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Carta a la
Dra. Andrea Giunta
Encendida epístola de un apasionado lector trasatlántico.
Por Luis Francisco Pérez
Admirada Doctora Sra. Giunta:
No puedo ni deseo ocultarle que ha sido la
atenta lectura de su extraordinario ensayo Vanguardia, internacionalismo y política - Arte argentino de los años sesenta lo que ha provocado el hecho de dirigirme a usted para hacerle
partícipe del valioso (estoy de ello convencido)
documento que con esta misiva le envío. Conocemos perfectamente la importancia de la obra
de Juan Pablo Castel dentro del contexto del
arte argentino del siglo XX, y más en concreto
del trabajo realizado durante los años difíciles
del peronismo, así como la demostrable influencia que la obra de ese período produjo en posteriores y más jóvenes autores. Todo ello es
bien sabido, y usted, apreciada Doctora Giunta,
lo sabe mejor que nadie. De ahí que haya considerado la importancia de este documento para que usted sepa darle el tratamiento interpretativo y tipológico, y en especial su contextualización histórica, más correcto y oportuno. Una
última observación: este documento, o carta incompleta y no datada, escrito por Juan Pablo
Castel ha aparecido en Barcelona, con motivo
de un cambio de domicilio. Desconozco, por
supuesto, las relaciones afectivas o de amistad
que, durante su ya larga vida, sostuvo Castel
con personas que vivían en la capital catalana;
si bien es muy probable que el destinatario fuera un argentino residente aquí, si nos atenemos
a los nombres propios de artistas y críticos que
en la carta aparecen, y desconocidos, casi to-
dos ellos, en la gris y cerrada y terrible Barcelona de los primeros años del franquismo. Pero
en fin, no tengo la más mínima duda de que usted sabrá rastrear y encontrar el hilo aclaratorio
de esta extraña y singular aparición. La obra admirable de Juan Pablo Castel bien lo merece.
Este es el documento.
“... y no quiero herirte con mi cinismo y mi crueldad, querido Flaco. Conocés perfectamente los
muchos rostros que puede adoptar la pasión y
la esclavitud a las que nos somete y humilla el
amor, o la cara terrible con que el sentimiento y
el afecto se representan a sí mismos cuando de
ellos únicamente podemos aspirar a ser sujetos
pasivos del estallido de su violencia, reduciéndonos a ser objetos, sin razón de ser ni orgullo
existencial propio, del producto de su devastación. Existió una persona que solamente ella
podía entenderme, no únicamente a mí como
ser dotado para amar y ser amado, pero también la única que podía entender a Juan Pablo
Castel pintor, artista. Pero fue, precisamente, la
persona que maté. Antes de que vos recibas
esta carta todos sabrán que el conocido artista
Juan Pablo Castel ha asesinado a María Iribarne Hunter, y en mi retina aún conservo (creo que
no lo podré borrar jamás) el rostro aterrorizado
de Ramona, la mucama gallega de María, cuando me vio salir de su pieza con un cuchillo carnicero totalmente ensangrentado. Pero lo que
nadie sabrá jamás (vos tampoco, mi querido
Flaco) fue cómo la conocí, qué relaciones hubo
exactamente entre nosotros y cómo fui haciéndome a la idea de matarla. Las causas y razo-
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nes que componen la complejidad sentimental
de este homicidio me acompañarán a la tumba,
y ni siquiera la violencia estructural de la justicia
podrá obligarme a nada más que no sea la taxativa aceptación de que yo soy el asesino de
María Iribarne, el único ser en el mundo que podía entender mi pintura y mis dibujos, especialmente estos últimos, ello lo podrás comprobar
con la pequeña representación que aquí te envío. Los cuatro dibujos que con esta carta recibirás eran los que más le entusiasmaban a María. Y por favor, mi querido amigo, no veas en
este acto el más mínimo gesto de mal gusto, o
de gratuita crueldad. Con mi acción deseo que
estas cuatro obras (y que yo nunca más volveré a contemplar) se alejen para siempre del maravilloso y terrible escenario del amor (sí, sí, del
amor), y donde tuvo lugar la destrucción (la
muerte no, querido Flaco, la destrucción. La
muerte es otra cosa: más vulgar y prosaica, como todo lo esperado) de María, la persona que
con su amor e inteligencia mejor pudo ver la
grandeza intelectual y expresiva de mi obra. Ella
fue mi mejor crítico. ¡Ah, los críticos oficiales,
amigo, los críticos! De sobra conocés las pésimas relaciones que mantengo con esos imbéciles ciegos que llevados de su ignorancia se
atreven a fiscalizar el resultado creativo de mi
angustia (y de mi felicidad también, bien lo sabés vos) con arrogancia y desdén, en el peor de
los casos y, en el más generoso, me califican
con demencial extravagancia de “arquitecto de
las pasiones humanas”. ¡”Arquitecto”, Flaquito,
“arquitecto”! ¿Lo podés entender? Y ese Romero Brest, tan engrupido y soberbio, el primero
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de mis “admiradores”... ¿Sabés lo que escribió
ese boludo ignorante de mi última exposición?
Literalmente esto: “Que había logrado una nueva verdad, si bien no del todo convincente, a
través de una mayor y más intelectual arquitecturación de los afectos del sujeto de nuestros
días.” ¿Pero qué dice este pobre invidente?
¡Como si un hombre, artista o no, pudiera cambiar de verdad! ¿Por qué no adivinó ese tarado
que debajo de mis “arquitecturas” (¡¿Pero dónde las ve?!), y de la “cosa intelectual” había un
volcán pronto a estallar? Pero he de aceptarlo,
justo es que no lo viera. Arquitectos y concretos
son los otros, esa banda de cuatreros que, comandados por Romero Brest, pretenden territorializar, desde la pretendida hazaña (falsa e hipócrita) de una ideología de lo humano a través
únicamente de la pura visibilidad, el sentido y
fin últimos del camino que debe seguir el arte
argentino. Y sin contaminación alguna, Flaco,
asqueados ante la posibilidad de mancharse las
manos siquiera con una ínfima parte de la miseria social y moral que nos rodea. Es justo, y ello
ennoblece mi obra, que mis dibujos les perturben y desconcierten. Carecen de la agradecida
visibilidad de los neutros campos semánticos
que hace Kosice; de las utopías de la Bauhaus
que tanto le conmueven a Maldonado; de los
espacios incontaminados de Iommi; de la planificada y racional elegancia de Hlito... ¿Cómo
podría interesar a Romero Brest el vómito provocador y vivificante de que están hechos mis
dibujos? A mí, de estos tipos, he de confesarte,
lo que me molesta no es su obra, sino su indiferencia y falta de reacción ante la miseria e in-
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justicia que se extiende por Buenos Aires a pocos metros del Barrio Norte. Nada les afecta, y
nada les conmueve, o quizá yo estoy equivocado, y sí están interesados en el compromiso
moral con el prójimo, pero nadie lo diría viendo
su obra. Y de entre ellos, Romero Brest el primero. No le emociona nada que con anterioridad no haya estado titulado desde París, nada
que carezca de la representación consensuada del Arte, siempre y cuando esta producción haya pasado el filtro de la alta Cultura,
con mayúsculas; el filtro de las altas empalizadas del pensamiento más (falsamente) aristocrático y más desprovisto de acción defensiva
contra el dolor existencial del sujeto contemporáneo. ¡Ah, Flaquito, cómo admiro los rostros de los miserables campesinos y proletarios que pinta Berni; poseen, como dice Lukács, una función social, pero sobre todo una
autoconsciencia de la evolución de la humanidad y un compromiso, siempre a la vista,
siempre expresivo, por la liberación, y con ello
el deseo irrenunciable de su conquista. ¿Sabés una cosa? A veces sueño (y pasarán décadas para que ello suceda, si es que sucede,
aunque yo no pueda verlo con mis ojos) que
en nuestros centros institucionales se realizan
exposiciones que llevan por título, por ejemplo, ¡Arde Buenos Aires! o Tucumán, o el Chaco, qué importa la localización geográfica. O
mejor este otro título: ¡Argentina en llamas! El
crudo llamamiento del título será el mejor
ejemplo de que en esa muestra habrá algo di-
ferente, radicalmente diferente, a los espacios
incontaminados de los concretos, o de la Forner con sus estampas sentimentales, esa buena mujer que parece que siempre se le está
debiendo algo. Berni, por supuesto, es más,
mucho más, que un grandísimo pintor. Pero él,
por ello mismo, por ese “algo más”, estaría
con nosotros. Algo habría cambiado entonces, y nuestros artistas quizá, en ese momento, y aunque no lo parezcan, harían honor al
hermoso nombre de la palabra “artista”. Pero
es un sueño... No, no, no lo es, en absoluto.
Tengo pensada incluso la obra que presentaría en esa exposición otra que ofrecería una
imagen del arte argentino opuesta a la que
dicta la ortodoxia institucional que comanda
Romero Brest. Te cuento, Flaquito... Conocés
desgraciadamente la miseria moral y física de
nuestras villas, pero... ¿te has parado a pensar alguna vez que las villas no existen oficialmente, quiero decir, no existen como realidad
administrativa, y consiguientemente sin la necesidad de una acción social sobre ellas, toda
vez que su inexistencia vuelve imposible toda
comunicación interpersonal? Son la imagen
perfecta de la realidad invisible y su no-lugar
bloquea la experiencia participativa de lo social, añadiendo, en este bucle perverso, ceguera a la invisibilidad. Pues bien, mi obra sería la acción de levantar un catastro de una villa cualquiera como afirmación de su existencia, y para ello necesitaría la colaboración de
los propios invisibles que la habitan. Entende-
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me, Flaco, no te estoy diciendo de presentar
una estampa de realismo socialista, sino, paradójicamente, de arte concreto (te hablo de
un mapa catastral) opuesto a la acostumbrada utopía visual de los artistas que ya conocés. El mapa que propongo es una Forma, pero una “forma” (de nuevo Lukács, y aceptá de
buen grado la insistencia en la pasión) que en
tanto que forma, es siempre un índice, una señal, de la disolución de una disonancia básica
de la existencia. Mis invisibles no poseerán los
fieros y nobles rostros de los personajes de
Berni, sino puro signo demostrativo de la trágica realidad de sus vidas. Desconozco cómo
podrá llamarse este tipo de arte con el que
sueño, todo él puro concepto, pero sin jamás
abandonar la humana forma que es su origen,
su razón de ser y su accidente. Estoy cansado, mi amigo... Esta carta que te escribo es la
primera acción que realizo luego de destruir a
María (perdoná el pobre y ridículo sofisma
que utilizo), y en mis dedos ya se han mezclado su sangre y el azul de la tinta que ahora
utilizo. ¿Sabés cómo me siento? Mirá..., Discépolo recién acaba de componer un tango
tan lindo y hermoso como duro y terrible, se
llama “Canción desesperada”. Deberías escucharlo en la voz grave, de macho bueno y
templado, de Héctor Maure, pero a vos te
gusta Fiorentino, ese jilguero afiebrado... ¡Ay
Flaquito, todos los tanos sois iguales! Un poco de humor en la tragedia, entendeme... La
letra, también de Discépolo, dice unas cosas
que... ‘Soy una canción desesperada’, ‘Hoja
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enloquecida en el turbión...’, ‘¡Soy una pregunta empecinada que grita su dolor y su traición!’, ‘¿Dónde estaba Dios cuando te fuiste?’, ‘!Por qué me enseñaron a amar si es volcar sin sentido los sueños al mar!’ Sí, Flaco,
así me siento en este momento, como una
canción desesperada. Pero decime, Flaquito,
decime, te lo ruego, ¿qué dios cruel y perverso nos enseñó a amar?
Hasta aquí el documento, Dra. Giunta, tal y como ha llegado a mis manos. Por supuesto, desconozco quién es, o fue, el Flaco; desconozco
el paradero actual de los dibujos de Castel;
desconozco todo... Su ya más que probada labor investigadora sabrá desenredar estos misterios. Naturalmente una visita al propio Castel
en su residencia en Santos Lugares sería el camino más corto y rápido para desvelar estos interrogantes. No sé si ello puede ser posible, dada la escasa simpatía que Castel tiene por los
medios de comunicación, unido a la edad provecta a la que ha llegado y a la casi ceguera que
padece. En fin, usted sabrá, Doctora Giunta, y
de ello no tengo la más mínima duda, encontrar
el camino más sabio y acertado. Por supuesto,
absurda es la aclaración, estoy a su disposición
para todo aquello que crea oportuno comentar.
Sinceramente agradecido le saluda con aprecio
y cariño,
Barcelona, en Abril, el mes más cruel.
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