D. José Oneto Ex Secretario General del PCE y autor del libro

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D. José Oneto
Ex Secretario General del PCE y autor del libro
"La noche de Tejero"
Madrid, 23 de febrero de 2011
Con el patrocinio de
D. José Oneto, autor del libro "La noche de Tejero"
23F: Treinta años después
Tal día como hoy, a esta misma hora, hace treinta años, se ponía en marcha una vasta
operación cívico-militar para, según sus patrocinadores, salvar a España del terrorismo,
terminar con la democracia y con una Constitución que estaba a punto de romper España y
con una transición que había traicionado lo poco que quedaba del Régimen anterior.
A esta misma hora, hace hoy treinta años, Jurídicos militares preparaban en la III Región Militar
(Valencia) los borradores del estado de queda y las órdenes cifradas para que el Ejército
ocupase la ciudad y el bando militar firmado por el capitán general Jaime Milans del Bosch y
Ussía, en el que se prohibía todas las reuniones públicas de más de cuatro personas, las
actividades de los partidos políticos y los sindicatos, para que el poder militar asumiese todas
las competencias del poder judicial y administrativo de la Comunidad, los municipios y demás
entidades locales, al tiempo que se implantaba el Código de Justicia Militar para cualquier tipo
de delito y la policía pasaba a depender del Ejercito.
A esta misma hora, hace hoy treinta años, un teniente coronel de la Guardia civil; Antonio
Tejero Molina, que ya había sido condenado por un intento de asalto armado al Palacio de la
Moncloa, se preparaba para ir al Parque de Automovilismo de la Guardia Civil, en la calle
Príncipe de Vergara de Madrid y, un general destinado en la Coruña, Luis Torres Rojas, se
dirigía al aeropuerto gallego para incorporarse a la División Acorazada Brunete número uno, la
unidad más poderosa del Ejército español, para tomar el mando de la División ante la ausencia
de su jefe natural, el general José Juste que, a esta misma hora de hace hoy treinta años,
viajaba en su coche oficial rumbo a Zaragoza para participar en unas maniobras militares.
Un comandante de los servicios de inteligencia, José Luis Cortina Prieto, jefe de la agrupación
operativa del CESID, se reunía con el capitán García Almenta para revisar las actividades del
llamado SEA (Servicio Especial de Agentes), en uno de los edificios clandestinos de “La Casa”,
situado en una calle adyacente al Congreso de los Diputados, muy cerca de este Hotel, la calle
Fernanflor, mientras otro general , Alfonso Armada Comyn, hacía los preparativos para asistir a
un acto oficial en la Brigada Paracaidista de Alcalá de Henares a treinta y cinco kilómetros de
Madrid. Y, a pocos metros de aquí, en el Congreso de los Diputados, entraban los primeros
diputados que tenían que votar, en segunda convocatoria, la investidura de Leopoldo Calvo
Sotelo como Presidente del Gobierno en sustitución de Adolfo Suárez, que había dimitido
veinticinco días antes.
Esta es la foto fija de las nueve de la mañana del lunes 23 de febrero de 1981, que horas más
tarde se convertiría en una de las mayores películas de terror que se recuerda desde la
muerte del general Francisco Franco.
La película, a punto de convertirse en sangrienta tragedia, duro diecisiete horas y media y en
ella, faltan todavía, treinta años más tarde, muchas otras fotos fijas, muchos otros fotogramas,
que expliquen ese final feliz que se produjo y que supuso la consolidación de la Monarquía en
España, su prestigio como Institución y, la desaparición de esa tradición golpista del Ejército
español desde el siglo XIX.
Hubo, a partir de entonces, una “reconducción” del proceso autonómico con la LOAPA (Ley
Orgánica de Armonización del Proceso Autonómico), una voladura controlada de la UCD
(Unión de Centro Democrático), uno de los partidos que más se dejó en la transición, una
pérdida de influencia del Ejercito hasta la desaparición, por completo, del llamado “poder
militar” que, con su miedo tanto condiciono la transición, una presión creciente para la
entrada de España en la OTAN, especialmente por parte de Estados Unidos, cuyo papel en el
golpe está todavía por aclarar y, finalmente, un triunfo, por mayoría absoluta, meses más
tarde, del partido socialista, que permaneció en el poder durante catorce años.
Las imágenes y las otras fotos fijas que faltan, contribuyen a que muchas incógnitas sigan sin
resolverse, a que muchos temas permanezcan en la obscuridad, a que algunas piezas no
encajen en ese complicado puzle que es el 23-F, y que se intenten buscar esas piezas en los
más recónditos lugares porque, desde el poder, se quiso, en su momento enterrar todo, lo más
rápidamente posible y con los menores daños colaterales.
Se decidió limitar al máximo las responsabilidades penales, sentando en el banquillo de los
acusados a solo treinta y dos militares y guardias civiles que habían participado directamente
en el golpe. Se evitó extender esas responsabilidades a varias Capitanías Generales que, a lo
largo de la tarde estaban dispuestas a seguir a Tejero y, a Milans del Bosch.
Se extendió un manto de silencio sobre la trama civil que, durante meses, había estado
estimulando a los militares a poner fin a un Régimen que llevaba al país al desastre y a la
ruptura de la unidad nacional. Se decidió liberar al servicio de inteligencia, el CESID, de todo
tipo de responsabilidad e, incluso, absolver a uno de sus principales mandos, el comandante
Cortina. Se claudicó en muchas evidencias para que el Juicio pudiese llevarse a cabo, cuando la
mayoría del país pensaba que ese Juicio jamás se celebraría.
Y muchos episodios quedaron sumidos en la oscuridad más absoluta, al tiempo que muchos
detalles claves dejaron de investigarse. No se sabe por qué nadie investigó todo en torno a la
contraseña aparecida en el diario ultraderechista “El Alcázar” el día anterior al golpe,
anunciando que todo estaba dispuesto para la sesión del Lunes “antes de que suenen las 18,
30” (la hora del golpe) ni la otra consigna publicada con el texto “no es cierto que yo quiera dar
un golpe militar el Lunes 23 de Febrero por la tarde...”
Se ignora por que el capitán de la guardia civil, Sánchez Valiente, adscrito al CESID y
colaborador del comandante Cortina, que huyo de España horas después del golpe, con un
supuesto maletín con papeles comprometedores, solo fue juzgado, años más tarde,
simplemente por “abandono del servicio”.
Se ignora el trasfondo de dos frases del Rey contenidas en el télex enviado a Milans del Bosch
“Después de este mensaje no puedo volverme atrás”, y otra, realmente dramática: “Ni abdico,
ni me voy, tendréis que fusilarme”.
Sigue sin conocerse el nombre del “portavoz parlamentario” que iba a servir de interlocutor
entre los golpistas y los diputados; la totalidad de las conversaciones grabadas aquella noche a
través de las centralita telefónica del Congreso y en otros centros, que rebasan las cien horas
de grabación donde puede haber datos reveladores de la actitud de muchos y que, oídas en su
momento por el Rey, le provocaron tal impacto que se echó a llorar ante la Junta de Defensa
Nacional.
Se desconoce dónde está el papel con la lista del Gobierno que iba a proponer Alfonso
Armada al Parlamento, que en un momento determinado Armada enseña a Tejero y que,
ahora treinta años más tarde, Armada dice que es el papel que nunca existió.
No se ha profundizado en la actitud de varios capitanes generales como el de Valladolid, Ángel
Campano que, encerrado en su pabellón oficial, tardo horas en hablar con el Rey porque se
negaba a hacerlo, el de Barcelona, Pascual Galmez que llego a decirle a Armada: “Alfonso tu
leña al mono, tu zúmbales ahí bien ¿Qué se han creído esos diputados”, o el de Zaragoza,
Elicegui Prieto, que se había atrevido a decirle a su Estado Mayor, en un auténtico mitin
político, que España se encontraba como en el 36 y que era posible que pronto iba a ser
necesario una intervención militar similar a la cruzada para reconducir la nave del Estado, o de
otros varios, jefes de regiones militares, que estaban al tanto de todo, o de casi todo.
Casi todos ellos han muerto, no han querido hablar nunca de aquella intentona y, algunos,
incluso, han quedado para la historia como demócratas y defensores de la legalidad
constitucional.
Por otra parte, muchos de los personajes claves de aquel día como Milans del Bosch, el
general Aramburu Topete, director de la Guardia Civil, o el mismo Sabino Fernández Campo,
secretario general de la Casa Real (el primero que se dio cuenta del doble juego de Armada y
que aconsejo al Rey que no se presentase en la Zarzuela, lo que le permitió anunciar a los
indecisos que “ni Armada estaba en Palacio ni se le esperaba”), también han desparecido y se
han llevado algún que otro secreto a la tumba. Especialmente Sabino Fernández Campos que,
en pequeñas fichas, anotaba detalles, anécdotas e informaciones claves y curiosidades que
luego guardaba celosamente.
Otros, están prácticamente enclaustrados, como el coronel Antonio Tejero, que vive entre la
Costa del Sol y Madrid, que se dedica a la pintura y al cultivo del aguacate, y que sigue
preguntándose que todavía nadie le ha explicados lo que realmente paso el 23 F. Y dentro de
su lógica lleva razón.
O el general Armada, 91 años, prácticamente ciego, que sigue insistiendo en que fue él, el que
salvo la situación y que lo que quería era, simplemente, terminar con el secuestro del
Parlamento, reivindicando su inocencia e insistiendo en que para él, primero es la Religión,
después España y en tercer lugar la Monarquita. “Yo fui al Congreso-insiste a todo el que habla
con el- a buscar una solución que permitiese salir de aquel embrollo, (embrollo estimulado por
él) para que no hubiese sangre y que se liberase a los diputados. No he tenido ni tengo
ambiciones políticas. Solo he querido salvar a España y al régimen monárquico que lo
encarna”.
En efecto, él quiso salvar a España, de una democracia que, según él, era la causante del
terrorismo de ETA, de la ruptura de la unidad nacional con las Autonomías, del relativismo
moral del divorcio y de leyes que iban contra la doctrina católica, del caos que habían
provocado los partidos políticos y los sindicatos y, sobre todo su gran enemigo Adolfo Suárez, y
de paso, salvar al Rey, aun en contra del propio Rey.
Por eso, existen lagunas, enigmas, contradicciones y, sobre todo, muchos misterios por
resolver.
Treinta años después de un golpe ideado por Armada, el que siempre dice que quiso salvar a
España y a la Corona, y apoyado por un sector de los servicios de inteligencia y ejecutado por
Tejero y por Milans, las verdaderas claves solo las tienen Armada y el comandante Cortina, que
ocultan parte de la información a Tejero y Milans. Otras, se mueven en el mundo de las
interpretaciones personales y de testimonios de parte interesados.
Por eso, la historia del 23F, hay que reconocerlo, es una historia oral, ya que el golpe se hizo
sin papeles, sin planeamientos serios, rigurosos y unificados, con datos que no conocen dos de
los principales implicados (Tejero-Milans) y, los únicos documentos relacionados con el golpe
que existen , son posteriores a la toma del Congreso: el bando de Milans del Bosh por el que
se declara el toque de queda y la supresión de las garantías constitucionales; el telegrama del
Rey a los capitanes generales, donde Don Juan Carlos confirma que ha ordenado a las
autoridades civiles y a la Junta de Jefes de Estado Mayor, que tomen todas las medidas
necesarias para mantener el orden constitucional, dentro de la legalidad vigente; el
comunicado que Tejero y Pardo Zancada intentan publicar en “El Alcázar” y difundir por la
emisora “La Voz de Madrid” justificando la toma del Congreso; el “Pacto del capo” firmado
antes de la liberación de los diputados por el cual se libera de cualquier responsabilidad penal
a los implicados que tengan una graduación por debajo de teniente, entendiendo que están
actuando por “obediencia debida” y ,por último, el comunicado de la retirada del bando de
Milans en el que se declara el levantamiento del toque de queda en Valencia , en la
madrugada del día 24.
Es una historia oral, reconstruida, sobre todo, por periodistas y algunos historiadores, por
testimonios orales, con versiones antagónicas y contradicciones, con intoxicaciones y datos
con los que se ha intentado ocultar la verdad, con declaraciones de los implicados, juzgados y
condenados, que no se han podido comprobar en todos sus extremos, ya que, incluso, siguen
existiendo restricciones para poder investigar, desde el punto de vista estrictamente judicial,
determinados aspectos de aquella intentona.
Nadie puede sospechar de lo que son las Actas Judiciales, los testimonios, las declaraciones, aunque gran parte de ellas se reproducen en libros como el que publiqué en Planeta en el año
1982 (“La verdad del Caso Tejero. El proceso del siglo”)- , lo que es el grueso del sumario, está
en poder del Tribunal Supremo, que no permite su consulta hasta que hayan transcurrido
veinticinco años después de la muerte de todos los procesados o, cincuenta años a contar
desde la fecha del fallido golpe de estado, es decir en el año 2031.
Probablemente, hasta esa fecha, ya que hace treinta años no existía Wikileaks, el portal de
Internet que con la filtración de los telegramas de embajadas norteamericanas en medio
mundo, ha provocado, indirectamente, la revolución que estamos viendo en Oriente Medio,
no sabremos, a ciencia cierta cuál fue el papel de la embajada norteamericana en Madrid, cual
fue la actitud del embajador Terence Todman que, en algún momento de aquella noche se
presentó en el Palacio de la Zarzuela así como el grado de conocimiento que tenía la CIA
norteamericana del golpe, dada su estrecha relación con el CESID que según uno de sus
hombres claves, el coronel Juan Alberto Perote, sucesor de Cortina en la Agrupación
Operativa, llegaba hasta la colonización del servicio.
En 2031 comenzaran a desclasificarse en Estados Unidos los papeles del Departamento de
Estado correspondiente a l981 y sabremos por qué la VI Flota norteamericana puso días antes
del 23 de Febrero rumbo a Valencia, por qué las bases de utilización conjunta entraron en
estado de alerta antes del asalto al Congreso, por qué se desplazó de Alemania a España un
avión Awasks especial de comunicaciones que estuvo volando toda la madrugada sobre la
Península interceptando todo tipo de comunicaciones y, sobre todo, por qué el secretario de
estado norteamericano de entonces, Alexander Haig, dijo que lo que estaba pasando en el
Congreso de los Diputados en España era un asuntos interno del país, sin prestar el mínimo
aliento a la democracia en peligro,
Frente a numerosos testimonios, declaraciones, actas judiciales y, por encima de todo,
comportamientos, que demuestran que la actuación del Rey es decisiva para desactivar el
golpe de Estado , ya que si él hubiera querido, el Golpe hubiera triunfado fácilmente, porque
la lealtad a Franco de la casi totalidad del Ejercito, la heredo don Juan Carlos por deseo
expresado por el Caudillo en su Testamento y, simplemente, dejando hacer, el golpe hubiera
cuajado en la totalidad de las Capitanías Generales (casi todos los tenientes generales de las
distintas Regiones Militares estaban al tanto), en determinados sectores de la derecha y en
ciertos círculos, se sigue sosteniendo que el autor intelectual de la asonada militar, hay que
buscarlo en el Palacio de la Zarzuela.
Algo que los golpistas, en un intento de defenderse y justificarse, han propagado aunque, de
hecho, no hayan aportado datos definitivos y creíbles, sino, ruido y confusión, especialmente
entre las Fuerzas Armadas.
El golpe se desmonto desde la Zarzuela. El golpe empieza a fallar cuando no se le permite la
entrada en Zarzuela al general Armada (“ni esta ni se le espera”) y la hecatombe se produce
cuando Armada pretende dirigirse a los diputados para que aprueben un Gobierno de
salvación en el que están miembros del partido socialista, del partido comunista, de Alianza
Popular y de UCD. “Mi general- es la respuesta de un Tejero que considera que Milans es su
jefe natural y que lo que quiere es la constitución de una Junta Militar- mi general, repite, yo
no he llegado tan lejos para eso…”
Es desde la Zarzuela desde donde se desmonta pieza a pieza, el rustico mecanismo de relojería
que han construido, sobre medias verdades y engaños, una parte de los golpistas.
Ahora treinta años después, si alguna crítica hay que hacer al Rey en aquellas fechas, es la de
falta de prudencia. Es verdad que había perdido la confianza en Suárez después de la moción
de censura presentada por los socialistas en el mes de Mayo de l980 y es verdad que entró de
lleno en ese clima AntiSuares que se instaló en la oposición y en la misma UCD, en los medios
de comunicación y en los cuarteles. Pero Suárez no era Arias Navarro. Existía una Constitución
y el Rey no podía despedir a Suárez como despidió a Arias en el año l976, en una audiencia
celebrada en el Palacio Real.
El Rey, en todo caso, no debió entrar en ese clima ni hablar con militares sobre el agotamiento
político de Suárez. Sabía que todo el malestar militar estaba centrado en la actuación de
Suarez.
Suárez dimite El 29 de Enero de l981, hace ahora treinta años, entre otras razones, porque no
quería, según dijo al país que el “sistema democrático de convivencia” fuese “una vez más,
“un paréntesis en la historia de España”.
Veinticinco días más tarde de esa dimisión, el 23 de Febrero de 1981, hace ahora treinta años,
el teniente coronel de la Guardia Civil Antonio Tejero Molina, asaltaba el Congreso de los
Diputados, secuestraba durante
algo más de l7 horas a los diputados elegidos
democráticamente por los españoles e intentaba, una vez más, que la democracia se
convirtiese en un nuevo “paréntesis en la Historia de España”.
Las circunstancias y, sobre todo, el azar, han hecho que en este año 2011 coincidan estos dos
aniversarios con otros dos: la proclamación del Rey Don Juan Carlos, el 22 de Noviembre de
1975, hace ahora treinta años, como Rey y sucesor de Franco en la Jefatura del Estado y la jura
de la Constitución como Heredero de la Corona, de su hijo, el Príncipe Felipe de Borbón y
Grecia, el 30 de Enero de 1986, hace ahora veinticinco años.
Cuatro aniversarios, íntimamente relacionados, en los que se encierra la reciente historia de
España, y que iluminan, también, la historia de la transición.
Los dos primeros, la dimisión de Suárez y el golpe de estado, explican los otros dos, ya que si la
intentona del 23 de Febrero de l981, hubiera triunfado no celebraríamos ningún aniversario de
una Monarquía que se jugó su prestigio y su futuro, apostando claramente por la democracia,
ni hubiera sido posible que hoy, el Príncipe Felipe esté preparado para sucederle y, ocupar el
Trono.
En el centro de todos esos aniversarios está el Rey Juan Carlos, reconocido internacionalmente
como el hombre que, recogiendo las ansias de cambios de la sociedad española, ha hecho
posible la transición de una dictadura a una democracia, ha sabido conectar con un pueblo que
no se considera monárquico, y ha contribuido a que tengamos, de acuerdo con la Constitución
de l978, el periodo más largo de paz, libertad y prosperidad de la historia de España, una
historia, por otra parte, llena de “paréntesis” de autoritarismos y de intervenciones militares.
Muchas gracias.
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