bajo el velo de triste voz - Creative People

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BAJO EL VELO DE
TRISTE VOZ
Autora: Rosamar Jiménez Bochs
Jamás olvidaré sus ojos... aquellos ojos de lánguida mirada que iluminaron desde su
llegada todas las estancias del pequeño harén de mi señor. Aquellos mismos ojos que
conocí siendo un fiel y sumiso esclavo, y que me convirtieron en un traidor mutilado y
condenado a perecer en el olvido de cuantos me conocieron.
Supe su historia mucho antes del suceso de aquella terrible noche. Como eunuco al
cargo del cuidado de las escasas concubinas de mi señor, me estaba prohibido mantener
diálogo alguno con ellas. Mas esa norma no impedía que mis oídos escucharan las
historias que contaban las mujeres durante sus largos tiempos de ocio. Mi obsesión por la
nueva concubina me llevó a espiar las conversaciones del harén, oculto tras las cortinas,
o a detener mis pasos con disimulo cuando la escuchaba nombrar por alguna de sus
compañeras de reclusión.
Genoveva, ése era su nombre. O al menos lo fue hasta que las tropas del gran califa
Abderramán III asolaron su provincia y regaron los campos con la sangre de sus
hermanos cristianos. Ya debía ser hermosa por aquel entonces, cuando contaba en torno
a 14 años, pues mi señor, el valeroso nakib Hashîm Ben Al-Garín, no dudó en perdonarle
la vida al descubrirla sollozando entre los cadáveres que nuestros guerreros dejaron a su
paso por Burgos.
Cuentan las malas lenguas que mi señor la ocultó, pretendiendo adueñarse de su
persona sin el permiso del soberano, a quien correspondían las vidas de los cristianos
apresados en las razias. Sin embargo, no hay duda de que el bueno de Allah guía los
pasos del califa y cierta noche de insomnio, buscando buena compañía con la que
compartir las hazañas de la última batalla, halló una muchacha escondida en la jaima del
nakib. Éste, al verse sorprendido en plena falta, inventó que aguardaba el momento
oportuno para entregársela como premio por las victorias obtenidas en Álava y Burgos.
Dudo que el califa confiara en sus palabras, pero debió acometerlo en un momento de
júbilo por los botines obtenidos ya que, en lugar de exigir su castigo, aceptó el regalo y
ordenó que la doncella fuera llevada junto a los esclavos hasta entrar en Córdoba, donde
sería instalada en el harén real bajo el nombre de Raniin, que en nuestra lengua significa
“triste voz”.
Los siguientes cinco años los pasó entre las cerca de 2000 concubinas reales,
rodeada de lujos que jamás habría soñado en su vida como Genoveva. Al estar nuestro
soberano obsesionado con la conquista de las tierras cristianas, ella fue relegada a una
cómoda vida sin el inconveniente de la entrega sexual, ya que el califa pasaba grandes
temporadas ausente de palacio y las concubinas dedicaban su tiempo a enriquecer sus
dones. Así fue como Raniin adiestró una hermosa voz que hipnotizaba a los afortunados
que tenían ocasión de escucharla cantar.
En el verano del año cristiano 939 d.C., tuvo lugar nuestra deplorable derrota por
parte de Ramiro II el Grande, en la batalla de Alhóndiga. Más de dos tercios de las tropas
cordobesas fueron aniquiladas y los que sobrevivieron, huyeron como cobardes tras
Fortun ibn Muhammad. Tan solo 49 soldados quedaron al lado de nuestro maltrecho
califa, entre los que se contaba mi señor. Éste, ante las graves heridas de Abderramán,
tomó el mando y guió al pequeño grupo en su huida de las garras de Ramiro. Como le
salvara la vida, Abderramán premió a mi señor con la mejor recompensa que podía
ofrecerle: le dio a escoger, entre sus casi 2000 concubinas, a aquella que él más deseara.
Dos días más tardes yo mismo recibía a Raniin, que venía ataviada con un riguroso
niqāb que solo dejaba ver sus intrigantes ojos. La guié a sus aposentos sin mediar
palabra y el resto de los días me dediqué a observarla en silencio, permitiendo que se
iniciara un sentimiento vetado para los castrados como yo. Jamás intercambiamos una
palabra, tal y como estaba ordenado, y lo cierto es que tampoco lo necesitamos. Sus
gestos tímidos pero delicados me inspiraron un cariño que no recibí jamás de ninguno de
mis hermanos musulmanes. Siempre había sido un esclavo y a su lado vislumbré un
pequeño halo de libertad. Así descubrí que tras su triste mirada y su voz titubeante, se
escondía un ser inalcanzable para cualquier mortal. Ni tan si quiera mi señor, quien ahora
era dueño de su persona, podría jamás poseer el corazón que habitaba en tan indefensa
virgen.
Así pasaron los días, tristes y melancólicos para ella, intrigantes y enigmáticos para
mí. Hasta que el furor de las batallas cedió paso a un tiempo más tranquilo para aquellos
que tomaron partido en las razias. El califa se retiró del ejército para supervisar la
construcción de su Medina Azahara y mi señor Hashîm, aún sin recuperar de sus heridas
del último combate, decidió pasar una temporada con sus mujeres antes de
reincorporarse al ejército cordobés. Fue entonces cuando todo se torció y mi destino
quedó ligado a unos ojos cristianos que Allah no me permitiría volver a contemplar.
Sucedió un mes después de la llegada del nakib a casa. Todas las mujeres y
concubinas ponían su empeño en animar al señor adulándolo con sus bailes, cantos y el
manjar de sus exuberantes cuerpos. Todas salvo Raniin, que permanecía oculta en sus
aposentos tanto tiempo como le era permitido. Sin embargo, mi señor ya estaba aburrido
de las mismas mujeres de siempre y recordó a la concubina que le regalara el califa. Así
ordenó que la vistieran y acicalaran para la ocasión.
Las concubinas buscaron la forma de ocultar los vestigios de su raza, para que el
nakib descubriera a una mora más cuando explorara su cuerpo desnudo. Las dejé en la
alcoba de la muchacha, untando su cuerpo con un afeite cobrizo que cubría la palidez de
su piel y le ofrecía un tono oscuro similar al del resto de concubinas. Las esposas oficiales
esperaban en el salón del harén, impacientes por contemplar la transformación de “la
infiel”, tal y como ellas la llamaban. Y yo, perturbado por los celos que me asaltaban y la
impotencia de saber que jamás sería mía, aguardé estoicamente el momento escogido
por mi señor para desflorar a la mujer que me había arrebatado mi condición de eunuco.
Un par de horas después de la cena, mi señor se dirigió a los aposentos del harén
reservados a sus placeres. Allí esperaba ya Raniin, vestida con los velos tradicionales y el
pesar como único atuendo de su mirada. Abrí la puerta a mi señor haciendo una débil
reverencia y cerré tras sus pasos, quedándome vigilante en el amplio pasillo, mientras las
escenas que mi mente imaginaba me torturaban sin parangón. Llevaba ya cierto tiempo
recorriendo el pasillo en una y otra dirección cuando escuché un extraño revuelo en su
interior. Bramó la voz de mi señor, siempre autoritaria y contundente, y un gemido escapó
de unos labios frágiles. Escuché un golpe secó y el rumor de unos pies descalzos
corriendo por la habitación. Me acerqué a la puerta, luchando con mi propio brazo por no
empujar la hoja de madera. Mi señor masculló algo ininteligible y esta vez oí unos pasos
más pesados corriendo de un extremo a otro de la habitación. Sonó lo que me pareció
una bofetada y siguió un gran golpe contra el suelo. Ya estaba a punto de abalanzarme al
interior de la alcoba cuando la estruendosa carcajada de mi señor me detuvo en seco. Se
hizo un silencio brusco y entonces distinguí la voz de Raniin al otro lado de la puerta.
_Si te acercas, la clavaré una y otra en tu cuerpo hasta que se escape la vida de tus
labio y ni el mismo Allah sea capaz de levantarte.
Alarmado por lo que presagiaban sus palabras, empujé la puerta y me horroricé ante
el espectáculo que se presentaba ante mis ojos. En el suelo, muy próxima al lecho
marital, Raniin esperaba encogida la embestida de mi señor. Tenía el rostro marcado por
una amplia y dura mano, y sus ropas habían sido arrancadas casi al completo. Frente a
ella, mi señor buscaba la mejor manera de asaltarla para poseerla. Al escuchar la puerta,
se giró y me miró con alivio. Observé a Raniin y esta vez descubrí el brillo de una hoja de
metal en su mano derecha. No supe cómo, pero el caso es que había logrado ocultar una
pequeña daga entre sus ropas y estaba más que dispuesta a utilizarla. Corrí junto a mi
señor para protegerlo y miré a Raniin con una súplica. Ella se levantó esgrimiendo el arma
ante nosotros.
_ Vamos, coge a esa maldita cristiana. Ya me he cansado de este juego_ me azuzó
mi señor irritado.
Raniin no se movió. Me miraba mientras su mano temblaba ante la posibilidad de
utilizar el arma contra el que había sido su guardián.
_ Déjame marchar y no le haré ningún daño_ me suplicó.
Mi señor me empujó contra ella y la acorralé involuntariamente en un rincón de la
alcoba. Su daga cayó al suelo con la acometida y mi señor la recogió con la agilidad que
le había dado la victoria en sus batallas. Alzó el arma sin dudarlo y la lanzó sin piedad
sobre el cuello de la muchacha, tropezando en su trayectoria con mi mano, que se
rebelaba por primera vez ante mi dueño y señor.
_ ¡¿Qué haces, maldito castrado?! ¡Te cortarán el brazo por esto! Suéltame y redime
tu falta entregándome su sangre.
Fui incapaz de obedecer. Sin girarme, acucié a la infeliz para que abandonara el
harén, mientras mi señor gritaba pidiendo la ayuda de los otros esclavos. Cuando estos
llegaron, ella ya había huido y yo aún mantenía el brazo del nakib sujeto con fuerza,
mientras la daga descansaba al pie de los dos.
Por aquel acto de rebelión fui condenado por el cadí a perder mi brazo derecho por
alzarlo contra mi señor; me arrancaron los ojos para que, como eunuco, no volviera a
fijarme en ninguna otra mujer y me condenaron a prisión por el resto de mi vida, mientras
mi nombre era lanzado al olvido y todos aquellos que lo mencionaran, sentenciados a
perder su lengua para que no volvieran a nombrarme.
Desde entonces vivo en esta celda fría y húmeda, envuelto en las tinieblas que la
ceguera me regala sin compasión. En ocasiones la siento a mi lado, cuando algunas
mujeres voluntarias visitan a los presos y nos traen un poco de pan para comer. Nunca
hablamos; como eunuco que custodia el harén de mi señor, me está prohibido mantener
conversación alguna con ella, pero aún así nos entendemos. Ella pone el mendrugo de
pan en mi única mano y acaricia mi rostro mientras yo lo muerdo despacio, no sea que al
tragar el último bocado ella desaparezca sin más. Su niqāb roza con suavidad mi
antebrazo y soy consciente del peligro que corre al visitarme en prisión. Así pasamos el
escaso tiempo que se nos concede: yo saboreando el silencio que compartimos, ella
llorando en secreto la culpa que la aflige. A veces me pregunto si no será una mala jugada
de mi mente ofuscada y levanto mi mano moribunda para tocar sus párpados desnudos,
enmarcados por el niqāb que oculta su rostro. Entonces sé que es real, y sé que está ahí.
Pagué su libertad con un brazo, mis ojos y el olvido eterno. Quizá sea un precio
demasiado alto por una mujer, pero es un precio que hoy volvería a pagar.
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