La pobreza de vida como presupuesto para seguir a

Anuncio
 La pobreza de vida como presupuesto para seguir a Jesús Jesús o los bienes propios: “Una cosa sola te falta…” -­‐ Lectio Divina sobre Mc 10,21 (Juan José Bartolomé Lafuente) 1.-­‐ INVITACIÓN A LA ORACIÓN. 2.-­‐ ¿QUÉ DICE EL TEXTO BÍBLICO EN SÍ MISMO? (LECTIO). 17
Y al salir al camino, uno, corriendo y arrodillándose, le preguntaba: "Maestro bueno, ¿que haré para heredar la vida eterna?" 18
Y Jesús le dijo: "¿Por qué me llamas bueno? Nadie es bueno, sino sólo Dios. 19
Ya conoces los mandamientos: ‘No mates, no adulteres, no robes, no des falso testimonio, no defraudes, honra a tu padre y a tu madre". 20
Y, respondiendo, le dijo: "Maestro, todo esto lo he guardado desde mi juventud" 21
Y, mirándolo Jesús, le amó y le dijo: "Una cosa te falta; ve, vende cuanto tienes y dalo a los pobres, y tendrás un tesoro en el cielo; y ven y sígueme cargando con tu cruz". 22
Pero él, entristecido por esa palabra, marchó malhumorado; pues tenía muchos bienes. Entender el texto En la tradición religiosa judía la riqueza, lejos de ser impedimento para entrar en el Reino, era prueba inequívoca del favor de Dios (Dt 28,1-­‐14). Cuanto Dios ha creado es bueno, reflejo y prueba de su bondad personal (Gén 1,4.10.12.18.21.25.31). Y a sus siervos los colma de bienes (cfr. Lc 1, 53), incluso mientras duermen (cfr. Sal 126,2). No se puede ver, pues, en la propuesta que Jesús hizo al rico, que teniendo muchos bienes, buscaba poseer también a Dios, una postura critica, mucho menos negativa, en referencia a los bienes materiales. Más bien, todo lo contrario: porque son muy buenos, los bienes materiales deben ser ‘peores’ que Dios (Mt 6,24). Solo así queda clara, y defendida, la bondad divina. El relato del encuentro de Jesús con el-­‐joven-­‐bueno-­‐que-­‐quería-­‐ser-­‐mejor 1 es, básicamente, la crónica de un diálogo continuado, en el que Jesús aparece como principal protagonista (Mc 10,17-­‐31; Mt 19,16-­‐30; Lc 18,18-­‐30). Significativamente, es también el único relato de vocación frustrada, donde Jesús no pudo ‘convencer’ al que llamaba (cfr. Mc 1,16-­‐18). Según sean sus interlocutores, un desconocido (Mc 10,17), los discípulos (Mc 10,23) o Pedro (Mc 1
Solo Mt 19,10 lo identifica como joven, mientras que Lc 18,18 lo llama una persona importante.
10,28), se distinguen tres momentos en este episodio: el encuentro de un joven con Jesús (Mc 10,17b-­‐20), el comentario que Jesús dirige a sus discípulos (Mc 10,23-­‐27), la reacción de los discípulos ante el radicalismo de Jesús (Mc 10,28-­‐31). Por más que el personaje del rico y su preocupación no estén en el centro del interés del evangelista y sean, más bien, el motivo que desencadena la instrucción a los discípulos, nuestra atención se fija en al primer acto de esa conversación, el diálogo de Jesús con el rico (Mc 10,17b-­‐
22), ya que es en ella donde Jesús señala la renuncia a los propios bienes como condición previa al seguimiento (Mc 10,21). Érase un hombre rico que quería, también, poseer la vida eterna Camino de Jerusalén, Jesús es abordado bruscamente por un desconocido que corre hacia él con tanta prisa como devoción (Mc 10,17a). Busca a Jesús no por sentirse interesado en él, en su persona o su mensaje, sino porque le preocupa su propia salvación (Mc 10,17b: cómo heredar la vida eterna). Dejándose llevar por la convicción judía de que el buen hacer hoy gana la vida para siempre, deseaba saber qué tendría que hacer para lograrlo. Era ya bueno, nos enteramos después (Mc 10,20) . Pero ya sabemos que quería ser mucho mejor. El encuentro se produce a instancias del desconocido. De Jesús no espera beneficio alguno, sólo un consejo (Mc 10,17.20). Aunque parece responder a la preocupación de su interlocutor, lo que hace Jesús, en realidad, es sacarlo de su inquietud, un tanto egocéntrica, y proponerle algo mejor. Jesús tiene ante sí alguien que no sólo está dispuesto a cumplir lo que se le pida (Mt 10,17), sino que, además, puede confesar que lo lleva haciéndolo todo bien, y siempre, desde su juventud (Mc 10,21). Jesús se queda prendado de este joven realmente bueno; y no añade precepto alguno a la lista del decálogo: debe hacer lo que todos. El desconocido (Mc 10,17a) pasa a ser contemplado y amado (Mc 10,21a). La mirada de Jesús, llena de afecto, precede la invitación a dejar cuantos bienes tenga, puesto que, aunque tenga muchos (Mt 10,22), aún le falta algo (Mc 10,21a). Lo que le falta a esa excelente persona La propuesta de Jesús no es excepcional; cuadra con su propia enseñanza (Mt 6,19-­‐21.24-­‐34) y con las exigencias de Jesús a sus discípulos (Mt 4,18-­‐22; 8,18-­‐22). Jesús ha querido que el rico experimente la bondad de Dios, dependiendo sólo de Él; de ahí que tenga que abandonar sus bienes y que se asemeje a Dios, haciendo el bien a los pobres. Para entender mejor la nueva, e inaudita, exigencia de Jesús, Marcos nos advierte que fue precedida por su conmoción personal. Antes de proponerle un cambio radical, ha cambiado Jesús radicalmente con respecto a él: es la primera vez que el evangelista anota que Jesús se ha emocionado ante una persona. Jesús deja de enseñarle para invitarle a su seguimiento; de oyente casual quiere convertirlo en discípulo permanente; más que maestro quisiera serle compañero. Podrá indicarle lo único que aún le falta, pero ya no le falta su cariño. El joven anda sobrado de amor, por eso mismo le falta aún algo: la inesperada radical exigencia de Jesús es prueba del amor que le tiene. No se entiende bien lo que Jesús le pide, sino no se cae en la cuenta de por qué se lo pide. Y es que Jesús espera siempre más de quienes más quiere. De quien es ya bueno, Jesús espera, solo, una cosa más: dejar todo cuanto posee, venderlo,2 repartirlo entre los pobres; entonces, solo entonces, lo podrá seguir (Mc 10,21). La propuesta de Jesús, tan detallada que señala un preciso camino de renuncia por etapas, no repite la voluntad divina expresada en el decálogo; no es lo que todos deben hacer, es lo que alguno puede intentar…, si quiere (mejor sería decir, si se siente querido). No es la condición para ganar la vida eterna, por la que preguntaba el desconocido. Dar limosna y acumular así tesoros en el reino era una obra buena, recomendada vivamente por la piedad judía. Pero no podía considerarse necesaria para salvarse ni, mucho menos, imponía la enajenación total de los bienes propios. Además, quien diera todo lo que poseyera, no podría después dar limosna. El seguimiento de Jesús para esta buena persona, en cambio, sí que se lo imponía, y como condición previa (Mc 1,39; 2,23; 7,14; Lc 8,3). Y es que renunciar a cuanto se posee no es todo lo que aún le falta, sino un primer paso que prepara el definitivo: el seguimiento de Jesús (Mc 1,16-­‐
20; 2,13-­‐17) y la actividad apostólica (Mc 6,7-­‐13). No será discípulo por renunciar a los bienes, pero él tendrá que dejarlos para llegar a serlo. 3.-­‐ QUÉ NOS DICE (ME DICE) EL TEXTO BÍBLICO? (MEDITATIO) Aplicar el texto a la vida Ser ya bueno no basta para ser discípulo No es que Jesús considere malos ni, mucho menos, injustos, los muchos bienes. Pero su posesión no es preferible, ni siquiera -­‐ en este caso -­‐ compatible con la compañía de Jesús: cargado de bienes, no se puede seguir al que es Bueno (Mc 10,17). No es intención de Jesús hacer pobres a cuantos le sigan, pero quiere que no posean otro bien fuera de él. Ocuparse de otros bienes impide a los seguidores de Jesús considerarse suficientemente amados como para ser por él atendidos. El desconocido, a pesar de su bondad, no logra soportar la exigencia de Jesús. Sólo le faltaba una única cosa, pero no está dispuesto a sacrificarla. Sin decir nada, triste y cabizbajo, deja a Jesús por no dejar cuanto tiene (Mc 10,22). Conserva sus bienes, pero pierde la alegría y al maestro bueno. Sus riquezas, que no le habían impedido ser buen creyente, le imposibilitaron ser un simple discípulo. Le sobraban sus muchos bienes, para ser lo que el maestro bueno quería de él. 2
Es el único relato de vocación en el que Jesús exige la enajenación de las propiedades. A quien ya cumplía los
mandamientos “desde la juventud” (Mc 10,20), Mateo, al añadir una condición, “si quieres ser perfecto” (Mt 19,21), ha
explicitado el motivo de tan insólita petición.
Y es entonces cuando, explicando la reacción del joven, el evangelista señala por vez primera el motivo de su fracaso: su gran fortuna (Mc 10,22c). Así prepara la instrucción de Jesús a sus discípulos sobre el peligro que representan los bienes para que los buenos se salven (Mc 10,23-­‐25).3 El caso presenciado va a servirles de grave advertencia: los bienes que se poseen, por grandes que sean, no aportan felicidad hoy y dificultan la salvación mañana. Jesús trata simplemente de advertir a todos que, ante Dios y su reino, todo debe resultar pequeño y desechable. Si por seguir disfrutando de ellos, puede perderse el reino, son los bienes que se tienen, ¡ya es paradoja!, los que terminan por poseer a sus propietarios. Uno puede ser suficientemente bueno, pero no lo suficiente para seguir a Jesús. Puede uno ser intachable en el cumplimiento de la voluntad de Dios y llegar, incluso, a ser amado por Jesús e individuado de entre la gente con una invitación personal..., si sigue manteniéndose apegado a sus haberes, no podrá tener a Jesús como maestro bueno. Y es que quien no juzga todo lo que tiene como insignificante hace insignificante a Dios y su causa. Para seguir a Jesús sobran todos los otros bienes En el relato del rico incapaz de renunciar a sus bienes se tematiza la dificultad de seguir a Jesús y seguir siendo rico (Mc 10,22), tanto como el desconcierto de los discípulos ante la exclusión del reino de quien prefiera sus riquezas a Dios (Mc 10,23). El episodio es, además, la crónica de un fracaso de Jesús, pues es la historia de una vocación frustrada. No deberíamos olvidarlo. Es la única ocasión en la que Jesús sufre un serio revés, al invitar a su seguimiento a un joven al que amó y al que, como prueba de su benevolencia, invitó a que le acompañara (Mc 10,21). Este insólito fracaso de Jesús tuvo como motivo único los bienes de alguien bueno de verdad. Querámoslo o no, las riquezas no son compatibles con el seguimiento de Jesús y resultan ser un serio obstáculo para entrar en el reino de Dios (cfr. Mt 6,24; Lc 16,13). Y es que Jesús sólo es bueno para quien no posee otros bienes: el bien del discípulo bueno ha de ser sólo el Jesús al que sigue. Y para seguirlo tendrá que dejar todos los bienes que posea. La pobreza de vida es medio, no meta, del discipulado. Pero ello no hace menos inevitable la renuncia a los bienes poseídos y su entrega a quien no dispone de ellos. Quien vive generosamente se asemeja a Dios. La pobreza voluntaria es condición previa no para entrar en el reino sino, simplemente, para seguir a Jesús. 3
Para subrayar la dificultad, no la imposibilidad (Mc 10,23.24), de salvarse del rico Jesús acude a la hipérbole: antes
pasa un camello por el ojo de una aguja que entra un rico en el Reino (Mc 10,25). La exageración, evidente, es certera:
lo que es humanamente imposible resulta ser, en la práctica, más fácil.
4.-­‐ ¿QUÉ LE DECIMOS (LE DIGO) AL SEÑOR COMO RESPUESTA A SU PALABRA? (ORATIO-­‐CONTEMPLATIO) Rezar la Palabra ¡Vaya si es curioso, Señor! El hombre que quería ser mejor era ya muy rico. No se puede decir que me sienta identificado con él. Y quería ser mejor. Quizá, a veces, como yo. Lo que no entiendo muy bien es por qué ese deseo lo llevó hasta Ti, mientras a mí esos deseos de ser mejor me pierden…, y me hacen perderte. Pon en mi corazón, Señor bueno, un profundo anhelo de ser mejor, que me conduzca hasta ti. ¿Por qué seguir andando en la vida sin un buen maestro que me guíe hacia el Padre y me acompañe por el camino? Señor, a quien ya era bueno de verdad, y lo quisiste, le propusiste ser perfecto. Ni más, ni menos. Y te falló. Porque quería ser bueno, pero no tonto. Quería tener a Dios de su parte, sin abandonar sus bienes. ¿Qué podré estar yo manteniendo que me aleja de ser todo tuyo? ¿Cuáles son mis bienes que me impiden gozarte como único Bien? Si no me ayudas a descubrirlos, ¡cómo podré abandonarlos! Si no los abandono, nunca serás tu mi Bien. ¿Cómo, en concreto, podré compaginar posesiones y seguimiento? Aquel hombre bueno no lo logró, ¿por qué pensar que yo lo conseguiré, si ni soy tan rico ni tan bueno como él? ¡Cómo quisiera encontrarte, Señor, en mi camino! ¡Cuánto me gustaría poder preguntarte por mi bien y mostrarte que estoy interesado en mi santidad! No me digas que no te hallo porque no demuestro interés en preguntarte. ¿Es porque no me armo de valor y afronto junto a ti mi porvenir, por lo que no acabo de hacerme el encontradizo contigo? Hoy te lo ruego: dime qué he de hacer para hacerme contigo. Enséñame el camino que lleva a la vida y que me lleva hacia ti. Me consuela un poco, la verdad, saber que fracasaste cuando quisiste contar con quien amabas y lo llamaste a tu seguimiento. No seré yo tan bueno, ciertamente no tan rico, pero mírame, ámame e invítame. Verás que te seguiré, dejando todo lo que pueda. Haz la prueba. Sólo dame pruebas de que me has mirado, me has visto tal como soy…, y me sigues amando. Que mis bienes, Señor, los que tengo y los que ansío, no me estorben. Para que tu seas mi bien en exclusiva, proponme, una vez más, la renuncia a poseer nada, o nadie, que no seas tu. Que los pobres disfruten de mi vida, mi mejor bien, y que ellos sean los beneficiarios de mis cosas. Para que puedas convertirte en el Bien de mi vida, sálvame de lo que considero bienes propios. Para que pueda salvarme de mí mismo, logra que dé a los pobres cuanto tengo y deseo. Sólo tu lo puedes hacer, a mí me resulta imposible. 5.-­‐ ¿QUÉ CONVERSIÓN DE LA MENTE, DEL CORAZÓN Y DE LA VIDA NOS PIDE (ME PIDE) EL SEÑOR? (ACTIO) Cuando se habla de radicalidad evangélica, entendiendo por ello las exigencias extremas que Jesús impone a quien desee seguirle (atención: impone -­‐ no propone -­‐ a quien quiera compartir su género de vida), no habría que olvidar dos datos que la tradición evangélica presenta sin insistir demasiado en ellos. 1º. Jesús no impuso a sus seguidores nada que no viviera ya él. Cuando habló de dejarlo todo, él ya lo había dejado. Jamás exigió renuncias a lo que era malo; pero combatió el mal en todas sus formas, en el cuerpo, sanando enfermos, y en el alma, perdonando pecadores. Pedía renunciar a lo que era bueno: bienes materiales, afectos familiares, la propia vida, siempre que lo exigiera el Bien por excelencia, Dios y su reino. Seguirle a él, y vivir junto, y como él, al servicio del reino tienen prioridad absoluta. No hay obligación por sacra que sea, que se les iguale. Él y el reino de Dios ha de ser preferido a cualquier otro bien, sean riquezas, familia o, incluso, la propia vida. 2º. Aunque pudieran parecer extravagantes, que lo parecieron sin duda, incluso impracticables, las exigencias de Jesús no fueron nunca de obligado cumplimiento solo para unos pocos. Cuando las proclama, Jesús no dirige esas exigencias a una minoría de esforzados, sino a esos voluntarios que piensen compartir con él vida y causa. El radicalismo no es una empresa heroica, ni es una opción facultativa en el seguimiento de Jesús; resulta una imposición que recae, ineludible, sobre “quien quiera seguirle” (cfr. Mc 8,34-­‐38). Nosotros, como salesianos, hemos sido invitados desde nuestra consagración religiosa, a seguir a Cristo pobre. Él no nos lo ha impuesto: lo hemos aceptado libremente. Y primero lo ha vivido Él en primera persona, “naciendo pobre, viviendo en la privación de todos los bienes y muriendo desnudo en una cruz”. La llamada de Jesús va dirigida a todo el que quiera seguirle, en cualquier estado de vida. Tenemos el testimonio de muchos seglares que, sin haber hecho el voto de pobreza, dan testimonio de una vida pobre y desapegada de los bienes. Don Bosco puso en la fidelidad a la pobreza un síntoma y paradigma de la supervivencia de nuestra Congregación. Nuestras Constituciones hablan de la pobreza en artículos 72-­‐79. Nuestro Capítulo General 27 nos invita a ser “Servidores de los jóvenes” asumiendo los siguientes compromisos: -­‐“Es necesario pasar de una vida dominada por el aburguesamiento a una comunidad misionera y profética, que se vive compartiendo vida con los jóvenes y los pobres” (nº 74) -­‐Para llevar a cabo estos cambios, nos comprometemos a vivir el binomio ‘trabajo y templanza’, llevando un estilo de vida visiblemente pobre, eliminando los derroches y haciéndonos disponibles para los servicios domésticos y comunitarios. Practicar una solidaridad real con los que se encuentren en necesidad, con los pobres y entre las casas salesianas” (nº 75. 2 y 3) Desde la Palabra de Dios meditada, ¿qué tengo que cambiar para vivir la radicalidad evangélica de mi voto de pobreza, tal como el Señor me lo pide en este momento de la Congregación y de mi comunidad y obra salesianas? ¿Qué compromisos asumo para llevar efectivamente a cabo este cambio? 
Descargar