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BIBLIOTECA
ALDEANA
DE
COLOMBIA
MEMORIAS DE UN COLEGIAL
POR
LUCf ~'\TO RIVERA y GARRfOO
BIBLIOTECA
ALDEANA
DE COLOMBIA
M~MORIAS~D~UN COL~GIAL
POR
LUCIANO
RIVERA Y GARRIDO
5ELECCION SAMPER ORTEGA DE
LITERATURA
COLOMBIANA
PUBLICACIONES DEL
MINISTERIO DE EDUCACION NACIONAL
Editorial Minerv., S. A.
193&
D. LUCIANO RIVERA y GARRIDO
Vino al mundo este ameno narrador en Buga, el 5 de diciembre de 1846 y falleció en la
misma ciudad el 6 de marzo de 1899.
Cuenta él mismo que su niñez transcurre en
Guadalajara, donde su padre tenía negocios, y
afirma haber aprendido a leer antes de cumplidos los cinco años. Aunque el dato pudiera
estimarse exagerado, hay que recordar la gran
precocidad que existe en algunos puntos del
trópico: en Antioquia son frecuentes matrimonios en que la novia cuenta doce o trece años,
edad a que, por otra parte, se casaron casi
todas las bisabuelas de las actuales bogotanas.
La maestra que enseñó a leer a Rivera y
Garrido se llamaba doña Leonor Núñez; y es
justo consignar su nombre al lado del de un
discípulo suyo que hace honor a las letras colombianas.
De su cuidado pasó Rivera al de doña Teresa Racines de Tejada, excelente señora que
protestaba de que a las niñas se les enseñase
--.aritm.étiC8y
-P0L-considerarla
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mujer cristiana. Empleaba doña Teresa castigos como el de propinar sus buenos azotes al
que los merecía, para lo cual se lo echaba a
la espalda un compañero de más edad, a riesgo
de que algunos lapos diesen fuera del blanco,
sobre sus inocentes piernas.
Rivera y Garrido vino de niño a Bogotá a
seguir estudios de segunda enseñanza en el colegio de don Felipe y don Santiago Pérez. De
allí, tras breve permanencia donde los jesuítas,
pasó al de Santo Tomás de Aquino, dirigido
entonces por el ilustre poeta don josé joaquín
Ortiz.
Hacia 1860 y detrás de él, vino a la ciudad
su familia, empujada por los azares de la política, según cuenta Laverde Amaya en sus
«Fisonomías literarias de colombianos». Las
casas de Laverde y Rivera colindaban. y de
esta circunstancia nació la amistad entre ellos.
Nueve años después, habiendo regresado al
Cauca, Rivera emprendió por tierra un interesante viaje a Quito, empresa larga y penosa todavía,
cuánto más en aquellos tiempos. Estuvo luégo
en Europa en 1874, 1878 Y 1883 Y supo aprovechar muy bien sus visitas al viejo mundo, como
hombre observador y estudioso.
En su nativa ciudad sacó a luz dos periódicos, «El Observador» y «El Rumop> , ninguno de los cuales tuvo larga vida. Pero su carrera literaria se inicia con las publicaciones hechas en «La Alianza» de Bogotá y «El Cóndor»
CUADROS
DE COSTUMBRES
7
de MedelIín, y posteriormente en muchos otros
diarios y revistas, tales como «El Hogar», «La
Fe», «El Museo Literario», «El Bien Público», «El Eco Literario», «La Revista» y «La
América» de Bogotá, y en «El Oasis» de Medellín, «El Cauca» de Popayán y «La Esperanza» de Guayaquil.
Algunos ensayos novelescos como «El Sargento Pedro» y «La Novia del Desertor», se
hallan inclusos en el volumen «Ensayos Literarios> (Bogotá, 1871). También publicó en tomo «Dónde empieza y cómo acaba». (Palmira,
,1888) y sus impresiones del primer viaje a
Europa, editadas en la misma ciudad en 1895
con el título «De América a Europa».
En el artículo «Por qué no soy autor dramático» cuenta Rivera su única salida a tales
campos: «Un día concebí el atrevido pensamiento de escribir una comedia. Ideario v hacerlo fue todo uno. Yayo había cometido un
novelicidio intitulado «Carolina». Acumulé allí
tantos disparates, que de ellos no ha quedado
en mi memoria sino algo como el recuerdo de
la borrachera que nos proporciona el primer cigarro que fumamos en la vida. Escribí, pues,
con mis garrapatos de entonces, un zurcido de
escenas extravagantes, sin plan ni objeto, naturalmente, el cual encerré en los límites de
un solo acto, no obstante que entre el principio y el fin mediaban quince años, y lo bauticé con el pomposo nombre de "Don Juan».
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¿Por qué? Nunca he podido explicármelo, pues
en aquella época lejana ni sospechaba que en
los anales de la humanidad figurara como personaje legendario aquel amador insigne (Don
Juan) ni tenía noticia de Lord Byron y mucho menos del famoso poema que con ese título
conoce todo el mundo. Es lo cierto que el protagonista de mi comedia era un maestro de
escuela; recuerdo que la dama llevaba el estrafalario nombre de Doña Petracola un criado se
llamaba Quitrín, y todos los personajes morían
violentamente en el embro!!ado curso del único
acto, sin quedar ni uno para semilla; con la
circunstancia agravante de que no sólo morían
todos, hasta el apuntador, sino que el protagonista resucitaba dos o tres veces y volvía a
morir otras tantas.
{(Habría sido título más propio para mi comedia el de j!.lueven estacadas I pues apenas
si hubo batalla campal en las antiguas edades
en que más cuchilladas se repartieran. j Virgen
Santísima! jSi aquello era una matanza atroz!. ..
Hondamente impresionado con las carnicerías
de algunos dramas de Dumas, de Bouchardy
o de ZorrilIa, que había visto representar, se
me desarrolló tal cuchillomanía de autor dramático, que si a mi bisabuelo lo sacaban a la
escena, ino había misericordia! mi bisabuelo
moría apuñaleado ....
'!
«Don Juan» fue representado por la vigésima vez, joh poder de la vanidad infantil! en
CUADROS DE COSTUMBRES
plena sala de la casa de la familia de Enrique,
que denominaban «el balcón», por ser la única
de esa calle que tenía un piso alto, y en presencia de sesenta o más personas de ambos
sexos,' que rieron hasta desternillarse ante aquella matanza dividida en escenas. Todavía me
acuerdo del entusiasmo con que en la mañana
de aquel día ·nos dirigimos a los bosquecillos
de arrayanes y alisos que crecen al oriente de
la ciudad, para traer ramas, musgo y flores,
que formarían parte de las decoraciones, enriquecidas con una ventana de cartón, suministrada para el efecto por un joven carpintero,
amigo nuestro.
«El obsequio que con esa ventana se nos hizo
fue causa indirecta de que dos sujetos notables
de la ciudad tuvieran conocimiento de nuestras
hazañas teatrales, y un día me llamaron a casa
de uno de esos señores para que, como director
de la Compañía, les mostrara nuestro repertorio y les expusiera nuestros proyectos. Con
el desenfado y la presunción propios de la niñez, no tuve embarazo en mostrarles a «Don
Juan», y les"confié el manuscrito de otra barbaridad que yo había perpetrado con el título
de «Elena». ¡Oh! ¡cómo rieron aquellos caballeros!. ... Creo que si Dios no los hubiera llevado, a su lado hace ya luengos años, todavía
estanan riendo.
«Pocos días después me devolvieron los manuscritos; y como mi condición de muchacho
o
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no. hubiera sabido retenerlos, dieron rienda suelta a su hilaridad al hacer en mi presencia el
análisis de mis famosas comedias, que calificaron con los epítetos más burlescos. Esa misma
tarde los arrojé al fuego; y, despechado con
aquel fiasco, juré no volver a escribir nada para el teatro, siendo esta la razón por la cual no
soy autor dramático».
La obra que da lugar importante
a Rivera
y Garrido en nuestra historia literaria es la
que bajo el nombre de «Impresiones y Recuer,.
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cen parte los párrafos transcritos y las «Memorias de un colegial», reproducidas en el presente volumen.
Durante su permanencia
en Bogotá, a mediados del siglo, Rivera trabó amistad con los
dos Pérez, don Manuel Marroquín,
don José
María Vergara y Vergara, don Tomás Cuenca
y don Manuel AncÍzar, que fueron sus maestros, y Carlos Martínez Silva, y Rufino José
Cuervo, sus condiscípulos. Afecto el más importante de su vida fue, sin embargo, el que
profesó a su paisano Jorge Isaacs.
Los escritores de «El Mosaico», no obstante
rendir verdadero culto a los autores españoles
de su tiempo, como acontecía respecto de T rueba, fueron en lo general incorrectos en la forma, excepción hecha de Marroquín.
De modo
que el estilo de Rivera y Garrido resulta superior al de esos amigos suyos que le infun-
CUADROS DE COSTUMBRES
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dían admiración, bien que el escritor caucano
apenas conoció autores distintos de los que integran el ciclo romántico francés. Rivera sabe
relatar en forma despejada y sencilla, pero
abundante de emoción. Resulta inexplicable
que en los ensayos de historia literaria publicados después de Vergara, no se le haya concedido la importancia que merece, pues él y su
paisano Isaacs son de las más interesantes figuras literarias del Cauca en la segunda mitad
del siglo XIX.
MEMORIAS DE UN COLEGIAL
POR
D. LUCIANO
RIVERA
y GARRIDO
1
La corta campaña de los primeros meses del
año de 1860 dejó a mi padre poco menos que
arruinado, como que fue él uno de los hacendados que mayores perjuicios recibieron con la
guerra. No obstante, anheloso de que yo aprendiera alguna cosa y me desarrollara en el seno
de una sociedad culta como la de la capital,
sueño dorado y ambición la más grata que, con
respecto a sus hijos, alienta en el ánimo de todos los padres de familia en provincia, asintió
gustoso a las insinuaciones de mi tío Antonio,
que manifestaba interés por mi suerte, y, en
consecuencia, le confió el cuidado de llevarme
a Bogotá, sin parar mientes en los sacrificios
que tendría que imponerse para el logro de sus
generosos propósitos.
No intentaré describir la escena dolorosa de
mi separación de la casa paterna. Mi pobre madre y mis hermanos me abrazaban sollozando,
y al impartirme su bendición, mi padre, a quien
no había visto llorar nunca, tenía el rostro bañado en lágrimas. ¡Cuán profunda fue la impresión que ese llanto dejó en mi alma!
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Al principio del viaje estuve muy triste, pues
era aquélla la primera vez que me separaba a
larga distancia del hogar y de la familia, y como fui siempre apegado a mi buena madre,
cuyas demostraciones de una ternura sin límites recibía a cada· instante, padecí en esos
días lo que no es decible. Pero, desde que entrámos en la montaña del Quindío, la novedad
de aquellas cordilleras altísimas, cubiertas en
sus crestas superiores por los albos mantos de
las nieves eternas; los inmensos palmares, majestuosos y solitarios como antiguas basílicas;
las variadas y magníficas arboledas; los aterradores abismos, por cuyos angostos bordes
pasaban temblando nuestras cabalgaduras; el
solemne silencio en que parece complacerse la
naturaleza en las soledades de los páramos, y
los mil accidentes del paisaje, diversos a cada
revuelta de la senda, produjeron notable entretenimiento en mi ánimo y alej aron algún
tanto la sombría tristeza que me agobiaba y
atraía las burlas de mi tío, espíritu positivo,
si los hubo.
Si las llanuras y las selvas del valle del Cauca habían cautivado mi atención desde niño,
el espectáculo agreste y variado de la montaña
no me impresionó menos. Una flora y una fauna enteramente nuevas se ofrecían a mi vista,
y como siempre fui dado a los desvíos quiméricos de la imaginación, creía ver en mi paso al
través de la cordillera central el principio de
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esos viajes fantásticos con que había soñado
mi mente desde la infancia. Las cuestas interminables y las fragosas travesías, cortadas a
cada paso por tremedales profundos; las casitas de los campesinos antioqueños, que entonces empezaban a poblar los baldíos de la sierra;
los torrentes despeñados, que lanzaban los chorros de ·sus límpidas aguas entre hondos cauces
de lajas y pedrejones; la inmensa variedad de
flores, en que las orquídeas dominaban como
reinas y embalsamaban
el ambiente con aromas suaves como los del estoraque y del incienso; las variaciones musicales del canto de
avecillas desconocidas, eran otros tantos moti-vos de embeleso para mi alma de niño soñador.
En medio de la noche oía sobresaltado
la
voz sonora y misteriosa de la montaña,
grito singular de la naturaleza salvaje, que hacía
llegar hasta mí el lejano y pavoroso acento de
sus extrañas entonaciones ....
La luz descolorida de la luna, velada por nubes pardas y
muy bajas, daba una apariencia fantástica a
las moles enormes de la cordillera y hacía aparecer los árboles más altos y profusos; a lo
lejos rodaban
las espumosas
corrientes
del
Tache y el Quindía, que se descolgaban por entre breñas, salpicando con los diamantes
líquidos de sus aguas la lama y los helechos, terciopelo y encajes que decoran las orillas sombrías; el viento helado zumbaba entre las ramas de los cedros, y la inmensa y triste sole-
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dad de ese conjunto rudo y bravío, pesaba sobre mi alma infantil como un manto de plomo...
En aquellos tiempos ocurría aún la necesidad de rodear de hogueras el rancho o el toldo
en que pernoctaban los viajeros, para precaverse de los ataques de los tigres que, atraídos
por los relinchos de las caballerías, solían subir
del fondo de las selvosas cañadas hasta las empinadas serranías por donde serpeaba la fragosa senda. j Ya puede presumirse qué clase de
escenas terribles fraguaría mi mente en presencia de semejantes precauciones!. ..
Cinco días después de haber entrado en la
montaña, avistámos las extensas y tostadas
llanuras del valle del Tolima, y en la tarde de
la última jornada llegámos a la simpática y
alegre ciudad de Ibagué.
Es Ibagué, sin duda, una bonita población.
Vista desde las alturas de La Palmilla, constituye con sus dilatados horizontes un panorama seductor, que recuerda, hasta donde es posible, los paisajes de la alta Italia, en su aspecto de estío. Los mayores atractivos naturales
de Ibagué se encuentran principalmente en 10
pintoresco de sus inmediaciones, ya se contemple el cuadro hacia el lado de las montañas, ya
hacia las llanuras, cruzadas en diversos sentidos por sendas amarillas. El Combeima, encajonado en un valle profundo y angosto, se
precipita turbulento y sonoro al pie de la vertiente oriental de los Andes del centro y va a
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formar más adelante el principal encanto de
un admirable paisaje que se desarrolla al suroeste del lugar. La masa imponente de la montaña que se levanta a espaldas de Ibagué, enriquece la perspectiva con la majestuosa apariencia de sus colosales cimas; y la profusión
de aseadas y atrayentes casitas, diseminadas
sobre las faldas y en las hondonadas y arrugas
de la serranía, o en la llanura, todas al abrigo
de guayabos y cañaverales, caracteriza singularmente el cuadro, comunicándole alegría y
belleza.
En tres jornadas subsiguientes atravesé las
áridas llanuras del ChiPalo y de Piedras, salpicadas a trechos distantes por grupos de palmeras y risueñas casitas; pasé el majestuoso
Magdalena en frágil canoa; ascendí los primeros contrafuertes de la cordillera oriental, medio ahogado por el calor y la sed; apenas me
detuve cortos momentos en la importante .ciudad de La Mesa, y al expirar una tarde bella
y serena, llegué al sitio denominado «Tenasucá».
La habitación de «Tenasucá» era en esa
época una casa grande, pajiza, impagable asilo
para los fatigados caminantes. Era propietaria de esa posada una amable señora llamada
doña Rosa, infeliz protagonista de una dolorosa aventura que me fue referida la noche en
que permanecí allí y conmovió hondamente
mi corazón de niño.
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La señora Rosa tenía una hija, primorosa
criatura de seis años, gordita y sonrosada, con
ojos color de cielo costeño y cabellos muy rubios y crespos: un verdadero serafín, a quien
sus padres amaban con delirio. Una tarde, joh
tarde desgraciada! en la cual el esposo de la señora asistía a unos trabajos de desmonte, establecidos un tanto arriba del sitio ocupado
por la casa que, a su vez, se hallaba edificada
en el fondo de una garganta profunda, al lado
de cristalina fuente y entre dos elevados raillales de la cordillera, quiso llevar personalmente los alimentos a su marido, para evitar
a éste la molestia del viaje a la casa. Con tal
mira envió adelante a Natividad (era éste el
expresivo nombre de la niña). Cualquier motivo detuvo a la señora algo más de un cuarto
de hora en la habitación, y en seguida emprendió la marcha tras de su hija. Cuando llegó al
sitio donde habían establecido los trabajos, el
sol descendía ya al ocaso.
Como no ve a la niña por ningún lado, pregunta por ella a su esposo, y éste la responde
que aun no ha llegado. Ambos empalidecen,
sobrecogidos por horrible presentimiento de
desgracia .... Oevuélvense a la casa, registran por todos lados; unidos a los peones, escudriñan el enmarañado bosque; exploran matorrales y levantan peñascos; investigan el
curso del vecino torrente, y las cuatro de la
mañana siguiente los sorprenden vagando de-
CUADROS DE COSTUMBRES
solados por aquellas serranías frígidas y entre .
esos barrancos pavorosos, sin que hayan' podido descubrir las huellas, siquiera, de la desventurada criatura. Aquellos pobres padres
estaban medio dementes: pedían a su hija al
cielo, a la tierra y a los viajeros matinales que
descendían de la sabana o subían hacia ella;
y éstos, atónitos ante, el aspecto conturbado
de los infelices padres, no saben qué responder: cielo, naturaleza y hombres no pueden
devolverles su hija idolatrada; y al fin, tanta
pesadumbre se resuelve en raudales de llanto.
¿Qué se hizo Natividad? ... ¡Parece cosa
de encantamiento! Treinta años habían pasado cuando me fue referida tan extraña historia, y la fuente de las lágrimas no se había agotado en los ojos de los desdichados padres.
Treinta años se habían sucedido los unos a los
otros con la impasible regularidad que caracteriza la marcha del tiempo, y en tan prolongado espacio no había podido averiguarse el
paradero de la pobrecita niña. Un cuarto de
hora fue suficiente para que se consumara la
singular desaparición; y completamente inútiles fueron los esfuerzos y los sacrificios de
dos padres tan amantes, para descubrir el espantoso misterio. Las conjeturas fallaron; los
recursos se extinguieron; todo cuanto una voluntad firme y decidida puede suministrar en
forma de acción infatigable para obtener un
_fi.t'Lgeterminado, fue puesto en práctica: se
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gastaron sumas ingentes; se enviaron emisarios a diferentes provincias de la república; el
ministerio de relaciones exteriores tomó cartas
en el asunto; y, no obstante tan multiplicado
y costoso afán, nada volvió a saberse de Natividad. ¿Podrá negarse, en vista de hechos como el que refiero, que la más inverosímil de las
novelas es la historia? ..
**
*
llevaba
Gran curiosidad
yo de conocer la sabana de Bogotá. famoso territorio que llena con
su nombre los ámbitos de la república; y por
lo que se refiere a la hermosa ciudad que en él
reina como sultana seductora, parecíame que
no habría de llegar el momento en que mis ojos
pudieran contemplada.
Creo que si se exceptúa a París, en su condición de capital admirada y querida por los habitantes de Francia en general, difícil será encontrar otra ciudad que, como Bogotá, goce de
mayor popularidad e influencia en el ánimo de
los respectivos nacionales. Suprimir a Bogotá
en Colombia equivaldría a decapitar la nación.
En el extenso y pintoresco Cauca como en el
rico y laborioso Antioquia; en los poputosos
Boyacá y Santander como en el industrioso y
simáptico T olima y en los departamentos importantes que baña el mar Caribe, el nombre
seductor de Bogotá goza de mágico prestigio;
y así como ningún musulmán se consideraría
CUADROS DE COSTUMBRES
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completamente identificado con el espíritu de
su religión, en tanto que no hubiera puesto los
labios una vez, siquiera, sobre el suelo sagrado
de la Meca, así ningún colombiano estará satisfecho mientras que no haya hecho una visita, por lo menos, a la señora de las altiplanicies
andihas. Nada más natural y puesto en razón;
por lo que protestar contra tal atractivo sería
dar muestra de insensatez, pues la importancia
histórica de la capital; el papel preponderante
que viene representando desde los tiempos del
descubrimiento y de la conquista; la belleza
singular y severa del magnífico territorio geográfico que domina como una reina del Oriente, reclinada sobre los cerros de Guadalupe y
Monserrate; la espiritualidad y cultura que
distinguen a sus habitantes, justifican esa influencia y explican aquella popularidad. Bogotá no tiene, pues, ni podrá tener nunca una
rival seria en toda la extensión de la república.
Ahora bien, si en los hombres formados y
hasta en los ancianos produce Bogotá un entusiasmo tan considerable, ¿cuál no producirá
en el espíritu de los niños de provincia, y cuál
no causaría en el ánimo de un muchacho tan
visionario y tan quimérico como el autor de
estos apuntamientos? ... Fue, pues, con un
sentimiento de íntima satisfacción como, al
salir a la Boca del Monte, vi desarrollarse ante
mis ojos el inmenso y espléndido panorama de
la-Sabana~ Entonces _no__conoda._YJ:LeLmªcy,_
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por consiguiente, la impresión de sorpresa fue
completa. Y diré por qué: el mar es, quizás,
lo único que da al hombre la idea de la belleza
en la extensión y es la sola cosa, después del
cielo, que simula lo infinito. A falta del mar,
espectáculos como el desierto, los llanos de Casanare o la sabana de Bogotá, constituyen
aquello que mejor hace concebir el pensamiento de lo ilimitado.
Aquellas llanuras dilatadísimas
de la Sabana, regulares y niveladas como si la mano del
hombre, auxiliada por instrurnentos
matemáticos, se hubiera propuesto igualarlas hasta el
extremo de no hacer de todas ellas sino una
sola mesa, pero, ¡qué mesa!, esas ciénagas azules que, de trecho en trecho, interrumpen con
sus lampos de plata la uniformidad verde-gris
de la planicie; las apartadas y áridas serranías,
cenicientas como moles de pizarra,
y todo ese
conjunto, monótono, si se quiere, pero interesante por su singularidad,
alumbrado por la
luz cruda de un cielo purísimo, formaron para
mí, hijo de los bosques y de la naturaleza variada y múltiple, un espectáculo enteramente
nuevo, caracterizado
por la majestad
silenciosa y solemne que sólo se encuentra en las
regiones elevadas de nuestras cordilleras.
En el paraje denominado Balsillas terminaba entonces el camellón macadamizado
de la
Sabana, y hasta allí llegaban vehículos de ruedas. En esos sitios componían el paisaje cerros
CUADROS DE COSTUMBRES
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arenosos, piedras enormes, calcinadas
como
las que arrojan los volcanes; vallados cubiertos de cactus y revueltas interminables
por
entre barrancos, todo de un aspecto árido y
desierto, impropio para regocijar el ánimo.
Sólo de distancia en distancia se veía alguna
casuca de tierra negra, habitada por indios de
sórdida apariencia. El frío se hacía sentir con
tal intensidad en esas alturas, que casi me impedía hablar, y el viento helado e impetuQso
me abrasaba los labios y me producía entontecimiento. Desde aquellas eminencias apenas
se distinguía a Bogotá como una confusa agrupación de puntitos rojizos que formara mancha en el confín del vastÍsimo horizonte,
al
pie de los cerros clásicos de Monserrate y Guadalupe, cuyas cimas desnudas coronaban dos
motitas blancas; los dos templos levantados
allí por la piedad católica.
Interminables
llanuras desprovistas
de árboles y monótonas en su aspecto general por
la igualdad de su conformación;
casuchas de
tierra con techo de paja, habitadas por gentes
vestidas de frisa; vastas dehesas cubiertas de
ganados y deslindadas unas de otras por zanjas muy anchas o' vallados de ramas menudas;
hermosas casas de teja con portadas de ladrillo, en comunicación entre sí por avenidas de
sauces y rosales; y como horizonte, en contorno, a la derecha, a la izquierda, adelante y atrás,
la __extensa. sabana •. ilimi tªd.ª-. p~r§p_~cJjyª verde
L
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aquí, amarillenta más allá, gris en seguida,
parda más lejos, azul descolorido en los confines extremos .. " y sobre esa planicie, dilatada y serena como lago inmenso de apartadas
orillas, un cielo pálido con reflejos de acero.
Tal era el cuadro que por primera vez contemplaban mis ojos. En el fondo, hacia el oriente,
al pie de empinada serranía, y entre los amarillos desgarrones de la escarpa, se presentaba
ya distintamente Bogotá, en la forma de una
acumulación considerable de tej ados plomizos
y rojos, en medio de los cuales sobresalían las
torres gemelas de la iglesia Metropolitana, la
cúpula de San Carlos, el edificio de la casa consistorial, el observatorio astronómico y otras
construcciones con cuyos nombres y apariencia estaba familiarizado por los grabados de
algunos de mis libros, las conversaciones de
mi padre y la charla de los chinos. jCuán lejos
estaba ya de todas esas cosas!....
El día era claro y hermoso, y yo me sentía
muy contento. Como por casualidad acertó a
ser víspera de mercado, el camellón no cabía
de gentes, caballos y vehículos de toda clase,
lo que era para mí un espectáculo nuevo y variado, como que yo no conocía carros, ni jamás había visto ómnibus ni carruajes de ningunanaturaleza. De las gentes, unas iban para
la capital, otras regresaban de ella, y todas pasaban a mi lado galopando incesantemente.
Pesados carros, colmados hasta más allá de
CUADROS DE COSTUMBRES
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los topes con cuanto la feraz tierra de la sabana y sus aledaños cálidos producen, y arrastrados por parejas de bueyes enormes, se dirigían
con lentitud hacia la ciudad, produciendo, al
rodar, monótona y desacompasada resonancia que iba extinguiéndose hasta perderse del
todo a medida. que se alejaban. Los ómnibus
pasaban aprisa, cargados de viajeros que parecían contentos y felices, pues en su mayo!
parte eran jóvenes y señoritas elegantes, que
acaso se encaminaban a j iras campestres.
De vez en cuando encontrábamos grupos de
orejones, montados en briosos corceles, con
grandes sombreros de paja, ruana de paño, anchísimos zamarras de piel o de tela encauchada, y espuelas de descomunales rodajas, que
con el movimiento del andar iban resonando
chis, chas, chis, chas, al compás con los estribos y el freno; y más adelante se cruzaban con
nosotros indios e indias, unos y otras con grandes ruanas y sombreros de ramo, montados en
bueyes, sobre enjalmas, y, lo que era más curioso que todo para mí, que nunca había imaginado semejante cosa, al galope en tan extrañas cuanto pesadas cabalgaduras.
Una de las cosas que más grata impresión
producían en mi ánimo era el semblante de
los habitantes de . la sabana. Oriundo de un
país cálido, donde predominan, naturalmente,
los semblantes pálidos, aquellas fisonomías sanotas y redondas de las mujeres y_º~los ni:"_
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
ños, de un encarnado vivo como el de las manzanas en sazón; las caras de los campesinos
sabaneros, rojas como sólo las he visto después
en París en el gremio de los cocheros; la vivacidad en las miradas, la animación y el brillo
de la saluden
todos los rostros, debido esto,
sin duda, a la benéfica influencia del clima,
me causaban sorpresa y complacencia.
Media legua antes de llegar a ]a capital el
camellón partía en línea muy recta y dejaba
a uno y otro lado hileras de coposos sauces, al
pie de los cuales se veían anchas zani8s som~
breadas por curubos y rosales que embalsamaban el ambiente con el suave aroma de sus
flores .... El movimiento de las gentes aumentaba gradualmente; vehículos de diversas clases se cruzaban en uno u otro sentido; pasean- .
tes de ambos sexos y de diferentes edades recorrían aquellos sitios, y todo hacia comprender que entrábamos en una gran ciudad ....
Al llegar al sitio denominado El Paréntesis
(murallitas semicirculares de piedra, que encierran una fuente pública en la forma indicada por aquel nombre) un apreciable caballero bogotano que se había unido a mí desde
«Cuatroesquinas» y a quien yo había comunicado el objeto de mi viaje a la capital, me
dijo, mostrándome hacia la izquierda un extenso edificio de teja, que tenía el aspecto de
una gran fábrica, coronada por doble fila de
claraboyas, en cuyos vidrios reverberaba el sol:
CUADROS DE COSTUMBRES
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-Ahí tiene usted, mi amigo, el colegio de
los señores Pérez Hermanos, donde va a ser
colocado para hacer sus estudios.
Inexplicable sentimiento de angustia oprimió
mi corazón al oír aquellas palabras ... El dulce recuerdo de mi madre trajo a mi alma algo como el calor de alas que abrigan y defienden de peligros desconocidos .... Sentí que
las lágrimas se· agolpaban a mis ojos, y si no
hubiera hecho un esfuerzo supremo, habría
prorrumpido en sollozos.
* **
El colegio de Pérez Hermanos gozaba de
grande y merecida reputación en toda la república. Dirigía ese importante establecimiento el señor don Santiago Pérez, hombre público notabilísimo, que desempeñó posteriormente
un brillante papel en la política del país y
ocupó el solio de la primera magistratura de
Colombia. Muy joven descolló como poeta
eximio, y después fue reconocido unánimemente como uno de los mejores escritores suramericanos.
En la época en que tuve la honra de ser
alumno del colegio de Pérez Hermanos era don
Santiago un hombre de treinta años, poco más
o menos; de estatura mediana y más bien fornido que grueso; de tez morena, pálida y muy
limpia; oJos negros, de serena y firme mirada;
barba e~pesa y cabellos abundantes y lacios,
30
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negros también y peinados con esmero; correcto en el vestido, que lo llevaba siempre
de color oscuro,y
de andar corto y acompasado.
A las veces se le veía en sus habitaciones privadas y dentro
del establecimiento
con la cabeza cubierta por un gorro griego de
terciopelo negro con borla de seda.
Jovial y festivo por lo común, como que ni
en los momentos en que las circunstancias
de
su posición lo obligaban a ser severo, se mostraba iracundo, solía recorrer a paso menudi-
to y acelerado los salones a la hora de estudio, canturriando
a media voz una tonadilla
que le era familiar, y mirando la cara a los
estudiantes uno por uno, animado por un visible propósito de observación persistente.
De
vez en cuando prodigaba
papirotes a los cachitos, por vía de broma afectuosa, pero evitaba con cuidado intimar con los patanes.
Pocos hombres han nacido entre nosotros con
mejores y más especiales dotes para el ejercicio del noble profesorado
de la educación y
la enseñanza, que el señor Santiago Pérez. Conocedor profundo de los caracteres distintivos
de la infancia, de los defectos y cualidades de
la adolescencia y de las ventajas e inconvenientes de la juventud, sin serle extraño, por
lo mismo, ninguno de los medios de derivar
provecho moral de ese conjunto de elementos
buenos y malos, podía jurarse sin temor de
incurrir en error, que el señor Pérez conocía
CUADROS DE COSTUMBRES
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el modo de ser de cada uno de sus educandos
con la propiedad y exactitud del mejor de los
confesores o de la más amorosa o perspicaz
de las madres. Veinticuatro horas después de
tener un niño en su establecimiento, sabía si
era rudo o inteligente, áspero o· amable, condescendiente o pertinaz, sobrio o intemperante; en una palabra si era bueno como un angel o perverso como un demonio. Y basado
en ese conocimiento, procedía en consecuencia.
Como el jardinero entendido, que cultiva con
particular esmero cada una de las plantas de
su huerto, sabedor de las necesidades de ésta,
de las propiedades de aquélla y de las exigencias de la de más allá, el señor Pérez atendía
a la educación física, moral e intelectual de
cada uno de sus discípulos con el cuidado, la
atención y la solicitud que requerían el carácter y las aptitudes de ellos. Con los niños, cuya índole maligna reclamaba severidad, el director no se andaba por las ramas; pero en su
manera de corregir empleaba medios prudentes, asaz originales, que tenían siempre como
objetivo el estímulo del honor, y le daban
por lo común resultados excelentes. Con los
alumnos humildes, benévolos y pundonorosos,
el señor Pérez tenía ternuras de padre. Y no
se crea que en el cumplimiento de tan excelsos
deberes fuera hombre que se atuviera a las
recomendaciones hechas a los profesores y a
los oasantes. o a las teorías de los textos: no:
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dotado de un sentido práctico maravilloso, sus
lecciones eran, por decido así, personales y
objetivas, y no desperdiciaba ninguna oportutunidad, por insignificante que pareciese, para inculcar en la mente de sus alumnos los
principios que juzgaba más adecuados para el
logro de sus sanos propósitos como institutor.
Un número considerable de colombianos que
se han distinguido y se distinguen aun en diversos departamentos de las ciencias literarias
y políticas, fueron educados e instruídos en
el afam@do plantel que dirigió don Santiago
Pérez; y aquellos de los discípulos de ese hombre benemérito que no hemos alcanzado a ser
nada en el mundo, no obstante el celoso empeño empleado por tan hábil maestro en la
formación de nuestro ser moral, nunca echaremos en olvido los nobles sentimientos de amor
al bien y a la verdad que él procuró grabar
cuidadosamente en nuestro espíritu.
Jamás oí decir a ninguno de mis condiscípulos, aun incluyendo a los más refractarios,
que odiasen o deseasen el mal al director del
colegio, cosa no muy rara, a la verdad, entre
muchachos, y que en mi vida de colegial oí
de labios de algunos de mis compañeros en
otros establecimientos; y como, sin consentir
nunca en la más leve relajación de la disciplina reglamentaria, el señor Pérez sabía mostrarse benévolo y afectuoso y recompensaba los
esfuerzos de los alumnos aplicados con paseos
CUADROS DE COSTUMBRES
33
y otros obsequios, los estudiantes lo amábamos y lo respetábamos al mismo tiempo, sin
llegar al extremo de familiarizamos con él ni
a temerIe como a un tirano, extremos igualmente viciosos, que perjudican en alto grado
la buena marcha de un establecimiento de educación.
A las veces ocurría que el señor Pérez, consecuente con su modo de ser, se tomaba
molestias y cuidados de madre cariñosa con
sus alumnos, particularmente con los pequeños, que le inspiraban especial y profunda
ternura. Recuerdo una ocasión en que, vencido
por el irresistible sueño de la infancia, al llegar una noche al dormitorio me deje caer en
la camilla, a medio desvestir y con la corbata ceñida al cuello, quedándome en seguida
profundamente dormido. Entre sus muchas
prácticas buenas, el señor Pérez tenía la muy
recomendable de recorrer los dormitorios media hora después de que nos retirábamos a
ellos, acompañado de un pasante, que lo precedía con una lámpara encendida. Al acercarse a mi cama
¡Pobre calentanito !-di jo; estaba tan abrumado por el sueño y por el frío, que no alcanzó a quitarse la corbata y los botines ...
y con suma delicadeza y cuidado extremo,
para no despertarme, me descalzó, deshizo el
lazo de la corbata, me abrigó hasta el cuello
con el cobertor y se retiró en puntas de pies.
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Un condiscípulo que velaba me refirió al
día siguiente la escena, motejando lo pesado
de mi sueño.
Yo era apenas un niño; pero desde ese instante comprendí instintivamente que aunque
me separaban muchas leguas de mi hogar y
de mis padres, no estaba abandonado del todo:
en el corazón de nuestro director alentaba por
nosotros algo semejante al dulce calor del afecto paternal.
La parte material del establecimiento no estaba menos atendida que la moral e intelectual.
Los alimentos, que se nos servían metódicamente a horas fijas, eran abundantes y sanos,
y el extenso local se encontraba siempre aseado en sus diversas dependencias.
Casi nunca dejaba el director de encontrarse
presente en el refectorio mientras comíamos.
Paseábase de extremo a extremo, vigilante y
atento a la conducta de los niños en la mesa.
y en ese lugar, como en los demás sitios del
colegiO, no descuidaba aleccionamos. Si un niño mordía el pan, llevándolo entero a la boca;
si introducía en ella el cuchillo; si tomaba las
viandas con los dedos; si producía ruido con
los labios al sorber los líquidos, al punto se
acercaba con disimulo al alumno chabacano
y con buenos modos y profiriendo algún chiste, para quitar a la lección la amargura que
pudiera contener. le enseñaba la manera correcta de proceder en esos casos.
CUADROS DE COSTUMBRES
35
***
El día de mi entrada al colegio, el señor
Pérez me acogió con amabilidad, y después de
darme algunas palmaditas afectuosas en la mejilla, me invitó para que pasara al interior del
establecimiento. Eran las cinco de la tarde, hora en que principiaba la recreac'ón vespertina.
Cuando me vi en el gran patio del colegio,
en medio de más de trescientos niños de diferentes edades y de aspectos y maneras los más
variados entre sí, experimenté un sentimiento
muy semej ante a la angustia. Entre esos niños circulaban sonrosados y alegres, muchachos
de las altiplanicies;. mulatitos y negros costeños, vivarachos y parlanchines que, al hablar,
devoraban las eses como si fueran confites;
descoloridos caucanos y tolimenses enjutos; robustos mocetones antioqueños y no pocos santandereanos y boyacenses .... Todos ellos interrumpieron por un momento la ruidosa algazara cuando yo me presenté en aquel sitio, y
viendo en mí un nuevo de los más nuevos,
me consideraron de pies a cabeza de la manera más impertinente, como si hubiera sido un
animal raro. En seguida, sin miramiento ninguno, prorrumpieron en chistes más o menos hirientes, alusivos a mi marcado aire provinciano, y volvieron a su alboroto y a sus juegos,
como si tal cosa.
Entr..e.Jas-carcajadas,--g.r-itGS--y.--\loces· .ee--to-
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da especie con que sazonaban aquellos niños sus
juegos variados, oíase proferir por aquí y por
allá los diversos apellidos que predominan en
las diferentes secciones de la república: los De
la Torre, Barrigas, Salas, Rivas, Hoyos,Rizos,
Manriques, Cuervos, Herreras y Laverdes, de
Bogotá; Uribes, Restrepos, Muñoces, Mejías,
Vélez, Arangos y Echeverris, de Antioquia;
Rincones, Vargas, Valenzuelas, Arciniegas y
Silvas, de Santander; Abellas, Romeros, RonrlO'llp.7:
v Monroves. de Bovacá: Garcías. Araú~- -o -- - jos, Amadores, Trespalacios, Mulets y Posadas,
de Mompós, Barranquilla y Cartagena; Encinales, Riveras, Duranes, Espondas y Perdamos,
del Tolima, y Sanclementes, Caicedos y Trianas, del Cauca ....
Del seno bullicioso de esa alegre juventud,
indiferente entonces a las preocupaciones serias
de la vida, surgieron más tarde Rutina J.
Cuervo, Carlos Posada, César Coronado Guzmán, José Manuel, Lorenzo y Martín Lleras,
Eustasio y Alejo de la Torre, Julio Barriga,
Comelio Manrique, Olegario Rivera, Luciano
Perdomo, Clímaco lriarte, Enrique Chaves,
Carlos Tanco, y muchos más que han figurado con brillo y provecho en las letras, la política, la milicia, la jurisprudencia y la industria.
Por de contado, la mayor parte de esos
muchachos no eran denominados en el colegio con sus nombres de pila o con los apelli.J
-
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-
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"'
•.
CUADROS DE COSTUMBRES
31
dos con que fueron matriculados en el registro respectivo: obedeciendo a una costumbre
implantada en los establecimientos de educación desde tiempos antiguos, allí nadie escapaba a la mortificante ley del apodo, cumplida
casi siempre en acertada consonancia con algún ostensible defecto físico o moral del agraciado. Así, abundaban los sobrenombres de
Escupitas, Cabezón, Califato, Tigre, Patazas,
Chulo, Mata-leones, Cafuche, Inglés, Bocadillo,
Ranga, Runcho, Altandoque, etc. Catires y chatos había por docenas; pecosos y tripones, por
gruesas. A los antipáticos se les propinaba el
sustantivo adjetivado de panelas; los empalagasas no pasaban de la ínfima categoría de
bocadillos; los cobardes eran flojos; los valientes, muy gallos y el conjunto general se dividía en patanes y cachifos.
La primera noche que pasé en el colegio
fue una de las más tristes de cuantas noches
de intensa melancolía he tenido en mi vida.
¡Ay, éstas han sido tántas!. .... El colegio tenía dos dormitoriosíndependientes:
el bajo,
que corría paralelo al gran salón de estudio,
especie de nave central de un templo protestante, el cual estaba destinado para los alumnos mayores de quince años; el dormitorio
alto era ocupado por la numerosa legión de
los cachifos. Este departamento se componía
de una galería doble, angosta, que tenía a un
lado una serie interminable de camas, y al
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costado opuesto un pasillo o corredor estrecho,
a modo de paso de ronda, como suele verse
en muchas prisiones. Las camas estaban separadas unas de otras por tabiquillos de madera,
de poca altura, lo que las daba el aspecto de
literas de un camarote de trasatlántico.
El recuerdo de la casa paterna con todos
sus halagos; la afectuosa ternura de mi madre; el cariño de mi buen padre; los agasa ios
y dulces palabras de mis hermanitos .... todas
las escenas inocentes y gratas de mi vida de
niño acudían a mi entristecida mente, poblándola de imágenes risueñas que se resolvían en
cuadros melancólicos; y esa visión querida y
conmovedora
me hacía derramar abundantes
y silenciosas lágrimas. Era muy tarde cuando
pude conciliar el sueño; y dormía profundamente en los momentos precisos en que, a las
cinco de la mañana que siguió a aquella noche triste, fui despertado con sobresalto por
el sonido agudo de una campanilla que agitaba el director del colegio, al tiempo en que
recorría los dormitorios y nos excitaba para
que nos vistiésemos y bajásemos al oratorio.
A esa hora, con el frío, que es de presumirse, cuánta impresión haría en un pobre niño
como yo, recién llegado de un país cálido, nos
dirigimos a la capilla, anexa al salón de estutudios, donde, presididos por el señor Pérez,
rezamos una corta oración. En seguida pasamos al departamento del baño, inmediato al
CUADROS DE COSTUMBRES
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oratorio. Allí efectuamos nue~tras abluciones
con una agua que abrasaba de lo puro helada, y después nos congregamos en el salón
principal, pues era llegado el momento de encaminamos al refectorio.
A las siete de la mañana empezaban las clases: castellano, idiomas extranjeros, geografía, aritmética, contabilidad, historia, ciencias
políticas, etc. En el resto del día se dictaban
otras clases, como latín, álgebra, física, química, ciencias morales y jurídicas, etc. Mientras que unos alumnos concurrían a las aulas,
los demás permanecíamos en el salón de estudio, vigilados incesamente por dos pasantes,
quienes se paseaban sin cesar en el extenso recinto de un extremo a otro, y se turnaban
cada dos horas. Algunos de esos pobres pasantes eran el dedo malo de los colegiales, que
a veces les proporcionaban ratos muy crueles.
A las nueve, almuerzo, y en seguida, media
hora de recreo. A la una, comida, recreo, y
¡al estudio! A las cinco, recreo otra vez; a las
siete de la noche la merienda, y luégo, estutudio hasta las nueve y media, hora precisa
en que nos recoglamos.
El personal de profesores del establecimiento
era de 10 más distinguido que podía ofrecer
la capital de la república en aquel tiempo.
Formábanlo el señor Ancízar, don Ramón Gómez, don Lorenzo María Lleras, don Tomás
Cuenca, don José Manuel Marroquín, don )0/
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se María Vergara y V., don Cerbeleón Pinzón,
el presbítero don Benigno Perilla (hoy obispo),
don Juan Padilla (calígrafo eminente), don
Felipe y don Rafael Pérez y otros caballeros,
notables todos por su ilustración y sus capacidades. Don Santiago dictaba un número considerable de clases, pues su actividad y consagración eran asombrosas.
* * *
En los primeros tiempos de mi permanencia en el colegio tuve el consuelo de recibir
frecuentes cartas de mis padres. El contenido
afectuoso y solícito de esas misivas comunicaba a mi alma algún valor, que bien necesario
me era, pues paulatinamente
había venido
apoderándose de mí una melancolía intensa,
que no alcanzaba a atenuar siquiera el espectáculo constante de mis numerosos condiscípulos, alegres en todo momento, juguetones y
felices.
Muchos de esos niños eran nativos de Bogotá o de las poblaciones inmediatas a la capital, y hasta ellos llegaba el tibio y amoroso
aliento del hogar. Con frecuencia presenciaba
escenas de familia que torturaban
mi afligido corazón. Una madre, un padre, en muchas ocasiones hasta los hermanitos, llegaban
a la portería del colegio, sitio descubierto y,
CUADROS DE COSTUMBRES
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por lo mismo, accesible a las ojeadas de todos
los estudiantes que anduvieran por alli. Al
punto era llamado un niño, que acudía alborozado, con miradas radiantes de felicidad.
¡Qué abrazos! ¡qué caricias! ¡qué palabras tan
afectuosas!.. , .
-¿Cómo está, 'mi hijo? ¿Se ha mantenido
buenecito? ¿No han vuelto a dolerle las muelas? ....
Pero, ¡como que se ha enflaquecido,
mi chinito 1. ...
-¡Nos haces una falta!-agregaban los hermanitos.
y vuelta a 10':> agasajos, a las caricias vehementes, a las expresiones colmadas de ternura .... y en seguida:
-j Tóma! Itóma, hijito !-y lo abrumaban a
presentes, dulces, frutas, un trompo, una
coca ....
Yo desviaba los ojos, llenos de lágrimas: me
oprimía las manos con sombría tristeza, pensando en la enorme distancia que me separaba
de los míos y en los muchos años que habrían
de pasar sin que los viese; e involuntariamente surgía a media voz de mis labios, en medio de sollozos ahogados: «¡Mamá, mamá!»,
como cuando tenía apenas cinco años, y la
fiebre me postraba en el lecho del dolor ....
Transcurridos unos pocos meses se encrudeció la guerra, como consecuencia natural del
decreto de 8 de mavo de 1860, en virtud del
cual el general Mosquera declaró al estado del
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Cauca separado del resto de la Confederación
granadina; generalizáronse los aprestos bélicos
en toda la república, ya por la acción del gobierno, ya por la de los revolucionarios que
surgieron en e' norte y en los Estados de la
costa; y con motivo de la completa incomunicación, resultado inmediato de la conducta política del caudillo caucano, no volví a saber
de mi familia en mucho tiempo. Tan penosa
circunstancia agravó considerablemente la nostalgia que minaba mi espíritu.
Entre las cuatro o cinco materias del curso
en que fui matriculado, sólo la geografía y la
historia excitaban mi curiosidad. No me sucedía lo mismo con la gramática, de la cual
apenas si lograba fijar en mi mente los principios más elementales; y en cuanto a la aritmética, puedo afirmar sin riesgo de incurrir
en error de memoria, que siempre fui el último en la clase. Aquel importante ramo de los
conocimientos humanos, indispensable en las
lides de la vida práctica, era instintivamente
antipático a mi organización moral, mal constituída para comprender el mecanismo de los
números y la utilidad indiscutible de sus evoluciones infinitas. En cambio, dócil a las sugestiones de mi temperamento quimérico, y
consecuente con mis aficiones de antaño, no
desperdiciaba la ocasión de habérmeIas con algún librejo ameno, para atenuar la melar.colía que agobiaba mi alma de muchacho triste.
CUADROS DE COSTUMBRES
43
Algunos sinsabores me proporcionaba
la satisfacción de ese anhelo de lectura entretenida
o sentimental, pues a tal respecto, los pasantes y los profesores habían
recibido órdenes terminantes del director del colegio: el niño a quien se sorprendía
entretenido
con libros que no fueran los textos de estudio, era
castigado sin misericordia.
Por lo mismo, no
pocas veces fui severamente
amonestado
por
mis reincidencias en el particular,
y aun llegó el caso de que se me embargaran obrillas
ajenas, que no volvieron a manos de sus dueños sino después de transcurrido mucho tiempo.
El recuerdo del país natai y del hogar no
desamparaba mi mente un solo instante. ¡Con
qué placer rememoraba las verdes llanuras del
valle nativo, sus bosques amer..os, sus ríos y su
cielo! ....
Comparaba
la naturaleza desapacible y monótona
que me rodeaba con la exuberante
cuanto variada y alegre naturaleza
caucana: j cuán bella y seductora
me parecía
ésta, vista con los ojos de una alma enamorada de lo que le pertenece! .... La imagen adorada de mi madre reinaba como soberana en
ese conjunto de dulces recuerdos, que revivían
en mí al calor de impresiones misteriosas, como las que me producían, por ejemplo. el aroma de ciertas flores que ella amaba con determinada preferencia, o el eco casi extinto en
mi memoria de alguna tonadilla que entonaba
en sus momentos de afectuosa
expansión.
Y
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en tanto que mis compañeros
empleaban
las
horas de recreo en retozones juegos, yo permanecía triste, sentado en algún sitio aislado, por
lo comÚn al pie de la escalera que conducía a
los dormitorios del segundo piso, o en un extremo apartado del patio, desde donde contemplaba las cimas negruscas de la cordiílera central, que me separaba
de mi patria .... La
campanilla
del director, que nos llamaba de
nuevo al estudio, interrumpiendo
de improviso
la atronadora algazara de los estudiantes,
me
sorprendía en medio de pensamientos melancólicos, afligido y lloroso.
Mi situación moral se agravó
con el hecho
que vaya referir. Una tarde, a la hora de recreación, me encontraba sentado al pie de uno
de los elevados sauces que había en el gran
patio del colegio, y miraba con mi tristeza habitual a varios niños que se mecían en el pasavolante, situado a corta distancia del lugar en
que me hallaba. De improviso presentí que alguien se acercaba por detrás, recibí un fuerte
empellón y fui a rodar a dos varas de distancia. Cuando, lleno de ira, me levanté hecho
una miseria de polvo y con los pantalones desgarrados en una rodilla, vi que el autor de tan
innoble broma era un muchacho calentano, agresivo y antipático, a quien llamaban Chicora, a
causa de lo flaco, curtido y cuellilargo.
Sin
acordarme de que yo era un niño poco esforzado, nada hecho a los peligros de una lucha
CUADROS DE COSTUMBRES
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a puñadas, me lancé sobre Chicora y le di un
golpe en el pecho, reconviniéndolo por su agresión. ¡Señor! ¡Mejor hubiera valido habérmelas
con un tigre! El Chicora, que era ya un mocetón de diez y seis años, por 10 bajo, cayó sobre mí a los bofetones, y en un santiamén me
postró en tierra, medio cegado por los furibundos golpes y con el rostro inundado en sangre, pues aquel bárbaro me reventó la boca
y la nariz. Levantéme como pude y vi que en
un segundo se había formado un gran corro
de niños en torno nuéstro, todos muy alborozados, pues nada halaga tanto los gustos de
una reunión de muchachos como el espectáculo o la perspectiva de una riña entre compañeros. Ninguno de ellos intentó oponerse a la
furia con que aquel energúmeno, abusando de
mis pocas fuerzas y de mi inexperiencia en la
materia, se cebaba en mí; y por el contrario,
10 azuzaban para que continuara estropeándome. No hay un ser más indiferente a la desdicha ajena, más destituído de misericordia y
compasión y a quien sepa más a ridículo todo
10 que se asemeje a sentimentalismo, que un
colegial. Fíjese la consideración en que no digo un niño,
-¡Arriba,
Chicora! - decían unos-¡Oale
recio!
-¡Defiéndete,
caucano! - gritaban otros,
-¡No seas collón!
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-¡Al caño con él si se corre!-vociferaban
los de más allá.
-¡Voy medio al tolimense!
-¡El caucano no sirve! ¡Al agua! ¡al agua!
-¡Hucha
perroL ... ¡Cabeceól
Yo no hacía más que defender la cara con
los brazos; pero me propuse no retroceder un
palmo, pues con rápida intuición me di cuenta
de que si me corría, en lo sucesivo sería el
juguete de todos mis compañeros. Afortunadamente, en esos instantes llegó hasta nosotros
el sonido de la campanilla que nos liamaba al
oratorio; y el ataque cesó, no sin que el ChiCOTa dejase de propinarme
unos cuantos improperios, como si los golpes no le hubiesen
parecido suficiente agravio. Me lavé la cara
a la ligera en una acequia lodosa que atravesaba el patio, y, reprimiendo el diluvio de lágrimas que se agolpaban a mis ojos, acudí a
ocupar mi puesto en la formación.
Por la noche no se habló en el estudio de
otra cosa entre los numerosos alumnos que presenciaron el lance. Unos decían que yo era un
pollo mojado que, aunque paraba, no sabía defenderme; otros, que el ChiCOTa había hecho
bien en castigar la intolerancia de un cachifo
que no sabía aguantar chanzas; y los de más
allá opinaron que era indispensable excitarme
para que me diera de pescozones con el ChicoTa
el próximo domingo, no ya en el colegio sino
en la Huerta de Jaime que, como es sabido,
CUADROS DE COSTUMBRES
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era el campo abierto donde decidían los colegiales todas sus querellas de entre semana.
Ninguno de esos niños tuvo una palabra de
compasión para mi debilidad y mi inexperiencia, y esa circunstancia, que yo, con más pericia en las cosas de la vida, habría atribuído
a la ligereza propia de la edad feliz en que
nos encontrábamos, fue estimada por mí como
una injusticia que produjo en mi ánimo honda sensación de disgusto; me alejó instintivamente de aquellos que me parecieron más descorazonados, y acrecentó en proporciones tan
considerables la melancolía que se había apoderado de mi ánima impresionable, que al fin
el mismo señor Pérez, observador y perspicaz
como era, acabó por darse cuenta de mi situación moral y se esforzó en reanimarme, diciéndome que la tristeza que experimentaba
correspondía a un estado enfermizo del espíritu, que no podría curarse sino apelando al estudio perseverante y a la sociedad íntima y
cordial con mis condiscípulos, a quienes debía
acompañar en sus juegos y algazara. Sería
aquélla, según él, la mejor manera de probar
el afecto a mis padres y a mi país natal, supuesto que era la separación de esos seres y
de esos lugares lo que determinaba mi tristeza; y concluyó por echar a broma la cosa,
dándome unos cuantos papirotes y empujándome suavemente hacia el sitio en donde era
mayor la animación entre los colegiales.
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Cuanto a la riña con el Chicora, los pasantes tuvieron después conocimiento de lo ocurrido, e interrogado por los superiores acerca
de aquel incidente, me abstuve de revelar la
verdad, pues me repugnaba la delación de un
condiscípulo, siquiera me hubiese él causado
mucho mal. Esta conducta me valió la consideración de algunos compañeros; el Chicora se
reconcilió después conmigo, y en unos ejercicios espirituales que se efectuaron posteriormente, al aproximarse alguna solemnidad relioin<;:):1_,
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bía conducido. Con el correr de los años, hombres formados ya y entregados ambos al duro
tráfago de la vida, estrechamos relaciones y
llegamos a ser muy buenos amigos.
¡Cosa singular! Generalmente en los colegios
es donde se contraen esas amistades cordiales
y durables que amenizan después la existencia
y sirven de consuelo en los días de suprema
amargura. Pues bien, no obstante contarse en
el Colegio de don Santiago Pérez más de trescientos niños; no obstante mi naturaleza impresionable y afectuosa, si he de exceptuar
dos o tres condiscípulos con quienes simpaticé
desde el principio, no adquirí allí un solo amigo, si es que debe entenderse por tal a un ser
que sienta, piense y obre exactamente como
uno mismo, pues para la mayor parte de mis
colegas fui indiferente, y apenas si alcancé a
contar entre ellos unos pocos relacionados o
CUADROS DE COSTUMBRES
49
conocidos. Acaso tuve yo la culpa de que las
cosas pasaran de esa manera: dado a 1as abstracciones melancólicas del sentimiento y llevado por mi modo de ser a una concepción falsa
de la vida, no era yo adecuado para atraerme
la simpatía de muchachos positivos y prácticos
que, en armonía con las exigencias naturales
de su edad, sólo se preocupaban con los goces
y emociones que procura montar a caballo,
luchar o reñir con los compañeros, comer dulces hasta hosti garse, correr, gritar, golpearse,
mecerse en el pasavolante y, sobre todo, huir
instintivamente de cuanto pareciera ternura o
vehemente afectuosidad. Muy decidido, como
he dicho, por las lecturas amenas, nunca hablaba con esos niños de mi afición favorita,
porque apenas si tres o cuatro de entre ellos
habrían oído mencionar a Robinson Crusoe o
leído Los Incas y Pablo y Virginia; y por nada
me habría atrevido a dejarles entrever el triste
estado de mi alma por la separación de mi madre y de mi patria, pues temía que, egoístas
e indifereotes a todo 10 que no se refiriera a
sus diversiones y a sus placeres, no pudieran
darse cuenta del carácter de mis impresiones,
y las profanaran con su risa y sus sarcasmos.
*
:11
•
Todos los días de fiesta teníamos permiso
para salir del colegio y permanecer fuera de
50
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
él desde las ocho de la mañana hasta las seis
de la tarde.
Eran pocas las relaciones con que un colegial
forastero y pobre como yo contaba en Bogotá.
Entre ellas se comprendían dos que me eran
particularmente
gratas: las de la familia de un
tío paterno de mi madre, anciano benévolo y
cariñoso,
que respondía al nombre de don
Julián, y las de un excelente viejecito,
don
Joaquín Vélez.
Mi tío J ulián era padre de una prole numerosa; vivía por los lados de Las Nieves, en
una casita arrendada
que sus buenas hijas
mantenían
siempre arreglada y limpia como
una ánfora de cristal; v, no obstante sus muchos años, no había abandonado la senda escabrosa del trabajo y ocupaba la plaza de
escribiente
en una oficina de la secretaría de
hacienda, de donde pasó después al tribunal
de cuentas. Era muy poco 10 que aHí ganaba
el honrado y venerable anciano; pero con su
exiguo sueldo, el no menos reducido honorario
que pagaban en una imprenta a Fernando, su
hijo mayor, y lo que por aquí o por allá conseguían allegar los demás miembros de aquella
patriarcal
familia, ahí se iban pasando las húmedas y las secas, las duras y las blandas, y
nunca oí a esas buenas gentes murmurar
de
Dios ni maldecir
del prójimo porque no las
hubieran colmado de riquezas. Por el contrario,
fue en esa cristiana casa donde oí por prime-
CUADROS DE COSTUMBRES
51
ra vez en mi vida el filosóficodictado: ({Aquien
Dios se la dio, San Pedro se la bendiga».
Mi tío J ulián fue uno de los muchos emigrados que huyeron del Cauca hacia la capital
de la república en 1816, con motivo de la
persecución de las autoridades españolas, que
ejecutaban atrocidades en el Valle, como en
todo el país, para vengarse por medio de represalias crueles de las derrotas infligidas a
los realistas por los patriotas en años anteriores. Acompañado de su padre y dos hermanos,
atravesó a pie la montaña del Quindío, que
en esa época lejana era apenas transitable, y
al llegar a Bogotá se estableció allí definitiva-.
mente, luégo de haberse casado con una virtuosa joven de buena familia. Cuarenta y seis
años después de aquel tiempo recordaba mi
tío con exactitud el aspecto natural de su país,
los apellidos de las familias principales, los
nombres de los pueblos y haciendas y muchas
otras particularidades locales, conservadas en
su memoria de anciano de buena salud con
una frescura envidiable; y como por lo común
disertaba sobre cosas, personas y costumbres
desaparecidas, de las cuales apenas si había
oído hacer yo remota referencia, aquellas relaciones interesaban en alto grado mi curiosidad,
ávida siempre de los misterios y las oscuridades de nuestro pasado regional. Así, pues, grande era la complacencia que yo experimen.taba-cuandG-mi--tí0--f-€m~m()fa·ea -aEluelles-eam~EjJU~LiCA
\~1'j:¡,~j~~A
lJilS·ANGEL
AlAN~e;
52
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pos que me eran tan amados y aparecían tan
bellos a través de la distancia, poetizados por
la ausencia; o cuando discurría sobre esos patriarcas y esas matronas que fueron nuestros
antecesores, gentes virtuosas y de gran carácter, a quienes tan poco nos asemejabamos sus
descendientes, y me volvía todo oídos cuando,
con su amenidad habitual, hablaba de señores
y esclavos, fiestas reales, blasones y genealogías nobiliarias, calzones rodilleras, espadines,
casacas de punta de diamante y otras mil minuciosidades de la vida de antaño, que tenían
el sabor añejo de los últimos tiempos de la
colonia y de los albores de la república. Cuando mi tío trataba de esos asuntos, rancios,
dirán los entusiastas admiradores de lo moderno, pero muy gratos para quien ama y comprende la poesía de las cosas muertas, cuando
con su voz simpática, entera todavía, a pesar
de los años, se detenía en la relación de los
pormenores del tiempo ya tan lejano de su
adolesceI1cia,parecíame que oía leer un ameno
libra de crónicas y leyendas vallecaucanas, impregnadas de suave olor, de la belleza sencilla propia de la verdad.
Era mi tío J ulián muy afable de maneras,
sincero y generoso, pulcro en el porte y cumplido como pocos empleados jóvenes en la
concurrencia a su oficina. A las seis de la mañana se levantaba, se afeitaba él mismo con
esmero delante de un espejito que permanecía
CUADROS DE COSTUMBRES
53
suspendido a un pilar del corredorcillo, y después de almorzar, acto que se efectuaba a las
nueve, tronara o lloviera, soplara viento o no
soplara, se embozaba en una gran capa de
paño carmelita, con doble vuelta sobre los
hombros, la cual tendría, por lo bajo, veinte
años de servicios públicos y privados; poníase
un gran sombrero de copa alta, rojizo ya en
los bordes, y se dirigía sin demora al despacho, como decía él, invariablemente. Mi tío
debió de haber sido muy buen mozo en su
juventud, pues todavía conservaba notables
rasgos de varonil y gallarda apostura.
Como estimaba mucho a mis padres, a quienes conoció y trató íntimamente en un viaje
que ellos hicieron a la capital cuando apenas
contaba yo tres o cuatro años, mi tío J ulián
se complacía en que lo visitara en mis salidas
de los días' de fiesta, y acabó por cobrarme
gran cariño.
El viejecito don Joaquín Vélez tendría en
aquella época de setenta y cinco a ochenta
años. Era de mediana estatura, que la edad
y la delgadez de miembros hacían aparecer
más exigua; encorvado como una G, sumamente
miope y bueno como el pan de trigo. Don
Joaquín había conocido a Bolívar, Santander
y demás hombres grandes, colaboradores del
Padre de la Patria en la inmortal labor de
hacer libres a cinco naciones. Era muy dado
a referir las múltiples reminiscencias de su va-
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
riada vida, como que había sido artesano, militar, viajero, sacristán; casado, viudo tres
veces y vuelto a casar otras tantas; comerciante en granos, empleado en la portería del
senado, y últimamente ..... zapatero de viejo y
pobre vergonzante, o, como dicen en Bogotá,
jubilado, con capote de color del tiempo que
fue, gafas verdes y sombrero de pelo sin pelo.
Con motivo de que mi padre se encargó de
la suerte de Santiago, su hijo, y de que en
casa se trató y consideró a'! pobre muchacho
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adoración por todos nosotros. Puede juzgarse
por esto si el viejecillo sentiría placer cuando
supo mi llegada a Bogotá. Fue su visita una
de las primeras que recibí; y como doña Antonia, su tercera esposa, no le iba en zaga en
benevolencia y afectuosidad, ella y su marido
no sabían cómo obsequiarme y atenderme cuando los domingos iba a visitados en la tiendécita clara y muy adornada con litografías de
generales de la independencia y grabados de
El Correo de Ultramar, donde vivían cual un
par de palomos viejos, arriba del Chorro del
Rodadero. Era de oírse en esas ocasionesa don
Joaquín, cuando narraba con su voz cascada
de cencerro, los diversos recuerdos de su existencia pretérita, interrumpiéndose a cada momento para reanudar los hilos del relato, que
se extraviaban en el dédalo de su medio apagada memoria. Pasaron de cuatro o cinco las
CUADROS DE COSTUMBRES
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veces que en una misma sesión me refirió la
entrada del ejército libertador en Bogotá, después de la memorable batalla del 7 de agosto
de 1819,yel fusilamiento de Barreiro y sus treinta y cincocompañeros; el atentado del 25 de septiembre de 1828, y muy detenidamente y con
expresiones y acento de la más honda pesadumbre, la salida del ilustrísimo señor Mosquera de la capital, cuando partió desterrado
para el extranjero. Era un culto cuasi religioso
lo que el recuerdo de aquel varón eminente, en
cuyo palacio fue portero algún tiempo, inspiraba a esa pobre alma abatida por la miseria
y los años. Mas, lo que había de particularmente gracioso en las narraciones de don J oaquín era que, enredado a menudo en el laberinto de sus lejanos recuerdos, confundía a las
veces a doña Manuela Sáenz con Policarpa
Salavarrieta, y al general Santander con el
presidente López; y llegó día en que, muy en
ello y levantándose a medias de su raído sillón, me dijo con ademán de súbita energía,
que «si el virrey Amar no hubiera sido tan
calzonazos y se las hubiera templado con el
,congreso,el ilustrísimo arzobispo habría muerto tranquilamente en su cama, en Bogotá».
Ciertos días de fiesta visitaba yo en su lujosa
y cómoda habitación de la Calle de la Carrera,
.a una familia muy respetable y distinguida de
Bogotá, con)a cual tenía el honor de estar
.emparentado, y cuyo jefe fue uno de los hom-
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
bres más sobresalientes de su época, así por
sus capacidades y vasto saber, como por su integridad legendaria y la distinción nativa que
relevaba su eminente personalidad: el señor
don Lino de Pombo. Este venerable patricio,
infatigable servidor de los intereses nacionales,
que a ser menos modesto y desprendido, acaso habría gobernado la república alguna "ez,
pues dotes y merecimientos le sobraban para
ello, teflÍa como esposa a la señora doña Ana
María ReboIledo, dama apreciabilísima, popayaneja de origen. muy acatada en la sociedad
culta de la capital por sus virtudes y amenidad de maneras, y reconocida por sus incontables relacionados como modelo cumplido de
amigas leales, generosas y perseverantes.
De los hijos de ese matrimonio honorable,
uno, don José Rafael, se hizo conocer desde
muy joven, dentro y fuera del país, como poeta de vigorosa y levantada inspiración, que ha
contribuído en gran manera al renombre literario de Colombia; otro, don Manuel, se ha
distinguido como jurisconsulto tinoso e ilustrado, periodista laborioso y pulcro, escritor de
costumbres festivo y galano, y, sobre todo,
como hombre de mundo del más agradable y
discreto trato.
La casa del señor Pombo era espaciosa, llena de luz por todas partes, y dispuesta con comodidad, lujo y elegancia. Del zaguán se pasaba a un corredor ancho, adornado con tazo-
CUADROS DE COSTUMBRES
57
nes en que florecían los geranios, las fucsias y
los rosales, y de allí se ascendía por una grada de buen gusto a una amplia galería, cerrada a un lado por vidrios de colores; especie de
vestíbulo elegante, decorado' con blandos diva~
nes, que precedía a un vasto salón bien amueblado, en el cual, a la media luz tamizada por
densas cortinas de damasco, realzadas por otras
más ligeras de punto inglés, se respiraba con
delicia inolvidable ese ambiente especial de las
habitaciones bogotanas, saturado siempre con
el humo fragante de la alhucema quemada con
azúcar. En ese salón se reunía muchos domingos una sociedad selecta, formada por lo más
distinguido del personal masculino de la Bogotá de aquel tiempo, la cual presidía el respetable dueño de casa, hombre de hermosa
presencia, quien, con su cuerpo membrudo y
lleno, la enhiesta cabeza de ancha frente, y sus
facciones pronunciadas, que recibían original
expresión de unos ojos miopes, muy dulces y
benévolos, me hacía pensar en esos varones
romanos de que nos hablaba con su habitual
elocuencia nuestro profesor de historia, don F elipe Pérez. Pobre y desconocido niño, en quien
apenas si paraban mientes esos hombres, notables todos por algún motivo, yo permanecía
por ahí, sentado en el ángulo más apartado de
la suntuosa estancia, y oía sin pestañear las
diversas conversaciones de aquellos personajes
y de los señores del hogar, conversaciones que
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rodaban comúnmente
sobre política, periodismo, noticias del extranjero y crónica menuda
de la ciudad.
Sabido es cuánta influencia ejercen en el ánimo de las gentes sencillas de provincia los nombres de individuos prominentes
de]a capital,
y la fama que alcanzan los sitios más visibles
o concurridos de ella, o que, por cualquier
causa, se singularizan y llaman la atención general. Así, por ejemplo, por cuántas y cuán
peregrinas cavilaciones pasa el magín de las
buenas gentes del Cauca o del T olima, de Santander o Boyacá, cuando a sus oídos llega, o
leen en periódicos o libros, el apellido de este
político célebre, o el de aquel orador afamado, o el de ese literato notable; o el del médico doctor N, que salvó la vida al millonario
Juan Fernández, o del hábil abogado que ganó un pleito de doscientos mil pesos, o el del
general Fulano, que hizo diabluras en la campaña del norte, o el de la señorita Zutana, que
es una pura maravilla de belleza. O .. , j el cuento de nunca acabar! ¿Y la Alameda? ¿el Atrio?
¿el Parque del Centenario? ¿el Salón de Grados?
¿ el Camellón de las Nieves? ¿ el Coliseo? ¿ la
Catedral? y ¿ tántas otras cosas que el candoroso provinciano anhela conocer, por lo mismo
que las imagina tan particulares y bellas? ..
¡Ah, muchas decepciones se experimentan
después, cuando se ven de cerca algunos de
esos individuos de renombre y se contemplan
CUADROS DE COSTUMBRES
59
muchos de aquellos objetos que, miradas de
lejos con el lente fantástico de la imaginaci6n,
parecen tan interesantesL .. Personajes a quienes se supone modelos de cortesanía y civilidad, porque en sus artículos de periódicos no
han hecho otra cosa que censurar la mala educaci6n de. los pr6jimos, y suj etos a quienes la
mente finge espirituales, decidores y galanos,
aparecen en la realidad como unos patanes
desabridos e incultos; y otros que, con la fantasía crédula del habitante de pueblo pequeño,
se ven hermosos como bustos griegos, resultan
más feos que Pido ...
Nada semejante ocurri6 por entonces conmigo en lo que se refiere a la generalidad de
las personas que formaban la tertulia de la señora Rebolledo de Pombo. Por el contrario,
excedieron a cuanto mi mente de muchacho
había concebido respecto de ellas. Así, nunca
olvidaré la fisonomía seria a la par que expresiva del señor AncÍzar, tan circunspecto como
culto, y cuya discreta conversaci6n no alcanzaba a velar la solidez y variedad de sus conocimientos; al señor don Pedro Fernández
Madrid, con su rostro pálido, de vasta frente,
rodeado por un collar de barba negra, reposado en el hervor de las más agitadas discusiones, y urbano y deferente hasta con los niños;
don Mariano Ospina Rodríguez, encargado a
la sazón de la presidencia de la república, afeitado del todo, vestido enteramente de negro y
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
con ancho corbatín del mismo color, lo cual
formaba en él un austero conjunto, que atenuaba la sonrisa estereotipada en sus delgados
labios; sin que nada revelase en su porte y maneras que se envaneciera con la alta dignidad
que le estaba encomendada; el doctor Salvador Camacho Roldán, verdadero gentil-hombre
republicano, gallardo, cultísimo, y una de las
personalidades más importAntes y simpáticas
de aquella reunión distinguida; el célebre médico escocés doctor Ricardo Cheyne, compadre
y amigo predilecto de los dueños de casa; el
ilustrísimo señor Herrán, que deploraba con
frases sentidas de evangélica unción, las desgracias que amenazaban a la patria; el doctor
Manuel Murillo Toro, jefe eminente del partido gólgota, que departía con el señor Ospina,
cual si hubiesen sido los mejores amigos del
mundo, y a quien el señor Pombo atendía con
particular deferencia; el doctor Ca rlos Holguín,
muy joven entonces pero animado ya por el
verbo brillante y la fogosidad de pensamiento,
que hicieron de él con el tiempo uno de los
más notables oradores parlamentarios de Colombia; el doctor Andrés María Pardo, delicioso causeur, y otros muchos caballeros importantes, entre quienes no puedo prescindir de
nombrar al doctor Manuel María MaIlarino,
que hablaba de las bellezas naturales del Cau·
ca con una elocuencia y un sentimiento poético tan elevado, que sus palabras, pronuncia-
CUADROS DE COSTUMBRES
61
das con ]a rapidez y propiedad que eran peculiares de aquel eminente repúblico, me llegaban
al alma; al doctor Aníbal Galindo, bastante
joven también y que me impresionaba con su
expresión ardorosa de meridional saturado de
inglés, y a algunos jesuítas de la comunidad
que residía entonces en Bogotá y un año después sería expulsada de] país por e] general
Mosquera. Asimismo, visitaban la casa del señor Pombo algunos miembros del cuerpo diplomático, entre ellos el barón Goury du Roslan, ministro del imperio francés, y monseñor
Micolao Ledokowski, delegado apostólico.
* **
Un domingo ocurrió un acontecimiento deplorable, que produjo en el colegio la más espantosa consternación. En la sección de pequeños ° cachifos había un niño apellidado Torrijos, oriundo del pueblo de Chaparral, muchacho vivo e inquiE'to, que siempre andaba en
dares y tomares con los profesores y los pasantes por sus incontables travesuras. No obstante, Torrijos tenía buen corazón e inteligencia despejada. Era mi vecino en el dormitorio,
y con tal motivo pude darme cuenta lo mismo de sus defectos que de sus cualidades.
El día a que me refiero, Torrijos salió a la
calle como todos los demás niños, y después
de-unfLcort8-vjsit~a2u
acudiente- se lanzó
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
por esos mundos en busca de aventuras, pues,
ya lo dije, era una criatura esencialmente andariega y vivara(;ha. Al pasar por el atrio de
la catedral encontró un condiscípulo de su edad,
a quien propuso en seguida que subieran a la
torre que mira hacia el norte, a lo que accedió el otro sin vacilar, pues bien conocido es
el espíritu sugestionable y novelero que predomina en los niños, y ya se sabe que las empresas más temerarias
y peligrosas son precisamente
las
que los atraen y seducen con ma.1'••
_
n~_
;y VI
11.011;;1L.o.
La puertecilla de la torre estaba abierta. y
el campanero
se encontraba ausente, por lo
cual la oportunidad no podía ser más propicia
para la satisfacción
de tan loco pensamiento.
Los dos niños emprendieron el difícil ascenso,
siendo Torrijos, como autor de la idea, quien
tomó la delantera; y después de vencer sabe
Dios cuántas dificultades, ya trepando por una
escalera angosta y pendiente, ya subiendo como monos por las rampas, ya saltando
de
montante en montante y de viga en viga, con
rIesgo de romperse cien veces la crisma, llegaron a la galería de las campanas donde se encontraba el enon;ne y complicado
mecanismo
del reloj antiguo que desde el año de 1740 venía sirvie~do al público Excitados por la novedad de los mil obj etos que por vez primera
veían, no se contentaron
ya con observar las
cosas de lejos, sino que pretendieron,
insensa-
CUADROS DE COSTUMBRES
63
tos, introducirse en aquel laberinto inextricable de ruedas, cuerdas, cilindros, tablas, pesas,
poleas y qué sé yo cuánto más. Torrijos fue
el primero que abandonó
la escalerilla para
pasar a la región de la máquina,
que es como si dijéramos, al corazón mismo del peligro.
El compañero,
más cobarde o más prudente,
se abstuvo de seguirlo en tan arriesgada vía,
y se quedó atrás, después de haber instado al
otro para que retrocediera. Pero lo que ha de
suceder, escrito. está, como lo reza el fatalisIDo musulmán:
no bien hubo puesto el
pie el infeliz muchacho, .sobre el extremo de
una tabla saliente que, acaso, juzgó podría sostenerlo, cuando cedió el frágil apoyo y Torrijos cayó desde tan tremenda altura, y dando
botes de travesaño en travesaño, de escalón en
escalón, por entre las paredes de piedra que
forman la caja de la torre, hasta estrellarse en
las baldosas del piso, a nivel del pavimento
del atrio ... No se oyó sino un solo grito, lanzado por el pobre niño cuando se sintió precipitado en el vacío; pero ese grito fue tan agudo y dolorido, que resonó hasta en los más
apartados ámbitos de la gran basílica.
Un joven J aén, panameño, condiscípulo nuéstro, que figuraba entre los grandes, y era uno
de los personajes más serios del colegio, como
que se abrigaba con capa e inquiría la hora
del tiempo en reloj propio, cosas extraordinarias en_un_estudiante
de agu~lla época,_ acertó
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
a pasar casualmente por frente a la puerteci]la de la torre en el momento preciso en que
se consumaba el terrible suceso ... ; y atraído,
primero por el grito pavoroso que atravesó el
espacio, y en seguida por el Siniestro ruido que
produjo el cuerpo del niño al caer sobre las
anchas losas, se acercó y llegó a tiempo en que
la desdichada criatura se conmovía dolorosamente, torturada por las violentas convulsiones
de la muerte. J aén tenía conocimientos en medicina, pues seguía los primeros cursos de esa
CienCIa en la escuela respect:lva; y aSl, pUdO
darse cuenta con certeza de que T orrijos había dejado de existir.
Al instante se congregaron allí muchas gentes de toda condición, entre las que pululaban
los estudiantes, los chinos y los sirvientes de
ambos sexos; y cuando, momentos después, el
compañero de Torrijos, tan pálido como el
muerto, descendió de las alturas de la torre y
refirió lo ocurrido, ya se encontraban allí algunos empleados de policía, quienes, por indicación del joven J aén, alzaron los sangrientos
despojos, los colocaron en una ruana y así los
llevaron a la casa del acudiente, que era persona muy conocida. Fácil es imaginar la penosa sorpresa de aquel caballero.
La noticia del acontecimiento produjo en el
colegio una verdadera revolución, que perturbó completamente los ánimos y dio lugar a comentarios interminables. El señor Pérez pade•. _
•.
1
1
.•.
1"
CUADROS DE COSTUMBRES
ció lo que no es decible con tan grave contrariedad, de la cual nadie fue responsable.
***
A la sazón ardía la guerra en todo el territorio de la república, y a menudo ocurrían en
el colegio ciertos hechos relacionados con la situación política, que exasperaban al director y
lo hacían pensar de vez en cuando en cerrar
el establecimiento,
como en efecto tuvo que hacerla algún tiempo después. Entre los grandes
era la política tema obligado de discusiones
ardientes, que en más de una ocasión degeneraron en riñas a puñadas. Otros se abstenían
de discutir, pero formaban planes para evadirse del colegio con la mira de acudir a lo')
campamentos de uno u otro partido, según sus
simpatías o inclinaciones, y tomar servicio como soldados.
No podré olvidar la impresión que produjo
en el colegio el descubrimiento de la escapada
de un joven Patiño, antioqueño,
que era sumamente entusiasta por la causa liberal. T endría apenas veinte años, era hermoso como Antinoo, v en su condición de montañés disfrutaba de una salud y un vigor envidiables. A
tan recomendables dotes unía una inteligencia
clara y ese carácter franco y abierto, propio
de los hijos de la Helvecia colombiana ... Un
p-ª~ante _Yiº--ª-la_.mad-1'ugadaJa _e.s.c.ala_de.lazQs~_
66
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
que, suspendida a una de las altas ventanas
del edificio, había servido a Patiño para evadirse; y de tan insólito ~uceso dio cuenta inmediatamente al director. iYa puede presumirse cuál sería el disgusto del señor Perez! Trascurridas unas pocas semanas supimos con dolor que Patiño, después de haberse batido con
el coraje de un león, había muerto en el combate de «Jaboncillo», en el estado de Santander.
El ejemplo del ardiente joven fue seguido
por tres o cuatro alumnos más; pero al fin, el
señor Pérez, muy alarmado por hechos de tan
grave naturaleza, adoptó medidas serias, y las
escapadas cesaron.
Mientras tanto, la incomunicación con el
Cauca continuaba. Como acabo de decido, la
guerra en vez de cesar o atenuarse, tomaba
mayor incremento cada día. El general Mosquera. después de violar el pacto de Manizales, había atravesado la cordillera central por
el Guanacas; y, batido ya el general París en
el campo de Segovia, avanzaba a pasos agigantados hacia la sabana de Bogotá. En el
norte de la república no eran menos activas
las operaciones. Como consecuencia natural de
este orden de cosas, yo no recibía de mi familia ni cartas ni recursos de ningún género.
Fue entonces cuando tuve oportunidad de
conocer más a fondo la generosidad e hidalguía del señor Pérez. Ya se sabe cuán poco
CUADROS
DE
COSTUMBRES
61
resiste la ropa a los niños, siquiera sea ésta
abundante y de telas superiores. Así, aunque
bien provisto de vestidos cuando me separé de
la casa paterna, el paso del tiempo en combinación con el descuido, peculiar a la edad en
que yo me encontraba, y acaso también la rapacidad de alguna lavadora de conciencia ancha, redujeron muy pronto el contenido de mi
ba(d de estudiante a las más exiguas proporciones. No brillaba, pues, mi personilla en el
colegio por el lujo, ni por la deceneia en el
vestir, y, por el contrario, mis pobres ropas
formaban notable contraste con la apariencia
ostentosa de algunos de mis condiscípulos ricos,
de quienes era mirado con el desvío consiguiente. Llegaron las cosas al lamentable extremo
de que para poder asistir a las clases de una
manera decorosa, me vi precisado a negociar
con uno de mis compañeros de dormitorio un
viejo casaquín de paño verde-botella, en cambio de algunos platos finos de mis comidas.
Fuese que el deplorable estado de mi ropa
hubiera acabado por atraer la atención del señor Pérez, o que alguien lo pusiera de oficio
al corriente de las penosas circunstancias que
yo atravesaba, es lo cierto que una mañana
me llamó a su habitación particular y me interrogó con interés acerca de mis necesidades
más urgentes. Expúsele con ingenuidad lo que
ocurría y me reconvino, paternalmente por mi
íªltª---ºl:L[r!l!29.~_~zav de confianzfL
oS
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
-El
director de un colegio-me
dijoes,
en cierto modo, el segundo padre de sus alumnos y tiene el deber de velar por que ellos no
padezcan privaciones
del género de las que
usted viene soportando por ministerio de circunstancias especiales, de que es irresponsable.
¡Conque ¡menos timidez en 10 sucesivo!
Transcurridos
diez o doce días, me fueron
entregados
dos vestidos completos de buen
paño, calzado, sombrero y ropa interior suficiente. El bondadoso caballero que, en medio
de las serias e importantes funciones que reclamaban su incesante atención, tenía tiempo
para recordar que no sólo era maestro sino
padre de sus alumnos, y poseía un corazón
accesible al noble sentimiento de la compasión, J1evó su generosa fineza hasta el extremo de proveerme de algún dinerillo para que
satisficiera
alguno de mis antojos de muchacho, tanto tiempo contenidos. Al recibir esas
pocas monedas,
no pude contener
el llanto:
iapenas sí mi buena madre hubiera procedido
con más delicadeza y ternura!
Refiero estas cosas, que acaso serán tachadas de demasiado íntimas,
de excesivamente
personales, porque, al recordadas, la gratitud,
latente en mi corazón hace más de treinta
años, me impele a consignarlas en estas páginas; y porque no puedo prescindir de trazar
ciertos rasgos que, aunque insignificantes en
apariencia, pintan meior que cualesquiera con-
CUADROS DE COSTUMBRES
sideraciones extensas de otro orden, la fisonomía moral de un hombre eminente, que con
el tiempo llevó sobre sí la investidura suprema de primer magistrado de la nación.
Corrieron algunos meses más, y al nn llegaron los certámenes, ese período de la vida
del colegio, tan deseado y tan temido por los
estudiantes.
En esos actos decisivos, que se
efectuaron cuando ya las dianas de los campamentos del ejército de la revolución resonaban a cortas jornadas de la capital, obtuve un
resultado así, tal cual, muy mediano más bien.
Estuve muy lejos, mucho, de ser de los primeros; y en ciertas clases, como la aborrecida
aritmética,
por ejemplo, debo confesar que
fui de los últimos ...
Sin embargo, salvo la satisfacción de la conciencia, ¿ de que me habría servido por el momento cosechar lauros en esas justas del estudio, si cerca de mí no sentía palpitar de
temor o de esperanza un corazón afectuoso?
¿si a mi lado no veía esos seres amados, padre, madre y hermanos, que tanto habrían gozado con mis triunfos, si algunos hubiera oh·
tenido?..
¡Cómo se conmovía mi pobre alma
cuando a los acentos de una música armoniosa y alegre, en medio del regocijo general de
una concurrencia numerosa y escogida, entre
flores y cortinajes, presenciaba las vehementes
demostraciones de contento de todos aquellos
p-::ldreSY_(lq!J~llª_~fYll'lnrps ~le esperaban a sus
70
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
hijos a la terminación del acto solemne de la
distribución de premios, para felicitarlos con
calor por el éxito obtenido!. .. jAh! que entre
las cosas tristes de la vida, pocas, muy pocas
igualan al aislamiento del alma en los instantes en que todo lo que nos rodea respira alegría y satisfacción.
>le
**
Por ese tiempo se había estableCIdo en ia
capital mi tío Antonio con su familia, y en
casa de esos parientes pasé las vacaciones.
Transcurrieron
algunos meses durante los
cuales no pude continuar mis estudios porque, con motivo de la terrible situación de
guerra que atravesaba la república, ninguno
de los colegios privados de Bogotá pudo reanudar el curso de sus labores. El establecimiento de los señores Pérez Hermanos corrió
la suerte de los demás. La intranquilidad en
que se vivía, el alto precio de los artículos
alimenticios y otras tantas circunstancias análogas, justificaban la suspensión de las tareas
en los institutos de enseñanza secundaria. Entonces se decidió que yo sería colocado como
alumno externo en el colegio que dirigían en
la capital los padres jesuítas; y en marzo del
año siguiente fui matriculado en la clase que
regentaba uno de los individuos más estima-
CUADROS DE COSTUMBRES
71
bles de la compañía, el reverendo padre Navarrete.
Hay que hacer a los buenos religiosos la
justicia de que, no obstante la zozobra en
que vivieron desde fines de 1860 (a ellos no
podía ocultárseles las aviesas miras del general Mosquera respecto de la orden) ni un
solo día dejaron de cumplir sus numerosos y
complicados deberes ce institutores y ministros del santuario; y hasta el 17 de julio de
1861, víspera de la tremenda batalla que dio
como resultado la caída definitiva del gobierno de la Confederación, nos hicieron asistir a
las clases, sin que por nuestra parte pudiéramos descubrir en el semblante de los padres
la más leve muestra de emoción, ya corriesen
noticias favorables a la causa del gobierno, ya
circularan rumores funestos respecto de las
huestes revolucionarias.
El 18 de julio de 1861, después de una serie de combates más o menos sangrientos,
como los de ,{Subachoque», «El Chicó~ y otros,
en los cuales, como todos saben, la victoria se
mostró indecisa y costaron a la patria innumerables vidas, preciosas muchas de ellas, se
libró la batalla decisiva que produjo como fruto inmediato la toma de la capital por el general Mosquera, y en seguida, eí cambio más
completo que se ha efectuado en nuestro país,
no sólo en la forma política, en lo que se reiiE;L~ª-j~_hombres que sucedieron a los seño-
72
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOl'vIBIA
res Ospina, Calvo, Sanclemente, Pardo, Gutiérrez, etc., sino en la estructura fundamental de las prácticas de gobierno, en los diversos ramos de la administración pública, y en
el espíritu de la legislación, así penal como
económica, social y religiosa. El primer acto
del drama de la guerra de 1860, iniciado en
el combate de «El Derrumbado>,
terminaba
con el triufo obtenido sobre el general Ospina:
el último no sería menos fecundo en peripecias terribles y tendría como trágico epílogo
un nombre escrito por la mano de la historia
con letras de sangre: j Berruecos !
,
Desde el tejado de la casa donde vivía (por
las alturas de Belén) presencié con un amigo
alguno de los episodios lejanos, ¡muy lejanos! del famoso combate. La operación, hábilmente ejecutada por el general Rafael Mendaza, de rodear la ciudad por el oriente, al
pie de los formidables cerros de Monserrate y
Guadalupe, y asaltada en seguida por la parte de Las Cruces, fue vista por nosotros; pero
pronto empezaron a silbar las balas sobre
nuestras cabezas, y los lamentables gemidos de
los proyectiles, que, parecía, deploraban de
antemano los estragos que se veían obligados
a producir, nos hicieron abandonar más que
de prisa nuestra ventajosa aunque incómoda
posición de curiosos, para correr a ocultamos
en el sitio mejor defendido de la casa.
Esa misma tarde se vetan las calles de Bo-
CUADROS DE COSTUMBRES
73
gotá cruzadas por millares de negros caucanos,
quienes ostentaban en los sombreros coronas
de follaje y de flores, muestra evidente del entusiasmo de las damas liberales de la capital,
que habían recibido como a ¡ibertadores a
aquellos valerosos descendientes de africanos.
Entre muchos, recuerdo al negro Victoria, ascendido ya a general, quien recibía por todas
partes las más efusivas demostraciones de consideración, a las cuales correspondía el jefe
caucano con sencillez y, si se quiere, hasta
con encogimiento, pues no era hombre que aspirase a aparecer distinto de lo que realmente
era: una muy mediocre personalidad.
.•.* *
Como durante un tiempo considerable la situación política del país continuó presentando
un aspecto serio, no pude proseguir por entonces en ningún estudio, pues el difícil orden
de cosas que alcanzámos, con motivo de la
prolongación de la guerra en el Cauca, impedía el restablecimiento de los colegios en la
capital. No se pensaba en otra cosa que en
movimiento de tropas, campamentos y batallas; por lo que en mi condición de adolescente a quien los asuntos políticos no interesaban en gran manera, me vi forzado a permane~eL~_lD-ª_~c;Jºn,
__contraído únicamente a la
74
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
lectura, que entonces, como siempre, fue consuelo de mis pesares, sostén de mis vacilaciones, estímulo de mi vida intelectual.
Cuando la lectura fatigaba mi mente, cerraba el libro o doblaba el periódico, y entornando tras de mí la puerta del cuartucho que me
servía de habítación, me encaminaba
hacía
las alturas que dominan el barrio de Belén ...
Como si las tuviera presentes,
recuerdo ciertas callecitas de esos lados, formadas por cabañas y chozas pajizas, encerradas dentro de
cercadillos de ramas secas entrecruzadas,
en
las cuales se enredaban
profusamenee
hasta
formar emparrado,
los verdes festones de los
curubos y los bejucos rojizos de las suaves y
fragantes madreselvas. Por allí se iba a la fábrica de loza del señor Leiva. El silencio V la
soledad de aquellos sitios apacibles,
adonde
apenas si alcanzaba a llegar el rumor lejano
de la gran ciudad; los aromas silvestres
que
exhalaban esas humildes arboledas de cerezos,
duraznos y borracheras, y la rusticidad y sencillez cuasi campesinas de los habitadores de
esas casitas blancas, vivo contraste entre la
callada existencia de una aldea y la animación de los centros populosos de la capital, armonizaban
con la persistente
melancolía de
mí espíritu. ¡Cuántas tardes de mi extrema juventud pasé en esos solitarios campos, sentado sobre las grandes piedras del cerro, en tanto que los gorriones y las chisgas picoteaban
CUADROS DE COSTUMBRES
75
los frutos de los huertecitos vecinos y alegraban la naturaleza con ]a melodía de sus gorjeos!
A]gunas veces .extendía mis sentimentales
excursiones hasta los empinados cerros de La
Peña; y cuando estaba en vena de pasear, subía sin cansarme por las verticales laderas que
forman el vallecito encajonado por donde se
descuelga,
triste. y vergonzante, el riachuelo
San Agustín. Desde esas alturas cubiertas por
gramíneas
ruines y matorrales
ásperos que
crecían con dificultad entre aquellos barrancos
y pedrejones. contemplaba
conmovido el melancólico panorama
de la sabana, que extendía a mis pies sus vastas y monótonas líneas,
con la hermosa ciudad, coronada de torres y
cúpulas, en primer término, y las verdegrises
llanuras cruzadas por carreteras y senderos, y
limitadas en ]a desnuda lontananza por plateados lagos y serranías pizarreñas, que acababan por contundir la vaguedad de sus perfi les indecisos con el azul metál ico de] cielo ....
El helado cierzo llevaba hasta mí los múltiples y variados
rumores de la ciudad, los
lejanos
ladridos de los perros, los golpes
de los talleres y cerrajerías,
los gritos de
los niños, las voces de los trabajadores,
los
toques de corneta, el balido de los ganados, el
rodar sonoro de los carros, la voz melancólica
y sugestiva de las campanas ... todos esos suSu.r.rmLy.agQs.J:_inªs!bt~sLgl1~ son como la 00-
76
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
tente respiración de una gran capital; y en el
ocaso el sol, rodeado por la pompa magnífica
de resplandores
de oro y pÚrpura, hundía su
disco deslumbrante
y cedía el imperio de la
luz al dominio de las sombras que aquí y
acullá salpicaban con chispas de fuego los reverberos de las calles del comercio.
Como nadie lo ignora, Bogotá de entonces
era una ciudad muy diferente de la BogotÚ de
hoy, pues hasta la época a que me refiero
conservaba
muchos de los rasgos principales
de la antigua Santafé. Los espaciosos conventos de frailes y monjas ocupaban
aún grandes porciones del área central de la población
y la deformaban con sus enormes conjuntos
arquitectónicos,
pesados y de mal gusto, y las
muchas casas y solares que formaban parte del
patrimonio monacal, no habían sido transformados aún en los centenares de habitaciones
elegantes que después han constituído uno de
los más atrayentes embellecimientos
de la capital. Las calles no habían sido adoquinadas
y las aceras estaban cubiertas con baldosas
ahondadas por el el paso de muchas generaciones, que cedían de un extremo o del otro,
al ser pisadas, como las teclas de un piano
viejo. Todos los que vivían en aquel tiempo
saben que el alumbrado publico se reducía a
unos pocos faroles de hechura grotesca, que
afeaban las bocacalles del centro. v no siempre prestaban el servicio que de ellos se es-
CUADROS
DÉ
COSTUMBRES
'17
peraba. La plaza de San Francisco, mal empedrada con guiJarros menuditos, sucia y desapacible como plaza de lugarón, mostraba
como cosa buena hacia el centro de su vasta
y desierta superficie una fuente (vulgo ,bila)
de piedra color de lepra, en la cual recibían
el agua en cachos enastados, que hacían el
oficio de embudos de un nuevo género, unas
aguadoras que en lo desharrapadas y sucias
llevaban muchas ventajas a la supradicha
fuente. A corta distancia v a la sombra de la
histórica capilla del Hum'illadero, se hallaba
el mercado de forraje. En las goteras de ]a
tercera Calle Real, en la vecindad de grandes
y elegantes almacenes de flcaudalados introductores, existían dos o tres chicherías auténticas, las cuales contaban con clientela numerosa, Que a cada instante hacía oír los jora sí!
jso endeviduo! jori verá! y otras lindezas de
lenguaje, fav0ritas de los descendientes de los
muiscas. En cuanto a carruajes, en el perímetro de la ciudad propiamente dicho sólo
rodaba un0 que otro antiguo birlocho, yeso
de una manera sobrenatural y milagrosa, porque el piso de las calles no era de lo más
adecuado para esa gimnástica rodante; y en
materia de paseos públicos que merecieran tal
nombre y se mostraran hermoseados con obras
de arte, Bogotá estaba a menos de cerú, pues
los camellones Aguanueva, Egipto, San Diego,
Las Cruces, etc., apenas podían aspirar a ser
78
BIBLIOTECA ALDEANA DE cotOMBtA
considerados como vías de comunicación o
campos abiertos, en los cuales, si había algún atractivo, éste lo suministraba la naturaleza con su contingente de horizontes vastísimas, cielo a~ul y agrestes serranías, en lo que,
como es notorio, ninguna parte tenía el hom·
bre. El teatro antiguo o Coliseo era indigno
de una ciudad de tan avanzada cultura social;
y la plaza Mayor, de la Constitución o de
Bolívar, que todas esas denominaciones ha recibido era una especie de Sahara en miniatu.••n
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hoy decora el costado meridional, sólo se veían
entonces unos muros. desaseados, convertidos
en escombros antes de ser obra terminada. j Y
cuénta que esto sucedía al mediar ya la sexta década de este siglo!
Pero sobre esa Bogotá de mis recuerdos de
colegial han pasado más de treinta años, y se
afirma que en ella se han efectuado uno de
esos cambios maravillosos como sólo se ven en
los cuentos azules, cuando las hadas benéficas
convierten la mísera choza de Cenicienta en
el palacio encantado de la Princesa Deseada!
¡Treinta años! ¡Ay! es mucho tiempo en la
vida de un hombre: i apenas el espacio de un
instante en la existencia de una ciudad!
11
Transcurrido un tiempo de consideración, me
matriculé como alumno externo en el plantel
que con el nombre de Colegio de Santo Tomás de Aquino fundaron y dirigieron los señores Ortices, de ilustre y veneranda memoria.
AlIado de tan conspicuos institutores permanecí más de un año; y en verdad que si, no obstante mi buen querer, nada aprendí· ni a hacer
nada alcancé allí, culpa no fue de esos respetables y queridos maestros, porque tanto el
sabio y bondadoso don José Joaquín como
el ameno e ingenimo don Francisco, se esforzaron cuanto les fue dado en el noble empeño de enseñar a los que nada sabíamos, ¡Dios
haya premiado las virtudes y méritos de esos
dos egregios varones que tanto bien hicieron
a la juventud colombiana y tan brillante lustre dieron con sus obras a las letras patrias!
En aquella época contraje amistad con tres
jóvenes notables de quienes guardaré grato
recuerdo mientras viva. La varia suerte nos
ha alejado después completamente los unos de
80
BI.BLlOTECA ALDEANA DE COLoMBIA
otros, hasta el extremo de preguntarme
muchas veces en el silencio de mi alma si acaso
recordarán aún mi oscuro nombre, después de
veinteseis años de separación, esos amigos que
llegaron a ocupar puesto tan eminente en el
orden de mis afectos .... Carlos Martínez Silva,
Francisco Antonio Gutiérrez
y G. e Ignacio
Gutiérrez
Ponce, son los nombres de estos
tres jóvenes, distinguidos desde los albores de
su adolescencia por la ';lmplitud de facultades
y la elevación de carácter, dotes importantes
que les han permitido desempeñar
noble encargo en el lugar que cada uno de ellos ha
ocupado en el mudable escenario de la vida.
No recuerdo ya, ¡tantos años han transcurrido desde entonces! por ministerio
de qué
circunstancia
adquirí relaciones con el primero de esos jóvenes; el segundo y el último
fueron condiscípulos
míos en el Colegio de
Santo Tomás de Aquino.
Carlos, miembro de una familia linajuda del
departamento
de Santander, C1.lYO jefe fue un
hombre importante
que desempeñó papel notable en la política y en el foro del país, era
un muchacho
espigado, de facciones pronunciadas y ojos expresivos, aunque miopes, y
abrigados por cejas hirsutas que comunicaban
cierta dureza a su fisonomía,
circunstancia
que hacía fallase en este caso la regla aquella
que quiere sea el rostro el espejo del alma,
pues la de Carlos era toda bondad e hidal·
CUADROS DE COSTUMBRES
81
guía. Desde muy temprano se echaba de ver
que iba a ser corpulento; y su voz tenía ya
entonaciones rudas, que dejaban adivinar al
polemista fogoso, al escritor de nervio acerado, al político tenaz y. al institutor perseverante y enérgico.
Carlos, Francisco e Ignacio habían tenido
la fortuna de ser alumnos del Liceo de la Infancia, dirigido por don Ricardo Carrasquilla,
de inextinguible y simpático recuerdo; y la
simiente sana, depositada en el espíritu de
esos niños por aquel eminente sembrador de
buenas doctrinas, había germinado lozana y
fecunda. De ahí que se advirtiera en ellos esa
distinción de aspiraciones y gustos que es
como el sello de un carácter y el mejor indicio de que se ha recibido una dirección acertada en los primeros años de la vida.
Contraído Carlos a lecturas y ocupaciones
serias desde una edad en que la mayor parte
de los jóvenes sólo piensa en entretenimientos
frívolos y placeres efímeros, cuando no en algo poco sancto, siempre lo encontrábamos en
su casa, primero por los lados del Hospicio y
después arriba del Colegio del Rosario, en un
cuartito muy ordenado y limpio, rodeado de
libros y papeles; y, lo que más nos sorprendía, de libros y papeles que nada tenían
de amenos ni divertidos. La crítica literaria
en sus más elevadas formas; la historia en sus
, .
1aeconom18' -pol'ltl..,.
.
..8spectQs_mas_.lmportantes;
82
'BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
ca en sus problemas más complicados; el derecho, con sus asperezas inaccesibles y otras
materias de análoga contextura formaban el
fondo habitual de sus estudios favoritos. Así,
sus amigos nos quedábamos alelados cuando
le oíamos disertar con un desparpajo envidiable, guiñando y paseándose en la pieza de
largo en largo, acerca de las doctrinas de
Macaulay y Balmes, Bentham y Destutt de Tracy, Prescott, Calvo y otros literatos, f1lósofos,
historiadores, economistas y jurisconsultos de
largo pelo, a tiempo en que a nosotros no nos
parecía grande 'Ysublime sino 10 que halagaba .nuestra imaginación con la pompa luminosa del verso, o los atractivos galanos de la
novela y el cuento.
Algunas veces intentábamos tornar en ridículo la inocente manía de nuestro amigo de
sazonar sus conversaciones éon citas y referencias alusivas al cúmulo de obras serias con
que nutría su mente; pero al fin acabamos
por damos cuenta de que nuestra frivolidad
era la merecedora de zumba, y le tributábamos
el homenaje debido a una perseverancia y a
una aplicación que tan vigorosos frutos habrían
de dar con el transcurso del tiempo. Porque,
valga la verdad, demostraba con abundancia
de testimonios que día por día aumentaban en
calidad y cuantía. Carlos Martínez Silva es
uno de los hombres públicos de Colombia que
han logrado acumular más s6lid!1 instrucci6n,
CUADROS DE COSTUMBRES
83
no sólo en la ciencia del Derecho, en la
cual se le proclama como profesor eminente,
sino en otros departamentos del saber humano en los cuales su ilustración es tan variada
como extensa.
No entusiasmaba a Carlos ninguno de los
atractivos que forman conmúnmente el ideal,
poco levantado, si se quiere, pero natural hasta cierto punto en la juventl.ld masculina,
constituído en resumen por las diversas manifestaciones de la vida galante: el baile, el paseo, los amoreillos de esquina, las serenatas,
las aventuras y la parranda .... Latente existía
en el espíritu de Carlos cierto fondo de melancólica abstracción, que bien a las claras se
transparenta en uno de los primeros escritos
con que se hizo conocer ventajosamente en el
mundo literario: El baile de las sombras. Original y encantadora fantasía de una mente
juvenil, asaltada en hora temprana por lúgubres visiones de ultratumba, esa producción
pinta mejor el carácter íntimo de aquel adolescente esquivo a las insinuaciones del placer mundano, que el análisis más minucioso
de su fisonomía moral.
Paréceme recordar que es Enrique Heine
quien refiere en alguna de sus obras que aunque un mal entendido amor propio lo llevaba
a oír con agrado las apreciaciones que algunos
críticos hacían de su índole de escritor, representándolo como un espíritu cáustico. y
84
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
dado con temperancia al cultivo de la ironía,
a sí mismo nO pudo engañarse nunca, pues
siempre comprendió que, en el fondo, su carácter era esencialmente serio, contemplativo
y melancólico.
Contaba Carlos de diez y siete a diez ocho
años, y apenas si toleraba que en su presencia
se hablara de algo que trascendiera a amores o
galanteos: ruborizábase naturalmente y desviaba la conversación, pues en ese adolescente timorato y grave había algo así como místico o
'1'"
-,
sacerccta.
SIn aplce de gazmonena,
que l'o Impulsaba a mirar con repugnancia y esquivar
con empeño todo lo que significara o se pareciera a grosero sensualismo. Acaso la· cir·
cunstancia de haber sido -discípulo de los
Padres J esuítas, siempre en guardia en asuntos de concupiscencia, influyó poderosamente
en la manera de ser de Carlos a ese respecto
en aquellos tiempos, púdica y discreta como
la de un joven levita.
Carlos no leía novelas francesas. La poesía
buena, cualquiera que fuese su procedencia, sí
era de su agrado; y, no obstante, nunca ha
hecho versos, que yo sepa, cosa tánto más
notable cuanto, poseedor de una rica imaginación y señor de una vasta inteligencia, es
él uno de nuestros mejores prosadores, no sólo
por la corrección de la forma, el corte castizo
de la frase, la acertada escogencia de los vocablos y la sobriedad de los conceptos, sino
CUADROS DE COSTUMBRES
85
por la galanura del pensamiento. la verdad
del discurso y el vuelo elegante del estilo.
Con el correr del tiempo, Carlos recogió el
fruto de sus perseverantes y variados estudios
con la obtención del título de doctor en J urisprudencia, que no fue sino la confirmación oficial de lo que todo el mundo sabía acerca de
los méritos y aprovechamiento de aquel colegial de ceño 'adusto y espíritu elevado, Después entró de lleno en las candentes luchas
de la política y, lo que menos hubiéramos
creído los amigos de su adolescencia, se convirtió en cierta época en guerrillero terrible y
llegó a alcanzar un grado alto eD el escalafón
militar de su causa, del cual hizo después lo
que hacen algunos frailes con la cogulla, cuando quieren abandonar el convento: lo arrojó
a la calle por encima de los tejados. Nueva y
concluyente prueba del juicio de nuestro ami-
go.
Al tratar de la personalidad militar de Martínez Silva, se expresa así el doctor José María Samper, en su importante libro Galería
nacional de hombres ilustres:
'«En las marchas del ejército lo sufría todo
con el mejor humor: comía y bebía de lo que se
encontraba, y si nada le venía a las manos,
se conformaba y se reía del hambre. Dormía
con sólo su manta o bayetón, frecuentemente
tirado en el suelo, y ponía de cabezal o a1!TIoj1adasus grandes botas amarillas fabrica.
86
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
das en Fusagasugá. ¡Que viene el enemigo!
gritaban súbitamente en altas horas de la
noche. ¡No vendrá! comestaba desperezándose
algo Martínez Silva. ¿ Y por qué nó? Porque
yo no he dormido y tengo sueño. Y se volvía para el otro lado gruñendo: j Que aguarde
el enemigo dos horas, o que me coja. Por lo
demás, bailaba siempre que había modo de
hacerla, recitaba con delicia versos y sentencias de clásicos, se burlaba del enemigo y estaba siempre contento.»
Aquello de que Carlos bailada siempre que
había modo de nacería, me sorprendió mucho
más, cuando lo supe, que todas sus hazañas
de coronel; y me demostró que el avance de
los años y las circunstancias pueden modificar
sustancialmenre el modo de ser de un hombre.
De todos mis amigos de la adolescencia,
aurora de una juventud que habría de asemejarse tan poco al medio día de mi vida,
fue Carlos quien primero me echó en completo olvido. Siempre lo he sentido ¡pero nunca
me he quejado: «las quejas, como con profundo espíritu de verdad lo dijo el Balzac español, Fernán Caballero, no son sino exigencias disimuladas;» y como por mi parte no
tengo derecho para exigir perseverancia en el
afecto de mis amigos, porque carezco de calidad para ello, únicamente quiero tomar nota
del hecho, sin que por esto se crea que en
mi coraz6n quede ni sombra de amargura.
CUADROS DE COSTUMBRES
87
Sin embargo ... ¿qué diría Carlos si supiera
que al través de los años y a pesar de mil
vicisitudes que han acibarbdo mi existencia,
conservo aún con cariño el afectuoso recuerdo
que me consagró cierta ocasión en un librito
de memorias, donde guardo, asímismo, el
nombre de otros seres que me son igualmente
queridos? .
Hélo aquí:
«Amigo mío: he recibido de tus manos un
libro de recuerdos, para que ponga algo en él.
Pero, ¿a quién te has dirigido? .. , ¿Ignoras,
acaso, que no soy sino un pobre estudiante
sin luces ni talento? . ,. ¿Qué quieres que en
.?
.? .....
N o pue d e d are"1 consIgne
..... c... C onseJos
Ios quien, joven como tú, carece de experien. ¿V?ersos
lA'y. no se" manejar
'1 os. ¿Q"ue,
CIa.
pues? ... , Una cosa muy sencilla: ¡Una flor
arrancada de mi marchito corazón! (el cuitado no había cumplido diez y ocho años, y adviértase que no conocía a los novelistas románticos ni por el forro) la flor de la amistad,
que cultivo con embeleso, porque su vista me
consuela, porque su aroma me deleita. Acéptala y consérvala con cuidado, que, por mi
parte, te prometo que velaré sin descanso para mantenerla fresca y lozana.-186 ... »
Es de presumirse que Carlos olvidó en absoluto las pocas nociones de jardinería y horticultura que pudiera poseer en aquella época,
88
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
pues la florecita cultivada por
leso y cuyo aroma lo deleitaba
ció seca una mañana, el viento
suelo sus pétalos, y al fin creo
dó de ella ni el recuerdo ....
él con embetanto, apareesparció por el
que no le que-
* **
Francisco Antonio Gutiérrez tendría diez y
seis años cuando nos conocimos. Me fue muy
simpático inmediatamente. y desde entonces
le consagré un afecto decidido y sincero. No
eran análogos nuestros caracteres ,en algunos
aspectos, pues Francisco, muchacho muy expansivo, alegre y animado en sus movimientos
hasta el extremo de tocar casi, en ciertas ocasiones, las fronteras de una cosa que, si no
era la brusquedad, se le parecía bastante, por
los desbordes de su naturaleza franca y leal,
formaba contraste conmigo, más reservado y
prematuramente en guardia contra las frías
realidades de la vida. Por sus venas corrían
tumultuosas en vigoroso consorcio la sangre
bogotana y la sangre antioqueña;
y de
esa acertada unión, no sólo resultaba una rica inteligencia, sino un bello y generoso carácter, con todas las condiciones espirituales de
la primera y los valiosos elementos físicos e
intelectuales de la segunda. Robusto, garboso,
con bellos ojos y cabellos negros muy abun-
CUADROS DE COSTUMBRES
89
dantes; de tez limpia y buen color, cuando
tuvo veinte años ostentó un par de patillas
sedasas y muy negras, con unos bigotes finos
que complementaban de manera irreprochable
su varonil fisonomía. Obsequioso, decidor, ocurrente y un tanto inclinado a la ironía, comidilla grata siempre al paladar humano, F rancisco hacía las delicias de los pocos amigos
que cultivábamos su intimidad. Como nosotros,
leía mucho, especialmente libros de literatura
española, antigua y moderna, afición que le
trasmi tió su grande y querido amigo don J osé María Vergara y Vergara, el primero entre
los literatos colombianos que aclimató en el
país a Fernán Caballero, Selgas, Trueba y La
Quintana, Alarcón y otros de no menor valía,
con lo cual nos hizo un gran bien a todos los
que estábamos creyendo que sólo lo que escriben los franceses merece la pena de leerse. Al
comercio constante de aquellos escritores selectos debió Francisco, sin duda, el excelente
gusto literario de que ha dado bellas muestras.
Los versos que desde la adolescencia hizo
Gutiérrez son muy notables. En los avances
de la vida ha pulsado el laúd con tan levantada entonación, que críticos de indiscutible autoridad han colocado sus poesías entre
las muy buenas que se han dado a luz en este país. Muy de sentirse es que, reclamado por
las exigencias de una vida activa, consagrada
_ a Ja_s__ªt~ncloJ1~~_d~LcQmer.cio,_s.e haya mostra-
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
}O
do desdeñoso y esquivo a la publicidad, y sólo nos haya dejado saborear contadas creaciones de su ingenio.
Hay en los versos de Francisco Antonio Gutiérrez tan espontánea naturalidad, aliada a
ternura tan sincera, y en ellos se encuentran
expresados los sentimientos, y descritos los objetos con tan rigurosa propiedad, que si en
ellos el poeta llora, el lector recoge el dejo
de los sollozos y extraña no descubrir en el
papel la huella húmeda de las lágrimas; y cuando con delicado pincel copia la naturaleza, re$ultan tan verdaderos sus cuadros, que un pintor de talento podría trasladados al lienzo con
facilidad.
«
.
¡Qué dulce es recordar! Gozamos tánto
Con la infantil historia
Si de los años con el puro encanto
Visita la memoria.
Los recuerdos son músicas que vienen
En alas de los vientos;
Las mÚsicas cercanas nunca tienen
Tan mágicos acentos.
!Cora! La amiga de mi edad primera ....
Su imagen no he perdido;
Mientras viva, será mi compañera:
La robaré al olvido.
•
••
•
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••
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•
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CUADROS DE COSTUMBRES
91
Lloré ai mirarla por la vez postrera
Sobre la tierra, inerte;
¡Ay! esa fue la lágrima primera,
.
Que me arrancó la muerte .... (1)
.•••...••...•.•.•••••••.•..•..••••••
»
«La luna sobre el monte se levanta,
Con blanda luz los valles ilumina,
y hacia el ocaso con ligera planta
Por el azul profundo se encamina.
No muere como el sol que en occidente
El regio lecho con su lumbre dora,
Sino apenas de nácar levemente
Las nubecilIas pálidas colora.
Consumirse en silencio es el destino
De una vida de amor pura y modesta;
Así el astro, acabado su camino,
Desaparece tras lejana cresta.
Cuando la noche brinda su misterio,
Es dulce, oh luna, con tu luz dudosa,
Errando por cristiano cementerio,
Los muertos visitar fosa por fosa.
Cuando oramos allí, lleva a su oído
El ruego por el labio pronunciado,
- --O}
Cora~
92
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
Cual llega al labrador adormecido
El rumor apacible del sembrado .
. • . . • • . . . • .• . • • • . . . • . • . . • •... . , • (2)>>
No obstante la índole de las composiciones
publicadas,
que pudiera hacer creer que la
musa de Gutiérrez tan sólo se complacía
en
asuntos sentimentales,
siempre he presumido
que si él hubiera cultivado también la poesía
festiva, ligeramente satírica, habría hecho primores; y al juzgado
así me fundo en el recuerdo de mil rasgos chispeantes
de fina y
aguda crítica que brillaban
en sus conversaciones, rasgos que, trasladados a la forma sugestiva del verso, habrían revelado al discípulo y al admirador entusiasta de don Ricardo
Carrasquilla.
Acaso eran más íntimas mis relaciones con
Francisco que con Carlos e Ignacio. Lo visitaba a menudo en el hermoso y cómodo departamento que ocupaba en la parte baja de una
gran casa que poseía su respetable familia en la
plaza de San Francisco. Vecino de ese departamento había un vasto jardín, en el cual se
respiraban con delicia los aromas de innumerables cedrones y rosales. Recuerdo aún el buen
gusto con que Francisco había decorado su ha-
(2) Meditaci6n.
CUADROS DE COSTUMBRES
93
bitación, en la que se veía un sencillo mueblaje de estilo norteamericano, lindas láminas
de paisaj es y escenas de caza y una biblioteca
no muy considerable pero tentadora por su aspecto elegante y por lo selecto de su contenido. Allí pasé ratos inolvidables, mimado y obsequiado de diferentes modos por aquel noble
y generoso amigo.
También seguíamos los mismos cursos en el
Colegio, y esto, como es natural, debía contribuír a estrechar más y más los vínculos de
nuestra amistad. De ello resultaba, es cierto,
notable aumento de susceptibilidad recíproca,
por lo cual, con frecuencia y por los motivos'
más fútiles, disentíamos y pasaban muchos días
sin que nos saludásemos siquiera. En alguna
ocasión, no recuerdo ya por qué causa, así sería ella de insignificante, el entredicho duró
dos o tres meses. A la sazón se interpusieron
unos ejercicios espirituales en el Seminario
Conciliar, a los cuales nos hicieron concurrir
nuestras familias como asistentes internos. En
los primeros días nos vimos Francisco y yo
de reojo, y nada indicaba que el resentimiento
mutuo que abrigábamos se hubiera modificado
ante la espectativa de una confesión general
con todos sus accesorios; pero la víspera de la
comunión de los ejercitantes, convenientemente preparado ya nuestro ánimo por nueve días
consecutivos de frecuentes pláticas hechas por
notables oradores sagrados; ayuno constante,
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meditaciones prolongadas y Miserere solemnísimo, con el obligado acompañamiento de azotes, en el oscuro, que así caían sobre los escaños, como sobre las espaldas de los prój imos
cercanos, en momentos en que regresaba del
refectorio, me encontré en un pasadizo estrecho y sombrío con Francisco en persona. Pintábase claramente en el semblante de mi amigo, como en mi rostro debía reflejarse también,
la lucha de mil sentimientos opuestos y la vacilación entre el amor propio mal entendido,
que ordenaba no ceder, y el pensamiento de
humildad cristiana, propio de la situación, que
aconsejaba el perdón, la mansedumbre yel olvido. Terrible era el combate que se libraba
en nuestras almas; pero de improviso, Francisco, con la nobleza que le es característica y
extraño a las influencias de esta sangre amarga y bravía que nos hace tan quisquillosos a
los caucanos, abrió los brazos y me estrechó
fuertemente en ellos, sollozando como una criatura ... , De ese día para adelante no volvió
a enturbiarse ni por un solo momento el despejado cielo de nuestra amistad.
Predestinado al dolor como todos los hombres de genio que profesan el culto del sentimiento, en más de una ocasión ha apurado
Francisco hasta las heces el cáliz de las amarguras supremas: ángeles, que no seres humanos, entreabrieron un día en la existencia del
poeta la puerta de oro de las dichas soñadas;
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y cuando, anheloso y sediento de felicidad pura, quiso salvar esos dinteles, para vivir entre
flores, aromas y armonías la vida del ideal,
interpúsose airada la muerte y tornó en días
de !lantó una juventud que tan hermosa se
ofrecía a quien, como amigo, . había sabido ganarla con su virtud y su talento.
* * *
-
Ignacio Gutiérrez Ponce era un muchacho
bello, inteligente, dulce; sus amigos teníamos
en él un hermano menor, afectuoso y amable,
más bien que un compañero. Difícilmente podría encontrarse una naturaleza más delicada
y exquisita que la de Ignacio. Si parecía como
que la providencia se hubiera complacido particularmente en crear ese encantador niño, dótándolo con todas las formas de la gracia, enriqueciéndolo con todos los atractivos de la simpatía!. ... El adjetivo dulce era el que meior
cuadraba a Ignacio de cuantós pudieran propinársele para calificado, por la suavidad de sus
maneras, lo agradable de su fisonomía y las
cadenciosas inflexiones de su voz.
Huérfano de madre y educado con singular
esmero por un padre sabio y cristiano, que procuró inculcar en su corazón los más nobles y
elevados sentimientos, nuestro joven amigo fue
siempre un dechado de cultura y bondad. En
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lo físico era tipo cumplido de esa clase de jóvenes sonrosados, de cabellos crespos, rubio-cenicientos, y ojos entre pardos y garzos, que si
no corresponde al ideal de la belleza masculina que ofrecen en abundancia los pueblos meridionales de Europa y las razas morenas del
Oriente arábigo, sí constituye una variedad
muy distinguida del francés buen mozo de puro orígen céltico, o del español de las Provincias vascongadas, de donde, acaso, haya llegado hasta r.osotros. Sea de ello lo que fuere,
es 10 cierto que a los diez y ocho años, Ignacio debió de trastornar muchas cabecitas lindas en Bogotá; y en las tiernas miradas que
a él le dirigían de preferencia las muchachas
desde los balcones y ventanas de las calles por
donde pasábamos cuando íbamos de paseo, dejaban comprender bien a las claras la grata
impresión que el gallardo mancebo les causaba.
No me será posible olvidar la manera discreta y cultísima como el respetable padre de
Ignacio, hombre tan distinguido por la solidez
de sus principios morales como por su grande
inteligencia y conocimiento de las ciencias económicas y administrativas, nos acogió a los
amigos de su Benjamín, el día en que, arrastrados por una de esas muchachadas imperdonables que dejan en el espíritu el sabor amargo
de un remordimiento, aceptamos la invitación
que sin arriere pensée nos hizo Francisco para
que saliéramos de paseo por la Sabana, en el
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coche de su familia; y por allá en «Cuatroesquinas» nos dejamos seducir del diablo y
apuramos unas cuantas copas de mistela, que
en dos por tres elevaron nuestros cerebros de
neófitos a la quinta potencia .... Me confundo todavía cuando recuerdo la mirada de dulce reconvención que nos dirigió el señor Gutiérrez .... Imagine el lector cómo sería aque.
lIo, tratándose de la fea calaverada que hicimos cometer a ese niño delicado, en quien tenía .puestas todas sus complacencias de padre
anCIano .....
Ignacio, nacido con valiosas dotes de poeta,
era también muy decidido por la literatura, y
desde niño se consagró a estudios de historia
nacional, los cuales produjeron con el tiempo
frutos muy importantes, que vieron la luz en
diversos periódicos de la capital. No había cumplido veinte años cuando se trasladó a la República de los Estados Unidos con el propósito de
seguir diferentes cursos que habrían de servirle como preparación para el estudio de las
ciencias médicas, que hizo en efecto y coronó
brillantemente con la adquisición del título de
doctor e incorporándose poco tiempo después
como profesor de las facultades de Londres y
París. En esta última capital tuve el placer de
abrazarlo hace algunos años, muy lejano ya el
dichoso tiempo en que juntos nos habíamos
sentado en los bancos del colegio de los seño.Ies_-DItices-~~.~-.Siempre-el-mismO-j--Jgnacio--se-
,
98'BIBLIOTECA
ALDEANA DE COLOMBIA
mostró conmigo tan afectuoso, tan cumplido,
como en la época feliz de nuestra vida en que,
animados por risueñas esperanzas en un porvenir que tan diverso habría de ser para cada
uno de nosotros, nos íbamos con Francisco,
cogidos del brazo, por el camellón de Las Nieves, hasta cEl Sargento», o por la alameda
de San Victorino hasta Puente Aranda, departiendo con sabroso entusiasmo acerca de asuntos y cosas que nos eran muy gratos.
Cuánto gozó mi corazón al vede al lado de su
bella y joven esposa, con una preciosa niña de
pocos años, sobre las rodillas, en un lindo departamento de rez-de-chausséee, en la calle de
Pierre Charron, en el aristocrático y elegante
barrio de los Campos Elíseos! Comprendí que
Ignacio era tan feliz cuanto se puede aspirar
a serio en este mundo de penas y llanto; y
desde el fondo de mi alma di infinitas gracias
a Dios por la dicha de mi amigo.
* **
Llevados por nuestra creciente afición a cosas de literatura, Carlos, Francisco, Ignacio y
yo concertamos el pensamiento de fundar una
Sociedad literaria que formara ambiente común
para ensayar el vuelo de nuestras débiles alas,
y al propio tiempo nos permitiera asociamos
a otros jóvenes, inclinados como nosotros a
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las peroratas y a borrajear. A las primeras de
cambio nos encontramos con más de veinticinco socios, entre quienes recuerdo con especial
complacencia al inteligente y espiritual Roberto Suárez Lacroix, el que con su gentileza de
cachifo de buena casa, se ganó muy pronto las
voluntades de todos. Sólo la discusión del nombre que habríamos de dar a la Sociedad, nos
embargó tres o cuatro sesiones. El uno opinaba de este modo, el otro de aquél; el de más
allá pedía la palabra y proponía que la denomináramos Academia, así, llano, llano, como
quien le dice primo al Papa; y el de acullá,
que el nombre de Congreso literario era el
ajustaba como anillo en el dedo. Al fin, Carlos Martínez Silva, con la rectitud de sentido que desde niño lo caracterizó, dijo que nos
dejáramos de semejantes barrabasadas; que la
incipiente institución debía recibir el nombre
sencillo de Liceo juvenil, y así fue bautizada
en el acta respectiva.
Una vez decidido ese punto importante, nos
ocupamos con ahinco en solicitar un local adecuado para la celebración de las sesiones del
novel Ateneo, pues las de la Junta preparatoria se habían efectuado en el cuarto de uno
de nosotros, incapaz, como puede comprenderse, para contener tanta gente. Uno de los socios activos del Liceo, paréceme recordar que
era el simpático y despejado Joaquín Pardo
Olar-re,-tenía--relaeiones-con-un-·mocetón-oriun_
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do de los alrededores de Bogotá, especie de
lego o alumno de convento, quien, por ministerio de qué sé yo qué artes, nos facilitó el
acceso a una de las celdas grandes del claustro alto de Santo Domingo, edificio en el cual
se efectuaban entonces las transformaciones
iniciadas por el Gobierno del General Mosquera y proseguidas con no menor eficacia por
las administraciones nacionales que sucedieron
a la de aquel caudillo afortunado, y convirtieron la vetusta y austera construcción colonial en un eiegante palacio de gusto moderno.
Al semilego, o cosa parecida, a quien debimos el importante servicio de que acabo de
hacer mérito, dábamos familiarmente el nombre de Padre BIas; y en efecto, con el tiempo
se justificó el respetuoso apodo, pues el tenaz
mozo, que tenía entre ceja y ceja tal pretensión y poseía como pocos la fisonomía del estado, dio y cavó hasta que logró vestir el negro hábito y calzar las sandalias amarillas
(vulgo chinelas) de los Padres Candelarias. A
la postre obtuvo la cura de almas de un pueblecillo de la región oriental de Cundinamarea, donde acaso goce aún de los beneficios de
su prebenda. Sujeto bonachón y no destituído
de luces (aunque no eléctricas) acogió con entusiasmo nuestro propósito, y desde el primer
momento su cooperación nos fue sumamente
útil. El se encargó de conseguir mesas, asientos, recado de escribir, elementos de alumbra-
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do; en fin, cuanto se necesitó. Conque se las
arregló como pudo y formó hasta solio para la
presidencia .... El hombre era una preciosidad;
y más aparente para confiarle el ministerio de
fomento de la asociación, no lo habríamos conseguido ni pidiéndolo con factura especial al
extranjero. «Con tal de que ustedes me den
algún carguito en el Liceo, nos decía con cierta sonrisita humilde de fraile amable, aunque
sólo me nombren portero: yo lo que quiero es
servidos». Pero .... forzoso es decido: no todo
era en él amor desinteresado por el progreso
de las letras en general y de la corporación
en particular: el buen Padre Bias alimentaba
entre pecho y espalda ciertas pretensioncillas
de predicador en cierne; y éomo se prometía
in pectore deslumbramos con su facundia mística cuando le llegara el turno, se desvelaba
por dar vida y robustez a nuestro gran pensamiento.
Desde que fundamos el Liceo juvenil empecé a darme cuenta de lo que es entre nosotros la asociación, y de cómo entiende nuestro
carácter nacional eso de la colectividad en el esfuerzo, ya se trate de empresas públicas o privadas, ya de negocios o de industria, de artes o de
política, de obras buenas o de otras que no lo
sean. Empezaron entre nosotros las dificultades, los tropiezos y las contradicciones en el
momento mismo en que se trató de elegir dig":
natal:iQS__paLa_la _c.m:PQraºigI1L
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llDo sólo era el
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fJ!.?;":{~r¡¿CA iJJi5·J\NG;:L
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c..P~TAL()GASION
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BIBLIOTECA ALDEANA DE 'COLOMBIA
puesto de presidente
y todos nos considerábamos con títulos para ocupado; así fue como
los muy contados que constituíamos
la minoría tuvimos que valemos hasta de intrigas electorales, nada menos que si hubiéramos
sido
Gobierno, para sacar avante nuestro candidato, que lo era, como de justicia, Carlos. Cuando llegó el turno a la elección de secretario,
todo el mundo sacó el cuerpo, pues como este cargo implicaba algún trabajo y pocas o
ningunas genuflexiones de la porción subalterna, cosa que nos seducía y encantaba
en la
presidencia, había que echarle el muerto al
más desmazalado de la partida.
Cargué yo
con él, elegido por abrumadora mayoría, y de
adehala le agregaron otro leño; el destino del
bibliotecario, que no era tampoco una canongía. Por fortuna, como la biblioteca era cosa
que no existía aún sino en la mente acalorada de los socios del Liceo, el empleo era
puramente nominal. y, por lo mismo, muy llevadero. ¡Al fin cosas de muchachos!
Nombradas
las comisiones respectivas
y
aprobado el reglamento en todas sus partes,
pronto empezamos a dar de nuestro lomo escama y llovieron las peroratas y las lecturas
en las sesiones del Liceo. Retumbantes
como
truenos y encumbrados como montañas eran
los temas que escogíamos para nuestros trabajos; y en consonancia con su elevación y grandeza eran, como puede presumirse, la exagera-
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ción y mal gusto con que los desarrollábamos.
Por supuesto, al expresarme así, me refiero
únicamente a los que constituíamos la gran
mayoría de la asociación: pues mis amigos
Martínez, los Gutiérrez, Roberto Suárez y algún otro, dieron desde entonces, así, burla
burlando y como cosa de juego, muestras muy
bellas de sus talentos. Influencia decisiva del
cristianismo en la marcha de la civilizaci6n
moderna; El porvenir de la poesía er6tica en el
siglo XX: Caracteres y distintivos de la literatura dramática en la Edad Media; El niño, el
joven y el anciano en sus relaciones con la mujer de todos los tiempo; Flores, perfumes y armonías de la Iglesia Cat6lica (éste era del Padre BIas) etc., etc.: tales eran los títulos de
algunos de nuestros famosos discursos. Aquello se prestaba más a la risa que a la censura seria; y s.i hombres de la talla intelectual
del doctor Camacho Roldán, los hermanos Pérez, don Manuel Pamba, Vergara y Vergara,
Quij ano Otero o Guarín hubieran podido procurarse el regalo de asistir a nuestras sesiones
se habrían divertido en grande y reído hasta
desternillarse.
Uno de los socios más característicos del Liceo juvenil era el Loro. El Loro era un muchacho que pertenecía a distinguida familia de
la capital, pero no como se quiera, sino a una
familia de abolengo ilustre en los fastos históricos del país. Tenía unos diez y seis años
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de edad en esa época, era inquieto como una
ardilla, más vivaracho y travieso que un mi~
co, feo como él solo y más embustero que un
saca-muelas; pero al mismo tiempo, tan simpático, ocurrente y decidor, que, a pesar de
las mil y una diabluras que ejecutaba por día,
no podía uno dejar de quererlo y se solicitaba
su amistad como un hallazgo precioso. Con es·
to, muy inteligente, agudo como una lezna
y dado como ninguno a leerlo todo y a saber
cuanto ocurría en la ciudad y fuera de ella.
¡Tremendo avechucho! En cinco minutos y
con una volubilidad extraordinaria lo ponía
a uno al corriente de lo cierto y de lo falso;
de lo que había sucedido y de lo que no acontecería jamás; de la última novela de Paul
de Kock, que había devorado la noche anterior
a escondidas de su señora madre; de las chispas que corrían acerca de un pronunciamiento en Giiepsa; de los motivos por los cuales
nuestro profesor de francés acudía cada momento y más que de prisa aL ... jardín del
colegio, y de una chirinola horrorosa que se
había desenlazado a garrotazos en una chichería, por los lados de Las Cruces .... iTerrible
pajarraco!. ... Paréceme que lo veo aún por
esas calles de Dios con un gabancito de paño
color de café maduro, botines de derrotado,
con tacones más torcidos que la senda que
lleva al crimen; sombrero gris de fieltro, de
alas estrechas, con más abolladuras que el yeÍ-
CUADROS DE COSTUMBRES
105
mo de un cruzado; con aquellos oj illos de pá·
jaro que lo veían todo a un tiempo, y la tez
descolorida y sembrada de espinillas ... Hoy
sé con mucha satisfacción que nuestro Loro
de antaño es un caballero muy respetable y
distinguido, excelente padre de familia, hombre utilísimo por sus conocimientos especiales
en diversos ramos de las ciencias físicas, y persona llena de recomendaciones y merecimientos; ¡Quien 10 hubiera sospechado entonces! ...
¡Oh poder de las transformaciones!. ...
El nombre de pila del que era entonces
nuestro colega es ) avier; pero todo el mundo,
inclusive las personas de su muy honorable
familia, no lo llamaban de otra manera sino
Loro: Loro por aquí, Loro por allá! Y 10 que
más me sorprende es que el ornitológico apodo se halla perdido en el conjunto de modificaciones experimentadas por nuestro amigo
y consocio, pues raras veces sucede que un
sobrenombre que cae con suerte en un colegial. no lo acompañe hasta el sepulcro. De
esto hay muchos ejemplos, en Bogotá, sobre
todo. Así, acaso sea yo la única persona que
recuerde al travieso Loro.
El Loro era el elemento disolvente de nuestra asociación. No había cosa, por sagrada o
seria que fuese, que resistiera a su espíritu
burlón, a sus artificios diabólicos, a sus terribles mentiras, enormes como montañas, a su
ironía cáustica e implacable. Era muv capaz
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el taimado de ofrecemos el palacio arzobispal
para que celebrásemos en él las sesiones solemnes del Liceo, y se quedaba más fresco
que un manojo de claveles acabado de coger;
y como se pintaba él solo para hacer pasar
las verdades como mentiras y las mentiras como verdades, a las veces conseguía hacemos
tragar la bola de que el presidente de la república se informaba con interés de la marcha
de nuestros trabajos; o, mostrándonos un bonito cortaplumas o el lindo reloj de bolsillo
de alguna de las señoras de su familia, nos
decía muy suelto de talle que eran pequeños
regalos que, en premio de sus escritos del Liceo le habían hecho, el ministro inglés o el
señor Delegado apostólico. Jamás dio medio
real como contribución de las que le correspondían en su calidad de socio, para papel
o para alumbrado; y siempre encontraba modo decente de socaliñar algunas pesetas al tesoro de la sociedad, con las que se atracaba
de dulces y pastelillos en la confitería del francés de la calle de los Plateros. Nos enredaba
con todo el mundo y entre nosotros mismos
nos ponía que no sabíamos cómo entendemos;
y como poseía una facundia y una labia que
el mismo diablo le habría envidiado; y a las
veces recitaba con una gracia indecible cosas
muy bonitas, en prosa o en verso, que se
aprendía de memoria y con las cuales. en ocasiones nos hacía reir como tontos, y otras nos
CUADROS DE COSTUMBRES
107
arrancaba lagrimones como cerezas; y tenía
relaciones en todas las botillerías de la vecindad; y era amigo y conocido del género humano .. " se nos impuso como una necesidad;
como el hombre indispensable en la asociación, y ya no pudimos pasamos sin él. ¡Asombrosa criatura!
Los caracteres serios del Liceo protestaban
a menudo contra la influencia malsana del
Loro; pero el muchacho, malicioso como un
gallinazo, comprendía la cosa, se hacía el chiquito y el mimado, y entonaba con voz compungida y contrita el peccavi; ofrecía que en lo
sucesivo sería otro, que no volvería a mentir
ni a enredar, y mil promesas más, que nunca
cumplía, porque a las pocas vueltas el natural
lo dominaba de nuevo. Al fin uno de los jaques del Liceo juvenil (que también contaba
la corporación con hombrecillos de pelo en
pecho) se cansó de tolerar las burlas del Loro,
quien con sus embustes estuvo al canto de
ponerlo en ridículo delante de personas respetables; le esperó una tarde a la salida de la
sesión, y le dio una tunda que lo hizo cantar.
Ese día se descubrió que el pobre Loro, aunque acumulaba muchas y variadas habilidades
.'
d'lre'1.....
en su persom'11a, era muy .... ,como
¡muy gallina! Y desde ese momento empezó
para él una existencia desgraciadísima, pues conocida su parte vulnerable, conviene a saber,
la flojera, hasta los granujas del colegio se le
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encaramaron en la nuca y procedieron como
en país conquistado.
No fue larga la vida del Liceo juvenil. Como en las corporaciones de las personas grandes y formales, pronto se suscitaron emulaciociones, surgieron rivalidades y desagrados, en
una palabra, se reveló, como siempre el elemento humano con todas sus pretensiones y
ruindades, sin que fuese parte a desvirtuar
tan menguados sentimientos la influencia juvenil que, generosa y noble, no alcanzó a formar ambiente bastante paia que píedoB1inasen
. allí únicamente las manifestaciones del corazón y de la inteligencia. De ahí que el mejor
día fuese tal el alboroto y tan grande la algazara, que el presidente, cansado de gritar: ¡al
orden, señores, al orden! y de agitar la
campanilla hasta voverIa pedazos, se cubrió
majestuosamente y descendió las gradas del
solio para retirarse, en los momentos precisos
en que un tintero lleno, lanzado no se supo
por quién, fue a dar en su pecho, inundólo
en tinta y, por r.arambola, nos roció en regla a los demás socios que andábamos por
allí.
Renuncio a describir la escena que sucedió
a semejante incidente. Hubo puñadas, estrujor.es, mordiscos, gritos y vociferaciones de:
¡tú fuiste! ¡no fui yo! ¡SOcanalla! jsinverguenza! ¡más lo es éll etc., etc. En fin, todo como
si hubiéramos sido ya hombres de barbas, y
CUADROS DE COSTUMBRES
109
en vez de miembros de una Sociedad literaria
pour rire, padres conscriptos reunidos en con-
greso. Cuando Carlos, los Gutiérrez, Suárez y
yo nos vimos sanos y salvos en la calle de
Florián,apenas si lo creímos. ¡Qué pelotera
aquélla Dios santo!
* **
A medida que el vuelo infalible de los años
me llevaba a las regiones encantadas de la adolescencia, se hacían sentir con mayor fuerza
en mi espíritu la afición y el entusiasmo por
las diversas formas que en la literatura sirven de vehículo al hombre de sentimiento para expresar sus más caros ideales. Experimentaba algo semejante a la necesidad de trasladar a lo escrito de un modo claro, que resultara interesante por la vivacidad de la frase
y. lo original de la idea, los pensamientos que
cruzaban mi quimérica mente, arrebataba por
mirajes deslumbradores hacia espacios soñados
que mi vagabunda fantasía poblaba de visiones risueñas ...
¡Cuántas veces, impulsado por esas aspiraciones generosas, pretendí desplegar las nacientes alas para volar a las regiones maravillosas
que mi alma me mostraba tan bellas!... Pero,
iayt_~ __ªPenªLiI)~E:X1ta-ºQ.~L_yu~lºl
recogi~n-
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se tímidos los débiles muñones y volvía a
caer pesamente en tierra!
Mi entusiasmo por las bellezas naturales, expresión grandiosa de la labor divina, había llegado a su apogeo; y a ese noble sentimiento se asociaban en mi alma impresionable el recuerdo de
los gratos y tranquilos días de la infancia y la
memoria de los lugares en donde esos momentos
dichosos transcurrieron; la imagen de los seres que entonces me amaron y a quienes, a
mi vez, prodigué mi cariño ... Todo ese conjunto poftico y risueño volvió vigoroso a mi
espíritu y lo impregnó con el aroma de las
flores benditas que embellecieron mi niñez.
Pero la exageración del sentimiento ahogaba
mis propias concepciones, o, para expresadas,
encontraba demasiado vulgar el órgano insuficiente de mi pobre palabra. Oía resonar en
mi interior las notas melodiosas y sublimes
de un instrumento rico en armonías, que
era mi corazón; mas esas notas, dulces y
melancólicas, esas modulaciones delicadas y
tiernas, se perdían en los infinitos espacios
de mi alma, como se pierde en el seno de
la atmósfera la fragancia exquisita de las
flores. Ese concierto perenne, especie de idilio musical compuesto de dolores y alegrías
de recuerdos y esperanzas; sinfonía misteriosa
que revelaba a ocultas la situación de ni ánima, sólo era escuchado por mí... ¡Oh, si yo hubiera nacido poeta, habría cantado entonces has-
CUADROS D1:; COSTUMBRES
111
ta hacerme inmortal! Pero, venido al mundo sin
fuerzas para mostrar a los demás mis pensamientos con la elocuencia y con la gracia de
un verdadero vate, tuve que contentarme con
sentir, sin poder hablar a los hombres en el
lenguaje de los dioses.
El hombre recibe con la vida la vocación
que ha de decidir de su destino. Es cosa inevitable; y en eso, como en todo, hay que someterse a la voluntad suprema de la Providencia. El que nació para obrero, ama los útiles del oficio que habrá de ejercer, desde que
empieza a balbucir las primeras palabras; y
fijas tendrá siempre en el cielo las miradas,
aquel que viene al mundo destinado a contemplar eternamente las estrellas. Grande y hermoso es lo último cuando el que, constituído
así por el querer de Dios, ha de vivir en el
seno de sociedades cultas y espirituales, capaces de estimar y comprender el sublime empeño del genio en dar cumplimiento a las divinas palabras de Jesús: "no sólo de pan vive el hombre»; lb mismo es una gran desgracia para los que, animados por altos y nobles
pensamientos, arrastran la pesada cadena de
la vida en medio de pueblos ajenos a las fruiciones del arte, donde sólo se da el nombre
de trabajo al esfuerzo que doma la materia
y en los que el sagrado vocablo literatura,
sirve a los necios y petulantes de la mayoría
de emblema irónico de mentira y de farsa ...
112
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Los hechos se verifican así por la fuerza misma de las cosas. y por eso no tienen remedio:
predicar en sentido contrario es perder el
tiempo; protestar contra tal orden de ideas
j insensatez!
A los diez y ocho años no podía ver el
mundo con la claridad con que hoy me lo deja ver la experiencia de la edad madura. Por
tal motivo, como pude y no como quise, di
rienda suelta a mis inclinaciones; me revestí
de audacia y dije al público en letras de molde algo de lo que pensaba en el secreto de mi
alma. Dos asuntos ocuparon de preferencia
mi pluma de principiante: la mujer. y no la
mujer como se quiera, sino la mujer pobre,
paupérrima; y los pobres en general. Me convertí en un San Martín amateur de literatura; en un San Juan de Dios, polluelo de escritor público. Acaso la estratégica escogencia
de mis temas me libró de las burlas de muchas gentes y me puso a cubierto de más de
una crítica zumbona, pues los pobres son legión, las muieres, legión, y siempre es bueno
apoyarse en legión: la legión es fuerza y ya se
sabe que la fuerza es el más poderoso y eficaz de los apoyos.
Fue el señor don José Leocadio Camacho
la primera persona del mundo de las letras
que amparó mis tímidos ensayos. Era en esa
época el señor Camacho un hombre muy jóven aún, inteligente. instruído y virtuoso que
CUADROS DE COSTUMBRES
113
se distinguía especialmente por la bondad con
que estimulaba a la juventud estudiosa. A ese
apreciable caballero y noble artesano, que tanto honra la alta clase obrera de Bogotá y tan
bellas muestras ha dado de su talento; al progresista y laborioso don Nicolás Pontón y, sobre todo, a mi inolvidable y llorado amigo
don José Joaquín Borda, debí la inefable satisfacción de ver publicados por primera vez
mis renglones de aficionado. Lo confieso: mi
placer fue muy grande: nada hay comparable
a las gratas emociones que experimenta un
aprendiz de escritor cuando ve impresos sus
ensayos que, en su inocencia de las cosas de
la vida, él juzga, cuando menos, como obras
acabadas, que el público va a disputarse con
avidez. Esas sensaciones se debilitan, se gastan con la frecuencia, como sucede con todo
en este mundo efímero, principalmente con
aquello que no tiene más sustentáculo que la
ilusión; pero su amable recuerdo acompaña al
través de las amarguras de la existencia y es
como un oasis en medio del desierto que dejan en el alma los desengaños y los padecimientos.
Era muy joven cuando tuve el honor de
contraer relaciones con el señor don Manuel
Pamba, uno de los hombres más benévolos,
espirituales y distinguidos de Bogotá. Con él
consultaba mis ensayos, antes de atreverme a
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114
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terarías de la capital; y como es tan indulgente, escuchaba con santa paciencia, él, ático y atildado literato, la lectura de mis pesados articulan es sobre asuntos que nada tenían
de originales ni de nuevos; y me ayudaba con
sabios y oportunos consejos de maestro, lo cual
contribuyó, acaso, más que ninguna otra circunstancia, a que mis pocos lectores no protestaran. contra esos desatinos de principiante.
Es el señor Pombo uno de los más valiosos amigos que me ha deparado mi afición a
las letras. tv1e encontraba en el colegio de los
señores Pérez cuando un día, impelido por el
anhelo de lectura que me asediaba siempre,
tomé un número del reputado periódico El
Tiempo, y en él vi un artículo extenso, rubricado: Una excursi6n por el Valle del Cauca ...
Imagine el lector lo que ese título tendría de
decidor para mi pobre alma, mortalmente entristecida por la ausencia de la tierra nativa!
Al pie de ese escrito, uno de los más amenos,
conceptuosos e interesantes de cuantos en ese
género han visto la luz en Colombia en los
últimos cuarenta años, se leían dos iniciales:
P. M. En su modestia esquiva, el eminente
escritor había llegado hasta el extremo de invertir el orden natural de las primeras letras
de su nombre y apellido, para desorientar a
sus admiradores. Por lo que se refiere al más
oscuro de éstos. el señor Pamba había contado sin la curiosidad tenaz de mi entusiasmo;
CUADROS DE COSTUMBRES
115
pues impresionado con aquella lectura deliciosa que tan a ]0 vivo y con expresiones de tan
elocuente poesía me mostraba, como al través
de una lente mágica, la espléndida naturaleza
de mi país, tanto hice hasta que logré desentrañar el querido y respetado nombre del ameno escritor y hombre distinguido que con el
tiempo habría de honrarme con su amistad y
su cariño.
Nadie ignora en Bogotá que es difícil encontrar un hombre de trato más discreto y
amable que el señor Pamba. Su fácil y castiza conversación, animada por recuerdos de
no corta existencia, en el curso de la cual ha
sido testigo de una multitud de hechos importantes para la vida pública y la crónica privada del país, lo primero con tanto mayor razón
cuanto su respetable padre fue uno de los hombres que más eficazmente intervinieron en la
existencia política de la nación por tiempo considerable; tiene todo el atractivo de una narración de A]ejandro Dumas, unido al encanto de un lenguaje sencillo, original y festivo.
Entre las particularidades de hombre educado que distinguen a don Manuel, recordaré
siempre la puntualidad extremada con que da
respuesta a todas, todas las cartas y esquelas
que se le dirigen, siquiera sea muy trivial el
asunto que las motive; y la manera suave, comedida y circunspecta con que acoge a quienquiera-que-a-éL- se---aceF~ue.-bie-fl-st.tGeEla--est-o-
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BIBLIOTECA ALDEANA DE 'COLOMBIA
en momentos de dicha y placidez, bien en días
en que, como a todo hijo de Adán, le aquejen contrariedades o pesares. A primera vista
parece fácil proceder en ambos casos como procede habitualmente el señor Pamba, y tiene
asomos de perogrullada el presentar como recomendación de un caballero la fiel práctica
de esos actos de civilidad corriente: Ponga la
mano sobre el pecho aquel a quien ocurra la
observación, y diga con sinceridad absoluta si
se siente capaz de obrar de igual modo en circunstancias análogas.
Puede 'juzgarse de la espiritualidad de don
Manuel Pamba por el siguiente rasgo, insignificante en apariencia si se quiere, pero muy
expresivo por la piadosa poesía que en su esencia revela. Hombre de extensas relaciones en
la capital de la República y sumamente popular entre sus amigos, suele ser invitado a casi
todos los matrimonios de la alta sociedad bogotana; y en aquellas fiestas de familia, nunca
olvida exigir a la desposada una flor de la
simbólica corona de azahares que en tan solemne día ha adornado sus sienes. Con esas
flores, emblema de pureza, llevaba formado en
más de veinte años un ramillete espléndido,
el cual había puesto, a guisa de ofrenda propiciatoria, al pie de una hermosa imagen de la
Virgen de las Mercedes que guarda cuidadoso
en su habitación particular.
CUADROS DE COSTUMBRES
117
* **
El inolvidable literato don José María Vergara y V. me favoreció una vez con la inserción de algunas líneas mías en las columnas
de su interesante semanario «La Fe~. Fue ese
el punto inicial de las cordiales relaciones que
después me unieron con aquel malogrado escritor, a quien pudiera haberse dado el título de maitre, con que en Francia son designados los hombres de letras que descuellan por
su originalidad y su talento.
En Bogotá nadie ha olvidado que el señor
Vergara era un hombre de gallarda presencia,
trigueño, muy barbado y más bien cenceño que
membrudo; de nariz bien hecha, frente amplia
y ojos muy negros, de mirada suavemente acariciadora. Los rasgos característicos de esa fisonomía tan distinguida como simpática los
encontré años después reproducidos en muchos
sevillanos y granadinos, pues al tipo andaluz correspondía, acaso por afinidades atávicas, el
historiador de la literatura nacional.
Agradable y festivo en su trato, don José
María era un tanto dado a las bromas cariñosas; hiriente, nunca; manso y bondadoso, siempre. Con' su muerte, Bogotá perdió uno de sus
mejores hijos, que si la honró mucho por su
ingenio y su erudición, sus grandes dotes de
-poeta-Qulce-- y- seIlGi-Uo--Y-Slls--relevafltes--€endi-
118
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ciones de galano y delicado prosador, no la
enalteci6 y sirvi6 menos con las nobles pren~
das de su caritativo espíritu; todo él piedad,
amor y abnegaci6n.
La víspera de partir para Europa, en 1868,
me llev6 a su casa; y estando allí, sacó su retrato en fotografía, y me lo dio, después de
haber escrito su nombre en el reverso .... ¡Ay!
no pensé entonces que aquélla sería la última
vez que lo vería sobre la tierra: a su regreso
a Bogotá expiró, dejando tras sí un reguero
de lágrimas sinceras. Pasado un año volví a la
capital de la república, y tuve el consuelo de
llorar a mi vez sobre su tumba.
Valióme mi gusto por los asuntos literarios
la adquisici6n de otras relaciones no menos
importantes que las mencionadas: las de los
señores don José María Samper y don Salvador Camacho Roldán. ¿ A qué mejor recom·
pensa puede aspirar el admirador vehemente
y sincero de los hombres que forman la corona gloriosa de la patria, que a la que procu~
ra el goce de amistades que honran y consuelan, como las de los eminentes colombianos
cuyos nombres acabo de escribir?
Hallábame recogido en mi habitación una
noche del mes de junio de 186., y serían las
once y media cuando oí que alguna persona
llamó a la puerta que daba a la calle e inquirió por mí. Levantéme, salí y me encontré
con un criado de buen aspecto, quien me sa-
CUADROS DE COSTUMBRES
119
lud6 con cortesía y puso en mis manos una
esquela. Abríla al punto y leí en ella las siguientes palabras, escritas en una letra de forma bien d~terminada y de contornos acentuados:
«Estimado señor:
«Me encuentro reunido en este momento en
mi casa, que es la de usted, con algunos amigos de confianza, en mosaico pleno; y deseo
que usted me complazca en venir a ella para
tener el gusto de estrecharle la mano y presentado a mi señora y a mis amigos, suplicándole se sirva acompañarnos a tomar una taza
de té.
«Su estimador,
)OSE
MARIA SAMPER>.
No tenía yo el honor de ser amigo del señor Samper, y ningún motivo podía hacerme
presumir que mi oscuro nombre hubiera llegado a su conocimiento. Aquella amable cuanto
honrosa e inesperada atención no dejó, pues,
de sorprenderme. Sin embargo, me vestí apresuradamente y me trasladé a la habitación del
ilustre publicista. Una vez allí, no tardé en
obtener la clave de lo que acontecía.
Devoto del señor Samper, cuyas obras históricas y literarias había leído con gran interés. muchas veces había expresado mis senti-
120
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
mientas de admiración en presencia de don
Manuel Pamba, amigo íntimo y compadre del
autor de Martín Flórez, a quien designaba familiarmente con el abreviado de Pepe. Hombre incapaz el señor Pamba de guardar secreto a sus amigos cuando se trata de hacerles
saber el bien que de ellos se diga, como hiciese parte del mosaico congregado en casa del
señor Samper en la noche a que me refiero,
dio cuenta cabal a su compadre de cuanto yo
le había dicho en el calor de mi entusiasmo,
agregando-lo qtle, por lo demás, era muy cier=
to-que para mí sería una dicha relacionarme
con él. Vehemente y activo en todos sus actos; naturaleza ardiente y generosa, en la que
predominaba la gran virtud del reconocimiento, el señor Samper no quis0 esperar la coyuntura ordinaria que, sin duda, habría presentado el mismo señor Pamba para que contrajésemos amistad, sino que al punto me
dirigió la esquela que trascribí antes.
En los primeros momentos de mi permanencia en el salón del señor Samper, me sentí
embarazado. Además de los respetables dueños
de casa se encontraban allí personas muy distinguidas, para quienes yo era un desconocido: don Alejandro Posada, don Diego Fallón,
don Ricardo Silva, don José María Quijano
O ... Natural era, pues, mi turbación, pero
ella no duró mucho: las incontables personas
que cultivaron las valiosas relaciones del cele-
CUADROS DE COSTUMBRES
121
brado autor de La literatura fósil, saben cuán
expansivo y afectuoso era aquel eminente hombre público y cuántos tesoros de generosidad
y benevolencia guardaba en su gran corazón.
Abrumóme con. sus atenciones; y en esa grata
noche-ole la cual conservaré mientras viva el
inolvidable recuerdo-quedó
consagrada por la
simpatía recíproca la amistad que nos unió
después.
Con el señor Camacho Roldán me relacionó
el honroso incidente que paso a referir.
Publicábase en Bogotá, con el título de La
Paz un periódico político de mucha importancia. El nombre del periódico era su mejor programa, pues sin eludir el estudio de los grandes problemas políticos, económicos e industriales que agitan sin cesar las sociedades civilizadas, a nadie podía ocultarse que el objeto
principal de aquella publicación consistía en
trabajar por todos los medios posibles a fin
de conservar la tranquilidad del país, en momentos de suyo difíciles por las circunstancias
especiales que se atravesaban entonces. Era jefe
de la redacción de La Paz el señor doctor
Camacho Roldán, y bastaba su respetable nombre para dar al periódico una eficaz y legíti.
ma influencia.
122
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
A menudo recibía cartas del país de mi nacimiento, en las que se traslucía la satisfacción producida en el ánimo de los caucanos
pensadores y honrados por la propaganda benéfica de La Paz, propaganda que formaba
singular contraste con el empeño mal encubierto de algunos órganos perturbadores de la
prensa bogotana, entre otros un semanario dirigido por un personaje político de relumbrón,
" ....
cuyos propoSltos
aVIesos no eran un mIsterIO
para nadie.
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me permltl, constltUlrme
en organo
oficioso del reconocimiento público-cosa tan
conforme con mis entusiasmos juveniles-y escribí una manifestací6n, que hice imprimir y
circular en hojilla volante. Al día siguiente
apareció en la sección editorial del periódico
antagonista un suelto, en el cual se decía que
La Paz empleaba medios reprobados y vulgares para formarse atmósfera de popularidad
ficticia, una vez que la hoja que había circulado la víspera evidentemente tenía que ser
obra de la Redacción de aquel semanario. Fundábase tan peregrino cuanto ofensivo cargo, en
que el impreso volante había sido editado en
la misma imprenta en que se publicaba La
Paz ....
No había querido poner mi nombre al pie
de la hojilla porque temí que la circunstancia
CUADROS DE COSTUMBRES
123
de ser el de una persona insignificante perjudicara al objeto que con ella me proponía. Así,
tan pronto como tuve conocimiento de la ofensiva aseveración del periodista subversivo, me
presenté en la oficina del doctor Camacho Roldán y le manifesté que, siendo yo el autor
responsable del escrito que motivaba el desagradable incidente conocido del público, acu·
día a la Redacción de La Paz con el objeto
de autorizar al respetable director de ese semanario para que expresase con entera libertad 10 que ocurría en el asunto.
Tratándose de un caballero como el doctor
Camacho Roldán, cuya cultura y civilidad son
proverbial es en toda la república, fácil es darse cuenta de la manera atenta y cumplida con
que fuí acogido por él. Expresóme en términos de calurosa efusión la complacencia que
en su ánimo producía el paso dado por mí;
pero se negó en absoluto a usar de la libertad
en que yo lo dejaba.
Comprendí al punto los motivos de dignidad
que inspiraban su abstención, y no insistí sobre el particular. Cuanto al incidente en sí
mismo, la sociedad sensata lo juzgó con severidad, censurando con acritud la ligereza del
temerario periodista. De ello ningún desdoro
resultó para La Paz, pues el noble silencio con
que su respetable Director correspondió al vi-
124
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
llano insulto, fue la reprobación más elocuente de aquella injusticia.
Ruego al lector crea que no refiero estas cosas
por lo que ellas puedan tener de lisonjeras para
mi amor propio. Escritos e3tos Recuerdos, cuando ya la nieve de los años empieza a blanquear mis cabellos, y remontándose ellos a
tiempos que bien puedo llamar, para mí, por
lo menos, tiempos muertos, tal sentimiento
equivaldría a puerilidad, imperdonable en quien
aspira, sobre todo, a ser atendido con indulgencla por el pUOllCo.~1 de ellas se derIva algún honor, bien se comprende que él corres·
ponde a los distinguidos caballeros que procedieron conmigo del modo que dejo referido,
pues pintan bien el carácter hidalgo y generoso de quienes, colmados de glorias y colocados en muy alta posición social, descendieron,
en su bondad, hasta acoger, agradecidos, las
manifestaciones de aplauso y admiración del
pobre e insignificante joven que era entonces
el autor de las presentes páginas.
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Al hacer el grato recuento de los hombres
generosos que alentaron mi extrema juventud
con su cariño, su estímulo y sus consideraciones,
creería cometer la más negra de las ingratitudes si omitiera el nombre del venerable caba-
CUADROS DE COSTUMBRES
125
llero don Narciso Sánchez, uno de los últimos
y más dignos represéntantes de la generación
que precedió a la nuéstra, en los promedios del
siglo que termina.
Serán contadas en la capital de la repúbli.
ea las personas nacidas antes de 1860 que no
recuerden al respetable doctor Sánchez, pues
era bien conocido de todas las clases sociales,
ya por sus relevantes prendas personales, ya
por haber servido en el curso de largos años
el importante empleo de Notario Primero del
Circuito de Bogotá, al cual supo imprimir el
carácter de elevada integridad que era propio
de su persona moral.
Circunstancias que no es del caso referir
aquí me procuraron la honra de relacionarme
con el doctor Sánchez y me colocaron en situación de poder apreciar con entera imparcialidad las altas dotes de aquel venerable anciano, tipo cumplido del caballero probo y benévolo.
Era el doctor Narciso Sánchez hombre corpulento y de estatura elevada, que apenas si
había podido encorvar lo avanzado de la edad;
cabeza abultada, de facciones gruesas; grande
y carnuda la nariz; bilioso el tono de la tez,
y lbs ojos garzos, de expresión dulce, que revelaba la mansedumbre de su alma de niño y
formaba contraste con la gravedad habitual de
su porte.
El rasgo culminante de la fisonomía moral
126
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
de ese patricio benemérito, lo constituía el desprendimiento de los intereses, llevado hasta los
límites de lo increíble, casi hasta el abandono;
circunstancia tanto más singular y recomendable cuanto, por sabido se calla, que en la mayor parte de los ancianos llega, por lo general, el culto del dinero hasta la exageración
vituperable de la avaricia. No hago resaltar
precisamente esa cualidad del doctor Sánchez
porque, siendo jefe de una numerosa familia,
compuesta de hijos, nietos y sobrinos-de los
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lícito los deberes del más afectuoso de los padres; sino porque, no obstante gravado carga
de suyo ponderasa, era la providencia terrenal de muchas gentes menesterosas y desvalidas de la capital, familias y personas con quienes s6lo lo unía el vínculo santo de la caridad.
Indudable que era pingue la renta que le
procuraba el empleo que ejercía, pues además
de que para nadie es un misterio el movimiento considerable de los negocios que diariamente se efectúan en Bogotá por compra y venta
de bienes raíces y bienes muebles, traslación
de acciones, poderes etc., todo lo cual representa un cúmulo enorme de actos que tienen
que ser extendidos ante Notario, en el presente caso la gran confianza que inspiraba al
público el íntegro anciano hacía que el trabajo de su oficina le produjera utilidades de una
CUADROS DE COSTUMBRES
127
cuantía importante; y si el doctor Sánchez hubiera sido, no diré avaro, sino simplemente
económico, habría acumulado un verdadero capital. Pero tengo evidencia, en razón del conocimiento íntimo, de la noble manera como
empleaba sus ganancias diarias, de que cuando le lleg6 la última hora sólo pudo dejar a
sus virtuosas hijas la envidiable herencia de
un nombre inmaculado.
Lo curioso del caso era que las condiciones
características de la edad en que se encontraba el doctor Sánchez no alcanzaban a perderse del todo, ahogadas por los sentimientos generosos que constituían la esencia de su manera de ser. Sucedía a menudo, pero con mucha frecuencia, que cuando nos encontrábamos
en la oficina en lo mejor de la redacción de la
póliza para alguna escritura de venta, o extendíamos la matriz de un poder generalísimo,
se presentaba de improviso una sirvienta (pongo por caso) y preguntaba por el doctor
-jHum! murmuraba el anciano con su gravedad habitual y su voz de bajo profundo:
¿qué es?
-Mi señora tal (o mi amo cuál) decía la
sirvienta. manda saludar a sumerced con mucho cariño y le suplica le haga el favor de
emprestarle los diez pesos de que le habló ayer,
pues se los cobran con mucho empeño, Yo o o •
-jVálgame Dios! exclamaba el doctor Sánchez un sí es no es amostazado: ¿hasta cuáno
o
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
do durará esto? ¡Qué calamidad!. ., y en seguida, levantándose de su asiento y encaminándose hacia la arquilIa donde guardaba el
dinero, agregaba en voz más baja y cambiando de tono:
-¡Pobres gentes! mucha será su necesidadcuando se ven en el caso de molestarme. Acaso diez pesos no alcancen a aliviar su penosa
situación ... ¡Mejor será mandarles veinte! ...
iY los enviaba!
Otro de los perfiles salientes del carácter
del doctor Sánchez era la mansedumbre. Obligado por la naturaleza de su empleo a estar
siempre en contacto forzoso con gentes de la
más opuesta índole y de educación la más diversa, no había contrariedad que le fuese ahorrada y diariamente padecía lo que no es decible con impertinencias de todo género. Y sin
embargo, en el largo espacio de tiempo que
permanecí a su lado, nunca tuve ocasión de verle enojado con nadie. Además, hombre benéfico en el sentido más amplio de la palabra,
a menudo cosechaba ingratitudes, como es regular que así suceda a todo el que presta servicios y dispensa favores; y, no obstante, jamás 10 oí quejarse de la malevolencia humana,
ni tuve motivos para juzgar que se hubiese
arrepentido de ejecutar el bien.
Desde muy temprano concurría todos los
días a su oficina, situada, como debe recordarse, en el salón alto del Bazar Veracruz, que
CUADROS
DE COSTUMBRES
129
mira a la segunda Calle real; y allí, rodeado
de ocho o diez jóvenes pobres, a quienes hacía ganar el pan cotidiano y trataba con la
bondad de un padre afectuoso, trabajaba cuatro o cinco horas, sin que el exceso de la labor-en momentos en que se acercaba a los
ochenta años-le hiciera murmurar nunca. Indulgente con los inferiores, el doctor Sánchez,
circunspecto y callado de ordinario, se hacia
verboso y pródigo en palabras expresivas cuando se trataba de consolar infortunios, de disculpar faltas invoIuntarias o de estimular los
sacrificios de la virtud o los esfuerzos de la
inteligencia.
Tal fue aquel anciano noble y digno, que
pasó por la escena de la vida sin más propósito que el de hacer el bien, y bajó a la tumba bendecido por una descendencia de patriarca, a la cual dejó un alto ejemplo qué imitar.
* **
Por los años de 1865 a 1866 conocí a Isidoro Laverde Amaya. La casa donde habitaba
este jóven era vecina de la mía, y de esa circunstancia feliz nacieron nuestras relaciones,
que en seguida fomentó cierta similitud de gustos y, si se quiere, de caracteres, e hizo durables hasta la ~oca Pfesente el decidido e.ntu-
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
siasmo que ambos hemos sentido siempre por
las cosas literarias.
Era Isidoro en aquel tiempo un jovencito
delgado, de quince a diez y seis años, poco
más o menos; de tez mate con tintes rosados;
facciones muy finas, casi femeniles, ojos pardos, risueños, y cabellos muy negros. Al entrar en la juventud elevóse su estatura, aunque se conservó cenceño, y adornó su rostro
un espeso collar de barba, del mismo color de
los cabellos.
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neras desde niño, fue Isidoro hijo único muy
mimado de una santa señora que debió de ha·
ber sido bellísima, y de un caballero distinguido y estimable, aunque un tanto grave y
retraído.
Cuando conocí a la señora madre de Isidoro, su presencia produjo en mí el mismo efecto que me habría producido una imagen de
Santa Teresa de Jesús que hubiera cobrado
de improviso la animación y los colores de la
vida. Era joven aún, se parecía extraordinariamente a su hijo, y en su semblante escultural, que tenía los tonos ebúrneos de la azucena próxima a marchitarse, se adivinaba ese
no sé qué indefinible y melancólico que se observa en el de todas las personas destinadas a
morir pronto ... 1nvoluntariamente se agolpaban las lágrimas a los ojos cuando, accediendo por condescendencia a reiteradas súplicas
CUADROS DE COSTUMBRES
131
de sus amigas, la señora se sentaba al piano
y, después de sentidísimo preludio, hacía oír
algunos fragmentos de música escogida, como
el gran dúo de Norma, por ejemplo, o el Miserere, del Trovador. Parecía entonces como si
el alma de la sensible y distinguida dama se
comunicara con el teclado por lazos invisibles y
le transmitiera las exquisitas y sentimentales
impresiones de su esencia misma.
¡Ay! cuando mi pobre amigo vio volar hacia el cielo esa madre adorada, que era la vi.
da de su vida, creyó morir también; y su espíritu recibió uno de esos golpes terribles, de los
cuales no se repone nunca un hombre sensible.
Apenas si el afecto solícito de su buen padre,
los viajes por comarcas amigas, en donde fue
acogido con favor singular, y el cariño por los
libros, que ha dominado su existencia; apenas,
agrego, si las manifestaciones de amistades sinceras y los triunfos obtenidos en el periodismo y en obras de aliento, han logrado atenuar
aquel dolor inmenso, tan justo como inconso.
lable! ¡Pobre Isidoro!
Perseverante en su afecto por mí, siempre
encontraba Isidoro oportuno pretexto para darme el gusto de pasar de su casa a la mía; y
en mi cuartito de estudiante, rodeados de láminas, de libros y de flores, mientras que
afuera las más de las veces llovía como suele
llover en Bogota, esto es, a torrentes y por
horas-seguidas_:-en- tanto- que-eL viento-silbaba
132
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
por entre las junturas de los cristales de la
única ventana y el agua caía a chorros con es\ trépito sobre las baldosas del patio cercano;
bien abrigados y calentitos, devorábamos periódicos, novelas, versos ... iQué ratos tan deliciosos nos proporcionábamos allí con Dumas,
Sué, Feval y BaIzac! ¡Cuán delicadas e inolvidables emociones nos procuraban con sus escritos Vergara y Vergara, Guarín, Caicedo Rojas, Silva, los Ortices, los Pombos y los Pérez!... Recuerdo que entonces se publicaba en
Bogotá El Iris, periódico literario del señor
Borda. ¡Con qué ansiedad esperábamos el día
de la salida-de esa amena publicación, para
recrearnos con las bellas cosas que allí aparecían! En El Iris leímos por primera vez Las
tres tazas, del ingenioso Vergara; El Remiendito,
de Silva, el inimitable Silva; El Maestro Julián, de David, y muchas preciosidades más
que son como otras tantas perlas de purísimo
oriente que enriquecen el joyel de nuestra literatura.
A Isidoro le encantaban los dramas y comedias y perecía por todas las cosas de teatro. Hubiera podido creerse, en presencia de
tan marcada afición, que con los años habría
de encaminar sus notables aptitudes al cultivo
del género dramático, tan desdeñado entre nosotros; pero no fue así: el estudio y la reflexión cambiaron el curso de sus inclinaciones
artísticas y, con el correr del tiempo, adquirió
CUADROS DE COSTUMBRES
133
gusto decidido por la crítica bibliográfica. En
tan difícil campo de especulativa literaria ha
producido Isidoro excelentes trabajos, que son
muy leídos y en los cuales acaso no haya de
tachable sino la parte en que, con excesiva
benevolencia, juzga a algún escritorzuelo de
provincia, en quien el cariño le hizo ver dotes
que no existen. Por 10 demás, esos escritos,
como sus volúmenes de Viajes, y otros que
pertenecen a los géneros biográfico y bibliográfico, se señalan por la sencillez y tersura
del estilo, la oportunidad y cesudo alcance de
las apreciaciones y lo acertado e imparcial de
los conceptos. En esos trabajos, resultado de
la incansable laboriosidad y paciente investigación de Laverde Amaya, encontrarán los historiadores y bibliógrafos del porvenir fuente
abundante de datos exactos que disiparán muchas sombras de lo que, presente hoy, se llamará entonces pasado, y contribuirán a que
nuestra época literaria sea apreciada con algún
acierto por los críticos del futuro.
Solíamos Isidoro y yo dar largos paseos por
Las Cruces, El Aserrío, Egipto, Aguanueva,
San Diego y otros sitios pintorescos de los alrededores de la capital, propios, por lo excéntricos y solitarios, para seducir nuestro espíritu, poblado en todo momento por mil ensueños y románticas visiones. El tema predilecto
de nuestras disertaciones en esos paseos lo
-constituía.rLlQ5---.-Comentarlº-5_íclªJJY9.La_Jª§.. 41-
134
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
timas lecturas que hubiéramos hecho juntos y
los risueños y variados proyectos relacionados
con nuestras comunes aficiones. Desde esa lejana época se descubrían ya en mi joven amigo las notables dotes de bibliógrafo y crítico
de que después ha dado distinguido testimonio.
Muy joven aún colaboró Isidoro en periódicos nacionales, ya con trabajos propios, ya
con traduaciones muy correctas del francés; y
su labor literaria ha sido tan considerable en
rl
rl',..J
...
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atiOS, que,
puede afirmarse, es él uno de los escritores de
nuestra generación, que más han trabaj ado en
el campo fecundo y hermoso del periodismo.
Animado en toda circunstancia por las disposiciones más benévolas hacia sus compañeros de aficiones y gustos; admirador entusiasta y vehemente de los hombres notables que
nos precedieron en la civilizadora tarea de enaltecer el pensamiento humano; y sin gota de
hiel en el alma, ni la más lejana sospecha de
lo que pueda ser la envidia, a semejanza del
malogrado Adriano Páez, de gratísima memoria, Isidoro ha hecho conocer ventajosamente
en el país y fuera de él a muchos prosadores
y poetas noveles que la genial indiferencia de
nuestros compatriotas dejaba sumidos en completo olvido, y ha confirmado con sus conceptuosos escritos la fama de que ya gozaban
otros literatos renombrados.· A fuerza de estu-
CUADROS DE COSTUMBRES
135
dio y de perseverancia ha logrado acumular
considerable acopio de erudición literaria, de
la cual son fruto bien sazonado las diversas
obras que sobre bibliografía colombiana y viajes ha dado a luz en diferentes épocas, y la
muy notable Revista Literaria que publicó en
años pasados con aprobación y aplauso de la
sociedad culta.
Ni el transcurso del tiempo ni la ausencia,
mar de sombras en cuyas olas naufragan tantos y tan nobles afectos; ni la distancia, ni ...
ninguna de las cosas que contribuyen, por lo
común, a entibiar poco a poco el cariño entre
los amigos que no se ven' diariamente, han sido parte a minorar la estimación sincera que
siempre nos hemos profesado .... ¡Devuelva
Dios en dicha a lsidoro los gratos momentos
que a la benevolencia de ese amigo querido
debe mi pobre alma rudamente combatida por
el dolor!
* **
Por aquel mismo tiempo estreché relaciones
con otro joven, compatriota mío: Jorge Enrique Delgado. Este talentoso e interesante muchacho fue enviado de Guadalajara a Bogotá
por su respetable padre, el conocido abogado
caucano doctor Anselmo V. Delgado, de grata
JlleJ::DOsiªLl?_ara Que estudiara medicina. A la
136
BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
sazón se había reorganizado la Escuela respectiva sobre un vasto y sabio plan de reformas trascendentales,
e iban a ser regentados
los cursos diversos que constituyen esa elevada Facultad
por profesores tan distinguidos
como los doctores Osario, Bayón, Vargas Vega,
BuendÍa, Pardo, etc.
'
Delgado entró con decisión y entusiasmo en
la senda espinosa de tan serios estudios, resuelto a no trepidar hasta ver coronados sus esfuerzos con la adquisición de los complicados
y extensos conocimientos que debe poseer a
fondo el verdadero médico para ejercer como
se debe el augusto ministerio de aliviador y consolador de los padecimientos
humanos; pero,
no porque las ciencias naturales, primero, y en
seguida la farmacia, la anatomía, la fisiología
y la obstetricia, embargaran
lo más claro de
sus días y lo disponible de sus noches, echó
en olvido la poesía, deidad encantadora,
de
la cual había sido devoto constante desde niño .. " Sí, porque Delgado es poeta y de los
verdaderos, es decir, poeta de corazón; y si no,
óigase cómo cantó en la edad dorada de las
ilusiones vírgenes:
A UNA PALOMA
Vé paloma, vé paloma,
Crúza el éter, presto vuela
Al lugar donde mi amada
CUADROS DE COSTUMBRES
Afligida y triste espera
Un consuelo que mitigue
El martirio de la ausencia.
Refiérele cuidadosa
La amargura de mis penas,
Díle que la amo y que siempre
Mi corazón vive en ella.
Vé, Y posándote en el techo
De su hogar, alegre cánta
Lo que a disipar alcance
La tristeza de su alma;
Arrúllala y cuando veas
Que sus párpados se bajan,
Con cuidado y silenciosa
Cobíjala con tus alas,
y véla su corto sueño
J unto al ángel de su guarda.
y en la noche, si en el sueño,
Delirando, algún suspiro
Se le escapa, alguna queja,
O acaso un nombre querido
Que pronuncie enamorada
Con sus labios purpurinos! ....
No te olvides, no te olvides
Cuando vuelvas a tu nido,
De contarme 10 que a ella
Con ternura le has oído!...
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
Cuando la mires contenta,
Risueña, alegre, amorosa,
Tu piquillo comprimiendo
En el coral de su boca,
y sientas entre tus plumas
Jugando su mano hermosa,
Alza el vuelo y a mi lado
Dirígete sin demora,
Trayéndome de su seno
Un recuerdo, vén paloma!
"J\un me parece que ,reo a Jorge Eilrique,
en aquella época, ¡ya tan lejana!. ... Era de
estatura mediana pero bien proporcionada; moreno, de ese moreno americano tan seductor;
la cabeza un tanto abultada y cubierta por
una selva de revueltos y hermosos cabellos,
crespos y sedosos como los de lord Byron;
redonda y espaciosa la frente; los ojos pardidorados como los del águila (indicio evidente
de ambición levantada) y, como los del águila,
de un mirar intenso, ¡pero muy intenso! ....
Imposible conocer a Jorge y no estimarIo; imposible tratarIo y no comprender, por poco ob·
servador y advertido que uno fuese, que era
un muchacho de mucho talento. Aquello trascendía, como trascienden los aromas; como se
difunde la melodía, conducida por la onda sonora. Cuando hablaba entre amigos de confianza, pues delante de extraños. era un poco
corto, se expresaba con facilidad y lucimiento,
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acompañando sus palabras con cierta sonrisilIa
sugestiva, que le era peculiar; y tenía un modito de ladear la cabeza y de quedarse mirándolo a uno de hito en hito, con esos ojos de
pupila magnética que Dios le ha dado ...
La fuerza de voluntad de Delgado era cosa
poco común. Con motivo de trastornos políticos
y a causa de otras circunstancias particulares,
el resp'etable padre de mi amigo se vio en absoluta incapacidad de continuar suministrándole recursos para su permanencia en Bogotá;
y, si mis recuerdos no me engañan, lleg6 al
doloroso extremo de insinuarle que regresara
al Cauca. Habituado ya Jorge Enrique a las
múltiples privaciones que impone al estudiante
un vida de pobreza; domadas por él con energía de hombre maduro, para las necesidades
del momento presente, todas las grandes aspiraciones de su naturaleza de adolescente espiritual y soñador, y con una fe de mártir en
las promesas halagueñas del porvenir, no hizo
lo que tantos otros, débiles para la lucha con
las durezas de la existencia, habrían hecho en
lugar suyo: abdicar, amilanarse, perder la confianza en el futuro probable, arreglar las maletas y, ¡a tu tierra, grulla! ¡No! Semejante
proceder no habría sido adoptado nunca por
un hombre del temple de Jorge Enrique: se
someti6 valerosamente a desempeñar el humilde y duro empleo de practicante - farmaceuta
en etHg~ital
de San ---Juan de Dios. con el
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BIBLIOTECA ALDEANA DE COLOMBIA
sueldo miserable de doce pesos; y con esa su~
ma tan exigua, que no alcanzaba a ser una
ración de hambre, vivió en Bogotá cinco o seis
años, soportando ccm absoluta dignidad una
vida casi inverosímil de abnegación y privaciones sin cuento. Mientras tanto, estudió sin
perder un instante en pasatiempos fútiles;
completó todos los cursos, y al fin coronó brillantemente sus esfuerzos y recogió el premio
de sus sacrificios con la obtención del diploma
de profesor de la ciencia médica, que se le
confirió por unanimidad. Y no sólo hizo eso,
que fue mucho, dadas las circunstancias personales: cultivó las letras; leyó un gran número de obras históricas, literarias y científicas
en los ratos que robaba a sus tareas y consagraba a la Biblioteca Nacional; escribió artículos interesantes sobre diversas materias; hizo
versos bellísimos en que cantó la naturaleza,
el amor, la mujer ... y tuvo tiempo hasta para
cortejar a esa dama hosca y voluble que se
llama la política.
Delgado volvió al Cauca; viajó por el Ecuador y permaneció en distintas épocas, más o
menos prolongadas, en Francia, 1talia, Austria
y Alemania. En aquellos centros poderosos de
la civilización complementó sus estudios científicos y enriqueció su inteligencia con el caudal de conocimientos que sabe acumular en los
viajes quien, como él, tiene el juicio suficien-
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te para observar y el talento bastante para
aprender.
Con muy notables condiciones intelectuales;
docto en una profesión que todo el mundo
acata porque ella, a la par que es el consuelo
de la humanidad que padece, ensancha y facilita
todos los caminos de la vida, sorprendente sería que Delgado no hubiera desempeñado un
buen papel en nuestra sociedad, máxime si se
agregan a sus dotes de gran médico, las de
hombre de mundo versado en literatura y diestro en las difíciles justas de la existencia práctica. ¿Ha sido feliz? .. Si hacemos consistir la
dicha en los lauras que procura el ejercicio de
una carrera Útil y honrosa, seré afirmativo,
porque mi amigo ha cosechado suficientes títulos para fundar una reputación sólida en el
hermoso campo de la ciencia, que no todos
pueden fecundar. Si la hacemos consistir en
ese algo enteramente personal, íntimo, tras del
cual corremos desalados los hombres como en
pos de un fantasma que se escapa siempre de
entre nuestras manos cuando creemos que vamos a asirlo ... acaso él, espíritu delicado, sediento de emociones grandiosas y más dichoso
que otros, no haya divisado en los antros sombríos del porvenir la puerta maldita de que
habla el Dante en su inmortal poema, ese símbolo siniestro de las pobres almas en que se
apagó la luz de la esperanza!
INDICE
Pipo
Don Luciano Rivera y Garrido .......•..........
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CUADROS DE COSTUMBRES
Memorias de un colegial, por don Luciano Rivera
y Garrido:
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