Siria y el nuevo orden en el Medio Oriente

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Siria y el nuevo orden en el Medio
Oriente
Fernando López D Alesandro 21/12/2014
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La guerra Siria conjuga tensiones internas, mundiales y regionales que acumularon presión a largo
plazo. A las incapacidades de un gobierno despótico y burocrático se suma la crisis climática, las
competencias por la hegemonía regional y la redivisión de las influencias globales entre Estados
Unidos, China y Rusia. Bastó la chispa de la Primavera Árabe para que el delicado equilibrio del
levante estallara en mil pedazos.
Las tensiones económicas
La aplicación del modelo neoliberal desde el final del gobierno de Affez el Assad tensó la situación
en Siria. El país rompió con un modelo de economía social, con cierta impronta soviética, y se abrió
al mercado global. La vieja burguesía sunnita y la burguesía burocrática emergente en 1963 se
adaptaron a la nueva realidad mercantil y a la expansión neoliberal, aprovechando el final de la
seguridad social siria. Esto generó grandes tensiones en todo el país al dejar en el desamparo a
millones de familias que perdieron toda protección estatal. Bachar el Assad profundizó estas
medidas y la alianza económica con occidente, fundamentalmente con Estados Unidos y con
Francia. Fue puesto como “ejemplo” por el FMI, a pesar de la cruenta represión policial en el país.
La corrupción y el Estado clientelar además de la falta de controles democráticos, distorsionaron la
economía siria. En consecuencia los fondos para obras fundamentales de infraestructura eran
literalmente robados por los burócratas a lo largo de toda la pirámide jerárquica. Así, cuando el
cambio climático impactó las llanuras del Deraa y las planicies del sur, el gobierno no tuvo
respuestas y no había realizado la construcción de acueductos y otras obras básicas para
contrarrestar las sequías que desertificaron la zona. La desertificación disparó la emigración a las
ciudades y Alepo, Hum y Damasco vivieron una explosión demográfica en sus márgenes donde las
tensiones sociales se acumularon. El neoliberalismo, la inflación y la desocupación hicieron el resto.
Las tensiones políticas
La crisis social tuvo un correlato inmediato en lo político y, como en todo el Levante la religión, lo
tribal y lo político tienen un vinculo complejo, difícil de explicar para la cultura occidental.
La mayoría del país es suni y son sunitas los miembros de la burguesía comercial que fue
desplazada en 1963 con la llegada de los militares nacionalistas al poder. Éstos implantaron un
nuevo sector económico hegemónico, originario de la ruralía, que se aburguesó y consiguió las
prebendas del Estado. De origen shií alawita, esta nueva clase ascendió rápidamente y con la
misma velocidad se corrompió y vivió gracias al Estado “revolucionario”. Las tensiones entre ambas
burguesías sumadas a las contradicciones religiosas fueron creciendo conforme en las década de
los 90 el gobierno cambiaba la orientación económica.
En otro orden no menos importante, las tribus, principalmente las afincadas en la frontera con
Turquía e Irak son un factor clave en el equilibrio interno de poder, pues convocan a miles de sirios
que responden más a sus tradiciones ancestrales que al Estado central “moderno”. Es en la zona de
influencia de estas tribus donde el pueblo kurdo acciona, representando uno de los más graves
problemas para Damasco. El Kurdistán histórico reivindica el oriente sirio y el pueblo kurdo está
organizado política, social y militarmente, con ayuda internacional, especialmente con los múltiples
aportes del Estado de Israel. Si bien las tensiones tuvieron momentos álgidos –como la masacre
ordenada por Affez el Assad en 1982- hoy en la guerra civil Bashar el Assad pactó una tregua,
habilitó la autonomía de la región kurda siria y tiene en los pashmergas un aliado contra el Estado
Islámico (EI).
Siria en el contexto regional y mundial
El ajedrez regional es altamente complejo por la cantidad de actores operando y tensando el
conflicto. En primer lugar debemos recordar que en 2011 en Siria sólo hubo un alzamiento popular
en protesta por la situación económica y reivindicando la democracia. Luego el proceso tomó otra
complejidad producto de las acciones mundiales y regionales.
El reflejo de la “Primavera Árabe” llegó a Siria como a todo el Medio Oriente y no como una
“operación del imperialismo”. Si bien la injerencia extranjera es parte de todas las rebeliones desde
siempre, en Siria el estallido interno disparó una intervención que muestra un perfil múltiple y
complejo.
Los problemas en las zonas adyacentes a Siria son varios. Al largo conflicto en el Kurdistán se suma
la reivindicación de los Altos del Golán ocupados por Israel en 1967. La tensión con Tel Aviv está
viva desde entonces e Israel, en consecuencia, opera con el objetivo de debilitar a su vecino en
todos los frentes; de allí sus apoyos a los kurdos y a otras fuerzas que empezaron a operar en la
región desde mediados de 2011.
Otro actor clave es la tríada Siria-Irak-Irán. Desde la caída de Sadam Hussein la relación con los
gobiernos iraquíes “autóctonos” –hay que llamarlos de alguna manera- fue mucho mejor que durante
la dictadura. En consecuencia Bagdad reabrió el flujo petrolero por los oleoductos que desembocan
en la costa mediterránea de Siria, que habían sido bloqueados por los Estados Unidos en 2003.
Asimismo el chiismo iraquí tiene en el alawismo un aliado, como también en la teocracia iraní. Los
tres poderes del triángulo Damasco, Bagdad, Teherán tienen enemigos similares; los kurdos, los
sunitas wahabitas, Arabia Saudita, y ahora el EI.
Estados Unidos es, sin duda, el gran poder de El Levante. Su relación con Siria ha sido, por lo
menos, oscilante en los últimos 25 años. La distención en el gobierno de Bush Senior se reflejó en el
apoyo logístico y militar de Affez el Assad en la Guerra del Golfo Pérsico en 1990. A partir de allí la
situación mejoró sustancialmente y el intercambio con Europa y Estados Unidos fue cada vez más y
mejor. El punto culminante fue la visita de Clinton a Damasco y el apoyo de Washington a Siria para
que integrara el Consejo de Seguridad de la ONU, a pesar la las duras críticas de Ariel Sharon.
En Europa, Nicolás Sarkozy vio en Bashar El Assad un aliado querido y confiable. La relación entre
París y Damasco fue en aumento y el intercambio de visitas y delegaciones comerciales y políticas
marcaron una época distinta en el vínculo de Francia con su ex colonia. Sin embargo la llegada de
George W. Bush y los halcones cambió para siempre el trato y las maneras.
Luego de la ocupación de Irak los halcones con Donald Rumsfeld a la cabeza, vieron en Siria un
muy probable segundo blanco. El bloqueo de los oleoductos y las presiones sobre Damasco para
apurar un cambio de régimen y para que se deshiciera de sus armas químicas, llevó la tensión a
niveles inesperados pocos años antes. Bashar el Assad y la élite del Baas y del alawismo se
abroquelaron en una trinchera defensiva y no salieron de ella hasta el triunfo de Barak Obama,
donde la relación mejoró, si bien el gobierno norteamericano mantuvo la presión sobre Damasco
sobre varios temas críticos. En ese punto, el apoyo de Sarkozy fue vital para el acercamiento y la
distención. Pero apenas comenzada la rebelión siria, Estados Unidos se alineó con la oposición y
planteó el derrocamiento del gobierno.
Rusia no es un jugador menor en este ajedrez, por el contrario es tal vez el más importante.
Poseedora de una base naval el puerto de Tartus, el respaldo de Rusia a Bashar el Assad tiene un
buen motivo geoestratégico; su presencia en el Mediterráneo oriental justo en el momento en que
Putin se lanza a la reconstrucción del espacio euroasiático buscando neutralizar la alianza de
occidente con Ucrania. Las cercanías geoestratégicas conectan a Rusia con una región donde
Turquía queda en medio del camino hacia el Mar Negro y por tanto frente a la recién anexada
Crimea, además de la cercanía con Asia Central. En síntesis, la desestabilización de la frontera sirioturca puede contagiar a una región altamente volátil en la “base” geográfica de la hegemonía que
Moscú intenta reconstruir. “Si Ucrania constituye el muro defensivo de Rusia contra Europa en el
este, Siria, que combate contra rebeldes islamitas tan fieros como los que Putin ha enfrentado en
Chechenia, es parte del flanco sureño de Moscú” dice Robert Fisk. No menor es la importancia
económica que Siria tiene para Rusia ampliando su base geopolítica. A finales de 2013 Putin acordó
con El Assad la firma de una tratado de explotación de hidrocarburos en el mar territorial sirio.
Suleiman Abbas, el ministro del Petróleo sirio, explicó que la explotación se desarrollará en un
espacio de 2.190 kilómetros cuadrados entre Banias y Tartus. Las razones para estas concesiones
son producto del vínculo dependiente que Putin logró concretar con Siria. Cuando la intervención
norteamericana era inminente en agosto de 2013 luego de los ataques con gas sarín a las
poblaciones rebeldes, Moscú puso todo su peso político en juego para apoyar al gobierno de El
Assad y logró que Damasco aceptara desmontar su arsenal de armas químicas –el comodín sirio
contra el arsenal atómico israelí- evitando así la intervención directa de Estados Unidos. Fue un
punto a favor de Putin, que ató de pies y manos a Siria al dejarla dependiente del poder militar ruso
ante un eventual ataque de occidente o, peor aún, de Israel.
En otro orden, más atado al conflicto religioso y político, Arabia y Qatar promovieron la guerrilla
wahabita, apoyaron a los Hermanos Musulmanes al principio de la rebelión, hasta que mutaron en el
Frente Al Nusra, primero, luego en el Ejercito de Liberación –en gran parte escindido del ejército
oficial sirio- y ahora forman parte medular del Estado Islámico. El hecho de que Barak Obama no
apoyara ni logística ni militarmente a la oposición siria, luego del veto sino-ruso en el Consejo de
Seguridad, empujó a gran parte de las guerrillas a los brazos del Estado Islámico, mejor armado y
preparado para la larga yihad que se prevé. Arabia Saudita busca incidir en el conflicto sirio de esta
manera, tratando de debilitar la alianza Damasco-Teherán, para lograr así su objetivo histórico de
transformarse en la potencia regional más importante, y para ello debilitar o derrotar a Irán es una
parte fundamental de su estrategia. No menor en importancia es el conflicto del Oleoducto Islámico,
que marginaría al reino de los Saud y a otras potencias regionales. En 2009 Damasco se negó a
suscribir un acuerdo con Qatar para construir un gasoducto a través de Siria, y prefirió firmar un
convenio con Irán e Irak para construir un gasoducto que partiría desde el yacimiento iraní de South
Pars, en el Golfo Pérsico, y que podría transportar 120 millones de pies cúbicos de gas por día. Este
proyecto, conocido como el “Gasoducto Islámico” sería el más grande del Medio Oriente, y dejaría al
margen a países como Arabia Saudita, Qatar y Turquía, algo inadmisible. El régimen de Ankara
sueña con ser la única ruta para la salida del gas de Asia Central, el Mar Caspio, Irán e Irak, con
proyectos como el gasoducto Nabucco, considerado como pieza clave en el plan de la Unión
Europea para diversificar sus suministros de energía lejos de Rusia.
Así, en esta lógica económica y geoestratégica, Arabia Saudita crió cuervos que pueden comerle los
ojos. El califato del Estado Islámico, sin límites precisos, ocupa 140 mil kilómetros cuadrados desde
el norte de Irak hasta el norte de El Líbano. Hay un consenso general entre los analistas que por
primera vez un intento yihaddista logra afirmarse de forma permanente en un territorio y, por tanto,
lograr lo que nunca antes: “liberar” una zona amplia donde aplicar la sharia wahabita, contando con
el apoyo de una parte de la sociedad, harta de guerras, de corrupción y de inestabilidad. Financiados
por “aportes” regionales y por el contrabando de petróleo, el EI se ha vuelto un competidor
formidable en el ajedrez regional. En consecuencia, su expansión obligó a Estados Unidos a
intervenir y a reconfigurar sus alianzas en la región.
La ironía de la historia quiso que viejos enemigos ahora se volvieran aliados. El acuerdo de EEUU
con Irán y con Siria, y la presión yanqui para neutralizar el accionar yihadista de Arabia Saudita
asombró a muchos en la región y en el mundo. La amenaza del Estado Islámico y la declaratoria de
guerra que hizo en junio contra los chiitas alertó especialmente a Irán que no sólo redobló los
esfuerzos para mantener a El Assad en el poder sino que logró lo impensable hasta hace pocos
meses; un acuerdo con Estados Unidos y con Arabia Saudita para distender sus diferendos en la
zona y atacar coordinadamente al nuevo califato. Unidos, entonces, ante la amenaza común, iraníes,
norteamericanos y sauditas bajaron el hacha de guerra mientras dure la amenaza del Sr. Bagdadhi.
El pacto con Irán responde, además, al nuevo papel de Teherán en la región y en el mundo,
especialmente debido a la solución del diferendo por la producción de uranio enriquecido. El acuerdo
5+1 al que se llegó “sorprendentemente” el 24 de noviembre de 2013 es parte de la estrategia
regional de los ayatolas, especialmente dirigida a Siria.
Algunas conclusiones necesariamente provisorias
Olivier Roy sostiene que “ahora asistimos a una redefinición de esos espacios entre el mundo suní y
el mundo chií. Hay un cambio de los equilibrios estratégicos que puede tomar la apariencia de
nuevas fronteras. Se va a mantener el marco de los Estados existentes: Siria, Irak, Irán, Turquía,
Jordania..., pero van a estar atravesados por nuevas zonas de influencia. Por ejemplo, los kurdos.
No surgirá un gran Kurdistán, aunque sí es factible que el Kurdistán iraquí llegue a ser
independiente. Formalmente, la frontera internacional de Irak no se moverá, pero Irak se verá
redefinido por divisiones internas”. O sea, un rediseño de regiones en Irak, el nacimiento de un
Kurdistán independiente, una zona chií y otra suni prefigura un futuro donde la religión o el perfil
nacional-histórico serán prioritarios. En consecuencia, para Roy, el chiismo es el gran ganador de
esta situación, y especialmente Irán, que verá ampliada su zona de influencia llegando a las
ciudades santas iraquíes y gracias a que mantuvo en el poder a Bashar el Assad. En conclusión,
para Roy habrá una redefinición de equilibrios entre saudíes y persas, donde Estados Unidos tendrá
un papel marginal. Sin embargo, el avance chií fue acompañado por el éxito kurdo en Irak. El intento
de golpe de Estado de Yuri Al Maliki y su virtual desplazamiento por los Estados Unidos con la
asunción de un primer ministro kurdo, reposiciona las correlaciones de fuerza iraquíes llevando al
país a un nuevo statu quo entre chiíes y kurdos, lo que habilitaría la partición del país en las zonas
de influencias señaladas. El reordenamiento del Medio Oriente será, entonces plural y multifactorial.
Ninguno de los poderes formales quiere la existencia de los yihaddistas ni del Estado Islámico. En
consecuencia podría haber llegado la hora de una transformación que redibuje las fronteras y las
zonas de influencias regionales, donde la división política se funde en criterios reales, ya sean
religiosos o nacionales. En ese sentido, Estados Unidos ha comprendido que ese nuevo orden
implica la acción de todos incluyendo a aquellos que consideró sus enemigos, Irán en primer lugar.
En consecuencia Arabia y Qatar deberán repensar sus financiaciones al salfismo.
La guerra en Siria terminará en algún momento, y así como Kissinger planteaba que no puede haber
guerra sin Egipto ni paz sin Siria hoy podemos repensar este criterio sosteniendo que no podrá
haber ni paz ni un mundo más seguro sin solucionar el conflicto social, económico y geopolítico en la
zona. Para ello occidente debe replantearse su manera de relacionarse con los países del Medio
Oriente, algo que les cuesta entender.
Fernando López D’Alesandro es historiador, profesor de la Regional Norte de la Universidad de la
República, Uruguay
Fuente:
www.sinpermiso.info, 21 de diciembre de 2014
URL de origen (Obtenido en 01/12/2016 - 23:09):
http://www.sinpermiso.info/textos/siria-y-el-nuevo-orden-en-el-medio-oriente
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