El problema de la elasticidad

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LATERCERA Sábado, 3 de mayo de 2014
Bitácora
Ascanio Cavallo
DECANO DE PERIODISMO DE LA UAI
El problema de la elasticidad
E
N UN bello libro recién publicado por la
UDP acerca de Luis Oyarzún, Un paseo
con los dioses, el periodista Oscar Contardo desentierra una reflexión angustiada de este intelectual de los 50. La escribió en 1970, un día después de la elección
de Salvador Allende: “Las condiciones y
expectativas de Chile han cambiado tanto en estos últimos dos días, como si se hubiese producido un cambio
de astro (...). ¿Hasta dónde llegará la elasticidad de Chile en el experimento social? No lo sabemos todavía. Tal
vez no es mucha”.
El Chile de los 70 no se parece en nada al de hoy y Oyarzún era un tanto izquierdófobo. Pero su melancolía analítica merecería una revisión a la luz de lo que ocurre en
estos días. El gobierno se ha metido con vehemencia en
cuatro grandes reformas –tributaria, electoral, educacional y energética- que ponen a prueba la “elasticidad” de
Chile. Las anunció y fue elegido por ellas, pero, como todas las promesas electorales, han mutado una vez que
se ha avanzado en sus detalles.
Las reacciones del gobiernismo y de sus contradictores han diferido mucho en cada caso, y reflejan cierta tensión ante el aroma del “experimento social”. Aunque se
suele olvidar, el último régimen propenso a los experimentos y las modelaciones sociales fue el de Pinochet,
no los de la transición.
La reforma tributaria ha sido objeto de una fuerte
reacción corporativa de empresarios grandes, medianos
y pequeños. Esto era esperable. Por eso parece extraño
el tono taxativo del oficialismo, como si estuviese ahora inseguro de su propia mayoría. El clímax de este nerviosismo fue el spot propagandístico “viralizado” –qué
palabra más sardónica- por el gobierno para defender la
reforma.
Es posible que las encuestas que muestran un gran volumen de dudas sobre los cambios tributarios hayan excitado las ansias oficialistas, pero el recurso tiene un aire
más kirchnerista que bacheletista; y esto tiene menos que
ver con los rumores sobre asesores argentinos que el énfasis en las consignas por encima del tedioso debate detallado. No calza ni con los estilos personales ni con las
conductas políticas del núcleo del gobierno. Por donde se
le mire, y pese a las vacilantes defensas de algunos ministros y parlamentarios, ha resultado un disparo en el pie.
Pero también es verdad que el gobierno de Bachelet sufre el estrés de la urgencia. En el polo contrario al de la
acelerada reforma tributaria se encuentra el ministro de
Educación, Nicolás Eyzaguirre. Su misión explícita nunca fue la de plantear proyectos cerrados, sino la de diseñarlos al compás de un amplio diálogo social. Sin embargo, en 50 días el ministro está emplazado por actores muy
diversos para que se apure en aclarar los alcances específicos de las transformaciones, aunque nadie ignora
que serían las más complejas del último medio siglo y no
terminarán de realizarse durante el actual gobierno.
Eyzaguirre ha dicho en todos sus encuentros privados
que la arquitectura del sistema educacional es lo más difícil y que el único mecanismo de cambio real es la gradualidad. Estas definiciones no satisfacen a los que quieren mantener el statu quo ni a quienes desean un big bang
en parvularios, colegios, universidades e institutos profesionales. El ministro debe moverse entre expectativas
polarizadas, el ambiente menos saludable para generar
un sistema con alta legitimidad social. Echar mano a la
mayoría electoral no es tan sencillo si esa mayoría se licúa en la revisión de las medidas específicas.
El tercer caso es el de la energía. El ministro Máximo
Pacheco está sometido a una presión menos masiva, más
especializada, pero su convocatoria a una “cumbre” con
empresas y grupos sociales –realizada con ayuda del senador Guido Girardi- establece una hoja de ruta para llegar a reformas sanitizadas. Su ventaja, claro, es que no
hay aquí defensores del statu quo; la incertidumbre se
reparte por igual en todos los sectores.
La primera obligación de todo gobierno no es cumplir
su programa –como quisiera cierto integrismo de escasa densidad-, sino medir en cada paso la elasticidad social para llevarlo adelante. La del Chile actual, sumido
en un confuso ambiente de cambio, parece tan incierta
como temió Oyarzún en los 70.R
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