LA MARCHA DE LA LEALTAD
Efraín Villanueva Arcos
“Los salvajes creían ganar las virtudes de los enemigos que mataban. Con más razón imagino que ganamos las virtudes
de los muertos que sabemos amar”. Alfonso Reyes.
Hace unos días tuvimos la oportunidad de ver al Presidente Felipe Calderón cabalgando
sobre un hermoso corcel blanco, al frente de un nutrido grupo de cadetes del Heroico
Colegio Militar en la ya tradicional “Marcha de la Lealtad”. Quiero en esta ocasión intentar
responder a dos interrogantes y aportar una visión diferente a la imagen que recién
acabamos de ver en los medios el pasado 9 de febrero: ¿Qué tiene que ver la “Marcha de la
Lealtad” con el amor filial? ¿Qué tiene que ver la “Decena Trágica” –consecuencia
inmediata de la marcha mencionada- con el Territorio Federal de Quintana Roo? Veamos.
A fines de 1912 el Presidente Francisco Madero bajo el precepto de que “un Estado sin
soldados ni poder de fuego no es garantía de paz nacional”, se proponía realizar una
profunda reorganización del ejército, aún en manos de generales y militares porfiristas.
Ello, obviamente, provocó una sublevación de los mandos que llevó al encarcelamiento de
dos generales golpistas: Félix Díaz y Bernardo Reyes, ambos figuras muy prominentes del
anterior régimen. Sin embargo, otro de los generales inconformes con Madero, Manuel
Mondragón, la madrugada del 9 de febrero de 1913 logró activar la rebelión, liberar a sus
compañeros en prisión y marchar hacia palacio donde enfrentaron la reacción de militares
leales al presidente constitucional en la que murió el General Bernardo Reyes. Madero,
quien se encontraba en el Castillo de Chapultepec, solicitó ese mismo día a los cadetes del
Colegio Militar que le prodigaran protección y escolta hasta el Palacio Nacional, quienes
marcharon junto a su Presidente poniendo de ese modo en alto el honor de una institución
que ha formado a los principales mandos del Ejército Nacional, en un episodio conocido
desde entonces como la “marcha de la Lealtad”. El movimiento de los militares rebeldes
habría de continuar en la llamada “Decena Trágica”, cuya culminación fue el
derrocamiento y muerte de Francisco I. Madero y José María Pino Suárez, Presidente y
Vicepresidente de la República.
Lo que debemos recordar aquí es que el gran traidor y presidente “espurio” después de la
Decena Trágica fue Victoriano Huerta, quien traicionó la confianza de Madero y cuyo
ascenso al poder se fraguó desde la Embajada de Estados Unidos en México bajo la
directriz de un personaje tristemente célebre: Henry Lane Wilson. ¿Pero qué tiene que ver
el Territorio Federal de Quintana Roo con estos hechos? El caso es que Victoriano Huerta,
junto con Aureliano Blanquet, fue uno de los temibles lugartenientes del Gral. Ignacio
Bravo en la “épica” victoria sobre los mayas sublevados de Chan Santa Cruz en la campaña
de 1901, el último episodio armado sobre quienes desde 1847 habían protagonizado la
llamada “Guerra de Castas”. Los méritos de guerra de Victoriano Huerta, y su ascenso en la
estructura de los mandos militares del régimen porfirista, fue debido a su temple
despiadado, frío y sanguinario contra los mayas rebeldes del naciente Territorio Federal de
Quintana Roo, como consta en su correspondencia con el entonces Ministro de Guerra,
Gral. Bernardo Reyes. Ese es el vínculo de Quintana Roo con la Decena Trágica.
¿Dónde cabe entonces el amor filial? En las letras de Alfonso Reyes, hijo del general
abatido al inicio de la revuelta conocida como la Decena Trágica. Hay un texto muy
emotivo, cargado de frases de gran contenido y enorme respeto que fijan el trazo de una
relación distante pero cálida entre padre e hijo; me refiero a “Oración del 9 de febrero” de
Alfonso Reyes, donde este gran mexicano de la literatura universal, dice de su padre que
“junto a él no se deseaba más que estar a su lado. Lejos de él casi bastaba recordar para
sentir el calor de su presencia”, y agrega: “con la desaparición de mi padre, muchos, entre
amigos y adversarios, sintieron que desaparecía una de las pocas voluntades capaces, en
aquel instante, de conjurar los destinos. Por las heridas de su cuerpo, parece que empezó a
desangrarse para muchos años, toda la patria”. No sabría afirmar si fue por las heridas del
Gral. Bernardo Reyes que México se desangró, ni tampoco si su voluntad hubiera sido
capaz de detener la violencia desatada en la Revolución Mexicana, pero esas eran las
reflexiones de un hijo sobre la imagen de su padre.
En efecto, la Marcha de la Lealtad puede tener muchas ligas y muchas lecturas, sobre todo
en el contexto actual donde el ejército juega de nuevo, como en 1913, un papel relevante en
el “cuadro de horror” que ofrecen ahora muchas ciudades, no solamente la ciudad de
México. La gran diferencia estriba en que el ejército es actualmente una institución sólida,
estable, institucional y sobre todo leal al poder civil constitucional, que es quien lo ha
orillado a salir de los cuarteles y a sustituir, con inteligencia militar, el retraso mental y la
corrupción que ha prevalecido en las Procuradurías y en las esferas civiles que, de
conformidad con el modelo constitucional actual, debieran ser las responsables del combate
a las fuerzas que están poniendo en riesgo la paz, que no la seguridad nacional. El escenario
de 2012 es muy diferente al de hace 100 años, cuando fueron los militares los que alteraron
la paz del incipiente gobierno civil de Madero. Hoy, por el contrario, la ineficiencia de los
gobiernos civiles está poniendo en riesgo la confiabilidad del ejército, institución que, sin
embargo, sigue marchando con lealtad junto a su Presidente.
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