Acatempan - Primaria TIC

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ACATEMPAN
Raquel Huerta-Nava
LA PATRIA ES PRIMERO
D
espués del fracaso de la expedición del joven guerrillero navarro,
Francisco Javier Mina, muchos líderes de la insurgencia pensaron
que todo estaba perdido. Pero Vicente Guerrero, no; él creía que
había que fortalecerse frente a la derrota. La independencia era labor de
los mexicanos, no era necesario que viniera un español para liberarnos. Al
menos, eso pensaban los generales insurgentes que se vieron, momentáneamente, opacados por el español y que tuvieron que sacar fuerzas del
desaliento para continuar con la lucha de independencia. De manera que,
fiel a los principios de Hidalgo y de Morelos, Vicente Guerrero continuó levantando ejércitos, combatiendo a las fuerzas virreinales y abriendo una
etapa más radical del movimiento que se caracterizó por la resistencia y el
método de combate conocido como guerra de guerrillas.
Mientras tanto, en España se reinstauró la Constitución de Cádiz y,
preocupados por las pérdidas de varios virreinatos americanos, los ministros de la Corona decidieron que lo más importante era la conciliación con
los rebeldes de la Nueva España, pues éste era uno de los virreinatos más ricos del imperio, junto con el de Perú, y no podían darse el lujo de perderlo.
Por este motivo, el virrey de la Nueva España mandó llamar al padre
del caudillo más importante de la insurgencia, Juan Pedro Guerrero, quien
fue invitado a compartir la merienda con Juan Ruiz de Apodaca, conde del
Venadito. Un lacayo proporcionó a Juan Pedro una ornamentada mancerina
de plata maciza y, tanto el padre del rebelde como el noble, degustaron un
aromático chocolate y unas deliciosas piezas de pan dulce. La mancerina
era una especie de charola de plata que las personas se colocaban en el
cuello a la hora de tomar el chocolate, con el objeto de no manchar sus vestimentas y de darle más ceremonia y ornamento al ritual criollo.
Apodaca sabía que Juan Pedro era leal a la Corona española, por
eso le explicó que el mismo rey de España le había encargado hacer la
paz en el virreinato. Era necesario que Juan Pedro demostrara su autoridad y convenciera a Vicente Guerrero, su hijo, de pedir el indulto. Gracias
a la Constitución de Cádiz los súbditos americanos podían gozar de las
mismas condiciones que los nacidos en España. Era una comisión muy
importante, ya que Juan Pedro estaría seguro tanto en el campo realista
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como en el insurgente. El virrey le proporcionó los salvoconductos necesarios para atravesar las zonas en conflicto sin riesgo alguno.
El rumor se extendió entre las filas insurgentes: el padre del general
venía a visitarlo. Vicente Guerrero, al leer los mensajes, ordenó que nadie
estorbara su trayecto y que lo condujeran hasta la entrada de la fortaleza
de Xonacatlán, ubicada en el actual estado de Guerrero; debían proteger al
anciano solitario que se acercaba en una mula bien aparejada. Juan Pedro
Guerrero fue a ver a su famoso hijo para pedirle, en nombre del virrey, que
se acogiera al indulto. Tras un fraternal abrazo y ante las miradas curiosas
de todos los presentes, Vicente llevó a su padre al interior de su tienda para
conversar y compartir ante una sencilla mesa de madera de pino, cubierta
con un bonito mantel de tela oriental estampada, coronada con una enorme
fuente de frutas frescas. Vicente tomó dos copas y le sirvió a su padre un
poco de vino para refrescar la garganta y poder hablar sobre las novedades
de la familia, de la gente en Tixtla y de sus hijos.
—Si aceptas y te retiras de esta guerra cruel, el gobierno español te
concederá el indulto, te reconocerá el grado militar que has alcanzado, podrás vivir tranquilo y desterrarás de nosotros la inquietud por la suerte que
puedas correr —dijo Juan Pedro.
—Entienda, padre, que de ninguna forma eso es posible. Aunque los
hombres pasan, las ideas perduran: la patria me necesita. Esta causa no es
mía, sino de todos los que amamos la libertad —respondió Vicente.
Juan Pedro se hincó a los pies de su hijo y, abrazandole las piernas, le
suplicó que abandonara la lucha, pues no deseaba perderlo a manos del
ejército virreinal. Vicente, conmovido, le acarició con ternura filial el cabello
plateado y, dirigiéndose a sus soldados, que lo contemplaban desde lejos
sin escuchar ni comprender qué sucedía, les explicó:
—Soldados, ¿ven a este anciano respetable? Es mi padre. Viene a ofrecerme empleos y recompensas en nombre de los españoles; yo le he respetado siempre, pero la patria es primero.
Juan Pedro elevó su rostro para mirar a su hijo, quien repitió en voz muy
alta para que todos lo escucharan:
—¡La patria es primero! —y fue secundado por los soldados que respondieron en un clamor que trascendió como uno de los fundamentos de
nuestro país.
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Juan Pedro Guerrero tuvo que volver sobre sus pasos, muy triste, pues
casi veía con certeza la muerte de su hijo; sin embargo, su valor lo llenaba
de orgullo. Después de todo, él lo educó para que fuera fuerte, firme y decidido. Pero que Vicente pensara que iba a derrotar al imperio y al rey para
recuperar estas tierras le parecía una completa y verdadera utopía. Creía,
con toda seguridad, que lo matarían por haber tenido tal atrevimiento. Qué
lejos estaba Juan Pedro Guerrero de imaginar que, algún día, su hijo menor
sería presidente de la recién nacida República mexicana y que llevaría a
buen término los anhelados ideales de los insurgentes.
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TREGUA DE ACATEMPAN
L
a reunión conocida en los registros históricos como el abrazo de Acatempan se refiere a la tregua que, tras once años de lucha insurgente,
dio paso a la nueva nación. Fue, de hecho, el pacto entre los principales jefes en combate: el general insurgente Vicente Guerrero y el general
realista Agustín de Iturbide. A pesar de que eran enemigos mortales, ambos
anhelaban una tregua para alcanzar la paz. Comenzaron un intercambio de
cartas. En un principio Iturbide, un hombre lleno de ambición y de sueños
de gloria y de poder, pretendió derrotar a los alzados, pero al darse cuenta
de que esto no sucedería y tras una serie de escandalosas derrotas y varias escaramuzas con las partidas insurgentes, decidió cambiar su táctica
y ofreció la paz. Iturbide, obedeciendo en un principio las instrucciones del
virrey Apodaca, deseaba que Guerrero se acogiera al indulto y que aceptara
la renovada Constitución de Cádiz, lo que significaba permanecer bajo el
yugo de España. Pero el caudillo respondió que únicamente aceptaría una
tregua si Iturbide se unía a la causa de la independencia como su líder. Sólo
entonces tendría en Guerrero a un aliado y a un subordinado leal.
Iturbide fue tentado con el mando supremo de las fuerzas militares. Su
ambición personal no pudo resistir y aceptó cumplir con el papel político del
libertador. Comprendió los motivos de los insurgentes, pues era un hombre
astuto y conocedor de los asuntos de la guerra. Sólo un general de carrera
podría convencer a sus pares en el ejército virreinal y lograr, con la fuerza de
sus tropas, la independencia de México; como lo había hecho Bolívar en el
sur de América, y como otros grandes generales sudamericanos, aunque
aquellos caudillos jamás claudicaron.
Una vez que hubo un diálogo fluido, los dos jefes establecieron las tres
garantías que fueron el fundamento del Plan de Iguala.
Después de una serie de cartas y de acuerdos hechos entre ambos
jefes, se llevó a cabo la tregua de Acatempan, donde no estuvo presente el
general Guerrero, sino su representante, el general José Figueroa, quien le
dio el famoso abrazo a Iturbide. Los dos militares vestían con gran lujo; el
encuentro fue considerado la culminación de la guerra civil y, por este motivo y sólo con fines propagandísticos, el nombre de Figueroa fue sustituido
por el de Vicente Guerrero, máximo general de la insurgencia. El historiador
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José María Lafragua, quien tuvo un trato cercano con Guerrero y quien elaboró su biografía, fue el inventor del llamado abrazo de Acatempan que,
desde entonces, se convirtió en uno de los mitos de nuestra historia, y, aunque el hecho fue desmentido por Lucas Alamán, el equívoco permanece en
los anales de nuestra historia oficial.
Era natural que el general Vicente Guerrero no deseara acercarse mucho a Iturbide, pues éste era conocido por su carácter traicionero. Ante la
natural desconfianza, ambos estuvieron de acuerdo conque, como lo más
importante era el pacto, Guerrero enviara a un representante. Sin embargo,
en el simbolismo patriótico se registran ambos personajes para mayor gloria
y significación del acontecimiento. Algunas versiones aseguran que el general Guerrero estuvo en la reunión bajo el disfraz de oficial del regimiento
de los Dragones del Sur, pero este tipo de anécdotas son imposibles de
comprobar o de refutar y forman parte de las leyendas que rodean a nuestros más destacados personajes históricos. Además, es improbable que
Guerrero se hubiera arriesgado a ser capturado y ejecutado por sus enemigos; muchos de ellos lo conocían muy bien, ya que algunos habían formado
parte de su propio ejército.
Las fuerzas representadas por Vicente Guerrero impulsaban una serie
de reformas sociales y económicas que permitían el establecimiento de una
sociedad igualitaria y con mayores oportunidades para sus ciudadanos. En
cambio, las de la élite criolla, dirigidas por Iturbide, deseaban mantener sus
antiguos privilegios con la diferencia de que esto sucedería en una nación
sin las imposiciones españolas. Iturbide no tenía un interés verdadero en la
transformación del sistema de castas; o sea que no pretendía terminar con
la explotación de la mayor parte de la población. El interés de las élites era
conservar las estructuras de dominio establecidas durante la Colonia. Es
evidente que un pacto entre intereses tan opuestos no podía durar mucho y
terminó con la entrada del Ejército Trigarante a la ciudad de México, cuando
se develaron los intereses políticos de los distintos sectores de la población
mexicana. Esto daría lugar a los distintos grupos en conflicto durante la turbulenta vida del México independiente.
Una parte del alto clero y de la nobleza mexicana deseaban deslindarse
de España, pues en la península se llevaba a cabo una serie de reformas
económicas contra los intereses de la Iglesia como la venta y la expropiación
de algunos de sus bienes, incluso existía la amenaza de suprimir las órde-
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nes conventuales y recortar los beneficios económicos de los eclesiásticos.
Desde el inicio de las conspiraciones, el factor económico fue fundamental
para la insurgencia; primero, para combatir los monopolios españoles y liberar al país de los abrumadores tributos exigidos; después, para conservar
los privilegios de casta y de clase, así como el sistema económico, en el
cual la Iglesia ocupaba un papel fundamental como institución de crédito.
A pesar de tener objetivos e intereses diversos, e incluso opuestos, la
mayoría de los grupos de poder en conflicto en la Nueva España deseaba
el establecimiento de un congreso que representara a la patria bajo un sistema monárquico de carácter propiamente mexicano. Sin embargo, grupos
radicales pertenecientes a la clase media ya tenían entre sus planes el ideal
de una República, que tardaría mucho más en cumplirse luego del estrepitoso fracaso del Primer Imperio, que intentó combatir el propio Agustín de
Iturbide.
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LA LUCHA INSURGENTE
L
a guerra de Independencia se inició con el llamado a las armas que
lanzó en Dolores Miguel Hidalgo —elegido por los demás conspiradores como líder del movimiento debido a su energía, a su vehemencia
y a su convicción—. El grito de Miguel Hidalgo fue secundado, de inmediato,
por los conspiradores en todo el reino. Hidalgo era un hombre vigoroso, en la
plenitud de sus fuerzas; tenía el rostro moreno, a causa de la vida al aire libre,
enmarcado por profundos ojos verdes y por el cabello cano.
Poseía una salud envidiable y estaba habituado a realizar fuertes jornadas de trabajo y de estudio. A pesar de su formación sacerdotal, no tenía el
temperamento para conservar el voto de castidad y tuvo amoríos con varias
mujeres. Hasta la fecha existe un registro de sus orgullosos descendientes.
Esto, más que ser una excepción, era la norma para los sacerdotes católicos
de la Nueva España. En otros reinos de Hispanoamérica sucedía lo mismo,
los sacerdotes podían continuar con sus estudios universitarios y llevar una
vida de laicos fuera de los conventos con concubinas e hijos; lo cual era visto, en muchos casos, como un honor y no como una transgresión. Hidalgo
era un hombre que poseía los dotes de un humanista; además era un hombre religioso y lleno de bondad para con sus semejantes. Tenía vocación de
líder y estaba hecho para la enseñanza y la difusión de la cultura y del conocimiento; era un criollo ilustrado que amaba, profundamente, a su país y que,
por eso mismo, deseaba verlo libre e independiente. Hidalgo afirmaba que la
Nueva España era una nación con todas las características para gobernarse
por sí misma, puesto que estaba a la par de las demás naciones del mundo,
y si los italianos eran gobernados por italianos y los franceses por franceses,
los mexicanos debían ser regidos por mexicanos.
Los argumentos teológico-políticos de Hidalgo y de sus correligionarios
sobre la búsqueda de la libertad se fundamentaban en las teorías del filósofo español Suárez, quien explicaba que, cuando un gobierno fracasa en
su propósito de gobernar para el pueblo, los ciudadanos deben sustituir a
sus dirigentes por quienes efectivamente cumplan tal cometido. El gobierno
de Carlos IV había fracasado y sus medidas habían traído el caos, pues las
vergonzosas capitulaciones de Bayona habían dejado el reino en manos de
los invasores franceses. El pretexto del levantamiento fue precisamente la
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defensa de la legitimidad del reino en el nombre del heredero a la Corona española, Fernando VII, con la esperanza de que el futuro monarca pudiera restaurar la opulencia imperial; no obstante, los representantes del movimiento
insurgente albergaron, desde el inicio, los ideales de la Independencia que
se concretó en 1821.
La gente de Dolores y de las ciudades y poblados de El Bajío fue la
primera en seguir el llamado del cura Hidalgo, a quien respetaba y quería.
Pronto los grupos insurgentes surgirían a lo largo y ancho de la Nueva España con mayor o menor éxito, y con más fuerza en las costas del Pacífico y
del Atlántico. El movimiento, en la etapa que condujo Miguel Hidalgo, poseía
fuertes reivindicaciones de carácter agrario; la masa de campesinos fue tras
el sacerdote desordenadamente. Hidalgo era un ideólogo y un teórico; no
era un hombre que tuviera conocimientos militares. Era un líder de carácter
mesiánico y, como tal, no era el más preparado para imponer disciplina y
orden a las masas heterogéneas que lo siguieron.
Ignacio Allende, Ignacio Aldama, Mariano Abasolo, José Ignacio Jiménez
y los demás oficiales del ejército novohispano que se hallaban con él no poseían una experiencia práctica en el campo militar y, como le debían obediencia, se sometieron a su liderazgo, pero, a la larga, estallaría un conflicto entre
Hidalgo y Allende en cuanto al aspecto militar, ya que por su formación profesional como oficial de las fuerzas armadas Allende conocía mejor del tema.
Al inicio de su campaña, Hidalgo nombró general del sur al cura José
María Morelos, quien pronto comenzó a reclutar voluntarios. De acuerdo
con las fuentes documentales encontradas hasta hoy, no existen pruebas
de que ambos hombres se conocieran anteriormente, sin embargo, tampoco existen testimonios que demuestren lo contrario. Dada la importancia
de la misión es posible que Hidalgo conociera bien el carácter de Morelos
y que por ello invitarlo a la rebelión no fuese una decisión tomada a la ligera. Quienes se relacionaban con él sabían que le aficionaba leer sobre
las vidas y las campañas militares de los grandes generales de la antigua
Roma, y que su conocimiento teórico de la guerra era muy amplio. Probablemente, si su situación económica fuera acomodada, Morelos hubiera ingresado a la milicia y no al sacerdocio, que por entonces era la única opción
para sobresalir.
No sería raro que Hidalgo conociera este aspecto de la vida de Morelos,
ni que al escucharlo hablar de los antiguos generales tomara en cuenta su
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preparación y que ése fuera el motivo, cuando lo vio personalmente, por el
cual le diera instrucciones para la guerra y le dijera que, en lugar de cura,
tenía la figura de un verdadero general. El halago debió haber agradado muchísimo a Morelos, quien se dispuso a levantar en armas el sur de México.
Los insurgentes se hallaban bajo la protección de la virgen morena, la
Guadalupana. Se hacían llamar Guadalupes y usaban la imagen de la virgen
como distintivo de su causa. Seguramente, por eso, al pasar por la iglesia de
Atotonilco, Hidalgo tomó la imagen guadalupana como estandarte para que
los partidarios del movimiento lo distinguieran. Además, la virgen de Guadalupe, la Sagrada Criolla, como la llamó un religioso poeta de principios
del siglo xvii, era novohispana y por ende no había nadie mejor que ella para
proteger a sus compatriotas.
Miguel Hidalgo, al igual que José María Morelos, se vio avasallado por el
entusiasmo popular; pronto fue secundado por miles y miles de voluntarios,
algunos con cierta experiencia en las milicias provinciales de la Nueva España y otros sin el menor conocimiento del combate. Al ser ésta una lucha por
el país, sucedía que batallones enteros de soldados criollos del ejército realista se unían a la causa con uniformes y armamentos. Muchos campesinos
se iban a la bola con sus familias y animales para no dejar nada atrás. Muchos delincuentes aprovecharon las circunstancias para dedicarse al atraco
y al abuso en el nombre de la insurgencia.
El hecho de que Hidalgo y Morelos fueran sacerdotes, posiblemente,
influyó en la atracción que ejerció su liderazgo sobre las masas, en especial
en la población indígena sometida a tres siglos de un férreo dominio católico durante el cual se acostumbraron a obedecer ciegamente a los curas.
Aunado a esto, la imagen de la virgen de Guadalupe como patrona de los
mexicanos hace evidente el carácter mesiánico de la lucha también denominada la santa causa o la lucha sagrada. Este tinte político-religioso marcó las
dos primeras etapas del movimiento en el que participaron muchos oficiales
criollos; incluso, muchos militares de alta graduación que simpatizaban con
el movimiento fueron descubiertos y anulados antes de que pudieran ocupar
un papel relevante en las filas de la lucha de independencia.
Cuando estalló la insurgencia, la monarquía española había sido derrocada por Napoleón, quien nombró rey de España a su hermano José Bonaparte para ignominia de los súbditos del imperio; fue entonces cuando los
patriotas de toda España y de la América hispana se levantaron en armas
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para defenderse de la intromisión francesa y asumir el gobierno de sus respectivas naciones y provincias en el nombre de Fernando VII, a quien reconocían como legítimo heredero de la Corona española.
En el reino de la Nueva España había batallones de milicias provinciales
preparadas para una invasión extranjera, pues no se podía descartar la incursión de algún barco pirata de las naciones enemigas que intentara saquear
las poblaciones costeras como sucedió numerosas ocasiones en distintos
puertos del reino. Muchos de los hombres de los batallones de las milicias
provinciales se unieron a la causa insurgente y aportaron su estructura militar, pero, sobre todo, su gran entusiasmo, su experiencia y su conocimiento
del terreno. Estaban dispuestos a combatir al enemigo francés si decidía
desembarcar y a luchar por la autonomía planteada en la Constitución de
Cádiz para formar una nación independiente.
Miguel Hidalgo, como primer líder del alzamiento independentista, planteó la guerra en nombre de Fernando VII y, con el mismo motivo que llevó al
combate a los españoles en la península Ibérica y a los caudillos latinoamericanos se levantó en armas contra la posible llegada de un virrey nombrado
por los franceses; con el grito de “¡viva Fernando VII!” los patriotas de todas
las colonias americanas se levantaron en armas con los colores del monarca: azul, celeste y blanco. Buscaban, en primera instancia, la autonomía con
miras a una soñada independencia, pero no deseaban hacer pública su intención para no asustar a la población en general, pues no existía una cultura
política entre los ciudadanos, quienes estaban demasiado acostumbrados a
la vigilancia de la todopoderosa Inquisición. Los argumentos esgrimidos por
Miguel Hidalgo y sus seguidores fueron muy convincentes: se trataba de que
todos los nacidos en esta tierra fueran iguales ante la ley y, sobre todo, de
que pudieran gozar del fruto de sus esfuerzos sin tener que rendir tributo a
un gobierno lejano y extranjero.
La proclama inicial en defensa del gobierno de Fernando VII era una cortina de humo, pues Ignacio Allende, Miguel Hidalgo y Josefa Ortiz de Domínguez, entre otros, opinaban que si planteaban un concepto tan radical como
la independencia la gente no los seguiría y se llenaría de temor. Por este motivo, sólo la gente de confianza sabía la verdad acerca de la estrategia de la
lucha insurgente, que estaba muy lejos de ser el movimiento caótico descrito
por algunos historiadores superficiales que no han recurrido a los extensos
archivos y a los libros que dan detalles acerca del movimiento.
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Los acuerdos fueron muy importantes para conservar la unidad de los
principales jefes insurgentes a lo largo de los difíciles años de la guerra y
para proteger a los numerosos implicados en los diversos núcleos de conspiradores que existían en el país, pues hubo tal cantidad de voluntarios que
no era difícil que entre ellos hubiera espías e informantes del enemigo.
Debido a los numerosos voluntarios de origen campesino que había en
sus filas, era evidente el carácter agrario del movimiento independentista;
esto planteó la necesidad de reformar los tributos del campo y de los poblados indígenas. También se planteó, desde el inicio, el establecimiento de
un congreso para administrar los recursos de la nación y fomentar, a largo
plazo, la instrucción y las artes, para que la gente tuviera la capacidad de
gobernar el país. Éste era el proyecto inicial de los conspiradores; sin embargo, el carácter social del movimiento pronto exigió mayores demandas
de las que los insurgentes esperaban. La revolución tomó sus propias rutas
y, con el tiempo, surgieron líderes naturales debido a que la diversidad de
intereses, grupos y necesidades en el territorio era demasiado amplia como
para ser englobada por un proyecto inicial de nación. Los mexicanos anhelaban la igualdad de todas las personas nacidas en este territorio y suprimir la
esclavitud, las clasificaciones raciales y, particularmente, los tributos excesivos exigidos a los grupos indígenas. Cabe destacar que la participación de
las etnias en las distintas entidades del país fue muy diversa; mientras algunos se comprometieron de lleno en la lucha, otros permanecieron indiferentes y aislados, y algunos más permanecieron leales a la Corona española.
Un elemento fundamental de la lucha insurgente fue la defensa del Congreso como base legal de una nueva nación independiente y soberana; por
ello se conformó, desde el comienzo, la estructura de un gobierno autónomo. El poder gubernamental ejecutivo estaba por encima del militar. Hidalgo
fundó, en Guadalajara, el Ministerio de Gracia y Justicia, con José María Chico a la cabeza, y el de Estado y Despacho, a cargo de Ignacio López Rayón;
él mismo presidía el Ministerio de Guerra. Decretó el fin de los tributos y de la
distinción de castas y, por primera vez en América, la abolición de la esclavitud; a pesar de ello, esta medida estaba muy lejos de ser real en el territorio
dominado por el gobierno virreinal y no fue sino hasta el establecimiento de
las primeras dos repúblicas federales cuando se aplicó en todo el país, pues
los propietarios europeos se negaban a liberar a sus esclavos sin recibir alguna compensación. Como líder político del movimiento, el licenciado López
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Rayón volvió a emitir bandos decretando la supresión del pago de tributos,
la confiscación de todas las propiedades de los europeos, las reducciones
de algunos impuestos, la igualdad de todos los nacidos en esta tierra sin distinción de castas y la abolición de la esclavitud. Reiteró estas medidas en la
Junta de Zitácuaro al lado de José María Morelos, pero, una vez más, se quedaron en el papel, pues aún faltaba la construcción de una república federal
bajo el mando de los presidentes Guadalupe Victoria y Vicente Guerrero para
ver materializado, en forma de ley, el anhelado sueño de la igualdad civil y
la liberación efectiva de los esclavos, y para que, quienes ya eran libres, no
volvieran a ser capturados por sus antiguos amos y verse obligados a pagar
por su libertad.
La revolución pronto cobró un matiz popular y poco a poco Miguel Hidalgo e Ignacio Allende tomaron distancia. Dada su naturaleza militar, Allende no estaba de acuerdo con que las masas desordenadas secundaran el
movimiento, pues el tumulto no permitía una organización formal ni un entrenamiento adecuado. Hidalgo, en cambio, dado su carácter sacerdotal y
ecuménico, no discriminaba a nadie. Las desavenencias entre ambos caudillos tuvieron su clímax en el Monte de las Cruces, cuando Miguel Hidalgo se
rehusó a entrar en la ciudad de México, pues, seguramente, temía una matanza de civiles semejante a la ocurrida en Guanajuato. Para Allende fue una
decisión inexplicable, pues prácticamente ya tenían tomada la capital y eso
hubiera significado el triunfo del movimiento, pero tal vez Hidalgo sabía que
el enemigo se aproximaba en gran número y que podían caer en una trampa
mortal, o quizá la sociedad secreta de Los Guadalupes le envió una petición
y él la acató para impedir la matanza de los capitalinos y la destrucción de
la ciudad a manos de las masas imposibles de controlar una vez desatada
su furia. Cualquiera que haya sido el motivo, esta retirada fue el principio del
fin de la primera etapa del movimiento que culminó con la captura de los
primeros líderes de la insurgencia en Acatita de Baján, con su posterior encarcelamiento y ejecución en Chihuahua, y con el acto medieval de colgar las
cabezas cortadas de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez en cada una de las
esquinas del edificio de la Alhóndiga de Granaditas, en Guanajuato (donde
había tenido lugar una terrible matanza de españoles y propietarios criollos
realistas), como una advertencia brutal para los partidarios de la Independencia. Las cabezas estuvieron colgando allí durante más de una década
ante las lágrimas impotentes de la población guanajuatense.
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ANTES DE LA TREGUA
D
espués de la traición de Elizondo —que llevó a la captura de Hidalgo, Allende, Aldama y Jiménez— y las posteriores condenas y ejecuciones de los implicados, el movimiento se reestructuró en todos
los niveles.
El 2 de mayo, Morelos convocó a una junta de guerra a sus principales
oficiales: los coroneles Hermenegildo, Juan José y José Antonio Galeana,
Julián y Miguel Ávila, y Leonardo y Miguel Bravo; los tenientes coroneles
Ignacio Ayala y Rafael Valdovinos, y el capellán José Antonio Talavera. Las
solemnes palabras que les dirigió fueron las siguientes:
—Señores, ustedes que han sido mis fieles compañeros y colaboradores desde el principio de esta campaña, y a cuyo valor se debe el que la
gran empresa que hemos acometido haya alcanzado feliz éxito hasta aquí,
saben bien cómo la hemos empezado, sin más elementos que nuestra decisión y la fe en la justicia de nuestra causa.
”Por eso omito entrar en particularidades que ustedes conocen tanto
como yo mismo. Pero no estará de más decir que, autorizado por nuestro
respetado generalísimo señor Hidalgo para propagar la insurrección contra
el dominio español en el Sur y para operar contra las fuerzas enemigas
de Acapulco, he llegado a la costa con un pequeño grupo de amigos mal
armados, y que he encontrado en todos ustedes, así como en los pueblos,
un apoyo tan voluntario y tan eficaz que con él he podido, en pocos meses,
realizar una parte de las esperanzas que depositó en mí el hombre grande
que fue el primero en dar el grito de independencia en Dolores.
”A ustedes, pues, deberá la patria el haber contado, desde el año 1810,
con un baluarte de sus libertades en estas montañas; baluarte que, estoy
seguro, no será derribado jamás porque está cimentado en los corazones
de ustedes y de sus hijos.
”Ahora bien, mi comisión está cumplida superficialmente. Desde mediados de octubre del año pasado, cuando llegué a Zacatula y ocupé Petatlán,
hasta la fecha, van corridos poco más de seis meses apenas, y en este corto tiempo nos hemos hecho dueños de toda la Costa Grande, sin que nadie
intente disputarnos allí el dominio del gobierno independiente. El grupo de
amigos y de mozos con que atravesé el río de las Balsas se ha convertido en
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un ejército de tres mil hombres, fuerte y bien organizado. Nuestras pobres
escopetas de Carácuaro y nuestros arcos y flechas de Tecpan y de Atoyac
hace tiempo que desaparecieron, pero hoy tenemos fusiles y cañones que
hemos quitado al enemigo. Para el gobierno español todo esto ha sido pérdida; para nosotros, ganancia. Los fusiles, las pistolas, los sables, las bayonetas y los cañones, con los que hoy les hacemos la guerra, eran suyos
y hoy pertenecen a la nueva nación, habiendo sido conquistados en buena
lid. Sólo los machetes costeños con que hemos arrancado esas armas son
todavía los nuestros. Los españoles, con todas sus ventajas de número, de
armamento y de disciplina, han atacado a nuestras tropas inexpertas y han
sido derrotados repetidas veces, dejando en nuestro poder sus municiones
y sus armas, huyendo despavoridos a meterse en Acapulco. Calatayud, Paris, Sánchez Pareja, Fuentes, Rodríguez, Rionda, Caldelas, Cosío, Régules
y más militares españoles de mucho crédito han intentado, en vano, disputarnos la palma de la victoria. Los derrotamos y cada uno de ellos encontró
a su vencedor en cada uno de ustedes.
”Todos estos jefes europeos, acostumbrados a desdeñar a los americanos, comenzaron por despreciarnos y han acabado por temernos. Acuérdense ustedes de su soberbia antes de la acción del Ejido y vean ahora su
terror al divisarnos. Después del Ejido pudieron tener algunas esperanzas,
pero ya en el Aguacatillo y en Llano Grande sufrieron un desengaño que culminó con lo ocurrido en La Sabana y con el desastre en Tonaltepec, el cual
los aniquiló para no dejarlos ya levantar cabeza. Después, todo ha sido inútil
para ellos. Cada ataque a nuestro campo ha sido una vergüenza para ellos
y una gloria para nosotros, al grado de que ahora son nuestros proveedores
de armas, de municiones y de bagajes.
”Sólo el gobernador Carreño no ha querido arriesgar para nada la persona y se ha librado de nuestros ataques, metido entre los espesos muros
del castillo y protegido por sus numerosos cañones.
”A este propósito, ya ustedes lo saben, sin artillería y sin elementos
suficientes para batir una fortaleza como la de San Diego, artillada con los
grandes cañones de Manila y auxiliada del lado del mar por veinte lanchas
cañoneras, nos era imposible, como le hubiera sido a cualquiera, tomarla
a viva fuerza. Habría sido una locura intentarlo. Era preciso, pues, apelar a
otros medios, entenderse con los de adentro, procurar una sublevación
entre los defensores que, auxiliada por nosotros, nos abriera las puertas.
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”Ustedes saben que lo hemos procurado y que no somos responsables
del mal éxito. El infame Gago, de acuerdo con Carreño, engañó vilmente a
Tavarés y nuestro intento sobre el castillo se malogró no por falta de arrojo de
nuestra parte, pues nuestras columnas llegaron hasta los fosos del castillo,
sino por la perfidia de aquel hombre y de sus compañeros que no cumplieron la palabra empeñada.
”Por ahora, que toda tentativa sobre la fortaleza es inútil debido a la falta
de artillería de grueso calibre, no nos queda otro recurso que el de mantener
en estrecho asedio al castillo y a la ciudad por el lado de tierra, y aplazar su
toma. Caerán en nuestro poder, sólo es cuestión de tiempo.
”He aquí, señores, las ventajas que conseguimos en seis meses. Somos dueños de la costa del sur y hemos bloqueado, por el lado de tierra, a
la ciudad y al castillo de Acapulco; le hemos quitado al enemigo las armas
que nos hacían falta y acabamos por infundir temor en nuestros orgullosos contrarios. Pero para mí la mayor de todas las victorias es haber dado
una organización rigurosamente militar a nuestras tropas y haberles infundido, al mismo tiempo, el amor a la Independencia y el espíritu de disciplina
sin el cual los ejércitos no son imponentes ni saben triunfar. La multitud de
labradores que ha seguido desde la costa nuestras banderas forma hoy
batallones y regimientos regulares. Los combates que hemos sostenido
aquí la han adiestrado en el manejo de las armas y en las maniobras
de batalla. Una sola acción, la del Ejido, ha bastado a todos para comprender que el valor, por grande que sea, se duplica con la educación
militar; desde entonces los días de descanso han sido días de instrucción; los campamentos, campos de maniobra, y las batallas, ensayos de
nuestra pericia.
”Siempre recordaremos, señores, estos bosques, estas montañas, y,
sobre todo, el paso a la eternidad como la escuela en que hemos aprendido,
combatiendo, el arte de la guerra.
”Pero es ya tiempo de hablar a ustedes del objeto principal de la junta.
En mi calidad de lugarteniente del generalísimo, mi misión no se limita a
hacer la campaña en esta costa. Naturalmente, estoy facultado para extenderla a las comarcas del país en que la crea necesaria, pues el objeto final
de nuestra empresa es libertar a los pueblos de la tiranía, a fin de formar una
nación independiente y que se gobierne por sí misma. Para conseguirlo, es
necesario ir adelante y no descansar.
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”Ahora bien, aquí, por lo pronto, ya no hay nada que hacer. En los pueblos del centro contamos con amigos que sólo esperan nuestra aproximación y con enemigos a quienes es necesario aniquilar. El Sur, desde aquí
hasta la capital del virreinato, se presenta a nuestras miradas y nos ofrece
un campo más vasto para nuestras empresas.
”Además, para apresurarnos a llevar la guerra a esas comarcas hay
ahora una razón más de patriotismo y de necesidad. El señor coronel don
Leonardo Bravo, aquí presente, me ha entregado esta mañana unas gacetas que llegaron de México a Chilpancingo; en una de ellas se encuentra una
noticia de suma gravedad que es mi deber comunicar a ustedes, porque
confío en que el carácter varonil de ustedes ve con la misma magnanimidad
y entereza los triunfos que las desgracias.
”Dice así este papel —añadió Morelos, leyendo con voz firme en la que
en vano se hubiera buscado la menor emoción—:
Gaceta Extraordinaria del Gobierno de México del martes 9 de abril
de 1811. Por extraordinario que acaba de llegar a esta capital ha recibido el Excelentísimo señor virrey el oficio siguiente del señor brigadier don Félix María Calleja, general en jefe del ejército del rey contra
los insurgentes.
Excelentísimo señor. Ahora que son las cinco y media de la tarde recibo del teniente coronel don José Manuel de Ochoa, comandante de la división de Provincias Internas en la frontera de Coahuila, el
oficio siguiente:
Las interesantes y plausibles noticias que en oficios del 25 del
corriente, dirigidos de la villa de Monclova y firmados por los señores
gobernadores don Simón de Herrera y don Manuel Salcedo con los
demás vocales de que se compone la junta de seguridad de dicha villa,
contienen las que copio.
Es muy conveniente me facilite usted 500 hombres para conducir
las presas de 204 insurgentes que aprisionó el capitán Bustamante con
los caudales del señor obispo y algunas bestias, y que con seguridad
se conduzcan también los generales prisioneros Hidalgo, Allende, Abasolo, Aldama, Zapata, Ximénez, Lanzagorta, Aranda, Portugal, etcétera,
etcétera, que se han aprisionado en Acatita de Baján con todos los atajos en que conducían el oro, reales y plata, y muchos prisioneros que
22
se les han hecho con toda su artillería, y son más de 200 hombres de
coroneles hacia abajo, a más de los que tomó el capitán Bustamante.
En tal concepto, he facilitado los 500 hombres de auxilio que se me
piden al cargo del teniente don Facundo Melgares, y con el resto de
mi ejército emprendo mi marcha hoy para la hacienda de Patos con
dirección a la reconquista del Saltillo, lo que participo a Vuestra Sere­
nísima para su inteligencia y satisfacción. Dios guarde a Vuestra Serení­
sima muchos años. Campo de la Noria con dirección al Saltillo, 28 de
marzo de 1811. Señor comandante general del ejército. José Manuel
de Ochoa. Señor brigadier don Félix María Calleja.
Y en el momento despacho dos extraordinarios a esa capital, el uno
por la Huasteca y el otro por Querétaro para que se imponga Vuestra
Excelencia de tan plausible noticia.
Dios guarde a Vuestra Excelencia muchos años.
San Luis Potosí, abril 5 de 1811. Excelentísimo señor Félix Calleja.
Excelentísimo señor virrey don Francisco Javier Venegas.
La conmoción fue mayúscula y los rostros incrédulos y graves de los
oficiales insurgentes hicieron aún más pesado el silencio reinante. Morelos
comentó luego que ése fue el resultado de una traición y que, desde luego, era el momento para reanimar el espíritu de la insurgencia obteniendo
mayores victorias y avanzando hacia el centro de la Intendencia de México.
Continuó diciendo:
—Es necesario probar a la nación que la muerte de un caudillo no acaba con los principios que proclamó ni con el pueblo que los defiende. Es
preciso hacerle ver que aunque la estrella de la insurrección palidezca en
el Norte, todavía sigue brillando en el Sur. Es indispensable interrumpir la
alegría que hoy enloquece a nuestros enemigos con nuestro grito de guerra
lanzado en medio de ellos para que sepan que si muere un insurgente hay
mil para vengarlo. Mi intención es —concluyó— que nos dirijamos mañana
al centro mismo de la Intendencia de México. Deseo oír la opinión de todos
ustedes.
—¡Estamos listos todos! —proclamó Hermenegildo Galeana enérgicamente y de inmediato fue secundado por todos los demás oficiales.
—Bueno, no esperaba menos de la decisión de ustedes —comentó
Morelos—, pero antes será conveniente concertar la manera y conocer
23
poco más o menos el itinerario que debemos seguir. Importa mucho para
nuestro plan que nuestra marcha sea rápida, segura y victoriosa desde que
salgamos del Veladero, como lo ha sido hasta aquí, y que una serie de
triunfos nos conduzca a las orillas de México. Es indudable que el virrey va
a mandarnos a Calleja, que es su gran general y que se ha desempeñado
bien en el interior. Tengo deseos de que nos encontremos con él; pero, para
lograrlo necesitamos quitar los obstáculos del camino sin abandonar por
ello lo conquistado, pues sería una lástima. Tenemos un pequeño ejército
aquí, valiente y aguerrido, si lo dejamos sitiando Acapulco las fuerzas con
que emprendamos nuestra marcha serán pocas, pero si lo llevamos todo
perdemos la Costa Grande, dejamos libre al enemigo de Acapulco, comprometemos a nuestros amigos y nos cortamos toda retirada ¿qué debemos
hacer, pues? Eso es lo que ruego a ustedes que me indiquen para ilustrarme
con su parecer.
—Señor, en mi opinión todo puede lograrse —le aseguró Galeana—, no
hay necesidad de perder ninguna de las ventajas que hemos logrado hasta
aquí. Tenemos gente para todo.
Después de esta entrevista, José María Morelos asumió el mando militar e Ignacio López Rayón, el mando político del movimiento, que, a partir
de este momento, cobró un carácter mucho más grave y violento en todo
el territorio nacional. Morelos era el sucesor natural de Miguel Hidalgo;
éste, al darle el cargo, le dijo, con un orgullo no exento de asombro, que
más bien parecía un general que un sacerdote debido a sus amplios conocimientos en materia de guerra y de estrategia, sobre los cuales ambos
pudieron conversar gracias al intercambio de correspondencia que quizá
existió entre ellos.
Miguel Hidalgo no se equivocó, pues Morelos ha sido considerado, a la
luz de los estudios sobre la guerra de Independencia y los detallados movimientos de sus campañas, como un genio militar nato, pues, aunque carecía
de educación formal en esta materia, sus estrategias pusieron en jaque a los
mejores generales del ejército virreinal, a quienes venció en numerosas ocasiones. Morelos comprendió que era imposible hacer la guerra con una masa
indisciplinada de campesinos y gente de toda condición, pues afirmaba:
“Cierto que pueblos enteros me siguen a la lucha por la independencia, pero
les impido hacerlo diciendo que es más poderosa su ayuda labrando la tierra para darnos el pan a los que luchamos y nos hemos lanzado a la guerra”.
24
Morelos, gran lector de libros de historia, supo que funcionaría mejor un
ejército pequeño, pero bien armado y disciplinado, que una multitud caótica
e incontrolable. Estudió, desde antes del inicio del movimiento, por un interés
personal y con gran detenimiento, las campañas militares de los grandes
generales de la antigua Roma e hizo suyos los elementos fundamentales de
la estrategia y de la guerra. Este conocimiento, aunado a su talento estratégico natural, sería invaluable para el éxito de sus campañas. Tuvo a su lado
a dos generales imponentes: Matamoros y Galeana, a quienes llamaba mis
dos brazos por su capacidad militar, su convicción de lucha y su energía
inquebrantable.
Morelos encabezó varias campañas militares, se apoderó de importantes y estratégicas ciudades, y organizó el Congreso de Chilpancingo
o Soberano Congreso del Anáhuac, donde dio a conocer la ideología del
movimiento insurgente en el texto Sentimientos de la nación; posteriormente, emitió una serie de decretos libertarios donde proclamó la igualdad de
todos los habitantes de la Nueva España, el usufructo de las tierras de las
comunidades indígenas para sus dueños originales y la capacidad para elegir a sus propios gobernantes. Todos estos decretos se hicieron efectivos,
momentáneamente, en los territorios ya liberados; a lo largo de la cruenta
guerra fueron abolidos y reinstaurados varias veces; tardaron mucho en ser
llevados a la práctica, aunque fueron el fundamento y la meta de la lucha
insurgente en su tercera etapa.
El documento Sentimientos de la nación expone la doctrina de la guerra
de Independencia con claridad y precisión tan grandes que se considera el
fundamento del nuevo país y uno de los textos más trascendentes de nuestra historia. Su título puede parecer cursi para una persona contemporánea
que ignora las formas coloquiales del uso del español en el siglo XVIII, y
sería un anacronismo si alguien lo utilizara en nuestros días, pero en aquel
momento fue un documento de vital importancia para todos los habitantes
del continente Americano. Estos hombres y mujeres que se llamaron a sí
mismos padres y madres de la patria lo fueron, de hecho, al contribuir al
nacimiento de un país. Pasarán quizá otros trescientos años para que el
origen de la República mexicana nos parezca tan lejano como ahora nos
resulta a nosotros la Conquista de México y el vano intento de borrar nuestro
pasado indígena. Nuestros descendientes nos leerán y concebirán con el
mismo desdén con el que ahora consideramos a nuestros antecesores y,
25
seguramente, rescribirán una y otra vez el pasado para acomodarlo a sus
preguntas, a sus proyectos y a sus formas de vida.
Entre los principales postulados de los Sentimientos de la nación se
encuentran el establecimiento de la Independencia y de la soberanía popular representada en el Congreso Nacional, la eliminación de muchos de los
privilegios de la Iglesia —en particular los económicos— y la instauración de
impuestos razonables y de salarios justos para los trabajadores.
El documento incluía también muchos otros de los anhelos sociales
más importantes de los insurgentes: la educación popular para que todos
los ciudadanos pudieran tener acceso a los conocimientos y a una preparación igualitaria, la abolición de la esclavitud y de la sociedad de castas, y
la erradicación de la tortura. Se anularon los tributos y se asentó el derecho
de los pueblos indígenas a recibir rentas por parte de quienes ocuparan
sus tierras; sin pretexto alguno, todos los empleos serían para los nacidos
en este país y ningún español podría tener empleo aunque se le hubiera
perdonado. Por supuesto que estos proyectos radicales se enfrentaban
a los de los grupos de poder en la Nueva España, tanto a los civiles como a
los eclesiásticos, por ello fue sumamente difícil llevarlos a cabo.
El Congreso de Anáhuac o Congreso de Chilpancingo estuvo constituido por seis diputados que fueron importantes ideólogos del movimiento
hasta la consumación de la Independencia, éstos fueron: Ignacio López Rayón, José Sixto Verdusco, José María Liceaga, Andrés Quintana Roo, Carlos
María de Bustamante, José María Cos y Cornelio Ortiz Zárate, a quienes,
más tarde, se sumaron José María Murguía y José Manuel de Herrera. Estos diputados, en representación de la población de la Nueva España, firmaron el Acta Solemne de la Declaración de Independencia de la América
Septentrional; acto con el cual el movimiento cobró su verdadera dimensión
insurgente. Esta acta es fundamental para comprender los inicios de nuestro
constitucionalismo, que en aquel momento aún se hallaba en proceso de
creación. Sin embargo, lo que existía en la teoría tomaría muchos años para
llevarse a la práctica.
José María Morelos, de imponente figura, con el paliacate en la cabeza
que cubría con un sombrero de ala ancha para protegerse del sol, vestido
siempre en forma impecable con sus botas de montar, fue el generalísimo
del ejército rebelde; sus campañas, de corte épico y dignas de un sitio de
honor en la historia nacional, fueron triunfos militares que dieron una nueva
26
fuerza a la revolución que se extendió por todos los rincones del territorio. Bajo su mando tomaron las armas muchos jóvenes que, cansados y
mal vestidos, desfilaron con el Ejército Trigarante el día de la Independencia
de México. Verdaderas tragedias humanas tuvieron lugar en la lucha por
nuestra Independencia; cientos y miles de capítulos que, en su mayoría, no
conoceremos y que están detrás de nuestra soberanía. La fuerza de esa
sangre derramada era el motivo que hacía a los sobrevivientes continuar en
la lucha. ¿Cuántas promesas no se harían al agonizar entre los brazos de los
compañeros de armas?, ¿cuántas lágrimas y cuánto dolor llenarían las horas
y los días en esos años?
Después de la captura y del fusilamiento del generalísimo José María
Morelos, la insurgencia de la Nueva España quedó en manos de los distintos generales que destacaron y sobrevivieron hasta ese momento. Vicente
Guerrero, Nicolás Bravo, Valerio Trujano, Nicolás León y Guadalupe Victoria
son algunos de los más importantes, pero fue Guerrero quien asumió el liderazgo moral en esta tercera etapa del alzamiento y quien logró consolidar
su triunfo mediante la tregua de Acatempan.
27
TERCERA ETAPA
DE LA INSURGENCIA
L
a política de combate directo de Calleja fracasó y al ver que todos
conspiraban contra él se desesperó y llegó al extremo de capturar
a un grupo de jóvenes criollos de las familias más importantes de
la Nueva España para enviarlos como prisioneros políticos a la península.
La reacción por parte de los poderosos novohispanos no se hizo esperar:
obtuvieron la devolución de sus hijos, el perdón del rey de España y la
destitución inmediata de Calleja. En su lugar el rey nombró a Apodaca,
conocido por sus dotes diplomáticas para solucionar problemas con negociaciones y no con acciones militares. La corte española temía perder a
una de sus más ricas y poderosas colonias de ultramar, ya que alrededor
de tres cuartas partes de los ingresos coloniales de España provenían de
la Nueva España.
Apodaca sabía que la desgastante lucha había minado la resistencia
de muchos de los sublevados; como conocedor de la naturaleza humana,
otorgó el indulto, sin represalias de ninguna especie, a quienes así lo desearan. Muchos civiles e intelectuales aceptaron de inmediato renunciar a
la insurgencia; entre ellos el doctor José María Cos, Carlos María de Bustamante, Sotero Castañeda, Francisco Osorno, el licenciado José Manuel de
Herrera y Ramón López Rayón. Muchos más como Ignacio López Rayón,
Nicolás Bravo, José Sixto Verduzco, Mier y Terán fueron hechos prisioneros;
algunos de ellos aceptaron pasarse a las filas del virrey. Al frente de la lucha
independentista quedaron los generales Vicente Guerrero y Guadalupe Victoria, quienes jamás aceptaron rendirse ni abandonar la lucha por la libertad
de la tierra en donde nacieron. Esto les valió el reconocimiento de la nación,
y debido al gran prestigio, a ambos generales les tocó dirigir el destino de la
primera república federal, al inicio de un convulso y agotador siglo XIX.
28
EXPEDICION DE MINA
D
urante la etapa dirigida por Miguel Hidalgo, el movimiento se desbordó: familias enteras se lanzaron tras los jefes insurgentes formando
una masa desordenada y anárquica que impedía una eficaz acción
militar. Bajo el liderazgo de José María Morelos se consolidó un primer ejército insurgente gracias a que el generalísimo les dijo a los campesinos que
serían mucho más útiles si continuaban trabajando la tierra para no dejar
sin alimento a la población del país. Les explicó que cada persona tenía un
deber de acuerdo con su profesión y que no debían abandonar los pueblos,
pues los militares experimentados serían los encargados de la guerra. En
la tercera etapa, que culminó bajo el liderazgo de Guerrero, el alzamiento
contaba con muchos veteranos en el combate que dominaban la lucha de
guerrillas y que pudieron acosar al enemigo con una inmensa libertad de
acción, pero que tenían pocas posibilidades de triunfar.
Por este motivo, los conspiradores decidieron buscar apoyo en el extranjero y organizaron, en 1817, la expedición de Francisco Javier Mina. Fray
Servando Teresa de Mier, quien se encontraba exiliado en Londres, convenció al joven navarro, quien también se hallaba en el exilio a causa de sus
ideas liberales, para encabezar esta incursión y convertirse en el libertador
de la nación mexicana. Mina se inflamó de entusiasmo ante las vehementes
palabras de fray Servando y, al frente de una expedición que contó con numerosos voluntarios de distintas naciones, viajó a América.
Antes de ofrecerse como voluntario para luchar por la libertad de la
América hispana, este militar navarro luchó como guerrillero, primero contra
los invasores franceses y, después, contra el absolutismo de Fernando VII.
Era un joven que vivía para el ideal de la libertad y afirmaba que su deseo no
era el de la conquista sino el de la emancipación. En Londres recibió dinero
de parte de muchos partidarios de la Independencia, como los hermanos
Fagoaga, quienes además le proporcionaron armas, buques y voluntarios
para la guerra. La expedición llegó a Haití, nación recién liberada, y después a
Nueva Orleáns, donde la insurgencia adquirió, a crédito, armas, buques,
municiones, alimentos y dinero que nuestro abatido país tuvo que pagar en
1841 con intereses incluidos.
29
En Nueva Orleáns, los recién llegados reclutaron a varios soldados profesionales, secundados por muchos voluntarios e, incluso, por regimientos enteros de patriotas estadounidenses que se sumaron a la causa por
un sentimiento fraterno e internacionalista, pues tenían muy poco tiempo
de haberse independizado de Inglaterra. Se embarcaron con el objetivo de
llegar al área de influencia de Guadalupe Victoria, en Boquilla de Piedras,
Veracruz, pero el virrey de la Nueva España, Juan Ruiz de Apodaca, advertido de estos movimientos por Luis de Onís, el ministro español en Nueva
Orleáns, tomó medidas que obligaron a la expedición a desembarcar muy
al norte, en la costa de Tamaulipas, lo que significó una distancia inmensa
que recorrer antes de poder llegar al centro del país y entrar en contacto con
los núcleos insurgentes de mayor poder.
Numerosos batallones estadounidenses prefirieron volver a su país;
otros se quedaron para salvar el honor, y el grueso de la fuerza expedicionaria fue diezmado por el ejército virreinal. Los sobrevivientes se dispersaron
y se unieron a los insurgentes de Jalisco y de El Bajío. A la larga, el joven
militar de Navarra, Francisco Javier Mina, fue capturado y fusilado. El desaliento cundió entre los mexicanos. En los años siguientes, los partidarios
de nuestra independencia intentaron, desde Londres, organizar una nueva
expedición conformada por cientos de voluntarios de todo el mundo con el
apoyo financiero y personal de los patriotas de Chile, Buenos Aires y Colombia, pero el proyecto no se llevó a cabo y los planes fueron arrastrados por
el viento de la historia.
Tras el fusilamiento de Mina, los generales mexicanos Guerrero y Victoria, entre otros jefes regionales, retomaron el liderazgo y el estandarte de la
lucha por la independencia en un momento en el que todo parecía perdido.
Los planes para la Independencia de la Nueva España parecían tardar
demasiado. Muchas naciones hispanoamericanas ya la habían conseguido,
mientras México seguía atado a los caprichos de la corte española. Los
conspiradores se encontraban cada vez más desesperados. Muy pronto, el
cambio en la vida política de España se vería reflejado, dramáticamente, en
nuestro país.
30
CONSPIRACION
DE LA PROFESA
E
n 1820 se restauró la Constitución de Cádiz y se elaboró una serie
de reformas de carácter económico, político y social destinadas a
mejorar la relación de España con las colonias que aún le pertenecían. Las reformas incluían la libertad de imprenta, la supresión del fuero
eclesiástico y la disminución del poder de la Iglesia en distintos órdenes
de la vida, especialmente en el económico. Esto hizo que la situación en
la Nueva España diera un giro radical: de nuevo los miembros de la élite
criolla buscaron la independencia total y restablecieron el contacto con los
líderes de la insurgencia, pues veían en peligro sus intereses económicos
a causa de las medidas radicales españolas, al grado de que, incluso la
Iglesia novohispana favorecía la independencia ante el temor de perder sus
privilegios, que eran casi absolutos. Por parte de los ciudadanos en general,
el deseo natural de ver lograda la autonomía se reforzó a partir del regreso
de las ideas constitucionalistas y de la independencia de varias naciones
sudamericanas.
La Corona española pretendía reformar y limitar la propiedad eclesiástica, eliminar las órdenes monásticas, desaparecer el tribunal de la Inquisición y sus prácticas de la tortura como una forma jurídica. Si esto se llevaba
a cabo en España, se afectarían muchos intereses en la Nueva España,
donde un buen porcentaje de la economía estaba controlado por la Iglesia.
Los sectores más poderosos de las distintas órdenes eclesiásticas y los
propietarios vinculados a éstos decidieron que la independencia era la única vía para contrarrestar esta amenaza y mantener las estructuras sociales
tal y como estaban.
El virrey Juan Ruiz de Apodaca y los miembros de la Real Audiencia
juraron la Constitución de Cádiz, acatando así las medidas anticlericales
españolas, lo cual provocó la alarma de los grandes jerarcas de la Iglesia
y del mundo empresarial novohispano. Debían conseguir la independencia
antes de caer en manos de los radicales ministros de la corte española y
perder sus privilegios.
Varios de los personajes más interesados en conseguir la autonomía
total de la península se reunieron en la iglesia de La Profesa; algunos firmaron el Acta de Independencia y consideraron urgente conseguir un líder
31
criollo que fuera militar de carrera para que el ejército entero se pusiera bajo
sus órdenes; alguien que tomara el lugar que Mina no pudo ocupar. Necesitaban un libertador que unificara a todos los grupos en conflicto para
lograr la emancipación. Entre los conspiradores de La Profesa había varios
de los antiguos Guadalupes, es decir, de los conspiradores originales de
la Independencia, como María Ignacia Rodríguez de Velasco y la célebre
Güera Rodríguez. Los Guadalupes se pusieron de inmediato en contacto
con la Junta Nacional de los insurgentes para que tomaran las medidas
pertinentes; la junta le comunicó al general Vicente Guerrero que el puesto
de libertador estaba vacante.
Vicente Guerrero, como líder militar de la insurgencia, envió mensajes
confidenciales a los generales realistas Carlos Moya y José Gabriel Armijo,
pero ambos declinaron la propuesta de convertirse en libertadores de la
Nueva España y le informaron al virrey acerca de estas extrañas propuestas. Después de revisar a los candidatos y de conversar con ellos para
conocer su ideología y su personalidad, se propuso, en La Profesa, al general Agustín de Iturbide, cuya ambición personal era notable. El militar se
hallaba en la capital en ese tiempo debido a que los pobladores de El Bajío
habían puesto una denuncia por sus abusos y atropellos, y se encontraba
lejos de todo mando militar para que no cometiera más injusticias.
Durante la segunda etapa del movimiento, en 1814, Iturbide se desempeñaba como militar en El Bajío, donde se dio a conocer como uno de
los personajes más crueles de la guerra; echaba a la suerte la vida de sus
prisioneros y, en una ocasión, expidió el siguiente bando de guerra:
Que las mujeres, madres y más próximos parientes de los rebeldes que
se hallaran separados de éstos, se retirasen de los pueblos dentro de
cierto tiempo y fuesen a unirse con sus maridos, hijos y consanguíneos,
a pena de que las personas que así no lo ejecutasen serían presas.
Como la resistencia femenina era muy fuerte y lo obstaculizaba, Iturbide
ordenó que se les quitara la vida:
…las mujeres aprehendidas lejos de sus padres, esposos, hijos, hermanos [insurgentes], etc., deberán ser diezmadas, quintadas o terciadas [padeciendo] irremisiblemente la decapitación.
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En 1819, el coronel de la infantería provincial de Celaya, Agustín de
Iturbide, era el jefe militar del Ejército del Norte. Controlaba toda la zona de
El Bajío. Su demarcación hacía frontera con la división de Ixtlahuaca, que
operaba sobre Maravatío, Zitácuaro y Cóporo, y con la división de Querétaro, cuya influencia llegaba al norte de la Sierra Gorda y al camino de Tierra
Adentro, desde San Juan del Río hasta Celaya.
Iturbide tenía el control desde las provincias de Valladolid y Guanajuato hasta las fronteras de Nueva Galicia, Zacatecas y Potosí. Su ejército se
subdividía en varias secciones, destacamentos y puestos militares. Debía
conducir a buen destino los convoyes llenos de plata y de mercancías del
interior, de lo cual se beneficiaba lo mejor que podía.
Agustín de Iturbide había realizado tal cantidad de abusos y atropellos
en El Bajío que todos le temían. Indignada, la madre de Lucas Alamán, María
Ignacia, acompañada por la condesa de Casa Rul, lo denunció con el virrey.
Las principales casas nobles de Querétaro y de Guanajuato firmaron una petición dirigida a Apodaca, pidiendo que lo removiera de ese puesto. Tantas
y tan serias eran las acusaciones que éste, finalmente, lo retiró del mando
militar de la provincia de Guanajuato y lo llamó a la capital para responder a
los cargos que se le hacían por numerosos abusos de poder en la región de
El Bajío, al tiempo que solicitaba informes a personas fidedignas para realizar
un proceso jurídico y conocer la verdad. Era tanto el temor que despertaba
Iturbide, hombre cruel y vengativo, que muchos mintieron pensando en las
represalias. Sólo un respetado eclesiástico guanajuatense, el doctor Labarrieta, describió con detalle los atropellos, las extorsiones, los abusos de poder, las venganzas personales y las exageraciones en sus partes militares:
…concluyendo, en cuanto a la conducta cristiana de Iturbide, que no
podía haber en él un fondo sólido de religión, por ser ésta incompatible
con la inhumanidad y con todos los excesos que había referido, no obstante las prácticas exteriores de oír misa y rezar el rosario, aunque fuese
a la una de la mañana en voz alta, para que los soldados lo oyesen,
asegurando que por todas estas causas Iturbide había hecho con tales
manejos más insurgentes que los que había destruido con su tropa, y
que no había un solo hombre en toda la provincia que no lo detestase,
excepto sus criaturas, por lo que cuando se hizo pública su remoción
pensaron en hacer una misa de gracias.
33
Iturbide, sabiendo que los empresarios mineros eran los habitantes
más acaudalados del reino, pedía, además de las pesadas contribuciones
fiscales de guerra, excesivos préstamos forzosos. En una ocasión exigió
sesenta mil pesos a los mineros de Guanajuato. Para dárselos tuvieron que
vender la plata en pasta a muy bajo precio; después se dieron cuenta de
que el dinero fue a parar a manos del agente comercial de Iturbide en esa
misma ciudad.
A pesar de que contrató un buen abogado, de que Calleja testificó a su
favor y de que el virrey lo declaró absuelto, su nombre quedó manchado y por
ello estaba furioso. No volvió a tomar el mando del Ejército del Norte y permaneció en la capital gastándose el dinero mal habido hasta que los acontecimientos políticos lo hicieron tomar un papel protagónico en la historia.
La lucha por la Independencia de estas tierras había iniciado hacía diez
años con el grito de libertad de Miguel Hidalgo, en Dolores; la culminación
de los esfuerzos, el triunfo de todos los que dieron la vida por esta causa a
la que llamaban santa y suprema, la libertad y la independencia de América,
llegaban a su esperada conclusión.
34
HACIA LA
TREGUA DE ACATEMPAN
U
na vez restablecido el diálogo entre Agustín de Iturbide y Vicente
Guerrero, la correspondencia entre ambos fluyó para llegar a un
acuerdo. El simbólico punto de reunión sería cerca de Acatempan.
Vicente Guerrero continuaba con vida gracias a su profunda desconfianza,
pues como se explicó anteriormente, él sabía que Iturbide era un hombre
cruel y despiadado, por lo que, según dicen, decidió acudir disfrazado de
uno más de la tropa para ver con sus propios ojos que se cumpliera el pacto.
El llamado abrazo de Acatempan, que mejor debiera llamarse tregua de Acatempan, simbolizó el verdadero final de la agotadora guerra de Independencia y el inicio de un nuevo orden. Por fin todos los grupos que conformaban
este vasto e inmenso territorio estaban en paz.
El encuentro en Acatempan significó el pacto entre las fuerzas del ejército virreinal y la insurgencia. José Figueroa actuó en representación total de
Guerrero, general de los Ejércitos del Sur y principal líder de la revolución.
Llevaba los documentos que lo acreditaban como representante absoluto
de Guerrero y algunos regalos del general; entre ellos, dos finísimos diamantes octaedros que más tarde serían calificados por el doctor Andrés del Río,
en el Palacio de Minería, como diamantes puros. Su origen se desconoce,
quizá alguna dama noble los donó a la causa, o tal vez aparecieron en alguno de los cargamentos capturados al enemigo; incluso hay quien piensa que
pertenecieron a la virgen de la iglesia de Tuxtla. Existen múltiples versiones
debido a la tradición oral que aún pervive en nuestro país y que cuenta siempre distintas variantes de los hechos con increíbles cambios.
Poco después de la reunión en Acatempan, Vicente Guerrero se entrevistó en persona con Agustín de Iturbide en la hacienda de Mazatlán y, llevados
por el entusiasmo de este encuentro, los antiguos contrincantes se dieron
un abrazo en señal de paz. Luego, se sentaron rodeados de sus respectivos
estados mayores a disfrutar de un apetitoso refrigerio durante el cual hablaron del clima, de los caballos y de los ríos de la región; después, intercambiaron los documentos y precisiones que ambos llevaron a la reunión para
establecer los pormenores de la tregua y de las acciones futuras.
35
LAS TRES GARANTIAS Y
EL SIMBOLISMO PATRIOTICO
E
l Plan de Iguala tuvo como fundamento la religión, la unión y la independencia. Cada una de esas garantías fue fundamental para que
los jefes insurgentes se apegaran a la tregua y se consolidara el
ideal por el que habían luchado desde 1810. Estos ideales serán compartidos por los oficiales del ejército de la Nueva España durante los siete meses
que siguieron a esta reunión.
En Iguala, Guerrero e Iturbide decidieron aspectos importantes del futuro; por ejemplo, el diseño de la bandera, hecho a partir de las tres garantías
fundamentales para el nacimiento de la nación mexicana. Algunos historiadores relatan que fue idea del general Vicente Guerrero tomar los colores
de la sandía, ya que es una fruta característica de nuestra tierra; al parecer,
los demás aceptaron con alegría y se dio fin a la discusión cromática, pues,
hasta ese momento, la bandera insurgente llevaba los colores blanco, azul
y rojo. De acuerdo con la tradición, fue Iturbide, muy afecto a las modas y
los usos cortesanos, quien diseñó la bandera trigarante con tres franjas diagonales, la de arriba de color blanco, luego el verde y al final el rojo; en cada
uno de los colores destacaba una estrella amarilla de ocho picos en representación de cada una de las garantías y, en el centro del color blanco, una
corona que representaba la monarquía constitucional, que sería la forma de
gobierno del nuevo país, una letra A, por año, y el numeral 1° que simbolizaba el primer año de la nación.
El color blanco representaba la religión católica; el verde, la independencia y el rojo, la unión de todos los nacidos en el territorio nacional sin
distinción de clases u origen étnico. El sastre José Magdaleno Ocampo, en
Iguala, fue el encargado de coser la primera bandera mexicana y de entregarla a Iturbide.
En años posteriores hubo distintas versiones del significado de los colores; los contenidos cívicos en general aseguran que el color verde representa el territorio de la patria; el blanco, la unión del país y el rojo, la sangre
derramada por todos los héroes que defendieron nuestro suelo de las amenazas del enemigo.
La bandera del Imperio de Iturbide tenía tres franjas verticales de colores verde, blanco y rojo, con el águila mexicana coronada posada sobre el
38
nopal como un símbolo de la restauración del Imperio Mexicano. Se distinguía entre las naciones del mundo por su heráldica de origen prehispánico.
Varios líderes insurgentes, como José María Morelos, utilizaron el águila
en su bandera. El 9 de abril de 1823, instaurada la primera República Federal,
el Congreso Constituyente dispuso “que el escudo sea el águila mexicana
parada en el pie izquierdo sobre un nopal que nazca de una peña entre
las aguas de la laguna y agarrando con el derecho una culebra con actitud
de despedazarla con el pico” y que rodearan esta imagen dos ramas, una de
laurel y otra de encino.
En una hoja volante que se publicó el 28 de septiembre de 1821 se
lee lo siguiente:
Las águilas, derrocadas de su trono por la bárbara y usurpadora mano
de un Cortés, tres siglos anduvieron errantes sin tener dónde poder fijar
sus pies, han vuelto a recobrar su antiguo solio. Honor eterno, Militares
del Sur, al valor, a la constancia y al desinterés con que os habéis caracterizado. (Un Americano. “A los ciudadanos militares que componen
la división del Sr. D. Vicente Guerrero”, Benavente, México, 28 de septiembre de 1821.)
39
TRATADOS DE CORDOBA
E
l general Vicente Guerrero tenía el clásico sentido del humor mexicano, que cultiva la inocencia y la candidez del interlocutor para
envolverlo en una historia barroca y fantástica.
Durante muchos años, incluso durante su presidencia, Vicente sufrió
el acoso de infinidad de personajes que lo interrogaban directa o sutilmente acerca de una misteriosa mina de diamantes. Él se portaba suspicaz y
evasivo, y contaba distintos cuentos: “quizá hubiera geodas en la ribera de
algún río de una de tantas serranías” decía y se reía, para sus adentros,
de sus interlocutores mientras los vicenteaba a su gusto. Los científicos se
quebraban la cabeza y hasta hubo quien lo llamó descubridor de diamantes en nuestro país.
En Tierra Caliente se originó el verbo de uso popular vicentear, el cual
se refería a la actividad de ir a ver qué hacían los realistas. Después de
tantísimos años de guerra, el término equivale al de uso más generalizado:
semblantear, cachar, estudiar al otro, averiguar qué se trae, de dónde viene,
a dónde va y para qué. Si una persona lo hacía por alguna de estas causas
por indicaciones de Guerrero estaba vicenteando.
Tras vicentear a Iturbide, Guerrero al fin se entrevistó con él y, aunque
no estaba de acuerdo con un sistema monárquico, lo aceptó siempre y
cuando se mantuvieran los principios insurgentes de carácter social.
La noticia pronto se extendió a todo el país y el virrey Apodaca supo
que su gobierno estaba perdido. Al ver que Iturbide había traicionado su
confianza al hacerle creer que había logrado la paz en beneficio de España,
dejó el cargo, provisionalmente, en manos del mariscal Novella.
Una vez de acuerdo, los insurgentes y el ejército virreinal sumaban una
fuerza indestructible. Sólo quedaban en la región del sur del reino algunos
batallones de soldados peninsulares, que fueron puestos bajo la protección
de los criollos para impedir una tragedia y se procuró su inmediato embarco para España. Con el objeto de impedir que fueran linchados, se les
resguardó en la fortaleza de Perote.
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E
n el territorio aún llamado Nueva España, se preparaba todo para
el nacimiento de un nuevo país cuando, a perfecto destiempo,
desembarcó quien sería el último virrey, Juan O’Donojú.
De ideas liberales desde su juventud, O’Donojú pretendía gobernar un
país autónomo, pero dependiente de la Corona de España y, sin duda alguna, venía dispuesto a aplicar las reformas anticlericales que se llevaban
a cabo en la península ibérica.
Sin embargo, en México las cosas habían cambiado mucho. Iturbide
lo citó para una reunión en Córdoba, Veracruz, donde elaboraron un tratado mediante el cual la Corona podía recaer, en caso dado, en alguno de
ellos dos.
Si acaso no hubiese un infante español dispuesto a venir a gobernar,
el mando lo ocuparía un gobernante designado por los diputados de la
corte mexicana.
Existen distintas versiones acerca de una supuesta enfermedad de
Juan O’Donojú en Veracruz, las cuales son falsas; en efecto, algunas personas muy cercanas a él, quienes lo acompañaban desde España, enfermaron y murieron, pero el nuevo jefe político de la Nueva España gozaba
de perfecta salud cuando se entrevistó con Iturbide.
El Plan de Iguala fue el fundamento para la redacción de los Tratados
de Córdoba donde, el 24 de agosto de 1821, se reconoció la existencia
de la nueva nación bajo el nombre de Imperio Mexicano, con un gobierno
monárquico constitucional moderado que estableció su corte en la ciudad
de México, la capital del país.
El documento establecía que la Corona se le ofrecería a un infante
español y que, en caso de no existir nadie que asumiera este cargo, los
notables del reino podrían determinar quién la ocuparía.
Esta posibilidad abría el camino para las ambiciones tanto de O’Donojú,
quien estaba convencido de que venía a gobernar, como de Agustín de
Iturbide.
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Mientras se acordaba quién dirigiría el imperio, Juan O’Donojú y Agustín de Iturbide pasaron a formar parte de la Junta Provisional Gubernativa
junto a los hombres más notables y poderosos del reino. Ambos deseaban
ceñir la corona del Imperio Mexicano sobre sus sienes, a pesar de todas las
señales que les advertían no hacerlo.
La primera labor de la Junta Provisional Gubernativa fue convocar a la
conformación de las cortes para establecer el congreso y proceder a elaborar las leyes del nuevo país, con base en los principios del Plan de Iguala
y los Tratados de Córdoba.
Los españoles leales a la Corona y los soldados del rey fueron protegidos por O’ Donojú para que salieran por el puerto de Veracruz mediante
una capitulación honrosa y sin derramamiento de sangre.
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ITURBIDE
COMO LIBERTADOR
P
or lo general, estamos acostumbrados a pasar por alto los siete
meses transcurridos entre la firma del Plan de Iguala y la entrada
triunfal del Ejército de las Tres Garantías a la ciudad de México.
Sin embargo, ese periodo fue definitivo para conseguir la paz en todas las poblaciones de la Nueva España y para establecer alianzas militares y políticas.
Agustín de Iturbide, al mando de las fuerzas militares y con la alianza
de los antiguos grupos insurgentes, recorrió todo el territorio, especialmente las lejanas provincias internas, para lograr el consenso de los oficiales del ejército virreinal y convencerlos de unirse al Ejército Trigarante.
En realidad esa fue la hazaña de Iturbide, aunque la historia nacional,
empeñada en buscar héroes y villanos, oculta los actos políticos importantes que la objetividad histórica obliga a rescatar para un futuro más
consecuente con el pasado.
Iturbide traicionó al virrey Apodaca y, por tanto, al rey de España, al
hacerle creer que Guerrero se había rendido en forma voluntaria a la Corona española, y fue él quien engañó al gobierno español en favor de la
Independencia.
Desde el punto de vista mexicano, Iturbide fue un libertador, pero para
muchos oficiales del ejército virreinal el Plan de Iguala había sido un acto
de ingratitud y pronto hubo muchas deserciones.
Apodaca publicó una proclama donde advertía a los ciudadanos que
no prestaran atención a las comunicaciones, cartas u otros papeles seductores que Iturbide les dirigiera, pues iban en contra de la Constitución
y del rey, y que, además, iba en contra de la ley todo intento de separar
alguna parte de los territorios gobernados por la monarquía.
Para infortunio del virrey, ésa era la definición de Independencia: que
una parte del reino se separase del resto.
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Apodaca puso al frente del Ejército del Sur al brigadier Pascual de
Liñán, quien tenía como objetivo principal impedir el avance de Iturbide
hacia la capital.
Llamó al padre de Iturbide, a su esposa y a algún amigo suyo, y lo
mismo hizo con los parientes de Vicente Guerrero, a quienes convenció de
escribirle para que desistiera de su rebelión contra el gobierno.
Una vez convencido de la inutilidad de sus esfuerzos, Apodaca publicó en la Gaceta de México un decreto donde se asentaba que Iturbide
quedaba “fuera de la protección de la ley; que había perdido los derechos
de ciudadano español, y que toda comunicación con él era un delito que
castigarían los magistrados y jueces conforme a las leyes”.
EL DIA QUE EL EJERCITO
TRIGARANTE ENTRO
EN LA CIUDAD DE MEXICO
E
l 27 de septiembre de 1821, el Ejército de las Tres Garantías hizo
su entrada triunfal en la ciudad de México atravesando los campos cultivados y las huertas del actual Paseo de la Reforma hasta
llegar a la ciudad, que era poco más grande que lo que hoy es el Centro
Histórico; el cabildo de la ciudad le entregó las llaves de la capital en medio
de aclamaciones de todos los asistentes y se colocaron hermosos arcos
triunfales con flores e insignias. La gente decoró las fachadas y los balcones y, desde muy temprano, ocupó las calles de la ciudad para admirar el
desfile. Las banderitas tricolores ondeaban en todos lados y se inició así la
tradición del desfile militar que celebramos el 16 de septiembre para conmemorar el grito de Dolores, dado en la madrugada del 15 de septiembre
de 1810, que se considera el inicio histórico de la guerra de independencia.
La fecha se movió un día para que coincidiera con el cumpleaños del general Porfirio Díaz, el 16 de septiembre; desde entonces no se ha modificado
el calendario cívico.
El juramento solemne de la Independencia se llevó a cabo en un templete decorado con alegorías patrióticas y, tras éste, se izó el pendón imperial en el balcón central de Palacio Nacional.
En la catedral, Iturbide fue recibido por el arzobispo y los miembros del
cabildo eclesiástico y se dio paso a una fastuosa ceremonia de acción de
gracias. Hubo funciones teatrales y un abundante banquete para celebrar el
triunfo. Existe un relato minucioso al respecto:
La comida empezó a las cuatro. Se ha dicho que la mesa en forma de herradura constó de 300 cubiertos. Orden de asientos: el general en el centro; a la derecha el señor O’Donojú; a la izquierda el señor obispo de Puebla, y a la de éste el padre del general, de 81 años, fuerte y vigoroso como
un roble. El primer brindis fue el del señor obispo de Puebla y lo motivó
en la circunstancia de ser aquel día el mismo en que el general cumplió
los 38 años de edad, noticia plausible que sorprendió al auditorio y que
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aumentó el regocijo. Hubo refrescos a la noche, por lo cual dio el ayunta­
miento siete mil pesos. (Noticias fidedignas sacadas de una carta de
México, 30 de septiembre de 1821. Hoja volante que reprodujo la carta
en Puebla el 4 de octubre de 1821. Imprenta de Pedro de la Rosa.)
Al día siguiente se firmó el Acta de Independencia de nuestro país, donde se puede leer lo siguiente: “La nación mexicana que por trescientos años
ni ha tenido voluntad propia, ni libre uso de la voz, sale hoy de la opresión
en que ha vivido”; así se hizo una revaloración del pasado prehispánico para
la gloria y el orgullo nacionales. La firma de Juan O’Donojú no aparece en
el acta, lo que se ha interpretado como consecuencia de su enfermedad;
sin embargo, el jefe político de la Nueva España continuaba gozando de
perfecta salud y no firmó el documento porque no estaba de acuerdo con
la Independencia. O’Donojú moriría pocos días después. Fue sepultado en
las criptas del Altar de los Reyes en la catedral metropolitana de la ciudad de
México. El Acta de Independencia se daría a conocer en los primeros días
de octubre en la Gaceta del Imperio.
El detalle de la muerte de O’Donojú no se conoció en ese momento,
cuando todo era festejo y alegría, pues nada podría ensombrecer la fiesta
de Independencia.
El día de la firma, la ciudad se engalanó como pocas veces en su historia: no en vano se festejaba una paz largamente anhelada y el feliz nacimiento de una nación independiente y soberana. Todo fue fiesta, alegría,
exaltación, diversión y esperanza ante las posibilidades que se abrían en el
horizonte de la Ciudad de los Palacios. Se elaboraron innumerables arcos
triunfales, carros alegóricos, pinturas y obras populares que encarnaban a
los héroes de la patria; ésta era representada como una mujer, a veces
criolla, a veces indígena, que rompía sus cadenas y era coronada por los
héroes; mientras que el águila, símbolo de la auténtica nación mexicana,
levantaba orgullosa el vuelo y en no pocas representaciones vencía y humillaba al león español. Un poeta de Guadalajara escribió lo siguiente:
A ti se te ha debido
destrozar la melena al león hispano.
Tú has tremolado al viento los pendones
de nuevos mexicanos escuadrones...
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(“Don Agustín de Iturbide”, Gaceta de Guadalajara, núm. 30,
3 octubre de 1821.)
Cada uno de los ciudadanos ilustrados de la naciente nación tenía sus
propias ideas para el futuro. Todos deseaban tener la razón y, dada la absoluta libertad de imprenta, muchos publicaron manifiestos y proclamas
acerca de lo que debía ser el país. En un panfleto circularon los siguientes
versos, donde la patria celebraba su liberación:
Unida por tres siglos he vivido
al gobierno español violentamente
y con suavidad he conseguido
por mis hijos el ser independiente:
gloriosa libertad he merecido
con la que ceñirá mi augusta frente
el laurel del imperio mexicano
a pesar del esfuerzo del hispano.
(Un religioso del convento de San Francisco, “Sencilla manifestación
de las funciones con que la villa de San Miguel el Grande solemnizó la
jura de las Tres Garantías”, Imprenta de Mariano de Zúñiga y Ontiveros,
México, 1822.)
Los festejos para el juramento de la Independencia se organizaron en
todas las poblaciones de México. En algunos lugares, las campanas no paraban de sonar; en Querétaro se ordenó que todos los poblados circundantes
tocaran tres repiques de campanas diarios durante cinco días. En todos los
sitios se celebró la Independencia con gran fiesta y alegría. Dada la trascendencia del acto, las ceremonias fueron muy elaboradas: en algunos pueblos
se realizó una misa solemne; en otros, se erigió un tablado en la plaza principal o en el interior del ayuntamiento. El acto tuvo un carácter de ritual sagrado
y de gran solemnidad. Se llevaron a cabo desfiles con carros alegóricos, se
prendieron fuegos artificiales y los artesanos elaboraron recuerdos del momento; también se lanzaban disparos al aire con los fusiles y salvas de cañones. En algunos sitios hubo danzas populares y, en otros, hubo corridas de
toros y representaciones teatrales; se elaboraron sermones alusivos que se
leían en las misas para explicar al pueblo el significado de las tres garantías.
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En el Teatro Imperial, la Compañía Nacional de Ópera cantó:
Todo aquel que tuviere
honor y ciencia
ha de querer que viva
la Independencia…
(“Boleros de la Independencia”, México, 1821.)
ambas naciones, el perdón de los que fueron inocentes, la resurrección
de la más tierna concordia entre nuestros enemigos y la felicidad perdurable de este imperio. Amén. (Mora de Taranguera, Nicolás, “Credo”, en
Quiera Dios que pare en bien esta nueva imposición, México, Imprenta
Americana, 1821.)
Con igual esperanza y un optimismo arrollador el siguiente sermón fue
predicado con gran ímpetu:
El panfleto de un criollo anónimo invitaba:
...al pueblo humilde de México a salir a recibir en triunfo a su libertador
el héroe Iturbide el día de su entrada, con ramos en la mano, regando el camino de flores por donde pase y gritando todos: ¡Viva la Religión! ¡Viva la Independencia! ¡Viva la Unión! ¡Viva nuestro Libertador, el
Gran de Iturbide! (“Aviso. Un europeo americano convida al pueblo
humilde de México”, México, 26 de septiembre de 1821.)
La exaltación y el entusiasmo se desbordaron a lo largo y ancho del territorio, aclamando la Independencia y otorgando a Iturbide el prestigio de
libertador con una desmesura que llegó a ubicarse muy por encima de
sus dimensiones humanas y de sus alcances políticos, para su propia
desventura en las páginas de nuestra historia, pues tuvo un fin trágico
en su penoso intento de volver a gobernar al país. Como aseguró Apodaca en
su momento, Iturbide era un hombre de una ambición desmedida. Las loas
y elogios lo elevaron, en ocasiones, a la categoría de un semidiós, como lo
muestra el siguiente Credo Trigarante:
Creo en la Junta Suprema que es protectora de esta monarquía y su
nación, y en el señor Iturbide su único Presidente que nació para liberar
a su pueblo, quien padeció bajo el poder de los tiranos, fue por esto
proclamado, aplaudido y elogiado. Descendió con su ejército a muchos
pueblos sacándolos del envilecimiento. Resucitó con los Tratados de
Córdoba la más viva esperanza de libertad. Subió a la Corte Mexicana, y está sentado a la diestra de la Patria. Desde allí ha de juzgar con
equidad a los europeos y americanos. Creo en el espíritu uniforme de la
nación, la cristiandad católica de los magistrados, la unión recíproca de
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De la ley veremos salir la libertad, de la libertad el útil trabajo, del trabajo la abundancia, de la abundancia la población y de la población
todos los medios imaginables. Nos ilustraremos con sabiduría: esto
hará una prudente libertad. Tendremos honor, ajustaremos nuestras
costumbres: esto lo obrará un buen gobierno. Preferiremos el interés
público a nuestro bien personal, nuestras virtudes serán más generales
y más sólidas: esto será efecto de la unión establecida y de la caridad
cristiana. Ved aquí lo muy poco que puedo pronosticar; pero sabed
que ni Apeles con su pincel, ni Homero con su pluma, ni el mismo Apolo con su armoniosa lira bastan a describir dignamente los bienes imponderables que le aguardan a México, si los sabe merecer. (Ludovico
de Lato Monte, “Catecismo de la Independencia”, México, Imprenta de
Mariano Ontiveros, 1821.)
En el conjunto de proyectos, manifiestos, panfletos y opiniones de los
ciudadanos resaltaba el optimismo por la Independencia y por el futuro de
la nación, aunque hubo zonas que se resistieron a jurarla y se les tuvo que
obligar a ello; como por ejemplo, San Pedro de Boca de Leones (Villadalma,
Nuevo León), Acapulco o San Blas, donde los españoles eran numerosos
y se resistían a perder sus privilegios y, sobre todo, su vínculo con la península. También hubo conflictos locales entre los distintos grupos de poder, por lo que resulta imposible generalizar esta alegría. En ocasiones, los
españoles se opusieron; en otras, se les quiso linchar y, en otras, la gente
simplemente no se ponía de acuerdo.
49
COMO CONSTRUIR
UN NUEVO PAIS
D
urante varios meses se vivió una época de entusiasmo, de proyectos, de esperanza y de libertad. Distintos ideólogos y políticos
reflexionaban sobre el porvenir. Todo estaba por hacerse y por
construirse. Se comenzó a desmantelar el antiguo régimen y a revalorar el
fundamento de la nación. Las miradas se concentraron en el glorioso pasado indígena, tan sobrevalorado que, en contraste, se oscureció todo lo
sucedido durante los siglos de la Colonia, borrando de un plumazo la deslumbrante ilustración mexicana que nada tenía que pedirle a ninguna de las
cortes europeas contemporáneas, mediante un discurso radical, impetuoso
y sumamente necesario en el difícil momento político que se vivía.
Entre las múltiples concepciones del futuro de la nación surgió la idea de
un Imperio Mexicano, que retomara la dinastía de los reyes aztecas para que
los indígenas volvieran a gobernar su patria y la grandeza del pasado retornara por sus fueros. En discursos como el de fray Servando Teresa de Mier
se aclamaba a los indígenas como los antiguos y legítimos dueños del país,
a quienes la ignominia de la Conquista no había logrado desaparecer. Carlos
María de Bustamante expresaba conceptos parecidos para exaltar la resurrección de los valores indígenas como fundamento de la nueva nación.
Muchas familias nobles mexicanas descendían de la antigua realeza
indígena y, de esta manera, legitimaban su poder y su linaje, pues pertenecían a una antigua élite que tres siglos después seguía conservando privilegios y detentando el poder; de criollos o ciudadanos de segunda pasaban
a ser ahora los legítimos gobernantes de este país. En el primer número de
la Gaceta Imperial de México se anunció que: “Después de trescientos años
de llorar el continente rico de la América Septentrional la destrucción del
imperio opulento de Moctezuma, un genio [...] en el corto periodo de siete
meses consigue que el Águila Mexicana vuele desde el Anáhuac hasta las
provincias más remotas del Septentrión, anunciando a los pueblos que está
restablecido el imperio más rico del globo”. De esta forma, se legitimaban
los blasones antiguos y se les devolvía el rango que perdieron durante la
dominación española.
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El país se encontraba, no obstante, en muy mal estado: la economía se
hallaba paralizada, en buena medida a causa de la guerra; las producciones
minera y agrícola se encontraban detenidas. Esto se debía, en parte, a que
mucha gente había escapado de las inhumanas condiciones de esclavitud
y explotación degradante en las que vivía. Otros huyeron para no sufrir la
leva de los realistas y de los insurgentes o para intentar rehacer su vida en
otro sitio.
El reto para los nuevos gobernantes era reactivar la vida económica
del país y para eso se necesitaba capital, por lo que solicitaron préstamos
a naciones extranjeras. El erario público prácticamente no tenía ingresos
propios, pues no se recibían impuestos, y la posibilidad de solicitar créditos
a particulares era muy difícil debido a que casi no había moneda circulante y
el país estaba bajo la amenaza de un intento de reconquista de España o de
una invasión por parte de alguna codiciosa nación extranjera que quisiera
tomar ventaja de la debilidad interna.
El breve primer Imperio Mexicano contrajo una deuda considerable con
Gran Bretaña por la cantidad de treinta y dos millones de pesos que, en
realidad, no se obtuvieron en su totalidad debido al bajo precio en que se
vendieron los bonos de la deuda externa mexicana y, también, a que se exigió un pago de adelanto de intereses; en total se recibieron once millones y
medio de pesos y, por desgracia, dada la absoluta inexperiencia financiera
de Iturbide y de la Junta Provisional Gubernativa, el dinero se gastó en cosas que no eran prioritarias, como el financiamiento de medios impresos y
el pago de armamento de segunda mano y de uniformes nuevos para las
fuerzas armadas.
En la Junta Provisional Gubernativa había integrantes de los antiguos
grupos de conspiradores insurgentes, algunos miembros del clero y varios
de los diputados electos para ir a Cádiz; era un grupo de personas con
intereses muy diversos y pronto sus divergencias salieron a flote, pues el
sistema de castas y privilegios de la élite seguía vigente.
Una de las funciones de la Junta Provisional era convocar a cortes para
establecer el Congreso Nacional. Existieron tres proyectos muy distintos
entre sí. El primero fue el de Iturbide, que proponía una cámara única con
representación proporcional de acuerdo con la importancia de las clases
sociales y con elección directa. Esto era sumamente injusto y dejaba a un
lado a los ayuntamientos. El proyecto de la Regencia proponía la existencia
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de dos cámaras: una alta, constituida por los representantes del clero y del
ejército, y por diputaciones provinciales; y una baja, conformada por ciudadanos. Había separación de clases y también se dejaba fuera a los ayuntamientos. La Junta Provisional Gubernativa presentó un tercer proyecto que
proponía una sola cámara sin separación de clases, sin representación proporcional y con elección indirecta; esto dejaba el poder en los cabildos, los
cuales controlaban las elecciones.
El congreso quedó constituido de acuerdo con el proyecto de la Junta
Provisional Gubernativa, lo que representaba el triunfo de la revolución de
independencia. Con el antecedente directo del Congreso de Chilpancingo
que actuó como organismo soberano de la nación independiente y como
fundamento de la sociedad. Era el ideal que había sido defendido por los
insurgentes durante once años de lucha incesante, pero pronto chocó con
los intereses del emperador, quien no estaba interesado en los proyectos
de transformación social.
Se podía notar el atraso cultural; existía una considerable desigualdad
entre los diversos sectores de mexicanos y el esfuerzo para cambiar esto tendría que ser titánico, pues había grandes masas analfabetas y ajenas a la vida
en común de la nación. En un documento emitido por los jueces foráneos a la
Soberana Junta Provisional Gubernativa podemos leer lo siguiente:
Los pueblos de esta preciosa parte de la América Septentrional han
estado hasta hoy apáticos y sumergidos en la ignorancia, sin que antes
de ahora se haya tratado otra cosa, que de mantenerlos en aquel su
antiguo estado, para lucrar con sus trabajos y producciones la inmensidad de sus riquezas, y para hacerlos de todos modos infelices. (“Oyen
y callan pero a su tiempo hablan. Representación dirigida a la Soberana
Junta Provisional Gubernativa por los Jueces Foráneos sobre vicios de
los ayuntamientos y nulidad en sus elecciones”, México, Imprenta de
Mariano Ontiveros, 1821.
ser el fundamento para edificar eficazmente a la nación. El maestro de
educación pública Andrés González Millán pronunció un discurso ante
Iturbide, el 21 de octubre de 1821, en el salón principal de Palacio Nacional. En su texto manifestó que la instrucción pública era la “única base
en que debe descansar la grandiosa obra de la Independencia mexicana
como único medio de la prosperidad [...] pues una instrucción precaria,
dará una precaria prosperidad”. La educación contiene los abusos de los
poderosos,
...ella del guerrero forma un héroe, porque instruido alcanza todos los
quilates de su glorioso deber y sabe que su desempeño es a favor de
un común instruido y no hay recompensa semejante a la instrucción
pública. [...] Ella desciende a visitar a todas las clases, nivela las almas
y les presenta la más halagüeña igualdad, el claro conocimiento de su
mutua independencia. (González Millán, Andrés, Educación pública,
única base en que debe descansar la grandiosa obra de la Independencia mexicana, como único medio de la prosperidad imperial, México,
Imprenta Benavente, 1821)
Se presentaron numerosos proyectos educativos para integrar a los indígenas a la vida nacional de la que habían estado relegados; hubo propuestas para la formación de maestros, para establecer el sistema lancasteriano
de educación y para fomentar la instrucción técnica con el fin de elevar el
nivel de conocimientos de los artesanos y de la burocracia; especialmente,
para los cargos de relaciones exteriores, que tienen como misión representar al país y cuidar los intereses económicos para el bien de todos.
La ignorancia y la falta de educación de la mayoría de la población
hacían imposible establecer un sistema democrático. Los intelectuales y
políticos de la época vieron que para elevar el nivel cultural de las masas
y para solucionar este gravísimo problema era necesario fomentar, de
inmediato, la educación. Se consideraba que la educación pública debía
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53
EL EFIMERO
IMPERIO DE ITURBIDE
A
Iurbide no le costó nada conseguir el puesto de emperador.
Dado que su principal defecto fue la vanidad, quizá creyó
merecerlo. Sus proyectos personales muy pronto chocarían
con la realidad.
Iturbide tenía un carácter autoritario y cuando podía, como lo hizo en
El Bajío, abusaba de su poder en su propio beneficio.
Como en realidad el proyecto de la Independencia no le había preocupado en el pasado, hasta el momento en que aceptó la propuesta de
ser el libertador y asumió como propio el Plan de Iguala redactado por
los conspiradores de La Profesa, Iturbide se adhirió a esos conceptos
sin aceptar jamás a los antiguos insurgentes, sus enemigos de siempre,
como componente integral del país que le fue encargado.
Su problema era entonces con el Congreso, compuesto por los diputados de la nación que, a diferencia de él que quería continuar con el
sistema político colonial y clasista, deseaban llevar a cabo las reformas
largamente anheladas por los independentistas.
El ambiente político comenzó a enrarecerse y, ante los ataques del
emperador, los antiguos insurgentes retomaron lo que mejor sabían hacer:
conspirar contra el gobierno autoritario para llevar a cabo los ideales constitucionales del movimiento. Esta vez la apuesta fue por la República.
El corregidor de Querétaro y su famosa esposa, cuya autoridad moral era innegable, comenzaron los encuentros en la sede original de la
conspiración de Dolores: la casa de Miguel Domínguez y Josefa Ortiz de
Domínguez.
Como veteranos de la lucha, se reunieron bajo su techo los sobrevivientes más poderosos de la guerra; entre ellos, Vicente Guerrero y Nicolás Bravo, herederos directos de la lucha de Hidalgo y de Morelos, y dos
de los más destacados generales de la insurgencia, con el mayor prestigio
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popular y, por lo tanto, con la mayor capacidad de convocatoria para levantar en armas a la población y derrocar al tirano.
Iturbide deseaba fortalecer al ejército y gran parte del escaso dinero
obtenido por la nación lo desperdició en uniformes nuevos, en lugar de
reforzar la infraestructura productiva.
Ante el desmesurado desperdicio, el Congreso comenzó a oponerse
a sus medidas e Iturbide, desesperado, lo disolvió y mandó capturar a los
generales insurgentes Nicolás Bravo y Vicente Guerrero, quienes residían
en la capital y lograron escapar para levantar en armas a los antiguos
partidarios de la Independencia.
Desde su nacimiento, nuestro país estuvo endeudado: primero con
los usureros nacionales y, casi de inmediato, con el extranjero. El ya mencionado préstamo para la expedición de Mina fue cobrado, con intereses,
a principios de la década de 1840. El antiguo sistema tributario se transformó por completo y los escasos ingresos produjeron una situación muy
grave cuya única constante era el déficit.
Cada mañana en Palacio Nacional se reunían el ministro de Hacienda
y el tesorero de la nación para definir los asuntos más apremiantes. Ejercer
el cargo de ministro de Hacienda en esa época implicaba una increíble
capacidad de improvisación y, sobre todo, un juicio a prueba de todo para
intentar distribuir los recursos lastimando a la menor cantidad posible de
gente, al recortar aquí para dar por allá un poquito más y, mediante el tino
y la providencia, intentar que el país no se desmoronara.
Iturbide pertenecía a la élite criolla y no se atrevió a llevar a los hechos
el fin de la esclavitud. La Comisión de Esclavos propuso que no se permitiera la introducción de más esclavos en el imperio y que, si así sucediera,
quedaran libres bajo la ley de asilo.
Los esclavos ya existentes serían rescatados conforme a la ley, pues,
al ser una propiedad, sus dueños deben ser indemnizados; también se
contaba con los sentimientos filantrópicos y humanitarios de sus propietarios para que los dejaran en libertad, y se propuso que, a partir del 24
de febrero de 1821, todos los hijos de esclavas nacieran libres y con derechos ciudadanos.
55
LA REPUBLICA FEDERAL
La Comisión de Esclavos pidió también que se abolieran los obrajes,
las panaderías, las tocinerías y todos los locales y las oficinas cerradas,
pues la gente que ahí trabajaba vivía en un estado semejante al de la esclavitud, así como el servicio personal de los indios; quienes los contrataran deberían retribuir el costo del servicio. (Comisión de Esclavos, México,
Imprenta Imperial, 1821.)
Con la complicidad del alto clero y de los representantes de las élites de la nación, Iturbide publicó el Reglamento Político Provisional, que
disminuía las libertades civiles y políticas de los ciudadanos, expandía la
injerencia de la Iglesia en todos los aspectos de la nueva nación y eliminaba la influencia de los diputados y de los representantes de la incipiente
clase media mexicana.
La oposición fue tan viva y tan generalizada que Iturbide, arrepentido,
mandó reinstalar el Congreso; pero ya era muy tarde y se vio obligado
a renunciar el 19 de marzo de 1823 y marchar al honroso exilio en Italia.
Diez días más tarde se reinstaló el Congreso y se estableció el sistema
republicano federal como forma de gobierno.
56
C
uando se reinstauró el Congreso Nacional, la clase media, jóvenes
que crecieron, los últimos once años, en una atmósfera de guerra
civil y de conflicto, buscaron buenos empleos para abrirse paso en
las nuevas estructuras. Asegurar un puesto, dentro de la burocracia gubernamental, era la forma clásica de ganarse la vida; esta tradición colonial quedó
tan arraigada dentro del naciente país que aún es un problema contemporáneo, pues todavía se observan sitios donde los puestos se heredan de
padres a hijos desde hace varias generaciones, como una forma segura
de subsistencia.
El pesado aparato burocrático que hoy conforma al Estado mexicano
se fincó desde el inicio de la vida independiente y forma parte de la cultura tradicional heredada de España. La naciente burocracia de este periodo
republicano estaba dispuesta a crear formas perdurables que garantizaran
su subsistencia en un medio sumamente endeble y fue respaldada por los
miembros de la logia masónica yorquina, los cuales habían formado parte de
las filas insurgentes y consideraban que ahora el nuevo gobierno debía retribuirles sus servicios con un buen empleo. Muchas instituciones coloniales
que dependían por entero de España desaparecieron y, entonces, se buscó
la creación de nuevos aparatos administrativos para reorganizar la nación.
Los dos primeros presidentes de la República mexicana, Guadalupe
Victoria y Vicente Guerrero, se enfrentaron con un reto gigantesco. El país
estaba en ruinas, no había capitales para comenzar a generar producción
propia y hubo que solicitar nuevos préstamos a países extranjeros. La amenaza de una invasión española estaba latente. Isidro Barradas desembarcó
en Tamaulipas, en un vano y fatuo intento de reconquista. Nadie lo secundó
y pronto se rindió ante los soldados mexicanos.
Por otra parte, el ejército no se podía descuidar ante los enemigos externos e internos, pero tampoco era posible abandonar los otros aspectos
de la economía nacional. Se votó por el libre mercado con la intención de
que, al liberar los aranceles y los impuestos absolutos que España mantuvo,
el comercio se reactivara por su cuenta y el sistema financiero comenzara
a cobrar nuevas fuerzas con base en el intercambio de bienes y productos
elaborados. México se hallaba en profunda desventaja frente a países como
Estados Unidos, que fabricaban muchos artículos; la producción nacional
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apenas cubría las materias primas y carecía de capacidad competitiva
frente a naciones más organizadas que creaban artículos baratos y de mejor
calidad. Muchas mercancías ingresaban a nuestro mercado de contrabando, con lo que los posibles ingresos por aranceles se perdían para el erario
nacional.
Para conseguir la autonomía financiera era indispensable invertir en la industria nacional y fortalecer la manufactura con el fin de entrar al mercado internacional en condiciones de igualdad. Se solicitaron préstamos para comprar maquinarias para la industria textil que generaron una fuerte oposición
por parte de los trabajadores y de los dueños de los talleres u obrajes textiles
tradicionales. Esto significó el gradual ingreso de nuestro país en la naciente
revolución industrial que gobernaba la vida de los países más poderosos del
mundo. La resistencia de los trabajadores a entrar en la modernidad propició
el atraso industrial, lo que, sumado a la caótica situación política que imperó
a lo largo de todo el siglo XIX, impidió que nuestro país fomentara la industria
nacional. México permaneció como una nación subordinada al producir únicamente materias primas y artículos de menor calidad. Este atavismo social
mantuvo vigentes las estructuras coloniales.
La naciente república se vería inmersa en conflictos constantes a lo largo de todo el siglo XIX, cuando se construyó, en medio de interminables
conflictos entre liberales y conservadores, la estructura de la nación. Los intereses extranjeros, sumados a la falta de unidad interna, resultaron en un
lento avance para mejorar la vida de nuestros antepasados. La tregua de
Acatempan fue un hermoso símbolo para una nación que viviría un siglo desgarrado y violento en el que se librarían cruentas batallas para conservar la
Independencia. Tal vez por eso Acatempan representó un ideal utópico para
nuestros antecesores y cobró fuerza como un símbolo de esperanza.
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INDICE DE IMAGENES
INDICE
LA PATRIA ES PRIMERO 7
TREGUA DE ACATEMPAN 10
LA LUCHA INSURGENTE 13
ANTES DE LA TREGUA 19
TERCERA ETAPA DE LA INSURGENCIA 28
EXPEDICION DE MINA 29
CONSPIRACION DE LA PROFESA 31
HACIA LA TREGUA DE ACATEMPAN 35
LAS TRES GARANTIAS Y EL SIMBOLISMO PATRIOTICO 38
VICENTEANDO A VICENTE 40
TRATADOS DE CORDOBA 41
EL PAPEL DE ITURBIDE COMO LIBERTADOR 43
EL DIA QUE EL EJERCITO TRIGARANTE 45
ENTRO EN LA CIUDAD DE MEXICO
COMO CONSTRUIR UN NUEVO PAIS
50
EL EFIMERO IMPERIO DE ITURBIDE 54
LA REPUBLICA FEDERAL 57
La primera reimpresión de
se realizó en la ciudad de México, en diciembre
de 2010 en los talleres de Comercializadora Gráfica,
calle 22 de Diciembre de 1860 núm. 1604-A, col. Leyes de
Reforma, CP 09310, México, DF. El tiraje consta de 1000
ejemplares. La edición se realizó en la Coordinación Nacional
de Difusión del inah: Benito Taibo, coordinador nacional;
Rodolfo Palma Rojo, director de Divulgación;
Catalina Miranda, subdirectora de Programas de Divulgación;
Karla Cano Sámano, jefa del Departamento de Impresos;
Karina Rosas Zambrano, diseño; Lola Díaz Barriga, corrección.
Se utilizaron los tipos Swis721 en 10, 11 y 13 puntos
y Conrad Veidt 13, 18 y 36.
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