vol 154. Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe

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Archivo General de la Nación
Volumen CLIV
J osé L. Franco
Revoluciones y conflictos
internacionales en el Caribe
1789-1854
Santo Domingo, R. D.
2012
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Edición y diagramación: Juan Francisco Domínguez Novas
Diseño de cubierta: Esteban Rimoli
Motivo de cubierta: Composición fotográfica integrada por el mapa de las Antillas y
embarcaciones representativas de las potencias que ejercieron gran influencia
en el Caribe, a finales del siglo xvii y principio del xviii
Primera edición, 1965
Primera edición dominicana, 2012
© José Luciano Franco
De esta edición
© Archivo General de la Nación (vol. CLIV), 2012
ISBN: 978-9945-074-48-2
Impresión: ZZZZZZZZZZ, S. R. L.
Archivo General de la Nación
Departamento de Investigación y Divulgación
Área de Publicaciones
Calle Modesto Díaz, Núm. 2, Zona Universitaria,
Santo Domingo, República Dominicana
Tel. 809-362-1111, Fax. 809-362-1110
www.agn.gov.do
Impreso en República Dominicana / Printed in Dominican Republic
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A la memoria de Joaquín Llaverías Martínez,
capitán del Ejército Libertador y director del
Archivo Nacional de Cuba.
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Contenido
Presentación a la segunda edición................................................... 11
I. La revolución llega al Caribe..................................................... 17
II. El gobierno colonial de Cuba y las revoluciones
de Haití y Santo Domingo.......................................................... 31
III.Conflictos e intervenciones en Haití y Santo Domingo........... 93
IV. Las relaciones con Haití y Santo Domingo durante
el Gobierno de Vives................................................................... 167
V. Conjura negrera contra Haití, Santo Domingo y Jamaica....... 201
VI.Rebeldías populares y conjuras reaccionarias
internacionales............................................................................ 301
VII. La sombra de un nuevo imperio sobre el Caribe..................... 321
VIII. Los conflictos en el Caribe y la misión secreta
de Torrente a Santo Domingo y Haití....................................... 385
Fuentes documentales...................................................................... 453
Fuentes bibliográficas....................................................................... 453
Índice onomástico............................................................................ 459
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Presentación a esta edición
Este libro apareció por primera vez en La Habana en 1965, publicado por el Instituto de Historia de Cuba. Formó parte de una serie titulada La batalla por el dominio del Caribe y el Golfo de México. José Luciano
Franco incluyó otro título fundamental: Historia de la Revolución de
Haití. Aunque no se tiene la información de si Revoluciones y conflictos
internacionales en el Caribe, 1789-1854 se ha vuelto a imprimir, sigue
siendo poco conocido fuera de Cuba. A República Dominicana llegaron contados ejemplares, en una época en que los intercambios
entre las dos islas eran casi inexistentes. Historia de la Revolución de
Haití, en contraste, fue reimpresa en República Dominicana por la
Editora Nacional, en 1971, y constituyó, entonces, el principal referente de los jóvenes para acercarse al magno acontecimiento, al igual
que en Cuba.
Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe, 1789-1854 reviste
dimensiones extraordinarias. Por su maestría y profundidad, puede
verse como una de las cumbres de la prolífica producción del autor.
Antes de 1965 Franco era ya un historiador consagrado, de tesitura
infatigable, quien continuaría cosechando logros hasta su muerte,
acaecida en 1989, días después de cumplir noventa y siete años. Tal
capacidad resulta magnificada cuando se conocen los avatares que
enfrentó. Nacido en diciembre de 1891, en un medio humilde de
La Habana, tuvo que trabajar como obrero tabaquero; con el paso
del tiempo y en medio de obstáculos inmensos se fue labrando una
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formación autodidacta. Se vinculó a algunas de las figuras prominentes
de la cultura cubana, como el historiador Emilio Roig, el antropólogo
Fernando Ortiz y el archivero Joaquín Llaverías.
Definió con prontitud un perfil de investigación alrededor de la
presencia africana en Cuba, la trata negrera, las rebeliones de esclavos
y las luchas populares y nacionales. Cuestionó el precepto tradicionalista que acordaba rasgos patriarcales al sistema esclavista en la isla
antillana. Tal foco de interés no era ajeno a su pertenencia al Partido
Socialista Popular, nombre que adoptó el partido comunista a inicios
de la década de 1940. Uno de los motivos de vigencia del movimiento
comunista en Cuba fue su capacidad para canalizar los intereses de la
población trabajadora, en buena medida identificada con los negros
y los mulatos.
Dentro de esa tónica, Franco se interesó por estudiar la vida de
personajes provenientes de la mayoría de color que habían tenido
participación prominente en las luchas nacional-populares. Su texto
Antonio Maceo. Apuntes para una historia de su vida, en tres tomos, es lo
mejor que se ha escrito sobre el prócer, y una suerte de compendio de
las visiones personales suyas sobre la historia de Cuba.
En una época en que la mayoría de los historiadores se limitaban a
sustentar sus elaboraciones en fuentes bibliográficas, Franco se orientó por la investigación documental y se zambulló, como pocos, en los
fondos del Archivo Nacional de Cuba. El amigo José Abreu Cardet
ha narrado que conoció a Franco, en relación a que la dirección del
Archivo le había reservado una mesa, pues, pese a su avanzada edad,
iba diariamente a consultar documentos. Tal dedicación le permitió
efectuar hallazgos de temas desconocidos, profundizar en otros y
lograr interpretaciones originales. Esa investigación de las fuentes resalta más por su condición de marxista, entonces teoría poco aceptada
en los medios académicos, y porque los escasos historiadores de esa
corriente, mayormente, se circunscribían a replanteamientos de los
contenidos de los tratados previos.
José Luciano Franco no se interesó únicamente por la historia de
Cuba y el Caribe. Abordó temas relacionados con España, México,
Venezuela y otros países de América. Algunos de los resultados consistieron en recopilaciones documentales presentadas con rigor profesional. Este libro se inscribe en ese interés y, en cierta forma, plasma el
sumario de un saber construido a lo largo de décadas.
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Por ese interés entabló vínculos con historiadores dominicanos,
pese a la condición de trujillistas de estos, como Emilio Rodríguez
Demorizi. Con motivo de los prolegómenos de apertura que tanteó
Trujillo desde los meses finales de la segunda guerra mundial, Franco
contribuyó al inicio de contactos entre el Partido Socialista Popular
de Cuba y el Gobierno dominicano. Realizó una visita a la entonces
Ciudad Trujillo y entregó un artículo para el Boletín del Archivo General
de la Nación, titulado «Las rebeldías negras. Hasta la conspiración de
La Escalera en Cuba, 1844», el cual leyó en la Federación Dominicana
del Trabajo, el 13 de septiembre de 1945.1
Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe, 1789-1854 constituye un aporte al desarrollo historiográfico latinoamericano, por el
hecho de apuntar a un marco nacional. Plasma la síntesis de una vasta
región, la de la Cuenca del Caribe, bajo el supuesto de que se había
conformado sobre la base de procesos comunes. El entramado que le
da sustento, como lo sugiere el título, es la imbricación entre los movimientos populares por la libertad y la igualdad, y las pugnas entre las
potencias que gravitaban en la región: España, Francia, Gran Bretaña
y Estados Unidos. Aunque no pretende trazar una síntesis global, tal
perspectiva se encuentra en germen, sobre todo en cuanto concierne a las luchas por la emancipación social y nacional, la agenda de
mayor relieve histórico durante esas décadas. Trasciende la búsqueda
de fundamentos de los procesos particulares de los países por separado, en aras de situarlos para el conjunto de la región. El libro cobra
sentido a partir de la constatación de que la Revolución francesa y la
Revolución haitiana tuvieron un impacto poderosísimo en el conjunto
de la región, pusieron en crisis las estructuras coloniales e inauguraron nuevos procesos de luchas populares que retroalimentaron los
mecanismos de cambio.
Se sobreentiende que, gracias a las luchas entre las potencias, se
abrieron campo los anhelos de los pueblos oprimidos. Por tanto, no
nos encontramos delante de un estudio de historia diplomática. Desde
luego, la investigación registra con escrupulosidad los movimientos
y las intrigas de los poderes imperiales, pero lo que persigue es la
construcción de una síntesis política, cuyo nervio son los capítulos de
Boletín del Archivo General de la Nación, año VIII, No. 42-43, septiembre-diciembre de 1945, pp. 201-215.
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luchas inauguradas por la Revolución haitiana. Dibuja una perspectiva
de la política desde abajo, que busca rescatar aquello que los tratados
tradicionales obvian por considerarlo carente de historicidad.
Aunque la integridad de la región está presente, el análisis se focaliza alrededor de la trama entre los intereses contrapuestos de las
potencias y los pueblos. Por esto, se advierte un eje temático, derivado
de la Revolución haitiana, centrado en los lugares donde los conflictos
locales e internacionales cobraron mayor agudeza: en primer término,
la isla de Santo Domingo, por cuanto las alteraciones al coloniaje en las
dos porciones la tornó objeto neurálgico de la codicia de las potencias;
y Cuba, que tomó el relevo inverso, como baluarte de la plantación, de
lo que resultó que se viera envuelta en el nudo de los conflictos entre su
metrópoli, que buscaba perpetuarse, Inglaterra, que postulaba la profundización de las condiciones para el librecambio alrededor de la abolición de la trata y la esclavitud, y Estados Unidos, deseoso de apoderarse
de la isla como parte de un designio expansionista y de relanzamiento
de su propio sistema de plantación en los estados sureños.
Este vasto campo de estudio fue posible por la acuciosidad con
que Franco emprendió la revisión de los materiales documentales del
Archivo Nacional de Cuba. El peso que había tenido Cuba durante la
primera mitad del siglo xix daba lugar a que su gobernador fuera la
segunda figura más importante de España. Desde La Habana, España
manejaba su política hacia el conjunto de América. Sus propósitos
cambiantes se examinan en este libro: desde el impulso de la plantación, el mantenimiento de los privilegios mercantilistas, la recuperación de las posesiones perdidas a inicios del siglo xix, la pugna con
Inglaterra a propósito de la esclavitud y el comercio, al igual que la
que también enfrentaba a España con el expansionismo territorial de
Estados Unidos.
Pero la documentación revisada por Franco supera con mucho el
estudio de la historia de Cuba: abre vías para una mejor comprensión
de los procesos globales del Caribe, así como de no pocos procesos de
sus países por separado. Es por ello que, a la altura del presente, tras
décadas de desarrollo de los conocimientos de la historia dominicana,
este libro contiene informaciones y enfoques que de seguro llamarán
poderosamente la atención de todos.
En esta variedad de temas, que cubre procesos por más de sesenta
años, era inevitable que quedaran algunos de ellos fuera o, lo que es
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más importante, que el autor emitiera juicios sujetos a impugnaciones
válidas. Algunos problemas complejos de la marcha de los dos únicos países insulares independientes en el período, Haití y República
Dominicana, posiblemente resultaban difíciles de captar −entonces
más que hoy− para los investigadores foráneos, incluso para uno
profundo y honesto como fue José Luciano Franco. Es el caso, para
solo citar uno, de la afirmación de que los enfrentamientos entre los
dos países de la isla de Santo Domingo después de 1844 carecían de
objetivos. Podrían emitirse otras observaciones críticas en relación a
propuestas interpretativas del libro, como que Toussaint Louverture
favorecía la expansión de la pequeña propiedad, cuando hizo exactamente lo contrario. Estos errores o limitaciones en nada alteran la
calidad del producto global.
A la fecha pocos tratados se han escrito que emulen la amplitud y el
sentido de la síntesis plasmada por José Luciano Franco para dar cuenta de la existencia de planos integrados y comunes de la historicidad
de los pueblos de América. Nos encontramos frente a un monumento
de sabiduría, erudición y sentido intelectual crítico.
Por tanto, como parte de la misión que se ha propuesto el colectivo
del Archivo General de la Nación de contribuir a rescatar el conocimiento de nuestro pasado, la difusión de este estudio del eminente
historiador cubano está llamada a generar reflexiones que redunden
en la recuperación de sentidos renovados de esta historia nuestra.
Roberto Cassá
Julio de 2011.
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I
La revolución llega al Caribe
Las tierras que forman hoy Haití y República Dominicana eran, en
las postrimerías del siglo xviii, dos partes de una isla antillana conocida
bajo el mismo nombre aun cuando escritos en idiomas diferentes, cada
una de ellas bajo el dominio colonial de distintas potencias europeas.
La región oriental, apenas explotada y semi abandonada en las manos
de una burocracia indolente y voraz, era parte del inmenso imperio
colonial de España: Santo Domingo; la región occidental, más pequeña,
pero intensamente explotada pertenecía a Francia: Saint Domingue.
Si bien durante muchos años las relaciones de las autoridades hispánicas del Caribe –tanto las de Cuba como las de Santo Domingo– con
las francesas de aquella zona estuvieron preñadas de graves conflictos y
dificultades, a partir de la política conciliadora del duque de Choiseul
que culminó en el llamado Pacto de Familia y, más tarde, la estrecha
colaboración franco-española en la guerra por la independencia de
las 13 Colonias inglesas de Norteamérica, hubieron de entrar en un
período de amigable entendimiento, del que ampliamente supieron
sacar buen provecho los negreros y traficantes que explotaban el trabajo de los esclavos en las plantaciones de azúcar, café, tabaco y otros
productos tropicales. Entendimiento que duró hasta el momento en
que la Revolución Francesa conmovió los cimientos del mundo feudal
europeo, y cambió radicalmente la correlación de las fuerzas políticas
y sociales en escala internacional, y cuyo mensaje halló un profundo eco hasta en las más apartadas regiones del mundo sometidas a
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José Luciano Franco
crueles e implacables regímenes coloniales de explotación y esclavitud
humanas.
En el último tercio del siglo xviii y primeros años del xix, los condes
de Floridablanca y Aranda, y el inefable D. Manuel Godoy, dictaron la
política exterior de España.
La fama de hábil diplomático y excepcional político, que había
adquirido en las negociaciones con la Santa Sede sobre la expulsión
de la Compañía de Jesús de los dominios hispanos, hizo que el rey
Carlos III nombrara a Floridablanca –19 de febrero de 1777– primer
secretario de Estado. Durante diez años dirigió la política del llamado
despotismo ilustrado, y tuvo en sus manos las relaciones internacionales
de la monarquía y el complicado manejo del enorme imperio colonial
español de América, a los que extendió las iniciativas reformistas del
rey Carlos III.
A propuesta de Floridablanca decretó el rey en 8 de julio de
1787 la creación de la Junta de Estado, y para la orientación política
de sus integrantes les dirigió Carlos III la Instrucción Reservada que
hubo de redactarle su ejemplar ministro. En ella están contenidas las
ideas regalistas y reformadoras que constituían el programa de aquel
gobierno del siglo xviii. Y los problemas que encierran el cuidado y
conservación de los extensos dominios de Indias ocupan gran parte del
documento. Especialmente se refieren a la rivalidad secular, alrededor
de la posición de las islas del Caribe, con Inglaterra y Francia, y, también, a los temores que comienzan a infundirle las ambiciosas miras
de la recién creada república de los Estados Unidos de América, y las
dificultades que se presentan para liquidar las cuestiones fronterizas
con Florida y Louisiana y la apertura del río Mississippi a la navegación
norteamericana.
Como Floridablanca, ayudado en el empeño por el ministro de
Indias, Gálvez, aplicó a dominios de Indias los principios económicos
de su tiempo para la libertad de comercio, a fin de que ciertas regiones –como Louisiana y Trinidad– alcanzaran el grado de prosperidad
necesaria para que sirvieran de obstáculos al creciente expansionismo
norteamericano y a las ambiciones británicas, recomienda a la Junta de
Estado en la citada Instrucción:
Entre las provincias favorecidas con estas exenciones, se
han procurado distinguir por mí la Luisiana y la isla de la
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Trinidad, permitiéndoles un comercio más libre, bajo los
reglamentos y órdenes que se han publicado, con el fin de
poblarlas y de inclinar a los extranjeros católicos a establecerse en ellas.
Mis designios políticos en estas gracias han sido, por lo que
toca a la Luisiana, formar en ella una barrera poblada de
hombres, que defiendan las introducciones y usurpaciones
por aquella parte hasta el Nuevo Méjico y nuestras provincias
del Norte, y en este punto se hacen ahora más necesarios
estos cuidados contra la rapidez con que los colonos americanos, dependientes de los Estados Unidos, procuran extenderse por aquellas regiones y vastos territorios.
Por esto mismo convendrá reflexionar lo que sea necesario
hacer para la población de las dos Floridas, favoreciéndolas,
y a su comercio y navegación, como a la Luisiana, supuesto
que han de ser la frontera de aquellos diligentes y desasosegados vecinos, con quienes se procurarán arreglar los límites
en la mejor forma que se pueda [...].
[...] En cuanto a la isla de la Trinidad, además del objeto de
aprovechar su fértil territorio, he tenido y tengo el de formar
en ella un establecimiento que cubra el continente inmediato y que pueda, con el tiempo, facilitar un puerto útil a mis
armadas, para acudir desde allí adonde la necesidad lo pida,
por ser esta isla la que está más a barlovento de todas mis
posesiones por aquella parte.
Cuba, Santo Domingo y Puerto Rico, como elementos defensivos
del imperio americano, ocupan gran espacio del memorial secreto, y
en él se trazan los lineamientos de la política imperial en el Caribe y
Golfo de México:
La Junta sabe, y lo ha experimentado en la última guerra,
que el puerto de La Habana, aunque tan capaz, seguro y
útil para estar a la vista de cuanto salga del Seno Mexicano,
no es proporcionado para acudir con prontitud a los demás
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parajes que convenga socorrer; de manera que las provincias de Caracas, Cartagena y todo el reino de Tierra Firme,
Honduras y todo Guatemala y demás de aquellas dilatadísimas costas no puede ser auxiliado desde La Habana, sin
dilaciones iguales, y aun mayores en algún caso, a las navegaciones de Europa. De aquí ha provenido que se hayan
malogrado, durante la guerra, muchas de mis resoluciones
en Honduras y otras partes, habiendo estado en riesgo varias
provincias, si las medidas tomadas para divertir al enemigo
y atacarle en varios distintos países no le hubiesen impedido
fijarse en alguna expedición fuerte contra el continente propio de España.
Aun para auxiliar y socorrer las islas de Santo Domingo y
Puerto Rico desde La Habana, hay los mismos inconvenientes y dificultades, cuando, por el contrario, desde la isla de
Trinidad se puede acudir a todas partes, así en el continente
como en islas, con mucha brevedad, sin exceptuar el Seno
Mejicano y por esto he querido que no sólo se pueble y fortifique aquella isla, sino que se habilite en ella un buen puerto
a costa de cualquier cuidado. En esta parte hago estrechos
encargos a la Junta, y espero de su celo y del que asiste al
Ministerio de Indias que no se perderá tiempo ni diligencia
para formar allí un establecimiento marítimo que satisfaga
todos mis importantes deseos.
En Puerto Rico y en Santo Domingo conviene, como se ha
empezado a practicar, favorecer también la población y el
comercio. También conviene limpiar y habilitar sus puertos
principales, para que no sólo las embarcaciones mercantes,
sino mis armadas, puedan entrar y abrigarse cuando la necesidad o la conveniencia lo pidan. En la isla de Santo Domingo
hay la bahía y puerto de Samaná y su península, que deseo
poblar, habilitar y fortificar, porque puede ser uno de los mejores de mis flotas y armadas y de la navegación mercantil, y
por este medio podrá vivificarse toda aquella parte de la isla,
poblarse y cultivarse con grandes ventajas [...].
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[...] El cuidado de las islas y puertos principales que ciñen las
dos Américas debe ocupar todas las atenciones de la Junta.
Pobladas y aseguradas las islas de Cuba, Santo Domingo, Puerto
Rico y Trinidad, y bien fortificados sus puertos y los del continente de Florida, Nueva España, por ambos mares en que se incluyen las costas del Sur, hasta las Californias, y de allí adelante,
y en las del Norte, las de Yucatán y Guatemala y su nuevo puerto
de Trujillo, los de Caracas y reino de Tierra Firme, no solo se
podrán defender de enemigos aquellas vastas e importantes
regiones, sino que se tendrán en sujección los espíritus inquietos y turbulentos de algunos de sus habitantes. De manera que
cualquiera revolución interna podrá ser contenida, remediada
o reducida a límites estrechos, si los puertos, islas y fronteras
están bien fortificados en nuestras manos [...].
[...] Concluyo mis prevenciones a la Junta de guerra. En este
punto ningún cuidado estará demás mientras no podamos
apoderarnos en una guerra legítimamente de aquellas islas
que más nos incomodan. Jamaica es una padrasto terrible a
la entrada precisa del Seno Mejicano, desde donde puede
ser interceptada nuestra navegación a él por cualquiera de
los dos lados. Jamaica es el depósito de las fuerzas navales y
de tierra con que podemos ser invadidos y molestados en las
islas y en el continente antes de poder socorrernos, y Jamaica
es el almacén más proporcionado para el comercio de contrabando en todos los establecimientos españoles de islas y
Tierra Firme.
Así, pues, el objeto de la España para remediar aquellos daños y evitar los peligros, debe ser velar mucho contra Jamaica
con buenos guardacostas y buen corso en tiempo de paz, y
pensar en apoderarse de aquella isla en tiempo de guerra.
Cualquier gasto y cuidado en esta materia será inferior a su
importancia.
Las islas de Granada y Tobago, por su inmediación al continente, y la de Curazao, son también perjudicialísimas a
nuestro comercio, y piden particular atención, ejecutando lo
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El conde de Floridablanca. (Retrato de Goya)
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mismo que dejo insinuado en cuanto a Jamaica en los tiempos de paz para impedir el comercio lícito. Aunque no hago
particulares reflexiones sobre las islas francesas, mediante
nuestra perfecta unión con la Francia, que deseo conserven perfectamente las dos cortes, como diré después, para
quietud y felicidad recíproca de las dos naciones, se debe
vivir, sin embargo, con el prudente cuidado y recelo de que
esta armonía puede interrumpirse por la inconstancia y vicisitud de las cosas humanas; con esta previsión, sin mostrar
desconfianza, se debe estar a la vista de los establecimientos
franceses, y especialmente los del Guarico e isla de Santo
Domingo, cuidando de que no se quebranten los límites
pactados en la última convención y demarcados por los comisarios de ambas cortes. Tengo entendido que los franceses
se han excedido en algunas partes, y se encargará mucho al
gobernador español haga reconocer de tiempo en tiempo
la línea divisoria y remediar las usurpaciones. El ministerio
francés ha deseado mucho extenderse en la isla de Santo
Domingo, por la costa del norte hacia el Oriente, hasta apoderarse de la bahía de Samaná, y sobre esto se me hizo una
insinuación, y formó plano por la corte de París, ofreciendo
recompensa que pudiese servir de equivalente en parte para
la adquisición de Gibraltar. Me parece que no pueden ni
deben realizarse estas ideas, y que seria menos malo ceder
toda la isla de Santo Domingo, como se había concertado,
para adquirir a Gibraltar al tiempo del último tratado de
paz de 1783, que conservarla sin la bahía de Samaná, donde
se puede hacer el mejor y aun el único puerto y surgidero
bueno en aquellos mares e islas para nuestras navegaciones
y refugios en tiempos de paz y guerra, como llevo dicho [...].
No sólo le preocupaban Jamaica y Santo Domingo, sino también
las concesiones obtenidas por Inglaterra en 1783 en las costas de
Mosquitos, convertidas en focos de piratería y contrabando con notorio perjuicio del comercio español y, aún mayor grado, no oculta
Floridablanca sus recelos acerca de la peligrosa alianza con Francia,
recelos que le llevaron pocos años después a combatir la Revolución
Francesa:
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[...] La Francia es el mejor vecino y aliado de la España, y es
también el enemigo más grande, más peligroso y más temible que puede tener [...].
Pero desconfía aún más de Inglaterra. Quiere negociar con ella la
restitución de Gibraltar por medio de un tratado en que los ingleses
reciban Santo Domingo y, además, ventajas comerciales en los dominios. El gobierno inglés insinuó el cambio de Gibraltar por la isla de
Trinidad o la de Puerto Rico. Floridablanca no aceptó por las razones
que pone en boca del rey Carlos III en ese histórico documento:
[...] He dicho ya a la Junta, tratando de las cosas de Indias,
cuanto conviene aprovechar las proporciones de la isla de
Trinidad. Por lo tocante a Puerto Rico, es ocioso detenerse,
pues prescindiendo de las utilidades que sacamos y podemos
sacar de aquella isla, sería el cederla lo mismo que acabar de
cerrarnos todas las puertas para entrar y pasar con alguna seguridad a los mares que ciñen nuestro continente de Nueva
España y sus provincias adyacentes.
Menos malo sería ceder la parte que nos quede en la isla de
Santo Domingo, ya fuese a la Inglaterra o ya a la Francia,
quedando de cuenta de esta dar a aquella la recompensa en
alguna de sus islas. Así estuvo ajustado para los preliminares
de la última paz, y la Francia ofrecía la Guadalupe, y aun
alguna otra isla, a los ingleses; pero estos, después de hallarse
todo convenido, quisieron además la cesión de Santa Lucía
o de la Martinica, y esta exorbitancia desvaneció el ajuste.
Las intrigas también de corte en Versalles contribuyeron a
deshacer lo tratado, porque habiéndolo penetrado los interesados en las plantaciones francesas de Santo Domingo,
trabajaron para impedir que la Francia adquiriese toda la
isla, previniendo que con esta adquisición se disminuiría el
valor de sus plantaciones anuales y de sus frutos.1
Cayetano Alcázar, El Conde de Floridablanca. Siglo
Española, Madrid, s/f.
1
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En cuanto se relaciona con la política a seguir en las islas del Caribe,
la Instrucción Reservada contiene una valiosa información. En muchos
aspectos ha de influir, en los años que le siguen, en las proyecciones
internacionales de la monarquía hispánica y de sus ministros. Y como
caso especial, tiene una singular significación la tendencia a ceder
el Santo Domingo español a cualesquiera de sus rivales en esta zona
americana, con la remota esperanza de poder recuperar el Peñón de
Gibraltar.
Se proyectaba en el documento, no sólo la seguridad en el disfrute de las riquezas americanas y resguardar las colonias del contagio
de las ideas del siglo, sino también completar la obra del despotismo
ilustrado, de la revolución desde arriba que Floridablanca, Aranda,
Campomanes y Jovellanos alentaron y dirigieron para superar el atraso de España y completar su rehabilitación económica y social según
ellos la entendían.
Pero, una serie de acontecimientos imprevistos detuvo sus planes.
A fines de 1788 murió el rey Carlos III. Su sucesor en el trono era
incapaz totalmente de completar la obra puesta en marcha por su
padre. Mantuvo algún tiempo el equipo ministerial anterior, pero,
las conmociones producidas por la Revolución Francesa, que tanto
a Floridablanca como a Aranda y Jovellanos dejaron sorprendidos,
como la influencia negativa de la reina María Luisa que elevó a su
amante Manuel Godoy –a quien el pueblo bautizó con el mote de El
Choricero– a la gobernación de la monarquía, llevaron a Carlos IV a la
infinita teoría de desaciertos que completaron la ruina del Imperio
Español.
Juzgando a los ministros citados por su actuación equivocada en
los históricos acontecimientos de fines del siglo xviii y comienzos del
xix, escribió Carlos Marx en el New York Daily Tribune, 20 de octubre
de 1854:
Floridablanca y Jovellanos representaban un antagonismo,
pero un antagonismo que pertenecía a aquella porción del
siglo xviii que precedió a la era de la Revolución Francesa; el
primero era un burócrata plebeyo; el segundo un aristócrata
filántropo; Floridablanca era partidario y practicante del
despotismo ilustrado, representado por Pombal, Federico II
y José II; Jovellanos era «amigo del pueblo», que esperaba
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conducirlo a la libertad por una rápida y juiciosa sucesión
de las leyes económicas, y por la propaganda literaria de
generosas doctrinas; opuestos los dos a las tradiciones del
feudalismo; el uno intentando modernizar la Monarquía; el
otro pretendiendo liberar a la sociedad civil de sus cadenas.
La actuación de cada uno en la historia de su país corresponde a la diversidad de sus opiniones. Floridablanca gobernó
omnímodamente como Primer Ministro de Carlos III, y
su Gobierno se hacía más despótico en la medida en que
encontraba resistencia. Jovellanos, cuya carrera ministerial
bajo Carlos IV fue de escasa duración, conquistó su influencia sobre el pueblo español no como Ministro, sino como
estudioso; no por decretos, sino por ensayos.2
Ante el avance de la Revolución Francesa, Floridablanca, aturdido,
pierde la prudencia y serenidad que eran su característica en los negocios de Estado; se desespera, y trata de impedir por todos los medios se
propague el contagio en el pueblo español y las colonias de América.
En las relaciones diplomáticas con el Gobierno Revolucionario de
Francia comete faltas imperdonables. Cierra las fronteras de España
y ordena a los virreyes, gobernadores y capitanes generales de las colonias americanas que estén en constante vigilancia, e impidan la circulación de impresos revolucionarios y de noticias que puedan hacer
peligrar el dominio español.
Así, por Real orden reservada de 24 de septiembre de 1789,
Floridablanca prevenía a las autoridades españolas en esta región del
Caribe tomar las precauciones posibles para impedir, por medio de los
Obispos y Prelados Eclesiásticos –reza en el texto del documento– la
introducción de impresos procedentes de Francia, puesto que el rey
conoce las fatales consecuencias que pueden ocasionar a sus amados
vasallos de esos Dominios.
En cumplimiento de la anterior disposición el Gobernador de
Santiago de Cuba extremó la vigilancia en el distrito de su mando y
procedió a recoger cuantos impresos llegaban allí a través de las vecinas colonias inglesas y francesas. De todo ello dio cuenta al rey en 11
Carlos Marx y Federico Engels, La Revolución en España, Editorial Páginas, La
Habana, 1942.
2
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de enero de 1791. El conde de Floridablanca, de Real orden –Aranjuez
28 de mayo de 1791– confirma su política aislacionista:
[...] espera S. M. que V. S. proseguirá vigilante en impedir
toda introducción en el territorio de su mando de noticias
de lo que ocurra en las Islas y el Reino de Francia; suprimiendo las que puedan haberse esparcido por escrito, o haciendo
entender en general los desórdenes contra los derechos y la
libertad y propiedad y contra las vidas y haciendas que han
causado y causan a los franceses engañados y seducidos; sin
tolerar se introduzcan ninguno de estos ni otros extranjeros: haciendo S. M. a V. S. sobre uno y otro el más estrecho
encargo.3
La diplomacia clásica –cuyos últimos representantes fueron
Floridablanca y Aranda en España y Kaunitz en Austria, en el siglo xviii;
Talleyrand y Metternich en el xix– se desmorona ante el potente soplo
renovador que viene de Francia. Mantiene sus concepciones políticas
como un juego de ajedrez en el que únicamente deben participar los
soberanos de las grandes potencias, con el sólo objeto de mantener
el equilibrio europeo, los intereses de las clases feudales, y del que
están ausentes los pueblos de sus respectivos Estados. Calcularon –y se
equivocaron por completo– los estadistas diplomáticos del despotismo
ilustrado que los acontecimientos que empezaban a desarrollarse en
Francia en 1789 eran una revuelta. Sin pensar, más correctamente, que
la transformación operada en las relaciones sociales en países como
Francia, industrialmente más desarrollados, introducía una nueva correlación de las fuerzas políticas en una escala desconocida hasta ese
momento, e instauraba una nueva época en la Historia Universal con la
participación activa de las clases productoras: burgueses y proletarios.
Toda la previsión y cálculo que contenía la Instrucción Reservada
apenas si estuvo presente en las decisiones de Floridablanca. Bien es
verdad que el rey Carlos IV y su favorito Godoy, que trataba de suplantar en el Gobierno a los viejos ministros de la ilustración, no estaban
a la altura del momento histórico que les tocó actuar. Sin tener una
cabal, idea de la verdadera situación europea, estuvieron a punto de
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo No. 1.
3
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lanzar a España a la guerra nuevamente contra Inglaterra, a quien
consideraban responsable de la crisis que envolvía al viejo continente,
y le achacaban turbios propósitos en su afán de dominar el comercio y
las riquezas de la América Hispana.
Carlos IV destituyó a Floridablanca. El 28 de febrero de 1792
suprime la Junta Suprema de Estado y restablece el antiguo Consejo de
Estado, y nombra Decano del mismo al conde de Aranda y le encarga,
interinamente, la Primera Secretaría de Estado. En este último cargo
lo sustituye –15 de noviembre de 1792– el inefable Manuel Godoy, a
quien su real amante había hecho Duque de la Alcudia.
Los tres ministros –con la diferencia de que Floridablanca y
Aranda eran honestos y Godoy un ladrón vulgar– trataron por todos
los medios posibles de mantener a España y a su Imperio Colonial
Americano lejos de toda posible infiltración de las ideas revolucionarias. En la península ese objetivo fue ampliamente logrado. La llamada
conspiración de San Blas –fraguada en Madrid en 1795 por un grupo de jóvenes radicales y republicanos lidereados por Juan Mariano
Picornell, Sebastián Andrés y Manuel Cortés– no logró interesar a las
masas del pueblo español. Así alcanzó España el más típico ejemplo de
mentalidad contrarrevolucionaria. Indiferente la sociedad hispánica
a las corrientes europeas de economía y progreso, quedó sumergida
en el arcaísmo medieval visible desde la etiqueta cortesana hasta las
costumbres populares de la ciudad y del campo.
La Revolución no pudo florecer en España; en cambio, en el
Caribe inquieto, echó sólidas y profundas raíces. La última década
del siglo xviii fue testigo de una serie de conmociones revolucionarias
que amenazaban todo el sistema de explotación colonial esclavista. En
1791 –14 de agosto– cerca de Morne –Rouge, en Bois– Caimán, en el
Saint Domingue francés, reúne Boukman en asamblea impresionante
a los negros esclavos de la región y proclama la insurrección armada
para librarse de la atroz servidumbre.
Le siguen los esclavos de Martinica –1793– Guadalupe –1794– y
Jamaica –1795–; el 2 de marzo de este último año en la pequeña isla de
Granada estalla igualmente una sublevación de los esclavos.
Alarmado ante la ola revolucionaria que amenazaba gravemente
los dominios de S. M. Católica, el gobernador de Santo Domingo, D.
Joaquín García –según oficio que dirigió al Duque de la Alcudia desde
Bayajá, 19 de septiembre de 1794– dictó un bando por el que castigaba
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con la pena de muerte a los que tuvieren correspondencia con los
enemigos de la Corona.
En Madrid, sin embargo, no se daba exacta cuenta Godoy –entonces Duque de la Alcudia y Ministro de Carlos IV– de la verdadera importancia que para el futuro del Imperio español en América tenían
estas conmociones del Caribe. Al margen de la carta que le remitían
D. José Ignacio de Viar y D. José de Jaúdenes –encargados de los negocios de España en los Estados Unidos– fechada en Filadelfia a 7 de
agosto de 1793, con el memorial de los realistas franceses vizconde de
Noailles y marqués de Roubray referente a proyectos de guerra contra
la parte francesa de la isla de Santo Domingo, decretaba:
[...] las cartas últimas de Santo Domingo nos dan esperanzas
de adquirir dominios sin violencia y pudiera perjudicarnos
cualesquiera otro proyecto […].4
Los acontecimientos se encargaron de desmentir los planes del
ministro español. Con la ciega obstinación que le era peculiar y total desconocimiento de la situación americana, Godoy se negaba a
conceder importancia alguna a las informaciones que le enviaban
los representantes del rey y de la esclavocracia colonial en estas islas
del Caribe, como por ejemplo la que, fechada en La Habana a 10 de
noviembre de 1794, hubo de dirigirle el marqués de Casa –Peñalver;
u otras como la del marqués del Real Socorro –Aranjuez, 13 de enero
de 1795– sobre el peligro que amenazaba a las Indias Occidentales.
El foco revolucionario de Saint-Domingue alcanzó rápidamente a
Tierra Firme. En Santa Fe, capital del Nuevo Reino de Granada, imprimió en 1793 D. Antonio Nariño la traducción del texto francés
de 1789 de la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano. El
pequeño impreso –cuatro páginas solamente– produjo un escándalo
sin precedentes. El virrey Ezpeleta circuló a las autoridades coloniales
hispánicas de México, Venezuela, Cuba y Puerto Rico lo que consideraba un hecho inaudito, además, había descubierto que un grupo de
neogranadinos se reunían con Nariño en tareas conspirativas, influenciados por la propaganda revolucionaria infiltrada a través de las islas
del Caribe. Y el 10 de mayo de 1795, lidereados por José Leonardo
Archivo Histórico Nacional, Madrid, Legajo 3,895, No. 187.
4
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José Luciano Franco
Chirino, los negros y mulatos de la Serranía de Coro en Venezuela,
proclamaron la ley de los franceses, la libertad de los esclavos, la
República.
En ese mismo año –16 de agosto– las autoridades de la región
oriental de Cuba descubren la conspiración de Bayamo, lidereada
por el pardo Nicolás Morales, y en la que aparecieron comprometidos
algunos individuos, blancos, de las familias ricas de la zona bayamesa,
que, ganados por la propaganda revolucionaria francesa por un lado y,
por otro, con el cercano ejemplo de la colonia dominicana, intentaron
una protesta armada para demandar el reparto de tierras y la igualdad
entre blancos y pardos libres.
El 12 de julio de 1797, fue descubierta en Caracas la conjura revolucionaria que se conoce en la Historia de América por la conspiración de Gual y España. En su esencia, el programa político de los
conjurados venezolanos contra el régimen colonial hispano, estaba
saturado de ideas tomadas a la Revolución Francesa. En el documento
se declaraba abolida la esclavitud como contraria a la humanidad, y
proclamaba la igualdad entre blancos, indios, pardos y morenos.
Víctor Hughes, el comisionado revolucionario francés contribuyó
en gran parte con su actividad incansable a las rebeldías de los pueblos oprimidos de esta región americana. No solo proclamó Hughes
la emancipación de los esclavos de Guadalupe, sino que con su propaganda contribuyó al levantamiento de los cimarrones en Jamaica, y, en
1797, al de los Caribes en San Vicente.
Y antes de que finalizara el siglo xviii en este Mediterráneo de
América comenzó la batalla singular, que se prolongó hasta nuestros
días, empeñada por los oprimidos contra la explotación de los propietarios y los abusos, atropellos e injusticias de las autoridades coloniales europeas. Y serían los pueblos de Haití y Santo Domingo el
blanco de los continuos ataques contrarrevolucionarios de negreros y
privilegiados criollos y europeos, que no descansaban en la criminal
tarea de reducir por el hambre y el terror a los heroicos esclavos que
reclamaban el derecho a vivir como hombres.
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II
El gobierno colonial de Cuba
y las revoluciones de Haití y Santo Domingo
Los gobernadores españoles de la isla de Cuba en los últimos años
del siglo xviii y primeros del xix D. Luis de las Casas, el conde de Santa
Clara y el marqués de Someruelos, no sólo estuvieron bajo la amenaza
de la creciente ola revolucionaria de las islas cercanas, sino también
sometidos a los vaivenes de la conflictiva situación internacional europea que colocaba a España y su Imperio Colonial en peligro de ser atacados por la monárquica Inglaterra o por la Francia Revolucionaria.
D. Luis de las Casas vino a Cuba a hacer buenos los postulados
políticos de Floridablanca volcados en el Informe Reservado de 1788,
cabal expresión de lo que creían los hombres del despotismo ilustrado
habría de ser la obra reformista que demandaba España y su Imperio,
tanto en la organización futura de una sociedad más acorde con el
ritmo de los tiempos nuevos, como en el manejo de las complicadas
relaciones económicas y comerciales de la metrópoli y sus posesiones
ultramarinas.
La política desarrollada por este gobernador tuvo el apoyo decisivo
de los ricos criollos, que tenían en sus manos la casi totalidad de las
tierras cubanas productivas. Basada en lo esencial en el extraordinario incremento de la trata negrera y de la esclavitud como base del
fomento de la producción agrícola, tuvo como principal colaborador
a D. Francisco de Arango y Parreño. Este, influido por las ideas de
Campomanes y Jovellanos, presentó, en 1792, a la Junta de Estado
de España el proyecto para el fomento de la economía esclavista
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titulado Discurso sobre la agricultura de La Habana y medios de fomentarla.
Consecuencias directas del mismo fueron la fundación de la Sociedad
Económica (1793) y el Real Consulado (1794). Las Casas, apoyado en
los propietarios de esclavos y de tierras, los criollos que componían
una clase dominante semifeudal, contribuyó al empobrecimiento de
los pequeños propietarios agrícolas, fortaleció el monopolio tabacalero con la reorganización de la Factoría de Tabacos y, en cuanto a las relaciones con las otras colonias del inquieto Caribe, echó los cimientos
de una política combativa contra la liberación de los esclavos.
Se hizo cargo del mando de la isla en el momento histórico que se
iniciaban las rebeldías antiesclavistas en el Caribe; el peligro de una
nueva guerra con Inglaterra se hacía cada día más agudo, mientras
los revolucionarios franceses obligaban a Floridablanca, y al propio
Aranda, a dictar severas medidas para detener la tan temida propaganda antifeudal y republicana que podía infiltrarse a través de las
fronteras e incluso llegar a tierras americanas.
Además, contra España, lanzaban sus rivales en la explotación de
las riquezas americanas, una campaña demoledora, un nuevo capítulo
de la leyenda negra, que se hacía sentir pesadamente en la crisis internacional de aquel período. Escritores de la época hacían gala en
sus obras del gran desdén qué sentían hacia España. El rey Carlos III
hubo de negar la publicación del texto castellano del libro de William
Robertson: The history of America, publicado en Londres en 1777 y traducido al francés ese mismo año, que alcanzó universal nombradía en
los círculos rivales de Holanda, Francia e Inglaterra. Tanto se desdeña
a España que, en 1782, en la Encyclopedia méthodique de Mervilliers
se hace esta ofensiva pregunta: ¿Qué debemos a España...? Ingleses,
franceses y holandeses, como si ellos no hubieran hecho cosas peores
en sus conquistas, acusaban a España de crueldad en los indios de
América y de los horrores cometidos por los negreros. A los que hubo
de contestar una voz tan auténticamente española como la del ingenioso D. José Cadalso y Vázquez en Cartas marruecas (1782):
[...] los pueblos que tanto vocean la crueldad de los españoles
en América, son precisamente los mismos que van a las costas
de África, compran animales racionales de ambos sexos a sus
padres, hermanos, amigos y guerreros victoriosos, sin más
derechos que ser los comprados negros; los embarcan como
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brutos; los llevan millares de leguas desnudos, hambrientos
y sedientos; los desembarcan en América; los venden en público mercado como jumentos, a más precio los mozos sanos
y robustos, y a mucho más las infelices mujeres que se hallan
con otro fruto de miseria dentro de sí mismas; toman el dinero; se lo llevan a sus humanísimos países, y con el producto
de esta venta imprimen libros llenos de elegantes invectivas,
retóricos insultos y elocuentes injurias contra Hernán Cortés
por lo que hizo [...].1
Toda aquella propaganda parecía contribuir a que la crisis en las
relaciones hispano-inglesas, siempre difíciles a causa del monopolio
comercial, desembocaran en un conflicto armado. El 6 de junio de
1790 entró en el puerto de La Habana, procedente de El Ferrol, el
bergantín de S. M. C. la Flecha, comandado por el teniente de navío
D. Antonio Pilón, portador de la Real orden reservada de 25 de mayo
de ese año en la que se decía al Intendente de Ejército de la isla de
Cuba:
[...] como los negocios de nuestra corte con la de Inglaterra
no conservan toda aquella armonía que debíamos esperar y
con que hemos observado los tratados de Paz amenazándonos con rompimiento; se comunica la orden correspondiente
por los Ministerios de Guerra y Marina a los Jefes respectivos
para que se pongan en estado de defensa, y estén prevenidos
a fin de hallarse a cubierto de toda sorpresa.2
Unos meses después –en 17 de noviembre– el Gobernador de
Santiago de Cuba daba cuenta a D. Luis de las Casas que, según noticias recibidas de Madrid, se consideraba inevitable la guerra entre la
Gran Bretaña y España. Y que los conflictos en las fronteras eran cada
vez más graves. Las comunicaciones con los franceses –agregaba– han puesto
nuestras fronteras en mucho desorden. En oficio No. 165 –La Habana 24 de
diciembre de 1790– D. Luis de las Casas, cada día más convencido de
José Cadalso Vázquez, Cartas marruecas. Los eruditos a la violeta, Colección Crisol,
Madrid, 1944.
2
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, Legajo 4, No. 24.
1
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José Luciano Franco
que no se haría esperar la agresión británica, decía al coronel D. Juan
Bautista Vaillant, gobernador de Santiago de Cuba:
Para cuando llegue el caso de declararse la guerra, apruebo
la construcción de las pequeñas baterías provisionales en el
Puesto de Aguadores, que V. S. me propuso en carta de 27
de noviembre inmediato No. 257, pues, como la prevención
hecha de Orden del Rey es, que se «viva con una prudente
precaución y se examinen con anticipación los medios de que
podrá valerse para la defensa en caso de ser atacados [...]».
Pero a las autoridades coloniales de Cuba les preocupaban más las
insurrecciones de los esclavos de Haití, que produjo hombres –como
Toussaint Louverture– que pueden compararse con los mejores revolucionarios de otros países de América, que los peligros de guerra con
Inglaterra o Francia.
Los intereses sociales de las clases dominantes en Cuba –explotadoras del trabajo esclavo y de la trata negrera– desde el final del siglo
xviii apoyaron al Gobierno Colonial de esta isla en la política intervencionista: encaminada a sabotear el proceso revolucionario de Haití y
Santo Domingo. Emplearon todos los recursos de que podían disponer en desacreditarlo, y llegaron, de acuerdo con los demás esclavistas
y colonialistas del Caribe, a trazar planes y ponerlos en práctica para
impedir su desarrollo y progreso, prohibiendo incluso las relaciones
comerciales para obligar al pueblo haitiano, principalmente, a someterse de nuevo a la explotación esclavista.
La burguesía cubana se defiende del peligro que para ella representa cualquier posible sublevación de esclavos –escribe el Prof. Sergio
Aguirre– y agrega:
En el trabajo de los negros africanos y sus descendientes
asienta su riqueza; sobre el látigo del mayoral construye toda
su evolución económica, social y política, pero obsedida por
el temor de que se reediten en Cuba los acontecimientos del
Haití revolucionario de 1791.3
Sergio Aguirre, Seis actitudes de la burguesía cubana en el siglo
Páginas, La Habana, 1944.
3
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xix,
Editorial
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35
Y sus más destacados representativos, con Arango y Parreño al
frente, colaboran con extraordinaria responsabilidad en los planes y
determinaciones del Gobierno Colonial de Cuba, política a la que,
con habilidad suma, le dio contenido y mensaje el Capitán general D.
Luis de las Casas.
Esa misma clase explotadora del trabajo esclavo, enriquecida en
la última década del siglo xviii al amparo de las medidas puestas en
práctica por el citado gobernador, hubo de sentirse amenazada muy
seriamente con el progreso de la Revolución Haitiana. Y, en 1799,
bajo el gobierno del marqués de Someruelos, representantes autorizados de aquella clase como José Ricardo O’Farrill y Antonio del Valle
Hernández, presentaron el plan propuesto por la Junta Económica
para asegurar –según ellos– la tranquilidad y obediencia de los siervos de
esta colonia. Y en ese escrito elevado al Capitán general de la isla de
Cuba, no sólo se establecen las bases de lo que en el futuro habría de
ser la política negrera de hacendados y terratenientes sino también
–utilizando como tema el peligro haitiano que sería al fin el leiv motiv
de las campañas de discriminación racista en nuestro país– ir creando,
bajo el pretexto de fomentar la colonización blanca, un clima francamente racista, introduciendo divisiones y antagonismos entre los
siervos de origen africano y los campesinos blancos. Y servirse de estos
para reprimir las justas protestas de aquellos.
En los antecedentes del informe dicen los comisionados con toda
claridad sus temores y planes para evitar el contagio revolucionario de
Haití:
Como la insurrección de esclavos de las Colonias Francesas
fue la que más influyó en la creación de esta Junta, y como
lo que más se encargó al Conde de Casa Montalvo y á D.
Franco de Arango fue que estudiaran en su viaje los medios
de combinar el aumento de nuestros negros con su tranquilidad y obediencia; el Consulado nació examinando un
asunto de que podían resultarle tantos bienes como males.
«[...] Por desgracia no se hizo con la deseada brevedad este
delicado informe y la Junta, cuidadosa de lo que tanto le
importa, resolvió sin esperarlo, el punto más urgente de él,
esto es, el de la captura y castigo de cimarrones, elevando a
S. M. un proyecto de Reglamento que mereció la honra de
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su soberana aprobación y está produciendo en la isla los más
saludables efectos; pero estando todavía en la espera de aquel
informe, para ver si se acordaba el fundamental arreglo de
este ramo de policía, quiere nuestra mala suerte que en tres
años haya habido cuatro insurrecciones parciales de la mayor
consecuencia, asomándose en las últimas más concierto y
trascendencia, como se deja ver de las relaciones que acompañamos.= Cualquiera de aquellos síntomas bastaba para que
por una parte diésemos sin demora el paso que también se
explica y por la otra siguiésemos sin esperar más informes que
el verbal de nuestro Síndico, la discusión y examen de este
tremendo negocio». Mas viendo que el mal crecía, tanto por
los acaecimientos que se explican a V. E. en los papeles como
por la funesta noticia que va copiada en él hemos apresurado
lo que con más detención quisiéramos meditar; y en el estado
imperfecto en que el expediente se encuentra, lo elevamos
por V. E. a manos del Soberano, creídos que V. E. opinará con
nosotros que hay más riesgo en la demora que en resolver el
asunto sin toda aquella instrucción que acaso pudiera dársele.= La independencia sola de los negros de Santo Domingo
justifica en gran manera nuestro actual susto y cuidado, pues
sí los ingleses fomentan sus diabólicas ideas, nada será más
fácil que ver en nuestro país una irrupción de aquellos bárbaros y por lo mismo es urgente que se tomen providencias
que eviten una catástrofe que tanto perjudicaría al augusto
Soberano de tan productiva y bien situada Colonia, como a los
que en ella viven bajo su protección [...].4
Toda la actividad en el Caribe del Gobierno Colonial de Cuba,
apoyado en la oligarquía esclavista de criollos y peninsulares, tuvo
como objetivo fundamental el aislamiento de la Revolución Haitiana,
combatiéndola por todos los medios tanto desde el territorio cubano
como desde el dominicano. Y, como las ideas de la clase dominante son en
cada época las ideas dominantes, las ideas de la dominante clase esclavista
cubana desde fines del siglo xviii hasta que las rebeldías de siervos
y campesinos, obreros e intelectuales en los finales del decimonono
Archivo Nacional, Real Consulado y Junta de Fomento, Legajo 184, No. 8,330.
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sacudieron su poder secular, son las que proclaman como verdades
irrebatibles los escritores e historiadores de mayor relieve de ese período histórico.
El ejemplo se tiene en José Antonio Saco. Siguiendo en sus líneas
generales las proyecciones de la Junta Económica de 1799, escribía
Saco en 1835:
No nos queda más que un remedio: blanquear, blanquear [...].
Y pocos años después expresaba el pensamiento favorito que utilizarían los explotadores coloniales de Cuba como la bandera de la
filosofía racista encubridora de sus intereses materiales:
La colonización en Cuba es necesaria y urgente para dar a
la población blanca una preponderancia moral y numérica
sobre la excesiva de color; es necesaria y. urgente, para contraponerle en el departamento oriental al millón y doscientos mil haitianos y jamaicanos que desde las costas de las dos
islas en que habitan están mirando atentamente las playas
solitarias y los desiertos de Cuba; es necesaria y urgente, para
neutralizar hasta cierto grado la terrible influencia de los
tres millones de negros que nos rodean, millones que van
tomando incremento, y que pudieran tragarnos en no lejano
día, si nos quedásemos estacionados; es necesaria y urgente,
en fin, para romper la palanca peligrosa que, manejada por
manos enemigas, puede poner a Cuba en trance muy amargo, cubriéndole de luto e inundándola de sangre.5
En 1789, los grandes propietarios de Santo Domingo francés,
amparados en el Comité formado por los terratenientes absentistas
residentes en París llamado el Club Massiac, mantenían estrechas relaciones con la tendencia política de los Girondinos que representaban
en el proceso revolucionario de Francia los intereses de la burguesía
comercial y marítima, cuyas riquezas se desarrollaban con el tráfico
colonial y la esclavitud.
Domingo Figarola Caneda, José Antonio Saco, documentos para su vida (cartas a J.
L. Alfonso), La Habana, 1921.
5
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Con vista a sustraer sus riquezas del influjo democrático–burgués
de la Revolución Francesa, esos propietarios –los grandes blancos– constituyeron en abril de 1790 una Asamblea General con la pretensión
de gobernar la colonia, mantener sus privilegios y enfrentarse a la
Revolución.
La clase de los pequeños blancos sentía que los principios revolucionarios que llegaban de la metrópoli formaban parte de sus propias reivindicaciones. A ella pertenecían los artesanos, pescadores,
vendedores ambulantes, pequeños comerciantes, peluqueros, artistas,
empleados modestos, gentes humildes de todo tipo que penosamente
ganaban la subsistencia en toda clase de trabajos. Y se opusieron resueltamente a los proyectos de los grandes propietarios.
Completaban el cuadro social los libertos y los esclavos. Integraban
los libertos una clase intermedia. En su mayor parte se componía de
mestizos o mulatos. Los blancos los despreciaban y maltrataban. No
podían ocupar empleos públicos ni ciertas profesiones. A pesar de
que muchos de ellos poseían riquezas, se les discriminaba sin contemplaciones. En la iglesia, en el teatro, en todas las reuniones públicas
tenían asientos separados.
Todos los negros, todos los mestizos, nacidos de padres no emancipados, eran esclavos. Estaban divididos en domésticos –cocheros,
cocineros, servidores agregados a la residencia del propietario– y cultivadores destinados a los trabajos de la tierra y fabricación industrial.
La Asamblea de los grandes propietarios fue disuelta por el gobernador que contó con el apoyo de libertos y pequeños blancos. Y comenzaron los
disturbios. El gobernador, Philibert François Rouxel de Blanchelande,
que había sustituido al conde de Peinier, huyó y se refugió en el Cabo.
Las tropas recién desembarcadas de Francia se unieron a los pequeños
blancos y desataron los más espantosos desórdenes en los que no participaban ni esclavos ni libertos. Los ricos colonos franceses –realistas casi
todos– comenzaron a abandonar sus tierras para refugiarse en Santiago
de Cuba, Nueva Orleans y otras ciudades de Norteamérica. Los libertos
reclamaron del gobernador Blanchelande el cumplimiento del decreto
de 28 de marzo de 1790, lidereados por Vincent Ogé y Jean B. Chavannes;
cuya disposición revolucionaria les reconocía vagos derechos igualitarios. Ante la negativa rotunda de las autoridades, ambos líderes se
pusieron al frente de cuatrocientos libertos para obligar con las armas
el reconocimiento de sus derechos de igualdad con los blancos. Fueron
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derrotados y dispersados. Ogé y Chavannes, acogiéndose al derecho de
asilo, se refugiaron en Santo Domingo español. Los franceses enviaron a
Mr. de Ligneries para reclamar a los fugitivos. El asesor del Gobierno, D.
Vicente Antonio Faura, se opuso resueltamente a que fueran devueltos
a la Colonia francesa. No obstante, el gobernador español, D. Joaquín
García, los entregó.
El 25 de febrero de 1791, Ogé, Chavannes y sus partidarios, fueron
torturados cruelmente primero, y ahorcados después, en la ciudad
del Cabo. Sus asesinos habían declarado que no estaban dispuestos
a considerar como iguales a los que calificaban de raza bastarda y
degenerada.
Pierre Pinchinat, Andre Rigaud, Bauvais, Lambert, Cangé, hombres distinguidos de color, al frente de numerosos libertos, demandaron una, vez más el reconocimiento de la igualdad con los blancos.
El gobernador Blanchelande los insultó en la respuesta que dio a los
peticionarios. Más irritados que desconcertados, los libertos decidieron
recurrir a las armas. Incorporaron a sus escasas fuerzas 300 negros
cimarrones. Estos hombres, endurecidos en la lucha de guerrilleros
montañeses, prestaron a los libertos una cooperación decisiva en el
combate de Pernier, donde fueron derrotadas las tropas blancas de
Port-au-Prince.
Entonces los colonos blancos del Oeste aceptaron las demandas de
los hombres de color libres. Representantes de ambas clases firmaron
en Croix des Bouquets un acta preliminar, confirmada y ampliada más
tarde por un formal tratado de paz, adoptado en la habitación Damiens,
en cuyo artículo X se estipulaba que los ciudadanos de color –mulatos
y negros libres– se reunirían con los blancos para formar las asambleas
parroquiales y serían como estos electores y elegibles; y en el XIV se
prohibían en el futuro calificaciones tales como Negro libre, Cuarterón
libre, o Ciudadano de color, y solo serían distinguidos por las mismas
usadas para los blancos. Pero, no sólo dejaron intencionalmente de
consignar en el pacto mejoras para los esclavos –no debe olvidarse
que tanto los libertos como los colonos eran ricos propietarios– sino
que, a petición de los blancos, los libertos consintieron en deportar a
una región desierta del continente a los 300 cimarrones que los habían
ayudado en sus demandas.
La cordialidad entre blancos y mulatos no duró mucho tiempo.
Pocos meses después un aventurero italiano, Pralotto, que ocupaba un
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alto cargo en la municipalidad de Port-au-Prince, provocó disturbios
que desembocaron en una matanza general de hombres, mujeres y
niños mulatos, ejecutada con sin igual ferocidad. Los libertos que intentaron resistir fueron desalojados a cañonazos. Las cuatro quintas
partes de la ciudad de Port-au-Prince desapareció entre las llamas. Los
supervivientes, comandados por Rigaud, Bauvais y Doyon, tomaron
las armas. Por su parte, la Asamblea Colonial, reunida en Léogane
acordó, 11 de diciembre de 1791, anular la concesión de los derechos
de igualdad de los mulatos.
En el momento que los hombres de color libres del Oeste triunfaban en el combate de Pernier, una formidable insurrección de esclavos estallaba en el Norte. Boukman era el jefe, secundada por Jean
François, George Biassou y Jeannot. Era el 22 de agosto de 1791.
Implacablemente arrasaron, quemaron y mataron los sublevados
a cuantos propietarios hallaron en su camino. Sólo los médicos y los
sacerdotes blancos fueron respetados. La represión de los colonos fue
brutal. Plenos de furor persiguieron y asesinaron en las calles de la
ciudad del Cabo a los mulatos, por sospechas de ser los instigadores de
la Revolución. El general francés Pamphile de Lacroix, que combatió
a los revolucionarios negros, escribió en sus Memorias:
La guerra no fue más que una exterminación en la cual los
dos partidos se superaron en furor; los negros sorprendidos
ocultándose eran inexorablemente degollados. Cuando los
blancos marchaban a los combates, destruían, en la ceguera
de su venganza, todo lo que era negro; a veces el esclavo fiel
que se presentaba confiado perecía bajo los golpes del amo
irritado del cual buscaba apoyo. Esas crueldades, repetidas a
menudo, reclutaban la rebelión, ya que de hecho no había
más que los campos donde los negros pudieran esperar alguna seguridad.6
Defendiendo heroicamente las posiciones rebeldes de Fond-Bleu,
murió Boukman en el mes de noviembre de 1791. Su cabeza fue llevada al Cabo como trofeo y exhibida en una jaula. El comando de la
Pamphile de Lacroix, Memories pour servir a L’Histoire de la Revolution de Saint
Domingue, Paris, 1820.
6
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insurrección pasó a Jean François, Jeannot y Biassou. A este último,
en calidad de médico, se sumó Toussaint Louverture, que hacía meses
participaba activamente en los preparativos revolucionarios. El gobernador español de Santo Domingo, D. Joaquín García, cumpliendo a su
manera las instrucciones que había recibido de alentar los disturbios
en la colonia francesa, entró en relaciones con los jefes de los esclavos
rebeldes. Jean François y Biassou aceptaron y se pasaron con sus hombres al partido español.
Cuando Toussaint-Louverture tuvo conocimiento de las proposiciones españolas se encontraba en Port-François, en la banda del
norte, e inmediatamente vino a ponerse a la disposición del conde
de Hermonas, gobernador de San Rafael. Llevaba con él un pequeño
ejército de 600 negros, más o menos disciplinados y adiestrados, formados bajo su dirección personal. Su dependencia de Biassou era solo
nominal.
Con esta ayuda los españoles ocupaban en agosto de 1792 grandes porciones de la colonia francesa: Vailliére, Trou, Fort-Dauphin,
Grande-Riviére, Ouoaniminthe, Marmelade, Ennery, Gonaives,
Limbé. Toussaint, François y Biassou, fueron nombrados generales del
ejército español.
Los grandes propietarios franceses llamaron a los ingleses de
Jamaica. Sucesivamente los colonos blancos fueron entregando a los
ingleses Jeremie, Mole Saint-Nicolas, Saint Marc, Arcahie y, en 1 de
junio de 1794, entraron en Port-au-Prince. Los católicos propietarios
franceses de la colonia, olvidando patria y religión, recibieron en todas partes a los ingleses protestantes y enemigos de Francia como sus
salvadores. En 3 de septiembre de 1793, habían firmado los colonos
un tratado en regla con el general Adam Williamson, jefe de las fuerzas de ocupación inglesas. Tres días más tarde el coronel Whitelocke,
al desembarcar en Jeremie, anunció en nombre del rey de Inglaterra
que la esclavitud sería mantenida. Numerosos mulatos, propietarios
del sur y oeste también se sumaron a los ingleses, pero otros muchos
como Pinchinat, Rigaud, Petion y Bauvais se colocaron al lado de los
comisarios civiles enviados por la Revolución Francesa.
Ante el difícil problema que afrontaba, Sonthonax –los demás comisarios habían regresado a Francia– en un acto memorable celebrado
en la ciudad del Cabo en 29 de agosto de 1793, proclamó la libertad
de los esclavos. La Convención francesa, que abolió el feudalismo y la
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Alcázar del virrey Diego Colón en Santo Domingo.
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aristocracia, decretó en 4 de febrero de 1794 la abolición de la servidumbre en las colonias.
Los propietarios de esclavos reaccionaron ante estos hechos históricos incrementando en todo el Caribe la propaganda injuriosa contra
la Revolución Francesa, y el acta de la libertad de los siervos. Unidos
a los funcionarios coloniales y oficiales realistas del ejército francés,
se incorporaron a los invasores ingleses y españoles. La traición de
Deneaux, comandante de la Mole y la del general Adrien Nicolás de
la Salle, gobernador interino de las islas francesas de Sotavento, determinaron a Sonthonax a salir del Cabo dejando a Jean-Louis Villatte,
mulato, que había participado en la guerra de independencia de
los Estados Unidos, al mando de la ciudad y sus alrededores. Y, en
Gonaives, reemplazó a de la Salle con el general Etienne Laveaux,
comandante de la provincia del Norte, y poco después gobernador
interino de Santo Domingo.
Debidamente autorizado por Sonthonax, el general Laveaux, por
intermedio de Chevalier, estableció correspondencia amistosa con
Toussaint-Louverture. Este abandonó el partido español en mayo
de 1794, acompañado de sus más adictos partidarios: Dessalines,
Christophe, Belair, Clervaux, su hermano Paúl y su sobrino Moyse.
En una rápida campaña de dos semanas rechazó Louverture en
todas partes las fuerzas de Jean François y Biassou. En una docena de
pueblos que arrancó de manos españolas izó el pabellón tricolor de
Francia, proclamó la libertad de los esclavos y, con los 4.000 hombres
que tenía a sus órdenes, libró a Gonaives de caer en poder de los ingleses. Laveaux nombró a Toussaint comandante general de la línea del
oeste. En menos de un año las tropas mandadas por él destrozaron a
las españolas. El 13 de octubre de 1795 se apoderó de Dondon. Pero,
al siguiente día, se recibió la noticia de haberse firmado en Basilea el
tratado de paz entre Francia y España, cediendo esta a aquella su colonia de la parte Este de la isla de Santo Domingo. Designado general
de brigada por decreto de la Convención Francesa –junto con Rigaud,
Villatte y Bauvais– Toussaint compartió con Sonthonax y Laveaux la
dirección suprema de la isla, siendo nombrado en 1796 segundo del
Gobernador general y poco después, ascendido a general de división y
general en jefe del ejército.
En abril de 1798 el general Thomas Maitland tomó el mando en
jefe de las tropas inglesas que ocupaban la parte francesa de Santo
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Domingo. Comprendió bien este militar, que era igualmente un hábil
diplomático, que era imposible para la Gran Bretaña mantenerse pacíficamente en posesión de la isla. Y juzgó más conveniente para los
intereses británicos obtener de Toussaint ventajas comerciales para su
país y garantías contra los corsarios franceses que atacaban la navegación y pillaban las ciudades costeras del Caribe.
Con motivo de la capitulación de la Mole Saint-Nicolás –31 de
agosto de 1798– el general británico tributó a Toussaint una regia
recepción. En tanto las salvas de cañón y las campanas de las iglesias
atronaban el espacio, los regimientos ingleses presentaban armas al
paso del general negro y su estado mayor. El general Maitland lo condujo inmediatamente bajo una tienda decorada artísticamente donde
se sirvió un suntuoso banquete. Al terminarse, el representante del
rey de Inglaterra, en nombre de su Soberano, ofreció a su huésped la
vajilla de plata que adornaba la mesa. En fin, se concluyó un tratado
secreto entre Toussaint y Maitland para la evacuación de las Partes de
Santo Domingo ocupadas por los ejércitos de Su Majestad británica.
Mientras se habían desarrollado estos hechos en la pequeña isla
del Caribe, en Francia la Revolución había dado paso, después de la
sublevación contrarrevolucionaria del 9 de Thermidor –27 de julio de
1794– a una dictadura burguesa militar representada por un gobierno
reaccionario, el Directorio Ejecutivo, cuya cabeza visible era Barras.
Este designó, con el propósito de destruir la influencia revolucionaria de Toussaint, al aristócrata general Theodore Joseph Hédouville,
Agente del Directorio, Ejecutivo en Santo Domingo con plenos poderes. Ayudado por Roume que había formado parte con Sonthonax y
otros de la última Comisión Civil –que estaba en Santo Domingo, y el
general Kerverseau en Santiago de los Caballeros–, se propuso atraerse al general Rigaud, enfrentarle una vez más a Toussaint, e introducir
elementos de discordia entre negros y mulatos que le permitieran
manejar con criterio esclavista y reaccionario la situación política de
la colonia.
Advertido Toussaint de esas intrigas, obligó a Hédouville a resignar
el mando, y salió del Cabo el 23 de octubre de 1798. Con él salieron
del país millares de funcionarios y colonos blancos. Roume asumió
las funciones de Comisario Civil, en cuyo cargo continuó los manejos secretos y tortuosos contra Toussaint aun cuando, con sin igual
hipocresía, públicamente pareció intentar un arreglo amistoso entre
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los bandos rivales. En un momento pareció conjurado el peligro de
una guerra civil, pero el incidente de Corail –13 de febrero de 1799–
precipitó los acontecimientos y estalló la lucha armada entre negros y
mulatos.
El origen de esta guerra civil, que fue un desastre para Santo
Domingo, no residió en el color de la piel de los protagonistas como
pudiera creerse, sino en la diferencia de su situación social, de sus objetivos políticos distintos y, también, en las intrigas del gobierno reaccionario francés. Toussaint, en una proclama al pueblo, denunció los
manejos contrarrevolucionarios de Rigaud y, el 15 de junio de 1799,
comenzaron las hostilidades, favorables a los mulatos en sus inicios,
pero que, muy pronto, gracias a la energía y capacidad de los generales
que Toussaint tenía a sus órdenes, Dessalines, Christophe, Laplume, el
curso de las operaciones cambió radicalmente. Entonces Rigaud envió
agentes y emisarios en demanda de auxilios al gobernador militar español de Santiago de Cuba. Dos de esos agentes, S. Duboy y Germán
Crespin, celebraron entrevistas en La Habana con el Capitán general
marqués de Someruelos, y le pidieron que el Gobierno Colonial de
Cuba ayudara y protegiera al general Rigaud con dinero y armamentos para reducir a los negros de Toussaint.
Alexandre Petion se pasó a las filas contrarrevolucionarias de
Rigaud. El general Bauvais, que comandaba en Jacmel, acorralado por
Dessalines, huyó con su familia. El barco que lo conducía a Francia
naufragó, pereciendo así el más destacado de los generales mulatos.
Petion se hizo cargo de defender a Jacmel pero, al fin, tuvo que abandonar la plaza. El 1 de agosto de 1800 Toussaint fue recibido solemnemente en la capital del Sur. Rigaud y Petion, y los demás jefes mulatos
huyeron a Francia. En París, junto a Pinchinat, Villatte y los antiguos
dueños de esclavos, se dedicaron a una campaña sin descanso contra
Toussaint y la posible independencia de Santo Domingo. Millares de
mulatos –muchos de ellos encarnizados enemigos de la abolición de
la esclavitud– se refugiaron en las ciudades orientales de Cuba, donde
continuaron sus actividades esclavistas y discriminatorias.
Terminada la guerra civil, Toussaint, con su habitual tenacidad y
capacidad de trabajo, emprendió la obra de reconstrucción moral y
material de la nación modelada por sus propias directivas e inspiración. Las masas negras del Norte, confundidas con la propaganda de
los colonos blancos desposeídos de sus privilegios, se amotinaron. Y,
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entre otras cosas, demandaron del agente del Directorio, Roume, que
hiciera cesar la esclavitud en la parte española de la isla, reuniendo
ambas colonias según lo estipulado en el tratado de Basilea. Roume
accedió por decreto de 27 de abril de 1800, y más tarde lo dejó sin
efecto –16 de junio del propio año– cuando el gobernador español,
D. Joaquín García, le replicó que, para llevar a cabo la ocupación francesa de Santo Domingo, era necesaria la previa autorización de los dos
gobiernos metropolitanos.
Toussaint hizo internar en Dondon al agente Roume para sustraerlo a la influencia perniciosa de los contrarrevolucionarios, y el 25 de
noviembre de 1800 le permitió regresar a Francia. En los primeros días
de enero de 1801, ordenó Toussaint la ocupación de la parte española
de la isla. Y el 27 de ese mes entró Toussaint Louverture en la Ciudad
Primada de América para recibir sus llaves de manos del gobernador
D. Joaquín García.
Uno de los primeros actos de Toussaint fue dictar el decreto aboliendo la esclavitud y la trata negrera. La colonia española estaba en
un estado de retraso realmente lamentable. Españoles y criollos blancos de la región odiaban profundamente a Toussaint y a sus generales
negros. Pero el Libertador trató de ganárselos con una política conciliadora. Hizo reparar los caminos y ensayó mejoras sustanciales en los
retardados métodos hispánicos de cultivos. Reorganizó hábilmente la
administración pública en toda la isla unificada. La agricultura recuperó el ritmo productor anterior a la Revolución. Hizo trabajar a los
campesinos, pero se esforzó en elevar su nivel cultural.
Toussaint Louverture asumió las funciones del gobernador general
vitalicio. Bajo su dirección todo progresaba en la isla. Hasta el extremo
de ayudar a las propias autoridades de Santiago de Cuba a resolver la
penuria que sufrían de sal y otros artículos de consumo popular. En
1800 le envió un cargamento de sal que necesitaban y le escribió al
gobernador de la capital oriental:
[...] Siempre, Señor Gobernador, que V. S. necesite cualquier cosa que sea, en Santo Domingo, y que mis servicios le
sean agradables, suplico a V. S. se dirija directamente a mí.
Tendré la mayor satisfacción en corresponder a los deseos de
V. S. con todo lo que de mi dependa. Ofrezco a V. S. todos
mis servicios y bastará que V. S. envíe embarcaciones a esta
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Colonia para tomar los objetos que desee y yo pueda procurarle [...].�7
Por cierto que al Capitán general marqués de Someruelos no le
agradaron estas negociaciones con Toussaint, y así se lo hizo saber al
gobernador de Santiago de Cuba en oficio No. 230, fechado en La
Habana a 14 de julio de 1800, en el que, entre otras cosas, le decía:
[...] digo a V. S. que en todo lo que medie Colonia extranjera ha de consultarse antes con esta Capitanía General, para
que, según las circunstancias que ocurran en aquella época,
se determine lo conveniente al mayor servicio, cuya regla se
observa igualmente por esta Intendencia en los casos que se
le presentan, y por falta de este requisito no fue la aprobación
de esta Superioridad la conducción de dicho cargamento de
Sal, a más de la desconfianza que V. S. me tenía anunciada
en sus cartas reservadas, acerca de la conducta del nominado
Toussaint, cuyos antecedentes son los que gobernaron únicamente mi prevención a V. S. sin que otras noticias e influjos
contribuyeran a ello [...].8
Tanto las autoridades de Cuba, como las de otras naciones europeas
con intereses coloniales en el Caribe, se confabularon para detener la
ola revolucionaria de Toussaint, que había asumido las funciones de
gobernador general vitalicio de la isla de Santo Domingo unificada.
Todo progresaba en la isla bajo su dirección. Había regularizado la administración, las finanzas estaban en orden, la agricultura
recuperaba su antiguo esplendor, el comercio con Estados Unidos,
Gran Bretaña, y hasta con las colonias hispanas del Caribe se realizaba normalmente. Pero en Francia, un gobierno aún más reaccionario que el del Directorio escaló el poder. El golpe de estado de 18
Brumario –noviembre 9 de 1799– estableció la dictadura militar del
general Bonaparte, que se convirtió en Primer Cónsul de la República
Francesa. Y, cuando el general Bonaparte hubo asegurado la paz en
Europa, alentado por los emigrados antillanos y los comerciantes
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 56, No. 3.
Ibídem, No. 4.
7
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franceses y traficantes de esclavos de Nantes, Burdeos, etc., tomó la
resolución de recobrar el dominio absoluto de la colonia de Santo
Domingo y restablecer la trata negrera y la esclavitud También se proponía Bonaparte convertir la pequeña nación antillana en plaza de
armas que le sirviera de base para ocupar la Luisiana –que utilizaría
como rica fuente de abastecimientos– y atacar la joven república norteamericana en sus puntos más vulnerables.
Y con esos propósitos, en enero de 1802, se presentó el general
Leclerc con una poderosa flota –integrada por la escuadra francesa
mandada por Villaret Joyeuse y la española a las órdenes de Gravina– y
un ejército de 21,175 soldados veteranos, que pronto se elevó a 34,000
mandados por experimentados generales de las guerras de Europa,
ante las costas de Santo Domingo.
◉◉◉◉◉
El Capitán general D. Luis de las Casas y el gobernador de
Santiago de Cuba brigadier D. Juan Bautista Vaillant, prestaron a las
autoridades coloniales francesas de Santo Domingo cuantos auxilios
demandaron en ganado, víveres y material de guerra para cooperar
con estos en sus empeños de aplastar los movimientos revolucionarios en aquel país.
En septiembre de 1791, el gobernador Blanchelande envió a La
Habana a su edecán el capitán de infantería M. de Lliepard, que
era portador de pliegos reservados para el gobernador de la isla de
Cuba D. Luis de las Casas, con una amplia información sobre la gravedad de la crisis revolucionaria en Santo Domingo. De todo esto
tenía conocimiento el general las Casas, ya que, por conducto del
brigadier Vaillant, había recibido el oficio del teniente gobernador
de Baracoa, D. Ignacio Leyte Vidal –28 de agosto de 1791– en el que
participa la sublevación ocurrida en la misma parte Francesa de los
Negros Esclavos, que dirigidos por Mulatos, y algunos Blancos de
los conspirados, han procedido a los atentados que se explanan, y
movido, según indica, a Mr. de Blanchelande general de la Colonia,
a que ocurra por auxilios a los Dominios circunvecinos entre ellos a
La Habana [...]. 9
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 42, No. 5.
9
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Noticias que el mismo Leyte Vidal confirmaba en 14 de diciembre,
transmitiendo las que le había suministrado el español José Cortés,
que llegó a Baracoa huyendo de Santo Domingo:
Que llegó a Jeremías en donde con motivo de la sublevación
actual de los Negros fue detenido el Barco que lo conduxo
como se executaron con quantos arriban al presente á aquellos Puertos: Que sin esperanza de salir de allí se ajustó con
el que le conduxo a esta Ciudad que pudo escaparse con
pretexto de ir a otra Población inmediata a cargar Pólvora y
Balas. Ha confirmado la noticia de la sublevación de Negros;
pero que no es general sino en la dependencia y Jurisdicción
de todo el Guarico: Que las Tropas los han batido con cañones de campaña. Que se espera destrozarlos de una vez; Y que
en las demás partes a donde no ha alcanzado la Rebelión se
está con mucho cuidado teniendo montada Artillería en las
habitaciones para contener a los Negros en caso que quieran
imitar el exemplo de los de la parte del Norte. 10
Son tantos y tan continuados los auxilios que desde Santiago de
Cuba se le han facilitado, que el gobernador francés en Jeremías responde a un oficio del brigadier Vaillant con una expresiva carta –l de
noviembre de 1791– reiterándole su agradecimiento, y le agrega:
Los Yngleses han favorecido con navíos y armas, no con tropas. Los Americanos, con harina, y otras provisiones, y sin
embargo de carecer estos de tropas, ofrecen hombres para
que las formemos. Yo no sé si se ha admitido esta oferta.
Si hubiéramos logrado recibir un refuerzo de 1500 a 2000
hombres bien disciplinados, ha mucho habríamos acabado
con los levantados de la parte del Norte de esta Colonia,
pero ha sido preciso dividir nuestras fuerzas, para impedirles
el paso al resto de la isla, lo que nos ha estorbado atacarlos
con la viveza que hubiera teniéndoles juntas [...].11
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 42, No. 8.
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 4, No. 35.
10
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D. Luis de las Casas.
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Y nuevamente el gobernador Desombrage –Jeremías 21 de noviembre de 1791– se dirige a Vaillant:
Aprovecho siempre con nuevo gusto las ocasiones que se
presentan, para asegurar a V. E. de mi respeto y reconocimiento por la prueba que ha dado de su afecto a mi nación,
concediéndome los socorros que he solicitado de V. E. para
la subsistencia de los Habitantes de mi Comandancia [...].
Seguidamente le da cuenta de las victorias de las tropas coloniales
sobre los esclavos rebeldes:
Los que nuestras tropas no pudieron matar, o prender, se determinaron forzar, y lo rindieron un pequeño Puerto que no
tenía más que veinte hombres de guarnición; pero viéndose
perseguidos por todas partes, lo abandonaron y pudieron
coger los montes de la Jurisdicción de Fuerte Delfín, que
incendiaron y se retiraron a Huanaminte Pueblo que haze
frontera con la parte Española. Se despacharon inmediatamente tropas para impedirles que desde allí se esparcieran
en las llanuras del Trou, Terrier Rouge, Quartier Dauphin,
y Maribazoús, e incontnte! Atacarlos a su retirada: Se espera
estén prontamente destruidos, si, como no se duda, las tropas Españolas les cortan el paso a las tierras de Su Magestad
Catholica [...].12
Pero el gobernador de la parte española de Santo Domingo, D.
Joaquín García, no sólo no persiguió a los sublevados que se acercaron a las fronteras, sino que les proporcionó recursos para continuar las hostilidades y, a los jefes principales los recomendó para
que se les dieran grados –como se hizo con Biassou, Jean François
y Toussaint– en el ejército español. Lo que no dejó de causar cierto
malestar entre las demás autoridades hispánicas de América, que
veían en esa política del gobernador García un peligro para los intereses feudales y esclavistas de que eran custodios. Así, por ejemplo,
el barón de Carondelet, gobernador de Luisiana se dirige al conde
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 42, No. 6.
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de Aranda –Nueva Orleans 20 de octubre de 1792– y le acompaña un
impreso redactado por Mr. Gross, en el que relata los sucesos ocurridos en Santo Domingo de 26 de octubre a 24 de diciembre de 1791,
y en el que acusa al gobernador García, y a los españoles, de haber
fomentado el levantamiento de la gente de color en aquella isla.
Esas contradicciones tenían su origen en la incertidumbre reinante en la política internacional, cuyos dirigentes se sentían totalmente
desconcertados ante la Revolución Francesa y la consiguiente amenaza que para ellos representaba el desplome de los regímenes feudales.
Y, así, por ejemplo se observa que poco después de haber enviado a
Cuba una Real orden previniendo a las autoridades sobre el peligro
inmediato de un conflicto bélico con Inglaterra, por Real orden de
28 de abril de 1790– que Casas traslada a Vaillant en 13 de enero de
1791– diga Floridablanca:
La actual situación de nuestra Corte con las demás de
Europa, permite que se haga la navegación de América sin
recelo alguno y de consiguiente que se conduzcan los caudales de ella que sean remisibles a estos Reynos, en los propios
términos que hasta ahora se han producido [...].13
Claro que los repetidos avisos que recibía sobre la gravedad de lo
que acaecía en Santo Domingo, no sólo del Capitán general de Cuba y
del Gobernador de Santiago de Cuba, sino también de la Legación de
España en Filadelfia, determinaron a Floridablanca –Real orden, San
Lorenzo 26 de noviembre de 1791– a dirigirse al gobernador Vaillant
como igualmente lo hizo a los Virreyes de México y Santa Fe, y gobernadores de las islas de Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, Trinidad y
provincia de Cartagena con las siguientes recomendaciones:
Que deberán V. E. y los demás Jefes referidos tener por regla
e Instrucción, no mezclarse para sostener un Partido más que
otro de los que hubiese entre los blancos y sus respectivos
Gobiernos, observando en este punto una perfecta neutralidad Pero si de resultas se formaran Cuerpos de Malhechores,
de Piratas en esos Mares, o de Negros contra los Blancos
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 42, No. 8.
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para destruir a estos, o cometer atrocidades o latrocinios,
procuren obrar conforme a las reglas de la Humanidad, auxiliando a los perseguidos con víveres, armas, y municiones
según se pudiere y con la demostración de fuerzas Marítimas
y Terrestres que le proporcionasen, poniendo a la vista en
que el contagio de la insurrección no se comunique a las
partes y posesiones Españolas.14
Y cada uno de los gobernadores, siguiendo la clásica fórmula colonial americana de se acata, pero no se cumple, aplicó la instrucción
como mejor convino al grupo de propietarios y comerciantes que le
rodeaba. Así, el de Santo Domingo, García, que había comenzado en
los primeros momentos ayudando a las autoridades francesas en su
brutal represión –como en el caso de Ogé y Chavannes– y ocupado
militarmente la frontera desde Las Caobas hasta Montecristi, para impedir el contagio revolucionario, no tardó en cambiar, permitiendo,
primero que los refugiados realistas franceses ayudaran secretamente
a Biassou y a Jean François, y después, prestándoles todo el apoyo que
necesitaban.
El comandante francés de la Provincia del Norte, alarmado por las
facilidades que obtenían en la parte española de Santo Domingo los
esclavos rebeldes, escribió al coronel D. Andrés de Heredia quejándose de aquella inexplicable situación:
Los particulares no han cesado de comerciar con los brigantes; de comunicar y de combatir con ellos, de animarlos
en el crimen; de facilitarles víveres, armas y municiones; de
exportar el mobiliario de las habitaciones incendiadas y el
producto de los robos de esos esclavos, de ir a venderlos en
las colonias extranjeras.15
El agente confidencial que mantenía el gobernador de Santiago
de Cuba en Jamaica, Manuel González y que en virtud de la comisión
reservada que le había confiado con la aprobación del capitán general
D. Luis de las Casas dedicaba todo su tiempo a vigilar los movimientos
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes Generales, legajo 42, No. 7.
Mentor Laurent, Erreurs et Vérites Dans L’Hístoire D’Haiti, Port-au-Prince, 1945.
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de los ingleses y la revolución de los esclavos en la Colonia Francesa,
desde Kingston, en 24 de enero de 1792, avisó que a consecuencia de las
falsas voces que han esparcido los Franceses, asegurando en los Papeles
que los Españoles suministraban municiones a los Negros y Mulatos, y
en vista dé estás noticias esta Asamblea de Spanistown, o Santiago de la
Vega, se juntaron para determinar la suspensión de nuestro Comercio
en aquella Ysla, por término de seis meses, a fin de que ningún Pabellón
nuestro fuera admitido en todo ese tiempo [...].16
También hubo de informar el agente –2 de febrero– acerca de la
presencia en Jamaica de un representante de los propietarios franceses de Santo Domingo con poderes de la Asamblea Colonial, gestionando la intervención de los británicos y entregarles el dominio de la
ambicionada colonia.
De todo ese extenso documento informativo recibió copias el capitán general Casas –La Habana, marzo 31 de 1792– y el brigadier García
–Santo Domingo, 12 de junio de 1792– así como el conde de Aranda,
que había substituido a Floridablanca en la Secretaría de Estado, de
los que acusó recibo desde Aranjuez en 27 de junio del propio año.17
El propio conde de Aranda –por Real Orden fechada en Aranjuez
29 de febrero de 1792– dio su aprobación a los auxilios prestados por
el gobernador de Santiago de Cuba a las autoridades coloniales francesas. Así que, al llegar a dicho puerto en junio de 1792, un barco de
guerra francés con los comisionados del gobernador Blanchelande,
nombrados barón y vizconde de Santo Domingo –ambos hermanos,
emparentados con el duque de Medinasidonia– y el presbítero Colin,
consejero del rey de Francia, en demanda de urgentes auxilios, no vaciló el brigadier Vaillant en brindarles todos los recursos de que podía
disponer.
Pero muy pronto la coalición europea contra la Revolución
Francesa produciría un completo cambio en la situación política de
los países del Caribe. En marzo de 1793 se recibía en La Habana y
Santiago de Cuba, la Real orden comunicada por el Duque de la
Alcudia-Aranjuez 25 de enero de 1793, –y que al siguiente día le daban
traslado a sus destinatarios, con esta grave noticia:
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 43, No. 1.
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 43, No. 2.
16
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Siendo incierto el éxito que tendrán nuestras actuales negociaciones con Francia por más que el Rey la desee feliz,
me ha mandado S. M. envagar a V. E. (como lo hago) que
sin pérdida de tiempo expida las ordenes convenientes a los
Capitanes y Comandantes Generales y demás Gefes Militares,
a quienes corresponda, y con particular cuidado a los de las
Américas, para que procedan con la necesaria precaución,
de suerte que se esté en todas partes con vigilancia y precaución para cualquier caso, que puedan ser acometidos.18
Con la misma fecha, por Real orden reservada No. 15, decía D.
Diego Gardoqui al Intendente de Hacienda de Cuba:
[...] quiere S. M. que en los Puertos de esos Dominios se esté
con la mayor vigilancia y precaución para cualquier caso en
que puedan ser acometidos; y que para evitar toda sorpresa
circula V. S. esta orden con la precaución y reserva correspondiente a todos los Gobernadores y Ministros del Distrito
a su cargo.
El propio Gardoqui –Aranjuez, 13 de febrero de 1793– por otra
Real orden reservada, con el No. 34, ha de advertir al citado intendente:
Atendiendo el Rey a la poca fe que observa la Francia que ya
se ha armado en corso contra la Inglaterra y Holanda; y para
evitar el riesgo a que se expondrán en caso de rompimiento
los caudales de S. M. que se remitiesen de esos Dominios;
ha resuelto que V. S. suspenda por ahora el envío de dichos
caudales ya sea en Buque de Guerra, ni en particulares hasta
tanto que se prevenga a V. S. […].19
El 7 de abril, en el bergantín La Flecha a cargo de D. Pedro de la
Guardia, llegaron a La Habana las Reales órdenes citadas. Para cumplimentar sus disposiciones se reunió en el Palacio del Gobierno, en
La Habana, al siguiente día de la llegada del correo extraordinario
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 44, No. 4.
Ibídem.
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de España, la Junta de Guerra presidida por el Capitán general con
la asistencia del Comandante General de Marina e Intendente de
Hacienda acordándose:
1º Que ningún buque que salga de este puerto lleve registro
de plata [...]. 2º Que respecto de existir en Puerto Rico los
dos millones de que se trató en la Junta de 30 de marzo inmediato sin orden por ahora para que tomen giro, parece
racional que se use de aquel caudal para las atenciones de
aquella Plaza, la de Santo Domingo y Trinidad de Barlovento
de los situados que deben remitirse de este Puerto y componen 509,994 ps. los 185,448 ps. para Puerto Rico, los
224,946 ps. para Santo Domingo y los 100 mil para Trinidad
quedando aquí estas sumas hasta tener nuevas ordenes [...].
Y se apronte el 2º Batallón del Regimiento de Cuba, según
previene Real orden, para Santo Domingo [...].20
Como el gobernador de Santo Domingo, brigadier García, reclamó
del de La Habana, a través del jefe de la escuadra española destinada
al Caribe, general Aristizabal, el envío de los fondos y las tropas prometidas, al fin se dispuso en La Habana atender esa demanda. Y el 3 de
marzo de 1794 llegó a Bayajá, procedente de La Habana, una división
naval al mando del jefe de escuadra D. Francisco Javier Muñoz, con
el navío San Juan Bautista, la fragata La O y las urcas Santa Librada y
Florentina, conduciendo el segundo batallón del Regimiento de Cuba y
el Regimiento de Nueva España con pertrechos de guerra en abundancia y sólo 140,000 pesos del situado que no alcanzaban para remediar la
penuria del tesoro de aquel gobierno que tenía que hacer frente a los
gastos de la guerra –ya declarada– con Francia y sus colonias.
La guerra, entre las colonias francesa y española, se había iniciado
mucho antes en forma más o menos disimulada. Pero ambos bandos
contaron con el apoyo de sus respectivos gobiernos europeos, y pensaron sacar partido de los esclavos negros rebeldes que ya hacía algunos
meses guerreaban por cuenta propia contra los esclavistas y sus ejércitos. El ministro Monge –París, 26 de febrero de 1793– dirigió una carta
a los comisarios civiles diciéndoles:
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 44, No. 4.
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Debe tratar actualmente a los españoles como enemigos;
debe desplegar todos nuestros medios para tratar de quitarles
esta porción de la Isla cuya tierra languidece sin cultivo bajo
sus brazos holgazanes. Que aquellos que no tienen bienes
en Saint Domingue marchen sobre la parte española; encontrarán tierras que podrán hacer fértiles; comprometa a los
hombres de color a armarse contra esos nuevos enemigos.21
Por su parte el gobernador García recibió un oficio de Madrid,
fechado en 22 de febrero de ese año, prescribiéndole la línea de
conducta que debía seguir con sus vecinos franceses... Claramente le
recomendaba utilizar a Jean François, Hyacinthe y los demás caudillos
de los negros para combatir las tropas y los habitantes que permanecían fieles a la Revolución Francesa, y obligarlos a aceptar el dominio
español. Para lo cual quedaba autorizado el brigadier García a darles
los auxilios que necesitasen, prometiéndoles a unos y a otros, tanto a
los negros como a los mulatos, en nombre de S. M. Católica:
[...] desde ahora y para siempre: libertad, exenciones, goces
y prerrogativas como a sus propios súbditos, a todos, establecimientos ventajosos en tierras y posesiones de la parte
francesa o de la española [...].
El 30 de marzo de 1793, Carlos IV expidió en Aranjuez la Real
Cédula declarando la guerra a la Francia Revolucionaria: «Y he resuelto por mi Real Decreto de 23 de este mes mandar que desde luego se
publique en esta Corte la Guerra contra la Francia, sus posesiones y
habitantes, y que se comuniquen a todas las partes de mis Dominios
las providencias que corresponden y conduzcan a la defensa de ellos
y de mis Vasallos, y a la ofensa del enemigo».22 Antes, la Convención,
en febrero de ese año, se la había declarado a Inglaterra y a Holanda.
Por Real orden –San Lorenzo, 8 de noviembre de 1793– se comunicó
impresa a La Habana la firma del tratado entre S. M. Católica y S.
M. Británica contra Francia, a causa según rezaba en el texto, de la
conducta irreligiosa y temeraria de los franceses.
José Luciano Franco, Historia de la Revolución de Haití, Santo Domingo, 1971.
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 44, No. 6.
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Considerándose ya aliados de España, Lord Durmore, comandante general británico de los Bahamas, envió un barco a La Habana con
un correo extraordinario portador de una carta –fechada en Nassau,
7 de septiembre de 1793– en la que incluía otra del Ministro inglés
en Filadelfia denunciando que Mr. Genet, representante diplomático
francés ante el gobierno norteamericano, preparaba la escuadra francesa allí refugiada para atacar las colonias inglesas del Caribe y Golfo
de México, y terminaba el Gobernador pidiendo urgente ayuda. Con
motivo de esas comunicaciones se celebró en La Habana una Junta de
Generales –26 de septiembre– presidida por D. Luis de las Casas, con
la asistencia del Intendente de Hacienda, Valiente, y el Comandante
general de Marina, Araoz. En ella, después que se conocieron los documentos británicos y los informes secretos de la Legación hispana en
los Estados Unidos, se acordó, a propuesta del general Las Casas, contestarle a los británicos que no les era posible acudir en su ayuda pues
tenían que atender a la defensa de Luisiana, Florida y de la propia isla,
así como proteger al Santo Domingo español.
Las guerras europeas, como había ocurrido desde la llegada de
Colón al Nuevo Mundo, transformaron completamente la situación
de las fuerzas en conflicto en las islas del Caribe. Los realistas y propietarios feudales de Santo Domingo se colocaron francamente frente
a la Revolución, pactaron con los reaccionarios coligados contra la
República en su etapa más progresiva y popular. El 3 de septiembre de
1793 –como ya lo había sospechado González, el confidente español
en Jamaica– Venault de Charmilly, en nombre del titulado Consejo
de Seguridad y Ejecución de la Grand’Anse y Adam Williamson, en
representación de S. M. el Rey de Inglaterra, formalizaron un convenio mediante el cual entregaban los propietarios franceses el dominio
político de la colonia a los ingleses, para que se aniquilaran las conquistas de la Revolución restableciendo la esclavitud y trata negrera.
Al siguiente día de la ratificación del tratado, 20 de septiembre, con el
coronel Whitelocke al frente los ingleses desembarcaron en Jeremías,
siendo acogidos por los blancos franceses con gritos de ¡Vivan los
Ingleses! ¡Viva el rey Jorge!
El 29 de abril de 1793 arribó al puerto de Santiago de Cuba Mr.
Desombrage, que había sido comandante general de Jeremías, dispuesto a tratar también con las autoridades coloniales de Cuba la
intervención de estas en Santo Domingo.
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En las entrevistas con el gobernador Vaillant –en la que sirvieron
de intérpretes su sobrino el capitán Antonio Vaillant Benítez y el licenciado Félix José Rodríguez– dio Desombrage una minuciosa y detallada información sobre la situación de Santo Domingo, claro, que desde
el punto de vista de los colonos blancos propietarios de esclavos. Dijo
conocer por cartas de Jamaica el rumor que allí circulaba de haberse
concertado ingleses y españoles para ocupar la colonia francesa; otras
noticias de la misma procedencia daban como cierto que los colonos
podían llamar en su auxilio a cualesquiera de esas dos potencias, lo
que había dado lugar a que se acudiese a los ingleses.
Desombrage no quería tomar en consideración aquellos rumores,
y apremiaba a Vaillant para adoptar rápidamente la decisión de apoyar con las armas a los colonos franceses, dispuestos a someterse al
dominio español con tal de que les asegurasen los privilegios que la
Revolución les había quitado en las siguientes condiciones:
Primero: una protección cierta y eficaz para arruinar los negros rebeldes. Segundo: restablecer el buen orden. Tercero:
reintegrar a los ciudadanos en sus posesiones. Cuarto: que
las propiedades muebles e inmuebles se les conservarán en
el estado que las tuvieren y tuvieron antes de la Revolución.
Quinto: que se mantendrá la esclavitud de los negros lo
mismo que existía antes de la dicha revolución con una oferta de S. M. Catholica para no innovar en la materia en la
jurisdicción francesa de Santo Domingo que les ha dejado
poseer y usufructar y de que desean reintegrarse y este artículo será el principal del tratado que se hará entre S. M.
Catholica y los Colonos de Santo Domingo: que quieren más
bien ser atraídos de dicha Magestad, (más bien por convenios
favorables que por conquistas de armas). Sexto: que todas las
Leyes y ordenanzas de S. M. Chistianisima convenientes a
la Colonia anterior, al l de enero de 1785 continuaran en su
observancia, hasta que las muchas que se establecieron sean
vistas, examinadas y aceptadas por un Concejo o Cabildo
Colonial cuyo número y elección de miembros lo hará S. M.
Chatolica. Séptimo: Que después del precedente articulo los
tribunales de justicia y policía serán restablecidos al Sistema
que tenían el dicho día 1 de enero de 1785. Octavo: que los
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administradores, oficiales de Justicia, Policía, Rentas, Guerra
y Marina serían restablecidos a los que tenían el mismo día.
Noveno: que el Gobierno militar y el estado mayor ha de establecerse igualmente a los que eran en el mismo día. Décimo:
que los derechos en la América sobre los frutos que de ella
salen para la Europa serán los mismos que antes. Undécimo:
que los derechos municipales (esto es concejiles) han de ser
reglados por el Consejo Superior de dicha Colonia para que
solo fuesen bastante a sostener los gastos de la maréchaussee, (gendarmería rural) y demás necesarios. Duodécima:
que S. M. Catholica ha de mantener en la Colonia el número de tropas que sea o paresca necesaria a la seguridad
de los havituales. =Decimatercia: Sería conbeniente (en caso
de dominación española) acordar o hacer un reglamento
particular sobre el estado y gobierno a que debe ser sujeta
la gente de color libre para nada contentarlos en su estado
presente [...].23
Si bien estos proyectos no llegaron a formalizarse en un convenio,
ya que Desombrage, algo desalentado por la clásica lentitud de la burocracia colonial española, acabó por trasladarse a los Estados Unidos,
no es menos cierto que, en lo esencial de su letra y espíritu, sirvieron de
programa y orientación tanto a ingleses como españoles en sus intervenciones contrarrevolucionarias en Santo Domingo para apoyar los intereses de los propietarios franceses, realistas y esclavistas, que defendían sus
irritantes privilegios por encima de la patria y la religión.
Tampoco eran muy claras, a juicio de las autoridades coloniales de
Cuba, las gestiones de los realistas franceses de Santo Domingo. Con
fecha 13 de marzo de 1794, los encargados de los negocios de España
en Filadelfia, Viar y Jáudenes, daban cuenta a Godoy de las advertencias
que habían hecho tanto al capitán general Casas, como al comandante
general de Marina de La Habana, D. Juan de Araoz, y al gobernador
García, de Santo Domingo, sobre los movimientos sospechosos de las
fuerzas navales revolucionarias francesas, los auxilios que los contrarrevolucionarios recibían en los Estados Unidos, así como de los planes de
los realistas Noailles y Taulon. Cuyos informes hubo de ampliar –23 de
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 45, No. 1.
23
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abril– con la noticia de que el Ministro de la Gran Bretaña acreditado
ante el Gobierno norteamericano brindaba una franca y abierta protección a los realistas franceses emigrados de Santo Domingo. Lo que dio
lugar a que Godoy –30 de julio de 1794– dijera de Real orden al gobernador García que se suministre a los realistas auxilios que no resultase gravosos.
Y, meses después –S. Ildefonso, 13 de septiembre– en otra Real orden
al gobernador de Santiago de Cuba se da por enterado de las buenas
relaciones que mantiene este con los cercanos jefes ingleses, pero le
reitera la de 29 de enero de ese año en la que se le previno comunicara
cualesquiera movimiento que observara en la política británica o norteamericana con las colonias rebeldes. 24
Los prisioneros franceses –capturados en Santo Domingo o en
barcos corsarios– llegaron a preocupar muy seriamente al Gobierno
Colonial de Cuba.
Con motivo de las Reales órdenes de 28 de diciembre de 1793 y
14 de agosto de 1794, y las cartas de Jaúdenes y Viar, encargados de
negocios de España en Filadelfia –17 de mayo y 22 de septiembre de
1794– se celebró en el Palacio de la Plaza de Armas de La Habana,
el 12 de diciembre de ese año, bajo la presidencia de D. Luis de las
Casas, una Junta de Autoridades para buscar una solución al problema
de los prisioneros franceses en la Capital Cubana. Asistieron: D. Juan
de Araoz, comandante general de Marina; D. Gabriel de Ariztizabal
y Espinosa, comandante general de la escuadra de operaciones en
el Caribe y Golfo de México; y D. José Pablo Valiente, intendente de
Ejército y Real Hacienda. Al explicar las razones que tuvo para reunirlos, expuso el general Casas que:
[...] había premeditado si podrían remitirse a Philadelpia los
474 Prisioneros que existen en esta Plaza para conseguir por
este medio desprenderse de una Gente tan perjudicial por
sus máximas y opiniones, de ver tranquilizarse este Público,
que mira con horror su permanencia aquí y evitar a la Real
Hacienda el considerable gasto que ocasionan.
Acordándose, en fin, con vistas a la Real Instrucción de 1 de mayo
expedida por el Ministerio de Estado y comunicada a La Habana por
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 45, No. 1.
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el de Guerra en Real orden de 4 del propio mes y año, en que clara y
terminantemente expresa ser la voluntad de S. M. no permanezcan en
nuestras posesiones de América los Prisioneros Franceses:
[...] enviar a Filadelfia, a fin de canjearlos por españoles, a
todos los republicanos franceses que se encontraban guardando prisión en los castillos del Príncipe, el Morro y la
Cabaña.25
El 27 de octubre del siguiente año apareció frente al puerto de
Santiago de Cuba una escuadrilla naval francesa, con bandera de
parlamento, y sus comandantes enviaron al gobernador una carta
acompañando una proclama del general Laveaux, del Santo Domingo
francés, en la que oficialmente anunciaba que el 22 de julio se había
firmado la paz con España. En su citada carta daban cuenta igualmente que el comandante Dezajenau, de la fragata Venus, en su travesía
por el Caribe encontró un buque español, portador del correo extraordinario en que se avisaba a D. Luis de las Casas el cese de las
hostilidades. Y agregaba:
En esta persuasión es en la que nos presentamos en vuestro Puerto para reclamar la entrada, y los socorros de una
Potencia aliada, y también para conferenciar con vos sobre
los medios que podamos tomar para las Presas que estamos
en el caso de hacer sobre los enemigos de la República en
este Canal. Habiendo sufrido después de algunos días malos
tiempos, os pedimos la entrada en vuestro Puerto para repararnos, refrescar algunos víveres, y otros artículos de que
estamos desprovehidos [...].26
El gobernador de Santiago de Cuba, Juan Nepomuceno de
Quintana, quedó sorprendido con la noticia, pues aún no había recibido las oficiales que le asegurasen la celebración efectiva de la paz
con la República Francesa. No obstante ese inconveniente, y avezado
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 47, No. 6.
José Gabriel García, Compendio de la historia de Santo Domingo, Santo Domingo,
1945.
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ya a los cambios continuos de las relaciones internacionales entre los
países coloniales con intereses en el Caribe, facilitó a los barcos franceses algunos víveres y les permitió permanecer el tiempo indispensable
para reparar pequeñas averías.
En oficio No. 548, de 24 de noviembre de ese año, el capitán general Casas aprobó la conducta de Quintana. Ese mismo año, el propio
Casas había suministrado a Lord Balcarrés, gobernador británico de
Jamaica, que los solicitó a través de su representante personal coronel
Quarrel, un grupo de ranchadores –expertos cazadores de cimarrones– y
varias jaurías de perros de presa, para dominar la insurrección de los
negros esclavos de la vecina isla. Era una prueba más de la solidaridad
que reinaba entre los negreros del Caribe, ya que en 14 de julio, el
propio Casas hubo de hacer entrega al intendente de Hacienda, D.
José Pablo Valiente, de los condenados, blancos y negros, que en número de treinta y siete remitía a La Habana el barón de Carondelet,
gobernador de la Luisiana, por haber intentado libertar a los negros
esclavos. Eran los supervivientes de la represión brutal que aquel
gobernador, contando con la aprobación de su inmediato superior,
general Casas, llevó a efecto en Nueva Orleans, haciendo morir en la
horca a los que consideró ser los principales autores de aquella rebelión en demanda de justicia y libertad para los esclavos.
◉◉◉◉◉
El 22 de julio de 1795 se había firmado en Basilea el tratado de
paz entre el rey de España y la República Francesa. Por una de sus
cláusulas se le cedía a Francia en propiedad toda la parte española de la
isla de Santo Domingo, en las Antillas.
Por Real orden, comunicó el Ministro Gardoqui al Intendente de
Hacienda de La Habana –San Ildefonso 31 de agosto de 1795– la Real
Resolución que le había trasladado el conde del Campo de Alange,
concebida en los siguientes términos:
Consecuente a lo que de orden del Rey previene el Sor.
Duque de la Mendía a los Capitanes Generales de las Islas
de Santo Domingo y Cuba, por la evacuación de la parte
Española, de la primera y pronta traslación de su guarnición
y demás ramos militares y políticos a la segunda; ha resuelto
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S. M. en su Consejo de Estado de este día que de las tropas
existentes de dicha guarnición se destine a Puerto Rico el
Batallón fixo de Santo Domingo y la Compañía de su dotación con los 50 artilleros que fueron a Ceuta, e igualmente
se regresen a Caracas los refuerzos de gente que salieron de
aquella Provincia y que las demás tropas se trasladen a la Isla
de Cuba.27
El 17 de octubre de ese año llegó a Santo Domingo la notificación
oficial del traspaso del dominio colonial. En el artículo 9 del tratado
se ordenaba que:
[...] un mes después de saberse en aquella isla la ratificación
del presente Tratado, las Tropas Españolas estarán prontas a
evacuar la Plazas, Puertos y establecimientos que allí ocupan
para entregarlos a las tropas francesas cuando se presenten a
tomar posesión de ella [...].28
Pero, como en las reales instrucciones del 8 de septiembre se prevenía al gobernador García no realizarla sino a los funcionarios franceses
debidamente acreditados con poderes especiales, ello dio lugar a una
teoría infinita de dificultades que no pudo superar Roume, el agente
del Directorio que situó al general Chanlatte en Santo Domingo, y que
Toussaint resolvió, al fin, seis años después. Sin embargo, el teniente
general de la real armada, D. Gabriel de Aristizabal y Espinosa, comandante general de la escuadra española de operaciones en el Caribe,
presionó al gobernador y dio comienzo a las tareas de la evacuación.
El 26 de noviembre el navío Asia y la fragata Sirena, al mando de D.
Francisco Javier Muñoz, transportaron a Cuba unidades de los regimientos de Cantabria, Habana y Cuba, las monjas de Santa Clara y
numerosas familias criollas que fueron a residir a distintas ciudades
cubanas. La urna con los supuestos restos de Cristóbal Colón –los del
Descubridor de América quedaron en Santo Domingo– fue llevada a
bordo del bergantín Descubridor que la condujo hasta la ensenada de
Ocoa, en la que fue transferida al navío San Lorenzo, que salió para La
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 5, No. 29.
J. L. Franco, La conspiración de Aponte, La Habana, 1963.
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Habana el 24 de diciembre, cuyo comandante, D. Tomás de Ugarte,
era portador de un extenso oficio del gobernador García dando cuenta al general D. Luis de las Casas de todo cuanto había sucedido hasta
esa fecha, y recomendando que aquella urna se depositara, como se
hizo con los honores correspondientes, en la Iglesia Catedral de La
Habana.
Los franceses ocuparon algunos lugares. El general Etienne
Laveaux, desde la Ciudad del Cabo –abril de 1796– escribió una extensa carta al marqués de Casa –Calvo, comandante militar español de
Fort-Dauphin, en relación con los sucesos ocurridos en aquella ciudad
y los manejos tortuosos del general Villate, en la que terminaba demandando la cooperación de los españoles. Así abrió el camino para
las negociaciones que culminaron con la entrega de Bayajá al general
Laveaux, el día 16 de junio de 1796.
El general Aristizabal, que ajustaba su conducta a las instrucciones
recibidas del capitán general Casas, embarcó las tropas en la escuadra
bajo su mando: en el navío San Ramón, 84 soldados del regimiento
de Cantabria, 359 del de La Habana y 206 correspondientes del de
Nueva España; en el navío Santa Isabel, 39 soldados de Cantabria y
378 de Nueva España; en el navío San Eugenio, 22 oficiales, 5 cadetes,
272 soldados y el Marqués de Casa Calvo; y, en el navío Asia, 18 oficiales, 4 cadetes y 323 soldados. Además, sacerdotes, oficiales de la Real
Hacienda y numerosas familias con sus criados y esclavos. Hicieron
rumbo directo a Santiago de Cuba para dejar allí una parte de los
soldados y oficiales; el resto los desembarcaron en el puerto de La
Habana.
El gobernador Casas no quería que viniesen a Cuba los negros
que habían combatido a los republicanos franceses al servicio de los
realistas y negreros coloniales, y, cumpliendo sus órdenes, fletó el intendente José Pablo Valiente un buque –19 de enero de 1796– con un
pliego para el Comandante militar de Bayajá en el que se pedía no
viniesen a Cuba los que despectivamente llamaba negros caudillos y
sus auxiliares. Ya había llegado el general negro Jorge Biassou con su
esposa y veinte y tres familiares más. Inmediatamente el gobernador
Casas –13 de enero de 1796– los envió a la Florida casi desértica en
aquella época. Y cuando el bergartín Carlota entró en el puerto de La
Habana conduciendo ochenta y seis negros de las tropas auxiliares
de Santo Domingo, también ese mismo mes y año, el intendente de
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Hacienda ordenó que siguiesen para Portobelo. Más afortunado, el
general Jean François se dirigió a España, y pudo vivir en Madrid con
mayores comodidades hasta su muerte en la capital española.29
La Real Orden –San Ildefonso 24 de septiembre de 1795– señaló
al gobernador García la pauta a que debía ajustarse para trasladar a
Cuba y Puerto Rico los funcionarios coloniales de Santo Domingo.
Enviada en copia por Gardoqui al intendente de Hacienda de La
Habana, se recibió en esta ciudad en 15 de febrero del siguiente año.
Ya se habían adoptado medidas para acomodar a tan gran número de
refugiados de todas las categorías y castas en que se dividía aquella
sociedad colonial y esclavista. Una de ellas fue designar al teniente
Cayetano Reina como encargado de atender y alojar a los emigrados.
En la reunión de autoridades que, bajo la presidencia del gobernador
Casas, se celebró en La Habana el 4 de enero de 1796, informó el
teniente Reina que, sin contar a los militares, habían llegado a aquel
puerto en una fragata y dos navíos de guerra, 7 clérigos y religiosos, 25
monjas clarisas, 125 personas blancas y 47 individuos de color libres y
esclavos lo que hubo de producir una teoría infinita de conflictos de
todo género, inclusive con el Obispo diocesano que reclamaba constantemente créditos extraordinarios para atender a las monjas y sacerdotes que huían de Santo Domingo de los republicanos franceses.
Además, entre aquel heterogéneo rebaño humano, llegaron familias
realistas francesas que, tal fue el caso de Madame Tremáis, desde el
inicio de la lucha de los esclavos por la libertad buscaron amparo en la
tierra dominicana dominada por los españoles, y evacuaron con ellos
hacia Cuba. Y, algunos funcionarios españoles, aprovechándose de la
confusión, como el Oidor honorario D. Francisco de Figueras, exigían
se les indemnizara el valor de los esclavos que pretendían ser de su
propiedad y que el gobernador Casas no los dejó desembarcar y remitió a la isla de Trinidad Por toda solución, accedieron las autoridades
habaneras a las demandas del clero; a los más influyentes burócratas
se les incorporó en la nómina de los situados de Nueva España –que
no se recibían regularmente– a otros se les asignó un mísero socorro
de unos cuantos reales para su diario sostenimiento, y, al resto, con la
eterna morosidad de la torpe burocracia hispano-colonial se elevó a la
superior resolución del rey de España.
J. L. Franco, La conspiración.
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Esos y otros conflictos, quizás de tanta o mayor importancia y gravedad se le presentaron al gobernador de Santiago de Cuba, Vaillant, y
a su inmediato sucesor como, por ejemplo, la conspiración de Bayamo
lidereada por el mulato libre Nicolás Morales. Con fecha 15 de agosto de 1795 dio cuenta el gobernador Vaillant al general Casas que el
teniente gobernador de Bayamo, capitán Francisco Sánchez Griñan
le comunicó por correo extraordinario las sospechas que abrigaba de
estarse preparando un movimiento insurreccional en aquella ciudad.
Morales, influenciado por la Revolución Francesa y el cercano ejemplo
de la Revolución del Santo Domingo francés, comenzó una activa propaganda entre los bayameses –blancos y de color– para demandar con
las armas en la mano de las autoridades coloniales no sólo la igualdad
racial sino también la extinción de las alcabalas y otros impuestos que
pesaban sobre las clases pobres del pueblo. Cumpliendo órdenes del
capitán general Casas, el gobernador Vaillant castigó con implacable severidad a Morales y sus partidarios, blancos y de color. Y para colmar sus
inquietudes, Vaillant, igualmente, tuvo que proceder frente a la protesta, airada, de los esclavos de Trinidad, abril de 1796. Los problemas con
los franceses de Santo Domingo se multiplicaron. A los escritos de los
generales mulatos Bauvais y Rigaud, comandantes militares de Jacmel y
Aux Cayes, respectivamente, de los que enviados especiales eran portadores, reclamando la devolución de los centenares de prisioneros que
estaban en aquella ciudad o las tripulaciones de corsarios que habían
faltado a sus compromisos con los armadores, se agregaban las pretensiones de aquellos para establecer agencias consulares en Santiago de
Cuba. A esta ciudad llegaron, en marzo de 1796, los ciudadanos Laplase
y Maldant provistos de una credencial extendida por el general André
Rigaud, comandante de Aux Cayes, solicitando se autorizara a los citados
individuos a establecer oficinas consulares en la misma. El gobernador
Quintana –según informó en oficio No. 24 de 30 de marzo de ese año
al Capitán general– se negó a acceder a lo que consideró inadmisible
y los conminó a reembarcar en el mismo buque parlamentario que los
había conducido. Sin embargo, Laplase y Maldant enviaron el escrito de
Quintana en el barco, que regresó a Aux Cayes, pero se quedaron en la
ciudad con objeto de trasladarse a La Habana para gestionar el permiso
que les habían negado.
Es preciso señalar que, mientras se ponían en libertad a los soldados
y marinos franceses, blancos, a los negros se les dejaba encerrados en
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las fortalezas o se les deportaba a otras colonias en las que los negreros
los vendían como esclavos. Así, por ejemplo, en el Castillo del Morro
–La Habana, febrero 27 de 1797– permanecían bajo la vigilancia del
oficial Rafael Pérez los individuos de color procedentes de Bayajá, que
por franceses se hallaban depositados en el Castillo [...].30
Y en el mes anterior, el conde de Santa Clara –Capitán general
de la isla de Cuba– ordenó la remisión a Florida, Puerto Rico, La
Guaira, Portobelo y Cartagena de otros prisioneros negros, también procedentes de Bayajá, y para los cuales no existían ni se les
aplicaban las prácticas internacionales propias de estos casos. En
Santiago de Cuba se seguían procedimientos similares. Hubo casos
de mulatos libres a quienes se intentó allí tratarlos como esclavos, lo que dio origen a verdaderos y graves conflictos con aquel
gobernador.
Los ingleses por su parte tampoco dejaban tranquilo al gobernador santiaguero. En 25 de febrero de aquel año, el general Adam
Williamson, comandante de las fuerzas británicas que ocupaban a
Port-au-Prince, comisionó al capitán de Kerenscoff, del ejército inglés,
para que, como había hecho el capitán general Casas a petición del
gobernador de Jamaica, Lord Balcarrás, le facilitara igualmente unas
cuantas docenas de perros de presa para perseguir a los negros que
en el Santo Domingo francés luchaban por conquistar su libertad.
No obstante no tener el gobernador Quintana perros en cantidad
suficiente para satisfacer el pedido del general Williamson –según
le comunicó en carta de 25 de febrero de 1796– autorizó al capitán
de Kerenscoff a que los adquiriera entre los dueños de esclavos de la
región oriental de Cuba. Este los adquirió al fin, pero el general Casas
no autorizó esta vez la operación, y Quintana hubo de disculparse con
Williamson, en 3 de marzo.
Con este motivo –le dice– repito nuevamente a V. E. serme
doloroso no poder complacerle, y que me considere con los
mejores deseos de obsequiarle en quanto no se desvíe de las
sabias benignas intenciones de Nuestro Soberano.31
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 49, No. 2.
Ibídem, legajo 48, No. 3.
30
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Todo esto era el resultado de la nueva política internacional de
España que, derrotados sus ejércitos por los revolucionarios franceses,
se vio obligado Godoy a firmar un tratado de paz que habría de influir
decisivamente en el inquieto Caribe. Como muy bien lo advierte el
historiador y economista Julio Le Ríverend Brussone:
La Paz de Basilea (1795) señala el inicio de un cambio en la
agrupación de las potencias. La cesión de la parte española
de Santo Domingo a Francia provocó una violenta reacción
de Inglaterra, contra cuyas rutas marítimas del Caribe atentaba tal negociación. Además, el golpe de estado termidoriano
(julio de 1794) favorecía la vuelta al estado anterior a 1789,
o sea, a la alianza de España y Francia contra Gran Bretaña.
Con vistas a ganar la partida en América, tanto España como
Inglaterra conciertan tratados con Estados Unidos, con los
que, lejos de aclararse la situación en el Golfo de México,
aumentan los motivos de fricción.32
◉◉◉◉◉
El favorito de Carlos IV y María Luisa, Godoy, que se hizo adjudicar
el título pomposo y ridículo de Príncipe de la Paz por su participación activa en el Tratado de Basilea, llegó a creer que la firma de ese
convenio con Francia provocaría de inmediato la ruptura con la Gran
Bretaña. Pero el gobierno inglés tenía que resolver graves conflictos
en el Nuevo Mundo como eran las dificultades con la joven república
norteamericana, a causa principalmente del comercio y zonas de influencia en lo que ellos llaman las Indias Occidentales, por un lado,
y por otro, las insurrecciones de los esclavos negros en Jamaica y la
guerra en Santo Domingo frente a Toussaint Louverture, que surgía
como una amenaza revolucionaria muy seria para los intereses esclavistas de los europeos en el Caribe. La diplomacia británica se anotó
un éxito indiscutible con la firma del tratado anglo-americano que
entró en vigor al ser firmado por el presidente Washington el 25 de
junio de 1795. En cuanto a Toussaint Louverture, pronto el general
Julio Le Ríverend Brussone, La economía cubana durante las guerras de la revolución y del Imperio francés, México, 1943.
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Maitland, como veremos más adelante, encontró la fórmula pacífica
para armonizar los intereses económicos británicos con los de los esclavos rebeldes de la colonia francesa.
Cuando Godoy conoció la firma del tratado conocido por el nombre del enviado norteamericano, John Jay, quiso imitar a los ingleses
y envolver a Pickney –ministro de Estados Unidos en Madrid– en
negociaciones que le condujeran a declarar la llamada garantía recíproca y aceptar la alianza de los Estados Unidos, Francia y España
contra Inglaterra. Pero Pickney se burló de Godoy que al fin hubo de
firmar el Tratado de San Lorenzo –27 de octubre de 1795– mediante
el cual se concedió a Estados Unidos el derecho a navegar por el bajo
Mississippi, el derecho de depósito en Nueva Orleans y reconoció el paralelo treinta y uno, hasta Chattahoochee, como frontera meridional de
la república norteamericana.
Las fricciones constantes en el Caribe por razones de la competencia comercial, el contrabando que practicaban los ingleses especialmente desde Jamaica con las colonias hispanas de esa zona, así
como los agravios que aducía habían inferido a los Españoles en una
interminable serie de hechos, llevaron a Godoy a buscar un mayor
entendimiento con Francia –ya gobernada por los elementos más derechistas del Directorio surgido del golpe de estado thermidoriano–
que condujo a España al Tratado de San Ildefonso, firmado en 19 de
agosto de 1796, en el que se renovaba la alianza anterior –conocida
por el Pacto de Familia– que provocó, como era natural, una nueva
guerra con Inglaterra y el derrumbe del Imperio Colonial Español.
Las noticias cada vez más confusas de España y los ataques continuos de los ingleses al comercio español, habían creado un clima de
intranquilidad entre los hacendados y negreros de la isla de Cuba.
El comandante militar de la ciudad de Trinidad participó al
capitán general Casas –24 de septiembre de 1796– por correo extraordinario, que los ingleses se habían apoderado de una fragata y
un bergantín español que desde Cádiz se dirigían a Veracruz, y los
mantenían en Kingston como presas de guerra. Esta noticia produjo
la consiguiente alarma en La Habana. Y la Junta de Gobierno del
Real Consulado, presidida por el general Casas, en vista de una probable guerra con la Gran Bretaña, acordó solicitar del Gobierno de
Madrid se permitiera el libre comercio con los extranjeros, tanto de
los Estados Unidos como de otros países neutrales. En otra sesión
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de la propia Junta –23 de noviembre– se dio lectura a un oficio
del Intendente de Hacienda informando que en un periódico de
Halifax, Canadá, se había publicado el 17 de octubre la declaración
de guerra entre Gran Bretaña y España. Y acordó el Real Consulado
que, hasta tanto se recibieran noticias oficiales, suspender la salida
de los puertos de la isla de embarcaciones mercantes.
Y, el 25 de noviembre de 1796, procedente del Ferrol, entró en el
puerto de La Habana la corbeta Diligencia, trayendo un correo extraordinario portador de la Real Cédula –San Lorenzo, 7 de octubre– en la
cual el rey Carlos IV hacía una relación de las quejas españolas contra
las injustificadas –según él– y continuas agresiones de parte de aquella
potencia, y le declaraba la guerra a la Gran Bretaña.
A pesar de la guerra, en la región oriental de Cuba, los hacendados
y negreros, con la complicidad de las propias autoridades coloniales,
continuaron facilitando toda clase de recursos a los ingleses que ocupaban aún parte de Santo Domingo. Y entre Jamaica y Santiago de
Cuba creció tanto el tráfico negrero y el contrabando llegó a tales
extremos que el conde de Santa Clara –que había sustituido al general
Casas, en 6 de diciembre de 1796 en el gobierno de la isla de Cuba–
reiteró en oficio de 31 de enero de 1797 la orden de suspender la
venta de ganado al ejército británico que operaba en la isla vecina;
refiriéndose al comercio ilícito le dice al gobernador Quintana:
[...] reitero a V. S. el encargo que le hago en oficio de 24 sobre
redoblar la vigilancia para impedir este abuso, persiguiendo
y aprehendiendo a los que se emplean en tan detestable
trafico para que formándoseles causa pueda imponérseles
el castigo de un crimen tan opuesto a la lealtad que deben
profesar los vasallos a su Soberano.33
Los comisarios civiles franceses en Santo Domingo quisieron aprovechar la coyuntura favorable que les brindaba el nuevo tratado de
alianza, y convirtieron la ciudad de Santiago de Cuba en su plaza de
abastecimiento, y refugio su puerto de los corsarios y sus presas. Pero
intentaron una vez más instalar allí una agencia consular. Enviaron
al ciudadano Pedro Perrusel con sus credenciales. Pero el conde de
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 51, No. 1.
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Santa Clara –en oficio al gobernador Quintana, La Habana 22 de noviembre de 1797– le dice que:
[...] no puede ser admitido interín no proceda Real determinación que derogue en esta parte las Leyes prohibitivas del
establecimiento de Extrangeros en esta Isla, a cuyo fin, daré
cuenta a S. M. en primera ocasión; y lo único a que pueda
acceder a consonancia de la buena amistad de España con
la República Francesa, es el que permanezca ahí entre tanto
dicho Ciudadano, pero sin ejercer su comisión, al modo que
se ha practicado con D. Mauricio Rondineau a quien no he
podido permitir el uso de este encargo hasta la Real resolución que se halla todavía pendiente [...].34
Y, a pesar de ello, actuó como si lo hubiese permitido por más de
un año, inclusive, pasando por sobre la autoridad del gobernador de
la Provincia, se tomó la libertad de despachar buques parlamentarios
a Jamaica con prisioneros ingleses, hasta que el propio conde de Santa
Clara, en 18 de octubre de 1798, lo amenazó con expulsarlo del país si
continuaba en sus actividades ilícitas.
Este Perrusel acabó por llevarse los fondos que le habían confiado, y por orden de Roume, agente del Directorio en Santo Domingo,
reemplazado en su comisión por el Dr. Garland, que tenía, como
médico, una bien ganada reputación en la vecina isla. Y, esta vez, sí
le permitieron, extraoficialmente sin duda, desempeñar las funciones
consulares. Como el general Hedouville –23 de octubre de 1798– se
vio obligado a entregar el mando supremo a Toussaint Louverture,
centenares de colonos y funcionarios franceses abandonaron la colonia. Muchos de ellos se trasladaron a Santiago de Cuba con la ayuda
del Dr. Garland.
Los ingleses, cuya escuadra destruyó la española en el Cabo San
Vicente asumiendo el mando de las rutas marítimas americanas –14
de febrero de 1797– iban convirtiéndose en los dueños exclusivos del
comercio del Caribe, con la sola competencia de los norteamericanos.
Se habían apoderado de Demerara y Essequibo en 1796, de Trinidad
en 1797, y desvanecían así los últimos vestigios del programa colonial
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 52, No. 7.
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de Floridablanca consignado en la Instrucción Reservada de 1787. Y
ensayaron con Toussaint Louverture una hábil jugada diplomática
que les permitió liquidar con ventajas la grave situación que se les
presentaba en Santo Domingo, y borrar las amenazas sobre Jamaica y
las otras colonias del Mediterráneo Americano.
Mientras en el Caribe sufrían los intereses colonialistas hispanos
fuertes sacudidas a causa de la inconsistente política internacional
del favorito Godoy, este, viéndose en una situación difícil llamó a
compartir las responsabilidades de su gobierno a D. Gaspar Melchor
de Jovellanos y D. Francisco Saavedra. Pero envuelto en las intrigas
francesas, surgen en su camino todo género de tropiezos y problemas que obligan a Godoy a dimitir en marzo de 1798. Pero Saavedra,
que lo sustituyó al frente de los negocios extranjeros, enfermó gravemente, siendo reemplazado en la Primera Secretaría de Estado por
D. Mariano Luis Urquijo, de ideas progresistas y anticlericales, lo que
motivó que encontrara en la camarilla real una fuerte oposición y, al
fin, provocara la propia reina María Luisa la vuelta del Príncipe de la
Paz al poder en 1800 y con él la etapa del sometimiento de la política
internacional de España a los dictados del general Bonaparte, entonces Primer Cónsul, que tanto influyó en el destino futuro del Imperio
Colonial Español en América.
Gran Bretaña había perdido en la campaña de Santo Domingo millares de soldados, y gastado en un esfuerzo, que ya en 1796 resultaba
inútil, más de cinco millones. Un nuevo comandante en jefe inglés,
general Thomas Maitland, se hizo cargo del mando en los críticos
instantes en que Toussaint Louverture batía con éxito a las tropas de
ocupación. Y, después de la capitulación británica en la Mole SaintNicolás –31 de agosto de 1798–, se concluyó, un tratado secreto entre
Toussaint y Maitland para la evacuación de las Partes de Saint Domingue
ocupadas por los ejércitos de Su Majestad británica.
La nueva situación en aquella isla en virtud de este pacto, así
como la expulsión del general Hedouville, asumiendo Toussaint las
funciones de gobernador general y comandante en jefe del ejército
republicano, y su política interamericana, es vigilada con atención por
el ministro español en Filadelfia, Martínez Irujo, por las repercusiones
que pudieran tener tanto en Cuba como en Puerto Rico. En oficio
a Saavedra, Filadelfia 18 de diciembre de 1798, le avisa la expulsión
del agente del Directorio Hedouville por el general negro Toussaint,
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y que corren rumores de que este quiere declararse independiente.
Cuatro días después –22 de diciembre– informa Irujo, alarmado, de la
llegada del emisario de Toussaint, Bunel; y supone que viene a tantear
el gobierno de los Estados Unidos acerca de los propósitos de aquel
general en pro de la independencia de Santo Domingo.35
En una carta particular a Saavedra, de 22 de enero de 1799, no
sólo ratifica Irujo sus anteriores informaciones sino que supone al general Louverture intenciones de atacar la Luisiana; y que ya existe el
temor de un levantamiento de negros en toda esta región esclavista si,
al fin, se declara la independencia de Santo Domingo. Sin embargo,
se ve obligado a reconocer, en este oficio y otros posteriores, que el
Presidente Adams recibió cordialmente al enviado de Toussaint y, a su
vez, designó al Dr. Stevens para que lo representara en Santo Domingo,
pues todas las gestiones no tenían otro objetivo que restablecer el comercio con las colonias francesas.36
Tiene suma importancia el análisis informativo que presenta el diplomático español al ministro Urquijo –6 y 29 de abril de 1799– sobre
la llegada a Filadelfia del general inglés Maitland con otros oficiales.
Este general –escribe Irujo– es el que mandaba el ejército inglés en
Santo Domingo y de quien se dice firmó un tratado con Toussaint
para la independencia de la isla, con el apoyo de Inglaterra. Creen
muchos que su viaje a los Estados Unidos obedece a esos asuntos, pero
sospecha el informante que es mucho más importante la misión de
que es portador, y no son otros que los de convencer al gobierno de los
Estados Unidos para que declare la guerra a Francia y realizar el plan,
que supone debe existir, de invadir las posesiones españolas fronterizas como medio de debilitar los triunfos franceses en Europa. Más
tarde ha de rectificar, pues Maitland regresó a Inglaterra sin haber
logrado nada.
En mayo y julio de 1799, y septiembre y noviembre de 1800, dedica la mayor parte de su correspondencia diplomática a los candentes problemas de Santo Domingo. El viaje de Dr. Stevens, delegado
personal del Presidente Adams a Santo Domingo, a fin de restablecer
las normales relaciones comerciales, le produce una gran preocupación al diplomático hispano, que aumenta progresivamente con las
Archivo Histórico Nacional, Madrid, legajo 3,897, ap. 1.
Ibídem, ap. 2.
35
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ulteriores noticias que recibe y traslada a Madrid sobre las negociaciones de Stevens, y que el general Toussaint Louverture no sólo se
había apoderado de toda la parte sur de la isla y obligado a embarcar
a Rigaud, sino que, según ha podido comprobar, el general negro
estaba acumulando municiones y armas para atacar la parte española
de Santo Domingo, que pudiera convertirse, a juicio de Irujo, en nido
de piratas y provocar un levantamiento de los negros esclavos en los
propios Estados Unidos.37
Los éxitos políticos y militares de Toussaint crearon una verdadera
confusión entre los gobernantes coloniales del Caribe. Singularmente
el gobernador de Santiago de Cuba era el más afectado, y enviaba
semanalmente correos extraordinarios a La Habana dando cuenta
con detalles a veces truculentos de los incidentes revolucionarios de
la isla vecina, en términos parecidos a los oficios de los diplomáticos
españoles en Filadelfia. Ello dio lugar a que el Capitán general, Conde
de Santa Clara, en circular reservada a los tenientes gobernadores y
jueces territoriales de las costas cubanas –de la que envió copia en 4
de diciembre de 1798 al gobernador santiaguero– dictara las instrucciones siguientes:
Las noticias que se han recivido de la Isla de Santo Domingo
dan margen a creer que se han sublevado los negros capitaneados por un Caudillo de su color, saqueando, matando, y
haciendo cuantas extorciones han cabido contra los Blancos
lo que ha persuadido a muchas familias a buscar su seguridad
en la fuga, refugiándose en la Capital de la parte Española, y
tal vez lo verifican en esta Isla; y no conviniendo se admitan y
avecinden gentes en ella cuyas opiniones pueden perjudicar
a la seguridad del Estado prevengo a Vmd que les advierta
desde luego que se presenten, si fuesen blancas, que el asilo
es momentáneo: que no crean que el Gobierno les permitirá
continua residencia: que tampoco les dará establecimiento
ni socorros; y que a la primera ocasión han de transferirse
a las Islas de Barlovento o Sotavento, perteneciente a la
República Francesa; zelando Vmd. con la mayor vigilancia no
se introduzcan furtivamente por algún surgidero inmediato,
Archivo Histórico Nacional, Madrid, legajo 3,897, ap. 2.
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y obligando a los dueños de las casas donde se albergasen
a dar luego noticia a la Justicia con sus nombres y el que
no lo execute se le castigará con la severidad debida a su
exceso.=En cuanto a la gente de color que proceda de aquella Isla, o de otra de los Franceses, se le pondrá en la Cárcel
en el momento que desembarcaren, y se precisará al que los
haya traído se los lleve sin admitir excusa ni demora, ni omitiendo diligencia alguna que conduzca a descubrir los que
haya esparcido en esa Jurisdicción, y practicando con ellos lo
mismo que con los antecedentes aunque estén en poder de
gentes pudientes, que deben perderlos por que no debían ni
podían comprarlos, esto es, después de que declaró el Rey la
guerra en 93 [...].38
No obstante estas severas órdenes –que sólo se cumplieron en parte con los negros esclavos– la región oriental dio albergue a millares
de refugiados procedentes de Santo Domingo. Lo que obligó al marqués de Someruelos –que reemplazó al Conde de Santa Clara al frente
del gobierno colonial de Cuba– a permitir esa inmigración en oficio
al gobernador Kindelán fechado en La Habana 1 de agosto de 1800,
en el que, refiriéndose a la serie de cartas que ha recibido de los jefes
negros y mulatos, se refiere a los refugiados:
[...] digo a V. S. que las familias que lleguen de ahí de dicha
parte se les dé hospitalidad devida, baxo las precauciones
que anteriormente tengo prevenida: y respecto a las distintas
circunstancias que aparecen ahora, de las que hasta aquí nos
han querido persuadir los impresos de Roume y Toussaint,
es indispensable conceder la hospitalidad a las familias de
mulatos que emigren huyendo de los males próximos que
allí les amenazan. La situación es muy crítica; pero vivo con
la esperanza de que V. S. con su talento, celo y prudencia
sabrá sacar partido correspondiente de los franceses que ahí
huviere, y llegaren ahora, y que hará V. S. conocer a los principales del Pueblo con maña y con naturalidad la situación
de estos infelices a fin de que no manifiesten desconfianza
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 54, No. 3.
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de ellos: pues esto de ningún modo conviene; bien que si se
deberá celar sobre su conducta y conversación por lo que
pudiese ocurrir pues en las actuales críticas circunstancias es
menester mucha vigilancia [...].39
Como Rigaud, Petion y demás jefes mulatos iniciaron una sangrienta guerra civil contra Toussaint y los campesinos negros –recién
liberados de la esclavitud– que seguían la correcta línea revolucionaria que se había trazado hasta en Santiago de Cuba se sufrían las
consecuencias de la lucha. En aquella ciudad acreditó Toussaint a un
representante oficial de su gobierno, el ciudadano G. Pothier, que fue
muy bien acogido por aquellas autoridades, y mantuvo correspondencia con el gobernador de la Isla marqués de Someruelos. Pero este
Pothier, ligado estrechamente a los intereses de clase de los mulatos y
grandes propietarios rurales, no tardó en traicionar la confianza en él
depositada convirtiéndose en agente de Rigaud.
Por conducto de Pothier recibió el marqués de Someruelos numerosos escritos contra Toussaint Louverture, entre ellas uno del
general Antonio Chanlatte, representante del gobierno francés de
Santo Domingo ante las autoridades de la parte española, dirigida a
Rigaud, en la que hace todo género de acusaciones calumniosas, y
llega a confesar en el texto haber conferenciado varias veces con el
brigadier Joaquín García a fin de impedir al general Agé, delegado de
Toussaint, el cumplimiento pacífico de su delicada misión que no era
otra que cumplimentar la ocupación de la parte de la colonia española
conforme al pacto de cesión acordado. Y, mientras Chanlatte contestaba a los requerimientos de quien era su superior, empleaba su tiempo
en agitar a los funcionarios españoles para que se resistiesen a cumplir
con el tratado de Basilea. El mismo confiesa sus turbios manejos en los
siguientes términos:
[...] Mas en tanto que todo se limitaba en la ciudad a entregarse al sentimiento del dolor, y fallecer baxo el peso de
la consternación, secretamente se ocupaba de los medios
de escapar de tan terrible peligro por el de la más eficaz
resistencia. El Pueblo, el estado eclesiástico, los Cabildos o
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 57, No. 1.
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Municipalidades presentaron al Sor Gobernador unas representaciones mezcladas de aquella energía que asienta tan
bien en las circunstancias peligrosas, y de aquella sumisión
que legitima aun todavía más la solicitud. Piden, pues, unánimemente, que sin pérdida de tiempo se dirijan Diputados
al Rey de España, y al primer Cónsul Bonaparte que den una
cuenta exacta de cuanto pasa en la Colonia; piden asimismo
un régimen particular para esta parte, y que nada se entregue hasta el regreso de los Diputados [...].
Confiesa Chanlatte en su carta que cooperó con el gobernador
García en la promoción de los disturbios que obligaron al general Agé
a retirarse. Y, después de insinuar que el agente Roume había sido víctima de una tentativa de envenenamiento por su parte de Toussaint,
acusa a este de que si:
[...] antes no quería mas para su dominio que la Isla de Santo
Domingo, juzga a propósito comprehender sucesivamente
la Isla vecina Jamayca debía pasar luego que su imperio se
hubiera asegurado en esta Isla; después Cuba, luego PuertoRico y en fin todo el Globo. El envío de los incendiarios a
Jamayca fue más bien obra suya que de Roume [...].40
Pero como el brigadier Kindelán, gobernador de Santiago de Cuba,
tenía informaciones de primera mano, comunicadas por sus confidentes y espías, sobre el desarrollo de los históricos acontecimientos en
aquella isla, agregó a la carta de Chanlatte un juicio reservado acerca
de lo ocurrido en cuanto a la expedición sobre la colonia inglesa, y le
escribe al Marqués de Someruelos:
El Sor. Chanlatte autor de esta carta parece no tubo verdadero conocimiento de la trama urdida contra la Jamaica: pues
es público y notorio que el pensamiento fue de Roume y no
pudiéndolo ejecutar sin conocimiento de Toussaint, le instruyo del, quien fingió aceptarlo contribuyendo por su parte
al apresto de lo necesario, pero en el momento en que se
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 56, No. 3.
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debía poner por obra sagazmente dio aviso a los enemigos: de
cuyas resultas apresaron las cinco Embarcaciones de fuerzas
que cargadas de Artillería y municiones estaban destinadas
al efecto: Sasseportas y su compañero Dubuisson enviados
aquella Isla como Apóstoles de la premeditada conjuración,
fueron descubiertos; y en su consecuencia el primero murió
ahorcado, y el segundo se salvó de igual castigo con declarar el pormenor de todo el Plan: Toussaint es enteramente
Inglés. Su conducta está dirigida tiempo ha por esta Nación: y
quién sabe si por otra que en el día es nuestra aliada [...].41
Y como el objetivo final de estas cartas era el de obtener ayuda en
armas y municiones para sostener a Rigaud, con la ayuda española,
frente a Toussaint, el marqués de Someruelos recibió en abril de 1800
al Dr. L. Duboy y al oficial de Marina Germán Crespín, delegados
de aquél, que le entregaron un extenso memorial acusatorio contra
Toussaint y en defensa de los intereses de los mulatos sublevados contra este. A todo lo que respondió el gobernador de la isla con una
orden tajante al brigadier Kindelán:
En quanto a las municiones de guerra que pide a V. S.
Rigaud, de ningún modo se las puede enviar respecto a que
V. S. necesita las que tiene para su defensa.42
Pero Rigaud fue, al fin, derrotado. Y tuvo que huir en unión de
sus partidarios, Petion entre ellos. Poco antes de la capitulación de las
fuerzas que comandaba envió Rigaud a su ayudante de campo, ciudadano Luis Poutou, en demanda de auxilios a La Habana. Someruelos
lo recibió en el Palacio del Gobierno el 16 de agosto de 1800, pero
como ya el general mulato había abandonado el suelo en disputa, se
limitó a dar órdenes a Kindelán acerca del tratamiento que debía recibir en Santiago de Cuba la nueva oleada de emigrados mulatos.
El barco que conducía al general Blanchet, uno de los más destacados partidarios de Rigaud, fue perseguido por los corsarios ingleses
hasta las mismas playas cercanas a Santiago de Cuba, donde, protegido
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 56, No. 3.
Ibídem, legajo 57, No. 1.
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por los cañones de la batería de Aguadores que impidió su captura,
pudo desembarcar al fin el 11 de agosto de 1800, acompañado de cuarenta personas, entre las cuales doce familiares suyos. Otro grupo más
numeroso de mulatos –en esos mismos días– apareció a cinco leguas
al este de Santiago de Cuba. Obligados a reembarcarse en las lanchas
que los conducían, se trasladaron a la Punta de Maisí, donde, con dos
piezas de artillería y otras armas que llevaban se hicieron fuertes en
una especie de palenque que más tarde convirtieron en una explotación agrícola de relativa importancia.
Restablecida la paz interior, Toussaint Louverture se propuso llevar
a cabo la unificación de los pueblos que integraban las antiguas colonias francesas y españolas de la isla de Santo Domingo. El gobernador
García y el grupo de funcionarios hispánicos y propietarios de esclavos
que le aconsejaban procuraron impedir el cumplimiento del tratado
de Basilea. Si bien antes no tuvo motivos para oponerse ya que, en
oficio de 23 de agosto de 1797 dirigido a los señores del Real Acuerdo
que le habían consultado, les dijo:
[...] que el Pueblo de Daxabon fue entregado a la República
Francesa el 25 de julio, y Ciudad de Monte Christi el 29 del
mismo, uno y otro en fuerza de los tratados de Paz firmados
en Basilea esta Plaza está en vísperas de lo mismo [...]. 43
Tres años después como las circunstancias históricas se producían
en favor de la liberación de los esclavos, y de un progreso popular
efectivo con Toussaint como líder de ese movimiento, pretendía el
gobernador español detenerlo.
En enero de 1801 ordenó Toussaint la ocupación de la parte española. El general Moyse, al frente de una fuerte división entró en
Santiago de los Caballeros el 15 de enero; otra columna, mandada
por el propio general en jefe, partió de Mirebalais para apoderarse de
Azua el 14.
D. Joaquín García –ascendido a Mariscal de campo como premio a
sus múltiples y continuados desaciertos al frente de la gobernación de
aquella colonia hispana– ante la proximidad de Toussaint y sus tropas
se dirigió, en 23 de enero de 1801, al comandante de la fragata inglesa
J. G. García, Compendio de la historia.
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que bloqueaba el puerto y la ciudad de Santo Domingo solicitando
protección para las mujeres que tenían que abandonarla, ante el hecho, dice, de:
[...] un Pueblo consternado por la invasión y entrega violenta que ha emprendido el general Toussaint causando una
evasión de familias que solo procuran salvar sus cabezas de
los golpes del horror [...].44
Y envió la carta con el parlamentario D. Francisco Basta, capitán del regimiento de Cantabria, que tuvo que seguir a Jamaica y
obtener allí el permiso del Almirante inglés para que dejara libres a
los barcos que llevarían a los españoles fugitivos. Entre los pasajeros
de la goleta La Flor –que naufrago frente a las costas de Venezuela,
trasladándose los fugitivos en botes hasta las inmediaciones de Coro–
iba el Dr. José Francisco Heredia, abogado y profesor de Prima de
Leyes en la Real y Pontificia Universidad de Santo Tomás, con los
miembros de su familia. Heredia y el Dr. Bartolomé Segura, otro
refugiado dominicano, fueron los que iniciaron la falsa leyenda de
supuestos desmanes y atropellos de Toussaint contra los blancos.
Consideraban como uno de los mayores abusos de poder del líder
negro el haber decretado la liberación de los esclavos, e introducido
un poco de orden en la feudal administración de aquella parte de la
isla de Santo Domingo.
Toussaint Louverture, recibió el 27 de enero de 1801, de manos
del gobernador García, las llaves simbólicas de la Ciudad Primada de
América. Uno de sus primeros actos consistió en abolir la esclavitud y
la trata negrera. Los propietarios de esclavos y los funcionarios coloniales odiaban al Libertador y a sus generales negros. Pero este inició
una política sagaz y conciliadora hacia la minoría de origen hispánico.
Disminuyó las alcabalas y suprimió las trabas feudales al comercio. Hizo
obras de vialidad, e introdujo reformas substanciales en los retrasados
métodos hispánicos de cultivo, así como ordenó distribuir los latifundios y las enormes haciendas y realengos entre los campesinos pobres.
Dotó a Santo Domingo de un tribunal de apelaciones para aplicar las
leyes civiles y penales españolas que dejó en vigor, pero ajustándolas
J. G. García, Compendio de la historia.
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en lo esencial a los nuevos métodos introducidos por la Revolución
francesa. Y de los trescientos mil pesos fuertes que encontró en las
cajas de la Capitanía general destinó una parte a abonar los sueldos
atrasados de la burocracia y a obras de interés público, y conservó la
otra como reserva en el tesoro provincial.
◉◉◉◉◉
En febrero de 1802 recibió el brigadier Kindelán un correo extraordinario del comandante de armas de Baracoa, que, a caballo, de
hacienda en hacienda, era portador de la noticia dada por el capitán
Bobes, que lo era de una goleta francesa arribada el día 10 procedente
de Santo Domingo, que:
[...] habiendo salido de Puerto Republicano el día 2 del
corriente, vio al amanecer del 4 ocho Navíos de línea doce
leguas al Norte de dicho Puerto, con dirección a él. Que
habiendo fondeado en la Plataforma, y pasado por tierra
al Muelle el día 5, supo por notoriedad que acababa de
llegar allí una Goleta Española con una muy corta pero
terrible Proclama del Cónsul Bonaparte, contra cualquiera
que tomara las armas para resistir las Tropas Francesas, asegurándose que enfrente de Guarico quedaban ya cuarenta
y cinco Buques de Guerra, y que el General en Jefe de la
expedición era Leclerc: que en el mismo día se tocó la
Generala, cuya operación le dijeron se había practicado el
3, luego que se avistaron los doze Navios que él encontró.
Que con la mayor actividad reforzaba Morpax los Puertos
así con blancos, como con negros y daba todas las disposiciones de defensa. Que también oyó que era circular la
orden de Toussaint en todos los Puertos para oponerse al
desembarco de las Tropas, y que sabe que dicho General se
halla en la ciudad de Santo Domingo [...]. = Mucho dice
de los blancos acerca de sus aflicciones, y principalmente
de las mujeres, que asegura lloran a gritos por las calles=
Finalmente opina que será grande temeridad de los negros
obstinarse en querer impedir la entrada de las Tropas en
aquella Isla, pues por lo que ha visto en los dos Puertos
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referidos, no hay gente ni las disposiciones necesarias para
conseguirlo [...].45
Las comunicaciones del contralmirante Latouche-Treville, del general Rochambeau y del propio Leclerc, hicieron conocer a Kindelán
en todo su dramatismo los históricos acontecimientos de que era escenario la cercana isla de Santo Domingo.
En enero de ese año, 1802, la escuadra francesa del almirante
Villaret-Joyeuse, y la española del almirante Gravina, se presentaron
frente a las costas de Santo Domingo convoyando numerosos barcos
que conducían un ejército poderoso de 21,175 veteranos de las guerras europeas –que pronto se elevó a 34.000– al mando del general
Leclerc, en cuyas instrucciones secretas había escrito el Primer Cónsul
Bonaparte:
Llegado el momento desembarácese de Toussaint, Christophe
y Dessalines y de los principales bandidos. Desarme las masas
negras y expida sobre el continente todos los negros y mulatos que hayan jugado un papel durante la guerra civil.46
Mintiendo con cinismo inigualable, en una carta oficial redactada
con hipocresía diplomática y firmada de su mano, Bonaparte daba
las gracias a Toussaint como General en Jefe del Ejército de Santo
Domingo, Leclerc, engreído y soberbio, envió una insolente intimidación e intentó apoderarse violentamente de la ciudad, y como digna
respuesta el general Christophe incendió a Cap. Francés, comenzando
la resistencia heroica a los invasores. En las filas de Leclerc se encontraban Rigaud, Villatte, Petion, Jean Pierre Boyer y los más destacados
hombres de color partidarios de los franceses, cuyo odio de clase hubo
de convertirlos en traidores a la Revolución e instrumentos de la reacción bonapartista.
Al mando del teniente de navío Denis-Hobivian arribó al puerto
de Santiago de Cuba la goleta francesa Tricolore, el 19 de febrero de
1802. Venía con una carta de Leclerc en la que anunciaba la llegada
de dos fragatas con el propósito de recoger toda la gente de color
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 61, No. 1.
M. Laurent, Erreurs et Vérites Dans.
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que, procedente de Santo Domingo, se hallaba residiendo en aquella
ciudad Inmediatamente dio cuenta el brigadier Kindelán al marqués
de Someruelos de lo que pretendía Leclerc, recibiendo la respuesta
siguiente de la suprema autoridad colonial de Cuba:
[...] permitirá se conduzcan en ellas solo aquellos individuos
de color que quieran voluntariamente, pues ni aun los sospechosos que se hallan en arresto, conforme a las órdenes de
esta Capitanía General, deberán tampoco enviarse si ellos no
son gustosos en ir a dicha isla [...].47
Procedía de esa forma porque ya tenía conocimiento Someruelos
de los métodos cruelmente salvajes que los colonialistas franceses estaban empleando en Guadalupe y en Santo Domingo. La sublevación
de los negros esclavos de la Guadalupe fue aplastada por el ejército
francés al mando del general Richepanse. Este bárbaro militarote
bonapartista, según los documentos de la intendencia de Ejército de
la isla de Cuba, cargó cinco buques con los negros prisioneros, a los
que previamente había despojado de sus vestimentas poniéndoles
taparrabos, y los envió a Venezuela y Nueva Granada para venderlos como esclavos. El 20 de mayo de 1802, Richepanse, cumpliendo
órdenes de Bonaparte, restableció la esclavitud y la trata negrera en
Guadalupe.
En Santo Domingo, Leclerc, no pudiendo vencer por la fuerza de
las armas la heroica resistencia de los negros, recurrió entonces a toda
clase de estratagemas para destrozar la unidad de los patriotas, empleando, con buen resultado, ofertas tentadoras de paz. Colocado en
una situación muy difícil Toussaint accedió a celebrar una entrevista
con Leclerc. Esta se realizó en el Cabo, el 6 de mayo de 1802. Allí acordó con Leclerc las condiciones de paz y de su sometimiento a Francia,
estipulándose que se respetaría a los generales que, como Dessalines
y Belair, eran sus más fieles auxiliares. Y se retiró a su casa de Ennery.
Presionado por los antiguos propietarios de esclavos, y cumpliendo las instrucciones secretas de Bonaparte, por medio de la traición
y el engaño se apoderó Leclerc del gran líder negro. Citándole a una
entrevista, el general Brunet detuvo a Toussaint –7 de junio de 1802– y
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 61, No. 1.
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lo condujo a Gonaives, y de allí lo trasladó por mar al Cabo, enviándolo a morir a Francia en una obscura celda de un castillo feudal.
Tan pronto salió el navío de guerra Le Heros con el ilustre fundador
de la primera democracia del Caribe, Leclerc estableció un régimen
de terror. En toda la isla llevó a cabo ejecuciones en masa de humildes campesinos negros. Se robó del tesoro los millones acumulados
por la eficiente labor financiera de Toussaint. Desarmó los soldados
negros. Persiguió a los mulatos que habían cooperado con sus tropas
en la ocupación de la isla. Deportó a Rigaud Un barco cargado de los
negros prisioneros de Guadalupe llegó a Santo Domingo. Burlando
la vigilancia de los guardianes, un grupo de estos se lanzó al agua,
ganó a nado la costa e informó al pueblo de los sangrientos sucesos de
Guadalupe y del consiguiente restablecimiento de la esclavitud
La insurrección estalló en todas partes. Presionados por las masas
populares que no dejaron un solo día de combatir la invasión francesa,
en la primera quincena de octubre de 1802, en Haut-du-cap, Dessalines,
Petión y Clerveaux acordaron las líneas generales de la lucha por expulsar a los franceses. Realizada la unidad popular, hombres, mujeres y
niños se dispusieron heroicamente a combatir por la libertad.
Leclerc –murió el l de noviembre de 1802– y su sucesor el general
Donatien Rochambeau cuyas bárbaras y crueles represiones no surtieron efecto en el ánimo de los patriotas, pudieron sostener algún tiempo
la guerra gracias a los auxilios que constantemente recibían del gobierno colonial de Cuba, y de los negreros cubanos. Tanto a Santiago de
Cuba como a La Habana, venían los emisarios de los generales franceses
demandando ganado, víveres y dinero en efectivo. Para arreglar esas
cuentas, y discutir sobre los términos del último préstamo solicitado de
seiscientos mil pesos y establecer bases favorables para un comercio recíproco, tantear la posibilidad de que Rochambeau estuviese dispuesto a
devolver la zona española, y, además, cumplimentar la información que
debía realizar de acuerdo con la instrucción reservada que le entregó, el
Capitán, general de la isla de Cuba, marqués de Someruelos, confió a D.
Francisco de Arango y Parreño la delicada misión diplomática de pasar
a Santo Domingo, acompañado del capitán Ignacio Cairo y D. José de
Lavastida, emigrados de la parte española de aquella colonia.
En febrero de 1803 resolvió Someruelos enviar la misión a Santo
Domingo, y, mediado el mes de marzo partió Arango y Parreño en el
bergantín de guerra Begoña hacia la isla próxima.
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Hasta la primera quincena de mayo de ese año permaneció D.
Francisco de Arango y Parreño en Santo Domingo, en las ciudades de
Port-au-Prince y el Cabo, estudiando los problemas que habían sido
sometidos a su consideración. Celebró entrevistas con los generales
Rochambeau y Touvenot, los jefes de brigada Saves y Nerau, y con
todos los altos funcionarios civiles y militares franceses. Del resultado
de la comisión diplomática que desempeñó a cabalidad es el informe
reservado que presentó el Capitán general de Cuba en 17 de julio de
ese año.
Desde la postura favorable de la esclavitud y, por lo tanto, contraria
a la Revolución Haitiana, que lo colocan en destacado lugar como teórico del régimen colonial imperante en Cuba, ese informe de Arango
tiene una suprema importancia para la historia de ese país hermano.
Comprobó que Tousaint dejó en las arcas del tesoro español de Santo
Domingo las cantidades que en ellas ocupó, y que, salvo menos de una
tercera parte la decomisaron los franceses, pues dice Arango:
Y habiéndome confesado el Prefecto que en las Arcas de
Santo Domingo había encontrado con efecto el general
Leclerc los citados doscientos mil y mas pesos, insté y conseguí que en la parte última del artículo 1º del convenio se
sentase un hecho tan esencial para fundar las reclamaciones
que nuestra corte debe hacer en esta parte.
Sobre los salvajes métodos empleados en la guerra por Leclerc y
Rochambeau, escribe Arango:
El General en jefe me dijo diferentes veces que su opinión
era acabar con todos (peau nouvelle, son sus palabras) e introducir nuevos negros; y en consecuencia, vemos que no solo
no da cuartel, sino que con los prisioneros se cometen mil
barbaridades…
Todos mueren, y así sucedía desde los últimos tiempos del
General Leclerc: lo más dulce para estos infelices es ser pasados por las armas, y todavía no es lo peor que espalda con
espalda, y dos en dos, sean arrojados al mar. Lo que me estremece es haber oído de la boca del jefe de brigada Nerau,
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Comandante de la Guardia del General en Jefe, que la noche
antes había echado a los perros una negra prisionera; y otra
tarde, que en aquella mañana había sorprendido un destacamento de doce insurgentes, cuyo Jefe fué entregado a la
tropa que lo pidió para sacarles vivo los ojos. Yo no comprendo cómo puede disculparse, ni a que puede conducir tan
atroz procedimiento. Creo, al contrario, que esta guerra es
interminable, si se quita a los rebeldes la esperanza de capitulación o perdón. El juicioso Touvenot pensaba del mismo
modo [...].
Refiriéndose a la parte militar en sus tantas veces citado documento, afirma Arango que en poder de los blancos, en esa fecha, se encontraban las principales ciudades y poblaciones marítimas.
[...] a saber: Bayajá, Guarico, Puerto de Paz, la isla de la
Tortuga, Port-au-Prince, Leogane, Jeremías, los Cayos de San
Luis y todas sus dependencias. Los negros poseen pocas calas
y entre ellas son las principales Goinaves, Arcahaye y PetitGoave, estando quemada la población de esta última [...].
Este ejército obra sobre la defensiva guarnece las villas y defiende como puede, y en los términos anteriores explicados,
los partidos de Grand-Bois, Cul-de-Sac y Jeremías; siendo en
este último punto en donde proporcionalmente es mayor
la fuerza, porque también allí es donde se nota mayor número de negros. Parece increíble que de cuarenta y tres mil
hombres que en quince meses han venido a la colonia, solo
quedan trece mil; pero más admirará saber que de estos cuarenta y tres mil hombres han llegado trece mil después de la
muerte del General Leclerc, y decir que apenas quedan vivos
los mismos trece mil hombres que llegaron en estos últimos
siete meses. Lo más han sido víctimas del clima y de la mala
asistencia; pero muchos han pasado por el filo de la negra
espada y no pocos, desertado. El Secretario de la Prefectura,
en mi presencia y sin contradicción, ha dicho públicamente
en la mesa del Prefecto que pasaron de dos mil quinientos
hombres los que perecieron en la expedición de Crete –a
Pierrot, y que de seiscientos que fueron a la Petit– Goave,
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sólo volvieron trescientos en estado de servir. La deserción,
principalmente, de los regimientos polacos, es considerable.
Hay quien lo haga llegar a setecientos hombres, y ni tiene
duda que habrá dos meses que de Jeremías desertaron a
un tiempo dos compañías casi enteras, ni las hay tampoco
en que los tales poloneses fueron los que mejor sirvieron a
los negros en la defensa de Petit– Goave [...]. No hay mejor
prueba de la buena inteligencia de los negros que el silencio
de los blancos en esta parte. El General Clausel divulgó en
el Guarico que los congos de aquel partido hacían la guerra
a los criollos, y refiriéndolo en mi presencia, le contestó con
sonrisa un comerciante llamado Mr. Lefebre, que este era
un ardid para sacarle municiones. El General calló; y después nadie ha vuelto a hablar ni de congos ni de criollos,
ni de división ninguna. El negro Dessalines fué reconocido
como sucesor de Toussaint, cuando se hizo pública la última insurrección y dividió el mando de la colonia entre los
demás Generales de aquél, por el mismo orden con que los
blancos lo han hecho; es decir señalando un Comandante
para la parte Norte, otro para la del Oeste y otro para la del
Sur, con sus respectivos subalternos y fuerzas determinadas.
Dessalines estableció su Cuartel General en Gonaives, y allí
subsiste muy fortalecido y con un cuerpo de tropas de tres a
cuatro mil hombres. Se asegura que ha perdido mucho en
el concepto de los negros, y que los que están en el Sur, se
gobiernan con independencia a las órdenes de un mulato
llamado Petion, que fué Coronel de Ingenieros al servicio
de la República, y posee, según se dice, toda clase de talento,
pero sea lo que fuere de esta independencia, lo cierto es que
de ella no se ha seguido hasta ahora guerra, ni desunión y
que los negros van a donde los llama el riesgo [...].
Señala Arango y Parreño, como conclusiones de su misión diplomática, que, en su concepto, la tranquilidad de Haití –que así
comenzaron a llamar, restituyéndole su primitivo nombre taino, los
revolucionarios negros a la parte francesa de Santo Domingo– debía
interesar más a la nación española que a la francesa, por lo cual no era
posible que los cubanos viesen con indiferencia la situación de la isla
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cercana. Y debía procurarse sostener a los franceses en la guerra de
exterminio que sostenían en Santo Domingo.48
◉◉◉◉◉
A los franceses les iban cada vez peor sus operaciones militares en
Haití. Después de la asamblea convocada por Dessalines y Petión en
Arcahic –mayo de 1803– se unificó la acción popular, se creó oficialmente la bandera nacional y consolidó al primero en la suprema autoridad del país. Y, por todas partes, vigorizaron los haitianos sus ataques
contra las poblaciones fortificadas en poder del ejército francés.
Los generales Noailles –Comandante de la Mole St. Nicolás– y
Kerverseau –de la antigua parte española de Santo Domingo– pidieron
con urgencia auxilios al gobernador de Santiago de Cuba y, además, le
requerían a fin de que les devolviera los seiscientos soldados franceses
que se habían refugiado en los pueblos orientales de Cuba. Por su parte, el ciudadano Lonchamp agente especial del general Rochambeau
en La Habana, apremiaba al marqués de Someruelos con angustiosas
demandas de dinero, víveres y municiones para poder resistir el ataque poderoso de los mejores hombres del pueblo haitiano.
Pero era incontenible la fuerza popular. Diez mil patriotas mandados por Petion, Gabart, Vernet, Pierrot, Marcadieu Larose, bajo
la suprema dirección de Dessalines, invadieron el 16 de septiembre
de 1803 la planicie de Cul-de-Sac. Reforzados con la división al
mando de Cangé, se inició una serie de combates con los cuales dio
comienzo el sitio de Port-au-Prince. El general Kerverseau acudió en
auxilio de los sitiados desde Santo Domingo; pero fue derrotado por
Dessalines en Las Caobas. Después de resistir los asaltos haitianos
por tres semanas, se rindió el general Lavalette, comandante militar
de la región.
Desde la fragata L´aimable–17 de octubre de 1803– anclada en el
puerto de Santiago de Cuba escribió el general Lavalette al gobernador:
[...] Usia sabe que por la carta que tuve el honor de escribirle, los motivos que me forzaron a evacuar la plaza de
J. L. Franco, Documentos para la historia de Haití en el Archivo Nacional, La Habana,
1954.
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Port-au-Prince, con mis tropas, mis enfermos y las autoridades civiles [...].49
Describe la horrible situación de miseria de aquellas gentes, y termina suplicando se les permita desembarcar, se les provea de medicinas y víveres, hasta que pudieran reparar sus barcos y continuar viaje.
Poco tiempo estuvo allí, pues continuó el 19 de noviembre la ruta del
mar hasta el puerto de Batabanó, en la costa sur de La Habana, siendo
admitido por el marqués de Someruelos.
Pocos días después, mediado el mes de noviembre, llegó a Santiago
de Cuba el comisario de guerra Bernard al frente de 250 franceses
enfermos. Para cubrir los gastos que ocasionaban la atención de tantos
hombres, el comisario Bernard entregó al gobernador varias letras de
cambio que el agente Lonchamp se negó a pagar cuando se las presentaron al cobro en La Habana.
Más tropas y funcionarios, al mando del general Noailles, se refugiaron en el puerto de Nuevitas, donde, poco después de su arribada,
murió el citado militar.
Los millares de franceses que buscaban refugio en Cuba crearon
graves conflictos a las autoridades coloniales hispanas, que aumentaron con la aplastante derrota de Rochambeau y la proclamación, el l
º de enero de 1804, por Dessalines, en la plaza de Gonaives, la erradicación de la esclavitud y trata negrera, y la independencia de Haití.
Diez o doce años después, Bonaparte, prisionero en Santa Elena,
confesaba los graves errores que había cometido al intentar esclavizar
al pueblo haitiano con las siguientes palabras:
Una de las más grandes locuras que he cometido, y que me
reprocho, ha sido la de enviar un ejército a Santo Domingo.
Debí haber visto que era imposible triunfar en el proyecto
que yo había concebido. Cometí una falta y soy culpable de
imprevisión, de no haber reconocido la independencia de
Santo Domingo.
Y como la magnitud de aquel desastre para su política colonial le
obsesionaba, repitió una vez más:
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 65, No. 4.
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Tengo que reprocharme una tentativa sobre una colonia durante el Consulado, era una grave falta querer someterla por
la fuerza; debía contentarme de gobernarla por mediación
de Toussaint Louverture.50
Pero la dura lección a Bonaparte no hizo escarmentar a los negreros y colonialistas, que persistieron en la torpeza histórica de explotar
y oprimir a los pueblos de estas Antillas Mulatas.
J. L. Franco, Historia de la Revolución.
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III
Conflictos e intervenciones
en Haití y Santo Domingo
En 26 de septiembre de 1803, Kindelán, en oficio No. 976 participó al capitán general Someruelos su opinión acerca del desarrollo de
la guerra de independencia de Haití. Creía el gobernador oriental que
si la guerra no terminaba antes de cuatro meses, cesando las hostilidades en el Caribe entre Inglaterra y Francia, la población blanca y las
guarniciones francesas de aquella isla compuestas, según él, de diez a
doce mil hombres, acosadas por los esclavos rebeldes y hambrientos a
causa del bloqueo inglés, se refugiarían en Santiago de Cuba. Y pedía
las instrucciones necesarias para ajustar su conducta a las órdenes superiores. A lo que contestó Someruelos –La Habana 20 de octubre de
1803– oficialmente con estas disposiciones:
Contesto que solo consintiéndolo los Ingleses podrá llegar
el que los diez o doce mil soldados franceses que están en la
Isla de Santo Domingo pasen a esa plaza; pues que teniendo
bloqueados los puertos no les permitirían la salida sin hacerlos prisioneros. En cuyo caso si los ingleses los cunduxesen
ahí lo rehusaría V. S. como hizo con el Parlamentario Inglés
nombrado el Tejón, cuyo Comandante pretendió desembarcar ahí los setenta prisioneros franceses que conducía, sin
embargo que después los dexó en la costa, de que he dado
ya la quexa al Contra Almirante que manda en Jamayca.
Pero si acaso llegasen dichas Tropas Francesas en sus buques
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buscando hospitalidad o conducidas por los Insurgentes, se
resistirá V. S. a su admisión valiéndose de la imposibilidad
en que está por carecer de víveres, dinero, casas y hospitales.
Pero si todo esto no bastase, y acreditasen urgente necesidad
de hospitalidad; entonces, para evitar los desórdenes que cometerían si se introduxesen por la costa los subdividirá V. S.
en quantas partes sea posible, y repartirá por los pueblos de
su jurisdicción los que puedan acomodarse, enviando a cada
pueblo un oficial de la confianza de V. S. para que mande
el quartel, aquartelando inmediatamente las Milicias que
correspondan a cada distrito para que dicho Comandante se
halle respetado en el modo posible [...].1
La gravedad de la situación internacional en este Mediterráneo
americano, en las colonias europeas del inquieto Caribe, empeoraba
por días. El gobernador y capitán general de Cuba, Someruelos, debió afrontar una crisis alarmante. El 26 de noviembre de 1803 llegó
al puerto de Batabanó el general francés Lavalette en el bergantín
Sanson al que acompañaban los oficiales de su estado mayor y soldados
de la guardia, cincuenta hombres en conjunto. Además, según hubo
de informarle el jefe de brigada Lux, completaban el convoy de refugiados la fragata Leck y goletas Trinidad, Jefferson y Cecilia, lo que hacía
ascender a novecientas veinte personas las que buscaron amparo en
las playas cubanas. Parte del convoy vino al puerto de La Habana. Y
fueron enviados a Bejucal y Santiago de las Vegas.
Enviada por el brigadier Kindelán recibió Someruelos en los últimos días del mes la carta del general Louis Noailles, fechada en 9 de
diciembre, informando que el Comandante Duveryrier, ayudante del
general Rochambeau, en nombre de este había firmado con los ingleses la capitulación y evacuación del Guarico. Las noticias que tenía del
general en Jefe –agregaba Noailles– era que este con todas sus tropas
estaba prisionero de los ingleses. Y al abandonar Santo Domingo con
el propósito de refugiarse en los Estados Unidos, se había visto obligado a recalar en un puerto de la costa norte de Cuba, en Nuevitas.
En oficio No. 904 –La Habana 30 de noviembre de 1803– el marqués de Someruelos, al comunicar al gobernador de Santiago de Cuba
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 65, No. 4.
1
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la inesperada oleada de los despojos del derrotado ejército francés
arrojada a las costas cubanas le dice, como línea a seguir en estas espinosas cuestiones:
Lo que participo a V. S. para su conocimiento, en concepto
de que he dado mis disposiciones a fin de que se les auxilie
prontamente con lo que sea posible y necesiten para que sin
demora sigan su viaje al destino que les acomode, pues de
ninguna manera debe permitirse que permanezcan en la Isla
estas ni otras tropas extrangeras.2
Desde Kingston, Jamaica, arribaron a Santiago de Cuba centenares
de franceses no combatientes expulsados de allí por las autoridades
coloniales inglesas. Y la situación creada por ellos en la capital provincial de la región oriental de la isla de Cuba la describe J. B. Lemonnier
Delafosse, oficial del ejército de Leclerc, en sus memorias:
¡Qué espectáculo! qué miseria nos esperaba allí! Una ciudad
pequeña invadida con quince o veinte mil franceses, colonos, habitantes, comerciantes, que hablan podido huir de
Santo Domingo [...]. Yo vine a agregar mi miseria a la de
tantos otros; yo ya no tenía nada, sino algunos andrajos que
me cubrían. La industria francesa fué allí, sin embargo, lo
que es por todas partes: se creó una segunda ciudad en un
terreno indicado por el gobierno español y fué llamada el
Barrio Francés= Las piedras, con el tiempo, reemplazaron las
maderas de las construcciones primitivas y si Santiago es hoy
más grande, más populoso, lo debe a las desgracias de Santo
Domingo [...].3
Pero no sólo debía atender el gobernador Someruelos a los asuntos de Santo Domingo. Otros tan graves como estos le llegaban del
continente. Un impreso en idioma inglés, de 23 de octubre de 1803,
traía la desconcertante noticia de Washington de haber ratificado
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 66, No. 1.
J. B. Lemonnier Delafosse, Segunda campaña de Santo Domingo, Santiago de los
Caballeros, 1946.
2
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Teatro, alameda y puerto de La Habana a mediados del siglo xix.
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el Senado norteamericano el tratado de cesión de la Luisiana a los
Estados Unidos, firmado en París el 30 de abril de ese año por los
representantes de ambas naciones Barbe Marbois, Rob. R. Livingston
y James Monroe. Con ese motivo celebró una sesión extraordinaria
el 22 de diciembre la Junta de Gobierno del Real Consulado, para
estudiar la nueva situación y recomendar al gobernador de la isla las
medidas necesarias para superar la posible crisis en el comercio entre
Nueva Orleans y La Habana. Y, en enero 18 de 1804, el marqués de
Someruelos, atendiendo a la petición del Real Consulado, decretó:
[...] ha acordado este Gobierno con la Intendencia que continué el comercio entre este puerto y el de Nueva Orleans
en Buques Nacionales, admitiendo solo cortes de madera
para embases de azúcar, y la extracción de frutos de esta Isla,
mientras S. M. resuelve en el asunto [...].4
Una nueva emigración procedente de Nueva Orleans: funcionarios civiles y militares, monjas, sacerdotes, comerciantes y centenares
de soldados comenzaron también a llegar a La Habana, para aumentar el número ya crecido de refugiados y acrecentar los problemas a
resolver con cargo al ya exhausto Real Tesoro de la Isla. Pero como el
de las tropas francesas era lo que causaba mayores dificultades, reunió
Someruelos, bajo su presidencia, en el Palacio de la Plaza de Armas
de La Habana, a D. Juan de Araoz, comandante general de Marina, y
D. Juan José de la Hoz, intendente interino de Ejército para celebrar
Junta de Autoridades, e:
[...] hizo presente el Sor. Capitán General haber citado esta
Junta para tratar y acordar el modo más eficaz y pronto de
proporcionar y habilitar buques capaces de transportar al
General Lavalette y todas las tropas de su División a un mismo tiempo en buques grandes [...].5
Y acordó la Junta que la Real Hacienda aportara 30,000 pesos para
completar la cantidad necesaria y comprarle a D. Juan Caffin, del
Archivo Nacional, Real Consulado y Junta de Fomento, legajo 73, No. 2,807.
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 4, No. 44-a.
4
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comercio habanero, un bergantín y una fragata surtos en el puerto
que, juntos con los barcos franceses que se estaban reparando, podían
transportar los 1210 oficiales y soldados del general Lavalette. Este,
en carta al capitán general Someruelos –La Habana, 26 de enero de
1804– le informa el fallecimiento del general Noailles en Nuevitas, y
pide que las tropas francesas que estaban en aquel puerto sean trasladadas a La Habana. Lo que le fue negado por resolución de la Junta
de Autoridades en 28 del propio mes y año.
En 1 de febrero, recibió Someruelos la Real orden comunicada
por el Secretario de Estado y del Despacho de Hacienda con fecha 24
de septiembre de 1803 cuyo tenor es como sigue:
Habiéndose remitido al Cónsul de S. M. en París varias letras para su cobranza giradas contra el pagador general de
Francia por anticipación de caudales hechas a los Comisarios
de la República en varias Plazas de los dominios de S. M. ha
hecho presente que no ha podido verificar su cobro por que
hay un Decreto en Francia que prohíbe executarlo sin expresa aprovación del Consejo de Estado; añadiendo que en
el mismo caso se hallan las letras que dirigió el Intendente
de esa Isla en Carta de 19 de febrero No. 201, importante
170.000 pesos que V. S. mandó a dar al ciudadano Noailles
General de Brigada de los Exercitos de Santo Domingo y que
no pudiendo dar excusa decente aquel Ministro de Marina
ha tomado el medio igual de no responder, en cuyas circunstancias había pasado copia de oficio a nuestro Embaxador
para que reclame y se acrediten las diligencias y las resultas
en todo tiempo [...].6
Era una grave noticia. Los gastos ocasionados al tesoro de la isla
por la ayuda prestada a los franceses en su empeño de someter a los
esclavos rebeldes, a lo que se agregaba el mantenimiento de las tropas que huyeron de Santo Domingo y se acogieron a la hospitalidad
cubana, ascendieron –según los documentos de la Intendencia de La
Habana presentados a la Junta Superior de Real Hacienda en 10 de
enero de 1807– a 514,217 pesos 4 reales. A cuyas cantidades podían
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 4, No. 44-a.
6
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agregarse otras como, por ejemplo, la facilitada por los comerciantes
de Trinidad para pagar el transporte de la tropa emigrada de Santo
Domingo, que condujo al puerto de Casilda una corbeta francesa,
y, también, los gastos cuantiosos realizados por el gobernador de
Santiago de Cuba en auxilio de los enfermos que dejó en aquella ciudad el comisario Bernard.
Una nueva Junta de Autoridades –La Habana 3 de febrero de
1804– convocada por Someruelos para conocer la citada Real orden,
determinó:
[...] que era preciso se continuasen los gastos que se estaban
haciendo en la habilitación de los buques que han de conducir las tropas franceses al mando del General Lavalette,
subministrándoles al mismo tiempo los víveres frexos hasta
verificar su embarco, por ser esta clase de auxilios tan indispensables que sin él no podían salir de aquí las referidas
tropas.7
Como existía el temor de que el convoy que habría de conducir a
esos soldados fuera atacado el cruzar el canal, en 24 de febrero escribió Someruelos al gobernador inglés de las Bahamas solicitando permitiera el libre paso de las tropas del general Lavalette, con la promesa
solemne de este último de no hostigar a los británicos. La respuesta
fue cortés, pero negativa. Además, al enterarse los oficiales y soldados
de Lavalette que se pretendía enviarlos de nuevo a Santo Domingo, se
negaron resueltamente. En fin, cansado ya de tan interminable proceso, Someruelos, en 4 de abril, intimó a Lavalette la orden terminante
de abandonar sin más dilaciones y pretextos el puerto habanero.
◉◉◉◉◉
El general Kerverseau, a quien Leclerc había designado comandante general de la parte española de Santo Domingo, y confirmado
por Rochambeau en el cargo, si no se distinguió por sus cualidades
militares en cambio sí logró señalarse por su ambición desmedida
y el fracaso de sus planes políticos. En unión de Chanlatte redactó
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 4, No. 44-a.
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un documento titulado Manifiesto histórico de los hechos que han precedido a la invasión del territorio de la parte española de Santo Domingo por
Toussaint Louverture, que hizo circular por todo el Caribe, cuya copia
hubo de enviar –Caracas 31 de enero de 1801– el capitán general de
Venezuela, D. Manuel de Guevara Vasconcelos, a D. Mariano Luis de
Urquijo, Ministro de Estado del rey Carlos IV. Ese documento hizo
que el propio capitán general Vasconcelos, en oficio No. 50 de ese
propio mes y año, expusiera a Urquijo la necesidad en que estaban las
naciones europeas poseedoras de colonias en el Caribe, de reprimir
lo que calificaba la audacia de los negros de Santo Domingo, por las fatales
consecuencias que puede tener para la América en general.8
Derrotado por Dessalines en Las Caobas, Kerverseau regresó a la
ciudad de Santo Domingo y, desde allí, envió a su ayudante, el alférez
de navío D. José Ruiz, a Santiago de Cuba, en 20 de octubre de 1803,
para reclamar del gobernador le devolviera las tropas francesas derrotadas que se habían refugiado en la región oriental de Cuba. En el
oficio de que era portador su ayudante, decía, además, Kerverseau al
brigadier Kindelán:
La parte que fue española confiada a mi mando tiene la más
urgente necesidad de tropas; su salud depende tal vez en este
instante de crisis de la pronta llegada de las que reclamo. El
General en Xefe ha dado la orden a las guarniciones de la
parte del Sur y del Oeste, en caso de evacuación forzada, se
recogiesen sobre esta División. Las desgracias sucedidas en
Jeremías no le han permitido recibir esta orden de la evacuación de la Plaza.9
Enterado de la derrota completa del ejército francés, Kerverseau
esperaba que apareciesen buques ingleses ante la ciudad de Santo
Domingo para capitular. Pero el general L. Ferrand, que comandaba
la plaza de Montecristi, ante la amenaza de ser capturado, salió por
tierra acompañado por unos seiscientos soldados rumbo a Santiago
de los Caballeros, y de aquí se dirigió a la capital dominicana, y ya en
ella destituyó a Kerverseau y lo embarcó para Puerto Rico asumiendo
Archivo General de Indias, Estado, Caracas, legajo 4 (18).
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 99, No. 95.
8
9
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en nombre de la República Francesa el gobierno de la antigua colonia
española de Santo Domingo. Investido del poder colonial, Ferrand
publicó un manifiesto «a los Habitantes Blancos de la isla de Santo
Domingo, refugiados en las Colonias vecinas» –del que envió una copia impresa en francés y español al gobernador de Santiago de Cuba–
excitando a los emigrados y colonos franceses a regresar nuevamente
a Santo Domingo, ofreciéndoles las más lisonjeras perspectivas:
Los Gobernadores de las Colonias vecinas están convidados, en el nombre del Gobierno francés, a procurar a los
antiguos Habitantes Dominicanos, los modos de llegar a
Santo Domingo= Ciudadanos, no tendréis que temer aquí
acaecimiento iguales a los que os forzaron a dejar la isla de
Santo Domingo; y vosotros os hallareis en estado de esperar
a que la Francia, después de haber restablecido la tranquilidad en esta Isla os en posesión de vuestros bienes. Vosotros
viviréis bajo un Gobierno paterno, en una tierra donde los
comestibles serán superabundantes, y donde el comercio, y
la confianza progresan diariamente.10
Doscientos militares de todas las graduaciones –escribe Lemonnier
Delafosse-oficiales, administradores, empleados, residentes en
Santiago de Cuba, respondieron a esa llamada del general Ferrand
Y el 2 de diciembre de 1804 se hizo a la vela un buque con destino a
Santo Domingo conduciendo los primeros repatriados.
Seriamente amenazado por las tropas negras al mando de Dessalines,
que se habían apoderado de varias poblaciones –la región del Cibao
espontáneamente se había incorporado a Haití– y llegaron a sitiar la
ciudad capital, Ferrand envió a La Habana dos funcionarios, Minuti y
Castet, los que entregaron a Someruelos –julio de 1804– un pliego en
el que oficialmente solicitaba el gobernador francés de Santo Domingo
le facilitaran diez mil pesos mensuales, en calidad de préstamo, para
poder hacer frente a las apremiantes escaseces, de aquella administración colonial. Remitidos al Intendente de Ejército, este, en los términos
más corteses, les informó que se hallaba sin facultades para acceder a
la petición. Como el intendente dio cuenta a Madrid de este asunto,
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 44, No. 5.
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por oficio No. 473 de 7 de julio de ese año, fue aprobada su conducta
por Real orden –San Ildefonso 18 de septiembre de 1804– en la que,
recordando quizás la negativa francesa a pagar las deudas contraídas
por Leclerc, Rochambeau, Noailles y Lavalette, se le dijo al intendente:
[...] y enterado S. M. ha resuelto que en los demás casos que
ocurran siga V. S. el mismo sistema en cumplimiento de las
Reales Órdenes comunicadas sobre el asunto: teniendo V.
S. presente y el Capitán General que el Gobierno Francés
nunca ha pedido a nuestra Corte que franquease caudales ni
auxilios a sus Generales en Santo Domingo [...].11
Amenazado por la escuadra inglesa que bloqueaba la isla y sin
recursos de ninguna clase, Ferrand se sintió perdido. Los pocos barcos que había fondeados en el río Ozama fueron asaltados por una
multitud aterrada y famélica que pretendía escapar de los horrores
del asalto. En esos instantes críticos –marzo de 1805– llegó al Placer de
los Estudios la escuadra francesa al mando del contralmirante Missiessy
que no sólo suministró víveres, medicinas y dinero, sino también cooperó con sus armamentos, suficientemente poderosos para aquella
situación, a levantar el sitio de la capital dominicana.
La situación de Haití y Santo Domingo era motivo de graves
preocupaciones no sólo para los esclavistas y traficantes negreros que
veían en peligro sus inmundos negocios, sino también para el régimen
colonial español que temía que el ejemplo dado por los esclavos de
Haití al conquistar heroicamente su libertad se extendiera hasta el
propio continente. Para evitar ese peligro por Real orden, Aranjuez
16 de junio de 1804, al Capitán general de Venezuela se le encargó:
[...] la mayor vigilancia para evitar el roce de aquellas
Provincias con los negros Independientes de la Isla de Santo
Domingo.12
Pero como la estancia de millares de mulatos libres en la ciudad de
Santiago de Cuba y otras de la región oriental de esta isla, procedentes
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 9, No. 5.
Archivo General de Indias, Estado, Caracas, legajo 11(7).
11
12
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de Santo Domingo y Haití, causaba una teoría infinita de conflictos,
abusos y, lo más peculiar, alarma entre los negreros y hacendados,
el Capitán general trató de resolver la situación con sucesivos decretos, como por ejemplo, en el caso de las haciendas inmediatas a
Guantánamo donde se hallaron centenares de negros y mulatos de
procedencia dominicana, que hizo al marqués de Someruelos –oficio
No. 796, La Habana 2 de agosto de 1803– ordenar al Gobernador de
Santiago de Cuba:
Por lo que hace a los individuos de color libres dispondrá
V. S. se forme expediente instructivo sobre los motivos que
tuvieron para emigrar de la Isla de Santo Domingo a esta; y
como que tanto a aquellos como á los esclavos es menester
darles el más pronto destino, respecto a que no deben quedar en la Isla y estar ocasionando costos, providenciará V. S.
igualmente que los libres se hayan remitiendo a los puertos
de la Tierra firme a medida que se bayan proporcionando
ocasiones, pues á mas de que esta gente podrá ser útil en
aquellos vastos territorios, se funda esta provida, en lo practicado con los Negros auxiliares de Santo Domingo que después de la paz con Francia vinieron aquí y con aprovación del
Rey pasaron muchos de ellos a la expresada Tierra firme= En
quanto a los esclavos prevendrá V. S. lo necesario para que
sus Dueños, los extraigan de la Isla dentro de un término, o
por venta o del modo que más le acomode; y esto ha de ser
con la precisa intervención del Gobierno para que le conste
que efectivamente se extraen los esclavos; pero si en el tiempo aplazado no se verificase la salida, entonces hará V. S. con
los esclavos lo mismo que, con los libres, esto es, remitirlos
fuera de la Isla lo que anticipadamente se hará saver a los
amos para que no aleguen ignorancia, y esta misma práctica
se observará en todos los individuos de ambas clases que en
adelante vayan emigrando.13
En julio 30 de 1804, Someruelos trasladó al intendente interino
D. Rafael Gómez Roubaud la Real Resolución comunicada por el
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 65, No. 1.
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Consejo de Indias sobre los hombres de color libres llegados de Santo
Domingo o de otros puertos de las colonias francesas:
[...] A este importante fin contempla el Consejo conbendrá
para con ellos más que otra alguna la bien meditada providencia respecto aun de los libres de color, de conducirlos a
los Puertos de Tierra firme, donde se mantengan de cuenta
de la Real Hacienda, hasta que S. M. resuelva lo que tenga
por más conveniente a su Real Servicio, sin que por ahora
se pueda determinar acerca de su condición de libertad o
esclavitud, hasta que con noticias del número de negros emigrados de esta clase, bien examinada la intención con que
buscan el asilo en las posesiones Españolas [...].14
Así los problemas creados por la independencia de Haití, y la
instalación general Ferrand en el gobierno de la que fuera colonia
española de Santo Domingo, ocupaban gran parte de las actividades
del Gobierno Colonial de Cuba. Al aumento de ellas contribuían
en no despreciable escala los hacendados y negreros temerosos
de que los esclavos cubanos siguieran el ejemplo de sus hermanos
haitianos, y, proclamándose libres, derrumbaran los privilegios y
monopolios en que descansaban las enormes riquezas de que eran
dueños y señores.
También debía atender el gobierno de La Habana, por medio de
la Junta de Emigrados, a los centenares de familias blancas y mestizas
que, procedentes de Santo Domingo, se encontraban en completo estado de miseria. Uno de los tantos casos que pudieran citarse ocurrió
en junio de 1804. A la ciudad de Matanzas llegó un barco procedente
de Montecristi –que antes había hecho escala en Baracoa donde no
pudieron ser socorridas– conduciendo nueve familias con un total de
sesenta personas. A la siguiente semana arribó también a Matanzas otro
barco de la misma procedencia e igual escala con dieciocho familias,
sumando todas cerca de ciento sesenta individuos de ambos sexos y de
todas las edades. Para aliviar su trágica miseria ordenó Someruelos al
intendente Gómez Roubaud –La Habana 30 de julio– se les prestara
urgentemente los socorros que demandaban.
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 68, No. 3.
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Muchos de los refugiados dominicanos eran funcionarios civiles
y militares al servicio de España que, por reiteradas reales órdenes,
disfrutaban de pensiones que debían cobrar en la Real Hacienda de
Cuba con cargo a los situados de México. Pero los pagos se atrasaron
tanto que, fechada en Santiago de Cuba, 31 de enero de 1810, diez
individuos por sí y en representación del resto de los emigrados de
Santo Domingo residentes en aquella ciudad, se dirigieron por escrito
al capitán general Someruelos haciéndole el relato de sus miserias
pues hacía cinco años que no cobraban las pensiones que se les había
señalado. Además, se quejaban de que, a pesar de sus gestiones, no
se les habían facilitado los medios necesarios para regresar a Santo
Domingo.
En Junta sobre Emigrados de Santo Domingo, presidida por
Someruelos –La Habana 23 de marzo de 1810–, informó el Intendente
de Real Hacienda haber pagado, desde que ocupó el cargo, atrasos a
los citados dominicanos por 180,000 pesos, y que remitiría a Santiago
de Cuba 25,000 pesos para aliviar la trágica miseria de los refugiados
allí, y, también, en Baracoa, Holguín y Bayamo. Efectivamente, la goleta de S. M. Conde de Floridablanca, trajo a La Habana el 15 de marzo de
ese año los 25,000 pesos que enviaba el Virrey de México, con cargo al
situado, para socorrer a los dominicanos, y que sirvieron para acallar
un tanto los lamentos de los refugiados.15
◉◉◉◉◉
La grave tensión internacional europea y los particulares conflictos
coloniales en el inquieto Caribe, que la política torpemente guerrerista de Bonaparte creaba, tenían en estas Indias Occidentales, especialmente en Cuba, una decisiva influencia. Al finalizar el año 1804
reinaba entre los hacendados, negreros y comerciantes de La Habana,
Santiago de Cuba y Trinidad, un ambiente de intranquilidad ante los
presagios de una posible guerra. En 28 de noviembre de ese año se
recibió en el Real Consulado de La Habana el oficio de su diputado en
Santiago de Cuba, con fecha 11 de ese mes, avisando que corrían noticias en aquella ciudad de haberse declarado la guerra entre España e
Inglaterra. Y, en un nuevo oficio del mismo funcionario, se adjuntaba,
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 211, No. 62.
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traducida, copia de un diario de Kingston, Jamaica, del día 3, que extractaba una carta confidencial de Londres sobre los preparativos para
iniciar las hostilidades. A lo que acordó la Junta de Gobierno que:
[...] de orden a las voces de rompimiento con Inglaterra más
estando cerciorada la Junta por las posteriormente habidas
de Europa que no tienen fundamento alguno dichas voces,
mandó contestarlo así al Diputado.16
No obstante esa opinión de los miembros del Real Consulado, el
27 de enero de 1805 se presentaron a la vista del puerto de La Habana
dos fragatas inglesas que apresaron varios buques mercantes españoles, dejando al mismo tiempo libre a los neutrales. Y el 30 de ese mismo
mes se recibió la Real orden firmada por Miguel Cayetano Soler –San
Lorenzo 30 de noviembre de 1804– dando aviso de los graves acontecimientos acaecidos en el viejo continente y las medidas que debían
adoptarse en los dominios españoles de América:
No obstante la neutralidad en que estaba la España con
Inglaterra y la buena armonía que conservaba el Rey con el
Gobierno Inglés, faltando este a su decoro y atropellando
el derecho de gentes, ha tenido la conducta extraña de dar
orden para apresar como en efecto se ha executado por una
División de Buques de Guerra Ingleses las quatro Fragatas
de la Real Armada que con registro de caudales venían de
Montevideo, habiendo volado una de ellas, y para que el
Almirante Nelson haya cometido en el Mediterráneo hostilidades, de un modo, no solo escandaloso sino inaudito= El
Rey ha sido sorprehendido con este acto de perfidia que no
tiene exemplar en la Historia de las Naciones Civilizadas: y
en consecuencia ha dado S. M. las providencias que el Sor
Generalísimo Príncipe de la Paz y Sor Ministro de Guerra
habrán ya comunicado al Capitán General para la defensa
y seguridad de esa Isla; y con el mismo objeto ha mandado
que por el Ministerio de mi cargo, se expida orden, como lo
executo con esta fecha, al Virrey de Nueva España para que
Archivo Nacional, Real Consulado y Junta de Fomento, legajo 114, No. 4,820.
16
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envíe los auxilios que V. S. y el Capitán General le pidan; de
modo que nunca pueda alegarse la indefensión por falta de
medios de parte de la Real Hacienda.17
Como también se había recibido, casi al mismo tiempo, la Real
orden de 8 de noviembre, igualmente dirigida también al Intendente
de Hacienda en la que prevenía:
[...] se cierren los puertos de estos Dominios hasta nueva
orden, con el fin de no exponer los intereses Reales y del
comercio a las contingencias que ofrece el estado de los negocios pendientes entre las Cortes de España y Londres [...]
[...] celebraron el Capitán general Someruelos y el Intendente
interino de Real Hacienda Gómez Roubaud, los días 31 de
enero y 1 de febrero, dos reuniones extraordinarias en el
Palacio de Gobierno de La Habana. En ellas se trató no sólo
de los ataques ingleses a los barcos españoles sino también
de la crisis que amenaza al comercio con la aplicación de las
citadas Reales Ordenes, y [...]
[...] en vista que no deben esperarse de la Península, ni de
las Américas Españolas por suceder lo mismo que en esta
Isla de cerrarse los puertos, quando ella funda su mayor
subsistencia en los que les envían de fuera de las referidas
Posesiones [...]
tomaron, lo que ellos mismos calificaron como una pronta y extraordinaria providencia, el acuerdo de suspender mientras las circunstancias lo exigieran los privilegios de introducción de harinas que
explotaban el conde de Mopox y D. Francisco Figueras, permitir la
entrada de todo buque neutral que viniera con víveres. Es decir, la
libertad de comercio.18
Al romperse las trabas que impedían su desarrollo, el comercio
de los Estados Unidos hubo de adquirir preponderancia económica
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 9, No. 8.
Ibídem, legajo 4, No. 44-a.
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en Cuba. Y comenzaron a acentuarse las proyecciones del naciente
poderío norteamericano. Primero en sus intentos de apoderarse, con
la llamada Ley de Mobila, de la Florida Occidental y, después, en la
decidida recomendación de Jefferson de extender el dominio norteamericano a Cuba. Así, pues, en la sesión de la Junta de Gobierno
del Real Consulado en 13 de marzo de 1805 para conocer oficialmente el Real Manifiesto declarando la guerra a la Gran Bretaña, hubo de
comenzar a estudiarse las nuevas condiciones históricas adversas a los
intereses esclavistas que sus miembros representaban, para dictar las
medidas adecuadas para la supervivencia de los que disputaban del
rápido desarrollo económico de la isla, amenazada por los corsarios
ingleses y la insaciable voracidad de los norteamericanos.
La Junta de Guerra, celebrada en La Habana el 21 de septiembre
de 1805, bajo la presidencia de Someruelos y con la asistencia del
comandante general de Marina, D. Juan de Villavicencio, y el director general de Tabacos Intendente interino de Hacienda, D. Rafael
Gómez Roubaud, tuvo como punto principal estudiar las medidas que
debían adoptarse, en vista de los graves perjuicios causados por los
corsarios ingleses que en tres ocasiones habían atacado ese año los
puertos de la jurisdicción de Puerto Príncipe, dos de ellos en el de
Nuevitas, para contrarrestar las agresiones que partían sistemáticamente de las Bahamas.19
Esta guerra con la Gran Bretaña causó daños de consideración a la
economía esclavista de Cuba. Y el gobierno de la colonia vivió en un
estado de alarma constante por los repetidos ataques de los corsarios
a los puertos y ciudades cubanas. A principios del año 1806, dos corsarios sorprendieron y saquearon el surgidero y pueblo de Batabanó al
sur de la ciudad de La Habana, llevándose unos cuantos prisioneros.
El 23 de agosto de ese mismo año, casi a la vista del Castillo del Morro,
dos fragatas británicas atacaron a la española Pomona que, perseguida,
embarrancó en Cojímar, donde tuvo que arriar bandera después de
un duro combate, y haber salvado los españoles más de ciento sesenta
mil pesos plata que traía de Nueva España para la Real Hacienda de
Cuba.
El 27 de julio de 1807 atacó la ciudad de Baracoa un escuadrón
naval inglés procedente de las Bahamas compuesto por un navío, una
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 4, No. 44-a.
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fragata y una goleta pequeña. Bombardearon los fuertes y desembarcaron unos cien hombres en la playa de la Miel. Una tropa improvisada
en Baracoa integrada por milicianos y ochenta refugiados franceses
voluntarios, sorprendieron a los ingleses, les hicieron unas doce bajas
y condujeron al resto prisioneros. Como uno de los barcos atacantes
sufrió serias averías al ser alcanzado por los cañones de los fuertes, se
retiraron los ingleses derrotados.
La guerra les sirvió a los ingleses para hacerse dueños del Caribe.
Ocuparon Curazao, las Antillas Danesas, Martinica y la Guayana. Y se
prepararon a lanzarse sobre Cuba, pese a que les podía provocar un
serio conflicto con Estados Unidos que ambicionaban extenderse hacia las Floridas y el Caribe. En 20 de enero de 1808 recibió Someruelos
un oficio reservado del Ministro de la Guerra informándole que la
Gran Bretaña se preparaba a atacar la ciudad de La Habana, y estaba
reuniendo con ese fin una fuerte escuadra para convoyar los barcos
que conducirían a estos mares un ejército de 20,000 hombres.
Y cuando mayor era la ansiedad de los gobernantes coloniales de
Cuba, el nuevo Intendente de Hacienda, D. Juan de Aguilar dio cuenta a Someruelos –17 de julio de 1808– de la sublevación del pueblo
español contra la invasión francesa, y, en consecuencia, el cambio de
la correlación de fuerzas internacionales: Inglaterra se convertía en
aliada de España y la Francia bonapartista en enemiga.
Y el 26 de noviembre de ese año, el brigadier Kindelán, gobernador de Cuba, informaba a Someruelos de la sublevación de Santo
Domingo, y que el brigadier D. Juan Sánchez Ramírez ocupaba el
gobierno de aquella colonia en nombre del rey de España.
◉◉◉◉◉
La Revolución de los Esclavos de Santo Domingo y la constitución del Estado Libre de Haití, la segunda nación independiente de
América después de los Estados Unidos, era el tema que compartía,
junto con el de las guerras contra Bonaparte, la atención tanto de
las autoridades hispanocoloniales del Caribe como de los agentes
diplomáticos de las potencias coloniales. Así vemos que en oficio
No. 146 de 4 de enero de 1804, el capitán general de Venezuela, D.
Manuel de Guevara Vasconcelos, da cuenta desde Caracas al Ministro
de Estado del resultado del viaje del agente enviado por él al Guarico
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conduciendo al coronel francés Ross. En el informe manifiesta el
agente que varios refugiados franceses le aseguraron en St. Thomas
que el general negro Dessalines se titulaba General de Méjico y Xefe de la
Casa de los Incas, baxo la protección de las Armas Británicas, pero que en
los documentos oficiales no usaba ese título.20 Y el mismo funcionario,
carta No. 158, Caracas 24 de abril de ese año, acompañaba al Ministro
de Estado copia de una proclama de 1 de enero del «General de los
Negros Juan Santiago Dessalines excitando a los habitantes de Haití a resistir
a los franceses y a sostener la independencia».21
En 3 de septiembre de 1806, el Encargado de Negocios de Francia en
Madrid entregó una nota al Ministro de Estado español participándole
confidencialmente la salida de Haití de algunos emisarios de Dessalines,
con el evidente propósito de sublevar los esclavos de las colonias americanas de las potencias europeas. Lo que dio lugar a la Real orden de
14 de septiembre participando a los Virreyes, Capitanes generales y
Gobernadores de América que, en vista de la citada nota francesa, S. M.
quiere que todo hombre de color que llegue de Santo Domingo a las
colonias españolas sea inmediatamente arrestado, como igualmente los
colonos con quienes tengan relaciones dichos emisarios. Y Someruelos,
al transcribir al Gobernador de Santiago de Cuba la Real orden citada
que le había enviado el Ministro de Estado, hace notar que a pesar de
las repetidas órdenes dadas por el Gobierno de la isla para que no se
permitiera la entrada de personas de color libres, no sólo de la isla de
Santo Domingo, sino también de las demás colonias extranjeras, en la
práctica se seguía tolerando la llegada de millares de mulatos y negros
libres en los puertos de la región oriental de Cuba.22
Y no era sólo el temor a la llegada de emisarios lo que inquietaba
a los colonialistas y traficantes de esclavos de la isla de Cuba, sino también las posibles consecuencias de la situación político-social de Haití
y Santo Domingo que a sus ojos aparecía estimulada por Inglaterra,
entonces enfrascada en una nueva contienda armada frente a España
y Francia. La alianza entre estas dos naciones hacía que tanto el general Ernouf, gobernador de Guadalupe como el general Ferrand que
lo era de Santo Domingo, trataban de conseguir en Cuba la ayuda
Archivo General de Indias, Estado, Caracas, legajo 11, No. 7.
Ibídem, No. 3 y 4.
22
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 142, No. 34 y legajo 138, No. 59.
20
21
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necesaria para hacer frente a los ingleses. Hubo un acuerdo entre los
citados generales y las autoridades navales de La Habana –del que
fue autor el comandante general de Marina, Araoz– para conceder
patentes de corso a los armadores norteamericanos, principalmente,
a fin de atacar el intenso tráfico comercial inglés en el Caribe. Lo que
dio ocasión a que en Santiago de Cuba se intentaran establecer agentes de aquellos gobiernos que, como en el caso de Garland –junio
de 1805– dieron lugar a múltiples conflictos y reclamaciones. Que se
agudizaron como consecuencia de la derrota sufrida por los franceses
en el combate naval de la Ensenada de Palenque el 6 de febrero de 1806.
La escuadra francesa que, al mando del contralmirante Leisseigue,
había salido de Brest el 3 de diciembre de 1805, integrada por cinco
navíos, dos fragatas y una corbeta, fondeó en Santo Domingo el 22
de enero de 1806, aportaba abastecimientos, noticias y órdenes de
cooperar con los corsarios contra el comercio inglés. Hacía tres años
que el general Ferrand no recibía el menor auxilio de la metrópoli,
todo cuanto le llegaba del exterior venía de Cuba. Y el 6 de febrero apareció la escuadra inglesa mandada por el almirante Sir John
Duckworth, en dos divisiones a las órdenes de los contralmirantes
Alexander Cochrane y Thomas Lowes. El marino francés que conocía
las deficiencias técnicas de unas tripulaciones improvisadas, quiso acoderar sus navíos a las baterías de tierra para hacer frente a los ingleses,
pero el general Ferrand le obligó a cambiar su plan, y le hizo aparejar
para hacerse mar adentro y eludir el combate. Fracasó la maniobra, y
pese a su heroica demostración de coraje sufrió una aplastante derrota. Tres buques pudieron escapar, dos navíos, Le Júpiter y L’Alexander,
fueron apresados por los ingleses; L’Brave, quedó fuera de combate
al iniciarse la lucha, L’Imperial y La Diomède embarrancaron saltando a
tierra sus tripulaciones. Definitivamente los ingleses quedaron dueños
absolutos de las rutas marítimas del Caribe.
Los ingleses intentaron apoderarse de la bahía de Samaná, pero
fracasaron. En ella había construido Ferrand una pequeña población,
Puerto Napoleón, entusiasmado no sólo por las riquezas que ofrecía la
explotación de una tierra virgen sino también por las posibilidades
estratégicas que brindaba su extensa bahía, que ya había llamado la
atención de Floridablanca veinte años antes, y que en el futuro habría
de ser motivo de codiciosos proyectos por parte de los Estados Unidos
y las grandes potencias europeas.
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La derrota sufrida obligó al general Ferrand a recurrir de nuevo
a Cuba en busca de los recursos que Bonaparte no podría enviarle
nunca más. Sabía que el gobernador de Guadalupe, general Ernouf,
remitía las presas de sus corsarios a Santiago de Cuba para recibir, en
cambio, los auxilios que urgentemente necesitaba con mayores facilidades que él, y en una carta bastante impertinente al general Kindelán,
gobernador de Santiago de Cuba, dio rienda suelta a todas sus quejas
infundadas. Acompañaba a su carta copia de un oficio de Decrés,
Ministro de la Marina y de las Colonias del emperador Napoleón, en la
que le informaba haber trasladado al titular de Relaciones Exteriores
las reclamaciones del general Ferrand por los supuestos malos tratamientos que sufrían los refugiados franceses en Cuba, y que este había
presentado al Gobierno de España. Como consecuencia de esas gestiones diplomáticas se había dictado la Real orden, firmada por Cevallos,
Madrid 1 de agosto de 1806, en la que S. M. Carlos IV mandaba a
decir al Capitán general de la isla y al gobernador de Santiago de Cuba
que, además de ofrecer los auxilios y protección que necesitasen los
colonos franceses huidos de Santo Domingo, estén:
[...] atentos a todos los eventos que podrían suceder, a fin
de interponer su autoridad y facultad al efecto de componer
amigablemente las diferencias que podían acontecer entre
aquellos refugiados y aun con Españoles, sin intervención
judicial [...].
Esta Real orden, no era original, sino una copia en francés, avalada por la firma del general Bournonville, del Ministerio de Marina
y Colonias, y que Ferrand envió junto con la citada carta dirigida a
Kindelán. Este, molesto, en oficio No. 1702, Santiago de Cuba 14 de
julio de 1806, dijo al capitán general Someruelos:
Acompaño a V. E. copia de un oficio que me ha dirigido
el Capitán General interino de Santo Domingo L. Ferrand
insertándome las de una Real orden que parece expedida de
nuestra Corte con fecha 1 de agosto del año pasado de 805
con dirección a V. E. tratando de que se den a los franceses
refugiados en esta Isla los auxilios y protección que sean conformes a la humanidad de nuestras Leyes; y contrayéndome a
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lo que el citado General expone a la conclusión de su citada
carta, no puedo dejar de recomendar a la consideración de
V. E. todo quanto consultando a sus superiores disposiciones
ha hecho este Gobierno en favor de los expresados franceses
que desde la evacuación de Santo Domingo se ampararon
en esta Plaza, y la novedad que me causa sobre la preferencia
que me dice haber yo dado a los Agentes del Gobierno de la
Guadalupe sobre los suyos de Santo Domingo, respetto a que
ni unos ni otros han sido reconocidos bajo tales funciones
en la comprehension de mi Govierno y que como simples
particulares ha sido igual la atención que les he dispensado
= También extraño la observación que me hace de haber
rehusado mi permiso a los franceses que lo han solicitado
para aquellas Colonias no siendo cierto este embarazo pues
a quantos los pretenden se les acuerda el correspondiente
Pasaporte; y si siente que se les niegue a los Dominicanos
Españoles no depende esto de mi arbitrio, sino de las órdenes Soberanas que V. E. oportunamente me comunicó para
impedirlo.
En 30 de julio recibió Someruelos, en La Habana, la documentación remitida por Kindelán sobre las cuestiones planteadas por
el gobernador francés de Santo Domingo. Directamente contestó a
Ferrand en términos mesurados pero enérgicos –4 de agosto de 1806–
de cuya carta envió copia ese mismo día al general Kindelán:
[...] Sobre el contenido de las dos copias que V. E. acompaña,
una de la Real orden de S. M. C. expedida por el Ministerio
de Estado acerca de socorro y protección a los Emigrados
franceses de Santo Domingo refugiados en esta Isla; y la otra
de carta escrita a V. E. por el Excelentísimo Señor Ministro de
Marina y Colonias, participando haber recomendado al Señor
Ministro de Relaciones Extrangeras las reclamaciones que los
Agentes enviados por V. E. á esta Isla le han hecho en favor
de los Franceses de que se hace mención; digo á V. E., que
aun no he recibido la Real Orden de mi Soberano de que se
trata, sin duda por el extravio de Correos en el actual tiempo de Guerra, pero como el asunto a que es referente se ha
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cumplido exactamente por mí y mis Subalternos en esta Isla,
y son buenos testigos los muchos Franceses que han estado y
aun existen en la Isla, tratándoles en los propios términos que
á los Españoles; me causa bastante admiración me diga V. E.
que al recibo de dicha Soberana resolución habré tomado seguramente medidas para hacer cesar las vejaciones de que han
tenido motivo de quejarse, tantas veces los Franceses, y como
nada de eso me consta, pues estoy persuadido de lo contrario
según llevo dicho, espero me informe V. E. que franceses han
sido vejados en La Habana y demás Pueblos de la Isla, en que
tiempo lo han sido, quienes, por quienes, y de qué modo; y
también, si de alguna de las vejaciones que se dicen ha sido
sabedor el Gobierno; y por quien se le haya dado parte, como
era debido, para la providencia correspondiente; pues sin que
preceda esta precisa circunstancia, no puede absolutamente
remediarse la falta donde esté. El gran número de franceses
que voluntariamente reside en La Habana y demás Pueblos
de la Isla y sus Campos, es el mejor testimonio de que no son
vejados, insultados, ni tratados mal; por el contrario acredita
que son muy bien atendidos y mirados con consideración,
como ha sucedido y sucede hasta ahora = En quanto a que
la orden citada de mi Soberano aprueva la presencia de los
Agentes del Gobierno de Santo Domingo en los dominios
Españoles y en particular en esta Isla: no lo entiendo yo así;
por lo tanto ratifico á V. E. lo mismo que le tengo dicho en varias ocasiones de que no tengo arbitrio para admitir en la Isla
de mi mando a ningún individuo extranjero con Comisión
permanente, mientras no preceda orden terminante y expresa para cada caso de mi Soberano.= Por lo que hace que jamás
los Gobernadores de la Isla de Barlovento han debido corresponderse con las autoridades de la Isla de Cuba, con lo demás
que V. E. añade con este motivo, contesto a V. E.; que no es
asunto de esta Capitanía General, pues mientras se entiendan
con ella, ha de escribírseles por exigirlo así la atención entre
Xefes de Potencias Amigas y aliadas, sin que por esto haya por
mi parte condescendencia ni disimulo sobre Agentes, ni otra
persona con semejante titulo, por no residir en mis facultades
para como dixo dicho arriva; no siendo tan poco cierto que los
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Sugetos Comisionados por el General de la Guadalupe hayan
sido distinguidos y mirados con preferencia que los que han
venido de esa Isla, pues este Gobierno siempre ha procedido
en estos casos con toda imparcialidad propia de su carácter– Y
finalmente que no permita yo se niegue a los franceses emigrados, como dice V. E. ha sucedido cien veces, la autorización
quando la solicitan para embarcarse y volver a sus hogares;
digo á V. E. que a ningún francés se ha negado la licencia que
ha solicitado para regresar á dicha Isla, ó a otro parage que
le haya acomodado; no estando en igual caso los Emigrados
Españoles en la de Santo Domingo, pues en estos ha gastado
el Gobierno Español sumas considerables para transportarlos
a Colonias Españolas, conforme les ha acomodado y solicitado
por ellos, socorriéndoseles, además a todos por el Real Erario
para su manutención.23
Y como los argumentos de Someruelos eran irrebatibles, el general
Ferrand prefirió dar la callada por respuesta, pues no quería romper
relaciones con el único gobierno que le facilitaba los medios para hacer frente a ingleses y haitianos. Suponía él, además, que entraba en un
período de relativa tranquilidad pues el peligro de un posible ataque
que partiere de Haití había cesado con la desaparición de Dessalines,
que, habiéndose proclamado emperador de Haití –consagrado en el
Cabo el 6 de octubre de 1804 bajo el nombre de Jacques I– fue asesinado por un grupo de soldados sublevados por los agitadores a sueldo
de los agiotistas, contrabandistas y ladrones de tierras, mulatos en su
casi totalidad, el 17 de octubre de 1806 en Pont-Rouge. La muerte
del héroe máximo de la independencia haitiana provocó la guerra
civil, y la división del país en dos: el Sur y el Oeste bajo la dictadura de
Alejandro Petion, y el Norte dominado por Henri Christophe. El proyecto de unir los pueblos de la isla de Santo Domingo bajo una bandera revolucionaria –que había sido la obra a que Toussaint Louverture
consagró sus energías constructivas, y que tanto temían los traficantes
de esclavos y los colonialistas europeos– se desvanecía ante la crisis que
envolvía a Haití, y amenazaba con destruir la independencia que con
tantos sacrificios se había logrado.
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 138, No. 33.
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La calma que se prometía Ferrand le duró poco tiempo. La inesperada agresión de Bonaparte a España, y la heroica resistencia
del pueblo español a los invasores franceses, cambió radicalmente la
correlación de fuerzas internacionales. Inglaterra de enemiga se convirtió en aliada de España, y la tradicional alianza franco–española que
se sostenía a pesar de las peculiares contradicciones históricas desde
el famoso Pacto de Familia, quedó hecha trizas. Y las primeras consecuencias de la guerra contra Bonaparte hubo de sufrirla el gobierno
colonial francés del antiguo Santo Domingo español.
Las noticias de Europa produjeron una intensa conmoción entre
los dominicanos y españoles que, si hasta entonces habían aceptado
sin protesta alguna la dominación francesa por defender sus intereses esclavistas –Ferrand había restaurado la servidumbre negra abolida por Toussaint– al modificarse las condiciones históricas de ese
período, se alinearon con rapidez para luchar contra los franceses.
Juan Sánchez Ramírez, que al ocurrir la ocupación en 1801 se había
refugiado en Puerto Rico, de donde hubo de regresar tres o cuatro
años después, fue el líder máximo del movimiento armado contra
los franceses. Antonio López de Villanueva, Ciriaco Ramírez, José
Cordero, Francisco Fernández de Castro, Pedro Santana, fray Ignacio
Morilla y otros le secundaron. Alentados por el capitán general de la
isla de Puerto Rico, D. Toribio Montes, que, por mediación de D. José
Moreno, capitán de una goleta contrabandista, distribuyó proclamas
incitando a los dominicanos a sublevarse. La insurrección encontró
un campo abonado para propagarse. El 1 de noviembre de 1808, la
fragata de guerra inglesa Franchise convoyó la expedición enviada por
el gobernador de Puerto Rico con doscientos veteranos voluntarios
y abundantes armamentos y municiones. Con esos refuerzos derrotó
Ramírez a los franceses en el combate de Palo Hincado, en cuya acción
se suicidó el general Ferrand, sucediéndole en el mando el general
Barquier. Mientras tanto la escuadra inglesa se apoderó de Samaná y
estableció el bloqueo sobre Santo Domingo.
Proyectada por D. Ciriaco Ramírez, cabeza de movimiento en los
pueblos del Sur, se reunieron los complicados en la sublevación el 13
de diciembre de 1808 en Bondillo, con el carácter de diputados de la
parte española de la isla de Santo Domingo, nombrados por sus respectivas jurisdicciones. En ella se acordó nombrar a D. Juan Sánchez
Ramírez gobernador político y militar, reconocer a D. Fernando VII
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por legítimo rey y la autoridad de la Suprema Junta Central de Sevilla.
Una vaga tradición, sin embargo, –escribe D. Federico Henríquez y
Carvajal– no comprobada hasta ahora, pretende que en el famoso
«Consejo de Bondillo», convocado por Juan Sánchez Ramírez, el Jefe
de la Reconquista, a fines de 1808 hubo un voto en contra de la reincorporación de Santo Domingo a España y a favor de la constitución
de un Estado libre y soberano. Ese voto –que tal vez sólo fuese una
opinión incidental y aislada– se le atribuye al promotor y jefe de la
revolución reconquistadora en las comarcas de la Maguana: D. Ciriaco
Ramírez. Es una mera tradición y se confunde con la leyenda.24
Con la ayuda de una división naval a las órdenes del contralmirante W. Price Cumby y tropas de desembarco comandadas por el mayor
general Sir Hugh Lyle Carmichael, el 15 de julio de 1809 la ciudad de
Santo Domingo se rindió a los ingleses. Estos, después de asegurarse
las ventajas que el nuevo gobierno concedería al comercio inglés, entregó el mando al brigadier D. Juan Sánchez Ramírez. Del formidable
ejército que Bonaparte envió a Santo Domingo, 150 oficiales de todas
las armas, justicia, administración, culto, y 320 sargentos y soldados
fueron los únicos que salieron de aquella isla que, de acuerdo con las
cláusulas de la capitulación, los trasladaron a los Estados Unidos en
barcos mercantes ingleses desembarcando la mayor parte en Filadelfia
el 4 de octubre de 1809.
Antes de retirarse, los ingleses arrasaron con todo lo que pudieron
llevarse. El general Carmichael, después de reembolsarse los gastos
que había hecho durante la guerra, tomando a cuenta grandes partidas de maderas preciosas pertenecientes a los comerciantes franceses,
los cañones de bronce, y las campanas de las iglesias y cuantos objetos
de algún valor encontró en la casi destruida capital dominicana, se
retiró a Jamaica.
◉◉◉◉◉
La incapacidad y torpeza política del favorito Godoy que hubo de
convertirse en un simple juguete de la sed de oro y de barcos que sufría
Bonaparte, condujo a España por el camino del desastre y de la ruina.
Bien es verdad que, aun antes de que el funesto privado tuviera en sus
Federico Henríquez y Carvajal, Un prócer reaccionario, La Habana, 1926.
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inhábiles manos las riendas del poder, España, dinastía y nación, se mostraba impermeable a introducir las reformas burguesas –capitalistas que
en la vida moderna de los pueblos europeos habían surgido con la clarinada revolucionaria francesa. Y, desde los tiempos de Floridablanca,
se había encerrado en un aislamiento intransigente que no permitió
la infiltración de las corrientes progresivas de aquel período histórico.
Así pues, la opinión pública recibió con no disimulada desconfianza los
arreglos de Godoy –a quien el pueblo español odiaba con ahincado rencor por sus escándalos y trapacerías– con los enviados del emperador de
los franceses, entonces en el apogeo de su carrera guerrerista.
Las negociaciones de los subsidios, realizadas por el banquero español José Martínez Hervás, amigo y agente confidencial de Godoy en
París, y las serviles humillaciones de este ante Bonaparte, que para los
españoles –cuya mentalidad permanecía alejada de cualesquiera veleidad revolucionaria y poco dispuesta a dejarse imponer a la fuerza teorías que estimaba heréticas– representaba el hombre de la Revolución
francesa, trascendieron a amplias capas de la población madrileña
creando un ambiente de hostilidad y desconfianza hacia los reyes y su
favorito. El embajador francés en Madrid, general Beurnonville, contribuyó con su desacertada gestión a la mala voluntad de los ministros
de Carlos IV.
La cuestión de Portugal en que el ciego egoísmo de Godoy puso
a España en manos de Bonaparte, y la creencia de este, alentada por
Murat y Talleyrand sobre todo, en las supuestas enormes riquezas en
materiales y medios marítimos que poseía España y les eran indispensables para aplicar el bloqueo continental, precipitaron la loca imprudencia bonapartista de apoderarse de la península ibérica. Política
que comenzó a proyectarse con la firma del tratado franco español de
Fontainebleau en 29 de octubre de 1807. Las tropas francesas penetraron en tierra española con destino a Portugal. Junot se apoderó de
Lisboa el 30 de noviembre de 1807.
La crisis española cobró intensidad El 27 de octubre de 1807, se
descubrió la llamada conspiración de El Escorial, que provocó la prisión del Príncipe de Asturias. El 17 de marzo de 1808, dirigido por
el famoso conde de Montijo, el motín de Aranjuez obliga a Godoy a
renunciar y huir para salvarse de las iras del pueblo madrileño. El rey
Carlos IV abdica en favor de su hijo Fernando y se refugia en Bayona
bajo la protección de Bonaparte.
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Para el pueblo español el nuevo rey Fernando VII es su héroe: el
Deseado. Rey aclamado por sus súbditos, no es aceptado por Bonaparte
que no lo reconoce. Las tropas francesas inundan a España. Los
Borbones –Carlos IV y María Luisa, y el flamante Fernando VII– representaron ante Napoleón las grotescas escenas de Bayona, donde
se habían refugiado, y abdicaron de sus derechos en manos del todo
poderoso emperador. José Bonaparte recibió orden de venir a ocupar
el vacante trono de España.
Pero Napoleón no había contado con el heroico pueblo español. El
2 de mayo de 1808 se sublevó Madrid contra el invasor extranjero. En la
defensa del Parque de Artillería, junto a Daoiz y Velarde, se distinguió
un cubano, el joven habanero Rafael de Arango y Núñez del Castillo. Y
el 22 de julio de 1808 con tropas veteranas y voluntarios españoles, el
general Teodoro Reding derrota a Dupont en Bailén. Impulsado por el
correcto instinto político tan peculiar en las masas populares, se crearon
en toda España las llamadas juntas que asumieron la responsabilidad de
dirigir la nación abandonada cobardemente por sus gobernantes. La
Suprema Junta Central, de Sevilla, en nombre de Fernando VII, sería la
rectora del gobierno de España y de las Indias.
◉◉◉◉◉
Las noticias sobre los sucesos de España las trajo a Cuba el nuevo
Intendente de Hacienda, D. Juan de Aguilar y Amat, que llegó al puerto
de La Habana a bordo de la fragata americana Despach el 17 de julio de
1808. Al publicarse ese mismo día en el diario Aurora, órgano oficioso
del Gobierno Colonial, la proclama del marqués de Someruelos a los
Habitantes de la Isla de Cuba, hijos dignos de la generosa Nación española,
en que se anunciaba la invasión de los soldados de Napoleón y en
consecuencia el peligroso y funesto caos en que se halla sumergida la madre
patria, causó una indescriptible emoción en todas las capas de la población cubana, inclusive entre los negros y mulatos libres o esclavos.
Y produjo el movimiento –que fue tachado de abrigar ocultas miras,
independentistas– para organizar a semejanza de las de España una
Junta Superior de Gobierno en La Habana, cuyo proyecto fracasó en
su etapa inicial por la oposición del conde de Casa-Barreto en primer
término, secundado por un grupo de altos funcionarios enemigos de
Someruelos, entre los cuales se contaban D. Rafael Gómez Roubaud,
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que estaba al frente de la Factoría de Tabacos, y el teniente general D.
Juan de Villavicencio, comandante general de Marina.
Tanto Someruelos como el gobernador de Santiago de Cuba,
Kindelán, acusados de afrancesados, tuvieron que hacer frente a los gravísimos problemas acarreados por la guerra hispano-francesa. Y si bien
es verdad que la alianza británica brindaba una amplia protección a la
defensa en la Isla, no es menos cierto que los tortuosos manejos diplomáticos norteamericanos cerca de Bonaparte inspirados por Jefferson y
Adams, con el propósito de apoderarse de la Florida y Cuba, y los emisarios enviados a La Habana para preparar el apoyo de los negreros y
hacendados cubanos al logro de esos planes, hacían temer a Someruelos
que, con la posible noticia de la rendición de España a los franceses,
se produjese igualmente –como ocurrió con la Luisiana– la orden de
entrega de la isla a los voraces expansionistas norteamericanos.
A empeorar la situación contribuía el crecido número de refugiados franceses que había en Cuba, singularmente en la región oriental
de la isla. El Bando del marqués de Someruelos, reproduciendo la
declaratoria de guerra, publicado en La Habana el 23 de julio de 1808,
provocó una serie de motines populares contra los franceses en la capital de la isla. La Suprema Junta de Sevilla, en ese documento, en
nombre de Fernando VII y de toda la Nación Española, declaraba la
guerra al emperador Napoleón I, y a la Francia mientras esté bajo su
dominación y mandaba a todos los Españoles:
[...] obren con aquellos hostilmente, y les hagan todo el daño
posible, según las leyes de la Guerra, y se embarguen todos
los buques franceses surtos en nuestros Puertos, y todas las
propiedades, pertenencias, y derechos, que en qualquiera
parte de España se hallen, y sean de aquel gobierno, o de
qualquiera individuo de aquella Nación.
Complementó esa disposición otra Real orden, dictada por la
Suprema Junta Central Gubernativa, Sevilla, 2 de febrero de 1809, en
la cual:
[...] en nombre del Rey D. Fernando Séptimo ha decretado y
decreta se embarguen y secuestren todos los bienes y efectos
de los franceses residentes en España [...].
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En junio de ese año, recibió el marqués de Someruelos esas disposiciones acompañadas de una Real orden, firmada por Saavedra, en
Sevilla a 10 de febrero, en la que se le decía:
De orden del Rey Nuestro Señor D. Fernando VII, y en su
Real nombre la Junta Suprema de Gobierno de estos y esos
dominios, remito a V. S. un exemplar del Real Decreto de
dos del corriente por el qual ha creado S. M. una Junta de
represalias, a fin de que les sirva de gobierno.
A pesar de la oposición del Intendente de Hacienda, D. Juan de
Aguilar, que, semanas después, en oficio a D. Francisco de Saavedra
se quejó de la resolución del gobernador Someruelos, este, en 19 de
junio de 1809, dictó el Bando que creaba en La Habana la Junta: D.
José Antonio Ramos, Oidor en la Real Audiencia, como presidente, y D. Domingo Santibáñez, Auditor de guerra, y el licenciado D.
Luis Hidalgo Gato, abogado, como vocales, actuando de escribano
D. Miguel Méndez. El citado bando fue hecho público con toda la
pompa y solemnidad de aquellos tiempos. Al toque de cajas y demás
instrumentos bélicos con el acompañamiento de una compañía de
granaderos, y una manga de sargentos.
Y el primer acuerdo de la flamante organización consistió en dictar
un bando que hubo de provocar verdadero pánico entre los franceses
refugiados de Santo Domingo, ya que en el mismo, bajo la firma del
escribano D. Miguel Méndez, se advertía que
[...] en uso de las facultades que a la Junta de esta capital competen, ordena y manda que todos sus vecinos acudan dentro
de tercero día a manifestar quantas pertenencias existan en
su poder correspondiente a franceses, a quienes tampoco se
exonera de esta obligación, lo que verificaran por una nota
firmada de su mano ante el presente Escribano.25
La aplicación de esas medidas, y la serie de abusos y atropellos a que
dieron lugar, ocasionaron la huida en masa de los colonos franceses
y sus familiares. Una cantidad que se estima en doce o diez y seis mil
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 482, No. 18,659.
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hombres y mujeres de todas las edades huyeron de la región oriental
de Cuba para refugiarse en Nueva Orleans. Se quedaron los mulatos
que, por las discriminaciones raciales norteamericanas, temían trasladarse a los Estados Unidos, y aquellos que se habían naturalizado. Y
fueron salvados de las garras de sus perseguidores –que bajo el manto
del patriotismo sólo pensaban en apoderarse de sus riquezas– por la
resuelta actitud del marqués de Someruelos y el brigadier Kindelán
que les ofrecieron todo su apoyo.
Muchos franceses, al huir, se llevaron consigo sus esclavos, joyas
y otros valores, amparados por los agentes contrabandistas que mantenían el ilícito comercio con puertos de los Estados Unidos. Y a esto
se refiere la Real orden de 21 de abril de 1810 dirigida al marqués de
Someruelos, recibida por este en 12 de julio, en la que se dice por el
Secretario de Estado y del Despacho de Hacienda:
Por la carta de V. E. de 10 de noviembre último No. 258 y
copia del oficio que le dirigió el Gobernador de Cuba, se ha
enterado el Consejo de Regencia en nombre del Rey nuestro Señor D. Femando 7º de haberse fugado varios franceses
con los negros de los cafetales de su propiedad con motivo
de algunas providencias de la Junta de Represalias sobre
dicha clase de bienes franceses embarcándose con rumbo
a Nueva Orleans; y conviene S. M. en que por los motivos
que V. E. indica no se reclamen los referidos Franceses y sus
esclavos a aquel Gobierno; pero quiere que tanto V. E. como
los demás Gefes en esa Isla vigilen y tomen las medidas más
eficaces y convenientes a evitar iguales sucesos por las fatales
consecuencias que de verificarse pueden resultar, atendidos
los conocimientos que tienen del País y caminos aun de los
extraviados.26
La parte final de esta Real orden tiene alguna relación con el temor
que abrigaban los gobernantes hispanos, con sobradas razones, de que
Bonaparte intentara promover en las colonias de América movimientos revolucionarios entre los descontentos con el régimen existente,
ayudados por los franceses perseguidos y extorsionados en Cuba. Ya
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 211, No. 156.
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Someruelos, en 15 de marzo de ese año, había oficiado al gobernador
de Santiago de Cuba sobre la amenaza de emisarios bonapartistas:
Además de los que consta en el bando que dirigí a V. S. en
oficio de 12 de febrero próximo, y en la Adición comunicada
en 18 del mismo, sobre los emisarios franceses que habían
llegado a los Estados Unidos para turbar las colonias españolas; añado ahora que por las últimas noticias que he tenido
resulta que con tres agentes principales de José Napoleón llegaron a Baltimore cincuenta subalternos para varios puntos
de dichas colonias; que la mayor parte son españoles, y que
los que no lo son hablan perfectamente el castellano; que algunos habían salido ya para esta Isla con el fin de continuar
a Veracruz, Honduras, Venezuela y Portovelo; que un tal
Pavasot, criollo de San Marcos, en la Isla de Santo Domingo,
habiendo ido a Baltimore a mediado de enero para pasar a
Jamayca con objeto de sublevar los negros, y hacer una revolución en aquella isla, habían salido con el mismo fin otros
emisarios para esta isla; y que ha efecto de poder introducirse
vienen disfrazados de Marineros, cocineros, contramaestres,
negociantes, etc., que las expediciones que Bonaparte tiene
preparadas en Italia y Francia, tratarán de introducirse por.
Baracoa y que se sospecha que el mulato Petion los auxiliará,
que uno de los comisarios que han salido para las colonias
españolas es Mr. Duelos que estuvo al servicio del Señor D.
Carlos IV con el empleo de capitán de fragata y ahora al de
José Napoleón con el grado de capitán de navío; que otro
comisario es un tal Mr. Alemán, que lo es de origen, aunque
parece nacido en España, y que ha sido encargado por José
Napoleón de diferentes comisiones; que han salido en la
Goleta Carolina sin saberse para que punto; creyéndose que
las proclamas que llevan son dirigidas a la Junta Central por
el Señor D. Fernando 7º exhortando someterse a José [...].27
El Mr. Alemán no era otro que Manuel Rodríguez Alemán y Peña,
que embarcó en un puerto norteamericano en un bergantín español
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 211, No. 55.
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con rumbo a Campeche, pero el capitán del barco mediante una cantidad no revelada que le dio D. Luis de Onis, encargado de la Legación
de España en Filadelfia, pretextó la necesidad de arribar al puerto
habanero y lo entregó a las autoridades coloniales de la isla de Cuba.
Juzgado como reo de alta traición y emisario de José Bonaparte fue
ahorcado fuera de las murallas de La Habana el 30 de julio de 1810.
Por Real orden firmada por D. Esteban Varea –Real Isla de León,
29 de noviembre de 1810– se le dice al Intendente de Hacienda de la
isla de Cuba:
Se ha enterado el Consejo de Regencia en nombre del Rey
nuestro Señor D. Fernando Séptimo de la noticia que da V.
S. en carta de 31 de julio último No. 206, de que el día anterior había sido ahorcado en esa Ciudad Manuel Rodríguez
Alemán y Peña, y del zelo y actividad que manifestó el
Gobernador y Capitán General Marques de Someruelos, el
Ministro Plenipotenciario del Rey en los Estados Unidos, D.
Luis de Onis, por las noticias seguras que dio a aquel Gefe sobre dicho comisario y otros, y del servicio que hizo el Capitán
del Bergantín Español [...].28
Las noticias de espías bonapartistas y de la fuga de los colonos
franceses llevándose consigo sus esclavos y pertenencias, perturbaban
a diario la burocrática placidez del Gobernador de la isla de Cuba.
Al siguiente día de cumplirse la sentencia de Rodríguez Alemán –31
de julio de 1810– daba traslado el marqués de Someruelos al coronel
Pedro Suárez de Urbina –que había reemplazado en el gobierno de
Santiago de Cuba al brigadier Kindelán– de la Real orden fechada
en Real Isla de León a 25 de abril de ese año, firmada por D. Eusebio
de Bardaxi y Azara, en la que el Consejo de Regencia de España le
advertía:
[...] que por diferentes puntos intenta el perturbador general de Europa Napoleón Bonaparte, enviar emisarios y espías
a los dominios españoles ultramarinos, y que ha verificado ya
el envió de algunos con el depravado designio de introducir
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 10, No. 81.
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en ellos el desorden y la anarquía, ya que no alcanzan sus
fuerzas a países tan remotos; y constando también a S. M.
que la mayor parte de dichos emisarios, entre los quales se
cuentan algunos españoles desnaturalizados, se reúnen en
los Estados Unidos de América, desde donde con disfraces y
simulaciones procuran penetrar furtivamente por tierra en
la Provincia de Texas [...].29
En oficio No. 41, La Habana 13 de septiembre de 1810, en respuesta a las preguntas que le reiteraba el gobernador Suárez de Urbina,
cuya comandancia era la más afectada por los refugiados de Santo
Domingo, le dice Someruelos:
Participándome V. S. en oficio No. 14 lo que le consultó el
Auditor de guerra de esa plaza sobre la inteligencia que devía darse a la Real orden de 21 de abril último, digo que me
parecen bien las precauciones tomadas para evitar la fuga de
los Franceses establecidos en ese distrito; y en quanto a que
yo haga a ese Gobierno las prevenciones que tenga por conveniente en orden al mismo objeto, contesto que como V. S.
debe tener conocimiento inmediato de los tales Franceses
y sus establecimientos en esa jurisdicción, toca a V. S. escogitar si serán bastantes las tales precauciones, y determinen
las que creyese oportuno añadir para el cumplimiento de la
Real orden citada.30
Y el siguiente día, 14 de septiembre, Someruelos en oficio No. 44,
avisa a Suárez de Urbina de la amenaza cercana de que desembarquen
en Cuba otros espías de Napoleón:
Se me ha informado que pasaran a esta Isla y otros parages
los Comisarios franceses D. Joseph María Navarro y Mrs.
Lestigue, Le Roy, Larrue, Lanno, Frencharle, Louis Dupaz,
Lafonte y Geofroy; lo que aviso a V. S. para que con arreglo a lo mandado por S. M. sobre la aprehensión de tales
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 212, No. 17.
Ibídem, No. 51.
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emisarios se esté a la mira en ese distrito con la vigilancia que
corresponde por si llegasen a él algunos de los expresados
individuos.31
Los graves y serios problemas mencionados hubieron de agudizarse
con el empeoramiento de las relaciones con los Estados Unidos y las
revoluciones de las colonias hispano-americanas: Venezuela, 19 de abril
de 1810; Santa Fe 20 de julio, Cartagena 16 de agosto y Nueva España
(México) 16 de septiembre, que hacían aun más difícil la situación del
Gobierno Colonial de Cuba, cuya Metrópoli europea estaba en poder
de los invasores franceses, con el Consejo de Regencia refugiado en
Cádiz, y defendida solamente por las heroicas guerrillas del pueblo.
Además, ya no eran sólo los negros y mulatos libres o esclavos con
sus rebeldías los que daban el clima de inquietud al régimen colonial
imperante en Cuba, en 1810 y 1811; grupos más o menos numerosos
de criollos blancos comenzaban a agitar el ambiente con proyectos
insurreccionales. Y fueron procesados y deportados a España Joaquín
Infante, Román de la Luz y el capitán de Milicias Luis F. Basave. Este
último ligado a un grupo de hombres de color libres, pertenecientes a
los batallones de pardos y morenos, a quienes hubo de adoctrinar en
los principios revolucionarios originados en Francia y desarrollados
en Haití. Inquietud popular que culminó en la llamada conspiración
de Aponte, muy bien dirigidos y organizados por el negro libre José
Antonio Aponte y Ulabarra, extendida desde La Habana a Matanzas,
Trinidad, Camagüey, Bayamo y Santiago de Cuba, abortada por la
delación de un traidor no identificado, y cuyo director, Aponte, y sus
principales colaboradores, pagaron con sus vidas –9 de abril de 1812–
la primera tentativa revolucionaria, en escala nacional, realizada en
Cuba para libertar a los esclavos.32
◉◉◉◉◉
En medio de las tormentas nacionales e internacionales que amenazaban la administración colonial, el marqués de Someruelos debía
atender con suma discreción las difíciles y complejas relaciones con
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 212, No. 52.
J. L. Franco, La conspiración.
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Haití y Santo Domingo. Enterado por un oficio reservado del gobernador de Santiago de Cuba, brigadier Kindelán –26 de noviembre de
1808– de la derrota de los franceses en el combate de Palo Hincado a
manos de los dominicanos españoles comandados por Juan Sánchez
Ramírez, envió Someruelos en su auxilio víveres, armas, municiones
y veinte mil pesos en efectivo, llevado a Santo Domingo en un buque
de guerra español habilitado al efecto por el Comandante general de
Marina teniente general Juan de Villavicencio.33
Una goleta inglesa llevó a Santiago de Cuba la noticia de la recuperación de Santo Domingo. La capital oriental se engalanó para celebrar el acontecimiento. Las fiestas duraron varios días y culminaron,
el 6 de agosto, con una función de gracias en la parroquia auxiliar con
toda la pompa y majestad peculiares de la época. En ella, el tesorero
de la Catedral, doctor D. José Vázquez, dominicano, al concluir su
oración, dio las gracias al pueblo santiaguero, en nombre de los refugiados dominicanos, por la generosa hospitalidad que habían recibido
de los cubanos. Y una nueva ola de viajeros con sus familias salió de
Santiago de Cuba rumbo a Santo Domingo y Puerto Plata.
En 25 de octubre de 1809, Sánchez Ramírez pidió a Someruelos le
devolviese el Archivo de la Capitanía General y de la Real Contaduría.
Petición que hubo de reiterar en 27 de febrero de 1810. En 30 de
marzo de ese año ordenó Someruelos al intendente Aguilar el envío
de los archivos solicitados, quien hubo de encargar a D. José Álvaro
Reynoso de todo lo referente a su traslado en los barcos preparados al
efecto, cuya partida demoró algún tiempo a causa de haberse excusado Reynoso de cumplimentar la disposición citada.34
Desde Sevilla, la Suprema Junta que gobernaba a España y sus
colonias se había interesado en las cuestiones relativas a Haití y Santo
Domingo. Quizás si influenciado el ministro encargado de la cartera
de Estado por la presión diplomática británica, de Real orden encargó al Gobernador de Cuba, marqués de Someruelos –18 de febrero
de 1809– que procurara cultivar las relaciones con el Presidente y
Generalísimo de Haití, Enrique Cristóbal, por encontrarlo conveniente. Y, en 20 de enero de 1810, en otra Real orden dirigida por Coronel
al Capitán general de Cuba, se daba rienda suelta a las expresiones
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 209, No. 80, 113 y 116.
Ibídem, legajo 211, No. 76.
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de agradecimiento por la conducta de los dominicanos frente a los
franceses:
Deseando la Junta Central Suprema gubernativa de España
e Indias, que a los sentimientos de admiración y gratitud
que excitan los generosos y heroycos esfuerzos de lealtad y
de valor, con que los naturales de la Isla de Santo Domingo
acaban de conquistarla, concurriendo de esta suerte a vengar los ultrages que sufre España, acompañen los efectos del
paternal amor que S. M. mira a aquellos havitantes, y a fin de
romper las trabas que se oponían a su prosperidad; y facilitarles por quantos medios puedan ser útiles a su población,
agricultura, industria y comercio, a nombre del Rey nuestro
señor D. Fernando VII ha venido a decretar [...].35
Y seguía larga enumeración de las exenciones y beneficios que
se concedían a los dominicanos, desde la condonación de los censos
sobre los bienes que pertenecieron a los jesuitas y anulación de las
confiscaciones hechas por los franceses a los emigrados, hasta el libre
comercio con los extranjeros, suprimiendo las alcabalas y declarando
libres los cultivos, etc. Terminando por señalarle trescientos mil pesos
anuales del situado de México, y encargando al gobernador de la isla
de Cuba de las operaciones inherentes a su envío desde La Habana,
así como el de cooperar con el de Santo Domingo en la obra restauradora de lo que han dado en llamar los historiadores dominicanos de
la época republicana, la España Boba.
Como Sánchez Ramírez reclamaba asimismo las joyas de la iglesia
de la Bombarda que, en la huida, llevaron los franceses a la ciudad de
Baracoa y por cuya posesión se produjeron litigios entre las autoridades civiles y eclesiásticas, Someruelos, en oficio No. 3 de 8 de julio de
1810, ordenó al brigadier Kindelán:
En el expediente de que dio V, S. cuenta a la Junta de
Represalias, sobre las alhajas depositadas en Baracoa que
pertenecen a la Iglesia de la Bombarda en la parte francesa de Santo Domingo, he determinado a conformidad de
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 58, No. 10.
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dictámen de Letrado que se depositen en esa Santa Iglesia
Catedral hasta la resolución de S. M., lo que aviso a V. S. para
que disponga sean conducidas al expresado destino.36
Estas alhajas dieron bastante quehacer. Por ello en oficio No. 163,
La Habana 9 de marzo de 1811, el marqués de Someruelos se dirige a
D. Pedro Suárez de Urbina, gobernador de Santiago de Cuba:
En el adjunto pliego apertorio verá Vmd la orden del
Consejo de Regencia que comunico al Señor Gobernador
de Santo Domingo preventiva de que las alhajas de que trata
se distribuyan en aquellas Iglesias; y como que deben estar
depositadas en esa Catedral conforme a mi Oficio de 8 de
julio último, dispondrá Vmd se embarguen en los términos
expresados en dicho pliego a que le dará curso entonces.37
Por su parte el Intendente de Hacienda, D. Juan de Aguilar, cumpliendo las reales órdenes citadas, atendió a la remesa de los fondos
solicitados con urgencia por Sánchez Ramírez con cargo al situado
de Nueva España. En 5 de abril de 1810, en el bergantín de guerra
el Águila, al mando del alférez de navío D. Francisco Topete, envió
un anticipo de 10,000 pesos. Y, en 3 de agosto, se entregaron en la
Tesorería de La Habana al teniente de fragata D. Manuel Salabarría,
comandante del bergantín de guerra Marte, los 15,000 pesos que se
restaban de los 25,000 que habían venido de Veracruz para las atenciones de Santo Domingo, y que llegaron al puerto habanero en la goleta
Veloz el 5 de junio.38
Si bien las relaciones con Santo Domingo –como era natural entre autoridades coloniales hispanas– se desarrollaban en ese período
histórico en un plano de cooperación amistosa, no sucedía lo mismo
con Haití.
Gobernada al Sur y Oeste por Petión, y al Norte por Christophe,
aun cuando este, que mantenía una política internacional de abierta
amistad hacia los británicos trataba de conservar una posición favorable
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 211, No. 152.
Ibídem, legajo 213, No. 6.
38
Ibídem, legajo 212, No. 22.
36
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a España en la guerra contra Napoleón, no podía evitar una franca
hostilidad a los traficantes de esclavos de Cuba; en cambio, Petión,
trataba de hostilizar a los españoles, protegiendo en sus puertos a los
corsarios franceses que constantemente atacaban no sólo a los barcos
españoles sino también las costas de la parte oriental de Cuba. En la
región oriental de Cuba se vivía en constante alarma. Y se vigilaba con
sumo cuidado todos los movimientos de los haitianos. Con fecha La
Habana 31 de julio de 1810, Someruelos escribe al gobernador de
Santiago de Cuba:
He recibido el oficio de V. S. No. 2615 sobre haber arrivado
por mal tiempo la Balandra Esperanza correspondiente a los
mulatos de Puerto Príncipe en la Isla de Santo Domingo, y
quedo enterado de las providencias dadas por V. S. con tal
motivo para la pronta salida a dicho buque que son conformes a mi oficio del asunto del 22 de septiembre anterior.39
Y el coronel D. Pedro Suárez de Urbina, Santiago de Cuba 30 de
septiembre de 1810, avisaba al marqués de Someruelos:
Mi Teniente de Gobernador de la Ciudad de Baracoa en
oficio de 13 y 21 del que expira, me ha dado cuenta del
apresamiento que han hecho algunos corsarios franceses,
sobre aquellas costas y las del norte de Santo Domingo, y
acompaño a V. E. copias de ambos oficios para su superior
conocimiento.40
Al gobernador de Santiago de Cuba escribía Someruelos, La
Habana, 12 de agosto de 1810:
Me he impuesto de lo que el Gobernador Militar interino
de Santo Domingo ha escrito a V. S, y me inserta en oficio, de 15 de julio por No. 301, contraído á los Caudillos
de color en la isla de Santo Domingo Rigaud, Petión, y
Cristóbal. He recibido el exemplar que cita sobre el
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 212, No. 9.
Ibídem, No. 69.
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método y arreglo con que ha erigido en Monarquía su
Gobierno; y en quanto a lo que V. S. consulta sobre la
conducta que debe guardar con los buques que puedan
arribar a ese puerto de los de dichos Negros y Mulatos;
contesto que debe V. S. observar la misma que su antecesor en el caso de haber arrivado ahí la Balandra Esperanza
correspondiente a Puerto Príncipe en aquella Isla, de que
me dio cuenta en oficio No. 2615 de 30 de junio de 1810,
a la que le di respuesta en 31 de julio.41
Las autoridades coloniales de la región oriental de Cuba, especialmente las de la ciudad de Baracoa, observaban con cuidado cuanto
ocurría en la vecina isla. Y, D. Pedro Sánchez Griñán, comandante
militar de aquella zona despachó un correo especial al gobernador
de Santiago de Cuba, 21 de abril de 1811, portador de un pliego que
contenía el siguiente oficio No. 300:
Ayer ha fondeado en este Puerto el Bergatin español Santa
Ana, procedente de Gonaives en la Isla de Santo Domingo,
su capitán D. José María Peoly, quien me ha informado
que el día 2 de febrero último, fue apresado sobre el Cabo
Tiburón por los buques de Cristóbal y conducido a Gonaives
donde se le confiscaron por disposición de aquel Gobierno,
doscientos cinco negros bozales, que conducía de la Costa
de África con destino a Cuba, recibiendo obligado de más
de dos meses de mal trata, y opresión seiscientos quintales de
café por vía de indemnización de gastos= El mismo Peoly da
por noticia que pocos días antes de su salida fué proclamado
y jurado Rey de Haití el Caudillo Cristóbal en toda la parte
del Norte de la Colonia francesa de Santo Domingo.42
La conversión de Christophe en rey de Haití tuvo también una especial atención por parte de las autoridades coloniales de Cuba. En oficio
No. 213, Santiago de Cuba 15 de abril de 1811, Suárez de Urbina le daba
cuenta a Someruelos de lo que sus confidentes le habían informado:
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 213, No. 125.
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 94, No. 2.
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He sabido por conducto fidedigno, que el 19 de marzo último fue proclamado en el campo de Bayajá por Rey de Haití
con el nombre de Enrique lº el Negro Cristóbal y que el 26
del mismo mes salió al mar su escuadra compuesta de una
Fragata de 40 cañones, dos Corbetas, dos Bergantines y quatro Buques menores con el objeto de Bloquear los Puertos
de los Mulatos Petion y Rigaud, lo que aviso a V. E. siguiendo
las prevenciones del oficio reservado de V. E. de 28 de febrero de este año.43
La inesperada reaparición de Rigaud en el Sur de Haití tuvo una
gran significación. En 20 de abril de 1810, el teniente gobernador de
Baracoa avisó a su inmediato superior de la provincia haber llegado a
Puerto Príncipe en la Isla de Santo Domingo el mulato Rigaud procedente de Francia.44
El general André Rigaud derrotado por Toussaint en 1799, se refugió en Francia para regresar a Haití en 1802, formando parte de la
expedición Leclerc. Este, en abril de ese año, lo desterró a Francia,
y permaneció internado ocho años en Poitiers. De aquí lo sacó
Bonaparte –enfrascado en la difícil tarea de sofocar la heroica rebeldía del pueblo español– para que le ayudara en el Caribe a promover
conflictos en las colonias hispánicas, especialmente en la isla de Cuba.
Rigaud llegó a Aux Cayes, y Petión, que había operado a sus órdenes, ordenó grandes fiestas oficiales para recibir a su antiguo jefe y
amigo, y le confió el mando supremo en la región de la Grand’Anse.
Pero Rigaud, ambicioso e intrigante, además de agente provocador
pagado por Bonaparte, reunió a los descontentos con la dictadura
de Petión, e hizo proclamarse jefe del nuevo estado independiente
que creó en el Sur, agravando con esa actitud la situación difícil del
pueblo haitiano. Pero los espías y agentes confidenciales del Gobierno
Colonial de Cuba vigilaban los movimientos de Rigaudon El teniente
gobernador de Baracoa, D. Pedro Sánchez Griñán, en oficio reservado
No. 259, fechado en aquella ciudad a 21 de abril de 1811, le dice al
coronel Suárez de Urbina:
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 213, No. 29.
Ibídem, legajo 211, No. 14.
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Quedo enterado del oficio de V. S. de 20 del mes anterior
relativo a las noticias que comunicó a V. S. al Excelentísimo
Señor Capitán general de la Isla acerca del aviso con que
se halla S. E. de que en el Príncipe Francés, a solicitud del
mulato Rigaud, impulsado de Bonaparte, se trata de reunir
a todos los franceses que salieron de esta Isla con objeto a lo
demás que expresa V. S. en su citado oficio, y consiguiente
a quanto ha tenido a bien prevenirme, quedo con la mayor
vigilancia a fin de adquirir noticias sobre el particular, para
comunicarlas a V. S. según me ordena, no dudando hacer
presente a V. S. por si fuese conveniente, que sería fácil, y de
poco costo al destinar una piragua o balsa que con algunos
víveres del País y algunos individuos de color franceses que
por insolventes se hallan en esta Ciudad, los quales casi todos
son mujeres, pasen a Puerto Príncipe, llevando persona de
confianza y talento que disfrazada, con maña y sagacidad tomase las noticias y conocimientos necesarios sobre el asunto
en el concepto de que atendida a la localidad de este Puerto
juzgo seria comisión que desempeñada con actividad podría
terminarse en quince días.45
No deseando tomar la iniciativa en un asunto de tanta responsabilidad, Suárez de Urbina, con fecha 30 de abril de ese año, se dirigió en
oficio reservado al marqués de Someruelos solicitando la aprobación
de lo propuesto por Sánchez Griñán, confirmando, además, en este
escrito, todo cuanto los agentes confidenciales y espías habían señalado sobre las agresivas actividades de Rigaud:
Habiéndome parecido conveniente comunicar al Teniente
de Gobernador de la Ciudad de Baracoa el oficio de V. E. de
28 de febrero anterior para que estuviese prevenido sobre
el proyecto de reunir el mulato Rigaud en Puerto Príncipe
todos los franceses que salieron de esta Isla, y redoblase su
cuidado y vigilancia como tan inmediato de aquellas colonias; me dice con fecha 21 del corriente lo que consta de la
adjunta copia= Por el Capitán de la Goleta Española titulada
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 213, No. 41.
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la María, que fue apresada sobre estas costas por un corsario
francés, de que di cuenta a V. E. en 15 del corriente, se ha
sabido que se han armado en los Puertos parte de la dominación de Rigaud, porque según dice así lo referían la misma
tripulación del Corsario, y que a mas se habían armado otros
seis mandados por franceses blancos y tripulados de todas
clases, que Rigaud admitía en sus Puertos a toda clase de
franceses; y que particularmente le ha señalado a los blancos
uno de ellos que no supo indicar permitiéndoles la libre entrada y salida en sus Buques y corsarios [...].46
La desaparición de la escena política del Caribe de Sánchez
Ramírez y Rigaud, muertos en el año 1811, el 12 de febrero y 18 de
septiembre respectivamente; el planteamiento en las Cortes de Cádiz
de la abolición esclavista, la conspiración de Aponte, que culminó
en la muerte de la horca –9 de abril de 1812– del líder de la liberación de los negros y sus compañeros; así como en escala mayor, la
insurrección de las colonias hispanoamericanas, y también, la visible
decadencia del militarismo bonapartista cuyo fin se acercaba bajo los
certeros golpes propinados por los pueblos de Rusia y España, fueron
los hechos que señalan un cambio en el proceso histórico de ese período que termina en Cuba con la sucesión en el mando de la isla del
marqués de Someruelos por el teniente general de Marina D. Juan
Ruiz de Apodaca, 14 de abril de 1812. Apodaca, al comenzar a regir
el Gobierno Colonial de Cuba, tuvo que enfrentarse, entre otros al
gravísimo problema de la guerra anglo-americana, complicada con
las depredaciones de los corsarios procedentes de todas partes que
ponían en peligro de bancarrota al comercio y las finanzas cubanas.
Para perseguir a los corsarios se armaron en el puerto de Santiago
de Cuba las goletas Golondrina y Caridad, a las que se dotó de su correspondiente armamento. Estos corsarios, armados en Cuba, en lugar
de cumplir con la obligación de proteger el comercio español en el
Caribe, se dedicaron a incursionar en las costas de Haití en busca de
negros libres que vendían después como esclavos a los bárbaros hacendados franceses establecidos en la región oriental. Esto dio lugar
a enérgicas protestas por parte del gobierno del rey Henri I, de Haití,
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 213, No. 41.
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que fueron atendidas con toda consideración por el general Apodaca
que, por el hecho de haber sido embajador en Londres, conocía a fondo las buenas relaciones que existían entre Christophe y el gobierno
británico. Así fue en los casos de Azor Michel y de la goleta Poule d´
Or. Con fecha 19 de enero de 1813, el conde de Limonade, Ministro
secretario de Estado y de Relaciones Exteriores del rey Christophe,
dirigió a Apodaca la siguiente reclamación diplomática:
[...] Su Majestad, mi muy gracioso Soberano, está instruido
de que uno de sus súbditos nombrado Azor Michel, del lugar
de Bombarda y pescador de oficio, estando exercitando en
su profesión en las murallas de Mola, fue arrebatado por una
balandra española que salía de comerciar en los puertos de
Reyno de Haití y su capitán después de haberlo engañado y
conducido a su bordo lo ha tenido preso a él y dos niños que
estaban en su compañía, con amenazas de muerte y ha acabado por conducirlos de fuerza a la isla de Cuba, deportando
a Azor en un islote dentro del cabo de Cruz, y transfiriéndolo
después a la cárcel de Cuba, donde ha estado cargado de los
fierros de la esclavitud durante ocho meses y luego puesto
en libertad En la actualidad trabaja para ganar la vida sin
poder volver a su país. Por lo que hace a los niños Haytianos
han sido vendidos por el lado de Trinidad mientras el referido Señor Azor Michel estaba deportado en el Islote, lo cual
consta de una declaración del mismo Señor Azor Michel que
tengo a la vista. Esta declaración no hace mención del nombre del capitán español autor de esta traición, ni del nombre
de la balandra, ni de la época en que sucedió el caso. S. M.
me manda pues que escriba a V. E. para reclamar al señor
Azor Michel que está detenido en Cuba y a los dos niños que
han sido vendidos en Trinidad de esa Isla– Me aprovecho
del conducto del Capitán Español Andrés Marucho, de la
goleta Carmen, para pedir a V. E. la devolución de dicho Azor
Michel, de los dos niños de que he hablado, y de todos los
Súbditos Haytianos que estén o puedan estar aun detenidos
en Cuba= No entraré en mas pormenores sobre la atrocidad
de la acción del capitán español que con desprecio del derecho de gentes ha substraído y arrancado a sus familiares
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súbditos haytianos, porque estoy persuadido de que V. E.
inmediatamente que esté instruido de ellos, se apresurará
a remitir a su país no solamente al Señor Azor Michel y los
dos niños de que habla esta carta sino también todos los
súbditos haytianos que pudieran hallarse en igual caso. Me
fundo tanto más en esta reclamación cuanto que una goleta
costanera haytiana nombrada Poule d’ Or fué algún tiempo
ha arrebatada por sorpresa en la isla de Tortuga, por un
bote español en que navegaban dos españoles, los cuales
mataron al capitán haytiano, y hicieron prisioneros los tres
niños que componían su tripulación. Estos asesinos después
de perpetrado este crimen, conduxeron la goleta Poule d’
Or a Baracoa a donde llegó. He escrito al capitán D. Luis
de Arme que manda allí y ha remitido los tres niños, pero
hasta ahora nada he conseguido en cuanto a la devolución
de la goleta Poule d’ Or o su valor, como tampoco ninguna
satisfacción por el asesinato que ocurrió pues parece que
los españoles hacen en nuestras costas el oficio de piratas y
corredores ó salteadores de los mares. Estoy persuadido que
ninguno de estos hechos ha llegado a noticia de V. E. quien,
seguramente no habría tolerado semejantes atrocidades. Las
relaciones de amistad y buena inteligencia que unen a los
haytianos y españoles, la buena acogida que tienen estos en
los puertos de S. M. todo me hace creer que V. E. tomará en
consideración el objeto de mis reclamaciones y que hará lo
que sea de justicia.47
Efectivamente, Apodaca, que no se sentía tan ligado como sus
antecesores Casas o Someruelos a los intereses esclavistas dominantes en Cuba, en un gesto que le honra, dio curso de inmediato a la
reclamación haitiana y en oficio No. 678 –La Habana 8 de marzo de
1813– ordenó a Suárez de Urbina contestara directamente al conde de
Limonade y le informara de las medidas adoptadas para satisfacer tan
justa demanda. Y así lo hizo en 2 de abril el gobernador de Santiago
de Cuba.
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 102,
No. 2.
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En oficio No. 923 hizo conocer Suárez de Urbina a Apodaca que se
estaba cumpliendo lo ordenado por él en este caso, y que contestaba
al Ministro de Estado de Haití en los mejores términos. Sin embargo,
conociendo bien a la gente con quien se entendía, en 26 de abril reiteró el Capitán general la necesidad de activar las diligencias en busca
de Azor Michel y los niños.
En Baracoa se presentó el delegado oficial de Haití, D. José
Gutiérrez, y reclamó del teniente gobernador, D. Antonio Estenoz, la
goleta Poule d’ Or, quien se negó a entregarla con el pretexto de haber
sido rematada judicialmente y notificadas las autoridades superiores,
pero la actitud resuelta del general Apodaca no admitía escapatoria
alguna, y, al fin, la embarcación fue devuelta a sus legítimos dueños, y
repatriados los niños vendidos como esclavos en Trinidad junto con el
secuestrado Azor Michel.
◉◉◉◉◉
La situación de Santo Domingo no ofrecía perspectiva alguna de
mejorar en ningún sentido. La miseria se enseñoreaba del país amenazado por el hambre, y la administración se sostenía con los auxilios
de México y Cuba. Pocos meses antes de su muerte descubrió el gobernador, brigadier D. Juan Sánchez Ramírez, la llamada Revolución de los
italianos, tramada, y dirigida por el capitán Persi. Este, y los principales
complicados en la conspiración, pagaron en la horca el delito de amar
la libertad Con el horrible aparato y lujo de crueldad que siempre
agradó a los gobernantes coloniales de todas partes, Sánchez Ramírez
hizo ahorcar a los condenados, los dejó en exhibición macabra desde
la mañana hasta la tarde, en que ordenó apear los cadáveres, descuartizarlos y freírlos en alquitrán.
Los remordimientos que le produjeron sus bárbaros procedimientos aceleraron el fin del gobernador. Lo sustituyeron, primero, el coronel D. Manuel Caballero, y después, en carácter de Capitán general
interino, el coronel de artillería D. José Masot. Bajo el mando de este
último, ocurrió el levantamiento de los esclavos –agosto de 1812– de
Mojarra y Mendoza, capitaneados por José Leocadio, Pedro de Leda,
José María Osorio y otros que tenían conexiones con la conspiración
de Aponte en Cuba. Fracasada la insurrección y presos sus directores,
–el brigadier Gil Narciso, complicada en esta y en la de Aponte logró
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salvarse– el coronel Masot repitió con ellos la salvaje crueldad que empleó su antecesor en la conspiración del año 1811. José Leonardo, el
principal caudillo revolucionario y sus demás compañeros, sufrieron
la pena de muerte, la cual, del mismo modo que la última –escribe
el historiador dominicano José Gabriel García– revistió el carácter
repugnante que en el tiempo se le daba a esos actos, pues que los reos
fueron al patíbulo amortajados dentro de unos sacos y arrastrados a la
cola de un asno, y sus miembros descuartizados y fritos en alquitrán, en
tanto que los menos culpables eran condenados a ser cruelmente azotados y a cumplir la pena de trabajos forzados, temporales y perpetuos.
Mientras ocurrían esos hechos, el Consejo de Regencia nombró al
mariscal de campo D. Carlos Urrutia y Matos, residente en La Habana,
para ocupar el gobierno y capitanía general de Santo Domingo. El
general Urrutia, viejo y achacoso, impuesto de las difíciles condiciones
que había de encontrar en su nuevo destino, demoró cuanto pudo la
toma de posesión del mismo. Antes de partir gestionó un préstamo
de 45,000 pesos fuertes entre los comerciantes de La Habana que se
lo negaron. Pero, como las bárbaras represiones del gobernador interino Masot habían producido tal descontento que llegó a temerse
que concluyera ese año –1813– el período de la España Boba, dando
lugar a que se esparciera por Santiago de Cuba el rumor de que los
dominicanos habían proclamado su independencia, dispuso Apodaca
la salida del flamante gobernador para Santo Domingo. Apremiado
por las órdenes terminantes del Capitán general de Cuba, salió al fin
Urrutia con algunas tropas de milicias, material de guerra y escaso
numerario para Santo Domingo, tomando posesión de su cargo el 8
de mayo de 1813.
El general Urrutia, de escasa inteligencia y lleno de un torpe autoritarismo desoldado incapaz, pronto ganó fama entre los dominicanos
por su ineptitud, y lo llamaban Carlos Conuco por el hecho de hacer trabajar gratis a los presos en una pequeña hacienda cercana al Palacio
de Gobierno, cuyos productos vendía para su provecho personal.
◉◉◉◉◉
La declaración de guerra de los Estados Unidos a la Gran Bretaña
–18 de junio de 1812– amenazaba muy seriamente los intereses de
comerciantes y esclavistas de Cuba. La crisis se agudizaba en forma
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alarmante y Apodaca, con el auxilio del intendente Aguilar, hacía
supremos esfuerzos por superarla. Un oficio de D. Luis de Onís, representante diplomático español en Filadelfia al intendente Aguilar
–12 de junio anunciaba:
[...] las intrigas y tramas de este Gabinete Americano, de
acuerdo con el de Francia, para fomentar la revolución en
todas nuestras posesiones, con el ánimo de apoderarse de las
que estén a su alcance [...].48
Y los cónsules en Boston, y Nueva Orleans confirmaban los avisos alarmantes de los comandantes militares españoles de la Florida,
acerca de las amenazas –que al fin llevaron a vías de hecho– de los
fronterizos norteamericanos contra Fernandina, Mobila, Panzacola y
Fuerte de Apalache.
Para prevenir al comercio, hizo publicar Apodaca en La Habana,
17 de noviembre de 1812, una carta de Sir Sterling, Almirante de la
escuadra británica en el Caribe, asegurando que la bandera española
sería respetada en estos mares por los buques bajo su mando. Y recibió,
poco después, la Real orden reservada, enviada por D. Ignacio de la
Pezuela –12 de agosto de 1812– en la que se anunciaba la neutralidad
española en el conflicto bélico anglo-americano:
La Regencia del Reyno ha sabido por el conducto del Señor
Embajador de S. M. B. en esta Corte que el Gobierno de los
Estados Unidos de América había declarado la Guerra á la
Gran Bretaña el 18 de junio último– Inmediatamente tomó
S. M. este grave negocio en la más seria consideración, y oído
el Consejo de Estado, ha resuelto S. A. que sin embargo de la
íntima amistad y alianza que nos une á la Inglaterra, y de los
justos motivos de queja que tenemos contra la Administración
Americana, sigamos guiándonos por los principios de moderación que hemos observado hasta ahora, y guardemos en esta
nueva guerra una neutralidad que no deje a los Americanos
pretexto alguno para hostilizarnos [...].49
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 214, No. 158.
Ibídem, legajo 13, No. 21.
48
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Los corsarios americanos en esos primeros meses de la guerra persiguieron con éxito a los buques mercantes ingleses, en aguas cubanas.
Algunos de esos corsarios se estacionaban en lugares de la parte oriental de esta Isla. Bahías y puertos abandonados por la incuria y falta de
iniciativa de los gobiernos coloniales, en condiciones apropiadas para
servir de refugio, eran utilizados por los americanos para hostilizar al
comercio inglés. De las haciendas inmediatas –muchas de ellas propiedad de emigrados franceses de Haití que odiaban ferozmente a los
británicos– se les facilitaban a los corsarios los suministros necesarios
para sus correrías, recibiendo en pago las mercancías saqueadas al
comercio que en las Antillas hacían los barcos de la Gran Bretaña. Lo
que dio lugar a una enérgica reclamación –16 de septiembre de 1812–
del citado almirante Sterling, a las que respondió en 15 de octubre el
gobernador Suárez de Urbina, dándole todo género de explicaciones:
Nada, pues, he omitido ni me queda que hacer en obsequio
de la buena inteligencia, y relaciones que felizmente se conservan entre ambas naciones, y espero que en tal concepto
no dude V. E. de mi buena disposición, a continuar en quanto alcancen mis facultades, para mantenerla, conforme á las
instrucciones de mi Gobierno.50
Fechada en Cádiz a 13 de septiembre, recibió Apodaca una Real
Orden, que en 12 de diciembre de 1812 trasladó al gobernador de
Santiago de Cuba, para contener las actividades corsarias en las costas
cubanas:
La Regencia del Reyno, oído el Consejo de Estado, ha resuelto que no se admitan en los Puertos de España, ni de
Ultramar las presas que se hicieran mutuamente la Gran
Bretaña y los Estados Unidos de América.51
Al querer aplicar esta superior disposición, tropezó Suárez de
Urbina con incidentes no previstos ni en el texto ni en el espíritu
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 13, No. 33.
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 100,
No. 5.
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de la misma, a causa de la situación del comercio norteamericano.
Como los comerciantes y armadores de los estados que forman la
zona llamada Nueva Inglaterra eran contrarios a la guerra con la
Gran Bretaña ya que les perjudicaba a sus intereses mercantiles, no
sólo se negaron a participar en el esfuerzo bélico sino que muchos de
ellos continuaron suministrando artículos esenciales a los británicos
en sus colonias del Caribe. En parte hacían este tráfico clandestino
por medio de los puertos cubanos –Santiago de Cuba por lo general–
donde era frecuente el transbordo de las mercancías para ser conducidas a Jamaica y a Inglaterra. Lo que daba lugar a que los corsarios
americanos en el Caribe persiguieran con tanto encarnizamiento a
los buques de su nación que se les hicieran sospechosos por navegar
en estas aguas, como a los propios ingleses, y cuando lograban su
objetivo eran conducidos al puerto más cercano, como en el caso de
la fragata americana David Creen.
Según relata en oficio No. 959 de 28 de abril de 1813, enviado a
Apodaca por el gobernador de Santiago de Cuba, el día 22 de ese mes
llegó bajo la Fortaleza del Morro el corsario americano Rolla conduciendo apresada la fragata mercante de aquella nación David Green, a
la que sorprendió en la travesía de Jamaica. Conminado el corsario a
abandonar el puerto en virtud de las leyes de neutralidad, así lo hizo,
dejando abandonada la fragata en poder de las confundidas autoridades de aquella ciudad, quienes apresuradamente dieron cuenta a
La Habana por precaver alguna maliciosa interpretación de parte del
gobierno de los Estados Unidos.52
La actividad de los corsarios norteamericanos, franceses y colombianos, las guerras europeas y angloamericanas y la ruptura de
las comunicaciones con México, crearon en La Habana una crisis
amenazadora por la falta de harinas y otros artículos que se importaban para el consumo local, estando en cambio abarrotados
los almacenes de productos cubanos en espera de barcos que los
transportaran a Europa o a los Estados Unidos. La situación en las
primeras semanas de 1813 se refleja en una carta de Pedro Boloix,
de La Habana, a Suárez de Urbina, en la que hace resaltar que
la esperanza de hacendados y comerciantes estaba puesta en las
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 103,
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victorias de los ejércitos rusos en Europa, que abrirían los puertos
del Báltico a las mercancías coloniales depositadas en Inglaterra y
Norteamérica.53
La derrota napoleónica en 1814, la restauración borbónica en
Francia con Luis XVIII, la vuelta de Fernando VII al trono de España
con la secuela de barrer con todo lo progresista que el pueblo español en su heroica lucha por la independencia había conquistado, y la
terminación de la guerra anglo-americana, diciembre de 1814, cambiaron radicalmente las condiciones de las relaciones internacionales
en este Mediterráneo de América que es el Caribe, especialmente en
cuanto a Cuba, Haití y Santo Domingo.
◉◉◉◉◉
Impulsado por la presión de los antiguos colonos propietarios
de esclavos expulsados de Haití, se orientó el nuevo gobierno de
Francia –bajo la dirección del ministro de Marina y de las Colonias Mr.
Malouet– hacia la recuperación de sus colonias en el Caribe. Se sentía
respaldado por el tratado de paz de París –30 de mayo de 1814– en el
que podía interpretarse el artículo 8° como si se permitiera a Francia
recuperar la parte que ahora era libre e independiente de Santo
Domingo. Aprovechando las favorables circunstancias, Fernando VII
ordenó a su embajador en París, D. Pedro Labrador, solicitase del gobierno de S. M. Cristianísima mandase a cesar los auxilios de toda especie a los rebeldes de América, esperando así acabar con los ataques
de los corsarios armados por los franceses contra el comercio español
en el Caribe. Los resultados parecieron ser tan satisfactorios que, por
Real orden de 30 de agosto de 1814, los comunicaba Lardizábal al
general Apodaca.
Mientras Labrador gestionaba en el Ministerio de Asuntos
Extranjeros lo que consideraba vital para sostener el dominio colonial
español en América, el ministro Malouet había despachado –junio
de 1814– una misión presidida por el coronel Dauxion Lavaisse y de
que formaban parte el señor Draverman, comerciante de Burdeos, y
Agustín Franco de Medina, dominicano de origen, espía de profesión.
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No. 4.
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Las instrucciones que llevaba la misión no eran otras, en síntesis, que
recabar de Christophe y de Petión accediera a someter nuevamente
a Haití al dominio de Francia, restableciendo el antiguo régimen colonial con un sistema de explotación muy cercana a la servidumbre
esclavista.
Al llegar a Kingston, Jamaica, Dauxion-Lavaisse despachó a Franco
de Medina a Santo Domingo, y escribió a Petión que, después de
cruzarse algunas cartas, accedió a recibir a Draverman, rechazando
finalmente todas las proposiciones.
Christophe –el rey Henri I– que reinaba en el norte de Haití,
advertido de la trama por un emisario del Duque de Manchester,
gobernador de Jamaica, hizo espiar por agentes de confianza la llegada del otro comisionado, Franco de Medina, que desembarcó en
Montechristi, en la parte española de la isla, y lo hizo secuestrar y conducir prisionero al Cabo, ocupándole los documentos reservados y las
instrucciones de que era portador. Había entre esos papeles una carta
de Dauxion Lavaisse a Christophe increíblemente ridícula, en la que
el rey de Francia, para hacer todo el bien que pueda, actuará sin duda:
[...] como los monarcas de España y de Portugal, quienes,
por Cartas de blancos, conceden a un individuo, de cualquier
color que sea, el estado de un individuo blanco.
Llevado ante un Consejo de guerra, acusado de espionaje, Franco
de Medina hizo declaraciones que provocaron –al ser publicadas en
un folleto– un escándalo internacional. Confesó haber escuchado
de labios del propio ministro Malouet que Petión había firmado un
tratado secreto con Bonaparte, agregando, además, detalles sobre los
preparativos que se hacían en Francia para apoderarse, por la fuerza
si fracasaban las gestiones de la comisión de que formaba parte, de
todo el territorio haitiano. Y, como Petión, por su parte, contribuyó a
divulgar la correspondencia cruzada con el jefe de la misión el nuevo
Ministro de Marina y de las Colonias de Francia, el conde Beugnot, en
nota oficial publicada en el Moniteur –10 de enero de 1815– desautorizó la misión del coronel Dauxion-Lavaisse.
Como ambos gobernantes de Haití, pese a las diferencias que los separaban, estuvieron tácitamente de acuerdo en suspender sus querellas
intestinas para enfrentarse a las torpes demandas de la misión citada, el
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gobernador interino de Santiago de Cuba –Suárez de Urbina había muerto poco antes– informado por los confidentes situados en Kingston y en
Saint Thomas, dio cuenta de ese supuesto armisticio al general Apodaca
y este en 29 de mayo de 1815 le acusa recibo en los términos siguientes:
He recibido el oficio de Vmd No. 1357 participándome el armisticio celebrado por los dos caudillos de negros y mulatos
Cristoval y Petión y lo demás que se expresa, de que quedo
enterado y lo aviso a Vmd en contestación.54
Petión, al que no dejaron de preocupar las declaraciones de Franco
de Medina y, además, temeroso de que los españoles se alarmaran no
tanto por esas informaciones que no eran nuevas para ellos como por
la llegada de Bolívar a Aux Cayes, trató de calmarlos escribiéndole al
general Urrutia, gobernador de Santo Domingo una carta tan hábilmente concebida que este, en oficio a Apodaca de 6 de mayo de 1816,
hace grandes elogios del líder haitiano.
Petion vive con nosotros –dice Urrutia– en la buena correspondencia y amistad de vecinos inmediatos [...].55
Urrutia que, a ratos parecía darse cuenta de lo que pasaba en el
Caribe, hubo de escribir a Petión en 13 de enero de 1816 protestando
de la presencia de Bolívar en Haití y de la protección que se le brindaba. Tan pronto recibió el anterior escrito se apresuró Petión en darle
una cumplida respuesta. Y, en fecha 16 de enero, en un documento
muy bien redactado hace Petión un análisis exhaustivo de todos los
problemas políticos, así como de las querellas y conflictos que se habían producido desde el momento que Sánchez Ramírez hubo de asumir el mando de la parte española de Santo Domingo hasta la llegada
de Bolívar, cuyas conclusiones expone:
[...] He dado orden al General que manda en los Cayos para
que no permita bajo ningún pretexto que salgan pertrechos
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes Generales, legajo 114,
No. 2.
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Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 124, No. 42.
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de Guerra pertenecientes a la República, ni que se haga ningún armamento, ni expedición con el Pabellón Haitiano; en
el caso en que los Buques entrados de arribada quisieron
salir, no tengo derecho de impedirlos. Espero que V. E. hallará la satisfacción conveniente en esta explicación franca
de mi parte, ella es conforme a nuestros principios; en todas
circunstancias puede contar que nada se ha omitido de mi
parte para que los sentimientos de amistad, y de buena armonía que reinan entre las dos partes se perpetúen más y
más [...].56
Muy satisfecho Urrutia envió copia traducida de este documento
al Capitán general de Cuba, que, ni por un momento, se dejó atrapar
por los ofrecimientos que brindaba Petión, pues era evidente el apoyo
que brindaba a los patriotas venezolanos.
Las nuevas autoridades coloniales que reemplazaron a Apodaca y
Aguilar, Capitán general e intendente de Hacienda respectivamente,
en 2 de julio de 1816, teniente general D. José Cienfuegos y Jovellanos
y D. Alejandro Ramírez y Blanco, debieron encarar, dentro de características enteramente nuevas en la correlación de las fuerzas en
discordia dentro del cuadro histórico internacional, los graves problemas de las relaciones con Haití y Santo Domingo, y que, en gran
parte correspondió durante algún tiempo al brigadier D. Eusebio
Escudero, que pasó a ocupar el gobierno de Santiago de Cuba. Este,
en 25 de enero de 1816, remitió al capitán general de Santo Domingo,
Urrutia, las declaraciones de D. Pedro Bruno, José María Borrego y
otros, capitanes y sobrecargos de dos goletas españolas apresadas por
los corsarios colombianos y llevadas a los Cayos de San Luis, acerca de
la presencia y actividades de Bolívar en Haití. Y exhortaba a Urrutia a
que presentara nuevas reclamaciones al presidente Petión sobre este
peligroso estado de cosas.57
Bolívar pudo burlar la vigilancia española y salir Con una expedición para Venezuela, pero, derrotado, tuvo que volver a refugiarse en
Haití. La cuestión se agravó con las informaciones que dio a Escudero
–3 de septiembre de 1816– el comerciante español D. Joaquín Gómez,
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 15, No. 41.
Ibídem, legajo 123, No. 2 y 3.
56
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que viajaba con pasaporte expedido por el Capitán general de Santo
Domingo y había llegado a Santiago de Cuba en la goleta americana
Mediterránea procedente de Baltimore. En este último lugar se encontraba procedente de Inglaterra, el general español Francisco Javier
Mina, llamado Mina el Mozo–, en compañía del sacerdote y revolucionario mexicano Fray Servando Teresa de Mier, que preparaban una
expedición militar contra el poder de España en América.
Y, como, en el mes de octubre de ese año, los confidentes avisaron
a Escudero que el general Mina estaba en Haití al mismo tiempo que
Bolívar, con la aprobación de Cienfuegos y Ramírez determinó enviar
a Port-au-Prince un agente confidencial para vigilar todos los movimientos de ambos revolucionarios. Coincidió la elaboración de este
proyecto de espionaje con la llegada al puerto oriental de una división
naval francesa compuesta por la fragata Flore, el bergantín Railleux y la
goleta Greland que conducía una nueva comisión, designada por Mr.
Dubouchage, Ministro de la Marina y de las Colonias de Luis XVIII, encargada de entablar negociaciones con Christophe y Petión, integrada
por el general vizconde de Fontanges y Mr. de Esmangard, consejero de
estado agregado a la marina. Estos comisionados que habían estado en
tratos con Petión, pues Christophe se negó, aprovecharon su estancia
en Santiago de Cuba para tomar los antecedentes españoles que complementaron los que traían con relación a Haití.
El comandante del bergantín Railleux se prestó a convoyar la goleta
San Antonio de Padua en la que viajaba a Port-au-Prince D. Carlos Preval,
comerciante de origen francés, cuyo era el nombre del espía que Escudero
había encargado no sólo de vigilar a Mina y Bolívar sino también de recoger datos fehacientes sobre las intenciones de los gobiernos que existían
en las dos porciones en que estaba dividido el Haití independiente.
Once días permaneció Preval en Port-au-Prince. A su regreso a
Cuba –24 de noviembre de 1816– presentó a Escudero un minucioso y
detallado resumen del resultado de sus trabajos de espionaje, haciendo el siguiente sobre las diferencias entre Petión y Christophe como
resultado de la misión de Fontanges y Esmangard que el segundo se
había negado a recibir –17 de octubre de 1816–:
[...] Petion quedaba atacado de una fiebre a mi partida.
Padece considerables inquietudes en resultas de las conferencias que había tenido el día 7 de noviembre con el
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Consejero de Estado enviado de Francia para arreglar algunos negocios tocantes a la soberanía de aquel territorio,
y aumentó más su tribulación la ocurrencia de habérsele
presentado el día 20 anterior a mi salida un Dragón desertado de las tropas de Cristóbal, comunicándole que este
acababa de publicar una proclama contra los franceses
anunciando que debían venir a subyugarlo con la cooperación de Petion por hallarse este de acuerdo con la Francia
concluyendo con que todo debía quemarse y prepararse a
la defensa [...].58
◉◉◉◉◉
La Real orden de 18 de mayo de 1817 dirigida al capitán general
Cienfuegos por el Secretario de Estado y del Despacho de la Guerra,
exigía una atención especial a los asuntos dominicanos y está inspirada
en las gestiones que realizaban en Haití las comisiones francesas que
más arriba se han mencionado:
Lo interesante de la conservación de la parte española de
Santo Domingo esencialmente por la inmediata influencia
que por su situación tiene con esta Isla y la de Puerto Rico,
ha llamado la Soberana atención del Rey con mucho más
motivo en la actualidad en que la Corte de Francia se ocupa
de los medios de reducir a los Caudillos de color a la justa
y debida dependencia de su Metrópoli y como estos pasos
necesariamente han de infundir en ellos la desconfianza
natural de que auxiliaremos al Gobierno Francés; para precaver con tiempo cualquiera tentativa contra nuestro territorio. Ha resuelto S. M. entre otras cosas se prevenga a V. E.
como lo executo, que poniéndose de acuerdo con el Capitán
General de la citada Isla de Santo Domingo procure V. E.
auxiliarle con todos los medios que pueda y que le permita
su situación.59
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 124, No. 82; legajo 15, No. 57; legajo 124, No. 83.
59
Ibídem, legajo 11, No. 2.
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La situación no era tan buena en la hacienda de Cuba, ya demasiado comprometida con los excesivos gastos en que incurrió el intendente Ramírez en sostener las tropas realistas que en el continente
combatían a Bolívar, como para suplir al gobierno de Santo Domingo
la ausencia del situado de México, prácticamente suspendido hacía ya
algunos años.
No obstante conocer muy bien el estado financiero del Gobierno
Colonial de Cuba, el brigadier D. Sebastián Kindelán y Obregón, capitán general electo de Santo Domingo, que esperaba en La Habana
la oportunidad favorable para ir a tomar posesión de su cargo, notificado de la Real orden antes citada, se dirigió en oficio reservado a
Cienfuegos –La Habana 2 de septiembre de 1817– a fin de informar
sobre lo que creía conveniente acerca de los auxilios más urgentes que
pudiera necesitar:
[...] De consiguiente debo manifestar que aunque carezco
de datos exactos del estado en que se halla aquella interesante parte de los Dominios de S. M. puedo sin embargo
suponer tanto por los acahecimientos que han ocurrido en
aquel desgraciado suelo cuanto por los ningunos auxilios
que se le han prestado desde que sus habitantes gloriosamente lo reconquistaron, que su actual situación debe ser
la más angustiada y miserable; y en este concepto me parece
de la mayor necesidad socorrerlo a lo menos por ahora con
ochenta o noventa mil pesos y en consecuencia facilitarle con
puntualidad el situado que antes le estaba señalado porque
si le era preciso para cubrir sus indispensables atenciones en
tiempos más felices y cuando las haciendas existían intactas,
claro es que después de la ruina atroz que ha sufrido sin dicha dotación no es posible subsista, mayormente en el caso
que indica la citada Real orden ni en otros que son harto
esperables de su expuesta y crítica situación.= La seguridad
de la circulación de este numerario atraherá a sus hogares
gran parte de los habitantes que huyendo de la miseria
existen dispersos en las colonias inmediatas, animará a los
labradores y aumentándose las producciones y consumos el
comercio revivirá tal vez en términos de que muy pronto a las
Caxas de Santo Domingo dé los medios de poder acopiar y
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de proveherse de cuanto sea indispensable para la conservación y defensa de su extenso territorio: las tropas sin hambre,
vestidas y satisfechas de sus haberes gozarán de mejor salud
y ofrecerán más confianza en el desempeño de sus deberes,
y por último habiendo exactitud y buena fe en el pago de las
compras y gastos que tenga que hacer el Gobierno renacerá
el crédito que en los momentos de apuro deberá facilitar
recursos que sin él sería imposible encontrarlos [...].
Como la anterior petición fue trasladada al intendente Ramírez,
este, en informe a Cienfuegos de 8 de noviembre, dio a conocer lo
delicado de su situación ya que, en esos mismos días, tuvo que auxiliar
al gobierno de Puerto Rico con una parte del producto de la llamada
contribución o subvención de guerra, y sólo podía destinar a Santo
Domingo el remanente del citado que no era, ni con mucho, suficiente a cubrir la demanda del brigadier Kindelán. Este, con la suma
que le facilitó la Hacienda de Cuba salió para Santo Domingo, donde
tomó posesión del gobierno el 5 de enero de 1818.60
◉◉◉◉◉
En el año 1817, D. Martín Folch, antiguo funcionario español residente en La Habana, en un extenso memorial que dirigió al gobierno
de Madrid por conducto del intendente Ramírez removió el viejo
tema del peligro haitiano:
[...] He oído decir a personas fidedignas que el citado
Cristóbal al reclamar un buque suyo apresado en las inmediaciones de Cuba lo pidió añadiendo la política amenaza de que en caso de negativa mandaría desembarcar
en la punta de Maisy dos mil negros armados de cuernos
y látigos, armas que consideraba suficientes a lograr la
satisfacción correspondiente. Este hecho subministra
dos reflexiones muy inteligibles; la primera nos instruye que Cristóbal conoce toda la superioridad que tiene
sobre nosotros, fundada en su situación y recursos; y la
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 110, No. 21.
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segunda nos convence de que sus hostilidades guerreras
serán tan brutales como lo fueron sus comunicaciones
diplomáticas.= Es preciso confesar que las consequencias
humanas son incomprehensibles, y voy a exponer tres que
por pertenecer al presente asunto me es imposible omitir.
El riesgo a que está expuesta la isla por la vecindad del
Reyno de Haity se halla al alcance del vecino más limitado,
y sin embargo de depender de la voluntad de uno solo el
que todos los blancos que habitamos esta isla experimentemos el mismo trágico funesto fin que los que habitaron
la de Santo Domingo, no solo en la Havana se duerme
con la mayor tranquilidad, sino también en Baracoa, cuyos habitantes están al alcance del poder de Haity como
sus propios Subordinados. Este es el primero.= El segundo
se reduce a que temiendo nosotros el ejército negro de
Haity por lo bien organizado y aguerrido incurrimos en
la debilidad de armar y disciplinar en nuestro seno tropas
de color que se deben considerar (sin riesgos de equivocarse) como auxiliares de aquellos en el caso de que nos
invadiesen. Nosotros los disciplinamos y les enseñamos
la táctica que deben usar contra sus enemigos, olvidando
que esta clase de gente no abriga otros en su corazón que
[...]. los blancos que los dominan [...]. El tercero, y no
menos singular que los dos expuestos es, el de no haberse
pensado hasta ahora en establecer un agente que vigile en
el Reyno de Haity lo que se intente allí contra esta Isla…
En vista del anterior escrito de Folch, y de que, efectivamente hasta
esa fecha, si bien el Gobierno Colonial de Cuba mantenía confidentes
temporales encargados de espiar a los haitianos y, también, en determinadas oportunidades había enviado comisiones especiales para determinada actividad comercial o política, en el período a que se refiere
la memoria hubo de abandonarse un poco tal vigilancia, el intendente
Ramírez emitió un informe favorable que sometió a Cienfuegos que lo
aprobó en junio 18 de 1817.
El intendente Ramírez, en 11 de octubre de ese año, elevó el informe «sobre el estado y designios hostiles de los Negros y Mulatos de la
parte francesa de Santo Domingo» al rey de España por conducto del
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correspondiente ministerio, al que acompañó la memoria redactada
por D. Martín Folch, consignando las medidas que a su juicio debían
adoptarse:
Con las luces del adjunto expediente, y otros muy reservados
sobre el estado y designios de los Negros y Mulatos independientes de la parte francesa de la isla de Santo Domingo,
traté en junio último con este Capitán General de la conveniencia de tener allí un agente secreto; y aquieté mi celo por
entonces, sabiendo que entre dos Casas de Comercio disputaban un Comisionado, para reclamar del caudillo Petion un
buque y cargamento, apresado por piratas, cuyo embargo
anunció en sus papeles públicos, manifestando intención
de devolverlo a sus dueños. Aquel comisionado regresó con
un triste desengaño. Petion tiene consejeros, que con abuso
peregrino de la lógica, le dieron dictamen para apropiarse
aquellos y otros intereses españoles que se hallaban en igual
caso. Por este y otros conductos me he convencido mas de
que es absolutamente preciso no perder de vista las tribus numerosas de gentes de color, agabilladas en Santo Domingo,
que tienen medios y fuerzas, y suficiente táctica local no solo
para aspirar a sostenerse contra su antigua Metrópoli, sino
para mayores empresas, entre las cuales cuentan la de esta
isla, solo separada por un canal de trece leguas, tratando de
ponerse en comunicación, o acaso teniéndola ya establecida
con los esclavos de la parte Oriental, de un modo irremediable por la despoblación y soledad de aquellas costas. Desde
aquí es difícil, por la distancia, establecer una correspondencia seguida, y encontrar sujetos sagaces que la mantengan
con el sigilo e inteligencia que se requiere. Pero no será
esto tan embarazoso al Capitán General de Santo Domingo,
cuyos súbditos comercian con la antigua parte francesa, y
procuran guardar armonía con sus actuales habitantes, tan
peligrosos como atrevidos. Limitándome por ahora a que la
superior atención de V. E. se fixe por un momento sobre este
interesante particular, si con su examen lo estimase oportuno, se servirá hacerlo presente a S. M., para que se de orden
al Capitán General de Santo Domingo, y se autorice al de
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esta isla, si fuere menester, a fin de que se valga de todos los
medios prudentes de observar y vigilar los sentimientos y designios de los Negros y Mulatos alzados de la llamada Hayti,
y que si hubiere facilidad de situar entre ellos un confidente
de toda satisfacción, lo verifiquen… comunicándose quantos
avisos puedan importar por los dos correos, o por nuestros
puertos de Cuba y Baracoa. Entretanto no se [...] aquí los
medios de vigilancia y represión, que estén a nuestro alcance, y yo contribuiré a ellos con todo lo que me pertenece
[...].61
A lo que hubo de contestar por Real orden reservada, Madrid
19 de marzo de 1818, trasladada por el ministro Garay al intendente
Ramírez:
Enterado S. M. se ha servido aprobar el proyecto, mandando
que el Capitán General de Isla de Cuba nombre persona
de toda confianza a quien se encargue una tan delicada
comisión, asignándole sobre aquellas Cajas lo que parezca
conveniente; con tal de que el nombrado no sea D. Martín
Folch [...].62
Como había sido este último el autor del proyecto, y en él confiaban Ramírez y Cienfuegos para su desarrollo y ejecución, no se designó agente alguno, sino que se continuó el espionaje a través de los
viejos sistemas de confidencia demasiado conocidos para ser eficaces.
También entorpecía cualesquiera gestión de ese tipo la política
del entonces Ministro de Estado de Fernando VII D. José García de
León y Pizarro. Pretendió este ministro, desconociendo, quizás, la
verdadera situación internacional de España, en plena decadencia
como potencia colonial, cuyos ejércitos en América a duras penas
podían subsistir –y eso gracias al apoyo económico que le facilitaba
el intendente Ramírez desde La Habana– pues las cajas de la hacienda española estaban completamente vacías, y el pueblo español era
el más hambriento y miserable de Europa, en 1817 y 1818 obligar a
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 493, No. 18,689.
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 99, No. 101.
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los gobiernos de Francia y Gran Bretaña a que se pusieran al lado de
España en su disputa con los Estados Unidos y, además, a intervenir en
la pacificación de las colonias rebeldes de América.
El principal consejero del ministro en estas cuestiones era el famoso aventurero y agente provocador, cubano de nacimiento, D. José
Álvarez de Toledo. Entre las distintas memorias e informes que rindió
figura la ampliación que hizo en 8 de abril de 1817, a petición de
León y Pizarro, de la que había enviado desde Nueva York en 12 de
diciembre de 1815 relativa a las relaciones de España con Inglaterra
y los Estados Unidos, en la que recomendara la cesión a estos de las
dos Floridas, reducir toda la atención, todo el cuidado del gobierno
español a la conservación de México, Cuba y Puerto Rico, esperanzado en que el ejemplo de estas tres colonias sirviera para tranquilizar
a las otras del continente, y alejarían a los norteamericanos de sus
ambiciosas miras en las fronteras de México. Y, analizando la política
de Petión y Christophe, y la amenaza que representan para la parte
española recomienda Toledo:
En fin, me parece que, si hay algún modo de contener el
mal ejemplo que la revolución y la libertad de los negros
de Santo Domingo han producido y produce en las demás
colonias es cederla a la Francia.63
Claro que esta recomendación no pareció se tomase muy en cuenta, pues pocas semanas más tarde –18 de mayo– de Real orden se le
comunicaba a Cienfuegos el interés en conservar la parte española de
Santo Domingo. Pero como no pareció muy agradable al gobierno
francés la perspectiva nada brillante de iniciar una guerra contra Haití,
que, tampoco aprobaría la Gran Bretaña, el gobierno español con las
vacilaciones habituales en su torpe y atrasada política internacional, en
un esfuerzo para arrastrar a los británicos a una causa perdida de antemano, cambió el destino de la recomendación de Toledo y en oficio
muy reservado –Madrid, 8 de agosto de 1818– firmado por el Ministro
de Estado, se autorizó al Embajador de España, en Londres, Duque de
San Carlos, para proponer al Gobierno de S. M. Británica la cesión de la
parte española de la isla de Santo Domingo, a fin de acabar de decidirlo.
José García de León y Pizarro, Memorias, Madrid, 1953.
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Pero ya en esa fecha Petión había desaparecido de la escena política haitiana –murió el 29 de marzo de 1818– y lo había substituido Jean
Pierre Boyer que logró liquidar en pocos meses las rebeldías campesinas de la Grand’Anse, y destruir a sus líderes Goman, Malfait y Mafou.
También en Cuba se produjeron cambios. Al general Cienfuegos
lo substituyó en el gobierno supremo de la isla –29 de agosto de 1819–
el general Juan Manuel de Cagigal, pero, en la práctica, continuó
dirigiendo toda la política colonial el intendente Ramírez, hasta la
agitación política intensa provocada por el pronunciamiento en La
Habana de las tropas de la guarnición –16 de abril de 1820– obligando
a Cagigal a jurar la Constitución de 1812, ya nuevamente instaurada en
España por la revolución liberal encabezada por D. Rafael de Riego, y
que, definitivamente alejaron a Cagigal y a Ramírez de la administración de la isla.
Ocupando interinamente el gobierno el Mariscal de campo D.
Juan María Echeverri recibió, en el mes de junio, la Real orden de
26 de marzo de 1820 sobre el caso de un barco negrero español, el
bergantín Yuyú Africano de la matrícula de Cádiz, que, conduciendo
un cargamento de esclavos desde las costas de África para los hacendados de la isla de Cuba, fue apresado por la corbeta de guerra haitiana
Wilberforce, conducido a Puerto Príncipe donde Boyer ordenó dar
libertad a los esclavos, en cuya Real orden se ordenaba a Echeverri
exigir a Boyer la devolución del barco y su cargamento, o la correspondiente indemnización.64
No encontrando medios de comunicarse directamente con el
presidente Boyer, a Echeverri le pareció oportuno trasladar al capitán
general de Santo Domingo Kindelán –23 de junio– la misión que se le
encargaba. Pero, a la llegada a La Habana de D. Juan Manuel de María,
capitán del barco negrero, y D. José Ramón Marteló, apoderado general de los armadores gaditanos del bergantín apresado, Echeverri cambió de idea, y habilitó al citado María para que, como agente oficial del
Gobierno Colonial de Cuba –4 de septiembre de 1820– se trasladase
a Puerto Príncipe con la Real orden y demás documentos relativos al
asunto, provisto de un oficio firmado y sellado en la Capitanía general,
en el que se daba a Boyer el tratamiento de Excelentísimo Señor y en
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 149,
No. 1.
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términos correctos y cordiales le pedía accediese a lo solicitado y para
cuya tramitación debía entenderse con el gobierno de La Habana.65
Claro que Boyer no devolvió los esclavos ni pagó gasto de ninguna
clase. Tanto él, como Christophe, y también Dessalines, persiguieron
a los traficantes negreros, y combatieron sin desmayo la trata en todos
sus aspectos. Pero, ademas, la posición política de Boyer se afianzaba.
El 15 de agosto de 1820, el rey Christophe fue atacado por una apoplegía en la iglesia de Limonade. Los cuidados de su médico personal, el
Dr. Stewart, le salvaron la vida, pero quedó paralítico. Aprovechando
las circunstancias una conspiración se desarrolló. Y Christophe, traicionado, se suicidó, disparándose un pistoletazo en el corazón. Y
Boyer, llamado por los insurgentes de Saint-Marc, entra en la Ciudad
del Cabo el 26 de octubre de 1820. En el tesoro de la Citadelle halló
Boyer las reservas oro acumuladas por Christophe ascendente a más
de ciento cincuenta millones de francos, que le ayudaron a consolidar
la unidad del Norte, Sur y Oeste de Haití.
El general Nicolás de Mahy, que recién había tomado posesión de
la Capitanía general y Gobierno Superior Político de la isla de Cuba –8
de marzo de 1821– recibió la siguiente Real orden firmada por Cuadra
y fechada en Madrid a 25 de enero de 1821:
Excelentísimo Señor. Con fecha digo al Señor Secretario de
Estado y del Despacho de Guerra lo que sigue. «Excelentísimo
Señor. Los sucesos ocurridos últimamente en la parte que
ocupan los negros de la Ysla de Santo Domingo, habiéndose reunido el territorio que mandaba Cristóbal con el que
gobernaba Boyer, exigen que por el Gobierno se tomen
todas las medidas posibles de precaución, pudiéndose temer
alguna empresa contra el todo ó parte de aquella Provincia
Española; y conviniendo por lo mismo que aquel jefe se
prevenga sin pérdida de momento para asegurarse de cualquiera agresión ó tentativa que pueda comprometer la seguridad de aquellos habitantes, le comunico con esta fecha
de Real orden lo conveniente al efecto, añadiéndole que
debe ponerse de acuerdo con el jefe político de la Havana
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 144,
No. 1.
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y Capitán general de Cuba, que le suministrará los auxilios
que estubieren á sus alcances: y siendo necesario que así se
les encargue á estos, S. M. ha tenido á bien mandar que por
el Ministerio del cargo de V. E. sé comuniquen al efecto las
ordenes correspondientes al referido Capitán general, pues
por este Ministerio se hacen las debidas prevenciones a aquel
Gefe Político.= En su consecuencia quiere S. M. que V. E.
coopere por cuantos medios le sean posibles al indicado fin,
como lo exige la importancia del negocio.66
Pero los acontecimientos se desarrollaron en Santo Domingo con
tal rapidez que el Gobierno Colonial de Cuba no pudo hacer nada
para desviarlos. En 16 de mayo de 1821 el general Kindelán entregó
la Capitanía general de Santo Domingo a su sucesor el brigadier D.
Pascual Real, regresando a Santiago de Cuba en la goleta española
Nuestra Señora del Carmen el 22 de mayo.
Si con prudencia y habilidad el general Kindelán había sorteado
con éxito los escollos que encontró en su ruta política a causa de los
conflictos fronterizos con Haití, y el descontento de los campesinos
dominicanos cuyos productos no encontraban mercados, el inefable
brigadier Real, cuya total incapacidad había quedado demostrada en
los mandos subalternos que ocupó en Venezuela con las brutales medidas que intentó aplicar, hizo estallar el descontento y la insurrección
armada.
La indolente administración colonial hispánica no se preocupaba
lo más mínimo en el desarrollo económico de Santo Domingo. Una
de las tierras más fértiles y ricas de América, permanecía en la segunda
década del siglo xix como lo estuvo en el xviii, totalmente abandonada
y, en algunos lugares, como Samaná, las pocas gentes que allí vivían
lo hacían en las condiciones más primitivas y miserables que puedan
imaginarse. La inquietud de aquellas gentes se tradujo en la formación de grupos, que aun cuando todos coincidían en la necesidad de
reformas inmediatas que les permitiera explotar las riquezas del suelo
y mejorar sus condiciones de vida, buscaban las soluciones por tres caminos distintos: la independencia; la unión con Haití; la reforma del
régimen colonial hispánico siempre que se hiciera radicalmente. Esta
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 19, No. 2.
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última solución era poco menos que imposible, dado el atraso social
y político de España, cuyo gobierno seguía aferrado a los conceptos
medievales que ya la Revolución Francesa había superado.
Al frente del grupo que deseaba la independencia bajo la protección –que iban a solicitar– de Bolívar y la Gran Colombia, se encontraba el funcionario colonial licenciado D. José Núñez de Cáceres. El
movimiento insurreccional lo había preparado para fines de diciembre, pero el teniente coronel Pablo Alí, que mandaba el batallón de
pardos libres, que conoció por el propio Capitán general Real que
estaba sobre la pista de los conjurados, lo hizo estallar el 3 de noviembre, y casi sin resistencia, apoyado por el resto de los comprometidos,
se apoderó de la capital dominicana e hizo prisioneros al gobernador
y al intendente D. Felipe Fernández de Castro.
El 1 de diciembre de 1821 Núñez de Cáceres proclamó solemnemente la independencia y la constitución del Estado independiente
de la parte española de Haití, bajo la protección de Colombia. Pero
mantuvo la esclavitud de los negros. Y ese grave error lo aprovechó
Boyer. A petición del grupo partidario de la unidad de ambos pueblos,
las tropas haitianas, sin encontrar resistencia en parte alguna, llegaron
rápidamente hasta la capital dominicana, y el 9 de febrero de 1822
recibía Boyer de manos de Núñez de Cáceres las llaves simbólicas de
la ciudad de Santo Domingo. Y decretó inmediatamente la abolición
de la esclavitud, y declaró, de acuerdo con las ideas expuestas por
Toussaint Louverture en 1801, que la isla de Santo Domingo era una e
indivisible.
◉◉◉◉◉
La noticia de la independencia de Santo Domingo causó un verdadero pánico entre los propietarios de esclavos y terratenientes de
Santiago de Cuba. Y aun más aumentó la alarma cuando, dos meses
después, se informaron de que toda la isla se había unido bajo la dirección de Boyer, y que la esclavitud y trata negrera quedaba abolida.
El día 16 de diciembre de 1821, el brigadier Juan de Moya, que
recién había asumido las funciones de gobernador militar interino
de Santiago de Cuba, dirigió al Jefe superior político, Félix Bourman,
el oficio dirigido a esa autoridad por el Comandante del Castillo del
Morro con este grave aviso:
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Monumento de Henri Christophe en Haití. (Obra del escultor cubano Teodoro
Ramos Blanco)
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Excelentísimo Señor. Esta tarde ha fondeado en este puerto la
Balandra Dinamarquesa La Estrella procedente de Puerto de
Plata en la Isla de Santo Domingo, el que da por noticia estar
en dicha Isla declarada la independencia bajo de la garantía
de Colombia. Le he prevenido a dicho Capitán no esparza
esa noticia hasta que no hable con V. E.; el buque no subirá
al Surgidero hasta mañana, por no darles el viento para ello.
Y agregaba el gobernador las disposiciones que había adoptado para evitar los peligros de una propaganda subversiva y
recomendaba otras a Bourman.
A fin de que por su parte se tomen las medidas que juzgue
más adecuadas para evitar, si fuese dable, la propagación de
ellas; pues por la mía he prevenido al que ejerce las funciones
de Sargento mayor de esta plaza esté con la mayor vigilancia,
para que tan luego se aproxime el Buque al surgidero de
esta bahía, no permita que desembarque otra persona que
su Capitán…67
El siguiente día –17 de diciembre– el brigadier Moya recibió personalmente las declaraciones del capitán y dos tripulantes de La Estrella,
y con el expediente reservado del asunto las trasladó a la Diputación
Provincial y Ayuntamiento Constitucional de Santiago de Cuba por
conducto del jefe superior político, Bourman.68
En la sesión del Ayuntamiento –Santiago de Cuba 19 de diciembre
de 1821– bajo la presidencia del Alcalde D. Andrés de Jústiz, tomó el
acuerdo extraordinario a propuesta del regidor D. Félix Polanco, ante
la grave y horrorosa novedad de la independencia de la parte Española citada,
de oponerse a la entrada en el puerto de barcos o pasajeros que hayan
residido voluntariamente en los lugares declarados en rebeldía contra
el dominio de España, con la excepción de aquellos que demostrasen
haber permanecido fieles a los mismos principios sustentados por
aquella corporación municipal.69
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 19, No. 35.
Ibídem.
69
Ibídem.
67
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El 24 de ese mes y año, el Comandante del Morro trasladó a
Bourman un sobre, que le entregó el capitán de la goleta Neptuno, en
cuya cubierta se podía leer:
Del Presidente del estado al Señor Gobernador Gefe Superior
Político de la Ciudad de Santiago de Cuba [...]
con un escrito firmado por José Núñez de Cáceres, Santo Domingo
18 de diciembre de 1821, Año 1 de la Independencia:
La goleta Neptuno procedente de la matrícula de este puerto ha sido flotada por el [...] para conducir al de esa ciudad
las familias del coronel D. Francisco Valderrama sargento
mayor que era de esta plaza y de otros varios empleados
del gobierno español cuando esta isla se hallaba sometida
a su dominación. Por fortuna esta ha cesado desde el día
1 de los corrientes en que Santo Domingo proclamó y
juró su independencia elevándose al rango de una nueva
nación con el nombre de Estado Independiente de Haytí
Español [...].70
Bourman, después de dar cuenta de esos documentos a la
Diputación Provincial en sesión del propio día 24, elevó cinco días
más tarde al brigadier Moya los acuerdos adoptados y cuantos otros
antecedentes obraban en su poder acerca de los históricos acontecimientos de la isla cercana:
Dirijo al conocimiento de V. S. el pliego original que con
oficio me remite el Comandante del Morro participándome
al mismo tiempo que fue conducido por una goleta procedente de Santo Domingo, que entre los de su equipage transporta al Señor D. Francisco Valderrama Coronel graduado
y Sargento mayor de aquella Plaza.= De su contexto se ha
de ver que la independencia de la parte española de esa isla
de con la madre Patria ha sido declarada sin duda, y de un
modo positivo, pero cuyo genero de Gobierno se ignora, no
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 19, No. 35.
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obstante que viene subscrito dicho oficio por D. José Núñez
de Cáceres, y el sobre contiene las expresiones del Presidente
del Estado, que quizá vendrá a ser el Republicano= Entre
tanto sea cual fuese a nosotros no toca mas sino velar por
la tranquilidad de este país manteniéndolo intacto de los
ataques, y que la constitución política de la Monarquía sea la
única observada en esta Provincia como el ídolo de nuestra
felicidad= Consiguiente a ello, he dado orden para el desembarque del citado Sargento mayor, familia y demás oficiales
emigrados de aquel punto mandando se detenga la embarcación en el Morro hasta la disposición de V. S. de quien
espero saber sus resoluciones acerca de ello, para cooperar
de acuerdo en la importante obra de la conservación de esta
preciosa isla.
Por su parte, el coronel Valderrama, tan pronto puso pie en tierra
cubana celebró una larga entrevista con el gobernador Moya, rindiéndole un amplio informe sobre el desarrollo de los sucesos que dieron
lugar a la independencia dominicana. Y, en 31 de diciembre escribió
al capitán general Mahy:
[...] Tengo el honor de acompañar respetuosamente a
V. E. la carta que el Señor Capitán General que fue de
la isla de Santo Domingo Brigadier D. Pascual Real se
sirvió entregarme para poner en sus manos= Dicho gefe
me encargó hiciese a V. E. una reacción de los acontecimientos que precedieron y subsiguieron a la declaratoria
de la independencia en aquella; pero como desde el 25
del presente mes en que se verificó mi llamada a esta plaza, hice ante el Gobernador Militar Interino de ella una
declaración relativa a dichos particulares para elevarse al
superior conocimiento de V. E. omito por lo tanto repetirlos en este lugar [...].71
Y terminaba solicitando se le diera un destino, en mérito a su hoja
de servicios y tener que cuidar de sus diez pequeños hijos. A lo que
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 19, No. 35.
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hubo de acceder Mahy, nombrándolo Comandante Militar de la ciudad de Baracoa, especialmente encargado, por su proximidad geográfica, de vigilar los movimientos todos de la república unida de Haití.
A las informaciones que hubo de enviarle el brigadier Moya justamente alarmado ante la agitación popular que observaba entre el
pueblo de Santiago de Cuba, no sólo por la separación de aquella
colonia de la dominación europea, sino por lo que para los grandes
propietarios de tierras era aun más grave: la abolición de la esclavitud,
contestó el Capitán general Mahy desde La Habana en 30 de enero de
1822:
He recibido el oficio de V. S. de 30 de diciembre próximo
con los Documentos que cita y ejemplares impresos del Santo
Domingo, que se había recogido de la correspondencia particular que conducía el Buque de aquel destino, y enterado
de todo su contenido, y de lo providenciado por la novedad
de la Independencia de Santo Domingo, y el complexo de
circunstancias que asomaban por el aparato con que traslució ahí tal noticia, que exigían un pronto y eficaz remedio,
digo a V. S. que me parece bien que hubiese deliberado entregar de los almacenes del Depósito, a solicitud de ese M. Y.
Ayuntamiento, quinientos fusiles baxo las correspondientes
causiones y formalidades, para armar la Milicia Nacional
local que carecía de ellos: más no obstante recomiendo a V.
S. que economice el suministro de esta clase de armamento
todo lo posible para qualquiera caso de grave importancia
nacional en que sea necesario hacer uso de él. En quanto a
lo que V. S. añade de que se le proporcione numerario con
que socorrer la tropa permanente, y la demás activa que cuida de la garantía en la tranquilidad de esa Plaza; contesto me
hallo bien persuadido que este Señor Superintendente de la
Hacienda Pública, conforme a mis anticipadas indicaciones,
estará atento a cubrir el mencionado obgeto.72
Pero no adquirían las autoridades santiagueras la confianza
que deseaba inspirarles el gobernador de la isla, ya que se recibían
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 19, No. 35.
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constantemente noticias cada vez más alarmantes para sus intereses coloniales de Santo Domingo. El 30 de enero de ese año el
Comandante del Morro, capitán Mariano Caro, comunicaba al
brigadier Moya que el capitán del guairo español Carmen, Jaime
Catalá, procedente de Puerto Rico, le informó que había oído decir
el 19 de ese mes en los Cayos de San Luis que los negros habían
entrado en Santo Domingo y enarbolado el pabellón de Boyer y
quitado el Independiente.73
Esta noticia irritó aún más a los reaccionarios enemigos de la independencia americana. El Ayuntamiento de Santiago de Cuba, dominado por los más destacados representativos de la sociedad esclavista,
llevó su actitud intransigente hasta oponerse no sólo a cualquier trato
o comercio con Haití, sino que trataba por todos los medios a su alcance de impedir que hasta los blancos procedentes de aquellos puertos
se refugiaran allí.
El 14 y 18 de abril de 1822 fondearon en el puerto de Santiago de
Cuba la goleta inglesa Stern y el bergantín sardo S. José procedentes de
Santo Domingo, conduciendo familias blancas que no soportaron que
darse bajo la dominación de haitianos que:
Están ocupando todos los Pueblos Españoles así como sus
puestos fortificados (después de haberse proclamado la
independencia que acaudilló el Juez de Letras de aquella
Capitán D. José Núñez de Cáceres y sostenida por poco tiempo por la gente de color que logró seducir, y a algunos blancos a su devolución), trataron de emigrar y buscar su asilo
por segunda vez en esta Isla donde estuvieron refugiados en
consecuencia de la cesión de aquella parte de los dominios
soberanos hecha por el tratado de Basilia.
Además, Bourman sin hacer caso de las protestas de los ediles santiagueros autorizaba desembarcos de refugiados en otros lugares. En oficio
de 16 de marzo de 1822 le dice al Jefe Político de la ciudad de Baracoa:
No hay inconveniente en que se admitan en ese Puerto los
Emigrados que se presenten de cualquier parte de la Isla
Ibídem.
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Española de Santo Domingo, con los esclavos que hayan querido seguirles; pero velará V. con especialidad que entre los
últimos no venga ningún esclavo extranjero sea de la nación
que fuese [...].74
Al enterarse los regidores de que el gobernador había permitido
desembarcar a los refugiados dominicanos, violentamente protestaron de tal medida en las sesiones celebradas por el Ayuntamiento los
días 15 y 18 de abril, y, en la última, acordaron dirigirse al Gobierno
Supremo en Madrid:
Para que S. M. cerciorado de las afligidas circunstancias
en que se halla esta siempre fiel Ciudad de Cuba, se digne providenciar los auxilios que sean bastantes a su conservación [...] y para mas comprobar el evidente mal que
nos amenaza y a que vigorosamente jura oponerse este
Consistorio y derramar la última gota de su sangre en favor
y sostenimiento de la dependencia de la Nación Española y
de nuestro Rey Constitucional, póngase también copia del
expediente instruido a consecuencia de la independencia
de la Capital y algunos Pueblos de Santo Domingo, que
mandó formar la Excelentísima Diputación Provincial y de
que este Ayuntamiento hizo sacar copia para elevarlo todo al
Supremo Gobierno [...].
Por su parte, en 23 de abril de ese año, el Gobernador político
Interino D. Félix Bourman se dirigió al Ministro de Ultramar para
justificar su conducta:
Nada era tan natural y tan obvio como hospitalar estas familias desgraciadas después de haber tomado este Gobierno
político, y hecho las debidas investigaciones de no contenerse en una ni en otra embarcación individuo alguno que
se hubiese adherido a la emancipación o independencia,
y cuando disponía su desembarco, se le presentó la intempestiva escandalosa contradicción del Ayuntamiento
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 19, No. 35.
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Constitucional bajo la capa de un falso zelo aspirando a
que repeliesen dichas familias sin producir ni apoyarse en
las pruebas del crimen que debían preceder a la aplicación
de un castigo tan duro.75
No por eso abandonaron los regidores y sus clientelas respectivas
sus intenciones. Aprovechándose de su influencia en la Diputación
Provincial lograron de esta corporación que interesara a Bourman
en un proyecto para intentar una insurrección en Haití. Y, este, por
oficio de 25 de junio de 1822 trasladó el plan al Capitán general
Mahy:
Excelentísimo señor: Los vecinos de Montecristo en la
Isla Española dirigieron a este Gobierno una representación solicitando auxilios para separarse de la dominación de los negros y mulatos de aquella colonia, y pasado
a la Excelenísima Diputación Provincial, ha acordado su
elevación a V. E. para que como primer Gefe Militar de
la Isla providencie lo que estime por conveniente, y en su
consecuencia acompaño a V. E. el nominado Expediente
por lo que pueda influir a el alivio de aquellos habitantes fieles que suspiran por el Gobierno legítimo
Constitucional.76
No dejó de agradarle le solicitud al general Mahy que dio su respuesta, La Habana, 15 de julio de 1822, al Jefe Superior Político de
Santiago de Cuba, en términos que parecían estar dispuestos a intervenir con objeto de provocar la insurrección dominicana. Pero, el 18 de
ese mes falleció el general Mahy, interinamente pasó a ocupar los cargos de Capitán general y Jefe Superior Político, el Mariscal de campo
D. Sebastián Kindelán, que conociendo a fondo la verdadera situación
política y social de Haití y Santo Domingo, no calorizó la aventura.
Y, durante su interinatura, que duró hasta el 2 de mayo de 1823, se
abandonaron por completo todos los proyectos intervencionistas en
aquella isla.
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 112, No. 167.
Ibídem, legajo 123, No. 44.
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IV
Las relaciones con Haití y Santo Domingo
durante el gobierno de Vives
El 2 de mayo de 1823 entregó Kindelán el gobierno de la isla de
Cuba al mariscal de campo D. Francisco Dionisio Vives que, por el
hecho de haber sido Ministro Plenipotenciario en los Estados Unidos,
había estado en contacto con los problemas internacionales que afectaban directamente al gobierno colonial, singularmente en cuanto se
relacionaba con las dificultades creadas por la creciente ola expansionista norteamericana. Y, por lo tanto, se le suponía capacitado para
poner en acción los fantásticos proyectos fernandinos cuyo objetivo
fundamental era el de recuperar su perdido imperio de Nueva España.
Era el general Vives un representativo cabal de la corrupción política y administrativa que con Fernando VII imperaba en España, y cuyos
procedimientos inescrupulosos habrían de colmar las reaccionarias
aspiraciones de la aristocracia negrera criolla, y de los contrabandistas
y comerciantes españoles de La Habana.
Las clases dirigentes cuya representación ostentaba Vives, habían
sumido a España en un miserable estado. Salvo una exigua minoría de
hombres de letras y políticos honestos, aquellas gentes permanecían
aferradas a una concepción feudal que despreciaba el trabajo creador
y fecundo, las ciencias y las profesiones útiles al progreso humano.
Estaban firmemente convencidas que la única fórmula de vida para
ellas no era otra que la explotación política del poder, bien obteniendo cargos públicos que les permitiera vivir holgadamente a costas
del pueblo en la Metrópoli, o bien trasladándose a las colonias para
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saquearlas desde los puestos claves en los virreinatos y capitanías generales que les facilitaran un rápido y fácil enriquecimiento, explotando
sin piedad ni misericordia a las masas de indios, negros y mestizos de
la América nuestra.
Fernando VII y los hombres que mantenían el despotismo político
más ferozmente sanguinario y brutal de aquel período histórico, cerraron España a toda posible infiltración de los principios democráticoburgueses que la Revolución Francesa aportó a los otros pueblos de
Europa. Despreciando los métodos de investigación basados en la
observación directa, en lugar de mirar hacia el futuro de un positivo progreso humano se dedicaron a idealizar un pasado miserable y
odioso. Incrustados en posiciones de relieve por la ingenuidad de los
liberales que promulgaron la Constitución de 1812, fueron los factores determinantes, al regreso de Fernando VII a España, de la instauración del odioso absolutismo. Y, al restaurarse en 1820 el régimen
constitucional, no vacilaron no sólo en promover la agitación contrarevolucionaria en toda la península, sino que acudieron igualmente a
solicitar la intervención militar extranjera para esclavizar aún más al
pueblo español.
El sistema constitucional español –escribe Pi y Margall– era la
pesadilla de los reyes y de los gobiernos que habían firmado el convenio de la Santa Alianza. Y decidieron hacer del problema español
una cuestión europea. Al efecto, en el año 1821, los plenipotenciarios
de Austria, Prusia, Rusia y Francia, reunidos en Laybach, trataron de
los medios que debían poner en práctica para contener los trastornos
de una posible revolución de los pueblos, y los sucesos ocurridos en
España aceleraron la convocatoria de un nuevo Congreso, cuyas conferencias se abrieron en Verona el mes de octubre de 1822. Los asuntos
sometidos a su discusión, eran estos: lo., el comercio de negros; 2o.,
las piraterías de los mares de América; 3o., las desavenencias de Rusia
y Turquía en Oriente; 4o., la situación de Italia; y 5o., los peligros de la
revolución española con relación a los demás Estados europeos.
La reacción fernandina envió a Verona agentes secretos para obtener la intervención militar de las potencias de la Santa Alianza a fin de
restaurar el absolutismo en España y, también, solicitar la mediación de
aquellas para recuperar las colonias de América. George Canning, que
había sucedido al ultrarreaccionario Lord Castlereagh en el Ministerio
de Relaciones Exteriores de la Gran Bretaña, se opuso tenazmente a
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tales medidas, pero sin éxito. El Congreso de Verona, acordó –gracias en
gran parte a las gestiones del vizconde de Chateaubriand– dar a Francia
la autorización necesaria para restablecer el absolutismo fernandino en
España. Y como primer paso en el camino de la intervención, por medio
de los respectivos representantes diplomáticos acreditados en Madrid,
presentaron una serie de notas al gobierno constitucional español regido
por D. Evaristo San Miguel conteniendo toda clase de injurias acusando
a ese gobierno liberal de tener prisionero a Fernando VII, de perseguir
la Iglesia Católica y mantener la anarquía en todo el país. Y, tan pronto el
Rey Felón estuvo seguro de las decisiones tomadas en Verona –confirmadas después por Luis XVIII, rey de Francia, que, al abrir las sesiones del
Parlamento en 18 de enero de 1823, anunció oficialmente la entrada del
ejército francés al mando del duque de Angulema en España– dispuso
la salida para Cuba del general Vives, cuya misión sería la de realizar los
preparativos necesarios para la reconquista de Nueva España.1
Como conclusiones de los temas tratados en Verona, aparte de
lo interesado por la reacción europea en apoyo del absolutismo fernandino, Canning presentó, –15 de noviembre de 1822– al gabinete
británico un memorándum en el que hacía resaltar la preocupación
del gobierno sobre la gran cuestión del tráfico de esclavos, y el fracaso
de las negociaciones del Duque de Wellington para lograr en Verona
la abolición en Cuba y Brasil, y el complemento de los tratados internacionales declarando piratas a los barcos negreros.
◉◉◉◉◉
El general Vives encontró una sería dificultad al iniciar su período
de mando para ejecutar los reales encargos. El gobierno de los Estados
Unidos –28 de marzo de 1822– había reconocido la independencia
de las colonias rebeldes de la América Hispana. Además, Canning,
presionado por la burguesía inglesa que ya jugaba un papel decisivo en las relaciones internacionales, había exigido del Ministro de
Estado español, San Miguel, que se declarase la libertad de comercio
en América, y, antes de recibir respuesta alguna, en 9 de diciembre de
1822, dispuso el envío de cónsules a Veracruz, Maracaibo, La Guayra,
Francisco Pi y Margal y F. Pi y Arsuaga, Las grandes conmociones políticas del siglo xix
en España, Casa Editorial Segui, Barcelona, s. f.
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Valparaíso, etc., lo que significaba el primer paso de una gran potencia
europea en el camino seguido por los Estados Unidos. Sin embargo,
España, batida por Bolívar en todas partes, dominaba aún importantes
sectores del continente americano que, con una política más realista
y humana, podía implicar para las negociaciones de una paz –que hubieron de insinuarle y Femando VII rechazó durante los debates del
Congreso de Aquisgrán en 1818– favorable a los verdaderos intereses
nacionales. El virrey La Serna, con los generales Canterac, Valdés y
otros sostenían en el Perú la dominación metropolitana; Francisco
Tomás Morales, si bien es cierto que con muchas dificultades, mantenía un sector importante de la costa venezolana; y el Castillo de San
Juan de Ulúa, en Veracruz, ocupado por las tropas españolas, constituía una seria amenaza para México y ocupaba el primer lugar en el
apoyo a los quiméricos planes de reconquista. Compartió con Vives la
responsabilidad del gobierno en la ejecución de los planes de reconquistar Nueva España, el político oportunista y hábil administrador
D. Claudio Martínez de Pinillos, representativo de los hacendados y
traficantes negreros, acreditado financista de Fernando VII a quien
facilitó grandes sumas de dinero para defender la reacción absolutista.
A ninguno de ambos personajes se le dieron instrucciones acerca de la
línea políuca que debían seguir con Haití y Santo Domingo, unidas en
ese período bajo la presidencia de Jean Pierre Boyer. Sin embargo, no
tardaron en confrontar todo género de dificultades. Y, como era natural por su próxima vecindad geográfica, se originaron nuevamente
conflictos en los puertos de la región oriental de Cuba causados por la
presencia en ellos de barcos mercantes haitianos. Al general Vives se
le dio traslado de la protesta y acuerdo del Ayuntamiento de Santiago
de Cuba por el comercio con Haití. Según reza en un acta del mismo,
en la sesión presidida por el Alcalde D. Andrés de Jústiz –lo. de julio
de 1823– una vez más se hicieron acusaciones contra los haitianos.
El regidor D. Félix Polanco formuló las quejas, ya que, en una visita
realizada por él a un buque procedente de Montecristo cargado de
ganado vacuno, su:
[...] desenvuelta escandalosa entrada, lo ha puesto en demasiada consternación, viendo las relaciones que se establecen de aquel punto a este, que pueden ser demasiado
sensibles sus resultas, y aun cuando nada se temiese queda la
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desagradable nota de admitir en un lugar del fiel territorio
Español, la comunicación con un País que ha cooperado a la
independencia criminal de Santo Domingo por todo lo cual
pide se acuerde la prohibición absoluta de tal comunicación,
poniendo una guardia a bordo de cualquier buque que se
averigüe su procedencia de los citados lugares u otros disidentes para que inmediatamente auxiliados que sean de víveres y agua se expulsen de este Puerto si fuesen extrangeros,
y si nacionales se les apliquen las penas condignas en tales
casos con arreglo a las Leyes, y se acordó de conformidad.2
Como para excitar aún más los caldeados ánimos de los negreros
santiagueros recibieron aquellos funcionarios locales, pocas horas después de la ruidosa reunión del Cabildo, un oficio del coronel Francisco
Valderrama, comandante militar de Baracoa, enviado por correo extraordinario con fecha 30 de junio, informando al Gobernador Militar:
Hace ocho días que se ha empezado a hostilizar estas costas
por los Haitianos o negros de Santo Domingo, que en una
Balsa entraron en la Caleta a doce leguas de distancia de esta
población, y robaron un negro y varias reses de la propiedad
de D. Antonio Galano, y ayer ha fondeado en este puerto la
Balandra Española titulada la Caridad, que había salido con
registro para la Isla de Puerto Rico y fue apresada sobre la
Costa de Santo Domingo y conducida al puerto del Príncipe
de la misma, en donde fueron tratados los Españoles como
tales prisioneros, y por una gracia especial del Gefe de aquella
pretendida república el 21 del pasado se le dio el Buque para
que restituyan a esta, quedando el cargamento en poder de
aquel Gobierno, cuyos incidentes persuadirán a V. S. ahora
más que nunca no debe permanecer Baracoa en el estado de
indefensión en que se halla por defecto guarnición, y que es
mi deber, no solo hacer reclamos al efecto, sino también insinuar en que si por desgracia se sorprende este interesante
punto por aquella canalla, puede ser muy funesto a la Isla
en general, pues no han dexado de aconsejarle a un español
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 113, No. 105.
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de color, natural de aquí y perteneciente a la tripulación de
dicho Buque, diese noticia del sistema de allá a los de su
clase, con otras muchas cosas que a la penetración de V. S.
no puede escaparcele [...].3
Valderrama, que había ocupado un alto cargo en el Santo
Domingo español, y conocía por experiencia propia la fuerza expansiva de la revolución haitiana entre las masas esclavas del Caribe,
temía, y con razón, que las constantes campañas y propagandas de
los negreros orientales llegasen a resentir a los haitianos al extremo
de tomar la ofensiva armada contra aquella comarca tan cercana a
sus playas. Y como prueba de que el presidente Boyer había iniciado
ya una política francamente contraria a los intereses de los negreros
y propietarios feudales de Cuba, acompañaba un documento impreso y firmado por el primer mandatario del segundo país liberado del
yugo colonial en América, prohibiendo el tráfico comercial entre
ambas islas.
En diciembre 4 de ese año recibió en La Habana, D. Francisco
Javier de Arambarri, intendente de Hacienda, la confirmación de las
represalias comerciales adoptadas por Boyer como justa respuesta a las
agresivas disposiciones de las autoridades coloniales de Cuba, en Real
orden firmada por Yandiola en Cádiz 13 de julio de 1823, de la que
envió copia a Vives:
El Señor Secretario del Despacho de la Gobernación de
Ultramar en 8 del actual me dice lo siguiente. «El Gefe
Político Superior de la Isla de Puerto Rico da cuenta a S.
M. con fecha de 25 de abril último de que sabía por conducto seguro que el presidente Boyer había publicado una
proclama prohibiendo en los Puertos de Haití el Comercio
de los buques procedentes de cualquiera de las Antillas y
del Nuevo Mundo admitiendo únicamente los que procedan de las metrópolis y Estados Unidos. Esta disposición
debía observarse desde l de mayo último, y el resentimiento
con que estaba escrita manifestaba que se dirigía con más
particularidad a sus vecinos pues los acusa de no haber
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 113, No. 104.
3
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respetado su pabellón y de continuar traficando en sus hermanos y semejantes [...].4
Es claro que Boyer, siguiendo la política que en ese sentido habían
establecido tanto Christophe como Petión, dirigía su ataque directamente a los traficantes negreros de Cuba, al mismo tiempo que buscaba atraerse las simpatías de los abolicionistas ingleses en el progresivo
intento de aplastar el odioso comercio de carne humana. Además, era
una de las tantas maniobras que estaba realizando para acabar con el
injusto aislamiento internacional que sufría la República Negra desde
el día de su independencia.
Por esa razón, primordialmente, en 6 de julio de 1822, el general
Inginac, Secretario general del gobierno haitiano, dirigió una nota
oficial al Secretario de Estado de los Estados Unidos, John Quincy
Adams, en la cual, después de señalar el hecho prometedor para un
mejor entendimiento entre ambos países el de haberse incrementado el comercio en los últimos años, demandaba el establecimiento
de relaciones políticas más estrechas. El general Inginac, en su bien
redactada nota, dejaba constancia que era a Estados Unidos al primer
país que se dirigía Haití solicitando el reconocimiento de su independencia. Con hiriente grosería Adams escribió debajo de esta nota: Not
to be answered (No debe contestarse). 5
Al mismo tiempo que despachaba el lo. de mayo de 1824, a los
comisionados señores Larose y Rouanez a Francia el presidente Boyer
dispuso enviar a los Estados Unidos a Mr. J. Granville, para que, de
acuerdo con las instrucciones de 25 de mayo de ese año, gestionara
con el apoyo de algunas instituciones benéficas de aquel país la inmigración de negros y mulatos libres a los que se les ofrecían el goce
de todos los derechos de ciudadanos, para trabajar en Haití. Como
resultado de la gestión de Granville, varios miles de hombres y mujeres de color de Norte América se trasladaron a la parte este de Haití
destinados a labores agrícolas.
◉◉◉◉◉
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 22, No. 18.
Jean Price-Mars, La Repuhlique D’Haiti Et La Republique Dominicaine, Port-auPrince, 1953.
4
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José Luciano Franco
El gobierno del general Vives comenzaba a sentir los efectos de
la propaganda tanto procedente de Colombia como de México que
atrajo a un grupo de cubanos, argentinos, ecuatorianos, centroamericanos, e inclusive haitianos como Sévere Courtois, dispuestos a luchar
por la independencia de Cuba, y cuya primera etapa de lucha fracasó
en la conspiración de Soles y Rayos de Bolívar. Y, pocos años después,
en la Expedición de los Trece y en el sacrificio heroico de Manuel Andrés
Sánchez y Frasquito Agüero.
Toda esa agitación revolucionaria interna, unida a las noticias poco
agradables para los planes de reconquista de las sucesivas derrotas de
los realistas hispanos a manos de los soldados de Bolívar y Sucre –que
culminaron en la histórica y gloriosa jornada de Ayacucho– apartaron
la atención de Vives y la camarilla de negreros que lo rodeaba de los
asuntos haitianos. Pero, como Boyer, para distraer con una maniobra
política destinada al consumo interior simuló una movilización general ante lo que parecía un ataque de parte de Francia, pues era público
y notorio que la escuadra francesa al mando del contralmirante Jurien
de la Graviere recibió órdenes a fines de 1824 de partir para el Caribe,
y el teniente general Donzelot, gobernador de Martinica, recibió al
mismo tiempo instrucciones reservadas de agitar aún más los problemas en esta zona americana, pronto llegaron a Vives noticias y rumores alarmantes que, en parte, hubo de confirmar después. En 8 de
febrero de 1825 recibió el Capitán general un oficio del gobernador
de Santiago de Cuba conteniendo el siguiente informe:
En un expediente obrado en Baracoa a consecuencia de la
entrada en dicho Puerto de un bote procedente de Puerto
Príncipe en la Isla de Santo Domingo, que conducía tres
individuos, dos franceses y uno español, resulta por las deposiciones de estos: que vienen huyendo de aquella parte
a causa del estado de convulsión en que se halla la Isla,
producido por los rumores de la llegada de la expedición
de Brest: que trabajan los Negros en hacerse fuertes; y que
han emigrado algunos comerciantes blancos en buques americanos y se preparaban a hacerlo otros, reinando bastante
divergencia entre los mismos Negros: Lo que comunico a V.
E. para su Superior conocimiento en la inteligencia de que
he prevenido al Señor Teniente Gobernador de Baracoa,
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tome las providencias precautorias que puedan exigir las
circunstancias en que se halla dicha Isla, por el inmediato
contacto en que está con el territorio de su cargo, vigilando
y examinando tanto de los tres emigrados referidos, como la
de otros que puedan arribar allí.6
Pocas semanas más tarde llegó al puerto habanero la división naval
francesa al mando del contralmirante Jurien. La misión de este, de
acuerdo con las instrucciones secretas de su gobierno –lo. de marzo
de 1824– era la de conocer la situación de las colonias europeas en
América, y la de los nuevos gobiernos republicanos establecidos en las
antiguas posesiones españolas.
Y concretamente acerca de Haití se le ordenaba:
Aunque haya muy escasos motivos para suponer que debamos acometer la empresa de recuperar a Santo Domingo
a viva fuerza, esta antigua colonia no puede permanecer
extraña a los proyectos que ha de desarrollar usted Tendrá
pues, que examinar cuáles serían los procedimientos más
adecuados para reducir a los jefes actuales de esta isla, ya
se trate de obligarlos a un arreglo útil con Francia, ya sea
que se necesite únicamente reprimir su tendencia a excitar
sublevaciones en nuestras otras colonias de las Antillas para
expulsar a los europeos y establecer en ellas la autoridad de
las gentes de color.7
En cumplimiento de esas instrucciones, Jurien, con sus navíos, se
presentó en Port-au-Prince para presionar al gobierno haitiano a que
aceptara la ordenanza de Carlos X, rey de Francia, presentada a los
representantes de Boyer por el barón de Mackau, en la cual imponía
una serie de concesiones a favor del comercio francés, y una crecida
indemnización a cambio del reconocimiento de la independencia de
Haití. Y que Boyer, hostigado por el aislamiento a que estaba condenado su país por la política de los Estados Unidos y, también, de la Gran
Colombia, no le quedó otro recurso que aceptar.
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 125, No. 1.
Carlos Villanueva, La monarquía en América, La Santa Alianza, París, s. f.
6
7
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José Luciano Franco
Terminada su tarea en Haití, Jurien y su escuadra se trasladaron
a La Habana. Aquí celebró una larga entrevista con el general Vives.
Este, en 29 de julio de 1825, daba cuenta de ella al Ministro de Estado,
y las conclusiones pesimistas que sacaba de los pactos franco-haitianos:
Después de haber dado a V. E. conocimiento de la imprevista
llegada á este Puerto de la Escuadra Francesa al mando del
Contra Almirante Jurien, creo sumamente preciso y oportuno hablar a V. E, de los efectos que ha producido en los habitantes de esta capital la noticia de haberse reconocido por S.
M. Cristianísima la independencia de la República e Isla de
Santo Domingo= A su primer anuncio presumí desde luego
que serían demasiado tristes pero después que la reflexión
ha profundizado en el ánimo de estos vecinos veo con dolor
que sus consecuencias se presagian fundadamente con un
desaliento que ni aun es dado describir= Quien se lastima
de su credulidad en la esperanza de que existía un convenio
entre los Soberanos Aliados para conservar enérgicamente
las prerrogativas del Trono sin entrar jamás en transacción
con vasallos rebeldes: Quien al fin se duele de los sacrificios
y peligros a que indudablemente será conducida la Isla por
la proximidad de un Estado cuyas ventajas nunca podrán lograrse sin la absoluta ruina de la otra cuya reunión a la citada
Santo Domingo se halla bien indicada por las anticipadas
declaraciones y disposición de los moradores de ella; por la
identidad de sus ideas, por la inclinación natural que debe
suponerse en los negros a la libertad; por el deseo de abolir
la esclavitud en que yacen sus hermanos; por el exemplo
con que les alienta a sacudirse; y porque dándose valor a la
conducta de dos naciones poderosas como la Francia y la
Inglaterra, las comparaciones de resistencia y debilidad para
continuar sometidos o activar sus proyectos de emancipación
en dominios que se resienten del trastorno de las épocas pasadas son muy obvias y seguras= Sin recalcar con tan positivos
recelos males de tanta magnitud que podrán influir directamente sobre todos los ramos de su prosperidad V. E. se
penetrará al momento de que en adelante pueden suscitarse
y ensangrentarse en esta posesión vaivenes políticos. Ya no
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serán los esfuerzos del Continente Americano los que deban
alarmarnos con más urgencia y vigor: enemigos doblemente
temibles existen dentro de nuestras habitaciones y en el seno
de nuestras familias confiadas otros días y ahora afligidas: Un
mismo aire no es respirable en tales circunstancias al Señor
y al Esclavo cuando a este se le halaga y lisongea con otra
condición noble: su lucha y oposición serán inescusables y el
resultado será también anexo siempre a la astucia, a la premeditación, al odio precavido y encarnizado deja desigualdad y al constante deseo de vengar su actual humillación y
abatimiento. Y si el considerable número de libertos hasta el
día fieles y sumisos se guía por la senda que les ha trazado
aquel exemplo pernicioso y el lenguaje usado por el reconocimiento ya dicho, yo no alcanzo con cuantas expresiones se
podrá hacer palpable la suerte futura de esta Isla [...].8
No sólo reflejaba Vives en su escrito al ministro español la poco
agradable impresión que a los negreros de Cuba había producido la
noticia del reconocimiento de la independencia de Haití por Francia,
sino que dejaba traslucir el pesimismo que abrigaba con respecto al
dudoso éxito de los planes de reconquista que Fernando VII le había
confiado. No se le ocultaba, ante el cambio de actitud de las potencias europeas de quienes esperaban una posible ayuda en el fantástico empeño de recuperar alguna de sus pérdidas colonias, que las
colonias hispánicas de América no volverían a caer bajo el dominio
metropolitano. La lectura de la prensa inglesa y norteamericana –cuya
traducción la realizaba Luis Payne– así como las informaciones de su
bien situada red de espionaje, lo mantenían al tanto de cuantos cambios ocurrían en las relaciones internacionales de su tiempo, y, muy
especialmente, de la política expansionista de los Estados Unidos que,
al mismo tiempo que intensificaba sus relaciones comerciales con los
países del Caribe, ya no ocultaba sus intenciones de aprovechar cualesquiera oportunidad favorable para extender sobre algunos de ellos
el dominio político que la crisis hispánica parecía brindarle. Hasta
qué punto el gobierno norteamericano, siempre en defensa de sus
Boletín del Archivo Nacional, año IX, No. 1, pp. 19-20, La Habana, enero-febrero,
1910.
8
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intereses esclavistas, participaba en esas maniobras diplomáticas, lo da
a conocer el representante diplomático inglés ante el Zar de Rusia, E.
C. Disbrowe, en oficio a Canning de 18 de septiembre de 1825:
De acuerdo con las Instrucciones que recibió hace algún
tiempo, Mr. Middleton, el Ministro Americano ante esta
Corte, ha estado tratando de persuadir al Gobierno ruso para
que inste al Rey de España a reconocer la Independencia de
las antiguas Colonias españolas en el Continente Americano.
Aunque la nota alcanza a pedir a S. M. I. que dé el mismo
paso ante la Corte de Lisboa, percibirá usted, Señor, por el
documento de estado que acompaña a su pedido y del cual
se me ha permitido confidencialmente obtener una copia,
que la situación del Brasil ocupa muy seriamente la atención
de los Estados Unidos de América, que parecen estar, por
cierto, considerablemente alarmados por si una tentativa de
parte de los Estados de Buenos Ayres y Colombia (y especialmente de Bolívar) para revolucionar el Brasil por medio de
los negros a fin de excluir con más eficacia la influencia del
Continente Americano terminaría por barbarizar una vez
más esos hermosos países, mientras que el éxito final, que
ha coronado la lucha por la independencia de los negros de
Santo Domingo, debe constituir un estímulo para sus hermanos en las otras islas de las Antillas, así como en Georgia y las
dos Carolinas.9
Una prueba de la hostilidad norteamericana hacia el régimen colonial español, en todos los sectores gubernamentales, le envió a Vives,
el Cónsul de España, Juan Bautista Bernabeu –Baltimore, 5 de enero
de 1825– en una carta reservada:
[...] Lleno de indignación acompaño la relación del gran
convite nacional dado por ambas cámaras del Congreso en
Washington al Genl. Lafayette, que no pudo darse fin a su
celebración sin atacar e insultar, sin saber a que ni porqué,
a la Nación Española– Mr. Clay, presidente de la Cámara de
C. Villanueva, La monarquía.
9
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representantes, candidato para la presidencia de los Estados
Unidos, y acérrimo enemigo de nuestra bien desgraciada
Patria, juzgó no ver la fiesta completa si no se acababa con
una pública manifestación del menosprecio con que este
Gobierno, esta Nación, mira y considera al nuestro, y sin
insultar a nuestro Gobierno que en nada les ha ofendido. . .10
La nueva sombra imperial que se proyectaba sobre las tierras del
Caribe, que comienza a tomar forma en el mensaje del Presidente
Monroe –Washington 2 de diciembre de 1823– adquiere en otro mensaje presidencial al Congreso de la Unión de 8 de marzo de 1826, las
características definitivas de una política francamente intervencionista
en los asuntos de los países del Caribe. Un extracto de ese documento
traducido por Payne en 5 de abril de ese año para conocimiento del
general Vives, se refiere, en primer término al candente problema del
tráfico de esclavos y a la situación política de Haití, asuntos estos que
al parecer habían sido tratados con el representante diplomático de
Colombia en la oportunidad en que planteó la asistencia norteamericana al Congreso de Panamá, convocado por iniciativa de Bolívar. Y
agregaba:
El estado de las islas de Cuba y Puerto Rico es de la más profunda importancia y más inmediato apoyo sobre los intereses
presentes y propuestos y futuros de nuestra Unión. La correspondencia adjunta que se transmite demostrará cuan seriamente ha ocupado la atención de este gobierno la invasión
de ambas Islas por las fuerzas unidas de Méjico y Colombia,
se halla entre los objetivos que ocuparán la atención de los
Estados beligerantes de Panamá. Las convulsiones a que estarían espuestas por la peculiar composición de su población
en el evento de tal invasión y el peligro que de ello resultaría
de que cayese en manos de alguna Potencia que no fuese la
España, no permite que desatendamos estas consecuencias
que podría mirar con indiferencia el Congreso de Panamá.
Es innecesario ser difuso sobre este punto, no decir más sino
que, nuestros esfuerzos con referencia a este interés será el
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 839, No. 28,235.
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de conservar el estado existente de cosas, la tranquilidad de
las Islas, y la paz y la seguridad de sus habitantes.11
El gobierno absolutista de España no parecía querer enterarse de los
cambios ocurridos en el mundo desde el momento en que la burguesía
había tomado en sus manos el control de la producción y el comercio
internacional. El barón de Damás, ministro de Asuntos Extranjeros, alarmado ante el creciente poderío comercial norteamericano y la franca
tendencia de su política expansionista, desde noviembre de 1825 quiso
llamar la atención de los ministros de Fernando VII sobre la necesidad
de una mediación europea que salvara a España de la ruina total, y que
esta aceptara la transacción que le permitiera conservar sus colonias del
Caribe. Inclusive el general Pozzo de Borgo, embajador ruso: en París,
recomendó, en nombre del Zar, se aceptaran con ciertas modificaciones
las propuestas francesas. Pero todo fue inútil. Fernando VII cerrilmente
se negaba a escuchar ninguna recomendación, aferrándose a la idea
ya periclitada históricamente de la intangibilidad de los derechos de la
Corona de España a conservar intactas sus colonias americanas.
Y nuevamente intentó Fernando VII ceder Santo Domingo, que
formaba parte entonces de Haití, a otra potencia europea. Cumpliendo
sus instrucciones, el conde de Ofalia, embajador en París, presentó al
barón de Damás la cuestión del traspaso de los supuestos derechos
de España sobre la tierra dominicana como pago de la deuda con
Francia, cuyos resultados él mismo explica en carta oficial No. 17 de 22
de abril de 1827, dirigida al entonces ministro de Estado, D. Manuel
González Salmón:
Por lo que respecta a la propuesta de compra de la parte española de la Isla de Santo Domingo, me indicó que dos años
hace hubiera sido esta proposición bien recibida, (aludiendo, sin duda, á la época anterior al tratado hecho con Boyer)
pero que en la actualidad dudaba que pudiese tener hechura. Le repliqué que, sin embargo, lo pensase y conferenciase,
pues el Gobierno de S. M. pudiera verse en la precisión de
tratar de este punto con otros Gabinetes, si por el de Francia
no fuese admitido, o de entrar en negociación con el mismo
Gobierno Superior Civil, legajo 839, No. 28,235.
11
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Boyer, o de tratar de reivindicar sus derechos sobre dicha
parte española de Santo Domingo, cuya devolución a España
no se presentaba sumamente difícil en el año de 1824 en que,
ocupando yo el Ministerio, se ventiló este punto en nuestro
Gobierno. Me contestó que, efectivamente, era asunto digno
de atención; pero que en el día no creía que hallaríamos
facilidad para ello en el Gobierno de aquella Isla que detentaba la parte española. Le dije que el Gobierno español
daba en esta propuesta una gran prueba de sus deseos de
pagar a Francia, pues en realidad el recobrar para sí la parte
española de Santo Domingo, poseyendo las islas de Cuba y
Puerto Rico, era un objeto de mucho interés para España:
porque si, desgraciadamente, continuaban las turbulencias
en el continente Americano, el Gobierno español podía hacer de las tres islas un punto de sólido establecimiento y de
hospedaje para todos los españoles europeos y americanos
que huyendo de las convulsiones del continente, quisiesen
establecerse en ellas, traer sus capitales y continuar viviendo
bajo las leyes españolas y el Gobierno paternal de S. M. que
ahora estaban en estado de apreciar más que antes, comparando lo que eran bajo la dominación española, y el estado
a que se veían reducidos por efecto de aquellos trastornos y
teorías funestas [...].12
Al conde de Villele, presidente del Consejo de Ministros de Francia,
en esa misma semana de abril, reiteró Ofalia la anterior propuesta,
obteniendo idéntica negativa.
Trasladado como embajador a Londres, Ofalia, agitado por las
inquietudes de los gobernantes de Madrid que, aun cuando ya demasiado tarde, comenzaban a enterarse de que todos los gobiernos
europeos se disponían a reanudar sus relaciones comerciales con las
nuevas repúblicas americanas, y reconocer la independencia de la mayoría, quiso apurar las negociaciones con Canning –enfermo grave, y
que murió semanas después– y sus inmediatos sucesores. El ambiente
político de Londres controlado y dirigido por una burguesía ansiosa
de asegurarse el dominio económico de los mercados mundiales, dio a
Marqués de Heredia, Escritos del conde de Ofalia, Bilbao, 1894.
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Ofalia una nueva perspectiva de la situación internacional y, muy especialmente, de cuáles eran los verdaderos intereses en juego alrededor
de Haití, Santo Domingo y Cuba. Y en una extensa carta a González
Salmón –Londres 18 de agosto de 1827– traza con bastante acierto
un esquema de lo que cree es la verdadera situación de la política de
las grandes potencias en el caso de la América Hispana, y el resultado
negativo de sus gestiones:
[...] Como quiera que sea no puede dudarse que con respecto al Continente americano, los intereses de Inglaterra, y los
que ella ha creado y sostiene, son enteramente opuestos a los
nuestros, y que ninguna negociación directa con el Gobierno
inglés sobre este objeto, podría ofrecernos la perspectiva de
ventajas muy considerables; pues, en el fondo, lo que desea
es que reconozcamos la independencia de las Colonias de
dicho Continente, para poder pacificarlas y explotarlas con
mayor seguridad en su propio beneficio, o someter algunos
de los puntos principales de ellas, a su protectorado, si la pacificación interior fuese imposible. Las únicas ventajas que su
sistema y las estipulaciones que la ligaban con los Gobiernos
insurgentes le permitirían ofrecernos, serían las que ya
en 1824 nos ofreció por medio de su Ministro en Madrid
Acourt, reducidas a garantirnos las Islas de Cuba y Puerto
Rico, a cuya oferta habrá visto V. E. en mi carta, No. 110, que
también me la insinuó M. Canning, aunque mucho más limitada que la primera, pues Acourt ofreció la garantía absoluta
contra toda especie de agresión que no procediese de movimiento interior, y Canning únicamente me la propuso contra
toda agresión, por parte de las Colonias españolas o nuevos
Estados del Continente de América, después de reconocida
por S. M. la independencia de ellos, pero creo positivamente
que si se diese oídos a la proposición, Inglaterra accedería a
la garantía en los mismos términos que la propuso entonces,
por medio de Acourt. En esta parte, sus intereses están en
perfecta conformidad con los nuestros; pues no desea trastornos ni sublevaciones en aquellas Islas, por temor de que
caigan en poder de los Estados Unidos, o de que la rebelión
de los negros las convierta en un nuevo Santo Domingo
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y que el mal ejemplo se propague y cunda también a sus
propias Islas. Igual recelo tienen los Estados Unidos por su
parte, e igual deseo de evitar que pueda caer la Isla de Cuba
en poder de Inglaterra; de manera que solo los Gobiernos
insurgentes y algunos revolucionarios o descontentos de la
propia Isla, son los que pueden tener interés en que no la
poseamos, por la consideración de que mientras nos ven
allí establecidos y fortificados, consideran dicha Isla como
un cuartel general de donde, en circunstancias favorables,
pudieran organizarse la reconquista del Continente o de
alguna parte de él [...].13
Claro que esto último lo escribió Ofalia para halagar a su rey, cuya
camarilla de picaros y ladrones lo adulaba constantemente, y conocía
los absurdos planes que elaboraban y, que efectivamente, con el desastroso resultado que era de esperarse, pusieron en práctica. Y, el 5
de julio de 1829, salió del puerto de La Habana la expedición militar
española al mando del general Isidro Barradas, rumbo a Tampico, con
el descabellado intento de repetir, a tres siglos de distancia, la aventura
conquistadora de Hernán Cortés, y que el pueblo mexicano, ahora, en
1829, destrozó en pocas semanas de lucha.
Apenas había partido la citada expedición recibió Vives –por
conducto del Intendente de Hacienda a quien iba dirigida–, la Real
orden muy reservada, Madrid 24 de agosto de 1829, firmada por
González Salmón conteniendo la soberana disposición acerca de
Santo Domingo, tan ineficaz como torpe y pésimamente concebida:
Conformándose el Rey N. S. con el dictamen de su Consejo
de Ministros, se ha servido nombrar al Intendente de Cuba D.
Felipe Fernández de Castro para qué en clase de Comisionado
y en compañía de una persona de su confianza que le sirva de
Secretario se traslade en un buque de la Real Armada a Puerto
Príncipe con el objeto de tratar con el Presidente de Haití de
la devolución a S. M. de la parte Española de la Isla de Santo
Domingo, a cuyo efecto le doy con esta fecha las instrucciones
oportunas. En consecuencia me manda S. M. prevenir a V.
Marqués de Heredia, Escritos.
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E. que por su parte coopere al mas exacto cumplimiento de
esta soberana resolución, debiendo suministrarse tanto al expresado Comisionado como a su Secretario los auxilios y medios pecuniarios que prudencialmente se juzguen necesarios
para su traslación y permanencia en Puerto Príncipe con el
decoro correspondiente al importante cargo que S. M. les ha
confiado, como también para ocurrir a los gastos que origine
la mencionada Comisión.14
D. Felipe Fernández de Castro, que ocupaba entonces la
Intendencia de Hacienda de Santiago de Cuba, había desempeñado
el mismo cargo en Santo Domingo, y, en 1822, abandonó el país junto
con las demás autoridades trasladándose a España. Con el pretexto de
pedir al presidente Boyer la devolución de sus propiedades regresó a
Santo Domingo en 1824. De su visita al país donde había ocupado el
cargo de Intendente de Hacienda, de su estado político, social y económico, presentó al gobierno varios escritos que, reunidos, formaron
el Memorial acerca de la reclamación de la parte española de la Isla, y en el
último de esos documentos, fechado en Madrid 11 de julio de ese año,
recomendaba el nombramiento de un comisionado, para reclamar, en
nombre de S. M. el rey de España del presidente Boyer la devolución
de la parte española de Santo Domingo.
Ese memorial permaneció cuatro años perdido en las mesas de
los ministerios madrileños. Fernández de Castro, en 1829, estaba en
Santiago de Cuba, desempeñando la intendencia de Hacienda de la
parte oriental de la isla de Cuba, cuando recibió la Real orden encargándole la ejecución del proyecto que había propuesto durante su
obligada estancia en Madrid Las instrucciones reservadas dictadas por
González Salmón, Ministro de Estado de Fernando VII, estaban inspiradas en el citado memorial casi literalmente. Solamente como una
variación introdujeron una síntesis de las gestiones realizadas por la
vía diplomática ante el Gobierno de Francia para ocupar nuevamente
la parte oriental de la República de Haití, cuyo proceso fue interrumpido por el inesperado reconocimiento de su independencia, lo que
obligaba a tomar una determinación en el asunto. Y agregaban estas
disposiciones:
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 34, No. 16.
14
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Pero habiendo transcurrido cuatro años y teniendo ya S.
M. por cierto que sería el mayor absurdo y muy contrario a
sus Reales intereses diferir por más tiempo de reconocer al
Gobierno actual de Haití (cualquiera que sean los vicios de
origen de su presente organización social) después que la
Francia su legítima y antigua dueña ha hecho un solemne
tratado de reconocimiento e indemnización se ha servido determinar su conformidad con el dictamen de su Consejo de
Señores Ministros que inmediatamente y sin más pérdida de
tiempo se confiera a V. S. la Comisión de trasladarse a Puerto
Príncipe y tratar con el actual Presidente de la República de
Haití acerca de la restitución a S. M. de la parte de la isla que
le pertenece. A este efecto acompaño a V. S. por separado
su correspondiente nombramiento y el Pleno poder que le
acredita en debida forma. Para proceder pues desde luego al
desempeño de tan importante Comisión quiere S. M.: lo. que
V. S. acompañado de un Secretario y de acuerdo y perfecta
inteligencia con el Capitán General y demás Autoridades de
la Havana, se presente con un solo buque de guerra al Gefe
del Gobierno de Haití que actualmente es ó al tiempo de su
llegada fuere, y saludándolo con un tono amistoso le pide V.
S. en nombre de S. M. (como Rey y soberano de ella) la devolución de la parte Española de la isla de Santo Domingo. 2o.
A ese fin en vez de hacer uso de amenazas o manifestar miras hostiles, atribuirá V. S. la ocupación de aquel pays por el
Gobierno de Haití al deseo y necesidad de evitar el contagio
de la revolución ocurrida en dicha parte Española durante
el tiempo calamitoso de la época llamada Constitucional. 3o.
En consecuencia reclamará V. S. simplemente el reconocimiento de la Soberanía de S. M. y la devolución del pays
ocupado, anunciando a aquel Gobierno buena inteligencia y
acomodamiento en orden a las reclamaciones de las rentas y
bienes del Estado que haya percibido durante la ocupación;
y en caso extremado irá V. S. cediendo gradualmente palmo
a palmo sobre las pretensiones de indemnización que por
su parte pueda reclamar el mismo Gobierno por los gastos
que se le hayan originado en mantener dicha posesión para
lo cual descansa S. M. en la prudencia y discreción de V. S.
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debiendo en tal caso ser la primera y esencial condición, la
de que los referidos gastos se incluirán en los productos de
las mismas rentas que dicha parte de la isla ofrezca sobrantes
después del más preciso costo en que debe montarse su publica administración. En todo lo cual S. M. se ha conformado
principalmente con lo propuesto por V. S. en su informe de
11 de (roto el original) de 1824. 4o. No tendrá V. S. inconveniente en obligarse, si fuese necesario, en nombre de S. M. a
ofrecer que no permitirá en cuanto esté de su parte y con conocimiento de sus autoridades, que por el territorio Español
se pueda hostilizar al Gobierno de Haití; 5o. Ni tampoco a
que haya un Cónsul Español en Puerto Príncipe donde reside el Gobierno Negro pues después del reconocimiento de
la Francia, como queda dicho, sería quimérico empeñarse
en no tratar con un Estado que ocupa una rica posesión del
Rey N. S. la cual puede servirle aun de grande utilidad si
llega a recuperarla. Tales son las instrucciones que deben
servir a V. S. de base en la importante Comisión que S. M.
confía a su celo y conocimiento por si por desgracia no surtiesen efecto las comunicaciones diplomáticas y amistosas de
que va V. S. encargado después de tener evidentes pruebas
de la repulsa, propondrá V. S. sin demora de acuerdo con
las autoridades de la Havana, los medios de hacer valer con
ostentación de la fuerza naval los imprescriptibles derechos
de S. M. atendiendo sin embargo a la situación de Nueva
España y de la Costa Firme [...].15
A Fernández de Castro le produjeron tanto asombro los anteriores
reales despachos como al propio general Vives. Las propuestas que
cinco años antes había enviado al rey, no tenían en ese momento,
cuyas condiciones históricas eran totalmente distintas, posibilidades
de realizarse con alguna esperanza de éxito. Sin embargo, se dispuso
a cumplir la difícil misión diplomática. Para vencer las dificultades
que le creaban los lentos procedimientos burocráticos del brigadier
D. José Coppinger, Comandante general del Departamento Oriental,
hubo de acudir al intendente D. Claudio Martínez de Pinillos, y al
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 34, No. 16.
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propio Capitán general de la Isla. Con el apoyo de estos dos altos
mandatarios coloniales del país, salió, al fin, rumbo a Haití el 10 de
enero de 1830 del puerto de Santiago de Cuba a bordo de la fragata
de guerra Casilda. Le acompañaban, como Secretario de la misión,
el teniente coronel D. Francisco Fernández de Castro, y el cadete del
Regimiento de Infantería de Cuba, D. Juan Fernández de Castro, en
calidad de ayudante y traductor, hermano e hijo respectivamente del
comisionado. Tan pronto llegó a Port-au-Prince, y previas las formalidades diplomáticas de rigor, entregó Fernández de Castro, el 16
de enero, sus cartas credenciales al presidente Boyer. Este nombró
una comisión presidida por Baltazar Inginac, secretario general del
Gobierno, y de que formaba parte el senador Jean Francois Lespinasse
y coronel Marie Eustache Fremont, para entenderse con el delegado
español, y comenzaron a celebrar una serie de reuniones el siguiente
día 17.
Al escrito presentado por Fernández de Castro en 19 de enero en
el que, después de hacer una síntesis de los hechos históricos acaecidos desde 1795 hasta la fecha, planteaba la restitución al dominio
de Fernando VII de la parte antes española de la isla, contestaron los
plenipotenciarios haitianos el día 21 con un extenso documento. En
el mismo –según afirma José Gabriel García– se concretó a objetar que
habiendo cedido España a la Francia la parte del Este de la isla por el
Tratado de Basilea, y estando ocupada por esta nación desde 1801, se
encontraba indispensablemente comprendida en el territorio que los
haitianos, por su seguridad y su conservación, habían declarado el lo.
de enero de 1804 libre e independiente de la dominación francesa y
de toda dominación extranjera, motivo por el cual el pueblo haitiano,
al proclamar su constitución el 27 de diciembre de 1806, no debía reconocer por límites de su territorio sino los trazados por la naturaleza;
y que si a causa de la guerra intestina el gobierno no se opuso a que el
año 1809 fuera enarbolado en ella el pabellón español por una porción de indígenas que recibieron armas y municiones del presidente
Alexandre Petion para combatir a los que eran entonces enemigos de
Haití, no podía resultar de esta circunstancia ningún menoscabo de
los derechos de la nación sobre ese territorio; que si sus argumentos,
a pesar de estar fundados en hechos que no podían ser desconocidos,
eran rechazados con objeciones que sólo se derivaban de los derechos
perdidos, era necesario observar que de 1809 a 1821 el gobierno de
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España no protestó nunca contra el artículo de la constitución haitiana concebido en estos términos: la isla de Haití, llamada antes de Santo
Domingo, con las islas adyacentes que de ellas depende, forman el territorio
de la República; sin que pudiera alegarse que el acta constitucional de
Haití no había sido notificada a España, pues las constituciones se
proclaman pero no se significan, y en esa parte el gobierno de Haití
se conformó al uso seguido por todas las naciones; que los habitantes
de la parte del Este, y no una porción, como se había dicho, habían
comprendido tan bien que el territorio en que habitaban hacía parte
integrante de Haití, que apenas desapareció el jefe que ejercía un yugo
tiránico en el Norte, amenazando hacerlo extensivo a la isla entera,
cuando se apresuraron a hacer su sumisión al presidente de Haití,
jurando fidelidad a la República; que si bien era verdad que algunos
habitantes de la ciudad de Santo Domingo, dirigidos por intereses personales, quisieron hacer causa común con la República de Colombia,
y el lo. de diciembre de 1821 declararon la independencia de la parte
del Este federándola con esa república, también lo era que desde que
ese acto fue proclamado, los ciudadanos en general se indignaron,
y por un movimiento espontáneo, llamaron al jefe del Estado para
que los hiciera gozar definitivamente de los beneficios del acta constitucional; que si la ordenanza de Su Majestad Cristianísima, de 17
de abril de 1825, relativa a Haití, no se refería sino a la antigua parte
francesa de Santo Domingo, esta circunstancia no podía ni atenuar los
derechos de Haití, ni fortificar los que Su Majestad Católica pensaba
haber conservado sobre la antigua parte española de la isla, pues que
Haití tenía de hecho la posesión de todo el territorio anteriormente
a la ordenanza en cuestión; que el gobierno de Haití, al tomar posesión de la parte del Este, obró en virtud de un derecho adquirido
hacia dieciocho años, derecho que importaba a la seguridad nacional
ejercer en toda su plenitud y que estaba sostenido por el concurso
unánime y la voluntad de los ciudadanos que habitaban el territorio,
quienes se habían manifestado siempre, por un patriotismo laudable,
dispuestos a sacrificarlo todo por el mantenimiento del buen orden
y de la tranquilidad pública de unos lugares donde durante mucho
tiempo subsistieron la esclavitud y el descontento con desventaja de
todos; que en esa virtud declaraban formalmente al plenipotenciario
del rey de España, que el gobierno de Haití no tenía nada invadido de
lo que pertenecía a Su Majestad Católica, ni nada absolutamente que
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restituirle, por cuya razón ni le entregaría tampoco nada de su territorio, ni abandonaría jamás hombres que se habían reunido a él en la
firme esperanza de ser protegidos y de gozar a la vez de los derechos
que les, aseguraban las leyes del Estado.
Ante tan terminante negativa, a Fernández de Castro no le quedó otro camino a seguir que el de cumplimentar la parte final de las
instrucciones contenidas en la Real orden de 24 de agosto de 1829,
comunicadas al capitán general Vives y a él por el ministro González
Salmón. Y presentó, en 22 de ese mes, en forma de ultimátum, un
nota en la que se deslizaban las amenazas de una acción bélica si las
demandas entregadas por él a la delegación haitiana no eran inmediatamente contestadas satisfactoriamente.16
La respuesta haitiana demoró una semana. El 30 de enero en una
nota bastante fuerte, después de algunas consideraciones preliminares,
le hicieron saber a Fernández de Castro que si no estaba autorizado a
negociar sobre otras bases el gobierno haitiano consideraba su misión
como terminada. Y, en la propia fragata Casilda, partió de Port-au-Prince
el lo. de febrero de 1830 con destino a Santiago de Cuba, a cuyo puerto
arribó pocos días después. En oficio de 10 de ese mismo mes al conde
de Villanueva, Intendente de Hacienda, se limita Fernández de Castro a
avisarle su regreso «después de evacuado el objeto de mi salida de esta
isla en la Comisión que S. M. se sirvió confiarme».17
También, con esa fecha, envió un extenso escrito al general Vives
dándole cuenta pormenorizada de la misión que se le había confiado, y del resultado negativo de la misma. Sin embargo, Fernández de
Castro tenía la esperanza –y así lo hacía saber al gobernador de la
isla– de que continuarían las negociaciones amistosas que trataba de
mantener. Y rogaba se le proporcionara buque para conducir a un
hombre de toda su confianza para que entregara al presidente Boyer
un pliego con nuevas proposiciones que –creía él– pudiera facilitar
una mejor solución del asunto, aun antes de recibirse de Madrid respuesta alguna a sus informes.
No dejaron de sentirse en Haití los efectos de la misión de
Fernández de Castro. Algunos prominentes dominicanos y españoles
trataron de agitar el vecindario –entre los que se contaba el ilustrísimo
J. G. García, Compendio de la historia.
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 120, No. 124.
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señor doctor D. Pedro Várela, Arzobispo de Santo Domingo– en apoyo de las demandas del comisionado. Y fue enérgica y públicamente
combatido por Tomás Bobadilla con sus escritos en defensa de la política de Boyer.
Bobadilla, que mereció la confianza del presidente haitiano, publicó en 3 de julio de 1830 un folleto conteniendo las observaciones sobre
las notas oficiales del Plenipotenciario del Rey de España y los de la República
de Haití sobre reclamo y posesión de la parte del Este que había redactado
en defensa de la unidad de los dos pueblos de la isla. Este folleto contribuyó a calmar la agitación provocada en la antigua parte española.
Traducido al francés por orden del gobierno se mandó a leer durante
tres domingos sucesivos en uno y otro idioma en las iglesias de todos
los pueblos después de la misa mayor.
Y como circulaba el rumor que el arzobispo había enviado a Cuba
a uno de sus partidarios, Francisco Solá, en solicitud de apoyo para
sus planes, el gobierno haitiano lo expulsó junto con un grupo de sus
feligreses. Y el 2 de agosto de 1830, en el bergantín americano Asaph,
llegó el arzobispo Várela al puerto de Santiago de Cuba junto con
cuarenta y nueve exilados.
Enterado el general Vives de los hechos, ofició al Comandante
general del Departamento Oriental en 26 de agosto:
Me he impuesto del oficio de V. S. de 9 del actual y de las diligencias y papeles que incluye relativo todo a la arribada a ese Puerto del
bergantín americano Asaph procedente de Santo Domingo, conduciendo a su bordo al Ilustrísimo Señor Arzobispo de aquella Diócesis
y demás individuos que expresan las mismas diligencias: en respuesta
manifiesto a V. S. que es de mi aprobación lo que ha dispuesto con
respecto a los referidos individuos, y en cuanto al Ilustrísimo Señor
Arzobispo si me manifestase S. S. I., la necesidad de que se le socorra, dispondré con acuerdo del Excelentísimo Señor Consejero
Honorario de Estado y Superintendente General de Real Hacienda,
se le auxilie conforme se ha verificado con el Ilustrísimo Señor
Arzobispo de Guatemala.18
◉◉◉◉◉
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 121, No. 7.
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Un grave conflicto surgido en las relaciones con Haití y, principalmente con México, obligó a dejar a un lado el tipo de negociaciones
como la realizada por Fernández de Castro. En oficios de 19 y 25 de
enero y 9 de abril de 1830, D. Francisco Tacón, ministro español en
los Estados Unidos, había informado a Vives desde Filadelfia de las
actividades del coronel mexicano Basadre cuyos objetivos eran, además de vender patentes de corso para hostilizar el comercio español
en estos mares y adquirir armas y vestuarios para el ejército de su país,
el de convencer al presidente Boyer, de Haití, para que aportara su
concurso y lograr el esfuerzo combinado de ambas repúblicas en el
intento de revolucionar la isla de Cuba, abolir la esclavitud, y liberarla
del dominio colonial español.19
La noticia era cierta ya que, por resolución oficial de 13 de octubre
de 1829, el Ministerio de Relaciones de México había confiado al coronel D. José Ignacio Basadre una comisión secreta importante cerca
del Gobierno de la República de Haití, confirmada en su mayor parte
por uno de los agentes confidenciales situado en Nassau que informó
por escrito al Comandante general de Marina de La Habana, D. Ángel
Laborde, que el gobierno haitiano estaba movilizando:
[...] como 3.000 hombres para ser conducidos a Cuba por todos los medios a su arbitrio, que ya tiene 1.200 hombres bajo
el pretexto de llevarlos hacia el puerto de Santo Domingo.
Que dicho Gobierno, de resultas de los gastos militares en
que ha incurrido se encuentra imposibilitado de pagar a
Francia las cantidades a que está obligado de acuerdo con
el tratado de 1825; y que lo ha notificado así al Cónsul de
Francia.20
El plan de incorporar a Haití en un esfuerzo común de las nuevas
repúblicas hispanoamericanas para liquidar los restos del imperio
español en las Antillas, no era enteramente nuevo. Ya D. Vicente
Rocafuerte, ministro mexicano en Londres –nos dice el investigador
español Jaime Delgado– había escrito refiriéndose a la misión de Haití:
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 34, No. 34.
Ibídem, No. 40.
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El mejor modo de prepararnos a defender nuestro territorio, en caso de invasión, es, en efecto, combinar nuestras
fuerzas con la cooperación de Colombia y Santo Domingo;
la prudencia nos aconseja ponernos de acuerdo con esos
dos Gobiernos y tenerlos gratos, para sacar de ellos las ventajas que puedan exigir los futuros acontecimientos; Santo
Domingo es el terror de la isla de Cuba: aprovechemos, pues,
la alianza que se puede formar con Boyer para tomar una
actitud amenazadora y hacer entender a los españoles de La
Habana, que si nos invaden, también serán invadidos; que si
vienen a México a poner término a la anarquía, como dicen,
nosotros iremos a Cuba a poner término a la esclavitud de
los negros, que si nos molestan por algún tiempo en nuestro
territorio, nosotros arruinaríamos el suyo para siempre, y
sacaremos de ellos la venganza que merece su orgullo, su
obstinación y falta de previsión.21
Seriamente preocupado por el peligro que le amenazaba, el
general Vives celebró en el Palacio de Gobierno de La Habana –7
de mayo de 1830– una Junta de Autoridades, a la que concurrieron
el superintendente general de Real Hacienda, conde de Villanueva,
el comandante general de Marina, D. Ángel Laborde; cuya junta
presidió el Capitán general y actuó de secretario D. Antonio María
de la Torre y Cárdenas. Leídos por este el informe de Fernández
de Castro sobre los resultados negativos de su misión en Haití, así
como los oficios de los representantes diplomáticos españoles en
los Estados Unidos acerca del coronel Basadre y las comunicaciones del agente confidencial en Nassau, acordaron las siguientes
medidas de defensa:
Primera: Que la Fragata Restauración y Corbeta Cautivo salgan a la mayor brevedad posible a cruzar sobre las Costas
Orientales de la Isla o las de Santo Domingo, ofreciéndose el
Señor. Jefe de Escuadra D. Ángel Laborde a ejecutar personalmente tan importante servicio considerando que pueden
ofrecerse delicadas operaciones militares y políticas por el
Jaime Delgado, España y México en el siglo xix, Madrid, 1950.
21
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estado de las negociaciones sobre el reclamo de la parte
Española y disposición del Gobierno de Haití.
Segunda: Que se flete un buque extranjero que salga inmediatamente conduciendo una persona a propósito que
reservadamente pase a la isla de Santo Domingo a averiguar
la certeza del armamento a que se refiere la noticia y cuantas
pueda adquirir sobre el estado, miras y proyectos de aquel
Gobierno respecto a esta Isla y la de Puerto Rico.22
Además, a los Comandantes generales de los Departamentos del
Centro y Oriental, se les prevendría en forma reservada de la situación, ordenándoseles mantener las tropas en estado de alerta para
hacer frente a cualesquiera emergencia bélica.
El intendente, conde de Villanueva, confió a Federico Álvarez
Simidel –que se había distinguido a las órdenes de Eugenio de
Aviraneta como espía en Yucatán– la riesgosa misión de espionaje
acordada en la Junta de Autoridades.
Álvarez Simidel viajó de La Habana a Nueva York. Siguió a
Baltimore, y en ese puerto fletó la goleta americana Alpha, mandada
por el capitán John Seavey, en la que salió para Port-au-Prince, Haití,
el 6 de junio. Durante los diez días escasos que permaneció allí con el
pretexto de vender las mercancías que conducía en la goleta, Álvarez,
que era ya un consumado maestro en los quehaceres de espionaje,
logró obtener datos de primera mano acerca de los preparativos que
realizaba el gobierno haitiano para invadir a Cuba, así como de las
dificultades que encontraba para llevar a cabo la empresa.
La goleta americana Alpha partió de Port-au-Prince el 26 de junio
y el 30 llegó al puerto de Santiago de Cuba, siguiendo viaje ese mismo
día hacia Batabanó. Aquí desembarcó Álvarez, dirigiéndose por tierra
a La Habana a informar verbalmente al conde de Villanueva del resultado de su comisión.23
Coincidiendo con la llegada del agente Álvarez Simidel desde
Haití, recibió el conde de Villanueva el 8 de julio una Real orden reservada firmada por D. Luis López Ballesteros –Madrid, 21 de mayo
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 34, No. 39.
Ibídem, legajo 34, No. 4, 40-41 y legajo 121, No. 7 y 120, y No. 151.
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de 1830– de la que dio traslado al capitán general Vives, con una nota
confidencial del Embajador de España en Londres en la cual aseguraba que el gobierno británico, contando con el apoyo de Francia y los
Estados Unidos, se oponía resueltamente a que México y Haití llevaran
a cabo el proyecto de libertar a Cuba. Decía la nota:
En ocasión que hablé al Lord Aberdeen del Agente mexicano Basadre para dar cumplimiento a la Real orden, a la
que contesto con el No. 478 de mi correspondencia, me dijo
Lord Aberdeen que habiendo sabido durante la presidencia
de Guerrero que aquel insurgente pasaba desde México a
la isla de Santo Domingo, y teniendo sospechas muy vehementes de que llevaba encargo de combinar con los negros
de aquella isla un plan para excitar a los de La Habana a
insurreccionarse, mandó él al Ministro inglés en México que
pidiese explicaciones a Guerrero sobre el objeto del viaje de
su secretario Basadre, manifestándole al mismo tiempo las
sospechas que tenía el Gobierno de la Gran Bretaña para
declararle, que nunca consentiría se hostilice por medios
tan inicuos a la España; pero que Guerrero sin negar el
viaje de dicho Basadre, porque no podría encubrirlo, había
contestado negativamente con respecto a la comisión de
que se suponía encargado a su secretario. Sin embargo este
Gobierno no ha dado entero crédito a las protestas del insurgente, y aunque cree que se ha abandonado el plan porque
poco tiempo después recibió órdenes para trasladarse inmediatamente desde la isla de Santo Domingo a los Estados
Unidos, ha mandado a sus Agentes diplomáticos en México
y Colombia que declaren a aquellos pretendidos Gobiernos,
que Inglaterra reprobará siempre las maquinaciones de esta
clase que se empleen para alterar el orden en la isla de Cuba,
y en caso necesario ella misma se opondrá a su realización.24
Tanto Vives como Villanueva, en La Habana, nada tenían que
temer por algún tiempo de agresiones haitianas, y así lo notificaron
en 17 de julio de 1830 al gobierno de Madrid, y a los representantes
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 35, No. 2.
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diplomáticos en Norte América. Pero, no obstante, en Santiago de
Cuba la agitación producida entre los hacendados y propietarios de
esclavos por las amenazas de Haití no se disiparon fácilmente.
En 27 de mayo de ese año, el brigadier José Coppinger, Comandante
general del Departamento, advertido por oficios de las autoridades superiores de los preparativos de Haití para invadir a Cuba, y del peligro
que estaba la región oriental de ser atacada, comunicó al gobernador
de la plaza y provincia de Santiago de Cuba:
Debiendo por consiguiente estar prevenidos por si efectivamente aquellos bárbaros osasen pisar este suelo mansión
de la Paz, encargo a V. S. muy particularmente redoble su
acreditada vigilancia, con respecto a los dependientes de su
Gobierno militar y político, principalmente la tranquilidad
de los campos, y la introducción en ellos y en este Puesto de
personas sospechosas viniendo de Santo Domingo y demás
países insurreccionados [...].25
La movilización consiguiente de los cinco o seis mil hombres que
componían las milicias, produjo una ola de pánico en Santiago de
Cuba y Baracoa, pues ya daban por seguro que el ataque haitiano no se
haría esperar secundado por los numerosos negros que se mantenían
en rebeldía en los Palenques de aquellas montañas. Agravóse la crisis
con la llegada de los dominicanos expulsados de aquella nación, de la
que dio cuenta el gobernador interino de Santiago de Cuba.
Y fueron apareciendo en las costas y parajes solitarios de aquella comarca algunos signos sospechosos que borraron el optimismo
de que el señor gobernador hacía gala en su escrito anterior. Y, en
27 de agosto de ese mismo año, muy alarmado escribía al brigadier
Coppinger:
Siendo una de mis primeras obligaciones la de procurar por
todos los medios posibles el bien, seguridad y felicidad de
lo que es a mi cargo, procedí a las justificaciones que comprenden los dos expedientes originales que acompaño a V.
S. a los fines de su conocimiento y demás que tocar pueda
Ibídem, legajo 120, No. 151.
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al ejercicio de sus funciones y facultades como Comandante
General de este Departamento manifestando muy brevemente, y sin perjuicio de lo que en su caso me pertenece, que
como se deduce del expediente número primero, parece no
queda duda que los negros de la Isla de Santo Domingo empiezan a hostilizar las propiedades de esta fiel Isla de Cuba,
siendo un hecho la aprehensión del Bongo a cargo de su
patrón y dueño Antonio Ramírez por un Pailebot tripulado
con dichos negros, y bandera blanca con cuadro negro en
el medio, y otra con lista blanca y dos negras a los lados.=
El número 2º comprehende lo declarado por dos marineros
de la Goleta Española nombrada la Esperanza su Capitán D.
José Imburguet que en junio último salió de La Habana para
el Manzanillo con carga de aguardiente y vino, cuyo Buque
fue apresado frente al Castillo de Jagua por un Pailebot con
velacho volante armado de un cañón de bronce de calibre
de a cuatro, caja de armas y veinte y seis hombres de todos
colores, y que con referencia a ellos es patentado en Omoa.
El Capitán del Buque apresado, y el mayor número de la tripulación, se deduce siguieron para el Manzanillo en donde
por quien corresponden se habían practicado las diligencias
conducentes, como hechos acontecidos en los mares de
aquel territorio.= Ambas desgraciadas ocurrencias presentan
muy de cerca temores, perjuicios y cuanto es y cabe en lo posible contra el Comercio, Navegante de la Costa y haciendas
situadas a sus inmediaciones; y el entorpecimiento para toda
diligencia del Real Servicio o particular: En una palabra esta
Ciudad se ve casi como bloqueada por unas fuerzas tan débiles como las que resultan de lo obrado, pero irresistibles por
falta de medios con qué verificarlo según es notorio [...].26
Aun cuando todo peligro para los intereses coloniales ya había pasado, era tal el miedo que su propia propaganda había creado sobre la
amenaza posible de un ataque haitiano para exterminar la esclavitud,
que los negreros de Cuba, y sus servidores incrustados en los cargos
burocráticos del gobierno colonial, no podían vivir tranquilos. Hasta
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 121, No. 121.
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desde Puerto Rico, aun después de liquidado totalmente el proyecto
mexicano-haitiano de revolucionar a Cuba, se enviaban urgentes avisos. Así, en 23 de noviembre de 1830, recibió el general Vives copia del
oficio enviado por el Capitán general de Puerto Rico al Secretario de
Estado y del Despacho de la Guerra, en Madrid, con la información
siguiente:
Un comerciante de esta Plaza ha recibido otro de la Isla de
San Tomas, carta en que le expresa que en aviso privado de
un corresponsal de Puerto Príncipe en Santo Domingo, se
dice, que el gobierno de dicha Isla estaba tomando medidas para revolucionar la de Cuba y esta de Puerto Rico, que
esta proposición había merecido el ascenso de las juntas en
que se hizo menos de uno de los que la componía lo cual
había por el pronto impedido de sus efectos. El que escribe
dice, que volverá a hacerse a misma moción, y que el plan es
mandar espías, para introducir el desafecto en los esclavos,
y así preparados asistirlos el Gobierno de Haití con todo lo
necesario para que sea efecto el atentado.27
Ya para esos meses otras eran las noticias que intranquilizaban al
Gobierno Colonial de Cuba. Y, entre ellas, se destacaban las europeas
que, a través de la prensa norteamericana, relataban los detalles de la
Revolución de Julio en Francia, en la que los obreros, como clase en
un movimiento político de trascendental importancia, participaron
activamente en el derrocamiento del rey Carlos X y su reaccionario
gobierno. Sobre aquellos hechos, el Cónsul de España en Filadelfia,
Juan Bautista Bernabeu –18 de septiembre de 1830– escribió a Vives:
La extraordinaria importancia de las ocurrencias de París en
los últimos días de julio y principios de agosto, me inducen
a continuar remitiendo a V. E. los estractos de las gazetas
que diariamente publican sus pormenores, y que a la verdad
son bien lastimosos y nos amenaza una guerra general de
toda la Europa, y Dios sabe lo que será de la España nuestra
desgraciada Patria.= Este pueblo americano, ya observará
Ibídem, legajo 35, No. 13.
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por todas partes, manifiesta grande alegría por esta nueva y
ya harto sangrienta revolución, que en varias partes ha sido
celebrada con procesiones y fiestas cívicas, como lo hicieron
en la anterior. Dios se lo perdone.28
Algunos reaccionarios franceses residentes en Cuba hicieron
advertencias al Capitán general sobre los peligros que ofrecían a la
isla si la ola revolucionaria contagiaba a ciertas capas de la sociedad
colonial inconformes con el régimen. Entre ellos, D. Luis D’Clouet, en
7 de octubre, le escribe una larga comunicación con las tristes –para
él– noticias recibidas de París, y terminaba recomendándole adoptara
medidas de precaución policial para impedir que circularan «noticias
tan desagradables entre los pacíficos y honrados habitantes de esta
Isla».29
Ya Vives había dictado órdenes terminantes en ese sentido, de
acuerdo con la Real orden comunicada con fecha 23 de agosto de
ese año por el Secretario de Estado y del Despacho de la Guerra de
Madrid, que hubo de recibir en 8 de octubre, que le advertía:
Como las noticias de las ocurrencias de París y otros puntos
de Francia en los últimos días del mes próximo pasado, y
en lo que ha transcurrido de este, ha de dar margen a que
por cartas particulares y periódicos extranjeros se divulguen
con tal variedad que no pueda fixarse concepto de la verdad
de los hechos, refiriéndolos desfiguradamente, o una trascendencia impuestas según las ideas del escritor; ha tenido
por conveniente el Rey Nuestro Señor prevenir que se haga
saber a V. E. que a pesar de la revolución de los Franceses
y trastornos de su gobierno, no se ha alterado en nada la
tranquilidad pública en la Península, conservándose en todas las Provincias el mejor orden y perfecto sosiego, y que en
la gaceta de Madrid se ponen las novedades según los avisos
verdaderos que se reciben. Al mismo tiempo que S. M. ha
resuelto que se dé a V. E. este conocimiento ha tenido a bien
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 839, No. 28,235.
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 35, No. 14.
28
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mandar que los Capitanes Generales de Ultramar procuren
por todos los medios posibles que no se alarme con tales
noticias el espíritu público en el distrito de su mando [...].30
Y Vives se apresuró a trasladar en copia la citada Real orden, advirtiendo a todas las autoridades subalternas de la Isla, que debían
impedir por todos los medios posibles la circulación de noticias que
podían extraviar la opinión pública. Pero, aun cuando cumplió con
lo que se le ordenaba, –en eso de la vigilancia policial sobre el pueblo
cubano fue un maestro de la escuela reaccionaria– él, que estaba al
tanto del desarrollo histórico de su época, hubo de darse cuenta que
aquella Revolución era ya el golpe definitivo a los planes que traía
en cartera cuando Fernando VII le confió la dirección suprema del
Gobierno Colonial. Una nueva era comenzaba en la correlación de
fuerzas internacionales.
Ibídem, legajo 121, No. 21.
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V
Conjura negrera contra Haití,
Santo Domingo y Jamaica
AI finalizar el primer tercio del siglo xix, España, aherrojada por
el estúpido y feroz absolutismo fernandino, se hundía cada vez más en
un abismo insondable de miseria y corrupción sin paralelo en la historia europea. Iniciábase en ella el período de las guerras carlistas; los
pronunciamientos y gobiernos de los caudillos militares: Espartero,
Serrano, Narváez, Prim, O’Donnell, Concha [...].
La muerte del Rey Felón –Fernando VII– ocurrida el 29 de septiembre de 1833, según el testimonio de un escritor español contemporáneo, citado por Pi y Margall:
[...] nos dejó una herencia peor que él mismo, si es posible:
nos dejó a su hermano y a su hija, que encendieron espantosa guerra. Aquel rey que había engañado a sus padres, a sus
maestros, a sus amigos, a sus ministros, a sus partidarios, a sus
enemigos, a sus cuatro esposas, a sus hermanos, a su pueblo,
a sus aliados, a todo el mundo, engañó también a la misma
muerte, que creyó hacernos felices librándonos de semejante diablo. El rastro de miseria y escándalo no ha terminado
todavía entre nosotros.1
F. Pi y Margall, Las grandes conmociones.
1
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No sabemos por qué, pero olvidó mencionar entre aquellos herederos a doña María Cristina de Borbón, que, con arreglo a las cláusulas
testamentarias se encargó de la regencia y gobernación del Reino hasta
que cumpliese su hija –la famosa Isabel II– diez y ocho años de edad
Durante el período que ejerció las funciones de Reina Gobernadora
–1833 a 1840– y desde el regreso de su forzado exilio en París en 1843
en adelante, amparada en la investidura oficial de Reina Madre, esta
inefable María Cristina no sólo participó en todos los escándalos financieros, ventas de concesiones mineras, ferrocarrileras, subastas,
empleos, etc., en el área peninsular, sino que –para desgracia de los
cubanos– estuvo estrechamente ligada a la esclavocracia colonial de esta
isla, participando activamente en el saqueo de las riquezas cubanas y,
muy especialmente, en el tráfico clandestino de esclavos africanos.
De Miguel Tacón a Valentín Cañedo –con la excepción única
quizás, de Jerónimo Valdés– los gobernadores de Cuba traían como
encargo especial no sólo el de impedir el desarrollo económico, social
y cultural del pueblo cubano, sino también el de hacer participar a
María Cristina en los suculentos dividendos del tráfico negrero. Y la
influencia poderosa de esa real señora permitió a los bandidos más
destacados de la esclavocracia colonial, tales como Francisco Marty
y Torrens, Julián de Zulueta, Joaquín Gómez, trazar las normas que,
contando con el apoyo de los esclavistas norteamericanos, rigieron las
relaciones del Gobierno Colonial de Cuba con las repúblicas de Haití
y Dominicana, y la colonia inglesa de Jamaica.
Tan públicas y notorias fueron las operaciones negreras de doña
María Cristina de Borbón, que Gaspar Betancourt Cisneros en carta a
José Antonio Saco –Nueva York 30 de agosto de 1848– le dice:
[...] siendo público i notorio que está reorganizada la sociedad negrera a cuya cabeza figura la Duquesa de Rianzares (la
madre de Isabel II) i su hechura Roncali para traer 10.000
Etíopes de Brasil.2
Y, en 19 de marzo de 1850 el propio Betancourt Cisneros le reiteraba a Saco:
José Antonio Fernández de Castro, Medio siglo de historia colonial de Cuba, La
Habana, 1923.
2
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[...] pregunta cuantas expediciones han salido i se preparan
a salir para África, por la Compañía negrera de La Habana
a cuya cabeza está la madre de la Soberana de España i ama
de Cuba.3
Ya Félix M. Tanco hubo de trazar en breves líneas un amargo cuadro realista de la influencia criminal de la sociedad negrera y la hipocresía de los políticos liberales españoles, al hacer, en carta a Domingo
del Monte de 13 de mayo de 1836, el comentario siguiente:
Dárte las gracias por el regalo que me has hecho del 2º tratado para la abolición del tráfico de esclavos. Dices bien en
que este tratado, así como el 1º y el 3º y el 4º y 25 más que
se hagan, son y serán papeles mojados. El Gobierno español
ahora y siempre ha sido el gobierno más inmoral, el más
sinvergüenza de los gobiernos. El tratado hecho en 1835 no
ha sido más que para cumplir Martínez de la Rosa con la obligación del día; es decir para que vean los gobiernos de Europa
que España en este siglo es también filantrópica, ilustrada, lo
cual se acredita con el tratado, y nada más que con el tratado, con un papel impreso, con un papel de mierda al paso
que había comunicado al Capitán General de la Isla que deje
correr, que se haga de la vista gorda con las expediciones de los
infames piratas [...].4
Además, esta ilustre dama pretendió vender, por unos cuantos
millones de pesos que se embolsaba en la operación, la isla de Cuba
al rey Luis Felipe de Francia. En enero de 1837, el banquero Aguado
llevó al gobierno francés un mensaje privado de la Reina Gobernadora
de España Doña María Cristina proponiendo la venta de la isla de
Cuba. El temor a que la Gran Bretaña llegara hasta declarar la guerra si Lord Palmerston se enteraba del proyectado convenio, por un
lado, y, por otro, la cicatería del rey Luis Felipe que, en el momento
de firmar el convenio, se puso a regatear unos millones y rebajar el
J. A. Fernández de Castro, Medio siglo de historia.
Academia de la Historia de Cuba, Centón Epistolario de Domingo del Monte.
(Cortesía del Prof. Manuel I. Mesa Rodríguez).
3
4
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precio de compra a una cantidad casi insignificante, hicieron que el
representante diplomático español, Campusano, diera por terminada
la negociación.5
◉◉◉◉◉
El teniente general Miguel Tacón tomó posesión del Gobierno
Colonial de Cuba el lº de junio de 1834. Le fue entregado el mando por el general D. Mariano Ricafort que lo venía desempeñando
desde el 15 de mayo de 1832 en cuya fecha reemplazó a D. Francisco
Dionisio Vives.
Dos episodios ilustran el anodino mandato de ese general Ricafort.
El primero ocurrió a las pocas horas de su toma de posesión. Los
contrabandistas, traficantes privilegiados de todas clases y negreros,
explotadores de los vicios que habían prosperado bajo el largo mandato del procónsul reemplazado, temiendo que Ricafort –lo que era
cierto– trajera intenciones de sanear la corrompida administración
colonial, colgaron unos pasquines en plazas y lugares públicos con
la siguiente advertencia amenazadora que era un índice al mismo
tiempo de la baja moral de las clases dirigentes de La Habana: Si
vives como Vives, vivirás. El segundo pertenece al clásico anecdotario
de la leyenda picaresca hispánica. Como el citado Ricafort, pese a
que no estaba ya en edad para esas aventuras, tenía sus resabios donjuanescos, se refugiaba todas las tardes en una casa de extramuros,
no lejos de las murallas, residencia de una dama mestiza, dio lugar
a los divertidos comentarios de la sociedad frívola y corrompida de
esa época. Y que los ediles habaneros bautizaran con el nombre de
calle Refugio –que aún lleva– en recuerdo de las amorosas aventuras
de aquel gobernante colonial que, para no romper la regla, protegió
el cohecho y todas las demás plagas y vicios sociales fomentados por
Vives.
No obstante la indiferencia de que dio muestras hacia los problemas que afectaban las relaciones de su gobierno con el de las otras regiones del Caribe, no pudo librarse Ricafort de algunos que afectaban
directamente a Jamaica y a la República de Haití.
G. Colmache, «Cómo Cuba pudo haber pertenecido a Francia», (Revista
Bimestre Cubana, mayo-abril, 1936).
5
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Realmente en el caso de Jamaica poco le tocó actuar. Eso correspondió al brigadier Coppinger, Comandante general del Departamento
Oriental y ocurrió en los finales del gobierno de Vives. En 1831, abrumados por la miseria y cansados de esperar la prometida libertad que
gestionaban en el Parlamento el grupo de abolicionistas británicos,
los esclavos de Jamaica hicieron una insurrección de amplias proporciones. Tan pronto los barcos que hacían la travesía con los puertos
jamaicanos llevaron a Santiago de Cuba la noticia de la sublevación
de los esclavos, se apresuró Coppinger a ofrecer al gobernador inglés
de aquella colonia los auxilios que necesitase para aplastar la rebeldía.
Cuya oferta fue aprobada por Vives y mantenida por Ricafort. Este,
por los tres, recibió la recompensa en forma de Real orden, firmada
por el conde de la Alcudia, Aranjuez, 25 de mayo de 1832, en la que
trasladaba a Ricafort el despacho del Secretario de Estado de S. M.
Británica dando las gracias al gobierno español por la muestra de
cooperación y solidaridad negrera brindada a las de Jamaica por las
autoridades de Cuba.6
Los grandes propietarios rurales y traficantes negreros de Cuba vivían
con la obsesión constante de Haití. Y nuevamente abrigaban esperanzas
en el período de 1832 a 1834, de que el gobierno de Luis Felipe, rey de
Francia, aguijoneado por los viejos intereses de los colonos expulsados
por la Revolución de Haití, se decidiera a intervenir y destruyera definitivamente lo que consideraban como un foco permanente de perturbación entre sus esclavos. Y recibieron con alegría las primeras noticias de
que Mr. Mollien, cónsul general de Francia en Port-au-Prince, en vista
de que el presidente Boyer rehusaba pagar a su vencimiento los plazos
de la indemnización impuesta a cambio del reconocimiento de la independencia, declaró rotas las relaciones diplomáticas entre ambos países
y se embarcó para Francia. Y Boyer resuelto a hacerle frente a cualquiera agresión, publicó un extenso documento explicando al pueblo las
razones que le asistían en su patriótica actitud y adoptó los preparativos
del caso para defender la independencia haitiana.
En 27 de mayo de 1834 envió Ricafort –pocos días antes de entregar el mando de la isla– al Comandante general del Departamento
Oriental, un escrito fechado el día 6 de ese mes en Manzanillo, en que
el Ayudante de Marina avisaba a sus superiores:
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 35, No. 36.
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Por el Bergantín americano la Caguama su Capitán Mr. Brack
procedente en 6 días de Puerto Príncipe Francés de la Isla
de Santo Domingo, y dice que con motivo de haber llegado
a Martinica la Escuadra Francesa de 12 Navíos y 4 Fragatas
y habiendo intimado al Gefe de la Isla el pago que le restan
por una Fragata de los 25 millones de pesos por la cesión de
la isla en la parte Francesa y reconocimiento de su independencia, y que ni queriendo pagarlos, ni poder resistir una
invasión en los puertos de mar, piensan quemar los Pueblos
y retirarse a un Fuerte y a los montes en donde «tienen sus
emboscadas a 4 ó 6 leguas.7
Y la alegría fue grande en los círculos reaccionarios criollos. Pero
pronto se desvaneció. La hábil maniobra de Boyer que compró por
1 millón de francos la ayuda poderosa del banquero Lafitte –consejero financiero de Luis Felipe– conjuró el conflicto. Y fue cuando
M. Dupetit-Thouard volvió en la fragata citada, pero a concertar un
nuevo tratado, que, después de largas deliberaciones se acordó por
ambas partes.
Apenas había transcurrido un año de haberse iniciado el cruel bajalato de Tacón, hubo de firmarse en Madrid –28 de junio de l835– por
los plenipotenciarios Francisco Martínez de la Rosa y George Villiers
en nombre de Sus Majestades la Reina Gobernadora de España doña
M. Cristina de Borbón, y el de la Gran Bretaña, un tratado –exigido
e impuesto por los ingleses– en cuyo artículo lº se declaraba abolido
él tráfico de esclavos y, en el 2º se obligaba a España a adoptar las
medidas más eficaces para impedir que los súbditos de Su Majestad Católica y
su pabellón se empleen de modo alguno en él tráfico de esclavos [...]. Y en otros
artículos, así como en los anejos al tratado, se ratificaban las comisiones mixtas establecidas con arreglo al convenio entre ambas naciones
de 23 de noviembre de 1817, se concedía el derecho de registro a
supuestos buques negreros y se establecían reglas de protección a los
emancipados.
Y la principal tarea de Tacón fue la de burlar el cumplimiento de
las cláusulas de ese convenio internacional. Es más, bajo su protección oficial, el tráfico ilegal de esclavos tomó inesperado aumento,
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 36, No. 7.
7
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y levantó enérgicas protestas entre los más honestos representativos
de la burguesía criolla, cuyos intereses comenzaban a sentirse afectados por la política antisocial del despótico gobernador. Este, para
cubrir sus tortuosos manejos, intensificó la propaganda de atribuir a
influencias externas las constantes rebeldías de los esclavos, agitando
como siempre la burda amenaza de una probable repetición de la
Revolución Haitiana. Por eso, en un largo informe al gobierno español –La Habana 31 de agosto de 1835– denunciaba los planes secretos
de las Sociedades Metodistas, de Jamaica que, según él, estaban encaminados a sublevar los esclavos de la isla de Cuba.
Le sirve de pretexto la menor noticia acerca de las agitaciones sociales en las islas y lugares cercanos a Cuba para justificar sus medidas
represivas y ocultar, al mismo tiempo, los turbios manejos de la camarilla negrera que lo alentaban y mantenían. Así, en 3 de enero de 1836,
da parte el Ministro de la Guerra que, en Caimán Grande, isla situada
no muy lejos de las costas meridionales de Cuba y colonia británica,
habían desembarcado 5,000 negros libertos de Jamaica, así como de
las precauciones que ha creído indispensable tomar a fin de conservar
la tranquilidad entre los esclavos.8
Y en Real orden firmada por de los Heros, Madrid 5 de abril de
1836, se le acusaba recibo al general Tacen de los escritos referidos:
He dado cuenta a. S. M. la Reina Gobernadora de los oficios
de V. E. de 3 de enero y 6 de febrero último Nos. 168 y 170
participando en el primero con referencia a declaración del
Capitán de la goleta española Nueva Esperanza, D. Nicolás
Coll, el arribo al Caimán grande de cinco mil negros libertos
de la Jamaica, y manifestando en el segundo las medidas
que ha adoptado de acuerdo con el Señor Intendente de
esa provincia y el Comandante de Marina de su apostadero, a consecuencia de la alarmante noticia que le dio el
Gobernador de Matanzas con relación al parte del Capitán
Pedáneo de Guanábana sobre el desembarco de aquellos en
la Costa ele Cuba; y enterada S. M. se ha servido prevenirme
diga a V. E., como de su Real orden lo egecuto, que por el
Ministerio de Marina se comunicarán a V. E. las órdenes de
Ibídem, No. 36.
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S. M. acerca del estado de esas fuerzas y aumento que convenga en ellas; y que en cuanto a los medios de seducción
que puedan emplearse con las gentes de color recomienda
a V. E. por una parte con su activa y acostumbrada vigilancia
y por otra hacer que aquellos sean tratados con la justicia y
humanidad que siempre lo fueron por los Españoles, y que
además se observen invariablemente los tratados relativos a
la abolición del tráfico de negros y contribuya al aumento de
la población blanca.9
Como ha comunicado al propio Ministro –1 de febrero– la noticia
alarmante de haberse sublevado en masa los indios de la Florida, –que
dio el Capitán Coombs de la goleta americana Black Smith en el puerto de La Habana– unida esta a otras no menos intranquilizadoras, el
general Tacón, en oficio muy reservado de 31 de marzo, pone en conocimiento del ministerio los peligros que amenazan a la isla de Cuba,
por la costa norte, desde Cayo Sal, que, abandonado por las autoridades de La Habana, puede servir de base a grupos de conspiradores, y
anuncia el propósito de construir allí un faro y mantener un servicio
de vigilancia.10
Pero la Real orden de 21 de junio en la que, entre otras cosas,
le anuncian el nombramiento del Dr. Ricardo Roberto Madden a los
efectos de la aplicación del artículo 2º del Anejo C del tratado con
Inglaterra para la abolición del tráfico de esclavos, hizo perder a Tacón
su aparente sangre fría y en oficio reservado al titular de Estado –La
Habana 31 de agosto de 1836– protestó con energía de tal nombramiento por considerar que, dadas las condiciones personales del Dr.
Madden y las tendencias de sus primeros pasos, podrían contribuir a
alterar la tranquilidad de la Isla.
Claro que sus relaciones con los comisionados ingleses no podían
ser muy cordiales, ya que oficialmente, presentaron estos un documento en el que acusan a Tacón de violar las cláusulas del tratado,
y que este no le quedó más remedio que elevar a S. M. la Reina
gobernadora –noviembre 7 de 1836– explicando las razones que lo
determinaron a negarse al desembarco en el puerto de La Habana
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 36, No. 36.
Ibídem, No. 35.
9
10
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de negros emancipados procedentes de África y capturado el buque
que los conducía clandestinamente por un crucero inglés, y la mayor
razón, a su juicio, era que en las graves circunstancias que atravesaba
el país a causa de la actitud del general D. Manuel Lorenzo, gobernador de Santiago de Cuba, que había proclamado la Constitución
en el distrito de su mando y provocado una gran agitación, no podía
tolerarse tal medida humanitaria. Y que había tenido su repercusión
entre los esclavos la actitud progresista del general Lorenzo era un
hecho cierto, pues sus agentes habían descubierto una conspiración
de negros en aquella provincia, en el Pueblo de Yara, que tramaban
quemarlo y cometer atrocidades con los blancos.
Y el furor antinegro de Tacón subió de punto al recibir de D. Ángel
Calderón de la Barca, Ministro español en los Estados Unidos, copia de
la que había enviado al gobierno de Madrid –Washington 8 de diciembre
de 1836– acerca de las actividades de los abolicionistas norteamericanos:
El fanatismo filantrópico ha vuelto a encender, en este país,
la tea de la discordia; y para alcanzar sus fines especiosos
hace diariamente esfuerzos proporcionados a la resistencia
que se le opone. Las sociedades formadas con el objeto de
abolir la esclavitud de los negros, que eran el año pasado ya
doscientas, se han aumentado hasta el número de quinientas
veinte y tres durante esta corta época; particularmente en
los Estados del Nordeste de esta República. Auxiliadas por la
exaltación de las pasiones religiosas, y constantes gestiones
de las mu eres devotas se han quitado ya la máscara y no
contentas con inquietar os ánimos aquí poniendo la paz y la
unión de la República en eminente peligro, pretenden llevar
a cabo en otros países, y naturalmente en La Habana, la obra
que meditan y que, aunque sirve a muchos de pretexto para
sus fines y de instrumento para enriquecerse, es, con todo,
para una gran parte acepta a los ojos de Dios, y justificada por
los principios generales de la humanidad y de la libertad.11
Como las medidas represivas de Tacón alcanzaron un nivel que
trascendieron fuera de la zona del Caribe, e hizo de su nombre un
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 841, No. 28,253.
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motivo más de propaganda en favor de la libertad y los derechos más
elementales del hombre, en todas partes se hicieron proyectos más
o menos fantásticos para destruirlo. En Inglaterra, por ejemplo, un
individuo nombrado José Gómez Pelayo, preparó un atentado a Tacón
enviándole por correo un paquete con explosivos. Pero los paquetes
–había otros dos dirigidos también a personajes de la colonia– estallaron en la Administración de Correos de Liverpool, Y Gómez Pelayo
fue detenido por las autoridades. De lo acontecido envió la documentación con los detalles Lord Palmerston, Ministro de Relaciones
Exteriores de la Gran Bretaña, al Cónsul en La Habana y este, en carta
de 7 de febrero de 1837, la entregó a Tacón. 12
Las dificultades mayores no eran esas precisamente ni tampoco
la creciente hostilidad de una minoría de blancos criollos, las que
preocupaban más a los negreros de Cuba, sino las actividades revolucionarias que estaban surgiendo en Haití y Jamaica. Desde esta última
isla el Cónsul de España, D. Antonio Brosa, avisaba a Tacón –Kingston,
19 de julio de 1837– haberse enterado por un comerciante llegado
de Haití que se estaban reuniendo en aquella Isla muchos oficiales
procedentes de Colombia y Venezuela que trataban de organizar expediciones contra los gobiernos de sus países respectivos.13
Sin embargo, las noticias que tenía Tacón por los confidentes apostados en St. Thomas eran distintas. En oficio al Ministro de la Guerra
de 3 de junio dio cuenta de algunos deportados de Costa firme que,
auxiliados por los negros de Haití, trataban de llevar una expedición a
las costas de Puerto Rico para promover la rebelión y libertad de los esclavos. Pero ordenó –en 26 de agosto– a Brosa que procurara estar al corriente de esa empresa. A lo que contestó el cónsul en 25 de septiembre:
[...] que en esta Isla está prohibida la comunicación directa
con la de Haití, mas se permite al Paquete Inglés correo, tocar en aquella Isla, cuando viene al mes, razón por lo que no
me será fácil adquirir nuevas noticias [...].
Las nuevas noticias adquiridas no eran nada agradables para la aristocracia negrera de La Habana. Con el sonoro membrete de Consulado
Ibídem, No. 28,262.
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 841, No. 28,248.
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de S. M. Católica en Jamaica, participaba Brosa a Tacón –Kingston, 20
de diciembre de 1837– que, con esa fecha había participado al Primer
Secretario del Despacho de Estado lo siguiente:
Participo a V. E. que la goleta mercante llamada la Esmeralda
que perteneció a la matrícula de Santiago de Cuba, y que era
tenido como propietario de ella D. Pedro Rivery, francés de
nación, y vecino de aquella Ciudad, mas el verdadero dueño
y propietario de la mencionada Goleta, era José Ariano, hombre color nativo de esta ciudad, y perteneciente o miembro
de la Sociedad de Metodistas y Anabatistas, la cual está trabajando con todo el empeño para ver de sublevar y emancipar
a los negros de la Isla de Cuba, para dicho fin no perdona
medio alguno; razón porque yo miraba la referida Goleta
como la cosa más perniciosa a la tranquilidad de aquella Isla,
y con el objeto de librarla de tal enemigo me propuse ver si
podía amedrentar al propietario; con la idea que vendiera la
Goleta, y conseguir por este medio el fin que me había propuesto, en su consecuencia di a Ariano el correspondiente
permiso para vender la referida Goleta.14
Algunos rumores llegaron por la vía de Santiago de Cuba a la
Capitanía general de supuestas negociaciones llevadas a cabo en Portau-Prince con los franceses. Y, con fecha 28 de febrero de 1838, desde
Kingston, Jamaica, el Cónsul Brosa oficiaba a Tacón:
Tengo el honor de incluir a V. E. el Despacho de este día,
publicado en Jamaica, en donde se relatan los dos tratados
ajustados el día 12 del presente entre el Gobierno de la
Francia y el de Haití.15
Efectivamente, en 28 de enero de ese año, el gobierno del rey
Luis Felipe de Orleans, presidido entonces por el conde Mole, envió
a Haití una misión diplomática integrada por el barón Las Cases y
el capitán de navío Charles Baudin, encargada de buscar un arreglo
Ibídem.
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 482, No. 28,278.
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a los conflictos franco-haitianos. Reunidos en Port-au-Prince con los
delegados haitianos Labbeé, B. Ardouin y otros, concluyeron dos tratados satisfactorios para ambos países. En uno Francia reconocía la
independencia de Haití en términos claros y precisos. En otro, Haití
se comprometió a pagar 60 millones de francos en 30 años como saldo
de la indemnización impuesta en 1825. Si bien con estos convenios se
abría una brecha en el cinturón de aislamiento en que mantenían a
Haití todas las repúblicas americanas, y se le infligía un grave revés a
los esclavistas de Cuba y Estados Unidos, no es menos cierto que le iba
a costar al pueblo haitiano una teoría infinita de intervenciones en sus
asuntos internos e impedir el futuro desarrollo de una vida económica
acorde con sus verdaderas necesidades.
Para Tacón –en vísperas de ser reemplazado– y para la camarilla
que con él compartía lo que llamaríamos hoy la guerra fría contra
la libertad y la independencia haitianas, esos tratados constituían un
fuerte contratiempo. A tal extremo llegó a dominar el espíritu negrero
toda la actividad del Gobierno Colonial de Cuba, bajo el mando de
Tacón, que, con motivo de la elección de José Antonio Saco, escribía
Félix M. Tanco a Domingo del Monte en 1837:
[...] Saco debe principiar sus discursos sobre los negros, y
debe acabarlos sobre los negros. De cualquier materia que se
trate en los Estamentos relativa a la isla de Cuba, debe darse
por incorporada la cuestión de la esclavitud porque este es
el fundamento de nuestra sociedad Destruyase pues este fundamento y fórmese otro como Dios manda, tal debería será
mira de nuestros procuradores [...].16
Como apostilla a la crónica escandalosa del régimen draconiano
de D. Miguel Tacón puede señalarse que, según aparece en el interrogatorio de Mr. Ricardo Roberto Madden a D. Domingo del Monte, este
afirmó que a dicho general le produjo el negocio de la trata negrera
durante cuatro años según datos exactos 450,000 pesos que extrajo en
letras sobre París y Londres. Negocio en el que participaban la mayor
parte de los capitalistas de Cuba.
Academia de la Historia de Cuba, Centón Epistolario.
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◉◉◉◉◉
El general Joaquín de Ezpeleta reemplazó a Tacón el 21 de abril
de 1838. Además de los documentos usuales en estas transmisiones
de poder, recibió de su antecesor, entre el grueso cartapacio de informes confidenciales y reservados, dos comunicaciones del Cónsul de
España en Jamaica, D. Antonio Brosa. Una, fechada en Kingston, 20
de febrero de 1838, y con el membrete de Reservada No. 1 decía:
Participo a V. E. que: acabo de ser informado que la sociedad
de antiesclavitud de este, ha recibido de sus consocios de
Inglaterra, una grande suma de dinero, con el solo fin de
mandar desde Isla, a esa, comisionados con dinero, y papeles
incendiarios para ver si podrán con estos medios, sublevar a
los negros y emanciparlos: en consecuencia estoy con la mayor atención y cuidado, informándome de todas las personas
que pasan a esa, con objeto de informar a V. E.17
En la otra, de 6 de marzo, avisaba el citado funcionario consular
en oficio No. 63:
Participo a V. E. que: un oficial de la Marina de los Estados
Unidos que acaba de llegar a esta ciudad procedente de
Port-au-Prince (Haití) me ha informado que los oficiales
Columbianos proscriptos de su país, y refugiados en la Isla
de Haití, habían solicitado de aquel Gobierno, le facilitara
armas, municiones y demás cosas necesarias, con el fin de
hacer una expedición, dicen para Costa firme; además me
ha añadido que los referidos oficiales sufren en aquel país
muchas privaciones por falta de medios, y que por consiguiente la pobreza los tiene aburridos y medio desesperados.
Desde el último tratado que la Francia ha hecho, reconociendo la independencia de la referida Isla, los mencionados
Columbianos tienen mayores esperanzas de ser habilitados
para formar la dicha expedición. Mas yo dudo que los negros
de Haití, les auxilien, aunque lo hayan prometido, porque
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 842, No. 28,278.
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desconfían de todos los blancos, sin embargo creo que no
estaba de más, por lo que pudiera suceder, estar a la mira.
Yo avisaré a V. E. de lo que sepa relativo a esto. Con esta
fecha comunico de oficio esto mismo al Excelentísimo Señor
Capitán General de Puerto Rico.18
Si a estas dos graves noticias se une la que recibió ese mismo día,
consistente en una carta de los comisionados ingleses –fechada el día
anterior, 20 de abril– sobre la represión del tráfico negrero y cumplimiento de las cláusulas del tratado vigente, el general Ezpeleta no se
sintió muy cómodo en el cargo. Además, el Cónsul de S. M. Británica
pronto comenzó a abrumarlo con el problema del mulato libre Jorge
Davidson, preso, acusado de propaganda sediciosa, y que no quedó
otro remedio que ponerlo en libertad y permitir que el citado cónsul
lo embarcara con destino a Jamaica.
Sin embargo, el arribo del primer cargamento ilegal de esclavos
traídos de África en número mayor de 1,000 en las goletas La Gata, La
Experimenta y La Feliz, de que era uno de sus principales empresarios
D. Manuel de la Cabada, reconfortó al atribulado general Ezpeleta ya
que recibió en esa oportunidad una elevada cantidad de oro por su
complaciente actitud.
Pero las noticias de Jamaica y Haití no presagiaban nada bueno
para el nuevo Capitán general y su camarilla esclavista. El cónsul Brosa
–Kingston 7 de mayo de 1838– le escribe:
Tengo el honor de incluir a V .E. la Gaceta de Jamaica de 5
del presente mes, en ella verá V. E. el resultado de una reunión (Meeting) de comerciantes, tenida en esta el día 3 del
corriente, en la casa del Cabildo de esta Ciudad, y presidida
por el Alcalde de la misma= En dicha reunión se ha tratado
de abrir francamente los Puertos de esta Isla a los negros de
Santo Domingo, disposición que si se analiza en el estado
que está este país, creo que muy pronto lo precipitará en la
última ruina: Se me ha asegurado que ha sido este plan manejado por los agentes del Supremo Gobierno Británico.19
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 842, No. 28,278.
Ibídem, No. 28,268.
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Y, al siguiente mes –18 de junio– recibía Ezpeleta otro oficio de
Brosa que, al ser conocido en ciertos sectores de La Habana, produjo
una intensa alarma. Comentaba Brosa que en el año 1838, el rey de
Inglaterra había sancionado una ley en la cual se emancipaba a los
esclavos domésticos de aquella isla el día 1 de agosto de 1838, y a los
prediales se les hacía la misma concesión, pero dos años después, en
agosto de 1840.
Pero una pragmática de la Reina de Inglaterra, de 11 de abril último, la que acompaño a V. E. con el No. 1, en vista de la cual este
Capitán general reunió los Poderes legislativos y abrió las Sesiones
como V. E. verá en la No. 2, y la consecuencia de esta Reunión extraordinaria ha sido el acceder a la Política y miras del Gobierno Británico,
aboliendo la esclavitud de los Prediales.20
Y, el general Ezpeleta, con vistas a esas noticias y en contestación a
la Real orden de 25 de mayo que acababa de recibir, dirigió al Ministro
de Estado –julio 31– el oficio reservado No. 25 en el que continúa
informando sobre los peligros que corre el régimen colonial de Cuba
con la emancipación de los esclavos de Jamaica.
La guerra de los pasteles, como calificó el humorismo criollo a la
injustificada agresión del gobierno francés al pueblo de México, aportó un peligro más a la grave crisis que envolvía a este Mediterráneo
americano.
Fechada en Veracruz a 8 de noviembre de 1838, el Cónsul de
España en aquel puerto del Golfo de México, oficiaba al Capitán general Ezpeleta:
[...] El 26 de octubre arribaron a fondeadero de Sacrificios
dos fragatas, y una corbeta de guerra francesa, en una de
ellas vino el Contra Almirante D. Carlos Baudin Gefe de la
Escuadra que hoy se compone de tres fragatas, tres corbetas,
dos vapores y siete Bergantines. El 28 del expresado octubre
mandó el Señor Baudin un comisionado con pliegos para
el gobierno de México, en la que le manifiesta se halla con
plenos poderes de su gobierno y credenciales de Ministro
extraordinario para arreglar la cuestión presente de Mégico
con Francia.= El gobierno de Mégico le ha contestado con
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 842, No. 28,270.
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fecha 2 presente, que está… entrar en convención siempre
que el Señor Baudin mande retirar de estas costas el todo o
parte de la escuadra, y que si el Señor Baudin no quiere pasar
a la capital de Mégico se dirija a la Ciudad de Jalapa a donde
bajarán los Comisionados que al efecto ha nombrado [...].21
Terminaba el cónsul Velazco su informe solicitando el envío de barcos de guerra españoles para proteger a la colonia hispana residente
en Veracruz, y, a él mismo, en caso de que se iniciaran las hostilidades.
Desde el 16 de abrir de ese año en que el comandante Bazoche, desde
la fragata francesa L’Herminie anclado con otros barcos en el fondeadero
de Sacrificios, declaró el bloqueo de los puertos mexicanos para obligar al
gobierno a aceptar las reclamaciones presentadas por sus enviados diplomáticos Deffaudis y De Lisle, era esperada una agresión armada. Entre las
reclamaciones presentadas por los citados diplomáticos figuraba una por
sesenta mil pesos de pasteles, lo que le dio nombre al conflicto.
El 27 de noviembre oficiaba Velazco al general Ezpeleta:
[...] A las 2 y media de la tarde hizo fuego sobre el Castillo
de San Juan de Ulúa las francesas navales de la última a las
órdenes del E. S. Contralmirante D. Carlos Baudin, sin que
haya precedido declaración de guerra.22
Y como realmente tanto el Gobierno Colonial de Cuba, como la
gran mayoría de los hacendados y comerciantes habaneros, odiaba a la
República Mexicana, y se sintieron tan complacidos de la agresión de
que era víctima que el propio general Ezpeleta hizo publicar –Diario de
La Habana, jueves 13 de diciembre de 1838, No. 347, página primera–
el oficio que le había dirigido Mr. Mollien, Cónsul General de Francia
en La Habana, transcribiendo el parte de la rendición del Castillo de
San Juan de Ulúa, por el general Antonio Gaona, del ejército mexicano, que lo defendía, al contralmirante Baudin, después de haber
sido implacablemente bombardeado por la escuadra francesa. El
Comandante general de Veracruz, Manuel Rincón, firmó la rendición
a bordo de la fragata La Nereyda el 28 de noviembre.
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 842, No. 28,264.
Ibídem, legajo 482, No. 28,278.
21
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Y, en 27 de diciembre, el cónsul Velazco, desde Veracruz informaba
a Ezpeleta de la forma en que finalizaba el conflicto:
Acompaño a V. E. el cuaderno que contiene las Contestaciones
Diplomáticas, en la Ciudad de Jalapa, por los plenipotenciarios. Francés y Megicano, mediante a que él impondrá a
V. E. de las pretensiones de la Francia, que Mégico vino a
concederlas, menos las palabras que ultrajaban su decoro
Nacional, y las que han dado margen a la Guerra.23
Si bien la guerra de los pasteles, como la cuestión de Texas eran
motivos más que suficientes para inquietar al Gobierno Colonial de
Cuba, sin embargo, su máxima autoridad, general Ezpeleta, dedicaba
su mayor atención al tráfico clandestino de esclavos que le producía
jugosas utilidades, a la creciente rebeldía de los esclavos que atribuía
a las campañas abolicionistas y otras influencias externas procedentes
de Jamaica y Haití.
En el negocio del tráfico negrero tenía una amplia participación el
cónsul de los Estados Unidos, Nicholas P. Trist, a quien el comisionado inglés Ricardo R. Madden, hubo de denunciar públicamente por
haber autorizado el uso de la bandera norteamericana a los buques
negreros que hacían viajes regulares a las costas de África. Bajo la impresión –escribe Ramiro Guerra– de que la agitación de los esclavos
se debía a conexiones con los abolicionistas ingleses de Jamaica y con
Haití una real orden de 15 de agosto (1839) prohibió la aproximación
a las costas de Cuba de buques extranjeros sea cual fuese la causa o
el pretexto con que lo intentaran, excepto en los puertos habilitados
para el comercio exterior. 24
Y en el cuadro de ese período histórico, bastante sombrío para el
tambaleante imperio colonial español, se destacan el marcado interés
norteamericano en extender su dominación en el Caribe comenzando por apoderarse de Cuba, y la tendencia de grupos influyentes de
hacendados y propietarios de esclavos defensores de la anexión de
la isla por los Estados Unidos. Y la alarma llegó a Madrid En oficio
muy reservado de 17 de abril de 1839, el titular de Estado advertía al
Ibídem.
Ramiro Guerra Sánchez, Manual de Historia de Cuba, La Habana, 1938.
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capitán general Ezpeleta sobre ciertas manifestaciones del representante Mr. Thompson relacionadas con Cuba, y acerca de la entrevista
del Ministro español en Washington, con Mr. Forsyth, secretario de
Estado de los Estados Unidos. Y agregaba una copia del despacho de
D. Ángel Calderón de la Barca enviado desde la capital norteamericana en 28 de febrero de 1839.25
◉◉◉◉◉
Ezpeleta fue relevado en su cargo el 10 de enero de 1840. Lo sustituía el Príncipe de Anglona y marqués de Javalquinto, Pedro Téllez
Girón. En el breve período que ejerció el mando –pues lo reemplazó
el general Gerónimo Valdés el 6 de marzo de 1841– tuvieron lugar
dos hechos de importancia: la visita del diplomático norteamericano
Alexander H. Everett y la designación de David Turnbull, ampliamente conocido por su actitud francamente abolicionista y muy odiado
en los círculos negreros de Cuba, como Cónsul General de la Gran
Bretaña en La Habana.
No eran muy cordiales las relaciones entre los Estados Unidos y
la Gran Bretaña, a tal extremo que, en 19 de mayo de 1840, el cónsul Brosa, en oficio No. 136, avisaba desde Kingston al Príncipe de
Anglona:
Tengo el honor de poner en conocimiento de V. E. que de esta
guarnición se ha embarcado para el Canadá el Regimiento
56. En esta Ciudad se habla mucho si tendrá lugar un rompimiento entre la Inglaterra y los Estados Unidos, por motivo
de no poderse convenir ambas potencias en el arreglo de
territorio, en la cuestión de límites entre el Canadá y el estado de Maine.26
Y como a la reacción criolla le molestaba la determinación del
ministro británico Lord Palmerston de hacer cumplir los tratados sobre la abolición del tráfico negrero, recibieron con gran satisfacción
por su parte los rumores de una nueva guerra entre los dos países
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 40, No. 4.
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 843, No. 28,311.
25
26
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anglo-sajones. Y ello contribuyó en gran parte a la buena acogida que
le brindaron al embajador Everett. Este, –en 1 de febrero de 1840
el Departamento de Estado de Washington lo había designado para
investigar en La Habana la conducta del cónsul Trist en el comercio
de esclavos, que era oficialmente su comisión–, traía el encargo reservado de estudiar sobre el terreno las versiones que circulaban en
ciertas cancillerías de que la Gran Bretaña negociaba con el Regente
de España, general Baldomero Espartero, la adquisición de la isla
de Cuba. Coincidió su viaje a Cuba con el principio del gobierno de
Téllez Girón –a quien conoció en Madrid mientras estuvo al frente de
la legación de Norteamérica– que le dio amplias facilidades para el
éxito de su misión.
Claro que, al regresar a Washington, Everett elogiaba la conducta
del Capitán general y le atribuyese el recto propósito de perseguir a
los traficantes de esclavos. Pareció ignorar que Pancho Marty, el líder
de estos, acostumbraba a entregar a la Princesa dé Anglona, la esposa
del gobernante, en onzas de oro disimuladas en el fondo de canastas
de frutas o pescados, las jugosas comisiones que por ese mismo contrabando de carne humana habían percibido Ricafort, Tacón y Ezpeleta.
El general Gerónimo Valdés que lo sustituyó, era uno de los hombres de confianza de Espartero, y este, cuya política se orientaba con
las directivas impuestas por los intereses británicos, le había ordenado
reprimir el inmoral comercio. Claro que hubo de chocar con los intereses creados, que, unido ese hecho a la perturbación interna y a
la grave crisis que amenazaba por igual a todo el Caribe, su período
de gobierno estuvo preñado de dificultades. Esa situación –desde su
peculiar punto de vista– la describe con original ironía criolla, natural
en los dueños de esclavos, Gaspar Betancourt Cisneros, El Lugareño,
cuando en carta a Domingo del Monte –Puerto Príncipe, diciembre
de 1842– le dice:
Nuestra gente patibularia está alarmada con las cosas de
Turnbull, Haití y el Bando de Gobernación y Policía que ha de regir desde 1843. Los hombres de arrancapellejo están resueltos
a no cumplir los artículos 6° y 12° y todos los que favorezcan
a los negros; porque por lo mismo que hay abolicionistas, y
Haití, Inglaterra en el mundo, por ende es preciso apretar
ahora la mano y hacerles doblar el lomo y darles fuerte que
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es lo que amansa de verdad, y ya están muy preparados para
obrar de ese modo= En cuanto a lo de Haití ya ve V que ese
es un gobierno estúpido, insignificante, impotente, de orangutanes que en dos patadas se echan a los montes a comer
jobos y guayabas cotorreras. Así nos lo ha dicho un letrado,
y no es de los más borricos que tenemos. La reconquista de
Santo Domingo no es un problema para Don Quijote.27
No es de extrañar ese juicio, pues, con fecha Madrid, 13 de octubre de 1842, le comunicaba el Ministro al Capitán general de la Isla
de Cuba:
En Real orden de 18 de agosto último me manifiesta que al
quedar enterado S. A. de las comunicaciones de V. E. y de
las del Vicecónsul de España en Jamaica, sobre los esfuerzos
que hacían los abolicionistas de aquella Isla para introducir
el desorden y la insubordinación de la gente de color de esta
Isla y de la de Puerto Rico, ha resuelto que el Vice-Cónsul de
Jamaica comunique a V. E. como en el caso presente cuantas
noticias adquiera de los planes y maquinaciones de los abolicionistas, procurando, además V. E. de mantener la mayor
vigilancia en las costas fronteras de Jamaica, como así mismo
en la admisión de extranjeros en esta Isla, especialmente de
color, y más si proceden de Jamaica.28
En 14 y 15 de diciembre de 1842, D. José María de Bustillo, comandante del vapor de guerra Congreso, como representante oficial
del general D. Gerónimo Valdés, gobernador de la Isla de Cuba, debidamente acreditado ante el presidente Pierre Boyer, de Haití, reclamó
de este una reparación por las ofensas hechas al pabellón nacional y
la correspondiente indemnización por los perjuicios causados a los
buques españoles Nuestra Señora del Carmen y Golondrina, apresados por
la corbeta haitiana Pacification y conducidos a Port-au-Prince.
Las explicaciones ofrecidas por el gobierno haitiano no las consideró suficientemente satisfactorias el gobierno de La Habana y Bustillo
Academia de la Historia de Cuba, Centón Epistolario.
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 847, No. 28,463.
27
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regresó a Haití para exigir una más completa reparación. Y, el 4 de
enero de 1843, envió una carta, redactada en términos diplomáticos
pero enérgicos, insistiendo en sus demandas. Como ya en esa fecha la
fragata de guerra española Isabel II había detenido y llevado a Santiago
de Cuba las goletas haitianas Jeanne y Amitié, ofreció Bustillo liberarlas
si Boyer aceptaba las reclamaciones presentadas.
Como el presidente Boyer afrontaba graves dificultades interiores
ya que su larga permanencia en el poder, por un lado, y la miseria que
sufría el pueblo de toda la isla, por otro, a lo que debe agregarse los efectos desmoralizadores causados por el temblor de tierra de 7 de mayo del
año anterior que redujo a un montón de ruinas a Cabo Haitiano, estaban creando un clima insurreccional claramente perceptible, tuvo que
aceptar las demandas del enviado especial del Capitán general Valdés.
El general Baltasar Inginac, secretario general de la Presidencia,
cumpliendo instrucciones de su gobierno contestó a Bustillo el 5 de
enero, anunciándole que estaba dispuesto a acceder a lo que fuese justo
y honorable en el pliego de reclamaciones, citándolo para una reunión
en su despacho que tendría efecto a las dos de la tarde de ese día.
A la hora indicada se reunió con la comisión presidida por Inginac,
y de la que formaba parte Beaubrun Ardouin en representación del
gobierno haitiano, el representante oficial del gobernador de la isla de
Cuba, Bustillo. Juntos elaboraron, después de una corta discusión, la
convención que dio por terminado el conflicto y firmada por todos ese
mismo día 5 de enero de 1843. Estos acuerdos los aceptó el Capitán
general D. Gerónimo Valdés, según aparece en el acta de la Junta de
Autoridades celebrada en el Palacio de Gobierno de La Habana el 13
de enero de ese año.29
Tanto las comunicaciones de Bustillo como las respuestas de
Inginac a las mismas, así como el texto oficial de la convención aprobada, fueron publicadas en el diario Le Telegraph, No. 2, Port-au-Prince,
8 de enero de 1843.
Pero la crisis haitiana se agravaba por momentos. Cada día las noticias recibidas en la Capitanía general por la vía de Jamaica, St. Thomas y
Santiago de Cuba eran más alarmantes. El vicecónsul Carlos Duquesnay,
que había reemplazado a Brosa en Kingston, en oficio No. 198 de 13 de
febrero de 1843 avisaba al general Valdés;
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 847, No. 28,463.
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Por la goleta haitiana «Farceur» que entró en este puerto el
día 11 del corriente, procedente de Jeremie, hemos sabido
que una revolución había tenido lugar en Haití el 1° del corriente mes, y que dicha Ciudad de Jeremie estaba en poder
de los rebeldes.= Se me ha informado también que el sobrecargo de dicha goleta había entregado al Excelentísimo
Señor Capitán General de esta Isla despachos participándole
dicha noticia.30
Cuyas noticias ampliaba en despacho reservado No. 131, Kingston
28 de febrero de 1843:
[...] Desde el principio en que comenzaron las convulsiones revolucionarias en Puerto Príncipe, algunos sujetos del
mismo partido, fueron expatriados de aquella República,
y se refugiaron en esta, en donde encontraron tanto entre
los blancos, como las personas de color, una acogida cual
ellos no pudieron prometerse; fueron presentados, y bien
recibidos por algunas autoridades y tratados con mucha
distinción, y uno de ellos tuvo el honor de sentarse en la
mesa con el antiguo Gobernador de esta Isla.= Conciliando
su conducta, sus escritos, opiniones políticas, no dejaron de
excitar las pasiones de estos emancipados, manifestándoles
la necesidad de estrechar mutuamente sus lazos, para poder
un día u otro, trabajar con más fuerza a la libertad de las
demás Antillas; acordando de este modo los sentimientos de
su corazón con las ideas de las referidas sociedades, según
se impondrá V. E. noticia que tuvieron del movimiento de
insurrección en la ciudad de Jeremías, los refugiados en esta
hicieron circular diferentes proclamas y prudencialmente esperan en esta las consecuencias de sus planes.= Hasta ahora
según parece, nada favorable han sabido, porque aunque con
bastantes deseos de impulsar personalmente la revolución,
no obstante se encuentran en esta esperando por momentos
noticias que les sean más favorables, aunque ellos las forjan a
su modo, con el objeto de fomentar la opinión.= Por lo que
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 849, No. 28,698.
30
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respecta a la conducta de este Gobierno sobre el particular,
ninguna cosa he observado que merezca la atención, aunque
siempre con aquella reserva que le es característica. Pocas
han sido las relaciones entre las dos Yslas, y pocos los buques
de guerra y de comercio que han entrado en este puerto
procedente de Haití, y las noticias que han dado parecen
favorables a la causa del Presidente Boyer.31
Ya en algunos puertos del sur de Cuba comenzaron a llegar embarcaciones cuyos tripulantes eran portadores de las noticias más contradictorias. Una de ellas la transmitió Flores, del Gobierno Militar de la
Fernandina, al general Valdés –Cienfuegos 8 de marzo– en la que en
oficio reservado le transcribía la del capitán del puerto:
Las noticias dadas privadamente por el Capitán Thomas Mc
Alpine, del Bergantín inglés «Martha», visitado –y admitido
hoy por Sanidad y Guerra, respecto a la sublevación, de los
negros entre si, en Haití, son, que fue originada por el nuevo
nombramiento de su Presidente, limitándose solo a Puerto
Príncipe, que con este motivo habían concurrido al puerto
de Haití, dos navíos ingleses desde Jamaica, y debían seguirle
otros buques para en su caso favorezcan a los comerciantes
ingleses.32
Deseoso de conocer con más precisión el desarrollo de los acontecimientos haitianos, el general Valdés –La Habana 25 de septiembre
de 1843– ofició al general Juan Tello, gobernador político y militar de
Santiago de Cuba, pidiéndole datos exactos sobre los objetivos reales
de la revolución que había estallado en la isla vecina. Y el citado general Tello, en carta No. 87, del 12 de marzo le respondió:
[...] Hasta ahora nada se ha sabido aquí positivamente acerca
de esa revolución, aunque es verdad que ha sido anunciada
de una manera vaga pero sin poderse descubrir el origen
de tal noticia por no haber venido ningún buque de aquel
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 849, No. 28,698.
Ibídem.
31
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puerto, pues el Vapor Ingles que debió tocar en este Puerto
el 28 de febrero próximo anterior y que podía orientarnos
acerca de este incidente, ha debido sufrir algún contratiempo, puesto que no ha llegado todavía.33
La extrema gravedad que adquirían las noticias de Jamaica y de
Haití que se confundían con la propaganda abolicionista exterior
y las constantes protestas en ingenios y cafetales de los esclavos, determinaron al general Valdés a convocar con urgencia una Junta de
Autoridades. Esta, bajo su presidencia, y a la que asistieron el teniente
general D. Francisco Javier de Ulloa, Comandante general de las fuerzas navales del Apostadero de La Habana, y D. Antonio de Larrúa,
se efectuó en la residencia oficial del gobierno el 1 de abril de 1843.
Explicó el general Valdés que el objeto de la reunión era el de examinar la situación de Haití:
[...] cuyas noticias dadas por Mr. Johnson, comandante del
bergantín de guerra americano «Banbridge» que procedente
de Puerto Príncipe y Gonaive en dicha isla entró ayer en este
puerto son las siguientes: que el 24 del mes próximo pasado día
de su salida dejaba establecido en Puerto Príncipe un gobierno
provisional mientras se reunía el congreso para resolver la forma más conveniente, todo a consecuencia de una revolución
en que triunfó el partido de los negros tomando parte en ellas
las tropas; de sus resultas fue destituido el Presidente Boyer al
que acusaban de tirano, ladrón y débil o condescendiente con
los españoles en la satisfacción exigida cuando en noviembre
último detuvieron dos buques de nuestro comercio: que dicho
Presidente Boyer había pedido protección para sí y treinta personas de su comitiva o comprometidas al referido Comandante
del Bergantín Americano; pero habiéndole contestado que se
dirigían inmediatamente a La Habana donde regularmente no
sería admitido y hechole reflexión de la posición embarazosa
en que quedara después, la pidió al Comandante del Bergantín
«Scilia» que lo tomó a su bordo y salió para Jamaica el día 18.
En consecuencia de lo expuesto dijo el Excelentísimo Señor
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 849, No. 28,698.
33
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Presidente era de temer intentasen los negros de Haití alguna
hostilidad a nuestro comercio aunque no fuese más que por
mostrarse más firme el nuevo gobierno que el anterior, razón
por que juzgaba del caso tomar algunas precauciones para evitarlo. El Excelentísimo Señor Comandante general de Marina
manifestó que había dado órdenes a la Corbeta «Liberal» de la
estación de Cuba para cruzar sobre Cabo Francés de la isla de
Santo Domingo con objeto de proteger a nuestro Comercio y
en cuyo punto se hallaría a la fecha, pero que esto no obstante
podrían adoptarse las providencias que se crean convenientes.
Discutido el asunto se acordó que el Bergantín de S. M. «Jason»
pronto para salir a la estación de Veracruz se destinase directamente al crucero de Cabo Francés por cuarenta días en relevo
de la «Liberal», al cumplimiento de los cuales regresaría a Cuba
a recibir órdenes; que la «Liberal» pasase a cubrir el crucero en
esta isla desde Punta de Maisí hasta Cabo Cruz en unión de una
goleta; y que el Bergantín «Patriota» que debe llegar de Veracruz
después de habilitado y repuesto pasaría oportunamente a
relevar el «Jason»: de estas disposiciones resultará quedar por
un poco de tiempo las costas del Seno Mejicano sin buque de
guerra que las visitase lo cual se hacía indispensable en vista
de las circunstancias y de que a esta fecha estaría navegando el
«Patriota» para este puerto en consecuencia de las órdenes que
se le tenían anticipadas razón porque no pudo adoptarse la idea
de mandarle permanecer allí como se había pensado. También
se acordó que los cruceros tuviesen la orden de hacer alejar a
todos los buques de nuestro comercio de las costas de Santo
Domingo para evitar cualquiera tropelía, y que de este acuerdo
se diese conocimiento al Capitán General de la isla de Puerto
Rico y a los Gobernadores de Cuba, Trinidad, Cienfuegos y al
Comandante Militar de la isla de Pinos para que cada cual por
su parte estuviese advertido y obrasen con precaución en los
casos que le ofrezcan, encargando a los expresados Gefes de
esta isla redoblen su vigilancia y tengan el mayor cuidado, en
todos los puntos accesibles de la costa de su mando.34
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 848, No. 28,547.
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Según transcurren los días y se amontonan los informes confidenciales en las carpetas de la Secretaría Política del Gobierno Colonial
de Cuba, se hace más evidente para sus dirigentes que está progresando una conjura en todo el Caribe –con la abierta complicidad de las
autoridades británicas y las sociedades abolicionistas– para promover
un movimiento revolucionario en Cuba. Un confidente en Jamaica,
Juan F. Gómez, ligado por intereses mercantiles al conocido traficante
negrero de La Habana D. Joaquín Gómez, le escribe al general Valdés
en 10 de abril de 1843, denunciándole la sospechosa actitud del cónsul español Duquesnay y una serie de hechos que parecen confirmar
los temores que abrigaban las autoridades y que provocaron la junta
del primero de ese mes:
[...] Con muy alto dolor veo diariamente el comercio grandísimo que se hace desde esta Isla a la Ciudad de Santiago
de Cuba por 2 buques el uno es el pailebot Dos Amigos su
Capitán D. José Fernández el cual se halla casado avecindado en esta aunque es Español dicho Capitán es de muy bajo
sentimiento. El amo de dicho barco se llama Pedro Merino
comisionado colombiano revolucionario y también avecindado en esta y casado, amante a la muy decantada libertad
y que habla desbocadamente mal contra las autoridades de
esa preciosa Isla y el muy asentado Gobierno de V. E. el otro
buque se llama la goleta Aurora su amo y Capitán D. Agustín
Ávila criollo de Maracaibo en Costa Firme. También aunque
él hace creer que es Español es un consumado Colombiano
y alimentado hasta el centro de su corazón con su susodicha
libertad; tiene sociedad el 1º qué es el pailebot Dos Amigos
con un catalán muy avaro que tiene una tienda de ropa en
la ciudad de Santiago de Cuba y se llama D. Agustín Robert,
el 2º tiene su socio también en la misma ciudad es un francés que lo que únicamente desea es adquirir capital para
marchar a Francia. . . el resultado de esto, es que esos dos
buques llevan coroneles y emisarios que pertenecen al exnombrado General Carmona por que el Señor Cónsul que
tenemos aquí. . . tiene sus órdenes respecto a que no se le
dé Pasaporte a ninguno de esa canalla, cuando le conviene y
por cohecheria sabe muy bien disimularlo y si no se consigue
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por este medio ofrecen un par de 100 pesos a los dueños
y Capitanes de dichos Buques se consigue al instante y los
desembarcan por el punto que llaman Juraguá y Berraco a
Sotavento del Morro de Cuba; finalmente por todos los puntos con el mayor descaro a mayor abundamiento llevan por
alto ocho o diez mil pesos de mercancías haciendo ese robo.
. . Por lo que respecta a nuestro dicho Cónsul no solo es de
nación criolla francesa sino nativo de esta Isla de Jamaica y
es tan amante de la libertad que vive y muere en la casa del
Cónsul Colombiano D. Juan de Francisco Martínez que es
un hombre muy fino y de una educación brillante, de suerte
que siendo nuestro Cónsul un hombre tosco suponga V. E. si
sabrá lo más mínimo de nuestro Gobierno, y estoy sumamente persuadido que él no sabrá nada del otro [...].35
Casi al mismo tiempo –15 de abril– llegó a manos del Capitán general el oficio reservado No. 14 fechado en Kingston el 25 de marzo
en el cual el cónsul Duquesnay le transcribía el que había dirigido ese
mismo día al Primer Secretario del Despacho de Estado:
[...] En mi oficio 21 del corriente, tuve el honor de informar
a V. E. del estado de revolución en que se halla la República
de Haití, de la llegada a esta del Presidente Boyer, con toda
su familia, y algunos de sus oficiales después de haber abdicado la Presidencia.= Como dije a V. E. me he ocupado con
bastante atención a observar todo cuanto el estado actual de
dicha república y sus conexiones con esta Isla, pueden influir
en la situación política de las Islas de Cuba y Puerto Rico. Yo
considero que este Gobierno nada intentará abiertamente;
pero por sus agentes, y principalmente por los abolicionistas,
ninguno dudará que la ocasión que se les presenta, es la más
oportuna a la consecución del fin que mucho tiempo hace
se han propuesto. Hasta ahora nada que merezca la atención
ha ocurrido, según verá V. E. por los diarios que acompaño;
aunque por otro lado, y con el mayor sigilo se ha impuesto
de las disposiciones en que se halla la parte Española de
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aquella isla, en favor de la Madre Patria; la que si se encontrasen medios para llevarlos al fin, sin duda se darían por
muy satisfechos. Algunas proposiciones indirectas me han
sido hechas por una persona de mucha influencia en aquel
país. ¿Pero qué partido puedo yo tomar sin instrucción alguna de nuestro Gobierno? En la actualidad todos los medios
que están a mi alcance son los de estimulados a el amor de
la nación, y a procurarse la comunicación con el Gobierno
de S. M. para evitar consecuencias desagradables y obrar con
el tino que es necesario en todos casos. Espero que V. E. me
dirá todo cuanto considere útil sobre este particular, para mi
gobierno en esta.36
Como se le presenta un nuevo aspecto del problema, no menos inesperado, y conociendo de sobra que el gobierno regido por
Espartero, demasiado embargado por las intrigas palaciegas y las amenazas constantes de los pronunciamientos militares, además de la lentitud en las comunicaciones, no habría de atender con oportunidad
la demanda de ayuda para reincorporar la parte este de Haití, o sea
Santo Domingo, al dominio colonial de España, hubo de enviar el general Valdés a Duquesnay ese mismo día 15 de abril el oficio reservado
No. 2 con las instrucciones que creyó necesarias:
[...] Aunque la decisión del contenido del oficio de V. sea
toda correspondiente al Supremo Gobierno, creo conveniente manifestarle que siendo muy delicada la posición
de estas Colonias Españolas y grandes los deseos de los
abolicionistas para introducir en ellas sus doctrinas, brindándoles una buena ocasión el estado del Gobierno de Haití;
conceptúo que la mayor circunspección en este caso de que
lo considero a V. adornado, apenas bastará para conservar
una posición ventajosa y nada comprometida en la cuestión
que esas personas de influencia le han dicho con respecto
al espíritu público que reina en la parte Española de Santo
Domingo; por consiguiente recomiendo a V. que sin hacerle
concebir la más remota esperanza se maneje con sagacidad
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dando respuestas evasivas que sin ofrecer nada no los desanime enteramente para dar lugar a recibir órdenes del supremo Gobierno procurará V. al mismo tiempo no perder la
confianza de ese individuo para estar al corriente de lo que
el asunto se adelante.37
◉◉◉◉◉
El descontento popular, y las aspiraciones de un grupo de políticos oposicionistas, a los que se mezclaban los turbios manejos de los
agentes de las naciones colonialistas, hicieron que surgiera en Praslin
el movimiento insurreccional en Haití. El 13 de marzo de 1843 el presidente Jean Pierre Boyer renunció el cargo. Y ese mismo día, bajo la
protección de la bandera británica, salió para Jamaica acompañado de
familiares y amigos.
Una teoría inacabable de revueltas, represiones, conflictos internos –agravados por las intrigas de los representantes de Francia, Gran
Bretaña, España, y también, de los Estados Unidos– hicieron desfilar
por el Gobierno de Haití, de 1843 a 1847, a los presidentes: Herard,
Guerrier, Pierrot, Riché y Soulouque. Este último, en 1849, se hizo
proclamar emperador con el nombre de Faustino I.
Los efímeros gobiernos que se sucedían, más atentos a los intereses particulares de cada uno de sus componentes y de sus respectivas
camarillas, no quisieron resolver favorablemente las justas demandas
de las hambrientas masas populares haitianas. Estas, negras en su casi
totalidad, habían apoyado a los políticos promotores de la Reforma
y del Manifiesto de Praslin, por las promesas de reformas substanciales
tanto en la administración pública como en la organización económica y social de la Nación. Pero, como desde que ocuparon el poder se
habían lanzado al robo y pillaje más escandaloso, en el Sur del país,
conducidas por Jean Jacques Accau, las masas negras iniciaron la protesta armada –se les llamó la revuelta de los Piquets– demandando en lo
político el cese de los gobernantes de la oligarquía mulata y elección
de un negro para la suprema magistratura de la nación; y, en lo social, la distribución de las tierras del Estado y los bienes de los ricos
propietarios rurales entre los campesinos y proletarios urbanos, Pero,
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traicionados por Accau, que se vendió miserablemente, la revolución
fue dominada.
La nueva constitución de la República de Haití, proclamada el 1
de enero de 1844, había acentuado el descontento popular en ambas regiones del país. Y como se aplicaron leyes tan absurdas como
la dictada por el Gobierno Provisional en 27 de septiembre de 1843,
ordenando cerrar al comercio internacional los puertos de la parte
Este de la República, o sea en el territorio del antiguo Santo Domingo
español, los habitantes de esta región demandaron la separación de
Haití y proclamaron su independencia el 28 de febrero de 1844, a
lo que contribuyó poderosamente el cónsul francés, Mr. Eustache de
Juchereau de Saint-Denys.
Bajo la dirección de Juan Pablo Duarte, y la cooperación de
Francisco del Rosario Sánchez, Ramón Mella y otros, se fundó en
Santo Domingo, el 16 de julio de 1838, una asociación secreta, La
Trinitaria, cuyo objeto fundamental era lograr la separación de Haití
y constituir un estado libre e independiente que habría de llamarse
República Dominicana.
El terremoto de 7 de mayo de 1842 proporcionó a los dirigentes de
La Trinitaria una oportunidad favorable a sus planes. Además, numerosos elementos haitianos que formaban en las filas de la oposición,
y que alentaban el movimiento llamado reformista, permitieron que
los trinitarios se infiltraran en sus cuadros. Y Duarte concibió la idea de
ponerse de acuerdo con los revolucionarios de la parte francesa, para
aprovechar, en su oportunidad, la confusión que necesariamente tendría que producirse si el gobierno del presidente Boyer y sus partidarios llamados los absolutistas era derrocado por la insurrección. Y como
en Aux Cayes se había constituido en agosto de 1842 una asociación
secreta Sociedad de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, con la que
entró Duarte en relaciones, envió a este lugar a Ramón Mella a fin de
combinar «el movimiento que debía efectuarse en la parte española
luego que la haitiana enarbolase el estandarte de la insurrección». Por
eso, al producirse la unión entre ambos grupos, en el documento que
se hizo circular clandestinamente, y que fue bautizado con el nombre
de Manifiesto de Praslin, pudo afirmarse que de un extremo a otro de
la isla se mantenían los mismos principios y programas para combatir
el régimen de Boyer. El 27 de enero de 1843, el comandante Riviére
Herard, que presidía el Comité ejecutivo, se rebeló en un lugar,
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llamado Raslin, en la llanura de Torbeck y, el 13 de marzo, renunció
Boyer para embarcarse en la fragata inglesa Scylla rumbo a Jamaica.
Riviére Herard ocupó la Presidencia de la República.
Detrás de toda una complicada madeja de intrigas dirigida por
ambiciones políticas cuyas finalidades no estaban orientadas en favor
de las demandas populares, se ocultaban los intereses de las potencias
colonialistas. Especialmente los de Francia −representados por los
cónsules L. Levasseur y Saint-Denys− dieron lugar, no sólo a que se
consumara la separación de las dos regiones de la isla, sino que contribuyeron a alentar los factores que llevaron a la antigua Española a la
anarquía y a la miseria.
En cartas a Mr. Guizot, ministro del rey Luis Felipe de Francia, le
informa Levasseur con todos los detalles de cuantas maniobras está
realizando para implantar no solo un protectorado francés sobre la
isla que está ayudando a dividir, sino también de sus propósitos de
apoderarse de la Bahía de Samaná en el Este, y de la Mole Saint-Nicolás
en el Oeste. Y para intimidar a los políticos de los bandos en discordia
se apoyó en la escuadra francesa de la Martinica que, al mando del
contralmirante Alphonse de Moges, con su presencia amenazadora
contribuyó poderosamente a los planes intervencionistas.
Juchereau de Saint-Denys, designado cónsul en Cabo Haitiano,
llegó a Port-au-Prince el 28 de noviembre de 1843 a bordo de la fragata L’Aube en compañía de Mr. Adolphe Barrot, ministro plenipotenciario designado para reclamar del gobierno haitiano el pago de los
plazos de la deuda. Y como Cabo Haitiano estaba en ruinas a causa
del terremoto, Saint-Denys permaneció en Port-au-Prince, no solo
como espectador de los hechos que se desarrollaban en derredor de
la Convención Constituyente haitiana de 1843 en la que participaron
activamente los delegados dominicanos con Buenaventura Báez al
frente, sino también participando en la realización de lo que se llamó
Plan Levasseur.
El cónsul Levasseur en carta a Guizot −Port-au-Prince 27 de junio
de 1843− expone los puntos esenciales de lo que será su plan:
[…] Es evidente que la unidad de la República está amenazada por la separación del Sur, cuyas simpatías todas y los
intereses comerciales son ingleses, y por la del Este cuyas costumbres, el idioma, la religión y los recuerdos son siempre
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españoles [...]. Aquí se presenta una serie de problemas
importantes cuya solución interesa a Francia en el más alto
grado. Permítame abordarlos: 1 Inglaterra y España estarán
en situación de responder al llamado que les será hecho por
el Sur y el Este de Haití, Sí, pues bastaría al Gobernador de
la isla de Cuba enviar 1500 hombres a Santo Domingo para
reunir todos los habitantes del Este bajo la bandera de la
metrópoli, garantizándole el no restablecimiento de la esclavitud, el mantenimiento de la división y posesión actual de
los propietarios y la más amplia participación en los empleos
administrativos. En cuanto a Inglaterra, tiene siempre, por
la proximidad de Jamaica y la importancia de las fuerzas navales que puede tener disponibles, los medios asegurados de
ocupar y proteger a su manera todo el litoral del Sur.
2° ¿Convendría a Inglaterra y a España aceptar el protectorado que le demandarían? Si, puesto que España, por la
ocupación de un punto tan importante de Haití, estaría en
situación de prevenir y deshacer las tentaciones con que la
República la amenaza sin cesar de llevar, mas tarde, el desorden a la isla de Cuba por un llamado a la libertad de los
negros de esta colonia, y la Inglaterra, además de las ventajas
comerciales que pudiera crearse en el Sur, encontraría allí
también, cosa importante, la facultad de comprar buenos y
económicos aprovisionamientos en ganado y víveres de toda
especie para su colonia de Jamaica.
3° ¿Conviene a Francia que Haití sea así desmembrado
en provecho de dos naciones ya poderosas en las Antillas?
No, puesto que, desde el momento que la República no se
componga más que del Norte y del Oeste, sus recursos no
nos ofrecerán más las garantías suficientes para la ejecución
de nuestro tratado de 12 de febrero de 1838, y nuestros intereses comerciales no encontrarían más que un alimento
secundario y en el caso o alguna circunstancia imprevista nos
convierta en dueños de esta antigua parte francesa, encontraríamos grandes dificultades, por el contacto de vecinos que,
en ciertos casos, podrían ser muy molestos para nosotros.
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4° En fin ¿Francia está en condiciones de impedir a Inglaterra
y a España de intervenir en los asuntos de Haití? Sí, pues, para
detener a España, será suficiente oponerle el tratado de Basilea,
de recordarle lo que nos debe, y hacerle comprender lo que,
en su estado actual, puede temer o esperar de Francia, de la
duración de esta alianza que garantiza la paz europea, y que no
puede admitirse que ella quiere romperla, por la conquista de
algunas ventajas comerciales en las Antillas, ventajas a las cuales, además, no podrá pretender sin ser injusta a nuestros ojos,
ya que, en definitiva, Haití nos debe más de sesenta millones
y no tenemos, como todo acreedor, el derecho de velar en la
conservación de la integridad de la solo hipoteca ¿qué puede
ofrecernos nuestro deudor? Creo, pues, que será suficiente una
simple negociación de precaución con Inglaterra y España para
asegurarnos nuestro libre arbitrio en los asuntos de Haití.
Esas cuatro principales cuestiones así presentadas y resueltas, no tenemos más que ponernos lo más pronto posible,
en estado de ocupar Samaná y la Mole Saint-Nicolás, en el
momento que estalle la crisis que amenaza a Haití.38
El Plan Levasseur −escribe el profesor Price-Mars− tal como ha sido
aquí expuesto en el famoso informe que acaba de leerse, sufrirá modificaciones propuestas por su mismo redactor, en conformidad de las
circunstancias que él no esperaba y que no había podido prever pese
a sus jactancias y su maquiavelismo.
El contralmirante de Moges, comandante en jefe de la escuadra
francesa en las Antillas, y que dirigía una demostración naval imponente en aguas de Haití, participaba de las ideas expresadas por
Levasseur en su informe. En carta a Guizot –4 de julio de 1843– le
decía de Moges después de exponerle su opinión favorable a instaurar
el protectorado francés en Haití.
[...] Inglaterra parece muy ocupada, incluso en sus internos, para inquietarnos seriamente con ocasión del uso de
nuestro derecho. Pues que la Independencia de Haití, sin
J. Price-Mars, La République D’Haiti.
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condiciones, no ha podido ser más que una cortesía y la superación de una susceptibilidad.
El gobierno de La Habana no actuará probablemente de su
propia autoridad, sobre todo en presencia de nuestras fuerzas navales, y al Gabinete de Madrid no le faltan dificultades
a su alrededor, sin hablar de los tratados anteriores de cesión
que pueden existir [...].39
Desde la Neréide, anclada en la rada de Fort-Royal, Martinica, en 9
de agosto de 1843, de Moges escribe nuevamente a Guizot explicándole cómo ha dejado en Port-au-Prince para atemorizar a los haitianos 3
grandes fragatas, de las que una es de vapor y dos barcos pequeños. Y
le avisa de que el representante del Lloyd inglés, ha regresado a Haití
para tratar de revigorizar un viejo plan financiero, asociado a
[...] un señor Duprey, negociante, joven de color, rico propietario en Haití, que ha jugado un papel en la revolución,
y es uno de los consejeros del jefe ejecutivo Hérard, que se
vanagloria de dirigir.
[...] No se trata mas, probablemente, que de una idea
particular y de una gran especulación privada. Pero puede
creerse que esos negociantes políticos se lisongean de interesar en su sistema a la opinión pública de un país, como
en Haití, e incluso de obtener el apoyo secreto o patente
de su gobierno que encontraría siempre una ventaja en
ver la Francia fuera de todo interés en Santo Domingo, y
tal posición marítima ocupada a título de depósito, por los
comerciantes ingleses, reservando el Estado de entenderse
con ellos y de reemplazarlos en el momento favorable [...].
M. Duprey, con el cual yo he conversado largo rato no es un
hombre cualquiera. Está bien educado y no carece de habilidad. Parece ejercer influencia sobre el general Hérard.
En este negocio del empréstito se propondría, como puede
admitirse, dos objetos:
J. Price-Mars, La République D’Haiti.
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1° Crearse personalmente una posición financiera por las
comisiones en provecho de su casa comercial;
2° Hacer a Haití más o menos inglés, manera de salvarlo de
la anarquía, de la división o de la conquista [...].
E insiste nuevamente en establecer el protectorado político y
ocupar la bahía de Samamá y la Mofe Saint-Nicolás.40
El ministro Guizot, a nombre de su gobierno, entregó en París −25
de septiembre de 1843− a M. Adolphe Barrot, enviado como comisario
extraordinario a Port-au-Prince, las instrucciones a las que debía ajustarse para negociar con el gobierno haitiano sobre la regularización
de los pagos convenidos por el Tratado de 1838. Y como el comisario
solicitó en l de octubre la aclaración de ciertas dudas, el Ministro de
Asuntos Extranjeros, Guizot, el día 3 de ese mes y año le contestó, a
manera de instrucciones complementarias:
[…] Si el gobierno haitiano rehúsa concedernos a título
de garantía la ocupación de la casi isla Samaná, ofrece en
su lugar una de las anexas de Saint-Domingue tales como
La Gonave o La Tortuga, usted se limitará a transmitirme
esta proposición. Si por lo contrario consiente en dejarnos
ocupar la casi isla, nuestras fuerzas inmediatamente deberán
tomar posesión.
Si se decide a pagar el plazo vencido de su deuda y si por otra parte
no demanda prórrogas para los pagos subsecuentes, es indudable que
vuestra misión estará terminada. En efecto, no tendríamos ningún
derecho de exigir a un deudor que esté perfectamente en regla con
nosotros garantías no estipuladas por el contrato de la deuda. «El Sr.
Almirante de Moges le dará todo el apoyo moral que de él dependa,
pero se necesitaría una deliberación ulterior del gobierno del Rey
para que pueda ir más lejos»…41
El plenipotenciario Mr. Barrot llegó a Port-au-Prince al final del
mes de noviembre de 1843. Para proceder a cumplir su misión tenía que aguardar el término de los trabajos de la Constituyente y la
J. Price-Mars: La République D´Haití.
Ibídem.
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elección del nuevo gobierno. Mientras tanto se dedicó a participar en
los trabajos del cónsul Levasseur y el almirante de Moges a los que, por
un hecho casual, se incorporó el también recién llegado Juchereau de
Saint-Denys.
Los diputados dominicanos en la Asamblea Constituyente, por
conducto de Paúl Terny, secretario de Saint-Denys, que se alojaba
en el mismo hotel que ellos, entraron en contacto con este, quien
los llevó al cónsul Levasseur; y le entregaron las proposiciones firmadas el 15 de diciembre por Buenaventura Báez, Francisco Javier
Abreu, Remigio del Castillo, Juan Nepomuceno Tejera, Manuel María
Valencia, José Santiago Díaz de Peña y M. A. Rojas. En el preámbulo
de este documento, al cual se le ha dado el nombre de Plan Levasseur,
se invocaba la alta protección de Francia. Servía de introducción al
articulado concebido en esta forma:
1. La parte oriental de la Isla de Santo Domingo, conocida por española, tomará el nombre de República Dominica, libre e independiente, administrándose por sí misma.
2. Francia se obliga a favorecer su emancipación y a suministrar
todo lo necesario para establecer y consolidar su gobierno; como
también a dar los subsidios indispensables a las necesidades de la
administración.
3. Armas y municiones serán dadas por la Francia en cantidad suficiente para armar la parte activa de la población que sea llamada
bajo las banderas de la Independencia.
4. El Gobierno francés nombrará un Gobernador general para desempeñar las funciones del Poder Ejecutivo que durarán diez años;
no obstante, el Gobierno francés se compromete a no retirarlo si
el Senado pide su permanencia.
5. Los puertos de la República se abrirán a la inmigración de todos
los pueblos.
6. En reconocimiento de la alta protección de la Francia la península
de Samaná se renuncia y abandona en favor de la Francia.42
Manuel Arturo Peña Batlle, Correspondencia de Levasseur y de otros agentes de
Francia. Relativa a la proclamación de la República Dominicana (1843-1844), Santo
Domingo, 1944.
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El cónsul Levasseur en carta al ministro Guizot –Port-au-Prince, 31
de diciembre de 1843– hace un amplio informe detallando sus intervenciones en los asuntos internos de Haití durante los cinco años que
llevaba al frente del Consulado de Francia en Port-au-Prince. Confiesa
cómo impidió la acción de los oficiales colombianos refugiados en la
parte española, así como las gestiones para pedir el apoyo de Colombia
a favor de la independencia dé aquella parte de Haití, y otros proyectos que se elaboraban en ese sentido. Y agrega:
[...] Los desgraciados Españoles volvieron sus miradas
hacía la antigua metrópoli, hacia todas las potencias cuyos
intereses de acuerdo con sus fuerzas, podían ofrecerles
un apoyo protector. Es de esta época. Señor Ministro, que
data mi intervención un poco activa en los asuntos de la
provincia del Este. Espantado, con razón, de las fatales consecuencias que pudieran tener, para los intereses franceses,
la influencia de la acción directa de la Inglaterra, o de la
España misma, sobre el porvenir político y comercial de la
provincia del Este, yo no descuidé nada para alejar, para impedir, el establecimiento de esta influencia. Usé todos mis
recursos para hacer comprender a los Españoles haitianos
qué su antigua metrópoli destrozada por las revoluciones
y las guerras civiles, sin ejércitos, sin barcos, no estaba en
condiciones de protegerlos eficazmente, y que, en todos los
casos, no podían recibir de ella más que una organización
colonial que nos les convenía. En cuanto a la Inglaterra, yo
les demostré, por el ejemplo de la islas Jónicas, de la bahía
de Honduras, etc. etc., que su protección se cambiaba fácil
y prontamente, en dominación, y que la dominación inglesa no podía establecerse sobre ellos que al precio del sacrificio de su nacionalidad, de la profunda modificación de
sus leyes y de sus costumbres, de la alteración de su idioma
y de la substitución de doctrinas de las diversas sectas del
protestantismo, a la antigua religión de sus padres «Pero
después de haber demostrado a los Españoles haitianos, la
inutilidad de una apelación a su antigua metrópoli, y los
peligros de la intervención de la Inglaterra, en sus asuntos
de familia, podía yo dejarlos en el desaliento y no ofrecerles
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ninguna esperanza de un mejor porvenir? No, sin duda.
Y es entonces, que he creído deber hacerles entrever en
la posibilidad del protectorado de la Francia, un porvenir
más en armonía con sus necesidades y su deseo. Pero las
esperanzas que yo quería hacer nacer con circunspección
y para una época lejana, echaron, rápidamente, vigorosas y
profundas raíces en las almas ardientes de los hombres a los
cuales me dirigía, y me encontré, sin haberlo deseado, por
lo menos de una manera tan rápida, haber echado las bases
de una propaganda que debía, antes de poco desbordarme
y embarazarme [...]». Las palabras de M. Barrot, corroboradas por las del Almirante de Moges y de M. Juchereau de
Saint-Denys, no me han permitido vacilar más tiempo y, el
16 de diciembre, he consentido en recibir, de las manos de
siete representantes de la provincia española, el acta por la
cual ellos colocan, en nombre de sus comitentes, su territorio bajo la potente protección de la Francia en condiciones
que no he querido ni discutir ni modificar, aun que instancias me hayan sido hechas con ese motivo.43
Como ya en esa fecha el gobierno de Haití había pagado el plazo
de la deuda que M. Barrot vino a reclamar y, como, de acuerdo con
las instrucciones últimas de Guizot, no podían intentar los representantes de Francia abordar oficialmente el problema del protectorado
y, menos aún, reclamar concesiones territoriales, se determinaron a
fomentar la secesión de la parte española conformándose a la petición
dominicana presentada a Levasseur y que este, en la carta citada de
31 de diciembre, envió al Ministro de Asuntos Extranjeros de Francia.
Y para poner en práctica el Plan Levasseur, salió para Santo
Domingo el cónsul Saint Denys, en la corbeta La Naiade, puesta a su
disposición por el almirante de Moges. Le acompañó su secretario
Paúl Terny. Llegaron a su destino, después de una penosa travesía,
el 13 de enero de 1844. Su tarea la cumplió tan cabalmente que las
autoridades haitianas capitulaban el 28 de febrero, y se proclamaba
la separación de las dos partes de la isla, y, bajo la dirección de una
Junta Central Gubernativa, presidida por Tomás Bobadilla Briones, el
M. A. Peña Batlle, Correspondencia de Levasseur.
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redactor de los manifiestos de 1830 contra los españoles, se proclamó
la independencia de la nueva República Dominicana.
Esto era un golpe fatal para el grupo que gestionaba la reincorporación de la parte oriental al dominio de España. En los primeros meses del año anterior habían enviado a D. Antonio López de
Villanueva a Cuba, y a Pérez del Castillo y D. Juan Abril a Puerto Rico,
en demanda de ayuda que asegurara el éxito del proyecto. Tanto este,
como el proyecto anglófilo que ha estudiado el Doctor Max Henríquez
Ureña, estaban condenados al fracaso, ya que los acontecimientos de
ese período histórico transformaron la correlación de fuerzas de las
potencias coloniales en este Mediterráneo de América.
◉◉◉◉◉
Las frecuentes y alarmantes noticias de Haití y Jamaica que recibía
en La Habana el capitán general Valdés, iban creando un clima casi
de pánico entre los esclavistas y terratenientes feudales de Cuba, que
al fin provocó la incalificable y feroz persecución contra los negros y
mulatos libres que ya integraban la inconformidad y protesta rebelde
contra la explotación esclavista.
En Oficio 201 del Cónsul de S. M. Católica en Jamaica –Kingston
20 de marzo de 1843– adjuntase un diario de aquella isla con informes detallados de la llegada del ex presidente Jean Pierre Boyer y su
familia.
Y, fechada en La Habana, abril 3, el general Valdés le dirige a
Duquesnay, encargado del consulado en Jamaica la siguiente comunicación preventiva:
Los acontecimientos de Santo Domingo y la llegada a esa Isla
del Presidente Boyer pueden ser de grande consecuencia
para estos dominios de S. M.: en este concepto encargo a V.
muy particularmente que poniendo en juego todas sus relaciones procure indagar el carácter de la revolución de aquella isla, sus progresos, el nombre de sus principales caudillos,
las ideas que desarrollan y los principios que sostienen, si la
salida de Boyer de Puerto Príncipe es la opinión general de
los habitantes de la isla, si conserva esperanzas de restituirse
al poder por medio de sus partidarios, y en fin la clase de
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Le Telegraph de Port-au-Prince, de enero de 1843, en que se reflejan los conflictos de España con Haití
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prestigio que tenga en esa Colonia y la protección que le
dispense el Gobierno inglés.
Si a V. le fuese posible adquirir relaciones directas con la dicha persona creo que podrá adelantar mucho para conocer
el espíritu público que exista en Haití con respecto a esta
isla. «En este momento recibo la carta de V. de 20 del pasado
marzo y el periódico que me acompaña relativo a la llegada
de Boyer a esa Ciudad: doy a V. las gracias por el aviso y espero que en los particulares que le recomiendo y en cuanto
tenga algún interés con el servicio de S. M. continuará con la
misma eficacia noticiándome cuanto ocurra».44
En oficio No. 96 de 22 de marzo, el brigadier Tello envió al Capitán
general en un ejemplar del periódico The Morning Journal, de Jamaica,
del día 20 en el que anuncia la llegada del barco de guerra inglés Scylla
al puerto de Kingston el día 19, conduciendo al ex presidente Boyer
de Haití; y en la página 2 de dicho diario aparece una nota, sobre la
cual llama la atención el remitente a su superior jerárquico, que dice:
Comisionado para las Comisiones Mixtas S. M. se ha servido
nombrar a David Turnbul, Esq., para Comisionado, a Fitz
James, Esq. para árbitro y a J. James, Esq. para Secretario
y Archivero de la Comisión Mixta inglesa y portuguesa con
arreglo al tratado sobre el tráfico de esclavos de 3 de julio de
1842.45
Los tenientes gobernadores y gobernadores de Cienfuegos,
Trinidad y Puerto Príncipe, en varias comunicaciones enviadas desde
fines de marzo a los primeros días de abril de ese año, informan al
general Valdés de las noticias recibidas por distintas vías sobre la crisis
de Haití y Santo Domingo, que las hacen coincidir con las actividades
de los abolicionistas ingleses desde Jamaica. Con vista de esos antecedentes el general Valdés escribe al Cónsul en Jamaica, en abril 21:
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 849, No. 28,612.
Ibídem.
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El señor gobernador de Trinidad entre otras noticias me
comunica la de que al día siguiente de la entrada de Mr.,
David Tumbull en esa Isla apareció un artículo en una de las
gacetas, anunciando con satisfacción su llegada con poderes
de S. M. la Reina Victoria para ampliar su influjo y autoridad
en el logro de la emancipación de la esclavitud de esta isla, y
para poner los medios de evitar la introducción de esclavos
de África en ella etc.: en consecuencia espero me remita V. el
indicado periódico en que se inserta tal artículo; así como todos los que contengan publicaciones en semejante sentido.46
El brigadier D. Juan Tello, Gobernador Político y Militar de
Santiago de Cuba, en oficio reservado de 10 de abril de 1843, transcribe al capitán general D. Gerónimo Valdés la carta recibida del ViceCónsul de España en Jamaica, Carlos Duquesnay, recomendándole al
portador de ella, D. Antonio López de Villanueva:
[...] Quien con solo el objeto de comunicar a V. E. asuntos
interesantes, pasa a esa llevando consigo su hijo, al que, por
ser persona de color, he rehusado dar el correspondiente pasaporte, conformándome en esto con las ordenes que tengo
recibidas.
Y agregaba el general Tello:
Llegó efectivamente a esta plaza en el Vapor Inglés y se me
presentó con su hijo el enunciado Villanueva, el cual me
entregó en el acto la carta á que me he contraído. Este individuo, hombre anciano y de venerable aspecto, me manifestó
los despachos de Capitán cuyo empleo obtuvo por nuestro
Gobierno y varios documentos que patentizaban los recomendables servicios que prestó como español, en la época en
que los naturales de Santo Domingo reconquistaron la parte
Española privando de ella a los franceses que la poseían. Me
hizo ver que su viaje no tenía otro objeto que el orientar al
Gobierno del buen sentido en que se hallan los habitantes
46
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 849, No. 28,612.
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de aquella para sacudir el yugo de los haitianos y someterse
bajo la protección y amparo del benéfico y paternal gobierno de España, cuyas les proporcionaron días muy felices:
que estos sentimientos se han aumentado con la ocurrencia
del apresamiento de nuestros buques y el crucero que tan
a tiempo se mandó sobre sus costas, habiéndose exaltado
más y más con motivo de la revolución que acaban de sufrir
y emigración del presidente Boyer a consecuencia de ella,
porque un hecho tan notable ha disminuido sobre manera
la fuerza moral y la material de los negros: que desearía saber si en el evento de dar ellos la iniciativa podrían contar
con algún apoyo por nuestra parte, para en tal caso obrar en
consecuencia con los acontecimientos de que se hallan poseídos; entregándome por último la memoria adjunta, que
en copia tengo el honor de elevar a manos de V. E. relativa
al estado que en todos ramos presenta hoy aquella Isla, clasificándose con separación la parte Española de la Francesa.
«Como el círculo de mis atribuciones no se extiende a dictar
resolución alguna a cerca de un punto tan delicado, me he
limitado a contestarle que daré conocimiento de todo a esa
superioridad; para que tomándolo en consideración puedan
acordar lo que juzgue más conveniente: debiendo añadir a
V. E. que el referido Villanueva y su hijo regresarán a Jamaica
en el vapor inglés que cruzará por este puerto el 21 del mes
que cursa, para desde allí pasar a Santo Domingo; habiendo
quedado conmigo sobre el modo y forma de remitirle yo
las comunicaciones que V. E. tenga a bien dirigir sobre este
asunto».
Puede observarse en la memoria redactada por Villanueva, y que
recibió el general Tello, la peculiaridad étnica de la población del
Santo Domingo español que hace ascender a 100.000 almas, y apunta
el hecho de que la «mayor parte de esta cantidad son pardos en la
proporción siguiente: 5/8 pardos, 2/8 morenos, 1/8 blancos».47
Esa proporción hizo que, para distinguirla de Haití, a la que llamaban los esclavistas la República Negra, le pusieran a la novel nación
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 849, No. 28,612.
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dominicana la República Mulata, e inclusive se debatiera esta cuestión
con calor en la prensa norteamericana de la primera mitad del siglo xix.
Tan pronto recibió el general Valdés los documentos de López de
Villanueva y los oficios de los funcionarios citados, en carta reservada
No. 4 –La Habana 18 de abril de 1843– le dice al brigadier Tello:
He visto con detenimiento el oficio de V. E. fecha 10 del
corriente en que me transcribe el del Vice-Cónsul de S. M.
en Jamaica referente a la presencia de D. Antonio López de
Villanueva y noticia que le comunicó sobre la parte Española
de Santo Domingo, así como de lo hablado con V. E. dicho individuo sobre el mismo asunto. Tenía aviso de estas
ocurrencias y he contestado al referido Vice-Cónsul manifestándole que no me es dado determinar en cuestión tan
espinosa como la de que se trata, la cual pertenece toda al
Supremo Gobierno, pero conociendo que no puede prestar
interés a nuestra metrópoli semejante proposición y que
arriesgaría mucho en admitirla con respecto a la seguridad
de estas Antillas, le he prevenido que sin dar la más remota
esperanza procure con política estar en buenas relaciones
con la persona influyente que me dice le ha hablado sobre
el particular para adquirir noticias y esperar la resolución de
nuestro Gobierno. No debo ocultar a V. E. tengo mis temores
de que esta proposición sea algún ardid de mano oculta y
poderosa para halagar nuestras esperanzas y hacernos tomar
parte activa en la cuestión a fin de encontrar un pretexto
que disculpe la hostilidad aconsejen a los revolucionarios de
Santo Domingo contra esta Isla.48
El 19 de abril, en oficio reservado No. 20, el general Valdés se
dirige al Ministro de Estado informándole detalladamente acerca
del problema planteado por López de Villanueva −le adjunta toda la
documentación, así como cartas de Jamaica y Puerto Rico− y le pide
que S. A. el Serenísimo Sor. Regente del Reino, general D. Baldomero
Espartero, se sirva dar las instrucciones a las que debe ajustar la política española en el Caribe el Gobierno Colonial de Cuba. Pocos días
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 849, No. 28,612.
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más tarde recibió el Capitán general otro oficio reservado del brigadier Tello –Santiago de Cuba, 18 de abril de 1843– dando cuenta de
haberse embarcado López de Villanueva:
[...] Este individuo en unión del hijo que le acompañaba
ha salido hoy de este puerto en Vapor Inglés con destino a
Santomas, para desde allí trasladarse al punto de su naturaleza; habiendo convenido conmigo que cualesquiera comunicación que se vea en el caso de hacer a este Gobierno, con
motivo de las circunstancias que le condujeron aquí, lo hará
por el Cónsul de Santomas, y que por el mismo conducto
podrá recibir él con toda seguridad y reserva las órdenes que
se juzgue por conveniente librarle. «También me manifestó,
que atendiendo a que se hallan nuestros buques de guerra
cruzando las aguas de Cabo Haitiano, podría ser del mayor
interés que alguno de ellos se dejase correr en dirección a
Puerto de Plata, doce o catorce leguas a barlovento del Cabo,
aproximadamente a tierra cuanto le fuese dable, porque en
este caso procuraría comunicarse con su Comandante y ponerle al corriente de cuantas novedades pudieran interesar a
nuestro Gobierno».49
Efectivamente, el bergantín Cubano y la goleta Churruca, de la escuadra española estacionada en San Juan de Puerto Rico, estuvieron
cruzando las costas dominicanas a caza de las noticias prometidas por
López de Villanueva, sin que, al fin, no hallaron otras que las que
confirmaban la intervención de los diplomáticos franceses y la independencia de la parte española.
Pero, antes de que eso sucediera, a la mesa del general Valdés
llegaban constantemente los informes de los agentes consulares y
confidenciales casi todos redactados a un mismo tenor: el peligro de
que las agitaciones revolucionarias en el Caribe se convirtieran en una
agresión al régimen esclavista dominante en Cuba. Así, el confidente
eventual Juan F. Gómez, con fecha 18 de abril de 1843, desde Kingston
escribe al general Valdés:
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 849, No. 28,612.
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Con el vapor ingles que salió el 16 de abril de este presente
año he manifestado a V. E. como buen español que soy y
adicto a mí suelo patrio la Conspiración que muchos revolucionarios y que no aman la tranquilidad de esa preciosa
Isla están tramando contra ella: Yo ofrecí a V. E. manifestarle
en adelante todas las perversas intenciones de los malvados
pero nuestra suerte ha sido la abundancia de oficiales de
Santo Domingo que se han reunido en esta con motivo de
haberse fugado el presidente Boyer, esa ha sido la causa de la
suspensión de los trabajos y ni creo baxaran aunque no estoy
aun seguro de esas malvadas ideas: ellos harán sus trabajos
y juntas, con mucha reserva pero cada paso que dan ahí me
hallo yo con ellos a fin de no ignorar nada para todo ponerlo
en el conocimiento de V. E. aunque ya se reservan alguna
cosa de mi nunca falta un Judas en su apostolado [...].50
Inquietado por tantos rumores y denuncias el general Valdés le
dirige al Ministro de Estado el oficio reservado 21 –La Habana, 4 de
mayo de 1843– en el que condensa la información recibida y expone
nuevamente su opinión acerca de esos problemas:
En comunicación reservada de 19 de abril último No. 20, di
a V. E. una idea del estado de la parte española en la Isla de
Haití, y de las propensiones que se dice tenían sus habitantes
a la agregación a su antigua metrópoli. Dije también a V. E.
(y no omití tampoco hacer de ello partícipe al Gobernador
de Cuba) que en tales pretensiones de los colonos debiera
este gobierno y el de S. M. proceder con la mayor cautela
por el justo temor de que ellas procedan en su origen sea del
gobierno británico, sea de los abolicionistas, que pudieran
encontrar en un paso hostil o poco prudente de la España
medios para preparar y aun justificar la agresión de los haitianos por nuestras costas con el fin de promover la emancipación de los esclavos sumiendo esta Isla en un abismo de
males. Partiendo de tales convicciones pondré todo mi esmero en que no se ofrezca protección alguna a los colonos, ni
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 41, No. 52.
50
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estas autoridades entren en relación con ellos, no den paso
alguno que pudiera colocarnos en situación embarazosa.
Puse en conocimiento de V. E. que esta sería la norma de mi
conducta, y no me propongo variarla mientras otra cosa no
se me prevenga por el gobierno de S. M. a pesar de reiterarse
los avisos que nos revelan las gestiones de aquellos habitantes,
causadas por el justo deseo de salir del estado de abyección
en que se hallan. «Con posterioridad a dicha comunicación
me avisa el Gobernador de Cuba en oficio de 18 de abril que
D. Antonio López de Villanueva natural de Santo Domingo y
capitán en otro tiempo al servicio de España que había llegado con un hijo suyo a aquella plaza, salió de allí en un Vapor
ingles con destino a Santomas para trasladarse al país de su
naturaleza habiendo convenido con dicho Gobernador que
dirigirá por conducto del Cónsul en de Santomas al gobierno
de Cuba cualquier aviso que convenga, esperando recibir las
órdenes que se le den por el mismo conducto» Con fecha de
22 y 27 del mismo mes me dirige el Vice-Cónsul de Jamaica
los oficios que he creído conveniente dirigir a V. E. en copia
con los números 1º y 2º y ellos justifican que en efecto se trata
de la parte española de sustraerse de la dependencia de los
haitianos. Los jefes de Colombia que allí residen pretenden
explotar esta disposición en beneficio suyo y ver si se reconcilian con el gobierno que los expulsó trabajando por la unión
de aquellos habitantes a Colombia. Aquellos parecen más
dispuestos a adoptar su agregación a España; y yo creo en tales circunstancias difícil lo primero y aventurado lo segundo.
Solamente en una hipótesis rectificaría yo mi opinión en el
último punto, y esto sería en el caso en que compadecidas la
Inglaterra y la Francia de aquella hermosa Isla perdida para
el resto del mundo, quisiesen restituírsela, haciendo que la
Francia y la España reasumiesen sus partes respectivas. En
ese caso la agregación de la parte española sería un medio
de seguridad para la Isla de Cuba que ya no vería en Haití un
motivo de cuidado; pero fuera de esa hipótesis no considero útil a los intereses de la Corona aspirar a recobrarla por
los peligros que llevaría consigo cualquier gestión de esta
especie. Así es que al Gobernador de Cuba en contestación
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a su último oficio que no entable correspondencia alguna
sobre el particular mientras no se reciban instrucciones del
gobierno de S. M.51
Esas gestiones de López de Villanueva y algunos dominicanos más,
coincidieron con otras realizadas desde México. En enero de 1843
apareció en algunos periódicos de Yucatán −según la correspondencia
del Gobierno Colonial de Cuba− un artículo que expresaba los deseos
de aquellos habitantes de someterse al dominio de España, cuya iniciativa contó con el apoyo del agente consular español en Campeche.
Pero, por Real Orden de 22 de abril del mismo año −comunicada por
el ministerio correspondiente al Capitán general de la isla de Cuba−
resolvió S. M. que si se hacían gestiones por parte de los Yucatecos,
se dijese no había autorización para admitirlas, y que se diera cuenta
al Gobierno de Madrid y al Ministro español acreditado en México.
Resolución que, al no tener otra, aplicó el general Valdés por analogía
en el caso dominicano. Y, en el de Yucatán, con motivo de las gestiones
realizadas por los vecinos de Cozumel, el Gobernador de la isla de
Cuba las rechazó, siendo aprobada su conducta en este caso. Para salir
de dudas sobre lo que le avisaban algunos espías y funcionarios consulares de proyectarse en Jamaica una expedición invasora integrada
por revolucionarios colombianos y venezolanos para insurreccionar
a los esclavos negros de Cuba, determinó el general Valdés enviar a
Kingston un confidente con el fin de realizar una investigación exhaustiva sobre los fundamentos de tales rumores. Y, en La Habana, el
26 de mayo de 1843, entregó el propio general Valdés a D. Eduardo
Fesser las instrucciones siguientes:
Se sabe que en Jamaica hay una Sociedad de Abolicionistas
que trabajan para perturbar la tranquilidad de la esclavitud
en Cuba y que se valen de la seducción como medio más
indirecto y más fácil de manejar: averiguar quiénes son los
corifeos, sus agentes, comisionados, y corresponsales en
esta si los tienen y lo que tengan adelantado en el particular
Residen en Jamaica porción de emigrados de Costa firme
con especialidad de Cartagena de Indias y Venezuela, de
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 1,104, No. 40,620.
51
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los cuales hay motivos para creer se presten en clase de
aventureros a intentar una invasión contra esta Isla debe
averiguarse si el proyecto es los tenidos por los abolicionistas con objeto de libertar a los negros o es combinación de
otra especie y fomentada por otros principios para procurar la emancipación de la metrópolis. Entre los expulsados
de Costa firme, están el general Marino, el de igual clase
Hernández y el coronel D. Ignacio Iriarte, este último recién
llegado a Santo Domingo y todos tres y muchos más ocupados hace días en algún proyecto arduo según se infiere
de la agitación y movimiento extraordinario en que viven:
debe inquirirse sus proyectos, cual es la sociedad secreta que
los sostiene, sus tendencias y fondos con que cuentan. «Al
vice−cónsul D. Carlos Duquesnay debe observarse escrupulosamente para conocer a fondo sus ideas y sentimientos; la
clase de relaciones que tiene con los abolicionistas, y con
los emigrados; si le liga algunos afectos de parentesco por
afinidad, o por intereses, y esto tan escrupulosamente que
se pueda formar un cabal juicio de sus opiniones». Existe
allí con individuo llamado Juan F. Gómez de quien se desea
saber qué clase de lugar ocupa en la Sociedad, indagando su
instrucción, afectos patrióticos; conducta y clase de personas
con que se roza; extendiéndose si fuese posible a saber los
motivos por que se haya en Jamaica; si ha sido llevado en
fuerza de algún compromiso de su conducta o por intereses
particulares. «El comisionado no tendrá reparo en hablar
mal, si creyese conveniente a sus ideas, del Gobierno y de
sus empleados». Si averiguase algún proyecto que por su
estado urgiese un pronto aviso, pasará a Cuba y lo noticiará
al conde de Mirasol. «Dejará aquí persona particular (cuyo
nombre manifestará) a quien dirija sus comunicaciones bien
cerradas y con sobre en blanco para que las entregue a este
Gobierno; las noticias no es necesario que las firme, bastará
que le ponga una contraseña que desde luego nos mostrará».
En la primera comunicación que haga manifestará el modo
como se han de remitir algunos avisos si fuese absolutamente preciso. Dado caso que sea cierta la invasión proyectada
contra esta Isla, ha de averiguar el punto de donde sale, su
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fuerza, número de buques de transporte y de guerra, clase
de armamento, punto a donde se dirigen, auxilios con que
cuentan, si creen encontrar simpatías por combinaciones ya
establecidas o esperan hallarlas, en fin cuanto conduzca a
formar juicio exacto de la expedición; y además agentes en
esta. Tendrá presente que en Jamaica existe empleado en la
Comisión mixta Portuguesa Mr. David Turnbull, y que este
individuo ha de ser uno de los mas empeñados en contribuir a cualquier empresa que pueda alterar la tranquilidad
de Cuba: el observar de cerca al referido Turnbull y entrar
en sus secretos y conocimientos y combinaciones sería muy
conveniente al objeto de la comisión, El general Boyer presidente expulso de la República de Haití se halla en Jamaica
y es conveniente saber si tiene ideas de fomentar un partido
en Santo Domingo, si interviene en algo en los proyectos
de los aventureros, y si los empleados ingleses protegen sus
esperanzas. Hay presunciones de que la expedición proyectada puede ir a formarse en Santo Domingo [...] (roto en el
original) de Costa firme [...] en Curazao[...] pasando a ella
los ya citados expulsos con la disculpa ostensible de proteger
el descontento de alguna parte de ella particularmente la
oriental y agregarla a la dominación de la república de Costa
firme, aunque en la esencia se teme que sea para hostilizar
las Colonias Españolas: averiguar esto con cuanta probabilidad sea posible es del mayor interés Lo dicho basta para que
con la sagacidad y prudencia del comisionado conozca en
cualquier caso hasta dónde debe llevar sus investigaciones.52
Antes de que el confidente citado llegara a su destino, recibió el
general Valdés, por conducto de D. Salvador de Castro, que la goleta
de su propietario Paquete de Trinidad condujo desde Kingston, una
comunicación reservada enviada por Vicente G. Quijano con fecha 23
de mayo:
Tengo muy presente de haber leído el artículo que salió
en varias Gacetas de esta, cuando llegó a este punto el bien
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 41, No. 52.
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aventurado Tornbool y su familia junto con su secretario Mr.
James y su agregado Mr. Gómez, en sustancia el dicho artículo
decía que mediante los tratados de la reina Victoria con el
Gobierno de Portugal, habían determinado estas dos naciones el nombrar una Comisión mixta, para juzgar las presas de
buques Portugueses que pudieran llegar con Esclavos a este
Puerto, pero en mi opinión la tal Junta se halla en esta con
ideas más malignas que las que muchos se creen, atendiendo
a que hace mas de 4 años que no ha venido ningún buque
Portugués a este Puerto, además que el Gobierno ingles no
creo que señale sueldos de 3 y 5 mil pesos a individuos que
ejercen un empleo de tan poco provecho al parecer para el
Gobierno; por consiguiente tomando esto por base y sabiendo
las perversas ideas de estos tres satélites será perjudicial al bien
de esa opulenta Isla. He sabido que todos tres individuos son
miembros de tres sociedades que hay en esta con el nombre de
Anti Slavery que quiere decir opuestos a la Esclavitud; pero sin
embargo de haber hecho todo cuanto ha estado de mi parte,
no he podido averiguar bajo el pie que en aquellas reuniones
trabajan. Lo que yo siento es que hay en esta infinidad de individuos emigrados de Santo Domingo y Colombia que como
no tienen que perder y son gente de poco pelo no dudo que
con protección de este infame Tornbool puedan hacer alguna
de las suyas pues el general Mariño me han asegurado que en
uno de los convites que dio el ex-presidente Boye asistió dicho
general, Tornbool y su comitiva y me han asegurado que a
la conclusión de la mesa hubo varias conversaciones privadas
pero nada he podido sacar en claro. «[...] Adjunto a V. una
proclama que el general Inginac ha mandado a imprimir en
esta en donde veía V. la rendición del expresidente Boyer».
Este último se halla en esta aguardando según dicen del
modo que queda la República después que lleguen las tropas
francesas que aguardan de Francia, para obligarlas a pagar la
deuda que deben a Luis Felipe; pues el presidente que hay en
la actualidad dice que no reconoce la deuda por ser contraída
por el infame Boyer.53
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 41, No. 52.
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El confidente −que firma Lino− escogido por el general Valdés,
después de tratar inútilmente de encontrar un buque en Batabanó,
Cienfuegos o Trinidad que lo llevase a Jamaica, se embarcó al fin en
Santiago de Cuba y arribó a Kingston el 9 de junio de 1843.
Antes de recibirse en La Habana noticia alguna del nuevo agente
especial, llegaron comunicaciones de Gómez y del cónsul Duquesnay.
La del primero, fechada en Kingston en 13 de junio, daba cuenta de
que, con:
[…] esta misma fecha ha salido una comisión de esta reunión
de malvados para Haití Isla de Santo Domingo compuesta de
12 individuos (la Corporación se compone de 2 generales
en jefe, 4 coroneles, 4 tenientes coroneles, 24 capitanes,
24 tenientes, 24 subtenientes y 60 oficiales de ambas clases.
Como también 2 abogados en Leyes que son los asesores
principales, 4 médicos cirujanos, 12 barberos sangradores,
etc., etc.…) entre ellos dos hermanos naturales de Santiago
de Cuba el uno se llama Felipe Benavides (a) el mulato y el
otro Miguel Benavides (a) el rubio […].54
La del segundo, o sea, el vicecónsul Carlos Duquesnay, también
fechada en Kingston en 12 de ese mismo mes y año y no eran tan
alarmantes para la política de la esclavocracia criolla:
Las comunicaciones entre esta Isla y la de Santo Domingo
son frecuentes y por ellas sabemos que aquel país continua
en una perfecta anarquías Según las voces que corren esta
las elecciones de los diputados de aquella República deben
tener lugar en el mes próximo; y la elección del Presidente
se cree generalmente será hecha a principios del año próximo. Parece que el Gobierno provisional de Haití ha solicitado del Gobierno francés una prórroga para el pago de la
deuda nacional según el tratado de 12 de febrero de 1838,
hasta que el Gobierno de aquella República sea constituido,
y se halla en disposición de entablar nuevas relaciones sobre
este asunto; dicha solicitud según estoy informado ha sido
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remitida al Cónsul francés, quien deberá apoyarla cuando
la dirija a su Gobierno. Uno de los jefes principales, y de
más influencia, que acompañaron a esta al ex-presidente
Boyer, y que con el designio de purgarse de las acusaciones
hechas contra él, retornó a Santo Domingo, fue apresado,
y conducido a Puerto Príncipe, bajo el pretexto de que sus
intenciones eran de hacer una contra revolución en favor
del Ex-Presidente. «Este señor continua haciendo una vida
completamente retirada, recibe muy raras visitas y parece
que en el mes de julio próximo deberá seguir para Italia, en
donde tiene intención de fijar su residencia. Yo no he tratado, por no haber tenido lugar de hacerlo, a este personaje,
pero según la opinión de algunos, no es escaso de ideas, y su
conversación hace ver que ha recibido una educación más
cimentada que los otros jefes que se hallan emigrados en
esta.= Por lo que respecta al general Ynginac, es claro que
hay cierta enemistad contra el Presidente. Este es un anciano
de 60 a 65 años, bastante quebrantado por su edad, y aunque
no es un genio profundo, no carece de juicio y de política.
En su desgracia se ha adherido a el Gobierno francés del que
se promete muchas ventajas [...]». Es el caso que algunos de
los individuos de la República de Haití, que en el año pasado
estuvieron refugiados en esta, sujetos inquietos, y de alguna
influencia en aquel país, piensan llamar a la Presidencia de
Haití a un sujeto nativo de esta, cuya conducta política, y civilización pueden proporcionar las garantías que se prometen. Esclavo de nacimiento, supo (gracias a la generosidad
de su dueño, quien lo hizo educar en Inglaterra) adquirir
bastantes conocimientos, y capacidad para elevarse a el rango de magistrado, y miembro de la Asamblea Legislativa de
esta Isla, en donde trabajó con anhelo a la consecución de
los planes filantrópicos que han arruinado a esta Colonia.
No creo llegue a realizarse esta intriga, no solo por el poco
número de sus partidarios, sino también por ser extranjero,
y persona de Color; pero si así sucediera su influencia con los
abolicionistas en esta sería muy perjudicial a esa Isla.55
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El 15 de junio de 1843, Lino −que era el nombre escogido por el
confidente para firmar sus informes− envió desde Kingston, Jamaica,
los primeros resultados de sus investigaciones, bastante escasas:
[...] En Cuba me dijeron que el general Boyer había salido
de aquí para los Estados Unidos −y aquí me dicen que aún
permanece aquí –alguna causa debe haber para que se esparzan rumores falsos, y esto es lo que procuraré averiguar.= Me
dicen que Turnbull ha comprado tierras en esta isla [...].56
Pero el reporte de una semana después –22 de junio– tiene ya mayor importancia:
[...] he seguido mis indagaciones con empeño, y por lo que
resulta de ellas debe decir a Vmd, que no hay el menor indicio de que aquí se esté conspirando o se haya recientemente
conspirado contra la tranquilidad de esa isla. «No hay de
ello la más leve sospecha ni apariencia según me aseguran
personas muy respetables de aquí: algunas de las cuales son
antiguos corresponsales de mi casa que creo me lo hubieran
confidencialmente si las hubieren al preguntarles yo con la
debida cautela [...]».57
Refiriéndose a los cuarenta o cincuenta emigrados de Venezuela y
Colombia, Mariño entre ellos, que viven en Jamaica en la mayor miseria, dice el confidente:
Entre ellos los hay que se cree son capaces de prestarse a
cuanto se les propusiera pero no se les ha observado estar
en intimas relaciones con Turnbull ni con Boyer. Tampoco
haber vivido en agitación ni en vida activa. «Turnbull cuando
llegó vivió dos o tres semanas en la misma casa donde yo estoy viviendo y el dueño de ella que es persona respetable y no
tiene buena opinión de él me asegura que nunca vio venir a
hablar con él a ninguno de los emigrados de la América del
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 41, No. 52.
Ibídem.
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Sur. Creo se puede confiar en este informe, Turnbull dejó
esta casa hace dos meses y está viviendo a 10 millas de aquí».
Es cierto que ha visitado y comido con el general Boyer; pero
personas que tratan a este creen imposible que él se preste a
plan alguno contra la isla de Cuba una de las razones por su
edad avanzada pues debe tener 70 años o más. «A Turnbull
si lo creen capaz de todo y por eso es aquí generalmente
despreciado, no creen que haya hasta ahora intentado
conspiración alguna −y se supone que no pueda por falta de
dinero− el no tiene −la sociedad de abolicionistas aquí no es
capaz de proporcionárselo− y de las de Inglaterra no se sabe
que lo haya traído […]». La casa en que vive Turnbull está
muy cerca del Gobernador y este por lo que ha de poder
saber los movimientos de aquel.58
Tan interesante para el general Valdés era ese informe como el que
hubo de enviarle en 23 de junio. Afirmaba, con toda seguridad, que
era imposible realizar en Jamaica embarques de armas por no haber
suficientes en los almacenes. Y agrega:
Un amigo en quien puede confiarse me ha informado que de
la parte oriental de Santo Domingo vinieron a esta unos emisarios de los descontentos allí y propusieron a este gobierno
ponerse bajo la protección de la Inglaterra si se les auxiliaba.
El gobierno de aquí rehusó abiertamente. «El Cónsul de
Colombia tuvo la misma proposición, quien contestó que no
estaba autorizado» Esto viene bien con las noticias que tengo
de proposiciones iguales al Gobierno español. «La pintura
que me han hecho del estado de anarquía en que esta toda la
isla de Santo Domingo es horrorosa. Esto y el estado de esta
isla y las demás Antillas inglesas pueden convencer antes de
mucho a los abolicionistas, que su filantropía es visionaria,
y que por buenos que parezcan sus deseos no producirán
más que desastres y retrogradación en la raza que pretenden
favorecer».59
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 41, No. 52.
Ibídem.
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Los informes de Fesser no lograron borrar la impresión que existía
en los círculos esclavistas de La Habana acerca de la inminente agresión inglesa alentada por la propaganda abolicionista. Coincidía en
sus líneas generales con la acusación que se hacía en España al regente
Espartero como vendido a los ingleses, que alcanzaba igualmente al
capitán general D. Gerónimo Valdés, hechura de aquél, y al que le
atribuían los negreros de estar de acuerdo con los ingleses para establecer −como llegó a decirse en las esferas oficiales de Washington− la
Ethiopic-Cuban-Republic.
Bajo la presión de los intereses esclavistas de Cuba, el nuevo gobierno de España que sucedió a Espartero que huyó a refugiarse en
Inglaterra, víctima de los caudillos militares rivales y de las intrigas palaciegas destituyó al general Valdés que tuvo que entregar el mando en
15 de septiembre de 1843 al teniente general de Marina D. Francisco
Javier de Ulloa, quien interinamente desempeñó el cargo de gobernador y capitán general de la isla de Cuba durante un mes y días, ya
que, el 21 de octubre, tomó posesión del mismo el general Leopoldo
O’Donnell.
Uno de los últimos despachos del vicecónsul Duquesnay, pues
también fue sustituido de sus funciones en Kingston por D. Juan del
Castillo, lo recibió O’Donnell el 25 de octubre, cuyo contenido parecía confirmar todo cuanto se decía de los planes ingleses en el Caribe:
[...] el Administrador de esta Aduana ha recibido información oficial del Gobierno de S. M. Británica, participándole
que la cláusula de Ley de Aduana inglesa, que prohibía toda
comunicación y comercio entre los habitantes de esta Isla y
la de Santo Domingo ha sido abrogada.60
Consecuencia de esta agitación antibritánica que los negreros
alentaban, fue la llegada a La Habana –11 de noviembre de 1843– de
la corbeta de guerra de los Estados Unidos Vandalia, cuyo comandante, Chaucey, en unión del Cónsul norteamericano en La Habana,
Campbell, visitaron al general O’Donnell, y le entregaron un despacho del Encargado de Negocios de España en Washington, en que se
participaba al Capitán general –escribe el profesor Portell Vilá– que
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 847, No. 28.463.
60
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podía contar con la ayuda de los Estados Unidos contra cualquiera intervención extranjera armada, oferta que ratificó en el acto, de palabra, el
Cónsul, quien agregó que España podía contar con el apoyo de la flota
norteamericana y de los ciudadanos de la Unión residentes en Cuba.61
◉◉◉◉◉
La crisis de Haití y Santo Domingo y la campaña abolicionista cuyo
centro estaba en Jamaica, llegan a su máxima intensidad en los años
1843 y 1844, en que tienen lugar en Cuba las violentas protestas de
los esclavos negros y lleva a cabo O’Donnell la salvaje represión que
culminó en el proceso de la llamada conspiración de la Escalera en
la que murieron junto con el poeta Plácido, Andrés Dodge, Santiago
Pimienta, millares de hombres torturados y martirizados bárbara y
cruelmente.
Y la histeria que produjo en la esclavocracia colonial el rumor de
que los siervos en sus ansias de libertad habían de contar con el apoyo
activo de las fuerzas haitianas y, también, la ayuda poderosa de la Gran
Bretaña, produjeron la inexplicable denuncia de D. Domingo del
Monte de terribles consecuencias.
Comunicó Del Monte, con el mayor sigilo, a su íntimo amigo el
político y diplomático norteamericano Alejandro Everett –20 de noviembre de 1842– cuantos rumores más o menos fundados corrían
en La Habana sobre las actividades antiesclavistas del entonces cónsul británico, David Turnbull; las amenazas de una intervención de
Inglaterra en Cuba y la creciente propaganda abolicionista a la que se
atribuía las actividades de los negros y mulatos libres proyectadas hacia
la sublevación de los esclavos para conquistar la ansiada libertad.
Explicando las razones que lo determinaron a formular esa denuncia a un extranjero, del Monte, en carta al sanguinario capitán general
O’Donnell –París, 30 de abril de 1845– dijo:
Como mi ánimo no era, ni ha sido nunca, ver reducido a
cenizas mi país, ni destruida bárbaramente mi raza por
otra raza salvaje ni reducirme a mí mismo y a mis hijos a la
Herminio Portell Vilá, Historia de Cuba en sus relaciones con los Estados Unidos y
España, tomo I, La Habana, 1938.
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mendicidad para cuyos intentos es preciso que se me califique de loco delirante o del sandio más rematado [...] el partido que adopté fue el que me pareció que cumplía mejor
a mis sanas intenciones; y por lo tanto el más racional. Fue,
pues, comunicar lo que sabía, con el mayor sigilo, a un respetable hombre de Estado de una nación amiga, que, aunque
extranjero, unía a la circunstancia de ser intimo amigo mío,
y nada inglés ni abolicionista –la de haber estado mucho
tiempo en España de embajador– tener a un hermano suyo
de Ministro plenipotenciario en Londres, y sobre todo, la de
gozar en su país de la mejor nota por su capacidad y carácter,
como lo demuestra la confianza que acaba de merecer a su
Gobierno, que lo ha nombrado Enviado Eto. en China: este
es el señor Alejandro Everett. Le encargaba con empeño que,
además de esparcir la alarma en Washington contra nuestros
comunes enemigos, hiciese llegar cuanto antes la noticia a
conocimiento de las autoridades de Cuba y del Supremo
Gobierno de la Metrópoli. Mr. Everett cumplió con la mayor
exactitud y diligencia mis encargos, pues a pocas semanas
de recibidos en Boston, despachaba el Presidente Taylor dos
fragatas de guerra para las aguas de nuestra Antilla con órdenes, sus Comandantes, de abrir comunicación con el Capitán
general sobre este asunto y de ofrecerle la cooperación y sus
servicios: y en Londres nuestro Embajador el general Sancho
recibía de boca del Ministro de los E. U. todas las participaciones que pudieran interesar a nuestro gobierno. El señor
Calderón de la Barca puede verificar en Washington la certeza de mi relato, informándose de sus varios particulares con
el expresidente y su Ministro Calhoum [...].62
Claro que en Cuba, tanto los negros y mulatos libres como los esclavos, no solo conocían las luchas antiesclavistas de Haití y Jamaica
sino que, gracias a propagandistas de su propia clase como Trinidad
Baldemoa y otros, estaban enterados de que en el mundo progresista
se libraba una intensa campaña contra los horrores del tráfico negrero
y el régimen esclavista imperante en Cuba, Puerto Rico y las regiones
Academia de la Historia de Cuba, Centón Epistolario.
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del Sur de los Estados Unidos. Y coincidieron las sublevaciones de los
esclavos en este período histórico con todos los conflictos internacionales que se debatían en torno a estos problemas específicos y el del
reparto de las tierras coloniales entre las grandes potencias.
D. Claudio Martínez de Pinillos, conde de Villanueva, en oficio
reservado No. 932 al Secretario de Estado y del Despacho de Hacienda
–La Habana 30 de marzo de 1843– informaba:
La noche del 26 al 27 del mes que rige la negrada en número
de unas 100 personas de ambos sexos que constituían en su
mayor parte la dotación del Ingenio de Azúcar del nombrado
Alcancía del Conde de Peñalver en el partido de Cimarrones
distante 17 leguas (de 5,000 varas cada una) de Matanzas se
alborotaron y abandonando su estancia al ruido de dos tambores que antes les servían para sus danzas se dirigieron al otro
ingenio llamado la Luisa en donde también se les reunió su
dotación y a poco después los trabajadores de su clase que se
ocupaban en el Camino de Hierro que se está construyendo
desde Cárdenas formando un total «no exagerado» de 300
personas entre hombres y mujeres armadas todas de machetes
y palos; en este estado el mismo día 27, reunidos los capitanes
de partido del ya nombrado, y del de Macuriges con la gente
blanca y algunos soldados los acorralaron matándoles en los
dos alcances de 35 a 40 personas sin más desgracias por parte
de ellos que tres heridos levemente.; y habiendo conseguido el
resto de los dichos sublevados al huir se refugiaron en los montes de Bemba donde felizmente pronto la tropa de infantería
y caballería salida de Matanzas manda por su Gobernador y la
adelantada del destacamento de Cárdenas han sido cercados y
en el día se hallen con la batida de perros que se tenía preparada para recorrer los jarales donde se han ocultado, creo a estas
horas que son las 3 de la madrugada ni uno quede que no esté
en poder de la autoridad o que haya sido muerto.63
En el alcance del Diario de La Habana –jueves 30 de marzo de 1843–
se publicaba por orden del capitán general D. Gerónimo Valdés para
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 132, No. 18.
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general conocimiento, el parte de D. Antonio García de Oña, escrito
desde la Soledad de Bemba con la información detallada del aplastamiento de la insurrección de los esclavos negros de Matanzas.
En carta de D. Miguel de Aldama a su cuñado Domingo del Monte
–La Habana, abril o mayo de 1843– traza un cuadro sombrío de la
agitación que reinaba en Cuba en los términos siguientes:
[...] Hoy está La Habana en un estado de alarma, quizás
infundada, pero los ánimos están abatidos y nadie hace negocios por las voces que corren de un próximo desembarque
de los haitianos en nuestra isla: lo que pasa no lo sé, pues
corren innumerables voces: lo que hay de cierto es que el
vapor de guerra Congreso ha salido para Cuba con artillería y
tropa y que el vapor Regente deberá salir con igual misión el
día 29. Se van a construir fuertes en la parte oriental de la isla
y se envían tropas a los distritos poblados de ingenios a Ceja
de Pablo marchan 300 hombres –los fuertes de La Habana
«se componen».– Dios quiera que no veamos realizadas las
profecías de Saco de usted y de los hombres que han pensado y han sufrido por preveer lo que ¡pudiera suceder! [...].64
A esta situación de alarma e inquietud entre los terratenientes, comerciantes y propietarios de esclavos, se unían para agravar aún más la
crisis que amenazaba muy seriamente al Gobierno Colonial de Cuba,
los proyectos expansionistas de los Estados Unidos que, después de
anexarse Texas y resolver los problemas de la frontera canadiense, se
lanzaban sobre el Caribe e intentaban apoderarse de la isla de Cuba
como paso inicial. Proyectos alentados, en el año 1843, por la torpe
actuación –además de la denuncia del cubano Del Monte– del teniente coronel retirado del ejército español son Pedro Alcántara Argaiz,
encargado interinamente de la legación de su país en Washington.
En efecto –escribe Jerónimo Becker– en 16 de enero de 1843, con
ocasión de haber ido el Plenipotenciario español, D. Pedro Alcántara
Argaiz, a tratar de la reclamación relativa a la goleta Amistad, con el
Secretario de Estado, que lo era Mr. Webster, le manifestó este que había recibido noticias de suma importancia acerca de una conspiración
Academia de la Historia de Cuba, Centón Epistolario.
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urdida por Inglaterra contra la Isla de Cuba; que los abolicionistas
ingleses contaban con las fuerzas navales de su Gobierno, estacionadas en Jamaica; que habían ofrecido dos grandes vapores de guerra, y
propuesto al general venezolano Mariño, residente en Kingston, que
tomase el mando de un ejército de invasión; que esta invasión debía
ser sostenida por una insurrección de hombres libres y esclavos de
color en varios puntos de la Isla, y ser apoyada por los criollos blancos,
entonces seducidos y después víctima de tan maquiavélico proyecto, y
que el objeto era emancipar la Isla estableciendo en esta una República
militar de negros, bajo la inmediata protección de la Gran Bretaña.65
No era una noticia nueva para el Gobierno Colonial de Cuba
la que envió Argaiz después de la citada entrevista. Ya el cónsul en
Jamaica había dado cuenta en su oportunidad de la presencia del
general Marino –acompañado de unos cuantos emigrados más de
Venezuela y Colombia– en aquella colonia británica. Es más, en 24 de
mayo de 1837, Antonio Brosa, entonces funcionario consular español
en Kingston, dio aviso al Capitán general de Cuba de las actividades de
esos emigrados en Haití. Y en cuanta a los distintos rumores sobre la
insurrección de los esclavos alentada desde Jamaica por las autoridades
británicas, era el tema favorito de cuantas denuncias e informaciones
de agentes confidenciales y funcionarios consulares destacados en las
islas del inquieto Caribe llegaban a la Secretaría Política del Gobierno
Colonial de Cuba.
El capitán general D. Gerónimo Valdés −que tenía en sus manos
todos los hilos de la red de la propaganda y actividades de los negreros de Cuba y Estados Unidos− tan pronto recibió el oficio de Argaiz
informó al Ministro de Estado español, en escrito reservado No. 9, La
Habana, 8 de febrero de 1843, de todas y cada una de las cuestiones
surgidas en torno a las conversaciones del diplomático español con
el Secretario de Estado de los Estados Unidos. Después de analizar
cuidadosamente todos los aspectos de la cuestión planteada, aseguraba el general Valdés al Gobierno de España que la isla gozaba de una
seguridad y tranquilidad absolutas.
El conde de Almódovar, ministro de Estado, en 5 de mayo de ese
año, de Real orden, dirigió al general Valdés un amplio despacho
Jerónimo Becker, Historia de las Relaciones Exteriores de España durante el siglo xix.
Madrid, 1924.
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acerca de las relaciones con los Estados Unidos y la cuestión esclavista
en el que hacía una serie de juicios y recomendaciones:
Se ha enterado S. A. el regente del Reino de los escritos
de V. E. de 31 de agosto y 30 de septiembre de 1842 y 8 de
febrero del presente año números 4, 5 y 9, referentes todos
a cosas, hechos y noticias acerca de la seguridad y tranquilidad de la Isla de Cuba. El último, de 8 de febrero próximo
pasado, número 9, con especialidad se refiere a las noticias
de maquinaciones en Cuba y a los despachos del Ministro
de S. M. en Washington, que ha participado al Gobierno de
S. M. cuanto había sabido en este particular, y también los
pasos, las comunicaciones y todo lo que ha mediado entre
dicho Ministro y el de Negocios extranjeros de la Unión y
V. E., así como el giro particular que Mr. Webster ha dado
a ese negocio, y las indicaciones particulares que ha hecho
con este motivo.., Pero si las noticias comunicadas por Mr.
Webster al señor Argaiz pueden ser exageradas o quizás
inventadas con miras e intereses particulares, llama mucho
la atención del Gobierno de S. M. la coincidencia de semejantes denuncias con las revelaciones hechas por Lord
Aberdeen al Ministro y oficiosos auxilios para en su caso
adquirir el derecho de poner el pie en Cuba −la conducta
del Gobierno y la vigilancia y precauciones de V. E. como
autoridad superior de la isla deberán tener a la vista estos
hechos y adoptar las medidas más propias para evitar los
males que se anuncian.
Terminaba el ministro Almodóvar encargando muy especialmente
al general Valdés, la incesante vigilancia de los extranjeros que visiten
a Cuba, e investigar las personas que mantienen relaciones con los
gobiernos extranjeros. Singular importancia histórica contienen los
acápites 3° y 5° de las recomendaciones:
3° Vigilará V. E. cuanto tenga conexión con la raza de color, procurando el cumplimiento de los tratados vigentes, como se le tiene
prevenido a V. E. repetidas veces, y al propio tiempo haciendo por
impedir nuevas pretensiones en este asunto, y cuanto, tienda asi
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a promover inquietudes y revueltas en dicha raza, como también
exageraciones tan comunes en asunto que tanto excita y promueven las pasiones…
5° Con motivo de los anuncios comunicados por el ministro Webster
al señor Argaiz, ha ofrecido dicho Ministro en nombre de su
Gobierno que enviaría fuerzas marítimas a Cuba cuando lo exijan
las circunstancias, para auxiliar al Gobierno español y a sus autoridades, a mantener el orden, la tranquilidad y el dominio español.
En esta virtud y conociendo el Gobierno de S. M. toda la trascendencia de una medida de esta especie, previne a V. E. como autoridad superior de la isla y más inmediata al alcance de cuanto pueda
ocurrir en ella, que solo en un caso extremo que por su premura y
peligros no dé lugar ni tiempo para consultar al Gobierno de S. M.,
y en el cual sean los riesgos y las contingencias tan apuradas que no
haya ni sea posible otro camino para vencer las dificultades, en tal
caso, repito, V. E. podrá acudir a un remedio tan extraordinario,
teniendo siempre en cuenta lo aventurado de permitir a extraños
mezclarse en negocios propios, y sentar un presidente que puede
traer complicaciones muy trascendentales…66
No obstante haber recibido Argaiz severas reprensiones por sus
indiscretas actividades diplomáticas, sospechando que el general
Valdés, como amigo que era del destituido Regente de España general
Espartero, apoyaría a este en un supuesto golpe de mano en Cuba bajo
la protección británica, se dirigió oficialmente al segundo cabo de esta
isla, Mariscal de campo D. Rafael de Aristegui y Véliz de Guevara, conde de Mirasol, preguntándole si creía necesario −escribe Becker− que
pidiera fuerzas navales al Gobierno de los Estados Unidos para mantener, llegado aquel caso, la Gran Antilla fiel al Gobierno de Madrid.
En despacho de 9 de octubre de 1843 dio cuenta Argaiz que en sus
conversaciones con Abel P. Upshur, nuevo Secretario de Estado, este
le había manifestado:
[...] que creía, dadas las circunstancias en que se encontraba Cuba, que sería muy conveniente una alianza entre
España, Francia y los Estados Unidos para contrarrestar las
Boletín del Archivo Nacional, año III, No. IV.
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maquinaciones de la Gran Bretaña y hacerla desistir completamente de cualquier proyecto que contra aquella fraguase
[...].67
Como Upshur, esclavista prominente, conocía el documento escrito por Domingo del Monte a su amigo Everett, no tuvo inconveniente
en manifestar oficialmente al representante español:
Aconsejo a usted, por tanto, que haga entender a la población
blanca y a las Autoridades de Cuba que si algún individuo se
hiciera culpable de un atentado semejante al del ex-cónsul
inglés mister Turnbull (acusado de favorecer una rebelión),
y se probase su delito, debe inmediatamente quitársele la
vida; y si las autoridades, como en el caso de Turnbull, intervienen a su favor, el pueblo puede tomarse la justicia por
su mano, ahorcándolo en el primer ingenio que encuentre,
y que reclamen los que los comisionaron, y veremos quien
asume la responsabilidad de sus actos …68
El Gobierno de Madrid, por Real Orden de 3 de noviembre de
1843, destituyó a Argaiz de su cargo en Washington. Pero las intrigas
diplomáticas de este contribuyeron a que se relevara a los generales
Valdés y Aristegui de los mandos supremos de la isla de Cuba. Y el
general de Marina Francisco J. de Ulloa, ocupó interinamente el gobierno de la isla hasta la llegada del cruel y sanguinario O’Donnell.
Este, impulsado por la esclavocracia criolla y, además, influenciado
también por la manifiesta protección de los reaccionarios gobernantes de Washington, no vaciló en ahogar en sangre todas las rebeldías
y protestas de los hombres mejores de las clases más explotadas de la
isla de Cuba.
En su informe al ministerio correspondiente −oficio reservado No.
437, de febrero de 1844− traza el conde de Villanueva en breves líneas
la situación política de la isla desde el punto de vista de las clases gobernantes y de los ricos terratenientes criollos:
J. Becker, Historia de las Relaciones.
Ibídem.
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[...] A la extrema y hasta ahora desconocida baratura de
precios en sus principales frutos como son el azúcar y café,
se agregan las explosiones no ya aisladas sino concéntricas
de los esclavos. Por la parte de Matanzas y Cárdenas, que es
acaso donde más abunda la gente de color y escasea la blanca, es por donde se nota que han echado más hondas raíces
las doctrinas de los abolicionistas, sembradas por su fanático
apóstol el antiguo cónsul inglés Thurnbull. Se ha descubierto que más de cuarenta ingenios en lo que se encuentran de
10 a 12 mil negros, estaban en combinación para sublevarse
a un mismo tiempo, si bien tan solo dos o tres han llegado
a efectuarlo y felizmente sin desagradables consecuencias,
porque la primera autoridad del Capitán general secundada
de las subalternas, han sabido aplicar con oportunidad medidas precautorias y correctivas con las cuales se ha evitado una
conflagración general; pero lo que más importancia pueda
dar a estos movimientos, es la circunstancia de contarse entre los conspiradores, libertos entendidos, mulatos atrevidos,
y aun algunos blancos que por una de las grandes aberraciones que no se conciben, apoyan la emancipación «Por estas
y otras razones ha decaído de tal modo la propiedad de los
esclavos, que los que antes se vendían, por 400 ps. se pueden
comprar por 200: lo que quiere decir que se ha reducido a la
mitad este gran ramo de riqueza de la Isla de Cuba, y acaso
el principal, y de que dependen las demás [...]».69
Lo que fueron las medidas precautorias aplicadas oportunamente
por O’Donnell en el desarrollo de lo que se ha llamado conspiración
de la Escalera, y que Villanueva elogia en su informe, lo explica un testigo presencial de los hechos, y gran terrateniente, D. Miguel Aldama,
que escribe –desde La Habana, 29 de diciembre de 1843–, a su cuñado
Del Monte que está en Filadelfia:
[...] no he podido contestar antes por haber estado 18 días
en el campo ocupadísimo con las ocurrencias del proyectado
horroroso levantamiento de las fincas todas del partido de la
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 132, No. 18.
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Sabanilla entre las cuales hacían un papel principal las tres
de papá. El describir a usted semejante atentado sería horrorizarlo y llenar de amargura los momentos que puedan ustedes pasar gustosos esos países –básteme pues decirle que la
divina providencia no cansada de ser próspera a esta isla hizo
que se descubriera el horroroso plan casi en los momentos
en que iba a estallar para llenar de llanto y luto los anales de
nuestra Cuba: si horroroso era el plan de los esclavos, más
horroroso han sido aun los castigos dados a esos infelices
verdaderos mártires de la libertad– por desgracia mía he tenido que presenciarlos mientras que mi naturaleza misma se
resentía sin poder aliviarlos en nada viéndolos padecer bajo
el tormento del azote que se les infligía por hombres que se
llaman civilizados [...].70
Cuadro de horrores que completa después –La Habana, marzo de
1845– el escritor José Antonio Echevarría, que describe al propio Del
Monte en una carta los horrores del proceso que ordenó el capitán
general O’Donnell:
[...] Cada día que pasa, remacha un eslabón a la cadena de
ignominia que nos abruma, y nos aleja cada vez más, no ya
de la libertad, sino de la civilización, hasta colocarnos al cabo
en los últimos grados de la barbarie. Mucho había llegado
a noticia de V. acerca de las atrocidades cometidas socolor
de la conjuración de la raza africana: pero cuanto le hayan
dicho, cuanto pueda forjarse su imaginación, todo es poco,
Domingo y queda descolorido al lado de la realidad espantosa. A ocasiones he tenido impulsos de recoger en una
memoria todos los crímenes cuya autenticidad he podido
comprobar, para remitirla a V. con el objeto de que la publicase: pero me ha detenido el temor de que en Europa no
se diese crédito bajo la fe de un anónimo, a iniquidades que
solo encuentran parejas en el Martirolojio, o en las guerras
de religión Mártires en efecto han sido las víctimas porque
no ha bastado quitarles la vida ha sido necesario quitárselas a
Academia de la Historia de Cuba, Centón Epistolario.
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fuerza de azotes y privaciones, atormentándolos con maneras
inusitadas, entre las cuales ha habido la de quemarles a alguno sus vergüenzas con pencas de guano [...]; envileciéndolo
con delaciones forzadas de padres contra sus hijos, de hijo
contra sus padres; robando a sus familias hasta el último pan,
porque la rapacidad llegó a tal escándalo que al cabo fue
necesario manifestar escrúpulo, pero no sin dar antes lugar
a que se pusiesen en salvo los fiscales a quienes se amagó con
una formación de causa [...].71
◉◉◉◉◉
La situación que confrontaban los negreros de Cuba no les impidió, tan pronto cesó la increíble ferocidad de los verdugos de la
represión, iniciar en mayor escala, si cabe, el tráfico negrero. Para ello
contaban, en España, con la reina madre D. María Cristina, de nuevo
en Madrid después de la caída de Espartero, cuya insaciable sed de
riquezas no se satisfacía con la participación activa en los escándalos financieros del banquero Salamanca, sino que participaba ampliamente
por medio de su agente en La Habana, D. José María Parejo, en la trata
negrera, y, en Cuba, con el apoyo del general O’Donnell, cuya esposa,
conocida en los círculos negreros de la capital cubana por el apodo
de la Tía María, rivalizaba con su augusta soberana en su loco afán de
oro, y apadrinaba mediante un crecido interés el tráfico clandestino
de esclavos, muchos de los cuales se revendían a los negreros del Sur
de los Estados Unidos.
Y el espíritu negrero del Gobierno Colonial, del que participaban los
grandes comerciantes españoles y el rico patriciado criollo, normaba
las relaciones, bastante difíciles por cierto, con Haití, Santo Domingo
y Jamaica.
O’Donnell, embargado en sus tareas represivas y en los negocios
de todo tipo que le aseguraban su rápido enriquecimiento, en los
primeros meses de su gobierno apenas si prestó atención a la candente cuestión haitiana. Pero los despachos de D. Santiago Méndez
Vigo, Capitán general de Puerto Rico, de José María Pando, agente
confidencial en Curazao, del Gobernador de Santiago de Cuba, D.
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 34, No. 16.
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Cayetano de Urbina, y del Cónsul español en Kingston, D. Juan del
Castillo, acerca del estado revolucionario de Haití y Santo Domingo,
obligaron a O’Donnell a prestarle atención a esas cuestiones.
Desde Curazao, con fecha 8 de marzo de 1844, José M. Pando da las
noticias sobre la gravedad de la situación en Haití y Santo Domingo:
Acaba de entrar procedente de Santo Domingo el bergantín
Leonor, que salió de aquel Puerto el dos de esta, y ha dado el
Capitán la noticia siguiente. «El 29 de febrero se levantó toda
la parte española, el mismo día obligó a la tropa francesa
que la guarnecía a capitular, formando en seguida una junta de gobierno que ejerce sus funciones bajo el nombre de
República Dominicana» Los Callos, el Guarico y Yacomelo
se han pronunciado por la Monarquía de Salinas, y capitán
Gerard reducido al Principe. Según el Capitán me ha dicho
el entusiasmo es mucho en la parte española, pero que el
Cónsul Francés les ha hecho desistir del plan que tenían
formado en favor del Gobierno. «Se ha consiguiendo lo que
tanto se desea, conquistar a los tizones los planes que tienen
formados contra las Islas y descansarán de sus intrigas». Este
buque a salido de escape y solo me remito a la noticia que
me ha dado su Capitán, que es hombre honrado y merece
todo crédito.72
D. Juan del Castillo, desde el Consulado de S. M. Católica en
Kingston, comunicaba al capitán general O’Donnell en 15 de marzo:
Tengo el honor de participar a V. E. que según noticias que
he adquirido de la isla de Santo Domingo, vería en ella una
revolución espantosa, que la parte Española se ha declarado independiente, adoptando el pabellón colombiano, en
atención a no recibir ningún auxilio de esa Isla, reclamado
en tiempo del antecesor de V. E. Todos aseguran por esta el
gran partido que el Gobierno Español aprovechándose de
las circunstancias actuales podría sacar de aquella Colonia
con solo remitir desde esa algún buque de guerra y algunas
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 848, No. 28,572.
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tropas que protegiesen a los españoles establecidos en ella,
pues de otro modo se cree tendrán que sucumbir a las tropas
haitianas.73
El Comandante General del Departamento Oriental, en oficio
reservado −Santiago de Cuba, 20 de marzo− no solo se refiere a la
cuestión dominicana sino también a la revolución haitiana:
Por noticias verbales que he recibido de Jamaica y confirmadas
estas también por el Capitán del vapor inglés Trent, parece indudable de que ha estallado una nueva revolución en la próxima
Isla de Haití, cuyo carácter no está determinado. Parece que
los negros han dominado en ella, arrojando a los mulatos de
todos los puestos del mando, «La parte española de la Isla no
ha querido reconocer al presidente nombrado, no admite cosa
ninguna que tenga relación con aquel gobierno y manifiesta
quererse separar en un todo del resto de la isla, formando un
gobierno particular». El gobierno que se hallaba constituido
en la capital de la Isla, parece que había reunido de 700 a 800
hombres con el objeto, por ahora, de observar la parte española
y proceder después a invadirla, si los sucesos lo permitieran. Los
haitianos han pedido auxilios al gobierno inglés en Jamaica,
por suponerlo enteramente decididos a protegerlos; mas esto
no ha podido tener lugar por falta de buques disponibles en
Kingston, «V. E. juzgará de la importancia de estas noticias y
de cuán necesaria es que por este gobierno se adquiriesen noticias directas de Haití, por lo que interesa a la seguridad de
toda la Isla, lo cual no puedo hacer de modo alguno por que
el gobierno no dispone de la menor cantidad para mantener
confidencias, ni aún en el día tiene un buque disponible en el
puerto para observar sus costas».74
Y, en 28 de marzo, por oficio igualmente reservado, el Capitán
general de Puerto Rico, hondamente preocupado por la anormal situación de la Isla vecina, comunica a O’Donnell:
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 848, No. 28,572.
Ibídem.
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Estando a punto de disponer la salida para ese puerto de la
goleta Churruca con el objeto de comunicar a V. E. los recientes sucesos que han tenido lugar en la parte Española de la
Isla de Santo Domingo, entró en este puerto el Correo de la
península No. 4 en el día de ayer, por el cual tengo el honor
de remitir a V. E. las adjuntas copias de la correspondencia
de mi Agente Secreto en Curazao, y de la comunicación
que he dirigido al Gobierno de S. M., las cuales enteran a V.
E. del estado de dicha Isla y los acontecimientos ocurridos
en ella. Todo lo que pongo en conocimiento de V. E. para
su gobierno y demás que tenga a bien manifestarme sobre
este particular; acerca del cual no tengo instrucción alguna
Supr. a que poder arreglar mi conducta en las circunstancias
actuales.75
Con vista a esas informaciones y otros documentos que obraban
en la Secretaría Política, el general O’Donnell se dirigió al Ministro de
Estado por oficio reservado No. 35 –La Habana, abril 5 de 1844– con
el resumen de los hechos ocurridos en las últimas semanas:
Por las copias que adjunto acompaño se enterara V. E. de
la nueva revolución que ha tenido lugar en la Isla de Santo
Domingo: en ella la parte Española parecía cuando estalló
aquel movimiento dispuesta a enarbolar el pabellón Español,
lo cual no tuvo efecto por consecuencia de las gestiones del
Cónsul francés opuesto a las pretensiones de otros bandos:
nuestro cónsul en Jamaica, el Comandante General del
Departamento Oriental que reside en Santiago de Cuba y
últimamente el Capitán General de Puerto Rico, me hacen
relación en resumen de los hechos y desean instrucciones
para arreglar su conducta según las circunstancias actuales
y conforme a los sucesos que puedan sobrevenir. Como yo
carezco de ellas se han limitado las mías a contestar a las
dos primeras autoridades referidas que observen una estricta
neutralidad, procurando adquirir cuantos datos y noticias
públicas y reservadas convengan para comunicármelas
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legado 848, No. 28,572.
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y estar en observación y vivir precavido por lo que pueda
tener relación con la seguridad y tranquilidad de esta Isla,
poniendo desde luego la cantidad de mil pesos a disposición
del general Urbina para atender a los gastos que se necesiten hacer a fin de procurarse los avisos que conviene. Al
Capitán General de Puerto Rico le he dicho que yo igualmente carezco de instrucciones del Gobierno Supremo que
este no ha contestado a ninguna de las comunicaciones que
proveyendo los hechos y oportunamente se le hicieron presentes en cartas reservadas No. 20 y 21 a 13 de abril y 4 de
mayo del año ppdo.; más que a mi juicio importa conocer
al origen de ellos, su marcha y desarrollo y especialmente
la relación que puedan tener con estos dominios de S. M.
la Reina. Nuestro interés, le escribo, debe cifrarse no solo
en que las conmociones políticas de aquella no trasciendan
a estas sino en precaverse de las ocultas y muy profundas
miras que pudieran abrigarse de producir aquí trastornos o
suscitar compromisos y desavenencias que dieran ocasión a
cuestiones delicadas. Y concluyo manifestándole que aunque
he respondido a S. M. de la seguridad de esta isla, conozco
sin embargo que la situación en ella es muy grave, que la
conspiración tan extensa a la raza negra como dirigida por
una mano diestra puede estar ligada a otros sucesos y por tanto que por mi parte proceder con cautela y circunspección
dispuesto siempre y a todo coste a sostener el decoro y la
dignidad Nacional y por ultimo como única instrucción que
tengo del Gobierno le remito copia de la Real Orden más
reciente de que tengo conocimiento y es la de 22 de abril del
año ultimo referente a la disposición en que en aquella se
hallaba el Estado de Yucatán. «Todo lo cual digo a V. E. para
conocimiento de S. M. y a fin pueda V. E. transmitirme la
soberana resolución de parte a estos importantes asuntos».�
Pero cada día era más grave la crisis haitiano-dominicana, empeorada por la intromisión del cónsul francés Saint-Denys, quien usando
de las fuerzas navales francesas allí estacionadas logró imponer las
soluciones políticas que le interesaban, sin que por ello cesaran las
hostilidades guerrilleras de las múltiples facciones en disputa. Y los
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campesinos haitianos cansados de promesas engañosas, acabaron por
sublevarse. Los resultados se perciben en el oficio No. 247, Kingston
11 de abril de 18447 que el cónsul Castillo dirige al Capitán general
de la isla de Cuba:
Tengo el honor de participar a V. E. que a consecuencia de
la Revolución espantosa que ha estallado en la República
de Haití han llegado a esta algunos buques mercantes franceses y americanos conduciendo de aquel punto más de
quinientas personas de color, emigradas que han tenido que
salir abandonando todos sus intereses pues según me han
informado aprovechando los negros la ocasión de la marcha
del Presidente con las tropas, a la parte Española declarada
independiente, y de que tengo dada a V. E. noticia, han venido del campo como unos seis mil cometiendo toda clase
de asesinatos y tropelías y apoderándose de la población de
Aux Cayes.76
Y, D. Pedro de Peña, encargado del Gobierno Militar y Político de
Trinidad, comunica a O’Donnell en 20 de abril:
[...] Ayer fondeó en este puerto el bergantín americano
Espeleta, su capitán Tomás Ens, procedente de Kingston un
buque inglés con 118 pasajeros de color, procedentes de los
Cayos, puerto al Oeste de Santo Domingo, la mayor partede ellos en la mayor indigencia, siendo socorridos por el
Gobierno de Jamaica […].77
Remitido desde Curazao –17 de abril de 1844– por el agente
confidencial José María Pando se recibió en La Habana copias de las
informaciones enviadas por este al Capitán general de Puerto Rico en
la que incluía los comentarios de otro agente situado en el lugar de
los hechos, D. Juan Abril, comerciante español –Santo Domingo, 19
de marzo de 1844– para conocimiento de los gobernadores de Cuba
y de Puerto Rico:
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legado 848, No. 28,572.
Ibídem.
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Habrá V. extrañado a la llegada de buques de aquí, la falta
de noticias mías, a olvido, pero causas que no pueden ser
expuestas a la pluma, me lo han impedido, y ahora que sale
un buque, y en él un conocido de V. y mío, aprovecharé
la ocasión para poner en conocimiento de V. lo ocurrido.
Desde el 20 de febrero se traslució aquí el movimiento que
iba haber, pero nada se puso en ejecución hasta no saber si
la parte de El Seibo se declararía, así permaneció hasta el 26
que al amanecer se tuvo noticia de que se aproximaban los
seibanos, y tan pronto como se supo salieron de aquí a su encuentro, aquellos que hacían cabeza para ponerse de cierto
acordes con ellos y fijar el ida que se debía dar el golpe. El
29 entraron, y sin ninguna oposición por parte del general
De-Geot que mandaba la plaza, a capitular, entregando la
corta guarnición que había, que la mayor parte se componía
de hijos de la parte Española.
Todos en general creyeron que el pronunciamiento fuese
en favor de España, pero como siempre ha de aparecer un
Judas, que aquí hubo dos, se trastornó el plan contra la opinión pública. El Cónsul francés, poco amigo de los españoles
unido al sagaz de Bobadilla, se pusieron de acuerdo para que
el pronunciamiento se hiciese en favor de la Francia, pero
como esta nación está detestada de toda la parte española, se
rechazó por todos los que hacían cabeza. Viendo malogrado
su plan, proyectaron el de que se constituyesen en República
Dominicana, como el gobierno más propicio para hacerles
felices, que también hubo su oposición, pero la crisis exigía
en estos momentos un gobierno que representase esta parte
para evitar que la sangre corriese, como debía correr si se
daba tiempo a opiniones. Aquí me tiene V. ya formado un
gobierno que á la vista de todo hombre sensato y de juicio, lo
considera en el acre y a sus moradores a ser víctimas, si con
prontitud no toman la resolución de acogerse a las autoridades de las Islas españolas, como las únicas que pueden hacer
frente a sus necesidades, y de no su ruina se les aproxima por
grados; pues si el negro de la parte francesa se les une, como
se cree, harán esfuerzos para castigar la rebelión, pues para
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la empresa cuentan con auxilios de los Y [...]. Y, que nadie
duda le den, según aviso que acabo de recibir de Nombre del
Príncipe su fecha 13 de febrero. ¿Qué seguridad ni confianza puede inspirar este gobierno al ver el nombramiento que
ha hecho la Junta en Duarte que acaba de llegar de Curazao,
de General de las armas, hombre que jamás ha conocido un
fusil, sin capacidad, talento ni disposición para desempeñar
un cargo que no conoce? Si esto no es ambición de mando,
debe ser de locura. Ya la junta ha dado los primeros pasos de
su ruina, consecuencia de su atolondramiento y poco tino
que ha tenido al constituirse en república, que tan sin juicio
ni previsión ha hecho contra, la opinión general, sabiendo
como sabe todos los que la componen que el y está pronto a
dar auxilios a su contrario, y para este paso tan descabellado
que han dado de independencia ¿con qué capital cuentan
para su sostén, porque si es con el producto de entrada
de Aduanas, no pueden contar, pues a ninguno de los que
componen la junta, ignoran que en tiempos más felices eran
muy limitadas, ¿será con la corta fortuna de algunos particulares que cuenta? ¿Y este éxito podrá ser con la prontitud
que requiere la necesidad? Difícil es en el estado de pobreza
que se halla toda la parte española, pues son contados los
particulares que se creen con dinero, y estas escaseces, los
pone en la necesidad de cambiar de sistema, porque el actual gobierno no le puede atraer más que desgracias sobre
desgracias. Los Santanas que se han puesto a la cabeza de los
seibanos no están conformes con la República, y se espera a
petición de estos un cambio. Si el negro y mulato se unen y
vienen sobre esta parte, ese será el día de lamentaciones, y
cuando ocurran por el socorro, tal vez será tarde, aunque la
voz que hacen correr, pero esta es por pillos que pudiendo
ganar de que se sacrificaran primero que someterse otra vez
al negro, y espero esto, y también espero que llegado el caso
pidan protección, no porque lo hagan de buena voluntad,
si porque la necesidad los obliga. Los 500 hombres que
mandaba el Gobierno haitiano para refuerzo de la plaza,
llegaron Azua, y teniendo noticia allí de la Capitulación, se
hicieron firmes, pero los paisanos los obligaron a repasar
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la frontera con mucha perdida entre muertos y heridos. Se
han presentado dos buques de guerra, el uno inglés y el otro
francés: el inglés observó y a las 48 horas salió sin decir nada.
Su consignatario que le facilitó ganado dice: que iba para los
Cayos, y de allí al Príncipe, que irá a dar razón de estado de
esto. La Águila queda aquí y será ella la conductora de lo que
vaya ocurriendo.78
La situación de Haití y Santo Domingo, examinada a través de los
informes de agentes confidenciales y funcionarios consulares, a los
ojos de las autoridades coloniales de Cuba era cada día más confusa e
inexplicable. Y no podían calcular con exactitud el valor de las fuerzas
en pugna por el predominio de ambas zonas. El presidente de Haití,
Riviere Herard, partió hacia el Este con el propósito de someter a los
rebeldes dominicanos, el 9 de marzo de 1844, al frente de un ejército.
La derrota del general Pierrot en su intento de capturar la ciudad
de Santo Domingo,79 y los propios reveses que le infligieron las guerrillas dominicanas, obligaron a Riviere Herard a detenerse en Azua. Y
aquí recibió, el 1 de abril, la visita del almirante de Moges que, desde
la bahía de Ocoa, donde estaba fondeada la escuadra francesa, le había escrito el 31 de marzo pidiéndole urgentemente una audiencia.
El marino francés, de acuerdo con el llamado Plan Levasseur, que el
cónsul Saint-Denys dirigía, trató de influenciar al primer magistrado
haitiano a que se plegara a sus exigencias en favor de los separatistas,
a lo que este se negó. Las intrigas francesas propiciaron el golpe de
Estado que destituyó a Riviere Herard, substituido por el octogenario
general Guerrier. Y, esas intrigas francesas, que acababan de barrer
con lo único que la Revolución de Praslin había hecho de bueno,
en Haití, lograron que sus cómplices insertados en la dirección de la
novel República Dominicana, desterraran a Duarte, Sánchez y Mella
por oponerse a la política de los afrancesados. Esta serie de conflictos
e injerencias, que provocaron todas las negociaciones más o menos
secretas que distintos grupos dominicanos y haitianos realizaron con
las autoridades coloniales de las islas del Caribe, se reflejan en los comunicados dirigidos a La Habana.
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De Santiago.
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José Luciano Franco
Fechado en Kingston, 5 de junio de 1844, el cónsul Castillo avisa a
O’Donnell en oficio No. 250:
Tengo el honor de participar a V. E. que en el día de ayer
por la tarde ha desembarcado en este punto el presidente
de la República de Haití general Herard con algunos de sus
principales partidarios los cuales viéndose acosados por las
muchas amenazas y sospechas de ser preso por las tropas del
general Negro que está en posesión de Aux Cayes nombrado
Jean Jacques Accau, se han refugiado a bordo de un buque
en la tarde que dejo indicada: en fin parece Exmo. Señor
que los negros están enteramente decididos a no someterse
de ningún modo a los mulatos.80
El siguiente mensaje del cónsul No. 251, –Kingston, 15 de junio de
1844–, tenía para O’Donnell mayor importancia, ya que en el mismo
se trasluce el interés de los británicos en el desarrollo del proceso de
la conspiración de la Escalera:
En el vapor paquete inglés nombrado Forrh ha llegado a
este punto el ex-presidente de la República de Haití general
Herard con su familia el cual se cree, generalmente venga
con intención de hacer alguna tentativa sobre la indicada
República, sin embargo de que en la actualidad se encuentra
tranquila desde la instalación del Presidente negro general
Guerrier. Asimismo debo participar a V. E. que con esta fecha ha salido de este puerto para el de esa conduciendo al
comodoro el navío ingles de 74 nombrado Ilustrious, y según
anuncian los periódicos de esta se espera además un vapor y
una corveta de guerra que deben dirigirse al mismo punto,
con objeto se dice de indagar que perjuicios hayan sufrido
los súbditos de S. M. Británica en esa Isla a consecuencia
de la conspiración que se fraguaba y que felizmente ha sido
descubierta.81
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Ibídem.
80
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Coincidiendo con estos informes llegó a La Habana D. Pablo Paz del
Castillo que era uno de los promotores, junto con D. Antonio López de
Villanueva y D. Juan Abril, de la campaña en Santo Domingo para incorporar aquella isla al sistema colonial hispano. Las razones que lo movieron a
visitar al general O’Donnell aparecen en la correspondencia que él mismo
depositó en manos del Gobernador general de la isla de Cuba, firmada por
el Agente Consular de España en Saint-Thomas y por el Capitán general
de Puerto Rico. Pero antes recibió O’Donnell el oficio reservado No. 9
enviado por el general Cayetano de Urbina –Santiago de Cuba, 3 de junio
de 1844– copia de una comunicación de José María Pando –Curazao, 24 de
mayo de 1844– al Capitán general de Puerto Rico en la que recoge cuantos
rumores circulan en las islas del Caribe sobre Haití y Santo Domingo:
Posterior a mi comunicación de 1 de mayo que había puesto
en manos de V. E. Castillo, han entrado una goleta inglesa
de Jamaica, otra de Santo Domingo y traen nuevas noticias.
«Goleta inglesa Henrri Riney de Jamaica entrada el 9 de mayo,
que anuncia la llegada a Kingston del Gobernador de los Cayos,
su familia y número crecido de emigrados, que no pudiendo
hacer frente a los negros tuvieron que abandonar el Puerto y
he pensado que esta noticia haya sido comunicada a V. E, por
el Cónsul que reside en aquella Isla. Según una carta que he
visto de un comerciante de Kingston a otro de esta Isla su fecha 24 de abril que le dice «Con la venta que se ha hecho de
un bergantín de guerra inglés a los haitianos se aparejarán las
fuerzas que han armado en la parte española de Sto. Domingo
y volverá aquella al dominio haitiano que tanto interesa a esta
Isla» Goleta holandesa Gran María que ha entrado a este puerto el 12 de mayo en su remontada de Santa Cruz Puerto de la
Isla de Cuba, el 7 de mayo fue registrada a las 8 de la noche
por un bergantín de guerra haitiano y una goleta armada que
iban para Yacomelo con tropas de desembarco su Comandante
mulato aseguró al Capitán que tan pronto pusiese las tropas
en tierra seguiría sobre Santo Domingo: esta noticia que da el
Capitán del bergantín de guerra, nos pone en la necesidad de
creer que los tizones auxilian a los haitianos, que es conforme
con la que dio Nombre del Príncipe, al de Santo Domingo su
fecha 13 de febrero que puse en conocimiento de V. E. el 6 de
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abril. También dice el Capitán que: el 9 de mayo a las 10 de
la mañana fue visitado por una fragata de guerra inglesa que
iba para los Cayos» Goleta de Santo Domingo con bandera
haitiana el 12 de mayo trae por noticia están en el mismo estado que anuncié a V. E. por mis anteriores, no ha traído cartas
para V .E. de abril, y de las proclamas que incluí se ve que la
guerra entre haitianos y dominicanos va a ser horrorosa de una
y otra parte. La Junta la manda a Ricar con objeto de que la
haga componer y se la mande, pero como viene sin dinero su
regreso será difícil y dejará aquí las costillas. Por carta que me
ha manifestado Ricar de su hijo y sobrino he visto la llegada a
Santo Domingo de un vapor francés de la Martinica, que no
encontrando allí al Almirante había salido para el Principe, en
donde está en su solicitud, que la voz que hizo correr antes de
su salida, era de que por momentos llegarían tropas y buques de
guerra. «Goleta holandesa Susana el 13 de mayo de Yacomelo
en 4 días de navegación capitán Elis dice que el 8 de mayo se ha
publicado por bando en Yacomelo haber cesado en el mando
de la isla capitán Herard y el de haberlo reemplazado el general
Guerrier negro: que el 9 de mayo salió la goleta venezolana la
Belleza cargada de mujeres y muchachos de la clase de color…
Yacomel dice que el 9 quedaba en la mayor consternación temerosos de la entrada de los negros; que a su salida entraba un
bergantín y una goleta de guerra ambos haitianos que creen
los salve de la tempestad que les amenaza; pero que tiene en
su contra al Gobernador que no permite se embarque ningún
hombre que pueda tomar las armas: que ha puesto pena de
muerte al Capitán que se le encuentre un hombre a su bordo,
y como esta pena dice es ejecutada en el acto ha atemorizado
a todo Capitán y nadie quiere tomar a su bordo, despreciando
cualquiera cantidad que les ofrecen. Que la mortandad en los
Cayos hecha por Santiago Accau en los mulatos, por los pueblos
por donde ha transitado no tiene número». Goleta holandesa
Rosana de Yacomelo el 14 de mayo, en 4 días de navegación
confirma la noticia que ha dado la Susana, con denegación de
que el negro Santiago Accau se ha posesionado de los Cayos
constituyéndose Presidente de aquel Partido. Según declaraciones del Capitán, es un negro de campo, muy feroz y enemigo
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de todo blanco y mulato. La Rosana viene cargada de mujeres
y muchachos de negrería de la parte francesa. También dicen
las cartas de Yacomelo que el negro Salomón se ha puesto a
la cabeza de los negros de la parte haitiana formando nueva
Presidencias. «Según carta que he recibido de Caracas su fecha
17 de mayo «el comisionado de la Junta de Santo Domingo ha
llegado, pero volverá con su dormán si acaso no queda empeñado en alguna sastrería, a anunciar a la Junta que de aquí no
se debe aspirar otro auxilio que los saque de sus apuros» que
palabras ambiguas y engañosas que acogen los bobalicones con
entusiasmo, pero no el hombre sensato que conoce el mundo;
pedir al Gobierno de Venezuela auxilio, es pedir peras al olmo,
y lo verá V. muy pronto sino pasa a San Thomas en dice él que
hay otro compañero en comisión. Lo que si aseguro sin errar
que al llegar a Santo Domingo habla la verdad a la Junta, su
relato debe ser bien triste; él dice que su temor de ellos es a los
negros de la parte francesa; pero su amigo D. José M Rojas a
quien ha venido la Comisión, creo le manifieste igual peligro
en Venezuela. La matazón hecha en los Cayos y Yacomelo ha
alarmado a toda la canalla, y a nosotros nos ha puesto en gran
cuidado, pero de nada sirve la vigilancia que el Gobierno encarga cuando no hay fuerza para castigar al delincuente y seremos
victima el día menos pensado. Si se llama a las armas, será más
desgracia, si las ponen en sus manos, no queda otro recurso
que el de resignarse a la Providencia que todo lo puede [...]».
Nota de una carta del mismo sujeto y de la propia fecha. El
Guarico también ha desconocido el Gobierno de Guierrier, y el
general Pierrot que se ha puesto a la cabeza se ha constituido
Presidente del Norte; ya hay en la parte francesa 4 presidentes
pero todos negros. «No se pasarán muchos días sin que veamos
un Presidente negro en la parte Española de Santo Domingo,
porque no dejará de haber algún tizón que los estimule porque
en la Isla abundan estos marchantes demasiado».82
En la carta que desde La Guayra, marzo 28 de 1844, escribió D.
Pablo Paz del Castillo al Capitán general de Puerto Rico, se refiere a
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 848, No. 28,572.
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las conversaciones que sostuvo con el agente español José Ma. Pando,
solicita le confieran poderes suficientes para enarbolar en Santo
Domingo el pabellón español, y anuncia su salida para Curazao, y de
ahí a Puerto Rico vía St. Thomas.
El vice-agente español D. Francisco B. López –Saint Thomas, 9 de
mayo de 1844– se dirige al conde de Mirasol, que ha reemplazado a
Méndez de Vigo en la Capitanía general de Puerto Rico, y le dice:
La demora del buque me proporciona el honor de comunicar a V. E. algunos hechos referentes a la Isla de Santo
Domingo. «Es positivo que hay un tratado entre los franceses
y la Junta Gubernativa de Santo Domingo cuyas bases son las
siguientes: 1 Auxilio de parte de la Francia tanto en provisiones mercancías y en caso necesario tropas −e intervención»
2° un préstamo de 500.000 pesos redimibles en ciertos plazos.
«3° La protección francesa después de establecidos el nuevo
orden de cosas− por cuyos favores recibirá la Francia»: l ° La
península de Samaná la cual ocuparán militarmente y 2 °
Ciertas concesiones y prestigios para el pabellón y comercio
francés. « Estos datos me los ha comunicado D. Pablo Paz del
Castillo quien ha sido llamado por la Junta Gubernativa para
ponerse al timón de los negocios y quien me asegura que
la mayoría de la gente tanto de las ciudades como del campo no desea ahora otra cosa que ponerse bajo el Gobierno
español». Dicho señor Castillo ha vivido desterrado mucho
tiempo en Curacao a causa de su firme adhesión al sistema
español y como quiera que puede eme sus informaciones
le sean de alguna utilidad al excelentísimo señor Capitán
General de Puerto Rico le doy hoy licencia para que vaya a
presentarse a la Capital y consista una entrevista con el indicado Superior funcionario. Dicho Señor Castillo ha estado en
correspondencia con el señor general D. Santiago Méndez
Vigo o y trae pliegos para el Capitán General de Puerto Rico
del Cónsul de España en Curazao de modo que viene en
clase de emisario y no he creído deberle poner impedimento
en su viaje. Opina este Señor que la España debería tomar
posesión de Samaná antes que lo hicieran franceses pero la
salida de este paso seria cuestionable. «Estamos esperando
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por momentos a un buque de la Capital de Santo Domingo
y cuanto ocurra me apresuraré a elevarlo al Superior conocimiento de V. E.».83
El conde de Mirasol escuchó los planes de Paz Castillo, pero, como
carecía de elementos materiales y no podía contar con el apoyo oficial
del Gobierno de Madrid, envió al agente con una carta de presentación, fechada en San Juan, Puerto Rico en mayo de 1844, al Capitán
general de la isla de Cuba:
D. Pablo del Castillo, natural de Canarias, teniente que fue
del Ejército Español y establecido hace algunos años en la
Isla de Santo Domingo, y desde donde entretenía correspondencia secreta con el Capitán General mi antecesor, para noticiarle cuanto conviniera a los intereses de España; se me ha
presentado procedente de Curazao para hacerme presente
la favorable ocasión que se ofrece con motivo de los últimos
acontecimientos, para ocupar la parte Española de aquella
Isla, cuya población si no en su mayor parte, al menos en la
que hace la más acomodada e influyente, considera la dominación de los españoles como el único medio que ofrece a la
posibilidad de un arreglo estable, y de un fin a sus desgracias
y completa ruina. «Más como no tengo instrucción ninguna
del Gobierno Supremo sobre el particular, ni hay en esta Isla
elementos de que disponer para tomar otro temperamento,
he dispuesto que el expresado Castillo pase a La Habana a
presentarse a V. E. para enterarlo personalmente de lo que
sabe y entregue esta comunicación, a que acompaño un extracto de las noticias que he recibido de la Isla referida de
Santo Domingo».84
Paz del Castillo celebró varias entrevistas con el general O’Donnell
en el Palacio de Gobierno de la capital cubana, y puso en sus manos
una serie [de] cíen informes entre los cuales figuraba uno firmado
por D. Juan Abril, además de los ya señalados del conde de Mirasol y
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 848, No. 28,572.
Ibídem.
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de los agentes españoles en St. Thomas y Curacao. Después de examinados los documentos y escuchado los proyectos de Castillo y Abril,
la Secretaría Política del Gobierno Colonial de Cuba, elevó al general
O’Donnell −12 de junio− un estudio de la situación en el Caribe que,
en lo que respecta a Santo Domingo, reproduce lo esencial del informe verbal de Castillo, y concluye en esta forma:
Se demuestra también que la parte francesa presenta un
aspecto triste y lleva el camino de desaparecer para siempre.
Que esta para estallar en Venezuela una conspiración contra
su actual Gobierno y que se cree que traten de unirse los
estados de Venezuela, Nueva Granada y Centro América.
De acuerdo con ese estudio, que mereció su aprobación, O’Donnell,
recomendó a Castillo que regresara a Santo Domingo y, sin ofrecer
nada, ni contraer ningún compromiso, continuara laborando entre los
dominicanos a fin de mantener la influencia española, es decir, lo confirmaba en sus tareas de espionaje. Y, en el expediente de la Secretaría
Política, dictó el Capitán general la nota que contiene su resolución:
Que se contesta al general Mirasol: Que se ha presentado
el individuo que se refiere su escrito, mas no teniendo instrucciones especiales sobre el particular y siendo el asunto
de graves consecuencias tanto por los compromisos que
pudiera ofrecer respecto a otras potencias europeas, cuanto
por ser muy dudoso si a los intereses de la España conviene
imponerse la obligación a sostener nuevas posesiones, que se
dé cuenta de estos sucesos a S. M. la Reina para que enterado
de ellos pueda S. M. resolver lo que considere más acertado y
trasmita las órdenes y hágase así por conducto del Ministerio
de Estado, con remisión por copia de los documentos que
se le citan, añadiendo las comunicaciones tanto al Gobierno
como al general Mirasol que se encargue de lo prevenido
pero sin hacer ninguna clase de ofrecimientos ni contraer
ningún compromiso, sostenga el buen espíritu de aquellos
habitantes y su afecto hacía la Nación española.85
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 848, No. 28,572.
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En esta determinación del general O’Donnell no dejaba de pesar
la influencia de M, Mollien, cónsul general de Francia en La Habana,
que lo visitaba con frecuencia ya que era uno de los tantos cónsules europeos que cobraba muy buenas primas proporcionándoles documentos oficiales a los armadores de buques negreros y, en cierta medida,
integraba la camarilla que actuaba como consejo político y económico
del Capitán general. Situación que aprovechaba M. Mollien para deslizar su interesada opinión en las cuestiones candentes relacionadas
con Haití y Santo Domingo, y, desde su puesto en La Habana, cooperar en la realización del Plan Levasseur. Y, no perdía oportunidad para
enviarle periódicos jamaicanos o haitianos con noticias que contribuyeran a alejar todo deseo por parte del Capitán general de intervenir
en aquella isla. Así, por ejemplo, le envía la Feuille du Cammerce, No. 18,
de Port-Republicain 5 de mayo. Le escribe con ese motivo −La Habana,
8 de junio de 1844− la siguiente carta:
Presumiendo que V. E. continúa interesado en los acontecimientos que pasan en una isla vecina, tengo el honor de
comunicarle el último periódico que he recibido. En el verá
la división federativa de una República que se temía mucho
aquí, pero no hallará en él la aseguración de la República
Dominicana, que parece, según me escriben, destinada a
resistir el ataque de sus enemigos.86
Carta y periódico que llegaron a su destinatario en los momentos
que desembarcaba en La Habana el enviado del conde de Mirasol.
Pero otras comunicaciones de sus propios agentes o de funcionarios
coloniales, hicieron a O’Donnell en 26 de junio de 1844, enviar al
Ministro de Estado el siguiente despacho reservado No. 58:
Según una comunicación dirigida de Curazao al Gobernador
de Cuba en 24 de mayo, la Isla de Santo Domingo se halla
en un completo desorden. Infinidad de generales negros
y mulatos se combaten mutua y ferozmente: cada cual desconoce el Gobierno que llega a constituirse; y últimamente
la parte francesa estaba dividida en cuatro departamentos
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 848, No. 28,572.
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independientes uno de otro y con sus respectivos presidentes
negros. La Española, por conservar su independencia hace
los mayores esfuerzos y ha rechazado varias veces al ejército
que trataba de invadirla. Sin embargo de esto se teme que
dentro de poco, será mandada por un general negro de los
de la parte francesa á quienes los ingleses han vendido un
bergantín de guerra y con el cual creen destrozar la escuadrilla dominicana. Por donde quiera que pasen los negros
dejan sembrado el terror entre los mulatos, poniendo en
cuidado a los blancos de la parte española. Muchos jefes
se han visto obligados a emigrar entre los cuales se cuenta
el general Herard temiendo a las tropas del general negro
Accau: muchos más emigraron de la parte francesa, pero los
individuos que pueden manejar las armas tienen prohibida
la salida y solo abandonan el país las mujeres y niños de los
cuales tanto negros como mulatos han llegado a Curazao dos
cargamentos: «El Cónsul de S. M. en Jamaica confirma la
salida de Herard en una comunicación que me ha dirigido
en 5 del corriente y añade que los negros están decididos a
no reconocer la superioridad de los mulatos».87
Y en noviembre de ese año recibió O’Donnell un oficio del conde
de Miraflores trasladándole en copia el informe firmado por Gregorio
del Valle −uno de los dominicanos perseguidos y expulsados− que le
fue enviado en 25 de septiembre de 1844:
Santo Domingo se halla en el estado más deplorable que puede imaginarse. Reunida una porción de negros de la clase de
oficiales superiores al general Santana que se hallaba en la
línea de Bani con dos mil seibanos aconsejados por Bobadilla,
Delmonte, Caminero, Javier Abreu y Ventura Báez personas
enteramente adictas a los franceses y que tenían de antemano
vendido el puerto de Samaná a los mismos, intentaron apoderarse al mando temiendo que el partido de los blancos o
españoles que era mucho más fuerte lo hiciese antes que ellos.
El general Santana vino con todo su ejército a Santo Domingo
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 848, No. 28,572.
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y no obstante la resistencia que encontró en las tropas de la
guarnición para su entrada engañó al presidente de la junta
que lo era el general Francisco Sánchez diciéndole que venía con objeto de sostener al general Duarte que había sido
nombrado presidente de la República por todos los pueblos
y ejercito del Cibao. Bajo este concepto le fue permitida la
entrada después de haber hecho infinidad de protestas que
prometió cumplir bajo su palabra de honor. Al día siguiente
de su entrada mandó poner en libertad a los cuatro señores
nombrados anteriormente que el Gobierno tenía arrestados
por las maldades que estaban cometiendo haciendo tratados
con la Francia para venderlos parte del territorio e impetrar
su protección y apoyo contra los negros, a todo lo que se
oponía el partido de los españoles diciendo que el territorio
era de España y que disfrutando de los habitantes de la parte
Este por una consideración del Gobierno español no estaba
en el caso de permitir se desmembrara por ningún concepto
parte de la República. Faltando descaradamente a la oferta
que había hecho al presidente de la Junta se hizo proclamar
jefe supremo de la República (o por mejor decir Dictador)
hizo prender al Presidente y dos vocales de la junta central
gubernativa, engañando al Ejercito con proclamas llenas de
imposturas consiguió prender a los jefes del partido opuesto
que lo eran los generales Matías Ramón Mella y Juan Pablo
Duarte a varios jefes y edecanes de su estado mayor y otros ciudadanos honrados empleados en la capital y los deportó para
toda la vida a diferentes partes del extranjero. Creyéndose ya
seguro en el poder reunir los diputados a Cortes para formar
la constitución del Estado y con intrigas y amaño alcanzó
que todos los constituyentes saliesen de su partido, que es la
canalla más grande de los pueblos para formar a su gusto la
Constitución y ser el elegido Presidente, amenazando siempre
con la fuerza, caso que suceda lo contrario. Nombró generales
a los negros Manuel Mora, Lorenzo Araujo, Joaquín Puello,
que es jefe de la Plaza de Santo Domingo. Estos intentan degollar al Presidente si es de los blancos y enseguida con los
muchos negros que tienen bajo el pretexto de que quieren esclavizarlos, acabar con todos los blancos del país, y ellos unirse
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otra vez a sus compañeros de Haití. Para evitar esto el señor
Santana con los malvados de Bobadilla, Delmonte, Caminero,
Abreu y Báez tienen intentado que los franceses le auxilien
y cederles después a Samaná, de suerte que se esperan muy
tristes resultados de la situación actual de Santo Domingo: la
mayor parte de sus habitantes trata de desocupar el país y al
efecto se están deshaciendo de cuanto tienen para salir para
el extranjero, puesto que nadie puede vivir allí con tranquilidad. Los negros de Haití se están preparando para volver
de nuevo sobre Santo Domingo y si lo hacen obtendrán diferentes resultados que la vez anterior porque los dominicanos
están cansados de guerra, han perdido todos sus frutos y han
sido engañados muchas veces. El partido que tiene la España
en la isla de Santo Domingo es bastante considerable pero
como no han visto protección por esta todos se callan. Sería
muy factible enarbolar el pabellón español siempre que se
faciliten algunas tropas y algunos buques de guerra. Todos los
españoles, colombianos y algunos otros extranjeros se les ha
hecho desocupar el país por la sola soberana del jefe supremo
y sus consejeros los S. S. nombrados anteriormente. Omito
extenderme más por ahora pues esto basta para dar una idea
del desgraciado estado de esta Isla que tanto desprecian los
españoles y que deberían mirar con más consideración.88
Ahora bien, en el momento que se escribía el anterior informe, el
Plan Levasseur no tenía ya la menor posibilidad de llevarse a cabo, pues
había sido desautorizado por el gobierno de Francia. En despacho
oficial –París, 25 de julio de 1844– que llegó a su destinatario a fines
de diciembre, el Ministro de Asuntos Extranjeros, Guizot, en nombre
del rey Luis Felipe, clara y netamente ordena a Levasseur y a Saint
Denys que no continúen en sus planes para ocupar ni la península de
Samaná ni la Mole Saint-Nicolás:
[...] Lo que nosotros deseamos firmemente, seriamente, es
ejercer, con los títulos incontestables que nos da el derecho,
una influencia saludable en la pacificación de la isla, una
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acción protectora en sus destinos, tal como lo permiten
nuestros propios intereses de acuerdo con los de la humanidad y la civilización. Es dentro de ese espíritu y ese objeto
que autorizo la negociación que habéis abierto, pero con
esta restricción que debéis abandonar toda idea de tomar
posesión de Samaná [...].89
Esta nueva actitud obedecía más bien a los conflictos internacionales europeos que, después de la entrevista de Eu entre la reina Victoria
de Inglaterra y el rey Luis Felipe de Francia –septiembre de 1843– en
la que los ministros de ambos gobiernos, Guizot, Peel y Aberdeen
habían aceptado reanudar la entente cordiale anglo-francesa, de manera especial en cuanto se relacionaba con los problemas españoles.
Cooperación que duró hasta la vuelta de Palmerston en 1846.
◉◉◉◉◉
Ni por un momento podía confiarse ni el gobierno de España, ni
representante en Cuba, O’Donnell, en Inglaterra, aún cuando el de
aquel imperio estuviera, como ocurría en ese momento, en manos de
la reacción conservadora. Y esa desconfianza la refleja, una vez más, el
Capitán general de la isla de Cuba en oficio al Ministro de Estado –La
Habana, 28 de noviembre de 1844– en el que acusa recibo y se da por
enterado de la Real Orden –Madrid, 16 de septiembre– que acompañaba el ejemplar de un diario europeo con la noticia de una sociedad
integrada por cubanos e ingleses, formada en Londres, cuyo único fin
es el de promover la independencia de Cuba. En el despacho oficial
hace alarde O’Donnell de su enérgica y feroz crueldad con los procesados en la causa criminal conocida por la conspiración de la Escalera:
[...] Se bien que la lección dura y severa que los conspiradores y revoltosos han recibido con el descubrimiento de la
conjuración de Matanzas y cuyos resultados aun hoy mismo
tocan, no basta para separarlos de sus maquinaciones.
Y agrega después:
J. Price-Mars, La République D’Haiti.
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[...] Aquí si los hijos del país abrigan, porque está en el corazón de todos, el sentimiento de la independencia, para
realizarla un día cuentan con el secreto apoyo y aún con la
protección ostensible de los ingleses. Los negros no ignoran
cuanto favor y ayuda les prestarían para realizar sus planes
de exterminio de los blancos y de conquista y señorío del
país. Así no hay acaso declaración alguna entre las tomadas a
más de tres mil cómplices de la conjuración que no ofrezca,
siendo de mediana importancia, la idea de que contaban
con el auxilio de lo ingleses.90
Y termina con la afirmación de que son los cónsules de Inglaterra,
Turnbull y Crawford, así como los abolicionistas y sus agentes situados
en Jamaica, los promotores y protectores de la insurrección de la gente de color libre o esclava.
Si nos atenemos a la denuncia que Domingo del Monte presentó
a Everett, y a la increíble confesión posterior de Francis Ross Cocking,
que fuera vicecónsul inglés en La Habana, los recelos de O’Donnell, así
como el temor de agresiones preparadas en Jamaica, eran fundados.
Ross Cocking en carta a Lord Palmerston −Caracas, 1 de octubre
de 1846− le declara:
Ruego a V. E. que se sirva leer la siguiente relación de los
hechos en que he tenido una parte, parte principal, bajo
la dirección y aprobación de los señores cónsul general
Turnbull y Crawford. En 1841 mientras ejerció el Consulado
en La Habana el señor David Turnbull; serví a sus órdenes
en calidad de vice-cónsul hasta su remoción y traslación al
buque de S. M. B. Romney, capitán Burton, adonde se refugió
por temor de ser asesinado a causa de la excitación que en
La Habana había causado su conducta, y yo quedé destituido
de apoyo, detestado por los más influyentes casi tanto como
Turnbull lo fue, o ha sido nunca, y sin medios de defenderme. Fui en La Habana uno de los miembros del Comité allí
establecido para examinar la posibilidad de dar la independencia a la isla de Cuba y asegurar por tanto a la población
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 42, No. 16.
90
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esclava su completa emancipación. Mis colaboradores eran
nativos de Cuba y sudamericanos, cuya mayor parte eran
personas de mucho talento y de influencia entre los habitantes criollos. Desde el principio de esta ardua empresa,
descubrí con sentimiento que todos los nativos de Cuba
aunque unánimes en opinión respecto a su independencia
política diferían esencialmente en cuanto a la oportunidad
y los medios de conceder inmediata libertad a la población
esclava. Añádase a esto la mutua desconfianza que existía
entre estas dos fracciones independientes, y el temor de las
medidas rigurosas del Gobierno español, que retraía a los
ánimos más resueltos a perseverar en el anhelado propósito
de alcanzar la libertad. En presencia de estos hechos trate
de aproximar unos a otros estos hombres y reconciliarlos,
haciéndolos concurrir al punto capital propuesto [...].
Y les presentó un plan de seis puntos en el cual se contemplaba la
colaboración de blancos y negros, la declaración de libres a los esclavos que participaran en las tareas revolucionarias e indemnizar a los
dueños de esclavos por la emancipación de estos. Pero Mr. Crawford
reemplazó a Turnbull el 8 de junio de 1842, y Ross Cocking tuvo que
referir minuciosamente al nuevo Cónsul General cuáles habían sido
sus actividades conspirativas bajo la dirección de aquél, Y Mr. Crawford
aprobó la conducta del vicecónsul, lo aconsejó y alentó.
Inmediatamente, dice Ross Cocking, que reunió por separado
a los dos comités revolucionarios de La Habana, compuesto el uno
de blancos y el otro de negros y mulatos libres. Pero, pocas semanas
más tarde, en julio 17, lo trasladaron a Jamaica como agente para
promover la emigración de trabajadores negros cubanos para aquella
colonia inglesa. Y llegó a Jamaica el 23 de agosto de 1842, con cartas
de presentación de Crawford para Lord Elguin, presidente del comité
de inmigración y para Mr. Richard Hill.
Con distintos pretextos Ross Cocking volvió a Cuba para continuar
la propaganda revolucionaria, y todo hace suponer que estableció
contactos con Plácido y el general Narciso López que, en septiembre
de 1842 había sido relevado del cargo de Gobernador de Trinidad. Y
termina su informe a Palmerston, afirmando que la precipitación de
uno de los comprometidos en la provincia de Matanzas, obligando a
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los esclavos de dos o tres plantaciones azucareras a sublevarse, hizo
fracasar el plan que él alentaba desde Jamaica.91
Si bien O’Donnell solamente tenía ligeros indicios de estas actividades no por eso dejaba de vigilar cuidadosamente todo lo referente a
Jamaica, con mayor interés aun que lo relativo a Haití y Santo Domingo
ya que, enfrascados ambos pueblos en una guerra torpe y sin objetivos
−el general J. M. Imbert, francés, al frente de los dominicanos derrotó
el 20 de marzo de 1844, en Santiago, al general haitiano Pierrot− no
ofrecían peligros inmediatos al régimen esclavista de Cuba. No obstante, las noticias acerca de la conspiración alentada por el ex-presidente
Charles Riviere Herard contra el gobierno de Guerrier, llegaron a
preocupar al Gobierno Colonial de Cuba solamente por el hecho de
organizarse en Jamaica, y estar conectada con aquellos emigrados de
Venezuela y Colombia a quienes suponía interesados en participar en
una invasión a Cuba.
La Secretaría Política del Gobierno, pasó –abril 8 de 1845– a
O’Donnell una nota informativa en que le dice:
El Cónsul de S. M. en Jamaica: participa que según noticias
que ha recibido de Haití, aquellas autoridades ejercen la más
estricta vigilancia sobre los anuncios que tiene de que el expresidente que fue de aquella República Mr. Riviere Herard
y emigrado en la misma, quiere desembarcar de nuevo y
promover la guerra civil entre sus habitantes, que las sospechas son fundadas, que se sabe desierto que el expresado Mr.
Riviere Herard ha comprado una goleta mercante nombrada Granadina perteneciente a la Nueva Granada, armándola
con 1 cañón de bronce y tres cajas de fusiles con otros varios
efectos de guerra para dirigirse al indicado punto de Haití
que le acompañan 30 hombres, la mayor parte colombianos
expulsados de su país.
Y en otra nota del 16 de abril sé le informa a O’Donnell:
El Gobernador de Cuba da conocimiento de las mismas noticias que respecto a Haití había ya comunicado el Cónsul de
Boletín del Archivo Nacional, año III, No. V y VI, 1940.
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S. M. en Jamaica, agregando que con tal motivo ha dispuesto
que un buque de guerra salga a cruzar por el Sur de dicha
República [...].92
Efectivamente, Riviere Herard partió de Kingston el 29 de marzo
pero tanto en Jacmel como en Jeremies donde pretendió desembarcar, lo obligaron a regresar al punto de partida. El 8 de abril intenta
una nueva aventura, pero los pescadores de la playa de Grand Gosier
se armaron rápidamente y le hicieron abandonar definitivamente la
empresa.
En mayo 15 se recibió en La Habana el parte del gobernador de
Santiago de Cuba avisando el regreso del buque de guerra enviado a
vigilar las costas haitianas, y según su comandante no se había alterado
el orden de aquella isla. Claro que dicho marino observó desde muy
lejos la situación, ya que todo contradecía su optimismo. En Santo
Domingo, el general Pedro Santana había ocupado violentamente el
poder, y el 27 de febrero de 1845 hizo fusilar a María Trinidad Sánchez,
hermana del líder de la Independencia. En Haití, el 16 de abril, el
Consejo de Estado eligió al general Jean-Louis Pierrot, Presidente de
la República, cargo vacante por el repentino fallecimiento de Guerrier
que la ocupaba. Uno de los primeros actos de Pierrot −10 de mayo de
1845− fue proclamar las hostilidades contra los que defendían la división de la isla. Y los dominicanos replicaron apoderándose de Hinche
y Las Caobas.
En agosto 31 de 1845, la Secretaría Política del Gobierno Colonial
de Cuba, elevaba a O’Donnell un resumen de las informaciones acerca de la crisis en el Caribe.
El Capitán General de Puerto Rico traslada lo que le han dicho
desde Curazao relativo a los encuentros de los haitianos con
los dominicanos. Sobre el particular son varias las opiniones.
Se dice que los haitianos abandonaron Las Caobas antes de
llegar los dominicanos; que estos especialmente los blancos
y mulatos están dispuestos a pronunciarse a favor de España
a quien tan públicamente llaman, que se ha notado entre
algunos mulatos que llevan en la camisa la bandera española
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con deseo de enarbolarla, que su gobierno solo lo es en el
nombre, pues no cuenta ni con medios ni simpatías. Se dice
también que en la parte francesa ha habido sangrientos encuentros entre negros y mulatos; que el presidente Pierrot se
retiraba al Guarico donde pensaba establecerse porque en el
Príncipe estaba mal mirado por el pueblo. Añade el General
de Puerto Rico que había dado cuenta a S. M. incluyéndole
los periódicos que había recibido con estas noticias y por lo
cual no podía incluirlos a V. E.93
O’Donnell que estaba de mal humor se limitó a ordenar se contestara simplemente al conde de Mirasol –l9 de septiembre– que se
daba por enterado. El disgusto de S.E. lo había producido el oficio
No. 262, del cónsul Juan del Castillo –Kingston 2 de junio de 1845– adjuntándole un ejemplar del periódico The Jamaica Guardián and Patriot
correspondiente al 15 de mayo de ese año, que insertaba en la página
6 un trabajo titulado Monument to Placido, The Cuban Poet, firmado por
Joseph Soul, pidiendo se elevara un monumento en Kingston a la memoria del poeta cubano asesinado por órdenes de O’Donnell a causa
de la conspiración de la Escalera, y como un homenaje de los amantes
de la libertad y el progreso de los pueblos a las víctimas del despotismo esclavista. Lo que recrudeció la antipatía del Capitán general y los
negreros de Cuba hacia los ingleses de Jamaica.
Para el conde de Mirasol, a quien asediaban los españolizantes de
Santo Domingo Abril y Paz Castillo, no había otro tema de mayor interés que la recuperación de la antigua colonia de la Española y trataba
por todos los medios a su alcance de arrastrar al Gobierno Colonial
en una aventura militar en tierras dominicanas. El informe que la
Secretaría Política presenta a O’Donnell en octubre 13 de 1845 trae la
novedad de una posible injerencia norteamericana en el complicado
problema haitiano-dominicano:
El Capitán General de Puerto Rico da conocimiento de las
últimas noticias que tiene de Santo Domingo hasta el 20 de
agosto. Se reducen a los choques que han tenido lugar entre
los partidos dominicanos y haitianos. Los norteamericanos
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parece que favorecen a los dominicanos con dinero y armamentos pa la tropa, sobre lo cual llama la atención de V.
E. el General de Puerto Rico. Los haitianos el 20 se habían
apoderado de Da jabón y pasado a cuchillo la guarnición
de 300 a 400 hombres. Parece que también se ha notado un
terremoto muy fuerte.94
Las insistencias del Capitán general de Puerto Rico convencieron
al gobierno de Madrid, después de asegurarse, a través del embajador
español en Londres, de que la Gran Bretaña no se opondría a que el
proyecto de incorporar Santo Domingo se realizara, si Francia también lo aceptaba, y autorizó a los gobernadores de Cuba y Puerto Rico
para que lo pusieran en marcha. O’Donnell autorizó, a su vez, al conde de Mirasol para movilizar algunos efectivos militares y la segunda
división de la escuadra española en el Caribe, estacionada en Puerto
Rico, reforzada con algunos buques enviados de Santiago de Cuba.
En el mes de febrero de 1846 salieron para Santo Domingo seis
buques de guerra españoles, entre ellos –dice el historiador dominicano José Gabriel García– la fragata Isabel 2da, una corbeta, dos bergantines, uno de ellos El Habanero, y dos goletas, de las cuales una era
La Churruca, al mando del coronel D. Pablo Llanes, comandante de la
segunda división de la estación marítima de las Antillas, con instrucciones para estudiar sobre el terreno lo que había de positivo referente a
la unidad de la opinión de los dominicanos en favor de su antiguo y legítimo gobierno, y con autorización suficiente, según versiones muy verosímiles, −asegura García− para apoyar a los que enarbolaran la bandera
española, a cuyo efecto se dice que fue embarcado –en Puerto Rico– el
batallón de Cataluña, y quedaron listos para marchar tres batallones
de milicias disciplinadas que debía mandar el coronel Correa Botenes,
administrador de la aduana de Mayagüez, así como también fondeado
en Añasco el navío Soberano en espera del resultado de la operación,
que habiendo podido realizarse sin dificultad, opinaba el comandante
del Apostadero, D. Cayetano Pilón, porque aumentara la importancia
que tenía ante la historia la fecha memorable del 27 de febrero.
Y no es dudoso que esa fuera la intención, −agrega el historiador
citado− porque los buques fondearon el día 24 en el Placer de los Estados,
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con grande agitación del vecindario de la ciudad de Santo Domingo,
que no sabía a qué atribuir tan inesperada visita, de mal augurio para
unos y para otros motivo de esperanzas; pero, sea que la repugnancia
con que se asegura que el coronel Llanes veía desde un principio el
atrevido proyecto, influyera en el aplazamiento de su realización, o que
la presencia de Puello en el gabinete, y el desacuerdo entre Santana
y Bobadilla les sirvieran de obstáculo, que de ambas hipótesis corren
versiones autorizadas por la tradición, es lo cierto que si había planes
todos fracasaron, y que después de la recepción oficial que acordó el
gobierno al marino español el día 25, hubo mucho empeño en dar por
pretexto ostensible a la arribada de los buques españoles el propósito
de reclamar a nombre de los gobernadores de las islas mencionadas
(Cuba y Puerto Rico) y del general en jefe de las fuerzas navales en
el Mar de las Antillas, el respeto de pabellón español, que suponían
amenazado con un decreto de bloqueo, como para hacer menos sospechosas las seguridades dadas, en el curso de las explicaciones qué
tuvieron lugar relativamente al supuesto decreto de bloqueo, de los
buenos deseos y de las simpatías que España abrigaba en favor de su
antigua colonia y la cordialidad y franqueza con que recíprocamente
se hicieron ambas partes manifestaciones de amistad y concordia; de
suerte que aunque no faltaron sus aprehensiones alarmantes, ni sus
propagandas peligrosas, unas y otras quedaron desvanecidas con el
discurso que, con motivo de la celebración del aniversario de la independencia, pronunció el presidente Santana el 28 de febrero, en el
cual manifestó que el lenguaje franco y cordial del coronel Llanes le
había convencido de que el gobierno de Su Majestad Católica, ajeno
de toda idea de dominación, vería con placer que se estrecharan amistosas relaciones entre España y la República Dominicana.95
Y los proyectos de Abril y Paz del Castillo, calorizados por el conde
de Mirasol, quedaron, por el momento, abandonados. Las relaciones
con Santo Domingo entraron en una nueva etapa. Así, por ejemplo,
el conde de Mirasol trasladó a O’Donnell −30 de julio de 1846− la
petición que Santana le había dirigido:
Vuestra acreditada indulgencia ha animado a este Gobierno
a exponeros que a consecuencia de una guerra en que ha
J. G. García, Compendio de la historia.
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sido preciso tener sobre las armas un numeroso Ejército se
abandonaron casi todos los cortos establecimientos de nuestra agricultura, reducida por la ocupación haitiana a casi
una total nulidad, y esa situación se ha agravado con la seca
sufrida en toda esta Isla durante un año, de modo que los víveres de primera necesidad son en extremo escasos. En cuya
virtud solicita de V. E. la autorización para que los buques
dominicanos puedan ir a cargar de víveres en los puertos de
esa Isla que V. E. tenga a bien designar.96
El capitán general O’Donnell accedió a esa petición. Y, en cumplimiento de sus instrucciones, el gobernador de Santiago de Cuba, en 27
de agosto de ese año, avisó a las autoridades subalternas de los puertos
designados que podían admitir barcos con bandera dominicana.
En marzo 23 de 1847, recibió O’Donnell el oficio del cónsul.
Castillo desde Kingston, avisando el fallecimiento del general Riche,
presidente de Haití.97 Y, en 6 de abril, otro oficio fecha 17 de marzo del
mismo funcionario le avisaba:
Por la llegada a esta de la goleta de guerra haitiana Invisible
hemos sabido la elección del general Soulouque para
Presidente de aquella República nombrado por decreto del
Senado expedido el l del actual.98
Alentados, quizás, por el aparente éxito que para su política significó la visita de la escuadra española y las declaraciones públicas
del coronel D. Pablo Llanes, el Secretario encargado de despacho
del Ministerio de Hacienda, Comercio y Relaciones Exteriores de la
República Dominicana, con fecha 27 de marzo de 1846, dirigió un
oficio al capitán general O’Donnell en el cual le decía:
Deseoso el Gobierno de la República Dominicana de afianzar
su independencia y entablar relaciones con todas las naciones cultas, y muy particularmente con su antigua Metrópoli,
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 852, No. 28,734.
Ibídem, No. 28,796.
98
Ibídem, No. 28,794.
96
97
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con quien le ligan los vínculos de origen, religión, idioma,
usos, costumbres y sentimientos, ha determinado enviar a los
S.S. Buenaventura Báez, José María Medrano y Juan Esteban
Aybar, los dos primeros, miembros del Consejo Conservador,
y el último Jefe superior político de esta Capital, cerca de
la Corte de Madrid, con amplios poderes para solicitar el
reconocimiento de la Independencia de esta República, y
hacer tratados de amistad, comercio y navegación ventajosos
a ambos países[...].99
Pasados varios meses del anterior escrito, recibió O’Donnell un
despacho del duque de Sotomayor −Madrid, 27 de octubre de 1847−
en el que se hacía la consulta sobre la delegación dominicana:
Hace más de un año que se encuentran en esta corte tres
comisionados de la República de Santo Domingo, encargados de negociar el reconocimiento de su independencia, o
de conseguir para la misma el protectorado del Gobierno
español. «Deseando la Reina nuestra señora, que en este
asunto se proceda con pleno conocimiento de lo que convenga a los intereses del Estado, se ha servido disponer
que a la mayor brevedad posible manifieste V. E. a esta
Secretaría las ventajas e inconvenientes que producirá a
esta Isla con respecto a su seguridad y prosperidad así el
reconocimos de la República Dominicana, como la aceptación del protectorado de la misma por el Gobierno español: las facilidades u obstáculos que este último proyecto
hallaría en los Estados Unidos o en cualquier otra nación:
los gastos que ocasionaría a la España y todo lo demás que
V. E. crea conducente para ilustrar el ánimo del Gobierno
en esta importante materia».�
O’Donnell rindió el informe pedido por el Ministro de Estado
–No. 365. La Habana, 8 de febrero de 1848– en los siguientes
términos:
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 852, No. 28,805.
99
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Una comunicación que recibí directamente, del Gobierno
de Santo Domingo y otras indicaciones que particularmente
se me han hecho me han dado a conocer el pensamiento que
tienen de negociar el reconocimiento de su independencia
o el protectorado del Gobierno español. Con estos antecedentes procuré inquirir en particular extremo cual era el
verdadero estado de aquel país para apreciar las ventajas e
inconvenientes que en cualquiera de ambos supuestos pudieran seguirse a la Nación Española. El resultado de los informes que reiteradamente he recibido de personas sensatas
es tan conforme y se halla tan justificado por los hechos que
no deja lugar a dudas. «Hoy la república de Santo Domingo
se halla exhausta de todo recursos, destrozada por divisiones intestinas y sin crédito aún entre los demás gobiernos
americanos: su porvenir si acaso más mísero que su situación
actual. No abriga en si germeneo de prosperidad ni riqueza
y sus relaciones comerciales ofrecen poca ventaja a los países con quienes las mantenga. De este bosquejo exacto se
desprende cuan poco útiles para la Nación Española serían
sus relaciones con la república de Santo Domingo: Y si es
este un hecho verídico considerada la cuestión en general,
examinándola bajo el punto de vista que se pretende, fácil
es deducir que será perjudicial y contraria a los intereses
nacionales». El Protectorado sin producir ninguna clase de
bienes causaría graves compromisos. No porque los gobiernos extranjeros especialmente el de Inglaterra nivel de los
Estados Unidos no conociesen que ninguna ventaja política
ni comercial nos proporcionaba, sino porque aparentándola
creer suscitarían desagradables cuestiones, para sacar en
cambio una utilidad que a la España está lejos de ofrecer
el Protectorado. Si ese bello título pudiese obtener sin el
empleo de otros medios que los de la influencia y solo hubieran de mediar el cambio de notas diplomáticas, trabajo
ocioso era en verdad; pero como el protectorado no puede
menos que comprarse sino a costa del envió de fuerza armada, de auxilios, de dinero, efectos y víveres, resultarían una
inmensidad de gastos sin presentar la más ligera retribución,
pues la esperanza de obtenerla algún día si es posible, debe
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desaparecer considerando que esa misma República dominicana que hoy solicita acogerse al protectorado de la España
porque se ve sin Gobierno y sin crédito y sin paz, la rechazaría en el momento de obtener y consolidar esos bienes» Por
esas consideraciones no vacilo en asegurar no solo que bajo
concepto alguno no son convenientes las relaciones de que
se trata, sino que es favorable a la seguridad de esta Isla habitada por una raza de color numerosa, mantenerla alejada de
frecuente roce con aquel país.100
Claramente se ve que en la redacción de este informe participaron
los intereses de los tratantes de esclavos y los hacendados criollos, que
temían siempre que la rebeldía de los esclavos, siguiendo los ejemplos
cercanos, acabara con su inicua explotación.
En marzo 29 de 1848, el general D. Federico Roncali, conde de
Alcoy, reemplazó a O’Donnell al frente del Gobierno Colonial de Cuba.
Coincidió el inicio de su mando con los movimientos revolucionarios
cubanos conocidos por la conspiración de la Mina de la Rosa Cubana,
lidereada por el general Narciso López, las actividades del Club de La
Habana con sede en la casa señorial de D. Miguel de Aldama, y la propaganda de los dueños de esclavos con amplio apoyo norteamericano
por la anexión de la isla de Cuba a los Estados Unidos.
La idea de la anexión −escribía José A. Saco sobre los orígenes del
movimiento anexionista en Cuba− fue laborando en silencio; pero en
1846 todavía no era más que un simple y vago deseo que nadie intentaba realizar. La injusta guerra que la Confederación Norteamericana
declaró a México en aquel año, y el triste desenlace que tuvo para esta
República, pues que perdió una porción considerable de su territorio,
transformaron de pronto la opinión de muchos cubanos. Los que anhelaban por la anexión creyeron, que así como los Estados Unidos habían
triunfado de Méjico, con la misma facilidad se apoderarían de nuestra
Antilla; y enarbolando públicamente su nueva bandera, apareció en
Cuba desde 1847 un partido numeroso, que pasando de las ideas a los
hechos, trató de ejecutar sus proyectos valiéndose de las armas.
Mientras estas cosas pasaban, −agrega Saco− estalló en febrero
de 1848 la revolución de Francia, y proclamada la República, los
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 852, No. 28,805.
100
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anexionistas de Cuba cobraron nuevo brío, juzgando que el movimiento decisivo había llegado ya. Otro partido mucho más formidable
que el primero alzó también la cabeza en los Estados Unidos, juntóse
con el cubano, y declarándose no ya protector, sino el ejecutor de la
anexión, se aprestó a invadir a Cuba para enseñorearse de ella.101
Fernando Ortiz, prólogo a la obra de José A. Saco, Contra la Anexión, La Habana,
1928.
101
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VI
Rebeldías populares y conjuras
reaccionarias internacionales
Mientras en América del Norte y en los países del Caribe se debatía, en la primera mitad del siglo xix, con mayor encono cada día
el problema gravísimo de la esclavitud y trata negrera, en los países
europeos –Inglaterra, Francia, Italia, Alemania– la burguesía industrial reclamaba reformas democráticas; las masas trabajadoras, cada
vez con mayor claridad revolucionaria, se rebelaban violentamente
contra las injusticias sociales y la explotación inhumana que sufrían.
Y Carlos Marx y Federico Engels, lanzaban a los proletarios de todo el
mundo –1848– el famoso documento conocido por cuantos padecen
hambre y sed de justicia, que marcó el camino a seguir en la lucha
por la liberación de todos los oprimidos. Mensaje anunciador de la
creación de una sociedad nueva.
Las naciones europeas en la década de los 40 del siglo xix, así
como los propios Estados Unidos de América, afrontaban tales problemas de orden interno, sus respectivas políticas domésticas estaban
tan preñadas de dificultades que, con excepción de la última –nuestra
inquietante y ambiciosa vecina del Norte– apenas si las demás estaban
en condiciones de fijar su ocupada atención en los complicados asuntos de este rincón del Caribe y, por lo tanto, es difícil encontrar en los
archivos algún dato –que no haya sido ya estudiado por nuestros más
destacados historiadores que apunten nuevas informaciones al esclarecimiento de la política internacional de las grandes potencias ante
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la crisis continua en este Mediterráneo americano y los movimientos
libertadores cubanos de la primera mitad del siglo pasado, y muy
especialmente, frente a las revoluciones populares europeas de ese
período. Sin embargo, tres documentos de nuestro Archivo Nacional,
nos dan una idea –sin que ella sea nueva de la situación oficial de
Cuba y su Gobierno Colonial ante la crisis revolucionaria europea y
las amenazas contra el dominio español en esta Isla que partían de los
Estados Unidos, datos que nos permiten tener una visión de conjunto
bastante clara de la enorme importancia que tuvieron los movimientos revolucionarios populares europeos y la voracidad expansionista
norteamericana en el desarrollo de la situación cubana en esa época,
así como en los conflictos provocados por las intervenciones en los
asuntos internos de las repúblicas haitiana y dominicana. El primero
de dichos documentos, fechado en La Habana, el 28 de marzo de
1848, es un oficio del Capitán general de la Isla de Cuba al Ministro
de Gobernación español, en el que da cuenta de haber recibido las
noticias de los sucesos de Francia, y hace observaciones sobre el sistema que debe adoptarse para mantener a la Isla alejada del contagio
revolucionario.1
En el segundo documento –9 de julio de 1848– dirigido al propio
Ministerio, se hacen diversas consideraciones respecto al estado de la
Isla y el espíritu de su población, con motivo de los acontecimientos
de Europa.2
Por último, el tercero es un despacho del Ministerio de Estado
español, fechado en Madrid noviembre 15 de 1848, enviado al Capitán
general de Cuba, que incluye un ejemplar de la Gaceta Oficial de ese
mismo día, en la que se desmiente el rumor de que se iba a vender la
Isla, y copia un despacho del Ministro de España en los Estados Unidos
sobre los planes fraguados allá contra el dominio español en la Isla,
con el proyecto de adquisición de la misma por los norteamericanos.
Hasta cierto punto, este oficio completaba el enviado por el propio
conducto diplomático –febrero 10 de 1846– sobre la proposición del
senador Levy, presentada a la Alta Cámara de la Unión Americana,
en la que recomendaba efectuar dicha compra, y la Real Orden de 26
de mayo de ese año comunicada por el Ministro de Estado al Capitán
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 43, No. 24.
Ibídem, No. 27.
1
2
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general, relativa a la impresión que pudo haber causado en Cuba las
noticias de esas gestiones.3
La situación de los Estados Unidos, del pueblo norteamericano,
era muy peculiar en la década del 40. En el Norte, según la acertada
definición del profesor Hacker, existía una economía en la cual
laboraban y producían al mismo tiempo artesanos de la ciudad,
obreros rurales que trabajaban en sus granjas, algunos trabajadores
a jornal parcialmente industrializados y obreros totalmente proletarizados, lo que materialmente producía una completa confusión
en el papel que como clase podían desempeñar los trabajadores
norteamericanos, acaso por ser característico de aquel período el
progreso constante más que la consolidación de una estructura
social determinada.
Sin embargo, en las primeras décadas del siglo xix comenzaron
a aparecer organizaciones de jornaleros en las grandes ciudades
norteamericanas. En 1836 la «Unión Nacional de Sindicatos» llegó
a disponer de más de 300,000 afiliados que luchaban por el aumento de salarios, la jornada de 10 horas y el derecho a la organización
sindical, recurriendo a veces a la huelga, pero la prolongada depresión de los primeros años de la década del 40 los redujo a la
impotencia.
Con la crisis provocada por la transformación de las manufacturas
hacía el 40 y el 50, se acentuó la miseria y el desempleo en las clases
trabajadoras. En 1845 solamente en Nueva York vivían alrededor de
80,000 personas de la caridad pública. Esa masa de desocupados e
indigentes llevadas por la desesperación, era utilizada por el Gobierno
norteamericano, tantas cuantas veces necesitaban agitar la opinión
pública del resto del país, en las cuestiones internacionales.
Pero las masas productoras del Norte estaban en flagrante contradicción con la economía esclavista del Sur. Aunque solamente una
reducida proporción de blancos del Sur poseían esclavos y se interesaban por la plantación –afirma Hacker– todos, fueran o no propietarios de aquellos, se hallaban asimismo engranados en la economía
esclavista, bien fuese como empleados, bien como profesionales, bien
como administradores, bien por estar relacionados en múltiples y
diversas formas con dicha economía. Estas gentes proporcionaban al
3 J. Becker, Historia de las Relaciones.
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Sur esclavista el control del Senado, y el de la política internacional de
los Estados Unidos.4
Las contradicciones agudizadas por la lucha entre los hacendados
y los agricultores por las tierras del Oeste, por el problema de tarifas
entre los industriales del Norte y los esclavistas agrarios del Sur, así
como por la incorporación de nuevos territorios, provocaron –si se
nos permite hacer esta observación un poco escueta en obsequio al
poco espacio de que podemos disponer– el ataque brutal contra la
integridad de la nación mexicana en 1846, la anexión de inmensos
territorios que aumentaron el poder de la oligarquía esclavista y el
inicio de una política anexionista sobre Cuba que coincidió con un
estado de madurez política de las clases burguesas cubanas, que comenzaban a reclamar con tesonera energía el derecho a disponer de
sus propios destinos. E igualmente guió a los expansionistas en sus
pasos a discutirle a las potencias coloniales europeas el predominio en
el Caribe y la América Central.
Durante las mandatos de los presidentes Polk –este denunció al
Capitán general de Cuba los intentos insurreccionales de 1848– y
Taylor, sucesivamente, aprovechándose de las dificultades revolucionarias que confrontaban las reaccionarias cancillerías europeas,
y la debilidad y corrupción administrativa de la podrida monarquía
española, los oligarcas sudistas hicieron cuanto les fue posible para
adquirir la Isla de Cuba e incorporarla a la Unión como un nuevo territorio esclavista. Claro está que en abierta oposición a los más sanos
elementos revolucionarios cubanos, pero apoyados indudablemente
en un importante sector anexionista de nuestro país. Fillmore, sucesor
de Taylor, se encontró, después de las expediciones armadas conducidas a Cuba por el general Narciso López, –las que hubo de condenar
en documentos oficiales– frente a las notas presentadas por Inglaterra
y Francia a Daniel Webster, Secretario de Estado, en las que proponían
la firma de un acuerdo tripartito, en el que las altas partes contratantes,
separada y colectivamente, renunciaban en lo presente y para lo futuro toda intención de obtener posesión de la Isla de Cuba, y se unían entre sí para impedir
cualquier intento en dicho sentido de parte de cualquier poder o individuo.5
Louis M. Hacker, Proceso y triunfo del capitalismo norteamericano, Buenos Aires,
1942.
5
J. Becker, Historia de las Relaciones.
4
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Si bien no llegó a cristalizar el convenio, no es menos cierto que su
redacción –en parte reflejaba determinadas orientaciones comunes a
la política imperialista de las tres grandes potencias– expresaba claramente la condenación total de los movimientos libertadores cubanos
de la época por las grandes potencias europeas y el gobierno de los
Estados Unidos de América.
La situación europea –Inglaterra, Francia, Alemania e Italia, especialmente– era en extremo confusa, hasta el punto que apenas si las
cancillerías, la zarista inclusive, podían prestar mucha atención en los
años que antecedieron y siguieron a 1848 a los asuntos de estas tierras
del Caribe.
◉◉◉◉◉
Nos dice Croce que si a las revoluciones liberales –nacionales y
democráticas– sociales de 1848 con la secuela natural de reacciones
brutales se les quiere señalar un principio cronológico, en un particular acontecimiento, el mejor quizás fuera la elección para Papa del
obispo Mastai Ferretti.
Para la generalidad de los mortales que leemos algo de historia, en
este fecha, 1848, había que destacar –siguiendo los lineamientos del
profesor Croce– en primer término el conjunto de revoluciones nacionales que
entonces estallaron en Italia, Alemania, Austria y Hungría: revoluciones que indudablemente recibieron fuerte impulso y nuevo aliento de la revolución de febrero
en París –que derribó la monarquía de los Orleans e instauró la República– pero
de los cuales el buscar en esta los orígenes hubiera sido inexacto cronológica e
idealmente. En efecto: ya en 12 de enero, Palermo se había sublevado
pidiendo autonomía para Sicilia y parlamento; el 29 del mismo mes
el rey de Nápoles había otorgado un Estatuto que, modelado sobre
el francés de 1830, y aprobado el 1 de febrero, abrió la secuela de los
estatutos liberales de aquel año [...]. Los conatos de insurrección habidos
en Calabria suministraron a toda Europa una insignia de libertad, el sombrero
calabrés, que medio siglo antes había sido símbolo de la reacción o bandidaje[…].
Pero antes de hablar de las causas que produjeron esos movimientos populares de la liberación nacional y de mejoramiento social en los casos
de Inglaterra, Francia y Alemania, así como de la crueldad reaccionaria
dirigida por el zar Nicolás de Rusia, debemos señalar la actitud asumida
por la Iglesia Católica en aquel momento histórico.
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Aunque en la revolución del 48 –dice el profesor Croce– apenas
existiese punto alguno de anticatolicismo y anticlericalismo,
aunque figurara con frecuencia el clero en las ceremonias
patrióticas, y la misma República romana, surgida sobre las
ruinas del poder temporal del Papa, se guardara muy bien
de herir las creencias religiosas, la Iglesia Católica tan pronto
como comenzó la reacción, se apresuró a colaborar con ella,
compartiendo el botín con los gobiernos absolutistas, y cobrando salarios y premios en pago de sus servicios. Pudo, en
efecto, verse en Viena como una asamblea de obispos calificaba de «impiedad» el liberalismo y calificaba de paganismo
el crecimiento de las nacionalidades, cuyo origen proclamaron, era el castigo de Dios, que diversificó las lenguas al pie
de la Torre de Babel. Los concordatos que entonces pactó
la Iglesia le daban o devolvían cuanto hubiese parecido una
locura esperar. Por el concordato austríaco del 55, del que
se dijo que era una Canossa impresa, el Estado, liquidando
toda la obra de José II, renunció al placet y a ingerirse en la
preparación del clero y en las penas que la Iglesia infligiese,
confió a los obispos la vigilancia de las escuelas públicas a
y privadas, excluyó de los institutos y de las escuelas a los
profesores no católicos, reconoció en las cuestiones matrimoniales la jurisdicción eclesiástica merced a los cánones y a
las deliberaciones del Concilio de Trento, se comprometió a
prohibir por todos los medios a su alcance los libros irreligiosos, dejó que libremente se estableciesen nuevas órdenes y
congregaciones y que dispusieran libremente de sus bienes,
con promesa de considerar como inviolable para lo presente
y lo futuro la propiedad eclesiástica, y obligación de remitirse en todos los casos concernientes a cosas o personas de la
Iglesia no tratados expresamente a la doctrina y disciplina
de la Santa Sede. De la misma naturaleza era el concordato del 51 con España, en la cual, además, se declara única
religión de España la religión católica. Los concordatos establecidos con Badén y con Württemberg, por su enormidad,
fueron rechazados por las respectivas Cámaras. En Prusia,
Federico Guillermo IV abandonó todos los derechos que
el Estado había mantenido sobre la Iglesia Católica, y dejó
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el camino libre a esta y a sus jesuitas. Al mismo tiempo, la
Iglesia procuró alejar toda sospecha de que pudiera transigir
con la civilización moderna; los jesuitas fundaron una revista
que se tituló Civilización Católica; al dogma de la Inmaculada
Concepción (que convirtiéndose en símbolo reaccionario
como reconocimiento a la ayuda prestada por la Virgen contra las recientes y ya vencidas revoluciones) habían de seguir,
en el 64, el Syllabus de los errores del siglo y entre estas,
como fundamental, el liberalismo, y luego, un concilio, que
decretó el dogma de la infalibilidad papal. Se celebraron sin
merma ni recato santificaciones de hombres que habían sido
inquisidores del Santo Oficio, y por ello particularmente
odiosos, por su significación histórica, al mundo civilizado.6
◉◉◉◉◉
En la vieja Inglaterra, en la primera mitad del siglo xix, el
movimiento cartista tuvo una extraordinaria importancia no solo
en lo que se refiere al propio país, sino también en la historia del
movimiento obrero internacional. Fue el primer movimiento independiente del proletariado como clase contra el régimen burgués
entero. Para Lenin, fue el primer movimiento amplio y genuino de las
masas, con formas políticas definidas, fue el primer movimiento de revolución proletaria.
La crisis periódica de 1847 incitó a las masas trabajadoras inglesas y
dio origen a la fase final del cartismo. Los manufactureros empezaron
a bajar los salarios. Estallaron huelgas tormentosas que fueron sofocadas por las tropas. Las noticias de la revolución popular en Francia
y Alemania, inyectaron nuevos bríos al movimiento cartista. Llegó a
pedirse la república y la revolución armada. Una convención, apoyada
por cinco millones de firmas adherentes, se reunió en Londres el 4 de
abril de 1848. La indecisión y vacilación de los directores la hicieron
fracasar. Los viejos líderes O’Connor y O’Brien no creían en los métodos revolucionarios y se plegaron a las exigencias del Gobierno inglés.
La anunciada manifestación del 1 de abril de 1848, fue suspendida, y
el fracaso ahogó toda insurgencia.
Benedetto Croce, Historia de Europa en el siglo xix, Madrid, 1933.
6
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Después de esa fecha, entró Inglaterra en un largo período de
prosperidad industrial recobrando su predominante papel en la
vida internacional. La industria inglesa se situó en primer lugar en
el mundo, en posición que no permitía la competencia de Francia
o de Alemania, países económicamente mucho más débiles. El capital inglés monopolizó el mercado mundial. En sus manos estaban
concentrados los mejores mercados, no solamente de Europa, sino
también de Asia y América. Ese monopolio permitió a la burguesía
inglesa con la ayuda del sindicalismo reformista pequeño burgués,
mejorar los salarios de los estratos superiores, expertos, de la clase
obrera, ahogar el movimiento revolucionario cartista en lo interior, y
desarrollar, internacionalmente, una política contraria a las revoluciones que, como las cubanas de ese período, tendían a buscar la propia
liberación nacional y el cese del trabajo esclavo con detrimento de los
monopolios e intereses del naciente imperialismo económico.
◉◉◉◉◉
Las malas cosechas de 1845 y 1846, la crisis industrial de 1847 que
se extendió a toda Europa, el Gobierno de los banqueros y su desvergonzada política de auto-enriquecimiento, apresuraron el advenimiento de la Revolución de febrero de 1848 en Francia.
La crisis de 1847 dio lugar a muchas bancarrotas. Fábricas y talleres tuvieron que cerrar. El costo elevado de los alimentos produjo
sangrientos motines. Al hambre y la desocupación del proletariado se
unió el empobrecimiento de los pequeños burgueses.
Bajo la presión del creciente descontento de las clases trabajadoras, la burguesía industrial y comercial se lanzó a pedir reformas; a
exigir la extensión de los derechos del sufragio. En la mañana del 24
de febrero de 1848 casi todo París estaba cubierto de barricadas. Los
obreros con el apoyo de la pequeña burguesía combatían con decisión
en tanto que la gran burguesía permanecía al margen. La revolución
de febrero fue democrática-burguesa por su contenido, pero su palanca más potente hubo de ser el proletariado.
La República fue proclamada. Un Gobierno Provisional fue
creado, pero con una política interior totalmente contraria a los intereses populares que lo habían llevado al poder. La política exterior
del Gobierno Provisional era también reaccionaria. En los primeros
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manifiestos aseguró a la República francesa, que estaba dispuesto
a ayudar al pueblo que luchaba por su liberación. Sin embargo, en
realidad, el Gobierno Provisional se esforzaba por formar una unión
con la Rusia Zarista, mediante la promesa a Nicolás I, de conservarse
neutrales en el intento de Rusia de sofocar el movimiento revolucionario de Polonia. A pesar de sus declaraciones oficiales, el Gobierno
Provisional hacía hincapié en todas las formas posibles, ante los embajadores extranjeros, en su sumisión a los mandatos del Congreso de
Viena, y en su firme decisión de no apoyar movimiento revolucionario
alguno en otros países. Presionado el Gobierno Provisional de Francia
por la resuelta demanda de Víctor Schoelcher, apoyado en los núcleos
más radicales del movimiento revolucionario popular, se vio obligado
a dictar el Decreto de la Abolición de la esclavitud en las colonias en
27 de abril de 1848.
Los esclavistas y negreros de Guadalupe, Martinica, Guayana –a
cuyas voces se unieron las de los propietarios de esclavos de Cuba y
Puerto Rico– protestaron en todos los tonos de esa medida justa y humana. Sostenían la idea de que la abolición del trabajo esclavo no solo
los arruinaba totalmente, sino que también iba a crear en los países
coloniales del Caribe un clima revolucionario que daría al traste con el
dominio europeo. Y, se aprestaron a luchar con todos los elementos de
que podían disponer para detener el avance de la revolución popular
en Francia.
Al recibir las primeras noticias de la revolución de febrero en
Francia, Nicolás I, se dice en el libro editado por V. P. Potemkin –dirigiéndose a los oficiales de guardia, exclamó– «¡A los caballos, señores!
Llegó la República a Francia». Pero en realidad no pensaba en una campaña, veía en la ruina de Luis Felipe una merecida retribución. Además,
la situación internacional era demasiado tirante para mezclarse en
una aventura de esa naturaleza. Las revoluciones de marzo en Viena,
Berlín, Munich, Dresde y en todos los estados de la Confederación
Germánica, la huida de Metternich, el completo hundimiento de
todo el sistema creado por el mefistofélico Canciller austríaco con la
Santa Alianza, el temor pánico de la revolución que dejó paralizados
a Federico Guillermo en Prusia y el Emperador Fernando en Austria,
la inmediata disposición de estos para la capitulación, todo esto embrolló seriamente las cartas de Nicolás. El zar estaba evidentemente
desconcertado.
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El 3 de abril de 1848, Nicolás escribió a la reina Victoria una carta
significativa en muchos extremos. Estaba desconcertado y deprimido:
le parecía ver a Europa en ruinas. Escribía a Victoria como a la representante de uno de los dos Estados aún no sacudidos por el desenfrenado huracán. Propuso a Inglaterra unirse con Rusia y salvar el orden
social.
No podía Nicolás, para suprimir los movimientos democráticos del
Mundo entero, descansar en sus propias fuerzas. Pero he aquí que
resplandeció para él un rayo de esperanza: la represión de Cavaignac
contra el proletariado de París en los terribles días de junio de 1848 dio
alas al Zar y lo colmó de esperanzas. Felicitó a Cavaignac y se dispuso a
intervenir en los asuntos europeos. La primera intervención fue tanto
diplomática como militar. Y tuvo lugar en 1849, contra la sublevación
húngara. La segunda intervención fue exclusivamente diplomática,
tendiente a liquidar la tentativa de unificación de Alemania.7
Alemania, dividida en una serie de pequeños estados –en 1848
existían 36 estados, cinco con la categoría de reinos con aduanas,
monedas, sistemas de pesas y medidas propias y relaciones internacionales autónomas– tenía como problema central de la revolución
democrática –burguesa la unidad nacional. En Alemania predominaba la agricultura pero cometida a los grandes terratenientes, dándose
casos como en Prusia, por ejemplo, donde existían en esa época las
prestaciones feudales de los campesinos. Así pues, el desarrollo del
capitalismo en la mitad del siglo xix reclamaba imperiosamente con
la creación de un gobierno central único, la libertad del comercio, la
instauración de un solo sistema aduanero y la unificación de la política
extranjera.
El triunfo popular de París en febrero de 1848 impulsó la acción
de las masas en Berlín, colocando de golpe a la burguesía prusiana al
frente del Estado. En centros industriales como, por ejemplo, Colonia,
los obreros levantaron sus propias reivindicaciones y comenzaron el
movimiento revolucionario en los primeros días de marzo. El 13 de
ese mes estalló y triunfó la sublevación de Viena, y ocurrieron los
primeros choques en Berlín. El 18 triunfaron en la capital de Prusia
las masas sublevadas. El rey Federico Guillermo IV se vio obligado a
retirar las tropas de las calles, prometer una Constitución y designar
V. P. Potemkin, Historia de la Diplomacia, Buenos Aires, 1943
7
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un gobierno liberal bajo la presidencia de dos ricos comerciantes del
Suroeste.
La revolución de marzo –escribe H. Duncker– elevó al poder en
Austria, Prusia y los demás estados alemanes, a la burguesía liberal,
dándole, por tanto, los elementos necesarios para destruir el aparato
del Estado, y abolir desde el Gobierno todo lo que quedaba en pie
del régimen semifeudal. En Alemania no hubo un solo estado en que
la burguesía se atreviese a atentar contra el poder monárquico. Fue
mantenido todo el aparato tradicional del poder público. En Berlín,
todavía se estaba luchando en las barricadas cuando la burguesía sellaba ya un pacto con los defensores del viejo régimen contra la clase
obrera. Ni un solo oficial, ni un solo funcionario, fue destituido, y
los nuevos gobernantes no se atrevieron a tocar a los vestigios del
feudalismo.8
Los campesinos de Prusia –afirma Federico Engels– se
aprovecharon de la revolución, lo mismo que los de Austria
–aunque con menos energía porque el feudalismo no los
oprimía tanto, en general– para emanciparse de todos los
vínculos feudales. Pero pronto la burguesía se volvió contra
ellos, contra sus aliados más antiguos e indispensables [...]. Y
así, a los tres meses de la emancipación, el feudalismo veíase
restaurado, a fuerza de encuentros sangrientos y ejecuciones
militares, con ayuda de la burguesía, todavía ayer antifeudal.9
En Austria, además de la abolición del régimen feudal, el problema consistía en obtener para una serie de pueblos –húngaros, italianos, yugoeslavos, polacos, checos– la autonomía o la independencia.
Después de la sublevación de marzo y de la expulsión de Metternich,
cabeza visible de la reacción europea, se produjo en Viena –25 de mayo
de 1848– un alzamiento victorioso que implantó el sufragio universal y
obligó al emperador y a la corte a huir de la capital. Pero la derrota de
junio de los obreros de París marcó el viraje en la historia revolucionaria europea. Y empieza el contra-ataque de la reacción feudal.
H. Duncker y otros, De la Revolución francesa a la comuna de París, La Habana,
1939.
9
Ibídem.
8
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Aprovechando el respiro que le daba el pacto con la burguesía
liberal, la monarquía austríaca comenzó a manejar en su favor los
antagonismos nacionales. Con la ayuda de los alemanes y los húngaros, consiguió sofocar el movimiento eslavista de Bohemia, utilizando
luego a los húngaros y a los eslavos contra los italianos.
En octubre 6 estalló en Austria un nuevo movimiento revolucionario. Por segunda vez huyó el emperador de la capital. Los elementos
democráticos de Viena –estudiantes, obreros y pequeños-burgueses–
se opusieron a que saliesen tropas a sofocar la revolución húngara. No
recibieron ayuda exterior, y el emperador, con su ejército compuesto
de tropas eslavas en su mayoría, venció, barrida por la artillería imperial, la heroica; resistencia de los sublevados. El 1 de noviembre se
rindió Viena al Emperador.
La derrota de la Viena revolucionaria trajo las mismas consecuencias
que la represión de la revolución de junio en París. En toda Alemania, y,
especialmente en Prusia, la reacción pasó al ataque. El 10 de noviembre
de 1848 entraron en Berlín las tropas prusianas. Sin que la burguesía
opusiese gran resistencia, fue disuelta la Asamblea Nacional de Prusia el
5 de diciembre quedando restaurado el antiguo régimen.
En la primavera de 1849 el movimiento revolucionario se reanimó.
En. Hungría –acaudillado por liberales pequeño-burgueses– tomó
tal fuerza, que hubo que acudir al auxilio de las tropas rusas para
sofocarlo.
La intervención del Zar en el sofocamiento de la sublevación húngara –escribe Potemkin– fue condicionada ante todo, por sus temores,
acerca de la tranquilidad de Polonia, en caso de que Hungría lograra
convertirse en un sólido Estado independiente. Además, la existencia
de un Estado gobernado por el revolucionario Kossuth, era también
una amenaza para la influencia de la Rusia zarista en la península
Balcánica. Por último, el triunfo de la reacción europea sería incompleto si triunfaba la Hungría revolucionaria. Nicolás decidió intervenir
solo a fines de la primavera de 1849, o sea, cuando los generales austríacos habían sufrido una serie de derrotas vergonzosas. Paskevich,
el virrey del reino Polaco, se encargó de la dirección suprema de esta
intervención. El Imperio austríaco, después del apaciguamiento de
Hungría, podía considerarse salvado.
Con certera visión del problema revolucionario europeo en todo
su conjunto, Marx y Engels, desde la Nueva Gaceta del Rhin, fundada
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por ellos a su regreso en Alemania, no analizaban la revolución alemana aislándola del movimiento de los demás países de Europa. No
era ella más que un eslabón en la cadena general de la revolución
europea. Había, pues, que ampliar su frente y utilizarla como ariete
contra la Europa semifeudal y principalmente contra Rusia, la última
gran reserva de la reacción de toda Europa.
El ministro inglés Clarendon, hablando posteriormente sobre estos años declaró, en una de sus intervenciones parlamentarias, que en
ese tiempo –1847 a 1850– según la opinión general, Rusia poseía, no
solo «una aplastante fuerza militar», sino también una diplomacia que
se distinguía por «su incomparable habilidad». El poderío de Nicolás
después de la campaña húngara, y después de Olmutz –ciudad donde
suscribió en 29 de noviembre de 1850, por la intervención de Nicolás
su humillante convenio con Austria– parecía indisputable. Cuando yo
era joven, era Napoleón quien gobernaba sobre el continente europeo. Ahora
su lugar lo ha ocupado el emperador ruso, quien, por lo menos en el curso de
algunos años, con otros propósitos y otros medios, dictará las leyes al continente.
Así escribía en 1851, el muy informado observador, barón Stockmar,
amigo del príncipe Alberto y de la reina Victoria.10
En 1848, España, la podrida monarquía española, estaba entregada
al desenfreno de todas las concupiscencias, a los más desvergonzados
manejos, a los más impuros negocios de la familia real y de las camarillas
de todas clases, bajo el degradante gobierno de los caudillos militares
del tipo innoble de Narváez –bárbaro y atrabiliario soldadote– o la dictadura civil de políticos degenerados como Bravo Murillo.
En España –escribía el general Narváez desde su corto exilio de
París en 1847– no se puede gobernar con blandura, sino a palos. Y
a Joaquín Francisco de Pacheco presidente del Consejo de Ministros
protegido del general Serrano –que era en esos días el amante oficial
de la descocada reina Isabel II– contestó la invitación que le hacía de
regresar a Madrid en los siguientes términos: «No iré a España si no
me da carta blanca, pues al estado en que han llegado las cosas no
hay otro medio que empuñar él garrote y pegar de firme; fusilar a
Serrano y no dejar un solo empleado en palacio, desterrando además
a Nápoles a María Cristina».11
V. P. Potemkin, Historia de la Diplomacia.
Vicente Blasco Ibáñez, Historia de la Revolución española, Madrid, 1892.
10
11
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En la retrasada y oprimida España parecía casi imposible que
pudiera tener ambiente propicio cualquier movimiento político
progresista. Álvaro Florez Estrada, teórico del colectivismo agrario
influenciado por los utopistas franceses, había condenado en 1838,
en un opúsculo titulado La Cuestión Social, la propiedad privada de la
tierra, panfleto que tenía para la vida española los caracteres de una
cruzada revolucionaria.
Lentamente fue ganando adeptos el socialismo utópico. En 1840,
la Sociedad de Tejedores de Barcelona, que agrupó bajo sus banderas
proletarias a los republicanos progresistas, obtuvo verdaderos progresos en Cataluña. El republicanismo y el socialismo, confundidos, organizaron agrupaciones y fundaron periódicos que, como La Fraternidad
–1847– propagaban las ideas y enseñanzas de los reformistas españoles
discípulos de Joaquín Abreu, Pedro Luis Huarte, Manuel Sagrario de
Veloy, Faustino Alonso.
Influenciados por las corrientes revolucionarias francesas, hombres
como el infatigable Fernando Garrido –encarcelado a menudo por sus
escritos– el honrado D. José María Orense, el ilustre D. Francisco Pi y
Margall, el entusiasta D. José Ordax Avecilla y el revolucionario Abdón
Terradas, formaron el núcleo dirigente del movimiento democrático
republicano español, que logró extender su propaganda hasta Portugal.
La propaganda republicana y socialista hizo que el pueblo portugués se mostrara dispuesto a derribar del trono a su reina doña María
de la Gloria, y a proclamar la República. El gobierno español, presidido por Pacheco, a petición del de Inglaterra, para impedir que el
pueblo lusitano proclamase su libertad dándose un régimen democrático, lo invadió atropellando bárbaramente su autonomía. En los
primeros días de junio de 1847 el general Manuel de la Concha, al
frente de diez batallones de cazadores, entró en Portugal. Los reaccionarios portugueses, imitando a sus correligionarios de todos los países,
no vacilaron en ponerse al lado de los españoles que invadían a su
patria, quedando reducida la campaña de Concha a un simple paseo
militar. La monarquía borbónica, entusiasmada por tan fácil triunfo, y
orgullosa de sentirse aliada de la poderosa Inglaterra, creyó que había
erradicado de toda Europa las amenazas revolucionarias.
La proclamación de la República francesa y la caída de Luis Felipe
de Orleans –24 de febrero de 1848– causó profunda impresión en
toda España. Orense, Ordax Avecilla, Segundo Flores y Terradas,
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dirigentes de la fracción democrática, se inclinaron a una revolución
decisiva que cambiara los destinos del pueblo español. El 26 de marzo
se dio en Madrid el grito de ¡Viva la República!, pero el movimiento
fue sofocado esa misma noche. El fracaso no desalentó a los revolucionarios, y el 7 de mayo el audaz e infatigable Buceta sacó sublevado a la
Plaza Mayor el regimiento de España, al mismo tiempo que el pueblo
republicano tiroteaba a la fuerza pública y levantaba barricadas en las
principales calles de Madrid. El 13 de septiembre estalló en Sevilla
otra revolución con el comandante Portal al frente, que se apoderó
de la ciudad, arrojando a los funcionarios monárquicos, pero, falta de
apoyo, como las de Madrid, hubo de fracasar también.
Narváez tomó represalias feroces. Fusiló sin contemplaciones de
ninguna clase a centenares de hombres, y todas las semanas enviaba
desterradas a Filipinas a docenas de personas sospechosas de simpatizar con los republicanos. El 18 de mayo, Narváez, después de una
tormentosa entrevista con el embajador de Inglaterra Bulwer –que le
reprochó su bárbara e innecesaria crueldad– le dio los pasaportes, haciéndole salir inmediatamente de España. Comentando esos sucesos,
y la relación que los mismos tenían con los problemas europeos y las
tentativas insurreccionales en Cuba, escribió Domingo del Monte a un
amigo de La Habana –París, 6 de octubre de 1848– lo siguiente:
En París estoy muy al corriente de lo que pasa en los Estados
Unidos y en La Habana, por los periódicos ingleses y americanos. Por ellos y por algunos pasajeros que recalan por acá
de dichos dos puntos, observo con placer que se han disipado
completamente los temores de revolución que amagaban a
Cuba, a consecuencia de los trastornos de Europa. Ya habrán
visto ustedes que ni España ha proclamado la República, ni
está bajo la influencia de Francia, ni su gobierno piensa,
ni ha pensado, ni pensará jamás en dar ley de abolición de
esclavitud en sus colonias. También habrán visto ustedes
que el disgusto diplomático de Inglaterra con el gabinete
de Madrid no ha producido efecto ninguno de hostilidad
temible contra la península ni sus colonias.12
Domingo del Monte, Escritos, Introducción y notas de José A. Fernández de
Castro, La Habana, 1929,
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Es evidente que, a pesar de las hipócritas notas confidenciales de
sus diplomáticos recomendando moderación a Narváez, Inglaterra
estimulaba las salvajes represalias de la reacción española, e inclusive
dio facilidades al carlismo para levantar con Cabrera nuevas partidas,
que amenazaran a los isabelinos más liberales con un régimen aún
más brutal y tiránico, si no se plegaban a las directivas internacionales de la política inglesa. Estimulado por Francia e Inglaterra y para
asegurar el apoyo interior del clero, Narváez envió a Italia, en 1849,
una expedición militar al mando de los generales Córdoba y Zabala
en auxilio del Papa. El Papa Pío IX, a quien la revolución había
obligado a huir a Gaeta, solicitó la intervención de las potencias de
Europa para aplastar la República Romana fundada por Garibaldi y
Mazzini, y ayudar al Imperio Austríaco a recuperar sus dominios en
Italia.
La política exterior del gobierno español en beneficio del fanatismo, la tiranía y la trata negrera –la reina madre doña María Cristina
era quien más utilidades obtenía de la venta de esclavos– contó desde
ese momento con el apoyo y simpatía de Nicolás, y la ayuda –especialmente para mantener el despotismo colonial sobre Cuba y Puerto
Rico– de los reaccionarios políticos europeos y norteamericanos.
Aunque un absurdo error diplomático de Nicolás, cometido en
la nota de 25 de agosto de 1849 presentada al Gobierno de Turquía,
agudizó las relaciones anglo-rusas, sin embargo, este grave incidente
internacional no impidió el acuerdo entre las grandes potencias para
contener el expansionismo norteamericano, y, lógicamente, impedir
el crecimiento de los movimientos revolucionarios cubanos, y su posible repercusión de los países coloniales del Caribe, e instaurar en el
mundo la más desenfrenada reacción.
La reacción europea capitaneada por Nicolás I, y con el apoyo
franco de la política inglesa, aseguraba a España la posesión de la isla
de Cuba, hacía detener la marcha expansionista norteamericana sobre el Caribe y estorbaba firmemente los trabajos revolucionarios de
los cubanos progresistas.
Así el Ministro de Estado español en oficio de 15 de junio de 1850
dirigido al Capitán general de Cuba, le traslada copia de un despacho
del Ministro de S. M. en Washington, relatando la favorable entrevista
que, para los intereses coloniales de España en el Caribe, había tenido
con el representante diplomático de los Estados Unidos en Madrid.
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En la Capitanía general de La Habana se recibieron también copias,
enviadas con fecha 21 de junio de ese mismo año, de las comunicaciones del Ministro de S. M. en Londres –10 de junio– y del Embajador
de Francia en Madrid –20 de junio– participando al gobierno español
las simpatías de los de Francia e Inglaterra, y sus disposiciones de contribuir por su parte a sostener el dominio de España en Cuba.
Sintiéndose fuertemente apoyado, el Ministro de Estado español,
en 23 de junio de 1850, informó a La Habana la circular dirigida a
los representantes de S. M. en las cortes de Europa con motivo del
atentado de piratas contra la isla de Cuba –se refería al desembarco y
captura de la ciudad de Cárdenas por el general Narciso López– para
estimular a los gobiernos a favor de los derechos de España, y contra la
repetición de esos actos que ofenden a los países que tienen colonias.
Completaba el informe con la copia de las instrucciones dadas al ministro en Washington para reclamar del gobierno norteamericano la
persecución de los agentes revolucionarios cubanos y el castigo de los
expedicionarios de Cárdenas.
Al siguiente año, en 25 de febrero, se envió al Capitán general de
Cuba por el Ministerio de Estado copia de un despacho del Ministro
de España en Londres relativo al proyectado viaje del Ministro de S. M.
británica en Washington Sir Henry Bulwer, a La Habana, refiriéndose,
al mismo tiempo, a la proposición hecha por el gobierno de España
para la negociación de un tratado con Francia e Inglaterra destinado
a garantizarse recíprocamente la posesión de sus colonias.13
Estos documentos, cuyos originales se encuentran en nuestro
Archivo Nacional, confirman todo cuanto antes hemos dicho sobre
la actitud reaccionaria de las grandes potencias europeas –Rusia,
Inglaterra, Francia, Prusia y Austria– y de los propios Estados Unidos,
frente a todos los movimientos democráticos populares del período
histórico que estudiamos y particularmente, pese a las contradicciones
económicas y políticas evidentes que las hacían enfrentarse en el campo internacional, en contra de la posible independencia y liberación
de la Isla de Cuba. La revolución cubana perdió el impulso inicial. A
su fracaso contribuyeron no solo la oposición de los poderes reaccionarios europeos y el de los Estados Unidos, sino el mejoramiento de
la situación económica de la isla que hizo temer a la burguesía criolla
J. Becker, Historia de las Relaciones.
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por sus intereses ligados profundamente al régimen esclavista. Además
las revoluciones democráticas europeas habían sido aplastadas. Así lo
vio oportunamente Betancourt Cisneros al escribir a Saco, en 14 de
agosto de 1859:
Verdad que los momentos de faz octaviaría de España y el
retroceso de la revolución en Europa no son los más adecuados y oportunos para ningún movimiento en Cuba, Pero
nadie pudo prever semejante paz ni semejante reacción.
Seguramente los que tomaron o intentaron un movimiento en Cuba, calcularon con las revueltas de España y de
Europa.14
Como resumen y conclusiones de los problemas internacionales
y revolucionarios de esta época, especialmente destacada en la historia moderna por la aparición del Manifiesto Comunista y la Revolución
de 1848, nada tan ejemplar como el debate sostenido entre Donoso
Cortés, el conocido reaccionario español, y Alejandro Hertzen, el genial progresista ruso, certeramente comentado por S. Kara Murza.
El 30 de enero de 1850, desde su escaño de diputado a Cortes, pronunció en Madrid, Donoso Cortés, un gran discurso programático –en
que ya esbozaba la tesis publicada más tarde en un libro alentando a sus
lectores a marchar hacia atrás en el camino de la civilización– donde
hacía el análisis de la situación internacional después de la revolución
de 1848. Afirmó Cortés en su intervención que los pueblos, los reyes,
la gente, los partidos, llevaban impreso el sello de la descomposición y
del desmoronamiento. En el futuro solo veía tinieblas y ruinas, presagiando la caída total de la civilización europea.
Suponía el reaccionario orador español que el socialismo exterminaría el sentimiento patriótico de los pueblos y que la revolución
acabaría con los ejércitos. Y todo ello se producía –según él– porque
la gente ya no se ocupaba de las cuestiones religiosas, sino de las
sociales-económicas.
Cifraba Cortés todas sus esperanzas en el gobierno reaccionario de
Rusia, en el zar Nicolás I, al cual consideraba como un gran monarca,
como el único gran hombre de Estado en la destrozada Europa capaz
J. A. Fernández de Castro, Medio siglo de historia.
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de contener el movimiento democrático popular que amenazaba liquidar sangrientos regímenes y oprobiosas tiranías. Alejandro Hertzen,
era colaborador de la revista de París Voz del Pueblo. En las páginas
de esta revista –15 de marzo de 1850– publicó su notable respuesta a
Cortés, que se hizo famosa en toda la Europa liberal y progresista.
El revolucionario y escritor ruso, en su enérgica respuesta al político español, afirmaba que era un crimen exhortar a la humanidad a retroceder, a marchar hacia atrás. El miedo al futuro obligaba a Donoso
Cortés a cerrar los ojos ante los nuevos caminos de vida que surgen.
En vano sería dar la espalda a lo inevitable, y hacer que la gente vuelva
a un pasado inadmisible. La historia condena la restauración de lo ya
caducado.
Aprovechándose de la oportunidad que le brindaba la crisis europea, los Estados Unidos no se conformaron con imponer a México
el Tratado de Guadalupe Hidalgo, sino que orientaron su expansión
hacia Centro América y el Caribe. En junio de 1848, por un tratado
concluido con Colombia, el gobierno de Washington se había asegurado el derecho exclusivo de tránsito, por ferrocarril o por canal, a
través del istmo de Panamá, al mismo tiempo que prometía asegurar
la protección del istmo contra todo ataque exterior. Igualmente intentaron los norteamericanos obtener parecidos derechos en Nicaragua,
pero la resistencia de Inglaterra les obligó, en abril de 1850, a aceptar
el que ambas potencias se obligaban a que ni una ni la otra obtendrían
un control exclusivo sobre el futuro canal interoceánico.
Sin duda que los objetivos de expansión económica los fijaron en
ese período los norteamericanos en Cuba, y además, en Haití y Santo
Domingo. Lo que dio lugar a una teoría infinita de gravísimos problemas con España y, también, con Inglaterra y Francia que le disputaban
la hegemonía del Caribe que, desde 1843, veían con inquietud las
maniobras de la diplomacia americana no solo en estas tierras mulatas
sino también sus peligrosos manejos en China, Japón y Hawai. Pero,
muy pronto, unas y otras potencias coloniales llegarían a fórmulas de
repartirse las zonas de influencia en el Mundo, esclavizando a pueblos
enteros, aplastando implacablemente todo anhelo de liberación.
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VII
La sombra de un nuevo
imperio sobre el Caribe
La República de los Estados Unidos de América, en el período
histórico que todas las naciones europeas sentíanse sacudidas por las
tormentas revolucionarias del 48, daba señales evidentes de la vocación
imperial, expansionista, de las clases controladoras de la economía nacional y directoras de su política internacional. En junio de 1848, por
un tratado firmado con Colombia, el gobierno de Washington se había
asegurado el derecho exclusivo de tránsito a través del istmo de Panamá.
Hubieran deseado también los Estados Unidos obtener iguales
derechos en Nicaragua, pero se encontró con la oposición de la Gran
Bretaña, y se vieron obligados a aceptar un compromiso. Por el tratado de Clayton-Bulwer, abril de 1850, el viejo imperio europeo y el
naciente imperio americano, convinieron en que ninguno de los dos
trataría de obtener el control exclusivo sobre el futuro canal interoceánico, o ejercer cualquier clase de dominación sobre la América Central.
Realmente el problema del canal había sido aplazado.
Resueltos los conflictos fronterizos con Canadá y realizado el incalificable despojo de la mitad del territorio de México, y toda la costa
del oeste era ya territorio norteamericano, los Estados Unidos, que, en
1844, habían celebrado un tratado con China que abría cinco puertos a su comercio, parecieron fijar sus objetivos expansionistas en el
Pacífico, y llegaron hasta garantizar la independencia de Hawai frente
a los interesados manejos de la diplomacia británica.
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Esa actividad pronto fue superada por las perspectivas abiertas desde 1842 de arrancarle a España sus últimas colonias del Caribe y, también, controlar económicamente las repúblicas negra y mulata –como
ellos llamaban a Haití y República Dominicana– pero que la necesaria
prudencia ante la oposición de sus rivales europeos les obligó a convertir en una rivalidad comercial por el momento.
Las teorías en que basaban su política de expansión imperialista
formuladas inicialmente, en lo que a Cuba respecta, por Thomas
Jefferson en 1805, encuentran, alrededor de 1885 a 1890, sus intérpretes más caracterizados. Josiah Strong, en un libro ampliamente divulgado desarrolló un tema análogo al Manifest Destiny del historiador
John Fiske. Pero precisaba como objetivos posibles: dominar México,
el resto de los países de la América Española y, después, extenderse
hasta el África. Y, el profesor de la Universidad de Columbia, John W.
Burgess, proclamó el derecho de los anglosajones a dominar el mundo, ya que tienen la misión de dirigir la civilización política en el mundo
moderno y del aportar esta civilización a las razas bárbaras, y el deber de tener
una política colonial.
Esa política estuvo orientada, hasta la sexta década del siglo xix,
por los intereses esclavistas del Sur de los Estados Unidos. Carlos
Marx, en un artículo publicado en Die Presse, Viena, octubre de 1861,
analiza la política de la esclavocracia norteamericana y su tendencia
expansionista hacia México y el Caribe con este certero juicio:
El interés de los esclavistas sirvió de estrella polar a la política de los Estados Unidos, tanto en lo exterior como en lo
interno. Buchanan, en realidad, había comprado el puesto
de presidente mediante la publicación del Manifiesto de
Ostende, con el cual la adquisición de Cuba, sea mediante
el hurto o la fuerza de las armas, se proclamó como la gran
tarea de la política nacional. Bajo su gobierno, el norte de
México fue ya dividido entre los especuladores de tierra estadounidense, que esperaban con impaciencia la señal para
caer sobre Chihuahua, Coahuila y Sonora. Las revoltosas y
piráticas expediciones de los filibusteros contra los Estados
de la América Central, estaban dirigidos nada menos que
desde la Casa Blanca de Washington. En la más íntima relación con esta política exterior, cuyo propósito manifiesto
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323
era la conquista de nuevo territorio para la extensión de la
esclavitud y el dominio de los propietarios de esclavos, figuraba la reapertura del tráfico negrero. El propio St (ephen)
A. Douglas declaró en 1859: «Durante el último año, se han
escriturado más negros del África que en los años anteriores, aun en la época en que el tráfico era todavía legal. El
número de esclavos importados el año pasado ha llegado a
quince mil».1
Y ese cuadro esclavista, que, rebasada la Guerra de Secesión, lleva
a los epígonos del expansionismo colonial Fiske, Strong y Burgess a
proclamar las virtudes morales del Destino Manifiesto, envuelve en sus
contornos sombríos la dramática existencia de los pueblos sometidos
del Caribe, y moldearon al fin, a gusto de los gerentes del nuevo imperio, las relaciones de Cuba, Jamaica, Haití y Santo Domingo hasta
donde alcanza este trabajo, o sea hasta los gobiernos de los generales
Valentín Cañedo y Juan de la Pezuela, años 1853-1854.
◉◉◉◉◉
La joven república norteamericana, apenas iniciaba sus primeros
pasos como el primer estado soberano del Nuevo Mundo, comenzó
sus conflictos internacionales con España en el Pacífico, en el Golfo
de México, en Luisiana y en el Caribe antes de finalizar el siglo xviii.
Los españoles habían enviado en 1789 un destacamento para detener a los rusos y americanos en Nootka Sound, sobre la lejana costa
del Pacífico, que se apoderó de algunos barcos ingleses llegados para
establecer allí una factoría comercial. La querella duró más de un año
y el rey Carlos IV se vio obligado a indemnizar a los armadores y conceder a Inglaterra el derecho de colonizar al norte de Nootka. En el momento del apresamiento estaba allí el barco americano Columbia, cuyo
comandante, capitán Gray, de Bostón, bautizó el río con el nombre de
su barco y proclamó la soberanía de los Estados Unidos sobre aquel
territorio que, aún cuando disputado por Inglaterra, pertenecía a la
corona de España. Así, la joven y ambiciosa república norteamericana,
aún bastante débil, entraba en conflicto en el lejano Pacífico con la
C. Marx y F. Engels, La guerra civil en los Estados Unidos, Buenos Aires, 1946.
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decadente España y la poderosa Albión. Esta y Norteamérica tenían,
por el momento, las manos libres ya que los comerciantes rusos del
norte todavía no estaban organizados y España se replegaba, en 1794,
hacia el interior de los límites de la actual California.
Otro aspecto de la rivalidad con España se produjo con motivo
de los derechos que exigían los fronterizos norteamericanos a utilizar el río Mississippi para llevar sus mercancías a las islas del Caribe.
Conflicto cuya solución se produjo al ceder España la Luisiana a
Napoleón y transferirla este, en 1803, a los Estados Unidos. Que más
tarde se transformó en una teoría infinita de querellas fronterizas con
el Virreinato de México y el Gobierno Colonial de Cuba que tenía a su
cargo la administración de las dos Floridas.
La batalla por el dominio del Caribe era fundamental para el expansionismo norteamericano. Y dio origen a la rivalidad con las potencias europeas que poseían colonias en el Mediterráneo de América:
España, Inglaterra, Francia y, en escala menor, Holanda y Dinamarca.
Desde muchos años antes de la guerra de independencia, las
Antillas ocuparon un lugar preferente en el comercio de las trece colonias inglesa en la América del Norte.
El comercio con las Antillas productoras de azúcar, lo mismo que
el de esclavos y la fabricación de ron, –señala con acierto el profesor
de la Universidad de Columbia, Louis M. Hacker– llegó a ser, por consiguiente, la piedra angular de la economía de aquellas colonias. Sus
buques cargaban todos los artículos necesarios para los plantadores
antillanos (animales de trabajo para los molinos, madera para construcciones, azadas, picos, flejes, harinas, alimentos salados y pescado
barato para los esclavos) y hacían viajes regulares desde Salem, Bostón,
Bristol, Newport, Nueva York y Filadelfia, a las Barbados, Barlovento
y Jamaica, y, posteriormente, a las islas y establecimientos españoles,
holandeses, franceses y daneses del Caribe. En estos recibían metales preciosos, utilizados para el pago de los saldos con la Metrópoli;
índigo, algodón, jengibre, pimienta y maderas tintóreas, que transbordaban para Inglaterra, y sobre todo melazas y azúcar destinado a las
refinerías de Massachussetts y Rhode Island, cuyo ron servía a su vez
–como ya se ha dicho– para adquirir marfil, goma, cera de abejas y los
negros esclavos de que las islas del azúcar habían menester.2
L. M. Hacker, Proceso y triunfo.
2
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Las otras actividades altamente productivas para los comerciantes y
armadores de buques de Norteamérica Colonial, eran la piratería y el
contrabando, practicados sistemáticamente y en gran escala en todo el
Caribe. Desde 1740 a 1762, dos décadas que Inglaterra pasó envuelta
en guerras con Francia y España, el comercio ilícito norteamericano
con las islas del Caribe se transformó en el más sólido cimiento económico de las trece colonias. Y, con la paz, surgieron las quejas de los
comerciantes e industriales ingleses perjudicados en sus intereses. Y las
contradicciones económicas a causa del comercio antillano provocaron las represiones que comenzaron en 1760 con la estricta aplicación
de las leyes de Tráfico y Navegación, que, al fin, con otras por el estilo,
dieron lugar a la famosa Partida de Te de Bostón, de 19 de diciembre de
1773, y al nacimiento de la Revolución americana.
Realizada la independencia con la ayuda de Francia, España,
Holanda, Cuba, México y Haití, la nueva república de los Estados
Unidos de América encontró en su camino dificultades tanto internas
como externas que amenazaron destruirla en sus etapas iniciales.
El aplastamiento de los pueblos aborígenes para arrebatarles sus
ricas y fértiles tierras, algunas, como las que flanquean el valle de
Mississippi poseedoras de enormes depósitos de riqueza mineral, los
llevaron a cabo los sucesivos gobiernos norteamericanos de Washington
a Jefferson, y de este hasta MacKinley que a fines del siglo xix acabó
con los restos de la nación Chippewa, con sistemática crueldad.
En el orden interno igualmente la lucha de las fuerzas reaccionarias dirigidas por Hamilton, Madison, Randolph, Knox, ocupó gran
parte de las actividades del gobierno de la joven república en los
primeros tiempos. Singularmente frente al Populist Movement, dirigido
por Daniel Shays, que desembocó en una insurrección armada –Shay’s
Revellion– y que el general Knox –1786– acabó con ella, y, más tarde,
la Rebelión del Whiskey, en 1794, constituyó una seria amenaza para
los intereses de los acaparadores, agiotistas y grandes propietarios y
comerciantes que tenían en sus manos las riendas del poder.
Las relaciones con los países del Caribe estuvieron sometidas a
cambios constantes. Durante la guerra, el comercio de los Estados
Unidos se amplió considerablemente con las colonias del Caribe,
tanto holandesas como francesas y españolas. De estas, en la isla de
Cuba, a pesar de las restricciones del sistema mercantil hispano, se
multiplicaron las relaciones comerciales en tan gran escala que el
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intendente de Hacienda hubo de protestar. En un extenso informe
de este funcionario a Floridablanca –No. 1218, La Habana, 17 de octubre de 1783– da cuenta al gobierno de Madrid del desorden con
que los extranjeros –norteamericanos casi todos– entran en el puerto
habanero con pretexto de arribadas forzosas para hacer el comercio
prohibido, llenando la isla de Cuba de géneros. Y, en 27 de noviembre de ese año, en oficio reservado No. 131 el intendente reitera la
queja anterior, y da cuenta que continúa el comercio habanero con
los norteamericanos con aprobación del gobernador, y expone los
perjuicios que causa al comercio con España y con México. Situación
anormal que se resolvió por la Real Orden de 25 de julio de 1793,
concediendo permiso para que algunas embarcaciones de los Estados
Unidos utilizaran el puerto de La Habana para descargar frutos.3 Y, en
un momento dado, comenzó a estabilizarse esa situación, mejorada,
al parecer, por la aprobación de algunos convenios internacionales de
los Estados Unidos con la Gran Bretaña y España a fines del siglo xviii.
El tratado que John Jay, como enviado especial de los Estados Unidos
firmó en Londres con Lord Greenville –19 de noviembre de 1794– fue
una victoria de la diplomacia inglesa; cuando sus cláusulas se dieron a
conocer estalló una ola de protestas violentas. Washington y Jay tuvieron
que sufrir los más fuertes ataques; Jay fue quemado en efigie, y uno de
los artículos fue borrado por el Senado norteamericano. A tal extremo
que, al remitir José Ruiz de Santayana –interino al frente de la legación
española en Filadelfia por enfermedad de Jaúdenes al Duque de la
Alcudia, Ministro de Estado, en oficios de 29 de julio y 5 de septiembre
de 1795, copia del tratado, señala la llegada del presidente Washington
para ratificarlo así como los ataques de que ha sido blanco en varias
publicaciones; y en el oficio No. 315 de D. José de Jaúdenes –Filadelfia,
6 de noviembre de 1795– hace notar la decadencia en el concepto público que había sufrido el presidente Washington, las insolencias contra
él que aparecen en los periódicos y el temor de que ocurran grandes
novedades en el país. Impresionado por esos informes, Godoy, el famoso favorito, decretó en 14 de enero de 1796 al pie de este oficio:
Enterado y prevéngase al Virrey de México para que se halle
con estas noticias y precava la inundación que podrá haber
Archivo Nacional, Tribunal de Cuentas, libro VII, p. 397.
3
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de gentes fugitivas si llega este caso; procurando acoger al
que busque sencillamente la protección del Rey y dígase lo
mismo a Carondelet.4
Una de las cláusulas del tratado se refería al comercio con las Indias
Occidentales, es decir, las islas del Caribe bajo la dominación inglesa.
Se permitiría el comercio de los Estados Unidos con las Antillas británicas, y se colocaba el que se efectuara entre las Islas Británicas europeas
y Norteamérica sobre una base de libertad recíproca y perfecta; a los
barcos norteamericanos de no más de 70 toneladas se les permitía cargar en las Antillas; esta concesión establecía que aquellos no llevarían
sus cargas a Europa, y prohibía la exportación a los Estados Unidos de
los productos antillanos. A pesar del descontento general, –señalan los
profesores Hockett y Meier Schlessinger– el tratado benefició al país
en muchas cosas. Inglaterra suavizó en parte la aplicación del código
marítimo que en principio se negara a cambiar. Esto se debía quizás
a que el comercio estaba sobrepasando su tonelaje. Los privilegios
comerciales dados a los norteamericanos en el rechazado artículo del
tratado fueron, en realidad, garantizados por decretos del Ejecutivo y
los productos de las islas francesas, españolas y holandesas que eran
llevados a los Estados Unidos podían ser reexportados. En 1796 los
navíos norteamericanos llevaron a Europa 35.000,000 libras de azúcar
y 62.000,000 de libras de café.5
El convenio con Inglaterra influyó en alcanzar otro con España. El
tratado de Amistad, Límites, Comercio y Navegación entre los Estados
Unidos y España se firmó en San Lorenzo el 25 de octubre de 1796 por
D. Manuel Godoy, Príncipe de la Paz, y Mr. Thomas Pinckney. En su
texto se reconoció el paralelo 31 como límite meridional de los Estados
Unidos; se les concedió el derecho de depósito en Nueva Orleans, así
como el de navegar en la sección española del río Mississippi; en 1798
los españoles evacuaron los puestos fronterizos que habían estado en
litigio hasta la firma del tratado.
No obstante las bellas promesas del citado convenio, continuaron
cada día en escala mayor los conflictos hispano-americanos. Por Real
Archivo Histórico Nacional, legajo 3,896, No. 315.
H. Carey Hockett y A. Meier Schlessinger, Evolución política y social de los Estados
Unidos, Buenos Aires, 1954.
4
5
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Orden de 21 de enero de 1796 se había cancelado la concesión otorgada a los norteamericanos de introducir harinas y víveres por el puerto
de La Habana. Pero el capitán general y gobernador de la isla de Cuba,
D. Luis de las Casas, asesorado por el intendente de Hacienda, D. José
Pablo Valiente, acudió al clásico procedimiento de las autoridades hispano coloniales de se acata, pero no se cumple y continuó permitiendo el
comercio cada vez mayor entre Cuba y los Estados Unidos.6
La desconfianza hacia la joven república contribuía a agudizar la
crisis de las relaciones con España, empeorada por la situación internacional complicada e incomprensible, para los gobernados de un
imperio cuyo poder comenzaba a declinar. De lo cual era un ejemplo
la copia de una carta del embajador español en París, fecha 12 de
julio de 1798, que por Real Orden se trasladó al Capitán general de
Cuba, sobre el proyecto de los Estados Unidos de ocupar la Luisiana
y las Floridas, alentados por los ingleses que contaban apoderarse del
comercio de las islas españolas del Caribe y de Nueva España.
◉◉◉◉◉
La Revolución francesa tuvo en el pueblo de los Estados Unidos
una extraordinaria influencia. Y ese proceso revolucionario, así como
el cambio de la correlación de fuerzas internacionales provocado por
las guerras europeas a que dio lugar el guerrerismo napoleónico, contribuyeron extraordinariamente al rápido desarrollo del comercio la
industria y la agricultura de los Estados Unidos y le permitieron llevar
a cabo su política de expansión territorial sobre el Golfo de México y
el Caribe, en un espacio de tiempo relativamente corto.
Desde que se inició la lucha del pueblo francés contra el feudalismo,
las clases populares norteamericanas y los antifederalistas que tenían
a Jefferson por líder, hicieron suya la causa revolucionaria. Alejandro
Hamilton y los federalistas, es decir las clases más reaccionarias de
la joven república, adoptaron desde el primer momento una postura
francamente contrarrevolucionaria. Usaron cuantos recursos estaban
en su poder para desacreditar la Revolución, así como a Jefferson y sus
partidarios a quienes llamaban despectivamente galo-maníacos.
Archivo Nacional, Real Consulado y Junta de Fomento, legajo 71, No. 2,755 y
2,757.
6
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Una profunda división se produjo no solo entre las diversas clases sociales sino también entre los propios estados de la Unión. Los
puritanos y anglófilos de Nueva Inglaterra eran contrarios a Francia,
en tanto que más al sur por su odio a los británicos alardeaban de ser
jacobinos. En Charleston, numerosos plantadores llevaban la escarapela tricolor. Y las diferencias aumentaron con la indiscreta actuación
de Mr. Genet, el representante diplomático de la Revolución francesa
ante el gobierno norteamericano. Como existía un tratado de alianza
con Francia, Jefferson quería que los Estados Unidos cumplieran sus
cláusulas; Hamilton era opuesto.
La guerra de Francia contra Inglaterra –escribe el profesor Binkey–
había planteado la cuestión del compromiso que nos imponía el tratado existente, de defender sus posesiones en las Antillas. La falta de una
armada norteamericana hacía que aquello fuera puramente platónico,
tanto si así lo exigía el tratado como en caso contrario. La declaración
de neutralidad que hizo Washington creó, no obstante, una tempestad
de resentimientos por parte de los galo-maníacos, puesto que anulaba la
esperanza francesa de poder utilizar nuestros puertos como bases para
actividades corsarias. El vicepresidente Adams expresó que «en las calles de Filadelfia diez mil personas amenazaban día tras día con sacar a
Washington de su casa y realizar una revolución en el Gobierno, cuando no obligarlo a declarar la guerra en favor de la Revolución francesa
y en contra de Inglaterra»; y según su opinión únicamente la aparición
de fiebre amarilla frustró semejante propósito. Sin embargo, se intimidó a los magistrados para que no impusieran la neutralidad. El Club
Jacobino de Bostón alentó al cónsul francés a que desafiara al oficial
de justicia de dicha localidad e instigó un ataque de piratas realizado
por la fragata La Concorde contra un buque mercante de propiedad
de federalistas. Desde la maraña del desierto del Noroeste el general
Anthony Wayne informó que la funesta levadura francesa que estaba
fermentando en su legión amenazaba la disciplina de la misma.
La campaña electoral de 1796 tomó el aspecto de una contienda entre los francófilos y los anglófilos. El presidente Ellsworth de la
Suprema Corte –agrega Binkley– denunció en una arenga dirigida
a un gran jurado de Massachusetts contra los «sembradores del sistema francés desde el quintuvirato en París hasta el vicepresidente
(Jefferson), y la minoría del Congreso, como apóstoles del ateísmo y
la anarquía, del derramamiento de sangre y del saqueo [...]. En julio
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de 1801 Timothy Dwight veía al país gobernado por tontos y truhanes, y
como consecuencia de eso los vínculos del matrimonio [...]. destrozados; nuestras esposas e hijas arrojadas a un estado de confusión general; nuestros hijos
lanzados al mundo desde que sean niños de pecho, amén de ser olvidados; la
piedad filial, extinguida.
Era como la reiteración de lo que había anunciado el profesor
Dwight, rector de la Universidad de Yale que, en un discurso pronunciado el 4 de julio de 1798, al referirse al partido en cuyas filas se
agrupaban los defensores de la Revolución francesa dijo que el republicano jeffersoniano no significaba otra cosa:
[...] que nuestras esposas y nuestras hijas víctimas de una
prostitución legal; deshonradas en frío, manchadas especiosamente [...]. Nuestros hijos serán discípulos de Voltaire y
dragones de Marat.7
Y la formidable propaganda antipopular y reaccionaria encontró
un punto de apoyo para sus fines en los incidentes a que dieron lugar
las actividades de la comisión de Marshall, Gerry y Pinckney en sus
relaciones con Talleyrand en París, conocidos como el asunto X. Y,
Z. Lo que aprovechó Hamilton para intentar que los Estados Unidos
declarasen la guerra a la República francesa.
El tratado francés de Alianza de 1778 –escriben Hockett y Meier
Schlessinger– fue formalmente derogado y se aprobó una ley autorizando la creación de un ejército. Hasta entonces estaba prohibido a
los barcos mercantes armarse para defenderse de los cruceros franceses por temor que algún encuentro encendiera el espíritu guerrero
de ambos pueblos. Pero desde ese momento a los barcos de la marina
se les ordenó que capturasen a los barcos franceses que interfirieran
nuestro tráfico mercante y comenzaron así los primeros encuentros.
Durante dos años y medio la Guerra Naval de 1798 continuó sin que
existiera una declaración formal por parte de ninguna de las dos
potencias, dando como resultado la captura de 85 barcos armados
por parte de la nueva marina. La Suprema Corte opinaba que existía
un estado de guerra «limitado». No hubo luchas terrestres pero sí
Wilfred E. Binkley, La historia de los partidos políticos norteamericanos, Buenos
Aires, 1946.
7
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abundantes preparativos. Adams nombró a Washington comandante
del ejército. Puesto que no se esperaba que este tomara parte personalmente, como titular estaba en condiciones de nombrar al jefe efectivo. Aunque Adams prefería a Knox, accedió por fin, de mala gana,
ante la insistencia de Washington, en nombrar a Hamilton mariscal
de campo. A Hamilton entonces se le ocurrió la idea de una alianza
con Inglaterra, y planeó la conducción de una campaña terrestre para
la ocupación de las posesiones de España, aliada de Francia, con la
cooperación marítima de Inglaterra. Adams no aceptó estos planes de
tan largo alcance y se adhirió a la política más segura de Washington
que tendía a evitar alianzas con el extranjero, y resolvió restaurar la
paz, si podía.8
La histeria reaccionaria llevó al gobierno de los Estados Unidos a
dictar una serie de leyes represivas. Algunas de ellas sobre los extranjeros estaban directamente dirigidas contra los liberales ingleses que
simpatizaban con la causa del pueblo francés y se habían refugiado en
Norteamérica, y, también, contra los franceses emigrados que tomaban parte activa en las discusiones políticas.
La Ley de Sedición, era, para muchos, una ley antiamericana,
similar a las dictadas en Inglaterra contra los simpatizantes de la
Revolución Francesa, pues, trataba a los opositores políticos como criminales, restringía la libertad de escribir e imprimir cualquier crítica a
los gobernantes norteamericanos.
Estas leyes –señalan Morrison y Commager– provocaron el primer
movimiento organizado bajo la Constitución en favor de los derechos
de los Estados y promovieron la elección de Jefferson para la presidencia. Son un buen ejemplo de la intolerancia política que por desgracia
forma parte del carácter norteamericano, como de toda la naturaleza
humana. Governeur Morris había dicho en la Convención federal que
no quería ver a ninguno de «aquellos caballeros filosóficos, aquellos
ciudadanos del mundo como suelen llamarse a sí mismos en sus reuniones públicas». Pero la Revolución francesa envió a Norteamérica
a muchos de ellos; y uno de los primeros en llegar fue el ginebrino
Albert Gallatin, jefe de la minoría del Congreso en 1798. El doctor
Priestley, acusado de tratar de «descomponer a la vez la Iglesia y el
Estado» con sus fórmulas químicas, había encontrado refugio en
H. C. Hockett y A. M. Schlessinger, Evolución política.
8
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Pennsylvania, después de haber sido abucheado por francófilo en
Inglaterra. Le siguió Thomas Cooper, que fundó un periódico republicano. El ministro francés Adet, que se entrometió en la elección de
1796, era también químico de profesión; el botánico francés Michaux
se dedicaba al espionaje por cuenta de su gobierno. Víctor du Pont,
hijo del economista, fue uno de los cónsules franceses que tuvieron
que salir precipitadamente de los Estados Unidos en 1798. Cuando en
este año había llegado la excitación al punto culminante, el Directorio
pidió pasaportes para una delegación del Instituto de Francia presidida por el padre de Víctor, Du Pont de Nemours, que quería visitar
los Estados Unidos «a fin de fomentar y difundir las ciencias», y John
Adams contestó: «Tenemos ya aquí demasiado filósofos franceses, y
realmente comienzo a creer, o a sospechar más bien, que las academias doctas [...] desorganizado el mundo y son incompatibles con el
orden social».
Pickering, Secretario de Estado, en el gabinete del presidente
Adams, era amigo de Hamilton y partidario del plan de ataque a las
posesiones españolas y francesas, especialmente Luisiana, Floridas,
México y las islas del Caribe, y se opuso resueltamente al propósito del
ejecutivo de enviar a Francia una comisión de paz.
Adams comprendió que se operaba un cambio en las proyecciones
políticas internacionales de Francia, y quiso aprovecharlo en favor de
las clases conservadoras cuyos intereses representaba. Sin consultarlo
con los miembros del gabinete, en marzo de 1799, envió al Senado
para su aprobación el nombramiento de un ministro plenipotenciario en París. Naturalmente, aquello paralizó todo el programa bélico –escriben Morrison y Commager– Hamilton y sus amigos estaban
furiosos, pero no se atrevieron a rechazar el nombramiento, pues de
ese modo hubieran dado verosimilitud a la acusación de que estaban
deseosos de que el país entrara en guerra en un momento en que el
Presidente veía la posibilidad de la paz.9
En lugar de un solo emisario, Adams decidió enviar una comisión de paz a Francia. Pickering se negó a darle instrucciones a los
comisionados y con toda clase de pretextos procuró demorar su partida, hasta que Adams se vio obligado a expulsarlo de su cargo. La
Samuel E. Morrison y Henry Steele Commager, Historia de los Estados Unidos
9
de Norteamérica, México, 1951.
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Comisión de paz no llegó a París hasta el año 1800. El primer cónsul,
Napoleón Bonaparte, designó a su hermano José para negociar con
los norteamericanos. Siete meses duraron las conversaciones y, al fin,
en 30 de septiembre dé 1800, firmaron una convención comercial que
abrogaba, en parte, el tratado de 1778, y establecía un clima de paz.
Reflejada en la política interior de los Estados Unidos estas cuestiones, propiciaron la elección, en 1800, de Thomas Jefferson a la
Presidencia de norteamérica, y, con ello, –según él mismo aseguró
años después– libraba a la joven república del peligro monárquico
y militarista reintegrándola a los verdaderos principios democráticos
burgueses.
Pero, en el poder, Jefferson reconcilió los intereses de los hombres
de negocios con los de los agrarios que él representaba, sobre la base
de la aceptación del orden establecido. Y dio los pasos iniciales para la
expansión de los Estados Unidos, siguiendo la política imperial británica, a costa del poderoso imperio colonial hispánico que comenzaba
a desintegrarse.
En 9 Vendimiado del año 9 –l9 de octubre de 1800– por medio de
un tratado celebrado entre la República francesa y el Rey de España,
este devolvió el extenso territorio de la Luisiana, Y, en 10 Floreal del
año 11 –30 de abril de 1803– firmaron en París, François Marbois, en
nombre de Francia, Robert J. Livingston y James Monroe, plenipotenciarios de los Estados Unidos, un tratado mediante el cual Napoleón
Bonaparte cedía a los Estados Unidos –pese a haber contraído con
España el solemne compromiso de no traspasarlo nunca a una tercera
potencia– el territorio entero de la Luisiana, sin describir con claridad
los límites orientales del mismo, o sean las Floridas, lo que dio lugar a
una serie de dificultades fronterizas.
Con la cesión de la Luisiana inician los norteamericanos la marcha, sin tregua ni descanso, hacia México, Floridas y las islas cercanas
del Caribe. Y lo hicieron empleando todos los métodos imaginables y
utilizando, casi siempre, a toda clase de aventureros y fronterizos descontentos. Bajo la máscara de investigaciones científicas como la del
teniente Zabulón Montgomery Pike que se internó en territorio mexicano; las incursiones del más famoso traidor de la historia americana,
el brigadier James Wilkinson; así como las del teniente August Magee,
en 1812, el holandés Felipe Enrique Neri, barón de Bastrop, William
Shaler –agente del entonces secretario de Estado James Monroe,
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y promotor de las expediciones de Gutiérrez de Lara y Álvarez de
Toledo– doctor Robinson, el general Long, etc., dirigidas directamente a crear las condiciones históricas que hicieran posible la ocupación
de Texas. A lo que pueden agregarse los proyectos de Aaron Burr, en
1807; y la ocupación de Baton Rouge en donde se proclamó por un
grupo de ciudadanos norteamericanos –26 de septiembre de 1810–
presididos por John Rhea la separación de aquel distrito perteneciente
a la Florida Occidental de la dominación española. Cuyo incidente lo
clausuró el entonces presidente, James Madison, el 27 de octubre de
ese año, por una proclama en la que, en vista de poderosas y urgentes
consideraciones, «he juzgado recto y conveniente tomar posesión de
dicho territorio en nombre y en favor de los Estados Unidos».
Y designó a William C. C. Claiborne, gobernador del territorio de la
Luisiana, para que esta parte de la Florida sea gobernada por él, y pide
a sus habitantes le obedezcan y cumplan las leyes norteamericanas.
Ya al ocurrir en 1808 la invasión de España por las tropas de
Bonaparte, habían comenzado los Estados Unidos muy seriamente
las gestiones para obtener que, a cambio de su neutralidad, el emperador de los franceses les cediese la Florida y, también, la isla de
Cuba. Refiriéndose a los distintos aspectos de este grave problema y a
las posibles concesiones que Napoleón permita, le escribe Jefferson a
Madison, desde Monticello, 27 de abril de 1809:
Aunque con alguna dificultad consentirá también en que se
agregue Cuba a nuestra Unión, a fin de que no ayudemos
a México y las demás provincias. Eso sería un buen precio.
Entonces yo haría levantar en la parte más remota al Sur de
la isla una columna que llevase la inscripción Ne Plus Ultra,
como para indicar que allí estaba el límite, de donde no podía pasarse, de nuestras adquisiciones en ese rumbo.
Lo único que en ese caso nos faltaría para completar para la
Libertad el imperio más vasto que jamás se vió en el mundo,
desde la creación, sería incluir en nuestra confederación el
país que tenemos al Norte…10
José Ignacio Rodríguez, La Anexión de la Isla de Cuba a los Estados Unidos de
América, La Habana, 1906.
10
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Si bien los conflictos provocados por las guerras europeas que dieron lugar a la Ley del Embargo de 22 de diciembre de 1807 que produjo
verdaderas crisis en los Estados Unidos y, también, en varios países del
Caribe, y la guerra anglo-americana de 1812-1814, obligaron a los norteamericanos a hacer más lenta su marcha expansionista, tan pronto
rebasaron la etapa peligrosa reanudaron con mayores bríos sus planes
anteriores.
El primer objetivo se fijó en la Florida. Andrew Jackson invadió la
península floridana y se vio obligado a abandonar la presa. En 22 de
febrero de 1819 cedió España a los Estados Unidos todas las tierras
que poseía al este del Mississippi, así como sus derechos sobre la región de Oregón; por ese convenio se fijaron las fronteras entre México
y los Estados Unidos, recibiendo España cinco millones de pesos como
indemnización. Dos años tardó en ratificarse ese tratado. Pero, al cabo
de ese tiempo, los Estados Unidos ocuparon la Florida permitiéndoles
colocarse en una situación privilegiada sobre el Caribe. Y ya no ocultaron sus designios de convertir el Caribe en un lago norteamericano.
John Quincy Adams, secretario de Estado en el gobierno de Monroe,
por nota de 27 de abril de 1823, declaró a Mr. Hugh Nelson, ministro
de los Estados Unidos en Madrid:
Estas islas, por su posición local, son apéndices naturales del
continente norteamericano, y una de ellas, la de Cuba, casi a
la vista de nuestras costas, ha venido a ser, por una multitud
de razones, de trascendental importancia para los intereses
comerciales y políticos de nuestra Unión. La posición dominante que tiene en el Golfo de México y en el Mar de las
Antillas, el carácter de su población, el lugar que ocupa en
la mitad del camino entre nuestra costa meridional y la isla
de Santo Domingo, el vasto y abigado puerto de La Habana
que hace frente a una larga línea de nuestras costas, privadas de la misma ventaja; la naturaleza de sus producciones
y la de sus necesidades propias, que sirven de base para un
comercio intensamente provechoso a ambas partes; todo se
combina para darle tal importancia en la suma de nuestros
intereses nacionales, que no hay ningún otro territorio extranjero que pueda comparársele, y que nuestras relaciones
con ella son casi idénticas a las que ligan unos con otros los
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diferentes Estados de nuestra Unión. Tan fuertes son en verdad los vínculos geográficos, comerciales, y políticos que nos
ligan, formados por la naturaleza y fomentados y fortalecidos
gradualmente en el transcurso del tiempo, y cerca ya, a lo
que parece, de llegar al punto de madurez, que cuando se
mira el curso que tomarán los acontecimientos en los próximos cincuenta años, casi es imposible resistir a la convicción
de que la anexión de Cuba a nuestra República Federal será
indispensable para la continuación de la Unión y el mantenimiento de su integridad [...].11
Cuando Adams escribía esa nota, ya el gobierno norteamericano
había reconocido la independencia de las colonias españolas del
Nuevo Mundo, y Bolívar daba cima a una de las hazañas más portentosas del siglo xix. El presidente Monroe, en mensaje al Congreso de 8
de marzo de 1822, había declarado que los gobiernos de Buenos Aires,
México, Chile, Perú y Colombia eran acreedores al reconocimiento de
otras potencias, cuyas recomendaciones fueron aceptadas a pesar de
las protestas del representante diplomático de España.
Pero los Estados Unidos se negaron a reconocer el gobierno de la
República de Haití. Presionado por los intereses esclavistas, el presidente Monroe, en el mensaje dirigido al Congreso de la Unión –25 de febrero de 1823– que era como una respuesta indirecta a la nota haitiana
de 6 de julio de 1822, se negaba a reconocer la independencia de Haití,
a admitir esa nación en el rango de un estado libre de América, no por
los pretextos que en el texto del mensaje se alegaban, sino que, como
muy bien señala el profesor Price-Mars, les inquietaba verlo simbolizar a
los ojos de las masas negras esclavizadas el ejemplo que podía inducirlas
hacia la protesta revolucionaria para liberarse de sus opresores.12
Y ese es el espíritu que dominó a los reaccionarios esclavistas,
miembros del Congreso norteamericano, para oponerse a que participaran delegados de los Estados Unidos en el Congreso de Panamá
convocado por Bolívar, al conocer que en la agenda del mismo había
de incluirse el tema relativo a la independencia de Haití y, también, la
posible ayuda a los cubanos para librarse de la opresión colonial.
J. I. Rodríguez, La Anexión de la Isla de Cuba.
J. Price-Mars, La République D’Haiti.
11
12
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Y esa determinación, puramente esclavista, del gobierno de los
Estados Unidos, hubo de influir en el gobierno de la Gran Colombia
al rechazar las proposiciones presentadas por Desriviere-Chanlatte,
enviado por el presidente Boyer a Bogotá en 1824.
El año anterior, inspirado por los ingleses, el presidente Monroe
envió al Congreso de la Unión el famoso y discutido mensaje que contenía los principios de la política norteamericana.
La Doctrina Monroe –escribe V. P. Potemkin– comprendía dos
principios: uno, defensivo, que no permitía la agresión y la expansión
colonial de los Estados europeos; partiendo de esta base, los esfuerzos de los Estados Unidos eran encaminados hacia el objetivo de no
tomar sobre sí compromisos relacionados con la política europea. Al
mismo tiempo, la doctrina tenía también otro principio, ofensivo, los
Estados Unidos no renunciaban, como lo había exigido Canning, a
las pretensiones territoriales y derechos especiales en América Latina.
Los Estados Unidos, encubriéndose bajo la máscara de defensor de los
demás Estados americanos, pretendían al mismo tiempo el dominio
sobre ambos continentes americanos, con excepción solamente de
aquellas partes que ya eran colonias de otros Estados.13
Pero el año 1823 presentó un aspecto inquietante. Francia envió
a España un ejército para restaurar a Fernando VII en sus derechos
de monarca absoluto. La opinión de los diplomáticos era que Francia
ayudaría a Fernando VII en una expedición militar a América a fin
de recuperar las colonias declaradas independientes. Y Canning se
alarmó ante la perspectiva de que la Gran Bretaña pudiera perder los
mercados hispanoamericanos y, en 16 de agosto de 1823, planteó al
ministro norteamericano en Londres la idea de unirse ambos gobiernos para advertir a Francia que se mantuviera alejada de la América
Hispana. Consultados por Monroe, los ex presidentes Jefferson y
Madison emitieron informes algo confusos pero favorables en el fondo a tomar una actitud frente a las potencias europeas, de acuerdo
con las ideas de Canning. Pese a las notas del barón Tuyll, ministro
de Rusia en Washington, anunciando en una de ellas que el Zar no
estaba dispuesto a admitir a los diplomáticos colombianos, amén de
otras advertencias sobre la neutralidad de los Estados Unidos, Adams,
en la primera reunión del gabinete –7 de noviembre de 1823– dio
V. P. Potemkin, Historia de la Diplomacia.
13
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a conocer los principios fundamentales de lo que, más tarde, en 2
de diciembre, había de contener el mensaje anual del Ejecutivo al
Congreso, y que sería conocido históricamente como la Doctrina
Monroe, que Canning ideó y Adams redactó, para servir de base teórica
a cuantas intervenciones y despojos se han realizado a partir de ese
momento en la América Nuestra.
En esa fecha ya habían comenzado los fronterizos a marchar sobre
Texas. Moisés Austin auxiliado por el aventurero alemán barón de
Bastrop, que lo puso en relaciones con el gobernador Arredondo de
las Provincias Internas de Oriente, en 1820 comenzó en Béjar a tramitar el permiso para trasladar a Texas los colonos norteamericanos.
Su hijo Esteban logró realizar los proyectos paternos. Lentamente los
norteamericanos superaron la población nativa de Texas. En 15 de
abril de 1825 Hayden Edwards celebró un contrato con el gobierno
mexicano de Coahuila y Texas para establecer allí 800 familias. Y al
siguiente año, en Nacogdoches, proclamó la República de Fredonia.
Considerando absurdo el proyecto, Austin lo desautorizó y combatió.
Como el peligro era cada día más evidente, por decreto de 6 de
abril de 1830, dictado por el presidente D. Anastasio Bustamante, de
México, se quiso contener la amenaza norteamericana, cuyos colonos
aumentaban por días y constituían ya un grave problema, pues comenzaban a recibir armas y dinero de empresas neoyorkinas interesadas
en fomentar la separación de Texas.
El contrabando y la esclavitud eran las fuentes proveedoras de
conflictos. La masa aventurera de colonos norteamericanos en Texas
vivía del juego y de introducir toda clase de mercancías con manifiesto perjuicio de los comerciantes mexicanos afectados por el más
escandaloso contrabando. Y como México, desde 1829, había abolido
la esclavitud en todo el territorio de la nación, los colonos de Texas
hicieron caso omiso de la ley y continuaron introduciendo esclavos
para fomentar, sobre todo, el cultivo del algodón que progresaba en la
región sureña de los Estados Unidos gracias al trabajo de los esclavos.
Samuel Houston, agente del presidente Andrew Jackson, fue el
máximo dirigente de las operaciones filibusteras –sistema empleado
después en toda tentativa norteamericana para apoderarse de otros
territorios– para rechazar el decreto del presidente Bustamante, primero, y, más tarde, en 2 de marzo de 1836, a raíz del sitio y toma del
Alamo –febrero y marzo– a la que siguieron la batalla de San Jacinto,
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en abril, y la captura del general Santa Anna, la proclamación de la
República de Texas.
Rápidamente –febrero l9 de 1837– los Estados Unidos reconocieron la nueva República de Texas; les siguió Francia, en 1839, y, al
siguiente año, Holanda, Bélgica y la Gran Bretaña. No obstante, ni un
solo día dejaron los norteamericanos, disfrazados de ciudadanos de
Texas, de gestionar la anexión a los Estados Unidos.
El tratado firmado el 12 de abril de 1844 establecía que Texas ingresaría en la Unión como un territorio. Pero el Senado norteamericano
lo rechazó. Sin embargo, el 28 de febrero de 1845, el presidente Tyler
logró que el Congreso autorizara la admisión de Texas como estado.
Y, el 4 de julio de 1845, con un solo voto en contra, una convención
texana aprobó la anexión, confirmada por un referéndum.
Así, el presidente Polk, en su mensaje inaugural dirigido al
Congreso norteamericano, pudo afirmar, falseando la historia, ya que
hacía la afirmación de haberla adquirido con el tratado de España en
1819:
La República de Texas ha hecho conocer su deseo de incorporarse en nuestra Unión. Texas fue parte de nuestro país,
fue torpemente cedida a una potencia extranjera y hoy es
independiente y posee el indudable derecho de fundar su
propia soberanía como Estado independiente con la nuestra
[...].
La anexión de Texas en 1845 –escriben Hockett y Schlessinger–
convenció a los mexicanos de que los Estados Unidos estaban abocados a un premeditado y sistemático desmembramiento de su país. El
presidente Polk, esclavista, quería apoderarse de cualquiera manera
de las provincias mexicanas del noroeste. En 28 de mayo de 1845, a
los dos meses apenas de haberse hecho cargo de la presidencia, el
Secretario de la Guerra, William L. Marcy, cumpliendo sus órdenes
dio instrucciones al general Zacarías Taylor para que avanzara desde
Luisiana sobre las fronteras mexicanas. Y, el propio presidente Polk,
en 9 de mayo del siguiente año, anunció al gabinete su intención de recomendar al Congreso la inmediata declaración de guerra a México.14
M. C. Hockett y A. M. Schlessinger, Evolución política.
14
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Polk logró imponer su criterio guerrerista. Y la agresión injustificada al pueblo mexicano la realizó con la más refinada crueldad. Su
secretario de Estado, James Buchanan, declaró: El destino nos manda
que conservemos y civilicemos a México, Y el Tratado de Guadalupe
Hidalgo, de 2 de febrero de 1848, confirmó el despojo a México, arrebatándole casi la mitad de su territorio nacional.
Pero el apetito imperialista de Polk no se había calmado –afirman
Hockett y Schlesinger–. En abril de 1848 envió un mensaje al Congreso
sugiriendo la conveniencia de anexar la provincia mexicana de Yucatán,
«antes de que Gran Bretaña o España hicieran lo mismo». Un mes y
medio después trató de comprar Cuba alegando que, como el poder
hispano declinaba allí, las otras potencias europeas miraban a la isla con
ojos codiciosos; la oferta de Polk recibió de España la respuesta de que
antes de acceder «prefería ver a Cuba hundirse en el Océano».15
Sobre México continuaron lanzando los Estados Unidos oleadas tras
oleadas de aventureros de toda especie. Y, también, de todo el mundo
comenzaron a llegar a las nuevas tierras arrebatadas a los mexicanos, a
California especialmente donde Juan Augusto Suter en 1848 había descubierto ricos yacimientos de oro, verdaderos bandidos que venían de
Europa, envuelta en una revolución de intenso contenido popular, gentes como los franceses Carlos de Pindray y Gastón de Raousset-Boulbon,
a los que se agregaron aventureros americanos de la calaña de William
Wallcer. Este criminal, siguiendo el ejemplo de sus predecesores en
Texas, invadió la Baja California, la declaró república, y se proclamó
así mismo presidente. Esta última agresión facilitó al general Gadsden,
ministro norteamericano en México, para presionar al presidente Santa
Anna y decidirlo a firmar el Tratado de La Mesilla –30 de diciembre de
1853– que completaba la desmembración del territorio mexicano.
Como una síntesis de la política expansionista de los Estados
Unidos desde los primeros años de su independencia, el profesor
Scott Nearing, traza en breves líneas el cuadro más exacto de lo que
constituye la vocación imperial de sus clases directoras:
No hay quien pueda hacer la historia de los Estados Unidos
desde que se redactó la Declaración de Independencia sin
que le sorprenda la completa transformación en las formas
Ibídem.
15
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de vida americana. La revolución industrial que ha tenido a
Inglaterra en su garra desde medio siglo, se hizo sentir en los
Estados Unidos, después de 1815. El vapor, los transportes, el
desarrollo industrial, la vida de la ciudad, la organización de
los negocios, la expansión a través del continente –estos son
los factores que han hecho de los Estados Unidos una nación
completamente aparte de lo que soñaron los que firmaron la
Declaración de Independencia y pelearon en la Revolución.
Estos cambios económicos han producido cambios políticos.
La República Americana ha sido arrojada a un lado. Sobre
sus restos se yergue una poderosa estructura imperial –el
mundo de los negocios–, a la que sirve de baluarte el uso
y los convencionalismos, salvaguardada por la legislación,
por la interpretación judicial, y todo el poder de la sociedad
organizada. Esa estructura es el Imperio Americano –tan real
hoy como el Imperio Romano– en los días de Julio César; el
Imperio Francés, bajo Napoleón, o el Imperio Británico del
gran comunero, William E. Gladstone.16
◉◉◉◉◉
Las relaciones comerciales de las trece colonias inglesas de
Norteamérica con los países del Caribe –especialmente con el Saint
Domingue francés y Cuba– aumentaron extraordinariamente durante
la guerra de independencia. El comercio del Caribe era vital para el
desarrollo económico de la joven república de los Estados Unidos.
Y muy temprano comenzaron a enviar agentes de todas clases a esta
zona americana. Pero aquí no encontraron con tanta facilidad como
en Texas y Floridas una rápida oportunidad de dominar las islas en
poder de España, Inglaterra, Francia, Holanda y Dinamarca. Así, por
ejemplo, en 1794, Nathaniel Higginson, con el pretexto de recoger datos para presentar reclamaciones por los daños causados a ciudadanos
norteamericanos por las Cortes del Almirantazgo Británico en las West
Indies, visitó Barbados y Martinica. Al morir este agente, su misión
fue continuada hasta el año 1797 por James y William Perot. En ese
Scott Nearing, El Imperio americano, La Habana, 1961.
16
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mismo año, William Maley, oficial de la armada norteamericana visitó
los puertos de las colonias españolas, inglesas y francesas del Caribe,
para transportar a los Estados Unidos en el barco que comandaba a los
norteamericanos residentes en aquellos lugares faltos de protección.17
De mayor importancia, si cabe, fueron las gestiones en Cuba de los
enviados norteamericanos desde Robert Smith y Oliver Pollack hasta
Joseph M. Iznardi en los finales del siglo xviii. Bien es verdad que,
según informes de la Intendencia de Hacienda de Cuba, desde el l9
de enero a 31 de diciembre de 1799, las embarcaciones entradas en
el puerto de La Habana fueron: 97 españolas, 431 norteamericanas y
42 de otros países neutrales. Cifras que dan una idea de la creciente
influencia económica norteamericana en esta zona del mundo colombino, Y si a esto se agrega que, a causa de la Revolución francesa, las
guerras europeas y la Revolución de Haití, la casi totalidad del contrabando y del comercio de esclavos en el Caribe estaba en manos norteamericanas, no es de extrañar que comenzaran a practicar aquí el
aventurerismo y filibusterismo agresivo que con tan buenos resultados
para su política expansionista realizaban en el continente. Por ello el
periodista norteamericano John S. Thrasher, defensor de la esclavitud
y de la anexión, hubo de escribir en 1856 cuando el predominio de los
Estados Unidos prácticamente estaba ya alcanzado:
No existen, probablemente, otros dos países separados cuyas
relaciones industriales sean tan completamente recíprocas, como los de Cuba y los Estados Unidos. Produciendo
artículos de constante y general uso en este país, las necesidades naturales de su pueblo hacen que sea un mercado
para los productos de cada sección de la Unión, Los buques,
pesquerías, manufacturas y marina de Nueva Inglaterra; los
agricultores, mantequeros, mineros y otros de los Estados
del Centro; los madereros y arroceros del Sur; las carnes y
granos del Oeste, todos encuentran un apropiado cambio
adecuado en los mercados de Cuba.18
Natalia Summers, List of Documents Relating to Special Agents of the Department of
State. Number 7, Washington, 1951.
18
J. S. Thrasher, «Ensayo preliminar», en Ensayo político sobre la Isla de Cuba por
Alejandro de Humboldt. Publicaciones del Archivo Nacional de Cuba, La Habana,
1960.
17
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Aún cuando en menor escala, podían aplicarse los juicios de
Thrasher también a Saint-Domingue como en el caso de Cuba, tan
pronto los Estados Unidos consolidaron su independencia intensificaron su comercio con la colonia francesa de Saint-Domingue. Que encontró dificultades a consecuencia de la Revolución francesa y la haitiana, y, también, agravadas a causa de los conflictos franco-americanos.
Las relaciones haitiano-norteamericanas adquirieron su carácter
oficial –nos dice el profesor Price-Mars– cuando, por la primera vez,
Toussaint-Louverture cuya estatura de hombre de estado había tomado
formidables proporciones después de sus brillantes victorias y por consagración de su genio, vuelve sus miradas hacia el continente. Elevado a
General en Jefe del ejército de Saint-Domingue, Toussaint Louverture
había llegado a encarnar la autoridad efectiva de la colonia después de
eliminar todos los representantes civiles de la metrópoli –aún cuando
Roume nominalmente compartía la dirección–, el último de aquellos
que, por otra parte, él manejaba a su antojo. Entonces, persiguiendo
la realización de su sueño grandioso de autonomía e independencia
–a pesar de continuar jurando fidelidad a Francia– comprendió que el
proyecto secreto e inconfesado que acariciaba de edificar el segundo
Estado de América, liberado de todo lazo de vasallaje con Europa, no
tenía posibilidad de ser integrado en los hechos, si no tenía el apoyo
y la solidaridad eventuales de la federación que acababa de constituirse cuatro años antes en el continente. Y entabló negociaciones con
John Adams, sucesor de Washington en la presidencia, y le envió un
mensaje el 6 de noviembre de 1798 en el cual le aseguraba que bajo
su administración, que debía ser considerada ya como la más eficiente
de Saint-Domingue, el comercio norteamericano estaría realmente
protegido, si las transacciones marítimas reanudaban el servicio de
cambios a menudo perturbado por los riesgos de la piratería. Y, al
siguiente mes, Toussaint Louverture acreditó en Washington un representante personal, Mr. Bunel, comerciante blanco y norteamericano,
que fue recibido oficialmente por el Secretario de Estado Pickering y
el propio presidente Adams.19
Tanto el Gobierno Colonial de Cuba como los representantes diplomáticos españoles en los Estados Unidos, habían seguido con especial interés el desarrollo de la Revolución en la isla vecina, y fueron los
J. Price-Mars, La République D’Haiti.
19
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primeros en darse cuenta de las verdaderas intenciones del líder negro. Así, en oficio No. 111, de 3 de marzo de 1798, D. Carlos Martínez
de Irujo, ministro en Filadelfia, decía al Príncipe de la Paz, ministro de
Estado del rey Carlos IV, que el general Toussaint tenía intenciones de
declararse independiente en Santo Domingo: Y, en 22 de diciembre
del mismo año, informaba Irujo a D. Francisco Saavedra de la llegada
del emisario de Toussaint y de su visita al Cónsul de Francia, sin duda
porque las circunstancias impiden al Gobierno apoyar los propósitos
de aquel General en pro de la independencia de Santo Domingo.20
En el despacho sin numerar de 22 de enero de 1799 dirigido a los
secretarios de Estado –interino– D, Francisco Saavedra y D. Mariano
Luis de Urquijo, da cuenta Irujo de que el comisionado del general
Toussaint ha ido a tantear las disposiciones de aquel Gobierno a favor
de la independencia de la isla de Santo Domingo, y que fue bien acogido por Adams. Agrega que en ciertos círculos –al parecer entre los
miembros del Congreso de la Unión– existen temores de los esclavos
en Norteamérica si se declara independiente Santo Domingo. Y, en el
marcado con el No. 127 –Filadelfia 6 de abril de 1799– el diplomático
avisa a sus superiores la llegada a aquella ciudad del general Thomas
Maitland, comandante en jefe del ejército inglés en Santo Domingo,
acompañado de otros oficiales, y de quien se decía haber firmado un
tratado con Toussaint para la independencia de la isla, con el apoyo
de Inglaterra. Creen muchos, dice Irujo, que su venida obedece a estos
asuntos, pero tiene la sospecha de que es mucho más importante su
viaje, y es con objeto de tentar a este Gobierno para que declare la guerra a Francia y realizar el plan, que supone debe existir, de invadir las
posesiones españolas, lindantes con los Estados Unidos, como medio
de debilitar los triunfos de Francia en Europa. En 29 de abril, Irujo
agregaba una posdata a su anterior oficio ampliando su informe en
el sentido de que el general Maitland había partido y, al parecer, sin
conseguir su objeto.21
En sucesivos despachos No. 129 y 131 de 29 de mayo de 7 de julio
de 1799, Irujo da cuenta de haber designado el gobierno norteamericano al doctor Stevens en comisión para arreglar el comercio con
Santo Domingo, que Toussaint parece haber renunciado a la idea de
Archivo Histórico Nacional, (Madrid), legajo 3,897, ap. 1.
Ibídem, ap. 2 y legajo 3,897, No. 127.
20
21
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independencia, y, por último, acerca de las negociaciones del doctor Stevens y lo que Irujo estima es la política equívoca del general
Toussaint.22
Efectivamente, el Congreso de los Estados Unidos, en 9 de febrero de 1799, autorizó al presidente Adams a reanudar las relaciones
comerciales con Saint-Domingue, y, en marzo, el secretario de Estado
Pickering designó al doctor Edward Stevens para iniciar con el general
Toussaint Louverture las negociaciones. Pero como el Congreso no concedió crédito alguno para cubrir los gastos de la misión del Dr. Stevens,
obvió la dificultad el Departamento de Estado norteamericano fletando
un barco cuyo cargamento estaba autorizado el doctor Stevens para venderlo al propio general Toussaint Louverture, como lo realizó, y cuyas
utilidades proporcionaron al comisionado los fondos indispensables.23
En ese momento histórico, Francia e Inglaterra estaban en guerra.
Y esta nación, por medio del general Maitland, trataba de inducir a
Toussaint a realizar el movimiento de autonomía para sacar ventajas
comerciales y, quizás, lograr después beneficios políticos. Claro que
los planes británicos eran contrarios a los intereses norteamericanos, y
eso no escapaba a la sagacidad de Adams y sus consejeros, pero tanto
el presidente como su secretario de Estado, Pickering, convencidos
de la debilidad de los medios de defensa de que podían disponer
evitaban ser arrastrados en combinaciones diplomáticas peligrosas,
sin abandonar por ello sus designios expansionistas. Y, como por
otra parte, el desarrollo del comercio de su país con el Caribe era
un objetivo esencial e inmediato de la política del Departamento de
Estado, quiso asegurar el éxito de sus negociaciones con Toussaint
ajustándolas a la línea trazada por la Foreign Office de Londres. Por
esa razón Pickering y Maitland discutieron largamente el proyecto de
tratado –del que informó Irujo al gobierno de Madrid que el militar
inglés, en ruta hacia Saint-Domingue, aportaba de Londres y en el
cual eran consignadas las directivas que los dos gobiernos debían seguir conjuntamente en sus relaciones con Toussaint Louverture en
lo concerniente al desarrollo del comercio entre los Estados Unidos,
Gran Bretaña y Saint-Domingue.24
Archivo Histórico Nacional, (Madrid), legajo 3,897 y No. 127 y 131.
J. L. Franco, Historia de la Revolución de Haití.
24
Ibídem.
22
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Hamilton, a quien se había consultado, escribió a Pickering en 9
de febrero de 1799:
Los Estados Unidos no deben comprometerse a sostener la
Independencia de Saint-Domingue por ninguna garantía,
ningún tratado formal, para que este pueda ser evocado
como un testimonio. Será suficiente asegurar a Toussaint
Louverture verbal pero expresamente que después de su declaración de independencia, nosotros abriremos relaciones
comerciales con él que serán mantenidas todo el tiempo que
conserve él mismo su posición, independiente y que debe
conceder toda protección a nuestros barcos y a nuestras
propiedades. Yo pienso que es así como debemos proceder.25
Y, Pickering, que en él gabinete de Adams representaba la línea
política de Hamilton, siguiendo sus indicaciones en despacho confidencial de 12 de marzo de 1799, decía a Rufus King, representante
diplomático de los Estados Unidos en Londres:
No debemos inmiscuirnos en la política de la isla. Toussaint
realizará lo que él crea ser su propio interés y el de sus conciudadanos. «Probablemente llevará el país a la independencia. Es probable que desee asegurar el beneficio de nuestro
comercio como uno de los medios ciertos para conseguirla.
Ninguna consideración moral o política debe inducirnos, a
desalentarlo. Al contrario todo nos incita a empujarlo hacia
la independencia. No obstante nosotros no debemos hacerla. Hemos ido más lejos de lo que nos permite el acuerdo
del Congreso. No seremos indemnizados de nuestras pérdidas por la República francesa. La libertad de comercio con
Saint-Domingue es el solo medio de recuperarnos. Y no hay
duda de que la obtendremos». Toussaint no puede formar
un Estado negro. Los negros son demasiado ignorantes. El
Gobierno estará militarizado durante la duración de esta
guerra y puede ser durante más tiempo. «El comercio de
los Estados Unidos y el de otras naciones –pues no debemos
J. L. Franco, Historia de la Revolución de Haití.
25
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tratar de obtener privilegios exclusivos– serán ampliamente
aprovisionados de todas sus necesidades y podrán exportar
lo que le sea necesario. De esta manera, no había lugar y
no debe haberlo a tentativas para distraer a los negros de
sus ocupaciones de cultivadores y de atraerlos hacia la navegación. Confinados en su isla no serán vecinos peligrosos.
Nada es más claro que esto, saber que si los negros de SaintDomingue son abandonados a ellos mismos, serán incuestionablemente menos peligrosos que si permanecen como
súbditos de Francia». Francia pudiera muy bien enrolarlos
y constituir con ellos buenas fuerzas militares que ninguna
fuerza europea o ninguna otra fuerza blanca pudiera afrontar. Francia con un ejército compuesto de esas tropas negras
podría conquistar todas las islas Británicas y poner en peligro
nuestros estados del Sur. Las gentes del Sur están convencidas de una tal eventualidad y están inclinadas a favorecer la
política de independencia de Saint-Domingue si Toussaint
Louverture y aquellos que le siguen lo desean.26
Estas cuestiones estuvieron presentes en las conversaciones de
Maitland y Pickering al examinar los siete artículos del proyecto de
tratado en cuyo texto los británicos y norteamericanos se distribuían
entre ellos todo el comercio de la isla. Pero modificado –aclara el profesor Price-Mars– algunos de sus artículos haciéndolos accesibles a las
objeciones presentadas por Pickering, una de cuyas modificaciones
que hizo aceptar a Maitland consistía en limitar sobre el suelo de la
Unión y de las posesiones inglesas del Caribe el contagio que podía
provocar el funesto ejemplo ofrecido por la insurrección de los negros
esclavos de Saint-Domingue.27
El doctor Stevens recibió por conducto de Roume, mayo 3 de 1800
copia del documento titulado: Convention secrete arréttee entre l´honorable
Brigadier Maitland et le Gen Louverture, ajustado en lo qué era esencial
para los Estados Unidos a los preceptos del que, con fecha Filadelfia
20 de abril de 1799, recibió Stevens: Heads of regulations to be proposed by
General Maitland.
J. L. Franco, Historia de la Revolución de Haití.
J. Price-Mars, La République D’Haiti.
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La paz europea imprimió nuevos rumbos a las fuerzas que se disputaban la hegemonía del Caribe. El Tratado de Morfontaine entre
los Estados Unidos y Francia en 1800, y el de Amiens entre Francia
y la Gran Bretaña, un año después, permitieron a Bonaparte, libre
del temor de un ataque naval de parte de Inglaterra, organizar una
formidable escuadra que convoyaba un poderoso ejército al mando
de Leclerc y dirigirlo contra Toussaint Louverture, cuyos grandiosos
sueños políticos se propuso destruir el Primer Cónsul.
Bonaparte, que por el Tratado de San Ildefonso, había obtenido
la retrocesión de la Luisiana que Francia tuvo en su poder hasta 1763,
proyectaba reconstruir el imperio colonial francés en América. Con
Haití y la Luisiana para comenzar, pues esperaba obtener otros pedazos del imperio colonial hispano, como México y Haití, esperaba
Bonaparte dominar el comercio del Caribe y las fuentes de materias
primas más ricas del mundo, Y con sus planes hacía peligrar el proceso
de desarrollo imperial de los Estados Unidos. Pero la heroica resistencia de los negros y mulatos de Saint-Domingue, bajo la dirección suprema de Jean-Jacques Dessalines, –continuador de la obra de Toussaint
Louverture–, destrozó al ejército francés y obligó a Bonaparte a abandonar sus planes de dominio sobre el Caribe y el Golfo de México, y
ceder, en 1803, la Luisiana a los Estados Unidos. La nueva e inesperada
situación internacional en esta región de América, así como los planes
de expansión continental sobre Texas y las Floridas y, después, la invasión francesa en España y el inicio de las guerras de independencia de
las colonias hispanoamericanas, disminuyó por algún tiempo la presión norteamericana sobre el Caribe. Ya no fueron tan frecuentes las
visitas intrigantes de los enviados de los Estados Unidos. No obstante,
la diplomacia norteamericana entabló negociaciones con Napoleón a
fin de que este se prestase a que Cuba fuera incorporada a los Estados
Unidos a cambio de que no prestaran auxilios a los rebeldes de México
y Venezuela.
◉◉◉◉◉
Inspirados por la política expansionista de Jefferson, afianzada por
el éxito logrado con la incorporación de la Luisiana, los gobernantes
norteamericanos se lanzaron sobre la isla de Cuba empleando aquí
todos los recursos y ardides inescrupulosos que marcaron su insaciable
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voracidad de tierras. Creando al Gobierno Colonial una situación parecida a lo que ha dado en llamarse hoy la guerra fría.
No solo la práctica constante del contrabando y la trata ilegal
negrera, realizada en muchos casos con la complicidad de las autoridades coloniales y, en todos, asociados a comerciantes y hacendados criollos y españoles, daban lugar a múltiples incidentes entre el
Gobierno Colonial y los norteamericanos –agravados por la actividad
de los corsarios que infestaban estos mares y vendían públicamente
el producto de sus robos en los puertos de los Estados Unidos– sino
también los provocados por estos intencionalmente en su empeño de
apoderarse de todas maneras de la Florida. Y la situación se agravó
en tal forma que se llegó a temer una agresión directa de los Estados
Unidos a la isla de Cuba.
Uno de los aspectos de la conflictiva situación surgía del problema
de los cónsules norteamericanos en Cuba. El nombramiento de Henry
Hill, de Connecticut –señala el profesor Portell Vilá– como Cónsul en La
Habana cuando España seguía opuesta a admitir los cónsules norteamericanos, fue cuestión de estrategia por parte de Jefferson, ya que Hill en
realidad, tenía en Cuba la misión de un agente secreto encargado de
investigar y reportar la verdadera situación y la importancia de las fuerzas de España en las Floridas y en Cuba. Llegó Henry Hill a La Habana
después que su antecesor, Vincent Gray, como ya había ocurrido con los
cónsules Oliver Pollack y Josiah Blakely, había sido encarcelado por las autoridades españolas, las que habían confiscado hasta sus papeles oficiales.
Ni corto ni perezoso el nuevo Cónsul elevó su protesta contra semejante
tratamiento del agente consular de los Estados Unidos, y aprovechó la
oportunidad para quejarse, en su carácter de tal, de las depredaciones de
que eran víctimas los buques norteamericanos en aguas de Cuba. La respuesta del Marqués de Someruelos no se hizo esperar y fue un desabrido
oficio contra las pretensiones de Hill, las cuales, renovadas por este, al fin
tuvo la siguiente contestación del Capitán general de Cuba:
En volviéndome Vmd. a escribir sobre asuntos que no debe,
y en los términos que lo ejecuta en su oficio del 8 del corriente, precisaré a Vmd. a embarcarse inmediatamente para
fuera de esta Isla de mi mando.28
H. Portell Vilá, Historia de Cuba.
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De nada valieron –agrega el profesor Portell Vilá– las reclamaciones
de Hill para que el gobierno de Washington amparase sus derechos,
pues le dejaron entregado a sus propias fuerzas hasta que abandonó
la Isla, pero no sin que antes hubiese obtenido un resumen de los
recursos navales y militares con que contaba España en Cuba y que
trasmitió, al State Department. Cuando el Cónsul en La Habana, en su
desamparo, tenía que abandonar de esa manera el cargo en manos de
su secretario John L. Ramage, el cónsul Blakely, en Santiago, se veía
precisado a huir de la Isla y los intereses norteamericanos en aquella
población estuvieron sucesivamente al cuidado de Andrew Hadfeg y
de Maurice Rogers, quienes hicieron la menor ostentación posible de
su representación para no comprometer sus negocios.29
Sin abandonar totalmente la idea de establecer agencias consulares, los Estados Unidos se dedicaron a enviar agentes especiales no
solo a Cuba sino también a las otras islas del Caribe así como a las
regiones del continente que ambicionaban.
El famoso general James Wilkinson inició la nueva etapa histórica
visitando a Cuba en 1809. De su corta estancia en La Habana y conversaciones con el capitán general marqués de Someruelos, apenas si existen
otros datos que las referencias al asunto hechas por Jefferson y Madison.
Le suponían comisionado para expresar la solidaridad de los Estados
Unidos con el Gobierno Colonial de Cuba en caso de una agresión por
parte de. Francia o Inglaterra, aquí o en la Florida. Someruelos, en nota
de 30 de marzo de 1809, rechazó las insinuaciones del agente sobre
cesión de la Florida, pero conociendo las andanzas de este individuo,
que por dinero estuvo siempre dispuesto a traicionar a sus amigos y a
su propia patria, debe pensarse que trató de realizar una de las tantas
maniobras comenzadas en Kentucky en 1789 y continuadas en Luisiana,
Texas y Floridas. Si en La Habana no logró sus propósitos, en cambio,
en Pensacola, según carta del gobernador D. Vicente Folch al marqués
de Someruelos –junio 25 de 1807– si había tenido la oportunidad de
emplear con éxito sus tácticas provocadoras de bandido uniformado.
William Shaler vino después a La Habana, con instrucciones del
Departamento de Estado de observar e informar sobre las condiciones
provocadas en Cuba y en México por las rebeldías contra el dominio
español.
Ibídem.
29
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Shaler –escribe el profesor Ramiro Guerra– era un mercader,
un viajero y un agente del Departamento de Estado de Washington.
Nacido en Connecticut, se estableció en Nueva York; en 1799 inició
una serie de viajes por las colonias españolas, en las cuales traficaba
y hacía propaganda revolucionaria a la vez. La publicidad que dio a
los antecedentes y las noticias recogidas en sus viajes por la Argentina,
Chile, la América Central, México y California, en una época en la
cual se sabía poco en los Estados Unidos sobre dichas regiones, lo
hicieron conocido en su país. En 1810, cuando las colonias españolas
comenzaron a sublevarse contra la metrópoli, el Secretario de Estado
del presidente Madison, Robert Smith, lo comisionó para visitar las
citadas colonias, expresarles las simpatías y brindarles la cooperación
amistosa de los Estados Unidos. Al llegar a La Habana, en agosto de
1810, no tuvo buena acogida de parte de Someruelos, quien le manifestó la imposibilidad de reconocerlo como agente de su nación, porque las leyes españolas prohibían la presencia de tales agentes en las
colonias. En virtud, Shaler permaneció en la ciudad sólo en condición
de comerciante, e inició sus trabajos de agente confidencial de su país
privada o clandestinamente.30
Coincidió su estancia en La Habana con las conspiraciones de
origen masónico y las intentonas de Joaquín Infante, Román de la
Luz, y Luis F. Basave –este último ligado a ciertos grupos de negros y
mulatos libres– encaminadas a liquidar el dominio español en Cuba.
Como: las condiciones históricas eran favorables a sus planes, Shaler
se puso en contacto con algunos hacendados y propietarios cubanos,
criollos blancos, cuyos intereses económicos estaban vinculados a los
norteamericanos y logró convencerlos de la posibilidad, de obtener
la independencia con la ayuda de los Estados Unidos. Estos criollos,
cuyas riquezas dependían de la esclavitud, alarmados en 1811 por
las comentes liberales de las Cortes de Cádiz, –singularmente la
moción del diputado mexicano Miguel Guridi y Alcocer para abolir
la trata negrera y la esclavitud– confesaron a Shaler por medio de
un representante debidamente acreditado sus deseos de llegar a un
acuerdo para la anexión, de la isla de Cuba a los Estados Unidos.
Pero, descubiertos los tratos secretos de, Shaler, el capitán general
Someruelos lo expulsó de Cuba en diciembre de 1811. Y el agente
R. Guerra Sánchez, Manual de Historia.
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americano regresó a Luisiana para ocuparse en dirigir en unión
del doctor Robinson las aventuras de José Álvarez de Toledo y Juan
Mariano Picornell en Texas.
Otros agentes eran enviados, con los más variados pretextos, de
1812 a 1827, a distintas islas del Caribe. James Gillespie, en mayo de
1812, estuvo encargado de gestionar con el presidente Petión, de
Haití, un arreglo satisfactorio a los problemas surgidos en derredor
de los corsarios norteamericanos que pretendían aprovisionarse en
los puertos que pertenecían a la parte republicana de la isla y, también, franquicias aduanales para los buques mercantes. Misión que
el Departamento de Estado confió más tarde a William Taylor. Los
despachos de este desde Port-au-Prince, noviembre 17 de 1813 a diciembre 7 de 1814, parecen indicar que Petión accedió a las demandas norteamericanas. En febrero 7 de 1818, encargaron a Taylor de
presentar una fantástica serie de reclamaciones a Henri Christophe,
rey de Haití, exigiendo la inmediata satisfacción de sus demandas.
Y, en mayo 27, tuvo que volverse Taylor a los Estados Unidos pues
Christophe se negó a recibirlo y no permitió que presentara demanda
alguna en las oficinas de Relaciones Exteriores. No había sido Taylor
el único agente especial norteamericano enviado a Christophe. Le
había precedido Jacob Lewis –encargado de vigilar los pretendidos derechos comerciales de los ciudadanos norteamericanos en lo que ellos
llamaban Spanish Main– que, en misión a Cabo Haitiano, en 1816,
logró de Christophe la orden de poner en libertad a un tal Duplessis;
y a Septimus Tyler, 1817, se le encargó idéntica gestión.
Recuperar los esclavos que los ingleses habían capturado y llevado a las Indias Occidentales durante la guerra anglo-americana,
era una verdadera preocupación para el Departamento de Estado
de Washington. En abril lro de 1815 designaron a Thomas Pinckney,
general del ejército norteamericano, para investigar en Bermudas,
empleando los agentes que fuesen necesarios, para determinar los
esclavos vendidos allí por los británicos y que estos habían capturado
en territorio de los Estados Unidos, y cuyos dueños querían recuperarlos. Con idénticas o parecidas instrucciones Thomas Spalding
que fungió como auxiliar del general Pinckney, y, hasta Halifax, en el
Canadá, fue el agente especial Augustus Neale en busca de esclavos
americanos que fueron a aquella ciudad desde las colonias británicas
del Caribe.
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En todas partes comenzaban los norteamericanos a provocar incidentes de varias clases. El cónsul general de los Estados Unidos en St.
Thomas, R. M. Harrison, habíase convertido en una pesadilla para las
autoridades coloniales danesas de aquella isla, convertida en centro de
contrabando y piratería en todo el Caribe, y cuyas leyes se empeñaban
en desconoce los ciudadanos americanos dedicados a esas actividades. Y
para conseguir las ventajas comerciales que necesitaban para vencer en
la competencia a sus rivales ingleses, se encargó a George W, Campbell –
junio 28 de 1818– de trasladarse en misión especial a Copenhague para
lograr concesiones de todo género del gobierno de Dinamarca en las
islas Vírgenes, de cuya posesión pretendían despojar a los daneses.
En 1821, Edward Wyer, se presentó en Cabo Haitiano el 27 de febrero, con un pliego de reclamaciones pidiendo el pago de indemnizaciones por imaginarios perjuicios causados a ciudadanos norteamericanos, que en similar misión continuó, en 1824, Jabez Boothroyd.
Pero ya no era el Departamento de Estado únicamente el que
enviaba agentes al Caribe, sino también la Secretaría de Marina,
interviniendo a veces, como en 1823, hasta el Comité de Relaciones
Exteriores del Congreso y el Procurador General. Y ese fue el caso de
Thomas Randall, agente especial a Cuba y Puerto Rico, con instrucciones de hacer una amplia investigación acerca de las agresiones de los
piratas que tenían sus bases en ambas islas a los buques norteamericanos, y que, en el fondo, no fue otra cosa que un exhaustivo trabajo de
espionaje de acuerdo con los planes de apoderarse de las codiciadas
colonias españolas, que facilitarían a los Estados Unidos el control
político y económico del Caribe.
De mayor amplitud, si cabe, en este aspecto de la política expansionista de los Estados Unidos, fue la encomienda dada a Robert M.
Harrison. Las instrucciones que le dieron en Washington –agosto 9 de
1827– le ordenaban observar, en lo que ellos llaman West Indies, el efecto de las leyes que regían el comercio entre los Estados Unidos y las
colonias británicas del Caribe, Los acuciosos reportes de Harrison forman unos cuantos volúmenes en los archivos diplomáticos norteamericanos, obtenidos en los lugares visitados y estudiados a cabalidad que
fueron: San Bartolomé, St. Thomas Antigua, Barbados, Demerara,
Trinidad, Granada, Tobago, San Vicente, Jamaica. Los Estados Unidos
se preparaban, venciendo todos los obstáculos, a dominar el Caribe,
convertirlo en un lago americano.
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◉◉◉◉◉
Tres principales grupos de problemas resaltan desde el principio en la política americana, con relación a asuntos públicos y empresas privadas en las islas del Caribe –ha escrito el profesor Melvin
M. Knight, de la Universidad de Columbia–. En primer lugar, la
posición de esta cadena de islas, conocidas como Antillas Mayores
y Menores, en la vía de los imperios, hizo que fuera aplicada la
Doctrina de Monroe, ampliada hasta una política de intervención.
En segundo lugar, el valor de las islas en sí ha motivado la penetración económica. En tercer lugar, la distinción de razas en los
Estados Unidos ha influido en todo lo demás que hemos tratado de
realizar, porque no hemos podido eliminar ese problema ni encontrarle una solución dentro del país –escribe el profesor Knight, analizando la política expansionista norteamericana proyectada hacia
el objetivo de reemplazar a España en sus dominios del Caribe–, Y
agrega: Desde la época en que Haití y Santo Domingo se liberaron
de sus amos europeos hasta nuestra guerra civil, no pudimos sostener relaciones normales con las repúblicas negras o mulatas que
distaban solo un día de viaje desde nuestros Estados del Sur, donde
la esclavitud africana prevalecía. Ni Haití ni Santo Domingo fueron
reconocidos hasta que la división de los Estados libró a nuestro
Congreso del voto del Sur. Estos dos pequeños estados –separados
por la guerra de la Independencia Dominicana en 1844– fueron
tratados, en realidad, como material de balompié por los partidos
que estaban en favor p en contra de la esclavitud en los Estados
Unidos.31
A Jean Pierre Boyer, presidente de Haití, que había realizado
la unidad de las dos fracciones de la nación a la muerte de Petión
y Christophe, presentó W. D. Robinson ciertas reclamaciones del
Comodoro Lewis, reproduciendo en su casi totalidad las anteriores que
habían sido realizadas tanto en Port-au-Prince como en Cap-Haitien.
Y al informar de su gestión al Presidente de los Estados Unidos, expresaba Robinson su parecer de que, tanto Boyer como Inginac, su
Secretario General
Melvin M. Knight, Los americanos en Santo Domingo, Santo Domingo, 1939.
31
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[…] deseaban vivamente ganarse la buena voluntad de
nuestro gobierno y tengo la seguridad de que si el gabinete ofreciera reconocer la independencia de Haití, o bien
hacer con Haití un tratado comercial, podríamos imponer
nuestras condiciones y ver todas nuestras reclamaciones
pagadas.
En 1822 se calculaba que las exportaciones de Estados Unidos
a Haití igualaban la suma de lo exportado a Rusia, Prusia, Suecia,
Dinamarca e Irlanda, y que más eran los barcos procedentes de Haití
que entraban en puertos de los Estados Unidos que los de cualquier
otro país, con excepción de Inglaterra, las colonias inglesas en el
Nuevo Mundo y Cuba.
En el año 1824 lo importado en Estados Unidos de Haití ascendía a
la suma de $2.247,235; y la exportación norteamericana a la república
negra del Caribe alcanzaba la cifra de $2.365,155. En 1825 el comercio
internacional era como sigue: Estados Unidos: 374 barcos, con 39,199
toneladas; le seguían Gran Bretaña; 78 barcos, con 11,952 toneladas;
Francia: 65 barcos, con 11,136 toneladas; Alemania: 17 barcos, con
3,185 toneladas; y Colombia: 16 barcos, con 1,195.
El presidente Boyer estimuló el comercio con los Estados Unidos.
En consideración al lucro de estos lazos económicos que ligaban a
Estados Unidos con Haití, –escribe Charles Callan Tansill– abrigaba la
esperanza el presidente Boyer de que el gobierno de Estados Unidos
reconocería su gobierno, y la solicitud oficial al efecto fue trasladada al
Senado de Estados Unidos por el presidente Monroe con los comentarios siguientes:
Aludiendo a la situación política de Santo Domingo he de
observar que toda la isla se encuentra ahora unida bajo un
solo Gobierno y a tenor de una constitución que relega la
soberanía a las gentes de color [...]. El establecimiento de
un Gobierno de gentes de color en la isla de acuerdo con los
principios ya señalados expone bien a las claras el concepto
de intereses por separado y la desconfianza hacia las demás
naciones [...]. La experiencia que tenemos es aún exigua
sobremanera para que podamos formarnos un juicio exacto
sobre las aspiraciones que alientan y los fines a que aplicarán
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su espíritu de gobierno. Estas interrogaciones, no obstante
ser de mayor interés, naturalmente, para las islas vecinas,
merecen que Estados Unidos les preste atención.32
Una vez enviado aquel mensaje equidistante del presidente del
Senado, –continúa Tansill– surgió en el gabinete presidencial el debate sobre la cuestión del reconocimiento de Haití. Examinado atentamente el asunto decidió el gabinete no conceder el reconocimiento al
gobierno de Boyer en Haití. Fue desfavorable la actitud del Congreso
al reconocimiento de Haití y los representantes de los estados sureños
se opusieron apasionadamente a la cuestión, aprovechándose para
combatirla de la oportunidad que les vino en 1825-1826 cuando se
propuso que el gobierno de Estados Unidos enviara delegados a un
congreso interamericano que se celebraría en Panamá en el verano de
1826, figurando entre los temas que se tratarían en dicho congreso en
preparación la situación política de Haití. Con ese tema ante la conferencia tenían que sentirse profundamente agraviados los senadores
sureños y el de South Carolina, Hayne, hizo gala de su elocuencia al
combatirlo:
Nada que se relacione con la esclavitud podemos consentir
que sea tratado con otras naciones, y la cuestión que menos
debemos tratar es la independencia de Haití juntamente
con gobiernos revolucionarios, cuya propia historia nos da
un ejemplo no menos amenazador y contrario a nuestra paz
interna [...]. Clara está nuestra política con respecto a Haití y
es que jamás podremos reconocer su independencia.33
Tan hostil como Hayne a toda idea de reconocer a Haití se mostró
el senador Thomas Hart Benton, de Missouri, alegando que la política norteamericana hacia el gobierno haitiano hacía treinta años que
estaba implantada y aunque se tenían relaciones comerciales con los
negros de esa isla, no se había establecido en ella ninguna agencia
diplomática:
Charles Callan Tansill, The United States and Santo Domingo. 1798-1873,
Baltimore, 1938.
33
Ibídem.
32
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Les compramos café y se lo pagamos, pero sin cónsules ni
ministros de una u otra parte […] ¿Por qué? Porque exhibir entre once estados los frutos de una rebelión de negros
triunfal sería destruir la paz que reina en ellos [...]. Esa paz
se vería atacada si en los once estados se viera y se dijera que
por haber asesinado a sus amos y amas han de hallar amigos
entre los blancos de esta nación.
Tal era la atmósfera saturada de odio, de prejuicios, de hostilidad –
anota el profesor Price-Mars– en la cual la cuestión haitiana se discutía
en los Estados Unidos entre los años 1822-1826, en el momento mismo
en que habían surgido dificultades en las modalidades y tentativas de
ajustar la unión haitiano-dominicana realizada en 1822.
Molesto el presidente Boyer con la actitud del Gobierno norteamericano, se negó a permitir que el Agente Comercial, Armstrong,
continuara ejerciendo sus funciones en Port-au-Prince. El Secretario
de Estado, Adams, antes de nombrar a Francis M. Dimond como
nuevo Agente Comercial en Haití, expresó su opinión que dicho
nombramiento:
[...] sería con el carácter extraoficial de agencia comercial
y con la probabilidad de que no fuera reconocido, pues
las gestiones del último agente comercial anterior, Andrew
Armstrong, habían sido desatendidas por motivo de que declinamos reconocer la soberanía e independencia de Haití.34
Armstrong salió de Port-au-Prince en abril de 1827, y Dimond llegó a esa ciudad a hacerse cargo de la Agencia Comercial de los Estados
Unidos en septiembre de 1828, permaneciendo en ella hasta el 1 de
abril de 1829.
Claro que para la fecha en que Dimond llegó a la capital haitiana,
la situación internacional del Gobierno de Haití había mejorado sensiblemente. En 1825, Carlos X, rey de Francia, reconoció la soberanía
e independencia de Haití. Y, en mayo 24 de 1826, Charles Mackenzie
desembarcó en Port-au-Prince para comenzar oficialmente las funciones de Cónsul General de la Gran Bretaña.
J. Price-Mars, La République D’Haiti.
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En los Estados Unidos, se iba produciendo, dada la importancia
que para los comerciantes de Bostón, Nueva York, Philadelphia, etc.,
adquiría, el comercio norteamericano con Haití, un intenso movimiento a favor del reconocimiento. La Cámara de Representantes de
los Estados Unidos en el invierno 1838-1839 recibió más de doscientas peticiones solicitando el reconocimiento de Haití. En 1843 presentó John Quincy Adams una moción a la Comisión de Relaciones
Exteriores de la Cámara «para que sea nombrado inmediatamente un
Cónsul en la República de Haití para gestionar las reclamaciones de
nuestros ciudadanos».
Pero el único voto favorable que obtuvo la moción fue el de
Adams. Sin embargo, el prejuicio norteamericano contra esas relaciones disminuyó al separarse la parte oriental, o sea el Santo Domingo
español, de la República de Haití. El 5 de diciembre de 1844, Santana,
presidente de la República Dominicana envía a José María Caminero
a los Estados Unidos, en calidad de agente especial, para gestionar con
el presidente John Tyler el reconocimiento de la independencia. En
el escrito que presenta al secretario de Estado, John C. Calhoun, dice
Caminero:
La antigua parte española de la isla de Santo Domingo estuvo bajo la dominación de España hasta el comienzo de
1822. Por una de esas fatalidades a las cuales están sujetas las
naciones y en consecuencia de las facciones formadas por los
cambios políticos, de una parte, y teniendo, por otra parte,
enemigos naturales como vecinos, el país ha sido unido de
facto a la República de Haití que, en ese momento, ocupaba
la parte occidental de la isla perteneciente en otro tiempo
a Francia. Esta unión y la abolición de la esclavitud que le
sigue, ocasiona un trastorno general de las costumbres tanto
como de los principios de vida social a los cuales estaban
acostumbrados originalmente los habitantes españoles [...].
«En lo que concierne a la República haitiana cuya existencia
política no ha sido reconocida por los Estados Unidos, no
ha podido ni podría haber tenido una legítima dominación
sobre la parte española, dado que su odiosa ocupación
ha sido una verdadera usurpación. En lo que concierne a
España, que tuvo la soberanía de ese territorio y de la cual
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los dominicanos fueron los súbditos, la indiferencia, la indolencia de esta nación y su abandono durante veinte años que
estuvimos bajo la opresión y las vejaciones de los negros de
Haití demuestran y establecen positivamente el derecho de
los dominicanos de asumir su propia soberanía y de gozar
en toda libertad constituyendo un Estado independiente
[...]».35
En 25 de enero de 1845 dirigió una nueva nota a Calhoum.
Conociendo el odio profundo que este profesaba a los negros, que
lo había convertido en el líder indiscutible de la oligarquía esclavista.
Caminero, en su escrito, hace un minucioso relato de los acontecimientos históricos de la isla desde el movimiento dé Núñez de Cáceres
en 1821, y procura destacar el hecho de haber proclamado Boyer, al
invadir la parte del Este en febrero de 1822, la abolición de la esclavitud y la Constitución de Haití. Y termina Caminero afirmando que la
porción de gentes de color que existen en la parte oriental se compone
de mulatos y de zambos, nacidos todos libres sobre el suelo dominicano.
Que siempre estuvieron en contacto con los blancos en la observación
de la religión y la moral; lo que es común a todos los pueblos de Sur
América donde se encuentran los mismos tipos humanos.
Con fecha 21 de febrero de 1845 Calhoum comunicó a Caminero
que su informe lo había leído con gran interés el presidente Tyler. Sin
embargo, era norma del Gobierno norteamericano antes de reconocer la independencia de un nuevo estado, «nombrar un comisionado
que visitara ese país y, después de indagar, diera cuenta de su criterio
en relación a todos los hechos y circunstancias de que se debe estar
informado antes de hacer la decisión del asunto».
Y, al siguiente día, 22 de febrero, designó a John Hogan, de Nueva
York, comisionado en Santo Domingo para que rindiera un informe
sobre los puntos siguientes:
1. La extensión y límites del territorio sobre el cual afirma su autoridad y. la impone el gobierno dominicano. 2.
Población, su carácter y composición. 3. Número, disciplina
y armamentos de las tropas. 4. Población total del país y la
J. Price-Mars, La République D’Haiti.
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proporción de europeos, africanos y mestizos. 5. Sistema de
hacienda y recursos de la república.36
Rápidamente se trasladó Hogan a Santo Domingo. El 12 de junio
de 1845 presentó a Tomás Bobadilla, ministro de Estado, un extenso
cuestionario relativo a su misión. Dos ciudadanos norteamericanos residentes en la capital dominicana, Abner Burbank y Francis Harrison,
le dieron informaciones circunstanciadas en 24 y 26 de junio. El 19
de ese mes, Bobadilla, con el estilo pomposo que empleaba en otros
tiempos para redactar las proclamas que Boyer dirigía a los dominicanos, entregó a Hogan el informe, expresando que si la riqueza de
los recursos naturales influyera a favor del reconocimiento, entonces
claro estaba que esa medida no se haría esperar. El territorio de la
República Dominicana, según se veía contenía en abundancia minas
de oro, cobre, plata, hierro, azogue, azufre, canteras, carbón, yeso,
salinas y otros productos de la naturaleza.
El gobierno era benévolo, el clima salubre y la gente, «mansa, dócil, en extremo religiosa [...] con todas las cualidades que se requieren
para formar una gran nación».
En los informes escritos por separado de Harrison y Burbank se
confirmaban los elogios prodigados en el de Bobadilla. Harrison, además, dejaba entrever que el reconocimiento deseado podría llevar al
Gobierno de la República Dominicana a ceder a los Estados Unidos
algún puerto útil para estación naval.
A su regreso, Hogan encontró un nuevo gobierno en los Estados
Unidos. James K. Polk había sucedido a Tyler, y la Secretaría de Estado
la regenteaba James Buchanan. A este rindió su informe expresando
su parecer de que Santo Domingo era de inestimable valor y que poseía
una de las situaciones más admirables que puede ostentar el mundo para un
emporio comercial.
El presidente Polk y el secretario Buchanan, cuyos planes de expansión imperialista abarcaban México, Centroamérica y la isla de Cuba,
se entusiasmaron con las gestiones de Hogan, pero tan rápidamente
cambió la situación en el Caribe –la agitación anexionista en Cuba y
las actividades en Santo Domingo de un partido favorable al establecimiento de un protectorado español– que tanto Polk como Buchanan
C. C. Tansill, The United States.
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estimaron conveniente enviar otro agente especial. También produjo
alarma en los dirigentes imperialistas norteamericanos el hecho de haberse presentado –febrero de 1846– una flota de guerra española en
aguas dominicanas y haber designado el gobierno de aquel país una
comisión que visitara España, Francia e Inglaterra a fin de conocer la
actitud de esas potencias respecto a la intervención en Santo Domingo.
El nuevo agente especial, teniente David D. Porter, llegó a Santo
Domingo en mayo de 1846. El presidente Santana prometió darle al
teniente Porter toda clase de facilidades para viajar por la isla y este
no tardó en apreciar que las facilidades eran harto primitivas y de haberse publicado el relato de sus viajes, pocos se habrían interesado en
seguirle las huellas. La Bahía de Samaná le interesó vivamente por su
situación ventajosa para una base naval, pero moderaba su entusiasmo
de marino profesional con un sentimiento práctico que le indicaba
la falta de comodidades que sufrirían sus compatriotas que prestaren
servicio cerca de sus aguas, y agregaba:
Muchas son las delicias de Samaná y muchas las incomodidades del que allí viva. Abundan toda clase de reptiles venenosos y los mosquitos casi lo enloquecen a uno.37
Estaba convencido de que los dominicanos estaban por su inteligencia mejor preparados para administrar los asuntos de gobierno
que los haitianos, y le asombraba que se hubiesen sometido por tanto
tiempo a la férula de los generalotes negros. Pintó el teniente Porter
en su informe un cuadro interesante de las intrigas francesas en Santo
Domingo, mencionando los esfuerzos de los agentes de aquella nación para inducir a los dominicanos a rebelarse contra el gobierno de
Haití y situarse bajo la protección de Francia.
Embargado por el plan de arrebatar a México la mitad de su territorio, que provocó la guerra injusta con aquella nación en mayo
de 1846, Polk se vio obligado a abandonar sus propósitos de ocupar
bases en territorio dominicano y establecer la explotación intensa de
aquel país en beneficio de los intereses económicos norteamericanos.
Además, le preocupaba la manifiesta hostilidad de las jóvenes repúblicas latinoamericanas.
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La guerra con México levantó un clima de hostilidad general contra los Estados Unidos y esta hostilidad se manifestó en la Conferencia
de Lima en 1847. Ese año, delegados de Chile, Perú, Ecuador, Bolivia
y Colombia, se reunieron en Lima, principalmente para concertar
las medidas contra el expresidente Flores, de Ecuador, expulsado
de este país en 1845 y que conspiraba para recobrar el poder con la
ayuda de España. Flores debía conducir un ejército para instalar un
príncipe español en Quito y colocar a los demás países del Pacífico
bajo el dominio de su antigua metrópoli. Para realizar sus planes,
Flores había reclutado un ejército en Europa y se preparaba a partir
para América cuando intervino el gobierno británico, se apoderó de
los transportes y puso fin a la aventura. Pero, los Estados del Pacífico,
inquietos, continuaron su conferencia de Lima. Los Estados Unidos
no habían sido invitados a esta conferencia, y los delegados se reunieron en una atmósfera de hostilidad hacia los norteamericanos; la
guerra con México no había terminado, y se tomaron acuerdos en
favor del pueblo mexicano que luchaba con desventajas, es cierto,
pero en defensa de la integridad de su suelo. Sólo Colombia estaba
a favor de los Estados Unidos a causa del tratado firmado el año precedente, y propuso a la conferencia hacer enviar un representante
a Washington por cada uno de los países. La conferencia rechazó
con indignación este proyecto. Pero, al fin, la diplomacia norteamericana logró conjurar el grave problema que le venía encima, y las
resoluciones tomadas al final de los debates no afectaron sus planes
expansionistas.
A pesar de que su tiempo estaba embargado en la realización de
los planes esclavistas de apoderarse de todo el territorio mexicano el
presidente Polk no dejaba de ocuparse de las cuestiones del Caribe, especialmente Santo Domingo, Haití y Cuba. En 1846, creyendo que las
potencias europeas trataban de apoderarse de las riquezas dominicanas estableciendo allí una especie de protectorado, designó a Francis
Harrison como Agente Comercial en la República Dominicana, pero
con instrucciones de vigilar los movimientos de los agentes europeos.
El 18 de febrero de 1847 llegó Harrison a Puerto Plata. De su recorrido por la isla informó a Buchanan que la escuadra francesa aparecía
constantemente en aguas dominicanas, y, en los últimos cuatro meses
del año 1846, oficiales de marina franceses habían estado haciendo
extensos estudios en la Bahía de Samaná.
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Harrison murió de fiebre amarilla. En su lugar fue nombrado
Jonathan Elliot. En 1848 el general Manuel Jimenes sucedió al presidente Santana. El nuevo mandatario –según despacho enviado al
Departamento de Estado en 2 de mayo de 1849–, en entrevista privada con Elliot le preguntó si los dominicanos podrían efectuar su propia
anexión a los Estados Unidos. Y, como, al propio tiempo, un ejército
haitiano cruzaba la frontera para restablecer la unidad política de la
isla, y corrían rumores al parecer fundados de que la Gran Bretaña
intervenía en el conflicto con el propósito de apoderarse de la codiciada Bahía de Samaná, el Secretario de Estado, en 16 de junio de
1849, designó Agente Especial en la República Dominicana y Haití a
Benjamín E. Green, –interesado él y sus socios en promover negocios
en aquella isla– con las siguientes instrucciones:
Hará usted gestiones para averiguar lo que haya de cierto
en lo que se dice sobre la cesión de la Bahía de Samaná y
si resulta que el Gobierno dominicano ha ido demasiado
lejos para retroceder, entonces se servirá comunicar a este
Departamento los términos de la cesión y los fines con que
la adquiere Inglaterra, con la extensión que le sea dable
obtener a usted. Si la cesión no se ha llevado a cabo del
todo, se esforzará usted en frustrarla con declaraciones
enérgicas aunque respetuosas ante el Ministro de Relaciones
Exteriores, el Presidente u otras personas de elevada jerarquía en esa República.38
Además, volviendo sobre los informes anteriores de Hogan y
Porter, se le ordenaba a Green reiniciar las negociaciones para el reconocimiento a base de un tratado de comercio y la cesión de Samaná.
Green –según Callan Tansill– se hizo cargo de la misión con el
premeditado propósito de enriquecerse, aplicando las enseñanzas de
los fronterizos norteamericanos en sus tareas de rapiña sobre México;
había observado con atención cómo ciertos americanos se habían enriquecido induciendo al Gobierno de México a concederles haciendas
a cambio de llevar colonos a las partes despobladas de Texas, y a la
vez había observado con interés cómo los propios colonos se habían
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fortalecido al amparo del régimen holgado de México y, después de
breve lucha, se habían hecho independientes.
Ahora lo que tenía que hacer era aplicar igual procedimiento a las
tierras desocupadas de la República Dominicana.
Según decía el diario de New York Daily Tribune –agrega Tansill– el
proyecto de Green era sin discusión grandioso y como parte del mismo se le concedería al Gobierno dominicano:
[...] un cuantioso empréstito, uno o dos vapores y las ventajas
de la comunicación postal a intervalos regulares con Estados
Unidos, en atención a lo cual se permitiría a los Green y sus
socios introducir colonos norteamericanos que se dedicarían a la minería, la tala de maderas de tinte y preciosas, la
agricultura, amén de gozar de privilegios exclusivos, entre:
estos el de constituir una organización militar aparte con sus
propios oficiales.39
Pero la Revolución de 1848 en Europa tuvo una gran influencia en
el desarrollo histórico de los problemas del Caribe. La liberación de
los esclavos en las colonias francesas, Martinica y Guadalupe, como
consecuencia de la Revolución, y, también, el reforzamiento ideológico de los hombres que en los Estados Unidos defendían el derecho de
los negros a disfrutar de la libertad humana. Un grupo de hombres,
abolicionistas como William Lloyd Garrison, inflexible en su actitud
frente a la esclavitud, que no temió en desafiar las iras de la oligarquía
del Sur, antiesclavistas como Charles Sumner, el profesor Henry W.
Longfellow y Ralph Waldo Emerson, que fueron silbados por la facultad y estudiantes de Harvard por haber expresado públicamente sus
ideas, o como Wendell Phillips que estuvo a punto de ser linchado, se
enfrentaban a la influencia de los monopolios que iniciaban su escala
ascendente y la reaccionaria política interior y exterior del Gobierno
de Washington, encontraron en la Revolución de 1848 un poderoso
aliento para la lucha contra la oligarquía esclavista y sus aliados. Lo
que alarmó muy seriamente al presidente Polk y sus consejeros. Y ante
el temor de que España, ganada por esas ideas se decidiera a abolir
a su vez la esclavitud en Cuba, decidió actuar rápidamente. Creyó el
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momento adecuado, ya que en Cuba, hacendados, comerciantes y
tratantes de esclavos –criollos en su mayoría para defender sus irritantes privilegios– se asociaban a la reacción norteña y proclamaban la
urgente necesidad de la anexión de la Isla a Norteamérica.
Pero, según los reportes de Calderón de la Barca, ministro español
en Washington, al Ministro de Estado y al Gobierno Colonial de Cuba,
Polk, a los pocos días de ser proclamado Presidente de los Estados
Unidos –escribe Jerónimo Becker– comisionó a dos sujetos para que,
con el pretexto de negocios mercantiles, pasasen a la Gran Antilla e
indagasen hasta qué punto estaban dispuestos los cubanos a su agregación a los Estados Unidos [...]. Todo esto era muy verosímil, pues
a nadie podía sorprender que así como el presidente Tyler hizo de la
anexión de Texas el principal objetivo de su administración, su sucesor Mr. Polk soñase con imitar tal conducta respecto de Cuba.40
Ya en 1845, según un oficio de 21 de octubre del Ministro de
Estado, Martínez de la Rosa, al capitán general de la isla de Cuba,
Leopoldo O’Donnell, en una reunión verificada en Illinois se resolvió nombrar una comisión de cinco personas con el fin de tomar en
consideración si se debía autorizar al presidente para la compra de la
isla de Cuba. Y al siguiente año, en 10 de febrero de 1846, en oficio reservado No. 205 trasladaba al propio Ministro copia de la proposición
del senador Levy para comprar a Cuba. En la primavera de 1847, el
vicepresidente norteamericano Mr. Dallas publicó un extenso artículo
en el que analizaba los planes de la expansión de los Estados Unidos,
en el que recomendaba asignar fondos para abrir un canal que uniese
el Golfo de México con el Pacífico a través del istmo de Tehuantepec,
sosteniendo que debía obligarse a México a ceder también ese territorio, cuyos fondos debían emplearse para llevar a cabo también el de la
compra de la isla de Cuba.41
Las condiciones históricas parecían favorables a sus planes. El 30
de mayo de 1848, Polk –escribe el Prof. Portell Vilá– resolvió someter a
la consideración de sus secretarios sus puntos de vista relativos a Cuba.
Lo hizo durante el curso de una reunión del gabinete y en su diario
dejó constancia de lo tratado con las siguientes palabras:
J. Becker, Historia de las Relaciones.
Ibídem.
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[…] Hoy informé al gabinete de que yo deseaba llamar su
atención, no para una decisión inmediata, sino para su estudio, hacia la posibilidad de proponer a España la compra
de la isla de Cuba […]. El asunto fue minuciosamente discutido. Se consideró la grande importancia de la isla para
los Estados Unidos y el peligro, en caso de no adquirirla, de
verla caer en manos de Inglaterra […]42
John L. O’Sullivan director de The Democratic Review, amigo de
Buchanan y de Narciso López, que lanzó la frase Manifest Destiny, en
contacto con los agentes del movimiento anexionista que impulsaba
la esclavocracia criolla, era el promotor cerca del presidente Polk de
los planes de compra. La rivalidad comercial angloamericana en el
Caribe fomentaba las intrigas internacionales. Y, al final de muchos cabildeos e intrigas entre los intereses económicos y políticos en disputa,
James Buchanan, Secretario de Estado, en 17 de junio de 1848 dirigió
a Romulus M. Saunders que había reemplazado a Washington Irving
al frente de la representación diplomática de los Estados Unidos en
España, el documento que contenía la síntesis de las proyecciones imperialistas norteamericanas para dominar a Cuba y a la América toda:
Por orden del Presidente llamo ahora la atención de V. al
estado actual de Cuba, y al que parece estarle reservada en
lo futuro. La suerte de esa isla tiene que interesar profundamente al pueblo de los Estados Unidos. A nosotros nos satisface que ella continúe en la condición de colonia de España.
Mientras se encuentre en poder de esta última Nación nada
tenemos que temer. Y aparte de eso, nos sentimos también
ligados con España por vínculos de antigua amistad, y deseamos sinceramente que estos se perpetúen.
Pero nosotros no podemos consentir que dicha isla pase a
ser una colonia de otra Potencia europea. El hecho de que
cayese en manos de la Gran Bretaña, o de otra Potencia marítima de importancia, sería ruinoso para nuestro comercio
interior y exterior, y pondría, tal vez, en peligro la unión de
H. Portell Vilá, Historia de Cuba.
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nuestros Estados. Y como el mayor y más indisputable de
los deberes de toda nación independiente es proveer a su
propia seguridad, nos encontramos obligados, en obedecimiento a este principio, a oponernos por cuantos medios la
Providencia ha puesto a nuestro alcance, a la adquisición de
Cuba por ningún Estado marítimo poderoso.
Cuba está casi a la vista de la costa de la Florida, se encuentra
colocada entre ese Estado y la Península de Yucatán y posee
el puerto de La Habana que es amplio y profundo y está inexpugnablemente fortificado. Si cayese bajo el dominio de la
Gran Bretaña, la dominación de esta sobre el Golfo de México
sería suprema. Estaría en manos suyas, en tiempo de guerra
bloquear las bocas del Mississippi y privar a nuestros Estados
del Oeste, y los que se hallan en las orillas del Golfo, poblados
todos por gentes activas e industriosas, de la ventaja de un comercio extranjero para sus inmensas producciones. Y todavía
esto no sería lo peor, puesto que quedaría a su arbitrio obstruir
el comercio por mar entre nuestros puertos del Golfo y los del
Atlántico, que es casi tan grande y tan valioso como el que hacemos con el extranjero. ¿Hay alguna razón para creer que la
Gran Bretaña desea adquirir la isla de Cuba? Por su pasada historia, conocemos perfectamente que su política ha sido siempre la de apoderarse de todo punto de importancia comercial
en el mundo, que las circunstancias hayan puesto a su alcance.
Y, ¿qué punto hay tan importante como la isla de Cuba?
Los Estados Unidos ocupan el primer lugar entre los rivales
comerciales de la Gran Bretaña [...]. Ella sabe bien, por otra
parte, que si Cuba nos perteneciese, sus posesiones antillanas
perderían casi todo su valor. Por la extensión y fertilidad del
suelo cubano, y por la enérgica actividad de nuestro pueblo,
nos sería fácil proveer en breve tiempo, al mundo entero, de
productos tropicales a precios más bajos de los que tuvieran
que pagarse en cualquiera posesión de la Gran Bretaña.
Séame lícito ahora examinar este asunto bajo un aspecto diferente. Si Cuba se anexase a los Estados Unidos, no solamente
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nos sentiríamos libres de las aprensiones, respecto a nuestra
propia seguridad y la seguridad de nuestro comercio, que no
podemos dejar de sentir mientras ella continúe como está,
sino que sería imposible para la previsión humana darse
cuenta exacta de los beneficios que de aquel hecho reportaría la Unión.
Con fortificaciones adecuadas en las Tortugas, y con el puerto fortificado de La Habana, en nuestro poder y convertido
en una estación naval, podíamos cerrar cuando quisiéramos
la salida del Golfo de México [...].
[…] Pero por grande que sea el deseo de poseer a Cuba que
tienen los Estados Unidos, no llega hasta el extremo de que
quieran hacerlo por otros medios que la libre voluntad de
España. El precio de una adquisición no sancionada por el
honor y por la justicia sería demasiado caro. Inspirado por
estos principios ha parecido al Presidente, que, en vista de las
presentes relaciones entre Cuba y España, podría el Gobierno
español sentirse inclinado a ceder la isla a los Estados Unidos
mediante el pago de una justa y satisfactoria compensación.
Según nuestras noticias, así oficiales como privadas, existe
hace algún tiempo entre los naturales de Cuba, una hostilidad
profundamente arraigada, contra la dominación española.
Las revoluciones que en sucesión tan rápida han tenido lugar
en el mundo, en estos últimos tiempos, han inspirado a los
cubanos el ardiente deseo de obtener su independencia. En
realidad nuestro Cónsul en La Habana nos comunica, que
«hay mucha probabilidad de que la isla entera se encuentre
dentro de poco en un estado de guerra civil», anunciándonos
también que allí «se están haciendo esfuerzos para venir a reunir dinero con ese objeto en los Estados Unidos de América, y
para inducir a alguno de nuestros regimientos de voluntarios,
que están todavía en México, a solicitar su licenciamiento, e
irse a Cuba para auxiliar la revolución».
Apenas necesito decir a V. que el Gobierno de los Estados
Unidos no tiene participación alguna en esa obra de excitar
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descontento entre los cubanos. Muy lejos de esto, tan pronto
llegaron a mis manos los citados informes de nuestro Cónsul,
le envié el despacho de que acompaño copia, de 9 del corriente mes, por el cual verá V. como le recomiendo ser muy
cauto en sus palabras y sus hechos para evitar que se tenga la
menor sospecha contra él, de que en modo alguno alentaba
a los cubanos a levantarse contra España [...]. Conociendo el
ardiente deseo de los cubanos de anexarse a nuestra Unión,
agregué, que no era difícil predecir que una insurrección
malograda serviría únicamente para demorar, si no hacer
del todo imposible, aquella tan ansiada solución.
[...] La adquisición de Cuba fortalecería los vínculos de
nuestra Unión [...].
Cuba, apreciando debidamente las ventajas de la anexión, está
ahora pronta para precipitarse en nuestros brazos. Una vez admitida en la Unión, su prosperidad y hasta su misma existencia
tendría que depender de continuar su unión con nosotros. En
vista de todas estas razones, el Presidente cree que ha llegado
el momento crítico en que debe hacerse un esfuerzo para
comprar de España la isla de Cuba y ha determinado confiar a
V. este importante y delicado deber. La tentativa debe hacerse
primero en una conversación confidencial con el ministro de
Estado español. Una oferta por escrito podría producir una
absoluta negativa también por escrito, que embarazaría en lo
futuro para nosotros la adquisición de la isla.
Además, siendo tan incesantes como son los cambios en
los ministerios y la política de España, podría resultar que
tuviesen conocimiento oficial del asunto los gobiernos extranjeros, y excitar sus celos y oposición… Tan delicadas
negociaciones deben siempre conducirse, a lo menos en su
período preliminar, en conversaciones confidenciales y con
el mayor secreto y presteza [...].
[…] El Presidente estaría dispuesto a estipular el pago de
cien millones de pesos. Pero este es el precio máximo. Y si
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España quiere vender, V. hará lo que pueda para comprarla
al precio más bajo posible.
Si V. pudiera conseguir que se haga un tratado con ese
objeto, podría V. tomar por modelo el que se hizo en 1803
entre Francia y los Estados Unidos para la adquisición de la
Luisiana [...]. 43
Este documento diplomático de excepcional importancia para la
dolorosa historia de la explotación de los países del Caribe, tenía sus
lejanas raíces en la política internacional de Thomas Jefferson y John
Quincy Adams, y el ejemplo cercano de otros redactados por John
Forsyth y Daniel Webster.
Forsyth, secretario de Estado de los Estados Unidos, escritió en 15
de julio de 1840 a Mr. Aaron Vail, encargado de negocios en Madrid:
Los Estados Unidos han visto siempre con no poca ansiedad y solicitud el estado político de Cuba. Su proximidad a
nuestras costas, la magnitud de nuestro comercio recíproco,
y la semejanza entre sus instituciones domésticas y las que
existen en algunas secciones de nuestro propio país, son
causas suficientes para impedirnos mirar con indiferencia lo
que de cualquier modo afectara la suerte de aquella isla. El
Gobierno español sabe, porque así se lo hemos dicho muchas veces, que los Estados Unidos no desean que Cuba salga
de la dominación de España para caer en la de otra Potencia;
y excusado es repetir que en este punto nuestra política no
ha sufrido alteración alguna.44
Y, cuando, tres años más tarde, la denuncia de Domingo del Monte
alertó al gobierno de Washington acerca de una conspiración de hombres de color libres y esclavos, al parecer alentada por Inglaterra, para
libertar a los negros de su cruel servidumbre, Daniel Webster, que
había sucedido a Forsyth al frente del Departamento de Estado, envió
un despacho a Robert B. Campbell, cónsul de los Estados Unidos en
J. I. Rodríguez, La Anexión de la Isla de Cuba.
Ibídem.
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La Habana –14 de enero de 1843– explicándole que si el plan conspirativo cubano llegaba a realizarse, la esclavitud en los Estados Unidos
recibiría el golpe de muerte, y aseguraría para la Gran Bretaña una
influencia ilimitada en América, porque:
[...] atrincherada aquella nación en La Habana y San Antonio,
puertos tan inexpugnables como la roca de Gibraltar, tendría el poder de cerrar las dos entradas del Golfo de México,
y aun de impedir el paso del comercio de los Estados Unidos
por el canal de las Floridas y las Bahamas.45
En el documento escrito por Buchanan, reconoce este la influencia real de la Revolución de 1848 entre los sectores más progresistas de
la población cubana. Y esa información inquietaba profundamente a
la oligarquía esclavista de los Estados Unidos. Sus integrantes, viejos
políticos enquistados en la dirección del gobierno de su nación, sabían
muy bien que cualesquiera revolución democrático-burguesa en un
país latinoamericano traería como lógica consecuencia a la obtención
de su independencia, la emancipación de los esclavos. Cuyos ejemplos
lo había dado México, Argentina, Centro América, etc. Y, al mismo
tiempo que se apoyaban para sus planes anexionistas en la decidida
cooperación de la oligarquía esclavista de Cuba, a la que ofrecían todo
género de ayuda, combatían cualquier tentativa para lograr la separación que tuviese el más mínimo aspecto de estar inspirada en los
principios populares y progresistas de la Revolución de 1848.
Por esas razones, Buchanan, en una entrevista con Calderón de
la Barca, representante diplomático español en Washington, le informó de los planes revolucionarios de un grupo de cubanos –agosto de
1848– que inmediatamente se comunicó al Capitán general de Cuba y
dio como resultado que descubriera e hiciera fracasar la conspiración
de la Mina de la Rosa Cubana.
Claro que durante largos años estas maniobras diplomáticas contaron
con el respaldo de la prensa controlada por los intereses inversionistas
norteamericanos en el Caribe, y, muy especialmente de los oligarcas esclavistas del Sur. Así, por ejemplo, en un ejemplar del New York Herald de
1 de octubre de 1841, apareció un artículo –copia del cual fue enviada al
J. I. Rodríguez, La Anexión de la Isla de Cuba.
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Capitán general de Cuba en 22 de noviembre de ese año por el Ministro
español en Washington– en el que, al mismo tiempo que ponía en claro
las intenciones de la Gran Bretaña, avisaba a los Estados del Sur del peligro
que los amenazaba si los ingleses se apoderaban de Cuba. Y explicando
esas campañas de prensa comentaba el citado funcionario español:
[...] En otra ocasión tuve la honra de manifestar a V. E. que
nuestras posesiones de las Indias Occidentales, sobre todo de
algún tiempo a esta parte, eran consideradas por la prensa
periódica de Inglaterra y de estos Estados, como patrimonio
sin dueño, del cual podían apoderarse cuando lo tuvieran
por conveniente; (estas expresiones u otras análogas las pronunció en el Congreso, al tratarse de la cuestión de límites
con Inglaterra, el diputado Mr. Thompson) pero esta misma
ambición que abrigaban las dos naciones, nos aseguran la
conservación perpetua de las Antillas. Sin embargo, las últimas noticias llegadas de la Península, han variado de un
modo muy notable la situación política de la Unión respecto
de la isla de Cuba [...].46
Las conmociones políticas internas de Cuba y las actividades
del general Narciso López y sus compañeros en los Estados Unidos
que culminaron en las famosas expediciones a playas cubanas de
1850 y 1851, hicieron de los proyectos de anexión de Cuba una
cuestión internacional. En respuesta a las demandas diplomáticas
del Gobierno de España, los gabinetes de París y Londres accedieron a presentar al de los Estados Unidos una nota –25 de abril de
1852– en la cual, para desaparecer todo recelo internacional en
la posesión de la isla de Cuba, se sometía a su aprobación un proyecto de Convenio entre las tres naciones: Gran Bretaña, Francia
y Estados Unidos, cuyo artículo primero estaba redactado en los
siguientes términos:
Las Altas Partes contratantes desautorizan por el presente
Convenio separada y colectivamente para el presente y para
el porvenir, toda intención de obtener la posesión de la isla
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 845, No. 28,391.
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de Cuba, y se obligan respectivamente a prevenir y reprimir,
en todo cuanto de ellos dependa, toda tentativa dirigida a
ese fin por cualquiera Potencia o particulares.
Las Altas Partes contratantes declaran, separada y colectivamente, que no tomarán ni guardarán, sea para todas ellas,
sea para una, ningún derecho de fiscalización exclusivo
sobre la isla de Cuba, y que no tomarán ni ejercerán en ella
ninguna autoridad.47
Daniel Webster, a la sazón Secretario de Estado, acusó recibo
de la nota de los diplomáticos franco-británicos en 29 de abril.
Después de afirmar que en todo tiempo los Estados Unidos habían
declarado no tener designio alguno sobre Cuba y que habían asegurado a España que podía descansar en la amistad y apoyo de
Norteamérica para ayudarla en la defensa de la isla, advertía que
debía someter el proyecto de convención tripartita al Presidente de
la República, y llamaba la atención que «la política uniforme de los
Estados Unidos ha sido evitar en lo posible toda alianza o convenio
con otros Estados, y mantenerse libre de obligaciones internacionales, excepto en caso de que se hallen afectados directamente sus
propios intereses […]».48
Y, por lo tanto, necesitaba estudiarse con gran cuidado si esa línea
política debiera variarse en las circunstancias difíciles que atravesaban,
por medio de un tratado en el caso de Cuba.
Transcurrieron los meses sin que, a pesar de los recordatorios que
hicieran llegar periódicamente al Secretario de Estado, los diplomáticos franco-británicos recibiesen respuesta alguna. El 24 de octubre
de 1852 murió Daniel Webster. Interinamente lo sustituyó Charles M.
Conrad que no se atrevió a tocar tan grave asunto. En noviembre 6 fue
designado en propiedad Edward Everett que, al fin, en l de diciembre,
contestó la citada nota anglo-francesa:
[...] El Presidente no codicia la adquisición de Cuba para la
América del Norte; pero al mismo tiempo considera la suerte
J. Becker, Historia de las Relaciones.
Ibídem.
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de dicha isla como una cuestión puramente americana y en
muy corto grado europea.
El proyectado Convenio se funda en un principio diferente.
Establece que los Estados Unidos no tienen otro ni mayor
interés en la cuestión que la Francia o la Inglaterra, y, sin
embargo, basta solo parar la vista sobre un mapa para reconocer cuán distantes están las relaciones de Europa con la
isla de ofrecer la misma conexión e intimidad que las de los
Estados Unidos.
El Presidente, apreciando cumplidamente el espíritu amistoso
con que la Francia y la Inglaterra solicitan su cooperación, y sensible a las ventajas que resultarían, en la cuestión de Cuba, de
un perfecto acuerdo entre las tres potencias, se ve, con todo, en
la necesidad de negarse a formar parte del referido Convenio
por las razones siguientes: Cree en primer lugar, y hasta el punto que le permite hacerlo su respeto como Poder Ejecutivo por
uno de los tres grandes poderes de la Nación, cuya decisión se
permite presumir, que el Tratado en cuestión sería mirado con
disgusto por el Senado. Negándose este Cuerpo a ratificarlo (y
en efecto se negaría), la cuestión de Cuba quedaría en peor
estado que en la actualidad. Esta objeción no bastaría para que
el Presidente negase su cooperación al Tratado si no existiesen
otras consideraciones, y si, juzgándole de una utilidad incontestable, creyese de su deber acceder a él hasta el punto que
concierne al Poder Ejecutivo. Pero no sucede así. El tratado no
tendría valor alguno si no fuese durable. En consecuencia, sus
artículos expresan una obligación y un propósito perpetuos.
Pero sería muy dudoso afirmar que la Constitución de los
Estados Unidos concediese facultades suficientes al Poder que
hiciera el Tratado para coartar la acción del Gobierno americano en las épocas futuras e impedir que, por cualquier cambio
de circunstancias, pudiesen volver a hacer lo que han hecho tan
repetidas veces en épocas pasadas [...].
[...] La isla de Cuba, situada a nuestras puertas, domina la entrada del golfo de México, que baña las costas de cinco Estados
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de la Unión, cierra e! paso a aquel río caudaloso, que atraviesa
el Continente norteamericano, y forma con sus tributarios el
más vasto sistema de comunicaciones interiores fluviales que
existe en el mundo, y es el centinela que guarda el paso de
nuestras comunicaciones con California por la vía del istmo.
Si una isla como Cuba, perteneciente a la Corona de España,
guardase la entrada del Támesis o del Sena, y los Estados
Unidos propusiesen un Convenio como este a Francia y a
Inglaterra, estas Potencias conocerían seguramente que el
compromiso contraído por ellas era mucho más importante
que el que nosotros contraeríamos en cambio [...].
[...] Pero, aún en los actuales momentos, el Presidente no
abriga ningún género de duda de que tanto la Francia como
la Inglaterra preferirán cualquier cambio en la condición
de la Isla de Cuba, a lo que es más de temer: una revolución interior que renovase los horrores y la suerte de Santo
Domingo […].49
A los anexionistas del Congreso no les agradó que se hubiese
afirmado en un documento diplomático que la anexión de Cuba era
aventurada. Y, en el Senado, el 25 de diciembre de 1852, declaró Mr.
Masón:
Yo puedo declarar libremente, como uno de los representantes de los Estados, que no conozco peligro que nos pudiera
suceder o causar para que dudáramos de anexionarnos la Isla
de Cuba si ella estuviera dispuesta para la anexión mañana.50
Como Everett hubo de esbozar en la respuesta a la nota conjunta
de las dos grandes potencias europeas interesadas en los problemas
del Caribe la necesidad de que el Gobierno Colonial de Cuba estuviese facultado para sostener relaciones diplomáticas con Washington,
William L. Marcy, que lo sustituyó en el cargo, en una nota de 23 de
J. Becker, Historia de las Relaciones.
Ibídem.
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julio de 1853 al Ministro norteamericano en Madrid señalaba la «necesidad para los Estados Unidos de América de que España concediese a
los capitanes generales de Cuba la plenitud de facultades diplomáticas
necesarias para tratar con ellos directamente».51
Y, en 3 de abril de 1854, en despacho de Marcy al propio funcionario en Madrid le indicaba de orden del general Franklyn Pierce,
el nuevo mandatario electo por la oligarquía esclavista, reanudar las
tentativas para comprar a Cuba:
Si se presenta una ocasión oportuna, el Presidente le manda
a V. que renueve la tentativa de comprar la isla. El sabe bien
que esta negociación es delicada y difícil, y, por lo tanto, deja
a V. en toda libertad de conducirla como en su discreción
estime más acertado [...]. Si el orgullo de España se irrita
ante la proposición de vender la isla a una Potencia extraña,
puede ser que se la induzca a que consienta en su independencia, y en que sean los Estados Unidos los que contribuyan
esencialmente a ese resultado.52
Esperanzado por las oportunidades que parecían ofrecer al éxito
de sus planes para dominar a Cuba y demás islas del Caribe la guerra
de Crimea y, además, la lamentable situación política y económica de
España, Marcy en despacho de 16 de agosto de 1854 indicó a Pierre
Soulé, ministro en Madrid, la conveniencia de que celebrase con sus
colegas James Buchanan, ministro en Londres, y J. Y. Masón, ministro
en París, un amplio cambio de impresiones para concertar las medidas diplomáticas necesarias ante los gobiernos de aquellos tres países
europeos a fin de lograr el acuerdo que franquease la adquisición de
Cuba.
Después de un cambio de impresiones en París al que asistieron los
representantes diplomáticos norteamericanos acreditados en Roma,
Turín, Lisboa y La Haya, Buchanan, Masón y Soulé se reunieron en
Ostende donde discutieron sus planes los días 10 y 11 de octubre de
1854, trasladándose después a Aix-la-Chapelle, donde permanecieron
hasta el 18. Y, enviaron a Marcy una memoria, firmada por los tres,
J. I. Rodríguez, La Anexión de la Isla de Cuba.
Ibídem.
51
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conocida por el Manifiesto de Ostende, en el que se ratificaba la oferta
de comprar la Isla de Cuba a España y amenazando con apoderarse de
la isla si rehusaba.
El Manifiesto de Ostende –señala certeramente Carlos Marx– en el
cuál la adquisición de Cuba, sea mediante él hurto o la fuerza de las armas, se
proclamó como la gran tarea nacional, pese a la extraordinaria publicidad
que se le dio, hubo de fracasar no solo por la oposición resuelta de
las potencias europeas, sino también por las contradicciones internas
norteamericanas que amenazaban el poder esclavista.53
◉◉◉◉◉
Atraídos por las perspectivas favorables para la expansión de su
comercio y el desarrollo de su naciente industria, los Estados Unidos,
antes de doblar la primera mitad del siglo xix, adoptan poco a poco la
concepción que tenían los marinos europeos del período del Spanish
Main y la lucha encarnizada contra la potencia colonial española. No
es oro lo que necesitan conquistar, tampoco es su único objetivo el asegurarse el control de los productos coloniales. Lo que necesitan, antes
que nada, es obtener como en los inicios de la colonización europea de
las Indias Occidentales, un nuevo navío de permiso. Es decir, los Estados
Unidos, el naciente nuevo imperio de América, quería extender su hegemonía sobre el Caribe para lograr, con la ayuda de esta base, dominar
los prometedores y admirables mercados de la América Latina.
La política agresiva de los Estados Unidos, estimulada por el incalificable despojo que el Tratado de Guadalupe Hidalgo le dio aspecto
de cuestión internacional resuelta, cada vez más audaz y descarada, no
sólo trataba de arrebatarle más tierras a México lanzando una plaga
de aventureros sobre la Baja California y presionaba diplomáticamente para obtener las tierras codiciadas de La Mesilla, sino también al
maniobrar para engullirse la América Central, Cuba y Puerto Rico y
adquirir el control definitivo sobre Haití y la República Dominicana y,
también, la península de Yucatán.
La justificación de esa política imperialista trata de hacerla con
cinismo sin igual, el general James Gadsden, representante del
Gobierno de Washington para el arreglo de las cuestiones pendientes
C. Marx y F. Engels, ob. cit.
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Con México –sobre todo la relacionada con La Mesilla– al contestar
en 27 de diciembre de 1854, en una nota estrictamente confidencial al
pliego mexicano de protestas firmado por el ministro Diez de Bonilla
por las constantes y continuas agresiones norteamericanas después
de firmado el famoso tratado de paz, en tales términos que ponen al
descubierto las tortuosas maniobras norteamericanas –que Gadsden
pretende justificar– a fin de apoderarse de cuantas tierras estaban al
sur de sus fronteras:
[…] Sin embargo, el Gobierno de los Estados Unidos es popular; y a la verdad, la voluntad del pueblo decide su política;
cuando esa voluntad se da a conocer, se hace también sentir
y domina al Gobierno. De ese modo, lo que en un principio
pueden ser actos ilegales y no autorizados de individuos, por
medio de representaciones y de celo en sus ilícitos designios,
frecuentemente se convierten en voluntad popular y a veces
a tal grado, que varían no solo la política, sino también los
administradores de ella. V. podrá ver un ejemplo de esto en
nuestras actuales relaciones con España respecto de Cuba.
Hace dos años que la Federación era resueltamente hostil
a la agregación de aquella isla o de cualquier territorio
separado del Continente; hoy el Gobierno de la Unión no
sólo trata de su compra, sino que es posible (y Dios no lo
permita) que se vea envuelto en una guerra por su adquisición. Veo por lo mismo con sentimiento los disturbios y
falta de armonía de nuestras fronteras septentrionales, y es
muy posible que según las frecuentes quejas de V. se hallan
originado los ilícitos designios filibusteros americanos, de
concierto y fraternizando con los «insurgentes» y súbditos
de México. Eso sin embargo hace tanto más peligrosas esas
conspiraciones, cuanto que los filibusteros de la margen
americana del Río Bravo apelan al populacho de los Estados
Unidos, manifestándole que no hacen más que proceder por
simpatía con las provincias o departamentos que desean y
procuran su independencia. Ese sentimiento, hablando con
lealtad, no solo encuentra estímulo, sino que va ganando
terreno en los Estados Unidos; y un período de doce meses
puede producir un gran cambio en nuestra política respecto
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de las provincias septentrionales de México, incluso la Baja
California, como lo ha producido respecto de Cuba [...].54
No era sólo en México y Cuba donde los norteamericanos fijaban
sus ambiciosos proyectos. Haití y Santo Domingo figuraban también
en ellos. Y en la época que Gadsden escribió la nota citada, se preparaba el Departamento de Estado de Washington a disputarle a Francia e
Inglaterra el dominio de la antigua Española.
Edward Everett, director de las relaciones internacionales de los
Estados Unidos, alarmado ante los informes de los agentes estacionados en el Caribe acerca de la posibilidad de que Francia obtuviera la
Bahía de Samaná a cambio de proteger a la República Dominicana de
la anunciada agresión haitiana, se dirigió al Ministro en París comunicándole, en diciembre de 1852, que se opondría a dicha cesión:
La política mantenida por Estados Unidos, en esta cuestión
ha sido del todo desinteresada, pues no hay duda de que en
nuestras manos ha estado sentar reales en esa isla y en cuanto a una estación naval en Samaná, tanto la necesita nuestra
nación como cualquiera otra potencia europea. Nuestra política, empero ha mantenido con firmeza la norma de evitar,
en todo lo posible, que se vean perturbadas las relaciones
políticas de las Antillas que hoy existen.55
A petición de Everett, John P. Kennedy, Secretario de Marina,
en enero de 1853 envió al teniente de navío James T. Gerry a Santo
Domingo a investigar la presencia de una escuadra francesa en Samaná.
La verdad era que dada la situación interna de Francia –el 2 de
diciembre de 1852 Luis Napoleón Bonaparte había dado el golpe de
Estado que restableció el imperio– y la crisis del siguiente año con
motivo de la guerra ruso-turca y la intervención anglo-francesa en el
conflicto, impedían al nuevo gobierno ocuparse de los asuntos del
Caribe. Y dio una respuesta que tranquilizó a Everett. Pero, William L.
Marcy, que le sucedió en el cargo de Secretario de Estado –8 de marzo
Alberto María Carreño, La diplomacia extraordinaria entre México y Estados Unidos.
1789-1847, México, 1951.
55
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de 1853– recibió un informe de Jonathan Elliot, agente comercial
de Estados Unidos en Santo Domingo, en el que anunciaba nuevas
intrigas de Francia. Y el propio Elliot le dio aviso de la presencia en el
puerto de Santo Domingo del vapor de guerra español Isabel II conduciendo a D. Mariano Torrente, encargado por el Gobierno Colonial
de una misión diplomática reservada, cuyo agente había estado cuatro
días consecutivos en misteriosas entrevistas con el presidente Santana.
Aunque se mantenía todo lo relativo al asunto en estricta reserva, sospechaba Elliot que España gestionaba una alianza con el Gobierno
dominicano con el fin de protegerlo contra Haití y «particularmente
para impedir que a esta parte de la isla acuda una numerosa inmigración procedente de Estados Unidos».56
Como el presidente Santana –que había sustituido a Báez, partidario de entenderse con Francia, España e Inglaterra– se había mostrado
dispuesto a tratar con los Estados Unidos, decidió el secretario Marcy
enviar un nuevo agente especial a Santo Domingo en vista de los alarmantes comunicados de Elliot. Y fue nombrado el general William L.
Cazneau, cuya misión oficial era investigar la situación de la República
Dominicana, sus conflictos con Haití y el posible reconocimiento de
su independencia por las potencias europeas.
Cazneau era un aventurero, sediento de oro, que se había distinguido por sus turbios manejos en Texas, casado con una señora
nombrada Cora Montgomery, de cuya mala fama se hace eco el tantas
veces citado Charles Callan Tansill reproduciendo los comentarios que
sobre su conducta escribió John Bigelow, desde la isla de St. Thomas
publicados en Evening Post, New York, 21 de febrero de 1854:
De aquí zarpó hace poco el buque que lleva al señor Cazneau,
el marido de la «Cora Montgomery», rumbo a la ciudad de
Santo Domingo, en comisión del señor Marcy. Con su fama
ya ganada de filibustera, su esposa se le adelantó un mes o
más en llegar al puesto de observación. El mismo Cazneau
todavía no sabía mientras estaba aquí el carácter exacto de
su misión, pues era la esposa la que tenía el nombramiento
en su poder, pero de lo que la misma ha dicho en Santo
Domingo poco después de su llegada se infiere que dicha
Ibídem.
56
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misión consiste en preparar la anexión de la parte oriental
de Haití a los Estados Unidos [...] pues no ha vacilado en
asegurar al pueblo de Santo Domingo que dentro de seis
meses la nación pasaría a poder de los Estados.57
Y el mismo Bigelow volvió a la carga sospechando que la señora
de Cazneau era la impulsadora del proyecto de ocupar la Bahía de
Samaná, y, en el propio periódico –24 de mayo de 1854– escribió:
Bueno es que sepa el público algo más acerca de esta comisionada, la misma inexpugnable e inmaculada Clara
Montgomery, alias señora de Storm, que en un tiempo fuera
la editora del diario Sun, y compañera de armas de Beach el
mayor, en cuya compañía visitó a Cuba y otras regiones del
extranjero en tiempos pretéritos. Terminada esa acción se
hizo seguidora del ejército norteamericano en la guerra contra México, donde quizá tuvo la suerte de llegar a conocer al
General de Brigada Pierce, produciéndole la impresión que,
entre otros gajes, le atrajo su actual nombramiento.58
De regreso a Estados Unidos de su primera misión, Cazneau abogó por la penetración política y económica en la cuenca del Caribe.
Y lo hizo con tal calor que los imperialistas comenzaron a prestarle
apoyo a sus proyectos. El secretario Marcy no estaba muy decidido,
pero otros dos miembros del gabinete del presidente Pierce, Jefferson
Davis, Secretario de Guerra, y James Gunthrie, Secretario del Tesoro,
influyeron con el Presidente a favor de los proyectos de Cazneau. En
17 de junio de 1854, decidió Marcy enviar nuevamente a Cazneau a
Santo Domingo, llevando un proyecto del tratado que debía negociar.
En las instrucciones se le indicaba que el atractivo de Estados Unidos
en reconocer el Gobierno de la República Dominicana es la:
[...] adquisición de las ventajas que esperan los Estados
Unidos con la posesión y el dominio de las tierras despobladas en la Bahía de Samaná para los fines limitados que
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Ibídem.
57
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se mencionan en el Artículo XXVII [...]. No hay intenciones de que sea extenso el territorio que se ha de arrendar y
probablemente una milla cuadrada nos brindaría todas las
cualidades que buscamos. Júzgase de la mayor importancia
que usted obtenga, juntamente con la concesión de tierras
y su toma de posesión, todos los derechos de autoridad y
dominio que sobre las mismas se proponen en el artículo
que se contrae al asunto. La adquisición de dichas tierras
perdería gran parte de su valor si fueren restringidos en lo
esencial esos derechos y, sin la autoridad para proteger a las
personas y a los bienes, su posesión no sería de valor alguno.
Con la ocupación de ese lugar por Estados Unidos y la visita continua de barcos nuestros y de otras banderas, no hay
duda que adquiriría estabilidad la República.59
Estas actividades de Cazneau provocaron grandes debates en los
círculos esclavistas norteamericanos. El tratado secreto con los Estados
Unidos lo firmó el presidente Santana el 15 de octubre de 1854, pero,
bajo la presión inglesa, el Congreso dominicano lo rechazó.
John Bigelow visitó la isla de Santo Domingo en el año de 1854
–escribe Callan Tansill–. Estando en la ciudad de Santo Domingo tuvo
conocimiento de que Cazneau tenía la misión de obtener la Bahía
de Samaná y, al descubrir que la señora de Cazneau era católica de
religión, se convenció de que actuaba el Papado de acuerdo con ella
con el fin de ayudar al imperialismo americano. Muchos años después
confesó en carta a su amigo Charles Sumner, su creencia de que las actividades políticas del Romanismo era la fuerza motriz que empujaba
a la Unión a penetrar en el Caribe. Pensaba que bien valdría la pena
indagar si está o no:
[...] la Iglesia Católica encubiertamente interesada y actuando en estas intrigas para la anexión de Santo Domingo
a Estados Unidos. El viejo emperador Soulouque de Haití
había reñido con el Papa en relación al derecho de investir
a los sacerdotes y el nombramiento de sacerdotes de color,
etc., de cuyos términos exactos me he olvidado, lo que dio
Ibídem.
59
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por resultado que Soulouque no se inclinara hacia Roma. A
Haití fue un señor Walsh, hijo de nuestro antiguo Ministro en
París y de religión católica, en el cargo de comisionado que le
dio el presidente Fillmore, quien ofendió a Soulouque presentándose en la corte usando una americana. Juntamente
con los representantes de Francia e Inglaterra emprendió
la tarea de amedrentar a Soulouque para que abandonara
la guerra que hacía a los dominicanos. Le sucedió en el cargo en Santo Domingo Cazneau como representante de la
Iglesia y del partido antihaitiano. Este último ha resultado
ser imposible de refrenar.
No me sorprendería si en gran parte se debiera al interés de
Roma la presión que se ejerce sobre nuestro Gobierno para
que se anexione islas de las Antillas y así se explica que la Iglesia
de Roma prefiera ver a la isla dominada por nosotros más bien
que por un gobierno refractario a la religión católica.60
La expansión norteamericana la impulsaban los intereses económicos dominantes en el gobierno norteamericano, que se lanzaron
en busca de materias primas baratas para su naciente industria, y de
fáciles mercados para sus productos. Y, además, apoderarse de todas
las riquezas de los pueblos de la América Latina. Para lograrlo, los
Estados Unidos se lanzó sobre el Caribe como el buitre sobre la presa.
Guillaume Lobé cónsul de los Países Bajos en La Habana, convencido de que las grandes potencias europeas –1854-1855– absorbidas
como estaban por la guerra de Oriente no calculaban de una manera precisa la marcha acelerada del expansionismo norteamericano,
creía, contemplando la dramática crisis de Cuba y demás regiones del
Mundo Colombino, que sin el conocimiento de los graves acontecimientos que tenían lugar en esta zona americana «ningún gobierno
se encontrará en estado de poder fundar en el siglo xix la felicidad de
su pueblo, y menos aun de retirarlo sano y victorioso del cataclismo
horrible que amenaza al mundo».
En 1 de mayo de 1854 escribe Lobé unas notas relativas a las relaciones que encuentra entre la cuestión ruso-turca y la que pronto
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debía surgir entre la isla de Cuba y los Estados Unidos. Afirma en ellas
el parecido de las ambiciones imperialistas de los zares de Rusia y las
de los Estados Unidos. Y se pregunta:
¿qué quieren, desde su emancipación esos inmensos Estados
Unidos? [...] ¿Hacía qué objetivo se dirige día a día, etapa
por etapa, su perseverante política; a partir del día, quitándose la máscara, en que echaron a un lado las doctrinas de
su sabio patriarca, el inmortal Washington? [...]
Y da la respuesta siguiente:
Ya lo hemos dicho, y ellos lo proclaman de lo alto de su
Capitolio con la jactancia que le es natural: apoderarse del
Universo entero, después de haber subyugado, sea de grado o de
fuerza, el mundo de Colón, de cual se dicen ellos los solos y únicos
propietarios.61
Guillaume Lobé, Cuba et les Grandes Puissances Occidentales de L’Europe, París,
1856.
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VIII
Los conflictos en el Caribe y la misión secreta
de Torrente a Santo Domingo y Haití
Federico Roncali, conde de Alcoy, recibió de manos del general
Leopoldo O’Donnell –el implacable asesino de Plácido y de millares
de hombres y mujeres, negros y mulatos, libres o esclavos, envueltos
en la conspiración de la Escalera– el 29 de marzo de 1848 la dirección
suprema, con iguales omnímodos poderes que sus antecesores, del
Gobierno Colonial de Cuba.
Roncali –hechura de María Cristina, la ex regente de España y
madre de Isabel II– asumía el mando en un período dé extraordinaria
agitación en que la isla de Cuba se estremecía ante las noticias de la
Revolución de Francia, la propaganda de los partidarios de la anexión a los Estados Unidos unida a la protesta constante de una escasa
minoría criolla y blanca partidaria de la independencia, a la que se
sumaban los hombres de color, libres o siervos, que demandaban la
abolición del régimen esclavista incompatible a la mitad del siglo xix
con el desarrollo de la producción industrial. .
O’Donnell, en vísperas de entregar el mando, oficiaba al Ministro
de Gobernación –28 de marzo de 1848– que tenía conocimiento de los
sucesos revolucionarios de Francia, y, en vista de ellos, le hacía algunas
observaciones al Gobierno de Madrid acerca del sistema que había de
ponerse en práctica para mantener a la isla sometida a la metrópoli.
Roncali, pocos meses después –9 de julio de 1848– en oficio reservado
No. 92, exponía al mismo ministro diversas consideraciones respecto
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al estado de la isla y el espíritu de su población con motivo de los
acontecimientos producidos por la Revolución en Europa. 1
La situación de Cuba en ese momento histórico, la describe un
anexionista militante, Gaspar Betancourt Cisneros, en carta a José
Antonio Saco, fechada en Nueva York, agosto 30 de 1848, que, desde
su punto de vista, da una visión bastante exacta de lo que pretende
una gran parte de los grandes terratenientes cubanos ligados a los
intereses de los expansionistas americanos:
[...] El partido anexionista de Cuba está enlazado en los
Estados Unidos. Hasta los abolicionistas, y sus hermanos de
leche los del Free Soil Free labor ven en la anexión de Cuba
la línea más corta de llegar al término de la gran cuestión
humanitaria y socia [...]. «Se asegura que están dadas las
instrucciones al Ministro americano para entablar la negociación de compra pacífica de la Isla. Las razones, los fundamentos para esta solicitud no pueden ser desconocidos.
Cuba es necesaria a la conservación de los Estados del Sur:
Cuba está en peligro de caer en manos de los Ingleses: Cuba
corre el riesgo de una revolución de los blancos o de los
criollos disgustados con su Gobierno y maltratados y estafados hasta la médula de los huesos; o de otra revolución de
los negros, procedente ya de las sugestiones inglesas, ya del
ejemplo de las Colonias vecinas, ya del aumento de negros
que constantemente se introducen siendo público y notorio
que está reorganizada la sociedad negrera a cuya cabeza
figura la duquesa de Rianzares (la madre de Isabel II) y su
hechura Roncali para traer 10,000 Etiopes del Brasil. Todas
estas razones y hechos parece que inducen al Gobierno de los
Estados Unidos a tomar cartas en el proyecto de anexión por
compra; y a mí no me queda duda de que si no les venden
emplearán otros medios: Pero los acontecimientos se precipitan sobre nosotros. En Cienfuegos y Trinidad se proyectó
dar el grito de independencia en el mes de junio. A la cabeza de esta conspiración, dicen, estaba el general D. Narciso
López y jóvenes muy distinguidos de aquellos pueblos. Se
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 43, No. 24 y 27.
1
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me ha asegurado que uno de ellos, Sánchez Iznaga, le comunicó el proyecto a su padre y este delató la conspiración
a Roncali. En su consecuencia Sánchez Iznaga, y otros han
sido presos; Narciso López se fugó y está en New York, y todo
se frustró. El Gobierno no ha encontrado pruebas para nada
y ha tenido que poner en libertad a los presos. Roncali se
está manejando con la misma política dulce y tolerante de
Vives [...].2
Varias veces cita Betancourt Cisneros en sus cartas a Saco a la Reina
Madre María Cristina. En 14 de agosto de 1849:
[...] Entre tanto la compañía Cristina-Parejo, Pastor-FontForcade, etc., mete negros en Cuba que eso es como bandadas de totíes en tiempo de zafra [...].3
Tanto como regente del reino durante la minoría de su hija Isabel
II, como cuando, después de la caída de Espartero e hizo las paces con
Narváez, regresó a Madrid y legitimó su unión con Muñoz convirtiéndose en duquesa de Rianzares, esta inefable dama no dejó de lucrar con
el mayor descaro a costa de Cuba. En 1837 intentó vender la isla a los
franceses y diez años después, aprovechando la intensa campaña por la
adquisición de Cuba que se llevaba a cabo tanto en la isla como en los
Estados Unidos, los apoderados de María Cristina en La Habana entraron en contacto con los agentes norteamericanos ofreciendo su apoyo
a los planes de venta de la isla a cambio de recibir una gruesa suma en
efectivo por su participación en tan escandalosa operación financiera.
Igualmente quiso extender sus bien afiladas uñas sobre otras porciones de la América que había sido española, Becker, el historiador
de las relaciones exteriores de España, recoge la siguiente versión
acerca de la dimisión de Narváez como jefe del gobierno español y la
intromisión de María Cristina en las cuestiones de Estado:
Afirman que el Duque de Valencia, acariciando el pensamiento de apoderarse de México y fundar en este un trono
J. A. Fernández de Castro, Medio siglo de historia.
Ibídem.
2
3
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para un Príncipe español, envió a dicha República, como
Representante de España y con instrucciones reservadas, al
joven diplomático D. Salvador Bermúdez de Castro; que este
se puso de acuerdo con el general mexicano Paredes y creyó
poder contar con diez o doce mil hombres; que tuvo en su
casa una reunión de personas notables, las cuales firmaron
un acta comprometiéndose a aceptar un Príncipe español;
que Narváez pensó en el Infante D. Enrique, el cual rechazó
la proposición; que enterada María Cristina, se mostró ofendida porque no se hubiera preferido a uno de sus hijos, y que
el Duque se opuso a la idea de la Reina Madre, surgiendo de
aquí la oposición que dio en tierra con el Ministerio.4
También estuvo mezclada María Cristina en las aventuras del general Flores, ex presidente de la República del Ecuador, que proyectó
entregar su país nuevamente a España a cuyas actividades puso fin el
Gobierno Británico que se apoderó de los barcos que conducirían la
expedición, y cuyas actividades dieron lugar a los debates y acuerdos de
la Conferencia de Lima de 1847. Y Becker nos da la siguiente versión:
Hallábase por entonces en España el general Flores, emigrado de la República del Ecuador, y deseando tomar venganza de sus compatriotas, ideó una expedición ofreciéndose
como caudillo, siempre que se le facilitasen dos mil hombres
del ejército, armas y otros recursos. El pensamiento agradó a
María Cristina, que soñó con un trono para su hijo el Duque
de San Agustín, y habló a Istúriz, obligóle a preparar las fuerzas pedidas por Flores, y hasta se nombró para mandarlas al
Brigadier de Estado Mayor D. Zenón de Buenaga. Pero descubierto el plan que con tanto secreto se había preparado,
se apoderó de él la prensa, lo combatió rudamente, mostrose
indignada la opinión, y no solo hubo de abandonarse aquel
proyecto, sino que el Gobierno negó su participación en él y
aún lo condenó severamente.5
J. Becker, Historia de las Relaciones.
Ibídem.
4
5
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Pero, sobre toda otra actividad, aparte del tráfico clandestino de
hombres y mujeres de África que era la fuente principal de sus inconfesables ingresos, María Cristina percibía mensualmente 13,875
pesos oro que le enviaba la Hacienda de Cuba, y que, tanto el conde
de Alcoy como sus sucesores José Gutiérrez de la Concha y Valentín
Cañedo, se encargaban de hacer llegar a sus manos. Así, por ejemplo,
la Dirección General de Contabilidad de la Hacienda Pública, a cargo
de D. Joaquín María Pérez, en oficio fechado en Madrid a 6 de julio
de 1852, le dice al Superintendente delegado de Hacienda Pública de
La Habana:
Excmo. Sr.: Con los oficios de V. E. fecha 5 de mayo y 2 de
junio últimos se han recibido en esta Dirección General para
los efectos que son consiguientes dos recibos de 13,875 pesos fuertes cada uno, cedidos por D. Antonio Benítez, por la
asignación de S, M. la Reina Madre de los meses de abril y
mayo últimos.6
Y, con fecha Madrid 4 de octubre de ese año, le envían otro oficio
por el estilo al Intendente de Hacienda de La Habana:
Excmo. Sr.: Con el oficio de V. E. fecha 2 de septiembre ppdo,
se ha recibido en esta Dirección General para los efectos que
son consiguientes, un recibo de 13,875 pps. fuertes cedidos
en esta Capital por D. Antonio Parejo apoderado de S. M. la
Reina Madre por la asignación de esta a Augusta Sra. del mes
de agosto anterior.7
Con estos ejemplos de corrupción política y administrativa dados
por los personajes más destacados de la monarquía hispánica, no es
de extrañar que el contrabando y el robo de los dineros públicos, así
como el tráfico cruel e inhumano de esclavos dominara totalmente
al podrido Gobierno Colonial y, menos aún, que causara asombro no
solo la rebeldía constante de los esclavos sino también la protesta –a
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes Generales, legajo 384,
No. 3.
7
Ibídem, No. 4.
6
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veces violenta y armada– de la burguesía criolla, en la que una minoría
progresista luchaba por implantar un régimen democrático e independiente bajo la influencia ideológica de la Revolución de 1848, frente
a los parásitos coloniales que pretendían asegurar sus bienes mal habidos, el negocio negrero y sus privilegios irritantes con la anexión a los
Estados Unidos de la isla de Cuba.
◉◉◉◉◉
No solo tuvo que enfrentarse el conde de Alcoy –hechura tanto de
María Cristina como de la camarilla militar que se turnaba el poder en
España– a la posible agresión norteamericana y la propaganda revolucionaría interior, sino que, sin capacidad para esa tarea, debió asumir la
dirección de la política internacional hispano-colonial en el Caribe, en
plena agitación, que llenaba de incertidumbre y temor a las oligarquías
de Cuba y Norteamérica, sobre todo, a partir de la emancipación de los
esclavos de Martinica y Guadalupe, y la sublevación de los siervos en la isla
de Santa Cruz, colonia danesa del Caribe, salvajemente reprimida con extrema crueldad por las tropas españolas enviadas por el general Juan Prim,
gobernador de Puerto Rico. También en esta isla estuvo a punto de estallar
un movimiento rebelde de los esclavos. El general Prim, en 26 de junio
de 1848, hizo ahorcar a los principales cabecillas. Esos amagos de rebeldía
decidieron al general Prim, en uso de los poderes extraordinarios de que
estaba investido, a dictar un Código Negro que sometía a toda la población
de color de Puerto Rico, libre o esclava, a la jurisdicción de las autoridades
militares, y autorizaba a los dueños de esclavos a darles muerte.
La rivalidad anglo-americana por controlar las fuentes de materias
primas y el comercio del Caribe, el Golfo de México y Centro América,
encontró su más grave punto de fricción en Nicaragua y Honduras. Al
mismo tiempo la política de las cancillerías de Londres y Washington
movían sus peones a fin de impedir que se consolidase realmente la
Confederación de Centroamérica, y alimentaban las ambiciones de los
caudillos locales y el divisionismo a través de grupos de comerciantes
y propietarios que, para defender mezquinos intereses económicos,
se prestaban a buscarles apoyo a los planes de las grandes potencias.
El 1 de enero de 1848 una fuerza inglesa expulsó de San Juan a los
funcionarios del gobierno de Nicaragua, arrió la bandera nicaragüense
e izó el pabellón de Mosquitos. Y le dio a la población el nombre de
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Greytown. La Gran Bretaña, con hombres sacados de la isla de Gran
Caimán y de Belice, se apoderó en 1838 de las islas de la Bahía, frente
a las costas de Honduras, se extendieron sobre el litoral hondureño y
en la llamada Costa dé Mosquitos proclamaron un rey de la Monarquía
Mosquitia, bajo el protectorado británico, y, en 1848, Lord Palmerston
declaró formalmente la soberanía de Mosquitia sobre San Juan, extremo oriental del proyectado canal de Nicaragua. Todo se basaba en que
el titulado Rey, al morir, había dejado todas aquellas tierras a la Reina de
Inglaterra. La actividad de los agentes norteamericanos, empeñados en
el proyecto del presidente Polk de dominar las posibles regiones de la
América Latina utilizables para un canal interoceánico, se dirigieron a
discutir a los ingleses el dominio de aquellos lugares lo que motivó una
gran tirantez en las relaciones entre ambas potencias rivales.
Y el conflicto llegó al Gobierno Colonial de Cuba. En abril 27 de 1848
recibió el conde de Alcoy un oficio con el membrete Ministerio General
del Gobierno Superior del Estado de Honduras, fechado en Comayagua
10 de marzo de ese año, firmado por Francisco Zelaya, acompañando
dos ejemplares impresos de la Constitución acabada de aprobar por la
Asamblea Constituyente, en cuyo articulado se definían las fronteras del
Estado, lo que determinaba que tanto las islas de Bahía como la Costa de
Mosquitos formaban parte del territorio de aquella nación.
Además, acompañaba dos ejemplares, fechados en 6 de enero
de 1848 y firmados por el presidente del Estado, D. Juan Lindo, y el
general Santos Guardiola, de la protesta que dicho gobierno hacía
con motivo de la ocupación por la Gran Bretaña de una parte del
territorio hondureño con el pretexto de reconocer a un titulado Rey
de la Nación Mosquitia. Apoyándose en los preceptos constitucionales
y documentos del período colonial probaban la legítima reclamación
de Honduras que, de acuerdo con el Pacto de Nacaone –reza en el
escrito– era uno de los Estados Confederados de Centro América.
Después de ser informado sobre el asunto por la Secretaría Política
del Gobierno de la isla, el conde de Alcoy, temeroso de que una opinión suya en aquellos momentos de aguda crisis aumentara las dificultades que tenía que afrontar con los gobiernos de Inglaterra y los
Estados Unidos, se limitó a contestar en l de mayo con un simple oficio
de acuse de recibo.8
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 10, No. 36.
8
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A todo ello se unía el peligroso conflicto haitiano-dominicano manejado a su antojo por los agentes de Francia, Inglaterra y los Estados
Unidos, y en el que estaban envueltos algunos españoles como D. Juan
Abril, Paz del Castillo, López Villanueva y otros empeñados en que
España convirtiera en protectorado la recién constituida República
Dominicana. Y los Estados Unidos, consumado el despojo de México,
comenzaban a evacuar la parte del territorio que no pudieron robarse.
El conde de Alcoy en 25 de agosto de 1848 recibió un despacho del
Cónsul de España en Veracruz con la siguiente noticia:
El día dos del actual fue entregada esta plaza y fortaleza de
S. Juan de Ulúa a las autoridades mejicanas enarbolándose
en seguida el pabellón de la República en ambos puntos con
los honores de ordenanza. «Acto continuo se embarcó el jefe
americano con las pocas tropas, que guarnecían la ciudad y
castillo».9
En el otro extremo del Mediterráneo Americano la situación era
cada día más compleja. El general Pedro Santana, Presidente de la
República Dominicana –quizás para quitarse de encima el sambenito
de afrancesado y anexionista que le habían colgado sus enemigos–,
envió a España una embajada integrada por Buenaventura Báez, José
María Medrano y Juan Esteban Aybar para gestionar el reconocimiento de la
independencia. Y al entonces Capitán general de Cuba le enviaron, con
fecha 13 de julio de 1846, la siguiente carta:
Por el Ministerio de Hacienda, Comercio y Relaciones
Exteriores de Santo Domingo se dirige a V. E. una comunicación, en la cual con motivo de tratar aquel Gobierno de
enviar a Madrid dos comisionados con objeto de gestionar
en solicitud del reconocimiento de aquella república, se
ruega a V. E. en términos respetuosos, se sirva favorecerlos
con algunas recomendaciones cerca del Gobierno de S. M.,
pudiéndolas V. E. en su caso dirigir a los emisarios que antes
de dos meses se encontrarán en Madrid [...].10
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 853, No. 28,822.
Ibídem, legajo 852, No. 28,805.
9
10
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O’Donnell no se dignó contestar la petición, y si los recomendó o
no, no es deducible del resultado de aquella misión. Desde septiembre
de 1846 hasta diciembre de 1847 estuvieron los comisionados dominicanos en Madrid sin lograr que los recibieran para hacer entrega
de sus credenciales. Cansados de esperar, decidieron regresar a Santo
Domingo y, antes de partir, el 3 de diciembre de «1847», dirigieron un
escrito al Ministro de Estado diciéndole:
Y en verdad que el pueblo dominicano, español por su
origen, por sus costumbres, y por su idioma y religión, no
esperaba ser tan desdeñado por el Gobierno de la Madre
Patria en las personas de sus representantes.11
Agregaban que se retiraban para acudir a otras naciones que habían ofrecido su mediación para hacer frente a la guerra promovida
por los haitianos.
Con la clásica lentitud y torpeza de la burocracia española, el
Ministerio de Estado –Madrid, 20 de diciembre de 1847– se dirige al
Capitán general de Cuba en demanda de informes:
[...] En Real Orden de 27 de octubre se da conocimiento a
V. E. de hallarse en la Corte dos comisionados encargados de
negociar el reconocimiento de la República de Santo Domingo o conseguir para ella el protectorado de España. Con tal motivo se pide
informe acerca de los inconvenientes que sobrevendrán a
esta Isla del reconocimiento o de aceptar el protectorado: las
facilidades u obstáculos que opondrían los Estados Unidos a
lo último, o cualquiera otra nación, los gastos que ocasionaría a la España y todo lo demás que V. E. juzgue oportuno en
esta importante cuestión.12
O’Donnell, de acuerdo con los consejos de los representantes de
los intereses negreros de Cuba, hubo de contestar oponiéndose no
solo al reconocimiento sino también al posible protectorado. Y, nuevamente, en 1848 y 1849, se le planteaban al conde de Alcoy, desde
J. Becker, Historia de las Relaciones.
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 852, No. 28,805.
11
12
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Madrid, las mismas cuestiones relativas a Santo Domingo. Pero, con
anterioridad, hubo de recibir desde los primeros días de instalarse en
el Palacio de Gobierno de La Habana los informes enviados por el
agente español en Curazao, José María Pando, principal promotor de
la injerencia en los asuntos dominicanos.
La República Dominicana, bajo la presidencia de Santana ofrecía
un lamentable aspecto. El fusilamiento del general Joaquín Puello,
negro, de gran popularidad, realizado por orden de Santana el 23
de diciembre de 1847, le enajenó las simpatías hasta de sus propios
partidarios que le obligaron a dimitir. El 8 de septiembre de 1848 lo
sustituyó en la presidencia de la República el general Manuel Jimenes.
De la abulia e incapacidad de este personaje informaba el agente americano Benjamín E. Creen a John M. Clayton, Secretario de Estado de
los Estados Unidos –27 de septiembre de 1849– que:
[...] consagraba la mayor parte de su tiempo, al cuidado de
sus gallos, a su entrenamiento, luego a las peleas en las vallas.
Es allí donde frecuentemente se ven obligados a enviarle los
documentos oficiales para que los firme.13
Sin embargo, la situación de tirantez en las relaciones con Haití
tomaba un aspecto peligroso. En efecto, el 6 de marzo de 1849,
Soulouque partió de Port-au-Prince al frente de numerosas tropas. El
6 de abril, después de un recio combate, las tropas haitianas tomaron
a Azua, y continuaron la marcha al parecer irresistible. El pánico cundió en todo el país. Jonathan Elliot –agente norteamericano a quien
Green sustituyó en mayo– escribió en 24 de abril a Clayton:
El ejército haitiano está muy cerca de nosotros. Casi todos
los grandes comerciantes han embalado sus mercancías
y las enviaron a las islas vecinas donde irán a reunirse con
sus familias. Esta ciudad (Santo Domingo) está colmada de
mujeres y niños venidos de la campiña. El hambre se teme.
Los dominicanos han solicitado la protección de Francia y
esperan una respuesta (del gobierno francés) que debe llegar aquí dentro de cuatro días. El capitán Warren, del barco
C. C. Tansill, The United States.
13
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de S. M. B. Tricomalee actualmente en la rada, me ha ofrecido
todo el socorro del que yo pueda tener necesidad en caso de
urgencia. Grandes cantidades de mercancías pertenecientes
a remitentes de New York han sido confiadas a mis cuidados.
El Presidente me ha informado que está resuelto a incendiar
la ciudad si no podía defenderla de los haitianos [...].14
Pero en el combate de Las Carreras, el general Santana, que había
sido llamado por el Congreso dominicano para tomar el mando del
ejército, derrota a los haitianos.
Soulouque se retira a marchas forzadas hacia Port-au-Prince. Y
aprovechándose del terror que inspiraba, justificó en una fantástica
proclama su inexplicable derrota. Y el 25 de agosto de 1849 se hizo
proclamar Emperador de Haití bajo el nombre de Faustino I.
Unidos en Santo Domingo, Santana, Bobadilla y Báez, obligaron a
Jimenes a dimitir la presidencia, y lo reemplazó en el cargo el coronel
Buenaventura Báez.
Estos sucesos desataron una vez más las intrigas de los agentes de
Francia, Inglaterra y los Estados Unidos, a la vez que los simpatizantes
de España reanudaban con nuevo vigor su propaganda. Y Roncali, al
que atemorizaban los proyectos anexionistas, la agitación revolucionaria interior y la amenaza de una invasión a Cuba desde los Estados
Unidos, tuvo que dedicar la atención que requería –ya que las camarillas de militares y políticos corrompidos que gobernaban a España
no se ocupaban nada más que en robar– la grave situación del Caribe.
◉◉◉◉◉
Con fecha 28 de diciembre de 1848 comunicaba Pando al conde
de Alcoy que dos días antes había llegado un barco de Santo Domingo
con cartas del día 19 del confidente situado en aquella ciudad
informándole:
La misión del Cónsul General de Francia, sobre la no cesión de las bahías de Samaná a los ingleses, no ha sido su
principal misión; si la de mediador para una reconciliación
C. C. Tansill, The United States..
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entre haitianos y dominicanos garantizando la Francia los
convenios que se estipulen; en este debate quedan. «En el
tratado presentado por los ingleses sobre las bases de reconocimiento de la República Dominicana, hay un articulo secreto». Llegado el caso de que las fuerzas británicas ocupen
las bahías de Samaná y de Ocoa, así como los demás puertos
de la República, siéndoles un apostadero muy favorable por
su inmediación a las islas de Puerto Rico y Cuba.15
El propio Pando –Curazao 27 de enero de 1849– le traslada el
contenido de una carta del 16 de ese mes en la que le dicen de Santo
Domingo:
Durante mi ausencia llegó el Cónsul General de Francia
de la parte de Haití, su venida tuvo por objeto proponer
si este gobierno admitía la mediación de la Francia en los
asuntos haitianos, y cuáles serían las concesiones que haría
el gobierno para hacer la paz, nuestros hombres de estado
y particularmente don. Caminero unida su ineptitud con
su mala intención tuvo la habilidad de romper con dicho
cónsul del modo más impolítico casi ni querer escuchar
ni querer aplazar la cuestión. «Esta madrugada han desembarcado los emisarios que estaban en Europa y en los
cortos momentos que he podido hablar solo con Báez he
podido adquirir que de hoy a mañana estará en esta el
Cónsul francés para intimidar al gobierno si admite o no la
mediación de la Francia. Dicho Báez tiene ofrecimientos de
un ejército muy razonable». Dentro de algunos días tendremos al Cónsul inglés. Tenemos fondeados en esta rada una
fragata americanas «Yo creo que V. estará al corriente de
los sentimientos con que salió Báez con respecto a nuestro
gobierno sé que no pudo hacer nada, espero saber todo lo
que medie, y lo pondré al corriente si hay algo que merezca
la atención de V.».16
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 853, No. 28,823.
Ibídem.
15
16
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A fines de julio de 1849 llegó a La Habana D. Martin Arredondo
provisto de una carta de presentación del agente español en Curazao
José Pando y de un escrito del general Manuel Jimenes, expresidente
de la República Dominicana ofreciendo convertir dicha isla nuevamente en colonia española si el Gobierno Colonial de Cuba le facilitaba los auxilios necesarios para la empresa.
Arredondo, el enviado de Jimenes, tenía un historial poco edificante. Según los datos que obraban en poder del conde de Alcoy,
este individuo, natural de Santo Domingo, había aparecido en La
Habana diez años antes titulándose Comandante de Cuerpos Francos
y Secretario Honorario de S. M. C. De 1841 a 1843 desempeñó en
Cuba algunos destinos inferiores en la Policía. En 22 de junio de 1843
fue remitido a España en calidad de reo, en virtud de exhorto del
Juzgado de la Capitanía General de Castilla la Nueva, de resultas de la
causa que se le seguía por alteración de documentos en el Supremo
Tribunal de Guerra y Marina. Y se presentó en el Palacio de Gobierno
de La Habana, agregando a los títulos anteriores el de Cónsul de
España en Argel, cargo del que nunca había tomado posesión, pues
de la península ibérica vino a Santo Domingo para seguir al depuesto
presidente Jimenes a Curazao.
En la carta de que era portador, fechada en Curazao a 22 de junio
de 1849, Pando le dice al conde de Alcoy:
La Isla de Santo Domingo que fue un día no muy lejano
española, desea ardientemente la cooperación de V. E. para
consolidar de una vez una paz estable y duradera, y vivir bajo
la protección de las leyes de Cuba y Puerto Rico. «Así me
lo ha hecho entender el general D. Manuel Jimenes presidente de la República Dominicana que acaba de llegar a
esta Ciudad con un número considerable de jefes y oficiales
de aquella guarnición; y así me dice que lo manifieste a V.
E. por conducto de D. Martin de Arredondo súbdito de S.
M. y empleado cesante del Gobierno que pasa en comisión
para hacerle presente lo dispuesto que están a enarbolar el
Pabellón Español, contando como esperan con el auxilio
y protección de V. E. para aprovechar el momento oportuno que se presenta». Los antecedentes políticos del señor
Jimenes, su honradez y la popularidad que disfruta entre los
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dominicanos, su decisión por España en defensa de la cual
murió su padre como buen español, y sobre todo el estado
del País que hoy más que nunca se presta a la realización del
proyecto; son garantías bastantes para asegurar su buen éxito, y yo no cumpliría con mi deber si cediendo a su instancia
no me dirigiese a V. E. como lo hago, apoyándole, persuadido, por las noticias que tengo de aquel País del que solo dista
esta una corta travesía, de las ventajas que experimentarían
nuestras relaciones con las demás potencias, y que de este
modo se aseguraría para siempre la tranquilidad a las demás
colonias amenazadas constantemente con la mala vecindad
de Haití, a quien la política Inglesa halaga por medio del
Cónsul que le ha enviado, y que está en inmediato contacto
con los negros. « V. E. sin embargo pesará en su acreditada
penetración, el valor de esta medida, y dispondrá en uso de
sus facultades lo que sea de su superior agrado».17
La carta de Jimenes al Capitán general de Cuba, fechada en
Curazao a 21 de junio, dice:
Excelentísimo Señor: Un sentimiento de puro Españolismo
me ha inspirado el pensamiento de contribuir a la recuperación de la Isla de Santo Domingo, cuya dependencia de la
Metrópoli puede ser tan fácil en las actuales circunstancias,
y como estoy persuadido del poderoso ascendiente que goza
V. E. para con el Supremo Gobierno de su nación, y además
sé que se haya autorizado competentemente y dispuesto
siempre a adoptar y promover todas las medidas que puedan
refluir en beneficio de los adelantos nacionales, no he vacilado un momento en impetrar su mediación como lo hago
por conducto del señor D. Martín de Arredondo, Secretario
honorario de S. M. la reina doña Isabel II, que pasa personalmente a ponerse de acuerdo con V. E. y á tratarle en favor
del proyecto que tengo el honor de proponerles. «Desde que
por la voluntad de los pueblos que componen la República
Dominicana fui elegido Presidente de ella, mi primera
Ibídem.
17
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inspiración fue la de propender a hacer la felicidad del país
salvándolo de las calamidades y amarguras que afligen constantemente a sus desdichados habitantes felices en otro tiempo bajo la protección y suave dominio de la Nación Española,
y con tan laudable idea he procurado siempre sostener la
opinión pública en favor de medida que podía prometer
inmensas y positivas ventajas». El encargado de esta misión
expondrá a V. E. los medios que son necesarios para llevarla
a efecto, y si el mérito de haberla concebido y meditado, el
de haber visto sacrificar en el patíbulo a mi anciano padre el
9 de marzo de 1824 por mano de los negros en defensa de la
bandera española y la confianza que se tiene en mi en todo
el territorio de la República, son cualidades que valen algo
y merecen consideraciones a los ojos de V. E. me lisonjeo de
que no desdeñará los auxilios que son indispensables para
llevarla a cabo. «La gloria de ser españoles, Exmo. Señor,
es el único clamor que se oye en Santo Domingo, y si V. E,
añade a esto la grata memoria que conservan del tiempo de
la dominación Española fácilmente comprenderá los deseos
de que todos estamos animados respecto a ella; pues en nadie confiamos mejor el fácil remedio de nuestros infortunios
que en la que antes fue nuestra madre y hoy miramos como a
nuestra salvadora». El momento actual es el más oportuno. A
mi lado están sujetos de ascendiente, entre ellos el Ministro
de Hacienda y varios jefes y oficiales de aquella guarnición,
que con la esperanza de conseguir lo que de V. E. solicito,
prefirieron trasladarse a este lugar conmigo, más bien qué
hacer esfuerzos por permanecer en Santo Domingo, que
solamente podría conseguirse estuviese en orden, haciendo
flotar la bandera española, objeto de los deseos de la mayoría; así es que si V. E. se decide a acoger con agrado el proyecto indicado y a tomar la resolución que exige la política para
la conservación de las islas de Cuba y Puerto Rico, yo puedo
asegurar a V. E. que el más feliz éxito, coronará su obra, y
tendrá la gloria de que en la época de su mando recobre
España una de las más ricas posesiones que formaron en un
tiempo parte de la Nación más potente del mundo. «Si a
pesar de todo no mereciese su aprobación, por que no haya
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acertado a persuadir a V. E. de las ventajas que trae consigo
la realización del pensamiento que he tenido la honra de
desenvolver por la presente comunicación, espero que sirva
al menos, para acreditar mi ardiente deseo de mis antepasados, y para dejar satisfecho un deber de conciencia tan noble
como sagrado». Dios de a V. E. ms. as.». Curasao, 21 de junio
de 1849 «Manuel Jimenes» Excelentísimo Señor Presidente
Gobernador y Capitán general de la Isla de Cuba.18
Después de varias entrevistas del comisionado Arredondo con el
dapitán general Roncali, este, después de recibir un amplio informe
de la Secretaría Política con todos los antecedentes que obraban en la
misma, especialmente acerca de las opiniones expresadas al Ministerio
de Estado de Madrid por sus antecesores en el Gobierno de Cuba,
general Jerónimo Valdés de 19 de abril y 10 de mayo de 1843 y general
Leopoldo O’Donnell de 5 de junio de 1844, contrarios en unos casos
al reconocimiento de la independencia dominicana y, en otros, a la
anexión de aquella isla por oponerse a ello los poderosos e influyentes
intereses esclavistas de Cuba, el conde de Alcoy se limitó a contestar al
agente Pando, en julio 27, lo siguiente;
He recibido la comunicación de V. fecha 22 de junio, en
que trata de los deseos que ha manifestado D. Manuel
Jimenes expresidente de la República de Santo Domingo,
con respecto a la recuperación de aquel territorio= Como
sea este un asunto ajeno a mis instrucciones no me es dado
determinar cosa alguna en él, y me limito únicamente a dar
cuenta a S. M. la Reina para la resolución que tenga a bien.
Lo digo a V. en contestación pudiendo expresarlo asi al Sr.
Jiménez.19
En oficio No. 88, La Habana 28 de julio de 1849, el conde de Alcoy
envió al Ministro de Estado copias de las cartas de Pando y Jiménez,
con datos sobre los autores y comenta:
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 853, No. 28,886.
Ibídem.
18
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Por la manera en que esta empresa se proyecta y los antecedentes de los individuos que la proponen conocerá V. E,
desde luego el valor que le habré dado, y está reducido a
contestar al Agente Comercial Español que no está en mis
facultades ocuparme de ella, pero que daba cuenta a S. M.
como lo verifico por conducto de V. E.20
Jimenes, como tantos otros dominicanos en aquella época, presumía de su odio a los haitianos, lo que no fue obstáculo de ir a Haití a
buscar la protección de Soulouque en vista del fracaso de su gestión
con el Gobierno Colonial. Lo acompañó Arredondo, que, al proclamarse Soulouque emperador, se convirtió en uno de sus chambelanes
favoritos.
◉◉◉◉◉
Pero aún más que las rivalidades internacionales a causa de Haití y
Santo Domingo le preocupaban al Capitán general de Cuba, no solo
la presión inglesa que alentaba un posible movimiento abolicionista,
sino también la actividad de los anexionistas criollos que respondían
a los intereses expansionistas de los Estados Unidos, así como los del
llamado Club de La Habana, el Consejo Cubano de New York y la amenaza
cada día más cercana de una expedición militar dirigida por el general
Narciso López, que, en 1848, había promovido la conspiración de la
Mina de la Rosa Cubana, que el propio Gobierno Norteamericano
hubo de denunciar a las autoridades coloniales de Cuba. Y a cuyos
preparativos revolucionarios, iniciados en territorio de los Estados
Unidos, donde el general López se había refugiado, dio un golpe
mortal al Presidente norteamericano, Zacarías Taylor, que hubo de
denunciarlos en una proclama, obligando a disolver la expedición
que, con destino a Cuba, se había organizado en la Isla Redonda, y que
los esclavistas norteamericanos no vieron con agrado por temer que
pudiera producir la independencia cubana.
Sobre las actividades de López informaban constantemente los
agentes y espías del inquieto Caribe. José M. Pando, Curazao 7 de
febrero de 1849, avisa al conde de Alcoy que el día 3 de ese mes se le
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habían presentado Pedro Gallardo y Miguel Ortega con la pretensión
de trasladarse a La Habana pero «repentinamente se han embarcado en la goleta española Iberia para St. Thomas, para de allí seguir a
Cuba, y sospechando sean de la comparsa de Narciso López, lo pongo
en el conocimiento de V. E. por lo que pueda ocurrir».21
Como posteriormente hubo de informar sobre los rumores que
circulaban en Venezuela, de donde era nativo, que el general Narciso
López se trasladaría a dicho país en busca de recursos para su campaña
insurreccionista de Cuba, Pando, en un nuevo oficio de 14 de marzo
le dice al conde de Alcoy: «Se confirma la llamada de Narciso López y
según escriben, estará muy pronto en Caracas».22
Y a sus comunicaciones agrega Pando varios números de El Revisor,
revista que se publicaba en español en Curazao, en uno de los cuales
–correspondiente al número 8 de 1849– aparece un trabajo firmado
por José Antonio Saco.23
No obstante que el ministro español en Washington, Calderón de la
Barca, recibía oficialmente del Departamento de Estado de los Estados
Unidos la reiterada promesa de no permitir la organización de expediciones militares para la isla de Cuba, la realidad demostraba todo lo
contrario. Si bien era cierto que la oligarquía esclavista norteamericana, que dominaba en las esferas gubernamentales de Washington,
no ocultaba su política contraria a la independencia de Cuba, no era
menos cierto que todas sus actividades –reflejada en los principales
periódicos del país se encaminaban, en aquellos momentos históricos,
a incorporar la isla por todos los medios que estuvieran en sus manos
al sistema esclavista imperante en los estados del Sur. Y que esa política
que no permitía el reconocimiento de Haití y Santo Domingo, las repúblicas negras y mulatas del Caribe, como las calificaban– constituía en
todo momento un motivo de alarma tanto para el Gobierno Colonial
de Cuba como para el propio Calderón de la Barca. Y, este, en sus
informes reservados al conde de Alcoy, lo tenía advertido de cuanto se
tramaba en los grupos expansionistas norteamericanos para dominar
política y económicamente los restos del que fuera Imperio Español
en América. Cuyos avisos, unidos a los de otras fuentes más cercanas,
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 853, No. 28,823.
Ibídem.
23
Ibídem, No. 28,885.
21
22
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no dejaban dudas –aún cuando oficialmente no las confesara– de
que su poder se asentaba sobre un terreno movedizo en el que podía
desaparecer en cualquier momento. Inclusive llegaba a sospechar el
conde de Alcoy –y no sin razón– que las ideas para él contagiosas de la
Revolución de 1848 penetraban cada día más en amplios círculos de la
población cubana.
◉◉◉◉◉
Aún no se habían desvanecido los últimos vestigios del proyecto
del que Arredondo fue portador, surgió otro, trasmitido desde el propio territorio dominicano, y que parecía apadrinado por el general
Pedro Santana.
Fechado en Curazao, noviembre 2 de 1849, Pando escribía al general Roncali:
La entrada en esta isla de don. Juan Abril, procedente de
Santo Domingo, sujeto bien conocido en aquella isla, por
su patriotismo español, me ha manifestado en reserva,
la Comisión que tiene del presidente actual de aquella
República, y general Santana para qué la trasmita al conocimiento de V. E., su comunicación se reduce a: «Se desea
llegue al conocimiento del Excmo. Sor. Capitán General de
La Habana la buena disposición que, hay por la principal
autoridad, y General de la República Dominicana, entrar en
tratados con S.E. bajo bases sólidas. Si S.E. se presta, la autoridad está pronta a mandar los comisionados, exponiendo S.E,
las bases sobre que deben ser admitidos, y los poderes de que
deben ir revestidos. Tanto el presidente como Santana, están
dispuestos a entrar por cuanto se proponga: pero la resolución ha de ser pronta, pues la protección tan a manos llenas
que tiene el Emperador de una poderosa nación, requiere
la prontitud», «Si por parte de V. E. hay alguna desconfianza
en Abril, y se quiere saber su acrisolado patriotismo español,
los Excmos. Sres. Capitanes Generales que fueron de Puerto
Rico Dn. Santiago Méndez Vigo, Conde de Mirasol y Conde
de Reus, están bien satisfechos de él, y con especialidad S.E.
el Conde de Mirasol que tanto aprecio ha dejado en los
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corazones de los habitantes de Puerto Rico». Todas las cartas
que se han recibido de Santo Domingo anuncian el temor
que hay a los haitianos, y de aquí, los deseos que los animan
a que los acoja la España. 24
Cumplida su comisión reservada D. Juan Abril regresó a Santo
Domingo, y de esta capital, 16 de noviembre de 1849, le envía noticias
a Pando que las da traslado a La Habana:
[...] Ha llegado el 27 de febrero con una goletica haitiana
apresada en los Cayos 18 prisioneros y creo quemado en
Haití algunas casas, el gobierno está enteramente decidido
a tomar la ofensiva por cuantos medios estén a su alcance,
no dudo que si los haitianos tienen tizón se pondrán en una
guerra de exterminio dentro pocos días se deben poner a la
mar cuatro o cinco buques. «No dejara V. de comprender
que después de una ausencia de 40 días de mis negocios
deberé haber estado bastante ocupado, por lo tanto solo he
podido hablar al Presidente dos veces una el día que llegué
en casa y antes de ayer que fue en la suya pero ambas veces
nunca solos así nada le puedo decir respecto la política interior por boca de él, creo también tal vez necesitar otro tacto
porque ignoro si tendrá la misma confianza conmigo que
tenía antes de ser elevado a la Presidencia». Me parece que
durante mi permanencia había hablado a V. de Mr. Green
comisionado de los Estados Unidos en esta, como era conocido me vino a visitar y tratando de indagar lo más posible su
misión me dijo muy reservado. Que él deseando servir este
país y que recibidas noticias de Francia no muy satisfactorias respecto al protectorado, y estando el pueblo bastante
afligido que había presentado sus credenciales del gobierno
que son bastante amplias y extensas para reconocimiento y
tratados, que creía obtener de su gobierno no una anexión
como algunos piensan pero si una protección para el país,
y que este Gobierno para dar un poco más de tiempo ha
considerado los poderes no bastante extensos pero que él
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 853, No. 28,823.
24
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los había solicitado. «V. comprenderá que no seré yo solo a
quien le había contado y que su idea será adquirir simpatías,
y que su gobierno tiene alguna idea con respecto a nosotros,
y que ahora creo más que nunca que los Estados Unidos
codician las dos joyas, de nuestras Antillas y más me confirma a ello la proclama de su Presidente y veo podría ser que
quisiese principiar por este país, a mi me parece que nuestro
gobierno todos los días está más en la necesidad de mezclarse en estos asuntos, yo no dudo ni por un momento que esto
podría complicar los asuntos de nuestras posesiones». Estas
observaciones las haría presente al vecino Capitán General
pero V. no ignora que no le escribo ni debo así V. podrá hacerlo presente al otro S. que aunque no las encuentre justas
no dejará de conocer que no carecen de fundamento por
los que no están tan al corriente de los asuntos. «Tenemos la
ventaja que el Presidente lo menos que es americano, pero
faltándoles los franceses y no encontrando ni simpatías en
nosotros no tendrá otro recurso que echarse en brazos de
los americanos: se rió mucho cuando le conté la comisión
de Jimenes, me dijo como son tan tontos para no preferir al
que manda al que mandó». En fin por las goletas de Leybon
escribiré a V. […].25
No se equivocaba Abril en su juicio acerca de las intenciones
del gobierno norteamericano. Clayton, secretario de Estado de los
Estados Unidos, temía las intenciones inglesas, y como la rivalidad
internacional en Haití y Santo Domingo –además de los problemas
en Cuba y Centro América– se acentuaba, en la mitad del año 1849
envió a Benjamín E. Green como agente especial con instrucciones
precisas, entre las cuales entraba la posibilidad de convertir a Samaná
en propiedad norteamericana. Durante la primera semana de octubre
de 1849 –según Callan Tansill– Green tuvo una extensa entrevista con
Manuel del Monte, el Ministro dominicano de Relaciones Exteriores
y no perdió tiempo en indicarle los peligros de la protección europea.
No había más que pasar la vista por las atrasadas posesiones europeas
en las Antillas para convencerse absolutamente del completo fracaso
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 853, No. 28,823.
25
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del imperialismo europeo. En sus frecuentes conversaciones con el
Ministro de Relaciones, Green no intentó pintar las patentes ventajas
de la protección norteamericana; dejaba que la ardiente fantasía del
Ministro poblara el cuadro a medida de sus propios deseos, y la visión
que surgió ante los ojos de Del Monte debió de haber sido risueña,
porque pronto inquirió si sería posible que Estados Unidos los tomara
bajo su protección o con preferencia para ellos, que se los anexara.
Del Monte había llegado a creer que el Gobierno norteamericano estaba dispuesto a proclamar un protectorado en la República
Dominicana y ya el Gobierno dominicano, cansado de las vacilaciones
europeas, se aprestaba a aceptar la anexión a Estados Unidos. Pero
fracasaron las esperanzas del Ministro pues Green se vio obligado a
confesar que las instrucciones que había recibido no abarcaban hasta
ese punto. En 24 de enero de 1850, Del Monte dirigió una nota a Mr.
Green solicitando nuevamente la intervención de esa nación. Y por
segunda vez Green se vio obligado a contestar que no tenía instrucciones que justificaran promesa alguna de protección o intervención.
Pero cada día se acentuaba más la posibilidad de que los haitianos
reanudaran la lucha armada para la unificación política de la isla.
Faustino I, Emperador de Haití, profería terribles amenazas contra
el Gobierno dominicano. Y, el 18 de febrero de 1850, el presidente
Báez, personalmente, solicitó consejos del enviado norteamericano
que rehuyó una respuesta categórica.
En esas circunstancias, temiendo el peligro de una guerra que
no le parecía favorable en sus resultados finales, el Gobierno de la
República Dominicana, en 22 de febrero de 1850, dirigió idénticas
notas a los representantes de Estados Unidos, Francia y Gran Bretaña,
solicitando que actuara conjuntamente para intervenir y mediar en el
conflicto haitiano dominicano. Pasó entonces el problema al campo
internacional, y en el curso de los dos años siguientes las tres potencias
citadas ejercieron presión sobre Faustino I para impedirle poner en
práctica sus planes. Y lograron con ello mantener a los pueblos de
Haití y República Dominicana sometidos a los intereses en pugna por
el dominio del Caribe.26
◉◉◉◉◉
C. C. Tansill, The United States.
26
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Informado por los agentes españoles en St. Thomas y Curazao de
la aguda crisis de la isla vecina, el Gobierno Colonial de Cuba esperaba
se le presentara cualquier oportunidad para presentarse a participar
en el debate internacional que tenía lugar en aquellos países. Y tomando de pretexto un incidente sin importancia ocurrido en el mar cercano a las costas haitianas con un buque mercante español, el general
Roncali se dispuso a tomar las medidas que le permitieran intervenir
en aquella crisis. Y así reza en el acta levantada por el Secretario del
Gobierno, D. Pedro Esteban:
En la Plaza de La Habana a 4 de enero de 1850, reunidos en
el Palacio de Gobierno el Excmo. Señor Teniente General
Conde de Alcoy, Gobernador Capitán. General de la Isla
y el Excmo. Sr. Teniente General D. Francisco Armero,
Comandante General del Apostadero de Marina, conferenciaron sobre el hecho de haber intentado reconocer la
flotilla Haytiana compuesta de una Corbeta, un Bergantín,
cuatro Goletas y un Pailebot al Bergantín de nuestro comercio, Pedro Antonio el 22 del mes ppdo., estando al S.O. de la
Punta de Gravoir, como a catorce millas de Santo Domingo.
«Con este motivo se leyeron por el infrascripto Secretario
varios acuerdos que los antecesores de S.S.E.E. tuvieron en
los años de 45 y 46 para evitar en lo posible se ejerciesen
esos actos con nuestros buques mercantes por una potencia
que no está reconocida por nuestro Gobierno, y si bien observan que en la demostración hecha por la flotilla sobre el
citado Bergantín no se faltó al derecho público marítimo ni
aún llegó a efectuarse en forma el reconocimiento, pues al
indicar el Capitán la escusa de que no podía hacer uso de
su bote para pasar con los papeles a bordo de la Corbeta,
desistió la flotilla de su empeño y le permitió seguir su rumbo, acordaron que inmediatamente salgan a cruzar sobre
la Isla de Santo Domingo para proteger nuestro comercio,
dejarse ver de la flotilla haitiana, e imponerle el respeto y
consideración con que ha sido mirado siempre por esa república el Pabellón nacional, y que el Exmo. Sr. Comandante
General de Marina provea al Jefe de esas fuerzas navales de
las instrucciones correspondientes para el cumplimiento de
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su comisión, teniendo en cuenta el mal efecto que produce
en el País y especialmente en el comercio el permitir que
los buques haitianos se aproximen a nuestras costas, y que
el Gobierno de ese Estado a consecuencia de la intimación
que le fue hecha en 14 de mayo de 1846 por el Capitán del
Navío Soberano D. José de Bustillo ofreció a las autoridades
Superiores de esta Isla por nota firmada en 26 del propio
mes y año por el Secretario Enrique Heuren, respetar el
principio de que el Pabellón cubre el cargamento y que la
visita no es permitida hasta que se haga indispensable hacer
constar por medio de los papeles legales la Nación a que
pertenece el buque visitado [...].27
Y una división naval compuesta por la fragata Isabel II y los bergantines Habanero y Patriota, al mando del capitán de Navío D. Antonio
Arévalo, partió de las costas cubanas a cumplir la misión que se le había señalado en el acta precedente, y que estuvo a punto de terminar
en un desastre.
El cónsul de Francia en Port-au-Prince, Máxime Raybaud, con fecha 12 de febrero de 1850, dirigió una amplia y detallada información
acerca de las dificultades insuperables que debió afrontar el jefe de
la división naval española durante su estancia en las costas de Haití.
Con esos documentos, la Sección Primera de la Secretaría Política del
Gobierno Colonial de Cuba elevó al conde de Alcoy –La Habana 2 de
marzo de 1850– el siguiente informe:
El cónsul de la República francesa en Puerto Príncipe, participa a V. E. que ha prestado auxilios a la división naval de este
Apostadero que arribó en los mares de dicha Isla bajo las órdenes del Capitán de navío Dn. Antonio Arévalo. «Separado o
mejor dicho, dividida en las aguas de Alta vela a consecuencia
de un temporal de 26 de enero, la fragata Isabel II y el bergantín Habanero se vieron en la necesidad de entrar en la bahía
de los Flamencos, cerca de los Cayos, para reparar la primera
el timón que había tocado sobre un arrecife en el canal de la
Isla de Vacas, Tan luego como anclaron bajaron a tierra los
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 854, No. 28,809.
27
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dos comandantes y fueron arrestados, por la autoridad local,
logrando Arévalo restituirse abordo después de muchas dificultades, pero como esto no pudo ser sin dejar en rehenes
al Comandante del Habanero, Arévalo envió en el momento
un oficial a Mr. Ettense, agente consular francés en los Cayos,
para que intercediese por la libertad del detenido, la que fue
otorgada por la autoridad superior de la provincias. Mientras
la fragata reparaba sus averías, el Habanero pasó a los Cayos
para exigir satisfacción por medio de dicho Agente, y la obtuvo pública y completa dada por el General Jefe del Distrito,
terminando con un saludo de 21 cañonazos al pabellón española En tanto el bergantín Patriota que no pudo por el tiempo
reunirse a estos buques, se acercó a una población situada
sobre la costa siete u ocho leguas de los Cayos, y envió una
embarcación para pedir práctico, cuyos tripulantes se vieron
acometidos por el populacho y la tropa, logrando con mucho
trabajo reembarcarse siendo herido un marino y quedando en
poder de ellos un guardia marina que fue conducido a pie a
Puerto Príncipe por un largo y penoso camino, y puesto seguidamente en libertad restituyéndose a su buque el día once».
Esto tuvo lugar antes que el comandante Alvarado, inquieto
por la suerte del guardia marina y demorado por los vientos
contrarios, le pudieran informar de lo ocurrido, como lo hizo
con un oficial, pidiéndole la libertad de aquel y un práctico
que le envió, con cuyo auxilio quedaba fondeado junto a la
Corbeta Naiade de la estación francesa de Puerto Príncipe.
«Ofrece secundar al comandante Arévalo pidiendo una nueva satisfacción si lo estimase necesario y hace presente que ya
por otros servicios prestados a España en esa Isla mereció una
demostración de gratitud V. E. se ha servido darle las gracias al
Cónsul, manifestándole que espera continuará dispensándole
la protección a los españoles mientras no se establezca algún
funcionario Consular o Diplomático en este país».28
El comandante general de Marina, general Armero, en 9 de marzo
de ese año, hubo de confesar al conde de Alcoy que era la primera
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 854, No. 28,809.
28
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noticia oficial que recibía del resultado –no previsto en sus planes– de
la demostración naval española en los mares haitianos. Y cuando se
disponía a enviar otro barco en demanda de una versión directa de lo
ocurrido, el Capitán general recibió, con fecha 12 de marzo, otra carta
del cónsul francés en Port-au-Prince, Raybaud, dándole aviso que:
La fragata Isabel II y el bergantín Habanero llegaron a Portau-Prince el 19 de febrero, y los tres navíos partieron el 2 de
marzo para Santiago de Cuba. «Reparación ha sido hecha
por el Gobierno haitiano del insulto sufrido en el Arcahaye
por los marinos de una embarcación del bergantín Patriota
[…]».�
No logró el conde de Alcoy alcanzar los objetivos que se había
propuesto al enviar los barcos de guerra a atemorizar a los haitianos.
Todo lo contrario. Una vez más se puso en evidencia la debilidad y el
decaimiento de la potencia colonial hispana. Ya no contaba para el
reparto de las zonas de influencia económica en el Caribe. Cada día
era más claro el hecho de que los Estados Unidos iban a ocupar su
lugar en esta y otras zonas de América. Pero ese hecho histórico no
lo comprendían los hombres que en Cuba y Puerto Rico tenían en
sus manos la administración interior de las dos islas y, prácticamente,
la responsabilidad de las relaciones internacionales en el Caribe. Y
menos aún podía darse cuenta hasta qué punto la Revolución de 1848
había transformado la correlación de fuerzas internacionales e influía
en la liquidación de la forma esclavista de producción imperante en
el Sur de los Estados Unidos, y en las colonias hispanas. Y ese total
desconocimiento de la realidad los llevaba a cometer el error de mantener agentes y espías encargados de vigilar los acontecimientos que
se desarrollaban en las colonias o países independientes vecinos, cuyos
productos e intercambio comercial sólo podían utilizar países que,
como Inglaterra por ejemplo, estaban industrialmente desarrollados,
en plena era de esplendor de la burguesía capitalista, con los cuales la
atrasada y empobrecida España feudal no podía competir.
Sin embargo, temían que Cuba pudiera sufrir las consecuencias de
aquella crisis, y por ello el Gobernador Político y Militar de Santiago
de Cuba –4 de marzo de 1850– oficiaba al conde de Alcoy:
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Por la vía de Curazao he recibido noticias del estado de
la vecina Isla de Santo Domingo en donde parece que los
haitianos marchan contra la parte española de dicha Isla,
protegidos por los ingleses; y como este proceder puede
envolver miras contra la seguridad de esta Isla, en cuyo caso
este Departamento sería el más inmediatamente perjudicado con motivo de su proximidad con el llamado Imperio de
Haití.29
Igualmente les preocupaba el alistamiento de aventureros de todas
partes que realizaban los bandos en discordia, así como el trasiego de
cargamentos sospechosos con destinos desconocidos. Por esa razón
José Ma. Pando –Curazao 22 de marzo de 1850– escribía al Gobernador
general de la isla de Cuba:
[...] Anuncié a V. E. por mi comunicación del 21 del próximo pasado la llegada a esta Isla del barón Riché, de Haití,
el enganche de negros, y el haberse puesto a la cabeza de
la empresa el Sr. Martín Arredondo, el que ha regresado de
su comisión a Maracaybo, pero solo y sin que haya podido
reducir al ex presidente Jimenes. El 14 salió de este puerto
la goleta holandesa Agustina conduciendo los negros que
se han enganchado, y el 20 Arredondo con el resto para
Yacomelo, en la goleta Esíer, han sido pocos los enganchados
hasta el día, el Barón y Edecanes quedan aquí [...].30
El conde de Alcoy, que en octubre 9 de 1849 había participado
al Ministro de Estado la tranquilidad reinante en la isla de Cuba y la
disolución completa de la expedición que el general Narciso López
organizaba en los Estados Unidos, preocupado al siguiente año con
los reportes enviados por sus agentes de St. Thomas y Curazao sobre
todo género de preparativos insurreccionistas o guerreristas en el
inquieto Caribe, demandaba del gobierno metropolitano –como lo
hizo en febrero 9 y abril 9 de 1850– refuerzos de buques de vapor
para el Apostadero de Marina de La Habana. En el propio mes de
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 854, No. 28,898.
Ibídem.
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abril de ese año oficia el conde de Alcoy al Ministro de Estado que,
aún cuando existe tranquilidad en la isla comprobada personalmente
por él durante su visita a varios pueblos de la región occidental, continúa la actividad del general López y otros cubanos en los Estados
Unidos empeñados en llevar a efecto sus designios contra el Gobierno
Colonial de Cuba.
Efectivamente, el 19 de mayo de 1850, la tan anunciada expedición llegó a Cárdenas, en la costa Norte de Cuba, en la madrugada de
ese día, en el vapor Creóle. Unos 600 hombres de los cuales solo cinco
eran cubanos mandados por el general Narciso López se apoderaron
del puerto y de la ciudad después de un breve combate en las calles,
e izaron por vez primera la bandera cubana en los edificios públicos.
Como las masas populares no se sumaron a los invasores, estos, al anochecer del mismo día, se reembarcaron en el Creóle refugiándose en
Key West, territorio norteamericano, hasta donde fueron perseguidos
por un buque de guerra español.
La invasión de Cárdenas causó una gran impresión en las demás
colonias europeas del Caribe, cuyos gobiernos se apresuraron a ofrecer
su apoyo al de España, ya que, en esa forma, lanzaban una advertencia
a los anexionistas norteamericanos y cubanos. Así, Mr. Kennedy, cónsul británico en La Habana, ofició en 22 de junio al conde de Alcoy:
He recibido una comunicación del comodoro Bennett de
Jamaica, en la que me manda informar a V. E. que ha tomado las medidas más eficaces para evitar toda reunión en
ninguna de las Islas Bahamas, ni en otras pertenecientes a la
Gran Bretaña y sometidas a su mando, que tenga por objeto
alterar la tranquilidad de Cuba. Todas las personas o buques
en tales casos serían arrestados o detenidos [...].31
Y, poco después recibía del Primer Secretario del Despacho de
Estado, fecha Madrid, 21 de junio de 1850, la Real Orden reservada
siguiente:
De orden de la Reina Nuestra Señora remito a V. E. copia de
las comunicaciones que he recibido del Ministro de S. M. en
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 854, No. 28,897.
31
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Londres, y Embajador de Francia e Inglaterra y sus disposiciones de contribuir por su parte a sostener el dominio de
España en esa Provincia [...].32
Embargado por estos problemas de extraordinaria gravedad, ya
que no era un secreto en el Palacio de Gobierno de La Habana la
intranquilidad revolucionaria de amplias zonas en Puerto Príncipe y
Trinidad, apenas si el conde de Alcoy prestaba atención a la crisis haitiano-dominicana, y los evidentes preparativos bélicos que Soulouque
llevaba a cabo en Haití. De todo lo cual informaba Pando desde
Curazao en 19 de mayo de 1850:
El 4 ha entrado en este puerto procedente del de Puerto
Príncipe, el pailebot holandés Essex; en aquel puerto cogió al
Cónsul General francés, en Haití, que lo soltó a la vela en
Santo Domingo. El sobrecargo del pailebot ha permanecido quince días en la Capital del imperio, ha visto formados
varios cuerpos que están disciplinando para marchar uniformados sobre Santo Domingo. Según relación del sobrecargo, la fuerza marítima que ha visto fondeada en el puerto
se compone de una corbeta, dos bergantines que acaban
de comprar y cuatro goletas, que a su salida entraba en el
puerto la famosa goleta holandesa More, que salió de aquí
a venderse, que será incorporada a la flotilla, pues quedaba
lista la artillería que debía mandar; que aguardaban a un vapor de guerra inglés, y que tan pronto les llegasen saldría la
flotilla por mar y el ejército por tierra. El sobrecargo nos ha
contado el gran papel que hace en el palacio del Emperador,
el señor Martín Arredondo, siendo uno de los que componen su Corte con más aceptación.33
Por otra parte las noticias que recibió el conde de Alcoy no presagiaban nada bueno. Juan del Castillo, el cónsul de España en Kingston
le escribía con fecha 10 de junio de 1850:
Archivó Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 854, No. 28,898.
Ibídem.
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[...] Esta isla se encuentra en un estado completo de bancarrota no pudiendo cubrir sus atenciones como sucede con
el Clero y demás empleados civiles a los cuales se les debe
ya cerca de seis meses, y con el objeto de salir de situación
tan crítica debe reunirse el 25 del actual, en sesiones extraordinarias, la Asamblea Legislativa de esta Colonia a fin
de solicitar del Gobierno de la metrópoli un empréstito de
200,000 libras esterlinas al cual parece no quiere acceder
dicho Gobierno a no ser con un interés bastante crecido.34
Pero, una amenaza mayor para los intereses de la oligarquía esclavista y azucarera de Cuba parecía estarse gestando, quizás impulsada
por determinados intereses que creían solucionar la crisis jamaicana
terminando con la competencia que Cuba y Puerto Rico le hacían con
sus productos en el propio mercado de Londres, además de los otros
europeos. Así, muy alarmado, el cónsul Castillo, en oficio reservado No.
350 de 17 de junio de ese año, le avisa al Gobierno Colonial de Cuba:
Los señores Candler y Alexander, quákeros ingleses y miembros de la Sociedad de Anti-esclavitud de Londres, han llegado a esta procedentes de aquella capital con el objeto de formar meetings a fin de excitar la opinión de estos habitantes
contra esa isla, y el Brasil, pidiendo en las varias reuniones
que han tenido en diferentes pueblos de esta Colonia que se
debe obligar al Gobierno español a que cumpla los tratados
que tiene con el Gobierno inglés, sobre el tráfico de esclavos;
pero en el más grande meeting que han tenido el 12 del corriente y al cual yo asistí para oír a los indicados quákeros, no
solamente se han extendido a lo anteriormente mencionado,
sino que además han pasado varias resoluciones tales como
las de hacer representaciones al parlamento inglés, y a su
Majestad la Reina de la Gran Bretaña a fin de conseguir que
no admita en los mercados ingleses los azúcares de esa isla,
Puerto Rico y el Brasil, y excitándoles para que obliguen a las
dichas Colonias a emancipar completamente sus esclavos.35
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 854, No. 28,927.
Ibídem.
34
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Abrumado como estaba el general Roncali por la agitación interna del país a consecuencia de la toma de la ciudad de Cárdenas por
los expedicionarios del general Narciso López, que amenazaban con
repetir la aventura, las noticias de Jamaica, unidas a otras no menos
inquietantes de Santo Domingo, México y Estados Unidos, acabaron
por desconcertarlo totalmente. Claro está que su primera medida
fue la de poner en guardia a los traficantes negreros y, también, a los
hacendados y dueños de ingenios del ataque que a sus mezquinos intereses les lanzaban los abolicionistas situados en Jamaica, y, después,
dar cuenta al gobierno de Madrid. Mientras tanto, cumpliendo sus
órdenes, la Comisión Militar Ejecutiva y Permanente multiplicaba su
actividad represiva contra todas las manifestaciones democráticas del
pueblo cubano.
◉◉◉◉◉
El general Federico Roncali, conde de Alcoy, fue relevado del
mando de la isla de Cuba el 11 de noviembre de 1850, por el teniente general José Gutiérrez de la Conche. Las circunstancias históricas
no podían ser más adversas para el desempeño de la difícil misión
encomendada al nuevo gobernador. La crisis del Caribe y las conspiraciones locales contra la corrompida y tiránica administración colonial
alternaban en las preocupaciones cotidianas del general Concha. Y,
en 16 de diciembre de 1850, envió al Ministro de Estado su primera
información acerca de la crisis internacional en el Caribe:
El Agente Comercial de S. M. en Curazao me dice en
17 de noviembre próximo pasado lo siguiente. «[...] El
Gobierno haitiano ha hecho los mayores sacrificios para
ver de atraer a su lado a la emigración venida de Santo
Domingo a esta Isla y el 5 de este ha salido en una famosa
goleta construida en esta Isla para Haití, el Presidente
que fue de la República Dominicana, el señor Jimenes,
y una partida de aventureros de todas naciones que han
residido en la Isla. Tres días antes de la salida de la goleta, la barca inglesa Killik para Haití conduciendo otra
de igual clase a la primera en la cual se les incorporó el
señor Curbelo, hijo de Puerto Rico. Es raro el buque que
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entra que no conduzca aventureros de todas naciones a
solicitar buques que los conduzcan para Haití o Santo
Domingo. «De los papeles públicos que se han recibido
de las varias provincias de la república de Bogotá, y cartas
de varios particulares nos dicen hay enganche de aventureros
en todas las provincias, los cónsules extranjeros sus protectores.
Si los haitianos se apoderan de la parte española de Santo
Domingo, la isla será el refugio de piratas y llegada que
sea la noticia a Narciso López, volará a ponerse al frente,
y con él la facción que le sigue, pues de donde sale las hay
a millares». Ayer ha entrado de Santo Domingo el bergantín goleta Libertador Dominicano, y en él dos clérigos uno
inglés y el otro italiano, que huyen de las tropas haitianas,
pues según ellos debían ponerse en marcha el 20 de este
por mar y tierra. Los clérigos aseguran la desunión que
había en el Cibao pues se niegan a tomar las armas. El
Cónsul inglés se había embarcado para las Islas Turcas y
el francés en Haití había mudado a Santo Domingo, sin
bajar para proteger a los franceses. . . «Lo que tengo el
honor de transmitir a V. E. acompañando original de la
exposición a que se refiere el Agente para conocimiento y
resolución de S. M. debiendo hacer presente a V. E. para
lo que pueda convenir que el tal Jimenes, que aparece
ahora sometido al Gobierno de los negros de Haití es el
mismo que en junio del año próximo pasado hizo proposiciones para reducir la parte española de la Isla de
Santo Domingo a la dependencia del Gobierno de S. M.
de cuyo particular aparece dio cuenta mi antecesor a esa
Secretaría de Estado en 28 de julio del propio año».36
El general Concha, en julio 2 de 1851, rindió al Ministro de la
Gobernación un extenso informe sobre el estado de la opinión pública cubana, en contestación al requerimiento que le hiciera aquel ministerio en 17 de marzo acerca de la carta de su antecesor el conde de
Alcoy, No. 624 de 9 de septiembre, en la que se detallan los elementos
que integran la población de la isla y que él general Concha analiza en
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Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 44, No. 21.
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todos sus aspectos. De gran interés histórico, ya que contiene juicios
bastante correctos sobre la posible participación de los negros en las
conspiraciones urdidas en Cuba y Estados Unidos.
Analiza la población libre de color con relación a la esclava, pues
mientras en Cuba era de 50% en los Estados Unidos sólo llegaba al
16% y las causas que motivaron ese crecimiento, y afirma:
Más sea de esto lo que quiera la opinión de los hombres de
color esclavos natural es que se dirija a conseguir la libertad
por cualquier medio. Serían temibles, por lo mismo, si se
enarbolara en medio de nuestros campos la bandera de libertad para los esclavos sostenida por una fuerza más o menos
respetable, pero esta bandera no se enarbolará, ni por los
naturales blancos del país cualesquiera que sean sus miras y
opiniones porque conocen y temen los resultados funestos
que produciría ni por los anexionistas angloamericanos que
si codician la isla es principalmente por la institución de la
esclavitud: ni aún por los mismos libres de color, ya por su
corto número en relación a la población total, y ya por la
escasa influencia que ejercen entre los esclavos de su misma
raza; y ya, por último, porque por poco que el Gobierno haga
a su favor, no están descontentos de su situación, ni aspiran a
mejorarla arrostrando los peligros de una rebelión [...].
Después de hacer recomendaciones relativas al tratamiento que
debe darse a los esclavos, el general Concha analiza el carácter y proyecciones de los blancos en la isla:
[...] La población blanca se compone, de naturales del país,
extranjeros y españoles ultramarinos. No será inútil analizar
los elementos constituyentes de la primera de estas tres clases, porque es la que debe llamar la atención del gobierno
con preferencia. Componedla grandes y pequeños propietarios, pocos comerciantes y mercaderes, algunos industriales
en las poblaciones, médicos, abogados, curiales, profesores
de ciencias y letras, empleados subalternos, y lo que aquí se
conoce con el nombre de guajiros que son los que se dedican
en los campos al cultivo de tierras propias o arrendadas, y
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al desempeño de ciertos trabajos en los ingenios, cafetales,
potreros, etc. Casi puede asegurarse, por muy sensible que
el hacerlo sea, que está extraviada la opinión de todos los
diversos elementos de esta parte de la población blanca, que
es la más numerosa, como puede V. E. ver en el estado, y la
más rica e inteligente, si se exceptúan acaso aquellos guajiros
que, más distantes de las ciudades, no han tenido tiempo
todavía de recibir el influjo de las ideas revolucionarias. Las
causas que han producido tan funesto extravío, son varias.
Entre ellas pueden referirse; la tendencia natural en las provincias muy distantes del centro nacional a la emancipación:
el prodigioso aumento de riqueza y de poder, que desde
su separación de la metrópoli adquirió una nación vecina;
una dirección no siempre acertada de los negocios públicos
del país; la decadencia de la madre patria, y sus frecuentes
conmociones políticas; y por último, la apertura de nuestros
puertos al comercio extranjero, medida en sumo grado
beneficiosa económicamente considerada, contribuyó más
que las otras causas a que la opinión se pervirtiera. Porque,
coincidiendo esa franquicia, con el uso del vapor que tanto
facilitaba las comunicaciones, la isla de Cuba se ve inundada
de extranjeros principalmente de la Unión Americana; aumentada su riqueza y relaciones mercantiles, sus habitantes
no solo, viajan con frecuencia, sino lo que es infinitamente
peor todavía, educan, en los Estados Unidos particularmente, sus hijos, y vuelven a la casa de sus padres con hábitos
contrarios, a las instituciones que nos rigen, propagando
entre sus parientes, amigos, y convecinos las perjudiciales
doctrinas que aprendieron. Pero si por las causas expresadas puede considerarse como generalmente pervertida la
opinión de los naturales del país, no en todos produce los
mismos resultados esta mala disposición de sus ánimos. Los
propietarios y capitalistas conocen lo mucho que aventuran
en un trastorno; y el temor de comprometer su fortuna y la
de sus hijos neutraliza el influjo de la opinión, a no ser en
los de pasiones exaltadas en los que aquella se convierte en
un verdadero fanatismo político. Los guajiros, que en el caso
de revolución, compondrían el ejército de los rebeldes no
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todos quieren la separación de la isla de la metrópoli como
antes se ha dicho, y aun los que están contagiados del espíritu revolucionario no sería difícil que un gobierno protector,
justiciero y prudente los contuviera en los límites de su deber. Los abogados, curiales, profesores de ciencias y todos
en fin los que pueden comprenderse en la clase general de
capacidades, se lanzarán con ardor a la primera ocasión que
se les ofrezca en el camino de la revolución, cualquiera que
sea la marcha que el gobierno siga, porque en ellos están de
acuerdo sus intereses y sus inclinaciones [...].
Termina el general Concha su razonado informe analizando la
situación e inclinación políticas de los extranjeros y españoles peninsulares, formulando las conclusiones siguientes:
Resumiendo ya esta larga comunicación resulta, que la
población de color esclava conspiraría si la ocasión se le
presentase a conseguir por cualquier medio de la libertad
que naturalmente ansia; pero que estando interesados en
que no lo logren así nuestros enemigos interiores como los
exteriores que por ahora nos amenazan, no es probable que
esa ocasión se presente, aunque sería muy útil económica y
políticamente considerado, mejorar en lo posible su actual
condición. Que la población de color libre más numerosa de
lo que convendría por la facilidad de manumisión que nuestras leyes y costumbres proporcionan, no ofrece sin embargo
peligro y pudiera convertirse en elemento de fuerza por el
gobierno, si se cuidara más que hasta aquí de su educación
moral y religiosa, y si no se le hiciera, con pesadas cargas
e indebidas exacciones, sentir tanto la inferioridad, de su
posición social [...].37
Es decir, confiaba el general Concha en que la clásica política de la
división de los pueblos hispano-americanos en clases y castas enemigas
entre sí, produciría aún buenos resultados. Halagando a ratos las clases
explotadas para mantenerlas sometidas y asustando a las explotadoras
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 45, No. 21.
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con el peligro de la rebelión de aquéllas, alejaría de Cuba la posibilidad de una revolución popular. No temía a la influencia británica, ni a
las campañas abolicionistas preparadas en Jamaica pero, en cambio, le
preocupaban los anexionistas norteamericanos y sus epígonos criollos.
Claro que, en esa época, las amenazas interiores y exteriores que
Concha anunciaba al ministro español en su informe ya habían comenzado a tomar cuerpo y convertirse en acción que ponía en peligro
el régimen colonial, pero, como lo previno en el citado escrito, la
ausencia del negro esclavo y del campesino pobre blanco en las filas
de la insurgencia criolla, permitieron al odiado procónsul español
ahogar en sangre las rebeldías armadas de algunos grupos de cubanos
blancos.
Las actividades revolucionarias de la Sociedad Libertadora de Puerto
Príncipe y la sublevación de Joaquín de Agüero –antiesclavista este–
puso en tensión la parte oriental de la isla de mayo a julio de 1851,
aumentada con la conspiración de Trinidad lidereada por Armenteros
y Hernández Echerri.
El 12 de agosto eran fusilados Agüero y sus compañeros. Y ese día
desembarcaba en Playitas del Morrillo, en el occidente de la isla, provincia de Pinar del Río, la segunda expedición del general Narciso
López, salida de Nueva Orleans, e integrada por húngaros, alemanes,
franceses, suizos, italianos, irlandeses, británicos de los que habían
participado en la Revolución de 1848 en Europa, gran número de norteamericanos y unos pocos cubanos. Traicionado y entregado a sus
perseguidores el general López murió en el cadalso el 1 de septiembre
de 1851. Pero, antes, el 16 de agosto, el general Concha hizo fusilar en
las faldas del Castillo de Atarés de La Habana al coronel Crittenden y
49 expedicionarios, la mayor parte norteamericanos, de los desembarcados en la costa pinareña.
Ni el presidente Fillmore, ni su secretario de estado, Daniel Webster,
hicieron la más mínima gestión para salvar la vida a sus compatriotas.
Pero, la opinión pública norteamericana, agitada por la prensa sudista
principalmente, protestó en forma violenta contra el bárbaro y cruel
salvajismo del general Concha. Manifestaciones hostiles al régimen
español tuvieron lugar en Nueva Orleans y Cayo Hueso. A la situación
difícil en las relaciones internacionales del Caribe, a la extrema gravedad alcanzada en esos meses, se refiere Concha en oficio al Ministro
de la Guerra de 7 de septiembre de 1851:
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Tengo el honor de remitir a V. E. copia de la orden que expedí con fecha 19 del mes próximo pasado suprimiendo interinamente la Comandancia General del Departamento del
Centro de esta Isla. «En el considerandun de esa circular se
expresan los motivos que aconsejaron esta determinación en
circunstancias de hallarse invadidos el país por las gavillas de
piratas del traidor López y cuando se esperaban nuevas expediciones de la misma naturaleza cuyas probabilidades lejos de
haberse desvanecido hoy se han aumentando notablemente
en vista de la efervescencia popular que en Nueva Orleans,
Nueva York y otras poblaciones de la Unión Americana ha
producido el funesto fin que ha tenido la intentona de ese
cabecilla; pretendiendo los revoltosos de aquel país y la
mayoría de la prensa periódica hacer una cuestión internacional de estos sucesos, excitando las pasiones y el orgullo
nacional para comprender nuevos armamentos tomando
como una ofensa a la Nación de los Estados Unidos lo que
no ha sido más que el tratamiento debido a una reunión
de hombres sin patria ni bandera, que vinieron a invadir un
país tranquilo y pacífico y que en defensa propia y natural
les ha considerado como verdaderos piratas enemigos del
género humano[…]».38
En medio de la borrascosa situación internacional creada por
las expediciones del general López, las rebeldías armadas de Puerto
Príncipe y Trinidad demandando la independencia de la isla de Cuba
y las amenazas crecientes de los anexionistas norteamericanos y cubanos de apoderarse de la rica colonia hispana por compra o por la
fuerza, recibió el general Concha un oficio firmado por D. Manuel
Bertrán de Lis –Madrid, 6 de marzo de 1851– acerca de un súbdito
español, que se atribuía el título de marqués de Olivares, residente en
Santo Domingo, que se había dirigido repetidas veces al Ministerio de
Estado quejándose de los insultos y amenazas a las que, según él, se
veía expuesto por parte de las autoridades dominicanas, y:
Archivo Nacional, Correspondencia de los Capitanes generales, legajo 381,
No. 1.
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[...] enterada la Reina Nuestra Señora de estas comunicaciones, y deseando atender al amparo de los españoles
residentes en Santo Domingo en cuanto lo reclame la
justicia y lo permita nuestra situación política respecto de
aquel país, se ha servido disponer que adquiriendo V. E.
las noticias necesarias al efecto, informe a este Ministerio
acerca de las circunstancias del Marqués de Olivares,
manifestando al mismo tiempo si con efecto este sujeto
y los demás españoles que residen en Santo Domingo
experimentan vejaciones e insultos inmotivados, y en ese
caso sí podría adoptarse algún medio prudente que sin
comprometer al Gobierno español bastase a asegurarle
la misma consideración que a los demás extranjeros que
respeten las leyes del país y no tomen parte en sus luchas
interiores.39
El general Concha que tenía asuntos más graves y urgentes que
atender en oficio No. 100 de 3 de agosto de ese año hubo de decirle
al Ministro:
[...] Las cortas relaciones comerciales entre esta Isla y la
mencionada, no me permite contestar a V. E. sobre lo que
me pregunta y para cuya averiguación no veo otro medio de
conseguirlo, más que el Gobierno de S. M. me autorice para
enviar una persona como agente, que pueda examinar y juzgar de la verdad de lo que asegura el Marqués de Olivares en
sus comunicaciones y de lo que resulte daré debida cuenta
a V. E.40
Y, en 30 de agosto, el marqués de Mira flores, escribía al general
Concha, que:
S. M. se ha servido autorizar a V. E. para que si lo estime
conveniente envíe a Santo Domingo un Agente secreto con
el objeto de averiguar el grado de exactitud que tienen las
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 855, No. 28,935.
Ibídem.
39
40
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quejas que ha dirigido a este Ministerio el señor marqués de
Olivares.41
Poco caso hizo a esta Real Orden el Capitán general de la isla de
Cuba. En medio de su difícil situación recibió el ofrecimiento del comandante del buque de guerra francés Mogador, anclado en el puerto
habanero de cooperar con el ejército y la marina de España para sofocar las rebeldías cubanas. Oferta que cortésmente declinó, pero de
la que informó al gobierno de Madrid, cuyo ministro de Estado, en
noviembre 8, agregó a esa actitud la declaración oficial del gobierno
de Dinamarca ordenando al comandante de las fuerzas navales de ese
país estacionadas en Saint Thomas de apoyar a las autoridades coloniales de Cuba, cuyo embajador en Washington tenía instrucciones de
apoyar al representante diplomático en sus demandas al gobierno de
los Estados Unidos. Esta actitud de Dinamarca obedecía a la política
anglo-francesa con relación a la crisis del Caribe ya que, desde el año
anterior, con ocasión de la toma de Cárdenas por el general López,
habían participado al gobierno de S. M. Católica las simpatías de los
de Francia e Inglaterra, y sus disposiciones de contribuir por su parte
a sostener el dominio colonial español en Cuba.42
Entre tanto Olivares no dejaba tranquilos a los funcionarios coloniales. Desde Saint Thomas, 18 de diciembre de 1851, envió un
extenso memorial a La Habana con el relato pormenorizado de sus
andanzas en el Caribe, y del que había enviado una copia a Madrid.43
En esos meses, últimos de su gobierno, el general Concha estaba
envuelto en un nuevo lío que había de empeorar. En diciembre 3,
dio cuenta al jefe del gobierno español del procedimiento y sentencia
contra John S. Thraser, ciudadano de los Estados Unidos, acusado del
delito de conspiración, y de las quejas que este había presentado para
demostrar que no se le podía juzgar por la Comisión Militar Ejecutiva
y Permanente.
A pesar de que el general Concha, como los otros gobernadores
que le habían precedido en el cargo, consintió el tráfico clandestino
de esclavos y permitió que los agentes de la reina madre doña María
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 855, No. 28,935.
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 854, No. 28,897. y Asuntes
Políticos, legajo 122, No. 24.
43
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 855, No. 28,935.
41
42
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Cristina actuaran con entera libertad para cobrar y remitir a Madrid
las jugosas comisiones que de ese indignante comercio percibía dicha
señora, las reclamaciones británicas ante tan escandalosa burla de las
leyes y tratados que lo prohibían, le obligaron a dictar medidas que
pusieran un límite a esas actividades. Así, en la Junta de Autoridades,
celebrada en el Palacio de Gobierno de La Habana, 23 de febrero de
1852, el general Concha dio cuenta del «escandaloso desembarco de
800 y más negros bozales, efectuado recientemente en las playas de
Camarioca, jurisdicción de Matanzas».44 Acordándose allí las disposiciones convenientes para reprimir ese tráfico ilegal, satisfaciendo en
cierto grado las justas reclamaciones británicas. Lo que no fue obstáculo para que Julián de Zulueta, Pancho Marty y sus asociados en esas
actividades continuaran tranquilamente sus operaciones en las costas
de África.
◉◉◉◉◉
En forma, para él inesperada, el general Concha fue relevado de
su alto cargo el 16 de abril de 1852 por el teniente general Valentín
Cañedo, hombre de pocas luces, cuyos méritos militares no le hacían
acreedor a ocupar una posición tan elevada si no hubiera contado con
el apoyo de la inefable Doña María Cristina, la Reina Madre, cuyos
intereses en el tráfico negrero venía a defender en La Habana.
Concha, que había intrigado en escala internacional en apoyo de la
iniciativa del versátil y rico hacendado criollo José Luis Alfonso acerca
del tratado de garantías, fue muy elogiado por su reaccionaria y feroz
gestión gubernamental por Domingo del Monte en sus cartas a Saco, y
recibió durante su proconsulado la cooperación de Tranquilino Sandalio
de Noda, Esteban Pichardo y otros cubanos distinguidos de su tiempo.
Quizás, según insinúa el Prof. Ramiro Guerra, si las gestiones de
Alfonso en Londres y en Madrid –apoyado por Concha– a pesar del
golpe de estado de Luis Napoleón Bonaparte de 2 de diciembre de
1851 en Francia, contribuyeran a formular el proyecto de Convención
Tripartita presentado el 25 de abril de 1852 al gobierno de los Estados
Unidos por los de Inglaterra y Francia, cuyo texto daba un golpe a
la campaña anexionista, pues en su primer artículo se aseguraba el
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 218, No. 23.
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dominio colonial español en Cuba y las tres grandes potencias declaraban solemnemente «que no tomarán ni guardarán, sea para todas ellas,
sea para una, ningún derecho de fiscalización exclusivo sobre la Isla
de Cuba, y que no tomarán ni ejercerán en ella ninguna autoridad».45
Si bien ese proyecto, que no llegó a tomar forma de tratado, mejoraba en algo la difícil situación internacional del Gobierno Colonial,
no por eso dejó el general Cañedo de confrontar los mismos graves
problemas heredados de su antecesor. Y, también, las impertinentes
reclamaciones de Olivares. Este, nuevamente en Santo Domingo, le
envió otro memorial a Cañedo con fecha 5 de mayo de 1852, ratificando otro de 24 del mes anterior en el que se quejaba del maltrato que
decía haber sufrido del general Báez presidente de aquella república.
Para terminar tan enojoso incidente, en 17 de junio de ese año
pidió Cañedo a los agentes consulares españoles en Saint Thomas y
Curazao le rindieran informes sobre D. Manuel Gil, titulado marqués
de Olivares.
El vicecónsul en Saint Thomas, N. Federico Segundo, en oficio de
9 de julio explicó a Cañedo que los_ pocos españoles residentes en
Santo Domingo no eran molestados por las autoridades de aquel país,
y en cuanto al caso de Gil aseguraba el citado funcionario que era falso
el título de marqués de Olivares que ostentaba, y se le consideraba
como un vulgar delincuente o lo que se llama un caballero de industria.
En el frente interior las perspectivas no eran muy risueñas para
el gobierno español. Todo parecía indicar que se conspiraba en La
Habana, y se tramaba una insurrección armada en la que participarían
vecinos importantes de Vuelta Abajo con el propósito de conquistar la
independencia de Cuba.
Clandestinamente comenzó a editarse en La Habana un periódico: La Voz del Pueblo Cubano, órgano de la Independencia, cuyo primer
número, de 13 de junio, había sido profusamente distribuido por
todas partes. Para completar la confusión de las autoridades, circuló
el rumor de que la organización de matiz anexionista presidida por
Gaspar Betancourt Cisneros llamada Junta Cubana, cuya sede estaba
en Nueva York, promovía la creación de secciones en otros lugares
de Norteamérica de la Orden de la Estrella Solitaria con el propósito
de llevar nuevas expediciones a Cuba tan pronto fuera una realidad
R. Guerra Sánchez, Manual de Historia.
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la elección de Franklyn Pierce –notorio esclavista y partidario de la
anexión de Cuba– para presidente de los Estados Unidos.
Si bien la conspiración de Vuelta Abajo, fue descubierta y presos
los editores de La Voz del Pueblo Cubano, cuyo activo animador el joven
obrero tipógrafo Eduardo Facciolo fue ejecutado en garrote vil el 28 de
septiembre de 1852, no por eso disminuyó la grave tensión política y
social que sufría esta pequeña isla del Caribe.
Además, surgían nuevos problemas con Haití y Santo Domingo
en los que aparecían mezclados los agentes del expansionismo
norteamericano.
En 28 de julio de 1852 recibió Cañedo una comunicación del
Vicecónsul encargado del Consulado General de Francia en Port-auPrince, E. Wiet, fechada el 25 del mes anterior con el siguiente aviso:
Tengo el honor de participar a V. E. que un reclutamiento
general acaba de ser ordenado por el emperador Soulouque
y que algunos Españoles han sido presos e incorporados
en los regimientos de la guardia. «En la ausencia de toda
representación del Gobierno de S. M. C., ellos recurren a
mi intervención y he sido dichoso al obtener, después de
muchas gestiones, que sean puestos en libertad y dados de
baja de los cuadros del ejército. Para evitar, sin embargo,
que casos parecidos se repitan, he entregado a cada uno de
esos individuos un certificado que conste que están bajo la
protección de Francia».46
El mismo día que lo recibió envió el general Cañedo copia del
escrito anterior al presidente del Consejo de Ministros de España,
agregándole en oficio separado:
[…] Como creo que el Gobierno está en el caso de tratar
seriamente de poner remedio a los abusos que no solo de
Haití sino en toda la Isla de Santo Domingo se cometen por
sus autoridades contra los españoles que allí residen, me
ocupo de adquirir las noticias necesarias para proponer a S.
M. lo conveniente, según me está prevenido en diferentes
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 855, No. 28,935.
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Reales ordenes comunicadas por el Ministerio de Estado
[...].47
Los conflictos haitiano-dominicanos, alentados y sostenidos por las
potencias imperialistas que rivalizaban por obtener cada una para sí el
derecho a explotar los pueblos y riquezas del Caribe, aparentemente
se agudizaban en la segunda mitad del año 1852. José María Pando,
el agente de España en Curazao, escribía al general Cañedo en 7 de
agosto de 1852:
La entrada de la goleta holandesa Callas de Puerto Príncipe,
las cartas que he recibido del agente, que por disposición del
señor capitán general D. Santiago Méndez Vigo me autorizó
para que mandara a aquel punto con el objeto de saber los
movimientos de los haitianos me escribe con fecha 25 del
pasado y me dice: «Es mucha la fuerza que ha levantado el
emperador, y sigue hasta completar 40 mil hombres; y aunque se dice que a principio de noviembre marchará sobre
la parte Española; hasta que lo vea suspendo el juicio; la
causa que tengo para pensar así, es el disimulo y apatía que
se observa en los encargados de las tres grandes potencias
que tanto vociferaron en los papeles públicos la protección
que darían a la parte del Este, siempre que el gobierno de
Haití tratara de invadirla. La intriga de los encargados de
dos de las grandes potencias, con el secretario de la guerra
sobre planes que están sin resolverse ponen a los jefes de las
islas españolas a estar en vigilancia hasta saber el destino que
toma el Ejército haitiano, y repito que la vigilancia es de toda
necesidad». La entrada en este puerto del bergantín americano Abraham de Nueva York ha conducido a varios aventureros que permanecen en la Isla esperando buque que los
conduzcan a las costas de la República de Nueva Granada,
pues a pesar de la actividad y auxilios que les presta el Agente
Haitiano para que pasen a Haití han desistido; y prefieren
pasar a uno de los puertos del Magdalena. Las ideas de estos
marchantes no nos son desconocidas por cuanto su interés
Archivo Nacional, Gobierno Superior Civil, legajo 855, No. 28,935.
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no es el de aquel país, si el de La Habana, reflexión que me
ha parecido conveniente poner en conocimiento de V. E.48
En sus principales datos este informe fue confirmado por el
Capitán general de Puerto Rico que, con fecha 23 de agosto de 1852,
le dice al general Cañedo:
Las últimas noticias confidenciales que acabo de recibir traídas por el vapor inglés, son de que en la república de Haití se
reúnen fuerzas que se hacen subir a 40.000 hombres con objeto
al parecer de apoderarse de la parte oriental de aquella isla que
forma hoy la República dominicana. En la misma confidencia
se dice, aunque esto no me merece crédito alguno, que según
la indiferencia con que miran estos preparativos los agentes de
las grandes potencias que tan decidida y ostensiblemente han
mostrado sus simpatías para esta Colonia, hay lugar a sospechar
de que el verdadero objeto de los haitianos es contra una u
otra de nuestras colonias, y sin embargo de que no me parece
fundada esta sospecha, y de que V. E. estará al corriente de esos
proyectos, considero de mi deber participarles estas noticias,
como creo y espero que V. E. lo hará también con aquellas que
pudieran tener relación con esta isla de mi mando.49
Nuevamente, en 3 de septiembre, le escribe el mismo funcionario
colonial de Puerto Rico a su colega de Cuba:
Por avisos confidenciales que he recibido en estos días de
Curazao y de Santo Domingo, sé que se espera en esta última
una numerosa inmigración de los Estados Unidos a consecuencia de la ley dictada por el Gobierno dominicano en 22
de abril último y aunque supongo que V. E. estará ya impuesto
de esta noticia, he creído conveniente, sin embargo, transmitírsela, como lo haré en adelante con cuantas pueda interesar
a la seguridad y conservación de estas nuestras colonias [...].50
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 47, No. 15.
Ibídem.
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Ibídem.
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Embargado como estaba por las conspiraciones en favor de la
Independencia y, además, agitado por las nuevas demandas británicas
exigiendo la persecución de los notorios traficantes de esclavos que
figuraban como contertulios del propio gobernador, no puso Cañedo
mucha atención a los avisos recibidos y, en 21 de septiembre acusó
recibo al Capitán general de Puerto Rico de los oficios anteriores,
añadiendo «que por las últimas que he recibido por un vapor de
guerra francés que acaba de llegar a este Puerto, por órdenes de su
Almirante, y que recorrió los más notables de la isla de Santo Domingo
hace poco más de un mes, nada había en aquella fecha que pudiese
causar alarma».51
Pero una comunicación reservada del propio gobernador de
Puerto Rico, de 6 de septiembre, quitó al general Cañedo su optimismo. En ella le decían:
Después de mis comunicaciones a V. E. de 3 de los corrientes
relativas a las noticias de la inmediata isla de Santo Domingo,
he recibido las dos cartas oficiales del Cónsul de Francia en
ella y de D. N. N. español residente en la ciudad de Santo
Domingo en que me participan los rumores que circulaban
en aquel país de la próxima llegada para establecerse en él de
muchos norteamericanos a consecuencia de la ley de inmigración promulgada en 24 de abril último, por el gobierno
de la República Dominicana. «Por el contenido de esas cartas, de que acompaño copias, y el de mi citada comunicación
del 3, comprenderá V. E. como yo lo he comprendido, los
inconvenientes que pueden sobrevenir para las colonias de
nuestro mando respectivo, según el aspecto que toman los
negocios de esa vecina isla, y la necesidad que tenemos de
un buen agente secreto en ella de probada lealtad y digno de
fe, ya que no es posible sin estar reconocidos ni el Imperio
de Haití ni la República Dominicana por nuestro Gobierno,
el mantener cónsules que cuiden de los intereses nacionales. Yo pienso por mi parte pedir al Gobierno de S. M. la
autorización correspondiente para establecer una persona
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de mi confianza en Santo Domingo con el indicado objeto,
siempre que se le asigne por estas cajas una remuneración
decente[...]».52
El Cónsul de Francia en Santo Domingo –8 de septiembre de
1852– amplió sus anteriores informes al Capitán general de Puerto
Rico que este trasladó al general Cañedo:
Los dos americanos que tuve el honor de hablar a V. E. todavía permanecen en Santo Domingo. Las intenciones de estos
dos individuos y su carácter no son ya dudosos hoy. Estos
son los nombrados Picket de la Carolina del Sur antiguo
cónsul de los Estados Unidos en las islas Turcas y el coronel F. Ferguson. Cartas particulares nos han advertido que
este último no trae su verdadero nombre, y que no es otro
que el Coronel White de la expedición del general López.
«Después de muchas dudas nacidas sin duda por los consejos de su cónsul que no los pierde de vista y que conoce la
disposición del Gobierno, se han decidido por fin a dirigirse al señor Presidente. Ellos le han ofrecido una poderosa
inmigración compuesta de blancos, de hombres de color y
de negros libres, escoltados por un cuerpo organizado de
cinco mil voluntarios armados de Kentucky y de Texas. Ello
es claro que los cinco mil hombres armados es lo que hay en
esto de verdad lo demás es un pretexto. El señor Presidente
les ha preguntado en nombre de quien y con qué carácter le
estaban hablando. Esta simple pregunta los ha puesto en un
embarazo: pero sin embargo han respondido que hablaban
en nombre del más rico constructor de los Estados Unidos,
pero sin nombrarlo. Un artículo de la gaceta de las islas
Turcas que será comunicado a V. E., si ya no lo hubiese recibido le hará comprender sin duda que este rico constructor
no es otro que Mr. Creen, padre, célebre por la parte que
él tomó en la invasión de Texas y los provechos que de ella
sacó. «El señor presidente Báez les ha replicado que estas
proposiciones debían ser dirigidas por escrito y firmadas al
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Ministro, y que entonces el Gobierno deliberaría. Estas proposiciones firmadas no han venido sin embargo, ni vendrán.
Ellos quieren marchar dentro de poco en busca de un barco
americano que esté cargando en la costa con destino a los
Estados Unidos». Yo tengo mucha satisfacción en manifestar
a V. E. que el Gobierno del presidente Báez conoce perfectamente la situación y no faltará a sus deberes respecto de
la España y de las potencias que estaban interesadas en reprimir el acto de piratería de que están amenazadas las ricas
colonias Españolas. El está dispuesto a publicar un enérgico
decreto para reglamentar la entrada de extranjeros en la
República, y declarar que toda inmigración que no haya sido
previamente consentida por el Gobierno, será tratada como
enemiga. Va a poner en estado de defensa los fuertes de
Samaná y de Puerto Plata; en fin E. S. la España estoy cierto
de ello quedara contenta de los dominicanos. «El señor presidente Báez ha puesto a su disposición una goleta de guerra
que transporte a Puerto Rico a Mr. Chevebille canciller del
consulado de Francia que tendrá el honor de entregaros esta
comunicación y presentaros sus respetos en mi nombre. Le
encargo asimismo que entregue a V. E. la gaceta de las islas
Turcas, si es que V. E. no las tuviese ya». He escrito al señor
almirante Vailland y tengo la seguridad de que no tardarán
en llegar a estas aguas buques franceses, uno de ellos irá a
vigilar la costa del norte [...]».
Agregaba el gobernador de Puerto Rico la siguiente nota:
Lo que traslado a V. E. con remisión del artículo inserto en la
Gaceta Real de las islas Turcas de 25 de agosto último, y además diré a V. E. que el Canciller del Consulado francés que
acaba de arribar a este puerto como conductor de los referidos documentos me ha manifestado de parte del Presidente
de ella que si las tropas Españolas se viesen en la necesidad
de presentarse en el territorio de la república para rechazar
desde allí las agresiones que puedan intentarse contra las
islas de Cuba y Puerto Rico, y aún en caso necesario proteger
al Gobierno Dominicano contra sus enemigos interiores o
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exteriores, el país la admitirá de buena voluntad, y las auxiliará en cuanto posible sea; pero si en vez de esas causas, las
tropas Españolas invadieran el territorio de la República bajo
el concepto de la reconquista, entonces las gentes emancipadas de toda la isla temiendo ver restablecida la esclavitud se
sublevarían contra dichas tropas y contra el mismo Gobierno
de la república llamando en su auxilio al Imperio de Haití en
cuyo estado se establecería la guerra de razas.53
El citado artículo del periódico de las islas Turcas, que tanto inquietaba al funcionario consular francés, decía entre otras cosas menos importantes, que hacía:
[...] algún tiempo se han esparcido rumores que saldría una
tercera expedición de los Estados Unidos con objeto de invadir a Cuba. Estos rumores últimos han tomado una forma
tangible, y la noticia de que se prepara otra grande expedición de las costas de los Estados Unidos con dirección a Santo
Domingo confirma ahora nuestra noticia… Esta expedición
poderosa se arma en los Estados Unidos con pretexto de aprovecharse del decreto de emigración que acaba de publicarse
por el Congreso dominicano, y no lo ha intentado ciertamente el señor Báez para los americanos, sincopara los franceses,
han abierto los puertos a los aventureros americanos que proyectan el establecimiento dé un lugar en Santo Domingo que
puedan reunirse las expediciones y entonces concertar mas
convenientemente un ataque contra Cuba. «Sus intenciones
son las de desembarcar como emigrados bajo la protección
de la ley con la intención que vienen a ayudar a los dominicanos contra Soulouque». El objeto es subyugar tanto a los
dominicanos como a los haitianos, obligar a todos los negros
a que trabajen conforme al código rural y últimamente llenar
al país con una población blanca. «Cuba deberá ser tratada
de la misma manera, y los americanos esperan por este medio
establecer un monopolio de productos tropicales [...]».54
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 47, No. 15.
Ibídem.
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Gaillard de Terry, cónsul de Francia en La Habana, entregó personalmente al capitán general Cañedo –23 de septiembre de 1852–
un extenso escrito confidencial de su colega en Santo Domingo,
Lamienssens, dirigido al comandante Durousier, del vapor de guerra
francés L’Ardent, y que hizo llegar al citado marino por medio del vapor
de guerra inglés Rosamond que venía al puerto habanero cuyo sobre
abrió el cónsul Terry y lo tradujo. El documento tenía el membrete
oficial del servicio consular francés, escrito en Santo Domingo, 7 de
septiembre de ese año:
No he sido avisado hasta el último momento que el vapor
inglés Rosamond se dirigía sobre La Habana. No puedo pues
entrar en detalles de lo que aquí pasa ni escribir oficialmente.
Tenemos en este momento en Santo Domingo dos americanos, un tal Mr. Picket, antiguo agente comercial de la Unión
en las Islas Turcas, y un coronel llamado Fergusson. Por cartas
particulares sabemos que Fergusson no es más que un nombre supuesto, y que este personaje no es otro que el coronel
White de la antigua expedición de López. Estos individuos se
han presentado al Gobierno para tratar de una gran expedición (10.000 familias) escoltadas por un cuerpo armado de.
5.000 kentuquianos y de la Carolina del Sur. He creído mi
querido Comandante que es una toma de posesión verdadera
la que se propone en expectativa de la de Cuba. El Presidente
habiéndoles respondido simplemente: ¿A nombre de quien, y
con qué carácter me hablan Vs. señores? Esta simple pregunta
les hizo titubear un poco. Ellos sin embargo respondieron
que hablaban en nombre del más rico constructor de buques
de los Estados Unidos –¿Qué garantías me dan Vds. que estas
proposiciones son formales?– Todo está listo, respondieron
ellos, el dinero, los vapores, los soldados y los colonos. Pues
bien, señores, presenten Vds. sus proposiciones por escrito
al ministro, y el Gobierno las examinará. «Bien entendido
proposiciones no se han presentado aun. Hicieron en casa de
Mr. Cohén, comerciante asociado de la Casa de Rothschild y
Cohén de St. Thomas, un ensayo, tirando al blanco con un
rifle de 7 tiros y otro de los célebres de 24. Pero este último
no tuvo buen éxito. Ellos piensan marchar para los Estados
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Unidos dentro de pocos días. El señor Capitán general puede
estar bien seguro que el Gobierno dominicano cumplirá sin
titubear sus deberes para con la España y las demás potencias
interesadas en la represión del acto meditado de piratería
contra Cuba [...]».�
No era esta carta nada más, y nada menos, que la reproducción
de las que el mismo cónsul había enviado a Puerto Rico. Y tenía todas
las trazas de haberse redactado de acuerdo con los agentes ingleses,
a quienes la presencia norteamericana en una zona que ellos consideraban exclusivamente bajo su influencia económica no les hacía
ninguna gracia.
El general Cañedo, como se trataba de un problema internacional
cuyos alcances no acertaba a comprender en toda su extensión, en 4 de
octubre remitió al presidente del Consejo de Ministros el expediente
completo relativo a las relaciones con Haití y República Dominicana,
así como los documentos ingleses y franceses referentes a los proyectos norteamericanos. Y agregaba en el oficio de remisión:
[...] no considerando nada indiferente en materia de defensa
y de seguridad, me ha parecido oportuno y más bien por precaución que por justos temores, mandar a la misma Isla un
comisionado especial en el vapor D. Juan de Austria, si bien
en lo ostensible sin carácter oficial, para que por sí mismo se
instruya de cuanto ocurre y de lo que en lo sucesivo pueda
sobrevenir y sea conducente saber para tomar en tiempo mis
medidas. La circunstancia de no estar reconocida la independencia de la misma Isla tiene privado al Gobierno de S.
M. de los auxilios que un agente Consular podría prestar con
sus avisos oficiales [...].55
Mientras preparaba, con la lentitud ya clásica en la torpe burocracia colonial, el envío del agente a la isla vecina, nuevas informaciones
alarmantes llegaban al Gobierno de La Habana.
Al gobernador de Santiago de Cuba dio la noticia el capitán del
vapor mercante español general Armero, de haber encontrado el 8 de
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octubre, a la altura de la punta de Maisí navegando con rumbo a Santo
Domingo, un vapor americano bastante grande con mucha gente a
bordo. Inmediatamente salió del puerto de Santiago de Cuba el vapor
de guerra español D. Juan de Austria en busca de la supuesta expedición. Después de una semana recorriendo aquellos mares regresó a
su base el referido buque sin encontrar rastros del barco americano.
De Puerto Rico le avisaron –25 de octubre– que el presidente Báez
había dictado un decreto restringiendo la inmigración, con lo cual se
destruían, en parte, los proyectos de los aventureros norteamericanos.
Pero, el ministro de España en los Estados Unidos, Calderón de la Barca,
envió al general Cañedo el recorte de un periódico de Washington –noviembre 9 de 1852– con la nota: The New York Courrier of Saturday, dice:
Con respecto a la expedición Cubana, sabemos, que está en
un estado muy adelantado de preparación, y se ha manifestado que el mayor cuidado se ha tenido por los líderes de ella
para no violar las leyes de neutralidad de los Estados Unidos.
Todas las armas y municiones necesarias han sido procuradas en el extranjero en grandes cantidades, y están hoy
depositadas fuera de los límites de los Estados Unidos, en un
depósito que solo saben los directores espirituales. Ni una
pequeña escopeta ha sido adquirida en los Estados Unidos.
La gente saldrá de este país como emigrados –sin armas– y
saldrán de distintos puertos, y se calcula será de un modo
que ni la más leve sospecha pueda esparcirse al público de su
verdadero destino. Las medidas de los revolucionarios han
sido tomadas con mucha circunspección, y es solo de temerse que los que embarquen en esta expedición encontrarán el
fin sangriento de sus predecesores.56
Después de meditarlo largo tiempo se determinó el general
Cañedo a enviar un comisionado a Santo Domingo y Haití. Y el 4 de
diciembre escribió al comandante general de Marina, D. José María
Bustillo, anunciándole su decisión y pidiendo habilitara un buque de
guerra para llevar al comisionado. Y le explica las razones que le hicieron adoptar esa resolución:
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En 9 de junio último me comunicó el Ministro de S. M. en
Washington que la Sociedad de la Estrella Solitaria, atendiendo a que el Gobierno de la Confederación no consentiría el
armamento de expediciones contra esta Isla, había determinado enviar parte de su gente a la de Santo Domingo con
pretexto de asistir a uno de los partidos beligerantes de la misma, pero con el verdadero designio de caer desde allí sobre
la parte Oriental de esta posesión de S. M., eludiendo de este
modo los compromisos del citado gobierno anglo-americano.
«Posteriormente he tenido noticias de que el de la República
Dominicana había promulgado una ley por la que facilitaba la
inmigración blanca, con motivo de la cual algún ciudadano de
los Estados Unidos se avistaron con el Presidente y le propusieron llevar diez mil familias americanas escoltadas por cinco
mil hombres armados. Ignoro si fueron los antecedentes de
los proponentes, quienes habían figurado en proyectos piráticos y en la incorporación de Tejas al territorio de Washington,
lo que decidió al citado Presidente a negar la introducción
de colonos, pero el hecho fue este, y que dicho Magistrado
restringió después por un decreto del poder ejecutivo la
enunciada ley de colonización». Empero los últimos anuncios
de la prensa angloamericana, concordantes con la referida
noticia del Ministro de S. M., me inducen a creer posible el
que por dicha Isla de Santo Domingo se prepare algún nuevo
atentado contra esta de Cuba. Para ello suponen que hay allí
grande acopio de armas y que se trasladará la gente so color
de contratos de colonización, para ser organizada y dirigida
oportunamente a varios puntos de nuestras costas. Y tanto más
posible encuentro este plan cuanto más me persuado de que
el Gobierno dominicano, débil como tiene que serlo, puede
doblegarse a las sugestiones de los anexionistas bajo promesas
de resarcimiento o apoyo para contrarrestar al Emperador de
Haití [...].57
La Secretaría Política del Gobierno Colonial, en 13 de diciembre,
dio curso a la resolución de esa fecha del general Cañedo designando
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a D. Mariano Torrente, Intendente Honorario de Ejército, para desempeñar la comisión reservada en Haití y Santo Domingo.
Por escrito dio el Capitán general las instrucciones a que debía
ceñirse Torrente para el desempeño de la delicada misión diplomática que se le confiaba. En ellas, después de un ligero análisis de las
noticias recibidas acerca de los proyectos invasores de los anexionistas
norteamericanos y cubanos, así como de los planes de colonización en
que participaban antiguos aventureros fronterizos y expedicionarios
del Pampero con el general López, se le señalaba concretamente cuáles serían las tareas a cumplir:
2da. Careciendo la nación española de toda comunicación
con las dos indicadas repúblicas por no estar reconocidas,
el señor Comisionado guardará siempre el más completo
incógnito, quedando a cargo del buque la representación
oficial.
3ra. Se procurará depurar en todos los puntos cuanto haga
relación a proyectos de invasión de esta Isla y la de Puerto
Rico, valiéndose de las favorables disposiciones y relaciones
amistosas de los agentes consulares de Francia y de Inglaterra
para los que se acompañan distintas cartas de introducción.
4ta. La necesidad de procurarse en lo adelante noticias
periódicas de cuanto sea digno de la consideración de este
Gobierno, hace indispensable el establecer uno o más agentes en la Isla de Santo Domingo, encargados de ponerse en
comunicación numerada por los tenientes que mas seguridad operan con mi autoridad y el Gobernador de Santiago
de Cuba.
5ta. A este fin el Comisionado queda autorizado en debida
forma para elegir dicho agente, designación que será conveniente recaiga en un español, siempre y cuando se encuentre alguno dotado de las circunstancias indispensables
para misión tan delicada. Con este motivo se advierte que en
Santo Domingo existe un individuo llamado D. Juan Abril,
ocupado en el comercio y, según noticias, español, quien
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hasta el presente ha dado motivo para creerle adornado de
los mejores sentimientos.58
Además se le recomendaba averiguar el trato que recibían los españoles de las autoridades dominicanas, especialmente en lo relativo
a las quejas presentadas por el titulado marqués de Olivares. También
se le ordenaba llevar un diario en el cual debía anotar Torrente cronológicamente todo cuanto fuera de interés comunicar al gobierno
de Madrid.
Una copia de esas instrucciones se envió al comandante general
de Marina, D. José María de Bustillo, quien, a su vez, dio al comandante del vapor de guerra Isabel Segunda, capitán de navío D. Eusebio
Salcedo, las instrucciones a las cuales debía ajustarse puesto que siendo secreta la misión confiada a Torrente, sería el citado marino quien
tendría la representación oficial. En ellas se le indican con relación a
Santo Domingo, entre otras, las siguientes:
[...] En el caso de que la acogida que V. S. reciba por parte
de las autoridades en su mencionada visita sea satisfactoria,
les hará V. S. presente sus deseos de visitar al Presidente de
la República, pidiendo al efecto se sirva designar día y hora
para verificarla, y concedida que sea, lo efectuará V. S. con
la mitad de su oficialidad; y su conducta para con aquel será
igual en todo a la observada con respecto a las autoridades
referidas en cuanto a ocultarle el verdadero fin de su representación en el país. Al mismo tiempo y con el tacto y prudencia que el caso lo requiera se informará V. S. del estado
en que se encuentra la proyectada colonización del país, y la
inmigración de familias americanas o de los Estados Unidos,
y si por estas o por las mismas del territorio Dominicano se
aprestan expediciones contra esta Isla, en cuyo caso es preciso se adelante V. S. a indagar los elementos con que cuenta
para realizarla y que fuerza de armas y gente; qué clase de
embarcaciones; por quien han sido estas facilitadas; donde
lo verifican, y por quien son repostadas de lo necesario para
emprender la navegación, a qué punto debe ser esta dirigida;
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qué clase de gente es la reunida y en qué número con todo
lo demás que V. S. considere necesario para averiguar con la
mayor exactitud posible cuanto tenga relación con el objeto
de la comisión que le he conferido; siendo al mismo tiempo
del mayor interés adquiera V. S. igualmente datos positivos
con respecto a la situación política y militar de la República,
ideas de su Presidente, cual es la fuerza de Ejército disponible
con que podrá contar en el caso de tener que utilizarla, su
organización, armamento y cuantos datos puedan contribuir
a formar un concepto tan aproximado como sea posible de
su actitud y disposición[...].
Se le facultaba también al citado marino para presentar una enérgica reclamación en el caso de comprobar la existencia de proyectos
de expediciones destinadas a Cuba o Puerto Rico. En cuanto a sus
relaciones con el comisionado Torrente le ordenan:
[...] Todos los pasos y determinaciones de V. S. en cuanto tenga relación con el fin para el que se envía el Señor
Comisionado lo pondrá V. S. en su conocimiento a efecto de
marchar con él en la mejor armonía y que puedan mutuamente consultarse los puntos que sean dignos de meditación
para conseguir el buen éxito de la empresa. Como podrá
suceder que se presenten ocasiones de tener que hacer alguna gestión al Gobierno dominicano o a las autoridades
del país por creerlo así necesario el referido comisionado
de acuerdo con V. S, corresponde a V. S. presentarlas por si
conforme se explica en las notas 2 y 7 de sus instrucciones
puesto que debiendo aquel mantenerse en el más completo
incógnito, no podría ser atendido, despojado de todo carácter como para las mencionadas autoridades se encuentran,
y sería descubierta su misión que debe quedar reservada. El
referido comisionado lleva cartas de introducción por los
cónsules inglés y francés, por lo cual se pondrá también V.
S. en contacto con ellos por si fuese preciso valerse de sus
personas para cualquier asunto que tenga relación con el
principal fin que motiva estas prevenciones. «Luego que el
comisionado crea suficientemente evacuada su misión en
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Sto. Domingo y juzgue oportuna la salida del vapor para
Puerto Plata se dirigirá V. S. a él por la parte oriental de la
Isla…» Del mismo modo y cuando el Sor, comisionado juzgue necesaria la salida la emprenderá V. S. y se pondrá en
derrota para Puerto Príncipe, donde igualmente observará
V. S. la misma conducta que la marcada respecto a los otros
dos, pidiendo también una audiencia privada al Emperador
Haitiano si así lo conceptúa V. S. necesario de acuerdo con
el Sor, comisionado. Su conducta para con aquel será igual
en todos sus puntos a la indicada para con el Presidente de
la República de Sto. Domingo [...].59
Las cartas referidas eran tres. Una de Joseph J. Crawford, cónsul
general de Inglaterra, fechada en La Habana 13 de diciembre de 1852
recomendando a Torrente a su colega en Santo Domingo Robert B.
Schomburgk; otras dos, de la misma fecha, eran del cónsul general
de Francia, Gaillard de Terry, para los representantes de su país en las
capitales de Haití y Santo Domingo.
Estos documentos diplomáticos demostraban claramente que las
cancillerías de Londres y París apoyaban plenamente al gobierno español en su resistencia al expansionismo norteamericano en el Caribe.
◉◉◉◉◉
A las 4 de la tarde del 14 de diciembre de 1852 salió del puerto
habanero el vapor de guerra Isabel II, al mando del capitán Salcedo,
llevando a bordo al comisionado secreto del Gobierno Colonial de
Cuba D. Mariano Torrente. El 21 de ese mes anclaron en la rada de
Santo Domingo y el 31 en la de Port-au-Prince. De regreso a Cuba –6
de enero de 1853– tanto Torrente como Salcedo rindieron al general
Cañedo y al comandante general de Marina informes minuciosos del
resultado de sus indagaciones –que ellos opinaban eran favorables a
los intereses coloniales de España– a los que añadió Torrente un estudio histórico, geográfico y político de Haití y Santo Domingo. Estos
documentos hubo de utilizarlos para publicar en Madrid, al siguiente
año, un libro titulado Política Ultramarina.
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Ambos funcionarios, en sus escritos, hacen grandes elogios de los
residentes españoles en suelo dominicano, D. Juan Abril y D. Francisco
Cerdá, que, durante años, actuaron como agentes secretos de los capitanes generales de Cuba y Puerto Rico participando activamente en las
gestiones de todas clases realizadas para reincorporar al dominio colonial español la discutida tierra dominicana. También elogian ambos al
presidente Báez, así como tratan de criticar y burlarse de Soulouque,
que se había autoproclamado Emperador de Haití con el nombre de
Faustino I.
El capitán Salcedo consigna en el citado informe, refiriéndose a las
declaraciones reservadas que le hizo el presidente Báez:
[...] Me aseguró que tanto él como el general Santana y
la generalidad del país, miraban con odiosidad al pueblo
anglo-americano, y no muy bien al Inglés; que solo tenían
simpatías por la Francia y la España, particularmente por
esta; pero que estaba resuelto a defender palmo a palmo el
terreno si los Americanos invadían de una u otra manera
su territorio violentamente, quebrantando el último decreto
dado sobre la emigración [. . .]
Pero agregaba Báez, si los españoles los abandonaban y la amenaza
de un ataque haitiano se hacía más peligrosa, prefería los norteamericanos a los negros; también la cuestión de los cubanos anexionistas
que buscaban en tierras del Caribe una base para sus planes insurreccionistas, fue otro de los temas abordados. Y como de todo quedó el
presidente Báez comprometido a informar por escrito al Gobierno
Colonial de Cuba, dice Salcedo:
[...] y me añadió que en el escrito expresaría los nombres de
algunos cubanos que había en la República procedentes de
los Estados Unidos y que vigilaba muy de cerca [...].60
Torrente, no teniendo en cuenta las realidades históricas y, sobre
todo, la incapacidad económica e industrial de España que ocupaba
en esos momentos uno de los niveles más bajos de la producción
Boletín del Archivo Nacional, año XXX, p. 30-46, La Habana, 1931.
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europea, recomienda en su informe sobre Santo Domingo el establecimiento de un protectorado y el fomento de un tipo determinado de
colonización:
[...] V. E. me disimulará si he sido algo difuso en la descripción de la Península de Samaná, porque he creído que no
estarían de más estos detallados apuntes para el caso de que
el Gobo. de S, M. tuviese a bien tomar en consideración las
reflexiones que llevo hechas y que voy á continuar sobre la
parte que creo debiera tomar la España en los negocios de
Sto. Domingo.
He manifestado ya mi opinión favorable al protectorado,
con preferencia al dominio absoluto. Para afianzar dicho
protectorado sería preciso posesionarse de la referida península de Samaná fortificando su entrada pral. que se halla
entre la costa N. E. y un islote que lleva el nombre de Cayo
levantado, y que por ser bastante estrecho podría defenderse con facilidad. En Santa Bárbara que se halla al fondo
de aquella ensenada debería haber una guarnición de 300
solds. europeos que podrían relevarse cada seis meses con
las Tropas de Puerto Rico, ya que la capí, de esta isla dista tan
solo 60 leguas de Samaná; y Aguadilla que es la punta mas
saliente tan solo 43, de manera que en 16 horas puede un
vapor hacer su travesía.
Trescientos veteranos podrían ser bastantes para guarnecer
la bahía, apoyados por los habitantes que son fieles, sumisos
y aptos para las armas, como que son los únicos que guarnecen los dos fuertes; y aun mejor si al mismo tiempo trataba
el Gobierno debe establecer algunas colonias españolas que
considero de absoluta necesidad no solo para poder contar
con otros tantos auxiliares, sino también para poner en activa producción este fertilísimo terreno. Supuesto que nacen
de él espontáneamente todos los frutos de los trópicos, es
claro que con la mano del hombre, habrían de rendir gradualmente bastantes utilidades para pagar los gastos de la
colonización y para cubrir todas las atenciones del servicio,
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inclusive los de algunos vapores pequeños, o pailebots que
serian necesarios para la defensa y para la comodidad del
mismo servicio, con la industria de estos podrían beneficiarse las minas de carbón que darían un producto inmenso mayormente si se lograban que á algunos pies de profundidad
se encontrase, como se cree, mas pino que en la superficie.
También podrían beneficiarse las minas de oro y señaladamente las del cobre que deben ser muy ricas á juzgar por las
aguas de un arroyo que llegan á la bahía teñidas con el color
de aquel metal.
Por falta de brazos no se ha podido prestar en ningún tiempo
bastante atención a este ramo, que así puede fallar, como dar
magníficos resultados; y tampoco se ha prestado atención a
la pesca de la ballena que es bastante abundante en la primavera; ni al corte de maderas que tanto abundan, ni a la pesca
que es otro ramo muy importante. Como que los Colonos
habrían de aliviar en gran manera los gastos necesarios para
mantener esta posesión, principiando por la guarnición que
debería ser dos tanto mayor careciendo de ellos no debería
reparar el gobierno en anticipar las sumas indispensables
que paulatinamente iría recogiendo. Los habitantes de
la costa de Valencia y Murcia acostumbrados al cultivo del
arroz, y los montañeses del Alto Aragón que viven siempre
entre las lluvias y humedades serían en mi concepto los más
apropósitos para esta colonia, cuyo mayor enemigo no es
tanto el calor como la humedad. De una u otra parte sería
fácil obtener familias laboriosas; muchas de las primeras han
emigrado a Argelia y no pocas de las últimas pasan á Francia,
ó sufren la miseria que es propia de su áspero y estéril país.
Seguro es que á porfía se habían de alistar para la expedición, mayormente si se les ofrecían las ventajas siguientes:
1ra. Pagado su viaje, costeada la casa de vivienda, y repartidos
los víveres más precisos para cuatro meses, tiempo suficiente
para poder sembrar y coger maíz, ñames y otras plantas farináceas de sana nutrición.
2da. Surtidos de aperos de labor.
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3ra. Repartiditos á cada familia cien fanegas de tierra, y cuatro chinos contratados por ocho para ayudarles a su cultivo.
El primer estreno de esta última condición sería de fácil
ejecución, atendida la inmensidad de terreno inculto; la
segunda lo sería también pues no faltarían especuladores de
La Habana que traerían dichos chinos de la misma manera
que los están introduciendo en la isla de Cuba.
Yo nunca aconsejaría al Gobierno que estableciera colonia
sino bajo el pie de proporcionarles todos los medios de prosperar: de este modo pueden en breve bastarse así mismas
y pagar todas las anticipaciones que se les hagan, así como
reconocer un censo y ayudar al Estado con contribuciones
sobre este sistema colonial, pero las suprimo por ahora como
prematuras, si bien me ofrezco a expresarla en un bien meditado reglamento, que con gusto formaría si el Gobierno lo
escogiera. Y por ultimo aunque esta nueva colonia hubiera
de ser gravosa al Gobierno lo que no creo, estarían muy bien
empleados estos desembolsos, que nunca podrían ser muy
crecidos, si con ellos se lograba como no dudo que se lograría, impedir que los haitianos se apoderasen de la República
dominicana y reprimir toda propaganda para invadir la isla
de Cuba; y así mismo si se oponía un muro de bronce a inmigraciones filibusteras que tienen iguales tendencias.
De que se contendrían los haitianos no hay que dudarlo sin
más que considerar que sí los dominicanos solos y sin recursos han sabido darles severas lecciones; cuanto más seguro
seria su triunfo teniendo en su apoyo una gran nación con
fuerzas de mar y tierra. Por otra parte es bien cierto que no
se ha borrado todavía de dichos haitianos el respeto al trono
español, y que del mismo modo que no se atrevieron á llevar
sus armas conquistadoras a la parte dominicana, mientras
que tremoló en ella el pabellón Rl., tampoco se atreverían
cuando supieran que la actual República estaba protegida
por el mismo pabellón. Con respecto a los angloamericanos
tendrían que desistir de sus maquiavélicos proyectos por esta
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parte porque no encontrarían medios hábiles para darles
ejecución, ni podrían oponerse con ninguna apariencia de
razón o de derecho a la supremacía que asumiese la España
en estas regiones; mayormente cuando desde luego puede asegurarse que había de tener á su lado a la Francia e
Inglaterra y aún a toda la Europa. Queda pues en nuestra
mano desvanecer la única eventualidad que tuvieran a su
favor los anglo-americanos y sería la de que los dominicanos
se vieran muy hostigados por los haitianos y sin poder contar
con el apoyo de ninguna nación, en cuyo caso y más bien
que sucumbir a la ferocidad de los negros se echarían en
brazos de aquellos, porque por odiosos y repugnantes que
les sean, no podrán serlo tanto como las desalmadas hordas
de Soulouque.
Y, en cuanto a Haití, Torrente, recomienda la adopción de una
línea política en escala internacional:
La España debe emplear todos los recursos de la política
para desbaratar los simulados planes de los ingleses, y neutralizar su perniciosa influencia. Como que para ejercerla
no pueden declararse estos en lucha abierta con las demás
naciones lograra la España preservarse de sus efectos, estableciendo relaciones amistosas con el Gobierno haitiano
aprovechando la oportunidad de los temores que y funden
los americanos con sus amañadas inmigraciones. Ya que no
se haga un tratado formal para ayudarse a repeler esta clase
de invasiones, por lo menos debiera un Agente de nuestro
Gobierno ponerse de acuerdo de un modo mas explicito
que a mí me fue permitido, para ofrecer nuestra escuadra
y auxilio para aquel determinado objeto; y a fin de dar más
fuerza a estos arreglos, convendría que con frecuencia se
presentara alguno de nuestros buques en aquellas aguas.
Esta clase de relaciones que nuestro Glb. podría entablar sin
faltar a su decoro y sin chocar con las demás naciones, produciría dos efectos; primero el de alejar de la mente de aquellos pueblos toda idea de hostilizarnos en nuestras colonias;
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y el segundo el de robustecer mas y mas el gran respeto que
ya en el día tienen a nuestra bandera.
Por otra parte no contrayendo compromisos sino para rechazar las invasiones de los filibusteros, conservaría la España
bastante influencia para impedir de acuerdo con la. Francia
la guerra con los dominicanos y al mismo tiempo se hallaría
en libertad de secundar los planes de la misma Francia, si
con el tiempo pudiera vencer los tropiezos que se oponen
a su ejecución. Dichos planes, según tengo entendido, son
los de apoderarse de Haití, lo cual en un día es sumamente
fácil, atendida la debilidad de esta gente, tan diversa en todo
sentido de la que fue para la que inauguró la revolución por
la libertad.
Se me ha dicho que Luis Napoleón no se considera obligado a respetar los tratados de Carlos X, porque aquellos
fueron hechos de Rl. orden y sin el consentimiento de las
cámaras y también porque no han cumplido las condiciones
del pago de la suma estipulada. Aunque es de suponer que
la Inglaterra se opondría a esta empresa, sin embargo a tal
grado de altura podría llegar la influencia política de aquel
hombre afortunado, que lograse remover todos los tropiezos; y en tal caso deberíamos secundar sus altos designios,
tomando nosotros posesión de la parte española. Este sería
el medio más seguro para embotar la acción de los enemigos
que tenemos al frente, que son como ya he dicho en otro
lugar, los anglo-americanos con sus pertinaces intentos de
apoderarse de la isla de Cuba, y los negros con la propaganda que en algún tiempo y por medios de extranjeras noticias
pudieran iniciar.
En el día y hasta que se vayan desenvolviendo los sucesos,
considero de suma conveniencia que la España obre perfectamente, de acuerdo con la Francia, que es la única que ostenta buena fe en esta cuestión y la única de la que podemos
esperar un apoyo sincero y cordial, siquiera por la identidad
de causa e identidad de intereses. Debe pues unirse en el
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entretanto con la referida potencia que contener los vuelos
al engrandecimiento de la raza negra empleando ambas sutilmente su política en promover discordias entre los jefes
haitianos y en preparar combustibles para que a la muerte
de Soulouque, que no creo lejana o antes si se fueran madurando los planes de subversión, se encenderá una hoguera
en que a la general conflagración, sucederá una postración
absoluta.
Si fuese doble tocar estos resultados como una consecuencia
de la escisión de los candidatos al poder y de sus discordias
intestinas, se fortalecería el derecho de cualquier nación
europea y con mayor razón de la Francia para intervenir en
estos negocios, y conseguir por tales medios lo que al parecer desea, y nos conviene.61
No obstante las recomendaciones de Torrente para establecer un
protectorado en Santo Domingo, el gobierno de Madrid se mantuvo,
presionado por Francia e Inglaterra, en su política ya clásica de rehuir
todo tipo de compromiso con los países liberados del yugo colonial en
el Caribe. Ni siquiera establecer relaciones, que solo hasta el año 1855
la inició con Santo Domingo.
En 1853 tal parecía que las rivalidades y antagonismos de las grandes potencias interesadas en la explotación de las riquezas y materias
primas de la América Latina –Inglaterra, Francia y Estados Unidos–
habían hecho de Haití y la República Dominicana el centro de sus
ambiciosos y contradictorios proyectos.
A pesar de que Torrente en su voluminoso informe reservado al
Gobierno colonial de Cuba señalaba, confiado en las promesas del
presidente Báez y del propio Soulouque, que los Estados Unidos
no podrían utilizar aquellos territorios para realizar sus planes de
anexarse la isla de Cuba, y el abandono por parte de Francia de
sus pretensiones sobre la Bahía de Samaná, no tardaron en surgir
indicios de graves perturbaciones en el Caribe. Y prueba de ello
era que, en el momento que Torrente lleno de optimismo por los
favorables resultados de su gestión secreta navegaba hacia Cuba,
Archivo Nacional, Asuntos Políticos, legajo 47, No. 15.
61
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Everett, secretario de Estado de Norteamérica, se dirigió en 3 de
enero de 1853 a John F. Kennedy, secretario de Marina, pidiéndole
el envío de un barco de guerra a Santo Domingo a fin de vigilar
las intenciones atribuidas a Francia de apoderarse de la Bahía de
Samaná, Ya sobre este problema Everett, en oficio reservado al ministro norteamericano en París, Rives, hubo de advertirle en 17 de
diciembre de 1852:
La política mantenida por Estados Unidos en esta cuestión
ha sido del todo desinteresada, pues no hay duda de que en
nuestras manos ha estado sentar reales en esta isla y en cuanto a una estación naval en Samaná, tanto la necesita nuestra
nación como cualquiera otra potencia europea. Nuestra política, empero, ha mantenido con firmeza la norma de evitar
en todo lo posible que se vean perturbadas las relaciones
políticas de las Antillas que hoy existen.62
No se atrevía a confesar Everett que las ambiciones norteamericanas sobre Cuba, Haití y República Dominicana se veían obstaculizadas
por las evidentes contradicciones de todas clases que existían con las
demás potencias europeas. Inglaterra, singularmente, no toleraba que
los Estados Unidos, aprovechando la evidente debilidad de España y
su carencia de una política internacional definida, aumentara su poderío comercial y colonial y se apoderara de las tierras más ricas del
Caribe. Actitud clara y definida según se desprende del despacho del
Encargado de Negocios de España en Londres al Ministro de Estado
de Madrid, 22 de abril de 1854, en que le da cuenta de la actitud del
Gobierno británico en los siguientes términos:
El Conde de Clarendon me manifestó desde luego que el
Gobierno inglés no vería con indiferencia que los Estados
Unidos se apoderasen de la Bahía de Samaná, y encontrando
muy juicioso que el de S. M. se hubiese abstenido de conceder un protectorado que la habría envuelto en compromisos
y dispendios, añadió que puesto que el Gobierno de Francia
se hallaba informado de este asunto, se ocuparía de él con
C. C. Tansill, The United States.
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el Embajador cuando se lo permitiesen los muy perentorios
quehaceres.63
La sustitución de Buenaventura Báez por el general Pedro Santana
en la presidencia de la República Dominicana, alentó al expansionismo norteamericano para realizar un nuevo proyecto sobre dicho país.
Tomando como pretexto William L. Marcy, nuevo secretario de Estado
del gobierno de Washington, los avisos de las conspiraciones que se
incubaban en la isla alentadas por los agentes franceses y de la visita
misteriosa de un navío español cuyo comandante había permanecido
cuatro días conferenciando a puertas cerradas con las autoridades dominicanas, y tenía sospechas que España gestionaba una alianza con el
Gobierno dominicano con el fin de protegerlo contra Haití y:
[...] particularmente para impedir que a esta parte de la isla acuda
una numerosa emigración procedente de Estados Unidos [...]
[...] dio instrucciones al general William L. Cazneau de trasladarse
en seguida a Santo Domingo e investigar [...].
[...] la situación actual en la República Dominicana, en particular
la cuestión de sus relaciones con el Imperio de Haití.64
Cazneau, que había tomado parte principal en las intrigas que
culminaron en la independencia de Texas y su anexión más tarde a los
Estados Unidos, robándole virtualmente la mitad de su territorio a la
hermana República de México, aprovechó bien la enemistad de Báez
y Santana, ya que el primero no ocultaba su desprecio por los Estados
Unidos y el segundo era un ferviente partidario de la intromisión yanqui en los asuntos internos de la nación. De lo cual resultó que el 15 de
octubre de 1854 concluyera Santana un tratado secreto con el agente
del presidente Pierce, por el cual la República Dominicana cedía la
Bahía de Samaná a los Estados Unidos.
Bajo la presión británica el Congreso dominicano rechazó el tratado y Cazneau, duramente combatido por la prensa de su país, tuvo
J. Becker, Historia de las Relaciones.
Ibídem.
63
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que abandonar la empresa. También dio lugar a que los diplomáticos
norteamericanos dejaran a un lado la cuestión dominicana a causa
de los problemas cubanos y la agitación anexionista con motivo de la
llamada africanización de Cuba.
Esto, unido a la situación europea que anunciaba una crisis de
grandes proporciones, y los conflictos internos de los Estados Unidos
causados por el agudo debate sobre el régimen esclavista entre el
Norte industrial y el Sur agrícola dependiente de la mano de obra
servil, colocó en un segundo plano dentro de las relaciones internacionales la cuestión del Caribe, cuya pausa alentó a España a intentar
nuevas aventuras que solo le sirvieron para acelerar su propia ruina
como potencia colonial.
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Índice onomástico
A
Aberdeen, George Hamilton-Gordon,
Lord 194, 262, 287
Abreu, Francisco Javier 263, 284, 286
Abreu, Joaquín 314
Abreu Cardet, José 12
Abril, Juan 239, 277, 281-282, 292,
294, 392, 403,-405, 437, 441
Accau, Santiago 278, 284
Acourt, Jean Jacques 229-230, 276, 284
Adams, John Quincy 74, 120, 173,
329, 331, 335-338, 343-346, 357358, 370
Adet, Pierre Auguste 332
Agé (general) 77-78
Aguado, Alejandro María 203
Agüero, Frasquito 174
Agüero, Joaquín de 420
Aguilar y Amat, Juan de 109, 119,
121, 127, 129, 139, 145
Aguirre, Sergio 455
Alberto de Sajonia-Coburgo-Gotha 313
Alcántara Argaiz, Pedro 260-264
Alcázar, Cayetano 24, 456
Alcoy, Federico Roncali, Conde de
298, 385, 389-393, 395, 397, 400403, 407-413, 415-416
Aldama, Miguel 260, 265, 298
Alejandro I, Zar de Rusia 178, 180,
310, 312, 337
Alemán y Peña, Manuel Rodríguez
123-124
Alfonso, José Luis 37, 424
Alí, Pablo 157
Almódovar, Juan Manuel Sánchez
y Gutiérrez de Castro, duque de
261-262
Almódovar, Rafael Ortiz, conde de 261
Alonso, Faustino 34
Altamira, Rafael 453
Alvarado, Armando André 409
Álvarez de Toledo, José 153, 334, 352
Álvarez Simidel, Federico 193
Andrés, Sebastián 28
Antillon, Isidoro de 456
Aponte y Ulabarra, José Antonio 64,
126, 134, 137, 454
Arambarri, Francisco Javier de 454
Aranda, Pedro Pablo Abarca de
Bolea, conde de 18, 25, 27-28, 32,
51-52, 54
Arango y Núñez del Castillo, Rafael
de 119
459
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460
José Luciano Franco
Arango y Parreño, Francisco de 31,
35, 85-88
Araoz, Juan de 58, 60-61, 97, 111
Araújo, Lorenzo 285
Ardouin, Beaubrun 212, 221
Arévalo, Antonio 408-409
Aristegui y Véliz de Guevara, Rafael
de 263-264
Aristizábal y Espinosa, Gabriel de 56,
64-65
Arme, Luis de 136
Armenteros, Isidoro 420
Armero, Francisco 407, 409, 434
Armstrong, Andrew 357
Arredondo, Martín 338, 397-398,
400-401, 403, 411, 413
Avecilla, Ordax 314
Ávila Agustín 226
Aviraneta, Eugenio de 193
Aybar, Juan Esteban 296, 392
B
Báez, Buenaventura 231, 236, 284,
286, 296, 380, 392, 395-396, 406,
425, 430-432, 435, 441, 448, 450
Balcarrás, Alexander Earl de 68
Balcarrés, Alexander Lindsay, Lord
de 63
Baldemoa, Trinidad 258
Barbé-Marbois, François 97
Bardaxi y Azara, Eusebio de 124
Barquier, Joseph 116
Barradas, Isidro 183
Barrot, Adolphe 231, 235, 238
Basadre, José Ignacio 191, 192, 194
Basave, Luis F. 126, 351
Basta, Francisco 81
Bastrop, Neri, Felipe Enrique, Barón
de 333, 338
Baudin, Carlos 211, 215-216
Bazoche (comandante) 216
RevolucionesYconflictos20120207.indd 460
Becker, Jerónimo 260-261, 263-264,
303-304, 317, 365, 373, 375, 387388, 393, 450, 455
Belair, Charles 43, 84
Bellegarde, Dantés 454
Benavides, Miguel 252
Benavides, Felipe 252
Benítez, Antonio 389
Bermúdez de Castro, Salvador 388
Bernabeu, Juan Bautista 178, 197
Bernard (comisario) 90, 99
Bertrán de Lis, Manuel 421
Betancourt Cisneros, Gaspar 202,
219, 318, 386-387, 425
Beugnot, Jacques Claude, conde de 143
Beurnonville, Pierre de Ruel, marqués de 118
Biassou, George 40-41, 43, 51, 63, 65
Bigelow, John 380-382
Binkley, Wilfred E. 329-330, 456
Blakely, Josiah 349-350
Blanchelande, Philibert François
Rouxel, vizconde de 38-39, 48, 54
Blanchet (general) 79
Blasco Ibáñez, Vicente 313-456
Bobadilla Briones, Tomás 190, 238,
273, 284, 286, 294, 360, 395
Bolívar, Simón 144-146, 148, 157,
170, 174, 178-179,336
Boloix, Pedro 141
Bonaparte, José 119-124, 333
Bonaparte, Luis Napoleón 48, 73, 78,
82-84, 90-91, 105, 109, 112, 116118, 120, 122-124, 132-133, 143,
333-334, 348, 379, 424
Bonaparte, Napoleón 73, 78, 82-84,
90-91, 105, 109, 112, 116-118, 120,
122-123, 132-133, 143, 334, 348
Boothroyd, Jabez 353
Borrego, José María 145
Boukman 28, 40
Bourman, Félix 157, 159-160, 163-165
Bournonville, Michel Joseph 112
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Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe, 1789-1854
Boyer, Jean Pierre 83, 154-155, 157,
163, 170, 172-175, 180-181, 184,
187, 189-192, 205-206, 220-221,
223-224, 227, 229-231, 239, 241,
243, 246, 250-251, 253-255, 337,
354-357, 359-360
Brack (capitán) 206
Bravo Murillo, Juan 313
Brosa, Antonio 210-211, 213-215,
218, 221, 261
Brunet, Jules 84
Bruno, Pedro 145
Buceta, Manuel 315
Buchanan, James 322, 340, 360, 362,
366, 371, 376
Buenaga, Zenón de 388
Bulwer, Sir Henry 315, 317, 321
Bunel 74, 343
Burbank, Abner 360
Burgess, John W. 322-323
Burr, Aaron 334
Burton (capitán) 288
Bustamante, Anastasio 338
Bustillo, José de 408
Bustillo, José María de 220-221, 408,
435, 438
C
Cabada, Manuel de la 214
Caballero, Manuel 137
Cadalso y Vázquez, José 32-33, 453
Cadilla de Martínez, María 457
Caffin, Juan 97
Cagigal, Juan Manuel de 154
Cairo, Ignacio 85
Calderón de la Barca, Ángel 209,
218, 258, 365, 371, 402, 435
Calhoum, John C. 258, 358-359
Caminero, José María 284, 286, 358359, 396
Campbell, George W 353
Campbell, Robert B. 256, 370
RevolucionesYconflictos20120207.indd 461
461
Campo de Alange, Luis de Salamanca,
conde del 63
Campusano 204
Candler 414
Cangé 39
Canning, George M. 168-169, 178,
181-182, 337, 338
Canterac, José de 170
Cañedo, Valentín 202, 323, 389, 424430, 433-436, 440
Carlos III 18, 24-26, 32
Carlos IV 25-29, 57, 69, 71, 100, 112,
118-119, 123, 323, 344
Carlos X 175, 197, 357, 453, 477
Carmichael, Hugh Lyle 117
Carmona (general) 226
Caro, Mariano 163
Carondelet, Francisco Luis Héctor,
Barón de 51, 63, 327
Carreño, Alberto María 379, 455
Casa-Barreto, Jacinto Barreto y
Pedroso, conde de 119
Casa Calvo, Gabriel Peñalver,
Marqués de 29, 65
Casa Montalvo, José de Jesús Montalvo, conde de 35
Casas, Luis de las 31-33, 35, 48, 50,
52-54, 58, 60-63, 65-68, 70-71, 136,
328
Castet 101
Castillo, Álvaro Alonzo 455
Castillo, Juan del 256, 268, 272, 276,
292, 295, 413-414
Castillo, Remigio del 236
Castlereagh, Lord 168
Castro, Salvador de 250
Cavaignac 310
Cazneau, William L. 380-383, 450
Cerdá, Francisco 441
César, Cayo Julio 341
Cevallos, Pedro 112
Chanlatte, Antonio 64, 77-78, 99
Chateaubriand, François-René, vizconde de 169
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462
Chaucey (comandante) 256
Chavannes, Jean B. 38-39, 53
Chevalier 43
Chevebille (Mr.) 43
Chirino, José Leonardo 29-30
Choiseul, Etienne François de Choiseul, duque de 17
Christophe, Henri 43, 45, 83, 115,
129, 131, 135, 143, 146, 153, 155,
158, 173, 352, 354
Cienfuegos y Jovellanos, José 145,
147-150, 152-154
Claiborne, William C. C. 334
Clarendon,
William
Frederick
George Villiers, conde de 313, 449
Clausel (general) 88
Clay (Mr.) 178
Clayton, John M. 394, 405
Clouet, Luis d’ 198
Cochrane, Alexander 111, 114
Cohén (Mr.) 433
Colin (presbitero) 54
Coll, Nicolás 207
Colmache, G. 204, 457
Colón, Cristóbal 58, 64, 384
Colón, Diego 42
Commager, Henry Steele 331-332,
457
Concha, Manuel de la 201, 314, 415416, 419-424
Conrad, Charles M. 373
Coombs, William 208
Cooper, Thomas 332
Coppinger, José 186, 195, 205
Cordero, José 116
Córdoba, José de 316
Correa Botenes (coronel) 293
Cortés, Hernán 33, 183
Cortés, José 49
Cortés, Manuel 28
Crawford, Joseph J. 288-289, 440
Creen, Benjamín E. 394, 430
Cristóbal, Enrique (Henri I) 127,
134, 143
RevolucionesYconflictos20120207.indd 462
José Luciano Franco
Crittenden (coronel) 420
Croce, Benedetto 305-307, 456
D
Dallas, George M. 365
Damás, Ange Hyacinthe Maxence,
barón de 180
Daoiz, Luis 119
Dario, Rubén 456
Davidson, Jorge 214
Davis, Jefferson 381
Decrés, Denis 112
Deffaudis, Antoine-Louis 216
De-Geot (general) 273
Delgado, Jaime 191-192, 457
Deneaux 43
Denis-Hobivian 83
Desombrage, Vezie
Desriviere-Chanlatte 64
Dessalines, Jean-Jacques 43, 45, 83-85,
88-90, 100-101, 110, 115, 155, 348
Dezajenau (comandante) 62
Díaz de Peña, José Santiago 236
Diez de Bonilla, Manuel 378
Dimond, Francis M. 357
Disbrowe, E. C. 178
Dodge, Andrés 257
Donoso Cortés, Juan 318-319
Donzelot, François-Javier 174
Dorsainvil, Justin Chrysostome 173
Douglas, Sephen A. 323
Draverman 142-143
Duarte, Juan Pablo 230, 274-275, 285
Dubouchage, François Joseph de
Gratet, vizconde de 146
Duboy, Dr. L.79
Duboy, S. 45, 79
Dubuisson 79
Duckworth, Sir John 111
Duelos (Mr.) 123
Duncker, H. 311, 456
Dupaz, Louis 125
09/02/2012 02:51:23 p.m.
Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe, 1789-1854
Dupetit-Thouard, M.206
Duplessis 352
Dupont, Pierre 119
Du Pont de Nemours, Pierre Samuel
332
Du Pont de Nemours, Víctor Marie
332
Duprey, M. 234
Duquesnay, Carlos 221, 226-228, 239,
242, 249, 252, 256
Durmore, John Murray, Lord 58
Durousier, Jacques Auguste 433
Duveryrier (comandante) 94
Dwight, Timothy 330
E
Echerri Hernández, Fernando 249,
420
Echevarría, José Antonio 266
Echeverri, Juan María 154
Efimov y Freiberg, Aleksei Vladimiroch 456
Elguin, Lord 289
Elliot, Jonathan 363, 380, 394
Ellsworth, Oliver 329
Emerson, Ralph Waldo 364
Engels, Federico 26, 301, 311-312,
323, 377, 453, 456
Ens, Tomás 272
Ernouf, Jean Augustin 110, 112
Escudero, Eusebio 145-146
Esmangard, Mr. De 146
Espartero, Baldomero 201, 219, 228,
244, 256, 263, 267, 387
Estenoz, Antonio 137
Fremont, Marie Eustache 187
Everett, Alexander H. 218-219, 257258, 264, 288
Everett, Edward 373, 375, 379, 449
Ezpeleta, Joaquín de 29, 213-219
RevolucionesYconflictos20120207.indd 463
463
F
Facciolo, Eduardo 426
Faura, Vicente Antonio 39
Faustino I 229, 395, 406, 441
Federico II 25
Federico Guillermo IV 306, 309-310,
455
Fernando VII 116, 118-121, 123-124,
128, 142, 152, 167-170, 177, 180,
184, 187, 199, 201, 309, 377
Ferguson, R. 430, 433
Fernández, José 226
Fernández de Castro, Felipe 157,
183-154, 186
Fernández de Castro, Francisco 116,
187
Fernández de Castro, José Antonio
202-203, 226, 315, 318, 387,
456-457
Fernández de Castro, Juan 187, 189,
191-192
Ferrand, L.100-102, 104, 110-113,
115-116, 180
Ferretti, Mastai 305
Fesser, Eduardo 248, 256
Figarola Caneda, Domingo 37, 453
Figueras, Francisco 66, 107
Fillmore, Millard 304, 383, 420
Fiske, John 322-323
Flores, Segundo 223, 284, 314, 362, 388
Florez Estrada, Álvaro 314
Floridablanca, José Moñino y
Redondo, conde de 18, 22-28, 3132, 52
Folch, Martín 149-152
Folch, Vicente 350
Fontanges, Vizconde de 146
Forsyth, John 218, 370
Franco de Medina, Agustín 142-144
Franco Martínez, Juan de 227
François, Jean 40-41, 43, 51, 53, 57, 66
Franklyn, Francis 455
Frencharle 125
09/02/2012 02:51:23 p.m.
464
José Luciano Franco
G
Gabart 89
Gadsden, James 378-379
Galano, Antonio 171
Gallardo, Pedro 402
Gallatin, Albert 331
Gálvez, José 18
Gaona, Antonio 216
Garay, Martín de 152
García de Oña, Antonio 260
García, Joaquín 28, 39, 41, 46, 51-54,
56-58, 60-61, 64-66, 77-78, 80-81
García, José Gabriel 62, 80, 138, 187189, 293-294, 454
Gardoqui, Diego 55, 63, 66
Garibaldi, Giuseppe 316
Garland 72, 111
Garrido, Fernando 314
Garrison, William Lloyd 364
Genet 58, 329
Geofroy 125
Gerard (capitán) 268
Crespin, Germán 45, 79
Gerry, James T. 330, 379
Gil, Manuel 425
Gil, Narciso 137
Gillespie, James 352
Gladstone, William E. 341
Gloria, María de la 314
Godoy, Manuel, duque de la Alcudia
18, 25, 27-29, 54, 60-61, 69-70, 73,
117-118, 205-206, 326-327
Golschmedt, A. 311, 456
Goman 154
Gómez, Joaquín 145, 202, 226
Gómez, Juan F. 226, 245, 249, 251-252
Gómez del Campillo, Miguel 455
Gómez Pelayo, José 210
Gómez Roubaud, Rafael 103-104,
107-108, 119
González, Manuel 53, 58
González Salmón, Manuel 180, 182184, 189
RevolucionesYconflictos20120207.indd 464
Granville, J. 173
Graviere, Jurien de la 174-176
Gravina (almirante) 48, 83
Gray, Vincent 323, 329
Gray, Vincent 349
Green, Benjamín E. 363-364, 394,
404-406
Green, David 52, 141
Greenville, Lord 326
Gross (Mr) 52
Guardia, Pedro de la 55, 87
Guardiola, Santos 391
Guerra Sánchez, Ramiro 217, 351,
425, 455
Guerrero, Vicente 194
Guerrier, Philippe 229, 275-276, 278279, 290-291
Guevara Vasconcelos, Manuel de
100, 109
Guizot, François 231, 233-235, 237238, 286-287
Gunthrie, James 381
Guridi y Alcocer, Miguel 351
Gutiérrez de la Concha, José 137,
389, 415
Gutiérrez de Lara, Bernardo 334
H
Hacker, Louis M. 304, 324, 456
Hadfeg, Andrew 350
Hamilton, Alejandro 325, 328-332, 346
Harrison, Francis 360, 362-363
Harrison, Robert M. 353
Hart Benton, Thomas 356
Hayden, Edwards 338
Hayne, Robert Y. 356
Hedouville, Gabriel Marie Joseph
72-73
Hédouville, Theodore Joseph 44
Henríquez Ureña, Max 239
Henríquez y Carvajal, Federico 117,
454
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Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe, 1789-1854
Herard, Charles 229-231, 234, 275276, 278, 284, 290-291
Heredia, Andrés de 53
Heredia, José Francisco 81
Heredia, Marqués de 181, 183, 457
Hermonas, Conde de 41
Hertzen, Alejandro 318-319
Heuren, Enrique 408
Hidalgo Gato, Luis 121
Higginson, Nathaniel 341
Hill, Henry 349-350
Hill, Richard 289
Hockett, Homer Carey 227, 330-331,
339-340, 455
Hogan, John 359-360, 363
Houston, Samuel 338
Hoz, Juan José de la 97
Huarte, Pedro Luis 314
Hugh, Nelson 106, 335
Hughes, Víctor 30
Humboldt, Alejandro de 342
I
Imbert, José María 290
Imburguet, José 196
Infante, Joaquín 126, 351
Inginac, Baltasar 173, 187, 221, 251,
354
Iriarte, Ignacio 249
Irujo 74, 344-345
Irving, Washington 366
Isabel II 202, 313, 380, 385-387, 398,
410
Istúriz, Francisco Javier 388
Iznardi , Joseph M. 342
J
Jackson, Andrew 335, 338
James, Fitz 241
James, J. 241
RevolucionesYconflictos20120207.indd 465
465
Jaúdenes, José de 29, 60-61, 326
Jaurés, Jean 453
Javalquinto, Marqués de 218
Jay, John 70
Jeannot 40-41
Jefferson, Thomas 108, 120, 322, 328329, 331, 333-334, 337, 348-350,
370
Jiménez, Manuel 363, 394-395, 397398, 400-401, 405, 411, 415-416
Johnson (Mr.) 224
Jorge III 58
José Ariano 211
José II 25, 306
Jovellanos, Gaspar Melchor de 25-26,
31, 73, 145
Jústiz, Andrés de 159, 179
K
Kara Murza, S.318
Kaunitz, Wenzel Anton 27
Kennedy, John P. 379, 412, 449
Kerenscoff (capitán) 68
Kerverseau, Antoine Nicolás 44, 89,
99-100
Kindelán y Obregón, Sebastián 76,
78-80, 82-84, 93-94, 100, 109, 112113, 120, 122, 124, 127-128, 148149, 154, 156, 165, 167
Knight, Melvin M. 354
Knox, Henry 325, 331
Kossuth, Tadeo 312
L
Labbeé 212
Laborde, Ángel 191-192
Labrador, Pedro 142
Lacroix, Pamphile de 454
Lafayette, Roque Gilberto 178
Lafitte, Jacques 206
09/02/2012 02:51:24 p.m.
466
Lafonte 125
Lambert 39
Lanno 125
Laplase 67
Laplume 45
Larose, Marcadieu 89, 173
Larrúa, Antonio de 224
Larrue (comisario francés) 125
Latouche-Treville, Louis René 83
Laurent, Mentor 53, 83, 454
Lavaisse, Dauxion 142-143
Lavalette, Jean Parisot de 89, 94, 9799, 102
Lavastida, José de 85
Laveaux, Etienne (general) 43, 62, 65
Le Riverend Brussone, Julio 69, 453
Le Roy (comisario francés) 125
Leclerc, Charles Victor-Emmanuel
48, 82-87, 95, 99, 102, 132, 348
Leda, Pedro de 137
Lefebre (comerciante) 88
Leisseigue (contralmirante) 111
Lema, Marqués de 454
Lemonnier Delafosse, Marie Jean
Baptiste B 95, 101, 454
Lenin, Vladimir I. 307
Leocadio, José 137
Leonardo, José 138
Lespinasse, Jean François 187
Lestigue 125
Levasseur, André Nicolás 231, 233,
236-238, 286, 455
Levy, Woodbury 302, 365
Lewis, Jacob 352, 354
Ligneries, M. de 39
Lindo, Juan 391
Lino 252, 254
Lisle, Rudolp de 216
Livingston, Robert J. 97, 33
Llanes, Pablo 293-295
Llaverías y Martínez, Joaquín 7
Lliepard, M. de 48
Lobé, Guillaume 383-384, 456
Lonchamp 89-90
RevolucionesYconflictos20120207.indd 466
José Luciano Franco
Long (general) 334
Longfellow, Henry W. 364
López, Francisco B. 280
López, Narciso 289, 298, 304. 317,
366, 372, 386-387, 392, 401-402,
411-412, 415-416, 420-421, 423,
430, 433, 437
López Ballesteros, Luis 193
López de Villanueva, Antonio 116,
194, 239, 242, 244-245, 247248,259, 264-265, 277, 392
Lorenzo, Manuel (general) 209
Louverture, Paul 43
Louverture, Toussaint 42, 46
Lowes, Thomas 111
Lugo Lovaton, Ramón 457
Luis Felipe 203, 205-206, 211, 231,
251, 286-287, 309, 314
Luis XVIII 142, 146, 169
Lux (jefe de brigada) 94
Luz, Román de la 126
M
Mackau, Ángel René Armand de
Mackau, barón de 175
Mackenzie, Charles 357
MacKinley, Wiliam 325
Madden, Ricardo Roberto 208, 212,
217, 325, 334, 337, 350-351
Madison, James 334
Mafou 154
Magee, August 333
Mahy, Nicolás 155, 161-162, 165
Maitland, Thomas 43-44, 70, 73-74,
344-345, 347
Maldant 67
Maley, William 342
Malfait 154
Malouet, Pierre-Victor 142
Manchester, Guillermo Montagu,
duque de 143
Marat, Jean-Paul 330
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Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe, 1789-1854
Marbois, François 333
Marcy, William L. 339, 375-376, 379381, 450
María Cristina de Borbón 202-203,
316, 387-390, 423-424, 450
María Luisa de Borbón 25, 69, 73,
119
María, Juan Manuel de 154
Mariño, Santiago 251, 254
Miraflores, Manuel Pando Fernández
de Pinedo, marqués de 422
Marshall, John 330
Martelo, José Ramón 154
Martínez de Irujo, Carlos 73, 344
Martínez de la Rosa, Francisco 203,
206, 365
Martínez de Pinillos, Claudio 170,
186, 259
Martínez Hervás, José 118
Marty y Torrens, Francisco (Pancho)
202, 219, 424
Marucho, Andrés 135
Marx, Carlos 25-26, 301, 322, 377,
456
Masón, J. Y. 375-376
Masot, José 137-138
Mazzini, Giuseppe de 316
McAlpine, Thomas 223
Medrano, José María 296, 392
Meier Schlessinger, Arthur 327, 330,
355
Mella, Matías Ramón 230, 275, 285
Méndez, Miguel 121
Méndez Vigo, Santiago 267, 280, 403,
427
Merino, Pedro 226
Mesa Rodríguez, Manuel 203, 456
Metternich, Clemente de 27, 309,
311
Michaux, François André 332
Michel, Azor 135-137
Middleton, Henry 178
Mina, Francisco Javier 146
Minuti 101
RevolucionesYconflictos20120207.indd 467
467
Missiessy, Edouard-Thomas de Burgues, conde de 102
Miraflores, Santiago Calderón y de la
Helguera, conde de 381
Mirasol, Rafael de Aristegui y Véliz
de Guevara, conde de 249, 263,
280-281, 283, 292-294, 403
Moges, Alphonse de 231, 233-236,
238, 3275
Moisés Austin 338
Mole, Louis Mathieu, conde 211
Mollien, M. 205, 216, 283
Monroe, James 97, 251, 333, 341
Monte, Domingo del 203, 212, 219,
257, 260, 264-266, 284, 286, 288,
315, 370, 424, 456-457
Monte, Manuel Del 405-406
Montes, Toribio 116
Montgomery Pike, Zabulón 333
Montgomery, Clara 381
Montgomery, Cora 380-381
Montijo, Eugenio de Palafox y
Portocarrero, conde de 118
Mopox, Joaquín de Santa Cruz y
Cárdenas, conde de 107
Mora, Manuel 285
Morales, Francisco Tomás 170
Morales, Nicolás 30, 37
Moreno, José 116
Morilla, Fray Ignacio 116
Morpax 82
Morris, Gobernador 331
Morrison,Samuel Elliot 331-332, 457
Moya, Juan de 157, 159-163
Moyse (general) 43
Muñoz, Francisco Javier 56, 64, 387
Murat, Joaquín 118
N
Napoleón I (véase Bonaparte, Luis
Napoleón)
Nariño, Antonio 29
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468
José Luciano Franco
Narváez, Ramón María 201, 313, 315316, 387-388
Navarro, Joseph María 125
Neale, Augustus 352
Nearing, Scott 340-341
Nerau 86
Neri, Felipe Enrique 333, 388
Nicolás I 309-310, 312-313, 316, 318,
305
Noailles, Louis 94
Noda, Tranquilino Sandalio de 424
Núñez de Cáceres, José 157, 160-161,
163, 359
O
O’Brien, James 307
O’Connor, Feargus 307
O’Donnell, Leopoldo 201, 256-257,
264-270, 272, 276-277, 281-284,
287-288, 290-296, 298, 365, 385,
393, 400
Ofalia, Narciso Heredia y Begines de
los Ríos, conde de 180-181, 457
O’Farrill, José Ricardo 35
Ogé, Vicente 38-39, 53,
Olivares, Marqués de 421-423, 425,
438
Onis, Luis de 124, 139
Ordax Avecilla, José 314
Orense, José María 314
Orleans (los) 305
Orleans, Luis Felipe de 211, 314
Ortega, Miguel 402
Ortiz, Fernando 299, 454
Osorio, José María y 137
O’Sullivan, John L. 366
P
Pacheco, Joaquín
313-314
RevolucionesYconflictos20120207.indd 468
Francisco
de
Palisot de Beauvois, Ambroise Marie
François Joseph 39-41, 43, 45, 67
Palmerston, Henry John Temple,
Lord 206, 210, 218, 287-289, 391
Pando, José María 267-268, 272, 277,
394, 397, 401, 411, 427
Pío IX 316
Paredes General
Parejo, Antonio 267, 389
Parejo, José María 267
Parvy, J. H. 456
Paskevic, Ivan 312
Pavasot 123
Payne, Luis 117, 177, 179
Paz del Castillo, Pablo 277, 279-282,
292, 294, 392
Pedro Esteban 407, 424
Peel, Robert 287
Peinier, Antoine de Thomassin de
Peinier, conde de 38
Peña, Pedro de 279
Peña Battle, Manuel Antonio 236,
238, 455
Peñalver, Nicolás de Peñalver y
Zamora, conde de 259
Peoly, José María 131
Pérez, Joaquín María 389
Pereyra, Carlos 455
Pérez, Rafael 68
Perot, William 341
Perrusel, Pedro 71-72
Persi (capitán) 137
Petion, Alejandro 41, 45, 77, 79, 83,
85, 88-89, 115, 123, 129-130, 132,
143-147, 151, 153-154, 173, 187,
352, 354
Pezuela, Ignacio de la 139
Pezuela, Juan de la 323
Phillips, Wendell 260, 262-263, 304,
370, 373, 420
Pi Arsuaga, Francisco 169, 454
Pi y Margall, Francisco 168-169, 201,
314, 454
Pichardo, Bernardo 454
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Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe, 1789-1854
Pichardo, Esteban 424
Pickering, Timoteo 332, 343, 345-347
Picket 430, 433
Pickney, Guillermo 430, 433
Picornell, Juan Mariano 352
Pierce, Franklyn 376, 381, 426, 450
Pierrot, Jean-Louis 87, 89, 229, 275,
279, 290-292
Pilón, Antonio 33
Pilón, Cayetano 293
Pimienta, Santiago 257
Pinchinat, Pierre 39, 41, 45
Pinckney, Thomas 70, 327, 330, 352
Pindray, Carlos de 340
Plácido, José de la Concepción
Valdés, llamado 257, 289, 292, 385
Polanco, Félix 159, 170
Polk, James K. 304, 339-340, 360-362,
364-366, 391
Pollack, Oliver 342, 349
Pombal, Sebastian Carvalho, marqués de 25
Ponte Domínguez, Francisco J. 454
Portell Vilá, Herminio 256-257, 349,
365-366, 455
Porter, David D. 361, 363
Potemkin, V. P. 309-310, 312-313,
337, 456
Pothier, G. 77
Poutou, Luis 79
Pozzo de Borgo, Carlo Andrea 180
Preval, Carlos 146
Price, W. 117
Price-Mars, Jean 173, 233-235, 287,
336, 343, 347, 357, 359, 454
Priestley, Joseph 331
Prim, Juan 201, 390
Puello, Joaquín 285, 294, 394
Q
Quarrel (coronel) 63
Quijano, Vicente G. 250
RevolucionesYconflictos20120207.indd 469
469
Quintana, Juan Nepomuceno de 6263, 67-68, 71-72
R
Ramage, John L. 350
Ramírez, Antonio 196
Ramírez, Ciriaco 116-117
Ramírez y Blanco, Alejandro 145146, 148-150, 152, 154
Ramos, José Antonio 121
Randall, Thomas 353
Randolph, Edmund 325
Raousset-Boulbon, Gastón de 340
Raybaud, Máxime 408, 410
Real, Pascual 156, 161
Real Socorro, José de Beitia y
Rentería, Marqués del 29
Reina, Cayetano 66
Reyna, Ana María 456
Reynoso, José Álvaro 127
Reus, Juan Prim, conde de 403
Rhea, John 334
Rianzares, María Cristina de BorbónDossicilias, duquesa de 202,
386-387
Ricafort, Mariano 204-205, 219
Ricar 278
Riché, Jean-Baptiste 229, 295 , 411
Richepanse (general)84
Riego, Rafael de 154
Rigaud, Andrés 39-41, 43-45, 67, 75,
77, 79, 83, 85, 130, 132-134,
Rigaud, François Hyacinthe 57
Rincón, Manuel 216
Rivery, Pedro 211
Robert, Agustín 226
Robertson, William 32
Robinson, W. D. 334, 352, 354
Rocafuerte, Vicente 191
Rochambeau, Donatien 83, 85-86,
89-90, 94, 99, 102
Rodríguez, Félix José 59
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470
José Luciano Franco
Rodríguez, Fernando 454
Rodríguez, José Ignacio 334, 336,
370-371, 376, 457
Rodríguez Alemán y Peña, Manuel
123-124
Rodríguez de Campomanes, Pedro
25, 31
Rodríguez Demorizi, Emilio 13, 455
Rogers, Maurice 350
Roig de Leuchsenring, Emilio 455
Rojas, José María 279
Rojas, M. A. 236
Roland T., Ely 455
Roncali, Federico 202, 298, 385-387,
395, 400, 403, 407, 415
Rondineau, Mauricio 72
Ross Cocking, Francisco 110, 288-289
Rouanez 173
Roubray, Marqués de 29
Ruiz, José 100
Ruiz de Apodaca, Juan 134-142,
144-145
Ruiz de Santayana, José 326
S
Saavedra, Francisco 73-74, 121, 344
Saco, José Antonio 37, 202, 212, 298299, 386, 402, 453, 454
Sagrario de Veloy, Manuel 314
Saint Laurent, Roume de 44, 46, 64,
72, 76, 78, 343, 347
Saint-Denys, Eustache de Juchereau
de 230-231, 236, 238, 271, 275, 286
Salabarría, Manuel 129
Salamanca (banquero) 267
Salcedo, Eusebio 438, 440-441
Salinas 268
Salle, Adrien Nicolás de la 43
San Agustín, Agustín Muñoz y
Sánchez, duque de 388
San Carlos, Fermín Francisco de
Carvajal Vargas, duque de 153
RevolucionesYconflictos20120207.indd 470
San Ildefonso 63, 70, 102, 348
San Miguel, Evaristo 169
Sánchez, Francisco del Rosario 230,
275, 285, 457
Sánchez, Manuel Andrés 174
Sánchez, María Trinidad 291
Sánchez Griñan, Francisco 67
Sánchez Griñan, Pedro 131-133
Sánchez Iznaga, José María 67
Sánchez Ramírez, Juan 109, 116-117,
127-129, 134, 137, 144
Sancho (general) 258
Santa Anna, Antonio López de
339-340
Santa Clara, Juan Procopio Bassecourt y Bryas, Conde de 31, 68,
71-72, 75-76
Santana, Pedro 116, 284, 286, 291,
294, 358, 361, 363, 380, 392, 394395, 403, 441, 450
Santibáñez, Domingo 121
Sasseportas 79
Saunders, Romulus M. 366
Saves 86
Schoelcher, Víctor 309
Schomburgk, Robert B. 440
Seavey, John 193
Segundo, N. Federico 425
Segura, Bartolomé 81
Señora de Storm (véase Montgomery,
Clara)
Serrano, Francisco 201, 313
Sévere Courtois 74
Serna, José de la 170
Shaler, William 333, 350-351
Shays, Daniel 325
Sherlock, P. M. 456
Smith, Robert 342, 351
Solá, Francisco 190
Soler, Miguel Cayetano 106
Someruelos, Marqués de 31, 35, 47,
76-79, 84-85, 89, 90, 94, 97, 103,
119-122, 124, 126-127, 129-130,
133-134, 159, 349-350
09/02/2012 02:51:24 p.m.
Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe, 1789-1854
Sonthonax, Léger- Félicité 43
Sotomayor, Ignacio Jaime de
Sotomayor y Zatrilas, duque de
296
Soul, Joseph 292
Soulé, Fierre 326
Soulouque, Faustin-Élie 229, 295,
382-383, 394-395, 401, 413, 426,
432, 441, 446, 448
Spalding,Thomas 352
Steele Commager, Henry 331-332,
457
Sterling 139-140
Stevens, Edward 74-75, 344-345, 347
Stewart (doctor) 155
Stockmar, Christian Friedrich, barón
313
Strong, Josiah 322-323, 357
Suárez de Urbina, Pedro 124-125,
129-133, 136-137, 140-141, 144
Sucre, Antonio José de 174
Summers, Natalia 342, 456
Sumner, Charles 364, 382
Suter, Juan Augusto 340
T
Tacen (general)
Tacón, Francisco 191
Tacón, Miguel 202, 204, 206, 208213, 219
Talleyrand, Charles Maurice de 27,
118, 330
Tanco, Félix M. 203, 212
Tansill, Charles Callan 286, 355-356,
363, 380, 382, 405, 455
Taulon 60
Taylor, William 258, 304, 352
Taylor , Zacarías 258, 304, 339, 401
Téllez Girón, Pedro 218-219
Tello, Juan 223, 241-245
Tejera, Juan Nepomuceno 236
Teresa de Mier, Fray Servando 146
RevolucionesYconflictos20120207.indd 471
471
Terny, Paúl 236, 238
Terradas, Abdón 314
Terry, Gaillard de 433, 440
Thrasher, Jhon S. 342
Tía María (véase: Parejo, José María)
267
Topete, Francisco 129
Tornbool 251
Torre y Cárdenas, Antonio María de
la 192
Torrente, Marino 380, 385, 437-442,
446, 448, 456
Touvenot 86-87
Tremáis, Madame 66
Trist, Nicolás P. 217, 219
Turnbull, David 218-219, 242, 250,
254-255, 257, 264-265, 288-289
Tuyll, Jan van 337
Tyler, John 339-360, 365
Tyler, Septimus 339, 352
U
Ugarte, Tomás de 65
Ulloa, Francisco Javier de 224, 256,
264
Upshur, Abel P. 263-264
Urbina, Cayetano de 268, 271, 277
Urquijo, Mariano Luis de 73-74, 100,
344
Urrutia y Matos, Carlos 138.144-145
V
Vail, Aaron 370
Vaillant, Juan Bautista 34, 48-49, 5152, 54, 59, 67
Vaillant Benítez, Antonio 59
Valderrama, Francisco 160-161,
171-172
Valdés, Gerónimo 170, 202, 218-221,
223-224, 226, 228, 239, 241-242,
09/02/2012 02:51:24 p.m.
472
244-246, 248, 250, 252, 255-256,
259, 261-264, 400
Valencia, Manuel María 236
Valencia, Ramón María Narváez, duque de 387
Valiente, José Pablo 58, 61, 63, 65,
328
Valle, Gregorio del 284, 325
Valle Hernández, Antonio del 35
Varea, Esteban 124
Varela, Pedro (arzobispo) 190
Vázquez, José 127
Velarde, Pedro 119
Velazco, José María 216-217
Venault de Charmilly, P. F. 58
Vernet 89
Vézieu de Jérémie, Desombrage 51,
58-60
Viar, José Ignacio de 29, 61
Victoria I 242, 251, 287, 310, 313
Vidal, Ignacio Leyte 48-49
Villanueva, Carlos 175, 457
Villanueva, Conde de 189, 192-193,
259, 264
Villaret Joyeuse, Louis Thomas 48, 83
Villatte, Jean-Louis 45, 83
Villavicencio, Juan de 108, 120, 127
Villele, Jean-Baptiste de 181
Villiers, George 206
Vives 186, 189-192, 194, 197-199, 204205, 387
Vives, Francisco Dionisio 190-192,
194, 197-199, 204-205
Vizconde de Noailles 29
Voltaire, François-Marie Arouet, llamado 330
RevolucionesYconflictos20120207.indd 472
José Luciano Franco
W
Wallcer, William
Wallez, M.457
Walsh (señor) 383
Warren (capitán) 394
Wayne, Anthony (general) 329
Webster, C. K. 457
Webster, Daniel 260, 262-263, 304,
370, 373, 420, 433
Wellington, Arthur Wellesley duque
de 169
Washington 69, 325-326, 329, 331,
343, 350, 364, 370, 375, 384, 450
White (coronel) 430, 433
Whitelocke, John 41, 58
Wiet, E. 426
Wilkinson, James 333, 350
Williamson, Adam 41, 58, 68
Wittfogel, K. H. 311, 456
Wyer, Edward 353
Y
Ynginac, J. B. 253
Z
Zabala (general) 316
Zelaya, Francisco 391
Zulueta, Julián de 202, 424
09/02/2012 02:51:24 p.m.
Publicaciones del
Archivo General de la Nación
Vol. I Vol. II Vol. III Vol. IV Vol. V Vol. VI Vol. VII Vol. VIII Vol. IX Vol. X Vol. XI Vol. XII Vol. XIII Vol. XIV Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo, 1844-1846.
Edición y notas de E. Rodríguez Demorizi, C. T., 1944.
Documentos para la historia de la República Dominicana. Colección de E.
Rodríguez Demorizi, Vol. I, C. T., 1944.
Samaná, pasado y porvenir. E. Rodríguez Demorizi, C. T., 1945.
Relaciones históricas de Santo Domingo. Colección y notas de E. Rodríguez
Demorizi, Vol. II, C. T., 1945.
Documentos para la historia de la República Dominicana. Colección de E.
Rodríguez Demorizi, Vol. II, Santiago, 1947.
San Cristóbal de antaño. E. Rodríguez Demorizi, Vol. II, Santiago, 1946.
Manuel Rodríguez Objío (poeta, restaurador, historiador, mártir). R. Lugo
Lovatón, C. T., 1951.
Relaciones. Manuel Rodríguez Objío. Introducción, títulos y notas por
R. Lugo Lovatón, C. T., 1951.
Correspondencia del Cónsul de Francia en Santo Domingo, 1846-1850. Vol. II.
Edición y notas de E. Rodríguez Demorizi, C. T., 1947.
Índice general del «Boletín» del 1938 al 1944, C. T., 1949.
Historia de los aventureros, filibusteros y bucaneros de América. Escrita en
holandés por Alexander O. Exquemelin, traducida de una famosa
edición francesa de La Sirene-París, 1920, por C. A. Rodríguez;
introducción y bosquejo biográfico del traductor. R. Lugo Lovatón, C.
T., 1953.
Obras de Trujillo. Introducción de R. Lugo Lovatón, C. T., 1956.
Relaciones históricas de Santo Domingo. Colección y notas de E. Rodríguez
Demorizi, Vol. III, C. T., 1957.
Cesión de Santo Domingo a Francia. Correspondencia de Godoy, García Roume,
Hedouville, Louverture, Rigaud y otros. 1795-1802. Edición de E. Rodríguez
Demorizi, Vol. III, C. T., 1959.
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Vol. XV Vol. XVI Vol. XVII Vol. XVIII Vol. XIX Vol. XX Vol. XXI Vol. XXII Vol. XXIII Vol. XXIV Vol. XXV Vol. XXVI Vol. XXVII Vol. XXVIII
Vol. XXIX Vol. XXX
Vol. XXXI
Vol. XXXII
Vol. XXXIII Vol. XXXIV
Publicaciones del Archivo General de la Nación
Documentos para la historia de la República Dominicana. Colección de E.
Rodríguez Demorizi, Vol. III, C. T., 1959.
Escritos dispersos (Tomo I: 1896-1908). José Ramón López. Edición de A.
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2005.
Escritos dispersos (Tomo II: 1909-1916). José Ramón López. Edición de A.
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2005.
Escritos dispersos (Tomo III: 1917-1922). José Ramón López. Edición de A.
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2005.
Máximo Gómez a cien años de su fallecimiento, 1905-2005. Edición de E.
Cordero Michel, Santo Domingo, D. N., 2005.
Lilí, el sanguinario machetero dominicano. Juan Vicente Flores, Santo
Domingo, D. N., 2006.
Escritos selectos. Manuel de Jesús de Peña y Reynoso. Edición de A.
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2006.
Obras escogidas 1. Artículos. Alejandro Angulo Guridi. Edición de A.
Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2006.
Obras escogidas 2. Ensayos. Alejandro Angulo Guridi. Edición de A.
Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2006.
Obras escogidas 3. Epistolario. Alejandro Angulo Guridi. Edición de A.
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2006.
La colonización de la frontera dominicana 1680-1796. Manuel Vicente
Hernández González, Santo Domingo, D. N., 2006.
Fabio Fiallo en La Bandera Libre. Compilación de Rafael Darío Herrera,
Santo Domingo, D. N., 2006.
Expansión fundacional y crecimiento en el norte dominicano (1680-1795).
El Cibao y la bahía de Samaná. Manuel Hernández González, Santo
Domingo, D. N., 2007.
Documentos inéditos de Fernando A. de Meriño. Compilación de José Luis
Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2007.
Pedro Francisco Bonó. Textos selectos. Santo Domingo, D. N., 2007.
Iglesia, espacio y poder: Santo Domingo (1498-1521), experiencia fundacional
del Nuevo Mundo. Miguel D. Mena, Santo Domingo, D. N., 2007.
Cedulario de la isla de Santo Domingo, Vol. I: 1492-1501. Fray Vicente
Rubio, O. P., edición conjunta del Archivo General de la Nación y el
Centro de Altos Estudios Humanísticos y del Idioma Español, Santo
Domingo, D. N., 2007.
La Vega, 25 años de historia 1861-1886. (Tomo I: Hechos sobresalientes en la
provincia). Compilación de Alfredo Rafael Hernández Figueroa, Santo
Domingo, D. N., 2007.
La Vega, 25 años de historia 1861-1886. (Tomo II: Reorganización de la
provincia post Restauración). Compilación de Alfredo Rafael Hernández
Figueroa, Santo Domingo, D. N., 2007.
Cartas del Cabildo de Santo Domingo en el siglo XVII. Compilación de
Genaro Rodríguez Morel, Santo Domingo, D. N., 2007.
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Publicaciones del Archivo General de la Nación
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Vol. XXXV
Memorias del Primer Encuentro Nacional de Archivos. Santo Domingo, D.
N., 2007.
Vol. XXXVI Actas de los primeros congresos obreros dominicanos, 1920 y 1922. Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXVII Documentos para la historia de la educación moderna en la República
Dominicana (1879-1894). Tomo I. Raymundo González, Santo Domingo,
D. N., 2007.
Vol. XXXVIII Documentos para la historia de la educación moderna en la República
Dominicana (1879-1894). Tomo II. Raymundo González, Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XXXIX Una carta a Maritain. Andrés Avelino, traducción al castellano e
introducción del P. Jesús Hernández, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XL
Manual de indización para archivos, en coedición con el Archivo Nacional
de la República de Cuba. Marisol Mesa, Elvira Corbelle Sanjurjo, Alba
Gilda Dreke de Alfonso, Miriam Ruiz Meriño, Jorge Macle Cruz, Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLI
Apuntes históricos sobre Santo Domingo. Dr. Alejandro Llenas. Edición de
A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLII
Ensayos y apuntes diversos. Dr. Alejandro Llenas. Edición de A. Blanco
Díaz, Santo Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLIII
La educación científica de la mujer. Eugenio María de Hostos, Santo
Domingo, D. N., 2007.
Vol. XLIV
Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1530-1546). Compilación de
Genaro Rodríguez Morel, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLV
Américo Lugo en Patria. Selección. Compilación de Rafael Darío Herrera,
Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLVI
Años imborrables. Rafael Alburquerque Zayas-Bazán, Santo Domingo, D.
N., 2008.
Vol. XLVII Censos municipales del siglo xix y otras estadísticas de población. Alejandro
Paulino Ramos, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLVIII Documentos inéditos del arzobispo Adolfo Alejandro Nouel. Tomo I.
Compilación de José Luis Saez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. XLIX
Documentos inéditos del arzobispo Adolfo Alejandro Nouel. Tomo II,
Compilación de José Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. L
Documentos inéditos del arzobispo Adolfo Alejandro Nouel. Tomo III.
Compilación de José Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LI
Prosas polémicas 1. Primeros escritos, textos marginales, Yanquilinarias. Félix
Evaristo Mejía. Edición de A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LII
Prosas polémicas 2. Textos educativos y Discursos. Félix Evaristo Mejía.
Edición de A. Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LIII
Prosas polémicas 3. Ensayos. Félix Evaristo Mejía. Edición de A. Blanco
Díaz. Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LIV
Autoridad para educar. La historia de la escuela católica dominicana. José
Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
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Publicaciones del Archivo General de la Nación
Vol. LV
Relatos de Rodrigo de Bastidas. Antonio Sánchez Hernández, Santo
Domingo, D. N., 2008.
Vol. LVI
Textos reunidos 1. Escritos políticos iniciales. Manuel de J. Galván. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LVII
Textos reunidos 2. Ensayos. Manuel de J. Galván. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LVIII
Textos reunidos 3. Artículos y Controversia histórica. Manuel de J. Galván.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LIX
Textos reunidos 4. Cartas, Ministerios y misiones diplomáticas. Manuel de J.
Galván. Edición de Andrés Blanco Díaz. Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LX
La sumisión bien pagada. La iglesia dominicana bajo la Era de Trujillo (19301961). Tomo I. José Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXI
La sumisión bien pagada. La iglesia dominicana bajo la Era de Trujillo (19301961). Tomo II. José Luis Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXII
Legislación archivística dominicana, 1847-2007. Archivo General de la
Nación, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXIII
Libro de bautismos de esclavos (1636-1670). Transcripción de José Luis
Sáez, S. J., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXIV
Los gavilleros (1904-1916). María Filomena González Canalda, Santo
Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXV
El sur dominicano (1680-1795). Cambios sociales y transformaciones
económicas. Manuel Vicente Hernández González, Santo Domingo, D.
N., 2008.
Vol. LXVI
Cuadros históricos dominicanos. César A. Herrera, Santo Domingo, D. N.,
2008.
Vol. LXVII Escritos 1. Cosas, cartas y... otras cosas. Hipólito Billini. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXVIII Escritos 2. Ensayos. Hipólito Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz,
Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXIX
Memorias, informes y noticias dominicanas. H. Thomasset. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXX
Manual de procedimientos para el tratamiento documental. Olga Pedierro, et.
al., Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXXI
Escritos desde aquí y desde allá. Juan Vicente Flores. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXXII De la calle a los estrados por justicia y libertad. Ramón Antonio Veras
(Negro), Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. LXXIII Escritos y apuntes históricos. Vetilio Alfau Durán, Santo Domingo, D. N.,
2009.
Vol. LXXIV Almoina, un exiliado gallego contra la dictadura trujillista. Salvador E.
Morales Pérez, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXV Escritos. 1. Cartas insurgentes y otras misivas. Mariano A. Cestero. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXVI Escritos. 2. Artículos y ensayos. Mariano A. Cestero. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
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Publicaciones del Archivo General de la Nación
477
Vol. LXXVII Más que un eco de la opinión. 1. Ensayos, y memorias ministeriales. Francisco
Gregorio Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D.
N., 2009.
Vol. LXXVIII Más que un eco de la opinión. 2. Escritos, 1879-1885. Francisco Gregorio
Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXIX Más que un eco de la opinión. 3. Escritos, 1886-1889. Francisco Gregorio
Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXX Más que un eco de la opinión. 4. Escritos, 1890-1897. Francisco Gregorio
Billini. Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXI Capitalismo y descampesinización en el Suroeste dominicano. Angel Moreta,
Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXIII Perlas de la pluma de los Garrido. Emigdio Osvaldo Garrido, Víctor
Garrido y Edna Garrido de Boggs. Edición de Edgar Valenzuela, Santo
Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXIV Gestión de riesgos para la prevención y mitigación de desastres en el patrimonio
documental. Sofía Borrego, Maritza Dorta, Ana Pérez, Maritza Mirabal,
Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXV Obras, tomo I. Guido Despradel Batista. Compilación de Alfredo Rafael
Hernández, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXVI Obras, tomo II. Guido Despradel Batista. Compilación de Alfredo Rafael
Hernández, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXVIIHistoria de la Concepción de La Vega. Guido Despradel Batista, Santo
Domingo, D. N., 2009.
Vol. LXXXIX Una pluma en el exilio. Los artículos publicados por Constancio Bernaldo
de Quirós en República Dominicana. Compilación de Constancio Cassá
Bernaldo de Quirós, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XC
Ideas y doctrinas políticas contemporáneas. Juan Isidro Jimenes Grullón,
Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCI
Metodología de la investigación histórica. Hernán Venegas Delgado, Santo
Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCIII
Filosofía dominicana: pasado y presente. Tomo I. Compilación de Lusitania
F. Martínez, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCIV
Filosofía dominicana: pasado y presente. Tomo II. Compilación de Lusitania
F. Martínez, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCV
Filosofía dominicana: pasado y presente. Tomo III. Compilación de
Lusitania F. Martínez, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCVI
Los Panfleteros de Santiago: torturas y desaparición. Ramón Antonio,
(Negro) Veras, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCVII Escritos reunidos. 1. Ensayos, 1887-1907. Rafael Justino Castillo. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCVIII Escritos reunidos. 2. Ensayos, 1908-1932. Rafael Justino Castillo. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. XCIX
Escritos reunidos. 3. Artículos, 1888-1931. Rafael Justino Castillo. Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
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Publicaciones del Archivo General de la Nación
Vol. C
Escritos históricos. Américo Lugo, edición conjunta del Archivo General
de la Nación y el Banco de Reservas, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. CI
Vindicaciones y apologías. Bernardo Correa y Cidrón. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. CII
Historia, diplomática y archivística. Contribuciones dominicanas. María
Ugarte, Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. CIII
Escritos diversos. Emiliano Tejera, edición conjunta del Archivo General
de la Nación y el Banco de Reservas, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CIV
Tierra adentro. José María Pichardo, segunda edición, Santo Domingo,
D. N., 2010.
Vol. CV
Cuatro aspectos sobre la literatura de Juan Bosch. Diógenes Valdez, Santo
Domingo, D. N., 2010.
Vol. CVI
Javier Malagón Barceló, el Derecho Indiano y su exilio en la República
Dominicana. Compilación de Constancio Cassá Bernaldo de Quirós,
Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CVII
Cristóbal Colón y la construcción de un mundo nuevo. Estudios, 1983-2008.
Consuelo Varela, edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D.
N., 2010.
Vol. CVIII
República Dominicana. Identidad y herencias etnoculturales indígenas. J. Jesús
María Serna Moreno, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CIX
Escritos pedagógicos. Malaquías Gil Arantegui. Edición de Andrés Blanco
Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CX
Cuentos y escritos de Vicenç Riera Llorca en La Nación. Compilación de
Natalia González, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXI
Jesús de Galíndez. Escritos desde Santo Domingo y artículos contra el régimen
de Trujillo en el exterior. Compilación de Constancio Cassá Bernaldo de
Quirós, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXII
Ensayos y apuntes pedagógicos. Gregorio B. Palacín Iglesias. Edición de
Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXIII
El exilio republicano español en la sociedad dominicana (Ponencias del
Seminario Internacional, 4 y 5 de marzo de 2010). Reina C. Rosario
Fernández (Coord.), edición conjunta de la Academia Dominicana de
la Historia, la Comisión Permanente de Efemérides Patrias y el Archivo
General de la Nación, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXIV
Pedro Henríquez Ureña. Historia cultural, historiografía y crítica literaria.
Odalís G. Pérez, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXV
Antología. José Gabriel García. Edición conjunta del Archivo General de
la Nación y el Banco de Reservas, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXVI
Paisaje y acento. Impresiones de un español en la República Dominicana. José
Forné Farreres. Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXVII Historia e ideología. Mujeres dominicanas, 1880-1950. Carmen Durán.
Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXVIII Historia dominicana: desde los aborígenes hasta la Guerra de Abril. Augusto
Sención (Coord.), Santo Domingo, D. N., 2010.
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Publicaciones del Archivo General de la Nación
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Vol. CXIX
Historia pendiente: Moca 2 de mayo de 1861. Juan José Ayuso, Santo
Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXX
Raíces de una hermandad. Rafael Báez Pérez e Ysabel A. Paulino, Santo
Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXI
Miches: historia y tradición. Ceferino Moní Reyes, Santo Domingo, D. N.,
2010.
Vol. CXXII Problemas y tópicos técnicos y científicos. Tomo I. Octavio A. Acevedo.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXIII Problemas y tópicos técnicos y científicos. Tomo II. Octavio A. Acevedo.
Edición de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXIV Apuntes de un normalista. Eugenio María de Hostos. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXV Recuerdos de la Revolución Moyista (Memoria, apuntes y documentos). Edición
de Andrés Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXVI Años imborrables (2da ed.). Rafael Alburquerque Zayas-Bazán, edición
conjunta de la Comisión Permanente de Efemérides Patrias y el Archivo
General de la Nación, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXVII El Paladión: de la Ocupación Militar Norteamericana a la dictadura de
Trujillo. Tomo I. Compilación de Alejandro Paulino Ramos, edición
conjunta del Archivo General de la Nación y la Academia Dominicana
de la Historia, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXVIII El Paladión: de la Ocupación Militar Norteamericana a la dictadura de
Trujillo. Tomo II. Compilación de Alejandro Paulino Ramos, edición
conjunta del Archivo General de la Nación y la Academia Dominicana
de la Historia, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXIX Memorias del Segundo Encuentro Nacional de Archivos. Santo Domingo, D.
N., 2010.
Vol. CXXX Relaciones cubano-dominicanas, su escenario hemisférico (1944-1948). Jorge
Renato Ibarra Guitart, Santo Domingo, D. N., 2010.
Vol. CXXXI Obras selectas. Tomo I, Antonio Zaglul, edición conjunta del Archivo
General de la Nación y el Banco de Reservas. Edición de Andrés Blanco
Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXII Obras selectas. Tomo II. Antonio Zaglul, edición conjunta del Archivo
General de la Nación y el Banco de Reservas. Edición de Andrés Blanco
Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXIII África y el Caribe: Destinos cruzados. Siglos xv-xix, Zakari Dramani-Issifou,
Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXIV Modernidad e ilustración en Santo Domingo. Rafael Morla, Santo Domingo,
D. N., 2011.
Vol. CXXXV La guerra silenciosa: Las luchas sociales en la ruralía dominicana. Pedro L.
San Miguel, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXXXVI AGN: bibliohemerografía archivística. Un aporte (1867-2011). Luis Alfonso
Escolano Giménez, Santo Domingo, D. N., 2011.
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480
Publicaciones del Archivo General de la Nación
Vol. CXXXVIILa caña da para todo. Un estudio histórico-cuantitativo del desarrollo azucarero
dominicano. (1500-1930). Arturo Martínez Moya, Santo Domingo, D. N.,
2011.
Vol. CXXXVIII El Ecuador en la Historia. Jorge Núñez Sánchez, Santo Domingo, D. N.,
2011.
Vol. CXXXIX La mediación extranjera en las guerras dominicanas de independencia, 18491856. Wenceslao Vega B., Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXL
Max Henríquez Ureña. Las rutas de una vida intelectual. Odalís G. Pérez,
Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLI
Yo también acuso. Carmita Landestoy, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLII
Memorias de Juanito: Historia vivida y recogida en las riberas del río Camú.
Reynolds Pérez Stefan, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLIII
Más escritos dispersos. Tomo I. José Ramón López. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLIV
Más escritos dispersos. Tomo II. José Ramón López. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLV
Más escritos dispersos. Tomo III. José Ramón López. Edición de Andrés
Blanco Díaz, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLVI
Manuel de Jesús de Peña y Reinoso: Dos patrias y un ideal. Jorge Berenguer
Cala, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLVII
Rebelión de los capitanes: Viva el rey y muera el mal gobierno. Roberto Cassá,
Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLVIII De esclavos a campesinos. Vida rural en Santo Domingo colonial. Raymundo
González, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CXLIX
Cartas de la Real Audiencia de Santo Domingo (1547-1575). Genaro
Rodríguez Morel, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CL
Ramón –Van Elder– Espinal. Una vida intelectual comprometida. Compilación
de Alfredo Rafael Hernández Figueroa, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CLI
El alzamiento de Neiba: Los acontecimientos y los documentos (febrero de 1863).
José Abreu Cardet y Elia Sintes Gómez, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CLII
Meditaciones de cultura. Laberintos de la dominicanidad. Carlos Andújar
Persinal, Santo Domingo, D. N., 2011.
Vol. CLIII
El Ecuador en la Historia (2da ed.). Jorge Núñez Sánchez, Santo Domingo,
D. N., 2012.
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Publicaciones del Archivo General de la Nación
481
Colección Juvenil
Vol. I
Vol. II
Vol. III
Pedro Francisco Bonó. Textos selectos. Santo Domingo, D. N., 2007
Heroínas nacionales. Roberto Cassá. Santo Domingo, D. N., 2007.
Vida y obra de Ercilia Pepín. Alejandro Paulino Ramos. Santo Domingo,
D. N., 2007.
Vol. IV
Dictadores dominicanos del siglo xix. Roberto Cassá. Santo Domingo, D.
N., 2008.
Vol. V
Padres de la Patria. Roberto Cassá. Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. VI
Pensadores criollos. Roberto Cassá. Santo Domingo, D. N., 2008.
Vol. VII
Héroes restauradores. Roberto Cassá. Santo Domingo, D. N., 2009.
Vol. VIII
Dominicanos de pensamiento liberal: Espaillat, Bonó, Deschamps
(siglo xix). Roberto Cassá. Santo Domingo, D. N., 2010.
Colección Cuadernos Populares
Vol. 1
Vol. 2
Vol. 3
La Ideología revolucionaria de Juan Pablo Duarte. Juan Isidro Jimenes
Grullón. Santo Domingo, D. N., 2009.
Mujeres de la Independencia. Vetilio Alfau Durán. Santo Domingo, D. N.,
2009.
Voces de bohío. Vocabulario de la cultura taína. Rafael García Bidó.Santo
Domingo, D. N., 2010.
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Revoluciones y conflictos internacionales en el Caribe,
1789-1854, de José L. Franco, se terminó de imprimir en los talleres gráficos de ZZZZZZZZZZ, en febrero de 2012, con una tirada de 1,000 ejemplares.
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