Pedro Páramo - Difusión Cultural UAM

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Pedro Páramo
Víctor Manuel Mendiola
Cuando opinamos sobre una persona, aludiendo a sus
actos o a sus obras, qué fácil es equivocarnos.
En abril de 1955 Alí Chumacero publicó en el número 8
de la Revista de la Universidad una nota crítica que llevaba
por nombre “El Pedro Páramo de Juan Rulfo”. En ese texto,
después de destacar la virtudes narrativas del libro de cuentos
El llano en llamas y abordar los aspectos sobresalientes de
Pedro Páramo, la primera novela del joven escritor, Chumacero entraba en una consideración final negativa que ponía
en cuestión, de un modo esencial, la eficacia del texto de
Rulfo.
Chumacero formuló su desacuerdo en los siguientes
términos:
En el esquema sobre que Rulfo se basó para escribir esta novela se
contiene la falla principal. Primordialmente Pedro Páramo intenta
ser una obra fantástica, pero la fantasía empieza donde lo real no
termina. Desde el comienzo, ya el personaje que nos lleva a la
relación se topa con un arriero que no existe y que le habla de
personas que murieron hace mucho tiempo. Después la llegada
del muchacho al pueblo de Comala, desaparecido también, y las
subsiguientes peripecias –concebidas sin delimitar los planos de
las varios tiempos en que transcurren– tornan en confusión lo que
debió haberse estructurado previamente cuidando de no caer en
el adverso encuentro entre un estilo preponderantemente realista
y una imaginación dada a lo irreal. Se advierte, entonces, una
desordenada composición…1 novela, según Chumacero, fallaba porque no tenía la unidad
que la novela moderna exige.
Casi de inmediato, el tiempo –no Juan Rulfo– desmintió
al inteligente lector que era y ha sido, sin lugar a dudas, Chumacero. Lectores avezados y lectores ocasionales y desprevenidos captaron la intensidad y sentido de la pequeñísima pero
compleja obra. A pesar de los vaivenes y cambios de plano,
el poder de crear sentido de esta novela es tan grande que ha
Como se ve, la objeción consistía básicamente, sin dejar de
reconocer “las calidades únicas” de la prosa de Rulfo, en considerar que no lograba crear una historia verdadera con una
idea central y pasajes relacionados de manera coherente. La
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acercamiento a un drama mayor, en el cual Juan Preciado
mismo desaparece, se vuelve una sombra entre otras sombras,
sólo un camino que nos deja llegar, primero, a Comala, después a la propiedad de La Media Luna, donde ocurren los
acontecimientos principales, y, por último a Pedro Páramo,
el verdadero centro. Pero lo desconcertante es que atrás de
esta sustitución del hijo por un Saturno indiferente y cruel
aparece con una fuerza enorme, en la última parte de la novela, una tercera figura inesperada que vuelve a trastocar la
lectura y el sentido del drama del libro. Se trata de la figura
de Pedro Páramo transformado por lo único que le interesa
en el mundo: la posesión o el amor de Susana San Juan. En
este proceso de cambios, como lectores, nos vamos perdiendo
y apenas recuperando, como si saltar de un drama a otro no
fuera posible y, a pesar de ello, resultara verosímil. Es complicado moverse en esta trama donde el centro se desplaza
constantemente de sitio y es fácil pensar, como pensó Alí
Chumacero, que la novela no tiene unidad en los cambios
de rol y velocidad.
La promesa trágica de Juan Preciado, en su papel de
Edipo, que le va a cobrar las cuentas a su padre, se disuelve.
También se disuelve la figura de Pedro Páramo como un
ser aislado en la hegemonía de su voracidad. Sólo queda la
imagen de una especie de Heathcliff, derrotado en su rencor
y en su amor. Sé que las semejanzas entre Pedro Páramo y
el personaje central de Cumbres borrascosas son, a primera
vista, limitadas y que, la más importante, ya ha sido señalada, pero hay algo más que una coincidencia que los acerca
esencialmente. No sólo es el hecho de que tanto uno como
otro personaje tienen como común denominador (Mariana
Frenk y José de la Colina apuntaron esta característica) la
experiencia de un amor infantil inolvidable y su realización
imposible en la vida adulta. Si el parecido sólo llegara hasta
aquí, sería un aspecto digno de ser destacado pero no decisivo. Pero las cosas van mucho más allá. Tanto Heathcliff
como Páramo se casan con mujeres (Isabella y Dolores)
que no aman con el frío propósito de apropiarse de las
tierras que les pertenecen a ellas. Ambos maltratan a sus
esposas. Tampoco es insignificante el dato coincidente de que
Catherine Earnshaw y Susana San Juan contraen matrimonio
con otro hombre y ambas mueren dejando en el desamparo
al hombre que las ama. Asimismo, está la semejanza de los
lugares: La Media Luna y Cumbres Borrascosas presentan
un ambiente ominoso, de violencia, magia y desolación.
En las dos novelas aparecen y desparecen fantasmas. Y
tampoco es de poca monta –aquí los parecidos comienzan
a ser ya demasiado numerosos– que la escena final tanto en
saltado sin dificultad la barrera de los idiomas. Pedro Páramo
pertenece a esa clase de historias que pueden prescindir de
su propia lengua. Quién sabe si está bien hilada, pero posee
una capacidad de comunicación profunda que va más allá
de la narrativa y la literatura. El universo simbólico de Pedro
Páramo es un drama, un drama trágico y, en esa misma medida, plantea una acción que desemboca en un hecho que
nos sobrecoge y conmueve.
¿Cuál es la acción de esta pequeña gran novela? Como
todo el mundo sabe consiste esencialmente en la historia
del vástago abandonado, Juan Preciado, que va a buscar a
su padre, Pedro Páramo, quien no quiere a su hijo ni a la
madre de su hijo, Dolores Preciado, mujer con la que se había
casado por interés y a la que rechaza y olvida. Éste es el nudo
aparente de la acción, pero en el desarrollo del encuentro la
búsqueda del padre es sustituida por un drama más primitivo
y terrible: la del hombre que no ama a nadie y que sobrevive
a los demás (hijos, mujeres, conocidos), destruyéndolos.
Es interesante observar cómo al principio pensamos,
como lectores, que el punto central de la novela giraría en
torno al momento culminante del encuentro padre / hijo.
Esto es lo que nos promete la primera página de la novela,
pero no sucede o no acaba siendo éste el motivo de la acción. El drama de Juan Preciado sólo es un primer relato de
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de dirección, en tres ocasiones distintas, al drama de su novela
y que estos relevos dramáticos crean una historia increíble y
apasionante, pero desconcertantes por lo menos en la primera
lectura. Superponer un drama sobre otro y sobre otro más
sorprende al lector y lo descoloca. Y con ello sí quiero decir
que la sensación de “mareo”, de vaivén y de big bang cronológico proviene tanto de una de las formas narrativas del siglo
xx como del encadenamiento cinético de dramas en donde
la alusión o los ecos a Heatcliff podría ser más importante
de lo que parece en primera instancia.
Y algo más que me gustaría añadir. Cumbres borrascosas
fue considerada en su tiempo una obra extraña por la fuerte
carga poética de su lenguaje. Creo que lo mismo podríamos
pensar de Pedro Páramo. Es un libro que forma parte de la
narrativa del siglo xx, pero también pertenece, por lo menos para algunos poetas, a la poesía moderna. ¿Qué hubiese
pasado si Juan Rulfo en vez de decirnos que Pedro Páramo
era una novela nos hubiese dicho que era un poema? ¿Qué
habría pasado si Juan Rulfo se nos hubiera plantado enfrente
como un poeta? De entrada podríamos decir que hubiese
pasado probablemente tres cosas: 1) Los poetas lo habrían
aceptado, inmediatamente; 2) La genealogía de Pedro Páramo tendría que ver con Nostalgia de la muerte de Xavier
Villaurrutia, Spoon River Anthology de Edgar Lee Master y
con The Waste Land de T. S. Eliot; y 3) probablemente un
público lector amplio se hubiera perdido una de las obras
más fascinantes de la literatura moderna por el prejuicio que
tienen los grandes editores de considerar a la poesía cosa de
minorías. Sin embargo, nadie hubiera intentado justificar
la estructura compleja de Pedro Páramo. A todo el mundo
le hubiesen parecido natural los cambios de velocidad y el
simultaneísmo de la historia. Y tal vez Chumacero no hubiese
errado en su juicio, ya que hubiera aceptado la unidad sui
generis de este libro.
Alí Chumacero se equivocó, pero el error de nuestro
poeta nos indica uno de los aspectos más relevantes de Pedro
Páramo. En esa “falta de unidad” y en esta multiplicación de
centros dramáticos estriba la escritura de una de las tragedias
más originales de la literatura moderna, que le pertenece a la
novela, pero que también está en el mundo de la poesía.•
una como otra novela termina en el cementerio. Hay que
recordar que en Cumbres borrascosas el narrador nos dice: “me
pregunté cómo alguien podría imaginar sueños tranquilos
para los que dormían en esa tierra silenciosa”. ¿Acaso estas
líneas de Cumbres borrascosas no suenan, de alguna manera,
a muchas de las líneas que leemos en Pedro Páramo? Y algo
más: la novela de Emily Brontë sucede en el moor, es decir,
en el páramo. Sin embargo, lo más importante es que los
personajes de estas novelas, Pedro Páramo y Heathcliff, a
pesar de la maldad que los posee y corroe, no sólo tienen un
lado humano profundo sino que su devoción por la única
cosa que aman en el mundo, Cathy y Susana, los engrandece.
Al final de su historia, los acabamos admirando.
No estoy tratando de reducir la originalidad de la novela
de Rulfo a la originalidad de Brontë. Ya sabemos que la manera como está narrada Pedro Páramo delata una asimilación
y, al mismo tiempo, una superación de las técnicas narrativas
del siglo xx y que su relación con Faulkner y Joyce es esencial.
También sabemos que sin la abolición del tiempo real no
hubiera sido posible crear el tiempo fragmentario y atemporal
de Pedro Páramo. Sólo quiero señalar la cercanía –no sólo
evidente sino nada pequeña– con la gran novela Cumbres
borrascosas; un diálogo entre los dos textos que no sé si fue
consciente e inconsciente en la cabeza de Rulfo. Asimismo
quiero señalar cómo esta cercanía le permite a Rulfo cambiar
tiempo
Nota
1Chumacero, Alí, Los momentos críticos, México, fce (Letras Mexicanas), 1987, p. 285.
Víctor Manuel Mendiola es el editor de El Tucán de Virginia. Poeta
y ensayista, de su producción podemos mencionar El ojo (1984), Nubes
(1987) y Vuelo 294 (1992).
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