Antología de textos de los Siglos de Oro

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©Esteban Arquillos
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1. Soneto de Juan Boscán
Aún bien no fui salido de la cuna,
ni del alma la leche hube dejado,
cuando el amor me tuvo condenado
a ser de los que siguen su fortuna.
Me dio luego miserias de una en una,
por hacerme costumbre en su cuidado;
después en mí de un golpe ha descargado
cuanto mal hay debajo de la luna.
En dolor fui criado y fui nacido,
dando de un triste paso en otro amargo,
tanto que si hay más paso es de la muerte.
¡Oh corazón, qué siempre has padecido!
Dime: ¿tan fuerte mal, cómo es tan largo?
Y mal tan largo, di: ¿cómo es tan fuerte?
©Esteban Arquillos
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2. Soneto de Garcilaso de la Vega
En tanto que de rosa y azucena
se muestra la color en vuestro gesto,
y que vuestro mirar ardiente, honesto,
enciende al corazón y lo refrena;
y en tanto que el cabello, que en la vena
del oro se escogió, con vuelo presto,
por el hermoso cuello blanco, enhiesto,
el viento mueve, esparce y desordena:
coged de vuestra alegre primavera
el dulce fruto, antes que el tiempo airado
cubra de nieve la hermosa cumbre;
marchitará la rosa el viento helado.
Todo lo mudará la edad ligera
por no hacer mudanza en su costumbre.
©Esteban Arquillos
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3. Soneto de Fernando de Herrera
Rojo sol que con hacha luminosa
coloras el purpúreo alto cielo,
¿hallaste tal belleza en todo el suelo,
que iguale a mi serena luz dichosa?
Aura suave, blanda y amorosa
que nos halagas con tu fresco vuelo;
cuando el oro descubre y rico velo
mi luz, ¿trenza tocaste más hermosa?
Luna, honor de la noche, ilustre coro
de los errantes astros y fijados
¿consideraste tales dos estrellas?
Sol puro, aura, luna, llamas de oro
¿oísteis mis dolores nunca usados?
¿visteis luz más ingrata a mis querellas?
©Esteban Arquillos
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4. Soneto dialogado de Francisco de Aldana
«¿Ya te vas, Tirsis?» «Ya me voy, luz mía.
«¡Ay, muerte!» «¡Ay, Galatea, qué mortal ida!»
«Tirsis, mi bien, ¿do vas?» «Do la partida
halle el último fin de mi alegría.»
«Luego ¿en saliendo el sol?» «Saliendo el día.»
«¿Te vas sin dilatar?» «Me voy sin vida.»
«¡Ay, Tirsis mío!» «¡Ay, gloria mía perdida!»
«¡Mi Tirsis!» «¡Galatea, mi estrella y guía!»
«¿Quién tal podrá creer?» «No hay quien tal crea.»
«¡Oh, muerte!» «Acabaré yo mis enojos.»
«¡Ay, grave mal! ¡Ay, mal grave y profundo!»
«Tirsis, adiós.» «Adiós, mi Galatea.»
«Tirsis, adiós.» «Adiós, luz de mis ojos.»
«¡Oh, lástima!» «¡Oh, piedad, sola en el mundo!»
©Esteban Arquillos
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5. Soneto de Lope de Vega
Desmayarse, atreverse, estar furioso,
áspero, tierno, liberal, esquivo,
alentado, mortal, difunto, vivo,
leal, traidor, cobarde y animoso;
no hallar fuera del bien centro y reposo,
mostrarse alegre, triste, humilde, altivo,
enojado, valiente, fugitivo,
satisfecho, ofendido, receloso;
huir el rostro al claro desengaño,
beber veneno por licor suave,
olvidar el provecho, amar el daño;
creer que un cielo en un infierno cabe,
dar la vida y el alma a un desengaño;
esto es amor, quien lo probó lo sabe.
©Esteban Arquillos
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6. Soneto de Sor Juana Inés de la Cruz
Miró Celia una rosa que en el prado
ostentaba feliz la pompa vana
y con afeites de carmín y grana
bañaba alegre el rostro delicado;
y dijo: Goza, sin temor del hado,
el curso breve de tu edad lozana,
pues no podrá la muerte de mañana
quitarte lo que hubieres hoy gozado.
Y aunque llega la muerte presurosa
y tu fragante vida se te aleja,
no sientas el morir tan bella y moza;
mira que la experiencia te aconseja
que es fortuna morirte siendo hermosa
y no ver el ultraje de ser vieja.
©Esteban Arquillos
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7. Soneto de Francisco de Quevedo
Miré los muros de la patria mía,
si un tiempo fuertes ya desmoronados
de la carrera de la edad cansados
por quien caduca ya su valentía.
Salime al campo: vi que el sol bebía
los arroyos del hielo desatados,
y del monte quejosos los ganados
que con sombras hurtó su luz al día.
Entré en mi casa: vi que amancillada
de anciana habitación era despojos,
mi báculo más corvo y menos fuerte.
Vencida de la edad sentí mi espada,
y no hallé cosa en que poner los ojos
que no fuese recuerdo de la muerte.
©Esteban Arquillos
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8. Fragmento de la Fábula de Polifemo y Galatea, de Luis de Góngora
(…)
Un monte era de miembros eminente
Este que —de Neptuno hijo fiero—
De un ojo ilustra el orbe de su frente,
Émulo casi del mayor lucero;
Cíclope a quien el pino más valiente
Bastón le obedecía tan ligero,
Y al grave peso junco tan delgado,
Que un día era bastón y otro cayado.
Negro el cabello, imitador undoso
De las oscuras aguas del Leteo,
Al viento que lo peina proceloso
Vuela sin orden, pende sin aseo;
Un torrente es su barba, impetuoso
Que —adusto hijo de este Pirineo—
Su pecho inunda— o tarde, o mal, o en vano
Surcada aun de los dedos de su mano.
(…)
©Esteban Arquillos
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9. Fragmento de El Político don Fernando el Católico, de Baltasar Gracián.
Este príncipe comprensivo, prudente, sagaz, penetrante, vivo, atento, sensible
y, en una palabra, sabio, fue el Católico Fernando, el rey de mayor capacidad que
ha habido, calificada con los hechos, ejercitada en tantas ocasiones; fue útil su
saber, y, aunque le sobró valor, jugó de maña. No fue afortunado Fernando, sino
prudente, que la prudencia es madre de la buena dicha. Comúnmente, es feliz, así
como la imprudencia es desgraciada: todos los más prudentes príncipes fueron
muy afortunados. (… )
Compitieron en Fernando el caudal y la aplicación para componer un rey perfecto, un monarca
máximo: cuarenta años reinó, sin desperdiciar uno tan sólo, y obró más que cuarenta reyes juntos.
(… )
Son varias las empresas de un rey, y todas ellas heroicas. Hanse de abrazar, como hacía el
primer Esteban de Hungría, no por elección, sino por ocasión. No las que le proponía el gusto a
Alejandro el Magno, sino las que pedía la necesidad al valeroso Alejandro Severo.
Así, que no todas las reducían Gustavo I de Suecia y Alfonso el Magnánimo de Nápoles al
valor, que hay otras muchas, y a veces de más reputación que las militares. Más gloria mereció
Justiniano por las leyes que Aureliano por las armas. Más célebre hizo a Fernando el haber
fundado el integérrimo, el celador, el Sacro Tribunal de la Inquisición, que por haber establecido
su monarquía. Y ganó más con haber echado de España los judíos que con haberla hecho señora
de tantas naciones.
Las del valor fueron plausibles en Carlos V; las de la
justicia, urgentes en Felipe II; las de la religión, gloriosas en
Felipe III; las del gobierno, heroicas en Felipe IV el Grande, y
todas juntas en Fernando. (… )
Conoció y supo estimar su gran poder; tenía tomado el
pulso a sus fuerzas y súpolas emplear; tenía tanteadas las de
sus enemigos y súpolas prevenir; sacando los españoles a las
provincias extrañas, los transformó en leones; acometiendo
siempre a los franceses, los venció siempre, y nunca dio
lugar a su prevención. Tenía comprendidas las naciones, y
dábales por su comer.
Pero la eminencia de este gran político estuvo en hacer
siempre la guerra con pólvora sorda. Esto es, sin el peligroso
y vano ruido del armar, sin asonadas de empresa, que
avisan a los contrarios, irritan a los neutrales y despiertan a
todos. Sin hacer del hacendado, cogía una plaza en el África,
un reino en España, una isla en el océano, una ciudad en
Italia, y todo esto con la presteza de un león. No hubo
hombre que así conociese la ocasión de una empresa, la
sazón de un negocio, la oportunidad para todo. (… )
Murió a los sesenta y cuatro años de su preciosa edad, y a los cuarenta de su feliz reinado.
Gran dicha de una monarquía cuando sus reyes mueren viejos y no comienzan niños. Vivió poco
en la fruición y eternamente en el deseo. El día que murieron Fernando y Carlos, su gran nieto,
lloró toda la cristiandad, alegrose toda la infidelidad; volviéronse las veces el día que perecieron
Selim y su hijo.
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Pero no murió Fernando, que los famosos
varones nunca mueren. Anda siempre la fama
por extremos. No hay medianía en los reyes.
Son conocidos, o por muy buenos, o por muy
malos. Así como hay unos prodigios gloriosos,
así hay otros monstruos detestables. Unos que
fueron basas de la monarquía para subir; otros,
tropiezos para caer: reyes de horror, de
escándalo, de infamia, cuya memoria se va
eternizando en los bronces de la tradición.
Unos acabaron con la Monarquía, como
Constantínulo con la de Grecia; otros con su
prosapia, como Childerico con la de Clodoveo,
y otros con la religión, como Enrico VIII de
Inglaterra. Comenzó a declinar el reino de
Israel en Roboán, por su imprudencia; en
Galieno el Imperio romano, por su flojedad; en
Caloxanes el griego, por su inadvertencia.
Pereció la monarquía de los asirios en
Sardanápalo, por sus delicias; en Astiages la
de los medos, por su tiranía; en Darío la de los
persas, por su descuido; en Rodrigo la de los
godos, por su lascivia; en Constantínulo la de
los griegos, por su incapacidad. Durarán
eternamente la falsedad de Tiberio, la
iniquidad de Calígula, la estolidez de Claudio,
la tiranía de Nerón, la lujuria de Heliogábalo, la insensibilidad de Galieno, la ineptitud de Carlos
el francés, la crueldad de Pedro el castellano, la flojedad de Sancho el portugués, la abominación
de Enrico IV el sueco, la infamia de Mauregato, la obstinación de Federico, la ceguera de Enrique
VIII. Temblando había de estar siempre un monarca de poder ser agregado a tan horrible caterva.
(… )
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10. Fragmento de El Lazarillo de Tormes. Anónimo. Novela picaresca.
Pues sepa V.M. ante todas cosas que a mí llaman Lázaro de Tormes, hijo de Tomé González y de
Antona Pérez, naturales de Tejares, aldea de Salamanca. Mi nacimiento fue dentro del río Tormes,
por la cual causa tome el sobrenombre, y fue desta manera. Mi padre, que Dios perdone, tenía
cargo de proveer una molienda de una aceña, que esta ribera de aquel río, en la cual fue molinero
mas de quince años; y estando mi madre una noche en
la aceña, preñada de mí, tomóle el parto y parióme allí:
de manera que con verdad puedo decir nacido en el río.
Pues siendo yo niño de ocho años, achacaron a mi
padre ciertas sangrías mal hechas en los costales de los
que allí a moler venían, por lo que fue preso, y confesó
y no negó y padeció persecución por justicia. Espero en
Dios que está en la Gloria, pues el Evangelio los llama
bienaventurados. En este tiempo se hizo cierta armada
contra moros, entre los cuales fue mi padre, que a la
sazón estaba desterrado por el desastre ya dicho, con
cargo de acemilero de un caballero que allá fue, y con
su señor, como leal criado, feneció su vida.
Mi viuda madre, como sin marido y sin abrigo se viese,
determinó arrimarse a los buenos por ser uno dellos, y
vínose a vivir a la ciudad, y alquiló una casilla, y
metióse a guisar de comer a ciertos estudiantes, y
lavaba la ropa a ciertos mozos de caballos del
Comendador de la Magdalena, de manera que fue
frecuentando las caballerizas. Ella y un hombre moreno de aquellos que las bestias curaban,
vinieron en conocimiento. Éste algunas veces se venía a nuestra casa, y se iba a la mañana; otras
veces de día llegaba a la puerta, en achaque de comprar huevos, y entrábase en casa. Yo al
principio de su entrada, pesábame con él y habíale miedo, viendo el color y mal gesto que tenía;
mas de que vi que con su venida mejoraba el comer, fuile queriendo bien, porque siempre traía
pan, pedazos de carne, y en el invierno leños, a que nos calentábamos.
De manera que, continuando con la posada y conversación, mi madre vino a darme un negrito
muy bonito, el cual yo brincaba y ayudaba a calentar. Y acuérdome que, estando el negro de mi
padre trebejando con el mozuelo, como el niño vía a mi madre y a mí blancos, y a él no, huía dél
con miedo para mi madre, y señalando con el dedo decía:
—¡Madre, coco!
Respondió él riendo:
—¡Hideputa!
Yo, aunque bien mochacho, noté aquella palabra de mi hermanico, y dije entre mí “¡Cuántos debe
de haber en el mundo que huyen de otros porque no se ven a sí mismos!”
Quiso nuestra fortuna que la conversación del Zaide, que así se llamaba, llegó a oídos del
mayordomo, y hecha pesquisa, halló que la mitad por medio de la cebada, que para las bestias le
daban, hurtaba, y salvados, leña, almohazas, mandiles, y las mantas y sábanas de los caballos
hacía perdidas, y cuando otra cosa no tenía, las bestias desherraba, y con todo esto acudía a mi
madre para criar a mi hermanico. No nos maravillemos de un clérigo ni fraile, porque el uno hurta
de los pobres y el otro de casa para sus devotas y para ayuda de otro tanto, cuando a un pobre
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esclavo el amor le animaba a esto. Y probósele cuanto digo y aun más,
porque a mí con amenazas me preguntaban, y como niño respondía, y descubría cuanto sabía con
miedo, hasta ciertas herraduras que por mandado de mi madre a un herrero vendí.
Al triste de mi padrastro azotaron y pringaron, y a mi madre pusieron pena por justicia, sobre el
acostumbrado centenario, que en casa del sobredicho Comendador no entrase, ni al lastimado
Zaide en la suya acogiese.
Por no echar la soga tras el caldero, la triste se esforzó y cumplió la sentencia; y por evitar peligro
y quitarse de malas lenguas, se fue a servir a los que al presente vivían en el mesón de la Solana; y
allí, padeciendo mil importunidades, se acabó de criar mi hermanico hasta que supo andar, y a mí
hasta ser buen mozuelo, que iba a los huéspedes por vino y candelas y por lo demás que me
mandaban.
En este tiempo vino a posar al mesón un ciego, el cual, pareciéndole que yo sería para adestralle,
me pidió a mi madre, y ella me encomendó a él, diciéndole como era hijo de un buen hombre, el
cual por ensalzar la fe había muerto en la de los Gelves, y que ella confiaba en Dios no saldría peor
hombre que mi padre, y que le rogaba me tratase bien y mirase por mí, pues era huérfano. Él le
respondió que así lo haría, y que me recibía no por mozo sino por hijo. Y así le comencé a servir y
adestrar a mi nuevo y viejo amo. (… )
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11. Fragmento de Vida del pícaro Guzmán de Alfarache. Mateo Alemán. Novela
picaresca muy famosa.
Desta manera caminé por aquella tierra toda hasta venir a dar en Zaragoza con mi persona.
Que no me dio pequeño contento aportar en aquella ciudad tan principal y generosa. Como la
mocedad instimulaba y el dinero sobraba y las damas della incitaban, me fui deteniendo allí
algunos días. Que todos y muchos más fueran muy pocos para
considerar y gozar de su grandeza.
Tan hermosos y fuertes edificios, tan buen gobierno, tanta provisión,
tan de buen precio todo, que casi daba de sí un olor de Italia. En sola
una cosa la hallé muy estraña y a mi parecer por entonces a la
primera vista muy terrible. Hízoseme dura de digerir y más de
poderse sufrir, porque no sabía la causa. Y fue ver cómo, conociendo
los hombres la condición de las mujeres, que muy pequeña ocasión
les basta para hacer de sus antojos leyes, formando de sombras
cuerpos, las quisiesen obligar a que, perdiendo el Desta manera
caminé por aquella tierra toda hasta venir a dar en Zaragoza con mi
persona. Que no me dio pequeño contento aportar en aquella ciudad tan principal y generosa.
Como la mocedad instimulaba y el dinero sobraba y las damas della incitaban, me fui
deteniendo allí algunos días. Que todos y muchos más fueran muy pocos para considerar y
gozar de su grandeza.
Tan hermosos y fuertes edificios, tan buen gobierno, tanta provisión, tan de
buen precio todo, que casi daba de sí un olor de Italia. En sola una cosa la
hallé muy estraña y a mi parecer por entonces a la primera vista muy
terrible. Hízoseme dura de digerir y más de poderse sufrir, porque no sabía
la causa. Y fue ver cómo, conociendo los hombres la condición de las
mujeres, que muy pequeña ocasión les basta para hacer de sus antojos leyes,
formando de sombras cuerpos, las quisiesen obligar a que, perdiendo el
decoro y respeto que a sus defuntos maridos deben, las dejen ellos puestas
de pies en la ocasión o en el despeñadero, de donde a muchas les hacen saltar por fuerza.
Íbame paseando por una espaciosa calle, que llaman el Coso, no mal puesto ni poco picado de
una hermosa viuda, moza y al parecer de calidad y rica. Estúvela mirando y estúvose queda.
Bien conoció mi cuidado; mas no se dio por entendida ni hizo algún semblante, como si yo no
fuera ni allí ella estuviera. Dile más vueltas que da un rocín de anoria, que no somos menos los
que solicitamos locuras tales; empero ni ella se mostraba esquiva o desgraciada ni yo le hablé
palabra, hasta que a mi parecer, enfadada de verme necio de tan callado, creo diría entre sí:
“¿Quién será este tan pintado pandero, que ha tenido a terreno de puntería dos horas y no ha
disparado ni aun abierto la boca?
Quitóse de allí. Aguardé que volviese a salir, con determinación de perder un virote, para
emendar el avieso; empero ¡a esotra puerta! Fuime a la posada y preguntéle al huésped, a el
descuido y dándole señas, quién sería o si la conocía, y respondióme:
—Aquesa señora es una viuda, no una, sino muchas veces muy hermosa.
Quise saber en qué modo, y díjome:
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—Tiene muchas hermosuras, que cualquiera bastaba en otra. Es hermosa
de su
rostro, como por él se deja ver. Eslo también de linaje, por ser de lo mejor de aquesta ciudad.
También lo es en riqueza, por haberle quedado mucha suya y de su marido. Y sobre toda
hermosura es la de su discreción.
Vi tan llena la medida, que luego temí que había de verter y dije a el huésped:
—¿Cómo sus deudos consienten, si tan principal es, que una señora, y tal, esté con tanto
riesgo? Porque juventud, hermosura, riqueza y libertad nunca la podrán llevar por buenas
estaciones. ¡Cuánto mejor sería hacerla volver a casar que consentirle viudez en e stado tan
peligroso!
Y díjome:
—No lo puede hacer sin grande pérdida, pues el día que segundare de matrimonio, perderá la
hacienda que de su marido goza, que no es poca, y siendo viuda, será siempre usufrutuaria de
toda.
Entonces dije:
—¡Oh dura gravamen! ¡Oh rigurosa cláusula! ¡Cuánto mejor le fuera hacer con esa señora y
otras tales lo que algunos y muchos acostumbran en Italia, que, cuando mueren, les dejan una
mandagenerosa, disponiendo que aquello se dé a su mujer el día que se casare, que para eso se
lo deja, sólo a fin que codiciosas della tomen estado y saquen su honor de peligro. (… )
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12. Fragmento de la Historia de la vida del Buscón llamado don Pablos; ejemplo de
vagamundos y espejo de tacaños, de Francisco de Quevedo. Novela picaresca.
Libro Primero: Capítulo V: De la entrada de Alcalá, patente y burlas que le
hicieron por nuevo
Antes que anocheciese salimos del mesón a la casa que nos tenían
alquilada, que estaba fuera la puerta de Santiago, patio de estudiantes
donde hay muchos juntos, aunque esta teníamos entre tres moradores
diferentes no más. Era el dueño y huésped de los que creen en Dios por
cortesía o sobre falso; moriscos los llaman en el pueblo. Recibióme, pues, el huésped con peor cara
que si yo fuera el Santísimo Sacramento. Ni sé si lo hizo porque le comenzásemos a tener respeto o
por ser natural suyo de ellos, que no es mucho que tenga mala condición quien no tiene buena ley.
Pusimos nuestro hatillo, acomodamos las camas y lo demás, y dormimos aquella noche.
Amaneció, y helos aquí en camisa a todos los estudiantes de la posada a pedir la patente a mi amo.
Él, que no sabía lo que era, preguntóme que qué querían, y yo, entre tanto, por lo que podía
suceder, me acomodé entre dos colchones y sólo tenía la media cabeza fuera, que parecía tortuga.
Pidieron dos docenas de reales; diéronselos y con tanto comenzaron una grita de l diablo, diciendo:
-¡Viva el compañero, y sea admitido en nuestra amistad! Goce de las preeminencias de antiguo.
Pueda tener sarna, andar manchado y padecer la hambre que todos.
Y con esto (¡mire V. Md. qué previlegios!) volaron por la escalera, y al mome nto nos vestimos
nosotros y tomamos el camino para escuelas. A mi amo apadrináronle unos colegiales conocidos
de su padre y entró en su general, pero yo, que había de entrar en otro diferente y fui solo,
comencé a temblar. Entré en el patio, y no hube metido bien un pie, cuando me encararon y
comenzaron a decir: -«¡Nuevo!». Yo por disimular di en reír, como que no hacía caso; mas no
bastó, porque llegándose a mí ocho o nueve, comenzaron a reírse. Púseme colorado; nunca Dios lo
permitiera, pues al instante se puso uno que estaba a mi lado las manos en las narices y
apartándose, dijo:
-Por resucitar está este Lázaro, según olisca.
Y con esto todos se apartaron tapándose las narices. Yo, que me pensé escapar, puse las manos
también y dije:
-V. Mds. tienen razón, que huele muy mal.
Dioles mucha risa y, apartándose, ya estaban juntos hasta ciento. Comenzaron a escarrar y tocar al
arma y en las toses y abrir y cerrar de las bocas, vi que se me aparejaban gargajos. En esto, un
manchegazo acatarrado hízome alarde de uno terrible, diciendo:
-Esto hago.
Yo entonces, que me vi perdido, dije:
-¡Juro a Dios que ma...!
Iba a decir te, pero fue tal la batería y lluvia que cayó sobre mí, que no pude acabar la razón. Yo
estaba cubierto el rostro con la capa, y tan blanco, que todos tiraban a mí, y era de ver cómo
tomaban la puntería. Estaba ya nevado de pies a cabeza, pero un bellaco, viéndome cubierto y que
no tenía en la cara cosa, arrancó hacia mí diciendo con gran cólera:
-¡Baste, no le déis con el palo!
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Que yo, según me trataban, creí de ellos que lo harían. Destapéme por ver lo
que
era, y al mismo tiempo, el que daba las voces me enclavó un gargajo en los dos ojos. Aquí se han
de considerar mis angustias. Levantó la infernal gente una grita que me aturdieron, y yo, según lo
que echaron sobre mí de sus estómagos, pensé que por ahorrar de médicos y boticas aguardan
nuevos para purgarse. Quisieron tras esto darme de pescozones pero no había dónde sin llevarse
en las manos la mitad del afeite de mi negra capa, ya blanca por mis pecados. Dejáronme, y iba
hecho zufaina de viejo a pura saliva. Fuime a casa, que apenas acerté, y fue ventura el ser de
mañana, pues sólo topé dos o tres muchachos, que debían de ser bien inclinados porque no me
tiraron más de cuatro o seis trapajos y luego me dejaron.
Entré en casa, y el morisco que me vio comenzóse a reír y a hacer como que quería escupirme. Yo,
que temí que lo hiciese, dije:
-Tené, huésped, que no soy Ecce-Homo.
Nunca lo dijera, porque me dio dos libras de porrazos, dándome sobre los hombros con las pesas
que tenía. Con esta ayuda de costa, medio derrengado, subí arriba; y en buscar por dónde asir la
sotana y el manteo para quitármelos, se pasó mucho rato. Al fin, le quité y me eché en la cama y
colguélo en una azutea. Vino mi amo y como me halló durmiendo y no sabía la asquerosa
aventura, enojóse y comenzó a darme repelones con tanta prisa, que a dos más, despierto calvo.
Levantéme dando voces y quejándome, y él, con más cólera,
dijo:
-¿Es buen modo de servir ése, Pablos? Ya es otra vida.
Yo, cuando oí decir «otra vida», entendí que era ya muerto,
y dije:
-Bien me anima V. Md. en mis trabajos. Vea cuál está
aquella sotana y manteo, que ha servido de pañizuelo a las
mayores narices que se han visto jamás en paso, y mire
estas costillas.
Y con esto empecé a llorar. Él, viendo mi llanto, creyólo, y
buscando la sotana y viéndola, compadecióse de mí y dijo:
-Pablos, abre el ojo que asan carne. Mira por ti, que aquí no
tienes otro padre ni madre.
Contéle todo lo que había pasado y mandóme desnudar y
llevar a mi aposento (que era donde dormían cuatro
criados de los huéspedes de casa). Acostéme y dormí; y con
esto, a la noche, después de haber comido y cenado bien, me
hallé fuerte y ya como si no hubiera pasado por mí nada. Pero,
cuando comienzan desgracias en uno, parece que nunca se han de acabar, que andan encadenadas
y unas traían a otras. Viniéronse a acostar los otros criados y, saludándome todos, me preguntaron
si estaba malo y cómo estaba en la cama. Yo les conté el caso y, al punto, como si en ellos no
hubiera mal ninguno, se empezaron a santiguar, diciendo:
-No se hiciera entre luteranos. ¿Hay tal maldad?
Otro decía:
-El retor tiene la culpa en no poner remedio. ¿Conocerá los que eran?
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Yo respondí que no, y agradecíles la merced que me mostraban hacer. Con
esto
se acabaron de desnudar, acostáronse, mataron la luz, y dormíme yo, que me parecía que estaba
con mi padre y mis hermanos.
Debían de ser las doce cuando el uno de ellos me despertó a puros gritos, diciendo:
-¡Ay, que me matan! ¡Ladrones!
Sonaban en su cama, entre estas voces, unos golpazos de látigo. Yo levanté la cabeza y dije:
-¿Qué es eso?
Y apenas la descubrí, cuando con una maroma me asentaron un azote con hijos en todas las
espaldas. Comencé a quejarme; quíseme levantar; quejábase el otro también; dábanme a mí sólo.
Yo comencé a decir:
-¡Justicia de Dios!
Pero menudeaban tanto los azotes sobre mí, que ya no me quedó, por haberme tirado las frazadas
abajo, otro remedio sino el de meterme debajo de la cama. Hícelo así, y al punto los tres que
dormían empezaron a dar gritos también, y como sonaban los azotes, yo creí que alguno de fuera
nos daba a todos. Entre tanto, aquel maldito que estaba junto a mí se pasó a mi cama y proveyó en
ella, y cubrióla, volviéndose a la suya. Cesaron los azotes y levantáronse con grandes gritos todos
cuatro, diciendo:
-¡Es gran bellaquería, y no ha de quedar así!
Yo todavía me estaba debajo de la cama quejándome como perro cogido entre puertas, tan
encogido que parecía galgo con calambre. Hicieron los otros que cerraban la puerta, y yo entonces
salí de donde estaba y subíme a mi cama, preguntando si acaso les habían hecho mal. Todos se
quejaban de muerte.
Acostéme y cubríme y torné a dormir, y como entre sueños me revolcase, cuando desperté
halléme proveído y hecho una necesaria. Levantáronse todos y yo tomé por achaque los azotes
para no vestirme. No había diablos que me moviesen de un lado. Estaba confuso, considerando si
acaso, con el miedo y la turbación, sin sentirlo, había hecho aquella vileza, o si entre sueños. Al fin,
yo me hallaba inocente y culpado y no sabía cómo disculparme.
Los compañeros se llegaron a mí, quejándose y muy disimulados, a preguntarme cómo estaba; yo
les dije que muy malo, porque me habían dado muchos azotes. Preguntábales yo que qué podía
haber sido, y ellos decían:
-A fe que no se escape, que el matemático nos lo dirá. Pero, dejando esto, veamos si estáis herido,
que os quejábades mucho.
Y diciendo esto, fueron a levantar la ropa con deseo de afrentarme. En esto, mi amo entró
diciendo:
-¿Es posible, Pablos, que no he de poder contigo? Son las ocho ¿y estáste en la cama? ¡Levántate
enhoramala!
Los otros, por asegurarme, contaron a don Diego el caso todo y pidiéronle que me dejase dormir.
Y decía uno:
-Y si V. Md. no lo cree, levantad, amigo.
Y agarraba de la ropa. Yo la tenía asida con los dientes por no mostrar la caca. Y cuando ellos
vieron que no había remedio por aquel camino, dijo uno:
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-¡Cuerpo de Dios y cómo hiede!
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Don Diego dijo lo mismo, porque era verdad, y luego, tras él, todos comenzaron a mirar si había
en el aposento algún servicio. Decían que no se podía estar allí. Dijo uno:
-¡Pues es muy bueno esto para haber de estudiar!
Miraron las camas y quitáronlas para ver debajo, y dijeron:
-Sin duda debajo de la de Pablos hay algo; pasémosle a una de las nuestras y miremos debajo de
ella.
Yo, que veía poco remedio en el negocio y que me iban a echar la garra, fingí que me había dado
mal de corazón: agarréme a los palos, hice visajes... Ellos, que sabían el misterio, apretaron
conmigo, diciendo:
-¡Gran lástima!
Don Diego me tomó el dedo del corazón y, al fin, entre los cinco me levantaro n, y al alzar las
sábanas fue tanta la risa de todos viendo los recientes no ya palominos sino palomos grandes, que
se hundía el aposento.
-¡Pobre de él! -decían los bellacos (yo hacía del desmayado)-; tírele V. Md. mucho de ese dedo del
corazón.
Y mi amo, entendiendo hacerme bien, tanto tiró que me le desconcertó. Los otros trataron de
darme un garrote en los muslos, y decían:
-El pobrecito agora sin duda se ensució, cuando le dio el mal.
¡Quién dirá lo que yo sentía, lo uno con la vergüenza, descoyuntado un dedo y a peligro de que
me diesen garrote! Al fin, de miedo de que me le diesen, que ya me tenían los cordeles en los
muslos, hice que había vuelto, y por presto que lo hice, como los bellacos iban con malicia, ya me
habían hecho dos dedos de señal en cada pierna. Dejáronme diciendo:
-¡Jesús, y qué flaco sois!
Yo lloraba de enojo, y ellos decían adrede:
-Más va en vuestra salud que en haberos ensuciado. Callá.
Y con esto me pusieron en la cama, después de haberme lavado, y se fueron.
Yo no hacía a solas sino considerar cómo casi era peor lo que había
pasado en Alcalá en un día que todo lo que me sucedió con Cabra. A
mediodía me vestí, limpié la sotana lo mejor que pude, lavándola como
gualdrapa, y aguardé a mi amo que, en llegando, me preguntó cómo
estaba. Comieron todos los de la casa y yo, aunque poco y de mala
gana. Y después, juntándonos todos a parlar en el corredor, los otros
criados, después de darme vaya, declararon la burla. Riéronla todos,
doblóse mi afrenta, y dije entre mí: -«Avisón, Pablos, alerta». Propuse
de hacer nueva vida, y con esto, hechos amigos, vivimos de allí adelante
todos los de la casa como hermanos, y en las escuelas y patios nadie me
inquietó más.
©Esteban Arquillos
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Pág.
edición
13. La gran novela de la época: El Quijote. Miguel de Cervantes. Aquí tienes una
interactiva de la Biblioteca Nacional con la que podrás ver y leer El Quijote original, pero pulsando la T de la
derecha, tendrás una versión actualizada que podrás entender mejor. Aquí vas a leer un capítulo concreto, el
XLI de la segunda parte
De la venida de Clavileño, con el fin desta dilatada aventura
Llegó en esto la noche, y con ella el punto determinado en que el famoso caballo Clavileño
viniese, cuya tardanza fatigaba ya a don Quijote, pareciéndole que, pues Malambruno se
detenía en enviarle, o que él no era el caballero para quien estaba guardada aquella aventura,
o que Malambruno no osaba venir con él a singular batalla. Pero veis aquí cuando a deshora
entraron por el jardín cuatro salvajes, vestidos todos de verde yedra, que sobre sus hombros
traían un gran caballo de madera. Pusiéronle de pies en el suelo, y uno de los salvajes dijo:
–Suba sobre esta máquina el que tuviere ánimo para ello.
–Aquí –dijo Sancho– yo no subo, porque ni tengo ánimo ni soy caballero.
Y el salvaje prosiguió diciendo:
–Y ocupe las ancas el escudero, si es que lo tiene, y fíese del valeroso Malambruno, que si no
fuere de su espada, de ninguna otra, ni de otra malicia, será ofendido; y no hay más que torcer
esta clavija que sobre el cuello trae puesta, que él los llevará por los aires adonde los
atiende Malambruno; pero, porque la alteza y sublimidad del camino no les cause váguidos, se
han de cubrir los ojos hasta que el caballo relinche, que será señal de haber dado fin a su viaje.
Esto dicho, dejando a Clavileño, con gentil continente se volvieron por donde habían venido.
La Dolorida, así como vio al caballo, casi con lágrimas dijo a don Quijote:
–Valeroso caballero, las promesas de Malambruno han sido ciertas: el caballo está en casa,
nuestras barbas crecen, y cada una de nosotras y con cada pelo dellas te suplicamos nos rapes
y tundas, pues no está en más sino en que subas en él con tu escudero y des felice principio a
vuestro nuevo viaje.
–Eso haré yo, señora condesa Trifaldi, de muy buen grado y de mejor talante, sin ponerme a
tomar cojín, ni calzarme espuelas, por no detenerme: tanta es la gana que tengo de veros a vos,
señora, y a todas estas dueñas rasas y mondas.
–Eso no haré yo –dijo Sancho–, ni de malo ni de buen talante, en ninguna manera; y si es que
este rapamiento no se puede hacer sin que yo suba a las ancas, bien puede buscar mi señor otro
escudero que le acompañe, y estas señoras otro modo de alisarse los rostros; que yo no soy
brujo, para gustar de andar por los aires. Y ¿qué dirán mis insulanos cuando sepan que su
gobernador se anda paseando por los vientos? Y otra cosa más: que habiendo tres mil y tantas
leguas de aquí a Candaya, si el caballo se cansa o el gigante se enoja, tardaremos en dar la
vuelta media docena de años, y ya ni habrá ínsula ni ínsulos en el mundo que me conozan; y,
pues se dice comúnmente que en la tardanza va el peligro, y que cuando te dieren la vaquilla
acudas con la soguilla, perdónenme las barbas destas señoras, que bien se está San Pedro en
Roma; quiero decir que bien me estoy en esta casa, donde tanta merced se me hace y de cuyo
dueño tan gran bien espero como es verme gobernador.
©Esteban Arquillos
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A lo que el duque dijo:
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–Sancho amigo, la ínsula que yo os he prometido no es movible ni fugitiva: raíces tiene tan
hondas, echadas en los abismos de la tierra, que no la arrancarán ni mudarán de donde está a
tres tirones; y, pues vos sabéis que sé yo que no hay ninguno género de oficio destos de mayor
cantía que no se granjee con alguna suerte de cohecho, cuál más, cuál menos, el que yo quiero
llevar por este gobierno es que vaiscon vuestro señor don Quijote a dar cima y cabo a
esta memorable aventura; que ahora volváis sobre Clavileño con la brevedad que su ligereza
promete, ora la contraria fortuna os traiga y vuelva a pie, hecho romero, de mesón en mesón
y de venta en venta, siempre que volviéredes hallaréis vuestra ínsula donde la dejáis, y a
vuestros insulanos con el mesmo deseo de recebiros por su gobernador que siempre han
tenido, y mi voluntad será la mesma; y no pongáis duda en esta verdad, señor Sancho, que
sería hacer notorio agravio al deseo que de serviros tengo.
–No más, señor –dijo Sancho–: yo soy un pobre escudero y no puedo llevar a cuestas tantas
cortesías; suba mi amo, tápenme estos ojos y encomiéndenme a Dios, y avísenme si cuando
vamos por esas altanerías podré encome[n]darme a Nuestro Señor o invocar los ángeles que
me favorezcan.
A lo que respondió Trifaldi:
–Sancho, bien podéis encomendaros a Dios o a quien quisiéredes, que Malambruno, aunque es
encantador, es cristiano, y hace sus encantamentos con mucha sagacidad y con mucho tiento,
sin meterse con nadie.
–¡Ea, pues –dijo Sancho–, Dios me ayude y la Santísima Trinidad de Gaeta!
–Desde la memorable aventura de los batanes –dijo don Quijote–, nunca he visto a Sancho con
tanto temor como ahora, y si yo fuera tan agorero como otros, su pusilanimidad me hiciera
algunas cosquillas en el ánimo. Pero llegaos aquí, Sancho, que con licencia destos señores
os quiero hablar aparte dos palabras.
Y, apartando a Sancho entre unos árboles del jardín y asiéndole ambas las manos, le dijo:
–Ya vees, Sancho hermano, el largo viaje que nos espera, y que sabe Dios cuándo volveremos
dél, ni la comodidad y espacio que nos darán los negocios; así, querría que ahora te retirases en
tu aposento, como que vas a buscar alguna cosa necesaria para el camino, y, en un daca la[s]
pajas, te dieses, a buena cuenta de los tres mil y trecientos azotes a que estás obligado, siquiera
quinientos, que dados te los tendrás, que el comenzar las cosas es tenerlas medio acabadas.
–¡Par Dios –dijo Sancho–, que vuestra merced debe de ser menguado! Esto es como aquello que
dicen: "¡en priesa me vees y doncellez me demandas!" ¿Ahora que tengo de ir sentado en una
tabla rasa, quiere vuestra merced que me lastime las posas? En verdad en verdad que no tiene
vuestra merced razón. Vamos ahora a rapar estas dueñas, que a la vuelta yo le prometo a
vuestra merced, como quien soy, de darme tanta priesa a salir de mi obligación, que
vuestra merced se contente, y no le digo más.
Y don Quijote respondió:
©Esteban Arquillos
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–Pues con esa promesa, buen Sancho, voy consolado, y creo que la
cumplirás, porque, en efecto, aunque tonto, eres hombre verídico.
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–No soy verde, sino moreno –dijo Sancho–, pero aunque fuera de mezcla, cumpliera mi
palabra.
Y con esto se volvieron a subir en Clavileño, y al subir dijo don Quijote:
–Tapaos, Sancho, y subid, Sancho, que quien de tan lueñes tierras envía por nosotros no será
para engañarnos, por la poca gloria que le puede redundar de engañar a quien dél se fía; y,
puesto que todo sucediese al revés de lo que imagino, la gloria de haber emprendido esta
hazaña no la podrá escurecer malicia alguna.
–Vamos, señor –dijo Sancho–, que las barbas y lágrimas destas señoras las tengo clavadas en el
corazón, y no comeré bocado que bien me sepa hasta verlas en su primera lisura. Suba vuesa
merced y tápese primero, que si yo tengo de ir a las ancas, claro está que primero sube el de la
silla.
–Así es la verdad –replicó don Quijote.
Y, sacando un pañuelo de la faldriquera, pidió a la Dolorida que le cubriese muy bien los ojos,
y, habiéndoselos cubierto, se volvió a descubrir y dijo:
–Si mal no me acuerdo, yo he leído en Virgilio aquello del Paladión de Troya, que fue un
caballo
de
madera que los griegos
presentaron a la diosa Palas, el cual iba
preñado de caballeros armados, que después
fueron la total ruina de Troya; y así, será bien
ver primero lo que Clavileño trae en su
estómago.
–No hay para qué –dijo la Dolorida–, que yo
le fío y sé que Malambruno no tiene nada de
malicioso ni de traidor; vuesa merced, señor
don Quijote, suba sin pavor alguno, y a
mi daño si alguno le sucediere.
Parecióle a don Quijote que cualquiera cosa
que replicase acerca de su seguridad sería
poner en detrimento su valentía; y así, sin más altercar, subió sobre Clavileño y le tentó
la clavija, que fácilmente se rodeaba; y, como no tenía estribos y le colgaban las piernas, no
parecía sino figura de tapiz flamenco pintada o tejida en algún romano triunfo. De mal talante
y poco a poco llegó a subir Sancho, y, acomodándose lo mejor que pudo en las ancas, las
halló algo duras y no nada blandas, y pidió al duque que, si fuese posible, le acomodasen de
algún cojín o de alguna almohada, aunque fuese del estrado de su señora la duquesa, o del
lecho de algún paje, porque las ancas de aquel caballo más parecían de mármol que de leño.
A esto dijo la Trifaldi que ningún jaez ni ningún género de adorno sufría sobre sí Clavileño;
que lo que podía hacer era ponerse a mujeriegas, y que así no sentiría tanto la dureza. Hízolo
©Esteban Arquillos
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así Sancho, y, diciendo ‘‘a Dios’’, se dejó vendar los ojos, y, ya después de
vendados, se volvió a descubrir, y, mirando a todos los del jardín tiernamente y con
lágrimas, dijo que le ayudasen en aquel trance con sendos paternostres y sendas avemarías,
porque Dios deparase quien por ellos los dijese cuando en semejantes trances se viesen. A lo
que dijo don Quijote:
–Ladrón, ¿estás puesto en la horca por ventura, o en el último término de la vida, para usar de
semejantes plegarias? ¿No estás, desalmada y cobarde criatura, en el mismo lugar que ocupó la
linda Magalona, del cual decendió, no a la sepultura, sino a ser reina de Francia, si no mienten
las historias? Y yo, que voy a tu lado, ¿no puedo ponerme al del valeroso Pierres, que oprimió
este mismo lugar que yo ahora oprimo? Cúbrete, cúbrete, animal descorazonado, y no te salga
a la boca el temor que tienes, a lo menos en presencia mía.
–Tápenme –respondió Sancho–; y, pues no quieren que me encomiende a Dios ni que sea
encomendado, ¿qué mucho que tema no ande por aquí alguna región de diablos que den con
nosotros en Peralvillo?
Cubriéronse, y, sintiendo don Quijote que estaba como había de estar, tentó la clavija, y,
apenas hubo puesto los dedos en ella, cuando todas las dueñas y cuantos estaban
presentes levantaron las voces, diciendo:
–¡Dios te guíe, valeroso caballero!
–¡Dios sea contigo, escudero intrépido!
–¡Ya, ya vais por esos aires, rompiéndolos con más velocidad que una saeta!
–¡Ya comenzáis a suspender y admirar a cuantos desde la tierra os están mirando!
–¡Tente, valeroso Sancho, que te bamboleas! ¡Mira no cayas, que será peor tu caída que la del
atrevido mozo que quiso regir el carro del Sol, su padre!
Oyó Sancho las voces, y, apretándose con su amo y ciñiéndole con los brazos, le dijo:
–Señor, ¿cómo dicen éstos que vamos tan altos, si alcanzan acá sus voces, y no parecen sino
que están aquí hablando junto a nosotros?
–No repares en eso, Sancho, que, como estas cosas y estas volaterías van fuera de los cursos
ordinarios, de mil leguas verás y oirás lo que quisieres. Y no me aprietes tanto, que
me derribas; y en verdad que no sé de qué te turbas ni te espantas, que osaré jurar que en todos
los días de mi vida he subido en cabalgadura de paso más llano: no parece sino que no nos
movemos de un lugar. Destierra, amigo, el miedo, que, en efecto, la cosa va como ha de ir y el
viento llevamos en popa.
–Así es la verdad –respondió Sancho–, que por este lado me da un viento tan recio, que parece
que con mil fuelles me están soplando.
©Esteban Arquillos
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Y así era ello, que unos grandes fuelles le estaban haciendo aire: tan bien
trazada estaba la tal aventura por el duque y la duquesa y su mayordomo, que no le faltó
requisito que la dejase de hacer perfecta.
Sintiéndose, pues, soplar don Quijote, dijo:
–Sin duda alguna, Sancho, que ya debemos de llegar a la segunda región del aire, adonde se
engendra el granizo, las nieves; los truenos, los relámpagos y los rayos se engendran en la
tercera región, y si es que desta manera vamos subiendo, presto daremos en la región del
fuego, y no sé yo cómo templar esta clavija para que no subamos donde nos abrasemos.
En esto, con unas estopas ligeras de encenderse y apagarse, desde lejos, pendientes de una
caña, les calentaban los rostros. Sancho, que sintió el calor, dijo:
–Que me maten si no estamos ya en el lugar del fuego, o bien cerca, porque una gran parte de
mi barba se me ha chamuscado, y estoy, señor, por descubrirme y ver en qué parte estamos.
–No hagas tal –respondió don Quijote–, y acuérdate del verdadero cuento del licenciado
Torralba, a quien llevaron los diablos en volandas por el aire, caballero en una caña, cerrados
los ojos, y en doce horas llegó a Roma, y se apeó en Torre de Nona, que es una calle de la
ciudad, y vio todo el fracaso y asalto y muerte de Borbón, y por la mañana ya estaba de vuelta
en Madrid, donde dio cuenta de todo lo que había visto; el cual asimismo dijo que cuando iba
por el aire le mandó el diablo que abriese los ojos, y los abrió, y se vio tan cerca, a su parecer,
del cuerpo de la luna, que la pudiera asir con la mano, y que no osó mirar a la tierra por
no desvanecerse. Así que, Sancho, no hay para qué descubrirnos; que, el que nos lleva a cargo,
él dará cuenta de nosotros, y quizá vamos tomando puntas y subiendo en alto para dejarnos
caer de una sobre el reino de Candaya, como hace el sacre o neblí sobre la garza para cogerla,
por más que se remonte; y, aunque nos parece que no ha media hora que nos partimos del
jardín, creéme que debemos de haber hecho gran camino.
–No sé lo que es –respondió Sancho Panza–, sólo sé decir que si la señora Magallanes o
Magalona se contentó destas ancas, que no debía de ser muy tierna de carnes.
Todas estas pláticas de los dos valientes oían el duque y la duquesa y los del jardín, de que
recibían estraordinario contento; y, queriendo dar remate a la estraña y bien fabricada
aventura, por la cola de Clavileño le pegaron fuego con unas estopas, y al punto, por estar el
caballo lleno de cohetes tronadores, voló por los aires, con estraño ruido, y dio con don Quijote
y con Sancho Panza en el suelo, mediochamuscados.
En este tiempo ya se habían desparecido del jardín todo el barbado escuadrón de las dueñas y
la Trifaldi y todo, y los del jardín quedaron como desmayados, tendidos por el suelo. Don
Quijote y Sancho se levantaron maltrechos, y, mirando a todas partes, quedaron atónitos de
verse en el mesmo jardín de donde habían partido y de ver tendido por tierra tanto número de
gente; y creció más su admiración cuando a un lado del jardín vieron hincada una gran lanza
en el suelo y pendiente della y de dos cordones de seda verde un pergamino liso y blanco, en el
cual, con grandes letras de oro, estaba escrito lo siguiente:
El ínclito caballero don Quijote de la Mancha feneció y acabó la aventura de la condesa
Trifaldi, por otro nombre llamada la dueña Dolorida, y compañía, con sólo intentarla.
©Esteban Arquillos
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Malambruno se da por contento y satisfecho a toda su voluntad, y las
barbas de las dueñas ya quedan lisas y mondas, y los reyes don Clavijo y Antonomasia en
su prístino estado. Y, cuando se cumpliere el escuderil vápulo, la blanca paloma se verá libre
de los pestíferos girifaltes que la persiguen, y en brazos de su querido arrullador; que así está
ordenado por el sabio Merlín, protoencantador de los encantadores.
Habiendo, pues, don Quijote leído las letras del pergamino, claro entendió que del desencanto
de Dulcinea hablaban; y, dando muchas gracias al cielo de que con tan poco peligro hubiese
acabado tan gran fecho, reduciendo a su pasada tez los rostros de las venerables dueñas, que
ya no parecían, se fue adonde el duque y la duquesa aún no habían vuelto en sí, y, trabando de
la mano al duque, le dijo:
–¡Ea, buen señor, buen ánimo; buen ánimo, que todo es nada! La aventura es ya acabada sin
daño de barras, como lo muestra claro el escrito que en aquel padrón está puesto.
El duque, poco a poco, y como quien de un pesado sueño recuerda, fue volviendo en sí, y por
el mismo tenor la duquesa y todos los que por el jardín estaban caídos, con tales muestras de
maravilla y espanto, que casi se podían dar a entender haberles acontecido de veras lo que tan
bien sabían fingir de burlas. Leyó el duque el cartel con los ojos medio cerrados, y luego, con
los brazos abiertos, fue a abrazar a don Quijote, diciéndole ser el más buen caballero que
en ningún siglo se hubiese visto.
Sancho andaba mirando por la Dolorida, por ver qué rostro tenía sin las barbas, y si era tan
hermosa sin ellas como su gallarda disposición prometía, pero dijéronle que, así
como Clavileño bajó ardiendo por los aires y dio en el suelo, todo el escuadrón de las dueñas,
con la Trifaldi, había desaparecido, y que ya iban rapadas y sin cañones. Preguntó la duquesa
a Sancho que cómo le había ido en aquel largo viaje. A lo cual Sancho respondió:
–Yo, señora, sentí que íbamos, según mi señor me dijo, volando por la región del fuego, y quise
descubrirme un poco los ojos, pero mi amo, a quien pedí licencia para descubrirme, no la
consintió; mas yo, que tengo no sé qué briznas de curioso y de desear saber lo que se me
estorba y impide, bonitamente y sin que nadie lo viese, por junto a las narices aparté tanto
cuanto el pañizuelo que me tapaba los ojos, y por allí miré hacia la tierra, y parecióme que
toda ella no era mayor que un grano de mostaza, y los hombres que andaban sobre ella, poco
mayores que avellanas; porque se vea cuán altos debíamos de ir entonces.
A esto dijo la duquesa:
–Sancho amigo, mirad lo que decís, que, a lo que parece, vos no vistes la tierra, sino los
hombres que andaban sobre ella; y está claro que si la tierra os pareció como un grano
de mostaza, y cada hombre como una avellana, un hombre solo había de cubrir toda la tierra.
–Así es verdad –respondió Sancho–, pero, con todo eso, la descubrí por un ladito, y la vi toda.
–Mirad, Sancho –dijo la duquesa–, que por un ladito no se vee el todo de lo que se mira.
–Yo no sé esas miradas –replicó Sancho–: sólo sé que será bien que vuestra señoría entienda
que, pues volábamos por encantamento, por encantamento podía yo ver toda la tierra y todos
los hombres por doquiera que los mirara; y si esto no se me cree, tampoco creerá vuestra
©Esteban Arquillos
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merced cómo, descubriéndome por junto a las cejas, me vi tan junto
al cielo que no había de mí a él palmo y medio, y por lo que puedo jurar, señora mía, que es
muy grande además. Y sucedió que íbamos por parte donde están las siete cabrillas; y en Dios
y en mi ánima que, como yo en mi niñez fui en mi tierra cabrerizo, que así como las vi, ¡me dio
una gana de entretenerme con ellas un rato...! Y si no le cumpliera me parece que reventara.
Vengo, pues, y tomo, y ¿qué hago? Sin decir nada a nadie, ni a mi señor tampoco, bonita y
pasitamente me apeé de Clavileño, y me entretuve con las cabrillas, que son como unos
alhelíes y como unas flores, casi tres cuartos de hora, y Clavileño no se movió de un lugar, ni
pasó adelante.
–Y, en tanto que el buen Sancho se entretenía con las cabras –preguntó el duque–, ¿en qué se
entretenía el señor don Quijote?
A lo que don Quijote respondió:
–Como todas estas cosas y estos tales sucesos van fuera del orden natural, no es mucho que
Sancho diga lo que dice. De mí sé decir que ni me descubrí por alto ni por bajo, ni vi el cielo ni
la tierra, ni la mar ni las arenas. Bien es verdad que sentí que pasaba por la región del aire, y
aun que tocaba a la del fuego; pero que pasásemos de allí no lo puedo creer, pues, estando la
región del fuego entre el cielo de la luna y la última región del aire, no podíamos llegar al cielo
donde están las siete cabrillas que Sancho dice, sin abrasarnos; y, pues no nos asuramos, o
Sancho miente o Sancho sueña.
–Ni miento ni sueño –respondió Sancho–: si no, pregúntenme las señas de las tales cabras, y
por ellas verán si digo verdad o no.
–Dígalas, pues, Sancho –dijo la duquesa.
–Son –respondió Sancho– las dos verdes, las dos encarnadas, las dos azules, y la una de
mezcla.
–Nueva manera de cabras es ésa –dijo el duque–, y por esta nuestra región del suelo no se usan
tales colores; digo, cabras de tales colores.
–Bien claro está eso –dijo Sancho–; sí, que diferencia ha de haber de las cabras del cielo a las del
suelo.
–Decidme, Sancho –preguntó el duque–: ¿vistes allá en entre esas cabras algún cabrón?
–No, señor –respondió Sancho–, pero oí decir que ninguno pasaba de los cuernos de la luna.
No quisieron preguntarle más de su viaje, porque les pareció que llevaba Sancho hilo de
pasearse por todos los cielos, y dar nuevas de cuanto allá pasaba, sin haberse movido
del jardín.
En resolución, éste fue el fin de la aventura de la dueña Dolorida, que dio que reír a los
duques, no sólo aquel tiempo, sino el de toda su vida, y que contar a Sancho siglos, si los
viviera; y, llegándose don Quijote a Sancho, al oído le dijo:
©Esteban Arquillos
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–Sancho, pues vos queréis que se os crea lo que habéis visto en el cielo, yo
quiero que vos me creáis a mí lo que vi en la cueva de Montesinos; y no os digo más.
©Esteban Arquillos
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14. Fragmentos de El diablo Cojuelo, de Luis Vélez de Guevara.
-Mira allí -prosiguió el Cojuelo- como se está quejando de la orina un letrado, tan ancho de
barba y tan espeso, que parece que saca un delfín la cola por las almohadas. Allí está pariendo
doña Fáfula, y don Toribio, su indigno consorte, como si fuera suyo lo
que paría, muy oficioso y lastimado; y está el dueño de la obra a pierna
suelta en ese otro barrio, roncando y descuidado del suceso. Mira aquel
preciado de lindo, o aquel lindo de los más preciados, como duerme con
bigotera, torcidas de papel en las guedejas y el copete, sebillo en las
manos, y guantes descabezados, y tanta pasa en el rostro, que pueden
hacer colación en él toda la cuaresma que viene. Allí, más adelante, está
una vieja, grandísima hechicera, haciendo en un almirez una medicina de
drogas restringentes para remendar una doncella sobre su palabra, que se
ha de desposar mañana. Y allí, en aquel aposentillo estrecho, están dos
enfermos en dos camas, y se han purgado juntos, y sobre quién ha hecho más cursos, como si
se hubieran de graduar en la facultad, se han levantado a matar a almohadazos. Vuelve allí, y
mira con atención cómo se está untando una hipócrita a lo moderno, para hallarse en una gran
junta de brujas que hay entre San Sebastián y Fuenterrabía, y a fe que nos habíamos de ver en
ella si no temiera el riesgo de ser conocido del demonio que hace el cabrón, porque le di una
bofetada a mano abierta en la antecámara de Lucifer, sobre unas palabras mayores que
tuvimos; que también entre los diablos hay libro del duelo, porque el autor que lo compuso es
hijo de vecino del infierno. Pero mucho más nos podemos entretener por acá, y más si pones
los ojos en aquellos dos ladrones que han entrado por un balcón en casa de aquel extranjero
rico, con una llave maestra, porque las ganzúas son a lo antiguo, y han llegado donde está
aquel talego (… )
(… )
Ya comenzaban en el puchero humano de la Corte a hervir hombres y mujeres, unos hacia
arriba y otros hacia abajo, y otros de través, haciendo un cruzado al son de su misma
confusión, y el piélago racional de Madrid a sembrarse de
ballenas con ruedas, que por otro nombre llaman coches,
trabándose la batalla del día, cada uno con designio y negocio
diferente, y pretendiéndose engañar los unos a los otros,
levantándose una polvareda de embustes y mentiras, que no
se descubría una brizna de verdad por un ojo de la cara, y don
Cleofás iba siguiendo a su camarada, que le había metido por
una calle algo angosta, llena de espejos por una parte y por
otra, donde estaban muchas damas y lindos mirándose y
poniéndose de diferentes posturas de bocas, guedejas y
semblantes, ojos, bigotes, brazos y manos, haciéndose cocos a
ellos mismos. Preguntole don Cleofás qué calle era aquella,
que le parecía que no la había visto en Madrid, y respondiole
el Cojuelo:
-Esta se llama la calle de los Gestos, que solamente saben a ella
estas figuras de la baraja de la Corte, que vienen aquí a tomar
el gesto con que han de andar aquel día, y salen con perlesía
de lindeza, unos con la boquita de riñón, otros con los ojitos
dormidos, roncando hermosura, y todos con los dos dedos de las
manos, índice y meñique, levantados, y esos otros, de Gloria Patri. Pero salgámonos muy
©Esteban Arquillos
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aprisa de aquí; que con tener estómago de demonio y no haberme
mareado las maretas del infierno, me le han revuelto estas sabandijas, (… )
©Esteban Arquillos
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15. Fragmentos del Oráculo Manual y arte de prudencia. Baltasar Gracián
Tratar con quien se pueda aprender. Sea el amigable trato
escuela de erudición, y la conversación enseñanza culta; un
hacer de los amigos maestros, penetrando el útil del
aprender con el gusto del conversar. Altérnase la fruición
con los entendidos, logrando lo que se dice en el aplauso con
que se recibe, y lo que se oye en el amaestramiento.
Ordinariamente nos lleva a otro la propia conveniencia, aquí
realzada. Frecuenta el atento las casas de aquellos héroes
cortesanos, que son más teatros de la heroicidad que palacios
de la vanidad. Hay señores acreditados de discretos que, a
más de ser ellos oráculos de toda grandeza con su ejemplo y
en su trato, el cortejo de los que los asisten es una cortesana
academia de toda buena y galante discreción
Saber negar. No todo se ha de conceder, ni a todos. Tanto
importa como el saber conceder, y en los que mandan es
atención urgente. Aquí entra el modo: más se estima el no de algunos que el sí de otros, porque un
no dorado satisface más que un sí a secas. Hay muchos que siempre tienen en la boca el no, con
que todo lo desazonan. El no es siempre el primero en ellos, y aunque después todo lo vienen a
conceder, no se les estima, porque precedió aquella primera desazón. No se han de negar de
rondón las cosas: vaya a tragos el desengaño; ni se ha de negar del todo, que sería desahuciar la
dependencia. Queden siempre algunas reliquias de esperanza para que templen lo amargo del
negar. Llene la cortesía el vacío del favor y suplan las buenas palabras la falta de las obras. El No y
el Sí son breves de decir y piden mucho pensar.
Nunca quejarse. La queja siempre trae descrédito. Más sirve de ejemplar de atrevimiento a la
pasión que de consuelo a la compasión. Abre el paso a quien la oye para lo mismo, y es la noticia
del agravio del primero disculpa del segundo. Dan pie algunos con sus quejas de las ofensiones
pasadas a las venideras, y pretendiendo remedio o consuelo, solicitan la complacencia, y aun el
desprecio. Mejor política es celebrar obligaciones de unos para que sean empeños de otros, y el
repetir favores de los ausentes es solicitar los de los presentes, es vender crédito de unos a otros. Y
el varón atento nunca publique ni desaires ni defectos, sí estimaciones, que sirven para tener
amigos y de contener enemigos.
Topar luego con lo bueno en cada cosa. Es dicha del buen gusto. Va luego la abeja a la dulzura
para el panal, y la víbora a la amargura para el veneno. Así los gustos, unos a lo mejor y otros a lo
peor. No hay cosa que no tenga algo bueno, y más si es libro, por lo pensado. Es, pues, tan
desgraciado el genio de algunos, que entre mil perfecciones toparán con solo un defecto que
hubiere, y ese lo censuran y lo celebran: recogedores de las inmundicias de voluntades y de
entendimientos, cargando de notas, de defectos, que es más castigo de su mal delecto que empleo
de su sutileza. Pasan mala vida, pues siempre se ceban de amarguras y hacen pasto de
©Esteban Arquillos
Pág.
imperfecciones. Más feliz es el gusto de otros que, entre mil defectos,
toparán luego con una sola perfección que se le cayó a la ventura.
©Esteban Arquillos
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Pág.
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16. Miguel de Cervantes escribió unas obritas de teatro cortas llamadas
entremeses que se representaban en los entreactos de las obras largas. A continuación, tenéis El
Retablo de las Maravillas, que, sin duda, os recordará a un cuento de El Conde Lucanor
Salen Chanfalla y la Cherinos.
Chanfalla
No se te pasen de la memoria, Chirinos, mis
advertimientos, principalmente los que te he
dado para este nuevo embuste, que ha de
salir tan a luz como el pasado del Llovista.
Chirinos
Chanfalla ilustre, lo que en mí fuere tenlo
como de molde; que tanta memoria tengo
como entendimiento, a quien se junta una
voluntad de acertar a satisfacerte, que
excede a las demás potencias. Pero dime: ¿de
qué sirve este Rabelín que hemos tomado?
Nosotros dos solos, ¿no pudiéramos salir
con esta empresa?
Chanfalla
Habíamosle menester como el pan de la
boca, para tocar en los espacios que tardaren
en salir las figuras del Retablo de las
Maravillas.
Chirinos
Maravilla será si no nos apedrean por solo el
Rabelín; porque tan desventurada criaturilla
no la he visto en todos los días de mi vida.
©Esteban Arquillos
Pág.
Entra el Rabelín.
Rabelín
¿Hase de hacer algo en este pueblo, señor
autor? Que ya me muero porque vuesa
merced vea que no me tomó a carga cerrada.
Chirinos
Cuatro cuerpos de los vuestros no harán un
tercio, cuanto más una carga; si no sois más
gran músico que grande, medrados estamos.
Rabelín
Ello dirá; que en verdad que me han escrito
para entrar en una compañía de partes, por
chico que soy.
Chanfalla
Si os han de dar la parte a medida del
cuerpo, casi será invisible.
»Chirinos, poco a poco, estamos ya en el
pueblo, y éstos que aquí vienen deben de
ser, como lo son sin duda, el Gobernador y
los Alcaldes. Salgámosles al encuentro, y
date un filo a la lengua en la piedra de la
adulación; pero no despuntes de aguda.
Salen el Gobernador y Benito Repollo,
alcalde, Juan Castrado, regidor, y Pedro
Capacho, escribano.
»Beso a vuesas mercedes las manos: ¿quién
de vuesas mercedes es el Gobernador deste
pueblo?
Gobernador
Yo soy el Gobernador; ¿qué es lo que
queréis, buen hombre?
Chanfalla
A tener yo dos onzas de entendimiento,
hubiera echado de ver que esa peripatética
y anchurosa presencia no podía ser de otro
que del dignísimo Gobernador deste
honrado pueblo; que, con venirlo a ser de
las Algarrobillas, lo deseche vuesa merced.
Chirinos
En vida de la señora y de los señoritos, si es
que el señor Gobernador los tiene.
Capacho
No es casado el señor Gobernador.
©Esteban Arquillos
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Pág.
Chirinos
Para cuando lo sea; que no se perderá nada.
Gobernador
Y bien, ¿qué es lo que queréis, hombre
honrado?
Chirinos
Honrados días viva vuesa merced, que así
nos honra; en fin, la encina da bellotas; el
pero, peras; la parra, uvas, y el honrado,
honra, sin poder hacer otra cosa.
Benito
Sentencia ciceronianca, sin quitar ni poner
un punto.
Capacho
Ciceroniana quiso decir el señor alcalde
Benito Repollo.
Benito
Siempre quiero decir lo que es mejor, sino
que las más veces no acierto; en fin, buen
hombre, ¿qué queréis?
Chanfalla
Yo, señores míos, soy Montiel, el que trae
el Retablo de las maravillas. Hanme
enviado a llamar de la Corte los señores
cofrades de los hospitales, porque no hay
autor de comedias en ella, y perecen los
hospitales, y con mi ida se remediará todo.
Gobernador
Y ¿qué quiere decir Retablo de las
maravillas?
Chanfalla
Por las maravillosas cosas que en él se
enseñan y muestran, viene a ser
llamado Retablo de las maravillas; el cual
fabricó y compuso el sabio Tontonelo
debajo de tales paralelos, rumbos, astros y
estrellas, con tales puntos, caracteres y
observaciones, que ninguno puede ver las
cosas que en él se muestran, que tenga
alguna raza de confeso, o no sea habido y
procreado de sus padres de legítimo
matrimonio; y el que fuere contagiado
destas dos tan usadas enfermedades,
despídase de ver las cosas, jamás vistas ni
oídas, de mi retablo.
Benito
Ahora echo de ver que cada día se ven en el
mundo cosas nuevas. Y ¿que se llamaba
Tontonelo el sabio que el retablo compuso?
Chirinos
Tontonelo se llamaba, nacido en la ciudad
de Tontonela; hombre de quien hay fama
que le llegaba la barba a la cintura.
Benito
Por la mayor parte, los hombres de grandes
barbas son sabiondos.
©Esteban Arquillos
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Pág.
Gobernador
Señor regidor Juan Castrado, yo determino,
debajo de su buen parecer, que esta noche
se despose la señora Teresa Castrada, su
hija, de quien yo soy padrino, y, en regocijo
de la fiesta, quiero que el señor Montiel
muestre en vuestra casa su Retablo.
Juan
Eso tengo yo por servir al señor
Gobernador, con cuyo parecer me
convengo, entablo y arrimo, aunque haya
otra cosa en contrario.
Chirinos
La cosa que hay en contrario es que, si no se
nos paga primero nuestro trabajo, así verán
las figuras como por el cerro de Úbeda. ¿Y
vuesas mercedes, señores justicias, tienen
conciencia y alma en esos cuerpos? ¡Bueno
sería que entrase esta noche todo el pueblo
en casa del señor Juan Castrado, o como es
su gracia, y viese lo contenido en el
tal Retablo, y mañana, cuando quisiésemos
mostralle al pueblo, no hubiese ánima que
le viese! No, señores; no, señores: ante
omnianos han de pagar lo que fuere justo.
Benito
Señora autora, aquí no os ha de pagar
ninguna Antona, ni ningún Antoño; el
señor regidor Juan Castrado os pagará más
que honradamente, y si no, el Concejo.
¡Bien conocéis el lugar, por cierto! Aquí,
hermana, no aguardamos a que ninguna
Antona pague por nosotros.
Capacho
¡Pecador de mí, señor Benito Repollo, y qué
lejos da del blanco! No dice la señora autora
que pague ninguna Antona, sino que le
paguen adelantado y ante todas cosas, que
eso quiere decir ante omnia.
Benito
Mirad, escribano Pedro Capacho, haced vos
que me hablen a derechas, que yo
entenderé a pie llano; vos, que sois leído y
escribido, podéis entender esas algarabías
de allende, que yo no.
Juan
Ahora bien, ¿contentarse ha el señor autor
con que yo le dé adelantados media docena
de ducados? Y más, que se tendrá cuidado
que no entre gente del pueblo esta noche en
mi casa.
Chanfalla
Soy contento; porque yo me fío de la
©Esteban Arquillos
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Pág.
diligencia de vuesa merced y de su buen
término.
Juan
Pues véngase conmigo. Recibirá el dinero, y
verá mi casa, y la comodidad que hay en
ella para mostrar ese retablo.
Chanfalla
Vamos; y no se les pase de las mientes las
calidades que han de tener los que se
atrevieren a mirar el maravilloso retablo.
Benito
A mi cargo queda eso, y séle decir que, por
mi parte, puedo ir seguro a juicio, pues
tengo el padre alcalde; cuatro dedos de
enjundia de cristiano viejo rancioso tengo
sobre los cuatro costados de mi linaje:
¡miren si veré el tal retablo!
Capacho
Todos le pensamos ver, señor Benito
Repollo.
Juan
No nacimos acá en las malvas, señor Pedro
Capacho.
Gobernador
Todo será menester, según voy viendo,
señores Alcalde, Regidor y Escribano.
Juan
Vamos, autor, y manos a la obra; que Juan
Castrado me llamo, hijo de Antón Castrado
y de Juana Macha; y no digo más en abono
y seguro que podré ponerme cara a cara y a
pie quedo delante del referido retablo.
Chirinos
¡Dios lo haga!
Éntranse Juan Castrado y Chanfalla.
Gobernador
©Esteban Arquillos
Señora autora, ¿qué poetas se usan ahora en
la Corte de fama y rumbo, especialmente de
los llamados cómicos? Porque yo tengo mis
puntas y collar de poeta, y pícome de la
farándula y carátula. Veinte y dos comedias
tengo, todas nuevas, que se veen las unas a
las otras, y estoy aguardando coyuntura
para ir a la Corte y enriquecer con ellas
media docena de autores.
36
Pág.
Chirinos
A lo que vuesa merced, señor Gobernador,
me pregunta de los poetas, no le sabré
responder; porque hay tantos, que quitan el
sol, y todos piensan que son famosos. Los
poetas cómicos son los ordinarios y que
siempre se usan, y así no hay para qué
nombrallos. Pero dígame vuesa merced, por
su vida: ¿cómo es su buena gracia? ¿cómo
se llama?
Gobernador
A mí, señora autora, me llaman el
licenciado Gomecillos.
Chirinos
¡Válame Dios! ¿Y que vuesa merced es el
señor licenciado Gomecillos, el que
compuso aquellas coplas tan famosas
de Lucifer estaba malo y tómale mal de
fuera?
Gobernador
Malas lenguas hubo que me quisieron
ahijar esas coplas, y así fueron mías como
del Gran Turco. Las que yo compuse, y no
lo quiero negar, fueron aquellas que
trataron del Diluvio de Sevilla; que, puesto
que los poetas son ladrones unos de otros,
nunca me precié de hurtar nada a nadie:
con mis versos me ayude Dios, y hurte el
que quisiere.
Vuelve Chanfalla.
Chanfalla
Señores, vuesas mercedes vengan, que todo
está a punto, y no falta más que comenzar.
Chirinos
¿Está ya el dinero in corbona?
Chanfalla
Y aun entre las telas del corazón.
Chirinos
Pues doite por aviso, Chanfalla, que el
Gobernador es poeta.
Chanfalla
¿Poeta? ¡Cuerpo del mundo! Pues dale por
engañado, porque todos los de humor
semejante son hechos a la mazacona; gente
descuidada, crédula y no nada maliciosa.
Benito
Vamos, autor; que me saltan los pies por ver
esas ma- ravillas.
©Esteban Arquillos
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Pág.
Éntranse todos.
Salen Juana Castrada y Teresa Repolla,
labradoras: la una como desposada, que es la
Castrada.
Castrada
Aquí te puedes sentar, Teresa Repolla amiga,
que tendremos el retablo enfrente; y, pues
sabes las condiciones que han de tener los
miradores del retablo, no te descuides, que
sería una gran desgracia.
Teresa
Ya sabes, Juan Castrada, que soy tu prima, y
no digo más. ¡Tan cierto tuviera yo el cielo
como tengo cierto ver todo aquello que el
retablo mostrare! ¡Por el siglo de mi madre,
que me sacase los mismos ojos de mi cara, si
alguna desgracia me aconteciese! ¡Bonita soy
yo para eso!
Castrada
Sosiégate, prima; que toda la gente viene.
Entran el Gobernador, Benito Repollo, Juan
Castrado, Pedro Capacho, el autor y la autora, y
el músico, y otra gente del pueblo, y un sobrino
de Benito, que ha de ser aquel gentilhombre que
baila.
Chanfalla
Siéntense todos. El retablo ha de estar
detrás deste repostero, y la autora también,
y aquí el músico.
Benito
¿Músico es éste? Métanle también detrás
del repostero; que, a trueco de no velle,
daré por bien empleado el no oílle.
Chanfalla
No tiene vuesa merced razón, señor alcalde
Repollo, de descontentarse del músico, que
en verdad que es muy buen cristiano y
hidalgo de solar conocido.
Gobernador
¡Calidades son bien necesarias para ser
©Esteban Arquillos
38
Pág.
buen músico!
Benito
De solar, bien podrá ser; mas de
sonar, abrenuncio.
Rabelín
¡Eso se merece el bellaco que se viene a
sonar delante de...!
Benito
¡Pues, por Dios, que hemos visto aquí sonar
a otros músicos tan...!
Gobernador
Quédese esta razón en el de del señor Rabel
y en el tan del Alcalde, que será proceder
en infinito; y el señor Montiel comience su
obra.
Benito
Poca balumba trae este autor para tan gran
retablo.
Juan
Todo debe de ser de maravillas.
Chanfalla
¡Atención, señores, que comienzo!
¡Oh tú, quienquiera que fuiste, que
fabricaste este retablo con tan maravilloso
artificio, que alcanzó renombre de las
Maravillas por la virtud que en él se
encierra, te conjuro, apremio y mando que
luegoincontinente muestres a estos señores
algunas de las tus maravillosas maravillas,
para que se regocijen y tomen placer sin
escándalo alguno! Ea, que ya veo que has
otorgado mi petición, pues por aquella
parte asoma la figura del valentísimo
Sansón, abrazado con las colunas del
templo, para derriballe por el suelo y tomar
venganza de sus enemigos. ¡Tente, valeroso
caballero; tente, por la gracia de Dios Padre!
¡No hagas tal desaguisado, porque no cojas
debajo y hagas tortilla tanta y tan noble
gente como aquí se ha juntado!
Benito
¡Téngase, cuerpo de tal, conmigo! ¡Bueno
sería que, en lugar de habernos venido a
holgar, quedásemos aquí hechos plasta!
¡Téngase, señor Sansón, pesia a mis males,
que se lo ruegan buenos!
Capacho
¿Veisle vos, Castrado?
Juan
Pues, ¿no le había de ver? ¿Tengo yo los
ojos en el colodrillo?
©Esteban Arquillos
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Pág.
Gobernador
[Aparte] Milagroso caso es éste: así veo yo a
Sansón ahora, como el Gran Turco; pues en
verdad que me tengo por legítimo y
cristiano viejo.
Chirinos
¡Guárdate, hombre, que sale el mesmo toro
que mató al ganapán en Salamanca!
¡Échate, hombre; échate, hombre; Dios te
libre, Dios te libre!
Chanfalla
¡Échense todos, échense todos! ¡Húcho ho!,
¡húcho ho!, ¡húcho ho!
Échanse todos y alborótanse.
Benito
El diablo lleva en el cuerpo el torillo; sus
partes tiene de hosco y de bragado; si no
me tiendo, me lleva de vuelo.
Juan
Señor autor, haga, si puede, que no salgan
figuras que nos alboroten; y no lo digo por
mí, sino por estas mochachas, que no les ha
quedado gota de sangre en el cuerpo, de la
ferocidad del toro.
Castrada
Y ¡cómo, padre! No pienso volver en mí en
tres días; ya me vi en sus cuernos, que los
tiene agudos como una lesna.
Juan
No fueras tú mi hija, y no lo vieras.
Gobernador
[Aparte] Basta: que todos ven lo que yo no
veo; pero al fin habré de decir que lo veo,
por la negra honrilla.
Chirinos
Esa manada de ratones que allá va deciende
por línea recta de aquellos que se criaron en
el Srca de Noé; dellos son blancos, dellos
albarazados, dellos jaspeados y dellos
azules; y, finalmente, todos son ratones.
Castrada
¡Jesús!, ¡Ay de mí! ¡Ténganme, que me
arrojaré por aquella ventana! ¿Ratones?
¡Desdichada! Amiga, apriétate las faldas, y
mira no te muerdan; ¡y monta que son
pocos! ¡Por el siglo de mi abuela, que pasan
de milenta!
Repolla
Yo sí soy la desdichada, porque se me
©Esteban Arquillos
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Pág.
entran sin reparo ninguno; un ratón
morenico me tiene asida de una rodilla.
¡Socorro venga del cielo, pues en la tierra
me falta!
Benito
Aun bien que tengo gregüescos: que no hay
ratón que se me entre, por pequeño que sea.
Chanfalla
Esta agua, que con tanta priesa se deja
descolgar de las nubes, es de la fuente que
da origen y principio al río Jordán. Toda
mujer a quien tocare en el rostro, se le
volverá como de plata bruñida, y a los
hombres se les volverán las barbas como de
oro.
Castrada
¿Oyes, amiga? Descubre el rostro, pues ves
lo que te importa. ¡Oh, qué licor tan
sabroso! Cúbrase, padre, no se moje.
Juan
Todos nos cubrimos, hija.
Benito
Por las espaldas me ha calado el agua hasta
la canal maestra.
Capacho
Yo estoy más seco que un esparto.
Gobernador
[Aparte] ¿Qué diablos puede ser esto, que
aún no me ha tocado una gota, donde todos
se ahogan? Mas ¿si viniera yo a ser bastardo
entre tantos legítimos?
Benito
Quítenme de allí aquel músico; si no, voto a
Dios que me vaya sin ver más figura.
¡Válgate el diablo por músico aduendado, y
qué hace de menudear sin cítola y sin son!
Rabelín
Señor alcalde, no tome conmigo la hincha;
que yo toco como Dios ha sido servido de
enseñarme.
Benito
¿Dios te había de enseñar, sabandija?
¡Métete tras la manta; si no, por Dios que te
arroje este banco!
Rabelín
El diablo creo que me ha traído a este
pueblo.
Capacho
Fresca es el agua del santo río Jordán; y,
aunque me cubrí lo que pude, todavía me
alcanzó un poco en los bigotes, y apostaré
que los tengo rubios como un oro.
Benito
Y aun peor cincuenta veces.
Chirinos
Allá van hasta dos docenas de leones
rampantes y de osos colmeneros; todo
©Esteban Arquillos
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Pág.
viviente se guarde; que, aunque fantásticos,
no dejarán de dar alguna pesadumbre, y
aun de hacer las fuerzas de Hércules con
espadas desenvainadas.
Juan
Ea, señor autor, ¡cuerpo de nosla! ¿Y agora
nos quiere llenar la casa de osos y de
leones?
Benito
¡Mirad qué ruiseñores y calandrias nos
envía Tontonelo, sino leones y dragones!
Señor autor, y salgan figuras más apacibles,
o aquí nos contentamos con las vistas; y
Dios le guíe, y no pare más en el pueblo un
momento.
Castrada
Señor Benito Repollo, deje salir ese oso y
leones, siquiera por nosotras, y recebiremos
mucho contento.
Juan
Pues, hija, ¿de antes te espantabas de los
ratones, y agora pides osos y leones?
Castrada
Todo lo nuevo aplace, señor padre.
Chirinos
Esa doncella, que agora se muestra tan
galana y tan compuesta, es la llamada
Herodías, cuyo baile alcanzó en premio la
cabeza del Precursor de la vida. Si hay
quien la ayude a bailar, verán maravillas.
Benito
¡Ésta sí, cuerpo del mundo, que es figura
hermosa, apacible y reluciente! ¡Hideputa, y
cómo que se vuelve la mochac[h]a!
Sobrino Repollo, tú que sabes de achaque
de castañetas, ayúdala, y será la fiesta de
cuatro capas.
Sobrino
Que me place, tío Benito Repollo.
Tocan la zarabanda.
Capacho
¡Toma mi abuelo, si es antiguo el baile de la
Zarabanda y de la Chacona!
Benito
Ea, sobrino, ténselas tiesas a esa bellaca
jodía; pero, si ésta es jodía, ¿cómo vee estas
maravillas?
©Esteban Arquillos
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Pág.
Chanfalla
Todas las reglas tienen excepción, señor
Alcalde.
Suena una trompeta, o corneta dentro del teatro,
y entra un furrier de compañías.
Furrier
¿Quién es aquí el señor Gobernador?
Gobernador
Yo soy. ¿Qué manda vuesa merced?
Furrier
Que luego al punto mande hacer
alojamiento para treinta hombres de armas
que llegarán aquí dentro de media hora, y
aun antes, que ya suena la trompeta; y
adiós.
[Vase.]
Benito
Yo apostaré que los envía el sabio Tontonelo.
Chanfalla
No hay tal; que ésta es una compañía de
caballos que estaba alojada dos leguas de
aquí.
Benito
Ahora yo conozco bien a Tontonelo, y sé que
vos y él sois unos grandísimos bellacos, no
perdonando al músico; y mirad que os
mando que mandéis a Tontonelo no tenga
atrevimiento de enviar estos hombres de
armas, que le haré dar docientos azotes en
las espaldas, que se vean unos a otros.
Chanfalla
¡Digo, señor Alcalde, que no los envía
Tontonelo!
Benito
Digo que los envía Tontonelo, como ha
enviado las otras sabandi[j]as que yo he
visto.
Capacho
Todos las habemos visto, señor Benito
Repollo.
Benito
No digo yo que no, señor Pedro Capacho.
No toques más, músico de entre sueños, que
©Esteban Arquillos
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Pág.
te romperé la cabeza.
Vuelve el furrier.
Furrier
Ea, ¿está ya hecho el alojamiento? Que ya
están los caballos en el pueblo.
Benito
¿Que todavía ha salido con la suya
Tontonelo? ¡Pues yo os voto a tal, autor de
humos y de embelecos, que me lo habéis de
pagar!
Chanfalla
Séanme testigos que me amenaza el
Alcalde.
Chirinos
Séanme testigos que dice el Alcalde que lo
que manda Su Majestad lo manda el sabio
Tontonelo.
Benito
Atontoneleada te vean mis ojos, plega a
Dios todopoderoso.
Gobernador
Yo para mí tengo que verdaderamente estos
hombres de armas no deben de ser de
burlas.
Furrier
¿De burlas habían de ser, señor
Gobernador? ¿Está en su seso?
Juan
Bien pudieran ser atontonelados: como esas
cosas habemos visto aquí. Por vida del
autor, que haga salir otra vez a la doncella
Herodías, porque vea este señor lo que
nunca ha visto; quizá con esto le
cohecharemos para que se vaya presto del
lugar.
Chanfalla
Eso en buen hora, y véisla aquí a do vuelve,
y hace de señas a su bailador a que de
nuevo la ayude.
Sobrino
Por mí no quedará, por cierto.
Benito
Eso sí, sobrino; cánsala, cánsala; vueltas y
más vueltas; ¡vive Dios, que es un azogue la
muchacha! ¡Al hoyo, al hoyo! ¡A ello, a ello!
Furrier
¿Está loca esta gente? ¿Qué diablos de
doncella es ésta, y qué baile, y qué
Tontonelo?
©Esteban Arquillos
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Pág.
Capacho
Luego, ¿no vee la doncella herodiana el
señor furrier?
Furrier
¿Qué diablos de doncella tengo de ver?
Capacho
Basta: ¡de ex il[l]is es!
Gobernador
¡De ex il[l]is es; de ex il[l]is es!
Juan
¡Dellos es, dellos el señor furrier; dellos es!
Furrier
¡Soy de la mala puta que los parió; y, por
Dios vivo, que si echo mano a la espada,
que los haga salir por las ventanas, que no
por la puerta!
Capacho
Basta: ¡de ex il[l]is es!
Benito
Basta: ¡dellos es, pues no vee nada!
Furrier
Canalla barretina: si otra vez me dicen que
soy dellos, no les dejaré hueso sano.
Benito
Nunca los confesos ni bastardos fueron
valientes; y por eso no podemos dejar de
decir: ¡dellos es, dellos es!
Furrier
¡Cuerpo de Dios con los villanos! ¡Esperad!
Mete mano a la espada y acuchíllase con todos; y
el Alcalde aporrea al Rabellejo; y la Cherrinos
descuelga la manta y dice:
Chirinos
El diablo ha sido la trompeta y la ven[i]da de
los hombres de armas; parece que los
llamaron con campanilla.
Chanfalla
El suceso ha sido extraordinario; la virtud
del retablo se queda en su punto, y mañana
lo podemos mostrar al pueblo; y nosotros
mismos podemos cantar el triunfo desta
batalla, diciendo: ¡vivan Chirinos y
Chanfalla!
©Esteban Arquillos
45
Pág.
©Esteban Arquillos
46
Pág.
17. Fragmento del Acto III de El burlador de Sevilla. Tirso de Molina.
Sale AMINTA, como que está acostada
AMINTA:
¿Quién llama a Aminta?
¿Es mi Batricio?
JUAN:
No soy
tu Batricio.
AMINTA:
JUAN:
AMINTA:
Pues, ¿quién?
Mira
de espacio, Aminta, quién soy.
¡Ay de mí! Yo soy perdida.
¿En mi aposento a estas horas?
JUAN:
AMINTA:
Éstas son las horas mías.
Volvéos, que daré voces,
no excedáis la cortesía
que a mi Batricio se debe,
ved que hay romanas Emilias
en Dos Hermanas también,
y hay Lucrecias vengativas.
JUAN:
Escúchame dos palabras,
y esconde de las mejillas
en el corazón la grana,
por ti más preciosa y rica.
AMINTA:
©Esteban Arquillos
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Pág.
Vete, que vendrá mi esposo.
JUAN:
AMINTA:
JUAN:
AMINTA:
JUAN:
AMINTA:
JUAN:
AMINTA:
JUAN:
AMINTA:
JUAN:
Yo lo soy. ¿De qué te admiras?
¿Desde cuándo?
Desde agora.
¿Quién lo ha tratado?
Mi dicha.
¿Y quién nos casó?
Tus ojos.
¿Con qué poder?
Con la vista.
¿Sábelo Batricio?
Sí,
que te olvida.
AMINTA:
JUAN:
©Esteban Arquillos
¿Que me olvida?
48
Pág.
Sí, que yo te adoro.
AMINTA:
JUAN:
AMINTA:
JUAN:
¿Cómo?
Con mis dos brazos.
Desvía.
¿Cómo puedo, si es verdad
que muero?
AMINTA:
¡Qué gran mentira!
JUAN:
Aminta, escucha y sabrás,
si quieres que te la diga,
la verdad, si las mujeres
sois de verdades amigas.
Yo soy noble caballero,
cabeza de la familia
de los Tenorios antiguos,
ganadores de Sevilla.
Mi padre, después del rey,
se reverencia y se estima
en la corte, y de sus labios
penden las muertes y vidas.
Torciendo el camino acaso,
llegué a verte, que amor guía
tal vez las cosas, de suerte
que él mismo de ellas se admira.
Víte, adoréte, abraséme,
tanto que tu amor me obliga
a que contigo me case.
Mira qué acción tan precisa.
©Esteban Arquillos
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Pág.
Y aunque lo murmure el reino,
y aunque el rey lo contradiga,
y aunque mi padre enojado
con amenazas lo impida,
tu esposo tengo de ser,
dando en tus ojos envidia
a los que viere en su sangre
la venganza que imagina.
Ya Batricio ha desistido
de su acción, y aquí me envía
tu padre a darte la mano.
¿Qué dices?
AMINTA:
No sé qué diga,
que se encubren tus verdades
con retóricas mentiras.
Porque si estoy desposada,
como es cosa conocida,
con Batricio, el matrimonio
no se absuelve, aunque él desista.
JUAN:
En no siendo consumado,
por engaño o por malicia,
puede anularse.
AMINTA:
Es verdad;
mas ¡ay Dios!, que no querría
que me dejases burlada,
cuando mi esposo me quitas.
JUAN:
Ahora bien, dame esa mano,
y esta voluntad confirma
con ella.
AMINTA:
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¿Que no me engañas?
JUAN:
AMINTA:
Mío el engaño sería.
Pues jura que cumplirás
la palabra prometida.
JUAN:
Juro a esta mano, señora,
infierno de nieve fría,
de cumplirte la palabra.
AMINTA:
Jura a Dios, que te maldiga
si no la cumples.
JUAN:
Si acaso
la palabra y la fe mía
te faltare, ruego a Dios
que a traición y a alevosía,
me dé muerte un hombre
muerto.
(Que vivo, Dios no permita).
Aparte
AMINTA:
JUAN:
Pues con ese juramento
soy tu esposa.
Al alma mía
entre los brazos te ofrezco.
AMINTA:
JUAN:
©Esteban Arquillos
Tuya es el alma y la vida.
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Pág.
¡Ay, Aminta de mis ojos!,
mañana sobre virillas
de tersa plata, estrelladas
con clavos de oro de Tíbar,
pondrás los hermosos pies,
y en prisión de gargantillas
la alabastrina garganta,
y los dedos en sortijas
en cuyo engaste parezcan
estrellas las amatistas;
y en tus orejas pondrás
transparentes perlas finas.
AMINTA:
A tu voluntad, esposo,
la mía desde hoy se inclina.
Tuya soy.
JUAN:
(¡Qué mal conoces
al burlador de Sevilla!)
Vanse don JUAN y AMINTA
©Esteban Arquillos
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18. Y por último y para que veáis que el mundo no ha cambiado mucho, esta
satírica de Francisco de Quevedo.
Madre, yo al oro me humillo,
Él es mi amante y mi amado,
Pues de puro enamorado
De continuo anda amarillo.
Que pues doblón o sencillo
Hace todo cuanto quiero,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
Nace en las Indias honrado,
Donde el Mundo le acompaña;
Viene a morir en España,
Y es en Génova enterrado.
Y pues quien le trae al lado
Es hermoso, aunque sea fiero,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
Es galán, y es como un oro,
Tiene quebrado el color,
Persona de gran valor,
Tan Cristiano como Moro.
Pues que da y quita el decoro
Y quebranta cualquier fuero,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
Son sus padres principales,
Y es de nobles descendiente,
Porque en las venas de Oriente
Todas las sangres son Reales.
Y pues es quien hace iguales
Al duque y al ganadero,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
Mas ¿a quién no maravilla
Ver en su gloria, sin tasa,
Que es lo menos de su casa
Doña Blanca de Castilla?
Pero pues da al bajo silla
Y al cobarde hace guerrero,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
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letrilla
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Sus escudos de Armas nobles
Son siempre tan principales,
Que sin sus Escudos Reales
No hay Escudos de armas dobles.
Y pues a los mismos robles
Da codicia su minero,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
Por importar en los tratos
Y dar tan buenos consejos,
En las Casas de los viejos
Gatos le guardan de gatos.
Y pues él rompe recatos
Y ablanda al juez más severo,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
Y es tanta su majestad
(Aunque son sus duelos hartos),
Que con haberle hecho cuartos,
No pierde su autoridad.
Pero pues da calidad
Al noble y al pordiosero,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
Nunca vi Damas ingratas
A su gusto y afición,
Que a las caras de un doblón
Hacen sus caras baratas.
Y pues las hace bravatas
Desde una bolsa de cuero,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
Más valen en cualquier tierra,
(Mirad si es harto sagaz)
Sus escudos en la paz
Que rodelas en la guerra.
Y pues al pobre le entierra
Y hace propio al forastero,
Poderoso Caballero
Es don Dinero.
©Esteban Arquillos
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