Relatos Premiados
en el
III Concurso Literario
“Mi [email protected]
y Yo”
“Mi [email protected]
y Yo”
Relatos Premiados en el
III CONCURSO LITERARIO
"MI [email protected] Y YO"
"MI [email protected] Y YO"
IGUALDAD
Servicio Sociales
Especializados
INDICE
Presentación de Margarida Ledo
Diputada Delegada de Igualdad...................................................................
5
MI [email protected] Y YO
Como la trucha al trucho (Primer premio)
Jesús Almendros Fernández (El Puerto de Sta. María)..............
9
Inolvidable Seiscientos (Segundo premio)
José Cabrera Martín (Jerez de la Frontera)....................................... 15
Clotilde: El hada madrina que iluminó mi infancia (Tercer premio)
Eladio Algarra Jiménez (Cádiz)................................................................ 19
Dos hermanos y un francés (Cuarto Premio)
Antonio Quetar Beltrán (San Fernando).......................................... 27
Un día no cualquiera de febrero (Quinto premio)
Francisco Vázquez Bernal (Cádiz)........................................................... 31
MI [email protected] Y YO
Mi abuelo (Primer premio)
Marina Cantón Fraga (San Fernando)................................................. 41
Al otro lado de la realidad (Segundo premio)
Celia Torrejón Tobío (El Puerto de Sta. María).............................. 45
El pasadizo tridimensional (Tercer premio)
Carmen Colomina Molina (Algeciras)................................................. 51
Los Superabuelos (Cuarto Premio)
Domingo Vega García (Espera).............................................................. 57
El murmullo del alma (Quinto premio)
Arturo García Zamudio (San Roque)................................................. 61
Grupo de [email protected] y Responsables del Área de Igualdad
Fotografía
Grupo de [email protected]
Excm. Diputación Provincial de Cádiz
(c) 2010 Diputación Provincial de Cádiz
Área de Igualdad.
Servicios Sociales Especializados
EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Presentación
Dña. Margarida Ledo Coelho
Diputada Delegada del Área de Igualdad
Por tercer año consecutivo el Área de Igualdad de la Diputación
de Cádiz publica los diez relatos ganadores del III Certamen Literario
“Mi [email protected] y Yo” “Mi [email protected] y Yo” que se convoca anualmente.
Quiero mostrar mi agradecimiento a esas ciento cincuenta y
seis personas -mayores, niños y niñas-, que han presentado sus relatos
a este concurso, así como dar mi enhorabuena a las ganadoras y ganadores.
Para el Área de Igualdad es una gran satisfacción observar la
importante cantidad de relatos que se presentan año tras año, así como
comprobar que muchas personas han participado en las tres ediciones
de este concurso intergeneracional. Señalar que el blog del certamen
literario que hemos abierto este año -www.nietosyabuelos.blogspot.comha recibido más de 750 visitas.
No quiero olvidarme del Jurado, compuesto por tres contacuentos
de nuestra provincia: Mara Israelson, Manuel Cubero y Rafael Duarte.
Gracias por su esfuerzo en la difícil tarea de seleccionar los diez mejores
cuentos.
Esperamos que la lectura de este libro, que desborda sentimiento,
ingenuidad y cariño os sea agradable y entretenido, y ayude a comprender,
fomentar y disfrutar de los vínculos tan estrechos entre [email protected] y
[email protected]
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"MI [email protected] Y YO"
Relatos
Jesús Almendros Fernández
Como la trucha al trucho
Primer premio
José Cabrera Martín
Inolvidable Seiscientos
Segundo premio
Eladio Algarra Jiménez
Clotilde: El hada madrina que
iluminó mi infancia
Tercer premio
Antonio Quetar Beltrán
Dos hermanos y un francés
Cuarto Premio
Francisco Vázquez Bernal
Un día no cualquiera de febrero
Quinto premio
EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Jesús Almendros Fernández
COMO LA TRUCHA AL TRUCHO
No se por qué razón se me quedó grabada aquella escena
que no tenía nada de extraordinario. Era un día cualquiera. Como
tantos otros, yo había salido con mi hija Consuelo, de ocho años,
a dar un paseo por el campo. Acostumbraba a ir con ella a recorrer
caminos lejos de la ciudad, en las estribaciones de la Sierra, cerca
de El Bosque, y adentrarme por una espesa arboleda perdida entre
montañas. Le enseñaba los árboles, los arbustos, los matorrales,
las viñas salvajes, y le decía qué tipo de hojas tenían, cuándo
cambiaban de color y cuándo se caían y dejaban las ramas desnudas.
Ella escuchaba con atención y me hacía preguntas. Y así, cogidos
de la mano, recorríamos senderos, caminos y vericuetos entre
encinas, alcornoques, lentiscos, sanguinos, palmitos, brezos y aulagas.
A falta de otras posibilidades de entretenimiento, esta era una
forma agradable de pasar el tiempo y, sobre todo, de estar juntos.
De vez en cuando, nos sentábamos sobre alguna piedra y sobre
algún tronco caído y alguna vez hasta comíamos un bocadillo que
mi mujer nos había preparado. Mi mujer era muy seria, no tenía
alegría ni ilusión por casi nada. Claro, que después de los años que
por desgracia nos había tocado vivir, eso era lo más normal...
normal... normal... Así es como llamábamos al tiempo anterior a
la guerra, cuando habíamos sido novios y nos habíamos casado y
cuando nació nuestra hija y yo tenía trabajo y los dos hacíamos
planes para el futuro, un futuro que creíamos iba a ser muy distinto
a como el que esa maldita guerra nos había dejado... Tiempos
Normales, así llamábamos a aquellos años que ahora me parecen
tan lejanos.
-¿Estás contenta, hija?, le pregunté aquel día.
-Si, papá, me contestó ella.
-¿Nos quieres a mamá y a mi?
-Si, papá, claro que os quiero.
-Pero ¿Cuánto?
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
-Mucho, mucho, mucho… como la trucha al trucho.
Los tiempos no mejoraban. No había trabajo y el poco
que había no era para aquellos que no habíamos sido adictos al
Movimiento, como llamaban al golpe que había acabado con la
normalidad. Estábamos marcados. Era imposible sacar adelante a
una familia. El hambre era una amenaza que nos acechaba día a
día. Había que buscar una solución y la solución mas viable parecía
ser la emigración; pero mi mujer se negaba a abandonar el país,
su casa, sus costumbres, su gente. A mi no me importaba. Al final
optamos a que me fuera yo primero. Venezuela parecía ser un
buen destino. Decían que allí los españoles estaban bien vistos y
que había trabajo para todos. Cuando ya estuviese instalado, con
un trabajo fijo y una casa, se vendrían conmigo mi mujer y mi hija,
pero eso nunca ocurrió. El tiempo pasa mas rápido de lo que uno
quisiera. Primero fue buscar trabajo, un trabajo que me permitiera
subsistir y enviar dinero a España para mi mujer y mi hija. Después
fue encontrar un lugar adecuado donde vivir, donde la vida de mi
hija, por lo menos, fuese como siempre habíamos deseado para
ella, en un entorno tranquilo, con un colegio al que acudir y a ser
posible cerca del mar….el mar….la mar. No quisiera que mi hija
perdiese de vista ese horizonte abierto a la esperanza, al regreso,
al futuro.
Entonces ocurrió aquella desgracia. Medio Cádiz saltó por
los aires a causa de la terrible explosión del polvorín de la Armada.
Mis suegros se quedaron en la calle y mi mujer los llevó con ella
y mi hija. Ahora tenía que ocuparse también de ellos y para eso
venía muy bien el dinero que yo les mandaba.
Poco a poco las cartas empezaron a llegar cada vez mas
espaciadas entre sí. Yo seguía mandando el dinero, mes a mes,
pero ya no hablábamos del reencuentro, no hablábamos de una
posible fecha en la que ellas pudieran venirse conmigo. Y un día
un amigo me lo dijo: “Tu mujer vive con otro hombre. No les va
mal. Las cosas en España han mejorado mucho”. Al principio no
lo quise creer pero fue, finalmente, mi mujer la que me lo confirmó.
Yo seguí mandándole el dinero todos los meses, para mi hija, pero
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
ella dejó de escribirme. Era mi Consuelito la que ahora me
contestaba y me contaba como era su vida. La nueva pareja de mi
mujer era un buen hombre y quería a mi hija. Parecían felices.
Habían encontrado todo aquello que no fueron capaces de
encontrar conmigo. Tranquilidad, un cierto bienestar y sobre todo
esperanza….esperanza en un futuro en el que yo no tenía sitio.
Yo nunca volví a enamorarme. Mi vida era monótona y sin
alicientes, pero nunca pensé en volver a España ¿Para qué? Aquello
que yo quería lo había perdido definitivamente. Además mi pequeña
Consuelo cada vez me resultaba mas extraña. Parecía que la nueva
pareja de mi mujer iba ocupando cada vez más en su corazón, mi
puesto. Poco a poco se fue convirtiendo en su padre y yo sabía
de ella solamente cosas puntuales, de tarde en tarde.
Un día mi hija me escribió diciéndome que se casaba. ¿Iría
yo a la boda? ¿Yo? ¿Para qué? En aquellos años no resultaba fácil
irse de viaje a España. Resultaba muy caro, pero sobre todo es
que parecía algo imposible, no tan caro como para no poder
asumirlo, pero impensable. ¡Ir a España! así, sin más. No, eso era
para otro tipo de gente, no para un trabajador. Y se casó y me
mandó una foto y otro día me dijo que estaba en estado y un día
nació una niña, mi nieta, y así, año tras año.
Mi mujer se murió y el hombre con el que había compartido
su vida durante tantos años, también. Y yo seguía solo, trabajando,
recordando aquella España que había dejado pensando volver un
día, recordando a mi niña Consuelo que ya no era una niña. Que
había tenido una hija que era mi nieta. ¡Mi nieta! No podía creerlo.
Yo era abuelo. Y llegaban noticias de España. El Presidente
Eisenhower había visitado al mismísimo Caudillo y toda España
había celebrado los 25 Años de Paz y lo que parecía que iba a ser
un paréntesis se convirtió en algo definitivo y los periódicos hablaban
de que las condiciones económicas del país mejoraban y cada año
se celebraban manifestaciones deportivas en las que los trabajadores
participaban masivamente en un Estadio de fútbol que habían
construido en Madrid y cada año se celebraba una Feria del Campo
a la que asistían agricultores y ganaderos de toda España. Aquello
ya no tenía vuelta atrás.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
¿Habría hecho yo bien marchándome en aquellos tiempos
tristes y sin esperanza? ¿Qué habría sido de mi vida si hubiese
aguantado y hubiese esperado como tantos otros a que las cosas
se arreglasen? Pero, ahora ya era tarde. Sin darme cuenta me había
hecho viejo. Ya tenía 65 años. Y entonces escuché la noticia. El
gobierno de España pagaba el viaje a España a aquellos hombres
que, como yo, se habían venido a otro País en busca de mejores
condiciones de vida. El Ministerio de Trabajo y Asuntos Sociales
había abierto el plazo de solicitud de ayudas para que un total de
4.900 emigrantes españoles pudieran viajar a España con el programa
de vacaciones de la tercera edad del Instituto de Mayores y Servicios
Sociales. No lo pensé y solicité uno de esos viajes. ¡Y me lo
concedieron!
Llegué a España después de un viaje muy distinto al que
había hecho cuando me fui. Viajé en avión. Llegué a Madrid y me
pareció que había llegado a otro país, a un país que no conocía,
un país moderno que no reconocía. No ya las calles, los edificios,
los monumentos, sino las personas, la gente con la que me cruzaba
por la calle. En tren me trasladé a Cádiz y más de lo mismo.
Aquella no era la España que yo recordaba. ¡Que torpe había sido!,
¡Si hubiese tenido un poco de paciencia y hubiese esperado! Pero
ya era tarde, al menos ya era tarde para mí.
Llegué a Cádiz en tren y la gente parecía feliz, despreocupada.
Yo no daba crédito a mis ojos. Me dirigí a las señas que mi nieta
me había dado. Era un edificio nuevo en una zona ajardinada.
Delante había un parque y allí, en un banco, me senté sin decidirme
a llegar a la casa. Me daba miedo. Mi hija ya no era aquella niña,
Consuelito, con la que yo me iba al campo. Ahora era una mujer
casada a la que yo no conocía. ¡Que me diría! ¡Como me miraría!
Ella tampoco me recodaría. Yo sería un viejo desconocido para
ella. Pensé que había sido un error venir, regresar. Ya era tarde
para todo. Las cosas pasan una vez y si salen mal no tienen arreglo.
No se puede vivir dos veces, no se pueden enmendar los errores.
A pesar de todo me armé de valor y me dirigí hacia la casa
que, según las señas que tenía, parecía ser el domicilio de mi hija.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
El portal estaba abierto así que entré y subí las escaleras. Segundo
derecha. Allí era. Llamé al timbre y esperé. Oí unos pasos corriendo
en el interior y abrieron la puerta y entonces creí que me iba a
morir. ¡No era posible! El tiempo no había pasado. ¡Allí estaba
Consuelo!, ¡Mi Consuelito! Igual que cuando yo me fui. El tiempo
no había pasado, pero la ilusión duró un minuto. Por el fondo del
pasillo apareció una mujer. Esa si era de verdad mi Consuelo. La
que me había abierto la puerta era mi nieta. Hola padre, me dijo.
¿Qué le parece su nieta? ¿Por qué no nos avisó para que fuéramos
a buscarle a la estación? Pase, pase, no se quede ahí. Ya le he
preparado una habitación y ya sabe que puede quedarse aquí todo
el tiempo que quiera.
El marido de mi hija me pareció un buen hombre. Trabajaba
en Astilleros pero su gran pasión era el Carnaval. Pertenecía a un
coro y todos los años actuaba en el Gran Teatro Falla. Mi hija me
contó como habían sido los últimos años de mi mujer. Lo había
pasado muy mal cuidando de su pareja que tenía cáncer, pero ella
que no tenía nada no duró mucho más que él. Quedamos en que
iríamos al cementerio a llevarles unas flores. Mi hija decía que no
me parecía nada al hombre que ella recordaba de su niñez. Yo no
le dije que tampoco ella se parecía nada a aquella niña con la que
yo me iba de excursión.
Un día le dije a mi hija si me dejaría que fuese de paseo
con mi nieta. Me dijo que sí. Nos preparó unos bocadillos y nos
despidió desde la puerta de la casa. Nos recomendó que tuviéramos
cuidado, que fuéramos a un sitio seguro. Fuimos hasta la estación
de los autobuses y subimos a uno que iba a la sierra, al mismo sitio
al que solía ir con mi hija. Después caminamos, recorrimos caminos
y sendas. Nos adentramos por la arboleda perdida que yo recordaba
de aquellos tiempos y empecé a contarle a mi nieta cómo se
llamaban los árboles que nos íbamos encontrando, qué tipos de
hojas tenían, cuándo cambiaban de color cuando sus ramas se
quedaban desnudas. Al cabo de un rato nos sentamos a descansar
en un viejo tronco caído y nos comimos los bocadillos que mi hija
nos había preparado. Yo me sentía muy feliz. Como si el tiempo
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
no hubiese pasado. Yo no me veía pero me sentía joven. Ya no
tenía la sensación de ser un hombre acabado como la que tenía
cuando inicié este inesperado viaje a España.
Mi nieta y yo hablábamos y hablábamos sin parar. Ella me
contaba cosas de su vida como si hubiese estado esperando con
anhelo a poder hacerlo y ahora lo hacía con entusiasmo, atropelladamente. Me sonreía, me decía lo contenta que estaba de que
estuviese aquí con ella, que su madre le había hablado mucho de
mi, que le había contado los paseos que daba con ella y lo bien
que lo pasaban juntos cuando ella era niña. Y entonces yo, no se
por qué, sentí el irrefrenable impulso de preguntárselo: -¿Me
quieres?, ¿Me quieres mucho? -Y ella sonriendo me contestó: Si,
abuelo, mucho, mucho, como la trucha al trucho.
Luego me contó que su madre se lo había contado, que
lo recordaba con mucha ternura y que siempre había pensado que
un día volvería y podría pasear de nuevo con él por aquella arboleda
perdida, entre los grandes árboles, por los caminos solitarios por
los que había paseado con él de niña.
El sol empezaba a caer tras las montañas. El cielo se iba
tiñendo de rojo. De vez en cuando se oía el canto de algún pájaro
o los ladridos del perro de alguna casa próxima. Nos fuimos
acercando a la carretera, al lugar donde paraba el autobús de Los
Amarillos en el que deberíamos de volver a Cádiz. Se nos había
hecho tarde. Mi hija ya debía de estar preocupada. Pero mi nieta
a mi lado, cogida de mi mano, me la apretaba con fuerza y de vez
en cuando me miraba y se sonreía.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
José Cabrera Martín
INOLVIDABLE SEISCIENTOS
Algunas veces, pensativo y ensimismado en la intimidad de
mi ser, pido a Dios que me permita –siquiera por unos momentosser niño nuevamente, recordar aquellos tiempos, conducir mi bici
por la acera atropellando al perro de abajo, meter mis zapatos en
algún charco o subirme por las rodillas de mi abuelo para oler su
loción de afeitar y sincronizar su respiración con la mía hasta quedar
dormido en sus brazos.
¡Qué gran abuelo me había dado Dios! Hoy 40 años
después, aún tengo vivida en mi memoria algo que me ocurrió
siendo un crío, como de 11 ó 12 años. Eran aquellos años de los
“Seiscientos”, en los que mucha gente tenía un coche, nuevo más
o menos, y de ellos en mi barriada había muchos.
Mi padre, trabajaba en la oficina de una bodega y siempre
estaba de viaje, y mi abuelo, recién jubilado, podrían haberse
comprometido, pagando en pequeños plazos, conseguir llevarnos
a madre y a mis tres hermanos a merendar al campo. Era nuestro
sueño más querido…
Todos sabíamos que era también su más ferviente deseo,
pero mi abuelo era todo un carácter. Ayudaba cada mes, a no sé
cual de mis tíos, que estaba en paro y no sabía decir no a otras
peticiones de ayuda cuando veía una dolosa necesidad, pero en
cambio era una roca cuando mis hermanos o yo le pedíamos para
juguetes o chucherías. Ahora comprendo que llevaba un estricto
control de su media pensión y no podía apartarse lo más mínimo.
Pero mamá nos consolaba a todos diciendo:
-Vivir modestamente, con salud y felicidad es, en realidad,
un premio de Dios y desarrolla los mejores sentimientos. Yo estoy
de acuerdo con vuestro abuelote que no somos menos ricos que
los que tienen coche y viven desahogadamente.
-Si mamá -contestaba yo, que era el segundo de los
hermanos- pero de esa forma nunca tendremos nada, ni siquiera
un “seiscientos”, que era mi meta favorita.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
Esto me acarreaba, a veces, un pescozón de mi hermano mayor,
al que yo procuraba acarrear alguna patada por debajo de la mesa.
Sin embargo, a pesar de aquella austeridad, nuestra casa
tenía un encanto especial inolvidable. Tanto mi madre, a quien le
gustaban mucho las flores y era habilidosa para transformar una
habitación con unos metros de cretona, como mi abuelo, siempre
ocupado en algo útil y artístico en beneficio de nuestra familia,
habían conseguido un hogar dulce y muy acogedor.
El día que se pondrían a prueba mis convicciones, el fruto
de la labor callada de unos padres y abuelos que, día a día, y con
su ejemplo, iban moldeando la educación y forma de pensar de
unos niños, estaba próximo a llegar. Son esos detalles que no
consiguen borrar el paso de los años.
En el escaparate de la tienda de automóviles más importante
de la ciudad, estaba el “Seiscientos” que se rifaba aquel mes. Era
blanco, resplandeciente, colocado sobre una plataforma giratoria
y adornado con cintas de colores, daba vueltas y más vueltas
brillando con las luces del techo. En la amplia puerta del local había
colocada una pequeñita tribuna en la que el Alcalde del barrio se
aprestaba a sacar la papeleta ganadora de entre las matrices
depositadas en un recipiente de cristal.
Jamás hubiera podido imaginar que la suerte fuese a sonreír
a la única familia, para mí, que no tenía coche en aquel barrio, pero
eso acababa de ocurrir porque allí se estaba repitiendo por el
altavoz, una y otra vez un número y el nombre de mi abuelo como
ganador del Seiscientos. Conseguí llegar hasta la tribuna, abriéndome
paso a codazos, adonde mi abuelo, algo serio, estaba recogiendo
un manojito de llaves, y a poco, le sacaban a la puerta el flamante
coche y arrancaba entre el ruidoso aplauso de los que nos rodeaban.
Yo estaba exultante de alegría y corrí a mi casa con toda la velocidad
de mis piernas…
¡En la puerta estaba el coche más bonito que yo había visto
en mi vida! Entré en mi casa, mi abuelo se paseaba furioso- yo no
sabía por qué- y entonces escuché asombrado:
-No quiero más comentarios… He dicho no…. y es que
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
no -mientras salía de la habitación dando un portazo. Miré a mi
madre.
-No pasa nada, tu abuelo está luchando con un problema
de ética, de honradez y cuando lo resuelva sabremos el resultado,
tal vez no sea este nuestro automóvil. Venid aquí chicos.
Sobre la mesa, mi hermano y yo, vimos dos billetes con
los números 584 y 585. Este último era el ganador y ambos tenían
puesto a lápiz el nombre de mi abuelo. Volvimos a repasarlos con
cuidado- a petición de mi madre- y nos dimos cuenta de que el
boleto ganador tenía, además, una letra “R” en el ángulo superior
derecho.
-¿Veis esa letra…? Significa Rodríguez, Eduardo Rodríguez,
el jefe y dueño de la bodega donde trabajaba tu abuelo y ahora
trabaja vuestro padre. Dice tu abuelo, que hoy estuvo allí, que si
quería alguna papeleta y que Don Eduardo masculló: “Bueno,
cómprame una si puedes…” Entonces tu abuelo compro dos
boletos, el 584 y 585, y para distinguirlos le puso una “R” a lápiz,
apenas perceptible y que podía borrarse simplemente con el dedo.
A mi modo de ver, de chiquillo, no había duda alguna. El
Sr. Rodríguez era millonario, propietario de dos coches, vivía en
una mansión con chofer, Pepe el chofer a quién yo conocía mucho,
y criadas, pero el Seiscientos le había tocado a mi abuelo… había
mil formas de demostrarlo, su nombre se había hecho público a
través de los altavoces…
-Sé que tu abuelo hará lo que deba hace, lo que considere
justo y honrado - terminó mi madre…
Y así fue. Abuelo entró y sin mediar palabra se fue al
teléfono y llamó a casa de Don Eduardo para felicitarle. A las dos
horas llegó Pepe a recoger el Seiscientos. Traía un paquete, una
caja de puros de regalo para mi abuelo…
Así era nuestra familia. Jamás olvidaré la rectitud de mi
abuelo.
Cuando pasa el tiempo y miro atrás, pienso que nunca
fuimos mas colmados por los dones de Dios y honrados al mismo
tiempo, que cuando mi abuelo decidió hacer aquella llamada
telefónica…
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
Pasaron los años y con el transcurso del tiempo muchas
cosas cambiaron en mi hogar. Todos terminamos nuestros estudios
universitarios y a medida que culminábamos nuestras carreras,
fuimos ocupando puestos de trabajos -tuvimos suerte- paulatinamente fuimos contrayendo matrimonio y formamos un hogar cada
uno, normalmente con casa y coche… Pero nunca olvidaremos…
aquel Seiscientos blanco, dando vueltas en el escaparate, reluciente,
que no era para mi abuelo ni para mi familia…
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Eladio Algarra Jiménez
CLOTILDE
El hada madrina que iluminó mi infancia
Fue… ¡hace ya tantos años…! Una tarde, al final de los
sesenta, allá en el Puerto gaditano, Puerto de Santa María, cuando
los calores del verano dejaban paso a una suave brisa que, arrancando
de la bahía, refrescaba las almas. Sentada en su silla baja, junto al
balcón, ahora lo llaman terraza, mi anciana madre, que ya había
superado los setenta años, descansaba. Ojeaba, plácidamente, una
de esas revistas del corazón con más fotos que literatura y leía,
leía curiosa, interesada. A su lado, sobre un cojín en el suelo, yo
disfrutaba con su presencia. La miraba como el avaro contempla
su único tesoro: sus cabellos blancos que aún querían mostrar un
suave rizo, su frente, sus arrugas pronunciadas que el tiempo,
inexorable, había impreso en su rostro.
¡Cuánta amargura mamá sufriste! Pensé para mí, desde
aquel día ya tan lejano, olvidado 1895, en que nacieras, allá en
Melilla la Vieja, que antaño fuera presidio, en el seno de una familia
de noble estirpe de militares. No eras sino una vivaracha mocita
rubia y nerviosa, que correteaba por la vetusta calle San Miguel,
ya ennegrecida por la pátina de los tiempos, cuánto tuvo que sufrir
por el temor y la zozobra de aquella campaña de guerra en
Marruecos, el año nueve…Y más tarde, la horrorosa tragedia del
desastre de Anual y Monte Arruít del veintiuno, con un rifeño
enemigo en las mismas puertas de sus casas. Ella había sabido y
bien que lo recordaba, de la sangre joven vertida en el Barranco
del Lobo, de tantos soldaditos llamados a filas, arrancados de sus
hogares, de sus pueblos serranos… y del holocausto de sus jefes…
de Pintos, de Silvestre, de Margallo… Luego dos guerras mundiales
y como remate, para culminar tanto dolor, el levantamiento de
Franco y los suyos y los veinte o poco más, años de represión
implacable de una media España sobre la otra.
A veces, cuándo mi trabajo me lo permitía, le rogaba que
me hablase de sus recuerdos, de sus vivencias lejanas y yo absorto,
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
medio embobado, recibía con avidez sus palabras que, como un
sedante, aliviaba mi cansancio.
Pero aquel día, mi madre con la inocencia que le daba su
bondad, abordó un tema que había de entristecerme.
-¿Te acuerdas –me dijo– te acuerdas de Clotilde, de la
buena Clotilde?
Dejé por un momento mi trabajo, aparté de mi mente otras ideas
y escuché… Escuché tenso, inmóvil, para no perderme ni una sola
de sus palabras.
Y pasaron unos segundos. Unos segundos en los que,
velozmente desfilaron por mi recuerdo los momentos de mi niñez,
tantos sucesos de mi infancia ya dormida, vividos junto a la Señora
Clotilde, la vieja mujer que por muchos años trabajó en mi casa
y a la que tanto debía.
Mi madre escuchaba y asentía con su silencio. Porque de
la anciana y recia Clotilde no podíamos tener sino recuerdos
agradecidos.
Pero -añadí- hay algo, mamá, que nunca supe y muchas
veces me he preguntado… y sólo tú me puedes decir. Por más
que evoco su imagen, no acierto a llegar al día en que el destino
la puso en nuestro camino. Para mí que Clotilde estuvo siempre
entre nosotros. ¿cuándo, mamá,… tú, que te acuerdas de todo,
llegó Clotilde a nuestra casa y cómo, sin pretenderlo, porque ella
nunca pidió nada, entró en la familia para darnos cuanto era, que
era mucho…su inocencia campesina, su bondad y el sudor de su
trabajo…?
Mi madre… ¡qué claridad de ideas! No tardó en contestarme:
-Con los años voy perdiendo la memoria, pero hay recuerdos, precisamente los más lejanos en el tiempo, que como dormidos
permanecen dentro de mí y surgen a veces, espontáneamente, y
siempre, cuando los llamo.
Lo que me preguntas es fácil de contestar y cuando te lo
digo, ya verás, no lo olvidarás mientras vivas.
Fue… en 1927… Si -decía muy segura- en 1927, un año
muy generoso y feliz para tu padre y para mí. Con él llegó la paz
- 20 -
EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
a Marruecos. Se acabó la guerra con los moros del Rif… Llegaste
tú, que naciste en Marzo con la Primavera. Y también… también,
nos vino Clotilde, justo un día antes que tú… ¡Clotilde… una mujer
enjuta y seria, alpujarreña de Granada, callada y hosca! Con su saya
negra y basta, tan larga que apenas dejaba ver la punta de sus
alpargatas de esparto, siempre limpias. Y su pañuelo de seda negra
cubriendo su cabeza y su faltriquera. Fue, ya te digo, en 1927.
Lo sabemos por la Historia, la sangrienta, agotadora para
España, Guerra de Marruecos tan desgraciada y trágicamente
dolorosa como Barranco del Lobo, Annual, Igueriben, Monte Arruit
y Zeluan, terminó tras el desembarco de Alhucemas, Septiembre
de 1925, dos años más tarde en 1927, en plena Dictadura del
General Primo de Rivera.
Desde ese año Marruecos fue un campo de paz y de lento
pero seguro progreso y Melilla la ciudad de mis padres y mía que
en alguna ocasión había estado a punto de caer en poder de los
rifeños de Abd El Krim, comenzó a prosperar. Su caserío se extendió
rápidamente por todo el valle que riega el Río del Oro, hasta las
mismas faldas del Gurugú. El puerto cobró vida y el comercio
creció con fuerza.
Mis padres tenían entonces un más que modesto comercio
de ultramarinos y coloniales en la ribera derecha del río, lindando
con las vías del tren minero y las laderas del Cerro de Camellos.
Era un amplio salón rectangular de agradable aspecto con estanterías
acristaladas, bien surtido de conservas y embutidos, perfumería,
tejidos y librería. A él se entregaron con un trabajo serio y constante
que les permitió llevar una vida sin escaseces.
Tres hijos alegraban la casa: Paco, el primogénito, que
entonces contaba diez años, muchacho inteligente, estudioso…
Carmen, la única niña, de seis, y Adolfito, “Fito” que contaba solo
dos.
Mi madre de nuevo en periodo de gestación vivía preocupada.
¿Cómo -decía- voy a poder llevar la casa cuando nazca el
nuevo crío… la limpieza, la comida, los niños… la tienda?
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
Mi padre lo comprendía y llevaba unas semanas interesándose por alguna mujer a quien contratar para que ayudase en la
casa y aliviase a mi madre en sus trabajos. Pero no encontraba algo
que le conviniese.
Hasta que un día por información de algún cliente, supo
que a una señora, algo mayor, que vivía en el Patio Gallego, podría,
tal vez interesarle.
Y sin pensárselo dos veces, sin desprenderse del guardapolvo
que habitualmente vestía, una tarde de marzo, sin avisar a nadie,
cerró la tienda, cruzó las vías del tren y entró en el Patio.
¡El Patio Gallego! Era y sigue siendo parte de un complejo
edificio, cuya mitad norte la ocupa un caserón de escaso gusto
arquitectónico, que yo he conocido como edificio de la Exposición
o del Reloj y que, en otro tiempo también sirvió como convento
de monjas y posteriormente, de parroquia. Pero el resto era
diferente.
Una colmena de viviendas, veinte o treinta vecinos de bajo
nivel social que, aunque parezca difícil, vivían pacíficamente. Por un
lado daba a la ancha Avenida General Pool vieja, donde se muestra
como edificio de dos plantas, pero por la parte posterior, sólo
presenta una hilera de casitas con un patio, cerrado por una larga
reja de hierro que imitaban lanzas, paralela a la vía del tren de la
piedra. En ese espacio sin edificar, un hermoso, soberbio pozo
surtía de agua fresca, casi potable, a todos los vecinos y junto a él,
dos artesas de madera. Y por todas partes cuerdas y alambres
izados con estacas para tender al sol la ropa recién lavada. Mi padre
llamó en la primera puerta. Una señora de buen ver, extrovertida,
Pepa Bernal, le informó correctamente:
-Siga usted toda esta acera -le dijo- hasta el final. Luego a
la derecha, también hasta el final. Se encontrará un pasillo cubierto,
algo oscuro… siga. Llegará a un patio interior. No baje los
escalones… continúe por un camino junto a la pared que bordea
una reja y al final, en un pequeño rellano, la penúltima puerta. Allí
vive la señora que usted busca… ¡La señora Clotilde!
Y mi padre siguió sus instrucciones… y llegó.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Era una puerta de cristales con visillos. Llamó una, dos, tres
veces pero nadie atendía. Fue entonces cuando la vecina de aquel
rellano, dándose cuenta de lo que mi padre pretendía, intervino:
-Golpee fuerte- le dijo… ¡La señora Clotilde es muy sorda!
Y mi padre golpeó con fuerza.
Al fin se abrió la puerta y apareció ¡Clotilde! Era una mujer
mayor… quizás de 54 ó 56 años, quizás algo más. El pelo blanco
que en otro tiempo fuera rubio, los ojos claros, la piel blanca, casi
lechosa. Una gran nariz que nada le favorecía y un vestido pueblerino:
Falda o saya larga, negra, de tejido basto hasta ocultar humildes
alpargatas, blusa y faltriquera. Y el pañuelo de seda también negro
que ni en casa se quitaba.
Mi padre le habló fuerte, fuerte al oído. Y se entendieron.
Mi padre, hombre natural bondadoso, supo comprender siempre
a la gente sencilla, y Clotilde lo era. Clotilde oía y entendía lo que
a gritos le decía mi padre, y le interesó la propuesta. Fue luego a
la habitación interior, su dormitorio y de un baúl sacó un par de
papeles que, doblados, guardaba celosamente. Los ofreció a mi
padre para que los leyera.
Mi padre cuidadosamente, desdobló el primero. Era una
partida de bautismo, la partida de Clotilde. Supo que esa mujer
que tenía delante se llamaba Clotilde Palomar Serrano. Había
nacido en Ugíjar, un pueblecito de la Alpujarra granadina, lindando
con los límites de Almería. Era soltera, campesina y había perdido
hacía ya muchos años a sus padres.
Mi padre sonrió:
-¡Somos casi paisanos! -Le dijo para animarla. Pero ella no
le entendió.
Y en verdad que era así. Porque Canjáyar, el pueblo natal
de mis padres está tan solo a unos kilómetros del de la señora
Clotilde.
El segundo papel era un certificado de buena conducta
que, expedido también por el Párroco, dos años antes, decía que
Clotilde era una humilde y buena cristiana, campesina sin recursos,
que marchaba a Melilla en compañía de su hermana, ambas solteras
en busca de trabajo que les permitiera sobrevivir.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
Comprendió mi padre tras leerlo que estaba ante una
sufrida, honrada mujer, trabajadora, a quien la pobreza del campo
le empujaba a emigrar a lo desconocido. Precisamente a Melilla,
quizás por las noticias de bienestar que los quintos del pueblo
propagaban al volver de la milicia, y se atrevió a preguntarle:
-¿Y su hermana? ¿Vive aún con usted?
-Murió hace unos meses de fiebres -contestó con lágrimas
que no pudo disimular.
-Desde que llegué -continuó- he trabajado como lavandera.
Los primeros meses en el río con otras mujeres. Ahora tengo esta
vivienda y en el patio, usted lo habrá visto, una artesa junto al pozo.
En ella lavo y allí me gano la vida… ¡Mire que manos! -Y le mostraba
orgullosa sus dos huesudas, trabajadoras manos… Las uñas consumidas de toda una vida de duro esfuerzo.
-Pero, aunque ya voy para vieja, estoy fuerte y sana…decía.
Nunca me ha visto un médico… ¡A Dios gracias!…
Mi padre se conmovió y no era para menos.
Con admiración le cogió las manos y con respeto las miró;
fue como firmar un contrato con aquella mujer que nada sabía de
escritos.
-Le esperamos mañana, señora Clotilde. Aunque siga usted
viviendo en esta casa, comerá con nosotros… no nos falle, porque
nos hace mucha falta.
Y mi padre salió. Salió contento. Y es que la gente buena
sabe conocerse al primer encuentro. Y mi padre marchó convencido
de que había conocido a una buena mujer, una mujer del pueblo
llano a quien podría ayudar.
Así vino Clotilde a casa. Nunca en momento más oportuno.
Al día siguiente fue ella la que avisó a la partera, que me
ayudó a nacer. Y de las manos de la partera pasé a las suyas, a las
manos largas, huesudas y fuertes de la buena Clotilde.
Ella me lavó y me puso los primero pañales.
Ella me dio el primer biberón y me acunó entre sus brazos.
Veló mis primeros sueños y con voz, quizás desafinada, pero a mí
me parecía de un coro de ángeles, cantó las nanas que aprendió
en su pueblo.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Luego, pasado el tiempo, asido a sus faldas, aprendí a
caminar y siempre, siempre con ella me sentí protegido y seguro.
Pero ella también mejoró.
¡Clotilde ha cambiado! Decían sus vecinas del patio Gallego.
¡Se ha hecho más sociable… más amiga! Comentaban otras.
Y era que, quizás por primera vez en su vida, Clotilde que
ya no tenía que lavar en el río, había encontrado una razón de
vivir. Y su corazón latía alegre.
Así, al menos me lo contó mi anciana madre aquella tarde
portuense bajo la brisa marinera que, arrancando de la bahía,
refrescaba las almas.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Antonio Quetar Beltrán
DOS HERMANOS Y UN FRANCES
-Abuelo, tengo que escribir para el colegio un relato
ambientado en la época del Bicentenario.
Esto se lo decía Alejandro a su abuelo, con el que compartía
su afición por la lectura. Últimamente había leído algunos trabajos
suyos para la escuela.
Es bueno para que las personas mayores mantengan la
memoria, siguiendo uno de los muchos consejos que nos dan,
intercambiar momentos y opiniones con personas de menor edad.
El último escrito que Alejandro me había dejado se basaba
en el ataque a Cádiz del pirata inglés Francis Drake.
“El veintinueve de abril de 1587, al amanecer, atacó la bahía
de Cádiz una flota formada por veintiséis buques de guerra. Uno
de ellos era el Rainbow, al mando del citado Drake. Éste había
partido de Inglaterra con tres mil hombres de mar. Sobre la cinco
de la tarde enfilaron los ingleses la entrada de la bahía. A su paso,
los galeones enemigos cañonearon, apresaron e incendiaron varias
Naos, además de once urcas pertrechadas y cargadas. Penetraron
hasta el caño de la Carraca, pero no pudieron alcanzar el puente
Zuazo. Por tierra se aceleraron los preparativos para la defensa.
Esto hizo que Drake desistiera de su idea de saquear Cádiz. Se
limitó la jornada a apresar veintidós urcas y naos, así como algunas
naves de las destinadas a la Armada Invencible, de infausto recuerdo.”
-Me ha gustado mucho tu relato, Alejandro. Ahora, voy a
contarte mi historia en tiempos de la invasión francesa, que titulo
“Dos hermanos y un francés”.
Verás, el vivir en la isla de León, para dos hermanos en
aquella época, ya avanzado 1810, era convivir en un entorno de
guerra continua. Día tras día, era el mismo panorama; una lucha
no muy lejos de su casa que se divisaba en el horizonte, con el
estruendo de los cañones y una densa humareda.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
Sentados en el suelo a la puerta de su casa, observaban lo
que acontecía a su alrededor. Grupos de soldados presurosos
buscaban el lugar designado para la lucha; paisanos con gesto de
preocupación observaban el desfile de soldados; niños vociferantes
corrían al paso de la tropa.
Más adelante, un gran carromato tirado por dos mulos
transportaba a un grupo de soldados heridos. Posiblemente los
llevaban al hospital de San José.
Benito se llamaba el mayor de los dos hermanos, era listo
y muy despierto. Francisco era el menor, tímido y retraído.
Algo más tarde, pasó junto a ellos Nicolás; un pescador
que había dejado la mar para incorporarse a la compañía de
Escopeteros de las Salinas, y era muy reconocido por su valor. Este
hombre era vecino y, además, un gran amigo de los chiquillos. Les
enseñó a cazar conejos y perdices. Hacían unos lazos con las cerdas
de las colas de los caballos, las plantaban en el suelo y a esperar.
También preparaban trampas con un trozo de red de pescar que
él les facilitó, depositándolas sobre la hierba. Cuando los pájaros,
sisas, calandrias o mosquetines, se posaban al reclamo de la comida
que ellos ponían en las trampas, tiraban de una cuerda que volcaba
la red y las aves quedaban atrapadas.
Ellos conocían zonas tales como el Manchón de Villa. Estas
eran zonas de marismas y salinas que estaban vedadas para los
franceses, por las que no podía transitar vehículo alguno, ni muchos
menos transportar pesados cañones. Eran lugares por los que los
porteadores chiclaneros pasaban los alimentos, para subsistir, a la
numerosa población de la isla en ese momento. Todas aquellas
marismas y salinas fueron transformadas por los trabajadores para
hacerlas inexpugnables para el ejército francés.
Aquel día salieron muy temprano, recogieron las trampas
de donde las tenían escondidas y procurando no ser vistos por su
padre, que trabajaba en un molino harinero, y que al igual que su
vecino Nicolás, pertenecía a la compañía de Escopeteros.
Iban los niños caminando por aquellos abruptos terrenos,
cuando escucharon unos lamentos. Se asustaron, y a gatas, para
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
no ser vistos, se fueron acercando al lugar. El susto fue aún mayor,
al divisar a un soldado francés caído de bruces en el fango. La
primera intención de los chiquillos fue salir corriendo, pero al oír
la voz entrecortada del soldado se pararon:
-No tengáis miedo. Estoy herido. Por favor, ayuda.
El caído levantó las palmas de las manos hacia arriba para
que entendieran que no corrían peligro.
Los niños se acercaron cautelosamente y observaron al
soldado. Era muy joven, rubio, se notaba que había estado llorando.
-Me he perdido en la carrera, tropecé y me he roto un
pie.
Creyeron entender los niños en un castellano torpe y
atropellado. Observaron que tenía un pie doblado en una extraña
postura. Por los gestos que hacía, debía dolerle mucho.
-Llevo dos días aquí solo, sin poderme mover. Tengo mucha
hambre.
Los niños se miraron y Benito sacó del zurrón un trozo de
pan y otro de tocino. Y se lo ofreció. Mientras comía con ansia,
les preguntó cómo se llamaban.
-Yo me llamo Benito, y mi hermano Francisco. Vivimos en
el barrio de la Iglesia.
-Yo me llamo Pierre y os doy las gracias. No volveré a
luchar contra vosotros. Si no hubieseis llegado hasta aquí, lo más
seguro es que hubiese muerto. Lo sentiría de verdad por mi madre,
que quedaría sola.
Los niños hicieron tiras con sus ropas y con ellas vendaron
fuertemente el pie del francés. Le buscaron un palo que le sirviera
de bastón y le indicaron el camino para regresar a su campamento.
Aquel día no hubo caza, y al regresar a casa, no comentaron a
nadie lo ocurrido.
Así, un día tras otro, llegó el veinticinco de agosto de 1812.
Los franceses se retiraron y con ello, acabó el cerco a la villa.
Han pasado ya diez años, Benito trabaja en el mismo molino
harinero que su padre. Estando un buen día a la faena, vio a un
mozalbete que venía corriendo hacia él.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
-Benito, Benito –gritaba- en tu casa hay unos señores muy
encopetados que te andan buscando.
-¿Y quienes son? – le preguntó Benito.
-No lo sé. –dijo el niño-. Yo ya he avisado a Francisco.
Benito se disculpó con sus compañeros y se encaminó a
su casa. Al cruzar el umbral de la puerta, vio en su casa a un señor
rubio, muy bien vestido, y a una señora mayor.
-No se si me recordarás. Yo soy el soldado francés al que
ustedes socorrieron y salvaron la vida. Esta señora es mi madre
–les dijo-.
La señora se acercó a Benito y emocionada le cogió la
mano. Luego lo hizo con su hermano, y mirándoles a los ojos, les
dijo:
-Llevo diez años esperando este momento, para hablar
con vosotros. Hemos aprendido vuestra lengua, y cada año, cuando
recordaba el día en que ustedes socorrieron y salvaron la vida de
mi hijo, lloraba llena de una enorme gratitud hacia vosotros. No
es habitual, que en tiempos de guerra se produzcan gestos tan
nobles. Cada año, durante diez años hemos hecho una fiesta de
aniversario, en la que abundaban alimentos. Para compartir con
vosotros nuestra felicidad, os los hemos traído por cada año
transcurrido.
Mostró con la mano un gran arcón lleno de viandas.
-Señora, nosotros lo hicimos compadecidos por el estado
en que se encontraba su hijo -dijo Benito.
-Pero, dado el momento y el lugar -contestó Pierre- este
gesto vuestro me salvó la vida.
Así, los dos hermanos, sus padres y el vecino Nicolás
festejaron el acontecimiento en compañía de los franceses, durante
muchas horas. Y guardaron durante el resto de sus vidas un grato
recuerdo.
-Aquí termina mi cuento. Espero, Alejandro, que pueda
servirte de inspiración para el siguiente que tú piensas escribir.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Francisco Vázquez Bernal
UN DÍA NO CUALQUIERA DE FEBRERO
Allí estaban todos, los cinco. Aquel día era un día especial,
teníamos invitados, mejor dicho, ellos se habían invitado, nietas y
nietos, y la abuela encantada… y yo también. La abuela es una
cocinera excelente, a veces pienso que los grandes maestros de
la cocina española la espían para luego confeccionar sus exquisitos
y variados platos. Habíamos estado en el Museo de la Plaza de
Mina. A la salida, en un día espléndido, durante el trayecto desde
el museo hasta casa, la conversación y los comentarios rondaron
entre sarcófagos, Zurbaranes, los títeres de la Tía Norica y Dólmenes
de Alberite, donde yo, el abuelo, siendo un chiquillo, había vivido
una larga temporada en el cortijo poco después de la catástrofe
de Cádiz del año 1947, todo esto mezclado con preguntas a la
abuela sobre qué es lo que había para almorzar.
Desde el museo hasta casa había unos diez minutos. Pese
a lo animada de la conversación, todos estábamos pendiente del
Julito, que aún no tenía ni tres años. Así, entre palabras, risas y
algún que otro chillido llegamos a nuestro cubil, desde el que, dada
la altura, un décimo piso, podía contemplarse una hermosa vista
de una ciudad tan singular y bella como es Cádiz.
El almuerzo transcurría como otras veces, había un acuerdo
tácito de que durante la comida, radio y televisión permaneciesen
apagados, lo que nos permitía entablar un coloquio en el que
exponer nuestras opiniones sobre temas variados o asuntos y
anécdotas personales. Una de estas anécdotas, la de cuando la
abuela, entonces mi novia, jovencísimos los dos, una noche,
estábamos “pelando la pava” en la casapuerta y vio venir a su padre,
que aún no conocía nuestras relaciones. La inminente llegada de
éste, hizo que, rauda como un rayo, saliera disparada hacia el patio
interior de la casa y simuló que se le había perdido una peseta, en
esto que mi futuro suegro irrumpió en el patio y la vio agachada
mirando hacia un lado y otro bajo la luz mortecina de una bombilla
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
de escaso voltaje preguntándole qué le ocurría. Ante la tunante
respuesta de la hija, su padre encendió su mechero de fumador
y allí estuvo busca que te busca hasta que, sin peseta, claro está,
se dio por vencido y ambos se subieron por las escaleras para su
casa, no sin antes ella, a hurtadillas, lanzarme una mirada entre
picarona y asustada. Esta anécdota, pese a las muchas veces que
la habían oído, les hacía reír a carcajadas.
Terminado el almuerzo, una vez todo en orden, en el salón,
mientras la abuela, relajada en el sofá, se distraía viendo en la tele
uno de sus programas favoritos, y yo, acomodado en un butacón
junto a ella, ojeaba un libro sobre el Bicentenario de “La Pepa”, los
peques, en el comedor, se entretenían con uno de los juegos que
yo había inventado para ellos, el llamado “La Bolsita de las Ilusiones”.
Cada jugador escribía sus ilusiones en un papel, sin que sus
adversarios las viesen, hasta que, terminado el juego, el ganador
mostraba lo escrito exigiendo a sus contrincantes el cumplimientos
de sus deseos. Antes de comenzar la competición se acordaba
sobre en qué tenían que consistir esas ilusiones, esta vez eligieron
imitar a personajes famosos del mundo del cante, del baile y la
música, para ellos era un pasatiempo divertido, muy divertido. Sin
entrar en otras peculiaridades del juego, en esta ocasión el ganador
fue Mario, que lleno de alegría por su triunfo, cogió la plegada
papeleta que él escribiera, depositada sobre la mesa al comenzar
el juego y ante la atenta mirada de Julito, la desdobló para enseñársela
a sus rivales Lucía, Julia y Andrea y pedirles que cumplieran lo que
en ella estaba escrito. Su rostro mostró una expresión de entre
sorpresa y extrañeza, a la vez que agitando el papel exclamaba:
“¡Pero esto no es lo que yo he escrito!”. “Pues ahí pone Mario”,
dijo Lucía. “Esa es tu letra”, afirmó Andrea. “Sí, pero no es lo que
yo pedía, ¡cómo voy a pedir yo esto!”, dijo Mario, dejando caer la
papeleta sobre la mesa. “Alguien me lo ha cambiado”. “¡Venga ya
Mario, léelo de una vez!”, exigió Julia algo alterada. “De verdad que
no es lo que yo he puesto…”. “Qué pesado eres, Mario”, eran
Andrea y Lucía, a las que se sumó Julito, recalcando lo que las
primas decían. El tono de las voces alcanzaban cada vez más
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
decibelios, hasta el punto que abuela y abuelo irrumpimos en la
habitación para poner algo de orden en los alterados ánimos.
“¿Qué pasa?”, preguntó la abuela en un tono simulando
seriedad. “¡Que este niño en un plomo!”, afirmaron airados los
contrincantes de Mario. “Toma abuelo, lee lo que dice aquí”. Cogí
el papel que Mario me tendía, conforme lo leía no pude evitar que
una leve sonrisa se dibujara en mi rostro. Desde luego lo que allí
ponía era un despropósito, un verdadero disparate. “Bueno, ¿qué?”,
preguntaron. “No sé si lo que aquí está escrito son las ilusiones
que Mario quiere que se hagan realidad, escuchad: Mi ilusión es
que aparezca aquí el cuadro que hemos visto en el Museo de
Bellas Artes obra del pintor holandés N. E. Pickenoy “El Juicio
Final” y salgan de él todos los seres que hay en dicho juicio, luego
diré a quién hay que imitar”. “¡Que yo no he pedido eso!”. “Ustedes
son los perdedores, ¿aceptáis la petición?”, dijo la abuela con humor,
a la que siguieron todos en el mismo tono, aceptando el descabellado
desafío pronunciando las palabras de rigor que el juego exigía para
que el hecho se cumpliera: “Hágase tu voluntad, Mario”, y seguidamente se pusieron a bailar y cantar cada uno como mejor le vino
en gana.
Breve, muy breve fue el espectáculo folklórico. De la
papeleta de Mario situada sobre la mesa surgió un fogonazo, y
sobre una de las paredes del comedor, ante los atónitos ojos de
todos apareció la obra del holandés. Como estatuas, el grupo
contemplaba la pintura no dando crédito a lo que sucedía, pero
aún quedaba más, mucho más, el pequeño Julito, para el que lo
que estaba ocurriendo seguía siendo un juego, se acercó decidido
al cuadro y le pasó la mano por encima de un lado a otro. Como
una legión de hormigas, como una marabunta imparable, comenzaron
a salir del lienzo, una tras otra, las figuras que había en él, inundando
el comedor. Conforme brotaban del cuadro, se hacían pequeñas,
diminutas, de no más de quince centímetros de estatura, lo invadían
todo, se subían por los muebles, por las paredes, el techo, como
si la gravedad no les afectase. En silencio, en el más hermético
mutismo, los pequeños personajes deambulaban de un lado para
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
otro hasta que el último abandonó el cuadro, entonces, los primeros
que salieron volvieron a incorporarse al lienzo recuperando su
estatura, ocupando el lugar y la posición que en él le correspondía,
y así, uno tras otro, igual que salieron retornaron, mostrando
nuevamente la imagen de “El Juicio Final.”
Estáticos, incapaces de pronunciar palabra, el grupo familiar
había asistido al insólito y asombroso espectáculo, parecía como
si hubiésemos quedado embalsamados, hasta que un grito desgarrador de la abuela nos hizo reaccionar. “¡Fuera! ¡No quiero esos
bichos en mi casa!”. Pese a la pretensión de la abuela, el cuadro
permaneció donde estaba. “¿Qué vamos a hacer, abuelo?”, preguntaron unos y otros. Por toda respuesta, sin saber por qué, me dirigí
a la pintura y con un rápido ademán, pasé dos veces seguidas la
mano sobre ella. Como por arte de magia, los personajes que
pintara Pickenoy desaparecieron y otros distintos ocuparon su
lugar. “¡Es como una pantalla táctil!”, dijo Lucía. “¡Sí, como las que
vimos en la exposición de Ciudadanos!”, afirmó Mario. “Pero ahora
no han salido los personajes”, puntualizó Julia. “Eso ha sido porque
abuelo ha pasado dos veces la mano por el lienzo y Julito sólo una,
estoy segura”, dijo Andrea. “Yo le doy otra vez”. Y antes que nadie
pudiera impedirlo, Julito volvió a pasar la mano por la pintura y el
evento se repitió con los nuevos mini seres.
Pese a que era prácticamente un calco de lo ocurrido
anteriormente, no por ello dejó de causarnos una inquietante
sensación, sobre todo cuando el último personaje, una hermosa
mujer, antes de incorporarse al lienzo, se volvió hacia el grupo y
con voz dulce nos dijo: “Vosotros también estáis aquí, si seguís
pasando la mano os veréis”.
Fue como una bomba, todos a una saltaron contentos a
la vez que pedían verse reflejados en el cuadro y luego salir de
paseo por la habitación; bueno, todos menos la abuela y el abuelo,
que raudos, nos pusimos delante de la supuesta pantalla táctil
impidiendo que ninguno llegase a pasar la mano por ella, a la vez
que pedíamos un momento de reflexión antes de hacer algo de
lo que tuviéramos que arrepentirnos, lo que llevó a una protesta
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
clamorosa de todos los peques. Con voz templada pero firme, la
abuela les dijo que el Juicio Final es una creencia donde se supone
que, una vez la humanidad llegue a su fin, se celebrará un juicio en
el que se juzgará la conducta de todos los seres humanos, por lo
que en dicho juicio se conocerá la vida al completo de todos y
cada uno, desvelando públicamente, sus más íntimos secretos, sin
que nada pueda quedar oculto, ni siquiera los más recónditos
pensamientos que tuvo. Una vez finalizado el juicio, cada cual
tendría el premio o el castigo que le correspondiese, en función
de su comportamiento.
“Abuela, pero si en el cuadro está toda la humanidad,
incluidos nosotros, ¿cómo es que estamos aquí vivos y ahí muertos?”,
preguntó Mario. “Eso, y además, ¿en qué van a consistir los premios
y castigos?”, insistió Julia. “Nadie tiene derecho a saber mis
intimidades”, dijo Lucía. “Pues a mí no me importa si a cambio voy
a conocer a todos los personajes que han existido”, apuntilló
Andrea. “Pero si ya está todo el mundo en el cuadro, ¿por qué se
demora el Juicio Final?, preguntó Julia. “Mientras no nos llaman
podemos pasar la mano por el lienzo y reunirnos con los personajes
que más nos gusten”, planteó Mario. “Es verdad, podemos aprovechar
el tiempo”, dijo Andrea, sumándose a la propuesta de Mario. La
abuela y el abuelo asistíamos a la sarta de argumentos e interrogantes
que nietas y nietos estaban exponiendo, sin saber cuales eran las
respuestas más adecuadas. “Además”, volvió a insistir Mario,
“tenemos la oportunidad de conocer a nuestros bisabuelos y
tatarabuelos”. “¿Te gustaría volver a ver a tu madre y tu padre
abuela, aunque fuesen pequeñitos?”, preguntó Lucía. “Y tú, abuelo,
con lo que te gusta la ciencia y las artes, poder hablar con Einstein,
Galileo, Max Planck, Newton, Heisemberg, Velázquez, Picasso o
Goya entre otros muchos”, remachó Andrea. El impermeable muro
que abuela y abuelo manteníamos ante el lienzo impidiendo el
acceso a él, comenzó a resquebrajarse. “Y también conocer a los
hijos de todos nosotros, porque los hijos de Julito con lo mayores
que sois no se si llegareis…”. La insinuante frase de Julia fue decisiva.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
Abuela y abuelo cruzamos una mirada, llevábamos tanto
tiempo juntos que con ello bastaba para entendernos, nos dimos
la mano, lentamente comenzamos a separarnos de la pintura, luego
en un acto de transmisión de pensamiento, ambos al unísono nos
volvimos mirando al lienzo y señalándolo dijimos: “Ahí lo tenéis,
la juventud decide”. Como una manada de feroces depredadores,
los cinco, nietas y nietos, se abalanzaron sobre aquella seudo
pantalla táctil que concedía posibilidades inconcebibles.
Las manos de unos y otros pasaban y pasaban por el lienzo
una y otra vez, los mini hombres, niños, niñas y mujeres entraban
y salían del cuadro, ante la atenta mirada del grupo familiar que
ávido trataba de descubrir entre el conglomerado a los seres que
nos interesaban. No salían por orden cronológico de su paso por
la existencia de la especie humana, con lo cual la localización era
harto difícil, casi imposible. De improviso, uno de los personajes
se plantó delante del grupo; era una mujer bastante mayor, y
mirando fijamente a una de las nietas le dijo: “¡Hola, mamá!, qué
alegría me da poder conocerte en los albores de tu adolescencia
cuando casi eres una niña, ahí dentro estáis todos más viejos, nos
volveremos a ver, lo siento, tengo que incorporarme al cuadro,
hasta luego”. Pasmados, nos quedamos pasmados, pese a que era
parte de lo que buscábamos, la realidad, como siempre, superaba
a la ficción. Aún no habíamos asimilado el impacto, cuando un
nuevo acontecimiento se sumó al anterior. “Mira, abuelo, ése que
se acerca eres tú, más viejo, pero ése eres tú”, afirmó Andrea.
Efectivamente, el mini abuelo llegó al grupo y suspendiéndose en
el aire le dio un beso a la abuela, luego a los nietos y nietas, después,
sin pronunciar palabra, se auto miró en mí y al reclamo del cuadro
se alejó para incorporarse a él. El acusado brillo de los ojos
denunciaba que la emoción subía de tono.
Todos los personajes se habían incorporado al lienzo. La
abuela visiblemente afectada, pasó la mano por el cuadro, necesitaba
que aquello se prolongara, y una nueva invasión de liliputienses
ocupó el comedor. El gritó partió de Lucía: “Míralo abuelo, ahí lo
tienes, es Einstein”. No hizo falta que yo saliera en su busca, fue
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
el gran científico el que, entre el tumulto de los diminutos seres,
se abrió camino hasta llegar a mí. Paradójicamente, él, que afirmó
que el máximo de velocidad posible era el de la propagación de
la luz en el vacío, de pronto desapareció, e instantáneamente
apareció sobre la palma de una de mis manos. Yo, con un nudo
en la garganta, lo miraba sin pestañear esperando que me dijera
algo, y me lo dijo: “Abuelo, si alguna virtud tienes, es la tozudez”,
luego extendió una mano y entendí que me la ofrecía en señal de
despedida, a lo que correspondí apretándosela fuertemente con
la mía, sin percatarme con la emoción, que era un Einstein reducido.
Un grito, un grito y luego una exclamación. “¡Que me haces daño
abuelo, que me lastimas!”. La voz me sonó rara, no era la voz de
Einstein, era lo voz de una mujer... era la voz de una mujer que
conocía, era la voz de la abuela. “¡Chiquillo, suéltame la mano ya
y despiértate, que llevas más de una hora durmiendo y tus nietos
te están esperando para no sé qué!”. “Venga, abuelo, que te vamos
a explicar lo bien que lo vamos a pasar”, dijeron todos a coro.
Recogí el libro de la Constitución del 12 que se me había caído
al suelo, y me levanté del butacón mirando a todos los sitios,
tratando de comprobar que lo que me estaba ocurriendo ahora
no era una continuación de mi sueño. Unos y otros me cogieron
por los brazos y a empujones me llevaron del salón al comedor.
“Abuelo, hemos pensado en un plan, pero tú tienes que participar,
bueno, y la abuela también”, era Julia la que muy animosa hablaba.
Desde la cocina, la voz de la abuela interrumpía el coloquio a grito
de: “¡La merienda! Ya está preparado el chocolate y los bollos”.
“Espera, abuela, que estamos diciéndole una cosa al abuelo”, dijo
Lucía. “No, mejor traemos la merienda al comedor y mientras nos
la comemos hablamos de lo que sea, ¿vale?”. “Vale, abuelo”.
Abuelo, abuela, nietas y nietos trasladamos el condumio
al lugar y una vez acomodados, tras los primeros sorbos y mordiscos,
un clamor general, “¡Abuela, está buenísimo!”.
“Voy a contar qué es lo que hemos pensado para remate
final del día de hoy, antes de que nuestros padres y madres vengan
a recogernos”, dijo Julia. “Vamos a ver qué se les ha ocurrido a
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
ustedes”, exclamó la abuela. La Julia fue a iniciar la exposición, pero
Mario la interrumpió pidiendo ser él el que lo hiciera. Después de
un forcejeo dialéctico, acordaron ir turnándose y cada cual expondría
una parte del plan, la primera en hablar fue Julia. Se levantó del
asiento y se dirigió a la estantería que había en el comedor,
directamente cogió un libro y volvió con él al asiento, buscó entre
las páginas y la elegida se la mostró a la abuela y abuelo, mientras
decía: “¿Veis este cuadro?, es “El Juicio Final” del holandés Pickenoy”.
“Ahora yo, Julia”, interrumpió Mario. “El plan consiste en pedirle
a todos los personajes que abandonen el cuadro”. Fue sustituido
por Lucía. “Me toca a mí, bastará con pasar la mano por la pintura
y todos saldrán fuera”. La abuela, asustada, miraba insistentemente
mi rostro que al oír a los nietos cada vez se ponía más y más
pálido. Andrea desplazó a su hermana y continuó: “Será el momento
de nuestra actuación, es decir, de la imitación, seremos nosotros
los que interpretaremos que los personajes han salido del cuadro,
y aquel que mejor lo haga será el ganador, ustedes serán los jueces
y el premio es que nos daréis para comprar chucherías”, esto
último lo dijo Julito. La merienda terminó bien, mejor dicho, todos
reanimando al abuelo que parecía como si una legión de demonios
le hubiera asaltado dejándolo K.O.
Se cuenta que los peques consiguieron las chucherías por
lo estupendo que hicieron su trabajo, pero nunca supo nadie
porqué el abuelo se puso tan indispuesto. No todos los días nos
ocurrían cosas como éstas…, pero parecidas sí. ¡Es broma!
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"MI [email protected] Y YO"
Relatos
Marina Cantón Fraga
Mi abuelo
Primer premio
Celia Torrejón Tobío
Al otro lado de la realidad
Segundo premio
Carmen Colomina Molina
El pasadizo tridimensional
Tercer premio
Domingo Vega García
Los Superabuelos
Cuarto Premio
Arturo García Zamudio
El murmullo del alma
Quinto premio
EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Marina Cantón Fraga
MI ABUELO
Mi abuelo se llama José Fraga Pérez, y a sus 68 años es
una bellísima persona que ha tenido que superar muchísimas
situaciones en su vida, momentos duros, tristes, alegres…
Mi abuelo nació el 5 de septiembre del año 1941. Nació
en su casa, pero había una peculiaridad, que vivía en una playa.
Sus padres eran Roberto Fraga Arias y Regina Pérez Nebril, estos
tuvieron ocho hijos, cuatro de ellos ya han fallecido. Su padre era
de Cuba, nació en la Habana, y su madre era de Galicia, de Cariño
en A Coruña. Su padre se crió en Cariño, se conocieron y se
vinieron en barco a Cádiz, donde su padre andaba todos los días
por una playa buscando un sitio donde vivir, pues la casa donde
vivían se les quedaba pequeña.
Al fin, encontró un buen sitio para vivir con su familia.
Construyó una pequeña casa de madera, muy primitiva y de aspecto
pobre. Años después nació mi abuelo. Mi abuelo nació en aquella
casa de madera, y allí pasó casi toda su vida junto con todos sus
hermanos.
Su padre trabajaba en una fábrica de latas de conserva de
pescado, pero para llevar más dinero a casa también hacía cosas
con relación a la pesca, como por ejemplo patrón de pesca, buzo…
Mi abuelo y sus hermanos no pudieron ir al colegio, pero
su padre le enseñaba lo poco que sabía. Mi abuelo estuvo trabajando
desde muy temprana edad, pescaba, iba detrás de los burros,
transportaba agua, etc. Para mi abuelo era muy duro, con seis
años, en lugar de ir al colegio tenía que trabajar, y al acabar de
trabajar su padre le daba clases como podía.
Mi abuelo me cuenta que tuvo una infancia muy dura y
que vivía como si fuese un niño del tercer mundo. También me
ha contado, que sus primeros zapatos los tuvo a los nueve años,
sin embargo yo tengo muchísimos pares de zapatos que apenas
utilizo.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
La casa seguía de madera; pero un día un militar de Torre
Gorda, un edificio militar que hay al lado de la playa de Santibáñez,
dio la información de que su hija se había ahogado, y que le daría
una recompensa a quien encontrase el cuerpo de su querida hija.
Así que el padre de mi abuelo empezó a buscar por todo el mar,
día y noche, hasta que al fin tuvo la suerte de encontrarla. El militar
muy agradecido le pregunto que podía hacer por él, que pidiera
lo que fuese, y mi bisabuelo le pidió que le hiciesen la casa de
piedra, y así fue.
Mi abuelo y todos sus hermanos crecieron, fueron formando
familias, y mi abuelo conoció a mi abuela. Se conocieron en un
partido de fútbol, por muy increíble que parezca, pero así fue.
Habían quedado cada uno con sus amigos, y según mi abuela, fue
un “flechazo”.
Ella vivía en Campano, un lugar de Chiclana, y él en Cádiz,
en La Playa de Santibáñez. Les separaban unos kilómetros, pero
mi abuelo iba a verla en bicicleta.
Él y todos sus hermanos y hermanas se casaron y sus
hermanos se fueron a vivir a otra casa, dejándole a mi abuelo la
casa de la playa, que no tenía ni tan siquiera luz y agua
El padre de mi abuelo murió de cáncer, y su madre de embolia,
pero ella vivió muchos años más, así que se quedó a vivir en la
playa con mi abuela y mi abuelo.
No tardaron en abrir un negocio en la playa, un restaurante.
Mi abuelo, sus hermanos y muchos de sus familiares pescaban, y
las mujeres trabajaban en la cocina, así lograron abrir un negocio
familiar y ganar algo más de dinero.
Mis abuelos tuvieron dos hijos, mi madre y mi difunto tío,
que vivieron toda su vida en la playa. Allí se criaron y siguieron
estando allí hasta que se casaron, pero aun así seguían yendo.
Mi abuelo se buscó otro trabajo además de tener un
pequeño restaurante y ser pescador, fue limpiador de autobuses.
En la playa educó a sus hijos e hizo su vida, era más que
su casa, era su hogar.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Fue creciendo y la familia también. Cada vez se reunían
más personas en La Playa. Allí, la familia al completo se reunía y
disfrutaba del día entre familia. Se celebraban fiestas, Navidades,
cumpleaños…
Yo también pude disfrutar de todas y cada una de esas
experiencias, magníficas, por cierto, pues para una niña pequeña
como yo lo era, tener una playa todo el año y poderla disfrutar
con tus primos es una idea tentadora. Pasé horas y horas jugando
en la arena, allí aprendí a montar en bicicleta, allí se me cayeron
mis primeros dientes...
También es totalmente cierto, que no faltaron las lágrimas
en todo ese tiempo, llantos sin importancia, por golpes y caídas,
y llantos que nunca se podrán olvidar, como la triste muerte de
mi tío, el hijo de mis abuelos.
Al cabo de los años mi abuelo tuvo que cerrar el negocio
del restaurante, porque todos los que trabajaban allí eran ya muy
mayores y no tenían fuerzas ni ánimo para continuar.
A mi abuelo le llegó una carta del ayuntamiento, diciendo
que al no haber actividad económica ni productiva, tenían que
echar la casa abajo. En ese momento, la tristeza invadió a toda la
familia. Iban a tirar la casa en la que habían pasado su infancia tanto
los más mayores como los más pequeños, una casa que guardaba
en su interior millones de recuerdos, alegres, esperanzados, tristes…
al fin y al cabo recuerdos. Recuerdos que no se borran de la mente
ni del corazón, pero recuerdos que no se podrían volver a ver.
Tantos momentos en aquella casa antigua, tantos momentos
correteando por una playa desierta, en la que solo estaban ellos,
esos momentos iban a ser tirados por una triste demoledora en
un par de minutos…
Toda la familia esperanzada intentó recoger firmas para
que no tirasen la casa, pero no fue suficiente. A mi abuelo le
hicieron entrevistas para la televisión y los periódicos, pero cada
uno contó la historia a su manera y muchas cosas no eran ciertas.
El día antes de que tirasen la casa, organizamos una comida
en la playa la mayor parte de la familia, a la que llamamos “La
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
última cena” porque como su propio nombre indica, fue la última
vez que comeríamos en esa casa. Ese día estábamos tristes porque
tirarían la casa al día siguiente, pero a la vez estábamos felices,
porque estábamos en familia y ese día nadie nos lo quitaría.
Llegó el día en que tirarían la casa, ninguno de nosotros
estuvo allí para ver su derrumbamiento, pues sería algo demasiado
duro para muchos de nosotros, sobre todo para mi abuelo, porque
en esa casa había nacido, se había criado, había aprendido, pero
sobre todo, porque la construyó su padre.
Cuando la derrumbaron salió en los periódicos, y lo único
que dejaron fue la palmera que plantó mi abuelo en su casa.
Mis abuelos se fueron a vivir a la casa de la madre de mi
abuela, que está en Chiclana, y allí se quedaron a vivir. Al principio
se les hacía muy duro vivir allí, no poder oler el olor del mar al
despertar, no sentir la brisa marina, eran muchas las sensaciones
buenas que sentían allí, pero se tuvieron que acabar acostumbrando.
Ahora mis abuelos están muy bien, con nostalgia cuando
piensan en su antiguo hogar y en las cosas que se quedaron allí,
pero miran su vida de ahora y ha cambiado mucho, mi abuelo
tiene más amistades, y mi abuela hace natación, va a clases de
tapices e incluso a clases de informática.
Aun seguimos yendo a la misma playa, aunque ya no
podamos estar en algo que era más que una casa, pero hay algo
que todavía nos hace tener que ir allí, nunca sabré muy bien lo
que es, pero para mí y para muchos de mis familiares sigue siendo
un hogar.
Al pasar por la carretera de La Playa, lo único que queda
de aquel fantástico recuerdo es una vieja palmera descuidada a
causa de que ya no hay nadie que la riegue cada mañana al
despertar…
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Celia Torrejón Tobío
AL OTRO LADO DE LA REALIDAD
Curioso el mundo de los sueños, ¿verdad? Ese mundo
donde la realidad y la ficción se entrelazan, haciéndonos dudar
dónde empieza una y dónde acaba la otra.
Hay personas que recuerdan perfectamente los sueños y
otras que no logran rememorar lo soñado. Yo no suelo acordarme
de los sueños que tengo, y eso, me fastidia mucho.
Hoy me he despertado con una extraña sensación. Mi
mente está completamente confusa. Por ella se deslizan, como si
de gotas de lluvia se trataran, imágenes y voces que me resultan
extrañamente familiares. Durante unos momentos, he llegado a
dudar incluso dónde me encuentro. Necesité unos minutos para
darme cuenta de que estaba en mi habitación y que, la pasada
noche tuve un sueño muy raro, pero tan real y tan nítido… Sabía
que tarde o temprano, acabaría olvidándolo, así que, he decidido
escribirlo para poder mantenerlo vivo siempre con todo lujo de
detalles. Por eso, he tomado una libreta y sin tiempo que perder
voy a escribir todo lo que sentí, antes que lo vivido en sueños se
esfume como humo entre las manos:
Una imponente escalera metálica de caracol se presenta ante
mí. Miro hacia arriba y mi vista no alcanza a divisar el final. Comienzo
a subir decidida, peldaño a peldaño, la retorcida escalinata. A ambos
lados, la nada. Solo el vacío. Continúo la ascensión sin pausa, aunque
tengo la sensación de no haber ascendido nada en esta escalera
infinita.
Pocos instantes después, una luz blanca aparece como al final
de un túnel. Más animada, aumento el ritmo de subida. La luz se
hace cada vez más blanca, más intensa, casi cegadora. Jadeando logro
llegar al final y la luz me envuelve por completo. Me protejo los ojos
con las manos y avanzo un poco más. Abro los ojos y me encuentro
ante un lugar de una belleza extraordinaria, como jamás había visto
en mi vida.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
El suelo en el que se posan mis pies es blando y de un color
y textura muy parecidos al de la nieve. A mi alrededor se forman
unos pequeños remolinos como de algodón queriendo juguetear con
mis pies. El aire que respiro es fresco, pero no muy frío y me aventuraría
a decir que huele a menta.
Todo lo que me rodea es de un precioso color azul claro. En
aquel lugar todo era silencio, aunque poco después se vio interrumpido
por el sonido del agua de un arroyuelo. Busqué con los ojos de dónde
provenía aquel sonido, pero solo encontré ese color celeste que lo
envolvía todo.
Aquel lugar era maravilloso. Podría quedarme allí toda la vida...
Decidí avanzar por un estrecho sendero salpicado de flores
multicolor. Unos pájaros me acompañan revoloteando sobre mi cabeza.
Un grupo de mujeres me sonríe al pasar junto a ellas, a su lado unos
niños juegan alborozados. Noto que en todos ellos hay algo en común:
sus rostros alegres y serenos. Una sensación de calma y de paz se
apodera de mí. Me acerco a un banco y me siento para contemplar
con mayor atención los detalles del maravilloso lugar.
-Hola, Celia -escuché a mis espaldas mientras despertaba de
mi pequeña fantasía. La voz sonó grave y serena.
Poco a poco, algo asustada y con una lentitud exagerada, me fui
dando la vuelta para descubrir quién me había saludado.
-¿Abuelo?-dije perpleja.
Un hombre me mira por encima de sus gafas fijamente.
-¿Celia?¿Eres tú, verdad? Esa naricilla no puede ser de otra
persona.
Los dos nos fundimos en un cálido abrazo. El abuelo me besa
una y otra vez como queriendo ganar el tiempo perdido desde su
marcha.
-¡Estás tan mayor! Estás hecha toda una mujercita -dice
sonriendo mientras acaricia mi cara.
El abuelo tiene un semblante realmente estupendo que nada tiene
que ver con la última imagen que guardo de él.
Después de este encuentro tan inesperado me asalta una
duda que me angustia.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
-Abuelo, si esto es el cielo, eso significa que yo…
-No cariño, no te preocupes. Solo estás aquí de visita. El amor
que guardas por mí en tu corazón ha hecho posible que volvamos a
vernos. No temas.
-Te he echado tanto de menos -dije entre sollozos.
-Yo también -contestó-.¿Y la abuela, está bien?
-Sí, está muy bien -no le digo nada de la caída que ha tenido
y que le ha dejado con un brazo maltrecho-. Sigue echándote de
menos.
-¿Y a ti, cómo te van las cosas, cielo?
-Bastante bien. Estoy estudiando segundo de secundaria y voy
clases de bailes de salón y ballet, además tengo un precioso perrito.
-¿De veras? -preguntó sonriendo-. Demos un paseo y aprovechemos el tiempo.
Nos acercamos a un lago de aguas cristalinas y subimos a
una barca. El abuelo me mira tiernamente mientras rema. Una ligera
brisa acaricia mi cara. Junto a la orilla hay un grupo de personas
escribiendo.
-¿Qué hacen, abuelo?
-Verás, cuando llegas aquí, lo primero que hacemos es dejar
por escrito nuestra vida, ya que en pocas horas, todos nuestros recuerdos
desaparecen.
Esto nos ayuda a mantener vivo nuestro paso por la vida.
Esas personas que ves, son los nuevos, están recién llegados. Así nos
contamos la vida los unos a los otros y eso nos hace más sabios, ya
que aprendemos de la mayor fuente de conocimiento, la vida de una
persona.
Al llegar a la otra orilla, bajamos y nos tumbamos sobre un
manto de hierba fresca mirando al cielo. Cogidos de la mano permanecemos unos instantes en silencio. Observo como una nube de color
plomizo empaña el cielo azul.
-¿Qué es esa nube?
-No la mires. Esa nube contiene todos los malos pensamientos
y acciones de las personas. El egoísmo, la maldad, la injusticia y la
crueldad habitan en ella.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
El abuelo se incorpora y se sienta frente a mí. De un bolsillo
saca una pequeña botella.
- Mira, quiero enseñarte algo.
Desenroscó el tapón y unas pequeñas partículas multicolores
empezaron a ascender describiendo una particular danza en el aire.
El abuelo las atrapó con una mano. Las partículas fueron adhiriéndose
a su piel como las piezas de un puzzle hasta conformar una imagen.
Me quedé boquiabierta ante aquel fenómeno.
-Mira esto. Aquí estás soplando las velas en tu primer cumpleaños.
Volvió a repetir la operación y esta vez me mostró una imagen
de mi primer día en la escuela.
-¿Te acuerdas? Ibas tan graciosa con tu mochilita a cuestas.
-Sí. Recuerdo que me llevó la abuela. ¡Me costó tanto soltarla
de la mano y ver como se alejaba por el pasillo!
El abuelo volvió a destapar la botella y me enseñó una imagen
donde el abuelo me tenía en brazos vestida de flamenca.
-Este es el primer traje que te hizo la abuela para la feria.
¡Mira que gitana tan guapa!
-Pues todos los años sigue haciéndome uno nuevo.
-La abuela te quiere mucho y lo hace con gusto.
Después el abuelo me ayudó a levantarme para iniciar la
vuelta en barca. Cuando faltaban escasos metros para tomar la orilla,
el abuelo dejó de remar. Se acercó a mí para abrazarme fuertemente.
Luego me tomó la mano y me entregó una pequeña esfera metálica.
Su tacto era suave y cálido.
-Quédate con ella, pero no le digas a nadie que yo te la di.
Pensarían que estás loca. Llévala siempre contigo y te protegerá toda
tu vida.
-Así lo haré abuelito.
Intuí que mi visita llegaba a su fin y que aquello era el preludio de una
despedida.
-Me temo que es hora de que vuelvas a casa -comentó el
abuelito.
-No quiero. No quiero dejarte aquí. Ven conmigo, por favor.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
mejilla.
vez.
-Sabes que no puedo -respondió mientras me acariciaba la
-En ese caso me quedaré yo aquí. No quiero perderte otra
-Te quedan muchas cosas que ver antes, pequeña. Además,
sabes que siempre estaré ahí.
-Sí, en la estrella más brillante del firmamento -dije con voz
entrecortada.
Se acercó hacia mí para darme un abrazo de despedida que
vino acompañado de un beso en la mejilla.
-Adiós -dije sintiendo cuánto me pesaba aquella palabra.
-Espera -dijo. Cuando llegues a casa, dirígete al salón y abre
el tercer cajón de la mesa pequeña, la que está junto al espejo.
-Lo haré abuelo-le contesté ofreciendo una sonrisa.
Tomé el sendero por el que había venido. Me detuve para
mirar atrás por última vez, el abuelo agitaba su mano despidiéndose.
Entonces, de la nada apareció de nuevo la luz blanca y me envolvió
por completo. En ese momento, todo se volvió borroso y entonces abrí
los párpados.
Suspiré profundamente y me senté en la cama.
Aquel había sido el sueño más raro que había tenido nunca.
Todo parecía tan real, los colores eran tan vivos, los sonidos tan
cercanos...
El estómago rugió reclamando alimento y decidí ir a
desayunar. Encaminé mis pasos hacia la cocina y me preparé un
Cola-cao bien calentito.
Mientras mojaba una galleta en el vaso, algo vino a mi
mente: el recado del abuelo. Primero pensé que solo era una
estupidez, simplemente un sueño. Ficción. Pero por otra parte,
tenía bastante curiosidad, pues nunca había mirado el interior de
aquel cajón. Decidí ir a echar un vistazo, solo por si acaso.
Me deslicé silenciosamente por el pasillo hasta llegar a la
puerta blanca del salón principal. Con lentitud, pero también con
decisión, fui caminando en dirección a la pequeña mesita de caoba
que estaba frente a mí. Me sentía un poco nerviosa y me pregunté
a mí misma por qué lo estaba.
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
Había llegado a mi destino: la mesa. Me acuclillé a su lado
y me aparté el pelo de la cara. Respiré profundamente y conté
con la mirada los cajones hasta detenerme en el último, el tercero.
Alargué mi temblorosa mano derecha para agarrar el pequeño
pomo y tirar de él. Rápidamente posé mis ojos en el interior del
cajón... No había nada, estaba vacío.
Lo sabía, solo era un sueño... y los sueños, sueños son.
¿Qué pretendía encontrar si no allí dentro?
Me levanté para irme, pero antes me detuve para dedicarle
una mirada al espejo. No podía dar crédito a lo que vi. Una hermosa
esfera plateada colgaba de mi cuello. Mi corazón empezó a latir
como queriendo salir desbocado de mi pecho.
Sin pensarlo, abrí aún más el cajón y entonces sí que pude
divisar un pequeño trozo de papel amarillento y arrugado en el
fondo del cajón. Casi con miedo, lo cogí y observé como de forma
torpe se me resbalaba entre los dedos e iba a parar al suelo
dándose la vuelta y dejando su contenido a la vista.
Escrito infantilmente, con trazo inseguro, y con unas letras
grandes y desiguales, se podía leer: “Te quiero, abuelito”.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Carmen Colomina Molina
EL PASADIZO TRIDIMENSIONAL
Un día, mi abuelo (padre de mi papá) y yo nos montamos
en su barco y fuimos a navegar por la Bahía. Durante la navegación
se formó una tormenta que nos arrastró a una isla. Allí nos bajamos
del barco y fuimos a explorarla. Después de un gran rato caminando,
encontramos un desfiladero y yo me acerqué a ver que había
debajo. De repente una piedra se deslizó y caí al fondo del
desfiladero. Escuché, desde el fondo, como mi abuelo me llamaba,
asegurándose que no me había pasado nada. Entonces miré a mí
alrededor y pude observar lo que parecían piedras preciosas. Al
acercarme comprobé que eran piedras de oro y, que al fondo del
todo, las piedras cambiaban de color simulando los del arco iris,
entre todas las piedras que se levantaban, se formaba un arco que
dentro tenía una espiral multicolor.
Asombrada grité a mi abuelo:
-¡Baja con cuidado, este lugar está lleno de piedras preciosas!
Entonces vi como mi abuelo intentaba bajar por el desfiladero, miré al arco, y me di cuenta. ¡Aquel arco podía ser un pasadizo
tridimensional! Lo malo es, que eso sólo salía en las películas de
ciencia ficción.
Aún así, cuando mi abuelo llegó junto a mi, le dije lo que
pensaba. Él me dijo:
-Cojamos algunas piedras e investiguemos cómo salir de
aquí.
Tras unos minutos buscando una salida del desfiladero, nos
dimos cuenta que estábamos atrapados. La única salida era cruzar
el arco tridimensional.
Al final, mi abuelo tuvo que decir lo que ocurría:
-Carmen, tengo una mala noticia...
- Lo sé abuelo, también me he dado cuenta, la única salida
es cruzar el arco.
Él asintió y me dijo:
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
-Pero, no sabemos que podrá haber tras ese arco.
-Lo sé, pero la única forma de saberlo es cruzarlo, -le dije.
-Entonces crucémoslo. Pero menos mal que traje una
cuerda de 10 metros que había en el barco.
-¿¡De 10 metros!? Pesará mucho, ¿no?
-La verdad es que sí.- Dijo con cara de agotamiento.
-Digo yo que deberíamos amarrar la cuerda a la piedra
más cercana al arco y nos agarramos al otro extremo.
-De acuerdo, -me respondió
Nos disponíamos a atar la cuerda cerca del arco cuando
sentí como el arco tiraba del abuelo hacia dentro:
-¡¡¡Abuelo, agárrate a mi o el arco te absorberá!!!
Él se agarró a mi chaquetón como pudo y yo intenté atar
la cuerda, cuando lo conseguí me agarré al otro extremo de la
cuerda y le dije al abuelo:
-¡¡¡¡¡ Agárrate a este extremo de la cuerda cuando yo entre
en el arco!!!!!
Y eso hizo. Cuando entré en él arco el me siguió y se
agarró a la cuerda. Entonces, vimos como poco a poco, apareció
ante nosotros un pasillo: “El pasillo de las mil mascaras”. Un pasillo
en el que aparecen caras de personas que te darían miedo estar
junto a ellas, (como personas que hicieron algo malo: terroristas...
gente que le gustaría hacernos sufrir) caras de personas que te
dicen cosas para hacerte daño, para que no puedas cruzar al otro
lado y te quedes allí para siempre, sufriendo sus maldiciones.
-¿Escuchas qué dicen esas máscaras?
-No. Pero no les hagas caso, tal vez te digan cosas malas
y que te hagan sufrir.
Y entonces ocurrió, aquellas máscaras nos atrajeron a mi
abuelo y a mi hacia ellas, pero fuimos fuertes, intentamos cruzar
con los oídos tapados pero no servía de nada, sus voces se
escuchaban igualmente, como un rayo que penetra cualquier cosa.
-No podrás irte jamás, no podrás sobrevivir... -decía uno.
-Ven hacia mí..., veras la luz, no te irás sin acercarte... -decía
una mujer con aspecto de haber sido alguien muy mala en su vida.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
-Sé que no soportas mi voz..., Pero si te acercas, dejarás
de sentirte mal...
-¿Qué es aquello?, parecen ¡personas, personas prisioneras
de las máscaras! Ellas atrajeron a esas pobres personas hipnotizadas
dentro de sí, ya sin poder volver a salir, imagino. Pobres personas,
Ojalá pudiera saber cómo salvarlas de su prisión” -pensé.
Al dejar de pensar en resistirme, me dejé llevar por esa
voz, por aquella muchacha que me llamaba. Estuve a punto de
acabar como esas personas encarceladas en las máscaras. Pero...
Fue entonces la voz de mi abuelo la que me salvó:
-¡¡¡¡¡No vayas hacia ella, no les hagas caso, no te hará ningún
bien acercarte a ellas, no vayas!!!!!
Y fue así como me di cuenta de que aquella voz no me
haría ningún bien si me acercaba a ella. Me desperté de la hipnotización, del sueño en el que me tenía sumida aquella máscara, me
alejé, cogí de la mano a mi abuelo y, tras un rato de sufrimiento,
conseguimos pasar aquel túnel. Y le dije a mi abuelo
-¡Ya sé por qué el arco te intentó absorber!
-¿Por qué?- Me preguntó.
-Porque, al pegarte tanto al arco, las máscaras te sintieron
al otro lado del arco e intentaron arrastrarte hacia dentro.
Cuando giramos a la derecha para salir del túnel una luz
deslumbrante estuvo a punto de dejarnos ciegos, era una luz blanca,
no la luz a la que estamos acostumbrados, sino una luz que te
deslumbra pero te da calor, un calor extraño que te acoge como
los brazos de una madre.
Seguimos andando guiados por esa luz, hasta que, de
pronto, dejó de alumbrarnos.
Mi abuelo abrió los ojos y me dijo:
-Carmen, abre los ojos y mira que ha aparecido ante
nosotros.
Abrí los ojos y lo vi: Un “laberinto de espejos”. Un auténtico
laberinto de espejos, como los de los parques de atracciones pero
sin las señales de “salida” y “por aquí”.
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Comenzamos a andar y vimos como miles de personas
como nosotros nos miraban y acompañaban por el camino: éramos
nosotros reflejados en los espejos. La sensación de que nos miraban
nos asustaba. Llegamos al primer cruce, eran tres caminos diferentes
y le dije a mi abuelo:
-¿Hacia dónde nos dirigimos?
Y él me respondió:
-Hacia la derecha, creo que puede ser el mejor camino.
Efectivamente, la salida estaba en esa dirección. Encontramos
una puerta de madera muy vieja cerrada con un cerrojo. Le dimos
patadas hasta que cedió y nos encontramos ante una escalera de
caracol sin luces, que bajaba hacia no sabíamos dónde. Estuvimos
bajando lo que nos parecieron horas. Abajo llegamos a una sala
con muchas puertas, y de una de ellas, salió una joven montada
en un pterodáctilo.
-Hola soy Bipa, ¿Quienes sois vosotros?
-Yo me llamo Carmen y él es mi abuelo, encantada de
conocerte.
-Montaros conmigo.
-¿Quieres que nos montemos en eso?
-Sí. -replicó ella
Nos llevó volando a otra puerta detrás de la cual había
una selva con una cueva, en la que entramos. La chica desapareció.
Comenzamos a andar, y al final de un túnel de la cueva,
situado encima de un taburete de oro con piedras preciosas y
miles de esmeraldas incrustadas en el, con un cojín de hilo de oro
que sostenía una caja de cristal hecha a mano, encontramos un
libro que tenía cinco candados y esparcidas por el suelo estaban
sus llaves:
-Vaya, ¿cómo lo abrimos?
-Probando cada llave, respondió mi abuelo.
Tras varios minutos, conseguimos abrir el libro, y, descubrimos que contaba la historia de la tribu de aquella chica y su alianza
con los dinosaurios y como llegaron a vivir en armonía con ellos.
Entonces, encontramos una gema que encajaba con el agujero del
- 54 -
EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
libro. Cuando la metimos, reapareció la luz, y, con ella, la chica.
Nos traía suficientes provisiones para comer y arreglar nuestro
barco.
-Pedid a la luz lo que queráis y ocurrirá. Cuando volváis a
casa contad a todo el mundo lo que habéis vivido, y para que os
crean, enseñad este libro y la gema a cualquier historiador.
Aparte, nos dio un pergamino en el que estaba escrita
nuestra aventura.
Entonces nos vimos frente al barco, lo arreglamos y volvimos a
casa tal y como nos dijo Bipa.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Domingo Vega García
LOS SUPERABUELOS
Había una vez, en un pueblo de España llamado Espera,
dos abuelos llamados Vicente y José, que trabajaban en una central
nuclear.
Un día, de camino al trabajo, cuando ya se habían despedido
de su nieto Domingo, les llamo su jefe y les informó que tenían
que ir rápidamente porque una válvula no funcionaba bien y podía
producirse una radiación.
Sin pensarlo dos veces, los dos abuelos cogieron un taxi
y en menos de diez minutos llegaron a la central nuclear, pero
cuando ya estaban entrando en el edificio, sin esperárselo se
produjo.
En poco tiempo llegó la policía y las ambulancias y todo
se tranquilizó. Cuando la policía entró en el edificio, ya creían a los
dos abuelos muertos, pero lo que vieron era de otro mundo: los
dos abuelos flotaban en el aire. Pronto llegaron periodistas de todo
el mundo. Pero los abuelos, que no querían que les molestaran,
sabiendo ya que habían desarrollado poderes, probaron teletransportarse a sus casas y lo lograron. En sus casas sus familiares
los recibieron asombrados.
Una tarde los dos abuelos se reunieron y se preguntaron:
¿qué hacemos con estos poderes? Esa misma tarde, decidieron
formar una patrulla llamada “LOS SUPER ABUELOS”, pero tenían
un problema, no sabían a quien ayudar. Pero no duró mucho
tiempo, en la televisión apareció su nieto Domingo atrapado en
un pozo sin agua, situado en el bosque.
Muy nerviosos y preocupados, como un rayo de luz, llegaron
al bosque donde se encontraba su nieto. Se abrieron paso rápidamente entre los periodistas y las cámaras de televisión. Al llegar
al pozo vieron a su nieto preocupado y hambriento, una piedra
de grandes dimensiones le impedía poder sacar el pie. Pronto
llegaron sus padres y demás familiares. Los dos abuelos impacientes
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
por rescatarlo, utilizaron su poder de transportarse para bajar al
pozo. Cuando llegaron al fondo del pozo consolaron al pequeño
e intentaron volver a la superficie de la misma manera que habían
bajado, pero comprobaron que no podían conseguirlo con una
tercera persona.
Viendo que no podían utilizar esa forma, se pusieron a
buscar y observar el pozo para ver si se les aparecía otra escapatoria.
Entonces descubrieron una pequeña puerta entre las piedras del
pozo. Esta puerta tenía una calavera tallada en la misma piedra.
Intentaron abrirla pero no pudieron, esta bien cerrada. Hacia falta
una llave y se pusieron a buscar entre todas las piedras del fondo.
Entonces descubrieron un pergamino con una leyenda que decía:
“TRES VUELTAS A LA CALAVERA DARÁS Y LA PUERTA SE
ABRIRÁ”. Así hizo José y la puerta se abrió.
Les daba un poco de miedo, pero había que entrar o morir
allí de hambre y ellos decidieron entrar. Al estar dentro la puerta
se cerró y en ese instante se encendió una antorcha que colgaba
de la pared, el pánico reinó en los tres cuerpos, pero tuvieron más
cuando comprobaron que aquellos pasillos habían sido utilizados
como calabozos y que aún quedaban las cadenas que utilizaban,
colgadas en las paredes. Con paso firme y silencioso siguieron
adelante mientras observaban calaveras y esqueletos por todas
partes. Anduvieron durante horas hasta que tuvieron que descansar,
porque ya no podían más. Los abuelos se apoyaron sobre la pared
para descansar y Domingo decidió sentarse en una piedra. Al
apoyar su peso sobre la piedra, esta se hundió y apareció allí una
nueva puerta, donde estaban los dos abuelos, dejando al descubierto
un nuevo pasadizo que se desviaba de la ruta que ellos llevaban.
Al contrario que el otro, este era algo más estrecho. Los abuelos
decidieron continuar por él. Este les condujo a una gran sala con
cinco puertas de piedra. En cada una de ellas aparecía escrito algo
que ellos no entendían. Debía ser la escritura de alguna antigua
civilización que vivió allí. Se arriesgaron a pasar por la primera.
Cuando estaban delante la abrieron y vieron una playa muy bonita.
Atraidos por la curiosidad la cruzaron. Una vez dentro, observaron
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
el paisaje y después de un rato avanzaron por el terreno arenoso.
Cuando pasó un buen rato, llegaron a un punto en el que había
un agujero en la arena muy grande y entraron. Era muy estrecho
para ellos y las paredes eran de madera. Aquello parecía una
trampa y así resultó. Cuando llegaron a un punto, una roca gigante
caía tras ellos por la cuesta inclinada y estrecha. No encontraban
sitio donde refugiarse. Desesperados corrieron hasta que cayeron
a través de una trampilla que les llevó a una gran fosa con insectos
venenosos. Los tres personajes se pusieron a hacer movimientos
inútiles debido a su desesperación. El suelo de la fosa comenzó a
moverse y empezó a subir cada vez más alto hasta que llegaron
a la misma sala luminosa desde la que habían partido.
Esta vez se decidieron a coger la segunda puerta que los
llevó a un bosque inmenso, más grande que la selva Amazónica.
En él era prácticamente imposible ver nada porque sus copas no
dejaban pasar la luz. Avanzaron a oscuras por el espeso paisaje
hasta que se cansaron y decidieron buscar un buen sitio para pasar
la noche.
Cuando se despertaron, se encontraron con un montón
de animales salvajes a su alrededor y lo que vino a continuación
fue de película: armados de valentía se lanzaron a luchar. La lucha
fue de vida o muerte, hasta que los dos abuelos, con ayuda de sus
poderes acabaron con las hambrientas fieras.
Pasado esto los dos abuelos decidieron volver a la gran
sala. Una vez en ella, siguieron su camino por la tercera puerta con
la buena suerte y alegría para todos de que esta era la puerta
correcta que les llevaría a casa. Al llegar a ella todo del mundo
estaba muy emocionado, sus familiares corrieron a abrazarles y
felicitarlos. Todos querían que contasen sus aventuras pero a partir
de aquel día la salud de los dos abuelos fue empeorando rápidamente
hasta que llego el día no muy lejano en que los dos fallecieron y
sus secretos permanecieron ocultos hasta ahora. Su nieto decía:
“A las personas tenemos que quererlas tal como son, sin que
importe que cosas especiales hayan hecho en su vida”. Para
Domingo, sus abuelos eran súper-abuelos, con y sin poderes.
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
Arturo García Zamudio
EL MURMULLO DEL ALMA
Prólogo
Cuentan que a la muerte del rey Sancho IV, su nieto, el
príncipe Ricardo, mandó crear el violín más suntuoso jamás
imaginado hasta aquel momento. Sus artesanos de violines utilizaron
los elementos más valiosos conocidos en esa época. Compuesto
por una carcasa de fino oro, a la luz de las estrellas de la solitaria
noche, su brillo parecía albergar a la luna en las entrañas del preciado
material, además, su tensor de cristal de diamante era tan diáfano,
que parecía que el agua de la lluvia se había concentrado creando
un componente del instrumento único; las hermosas piedras de
colores tan vivarachas como el rubí recubrían los laterales del violín,
hasta el punto que para la vista era demasiado recargado.
Así pues, al finalizar la concepción del violín fue entregado
al ansioso príncipe. Este, al escuchar el sonido que producía el
instrumento se desánimo, por lo que mandó matar a los creadores
de la obra.
Ahogado en un mar de lágrimas y decepción, decidió
inventar su propio violín, por lo que ordenó comprar otros
elementos para su creación, al que llamaría “cello”, ya que era una
obra póstuma para su difunto abuelo que ahora vagaba por el
supuesto cielo. Sin embargo, no pudo empezar a tallarlo, su padre
el rey Aurelio, lo desterró de por vida por haberlo pillado con
una moza de inferior casta que la suya.
Y allá, por las perdidas y sombrías montañas, se sentó sobre
una roca, según dicen campesinos que lo vieron, y empezó a
sollozar sin parar.
Un par de días después desde los patios de palacio se
escuchaba un sonido tan bello que se asemejaba a las arpas del
mismísimo dios. Tal fue la sorpresa entre la muchedumbre, que
decidieron buscar de donde provenía aquella música celestial. A
los cuatro días encontraron sobre una piedra un violonchelo juntó
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"MI [email protected] Y YO" "MI [email protected] Y YO"
a una rosa roja y una carta, en la cual venía escrito: “el murmullo
del alma es el único sonido perfecto”.
Algunos dicen que las lágrimas del joven príncipe crearon
ese magnífico “cello”; otros dicen que el sonido es por el tensor
de caoba. Pero lo que si es cierto, es que desde aquel día muchos
son los interesados en la búsqueda del sonido perfecto.
Esa historia me la contó mi abuelo, aquella tarde del
caluroso y estresante junio. De repente, aquel arcaico búho, que
parecía que los años pasaban en vano sobre él, salió de su casa de
roble, encima de él, el reloj marcaba las nueve en punto de la
noche.
-Debes irte, ya es tarde, otro día seguiré contándote la
búsqueda del sonido perfecto y cómo yo fui uno de esos intrépidos
buscadores, pero ya soy demasiado mayor para esos trotes -afirmó
mi yayo.
-Mientras quede la esencia de la juventud en el corazón,
la búsqueda no habrá terminado -dije yo.
-Nadie dijo que finalizara sin acabar, solo dije que me cansé
de la indagación, si te interesa este tema antes de saber las
respuestas, has de encontrar las preguntas -sentenció él.
Me despedí de mi ascendiente y emprendí camino hacia
casa, reflexionando sobre la charla que habíamos tenido.
“El sonido perfecto…” me dije una y otra vez. Yo había
empezado a tocar el violonchelo en el conservatorio, pero no
llegaba a conseguir una armonía musical y, para que engañarte,
mis sentimientos tampoco sabía coordinarlos y dejar a un lado
los rápidos cambios de humor.
Capítulo I
Desde hacía unas semanas, me notaba decaído, triste, con
pocas expectativas de la vida, supongo que sería por el hecho de
que no lograba tocar bien y si seguía así posiblemente me cambiarían
de clase en el conservatorio. Todos se daban cuenta de que no
era él de antes, además también fui considerado como uno de los
grandes tenistas revelación, por aquellos años de oro, que ahora
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
están errando por mi mente vagamente, buscando un sentido en
mis recuerdos, un trozo en mi corazón, un hueco en mi alma.
La adolescencia me había pasado factura y como bien decía
mi abuelo Tomás “adolescencia y primavera son mala combinación”,
que razón tenía, pues como bien dice el refrán, “en primavera la
sangre se altera”, sumarle a todos mis complejos psicológicos, el
amor que pronto se convirtió en una gran decepción, aquellos
amores tontos de adolescente con las hormonas a flor de piel, por
lo que parece aquellos ojos verdes fijos que se fundían entre su
cabello castaño, con un toque color caramelo, jurando amor eterno,
fueron mi inspiración, pero pronto se convirtieron en mi aflicción.
Llegué a casa de mi abuelo Tomás, aquel explorador
intrépido que viajaba entre sus recuerdos, entre miles de anécdotas
e historias. Es cierto que ya era anciano, pero aún así tenía una
inteligencia superior a la de cualquier joven de mi edad, pues como
bien dijo él: “la edad y la sabiduría son fieles compañeras”, entré
en la habitación que más me llamaba la atención de su casa, un
habitáculo de unos treinta metros cuadrados, cuyas paredes
estaban cubiertas por infinidad de libros y manuscritos del siglo
XIX, también había unos cuantos libros que escribió mi tío Antonio
en su época de perspicaz periodista. En unas de las esquinas había
un piano de cola que ya había sobrevivido más de trescientos años.
Al poco rato, Tomás entró en la estancia, haciéndome una
reverencia un tanto burlesca, era típico en él bromear a menudo,
pues la felicidad es la esencia de la vida. Me di cuenta de que tras
su sombra se hallaba un objeto, que pronto, yayo lo agarró y lo
depositó sobre la mesa que se encontraba en el centro del cuarto.
¡Era un violonchelo pintado con una fina capa de color dorado!,
que por la marca que me dejó en las manos, deduje que había
sido pintado recientemente.
-Aquí lo tienes, tienes ante tus ojos las respuestas a tus
interrogantes, el sentido de la vida esta aquí -declaró mi antecesor
muy convencido de sus palabras.
-¿Qué tiene que ver esto con mis dudas? -cuestioné yo.
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Capítulo II
Mi antecesor se levantó del extenso y suave sofá, clavó su
mirada en la mía, él retrocedió unos pasos, cogió un polvoriento
libro, cuyas tapas eran de un color celeste cielo, adornadas por
una especie de rulos dorados y plateados, se acomodó de nuevo
y empezó a leer:
“Durante años, todos habían buscado soluciones a su abatimiento, pues no hay mayor condena que estar sentado frente al
televisor, sabiendo que todo te pasa, sin haber hecho nada, siendo un
simple don nadie, un mísero esclavo de sus palabras. ¿Cuánto habrían
dado porque el de ahí arriba les diera un simple don o talento?, ¿Se
merecían la pena de levantarse cada mañana y saber que no cambiarían
nada en el mundo?
Un día, un extranjero de melena prolongada con ojos tan
azules y bellos que parecían venidos del propio edén, cuando se sentó
en la posada alguien le preguntó:
-¿Para qué has venido?, aquí no hay nada interesante.
-Pues yo acabo de ver algo que me ha cautivado y ahora
si creo en el Apocalipsis, pues acabo de ver un ángel -explicó él, acto
seguido sacó una rosa del propio aire, de la nada.
-¿Cómo lo has hecho? -titubeó la mujer, avergonzada y
sorprendida a la vez.
-Todo es cuestión de tenerse fe y respetarse uno mismo, no
se nace con cualidades, se han de crear, pero antes has de comprender
algo -declaró el extraño viajero.
-¿El qué?, estoy preparada para saber todo -enunció ella.
-El talento no se crea de la nada, se saca del alma -dijo el
mozuelo.
Posteriormente desapareció de la ciudad, nadie volvió a verlo
jamás. La chica contó lo que le dijo el extranjero y así, en cadena fue
contándose, hasta que el propio alcalde lo supo, todos pensaron en
aquello de “el talento no se crea de la nada, se saca del alma” y hubo
unos cuantos jóvenes que empezaron a sobresalir en diferentes campos,
como la medicina o la literatura, cada vez que alguien se sentía mal,
se recitaban las famosas palabras y así acabo la historia de un pueblo
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EXCMA. DIPUTACIÓN PROVINCIAL DE CÁDIZ
que estuvo al borde de sumirse en la máxima desesperación y miedo
que nunca antes alguien había percibido”
Al acabar el relato observé a mi abuelo Tomás, noté que
una lágrima corría por su rostro y le pregunté:
-¿Qué significa aquella frase de “el talento no se crea de
la nada, se saca del alma”? -interrogué yo un poco desconcertado.
-Una simple frase, un simple cambio, fue suficiente para cambiar
la percepción que tenían de la vida, pues has de saber que lo
único que nos separa de ser algo más que un trozo de carne con
ojos, es la fe en uno mismo, saber que podemos hacer mucho
más que ver pasar los días y para hallar la perfección en cualquier
cosa, como por ejemplo en el renombrado sonido perfecto, solo
hace falta saber que la clave está en la manera de hacerlo, puedes
tocar y observar que tu camino se hace más corto, o puedes
percibir cada nota, disfrutar con lo que haces y gozar el momento,
ya que nada es para siempre -declaró él.
Dejé de hablar, lo miré; me miró, y abandoné la estancia
para volver a mi hogar, me despedí con un leve gesto de manos
y pensé, como siempre hacía; pero esta vez era diferente, busqué
todo lo que había desaprovechado y todo a lo que me había
conducido estar simplemente andando.
Capítulo III
Siempre hay lecciones que no se olvidan ni con los años,
ni con la muerte. Después de esa charla con mi abuelo entendí
aquello de “el talento no se crea de la nada, se saca del alma”, no
somos insignificantes personas, somos las personas y la única forma
de progresar es mentalizarse que el esfuerzo y el creer en esa
causa son suficientes para conseguirlos.
Y ahora desde aquí escribo sentado en mi habitación
dictándole esta historia a mi amiga Lucía, mientras toco el violonchelo
pensando en el murmullo del alma, que el “cello” fue el único de
expresarlo.
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Este librito de relatos cortos
se terminó de imprimir en los talleres
de Imprenta Repeto de Cádiz
en septiembre de 2010.
IGUALDAD
Servicio Sociales
Especializados
[email protected] en el III CONCURSO LITERARIO
De izquierda a derecha
Segunda fila:
Francisco Vázquez, Eladio Algarra, Jesús Almendros, José Cabrera, Antonio Quetar
Primera fila:
Domingo Vega, Carmen Colomina, María Cantón, Celia Torrejón, Arturo García
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maqueta relatos.fh9 - Diputación de Cádiz