ROSSINI, EL RESTAURADOR PROGRESISTA

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ROSSINI, EL RESTAURADOR PROGRESISTA
G
ioavacchino Antonio Rossini nació en
Pesaro, en un año bisiesto, el 29 de febrero
de 1792. Su padre era pubblico trombetta —pregonero— de la Comuna de Pesaro y habitualmente
tocaba el corno en conciertos públicos y manifestaciones teatrales. Su madre tuvo una breve
carrera como cantante lírica en los teatros de Italia
Central. Rossini completa su formación en el
Liceo Musical de Bolonia con el padre Stanislao
Mattei y casi por casualidad comienza a escribir
óperas. Su irrupción en el mundo del melodrama
fue fulgurante: entre 1810, cuando presentó en
Rossini, retrato
Venecia La cambiale di matrimonio, su primer
realizado por Nadar
título, y 1823, año en el que cierra la “fase italiana” de su carrera con la prefecta Semiramide, Rossini escribió más de 30 óperas —serias, semiserias y bufas—, logrando un dominio incontrastable de la
escena operística. En 1822 se casó con la cantate española Isabel Colbran y ese
mismo año un recibimiento triunfal en Viena le permitió poner a prueba su
fama internacional. A fines de 1823 se estableció en Inglaterra, pero la quiebra
del teatro que le había solicitado una ópera lo obligó a dejar la isla y radicarse en
Francia. En París, en 1829, presentó su último título, Guillaume Tell. Joven y
en la cima de la gloria abandonó el teatro y no volvió a componer otra ópera.
Sólo compuso algunas obras breves, muchas veces relacionadas con su gran
pasión por la cocina. En 1837 se separó legalmente de su esposa y se unió a
Olympe Pélissier —su amante desde 1932—, con quien se casó en 1846, tras la
muerte de la Colbran. Murió en París el 13 de noviembre de 1868, sobreviviendo a sus sucesores en el trono de la ópera italiana —Donizetti y Bellini—,
y en épocas en las que en Europa se buscaba instalar la polémica entre Wagner y
Verdi. Polémica de la cual no le interesaba participar, por cierto.
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Mientras la trilogía italiana de Mozart quedaba como uno de los
ejemplos más límpidos de la ópera del siglo XVIII —prueba de la proyección europea del modelo italiano—, en los primeros años del siglo
siguiente se produjeron dos acontecimientos que contribuyeron notablemente para que la escena operística italiana siguiera ocupando un lugar
sobresaliente en la producción musical de las décadas por venir, a pesar
de los cambios que marcaron el paso del Clasicismo al Romanticismo.
El primero de estos sucesos fue el resurgimiento de la tradición editorial
—iniciada en 1501 en Venecia, cuando Octaviano Petrucci publicó la
Harmonice Mucices Odhecaton—, impulsada esta vez por el editor
Giovanni Ricordi, que en 1808 comenzó su actividad en torno a las ediciones musicales. El otro acontecimiento fue la fulgurante carrera de
Gioachino Rossini (1792-1868).
Tras los efectos de la reforma llevada a cabo por Christoph
Willibald Gluck (1714-1787) —que podrían resumirse en la construcción de una nueva simplicidad que proyectaba a la música a su verdadero oficio de servir a la poesía—, comienza a delinearse en Europa un
nuevo concepto de melodrama, que conducirá a la disolución de las formas cerradas y al ocaso de la simple alternancia entre aria y recitativo
como elemento de continuidad narrativa. El estilo operístico de Rossini,
estructuralmente franco y de efectividad implacable, está poderosamente
enraizado en la tradición clásica y parece no tener en cuenta las primicias de la nueva época. En este sentido, el compositor podría colocarse
en una posición ambigua respecto de los tiempos que le tocó vivir: en su
música es evidente su impermeabilidad a los postulados estéticos del
Romanticismo —tendientes entre otras cosas a desacreditar las formas
cerradas del melodrama y la eficacia musical del aria—, por lo que resultaría sencillo entenderla como la encarnación de los ideales de una belle
époque que no lograría recomponerse a pesar de los contragolpes de la
Restauración28, en una Europa agitada por nuevos fermentos políticos,
sociales y tecnológicos.
Se llama Restauración a un período de cambios políticos en Europa, entre 1814 y
1848. Marcado por las revueltas, la revolución industrial y el auge de la clase media, la
Restauración se refiere a la lucha de la monarquía para legitimarse tras la Revolución
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Sin embargo, aún sin digerir del todo las modas que se imponían
en el melodrama, Rossini no se ancló con nostalgia a un pasado imaginado como ideal. Con la discreción que no tuvo para componer su
música, el italiano se comportó como un conservador, al mantener los
principios formales del Clasicismo, y como un visionario, al subvertir las
jerarquías de los parámetros de la composición musical.
Último clásico
Definido muchas veces —y otras tantas autodefinido— como “el
último clásico”, Rossini podría ser considerado como el fundador de una
cultura musical que, mientras los auges se sucedían, supo dejar su huella, paralela a la del Romanticismo, pero distinta. Su abstracción a las
novedades de los salones musicales de la época y su sólida relación con la
tradición, lo colocaron en la hasta entonces casi inédita situación de
escribir música sobre música.
En el carácter burlesco y la ironía que refleja su música —aún en
sus producciones serias—, radica el elemento que revela la disidencia
entre Rossini, su obra y el mundo que lo circunda. Detrás del componente lúdico y el gesto cáustico persiste una sensación de extrañamiento
que lleva al compositor a tomar distancia de lo creado, para que recién
allí se convierta en música. Esta fractura que se produce entre el compositor y su creación, fenómeno estético que sugiere la idea de una música
escrita sobre la música, redimensiona la figura del compositor, y en definitiva es la obra.
El factor decisivo en la música de Rossini —y sobre todo en el
efecto que provoca— no es la sustancia musical sobre la que se basa —la
mayor o menor complejidad del motivo o el andamiaje armónico, por
ejemplo—, sino esa capacidad de crear un estado de embebecimiento
progresivo, que nace de materiales elementales y crece paulatinamente,
Francesa (1789-1802) y las Guerras Napoleónicas (1802-1815). Estas guerras habían
esparcido el liberalismo, el nacionalismo y el socialismo por toda Europa y los monarcas
europeos veían en estos movimientos una amenaza a sus tronos. En respuesta, intentaron
asentar su legitimidad monárquica y conservadora, aunque el esfuerzo no llegó a revertir
lo que muchos consideraban una tendencia histórica.
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desarrollando una turbulencia que en su vértice se disuelve en una nada
muchas veces más cerca de lo siniestro que de lo catártico.
Si se la analiza desde la tradición musical germánica —esa que va
desde Johann Sebastián Bach hasta Arnold Schönberg— se podría pensar que la reciprocidad entre la idea musical y su representación en
Rossini es cuanto menos desequilibrada. La relación entre motivos melódicos que a menudo aparecen elementales —cuando no míseros— y
esos crescendo 29 irresistibles y conmovedores, exaltan la categoría de
representación muy por encima de la idea que la genera. Son esos los
casos en los que Rossini pareciera remontarse a aquella estética barroca
—la que representa el caos con el que Jean-Fery Rebel comienza su obra
Les elements, por ejemplo— que colocaba a la urgencia de la representación por sobre reglas y materiales.
La energía rítmica que se impone a una trama melódica de cómica
vitalidad, la robusta consistencia instrumental y el efectivo desequilibrio
entre la modestia de los materiales con los que componía y el desparpajo
con el que los desarrollaba a través del empleo de la repetición obsesiva,
eran razones suficientes para percibir que el sonido rossiniano había ido
mucho más allá de la práctica operística del Settecento, en una dirección
distinta a las modas que fundaban el Ottocento. También su determinación de escribir personalmente los ornamentos y de imponer todos y
cada uno de los detalles de la partitura que debían ejecutarse, especialmente en la reexposición de las arias —mientras antes en la práctica se
dejaban a merced de los caprichos de los cantantes—, marcaron el inicio
de una verdadera revolución en las costumbres del teatro italiano;
pequeña, si se quiere, pero perdurable.
Los fundamentos de la música de Rossini están antes que nada en la
simplicidad de la melodía y en la claridad del ritmo. La estructura teatral
se articula desde la forma cerrada —si bien supera la elemental alternancia entre aria y recitativo— y su objetivo fundamental es el de transmitir placer. Su dramaturgia, desafiando las tendencias de su tiempo que se
sustentaban en la idea de verosimilitud y del naturalismo, se concibe
El crescendo es un recurso dinámico que se expresa en el paulatino crecimiento de
intensidad y volumen.
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como un organismo que obedece antes que nada
a razones de orden musical, sobre las que se
afirma la centralidad del virtuosismo y el ímpetu
de la tradición del bel canto 30.
Dentro de este marco de exquisito gusto italiano, Rossini parece rememorar con nostalgia la
época de los castrati, animadores de un período
glorioso para el canto lírico. Además, otorga más
espacio y protagonismo al coro, y con una escritura orquestal fluida logra una individualización
dramática más precisa. Los efectos del crescendo,
símbolo del dinamismo rossiniano —recurso
Caricatura de Rossini
expresivo que encuentra sus orígenes en la
orquesta de Manheim, que a mediados del siglo
XVIII sentó las bases del clasicismo musical en las regiones germánicas,
y que Rossini filtró a través de la prudente mediación de Simon Mayr—
sorprendieron a los oídos italianos, acostumbrados a la agreste tranquilidad del melodrama settecentesco. En las partituras de Rossini el aspecto
instrumental logra una riqueza inédita hasta entonces para un autor italiano, con actualidad técnica y creativo desarrollo del color instrumental.
La forma cuadripartita será el gran cuadro dramático-musical del
compositor. Puesto en el centro físico, estético y emotivo de la partitura
—en una conclusión de acto, por ejemplo— este esquema de articulación de la acción en distintos momentos, cada uno con sus motivaciones
dramáticas y psicológicas, será la herramienta con la que Rossini pondrá
en evidencia su maestría para llevar la historia hacia su punto crucial.
Generalmente precedida por un recitativo de carácter referencial y
dialogado —llamado tempo di preparazione—, la forma comienza con el
tempo d’attacco, en versos y con carácter propulsor. Sigue un adagio can30
El bel canto es una de las técnicas del canto lírico, caracterizada por el pasaje
homogéneo de las notas graves a la agudas, la agilidad, la ornamentación, el buen timbre
y el fraseo. Frecuentemente el termino bel canto se asocia a todo tipo de canto lírico. Sin
embargo, tal uso del término es incorrecto. Compositores de bel canto como Gioacchino
Rossini consideraban el canto declamatorio de Wagner y el canto spinto de Verdi como
opuestos a los ideales del bel canto.
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tabile, también en versos, de carácter más contemplativo, reflexivo y
estático; luego el tempo di mezzo, de carácter resolutivo y propulsor, y el
final con la stretta, una estructura más compleja que consta de cabaletta
I, puente, cabaletta II y coda, y cuyo carácter reafirma lo planteado en el
adagio cantabile. Esta disposición en cinco partes sigue una lógica precisa: la de dinamizar una situación a través de la sucesión de eventos y
de sus posibilidades dramáticas conjugadas con las musicales, según la
tradición de alternar tiempos lentos y rápidos, de enlazar las distintas
graduaciones de expansión melódica que existen entre el recitativo y el
aria y de un escalonamiento armónico resultado de la experiencia del
Clasicismo.
Lo otro, lo mismo
En Rossini, la relación entre ópera bufa y ópera seria es ambigua. Si
bien Il barbiere di Siviglia es la piedra basal de su fama, entre 1813 y
1829 su interés se orienta gradualmente de la ópera bufa hacia la seria.
La gazza ladra (1817), será su último título bufo y en cierta manera
marcará el final de un género, que tendrá en el Don Pasquale (1843) de
Gaetano Donizetti uno de sus últimos éxitos, y en Un giorno de regno
(1840) —la única ópera bufa de Giuseppe Verdi antes de su postrero
Falstaff—, uno de sus últimos fracasos. Rossini prestará estonces mayor
atención a la ópera seria, que desde 1810 se encontraba en un estado de
estancamiento, e introduce algunos desarrollos —la Gran scena (gran
escena), por ejemplo, una adaptación de la forma cuadripartita de la
ópera buffa— que se revelarán fecundos y resistentes hasta la aparición
de Giacomo Puccini.
La elección de los argumentos no parece haber influido demasiado
en este renacimiento de la ópera seria impulsado por Rossini, que siguió
escribiendo la misma música sin preocuparse por la diferencia entre sujetos clásicos y sujetos románticos. Es curioso que alguien que era considerado y se consideraba “el último clásico”, haya evitado los argumentos
extraídos de la historia antigua y la mitología —a excepción de
Semiramide (1823)—, para adoptar historias que provenían de una literatura más cercana al espíritu romántico: Tancredi (1813) de Ariosto,
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Otello (1816), de Shakespeare, Armida (1817), de Tasso, La donna del
lago (1819), de Scott, Bianca e Faliero (1819), de Manzini.
Para Heinrich Heine (1797-1856), la música de Rossini se ajustaba
al pensamiento de la Restauración. “Después de las luchas y las consiguientes desilusiones, la gente, desencantada, dejó en segundo plano los
intereses de la colectividad y recuperó los sentimientos relativos al propio Yo —escribía el poeta en 1837—. Los dolores y la alegrías de la
individualidad, el odio, la ternura, la nostalgia y el resentimiento se
expresan musicalmente a través de la melodía”. Si Heine fue capaz de
intuir el espíritu individualista de la Restauración en la melodía rossiniana, Antonio Amore —en su Brevi cenni critici, 1877— no dudó en
interpretar la intensidad rítmica de la música de Rossini como un dato
cercano a la esencia de la Revolución Francesa.
Restaurador o revolucionario, Rossini terminó de disolver las características de lo bufo y lo serio. Analizado desde una perspectiva más
amplia, su paso del género bufo al serio, que superficialmente haría pensar a una mezcla de estilos, asume otro valor: con una lucidez implacable, Rossini expresaba en su música su propia situación histórica.
Los extremos se tocan en la ópera rossiniana. La farsa en la turbulencia asume las características de la catástrofe, y lo trágico en la desesperación transparenta los hilos que mueven a los personajes como marionetas. El final feliz —característica importante de su producción—, es la
expresión de un teatro que debía reflejar a la sociedad ideal y moralista
que lo sostenía.
Rossini maneja sin distinciones morales los elementos complementarios de un mismo universo, cuya complacencia es el reverso de la
melancolía. La de su época y la propia.
Unidad de Italia
Si Rossini gozó en vida de una fama que nunca antes había alcanzado un músico —tanta, que en su época llegó a ser comparado con
Napoleón—, se debe a la tan armoniosa cuanto paradójica convivencia
de un mensaje conservador dentro de signos innovadores —o viceversa— con un estilo inconfundible. Desde su radicalismo estético, el
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esmero clásico de su música se sostiene en la simetría y el equilibrio,
para comunicar la profundidad del sentimiento de manera clara y directa.
Rossini fue —eligió ser— el último declarante del Clasicismo en
pleno Romanticismo. Su obra concluyó maravillosamente la parábola
del melodrama italiano clásico —modelo que había influenciado a toda
Europa—, ensanchando las características vitales de una civilización
musical que tenía su epicentro en el teatro de Mozart, Giovanni Paisiello
y Domenico Cimarosa.
La fulgurante carrera de Rossini se desarrolló a través de la conquista de mercados teatrales cada vez más vastos, a partir de Italia del
Norte, principalmente Venecia y Milán. Cuando inició su carrera, la
división de la Italia musical —Norte-Sur, Venecia-Nápoles— permanecía vigente en las costumbres teatrales y en el gusto del público. Por
entonces, la escuela napolitana languidecía tras los fastos del siglo XVIII
y Milán dominaba la escena operística de la península.
Será Rossini quien decretará el final de la orgullosa escuela napolitana, al liquidar las características que distinguían las producciones operísticas de Sur y Norte. Esta confluencia de estilos será uno de los fenómenos que terminarán de marcar el paso del Settecento al Ottocento en la
música italiana.
Ya en 1813 Rossini había conquistado el mercado de Italia del
Norte con las cuatro óperas que compuso ese año —demostrando una
capacidad productiva poco común en el ámbito del teatro lírico—, entre
las que se destacan Tancredi y La italiana en Algeri. Su nombre comienza
a sonar en toda Italia, cuando el empresario napolitano Domenico
Barbaja le ofrece un contrato con el teatro San Carlo de Nápoles.
El compositor se presenta en el mayor teatro de Italia del Sur con
Elisabetta regina d’Inghilterra (1815). Sabía que los napolitanos lo esperaban con los fusiles apuntados, desconfiados de este intruso que a los
23 años llegaba del Norte para imponer sus óperas; nada menos que en
Nápoles, la patria del melodrama. Rossini tuvo en cuenta los pequeños
detalles que diferenciaban el gusto napolitano del gusto lombardovéneto, —legítimas banderas para el público de la época—, con lo que
logró desarmar las prevenciones de los napolitanos. Paulatinamente
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introdujo en los teatros del Sur las innovaciones ya en uso en Italia del
Norte, y así llevó a cabo esa unificación nacional que en el campo de la
literatura ya existía, y que en campo político comenzaba a asomar.
Sin embargo, la operación de conjugar el gusto del Norte y del Sur,
también en la ópera, fue complicada. El fracaso de Il barbiere di Siviglia
en Roma —estrenada en los carnavales de 1816 bajo el título de
Almaviva, ossia L’inutile precauzione— se podría interpretar como la
resistencia de la Italia del Sur a la penetración de la escuela del Norte.
Los defensores de Paisiello —que había estrenado su versión de Il barbiere en 1782 en San Petesburgo— no ocultaron su indignación cuando
un joven se permitió retomar el sujeto de una obra maestra de la ópera
napolitana.
La humana alegría de vivir
En óperas como Il barbiere di Siviglia, o antes en L’italiana en
Algeri, Rossini pone en acto una eficaz coincidencia entre las convenciones musicales del melodrama y las exigencias dramáticas de la acción. La
personalidad musical de estas obras es exuberante, y el ritmo es el arrebato que refleja una jovialidad a veces ligera, a veces melancólica. La
humana alegría de vivir se sostiene en una escritura musical de maravillosa ligereza y simplicidad, y se funda en la restauración del contrapunto elemental, limitado a un juego de pregunta y respuesta y de equilibradas simetrías.
Cada pausa del canto está colmada por otra voz, o por la orquesta,
con una réplica maliciosa, perfectamente encastrada en la lógica musical
y de fulgurante eficiencia dramática. Por momentos pareciera que toda
la ópera puede transformarse en un gigantesco diálogo entre burlado y
burlador. Bajo la voz, que declama melódicamente, florecen en la
orquesta deliciosos motivos cómicos; las familias instrumentales se pasan
el hilo del discurso con notable soltura y sentido dramático. A través de
títulos como Otello (1816), Cenerentola (1817), Mosè in Egitto (1818),
La donna del lago (1819) y Semiramide (1823) es posible verificar un
desarrollo musical y estilístico que, sin perder estos rasgos característicos,
tiende a precisar dramáticamente la acción.
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Italiano en Europa
Después de los años de trabajo en Nápoles, la fama de Rossini
superó las fronteras nacionales. La conquista del mercado europeo
comenzó en Viena —plaza tradicionalmente favorable a la expansión
operística de los italianos— y concluyó en París, donde la presencia de
una ópera con fuerte identidad nacional alimentaba a un público muy
difícil de conquistar para los músicos que llegaban de allende los Alpes.
La penetración de Rossini en París se desarrolló en los mismos términos en los que ya se habían desarrollado las excursiones de Cherubini
y Spontini: el operista italiano ya no era recibido como el portador de
un arte insustituible, como muchos franceses consideraron a la ópera
napolitana en el siglo XVIII. El monopolio de la ópera napolitana había
concluido y al fin y al cabo fue el mismo Rossini el que le dio la estocada final, al unificar la ópera italiana. De allí en más, los compositores
italianos debieron tener en cuenta las novedades del ambiente, compitiendo con la producción francesa.
Rossini llega a París como director del Théatre Italien, para el que
escribirá óperas en francés, adaptándose a las costumbres de este público.
El asedio de Corinto (1826) y Moisés (1827) son mucho más que traducciones y adaptaciones de Maometto II y de Mosè in Egitto, escritas para
Nápoles; se trata de nuevas producciones que sirven a Rossini como
práctica para dominar la prosodia y el estilo francés. Il Conte Ory (1828),
por ejemplo, no refleja la comicidad elemental y sanguínea de la ópera
bufa napolitana, sino que se recuesta sobre el espíritu elegante de la
comedia francesa.
En esta experiencia fuera de su patria, se invierte la posición de
Rossini. Si por diversas razones puede ser considerado un innovador en
Italia, en el resto de Europa se muestra obediente de las tendencias,
inclusive atendiendo a las novedades introducidas por el Romanticismo
alemán, sobre todo por Carl María von Weber. Guillermo Tell (1829)
será el esfuerzo del genio por recuperar el control de una situación que
se le escapa. En su última ópera, estrenada en el Opéra de París, mostrará
un lenguaje nuevo, nunca antes escuchado en su obra. La escena coral se
libera del pomposo aparato clásico y se transforma a partir de la penetración del Naturalismo. El fragor del pueblo se representa en el protago110
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nista, y la naturaleza modela con sus vibraciones a cada uno de los personajes.
Guillermo Tell será un gesto supremo de orgullo: Rossini acepta el
desafío de los nuevos tiempos y demuestra que puede mantener su
supremacía, aun en las nuevas condiciones del arte producidas por el
Romanticismo.
Pero aquello que el genio es capaz de intuir con lucidez y sensibilidad, al hombre le repugna: Rossini estaba ligado con la fuerza de sus
costumbres al viejo mundo que terminaba. Frente a la agresiva invasión
de los nuevos tiempos —el progreso técnico y las transformaciones políticas, los ferrocarriles, el liberalismo y las revoluciones— y el estrépito
creciente de las complicaciones de la vida, el artista sentía angustia. Su
salud, marcada por una profunda depresión nerviosa, ya no le permitiría
prolongar esos esfuerzos enormes que había hecho para seguir las modas.
El silencio en el que se refugió —interrumpido por algunos trabajos
sacros y pequeñas piezas pianísticas o vocales, que llamó “Pecados de
vejez”— fue un rechazo a los nuevos tiempos, al Romanticismo, a cuya
civilización, después de todo, también supo contribuir con su arte.
Escribió 38 óperas. A los 36 años, en la cúspide de su fama, abandonó el mundo de la ópera para vivir con todos los honores durante casi
40 años, apenas como un testigo del mundo, con la renta de sus obras y
de su fama.
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