José María Quimper Derecho político. El liberalismo

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José María Quimper
Derecho político. El liberalismo
Biblioteca Saavedra Fajardo 2016
Biblioteca SAAVEDRA FAJARDO
de Pensamiento Político Hispánico
José María Quimper
Derecho político. El liberalismo.
Transcripción y corrección de Miguel Andúgar Miñarro a partir de:
Quimper, J. M. Derecho político. El liberalismo. Gante: Impr. De L. de
Busscher, 1886.
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José María Quimper
Derecho político. El liberalismo.
Índice
INTRODUCCIÓN. ...........................................................................................................................4
EL LIBERALISMO. ........................................................................................................................10
PARTE PRIMERA. Principios políticos, derechos y obligaciones que de ellos emanan. ...........12
CAPITULO I. La base del sistema. ........................................................................................12
CAPITULO II. El principio del orden. ....................................................................................19
CAPÍTULO III. El principio de igualdad. ...............................................................................33
CAPITULO IV. El principio de libertad. ................................................................................63
PARTE SEGUNDA. Organización política. ................................................................................93
CAPITULO I. Gobierno.........................................................................................................93
CAPITULO II. Poder constituyente. .....................................................................................98
CAPÍTULO III. Poder Legislativo. .......................................................................................102
CAPITULO IV. Poder Ejecutivo. .........................................................................................111
CAPITULO V. Poder Judicial. .............................................................................................136
CAPÍTULO VI. Poder Municipal. ........................................................................................149
CAPÍTULO VII. Relaciones entre los Poderes y condiciones generales de los empleados
públicos. ...........................................................................................................................155
CONCLUSIÓN. La Iglesia y el Estado. ........................................................................................163
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José María Quimper
Derecho político. El liberalismo.
INTRODUCCIÓN.
Para vosotros, jóvenes de la actual generación, escribimos estas páginas.
A vosotros están dedicadas, laboriosos agricultores, honrados artesanos, humildes
obreros.
Y a vosotros también, los de más altas clases sociales, los que vivís cómodamente de
vuestra renta o del producto de vuestro empleo, trabajo o industria.
Escritas en los momentos mismos en que sobre la patria pesan las más grandes
calamidades, encontrareis tal vez en ellas la amargura del dolor.
Pero si leéis alguna que os lastime, pensad en que únicamente nos proponemos la
regeneración política y social de nuestro país y levantarlo del abatimiento en que yace.
¿Cuáles son las causas de nuestro estado actual?—A un lado las de carácter personal o
privado: miremos de más alto, y descubriremos distintamente dos; a saber, la ignorancia
de vuestros derechos y deberes públicos y la relajación de los sentimientos morales.
Contribuir con un grano de arena a mejorar vuestra condición y con ella la de la patria,
ha sido, pues, el móvil que ha puesto la pluma en nuestras manos.
Los que han llevado esta patria querida al borde de un abismo son pocos en número, y,
sin embargo, han realizado sus propósitos. ¿Por qué?—Porque vosotros, que componéis
la inmensa mayoría, sois ignorantes en política y poco escrupulosos en moral.
Para ver, es preciso tener vista y vivir en la luz: vosotros, empero, tenéis vista y vivís en
las tinieblas. Haced que estas se disipen y la luz de la verdad aparecerá para vosotros.
Seréis hombres, y todos os guardarán los respetos que se deben a vuestra elevada
naturaleza.
¿Quién se atrevería entonces a erigirse en vuestro amo? ¿Qué pandilla de usurpadores o
explotadores osaría hollar vuestras leyes y libertades y reduciros con sus exacciones y sus
torpes robos a la triste condición del ilota y del mendigo?
Instruíos y moralizaos, adquirid una conciencia política, y vuestras frentes se alzarán
por sí mismas con la firme moderación del que cree y no desespera, del que obedece y no
se humilla: quien hace el mal, odia la luz, dice San Juan: no la odiéis vosotros.
Nuestros enemigos de afuera y los descreídos de adentro nos insultan y nos escarnecen.
No tienen razón: a los primeros se les puede aplicar la metáfora evangélica—«no ven la
viga en su ojo y ven la paja en el ajeno;»—a los segundos, se les puede decir
simplemente—«aguardad.»
La actualidad es una vorágine: todo está mezclado, envuelto, confundido, los buenos
como los malos sentimientos, el cumplimiento de los deberes como la perpetración de
crímenes.
Nuestra labor debe, por lo mismo, consistir en separar los buenos de los malos
elementos, en deslindar las responsabilidades, en sacar el orden del caos.
Y para esto, solo se necesita luz.
Y que los que tengan ojos para ver no se empeñen en cerrarlos, y los que tengan oídos
para escuchar no se obstinen en taparlos.
Ahora bien: la luz es la ciencia, la instrucción.
Y el empecinamiento de los malos desaparece con los toques al alma de las verdades
morales.
Es por esto que no nos dirigimos a los sabios ni a los recalcitrantes en el vicio.
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Sino a vosotros, jóvenes de buena voluntad, que, sin advertirlo tal vez, os habéis visto
envueltos en el torbellino de los malos hábitos y del egoísmo apasionado.
Desde 1821 hasta 1866 había en el Perú honorabilidad en materia de principios y espíritu
público en cuanto a intereses generales.
Posteriormente, todo desapareció; los principios fueron reemplazados por personas, y el
espíritu público por un espíritu egoísta e interesado.
Bajo el absurdo pretexto de reunir en un grupo a los hombres honrados de todos los
partidos, el país se dividió en agrupaciones personales.
Efectivamente: en todos los partidos hay gente honrada y gente que no lo es.
Absurdo era, pues, pretender que la honradez fuese un lazo de unión, una bandera
política.
Con tal insultante pretensión, solo se obtuvo desarrollar en el más alto grado las pasiones
del odio a muerte, de la venganza, de la calumnia.
¿Quién se atreve a confesar que no es honrado?—La honradez se la atribuyó, pues,
exclusivamente cada partido, y el que tuvo la insensatez de pretender monopolizarla, fue,
desde su origen y con justicia, el objeto de las acusaciones y más tarde de las iras
populares.
¡Insensatos! Solo el principio, solo la idea, solo las nobles aspiraciones políticas pueden
unir sincera y estrechamente a los hombres.
En torno de una idea se forma un partido, y el partido que así se forma tiene amplio el
camino de la discusión y del convencimiento para convertirse en mayoría y dominar. Allí
no caben las pasiones ruines ni los odios concentrados.
Torpe es proclamar una persona o un orden de intereses o virtudes privadas como
bandera política. Los que a ella se adhieren, abdican de su dignidad y de sus fueros: los
que la combaten, la odian y desprecian.
¿Qué moral, qué cohesión puede haber en un partido que acepta en su seno al ultraradical y al conservador-ultra, al que reconoce la soberanía del pueblo y al que la niega,
al que da sanción divina a los hechos consumados, como único origen de toda legitimidad,
y al que solo acepta el derecho como base de todo poder político ?
De tan estúpida pretensión solo pueden resultar, el desconcierto, la inmoralidad, el caos.
Volver las cosas a su estado racional, es nuestro propósito.
Las agrupaciones personales no solo pierden a las Naciones, sino que las envilecen.
El personalismo todo lo corrompe; hace de los ciudadanos siervos, de los hombres
máquinas.
Y nunca para hacer el bien.
Sometidos esos grupos a la dirección o a las ordenes de los que entre ellos son los
primeros, se unen, se apiñan, se estrechan para obedecer.
Y la dirección no puede ser buena, porque es imposible que no represente los intereses
de los directores del rebaño.
En tal caso, las diversas agrupaciones, solo piensan, solo trabajan por ser fuertes.
Que «el fin justifica los medios,» es su divisa. Alcanzar el resultado, es cuanto se
proponen.
Y entonces ¡adiós derecho! ¡adiós justicia! ¡adiós moral!
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Pasan sobre todo y celebran con bacanales y orgias sus triunfos de hecho. O no tienen
conciencia, o si la tuvieron, se perdió entre los humos del festín y las alegrías del
predominio del momento.
¿Qué es entonces la sociedad?—Los vencedores dominan por los hechos: los vencidos
se retiran a preparar la revancha.
Y como los vencedores nada respetaron en materia de medios, los vencidos van hasta el
crimen.
Sobreviene una tempestad para la patria. ¿Qué sucede?— Sucede que todos los partidos
gritan, vociferan, se insultan, se calumnian. Y en todos tonos mienten patriotismo.
¡Patriotismo! que no sienten, que no pueden sentir.
Porque el patriotismo es uno, y lo que cada uno de los grupos así denomina es diverso.
En cada grupo personal el patriotismo es la defensa de la patria a su modo, bajo su propia
dominación y mejorando y acrecentando, ante todo, sus egoístas intereses.
En semejante pandemónium, la patria es seguramente sacrificada; porque, siendo
imposible satisfacer intereses diametralmente opuestos, el partido dominante queda
aislado, se establece la división; y la discordia, debilitando las fuerzas nacionales, reduce
a estas a una partícula insignificante.
Perdido está el país cuya desmoralización ha llegado al punto que describimos.
¡Cuán distinta sería su suerte si en él dominasen las ideas, y si los principios
constituyesen los estandartes de sus divisiones políticas!
En el mundo de las ideas y en el terreno de los principios, no caben esas situaciones
vergonzosas, ni pueden temerse esas consecuencias desoladoras.
Porque los partidos en ellos formados, reconocen y tienen que reconocer las grandes
verdades, los elevados sentimientos de la justicia, del derecho y de la patria.
Y cuando uno de estos los llama, acuden todos presurosos para agruparse a su rededor.
Aspiraciones de origen secundario, diferencia en la aplicación de las ideas, a veces
opuesta inteligencia de los principios para su ejecución en el sistema de gobierno
establecido, constituyen las divisiones que marcan la existencia de los partidos en una
Nación que vive una vida racional.
Y entonces, con liberales o conservadores, o con algún partido intermedio, el país puede
marchar adelante en el camino del progreso, con más o menos obstáculos, con más o
menos diferencias en el modo de comprenderlo.
Tal debe ser el régimen normal de una Nación y tal es constantemente, cuando las
agrupaciones reconocen banderas de principios.
A evitar las fatales consecuencias del personalismo en las divisiones políticas de nuestro
país, se dirige este trabajo.
Para ello, para que la regeneración de nuestra patria descanse sobre bases sólidas y
durables, os repetimos que necesitáis instrucción y moralidad.
Una Nación es tanto más feliz, tanto más poderosa, tanto más fuerte a medida que es
mayor relativamente el número de los individuos que en ella pueden formarse una
conciencia política.
Y para que esa conciencia se tenga, es preciso conocer los asuntos a que deba referirse.
Entonces, la vida social y la marcha política son fáciles, emanando la primera a
impulsando la segunda una considerable mayoría.
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Ningún obstáculo se opone en semejante situación al querer de la mayoría. Su fuerza es
irresistible.
Pero, si los que pueden formarse una conciencia política son pocos, la Nación es el
patrimonio de los más inmorales, de los más audaces.
Y los dominadores, rodeados de un círculo que participa de sus aspiraciones y de sus
deseos, se hacen fuertes, imperando fácilmente sobre el resto del país, sobre siervos y
hombres-máquinas.
Permitid un ejemplo.
Suponed una Nación que tenga 3.000.000 de habitantes. Suponed que de estos
3.000.000, solo 100.000 tengan la suficiente instrucción para formarse una conciencia
política. Avanzad más, suponed que entre los 100.000 haya 50.000 indiferentes, egoístas
o criminales. Más todavía, que entre los 50.000 restantes 40.000 sean hombres que solo
lleven a la dirección de los negocios públicos las pasiones de bandería irritadas en el más
alto grado.
¿Qué queda en una Nación de 3.000.000 de habitantes?—Quedan 10.000 ciudadanos
que comprenden el deber y lo cumplen.
Y si esos 10.000 ciudadanos en su gran mayoría se sacrificaron en las aras de la patria
¿qué viene a ser esa aglomeración de entidades que ocupa un territorio en el supuesto
aceptado?
Su valor estimativo se aproximará a cero.
La descripción que acabamos de hacer es horrenda. No permitáis que tal suceda en
vuestra patria.
Valdría más no haber nacido, que presenciar tan vergonzosa degradación.
Para regenerar una Nación, no busquéis, un hombre.
Por elevado que ese hombre sea, solo es una unidad, y una unidad no representa sino
principios personales, ideas personales, aspiraciones y fines personales.
Absurdo es por lo mismo pretender que un hombre solo, tenga poder ni capacidad para
dirigir por sí los destinos de una Nación.
Aparte de que, eso sería reconocer un amo, un Señor, con vilipendio de los demás, que
son sus iguales.
No hay hombres en nuestro país, se dice inconscientemente. ¡Ojalá no los hubiera en la
significación que a esas palabras se da generalmente!
No busquéis, pues, un hombre. Buscad alguno o algunos representantes de vuestras
ideas, de las ideas, de la mayoría.
Esto no falta, no puede faltar en ninguna nación del mundo.
Pero, como lo hemos dicho, para que el hombre o los hombres que gobiernen como
representantes de la mayoría tengan poder y se hallen impulsados por ideas sanas y
honorables, es preciso que la mayoría sea instruida y moral y además considerable en
número.
Eso se consigue propagando la instrucción y los sentimientos nobles.
Desengañaos, jóvenes amigos, no achaquéis a nadie sino a vosotros, las desgracias de
la patria, ni busquéis su salvación en otra parte que en vuestra propia voluntad.
Investid del poder supremo a un hombre que fuese la encarnación de todas las virtudes
públicas y privadas. ¿Sería por ello capaz de operar la trasformación que todos
anhelamos?
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¡Imposible!
Si ese hombre tuviese el temerario arrojo de emprender por sí la grande obra, en el actual
torbellino de pasiones insensatas y de aspiraciones encontradas, le sería necesario emplear
la violencia.
Y la violencia es un medio contraproducente.
Además ¿dónde encontraría apoyo nuestro hombre-hipótesis? ¿De qué elementos se
compondría ese poder? ¿Y la fuerza de que momentáneamente se rodease sería firme, y
suficiente para contener el desborde de oposiciones múltiples?
De ninguna manera. Ese hombre sería pronto e irremisiblemente la victima expiatoria
de su ligereza y de su impremeditación.
Para dirigir bien los destinos de una Nación, no se necesita pues hombres-modelos.
Basta tener representantes de un orden de ideas.
Y los representantes no existen si no hay representados, y representados no hay si faltan
unidades representables.
Ahora bien; la unidad representable no es el individuo sino el ciudadano, y ciudadano
no es sino el hombre capaz de tener una opinión política y de sentir los estímulos de los
sentimientos morales.
Si faltan, pues, unidades representables o si estas son en un número relativamente
pequeño, no hay verdadera representación en un país, ni puede existir orden y progreso
en la sociedad política.
No tenemos la pretensión de dar lecciones, ni el tono de Dómine se acomoda a nuestras
ideas.
Exponemos simplemente verdades que yacen en olvido mucho tiempo ha.
De su desconocimiento, han nacido el pesimismo, la maledicencia y la desesperación.
Nada se encuentra bueno: 1° porque en verdad hay poco bueno; y 2º porque cuando algo
bueno se hace, levántanse en el acto los odios para cubrir con un ropaje vedado las
mejores acciones.
Y a fuerza de maldecir, de calumniar y de repetir las maledicencias y las calumnias, se
llega, por lo menos, a rodear con dudosa atmósfera los actos del más noble patriotismo.
Y los hombres de bien ignorantes, que son muchos, desesperan de la situación, no
encontrando salvación posible.
Y los malos, que no son pocos, se regocijan y aplauden para promover ilícitamente, en
esa baraúnda, el desarrollo o adelanto de sus intereses egoístas.
Agrupaos, jóvenes, en torno de una idea, y el orden reemplazará al caos, la luz a las
tinieblas.
¡Ay de aquellos que en semejante modo de ser, atenten a vuestras libertades, a vuestros
derechos, a la moral, a los intereses nacionales, que son los intereses de todos!
Nada de personas. Todo para la patria, y el porvenir brillará espléndido y majestuoso.
Seréis también fuertes con la fuerza de la justicia y con la fuerza de los hechos, que
consumaran el acuerdo y la unión de los espíritus y de vuestros brazos.
La siguiente exposición de los principios y de la organización del Gobierno en un país
republicano, tiene por objeto señalar distintamente la bandera del liberalismo.
Acogedla; porque esa bandera es la de la justicia, del derecho, del mismo Dios.
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Formad en torno de ella un partido poderoso, y guiados por las prescripciones que este
credo político contiene, procurad que ellas se realicen, no buscando hombres sino
señalando representantes.
Penetraos, sobre todo, de las verdades que contiene la doctrina liberal y sed sus
vigilantes centinelas.
Pero antes de hacerlo así, segregaos de todas las agrupaciones personales existentes;
dejad al hombre viejo y comenzad a ser el hombre nuevo.
Detestad el pasado, organizad el presente y preparad el provenir.
Si nuestra obra fuese de alguna utilidad práctica, bendeciríamos a la Providencia por
habernos inspirado la idea de apelar a la juventud en los presentes angustiosos momentos.
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EL LIBERALISMO.
República, democracia, liberalismo, son tres palabras que tienen significación distinta y
que, sin embargo, se han hecho hoy casi sinónimas en su sentido práctico.
República, cosa pública, puede aplicarse a todo Gobierno en que se administren los
asuntos públicos, procurando la conservación o desarrollo, bajo cualquiera inteligencia o
forma, de los intereses generales.
Un error histórico dio no obstante a esa palabra un significado distinto.
El odio tradicional de los griegos contra los tiranos y de los romanos contra los reyes,
hizo equivocadamente creer que las ciudades aristocráticas de la Grecia y de Roma fueron
Estados democráticos donde imperaban la libertad y la igualdad.
De aquí resultó que se diese a la palabra República una significación general y extensa,
siendo adoptada como opuesta a la idea de Monarquía.
Y por esto la República fue el símbolo de los Gobiernos electivos que reemplazaron a
las antiguas monarquías.
Democracia, el Gobierno del pueblo.
La democracia en su sentido genuino es una idea nueva. En lejanos tiempos llamábanse
Gobiernos democráticos aquellos en que predominaba el elemento popular; pero ninguno
de ellos lo fue. La democracia presupone la igualdad y esta no existió en las Repúblicas
de la antigüedad.
La democracia es un hecho de nuestra época, la esperanza del porvenir.
Liberalismo. El cuerpo de doctrina que acepta la libertad como principio y sostiene sus
consecuencias
En la práctica, el liberalismo es una palabra vaga y de varia significación.
Hay liberales en los Imperios absolutos, sin dejar de reconocer esa forma de Gobierno:
los hay en las Monarquías, sin desconocerlas; existen también en las Repúblicas.
En todas las naciones el partido liberal es el que procura marchar adelante en el camino
del progreso y de la reforma política y moral.
Bajo este aspecto, aceptamos la denominación, conformándonos además con el uso
establecido en las Repúblicas americanas.
Efectivamente, en una república todos los partidos son republicanos. El que proclama
el progreso no puede denominarse así.
La denominación genuina que debía dársele es: «partido democrático»; pero ¿a qué
cambiar nombres?
¿No vemos distinguirse en la gran República a los partidos dominantes con los nombres
de demócrata y republicano? Y sin embargo, ni el primero es demócrata, ni el segundo
tiene una justa denominación.
Los nombres influyen muy poco en la esencia de las cosas.
Puesto que liberal se ha llamado siempre entre nosotros el partido avanzado y puesto
que el mismo nombre tiene en las demás naciones americanas, conservémoslo.
Si aceptamos, pues, el liberalismo como denominación del partido avanzado en una
República, su definición verdadera será la siguiente: un orden de ideas que reconoce como
base la soberanía del pueblo y sostiene sus consecuencias.
Y según esto, partido liberal será el que aspira a la realización de esas verdades en el
terreno práctico, o sea, en la administración pública.
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Para mayor claridad dividiremos este trabajo en dos partes: 1ª Principios y derechos
políticos, lo cual supone las obligaciones correlativas; y 2ª Organización política; o bien,
el modo de realizar aquellos.
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PARTE PRIMERA. Principios políticos, derechos y obligaciones que de ellos
emanan.
CAPÍTULO I. La base del sistema.
Siendo la soberanía del pueblo la base del sistema democrático o liberal, en el sentido
que hemos dado a esta palabra, para su mejor inteligencia dividiremos este capítulo en
los tres siguientes párrafos.
I.
SOBERANIA ABSOLUTA.
Dios es el principio y el fin, el origen y el término de todo, Su poder, por lo mismo, es
infinito y se ejerce ilimitadamente sobre todas las cosas.
¿Qué es la soberanía?—No es, como equivocadamente se ha dicho, el derecho de
mandar: es la plena libertad, la independencia absoluta, el poder sin límites.
En este sentido, siendo Dios el único ser libre, independiente y poderoso en toda su
plenitud, es también el único soberano en la acepción absoluta de la palabra.
Y como al mismo tiempo es Dios eminentemente justo, es también el origen de todo
derecho.
Y siendo su voluntad soberanamente libre y poderosa, cada una de sus voluntades es
infaliblemente eficaz.
No hay criatura alguna que no dependa de él y por consiguiente ninguna criatura puede
llamarse soberana respecto de Dios.
En todo ser finito no existe, pues, sino una soberanía relativa que, en cuanto al hombre,
es necesario conocer y definir.
II.
SOBERANIA INDIVIDUAL.
Dijo Dios: «hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza y hecho el hombre a
imágen y semejanza de Dios.»
Esto refiere el Génesis y su referencia es aceptable; porque efectivamente el espíritu del
hombre es un destello de la Divinidad.
El hombre con su inteligencia todo lo domina, las bestias de la tierra, las aves del cielo,
los peces del mar.
La inteligencia del hombre, colocado sobre este pequeño planeta, ha penetrado hasta las
entrañas de la tierra, arrancando a esta todos sus secretos, y se ha elevado hasta las
regiones de los mundos en el espacio, sorprendiendo todos sus arcanos, sus dimensiones,
su composición, sus leyes.
¡Admirable obra del Creador! El hombre además de la inteligencia, recibió las dotes que
constituyen su dignidad, a saber, una libertad pura de acción y una independencia real de
los demás seres que lo rodean.
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Estas condiciones lo hacen individualmente soberano.
Por manera que es soberano; porque ni su razón, ni su voluntad, ni por consiguiente sus
actos dependen por derecho de ningún hombre; y
Porque no reconociendo otra regla de sus acciones que la ley anterior y superior de la
justicia, es primitiva y completamente libre respecto a sus semejantes.
Pero, como todos los hombres son de igual naturaleza, cada uno tiene que reconocer en
sus semejantes la misma soberanía. He aquí el deber correlativo al derecho.
Tal sería el hombre individualmente considerado; pero esta consideración es una simple
hipótesis.
El hombre es esencialmente sociable. Aislado no existió jamás: en sociedad vivió
siempre.
Y el hombre, miembro de la familia primero y de la sociedad después, fue una
importante unidad en el cuerpo social de que nació miembro.
Los partidarios del individualismo insultan a la naturaleza humana.
El hombre que en su orgullo se aísla, el que negando a la sociedad, dice:—«la razón soy
yo»—se niega a sí mismo y se reduce a la nada.
Porque ¿cuál sería la condición del que negase a la sociedad en su ley? ¿dónde ejercería
su acción?
Ese hombre no podría con seguridad ejercitar su inteligencia, porque no encontraría
objetos dignos de ella, ni podría emplear su actividad, porque no habría objetos hacia los
cuales pudiese dirigir su acción.
«Sería una voz sin eco, una sombra sin cuerpo, una molécula inerte en el vacío».
La soberanía individual mal comprendida y sin la influencia de la moral, produce el
egoísmo, y el egoísmo es y ha sido en todos los tiempos la gangrena de las sociedades. El
interés proviene del amor de sí mismo: cuando este amor es exclusivo toma el nombre de
egoísmo y produce el interés sórdido; pero cuando se concilia con el amor a los demás,
engendra el interés bien entendido que está siempre de acuerdo con el deber. (Marbean).
El egoísta coloca al hombre antes que a la sociedad, la parte antes que el todo, lo
particular antes que lo universal.
La naturaleza humana es un título de justo orgullo para todo hombre, siempre que este
reconozca en sus semejantes iguales prerrogativas.
Pero si el hombre se ve solo a sí mismo y se deja conducir ciega y torpemente por los
instintos que lo arrastran a procurar su bienestar privado, se convierte en parásito y en su
camino puede llegar hasta el crimen.
La historia de la humanidad en los antiguos, medios y modernos tiempos no es más que
la historia del egoísmo. Solo en los contemporáneos ha comenzado la historia del hombre
racional y moral, con el reconocimiento de la soberanía del pueblo y la estricta
inteligencia de la soberanía individual.
En los antiguos tiempos ¿qué fueron los imperios, los reinos, las monarquías?—No otra
cosa que el egoísmo elevado a la cúspide del poder: todo para los jefes y sus servidores—
nada para el pueblo.
¿Y las tituladas Repúblicas qué fueron sino el régimen egoísta de las clases
privilegiadas, explotando en su provecho los derechos y los intereses de la generalidad?
En los tiempos medios, la historia se reasume en estas palabras: Señores y siervos,
dominadores y dominados, opresores y oprimidos.
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En los modernos comenzó la reacción; pero ahí están. Napoleón I y los soberanos de la
Santa Alianza que llevaron su régimen de Gobierno hasta mediados del siglo XVIII. La
independencia de la América del Norte fue un oasis en ese desierto: la sana doctrina
estableció allí su dominio en lo absoluto.
En la historia contemporánea está consignada la lucha del derecho de todos contra el
egoísmo de algunos y esta lucha es fuerte, tremenda: su resultado no es, no puede ser
dudoso.
Esto, en cuanto al egoísmo público o de poder.
El egoísmo privado produce quizá males de más grave trascendencia en las naciones.
El egoísta en el seno de una sociedad, todo lo vicia, todo lo corrompe.
Cualquiera que será el grado social en que se halle colocado, el único móvil de sus
acciones es el interés personal: su conducta a él se dirige y aun sus mismas fingidas
virtudes solo le sirven de medio para alcanzar su fin.
En el corazón del egoísta no tiene cabida el patriotismo: no le reconoce como un
sentimiento, sino que, sometido a sus cálculos utilitarios, emana más bien de estos, para
la consecución del objeto que se propone—su bienestar individual.
La patria es por lo mismo para el egoísta una palabra sin sentido, de la que, sin embargo,
suele valerse, dándole todo el acento de una emoción sincera, para obtener su fin
particular.
Huid, pues, del contacto de los hombres egoístas.
El indiferentismo es otro de los vicios que produce la mala inteligencia de la soberanía
individual.
Si la sociedad política fue formada en bien de los asociados, tiene ella el derecho de
exigir la cooperación de cada uno al bien general.
De allí el deber que todo hombre tiene de tomar una parte activa en los negocios sociales.
«En un país donde los ciudadanos toman interés por la cosa pública, es muy difícil el
establecimiento de la Tiranía e imposible su sostenimiento una vez establecido. Ante el
formidable poder, de un pueblo que juzga, ninguna usurpación puede conservarse.»
La indiferencia en política es un crimen: guárdese cada cual de cometerlo, porque es el
mayor y el más vergonzoso de los crímenes.
¿Quién debe dirigir la sociedad?—La opinión, y la opinión es el pensamiento del pueblo.
Si la opinión falta, la sociedad se convierte en una reunión de autómatas y se consuma el
régimen de la violencia, de la desigualdad, del egoísmo.
Que todos tomen parte en la dirección de los negocios públicos y desaparecerá para no
volver jamás ese régimen absurdo, degradante y envilecedor.
Indiferentes son tan solo los ignorantes, los delincuentes empecinados y los egoístas.
El «qué se me da a mí» de los egoístas es infame. Más fácil es que un camello pase por
el ojo de una aguja que el que estos hombres puedan hacer una obra buena.
La conciencia de los delincuentes empecinados, es muda para ellos y sorda para los
demás. No les habléis, porque sería en vano, ni los escuchéis porque, arrastrándose como
la serpiente hasta vuestros pies, podrían emponzoñaros con su contacto.
Los cobardes no son hombres: han renegado de su naturaleza y de Dios que la formó.
Dejadlos que vivan entre los de su especie; pero huid de ellos, no sea que os induzcan a
descender hasta su miseria para pervertiros.
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Si algunas sociedades permanecen hasta hoy en un estado de absoluta incompatibilidad
con la naturaleza humana, no desesperéis. De los hombres depende establecer el orden y
la moralidad en ellas.
¡Basta, pues, de personalismo, de egoísmo y de indiferencia! Las grandes dotes del
hombre, su soberanía misma, su dignidad y su justo orgullo, deben ejercitarse en el vasto
campo de los hechos sociales, siguiendo las prescripciones del derecho y obedeciendo a
los impulsos de la moral, agentes colocados por Dios mismo en el espíritu del hombre.
III.
SOBERANÍA DEL PUEBLO.
El hombre no fue hecho solo: tuvo primero una compañera y después sobrevino la
familia. Ni podía ser de otro modo, desde que la sociabilidad constituía su naturaleza.
Creció la especie y de la reunión de familias resultó la sociedad.
Si la sociedad se compuso de familias, la familia tuvo por componente al individuo libre,
independiente y soberano.
Resultó pues la sociedad en general, un todo compuesto de partes igualmente soberanas.
Esta es la soberanía social.
Siendo la sociedad un hecho consiguiente a la naturaleza humana, es absurdo suponer
la existencia de un pacto social.
Todo pacto depende, en sus condiciones, de la voluntad de los contratantes, y la sociedad
no dependió, ni pudo depender de la voluntad de los hombres, desde que la sociabilidad
era una condición sine qua non de la naturaleza humana.
Una reunión o conjunto homogéneo de seres de igual naturaleza establecida de hecho y
por la propia cohesión de las partes, formó pues la sociedad.
Y el conjunto resultó con los mismos derechos que los componentes, pero derechos que,
como pertenecientes a una persona moral, rodaban en una esfera muy superior a la del
individuo; puesto que esa personalidad reunía en si todas las inteligencias, todas las
voluntades, los derechos e independencia de cada cual.
Pero si el pacto social es un absurdo, el pacto político, cuando las sociedades crecieron
y se desarrollaron hasta el punto de ser imposible su vida común, es una verdad
incontrovertible.
Y si el pacto político no existió expreso, cuestión que la obscuridad de la historia en sus
primitivas épocas no permite resolver, debe suponerse que existió; porque es él el medio
único de explicar el origen y la existencia del derecho en las sociedades, políticamente
consideradas.
El ejercicio de la soberanía se arregló de común acuerdo; porque solo así era
racionalmente posible la existencia de reglas a las que todos debieran someterse.
Y ese común acuerdo, que convirtió en derechos y deberes positivos los derechos y
deberes sociales, fue el pacto político.
Además, el pacto político fue libre, moral y conveniente.
Libre; porque siendo todo hombre individualmente soberano, el haber concurrido a la
formación de la sociedad política o prestado tácitamente su consentimiento desde que en
ella se encuentra, tuvo que ser un acto de su espontanea voluntad.
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Moral; porque no pudiendo ser el fin legítimo de la sociedad política sino la
conservación del derecho, el objeto que se propusieron los individuos al reunirse tampoco
pudo ser otro que el de garantir el ejercicio de sus derechos originarios e inalienables.
Conveniente; en fin, porque no siendo bastante la fuerza aislada del individuo para
asegurar, respecto de los demás, el ejercicio de sus derechos primordiales, obtúvose con
el pacto la fuerza social o de conjunto, harto poderosa para hacer respetables, en su
ejecución, los derechos de cada uno.
En consecuencia, la sociedad política con todos los derechos que le corresponden como
reunión de iguales, más los exclusivos a ella, derivados del pacto, es incontestablemente
soberana.
Tal es el origen de la soberanía nacional.
Y esta soberanía por su naturaleza es intrasmisible, indelegable; porque ella constituye
la esencia de la sociedad política, y la esencia de una cosa no puede trasmitirse ni
delegarse sin dejar de existir.
En todo caso, la soberanía permanece en la Nación, en el cuerpo social, íntegra y sin
mutilación alguna
No puede por lo mismo ser delegada en parte, como algunas veces se ha dicho, por ser
indivisible.
En consecuencia, ni el poder legislativo, ni ningún otro poder nacional, puede llamarse
soberano.
Los poderes no son en realidad sino mandatarios con facultades especiales: desempeñan
las funciones para las que han sido comisionados y nada más.
Debéis ser muy celosos a este respecto. Si en un momento de ilusión o de indiferencia
aceptáis que alguien se titule soberano, las consecuencias serán tremendas y el
Despotismo no se dejará esperar.
Aunque la soberanía de la asociación política fue evidente desde su origen, las pasiones
egoístas de algunos hicieron que esa soberanía fuese desconocida por muchos siglos.
La fuerza produjo el hecho y la ignorancia lo sostuvo; la fuerza de parte de los
dominadores y la ignorancia de parte de los dominados.
Mas al fin fue necesario que los dominadores explicasen el hecho y lo explicaron así:
«Dios nos ha encargado de dirigir la sociedad: quien nos obedece, obedece a Dios: quien
nos resiste, resiste a Dios.»
Y por absurdo que esto fuese, desde que en nombre de Dios se cometían las más grandes
iniquidades, la raza degenerada creyó y obedeció.
A tal sistema se llamó derecho divino.
En su virtud, los hijos sucedieron en el dominio a los padres, como si la sociedad fuese
un rebaño de ovejas.
Y a este hecho, ilegitimo en su origen y en los medios empleados, se llamó legitimidad.
Más tarde se ocurrió a otro ardid: díjose que las inteligencias superiores tenían derecho
para dirigir a la Nación, sin otro título que su misma superioridad.
¡Quimera!
¿Quién califica a los hombres superiores? ¿dónde se halla la medida ostensible de esa
superioridad?
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Y sobre todo; los hombres antes de aceptar el pacto político, fueron unidades de una
misma especie, libres e independientes; y en consecuencia ninguno pudo considerarse
para ese acto superior a otro, por altas que fuesen su inteligencia y otras cualidades.
Las sociedades políticas o las Naciones descansan pues sobre esta única base—la
soberanía nacional.
Mirabeau, en un rapto de despecho oratorio, fue el primero que llamó a la soberanía
nacional la soberanía del pueblo.
Llamábase entonces pueblo, a la plebe, o a la parte más baja e ignorante de la sociedad,
que, como tal, era el objeto del desprecio y del escarnio de las clases elevadas.
Mirabeau toma la tribuna y sostiene la palabra, apoyándos. en las mismas razones que
se alegaban para rechazarla.
La sostuvo porque no inspiraba respeto; porque estaba deslucida bajo el fatal influjo de
las preocupaciones; porque aterraba a la altivez y ocasionaba repugnancia a la vanidad;
porque, en fin, se pronunciaba con escarnio entre los aristócratas.
La Asamblea Nacional aceptó la palabra. Lord Chattan la repitió en seguida en el
Parlamento inglés, y desde entonces, la soberanía nacional se llamó soberanía del pueblo.
Cuestión de nombre, desde que Nación y pueblo se hicieron sinónimas por la fuerza de
los acontecimientos y la aceptación universal.
No terminaremos este párrafo sin consignar aquí el cumplido elogio que a este gran
principio hiciera Cormenin,
«No, la soberanía del pueblo de donde todo emana y a la que todo se dirige, no perecerá,
a menos que las Naciones sean muertas por las Naciones y que el mundo entero quede
convertido en una inmensa soledad.»
«La soberanía del pueblo es el principio del orden fundado sobre el respeto de los
derechos de todos y de cada uno.»
«La soberanía del pueblo es el principio de la libertad fundada sobre la igualdad
política.»
«La soberanía del pueblo es el principio más bello, porque es el más verdadero.»
«Es el más consolador, porque no deja ninguna desgracia sin socorro, ninguna injusticia
sin reparación.»
«Es el más sublime, porque es la expresión de la voluntad general.»
«Es el más fecundo, porque no hay perfectibilidad alguna que no emane de él.»
«Es el más natural, porque no es otra cosa que la ley de la mayoría que insensiblemente
gobierna las sociedades libres.»
«Es el más noble, porque es el único que corresponda a la dignidad de la naturaleza
humana.»
«Es el más legítimo porque solo él hace racional la alianza del poder con la libertad,
siendo aquel respetable y esta posible.»
«Es el más racional, porque por él se presume que muchos tienen más razón que uno y
todos que muchos.»
«Es el más santo, porque es la realización más perfecta de la igualdad simbólica de todos
los hombres.»
«Es el más filosófico, porque destruye las preocupaciones de la aristocracia egoísta y
del derecho divino.»
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«Es en fin el más magnifico, porque del tronco inmenso de la soberanía del pueblo nacen
a la vez todas las ramas del árbol social, brillantes de savia, coronadas de follajes y
cubiertas de frutos y de flores.»
De la soberanía del pueblo emanan naturalmente tres grandes principios—el orden, la
libertad y la igualdad y de estos a su vez se derivan todos los derechos y deberes
correlativos de la Nación y del ciudadano.
Los expondremos metódicamente.
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CAPÍTULO II. El principio del orden.
«Una sociedad bien ordenada es el más bello templo que se puede levantar al Eterno»,
ha dicho un eminente publicista.
Y en los antiguos tiempos un filósofo dijo: «la virtud es el orden.»
Efectivamente: el orden es la cualidad distintiva de todas las obras de la Inteligencia
Suprema.
En moral, nada hay más armonioso y arreglado que el ejercicio de lo bueno; de tal suerte
que en la elevada esfera de la virtud, son completamente desconocidas las transiciones
violentas.
En los mundos infinitos de la Creación, por doquier que se les examine, lo primero que
en ellos se descubre como su base esencial es el orden.
La idea de lo bello no importa otra cosa que el orden y la armonía.
Las artes debieron a esta sabia ley su perfección y desarrollo y el admirable orden de la
naturaleza les prestó todos sus atractivos. La pintura, la música, la escultura, etc., no
habrían llegado al elevado grado de perfección en que hoy se encuentran, si cual fieles
imitadoras de la armonía universal, no hubiesen procurado acercarse a ella todo lo posible.
No siendo el orden, en suma, sino el conjunto de leyes que rigen las escalas todas de la
creación, resulta que es también la condición primera de todos los seres.
Pero la política lo necesita y tiene que proclamarlo con más razón y con más utilidad
práctica que todas las ciencias y que todas las artes.
Y a la verdad ¿dónde es más necesario el orden que en esta aglomeración de seres
animados, reunidos por el sentimiento de sus necesidades recíprocas y agitados por todas
las pasiones que surgen de estas mismas necesidades? (Saint Albin.)
Sin el orden, pues, las pasiones que debidamente empleadas dan todo el impulso de una
útil actividad a las empresas sociales y del individuo, serian llevadas hasta su
desbordamiento, produciendo entonces el estrago que nos ofrece más de una vez la
historia en sus páginas de terror.
Pero el orden público tiene caracteres especiales que lo hacen conocer de una manera
inequívoca.
El orden consiste en la dirección pacífica y racional de las sociedades.
Una sociedad solo puede en su establecimiento adquirir esta denominación y
conservarla después, cuando, por medio de ella, quedan protegidas con sabias
precauciones y con equitativa justicia, la seguridad de las personas, el sostén y desarrollo
de los derechos del hombre, el trabajo y el producto del trabajo que constituye la
propiedad; cuando favorezca la creación y distribución de la riqueza, y últimamente
cuando por ella se acaten, procuren o defiendan los intereses colectivos o nacionales.
(Garnier Pagés.)
Solo de este modo puede marchar la sociedad de una manera regular y majestuosa hacia
el noble fin que se propusieron los individuos al componerla, como tales y como
miembros de ella.
Y el orden, así comprendido, no consiste en la tranquilidad, cuando esta tranquilidad no
hace sino cubrir el despotismo y la corrupción.
Personas hay que dicen: «nadie se mueve, luego el orden reina.»
Estos tales dicen una necedad, o porque no saben lo que dicen, o porque pretenden
trastornar el significado genuino de la palabra con razones bien débiles a fe.
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Cuando veáis una Nación tranquila y en sepulcral silencio, no os apresuréis a decir que
allí hay orden, porque las más veces, si no siempre, os equivocareis.
Un Ministro francés anunció en 1850 la conquista y la opresión de la desgraciada
Polonia con estas palabras: «el orden reina en Varsovia.» Se llamó orden a la soledad de
las tumbas. (Tácito.)
Allí, donde los derechos son desconocidos, el orden está trastornado, y cuando se viola
un solo derecho, el orden ha sufrido una momentánea alteración.
Si uno de los miembros sufre, dice San Pablo, todos los demás sufren con él: si uno de
los miembros recibe un honor, todos los demás se regocijan con él.
La más poderosa base del orden público es la moral; porque solo ella en los individuos
hace realizable y fácil el ejercicio de los derechos de la Nación y del ciudadano.
El que siente en sí los estímulos de la justicia y del deber, respeta en sus semejantes
todos los derechos, no pone traba alguna al desarrollo de ellos y, por el contrario,
cumpliendo las obligaciones correlativas, facilita completamente su ejecución.
Atentar al derecho de un ciudadano es cometer un crimen, y crímenes no cometen sino
los desgraciados desposeídos del sentimiento del bien.
Si en el sentido expuesto se establece el orden público, desaparecerán para siempre los
gérmenes de discordia y la sociedad recorrerá sin violencia alguna su majestuoso camino.
Los individuos, por su parte, gozando de sus derechos, seguirán también su marcha
racional.
Y cesando para siempre el estallido de las pasiones, la actividad de todos y de cada uno
se ejercitará en el ancho sendero de la perfectibilidad humana.
La organización buena y racional de un Pueblo es, a no dudarlo, el principal elemento
de su prosperidad, la salvaguardia de todos sus derechos y en fin el sólido fundamento de
toda sociedad.
Lafayette dijo: «la insurrección es el más santo de los deberes» y expresó mal su idea.
Desde luego, toda insurrección contra un Gobierno legítimo es un gravísimo crimen.
Y aun suponiendo que el Gobierno no fuese estrictamente legítimo, nunca habría
derecho para remover los cimientos de la sociedad por una insurrección.
Cuando uno o muchos derechos son desconocidos, para reconquistarlos deben
emplearse en primer lugar los medios legales.
Si los medios legales no son bastantes, se emplearán los medios pacíficos en toda su
extensión.
Solo en un caso la insurrección es santa, convirtiéndose en un deber.
El caso llega cuando los derechos primordiales de la Nación y del ciudadano son
absorbidos por un déspota.
Siendo entonces imposible la existencia de la Nación como tal, la lucha que sobreviene
es la que el derecho natural prescribe al individuo en el caso de defensa propia.
Ser o no ser es el dilema: o la sociedad deja de existir con la subsistencia del Déspota,
o recobra su existencia por medio de la insurrección.
Establecido el orden público racionalmente, toda revolución se hace imposible; porque
aún será imposible la absorción de los poderes nacionales por un Dictador, no pudiendo
sobreponerse a la voluntad general la de la turba numerosa o diminuta que lo pretenda.
De las sagradas palabras el orden público se ha abusado y aún se abusa demasiado.
Los Autócratas y los Tiranos las profanan diariamente.
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El orden público es su palabra sacramental para cubrir con ella todos sus abusos, todas
sus usurpaciones, todas sus iniquidades.
¿Se trata de expatriar a uno o a muchos ciudadanos?—El orden público así lo exige.
¿Se trata de asesinar a pueblos enteros?—Ello fue necesario para conservar el orden
público.
¿Se trata de reducir a la miseria a muchas familias o pueblos, confiscando sus
propiedades y erigiendo el robo en sistema? El orden público así lo demandó.
¡Miserables! ¡Como si pudiera llamarse orden a la confusión, a la violación de todo, al
envilecimiento, al caos!
Sed buenos ciudadanos; pero estad, siempre atentos y precavidos contra semejantes
maldades.
Del principio del orden público emanan los principales derechos nacionales, que más
bien son sus legítimas consecuencias.—Pueden reasumirse así:
Siendo necesario que la nación manifieste su voluntad soberana, es preciso que esta se
revista de una forma exterior que sea la expresión de sus resoluciones. Esta forma es la
mayoría.
Como conjunto de las voluntades de todos, la Nación reconoce que debe dirigirse a sí
misma, con derecho para ello: de aquí se deduce la Autoridad en su verdadera
inteligencia.
La Nación, además, como conjunto de fuerzas individuales, reconoce que posee todos
los medios para obrar; y de aquí, el Poder público.
Y siendo también la Nación un conjunto de inteligencias, proviene de aquí el derecho
que tiene de marchar por sí sola en la senda de la perfectibilidad: de aquí emanan el
Progreso y su corolario la Reforma.
I.
MAYORÍA.
El hombre nació activo, Con inteligencia bastante para ser dirigido por ella y con plena
libertad para proceder, fácil le fue ponerse en actividad.
Y siendo irresistible en el individuo su aspiración a la felicidad, dirigió a ella sus
conatos, sus deseos, sus acciones.
El fin social y el político son idénticos: la felicidad de todos. Pero como una Nación es
un conjunto de inteligencias distintas en su fuerza y vigor, de libertades no comprendidas
de igual modo, habiendo además en ellas pasiones diferentes e intereses personales
encontrados, la dirección social debió ser desde su origen difícil en alto grado.
¿Cómo ponerse en actividad una asociación semejante?
Ya hemos dicho que para la formación del pacto político, concurrió a él cada hombre
como una unidad.
Mas también fue un hecho que, aceptado el pacto, no todos pensaron del mismo modo
ni tenían por consiguiente las mismas ideas respecto a la organización y dirección de la
sociedad formada.
¿Cómo conciliar, pues, tales diferencias?
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El Supremo Ordenador le dio una ley sabia: las Naciones debieron dirigirse por las
prescripciones de la moral y del bien, interpretadas por la inteligencia social y realizadas
por la voluntad común.
La inteligencia social y la voluntad común son a no dudarlo, la interpretación dada por
la mayoría de las inteligencias y la resolución tomada por la mayoría de las voluntades.
Sencilla es la explicación de esta importante ley.
Los hombres ciudadanos, miembros de la sociedad son todos de igual naturaleza,
hallándose por consiguiente dotados de los mismos derechos. La dignidad de todos es
idéntica y ninguno puede arrogarse sobre otro, título alguno de superioridad. Siendo esto
así, es incuestionable que el conjunto de ciudadanos tiene facultad para organizarse y
gobernarse como lo estime conveniente. Este es el derecho de todos.
Así, pues, la sociedad tiene perfecto derecho para ser directamente consultada en todo
lo que se refiera a sus intereses; y como el único medio de verificar la consulta es el
sufragio o el voto, resulta evidente que la mayoría debe ser la ley que responda a ella.
«En este siglo, dice Regnault, la sociedad sabe por qué obra y cómo debe obrar. No se
limita a examinar los hechos ya verificados para aceptarlos o rechazarlos: quiere que se
les someta antes de su realización. La sociedad aspira, en fin, a un procedimiento activo
después de haber terminado su papel pasivo. El tiempo ha llegado para ella de mandar
después de haber aceptado, de dirigir después de haber aprobado, de manifestarse por la
voluntad después de haberse manifestado por la conciencia.»
La mayoría es, a no dudarlo, una idea social, una fe social que se manifiesta por la voz
del mayor número.
Y esta manifestación es respetable en sí misma y por la idea que representa. Vox populi,
vox Dei se ha dicho siempre; y, por lo demás, es claro que la soberanía de todos no es en
realidad sino la de la mayoría.
La palabra mayoría es nueva en política, pero el hecho que expresa es tan antiguo como
la primera sociedad.
En filosofía se le ha rendido homenaje reconociendo la autoridad del sentido común.
En Religión, la mayoría resuelve en todas sus Asambleas y la palabra católica significa
universal.
Y en todas las sociedades lo que se llama opinión pública no es sino la manifestación
del pensamiento de la mayoría.
Los antiguos Gobiernos y las revoluciones mismas de esos tiempos, reposaron sobre su
aceptación por la mayoría de los pueblos.
Sucedieronse muchas generaciones y la mayoría, aunque existente en el hecho, no fue
reconocida como un derecho legítimo.
En la declaración de la Independencia de la América se consignó por primera vez.
Allí se dijo (art. 3°) «Siempre que un Gobierno sea reconocido incapaz de llenar el fin
de su institución; es decir, el bien común, la protección y seguridad del pueblo, la
pluralidad de la Nación tiene el derecho indudable, inalienable, inalterable, de abolirlo,
de cambiarlo y de reformarlo.»
Igual declaración se hizo después en la Constitución particular de Virginia, sustituyendo
netamente la palabra mayoría a la pluralidad.
La Revolución francesa vino posteriormente a consagrar la idea de la mayoría,
proclamando el sufragio universal.
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Pero la mayoría, como ley directiva de la Nación, no es, no puede ser una ley física o
brutal, que en tal caso sería una ley opresiva y violenta: es y tiene que ser una ley
inteligente y moral.
Y efectivamente: la mayoría directora de la sociedad, no se compone de la superioridad
del número entre todos los habitantes de una Nación: no es cuestión aritmética.
Tienen únicamente derecho y poder para dirigir las Naciones, los componentes de ellas,
que sean capaces.
El idiota no es miembro activo de la sociedad para su dirección.
Tampoco son miembros activos los ignorantes, ni los criminales.
Para ser miembro activo de la sociedad se necesita: 1° poder para juzgar de los asuntos
públicos, o sea, instrucción, y 2° moralidad.
Por estas razones, en todo país republicano o en que domine el principio representativo,
se han determinado condiciones para el ejercicio de la ciudadanía.
«La opinión pública que todo lo dirige en los países libres, no es, en efecto, la opinión
de todos, sino de los que pueden tener una.»
«Y para tener una opinión, es indispensable conocer los asuntos sobre los que ella versa
en el todo o al menos en parte.»
«Por mayoría como poder social debe entenderse pues, el número mayor entre aquellos
que en la sociedad tengan la facultad y el derecho de emitir una opinión.»
Y la opinión pública será tanto más poderosa y eficaz mientras mayor sea, relativamente
a la Nación de que se trate, el número de individuos que la formen.
Dedúcese de aquí la utilidad, la necesidad de propagar la ciencia política y el deber de
conocerla.
Por capaces no entendáis a ninguna parte privilegiada de la sociedad, ni limitéis
tampoco esa denominación a los más inteligentes: no.
Todo hombre nace capaz de ser ciudadano: no hay distinción entre ellos para el fin
político, y el mayor o menor grado de inteligencia no da más o menos derechos.
Capaz es el que tiene la instrucción suficiente para juzgar de los asuntos públicos,
siempre que no haya perdido su condición de ciudadano en el vicio o en el crimen.
El derecho de la mayoría no es ni puede ser tampoco violento ni opresivo contra los que
no piensan de la misma manera o dan su voto en contra. Estos, que componen la minoría,
tienen también derechos sagrados que la mayoría debe respetar.
Rousseau, ese hombre de bien que tan sinceramente y con tanto empeño buscaba la
verdad en una época tempestuosa y que, a pesar de ello, cometió tantos errores y se
contradijo algunas veces, reasume en las siguientes palabras los derechos de la mayoría
y de la minoría:
«Es preciso, dijo, servirse de las luces de los individuos, para mostrar al público el bien
que desea sin verlo, y del sentimiento público para conducir a los individuos al bien que
conocen sin quererlo.»
Esto quiere decir, que de los individuos o de las minorías parte siempre la iniciativa de
los descubrimientos o reformas grandes o pequeñas, cuya acción es preciso respetar, y
que es la sociedad o la mayoría, la que debe sancionarlos para que esos descubrimientos
o esas verdades se hagan prácticas.
Interroguemos a la historia y ella nos dirá, en efecto, que en política, todos los progresos
y reformas y en las ciencias todos sus adelantos tuvieron su origen en la acción individual.
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A la iniciativa siguió la discusión, a la discusión, el conocimiento de verdad y a este la
aceptación de la mayoría. He aquí la acción constante del menor número y he aquí el
modo como este se convirtió en mayoría.
Por consiguiente, la minoría debe tener pleno el ejercicio de sus derechos cardinales:
debe ser libre y usar de su libertad para convencer y obtener la sanción del mayor número
y debe además ser respetada mientras se conserve en el camino lícito de su labor
inteligente y patriótica.
Este derecho de la minoría es además conveniente; pues si fuera desconocido, la
opresión pesaría sobre todos, lo cual se explica fácilmente; porque componiéndose la
mayoría y la minoría de personas diferentes, según las cuestiones acerca de las cuales son
llamados los individuos a dar su voto, resultaría que muchos de los que formaban la
mayoría, pasarían a formar parte de la minoría. La garantía de los derechos del menor
número es pues conveniente.
Queda racionalmente expuesta la ley directiva de la sociedad.
II.
AUTORIDAD.
En. toda sociedad debe haber personas que manden y personas que obedezcan; pero
como los que mandan son iguales a los que obedecen, menester es que la ley que
determine esta relación sea tan sabia que pueda conservar mando sin superioridad y
obediencia sin degradación.
En los antiguos tiempos no se creyó posible que el principio de obediencia, único
conservador del orden social, cupiese entre seres iguales, y se lanzaron a descubrir el
origen legítimo de la autoridad en Dios.
¡Paradoja! Dios jamás descendió desde su altura hasta la bajeza de los usurpadores del
poder, opresores de sus semejantes.
El progreso de las ciencias en el examen del origen de la autoridad de los que mandaban,
llegó a su completo desarrollo a fines del siglo pasado, y esta, como otras grandes
verdades, fue por primera vez proclamada por el grande pueblo americano 1776.
«Toda, autoridad, se dijo, pertenece al pueblo y por consiguiente emana de él. Los
magistrados son sus depositarios, sus agentes y están obligados a darle en todo tiempo
cuenta de sus operaciones.»
Más tarde, en 1789 la asamblea legislativa francesa declaró que: «ningún individuo ni
corporación puede ejercer ninguna especie de autoridad sino la que emane expresa y
directamente de la nación.»
Después de esa época, no solo los Gobiernos republicanos, sino hasta los monárquicos
constitucionales han proclamado la idea.
La autoridad se ha definido «el poder que dirige y que tiene derecho para dirigir.» Para
que exista tal derecho, es menester que sea legítimo, y no puede serlo, si no es la expresión
de la verdad.
¿En qué parte de la sociedad se encuentra esta condición y cómo reconocerla?—Esta es
la cuestión que debe resolverse.
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Debemos advertir que en política y refiriéndose a la manera de dirigir la sociedad, no se
reconocen verdades absolutas, sino relativas y variables.
Absoluto hay en política lo que emana de Dios; a saber, los derechos y obligaciones
constitutivas del hombre y de la sociedad como reunión de hombres.
En lo demás; es decir, en cuanto al modo de aplicar esos principios a la dirección de la
sociedad, todo es relativo y puede cambiar.
Las verdades útiles y de aplicación forman el dominio de la ciencia política, a ese
respecto.
¿Qué importa efectivamente al hombre práctico, unidad activa en el cuerpo político, una
verdad que no comprende o no puede probar? ¿Qué le importan las deducciones
metafísicas del mundo arquetipo, donde las abstracciones reinan y que no pueden ser
aplicables?
Nada: esas supuestas verdades quedan reducidas al círculo de bellas y, si se quiere,
sublimes y admirables teorías de entendimientos perspicaces y profundos, que
ordinariamente se ven engañados por el atrevido vuelo que toman sus soberbias
inteligencias, penetrando con sus delicadísimas fibras por senderos tan oscuros que al fin
les falta la luz.
La ciencia política no impera en ese terreno, ni reconoce otra verdad que aquella que
obtiene su aprobación, sancionándola el consentimiento común. Más claro, en política no
se admiten sino verdades humanas.
De este modo, las verdades que el ciudadano acepta, son todas verdades de tiempo y de
lugar; es decir: relativas o sociales.
¿Cuál es la prueba de estas o cómo se manifiestan?—Esta es la cuestión.
No puede ser el testimonio de una persona, por grande que sea; porque ella puede
engañarse y el engaño individual no puede ni debe influir en una nación.
Tampoco puede serlo el consentimiento de diez, ciento o mil personas por idéntica
razón.
¿Cómo se manifiesta, pues, una verdad política, cuál es su prueba incontestable?
La prueba está en el derecho evidente, y ese derecho evidente tiene una manera única
de expresarse, según lo demostramos en el párrafo anterior.
No cabe duda, pues, de que el testimonio social de la verdad es el consentimiento común,
la razón universal, siendo su modo de manifestarse—las resoluciones de la mayoría.
¡Pero qué! ¿Lo que fue ayer una verdad, puede ser un error mañana?
Sin duda: así como una nación para su modo de ser, no reconoce verdades absolutas,
tampoco reconoce errores absolutos.
El único error absoluto es el que desconoce la legitimidad de las decisiones de la
mayoría.
Pudiendo, pues, cambiar las decisiones de la mayoría, cambia también el carácter social
de las cosas, y puede por consiguiente ser error social mañana lo que ayer fue verdad y al
contrario.
No hay que alarmarse con esta teoría que a primera vista parece que fuese contraria a la
razón y a la moral.
No lo es absolutamente y, por el contrario, si penetramos en ella, la encontraremos
racional y moralizadora.
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Si la política reconociese verdades absolutas, siendo la razón individual el primer
interprete de ellas, resultaría que una vez proclamada por un hombre, la sociedad tendría
que aceptarla.
Y entonces una nación se vería sumergida en el desorden, en el caos.
Porque el individuo o los pocos individuos que proclamasen esa verdad tendrían el
derecho de exigir su aceptación y es absurdo conceder a los pocos la facultad de imponer
su dirección a los muchos.
Cuestión de tiempo. En tal caso, el menor número debe resignarse por el momento, a
trabajar, discutir y convencer para convertirse en mayoría y entonces lo que fue un error
político o social la víspera, se convierte en verdad aceptada y reconocida.
No es esto negar en otros terrenos la existencia de verdades absolutas: las hay en la
conciencia, en las ciencias, en las artes.
Pero, repetimos, en política no existen ni pueden racionalmente imponerse.
Que el ciudadano, como individuo, las respete, es justo; pero que pretenda hacerlas
respetar y reconocer por la mayoría que las rechaza, es absurdo.
Creemos habernos suficientemente explicado.
El mandar con derecho, que es lo que constituye la autoridad, presupone además que
está sometida a las reglas de la justicia.
Y con efecto, así es: esa voluntad constante de dar a cada uno lo que le pertenece unida
al profundo sentimiento de la igualdad humana en nadie puede existir con más razón que
en la moral común, en la conciencia general de la nación.
Un hombre, dos, o diez pueden obrar de mala fe o con injusticia, pero esto no puede
racionalmente suceder en la resoluciones de la mayoría, que, como hemos dicho, solo se
compone legítimamente del mayor número entre los que, por su instrucción y moralidad,
deben únicamente componer en toda nación, el cuerpo que dirija su destinos.
Consecuentes con estas ideas, los puritanos fundadores de la independencia americana
dijeron: «miramos como incontestable y evidente la verdad que sigue—la justa autoridad
de los Gobiernos emana del consentimiento de los gobernados.»
De todo lo expuesto se deducen las dos siguientes consecuencias:
1ª Que la justa y legítima autoridad social emana de la nación que es el único poder que
tiene derecho para conferirla; y
2ª Que toda autoridad legítima debe ser exacta e inmediatamente obedecida en sus
determinaciones por todos los ciudadanos, y que los que la desobedecen se rebelan contra
la sociedad misma, cometiendo un gran crimen.
Se aventura mucho cuando se dice que los hombres están inclinados a resistir a las
autoridades: su disposición natural es a obedecer cuando no se les veja ni se les irrita.
Emanando, pues, de la mayoría toda autoridad legítima, no creáis a los que se dan a sí
mismos el nombre de autoridad, si ella no ha venido del pueblo libre y legalmente
consultado. Mienten: son unos meros usurpadores.
Por esto se ha dicho: «El pueblo reina en el mundo político como Dios en el Universo.
Es la causa y el fin de todas las cosas; todo sale de él y todo en él se absorbe.»
Pero no seáis demasiado meticulosos a este respecto: para que la autoridad sea
desobedecida es preciso que evidentemente conste que su mandato no viene del pueblo,
que sea un usurpador manifiesto.
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III.
PODER PÚBLICO.
De nada servirían al hombre su inteligencia y las diversas facultades de que fue dotado,
si al mismo tiempo no se le hubiese concedido el medio suficiente para ejecutar sus
resoluciones—la fuerza individual.
Así, en la asociación política, ninguna importancia tuvieran los principios que hemos
desenvuelto y los demás derechos y prerrogativas sociales, si no pudiese realizar estos
derechos y hacerlos respetar, si careciese, en fin, del requisito principal para constituirla
soberana, del poder público.
Este medio material dado al cuerpo social para el sostén de sus derechos, para el
cumplimiento de su voluntad y para la plantificación de las reformas, sírvele también para
conservar su dignidad ante las demás naciones haciendo que estas la acaten y respeten.
Si la sociedad reúne, pues, en sí todas las voluntades y las fuerzas de los individuos que
la componen, estas voluntades y estas fuerzas, deben estar y están al servicio y a
disposición de aquella.
Tal es la fuerza social.
El poder público es algo más elevado que la fuerza, presupone una razón, un derecho
que lleva en sí mismo, doquier se manifieste.
De esta idea emana su definición neta: el poder público es la unión de la autoridad y de
la fuerza.
Por manera que tal denominación no puede políticamente aplicarse a la simple reunión
de las fuerzas individuales y mucho menos a la acumulación parcial de algunas.
Para que el poder exista, es preciso que las fuerzas se hallen al servicio del derecho. Sí
otra cosa sucede, lo que resulta no será un poder público sino una mera usurpación de
poder, sin otro título que el crimen de haber desviado la fuerza pública de su legítima
aplicación.
La fuerza debe ser el instrumento del derecho. Separado de él, es un elemento físico sin
razón alguna.
Y sin embargo, como la fuerza produce los hechos y a estos están sometidas las
sociedades, debéis ser celosos de que ella se conserve del lado del derecho.
Si la autoridad y la fuerza constituyen el poder público, resulta que este consta de las
potencias individuales a disposición de la mayoría.
Oíd ahora el lenguaje que en todas partes emplean los escritores ministeriales: «Los
liberales, los utopistas, los soñadores, los rojos, dicen, comprometen el poder,
desconceptúan el poder y hacen imposible todo Gobierno.»
¡Como si existiese verdadero poder en los sistemas o administraciones que defienden!
¡Como si la fuerza bruta, su único elemento de conservación, pudiera llamarse poder
público!
¡Necios!
El poder depende de la voluntad general, y el que con ella no cuenta, hace fuerza a la
sociedad, la violenta, la reprime.
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¡Maldición también sobre aquellos que, llamándose violentados se prestan a ser los
infatigables agentes de todas las tiranías! El terror no es una razón más valedera que todas
las demás pasiones infames.
Hay otros individuos que se prestan a servir bajo las ordenes de un Déspota, alegando
que lo hacen para atenuar su rigor. ¡Engaño! Esos hombres se prestarían a ser los verdugos
de un inocente, a pretexto de matarle con menos crueldad.
Mas los opresores y sus cómplices desaparecerán desde que la instrucción se difunda.
El derecho que ha triunfado ya en el terreno de la razón, triunfará entonces en el de los
hechos.
«La autoridad y la fuerza son en la sociedad lo que el alma y el cuerpo en la naturaleza
humana: su reunión produce la vida y la separación de ambas sustancias produce
incontinenti la muerte.» (Duclerc.)
Porque, verdaderamente, en el ser compuesto de materia y espíritu, este dirige y aquel
obra: ambos forman juntos al ser inteligente y activo; pero si se separan, el hombre deja
de existir. Así en la sociedad la autoridad es el espíritu, la fuerza la materia: separadas,
solo resulta inmovilidad de un lado, abuso de otro: socialmente hablando, la muerte.
El poder público es también completo en su esencia; es decir que se basta a sí mismo
para el uso a que se halla destinado. Por esta razón, no necesita auxilio ajeno y reúne en
sí la omnipotencia social. Puede por esta consideración ser aplicado a todos los objetos
que lleven en sí un carácter nacional.
El hecho de hallarse constituida una Nación, trae, pues como corolario la existencia
simultánea del poder social y explica su naturaleza. Sobre esta base, el poder público
existe radical y exclusivamente en la Nación misma y existe como parte integrante de su
soberanía, como instrumento de sus operaciones.
Reasumiendo nuestras ideas, diremos que el poder existe solo en la Nación y que
únicamente se halla a disposición de la mayoría. Es por lo mismo indelegable e
intrasmisible: el poder existe para el pueblo y no al contrario. (Lamennais.)
Pero el uso en la organización de todos los Gobiernos Republicanos y aun en los
monárquicos constitucionales, ha establecido llamar Poderes públicos a los Comisionados
diversos para desempeñar funciones Legislativas, Ejecutivas o Judiciales. En su esencia
no son evidentemente poderes públicos, sino simples mandatarios con mandato especial.
No importa, pues, el que esas denominaciones se conserven. Todo no puede alterarse a
la vez. Día vendrá en que tomen sus nombres propios. Mientras tanto, trabajemos en la
parte sustancial de las cosas, aunque ellas se adornen con calificativos pomposos e
inadecuados.
IV.
PROGRESO.
En el mundo político, como en el mundo moral, hay verdades que, conduciendo al
hombre a profundas meditaciones, sirven de agradable materia a las reflexiones de su
espíritu. A estas pertenece la del progreso.
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Influye esta idea de tal manera en las aspiraciones del hombre y en sus destinos sobre la
tierra que parece quedaran estos satisfechos con la halagüeña perspectiva y fundadas
esperanzas que ella ofrece.
El progreso reconoce su origen en la inteligencia, este don precioso de la realización del
tipo más noble que existiera en la mente divina y que con igual facilidad penetra en el
oscuro caos del pasado, examina los hechos del presente y tiene fija su mirada en el
misterioso campo del porvenir.
La sociedad marcha de una manera progresiva a su perfeccionamiento:—es una verdad
de experiencia. Ahí está la historia para comprobarla.
El buen Rousseau dijo en un momento de desesperación: «Si existiese un pueblo de
Dioses, se gobernaría democráticamente;» y, faltándole la fe en el progreso, olvidó en ese
instante que podía existir un pueblo de ciudadanos.
Condorcet, más firme en sus creencias, aliviaba sus momentos de proscripción pensando
en la perfectibilidad humana, cuya marcha contemplaba constantemente, absorto y feliz,
aun en sus últimos instantes.
Víctor Hugo, el poeta inspirado y melancólico que cuando canta parece que orase al
Señor, rasga sublime y elocuentemente el velo del porvenir en sus Cartas del crepúsculo.
Para este poeta, el progreso es una ley y la perfectibilidad un hecho.
Tales son las creencias que hoy dominan a la humanidad y que están en la naturaleza
del hombre como la atracción en los cuerpos. El hombre fue lanzado al mundo con una
inteligencia perfectible que, si en sus efectos tiene límites, nadie puede demarcarlos.
Esta fe política es natural en el hombre. En él existe indudablemente un germen de
desarrollo indefinido que lo modifica de una manera constante, dándole por lo mismo
mayor importancia, desde que ese desarrollo se dirige a su perfección.
La tendencia natural del hombre hacia ese grado de perfectibilidad constituye el
progreso, que, en otros términos, no es otra cosa políticamente que la marcha ordinaria e
incesante de la humanidad al mejoramiento de su manera de ser, ya se considere al
ciudadano, ya al conjunto o a la Nación.
Pero esta marcha es lenta, y la inteligencia del hombre que en el campo de las otras
ciencias alza libremente su vuelo hasta las más elevadas y misteriosas regiones, tiene que
recorrer en política una vía penosa y estrecha sembrada de dificultades y contradicciones.
Tamaño inconveniente y la necesidad de contemporizar con él, sometió el progreso
político a las más penosas restricciones, y la historia social del hombre, prueba
evidentemente la lucha constante que en política han sostenido el progreso y las pasiones.
En lejanos tiempos ¡ay de los que hubiesen tenido la osadía de proclamar que la
autoridad de los Reyes y mandones de hecho no emanaba directamente de Dios, no
teniendo los puebles sino la obligación de obedecer, como una manada de ovejas obedece
a su Pastor!
Y aun respecto a otras ciencias ¿quién no conoce la historia de Galileo? Este grande
hombre fue anatematizado y a pesar de ello, el sabio florentino repetía en el fondo de su
larga prisión e pur se muove.
A fines del siglo pasado el principio del progreso se sobrepuso a las preocupaciones y
desde entonces la humanidad marcha libremente en pos de sus destinos. Es verdad que
hasta hoy no han desaparecido aquellas por completo; pero desde entonces se les arrancó
el carácter de legitimidad con que se habían engalanado.
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«¿Qué es el hombre en el siglo XIX? — Rey de la naturaleza que ha domado y sometido
a sus leyes, se sirve de sus fuerzas brutas para el bienestar de todos: el progreso moral y
las mejoras materiales son la recompensa de sus esfuerzos; y lleno de un ardor que se
renueva a cada paso en el hogar de la inteligencia y del amor, cumple, a la vista de Dios,
su grande y laborioso destino.» (Blaize).
De la perfectibilidad humana se deduce que cada individuo tiene el indeclinable derecho
de aplicar sus facultades al examen de los hechos, de compararlos y raciocinar sobre ellos,
deduciendo consecuencias, y de formular públicamente las reformas que sean aplicables
a la felicidad general y a la mejor andanza de la sociedad.
Pero es necesario distinguir el progreso, como derecho individual del progreso, como
derecho social
La Nación, como reunión de inteligencias, tiene, pues, a este respecto el mismo derecho
que los individuos. Más lo que en la inteligencia individual es fácil, difícil es en las
inteligencias del mayor número.
Solo entonces, es decir, cuando el progreso es aceptado por la mayoría, hay completo
derecho para realizarlo.
Y el progreso social es más firme, más seguro que el individual; por lo mismo que es
más racional que se engañe uno que el que todos incurran en error.
Libertad para el progreso individual y obligación inexcusable de llevar a los hechos el
progreso social, tales son las leyes que rigen este importantísimo derecho.
V.
REFORMA.
La reforma es la realización del progreso.
El progreso es efecto de la inteligencia: en ella se elaboran las ideas y adquieren formas
distintas: ella crea los proyectos, los somete a un minucioso examen, y deslindado con la
posible exactitud las ventajas y los inconvenientes que ofrecen, establece la verdad de
una idea nueva, presentándola bajo todas sus faces.
La reforma pone en práctica las concepciones de la inteligencia y es efecto de la libre
voluntad nacional, expresada por la mayoría.
El progreso ordena, la reforma ejecuta.
El primero tiene que luchar, es cierto, contra las preocupaciones; pero, como obra
exclusiva del espíritu, se pasea majestuosamente en sus regiones.
No así la reforma que, teniendo que recorrer el terreno de la práctica, lucha con los
hechos y casi siempre con el desenfreno de las pasiones particulares de algunos, «con la
divergencia de intereses, los asaltos de la ambición, los esfuerzos de la codicia y el
implacable ardor del egoísmo.» (Marrast).
Los inconvenientes que ofrece la aplicación de las mejoras, son, pues, de tan grave
consideración que es indispensable una dirección prudente y mesurada.
Es menester andar muy a tientas en este camino, sondear el espíritu público para
descubrir en él el pensamiento de la mayoría.
Necesario es además estudiar las circunstancias locales y los intereses generales de la
humanidad, e introducir entonces las reformas paulatinamente y de una manera ordenada.
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Moisés no habría aparecido como Reformador, si el pueblo de Israel, cautivo en Egipto,
no lo hubiese esperado y aceptado como enviado por Dios para libertarlo de la opresión
de los Faraones.
El Mesías tampoco hubiese venido a reformarlo todo, si no hubiera sido enviado, y
esperado por el pueblo judío: Isaías lo anunció siglos antes de su venida y el pueblo todo
lo esperaba con fe.
Ambos fueron, pues, grandes y eficaces Reformadores.
«Todas las cosas, dice el Eclesiastés, tienen su tiempo. Hay un tiempo de nacer y un
tiempo de morir, un tiempo de plantar y un tiempo de arrancar lo que se ha plantado.»
No se debe, por lo mismo, proceder ligeramente en la implantación de las Reformas.
Grande y escrupuloso cuidado se necesita para ello.
Descubrir el sentimiento general, conocer el espíritu público, no es siempre por otra
parte sencillo.
Verdad que el sufragio o el voto es su expresión más genuina; pero ocurren a menudo
casos en que no es posible recurrir a ese medio.
Entonces, preferible es meditar y aplazar la implantación de la reforma hasta adquirir el
convencimiento de que la mayoría la acepta.
Y este convencimiento solo puede tenerse cuando los cuerpos representativos del país
aceptan expresamente la reforma y cuando, además, la opinión por sus diferentes órganos
se manifiesta, si no uniforme, por lo menos muy respetable y con un poder superior.
Al tratarse de una Reforma, huid de la violencia. La violencia es aun más perniciosa que
la ligereza: es contraproducente.
Determinada, sin embargo, una reforma por la opinión o por el querer de la mayoría,
evidentemente comprobado, debe realizarse desde luego.
Solo así hay paz, orden, progreso y verdaderas libertades. De lo contrario un
sacudimiento social con todos sus horrores sobrevendrá en seguida, y este mal que es el
mayor debe siempre evitarse.
No podemos resistir al deseo de copiar aquí íntegros los pensamientos de un grande
publicista a propósito de reforma.
Hélos aquí:
«¿Qué sucederá pues a las sociedades de hoy entregadas a una lucha encarnizada entre
el error triunfante y la verdad desposeída, entre el pasado, incrustado en los hechos y
fortificado por ellos y el porvenir que los bate en brecha por la discusión?»
«Sucederá infaliblemente que un día se encontrarán estas dos fuerzas, que las ideas
armarán su brazo y que la organización atacada resistirá con la violencia.»
«El fin de los Gobiernos es precisamente evitar estas violencias que siembran la
turbación y la desgracia en medio de las Naciones.»
«La ciencia ha proclamado ya que el mérito de todas las organizaciones políticas
consiste en su resistencia a innovaciones imprudentes y en su flexibilidad para traducir a
los hechos, todo progreso real de la razón pública.»
«¿Es acaso una forma política fatal al poder de la Nación, a su prosperidad, a su
grandeza, a su movimiento natural de ascensión?—Haced que esta forma pueda
desaparecer sin sacudimientos y por el solo hecho de la voluntad general. Esto es
organizar el progreso: es practicar la reforma.»
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«¿Una institución ha envejecido y como tal es impotente? Haced que se le pueda
reemplazar con otra institución que armonice las necesidades anteriores y los intereses
nuevos. Es esto también organizar el progreso y practicar la reforma.»
«Una constitución fundamental hecha por una generación que desaparece pesa sobre las
generaciones que vienen como una herencia que no han ni discutido ni aceptado: las
costumbres han cambiado, las ideas también y sin embargo el pacto de otro tiempo
permanece inmóvil, no conteniendo en sí ningún medio de revisarlo, de reformarlo.»
«Siendo esto absurdo, cada constitución debe indicar la fecha y las condiciones de un
examen nuevo, de una consagración nueva. Todavía es esto organizar el progreso y
practicar la reforma.»
«Así, en el punto de vista general en que nos hemos colocado, la cuestión de la reforma
toca a las raíces mismas de toda buena organización política y social.»
«Porque ella consiste en proporcionar a un país los medios legales, regulares y
previamente ordenados para que todas las innovaciones útiles y generalmente aceptadas
por la opinión, puedan realizarse en las instituciones y en las leyes.»
Los anteriores razonamientos manifiestan la importancia del derecho que describimos.
Pero sin instrucción y moralidad, no hay progreso, no hay reforma y la marcha racional
de los negocios públicos es imposible.
Que los conocimientos se propaguen y el deber se cumpla, es la primera condición de
bienandanza en una sociedad.
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CAPÍTULO III. El principio de igualdad.
«Ningún principio, dice Regnault, ha sido atacado con más violencia, ni defendido con
más torpeza que este.»
«Imprudentes aplicaciones y despiadadas hostilidades lo han comprometido a su vez.
«Amigos y enemigos lo han expuesto ya al ridículo ya al odio.»
«Y, sin embargo, la igualdad es ahora el principio del derecho moderno, el fundamento
de la política, el dogma religioso de la sociedad.»
Efectivamente, el hombre es siempre inclinado a las exageraciones: apasionado por una
idea, la lleva por lo común a extremos absurdos. Para unos, la igualdad no existía, siendo
las desigualdades y los privilegios la base constitutiva de la humanidad; para otros, ese
principio debió llevarse hasta la nivelación y el comunismo.
Pero, la igualdad, como principio, es y debe ser racional.
En los tiempos antiguos el hecho consagró la desigualdad.
Encontrándose las sociedades o las Naciones en su estado embrionario, fueron
mandadas por jefes que para serlo alegaron diferentes títulos. Para unos, su título fue la
fuerza: para otros, supercherías semejantes a la descendencia de los Dioses.
En todos los casos, los jefes y las familias de estos, los mandones secundarios y sus
parientes o amigos constituyeron una clase privilegiada y superior que los demás
respetaron.
Las conquistas sucesivas vinieron a aumentar las desigualdades. Las tribus o pueblos
absorbidos fueron menos aun. Poco más tarde, las Naciones se componían de amos y
siervos, de conquistadores y conquistados; las diferencias y las desigualdades se
multiplicaron y fueron reconocidas como de institución natural.
Hasta el advenimiento del Cristianismo, la igualdad fue no solo un principio sino una
palabra desconocida.
Pero al venir el Mesías al mundo, llamó al seno de su Religión a los hebreos y a los
gentiles; a los hombres en general: hízoles recordar que todos eran hijos de Dios; y de allí
surgió la idea de igualdad, que vino a ser el magnífico símbolo de la comunión católica.
No obstante esta sublime doctrina, la igualdad quedó limitada únicamente a lo
espiritual, «Mi reino no es de este mundo.» dijo Jesús en una ocasión, y en otra: «dad al
César lo que es del César.»
Era mucho sin embargo el haber proclamado la igualdad ante Dios. La lógica debió
encargarse de lo demás. Si ante Dios que es la justicia increada, los hombres eran iguales,
debían serlo en todas sus relaciones.
Continuaron, a pesar de esto, las Naciones con las mismas trabas, privilegios y
desigualdades políticas, y muchos siglos pasaron antes que el sagrado principio fuese
reconocido y aceptado.
La grande revolución americana fue el primer acontecimiento que llevó al terreno de la
realidad, consignándolas en sus diversas constituciones, la igualdad humana y la igualdad
política.
La revolución francesa vino poco después a consagrarlas definitivamente.
En la noche eternamente memorable del 4 de agosto de 1789 quedaron abolidos los
derechos feudales, anulados los privilegios y arrancados para siempre desde sus raíces
todos los gérmenes de desigualdad política.
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«En aquella noche, dice un célebre historiador, observábase en el semblante de todos,
aquella palidez que es efecto de las grandes emociones, y se reputaba dichoso aquel a
quien ocurría la idea de un nuevo sacrificio qué hacer en ventaja de la igualdad universal.»
Para solemnizar tan inmortal conquista, la Asamblea decretó en esa misma noche un
himno para glorificar al Todopoderoso.
He aquí los términos en que la Asamblea proclamó el principio en el artículo 1° de su
declaración de los derechos del hombre: «Los hombres que nacen iguales, permanecen
tales en derechos; por lo que las distinciones sociales no pueden tener más base que la
utilidad de todos.»
Daremos ahora al principio de igualdad su verdadera inteligencia.
El hombre recibió en su origen una naturaleza racional, de donde emanan todos los
derechos que constituyen su soberanía.
Mas, para llenar el fin que so propuso el Creador al hacer al hombre, fue necesario que
creciese y se multiplicase.
Indudable es, en consecuencia, que, por la generación, la naturaleza primera fue
trasmitida integra a todos los descendientes.
De aquí la igualdad como principio.
Existe además en todos y cada uno de los individuos la conciencia de la igualdad. Cada
uno se siente con la misma naturaleza, con los mismos derechos, con las mismas
prerrogativas. De este hecho se deduce otro que le es correlativo; a saber, el que todos los
hombres reconocen las mismas obligaciones.
Esta igualdad que en los individuos no es otra cosa que el principio de relación natural
que los une, tiene en la sociedad un carácter distinto y que le da toda su importancia.
En efecto, es indudable que aunque los hombres nacen iguales en naturaleza y derechos,
no todos traen a la sociedad las mismas aptitudes, y las mismas inclinaciones, y esto
acredita que están destinados a desempeñar en ella funciones diversas.
La división del trabajo y la diversidad de ocupaciones no emana, pues, de los obstáculos
materiales que opone al hombre el mundo exterior, sino de la diversidad de las
organizaciones individuales.
Y ¡qué es en política la división del trabajo sino la jerarquía!—No la jerarquía exclusiva
de los antiguos, fundada sobre la familia y por consiguiente en desacuerdo con la
naturaleza, sino la jerarquía basada en las aptitudes de cada uno y arreglada según las
peculiares inclinaciones de cada cual.
Todas las funciones serán franqueadas a todos: he aquí la igualdad práctica en el derecho
de escoger.
Pero cada uno ejercerá funciones diversas: he aquí la jerarquía que resulta de la libertad
de la elección.
Sufren por lo mismo un gravísimo error y abusan de la igualdad natural los que
pretenden que, en virtud de ella, no debe haber en las Naciones distinción alguna entre
los ciudadanos.
Con unidades idénticas sería imposible establecer el orden en una sociedad: el orden
presupone en efecto componentes distintos.
Saint Simón, Owen y Fourier fueron unos ilusos: el comunismo del uno, la igualdad
absoluta del otro y el equilibrio soñado por el tercero, son sistemas provenientes de
imaginaciones exaltadas que, en su delirio, pretendieron llevar a extremos irracionales el
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principio de igualdad, exponiéndolo más bien a la befa general que a la estimación y
aprecio con que debiera ser mirado.
Semejantes exageraciones inspiraron al célebre Pitt las siguientes palabras juzgando la
inmortal obra de Tomas Payne:
«Payne, decía, tiene razón; pero sus adeptos carecen de sentido común. Si yo favoreciese
sus doctrinas qué sucedería?—Hombres irreflexivos e inmorales invadirían el país,
tendríamos una revolución sangrienta, y al fin vendríamos a parar en el mismo punto en
que nos hallamos. Otra cosa sucedería si cada cual se sujetase estrictamente a la ley del
deber.»
Pero no, la igualdad no es el comunismo: la primera es racional y supone necesariamente
jerarquía. el segundo quiere nivelarlo todo: la una es doctrina sana y juiciosa, el otro es la
absurda igualdad del frenético.
Tratándose de las aptitudes y de los derechos provenientes de la acción individual, no
pretendáis ser iguales a los demás. Cada uno ocupa su puesto en la jerarquía social y sería
insensato, imposible, destruir el orden establecido.
Platón, Miguel Ángel, Napoleón 1° fueron hombres; pero nacieron con las aptitudes del
genio y ocuparon por consiguiente en la sociedad puestos a que otros no llegarían jamás.
Los derechos de paternidad, de propiedad, los que emanan de contratos etc., son
especiales de las personas que los han adquirido: los demás no pueden ejercerlos.
La igualdad de los niveladores es por consecuencia absurda. Solo hay igualdad en los
derechos originarios constitutivos de la naturaleza humana. En todo lo demás, las
desigualdades existen y tienen que existir como necesarias para la jerarquía o el orden
social.
Y la jerarquía impone a todos el deber de respetarse mutuamente, de acatar a los que un
puesto superior ocupan y de estimar a cuantos ocupan puestos inferiores.
Del principio de igualdad emanan los siguientes derechos:
El de fraternidad. por tener todos los hombres igual naturaleza y ser hijos de un padre
común.
El de inviolabilidad de la vida, porque siendo todos iguales, ninguno, ni la sociedad
misma, tiene derecho de privar de ella a un hombre.
La garantía del honor, proveniente del amor mutuo que debe ligar a los hombres.
El derecho de sufragio, que es el que todo ciudadano tiene para intervenir como una
unidad en la dirección de los asuntos públicos.
Para la justicia no hay, no debe haber distinción de personas: de aquí la igualdad ante la
ley.
El que por sí adquirió o produjo alguna cosa, tiene la pertenencia exclusiva de ella: de
aquí el derecho de propiedad.
De la obligación que todos los ciudadanos tienen para sostener los cargos de la sociedad
proviene la igualdad de impuestos.
Del mismo principio emana también el derecho general «de que desaparezcan todos los
obstáculos y trabas políticas que impiden a cada uno llegar al puesto que la misma
naturaleza le destinó», y otros que, por ser de orden secundario, omitimos enumerar ahora.
Esto queda garantido con el derecho de petición.
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I.
FRATERNIDAD.
La fraternidad es el dogma del corazón.
Sería la política una ciencia egoísta y no ocuparía el primer lugar en el orden del saber
humano, si solo el bienestar individual fuera su objeto.
Son más amplias sus aspiraciones, y, llevando por base en todas sus prescripciones la
moral, salva la barrera del individuo, para establecer entre los semejantes vínculos
superiores.
Sus doctrinas son sublimes, llegando hasta tocar la más delicada fibra del corazón
humano—el amor.
El pobre, el jornalero, el indigente, el mendigo, el incapaz, todos gozan de sus
beneficios, a todos habla con la misma voz, a todos llama para el mismo fin, para hacerlos
felices y virtuosos.
Pero la política ha sido formada por el hombre y no todos los hombres son buenos, no
todos llenan del mismo modo su deber.
En muchos centenares de siglos, no solo no se consideraba a los hombres como
hermanos, sino que, según hemos visto antes, se negaba aun su naturaleza.
Los fuertes se hicieron dueños hasta de la vida de los débiles y, en ese fárrago de
desigualdades políticas, se cometieron tantos crímenes, que la humanidad se avergüenza
al recordarlos.
Vino entonces el cristianismo que proclamó netamente la fraternidad entre los hombres.
Antes de Jesucristo, Moisés había dicho: El primer precepto es—amarás a Dios con
todo tu corazón, con todas tus fuerzas: el segundo, semejante al primero, es—amarás a
tu prójimo como a ti mismo.
Jesucristo agregó: «el que cumple el segundo de estos preceptos, cumple el primero.»
La fraternidad, por medio del amor recíproco, une en indisoluble lazo a todos los
hombres.
Y el que ama al hermano, lo quiere ante todo sin mengua y tal como como Dios lo hizo.
Y el que ama a la sociedad a que pertenece la quiere constituida y gobernada en justicia
y en verdad.
Y el que ama a la humanidad, la quiere toda como quiere a su misma patria.
Y el que ama al hermano, a la sociedad y a la especie, se sacrifica, si preciso es, por su
progreso y su bienestar.
El más genuino representante de la Religión Cristiana, el discípulo amado, reasumía en
estas pocas palabras la santa doctrina del Maestro: «hermanos, les decía Juan ya
octogenario y sin movimiento en sus miembros, amaos los unos a los otros.»
Y tenía razón, porque en esa bendita y celestial frase, está comprendida la práctica de
todas las virtudes.
«El que menosprecia al pobre insulta a su Hacedor» y «el que mira debajo de sí a su
prójimo, peca.» (Proverbios.) Ambos actos son, pues, criminales y debéis guardaros muy
bien de cometerlos.
¡Y cosa increíble! Ni las doctrinas bíblicas, ni la fraternidad ante Dios, proclamada por
el cristianismo, fueron bastantes para llevar tan sublime idea al terreno de la política.
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Los pueblos continuaron siendo lo que habían sido; y los odios de clases, de razas y
hasta de diversidad de origen entre los hombres, siguieron constituyendo la base de las
sociedades
¡Cuánta injusticia, cuánta desigualdad, cuánta superchería, cuánto absurdo latente y
manifiesto, fueron, durante muchos siglos, aceptados, reconocidos y respetados por la
humanidad degenerada y envilecida!
Los dos más grandes acontecimientos de la historia del género humano; a saber, las
Revoluciones Americana de 1776 y Francesa de 1789, vinieron al fin a consagrar la idea.
Y no se limitaron únicamente a proclamar la fraternidad entre los hombres, sino que,
haciéndola extensiva a las Naciones, se declaró que concederían «fraternidad y auxilio a
todo pueblo que quisiese recobrar su libertad.»
Desde esa época, la idea, ya incrustada en las conciencias, pasó al dominio de la política.
Y no podía ser de otro modo.
Hemos manifestado antes que la naturaleza humana y los derechos que la constituyen,
son iguales en todos.
Y como también es indudable que Dios creó al hombre en condiciones tales que la
naturaleza se trasmite íntegra de padres a hijos, resulta evidente la fraternidad como un
hecho primitivo y actual.
Y siendo la fraternidad la relación de amor entre los hombres, se deduce que nos
debemos recíprocamente respeto, protección y amparo en nuestras desgracias.
Así establecido este deber ¿qué título pueden alegar aquellos que en sus relaciones tratan
a otro hombre con una imbécil superioridad y, lo que es peor, con desprecio, cuando su
clase es ínfima?
Esos hombres ¿tienen acaso otra naturaleza, otro origen? No: el origen es el mismo, la
naturaleza igual.
La superioridad de aptitudes, de riqueza, de posición, superioridad legítima en la
jerarquía humana, solo trae consigo un aumento de obligaciones.
Y ¡ay de ellos si no las cumplen! La cuenta será estrecha: la soberbia humillada, la
avaricia castigada, y tremendas serán también las responsabilidades de los que abusaron
de puestos superiores o eminentes.
Por esto mismo amaos los unos a los otros sin exceptuar a vuestros enemigos, y amad
a la patria, y amad al género humano. Que no quepa en vuestros corazones el odio o la
venganza.
Pero que el derecho se realice y la justicia se cumpla.
II.
INVIOLABILIDAD DE LA VIDA.
Dios es el principio de la vida del hombre. De aquel la recibió este y juntamente con
ella el deber de conservarla y el derecho de defenderla.
En la peregrinación del hombre sobre la tierra, la vida es el mayor bien. Nadie tiene
derecho sobre ella: solo el que la dio, puede quitarla cuando le plazca.
Así, el hombre que se quita la vida comete un grave crimen, y el que quita la vida a otro
lo comete mayor.
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José María Quimper
Derecho político. El liberalismo.
Cuando el hombre entra a formar parte de la asociación política no puede renunciar al
derecho que tiene de defender su existencia, porque no le es dado fallar al deber de
conservarla.
De consiguiente, la sociedad no tiene derecho alguno para destruir la vida de los
ciudadanos.
Sobre el hombre y la sociedad está Dios, y lo que él evidentemente dispuso, ni la
sociedad ni el hombre pueden alterar.
¿Puede el hombre quitarse la vida o quitarla a otro? No; luego tampoco la sociedad que
es una simple reunión de hombres.
El que quita la vida a un hombre comete también un asesinato.
Y especialmente cometen este crimen, el legislador que impuso la pena, el juez que la
aplicó y el encargado o encargados de ejecutarla.
¡Ay de ellos cuando Dios los llame! Responderán que ejecutaron la ley; pero él dirá:
«no hay ley contra mi ley.»
Cuidad de manchar con sangre vuestras manos: es esa una mancha indeleble aquí y en
la eternidad.
Y sin embargo, como vuestro final y ulterior destino no se cumple sobre la tierra, la vida
es bien poca cosa cuando se halla de por medio el cumplimiento del deber.
Si para cumplir un deber, hubieseis de perder la vida, no vaciléis en entregarla, que
vuestro sacrificio será superabundantemente recompensado.
¡Hermoso es perder la vida por nuestros hermanos! ¡Magnifico y sublime es perderla
por la sociedad!
No basta que no matéis; es necesario también que no permitáis que se mate.
Si en la lucha sucumbís, ya sabéis que fue en servicio del que paga mil por uno. Si los
asesinos perecen, rogad a Dios que no les tome en cuenta sus iniquidades.
Pues ya veis lo que hoy pasa en el mundo. El cadalso es la ley y con el cadalso se castiga,
no solo sin derecho a los criminales, sino hasta las opiniones y aun el ejercicio de la virtud.
Hay, sin embargo, hombres en este mundo de miserias que sostienen hoy la pena de
muerte.
La historia de la humanidad ha sido hasta ahora la de una carnicería incesante.
Matáronse los hombres unos a otros en guerras inicuas, matáronse llamando al
asesinato, pena de muerte, y hasta hubo épocas de barbarie en que se asesinaba por placer.
Los asesinatos por placer han desaparecido, las guerras desaparecerán, Dios mediante y
por obra del progreso (por desgracia aún está lejano el día): lo que se llama pena de muerte
o asesinato legal va desapareciendo.
Pero aún existe la lucha.
En el terreno de los hechos sostienen la pena de muerte los autócratas, los déspotas y
los tiranos. Conviene así a la satisfacción de sus instintos. Ese abuso solo dejará de existir
cuando ellos dejen de ser, y el día les llegará, no lo dudéis.
Hay otra clase de hombres que apoyan la pena de muerte, y de ellos vamos a ocuparnos:
llámanse criminalistas.
Estos hombres que por oficio y por hábitos sostienen hoy la necesidad sangrienta del
cadalso, como indispensable para la salud de la sociedad, sostuvieron antes la
conveniencia de la tortura.
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Rechazado este medio por la ciencia universal, se han retirado a sus últimos
atrincheramientos: la pena sin martirios previos, sin más efusión de sangre que la
indispensable y precisa.
¡Hienas o chacales, de género desconocido, quieren sangre, pero a ocultas y, si fuese
posible, en la oscuridad de la noche!
La pena de muerte casi no se discute hoy en el terreno del derecho, sino en el de la
utilidad.
La pena de muerte, se dice, es un medio preventivo y preserva a la sociedad por medio
del terror saludable que infunde en cada uno.
No es exacto; porque sea que se busque en la miseria o en las pasiones la causa del
crimen, es nula ante ellas la influencia de la ley.
Es un castigo y ejemplariza, se agrega.
Falso: como castigo, no hay derecho para aplicar la pena de muerte: los tiempos de ojo
por ojo, diente por diente, pasaron para no volver: la venganza en la sociedad es más
infame aun que en los individuos.
Para castigar a un criminal, no es preciso matarlo. Penas hay graves que se le pueden
aplicar.
Por lo demás, el verdadero interés social está en corregir al delincuente, purificar su
alma y arrancar el crimen de su corazón.
«Cuando la sociedad mata a un culpable arrepentido, mata a un inocente», ha dicho
Lamennais.
La pena de muerte va de tal suerte desapareciendo de la codificación penal de las
naciones que, aun en aquellas que la admiten, se restringe notablemente en la práctica.
Este hecho acredita el impulso irresistible de la conciencia humana.
Hoy la pena de muerte aterra más a los que la aplican que a los que presencian tan brutal,
horrendo y repelente espectáculo.
III.
GARANTIA DEL HONOR.
El hombre, para vivir digna y cómodamente en la sociedad, necesita muchas
condiciones.
No le basta que sus derechos sean respetados: necesita también que su valor personal
sea conservado sin mancha — que no se le ultraje, se le injurie o calumnie: que nadie, en
fin, tenga derecho para deprimir a otro.
Los demás derechos son de justicia y de interés en el hombre; pero, sin ellos; o cuando
son desconocidos en todo o en parte por las instituciones del país en que el individuo
reside, una independencia posible y una abstención personal en los negocios públicos,
pueden permitirle vivir dignamente y ponerse al abrigo de vejaciones y abusos.
No sucede lo mismo con el derecho que nos ocupa; porque cualquiera lesión que lo
afecte acaba con la existencia social del individuo, si las leyes no tuvieron la suficiente
eficacia para evitar la lesión o castigarla debidamente.
¡El honor! Palabra mágica y de efecto eléctrico en cada uno de los hombres. El honor
es en el que lo posee la conciencia de su valor propio, la convicción de su dignidad,
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fundadas en el hecho de haber procedido bien. Así comprendido, el honor es la vida del
ciudadano.
En una de nuestras Repúblicas, existen los siguientes artículos constitucionales:
«23. Ninguno es hombre de bien, si no es franca y religiosamente observador de las
leyes.»
«24. El que viola abiertamente las leyes, se declara en estado de guerra con la sociedad.»
«25. El que, sin infringir abiertamente las leyes, las elude con astucia o con destreza,
daña los intereses de todos y se vuelve indigno de su benevolencia y de su estimación.»
He aquí señalado el camino que debe seguir todo hombre de honor, que, como hemos
dicho, consiste en el escrupuloso complimiento de los deberes.
Débese por lo mismo sancionar leyes severas y eficaces para contener a los detractores
y poner un dique al insulto, a la difamación, a la calumnia.
El sentimiento del honor en cada individuo ha sido, constantemente y desde los primeros
tiempos, su más poderoso estimulo de acción.
La caballería que en su origen fue una institución eminentemente social, tuvo por base
el honor; pero se convirtió más tarde en el quijotismo que nos describe Cervantes y fue
desnaturalizada.
En esos tiempos (la edad media) llevábase a tal punto la vindicación particular de
injurias, que el honor, bien o mal entendido, vino a ser la regla fundamental de las
acciones del individuo.
Matábanse los hombres por la más insignificante palabra; pero, haciendo justicia a esa
edad, preciso es reconocer que muchas veces desempeñó el duelo una misión moral,
obligando por ese medio a poderosos señores a respetar los derechos de la viuda, del
huérfano, la vida y el honor de los individuos.
De este modo, y no prestando las instituciones de entonces garantía bastante al honor,
desdeñábanse y eran miradas con desprecio por todos, las leyes prohibitivas del duelo,
por grandes que fuesen las penas impuestas a sus infractores.
Sin garantía bastante del honor, se infamaba y deprimía impunemente la honra ajena, y
los duelos naturalmente no desaparecían; porque, debiendo cada hombre conservar su
honor inmaculado, no podía obedecer leyes que ni impedían ni castigaban eficazmente
los ultrajes.
A este respecto, han sido, son y serán siempre inútiles las leyes que, sin prevenir ni
facilitar el castigo, imponen obligaciones que la naturaleza rechaza.
El duelo es ciertamente un absurdo y un crimen.
Lo primero; porque con el duelo no se repara debidamente el ultraje recibido: el
contendor puede morir ratificando su injuria y esa ratificación en tales momentos arraiga
en la opinión la idea de que fue cierto el hecho imputado.
Lo segundo, porque en ningún caso hay derecho para matar a un hombre y el duelista
que mata es un asesino, como cualquier otro.
Pero la sociedad de hoy castiga con el ridículo al que no repara una ofensa recibida.
Ante todo se necesita, pues, que semejante preocupación social desaparezca.
Y enseguida, que las leyes rodeen muy cuidadosamente al honor individual de toda clase
de garantías: que reparación social, por medio de los Tribunales establecidos, reemplace
a la reparación individual.
Y que el castigo eficaz, pronto y severo de la sociedad haga inútil el castigo privado.
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Y para ello conviene que las penas leves y hasta ridículas de los Códigos modernos,
para los injuriantes y calumniadores, sean sustituidas con penas graves.
Así se destruirá de un lado las preocupaciones sociales y se dará, de otro, entera
satisfacción hasta a las susceptibilidades de los hombres más delicados y pundonorosos.
Entonces habrá dejado de existir esa abominación tolerada que se llama duelo y que
tantos y tan irreparables daños causa a las sociedades.
IV.
DERECHO DE SUFRAGIO.
La inapreciable importancia de la política consiste indudablemente en armonizar los
derechos individuales, inseparables de la naturaleza del hombre, con los principios
inherentes a la sociedad, considerada como conjuntó de seres iguales.
En toda nación, debe existir una autoridad que dirija sus destinos, que mande y haga
obedecer sus mandatos. Este es un principio político-social, generalmente reconocido y
que ya hemos probado.
Dedúcese de esto la consecuencia de que, para la justa relación entre ambos principios,
deben existir leyes determinadas por la razón y la esencia misma de ellos.
¿Cuál será, pues, la ley que armonice el aparente conflicto entre la sociedad y el
individuo?
¿Cómo podrá ponerse en acción la primera verdad, permaneciendo ilesa la segunda?
He aquí el problema que solo la democracia resuelve satisfactoriamente.
Algunos políticos han creído abordarlo fatigando su inteligencia con invenciones
puramente ideales.
Han dicho que la ley es un principio, que causa la ciega sumisión a un Superior que
puede existir en la misma sociedad.
Bonald y José De Maistre han sido los corifeos de esta escuela. Pretendieron probar el
dominio temporal de la Providencia y que el poder social debe centralizarse, formando
uno, superior, absoluto, inexorable.
Pero esto es insostenible. El hombre no reconoce otro superior que Dios, y Dios no ha
querido manifestarse hasta hoy gobernando directa ni indirectamente a las Naciones.
La soberanía de la inteligencia es una invención algo más ingeniosa; pero no menos
quimérica.
Ya hemos demostrado efectivamente, que los derechos políticos no emanan de la
diversidad de aptitudes, sino de la naturaleza humana que, como tal, es igual en todos.
Es de consiguiente absurdo suponer que sea discutible siquiera el derecho de mandar,
concedido a los más inteligentes.
¿Cuál será entonces la ley que concilie la existencia de la autoridad con los sagrados
derechos del individuo?—No es, no puede ser otra que la concurrencia de todos a la
dirección de los negocios públicos: en otros términos, el sufragio universal.
«Dos han sido los dogmas supremos que sirvieron de base a las sociedades: la voluntad
de uno sólo y la voluntad de todos; el uno engendra el despotismo, el otro consagra la
democracia: el uno reposa sobre una usurpación criminal, el otro sobre el principio de
igualdad.»
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«Por lo mismo, la regla para los Gobiernos absolutos es la voluntad del Señor: para los
Gobiernos libres la voluntad de los ciudadanos.»
«Si la soberanía del pueblo es, pues, la ley suprema de la sociedad, el sufragio universal
es el solo medio de manifestarla.»
«El sufragio universal es la soberanía del pueblo puesta en práctica. Es el modo como
se ejerce y el solo por el que la democracia puede ser seriamente aplicada.»
«Mientras él no sea establecido, podrán organizarse oligarquías más o menos
inteligentes, pero jamás un Gobierno legítimo.»
«Mientras existan en una sociedad clases enteras de ciudadanos excluidos del derecho
de sufragio, la obediencia de su parte será un acto de sumisión o de apremio; pero no una
consecuencia necesaria de su libertad.»
«Fallarán al orden las más sólidas garantías y la sociedad entera quedará entregada a los
sacudimientos, a las amenazas continuas de las revoluciones, marchando así, de
convulsión en convulsión a su desorganización y a su ruina.»
«No es, en consecuencia, necesario demostrar que el sufragio universal debe ser
admitido en todo país donde la soberanía nacional sea reconocida; puesto que no es otra
cosa, el sufragio, que la misma soberanía puesta en ejecución.» (Marrast.)
Lo expuesto basta para demostrar la legitimidad del importante derecho del sufragio
que, por otra parte, no es sino la consecuencia lógica y necesaria de los principios que
hasta ahora hemos expuesto.
Pasemos a ocuparnos de la aplicación de la teoría.
En las primitivas sociedades se encuentran muy pocos casos de que el pueblo
contribuyese con su voto a la dirección gubernativa.
Más tarde fue consultado, y en Atenas su voluntad era conocida por medio del voto,
emitido en alta voz en la plaza pública.
En Roma se dividió la soberanía entre el Senado y el Pueblo. Este tenía, sin embargo,
tan pequeña parte, que las leyes eran propiamente votadas por las primeras centurias, o
por los ricos con exclusión de los pobres.
Los últimos no tuvieron sino una magistratura, el Tribunado, y los plebiscitos
convocados por este, no tuvieron desde luego fuerza de ley, ni podían revocar lo que las
centurias hubiesen declarado.
Se descubre, pues, que en la antigüedad fue imperfectamente reconocido y organizado
el derecho de sufragio.
La actual organización de las Naciones ofrece sistemas diversos de elección, más o
menos imperfectos.
En los estados monárquicos, el sufragio es más bien una concesión que un derecho.
Ciertamente un Rey no puede corromper a toda la Nación; pero el oro, las gracias, las
dignidades y los privilegios, concedidos a los grandes, sírvenles a estos para corromper a
la multitud. En las Monarquías el sufragio lleva siempre el sello monárquico.
Otra cosa sucede en las Repúblicas.
La Francia de hoy tiene por sus leyes restringido el sufragio, pero más que todo por el
hábito de ciertas corrupciones. Sin embargo, el sufragio se realiza con la mayor libertad
posible en el actual estado de ignorancia y de abatimiento de las masas electorales.
La pequeña Suiza ofrece diferencias a este respecto. Hay Cantones en que la elección
nada deja que desear; pero los hay también en que el sufragio es muy imperfecto.
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En los Estados Unidos del Norte, es donde el ejercicio del derecho de sufragio se halla
más racionalmente organizado.
El art. 8º de la Constitución de Vermont, cap. 1° dice así: «Todo hombre libre, conocido
por su adhesión al bien público y a la comunidad, tendrá derecho de elegir y de ser
elegido;» y el 21, cap. 2° se expresa en estos términos: «Todo hombre, de edad de 21 años
cumplidos que haya habitado un año entero en este Estado antes de la elección y haya
observado una conducta sabia y pacífica, podrá adquirir el privilegio de ciudadano del
Estado.»
En Tennessee el art. 7º tit. 9º dice: «Las elecciones serán iguales», y en el art. 1° tit. 3°:
«Todo hombre libre, edad de 21 años, que posea un bien en el Condado en que pretenda
votar, y todo hombre libre, habitante de un condado cualquiera, durante los seis meses
que hayan precedido inmediatamente a la elección, tendrán derecho de votar en el
condado donde residen.»
La Constitución de Kentucky dice en tit. 10, art. 5°: «Declaramos que toda elección será
igual;» y tit. 2º art. 8°: «En toda elección, todo ciudadano libre, edad de 21 años, que
hubiese residido dos en el Estado, o solamente el año anterior a la elección en la ciudad
o condado, donde se presente a votar, gozará del derecho de elector.»
La constitución de Ohio exige para ser elector 21 años y residencia de un año.
La de Louisiana exige iguales requintos.
Y, en fin, en casi todas las constituciones no se observan otras calidades, para ser elector,
que la edad de 21 años y residencia de seis meses a un año.
Para ejercer el derecho de sufragio no debe exigirse, pues, otra cosa en el individuo que
su capacidad para ser elector, y capacidad la tiene todo aquel que pueda formarse una
conciencia política.
Entonces, tiene incuestionablemente el derecho de intervenir como una unidad, igual a
la de cualquier otro, en la dirección social.
¿Qué es el sufragio sino la emisión legal del voto, y que es el voto sino la opinión que
cada uno expresa verbalmente o por escrito respecto de las cuestiones sociales?
Instruíos, pues, que la instrucción es el fundamento de la capacidad.
Siendo la ley la expresión de la voluntad de la mayoría, y resultando esta expresión del
sufragio universal ¿cómo podría verificarse este hecho, si los que votan son incapaces?
Ya expusimos que el idiota y el ignorante no son miembros de la sociedad política, sino
simples agregados a quienes solo se les debe protección y amparo.
Pero, por lo mismo que la aptitud es la única condición racional de la ciudadanía, lo
demás que se exija es abusivo, violento, injustificable.
Injusto es fundar el sistema electoral en la propiedad o en la renta.
Porque ¿cómo podrá demostrarse que la propiedad o la renta sean el origen del derecho
más importante del hombre en sociedad y no la naturaleza que es igual, tanto en el rico
como en el pobre?'
Ni aun siquiera puede afirmarse que los ricos tienen más interés en la conservación del
orden público que los pobres; pues los sacudimientos sociales son más bien causados por
el capricho, el orgullo y la ociosidad de los ricos que por la desesperación indigente de
los pobres.
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Los pobres, en efecto, que viven y subsisten con el producto de su trabajo personal, no
tienen para este otra garantía que el orden: no así los ricos, cuya subsistencia se halla
fuera del influjo de los vaivenes políticos.
Finalmente, la propiedad o la renta tiene hoy dos rivales poderosos que por su misma
flexibilidad le arrebatan ya el imperio y los destinos del mundo, y esos rivales son la
inteligencia y la industria, cualidades que más comúnmente se desarrollan entre los que
tienen que trabajar para vivir.
Exigir para el ejercicio de la ciudadanía pago de contribuciones, es inoficioso: 1° porque
todo ciudadano debe pagarlas en un sistema político racional, y 2° porque si la renta o el
producto del trabajo son tan exiguos, que la ley justa los exime del pago de impuestos, es
temerario e insostenible que se castigue a los pobres, con la privación de su principal
derecho, por crimen que no cometieron.
Al tratar de este asunto debemos también tomar en cuenta una circunstancia.
El desarrollo natural del hombre; o sea, el completo uso de su inteligencia y la suficiente
independencia de su voluntad, que constituyen el miembro útil de una Nación, no se
verifica en todos los países a la misma edad. Varía de 18 a 21 años. Entre nosotros puede
asegurarse que es la primera de estas cifras, y por consiguiente es ella la que debe señalar
la ley.
Resta únicamente que nos ocupemos de la manera como puede ejercerse el derecho de
sufragio.
Se ha llamado elección de primer término o directa la que se verifica cuando los
ciudadanos elijen por sí mismos a las personas que deban encargarse del poder. Indirecta
o de segundo término, cuando se verifica lo mismo promediando los colegios electorales.
Se emplean ambos modos de elección; pero la directa es la única que representa
genuinamente las resoluciones de la mayoría.
Los Colegios electorales pueden, en efecto, alterar la voluntad de sus poderdantes. Su
reducido número se presta fácilmente a la corrupción y a los abusos.
La mayoría, además, no debe nombrar apoderados para actos que ella misma puede
realizar y que, confiados a otros, ofrecen el inconveniente de no traducir fielmente sus
determinaciones y su voluntad.
Conocida la importancia de este derecho primordial en los individuos componentes de
una nación, puede asegurarse que la ley reglamentaria de elecciones es el verdadero
termómetro para conocer el mayor o menor grado de libertad y de civilización en un país
representativo.
V.
IGUALDAD ANTE LA LEY.
Toda ley debe tener el carácter de general y comprender por consiguiente a todos los
ciudadanos sin excepción alguna. La relación de los hombres entre sí, respecto a las leyes
que se expiden, es lo que constituye, pues, la igualdad ante la ley.
Un jurisconsulto ha dicho: «la ley es una intención justa expresada por la voluntad
soberana que algo arregla, ordena, permite o prohíbe».
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En su aspecto práctico, la ley es la voluntad general expresada por la mayoría de
ciudadanos o de sus representantes.
Así, la ley emana de la voluntad del pueblo, único soberano, y esa voluntad la manifiesta
el sufragio universal.
De aquí resulta que la esencia de la ley consiste en su generalidad; porque si todos la
forman para el arreglo y orden de todos, cada uno de los miembros, sin excepción, debe
estarle sometido, por cuanto concurrió a su formación como una unidad
Como ciudadano, pues, el que manda, y el que obedece, el eclesiástico y el militar, el
rico y el proletario, todos deben estar de igual modo sujetos a lo que la ley dispone.
Si de otro lado, tomamos en consideración la igualdad de derechos y naturaleza en los
hombres y la ilegitimidad de todo privilegio, resultará que la igualdad ante la ley es una
necesidad social, ya se considere el carácter mismo de la ley, ya el de los que la forman.
Abramos un momento la historia y ella nos dirá lo que ha sido este importante derecho.
Sin ir muy lejos, lleguemos únicamente a la edad media de los países civilizados.
Entonces los hombres, unos eran señores, otros su dominio, y la ley dictada e impuesta
por los primeros no importaba otra cosa que la opresión para los feudatarios.
La fuerza concentrada en los unos dispuso a su antojo de la vida e intereses de los otros.
Tal es, en dos palabras, el cuadro fiel que nos presenta esa edad.
La reacción se hizo sentir después en cuatro grandes revoluciones.
Fue la primera la inglesa. Siendo su aristocracia celosa por demás de sus prerrogativas
y privilegios, Carlos I. quiso gobernar sin ella y sin el pueblo, prescindiendo de la
cooperación del Parlamento.
Principió pues, una lucha encarnizada y formal. Olivier Cromwell se puso a la cabeza
de la revolución y con los independientes, cuyo jefe era, triunfó del partido real.
El 50 de enero de 1649, Carlos fue ejecutado delante de su palacio de White Hall.
Durante este movimiento fue general en Inglaterra el clamor para que se realizase la
igualdad ante la ley; pero Cromwell no era más que un ambicioso, y las esperanzas del
pueblo inglés fueron burladas.
La segunda revolución fue la de Estados Unidos de Norte América.
Los privilegios tenían de tiempo atrás descontentas a las colonias y habiendo pretendido
Inglaterra crear algunos impuestos sin el consentimiento de aquellas, se inició un
movimiento que fue seguido de esta preciosa declaración:
«Nosotros, Representantes de los Estados Unidos de América en este Congreso General,
invocando en testimonio de nuestras rectas intenciones al Supremo Juez del Orbe entero,
en nombre y por la autoridad que nos ha conferido el pueblo… publicamos y declaramos
con plena solemnidad: que estas colonias son y tienen derecho para ser Estados libres e
independientes… Y para que esta declaración tenga validez, confiando con ánimo firme
en la divina Providencia, obligamos mutuamente nuestro honor, nuestros bienes y
nuestras vidas.»
¡Cuánta magnificencia en tanta sencillez!
Desde entonces la igualdad ante la ley fue completa, con excepción de algunos Estados
esclavistas. Hoy ese borrón ha desaparecido de las páginas constitucionales de esa gran
Nación.
La tercera revolución fue la francesa de 1789, preparada, no por los celos de la
aristocracia como la inglesa, ni por los privilegios y la opresión intentada como la de
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Norte América, sino por la filosofía del siglo XVIII, cuyo mérito no puede negarse, a
pesar de los defectos y exageraciones de que adolece.
En esa revolución fue conquistada la igualdad ante la ley, que quedó así establecida:
«Art. 5º (Declaración de los derechos del hombre) La ley no puede extender sus
resoluciones más allá de lo que requieren las acciones perjudiciales al entero cuerpo
social: nadie tiene derecho para impedir que otro haga lo que no está vedado por la ley,
ni puede ser obligado a ejecutar cosas que la ley no ordena.»
«Art. 6° La ley no es más que la expresión de la voluntad general... y debe ser la misma
para los ciudadanos, ya sea que proteja o que imponga castigos. Todos los ciudadanos,
por su misma igualdad ante la ley, pueden ser admitidos a toda especie de cargos públicos,
dignidades y empleos, en razón de su capacidad y sin distinción alguna, a no ser las de la
virtud y el mérito.»
He allí el Derecho reconocido en su verdadero valor y límites.
De la cuarta y última grande revolución fue teatro la América del Sur.
Oprimidas las colonias españolas y agobiados sus habitantes bajo el ominoso y bárbaro
yugo de la metrópoli, quisieron manifestar al mundo que eran hombres, y su voluntad
firme señaló a cada una un lugar entre las naciones independientes.
En 25 de Mayo de 1810 empezó verdaderamente esta revolución en Buenos Aires por
la deposición del virrey y su reemplazo por una junta gubernativa.
Venezuela y Nueva Granada, después de diez años de constantes y heroicos esfuerzos,
se declararon a su vez independientes, reuniéndose en una nación, por el acto fundamental
de Diciembre de 1810, bajo el nombre de «República de Colombia».
Chile hizo igual cosa de su parte, y en 1818 declaró su independencia, ratificada y
consumada bien pronto por el valor y decisión de sus hijos.
El Perú, emporio del poder español, declaró también su independencia en 1821, y
después de algunos años de una guerra desigual, en la que combatían de un lado el
patriotismo y la miseria, y del otro el servilismo y la opulencia, consumó su declaración
en la campal y memorable batalla de Ayacucho (9 de Diciembre de 1824).
Nunca vieron los siglos más grande revolución por sus fecundos resultados. De ella
salieron a la vez algunas Naciones independientes y soberanas, y en todas quedó
proclamada y establecida la igualdad ante la
ley.
Pasados, empero, estos nobles y majestuosos sacudimientos, ha vuelto el reinado de los
privilegios.
La igualdad inglesa no existe.
La Francia ha experimentado hondas perturbaciones. Napoleón I ahogó entre sus brazos
la igualdad proclamada en 1789. En vano Benjamín Constant y otros espíritus generosos
e independientes trataron de salvarla: el coloso la hizo girones.
La Restauración y el Rey de los franceses algo concedieron; pero vino Napoleón el chico
y volvió a anonadarla.
Hoy la Francia es una República y sin embargo la igualdad ante la ley no es todavía
completa.
El pueblo heredero de la virtud de Washington y del carácter de Franklin ha conservado
ilesa la igualdad legal y, con tijeras diferencias, ha sucedido lo mismo en las demás
Repúblicas de América.
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Continuando ahora nuestro propósito, haremos observar que uno de los privilegios que
más han atacado la igualdad ante la ley es el establecimiento de fueros diversos y la
institución de tribunales especiales.
Unos y otros deben desaparecer, porque contrarían abiertamente la igualdad legal.
En la sociedad no hay, no puede haber clases, ni privilegios.
Si hay individuos que ejercen en la sociedad cierta clase de funciones, esa circunstancia
no puede eximirlos de estar sometidos a la misma ley y a los mismos jueces
Puede haber tribunales privativos; es decir, que se ocupen tan solo de asuntos de cierta
naturaleza; pero no debe existir tribunal alguno establecido por solo la diferencia de
personas.
Para concluir haremos presente:
Que en la ley toda excepción es injusta:
Que no habiendo clases ni privilegios en la sociedad, la ley no puede reconocerlos:
Que los que se creen superiores por nacimiento, son seres despreciables y menguados;
y finalmente,
Que si la ley carece del carácter de generalidad que constituye su esencia, deja de ser
una ley en la verdadera acepción de la palabra.
La justicia debe ser, pues, igual y universalmente aplicada por los mismos jueces a todos
los ciudadanos, sin excepción.
VI.
DERECHO DE PROPIEDAD.
Para vivir el hombre sobre la tierra, tiene muchas necesidades que satisfacer.
Debiendo buscar no solamente lo útil sino también lo agradable, le es preciso apoderarse
de ciertas cosas para atender a su conservación y a sus goces.
Pero como la naturaleza no produce o produce muy poco espontáneamente, el hombre
se vio condenado al trabajo.
Preciso es, pues, trabajar para llenar el precepto: «comerás el pan con el sudor de tu
rostro.»
He aquí el origen del derecho de propiedad: nada poseemos, en efecto, que no nos haya
costado algún trabajo.
Penetremos en el fondo de la cuestión.
Un artesano nos presenta un producto que ha elaborado y dice: «esto me pertenece.»
¿Es solo el trabajo el que decide la pertenencia?— No: hay algo más sagrado; la facultad
intelectual con cuyo auxilio se ha hecho la elaboración.
Propietarios todos de nuestras facultades, podemos hacer de ellas el uso que nos
convenga, sin que persona alguna tenga derecho para oponerse.
Esto es lo que se llama propiedad natural.
Ejercida una facultad, se obtiene un producto que debe seguir la misma suerte que su
causa: he aquí lo que se denomina propiedad civil.
Luego el verdadero complejo origen de la propiedad es el trabajo dirigido por la
inteligencia.
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Pero, si el trabajo decide de la pertenencia de un objeto ¿por qué es tan variada la
condición humana? Hoy nace un hombre para mecerse en blando lecho y heredar grandes
dominios, y mañana verá la luz otro que no posea ni aun el terreno que necesita para llevar
su existencia; y, sin embargo, ninguno de los dos ha podido trabajar.
Fácil es destruir este argumento.
Uno es el modo de adquirir la propiedad — la producción, y de este se derivan dos
consecuencias.
O recibimos un objeto por otro que damos, o lo adquirimos gratuitamente del que lo
produjo.
En la primera están comprendidos, la venta, el cambio y los demás contratos que se
llaman onerosos: en la segunda las sucesiones y todos los contratos gratuitos.
Es fuera de toda duda que la adquisición hecha, en virtud de un contrato oneroso, tiene
por fundamento el trabajo; pues aunque no hayamos coadyuvado a la creación del artículo
que recibimos, hemos trabajado para adquirir el que damos. No hay en rigor más que un
cambio de trabajo representado por los productos, materia del contrato.
El que hereda o recibe en donación algunos bienes, es cierto que no ha trabajado para
procurárselos; pero no lo es menos que la adquisición es legítima.
Si el que hereda no trabajó para adquirir, trabajó a no dudarlo su instituyente.
Y si el donatario, no trabajó, trabajó el donante.
Ahora bien: el derecho de propiedad, no es ni puede ser personal; es decir, no puede
acabar con el dueño.
Si después de satisfacer nuestras necesidades, nos resulta un sobrante ¿quién se atreverá
a decir qué no tenemos el derecho de disponer de él a favor de quien nos plazca?
Negar este derecho sería herir la más delicada fibra del corazón humano: sería negar al
grande productor la facultad de socorrer, con lo que personalmente no necesita, al
hermano, al huérfano, al desvalido o a quien le parezca.
Y si es cierto que esto puede hacerse durante la vida ¿por qué no al acercarse la muerte?
¿los bienes que quedan, dejan acaso de ser un sobrante, disponible como cualquiera otro?
Y siendo incuestionable el derecho en el testador ¿podrá cuestionarse el derecho de los
que reciben la herencia? — De ninguna manera.
Resulta pues evidente que toda propiedad adquirida por donación o herencia reconoce,
como las demás, por único origen el trabajo.
Y aparte de lo dicho, puede asegurarse que no hay traspaso de propiedad enteramente
gratuito: el heredero y el donatario algo trabajaron para obtener la herencia o la donación.
Este hecho está probado con la libertad absoluta del testador en los países que la
reconocen, y con la facultad de desheredar a los herederos forzosos, en los países cuya
legislación los admite.
Desde que el hombre es libre para donar en vida o por testamento, debe suponerse, pues,
que algún título tuvieron para con él los donatarios o herederos y ese título importa
indudablemente algún trabajo.
La ocupación y la invención son también actos por cuyo medio se adquiere la propiedad,
y sin embargo solo pueden apoyarse en el trabajo.
Según esto, la propiedad es tan antigua como el hombre: es contemporánea del trabajo.
Falsean la historia los que dicen que hubo un tiempo en que los bienes fueron comunes.
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Los primeros habitantes del globo tuvieron un hogar, una flecha, un rebaño; y cada cual
gozó tranquilamente del producto de su trabajo.
La palabra mío existe en todos los idiomas, por la sencilla razón de ser en todos los
hombres innato el deseo de adquirir, deseo que los acompaña desde la cuna hasta la
muerte.
Cámbiese la condición humana: pueda el hombre vivir sin trabajar, y entonces será
posible el comunismo.
Tentemos la prueba del absurdo.
¿Qué sería una Nación en que todos los individuos fuesen propietarios de una porción
de terreno, de unas varas de tela, de una habitación?
¿Habría campo y medios bastantes para acallar las exigencias de todos?
¿Son acaso el alimento, el vestido y la habitación las únicas necesidades del hombre
inteligente y sociable?
¿La industria y el comercio serían posibles en tal sociedad?
Y suponiendo que un hombre tuviese diez hijos y otro dos, la condición de ambos
cambiaría inmediatamente. Las necesidades de la familia del primero no se llenarían de
igual modo que las del segundo.
Y, muriendo los padres ¿cómo quedarían los hijos?
Sería necesaria entonces una nueva división, un nuevo desorden, y en la interminable
serie de la divisiones y desórdenes, ningún gobierno sería posible.
Porque todo el tiempo sería insuficiente para ocuparse de las pretendidas igualdades.
De otro lado ¿Quién querría trabajar en beneficio ajeno? ¿Por qué esforzarnos hoy en
adelantar nuestros bienes, si otro ha de poseerlos y gozarlos mañana?
El comunismo sería, pues, imposible en el terreno de la práctica.
Hemos demostrado antes que entre los hombres no hay igualdad absoluta; porque
aunque nacidos todos con las mismas facultades, el desarrollo y perfeccionamiento de
ellas varía desde el íntimo hasta el supremo grado.
Sucede lo mismo con la propiedad.
Entre todos los hombres hay una igualdad esencial que consiste en la capacidad de
adquirir; pero esta capacidad es diferente según el grado mayor o menor de desarrollo de
su espíritu y de su cuerpo, de su inteligencia y de sus fuerzas.
Y si la causa o el origen de la propiedad es diferente en los hombres, el efecto, o sea, la
propiedad misma, tiene que serlo también.
De aquí la jerarquía en la propiedad, tan racional y justa como la jerarquía social de que
nos ocupamos antes.
Algunos han sostenido la idea de que el gobierno ejerza el derecho de propiedad que
pertenece a los individuos. El gobierno debería constituirse en administrador de las rentas
de todos y distribuir sus productos.
Nos es difícil señalar los inconvenientes de este sistema.
Desde luego, la distribución no podría hacerse; pues muriendo unos y naciendo otros
diariamente, el tiempo, como lo hemos dicho, no estaría para el arreglo.
El sistema además pondría al hombre en el estado de lo más dura servidumbre, de nada
podría disponer; sería una máquina movible a voluntad del gobernante. (Courcelle
Seneuil.)
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Y entonces el hombre habría descendido de su elevada condición a la de simple bestia,
no solo sin facultades superiores sino hasta sin instintos.
Demostremos ahora directamente la legitimidad de este importante derecho.
Lo que hemos adquirido nos pertenece, porque es nuestra la facultad empleada con ese
objeto. De otro modo, resultaría que el hombre debía trabajar y privarse del producto del
trabajo, lo cual es inadmisible.
La satisfacción de las necesidades supone la apropiación de las cosas con las cuales se
satisfacen. Y esta apropiación como indicamos antes, solo se verifica trabajando para
obtener el objeto que se necesita u otra cosa por medio de la cual se obtenga.
La conciencia general de la humanidad ha reconocido y sancionado siempre este
derecho; y como en política no hay socialmente hablando otra legitimidad que la que
confiere el consentimiento de la mayoría, resulta que el derecho que examinamos es
legítimo, bajo cualquier aspecto que se le considere.
Los hechos de la más remota antigüedad, consignados en las historias primitivas,
prueban además que este derecho, como principal en el orden político, jamás dejó de ser
aceptado y establecido.
La Biblia, la obras de Confucio, las de la India, así lo testifican.
El Evangelio no solo legitima el derecho de propiedad sino que lo santifica, como
adquirido con el trabajo.
He aquí la explicación de una de sus parábolas.
Un individuo recibió de su padre como capital, veinte talentos, otro recibió diez y un
tercero cinco y el padre partió a lejanas tierras. Volvió al cabo de algún tiempo y llamó a
sus hijos.
Díjole al primero: ¿qué has hecho del capital que te dejé? — Y el hijo contestó: padre,
me dejaste veinte talentos; trabajando he ganado diez y aquí tenéis, señor, los treinta. —
Has obrado bien, hijo mío, contestó el padre.
Hizo en seguida al segundo igual pregunta y el hijo contestó: padre mío, me disteis diez
talentos; con mi industria gane otros diez; aquí tenéis los veinte: — hijo mío, le contestó
el padre, obraste mejor que tu hermano.
A su vez interrogado el tercero, contestó: padre me dejaste cinco talentos y yo por
seguridad y temiendo perder algo de ellos, los guardé para devolvéroslos: aquí los tenéis.
Mal hijo, le contestó el padre, tu no recibirás galardón.
El pensamiento de la generalidad está reproducido en la anterior parábola: el trabajo es
la ley, su consecuencia la propiedad y el que trabaja y adquiere cumple la ley y recibe su
recompensa.
Teniendo además, los hombres iguales derechos e idénticas obligaciones, cada uno para
conservar su derecho está obligado a respetar la propiedad ajena.
Los comunistas, cuyo número es reducidísimo, comparado con el total del género
humano, halagaron con sus doctrinas a una parte de la clase proletaria; pero el resto de
esta misma, que tenía sentido común, y toda la parte pensadora de la sociedad rechazaron,
con desprecio, sus absurdas y quiméricas invenciones.
Verdad es que la clase pobre, en la actual organización de las sociedades, merece un
cuidado preferente y especial, para que su suerte sea mejorada; pero no es el comunismo,
medio inmoral e injusto por esencia, el que debe usarse para alcanzar tan laudable fin.
Protéjase el espíritu de asociación.
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Aliéntese el trabajo:
Háganse desaparecer los principios disociadores que hoy gobiernan las naciones:
Establézcanse sistemas racionales de Gobierno;
Y entonces veremos a esa clase pobre levantarse por sí misma del estado de degradación
en que se encuentra, y recorrer la escala de la jerarquía social hasta sus más elevadas
posiciones,
El mal está en las pésimas instituciones, no en la diferencia de propiedades.
Y la prueba es que el sentimiento comunista se desarrolla en los países con más o menos
fuerza, según es mayor o menor el grado de las desigualdades, de las injusticias, de los
privilegios.
En los Estados absolutistas el sentimiento es fortísimo, en los monarquistas
constitucionales menor, en las repúblicas casi no existe.
Es lógico: la reacción tiene que ser proporcional a la fuerza represora.
Si un derecho es comprimido, al romper sus ligaduras, traspasa sus justos límites y llega
hasta las más lamentables exageraciones.
Los comunistas, en su demencia, han llegado a decir y hasta han pretendido probar que
«la propiedad es el robo.»
¡Pobres locos! Tanto valdría que hubiesen dicho y pretendido probar que «la virtud es
el crimen.»
Tan estúpida insensatez no merece siquiera los honores de la discusión.
«No hagas a otro lo que no consintieras que te hicieran a ti mismo.» Ved aquí dos
palabras que destruyen tal absurdo.
¿Consentiría el comunista más recalcitrante en que el alimento que debiera servirle para
el sustento del día, el vestido que lo cubre y salva de la intemperie, la habitación que lo
abriga, fuesen tomados por otro, a título de mayor necesidad?
¿Consentiría que su mujer y sus hijos se viesen a su vez privados, por igual título, de lo
necesario para la vida?
De ninguna manera: ese comunista defendería con su existencia lo que su propia
existencia reclama como indispensable y que fue el fruto de sus vigilias, de su trabajo.
A pesar de todo, vana sería la propiedad sin la protección de la ley.
El fuerte viviría a expensas del débil a quien por el temor o la violencia arrancase el pan
adquirido con el sudor de su rostro.
La sociedad debe pues cuidar de que la propiedad del individuo sea respetada e imponer
severo castigo a las personas constituidas en autoridad, a sus agentes o a los particulares
que no cumplan ese deber.
Debe también arreglarse las cosas de tal modo que cada uno pueda gozar tranquilamente
del producto de su trabajo; protegiendo a cualquiera que haya recibido daño en su
propiedad por culpa de otro.
En suma; debe garantirse eficazmente la propiedad.
Este deber se ha llenado en todas las Naciones del mundo; no hay constitución o estatuto
en que no se encuentre un artículo que lo garantice, y aun los Autócratas se han cuidado
de ello con particular interés.
En la práctica, la propiedad no ha sido tan inviolable de parte de los mandatarios.
Cuando un país pasa desgraciadamente por circunstancias anormales, se hace notar de
un modo especial la falta de respeto a la propiedad privada.
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Haciéndose entonces los Gobiernos comunistas, se creen con el derecho de disponer a
su arbitrio de los bienes todos.
Con el sagrado nombre de la salud de la patria se cubre todo género de exacciones y
violencias.
Decrétase contribuciones extraordinarias, impuestos forzosos, expropiaciones etc.
Y la necesidad pública todo lo excusa en el ánimo de esos autorizados violadores de la
propiedad.
No autorizáis y, si es posible, no consintáis en la perpetración de esos crímenes.
Porque la violación de la propiedad se llama hurto o robo, según la manera de
verificarse, y el hurto o el robo son crímenes vergonzosos.
Y el delito es más grave cuando lo perpetra una persona constituida en autoridad, desde
que para ello emplea la fuerza pública que solo puede usarse para los altos y nobles fines
que la sociedad se propuso al constituirse.
Las Naciones ejercen el derecho de propiedad sobre su territorio y sobre los bienes que
en él existen.
Y la propiedad pública es más sagrada aun que la propiedad privada.
Su violación es, por lo mismo, un crimen mayor.
Los que violan las arcas públicas, los que de ella extraen los dineros del Estado para
aplicarlos a objetos distintos de los señalados por las leyes, deben ser severamente
castigados.
Y los que aplican esos dineros a su beneficio particular, deben sufrir, además del castigo,
un anatema: se les debe separar de la comunión política.
La honorabilidad pública es, sin embargo, un corolario de la honorabilidad privada. El
que en sus relaciones individuales no se manejó con honradez, no puede ser honrado en
el ejercicio de sus atribuciones o en el cumplimiento de sus deberes como autoridad.
No olvidéis este aforismo y, en consecuencia, que jamás se confíen los puestos públicos
al que fue mal ciudadano.
Aborreced el crimen: despreciad al que violó la propiedad privada: no perdonéis jamás
al hombre público que introdujo su mano en las Cajas del Estado.
El comunismo es una gangrena que necesita amputación y de cuyo contagio debéis huir.
Negad vuestro concurso y vuestro apoyo al mandatario que viola la propiedad privada.
No andéis nunca en compañía de ladrones.
Y juzgad severamente, con toda la severidad posible, al funcionario público que, dando
a los fondos fiscales diversa aplicación, los tomó para sí o los entregó a sus esbirros.
VII.
IGUALDAD DE CONTRIBUCIONES.
Contribución e impuesto son dos palabras que en política se admiten como sinónimas,
Dufour establece sin embargo entre ellas la siguiente diferencia.
La contribución se percibe en provecho del tesoro común para ser aplicada a las
necesidades del Estado.
En el impuesto los productos se afectan a gastos determinados, algunas veces temporales
y, por lo general, locales.
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Pero esta distinción es ilusoria.
Entre impuesto y contribución no existe otra diferencia que la proveniente del nombre:
aquel supone algo arbitrario o violento; esta supone espontaneidad.
Por tal motivo, conservaríamos el nombre de contribución, si pudiera excluirse el de
impuesto.
La contribución es la parte de bienes que cada ciudadano entrega a las autoridades
constituidas para atender con ella a los gastos nacionales.
La contribución es tan antigua como las sociedades políticas. Letras de excepción de su
pago se han encontrado en los sepulcros de las momias egipcias de la más remota
antigüedad.
Entre los Romanos la contribución sé impuso sobre todas las riquezas, cobrándose a
cada uno el quinto, el décimo o la vigésima parte de sus bienes.
Entre los hebreos se pagaba el diezmo con regularidad desde los tiempos primitivos.
Abraham mismo lo pagó a Melchisedec.
Los Atenienses pagaron también el diezmo en su origen. Sus leyes fueron después
reformadas por Solón, quien dividió a los contribuyentes en cuatro clases, pagando cada
una la cuota correspondiente.
En los tiempos posteriores las leyes Romanas fueron también reformadas. El pueblo se
dividió en seis clases que pagaban el impuesto proporcionalmente.
Después y a medida que el poder Real se iba extendiendo y fortificando en todos los
pueblos, los impuestos se multiplicaron.
Todo medio que se dirigiese a explotar a los ciudadanos, pareció bueno, siempre que,
aumentando el tesoro Real, fuese posible su ejecución.
Inútil sería enumerarlos: muchas páginas se llenarían con esa nomenclatura.
Y así siguieron las cosas hasta 1776. Las necesidades del Monarca, su lujo, su fausto,
su corte, su corrupción, sus dispendiosas guerras, fueron la única medida. ¡Pobres pueblos
los de aquella dilatadísima época!
Pero en dicho año, el abuso en la imposición, hizo que un pueblo entero se levantase en
masa contra sus opresores.
He aquí algunas disposiciones constitucionales de los Estados Unidos de América.
Illinois, tít. 8° art. 20: «Las contribuciones deben imponerse de modo que cada uno
pague proporcionalmente.»
Ohio, tít. 8º art. 23: «Todo impuesto por cabeza es injusto y opresivo, y la legislatura
jamás podrá imponerlo.»
Maryland, art. 15: «La imposición de contribuciones por el número de cabezas es injusta
y opresiva: debe ser abolida. Los pobres no deben sufrir imposición ninguna: pero las
demás personas en el Estado deben contribuir a los gastos públicos en proporción a su
riqueza actual.»
La revolución Francesa sancionó el siguiente principio: «Todo impuesto debe ser
establecido por una ley»; lo que quiere decir que debe ser votado por los Representantes
de la Nación.
Desde entonces ese principio pasó al derecho público de todas las Naciones organizadas
constitucionalmente, cualquiera que sea su forma de Gobierno.
El impuesto o contribución es en su esencia justo, legitimo y necesario.
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Son inherentes al estado de sociedad ciertos gastos, esto es indiscutible. ¿Con qué
fondos verificarlos?
La sociedad posee, es cierto, algunos bienes, los de propiedad pública; pero si el
producto de ellos es insuficiente para los gastos, y tiene que serlo efectivamente ¿cómo
llenar el déficit?
La, Nación no puede emplear el trabajo, la industria, el comercio, etc. medios
reconocidos de adquirir.
Luego tiene que acudir a las fortunas de los ciudadanos y la única justa manera es la
contribución proporcional.
«Ningún Estado puede sostenerse si los ciudadanos no lo sostienen» (Vauban).
Y la contribución tampoco es gratuita de parte de los contribuyentes: es por el contrario
una muy pequeña retribución del individuo a la sociedad que lo protege, lo ampara e
influye poderosamente en la producción individual.
Rossi ha dicho: «La acción del gobierno es un medio indirecto de producción. Suprimid
al gobierno, suprimid la justicia social, suprimid la fuerza pública ¿qué sería el trabajo en
las sociedades civiles?
El artesano, el obrero, el industrial, etc. careciendo de la protección precisa, no podrían
defenderse, ni defender su producción.
Y Say dice; «La acción gubernativa sobre la producción es incontestable. Negarla es
simplemente hacer oposición no establecer doctrina. Hay mala fe en los que han
concentrado sus ataques contra los Gobiernos negándoles aquella influencia. Atacar los
impuestos y prometer reducirlos fue siempre nada más que un medio de adquirir
popularidad.»
Pero, de que el impuesto sea justo en principio, no se deduce que todo impuesto lo sea.
Toda contribución tiene límites y está sometida a ciertas reglas.
Así, su primera condición debe ser, el estar claramente destinada a satisfacer gastos
útiles.
La utilidad de los gastos es el límite necesario e incontestable del impuesto: si de él pasa,
es injusto.
«Para fijar bien los ingresos, dice Montesquieu, es preciso considerar las necesidades
del Estado y las necesidades de los ciudadanos, injusto es considerar las exactas rentas de
los ciudadanos para satisfacer necesidades imaginarias de los Gobiernos.»
«Y si el impuesto es, agrega Dalloz, la parte que el Estado toma sobre monto de la
producción, esa parte debe ser proporcional a dicho monto, aumentando o disminuyendo
con él.»
Al señalar cuota a las contribuciones, debe, además, tomarse en cuenta la riqueza
nacional, aumentarse o disminuirse con ella: todo exceso sería opresivo para las fortunas
privadas, que forman juntas la fortuna nacional.
Con relación a los ciudadanos, he aquí cuatro máximas establecidas por Adam Smith y
aceptadas universalmente.
1ª Los ciudadanos de un Estado deben contribuir al sostenimiento del Gobierno en
proporción a sus facultades; es decir, a la renta que gozan bajo la protección del Estado.
2ª La parte de impuesto que cada individuo ha de pagar debe ser cierta y no arbitraria.
La época del pago, el modo de pagar, la cantidad, todo debe ser claro y preciso:
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3ª Todo impuesto debe percibirse en la época y de la manera que sea más cómoda a los
contribuyentes; y
4ª Todo impuesto debe ser establecido de modo que el pueblo no pague sino muy poco
más de lo que entró al Tesoro.
Quedan demostradas, la legitimidad del derecho que tiene el Estado para exigir
contribuciones a los ciudadanos y la obligación de estos para contribuir.
Y que la contribución debe ser igual, se deduce de la misma naturaleza del hombre en
sociedad; porque si los miembros de una Nación son iguales en derechos y se hallan
reunidos con un fin de utilidad general, no cabe duda de que cada uno debe concurrir
igualmente a sostener los gastos de la misma Nación.
Es esta, como se ve, una consecuencia de los derechos sociales e individuales que hemos
explicado hasta ahora.
¿Mas cómo llevar al terreno práctico esta igual obligación de los ciudadanos?
¿Qué contribuciones deberá imponerse y cómo se establecerán, distribuirán y harán
efectivas?
He aquí una serie de cuestiones difíciles a cual más.
Nos ocuparemos primeramente de lo que deberá hacerse en las Naciones cuando lleguen
a un Estado de civilización que no han alcanzado todavía. Después indicaremos lo que en
la actualidad puede practicarse.
La igual obligación de los ciudadanos para concurrir a los gastos nacionales, no es una
igualdad aritmética.
Es decir, no todos deben contribuir con la misma cuota.
Eso sería injusto; porque injusto sería hacer contribuir con igual suma al que posee
mucho, al que posee poco y al que nada posee. El rico y el pobre no pueden estar en
idéntica condición.
Dicha igual obligación, tampoco puede ser una igualdad proporcional.
«Proporción injusta, dice Montesquieu, sería aquella que siguiese exactamente la
proporción de bienes.»
Y efectivamente, un tanto por ciento general sobre toda clase de rentas, hacía contribuir
relativamente a los que menos poseen con más que los que más poseen y a estos con
mucho más también que los que excesivamente poseen.
Uno, es positivamente más, para el que tiene ciento, que dos para el que tiene doscientos,
y dos en el que tiene doscientos es mucho más que diez en el que tiene mil, y diez en el
que tiene mil es inmensamente más que mil en el que tiene cien mil.
La razón es clara: basta fijarse en los residuos. Al que teniendo ciento da uno, le quedan
noventa y nueve para subsistir: al que teniendo doscientos da dos le quedan ciento noventa
y ocho; al que teniendo mil da diez, le quedarán novecientos noventa: y al que teniendo
cien mil da mil, le quedarán noventa y nueve mil.
He aquí patente la desigualdad, la injusticia.
La igualdad de impuestos no consiste, pues, en la igualdad proporcional.
Consiste en la igualdad progresiva.
Pero, «el impuesto progresivo, dice Jollivet, acabaría por absorber el capital.»
Error: eso sucedería si el sistema se arreglase a una progresión geométrica.
Una progresión aritmética variable según las diversas escalas de la renta, lo concilia
todo.
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Roederer, incurrió en el mismo error al afirmar «que el impuesto progresivo era
absolutamente incompatible con todo régimen social.»
Establecidas estas ideas, veamos cómo podrían realizarse.
Desde luego, debemos recordar:
1° Que ante todo, debe fijarse el monto de los gastos públicos, no considerando entre
ellos sino a los que sean necesarios o útiles para la Nación.
2° Conocido el monto de los gastos, debe consignarse primeramente en el presupuesto
de ingresos el producto de los bienes nacionales.
3º La diferencia será entonces proporcionada por los ciudadanos.
Y como, según la doctrina antes demostrada, es igual en todos el deber de contribuir,
resulta que lo más fácil, más racional y más lógico sería establecer una contribución única
para obtener el saldo.
¿Cuál sería esta contribución?
No puede ser otra que la que grava sobre la renta o sobre el beneficio neto de toda clase
de capital, incluyendo en esta denominación todos los agentes productores reconocidos.
Así el saldo, para llenar el presupuesto de ingresos se llenaría distribuyéndolo entre
todos los contribuyentes por el sistema progresivo, debiendo ser excluidos los que apenas
tienen lo necesario para subsistir.
Y la exclusión de estos no es completa; si no dan dinero para los gastos públicos, dan
sus fuerzas y muchas veces su sangre para sostenimiento de la sociedad.
Todos contribuyen; pero esa es cuestión de que no nos ocupamos por ahora.
Un ejemplo arrojará sobre nuestra teoría la suficiente luz.
Supongamos que el Presupuesto de gastos de una Nación sea de 20.000.000.
Supongamos que el producto de los bienes nacionales sea 4.000.000.
46.000.000 se extraerán de los contribuyentes.
Supongamos que el número de ciudadanos sea 1.300.000.
Que de estos, 500.000 no alcancen a reunir la renta señalada por la ley como mínimum
para la subsistencia.
Los 16.000.000 serán distribuidos entre el millón de ciudadanos restantes que formará
el total de contribuyentes.
Siendo la cuota progresiva, resultará entonces que sobre el exceso de la cantidad de
renta, señalada como mínimum de subsistencia. (500 p. e.) pagará cada contribuyente en
esta forma:
Los rentistas desde 100 a 1.000, siendo 2 el exponente de la progresión aritmética,
pagarán 1, 3, 5, 7, 9, 11, 13, 15, 17 y 19.
Las rentas de 1.000 a 2.000, pagarán, siendo 3 el exponente, 22, 25, 28, 31, 34, 37, 40,
43, 46 y 49.
De 2.000 a 3.000, el exponente será 4 y pagarán 53, 57, 61, 65, 69, 73, 77, 81, 85 y 89.
De 3 a 4.000, siendo el exponente 5, el pago será de 94, 99, 104, 109, 114, 119, 124,
129, 134 y 139.
Y así sucesivamente hasta completar los 16.000.000.
Este sistema es el más conforme a la justicia en el reparto de la contribución única.
Pero la contribución única, sobre la renta o beneficio neto, no es posible en el estado
actual de las Naciones.
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Para que ella se realizase, sería preciso que las Naciones todas tuvieran registros exactos
de la renta, siquiera aproximativa, de todos los ciudadanos. Y esto no sucede.
Por lo cual se ha dicho, que nada hay más difícil que una exacta, una igual repartición
de impuestos, sea que se trate de fijar la parte contributiva de cada uno, sea que se señalen
los objetos sometidos a contribución. (Billard.)
Y esto es verdad; porque no existen los mencionados registros.
El registro de la propiedad territorial se llama catastro y las pocas Naciones que lo
tienen, no lo poseen con exactitud.
Muchos años y muchos millones costó su catastro a la Francia y hoy sus variaciones son
tan grandes que apenas le sirve como una base insegura.
Y si el registro de la propiedad es y tiene que ser inexacto por el tiempo y las labores
que su confección demanda ¿qué diremos del registro de las demás rentas?—Que hoy
ninguna Nación lo tiene.
Haciendo pues, imposible estos gravísimos inconvenientes, establecer, por ahora, la
contribución única, hay que imponer otras.
Pero en todo caso es posible que el número de contribuciones sea el más limitado; siendo
por lo mismo inconveniente que se multipliquen hasta el infinito, como hoy sucede en las
Naciones más avanzadas en civilización.
Ensayemos la reducción; pero antes conozcamos las principales de entre las existentes.
Divídense primeramente las contribuciones en directas e indirectas.
Son directas las que gravitan sobre una porción de la renta de los individuos y cuyo
cobro se opera sobre el rol nominal de los contribuyentes.
Son indirectas las que gravan los objetos de consumo y que no afectan nominalmente a
nadie, contribuyendo sin embargo todos los que usan los objetos afectados.
Entre las primeras se reconocen como principales las siguientes: la territorial, la de otras
rentas, la personal, la de patentes.
La territorial o de inmuebles se impone sobre la propiedad rústica o urbana; la de renta
o mobiliaria, sobre el beneficio neto de todo otro capital: la personal sobre el individuo,
como tal; y la de patentes sobre el ejercicio de cualquiera industria o profesión.
De estas contribuciones, pueden conservarse la territorial o de predios y la de la renta.
La personal es esencialmente injusta. Se computa generalmente sobre cierto número de
días trabajo; y siendo así, es temeraria; pues por ella se hace contribuir igualmente al rico,
al pobre, al indigente.
La de patentes es opresiva, tanto porque importa una traba verdadera a toda industria o
profesión, cuanto porque es muy difícil distribuirla justamente.
El número de contribuciones indirectas que se reconocen es muy grande.
Las hay sobre los artículos que se importan a un país o exportan de él, sobre
enajenaciones, sobre las bebidas, el tabaco, la sal, las cartas etc. y la de timbre o sello.
Entre estas puede conservarse la de Aduanas como general, dejando las otras para los
impuestos municipales o locales.
En el estado actual de las Naciones, seria, pues, lo más conveniente establecer, para
atender a los gastos generales, las tres contribuciones, de Aduana, territorial y sobre la
renta; desterrar completamente la personal, la de patentes y otras, y reservar para los
gastos locales algunas sobre artículos de consumo.
Todas ellas, dentro de sus límites racionales.
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La de Aduanas debe tener por límite el equilibrio entre el productor y el consumidor.
Los derechos deben ser nulos o bajos en los artículos de primera necesidad y de consumo
general, y altos, en proporción, si son superfluos o de lujo, con lo cual se consigue el
doble objeto de «comprimir las producciones estériles y de hacer pagar tributo al orgullo
y a la vanidad.»
La territorial, que es de fácil percepción, debe ser progresiva, según la explicación que
hemos dado anteriormente; su límite natural está en la cuota que le corresponde en el
presupuesto de gastos necesarios.
La de la renta es algo difícil de establecerse. Corriendo el riesgo evidente de pequeñas
desigualdades, se puede, sin embargo, formar un registro de ella que servirá de base para
su reparto. Será también progresiva.
Procediendo de esta manera, se habrá realizado la siguiente máxima, hoy
universalmente aceptada: «No pudiendo reducirse los impuestos a uno solo, deber del
legislador es disminuir en lo posible su número y establecerlos de manera que graviten
sobre la fortuna real o el acrecentamiento real de la fortuna de los ciudadanos.» (Billiard.)
Volviendo al ejemplo anterior, los 20.000.000 de egresos de una Nación se completarían
asi: 4.000.000, producto bienes Nacionales: 8.000.000 Aduanas: 4.000.000 contribución
territorial; y 4.000.000 contribución sobre la renta.
El cálculo que hacemos es aproximativo a las condiciones generales de la mayor parte
de los pueblos.
¿Por qué el monto de la contribución territorial debe ser igual al que gravite sobre las
otras rentas?
Esta igualdad habría sido injusta en los tiempos pasados. La Asamblea legislativa
Francesa creyó que la segunda era un quinto de la primera, y así sucedía entonces; pero
hoy el estado de los capitales ha cambiado su relación, y tal vez los movibles son
superiores a los inmuebles.
Conviene, a pesar de ello, conservar la igualdad, mientras los registros correspondientes,
vengan a demostrar exactamente la proporción verdadera.
Y ahora que conocéis el origen, la naturaleza y el sagrado carácter de la contribuciones,
sed solícitos en pagar y pagad sin resistencia y hasta con la satisfacción del deber
cumplido, las contribuciones que imponga la autoridad que para ello esté facultada.
Esta autoridad en todas las Naciones que han adoptado el sistema representativo, es el
cuerpo legislador.
Obedeced, pues, todas las prescripciones de la ley en materia de impuestos.
Ya sabéis que la suma con que contribuyáis, no es para persona alguna, sino para los
gastos nacionales, para vosotros mismos.
Negarse al pago de una contribución vale tanto como negarse a satisfacer las exigencias
de nuestra naturaleza para la propia conservación.
Si a vuestro juicio el impuesto es desigual, trabajad legítimamente para establecer la
igualdad.
Pagad el tributo al César; pero procurad por todas las vías legales, racionales y pacíficas
que al César no se dé sino lo que sea necesario e indispensable: el César en nuestro caso
es la Nación.
Y como no puede pagar contribución sino el que posee algo más de lo necesario para
vivir, trabajad y adquirid, que es vergonzoso ser en la sociedad un parásito.
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Todos nacimos con cabeza y brazos: cabeza para pensar, brazos para ejecutar.
Hombre degenerado y abyecto es, por lo mismo, el holgazán.
El trabajo ennoblece y levanta al hombre.
Y el hombre que no trabaja no merece consideración alguna: hoy es tolerado, mañana
la sociedad lo expulsará de su seno como a un miembro inútil, perjudicial, nocivo.
Vosotros, los jóvenes, no debéis especialmente perder en el ocio los años más valiosos
de vuestra existencia.
Gastada y consumida en esa época vuestra naturaleza por los vicios que la holgazanería
engendra, seréis bien pronto valetudinarios y mendigos.
Y la invalidez por los vicios y la mendicidad subsiguiente constituyen el estado más
humillante, más despreciable, en la vida del hombre.
Trabajad para vivir; trabajad para que la sociedad viva.
Proveed con una mano a vuestro sustento y al de vuestra familia, y con la otra al sustento
de la sociedad.
¿Qué es una Nación sino el conjunto de los ciudadanos?
Y si este conjunto lo formamos nosotros mismos ¿podrá haber satisfacción mayor y más
legítima que la que experimentamos cuando la vida de la sociedad o de la Nación es feliz
y cuando esta felicidad y esta holgura son el efecto inmediato de nuestros esfuerzos
individuales?
La primera y más importante obligación del ciudadano es, pues, contribuir a los gastos
sociales, y, bajo este aspecto, es más digno y más meritorio el ciudadano que trabajando
más, produce más y contribuye con una suma mayor al sostenimiento de los gastos
públicos.
Respetad al mayor contribuyente.
No halle la envidia cabida en vuestros corazones y sírvaos más bien de ejemplo, de
poderoso estímulo para imitarlo.
No aconsejamos ni alentamos el instinto inmoderado e inmoral de adquisividad: no.
Aconsejamos el trabajo inteligente y legítimo, y si él os lleva a la cumbre de la riqueza,
sed bien venidos.
Ya os hemos dicho antes que al racional orgullo de una riqueza bien adquirida, va unido
un aumento proporcional de obligaciones para con los demás.
De todos modos, detestad el ocio, huid de la vagancia, no os dejéis dominar por la
pereza.
Y viviendo honorablemente y trabajando con actividad, contribuid gustosos al
sostenimiento de los gastos públicos.
De la Nación como reunión de hombres nada puede sacarse, ni de ella puede exigirse
utilidad alguna.
Por el contrario a la patria debe darse lo preciso, si es bastante, el todo si es necesario.
Trabajad y contribuid, ciudadanos todos; vosotros, jóvenes, aprovechad de los primeros
impulsos de la vida para lanzaros en el camino de la actividad humana, que es el de
vuestro bienestar y del bienestar común.
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VIII.
DERECHO DE PETICIÓN.
Los gobiernos, aunque indispensables para el buen régimen de las sociedades, no
absorben al individuo. Este conserva su personalidad, tanto porque es esencial en él,
cuanto porque siendo el hombre un ser inteligente y activo, ha menester de entrar en
frecuentes relaciones con el todo y la parte, con el individuo y la Nación.
Para la conservación del orden público, hemos dicho ya, que fue necesario establecer en
la sociedad personas que manden; o sea individuos encargados de ejercer la autoridad, y
personas que obedezcan, o simples ciudadanos.
De ese hecho se deduce la relación legal entre gobernantes y gobernados, por la cual
cada uno obedece a la ley en cuya formación tuvo parte activa.
Pero si solo esta relación existiera entre el gobernante y el simple ciudadano, muy triste
sería la condición de este, una vez pasado el acto por el que concurrió al nombramiento
de las personas encargadas de la autoridad: su rol sería enteramente pasivo.
Tal no puede ser la condición del ciudadano.
En la sociedad se presenta, pues, el hombre bajo un doble aspecto: es de un lado fiel
obediente a la ley y a las autoridades constituidas, y de otro representante de su
personalidad.
Ambos aspectos forman la relación durable y racional entre las personas que componen
el Gobierno y el hombre como miembro útil de la Nación.
En virtud de esta relación cualquier individuo solo o algunos colectivamente pueden
hacer peticiones a las autoridades respectivas, sea para obtener los objetos previstos por
la ley, sea para cualquier otro del que la ley no se haya ocupado y que sea conforme con
la equidad y la moral.
Como se ve, el derecho de petición es sagrado e importantísimo.
Ese derecho puede ejercerse de diferentes maneras; a saber:
Para exigir igualmente el cumplimiento o ejecución de las leyes a las mismas personas
constituidas en autoridad:
Para solicitar algo que la ley no ha previsto;
Y finalmente para ejercer por ese medio el derecho de iniciativa en la expedición de
leyes, reglamentos, ordenanzas etc.
En el primer caso, el individuo debe dirigirse a los jueces para que estos compelan por
los medios legales al que se niega a cumplir lo dispuesto por una ley.
En el segundo, las autoridades deben recibir la petición y, o cumplir por su parte la ley,
o hacer que la cumplan las autoridades subalternas que la hubiesen desobedecido.
En el tercero, si lo que se solicita, aunque no previsto por la ley, es conforme a la equidad
y puede concederse sin causar daño alguno a la Nación o a los individuos, la autoridad
debe deferir a ello.
En el cuarto, la petición debe ser atendida, tramitada y resuelta.
El derecho de petición, así comprendido, es a no dudarlo la garantía y la salvaguardia
de todos los demás.
Y es un derecho general y humanitario, que puede ejercitarse por cualquiera, nacional o
extranjero, sin distinción alguna.
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Su origen es antiguo: hasta los gobernantes más déspotas se dignaron siempre recibir
peticiones o memoriales de sus súbditos.
Pero tal como hoy se ejerce, solo fue aceptado a fines del siglo anterior.
Todas las constituciones de los Estados Unidos lo reconocen. Citaremos como ejemplo
la de Massachusetts.
En su art. 18, parte 1ª, dice: «Un recurso frecuente a los principios fundamentales y una
adhesión constante a los de piedad, de justicia, de moderación, de templanza y de
industria, son absolutamente necesarios para conservar las ventajas de la libertad y para
mantener un gobierno libre.»
Y en el 19; El pueblo tiene el derecho de presentar al cuerpo legislativo peticiones o
manifiestos para revocar las malas providencias dadas y para aliviar los males que sufre.»
Declárase, además, en esas constituciones el derecho que todo individuo tiene «para ser
protegido por la sociedad en el goce de su vida, de su libertad y de sus demás
imprescriptibles derechos.»
La Asamblea nacional francesa de 1789 consignó también este derecho en su
reglamento de 29 de Julio.
Y el derecho de petición allí consignado, tenía toda la amplitud posible: nacionales o
extranjeros podían ejercitarlo y concurrir a la Larra para sostenerlo.
En Inglaterra, el reconocimiento del derecho es antiguo y generalmente respetado.
Cormenin interpreta y desarrolla así este derecho:
«El derecho de petición, dice, pertenece a todos.»
«La petición expresa ideas políticas, literarias, religiosas, científicas, administrativas,
lejislativas, o contiene una queja.»
Por ella, el último de los proletarios sube a la tribuna y habla públicamente ante toda la
Francia».
«Por ella, el francés, no elegible ni elector, ni siquiera ciudadano, puede ejercer la
iniciativa como los diputados, como el Gobierno mismo».
«Por ella, el ciudadano oprimido o dañado en sus derechos o en sus intereses, puede
presentarse ante los representantes del país y exigir lo que cree se le debe como gracia o
como justicia.»
En resumen, pues, el derecho de petición no emana de la voluntad del legislador, y se
puede decir que es un derecho preexistente a toda ley, derecho esencialmente inherente a
las condiciones del Gobierno representativo.
¿Ni cómo podrá decirse que tal derecho es una pretensión ambiciosa y exorbitante de
parte del humilde comitente ante el comisionado, ¿quién entregará la dirección de sus
más caros intereses, los de su fortuna, de su honor y de su existencia? (Saint Albin.)
El derecho de petición es, por su misma naturaleza, una de las más poderosas válvulas
para la conservación del orden público.
Si tal camino está expedito, toda injusticia, todo daño que se cause al individuo, lejos
de producir los odios concentrados y el espíritu de venganza, tendrá en el tranquilo
ejercicio del derecho, su solución natural y lógica.
Y entonces, reparado el daño, vendrá la satisfacción para el ofendido.
Sin que sea preciso ocurrir a medios extremos o violentos, susceptibles de producir
trastornos y desordenes.
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¿Ha herido vuestros derechos algún particular o una autoridad justiciable, conforme a
las leyes?— La reparación es fácil para vosotros: ocurrid a los tribunales de justicia.
El daño os fue causado por una autoridad superior a la cual no alcance de pronto la
acción de las leyes?—Ocurrid a la misma autoridad para que lo repare y si tal no sucede,
quejaos al cuerpo legislativo.
Y si el poder legislativo no os hace justicia, procurad que en la renovación de ese cuerpo
tomen asiento personas justicieras y volved a quejaros.
¿Deseáis hacer algo que la ley no manda ni prohíbe?—Ocurrid a las autoridades, que
ellas garantizarán vuestra acción o abstención según el caso.
¿Se os ocurre alguna idea, no consignada en la ley para vuestro mejoramiento o el de la
nación?—Proponedla a la autoridad respectiva, que ella la aceptará o rechazará, según
sea conveniente o no.
En ningún caso, empleéis la violencia, que eso es absurdo y brutal en una sociedad
organizada.
El hombre jamás debe hacerse justicia a si mismo cuando sus derechos entran en colisión
con los ajenos. El caso de propia defensa in extremis es el único exceptuado.
Y el derecho de petición no solo se refiere al individuo: pueden ejercitarlo las
agrupaciones, las comunidades, las ciudades, las villas, los pueblos etc.
Como lo hemos dicho, este derecho es la salvaguardia, la garantía de todos los demás y
en él están además comprendidos todos aquellos que por ser de orden secundario o de no
grande importancia, carecen de una declaración expresa.
Habituaos a usar este derecho y la paz reinará entre vosotros y el orden en las sociedades.
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CAPÍTULO IV. El principio de libertad.
He aquí la palabra mágica de nuestro siglo, el eléctrico resorte que mueve a todas las
voluntades, el derecho más importante del hombre, el principio más santo entre los
proclamados por la democracia moderna.
Pero al mismo tiempo, he aquí la máscara de la más criminal y por desgracia más común
hipocresía, el ropaje con que se cubren las más perversas y bajas intenciones, los
proyectos sociales más viles.
La libertad mal entendida es en efecto, el enemigo más poderoso de la verdadera
libertad.
Todos en este siglo la dan de liberales, todos tienen la palabra en los labios; pero ¡cuán
pocos la tienen en el corazón! ¡Cuán pocos la acatan por el principio que representa!
Los autócratas y los monarcas se llaman sus defensores y tal denominación se aplican
hasta los grandes criminales, hasta los comunistas de baja estofa.
«¡Oh libertad, exclamó madama Roland al expirar víctima de la fatal guillotina, cuántos
crímenes se cometen en tu nombre!»
Para ambos objetos; es decir, para conocer lo que importa el sagrado principio y para
que pueda distinguirse el liberalismo real del que solo es aparente, débese fijar su
verdadero significado.
¡Cuántas bellas cosas se dijo de la libertad por los griegos y los romanos! Y a pesar de
todo, allí había eslavos.
El cristianismo santificó la libertad por medio de la igualdad.
En los tiempos posteriores las luchas produjeron transiciones horrendas. En ellos
«vemos a la libertad, ya llevada al extremo, destruirse por sus propias manos, ya ahogada
del todo por los abusos y la fuerza de los mandatarios: muchas veces oscilaciones
violentas que llevaron al principio más allá de sus límites racionales, para hacerle volver
más acá del punto de partida: la anarquía, en fin, producida por una mal entendida libertad
o el despotismo organizado por un poder de hecho».
Los ingleses que tan amantes han sido siempre de sus libertades, fueron tal vez los
primeros que en la época moderna alcanzaron una garantía eficaz. En 1669 obtuvieron el
famoso writ habeas corpus que aseguró su libertad individual.
En el siglo pasado, la filosofía hizo una aplicación rigurosa del sistema de Descartes a
la política, y atacando en nombre de la libertad a las antiguas instituciones, quedó
destruido para siempre ante la opinión de la humanidad, el prestigio con que había tratado
hasta entonces de rodearse el poder absoluto.
La revolución de 1776 hizo libres a los anglo-americanos; pero quedó subsistente el
borrón de la esclavitud, que en los últimos tiempos habría de destruir con su preciosa
existencia el virtuoso, el inmortal Lincoln.
La asamblea nacional dijo al comenzar su grande obra (1789) el hombre nace libre,
agregando en seguida: «la libertad consiste en el derecho de hacer cada uno lo que más
le convenga, siempre que no perjudique a los demás; así es, que el ejercicio de los
derechos naturales que a cada cual compete, no puede tener otro límite que el goce de
derechos iguales en los demás miembros de la sociedad: las leyes únicamente pueden fijar
estos límites.»
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La asamblea que tan sanas y justas declaraciones había hecho, no comprendió sin
embargo el principio de libertad.
«Los discípulos de Juan Jacobo Rousseau y de Voltaire se dividieron la dirección de
aquel cuerpo. Sus largas y crueles disensiones probaron bien pronto que no comprendían
la libertad sino bajo uno de sus aspectos—como soberanía individual. Porque, si en
nombre de la libertad se verificaron los hechos de 44 de julio y 40 de abril, en nombre de
ella se hicieron también las jornadas del 54 de mayo y del 9 thermidor. La misma palabra
fue invocada contra Louis XVI y Bailly, contra Vergniaud y Robespierre.»
Pasada la ofuscación de los espíritus en esos vergonzosos momentos, dedicáronse los
hombres al profundo estudio de la idea y hoy se conoce con entera exactitud: hela aquí.
Creado el hombre un ser eminentemente activo, tiene sin duda en su naturaleza la
facultad de obrar como lo juzgue conveniente.
Semejante facultad fue en el hombre completamente ilimitada y como sobre la tierra no
debía a nadie cuenta de sus acciones, pudo de hecho obrar en el sentido que le pareciera.
A esto llaman algunos libertad moral; nosotros la llamaremos principio activo, para evitar
confusiones que extravían a las inteligencias comunes.
Y principalmente, para que el principio que ennoblece más al hombre en sociedad no se
confunda con su poder para obrar a su arbitrio, bien o mal, y que trae como consecuencia
el mérito o demérito en sus acciones.
Si a esa capacidad del hombre la llamamos principio activo, es también por la
incontestable razón de que, pudiendo en virtud de ella cometerse un crimen, sería absurdo
que se le llamase derecho.
Porque no puede haber derecho contra derecho y el que comete un crimen destruye un
derecho.
Y siendo socialmente la libertad un derecho, no obra en virtud de ella el que incurre en
delito.
Él hombre, pues, con ese principio activo considerado en sociedad (y ya hemos probado
que no puede considerársele de otro modo) debe hacer uso de sus derechos.
Y no podría hacer uso de sus derechos si los demás no los respetasen.
Y los demás no los respetarían si a su vez los suyos no fuesen respetados.
He aquí claramente designado el limite racional del principio activo, siendo entonces
cuando ese principio toma el nombre de libertad.
La libertad es, según esto, el derecho que cada uno tiene para desarrollar en toda su
plenitud las fuerzas activas de que se halla dotado, garantido este desarrollo con el deber
de respetarlo de igual modo en sus semejantes.
De este modo, resultan en la sociedad mutuamente garantidos los derechos de los
individuos, quedando legítimamente establecida la relación entre ellos, y la actividad en
su racional ejercicio; en una palabra, queda consagrada la libertad de cada uno.
Pero esta libertad aún no es la libertad política.
En sus relaciones con el poder público; o sea, con el Gobierno que debe dirigir la
sociedad, tiene el hombre algo más que reconocer y que acatar como base precisa y
necesaria para el sostenimiento del orden.
Y ese algo, que constituye un nuevo limite a la libertad personal, consiste, como lo
hemos ya demostrado, en someterse para el régimen social a los resoluciones de la
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mayoría y en obedecerlas aunque no estén de acuerdo o se hallen en contradicción con
sus propias opiniones, ejercitando siempre sus derechos como miembro de la minoría.
He aquí la libertad política, como principio sagrado e inviolable y como la fuente de
muchos y muy importantes derechos.
«No nos equivoquemos, decía en 1680 un magistrado americano, sobre lo que debemos
entender por libertad. Hay, en efecto, una especie de libertad que consiste en hacer cuanto
agrada: esta libertad es enemiga de toda autoridad, sufre impaciente todas las reglas y nos
hace inferiores a nosotros mismos. Pero hay otra libertad que encuentra su fuerza en la
unión y que debe protegerse, la libertad de hacer sin temor lo que es justo y bueno. Todos
debemos defender en cualquier caso esta sacrosanta libertad y, si es preciso, sacrificar la
vida por ella.»
Este principio, elemento principal del progreso humano, es de tal manera importante,
que en él se han reasumido siempre todos los demás.
Por esta razón, a la causa de la democracia se ha llamado siempre la causa de la libertad.
La fuerza ha dirigido y aún dirige el mundo; pero ¡ay de aquellos que se sirven de ella
para encadenar la libertad! Pasará el dominio de la represión y de la violencia y solo
quedará de los liberticidas en la tierra su maldecida memoria.
¡Ay también de los que sirven de apoyo a los déspotas y a los tiranos! Como la mala
semilla serán arrojados al fuego por las manos del segador.
En resumen:
Cuando cometéis un crimen, no hacéis uso de vuestra libertad, políticamente hablando
empleáis simplemente vuestro principio activo y debéis ser castigados.
Cuando en vuestra vida de relación con los demás hombres, desarrolláis vuestras fuerzas
activas en toda su plenitud sin daño de tercero, usáis un derecho y ese derecho se llama
libertad.
Pero cuando procedéis como miembros de la asociación política, no podéis dar a vuestro
desarrollo una amplitud contraria al querer de la mayoría de vuestros conciudadanos:
tenéis que respetar y obedecer su fallo; y entonces, sometiéndoos por una parte, y
ejercitando por otra los derechos de la minoría, en los términos y de la manera indicada
anteriormente, hacéis uso de vuestra verdadera libertad política.
No permitáis pues que abusen de esta palabra los déspotas y los tiranos.
Ni consintáis en que sea profanada por los que solo la invocan para cubrir con ella
designios personales.
Sobre todo, no la pronunciéis ante las masas inconscientes para irritar sus pasiones.
Ved que esas masas, sin comprenderla se entregarán a todo género de excesos, y cuando
queráis contenerlas será imposible.
La historia está llena de hechos semejantes, a los cuales la libertad ha servido de
bandera.
Sean vuestros corazones el arca santa en que el principio se conserve incólume.
Y no salga de ellos sino como un objeto de veneración.
El que abusa de la palabra es un blasfemo: el que la conduce a excesos es un sacrílego.
Nada de ¡vivas a la libertad! La libertad se defiende con la vida, pero no se la ostenta
como pendón, sino cuando es evidentemente amenazada de muerto o ha sido asesinada.
Si llega este último caso, no hay sacrificio que debáis excusar para recuperarla.
Sin libertad el hombre es peor que bestia: es cosa.
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Y tal situación es degradante e indigna.
Antes que vivir en ella es mil veces preferible la muerte.
De este principio emanan los siguientes derechos:
El de expresar por palabras su pensamiento: o sea, la libertad de la opinión.
El de emitir por la imprenta sus opiniones, sin trabas de ninguna especie; o sea, la
libertad de imprenta.
El de seguridad personal para garantirse de toda detención arbitraria; o sea, la libertad
individual, y, como derecho anexo, la inviolabilidad del domicilio.
El de intervenir, sin coacción de ningún género en la designación de las personas que
deban encargarse de los poderes públicos; o sea, la libertad del sufragio.
El de emplear sus facultades para toda producción; o sea, la libertad del trabajo.
El de aumentar sus bienes por otros medios; o sea, la libertad de la industria y del
comercio.
El de reunirse u organizarse para fines lícitos; o sea, la libertad de asociación.
En fin, el de explicar su conducta o sus procedimientos; o sea, la libertad de la defensa.
Otros derechos de menor valía, no exigen un estudio especial, por estar implícitamente
explicados en esta obra.
I.
LIBERTAD DE LA OPINIÓN.
Si la inteligencia del hombre no se ejercitará libremente en las investigaciones de la
ciencia y en la aplicación de las verdades a los hechos, faltaría al progreso su primera
causa; o más bien, habría dejado de existir.
El pensamiento es la inteligencia en acción.
Y el pensamiento es un gran señor que habita un soberbio palacio de límites
desconocidos, en el cual ejerce soberanamente su poder y que por lo mismo se halla fuera
del alcance de toda autoridad, de cualquier género que esta sea.
El pensamiento, como acción del espíritu, es por su propia naturaleza soberanamente
libre.
¿Quién puede coartarlo? ¿Quién puede imponerle leyes? — Nadie, y sería un necio el
que tal pretensión abrigase.
Se puede encadenar el cuerpo, pero no el alma: se puede destruir la materia, pero no el
inmortal destello de la divinidad misma.
Como obra del espíritu, el pensamiento no ha menester, pues, de garantía alguna.
Exigirla es pedir algo que ninguna significación tendría.
Porque, el pensamiento individual se ejercita en regiones del todo independientes de la
acción ajena.
Pero, al dejar el pensamiento su mansión incorpórea, tiene que comunicarse en la vida
de relación constitutiva del hombre.
Al comunicarse el pensamiento, se expresa por medio de juicios, de ideas, de opiniones.
Y esta comunicación necesita una garantía eficaz.
La opinión y la discusión subsiguiente, para hacerse pública o general, tienen sin duda
grande influencia en la dirección y felicidad de las Naciones.
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Ella reúne en sí la omnipotencia social, preside todas las deliberaciones, resuelve todos
los problemas y domina la actividad del cuerpo político que seguirá precisamente el
sendero que aquella le hubiese señalado.
Porque la opinión pública o general, es el modo sensible como se manifiestan las
aspiraciones de la mayoría, y por consiguiente la soberanía del pueblo en su legítima
expresión.
Ya hemos dicho que la opinión general de un Estado se compone de la opinión de la
mayoría de aquellos que en el mismo Estado sean capaces de tener una.
Y esta condición o la capacidad de cada uno, emana precisamente del grado de sus
conocimientos.
He aquí, pues, los requisitos esenciales para que las ideas o la manera de pensar de
cualquier individuo, adquieran el nombre de opinión: inteligencia suficiente y esa, todos
la tienen: base sobre la que debe ejercitar su acción o algunos conocimientos; y completa
libertad para adquirir una conciencia política.
Respecto a la inteligencia suficiente que todos poseen, hay que destruir algunas
preocupaciones.
No nos ocuparemos de los pobres idiotas o imbéciles de nacimiento: es esa una
enfermedad que se observa en todas las razas.
Es una impostura suponer que existan razas de hombres incapaces de comprender las
doctrinas políticas y de contribuir a la dirección de las sociedades.
Y, además de impostura, es una calumnia grosera a la humanidad y un sarcasmo al
Hacedor de todos.
Los hombres en general tienen, pues, la inteligencia necesaria para vivir en sociedad y
ejercitar sus derechos.
Como a imbéciles y aun más, como a bestias se trató a los infelices indios después de la
conquista, y sin embargo, de ese origen salieron más tarde naciones viriles que se
distinguen por su inteligencia.
Se trató del mismo modo a los rudos negros de Haití. Habiéndose hecho después
independientes, sus pretendidos señores tuvieron que reconocer en ese pueblo un fondo
notable de virtud, de honradez y de capacidad para dirigirse.
Dujan, Duvergier y Guadet dijeron en su informe: «Hemos visto nacer, desarrollarse y
establecerse las instituciones de la república de Haití: está formada ya, está constituida.»
Y después de citar un escrito de Haití agregaron: «He aquí las instituciones y el lenguaje
de los ciudadanos, y este lenguaje lo sostendrán hasta la muerte y han jurado defender del
mismo modo sus instituciones.»
Todos los pueblos y todos los hombres tienen, pues, incuestionablemente capacidad para
gobernarse.
La gran nación americana es y será siempre responsable de dos grandes crímenes: haber
destruido a la raza ab origene, so pretexto de su incapacidad para la vida política, y haber
conservado la esclavitud en la raza negra por muchos años, bajo igual pretexto.
La base sobre la que la inteligencia debe ejercer su actividad, son los conocimientos o
la instrucción.
Esto solo se obtiene protegiendo por todos los medios posibles la educación general.
Por tal razón, el primer deber de la sociedad y de sus autoridades o Gobiernos es
extender la instrucción hasta el último de los habitantes.
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Que el número de escuelas de instrucción primaria sea indefinido: que el número de
colegios de instrucción media sea considerable; y que el número de Universidades para
la instrucción superior sea suficiente.
Que la instrucción primaria sea obligatoria, imponiéndose las penas correspondientes a
los padres que no se la hayan procurado a sus hijos hasta cierta edad.
Que la instrucción media se aliente y estimule, exigiéndola como indispensable para el
ejercicio de ciertos derechos.
Y que la instrucción superior se premie, declarando que ella es necesaria para el ejercicio
de altas funciones.
Que en fin, todo este edificio se corone con la legítima libertad de enseñanza.
Y la sociedad o sus gobernantes habrán cumplido su primordial deber, su más grande
obligación.
Indudable es que la instrucción y los conocimientos a medida que se adquieren,
desarrollan las facultades individuales y forman a los grandes hombres.
Sin ellos, la inteligencia más vasta y las facultades más eminentes quedarán perdidas en
la oscuridad de la ignorancia.
«Descartes que tuvo la presuntuosa pretensión de haber formado una nueva ciencia,
olvidando las ideas adquiridas por él, fue un impostor; porque para ello hubiera sido
preciso que volviera al estado en que se halló cuando comenzaron las primeras lecciones
de su nodriza.»
Pero el principal requisito para que el pensamiento del hombre pueda llamarse opinión
es la libertad.
Porque, si cada uno debe contribuir con su opinión individual a la dirección de los
negocios públicos y si la opinión general es el conjunto de las de los individuos, es
indudable que ésta no tendrá valor alguno, si sus componentes no proceden al formarla
con independencia completa.
La calidad del todo depende de la naturaleza de las partes que lo componen.
Con estas condiciones el pensamiento del individuo adquiere el carácter de una opinión.
Y si una sola falta, la opinión no existe.
Tan importante es el derecho de la libertad de opinión que casi no hay Constitución de
naciones libres que no contenga un artículo que la garantice. Citaremos algunos:
Pensylvania, art. 12: Vermont, art. 15: Tennesee, art. 19: Kentucky, art. 7, tít. 10. Más
o menos dicen ellas: «Todos pueden comunicar sus pensamientos de palabra o por
escrito.»
Y sin embargo, en los siglos que pasaron, se castigaba, no solo al autor de obras escritas,
sino al que de palabra expresaba ideas y aun a los que las habían simplemente concebido.
¡Qué horror! Las páginas de la historia están llenas de ejemplos de tales iniquidades.
Desde Jesucristo, hasta Galileo y desde Galileo hasta las atrocidades sin nombre de la
Inquisición.
¡De ese tribunal infame, mil veces maldito por la humanidad y que nunca será bastante
execrado!
El pensamiento es sagrado e inviolable y castigaba el pensamiento.
Si veis pues alguna sociedad en que el pensamiento es perseguido, huid lejos de ella.
Si veis otra en que no es favorecido con la propagación de los conocimientos
indispensables, deducid que allí impera el despotismo.
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Pero, si el pensamiento es libre y la opinión debe ser completamente garantida en su
modo independiente de formarse, no abuséis de aquel ni de esta.
No ocupéis vuestra inteligencia en pensamientos, o combinaciones ilícitas, ni expreséis
opiniones que, teniendo un mal origen, puedan dañar a la sociedad o a uno de vuestros
semejantes.
La discusión es libre; pero sus medios deben ser morales.
Sobre todo instruíos, sin lo cual, no sois si podéis ser ciudadanos.
II.
LIBERTAD DE IMPRENTA.
Si la inteligencia es el más bello atributo del hombre, la libre comunicación del
pensamiento es su derecho más precioso. Acabamos de demostrarlo.
Pero la palabra no es un medio suficiente, y si remontamos al origen de las primeras
sociedades, encontramos en ellas ingeniosas combinaciones por las cuales el hombre
buscaba la manera de fijar su pensamiento por medio de signos.
En estos caracteres simbólicos se ejercitó largo tiempo la industria semi-bárbara, antes
de descubrir la escritura.
¡Cuántos siglos pasaron entre este descubrimiento y el de la imprenta más importante
aún!
Y durante los siglos que separaron estas dos invenciones ¡cuántas veces, en los diversos
países, la barbarie triunfante de la civilización volvió a sumergir al espíritu humano en su
primitiva ignorancia!
¿Quién conocía en el siglo XV de nuestra era los procedimientos gráficos de los Asirios,
de los Fenicios, de los Egipcios y de tantos otros pueblos que en su tiempo habían ocupado
el primer rango entre las Naciones civilizadas? Esos pueblos mismos habían
desaparecido.
Roma, al someter a sus armas la Galia, había introducido en ella su civilización y, con
su escritura ordinaria, la taquigrafía.
Había sin duda entonces diarios semejantes a los de hoy; pero todo desapareció más
tarde con la invasión de los bárbaros.
Carlomagno fue en su tiempo el genio de la instrucción para su vasto imperio. Estableció
escuelas gratuitas por doquier y difundió conocimientos elementales.
Y sin embargo, dice Montesquieu, un siglo más tarde casi nadie sabía leer y escribir en
Europa.
¡Las tinieblas de la ignorancia se habían hecho tan espesas que los más ilustrados
campeones del feudalismo se avergonzaban de poseer los primeros elementos de los
conocimientos humanos!
Felizmente, los destinos de la humanidad no debieron continuar sometidos a la fuerza
bruta.
Esfuerzos enérgicos y perseverantes hechos por espíritus levantados avanzaron la obra
de la civilización, y ya se había adelantado bastante cuando el descubrimiento de la
imprenta en 1450 vino a proporcionar un arma tan poderosa que ante ella debieron ser
impotentes los impulsos de la barbarie.
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Coster, Guttemberg, Just, Schoeffer, fueron en diversos grados los creadores de este
maravilloso medio de comunicación entre los hombres. (Dalloz).
¡Honor a ellos! Esos hombres se hicieron grandes y conquistaron, con el título más
legítimo posible, su derecho a la inmortalidad.
Realizado este descubrimiento en provecho exclusivo de los pueblos, y conocido el
grande y libre impulso que él daba a la actividad social, el despotismo y las autoridades
de entonces le declararon una guerra cruda y encarnizada.
La censura se estableció.
Y esto debía suceder; porque los medios de fijar la palabra, de materializar el
pensamiento, debían naturalmente ocasionar la reacción contra los hombres interesados
en detener la difusión de las luces y en retardar el triunfo de la verdad. (Dupoty.)
La falta de censura traía como consecuencia tremendos suplicios y aun se aplicó la pena
de muerte (edicto de Henrique II 1.553).
Los escritos eran además quemados en las plazas públicas por las manos del verdugo.
¡Cuánta injusticia, cuánta atrocidad y, en medio de todo, cuánta ridiculez!
Se persiguió a la imprenta como hoy se persigue a los grandes criminales. Aun sufrían
pena los que, sin saberlo, la tuviesen en sus casas.
Así continuaron las cosas hasta el siglo XVIII, en el cual tuvo la libertad de imprenta
una pléyade completa de inteligentes y valerosos defensores.
Antes L. Hospital, y después Malesherbes, Rousseau, Voltaire, Montesquieu, Raynal y
los Enciclopedistas todos, hicieron una eficaz propaganda contra las leyes y los actos
represivos de los Gobernantes.
Y la propaganda produjo sus efectos antes de que esas leyes y esos actos fuesen
abrogados. Los Gobiernos se hicieron tolerantes por la fuerza de los hechos y las
infracciones de las leyes quedaban impunes.
A fines del siglo pasado, la libertad de imprenta había adquirido ya cierta importancia
en Inglaterra.
Pero los primeros en proclamarla fueron los Estados Unidos de América.
En la declaración de derechos que precedió al acta de Independencia se dijo: «art. 14.
La libertad de la prensa es uno de los más fuertes baluartes de las libertades públicas y no
puede ser restringida sino en los Gobiernos despóticos.»
La revolución francesa del 89 vino por fin a dar el último golpe a aquellas torpes y
ridículas monstruosidades. Los tres órdenes del Estado proclamaron por unanimidad que
la libertad de escribir como la de pensar y de obrar, no debió tener otro límite que el
interés social.
El art. 11 de la declaración de los derechos del hombre, decía en su segunda parte:
«Todos los ciudadanos pueden manifestar de palabra, por escrito o mediante la prensa,
sus propias ideas, quedando a su cargo la responsabilidad del abuso de esta libertad, en
los casos fijados por la ley.»
Últimamente la constitución de 1791 dejó establecida: «la libertad para todo hombre, de
hablar, de escribir, de imprimir y de publicar sus pensamientos, sin que sus escritos
debieran ser sometidos a censura ni inspección previas.»
Emancipada hoy la imprenta del yugo de la censura, es libre en casi todos los países.
«La censura, ha dicho Constant, es la calumnia en monopolio ejercida por la bajeza en
provecho del poder.»
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Menester es, sin embargo, hacer notar la siguiente diferencia.
Los libros, obras de ciencias y artes, los estudios de Historia y las afusiones de la poesía
pueden imprimirse con entera libertad.
Y no sucede lo mismo con la prensa política que generalmente se halla reducida a muy
estrechos límites.
¿Cuál la causa de esta diferencia?
Siempre el interés de los opresores y las tendencias a la arbitrariedad de los Gobernantes.
Libre es cuanto no perjudica a sus planes: restringido lo que puede contenerlos en el
camino de los abusos.
Pero, tal distinción es monstruosa.
«¿Quién no ve, en efecto, que si la prensa en general es una condición necesaria del
progreso, la que se ocupa de asuntos públicos es igualmente indispensable en la marcha
de las Naciones?»
«Ensayad la organización de un Gobierno donde sea considerado el voto nacional: tened
elecciones, cámaras, discusiones etc.; tomad la forma de Gobierno que mejor sea: si
suprimís la prensa política, vuestra organización carecerá de garantía, vuestra vida será
sin movimiento.»
«Vuestros oradores discuten; pero sin el socorro de la prensa, su voz se extinguirá en la
soledad:»
«Vuestros Ministros proponen excelentes medidas: ellas perecerán ignoradas:»
«Vuestras elecciones presentan el modelo del sufragio libre esclarecido por conciencias
honradas; pero el ejercicio de estas útiles virtudes permanecerá circunscrito a una
localidad estrecha y se habrá perdido para la patria.»
«Analizad, descomponed, en fin, todos los resortes de este mecanismo político que se
llama Gobierno libre; y en la cima, en el medio y en la base observareis que toca a la
publicidad ¿y qué es la publicidad sino la prensa?
«La necesidad de una prensa libre es, pues, esencial a toda organización en que el pueblo
sea de algún modo considerado.» (Marrast).
Hace cerca de un siglo que Sieyes decía: «la libertad de la prensa es un sexto sentido
dado a los pueblos modernos».
Canning pronunciaba estas notables palabras: «Nosotros gobernamos con el Parlamento
cuando está presente; pero esto dura seis meses: durante los otros seis el Gobierno pasa a
la prensa.»
Calame decía en 1848: «La libertad de la prensa es el derecho más precioso del hombre,
la mejor garantía de los derechos del ciudadano, la salvaguardia de la independencia y de
la libertad. Por esto, los Déspotas preparan sus atentados contra la libertad restringiendo
primero y aboliendo después la libertad de la prensa, con el objeto de encadenar el
pensamiento y embrutecer al hombre.»
Y un distinguido orador ingles exclamaba desde la Tribuna: «Que se nos quite, si se
quiere, todas las libertades, con tal que se nos deje la libertad de la prensa: consentiría en
ello, seguro de que con esta libertad, habríamos conquistado pronto todas las demás.»
Y tenía razón: porque la libertad de imprenta garantiza ella sola todos los derechos,
todas las libertades.
La palabra, como medio de comunicación es limitada, desde que exige la presencia y el
acto de los que deben comunicarse.
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Por la escritura pueden los hombres comunicarse a la distancia; pero aún es muy poca
cosa.
Ni la palabra ni la escritura llenan, pues, cumplidamente la necesidad de una
comunicación universal y rápida, cual es precisa para uniformar los sentimientos, poner
de acuerdo las ideas, reunir las fuerzas y obrar generalmente en cualquiera determinación
social.
Un individuo concibe una idea: la imprenta la multiplica hasta hacerla llegar al
conocimiento de todos; y si la idea es buena, resulta aceptada y convertida en idea general
realizable con las fuerzas concentradas de todos.
Y siendo este el modo legítimo como las Naciones deben dirigirse, claro es que la
libertad de imprenta sola, sería bastante para conquistar las demás libertades.
La libertad de imprenta es, de otro lado, la concurrencia de cada uno de los miembros
de la sociedad a la dirección y gobierno de ella.
Por la prensa, y especialmente por medio de la prensa periódica política, emite
libremente todo ciudadano su opinión respecto a las cuestiones sociales que se ventilan y
al buen o mal Gobierno de un Estado.
La prensa política es, por lo mismo, uno de los más importantes medios de conocer la
opinión general de un país, que, como directora de la sociedad, debe ser constantemente
consultada.
Y, la prensa es además el principal órgano del progreso; puesto que solo por ella se hace
pública una idea, se examina y se discute.
La grande, la inmensa importancia de este derecho ha sido tan universalmente
reconocida, que todas las Naciones representativas, republicanas o no, le han acordado
garantías.
En Inglaterra, en Francia, en España, en Italia, en Portugal, en Suiza, en Bélgica y hasta
en los imperios Alemán y Austríaco hay más o menos libertad para escribir y publicar los
escritos: pero donde impera con inmenso poder es en Estados Unidos de América.
He aquí algunos artículos constitucionales:
En la constitución de Massachusetts, art. 16 se dice: «La libertad de la prensa es esencial
para asegurar la libertad de un Estado: por esto, no debe ser limitada en manera alguna en
esta República.»
Pensylvania, art. 42 cap. 1°: «La libertad de la prensa jamás debe tener trabas.»
Delaware, art. 25: «La libertad de la prensa debe ser inviolablemente conservada.»
Virginia, art. 14: «La libertad de la prensa no puede restringirse sino en los Gobiernos
despóticos.»
Carolina meridional, art. 45: «La libertad de la prensa es uno de los más grandes
baluartes de la libertad política: jamás debe ser impedida.»
Vermont, art. 13, cap. 4º: «El pueblo tiene derecho de publicar libremente sus opiniones
sobre la política del Gobierno, y ninguna restricción podrá ponerse a la libertad de la
prensa.»
Tennessee, tít. 11 art. 49: «Ninguna ley podrá sancionarse para restringir la libertad de
la prensa.»
Maine. tít. 4º art. 4: «Ninguna ley se hará para restringir o regularizar la libertad de la
prensa.»
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Pero por grande, por importante que sea esta libertad, no es ni puede ser absoluta y sin
límite alguno.
En la sociedad, es absurdo suponer que haya derechos absolutos, ni libertades ilimitadas.
Exigirlo así es imprudente e insensato.
¿Qué facultad humana no tiene límites en su propia naturaleza?
¿Qué libertad no tiene un límite necesario en otra libertad ajena?
¿Hay libertad más importante que la de vivir? Y sin embargo la sociedad manda
constantemente y con derecho a un número considerable de sus hijos a morir en la guerra.
¿Por qué, pues, la libertad de escribir y de publicar los escritos debería carecer de leyes,
si todas las demás libertades las tienen?
La prensa reconoce pues deberes, y deberes sagrados a que no puede faltar, y deben
también existir leyes que no pueda impunemente infringir.
En principio, la utilidad de todos, el interés público, el derecho social, en una palabra,
deben moderar y restringir esta libertad, como todas las demás.
La sociedad para vivir y conservarse necesita que se establezca el predominio de la
voluntad general, sin que este predominio sea una opresión para los ciudadanos.
Y por lo mismo, es preciso armonizar estas dos condiciones esenciales de su existencia.
Antes hemos hablado de esta armonía explicándola y demostrándola satisfactoriamente.
Con relación al Gobierno o a las autoridades, la prensa debe pues abstenerse de excitar
toda desobediencia, toda subversión, todo llamamiento a las armas y a la guerra civil,
salvo casos que casi nunca se presentan en la vida de las Naciones de los cuales ya nos
hemos ocupado.
Debe además profundo respeto al sentimiento moral que es la base de todas las
relaciones sociales.
Con relación a los particulares, le son completamente prohibidas la difamación y la
calumnia.
La vida privada no entra en el dominio público. Se corrompe a la sociedad, extendiendo
hasta ella su influjo, que el delincuente sea castigado; pero la prensa debe abstenerse del
escándalo.
Defended, pues, a todo trance este derecho.
No consintáis en que se os arrebate bajo ningún pretexto.
No hay Estado libre sin prensa libre.
Pero tampoco la profanéis convirtiéndola en tribuna de la maledicencia o de despecho
contra los gobernantes.
Si el Gobierno no marcha evidentemente por el camino del deber, discutid, proponed,
exigid, para que reforme su conducta. A este respecto, no procedáis por presunciones
infundadas o supuestos inverosímiles: sed enérgicos, cuando tengáis la conciencia segura,
y muy moderados cuando solo discutáis sobre hipótesis.
Ved que los males que produce una prensa mal dirigida son inmensos, trascendentales,
irreparables.
En cuanto a la vida privada, absteneos completamente: dejad a la ley el castigo: vosotros
no os contaminéis con el impuro contacto de las malas acciones y de los malos ejemplos.
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III.
LIBERTAD INDIVIDUAL — INVIOLABILIDAD DEL DOMICILIO.
La libertad individual tiene dos acepciones enteramente distintas, la una general, la otra
restringida. Nos ocuparemos de ambas.
Los principios y derechos nacionales y los principios y derechos individuales, tendrían
muy poca o ninguna importancia, si el hombre no conservase íntegra en la sociedad la
parte de independencia, que no cedió, que no fue necesario que cediese, al constituirse
miembro del cuerpo político.
La ley es el único límite de esta independencia.
Pero al poner en práctica este derecho, puede acontecer un conflicto entre el mandatario
que tiene a su disposición la fuerza pública y el individuo que solo tiene su fuerza
personal.
Todo mandatario debe tener autoridad para mandar y fuerza con que ejecutar sus
mandatos; es decir, debe tener poder para el desempeño de su comisión especial.
El ciudadano, por su parte, apenas tiene sus derechos y su fuerza individuales
Resulta, pues, un desequilibrio entre el que manda y el que obedece.
Pero este desequilibrio es aparente, y en verdad no existe.
Pues, si el mandatario tiene autoridad social y fuerzas superiores, esa autoridad y esas
fuerzas solo deben emplearse dentro de los límites de la ley.
Y como la independencia del individuo reconoce los mismos límites, la acción del
mandatario y la del ciudadano no pueden tocarse en ningún caso.
Pero sucede que el mandatario y el individuo pueden extralimitarse, y entonces tiene
lugar el conflicto.
La ley castiga, es cierto, estas extralimitaciones.
No obstante, hay que poner un dique poderoso a los abusos del poder y este dique no es
otro que la especial y expresa garantía de la libertad del ciudadano.
«Nadie está obligado a hacer lo que la ley no manda ni impedido de practicar lo que la
ley no prohíbe»: he aquí la garantía de la libertad individual en su general acepción.
Porque, siendo la ley el único límite de las acciones libres de los ciudadanos, puede cada
uno, dentro de él, obrar como lo juzgue conveniente, sin restricción alguna.
Pasemos a la acepción especial, privativa de este derecho, que es el objeto que ahora
nos proponemos.
Existe, efectivamente, en cada uno de los miembros de la sociedad política un derecho
muy importante que tiene por fin garantir en un caso determinado la libertad de las
personas: se le ha llamado libertad individual.
«En todos los tiempos y en todas las sociedades se ha investido al Poder con el derecho
de castigar, afectando al delincuente en sus bienes, en su libertad y aun en su vida.»
«Pero, al mismo tiempo, que se armaba al Poder con este derecho, se le ha sometido a
ciertas condiciones de forma, destinadas a proteger al individuo contra las injusticias y
los errores.»
«Todo acusado debe ser sometido a juicio antes de que se le apliqué la pena; pero entre
el momento de iniciarse aquel y el de la sentencia, deben tomarse las precauciones
necesarias para que el acusado no pueda eludir las consecuencias de una condena, si tiene
lugar.»
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«De aquí, la necesidad de un arresto provisorio.»
«Pero siendo justo que el arresto no sea ni arbitrario ni inútilmente prolongado, es
menester una garantía que proteja al que sufre el arresto contra toda violencia, contra todo
vejamen y, en fin, contra toda prisión que no esté suficientemente justificada.»
(Regnault.)
Fácilmente se comprende, pues, la importancia de este derecho y la necesidad de que
sea garantido con leyes severas contra los que lo ataquen.
Si un ciudadano es sepultado en un calabozo por una orden arbitraria y si la ley no lo
protege eficazmente ¿qué importarían para ese individuo los demás derechos, qué la
forma de Gobierno, qué las demás garantías?
Nada: todo le sería inútil desde que hubiese perdido su libertad y le fueran negados los
medios de recuperarla.
Perdida la libertad, el hombre queda condenado al sufrimiento: ese paréntesis de la vida,
es la muerte temporal.
Si la libertad es, pues, el derecho más importante del hombre, el que nos ocupa es su
principal garantía.
¿Cuál es, en efecto, el fin de todo juicio? — Es descubrir la verdad en algo que la
presenta dudosa, para aplicarle la ley.
En los juicios criminales, únicos en que la prisión es necesaria, el sujeto sobre el que
debe recaer la aplicación de la ley es el delincuente; luego es muy justo el arresto
provisorio hasta que se descubra si hay o no mérito para aplicarle una pena personal.
Pero también es justo que se abrevie en lo posible el tiempo de la duda; porque nada hay
más grave, repetimos, que privar a un hombre de su libertad más del tiempo preciso para
conocer si hay o no razón para ello.
Para excusar el castigo anticipado que se impone a un hombre con la prisión previa, se
ha dicho que: — «las cárceles son lugares de seguridad no de castigo».
¡Patraña! Aunque la ley quiera imponer esta fe, toda cárcel es un verdadero castigo y en
grande escala: es nada menos que la privación de la libertad y un sufrimiento material en
la persona.
En esta virtud, será tanto mayor el castigo cuanto más crecido sea el tiempo que en la
cárcel se permanezca.
Siendo por otra parte indudable que la prisión supone causa y que esta solo puede
manifestarse por medio de un juicio, resulta que solo un juez puede ordenarla, salvo el
caso de infraganti delito, en el que cualquiera pueda proceder a la aprehensión, poniendo
inmediatamente al culpable a disposición del juez competente.
En toda otra circunstancia, la prisión es un delito.
Graves y severas penas deben decretarse, pues, e imponerse, tanto a las autoridades que
ordenen una prisión ilegal, como a los jueces que la prolonguen más del término
estrictamente necesario.
La historia ofrece abundantes pruebas de la importancia de este derecho.
En Roma los arrestos o secuestraciones ilegales se castigaban con la pena de muerte:
era ese un crimen de lesa majestad por cuanto allí había usurpación de poder.
Más tarde, las violencias de las conquistas, las tinieblas de la barbarie, las vejaciones
del régimen feudal, los caprichos arbitrarios y los pretextos de salud pública, dañaron en
alto grado a las libertades individuales.
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Levantóse después el espíritu de libertad al lado del despotismo y comenzó la lucha.
La Inglaterra se distinguió en esta labor desde los tiempos más remotos:
En 1215 ya los barones ingleses hicieron firmar a Juan sin Tierra una garantía de la
libertad individual en que se declaraba que: «ninguno sería arrestado, encarcelado, ni
arrebatado de sus tierras, de su patrimonio, de entre sus hijos o de entre su familia, sino
en el caso de ser juzgado antes por sus Pares».
Pero continuando, a pesar de esta garantía, los excesos de los monarcas, el Parlamento
de 1626 quiso ponerles término y obligo a Carlos I a dar su sanción real a la famosa
petición de derechos.
Continuó sin embargo Carlos sus ataques a la libertad y Cromwell mismo siguió las
huellas de este.
Entonces comprendieron los representantes de Inglaterra la necesidad de rodear a la
libertad individual con garantías más eficaces, y en 1679 votó el parlamento el acta de
habeas corpus en cuya votación tuvo una parte principal el célebre Shaftesbury.
«En él se ofrecen grandes y nobles garantías a la libertad individual; pero no se debe
concluir de aquí que estas sean completas.»
«Su vicio capital consiste en que su acción puede momentáneamente suspenderse por la
Cámara de los Comunes siempre que una crisis política venga a turbar el reposo del
Estado y a amenazar la existencia del Gobierno.»
«En este caso, todos los ciudadanos son entregados sin defensa a la venganza del Poder;
y se sabe el uso que los Pitt y los Castlerreagh han hecho de él en dos épocas diferentes
para sofocar los voces generaras que trataban de manifestar a la Inglaterra sus verdaderos
intereses». (Guilbert).
Los Estados Unidos conquistaron, junto con su independencia, esta preciosa libertad.
En todos ellos fue eficazmente garantida.
En Francia, basta nombrar a la memorable Bastilla para conocer cuál fue la libertad
individual de los franceses hasta fines del siglo pasado. En ella eran encerradas sin
distinción todas las personas, cada una de las veces que plugo o Su Majestad firmar una
lettre de cachet.
Las personas que a la Bastilla entraban, eran verdaderamente sepultadas vivas en un
calabozo, del cual, cuando no morían por el aniquilamiento de sus fuerzas, salían en
libertad después de largos años.
Pero el 14 de julio de 1789, salieran del pueblo, justamente indignado, algunas voces: a
la Bastilla, repitieron todos, y en muy pocas horas cayó ese inmenso edificio en poder de
los heroicos revolucionarios, cuando en otra ocasión el príncipe de Condé lo había sitiado
con su ejército durante veintitrés días, sin efecto alguno.
Con la destrucción de ese baluarte del despotismo, quedó conquistada la libertad
individual en Francia.
El art. 7.° de la declaración de los derechos del hombre se redactó, en consecuencia, en
estos términos: «No es permitido acusar, prender o encarcelar a ningún ciudadano, sino
en los casos y en la forma que las leyes establecieren; y por lo tanto, debe someterse a
castigo a los que, contraviniendo a la ley, soliciten, expidan, ejecuten por sí mismo o
hagan de modo que se ejecuten por otros órdenes arbitrarias.
Baste esta cita: los demás Estados representativos tienen consignadas en sus
Constituciones, garantías semejantes.
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La inviolabilidad del domicilio es una garantía anexa a la libertad individual.
Y efectivamente, el domicilio debe ser inviolable; porque el hombre es el único
soberano de su hogar.
En la sociedad política, la familia subsiste para el individuo como existió en la sociedad
natural. El pacto no alteró a ese respecto los derechos y deberes del hombre.
Nadie puede introducirse en la casa de un individuo sin su consentimiento: tal acción
sería un atentado contra sus evidentes derechos y además un ultraje, pues se habrá
profanado el santuario de su vida íntima.
Solo hay un caso en el que es legítimo el allanamiento del domicilio: cuando es
necesario para prevenir o castigar un crimen.
Y entonces, la orden debe darse por un juez con las precauciones convenientes para que
no se abuse de la fuerza en tan delicado acto: queda siempre exceptuado el caso de delito
infraganti.
Ninguna otra autoridad podrá, pues, violar el domicilio.
Las penas impuestas a los violadores de domicilio en los países que garantizan este, no
corresponden, sin embargo, a la magnitud del hecho.
Los criminalistas, y Carnot principalmente, exigen penas más severas para un delito tan
grave y tan alarmante.
Tienen razón; el daño que con ese delito se causa puede ser grande en lo material; pero
en lo moral, en el terreno del derecho, es inmenso. Lógico es, por lo mismo, que el castigo
corresponda a la gravedad del daño y de la ofensa.
Sostened, pues, estos derechos y defendedlos con empeño: en ellos está vuestra vida,
vuestro honor.
Y si llegáis alguna vez a ejercer cargos públicos, tened presente que debéis respetarlos.
La libertad y el hogar son sagrados. Ni como individuo, ni como autoridad, nadie tiene
derecho para proceder, respecto a ellos de otro modo que como cada cual exige se proceda
con él.
Los déspotas atropellan esos derechos, los ignorantes los miran en menos, los hombres
dignos los estiman en todo su valor.
No toleréis a los primeros, no permanezcáis degradados como los segundos, sed como
los últimos: ciudadanos celosos de vuestra dignidad y respetuosos de la dignidad ajena.
IV.
LIBERTAD DE SUFRAGIO.
Hemos hablado anteriormente del sufragio, como un derecho proveniente del principio
de igualdad.
Manifestada allí su importancia, no deberíamos volver a ocuparnos de esa interesante
materia, si no creyéramos, como creemos, conveniente hacer un estudio especial de su
condición primera; esto es, de su libertad, en la más extensa significación de la palabra.
La naturaleza y el valor de las funciones electorales, exigen del ciudadano que este las
conozca perfecta y detalladamente.
No pudiendo los miembros de la asociación política gobernarse por sí mismos
colectivamente, tienen necesidad de nombrar individuos que los representen en cada uno
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de los ramos de la administración pública, con el poder bastante para el cumplimiento de
su cometido.
La manera como debe hacerse el nombramiento, es por lo mismo, de grande, de
trascendental interés para todos y para cada uno de los miembros de la sociedad.
Resulta de aquí que es indispensable el establecimiento de un gobierno, y que el acto
por el cual contribuye cada individuo, como una unidad, al nombramiento de las personas
que lo deben componer, es el más importante en el ciudadano.
Sabido es que en el orden moral, la responsabilidad a que se halla sujeto el hombre por
sus acciones particulares, depende exclusivamente de su libertad.
Por manera que si en el acto hubo coacción o violencia bastante, la responsabilidad
desaparece.
Cometido un crimen en ese estado, el reo no merece castigo.
Si pues esto sucede respecto a las leyes divinas e invariables ¿de qué modo podrá
considerarse el voto de un ciudadano que extraído por la corrupción o la violencia es
arrojado después al ánfora electoral? ¿qué valor tendrá una función tan augusta si el oro,
la presión o la amenaza influyen sobre ella?
Si el sufragio es, como dice Marrast, la soberanía del pueblo puesta en práctica, si es el
solo medio como puede manifestarse la ley suprema popular y el modo único como la
democracia puede ser seriamente aplicada, en ninguna función más que en la electoral
debe existir la independencia en su plenitud, la libertad en su verdadero valor.
El sufragio es el misterio de la sociedad que a nadie es dado penetrar, sin haber
profanado el santuario donde reside en toda su majestuosa esplendidez la soberanía
popular.
En las deliberaciones de los colegios electorales solo deben tomarse en consideración
los principios políticos y la moral. La sacrílega mano de la corrupción no debe ejercer en
ellos influencia alguna.
Por esto el voto debe ser secreto.
Porque el secreto es la condición absoluta de la libertad del voto;
Porque los que eligen no dependen ni deben depender sino de sí mismos;
Porque procurando los colegios electorales el gobierno de todos y no solamente el
gobierno de la mayoría que lo nombra, ninguna distinción debe existir entre los votantes
después de la elección. (Garnier Pagés)
Cuando los electores proceden, pues con libertad en el ejercicio de sus derechos, los
actos que emanan de ellos son legítimos y buenos y la sociedad marcha en orden y
pacíficamente al fin de su institución.
Sucede lo contrario cuando los ciudadanos experimentan en esos actos el cohecho o la
violencia; porque entonces, aparte de la nulidad que traen consigo, quedarán sistemada la
corrupción y la inmoralidad.
«Una persona vende su voto y después busca otros para comprarlos y, revenderlos con
algún beneficio; y el elegido se vende a su vez, ya para poder cumplir las promesas que
hizo, ya para sacar un provecho personal que le permita asegurar su reelección.»
(Garnier.)
En semejante manera de elegir, desaparece todo lo bueno, desaparece todo lo moral,
para dejar establecido un tráfico infame del acto más digno y elevado que puede
desempeñar el hombre en sociedad
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Viciado así el origen de toda legitimidad, de todo poder, las personas encargadas de las
funciones públicas, carecen de derecho para exigir obediencia a los ciudadanos.
Representan más bien un acto criminal y este no es ciertamente un título que pueda
legitimar providencia alguna.
Y si por consecuencia del cohecho o de la violencia, la elección carece de validez, y las
personas que resultan encargadas de los poderes públicos, de legitimidad, las
consecuencias serán seguramente los trastornos, las revoluciones sangrientas y el
desquiciamiento de la sociedad.
De lo expuesto se deduce, la absoluta necesidad de que el sufragio sea enteramente libre
y de que esta libertad se halle garantida con leyes y disposiciones severas que eviten los
atentados y castiguen a los que los hubieren cometido.
Solo así habrá justo título en las autoridades para mandar y estricto deber en los
ciudadanos para obedecer.
No consintáis, pues, en que esta preciosa libertad os sea arrebatada por la ley, por la
acción de las autoridades o por los particulares.
Y siendo tal vez el único modo de evitarlo, el castigo de los delitos que se cometen
contra ella, sed celosos en perseguirlos y en que la pena recaiga sobre los culpables.
Libre es el ciudadano para votar; pero no lo es para traficar con el voto.
Libres son los particulares para ejercer la influencia de la discusión y del
convencimiento, pero no lo es para emplear el cohecho.
En cuanto a las autoridades, su acción no debe dejarse ver ni sentir en el local de las
elecciones, sino es para tomar a los delincuentes y someterlos inmediatamente al poder
de la justicia.
Pero lo que principalmente se necesita, como requisito indispensable para una libre y
buena elección, es el conocimiento de los derechos y deberes políticos y un fondo de
moralidad en los votantes.
Con él, habrá respeto mutuo, acción libre, orden y verdad.
Inútil es la intervención de toda fuerza particular o pública. El voto debe ser la libre
expresión de la conciencia de cada uno, y en las expresiones de la conciencia, la fuerza
no tiene razón de ser: su intervención es completamente absurda.
Las intrigas y las maquinaciones secretas destruyen también la verdad de la elección, y
por lo mismo deben prohibirse y castigarse, como el cohecho y la violencia.
Acostumbrados los ciudadanos a practicar pacífica y tranquilamente sus elecciones, el
acto será fraternal y expresará netamente la voluntad de la mayoría, que es la suprema
reguladora de las sociedades.
Las elecciones son luchas; pero luchas morales, luchas del espíritu: vence en ellas el
mayor número de unidades y el menor se resigna y obedece. Esto es bello, sublime.
Pero la lucha se desnaturaliza desde que se traslada del espíritu al cuerpo, de la
conciencia al interés, de la voluntad a los brazos.
Nada, pues, de cohecho, nada de corrupción, nada de violencia, nada de fuerza, nada de
intrigas, cada uno deposite concienzudamente su voto en el ánfora electoral, y saliendo
de esta los resultados, puros como su origen, todo marchará ordenado y moralmente en la
dirección de las Naciones.
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V.
LIBERTAD DE TRABAJO.
El espíritu puede ponerse en actividad, el cuerpo puede hacer lo mismo, y el espíritu y
el cuerpo pueden obrar de consuno.
Y no siendo el trabajo otra cosa que la actividad humana en ejercicio resulta que hay
trabajo intelectual, trabajo corporal y trabajo mixto.
La palabra trabajo implica la idea de fatiga, ya se trate de los esfuerzos del espíritu, ya
de los del cuerpo, ya de ambos reunidos.
Y como el hombre es esencialmente activo, su existencia tiene que mejorar en razón
directa de la suma de labor que a ella le consagre.
El trabajo es la ley del mundo. Sin ella nada puede nacer, nada puede desarrollarse, nada
puede ser durable.
Es por consiguiente el trabajo un elemento de producción. A. Smith es a quien
corresponde el honor de haber proclamado este gran principio: «la primera fuente de la
riqueza es el trabajo.»
Rossi agrega que fue Smith quien dio a este principio esencial de toda riqueza su
derecho de ciudadanía y su carta de nobleza.
Considerado pues el trabajo como elemento de producción, es indispensable la libertad.
«Sin ella, el trabajo humano pierde su carácter: el trabajador esclavo no es un trabajador:
es un instrumento, una máquina, una bestia que hace parte del capital» (Dalloz).
Bajo el punto de vista económico ¿qué es, en efecto lo que da al trabajador esa energía,
ese poder de acción, sino la libertad y el sentimiento de interés personal que falta
completamente en el estado de esclavitud?
Cuando el hombre sabe que trabaja para sí y para los suyos y que mientras más trabaja
aumenta más su bienestar: que si produce con su trabajo más de lo que sus necesidades
exigen, tiene el derecho de formar un capital para procurarse los goces de la comodidad
y aun de la riqueza; entonces no tiene límites su actividad, su inteligencia y su cuerpo
trabajan a la vez, sus fuerzas se duplican y con todo se acrecienta la producción.
La libertad da la energía, y el estímulo del lucro produce los descubrimientos.
Pero, quitad al hombre su libertad, su interés personal, y quedará reducida su fuerza
productiva a su fuerza muscular.
Su inteligencia envilecida, lejos de aumentar su fuerza física, la disminuirá con el
convencimiento de que su degradación sirve de simple instrumento a los intereses de otro.
De aquí, el hecho reconocido de que el trabajo del esclavo es muy inferior al del hombre
libre.
En la antigüedad, el trabajo estaba deshonrado.
Las sociedades se dividieron en dos razas, la de hombres ociosos porque eran libres y la
de los trabajadores porque eran siervos.
La ociosidad era un título de nobleza: el trabajo una señal de servidumbre.
Esta chocante desigualdad se perpetuó por muchos siglos: contento y satisfecho el
conquistador de vivir sin trabajar, triste y abatido el conquistador trabajando para sus
señores.
El trabajo industriar principalmente era considerado en Atenas y en Roma como propio
de esclavos.
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«La ciencia del amo, dice Aristóteles, se reduce a saber usar de su esclavo: es el amo,
no porque sea propietario del hombre, sino porque se sirve de una cosa propia: el esclavo
hace parte de la riqueza de la familia.» En otro lugar afirma que «la bestia y el eslavo se
asemejan en sus servicios.»
Jenofonte dijo: «Las artes manuales son infames e indignas de un Ciudadano.»
Tales fueron la condición de los hombres y el envilecimiento del trabajo en los tiempos
antiguos. Y así continuó la humanidad por muchos siglos todavía.
En la edad media, después que la esclavitud se transformó en servidumbre y antes de la
constitución de las repúblicas italianas, el trabajo era todavía reputado obra servil, siendo
completamente nulo su poder productivo.
Aun después de la emancipación de las Comunes, el trabajo quedó sometido a las trabas
de la más minuciosa reglamentación, al despotismo de las corporaciones y del Estado.
Así, aunque el derecho de trabajar es natural imprescriptible y hoy nos parece
incontestable, en aquella época no existía.
No es sino a fines del siglo pasado, que esos reglamentos y esas trabas desaparecieron.
Y que se reconoció la libertad del trabajo en toda su latitud. La célebre formula «dejad
haced, dejar pasar», ha reasumido en pocas palabras la amplitud del derecho.
Turgot, Colbert y gran número de economistas la levantaron después a la altura en que
hoy se encuentra: el trabajo no solo es reconocido en su libertad, sino santificado,
ennoblecido.
Sin embargo, aunque la libertad del trabajo haya echado ya profundas raíces en el mundo
y pasado a las costumbres de nuestra generación actual, es hoy el objeto del ataque de los
socialistas, supuestos organizadores del trabajo.
Saint Simón, Fourier y en nuestros días Luís Blanc, aboliendo completamente la libertad
del trabajo que hacían responsable de sus funestos abusos, trataron de resucitar, bajo otro
nombre, y con más inconvenientes todavía, el antiguo sistema de las corporaciones.
No debía existir simplemente, como en lo antiguo, la protección del Estado, sino su
omnipotencia erigida en sistema, omnipotencia que absorbía todas las individualidades.
El sistema de las asociaciones obreras, no es, en efecto, otra cosa que el de las antiguas
corporaciones, con. una variación en la que entonces no habían pensado: la igualdad de
salarios.
¡Igualdad absurda, como lo hemos demostrado antes al hablar de la propiedad!
Los modernos reformadores no se han ocupado de la organización del trabajo, bajo el
punto de vista de la producción, sino bajo el de la simple distribución.
La producción debía quedar paralizada: la distribución igualada.
En verdad que no debe sacrificarse todo a la producción, a pesar de que ella constituye
tanto la riqueza y el poder de las Naciones, como la comodidad de los individuos.
Pero tampoco puede llevarse a los últimos limites, a los de la injusticia y la inmoralidad,
la distribución del salario.
El salario debe ser proporcional y suficiente; he aquí todo el derecho del asalariado.
Que se compare el bienestar relativo de los trabajadores de hoy, con el de los tiempos
reglamentarios y se observará que es mucho mayor con la libertad que lo era bajo el
régimen antiguo.
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Sin duda hay casos en que el estado debe intervenir; por ejemplo, para limitar el trabajo
de los niños en las manufacturas; pero esta intervención obedece a otro orden de deberes,
al de proteger la vida y el desarrollo de los ciudadanos.
En lo demás es necesario dejar al trabajo y al interés personal toda la libertad posible.
(Rossi.)
¿Puede hacerse algo en favor del obrero, del simple trabajador en la organización actual
de las sociedades?
Sin duda que sí.
El gran mal de las sociedades de hoy consiste en no considerar como capitales sino la
tierra, el numerario o el crédito.
Ellos son ciertamente elementos de producción, pero elementos que quedan inertes en
las manos de los poseedores, si el trabajo no los fecundiza.
Y por trabajo se entiende, como ya lo hemos dicho, las. concepciones del espíritu y la
fuerza de los brazos.
Los capitalistas y los trabajadores se encuentran en toda explotación industrial, en toda
asociación: los beneficios deben pues distribuirse proporcionalmente entre el capitalista
y el trabajador. (Duroc.)
No debe por consiguiente abusarse de la condición del obrero o del trabajador, y si la
necesidad obliga a estos a contratarse por un salario insignificante, deber del capitalista
es acordarles una parte proporcional en las utilidades, una vez conocidas estas.
En definitiva, si el trabajo es un elemento de producción, es menester elevar al trabajador
al rango de agente productivo.
O el salario debe corresponder al trabajo de una manera que baste al sostenimiento del
trabajador y su familia, o si es diminuto, debe dársele una parte del provecho.
Los que así no proceden, faltan a sus deberes, son opresores de la humanidad.
Remunerar insuficientemente el trabajo, pudiendo aumentar el salario dentro de los
límites de la utilidad, es defraudar al trabajador.
No cometáis, vosotros, esta iniquidad.
Trabajad con vuestra inteligencia, trabajad con vuestros brazos trabajad con ambos
agentes.
Y si la fortuna os hizo capitalista, pagad bien a los simples obreros, a los que se ha
llamado trabajadores.
Si por el contrario, la fortuna os negó sus favores, trabajad siempre, sin exigir
demasiado, ni prestaros a servir por salarios diminutos.
En general, el trabajo ennoblece al hombre, lo eleva, y moraliza.
Y para que los que trabajan o la humanidad toda, viva, sino feliz, al menos satisfecha,
todo lo que se necesita es el equilibrio entre el capitalista y el trabajador, entre el
empresario y el obrero, entre el espíritu y el cuerpo.
Y solo puede establecer este equilibrio el sentimiento moral.
Nada de reglamentos, nada de leyes represivas, nada de gremios, ni de abusos: el trabajo
se sostiene por sí solo.
Su libertad le basta.
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VI.
LIBERTAD DE INDUSTRIA Y DE COMERCIO.
La industria, en su acepción general se ha hecho sinónima de trabajo.
Bajo esa inteligencia se ha dividido en agrícola, fabril y comercial.
Siendo el trabajo el ejercicio de la actividad del hombre y no pudiendo haber trabajo
improductivo, lo lógico sería llamar trabajo agrícola, industrial o comercial a lo que los
economistas han llamado industria agrícola, fabril o comercial.
Y de este modo se evita el que, habiendo tantas industrias, se denomine así solo la fabril
o manufacturera, produciendo con ello equivocaciones de lenguaje que dificultan la clara
inteligencia de las palabras.
En cuanto a la agricultura parece ocioso que nos ocupemos de su libertad. De primera
necesidad son sus productos y esa necesidad aseguró siempre su libre ejercicio, siendo
protegida y honrada en todos los pueblos.
No ha sucedido lo mismo con la industria y el comercio que desde los primeros tiempos
sufrieron rudos ataques de los gobiernos y de las preocupaciones.
Entre los griegos y entre los romanos, la industria estaba organizada y reglamentada en
cuerpos, colegios o comunidades.
El trabajo manual era considerado entonces, según ya lo hemos dicho, como cosa servil,
abandonada a las manos de los esclavos y de los individuos de la última clase, lo cual
justifica Platón en su tratado de las leyes.
En Roma se hace subir la reglamentación hasta Numa que, según Plutarco, organizó
admirablemente los colegios industriales.
Esa organización fue conservada por los emperadores.
Con semejante sistema, la industria no pudo ser libre en Roma, ni en sus provincias. Los
industriales dependían exclusivamente del prefecto y de los gobernadores, quienes
ejercían sobre ellos un poder absoluto.
En cuanto al comercio, estaba prohibido entre los Romanos a las personas de noble raza,
a los revestidos de ciertas dignidades y a los que gozaban de gran fortuna. Por esto, el
comercio en Roma no fue, ni extenso, ni floreciente en esos tiempos.
Continuó el sistema reglamentario y opresor de la industria en la edad media.
Posteriormente y bajo el pretexto de que ningún industrial debía ocuparse de pira cosa
que de su oficio a fin de desempeñarlo bien, (Blanqui) los Reyes continuaron oprimiendo
a la industria y privándola de todo género de libertad.
Colbert fue el primero que inició la emancipación de la industria, no omitiendo medio
ni sacrificio alguno para levantar el espíritu manufacturero.
«Si los industriales pueden ganar su vida, decía al Rey, ¿es justo que se les impida esto
a nombre de Vuestra Majestad, que es el padre común y que está obligado a protegerlos?
Creo, pues que una ordenanza por la cual se supriman todos los reglamentos hechos hasta
el presente, no haría mal alguno.»
En Inglaterra y Escocia había menos opresión a la industria; pero no fue enteramente
libre.
A fines del siglo pasado, la industria gozaba ya de franquicias y libertades. En 1776 se
permitía ya en Francia a toda clase de personas el ejercicio de la industria y del comercio,
quedando abolidas las trabas y los reglamentos.
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La emancipación de la industria y del comercio no fueron sin embargo completas; aun
quedaron subsistentes algunos privilegios.
Solo las grandes revoluciones americana y francesa hicieron posible el régimen absoluto
de la libertad industrial. Abolidos entonces todos los privilegios, reconocidas y
proclamadas todas las libertades, las de la industria y del comercio, que son de las más
importantes, recibieron una consagración completa.
La industria y el comercio son efectivamente de una importancia trascendental.
La una tiene por objeto elaborar las primeras materias dándoles nueva utilidad y nuevo
valor; o sea, poner un artículo de riqueza en estado de servir para la satisfacción de las
necesidades humanas.
Y el comercio abastece el mercado llevando los artículos de riqueza del lugar donde se
producen a aquel donde deben consumirse.
Resulta, pues, que el comercio y la industria son absolutamente necesarios para la
felicidad de los individuos que consiste, a este respecto, en la equitativa distribución de
la riqueza y en la completa satisfacción de las necesidades naturales o ficticias.
Como derecho, la libertad de industria y de comercio, depende de que siendo el hombre
libre para la elección del objeto en que ha de ejercer su actividad, puede aplicar ese
principio a la industria o al comercio, según lo juzgue conveniente.
Mas, la facultad que tiene el individuo de elegir la especie de trabajo que le convenga,
no quedaría plenamente garantida, si la sociedad tuviese alguna injerencia en ello.
Luego la ley no puede prohibir ni poner trabas a la industria y al comercio que son actos
libres.
Los gobiernos por otra parte no pueden encargarse de satisfacer las necesidades de los
ciudadanos; luego ni la ley, ni los encargados de la administración pública, pueden tomar
parte en la actividad humana, obrando ésta en sus justos límites.
Dedúcese de todo que la industria y el comercio deben tener completa libertad.
Hemos hablado de justos límites. Y efectivamente, estas libertades como las demás
tienen un límite natural en el derecho ajeno, en el derecho de todos.
No pueden, por lo mismo, ejercitarse hasta damnificar a otro u otros ciudadanos, o a
todos en general.
Profesiones hay en que la industria debe estar sometida a reglas, como la de
farmacéuticos y médicos: felizmente el número de estas es reducidísimo.
Pero la libertad de industria y de comercio no debe considerarse únicamente en los
productores: hay que considerarla también respecto a los consumidores y a las relaciones
entre el productor y el consumidor.
Estas libertades no han sido, en efecto, proclamadas únicamente en provecho de los
agentes productivos: lo han sido también en interés de los consumidores, y es, bajo ese
aspecto, que produce los más ventajosos resultados.
La industria libre da por resultado indudablemente un grande número de productores y
la consiguiente concurrencia; y de este grande número y de esta concurrencia provienen
la abundancia y el bajo precio de los productos, en beneficio de los consumidores. Al
contrario, si la industria no es libre, un gran número de productos se encontrará en las
manos de un número pequeño de productores, y los productos serán raros y su precio será
elevado.
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Repetimos, pues, con todos los economistas y con el mismo Turgot, que esta libertad es
principalmente favorable a los consumidores.
Pero para que el consumidor pueda aprovechar de las ventajas de esta libertad, es
menester que él también sea libre; es decir, que pueda dirigirse a su voluntad a tal o cual
productor, al que mejores condiciones le ofrezca, y no a productores determinados o
privilegiados.
Si tal sucede, la libertad no existe.
Las dos libertades, la del productor y la del consumidor son, pues, correlativas
solidarias, y no puede existir la una sin la otra.
De lo expuesto resulta que, siendo libre el productor y libre el consumidor, las relaciones
entre ambos deben también ser libres. El productor debe ser libre para vender o no vender
y el consumidor debe serlo también para comprar o no comprar. Ninguna obligación debe
imponerse al uno o al otro.
El hecho de fijar condiciones o precios al mercado, es atentatorio a estas libertades.
Respecto a precio etc., el productor y el consumidor deben tener entera libertad.
Sin duda que en cuanto a precio, hay una ley económica invariable: la de la oferta y la
demanda; pero en la práctica, el productor y el consumidor, el vendedor y el comprador,
deben en definitiva fijar el precio libremente. Seguro es, que en ningún caso se separaran
de la ley; pues no habrá productor que pretenda vender caros artículos que otros venden
baratos, ni habrá comprador que se preste a satisfacer los caprichos de semejante
vendedor.
Examinemos ahora estas libertades bajo el aspecto de los monopolios y privilegios.
Por monopolio se entiende la facultad exclusiva de vender una o muchas mercaderías.
Todo monopolio, además de su injusticia, en cuanto importa una excepción de la ley,
eleva artificialmente el precio de las mercaderías en provecho del monopolizador y en
daño de los consumidores.
El monopolio ataca, por lo mismo, directamente a la libertad de industria y de comercio:
al productor privándolo de introducir nuevos perfeccionamientos en sus productos, y al
consumidor que, no existiendo concurrencia, tiene que comprar el articulo a precios
caprichosos.
El privilegio no es otra cosa que la excepción de la ley concedida a uno o muchos
individuos.
Todo privilegio es por consiguiente odioso e injusto por su naturaleza, desde que
destruye la igualdad ante la ley, que es uno de los más sólidos fundamentos de la sociedad
civil.
Consagrando además los privilegios el predominio del interés individual, bajo
cualquiera forma que se presenten y bajo cualquier nombre que se oculten, repugnan a la
razón y deben ser destruidos. (Courcelle Seneuil).
Los privilegios de invención y de descubrimientos dañan también a la libertad de
industria.
Un individuo encuentra hoy un medio de adelantar cualquier ramo de producción. En
su virtud, tiene él solo el derecho de gozar lo adquirido por su adelanto: es su propiedad.
Pero concederle un privilegio; es decir, impedir que otros que puedan alcanzar lo mismo,
tengan un goce semejante, es injusto.
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Que el invento sea para el inventor un secreto, es justo; pero no lo es, no puede serlo,
que con un privilegio concedido se ponga un límite a la inteligencia de los demás,
privando a estos de la subsistencia que pueden ganar por igual medio.
El gobierno que concediera un privilegio de invención, faltarla además a su deber, que,
a este respecto, consiste en procurar que los consumidores tengan los artículos de riqueza
en el menor precio posible, lo que no se consigue con los privilegios.
Pues, si el inventor debe excluir a otros de los beneficios de su descubrimiento, podrá
poner a este el precio que quiera, Sin otra regla que su voluntad y su interés, ya que no es
posible que exista concurrencia alguna.
Se ha dicho que otorgando privilegios de invención se protege a la industria: este es un
grave error, porque la protección se dispensa entonces, no a la industria, sino a un
individuo, con perjuicio de los demás.
La única protección posible, sería entonces premiar al descubridor con una cantidad de
dinero, si a ello se presta; si no, que conserve su secreto y eso le basta.
Las libertades de que nos ocupamos se hallan hoy universalmente aceptadas y garantidas
en todas las constituciones: en Inglaterra, en Francia, en Italia, en Suiza y principalmente
en los Estados Unidos de la América del Norte. En los últimos no solo se garantiza la
libertad, sino que expresamente se declara, que: «la industria y el comercio son necesarios
para la felicidad de los ciudadanos y para la prosperidad de Estado.»
No deja de haber, sin embargo, trabas y embarazos para el ejercicio de estas libertades.
Casi en todas las naciones existen aún los restos de la antiquísima manía de reglamentar
las industrias: hay también monopolios y privilegios.
Que desaparezcan, pues, estos restos de las antiguas edades: que nadie ose fijar precio
a las mercaderías: que no se altere la libre relación entre productores y consumidores: que
desaparezcan los monopolios: que no se conceda privilegios; y entonces la industria y el
comercio florecerán en la pura y límpida atmósfera de la libertad.
En cuanto a vosotros, sabiendo ya que el trabajo ennoblece al hombre, no desdeñéis
tomar una ocupación, conforme las dotes con que la naturaleza os haya favorecido.
Sed industriales o dedicaos al comercio, según vuestros gustos y aptitudes.
La tierra os convida con su fecundidad y en ella está comprendida la agricultura,
propiamente dicha, la minería, la pesca, la caza, todo lo que en ella se encuentra.
El trabajo intelectual es ameno y útil.
La industria manufacturera o fabril os invita con sus maravillosas producciones.
El comercio os abre también sus puertas.
El crédito con sus combinaciones y sus prodigios es también un campo vasto para
vuestra actividad.
Examinaos y tomad un camino; pero tomadlo resueltamente, con decisión, con
entusiasmo, con inteligencia.
El hombre es señor de cuanto se halla al alcance de su espíritu y de su cuerpo.
¡Vergüenza es, por lo mismo, que se deje abatir y subyugar por los obstáculos o por la
inacción!
En el sendero del trabajo, de la moral, de la virtud, está la felicidad: la desgracia proviene
de la ociosidad, de la inmoralidad, del vicio.
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Si sois, pues, industriales o comerciantes, holgaos de ello: si en otras esferas ejercitáis
vuestra actividad, estimad, apreciad y respetad a esos nobles agentes de la civilización y
del progreso.
Vosotros, sobre todo, los de la clase trabajadora u obrera, enseñad a vuestros hijos algún
oficio, alguna profesión, alguna industria; y, dándoles el ejemplo, inspiradles amor al
trabajo y aborrecimiento al ocio.
El mundo hoy brinda con sus favores a todas las clases sociales: los que nacieron en el
fondo pueden por sus méritos levantarse a la superficie, y los que nacieron en la superficie
pueden por sus faltas descender al fondo.
Inteligencia ilustrada, valor y consagración al trabajo, dan derecho para subir los
escalones de la jerarquía social; la ignorancia, la timidez y el ocio dan motivo para
descender la misma escala.
Subid siempre: no descendáis jamás. Para todo, no olvidéis que deben ser lícitos los
medios.
VII.
LIBERTAD DE ASOCIACIÓN.
La asociación es una palabra nueva admitida en política para expresar una idea
compleja.
En su sentido más genérico, se designa por ella a la sociedad misma, considerada como
una reunión de seres iguales.
Particularmente, significa la reunión de un cierto número de individuos con un fin
determinado, pero en la que la igualdad es siempre la base de su formación.
Bajo este último aspecto, la asociación es el movimiento, la vida, la fuerza que todo lo
emprende y lo realiza.
Teniendo, efectivamente, el hombre en sociedad deberes especiales que cumplir e
intereses y necesidades privadas que satisfacer, debe ponerse en acción para realizarlos.
Pero, para obtener todos los objetos a que puede aplicarse la actividad humana y que el
hombre necesita, es muchas veces insuficiente la fuerza individual.
En semejante caso ¿quedará privado el hombre de esos objetos que ha menester y que
por sí solo no puede adquirir?
No; porque entonces se reunirán las fuerzas de muchos, las fuerzas necesarias para
conseguir el fin que se desea, y esta reunión será eficaz.
Vis unita fortior se ha dicho con sobrado fundamento, y efectivamente, la asociación es
el único modo de realizar las ideas más nobles y avanzadas: es la omnipotencia en el
hombre.
La asociación puede proponerse dos fines; o uno de utilidad particular a cierto número
de individuos, u otro de utilidad general: la primera es privada; la segunda pública o
política.
Las asociaciones privadas para objetos lícitos o de utilidad, son en verdad importantes
y deben garantirse: ellas realizaron siempre los milagros de la industria, del comercio, del
crédito etc.
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Derecho político. El liberalismo.
Pero no son las privadas el objeto de que nos ocupamos: en diversos artículos anteriores
hemos probado su importancia.
Trataremos solamente de las públicas o políticas.
Indudable es que el cuerpo político es formado por una asociación voluntaria de
individuos en la cual el todo y la parte, la Nación y el ciudadano, convienen en ser
gobernados por ciertas leyes en utilidad común.
Es igualmente cierto que, según se expresa en el preámbulo de la constitución de
Massachusetts, «el fin de todo gobierno es asegurar la existencia del cuerpo político,
protegerla y procurar a los individuos que lo componen, la facultad de gozar con
seguridad y tranquilamente de sus derechos naturales y de una vida feliz.»
Luego no puede negarse a cada individuo la facultad de trabajar por su parte para que
los gobernantes cumplan el fin de su comisión y para que no sea desvirtuado el objeto de
toda sociedad política.
En virtud de este derecho, tienen los ciudadanos el inalienable de reunirse con objetos
de esta naturaleza, cuando y como lo juzguen conveniente.
He aquí la libertad de asociación naturalmente demostrada.
Las asociaciones políticas pueden además ser directivas o de resistencia. En el primer
caso se propondrán influir sobre la marcha de la sociedad: en el segundo oponerse o
resistir a que se consume algún grande mal a la Nación.
Para aquellas la libertad debe ser amplia, absoluta: las de resistencia son de muy
peligroso ejercicio.
Este derecho tiene, pues, límites como todos los demás; es decir, no puede ejercitarse
con daño de otros o de la sociedad.
«El derecho de asociación tiene, es cierto, su fundamento en la misma naturaleza del
hombre que le inspira el irresistible deseo y le pone como condición absoluta de
conservación, de perfeccionamiento y de felicidad, la necesidad de unirse a sus
semejantes para ser más fuerte y comunicarse recíprocamente sus sentimientos y sus
ideas.»
«Pero por sagrado que sea en su origen y en sus efectos, debe ser limitado; porque así
como las asociaciones pueden realizar grandes cosas cuando se dirigen hacia un fin útil y
laudable, producirían en caso contrario resultados deplorables y vergonzosos.» (Dalloz.)
Ahora bien: como ni la moral ni la conciencia pública pueden tolerar asociaciones cuyo
fin no sea sano, se deduce que la mejor garantía de esta libertad bien entendida es la
publicidad.
Porque, verdaderamente, es imposible que ni el público ni las autoridades encargadas
de su derecho y respetabilidad, consentirían en que tuviese existencia ninguna asociación
ilícita, ni habría tampoco hombres que llevasen su cinismo hasta el punto de hacer
ostentación de propósitos criminales o que ofendiesen a la moral.
La publicidad es, a no dudarlo, el mejor correctivo para impedir asociaciones
inconvenientes o ilícitas.
Y siendo así, la libertad de asociación debe hallarse garantida por la ley.
Las leyes romanas permitían toda asociación que no tuviese un fin culpable. Prohibidas
estaban las que se organizasen contra la República y las reuniones de hombres armados
en las calles o plazas.
Posteriormente las asociaciones políticas fueron prohibidas en lo absoluto.
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Más tarde se reconoció esta libertad en todos los estados de la Unión americana: «el
pueblo tuvo derecho de reunirse para deliberar sobre el bien común.»
En 1.790 la Asamblea francesa reconoció a todos los ciudadanos el derecho de reunirse
pacíficamente y de formar sociedades libres, sin faltar a las leyes.
Desde entonces, las constituciones de los pueblos en que la libertad es de algún modo
respetada, consignan entre sus garantías una expresa del derecho de asociación.
Entre las asociaciones de resistencia, la historia nos señala algunas que hicieron grandes
bienes a la humanidad y a las naciones respectivas.
Nos ocuparemos únicamente de dos: la asociación de la virtud (Tugendbund) en
Alemania y la asociación católica en Irlanda.
La primera se organizó en 1.813.
Cansados los pueblos alemanes de soportar el yugo y las humillaciones que a su país
imponía Napoleón I, hicieron un mutuo llamamiento a su patriotismo, y, bajo el nombre
que dejamos indicado, organizaron una vasta asociación.
Fue esa inmensa asociación la que reunió en los ejércitos al entusiasmo por la
independencia, el poder de una grande voluntad nacional.
Y fue ella la única que pudo triunfar de ese gran déspota cuando todos los reyes estaban
prosternados a sus pies.
El genio de Bonaparte pudo triunfar de la alianza de los reyes; pero debió sucumbir ante
la alianza de los pueblos.
«No puedo reponerme, dijo Napoleón al caer, he disgustado a los pueblos.»
El segundo hecho ocurrió en 1.825.
Oprimida la Irlanda por el formidable poder de Inglaterra, el inmortal O’Connell,
acompañado del elocuente Shiel, organizó una asociación política, bajo el nombre de
Católica.
Ella puso un termino a la cruel opresión que sufrían los católicos, y a fin del año de
1.824 la Irlanda gozó de una calma que jamás había conocido desde los primeros días de
la dominación inglesa.
En el siguiente año Inglaterra cedió y el Ministerio Wellington, inspirado por Roberto
Peel, declaró la emancipación católica: fue entonces disuelta la asociación: había llenado
su objeto.
La asociación en tales casos no fue pues sino el poder de las fuerzas de muchos reunidos
en un centro común: la fuerza contra la fuerza; pero una justicia fuerte contra un poder de
hecho.
Y puesto que ya conocéis las grandes obras de la asociación, en el vastísimo campo
donde ejercita su actividad, procurad siempre emplear ese medio que, como lo hemos
dicho, hace al hombre omnipotente.
Asociaos para los trabajos de la inteligencia y para los del cuerpo: para la agricultura,
para la industria, para el comercio; para todo aquello, en fin, en que sea insuficiente
vuestra fuerza individual.
Grandes, inmensas, admirables son las obras de la asociación.
La asociación de ideas y de conocimientos ha hecho al hombre verdadero señor del
mundo.
En lo filosófico y en lo moral ha penetrado su inteligencia hasta los más ocultos arcanos.
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Eu las ciencias físicas y de aplicación, nada hay que ignore: todo lo sabe, todo lo conoce.
Ha descubierto los secretos de la formación de este globo que habitamos: ha examinado
los elementos de que se compone: el microscopio lo ha hecho penetrar a mundos
desconocidos; y el telescopio haciendo pasear las miradas del hombre por espacio infinito,
le ha presentado millones de mundos espléndidos, cuyas leyes, forma, composición y
elementos ha sorprendido con maravillosa exactitud.
En los trabajos de otro orden, la asociación ha realizado obras admirables.
En agricultura, hoy conoce el hombre la composición de los diversos terrenos, sabe sus
necesidades y la manera de satisfacerlas: la botánica le ha enseñado la vida de las plantas,
seres sensibles que nacen, crecen, se desarrollan, se fecundizan y mueren, como los demás
vivientes: hoy no produce la tierra lo que puede: produce lo que se le obliga a producir.
En la industria ¡cuántas y cuán sorprendentes son sus obras!
La asociación ha trasladado los montes de un punto a otro, ha perforado las más espesas
montañas, ha comunicado los mares entre sí, ha establecido sobre toda la superficie del
globo vías de comunicación rápidas como el vapor, ha puesto en contacto instantáneo,
por medio del telégrafo, a todas las naciones de la tierra.
En la populosa Londres, la asociación ha llevado pesados trenes por sobre los más altos
edificios de la ciudad y ha hecho correr otros bajo su superficie, y debajo de estos otros
más profundos todavía.
En el terreno de las manufacturas, apoderándose la asociación de los secretos de la
química y del análisis, ha realizado magníficos y soberbios adelantos.
El espíritu de asociación ha dado al comercio una actividad vertiginosa: en todos los
países del mundo existen los productos de todos ellos: nada falta al hombre en nación
alguna: los productos de los trópicos y los productos del polo se confunden por doquier.
Tales son los milagros de la asociación en el trabajo.
En política sus resultados son más proficuos.
Las asociaciones políticas se proponen el bien general y lo consiguen siendo bien
dirigidas y tenaces en sus propósitos.
La conquista de una libertad, de un derecho; la abolición de un privilegio: el
establecimiento de un orden racional y democrático allí donde imperaban el despotismo
o la injusticia; son con efecto, de más importancia que las mejoras o adelantos científicos
o materiales.
Uníos pues, unos con otros en todas las circunstancias, en todos los casos, para vuestros
trabajos intelectuales, para vuestros trabajos físicos, para vuestra labor política.
Pero que vuestras reuniones y asociaciones sean pacíficas, tranquilas, guiadas siempre
por el espíritu del bien o para impedir los progresos del mal.
La unión es la fuerza, es la vida: el aislamiento o la discordia son la impotencia, la
muerte.
VIII.
LIBERTAD DE DEFENSA.
Defensa es la acción o el conjunto de medios con los cuates se rechaza un ataque.
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En este sentido, todas las legislaciones autorizan el caso de legítima defensa, como de
derecho natural. No es injuria rechazar la fuerza con la fuerza, decían las leyes Romanas.
Pero, aunque legitimado este caso en todas las sociedades, no es permitido usar del
derecho sino en circunstancias extremas; a saber, en aquellas que hacen imposible la
intervención de la autoridad.
No consideramos, por lo mismo, bajo esta acepción la palabra defensa: le damos su
significado especial.
Todo individuo, dice Dalloz, sobre el que pesa una acusación que lo amenace en su
libertad, en su honor o en su vida, tiene el derecho inviolable de emplear todos los medios
conducentes a su justificación y al triunfo de su inocencia; tal es la genuina definición de
la palabra.
Esta facultad la tuvo el hombre de la naturaleza, antes que el ciudadano la hubiese
recibido de la ley.
Cicerón reprochaba a Verres el haber privado a Sopater, de la libertad de defenderse,
rehusándole lo que la naturaleza concede a todo el género humano.
Tarquino acusaba de tiranía a Sancio Tulio. «¡Y qué! le respondió este ¿he castigado
acaso a persona alguna, sin oírla?»
Dupin dice: «Antes de desterrar a Adán y a Eva del paraíso dijo Dios a la mujer ¿por
qué hiciste esto? Y antes de condenar a Caín, dijo al fratricida ¿dónde está tu hermano?»
Lo cierto es que todas las naciones civilizadas, antiguas y modernas han practicado v
honrado la libre defensa de los individuos.
Hubo, sin duda, épocas críticas en que la tiranía selló los labios a la inocencia,
prevaleciendo ciegas preocupaciones.
Tal es la suerte de las cosas humanas; pero felizmente esos días fueron contados y en
pequeño número entre los pueblos de mediana civilización y han sido anotados por la
implacable historia.
Entre los Hebreos cuando un reo marchaba al suplicio, lo precedía un heraldo que
gritaba el pueblo: «el desgraciado que aquí veis está declarado culpable y marcha a la
muerte; si alguno de vosotros puede justificarlo, que se presente y hable.»
Y si del seno de la multitud, alguna vos respondía a ese llamamiento, el asunto volvía a
los jueces.
Habiendo acusado Arístides a ciertos malhechores, iban los jueces a condenarlos sin
oirlos; pero el justo de Atenas se arrojó a los pies del Tribunal y le suplicó no hiciera tal
cosa, «porque eso no sería justicia sino violencia.»
En Roma la libertad de defensa era absoluta y se dejaba completamente a la discreción
de las partes o de sus defensores. Las arengas de Cicerón manifiestan detalladamente los
medios enteramente libres que empleaban.
Acusado una vez Escipión el Africano, respondió a la acusación con su propio elogio.
«En un día como este, exclamó, vencí a Aníbal y a los Cartagineses en África: Romanos,
vamos a dar las gracias a los Dioses Inmortales.» Y el pueblo lo siguió al Capitolio.
Marco Scauro, acusado otra vez, se limitó a decir: «Quinto Vario, español de
nacimiento, acusa a Scauro, príncipe del Senado, de haber sublevado a los aliados. Scauro
lo niega. ¿A cuál de los dos prestareis fe?» La acusación fue desechada.
La libertad de defensa se llevó más tarde a lastimosos extremos: el duelo fue aceptado
como prueba.
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La reacción se verificó en el siglo XVIII. Beccaria, Filangieri, Voltaire y tantos otros,
volvieron las cosas a su estado racional abogando por la publicidad de la instructiva, la
abolición de la tortura y la libertad de la defensa.
Hoy la libertad de la defensa es generalmente admitida en todas las naciones; pero aún
tiene trabas que es preciso romper.
La profesión de abogado es en verdad noble, siendo como es su objeto defender la
justicia: todo ciudadano tiene indudablemente el derecho de dedicarse a ella.
Mas no es, no debe ser, obligatorio para los demás el servirse de abogados para su
defensa.
El demandante o el demandado, el acusador o el reo, son libres para defenderse por sí
como lo juzguen conveniente.
Si el que tiene un asunto pendiente en los Tribunales, se encuentra en aptitud y con
capacidad de defenderse por sí mismo, se le debe permitir.
Y si no tiene la suficiente confianza en sus conocimientos y la tiene en los de otros, libre
debe ser también para tomar el defensor que guste o asociarse con él.
Nada de defensores obligados, nada de trabas para la defensa.
La libertad de defensa exige además otras condiciones.
A todo acusado presunto o culpado, debe darse conocimiento del hecho que se le imputa,
a fin de que pueda preparar su defensa.
Pero antes, es preciso citarlo para el juicio. Citación y defensa son requisitos esenciales
en todo juicio.
De lo anterior se deduce como consecuencia que el acusado debe ser juzgado por juez
competente; es decir, que tenga atribuciones reconocida por la sociedad, y que sea además
el de su domicilio o del lugar en que se cometió el delito.
Porque, en efecto, sin la primera condición, no hay garantía de suficiencia y autoridad;
y sin la segunda no habrá toda la luz que se necesita para el juzgamiento y el castigo del
hecho.
Y la defensa, además de libre, debe ser completa; esto es, que no debe tener restricciones
ni mutilaciones de ningún género.
Más pormenores son ajenos de este trabajo: basta que conozcáis el significado e
importancia de esta libertad.
Procurad pues conservarla íntegra. Si sois autoridad, jamás le pongáis trabas, ni
obstáculos. Si sois simples ciudadanos, cuidad de que no se os restrinja en manera alguna.
Ved que este derecho es muy precioso, desde que de su ejercicio depende el éxito en
todo asunto, duda o acusación referentes a vuestros intereses, vuestra libertad, vuestro
honor y vuestra vida.
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PARTE SEGUNDA. Organización política.
CAPÍTULO I. Gobierno.
Se llama Gobierno al conjunto de reglas conforme a las cuales se dirige una Nación.
Bajo este aspecto, el Gobierno comprende la suma de poder de un Estado.
En su sentido particular se ha llamado Gobierno al Poder Ejecutivo solamente.
Considerando a la idea en su significado general, dividiremos, para su mejor
inteligencia, este capítulo en dos párrafos: en el primero nos ocuparemos de los Gobiernos
históricos o de hecho; en el segundo del Gobierno de derecho, único legítimo.
I.
GOBIERNOS HISTÓRICOS.
Desde los tiempos de Platón se reconocían tres formas de Gobierno; Monarquía,
Aristocracia y República.
Aristóteles dice que las tres formas son legítimas: no es extraño; en su época la
verdadera ciencia política era ignorada.
Había entonces quien a las tres principales formas de Gobierno agregaba la Oligarquía
y el Despotismo; pero el mismo Aristóteles las rechaza como corruptoras y corrompidas.
Cicerón distingue tres clases de Gobierno; el Monárquico, cuando el poder soberano
reside en uno solo: el Aristocrático, cuando reside en los principales de la Nación: y el
popular, cuando reside en el pueblo.
A juicio de este romano ilustre, todas las formas de Gobierno tienen ventajas e
inconvenientes, no se decide por ninguna e imagina una forma mixta; es decir, algo
semejante a las actuales Monarquías constitucionales.
El poder superior es uno solo, una porción de poder en los que llama grandes y alguna
cosa para la multitud o el pueblo — tal fue el bello ideal de Cicerón.
Tácito tuvo opiniones contrarias: la forma mixta era a su juicio, sino incalificable, de
muy corta duración.
Entre los publicistas modernos; los unos como Montesquieu, han elogiado grandemente
las ventajas de la forma mixta, los otros como Rousseau han celebrado de preferencia las
de la democracia.
En cuanto al Despotismo, desde Maquiavelo, y Hobbes, nadie ha vuelto a sostener en
teoría la bondad del sistema.
Tales son las diferentes clases de Gobiernos que las Naciones tuvieron desde su origen.
Y todas ellas fueron ilegítimas en su esencia y por la naturaleza de su forma especial.
La monarquía propiamente dicha, o sea la autocracia, fue impuesta a los pueblos por la
acción única de la fuerza: ninguna Nación pudo efectivamente prestarse a entregar la
suma de los Poderes públicos a un individuo, para que los empleara a voluntad.
Absurdo es suponerlo.
Pero aunque ese absurdo supuesto se hubiese realizado, la Monarquía sería siempre
ilegítima, por cuanto ni los hombres ni los pueblos tienen potestad para desprenderse de
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sus derechos esenciales, siendo nula y de ningún efecto cualquiera cesión que con tal fin
se hiciera.
La Aristocracia o la Oligarquía, que es una de sus formas, fue también impuesta a los
pueblos por la acción y la fuerza combinada de un número considerable de individuos.
Los más fuertes llamáronse los mejores, y sometidos a la opresión los más débiles, se
estableció ese orden de cosas: la Monarquía.
Siendo los hombres iguales en derechos políticos, como queda anteriormente
demostrado, ninguno por su condición de nacimiento, de riqueza o de fuerza física, tuvo
efectivamente, derecho para mandar a los demás.
Ni era aceptable tampoco, en este caso, el consentimiento de todos, por las razones ya
expuestas.
La forma republicana tal como se ejercitó en la antigüedad, fue también ilegítima. Las
tituladas Repúblicas de entonces tenían diferencias y desigualdades que hacían irrisorio
el sistema.
El Despotismo, como forma de Gobierno, no merece siquiera ser discutido. fue el abuso
de la fuerza llevado al más alto grado; fue el capricho erigido en ley; fue en fin, la
arbitrariedad con todas sus monstruosas consecuencias.
La forma mixta de Cicerón que Tácito rechazó por irrealizable e insostenible, es la que
hoy se llama Monarquía Constitucional representativa.
Muchos publicistas la apoyan; un gran número la elogian; y sin embargo no tiene ni
puede tener legitimidad alguna.
Mezcla heterogénea de elementos incoherentes, la Monarquía constitucional, es
insostenible en el terreno del derecho; en el de los hechos, es una simple transacción entre
las pretensiones de los Monarcas absolutos y las justas exigencias de los pueblos.
Como transacción, es un hecho que se explica fácilmente.
Los pueblos en todos los tiempos tuvieren, sino exigencias, por lo menos deseos de
tomar participación en la dirección de sus propios negocios.
Las Repúblicas de la antigüedad, tales como estaban constituidas, no fueron otra cosa
que una manifestación de esas exigencias o de esos deseos.
Las Repúblicas aristocráticas u oligárquicas de la edad media no tuvieron otra
significación.
Los esfuerzos de Inglaterra desde hace muchos siglos tampoco tuvieron una explicación
distinta.
Finalmente, la filosofía del siglo XVIII, comprobando y sosteniendo los derechos de los
pueblos, estableció un conflicto verdadero entre la potestad real y el poder de los
ciudadanos.
Establecido el conflicto, mucho hombres eminentes, genios del pensamiento, trataron
de conciliar lo que por su naturaleza era inconciliable: el absolutismo y la democracia.
Agitáronse los espíritus y se agitaron las masas. Aquellos inventaron la Monarquía
constitucional representativa, como justo medio; estas impulsaron los acontecimientos al
franco terreno de la libertad.
Nació entonces la gran República de América, la primera organización democrática
establecida en el mundo: siguióle poco después la República Francesa.
Concluida la lucha, la Monarquía constitucional, más o menos representativa, se hizo el
tema político de todas las Naciones.
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Un Monarca irresponsable, Ministros con responsabilidad, Asambleas, Parlamentos,
Cámaras etc., representantes del pueblo, colegisladoras con el Monarca, ciertas garantías
nacionales, algunas para los derechos individúalas: he aquí los términos de la transacción.
Semejante confusión no resiste al más ligero examen.
¿Qué cosa es en derecho y ante los principios políticos reguladores de toda sociedad, un
Mandatario que hereda el poder, que nombra ad libitum sus Ministros, que puede a su
voluntad impedir la ejecución de las leyes (veto), que nombra todos los altos empleados,
que dispone de la fuerza pública y la organiza y aumenta a su arbitrio, que en fin es
sagrado e inviolable?
Ni el derecho ni la ciencia pueden aceptar semejante personalidad.
Y ¿qué cosa es en tal sistema un pueblo que apenas tiene facultad de nombrar
representantes a Asambleas que, si bien confeccionan leyes, la ejecución de estas depende
de la voluntad de un hombre?
Y esto, sin tener en cuenta que, por lo general, la alta o segunda Asamblea colegisladora
es nombrada por el Monarca.
El pueblo en tal sistema es tan poco que se contunde con la nada.
Y luego, si a lo anterior se agrega que en ese orden de cosas hay aristócratas, privilegios,
desigualdades, etc., se adquirirá el convencimiento de que es completamente ilegitimo:
1° Porque tan injusto e irracional sistema no puede tener el libre voto de la mayoría; y
2° Porque, en la hipótesis imposible de que lo tuviese, ese voto sería nulo e írrito y sin
valor alguno racionalmente considerado.
Por tales razones, hemos llamado a estos gobiernos históricos: no tienen efectivamente
su razón de ser sino en la historia y en los hechos.
Como la justicia es una, como la virtud es una, como el derecho es uno, así es uno el
gobierno; y lo que es uno no puede tener formas opuestas; abusando del lenguaje, se les
ha llamado y se les llama formas de gobierno, cuando no son sino hechos complicados,
injustos e inmorales.
II.
GOBIERNO LEGÍTIMO.
El estado actual de las sociedades no les permite gobernarse por sí mismas: necesitan al
intento una organización especial.
En la primera parte de esta obra hemos expuesto los principios políticos que deben servir
de base a la organización de los poderes públicos, así como los derechos y obligaciones
correlativas de los ciudadanos y de los individuos en general.
Toda organización debe pues descansar sobre esos principios, reconocer esos derechos
e imponer esas obligaciones.
El método representativo se presta admirablemente a llenar estos fines.
Si los pueblos no pueden gobernarse por sí mismos se gobernarán por medio de
Representantes que ellos elijan.
La representación será consagrada por el voto de la mayoría y este voto debe ser libre e
ilustrado.
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Y los representantes serán tantos, cuantos serán los órdenes de ideas encargados de
realizar.
No debe, por lo mismo, quedar una sola grande necesidad pública, sin los respectivos
comisionados para realizarla.
A los medios para llenar esas grandes necesidades sociales se les ha llamado Pederes,
recibiendo los encargados de estos, diversas denominaciones que expondremos
sucesivamente.
En otro lugar indicamos la inexactitud de tal denominación, que, sin embargo,
admitimos, por ser una simple cuestión de nombre.
Poderes públicos son los siguientes:
El encargado de hacer o de reformar periódicamente el pacto político; o sea, el Poder
Constituyente.
El que debe expedir las leyes, de acuerdo con la Constitución y sin facultad para
separarse de ella; o bien, el Poder Legislativo:
El encargado de ejecutar la Constitución y las leyes; o sea, el Poder Ejecutivo:
El que ha de aplicar las mismas leyes, a los casos particulares que ocurran, o sea el Poder
Judicial.
Finalmente, el que ha de desempeñar cierta clase de derechos y ciertas atribuciones
especiales en las localidades respectivas; o sea el Poder Municipal.
Estos cinco poderes son indispensables para la marcha de una sociedad, para su progreso
y para el bienestar común.
Electivamente: la primera obligación que el hombre en sociedad debe cumplir, es la de
darse el pació político, que determine las relaciones del ciudadano con la Nación y de los
hombres, entre sí.
De este pacto político que también se llama Constitución, nos ocuparemos más adelante.
La segunda obligación del hombre es la de compilar el mecanismo social por medio de
leyes secundarias y de resoluciones obligatorias, tendentes, todas a la ejecución del pacto
y a hacer prácticas las garantías en él proclamadas.
Pero, como no basta que la Constitución y las leyes estén escritas, sino que es preciso
ejecutarlas y cumplirlas, emana de aquí la necesidad de otro orden de autoridades.
Las unas encargadas de ejecutarlas en los casos generales, siendo además personeros de
la Nación ante les demás Naciones,
Y las otras que aplicarán las mismas leyes a los casos particulares, realizando así la
justicia social.
Los cuerpos morales, que se llaman Naciones, constan además, de cuerpos o
asociaciones particulares, provenientes de la división, territorial, cada una de las que ha
menester reservarse algunos derechos para asegurar su mejor andanza.
Lo anterior hace necesario que el ejercicio de los mencionados derechos se encargue a
otro orden de autoridades.
He aquí explicadas la razón de ser y la conveniencia de los cinco poderes públicos que
mencionamos antes: entre ellos se reparte equitativamente el ejercicio de toda la autoridad
precisa para el buen régimen de los pueblos.
Antes de encargarnos detalladamente de cada uno de los Poderes públicos, diremos algo
de una modificación que admite el gobierno democrático y que, como se verá, es de
circunstancias.
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Se reconoce efectivamente dos sistemas, entre los gobiernos Democráticos: el central y
el federal.
Llámase central aquel gobierno en el cual sus diferentes divisiones territoriales forman
un solo cuerpo, dependiente en el todo de las mismas autoridades.
Federal se llama aquel en que cada una de las mencionadas grandes divisiones forma un
Estado soberano, unido con los demás solo para ciertos objetos generales, como las
relaciones exteriores y otros asuntos indicados en el pacto que los liga.
Entre estos sistemas está dividida la opinión de los publicistas.
Unos, como Montesquieu, prefieren el federal exagerando sus ventajas; otros, como
Billiard, dan la preferencia al central, que con la unidad conserva la fuerza.
A nuestro juicio, ambos sistemas son buenos y en ambos puede realizarse el sistema
democrático en toda su estrictez.
Nada importa que el uno centralice el poder y el otro lo descentralice: el temor a la
centralización es vano, desde que no se opone al progreso social y a la garantía de los
derechos individuales; la descentralización tampoco debilita las fuerzas del cuerpo social,
como se ha creído; por el contrario, no hace sino dividirlas en porciones, sin que la fuerza
de estas sea menor cuando llega el caso de que se reúnan.
Sin embargo, atendidas las circunstancias territoriales y morales en un país dado, puede
alguno de esos sistemas ser más conveniente que el otro.
En un país cuyo territorio sea de fácil comunicación y no muy extenso en el que haya
unidad de raza, costumbres etc., conviene la forma central de Gobierno.
Pero si el territorio fuese vasto y de difícil comunicación cuya raza, costumbres etc.,
fuesen diferentes, sería entonces más conveniente el sistema federal.
Elegid entre estos, según las especiales condiciones de vuestro país; pero no olvidéis
que en todo caso es indispensable que tengan realización todos y cada uno de los
principios y derechos enumerados en la primera parte de este trabajo; pues ello es preciso
para el buen régimen social. Si uno solo os faltare, la bondad del Gobierno no será
completa.
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CAPÍTULO II. Poder constituyente.
Dividiremos también este capítulo en dos párrafos, el uno se ocupará de lo que es y debe
ser una Constitución política, y el otro de la necesidad de un poder constituyente especial,
con sus derechos, facultades y restricciones.
I.
CONSTITUCION.
Una Constitución es el pacto en que constan las condiciones de la existencia de una
asociación política y que contiene detalladamente las bases fundamentales de su
organización.
Ha habido en los pueblos y aún hay Constituciones que no se han escrito.
La Constitución de los Lacedemonios, muy célebre en la historia de las legislaciones
antiguas, no fue escrita, y la de Inglaterra hoy mismo no lo está.
Aun entre las escritas, la mayor parte de las antiguas se componía, no de un solo acto o
de una carta especial, sino de principios esparcidos en las leyes y cuyo conjunto formaba
un cuerpo que se llama Constitución.
Fue en tal sentido que se denominó Constitución Romana, no a las leyes de Rómulo, de
Numa o de Servio Tulio sobre la organización de la ciudad, sino al conjunto de esas leyes
y de las que fueron posteriormente expedidas.
Solo en los pueblos modernos los principios constitutivos de una Nación, se han
consignado en actas especiales; llamadas Constituciones o Cartas.
Las Constituciones, dice Benjamín Constant, se hacen raramente por la voluntad de los
hombres: es el tiempo quien las hace, formándose gradualmente y de una manera
insensible.
Esto significa que no puede ser una voluntad caprichosa el origen de una Constitución,
sino la misma voluntad ilustrada con las lecciones del pasado y con el conocimiento del
presente.
En otra ocasión hemos dicho que el pacto social es una paradoja: que no existió jamás.
No puede por consiguiente tomarse dicho pacto como punto de partida.
Partiendo de él, Rousseau llegó a la libertad y Hobbes al despotismo: consecuencias
diametralmente opuestas de una hipótesis insostenible.
Pero, si aceptamos como debemos aceptar, que el hombre es esencialmente sociable, el
pacto político o la manera de ser de la asociación política, tiene que emanar
indispensablemente de la voluntad del pueblo.
Considerar al hombre en el estado de naturaleza y organizar sobre esa base
constituciones a priori es un grave error, que han cometido grandes ingenios, Platón como
Aristóteles, Cicerón como Montesquieu, Morus como Rousseau etc.
Considerado el hombre en su estado social, los trabajos del espíritu son distintos: hay
principios ineludibles y necesidades de circunstancias: lo fijo y lo variable; lo permanente
y lo accesorio.
Toda constitución debe por lo mismo constar de dos partes: la una que comprenda la
enumeración y consagración de los principios sociales e individuales; o sea, las garantías
de la Nación y del ciudadano: y la otra que organice el Gobierno del Estado.
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La primera debe comprender todos los principios, derechos y obligaciones indicadas en
la primera parte de esta obra.
Y la segunda la organización del Gobierno, consecuente con la primera y acorde a las
necesidades y circunstancias peculiares del país para el cual se da.
Ya tenéis una idea de lo que debe ser la primera parte de una constitución. La adquiriréis
enseguida de lo que debe ser la segunda, dejando siempre a salvo las circunstancias y
condiciones especiales del país, que pueden modificarla.
Pero, tened siempre en cuenta que esas modificaciones solo pueden referirse a lo
accesorio, a lo que puede mudar o cambiar: nunca a los principios esenciales constitutivos
de las Naciones y de los ciudadanos.
Si deseáis ahora saber cuáles son las constituciones de las principales Naciones
modernas, helas aquí:
La Constitución del Imperio Alemán es mixta: mucho absolutismo, poca libertad, algo
de representación para volar las leyes, nada de soberanía en los pueblos.
La Constitución Austríaca es semejante en su mecanismo a la del Imperio Alemán.
Ya hemos dicho que la Constitución Inglesa no está escrita en una carta: se compone de
una serie casi indefinida de actas legislativas: en el fondo es una Monarquía representativa
en que domina el elemento aristocrático: la omnipotencia legislativa reside en el Rey, en
la Cámara de los Lores y en la Cámara de los Comunes: el pueblo es poco, casi nada: el
gran poder reside en el Rey y en las clases privilegiadas.
La Constitución de la Francia es hoy republicana: pero deja mucho que desear; es más
bien un tímido ensayo del Gobierno democrático, que una organización tal, propiamente
dicha.
La Rusia tiene una Constitución autocrática y por ella todos los poderes están
concentrados en el Czar: ese es un Gobierno vergonzoso y degradante para una Nación.
La Italia, la España y la Bélgica tienen constituciones Monárquico-representativas:
muchos derechos y garantías individuales se encuentran allí reconocidos y en cuanto a
los poderes públicos difieren poco de Inglaterra.
Hay grande variedad en las constituciones de Suiza: predomina sin embargo en ellas el
espíritu democrático.
Las constituciones-modelo serán siempre las de los diversos Estados de la Unión
Americana y la federal: allí el pueblo es verdaderamente soberano y, si existen diferencias
entre ellas, provienen casi todas de sus circunstancias especiales.
Nada os diremos de las constituciones de los demás pueblos de América: sabéis que
generalmente son democráticas, salvo un borrón en su inmenso territorio, que se llama
Brasil.
II.
NECESIDAD Y FACULTADES DEL PODER CONSTITUYENTE.
El poder constituyente reside, según lo hemos demostrado muchas veces, en el cuerpo
en que reside la soberanía.
Y como la soberanía reside en el pueblo, resulta que este solo tiene el poder de
constituirse.
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No nos ocuparemos ya de diversas teorías inventadas para dar a la soberanía otro origen:
el sentido común hoy las rechaza.
El pueblo tiene por lo mismo el derecho incontestable de constituirse, y de cambiar su
constitución cuando y como lo estime conveniente.
Pero como el pueblo no puede constituirse por sí mismo, ni cambiar tampoco por sí
mismo la constitución existente, se hace indispensable que nombre comisionados o
representantes.
Y los comisionados o representantes deben ser elegidos ad hoc en épocas determinadas.
Porque siendo grande, trascendental y la más importante de todas la facultad de
constituirse, debe, en primer lugar, confiarse, como encargo único, a determinadas
personas, y, en segundo, se debe ejercitar con la prudencia, la meditación y la cordura que
exige el examen de tan sagrado depósito.
Y como los comisionados no son más que representantes de la opinión de sus
comitentes, su deber único consiste en expresar esa opinión, sea o no la suya.
Solo así la mayoría del cuerpo constituyente representará la mayoría de la Nación, en la
grande obra de formar o reformar el pacto político.
Mas ¿cómo y en qué términos deberá ejercerse este derecho por el pueblo soberano?
Por lo mismo que es de tanta valía, debe asegurarse con garantías eficaces.
El poder de constituir debe separarse completamente del poder de legislar.
El cuerpo constituyente no podrá expedir leyes, ni el cuerpo legislativo podrá tocar la
constitución.
Como las funciones son distintas, distintos deben ser los funcionarios.
«Siendo la misión del poder legislativo cumplir y desarrollar los principios
constitucionales, si se trata de reformarlos o modificarlos, esta misión debe confiarse a
Asambleas especiales a las que el pueblo invista de la autoridad constituyente.
En consecuencia, la facultad de constituir debe ejercerse periódicamente por
comisionados que al intento nombre el pueblo en cada vez.
El período puede ser de nueve años.
Porque una Constitución es la expresión de las creencias políticas de una generación
dada y las generaciones se renuevan cada nueve años. (Marrast.)
El período puede ser menor; pero nunca mayor; pues, en tal caso, la existencia del pacto
político sería ilegítima, desde que se imponía a una generación que ninguna parte había
tomado en él cuando se formó.
Una generación que opina en tal sentido puede ser seguida de otra que opina en sentido
contrario. ¿Y no sería injusto y contra derecho compeler a la nueva generación a dirigirse
por reglas que su voluntad rechaza? — Evidentemente sí.
Mientras una constitución exista debe ser puntualmente cumplida y ejecutada.
No toleréis que nadie falle a ella; porque una vez removida la base fundamental de
vuestra existencia política, vendrá bien pronto abajo todo el edificio, no quedando en pie
más que la arbitrariedad del infractor.
De un período a otro, la constitución ha de existir íntegra. Las reformas violentas o
repetidas no hacen sino desacreditar el sistema.
Ellas, además, arrojarán la incertidumbre y el desorden sobre las instituciones.
«Preciso es, por consiguiente, guardarse tanto de innovaciones caprichosas, como de
una desdeñosa inmovilidad.
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Cada nueve años (o al fin del período que se señale), deberá, pues, el pueblo nombrar
representantes con el exclusivo objeto de que reconsideren la constitución.
La reformen si la encuentran defectuosa:
O le presten una consagración nueva si la encuentran adaptable.
Se discutirá primeramente el todo o el conjunto de la constitución.
Y se discutirá y examinará después artículo por artículo.
Procediendo de este modo se habrá ejercitado legítimamente el primero de los derechos
y se habrá cumplido el más sagrado de los deberes.
Ya veis pues que la Constitución política es, y debéis siempre considerarla así, el arca
santa, el tabernáculo que contiene el tesoro precioso de vuestras libertades.
No consintáis pues que nadie la toque, que nadie la profane, que una mano sacrílega os
la arrebate.
El que atenta contra la constitución, comete el más grande crimen, entre todos los
crímenes posibles.
Y el pueblo que lo consiente es el más abyecto, el más envilecido de los pueblos.
Nada hay que excuse o atenúe siquiera un atentado contra la existencia de la constitución
política.
El que destruye la constitución, asesina al pueblo, y si es un crimen gravísimo el
asesinato de un hombre ¡cuán grave será el de la sociedad entera!
En ningún caso consintáis pues en semejante aberración.
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CAPÍTULO III. Poder Legislativo.
El Poder Legislativo que, como su propio nombre lo indica, es el encargado de dar,
interpretar, modificar y derogar las leyes, debe ser desempeñado por cierto número de
individuos que el pueblo elija libre y directamente.
Y siendo importantísima la misión que ese Cuerpo está llamado a desempeñar, debe ser
el pueblo muy celoso en que la elección recaiga sobre personas que a su idoneidad, reúnan
el espíritu de justicia y la fuerza de carácter necesarias para que las leyes se expidan
conveniente y concienzudamente.
Sobre el Poder Legislativo en el orden jerárquico, solo existe el Poder Constituyente.
El número de Representantes de que conste el Cuerpo Legislativo, sus condiciones y las
atribuciones que deba desempeñar, deben estar claramente consignadas en la
Constitución política.
Vasta como es la protestad del Cuerpo Legislativo, en el círculo de sus atribuciones,
tiene sin embargo límites.
Debe sujetarse estrictamente a la Constitución, no teniendo por consiguiente facultad
para expedir ley alguna contra la letra o el espíritu de la Carta fundamental.
Tampoco debe invadir atribuciones ajenas o de otros poderes o autoridades.
Y sobre todo, tiene el principal deber de ser, en la expedición de las leyes, un intérprete
fiel de los sentimientos y de las ideas de las mayorías que lo nombraron: en ningún caso
puede contrariar a la opinión pública.
El legislador que abusa obrando discrecionalmente y en oposición a sus deberes, es un
criminal.
El que, desconociendo el derecho, vota en pro do los caprichos o de las exigencias de
otra autoridad, es un vil.
El que vende su voto, es un infame.
Para proceder con método en este importante asunto, dividiremos este capítulo en los
siguientes párrafos.
I.
CÁMARA LEGISLATIVA ÚNICA.
La palabra cámara, para designar con ella a los cuerpos colegisladores, es
originariamente inglesa. De Inglaterra pasó a las demás. Naciones.
La existencia de dos Cámaras implica la ausencia de unidad política y social en un país;
esto es, la división del pueblo en diversas clases.
Ese hecho tiene su razón de ser en las Monarquías: la Cámara alta representa a la
Aristocracia: la baja representa al Pueblo.
Tal razón de ser no existe en las Repúblicas, y, sin embargo, casi todas aceptaron el
hecho.
Uno es el mandato que reciben los componentes del Cuerpo Legislativo: el de expedir
leyes. Una debe ser en consecuencia la, cámara que las dicte.
Sinrazones son las razones que se alegan para repartir entre dos cámaras la facultad de
legislar.
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En la sociedad no hay clases, ni existen tampoco intereses opuestos. Para que los
intereses sean legítimos deben hallarse fundados, en el derecho, y el derecho es uno.
Dividir entre dos cámaras el ejercicio de la facultad de legislar, no es más que entrabar
inútilmente su acción.
Consultemos la Historia.
El sistema bicamarista es muy antiguo.
Se le encuentra en la constitución de Sparta: allí la ley se formaba con el concurso del
Rey, de la Aristocracia y del Pueblo.
En Roma sucedió lo mismo después de la creación del Tribunado: los Cónsules
representaban el poder real, el Senado a la Aristocracia, los Tribunos al pueblo.
«La idea primera para el establecimiento de dos cámaras legislativas es, a no dudarlo,
la expresión de un estado social muy diferente en sus condiciones de existencia a las
sociedades modernas.» (Duclerc).
Y efectivamente, en las sociedades antiguas, el número de hombres libres o ciudadanos
era muy pequeño: el resto, la inmensa mayoría, era esclava.
¡Cuánta diferencia en nuestros días! La masa que antes era esclava es hoy libre: es el
pueblo.
Los publicistas modernos, al aceptar la dualidad de cámaras no han considerado este
hecho: han tomado el efecto sin la causa.
Vista de otro lado la cuestión, resulta, que siendo el impuesto el principio de la vida
gubernamental, ese elemento principal era antiguamente proporcionado por los vencidos,
y si algún déficit existía era llenado por la rica Aristocracia.
Hoy sucede lo contrario: el pueblo paga el impuesto, siendo él por consiguiente quien
da la vida al Gobierno.
¿Cuál puede ser entonces en las sociedades actuales la razón de la existencia de dos
cámaras?
La Inglaterra fue la primera que aceptó el hecho en sus instituciones. Siguieron el
ejemplo otras Nacionalidades.
Aún entonces, el sistema tenía razón de ser: la cámara alta representaba a los nobles, la
baja al pueblo.
Pero el progreso avanza: la unidad que es la tendencia actual de las sociedades, será
realizada por los pueblos que son los verdaderos soberanos.
La grande República americana copió también de Inglaterra la institución bicamarista;
hecha inexplicable y absurdo.
¿Qué clases, qué intereses diversos pueden representar en la democracia dos cámaras
colegisladoras?
Solo la influencia de las costumbres pudo establecer ese hecho.
La mejor deliberación, que se alega para la formación de las leyes, en dos cámaras
distintas, es insostenible. Por ésa razón, debían haber también dos cuerpos constituyentes,
dos ejecutores, dos judiciales.
La institución de las dos cámaras fue después copiada de la gran República por algunas
naciones sud-americanas, sin aducirse fundamento alguno; fue una simple operación
física: se trasladó la doctrina de un libro a otro.
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Resulta pues que en todo Gobierno democrático, el establecimiento de dos cámaras
legislativas, es una redundancia, más perjudicial que útil, y que no tiene en su apoyo razón
ni fundamento alguno aceptable.
La Cámara legislativa debe ser una y, por lo mismo, procurad vosotros que así se
establezca. En la máquina social, todo resorte inútil embaraza el movimiento y produce
graves daños. Lo más sencillo, lo más fácil y expedito es siempre lo mejor, para el
Gobierno de las naciones.
II.
LA LEY.
La ley es un acto obligatorio de la autoridad soberana que algo arregla, ordena, permite
o prohíbe.
Un publicista ha dicho: la ley es una intención justa y útil expresada por una voluntad
soberana.
La primera definición basta para conocer aquello a que debe prestarse obediencia en una
sociedad: la segunda satisface mejor al que busca a la obediencia forzada una sanción
moral.
De todos modos, siendo el pueblo el único soberano, es también el único que tiene
derecho de expedir leyes.
Pero como, según lo hemos expresado diferentes veces, el pueblo no puede gobernarse
por sí mismo, se hace indispensable que encargué del ejercicio de tal derecho a
determinado número de personas.
Y esas personas, representantes del pueblo, son las que componen el cuerpo legislativo.
Amplío y vastísimo es el campo en el cual debe ejercitarse la acción legislativa, siendo
como son amplias y vastas las relaciones sociales, las relaciones particulares y las
relaciones de la sociedad con los individuos.
Sin embargo, las leyes deben reducirse al menor número posible: la existencia de una
legislación complicada y de leyes numerosas es una prueba de que la ignorancia reside
en el seno de una sociedad y el desorden en los espíritus: los individuos lo esperan
entonces todo de las leyes y no de su educación o de sus costumbres. (Dalloz.)
¡Cuán lejos estamos todavía de ese estado social y de práctica que permitan que las leyes
sean pocas y perfectas!
Debe procurarse, por lo mismo, que la ley reúna todas las condiciones que su elevada
importancia exige.
Desde luego, para que una ley sea buena, debe ser el fruto de las luces y de la
experiencia.
Una inteligencia ilustrada y fecunda puede concebir leyes inaplicables.
Y una experiencia sin instrucción puede concebir leyes injustas.
Pero si reunís estos elementos, resultará de ambos, leyes equitativas y de fácil y
provechosa ejecución.
Las leyes pueden versar sobre asuntos diferentes y de allí su división en reales y
personales; las primeras se refieren a las cosas, las segundas a las personas.
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En general, las leyes solo obligan a los ciudadanos de la Nación que las da: hay que
hacer no obstante, algunas excepciones.
Las leyes reales no pasan los límites del territorio de la Nación que las expide; pero
obliga a todos los que en él residen.
Entre las personales, las que se refieren al estado y capacidad de las personas rigen a
todos los ciudadanos, aunque residan en el extranjero; y las que tocan intereses privados
pueden derogarse por convenciones particulares, siempre que la ley no interese al orden
público y a las buenas costumbres.
Las leyes de orden público, de policía y de seguridad obligan a todos los habitantes, aun
a los extranjeros.
No enumeraremos los demás caracteres de la ley, por haber hablado de ellos
extensamente en muchos artículos de la primera parte.
III.
FORMACIÓN Y PROMULGACIÓN DE LAS LEYES.
En otros tiempos, las leyes se formaban secretamente en los gabinetes de los Reyes o
Mandatarios absolutos.
Hoy las leyes se toman públicamente, previas la discusión y votación del cuerpo
encargado de darlas.
Pero para que haya votación y discusión se necesita que estas recaigan sobre algunas
proposiciones.
Estas proposiciones son los proyectos de ley.
La iniciativa de las leyes o el derecho de presentar proyectos, deben tenerlo:
1.° Los representantes de la Nación al Cuerpo legislador.
2.º El Jefe del Poder Ejecutivo asistido por su Ministro del ramo.
3.° El Supremo Tribunal en el orden judicial.
4.° El Consejo Superior Municipal de la capital del Estado.
De estos, los primeros presentarán directamente las proposiciones; los demás las
dirigirán con un oficio al Cuerpo Legislador.
En cuanto a los ciudadanos, tienen también la iniciativa, ejerciendo el derecho de
petición: una representación dirigida por un ciudadano al Cuerpo Legislador, puede ser
aceptada por un Representante, convirtiéndose entonces en proyecto de ley.
Presentada la proposición, queda esta sometida a trámites que son diversos en los
diferentes países.
El objeto de estos trámites es proporcionar a los legisladores el tiempo bastante para
estudiar el proyecto presentado.
Llegado el momento de la discusión, debe esta ser libre y amplia, antes de ser sometida
al voto.
Una vez votada y redactada la ley, debería publicarse o promulgarse por los mismos que
la dieron, comenzando desde entonces a ser obligatoria: esto es lo estricto y lo que debiera
suceder; si los pueblos fueran más cuidadosos en la elección de Representantes.
Pero en el estado actual, hay que rodear a la ley, antes de su promulgación, de garantías
que aseguren su constitucionalidad y su bondad.
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Y por ello es conveniente que votada una ley se comunique al Jefe del Poder Ejecutivo
y al Tribunal Supremo de Justicia para los efectos de la Constitución.
Esos efectos serán, en cuanto al Tribunal Supremo el que examine y resuelva, en un
tiempo dado, si la ley es o no constitucional.
Y en cuanto al Ejecutivo si es o no conveniente.
En el primer caso, si el Tribunal Supremo de Justicia declara que la ley se opone a la
Constitución, quedará la ley reservada para la próxima legislatura. Si esta la aprueba por
segunda vez, se promulgará por quien corresponda.
En el caso segundo, el Ejecutivo, dentro de un perentorio término, o promulgará la ley
si la encuentra buena y adaptable, o la devolverá al Cuerpo legislativo con las respectivas
observaciones, para su reconsideración, si a su juicio es injusta u ofrece serios
inconvenientes para su ejecución.
Recibidas las observaciones por la Cámara, si esta las encuentra razonables, la ley
quedará sin efecto; mas si insiste en ella, no obstante las observaciones, deberá, sin más
requisito, ser publicada y cumplida.
En verdad, y juzgando con estrictez, no existe una razón en el terreno de la ciencia por
tomar tales precauciones.
Desde que la potestad de legislar se concede a un cuerpo ad hoc, este cuerpo debía ser
el único que la ejercitase.
Pero ni los pueblos ni los nombres son perfectos: están sujetos a error y es racional
precaverse contra los errores.
Además, las precauciones expresadas, no dañan fundamentalmente el sistema.
Y siendo de tan grande importancia una ley, desde que a todos obliga, es razonable que
sea bien meditada y que los principales poderes tengan cierta intervención.
Por esto debe concederse también a los Ministros de Estado el derecho de asistir a las
deliberaciones del Congreso y de tomar parte en el debate de las observaciones que
hicieren; pero sin facultad de votar.
Y por lo mismo debe tener igual derecho una comisión del Tribunal Supremo de Justicia
para sostener en la discusión sus opiniones en el caso de una ley inconstitucional, sin voto
también.
Y como el caso de una ley inconstitucional es mucho más grave que el de una ley
inconveniente, conviene, según lo hemos dicho, que quede reservada para una legislatura
próxima, en que haya tenido lugar una renovación parcial de la Cámara.
Publicada o promulgada una ley, es obligatoria para todos.; pero como no es posible que
nadie esté obligado a obedecer o cumplir lo que no conoce, la obligación debe ser
progresiva; lo cual quiere decir que existirá en el tiempo que sea necesario para que la ley
llegue a conocerse en el territorio nacional.
La interpretación, modificación y derogación de las leyes, que también son atribuciones
del Poder Legislativo, deben seguirlos mismos trámites.
En cuanto a interpretación, es preciso distinguir la doctrinal que es propia de los
tribunales y de los jurisconsultos, de la potestativa que incumbe al mismo Poder que la
expidió: la primera no es obligatoria, la segunda obliga a todos.
Nada hay que decir de la modificación de una ley: el Poder que la dictó puede
ampliamente modificarla, como lo estime conveniente.
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Respecto a derogación de las leyes, debe tenerse presente que hay algunas que no
pueden ser derogadas, ni por el Poder Legislativo.
La ley natural, dice Cicerón, no puede ser abrogada por poder alguno.
«Hay derechos y deberes anteriores a las leyes positivas que no es lícito tocar.»
En este principio están generalmente de acuerdo todos los filósofos y todos los
jurisconsultos.
La fuerza de esas leyes, han dicho, no dependen de la deliberación de una Asamblea,
sino de la rectitud de la razón humana y del asentimiento de los siglos.
Por esto, hemos aseverado en muchas partes de este trabajo, que los principios
esenciales de una sociedad y los constitutivos de la naturaleza humana son inviolables
para las autoridades, como para los pueblos: para los ciudadanos como para los
legisladores.
Permitido es, sin embargo, al Poder legislador modificar las formas de esos principios
y de esos derechos.
No nos ocuparemos de la abrogación de las leyes por los usos o las costumbres: puede
existir en casos muy especiales; pero es preferible atenerse a la regla general de que una
ley no es abrogable sino por el mismo Cuerpo que la expidió.
Y si tal es el carácter de las leyes, tomad todos el mayor cuidado para obedecerlas y
cumplirlas escrupulosamente: los grandes como los pequeños en la jerarquía social, los
que mandan como los que obedecen.
Del Cumplimiento de las leyes depende exclusivamente el orden en una sociedad.
¿Qué es el crimen, qué es el delito sino la infracción de la ley?
Y si los crímenes y los delitos son subversiones del orden social, no los cometáis, no
infrinjáis la ley; y entonces veréis a la sociedad ordenada y feliz.
El castigo para el que infringe la ley es la sanción: que esta no pese sobre vosotros.
Sed obedientes a las leyes y seréis buenos ciudadanos.
Castigad a los infractores de las leves para que esa subversión social no se repita, y huid
del contacto de los que tienen la insolencia de despreciarlas y el hábito de infringirlas,
hasta que reformen sus costumbres y varíen de conducta.
IV.
RETROACTIVIDAD DE LAS LEYES.
Ley retroactiva es la que rige el pasado: extender los efectos de una ley a actos anteriores
a su publicación es darle retroactividad
La libertad civil, decía Portalis, consiste en el derecho de hacer lo que la ley no prohíbe:
según esto, es permitido lo que la ley no prohibió.
¿Qué seria, en efecto, de la libertad civil si en el ciudadano cupiese el temor de hallarse
expuesto por una ley posterior al peligro de una investigación en sus acciones o de una
perturbación en sus derechos adquiridos?
Pero, se dirá ¿por qué habrá de dejarse impune un abuso consumado antes que se
promulgase la ley que lo reprimía?
Sencillamente, responde el mismo Portalis; porque el remedio sería peor que el mal.
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Y efectivamente, si nadie está obligado a ejecutar un mandato que ignora y si las leyes
deben promulgarse para ser obligatorias, es evidente que no pueden disponer sino para el
porvenir; o lo que es igual que no tienen efecto retroactivo.
«Este gran principio ha sido proclamado en todos los tiempos, como la garantía de la
seguridad general y del crédito público, de la libertad y de la seguridad individual, de la
propiedad y de la industria.» (Dalloz.)
La legislatura romana proscribía completamente la retroactividad de las leyes, y este
principio es reconocido hoy por todas las naciones.
Hay sin embargo cierta clase de leyes que tienen y deben tener efecto retroactivo, no en
cuanto a penalidad, que eso en ningún caso es permitido, sino respecto a reformas o
mejoras sobre hechos anteriores. Las que interesan al orden público, a la seguridad de las
personas y a las buenas costumbres son de esa naturaleza.
Estas leyes rigen el pasado; porque el interés general exige que la nueva ley sea
inmediatamente aplicada para evitar que se mantenga lo que turba el orden y ofende a las
buenas costumbres.
Así, puede ordenarse la destrucción de edificios construidos en virtud de leyes anteriores
y prohibirse la venta de mercaderías fabricadas en virtud de autorizaciones preexistentes.
Una ley política puede tener también retroactividad, quitando, por ejemplo, a un
individuo, elector en virtud de leyes anteriores, el derecho de votar.
En general, siendo la utilidad social, la seguridad individual y la propiedad, los
principios que imponen la no retroactividad de las leyes, dejando el pasado intacto, nadie
puede ser castigado por un hecho que ayer no estaba prohibido, ni despojado de bienes
adquiridos en virtud de derechos preexistentes.
Pero las leyes pueden reformar cierta clase de derechos adquiridos cuando la utilidad
general así lo exija.
Reasumiendo, diremos que las leyes no tienen efecto retroactivo en cuanto a la
obligación de cumplirlas; pero que hay algunas que pueden producir sus efectos
modificando hechos consumados en virtud de la ausencia de una ley, o alterando cierta
clase de derechos adquiridos, cuando la utilidad general así lo demande.
Materia es esta muy complicada que necesitaría gran desarrollo para su cabal
conocimiento: lo anterior basta a nuestro propósito.
V.
PERSONAL DEL PODER LEGISLATIVO.
Los miembros del Cuerpo Legislativo, llámense Diputados o Representantes, así como
los del Poder Constituyente, deben ser elegidos por el pueblo de entre los mejores.
Llamados a desempeñar por Comisión las funciones más augustas de la soberanía, deben
poseer ilustración, experiencia y sobre todo honorabilidad.
La instrucción y la experiencia como elementos indispensables para la confección de
leyes: la honorabilidad como requisito de la independencia del voto y de que este será
dado concienzudamente.
Semejantes condiciones, siendo como son morales, obligan a los pueblos de tal modo,
que si no se someten a ellas, la democracia será adulterada en su fundamento.
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Pero no pueden ser escritas.
Todo ciudadano por el hecho de serlo es elector y elegible.
Fíjense enhorabuena condiciones a la ciudadanía (edad y cierto grado de instrucción):
el miembro útil de la sociedad o el ciudadano tiene y debe tener opción a todos los puestos
públicos.
Señalar una edad mayor, cierta renta u otras condiciones eventuales para ser miembro
del cuerpo legislador, es abusivo: ser ciudadano es bastante, que en cuanto a las
condiciones especiales, los pueblos tendrán buen cuidado de que reúnan las enunciadas
anteriormente.
La Constitución debe indicar el número de Representantes; o bien, la proporción en que
deben estar con los habitantes del país.
Debe, sin embargo, tenerse presente que es tan perjudicial aumentar inconsideradamente
el número, como disminuirlo demasiado.
Un diputado por cada 50.000 habitantes sería suficiente.
Así, una Nación de dos millones de habitantes tendría 40 diputados: una de tres 60, una
de cuatro 80 etc.
Pasar de esta proporción el número de Representantes, es inútil y embarazoso.
El cargo de Representante debe ser concejil, lo que significa que el elegido no ha de
recibir sueldo ni emolumento alguno.
Se hace contra esta idea la observación de que eso importaría, limitar a los ricos tan
importantes funciones.
¡Error! Para vivir de su trabajo no es menester ser rico. El Representante ocupa pocas
horas en su empleo: el resto de su tiempo puede dedicarlo al trabajo y vivir de él. Por tal
razón, un artesano, un maestro de taller, puede ser elegido.
En cambio, si el cargo es concejil no habrá quien merodee con el destino o lo tome como
base de subsistencia, lo cual, arrebatándole su independencia de legislador, ha causado y
causará siempre graves males a la cosa pública.
Y no basta que el cargo sea concejil: es preciso que el Representante no pueda obtener
empleo alguno de otras autoridades, salvo los que dependan de la elección del pueblo,
que serán considerados entonces como justo premio a los méritos adquiridos.
Exceptuarse deben también las comisiones de Ministros de Estado, por la sencilla razón
de que, debiendo reinar la mejor armonía entre los que dan la ley y los que la ejecutan, es
justo y racional que los Ministerios se formen de los que profesen las ideas de la mayoría
de la Cámara.
Para garantir la libertad de los Representantes de la Nación en el Cuerpo Legislativo,
debe además declararse su absoluta irresponsabilidad por las opiniones que emitan o por
las ideas que sostengan en el seno de la Cámara. Por tales motivos, no deben ser en tiempo
alguno justiciables, sino ante la opinión pública para su sanción moral.
Y a fin de que la independencia del Representante sea completa, debe también ser
inviolable en el ejercicio de sus funciones: su persona es sagrada, mientras desempeña el
cargo.
En consecuencia, ningún Diputado podrá ser acusado ni preso por persona ni autoridad
alguna mientras se halle desempeñando su importante cometido.
Exceptúanse los casos de infraganti delito o de un crimen comprobado.
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En el primero, podrá ser arrestado y puesto inmediatamente a disposición de la Cámara,
la cual examinará el hecho y, declarando previamente que ha perdido sus inmunidades,
lo pasará al Juez común respectivo.
En el segundo, la acusación se hará ante la Cámara y procediendo esta como en el caso
anterior, lo pasará o no al Juez competente, según lo estime o no justo: no podrá haber
arresto previo en tal emergencia.
Debiendo ser permanente la existencia del Cuerpo Legislativo, su renovación debe
hacerse por partes en periodos determinados. De esta manera se consigue el que en todos
casos y en cualquiera circunstancia se halle expedita su reunión.
Pero el que sea permanente su existencia no quiere decir que funcione y esté reunido
permanentemente: funcionará solo en épocas dadas y por el tiempo estrictamente
necesario.
Ya hemos dicho que las leyes deben ser pocas y buenas: la permanencia del Cuerpo
Legislativo produciría la manía de legislar, y esa manía introduciría bien pronto el
desorden y el caos en una Nación.
Procurad pues, que vuestros Representantes al Cuerpo Legislativo sean ilustrados,
experimentados y honorables.
Trabajad porque cualquier ciudadano sea elegible: nada de condiciones especiales que
solo pueda reunir un número determinado de personas.
Que el número de Representantes no sea ni excesivo ni diminuto, sino proporcional.
Que el cargo sea concejil.
Que los Representantes no puedan optar empleo alguno.
Y que sean irresponsables por sus opiniones e inviolables para toda otra autoridad.
Pero al trabajar por estas reformas, no procedáis con precipitación: que sean el efecto
del tiempo, y que previamente se alcance el triunfo de ellas ante la mayoría de vuestros
conciudadanos, por la discusión y el convencimiento.
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CAPÍTULO IV. Poder Ejecutivo.
Grande, inmensa es la importancia que tiene este Poder para los destinos de un pueblo.
Aunque disfrazado con tan modesto nombre, es todavía algo que se asemeja al
Gobernante de una Nación, al Supremo Mandatario, al Jefe de una sociedad, como
existieron en los tiempos antiguos y como existen aún en los tiempos modernos.
En los Gobiernos democráticos es él, electivamente, quien, con sujeción a las leyes,
representa al país ante las demás naciones, manda a todos los habitantes, dispone de la
fuerza pública, administra las rentas del Estado, confiere la mayor parte de los empleos,
toma parte en la formación de las leyes, hace tratados etc.
¡Poder tremendo, formidable, encomendado en su parte principal a un solo hombre!
La organización del Poder Ejecutivo es por su naturaleza complicada: sus numerosas
ramificaciones se extienden a todas las partes del cuerpo social.
Por manera que, si no se organiza este Poder de un modo enteramente conforme a las
prescripciones del sistema, forma él una inmensa red que comprime, en su provecho,
todos los resortes de la actividad pública y privada—de aquí la opresión.
Encargado principalmente de cumplir y hacer cumplir la Constitución y las leyes, pone
en constante y diario ejercicio el vasto conjunto de disposiciones que compone lo que se
llama la legislación de un país.
Y teniendo además a su disposición el tesoro y la fuerza, constituye un Poder, del que
fácilmente se puede abusar.
Por esto, debe organizarse cuidadosa y prudentemente.
Y por esto también, el pueblo debe ser muy reflexivo y muy justo apreciador de los
méritos de sus conciudadanos, para designar, entre todos, el que más garantías preste por
sus virtudes y por su carácter.
Buena organización y hombre competente: garantías legales y garantías personales.
Solo con ellas, será bien desempeñado el Poder Ejecutivo.
Como los demás poderes que la Constitución reconozca, el Ejecutivo debe emanar,
directamente del pueblo.
El Jefe de este Poder que llamaremos Presidente de la República, debe por lo mismo,
ser designado por el sufragio de los ciudadanos: será Presidente el que obtenga la mayoría
de votos.
Si el Presidente no emana de ese origen, carece de legitimidad, es un usurpador, un
intruso, un gran criminal que con la fuerza se impone a los habitantes de un país.
Y la elección de un Jefe debe ser libre, y el voto que en su favor se emita debe ser
ilustrado: faltando estos requisitos, falta también la legitimidad.
Ni la persona encargada ha de ser reelegible.
Razones obvias demuestran la conveniencia de ambas prescripciones.
Debe ser periódica la elección de Presidente, para evitar los males que tan grande
concentración de Poder en una persona, puede ocasionar a la Nación, si esa concentración
fuese vitalicia.
Y no debe ser reelegible el Presidente cesante; porque si lo fuera, con el poder de que
dispone, la reelección siempre sería un hecho, haciéndose ilusoria la periodicidad.
Pero el periodo debe ser racional: ni tan largo que amenace con el establecimiento de
una tiranía, ni tan corto que haga inútil la acción del nombrado y tenga al país en constante
alarma para la elección.
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Cinco años forman y periodo que la práctica ha demostrado ser racional y conveniente.
Registremos la historia.
En las primeras edades, los Poderes todos estaban concentrados en las manos de un
Déspota, que los ejercía o su arbitrio.
Posteriormente en Grecia se hizo ya la distinción de ellos, y el Rey era el Representante
del Poder Ejecutivo.
En la Roma Republicana, el Consulado representaba el Poder Ejecutivo, y en la Roma
Imperial los Emperadores fueron sucesivamente absorbiendo todos los Poderes.
Atravesemos algunos siglos hasta llegar a los tiempos modernos.
Fue Inglaterra la primera Nación que trató de limitar los Poderes de su Monarca. Desde
el siglo XIII empezó la lucha.
Las demás Naciones continuaron entregadas al absolutismo más vergonzoso.
Levantóse al fin la grande República Americana, y fue ella la primera Nación que
deslindó con exactitud los Poderes públicos. Siguiéronla las demás Repúblicas
Americanas.
No fue feliz a este respecto la revolución Francesa de 1789. Aunque deslindados los
Poderes en sus constituciones respectivas, hubo en la práctica total confusión de ellos.
Estrictamente hablando, el Poder Ejecutivo solo se halla racionalmente organizado en
las Repúblicas.
En Estados Unidos, las principales atribuciones del Presidente o Jefe de dicho poder
son: cumplir y hacer cumplir las leyes, velar por su observancia, mandar en Jefe el ejército
y armada, nombrar ciertos funcionarios, hacer gracia en determinados casos, etc.
Pasa lo mismo en las demás Repúblicas de América.
En las actuales Monarquías, por más que en la mayor parte de ellas haya separación de
poderes, el Poder Ejecutivo que reside en el Emperador o Rey, es absorbente; pues
desempeña atribuciones principales e los otros poderes: es esa una armazón inconciliable
con los principios de la ciencia y las eternas prescripciones del derecho.
Y siendo tal la importancia del Jefe del Poder Ejecutivo, debéis ser muy colosos en que
el designado reúna todas las condiciones precisas para que use legalmente del poder y no
abuse de sus grandes prerrogativas.
La elección de Presidente es un acto muy serio y por ello, no deben intervenir en él sino
altas y poderosas razones de patriotismo: que ninguna otra causa influya en la elección.
Para que más fácilmente se comprenda la complicada organización del Poder Ejecutivo,
dividiremos este capítulo en las siguientes partes.
I.
MINISTROS DE ESTADO.
Un solo individuo no puede desempeñar cumplidamente las numerosas y delicadas
funciones anexas a la administración nacional.
De un lado, es imposible que pueda dicho individuo abarcar todos los conocimientos
necesarios para el despacho.
Y de otro, el tiempo mismo no le sería suficiente para ello.
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Porque, efectivamente, todos los años de la vida de un hombre no alcanzarían para
adquirir la vasta instrucción que el desempeño del puesto exige, ni el tiempo material le
alcanzaría para revisar, estudiar y resolver tantos y tan difíciles asuntos.
El Presidente de la República o jefe del Poder Ejecutivo, debe pues, acompañarse de un
número determinado de personas para administrar con ellas los negocios del Estado.
Y la misión de estas personas que se llamarán Ministros o Secretarios de Estado, es
ayudar con su actividad y conocimientos al Jefe ejecutivo, cada cual en el ramo que este
les hubiese encomendado.
El número de Ministros es variable: depende de las condiciones del país, de su extensión,
de sus recursos, de sus necesidades; pueden ser tres, cinco, siete, nueve siempre un
número impar, a fin de que en el Cuerpo de Ministros haya una mayoría fácil.
Y los Ministros no son simples consejeros: son y deben ser partícipes en la
administración y en consecuencia responsables de los actos en que hubiesen intervenido.
Aquí se hace notar otra diferencia entre las Repúblicas democráticas y las monarquías
constitucionales representativas. En aquellas la responsabilidad es solidaria entre el
Presidente y el Ministro: en estas, recae solo sobre el Ministro; porque el Monarca es
irresponsable y su persona inviolable y sagrada.
De esto emanan dos deducciones: 1ª que para la validez de los actos del Jefe del Poder
Ejecutivo, es indispensable la autorización y la firma del Ministro del ramo; y 2ª que los
asuntos graves, de carácter general y de cierta naturaleza, deben resolverse por el Cuerpo
de Ministros, con presencia del Jefe Ejecutivo, recayendo entonces la responsabilidad
sobre este y sobre los Ministros que hubiesen dado voto afirmativo.
Las condiciones que reúnan los Ministros de Estado deben ser eminentes.
Necesitan instrucción comprobada en el ramo que se les encomienda, experiencia en los
negocios y sobre todo carácter.
Napoleón I dijo: «Son los grandes caracteres los que constituyen a los hombres de
Estado.»
Y dijo una verdad; porque para desempeñar esas elevadas atribuciones, no bastan, en
efecto, el talento, la instrucción, ni la honorabilidad.
Hombres de estas condiciones se encuentran a cada paso, y no obstante son rarísimos
los hombres de Estado.
Porque, para ser hombre de Estado, se requiere algo más, mucho más. Se requiere tener
ideas y convicciones arraigadas y energía y firmeza para realizarlas.
El hombre tímido, por elevada que sea su inteligencia, el que vacila en los casos
prácticos por ilustrado que fuere, el que cede ante las amenazas o los peligros, por
justificado y honorable que sea, ese no nació hombre de Estado.
El hombre de Estado, en fin, es el justum et tenacem propositu virum de Horacio.
Para cumplir la ley, para ejecutar la ley y para hacer que la ley sea por todos respetada,
es preciso que el hombre se desnude de sus condiciones personales para revestirse de
condiciones públicas: es necesario que, sin consideración alguna, lo justo se practique y
lo injusto no se tolere.
Esto solo puede hacerse por hombres de carácter.
Los Ministros débiles, los Ministros dúctiles, los Ministros que andan a caza de
argumentos para excusarlo todo, que hoy sostienen una medida y mañana la combaten,
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que proceden como veletas sujetas al cambio de artificiales vientecillos, causan inmenso
daño a las Naciones.
Y principalmente, las corrompen, dejando comprender que todo es permitido y que no
hay reglas fijas, permanentes, ineludibles para la dirección de las sociedades.
A los Ministros está confiada la dirección de sus ramos especiales. El Jefe del Poder
ejecutivo interviene, es verdad; pero su intervención debe ser más bien una
supervigilancia que una dirección.
Si pretendiese dirigirlo todo, sería un necio.
¡Y, sin embargo, cuántos necios han figurado y figuran como Jefes Ejecutivos en las
diferentes Repúblicas!
Los ha habido y los hay que, sin instrucción, sin conocimientos, sin talento y aun sin
energía, pretendieran dirigir por sí los complicados negocios de un Estado, nombrando
Ministros a simples amanuenses, y creyendo en su torpe vanidad que su elevación les
daba ciencia infusa.
¡Así han andado las administraciones de esos países!
El Cuerpo de Ministros debe ser, pues, el que propiamente gobierne y el Presidente de
la República debe limitarse a la supervigilancia de que hemos hablado: esto en la práctica.
Pero, como en el terreno de la ciencia y conforme a todas las Constituciones, el Jefe del
Poder Ejecutivo es el que con derecho debe dirigir la administración pública, resulta de
aquí:
Que si la política o la dirección dada por un Gabinete a los negocios del Estado, no está
de acuerdo con las ideas del Presiente, principal responsable, tiene éste la facultad de
cambiar de Ministros y nombrar otros que los reemplacen.
Por esto, la duración del cargo de Ministro está y debe estar sujeta a la voluntad del
Presidente.
Y esta facultad presidencial todo lo conciba; la suprema vigilancia ejercida por el Jefe
ejecutivo, el gobierno del Gabinete y la responsabilidad de todos.
Siendo muchos los ramos de la administración pública sobre los cuales debe ejercitar su
acción el Poder ejecutivo, esos ramos deben estar repartidos entre los diversos
Ministerios.
Negocios extranjeros, régimen interior, policía, trabajos públicos, estadística, hacienda,
comercio, navegación, industria, agricultura, minería, instituciones de crédito o de otro
carácter lícito, justicia, instrucción, beneficencia, fuerza pública, marina armada, son los
principales.
En un país pequeño y de escasa población, estos ramos se distribuirán entre un pequeño
número de Ministros, número que aumentará en proporción a las condiciones de la
sociedad que gobiernen.
Haremos de cada uno de estos ramos un estudio especial.
II.
NEGOCIOS EXTRANJEROS.
Este ramo comprende todo lo referente a las relaciones del país que se gobierna, con los
demás.
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Siendo toda Nación un conjunto de individuos que ocupa un territorio determinado
dentro de cuyos límites ejerce ampliamente su soberanía, resulta que las Naciones son
independientes las unas de las otras.
Y como de otro lado necesitan entrar en relaciones, natural es que existan reglas a las
cuales deben sujetarse.
Dichas reglas no son otras que las prescripciones del derecho internacional; o sea, los
principios del derecho natural aplicados a las Naciones, a falta de tratados expresos.
Los derechos y deberes de las Naciones entre sí son los mismos que existen entre los
individuos: como derechos personales, tienen todos los que emanan de su soberanía;
como derechos reales, los que provienen de su propiedad, o su territorio.
Sus deberes principales son «no dañar a otro, dar a cada uno lo que le pertenece.»
«La justicia, dice Vattel, es más necesaria entre las Naciones que entre los individuos;
porque la injusticia tiene más terribles consecuencias entre esos poderosos cuerpos
políticos.»
Y aparte de estos deberes estrictos, las Naciones, como los individuos, se deben amparo
y protección en sus desgracias: los casos de hambre o peste son de esta naturaleza.
Admitida está la guerra en las Naciones para hacerse justicia a sí mismas; pero es un
medio bárbaro é ilícito. Las diferencias entre las Naciones deben arreglarse por arbitraje
y si este no es aceptado pueden emplearse moderadas represalias.
Si a pesar de todo, el caso de la guerra llega, es obligatorio hacerla cumpliendo todos
los deberes que la humanidad y la civilización imponen.
Reducir a la impotencia al enemigo armado, es cuanto puede tolerarse; jamás dañar las
personas y los derechos de los ciudadanos indefensos que no tomaron parte activa en la
guerra.
No puede hacerse una exposición de todas las reglas o leyes naturales que dirigen las
relaciones internacionales: ella saldría de los límites e este trabajo.
Cultivar las relaciones de la Nación con las demás, es el objeto del Ministerio de
Negocios Extranjeros.
Y las relaciones deben cultivarse sobre la base de una perfecta igualdad.
La reciprocidad es poca cosa. Para cometer con los extranjeros en un país alguna
injusticia, no es, no puede ser razón que esa injusticia se comete en el país a que el
extranjero pertenece.
El modo más seguro de estrechar las relaciones entre los diversos países, es celebrar
tratados; pues siendo estos obligatorios de una manera positiva, establecen entre ellos
vínculos evidentes.
El Ministro de Negocios Extranjeros, conforme a lo dicho, debe ocuparse de dirigir las
relaciones internacionales, celebrar tratados, nombrar a los Agentes Diplomáticos y
Consulares, sostener correspondencia con los Gobiernos extranjeros y los Agentes suyos
o de aquellos, proteger a sus nacionales, legalizar y comprobar los documentos para el
exterior.
Delicadas son, pues, las funciones del Ministro de este ramo: necesita mucho tacto,
mucho tino y sobre todo mucha cortesía y distinguidas maneras.
Una imprevisión, una ligereza, una simple omisión de parte del Ministro, pueden
ocasionar al país males de grave trascendencia.
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En cuanto al nombramiento de Agentes Diplomáticos y Consulares, debe tenerse un
especial cuidado en que sean competentes.
Siendo el Jefe del Poder Ejecutivo el que representa a su país ante los otros, es lógico
que de él dependen los nombramientos de representantes especiales en cada Nación.
Conviene, sin embargo, tomar ciertas precauciones.
El cuerpo consular, encargado de la protección del comercio de su país, puede, sin
inconveniente, ser nombrado y removido a voluntad del Presidente de la República.
No así el Diplomático, cuyas atribuciones son más elevadas e importantes, desde que
hablan y proceden como personeros de su Nación.
El nombramiento de Agentes Diplomáticos debe, pues, hallarse sometido, como en la
Gran República Americana, a la aprobación de la Cámara legislativa.
Esta será una garantía eficaz contra el nombramiento de favoritos o de personas
incompetentes, que pudiera hacer el Jefe del Poder ejecutivo.
El que representa a una Nación en otra, debe tener el asentimiento de la nación
representada, y eso se consigue ostensiblemente por el medio indicado.
III.
RÉGIMEN INTERIOR.
El régimen interior de un país tiene que conformarse a sus condiciones especiales: será
más o menos vasto, más o menos extenso, según lo exijan sus circunstancias
características: su base es la división territorial.
Porque, efectivamente, sin una conveniente división territorial y sin el orden respectivo
de autoridades en cada una de las divisiones y subdivisiones, no es posible que se ejerciten
con expedición y prontitud las funciones ejecutivas.
Y las autoridades que se nombren no se establecen únicamente para obedecer o hacer
cumplir órdenes superiores, en la jerarquía administrativa: tienen además otras
atribuciones especiales, y debe cada una de ellas, en el círculo hasta donde su autoridad
se extienda, ser el custodio de la ley, con la obligación de cumplirla, de hacerla cumplir
y de castigar o contribuir al castigo de los infractores, según los casos.
Encargadas estas autoridades principalmente de la conservación del orden público y de
las garantías individuales, la ley debe ser la norma a que ellas arreglen sus actos: pueden
todo lo que las leyes les concede o permite, más nada fuera de las leyes y mucho menos
con infracción de sus disposiciones.
Una Nación puede dividirse en territorios o departamentos, provincias, distritos,
circunscripciones o caseríos etc.
En las grandes divisiones habrá una autoridad ejecutiva superior, en cada provincia otra
autoridad, dependiente de aquella, y habrá también autoridades en los distritos, caseríos,
etc.
Llamemos Prefectos a las primeras, Sub-prefectos a las segundas, Gobernadores a las
terceras y Tenientes a las últimas.
Los Prefectos dependerán inmediatamente del Ministro del ramo, agente del Jefe
ejecutivo nacional, los Sub-prefectos de los Prefectos, los Gobernadores de los Subprefectos etc.
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Así establecidas las autoridades ejecutivas en todo el territorio nacional, fácil y expedita
será la administración.
El primer deber de estas autoridades es, como lo hemos dicho, conservar el orden
público; pero al cumplir este deber han de arreglarse estrictamente a las leyes y a las
indicaciones que dejamos hechas en el párrafo orden público de nuestra primera parte.
Hemos indicado también que el segundo deber de las autoridades ejecutivas consiste en
conservar las garantías individuales: son los custodios de estas; pero al llenar esa
obligación, deben también ajustar sus procedimientos a las leyes y a las ideas que dejamos
desarrolladas en este trabajo respecto a las mencionadas garantías.
La imprenta, las elecciones, los trabajos de estadística, las postas o correos, deben
merecer de dichas autoridades un cuidado especial: su misión es protegerlas, defenderlas,
impulsarlas y hacerlas progresar.
Los trabajos públicos son de vital importancia en el estado actual de las sociedades:
caminos, puentes, calzadas para la comunicación interior: obras de embellecimiento, de
adelanto y de mejora en las poblaciones: todo esto es ciertamente de gran valía y debe ser
protegido y amparado por las autoridades ejecutivas.
Otras atribuciones de las autoridades ejecutivas merecen un estudio separado.
Mas ¿cómo y bajo qué condiciones habrá de nombrarse a las autoridades ejecutivas de
las diferentes divisiones territoriales?
Es esta una cuestión que necesita resolverse prudentemente en el sistema democrático,
si bien ella tiene una solución fácil en otras formas de Gobierno.
¿Dichas autoridades serán nombradas exclusivamente por el Jefe ejecutivo?
¿Intervendrán los pueblos en el nombramiento de todas?
En el primer caso resultará una muy grande concentración de Poder en el Presidente de
la República.
En el segundo, si la elección popular se lleva a sus últimos límites, resultará la
disociación, la anarquía.
Un justo medio puede conciliarlo todo.
Una grande división territorial; o sea, un departamento, puede elegir seis individuos o
dos ternas, y el Presidente entonces nombrará a uno de los seis, pudiendo a su voluntad
removerlo y nombrar a otro de las mismas ternas.
De esta manera queda consultada la voluntad del departamento y la confianza que en
los nombrados debe tener el Presidente de la República para el ejercicio de sus
atribuciones generales.
Los Sub-prefectos serán nombrados por el Jefe ejecutivo a propuesta en terna doble de
los Prefectos.
Los Gobernadores y Tenientes pueden ser nombrados por los Prefectos
discrecionalmente.
Parécenos que con este sistema el Jefe ejecutivo conservará la fuerza de la unidad, y las
divisiones territoriales su representación, para tomar la parte que les compete en el
nombramiento de sus autoridades propias.
No indicamos este método como necesario: pueden emplearse otros en el nombramiento
de las mencionadas autoridades, siempre que sean consecuentes al Gobierno democrático.
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IV.
POLICÍA.
He aquí una bella institución que, sin embargo, ha sido generalmente antipática por el
abuso que de ella se ha hecho.
La policía es la vigilancia ejercida por la autoridad para el mantenimiento del orden
público y para la seguridad de las personas.
En una sociedad bien organizada, tal debe ser el objeto único de la policía.
Limitada la policía a sus verdaderas atribuciones, es para el Poder Ejecutivo el primero
de sus deberes.
La policía puede ser general o local: solo la primera corresponde a las autoridades
ejecutivas: la segunda compete a las municipalidades.
La policía general se ocupa, de la seguridad en los caminos, de los medios de trasporte,
de la investigación de los crímenes o delitos, vigilar a los vagabundos, está, en fin,
encargada de impedir y reprimir los desórdenes.
Pero, si la policía nos hace comprender las ventajas de la reunión de los hombres en
sociedad, ella nos manifiesta también los vicios y los desórdenes de una sociedad mal
organizada.
Por su policía, puede conocerse, pues, el grado de civilización y de moralidad de un
país.
Mas ¿de qué medios debe valerse la policía para alcanzar su fin?
La armonía que en algunos países existe entre los ciudadanos y el Gobierno hace que la
vigilancia de policía se ejerza por cada uno de ellos.
Casi es inútil en tales gobiernos el uso de las armas: un simple signo de autoridad es por
lo general bastante: tal sucede en Inglaterra y Estados Unidos.
Pero, cuando la autoridad que dirige un país es de origen dudoso, cuando aquella
armonía ha desaparecido, el servicio ordinario de policía no es más que un pretexto para
justificar la presencia de la fuerza pública, encargada en verdad de fines culpables.
Más que social, la policía es entonces política y se desarrolla por todas partes: su número
es inmenso; los agentes se cruzan en todas direcciones: el espionaje se ejercita en grande
escala, y la corrupción se abre paso hasta la intimidad de la familia.
Una policía así organizada es el signo más evidente de mal Gobierno.
Durante la época del primer imperio en Francia, Fouché y su policía se hicieron célebres.
A la vigilancia de esta no escapaba una palabra, un gesto, un pensamiento. Absorbidos
por un solo hombre todos los poderes, la policía se extendía como una red sobre toda la
Francia para velar, no por la seguridad de los ciudadanos, sino por la del Emperador y los
suyos. (Billiard.)
Semejante orden de cosas es absurdo: la policía desnaturaliza su misión y pierde su
carácter.
En Gobiernos tales, y de esos existen hoy muchos hasta entre los Republicanos, la
policía se divide y sub-divide al infinito: hay policía administrativa, policía de seguridad,
policía comercial, policía de puertos, policía de caminos, policía de audiencia, policía
judicial, policía sanitaria, policía rural, policía simple, policía municipal etc.
La policía todo lo invade, hasta el santuario del hogar.
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Pero la policía solo debe establecerse, según lo hemos dicho para el mantenimiento del
orden público y para la seguridad de las personas: un solo cuerpo bien organizado basta
para llenar este fin: en lo demás debe respetarse la libertad civil: nada de espionaje, nada
de corrupción, nada de medidas inquisitoriales.
El ministro del ramo debe, pues, limitar su acción a lo licito, a lo que, en salvaguardia
de la sociedad, no quebrante ninguno de los derechos, individuales, ni ofenda los respetos
que los hombres mutuamente se deben.
Los empleados de policía deben depender exclusivamente en su nombramiento y en su
dirección del Jefe Ejecutivo.
Considerando, vosotros, lo que importa y lo que debe ser una buena policía, procurad
ser cada uno un Agente oficioso de ella para la conservación del orden, para la represión
y castigo de los crímenes, para la protección de los demás ciudadanos.
Y respetad a los Agentes oficiales, y ayudadlos en sus tareas: ved que ellos son los
vigilantes permanentes de vuestra honra, de vuestra vida, de vuestros derechos.
V.
HACIENDA PÚBLICA.
La recaudación e inversión de las rentas fiscales, cuyo origen hemos manifestado ya, se
halla a cargo del Poder Ejecutivo.
A este respecto, las autoridades ejecutivas deben también limitarse al cumplimiento de
la ley que con autoridad las habrá determinado.
El tesoro nacional solo reconoce dos fuentes: los bienes nacionales y las contribuciones.
Bienes nacionales son todos los que existen en el territorio de la Nación; pero no
tomamos la palabra en esta acepción general, sino en la restringida, comprendiendo
únicamente aquellos cuyo usufructo o goce se ha reservado el fisco.
Hemos explicado ya lo que son las contribuciones.
La formación del presupuesto; o sea, de la razón detallada de ingresos y egresos de un
país, compete exclusivamente al Poder Legislativo.
Pero el Poder Legislativo debe formar el presupuesto de la manera siguiente:
Habrá deformarse primero la razón de los egresos con la mayor economía posible, no
consignando en ello sino los necesarios e indispensables.
Ha sucedido y sucede, no obstante, lo contrario en todas las naciones del mundo: egresos
exagerados, gastos inútiles y superfluos se consignan siempre en el presupuesto
respectivo.
Y como los ingresos tienen que extraerse del pueblo, este abuso fue en el pasado la causa
de todas las grandes revoluciones y de todos los atentados sociales, y es en el presente el
origen del descontento, del malestar general.
El presupuesto de egresos es votado, en verdad, por el Cuerpo Legislativo; pero ¡cuántos
abusos, cuántas iniquidades se cometen de ordinario por el Poder que debe presentarlo a
la aprobación de la Cámara!
En las Repúblicas como en las Monarquías, se emplean exprofeso procedimientos
oscuros, confusos y precipitados para obtener de los cuerpos legislativos una aprobación
inconsciente e impremeditada.
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Preséntanse, por lo general, los presupuestos a última hora con las exageraciones y el
desorden acostumbrados, y los Cuerpos legislativos no teniendo tiempo para examinarlos
con la escrupulosidad debida, ni sintiéndose con la firmeza necesaria para rechazarlos,
¡los aprueban porque la Nación no puede vivir sin presupuestos!
Y con semejante conducta, causan a su país los mayores daños posibles.
Exíjase en su oportunidad la presentación de los presupuestos, examínense estos con
todo el interés que se merecen, redúzcase su monto a las menores cantidades, consígnese
en él solamente los gastos necesarios, y se habrá hecho al país el mayor de los bienes.
Conocido el total de los egresos, de ese total debe deducirse primeramente el producto
de los bienes nacionales y el saldo será cubierto con las contribuciones.
Queda explicada, en nuestro artículo igualdad de contribuciones, la manera como
deberá cubrirse el saldo mencionado.
Así se formará el presupuesto de ingresos.
La administración de las rentas públicas exige una serie de empleados que, bajo su
responsabilidad, las recauden e inviertan.
El nombramiento de ellos dependerá del Jefe ejecutivo, quien tendrá además la suprema
inspección de sus labores, siendo estas precisamente señaladas por la ley.
Y es conveniente que así sea, ya porque el Presidente de la República es el principal
responsable, ya porque las atribuciones y los deberes de esos empleados tienen que ser
ciertos, fijos y claramente determinados.
Siendo además delicada de suyo la administración de fondos, los empleados de hacienda
deberán prestar, antes de tomar posesión de su empleo, garantías positivas, bastantes para
el buen desempeño, y eficaces para responder por los resultados.
La sustracción de fondos ájenos es un crimen vergonzoso que entre particulares, se llama
robo: la sustracción de fondos públicos es más grave aún y se llama peculado.
En el artículo propiedad hemos tratado este asunto.
La contabilidad en las oficinas de hacienda debe ser clara y precisa: de ellas no puede
exigirse menos que lo practicado hasta por los comerciantes por menor en este siglo
positivo y de números exactos.
El Ministro de Hacienda debe ser, pues, muy vigilante y muy celoso en el cumplimiento
de sus obligaciones: sobre todo, necesita grande actividad para la vigilancia de sus
empleados y mucha severidad para reprimir sus faltas o castigar sus delitos.
Toda condescendencia, toda lenidad, a este respecto es de gravísimos resultados.
Los empleados de hacienda deben ser tan puros como la mujer de César: que ni la más
ligera sombra empañe su honorabilidad y su exactitud en el desempeño del cargo.
Los demás ramos de producción; a saber, la agricultura, la industria, el comercio, la
minería, la navegación etc. deben merecer la preferente protección del Ministro del ramo.
No tomamos la palabra en el sentido de aceptar lo que se ha llamado sistema
proteccionista: no.
La única protección que esos agentes productores necesitan es: que se les deje en la más
plena libertad, que no se les ponga traba alguna, que se destruya los obstáculos que
impiden su desarrollo o progreso, en fin, que se les preste cierto género de facilidades.
Facilidades para adquirir sus medios de desarrollo, facilidades para el trabajo y
facilidades para la propiedad, para la libre disposición de sus productos.
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Los establecimientos de crédito como los Bancos y las Sociedades de todo carácter
necesitan también ser alentadas por el Ministro de Hacienda.
Algo, no obstante, debe hacer la ley para garantir los intereses del público en dichas
sociedades comprometidos: en lo demás, deben gozar plena libertad de acción.
Las operaciones del crédito en este siglo son admirables, y tanto, que se les llama
milagros: efectivamente, el crédito es la primera palanca de la riqueza de las Naciones:
duplica, triplica, centuplica los capitales que hoy constituyen el principal motor del
progreso, bajo el aspecto de adquisividad.
Y el Jefe Ejecutivo debe tomar en estos asuntos el más vivo interés; porque la riqueza
nacional depende de la riqueza de los individuos, y de la de estos dependen a su vez las
facilidades para contribuir a los gastos públicos y la comodidad y la holgura de las
familias, que constituyen la felicidad de la Nación.
Ancho y hermoso es el camino de la libertad: que se allane y embellezca es conveniente:
que se embarace es absurdo.
Pasaron los tiempos en que el Jefe Ejecutivo o representante de la
Nación se creía el director del rebaño, como Señor o como Padre: hoy es igual a los
demás. Todos piensan por sí mismos y proceden por cuenta propia en la dirección cíe sus
personales intereses.
VI.
MONEDA.
La fabricación de moneda corresponde también al ramo de Hacienda.
La moneda es una mercancía que en las sociedades civilizadas se cambia regularmente
con todas las demás.
Pero como la moneda no está destinada a un consumo real, sino simplemente a servir
de instrumento de cambio, preciso es que reúna condiciones tales, que le permitan
conservar su valor con la menor alteración posible, tener larga duración, ser susceptible
de dividirse y subdividirse, contener en fin, gran valor, en pequeño volumen.
Solo el oro y la plata reúnen estas condiciones, y por esto sirven de moneda en los países
civilizados.
La condición principal de la moneda es que tenga un valor intrínseco en relación con el
que representa: solo así es fácilmente aceptada con valor igual en todos los países.
Gobiernos hay, sin embargo, que bajo el supuesto falso de que es convencional el valor
de la moneda, se han creído con derecho de dar un valor ficticio a una mercancía común—
el papel.
¡Gravísimo error, por cierto!
En el estado actual de las Naciones, nadie puede dar un valor caprichoso a las
mercaderías, por la sencilla razón de que el valor de las cosas no se impone, desde que
depende de leyes fijas e invariables.
El papel-moneda es, en la ciencia una aberración: en la práctica, un atentado contra la
riqueza pública y privada: es una carcoma que todo invade y destruye, así la fortuna del
rico como el pan del proletario.
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Y el Gobierno que emite papel moneda, no solo altera la verdad, cometiendo una grosera
falsificación, sino que, destruyendo el equilibrio en los precios, causa la carestía, el
hambre y la miseria en todas las clases sociales.
No consintáis, pues, nunca que se emita papel-moneda.
De parte de los que apoyan y resuelven semejante medio, aún en las circunstancias más
difíciles de un país, la emisión de papel-moneda importa, o una ignorancia lamentable de
los sentimientos públicos, que son sacrificados a especulaciones ilícitas en el más alto
grado.
Por lo demás, la moneda debe tener una ley y un tipo determinados por el Cuerpo
Legislativo, a los cuales en ningún caso es permitido altar, porque en ello está empeñada
la fe de la Nación: alterar de hecho la ley de la moneda, es cometer un fraude y una
falsificación vergonzosa.
Siendo la moneda un medio indispensable para los cambios, de los cuales vive toda
sociedad, obligación del Jefe Ejecutivo es proporcionar la cantidad precisa para satisfacer
las exigencias del público y el comercio.
Y esta es la razón por la cual la acuñación de la moneda debe hacerse gratis,
proporcionando el Estado las maquinarias respectivas y soportando los gastos.
Los empleados de moneda, elegibles por el Ejecutivo a su voluntad, deben ser
honorables y prestar garantías de fácil realización para que sus responsabilidades no sean
ilusorias.
VII.
DEUDA PÚBLICA.
Las Naciones, como los individuos, pueden encontrarse en el caso de contratar
empréstitos o de emitir, en pago de deudas, obligaciones del Estado.
La suma de las cantidades provenientes de uno u otro origen, constituye la deuda pública
de una Nación.
Desde luego se presenta esta cuestión:
¿La deuda pública es útil para un Estado?
Como no hay aberración humana que haya carecido de defensores, y hasta de defensores
ilustres, muchos economistas han sostenido y apoyado calurosamente la utilidad de la
deuda
Según ellos la deuda pública ha puesto en circulación todos los capitales inactivos, todas
las economías que se guardaban por falta de un empleo seguro.
Agregan que la deuda pública ha servido para fundar el crédito y hacer bajar la tasa del
interés.
¡Equivocaciones lamentables! ¡Paradojas!
Observando imparcialmente el desarrollo de la riqueza en las Naciones, se descubre que
los grandes bienes que se atribuyen a la deuda pública, se han producido, no por ella, sino
a pesar de ella.
Esos talentos extraviados han visto la coexistencia del progreso en todos los ramos de
producción con las deudas contraídas por las Naciones, y de esa coexistencia han
deducido una conclusión evidentemente falsa.
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No: la deuda no ha producido esos bienes.
Los adelantos en las ciencias de aplicación y los nuevos descubrimientos, dando un
impulso poderoso a todos los Agentes productores, son lo causa primera del
acrecentamiento rápido de la riqueza en las Naciones.
Y en segundo lugar, el espíritu de empresa o de asociación, alentado vigorosamente por
el crédito y sus maravillosos resultados
He aquí, pues, las verdaderas, la únicas causas del progreso y del bienestar de los
pueblos, respecto a la riqueza, a los medios de satisfacer sus necesidades.
Si no han faltado suscritores a los empréstitos fiscales, ese hecho no prueba que los
capitales fuesen improductivos: prueba simplemente que los había para todo, hasta para
prestar al Estado, con un tipo conveniente de interés.
No es cierto tampoco que las deudas públicas hayan fundado el crédito ni disminuido el
interés del dinero.
El crédito reconoce fundamentos más sólidos y elevados que la fe de las Naciones, en
su estado de instabilidad actual.
Y si la tasa del interés ha disminuido, se debe exclusivamente a la abundancia de
capitales, a la oferta superior a la demanda.
El crédito es la confianza, y la confianza se apoya en la seguridad del reembolso.
Ahora bien: ¿ofrecerán, en tesis general, los Gobiernos actuales más seguridad de
reembolso que la propia acción del capitalista o la acción de las asociaciones o empresas,
prudente y honorablemente dirigidas?
De ninguna manera.
Todo capitalista tiene más confianza en sí mismo que en los otros, y más también en
pocos que en muchos.
Y si se trata de asociaciones, más confianza merecen indudablemente las representadas
por personalidades conocidas y de responsabilidad determinada, que la asociación general
que se llama Estado.
La deuda pública, se agrega, moviliza los capitales, en el sentido de que con sus títulos
puede fácilmente negociarse: es cierto. Pero es también verdad que igual cosa sucede con
el crédito personal y con las acciones de las empresas, sea cual fuese el objeto que se
propongan.
La movilización de los capitales, es, pues, una de las combinaciones del crédito, general
en todas las empresas y no exclusiva a las obligaciones del Estado.
Pero la prueba más evidente de que la deuda pública no es en principio útil para las
Naciones, si bien pueden serlo en excepcionales casos, es que ningún economista la apoya
como sistema: muchos sostienen la utilidad de las deudas contraídas: ninguno la de las
que puedan ilimitadamente contraerse.
En suma, la deuda pública es una carga que pesa sobre el Estado, de la cual debe procurar
deshacerle tan pronto como le sea posible.
El empréstito no es una riqueza: es un pasivo; una letra de cambio que el presente gira
sobre el porvenir.
El servicio de la deuda es un aumento de gastos innecesarios, y ya hemos demostrado
que esa clase de gastos no debe existir.
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La deuda pública se divide generalmente en interna y externa, subdividiéndose ambas
en diferentes clases, según el tipo de su emisión, de su interés y del fondo con que deben
pagarse (amortización).
Deuda interna es la que se contrata en el país que la contrae: externa la que se contrata
en el exterior.
Todo Estado, como todo individuo, debe pagar sus deudas cumpliendo
escrupulosamente las condiciones a que se obligó.
El cumplimiento de esas obligaciones es tan sagrado como no puede serlo el de otra
alguna.
Ninguna razón hay que excuse el cumplimiento de este deber.
Si el individuo que no paga o no cumple con religiosidad lo pactado, pierde su crédito
y su honorabilidad, hasta el punto de convertirse en un ser despreciable ¿cuál será el
calificativo que una Nación merezca cuando incurre en semejante falta?
No consintáis en que sobre vuestro país recaiga tan grande ignominia.
A todo gasto, por exigente que sea, preterid el pago a vuestros acreedores, y entre estos,
preferid a los extranjeros, que ningún deber tuvieron para prestaros, y que si prestaron, lo
hicieron únicamente confiados en vuestra honorabilidad.
Ninguna deuda pública puede contraerse sin autorización del Cuerpo Legislativo, el cual
deberá expedir al intento y previamente una ley.
Y esa ley deberá ser cumplida y ejecutada estrictamente por el Poder Ejecutivo.
Es la ley una garantía inexcusable, sine qua non, para contraer deudas y para imponer a
la Nación las obligaciones correlativas.
Toda deuda que carezca de este requisito deberá ser nula, de ningún valor ni efecto, y
habrá de exigirse muy severamente la responsabilidad de los que abusaron, haciéndose
personeros de sus conciudadanos todos, sin la voluntad de estos e imponiéndoles además
contra voluntad pesadas obligaciones; eso sería algo más que peculado—una grande
estafa del peor carácter posible.
Para concluir diremos, que no debe contraerse deudas públicas, que si se contraen han
de ser legítimamente contratadas, y que, una vez contratadas, su pago es sagrado y
preferente a cualquier otro gasto por imperioso que parezca.
VIII.
JUSTICIA.
Aunque la administración de justicia corresponde al Poder Judicial, independiente de
todos los demás, sus inmediatas y necesarias relaciones con el Poder Ejecutivo exigen
que uno de los Ministros de Estado se encargue de ellas y de los asuntos que les
conciernen.
Desde luego, como corresponde al Poder Ejecutivo el cumplimiento de las sentencias y
resoluciones de los Tribunales, el Ministro del ramo debe ser muy celoso y severo ejecutor
de ellas.
Y respetando la independencia del poder de que proceden, no tiene facultad de introducir
modificación alguna en lo resuelto, ni en la manera de ejecutarlo.
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Siendo además los Poderes Ejecutivo y Judicial de acción incesante y diaria, las
comunicaciones entre ellos por los asuntos en que a cada momento se tocan, deben ser
corteses, moderadas y atentas.
Del Poder Ejecutivo depende también el nombramiento de muchos magistrados y
empleados del Poder Judicial y es al Ministro de Justicia a quien incumbe proponer o
nombrar, según los casos.
Y como el mismo Poder Ejecutivo por la propia naturaleza de su encargo, debe hacer
cumplir y vigilar el cumplimiento de las leyes, conveniente es que ejerza cierta vigilancia
sobre la administración de justicia, a fin de que esta sea puntual, pronta y exacta.
Para llenar este fin, el Ministro del ramo, de acuerdo con el Jefe ejecutivo, podrá hacer
requerimientos a los tribunales y juzgados.
El Ministerio fiscal o público que tan importantes funciones desempeña en la sociedad,
debe también estar en relaciones y bajo la vigilancia del Ministro de Justicia, pudiendo
este hacerle las prevenciones oportunas para la iniciación de juicios o para la defensa en
las causas fiscales.
Las Penitenciarias, presidios o cárceles que en su dirección deben depender de los
Tribunales, están para su administración y custodia sujetos al Poder Ejecutivo.
Justo es que el régimen interior de esos establecimientos corresponda al Poder único
que de ellos pueda servirse; pero no teniendo los Tribunales fuerza pública a su
disposición ni fondos para el sostenimiento de ellos, es el Poder Ejecutivo quien,
ejerciendo sus propias atribuciones. debe encargarse de ambos objetos.
La ejecución de las condenas a los reos juzgados y sentenciados por el Poder judicial,
corre igualmente a cargo del Poder Ejecutivo, quien debe ser exacto en que las
condiciones de las penas impuestas se llenen en todos sus detalles.
En cuanto al régimen penitenciario en los presidios, cárceles, &, es el Poder Ejecutivo
el solo que debe intervenir, formando reglamentos, nombrando empleados, etc. Ese
sistema sale de los límites de las atribuciones judiciales y pertenece completamente al
círculo de las del ministerio de justicia.
Los límites de este trabajo no nos permiten extendernos en la explicación del sistema
penitenciario, moralizador por excelencia y que es una de las conquistas de la civilización
actual.
IX.
INSTRUCCION.
El fomento y protección de la instrucción pública se halla igualmente a cargo del Poder
Ejecutivo.
¡Cuán grande, cuán importante y sublime es esta elevada misión!
Instruir es dar vida a la inteligencia: educar es formar el corazón. La instrucción y la
educación son, pues, necesarias e indispensables para que exista el ciudadano.
Con solo la vida existe el hombre: el ciudadano no existe si el hombre no es instruido y
educado.
Por esto, la primera necesidad del hombre es la instrucción: solo con ella es miembro
útil de la sociedad.
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El hombre que no ha vigorizado su inteligencia, el que no ha adquirido los
conocimientos rudimentales siquiera para comprender cuál es su fin en la asociación
política, es un simple agregado, un parásito, que apenas gozará de la protección social,
pero que no podrá ejercer sus más importantes derechos.
Difundir la instrucción, es esparcir la luz para disipar con ella las tinieblas de la
ignorancia: propagar la educación es levantar el espíritu del bien para matar la influencia
del espíritu del mal.
Conocimientos, siquiera de los derechos y deberes del ciudadano, se necesita sobre todo
para tomar cualquiera parte en las deliberaciones de la sociedad, en los asuntos públicos.
Asegurar la buena educación de la juventud es, pues, uno de los más grandes objetos
que pueda ocupar la solicitud del legislador.
Es por la instrucción y la educación que las facultades se desarrollan y el carácter se
forma; y según que ellas son bien o mal dirigidas, es que el hombre se hace útil o
perjudicial a sí mismo y a los demás.
Leibniz decía, que si se reformase la educación, se reformaría el género humano.
Y, efectivamente, la educación ejerce una influencia decisiva sobre el destino de los
individuos y de las sociedades.
Pero ¿cómo debe organizarse la educación y la instrucción de un país? ¿qué parte deben
tomar en esta grande obra el Estado y la familia? ¿qué latitud debe dejarse a la enseñanza?
Estos delicados problemas son actualmente objeto de vivas discusiones.
Antes de resolverlos, examinemos las legislaciones anteriores.
En la antigüedad griega, la importancia de la educación era generalmente comprendida
y apreciada: y, sin embargo, la Legislación se ocupaba muy poco de ella.
Aristóteles se quejaba en su tiempo de que no hubiese dirección alguna en la instrucción
de los jóvenes Atenienses, y citaba como un modelo a los Lacedemonios.
Diodoro de Sicilia dice, que no ofrecer a los pobres instrucción gratuita, es privarlos de
una de las cosas más necesarias para la vida.
En los primeros tiempos de Roma no había otra educación que la militar.
En su segunda época, los cautivos llevados a Roma introdujeron allí la educación griega:
estableciéronse escuelas, y la cultura intelectual alcanzó grandes progresos.
Pero, aunque en Roma se estableció una completa liberad de enseñanza, los nobles
Romanos desdeñaron el profesorado: todos los profesores eran extranjeros.
La lectura, la escritura y el cálculo constituían la base de toda la instrucción Romana: la
Filosofía, la retórica y la poesía eran estudios a los cuales pocos se dedicaban.
Predominaba en las costumbres y en las instituciones la ruda educación guerrera.
Solo en el tiempo de los Césares, comenzó a favorecerse a las letras y a propagarse la
cultura intelectual. Julio César, Augusto, Vespasiano, Adriano, Marco Aurelio y Antonio,
se distinguieron en la noble tarea de proteger la instrucción. Se estimuló no solo a los
maestros sino a los discípulos, concediéndoles gracias y privilegios.
El cristianismo vino entonces a operar una revolución en el seno de los pueblos: los
Apóstoles de la nueva doctrina, establecieron por todas partes escuelas para sostenerlas.
La irrupción de los bárbaros, destruyendo toda la civilización de esos tiempos, hizo que
las ciencias y las artes se refugiasen en los conventos, que se constituyeron a la vez en
establecimientos de instrucción: en sus claustros se salvó toda la civilización antigua.
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Más tarde, Carlomagno favoreció empeñosamente a las ciencias y a las artes; pero solo
en el siglo XII se establecieron los primeros colegios, y poco después las Universidades.
El elemento laico comenzó desde entonces a separarse del elemento religioso, las luces
se difundieron con empeño; pero no fue sino a fines del siglo XVIII que el segundo de
esos elementos perdió definitivamente la dirección moral de las sociedades.
Durante largos siglos la educación fue religiosa en moral, absolutista en política:
sumisión y obediencia por do quier; libertad en ninguna parte.
Solo con el triunfo de las nuevas ideas a fines del mencionado siglo, la inteligencia se
emancipó y la moral adquirió más sólidos fundamentos.
Muerto Mirabeau a quien la Asamblea constituyente había encargado la redacción de
un plan vasto para la instrucción pública, y rechazadas sus ideas, que más tarde fueron
publicadas por Cabanis, Talleyrand recibió el mismo encargo.
Fueron a su vez rechazadas las ideas de este.
Condorcet recibió después igual comisión de la Asamblea Legislativa.
El trabajo de estos grandes hombres y de otros más, dieron al fin origen, a diferentes
leyes, y el sistema fue completado por la Convención Nacional: instrucción primaria
obligatoria; la secundaria muy esparcida; la universitaria expedita para cuantos a ella
quisieran dedicarse.
Desde esa época los pueblos todos han trabajado ardientemente por mejorar sus
diferentes sistemas de educación y de instrucción: es este el fin social a que hoy dedican
preferentemente su atención los hombres y los Gobiernos.
Perteneciendo el hombre a la vez a la familia a la sociedad, el problema para organizar
la instrucción y la educación es complejo: el derecho de la familia y el derecho del Estado
deben conciliarse.
«El Estado, dice Thiers, no debe considerarse como un déspota que manda en nombre
de su interés egoísta, sino como la sociedad que manda en el interés de todos: es menester
figurarse al Estado en sí mismo; es decir, como la reunión de todos los ciudadanos, de lo
que son, de lo que han sido, de lo que serán; en una palabra, con su pasado, su presente y
su porvenir, con su genio, su gloria, sus destinos.»
Evidente es, por lo mismo, que todo sistema de instrucción pública que la monopoliza
para el Estado o para la familia, es defectuoso.
El Estado tiene el derecho de que la educación que se dé a los ciudadanos sea moral, de
que la instrucción sea sana: este derecho lo ejerce proporcionando la instrucción primaria
gratis y haciéndola obligatoria.
El padre de familia tiene también el derecho de que sus hijos reciban la educación y la
instrucción que más conforme sea a sus especiales inclinaciones a este derecho se ejerce
eligiendo los establecimientos de instrucción que le sean más convenientes.
Según esto, la libertad de enseñanza, que en otro lugar hemos proclamado, consiste
únicamente en la facultad que los padres tienen de escoger para sus hijos, entre los
diversos sistemas existentes, el que más se acomode a sus gustos, a sus sentimientos.
Pero, bajo la restricción absoluta de que esa libertad de elección, como todas las demás
libertades, no se ejercitará sino entre los sistemas morales de educación, entre los sistemas
de instrucción conformes a la constitución esencial y a los principios generales y
permanentes que sirven de base a toda sociedad cristiana y civilizada.
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La libertad de enseñanza no es, no puede ser el derecho de un advenedizo para hacer de
la juventud un objeto de sus especulaciones.
El que tal hiciese, abusa de la libertad, la infringe, comete un crimen: en el camino de
lo bueno la libertad de enseñanza tiene un campo vasto en que ejercitarse: saliendo de ese
camino, la libertad desaparece para dar plaza a la corrupción, al desorden que todo Estado
debe reprimir.
La administración de la instrucción pública debe comprender: un Ministro de
instrucción, jefe de la jerarquía, un consejo superior consultivo del Ministro con ciertas
otras atribuciones, e inspectores especiales en los departamentos.
La instrucción Universitaria debe depender del Ministro, quien la reglamentará con
arreglo a la ley, vigilándola y nombrando a sus empleados con el acuerdo del consejo
superior.
La instrucción media debe depender de los consejos municipales de Departamento,
quienes la organizarán, conforme a la ley, para dar unidad al sistema la vigilarán y
nombrarán a sus empleados de acuerdo con los Inspectores.
Sobre tales colegios ejercerá su vigilancia el Ministro de Instrucción por medio de los
Inspectores departamentales, que dependerán exclusivamente del Consejo Superior.
La instrucción primaria que debe ser obligatoria, bajo penas severas a los padres,
comprenderá por lo menos: la educación moral, la lectura, la escritura, nociones
gramaticales, cálculo, sistema de pesos y medidas, elementos de historia y de geografía,
nociones de ciencias físicas y de historia natural, aplicables al uso de la vida, elementos
de agricultura, industria e higiene, dibujo lineal, gimnástica.
Y de preferencia, en la instrucción primaria debe enseñarse a los alumnos, en ligerísimo
compendio, siquiera los principios generales políticos, los derechos del hombre y del
ciudadano, la organización del país.
La instrucción primaria debe a su vez depender de las municipalidades de provincia, que
establecerán las escuelas, conforme al plan general, las vigilarán y nombrarán a sus
empleados, previa aprobación del Consejo Departamental.
En un país puede haber escuelas y colegios de instrucción media libres o de particulares,
conformándose a las prescripciones de la ley. Esa clase de establecimientos debe
protegerse y alentarse por las autoridades todas.
No es necesario que haya Universidades particulares.
Las condiciones de la enseñanza media y universitaria no caben en los límites que nos
hemos trazado.
Lo dicho basta, sin embargo, para que pueda tenerse una idea suficiente de la
importancia del Ministerio de instrucción y de sus especiales labores.
Inútil parece agregar que las bellas artes entran también en el dominio de la instrucción
pública y que merecen de parte del Estado una protección decidida y práctica, o que se
traduzca en hechos.
Ahora bien: os repetimos lo que tantas veces hemos consignado ya, ilustraos y
moralizaos e instruid y educad a vuestros hijos.
Solo así, daréis verdadero lustre a vuestra patria y pasareis, vosotros y las generaciones
que os sucedan, una vida cómoda y feliz.
El cumplimiento del deber es innato en el hombre; pero tan noble sentimiento solo obra
poderosamente cuando se ha recibido una educación moral: sin este requisito, se debilita
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de ordinario hasta tal punto, que desaparece, no quedando entonces al hombre sino sus
instintos brutales.
Sin algunos conocimientos, los necesarios siquiera para la vida del ciudadano, podéis
errar muchas veces por ignorancia, o ser engañados por bribones que especulen con la
oscuridad en que vivís.
Ignorantes, prestareis oído a lo que halaga vuestras pasiones: ilustrados, solo escuchareis
la voz de la razón.
Morales, tendréis vuestra conciencia tranquila y seréis sobrios: desmoralizados, viviréis
inquietos bajo los permanentes estímulos del vicio y de la corrupción.
X.
BENEFICENCIA PÚBLICA.
La beneficencia pública es la caridad social, ejercitada oficialmente con el huérfano, el
enfermo, el mendigo, el pobre.
Si el amor al prójimo es el primero y más importante deber del hombre, lo es también
de la sociedad.
En nuestros artículos, fraternidad y propiedad, quedan desenvueltas las naturales
consecuencias de ese supremo deber entre los individuos.
La sociedad lo cumple por su parte en más grande escala y de un modo más eficaz.
En los establecimientos preparados para los huérfanos, encuentran éstos cuanto ha
menester desde su lactancia hasta su mayor edad.
En los hospitales, encuentran los enfermos indigentes el lecho, la asistencia y cuanto
necesitan para restablecerse de sus dolencias o mitigar siquiera los efectos de ellas.
En asilos especiales encuentra el mendigo, incapacitado para el trabajo, alimento,
habitación y vestido.
Los pobres en general tienen también establecimientos especiales, en diversidad de
condiciones, de los cuales pueden hacer el uso correspondiente.
Y aun los artesanos y trabajadores, en general, con pequeños capitales, deberán
encontrar en los montes de piedad, cajas de ahorros y bancos de pequeña habilitación, las
facilidades necesarias para proporcionarse los medios de progresar en su industria o
trabajo.
La dirección, inspección y vigilancia de estos establecimientos, constituyen un ramo del
Poder Ejecutivo que debe encargarse a uno de los Ministros.
Pero la administración y mantenimiento de ellos deben correr a cargo de corporaciones
especiales e independientes que la ley habrá de crear, con atribuciones amplias, entre
ellas, las de nombrar sus empleados subalternos.
Por manera, que el Ministro, con la dirección y vigilancia que ejerza, solo habrá de
proponerse que se conserve el orden, la moralidad y la economía en esos establecimientos,
prestándoles por su parte toda la protección que se merecen, atendido su alto, noble y
humanitario fin.
El pauperismo y la beneficencia pública tienen también su historia.
En Egipto, entre los Hebreos y entre los Griegos existían establecimientos de
beneficencia y de socorros mutuos.
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Entre los Romanos el pauperismo fue en progreso hasta la época de sus Emperadores.
Se hacía reparticiones de víveres a los pobres y se concedían a estos ciertos prerrogativas
en la vida social.
El cristianismo, proclamando la fraternidad entre los hombres e inaugurando en el
mundo la grande ley de la caridad: consagró implícitamente el derecho de los pobres a la
beneficencia de sus semejantes; pero como se aumentase con él el pauperismo, ese hecho
dio origen a dos géneros de disposiciones de los Emperadores Romanos.
Las unas fundaban y alentaban los establecimientos de caridad: las otras castigaban la
ociosidad, reprimiendo los abusos de una caridad mal entendida.
Después de la dislocación del imperio Romano con la invasión de los bárbaros,
quedaron en pie algunos establecimientos de caridad, pero el pauperismo acreció.
Bajo el régimen feudal, desapareció la beneficencia pública, subsistiendo solo la
privada: no había entonces administraciones generales.
Los establecimientos de beneficencia renacieron con la extinción de ese régimen
absurdo: fundáronse hospicios de diversa naturaleza y se persiguió la ociosidad y la
vagancia.
Las ideas del 89 penetraron al fin en las costumbres, y un comité nombrado por la
Asamblea constituyente estableció las bases de un sistema completo de beneficencia
pública.
«Todo hombre, se dijo, tiene derecho a ser mantenido por el Estado cuando le fallan los
medios de subsistencia; pero siendo el trabajo el único medio de subsistencia de la
sociedad misma, el pobre le debe su trabajo en cambio de la subsistencia que de ella
recibe.»
«El inválido solo tiene derecho a lo preciso para que de su muerte, por falta de
subsistencia, no sea responsable la sociedad; pero esta violaría la propiedad de los que
trabajan si hiciese más.»
«La infancia, la enfermedad y la vejez deben recibir socorros completos. Por regla
general, es necesario atender únicamente a la necesidad verdadera.»
En nuestros tiempos, el pauperismo ha crecido tanto que no bastan para aliviarlo siquiera
los establecimientos existentes: es la grave cuestión de nuestros días: el problema social
de solución más difícil.»
Los establecimientos de beneficencia pueden ser públicos o privados según que su
administración represente al Estado o a los particulares. Corresponde la suprema
vigilancia de todos al Poder Ejecutivo, si bien es cierto que dicha vigilancia debe ser muy
mesurada y reducida a hacer cumplir la voluntad de los fundadores, en los privados.
Largo sería enumerar las diversas clases de establecimientos que, según los diferentes
objetos a que estén destinados, pueden considerarse entre los que pertenecen a la
beneficencia pública.
Por ahora, bástenos saber:
1° Que no es permitido ni conveniente fundar establecimientos de ese género sino para
llenar necesidades reales que, de otro modo, no podrían satisfacerse.
2° Que la protección y amparo que en tales establecimientos se dispense a la infancia, a
las enfermedades y a la vejez, deben ser amplias:
3° Que el socorro a los pobres debe encerrarse en los límites de lo indispensable para la
vida:
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4° Que no es permitido abusar de la caridad, sosteniendo con ella a ociosos y a
holgazanes; porque eso sería defraudar al hombre de trabajo, que es quien proporciona
los recursos, con que se sostienen dichos establecimientos; y
5° Que asegurada así la vida de todos los miembros de la sociedad, la mendicidad
pública debe prohibirse.
De todo se abusa sobre la tierra, y en la sociedad existen todavía asociaciones de
holgazanes que no es lícito sostener.
El trabajo es la ley del hombre y de ella no debe librarse ocurriendo al oprobioso medio
de mendigar.
De todos modos, es noble, digna y elevada la misión del Poder Ejecutivo al dirigir,
proteger, amparar y proporcionar recursos a las instituciones de beneficencia pública.
Nunca será excesivo el celo que despliegue en su fomento y propagación.
XI.
FUERZA PÚBLICA. — GUERRA.
La fuerza pública en una Nación es el conjunto de las fuerzas individuales de sus
miembros.
Y la fuerza pública, que está a disposición y a las órdenes del Poder Ejecutivo, debe
organizarse con dos objetos: 1º el de conservar el orden público y garantir el
cumplimiento de las leyes en el interior del país; y 2° el de asegurar los derechos
nacionales en el exterior.
Fuerza armada es aquella parte de la fuerza pública que maneja armas y tiene una
organización especial: es de dos clases, policía o ejército.
La primera comprende el ramo de que ya nos hemos ocupado extensamente.
La segunda al ejército propiamente dicho.
Mientras el orden interior o la seguridad exterior de un pueblo puedan ser amenazados;
es decir, mientras sea posible la guerra civil o entre Naciones, deben, pues, conservar
estas, armada y organizada una parte de la fuerza pública; en otros términos, deben tener
un ejército.
Atentamente examinada esta necesidad, resulta bárbara y absurda.
Bárbara; porque solo entre bárbaros puede ser razón la fuerza. La civilización es
incompatible con el uso de la fuerza como última razón.
Y absurda; porque no es racional ni justo que las diferencias, sea entre Naciones o entre
los miembros de una Nación, se resuelvan por medio de una ponderación de las fuerzas
respectivas.
Las armas, por otra parte, son elementos o máquinas de destrucción, que mal pueden
emplearse entre hombres para dirimir sus desavenencias recíprocas.
Cuando se miden las fuerzas armadas, una de ellas subsiste sobre la otra y esta
resolución se obtiene a costa de la vida de muchos hombres y de los sufrimientos de otros.
Y bien ¿quién tiene derecho para emplear como medio de decisión la vida y la sangre
de sus semejantes?
La guerra no es otra cosa que una discusión armada: las batallas son sus resoluciones y
señalan los resultados de esa discusión inicua, por ser contra todo derecho.
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Si nadie, ni la sociedad misma debe proponerse un fin cuyo medio sea la destrucción de
un hombre, no hay razón que justifique la guerra, que es una matanza de hombres.
La jesuítica máxima de que el fin justifica los medios, es altamente inmoral: para que
un fin sea bueno, es necesario que hayan sido buenos los medios empleados: un solo
medio malo, malea el fin.
Llegarán tiempos en que la palabra guerra y demás que le son correlativas, se conserven
en el diccionario de las lenguas, como un recuerdo de la barbarie de los nuestros.
Las armas ocuparán un lugar en los museos como objetos de curiosidad.
Y será execrable la memoria de los grandes criminales a quienes el mundo llama hoy
hombres grandes.
Porque, verdaderamente, solo en la virtud hay mérito, y no hay virtud en los déspotas o
ambiciosos que, para sostener sus caprichos, derraman a torrentes la sangre de los
ciudadanos y les arrebatan sus vidas con imperturbable serenidad.
Pero mientras esos tiempos llegan, las Naciones tienen que conservar organizada y
armada una parte de la fuerza pública.
¿Cuál es la organización que debe dársele?
Los ejércitos permanentes son una amenaza permanente contra la libertad en el interior
y contra la seguridad de las demás Naciones en el exterior.
Amenazan la libertad; porque, hallándose bajo la inmediata vigilancia del Poder
Ejecutivo, se habitúan, por decirlo así, a considerar la voluntad de este como un principio
de orden al que deben obediencia en todos los casos.
Por esto, los déspotas y mandones arbitrarios se obstinan siempre en exigir de la fuerza
armada una obediencia pasiva; lo que, si bien es insostenible, desde que en la sociedad
solo a la ley debe prestarse esa obediencia, contribuye eficazmente a corromper el
sentimiento de la fuerza armada.
Y los ejércitos permanentes amenazan los derechos de las demás Naciones; porque,
pudiéndose movilizar fácilmente, ejercen una presión constante sobre los pueblos débiles,
para obligarlos a ceder a las exigencias de un Gobernante extraño, con mengua de su
independencia, de su dignidad y tal vez aún de la justicia que le asiste: la presencia de
una fuerza mayor produce siempre víctimas resignadas.
La historia comprueba estas verdades.
Entre los pueblos antiguos, los ejércitos fueron largo tiempo simples levantamientos en
masa para hacer la guerra: concluida esta por la paz, el ejército desaparecía.
Había es verdad hombres dedicados al ejercicio de las armas; pero eso no puede llamarse
un ejército permanente.
Los ejércitos permanentes vinieron entre los Romanos por consecuencia de las grandes
guerras. Semejante institución todo lo corrompió, las costumbres y la legislación: el
ejército disponía de los destinos del imperio y el ciudadano romano desapareció para dar
lugar al soldado embrutecido.
Las irrupciones de Bárbaros con sus familias, etc. no merecen el nombre de ejército:
ellas sin embargo hicieron desaparecer los existentes.
No hubo ejércitos en la edad media.
Y no fue sino en el siglo XV cuando se comenzó a establecer las bases del ejército
permanente.
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Desde esa época, los ejércitos permanentes, a disposición de los caprichos de los
Monarcas, han sido el más poderoso auxiliar del despotismo, el enemigo más fuerte de la
libertad, la institución más perjudicial a la independencia y soberanía de las Naciones.
Ahí está Napoleón I, que, General de la República, pudo fácilmente hacerse dueño del
amor inconsciente de sus soldados, para destruir primero la libertad de su patria y después
la independencia de todos los pueblos.
Y en los últimos tiempos ¿quién sino el ejército destruyó a la República francesa en
1848? ¿que otro sostén distinto del ejército tiene el Autócrata de la Rusia?
Y las perturbaciones sufridas en el territorio Europeo ¿a qué otra causa se deben que a
los ejércitos permanentes?
El martirio permanente de Polonia, las anexiones del Holstein, etc., la guerra de 1854
con todos sus horrores, las que concluyeron en Solferino y Sadowa, la de 1870 en la cual
se proclamó insolentemente como única razón la fuerza, la última entre Rusia y Turquía,
que atrocidades sin nombre registra en sus anales — ¿a qué causa se deben sino a los
ejércitos permanentes?
Y entre las Repúblicas Americanas, es evidente que el estado constante de anarquía en
que han vivido, se debe a la existencia de esos pequeños ejércitos, que hoy proclaman a
un caudillo, para reemplazarlo mañana con una hechura nueva, con otro ambicioso vulgar.
Pero, si la organización de la fuerza armada en ejércitos permanentes es tan perjudicial
y dañosa ¿cómo habrá de organizarse?
Por el sistema que se ha llamado de guardias nacionales que, llenando cumplidamente
el objeto a que la fuerza pública está destinada, no se presta a producir los males que
produce el ejército permanente.
Los guardias nacionales son el mismo pueblo armado.
Y la fuerza así organizada no amenaza la libertad; porque el pueblo no puede dañarse a
sí propio.
Ni amenaza a las demás Naciones; porque el pueblo no puede someterse al capricho de
mandatario alguno para ofender los derechos de otro pueblo hermano.
Pero el pueblo se prestará dócilmente a reprimir una ilegitima insurrección interior o a
rechazar una injusta agresión extraña.
Y he aquí porque las guardias nacionales llenan bien el objeto de la fuerza pública.
Los demás objetos se cumplen igualmente bien por las guardias nacionales.
En todos los tiempos y en todas las Naciones, la fuerza armada ha sido el principal y
más sólido apoyo de los opresores de los pueblos.
Y para hacer dicho apoyo firme y duradero, se le aplicaron indebidamente las palabras
honor, gloria, lealtad; lo que valía tanto como aplicar al vicio el nombre de virtud y
premiar los crímenes con recompensas que solo son debidas a las buenas acciones.
El soldado que. por obedecer los caprichos de un Mandatario, atacaba o destruía un
derecho del individuo o de la sociedad, cometía indudablemente un crimen. Pues bien: a
ese crimen se llamó lealtad, y fue premiado.
El soldado que, por obedecer a un Mandatario ilegítimo marchaba a los campos de
batalla a derramar la sangre de sus hermanos o a sacrificar torpemente su vida, cometía
indudablemente un crimen. Pues bien: a ese crimen se llamó honor militar y fue premiado.
El soldado que, sin razón y obedeciendo é un Mandatario de hecho, se distinguía en la
matanza u obtenía por cualesquiera medios un éxito favorable a su bandera, cometía
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indudablemente un crimen grave. Pues bien: a ese crimen grave se llamó gloria y fue
grandemente premiado.
En política, no hay lealtad, honor y gloria, sino en el cumplimiento de la ley
legítimamente expedida o en la reivindicación de los derechos esenciales desconocidos.
¡Profanan esas palabras los que de otro modo las emplean!
Todo Poder que, para sostenerse, necesita de la fuerza organizada en ejército
permanente, es ilegítimo. Y aunque esto es decir que son ilegítimos casi todos los Poderes
hoy existentes en el mundo, no retiramos la palabra.
Ahora bien: si el empleo de la fuerza es ilícito para dirimir las desavenencias entre
Naciones o entre grandes grupos de una misma Nación ¿qué medio habrá de emplearse?
Aunque las Naciones son diferentes por la extensión de su territorio, por su población y
otras circunstancias, son iguales en dignidad y en derechos.
Cada una es soberana en si misma e independiente respecto de las demás.
Todas, sin embargo, tienen que reconocer como base de sus relaciones los eternos
principios de la justicia y de la moral.
Pero, para que estos principios se hallasen determinadamente expresados, sería
conveniente que, reunidos Representantes de todas las Naciones, estableciesen un Código
de leyes, cuya observancia fuese obligatoria para cada una de ellas.
Mas esto no ha sucedido aun; mientras tiene lugar, pueden las Naciones ocurrir a
tratados particulares que serán su ley. En su defecto rigen los principios de que hemos
hablado.
Por manera, que no está al arbitrio de las Naciones establecer a su voluntad tales o cuales
reglas, sino únicamente convenir en el modo de realizarse los principios que marcan,
racionalmente y en lo principal el carácter de sus relaciones.
Si existe, pues, alguna diferencia entre dos Naciones, debe ella terminar pacíficamente
sin que haya razón que baste para justificar un rompimiento y ocurrir a la guerra.
Las autoridades que en una Nación declaran la guerra a otra, cometen un crimen: toda
guerra ofensiva es insostenible en el terreno del derecho y de la moral.
Las Naciones se deben recíprocamente inmediata justicia: si una la exige a otra, tiene
esta que hacérsela en el acto.
Y si la Nación ofensora se niega a hacer la justicia que se le demanda, porque para ello
pretenda tener algunas razones, entonces el único medio legítimo es el arbitraje.
El arbitraje que es un medio digno, racional, equitativo, justo, que no puede, que no
debe ser rechazado por Nación alguna, entre las que se han aplicado el título y se
denominan constantemente Naciones civilizadas.
Posible es, no obstante, que el arbitraje sea rechazado en principio por alguna de las
Naciones, o que, expedido el fallo, sea este a su vez desconocido.
En semejante emergencia, no cabe otro medio que la intervención eficaz de parte de las
demás Naciones para obligar a la Nación que a ello se niegue, a la aceptación del principio
o al cumplimiento del fallo arbitral.
Sin que dicha intervención importe de ninguna manera un ataque a la soberanía de la
Nación reacia; porque el precioso conjunto de derechos que se llama soberanía nacional,
no autoriza en ningún caso la arbitrariedad estúpida ni la injusticia manifiesta y
comprobada.
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Pero nunca podrá ocurrirse a la guerra ni para alcanzar justicia; pues siendo la guerra un
medio ilícito no puede ser justo el resultado.
Y aun la guerra defensiva solo en un caso es justificable; pues no existe más que una
razón que la hace licita.
Lo que se nos exige es justo o injusto. Si es justo, debe la Nación compeler al que la
representa para que haga justicia a la Nación reclamante. Si es injusta, debe rechazarse la
agresión.
En el primer supuesto, no hay derecho ni para defenderse; porque nadie puede emplear
la fuerza para excusar el cumplimiento de un deber.
En el segundo, debe repelerse la fuerza con la fuerza; porque es ilícito renunciar al
ejercicio de un derecho social, y propio de almas villanas ceder al uso de la fuerza,
pudiendo rechazarla.
Reasumiendo nuestras ideas en este importante asunto, os recomendamos tengáis
presente:
1° Que el objeto de la fuerza pública no es otro que garantir el cumplimiento de la ley y
el ejercicio del derecho:
2º Que para lo primero, basta organizar convenientemente el cuerpo de policía y armarlo
de modo que llene su fin:
3° Que para lo segundo, deben organizarse y armarse las guardias nacionales:
4° Que no debe existir ejército permanente:
5º Que la guerra es un resto de la barbarie de los tiempos primitivos, que debe
desaparecer:
6º Que las diferencias entre Naciones deben arreglarse por árbitros:
7º Que toda guerra ofensiva es ilícita; y
8° Que entre las guerras defensivas, únicamente es obligatoria aquella, cuya agresión
proviene de causas manifiestamente injustas.
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CAPÍTULO V. Poder Judicial.
Las leyes que arreglan las relaciones entre los individuos, necesitan aplicarse a los casos
particulares, y de esta aplicación está encargado el Poder Judicial.
Son, pues, los Tribunales de justicia las autoridades encargadas de resolver las dudas
que ocurran entre los individuos y de hacer efectivos los derechos reales o personales por
medio de disposiciones, obligatorias para todos.
Según esto, de alta importancia son las atribuciones que los jueces ejercen en la
sociedad. Administrador es de la justicia social, la deben a todos sin distinción de
personas; y como ante la ley, todos son iguales, también deben serlo ante los custodios
de ella.
«La organización judicial, ha dicho un publicista inglés, es la parte esencial de la
constitución política: es el Poder Judicial el que tiene en sus manos la libertad y la
propiedad de los ciudadanos, y la justa aplicación de las leyes que garantiza esos bienes,
depende de los principios que lo constituyen.»
El legislador constituyente debe, por lo mismo, dedicarse de preferencia a la
organización del Poder Judicial, que es la parte de la que dependen más particularmente
el orden verdadero y la seguridad de los ciudadanos. (Dalloz.)
Como toda autoridad, la de administrar justicia emana de la Nación. Los jueces deben,
pues, recibirla del pueblo, algunos directamente y otros por medio de autoridades
directamente elegidas.
La facultad de juzgar no puede ser perpetua en los individuos que la obtienen. Toda
función pública es una comisión conferida por el pueblo, y como este varía, variables
deben ser también los funcionarios: la perpetuidad en el cargo es absurda.
El poder de juzgar debe, pues, ejercerse periódicamente, como todos los demás.
Y como el juzgamiento será más acertado y expedito si, además del conocimiento de las
leyes, los jueces tienen versación en las formas prescritas por ellas, los jueces pueden
declararse indefinidamente reelegibles.
La justicia debe administrarse en público a fin de que los ciudadanos puedan conocer
sus fallos y ejercer sobre ellos la influencia a que tienen derecho.
La justicia en lo criminal es más importante aun que en lo civil.
El hombre que infringe una ley, comete un crimen más o menos grave, según sean más
o menos graves las circunstancias que procedieron, y los resultados de la infracción para
la sociedad y para los individuos.
Si todos los hombres cumplieran sus deberes, desaparecería el sistema penal, que
ciertamente es desdoroso para las sociedades y ofensivo para la especie.
Pero no hay hombre exento de culpa, y además existen naturalezas desgraciadas cuya
inclinación al mal, sea a causa de su falta de educación o de sus propensiones naturales,
es fuerte y poderosa.
Si las acciones vedadas no tuvieran, pues, un castigo, la sociedad se hallaría a merced
de los malos, lo que no puede consentirse, desde que ella esencialmente descansa sobre
el derecho y la justicia, la moral y la virtud.
De aquí, la necesidad de reprimir el vicio y de castigar el crimen.
Lo primero, porque la sociedad, legítimamente constituida, es incompatible con el vicio.
Y lo segundo, porque, desde que el hombre en sociedad está obligado a cumplir las
leyes, queda también sujeto al castigo impuesto a su infracción: esto, en cuanto a la
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sociedad; que respecto del que comete el crimen, la pena es correccional y no puede tener
otro carácter.
Hay diferentes sistemas para juzgar a los criminales: el más expedito y racional en una
democracia, es el ordinario, por medio del cual los mismos jueces califican el hecho e
imponen la pena.
Y si la legislación civil exige profundos estudios, mucha experiencia y una grande
variedad de conocimientos, la criminal requiere mucha más meditación por la multitud
de razones y circunstancias anexas a ella.
Entre los Hebreos, la organización judicial estaba reducida a tres Tribunales: el
ordinario, el consejo de los ancianos y el Gran Consejo o Sanhedrin.
El ordinario era un simple tribunal arbitral: cada una de las partes nombraba un juez y
estos nombraban el tercero, de entre los hombres recomendables designados por el
pueblo: resolvía todas las cuestiones civiles y en las criminales solo podía imponer penas
leves.
El consejo de los ancianos era una autoridad jurídica: resolvía las cuestiones,
interpretaba la ley y podía imponer hasta la pena capital.
El Sanhedrin conocía de los asuntos más graves, como los crímenes de Estado o los
cometidos por los pueblos o personas de alta jerarquía.
Estos tribunales eran también administrativos.
La confusión de los poderes entre los griegos ara más sensible todavía. En Atenas los
Arcontes, anualmente elegidos, administraban la justicia: eran nueve.
El Tribunal de los Heliastas conocía de las apelaciones.
Esta organización la completaba el Areópago, gloria de la República Ateniense, que era
el centinela de las leyes y el vigilante de toda la administración pública: su jurisdicción
era ilimitada.
Estos tribunales juzgaban toda clase de cuestiones: políticas, administrativas y
particulares.
En Roma, los primeros ensayos de organización judicial datan de la República. Los
cónsules tuvieron la plenitud de la jurisdicción civil: en lo criminal se podía apelar de sus
resoluciones ante la Asamblea del pueblo.
Instituido posteriormente el Tribunado, los Pretores fueron encargados de la
administración de justicia; pero las atribuciones del Pretor no fueron exclusivamente
judiciales: eran también administrativas y militares.
Todas estas autoridades eran nombradas por el pueblo.
Después de los Pretores venían los Ediles, autoridades de policía que ejercían
accesoriamente atribuciones judiciales.
Estas instituciones continuaron durante el imperio, con las modificaciones
consiguientes: el Emperador ejercía, por medio de sus rescriptos, la plenitud de la potestad
judicial.
En los primeros tiempos, los Cónsules y Pretores podían delegar sus funciones a
determinadas personas, en casos dados: en los del imperio el emperador nombraba jueces
a su voluntad.
Conocida es la organización judicial en los siglos posteriores. Residiendo en la persona
de los Señores o Monarcas la justicia, esta se administraba a voluntad de aquellos. Los
procedimientos banales de los jueces y las reglas a que estaban sometidos, podían
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fácilmente modificarse o cambiarse por el que todo lo podía, inclusas la revocación o
alteración de los fallos.
En esto, como en todo lo dornas, las ideas del siglo XVIII vinieron a ejercer su saludable
y resolutiva influencia.
Reconocióse entonces que el poder de administrar justicia es originario del pueblo, única
fuente de legitimidad para los jueces.
Se organizó dicha administración, estableciendo un orden jerárquico; a saber, jueces de
paz, de primera instancia, tribunales de apelación y un Tribunal de nulidades (cassation).
Desde esa memorable época datan, pues, únicamente los principios de la organización
judicial moderna.
Meditando sobre el importante asunto de la administración de justicia, encomendada al
Poder Judicial, se observa que su círculo de acción es vasto, y diferentes y múltiples las
funciones que está llamado a desempeñar.
Hay, desde luego, una justicia civil y una justicia criminal que, si bien no es
incompatible se desempeñen por los mismos jueces, convendría fuesen separadas.
Hay otra justicia contencioso administrativa que se refiere a asuntos distintos de los
anteriores.
Y es también necesaria la organización de un Ministerio público o fiscal encargado de
importantísimas atribuciones.
Sobre el ejercicio de todas estas funciones y dominándolas, por decirlo así, debe
establecerse el grande o supremo Tribuna), que será el Jefe de la jerarquía general y que,
teniendo a su cargo la representación de ese gran poder, desempeñe atribuciones elevadas
y de trascendental importancia para la dirección de la sociedad.
Así queda naturalmente dividido este capítulo en sus partes principales, de todas las que
procuraremos dar una sucinta idea a nuestros lectores.
I.
TRIBUNALES COMUNES EN LO CIVIL Y EN LO CRIMINAL.
Todos los Poderes de un Estado, en sus diversas ramificaciones, deben arreglarse a la
división territorial: el judicial obedece a esta ley.
Suponiendo, pues, dividida una Nación en departamentos, provincias y distritos, como
lo indicamos antes, habrá en cada distrito un juez de paz o de conciliación, en cada
provincia uno de derecho o de primera instancia, en cada departamento un Tribunal de
Apelación.
Queda de este modo completa la administración de justicia común.
Juez de paz puede ser cualquier ciudadano: no debe exigírsele requisito alguno: el que
lo nombra buscará la idoneidad.
Conocerá de todas las diferencias entre particulares que no excedan de cierta
importancia que determinará la ley.
Y conocerá además de todos los hechos leves u omisiones, penadas por la ley y que esta
califica de faltas.
En ambos casos, «la justicia de paz, como dice Thouret, no debe estar sujeta a los rigores
del procedimiento: un sencillo reglamento debe componer todo su código. Es conveniente
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además omitir toda forma obligada, porque dicha justicia debe ser buena, sencilla y exenta
de gastos.»
La misión principal del juez de paz consiste en conciliar a las partes: solo expedirá
resolución si no hay avenimiento.
Convendría que los jueces de paz, cuyo cargo debe ser consojil y amovible, fuesen
nombrados oportunamente por los Tribunales o Cortes de apelación, a propuesta en terna
de los jueces de Derecho, a fío de no falsear la independencia del poder que ejercen.
Las resoluciones de los jueces de paz deben cumplirse sin más requisito por la autoridad
ejecutiva, salvo muy determinados casos que la ley se encargará de enumerar, en los
cuales, la revisión del fallo se hará por el Juez de Derecho, siendo esta revisión en todo
caso, inapelable.
Los jueces de derecho y de primera instancia ejercerán su jurisdicción en la provincia
para la que son nombrados.
Dicha jurisdicción será civil y criminal, si la ley ha reunido ambas en una sola persona:
si están separadas, cada juez ejercerá la que le corresponde.
Estos jueces conocen en general de todos los asuntos civiles, sea en primera instancia,
sea en apelación, sea en fin como resolución inapelable.
Son deberes de estos jueces: hacer justicia a todos, sin poderla rehusar: resolver según
lo que el proceso arroje, no según su conocimiento personal: interpretar la ley en el
sentido de aplicarlo al caso que se le ha sometido: limitarse a su jurisdicción y a su
territorio etc.
Si el Juez de Derecho conoce también de las causas criminales, ha de cumplir los
mismos deberes, con más exactitud y escrupulosidad; pues mientras la justicia civil está
destinada a satisfacer necesidades individuales, la criminal satisface una necesidad
pública y social.
Los Jueces de Derecho pueden, pues, conocer de las causas, de los tres siguientes
modos:
Como jueces de apelación de ciertas resoluciones de los de paz, y en este caso su fallo
causa ejecutoria.
Como jueces en cierta clase de asuntos para resolverlos de una manera definitiva y sin
apelación, en el cual caso, su fallo también causa ejecutoria.
O finalmente, come jueces de primera instancia, y entonces su sentencia está sujeta a la
revisión de los Tribunales superiores o de apelación.
Puede haber además jueces privativos o que conozcan especialmente de una clase
determinada de asuntos, como los de comercio, aguas, etc.
Los Jueces de Derecho deben reunir, para serlo, las condiciones de honorabilidad y
conocimiento de la legislación del país.
Serán amovibles, debiendo ejercer su cargo durante un período que la ley habrá de
señalar.
Pero, como anteriormente lo hemos indicado, pueden ser reelegibles.
Consultando, en todo caso, la mayor independencia posible en el Poder Judicial, estos
jueces pueden ser nombrados por la Suprema Corte de Justicia, a propuesta en terna doble
de los Tribunales de apelación del departamento a que pertenezca la provincia.
Los Tribunales de apelación habrán de establecerse en cada departamento o grande
división territorial, y ejercerán jurisdicción sobre todo su territorio.
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Y la jurisdicción que ejerzan estos Tribunales será civil o criminal, comprendiendo
además las causas privativas.
Dichos Tribunales conocerán pues en apelación o en segundo grado de todas las causas
civiles, criminales, privativas, etc., que por cualesquiera jueces hubiesen sido falladas en
primera instancia.
Y la sentencia que dicten habrá de terminar el litigio o la causa, ejecutándose sus
resoluciones. Exceptúase el caso en que, conforme a la ley, haya lugar al recurso de
nulidad o casación, que entonces, o se suspenderá la ejecución o se llevará adelante, a
voluntad del vencedor, que, si prefiere ejecutarla, prestará una fianza de resultas.
De todos modos, la causa debe concluir en segunda instancia, terminando en ella el
examen jurídico del asunto.
El recurso de nulidad ante el Tribunal Supremo no tendrá, pues, por objeto resolver el
asunto sujeto a litigio, sino simplemente examinar si ha habido o no infracción de ley en
la sentencia expedida.
En el caso afirmativo o de infracción, se devolverá el expediente al Tribunal de
Apelaciones para que reforme su sentencia, que se ejecutará: en el caso negativo o de no
infracción, el fallo de segunda instancia quedará con la fuerza ejecutiva que
primitivamente tuvo.
La mejor administración de justicia es la más sencilla, la más fácil, y esto se consigue
estableciéndola como queda indicado.
No entra en los límites de este trabajo profundizar las intrincadas cuestiones judiciales:
lo dicho basta para tener de ellas una idea bastante.
Por lo demás, los miembros de las Cortes de Apelación reconocen los mismos deberes
que los jueces de Derecho; con las modificaciones que en ellos debe introducir la
naturaleza del cargo.
Amovibles y de duración periódica deben ser también los Tribunales de Apelación,
pudiendo ser reelegibles u obtener indefinidamente nuevos nombramientos.
Y los nombramientos de miembros de estos Tribunales, consultando siempre la
independencia de este importante Poder, debieran hacerse por el Cuerpo Legislativo, a
propuesto en terna doble del Tribunal Supremo de Justicia.
Peligroso es dar al Poder Ejecutivo intervención alguna en el nombramiento de
miembros del Poder Judicial que, por ese medio, se convierte insensiblemente en una
dependencia suya.
El Poder Judicial debe tener, pues, el mismo origen que los demás Poderes: la elección
directa del pueblo en cuanto al Jefe o Tribunal Supremo: el nombramiento de los demás
miembros, completamente de acuerdo con su origen.
La buena administración de justicia depende, en lo principal, del procedimiento y, por
lo mismo, debe ser este el objeto preferente de a meditación y del estudio del Poder
Legislativo.
El procedimiento debe ser llano y expedito, dirigiéndose exclusivamente a los medios
suficientes para conocer la verdad de los hechos, a fin de que a ellos sea fácilmente
aplicable la ley.
Sin descuidar por esto la completa libertad de defensa de que nos ocupamos en la
primera parte.
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Derecho político. El liberalismo.
Un alegato verbal o escrito, según los casos, de cada una de las partes, y un pequeño
término para la prueba: he aquí todo. Lo demás es entrabar el litigio, favorecer la mala fe
y proporcionar pretextos a los jueces para largas e interminables dilaciones.
¡Cuántas veces la causa más justa se abandona por impotencia del que reclama un
derecho para obtener su reparación!
¡Y cuántas otras los inacabables términos y los grandes gastos que ocasionan los pleitos,
de cualquiera clase que sean, obligan a los ciudadanos y a las familias a entrar en
transacciones desastrosas!
Simplifíquese el procedimiento por los legisladores y procédase por los jueces, verdad
sabida y ley prontamente aplicada, y se habrá hecho a la sociedad el mayor de los bienes.
Otro grande bien sería el destruir el monopolio de los abogados, de los procuradores
etc., y el arreglar severamente a los demás empleados subalternos del orden judicial.
El juez desempeña uno de los más grandes, de los más preciosos atributos de la
naturaleza humana: la justicia; y en consecuencia, debe sobreponerse a todas las pasiones
para convertirse en el frio e impasible ejecutor de la ley.
Y si algunas formas no esenciales lo embarazan en su noble destino, debe prescindir de
ellas, para servir directamente a la justicia y a la ley.
Nada de omisiones, nada de dilaciones o esperas: firme, recto y activo, como ningún
otro, debe ser el empleado judicial: especie de máquina para aplicar la ley, sin más
discernimiento que el preciso, sin otro sentimiento que el del deber, sin más instinto que
el de la conservación de los intereses públicos y particulares a su custodia encomendados.
Sobre todo, jamás debe ceder a influencia alguna extraña.
II.
TRIBUNALES CONTENCIOSO-ADMINISTRATIVOS.
Las necesidades de la civilización han provocado el establecimiento de Tribunales de
este género, antes de que la ciencia hubiese determinado los limites dentro de los cuales
deben ejercitarse.
Llámase contencioso-administrativo, todo lo que en los procesos o en los negocios,
relacionados con la administración pública, reviste el carácter de duda o de litigio.
Para resolver estos asuntos se ha establecido Tribunales que ejercen verdadera
jurisdicción.
Y aunque en algunas Naciones se ha hecho depender del Poder Ejecutivo estos
Tribunales, considerándolos como una rama a él anexa, nosotros creemos que deben
considerarse en el Poder Judicial, desde que, ejerciendo jurisdicción, aplican la ley a casos
especiales litigiosos.
Será, de todos modos, una institución diferente de la de los Tribunales comunes; pero
no por eso dejará de pertenecer al Poder que juzga y falla.
Todo asunto de esta clase presupone la existencia de un acto administrativo.
Para que un acto tenga el carácter de administrativo, en el sentido jurídico de la palabra,
es menester en primer lugar que emane de una autoridad administrativa, y en segundo que
se refiera a un objeto de pura administración.
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Derecho político. El liberalismo.
Por manera que la calificación no pertenece sino a aquellos actos por los cuales se ejerce
la administración pura, cuya misión es proteger los intereses generales de la sociedad,
vigilando la acción de los particulares. Estos actos son diversos y numerosos.
Se ve, pues, que el acto administrativo se caracteriza no solo por la persona que lo
ejecuta, sino principalmente por el objeto a que se refiere.
Según esto, pertenece a los Tribunales contencioso-administrativos la decisión de las
diferencias entre las autoridades de ese orden por los actos mencionados y los
particulares.
Y para el objeto que dichos Tribunales se proponen, deben contarse las autoridades
municipales entre las administrativas.
Lato sería enumerar todos los casos de carácter contencioso-administrativos: la ley se
encargará de señalarlos.
Basta indicar por ahora que, manifestándose el Poder Administrativo, tanto por medio
de reglamentos u ordenanzas, como obrando directamente sobre los ciudadanos; y
pudiendo esos reglamentos o esos actos herir los intereses particulares, unos u otros tienen
que ser justiciables.
Y por lo mismo, deben existir Tribunales que decidan las reclamaciones que puedan
entablarse.
Un Tribunal de tres miembros en cada capital de departamento, sería suficiente para
llenar el objeto de su institución.
Hacer juez de lo contencioso-administrativo a las mismas autoridades que dañan a los
particulares, reglamentando o procediendo contra ellos directamente, como se ha hecho
en algunas Naciones, es absurdo.
Es un axioma jurídico universal que nadie puede ser juez y parte en un asunto.
Los procedimientos en los asuntos de este género, deben ser ligerísimos y breves:
exposición y prueba: he aquí todo lo que debe exigirse, para que el Tribunal resuelva.
Puede objetarse contra el establecimiento de estos Tribunales, el que las Autoridades
administrativas quedarían desautorizadas con la existencia de jueces llamados a juzgar
sus actos.
La objeción quedaría destruida con la misma ley que limitará el terreno de lo
contencioso-administrativo a los daños sufridos por los particulares e indicará claramente
las atribuciones de los jueces y los casos en que deban ejercitarse.
Mirada bajo este aspecto la institución de que nos ocupamos, tiene una importancia
grande, trascendental: es una garantía eficaz contra la arbitrariedad de los empleados
administrativos que, como se ha visto, tienen en sus manos el poder más formidable; el
de la fuerza.
Para la mejor inteligencia de esta institución, hagamos algunas aplicaciones.
Siempre que el Poder Ejecutivo u otra autoridad administrativa hagan daño a los
particulares al dar cumplimiento a una ley, ese daño no puede reclamarse ni el asunto
sería contencioso.
Porque siendo las leyes obligatorias para todos, su contenido no puede ser contencioso
ni discutible siquiera ante Tribunal alguno.
Pero si el Ejecutivo al expedir reglamentos en uso de sus atribuciones constitucionales,
causa daño, el asunto es contencioso y puede ir a los mencionados Tribunales.
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Y si cualquiera autoridad administrativa, al cumplir sus atribuciones legales, expide una
providencia o resolución que perjudique a otros, estos tienen también el derecho de llevar
el asunto al Tribunal contencioso-administrativo.
Pueden también ocurrir los casos de que los perjudicados por un acto administrativo,
sean otras autoridades o el Estado mismo.
Entonces las autoridades dañadas entablarán por sí su acción y por el daño del Estado
los Fiscales o empleados del Ministerio público.
El derecho que los que reciben daños por un acto de pura administración tienen para
llevar el asunto a la decisión de un tribunal, no impide el que los perjudicados se presenten
previamente ante la autoridad que causó el daño, en demanda de reparación.
Si dicha autoridad reconsidera su resolución u orden, el litigio ante el tribunal carece de
objeto; pero si insiste, es el tribunal quien debe resolver el asunto.
Los tribunales contencioso-administrativos deben ser amovibles y periódicos:
convendría además, que el cargo fuese consejil.
Y como los Vocales o miembros de los mencionados tribunales pudieran con sus
resoluciones desautorizar a los Poderes Administrativos, lo que no convendría en el actual
estado de las sociedades, sería prudente que en su nombramiento interviniesen dichos
Poderes.
Así, mientras las sociedades alcanzan un estado mayor de perfección, el Poder ejecutivo
podría nombrarlos, a propuesta en terna doble de los Concejos Departamentales.
Finalmente, el buen éxito de esta preciosa institución depende de una manera exclusiva
de la ley que la organice.
Por lo cual, el legislador debe meditarla profundamente y expedirla con toda claridad y
precisión.
Las resoluciones de los Tribunales contencioso-administrativos causarán ejecutoria; lo
que significa que sus fallos serán cumplidos por la autoridad ejecutiva, salvo el caso de
recurso de nulidad ante el Supremo Tribunal de Justicia.
Y entonces se procederá exactamente como se procede con las revisiones de los
Tribunales comunes de apelación: si se presta fianza de resultas, se ejecutará el fallo; si
no, se suspenderá su cumplimiento hasta que la resolución de la Corte Suprema sea
conocida, para que el Tribunal contencioso-administrativo se sujete a ella.
Procurad, pues, que estos Tribunales se establezcan.
Ya veis, por la ligera exposición que precede, cual es su importancia.
Contienen de un lado los abusos de las autoridades administrativas y de otro los reparan.
Es este un doble fin, cuyos benéficos resultados serán sensibles para el individuo, para
las autoridades mismas y aun para el Estado.
III.
MINISTERIO PÚBLICO O FISCAL.
El ministerio público o Fiscal es una institución que representa especialmente a la
sociedad para velar, requerir o mantener el cumplimiento de las decisiones de los demás
Poderes del Estado.
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Vigila por consiguiente la ejecución de las leyes, de las resoluciones del Poder
Ejecutivo, de las sentencias del Poder judicial y aun de las disposiciones del Poder
Municipal, en la parte que interesan al orden general y al Gobierno del Estado.
Y como vigilante, requiere el cumplimiento de las autoridades respectivas.
Y si el requerimiento no basta, asume, como parte, la representación de la sociedad para
alcanzar aquel fin ante los Tribunales o autoridades correspondientes.
En cuanto a los particulares incapaces, el ministerio público, representando la protección
que la sociedad les presta, les ampara y los defiende.
¿Cuán noble es semejante misión!
En los primeros tiempos dominó la idea de que solo correspondía al ofendido o a los
suyos perseguir la represión de los crímenes cometidos en su perjuicio.
Cuando la civilización comenzó más tarde, llegó a comprenderse que el castigo del
culpable interesaba igualmente a la sociedad, a la moral pública, debiendo por lo mismo
ser provocada por los magistrados.
El ministerio público no era conocido entre los Griegos: en los delitos contra particulares
solo estos o sus parientes podían acusar; en los que tenían carácter público, la acción
podía ser entablada por cualquier ciudadano.
Pasó lo mismo entre los Romanos. Ciertos crímenes únicamente eran perseguidos por
los Magistrados; pero a fines del imperio se establecieron funcionarios exclusivamente
encargados de perseguir los delitos: el Prefecto del Pretorio administraba la justicia.
¡Cosa rara! Fueron los bárbaros, destructores del imperio Romano, los que establecieron
las bases del Ministerio público.
Los procuradores del Rey, creados posteriormente, fueron ya verdaderos agentes del
Ministerio público, que solo se organizó en el siglo XVI.
Sus funciones fueron definidas y fijadas en el siglo siguiente: los oficiales del Ministerio
público debían intervenir en todos los asuntos que interesasen al Rey, a la Iglesia, al
público y a las buenas costumbres.
El Ministerio público fue después extendido a lo civil, a lo criminal, a lo militar, a lo
eclesiástico: su acción se dejaba sentir en todas las clases sociales.
En los Gobiernos monárquicos, el Ministerio público es una dependencia del Poder
ejecutivo y representa a este ante Tribunales.
No sucede lo mismo en las Repúblicas, en las cuales se considera a esa institución como
una parte del Poder judicial, con derecho de representar a la Nación en los casos indicados
por la ley.
Y esto es más natural; pues aunque los Fiscales no juzgan ni fallan, están principalmente
llamados a intervenir en los juicios, sea como personeros, sea como consultores: forman,
pues, parte integrante de los Tribunales, como lo reconocen todos los jurisconsultos.
Bien examinadas las funciones del Ministerio público, resulta que es una altísima
institución, auxiliar de todos los Poderes, moviéndose, sin embargo, en una esfera de
acción propia.
El Ministerio público debe tener:
Unidad; en el sentido de formar un cuerpo que obedezca a una dirección única:
Indivisibilidad; para que todos sus empleados ejerzan los mismos poderes:
E Independencia; que es el corolario de tos principios sobre los cuales reposa la
institución.
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En virtud de estas condiciones, los empleados del Ministerio público no dependen sino
de su conciencia, sea cuando, como órganos de la ley, requieren el cumplimiento de ella,
sea cuando obran espontáneamente y como defensores de la sociedad, ejerciendo la
acción pública.
El Ministerio público puede intervenir en los juicios como parte principal o como parte
accesoria: su presencia en todos es indispensable.
Interviene como parte principal cuando ejercita una acción y como accesoria cuando es
llamado para esclarecer una cuestión de palabra' o por escrito.
En las causas criminales debe, por causa general, intervenir el Ministerio público.
Y en muchos casos de las causas civiles; por ejemplo, actas del estado civil, adopción,
incapacidad, cesión de bienes, competencias, pago de contribuciones, elecciones,
expropiaciones, hipotecas, interdicciones, consejos de familia, matrimonios, patria
potestad, reclutamientos, sucesiones, etc.
Interviene también en asuntos de enseñanza, comerciales, etc.
Como consecuencia de funciones tan altas la organización del Ministerio público debe
ser completa; y tal, que consulte todas las facilidades para que sea ejercitada en provecho
positivo de la sociedad.
A los funcionarios del Ministerio público se les ha llamado Fiscales en algunas naciones,
especialmente en las Repúblicas Americanas.
Ese nombre expresa mal el conjunto de funciones que deben desempeñar.
Convendría llamarlos más bien Procuradores.
Así pues, su organización podría ser la siguiente:
En la capital de la República un Procurador general de la Nación con dos adjuntos: cada
uno de los tres tendría un secretario y un amanuense.
En las capitales de departamento un Procurador nacional con su secretario-amanuence.
En cada provincia un Sub-Procurador nacional.
Y en cada distrito un Comisario: este cargo será concejil.
El Procurador general de la Nación representará, ante los demás Poderes, al Ministerio
público; y su posición y sus funciones lo harían a propósito para ser designado como
Vice-Presidente de la República, para los casos de vacancia o suspensión del cargo.
Cuando algunos de los jefes de los altos Poderos del Estado, sea el Legislativo, el
Ejecutivo o el Judicial pida su opinión al Ministerio público, habrá de dirigirse al
Procurador general.
Este, o despachará por sí mismo el asunto, si su importancia, a su juicio, lo merece, o lo
pasará a alguno de los adjuntos para su despacho.
Y si la intervención del Ministerio público es obligada por la ley, el Procurador general
se entenderá directamente con ellos.
Los asuntos públicos son de dos categorías: administrativos y judiciales. De cada uno
de ellos debe encargarse, pues, uno de los Adjuntos.
Los Procuradores nacionales ejercerán su Ministerio ante los Prefectos, ante los
Tribunales de apelación y ante los concejos departamentales.
Los sub-procuradores lo ejercen, ante los Sub-prefectos, los Jueces de Derecho y los
Consejos provinciales.
Y los comisarios ante los Gobernadores, los Jueces de Paz y las Agencias de Distrito.
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Para los honores y el rango, los empleados del Ministerio público ocuparán su plaza
entre los miembros del poder judicial, inmediatamente después del Jefe.
El nombramiento de estas autoridades exige un cuidado especial.
Deben ser amovibles y de periodo fijo, pudiendo ser reelegibles, como todos los demás
empleados del orden judicial.
Convendría que el Procurador general de la Nación fuese electo directamente por el
pueblo, a la vez que el jefe del Poder Ejecutivo y por el mismo periodo.
Los adjuntos el Procurador general y los Procuradores nacionales deberían ser
nombrados por el Cuerpo Legislativo, a propuesta en terna doble presentada por el
Presidente de Ja República.
Los Sub-procuradores se nombrarán por el Jefe Ejecutivo, a propuesta en terna de los
Consejos Departamentales.
Y los Comisarios por el Procurador general, a propuesta de los Consejos Municipales.
A excepción del Jefe del Ministerio público, que es indispensable sea elegido
directamente por el pueblo, puede adoptarse el anterior u otro sistema para los
nombramientos, con tal que se consulten las condiciones esenciales de esta importante
institución.
El Ministerio público nada resuelve, es verdad; pero lo ilustra todo e interviene en los
asuntos más vitales de una Nación.
Por eso la ley que lo establezca debe ser muy meditada y concienzuda, y sobre todo,
clara y explicita a fin de facilitar la acción de este orden de empleados, que son legítimos
apoderados de los pueblos para los elevados objetos de que nos hemos ocupado en este
artículo.
A la penetrante mirada del Ministerio público, nada debe ocultarse de cuanto interese a
la sociedad o a sus miembros, en los asuntos de que hemos hecho referencia.
Hasta hoy, en Nación alguna se ha organizado el Ministerio público en las condiciones
expuestas.
Procurad, vosotros, que se lleve a cabo esta importantísima reforma, que influirá
poderosamente, a no dudarlo, en el bienestar y en el futuro engrandecimiento de los
pueblos.
IV.
TRIBUNAL SUPREMO DE JUSTICIA.
En la cima del edificio, si así puede llamarse, que forma la organización judicial de un
Estado, se encuentra la Corte Suprema de Justicia.
Pero atendido el principal objeto de esta institución, el Tribunal Supremo no juzga ni
falla: es propiamente un poder superior al judicial, que lo trae al sendero de la ley cuando
de él se aparta.
Y trae también al camino de la ley a todas las partes que intervienen en los asuntos
contenciosos.
Ante la Corte Suprema de Justicia no se debate asunto alguno contencioso: se pide
únicamente por un recurso extraordinario y extremo la nulidad de las decisiones judiciales
definitivas, por infracción de la ley.
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El Tribunal Supremo puede, sin embargo, juzgar en ciertos casos excepcionales en
segunda instancia o en primera y segunda cuando la ley especialmente se lo encomiende;
pero entonces no procede en virtud de su propio carácter, sino como Tribunal ad hoc.
Por todo esto, dejamos antes establecido que el Poder Judicial para juzgar y fallar
termina en los Tribunales de Apelación.
De suerte que, como Tribunal de Justicia, el Supremo está encargado de conservar la
unidad de ley y la uniformidad de la jurisprudencia: misión puramente social y que
ninguna relación directa tiene con los intereses individuales controvertidos.
Como conservador de la ley y uniformador de la jurisprudencia, el Tribunal Supremo,
debe constantemente indicar al Poder Legislativo los resultados de su experiencia para
completar la legislación o reformar las leyes.
En cuanto a los juicios o procesos, la ley debe ser muy explícita en señalar los casos en
que es permitido interponer ante el Tribunal Supremo el recurso extraordinario de
nulidad.
Y una vez interpuesto, el Tribunal debe resolver primero si está o no comprendido en
los casos de la ley, y en segundo lugar si, en el caso de estarlo, hay o no nulidad en el
juzgamiento.
Y en todo caso, el Tribunal Supremo, devolverá el proceso al Tribunal de su procedencia
para los efectos que indicamos antes.
A esto queda reducida la intervención de la Corte Suprema de Justicia en los asuntos
civiles o criminales.
En otro orden, el Tribunal Supremo de Justicia desempeña más altas e importantes
atribuciones.
Es colegislador y, como tal, tiene el derecho de iniciativa para presentar proyectos de
leyes al Cuerpo Legislativo.
En el caso anterior el Tribunal Supremo debería tener el derecho de enviar a la Cámara
una comisión de su seno para tomar parte en el debate de los proyectos que enviase.
El Tribunal Supremo debe tener además la importante atribución de examinar, discutir
y resolver si cada ley expedida por el Cuerpo Legislativo es o no conforme a la
Constitución.
Ya dijimos que, para ese fin, el Poder Legislador debe comunicar todas las leyes, antes
de su promulgación, al Supremo Tribunal de Justicia.
Si, en el plazo señalado, el Tribunal Supremo resuelve que la ley es inconstitucional,
comunicará su resolución a los Poderes Legislativo y Ejecutivo.
Al último para que no la promulgue: al Legislador para que conozca la resolución.
Indicamos oportunamente que, en semejante emergencia, la ley quedará reservada hasta
la siguiente Legislatura, en el cual, con la renovación parcial de ella que habrá tenido
efecto, se discutirá nuevamente, asistiendo al debate la comisión que el Tribunal Supremo
nombre.
Si el Poder Legislativo insiste, la ley se promulgará.
Se promulgará igualmente, en el caso de que el Tribunal Supremo no hubiese hecho a
la ley observación alguna en el plazo señalado para hacerla.
Otras importantes atribuciones tiene también que desempeñar el Tribunal Supremo de
Justicia para proponer o nombrar empleados públicos y para otros fines que hemos
indicado anteriormente y que no repetiremos.
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Amovibles y periódicos deben ser también los miembros del Tribunal Supremo de
Justicia.
Si la inamovilidad de un destino público fuese en algún caso aceptable, ese caso sería
sin duda el de los miembros del Tribunal Judicial más alto, por requerirse en ellos
condiciones que solo se adquieren con largos años de estudio, de meditación y de trabajo.
Pero la inamovilidad es contra derecho y por consiguiente ilegítima en su esencia.
Para conciliar este inconveniente insuperable, convendría que se prolongase el período
de los miembros del Tribunal Supremo a nueve años.
Y de esa manera, al ser elegidos directamente por el pueblo, como debe suceder, la
elección se practicaría a la vez que la de los Representantes del Poder Constituyente.
Los miembros del Tribunal Supremo de Justicia serán indefinidamente reelegibles.
Su número será el menor posible: las condiciones de la Nación habrán de determinarlo.
En un pueblo de tres o cuatro millones de habitantes, siete miembros son suficientes.
Con ese número se formarán dos salas que conocerán de los asuntos que ingresen al
Tribunal, según su turno.
El Presidente del Tribunal lo representará y representará igualmente al Poder Judicial
ante los demás Poderes.
Convendría que el Presidente fuese designado, como tal, por todo el período, en las
elecciones populares.
Las relaciones de la Corte Suprema con el Ministerio público general deben ser íntimas,
no obstante la independencia relativa de ambos.
Organizado así el Poder Judicial, sería respetable, llenando ampliamente los fines de su
institución.
Por medio de los Tribunales comunes repara las injusticias entre particulares y castiga
los crímenes.
Con los Tribunales contencioso-administrativos repara las injusticias que se cometan
por las autoridades administrativas.
Y, finalmente, por medio de los empleados del Ministerio público ejerce una constante
y benéfica influencia sobre todas las autoridades y sobre todos los miembros del cuerpo
político, para que la ley se cumpla y sus infracciones se castiguen.
Así organizado el Poder Judicial, tendrá también verdadera independencia en la
importante labor que le está encomendada.
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CAPÍTULO VI. Poder Municipal.
La formación de las Municipalidades o comunes y su administración privada se
remontan al origen de las sociedades.
Apenas se reunieron algunas familias sintieron la necesidad de una administración
interior y de una policía local
Bajo nombres diferentes se les encuentra en todos los países y en todos los siglos.
Las tribus de los pueblos antiguos de la India y las doce ciudades primitivas de la Ática,
no eran otra cosa que comunes o Municipalidades.
Hacer una historia de las Municipalidades en los antiguos tiempos sería hacer una
historia general de las Naciones, que no cabe en este trabajo: seremos, pues, concisos.
La administración municipal de Roma varió según la naturaleza y la influencia del
principio político dominante.
En el tiempo de sus Reyes fue casi nula: se hallaba a cargo del Senado.
Bajo el régimen de la República adquirió algún desarrollo: primero los Censores y
después los Pretores urbanos, desempeñaron las funciones municipales.
Más tarde el nombre de municipio se aplicó a toda ciudad gobernada por Magistrados.
Es por esto que Aulu Gelio llama Municipio a toda ciudad que tiene sus leyes y derechos
propios, unida al pueblo Romano por títulos honoríficos, sin obligación alguna, y sin estar
sometida a las leyes romanas, a menos que las adoptase libremente.
En los Municipios, como en Roma, se establecieron entonces Ediles encargados de
proveer a la ciudad, de conservar los caminos y las calles, de inspeccionar los mercados,
de velar por la conservación de los templos y edificios públicos, de arreglar las posadas
etc.
En todas las ciudades había un consejo formado por la Aristocracia de la localidad, como
había un Senado en Roma, siendo sus funciones resolver los asuntos referentes al
Municipio.
Durante el imperio, las instituciones municipales adquirieron mayor importancia.
La invasión de los Bárbaros dejó subsistentes las Municipalidades; pero más tarde
fueron estas casi absorbidas por los Reyes y desaparecieron en la edad media por la acción
de los Señores.
Los antiguos Municipios se conservaron tal vez en algunas pocas ciudades, por la
resistencia de sus habitantes.
De aquí el origen de las luchas comunales que revistieron un carácter sanguinario y
tremendo.
Débiles las ciudades por sí mismas y por la falta de unión entre ellas, tuvieron que
sucumbir ante el poder de los Señores o entrar en transacciones con ellos.
En el siglo XII la insurrección de las Comunes, adquirió sin embargo tal carácter de
generalidad, que todos los historiadores lo señalan como la época de su libertad.
La palabra común resonó entonces como el remedio de todos los males de esos tiempos.
Triunfó la libertad.
Muchos escritores monarquistas atribuyen a los Reyes la emancipación de las Comunes;
pero Thierry ha probado, que fue la consecuencia de un movimiento espontáneo de las
ciudades, y que, los Reyes solo intervinieron para aprovechar de él.
La insurrección comunal produjo inmensos resultados: dio verdadera importancia al
pueblo y nueva vida a su más simpática institución.
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Poco debió durar, y poco duró efectivamente ese estado de cosas, bajo la absorbente
acción de los Reyes, que de una manera insensible hicieron desaparecer todas las
franquicias comunales.
La historia de las comunes de España es un episodio que prueba de un lado la heroicidad
de los Jefes y de otro la cruel ferocidad de los Reyes.
Si algunas franquicias existieron, pues, hasta fines del siglo pasado, fueron
insignificantes o muy restringidas.
La idea de centralización triunfó completamente en el terreno de los hechos: las
libertades y franquicias locales desaparecieron.
Los grandes hombres que prepararon el grande movimiento político y social de aquella
época, supieron explotar y explotaron hábilmente la importancia del extinguido
municipio.
El Poder Municipal fue al fin, reconocido y organizado ampliamente en 1789.
Tal es la historia del Poder municipal: examinemos su naturaleza.
El Poder municipal, emanación directa de la voluntad de los ciudadanos, debe hallarse
investido de una autoridad extensa y variada a fin de que su acción penetre en todas las
partes y en todos los elementos de la Común. (Dalloz.)
Solo así, agrega este, puede conseguirse el Gobierno de una Nación; el círculo de
atribuciones del Poder municipal, debe sin duda señalarlo la ley; pero es necesario
advertir que no debe ser estrecho.
«Por manera que, añade el mismo, las disposiciones legislativas en esta materia,
generales no particulares, preventivas no represivas, deben tener un alcance que toque en
lo arbitrario, sin que esta arbitrariedad pueda temerse; porque la voz de los ciudadanos
está allí, en la localidad, siempre pronta a hacerse oír, penetrando en el seno del Consejo
municipal.»
Este Poder es esencialmente protector, ejerciendo su acción saludable sobre la común y
sobre los individuos.
El Poder Municipal reconoce su origen en la idea de que todos los miembros de una
localidad tienen intereses comunes y deberes comunes.
De esto proviene la necesidad de mandatarios que manejen aquellos y velen por el
cumplimiento de estos.
El hecho de que los municipios son independientes unos de otros, como tales, y que
reunidos forman la Nación, determina los límites de este Poder.
Por consiguiente, las Municipalidades, investidas de cierta omnipotencia para sus
negocios locales, no tienen poder alguno en los negocios generales.
Deben limitarse al estricto cumplimiento de sus especiales atribuciones, señaladas por
las leyes que las rigen, y no tomar injerencia de ningún género en los asuntos nacionales.
No es esto decir que, como todo ciudadano o toda reunión de ciudadanos, las
Municipalidades no tengan altos deberes que cumplir con la Nación: los tienen; pero ellos,
aunque existen, no entran en los límites de su institución
Las Municipalidades tienen la administración de la común y de consiguiente de todo la
relativo a ella: policía municipal, propiedades comunales, imposición de contribuciones
locales, arreglo de su presupuesto, mantenimiento de los lugares públicos, mejoras,
caminos, inspección de mercados, teatros, espectáculos públicos y, en fin, cuanto se
refiera a los intereses especiales del territorio que comprende.
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En otras Naciones desempeñan algunas funciones judiciales y administrativas; pero eso
es falsear la institución: deben limitarse exclusivamente a la misión especial para cuyo
desempeño han sido establecidas.
La ley que organice este poder debe ser, por lo mismo, severa para que no traspase sus
límites, si bien ha de ser amplísima la autoridad que dentro de ellos deba ejercer.
En general, las Municipalidades están encargadas de administrar y promover los
intereses de la común.
I.
ORGANIZACIÓN MUNICIPAL.
La organización de este Poder, como el de los otros, debe ser consecuente a la división
territorial.
Si el territorio está dividido en departamentos, provincias y distritos, las corporaciones
municipales deben establecerse en esas divisiones, a fin de que la institución presente el
carácter de un cuerpo homogéneo.
Estrictamente hablando, la institución comunal no debe pasar los límites de las
localidades, como sucedió en los antiguos tiempos y en la edad media; pero se ha creído
conveniente relacionar a las corporaciones unas con otras para uniformarlas y ponerlas
en aptitud de prestarse recíproca ayuda.
Habrá, pues, un municipal en cada pueblo, una Agencia en cada distrito, una
Municipalidad en cada provincia y un Consejo Superior en cada capital de Departamento.
El número de miembros de que cada una de estas corporaciones se componga, será
proporcional a la población del distrito, provincia o Departamento.
Estas corporaciones serán en su totalidad elegidas directamente por el pueblo, después
de cierto período.
Y los cargos habrán de ser consejiles y de aceptación forzosa; lo cual es lógico, desde
que todo ciudadano tiene el deber de contribuir en cuanto le sea posible al mantenimiento
y progreso de los intereses locales.
La formación de sus Reglamentos interiores está a cargo de las Municipalidades, las que
también tendrán el derecho de formar ordenanzas para el arreglo de los ramos que corren
a su cargo.
Prohibido les es, como indicamos antes, ingerirse en asuntos políticos, administrativos
y judiciales, bajo la más seria responsabilidad.
En la administración de los bienes de la común, las Municipalidades tendrán el derecho
de imponer cierto género de contribuciones, que la ley detallará; pero en ningún caso
podrán enajenar, hipotecar ni empeñar aquellos, sin observar las formalidades prescritas.
Debe decirse lo mismo de los empréstitos que pudieran contraer dichas corporaciones.
Inútil parece agregar que serán nulos todos los actos que tengan un carácter de
extralimitación o de abuso.
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II.
MUNICIPALIDADES, AGENCIAS Y CONSEJOS DE PROVINCIA.
Los municipales de cada pueblo serán elegidos por los habitantes mayores de edad del
mismo pueblo.
Las agencias de distrito por los habitantes mayores de edad del distrito todo.
Y los Consejos de provincia por los habitantes mayores de edad de los distritos que
componen la Provincia.
Porque siendo estos empleados o corporaciones meramente locales, nadie, sino los
habitantes de la localidad, debe intervenir en su nombramiento por elección.
Para ser elector o elegible en los asuntos de la común, basta, pues, ser mayor de edad y
tener residencia: los extranjeros residentes pueden, por lo mismo, ser electores y elegibles.
Las condiciones de moralidad y buena conducta en los candidatos quedarán
completamente a la discreción de los electores, que, como miembros de la común, son en
lo absoluto dueños de sus negocios y tendrán buen cuidado en confiar la dirección de
ellos a personas capaces.
Los consejos municipales de provincia tienen a su cargo la higiene pública, la baja
policía, el alumbrado público, las aguas, el arreglo y cuidado de las calles y plazas, la
construcción exterior de los edificios, los paseos, teatros y espectáculos públicos; las
obras de necesidad, comodidad y ornato en las poblaciones, los cementerios, el fluido
vacuno, la inspección de escuelas, ferias, mercados etc., la estadística, el registro cívico,
y, en general, cuanto interese a la provincia, como localidad.
Las Agencias de distrito desempeñarán iguales atribuciones bajo la vigilancia y
dirección del Consejo de provincia, sin cuya aprobación nada podrá verificarse, salvo el
caso de demasiada urgencia, en el cual la medida se llevará a cabo, con cargo de dar
cuenta.
Los empleados municipales de cada uno de los pueblos y caseríos que compongan el
distrito, serán simples inspectores y representantes de esas agrupaciones, para solicitar de
la Agencia de distrito lo que juzguen necesario.
Ni los municipales de los pueblos, ni las Agencias de distrito administrarán las rentas
del Municipio por cuenta propia, sino como encargados del Consejo de provincia, cuyas
órdenes se cumplirán estrictamente.
Anotaremos tan solo las reglas generales: la ley se encargará de detallarlas
minuciosamente y con toda claridad, a fin de que los actos de todas las dependencias
municipales tengan la unidad precisa y ofrezcan la garantía indispensable en el manejo
de los intereses de la común.
La recaudación de las rentas y la inversión de ellas que debe hacer el Consejo de
provincia, están sujetas al Presupuesto que habrá de formarse anualmente y que solo
tendrá existencia legal cuando hubiese tenido la aprobación del Consejo Departamental.
En el Presupuesto se calcularán los ingresos y egresos de la manera más aproximativa
posible: cualquier gasto extraordinario necesitará la autorización previa del Consejo
Superior.
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III.
CONSEJOS DEPARTAMENTALES.
La representación superior del Poder Municipal está encomendada a los Consejos
Departamentales, que, en la proporción que determine la ley, serán elegidos por los
habitantes mayores de edad del Departamento, en la época y por el tiempo que ella
determine.
Los Consejos Departamentales tienen, pues, la dirección superior de los Municipios del
departamento, ejerciendo en toda su amplitud las atribuciones anexas al Poder comunal.
Hemos dejado antes expuestas, tanto la naturaleza del poder que ejercen, como las
facultades que competen esencialmente al derecho de cada localidad.
Y estando ya conocidas, inoficioso es enumerarlas de nuevo y demostrar la alta
importancia de las funciones que los Consejos departamentales desempeñan.
En materia de rentas y su inversión, son estos Consejos los que en definitiva resuelven
lo que sea más conveniente, sujetándose siempre a la ley y al poder con que ella los
invista.
Respecto a la Instrucción, ya en otro lugar indicamos que a cargo de los Consejos está
la primaria y media de sus respectivos departamentos, bajo la inspección y vigilancia del
Consejo Superior de Instrucción, residente en la capital de la República, y del Ministro
del ramo.
Por lo demás, los Consejos departamentales son independientes y no reconocen otro
superior que la ley, exceptuando los casos de forma que expondremos en seguida.
Los Consejos Departamentales se comunican directamente con las autoridades
superiores de los demás poderes; a saber, con los Prefectos en el orden administrativo y
con los Tribunales de apelación y los Procuradores nacionales, en el orden judicial.
Las agencias de distrito, que pueden comunicarse con los gobernadores y jueces de paz,
los consejos de provincia que se comunicarán con los sub-prefectos y jueces de derecho,
para hacerlo con las autoridades superiores políticas o judiciales, necesitan dirigirse al
Consejo Departamental.
Pero ¿cómo cultivarán los Consejos Departamentales sus relaciones con los altos
poderes del Estado?
Por la naturaleza de las funciones que las Municipalidades están llamadas a desempeñar,
es inútil el establecimiento de un Consejo Supremo.
De consiguiente, basta con que de ello se encargue el Consejo Departamental de la
capital de la República.
Así es que, cuando los Consejos Departamentales tengan que dirigirse a la Corte
Suprema de Justicia, al Procurador general de la Nación, al Jefe Ejecutivo o sus Ministros
o a cualquiera de los Poderes Legislativo o Constituyente, habrán de hacerlo por conducto
del Consejo Departamental de la República.
Este tendrá, pues, un doble carácter: el de Jefe de los Municipios del departamento y el
de representante del Poder Municipal ante los demás Poderes.
Y debiendo ser colegislador, como los otros, el Poder Municipal, esta prerrogativa la
ejercerá también el Consejo de la capital, pudiendo por si o en representación, presentar
al Cuerpo Legislativo proyectos de ley.
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Llegado este caso, el proyecto será sometido a los trámites de Reglamento, pudiendo
asistir al debate en el Cuerpo Legislativo una comisión nombrada ad hoc, que tendrá el
derecho de discutir pero no de votar.
Procurad vosotros que el Poder Municipal se establezca y organice bajo las bases antes
indicadas.
Por la sucinta historia que de él hemos hecho, ya veis cuanta importancia se le ha dado
desde el origen de las sociedades hasta hoy.
Los intereses de cada común son sus más vitales intereses, y los intereses de todas las
comunes de un país constituyen el verdadero interés nacional.
Si en todas las localidades, consideradas aisladamente, hay seguridad, bienestar,
progreso, estas preciosas condiciones de existencia se centuplican en el conjunto.
Las Municipalidades tienen a su cargo todo lo que más inmediatamente toca a los
individuos y a las familias. El modo de ser de estas y su felicidad material depende, pues,
de la buena organización de los Municipios y de la manera como estos desempeñen sus
importantes funciones.
Pero no basta que la institución se halle bien organizada y establecida: es necesario que
toméis grande empeño porque la elección de municipales recaiga en personas que, a su
honorabilidad y competencia, reúnan un reconocido interés por la cosa pública.
Si colocáis en esos puestos a especuladores u hombres sin antecedentes ni ocupación
conocida, corréis el riesgo de que especulen con los intereses comunes o tomen por oficio,
para explotarlo, un empleo que es esencialmente consejil, gratuito.
Debéis, por esto, ser vigilantes de la conducta de los miembros del municipio y no
consentir que falseen la institución con miras personales.
Si tal sucediese, la acción popular de un lado y la de los oficiales del Ministerio público
de otro, deben dejarse sentir inmediatamente para hacer efectiva la responsabilidad de los
que abusen.
Prestaos, además, dócilmente a soportar las legítimas cargas que los Municipales os
impongan: son esos casi gastos de familia, hechos en utilidad de cada uno de los
contribuyentes.
Y cooperad también con vuestra buena voluntad, con vuestra acción privada, con
vuestras fuerzas, si es preciso, a que se lleven adelante las medidas que el Municipio
adopte o las obras que decrete.
La habitación, el alimento, el agua, el aire mismo que respiramos, caen bajo la acción
de las Municipalidades: estas con sus providencias hacen la habitación favorable, el
alimento sano, el agua salubre, el aire puro.
Oponer resistencia a las medidas de higiene es irracional, y no contribuir a que se
realicen las condiciones de salubridad, de recreo, de comodidad y ornato, es una omisión
indisculpable en el hombre que vive en sociedad.
El interés propio exige y la civilización demanda que todos contribuyamos al adelanto
de nuestra localidad bajo todos sus aspectos: no faltemos, pues, a nuestra conveniencia y
al deber.
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Derecho político. El liberalismo.
CAPÍTULO VII. Relaciones entre los Poderes y condiciones generales de los
empleados públicos.
Los altos Poderes del Estado que emanan de la soberanía nacional, son independientes
entre sí.
Es este un axioma que desde Platón hasta nuestros tiempos han sostenido todos los
escritores sobre la materia.
Pero como dichos Poderes tienen a la vez que concurrir a un fin común, cual es el
Gobierno de la sociedad, resulta que ellos tienen que conservar cierto género de
relaciones.
Y esa correspondencia o comunicaciones entre los Poderes, tienen que ser, además,
diarias y constantes.
Por regla general todos los empleados de igual jerarquía en la de cada uno de los
Poderes, se comunican entre sí.
Así, los Secretarios del Cuerpo Legislativo por este, los Ministros de Estado por el Jefe
Ejecutivo, el Presidente del Tribunal Supremo representándolo, y el Consejo
Departamental de la capital de la República, pueden y deben comunicarse entre sí.
Y descendiendo, se comunican entre sí también, los Prefectos, los Tribunales de
Apelación y los Consejos de Departamento.
A su vez los Sub-prefectos, los Jueces de Derecho y los Consejos Municipales se
entenderán igualmente etc.
Y siempre que una autoridad inferior quiera dirigirse a otra superior de distinto Poder,
deberá aquella hacerlo por conducto de la que en el Poder a que pertenece sea de igual
jerarquía.
Esto, en cuanto a la manera como deberán comunicarse los Poderes entre sí, que en
cuanto a competencia o a sus límites, es asunto de un estudio especial.
I.
COMPETENCIA.
Llámase competencia la medida de poder conferida por la ley a los funcionarios
públicos.
Ninguno de los altos Poderes del Estado puede, pues, salir de los límites que la ley
fundamental o la Constitución les señale.
Si tal sucediese, se extralimitarían, procediendo sin facultad alguna.
Y lo que cualquiera de los Poderes hiciese extralimitándose, sería nulo y traería además
consigo la responsabilidad de los funcionarios que así abusasen.
Suponiendo, pues, la existencia de los cinco altos Poderes de que hemos tratado antes,
sus límites o la competencia de cada uno de ellos, no son difíciles de indicar.
El Poder constituyente tiene límites claros en las especiales y explícitas atribuciones que
está llamado a desempeñar. Su competencia se reduce, como lo hicimos presente en su
oportunidad, a revisar y reformar la Constitución política.
Difícil es por lo mismo, que pueda este Poder usurpar atribuciones ajenas ni ver
invadidas las suyas, por otro de los Poderes.
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La competencia del Poder Legislativo se extiende a un muy grande número de casos que
sería difícil indicar por completo.
Señalaremos los principales. Se halla a su cargo: la división territorial, el estado de las
personas y sus derechos civiles o políticos, el ejercicio del derecho de propiedad en sus
múltiples relaciones, las contribuciones o impuestos, la imposición de penas, el
presupuesto, en fin, de los ingresos y egresos del Estado.
Pero, por vasta que sea la extensión de las atribuciones del Poder Legislativo, tiene
restricciones esenciales.
No puede tocar asunto alguno del Poder Judicial.
No puede ingerirse en las atribuciones del Poder Ejecutivo.
No puede tocar negocio alguno de los que están encomendados al Poder Municipal.
En suma, tiene que sujetarse estrictamente a la Constitución del Estado, que más que
otro Poder, está obligado a respetar y cumplir.
Hay nulidad, por consiguiente, en los actos Poder Legislativo que usurpen atribuciones
ajenas, faltando a la Constitución.
Y esa nulidad la dictará y debe dictar el Tribunal Supremo de Justicia, en ejercicio de
su atribución para declarar que es inconstitucional una ley expedida o un acto Legislativo
con fuerza obligatoria.
La competencia del Poder Ejecutivo se extiende también a gran número de casos.
En el curso de este trabajo hemos indicado los principales, pudiéndose fácilmente
deducir los que se derivan de ellos.
Resulta de aquí, que las medidas tomadas y las decisiones expedidas por el Poder
Ejecutivo en los límites de sus atribuciones, no se hallan sometidas ni están subordinadas
a autoridad alguna.
Aparte de las atribuciones generales del Poder Ejecutivo, tiene otras que emanan de su
carácter especial, y que no son menos importantes.
Su misión, bajo el punto de vista general, es mantener y perfeccionar el orden en la
asociación política.
Y, bajo este aspecto, debe velar, por medio de una policía vigilante la seguridad de las
personas y la inviolabilidad de las propiedades, satisfacer a las necesidades intelectuales
y morales por medio de la creación de escuelas y de establecimientos de beneficencia,
favorecer el desarrollo de la agricultura, de la industria y del comercio, proveer a los
servicios públicos, etc.
Examinando estas altas y numerosas atribuciones, se ve que las unas son políticas o
propiamente gubernamentales y las otras administrativas: a las primeras pertenecen las
relaciones exteriores y la dirección de la marcha general de los negocios públicos en el
interior; a las segundas la seguridad de las personas v propiedades.
Bajo la competencia del Poder Judicial está todo lo relativo a la resolución de los asuntos
contenciosos entre particulares, entre ellos y las autoridades administrativas por ciertos
actos, o entre las mismas autoridades en determinadas circunstancias.
En el estudio que hemos hecho de la organización de este Poder están indicados sus
límites verdaderos. La forma especial que debe recibir, lo distingue fácilmente de los
demás Poderes.
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De la competencia del Poder Municipal son todos los asuntos que únicamente interesen
a la localidad, sin que en caso alguno pueda ingerirse en asuntos generales o de interés
nacional,
Señaladas, pues en la Carta fundamental las atribuciones de cada uno de los Poderes y
demarcados sus límites, queda por con siguiente prohibida toda usurpación de funciones:
ninguno de ellos invadirá el dominio de los otros.
Según esto, las cuestiones de competencia que se susciten entre autoridades o empleados
de un mismo Poder, o de distintos Poderes, habrán de resolverse conforme a las siguientes
reglas:
En principio general, las competencias entre autoridades de igual jerarquía
pertenecientes al mismo Poder, se resolverán por la autoridad superior en grado.
Si las autoridades son de diversa jerarquía, las competencias serán resueltas por el
superior al de jerarquía mayor.
Por ejemplo: las competencias entre Prefectos, serán resueltas por el Jefe Ejecutivo.
Las existentes entre dos Tribunales de apelación por el Supremo Tribunal de Justicia.
Y las que hubiese entre Consejos Departamentales por el de la Capital de la República.
Sucederá lo mismo en las escalas inferiores.
Y si la competencia fuese entre el Sub-prefecto de un Departamento y el Prefecto de
otro, entre el Juez de Derecho de un Departamento y el Tribunal de apelación de otro, o
entre el Consejo Provincial de un departamento y el Departamental de otro; siempre serán
resueltas por las autoridades antes indicadas.
De más difícil solución son las competencias entre autoridades de diversos Poderes o
entre los Jefes de estos.
Puede adoptarse, como principios generales, desde que no hay otra fuente a que ocurrir,
los siguientes:
Las competencias entre los Poderes Legislativo y Ejecutivo se resolverán por el Tribunal
Supremo de Justicia.
Si la competencia es entre los Poderes Legislativo y Judicial podrá resolverla el Jefe
Ejecutivo con pleno acuerdo de su Consejo de Ministros y dando de ello cuenta en su
oportunidad al Poder Constituyente.
El Poder Judicial podría resolver también las competencias entre los Poderes Legislativo
y Municipal.
Las que ocurran entre los Poderes Ejecutivo y Judicial se resolverán por el Cuerpo
Legislativo.
Las que existan entre los Poderes Ejecutivo y Municipal habrán de resolverse por el
Tribunal Supremo de Justicia.
Finalmente la competencia entre los Poderes Judicial y Municipal, podrán resolverse
por el Jefe Ejecutivo, dando cuenta al Poder Legislativo.
Porque este último, aunque permanente, no está siempre reunido, y no conviene aplazar
dichas resoluciones hasta la reunión de la Cámara.
Pero, si es difícil establecer principios estrictamente conformes al sistema democrático
para la resolución de las competencias entre los altos Poderes del Estado, fácil os
evitarlas.
Por lo general las competencias provienen de dos causas: la oscuridad en la Constitución
y en las leyes; y la impunidad de los que las promueven con sus abusos.
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Si la Constitución y las leyes son claras y explícitas, si de otro lado se hace efectiva la
responsabilidad de los que se extralimitan, las competencias de seguro no tendrán razón
de ser y no existirán por consiguiente.
Y en tal caso, será inútil establecer disposiciones para dirimir discordias inverosímiles.
II.
RESPONSABILIDAD.
Condición esencial del gobierno democrático es la responsabilidad de todos los
funcionarios públicos.
Con efecto: ningún funcionario procede por derecho propio: todos son comisionados ad
hoc o apoderados con atribuciones especiales.
Ahora bien: según la jurisprudencia universal, el comisionado es responsable ante el
comitente, el apoderado ante el poderante.
Luego, la responsabilidad de todos los que ejercen cargos públicos es incuestionable.
Generalmente hablando, la responsabilidad es la obligación de responder de un hecho y
de reparar los daños que el hecho causa.
Cormenin dice: «Responder, en el lenguaje político, es dar cuenta, bajo una sanción
penal, del ejercicio regular del poder que las leyes del Estado confían a sus agentes.»
La obligación de reparar los daños causados o de dar cuenta al poderdante del ejercicio
del poder, son principios recocidos en todas las Naciones, desde los primeros tiempos.
La responsabilidad de los funcionarios públicos produce, por lo mismo, dos efectos: la
pena y la reparación: la primera por haberse faltado al deber: la segunda, como
consecuencia del delito mismo.
Un funcionario, un mandatario, un agente cualquiera a quien la ley confía una misión,
contrae el deber de desempeñarlo con exactitud e imparcialidad; por consiguiente la falta
o error grave en ellos es, según Dalloz, cuasi delito.
Pero si el hecho ha sido consumado y el daño causado por una autoridad inferior,
obedeciendo órdenes superiores ¿habrá por ello responsabilidad?
Cuestión ha sido esta muy debatida; pero la solución más racional es, que la
responsabilidad existe, entonces en ambas autoridades, en la que ordena y en la que
ejecuta, considerándose respecto de esta la orden como una circunstancia atenuante.
El Estado mismo es también responsable por los daños que, con actos necesarios de
Gobierno, cause a los particulares.
Hay, sin embargo, que hacer la excepción de los daños que sean el resultado de hechos
accidentales producidos por acontecimientos fatales, que el Gobierno no pudo evitar:
entonces ninguna responsabilidad existe en el Estado.
Mas ¿Cómo habrá de hacerse efectiva la responsabilidad de todos los funcionarios
públicos, en sus diferentes escalas y perteneciendo a Poderes diversos e independientes
unos de otros?
Esta es una cuestión gravísima, difícil de resolverse en teoría y más difícil aun de
llevarse a la práctica.
Ensayemos resolverla.
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Los Representantes de la Nación, miembros del Poder Legislativo pueden obrar de dos
modos en el ejercicio de sus funciones: o trabajando, como tales, en la elaboración de las
leyes, o prevaliéndose de su elevado carácter para consumar actos prohibidos.
En el primer caso, son absolutamente irresponsables.
En el segundo tienen una responsabilidad, que debe hacerse efectiva.
Así, los Diputados son irresponsables por las opiniones que emitan y por los votos que
den, en uso de su libertad
Pero, si hubo cohecho o si ellos mismos se prestaron o cohechar a sus colegas, cometen
un delito previsto por la ley y que debe castigarse.
Convendría, pues, en tal emergencia, una comisión del seno de la Cámara se encargase
de comprobar el hecho para poner inmediatamente al culpable a disposición del Tribunal
Supremo de Justicia, que aplicará la ley, cumpliéndose la sentencia por el Poder
Ejecutivo, como en los casos comunes.
Si el Jefe del Poder Ejecutivo o sus Ministros de Estado delinquiesen, conveniente sería
también proceder como en el caso anterior; esto es; que el hecho se examinase
previamente por una comisión del Cuerpo legislativo y se pasase después la investigación
al Tribunal Supremo de Justicia para el juzgamiento de los culpables e imposición de la
pena.
La responsabilidad de los demás numerosos empleados del Poder, Ejecutivo se hará
efectiva por los Tribunales de Justicia superiores en grado a la autoridad que se juzgue.
Las mismas reglas pueden aplicarse a los diferentes empleados del Poder Municipal,
procediéndose con el Consejo Departamental de la Capital de la República, cuando
desempeñe las atribuciones Supremas de ese Poder, como con los Diputados, Ministros,
etc.
En cuanto al Poder Judicial ya sus diversos funcionarios, la responsabilidad se hará
efectiva también por las autoridades del mismo Poder, superior en grado.
Pero no habiendo ni siendo preciso que haya un Tribunal que esté sobre el Supremo de
Justicia, los miembros de este y el Procurador general de la Nación serán juzgados para
la responsabilidad consiguiente por dos comisiones del Cuerpo Legislativo.
Esta manera de proceder, para que la responsabilidad de los funcionarios públicos no
sea una palabra vana, es conforme a los principios del sistema democrático; pero tal vez
pudiera encontrarse alguna mejor, que no se nos ocurre desde luego.
De todos modos, esta grave cuestión debe dejarse a la sabiduría de los que desempeñen
los Poderes Constituyente y Legislativo.
Una observación y concluimos.
Las autoridades establecidas pueden abusar de dos modos; infringiendo la ley u obrando
fuera de la ley.
En el primer caso, el abuso altera el orden social.
En el segundo coacta las libertades públicas o individuales.
En ambos el abuso es un crimen que agrava mucho la circunstancia de emplearse, para
cometerlo, el poder que la sociedad confiere a sus comisionados para fines justos y
elevados.
Para evitar estos males es conveniente que las leyes dicten medidas precautorias contra
los abusos posibles.
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Por lo que a vosotros toca, vuestro deber es trabajar sin descanso porque la
responsabilidad de los funcionarios públicos no sea ilusoria.
Ved que de ello depende exclusivamente el tener buenos funcionarnos, buen Gobierno,
orden y progreso en la sociedad.
Nada alienta más a los malos que la impunidad: nada corrompe más la dirección de los
negocios públicos que la irresponsabilidad práctica.
La responsabilidad escrita y no ejecutada, agrega al mal gobierno, la irrisión y la burla
de los Gobernantes: no solo abusan sino que se huelgan de sus abusos e insultan con su
descaro y su cinismo el buen sentido y la moralidad de la Nación.
El poder les da la fuerza y la riqueza, y con la riqueza y la fuerza eluden toda
responsabilidad.
Dar cuenta de sus actos y comprobar esa cuenta, es el deber primordial de los
funcionarios públicos.
Examinar la cuenta y deducir de ella las responsabilidades, es el deber primordial de los
ciudadanos y de las autoridades encargadas del examen por la ley y por el patriotismo.
No olvidéis, pues, que sin la responsabilidad efectiva de los que ejercen funciones
públicas, todo buen Gobierno es imposible.
III.
ALTERNABILIDAD.
La alterabilidad en los que ejercen funciones públicas es igualmente un elemento
esencial, constitutivo de las sociedades democráticas.
Como consecuencia, la inamovilidad de los empleados públicos, es absurda.
La razón es obvia.
Toda función pública se ejerce, y no puede ejercerse de otro modo, que por comisión.
Solo en la mayoría reside el derecho de mandar: ningún individuo o reunión de
individuos lo tiene: el derecho no está en el individuo, sino en el conjunto y el derecho
del conjunto se expresa por la voluntad de la mayoría.
Por consiguiente, si esta mayoría es variable y variable también su voluntad, alternativas
o variables tienen que ser igualmente las comisiones encargadas a los funcionarios
públicos.
El mayor periodo para la alterabilidad en los empleos públicos tiene que ser el de nueve
años, porque durante él las generaciones se renuevan.
Si una generación desaparece, es incuestionable que desaparecen con ella sus
comisionados o apoderados: todo poder o comisión fenece cuando feneció la persona
jurídica que en su vida los había conferido.
Esto, en cuanto al máximum de duración de los empleos públicos: el mínimum depende
de las conveniencias o de la voluntad del instituyente.
Resulta de aquí, que si todo destino público es por su naturaleza amovible, hay algunos
que deben ser forzosamente alternativos, y otros, a voluntad, según lo exijan las
conveniencias y los derechos de la mayoría, legítimamente consultada y expresada.
En el curso de este trabajo hemos manifestado cuales, de entre las funciones públicas,
tienen el primer carácter, y cuales deben tener el segundo.
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Nos repetiríamos, pues, si ahora hiciésemos la enumeración de ellos.
En las Naciones se ha acostumbrado, sin embargo, dar a los destinos públicos cierto
carácter de estabilidad respecto a las personas que los desempeñan, y a estos, derechos
que conservan aún después de haber cesado en el ejercicio de sus funciones.
Esto costumbre es una corruptela y debe desaparecer; porque, como lo hemos
demostrado, carece de origen legítimo.
Y porque, todo destino remunerado es propiamente un contrato, por el cual el individuo
se obliga a cumplir los deberes anexos, y la sociedad a pagarle con un sueldo su trabajo,
y con honra el buen desempeño.
Nada más puede legítimamente exigirse ni a la Nación ni al individúo.
Pero parar justificar los derechos posteriores de los empleados públicos ha tenido que
ocurrirse a un absurdo: al de suponer que los empleos son propiedad de los empleados, o
que hay empleos en propiedad, que tanto vale.
Absurdo, en verdad, monstruoso; pues, como lo hemos demostrado, ni las funciones
públicas pueden ser propiedad de nadie, ni la misma mayoría podría declararlo así, desde
que cambia constantemente en sus componentes y en su voluntad.
Lo expuesto no se opone a que se concedan pensiones vitalicias o recompensas de otro
género, a los funcionarios públicos, que se hayan potablemente distinguido con acciones
heroicas o servicios eminentes a la Patria.
Es ese un deber de gratitud pública y un homenaje que la moral exige se rinda a la virtud
elevada, para estimular su difícil práctica, con el buen ejemplo.
Conceder, pues, derechos de cesantía, jubilación u otros a los empleados públicos, puede
quizá tener alguna razón de ser, cuando los destinos son vitalicios o inamovibles.
Pero, como no deben tener ese carácter, acordar tales goces a los empleados, es fomentar
la empleomanía, alejando del trabajo a los individuos con la perspectiva de profesiones
que les aseguren permanentemente su bienestar.
¡Profesión, el ejercicio de funciones públicas! ¡Convertir estas en una carrera! ¡Oh! Eso
equivale a convertir a los hombres en parásitos de la sociedad, con la pretensión temeraria
de imponerse perpetuamente a la voluntad de la Nación o a la de sus altos poderes.
Los empleos públicos son cargas que el deber obliga a soportar al buen ciudadano.
No los solicitéis jamás.
Quien solicita un destino público prueba por lo menos que es incapaz de ganar su vida
de otro modo.
Y el hecho de solicitarlo, acredita además que se le considera como una colocación
ventajosa para el individuo que lo pretende.
¡Mal antecedente! Ese hombre irá a especular en el destino que se le confía
Nada hay más honroso para el ciudadano que alcanzar, por el trabajo, los medios de
llevar una vida independiente.
Ahora bien: el que toma los destinos públicos como carrera, renuncia a esa esperanza
halagadora y honorable, para convertirse en máquina.
Porque, efectivamente, los sueldos o remuneraciones de los destinos públicos apenas
bastan para vivir: no se puede con ellos hacer economías para mañana, para la familia.
No solicitéis, en caso alguno, ejercicio de funciones públicas.
Aceptadlo, si sois nombrados o elegidos.
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Y entonces, desempeñad el puesto honradamente y solo por un tiempo dado, concluido
el cual volveréis a vuestras particulares ocupaciones.
La virtud del ciudadano consiste en cumplir sus deberes con la sociedad de que es
miembro: servir a esta es honroso: pretender explotarla o vivir de ella, es vergonzoso y
degradante.
Todo para la patria, nada de la patria: he aquí la síntesis de los deberes del ciudadano.
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CONCLUSIÓN. La Iglesia y el Estado.
Hemos concluido la exposición de principios y de doctrina que nos habíamos propuesto.
Para hacerla en compendio y en páginas reducidas, el trabajo ha sido arduo: cada una
de las materias múltiples que comprende, habría exigido mucho más en su desarrollo
natural y lógico.
Pero nuestro propósito fue hacer una obra manuable, en la cual las ideas políticas se
hallasen consignadas, al alcance de todas las inteligencias. Por esto las hemos encerrado
en tan estrechos límites.
Creemos, por lo mismo, que si este trabajo no puede ser de grande utilidad para los
jurisconsultos y los hombres de Estado, tendrá cierta importancia para la generalidad de
los ciudadanos.
Un político, un hombre de Estado necesita positivamente grande variedad de
conocimientos y estudio profundo de las ciencias sociales.
Un buen ciudadano, para serlo, para ejercitar su derecho y cumplir sus obligaciones, no
ha menester tanto: le basta el conocimiento general de los principales asuntos relativos a
la organización política y a sus derechos y deberes, como miembro de la sociedad.
El derecho político es el más alto y elevado en la nomenclatura de las ciencias sociales:
presupone el conocimiento de los demás derechos y presupone también el de las leyes de
la moral.
Las demás ciencias tienen también puntos de contacto con la política.
Y no solo las demás ciencias, sino hasta las artes en general.
La política abraza a la sociedad en todas sus relaciones: nada escapa por consiguiente a
su dominio.
Pero el derecho político se contrae especialmente a los asuntos que hemos tocado en
esta obra, y, bajo este aspecto especial y propio, su estudio es fácil.
Y principalmente, es necesario, es indispensable para todo hombre.
Que no podrá ser ciudadano o miembro útil de la sociedad, sin que lo conozca siquiera
en sus puntos cardinales.
Deliberadamente hemos dejado para esta conclusión una cuestión importantísima.
A saber la cuestión religiosa o de cultos.
Muchos eminentes escritores eclesiásticos y seculares han sostenido la siguiente tesis:
«La Iglesia libre en Estado libre.»
Y nosotros, participando de sus opiniones, sostenemos que la libertad de la Iglesia y del
Estado debe llevarse basta la independencia absoluta.
Por lo cual, el Estado nada tiene de común con la Iglesia, ni la Iglesia y sus instituciones
tienen algo de común con el Estado.
He aquí por qué el derecho político no se ocupa ni debe ocuparse de los asuntos
religiosos.
Daremos la razón de nuestras opiniones.
¿Puede un Estado tener Religión?
Religión no existe sin sanción futura: lo perecedero, lo que se extingue en el tiempo, no
puede, profesar Religión alguna: obedece a las leyes de la creación: principia y concluye,
sin existencia ulterior.
Ahora bien: cuando el mundo acabe, habrán acabado las Naciones: su existencia es en
el tiempo, para ellas no hay eternidad.
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Luego las Naciones como tales, como entidades políticas, no tienen ni pueden tener
Religión.
La Religión es exclusiva de los individuos, de los hombres.
Y las relaciones entre Dios y el hombre tienen tal importancia, que no está en el poder
humano exigirse de ellas o renunciaras.
La conciencia religiosa es un santuario que está fuera del alcance de las leyes positivas.
Las que se propongan invadirlo son tan ineficaces y necias, como necio e ineficaz sería
pretender un imposible.
Ningún poder humano, dice Fenelón, puede forzar el parapeto impenetrable de la
libertad del corazón. La fuerza no puede nunca persuadir a los hombres; no hace sino
hipócritas: cuando un Gobierno se mezcla en religión, en lugar de protegerla, la reduce a
la servidumbre. La verdad, la persuasión son los únicos medios que puede producir la
unidad religiosa.
Nadie ose tocar la conciencia religiosa de otro, porque allí mora Dios, y la morada de
Dios es inaccesible para los que emplean la voz de mando.
¿Qué consiguieron los que intentaron mandar en conciencias ajenas? — Enviar mártires
al cielo, dejando borrones sobre la tierra.
La conciencia se dirige y debe dirigirse por inspiraciones arraigadas o por creencias
libremente aceptadas: es esta la única conciencia limpia ante Dios.
La conciencia religiosa, esencialmente individual y sagrada, no pudo, pues someterse a
las condiciones del pacto político,
Y como el hombre ha menester manifestar exteriormente sus creencias religiosas, el
cuerpo político no tiene derecho de ingerirse en esa manifestación.
Si existen creencias religiosas distintas en el mundo, trate el que juzgue profesar las
buenas de convencer al hermano que nos las profesa; pero absténgase de emplear para
ello la fuerza o la violencia; porque son armas vedadas por el mismo Dios.
Y absténgase igualmente de entrabarle, impedirle o coartarle, el ejercicio de su culto.
Todos los hombres son hermanos: nadie está pues excluido de nuestro amor, sean cuales
fuesen sus creencias.
Todos los hombres son iguales: si los unos ejercitan un culto, no hay derecho para
impedir que los otros ejerciten el suyo.
Todos los hombres son soberanamente libres en sus conciencias: ninguno tiene, pues,
derecho para poner embarazos al uso de esa libertad.
Si en la Constitución o pacto político se dice: «El Estado profesa tal Religión», se
expresa una falsedad; porque no el Estado como conjunto, sino los individuos como
unidades, son los que profesan una Religión.
Si con tales palabras se intenta expresar el hecho de que la mayoría o la generalidad de
los individuos que componen la asociación política, profesa determinada Religión, la
declaración importa desde luego un abuso, y además a nada conduce.
Importa un abuso; porque en el pacto político no puede hacerse tal declaración, desde
que se refiere a un hecho que pertenece a la conciencia religiosa que no está ni puede
estar sometida a las condiciones de dicho pacto.
Y además, a nada conduce; porque, si no es otra cosa que la declaración de un hecho
¿para qué consignarlo en un documento extraño que, no es siquiera un libro de historia
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donde pudiese tener cabida, sino la simple enumeración de las condiciones constituyentes
de la sociedad política con su fin terrenal y perecedero?
Y cuando en la Constitución se dice: «El Estado protege tal Religión de este o aquel
modo», se expresa una pretensión ofensiva a la misma Religión y a la conciencia de sus
creyentes.
Si la Religión es verdadera y emana de Dios, no ha menester protección humana para
subsistir y propagarse: su apoyo está en el que todo lo puede y de cuya voluntad depende
todo lo creado.
La tal protección presupone también un derecho que sobre la Religión se reservan las
autoridades políticas, derecho que no existe, que no puede existir, que es un atentado
contra ella.
No se hable, pues, de Religión en el pacto político: que no se profane su santo nombre.
Y vosotros, respetad las creencias y el culto de vuestros hermanos, así como queréis que
se respeten por todos vuestras creencias y vuestro culto.
La promiscuidad del Estado y de la Iglesia, la pretendida asimilación de lo terrenal y lo
eterno, ha producido inmensos males a la humanidad: los ha causado a las Naciones y los
ha originado mayores a la Iglesia misma.
Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios, dijo el Maestro, ¿por qué pues
hacer a Dios César y al César Dios?
La Iglesia desde su fundación ha sufrido horriblemente con esa promiscuidad.
Fue esta indudablemente la que cubrió la tierra, en los tiempos primitivos, con la sangre
de innumerables mártires.
Y fue ella la que posteriormente introdujo la desorganización y el desorden en las
sociedades políticas, haciendo servir las santas, las sublimes máximas del Evangelio en
utilidad de los Déspotas, opresores de los pueblos.
Los más grandes cismas tuvieron su origen en la pretendida unión, y en los diez y nueve
siglos que la Iglesia lleva de vida ha sufrido y sufre hasta hoy las consecuencias de la
imprudente conducta de los Directores.
Los soberanos a su vez abusaron de una protección innecesaria y absurda.
El Czar de todas las Rusias, en un momento de soberbia y de mal humor, se declaró el
Jefe espiritual de sus setenta millones de habitantes.
Los Reyes de Inglaterra, por causas análogas, hicieron lo mismo, y hoy ejercen su poder
espiritual sobre más de cien millones de personas.
Las demás potencias protestantes procedieron de igual modo.
¿Cuál la causa? — No fue otra que aquella malhadada promiscuidad.
La Iglesia con poder político, produjo la Inquisición y el Jesuitismo.
Los Monarcas con poder espiritual, produjeron la Saint Barthelemy, las Vísperas
Sicilianas, la expulsión en masa de millones de habitantes y otros horrores.
Que ningún Poder político toque, pues, hoy, el sagrado santuario de la Iglesia y de sus
libertades.
Y que ninguna Potestad religiosa se injiera en manera alguna en los asuntos políticos y
meramente civiles.
Al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios.
Que todo hombre respete las instituciones Religiosas.
Que todo creyente respete las instituciones políticas.
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Ni es siquiera necesario que la libertad de conciencia o de cultos se garanticen con
disposiciones positivas.
Porque siendo esas libertadas sacratísimas, como lo hemos dicho, se ejercen ella y tienen
derecho de ejercerse ampliamente sin garantía escrita: les basta la garantía general de que
«es permitido cuanto la ley no prohíbe».
Solo en un punto puede la política tocarse con la Religión; a saber, en el ejercicio del
culto, cuando este puede perturbar o perturba el orden público.
El asunto se convierte entonces en una cuestión de policía, de solución fácil.
Personalmente, el sacerdote es un ciudadano sometido a las leyes y al Gobierno. Su
deber de ciudadano es no menos sagrado que el de Pastor, y el buen sacerdote concilia
perfectamente estos dos deberes.
Por el bien del estado, que la Iglesia no se mezcle en sus negocios.
Y por el bien de la Iglesia, que el Estado no se mezcle en los asuntos religiosos.
Que no se haga una lastimosa fusión de intereses temporales y de intereses espirituales,
de la Política y de la Religión.
Que, en fin, la Religión y el Estado sean del todo independientes.
Al terminar nuestra tarea, debemos repetir a los lectores que solo nos hemos propuesto
presentarles un cuerpo de doctrina que pueda y servirles de lazo de Unión para formar un
partido político, agrupándose en torno de un conjunto de ideas.
Pero no es preciso, no es conveniente siquiera que todas las ideas emitidas en este libro,
se realicen desde luego.
Las reformas tienen que verificarse lenta y paulatinamente, consultando los intereses
del país, sus circunstancias especiales y sobre todo e indispensablemente la voluntad de
la mayoría.
Mientras esta voluntad no sea conocida y se manifieste expresa y correctamente, no es
lícito introducir una reforma.
Por lo cual, debéis el más profundo respeto a las instituciones existentes, aunque no
estén de acuerdo con vuestras opiniones.
Porque debéis suponer que esas instituciones, desde que existen, tienen en su apoyo el
querer de vuestros conciudadanos.
Para realizar las reformas, trabajad previamente generalizando la instrucción,
moralizando las masas, discutiendo en el seno de vuestras amistades y de vuestra familia,
sosteniéndolas por la prensa y en los círculos sociales.
Que, cuando el terreno esté preparado, las reformas vendrán por sí mismas.
Y principalmente, nada de personas en política: prescindid de los individuos, no los
convirtáis en ídolos, rindiéndoles un culto absurdo y degradante.
Para la Patria, vuestra vida y cuanto poseáis: para los hombres únicamente el respeto y
la consideración a que, con su conducta y sus servicios, se hayan hecho acreedores; pero
nada más.
Rogad a Dios que ampare, proteja e impulse la propagación de la sana doctrina, y que
permita sean coronados con el éxito los esfuerzos de los hombres de buena voluntad.
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