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1. Titulo: “La Siria de los Asad: continuidad y cambio en las elites”
2. Autor: Ignacio Álvarez-Ossorio
3. Institución: Área de Estudios Árabes e Islámicos, Departamento de Filologías
Integradas, Universidad de Alicante
4. Dirección electrónica: ialvarez@ua.es
5. Resumen: El objetivo de esta ponencia es analizar los cambios en la composición de
las elites sirias en el último medio siglo. El ascenso al poder del Partido Socialista
Árabe Baaz en el año 1963 implicó un cambio trascendental en la composición de las
elites gobernantes. En lugar de apoyarse en la burguesía comercial de Alepo y Damasco
y en la clase terrateniente como mandaban los cánones, el Baaz buscó el respaldo de las
minorías confesionales, la clase trabajadora y el campesinado. El partido nacionalista
fue capaz de preservar su posición gracias a la alianza estratégica que estableció con las
Fuerzas Armadas, que en 1966 se hicieron con el poder. Tras el ascenso de Hafez alAsad a la presidencia en 1970, también se incluyó en dicha alianza al aparato
burocrático-administrativo y a la oligarquía damascena.
6. Nota biográfica del autor: Profesor titular de Estudios Árabes e Islámicos.
Especialista en el proceso de paz árabe-israelí y en la política contemporánea de
Oriente Medio. Es autor y editor de varios libros, entre ellos El miedo a la paz
(2001), España y la cuestión palestina (2003) ¿Por qué ha fracasado la paz? (2007)
y Siria contemporánea (2009).
Palabras clave: Siria, Asad, Baaz, elites, autoritarismo
La Siria de los Asad: continuidad y cambio en las elites
Ignacio Álvarez-Ossorio (Universidad de Alicante)
El ascenso al poder del Partido Socialista Árabe Baaz en el año 1963 implicó un
cambio trascendental en la composición de las elites gobernantes. Las formaciones
tradicionales –el Partido Nacional y el Partido del Pueblo- que desde la independencia
habían dirigido los destinos del país, perdieron su monopolio y dejaron paso al Baaz,
que instauró un sistema monopartidista. El Baaz buscó el apoyo de las minorías
confesionales, la clase trabajadora, el campesinado y, por supuesto, las Fuerzas
Armadas, que en 1966 se hicieron con el poder. Tras el ascenso de Hafez al-Asad a la
presidencia en 1970, también se incluyó en dicha alianza al aparato burocráticoadministrativo y a la oligarquía damascena. Desde entonces, los Asad han establecido
una tupida red de relaciones clánico-familiares, más que puramente confesionales, en
las que la familia nuclear y extendida (los Asad, Majluf, Shahlish y Shawkat…) juega
un papel central.
El Baaz: entre la unidad árabe y el ideario socialista
La colonización europea, la división del mundo árabe y la creación de Israel
contribuyeron en distinta medida al fortalecimiento del movimiento nacionalista
árabe. Mientras el nacionalismo cultural precolonial aspiraba a emular las prácticas
constitucionales y democráticas occidentales, el nacionalismo político poscolonial
convirtió a Occidente en el opresor1.
El movimiento nacionalista sirio por excelencia fue el Baaz, creado por el
cristiano Michel Aflaq y el musulmán Salah al-Din al-Bitar, dos miembros de la
intelligentsia urbana damascena. En los últimos años del mandato francés
establecieron el Partido Baaz. En opinión de Aflaq y Bitar, el sentido de arabidad lo
otorgaba la lengua y la historia compartidas por los pueblos árabes; el individuo sólo
se realizaría plenamente en el seno de la nación árabe una vez que se liberase de sus
ataduras religiosas, comunitarias y regionales. Las metas del Baaz eran la unidad, la
liberación y el socialismo, “tres objetivos indisociables; ya que ninguno puede
alcanzarse plenamente sin los otros; todos dependen del pueblo y de la fe en sus
1
Ayubi, Nazih. 1998. Política y sociedad en Oriente Próximo. La hipertrofia del Estado árabe.
Bellaterra: Barcelona, p. 207.
poderes eternos y regenerativos”2.
La ideología baazista estaba teñida de “un sentimiento místico sobre la
regeneración de la nación árabe por medio de su unidad”3 que se tradujo en su
llamamiento en pos de “una nación árabe con una misión eterna”. Según Aflaq, “el
socialismo era el cuerpo, y la unidad nacional el espíritu”. En su obra En el camino de
la resurrección, Aflaq afirmó: “La unidad árabe es un ideal y un modelo. No es el
resultado ni la consecuencia de la lucha que dirige el pueblo árabe para conquistar la
libertad y alcanzar el socialismo; es la idea nueva que debería acompañar y dirigir la
lucha”.
La Constitución baazista condenaba de manera expresa la colonización europea
al considerarla “una obra criminal que los árabes combaten con todas sus fuerzas y
ante la cual se solidarizan, según sus posibilidades materiales y morales, con los
pueblos que luchan por su libertad”. En sus principios generales, el Baaz interpreta
que “el nacionalismo es una realidad viva y permanente, y que el sentimiento nacional
consciente que une al individuo con su nación es un lazo íntimo, un sentimiento
sagrado rico en fuerza creadora, que suscita el sacrificio, fomenta el sentido de la
responsabilidad y contribuye a dar al humanismo del individuo una orientación
concreta y útil” (art. 3).
También se ponía énfasis en que “el socialismo es una necesidad que brota del
corazón mismo del nacionalismo árabe. Es, en efecto, el régimen ideal que permitirá
al pueblo árabe, del modo más perfecto, desarrollar sus posibilidades y expresar su
genio. Asegura a la nación un crecimiento constante de su producción material e
intelectual y una fraternidad íntima entre sus miembros” (art. 4). Además de
remarcarse las credenciales teóricamente democráticas del movimiento, también se
subrayaba su carácter revolucionario: “Sus objetivos primordiales, para potenciar el
nacionalismo árabe y edificar el socialismo, sólo podrán conseguirse por la vía del
cambio radical y de la lucha. Basarse en una lenta evolución y contentarse con una
reforma parcial y superficial, es exponer este objetivo al fracaso y al olvido” (art. 6).
En un primer momento, los fundadores del Baaz concentraron sus esfuerzos en el
movimiento estudiantil. Gradualmente sus ideas fueron ganando terreno entre las clases
medias de Damasco, Alepo, Homs y Hama, así como entre el campesinado de las zonas
2
Seale, Patrick. 1965. The Struggle for Syria. A Study of Post-War Arab Politics. Oxford University
Press: Londres, p. 155.
3
Lapidus, Ira. 1999. A History of Islamic Societies. Cambridge University Press: Nueva York, pp. 647648.
rurales. El primer congreso baazista apenas congregó a 200 simpatizantes, buena parte
de ellos estudiantes. Entre los allí congregados se encontraba el ideólogo alawí Zaki
Arsuzi, procedente de Alejandreta, que aportó un buen número de seguidores alawíes
que con el tiempo jugarían un papel central en la implantación del Estado baazista.
Arsuzi era partidario del ‘todo o nada’ y defendía unos planteamientos más utópicos,
radicales y socialistas que los de Aflaq y Bitar4. Entre sus seguidores se contaba el
médico Wahib al-Ganim, quien intentó que el partido hiciera hincapié en la justicia
social para poner freno a las sangrantes desigualdades existentes en el seno de la
sociedad siria. Ganim reclamó sin éxito la partición de los latifundios entre el
campesinado, la implicación activa de los trabajadores en la gestión de las empresas y
la propiedad estatal de los recursos naturales, la industria pesada y los servicios
públicos5.
Desde un primer momento las minorías alawí, drusa e ismailí se sintieron
atraídas por esta nueva ideología panarabista que ponía el énfasis en el aspecto
ideológico y no en el comunitario, ya que el Baaz prometía plena igualdad entre los
árabes, independientemente de su confesión, así como una reforma social que la clase
media rural encontró sugerente6, al considerar que les permitía poner fin al tradicional
monopolio del poder detentado por los árabes sunníes.
CONFESIÓN DE LOS MIEMBROS DEL BURÓ POLÍTICO DEL BAAZ (1945-1954)
Confesión
Musulmanes
1945
3
%
75
sunníes
Musulmanes
alawíes
Cristianos
1
25
1952
5
%
71.4
1
14.3
1
14.3
1958
3
%
60
2
40
grecoortodoxos
Fuente: Batatu, Hanna. 1999. Syria´s Peasentry, the Descendants of Its Lesser Rural Notables and Their Politics. Princeton
Universtiy Press: Princeton, p. 140.
En 1952, en pleno periodo de dictadura de Adib Shishakli, el Baaz se
transformó en el Partido Socialista Árabe Baaz tras su fusión con el Partido Socialista
Árabe de Akram al-Hawrani. Hawrani, natural de la ciudad de Hama, procedía de una
4
Moubayed, Sami. 2006. Steel and Silk. Men and Women Who Shaped
Syria. 1900-2000. Cune Press: Seattle, p. 143.
5
Devlin, John F. 1991. “The Baath Party: Rise and Metamorphosis”. The American Historical Review,
96: 5, p. 1398.
6
Galvani, John. 1974. “Syria and the Baath Party”. Meria Reports. 25, p. 5.
familia de terratenientes venida a menos. Socialista de convicción, era más partidario
de la acción que de la reflexión y defendía una profunda reforma agraria para repartir
entre el campesinado, que vivía en una situación de extrema pobreza, los vastos
latifundios que estaban en manos de unos pocos terratenientes de Hama, entre ellos
los Barazi, Azm y Kaylani, dueños de 91 de las 113 aldeas de dicha provincia. De
hecho su lema fue “la tierra para el campesino”. Además del campesinado, su
predicamento llegó a los oficiales de la Academia Militar de Homs, que jugarían un
papel determinante en la vida política de los años posteriores a la independencia.
El Comité Militar: el factor confesional
Fue así como el Baaz también expandió su influencia en las Fuerzas Armadas
sirias. Durante los años de unidad con Egipto (1958-1961), se formó un Comité Militar
clandestino entre los simpatizantes del Partido Baaz. Dicha sociedad secreta estaba
liderada por cinco militares sin apenas conexión con el liderazgo político del Baaz.
Todos ellos pertenecían a minorías confesionales tradicionalmente excluidas del poder:
los alawíes Muhamad Umran, Salah Yadid y Hafez al-Asad y los ismailíes Abd alKarim al-Yundi y Ahmad al-Mir. Con el transcurso del tiempo, todos ellos asumirían
cargos relevantes dentro del aparato militar y también gubernamental. Este núcleo duro
contaba con el respaldo de otra decena de oficiales, entre los cuales también estaban
representadas otras minorías como la drusa. Otro nexo de unión entre todos era su
extracción rural y su procedencia de lugares alejados de los centros de poder
tradicionales: la planicie de Latakia, la Montaña drusa, el Hawran, el Éufrates y Dayr alZawr.
El Comité Militar estaba distanciado de Aflaq, al que acusaban de haber dado un
golpe mortal al partido al disolverlo en el Congreso de Beirut de 1959. Cuando la unión
con Egipto se rompió criticaron con acidez el apoyo de Bitar al manifiesto del 2 de
octubre de 1961, en el que se acusaba a Naser de “haber distorsionado la idea del
nacionalismo árabe” y “estrangular la vida política y democrática”. Tras la disolución
de la República Árabe Unida, el Comité Militar se vio obligado a operar en la
clandestinidad. Tras su disolución formal, el Baaz atravesaba una delicada situación, ya
que muchos de sus cuadros habían sido seducidos por el naserismo y parte de su
electorado, especialmente el campesinado, le había dado la espalda. Su situación era tan
desesperada que cuando en 1962 reanudó sus actividades apenas contaba con 500
miembros.
El Vº Congreso Nacional del Baaz, celebrado en Beirut en mayo de 1962, abogó
por la unión con Egipto pero esta vez sobre “unas nuevas bases para evitar cometer los
errores del pasado”. En lugar de demandar la fusión de ambos países, se reclamó una
federación que contase con una dirección colegiada. Dicho congreso también aprobó la
creación de un Mando Regional provisional encaminado a renovar el Baaz sirio,
doblemente golpeado por la huida de muchos de sus simpatizantes a las filas naseristas
y por las purgas acometidas7. Con el transcurso del tiempo, este Mando Regional,
controlado por el Comité Militar, fue ganando autonomía y operando de una manera
cada vez más independiente del Mando Nacional dirigido por Michel Aflaq.
El hecho de que la ideología baazista resultara “poco atractiva para el
campesinado pobre y la clase trabajadora siria, a excepción de su mensaje
nacionalista”8, dificultaba la conquista del poder por medio de unas elecciones. El
mando militar del partido tampoco contaba con una red de apoyos relevante, ya que
ninguno de sus integrantes pertenecía a las grandes familias que habían orquestado el
juego político desde la independencia ni tampoco a las elites tradicionales que disponían
de su propia clientela. Por último, su dispersa procedencia rural y su pertenencia a
minorías confesionales les restaba apoyos tanto en las grandes urbes, que históricamente
habían dirigido los destinos del país, como entre los árabes sunníes que representaban
cerca del 65 % de la población.
CONFESIÓN DE LOS MIEMBROS DEL COMITÉ MILITAR DEL BAAZ (1959-1965)
Confesión
1959
%
1961
%
Hasta
%
el golpe
Suníes
Alawíes
Drusos
Ismailíes
2
1
1
50
25
25
Después
%
del golpe
2
3
28.6
42.8
de 1963
1
2
20
40
2
28.6
2
40
de 1963
6
3
2
2
julio 1963-
%
diciembre
46.1
23.1
15.4
15.4
1964
7
3
2
2
50
21.4
14.3
14.3
Fuente: Batatu, op. cit., p. 150.
La conquista del poder por el Baaz
El 8 de marzo de 1963 tuvo lugar el nuevo golpe militar. Un Consejo Nacional
del Mando Revolucionario, como el que había sido creado en Egipto en 1952, se hizo
con las riendas del gobierno. El Baaz mantuvo una posición predominante con 12
7
Ben-Tzur, Avraham. 1968. “The Neo-Bath Party of Syria”. Journal of Contemporary History, 3: 3, p.
166.
8
Galvani, art. cit., p. 5.
miembros en el nuevo consejo, mientras que otros ocho fueron a parar a los naseristas e
independientes. A partir de entonces, el Baaz se convirtió en el partido único y el resto
de las formaciones políticas fueron suprimidas por decreto.
La formación del nuevo gobierno fue encomendada a Salah al-Din al-Bitar y la
presidencia, tras un breve periodo en manos de Luai al-Atasi, fue a parar al coronel
Amin al-Hafez, todos árabes sunníes. El nuevo presidente contó con el respaldo de
Michel Aflaq, quien maniobraba desde la sombra para recuperar el terreno perdido en
los últimos años y para que el Mando Nacional, y no el Comité Militar, marcase las
directrices, algo cada vez más difícil dada la desigual repartición de fuerzas existente
sobre el terreno y el desprestigio de Aflaq.
En realidad, el fundador del Baaz y la junta militar se necesitaban mutuamente,
ya que mientras Aflaq dependía de los militares, la junta también consideraba útil el
mantenimiento de Aflaq como secretario general del Baaz, al interpretar que así
conseguían una legitimidad panárabe e internacional9. En los siguientes tres años, Bitar
dirigió tres gobiernos diferentes que nacionalizaron la empresa privada y la banca,
emprendieron la reforma agraria y pusieron fin a la libertad de prensa. Los miembros
del Comité Militar, demasiado jóvenes e inexpertos, decidieron mantenerse en un
discreto segundo plano. El interés del Comité se cifraba esencialmente en el control del
Ejército más que en los asuntos de estado, que fueron dejados a otros baazistas con un
perfil más político10.
El nuevo golpe militar fue presentado a la población como un paso en el camino
de la restauración de la RAU, que además se reforzaría con la incorporación de Irak,
donde también los baazistas y naseristas habían conseguido hacerse con el poder. De
hecho, el 17 de abril las delegaciones siria, egipcia e iraquí alcanzaron un principio de
acuerdo en torno a una Constitución unificada y acordaron someter a referéndum la
creación de una federación. Pese a ello, el avance de las negociaciones se vio truncado
por la ausencia de una auténtica determinación política, ya que las conversaciones
fueron consideradas por los nuevos dirigentes como una maniobra de distracción para
apaciguar la creciente presión popular en torno a la unidad árabe. Como se había
demostrado en el pasado, el naserismo y el baazismo eran difícilmente conciliables por
la mutua desconfianza que se profesaban.
En este tumultuoso contexto surgió el neobaazismo. El Congreso Regional del
9
Moubayed, op. cit., p. 133.
Galvani, art. cit., p. 6.
10
Baaz, celebrado en septiembre de 1966, puso de manifiesto el retroceso de Aflaq, figura
a la que se tachó de ser un vestigio del “antiguo orden social y económico”, y de Bitar,
cada vez más aislado ante el avance de los militares. El conclave evidenció también el
alejamiento de la ortodoxia baazista y la consagración de pensadores marxistas como
Hammud al-Shufi y Yasin al-Hafez, que plantearon una ideología de recambio basada
en un programa de corte soviético. El documento ‘Algunas consideraciones teóricas’,
aprobado durante el congreso, se cifraba como objetivo el establecimiento de una
planificación socialista, granjas colectivas gestionadas por el campesinado y el control
de los medios de producción por el proletariado.
Shufi y Hafez consideraban que las Fuerzas Armadas deberían asumir el
protagonismo para impulsar el proyecto socialista, habida cuenta de que la peculiar
estructura socio-política siria, dominada por un ‘régimen parlamentario burgués’
dirigido por elementos reaccionarios feudales y burgueses, frenaba ‘la liberación de las
masas’ y las posibilidades de cambio11. Para salir de este círculo vicioso, no sólo se
requería un golpe, sino también una dictadura militar destinada a imponer la revolución
verticalmente.
Yasin al-Hafez era partidario de la implantación de una ‘democracia popular’
que garantizase las libertades de las clases trabajadoras, algo que sólo podría alcanzarse
por medio de una ‘lucha popular’ con la ayuda tanto del partido como de los militares.
En su pensamiento pesó el hecho de que el Baaz, a pesar de controlar el poder, contase
con un respaldo social sumamente limitado debido a las suspicacias que despertaba su
ideario socialista entre una población mayoritariamente musulmana. La única baza que
tenía, pues, para alcanzar el gobierno y aplicar su programa eran precisamente los
militares12. Ahora bien, Hafez también advirtió de los peligros de que una ‘burocracia
militar’, una vez conquistado el gobierno, se perpetuase indefinidamente en el poder.
El neobaazismo también interpretó que “la fusión orgánica de los sectores de la
vanguardia militar y civil era un prerrequisito urgente para la reconstrucción socialista”.
Tras el Congreso, el Baaz quedó como partido único a través del cual deberían
organizar su actividad política trabajadores, campesinos, estudiantes, escritores, mujeres
y jóvenes.
COMUNIDADES RELIGIOSAS EN SIRIA EN 1964
11
Ben-Tzur, art. cit., p. 170.
Perlmutter, Amos. 1969. “From Obscurity to Rule: The Syrian Army and the Bath Party”. The Western
Political Quarterly, 22: 4, p. 837.
12
GRUPOS RELIGIOSOS
FIELES
% GRUPO
% TOTAL
SUNÍES
ALAWÍES
ISMAILÍES
OTROS CHIÍES
TOTAL MUSULMANES
3.950.000
600.000
56.000
25.000
4.631.000
85.3
13
1.2
0.5
100
72.2
11
1
0.3
84.7
GRECO-ORTODOXOS
ARMENIOS-ORTODOXOS
GRECO-CATÓLICOS
SIRIO-ORTODOXOS
SIRIO-CATÓLICOS
MARONITAS
ARMENIOS-CATÓLICOS
NESTORIANOS
PROTESTANTES
CATÓLICO-ROMANOS
TOTAL CRISTIANOS
246.000
140.000
80.000
72.000
30.000
25.000
24.000
15.000
12.000
10.000
654.000
37.6
21.4
12.2
11
4.6
3.8
3.7
2.3
1.8
1.5
100
4.5
2.5
1.5
1.3
0.6
0.5
0.4
0.3
0.2
0.2
12
DRUSOS
YAZIDÍES
JUDÍOS
TOTAL OTROS
170.000
10.000
4.000
184.00
-
3
0.2
0.1
3.3
Una vez en la presidencia, Amin al-Hafez retomó las medidas para implantar un
régimen socialista con un absoluto control sobre el mercado, nacionalizando la red
eléctrica, el sistema bancario, la incipiente industria petrolífera y también las
explotaciones algodoneras. Yusuf Zuayin, ministro de Reforma Agraria, fue el
encargado de poner en práctica un radical programa de expropiaciones que afectó
especialmente a los grandes terratenientes de Alepo, Hama, Homs, Latakia y Damasco,
aunque sólo el 18 % de la tierra cultivada fue repartida entre el campesinado.
La deriva marxista del Baaz despertó las reticencias de una significativa parte de
la sociedad siria y, en particular, de los estamentos religiosos que lanzaron una campaña
contra el liderazgo laico. En abril de 1964, los Hermanos Musulmanes sirios
constituyeron el Movimiento de Liberación Islámica. Hama, ciudad tradicional de
mayoría sunní que había sido especialmente golpeada por la reforma agraria, se
convirtió en el epicentro de la revuelta islamista. Desde los alminares de las mezquitas
se llamó a la población a emprender la yihad contra el gobierno ‘apóstata’. Los
disturbios desencadenaron una violenta represión en la cual perdieron la vida medio
centenar de islamistas. Una vez sofocada la revuelta, el régimen decidió tomar el control
directo de todos los bienes religiosos y se reservó la potestad de designar a los
predicadores de las mezquitas.
CONFESIÓN DE LOS MIEMBROS DEL MANDO REGIONAL DEL BAAZ (1963-1966)
Confesión
Suníes
Alawíes
Drusos
Ismailíes
Cristianos greco-ortodoxos
Nº de miembros
29
8
10
15
1
%
54.7
15.1
18.9
9.4
1.9
Fuente: Batatu, op. cit., p. 164.
El contragolpe neobaazista
El 23 de febrero de 1966 Amin al-Hafez fue desalojado de la presidencia. Una
de las primeras decisiones del nuevo hombre fuerte de Siria, el general Salah Yadid, fue
expulsar del país a los miembros del Mando Nacional del Baaz, incluidos los históricos
dirigentes Michel Aflaq y Salah al-Din al-Bitar, que no volverían a pisar territorio sirio.
El nuevo golpe fue recibido con indiferencia por la población y tan sólo se registraron
algunas escaramuzas entre los diferentes clanes militares en Homs, Alepo y Latakia. Las
luchas internas dentro del Comité Militar provocaron la caída de uno de sus fundadores,
Muhamad Umran, quien tras desempeñar el puesto de ministro de Defensa también fue
defenestrado por Yadid al considerarle una potencial amenaza.
Nur al-Din al-Atasi, que había servido como médico de Houri Boumedianne en
la guerra de independencia argelina, fue designado nuevo presidente de la república y
asumió, al mismo tiempo, el cargo de secretario general del Mando Regional del Baaz.
En su encumbramiento debió pesar la tradición de que el presidente de la república
fuera un árabe sunní, en este caso un miembro de la prestigiosa familia de Homs que ya
había dado varios dignatarios a la república, quien asumiera los destinos del país.
Sin embargo fueron dos militares alawíes –Salah Yadid y Hafez al-Asadquienes controlaron los resortes del poder entre bambalinas. Mientras el primero asumió
el puesto de vicesecretario general del Mando Regional del Baaz, el segundo quedó
como ministro de Defensa y, por lo tanto, máximo responsable del aparato militar, que
parceló adecuadamente para su mejor control “garantizándose su lealtad mediante la
distribución de favores y la prestación de servicios, a la manera de un líder tribal”13.
Varios oficiales drusos, que también habían tomado parte de manera indirecta en el
Comité Militar, interpretaron que estaban perdiendo terreno frente a los alawíes al ser
relegados a un segundo plano.
Otros dos médicos que habían tomado parte en la guerra argelina, Yusuf Zuayin
e Ibrahim Maknus, asumieron los puestos de primer ministro y de Asuntos Exteriores,
respectivamente. Ambos estaban convencidos que Israel, al igual que Francia, podía ser
13
Seale, Patrick. 1988. Asad of Syria. The Struggle for the Middle East. University of California:
Berkeley, p. 144.
derrotada mediante una guerra de liberación popular. Abd al-Karim al-Yundi, uno de
los fundadores del Comité Militar y miembro de la minoría ismailí, se encargó en un
primer momento el ministerio de Reforma Agraria pasando después a responsabilizarse
de la estratégica Seguridad Nacional.
La gestión del nuevo gabinete fue bastante deficitaria debido, entre otras
razones, a que sus miembros estaban más acostumbrados a las intrigas palaciegas que a
la gestión de los asuntos de estado. A excepción del presidente Nur al-Din al-Atasi, el
resto de los prohombres del régimen eran unos absolutos desconocidos para la
población. En un país en el cual las redes de patronazgo eran esenciales en la vida
pública, la conquista del poder por un reducido grupo de personas de extracción rural y
confesión minoritaria supuso un abrupto cambio respecto a las dinámicas políticas
previas. De hecho, los nuevos dirigentes persiguieron con dureza a toda aquella persona
sospechosa de tener vínculos con el antiguo orden y con los grandes linajes,
favoreciendo a los sectores tradicionalmente excluidos: el campesinado, el proletariado
y las minorías, lo que trastocó la estructura social siria en los siguientes años.
El golpe militar de Salah Yadid y, todavía más claramente, el ascenso de Hafez
al-Asad al poder en 1970 mostraron un hecho sin precedentes en el mundo árabe: “Una
minoría, si bien musulmana, dominó un Estado ampliamente sunní gracias a su control
del Ejército”14. Conscientes de esta circunstancia, los alawíes decidieron aliarse con el
resto de minorías confesionales, es decir con los drusos, los ismailíes y los cristianos,
que constituyeron un cinturón defensivo frente a la recelosa mayoría sunní.
Como los kurdos, los alawíes también habían gozado de una importante
presencia en el seno de las Fuerzas Armadas, en buena parte debido a las políticas
coloniales francesas destinadas a sobredimensionar a los elementos minoritarios dentro
de las Tropas Especiales, ya que “alawíes y drusos podrían ser empleados en la lucha
contra los árabes sunníes y movilizados contra las demandas nacionalistas de
unificación y centralización”15. En los años 1925 y 1944, los alawíes representaban el
19,6 % y el 22,6 % de las Tropas Especiales, pese a que suponían poco más del 10 % de
la población.
En la incorporación de los alawíes al Ejército colonial debió también pesar su
14
Olson, Robert W. 1982. The Ba´th and Syria, 1947-1982. The Evolution of Ideology, Party and State.
The Kingston Press: Princeton, p. 76.
15
Bou-Nacklie, Nacklie Elias. 1993. “Les Troupes Speciales: Religious and
Ethnic Recruitment, 1916-1946”. International Journal of Middle East
Studies, 25: 4, p. 652.
precaria situación económica y su creencia, acertada como se vería en el futuro, de que
podría convertirse en un medio para ascender en la escala social. Durante las décadas de
los cincuenta y los sesenta, los alawíes no sólo mantuvieron sus porcentajes en las
Fuerzas Armadas, sino que además vieron cómo su posición se reforzaba debido a las
numerosas purgas registradas tras cada golpe de estado. Tras la disolución de la RAU,
los oficiales alawíes agrupados en torno al Comité Militar consideraron que se deban las
condiciones necesarias para conquistar el poder.
Con la independencia de Siria salieron a escena diversos elementos que, hasta el
momento, habían jugado un papel irrelevante. Tras la Segunda Guerra Mundial, “los
pueblos rurales, especialmente las minorías religiosas de la periferia siria –los alawíes
en los accidentados distritos montañosos del noroeste de Siria y los drusos en las
inhóspitas colinas al sureste de Damasco- comienzan a incorporarse a la escena política
nacional”16. Hasta aquel momento, dichos grupos habían permanecido divididos y
aislados por variadas razones, entre ellas la compleja orografía del territorio sirio o la
lealtad a la tribu, el clan o la secta antes que al gobierno o la ideología.
El Congreso Constituyente del Partido Árabe Baaz de 1947 remarcó que el
arabismo era el principal factor de cohesión nacional y regional y su Constitución
consideró que “la nación constituye una entidad espiritual y cultural, y todas las
divergencias entre sus hijos son contingentes y falsas, y desaparecerán al despertar la
conciencia árabe”. Las minorías confesionales, históricamente marginadas por la
mayoría sunní, sintieron atracción por este mensaje panarabista, socialista, secular, pero
sobre todo igualitario. A partir de entonces, la defensa de lo árabe se convirtió en un
aspecto tan importante como la salvaguarda de la ideología socialista. Si tenemos en
cuenta que en el territorio sirio coexistían diferentes grupos confesionales, podemos
comprender el énfasis que se puso en la identidad árabe, compartida por el 90 % de la
población.
La militarización de la vida política a partir del golpe baazista de 1966 supuso el
ascenso definitivo de esta nueva jerarquía, de origen humilde y rural por lo general, es
decir, ajena a las oligarquías urbanas de Alepo, Damasco o Hama, y la consagración de
las Fuerzas Armadas como plataforma óptima, en combinación con la inevitable
afiliación al Baaz, hacia los puestos de relevancia. Salah Yadid procedía de la aldea de
16
Khoury, Philip S. 1991. “Continuity and Change in Syrian Political Life:
The Nineteenth and Twentieth Centuries”. The American Historical Review,
96: 5, p. 1375.
Duwayr Baabda, en el litoral mediterráneo, y su familia pertenecía a la prestigiosa
confederación tribal de los Haddadin. Por su parte, Hafez al-Asad, su ministro de
Defensa y número dos del régimen, formaba parte del clan alawí de Kalbiya, afincado
en la zona de Qardaha.
La derrota siria en la guerra de los Seis Días de 1967 y la pérdida del Golán tuvo
inmediatas consecuencias en la política interna. Como era previsible, la lucha por el
poder dentro del régimen sirio se desató de manera inmediata. Tal y como ocurriera en
1948, unos y otros se acusaron de ser responsables directos de la derrota. Hafez al-Asad,
ministro de Defensa, tuvo que hacer frente a fuertes presiones para que dimitiera.
Probablemente le salvó el hecho de que el régimen cerró filas en torno a él para evitar
su inmediato colapso. También la población se mostró extremadamente crítica con sus
dirigentes, que durante años habían suprimido las libertades básicas e impuesto la ley
marcial y el estado de emergencia con el pretexto de preparar la ‘batalla del destino’
contra Israel.
A pesar del desgaste sufrido, Yadid no consideró necesario imprimir un giro
radical a su política y reanudó, si cabe con más intensidad, su respaldo a los fedayín
palestinos. Eso sí, la guerrilla palestina fue invitada a operar desde el territorio jordano,
lo que permitió a Siria mantener el estado de guerra con Israel y, a un mismo tiempo,
desestabilizar al régimen conservador jordano, situación que desencadenó años después
el Septiembre Negro17.
Al percibir que el choque con Yadid era inminente, Asad decidió dar una serie
de pasos encaminados a debilitar al máximo a su rival. El ministro de Defensa fue
apartando, uno a uno, a los hombres de confianza de Yadid de los puestos clave de las
Fuerzas Armadas y de los Servicios de Inteligencia y situando a personas de su entera
confianza. Ahmad al-Suwaydani, jefe del Estado Mayor, fue reemplazado por Mustafa
Tlas, mano derecha de Asad. Poco después cayó Abd al-Karim al-Yundi, que había
implantado un régimen de terror desde los Servicios de Inteligencia, quien apareció
suicidado. Tras asegurarse esos dos resortes de poder, Asad controló también el Mando
Regional del Baaz.
La Siria de Hafez al-Asad
El 16 de noviembre de 1970, Hafez al-Asad, el más joven de los integrantes del
Comité Militar, llevó a cabo su Movimiento Rectificador. Frente al radicalismo de sus
predecesores, Asad siguió una política pragmática aproximándose a los dos grandes
17
Olson, op. cit., p. 112.
centros de gravedad árabes: Egipto y Arabia Saudí. La reconciliación con El Cairo era
un paso imprescindible si Asad quería recuperar algún día los territorios ocupados por
Israel, mientras que el acercamiento a Riad estaba justificado por su centralidad dentro
del sistema árabe, especialmente tras la ‘petrodolarización’ experimentada como
consecuencia de la subida de los precios del petróleo. Como en otros periodos, el
acercamiento a estas dos potencias regionales implicó un distanciamiento de Irak y
Jordania, con los que el régimen mantuvo una relación tensa.
En la escena doméstica, Asad encaminó sus esfuerzos a ampliar el radio de
acción del Baaz al conjunto de la sociedad siria, poniendo especial énfasis en ganarse a
quienes más reservas tenían ante el proyecto baazista. Asad viajó por todo el país y
recibió a centenares de delegaciones de cada una de sus catorce provincias para tratar de
hacer más digerible el hecho de que la presidencia fuera ocupada por un miembro de
una minoría confesional como la alawí.
Una de sus primeras decisiones, de carácter populista, fue bajar los precios de
los productos básicos un 15 % con el objeto de ganar apoyos entre las clases medias.
Asimismo purgó la cúpula de los temidos servicios secretos y revocó algunas
confiscaciones de tierras y propiedades realizadas por el gobierno de Yadid. También
hizo varios gestos encaminados a atraerse la pequeña burguesía sunní, especialmente los
empresarios, los artesanos y los comerciantes de Damasco, a los que intentó ganarse
mediante la adopción de diversas medidas liberalizadoras que contrastaron con el
colectivismo del periodo anterior. No por casualidad sus tres primeros ministros –Abd
al-Rahman Julayfawi, Mahmud al-Ayubi y Muhamad Ali Halaba-, pertenecieron a
importantes linajes sunníes de Damasco.
Estas maniobras para ganarse el respaldo de la población sunní no implicaron un
abandono de sus tradicionales aliados. De hecho, tuvo un especial cuidado en mejorar
las condiciones de vida de la población rural mediante la redistribución de los grandes
latifundios que habían sido nacionalizados, la llegada de la electricidad y el agua
potable y la universalización de la educación18. En cierta medida, el Estado baazista de
Asad fue “un animal híbrido: de Yadid heredó el modelo estatista soviético y el
compromiso de promover a las clases más desfavorecidas”, aunque al mismo tiempo,
con el objeto de extender su red de apoyos entre las clases desafectas, “promovió la
liberalización económica y política”19.
18
19
Devlin, art. cit., p. 1406.
Seale, Asad of Syria..., p. 169.
Para evitar ser acusado de sectarismo, sus colaboradores más directos y los
puestos clave del régimen baazista no fueron elegidos entre miembros de su comunidad.
No fue alawí ninguno de sus primeros ministros, ni tampoco sus ministros de Defensa,
Mustafa Tlas, y Asuntos Exteriores, Abd al-Halim Jaddam, dos de los sus hombres de
confianza durante sus treinta años de gobierno. Tampoco el vicesecretario general del
Mando Regional del Baaz, Abdullah al-Ahmar. Ello parece mostrar que la política de
Asad estuvo basada en razones de estado más que en criterios estrictamente
confesionales, a menudo sobredimensionados por sus detractores.
El dominio reservado de los alawíes fue, sin duda, el aparato de seguridad que
quedó en manos de Muhamad al-Juli, en un intento de blindar al régimen y garantizar su
supervivencia. Cuando Muhamad Umran, uno de los miembros del Comité Militar y ex
ministro de Defensa, manifestó su intención de retornar a Siria, fue fulminantemente
asesinado en su casa de Trípoli. Los Servicios de Inteligencia, los temidos mujabarat, se
multiplicaron y extendieron sus tentáculos por todos los rincones del país para extirpar
de raíz cualquier potencial o imaginaria amenaza para el régimen. De hecho, en cada
provincia hubo tres hombres fuertes: el gobernador, el secretario del partido y, por
último, el responsable del aparato de seguridad, normalmente un oficial alawí.
CONFESIÓN DE LOS MIEMBROS DEL MANDO REGIONAL DEL BAAZ (1963-1997)
Confesión
Suníes
Alawíes
Drusos
Ismailíes
1963
50
12.5
37.5
1966
46.6
26.7
6.7
13.3
1970
78.9
21.1
1975
57.1
33.3
4.8
1980
66.7
19
4.8
1985
66.7
19
4.8
Fuente: Batatu, op. cit., pp. 246-247.
Consciente de que las Fuerzas Armadas podían representar una potencial
amenaza, Asad acumuló un poder inusitado en sus propias manos y desarrolló vínculos
directos, de carácter clientelar, entre cada uno de los brazos del aparato militar y la
presidencia. Desde la cúspide de la pirámide de poder ejercía un control directo sobre
todas y cada una de las decisiones que afectaban a las Fuerzas Armadas, fomentando las
disputas entre los diferentes grupos y personas para ejercer el papel de árbitro entre las
distintas facciones. En definitiva, Asad instauró un “Estado ‘bonapartista’ o una
monarquía de carácter presidencialista a través de su control de los pilares
institucionales del régimen –el Baaz, el Ejército y la burocracia- adoptando una
estrategia patrimonialista que situaba a la clientela alawí en puestos estratégicos en el
aparato militar-securitario y estableciendo una alianza política con los oficiales sunníes
y los políticos del partido”20.
Las Fuerzas Armadas, bajo su absoluto control, ocuparon un lugar central. No
sólo conservaron sus privilegios previos, sino que además Asad los amplió de manera
considerable con la intención de garantizar su absoluta lealtad. A mediados de la década
de los setenta, el Ejército sumaba 225.000 personas; diez años más tarde, alcanzaban ya
los 400.000. Para evitar que los militares volvieran a desestabilizar el país, situó a dos
hombres de su entera confianza, los sunníes Mustafa Tlas e Hikmat al-Shihabi, al frente
del ministerio de Defensa y del Estado Mayor. Ambos conservaron sus cargos hasta la
llegada al poder de Bashar al-Asad en el año 2000. Al mismo tiempo colocó a sus leales
en los puestos más sensibles y en las unidades más próximas a Damasco.
El Baaz quedó también bajo una estricta vigilancia. Tras encarcelar al presidente
Atasi y a Yadid, emprendió una purga entre sus incondicionales dentro del aparato del
partido. Además asumió el cargo de secretario general y designó un nuevo Mando
Regional provisional de personas de su entera confianza. Para evitar que se reprodujeran
conflictos pasados entre las diferentes tendencias del partido, Michel Aflaq y Amin alHafez, que se habían refugiado en Irak, fueron condenados a muerte en ausencia. A
pesar de que el partido siguió manteniendo un importante papel como movilizador de la
población (llegó a superar en los años venideros el millón de afiliados), su papel fue
simbólico ya que Hafez al-Asad asumió un poder prácticamente absoluto.
Además de ampliar sus respaldos sociales y reforzar su control del aparato
militar, securitario y partidista, Asad también era consciente de que era necesario poner
fin a la excepcionalidad política vivida desde la conquista del poder por el Baaz en
1963. Para ello decidió aprobar diversas medidas encaminadas a normalizar la vida
política por medio del restablecimiento de la vida parlamentaria y la aceptación de un
limitado pluralismo político. Pocas semanas después de llegar al poder, nombró a los
173 miembros de una nueva Asamblea Popular. En 1972 inspiró la creación de un
Frente Progresista Nacional en el que se integraron, además del Baaz, la naserista Unión
Socialista Árabe, el Partido Comunista de Siria, el Partido Socialista Árabe y el
Movimiento de la Unión Socialista, aunque les impidió captar a militantes dentro de las
filas del Ejército. Un año más tarde, tuvieron lugar las primeras elecciones legislativas
celebradas desde 1962. Todos los partidos del Frente tuvieron representación
20
Hinnebusch, Raymond A. 1989. Peasant and Bureaucracy in Ba'thist Syria: the Political Economy of
Rural Development. Westview Press: Boulder, p. 306.
parlamentaria en la Asamblea del Pueblo e, incluso, varios partidos fueron
recompensados con carteras ministeriales en las décadas de los setenta y los ochenta.
También se impulsó la redacción de una nueva Constitución, que fue duramente
contestada por los sectores islamistas ya que en un principio no especificaba, al
contrario que en otras ocasiones, que el presidente de la república debería ser un
musulmán. Antes de someterla a un referendo el 12 de marzo de 1973, decidió
incorporar un nuevo artículo que recogiera dicha demanda con el objeto de evitar una
revuelta similar a la registrada en 1964. El nudo gordiano de la cuestión era que los
sectores islamistas radicales interpretaban que la heterodoxa secta alawí no formaba
parte del Islam, ante lo cual Asad maniobró para que un influyente imán chiíta libanés,
el clérigo Musa al-Sadr, emitiera una fatua que reconocía a los alawíes como parte de la
comunidad musulmana chií. En cualquier caso, la religiosidad de Asad era bastante
heterodoxa como demostró al afirmar que “el Islam es una religión de amor, de
progreso, de justicia social, de plena igualdad; una religión que protege al pequeño del
grande, al débil del poderoso, una religión en sintonía con el espíritu de cada época”.
La consolidación del liderazgo del Asad en el ámbito interno dio a Siria una
estabilidad sin precedentes en su historia contemporánea, plagada de intentonas
golpistas y de bandazos políticos. Tras la guerra de Yom Kippur en 1973, Siria vivió un
periodo de desarrollo económico provocado por la llegada de enormes inversiones
procedentes de los países árabes del Golfo. Si antes de la guerra la ayuda externa, sobre
todo procedente de los países árabes y del campo socialista apenas alcanzaba los 50
millones de dólares anuales, en 1974 la cifra llegó a los 600. También los pozos
petrolíferos sirios aumentaron la extracción de crudo alcanzando las exportaciones
petrolíferas los 700 millones en 1974, suma diez veces mayor que la del año anterior, y
superando por primera vez los ingresos proporcionados por el algodón. Durante toda la
década de los ochenta, la generosa ayuda soviética permitió “transformar una nación
débil como Siria en una sólida potencia regional, cuyos intereses deberían ser tenidos en
cuenta”21.
No todos los sectores de la sociedad siria se beneficiaron por igual de la boyante
situación económica, ya que sólo un pequeño círculo de personas que formaban parte
del régimen o mantenían una estrecha relación con él, se enriquecieron y, en algunos
casos, amasaron importantes fortunas. Los hombres de negocios, los políticos y los
21
Drysdale, Alasdair y Hinnebuch, Raymond. 1991. Syrian and the Middle
East Peace Process. Council of Foreign Relations Press: Nueva York, p. 151.
militares desarrollaron estrechos vínculos y urdieron complejas redes de patronazgo.
Entre los más beneficiados se contaban el cuñado del presidente Hafez al-Asad,
Muhamad Majluf, y su hermano Rifaat, responsable de las Compañías de Defensa. La
familia Majluf controlaba el sector bancario público, el mercado libre de impuestos en
los aeropuertos y aduanas y el sector de las telecomunicaciones (Leverett, 2005: 83-84).
Por su parte, Rifaat al-Asad amasó una enorme fortuna mediando entre los inversores
saudíes y los empresarios sirios y aprovechando su posición privilegiada para impulsar
todo tipo de proyectos de desarrollo, construcción y comunicación. Abd al-Halim
Jaddam, comisario político en Líbano, consiguió también grandes beneficios en el
sector de la alimentación y la familia de Mustafa Tlas controló el sector de la
informática. Eso por no hablar de las ganancias obtenidas por los altos oficiales
encargados de supervisar la presencia militar siria en Líbano o los prohombres que
controlan las aduanas y las transacciones internacionales.
La rampante corrupción del régimen le hizo perder parte de los apoyos que había
disfrutado tras su llegada al poder en 1970. Consciente de la situación, Hafez al-Asad
puso en marcha un Comité para la Investigación de los Beneficios Ilegales en agosto de
1977, que dio algunos golpes mediáticos con la detención de empresarios y militares de
graduación intermedia, pero que no llegó a cuestionar el enriquecimiento de los
prohombres del régimen. En 1980, en plena revuelta islamista, el presidente designó a
Abd al-Rauf al-Qasm, hijo de un importante dignatario religioso, como nuevo primer
ministro. Qasm emprendió una ambiciosa campaña contra la corrupción que
nuevamente volvió a fracasar al quedar impunes los intocables del régimen.
El Estado de Asad fue endureciéndose a medida que sus problemas domésticos y
externos se multiplicaron. Para desactivar cualquier oposición real o potencial, recurrió
cada vez más a menudo a la represión y la violencia. El combate librado con los
insurrectos islamistas entre 1979 y 1982, que a punto estuvo de saldarse con la caída del
Asad, radicalizó al régimen, que se hizo aún más despótico y autoritario. Las Fuerzas
Armadas y, sobre todo, los Servicios de Inteligencia o mujabarat adquirieron un poder
prácticamente ilimitado. Para sofocar la revuelta, Asad ordenó una brutal represión al
considerar que estaba librando una lucha por su propia supervivencia. Probablemente
“lo que le inclinó hacia la autocracia fueron los peligrosos tiempos que vivió y la
naturaleza de las políticas árabes, basada en brutales enfrentamientos entre diversos
líderes que disponían de un poder absoluto en sus propios países”22.
22
Seale, Asad of Syria..., p. 178.
Tras sufrir un intento de asesinato en 1980, Hafez al-Asad dejó de aparecer en
público y vivió en un permanente confinamiento, que acentuó su tradicional distancia de
la población. Al contrario que Naser, Asad no era un líder carismático que disfrutara
arengando a masas de cientos de miles de personas. Para contrarrestarlo, el régimen
alentó un desmesurado culto a su personalidad que hizo que cada aldea, pueblo o ciudad
tuviera su propia estatua del presidente. Los edificios públicos se cubrieron con grandes
retratos suyos y en todos los comercios del país se exhibieron sus fotografías. En caso
de omisión, la policía, los militares o la inteligencia se encargaban de recordarlo.
En noviembre de 1983, el presidente sirio se vio obligado a abandonar
temporalmente las labores de gobierno para recuperarse de un ataque de corazón. La
incertidumbre que creó su estado de salud se extendió por todo el aparato
gubernamental, ya que la estructura piramidal que había erigido no podía sostenerse sin
su permanente supervisión. Antes de abandonar Damasco, dejó al cargo de la situación
a un comité integrado por seis prohombres del régimen, entre ellos Abd al-Halim
Jaddam (ministro de Asuntos Exteriores), Mustafa Tlas (ministro de Defensa), Hikmat
al-Shihabi (jefe del Estado Mayor), Abd al-Rauf al-Qasm (primer ministro) Abdullah
al-Ahmar (vicesecretario general del Mando Nacional del Baaz) y Zuhayr Masharqa
(vicesecretario general del Mando Regional).
Sorprendentemente no contó con su propio hermano Rifaat, un pilar indiscutible
del régimen. Rifaat había acompañado a Hafez desde el principio de su singladura
política interviniendo en la captura de Amin al-Hafez en 1966 y en la caída de Abd alKarim al-Yundi en 1968. Además mantenía una estrecha relación con la casa Saud y, en
particular, con el príncipe Abdallah, entonces comandante de la Guardia Nacional y hoy
en día rey, casado con su cuñada. Como responsable de las Compañías de Defensa, un
ejército de elite integrado por 55.000 efectivos que disponía de su propia artillería,
marina y aviación, asumió un poder prácticamente ilimitado. Rifaat había salido
reforzado de la revuelta islamista, que él mismo sofocó brutalmente en Hama (de hecho,
fue llamado a partir de entonces el ‘carnicero de Hama’). Ante la incertidumbre
generada por el estado de salud del presidente, varios altos mandos del Ejército pidieron
a Rifaat que asumiera el mando para garantizar la supervivencia del régimen en un
momento sumamente delicado en el que los peligros regionales se multiplicaban,
especialmente en Líbano.
Rifaat era partidario de una mayor liberalización económica y de estrechar los
lazos con Arabia Saudí. La aplicación del dogma socialista, solía repetir, había
empobrecido al país y dividido el mundo árabe; en consecuencia, defendía un
replanteamiento de la política exterior siria con la intención de aproximarse a EEUU.
Además se mostraba crítico con la falta de libertades: “Hablamos de libertad, pero sólo
tenemos libertad para comer y casarnos”. Cuando comenzó a maniobrar para designar a
un gobierno más aperturista, Hafez retomó su actividad política, lo que generó el
enfrentamiento entre los hermanos.
El respaldo de Ali Duba (responsable de la Inteligencia Militar), Muhamad alJuli (Inteligencia Aérea), Ali Haydar (Fuerzas Especiales) y Adnan Majluf (Seguridad
Presidencial) fue determinante para que Hafez conservara la presidencia. Este grupo
unió a sus fuerzas para frenar a los sectores favorables a Rifaat, que fue nombrado
vicepresidente en una maniobra de distracción antes de caer definitivamente en
desgracia. En mayo de 1984 se vio obligado a exiliarse, residiendo desde entonces en
sus villas de Marbella y la Costa Azul, desde donde se convirtió en puntal de la
oposición, sobre todo cuando en 1997 lanzó la ANN, su propio canal de televisión por
satélite.
Los Servicios de Inteligencia fueron incrementando su poder a medida que
demostraron que eran indispensables para la supervivencia del régimen. Muhamad alJuli mantuvo el control de los aparatos de seguridad hasta que en 1987 fue sacrificado
por el ‘escándalo Hindawi’. Durante sus años en el cargo, Juli manejó con mano de
hierro los aparatos de seguridad y reprimió cualquier brote de disidencia interna y
externa. A los Servicios de Inteligencia se atribuyen una cadena de asesinatos que
pusieron fin a la vida de destacados opositores a principios de los ochenta: en Francia se
asesinó al ex primer ministro Salah al-Din al-Bitar y en Alemania se atentó contra el
dirigente islamista Isam al-Attar.
Juli también dio luz verde al fallido atentado contra un avión de la línea israelí
El Al que hacia el trayecto Londres-Tel Aviv y que se saldó con la detención de Nizar
Hindawi, un palestino de origen jordano que viajaba con pasaporte diplomático sirio y
que había introducido un explosivo en la maleta de su novia. Tras ser juzgado en
octubre de 1986 por un tribunal británico fue considerado culpable y se le acusó de
pertenecer a los servicios secretos sirios. Después del juicio, Reino Unido rompió sus
relaciones con Damasco, mientras que EEUU, Canadá y Austria retiraron a sus
embajadores. La Administración de Reagan también acusó al régimen de dar cobijo al
disidente palestino Abu Nidal, lo que llevó a Siria a la lista de organizaciones terroristas
de EEUU.
MANDOS DE LAS FUERZAS ARMADAS Y SERVICIOS DE INTELIGENCIA (1970-1997)
Por adscripción confesional
Alawíes
Sunníes
Cristianos
19
11
1
61.3%
35.5%
3.2%
Por clanes alawíes
Kalbiya
Haddadin
Jayatin
Matawira
8
4
4
3
42.1%
21.05%
21.05%
15.8%
Fuente: Batatu, op. cit., pp. 218-224.
La república hereditaria
La larga presidencia de Hafez al-Asad, que se prolongó entre 1970 y 2000, no
hubiera sido posible sin una cuidada planificación. Además de presidir la República, el
Baaz y las Fuerzas Armadas, estableció una cadena de mando que empezaba y
terminaba en su persona, esto es, que tanto los máximos responsables del Ejército como
los diversos Servicios de Inteligencia o mujabarat dependían directamente de él. Sólo a
él rendían cuentas y sólo de él recibían órdenes, sin mediar cadena de transmisión
alguna. Esto evitaba una coordinación directa entre los subordinados y, por lo tanto,
favorecía un clima de desconfianza en las altas esferas, al tiempo que reforzaba los
vínculos de lealtad hacia el líder supremo. Esta estrategia fue fundamental para
garantizar la perduración del régimen23.
Tras su muerte hubo un consenso de todas las elites dirigentes en torno a la
necesidad de mantener el statu quo. Quienes habían detentado la autoridad desde los
años sesenta, cerraron filas en torno a la candidatura de su hijo Bashar al-Asad, al
entender que era la mejor manera de preservar sus posiciones. El inequívoco
compromiso de Bashar, que por entonces sólo contaba con 34 años, en torno a la
perpetuación de los privilegios de las elites dirigentes favoreció su entronización al
frente de la nueva república hereditaria o yumrukiya. Tras la muerte de Hafez, Bashar
fue ascendido a general y designado jefe del Estado Mayor, así como secretario general
del Baaz. El 10 de julio de 2000 fue elegido presidente en referéndum.
Su meteórico ascenso no estuvo exento de dificultades, ya que determinados
23
Álvarez-Ossorio, Ignacio y Gutiérrez de Terán, Ignacio. 2009. “La república hereditaria siria: el fracaso
de una transición”, en Izquierdo, Ferran (ed.). Poder y regímenes en el mundo árabe actual, Bellaterra:
Barcelona.
prohombres del régimen cuestionaron su idoneidad para asumir la presidencia. Todas
aquellas personas que mostraron sus reticencias en público fueron apartadas del poder
por Hafez que era consciente que representaban una amenaza para la sucesión. Ali
Haydar, al mando de las Fuerzas Especiales, fue obligado a abandonar su cargo en
1994, poco después de conocerse la designación de Bashar como heredero. Adnan
Majluf, jefe de la Guardia Presidencial, fue destituido en 1995, se supone por la misma
razón. En 1998, el propio Bashar asumió el ataque contra la villa de recreo de su tío
Rifaat, un acérrimo opositor de Hafez con el suficiente peso para aglutinar a los sectores
hostiles.
El ascenso al poder de Bashar desató todo tipo de cábalas en torno al fin del
autoritarismo y la reforma del régimen sirio, la mayor parte de ellas sin sustento real.
Pocas semanas después de hacerse con la presidencia, Bashar cambió a todos los
gobernadores provinciales y al aparato provincial del Baaz: en sus dos primeros años
como presidente sustituyó a dos de cada tres altos cargos políticos, administrativos y
militares. El primer gabinete que designó prestó especial importancia a los asuntos
económicos, la tecnología y la educación, carteras que fueron a parar a una serie de
jóvenes tecnócratas formados, como el nuevo presidente, en el extranjero, en la mayor
parte de las ocasiones sin credenciales baazistas.
La modernización del aparato burocrático era perentoria, sobre todo si tenemos
en cuenta que era “torpe, poco transparente, ineficiente y desdeñoso”, cuando no
proclive “al soborno y la extorsión”24. En esta línea, el nuevo presidente respaldó el
establecimiento de un Instituto Nacional de administración que siguiese el modelo y
contara con la colaboración de la École Nationale d´Administration francesa. En 2003 se
exigió, por primera vez, que todos los candidatos que concurriesen a las elecciones
legislativas tuvieran estudios primarios y secundarios. Siguiendo esta línea reformista,
Bashar reclamó durante la celebración del Xº Congreso del Baaz, en junio de 2005, una
renovación generacional de sus cuadros, aunque sin cuestionar su condición de “líder de
la sociedad”, recogida en el artículo 8 de la Constitución y considerada por muchos
como el principal obstáculo para la aparición de un sistema multipartidista. En su
discurso, Bashar hizo referencia, con inusual franqueza, a algunos de los principales
retos internos que debería afrontar en su presidencia: “Afrontamos numerosas
dificultades debido a la debilidad de nuestro estructura administrativa, a la falta de
24
Perthes, Volker. 2004. Syria under Bashar al-Asad: Modernisation and
the Limits of Change. Routledge: Londres, pp. 23-24.
personal cualificado y a la acumulación crónica de estos problemas”.
La elección de Bashar generó un amplio consenso, debido a que todas las elites,
ya fueran políticas, militares o económicas, convinieron en que la propia continuidad
del régimen estaba en juego y, con ella, su propia supervivencia. Además, la perspectiva
de que un joven e inexperto presidente ocupara el lugar de Hafez ofrecía infinitas
oportunidades de ascender en la pirámide de poder para determinados actores bien
situados en la jerarquía del Estado, dado que Bashar no poseía las cualidades de su
padre ni tampoco sus dotes de liderazgo.
Las Fuerzas Armadas, dirigidas por Mustafa Tlas, amigo de Hafez al-Asad
desde su etapa en la Academia Militar de Homs, secundaron con firmeza la candidatura
de Bashar. En el curso de las tres últimas décadas, habían acumulado un poder
prácticamente ilimitado, que les había permitido destinar una parte significativa del
presupuesto nacional a gastos armamentísticos con el supuesto propósito de alcanzar la
‘paridad militar’ con Israel. El sempiterno enfrentamiento con Israel fue empleado
como pretexto para mantener vigente la ley marcial, lo que permitió la persecución
sistemática de aquellos que cuestionaron la legitimidad del régimen y reclamaron una
apertura democrática.
También los Servicios de Inteligencia, vitales para garantizar la supervivencia
del régimen, dieron su respaldo a Bashar. En sus últimos meses de vida, Hafez al-Asad
encomendó a Asef Shawkat, responsable de la Inteligencia Militar y a la postre cuñado
del nuevo presidente, la tarea de proteger a Bashar y librarle de cualquier peligro. La
principal tarea de los mujabarat era frenar eventuales amenazas y extirpar cualquier
brote de disidencia que amenazase el poder omnímodo del régimen. No cabe duda que
los diversos Servicios de Inteligencia (Directorio de la Seguridad Política, Directorio de
la Seguridad General, Inteligencia Militar e Inteligencia de las Fuerzas Aéreas) lograron
su objetivo, porque Siria vivió tres décadas de relativa estabilidad política, en abierto
contraste con las constantes fluctuaciones previas al Movimiento Rectificador cuando
una quincena de golpes y contragolpes militares se sucedieron sin solución de
continuidad. Esta relativa estabilidad tuvo un elevado coste, puesto que los derechos
humanos fueron violados de manera sistemática y cualquier disidencia fue extirpada de
raíz.
Por último, Bashar también obtuvo el respaldo de la elite económica damascena,
predominantemente sunní pero también cristiana, que mantenía unas buenas relaciones
con el régimen, tal y como demostró durante los turbulentos años de la insurrección
islamista. Una puntualización importante es que Hafez al-Asad, al contrario de lo que
ocurrió en el Egipto de Naser, nunca estableció un Estado completamente socialista y
dio “una gran laxitud al sector privado dominado por la elite económica y comercial
urbana sunní”25. De hecho, el cuartelazo contra Salah Yadid, tenía entre sus principales
objetivos poner coto al ‘radicalismo colectivista’ y apaciguar a la oligarquía financiera y
terrateniente del país, sobre todo la damascena, que lo recibió calurosamente.
El elemento fundamental de la relación entre el régimen de los Asad y ciertas
elites económicas se basa en un acuerdo tácito por el cual el poder aporta cobertura
legal y política a las oligarquías afines y éstas aseguran su respaldo financiero y
empresarial. Hoy por hoy, esta alianza de intereses se ve reforzada por enlaces
matrimoniales y proyectos empresariales conjuntos entablados por las nuevas
generaciones de los Asad y el resto de familias políticas y militares poderosas y los
herederos de algunas de las fortunas más relevantes del país.
Bibliografía:
Álvarez-Ossorio, Ignacio y Gutiérrez de Terán, Ignacio. 2009. “La república hereditaria siria: el fracaso
de una transición”, en Izquierdo, Ferran (ed.). Poder y regímenes en el mundo árabe actual, Bellaterra:
Barcelona.
Ayubi, Nazih. 1998. Política y sociedad en Oriente Próximo. La hipertrofia del Estado árabe. Bellaterra:
Barcelona.
Batatu, Hanna. 1999. Syria´s Peasentry, the Descendants of Its Lesser Rural Notables and Their Politics.
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