HAY LETRAS
EN XALAPA
Suplemento especial gratuito
Hay Festival Xalapa
Del 2 al 5 de octubre de 2014
Salman
Rushdie
Valeria
Luiselli
Margo Glantz
Myriam
Moscona
Forrest
Gander
Alan
Weisman
Rubén Gallo
PowerPaola
2
Estimados
amigos y amigas:
L
es presentamos un suplemento
especial del periódico Hay Letras
en Xalapa, diario del Hay Festival
Xalapa en el cual incluimos una selección
de textos, imágenes y viñetas de algunos
de los participantes destacados de esta
cuarta edición del festival en México.
Entre el 2 y el 5 de octubre regresa lleno de novedades el Hay Festival Xalapa.
Con vocación de excelencia y un carácter accesible, el programa del festival
incluirá más de sesenta eventos sobre
literatura, ciencia, arte, periodismo y cine para el público general, nueve para el
público infantil y siete dirigidos al público
universitario.
En esta edición contaremos con la
presencia de escritores como Salman
Rushdie, Juan Bonilla, Luiz Ruffato,
Ray Loriga, Rosa Beltrán, David Safier, Joumana Haddad, Hari Kunzru,
Margo Glantz y Sergio González Rodríguez, entre muchos otros.
Asimismo, el público podrá asistir
a eventos de personalidades como el
cineasta camboyano Rithy Panh, la bloguera cubana Yoani Sánchez, divulga-
dores científicos como Alan Weisman o
Paul Bogard, autores de novela gráfica
como Killoffer y artistas como Abraham Cruzvillegas.
La música viene de la mano del Instituto Mexicano del Sonido (México),
Daniel Johnston (Estados Unidos) y
Concha Buika (España).
Y por último quisiéramos también
destacar la segunda edición del Encuentro Talento Editorial, celebrado por
primera vez en Cartagena de Indias (Colombia) en enero del 2014, con eventos
de carácter profesional e internacional abiertos al público, que pretenden
dar a conocer experiencias novedosas
y exitosas en la industria editorial, en
los que participarán más de 20 editores
internacionales.
Los invitamos a acompañarnos en
Xalapa en esta fiesta de las ideas y la cultura. Los boletos ya están a la venta en
nuestra web y, si eres estudiante, ¡puedes
obtenerlos gratis!
Los esperamos en Xalapa.
Hay Letras en Xalapa • Suplemento especial • Septiembre de 2014
Hay Letras en Xalapa es un suplemento especial, previo al Hay Festival
Xalapa, realizado por Editorial Sexto Piso e impreso por La Jornada.
Editores: Diana Gutiérrez, Diego Rabasa, Eduardo Rabasa, Felipe Rosete
Diseño y formación: donDani
El equipo del Hay Festival Xalapa
Hay Festival
Xalapa
Del 2 al 5 de octubre
hayfestival.org/xalapa
@hayfestival_esp
#hayXalapa14
Hay Festival Xalapa
Compra de boletos:
www.hayfestival.org/xalapa • Hay Festival Xalapa 2014 • Del 2 al 5 de octubre de 2014
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En defensa de la novela,
una vez más
E
n la conferencia pronunciada con motivo del centenario
de la Asociación de Editores Británicos, el profesor George
Steiner realizó un pronunciamiento atrevido:
Nuestras novelas se están volviendo sumamente cansadas… Los
géneros viven un auge y un declive: la épica, el verso épico, la tragedia formal en verso. Atraviesan grandes momentos, y después
decaen. Durante un buen tiempo seguirán escribiéndose novelas
pero, cada vez más, existe una búsqueda de formas híbridas, lo
que llamamos, con algo de torpeza, narrativa factual… ¿Qué novela
puede hoy competir con los mejores reportajes, con lo mejor de la
narrativa inmediata?…
Píndaro fue el primer hombre que enunciara: Este poema será
cantado cuando la ciudad que lo encargó haya dejado de existir. Se
trata de la gran jactancia de la literatura frente a la muerte. Hoy en
día, me atrevo a decir que incluso el mayor
poeta se sentiría profundamente avergonzado de decir algo así… La gran vanagloria
clásica —pero qué maravillosa vanagloria— de
la literatura: «Soy más fuerte que la muerte.
Puedo hablar sobre la muerte en la poesía, en
el drama, en la novela, porque la he superado,
porque soy más o menos permanente». Eso ya
no puede afirmarse más.
Salman
Rushdie
señor Naipaul se encuentra en estos momentos a la vanguardia de
la historia, creando esta nueva literatura posficcional.1
Otro prominente escritor británico dijo lo anterior: «Casi ni
hace falta señalar que en este momento el prestigio de la novela
es extremadamente bajo, tan bajo que las palabras “Yo nunca leo
novelas”, que incluso hace doce años comúnmente se pronunciaban con un dejo de vergüenza, ahora siempre se pronuncian con
un tono de orgullo… si las mejores mentes literarias no deciden
regresar a la novela, lo más probable es que ésta sobreviva de una
manera somera, detestada, y degenerada sin remedio, como las
lápidas modernas o los espectáculos de marionetas».
Lo anterior es de George Orwell, y fue escrito en 1936. Daría la
impresión —como en realidad lo admite el profesor Steiner— de
que la literatura jamás ha tenido futuro alguno. Incluso la Iliada
y la Odisea obtuvieron reseñas negativas al principio. La escritura de calidad
siempre ha sido atacada, principalmente
por otros buenos escritores. La mirada
más superficial a la historia literaria revela que ninguna obra maestra ha estado exenta de ataques al momento de ser
publicada, que la reputación de ningún
escritor escapó al juicio de sus contemporáneos: Aristófanes llamó a Eurípides
«un compilador de lugares comunes… y
un fabricante de maltrechos maniquíes».
Samuel Pepys consideró que Sueño de una
noche de verano era «insípida y ridícula»;
Charlotte Brontë desestimó la obra de Jane Austen; Zola minimizó
Las flores del mal; Henry James despedazó Middlemarch, Cumbres
borrascosas y Nuestro común amigo. Todo el mundo se burló de
Moby Dick. Cuando se publicó Madame Bovary, Le Figaro anunció
que «El señor Flaubert no es un escritor»; Virginia Woolf calificó el
Ulises de «espurio»; y el Odessa Courier escribió de Anna Karenina
que era «Basura sentimentaloide… Que alguien me muestre una
sola página que contenga una idea».
Así que, cuando los críticos alemanes contemporáneos atacan
a Günter Grass, cuando los literati italianos se ven «sorprendidos»,
como nos lo comenta el novelista y crítico francés Guy Scarpetta,
de enterarse de la gran reputación internacional de Italo Calvino
y de Leonardo Sciascia, cuando los cañones de lo políticamente correcto en Estados Unidos son apuntados hacia Saul Bellow,
cuando Anthony Burgess denigra a Graham Greene justo después de su muerte, y cuando el profesor Steiner, tan ambicioso
como siempre, no sólo embate contra algunos escritores en lo
individual, sino contra toda la producción literaria en la Europa
de la posguerra, es posible que todos sufran de la añoranza por
Sólo un intelectual de Europa
occidental pronunciaría un
lamento para toda una forma
artística a partir de que la literatura de, digamos, Inglaterra,
Francia, Alemania, España
e Italia ya no fueran las más
interesantes de la Tierra.
Así que, ahí lo tenemos nuevamente, envuelto en una retórica fina y reluciente:
me refiero, desde luego, a esa deliciosa y
antigua castaña, la muerte de la Novela. Por
si no fuera suficiente, el profesor Steiner le
añade la muerte (o al menos la transformación radical) del Lector,
convertido ahora en una especie de prodigio computarizado, algo
así como un súpernerd; y también la muerte (o, al menos, la radical transformación hacia su forma electrónica) del Libro como
tal. Como la muerte del Autor fue anunciada desde hace ya varios
años en Francia —y la muerte de la Tragedia fue anunciada por
el propio profesor Steiner en un obituario previo—, el escenario
queda atiborrado con más cuerpos que el final de Hamlet.
Sin embargo, en medio de la carnicería permanece incólume
una figura solitaria e imponente, un verdadero Fortimbrás, ante el
cual todos nosotros, los escritores de textos sin autor, los lectores
posliterarios, la Casa de Usher en la que se ha convertido la industria editorial —la Dinamarca, en donde hay algo podrido, que es la
industria editorial—, e incluso los libros mismos deben inclinar la
cabeza: a saber, naturalmente, el Crítico Literario.
Un prominente escritor también anunció recientemente la
muerte de la forma que él mismo ha practicado con gran celebridad. No es sólo que V.S. Naipaul haya dejado de escribir novelas: la misma palabra «novela», nos dice, le provoca repulsión. Al
igual que al profesor Steiner, el autor de Una casa para Mr. Biswas
siente que la novela ha trascendido su momento histórico, que ya
no desempeña ningún papel útil, y que será reemplazada por una
escritura factual. Quizá no sorprenda a nadie enterarse de que el
1El Sr. Naipaul —ahora nombrado Sir Vidia— publicó una nueva novela, Media
vida, cinco años después de realizar esta declaración. Debemos agradecerle
por traer a esa forma muerta de vuelta a la vida.
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los tiempos mejores, tan endémica al mundo de la cultura: esa
recurrente y biliosa nostalgia por un pasado literario que nunca,
en su respectivo momento, pareció ser mucho mejor de lo que el
actual presente nos revela.
El profesor Steiner dice: «Es casi un axioma el postulado de
que hoy en día las grandes novelas provienen de los márgenes, de
India, del Caribe, de América Latina», y quizá a algunos les parezca
sorprendente que yo me oponga a esta visión de un centro exhausto
y una periferia vital. Si lo hago, es en parte porque es un lamento
sumamente eurocéntrico. Sólo un intelectual de Europa occidental
pronunciaría un lamento para toda una forma artística a partir de
que la literatura de, digamos, Inglaterra, Francia, Alemania, España
e Italia ya no fueran las más interesantes de la Tierra. (No queda
claro si el profesor Steiner considera que Estados Unidos se sitúa en
el centro o en los márgenes; la geografía de esta visión literaria de
una Tierra plana es algo difícil de seguir. Desde mi punto de vista, la
literatura americana goza de buena salud). ¿Qué importa de dónde
provengan las grandes novelas, con tal de que se sigan escribiendo?
¿Cuál es esta Tierra plana en la que vive el buen profesor, con los
malvados romanos en el centro y los escalofriantemente talentosos hotentotes y antropófagos amenazándolos en los márgenes?
El mapa mental del profesor Steiner es un mapa imperial, y los
imperios europeos desaparecieron hace
mucho tiempo. El medio siglo cuya producción literaria demuestra, según Steiner y
Naipaul, el declive de la novela, es también
el primer medio siglo del periodo poscolonial. ¿No será que simplemente estamos
presenciando el surgimiento de una nueva
novela, la novela poscolonial, descentralizada, trasnacional, interlingual, que viaja
a través de distintas culturas? Y que en
este nuevo orden, o desorden, mundial,
encontramos una mejor explicación para la
salud de la novela contemporánea que en
la ligeramente condescendiente visión hegeliana del profesor Steiner, que considera
que la razón que explica la creatividad de
los «lejanos márgenes» es que se trata
de zonas «que se encuentran en un estado
previo de la cultura burguesa, que se halla
en una forma más temprana, agreste, y más problemática».
Después de todo, gracias al éxito del régimen franquista para
sofocar década tras década a la literatura española fue que los
reflectores se dirigieron a los buenos escritores que trabajaban
desde América Latina. El llamado boom latinoamericano fue, por
ende, provocado tanto por la corrupción del viejo mundo burgués
como por la supuesta creatividad primitiva del nuevo. Y la descripción de la ancestral y sofisticada cultura de la India como en un
estado más «temprano, agreste» que Occidente es extraña. India,
con sus grandes clases mercantiles, sus extensas burocracias, y
su economía en explosión posee una de las mayores y más dinámicas burguesías del mundo, y la ha tenido por lo menos durante
el mismo tiempo que Europa. La gran literatura y una clase de
lectores literarios no son nada nuevo en India. Lo novedoso es la
emergencia de una talentosa generación de escritores indios que
escriben en inglés. Lo nuevo es que el «centro» se ha dignado mirar
al «margen» porque el «margen» ha comenzado a hablar en una
gran variedad de versiones de un lenguaje que Occidente puede
comprender con mayor facilidad.
Incluso la apreciación del profesor Steiner de una Europa literariamente exhausta es, en mi opinión, simple y demostrablemente
falsa. Los últimos cincuenta años nos han dado las obras de, por
nombrar tan sólo a unos cuantos, Albert Camus, Graham Greene,
Doris Lessing, Samuel Beckett, Italo Calvino, Elsa Morante, Vladimir
Nabokov, Günter Grass, Aleksandr Solzhenitsyn, Milan Kundera,
Danilo Kiš, Thomas Bernhard, Marguerite Yourcenar. Cada quien
podría elaborar su propia lista. Si incluyéramos escritores situados fuera de las fronteras europeas, parecería claro que el mundo
rara vez ha visto un conjunto de grandes novelistas que viven y
escriben en la misma época, que el lamento fácil de la postura
Steiner-Naipaul no es sólo deprimente sino injustificado. Si V.S.
Naipaul ya no desea, o ya no puede, escribir novelas, será nuestra
pérdida. Pero el arte de la novela sin duda alguna sobrevivirá sin él.
En mi opinión, no hay ninguna crisis en el arte de la novela.
La novela es precisamente esa «forma híbrida» que anhela el profesor Steiner. Es en parte indagación social, en parte fantasía, en
parte es confesional. Cruza fronteras del conocimiento, al igual
que fronteras topográficas. En lo que sí tiene razón es en que hay
muchos buenos escritores que han difuminado las fronteras entre
realidad y ficción. El magnífico libro de Ryszard Kapuściński sobre
Haile Selassie, El emperador, es un ejemplo de esta difuminación
creativa. El llamado Nuevo Periodismo desarrollado en Estados
Unidos por Tom Wolfe y otros más fue un intento abierto por
robar el ropaje de la novela, y en el caso de los libros del propio
Wolfe, La izquierda exquisita ß Mau-Mauando al parachoques, o Lo
que hay que tener, el esfuerzo fue de un éxito bastante persuasivo.
La categoría de «literatura de viaje» se ha expandido para incluir
obras de profunda meditación cultural: por ejemplo, El Danubio,
de Claudio Magris, o El mar negro, de Neal
Ascherson. Y frente a un brillante tour de
force no ficticio como Las bodas de Cadmo
y Harmonía, de Roberto Calasso, en donde
una reexaminación de los mitos griegos alcanza toda la tensión y emoción intelectual
de la mejor narrativa, no nos queda sino
aplaudir la llegada de una nueva forma de
escritura de ensayo imaginativo; o, mejor
aún, el retorno del ludismo enciclopédico de
un Diderot o un Montaigne. La novela puede
dar la bienvenida a estos acontecimientos
sin sentirse amenazada. Hay lugar para que
quepamos todos.
Hace algunos años el novelista inglés Will
Self publicó un gracioso cuento llamado «La
teoría cuantitativa de la demencia», que sugería que la suma total de cordura disponible para la raza humana quizá era fija, una
constante; de ahí que el esfuerzo por curar a los dementes fuera
inútil, pues el efecto de que un individuo recuperara su cordura
inevitablemente sería que alguien más en algún otro lugar perdería la suya, como si todos durmiéramos en una cama cubierta
por una cobija —de cordura— que no fuera lo suficientemente
grande como para abarcarnos a todos. Así que cuando alguno jala
la cobija para taparse, deja descubiertos los dedos de los pies de
algunos otros. Es una idea bastante graciosa, y aparece también en
el descabellado argumento del profesor Steiner, mismo que ofrece
con toda seriedad: que en un momento determinado existe una
cantidad total de talento creativo, y que en la actualidad el encanto del cine, la televisión, e incluso de la publicidad están jalando
la cobija para dejar descubierta a la novela, que en consecuencia
queda expuesta, temblando en su pijama en las profundidades de
nuestro invierno cultural.
El problema con esta teoría es que asume que todo el talento
creativo es de la misma especie. Si aplicáramos esta idea al atletismo, su carácter absurdo quedaría de manifiesto. La cantidad de
corredores de maratón no se ve disminuida por la popularidad
de las carreras de distancias cortas. La calidad de los saltadores de
altura no guarda relación alguna con el número de participantes
del salto con garrocha.
Es más probable que el advenimiento de nuevas formas artísticas permita que nuevos grupos de personas ingresen a las
disciplinas creativas. Conozco a muy pocos cineastas que podrían
haber sido buenos novelistas: Satyajit Ray, Ingmar Bergman, Woody
Quizá sea precisamente el
bajo requerimiento tecnológico lo que salve a la escritura.
Las formas de expresión
artística que requieren grandes cantidades de dinero y
tecnología sofisticada —las
películas, el teatro, los discos— se vuelven, debido a
dicha dependencia, fáciles de
censurar y de controlar.
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Salman Rushdie
© Daniel Mordzinski
Allen, Jean Renoir y basta. ¿Cuántas páginas del incisivo material de
Quentin Tarantino, las peroratas de sus gangsters sobre la ingesta
de Big Macs en París, podríamos leer si no fueran pronunciadas
por Samuel L. Jackson o por John Travolta? Los mejores guionistas
lo son precisamente porque no piensan en términos novelísticos
sino pictóricos.
Para resumir, estoy mucho menos preocupado que Steiner por
la amenaza que representan para la novela estas novedosas formas
de alta tecnología. Quizá sea precisamente el bajo requerimiento
tecnológico lo que salve a la escritura. Las formas de expresión
artística que requieren grandes cantidades de dinero y tecnología
sofisticada —las películas, el teatro, los discos— se vuelven, debido
a dicha dependencia, fáciles de censurar y de controlar. Pero lo
que un escritor puede producir en la soledad de una habitación es
algo que ningún poder puede destruir con facilidad.
Concuerdo con la celebración de la ciencia moderna por parte
del profesor Steiner: «Hoy en día es ahí en donde se encuentra la
alegría, ahí yace la esperanza, la energía, la formidable noción de
un mundo que se abre frente a nosotros», pero esta explosión
de creatividad científica es, de manera irónica, la mejor réplica a
su «teoría cuantitativa de la creatividad». La idea de que potenciales grandes novelistas se hayan perdido a favor del estudio de
la física subatómica o de los agujeros negros es tan insostenible
como su contraria: que los grandes escritores y escritoras de la
historia —digamos, Jane Austen, o James Joyce— podrían fácilmente, si hubieran seguido otro camino, haber sido los newtons o los
einsteins de su día.
El novelista Paul Auster me dijo hace poco que todos los escritores americanos tenían que aceptar que se dedicaban a una
actividad que era, en Estados Unidos, tan sólo del interés de una
minoría como, digamos, el futbol soccer. Esta observación está
en la línea de la queja de Milan Kundera, en su nuevo libro de
ensayos, Los testamentos traicionados, sobre la «incapacidad de
Europa para defender y explicar (explicar con paciencia ante sí
misma y ante los demás) ese arte europeo por antonomasia, el
arte de la novela; en otras palabras, para explicar y defender su
propia cultura». Los «hijos de la novela», argumenta Kundera,
«han abandonado el arte que les dio forma. Europa, la sociedad
de la novela, se ha abandonado a sí misma». Auster se refiere a la
muerte del interés del lector americano en este tipo de lecturas;
Kundera a la muerte del sentido de conexión cultural por parte del
lector europeo con este tipo de producto cultural. Si añadimos a
esto que los hijos del mañana son iletrados y están obsesionados
con la computadora, quizá estemos hablando de algo así como la
muerte de la lectura como tal.
O quizá no. Ello porque la literatura, la buena literatura, siempre
ha generado interés tan solo en una minoría. Su importancia cultural no proviene de su éxito en alguna especie de guerra de ratings,
sino de su éxito en contarnos cosas sobre nosotros mismos que no
escuchamos en ninguna otra parte. Y esa minoría —la minoría que
está dispuesta a leer y comprar buenos libros— en realidad nunca
ha sido tan grande como ahora. El problema es cómo conseguir
que se interesen. No es tanto que el lector haya muerto como que
se encuentra un poco abrumado. En Estados Unidos, en 1999, se
publicaron más de cinco mil nuevas novelas. ¡Cinco mil! Sería un
milagro que se hubieran escrito quinientas novelas publicables
en un año. Sería extraordinario si entre ellas hubiera cincuenta
buenas. Sería una causa de celebración universal si cinco de ellas
—¡aunque fuera una!— fueran maravillosas.
Los editores están sobrepublicando libros porque, en casi todas
las editoriales, los buenos editores han sido despedidos o reemplazados, y una obsesión con el reemplazo editorial ha minado la
capacidad de distinguir los buenos libros de los malos. Hay demasiados editores que parecen pensar: dejemos que el mercado
decida. Encarguémonos de poner los libros en circulación. Alguno
debe de pegar. Así que los cinco mil libros son enviados a las librerías, como si se encaminaran al valle de la muerte, y la artillería
publicitaria no puede cubrirlos a la distancia como se debe. Este
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enfoque es fuertemente autodestructivo. Como dijo Orwell en 1936
—como pueden ver, no hay nada nuevo bajo el sol—, «la novela
está siendo aniquilada a base de gritos». Los lectores, incapaces
de abrirse paso por la jungla de la narrativa basura, vueltos cínicos
por el denigrante lenguaje hiperbólico con el que se presenta cada
libro, terminan dándose por vencidos. Compran un par de libros
premiados al año, quizá uno o dos libros más de escritores cuyo
nombre reconocen, y salen huyendo. La sobrepublicación y la hipérbole editorial ocasionan que la gente lea menos. No es sólo un
asunto de que haya demasiadas novelas para tan pocos lectores,
sino que las demasiadas novelas ahuyentan a los lectores. Si publicar una primera novela se ha convertido, como sugiere el profesor
Steiner, en una «apuesta en contra de la realidad», se debe en parte
a este enfoque no discriminatorio, que apuesta por disparar en
todas las direcciones para ver si alguna bala da en el blanco. En la
actualidad, escuchamos hablar a menudo sobre un nuevo espíritu
editorial, orientado a los negocios y con un despiadado enfoque
financiero. Sin embargo, lo que necesitamos es un despiadado
enfoque editorial. Necesitamos una vuelta hacia el juicio.
Y está también otro gran peligro al que se enfrenta la literatura,
que no menciona para nada el profesor Steiner: a saber, el ataque
contra la propia libertad intelectual; la libertad intelectual, sin la
cual no puede haber literatura. Tampoco se trata de un nuevo
peligro. Nuevamente, George Orwell, en un texto de 1945, nos
ofrece una sabiduría que suena bastante contemporánea, y les
pido disculpas por la cita tan extensa.
En nuestros días, la idea de libertad intelectual se encuentra asediada
por dos direcciones distintas. Por un lado tenemos a sus enemigos teóricos, los apólogos del totalitarismo [hoy en día podríamos
sustituirlo por «fanatismo»], y por el otro tenemos a sus enemigos
prácticos, el monopolio y la burocracia. En el pasado (…) la idea de
rebelión y la de integridad intelectual se encontraban mezcladas.
Un hereje —político, moral, religioso o estético— era alguien que se
negaba a ultrajar su propia conciencia.
[Actualmente] la peligrosa proposición consiste en que la libertad es indeseable, y que la honestidad intelectual es una forma de
egoísmo antisocial.
Los enemigos de la libertad intelectual siempre buscan presentar
su caso como un alegato a favor de la disciplina y en contra del
individualismo. El escritor que se niega a vender sus opiniones es
siempre etiquetado como un simple egoísta. Es decir, que o se le
acusa de quererse encerrar en una torre de marfil, o de hacer un
despliegue exhibicionista de su propia personalidad, o de resistir
al inevitable torrente de la historia en un esfuerzo por aferrarse a
privilegios injustificados. [Pero] para escribir en lenguaje sencillo
me dio su no saver
me dio su amor de un día
la lingua preta nel pinsel
desinó la suerte echada
—mira, el ojo kome mas ambre
ke la tripa—
uno tiene que pensar sin temores, y si uno piensa sin temores no
se puede ser políticamente ortodoxo.
Las presiones de los monopolios y la burocracia, del corporativismo
y el conservadurismo, que limitan y reducen el rango y la calidad
de lo que se publica, son un tema conocido por todo escritor en la
actualidad. En cuanto a las presiones de la intolerancia y la censura,
en estos últimos años quizá las he conocido demasiado de cerca.
Existen muchas luchas que se libran por el mundo hoy en día: en
Argelia, en China, en Irán, en Turquía, en Egipto, en Nigeria, los
escritores se encuentran bajo censura, son acosados, encarcelados
e incluso asesinados. Incluso en Europa y en Estados Unidos, los
soldados rasos de diversas «sensibilidades» buscan limitar nuestra
libertad de expresión. Jamás ha sido de mayor importancia continuar defendiendo aquellos valores que hacen posible el arte de
la literatura. Es posible que la muerte de la novela se encuentre
lejana, pero la muerte violenta de muchos novelistas contemporáneos es, por desgracia, un hecho ineludible. A pesar de esto, no
considero que los escritores hayan renunciado a la posteridad. Lo
que George Steiner llama con belleza la «maravillosa vanagloria»
de la literatura aún nos motiva, incluso si, como sugiere, nos produce demasiada vergüenza reconocerlo en público. El poeta Ovidio
escribió estas maravillosas y seguras de sí mismas frases al final
de sus Metamorfosis:
Con la parte aun así mejor de mí sobre los altos astros,
perenne, iré, y un nombre será indeleble el nuestro.
Estoy seguro de que esa misma ambición aún reside en el corazón
de todo escritor: la de ser recordado, en los tiempos por venir,
como recordó Rilke a Orfeo:
Él es un mensajero que perdura.
Y más allá, en el reino de los muertos,
alza las copas de gloriosas frutas.
Tripas
Mayo del 2000
Traducción de Osmodiar Lampio
Salman Rushdie en conversación con Valeria Luiselli
Sábado 4 de octubre • 13:30-14:30 •
Teatro del Estado (Sala E. Carballido)
Cuentos maravillosos. Con Salman Rushdie
Sábado 4 de octubre • 19:00-20:00 •
Teatro del Estado (Sala E. Carballido)
Myriam Moscona
(poema en ladino)
las kartas abolteadas
el sakrifikado enkolgado del rovés
me mira la mirada miya
malos signos ambezados
ande el ombre
da su no saver
el mazal esta salado:
mas mejor
ser ke parezer
Ignacio Martínez de Pisón y Myriam Moscona en
conversación con Malcolm Otero Barral
Viernes 3 de octubre • 20:30-21:30 • Ágora de la Ciudad
Glosario
spartidas: repartidas
preta: negra
ambezados: aprendidos, enseñados
mazal: suerte
Margo Glantz en conversación con Myriam Moscona
Sábado 4 de octubre • 11:30-12:30 • Teatro del Estado (Sala
D. Guillaumin)
Literatura y migración
Domingo 5 de octubre • 11:30-12:30 • Casa del Lago (carpa)
Víctor Andresco, Margo Glantz, Myriam Moscona y Luigi
Amara en conversación con Roberto Frías
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Onda corta:
la gran incógnita
E
n los primeros días de mayo de 1926, el explorador noruego
Roald Amundsen, un avezado aventurero que había sido el primer hombre en llegar al Polo Sur, emprendió una expedición
camino al Polo Norte. A diferencia de expediciones anteriores, en
este viaje no abordó un barco ni un avión, sino un enorme dirigible
de casi cien metros de largo que, no sin cierto fervor patriótico,
bautizó como el Norge. Su decisión despertó algunas suspicacias,
pero Amundsen explicó que un dirigible tenía muchas ventajas
sobre el avión. «Una aeronave —escribió en su crónica de la expedición— flota en el aire incluso si fallan sus motores». Al parecer,
la perspectiva de que fallaran los motores mientras sobrevolaba
aquella gélida tierra de nadie que es el Polo Norte no intimidaba
tanto al explorador. En tono frío y sereno explica que en caso de tal
eventualidad —que por cierto sí ocurrió en el curso de ese viaje—,
simplemente «se pueden hacer ciertas reparaciones mientras la
aeronave sigue volando con ayuda de los motores restantes».
Con un equipo de especialistas a bordo que incluía mecánicos,
radiotelegrafistas y climatólogos, el Norge salió de Spitsbergen,
en el norte de Noruega, en una ruta que lo llevaría a través del
Océano Glacial Ártico, sobre el Polo Norte —«la punta del mundo»,
como escribe el explorador en sus diarios—, y hasta Alaska, del
otro lado del globo. La logística del viaje era extraordinariamente
complicada. Dado que no habrían piezas de recambio en el Ártico,
Amundsen preparó cajas con cientos de repuestos de todo tipo y
las envió por barco a cada una de las paradas que se tenían contempladas. Para no perder contacto con la tierra, instaló también
un radio de alta potencia adentro del dirigible —una especie de
estación flotante capaz de enviar y recibir reportes meteorológicos,
detalles del viaje o la señal de la hora exacta. «Se prestó particular
atención —escribió después el explorador— al equipo de radio. Se
había obtenido toda la información necesaria sobre el aparato de
radio a bordo del Norge, de la Compañía Marconi en Inglaterra».
Amundsen escribió una crónica detallada de aquel viaje escalofriante, en la que cuenta, con lujo de detalle, cómo era la vida
diaria a bordo del zeppelín que flotaba por encima del Polo Norte.
Cuenta, por ejemplo, que las reglas de conducta eran sumamente
estrictas: «Lo más importante era que nadie arrojara nada por la
borda que pudiera atorarse en las turbinas y atascarlas. También,
si se caminaba por la quilla, estaba prohibido llevar zapatos que no
tuvieran protecciones de hule, ya que el metal de una suela podía
provocar chispas al entrar en contacto con las partes de acero de
la quilla, y si alguna de éstas hacía contacto con los vapores de la
gasolina o el hidrógeno, podía provocarse un incendio».
Contra toda expectativa, el viaje de Amundsen fue un éxito.
Llegó al Polo Norte el 12 de mayo de 1926 y, para marcar su hazaña, bajó dos banderas desde el zeppelín —una noruega y otra
estadounidense—, diseñadas especialmente para ser clavadas sobre
la superficie del hielo. «Estamos seguros de que nuestros lectores
entenderán el sentimiento general del equipo a bordo del Norge
—escribe más adelante— cuando vimos… las banderas ondeando
debajo de nosotros, contra esa superficie de hielo cubierta de
nieve». Inmediatamente después de izar las banderas, Amundsen
se enfiló hacia el cuarto de radio, o «habitación Marconi» como
también lo llama, y envió un radiotelegrama anunciando la buena noticia. El mensaje, escrito en ese lenguaje rápido y abrupto
de los telegramas que tanto fascinaba a poetas como Marinetti
o Apollinaire, transmite el entusiasmo del explorador: «cuando
7
Rubén
Gallo
norge sobre polo norte fue más grande de todos los eventos este vuelo». El
telegrama incluye una breve descripción
de los paisajes polares: «trozos de hielo
cuyas orillas brillaban como oro en la
luz solar pálida aparecían de entre la
neblina que nos rodeaba stop».
Este breve mensaje se parecía tanto a las «palabras en libertad» de Marinetti que los editores del New York Times decidieron
restituir los elementos sintácticos faltantes, añadiéndolos a mano.
El resto de la travesía fue aún más riesgosa y terrorífica, porque para llegar a Alaska, Amundsen tuvo que atravesar «la mayor
área del mundo no explorada» —una zona que muchos cartógrafos
llamaban «la gran incógnita». El recuento de Amundsen capturaba
la atmósfera desolada de este territorio vasto e ignoto: «¿Qué secretos guarda esta región?… ¿Lograríamos levantar parcialmente el
velo que la cubría? Y si lo lográbamos, podríamos volver al mundo
para contar lo que habíamos visto? Estas preguntas inquietaron a
todos los tripulantes de la aeronave cuando sobrevolamos el Polo,
aunque pronto retomamos nuestras obligaciones y el viaje volvió a
la normalidad». Amundsen aterrizó en Alaska (el aterrizaje, contó,
«espantó a los perros esquimales»), y la fama del explorador se
acrecentó más aún. Los reportajes sobre su travesía se transmitieron por radio y las fotos de Amundsen y su dirigible se publicaron
en las primeras planas de los periódicos del mundo.
En la ciudad de México, los diarios reportaron la hazaña del
noruego durante todo el mes de junio de 1926. Desde la Revista de Revistas hasta El Universal Ilustrado, todos los medios más
importantes del país publicaban —algunos a diario— las fotos de
Amundsen y su zeppelín. El Excélsior, publicó las aventuras de
Amundsen por entregas, y anunció orgullosamente a sus lectores
que el texto había sido enviado por vía inalámbrica —en un «radiograma directo, exclusivamente para el Excélsior»— desde Estados Unidos, donde se encontraba temporalmente el explorador.
El corresponsal neoyorquino del periódico consiguió, incluso, una
entrevista en exclusiva con el noruego, que apareció en primera
plana el 4 de julio de 1926.
Según varios historiadores de la radio, la prensa mexicana
mostró tanto interés en la historia de Amundsen a causa de un
incidente extraño de transmisión radiofónica. Al parecer, cuando
el explorador llegó por fin al Polo Norte, sintonizó, por casualidad, un programa transmitido desde México por la estación de
El Buen Tono, que acababa de adquirir un potente transmisor de
onda corta. El incidente, cuenta el historiador Jorge Mejía Prieto,
«se convirtió en uno de los principales motivos de orgullo de la
estación de radio» e inspiró una nueva campaña publicitaria: la
imagen de Amundsen en el Polo Norte, al lado de su zeppelín,
apuntando hacia una cajetilla de cigarros Radio. El anuncio muestra
al noruego fumando un cigarro de El Buen Tono. «Fumen Radio»,
exhorta el anuncio.
Fragmento del libro Máquinas de vanguardia, de próxima
publicación por Editorial Sexto Piso y la dgp del Conaculta.
Traducción de Valeria Luiselli
Rubén Gallo en conversación con Valeria Luiselli
Viernes 3 de octubre • 20:00-21:00 • Casa del Lago (sala)
Álvaro Enrigue en conversación con Rubén Gallo
Sábado 4 de octubre • 13:30-14:30 • Casa del Lago (sala)
8
¿Qué se espera en un futuro
Alan
Weisman
sobrepoblado?
E
n 1958, el presidente y comandante
en jefe del ejército durante la Segunda
Guerra Mundial, Dwight Eisenhower,
encargó al general aliado William Draper
que analizara las mayores amenazas para
la seguridad global de la posguerra. Eisenhower advertiría posteriormente que la
conclusión de Draper fue que el principal
peligro era la sobrepoblación.
El general Draper pasó el resto de su
vida tratando de convencer a los líderes
mundiales de invertir recursos en la planeación familiar. En ese entonces, cuando
la Tierra estaba poblada por menos de tres
mil millones de personas, poca gente le
hizo caso. Sin embargo, en la actualidad somos ya más de siete mil millones. Cada 4¼
días se añade un millón de personas más.
Mientras realizaba la investigación para
mi libro La cuenta atrás. ¿Tenemos futuro en
la Tierra?, pude ver de cerca lo que preocupaba a Draper y a Eisenhower. Entre los 21
países que visité se encontró Pakistán, que
es uno de los lugares del mundo con mayor
crecimiento poblacional, y también uno de los más escalofriantes.
Pakistán, que cuenta con una población de 195 millones de personas, apenas es más grande que Texas, que tiene 26 millones.
Al paso actual, para 2050 Pakistán tendrá una población mucho
mayor que la de Estados Unidos, con casi 400 millones de habitantes, pero seguirá siendo del tamaño de Texas.
Debido a que es imposible que ofrezca suficientes trabajos
para todos, existen muchos jóvenes pakistaníes enojados y desempleados. Cotidianamente fui testigo de alguna manifestación de
caos, incluidas batallas urbanas libradas con granadas. Perdí una
entrevista con dos hombres que habían trabajado para salvar los
manglares de Karachi, porque la noche anterior fueron torturados,
asesinados y arrojados en el puerto por la mafia local de la madera. En el hospital civil de Karachi hay soldados que vigilan cada
piso para evitar que se desate una guerra. Pakistán, una potencia
nuclear, está saliéndose de control.
De manera irónica, Pakistán alguna vez fue una historia de
éxito, salvándose de la hambruna que lo acechaba gracias al cruzamiento genético de semillas en Texcoco, México, que de manera
milagrosa multiplicó sus cosechas. Se suponía que esta «revolución
verde» echaba abajo las famosas predicciones del economista inglés Robert Malthus, sobre la hambruna masiva que se produciría
conforme el crecimiento poblacional superara a la producción alimentaria. Pero cuando Norman Borlaug, el fundador de la revolución verde, recibió en 1970 el Premio Nobel de la Paz advirtió: «No
podremos realizar un progreso permanente en la batalla contra el
hambre hasta que se unan las luchas por aumentar la producción
alimentaria y la del control poblacional».
Alan Weisman
© Olmo Calvo
Borlaug, a quien se le acredita el haber salvado el mayor número de vidas de la historia, comprendió que la existencia de más
comida implica que menos gente muere de hambre, y ello implica
que hay más gente que engendra a nuevas personas que requieren
de ser alimentadas. Hasta su muerte, Borlaug participó en consejos directivos de grupos dedicados al control poblacional, porque
sabía que la producción alimentaria no podía mantener el ritmo
del crecimiento poblacional que genera.
Los primeros lugares en donde la revolución verde se puso
en práctica fueron India y Pakistán. Dentro de una década, India
sobrepasará a China como el país más poblado del mundo. Y los
millones de jóvenes pakistaníes enojados y desempleados convierten a su país en una cuna para el terrorismo.
Entonces, ¿qué puede hacerse? No podemos permitir que la gente muera de hambre, y nadie quiere poner en práctica la coercitiva
política china del hijo único, ni siquiera los chinos. Pero, mientras
realizaba mi investigación para La cuenta atrás, visité varios países
con exitosas prácticas voluntarias para limitar la población.
Poco después de la revolución islámica de 1979, Irán pidió a
toda mujer fértil que se embarazara, para desarrollar un ejército
de veinte millones de hombres que combatirían contra Irak y su
intento por apoderarse de sus pozos petroleros. En ese entonces,
la otan suministraba armamento a Irak, incluidos materiales para
armas de gas nervioso. Irán, que no contaba con armamento sofisticado, respondió con incesantes oleadas de soldados, ofreciendo
batalla a Irak durante ocho años. Pero posteriormente, el director
de presupuesto iraní se dio cuenta de que todos esos bebés nacidos durante la guerra algún día necesitarían trabajo, y cada nue-
www.hayfestival.org/xalapa • Hay Festival Xalapa 2014 • Del 2 al 5 de octubre de 2014
vo nacimiento reducía las probabilidades
de ofrecérselos a todos. Advirtió al líder
supremo de Irán que los países poblados
por jóvenes frustrados son peligrosamente
inestables.
El Ayatolá pronunció una fatwa que rezaba: «Cuando la sabiduría dicte que no
hace falta tener más hijos, se permite realizar la vasectomía». Una ginecóloga que
conocí en Teherán me contó cómo equipos
médicos que se desplazaban a caballo llevaron condones gratuitos, píldoras y ligaduras uterinas a las aldeas más remotas.
Todo el mundo podía decidir cuántos hijos
querían tener. La única obligación era recibir aconsejamiento premarital, donde las
parejas eran informadas sobre el costo de
alimentar, criar y educar niños.
Un aspecto crucial fue que Irán alentó a las chicas a que permanecieran en la
escuela, porque las mujeres generalmente
posponen el tener hijos mientras están estudiando. En todos los sitios que visité, la
educación femenina resultó ser el mejor
anticonceptivo. Las mujeres educadas tienen mejores y más interesantes maneras
de ayudar a sus familias, pero como es
difícil trabajar cuando se tienen siete hijos,
las mujeres de todo el mundo que acaban
la educación secundaria promedian dos o
menos hijos. En Irán, donde el 60 % de los
estudiantes universitarios son mujeres, el
crecimiento poblacional cayó por debajo
de la tasa de reemplazo —lo que significa
que dos padres tienen un promedio de apenas dos hijos— un año antes que China.
Según los datos del Instituto Demográfico de Viena, si la educación femenina fuera
universal, para mediados de siglo habría
mil millones menos de habitantes en la
Tierra, en lugar de la proyección actual
de un incremento de dos mil quinientos
millones. Conforme la educación mejora,
países tan diversos culturalmente como
Tailandia, México, Brasil y Bangladesh se
encuentran ya cerca, o incluso debajo, de
la tasa de reemplazo.
Pero a menudo se me pregunta qué
pasará con polvorines como Pakistán,
Afganistán y Nigeria, en donde los extremistas religiosos prohíben que las mujeres
estudien.
«La historia más esperanzadora en La
cuenta atrás», respondo, «de hecho proviene de Pakistán». En 1995, seis hombres de
negocios de Karachi, asqueados por escuelas donde los maestros sólo se aparecen
en el día de paga, decidieron comenzar la
Fundación de los Ciudadanos: un sistema
escolar financiado por donaciones, destinado a las zonas más pobres del país.
En una colonia de paracaidistas llamada
Machar —que significa mosquito—, tuve la
oportunidad de visitar una escuela de dicho
proyecto, llamada Vohra. Tenía paredes de
ladrillo cubiertas de cal, un agradable patio,
electricidad y tuberías. Una escuela secun-
daria cercana tiene laboratorios científicos
con microscopios, mesas de disección y
una sala con computadoras.
La mitad de los estudiantes son niñas,
de manera que los chicos aprenden a respetar al sexo opuesto. Como los padres no
confían en el trato de los maestros hombres
con las mujeres, el profesorado se compone de mujeres. El 95 % de los estudiantes
de la Fundación de los Ciudadanos pasa
los exámenes nacionales, en comparación
con el promedio nacional del 55 %. La tasa
de deserción es menor al 1 %, debido a que
las maestras visitan constantemente los
hogares de los estudiantes, presionando a
los padres para que no saquen a sus hijas
de las escuelas para casarlas.
«Ésa es la clave», me explicó el director.
«Cuando una chica recibe educación, educa
a la familia entera».
No se les permite impartir planeación
familiar, pero las chicas la aprenden por
sí mismas. En segundo de secundaria, los
estudiantes se reúnen con profesionales de
los campos que puedan interesarles más.
9
Los chicos a menudo eligen ser pilotos o
ingenieros; las chicas quieren ser maestras,
doctoras o azafatas, y pronto se dan cuenta
de que la gente a la que admiran no tiene
más de dos hijos.
«Así es como lograremos transformar
Pakistán», me dijo uno de los directores de
la Fundación de los Ciudadanos.
«¿Y qué hay de los talibanes? ¿No hacen estallar escuelas en donde se educa a
las chicas?»
«Cuando recibimos amenazas de los
talibanes, les respondemos: por cada escuela que hagan estallar, construiremos
cinco más».
Este año, la Fundación de los Ciudadanos abrió su escuela número 1000.
Traducción de Osmodiar Lampio
Alan Weisman sobre el futuro en la Tierra
Viernes 3 de octubre • 12:30-13:30 •
Casa del Lago (carpa)
PowerPaola Cusco
10
Valeria Luiselli
Columpios
de Harlem
Riverside Park – Esquina de Riverside Drive y 116th Street
E
l sol de otoño cuelga apenas por encima del río Hudson.
Estoy sentada sola en la banca de un parque, envuelta en un
abrigo azul; la cámara en mi bolsa, envuelta en su tela roja.
Han pasado al menos tres años desde la última vez que estuve
sola en un parque, sin mi hija. De inmediato me siento extraña:
niños, columpios, una cámara, una mujer sola.
Quedé de verme con Frías frente al restaurante coreano de Broadway antes de venir al parque. Me entregó la Polaroid envuelta en
su tela roja y dejó que yo la desenvolviera: una máquina hermosa.
Me la arrebató de inmediato —como si fuera un juguete que en
realidad no quisiera compartir—, y me enseñó cómo utilizarla. Se
abre igual que la carriola Maclaren de mi hija, así que desde el
principio supe cómo abrirla y cerrarla.
Repasamos lo básico: cargar, enfocar, disparar. Mientras aprendía cómo enfocar, por error apreté el obturador. La cámara escupió
una foto, y Frías rápidamente la tomó y la escondió en el bolsillo
de su chamarra. Me explicó que las fotos necesitan estar en completa oscuridad mientras se revelan. Mientras guardaba la cámara
en mi bolsa, me dijo:
—Cuídala bien.
—Sí.
—Como si fuera un hijo tuyo.
Le prometí que cuidaría la cámara. Frías no tiene hijos, pensé.
Me levanto de la banca del parque y camino hasta unos juegos
situados un poco más allá, y le pregunto a una niña adolescente
—melancolía infatigable, acné, ruido mental— si le puedo tomar
una foto columpiándose.
Dice: Está bien, y toma impulso suavemente, apoyando los pies
en el suelo, con los ojos fijados en su regazo, murmurando algo
para sí misma.
Le tomo la foto y la coloco con torpeza en el bolsillo de mi abrigo.
Cuando le digo Gracias me devuelve la mirada y sonríe —es una
sonrisa hermosa, liviana, de pronto liberada de toda pesadumbre—.
Mientras camino por la 116th Street para tomar el metro hacia
la guardería para recoger a mi hija, saco la foto de la bolsa de mi
abrigo y la estudio.
General Grant Memorial Park –parque infantil situado en
lo alto de la colina – Esquina de Riverside y 124th Street
Lleva puestos unos jeans azules, una camiseta roja con un perro
estampado, un abrigo rosa y calcetines blancos tan pequeños que
me pregunto cómo es que logra meter sus pies regordetes en
ellos. Está sentada en el suelo, junto a la puerta de su recámara,
concentrada, esforzándose, encomendando su alma entera a un
tenis Converse azul que quiere encajar en su pie derecho. Intento
explicarle: Tienes que meter el pie en el tenis y no el tenis en el
pie. ¿Tiene alguna importancia, en su mundo de tan pocas palabras, todavía desprovisto de la carga gramatical, si va primero el
pie o el tenis?
Me devuelve la mirada; sus enormes ojos almendrados me
piden en silencio que la deje ser, que deje de darle instrucciones,
que sólo me siente y observe cómo decide hacerlo. Me dirige la
mirada, me traspasa con la mirada, hacia lo que está detrás de mí,
y de nuevo vuelve a posarla en su pie. Ahora intenta lo contrario
de lo que venía haciendo. Quizá ella esté en lo correcto: el tenis
en el pie y no el pie en el tenis. El acto mismo posee una especie
de ambivalencia gramatical.
www.hayfestival.org/xalapa • Hay Festival Xalapa 2014 • Del 2 al 5 de octubre de 2014
Después de este último intento, abrumada, rendida, deja que el
pie se le escape de las manos y caiga al suelo. Con la mirada fija
en sus pies, una lágrima pesada, sincera, una sola lágrima nubla
su ojo, resbala por su cachete, se aferra al límite de su barbilla,
tiembla un poco, y se precipita hacia el suelo de madera.
11
Aliento
Forrest Gander
Marcus Garvey Park – Esquina de Madison Avenue y 120th
Street
Una viejita china le enseña a su hijo, o quizá su yerno, o quizá su
nieto, cómo llevar a su recién nacido en un cargador para bebé
mei tai. Es aguerrida, autoritaria y muy bajita —combinación que
normalmente apuntaría a una persona horrible, pero que en este
caso resulta hilarante—. El grueso cabello blanco le cuelga sobre
la frente como un paraguas bien cernido. Las cintas inferiores del
mei tai están terciadas como cananas a la altura de su pecho y
atadas por la espalda. Levanta al bebé de la carriola, sin dejar de
parlotear, lo alza y le muerde suavemente la nariz; el niño gime;
después le dobla las piernas como en cuclillas y con una mano lo
envuelve con la tela del cargador. El bebé se acurruca contra ella
y deja de llorar. Sin dejar de hablar, la vieja pasa dos cintas por
encima de sus hombros, las cruza por detrás, y las trae de nuevo
hacia delante mientras ata un gran nudo debajo del trasero del
bebé. Después, con una sola mano quita el seguro de la carriola y
la dobla. Presiona un pie contra una de las ruedas para levantarla,
toma la asidera de la carriola con la mano, y se la echa al hombro
para llevársela. Cuando ha terminado, permanece de pie, se ajusta
la chaqueta, sonríe –dejando ver una abertura entre sus pequeños
dientes frontales–, y realiza una pequeña y torpe reverencia. El
joven padre la observa con estoicismo. Tengo ganas de aplaudirle,
pero me contengo. Pienso para mis adentros: puta madre. Pero no
digo nada. Mi hija la observa, con los ojos y boca abiertos, desde
su columpio, que para entonces ya se ha detenido por completo.
Traducción de Osmodiar Lampio
Primer bosquejo del mundo. O
como si todo
lo que una vez existió hiciera de ellos
su urna. Son una hendidura
del tajo. Son. Tierra sin flores.
Vientogimiente sobre
un hojoso montón de tierra y
formas humanas diseminadas,
ramas y venas. Para
llegar a ser lo que uno fue: eso
nunca pasa. Pero el auténtico suelo
se frunce hacia ellos e incita
su lánguida
pandiculación. La creciente
aspa del hombro y la sombra
en bahías de expansibles,
contráctiles costillas. Así la
mamífera familiaridad
reconocible se contrae en
revelaciones, en tiempo dilatado.
Volviéndose uno, inhumano, más
allá del animal. Son ellos.
Poema tomado del libro Eiko ß Koma
Traduccion de Alfonso D’Aquino
Rubén Gallo en conversación con Valeria Luiselli
Viernes 3 de octubre • 20:00-21:00 • Casa del Lago (sala)
Salman Rushdie en conversación con Valeria Luiselli
Sábado 4 de octubre • 13:30-14:30 • Teatro del Estado
(Sala E. Carballido)
Katie Kitamura y Forrest Gander en conversación con Gaby Wood
Valeria Luiselli en conversación con Mario Jursich
Lectura de Poesía
Sábado 4 de octubre • 17:00-18:00 • Casa del Lago (sala)
Sábado 4 de octubre • 17:00-18:00 • Ágora de la Ciudad
Viernes 3 de octubre • 21:00-22:00 • Casa del Lago (carpa)
Participan Luigi Amara, Juan Bonilla, Luis Felipe Fabre, SJ Fowler, Forrest Gander,
Joumana Haddad, Juan Hernández Ramírez, Pura López Colomé y José Luis Rivas
12
Asociaciones
Margo Glantz
impertinentes
V
iena es maciza, una capital imperial remozada, con grandes
avenidas, plazas e iglesias. El Belvedere, con sus versallescos jardines y fuentes, situados en plena ciudad, parece
desmentir esa impresión: desde las galerías del pabellón de arte
austriaco, se ven distribuidas torres y cúpulas, un sol extemporáneo ilumina el cielo y casi podría decirse que se está en el campo;
pero estamos solamente en el palacio del príncipe Eugenio, construido para alejarse del mundo y de los gobernados y contemplar las obras de arte coleccionadas pacientemente a finales del
xviii, mismas que fueron dispersadas por los herederos y de nuevo
coleccionadas y albergadas ahora por los gobiernos no imperiales
con gran nostalgia de Imperio.
Vi hace poco una película, El jardín de Celibidache, un director
de orquesta que en mi adolescencia venía a México y dirigía la
orquesta del palacio de Bellas Artes; yo lo admiraba los domingos,
en mi ciudad espléndida y transparente, con su smoking impecable y su batuta moviéndose con maestría, aunque el Maestro
tuviese un pequeñísimo defecto que compartía con el salzburgués
Herbert von Karajan, haber manifestado —¿colaborado?— una gran
admiración por los nazis. En la película mencionada, Celibidache,
a pesar de sus veleidades fascistas (afortunadamente soslayadas),
predica una teoría que después de su muerte no tomaron en cuenta sus herederos: la música no es para grabarse, la música debe
escucharse en los palacios, en las casas, las iglesias y catedrales,
o en las salas de concierto: la música como la practicaron Mozart,
Beethoven y Schubert en Viena.
Por más fieles y tecnificados que sean, aseguraba Celibidache,
los discos son una aberración (no sé qué pensaría ahora de los
iPods). En Viena tuve ocasión de comprobarlo. Asistí a varios
conciertos y en la iglesia de los agustinos situada en el Graben en
Margo Glantz
© Daniel Mordzinski
Margo Glantz en conversación con
Myriam Moscona
Sábado 4 de octubre • 11:3012:30 • Teatro del Estado (Sala D.
Guillaumin)
Literatura y migración
Domingo 5 de octubre • 11:3012:30 • Casa del Lago (carpa)
Víctor Andresco, Margo Glantz,
Myriam Moscona y Luigi Amara en
conversación con Roberto Frías
Viena escuché el Requiem de Mozart. Lo había escuchado varias
veces en vivo y en casa tengo varias versiones, las oigo a pesar de
todo; una, dirigida por Nikolas Harnoncourt (nacido en Graz), me
gusta en especial, interpretan los Niños Cantores de Viena. ¿Por
qué pude justamente ese día comprobar la verdad de la teoría de
Celibidache? ¿Sería por el grosor de las paredes, lo alto de las bóvedas, la calidad de la interpretación, la perfección de las voces,
el frío, los hermosos altares, el fervor de la gente, o la magnífica
elocuencia de las cuerdas y los cobres?
No lo sé, pero esa noche luché de verdad con el ángel, aunque
suene cursi: cada vez que el coro se unía a la orquesta y la acústica de la iglesia magnificaba los sonidos, la música entraba en el
cuerpo convulsionado por el gozo y el sufrimiento como en las
novelas del marqués de Sade, o, usando libremente las palabras
de Georges Bataille en El erotismo, podría decirse que la música
nos aparta de cualquier interés banal para transformarse en un
gozo desbordado e infinito. Y podría decirse también que un movimiento místico del pensamiento —o un movimiento surgido de
una sensación de absoluta plenitud convocada por los sonidos
armónicamente combinados, como la producida al escuchar esta
música religiosa en un contexto particular— haga estallar el mismo
reflejo físico que una imagen o una acción erótica tiende a desatar.
Pero no es posible quedarse solamente con lo sublime.
Viena produce sentimientos controvertidos, se los produce también a muchos austríacos. Cuando subimos a cualquier transporte,
advierto sorprendida que no hay barreras ni controles; tenemos,
explican mis amigos, un control interior, un control semejante al
que antes reprimía a los ingleses cuando aún creían en el Imperio, un control desaparecido; contrasta con la puntualidad de los
trenes de la época de Sherlock Holmes, le permitía resolver a la
perfección cualquier homicidio; son trenes ahora neoliberalizados,
impuntuales, aunque produzcan todavía ganancias fantásticas para
sus dueños y catástrofes a sus usuarios.
En Austria la falta de control se da sólo en sus limpias calles,
profusamente cargadas de excrementos de perros, los seres más
mimados de esa sociedad tan ávida de música y de café. La libre producción de desechos animales, prohibida por la ley, no
tiene previsto ningún castigo para los transgresores. En cambio,
existen procesos muy decantados para separar los deshechos domésticos, a fin de que puedan reciclarse: el vidrio y el papel se
clasifican en muy diversos receptáculos, los desechos biológicos
y los industrializados, también, los plásticos y los metales deben
lavarse perfectamente antes de depositarse en los basureros que
les corresponden; para lograr que esta clasificación se respete
estrictamente, cada usuario debe anotar su nombre y dirección
exacta en sus propios basureros.
Hay un museo dedicado a Sigmund Freud, pero hay quienes me
aseguran que no existe ninguna cátedra en la Universidad donde se
enseñe el psicoanálisis. Para entenderlo debemos quizá volver a los
excrementos: recordemos que en tiempos del Imperio austrohúngaro el húngaro Sándor Ferenczi, discípulo de Freud, descubrió la
correspondencia que en el inconsciente tiene la mierda con el oro.