja...-¿qué hora es?-Casi las cuatroConocía bien a nuestro capitán. Por un momento me
tenté con la exquisita idea de decirle que si, que fuera a
despertarlo y a contarle todo. Pero resistí la tentación: era
mandar a un cordero al foso de los leones. Con el agravante
de que, después, el león viejo iba a quedarse despierto,
desvelado, y golpeando incansablemente todas las puertas de
los camarotes hasta que le explicaran qué carájo había
pasado.
-No, dejálo dormir. Mañana, tranquilo, lo pongo al
tanto. Vos tranquila220
-Ay, gracias ché. Me tenía preocupada-Ta-Hasta mañana-´ÑanaVolví a mi cama. La abracé como no recuerdo haber
abrazado jamás a ninguna mujer. Otra vez golpearon la
puerta. Otra vez la rendija.
-¡Uy perdonáme, perdonáme! Soy yo otra vez. Estoy
tan nerviosa que no puedo dormir. ¿Tenés algo como
para..?Entré y cerré la puerta. Volví a entreabrir la rendija, y
le entregué el libro de códigos de los repuestos del motor
principal.
-Tomá. Leéte esto. A mí nunca me fallaCerré y me zambullí en el colchón.
221
222
VERACRUZ:
-"Nací
con la luna de plata.
Y nací con alma
de pirata.
Y me fui
lejos de Veracruz... -"
cantaba Toña la Negra desde el equipo de música de
La Bamba. Pero esto hay que oírlo, no leerlo...
Se decidió hacer las principales reparaciones y
mantenimientos del viaje en Veracruz, y después de trabajar
día y medio enteros en sala de máquinas, sin sacar la cabeza
más que para comer algo y dormir cinco o seis horas,
ardidos de sudor los ojos, negros de hollín todos los pliegues
de las manos, arañados los nudillos y fatigado el cuerpo
hasta en los puntos más insólitos, teníamos al terminar los
trabajos nuestro primer día tranquilo en puerto.
Lo apuré, como se dice, hasta las heces. Me bañé y
restregué hasta volver a parecer gente y, apenas hube
almorzado, fui a bucear al espigón. Después me perdí la
223
tarde entre artesanías y platerías, volví al buque a bañarme y,
apenas se hubo puesto el sol, me instalé en la recova del
Zócalo a tomar piña colada y escuchar a los mariachis.
Prometía ser una de esas noches perfectas del
trópico, de luna nítida y aromas enloquecedores y, de hecho,
yo tenía grandes planes para la misma. Primero me
encontraría en el zócalo con los dos pilotines (los alumnos
de la escuela de oficiales, que cursan su último año de
estudios a bordo). Los pilos, por edad y circunstancia, son
los que más desesperadamente necesitan de dinero cuando
por primera vez salen al exterior y, lamentablemente, son
también los que menos ganan, así que, una o dos veces por
viaje, les dábamos una mano de la única forma que no
podían sentir como ofensiva, y nos hacíamos cargo de
alguna de sus salidas.
Después de cenar, ellos irían a bailar a donde fuese
que fueran a bailar los de su edad, y yo, que con mis treinta
ya fui expulsado de dicha categoría, iría a buscar a
Guadalupe.
Guadalupe era un desafío que no me resignaba a
abandonar. Bonita (para los estándares de Veracruz, se
entiende), elegante, y con un cuerpo que, entre otras, volvía
locas a mis glándulas salivales, nos habíamos conocido hacía
un par de viajes en el Café De La Parroquia. Habíamos
salido varias veces. Nos gustábamos, nos besábamos, nos
enroscábamos fieramente en todos los sitios oscuros pero,
por su pacatería y su mojigatería religiosa, jamás nos
habíamos acostado juntos. Ni parados tampoco, por si a
224
algún gracioso se le ocurre preguntar. El sexo la atraía con la
misma fuerza con que la aterraba, y ni mi persuasión de
serpiente, ni los brutales tironeos de sus hormonas podían
vencer el cinturón de castidad cultural que le ceñía el
cerebro.
Por lo que puede ser un reflejo condicionado
masculino, todo eso no hizo más que imponerme la decisión
de lograrlo, y este viaje, esta noche, me sentía muy confiado
al respecto. Me sentía elegante, relajado, decidido a pasarla
bien, y seguro de que el tiempo pasado desde la última vez
que nos vimos debió de llenarlo de recuerdos, recuerdos
que, repetidos, ya debían haber conseguido que se hiciera a
la idea y la viese con buenos ojos. Al fin y al cabo, su
adoctrinamiento moral había terminado hace años, mientras
que el mío (el inmoral, digamos) estaba aún fresco en su
mente, vibrante, enfático, y, seamos justos, mucho más
divertido.
Así que, en espera del momento, fui con los pilos a
La Bamba.
La Bamba era (y espero que siga siendo) un edificio
colonial rosa, hecho todo de habitaciones añadidas
desordenadamente, con un confuso número de techos de
tejas españolas, que se levanta sobre pilotes en la orilla de la
playa. Todo alrededor lo circunda una veranda de madera
tecleante, techada también con un alero de tejas, desde cuyas
mesas se pueden oír las olas rompiendo suave debajo de
uno. Tienen buena música en vivo y, -no olvidemos que
estamos hablando de un restaurant- también tienen buena
225
cocina. No me gustaban sus precios, es cierto, pero en fin: lo
óptimo es enemigo de lo bueno.
Los músicos no habían llegado todavía. Nuestros
estómagos, sin embargo, seguían exigiendo el cumplimiento
de los horarios de a bordo –cenar a una hora que, para la
gente de tierra, sería temprano hasta para un cóctel- y si bien
obedecerles nos dejaba sin orquesta para acompañar la
comida, nos dejaba también dueños de elegir mesa y objeto
de la dedicación exclusiva de los mozos.
Recuerdo que, entre el apetito del buceo y la
languidez de la piña colada, no conversé mucho mientras
tuve algo de huachinango en el plato que comer. Pero oía
divertido la charla entusiasmada de los dos pilotines. Habían
ido a la playa de Mogambo, y se habían traído todas las
mujeres puestas en los ojos. Las descripciones (“procaces”
resultaba un pálido adjetivo para las mismas) me recordaron
la última vez que fui a la playa con Guadalupe, y el
hormigueo que sentí bajo los shorts cuando la vi por primera
vez de bikini negra. Lo cual me volvió a mis planes para
después de cenar, me llenó de efervescencia y anticipación, e
incluso me hizo pensar que ambos chicos eran, quizá,
demasiado lentos para comer.
Todo eso me distrajo –sobre todo lo de la bikini
negra- y me hizo perder un tramo entero de la charla. Volví
al presente cuando uno de los dos me preguntó si adivinaba
a quién habían visto en la playa.
-A la radio- se apuraron a contarme -Vos no sabés lo
que es en malla, loco...226
-¿Por?- pregunté por cortesía, ya que el tema no
podía interesarme menos, ni me traía recuerdos placenteros
tampoco.
-Sobrevivió al Holocausto, che- dijo solemnemente
el de máquinas -Parece recién rescatada de Auschwitz. Tiene
menos culo que un embudo...-Tetas de timbre- aportó doctoral el de cubierta.
-Las patitas parecen las de una cigüeña, te juro...- ya
riendo.
-Y ese color, ¿Vos viste el color? Tiene un color
blanco, pero blanco de panza de pescado, toda llena de
pecas, y- Les dio la risa, y ya no les entendí nada, pero
empecé a reírme también, menos por crueldad que por
contagio. El trabajo estaba terminado, la noche era hermosa,
había llenado la panza, la cerveza estaba helada, y en algún
lugar, Guadalupe debía estar vistiéndose y arreglándose para
encontrarme: claro que tenía ganas de reírme. Me hubiera
reído un discurso de Castro completo.
Repentinamente, ambos chicos se callaron. Miraron
fijo hacia la entrada a la veranda, exactamente detrás de mi
espalda. Se enjuagaron las lágrimas, e hicieron lo imposible
por lograr que lo que les quedaba de risa les saliera sólo por
la nariz. Temiendo lo peor, me volví.
Entraban el capitán, el jefe de máquinas y, por
supuesto, el objeto de la risa de los chicos. Al verla
acompañada respiré aliviado, mostrándome incluso cordial,
al extremo de llamarlos e invitarlos a nuestra mesa.
227
Hablamos pavadas durante un rato. Los recién
llegados ordenaron sólo bebidas, como dando a entender
que no pensaban quedarse mucho rato. Se trató de ser casual
y de estar distendidos, pero en el aire había un cierto
empaque, una extraña estática, que cortó el ánimo de los más
jóvenes y me incomodó levemente.
Desde ya que era incómodo cenar con tres personas
haciendo de espectadores de nuestro masticar, pero estas,
además, parecían estar en el dilema de querer irse y no saber
cómo. No iban a cenar, no iban a quedarse, no se iban...la
charla con los pilos no lograba cruzar el abismo de treinta y
cinco años que los separaba de los dos mayores, y la radio
callaba o se reía a destiempo.
Cuando se pusieron a hablar del barco supe que el
desastre era irremediable. Me concedí un recreo, y me excusé
al baño.
Me estaba lavando las manos, lenta y
deliberadamente, cuando entró el capitán y enfrentó el
mingitorio. Se dirigió a mí de espaldas.
-Urióz, necesito que me haga un favor...-¿Qué cosa, capi?-La chica esta,- Me lo vi venir. Lo sentí venir. Supe
lo que sufría un gusano al ver acercarse una aplanadora -El
jefe y yo la invitamos a salir porque nos dio no se qué que se
quedara todas las noches sóla a bordo. Pero, Ud. sabe,
somos viejos de la línea, tenemos asuntos pendientes,
compromisos acordados...pasear a la tarde, ir a cenar, bueno,
228
está bien, pero dentro de un rato nos gustaría quedar libres y
poder ocuparnos de lo nuestro-Fíjese qué coincidencia: precisamente yo también
estaba por-Si, bueno, que bien, pero esto es distinto. Lo
nuestro es un poco más delicado. Ud. puede resolver esto
fácilmente, o conseguir otro programa con facilidad; el jefe y
yo, ¿vió? ya no podemos andar dándonos el lujo de andar
haciendo desaires... -¡Espere un poquito, espere un poquito! ¿Qué me
está pidiendo? -Invite a salir esta noche a la-No. Me niego. Renuncio. Llamo al sindicato-No se ponga así, che, que no es para tanto. Es una
noche, nomás. Mañana lo releva otro, y Ud hace lo que tenía
pensado para hoy. Es repartir las tareas un poco, nomás:
acuérdese de que nosotros estuvimos a cargo toda la tarde y
toda la cena...Se dio vuelta, abrochándose lentamente el pantalón.
-Capi: Usted no puede ordenarme esto-No- me miró a través de la cejas, por sobre los
lentes -Pero puedo pedírselo con mucha insistencia... Sostuvo serio la mirada. Jaque.
229
Tenía cuatro jugadas posibles. Una, negarme, y dejar
que se arreglaran solos. Pese a la velada amenaza, lo sabía
incapaz de tomar represalias por mi negativa (aunque, claro,
yo lo apreciaba al viejo, y me costaba mucho negarle algo
que, si había llegado al extremo de pedirlo, debía resultarle
de suma importancia).
Dos, usar mi poder para que el inconveniente
pelirrojo tuviese deseos de volver al buque;
lamentablemente, no se me ocurrió ninguna forma que no
implicase algún tipo de molestia o disgusto para ella, y supe
que, de hacerlo así, me despreciaría a mí mismo y no
disfrutaría en absoluto del resto de la noche.
Tres, cargársela a los pilotines.
Cuatro, cargarla yo.
-Capi, ¿y si le decimos a los pilos? Yo ya tengo algo
agendado: ellos no, y por edad son más afines, se va a
divertir más...Se encogió de hombros, indiferente.
-Me parece bien. ProbemosCuando volvimos a la mesa, los pilotines no estaban.
Divertido, el jefe nos contó que vieron pasar lento a un auto
por la costanera. Apenas lo reconocieron, gritaron -"¡las de
la playa! -", saltaron sobre las sillas y alcanzaron a parar el
auto. No sabe de qué hablaron, pero enseguida subieron al
coche y se fueron.
230
Qué simpáticos, pensé.
El jefe se rió con más ganas cuando vió mi cara,
porque creyó que mi amargura provenía de tener que cargar
con la cuenta yo sólo. El capitán, en cambio, alzó las cejas en
un mudo -"joderse-" de advertencia, y le soltó a la causa de
nuestras desdichas una florida y descaradamente falsa
explicación sobre porqué el jefe y él debían ausentarse de
inmediato (casi le creo yo mismo), y lo tranquilo que estaba
de dejarla en mi amable e inmejorable compañía. Todo un
caballero, el maldito.
Por parte de ella, ningún inconveniente (parecía que
el fastidio ya era mutuo). Se despidieron y se fueron, alegres
y juveniles.
Nos miramos a través de la mesa.
Pedí un torito.
-¿Qué es un torito?-Licuado de guanábana y tequila. Las proporciones
varían, los efectos, jamás-¡Pedíme uno a mí!Fabuloso. Estaba decidida a divertirse. Me pregunté
qué aspecto de su personalidad acentuaría el alcohol cuando
se desinhibiese, y todas las alternativas me parecieron
espeluznantes.
Tomé nota mental de no permitirle beber demasiado,
así que después de esos toritos pagué y salimos a caminar.
231
Costeamos el mar camino al centro; para cuando
llegamos al Malecón eran casi las once. Sin Guadalupe en
vista, era una magnífica hora para irse a dormir. Para ella, en
cambio, la noche era joven aún: quería ir a un buen bar,
quería ir a bailar, quería estar donde hubiese gente y música y
risas. Pensé en usar mi poder y adelantarle el período
menstrual, pero me recriminé seriamente: tenía que ser capaz
de salir de esto sin agredir ni depender de nada que no fuese
mi educación y mi astucia.
Pero si pasaba un camión por la cuneta y le salpicaba
barro en el vestido...
Me sacudí esas ideas. Entramos al Tilingo´s Charlie,
un lugar fino y bobo que supuse reunía todos los requisitos
mencionados por ella.
Fue al toilet. Sentado, noté que algo me molestaba en
el bolsillo; lo saqué, y vi que era el estuche de una crucecita
de plata que había comprado esa tarde para Guadalupe.
Sostuve la cadena colgando de mi índice derecho,
fascinado con los tonos que adquiría la plata al reflejar las
luces de colores del bar, mientras tomaba dolorosamente
conciencia de lo que pudo haber sido esta noche, y de en lo
que se iba a transformar.
-No te hacía tan católico...-Es para regalar. No soy cristiano...-¿No? ¿Y qué sos?232
Otro error mío en aquella infernal noche de errores.
A la gente le importa un bledo qué sos o en qué creés, pero
le fascina hablar de un tema donde no hay que razonar ni
que haber estudiado para opinar y tener razón. En cuanto te
confesás diferente al resto y, en consecuencia, interesado en
el asunto (porque los verdaderamente indiferentes dicen
católico y a otra cosa), ven una rendija hacia tu yo íntimo, y
empiezan a hurgar con el dedito a ver qué pueden sacar.
No aprendo nunca.
-Adoro a Satán- le dije. Nada te vuelve más hostil
que perder una noche de sexo, parece.
-¡¿Cómo que a Satán?! ¿Vos sos loco? -No tiene nada que ver con la locura. Es una
cuestión de dignidad- Me repantigué en el sillón, cargué
cerveza, y qué carájo: si me iba a aburrir, iba a hacerlo a mi
manera. -el cristianismo, pequeña Aída, perdona todo, previa
confesión. Es la religión del perdón. Cristo mismo es el
impuesto pagado para obtener el cheque en blanco del
perdón de su dios. Homicidio, adulterio, sodomía, robo,
mentiras, tortura: no importa cuán atroz sea el crimen, o
cuán soez el pecado, el perdón está abierto a todos los que
se arrepientan sinceramente y lo confiesen ante el sacerdote.
Aunque se reincida, fijáte. Se puede pecar, pedir
perdón, y volver a pecar, sin que la cuenta corriente quede
en rojo jamás. Todos los grandes dictadores sudamericanos
fueron grandes católicos, por ejemplo, y todos sus generales
también, todos hicieron las barrabasadas que quisieron, y
233
todos fueron a misa y comulgaron. Nadie sabe qué
confesaron, pero lo importante es que se llenaron la panza
de hostias, de lo cual se desprende, quid-pro-quo, que se les
perdonó.
Menos a Satán, fijáte. Satán es el peor, la última
basura, el Malo de la Película. Peor que Stalin, Hitler y
Savonarola juntos.
Ahora yo pregunto, damas y caballeros del jurado, yo
pregunto: ¿mató a alguien? ¿Violó? ¿Robó?
Jamás, señores. Nunca.
¿Por qué es entonces tan imperdonable, por qué está
más allá de la amnistía cristiana para todos los pecadores?
Sencillo: incurrió en el imperdonable pecado del
criterio. Cri-te-rio. Se permitió conclusiones distintas a las de
la versión oficial de las cosas, y actuó en consecuencia.
Cuestionó un Poder, una Jerarquía que, puestos en ser
lógicos y justos, era sumamente cuestionable. La única
justificación que el dios de Israel daba de su autoridad era la
de que la alternativa era el fuego eterno. Yo no sé a ustedes,
pero a mi me parece muy pobre. Muy fascista. O me adorás
como a tu único y perfecto dios, o te reviento...
Satán en cambio fue, si se quiere, el primer rebelde,
el primero en plantear el derecho a pensar y actuar distinto.
Y, de la misma forma en que en los gobiernos totalitarios se
tolera a los delincuentes comunes, pero se extermina a los
individuos de pensamiento independiente, así, en la
234
dictadura del Cielo se exterminó a Satán y sus huestes, y se
perdonó a los canallas.
Abusando un poco de vuestra paciencia, damas y
caballeros del jurado, se puede extender el paralelo entre las
dictaduras humanas y la divina, haciendo notar que en ambas
se les endilgó a los pensadores eliminados una pésima
reputación, tratando de convencer al público –los
ciudadanos o los fieles- de que estaban bien eliminados, ya
que representaban una amenaza terrible para todos.
Porque yo desafío a la acusación, Su Señoría, a que
presente un solo testimonio, una sola prueba que demuestre
que Satán atacó o agredió alguna vez a la Humanidad. Hay
infinidad de registros escritos de las herejías que Jehová le
hizo a Abraham, a Job, a Sodoma y Gomorra, a los
inocentes durante el diluvio, al pueblo de Egipto, y a todos
los pobres inocentes que se cruzaron en sus caprichos. Los
mismos representantes de Dios en la tierra, hoy en día, no
vacilan en afirmar que terremotos, pestes e inundaciones son
la voluntad de Dios, sin que ninguno se atreva a acusar a
Satán de ninguna catástrofe natural.
¡Y ni siquiera –y perdone, Su Señoría, que golpee la
mesa, pero la injusticia me saca de mis casillas- ni siquiera se
lo puede acusar de mentir! ¡Porque cuando, en el jardín del
edén, les dijo a nuestros primeros abuelos que “si comían el
fruto del conocimiento serían como dioses”, no mintió, Su
Señoría! Nos volvimos curiosos, ambiciosos, trascendentes,
activos, y con un ansia constante de superarnos. Volamos
como los ángeles, dominamos el poder para arrasar varias
235
Sodomas y Gomorras, abrimos mares, usamos el rayo y
sanamos enfermos. Empezamos a dirigirnos hacia las
estrellas, y nos sumergimos en el fondo de los mares y de las
mentes. Y consideramos que todas las demás formas de vida
están a nuestra disposición y merced: si eso no es ser como
dioses, bueno, entonces aprendimos mal de Yahvé, Su
Señoría.
Hacemos porquerías, también, pero ¿qué dios no las
hizo?
¿Y qué seríamos si no le hubiésemos hecho caso?
Una raza sumisa, ovina, incapaz de pensar o de interesarse
en nada que no se le hubiese indicado previamente, sin artes,
sin destrezas, sin criterio. Seríamos como la Iglesia pretendió
que fuésemos en el medioevo. Como niños, si, pero niños
tarados.
El Dios de Israel concede el libre albedrío, pero sólo
para asuntos que no cuestionen su liderazgo. Si el libre
albedrío, como en el caso de Satán, te lleva a hacer las
preguntas equivocadas, no hay perdón ni misericordia
posiblesAlcé mi cuarta copa de cerveza sobre mi cabeza
-Respeto a Satán el contestatario, el disconforme, el
individuo libre. Me saco el sombrero ante el Satán víctima
de la mala prensa, de la calumnia sin pruebas, de la condena
de las obtusas comadres de barrio, de las campañas de
desprestigio. Y lo respeto más por haber sido vencido, ya
que es evidente que le hubiese bastado un mínimo de
236
obsecuencia, un pequeño lamer de botas, para recuperar su
sitio y su calidad de príncipe de los cielos, pero, así y todo,
prefirió pudrirse en el infierno antes que tragarse sus
principios.
Si se quiere, fue el único ángel con pelotas.
¡Salud!- y ahí se fue la cuarta.
Admito que quizá me dejé llevar demasiado, no se si
por el placer perverso del sofismo, o si por el torito y las
cervezas. No la veía muy bien en la penumbra, recostada en
su sillón, y llegué a pensar que dormía.
Pero no.
-No está mal, no está mal- arrancó con su voz tenue
y grave -pero es bastante zonzo. Infantil.
Hay, damas y caballeros del jurado, características
circunstanciales y características esenciales. Si la fábula del
Génesis es cierta, todas las características humanas que
existen hoy en día y que pudieron no haber existido nunca
(las del fruto del conocimiento, las que sugirió adquirir
Satán) serían las circunstanciales. Son las cosas que se
agregaron a la humanidad. No nos definen, porque hubiese
bastado una decisión distinta de Adán para que no hubiesen
aparecido nunca.
Pero las esenciales, las que estaban antes y aún
perduran, esas provienen del Creador.
237
Ojo che, no digo que sea cierto. Analizo el mito,
nomás- Se tomó otro medio vaso de cerveza, de un solo
trago. Yo no pude: tenía la boca abierta y acalambrada.
-Todos los logros de carácter que obtuvimos de
Satán y del famoso fruto, por más impresionantes y llenos de
lucecitas que nos parezcan, nos llevaron en dirección de esas
mismas características eventuales. Nos parece que nuestra
forma de vida es la mejor, pero ¿no será que es porque es la
nuestra? Si hubiésemos elegido distinto, ¿no pensaríamos
también que esa forma de vida era la única que valía la pena
vivir? ¿Con qué se compara cada una de ellas, si no hay
ningún ejemplo de la otra?
No hay forma de saberlo. Lo único seguro es que en
este lado de la elección hemos relegado las características
esenciales con que fuimos diseñados, y nos hemos
enamorado de las circunstanciales que conseguimos con el
conocimiento. Pero siempre puede ser que hayamos
cambiado un montón de habilidades divertidas por el
hallazgo de nuestra esencia. No se puede descartar la
posibilidad.
Mirando las cosas lógicamente, como decías vos, si
Adán y su señora no hubiesen probado el fruto, serían
“químicamente puros”: conocerían su esencia, su porcentaje
de divinidad, y, ovinos y todo, creo que existirían en un
plano mental menos enrarecido. No conocerían la curiosidad
porque Sabrían, ni tendrían el deseo de superarse, porque ya
lo habrían logrado. Por supuesto que no sabrían lo que es un
carburador, ni qué filamento debe llevar una lámpara
238
incandescente, o qué causa la rabia y la malaria, pero me
resisto a creer que no sabrían nada. Algo, sin duda, sabrían. Y
es de ese algo de lo que nos perdimosBajó el medio vaso que le quedaba, y dejó el vaso
sobre la mesa con un sonoro golpe.
-A mi me parece que lo tuyo está disfrazado de
lógica, pero en el fondo es puramente emotivo. No te
cautiva la lucha por el ideal, sino la idea de la rebelión ante el
poder de los superiores omnipotentes. Estás proyectando,
loco.
¿Te llevás mal con los capitanes?-Bueno, si, a veces. Seguido. Cuando se meten en
todo, y dan órdenes estúpidas, y quieren...-Ajá, típico. Vos, en el fondo, resentís la autoridad
paternal. La paterna, digo. Que es como decir tu padre.
¿Te llevabas mal con tu viejo?Le apunté con el índice, a punto de decirle algo. Iba a
ser algo terrible y cortante, seguro. Me quedé apuntándole,
moviendo el dedo como un maestro, pero al final cambié de
idea.
-¿Vamos a bailar?-
239
Volvimos al buque un par de horas después. Me
sentía raro, y cuando eso me pasa, no hablo ni con pentotal.
Aída, con el vestido mal ceñido a su esqueleto, caminaba a
mi lado pero del otro lado de la vereda.
La zona del puerto estaba iluminada y desierta.
-Te enojaste, ¿no?-¿yo?-Aha-No. ¿Por?-Porque te llevé la contra. Siempre me pasa lo
mismo: me meto a hablar y no me doy cuenta de que a la
gente a veces no-Nah-¿Porque te llevé la contra y te hice quedar como un
bolúdo?-Ah, si. Por eso si. Pero se me pasó enseguida-Y por lo de los tubos fluorescentes cuando tenías
kilombo en máquinas-, aportó contrita.
-Si, también, un poco-...y porque te arruiné la salida en Houston-Bueno, si, pero240
-y porque me parece que te arruiné algo también
hoy-Si, pero no importa. Nada firme. No tenía nada
pensado en especial, nada seguro-Si una crucecita de plata con cadena y estuche no es
algo planeado en especial...Guardé silencio unos pasos.
-Decíme, mientras todas esas cosas pasaban, ¿eras
conciente, te dabas cuenta?- El sí, que me llegó por entre los
pelos de su cabeza gacha, fue tan débil que llegué a pensar
que lo imaginé. -¿Y a pesar de eso no hiciste nada para...?-¿Para?Iba a responderle, pero no encontré ninguna
respuesta que no fuese cruel. No podía recriminarle a alguien
el no haber hecho nada por disimular su existencia.
Pero insistió.
-¿Para?-No se, respetar un poco los arreglos que los demás
hacen de sus vidas. Serías mejor recibida si golpeases antes
de entrar-¡Ja! ¿Y si decías que no?-Personalmente, hubiera compartido mi tiempo
mucho más a gusto con la mujer que hoy me llevó la contra
241
que con la que se coló en una salida de cuatro hombres
solos. Cuando sos vos misma resultás interesante, pero,
cuando te imponés...-Yo qué sabía...Parecía triste. Me hizo sentir bastante mal, porque la
verdad era que, si el capitán no me hubiese puesto la pistola
en la cabeza, jamás hubiéramos llegado a conocer su lado
interesante, por más brillante que fuese.
Le pasé el brazo por el hombro, y la sacudí un poco,
con algo de rudeza masculina para restarle solemnidad.
-No subas con esa cara, que no quiero reproches del
capitán. Eso, claro, si sobrevivió al infarto...La acompañé hasta el camarote, y la despedí con un
beso en la frente.
Después fui al mío, y descubrí que me sentía
misteriosa y estúpidamente contento.
La noche siguiente logré salir con Guadalupe.
Tuve éxito con Guadalupe, y fracasé con Guadalupe.
Me había propuesto llevarla a la cama y lo logré, pero
también me había propuesto disfrutar de una sana y alegre
noche de placer carnal, y no hubo forma de conseguirlo.
Supongo que era de esperarse: la mujer que vivió amaestrada
por su crianza no cambia sus prejuicios ni sus tabúes de un
242
día para el otro. No basta con que se lo proponga, ni
importa lo que decida.
La pobre había decidido qué era correcto hacer, y
puso su voluntad y su cuerpo en ello, pero las molduras de
su carácter no nos permitieron disfrutarlo. Ambos pusimos
cara de que sí, y estuvimos de acuerdo en que fue una noche
deliciosa, pero por dentro decidí no volverla a ver hasta no
haberle dado tiempo para que experimentara con dos o tres
amantes más. Y si en el proceso terminaba por casarse, peor
para él: no soy celoso.
Caminaba hacia el puerto, aprovechando el último
aire fresco antes de la salida del sol. Veracruz quedaba, desde
ese día, anulada como zona de experimentos con mi poder:
por fría que hubiese sido Guadalupe, podían encontrarla en
mi rastro, y no deseaba causarle más penas que las que ya le
había inflingido.
De seguir así, me dije, iba a llegar a un punto en el
cual iba a tener que elegir entre ayudar a las gentes del
puerto, o tener amigas en él. Opción peliaguda.
Pobre gente.
Aunque, de cualquier forma, no iba a ser por mucho
tiempo. Mi plan, si servía, no podía tardar mucho en
empezar a funcionar y, a partir de ese momento, la Brujería,
o Yo, tendríamos los días contados.
Lo cual me hizo caer en cuenta de que, quizá, estos
fuesen mis últimos meses. No me inquietó mucho, porque
tenía gran confianza en lo que había elucubrado, y mi muerte
243
no era más que una remotísima posibilidad teórica. Al fin y
al cabo, de cualquier persona se puede decir que quizá estos
sean sus últimos meses: Nadie puede negarlo, ni nadie pierde
el sueño por ello tampoco.
Pero la idea le otorgó una intensidad especial,
eufórica, al perfume de la alborada. Inspiré hondo, gozando
del estirarse de los músculos sobre mis costillas, y me largué
a silbar aquellas viejas canciones de Tim Hart y Maddy Prior
que jamás pude traducir del todo y que siempre me gustaron
tanto.
A bordo dormían casi todos, y los que no, los que
estaban de guardia, tenían toda la noche pintada en las ojeras
y lo rojo de los ojos. Pasé por la heladera del comedor de
oficiales y la abrí a ver qué había quedado (para nosotros, es
como persignarse al entrar a la iglesia), y me fui a dormir
unas horas antes de la zarpada.
Me desperté asustado. Mi plan: algo en mi plan no
estaba bien. Lo supe dormido, y me alerté dormido, pero, al
despertar, me había olvidado de qué se trataba.
Traté de calmarme. En los sueños parecen lógicas y
razonables cosas que son verdaderos disparates: este podía
ser uno de esos casos, por supuesto, pero...
244
Había olvidado el sueño. No podía descartarlo como
un disparate si no sabía de qué se trataba.
Entonces me puse a repasar todo mi esquema,
esperando que, por asociación, resaltase la parte con que
había soñado. La idea era repasar todo, paso a paso. Cuando
llegara el paso con el que había soñado (el que
supuestamente estaba muy pero muy mal), sin duda
recordaría que soñé con él. Pero, al no ocurrir nada, ni
recordarme ninguna parte del plan a ninguna imagen de mi
sueño, me quedé un poco más tranquilo, y me volví a
dormir.
Sólo muchos días más tarde, cuando hubieron
pasado días y cosas irremediables, y ya estuviese metido
hasta la barba en problemas, comprendería que ninguna
parte del plan me recordó al sueño, porque yo había
olvidado la parte que debía hacerlo.
Un segmento del plan, uno vital, se había borrado
por completo de mi memoria, y la misma operación que lo
retiró supo unir los pasos anteriores al mismo con los que le
seguían, de un modo lógico –o para-lógico, si se me disculpa
el neologismo- que no me permitió notar el hueco entre
ellos. Hoy me doy cuenta de que fue a partir de ese
momento, el momento en que mi memoria fue modificada,
que se empezaron a hacer sensibles las acciones de los brujos
y los efectos de mi plan.
Aquella mañana, sin embargo, apenas fue un sueño
raro, que no logró desvelarme
245
246
TAMPICO:
Un par de meses atrás, cuando supimos en Buenos
Aires que Tampico iba a ser una de las recaladas de nuestro
viaje, busqué un rato tranquilo en casa, cerré los ojos, y
concebí la imagen de la dicha completa para este pueblo
mientras durase nuestra estadía. Hice los movimientos
necesarios, pronuncié las palabras que correspondían, volví a
la realidad, y seguí con mis cosas.
Ahora, y mientras remontábamos el Panuco, me
frotaba las manos (en sentido figurado, claro), preparándome
a disfrutar del placer doble de ver a la gente bien y contenta,
por un lado, e imaginarme la los brujos rabiando intrigados
por el otro. Las coincidencias y casualidades tuvieron dos
meses enteros para ir acomodándose y alineándose, para
concluir en esto que estaba por venir: una improbable y
deliciosa racha de buena suerte para todos. Era algo que de
veras valía la pena presenciar, y lo único que lamentaba era
no tener forma de documentarlo para repasarlo y volverlo a
vivir más tarde.
247
El primer día no pude disfrutar nada de esto porque
nos tocaba recorrer un pistón del motor principal. Estamos
hablando de levantar una culata (una “tapa” para los que
sean ajenos al honorable arte de la mecánica) del tamaño de
las tacitas en las que uno da vueltas, se marea y vomita en los
parques de diversiones, desconectar y extraer un pistón de
70cms de diámetro (y que, cuando está apoyado en el piso,
me llega a las clavículas), y su vástago, que es una columna
cromada de dos metros de acero bruñido y casi veinticinco
centímetros de diámetro. Y todo articulado con sus tubos
telescópicos, tuberías de conexión del inyector, válvula de
arranque, líneas de gases de escape y de aire de barrido, e
infinidad de detalles menores. Sólo el remover las 16 tuercas
de la culata, cada una de las cuales podría cómodamente
servir de nido a un hornero, es un proceso que requiere de
una herramienta especial, tan pesada que hay que moverla
con un aparejo.
Había que desarmar todo, retirar de la zona la culata
y el pistón, limpiar, calibrar, probar lubricación de la camisa,
cambiar aros y sectores del prensa del vástago, y, cuando
parece que ya se ha cumplido con dios y con la patria, y que
se ha realizado un enorme y bien realizado trabajo, el primer
oficial (o sea, un humilde servidor) suspira, invita a todos a
comer algo y a volver enseguida a armar todo de vuelta.
Contado así suena como algo terrible, cosa del Hades o del
Dante, pero, con una buena tripulación, una tripulación que
está entrenada y que ya ha hecho esto varias veces como
equipo, puedo asegurar que hasta llega a veces a resultar
divertido.
248
En cualquier caso, es un trabajo que es prudente
empezar a las seis si se quiere terminar a las dieciocho. Pero
si la tripulación está acostumbrada a hacerlo, por supuesto, y
si les da el Síndrome de Maranello, entonces se termina
antes.
Yo calculé que podíamos tener todo listo para las 15,
pero el calor, -lo húmedo del calor-, nos restó muchísima
energía, y no fue sino hasta las cuatro y media que
conseguimos lavarnos las manos y dejar la sala de máquinas
(El trabajo real, seamos justos, nunca termina ahí. La sala de
máquinas queda como si un mecánico gigante la hubiese
usado de trapo para limpiarse las manos: no queda zona del
piso ni parte del motor que no se vea cubierta de mugre,
barro del colector de barrido, aceite, combustible, y trapos
sucios. A los engrasadores de guardia le quedan aún varias
horas por delante de lavado y arrancho).
A las seis, bañado y resucitado, reconocí que me
había ganado unos mates bien calientes, con los pies sobre el
escritorio, y me dí el gusto.
No tenía muchas ganas de salir. No por el trabajo del
pistón, al que estaba acostumbrado, ni tampoco por la
temperatura, a la cual también me había hecho con los viajes.
Era Tampico. Tampico le saca las ganas de salir a cualquiera.
No es que fuese feo, no. Ni eso tiene de interesante.
Es un lugar anodino, vulgar, ni antiguo ni moderno, sin
puntos de interés natural o histórico, de calles angostas, con
una zapatería cada quince habitantes, dos o tres plazas en
donde dar vueltas a la noche, un par de supermercados, un
249
Sears y un Woolworth´s. Había un mercado a la salida del
puerto, viejo y macabro, donde uno se perdía entre pasillos
angostos, mirando víveres raros y comidas extrañas (en una
parrilla se veían cabezas de vaca sobre brasas, por ejemplo,
de las cuales iban retirando pedazos de carne a medida que
los clientes la solicitaban para meterla en sus tacos,
revelando así, cuchillada a cuchillada, la sonrisa descarnada y
los ojos sin párpados de la calavera calcinada). El centro de
este mercado no tenía techo; era como una pequeña plaza
secreta en el corazón de la manzana donde se jugaba al
dominó sobre mesitas enclenques, y en donde, también,
estaban los puestos de magia y hechicería. Muchos.
Interesante, pero no más que para una visita. Todo eso del
color local y el folklore deja de parecer tan encantador
cuando hace muchísimo calor, no hay circulación de aire, y
los olores se apilan uno encima del otro, combinándose en
algo que termina teniendo tufo a monstruo.
Los barqueros solíamos visitar por las tardes el Sears
y el Woolworth´s, más para escapar de calor de la calle que
para comprar nada, y, apenas anochecía, ir al hotel Inglaterra
a tomar cerveza, o al Globito, en La Plaza, a tomar licuados
o jugos de fruta. Algunos iban a bailar, más tarde, en el
mismo hotel, o se tomaban un taxi hasta el Camino Real, en
donde, decían, había varios lugares nocturnos de baile y
copas. Como yo nunca fui muy afecto al baile, ni encontré
tampoco ningún sitio en donde me gustase comer, me
limitaba, después de cenar a bordo, a una caminata higiénica
hasta el Globito.
250
No fui el único. Hasta el café, por lo menos, fuimos
varios los que preferimos el confort y el aire acondicionado
del buque antes que los dudosos encantos de la noche de
Tampico. Los primeros en irse fueron los pilotines, que se
levantaron de la mesa apenas terminado el postre, se
vistieron del modo que ellos consideraban moderno y
seductor (no tuve corazón para decirles que lo que se
consideraba la última onda en Belgrano o Saavedra iba a
parecer estrambótico en el provinciano Tampico, pero tuve
la plena seguridad de que iban a descubrirlo por sí mismos,
eventualmente), y desaparecieron en una nube de colonia.
Dos oficiales de cubierta se fueron, al rato, a reunirse
con el capitán y el jefe, que habían ido a cenar picante en La
Diligencia. Quedamos en el comedor los oficiales de guardia
de cubierta y máquinas, la radio, y yo.
Se estaba muy bien, muy confortable y muy
tranquilo, así que me acomodé en mi silla como para charlar
hasta que el sueño me invitara a retirarme. Le ofrecí incluso
a mi segundo oficial cubrirle la guardia para que pudiese salir
(esto, por supuesto, sólo se ve en Tampico), y me agradeció,
pero me dijo que prefería pasar la noche tranquilo a bordo
(esto, también, sólo sucede en Tampico).
Al fin de los cafés, el oficial de cubierta se levantó y
fue a ver cómo iba la operación de descarga de las bodegas, y
que enredos insólitos había logrado causar la estiba mexicana
mientras el cenaba. Dio las buenas noches, calculando que
estaría en cubierta hasta las tres o cuatro de la mañana. Casi
en seguida, el de máquinas fue a dar una vuelta por la
251
máquina antes de recostarse un rato (andábamos muy mal de
grúas, y en casi todas las guardias debíamos pasarnos dos o
tres horas de la madrugada reparándolas).
Aída, con el codo sobre la mesa, estudiaba sus uñas
con el mentón tan alto que parecía estar mirándolas por los
agujeros de la nariz. Se ayudaba haciendo fuerza hacia arriba
con las cejas.
Yo, con similar concentración, revolvía la cucharita
en mi pocillo vacío.
Los segundos pasaban. El silencio iba siendo cada
vez más evidente. El tiempo iba pasando cada vez más lento.
-No tenés ganas de irte a dormir, pero te faltan ganas
de ir a tierra- arrancó, sin preámbulos y sin dejar de estudiar
las uñas de su mano derecha. -Tampoco tenés ganas de
quedarte conversando en el comedor, se nota, porque te
quedás callado y sentado ahí. Pero no te vas al camarote. O
sea que algo te retiene en el comedorSe levantó, se sirvió un café, y trajo otro para mí, sin
dejar de hablar.
-¿Qué será? Misterio, misterio. Yo sólo puedo
adivinar. A ver, no sé, como por ejemplo pensar que, a lo
mejor, ir a tierra sí te hubiese parecido divertido, pero con
compañía, no solo. Pero, como la compañía más a mano soy
yo, y el otro día me dejaste bien en claro que había sido una
entrometida, una molestia, y una hinchapelotas, estás seguro
de que quedé resentida y esperando el momento de hacerte
252
un desaire y devolverte el mal rato. Pensás que si me decís de
ir a caminar un rato te voy a decir que no, y de mala manera.
Ya sé que queda feo que una mujer pretenda
comprender las inescrutables sutilezas masculinas. Y me doy
cuenta de que, si sos tímido y tenés un bruto amor propio, el
problema es tuyo, y que yo no tengo por qué andar
resolviéndote las cosas. Y además, también puede ser que
vuelvas a pensar que soy una metida, y me vuelvas a mandar
a la mierda.
Pero, ¿qué se yo?, también podríamos dejarnos de
joder con tantas sutilezas y malentendidos, cambiarnos de
ropa y dejar de seguir boludeando con este café frío, ¿no?La miré con desconfianza.
-¿Cuál de tus dos padres dijiste que era el
extraterrestre...?-No te vayas a poner perfume, por favor, que me da
dolor de cabeza. Y no te empilches mucho, no vale la pena-Decíme Aída, ¿Vos tenés novio?-Si. Algo así. O, más bien no. Pero diría que sí. De
alguna manera-Notable. De veras. Sería interesantísimo conocer al
muchacho ese-Te espero en la planchada-Llevá bronceador, eh: el sol sale por ese lado253
Pero, pese a mi implícita negativa, quince minutos
después bajábamos ligero la planchada, salvándome por
escaso margen de oír la ironía del marinero de guardia.
Pasamos por la plaza donde Bogart toca fondo en El
Tesoro de la Sierra Madre, pero, pese a estar prácticamente
igual, ella no la reconoció (ni siquiera sabía que la película
existía. Cuando pronuncié con acento mexicano aquello de
“¿Badges? ¿Badges? ¡We doant nid no stinking batches!” se
me quedó mirando un rato largo). Dimos un par de vueltas
mirando vidrieras –de zapaterías, principalmente-, llegamos a
la otra plaza, y nos sentamos en las sillas de chapa plegadizas
del Globito.
La noche empezó a rodar suavemente, recostada en
los mecanismos de la charla fácil y liviana. Tomé muy
lentamente mi licuado de fresa y durazno (no hay forma,
claro, de tomar rápido un litro de frutas licuadas, pero así y
todo extremé precauciones. Uno era mi límite. Una vez me
excedí, y con las consecuencias que tuve que afrontar fue
suficiente para espantarme para siempre). No había mucho
que hacer, salvo mirar y comentar las vueltas y vueltas de las
mismas personas alrededor de la plaza.
Se volvió más interesante cuando empezamos a
inventarles nombres y apellidos, y a armar los parentescos
entre ellas. A las pocas vueltas ya habíamos creado las
historias de las vidas de cada uno de ellos, y, a medida que la
noche avanzaba, nos entusiasmábamos describiendo las
tragedias, romances y aventuras de aquellos Tampiquenses
254
(o Tampiqueños, o gente de Tampico, como se quiera) que,
inocentes de todo, seguían en su paseo circular e infinito.
Me dí cuenta entonces de que no comprendía a Aída.
Es decir, entendía perfectamente todas las intrascendencias
que decía, pero no podía encuadrarla en ninguno de los tipos
de gente a los que estaba acostumbrado. Me confundían sus
motivos, y no conseguía entender qué cosas la llevaban a
hacer las cosas que hacía. A veces era profunda, y decía con
soltura cosas que no a cualquiera le iban a resultar fáciles de
pensar o de estructurar. Otras veces era una perfecta
estúpida. Podía captar las sutilezas del carácter del otro, y, al
mismo tiempo, meter las patas más espantosas. Se mostraba
infantil y vulnerable, pero tenía un escudo alrededor de su
verdadero yo que no creo que se pudiese perforar sin
maquinaria pesada.
De noche, de perfil, y con el pelo pajoso mal atado
sobre la nuca, me recordaba a Katherine Hepburn en La
Reina Africana. Y también, pensé sonriendo, a la de
“Criando a Bebé”.
Un bicho raro. Literalmente. Físicamente parecía a
punto de desarmarse, pero tenía una estatura y un esqueleto
que se imponía. Reunía todas las debilidades inherentes a la
feminidad, pero no era en absoluto femenina (o, por lo
menos, no suscitaba en nosotros las reacciones que la
feminidad suele despertar, cosa que, en un buque tripulado
por treinta varones, ya es mucho decir). Y, como pasaba con
la Hepburn, uno no se terminaba de decidir si era linda o no,
255
ya que su rostro, si bien inusual y muy poco a la moda, tenía
un cierto resplandor que atraía la mirada.
Flaca, torpe y boba, pero ahí estaba, la única mujer
entre casi treinta hombres, lejos de parientes o amigos, única
responsable de su cargo, su único personal y su único
recurso, y comportándose siempre flemáticamente, como si
estuviese vendiendo productos de Avon.
No se cómo ni cuando dejamos de escribir las
biografías de Tampico, y pasamos a discutir a Lovecraft. Es
raro encontrar chicas a las que les guste Lovecraft: Aída era
una erudita. Y yo, que creía dominar toda la serie de los
mitos de Chtulhu, me encontraba haciendo el papel de
humilde oyente de cátedra ante esa pecosa que recordaba
arrebolada infinidad de horrores y monstruosidades.
Estaba concentrado en lo que me decía, (No. Seamos
honestos: estaba tratando de imaginar en dónde podía haber
conseguido tanto material, y cómo hacer para pedirle que me
lo preste a vuelta de viaje), cuando un grito felino de placer a
mis espaldas me hizo pegar un respingo. Me dí vuelta
bruscamente, y quedé congelado, con no menos brusquedad.
Allí, dos metros detrás de mí, estaba Guadalupe, vestida para
matar.
Yo tenía serios problemas, de momento, para cerrar
la boca, pero ella, haciendo maravillas con su pollerita negra
y sus larguísimos muslos perfectos, consiguió sentarse
rápidamente a mi lado y hablar por los dos.
256
La agencia de viajes cuya recepción ella atendía había
organizado un tour por varias ciudades. Guadalupe pidió
permiso para incorporarse y se lo concedieron, en parte por
su interés en aprender más del negocio, y en parte también,
supuse, porque habría muy pocas cosas que se le pudieran
negar a la dueña de aquellas piernas (Y, en lo personal, no se
me ocurría ninguna).
Hete aquí que, en su primer rato libre en Tampico,
sale a caminar y prácticamente la primera persona que ve soy
yo. ¿No parecía milagroso?
No, a mí no me parecía milagroso en absoluto, pero
lo guardé para mí, y logré algunas oportunas exclamaciones
de sorpresa. Me apresuré a dejar en claro la relación laboral
que me unía a Aída (quién, pude ver de reojo, se divertía
muchísimo con mi sorpresa, y hacía todo lo posible por que
no se le notara) y, finalmente, me quedé total y
desastrosamente sin libreto.
Aída me sacó del paso al proponer una ronda de
cervezas en el Inglaterra. Acepté, quizá un poco demasiado
apresuradamente –noté la sonrisa en la comisura de sus ojosy cruzamos la calle hasta el hotel
Guadalupe, una vez que se hubo tranquilizado con
respecto a Aída, tocaba el cielo con las manos. Caminaba
moviendo el culo de una manera que era como para meterla
presa, y dejaba un rastro de perfume que me hacía
hormiguear todo del ombligo para abajo, pero, ¿qué hacer?
¿Dónde dejar a Aída (porque ni soñar con hacerla volver
sola al puerto a esa hora)?
257
¿Y para qué volver a intentar de nuevo ese suplicio
de Tántalo que era el sexo con Guadalupe, esa tortura de
poseerla pero no encenderla? Toda su melena negra y
pesada, sus apetecibles labios, su pecho exagerado, su
cinturita, sus infernales nalgas y piernas, todo ese parque de
diversiones se volvía carne fría en la cama. Era una
experiencia realmente angustiosa, que no le recomiendo a
nadie, y que dudaba mucho tener ganas de volver a intentar
otra vez.
Como por lo general ocurre, todos nuestros planes y
análisis terminan siendo inútiles, porque, al final, siempre
son los hechos los que terminan decidiendo por nosotros.
Ocurrió que, entre chopp y chopp, nos vió el
capitán, de camino al buque. Compartió una cerveza con
nosotros (“por el calor” dijo. Bien fresco te dejaron todas
las que te venís tomando, pensé), y casi en seguida se paró y
preguntó si alguien volvía a bordo.
Por un instante no supe qué sería peor, si que Aída
no se diese cuenta de que esta era su última oportunidad de
no entrometerse en los designios de Guadalupe, o que sí lo
hiciera. El caso es que pareció comprenderlo. Bostezó, se
puso de pié, y arrancó hacia la puerta acompañada por el
capi. Este aprovechó el momento en que le abría la puerta a
la radio para hacerme un guiño tan perfectamente
disimulado como un tiro en una biblioteca.
Aída me lo hizo desde detrás de las puertas de vidrio.
258
La mirada que me echó entonces Guadalupe podría
haber llegado a ser fatal si yo hubiese tenido problemas de
eyaculación precoz. Si la lascivia quemara, esos ojos me
hubieran incinerado en el sitio.
Me tomó de la mano, más para apurarme fuera de la
silla que por ternura, y apenas tuve tiempo de tirar los pesos
de la cuenta sobre la mesa antes de que me sacase del salón
casi a la rastra. No se habían cerrado aún las puertas del
ascensor cuando me dí cuenta de que algo muy importante
había evolucionado en Guadalupe; su rodilla abrazándome
los riñones, y su mano acariciando descaradamente el
contenido de mis pantalones eran cosas que la vieja
Guadalupe jamás hubiera osado soñar. Antes se comportaba
como si creyese que su parte en el juego del amor era
consentir mis manoseos; ahora, en cambio, tenía que
aferrarle las muñecas para que se quedara quieta y no nos
encerraran por conducta indecente.
Un caballero no cuenta, pero me temo que esta vez
es necesario que haga una excepción. Baste decir que la
noche que pasamos en su habitación fue algo impresionante.
Esa mujer detonó. Me sentía como el pobre Pepe Le Pew
enredado con la gata montesa. Gritó, corcoveó,
experimentó, probó, me dio vuelta por todos lados, me
mordió, me arañó, y sólo cuando quedó totalmente rendida
se quedó quieta y se durmió. Yo, o lo que quedaba de mí,
sudado y hecho gelatina, no pude dormirme hasta tres
segundos después.
259
Se despertó antes que el sol, y me dio otro
tratamiento parecido, aunque me temo no haber estado del
todo a la altura de las circunstancias. Pero no hice tan mal
papel tampoco, y puse mi mejor empeño, ya que era
consciente de que el buque zarpaba al mediodía, y como ella
tenía que trabajar, este último rato de la mañana sería,
probablemente, nuestra despedida.
Lo estaba viendo, lo estaba viviendo, pero aún así no
podía creerlo. Incluso, mientras me bañaba, la espiaba
vestirse, tratando de comprobar si en realidad se trataba de la
misma persona (¿quien sabe?: quizá una melliza...).
Desayunamos juntos y nos despedimos, esta vez sin
estúpidos comentarios sobre la noche anterior. De camino al
buque, y yendo bien despacio como para no llegar antes de
la hora de tomar la guardia –tenía miedo de dormirme si
llegaba y me sentaba un ratito en un sitio tranquilo-, creí
encontrar la solución al misterio.
Yo había sido el causante, si bien involuntario, de su
brote erótico. Y no precisamente por mis pobres dotes
como amante, sino más bien por las consecuencias
imprevisibles con que uno se topaba cada vez que usaba
habilidades como la mía.
Entre el trabajo en el pistón, la peculiar forma de
invitarme a caminar de Aída, las biografías de los que
rodeaban la plaza, Lovecraft y las piernas de Guadalupe
(pero sobre todo por las piernas de Guadalupe), se me había
ido por completo de la cabeza lo de los días de dicha para la
gente de Tampico. No era tan difícil: las dichas que yo
260
trataba de causar eran privadas, personales, y sólo las veía
quien se tomase el trabajo de estudiar a la gente y hablar con
ella. Nunca se trataba de que lloviesen dólares o las calles se
empedraran de oro. Eran familias que se reencontraban,
trabajos que se conseguían, embarazos que finalmente se
lograban, enfermedades que remitían o desaparecían,
créditos, clima suave, etc.
Cualquiera que hubiese estado delante de la minifalda
de Guadalupe hubiese podido, tranquilamente, pasar por alto
toda esa alegría humilde del pueblo, y no reparar en las
sonrisas que florecían por doquier.
Especialmente si, como yo, estaba acostumbrado al
fenómeno (al de las sonrisas, se entiende).
Pero el hecho es que, meses atrás, había dispuesto
que todas las coincidencias y casualidades que le ocurriesen a
la gente de Tampico derivasen en estos días de felicidad y
satisfacción de sus íntimos anhelos. Nunca tuve la certeza de
si ese mismo manto protector se extendía también a mis
compañeros de buque: siempre les fue bien, pero podía
deberse a que la alegría general de estos puertos volvía a sus
habitantes generosos y amables para con los extranjeros.
Como en este caso, por ejemplo, me ocurrió a mí. Al
estar Guadalupe en Tampico durante mi ventana de buena
suerte para el pueblo, -vaya a saber uno por qué extraña
casualidad- aquello que hubiera de hacerla feliz debía,
necesariamente, ocurrir. “Aquello”, a la sazón, resultaba ser
yo, o, por lo menos, la revancha de la frustración y
261
humillación de nuestra última vez. Con poseerme hubiera
quedado cumplida su parte del deseo.
Pero, si repetíamos lo de Veracruz, y aunque ella
pudiese conformarse con una pequeña mejora en la
satisfacción que obtuviese, otra noche opaca y tibia
conseguiría que el infeliz, esta vez, terminase siendo yo. Y si
yo era infeliz, la noche de ella podía llegar a estropearse, así
que el rompecabezas de causas y consecuencias hizo que
Guadalupe se portara conmigo como yo lo hubiese deseado.
Mejor, incluso.
Aprendí, entonces, que podía caer sin haberlo
programado dentro de las redes de uno de los esquemas que
mi poder armaba, incluso habiendo sido yo mismo quién lo
creó. No podía sustraerme a los efectos de una de esas
órdenes generales, no sin aclararlo específicamente al
momento de emitirlas, por lo menos.
Daba qué pensar. No era un jugador que movía los
trebejos desde fuera del tablero: era, también, uno de ellos, y
toda sacudida dada a la mesa me sacudía a mí también. Al
igual que el tipo que tenía el dedo sobre el disparo de los
ICBM, más me valía ir haciéndome a la idea de que yo era
parte de lo que se iba a destruir cuando apretara el botón.
Claro que, si uno se ponía a pensarlo bien, de cualquier
persona y de cualquier acto se podía decir lo mismo. No hay
cosa que hagamos, por insignificante que sea, que no altere
al mundo en que vivimos, ni persona tan humilde que no
influya en su realidad y en la de los demás. Existencialismo
básico.
262
La diferencia conmigo era cuantitativa, no cualitativa.
Pero, en cualquier caso, tendría que tener en cuenta
esa nueva óptica, y repasar a su luz de nuevo todo mi plan.
Al final del día, con toda la noche anterior y la
maniobra de zarpada sobre los hombros, cansado y con
sueño, decidí revisar mi plan en otro momento. No fue una
decisión demasiado censurable: aunque me hubiese puesto a
hacerlo en ese mismo momento, nunca podría haberme
dado cuenta de que otro segmento del plan había sido
borrado de mi memoria.
Lo que faltaba, faltaba de un modo tan radical, que
era como si nunca hubiese existido. No dejó ni siquiera la
sensación de vacío o de ausencia.
263
264
TABASCO:
La mujer que Veía para María se hizo a un lado e
invitó a pasar a Evaristo. Este penetró en la casa con el
aplomo y el desdén de quien se sabe importante; la mujer,
que sabía que toda la importancia del viejo descansaba en la
reputación de Aquella para quién trabajaba, lo trató adrede
con desfachatada confianza: al fin y al cabo, ella y él tenían la
misma Ama. La única diferencia entre ambos era que todo el
pueblo conocía la servidumbre de Evaristo (y le temían por
ello), mientras que nadie sospechaba que aquella regordeta
señora era los ojos de ultramar de María. Eso le restaba
importancia, es cierto, pero por lo menos le permitía
convivir con las personas de Tabasco. Nadie quería tener
nada que ver con María ni con su gente si no era
estrictamente necesario.
Sin que se lo indicaran, el viejo tomó asiento junto a
la mesa del comedor y apoyó su codo roñoso sobre el
mantel de encaje blanco.
Ella fingió no ver la grosería, y le ofreció café.
Evaristo disimuló mal su desilusión por no recibir una
invitación varios grados más fuerte, y aceptó sin mucho
interés.
Cuando ella le hubo puesto delante el café, no lo
probó. Carraspeó y la miró.
265
-Ella quiere saber cómo va todo. Tú sabes: quiere
que le informes, que la tengas enterada, que le cuentes. Ya
sabes lo importante que es esto para Ella-Pos que no informaba nada, porque no hay nada
que informar-, se dio el lujo de retrucar en tono arrogante:
Evaristo, por suerte, no era María -Recién ahorita he tenido
novedades, y muy buenas por cierto-¿Ahá? ¿Y cuales son?-La mujer que le mandamos hizo contacto. Y pasó
como dijimos que pasaría: el chavo no puede resistirla.
Tantito más, y acabará enamoradísimo de ella-¿Y tu qué crees: sabe, sospecha?-¡No, nadita!-Pos ni modo: el gringo tiene los días contados, pues-¡que no es gringo, te he dicho! ¡Argentino, es ar-genti-no!-Los argentinos son gringos- se encogió de hombros
Evaristo -Son hueros como gringos, hablan francés como los
gringos, y son habladores y maricas como los gringos. Son
gringosLa mujer no vió razón para seguir discutiendo el
tema con Evaristo, sobre todo si ello prolongaba su
incómoda visita. Trató, pues, de ir buscando el final de la
charla.
266
-¿Y orita, pues? ¿Qué va a hacer Ella, lo sabes?-¡Aguas!- siseó asustado Evaristo -¡¿Qué te crees,
mujer?! ¿Qué puedes preguntar lo primero que te viene a la
cabeza? ¡Pero: ¿No sabes que hay que tener cuidado,
caramba?!-Tranquilo, viejo, tranquilo- dijo ella, bajando la voz
y simulando una confianza que no tenía -Está demasiado
ocupada ahora como para andar preocupándose por si sus
leales cruzan algún chisme...-Pos si, puede que tengas razón. Pero no me gusta-Claro que, si tú no sabes nada y Ella no ha querido
confiarte nada, pues bueno, que-¿No confiar en mí? ¡Ja!- Ufano, tragó cebo anzuelo y
sedal. -Para que te lo veas, todo esto, todo el asunto, lo
hemos planeado entre los dos. Yo se todo lo que va a pasar y
todo lo que vamos a hacerNo le creyó ni por un instante (y tenía razón), pero lo
dejó alardear porque sabía que así, tarde o temprano, el viejo
satisfaría su curiosidad. A diferencia de Evaristo, cuya mente
bruta y ordinaria no se emocionaba con facilidad, ella estaba
cautivada por la extraña cacería que María estaba llevando
alrededor del mundo, como así también por la misteriosa
pieza a cobrar. Era mejor que cualquiera de las telenovelas
de la tarde. Un solo hombre, clavándole banderillas a toda la
Brujería por todo el mundo, y esquivándola con pases de
capote de puerto en puerto, era una historia como para no
perderle capítulo
267
Especialmente cuando el plan de las brujas para
perderlo pasaba entre las piernas de una mujer.
-Ya tenemos lista la trampa. Nos queda esperar que
le madure el enamoramiento, nomás. Cuando ande atontado
y rijoso, ahicito mismo lo haremos caer-¿Dónde? ¿Aquí?- como Evaristo dudara, pareciendo
arrepentido de haber hablado tanto, ella insistió -¡Anda,
dímelo! ¡Si él está sólo, hijo, y no hay forma de que sepa lo
que hablamos tu y yo! ¿Quién le va a contar, a ver?Encogiéndose tímidamente de hombros, y en voz
muy baja, Evaristo le respondió
-Si todo sale como pensamos...-¿Si?-Bueno, el gringo va a reventar en un puerto que se
llama Bahíaterminó rápidamente. Moviendo
nerviosamente los dientes de su floja dentadura postiza, el
viejo se levantó y se fue sin despedirse ni probar el café.
Mientras tanto, en la plaza y bajo el toldo del puesto
de tacos, María se conformó pensando que, de esta manera,
la mujer vigilaría con más interés los sucesos que ocurrirían
durante los próximos días. Así y todo, tomó nota
mentalmente de la necesidad de reemplazar a Evaristo
cuando todo hubiese terminado
268
IGNICIÓN, EXPANSIÓN
Durante la bajada –ya se sabe: el viaje de vuelta del
buque hacia su puerto de origen- estuve incómodo e
irritable. No era yo del todo. Estaba como afiebrado de
insatisfacción, y el abotagamiento que ello me producía me
llenaba de fastidio y le quitaba sabor a las cosas. Mi talento
no iba a poder curarme, y no sólo porque ello hubiera
implicado una manipulación de una conducta (y la objeción
ya no era por ética, sino por una estricta cuestión de higiene
y prudencia), sino porque, para pedir aquello que me
calmaría, primero debería averiguar qué era. Y ese era
precisamente mi problema: no quería nada. O quería, pero
no sabía qué.
El trabajo me aburría, los libros me fastidiaban, las
películas me cansaban, y las charlas me irritaban. Andaba
rabioso de un lado al otro, sin querer ir en realidad a ningún
sitio. Solo no me aguantaba a mí mismo, y acompañado no
aguantaba a los demás.
Llegué al colmo de pasar un día en Puerto Rico,
quizá una de las islas más lindas del Caribe, y apenas lograr
distraerme un poco.
Andábamos a la noche por San Juan Viejo con el
primero de cubierta y la radio (Lugar nada despreciable, ojo:
Fortaleza española sobre el mar, ciudad de empinadas
callecitas empedradas, construcciones del siglo dieciséis,
269
creo, farolas de hierro forjado y luz apergaminada...un viaje
atrás en el tiempo. Perfume de plantas, flores y agua de mar.
Una belleza).
Y yo no podía evitar tropezar con los turistas, ni
indignarme contra esa gente que no pertenecía allí y venía a
perder el tiempo y molestar a los demás (¡¿?!). No podía
tolerar los parlantes desaforados que retumbaban por las
ventanillas de los autos. No podía encontrar una mesa hacia
la cual no fuese el humo del cigarrillo de los demás. Y todo
así.
Al chico de cubierta se le escaparon un par de
expresiones de fastidio, y la radio me estudiaba de reojo. Me
terminé por dar cuenta de que yo era para los demás tan
molesto como los demás lo eran para mi, y, sin siquiera pasar
por Barrachina, (ese bar donde dicen que perdía el tiempo
Hemingway y en el cual pretenden también que se inventó la
piña colada –cosas que yo, aquella noche, podría negar y
discutir hasta la muerte-), me despedí, los dejé a todos felices
y aliviados, y me volví solo a bordo.
Me llevó un par de monótonos días de navegación el
darme cuenta de por qué la vida había perdido brillo para mí.
Aquella última noche en Tampico, la noche en que
Guadalupe me extrajo todo lo que me pudo extraer sin
matarme en el intento, me había pegado feo.
Era como si me hubiesen sacado una venda de los
ojos y me hubiese podido dar cuenta de que algo siempre me
había faltado, sin haberlo sabido. Y ese algo, -eterno
argumento del mundo- parecía estar en mi relación con las
270
mujeres. No sabía aún que era, pero fuese lo que fuese,
mientras no lo conocí, no lo eché en falta y pude vivir
perfectamente, pero, una vez que supe que podía haber algo
más, aunque aún no entendía bien qué, ya nada fue igual, ni
nada consiguió satisfacerme.
No se trataba de que no hubiese habido mujeres
antes, ni de que hubiesen sido torpes o menos bonitas. Por
el contrario (Y no voy a ser tan hipócrita como para afirmar
que nunca usé de mi habilidad para conseguir –sin
manipular- los favores de alguna señorita que me agradara.).
Hubo más lindas, hubo más sofisticadas, hubo más
profesionales y hubo más tiernas. Pero nunca, jamás, hubo
nada tan feroz ni tan apasionado, y además –y aquí venía el
quid de la cuestión- yo no creía que pudiese haber. Por lo menos,
no sin terminar en una unidad de terapia intensiva.
Con Guadalupe había llegado al tope de la escala
Richter de la pasión. De ahí en más, cualquier otra cosa sería
menos, sería inferior, o sería suicida. Tenía que resignarme a
que, sacándola a ella, todo lo que consiguiese sería más
chato, más pobre. Y no sólo porque efectivamente habría
menos locura y placer que con ella, sino también –y
especialmente- porque yo, necesariamente, compararía.
Antes no tenía con qué comparar, y todo me parecía bueno,
o mejor que la última vez. Ahora, todas las comparaciones
iban a ser desastrosas.
Guadalupe me había infringido la maldición de la
Comparación. Guadalupe había conseguido que mi vida
sexual futura pareciese una rutina aburrida y pobre.
271
Sin ella, por lo menos.
Esto fue más o menos lo que barrunté, pero a
desgano, porque la introspección (hasta la que me resultaba
de veras necesaria) también me aburría. Y como lo que
descubrí, en el fondo, no me reportó alivio alguno ni
ninguna idea práctica sobre cómo conseguirlo, dejé todo en
suspenso y me dediqué simplemente a sentirme miserable.
Me doy cuenta de que estos melindres, este
melodrama, le parecerían, a cualquiera a quien se los
plantease, como una soberana tontería. Una boba e
irresponsable cursilería. ¿Qué clase de vida interior puede
llevar un sujeto que se desmorona por haberse dado cuenta
de que le ha ido lo más bien que jamás le puede llegar a ir en
su vida sexual? ¿Qué valor tiene una persona que cree que el
valor de la vida depende de qué le vaya a pasar en la cama
durante los próximos años –o peor: considera todo valor
perdido por tener que manejarse con menos de lo perfecto-?
La profesión, el crecimiento personal, el estudio, el arte, la
ayuda al prójimo y la mejora de la sociedad (y, en mi caso, las
infinitas potencialidades de mi poder y mi influencia), todo
eso que hace al crecimiento del ser humano, ¿No valía nada
si las hembras por venir no lo sacudían a uno como lo
sacudió esta última?
Bueno, no. Bienvenidos a la Masculinidad.
Citando a un amigo mío, se puede decir que hay dos
clases de hombres: Los que consideran que vale la pena
pelear por cualquier cosa, menos por una mujer, y los otros,
272
los que creen que ellas son lo único por lo que vale la pena
jugarse en este mundo.
Yo estaba descubriendo que era de los últimos. Podía
gustarme o no, podía considerarlo vergonzoso o no, podía
defender mi posición o no, pero lo único que no podía hacer
era pretender ser algo distinto a lo que era. De nada se podía
salir si primero no se reconocían las propias virtudes y
limitaciones, y, en este caso, la honestidad me obligaba a
reconocer que nada de lo que pasara en el mundo me iba a
importar en absoluto mientras no hubiera forma de resolver
lo de Guadalupe. Mi mente racional y mi ética se habían
pasado al asiento del pasajero, y mi masculinidad aferraba el
volante con la ecuanimidad del Demonio de Tasmania:
cualquier camino que no llevase a las concavidades de la
mexicana era, de ahora en adelante, camino equivocado y
pérdida de tiempo.
El huracán que teníamos que encontrarnos nos
perdonó merced a un arreglo que yo había hecho antes de
zarpar, pero la popada que sopló y empujó al buque a varios
nudos más de lo normal (y que fue la delicia del capitán y los
chicos de cubierta) fue una decisión mía de último
momento, nacida de la urgencia por llegar: me estaba
hartando del barco y de su gente, y pensaba que quizá unas
vacaciones me refrescaran un poco. Incluso se me ocurrió
que podía irme de vacaciones a México, si quería, ¿por qué
no?
Mi poder se dedicó a proteger a todos los
mecanismos del buque de cualquier serie de hechos que
273
terminase en desgaste anormal, falla o avería. Extremé mis
precauciones, y me metí con cosas con las que antes jamás
me había metido. Estaba apurado. Incluso estuve a punto de
violar el segundo principio de Carnot: las cosas funcionaban
tan bien, el rendimiento era tan alto, que nos habíamos
vuelto un organismo perfecto que ingería fuel oil por un
extremo, y descargaba una estela furiosa por el otro,
perdiendo apenas un mínimo de calor incoloro por la
chimenea.
274
PROA
Una noche, unos días después de zarpar de San Juan
(pocos en tiempo, muchos en hastío) no podía, o no quería,
dormir. Era una de las últimas noches de luna llena, y me
pareció una buena idea aprovecharla. De shorts y remera,
puse dos o tres latas de cerveza fría en una caja y caminé
toda la cubierta hasta la proa, zigzagueando totalmente a
oscuras entre los contáiners, y caminando con cuidado para
no romperme un pié contra un cáncamo o una cadena. La
noche estaba clarísima, pero los bultos en cubierta obligaban
a caminar por unos desfiladeros estrechos, en cuyas sombras
se ocultaban multitud de obstáculos, todos ellos muy duros y
muy dolorosos. De linterna ni hablar. No sólo me iban a
retar del puente por dañarles la visión nocturna, sino que
además, seguro, iba a venir algún cargoso a averiguar qué
hacía yo y por qué. Y a quedarse.
Pero, si se quiere estar solo y tranquilo, siempre es
mejor la proa que cualquier otro sitio del buque. Hasta allí
no llega absolutamente ningún ruido de motores o
ventiladores, y si llegara, el viento de la marcha lo devolvería
apagado hacia popa. Tampoco viene nadie si no le resulta
absolutamente necesario (por lo menos, fuera de horarios de
trabajo), y mucho menos de noche y en navegación franca.
No hay luz de ojos de buey, ni música filtrada desde otro
camarote. No se huelen los cigarrillos ajenos ni las sopas de
la cocina. No hay teléfono. No hay alarmas.
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El único sitio desde el cual pueden verlo a uno –y
arruinar, aunque sólo sea teóricamente, su soledad perfectaes el puente de navegación, pero, por un lado, ellos no miran
la proa (cuando miran), sino millas y millas más allá y, por el
otro, los contáiners de dos o tres de alto de la tapa de la
bodega uno creaban un pequeño acantilado de chapa, a cuyo
pié se era prácticamente invisible desde el casillaje.
Me senté sobre una bita, abrí la primera cerveza, y
aspiré hondo la noche. Las bitas, los cabirones, cabrestantes
y barbotines, llagados de óxido y monocromos bajo la luz de
la luna, parecían rocas aflorando en una playa. El murmullo
del mar al ser tajeado por la proa quince metros más abajo,
que crecía y se atenuaba a cada cabeceo del buque, acentuaba
esa sensación de estar en una de esas costas que tallan a las
rocas de forma caprichosa.
La luna había cambiado al negro del mar en otro
color, pero era imposible saber cuál. Me dije que era un
negro luminoso, un negro claro (no gris, fíjese, sino un negro
profundo, pero claro), más amigo del azul que del grafito,
pero con un poco de ambos. Era un asunto imposible de
resolver, porque la luna también lo escamaba de infinitos
puntos de luz que rutilaban casi en un tercio de horizonte,
así que uno no podía mirar ningún trozo oscuro sin que,
antes de poderlo reconocer, se transformase en una escama
de plata.
Estrellas había pocas, porque el halo lunar las velaba
casi por completo. La luna encandilaba, y el aire, tibio,
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rápido, pesado de sal y agua, era más intoxicante que
cualquier cerveza que hubiese llevado.
Me di el gusto de no pensar en nada por un rato. De
atestiguar, simplemente, lo glorioso de la noche y de estar
vivo y sano, allí y entonces.
Ocuparme de mis cosas me pareció una profanación,
como a otros podía parecerles impío discutir de negocios
durante la misa en la catedral. De hecho, sentía que detrás
del impulso de la humanidad por levantar templos y
catedrales no había religiosidad ni grandeza, sino
simplemente una pobreza de imaginación que no les
permitió aprovechar momentos y lugares como este para sus
cultos.
Si tuviera que elegir entre la proa, aquella noche, y
toda Notre Dame a medio día, y yo quisiese impresionar a
mi dios, le rezaría a bordo.
Pero bueno: allí estaba yo, solo y tranquilo, hasta que
fui desagradablemente interrumpido. Porque como el viento
sopla inevitablemente hacia popa, es raro que uno escuche
los pasos que se acercan desde allí. Y, además, mirar largo
rato el horizonte titilante produce una especie de fascinación
hipnótica que lo lleva a uno, si no tiene cuidado, bastante
lejos de su realidad. Así que me llevé un buen susto cuando
percibí de reojo el bulto de alguien de pié a mi derecha.
Miré, y reconocí enseguida el busto avaro y el pelo
invencible de Aída.
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-¿Qué hacés?- me preguntó. Buenas noches, como
andás, hola: todas esas formalidades debían de parecerle
terriblemente aburridas, supuse.
-Sirenas. Busco sirenas- Esperé un rato, mirando a
proa, en la esperanza de que mi silencio y lo prolongado del
mismo le sugiriesen que, quizá, yo había ido a proa con la
egoísta y exótica intención de estar solo. No era mucho
pedir. Digo: si alguien se tomó el trabajo de ir al sitio más
alejado de la gente posible (un poco más y me caigo del
buque), y no invitó a nadie a acompañarlo, y no hace ningún
gesto para invitar al otro a que se quede y pase el rato con él,
¿qué más hace falta para llegar a la conclusión de que el
sujeto quiere estar solo? ¿Un plano?
Bueno, cuando se trataba de Aída, evidentemente, se
debía suministrar información más explícita. Se sentó en la
bita de al lado, cruzó sus piernas en flor de loto
(recordándome a las patas de una de esas mesas plegadizas
de camping), puso los codos en las rodillas, la barbilla entre
las manos, inhaló, suspiró, y se quedó.
Le dí una cerveza.
-Gracias. ¿Conseguiste?-¿Qué?-Sirenas...-No, por suerte no. Tienen esa limitación por el lado
de pescado, ¿viste?: resulta que al final los varones nunca
sabemos qué hacer con ellas278
-Yo creo que existenNingún comentario por mi parte. No tenía deseos de
alentar ninguna clase de charla. Igual que con el fuego, una
buena forma de extinguirla es sofocarla por falta de aire, y yo
había decidido soplar lo menos posible.
Pero Aída venía equipada con combustible y
comburente propios. Pienso que, si se lo propusiese, podría
funcionar incluso en el vacío absoluto.
-¿Sabés lo que es la gestalt?-No- Mentira -Desasnáme-Es una teoría para explicar cómo entendemos lo que
percibimos. Cualquiera te hace el dibujito del ojo cortado, y
te explica cómo funciona anatómicamente, pero, cuando hay
que explicar como hacemos para, de entre todos los colores
y líneas que nos llegan a la cabeza, saber que esto es un
perro, aquello una pared, esto un árbol, y así, la cosa se
complica.
¿Entendés? Ponéle...una foto: un cuadrado cubierto
de cientos de miles de puntitos de color. Sabemos enseguida,
por ejemplo, que es un auto y una moto. Es más: no se te
mezclan los puntos del auto con los de la moto, ya sea que
mires todo de golpe o por sectores-Ahá-Bueno, esto de la Gestalt dice que tendemos a
agrupar todos los pedacitos de información, todos los
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puntos, todas las manchas, en esquemas o formas que
conocíamos de antes. Tenemos incorporados los moldes, las
estructuras, y tratamos de encajar en ellas la información
anárquica que llega de afuera. Cuando esta información, este
bulto confuso de manchas, calza en una, es como si
encontrásemos la cerradura para una llave, y entendemos, ahí
si, que el revuelto que nos llegó es un perro, porque encaja
en la estructura “perro”.
Fijáte que a veces hay información caótica, pero que
parece encajar en una estructura, y entendemos que es lo que
en realidad no es. Las nubes, por ejemplo, o las manchas de
humedad del techo, o las vetas de la madera...si algo,
remotamente, encaja en alguna estructura previa, “vemos”
eso. Ordenamos, o elegimos ver, los puntos que encajan en
esa estructura.No estaba mal. Nada mal. Pero en todo lo que había
dicho había menos sirenas que en la bañadera de casa, y se lo
dije.
-Ya se, ya se. A eso voy.
Lo que yo creo que pasa es que, a veces, lo que
vemos y oímos no encaja en ninguna forma previa. No lo
identificamos con nada. Pero no estamos hechos para la
nada, no nos sentimos cómodos con cosas que no podemos
reconocer. Si no es algo conocido, seguro que se parece a algo
que sí es conocido. Si no hay una estructura que lo
identifique, seguro que hay otra que le queda más o menos
bien, y le puede ir.
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Como con las nubes o las manchas de humedad-Si, claro. Leonardo dicen que veía imágenes en las
manchas de orina de las paredes. Y Miguel Ángel veía
estatuas dentro de los bloques de mármol de la cantera. En
el machimbre de mi casa, de hecho, cuando yo era chico
había más animales que en todo el zoológico junto-¡Eso!-Pero sigo sin ver sirenasSe dio vuelta para mirarme, con esa intensidad que
tienen las personas que hayan placer en la especulación por
sí misma cuando están llegado al momento del remate de un
razonamiento.
-Si pero, ¿qué pasa si aplicás la gestalt no a la vista, o
al oído, o al tacto, sino a un conjunto de todas juntas? ¿Qué
pasa si juntás todo eso, más otras percepciones más vagas,
más difusas? El ambiente, el clima, el humor, el color de la
luz, el sonido. No el ambiente como una cosa física, sino
como la situación, la suma de la cosa física y su
circunstancia...- Buscó palabras, gesticulando con la mano "Lo físico más lo anímico, MAS los cambios que nos
produjo en el ánimo-No veo ni una escama ni una cola de pescado...-¿Podés explicar el mar? No. Catzo. Podés dar datos
y estadísticas, podés hablar horas de su química y sus
animales, y podés describir hasta cansarte los paisajes y los
climas, y así y todo te va a seguir faltando algo. Mirá, te doy
281
ventaja: te dejo agregarle también todo lo escrito por poetas
y novelistas, todos los cuentos que quieras, y así y todo, todo
junto, no llega a ser el Mar.
Tiene algo más. Te altera, te cambia. Una nunca es la
misma junto al mar que en otros sitios. Hay cosas, en esa
masa de agua, que, sencillamente, no se pueden expresar. No
se inventaron las palabras, las estructuras gestalt.
El mar es mayor que la suma de sus partes.
Ahora bueno, vamos a tus sirenas- Hizo una pausa,
como ordenando sus argumentos. Pareció pensarlo mejor, y
la usó en bajarse media lata de cerveza. Luego de un discreto
y sofocado eructo, me miró y prosiguió.
-Quizá una persona normal apenas sienta eso raro
que tiene el mar de reflejo, como por el rabillo del ojo.
Como mucho, sienten esa emoción rara cuando veranean
junto al mar, cuando hacen su primer viaje por el océano,
cuando bucean o se sumergen en el agua, o cuando les tocan
las puestas de sol o las noches de luna.
Pero con los marinos es distinto. El hombre que vive
del mar es distinto. Siempre, fijáte, la gente costera fue
distinta, y la que navegaba, más todavía.
Para empezar, nadie navega si el mar no le atrae. No
hay forma, no se puede. Así que, para un marino, es
condición imprescindible tener una actitud positiva hacia el
mar. Actitud positiva, acordáte. Y, luego, hay que entender
que no es lo mismo una tarde de joda en la playa, que días y
días de flotar sobre las olas en una rutina monótona, donde
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el mar te hace de paisaje, trabajo, preocupación, placer, tema
de charla, entretenimiento, y potencial amenaza de muerte.
Más la constante sensación física del bamboleo, de
desplazarse sobre la masa blanda arriba y abajo, a un lado y
al otro, y arriba y abajo-No es para tanto...-Hoy no se nota tanto, pero hasta hace noventa, cien
años atrás, debían quedar casi en eso que se llama
deprivación sensorial...no, en realidad no, porque a ellos no
les faltaban estímulos sensoriales. Pero tenían uno sólo. El
océano. Sería un “monopolio sensorial”
Dias y dias de estudiarlo, de hablar de él, de repetir
su movimiento... ¿no es lógico que terminaran por sentir
“cosas”, cosas que el turista de playa no conoce?-Si, algo de eso hay. A veces-Pero no tenés esquemas en qué encajarlos. No se
parecen a nada de lo que nuestra mente está construida para
entender. En tierra no hay nada parecido. No hablo de una
imagen, ni de un olor, ni de un sonido: esos sí los
entendemos. Pero la mezcla de todos, del ambiente, de la
monotonía, y del movimiento...eso ya es otra cosa. Se forma
algo impreciso en la conciencia, algo vago y caótico. Como
las manchas de humedad, o las nubes.
Yo creo que, como a las nubes o a las manchas, se le
dio a esa sensación una forma lo más parecida posible para
poderla entender283
-¿Sirenas?-Para un hombre, ¿qué cosa tiene misterio, encanto,
belleza, poder de crear, de cambiar, y de volverte loco?
Pensá en algo bello y poderoso, incomprensible,
impredecible, dulce y mortal-Las mujeres, si...-¡La mujer! La mujer es inefable, la mujer se entrega y
se reserva, la mujer espera e invita, y, a veces, en esa
invitación está el riesgo de perder el buque y la vida...-Si, bueno, todo muy lindo. Pero eso son metáforas.
Un marino, medio borracho y medio poeta, puede sentir eso,
pero no ver sirenas, con cola de pescado y conchillas en los
pezones-Es que nadie “ve” sirenas. Las entiende ahí, nomás.
Poné tres puntos sobre un papel, y preguntále a la
gente qué ve. La mayoría te va a decir “un triángulo”. No
hay un triángulo, pero esos tres puntos son suficientes para
encajar con la estructura “triángulo”, así que la mente llena
todo lo que falta para verla.
Imagináte un marinero muerto de sueño, un noche
como esta, hace quinientos años. Faltan pocos minutos para
que salga el sol, y está acunado por las olas y acariciado por
el sueño. Lleva meses de un lado al otro, sin ver otras
personas que las de su buque, ni conocer otra cosa que el
agua infinita por todos lados. Está adormilado, pero
tranquilo. Siente todo lo de bueno, todo lo dulce del mar,
284
todo lo mágico e infinitamente raro que tiene, y se ve
inundado por toda su experiencia y por la emoción del
momento, sin saber por qué ni cómo explicarlo.
Le cae todo lo especial de mar encima, en un
momento en que, por el tiempo embarcado y la belleza del
momento, se encuentra más receptivo que nunca. Sabe,
siente, pero no tiene cómo entender lo que sabe ni lo que
siente.
Entonces, un reflejo en el agua, una onda más violeta
que las otras, un delfín o una racha de viento ponen la última
ficha en el rompecabezas: todo lo emotivo que cargaba, más
algo impreciso en el agua, encajan en lo que entendemos por
sirena. No la vió, insisto: supo que estaba ahí, como los que
ven los tres puntos entienden el triángulo.
Como buen marinero, claro, no sólo va a jurar
haberla visto, sino que va a aumentar el número de detalles y
de sirenas cada vez que lo cuente, pero, en el fondo, va a
guardar como un tesoro la verdad de la cosaHubo un rato de silencio.
-Prosaico, lo tuyo. Y rebuscado, encima-¡Prosaico! ¡En vez de armar la sirena con un poco de
modelo de almanaque y un poco de atún, te la explico como
hecha de fertilidad, belleza, poder, feminidad, amenaza de
muerte, y anhelo de quien la mira...!-Ningún chico te compraría un cuento así. Te
mirarían feo. Es más: serias una madre bastante aburrida285
Me tiró una trompada falsa, mordiéndose el labio
inferior en un intento de parecer feroz. Me hizo reír, y
terminé por sonreírme también.
-Así que vos podés creés en sirenas Gestalt, pero no
en las de teta y cola...bueno, supongo que tampoco creés en
vampiros, hombres lobo ni en la luz mala-¿No podrían explicarse igual? ¿No serán la única
forma que encuentra nuestra mente de entender una maldad
tan intensa y tan extraña que no encaja en nada de lo que
nuestra cabeza está diseñada para digerir? Cuando algo
monstruoso e incomprensible nos sacude la mente, y no lo
podemos entender, ¿no es más fácil hacerlo encajar en el
mito del folklore que le sea más parecido?-Y supongo que tampoco creés en la magia ni en las
brujas-¡Nooo! No. Lo que si creo es que hay infinitas
formas de que se enferme una mente, y que la lógica se te
puede enfermar también-Si. Claro. Si, supongo que siTrató de sacarle un último trago a la lata, para lo cual
tuvo que apuntar al cielo con su barbilla, exponiendo un
cuello largo y conmovedoramente frágil. A la luz de la luna,
el blanco usual de su piel parecía cobrar una cierta
transparencia, dando la impresión de que se la podía
traspasar como a un fantasma.
286
De repente, perdí un latido por la sorpresa. Por más
increíble que pareciera, durante un par de segundos,
distraído, fijé la vista en un punto entre su tráquea y su
clavícula izquierda, fantaseando placenteramente con besar
ese hueco.
Me sacudí a lo perro, como para despertarme. No
podía creer que ese desorden de mujer me hubiese atraído.
No era posible. No me atraía físicamente, nunca había
podido verla del todo como a una mujer, y, además y para
colmo, tenía una habilidad especial para sacarme de mis
casillas.
Por ejemplo, ahí estaba: terminó la cerveza y tiró la
lata a barlovento. La lata, como era de esperarse según todas
las leyes de la física, de la navegación y del sentido común,
volvió a bordo traída por el viento y me pegó en la nariz.
¿Cómo se podía sentir ternura hacia un perchero
erudito y torpe?
Y, sin embargo, cuando se levantó y empezó a
sacudirse el óxido del traste como para irse, sentí un raro
desasosiego.
-¡Lugones!- se me escapó.
-¿Qué? -Que...esperá, esperá, no te vayas todavía. Dejáme
pensar-¿Qué te pasa?287
-¡Shhh! ¡Carájo, ché! ¿No entendés lo que quiere
decir “esperá. Dejáme pensar”? Tengo una discusión conmigo,
muy importante, y te pido por favor que no jodas mientras la
trato de aclarar, ¿puede ser?-bueno- sonrió intrigada. Me paré junto a ella,
mirándola fijo pero, en realidad, mirando desesperadamente
dentro mío.
Tomándola por los hombros, la giré para que la luna
le diera más de lleno en el rostro. En realidad, yo ya había
visto todo lo que tenía que ver. Estaba haciendo tiempo,
nomás, confirmando impresiones, buscando certezas, y
esperando que, contra toda lógica, pasara algo como lo que
pasa en las películas y me rescatase a último momento.
Las cosas no eran así, no se suponía que fuesen así.
Faltaban pasos, faltaban etapas, faltaban razones.
Pero, por lo que parecía, la única Razón que había
aparecido era paso, etapa y razón suficiente para todo, así
que, sin soltarle los hombros, la besé.
Se sacudió como si hubiese tocado un cable con
tensión, e incluso llegó a gritar con su boca tapada por la
mía, y tratar de apartar la cara.
Se soltó, y empujándome el pecho con las dos
manos, me alejó todo lo que sus brazos pudieron. Me miró,
enojada y sorprendida.
288
Nos quedamos así, no sé, cinco, diez eternos
segundos. Y luego, por uno de esos misterios que jamás,
jamás llegan a resolverse, me abrazó y me besó ella.
-Lugones era un capo- fue lo único que se me
ocurrió decir cuando nos apartamos.
-¿Qué?Dudé. Pero me dije que era un poco demasiado tarde
para andar teniéndole miedo al ridículo.
-"Al promediar la tarde de aquel día,
cuando iba mi habitual adiós a darte,
fue una vaga tristeza de dejarte
lo que me hizo saber que te quería-"
Me dio vergüenza mostrarme tan tonto, y me refugié
en otro beso, aterrado por la posibilidad de que mi cursilería
hubiese estropeado todo. Todo lo que no estuviese
estropeado ya, claro. Había dejado escapar el Verbo, cosa
que siempre me había parecido irresponsable, y la cabeza me
daba tumbos, entre el placer del beso y la reacción de darme
cuenta del lío en que me estaba metiendo.
No quería pensar ahora, no quería saber nada, pero,
al mismo tiempo, algo en mi cabeza me puteaba y me gritaba
que precisamente ahora era el momento de pensar y tomar
decisiones, porque cada segundo que pasaba iba a ir
fraguando el hormigón de mi acción, y haciendo más difícil
cualquier cambio que quisiese hacer en la misma.
289
AHORA, me decía, pensá ahora qué estás haciendo y
qué vas a hacer. Pero yo no tenía ganas de meterme en eso
justo en este momento, con los besos tan cerca y la luna tan
bonita. Si estaba metiendo la pata emocionalmente, si mi
vida a bordo (¡y en los puertos!) se iba a complicar de ahora
en adelante, si estaba rompiendo un noviazgo ajeno, si me
estaba echando encima –o debajo- a una mujer que no tenía
ningún motivo para creer que me siguiera atrayendo mañana,
todas eran vagas ideas que moscardoneaban a mi alrededor,
sin distraerme de ese cuerpito exiguo que irradiaba eso que
sentí que me faltaba, incluso a pesar de toda la gimnasia de
Guadalupe.
Al fin sentía alivio a mi fastidio. Al fin parecía que
vivir no era sólo meter una hora atrás de la otra. Como más
tarde comprendí (porque en ese momento no estaba para
análisis, seamos sinceros) Guadalupe me había dado todo lo
que el sexo habría de darme jamás. Podría repetirlo, quizás,
con ella o con otra, pero no superarlo –no, repito, sin un
desfibrilador y un botellón de oxígeno al lado-. Si eso era el
tope, si de eso no se iba a poder pasar jamás, entonces nunca
podría calmarme el hambre que sentía. Antes de la mexicana,
y mientras buscaba y buscaba entre otras, siempre me quedó
la esperanza de que, quizá con otra más bella, o mejor
formada, o más experimentada, la cosa se calmaría. Luego de
Guadalupe, que tocó el fondo de escala del instrumento, la
plenitud que no conseguí me empezó a parecer imposible.
¿Qué tendría que buscar, de ahora en adelante, en lo que a
perfección de la mujer se refiere, para llenar ese vacío
maldito y sin nombre?
290
Y aquí estaba, el hueco tapado, la plenitud lograda,
en un simple y atolondrado beso dado a una mujer que, en
traje de baño, inspiraba apenas el deseo de alimentarla.
Volviendo a aquella noche, resultó que, aunque
podríamos habernos quedado hablando en la proa hasta el
día siguiente (“Hablando”, se entiende, es un eufemismo
para todas las cosas tontas y placenteras que hace la gente
que empieza a quererse), no podíamos olvidarnos del
ambiente curioso (y chismoso) del buque.
Ella volvió primero. Yo, diez minutos después, me
dirigí a su camarote haciendo complicadas etapas y rodeos
para asegurarme de que no estuvieran los proverbiales moros
en la costa. Entré sin golpear.
-No hagas demasiados planes. No te vayas a creer
que soy de las que pierden la cabeza por una cerveza y un
poco de luna-Usted manda. Pero nada podría importarme menos
que lo que hagas con tu cabeza-Mirá: me gustás, yo no te voy a mentir. Pero tengo
ganas de charlar y estar con vos un rato, nada más-Perfecto. Nada másHoras después, mirando salir el sol desnudos desde
la ventana de su camarote, no pude evitar recordarle lo del
“nada más”, lo cual me valió un par de trompadas en las
costillas, antes de una risa mal contenida por los dos.
291
Me apuré a vestirme y llegar a mi camarote antes de
que hubiese demasiada actividad en los pasillos. Ni pasé por
la cama: me dí una ducha para borrar evidencias, me puse
pantalón y camisa limpios, y bajé a desayunar.
Para haber pasado la noche en vela, el día resultó
muy agradable. El mundo volvía a valer la pena, y yo volvía a
encontrar motivos de risa en bulones que no salían o en
fusibles que saltaban. Es más: en un momento de aquella
mañana, al acariciarme pensativo la cara mientras trataba de
resolver una falla en una purificadora de fuel oil, descubrí
que conservaba en mi bigote el aroma de su pubis, y empecé
a reírme sólo. Los muchachos de máquinas, sin entender
nada, empezaron a reírse de mí porque les parecía loco, y yo
de ellos por todo lo que no entendían, y acabé por mandar al
carájo a la purificadora.
Los siguientes cinco días fueron toda una revolución
en mis supuestos y mis ideas de cómo deberían ser las cosas.
Todos tomamos precauciones para no entregarnos
demasiado, para no descubrir mucho de nosotros de entrada,
para no ofrecer blancos dolorosos a la malicia de los demás.
Enamorarse, con todo lo placentero que puede resultar,
siempre es, al principio, una situación de grave peligro para
nuestras emociones, que pueden quedar heridas con
demasiada facilidad por ese extraño al que le hemos abierto
nuestro corazón pensando que era distinto a como en
realidad era. Yo, como todos, tenía precauciones y recelos, y
excelentes ideas sobre cómo proceder para no quedar
292
desnudo anímicamente hasta no estar seguro de lo que
hacíamos. En medio de esas conductas, precauciones y
recelos, sentía a este nuevo cariño que irrumpía como algo
parecido a un fox-terrier jugando en una cristalería, que
rompía, desgarraba, y se meaba sobre todos mis cuidados.
Mi entusiasmo, mi alegría de vivir, y el amor
fulminante que me había aparecido por Aída, despreciaban
olímpicamente cualquier precaución y se tiraban a la pileta
desde el trampolín más alto, sin siquiera fijarse cuanta agua
había.
Dejando a un lado el temita de la libreta, las cosas de
Nadie, y mi peculiar habilidad, le abrí mi corazón y mi
cerebro, le desnudé mi historia, todos mis anhelos, y todas
mis fobias. Quizá pueda parecer que no conté mucho de mí
si me dejé de lado un asunto de la envergadura de la
capacidad de torcer la causalidad y fastidiar a las brujas, pero
no fue por falta de intimidad, sino para protegerla a ella. Si
las cosas salían como yo lo había pensado, pronto dejaría de
haber peligro para nadie, y podría explicarle tranquilo todo el
asunto, pero, mientras tanto, nada bueno le reportaría saber
nada de esas cosas. Amén de que, por más que se lo jurase y
probase, ya se sabe: nadie podría creerlo hasta que yo no
estuviese a punto de morir. Sincerarse hubiese sido apenas
perder tiempo y respeto.
Ella, a su vez, fue explicándome –a los tirones y a los
rebotes, como todo lo que hacía- el relativo caos que era su
vida. Resultaba sorprendente como, con tanto hablar y
conocernos, aún así encontrásemos ratos para hacer el amor,
293
pero, una vez hecha la costumbre, se nos volvió natural y
casi imprescindible. Hablar no era una forma de pasar el rato
mientras reponíamos fuerzas, era una parte fundamental de
nuestro juego erótico. Es más, quizá fuese la parte más
crítica, la que cementaba su combinación de neuronas con la
mía, la que afirmaba nuestro anhelo básico de permanecer
distintos uno del otro, pero unidos a la vez: el sexo, antes o
después, no era más que la firma al pié del contrato.
Durante esos días, y luego de la cena, nos
levantábamos de la mesa -en momentos diferentes- con
aparentes sueño e indiferencia. Ella solía quedarse en el salón
terminando alguna charla o mirando un rato alguna película.
Yo, según el tránsito en el pasillo, según el riesgo de cruzarse
con algún indiscreto, según el ánimo que hubiese en
Oficiales de trasnochar o irse todos a dormir, iba a su
camarote enseguida o me demoraba unos minutos en el mío
(de ser descubierto, siempre era preferible que me vieran a
mí entrando en su camarote vacío, a buscar la pava y el mate,
o un tester, o cualquier otra mentira que considerase
oportuno soltar). Si ella no tenía guardia, aparecía un poco
después y cerraba con llave. Si tenía, yo tenía un libro
preparado para esperarla despierto. Las noches que yo tenía
guardia pasiva, y podían llamarme a mi camarote, el proceso
se invertía.
Y por la mañana, después de haber estrujado su
bolsita de huesos toda la noche, ponía el despertador bien
temprano –desfasado, por supuesto, de cualquier cambio de
guardia- y me deslizaba a mi camarote, furtivo como un
ladrón.
294
Se dirá que no se entiende que un tipo, que dice
tener el poder de arreglar que las cosas salgan como quiere,
necesite de actos tan rocambolescos. Quién así piense no
comprende que, a veces, el exceso de facilidad le quita
diversión a las cosas, y que el secreto y la picardía le agregan
al romance las burbujas de la travesura. Pobre...
Fueron días, y noches, de sorpresa y maravilla por la
facilidad y la rapidez con que se nos iba haciendo necesaria a
cada uno la presencia del otro. La coincidencia que
lográbamos en el bienestar que nos embargaba por el simple
hecho de estar solos y juntos, era tanto más inexplicable
cuanto más comprendíamos lo distintos que éramos.
Teóricamente, éramos incompatibles.
De hecho, cuando le confesé que al principio me
había parecido una desubicada insoportable, me devolvió la
gentileza al admitir que su primera impresión mía fue la de
un tipo pedante y estructurado. Y lo peor era que no nos
podíamos reconocer equivocados: yo, en efecto, era bastante
pedante (quizá con razón, sostuve en vano), y ciertamente
moderado en mis diversiones (“bastante plomazo” fue su
comentario), mientras que ella era desubicada e insoportable.
Y con todo eso, y su falta de redondeces, y mi descuido en el
vestir, y una enciclopedia entera de gustos y opiniones
diferentes, así y todo nos amábamos con virulencia,
haciendo lo imposible por ignorar que había un futuro, y que
habría que tomar decisiones con respecto a él.
Porque, claro, había un mundo real en alguna parte, y
se nos acercaba día a día. Ella, por ejemplo, y en un arranque
295
de culpa al pensar en su novio, trató de ponerle fecha de
defunción a lo nuestro. Con todo lo que valoraba y
disfrutaba de nuestro desatino, pensó que era incompatible
con su romance previo (en lo cual no pude estar más de
acuerdo), que tres en la misma relación era algo inaceptable,
(de acuerdo otra vez), y que lo nuestro debía llegar hasta
Buenos Aires y no más allá. En Buenos Aires, me advirtió,
deberíamos separarnos como amigos.
Le expliqué que estaba loca. Más o menos esas
fueron mis palabras, aunque puede que haya estado un poco
más crudo –aunque siempre con una sonrisa-. Le dije que si
pensaba que yo iba a portarme lealmente y como un
caballero sólo porque mi rival no estaba presente para una
competencia justa, entonces ella no entendía qué cosa feroz
y salvaje era estar enamorado. Le previne (el que avisa no es
traidor) que iba a hacer todo lo posible por desacreditarlo y
borrarlo de su mente, y que no iba a ahorrar truco ni bajeza
para lograrlo.
Discusiones inútiles, de todas formas. Era evidente
para ambos que la tal culpa era apenas los últimos coletazos
de una relación que nunca había estado muy viva, y que,
incluso si hubiese sido así, ni culpa ni ética ni nada podían
amenazar al pequeño asteroide de dicha donde nos
habíamos acostumbrado a vivir. Le dije que estaba perdida,
que no perdiera tiempo luchando contra esto, y que más le
valía ir haciéndose a la idea de que iba a envejecer al lado
mío.
296
En cambio, en mi futuro me esperaba el rencor de
las Brujas. Cuando las dentelladas empezaran, quería
recibirlas solo: bastante iba a costarme cubrir mis flancos,
como para además tener que sufrir la angustia de saber en
peligro a la mujer que amaba. Cómo iba a hacer para
terminar a solas ese asunto, y no perder ni abandonar a
Huesitos era algo que no podía ni imaginar, y cuya solución
trataba de dejar siempre para más adelante.
Tácitamente acordamos no mencionar un futuro que
quizá resultara incómodo para ambos. Vivíamos a fondo
cada hora en compañía, y nos entregábamos sin pudor ni
reservas. Llegué a enloquecerme con las cosas que Aída
podía hacer con sus delgadeces, o con el tono de su voz, o
con la expresión de sus miradas (cuando se lo comenté me
explicó que la competencia era muy dura para las chicas sin
el cuerpo o la cara de las modelos, y que ello terminaba por
llevarlas a aprender y desarrollar todas aquellas tretas de
seducción que no dependían exclusivamente de lo físico. El
efecto de todas estas habilidades, sumado a la sorpresa de
provenir de donde –seamos justos- ningún varón espera que
vengan, era devastador.)
Ella, por su parte, bebía todas mis muestras de
ternura como el mejor y más caro de los licores. Mis abrazos
prolongados, mis caricias a su nuca, mi enorme chorrera de
palabras dulces y bobas, parecían bastarle para ser feliz.
Fuese lo que fuese que hubiese conocido antes de mí, lo
cierto era que nunca había podido adormilarse tranquila
sobre un pecho que latiese rápido sólo por ella.
297
Me doy cuenta de que las anécdotas del propio
romance no resultan interesantes para nadie, excepto para
uno, y no es mi intención repasar con placer los viejos
recuerdos. Quiero, simplemente, que se note cuánto se había
puesto en juego para el final de ese viaje, y que se entienda
que la amenaza de perder la vida, que de por sí espanta a
cualquiera, era nada al lado del nuevo, el terrible, el
abrumador riesgo de perder aquello que se ama
profundamente, y todos los años futuros con él. Habiendo
encontrado a Aída, y habiendo construido lo que habíamos
construido juntos, las apuestas sobre la mesa habían subido
mucho. Quizá más de lo que me atrevía a pensar.
Una noche, no sé en qué momento, nos confesamos
que nos amábamos. Costó la primera vez. Luego, decirlo se
nos volvió uno más de los placeres de la relación.
298
BAHÍA:
El buque había recibido la orden de levantar una
carga no prevista, y se había apartado de su ruta para recalar
dos días en Bahía.
Brasil, por supuesto.
Cuando se dio la noticia a bordo hubo un aplauso
cerrado. En puerto, la primera mañana, obligué a Aída a
vestirse de mujer (con traje de baño debajo) y me
autonominé guía no-oficial de la ciudad de San Salvador.
Fuimos al Artezanato, que queda cerca de la salida del puerto
y es un buen lugar para empezar el paseo mientras todavía
no se fue del todo el fresco de la mañana. “Fresco” es un
término muy relativo y que, de todas formas, no dura más
que un par de horas, así que lo ideal es visitar los lugares
cerrados a esa hora.
Hizo desastres en el mercado, y sólo dejó de comprar
cuando me impuse y le dije que un mono –vivo, no como el
panda- era el tipo de compra que da pocas satisfacciones y
muchos disgustos. Salvé al pobre animalito, y la convencí de
que tratara de llevarse cosas con los ojos y la memoria, y no
cargándolas en mis brazos.
Chilló y aplaudió la capoeira, y, después de subir por
el ascensor La Cerda, llegamos al Pelourinho. Lo recorrimos
hasta que el calor del mediodía nos quemó bajo las suelas.
De ahí fuimos al shopping, para almorzar un poco más
frescos, y luego a la playa de Itapuá (uno de los dos
299
puteando bajito por la colección de paquetes recogidos a lo
largo del día), donde nos adormilamos bajo las palmeras,
zambulléndonos de tanto en tanto.
Con la sinceridad de una pareja establecida hace
muchísimo tiempo (cosa de una semana, ya) admitimos que
ninguno de los dos podría sostener una noche romántica
con arena en los piel, sal en el pelo y sol en la piel. Lo ideal,
convinimos, sería presenciar el ocaso desde un bar frente a la
playa, cerveza en mano, volver al buque, bañarse, y, entonces
si, disfrutar la noche de la ciudad de Amado. Por la mañana
me tocaría estar de guardia, así que tendríamos que
aprovechar este día y esta noche todo lo posible.
Perdimos más tiempo con lo de la cerveza de lo que
creíamos –y eso que fue una sóla cada uno-, demorándonos
en tomarnos la mano, hablar disparates, y dejar de hablar
cada tanto para decirnos cosas más profundas con la mirada.
El sol en la piel, y el inusual ejercicio de caminar nos habían
infundido una agradable lasitud, y no fue sin un gran
esfuerzo que nos levantamos y volvimos al buque.
Me duché y me vestí lo mejor que pude (Aída decía
que esto nunca era gran cosa, y que siempre me desvestía
mejor de lo que me vestía. Lo tomé como un cumplido, pero
nunca pude estar seguro del todo. La maldita tenía una ironía
que era, a veces, demasiado sutil). Esperé un rato en mi
camarote, ya listo para irme, pero, cuando el rato se hizo
largo, pasé frente al de ella.
300
La puerta seguía cerrada, y bajé a esperarla en el
comedor donde, como no podía ser de otra manera (en
Brasil y en Bahía) no había nadie.
Media hora después, fastidiado, decidí mandar al
carájo el disimulo y golpear a su puerta.
No contestó. No estaba cerrado con llave, y entré.
Estaba desocupado. Sobre una silla se veía la ropa que había
elegido ponerse esa noche –incluida la cartera-, y por ningún
lado se veían las que usó en la playa.
Pregunté por todo el buque: nadie la había visto
desde que llegó, ni la habían visto tampoco dejar el buque.
No estaba en la estación de radio ni en el puente.
Miré el lado del agua, y el costado entre el buque y el
muelle. Rebusqué en las cámaras de víveres, y en todos los
lugares donde uno puede quedar encerrado por accidente.
Nada. Empecé a asustarme, sintiendo en la garganta
algo que no sentía desde que era chico.
Subí a mi camarote, me encerré, y usé mi poder para
verme junto a Aída, sana y salva, dentro de diez minutos.
Y, por primera vez desde que había empezado a usar
mi talento, no pude crear la imagen de lo que quería pedir.
No lo podía imaginar. Simplemente, me era imposible crear
la imagen, la fantasía, el ensueño en que esto pasaba. Podía
verme a mi, sonriente, y podía ver la hora en el reloj del
comedor, pero Aída era un bulto borroso, fantasmal, que no
llegaba a cuajar y formarse.
301
Con horror comprendí que ello significaba que era
una imagen imposible, un futuro al cual ninguna –ningunade las infinitas cadenas de posibilidades que se conectaban
con este instante podía conducir.
Para que fuera imposible reencontrarme con Aída,
algo debía haberle pasado, algo horrible, que cortase todas
las combinaciones que la llevasen a mí. No se me ocurrió
otra cosa capaz de un no tan definitivo como su propia
muerte.
Me sentí mal. Me mareé, con un vértigo que se
aceleraba y bramaba como una turbina, y tuve que tirarme
boca arriba en la cama.
No lo podía aceptar, ni lo podía creer, pero tampoco
podía ignorar lo hechos.
Respiré hondo, hice lo que pude por serenarme, y
volví a concentrarme. Esta vez no puse condiciones respecto
a cómo estaría ella cuando la encontrase, sino que
simplemente me programé a mi mismo enterado de dónde
estaba.
Y tampoco pude, apareciendo yo mismo borroso
esta vez. No sólo era imposible encontrarla, sino que lo que
mi nuevo fracaso me decía era que tampoco iba a poder
saber qué le había pasado, o dónde estaba. Jamás.
Con una sensación de flojera total en las tripas,
comprendí que por fin las Brujas habían empezado a
morder, y que me habían mordido donde más me dolía.
302
Un poco después, la necesidad de hacer algo me
puso de pié de un salto. No podía, simplemente, quedarme
sentado con la cabeza entre las manos y apretando las
lágrimas. No podía, tampoco, y por más fe que tuviese en mi
poder, darla por perdida (“muerta” era una palabra en la que
tampoco podía pensar) hasta no haber visto por lo menos su
cuerpo. Ni iba a permitir, mucho menos, que quienquiera
que hubiese hecho esto pasase un instante más de lo
necesario fuera del infierno.
Qué hacer.
A pesar de que era mi obligación (y el acto más
sensato y menos sospechoso en esos momentos), no me
decidí a informar al capitán de su ausencia. Por lo menos, no
todavía. No estaba muy seguro de si la policía, la Capitanía
do Porto, y el mismo capitán no se volverían más un estorbo
que una ayuda, sobre todo en estos momentos en que
necesitaba libertad para ir y venir sin tener qué explicar
cómo o por qué se me ocurrían los sitios que investigaría.
Decidí que empezaría solo: ya tendrían oportunidad de
buscarnos a ambos mañana si algo salía mal.
Pisé el freno de mi furia, y trate de serenarme. Elegí
un lugar (la plaza empedrada a la salida del ascensor, en el
Pelourinho). Usé mi habilidad con ganas, y con toda la
voluntad que pude enfocar, para encontrar allí a aquella
persona que sí sabía qué había sido del Aída, fuese quién
fuese. En cuanto conseguí imaginar el encuentro (la persona
fuera del cuadro de la imagen, pero yo bien a la vista, y
303
hablando con ella) supe que era posible y recobré las
esperanzas. Dejé el buque a los trancos, informando a las
pasadas al marinero de planchada que iba a buscar a la radio
y que, si ella llegaba mientras yo estaba fuera, le dijese que
por favor me esperase a bordo. No es que tuviese muchas
esperanzas: quería, apenas, dar un aviso –no demasiado
alarmante- de que dos oficiales de a bordo se habían
desencontrado en tierra. Si no nos encontraban mañana,
alguien recordaría esto y sospecharía problemas serios,
comenzando entonces los pasos de búsqueda que yo había
evitado hoy. Eso, claro, siempre y cuando no fuese tan
tarado de pensar que nos habíamos quedado dormidos en un
hotel (hay de todo, ¿vieron?, y los astutos son los peores).
Dejé el puerto casi el trote, rodeé el mercado sin
preocuparme por los individuos de aspecto sospechoso que
pululaban a su alrededor (sospechosos en el mejor de los
casos: por lo general, no cabía ninguna duda), y tomé el
ascensor.
Cuando, con desesperante lentitud, llegué arriba, no
fui directo al lugar de la plaza que había previsto, sino que
caminé, costeando las casas, hasta darle una vuelta completa.
Ya demasiado conspicuo era estando vestido para salir,
como para que además me vieran viniendo del lado del
puerto. Los magos no podían saber que yo era el que tenía el
poder que los fastidiaba, pero eso no quitaba que, como
pasó con Nadie, pudieran confundirme con alguien cercano
al que buscaban y me hicieran pasar un mal rato.
304
Si se habían metido con Aída, además, significaba
que estaban en la buena pista. No podía correr riesgos.
Había muy poca gente, y casi toda charlando en
grupos pequeños. Dí una vuelta completa, pasando cerca de
todos, esperando alguna señal que me indicase cuál era la
persona, sin resultado, y desesperándome más a cada paso.
No podía creer que mi poder fallase; no ahora,
cuando por primera vez lo necesitaba en serio. Pero, para
cuando terminé la segunda vuelta sin conseguir otra cosa que
algunas miradas sospechosas de la gente que andaba por ahí,
una profunda sensación de desamparo me aflojó por
adentro. Si mi poder ya no servía, las pocas posibilidades de
Aída se apagaban por completo, y yo, inútil y débil, me
transformaba en el blanco perfecto para los vaya a saber uno
cuantos magos, brujos y hechiceros a los que venía
molestando hace años.
La posibilidad de que terminaran conmigo,
curiosamente, no se sentía más que como una amenaza
teórica, una posibilidad abstracta, el final previsible de una
mala película. Si no estaba Aída, comprendí, el tema dejaba
de tener importancia.
Fue bueno mientras duró, me dije, mientras me
sentaba en un banco del lado de la plaza que da al mar.
Habría dado todo mi reino por un Ballantine´s. Los
nervios aumentaban, la desolación aumentaba, y el tiempo
parecía acortarse peligrosamente. Sin saber ya qué más hacer,
305
me empecé a levantar para ir al buque y llamar a la policía,
cuando me hablaron.
Sentada a mi lado estaba una india regordeta, vieja y
envuelta en trapos, que en un principio me recordó a las
bolivianas que vendían ajo en el mercado de mi barrio
-¿Podría hablar un minuto contigo?-, me dijo, y en
mi enajenación no reparé en que no sólo hablaba en español,
sino que lo hacía con un fuerte acento mexicano. Me
molestó, no le presté atención, y simplemente aceleró mi
partida. Tenía cosas muy importantes que hacer como para
perder el tiempo con pedidos de limosna.
-No, disculpe. Tengo un problema y me tengo que ir
ya-YO soy tu problema, Urióz. Siéntate, y hablemosMi nombre, en boca de la anciana, fue como agua
helada en la nuca. Tenía que ser una de las brujas (tanto más
fea la sorpresa cuanto más inesperada), y no sólo se había
revelado como tal: sabía mi nombre, sabía quién era yo. Eso
liquidaba para siempre cualquier pobre esperanza que
hubiese tenido de que la desaparición de Aída se hubiese
debido a otra cosa y, de paso, con cualquiera que tuviese con
respecto a mi futuro.
Mi principal ventaja era mi anonimato, y lo había
perdido. Y, teniendo en cuenta lo directo que había sido su
acercamiento a mí, parecía evidente que tenían la seguridad
de que no me quedaba ninguna otra.
306
Volví a sentarme, con menos aplomo del que jamás
tuve en mi vida.
-Se quién eres- empezó -Y, para poder tratarnos
como gente educada, te diré quién soy yo.
Has hecho enojar a mucha gente en estos años, hijo.
Gente importante, gente poderosa, que respeta tradiciones
sagradas. Has insultado esas tradiciones también, muchacho,
y esa es una cosa muy, muy grave.
Pos bien: esas gentes, todos ellos, me consideran su
jefa. Todos me obedecen, fíjate. Soy la más vieja, la más
sabia, y la más poderosa. Dicen, también, que soy la más
mala- No había sonrisa alguna en su rostro de quebracho,
pero se la sentía en sus palabras.
-Desde que empezaste a meterte con nosotros que te
vengo buscando.
Al fin te encontramos.
Aunque “te encontramos” no está bien dicho. No es
así, no.
Samaniego, un policía pelón y listo, que no es uno de
nosotros, fue quién te halló. Pero, aunque nos mostraba
todos los datos y las pruebas que decían que tú eras el que
buscábamos, y sacaba papeles y papeles y hablaba de fechas
y de puertos y de barcos, no nos podía convencer. Le dio
mucho coraje, pues. Hasta que se me ocurrió que podía ser
que hubiese algo que no nos dejase creer, incluso cuando
fuese evidente que había que hacerlo. Samaniego estaba
307
seguro de lo que decía porque él no buscaba al dueño de un
poder mágico, sino a la única persona que hubiese estado en
tales sitios y en tales fechas. Nosotros buscábamos a nuestro
enemigo.
Así que, aunque estaba segura de estar equivocada, y
de que todo era un error, de todas maneras dirigí nuestras
fuerzas contra ti.
¿Curioso, no? Orita mismo, viéndote aquí y
comprobando con mis cinco sentidos que eres el heredero
de los poderes del viejo, no puedo creerlo ni convencerme
de no estar cometiendo un gran errorYo había programado, como me había indicado
Nadie, no ser identificado como el dueño del poder, y había
tenido éxito. El policía, sin embargo, ajeno a todo el asunto
de poder o no poder, había llevado a cabo un proceso de
eliminación básico, y consiguió ganarle a toda la magia y la
habilidad juntas. Otra ironía de las que le gustaban tanto a
Nadie, según parecía. Y otra prueba de que yo era un grande
y pintoresco tarado, también, por no haber previsto el que se
me podía rastrear cruzando la información de puertos
felices, buques en puertos felices, tripulantes en buques en
puertos felices.
Nada importaba ya, de todas formas. Ya fuese que
me hubieran agarrado por magia o por métodos elípticos y
terrenales, la cosa era que, al fin y al cabo, me tenían
Pero me tiré un lance
308
-Disculpe, pero no le entiendo nada. Me parece que
no soy el que busca, que me confunde con otra persona...-¡Ah, pero a mi también! Precisamente por eso supe
que debía meterme contigo. Y fíjate que, cuando lo hice,
tuve más pruebas de que tu eras el que buscábamos, y esas
pruebas servían para convencerme de que no-¡Pero: ahí tiene! Nadie se metió conmigo, como
usted dice, nadie me molestó. ¡Usted debe estar pensando en
otra persona! Sino, ¿Cómo es que estoy aquí tan tranquilo?-¿Crees que no lo intentamos?
No pudimos, mi niño, no pudimos. No pudimos
mandarte matar, causarte un accidente, enfermarte,
enloquecerte ni entristecerte. Aunque no sabemos cómo,
sabemos que estás protegido contra casi todo, y que no
podríamos terminar contigo ni siquiera con tu ayuda.
Ni siquiera con tu ayuda, ¿oyes?
Un problema interesante, si...A medida que hablaba, la india iba perdiendo su
parquedad y su parsimonia iniciales y, asombrado, me dí
cuenta de que además iba tomando confianza conmigo.
Parecíamos rivales de paleta, comentando un partido que
acabásemos de jugar. Ella, por lo menos. Yo no osaba
moverme.
-Bien: aquí cerca encontramos la solución.
Sígueme, por favor309
Emprendimos una lenta caminata, que la vieja cubrió
lentamente, renqueando y jadeando. No podía decir por qué,
pero la renguera y el ahogo me parecían falsos. Los sentía
como otro truco, otra amenaza, otro naipe escondido en la
manga.
Pero, claro, también podía estar equivocado.
Finalmente entramos a un caserón oscuro, lleno de
plantas que le tocaban la cara a uno cuando atravesaba sus
patios.
-¡Lo que nos ha costado traerte aquí! ¡Si supieras!
Sólo desviar el barco nos resultó carísimo, y mucho más
difícil de lo que creíamos. Y ni hablar de mi viajecito hasta
aquí, apretada en esas pinches sillitas del avión... ¿has visto lo
pequeñitas e incómodas que son? ¿Cómo quieren que una
vieja esté sentada doce horas en ellas, sin poder estirarse ni
moverse? ¿No te parece una cosa mala eso que hacen de
cobrar tantos dólares para llevarte en un lugarcito donde yo
no guardaría ni a un cochino?Empecé a contestarle que yo pensaba igual, y que
también odiaba los asientos de avión, pero me callé la boca.
Mantener una charla casual con un monstruo que quizá
había matado a la mujer que quería, y que no deseaba otra
cosa que matarme a mí, de tan absurdo llegaba a grotesco.
Entró en una pieza de las de más al fondo. Lo único
que había en ella era una mesita, una vela encendida sobre la
310
mesita, y un biombo, o un espejo de pié, tapado con un
trapo negro.
-Bueno hijo, este es el trato- suspiró, y arrancó -Tu
quieres a la muchacha. Mi gente quiere que desaparezcas
para siempre. Y yo quiero poder hacer lo que tú haces. Hay
una sóla forma de que todos queden satisfechos.
Si me enseñas cómo haces lo que haces, te digo
dónde buscarla a ellaMe tomé mi tiempo, fingiendo una tranquilidad tan
falsa como la renquera de la vieja.
-No. Así no. Quiero verla. Entréguemela, déjeme
verla sana y salva, y negociamos lo que quiera-Mostrarla, puedo mostrarla. Entregarla no. Ni ella
puede venir aquí, ni nosotros ir con ella-¿Por qué habría de creerle entonces? ¿Cómo voy
darle todo lo que pide, si me está diciendo que aún así no
puede entregarla, ni traerla, ni llevarme con ella?-"Ah, pero sí puedes creer en mi, y por una sencilla
razón: yo tengo más interés que tú en que vayas con ella. Es
un sitio desde el cual jamás volverán a molestar a los míos, y
así, todos felicesPensé, pensé y pensé, pero me encontraba bajo
demasiada presión como para ser astuto. Esto no era lo mío.
Yo no era un héroe de película, ni un policía experto, ni un
aventurero arriesgado. No sabía cual era el mejor curso de
311
acción a seguir, y todos los que se me ocurrían parecían
terminar en un desastre.
Se me ocurrió que por lo menos podía intentar
debilitar la confianza que la vieja sentía en su trampa, y
probé fingir poco interés.
-Vea, señora. La chica es una amiga, y una
compañera de trabajo, y no voy a negar que nos hemos
estado entreteniendo un poco últimamente, pero lo que
usted pide es una locura. Mi habilidad me cuida, me
mantiene joven y vivo, me da poder y plata y, si quiero, más
mujeres de las que puedo soportar ¿De veras cree que voy a
ser tan idiota como para cambiar todo eso por una hembra
feúcha y flaca? De veras, dígame: ¿Usted la vió bien?Increíblemente, multiplicando sus arrugas como un
parabrisas astillándose, esa cara sonrió. Me apuntó con un
dedo que parecía una raíz, y me lo explicó, satisfecha de
haber llegado a una jugada que, se veía, había previsto y
calculado hacía mucho tiempo.
-Porque no hay, ni habrá jamás, otra mujer para ti si
la pierdes a esta-¡Vamos! ¡Si son el artículo más vendido en todos
los mercados del mundo!Asintió, cabeceando y sonriendo con los ojos
cerrados, en el gesto de quién escucha las previsibles
objeciones de un chico caprichoso. Volvió a empezar,
pacientemente.
312
-Óyeme. Cuando probamos de qué forma herirte,
intentamos muchísimos hechizos de amor. Queríamos
enamorarte de alguien que te arruinara la vida.
Dejemos de lado lo que la gente común pueda creer
sobre hechizos y filtros de amor: tú y yo sabemos cuánto de
verdad hay en lo que mi gente puede hacer con eso. Pero la
cosa es que, aunque probamos y probamos muchísimas
veces nuestros mejores filtros, no pudimos hacerte nada.
Nada.
Me dí cuenta de que también te habías cuidado de
que no nos pudiéramos meter con tu corazón, pero, oye
bien, no pude creer que también te hubieses protegido
contra el amor real. Un hombre joven y medio quijote, un
romántico pues, no iba a acorazarse contra el verdadero
amor. Hubiera sido como caparse, y no me podía convencer
de que eras el tipo.
Así que la mandamos a ella.-¿A Aída? ¿Me está diciendo que Aída es una bruja?A pesar de la situación, casi me rio.
-No, mano, no. Pero para ti es algo muchísimo más
peligroso.
Cada hombre es capaz de enamorarse y de enamorar
a muchas mujeres, y puede que quizá llegue a ser capaz de
vivir felizmente con una o varias de ellas. Pero, dentro de
todas las mujeres del mundo vivas a lo largo de su existencia,
hay una, y sólo una, perfecta para él. Casi ninguno la
313
encuentra, porque es terriblemente difícil, pero bueno: todos
se casan convencidos de haberlo hecho.
Ahora, fíjate, si un hombre tiene la fortuna de saber
cual es Su Mujer, y de encontrarla, entonces se enamorará a
un nivel que nunca conoció, ni conocerá, en ninguna otraSe quedó callada, esperando que lo que había dicho
cayese como una piedra dentro del pozo de mi conciencia.
Una mujer, entre los cientos de millones de mujeres vivas en
este momento, una sóla, era la perfecta para mi, la
irreemplazable, la correcta. A todas las demás les faltaría o
sobraría algo que socavaría mi felicidad: a la Única, no.
-Y Aída es la mía- completé
Asintió
-La buscamos con todo el cuidado posible, y usamos
toda la sabiduría junta de todos los hermanos del mundo.
Puedes agradecérnoslo, y confiar en que es así.
¿Sabes? Podrías encontrar mujeres más bellas, más
jugosas, más simpáticas o más cultas. Con el tiempo, seguro
las encontrarás con todo eso, y más jóvenes que esta huerita
de pelo de elote. Pero hay algo en la química de esa pelirroja,
algo en la combinación de su persona, que no existe en
ninguna mujer, ni existirá, y que te afecta a ti de la forma
más absoluta.
Con ella, serás más feliz de lo que tu poder jamás te
va a hacer. Sin ella, ni tu poder conseguirá sacarte de la
mediocridad en la que caerás314
-Y la metieron en esto par forzarme...-Estabas tan blindado, hijo, que fue el único revólver
que pudimos ponerte en la cabezaSin tener que pensarlo mucho, supe que todo era
verdad. Mi poder, y lo que haría en el mundo si la vieja
llegaba a dominarlo, me importaban un carájo al lado de la
posibilidad de volver a ver a Aída.
-Está bien. Pero le tengo que advertir que no sé
cómo hacer para entregarle algo que ni yo mismo
comprendo del todo-Ese es tu problema, chico. Tienes un don para
lograr cosas: úsalo pues-Necesito tiempo-Te espero aquí mismo, hasta mañana al mediodía.
Después me vuelvo a casa, donde no me podrás encontrar
jamás si cambias de idea.
Sé conformarme con menos, ¿sabes? Si no puedo
eliminarte, puedo lastimarte muy feo, tan feo, que no va a
quedar mucho de ti para cuando esto termine. Matar el
corazón de un hombre es tanto o más mortal que matarle el
cuerpo y, si no consigo lo que quiero, por lo menos me voy
a asegurar de que quedes arruinado de por vida.- Me volvió
a apuntar con aquel dedo retorcido -Así que recuerda: o
encuentras una forma de enseñarme antes del mediodía de
mañana, o, por tu culpa, jamás nunca verás a la huerita esa315
Se dio vuelta y me dejó solo, sin despedirse. La
entrevista había terminado.
Salí despacio del caserón a oscuras, me cuidé de
recordar bien la dirección, y volví caminado al buque.
De descansar, ni hablar. Aún sabiendo que iba a
sentirlo duramente al día siguiente, la idea de desvestirme y
meterme en la cama me pareció ridícula.
No es que necesitase el tiempo para otra cosa. El
poco análisis que había que hacer lo había hecho caminando
entre la ciudad vieja y el buque (parece que soy un pensador
peripatético), y no había, de todas maneras, mucho que
analizar. O bien la amenaza de la bruja era fundada, o no. Si
lo era, tenía que salvar a Aída para poder vivir yo. Si no lo
era, tenía que intentarlo igual, ya que era la única punta de
ovillo que tenía para encontrarla. Y porque, además, todo
esto era mi culpa o, por lo menos, mi responsabilidad.
Comunicar mi talento, además, parecía más difícil de
lo que en realidad era. Si Nadie no estaba equivocado en sus
teorías sobre cómo funcionaba esto del poder y de cómo
funcionaba la brujería de nuestros rivales, ambos fenómenos,
básicamente, tenían el mismo origen. La diferencia era que
nosotros, al comprender su mecánica y no estar confundidos
por toda la mística atrasada y los prejuicios de la brujas,
podíamos aplicarlo en una forma más precisa y concreta. No
iba a resultarme muy difícil imaginarme a la vieja dando el
pequeño salto que iba desde lo que había hecho siempre a
316
ciegas, a comprender cómo lo había hecho. Y, siguiendo lo
descubierto por Nadie, como los rituales mágicos eran tanto
más efectivos cuanto más dotado estuviese el brujo para
intuir los movimientos exactos de su culto, entonces esta
vieja, que parecía ser el capo mafia de la hechicería, no
tendría –en musculatura mental, al menos- ninguna
diferencia con Nadie o conmigo.
Habiendo tomado la decisión de arriesgarme por
Aída, y tranquilo respecto a poder pagar el rescate, sólo me
restaba tratar de prever qué ocurriría después, y de qué
forma podía prepararme para ello. Pensé en armarme de
alguna manera (“alguna manera” era una idea borrosa, que
iba desde una ´45 a un crucifijo), pensé en forzar mi poder
para aumentar mis ya exageradas defensas, y pensé, incluso,
en dejar a bordo una nota indicando la dirección en donde
debía encontrarme con la bruja, y en la cual advertía que iba
a tratar de rescatar a la radio. Todo terminó por parecerme
inútil y arriesgado. No había arma eficaz contra una
disposición ya prevista de la causalidad, no había forma de
que mi habilidad pudiese cubrirme (no podía impedir que
algo pasara si no podía más o menos definir qué era ese
algo), y cualquier nota o intento de meter a terceros en el
problema sólo representaría un riesgo para ellos.
Lo mejor, concluí, sería comer bien, tomar dos dedos
de whisky y, si no podía dormir, por lo menos recostarme a
oscuras para que los músculos se relajaran un poco.
Para cuando apuntó la aurora, seguía mirando el
techo del camarote. Tenía esa irritante sensación de haber
317
olvidado algo, sintiéndolo todavía allí, un segundo atrás en el
tiempo y apenas desvanecido de la memoria. Luego, debo
haber dormido un par de horas, al menos por lo que
afirmaba el reloj, porque me desperté como si apenas
hubiese pestañeado.
Me vestí, me puse en el bolsillo mi vieja navaja
marinera (más como amuleto que como arma), y me dirigí al
caserón. Tendría que estar tomando la guardia en esos
momentos, pero esa falta, que en otro momento me hubiese
hecho sentir terriblemente culpable, fue lo único que pude
conseguir como consuelo. Después de todo, sería fabuloso
ser llamado al orden por el jefe y por mi compañero de
guardia, ya que ello implicaría haber escapado vivo de esta
reunión.
318
A pesar del resplandor de la mañana, la habitación
seguía oscura y alumbrada por una vela. Entré y tardé en ver
a la vieja, sentada derechita en una silla que se apoyaba en un
ángulo oscuro de la pieza. Entré caminando a lo gallito,
tratando de adoptar una actitud arrogante para que no notara
lo asustado que me sentía (y debía estar muy alterado,
porque me olvidé de que siempre había usado la arrogancia
ajena como un indicador de cuán inseguros estaban). Sin
saludar ni mostrar cortesía alguna, fui hasta los cortinones de
terciopelo oscuro que cegaban las ventanas y los corrí de un
tirón.
-Vamos a necesitar oscuridad- me dijo, sin parpadear,
y con un tono suave que no disimulaba la orden. Estuve
tentado de encapricharme en tener luz de sol, pero lo pensé
mejor: tenía mucho en juego y, si iba a arriesgarlo, más me
valía hacerlo por algo que valiese la pena.
Volví a oscurecer la pieza.
-¿`Tons?- me preguntó.
-Lo puedo hacer, si. Voy a hacerlo. Pero primero
quiero ver a AídaCon los ademanes de una vendedora poco interesada
en su cliente, se levantó y llegó al bastidor tapado con tela
negra. Se paró en puntas de pié y lo destapó.
Ví un marco muy delgado de un color negro mate.
Dentro del marco había lo que en principio tomé por un
319
espejo pero que luego, al no encontrar en él ningún reflejo
de la habitación, consideré una puerta falsa. Por lo menos, se
veía un espacio vacío y mal iluminado del otro lado.
El marco, de apenas dos centímetros de ancho, se
levantaba como una puerta en el centro de la habitación
pero, estando todo tan oscuro, podía ser perfectamente uno
de esos trucos hechos con espejos. Un trompe l´oeil. Los
había visto mejores, incluso.
La vieja arrojó una canasta con comida y un par de
hierros que cayeron con escándalo del otro lado. No, no los
había visto mejores.
Esperamos. Al cabo de unos segundos apareció
Aída, con el miedo y la desesperación desfigurando su frágil
carita.
Iba a pasar por el marco de un salto, cuando la mano
de la vieja me aferró el codo. Me sacudí, asqueado por la
chocante sensación de semejante fuerza en un cuerpo tan
anciano. Me di cuenta, al mismo tiempo, de que Aída no me
había visto ni había oído mi exclamación cuando apareció.
Ignoraba las cosas que la bruja había arrojado, y tanteaba
frenéticamente el espacio de la puerta. Sus palmas
blanqueaban y se aplastaban como apoyadas contra un vidrio
y, por los movimientos de su boca y las venas de su garganta,
supuse que estaría gritando, aunque no escuché nada.
Empecé por creer que era un espejo de truco, como
los de las comisarías o los hoteles por horas, pero no pude
320
encajar el asunto de la canasta y los hierros atravesándolo sin
astillas ni roturas.
-¿Qué es eso?-¿Verdad que es raro?- La bruja parecía animada por
una curiosidad científica. -Nunca pudimos saber qué era.
Estaba antes que la casa. Antes que la ciudad, incluso. No
está en ninguno de nuestros libros, fíjate, ni hay nada que se
le parezca.
Ya lo conocían los sacerdotes indios antes de que
llegaran los españoles y los portugueses, pero no explicaban
tampoco qué era. Ni le daban nombre...-¿Cómo llegó ella ahí?-Caminando, como lo harás tu mismo –si eres
bueno- sin dolor ni molestia ninguna-Y supongo que salir debe ser un poco complicado,
¿no?-Nadie pudo salir. Nunca. Ni los que entraron por
error, como casi te sucede a ti, ni los que lo hicieron adrede,
de puro curiosos-AhDebo reconocerle el tacto. No habló, no me insistió,
no me apuró. Me dio, de hecho, la posibilidad de optar por
ser un cobarde, irme, y soltarme de una trampa que tanto
tiempo y esfuerzo le había costado montar. Aunque quizá no
fuese cortesía, sino la despreocupación del jugador de
321
ajedrez seguro de que el mate es inevitable. Si yo no hacía
nada por Aída podría irme y sobrevivir, si, pero sobreviviría
sin ella, con la conciencia de no poder jamás encontrar a la
mujer que haría que mi vida valiese la pena vivirla, y en el
íntimo convencimiento de haber causado la muerte de Aída
–o algo peor que su muerte- por ser un cobarde egoísta.
Quedaría solo, sin ilusiones y sin hombría. Sabría que, si no
peleaba en este momento, que era el más importante, jamás
podría confiar en que mi coraje encontrase alguna vez un
motivo mejor para mostrarse. Ya no sería enemigo para
nadie.
-Hipotéticamente, ¿no?, diga, ¿qué pasa si decido
entrar ahí de un salto, sin pasarle antes mi poder? Voy a
terminar allí de todas maneras, así que no pierdo nada...Traté de no mirarla, para parecer más recio. En las películas
funciona.
Se encogió de hombros.
-Mi gente quedaría satisfecha igual, yo seguiría siendo
la más poderosa....anda, inténtalo si quieresDemasiado fácil.
Extendí mi mano, creo que temblando un poco, y
lentamente acerqué mis yemas a lo que sería la superficie del
espejo. Y lo toqué, sin poder pasarlo.
-No me digas que de veras creíste que no iba a tener
una carta en la manga...-No. Pero tenía que probar322
-Mal hecho. Muy mal hecho. Teníamos un arreglo, y
en la primera oportunidad que te ofrezco tratas de
romperlo...-Es tan culpable el que peca como el que tienta a
pecarMe miró unos segundos, como maravillada de lo
estúpido que su enemigo podía llegar a ser.
-Dame lo que quiero, y te diré cómo entrar. En mí sí
puedes confiar: sabes que yo quiero que pases por ahí-Está bien- Cerré los ojos. Lo hice. -Ya está-¿Ya?-En unos momentos, la explicación y los hechos que
necesita conocer se van a encontrar en su mente. Ya están en
camino. No se deje engañar por la falta de humo y chispas:
esto es asíPareció mirar por dentro un rato. Al cabo de un par
de minutos, empezó a asentir lentamente con la cabeza. Y,
repentinamente, abrió los ojos –unos ojos asombrados, de
niña, que parecían injertados en aquella cara centenariaEn este universo distinto a donde mi manejo nos
había llevado, se fueron encadenando las cosas para que la
vieja uniera cosas que ya sabía, pero de una manera distinta a
como lo había hecho siempre. No fue necesaria mucha
anticipación: si alguien tenía ya el conocimiento de cómo se
sentía el poder, era ella. Lo único que necesitaba era el
323
enfoque original mío, o de Nadie, y, por “casualidad” se le
ocurrió. Para usar una de las metáforas de Nadie, le encontró
el equilibrio a la bicicleta.
-¡Así que era eso! ¡Así que por eso pasaba lo que
pasaba! ¡Y lo que hacíamos nosotros entonces
era...estaba...ahhh! ¡Ajajá!Se acarició nerviosa los mofletes. Parecía feliz.
-Y ahora lo mío, por favor...Pareció costarle el volver a mi asunto.
-Ah, si, si. Para atrás-¿Qué?-Para atrás. Que entres caminando para atrás-Mire, no se burle. Tenemos un trato, respételo-Lo estoy haciendo, hijo: entra caminando para atrás-¿Qué diferencia puede haber entre entrar caminando
para adelante o para atrás?-No se. No se nada de esta cosa, no la entiendo. Pero
es así. ¿Qué pierdes con probar?De veras. Había soltado amarras, y no me quedaba
otra cosa que remar. Me paré de espaladas al espejo y
empecé a retroceder paso a paso. A último momento me
acordé de la Alicia de Carroll: se abrían muchas interesantes
324
posibilidades de especular (je) sobre los paralelos, pero no
me pareció buen momento.
Di el último paso. La última imagen que tuve de la
habitación oscura fue la vieja, saludándome abriendo y
cerrando los dedos de la mano derecha, como hacen los
bebés, y sonriendo con burla y satisfacción.
Cuando terminé el paso, y mi pié dejó el marco, todo
se transformó en una pared lustrosa, de un material similar al
azabache, donde mi reflejo tenía una expresión de estupor
bastante idiota. Aída me vió, y me dio un abrazo que casi me
tira al suelo. Tardó un rato largo en dejar de llorar, y otro
mucho más largo en deshacer el abrazo. Cuando iba a
hablar, le tapé la boca con un beso.
-Esperá. Esperá. Se lo que me vas a preguntar.
Algunas respuestas las tengo, otras no, pero, para que puedas
entenderme y creerme te tengo que explicar todo
ordenadamente.
¿Tenés hambre?-¡¿Qué?!-Que si tenés hambre. Hay comida en la canasta. Te
propongo compartirla mientras te explico lo que puedo-¡¿Ahora?! ¿No se te ocurre nada mejor que comer?-Seguro. Pero eso no necesita heladera para no
estropearse, y la comida de esa canasta si. No sé lo que se va
a venir, pero seguro que va a ser mejor enfrentarlo con la
325
panza llena- Según mis cuentas, la última comida de Aída
había sido el almuerzo ligero del shopping, el día anterior.
No muy convencida, se sentó junto a la canasta y
empezó a revolver lo que contenía. Casi de inmediato tenía
los dos carrillos llenos, y comida preparada en la mano para
cuando se vaciaran. Yo comí poco, y empecé toda mi larga
historia, desde Lima hasta aquel momento, resumiendo lo
mejor posible todo lo que supe por los papeles de Nadie. Su
expresión no me permitía saber si me iba creyendo o no:
todos sus músculos faciales estaban ocupados en masticar.
La comida finalmente se terminó, pero mi cuento
siguió media hora más. Finalmente conseguí terminar, y me
quedé callado mirándola: habiéndome escuchado a mi
mismo mientras hablaba, supe que todo sonaba como el más
loco de todos los disparates. Yo mismo, que lo había vivido,
lo encontraba difícil de creer.
Esperé su veredicto, ansioso como si hubiese alguna
diferencia entre que me creyese o no, o que me perdonase o
no.
-¿Y bueno?- presioné cuando ya no pude más.
-Y, bueno: desde que estamos de picnic en este lugar
tan loco, y no habiendo una explicación mejor, supongo que
tengo que aceptar todas las gansadas que dijiste.
Lo mejor que podemos hacer es dejarnos de hablar, y
ver cómo se sale de acá. Por la pared, te aseguro, no hay
forma. Vamos a tener que caminar326
-Dale. Por lo menos, cambiamos el paisaje- dije, pero
de todas formas me quedé un rato mirando el muro por
donde habíamos pasado. Ni señales del marco, de la
habitación de Bahía, o de nuestro planeta: sólo había un
muro altísimo de cristal negro. Busqué los hierros que había
tirado la vieja cuando quiso hacer ruido para atraer a Aída y
traté de romperlo, pero no conseguí ni siquiera un pequeño
rayón. Traté también de sacudirlo, de treparlo, de
encontrarle ranuras donde encajar mi navaja y, por supuesto,
de traspasarlo caminado para atrás, pero todo fue en vano.
El cristal negro era absolutamente inconmovible.
Así que elegimos una dirección al azar, y empezamos
a caminar, abandonando la canasta vacía.
327
328
ESCAPE
Al principio hablamos poco, por el shock sin duda,
pero, a medida que fuimos caminando y tomando conciencia
de que realmente estábamos allí, comenzamos a comentar
más y más lo que nos había pasado.
Aída no terminaba de tragar lo de mi poder. Buscaba
objeciones, me tendía trampas, y hacía todo lo posible por
pescarme en una contradicción.
Una de las cosas que más la hacía dudar era el que un
tipo, supuestamente capaz de ser lo que quisiera, perdiera su
tiempo en un trabajo matador como el mío. Empecé por
explicarle que no podía “ser” lo que quisiera, que yo era
como era, sin reclamo y sin reembolso.
Que podía dedicarme a lo que quisiera, o no hacer
nada en absoluto, si, eso si, por supuesto, pero el caso era
que ninguna opción encajaba mejor en lo que yo “era” que
este trabajo con que me ganaba la vida. Ser maquinista iba
bien con mi personalidad y con mi forma de entender el
mundo. Me gustaba, lo llevaba bien, y me daba una
satisfacción cada cuatro o cinco disgustos, cosa que, en
promedio, era un logro extraordinario. Por otro lado, si bien
era cierto que podría aspirar a un empleo más cómodo, ¿cuál
era la gracia de cambiar si uno no disfrutaba del cambio?
Los barcos no eran tan malos. Y, cuando lo eran,
tenía mi poder para ayudarme.
329
Pero ¿y ser rico? me preguntaba. Le dije que no había
necesidad de ser rico cuando podía tenerse todo lo que se
deseara, ni necesidad de conservar muchas cosas si se estaba
seguro de poderlas conseguir en el momento en que hicieran
falta. El único que disfrutaba de ser rico por el placer de
acumular papel moneda era Rico Mac Pato: todos los demás
ambiciosos querían la fortuna para adquirir cosas, no para
palear efectivo. Si uno podía tener la cosa automáticamente,
¿para qué servían los billetes?
Y, en cuanto a las cosas, la verdad es que al poco
tiempo se tornaban bastante exigentes con nuestro tiempo y
nuestra libertad. Se podía soñar con una Ferrari (de hecho,
uno de los primeros gustos que me dí al estrenar el poder
fue un XKE), y tomarse muchísimo trabajo para conseguirla,
cuidarla y mantenerla si se pensara que era algo valioso,
único, y difícil de conseguir. Pero, si uno estaba seguro de
poder tener una diferente para cada día de la semana,
empezaban a resultar algo aparatoso, llamativo, tentadoras
para los ladrones, y exigentes a la hora de los cuidados. Es
triste, pero lo cierto es que lo que es fácil de obtener deja de
parecernos valioso. Con mi poder, nada tenía ese brillo
prestado de lo inaccesible: o las cosas valían en sí mismas, o
me aburrían.
Pero bueno, no es fácil de entender. Hay que vivirlo
para sentirlo.
Yo manejaba un Renault 4S, al cual mi talento había
hecho perfecto, infalible y silencioso: me daba los 110 km/h
330
que jamás necesité superar, y me transportaba igual de
confortable.
Y tenía mejor baúl.
Ella se reía, negando con la cabeza. Yo la provocaba
para que me siguiera discutiendo: el paisaje por el que
caminábamos, que no queríamos comentar, nos tenía al
borde del pánico, y hablar del pasado era una forma bastante
buena de no pensar en el presente.
-¿Y vos te metiste en este lugar, y le diste todo ese
“poder mágico” a la turra esa, nada más que porque creíste
que yo era la mujer perfecta?- Su tono era burlón, sarcástico,
maravillado ante mi increíble ingenuidad.
-Ni es mágico, ni vos sos la mujer perfecta. La mujer
perfecta es la que no tiene defectos, y vos, querida, estas
lejos de calificar para eso. La mujer perfecta para un hombre
en particular, por el contrario, es la que tiene las virtudes y los
defectos exactos para que ese tipo llegue a hacer estupideces
como esta, y contento encima-¿Y yo soy la tuya?Caminé un rato sin decir nada
-No encuentro otra explicación para la forma en que
me enamoré de vos. No me golpeé la cabeza, no respiré
ningún tóxico, no consumo drogas, no fui sometido a
ablaciones encefálicas...y, además, resulta ser una explicación
que me encanta-. Siguió una serie de dichos dulces y tiernos,
331
que, como son privados y no hacen al nudo de la historia, no
voy a consignar aquí.
Me abrazó por la cintura. Caminar así era más
cansador, pero mucho más lindo.
-¿Y viceversa?-" me dijo.
-¿Mh?-Viceversa, retardadito mío. Si yo soy la mujer
perfecta para vos, ¿Vos sos el hombre perfecto para mí?-La vieja no dijo nada de eso, pero, si hubiese justicia,
debería ser así. Si no, sería algo muy cruel. Pero no se.
Justicia y crueldad son formas nuestras de calificar a las
cosas, que a la realidad, la verdad, le importan muy poco.
Todo puede ser.
Supongo que vas a tener que correr el riesgo..Me besó, sin dejar de caminar, y nos sentimos
mejor. Sin embargo, en el silencio que siguió, lo que nos
rodeaba volvió a empezar a metérsenos como un frío
húmedo en el alma, y tuvimos que seguir hablando.
-Debés haber probado ya con tu poder...pucha, me
da vergüenza esa palabra, parece algo de Marvel Comics.
¿No pudiste inventar nada mejor?-Poder, habilidad, talento, peculiaridad...probé todos,
y todos son igual de pomposos. ¿Te parece mejor “El
Cortaplumas”?332
-Perfecto. ¿Probaste?-Si, pedí un taxi, pero me dijeron que hay una cierta
demora... ¡Claro que probé! Apenas empezamos a caminar
hice varios intentos. Pedí salir, pedí encontrar la puerta, pedí
alguna orientación, pedí agua...pero nada, ché-¿Y cómo puede ser? ¿Te lo habrá sacado todo la
vieja?-No creo. No creo que esto se pueda sacar, como si
fuese un talismán o una varita mágica. No. Es precisamente
por eso, porque no se puede anular, que se tomó el trabajo
de meterme acá.
La mejor explicación que pude encontrar, hasta
ahora, es que mi cortaplumas elige una secuencia de hechos
posibles para llegar a otro hecho posible. Pueden ser hechos
raros, improbables incluso, pero deben ser por lo menos
remotamente posibles. Y nosotros estamos en un hecho
imposible.
Cuando estaba en el barco y te quise encontrar, o
cuando intenté tener conocimiento de en qué lugar estabas,
mi imagen falló y se cortó. Ambos eran hechos imposibles –
por eso no podía influenciarlos- pero no porque hubieses
muerto, como creí, sino porque todo estaba fuera de la
cadena de causas y consecuencias de nuestro universo, y de
todos los universos posibles.
Otro efecto que confirma esto es que vos, por suerte,
aceptaste y creíste todo lo que te dije sobre mí. Eso, en nuestro
universo, es imposible, por eso de que lo primero que uno
333
hace es usar su cortaplumas para que nadie sospeche ni
pueda creer que uno hace lo que hace, en ninguno de los
futuros posibles.
Acá son otras causas y consecuencias. Otra
frecuencia, si querés, otra historia, que empezó y se desplegó
en otro tiempo distinto al nuestro, y para la cual no estoy
calibrado-¿Es como si vos te pudieras mover por todos los
hilos de un tejido, pero ahora estuviésemos en un tejido
distinto, que no se toca con el otro?-algo así, creo. Pero, mientras no encontremos
ningún puesto de información turística, siguen siendo
especulaciones inútiles. TeoríasSeguimos una hora más –mi reloj funcionaba, si- sin
escuchar otra cosa que el sonido de nuestros pasos.
Caminábamos junto a la pared negra, que se extendía hacia
arriba hasta alturas de vértigo, sin poder vérsele el borde
superior. El piso, del mismo color y material, llegaba hasta el
horizonte, sin relieves ni objetos que alteraran su uniforme
lustre negro, y lo mismo ocurría con la arista entre pared y
piso. Hacia adelante, y hacia atrás.
Era un horizonte sin curvatura, cosa que lo hacía
aparecer titánico, y que se destacaba nítido contra una
especie de cielo, apenas un tono de negro menos oscuro que
él.
No había luces de ningún tipo, pero veíamos todo, y
nos veíamos, con relativa claridad, como alumbrados por
334
una bombita de 25w colgada muy alto. Todas las distancias
parecían infinitas, y había que luchar contra el desaliento que
quería apoderarse de uno cuando reparaba en que no había
una real diferencia entre caminar y quedarse quieto. Nada
cambiaba.
No hacía frío, no hacía calor. El aire no olía a nada,
ni soplaba la menor brisa. El sitio, despojado y estéril, me
hizo pensar que así debía ser el teatro en el que se
representan nuestro sueños cuando todavía no montaron la
escenografía.
La conciencia de la propia pequeñez era abrumadora,
y no hacía falta mucho cálculo para darse cuenta de que,
antes de cubrir siquiera una milésima parte del trayecto hasta
el horizonte, la sed y el hambre habrían dado cuenta de
nosotros.
Y que incluso lográndolo, no había razón alguna para
esperar otra cosa que descubrir que la arista proseguía
infinitamente, como un postulado de Euclides hecho
pesadilla.
Cuando hubimos caminado dos horas más, propuse
que descansáramos un poco. Nos sentamos en el piso, con la
espalda contra la pared, y le tomé la mano
335
336
Dentro de las cosas increíbles que pasaron y que
habrían de pasar, no fue la menos increíble el que me
quedara dormido. Ni la noche en vela ni el agotamiento
pueden explicar cómo, en una situación tan anormal, lograra
conciliar el sueño entre una pared y un piso duros como el
cristal. Pero así fue. Es más: me desperté sonriendo. Me puse
serio cuando ella me preguntó qué carájo me causaba gracia,
lo recordé, y sonreí más aún.
Al verla enfurruñarse más y más por mi egoísta
alegría, le expliqué.
-Mi plan. Acabo de acordarme de mi plan-Bárbaro. Ahora que la vieja nos jodió y nos metió en
la Dimensión Desconocida, tu plan va a ser de lo más útil.
Qué bueno que tenés buena memoria: por lo menos, vamos
a tener de qué charlar...-No, vos no entendés...Me costó elegir cómo empezar. Al final me inspiré, la
abracé fuerte, y le expliqué
-Cuando estuve seguro de que Nadie no era un loco,
y de que todo lo que decía de mi cortaplumas era cierto,
entendí que se había equivocado con respecto a qué había
que hacer con los Magos.
337
Él pensó que podía huir indefinidamente. Creyó que
se podía esconder para siempre de una secta mundial capaz
de voltear gobiernos y causar epidemias. Lo cierto es que,
por más que se ocultase, por más que usase su poder al
mínimo (al de él vamos a llamarle poder, nomás. Lo del
cortaplumas es una exclusividad mía), siempre, siempre lo
iban a querer rastrear. Tendría que anularse completamente,
como poseedor del talento y como persona, y, así y todo,
ellos iban a seguir deseando encontrarlo, y buscándolo con
todo lo que tenían. No se trataba de que los molestara: su
misma existencia era una amenaza con la que no podían, ni
querían, convivir.
Lo supe leyendo entrelíneas su relato. Cuando los
magos enloquecieron y llevaron al suicidio a su mujer, él
pensó que era un castigo por haber interferido con
Barcelona, pero yo lo entendí diferente. Pensé que lo habían
azuzado para que saliese a la luz, y así poderlo rastrear y
eliminar.
Fijáte como fue. Primero le pusieron en el camino a
una sarta de brujitos de medio pelo, sin valor, para ver si lo
reconocían. No pudieron, claro. Así que decidieron sacrificar
una ficha de más valor. Nadie encontró una noche al jefe de
toda una rama de los brujos y, amenazando con matarlo, le
pide explicaciones.
¡Y el otro se las da! ¿Te das cuenta? Se las da sin
saber a quien, sin ver arma ninguna con la cual pudieran
hacer efectiva la amenaza, sin dudarlo. No intenta mentir ni
ganar tiempo. ¿Tiene sentido? ¿Un gran maestro de la orden
338
más secreta que existe, le revela sus secretos al primer
desconocido que dice que puede matarlo?
Nadie, en su dolor (o ingenuidad) no repara en que
nada tiene sentido, pero, para mí, es evidente que querían
presentarse, mostrar cuán grandes y poderosos eran, y forzar
al viejo a hacer lo que hizo: viajar, dejar un rastro
perceptible, usar su poder. Quieto, en Barcelona, era local y
tenía todo armado para ser cualquiera. Viajando, teniendo
que improvisar, las posibilidades de que cometiera un error,
-o de que descubriera a otros como él- eran mucho mayores.
Batieron los matorrales, diríamos, para levantar la
presa. Una vez que la presa salió de su escondrijo, todo era
sólo cuestión de tiempo.
Más sencillo. En esta guerra entre Nosotros y los
brujos, Nadie creyó haber ganado la batalla de Barcelona, o,
por lo menos, y teniendo en cuenta la desgracia de su mujer,
conseguido un honroso empate. Pero, si uno lo mira bien,
hasta allí él era el perseguidor, el partisano, el comando que
hostigaba y mataba en secreto. El era el que tenía el poder
mayor, el que podía anularlos por completo, y el que los
buscaba, los descubría y los anulaba. Luego de la jugada de
los brujos, el balance de la guerra se dio vuelta. El se
transformó en un perseguido, en un ejército en fuga. Un
pordiosero que se escondía en la miseria de Lima, y que no
se atrevía ni siquiera a toser por miedo a que sus rivales lo
escucharan y dieran con él. Y los brujos consiguieron esta
victoria no con magia, ni con poderes sobrenaturales, sino
con el viejo truco de quebrar psicológicamente al rival.
339
A la luz de este error, me dí cuenta de que mi vida,
así, no sólo sería un infierno, sino que además estaba
condenada a perder el partido de entrada.
Por otro lado, si era cierto el razonamiento de los
Nosotros de Nadie –perdón por tantos pronombres- el
mundo era como era porque la constante aplicación de
nuestra habilidad lo mantenía dentro de ciertos márgenes
éticos. Usando y usando nuestro poder ejercíamos una
especie de paternidad sobre el tono general de la causalidad:
si dejábamos de hacerlo porque los brujos andaban
husmeándonos el rastro, ¿qué tono general iba a darle el azar
al universo?
No había términos medios, no había dónde
esconderse ni pido gancho el que me toca es un chancho.
Era pelear o morir.
Elegí pelearMe dolía el traste de tanto estar sentado en el piso,
así que me levanté y la invité a seguir caminando.
-La cuestión era cómo hacerlo. Yo no podía, por
ejemplo, destruir a todos y cada uno de los brujos; no había,
mentalmente hablando, forma de imaginar la desaparición de
millones de individuos que no conocía (acordáte de que,
para conseguir algo, primero tengo que poderlo imaginar).
Amén del hecho de que no me llamaba mucho la idea de
volverme un genocida, no importa cuán sinvergüenzas
fueran mis víctimas.
Pero encontré una forma de que otro lo haga por mí.
340
Empecé por fastidiarlos asidua y sistemáticamente,
como para que supieran que Nadie tenía un sucesor, y que
este resultaba ser un muchacho voluntarioso y molesto. Lo
hice desde barcos, para que no tuvieran una ciudad donde
buscarme, e incluso desde diferentes buques, para que les
costara encontrar la relación entre ellos y yo. La principal
razón para hacerlo así, sin embargo, era que, si bien este
método les complicaba el asunto de entrada, al mismo
tiempo les daba una serie larga de puntos que, unidos, iban a
apuntarme a mi tarde o temprano (¿Qué tan difícil puede ser
comparar roles con buques con fechas en puerto?). Quería
que me encontraran, pero no enseguida, para darme tiempo
a mostrarles cuántas cosas grandiosas podía hacer si yo
quería. Por un lado los enfurecía, y por otro, sabía, excitaba
la curiosidad y la codicia de alguno de sus mandamases.
Tenía que ser así, siempre fue así. Hay que destruir el
enemigo, por supuesto, esa fue la premisa básica de todas las
guerras de la humanidad, pero, si en el proceso uno se puede
quedar con sus riquezas, o con esa arma nueva, o con esa
novedosa tecnología del enemigo, y usarla para los propios
fines, tanto mejor.
Les tendí, en suma, una trampa parecida a la que
ellos le tendieron a Nadie: primero los picaneé para
enardecerlos, y luego me fingí perseguido para hacerlos
aparecer en el estado anímico que yo quería.
Ahora bien: en este juego de gualichos contra
cortaplumas no se dan cartas a cada mano, ni se mueve una
ficha por turno. Una vez que yo inicio una secuencia para
341
que pase determinada cosa, todos sus pasos se cumplirán
hasta el final, hagan lo que hagan los brujos. Es un poco
confuso, pero lógico. Yo hago algo parecido a las trampas en
los exámenes de matemáticas: empiezo por conocer la
respuesta. Si la respuesta está bien, me aseguro de elegir
todas las operaciones que conduzcan a ella.
El hecho que quiero que se cumpla en el futuro sería
mi respuesta. Mi cortaplumas tiene en cuenta todas las cosas
que pueden pasar para que ocurra, y todas las que pueden
impedirlo, incluyendo, supongo, las diabluras que harían en tal
o cual caso las brujas. Elige, entonces, un camino de
coincidencias en el cual todo salga bien para mí, y mal para
ellos. Me dice en cual de las puertas del laberinto del
presente empieza ese camino, y, una vez que entro por ella,
el destino es inmutable como una vía de tren.
¿Me seguís?-Te sigo. Hasta la sala psiquiátrica, parece, pero te
sigo-Ellos, por su lado, no lo hacen así, o, por lo menos,
no tan definidamente. No eligen el movimiento o la palabra
justa para conseguir el cambio, sino que usan fórmulas o
mezclas de cosas establecidas hace mucho, sumado a su
imagen de lo que quieren conseguir. No entran en una
secuencia lógica en particular, sino que repiten algo que
saben, desde tiempo inmemorial, que influye un poco en
todas las cadenas cuando se trata de lograr eso que buscan.
Sacuden el flipper, digamos, en la esperanza de que la bolita
vaya para donde quieren. El resultado, de todas maneras, me
342
puede incapacitar bastante, porque, si ellos hicieron algo para
que todas las cadenas posibles que empiezan ahora terminen
en, digamos, una racha de mala suerte para Bahía, entonces a
mi cortaplumas le va a costar muchísimo encontrar una que
me lleve a un resultado que contradiga lo dispuesto por ellos.
A veces es imposible, o requiere mucho tiempo para poderlo
llegar a conseguir, o un cambio en el hoy enorme y
estrafalario. Por más que te saquen el vidrio y te dejen usar la
mano, si el flipper está todo inclinado hacia un lado, te va a
resultar casi imposible disparar la bolita para el otro.
Es un juego extraño, en el cual el que juega primero
elige todas sus barajas para todas sus manos en el partido, o
acomoda a su criterio todas sus fichas en el tablero. Parece
fácil para el que es “mano”, pero no es tan así. Nadie conoce
el futuro ni la mente del rival, y se debe ser muy cuidadoso
con la elección que hagamos, ya que, y a diferencia de los
otros juegos, no existe la posibilidad de cambiar tu estrategia o de
recibir alguna mano afortunada más adelante. Lo que elegiste es lo
que vas a tener, y nada más.
Por ejemplo: una de las cosas de las que estaba
seguro era de que, una vez que me descubrieran, iban a tratar
de matarme. No porque supieran que yo era el que
buscaban, sino porque los datos iban a decirles que yo tenía
mucho que ver con esa persona (aunque, a fin de cuentas, el
resultado era el mismo). Cuando no pudieran –y me aseguré
de que no pudieran-, el siguiente paso lógico iba a ser
extorsionarme o presionarme con algo para obligarme a
obedecerlos. Mi idea era elegir yo, de antemano, cómo
343
habrían de hacerlo, así que dejé adrede un hueco en mi
armadura-Acá entra La Chica de la película-Claro. No sabía bien cómo, pero sabía que iban a
tratar de penetrar mis defensas a través del hueco de una
persona querida. Usé el truco más viejo del box o de la
esgrima: mostrar descubierto el lugar donde se quiere ser
atacado, para que no nos sorprendan con otro y lo podamos
usar. Es peligroso, pero está previsto, y permite el
contragolpe-Aaaaah, claro: tenés un contragolpe-¡Pero por supuesto!
Tenía un solo y grave inconveniente. Ni Nadie ni yo
supimos con certeza jamás si las brujas saben o no qué es lo
que pensamos. No son un club muy exclusivo, y desde los
comienzos de la humanidad reclutaron a todos los
fenómenos que podían. Mutación genética que aparecía, y
que el resto de la gente segregaba por monstruosa, era
acogida con los brazos abiertos por los hechiceros y brujas.
Si hubieran aparecido alguna vez personas con la
habilidad de leer la mente (no digo que haya ocurrido, ojo,
porque quizás sea imposible. Digo “si”), ¿con quién se iban a
asociar? ¿Con la iglesia de la edad media, con el islam
primitivo, con los hijos de Israel que tienen orden estricta,
en el Viejo Testamento, de “no permitirás que la bruja viva”?
344
Hoy es distinto: irían a las universidades, a los
servicios de inteligencia, o a la tele. Pero, si estos de que yo
te hablo existieron, deben tener desde el principio de la
humanidad una sociedad con lo esotérico. Y además una
práctica que se remonta a los Cro Magnon, de modo que no
serían un riesgo menor.
No sabíamos, tampoco, si podíamos usar el
cortaplumas para cuidarnos de ellos, porque, primero, no
podíamos imaginar cómo sería que lo hacían –así que
difícilmente podríamos imaginar cómo quisiéramos que no
pasaran las cosas-, y segundo porque, si no existían, y
nosotros decidíamos que les pasara algo a los telépatas
(diarrea, digamos), quizá estuviésemos haciendo que
aparecieran telépatas cómplices de los brujos, primero, para
que se pudiera cumplir luego nuestra disposición intestinal
para con ellos.
No podía correr el riesgo. Y por eso cometí el que,
para Nadie, era el peor de los pecados: la manipulación de la
mente-¿Y a quién manipulaste?-A mí mismo, por supuesto. Usé el cortaplumas para
que, en cuanto apareciese el primer síntoma de que los
brujos habían empezado a influir en mi vida, se borraría de
mi memoria mi plan y mi contragolpe. El primer síntoma, si
aceptaba que iban a tratar de usar a una persona amada para
imponerse, iba a ser que me enamorase de alguien, y mucho.
Sólo recuperaría la memoria cuando no hubiese ninguna
duda de que los brujos habían dejado de interesarse en mí.
345
¿Entendés?
Me
enamoro,
me
olvido
automáticamente del plan. Los brujos me dejan tranquilo,
recuerdo el plan.
Así, sin memoria, y sin ni siquiera yo saber qué había
planeado, ellos no tendrían forma de averiguarlo jamás,
telépatas o no telépatas.
Y funcionó, fijáte. La vieja no sospechó nada, y yo
acabo de recordarlo todo-La “persona muy querida”, ¿no podían ser tus
padres, tus hermanos, algún amigo?-Si, podían. Pero estamos hablando de jugar una sola
carta: no hay otra mano, ni forma de corregir la jugada. Uno
se juega y se arriesga por padres, hermanos y amigos, pero
sólo hace estupideces y lo pierde todo por la mujer que ama.
Es crudo, es cínico, pero es así. La proverbial yunta de
bueyes. No, no iban a correr el riesgo de que yo estudiase
sus amenazas con la cabeza fría: querrían, seguro, que
decidiese con el corazón y el bajo vientre-¡Qué romántico!-Romántico como la elección de dónde colocar una
carga de demolición, si...-Bueno, y ¿cómo dice tu plan que salimos de acá?-No lo dice, claro. ¿Cómo lo iba a decir, si yo no
sabía que me iban a meter acá? Estas son fichas colocadas
346
por los brujos, que yo no tenía forma de conocer. Imposible
prever cosas como esta-Entonces tu plan no sirve para una mierda,
perdonáme que te lo diga-No creas. Mirá nomás: me atacaron del modo
menos doloroso posible, conocí al amor de mi vida, cayeron
en mi contragolpe...-¡Contragolpe las pelotas!-...y tengo la seguridad de que vamos a salir de acá-¿Ah si? ¿Y se puede saber cómo?-No, ¿cómo voy a saber?
Pero una de las fichas que puse en el tablero futuro
fue esta: como no sabía qué me iban a hacer cuando ganasen
control sobre mí, qué tanto iban a imponerse sobre mi
voluntad, o qué tan indefenso iba a quedar después, usé el
cortaplumas para que la solución no estuviese en mí, sino en
donde las brujas menos lo esperasen. La salida a la trampa
que me pusieran iba a provenir precisamente de la pobre tipa
que ellas mismas hubiesen pretendido usar en mi contra-¿Yo?-En el futuro construido con mi cortaplumas las
brujas entienden que no pueden matarme, y encuentran un
solo lugar en mi armadura por donde golpearme: una mujer
muy amada. Usan a esa mujer para colocarme en una
situación X que me deja inerme. Pero, en ese mismo
347
esquema, me veo a mí mismo aliviado e infinitamente
agradecido a esa mujer misteriosa e imprecisa, a la que
adoro, por haberme devuelto la libertad y la posibilidad de
seguir peleando. No hemos hecho ningún censo, pero me
parece que la única mujer a la que adoro en este barrio sos
vos, así que-¡Pero no se me ocurre nada!-No te preocupes, la cadena de hechos está iniciada
hace mucho. Todo está dispuesto para que, en cierto
momento, sea inevitable que se te ocurra algo-¿Y si este “lugar que no puede ser” cambia tu
famosa secuencia de hechos, o queda afuera?-Puede ser, puede ser, sí. Pero no creo. De hecho,
llevás meses dirigiéndote a la respuesta o, por lo menos, a las
herramientas mentales necesarias para encontrar la respuesta.
Estas tres últimas horas pueden haberte asustado o
confundido, y por eso la demora. O, más probablemente,
estés juntando inconscientemente información que antes no
tenías para calcular la respuesta-Ricardo, lo único que espero es no haber tenido la
mala suerte de que el único tipo encerrado conmigo acá sea
un loco místico-Mi única locura sos vosNos abrazamos, felices de estar juntos, por un largo
rato.
348
A medida que la caminata se prolongaba,
empezamos a sentir los efectos del hambre y la sed. Nada
insoportable de momento, claro, pero si lo suficientemente
intenso como para que nuestra imaginación tuviese material
con qué trabajar. Feas imágenes de lo que podía ser el fin en
ese lugar nos rondaban la conciencia, volviendo como
moscas por más que tratásemos de ahuyentarlas.
Miré mi reloj. Afuera (si es que estábamos “adentro”,
me recordé) ya sería noche avanzada. Hice un ruidito de
fastidio con la lengua.
-¿Qué pasa?- se sobresaltó ella.
-Acabamos de perder el buque. Y la reputación-Mierda, no sabés lo preocupada que me tenía eso...-Tendríamos que buscar un lugar donde pasar la
noche-¡Pero si, chuchi, cómo no! ¿Te gustaría acampar
junto al lago, o mejor vamos a un hotel?-Me gustaría un lugarcito tranquilo donde apoyar el
traste. Con baño privado. Y NO me digas chuchiMe apretó la mano y apuró el paso. Entonces yo
también lo vi.: cien, doscientos, trescientos pasos más
adelante (imposible calcular las distancias si no había
perspectiva ni cosas con las cuales comparar tamaños) había
349
un bulto en el piso. Podía ser algo enorme muy lejos, o algo
pequeño cerca.
Resultó ser el cuerpo de un hombre. Aída no gritó,
como debería haber hecho si estuviésemos en una película.
Yo casi –un poquito-.
El cadáver tenía un aspecto extraño.
-No entiendo- murmuró Aída, con los ojos abiertos y
fijos en la cara reseca pero perfectamente conservada del
hombre. Largos cabellos de bucles afeminados se reunían en
un moño sobre su nuca. Lucía un jubón de terciopelo verde
que parecía comprado ayer, gregüescos acuchillados, medias
blancas hasta la rodilla, y zapatos charolados con grandes
hebillas de plata. De la cintura le colgaba un espadín de
mango hermosamente labrado, totalmente virgen de
herrumbre. Las manos, igualmente bien conservadas,
asomaban por unos puños de encaje blanco y parecían
querer clavarse en el piso.
Ninguno de los dos tuvo el estómago de revisar sus
bolsillos o sus ropas en busca de algún dato sobre quién
había sido o cómo había llegado a terminar sus días allí.
-No debe haber bacterias suficientes para
descomponer sustancias orgánicas. No hay moscas, gusanos
ni bichos que se hagan cargo de comerse y pudrir el cadáver.
Debe haber tardado años en evaporar toda su
humedad. Y después, nada. No hay cambios-
350
-¿Cómo que no hay bacterias ni microbios, si viven
en nosotros? Pueden cruzar por el espejo, también-Pero no pueden cubrir la distancia hasta acá.
Además- se me ocurrió de repente –¿cómo hace una bacteria
para caminar hacia atrás, si tiene simetría radial?
Pensándolo bien, tampoco las moscas pueden volar
hacia atrás. Ni conozco gusanos que caminen hacia atrás.
Debe ser por eso- Aída no me escuchaba. Caminaba
alrededor del cuerpo, mirándolo con la cabeza ladeada.
-¿Qué pasa amor?-La postura. Fijáte en la postura...Al principio no entendí, pero cuando finalmente me
dí cuenta, se me vino el alma al piso. El hombre estaba boca
abajo, con la cabeza vuelta y las manos extendidas hacia el
sitio del cual veníamos. Parecía evidente que había muerto
tratando de volver al punto de partida. Era una macabra
señal vial que nos advertía de lo inútil de nuestro intento de
seguir la arista en esta dirección, ya que, o el hombre había
entrado por donde entramos nosotros y se alejó en vano en
busca de un escape, muriendo en el intento de volver, o
entró por otro lado y vino hacia nuestra entrada, convencido
de no poder volver por donde entró.
En cualquier caso, no había nada en la dirección en la
que veníamos caminando. Y si estaba en la dirección
opuesta, el tiempo y la energía perdidos en llegar a este
punto y volver a donde estaría el espejo, comprometía
mucho nuestras posibilidades futuras.
351
No
hicimos
ningún
comentario.
Ambos
comprendimos lo mismo, y no había nada que decir. Dimos
la vuelta, mirando descorazonados todo lo que habíamos
recorrido. Volver parecía inútil. Seguir era inútil.
Así que empezamos a volver.
A los dos pasos me detuve, tentado por el espadín.
Maldita la falta que me hacía, pero me atraía la perfección del
labrado y, sobre todo, el que estuviera ahí para cualquiera
que quisiera tomarlo. Casi me lo llevo. Era un arma después
de todo, me dije. A último momento, sin embargo, me
acordé de mi navaja marinera, con su familiar presión en mi
bolsillo trasero, y se me ocurrió que, de quedar como el
pobre tipo, no me gustaría que viniese algún extraño a
revolverme los bolsillos y sacarme lo poco que me había
quedado. Dejé todo igual, y alcancé a Aída.
-¿Sabés de qué me estaba acordando?-No me puedo imaginar-Del “Viaje al Centro de la Tierra”. De la parte en
que les quedan dos o tres días de agua. Llegan a la mitad del
plazo, y, entre volver o seguir, Lindenbrook decide seguir,
sabiendo que es una decisión sin retorno. De chica me
angustiaba todo eso del punto de no retorno, de un límite
que, cuando uno lo supera, hace más peligroso volver que
seguir-Siii... adoraba ese libro-
352
-Si no hubiésemos encontrado ese cuerpo, habríamos
pasado el punto de no retorno sin darnos cuenta. Puede ser
que eso fuese lo que le pasó a él-Si... ¿te acordás del puñal oxidado de Arne
Saknusem en la playa, que les marca la dirección en que
tenían que seguir? O si no, otra: los esqueletos que Flint dejó
en La Isla del Tesoro como señales de tránsito... -Lástima que no sabemos si son señales ciertas o no,
o exactamente qué señalan...-vos tranquila. No sólo vamos a salir de acá, sino que
incluso vas a tener el honor de invitarme a cenar cuando lo
hagamos-Ja. Todavía estoy con la ropa de la playa: lo único
que tengo en los bolsillos es arena-Excusas, siempre excusasSeguimos hablando un rato. Llegó un momento, sin
embargo, en que ya no pudimos caminar más. El cadáver se
había perdido en la distancia, y decidimos acostarnos.
De acostarnos juntos –usamos parte de la ropa como
almohadas- pasamos a abrazarnos. Los abrazos llevaron a los
besos, los besos a las caricias y a la desnudez apurada y,
finalmente, luego del ansioso tocar y lamer y arañar y morder
del juego más placentero de todos, resonaron en aquel sitio
los jadeos y los gritos del amor, quizá por primera vez en
toda la eternidad.
353
Luego si, dormimos pesadamente.
354
Desperté exquisitamente contracturado por dormir
sobre el piso duro, amén de tener parte de ella durmiendo
sobre mi brazo y mi pecho. Hice lo que pude por ver mi
reloj sin despertarla. Las ocho AM, dato que no me resultó
en absoluto útil ni significativo. No me pareció que fuese
importante apurarse, y decidí dejar que Aída gozase del alivio
del sueño todo lo que pudiese.
Más tarde saqué mi brazo con cuidado y lo
reemplacé por lo que había usado de almohada. Con mucho
más cuidado me salí de debajo de la cabeza de Aída, y la
apoyé sobre otro bulto de ropas.
Logré sentarme a su lado sin despertarla.
Me sentí frustradísimo por no poder tomar el mate
de la mañana. El hambre, el riesgo, el espanto de estar
perdido en una caverna infinita, tuvieron que esperar:
primero me preocupó el mate. Bicho raro el criollo...
Me enderecé, pensando y repensando nuestra
situación, dándole las mismas vueltas que ya le había dado
ayer, y sintiendo, otra vez, el pánico subiéndose a la garganta
como un regüeldo apenas contenido.
No parecía haber forma de salir de allí ni, si la
hubiese, de cubrir la distancia hasta ella sin agua ni
provisiones. Siguiendo con los libros de mi infancia,
estábamos como Tom Sawyer y Becky Thatcher en la cueva
del indio Joe, sin Mark Twain cerca para darnos una mano.
Y por más que ante Aída mostrase una fe ciega en que lo
355
programado por mí nos sacaría de aquel sitio, íntimamente
lo dudaba más a cada instante.
Me alejé de la pared unos ochenta pasos para el alivio
de todas las mañanas. En la mitad del proceso, escuché a
Aída llamándome asustada.
-Hagamos un pacto- le dije en voz alta, para que
supiera dónde estaba -No me espíes ni me interrumpas a mi,
y yo no te espío ni te interrumpo a vosMe contestó con un “¡Bueno!” risueño, y poco
después intercambiábamos lugares. De cara a la pared,
busqué tema de conversación para hacer un poco menos
incómodo el momento.
-Soñé que nadaba- empecé -Iba y venía por un río
tibio, transparente, y me movía tan rápido que dejaba estela.
En vez de peces había medialunas, y las iba comiendo al
paso. De jamón y queso, te aclaro, y calentitas encima-Si Freud te hubiese conocido, se hubiera hecho
odontólogo-¿Y vos?-Soñé con la escuela-¿Primaria o secundaria?-La Escuela. La de Náutica. Acordáte que es una
pesadilla-Ah. ¿Y?356
-Estaban explicando algo muy sencillo, pero yo no lo
entendía. Un diodo era, me acuerdo. Como funcionaba un
diodo. Sabía que era una estupidez, que tenía que serme fácil
de entender, pero el profesor se enojaba porque tenía que
repetírmelo una y otra vez, porque a mi no me entraba-¿y ya está?-Eso sólo, siJunté coraje para encarar lo inevitable.
-Bueno. ¿Vamos?- Tuve miedo de que me contestase
“¿A dónde?”, pero no me falló
-VamosY de vuelta a caminar. Paso a paso, centenar de
metros a centenar de metros, acercándonos lentamente a
donde habíamos dejado la canasta, deseando llegar, por un
lado, y temiendo la decisión que habría que tomar al llegar,
por el otro. Nuestros pasos eran lentos y para nada
animosos; la charla, esporádica y moribunda.
Me di cuenta de que estaba tan ensimismado en mis
pensamientos que había ignorado a Aída por un cierto rato.
Me había hablado y parecía confundida. Le pedí que me
repitiera lo que había dicho.
-Que qué dijiste de las bacterias-Que si entraban no podían cubrir la dist-
357
-No, no, eso no. Lo de no poder entrar ¿”para
atrás”?-Claro. No tienen atrás. Bah, algunas si, porque se
mueven siempre en la misma dirección. Tienen un flagelo
que las impulsa. Pero, igual, aunque tuviesen un “atrás” no
podrían dar marcha atrás, porque-¿Pero qué tiene que ver eso con entrar o no?-No se puede entrar de frente. ¿O vos cómo
entraste?-Me empujaron y caí de culo acá, pero no creí que
fuese por necesidad de la puerta, sino por lo brutos que eran
los tipos que me trajeronEntonces le conté los detalles de mi intento de no
cumplir con la bruja, mi intento fallido de entrar de frente, y
las instrucciones que me permitieron pasar por el espejo.
-Otro dato de esos que sólo sirven para entender
cada vez menos- concluí. Pero no me prestó atención.
Parecía concentrada en una idea.
-Digo yo: ¿y si...-¿Mh?-No, nada-No, dale, decí: el viaje es largo y la charla escasea.
Escasea de todo, bah, pero la charla todavía la podemos
fabricar358
-Es una pavada-Mi tema favoritoBuscó las palabras
-¿Y si fuera un diodo? No un diodo en sí, sino algo
que se comportase como un diodo.
¡Es un lugar tan loco....! a veces parece un sitio donde
se cumplen las mismas cosas que en el nuestro: hay aire, hay
gravedad, hay una temperatura aceptable...podemos vivir, y
charlar como si estuviésemos paseando por la playa. Pero a
veces parece el espacio exterior: no hay cielo, no hay límites
a las distancias...No hay texturas, sacando este vidrio negro,
y todo está iluminado sin que se pueda saber de donde viene
la luz.
Esto no es normal, Ricardo. No digo que sea raro.
Una caverna es rara, una fosa bajo el mar es rara, el centro
del amazonas es raro. Esto es diferente de todo eso, de todo
lo que conocemos: tiene otra geología, otra geografía, y no
tiene biología ni química. ¿Por qué iba a tener nuestra misma
física?
Mi idea del diodo...el diodo permite pasar la corriente
con facilidad cuando tiene un sentido, y se cierra cuando lo
quiere penetrar en sentido opuesto. Está hecho de un modo
tal que los elementos más pequeños de la electricidad sólo se
pueden desplazar en una dirección.
359
A lo mejor, acá, el espacio...no sólo tiene nuestras
tres dimensiones, sino además una condición especial que lo
hace existir para un solo lado-No te sigo...nuestras partículas, nuestros electrones,
no saben cual es nuestro “adelante” o el “atrás”-Yo no dije que lo entendiera, ni siquiera dije que
fuese lógico. Y no hay razón para que, si suspendemos la
física, sigamos insistiendo en mantener la lógica.
Me atengo a lo que me explicaste. Un ser vivo no es
un conjunto de partículas, es una organización compleja,
hecha de esas partículas, mas la forma física que toman, más
las infinitas relaciones que las organizan, más la conciencia
del ser vivo. Toda una filarmónica tocando. Bueno: parece
que la orquesta puede entrar en el sentido en que la melodía
que toca determina su norte y su sur, su arriba y abajo, su
positivo y su negativo.
Perdonáme el delirio: yo sé que es tu área de
especialización, pero creo que tenemos que concentrarnos
en ver de entender cómo funciona esa puerta...-¿Salir de espaldas, como entramos, decís? Hice la
prueba apenas entré, y fallé. Y cualquiera que haya entrado
alguna vez como entramos nosotros debe haber pensado en
lo mismo-No, no digo eso, ya se que no funciona. Digo
continuar el circuito. Como si fuésemos electrones. Seguir en
la misma dirección y forma en que entramos360
Miré el horizonte. Pocas veces me sentí tan cobarde
como aquella.
-¿Para allá?-Ahá-Te das cuenta, por supuesto, que para allá no se ve
nada, ¿no?-El espacio acá tiene tres dimensiones. Derecha,
izquierda, o el horizonte. Por ninguna de las tres se ve nada-Si pero por lo menos hay una pared sólida. Siempre
puede haber una grieta, una escalera, un-Mirala bien. No es una pared. Es el fin del mundoLa miré, la toqué, traté de rayarla con mi navaja, y
hasta la lamí, a ver si sabía a algo.
-Ricardo, esto no tiene, ni tuvo, ni va a tener grietas.
Ni siquiera sabemos si está ahí. Esto es simplemente un NO
a esta dirección, que es la que falta.
Hasta es posible que no sea así como la vemos, sino
diferente, y esta es la única forma que tiene nuestra mente de
entenderlo-Bueno, si, pero ¿Para allá? ¡No hay nada, Aída,
sacando un millón de kilómetros de piso!-En la pieza donde me empujaron, por donde vos
entraste, había un espejo...
361
-Si-Y nada más. Pero al caminar para atrás aparecieron
este millón de kilómetros de piso...No se, no puedo
demostrar nada, ni dar ninguna garantía. Si no querés,
seguimos buscando junto a la paredMe quedé parado, con los brazos en jarras. Me rendí
-...con probar... - suspiré.
Mentira: con probar podía perderse todo. Pero, a
falta de otra sugerencia mejor –de otra sugerencia, punto-,
era la mejor idea que habíamos tenido.
362
Llegamos a la canasta, y encontramos en ella algunas
migas que habíamos despreciado la última vez. Las juntamos
con la precisión de un cocainómano, y las repartimos en
partes iguales.
Hecho esto, nos pusimos de cara a la pared, como si
recién hubiésemos llegado desde el caserón (la ñata contra el
vidrio, como en el tango), y nos largamos a caminar marcha
atrás.
Que uno pueda sentirse ridículo en un universo
imposible y cuando su vida vale tan poco que regalada es
cara fue, para mi, un descubrimiento fascinante. Pero fue así.
Caminar de espaldas, de la mano de la novia de uno,
mirando un paredón negro infinito, cuando su estómago lo
está intimando a que beba y se alimente a la brevedad
porque la cosa se está poniendo seria en el departamento
provisiones, me daba vergüenza. Y, de hecho, sentí un
profundo alivio de que no hubiese testigos de nuestra
desesperación idiota. Aída callaba, pero mordía su labio
inferior. Tenía la expresión con que mira la bolita de la ruleta
el jugador quebrado que apostó su última ficha.
La única referencia de que nos alejábamos era el
constante empequeñecimiento de la canasta (pared y aristas,
sin bordes ni fin visibles, se verían iguales a cien, mil, o un
millón de metros). Llegamos a perderla completamente de
vista, y seguimos una hora más. Mis pantorrillas pedían
descanso a los gritos ante semejante novedad que se me
había ocurrido imponerles, e iba a decírselo a Aída cuando vi
lo que ocurría.
363
-Mierda-¿Qué?-Mirá la pared-Capaz que no te diste cuenta, pero hace horas que
vengo mirando la pared... -No digo que la veas: digo que la miresSu respuesta fue una boca abierta, porque había
terminado por ver lo mismo que yo. Después de todo, era
lógico. No había colores ni sombras, la perspectiva no
existía, no había puntos de referencia ni marcas de ningún
tipo. Sobre todo no había borde superior de la pared.
Insensiblemente, había ido pareciéndose cada vez más al
horizonte hasta que, en este punto, terminó por serlo.
Ambos volvimos la cabeza (un poco, y siempre
caminando para atrás), movidos por el mismo razonamiento:
si la pared, al alejarnos, se volvía horizonte, el horizonte, al
acercarnos,..¿qué?
Y ahí estaba: Una pared –otra pared- negra y
cristalina, acercándose con una lentitud desesperante. No me
atreví a creerlo, no me quise apurar por alegrarme de la
ilusión óptica que hacía aparecer el horizonte mucho más
lejano de lo que en realidad era, pero, además, no quise
tampoco que esta nueva pared me hiciera abrigar demasiadas
esperanzas. No habíamos tenido mucha suerte con la pared
anterior y, por ahora, nada indicaba que esta fuese diferente.
Lo más probable era que termináramos golpeando nuestras
364
espaldas contra ella y nos sentáramos en el piso a llorar
juntos.
A último momento, sin embargo, vi algo que, a pesar
de patearme feo en la lógica, me dio una cierta lucecita de
ilusión.
- “Puerto Grauben-" le dije a Aída. Me miró de no muy
buen humor, y le expliqué -Viaje al Centro de la Tierra otra
vez. El mar interior. Bautizan la playa “Puerto
Grauben”.Salen en una balsa y una tormenta eléctrica les
arruina el compás. Navegan y navegan, y, cuando creen
haber cruzado el mar, llegan aMiró de un cabezazo. Cuando se la señalé con el
dedo, también ella vió la canasta que habíamos abandonado.
-No puede ser...-Precisamente. Veo que estás captando la onda del
lugar -Pero... -No, sin peros. Te amo suena mejor. Oí: te-a-mo-Y yo también, con todo lo que tengo. Y no me
vengas con que soy tan flaca que no debe ser mucho, porque
te pongo en dieta erótica hasta que pidas perdón llorando a
los gritosLlegamos a la canasta. No era una canasta parecida,
no era otra canasta, no nos había parecido que era una
canasta. Era la nuestra, limpia de migas como la dejamos,
365
idéntica en su mugre y su vejez. Dimos un par de pasos
hasta acercarnos a la pared, y le echamos una mirada
angustiosa a todo el loco paisaje en que nos encontrábamos
prisioneros, al cual quizá veríamos por última vez en el
próximo paso, o veríamos hasta el último instante de
nuestras vidas si esto no funcionaba.
Nos tomamos de la mano con fuerza, y dimos el
último paso hacia atrás con fuerza, como para que doliera si
la pared era tan sólida como parecía. No es que quisiéramos
hacer fuerza para salir (ya sabíamos que eso era imposible).
Simplemente ya no podíamos soportar el suspenso. Fue más
una zambullida hacia atrás que un paso, y todos los instintos
se revelaron contra ese estúpido movimiento que nos
estrellaría la nuca contra el muro.
Resultó ser que, en vez de eso, se nos engancharon
los talones con el marco y nos caímos de espaldas, con un
tremendo escándalo, en el piso de pinotea de la habitación.
La vela se había apagado, y la oscuridad era casi total,
pero el contorno de las ventanas, el olor a Brasil, la madera y
los mosquitos no nos dejaban ninguna duda respecto a
donde estábamos. Con el cóccix magullado y dolorido, nos
abrazamos y nos reímos hasta las lágrimas.
Enseguida nos silenciamos el uno al otro: había muy
pocas posibilidades de que la vieja hubiese dejado alguna
guardia cuidando por si salíamos, pero no queríamos correr
riesgos. A tientas, en total silencio, buscamos la puerta y
salimos a la calle, alejándonos a la carrera un par de cuadras.
366
Afuera empezó a llover como de la ducha. Nos
paramos en el medio de la calle y bebimos lluvia con la
cabeza en alto y la boca abierta.
Resultó que había llovido durante las últimas treinta
horas –no hay clima más entretenido que el de los trópicosasí que el buque, no habiendo podido operar, seguía en
puerto.
Improvisamos un mal cuento sobre una excursión a
una playa algo alejada, un hurto de dinero y documentos, y
varias tristes peripecias para poder regresar. Nuestro aspecto
arruinado reforzó nuestra historia, y el apetito con que
comimos todo lo que se nos puso delante terminó de
convencer a todos de lo mal que lo habíamos pasado. No
consideramos práctico hacer ninguna denuncia policial, y, al
cabo de una cuantas preguntas de parte de los más curiosos,
nos dejaron tranquilos.
Tomé guardia enseguida para que el segundo oficial
pudiese recuperar el tiempo perdido, y Aída, después de
habérsele prohibido el tercer plato de fideos con estofado, se
fue a dormir, y no reapareció en veinte horas.
367
368
POPA:
En popa teníamos una pileta. Bueno, quizá sea una
forma un tanto pretenciosa de referirse a ella. Era una
armazón de caños de cuatro metros de lado, por dos de alto,
dentro del cual se colocaba una pileta hecha con encerado de
las tapas de bodega. Para aquellos que no tengan a su lado
un diccionario náutico (porque hay todo, insisto) un
encerado era una lona resistente, plastificada, generalmente
verde, que algunos llaman gutapercha, y que tenía ollaos para
pasarle cabos. Basta: no voy a explicar lo de los ollaos.
No se podía practicar natación, pero tampoco se
hacía pié, así que se podía flotar cómodamente. Todos los
días se vaciaba y se volvía a llenar con un espumoso chorro
de agua de mar proveniente de una manguera de incendio,
cosa que la mantenía limpia, fresca y cristalina.
Desde que la armaban, y hasta que el clima ya no
justificaba que juntase más óxido sobre cubierta y la
desarmaban, yo dejaba de almorzar para aprovechar ese
hueco en el horario de trabajo todos los días y me pasaba un
par de horas al sol y en el agua. (A diferencia de los oficiales
de cubierta, para los de máquinas el mar, el sol, la luna y las
estrellas no son objetos rutinarios de trabajo, sino deliciosas
excepciones al mismo).
Allí volví a ver a Aída. Saqué la cabeza del agua y la
encontré sentada en el borde de la pileta, sus piernas blancas
sumergidas apenas hasta la rodilla. Le sonreí con simpatía.
369
Debía ser la única mujer a la que una bikini le podía quedar
holgada.
-O te metés al agua o te ponés un sobretodo: con
este sol, puedo ver la bandera a través tuyoSe zambulló. Tras verificar que nadie nos veía, me
dio un beso rápido.
Pasamos un rato largo charlando y discutiendo
nuestra bizarra experiencia en Bahía. Cada uno tenía su
propia teoría respecto al lugar que acordamos bautizar “no
puede ser...”, y, tras defenderlas y refutar la del otro durante
casi una hora, llegamos a la conclusión de que ambas eran
igualmente traídas de los pelos. Esa cosa estaba fuera de toda
experiencia y de toda posibilidad, y quizá lo mejor fuese
conformarse explicándola así. Seguimos un rato más,
comentando aspectos secundarios del asunto (“Quién sería
el cadáver, cuántos más habría, cómo llegaban otros allí, de
dónde salía el aire”, “tendríamos que haber roto el espejo al
irnos, y qué les pasaría a los que quizá estuvieran adentro si
hubiéramos podido”, etc.), y cuando nos quedamos sin
comentarios y sin ideas, pero igual de oscuros sobre el
asunto, Aída sacó el tema que realmente nos interesaba.
-¿Y ahora?-¿Y ahora?- respondí zumbón.
-¿Ahora qué vas a hacer?-Nadabroma.
370
Me miró de reojo, como recelando una
-¿Cómo que “nada”? ¿Tanto trabajo que te tomaste,
tanto hacer planes y cumplirlos puerto a puerto, y ahora, que
no sólo sigue habiendo brujos, sino que, además, su Jefa es
más poderosa, ahora te vas a quedar sin hacer nada? ¿No vas
a hacer nada, en serio?-No, nada nada, no. Pensaba irme de vacaciones.
Con vos, si tenés ganas... -Hablo en serio, Ricardo-Yo también- Me dí cuenta de que mi fingida
inocencia estaba llegando al límite peligroso del encendido
de su enojo, así que me largué a explicar -¿Vos todavía no lo
entendiste, no?-¿Entender qué?-Es como dice el Tao Te Ching- Levanté mi índice
derecho y proseguí en tono doctoral -Dieciséis rayos
convergen en el cubo de una rueda, pero es sólo por el vacío
en el cubo de la rueda que ésta funciona y tiene sentido. Así,
el hombre sabio actúa por la inacción”-¿Te dije ya que pensaba que eras un pedante
insoportable, no?
A ver, Pequeño Saltamontes, aclaráme un poquito
esto. Y bajáme ese dedito, por favor-Yo estoy haciendo todo lo necesario precisamente
porque no estoy haciendo nada. Mi acción es no actuar371
Me miró a los ojos. Subió y bajó rápido las cejas, en
una interrogación de lo más autoritaria. Una chica de poca
paciencia, Aída...
-Como ya te expliqué, no podía acabar con todos los
magos, porque no los conocía, ni me podía imaginar cuál era
la mejor forma de hacerlo. Y tenía que realizar una matanza
que mi ética no aprobaba. Y, además, era mucho trabajo...
Mi plan consistió en ubicar a la persona más idónea
para ese trabajo, y forzarla a hacerlo.
Tenía que ser una persona poderosa en esto de
manejar la causalidad, tenía que desear la desaparición de
absolutamente todos los magos, y tenía que ser alguien con
pocos o ningún escrúpulo ético.
Uno de los Nosotros satisfacía la primera y segunda
condición, pero no la tercera, así que no me servía (amén del
hecho de que, quizás, no hubiese otro más que yo). Los
brujos cumplían con la primera y la tercera, y tenían además
el mérito de ser abundantes, así que mi problema era
conseguir uno que cumpliera con la segunda.
Para asegurarme el éxito, tendría que usar al más
poderoso de todos. Mi forma de “pescarlo” fue, en lugar de
disimularme como Nadie, ostentar mi cortaplumas y tentarlo
con la idea de poseer mi cortaplumas. Los pinché y los
hostigué para enfurecerlos y obligarlos a actuar y, al mismo
tiempo, subrepticiamente, le hice publicidad a todas las cosas
fabulosas que podía conseguir si quería. Traté de que les
quedara en claro que, si se me daba la gana, yo solito los
372
desposeía de todo poder durante todo el tiempo que se me
ocurriese, asumiendo que, si en las alturas de sus jerarquías
había la misma carrera de ratas que en todas las altas
jerarquías del mundo, sin duda la cabeza de la organización
estaría más preocupada por los subalternos que conspiraban
por derrocarlo, que por los enemigos externos. Para ese tipo
de paranoico, el tener acceso a un método seguro de
conservar a los subordinados impotentes debía ser una
tentación irresistible.
Y tuve éxito, fijáte. Tentándolos, provocándolos, y
publicitándome, conseguí que la Jefa de las Brujas en
persona se presentara. No era algo fundamental, tampoco:
mi plan B era entregarle el poder al que enviaran a acabar
conmigo, fuese quién fuese. Pero si venía alguno de los más
importantes, mucho mejor.
Dándole el poder a la bruja, acabé con los Magos,
Las Brujas, los Hechiceros, y cuanto zonzo anduviese por
ahí metiendo los dedos en la causalidad-¿Por qué, cómo podés estar tan seguro? ¿No habrás
estado mucho al sol?-Pensá. A Nadie lo mandaron ejecutar por tres
criminales hipnotizados. A mi me vino a buscar La
Autoridad en persona. ¿Fue por respeto, me tenían más
miedo que al viejo, no confiaban en la mano de obra local?
No. Nada de eso. Vino en persona, y trató conmigo a solas,
porque se tentó.
373
No se conformó con sacarme de circulación (aunque,
si las cosas salían mal y no había forma de quedarse con mi
cortaplumas, como ella dijo, podía considerar una victoria el
simplemente impedir que yo volviera a molestar jamás), no,
no se limitó a terminar conmigo: quiso quedarse con mi
cortaplumas para ella sóla –no para su Orden, o su Clan, o
su Sindicato, o lo que fuese-. Date una idea del riesgo que
corrió: me enfrentó sóla para no tener testigos, pero eso la
dejó sin la posibilidad de presionarme si yo me negaba a
negociar. Hubo un momento en que yo pude negarme a
pasar por el espejo y conservar el cortaplumas, y, por más
que eso de la mujer ideal tenía su peso, ella no me conocía. No
sabía qué tan cínico podía ser, o qué tan ambicioso. No sabía
qué clase de tipo era yo. Tampoco sabía cual era
exactamente el alcance de mi poder, o qué tanto daño podía
hacerle a ella si las negociaciones fracasaban. Pero así y todo
se jugó, se arriesgó a arruinar todo su plan y a perder la vida,
sólo por tener la posibilidad de extorsionarme y conseguir el
bendito cortaplumas-¿Y? Ahora lo tiene. Hace lo que quiere, ahora...-La idea es que, una vez dueña ahora del poder de
Nadie y los Nosotros, también es dueña del mismo dilema.
Si lo usa, molesta e irrita a los demás Magos, y si los Magos
usan mucho sus trucos, interfieren con su poder...-Ahhh....-¿Vas viendo? La puse en la misma posición en que
estaba yo. No la creo una persona muy leal a su gente (la
prueba es que trató conmigo en secreto), no la creo una
374
persona que sienta escrúpulos al momento de librarse de
quienes se ponen en su camino, y, cosa mucho más
importante, a diferencia mía, ella sí los conoce a todos por
nombre y por cara. Puede encontrarlos, conoce sus
debilidades, sabe cómo pelean y hasta sabe dónde duermen.
Si todo sale como yo creo, en tres o cuatro meses (o
menos, porque no puede dejarlos reaccionar mucho por
aquello de que es un juego que gana el que juega primero) va
a quedar sóla en el mundo de la magia.
O falló y la liquidaron, cosa que también es un buen
resultado, atención, porque el número de bajas va a ser alto,
y yo me libro de una enemiga muy poderosa.
Es más: espero que, temiendo que aparezcan nuevos
magos que puedan amenazarla, o que los que sobrevivan
encuentren recursos para intentar derrocarla, tome medidas
para que el conocimiento de su “arte” se pierda. Si yo fuera
ella, por lo menos, destruiría todos los textos y enseñanzas
mágicas sobre las que pueda poner mano. Sabría que yo no
las iba a necesitar, sabría mejor que nadie donde están
escondidas, y sabría cuánto daño me podrían hacer si mis
enemigos se pusiesen a estudiarlas.
Por eso, mientras la vieja trabaja, yo voy a hacer
Nada y a tomarme vacaciones. Ni barcos ni cortaplumas por
un tiempo: no quiero que ni por casualidad sospeche que
sigo respirando y pudiendo estropearle el día, así se puede
concentrar en sus nuevos rivales y los liquida con
tranquilidad- sonreí con mi mejor sonrisa de as de espadas.
Ella no pareció convencida.
375
-Si, si: todo lo que quieras- replicó -Lo tuyo será muy
astuto, y muy Lao Tsé, pero la vieja sigue teniendo todo el
poder y sigue siendo tan mala como antes...-No es problema. Nadie puede darse aires de
entender perfectamente cómo funciona esto (“Nadie” como
quién dice “ninguna persona”, no por el viejo), pero, de
acuerdo con Nadie, va a ser inofensiva (“Nadie” por el viejo.
Es una confusión homérica, cierto, y muy culta, pero ya me
está aburriendo un poco)Me volvió a interrogar con la cejas. Proseguí
-Cuando lleguemos a Baires, voy a darte a leer los
papeles del viejo. Quiero que los leas, a ver si llegamos a las
mismas conclusiones. Ya se sabe: los mismos hechos, vistos
por diferentes temperamentos, tienen diferentes lecturas.
Nadie era un inglés victoriano romántico. Yo, un
latino moderno y cínico. Tengo una escuela más lógica y más
prosaica. El descubrió cosas que yo nunca hubiera tenido la
locura de empezar a investigar; yo descubrí cosas, en lo que
él contó, que él nunca cuestionó.
Por ejemplo, ¿te acordás de lo que te conté respecto
a cómo llegó él a adquirir el poder? ¿Un viejo de Barcelona,
que le terminó de explicar las reglas y despareció para,
supuestamente, ir a morirse? Bueno, Nadie, romántico hasta
las tuercas, tomó las “reglas” como tales, al pié de la letra, y
se dedicó a cumplirlas, sin pasársele por la cabeza
cuestionarlas o explicarlas. En su forma de pensar,
estructurada, respetuosa de la ley y la autoridad, una
376
disposición traída de los pelos era perfectamente válida,
porque era una de las prerrogativas del que manda el ser
caprichoso con las normas que dicta. Mientras estas reglas
no lo perjudicaran, ni fueran contra su ética, podían ser todo
lo misteriosas que quisieran.
Para mí, resultaban inadmisibles. Me doblego sin
chistar ante lo razonable, pero no soporto las órdenes
fundadas apenas en un “porque lo digo yo”.
¿Por qué “sólo podía haber uno de nosotros a la
vez”? ¿Por qué él no pudo acceder a su don hasta que el otro
se cansó de vivir, ni yo al mío hasta que él estuvo
moribundo? Parecía la orden de un dios caprichoso, sonaba
bastante rara, pero, así y todo, Nadie la cumplió, demorando
su cita conmigo hasta el fin, cometiendo errores y, quizá,
perdiendo incluso su última posibilidad de salvarse.
A mi los dioses caprichosos me ponen pendenciero y
retobón, así que me puse a pensar en el asunto, y llegué a
otra conclusión que, modestamente, me parece más correcta.
No podemos coexistir con el mismo cortaplumas,
porque nos anulamos el uno al otro
¿Entendés? No es difícil. Si yo programo recibir de
regalo un perro esta navidad, y efectúo el cambio necesario
ahora para que todo desemboque en ese perro llegando a mí
el 25 de diciembre, todas las cosas van a encadenarse en una
secuencia que no admite ninguna variante. No hablo sólo de
mis cosas, porque no son sólo mis cosas las que van a
desembocar en el perro, sino todas las cosas del universo.
377
En mayor o menor medida, todo tiene que cambiar de cierta
forma para lograr el perro. Cambiar un concurso en
Tailandia, modificar una marea de gas en Júpiter, errar un
penal en Boca: si otro las pidiera, serían consecuencias de
causas distintas, y yo me quedaría sin perro. Mi cortaplumas
me asegura que el cambio que yo hago dispone una única e
inevitable serie que, como diría Nadie, “no puede ocurrir de
otra manera”
Si hubiese otro con cortaplumas, aun con la misma
capacidad que yo, no le serviría de nada mientras yo usara el
mío. Y viceversa.
Quizá, cooperando, podríamos turnarnos, quizá
pudiésemos hacer ejercicios a muy corto plazo (uno o dos
dias a lo sumo), o encontrar alguna forma de organizar lo
que ambos buscamos, pero nunca, jamás, actuar
simultáneamente. Y muchísimo menos hacer programas a
largo plazo-Pero vos hiciste programas a largo plazo: los brujos,
entonces, no podrían haber hecho nada hasta que tu
programa terminara-Ni yo tampoco. Fijáte que todas las cosas que
arreglo con mi cortaplumas son, o cambios en el estado
presente de las cosas (saber pelear, como en Houston, tener
un gatillo que me borre la memoria cuando una flaca
pelirroja me vuele los sesos, ser resistente a enfermedades y
venenos, saber cosas dentro de un espacio de tiempo, ser
“increíble” para los que busquen al heredero de Nadie, etc.),
o cambios a muy corto plazo (calmar un temporal que va a
378
atacar mañana al buque, hacer aparecer una billetera dentro
de un rato, o saber algo dentro de un rato). No me conviene
arreglar algo a plazo muy largo, porque restrinjo mucho mi
capacidad de hacer otras cosas en el ínterin. No me bloquea
del todo, ojo, pero tengo que tener presente qué planeé a
futuro, e incluirlo en mi plan futuro, porque, si uno
contradice al otro, el segundo no es posible.
Es un engorro andar acordándose de todo, creéme.
Yo, por ejemplo, siempre me tengo que acordar de aquello
de que soy “no creíble” como dueño del cortaplumas, o de
que ni balas ni cuchillos ni veneno ni víboras ni leones ni,
etc., me van a poder dañar, porque, si no lo tengo presente,
mi cortaplumas no corta-Sigo sin entender: si podés anular a los brujos, ¿por
qué no hacés que ocurra algo dentro de cincuenta años, y los
dejás quietos?-Porque mi cortaplumas puede ser realmente
necesario en algún momento dentro de los próximos
cincuenta años. Y porque va a haber brujos dentro de
sesenta, seguro. Y porque, aunque nada de eso tuviera razón
de ser, mientras no tomara las medidas que tomé, con magia
o sin magia, iban a seguir persiguiéndome y buscándome
hasta dar conmigo y terminarme.-¿Y todos esos brujos alrededor del mundo, haciendo
vudú a la vez, no se estorban entre ellos, no te estorban a
vos? -
379
-Me anulan a mí cuando varios de ellos a la vez se
enfocan en mí, como pasó cuando liquidaron a Nadie. Pero
ellos ordenan al tanteo. Para pasar una pelotita por un
agujero, vuelcan un cajón de pelotitas en la habitación, en la
esperanza de que alguna entre. Sus hechizos son fórmulas
rituales reforzadas un poco por la imaginación del brujo: no
ordenan todas las series del mundo con precisión, impulsan
apenas un sentido general de las cosas, y sólo referido a eso
que quieren lograr.
Se estorban entre ellos, constantemente. Cuando no
se organizan, cuando cada uno actúa individualmente, los
poderes relativos de cada uno disminuyen estrepitosamente.
Fallan mucho, y están acostumbrados a ello. Por eso nunca
supieron de la existencia de los nosotros, a pesar de que
cuando actuaban los dejaban impotentes. Fue necesaria la
avalancha estadística de fracasos que les causó Nadie en
Barcelona para que se dieran cuenta de que había algo
interfiriendo con sus picardías.
Y ahora que lo pienso, no sería raro que el verdadero
poder de esta vieja no fuese tanto su “magia”, sino su
autoridad. Si conseguía imponerse a los demás, y hacer que
todos soplaran hacia el mismo lado...-Marea-Es como si yo tuviese el timón del buque y el
control de las máquinas, y cada mago, en cambio, tuviese
apenas un bollo de estopa, un engranaje, un balde de pintura,
una bomba. Cada golpe de timón mío los afecta a todos
ellos, y nada de lo que ellos individualmente hagan puede
380
alterar el rumbo del buque. La única forma que tienen de
lograrlo es uniéndose y saboteando a la máquina...o al
timonel.
Al darle el poder a la vieja, se que ella va a asegurarse
de que todos los bollos de estopa, los engranajes y las
bombas se queden quietitos y se porten como la gente.
Siguiendo con la imagen, en ese momento va a descubrir que
hay otro timonel –yo-, tirando de la rueda de cabillas con la
misma fuerza que ella. El rumbo del buque, así, no va a
cambiar ya más- Te quedarías sin po, perdón, sin cortaplumas-Pude vivir sin él antes de tenerlo, puedo sobrevivir
sin él después. Pero ella se va a quedar sin nada: sin magia,
sin subalternos, sin cortaplumas.
Además, yo salgo de esto con La Mujer Perfecta Para
Mí.
¿Soy o no soy astuto?Me salpicó la cara, cosa que tomé por un no.
381
382
COATZALCOALCOS:
Dejé el buque por un viaje, y durante ese tiempo hice
la vida de un hombre común y corriente. Nada de influir en
nada, ni de usar el cortaplumas. No quería interrumpir ni por
casualidad a la vieja en lo que fuera que estuviese haciendo,
ni que por causa de esa interrupción se enterase de que
seguía vivito y coleando, y se decidiese a cambiar ese estado
de cosas.
Pasé un mes en la playa con Aída, sin conseguir
tostarla ni engordarla pero pasándolo realmente bien.
Tuvimos que pasar primero, por supuesto, por el trago
amargo de la rotura con su novio, y por el no menos amargo
de explicarle a los papis que la nena se iba de vacaciones con
un desconocido de aspecto patibulario (los padres de Aída,
que oh sorpresa resultaron ser italianos, sospecharon de mí
desde un primer momento. No les agradé, y fue mutuo.
Mientras la madre siguiese cruzada contra mí, pensé además,
no me habría librado de la amenaza de todas las brujas).
A la vuelta de la playa, (o playas, porque dimos un
montón de vueltas), y luego de un largo período de paseos y
salidas en Buenos Aires, cada una mejor que la anterior,
reembarqué. Ella, lamentablemente, tuvo que ceder su
puesto a otro oficial de radio con más antigüedad en la
Empresa, cosa que casi me llevó a usar el cortaplumas y
corregir esa contrariedad pero, como aún no estaba seguro
de cómo le había ido a la viejita mexicana, preferí soportar la
383
separación hasta haber confirmado que todo estaba como yo
quería.
Fue un viaje normal, tanto, y tan tranquilo, que para
cuando llegamos a Coatzalcoalcos me preocupaban más los
aros del motor del alternador tres y las cartas de Aída que las
andanzas de la Vieja Bruja.
En Coatzalcoalcos no fuimos a Pajaritos, por suerte,
sino al muelle fiscal, de carga general, cosa que nos dejaba a
quince minutos a pié del centro. Coatzalcoalcos no es
precisamente Manhattan, es verdad, pero el petróleo le daba
una cierta prosperidad y, con ello, una gran oferta de
entretenimiento.
Mi salida nocturna favorita, por ejemplo, era ir a
cenar tacos o mariscos cerca de la playa (a ver cuánto chile
aguantaba, de paso), y luego dejar correr la noche frente a la
plaza central, tomando helados (para curar el ardor del chile),
o cerveza (que no curaba nada, pero no importaba
tampoco). Algunos de los muchachos de a bordo preferían ir
a Minatitlán (el 98,5% de los muchachos de a bordo,
digamos), en donde había bares mucho menos iluminados
que mi plaza, y en los cuales era imposible conseguir helado,
pero a nadie parecía importarle mucho. Yo me negaba a
acompañarlos, e insistía en sudar tranquilo la noche tropical
en la plaza. Demasiados líos y emociones había tenido en los
últimos tiempos, y un poco de monotonía no iba a
molestarme en absoluto.
Incluso Coatzalcoalcos parecía especial para ello,
como elegido adrede. (“Coatzalcoalcos”, me explicaron unos
384
conocidos locales, no era el nombre original del pueblo. El
poblado se llamaba Quetzalcoatl, pero, como era muy difícil
de pronunciar, con el tiempo lo cambiaron al
Coatzalcoalcos, que, decían, era mucho más sencillo. Hay
muchas cosas interesantes que sacar de esa explicación...)
Coatza, como lo llamaban familiarmente, estaba aislado por
seis horas de ómnibus mínimo de cualquier punto turístico
interesante. Veracruz, las ruinas de Oaxaca, o la venta de
Tabasco, eran, para los horarios del barquero, tan
inaccesibles como las lunas de Júpiter. Encerrados entre el
mar y un circuito caracoleado de rutas de montaña, sólo nos
quedaba haraganear por el pueblo y descansar en su
tranquilidad.
Una noche en la que me había quedado solo con mi
helado, y mientras estaba tratando de resolver si los
nubarrones que se habían hinchado en el cielo se iban a
descolgar pronto o si llegaría antes al buque si salía corriendo
ya, vi una mano pidiendo limosna junto a mi codo. Para
volver a quedar solo, extraje unas monedas del bolsillo y, al
depositarlas en la mano, miré la cara de quien mendigaba, y
resultó ser la de la Bruja.
Fallé. Las monedas cayeron al piso.
-Tardaste...No supe qué decir ni qué hacer. Es más, creo que
tardé incluso unos instantes en recordar que tenía que seguir
respirando.
385
-Tenemos qué hablar- ordenó. Como yo le hice un
gesto para que ocupara la silla frente a mí, negó con la
cabeza. -No, aquí no. Ven conmigoY otra vez, como en una pesadilla recurrente, me vi
siguiéndola por las calles, igual que en Bahía. No tenía razón
alguna para hacerle caso, y si muchas para dar la vuelta y salir
corriendo con los talones en la nuca. Pero, claro, también
tenía motivos para creer que ella no aceptaría un no por
respuesta, y que tendría algo muy feo preparado para el caso
de que me mostrase rebelde.
Caminamos mucho, creo que en dirección al puerto
(aunque no podía estar seguro del todo: era un camino que
nunca había hecho), y las calles se iban volviendo cada vez
más irregulares y oscuras. Finalmente llegamos a un barrio
de casitas muy bajas, muy pequeñas, oscurecidas por árboles
y plantas gigantescas.
Entramos en una, que no pude diferenciar del resto.
Pasamos la puerta de alambre de entrada al jardín del
frente, espantamos a un perrito toreador, dimos la vuelta en
penumbras por el costado de la casa hasta llegar al fondo y,
en medio de un fuerte olor a gallinas (acentuado por el calor
y la inminente tormenta), la vieja encontró y abrió la puerta
de la cocina.
Encendió una lámpara de plástico rosa y cerró la
puerta. Se sentó trabajosamente, y, luego de suspirar y velar
un quejido, se dirigió a mí.
-Fue una falta de respeto- me retó.
386
Mi estupor no fue algo como para ser contado, sino
visto. En color y con sonido estereofónico.
Como no había comentario posible, no hice ninguno.
-Te he respetado como rival, y nunca te subestimé.
Pero tu, al tenerme tan en menos, me has insultado
muchísimo.
Mi respeto hacia ti, hacia tu capacidad de hacer cosas
que otros no hubieran podido, hizo que ni me conformara
con perderte de vista por aquel pozo sin fondo, ni te
subestimara, jamás. Nadie había salido de allí, es cierto.
Nadie normal. Y aunque no podía creer que tu fueses el que
tenía el poder (aún ahora no puedo creerlo, fíjate), algo
siempre me decía “Vigila María, vigila. Vigila siempre”
¡Pero tú! ¡Tú! Dime, ¿qué pensaste? ¿”Esa vieja
chocha jamás va a saber que conseguimos salir”? ¿”Tiene los
sesos tan viejos que ni siquiera va a sospechar nada”?
¿O pensaste que si, que podía imaginar la posibilidad,
y no tomar medidas?
¡¿Me consideraste tan estúpida como para quedarme
tranquila con sólo arrojarte al Agujero, sin tomar ningún
recaudo para el caso en que pudieras salir?!Estaba tan dolida, tan ofendida, que estuve a punto
de darle mis excusas. A último momento me mordí la
lengua, dándome cuenta de lo estúpido que se oiría eso. Pero
por dentro tuve que darle la razón; no en lo de que no me
había comportado respetuosamente hacia ella, por supuesto,
387
sino en lo de haber sido un estúpido. Tanto planear, tanto
Tao Te Ching, tantas sutilezas de ajedrez, y vengo a bajar la
guardia en el momento más importante.
Sí que la subestimé. Me creí muy vivo, muy listo,
muy astuto. Caí en la soberbia y, me temía, ahora iba a tener
que pagar por ello.
-Pues las tomé, ¿sabes?-Ah-Si. Una vez que me quedé sola...- hubo unos
instantes de silencio, durante los cuales pasaron por su
mente unas imágenes que me alegré de no compartir con ella
-...una vez que me quedé sin mi gente- prosiguió,
reponiéndose -usé el poder para traerte a Coatza. No corría
riesgos, ¿sabes?: si seguías Allá, el poder no te sacaría, y si
habías escapado, te descubriríaSilencio.
-Y aquí estamos- dije.
-Aquí estamos, si. Y ahora vas a oír lo que voy a
mandarte, y lo vas a cumplir.
Quiero que nunca, jamás, por ninguna razón, vuelvas
a usar de tu poder. Ni para un volován. De hoy en más, yo
seré la única en usarlo, ya que no puedo ser la única en
poseerlo-Aha. Lógico. Entiendo. ¿Y si no quiero?388
-Si no quieres, tendré que recurrir a las precauciones
que tomé.
Verás: tu huerita no entró al Pozo enseguida de
traerla del buque. Pasó un par de horas en esa casa, y en ese
par de horas, yo le Hice algo- Los labios me cosquillearon
fríos, supongo que porque la sangre los abandonó. Los
oídos, poco a poco, empezaron a zumbarme: el horror iba
revelándoseme poco a poco, entrampándome en la
angustiosa sensación del partido irremisiblemente perdido.
-Una cosa muy antigua, muy clásica. Duerme
enroscada en su alma y nunca despertará, a menos que yo
diga Las Palabras y haga El Rito.
Si eres bueno y obedeces, nunca lo haré. Pero si no,
si algo me interrumpe o molesta, entonces... Se quedó callada. Entendí que, hecha la amenaza, la
reunión había terminado y no había más que hablar. No me
preguntó si estaba de acuerdo, ni me preguntó si aceptaba
sus condiciones: sabía que sí. Dí un paso atrás, como para
irme, asqueado y harto de aquello, pero prosiguió.
-Y por favor, no vuelvas a subestimarme y a pensar
que puedes usar tu poder para salvarla. No puedes. No
puedes deshacer un hechizo hecho en el pasado, y lo sabes.
Y, aunque pudieras, no sabes cuál es. ¿Te acuerdas del viejo de
Barcelona, que creía haber protegido a su mujer de todo?Me sentía como en un tanque cerrado que se
estuviese llenando rápidamente de agua. La historia de
Nadie, el cruel fin del romance de Nadie, volvieron a mí con
389
la vividez de lo que ya dejó de referirse a otro, y pasó a
transformarse en la descripción de lo que le espera a uno
-fue una fea cosa, es cierto, pero te aseguro que lo que tengo
preparado para ti, es peor.
Pude haber hecho, por ejemplo, que ella no pueda
evitar matar a sus crías recién paridas, a pesar de amarlas con
todo su corazón. ¿Te imaginas el horror de una madre que ama
a sus hijitos, y se ve a si misma asesinándolos con sus
propias manos? ¿Imaginas el tuyo, por ella y por tus hijos?
Ella atacaría además a cualquier bebé con el que se
encariñara, aunque tu y ella decidieran no concebir. Tendrías
que encerrarla, hijo, encerrarla en un manicomio, encerrarla
cuerda en un manicomio...- No podía irme, no podía
moverme, no podía dejar de mirarla -Pude también, en
cambio, haberla hecho odiarte y desear tu muerte por
encima de todas las cosas. Y si la protegieses contra esas
cosas, aun así quizá no fuesen ellas las que yo elegí, sino otra,
como una horrible peste de la piel, o la tendencia a
engendrar monstruos deformes.
¿La seguirías queriendo si la carne se le cayese de la
cara, y su calavera, viva, te recriminara siempre que su
desgracia es tu culpa? ¿O si cada hijo que naciese fuese más
horrible y más deformado que el anterior?El molinete que hizo mi brazo fue tan rápido que
sentí vibrar las puntas de los dedos por la turbulencia del aire
alrededor de ellos.
Mi mano, extendida y tirante, golpeó como un
machete el cuello de la vieja un poco debajo de la oreja.
390
Antes de que ella o yo supiéramos qué había pasado, la
misma mano volvió a golpearla. Un golpe cortito y duro,
esta vez de frente, con el talón de la palma, desde abajo, y en
el tabique de la nariz. Lo sentí quebrarse y hundirse cráneo
adentro.
Cayó enroscándose. Me agaché casi igual de rápido a
su lado, espantado por lo que había hecho. No lo había
querido ni decidido, y quizás por eso fue que logré hacerlo.
Sólo algo que estaba fuera de toda cadena posible de hechos
podía haber sucedido en contra de las disposiciones para su
protección que, sin duda, había tomado la bruja.
O tal vez ella hubiese previsto todas mis posibles
maniobras mágicas y lógicas, no esperando jamás una
reacción animal tan estúpida de mi parte. De ser así,
resultaba grotescamente irónico que su error, a su vez, había
sido sobreestimarme.
No era lo importante entonces. Por más que la
odiara, aún habiendo –sin pretenderlo- eliminado su maldita
influencia de la única forma posible, aún así me sentía un
miserable por haber golpeado a una anciana. No era el tipo
de solución que yo quería para todo esto, y no era la forma
en que yo hacía las cosas. Estaba mal.
¿Ah si? ¿Y de qué forma esperabas resolver esto, tarado? ¿O
de veras te creíste todo eso que le dijiste a Aída del empate eterno de
poderes con la bruja, y de que cada uno se iba a quedar tranquilito e
impotente en su casa para siempre? Sabés perfectamente bien que no es
posible, que viola una de las leyes fundamentales de la naturaleza: las
391
competencias se resuelven. No hay empate en el mundo de Darwin. Y el
que pierde, se va.
La dí vuelta. Su cara era un desastre.
Ni por un momento pensé que pudiese sobrevivir, y
me dí cuenta de que lo más saludable para mí sería levantar
vuelo ya, antes de que alguien volviese a la casa y empezase a
los gritos.
Por otro lado, comprendí de inmediato, si la vieja
recuperaba aunque fuese unos minutos la conciencia, Aída
estaría perdida: no me cabía ninguna duda de que emplearía
esos últimos minutos para vengarse de nosotros, detonando
la bomba puesta en la mente de mi mujer.
Tenía que asegurarme de que pasara del desmayo a la
muerte sin pasar por la conciencia. Debía, para decirlo más
crudamente, rematarla. No tenía por qué ser muy difícil: al
fin y al cabo, ya estaba mortalmente herida. No iba a
empeorar mi barbaridad, solamente iba a apurar un poco las
cosas.
Pero sin embargo, a sangre fría, no sólo no pude,
sino que, además, la ubiqué de forma tal que estuviera
cómoda y no se ahogara con su propia sangre. Pasaban los
segundos, transformándose en minutos, y, a pesar de darme
cuenta de que me acercaba peligrosa e inútilmente al
momento en que me descubrirían, así y todo no acertaba a
abandonarla.
Si no me iba pronto, Aída terminaría maldita y yo
preso. Podía evitar el peor de los futuros posibles con un
392
golpe de cuchillo y una carrera, y, en lugar de eso, me
quedaba enjuagando la sangre de su cara y tomándole el
pulso.
Finalmente, al notar su pulso totalmente errático y su
respiración cesando de a ratos (volviendo en un estertor
horrible), decidí que podía darla por muerta así como estaba,
y salir corriendo de una vez.
Llegué a la puerta de la cocina, traté de recordar si
había tocado algo para limpiar mis huellas, concluí que no y,
cuando ya me iba y la miraba por última vez, helado, vi que
se encogía de hombros.
-Con el Poder no basta...- susurró.
Luego vino el último estertor, y su pecho se quedó
quieto. Para siempre.
Libre otra vez de usar mi cortaplumas, volví al buque
sin problemas. En taxi. Y de la marca que elegí.
Ni por un momento temí que la bruja hubiese
podido intentar algo contra Aída. Yo sabía cómo se usaba el
cortaplumas, y no era sólo cosa de decir las palabritas, tirar
polvo mágico y sacudir la varita: había que estar lúcido y
concentrarse en la imagen de lo que se pretendía. No tuvo
tiempo ni claridad mental para hacer nada, e incluso creo
393
que tampoco plena conciencia. Prueba de ello eran sus
últimas palabras, totalmente incoherentes con lo que estaba
ocurriendo y en las cuales Aída, cuando el remordimiento
me inquieta y vuelvo a hablar del asunto con ella, cree
percibir una no pretendida admisión de suicidio.
En efecto, Aída cree que, conseguido todo el poder
que quería, la vieja dejó de tener motivos para seguir
viviendo. Algo de eso puede haber, lo admito. Ya Nadie
había pasado por eso, y lo había manejado por el lado de
crecer, de aprender, y de la ética. La bruja, en cambio, no
deseaba el poder como medio para conseguir determinado
fin, ni para obtener placeres, ni tampoco para imponer
ideales o principios. Ni siquiera para hacer el mal. Quería el
poder por el poder en sí mismo. No había buscado otra cosa
en su vida. No sabía hacer otra cosa que luchar por obtener
más poder.
Una vez obtenido lo máximo posible, ¿en qué
emplearlo? ¿Qué pedir, qué evitar?
Si, pudo haber sido un suicidio inconsciente. Quizá
nunca la sorprendí, quizá no se olvidó de protegerse contra
mí, quizá toda esa descripción macabra de lo que podía
hacerle a Aída formaba parte desde el principio de un plan
para sacarme de mis casillas y terminar así como
terminamos.
Jamás lo voy a poder saber con certeza.
Por el momento, me bastó con saber a Aída a salvo.
394
Durante el viaje de bajada, y una vez que me repuse
del shock por lo que hube hecho, me remangué las mangas
de la mente, como quien dice, y comencé de nuevo a
trabajar.
Necesitaba un nuevo proyecto. Porque, como se me
hizo evidente desde que la botella de Nadie me alcanzó en la
playa equivocada, el viejo cometió algún error conmigo.
Quizá yo no era el encargado de relevarlo, sino
apenas el único a mano que podía llegar a manejar el
cortaplumas y llegar a tiempo a su fallecimiento, o tal vez sí
era yo, pero debían pasar aún muchos años para que reuniera
todas las características usuales para ser uno de “Nosotros”
(vivir más años en un mundo moldeado por el rumbo que le
daban ellos a la causalidad, digamos, para que mi carácter y
mi temperamento, cuando fuese ya mayor, también estuviese
moldeado de esa forma).
El caso es que, si bien mentalmente era su igual en lo
que a dominar el cortaplumas se refiere, nuestras formas de
ser y de ver el mundo eran muy distintas.
Yo no era como se suponía que Nosotros fuimos y
debíamos ser para siempre. El choque con los brujos fue
resultado de eso, con lo malo y lo bueno que pudo haber
salido de ello, y me daba cuenta de que la cosa no iba a
terminar ahí.
No podía, sencillamente, tener el cortaplumas en la
mano y usarlo sólo para vivir bien y tranquilo. Me parecía
terriblemente egoísta e irresponsable. Me parecía un pecado.
395
No iba a poder evitar ponerlo a trabajar. Quizá no
con mis modestas ideas, quizá no con la ingenuidad con que
Nadie se metió a corregir políticas y gobiernos, pero si
poniéndolo secretamente a disposición de aquellos hombres
de buenas ideas y corazón íntegro que sin duda andan por
ahí. Seleccionando a los mejores hombres del mundo
(algunos tendría que haber...) quizá, con los años, consiguiera
armar un equipo que pudiera ayudarme a ser útil.
Pero, y de acuerdo con mi experiencia en esto,
primero dedicaría todo el tiempo necesario a un Plan, un
criterio, y toda una serie de controles, gambitos, y jugadas,
para asegurarme de que las cosas se hicieran como debían, y
nadie pudiese sacar provecho personal del asunto.
Tenía que trabajar, tenía que hacer, y tenía que
trabajar y hacer con un sentido y con un fin en la mente.
Sobre todo porque la bruja, en su agonía, me hizo un último
favor a mostrarme el verdadero y el único peligro que podía
amenazar mi vida futura. Porque, como ella concluyó, con el
Poder, es cierto, no alcanza.
Así que apuré el buque y la bajada.
Tenía mucho que hacer. Tenía que casarme, tenía
que engendrar mi primer hijo, y tenía que empezar a arreglar
el mundo.
(Aunque no necesariamente en ése orden)
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Alianza Campana, km171, 3/11/96
397
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