sistema y subjetividad - Asociación de Egresados y Graduados PUCP

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Los riesgos de la exclusión social y el Estado de bienestar
Beatriz Alva Hart*
“Estado de bienestar” es un término sobre el cual se ha discutido mucho en los últimos años. En este
texto intentaré hacer una aproximación a este concepto y lo relacionaré al contexto peruano,
haciendo hincapié en la noción de responsabilidad que contiene la búsqueda del bienestar y el rol
del Estado.
Como dato, podemos partir de la coyuntura electoral: el candidato que alcanzó la mayor votación en
la primera vuelta electoral –Ollanta Humala del partido Unión por el Perú- ha sido quien ha logrado
recoger el sentir de frustración de la población olvidada y marginada de nuestro país. El candidato
Humala no necesariamente representa a esta población -en tanto los mecanismos que aplicará para
paliar la situación de pobreza no son claros en su plan de gobierno-; sin embargo, ha sabido
aprovechar los sentimientos de fracaso y rencor de este segmento poblacional.
La comunidad invisible
Se trata de una colectividad que, a través de las generaciones, ha ido acumulando un resentimiento
muy profundo contra la sociedad en su conjunto por las injusticias de las que es víctima sin que,
aparentemente, a nadie o a muy pocos les importe. La situación no sólo se limita a las precarias
condiciones de vida -que producen efectos perversos como la desnutrición e incluso la muerte-, sino
también a su invisibilidad ante el mundo y, por ende, su falta de pertenencia.
En los testimonios de las víctimas de la violencia -recogidos por la CVR- es frecuente encontrar
sentimientos de frustración, resignación, abandono del Estado y la sociedad en su conjunto. El
testimonio de Primitivo Quispe -recogido en la Audiencia Pública del 08 de abril del 2002- expresa
esta situación con su propias palabras: “Entonces mi pueblo era pues un pueblo, no sé…ajeno
dentro del Perú”.1
Dentro de esa misma línea, el sentimiento de no ser tomados en cuenta, precisamente por su
invisibilidad y escasa valoración, se refleja en el testimonio de un rondero: “ (…) o sea, nosotros no
somos escuchados, nosotros damos las propuestas, nosotros decimos que hay que derrotar la
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pobreza, que haya equidad, que haya igualdad, hemos visto el problema social, el porqué, pero el
Gobierno no lo escucha, hoy en día no lo está haciendo, no está haciendo nada por mejorar,
entonces yo creo que la reconciliación es una cosa amplia y no sé sinceramente, pues, que se
obtenga una reconciliación pero verdadera, duradera, una paz sostenible, eso es que se busca (…) y
hay que escuchar a la población.”2
Intentando definir el Estado de Bienestar
La crudeza de estos testimonios nos lleva a replantearnos el papel del Estado entendido como
gobierno y como sociedad. ¿Qué implica la actuación del Estado en beneficio de las clases menos
favorecidas sin que se generen los efectos negativos de la creación de clases sociales
dependientes, carentes de ilusiones y expectativas de desarrollo?
Para analizar lo que significa el Estado de Bienestar partamos de una definición de Muñoz de
Bustillos. Para este autor, “el Estado de Bienestar es el conjunto de actuaciones públicas tendentes
a garantizar a todo ciudadano de una nación, por el mero hecho de serlo, el acceso a un mínimo de
servicios que garanticen su supervivencia (entendida en términos sociales o no estrictamente
biológicos)”.3
Aquí vemos que el Estado de Bienestar es el referido a la garantía de supervivencia tanto social
como biológica. Este elemento es el que genera los mayores debates en torno al Estado de
Bienestar y, en sentido estricto, al tipo de responsabilidad que debe aplicarse y por quién.
En el estudio sobre bienestar social y responsabilidad individual, escrito por David Schmidtz y Robert
E. Goodin, se hacen una serie de reflexiones a favor y en contra del Estado de Bienestar. En él se
revisan algunas concepciones sobre responsabilidad para determinar el rol que desempeña el
Estado entendido como gobierno, y el Estado entendido como sociedad.
Para entender la validez y viabilidad de los programas asistenciales o sociales que puede generar el
Estado para lograr la supervivencia, resulta interesante el análisis que hace Schmitdz sobre la
internalización y la externalización de la responsabilidad.
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La externalización de la responsabilidad sería aquella situación que promueve que “las personas no
se responsabilizan de los problemas que causan o de los problemas que se encuentran”,4mientras
que la internalización sucede o se da “cuando los agentes se responsabilizan de su propio bienestar,
de su futuro, de las consecuencias de sus actos”.5
De estas definiciones se aprecia que la externalización de la responsabilidad -en su más amplia
concepción-, puede tergiversar los aspectos positivos y necesarios del Estado de Bienestar, en tanto
que el colectivo objetivo renuncia a sus capacidades y derechos para respaldarse en el accionar de
terceros. Esta actitud se promueve generalmente con una política asistencialista que no va
acompañada de un sistema integral y estructurado de desarrollo sostenido de los sujetos, familias y
zonas. Esto incrementa los costos del Tesoro Público, impidiendo que el Estado pueda optimizar la
inversión de los recursos en políticas de desarrollo, los cuales a la larga recaen en los
contribuyentes quienes no obtienen beneficios siquiera indirectos como podrían ser la mejora de una
carretera para abaratar los costos de determinados productos, cuando no directos relacionados, por
ejemplo, con las mejoras a la seguridad social.
Y aquí podemos ver también otra consecuencia negativa de esta dependencia: “Cuando se obliga a
las personas a pagar, día tras día, por el consumo excesivo y la producción insuficiente de los
demás, independientemente de que el desequilibrio sea real o subjetivo, terminan por no gustarse
mucho unos a otros”.6
¿Quién es el responsable?
Pero el problema de la externalización de la responsabilidad no se limita a las consecuencias que
genera en el colectivo objetivo (una suerte de clase inválida o de segundo nivel) sino que afecta a la
sociedad en su conjunto en tanto que en muchos casos -mal conceptualizada y con la enorme
carencia de solidaridad- la sociedad llega a pensar y sentir que el problema de los menos
favorecidos, dentro de los que inclusive pueden estar sus vecinos, -por ejemplo en caso de un
desastre natural-, es problema del gobierno. Ello nos demuestra que cuando el Estado de Bienestar
externaliza la responsabilidad crea un sentimiento adverso de comunidad.
Por otra parte, la responsabilidad internalizada no se circunscribe al ámbito persona - individuo.
Alcanza también al colectivo cuando sus miembros voluntariamente se responsabilizan de todo el
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grupo. Ésta se manifestaba anteriormente en el contexto familiar y en la comunidad. Esas normas
sostenían vecindarios y con una considerable ayuda mutua se ayudaban las personas a prosperar.
La gente se responsabilizaba de sí misma y de sus vecinos.
No se trata, entonces, de asumir que nuestros problemas serán resueltos por terceros sino de que el
propio bienestar depende uno mismo. Ello no implica abandonar a su suerte a las poblaciones
pobres, máxime si el Estado -en tanto gobierno- no está en capacidad de nivelar el terreno de las
oportunidades para todos. Con un escenario de empleo pleno y con servicios básicos mínimos,
cualquier sociedad estaría en condiciones de exigir a los ciudadanos internalizar su responsabilidad
en forma individual.
Pero hay aquí también un aspecto valorativo, en el sentido que entra en juego una escala de valores
al momento de decidir de qué cosas debe hacerse cargo el Estado y de cuáles no. Y es que hay
quienes no aprueban la ayuda estatal al generar poblaciones dependientes, pero sí aceptan como
natural que los hijos mayores de edad, la hija soltera embarazada o la esposa dependan del padre o
esposo, según sea el caso. Yendo más allá, ellos sí aceptan como válido y natural que dependamos
todos del Estado para temas de seguridad tanto interna como externa. Caemos en cuenta, entonces,
que todo se mueve a través de un juicio de valor. Como dice Goodin, “Una familia rota mantenida
por un padre que lo hace de mala gana no es más fuerte que una familia rota mantenida por las
ayudas públicas.”
Por consiguiente, la existencia de valores y actitudes, modificados en un sentido de la
responsabilidad “responsable” y que por las razones de pobreza extrema en la que se encuentran
muchos de los colectivos objetivos, es difícil de entender, no surge naturalmente con la desaparición
de la sensación y necesidad de dependencia.
Esta concepción la explica claramente Schmidtz cuando señala que “ para justificar la reclamación
de un terreno sin dueño no hacen falta tantos argumentos como se requerirían en igualdad de
condiciones, para justificar la confiscación de un terreno que fuera propiedad de alguien”.7
Pero para ello es básico que la sociedad sea un juego de suma positiva de tal suerte que los que
puedan generar su propio bienestar no excluyan a los que no tienen la misma ventaja.
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Resulta revelador el testimonio que dio para la CVR una autoridad de San Martín, víctima de la
violencia en la Audiencia Pública de Huicungo, Mariscal Cáceres en el 2002: “¿Por qué seguimos
pensando que el Estado es el único responsable de nuestra desgracia? ¿Seguimos pensando que el
Estado es el único que debe poner plata para poder salir adelante? Tenemos que empezar a
olvidarnos eso, tenemos que empezar pensar que el Estado no tienen recursos suficientes para que
esto suceda; además, tenemos que ser conscientes que el Estado nunca ha sido buen
administrador…”.8
Es revelador, también, advertir el cambio de mentalidad que ante la adversidad tienen poblaciones
marginadas y pobres. Aun cuando no es el objetivo -porque se está quebrando la igualdad de trato,
la equidad y el acceso a servicios básicos-, estas poblaciones que carecen de servicios mínimos
como agua, desagüe y electricidad decidieron asumir el destino de sus vidas ante la inexistencia del
Estado. Comprendieron que la única posibilidad de salir adelante es internalizando la
responsabilidad en forma colectiva.
Goodin analiza otras nociones de responsabilidad, como la del colectivismo filosófico , que entiende
el bienestar de la sociedad como colectivo como la suma del bienestar de todos sus individuos.
También alude al colectivismo económico , en el que convergen las acciones del Estado y del
individuo. “Tiene que ver con la planificación centralizada y la economía autoritaria. El bienestar
colectivo sólo se puede promover a través de la acción colectiva centralizada. Sin duda las
autoridades centrales influyen en cierta medida a favor de las interacciones mutuamente
beneficiosas entre individuos”.9
Por su parte, el colectivismo político está referido a la intervención autoritaria del Estado, orientada
básicamente sobre los derechos y las libertades de las personas y los colectivos de pequeñas
dimensiones. El colectivismo social sustituye a la autoridad estatal por una autoridad que podría
denominarse civil en tanto no cuenta con una función jurisdiccional propiamente, tiene la última
palabra en un determinado grupo social. Finalmente, para resumir, el colectivismo moral sería la
internalización de la responsabilidad en forma colectiva, es decir, el compartir la responsabilidad.
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La responsabilidad en la pobreza peruana
Para el caso que nos ocupa cabe preguntarse si los pobres del Perú son culpables de su situación
porque no son capaces de internalizar la responsabilidad de su propio bienestar y esperan siempre
que “papá” gobierno arregle la situación para poder sobrevivir, por lo menos. Consentir con esta
afirmación nos llevaría a retrotraernos a los inicios de la República toda vez que las escasas o nulas
políticas acertadas de ayuda social han generado lo que podríamos llamar una pobreza estructural.
Por consiguiente, no se trata de la culpabilidad de las poblaciones sino de la falta de visión y de
planeamiento del Estado. No se trata de determinar quiénes son los “buenos” y quiénes los “malos”,
sino de reconocer que el problema de la pobreza existe, más allá de las culpas, y que debe
afrontarse en forma integral y coordinada.
Goodin recoge al inicio de su análisis el mensaje de dos líderes políticos relevantes cuyos
contenidos reflejan las distintas formas de abordar el Estado de Bienestar y el nivel de la
responsabilidad. De un lado, Margaret Thatcher cuando hace alusión a los valores victorianos que
habría querido restaurar, señala: “Nos enseñaron a trabajar muy duro. Nos enseñaron a
demostrarnos de lo que éramos capaces. Nos enseñaron a deponer de nosotros mismo. Nos
enseñaron a vivir de acuerdo a nuestras posibilidades. Nos enseñaron que la limpieza es una gran
virtud. Nos enseñaron a respetarnos a nosotros mismos. Nos enseñaron a ayudar a nuestros
vecinos…. Todos estos valores victorianos son valores permanentes”.10
Por otro lado está Ronald Reagan quien respecto de los programas sociales dijo que “son como un
narcótico, un sutil destructor del espíritu humano….el éxito de los programas asistenciales debe
juzgarse en función del número de beneficiarios que dejan de depender de tales programas”.11
Puede apreciarse que, en los casos citados, la percepción del nivel de responsabilidad dentro de lo
que implica promover el Estado de Bienestar no es la misma. En el caso inglés, si bien se incentiva
la internalización de la responsabilidad individual, no se deja de lado la colectivización de la misma,
esa necesaria entrada de solidaridad para con los demás. En el caso norteamericano, si bien no
niegan la necesidad de la existencia de programas sociales, dejan claramente establecido el sentido
de perversión de los mismos, en cuanto a dependencia negativa, endémica, sin movilizar el llamado
de la sociedad a solidarizarse con los que menos tienen.
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Lo cierto es que ambas realidades son completamente distintas a las del Perú, porque a diferencia
de los casos señalados, no estamos en posibilidad de ofrecer igualdad de oportunidades a todos los
peruanos, opciones de empleo digno y equidad de trato. En consecuencia, no estamos en posición
de exigirles a los pobladores pobres que se preocupen por ellos mismos. De hecho, lo vienen
haciendo por la ausencia del Estado, no sólo en lo que respecta a sus derechos políticos sino
también económicos.
No se trata de exigir a estados pobres como el nuestro que garanticen pleno empleo en las zonas
deprimidas y alejadas del desarrollo -no sólo por las malas políticas socioeconómicas, sino por la
propia naturaleza geográfica-. Pero les cabe la responsabilidad de mejorar la gestión gubernamental
de cara a optimizar la inversión social, de tal forma que en un corto plazo sean menos las
poblaciones que no cuenten con un caño (grifo) en su casa del que fluya agua potable para ser
consumida sin el peligro del contagio de enfermedades.
De igual forma, se debe desarrollar programas de formación y capacitación laboral para darle a las
poblaciones las herramientas para la generación de microempresas familiares y comunales. La
implementación de estas prácticas contribuiría a modificar el sentimiento de dependencia al que
aludo líneas arriba. Las poblaciones beneficiadas estarían aptas para planificar sus vidas y
establecer por primera vez un presupuesto que les permita vivir y no sobrevivir como lo vienen
haciendo hasta ahora. Entenderían que este tipo de acciones no son un regalo sino una segunda
oportunidad de vida.
“Los programas de creación de empleo y de educación y formación están esencialmente orientados
a incrementar las oportunidades (y no las gratificaciones y por tanto los incentivos) del trabajo. Esta
forma de entender la realidad social es considerablemente distinta de la que está implícita en el
discurso de los incentivos, incluso los de tipo más positivo. El idioma de los incentivos sugiere que
los pobres no trabajan porque han decidido de forma fría y calculadora que les merece la pena.
Manipular los incentivos para que el trabajo resulte relativamente más atractivo que las ayudas
asistenciales presuponen que las personas deciden (eligen, en cierto sentido) recurrir a las
prestaciones asistenciales y continuar en esa situación. Entonces y sólo entonces, podríamos decir
que las personas realmente han renunciado a la responsabilidad personal sobre su propio
bienestar”.12
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En resumen, como señala Vicente Navarro en su ensayo “El Estado de Bienestar y sus efectos
distributivos: parte del problema o parte de la solución”: “…el requisito para un amplio estado
benefactor no es la tasa de crecimiento de una economía, sino la voluntad y el compromiso del
gobierno con el Estado de Bienestar”.13
Este compromiso podría comprender la acción del Estado en tanto gobierno a tres niveles: uno
referido al desarrollo de las inversiones en infraestructura, otro relativo al impulso a las políticas de
pleno empleo, y un tercero respecto a la estimulación del consumo social, particularmente en el
campo de la salud y los servicios sociales y de la educación.
Notas:
1.
2.
3.
4.
5.
6.
7.
8.
9.
10.
11.
12.
13.
Informe Final de la CVR , Tomo I, pág. 164
Informe Final de la CVR , Tomo IX, pág. 50
Diapositivas de clase de Primer Módulo MAP
D. Schmidtz y R. Goodin, El Bienestar Social y la Responsabilidad Individual , pág, 28
Ibidem
D. Schmidtz y R. Goodin, op. cit. pág. 95
D. Schmidtz y R. Goodin, Ob. Cit, pág, 46
Informe de la CVR , Tomo IX, pág. 98
D. Schmidtz y R. Goodin, Ob. cit. pág. 160
D. Schmidtz y R. Goodin, Ob. Cit. pág. 118
D. Schmidtz y R. Goodin, Ob. Cit. pág. 119
D. Schmidtz y R. Goodin, Ob. Cit. pág. 191
V. Navarro, El Estado de bienestar y sus efectos distributivos: parte del problema o parte de la solución,
pág. 25
Beatriz Alva Hart. Ex Miembro de la Comisión de la Verdad y Reconciliación. Consultora en proyectos de inversiones públicas.
Fuente: Palestra PUCP
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