amor sabroso - Ayuntamiento de Alicante

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AMOR SABROSO
Relatos de mil sabores para
amores de todos los gustos
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Amor sabroso. Relatos de mil sabores para amores de todos los
gustos.
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
 2012
Lilian Piqueres Casanova por «Anónimo»
Pilar H. Fiol por «Compaña»
Carlos F. López Delgado por «¿Decisión acertada? Parece que sí»
Ascensión García Esclapez por «Haciendo camino»
María-Sol GarcíaRosco por «Ingratitud»
Yolanda Lázaro Romero por «La lágrima»
Gonzalo Correas por «Lentejas y violetas»
Eva Gallud Mira por « Los colores del Hutong»
Beatriz Jiménez Donate por «Mi historia por culpa de un Jueves»
Mª Victoria Llompart Ortí por «Mis cinco lunas»
Cora González Tato por « No usar sin consentimiento previo»
Frank Guerra por «Postapokaliptika: Encuentro»
Juani G Costa por « Regreso a sus orígenes»
Sonia Aracil Gisbert por «Sombras del pasado»
Mamen Llavador por «Una función, una actriz novata y un actor con tablas »
Reservados todos los derechos, queda prohibida la reproducción total o parcial de
esta obra sin el permiso expreso de los autores.
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Con nuestro reconocimiento al Patronato Municipal de Cultura del
Ayuntamiento de Alicante, organizador del taller de escritura
creativa «Amor Sabroso», inserto en el programa «Alicante Cultura»
y al personal del Aula Municipal de Cultura «Francisco Liberal», en
especial a José Manuel, nuestro amable conserje.
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ÍNDICE
Anónimo....................................................................................5
Compaña.................................................................................21
¿Decisión acertada? Parece que sí..................................33
Haciendo camino..................................................................47
Ingratitud.............................................................................58
La lágrima..............................................................................78
Lentejas y violetas..............................................................77
Los colores del Hutong......................................................87
Mi historia por culpa de un Jueves.................................98
Mis cinco lunas...................................................................108
No usar sin consentimiento previo.................................118
Postapokaliptika: Encuentro............................................131
Regreso a sus orígenes.....................................................141
Sombras del pasado..........................................................153
Una función, una actriz novata y
un actor con tablas ..........................................................163
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PRÓLOGO
Amor Sabroso... ¿Amor Sabroso?... ¿Habré acertado con el título?
Me gusta como suena pero... ¿no será demasiado explícito?... La lluvia
de palabras me puso en bandeja un título para el taller, un título
hermoso,
inspirador,
sugerente,
pero
también
engañoso,
malintepretable, quizá un poco malandrín, pero un título es solo eso...
un título, una etiqueta, una idea lanzada al vacío, una flecha que no
importa de donde sale sino a donde llega, y esa es mi tarea. Soy como
el sargento gruñón de las películas de guerra, (ya sabéis de qué tipo
de personaje hablo, ¿verdad? Pues eso es un arquetipo, ¡no lo
olvidéis!), bueno, pues esa es mi misión: esto es el paracaídas, esta es
la anilla y se trata de tirar, lo demás solo lo podéis aprender
saltando. Leo vuestros textos, os ofrezco mi criterio, sabedor de lo
poco que vale, aterrado cuando veo que, en ocasiones, os aferráis a
esos consejos como el naufrago a la tabla, pero es que un buen lector
es tan valioso para el escritor como el agua para el sediento, ya lo sé,
a pesar de que no se necesitan grandes cualidades: un poco de
paciencia, algo de sentido común y... sinceridad, mucha sinceridad;
eso es lo más valioso que puedo ofreceros, porque los escritores
tenemos pocas oportunidades de escuchar opiniones sinceras sobre
nuestro trabajo: los que nos quieren intentan no herir nuestros
sentimientos y los otros disfrutan convirtiéndolos en morcillas, así
que es difícil saber si el relato se entiende o no hay por donde
cogerlo, si los actos de los personajes son coherentes con su
personalidad, si dicen lo que tienen que decir y como lo tiene que
decir, si la historia fluye con imperceptible levedad para que el lector
no vea detrás la mano del escritor pero con la firmeza y la seguridad
del que no duda ni vacila.
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Pero me he desviado de la cuestión del título, «Amor sabroso»,
«Amor sabroso»... paladeo las palabras mientras se deshacen en mi
boca y dejo que su sabor me invada y evoque un bonito poema de
Teresa Rubira:
Hay
amor dormido y amor soñado
amor comprado y amor vendido
amor herido y amor curado
amor llegado y amor partido
amor llorado y amor reído
amor rozado y amor mordido
amor trenzado y amor cosido
amor pasado y amor venido
amor hallado y amor perdido
amor odiado y amor querido
amor robado y amor cogido
amor malvado y amor temido
amor sagrado y amor prohibido
amor rezado, amor pecado y amor... olvido
Por si alguien no lo sabe, Teresa es mi mujer, y la que escribe bien
en casa, y a su lado yo no soy más que un penoso emborronacuartillas,
así que me hizo mucha ilusión descubrir una clase más de amor que
agregar a esta singular lista.
De esta forma, superadas las vacilaciones iniciales, quedó
adjudicado el título del taller, y los días, que también tienen derecho
al amor, fueron padres de semanas y abuelos de meses, abandonamos
los abrigos, se llenó la ciudad de presentaciones fogueriles y al
sargento gruñón le llegó el tiempo de hacer recuento de bajas:
«Quince supervivientes, ¡señor!», «¿Otra vez se me ha dejado a la
mitad del pelotón por el camino, sargento?», preguntó el oficial al
mando. El sargento se encogió de hombros, compungido. Escribir es
un oficio arduo, que proporciona más quebrantos que alegrías, y estas
espaciadas. Se inscriben en el taller personas con expectativas
desmedidas, que se desengañan pronto, y no es malo que busquen
otros ámbitos en los que aplicar sus aptitudes, por el contrario, hay
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pérdidas que al sargento le duelen, gente con talento, imaginación y
elocuencia a la que no logró ilusionar lo suficiente y fueron engullidos
por el zafarrancho de la vida cotidiana. ¡Cuantas buenas historias se
habrán perdido por su ineptitud! «La próxima vez lo haré mejor», se
promete el sargento, antes de escuchar de nuevo a su oficial: «Y los
que han terminado ¿qué tal, sacaremos algo de ellos?» y al viejo
gruñón se le diluye la pena y se le ilumina el rostro: «¡Señor! ¡Sí,
señor!, quince autores bregados, quince relatos espléndidos, quince
historias de héroes de a pie, cotidianos y sencillos, y de héroes de los
otros, tipos mas grandes que la vida, capaces de cargarse el mundo a
las espaldas y sacarlo de las tinieblas; de asesinos de la puerta de al
lado; historias de ancianos, de SIDA, de madres coraje, tan llenas de
bondad... tan amargas, que tiembla el pulso al leerlas; quince historias
de niñas que no necesitan comer, ni respirar... tan solo pintar, de
acoso escolar y venganzas inútiles, de diosas anhelantes que
enloquecen a los humanos y de humanos despeñados en su abismo
interior... y de otros humanos, entrando y saliendo de los armarios,
que hubieran hecho las delicias de los Hermanos Marx; al final... el
teatro de la vida y la vida hecha teatro». «¿No le parece que
exagera?». «No, señor, y si no me cree, léalas usted mismo, léalas y
asómbrese, léalas y emociónese y avergüencese y maravíllese y al
final aplaudirá, igual que aplaudo yo».
Juan Carlos Pereletegui
Alicante, junio de 2012
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Lilian Piqueres Casanova. Nació en Alicante un primero de abril
de hace algunos años. Su gusto por la literatura y la filosofía ha
estado, desde que recuerda, presente en su vida y en su formación
académica. Se licenció en Derecho, pero en esa disciplina, confiesa,
hay poca cabida para la imaginación. Escribe porque sigue sintiendo la
necesidad de conocer a las personas, lo que les mueve, sus deseos y
metas e inventar personajes, le ayuda a satisfacer esa necesidad. En
su biblioteca encontrarás a sus maestros, aunque extraña ver en ella
adosados y en estrecha comunión a Galdós y a Platón, a Gala y a
Dostoyevski junto a Aristóteles y Santa Teresa de Jesús. No
recuerda cuándo sintió la necesidad de escribir relatos, aunque sí
cuándo escribió los primeros folios de una novela: con el impulso del
nuevo siglo y «frente a la playa de El Campello», como a ella le gusta
puntualizar. Si alguna vez leéis sus relatos, marcharéis a recónditos
lugares, viajaréis en la historia y os sumergiréis en la profundidad de
lo que sois, pero solo al abrigo de una hoguera compartida en una
playa, os contará lo que siente.
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Anónimo
1691
El silencio de la noche delataba la presencia de Lena en las
callejuelas. El eco, que multiplicaba el rechinar de sus pasos sobre el
empedrado, aceleraba el pulso de la muchacha, que reaccionaba
estrujando contra su pecho las tablillas que portaba. Como si fuera lo
único que hubiera deseado salvar, en el supuesto incierto de que las
sombras de la noche, siempre al acecho, decidieran abalanzarse
sobre ella. Pero en realidad, estaba sola. Apenas era perceptible su
silueta menuda entre los mugrientos muros de las fachadas de las
casas, que aún permanecían en silencio esperando el romper del día.
La luna llena le proporcionó en aquélla ocasión, un luminiscente aliado
que no precisaba para recorrer la que era, desde hacía meses, su ruta
clandestina hacia la iglesia. Lena, agradecía aquél halo de luz que la
luna irradiaba sobre el caserío, confiriéndole un aspecto atemporal y
estático que la tranquilizaba. Pronto divisó la iglesia y acelerando el
paso, bordeó en pocos minutos su fachada hasta alcanzar la
desvencijada puerta por la que accedió al atrio del edificio. En él
convergía la entrada a la sacristía y desde allí acceder al interior de
la iglesia, le resultó fácil.
La costumbre de los religiosos de dejar cirios encendidos por la
noche, tanto en la capilla de La Inmaculada como en el altar mayor,
proporcionaba a Lena la luz que precisaba para cumplir su profundo
deseo. Tomó una de las velas y acercándola a la imagen de la Virgen,
la aseguró junto al pedestal, con unas gotas de cera. Tomó aire y
empezó a esbozar en sus tablillas, los trazos que le hacían sentirse
viva, más allá del tiempo y lejos de la pobreza y soledad en la que
transcurría su vida.
—¡Así que era esto! —exclamó el Reverendo Pablo, sorprendiendo
por la espalda a la muchacha—. Ya me parecía a mí, que tanta
devoción no podía ser. ¿Creías que no iba a descubrirte? Te vi salir
por la sacristía hace cinco noches. Pero al comprobar que no habías
robado nada, decidí vigilarte y para mi sorpresa, vi como volvías a
salir por la sacristía cada noche, a la misma hora. Aquí y a estas
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horas, han venido ladrones o algún necesitado pero, ¡por Dios bendito!
¿pintores? ¿No tienes nada qué decir? ¿Eres muda? ¿No quieres
mostrarme esas tablillas con tus pinturas? —insistía el hombre.
La muchacha se quedó paralizada. Sintió que el corazón le
palpitaba en la garganta y se aferró a sus tablillas dispuesta a
defenderlas a toda costa. Pero tras unos segundos de desconcierto,
cedió y entregó al sacerdote sus bocetos.
—¡Umm! No está mal. Nada mal —dijo el religioso acercando la luz
de un cirio a las tablillas.
—Yo…yo no sé pintar —dijo Lena tímidamente.
—Bueno, creo que eres bastante modesta. Sabes dibujar, puedes
mejorar desde luego y lo de la pintura podría tener solución.
Acércate que te vea —ordenó el sacerdote.
La chiquilla se acercó al Reverendo al tiempo que se alisaba con las
manos su hermosa cabellera cobriza. Ella no había cuidado nunca de
su aspecto, pero sintió vergüenza de su porte sucio y descuidado ante
aquél hombre que parecía conocer todo lo que había de saberse sobre
las cosas y al que consideró alguien importante.
—¡Por todos los santos!, ¿es que tus padres no te han enseñado a
lavarte alguna vez? —espetó al aire contra los ausentes progenitores
de la muchacha.
—Vivo sola a las afueras de la muralla —dijo la muchacha
sonrojándose—. No recuerdo a mis padres. Me crié con un hermano
de mi padre al que hace mucho que no veo. Solo sé que se marchó.
Creo que estoy sola ¿no? —preguntó, como si acabara de descubrirlo.
—Sí, eso parece. Son tiempos difíciles y especialmente para los
que viven fuera de las murallas de la ciudad. Bueno, allí apenas se
puede vivir. Tal vez puedas quedarte con nosotros, por algún tiempo
—dijo el hombre tras reflexionar unos segundos—. No veo otra
solución. Más adelante, hablaremos con las religiosas carmelitas,
estoy seguro que ellas podrán ayudarte cuando ya no puedas estar
aquí —aventuró casi sin reflexionar y sin dar oportunidad a la
muchacha, para que aceptara su propuesta. Ven acompáñame. Antes
de llevarte a tu celda, buscaremos un bacín, una jofaina y algo de
jabón con el que te puedas lavar y creo que también buscaremos algo
de comer, creo que estas muy flacucha. Mañana irá a verte el padre
Anselmo. Él será tu instructor. Pasó mucho tiempo con los monjes
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benedictinos. Te enseñará todo lo que sabe y créeme que es mucho.
Te enseñará a leer, a escribir y todas las técnicas de la pintura que
jamás podrías haber imaginado que existieran. Pero antes quiero que
sepas que aquí tenemos estrictas normas de convivencia que deberás
respetar en todo momento. La obediencia, la sinceridad y la confianza
son los lazos que nos mantiene unidos, pero por encima de todo
amamos a Dios y a su iglesia que algún día haremos grande, muy
grande. Los hermanos te enseñarán cómo debes dirigirte a ellos y a
mí. Te asignarán un trabajo. Estudiarás y si Dios quiere pintarás. ¡Ah!,
otra cosa. Una vez al mes viene el obispo Felipe o uno de sus
canónigos a la iglesia, mejor será que no te vea. El obispo es
implacable a la hora de aplicar las normas de la orden y está
prohibido utilizar las celdas de los hermanos para dar cobijo a nadie
y mucho menos a una joven como tú. Créeme, nunca le he visto el más
mínimo atisbo de clemencia en estas cosas. Esto es cuanto tenía que
decirte. El padre Anselmo se ocupará de todo. ¿Has entendido?
—Creo que sí.
—¿Sólo lo crees?
—Sí. Bueno…todo no lo he entendido. Creo. Pero obedeceré, no
mentiré y me esconderé. ¿Me quedaré mucho tiempo? —preguntó la
muchacha sin titubeo.
—Eso parece. ¿Qué edad tienes?
—Creo que once. Puede que doce.
—¿Sólo lo crees? ¿Será posible? Veamos, si sabes responder a
esta otra pregunta ¿cómo te llamas?
—Lena.
—Bueno, algo es algo. Con que Lena. ¿Qué nombre es ese?
—Magdalena. Creo.
—¿Otra vez dudas muchacha? ¿Sabes qué significa Magdalena? Te
lo diré. Es un nombre hebreo. Significa la magnífica y grandiosa que
vive sola en un torreón. Le diré al padre Anselmo que disponga todo
para que seas bautizada porque ¿no has sido bautizada, verdad?
—Creo que no.
—¿Ya estamos otra vez? Si quieres te podríamos bautizar con el
nombre de Servanda, que significa la que ha de ser salvada y
protegida. Sí, creo que ese nombre te iría bien.
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—Pues no sé yo si me llamaré Magdalena, pero Servanda creo que
no. ¿Cuál es el tuyo? —se atrevió a preguntar Lena.
—Soy el Reverendo Pablo y soy el párroco de esta iglesia, que lleva
el nombre de Santa María.
—Yo soy Lena —dijo la muchacha intentando corresponder al
orden en que el Reverendo se había presentado— y para no mentir
creo que vengo a esta iglesia desde hace bastante más de cinco
noches.
—¿Muchas más? —preguntó sorprendido el Reverendo.
—Cuando empecé hacía mucho frío y ya no hace casi. Creo.
—¿Otra vez creo? ¡Por todos los santos! ¡Llevas meses viniendo!
A punto estuvo Lena de preguntarle qué significaba «Reverendo» y
qué era ser «párroco», también le hubiera preguntado qué era una
«jofaina», un «instructor», un «canónigo», un «obispo», un
«benedictino» y quienes eran «las carmelitas», pero intuía que el
padre Anselmo más pronto que tarde le contaría todo lo que ella
necesitaba saber. Pero ahora se sentía cansada y solo quería dormir.
Los pasos apresurados del padre Anselmo resonaban entre las
bóvedas de la iglesia confiriéndoles una firmeza que no poseían. Como
una exhalación y sin su habitual reverencia, cruzó la sala capitular, la
capilla de La Inmaculada, la de La Comunión y el altar mayor. Abrió el
portón de hierro que daba acceso al atrio y tras recorrer unos
metros del vestíbulo irrumpió, casi sin respiración, en el habitáculo
que desde hacía más de tres años había acondicionado para Lena, en
un improvisado estudio de pintura. El penetrante olor a barniz
entremezclado con resinas y aceite de trementina acabó por
provocarle una arcada.
—¡Insensata criatura! Si no abres la puerta de vez en cuando te
asfixiarás —reprochó el religioso dirigiéndose a Lena que continuaba
abstraída moliendo las pinturas.
—No insista padre Anselmo. No quiero que nadie vea el lienzo
hasta que esté finalizado. Además ya le mostré los bocetos. Para su
calma, le diré que queda muy poco para finalizarlo —interrumpió Lena,
creyendo adivinar el motivo de su visita.
El interés que el hombre había mostrado hasta entonces, por la
finalización de su cuadro, se había convertido en los últimos días en
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una insistencia exacerbada que no era propia de él. El Reverendo
había pedido a Lena que pintara un lienzo que representara La
Anunciación de la Virgen. Ella, sin dudarlo, había accedido
comprometiéndose a ello, pero la muchacha no entendía la urgencia
que había para acabarlo.
—No te excedas Lena, tu mecenas tiene un límite y deberás
acabar tu obra cuanto antes. He venido para decírtelo. Las cosas
fuera de estos muros no van bien. Si no te pasaras todo el día
encerrada aquí, lo sabrías. Dicen que los franceses están llegando a
puerto y no sabemos qué acontecerá, pero no puede ser algo bueno. El
Reverendo Pablo vendrá mañana a ver el lienzo y no me cabe duda de
que será «La Anunciación» más bella que hayan visto sus ojos. Al
estilo de la escuela italiana, como te he enseñado. Al día siguiente
marchará a Orihuela, llevándosela consigo para entregarla en la
diócesis al mismísimo deán.
»Ya esta todo acordado. Hiciste una promesa y debes cumplir tu
parte. El Reverendo cumplió la suya sobradamente, poniendo a tu
disposición pinceles, pintura, lienzos y a mí, que he cumplido
fielmente con el cometido. Te he mostrado los secretos mejor
guardados del arte de la pintura, muchos de ellos de las escuelas más
prestigiosas de Italia. Qué aceites usar, qué materiales, cómo
conocer los pigmentos y el resultado de sus mezclas, cómo usar los
secativos, las esencias para diluir colores. Todo por ti, una joven que…
Lena interrumpió al padre Anselmo. Había dejado de moler sus
pinturas y cubierto con un trapo las aceiteras y recipientes que
contenían las resinas y los barnices en un gesto de ayudar al clérigo a
salir de su indisposición, impidiendo que los fuertes olores que
desprendían las lacas fueran aspiradas por él.
—Sí —prosiguió Lena previendo lo que el sacerdote le iba a decir
—. Por una joven pobre y sucia sin más techo que el de un cobertizo
fuera de las murallas de la ciudad y a la que sorprendió una noche con
sus bocetos en la Iglesia, tratando de dibujar con un carboncillo lo
que apenas podía ver con la luz de un cirio. Una joven que deseaba
tanto pintar, que esperaba pacientemente la noche para no ser vista y
recorrer el camino hasta llegar aquí. Una muchacha que encontró el
modo de entrar secretamente en esta Iglesia solo por ver, el lienzo
de San Rafael, el de Santa Ana. Oler, sentir la textura de los lienzos
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intentando adivinar qué aceites fueron usados, cómo mezclados los
colores, cómo las imágenes podían reflejar luz o sombras, cómo los
rostros expresaban dolor o cómo vida. No lo dude, cumpliré mi
palabra. Hoy mismo lo acabaré, no dormiré si es preciso, el Reverendo
tendrá su Anunciación. Sólo queda por pintar los ojos de la Virgen. No
sé. No puedo imaginar su mirada, por mucho que usted me haya
repetido la historia de La Biblia.
El Clérigo se quedó pensativo y salió de la habitación sin mediar
palabra, regresando a los pocos minutos para entregar a Lena un
pequeño espejo.
—Si miras en él verás lo que buscas.
El Padre Anselmo se giró para marcharse, pero Lena le detuvo
inquiriéndole.
—¿Qué es una canonjía?
—No deberías escuchar conversaciones ajenas Lena. Esta bien,
será mejor que te lo explique todo —cedió el padre Anselmo.
»Hay en la ciudad un conde que desea construir en esta iglesia una
capilla en honor a Santa María Asunta, imponiendo como condición que
los restos de su familia puedan descansar en ella y que el escudo de
su familia se haga esculpir en piedra sobre el friso de una de sus
columnas. Por ese motivo, solicitó al Reverendo que mediara ante el
obispo Felipe, para que le autorizara la construcción de la capilla.
Como prueba de buena voluntad, se comprometió a donar a esta
iglesia parte de sus tierras y a realizar ayudas económicas, que
pudieran precisarse en el futuro para reparaciones o
reconstrucciones del edificio. Al Reverendo Pablo le pareció una
oportunidad extraordinaria para aumentar en la iglesia la llegada de
nuevos feligreses con cierto poder adquisitivo, que podrían ayudar
tanto económicamente en nuestro ejercicio de la caridad como en la
realización de nuestra obra de apostolado, pues como ya sabes, uno
de los fines de nuestra orden es fomentar la devoción para extender
el reino de Cristo por todo el mundo. Además y por qué no decirlo, las
ayudas para la reconstrucción de la iglesia supondrían para nosotros
la posibilidad de ampliar los muros de nuestra modesta iglesia. Tal
vez con nuevas capillas o una nueva torre en la fachada de la entrada,
pero sobre todo garantizaría su reconstrucción ante desastres como
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el que tuvimos en 1484 cuando esta iglesia quedó prácticamente
destruida por el fuego.
—¿Y qué problema hay en todo ello? —interrumpió Lena sin
entender.
—No seas impaciente y deja que te siga contando —dijo el padre
Anselmo bajando el tono de voz como si de pronto temiera ser oído.
»El Reverendo relató al obispo su conversación con el noble,
dándole su conformidad en todo, pero cuando le reveló el nombre del
conde, empezaron los problemas. Al instante supo de quién se
trataba. El conde era un afamado coleccionista de arte, siendo su
colección privada, una de las más admiradas de nuestro país. Obras
de Leonardo, Tiziano, Veronese, Michelangelo, Zurbarán, Velázquez y
otras muchas, algunas no firmadas pero claramente atribuibles a
pintores de renombre, son suyas. Pues bien, ya conoces la debilidad
del obispo por la pintura y su deseo de obtener para el altar mayor de
la catedral, un óleo que represente La Anunciación. Así es que, impuso
una nueva condición para que el conde pudiera construir la capilla:
debía entregarle una de las obras de su colección. En concreto una no
firmada, pero atribuida a Giorgione, que representa la Anunciación. Si
el Reverendo conseguía ese acuerdo, como prueba de su generosidad,
la Iglesia de Santa María sería elevada a colegiata prometiéndole a él
una canonjía que le permitiría disponer de parte de las rentas de la
catedral. Pero lo cierto es que el conde se ha negado a acceder a los
propósitos del obispo y a decir verdad, el Reverendo no le ha insistido
demasiado, pues en el fondo no aprueba la conducta del obispo. Piensa
que se ha dejado llevar por una ambición personal y compromete el
bien de la parroquia por intereses propios.
—Y entonces ¿para qué quiere mi cuadro? —objetó Lena.
—Creo que es la particular forma que tiene el Reverendo de
castigar la soberbia del obispo. Conociéndolo a él y a tu pintura, no
duda sucumbirá a la belleza de tu lienzo, que te recuerdo deberás
firmar. Se la entregará y le explicará quién eres, sabiendo que las
normas de la Santa iglesia no permiten exponer en ella, óleo alguno
pintado por una mujer. La elección será suya o cede en su
intransigencia y exhibe tu obra en el altar, guardando el secreto de
tu autoría o condena la obra a un lugar privado de la catedral, donde
solo podrá admirarla él. Porque créeme Lena, la admirará de un modo
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u otro. Siento haberte dicho esto, pero creo que el Reverendo confía
en que de una forma u otra cederá. El obispo ha de ir a Roma.
Debemos de entregarle tu obra antes de marcharse —dijo el
sacerdote al tiempo que se levantaba para irse.
—La verdad —musitó Lena— no esperaba esto. No obstante el
Reverendo ha hecho mucho por mí y se lo debo.
Lena quedó en la estancia en silencio, sus pensamientos se
agolpaban. Comprendía las razones del Reverendo Pablo, pero pensar
que su cuadro podía quedar escondido en los muros de una estancia
del obispo, le herían profundamente. Ella también amaba el arte, pero
¿quién era ella? —pensó—. Sacudió la cabeza como si con ello
eliminara sus pensamientos y tomando su pincel comenzó a pintar. A
punto de romper el alba el cuadro ya estaba finalizado. La joven
exhausta quedó dormida.
Los primeros cañonazos franceses despertaron a Lena, que
comenzó a gritar, mientras el padre Anselmo corría hacia el vestíbulo
para ayudarla.
—¡Fuego! ¡Fuego! ¡Por Dios que alguien me ayude! ¡Padre ayúdeme!
¡El lienzo! —gritaba Lena despavorida, implorando al sacerdote,
mientras las bombas retumbaban entre los muros de la Iglesia—
¡Ayúdeme! —gemía mientras se arrancaba las faldas con las que
pretendía improvisar un protector del óleo.
El padre ayudó a la muchacha a cubrir el lienzo y portándolo entre
los dos, se dirigieron hacia la Sala Capitular, con la esperanza de que
sus muros, más resistentes que los de otras zonas de la iglesia,
pudieran guarecerles. Pero dos bombas incendiarias alcanzaron la
Iglesia de nuevo haciendo caer los cascotes sobre ambos impactando
de lleno contra el Padre Anselmo que quedó muerto. Lena, malherida,
logró arrastrarse hasta alcanzar el óleo que había quedado al
descubierto y cubriéndolo con su cuerpo miró por última vez los ojos
de una joven Virgen, sintiendo la maternidad que ella nunca tendría.
Fuera, en la ciudad, las bombas silbaban por todas partes,
comenzaron a escucharse los primeros derrumbes de edificaciones
que caían fulminados por los impactos y pronto el aire comenzó a
transportar nubes de polvo y humo evidenciando el desastre.
La escuadra francesa al mando del Almirante D’Estrées, había
acordonado el puerto de Alicante: cuatro navíos, cinco fragatas,
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veintiséis galeras, tres galiotas de bombardeo, cinco saetías, dos
gánguiles y un navío genovés listo para el desembarque. La
destrucción se hacía patente.
Fue el Reverendo Pablo quien descubrió el cuerpo sin vida del
Padre Anselmo. Buscó a Lena con la mirada y la descubrió bajo unos
cascotes. Un manto de polvo la cubría. Le pareció que agonizaba.
—¡Lena, no te muevas, yo te ayudaré!, —le murmuró el Reverendo
con voz entrecortada. Comenzó a quitar las piedras y a retirar la
tierra de su rostro. Observó que la joven movía los labios y se acercó
para escucharla.
—Entregue el lienzo al Obispo —susurró Lena con un hilo de voz.
—Lo entregaré. Pero sabes que no podrá ser exhibido. Eres una
mujer y ni la Iglesia, ni siquiera las escuelas de arte…
Lena le interrumpió y en el último suspiro le susurró: «No lo he
firmado».
El Reverendo apartó el cuerpo sin vida de Lena y descubrió el óleo.
Sobre un fondo oscuro tres figuras, a la izquierda la Virgen, sobre la
que reposaba un rayo irradiado por una paloma que constituía la
segunda figura que centraba la imagen, a la derecha el Arcángel San
Gabriel parecía palidecer frente a María. Los contrastes de luz y
sombra no parecían buscar la idealización de las figuras, sino hacerlas
tan reales que el Reverendo quedó por unos instantes ensimismado,
ajeno a las bombas que se escuchaban ya sin tregua. Observó atento
los brillantes ojos de la Virgen, bellos como su rostro, bellos como
fueron los de Lena. De ellos parecían brotar lágrimas. Aquéllas que
sólo una mujer podría haber entendido: las que manan de la ingrávida
línea que separa la inocente adolescencia de la rotunda maternidad.
Un nuevo bombardeo sacudió la bóveda del Templo, el Reverendo
tomó el óleo y esquivando los cascotes, logró alcanzar la puerta de
salida. Subió a su carruaje y huyó a toda prisa hacia la diócesis.
Mientras se alejaba los pensamientos se agolpaban en su mente sin
orden alguno. Pensaba en el obispo y en su promesa de elevar la
Iglesia de Santa María a colegiata. En la prebenda de la canonjía que
a él, ya nombrado canónigo le correspondería. En la parroquia. En las
obras de caridad que podría llegar a hacer. En la reconstrucción del
templo y en su deber de apostolado.
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Detuvo un momento su carruaje. El estruendo del bombardeo
quedaba ya lejano y el sentido de sus propósitos le parecían vacuos.
Se sintió profundamente triste. Lloró por el padre Anselmo, por Lena
y por todos los que quedaron atrás. Miró el lienzo que portaba.
Recordó las últimas palabras que cruzó con la muchacha «El lienzo
nunca se exhibiría si se supiera pintado por una mujer», pensó en ello
y sonrió. Nadie lo sabría. Lena no lo había firmado.
Tomó de nuevo las riendas de su carruaje y prosiguió el camino
hacia la diócesis con la firme decisión de entregar al obispo una obra
anónima nacida en los mismísimos talleres de Buonarrotti. Luego
regresaría a Alicante y enterraría a los muertos en el suelo del
templo, que utilizaría como digna cripta de los héroes caídos.
Reconstruiría de nuevo su hermosa y sólida Iglesia de Santa María y
tal vez el tiempo, aliado testigo de su grandeza, la erigiría como
Basílica.
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Aunque en mi mordaz opinión, Pilar H. Fiol debió nacer unas
décadas después, en mi otra opinión, «la modesta», ha sido bienvenida
a este, su Alicante. Estoy seguro de que le hubiera gustado ser una
de «Las chicas del calendario» pero ha tenido que conformarse con
luchar contra la informática. Doy fe de ello. Lo más alto que ha
subido en la escalera de las letras, está, en el primer premio de
CEAM, con «La casa del gallo», y «El vacío» y «Compaña» que Aula
abierta, ha tenido la delicadeza de incluir en sendos libros.
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Compaña
—112 emergencias, dígame.
—Tranquilícese señora, solo dígame la dirección y enseguida irá un
médico.
—¿Es usted Adelina…Díez? Soy el doctor Martí, ¿dónde se
encuentra la señora?
—En la habitación, pase, pase por favor doctor, es esa puerta.
—Mire Adelina, esto es cosa de la policía, nosotros no podemos
certificar la muerte como natural, tengo que hacer una llamada para
que se hagan los trámites oportunos. La señora, ya estaba muerta y,
esto ya no es cosa nuestra…«lo siento señora, pero no debe tocar
nada de la casa hasta que no lo diga la policía» Y si es tan amable, el
teléfono por favor.
—¡Oh Dios mío!... Sí, el teléfono está en la entrada.
—Por favor quiere darme su nombre, y domicilio.
—Me llamo Adelina Díez, y vivo en la calle del Pintor Quintana nº
56, 2º.
—¿Laura Miralles Guiñan era familiar suyo? —dijo el policía.
—No, no señor, yo solo trabajo, trabajaba, para ella.
—Escuche, vamos hacerle una serie de preguntas ya que es usted
la única persona que se encontraba en el piso de la difunta Laura
Miralles Guiñan, ¿o había alguien más?
—¡No, que va, cuando llegué a las cuatro abrí con la llave que tengo
y no había nadie más!
—De acuerdo, mi compañera seguirá con las preguntas, —dijo el
policía.
—Hola, soy la inspectora Zaragoza, siéntese por favor. Quiero que
me cuente cual era su relación con la difunta.
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—Leí en un periódico de ofertas de trabajo, que se necesitaba
mujer de entre cuarenta y cincuenta años para hacer compañía a una
señora, y un teléfono, al cual llamé para informarme.
—¿Y quién le contestó?
—La misma señora.
—¿Cómo fue esa primera conversación? —dijo la inspectora.
—Fue la de una persona mayor pero muy educada.
—Se pusieron de acuerdo, y accedió al trabajo, y… ¿Qué fecha
era? —dijo la inspectora.
—Quedamos en vernos esa misma tarde y, eso fue…el 5 de mayo.
—Cuando llegué ella misma me abrió la puerta y pasé a un saloncito
—dijo Adelina.
—¿Qué impresión le dio al conocerla?
—¿Impresión? normal, la de una persona mayor que me explicaba,
en que iba a consistir mi trabajo. Debía acompañarla de paseo, al
cine…y también me dijo que tenía una señora encargada de llevar la
casa y que por lo tanto, no tenía que preocuparme de ninguna otra
cosa. Aunque pasados unos días, me pidió por favor, si me importaría
hacerle yo las compras.
Yo pensé, que la señora que llevaba la casa, era la indicada, pero…
aunque debo decirle que no sé cómo era, ya que se marchaba dos
horas antes de llegar yo, solo sé que se llama Matilde.
—Matilde, y dice que no… ¿ni su edad? —puntualizó la inspectora
—No, no tampoco —afirmó Adelina
—Cuénteme como han sido estos cinco meses.
—¿Ah perdone, cuantos días iba usted a la semana? —siguió la
inspectora.
—De lunes a viernes, y de cuatro a nueve y media.
—¿Cómo era Laura Miralles, habladora, introvertida? —dígame.
—Los primeros días recuerdo nos quedamos en casa, estaba algo
acatarrada, padecía de los bronquios, yo iba a las cuatro y me
marchaba una vez hubiera cenado. Al principio era normal que no
hubiese confianza para hablar de…bueno, de cosas. Me enseñó, cuál
era su ropa, o como le gustaba el café con leche. Pero más tarde,
creo que por mi carácter abierto, se contagió y me contó algo de su
vida. No había tenido hijos y, por supuesto sus padres ya no vivían, la
pobre no tenía más familia, se quedó soltera después de tener un
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novio varios años, no dijo cuántos, y al terminar esa relación no quiso
pensar en ningún otro hombre.
»Verá, lo que me sorprendió fue, la transformación que sufrió
cuando me habló de aquel novio. No la entendí. ¿Cómo después de
tantos años podía recordarlo con tanto detalle? Debió quererlo
mucho —dijo Adelina.
—Pero un día nada más llegar a las cuatro, vi en el saloncito a un
hombre sentado en la butaca fumando un cigarrillo. Luego supe que
aquel hombre, fue su novio.
»Nada más entrar yo, Laura se levantó precipitadamente y vino
hacia la puerta, él nos miró a las dos esperando que Laura nos
presentara, pero no lo hizo, de modo que tuvo que levantarse y salir,
pero al pasar por mi lado me dio la mano, y dijo: «encantado».
»¿Debo contarle estas cosas, o quizás no es de interés?
—Siga por favor, espere, ¿le habló después algo sobre él?
—Creo que no tuvo más remedio ya que volvió al saloncito con el
pañuelo en la mano y llorando, en aquel momento solo dijo «ha venido
a devolverme el dinero». Al día siguiente me enteré, de que no había
sido la primera vez que le prestaba dinero. Eso me dio confianza para
preguntarle algo más sobre aquel hombre. Me contestó de una
manera extraña, se puso unas gafas oscuras a la vez que miraba hacia
la ventana, y hablaba sin dejarme espacio para que interviniera, fue
un «monólogo».
»Efectivamente, tenía diez años menos que ella, y un buen sentido
del humor, siempre la llamaba «princesa», aunque ella dudaba si su
propósito, era solo el dinero. Pero lo más sorprendente fue cuando
contó, que le había pedido que pusiera el piso a su nombre, «total
cuando tú mueras se lo quedara el estado», dijo él.
—Aunque yo siempre pensé, que aquello lo dijo para enrabietarla.
—¿Y lo hizo, lo de poner el piso a su nombre? —dijo la inspectora.
—No lo sé, ya no volvió a salir esa conversación.
—Adelina, ¿le parece que sigamos mañana? Y, por favor, déjeme su
teléfono… no hace falta está aquí anotado, —¿ha traído la llave del
piso de Laura? Muy bien, eso es todo por hoy, gracias Adelina.
Volví a mi casa sintiendo mi autoestima más alta por el solo hecho,
de hablar con la inspectora. Desde que me casé, y hasta incluso
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cuando murió él, mi vida había sido «pura rutina», mi marido tenía
demasiados complejos, era una persona poco habladora, pero con
todo, le echaba de menos. En fin, se trataba de mis recuerdos que ya
no importaban, lo malo es que ahora que había encontrado algo para
entretenerme y ganar unos euros, me pasaba esto. Se me cargó la
cabeza. Me eché en la cama y cerré los ojos. Cuando mejor estaba,
sonó el timbre de la puerta insistentemente. Salté de la cama y abrí.
Era mi vecina de abajo dando gritos.
—Adeli, ¿no te has enterado?, tengo la casa inundada, cae el agua
por todas las paredes desde tu casa, ¡llama a los bomberos!
Cuando me di la vuelta, una cegadora luz distorsionaba la visión de
las cosas. No podía llegar hasta el teléfono. Todo había sido cubierto
por telas con dibujos extraños que enmascaraban la salida, me tiré al
suelo llorando y empecé a pedir socorro. El timbre seguía sonando una
y otra vez. De pronto, cambió el sonido por unos fuertes golpes que
hicieron que abriera los ojos.
Me levanté confusa y sin ningún impedimento, me dirigí a la puerta.
Estaba en mi casa, abrí, y allí delante con los ojos desorbitados, mi
vecina me abrazó dando gritos de alegría.
— ¿Adeli, que te ocurre, que son esos gritos?
—Ha sido solo una pesadilla…
Por la noche, más tranquila, intenté recordar cómo habían
transcurrido los últimos días en casa de Laura, y caí en la cuenta, que
hacía como un par de semanas, que la encontraba más débil de lo
normal. Recapacité sobre la importancia de Matilde en esta historia.
Por lógica, al registrar el piso la policía, encontrarían su dirección y
teléfono en la agenda de Laura, sin duda era una pieza importante, y a
mí el destino me jugó una pasada, impidió que la conociera, ¿sería
cosa de Laura?
Eran preguntas que no tardarían en tener respuesta. Es cierto que
quién lo hiciera debía tener un motivo, y mucha sangre fría, y aunque
Matilde era la única que iba todos los días, no debía pensar mal de
ella.
Las horas se hacían eternas. Estaba ansiosa porque se resolviera
este rompecabezas, aunque mis conjeturas me llevaban, a una muerte
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natural, ella se medicaba, luego estaba enferma y en algún momento,
el corazón le pudo fallar a pesar de que… yo misma le daba la pastilla
a las cuatro, y antes de irme cuando la dejaba en la cama, ¿y por la
mañana se la daría Matilde, o se la tomaba ella misma? ¡Ese detalle se
me escapa!…no sé por qué le doy tantas vueltas, al fin y al cabo
tampoco le tenía tanto cariño. Mi preocupación era puro egoísmo.
A la mañana siguiente cuando iba a salir de casa, la inspectora le
avisó que debía personarse a las diez, en comisaría.
—Quiero que corrobore usted lo que declaró el miércoles pasado.
¿Dijo que no había visto nunca a la señora de la limpieza, verdad? «la
tal Matilde» —apuntó la inspectora.
—Si es cierto, ¿por qué? —dijo Adelina.
—Va usted a ver y a oír a través de un cristal una conversación, y
luego hablamos.
La pasaron a una sala pequeña, y a través de un cristal, pudo ver a
una mujer de mediana edad y al otro lado de la mesa, un hombre
joven. Entonces, una bombilla por encima de su cabezas
aparentemente blanca, se encendió de un rojo fuerte, y empezó a
hablar el hombre.
—¿Cuántos años ha estado trabajando para Laura Guiñan?
—Tres años y cinco meses —dijo la mujer.
—¿Y usted sabía que su marido había sido novio de la señora Laura
Guiñan?
—¡Dios mío, Matilde! —exclamó Adelina.
—Sí, lo supe en cuanto le dije la dirección a donde iba a trabajar.
—¿Cómo sucedió, Matilde? —dijo el hombre.
—Yo estuve buscando trabajo a través de periódicos durante
varias semanas, y al no encontrar nada relacionado con lo que yo tenía
experiencia…
—¿En que tenía usted experiencia?
—Trabajé en un laboratorio durante seis años, pero redujeron
personal, me tocó a mí por ser la última en entrar. Y ahí empezó mi
búsqueda por un empleo.
Un día leí el anuncio que pondría la señora y que decía «se necesita
señora o señorita para llevar una casa» y la dirección. Las condiciones
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junto con el sueldo me parecieron bien. Nunca pensé que trabajaría
en esto, pero se trataba de una señora sola y el sueldo era bueno.
—Perdone, ¿de qué era el laboratorio?
—Es un laboratorio, donde se analizan las muestras de orina y
sangre y otro tipo de análisis, aunque yo no soy titulada, me
encargaba, junto con un compañero, de la máquina que centrifuga las
muestras y poco más.
—¿Qué le dijo su marido del cambio de trabajo?
—Que yo podía hacer lo que estimara conveniente, que probase,
siempre podría cambiar.
»Fue entonces, al decirle el nombre de la señora, cuando me contó
su relación con ella.
—¿Recuerda cómo lo hizo? —insistió el inspector.
—Sí claro, lo que más me llamo la atención fue la diferencia de
edad, pero no reflejé en mi cara la sorpresa que me había llevado, y
lo deje hablar. Pero presentí algo cuando me llamó «Madel», ya que no
era habitual en él, pues siempre me llamaba Matilde.
—La conocí un día en el parque —me contó mi marido—. Yo salía
con la bicicleta a hacer ejercicio en cuando podía. Aquel día, había
pasado ya una hora encima de aquel sillín y no aguantaba más, baje
para beber agua en una de las fuentecillas que hay junto a los bancos
del parque, y en uno de ellos sonriéndome estaba ella, que sin ningún
pudor me dijo: «no es bueno demasiado ejercicio».
»Entonces me senté a su lado a descansar y seguimos un rato más
hablando. Esa fue la primera vez que la vi y, tengo que decirte, que
fue muy agradable hablar con ella.
»A la semana siguiente volvimos a coincidir, esta vez en unos
grandes almacenes. Nos saludamos. Entonces la invité a tomar café
esperando un «no», como respuesta, era obvio la diferencia de edad,
que por otra parte a mi no me molestaba. Pero aceptó. A partir de ahí
los encuentros ya fueron programados. Por entonces yo daba clases
en una academia, una semana las tenía por la tarde y otra por las
mañanas, de manera que tenía bastante tiempo libre, y ella también.
»Bueno Madel, y a partir de ahí, se puede decir que formalizamos
una relación que duro cinco años y pico. El primer año estuvimos
deslumbrados, ninguno de los dos mentábamos la edad, ella tenía el
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don de ser una buena comunicadora, yo siempre he creído que sentía
la necesidad de contarme lo que hasta entonces había vivido, de esa
manera estaría siempre clara nuestra situación. Tuvimos ratos muy
buenos que con el paso del tiempo se fueron limando, incluso, hicimos
algún viaje con el fin de que aquello que habíamos iniciado de una
forma poco corriente, pudiera durar algún tiempo más…
—¿Eso fue todo? —dijo el inspector.
—Sí señor, me pareció suficiente.
—¡Ah!, una última pregunta, ¿usted nos ha dicho que las horas de
trabajo en la casa de Laura, eran de ocho a dos de la tarde, verdad?
—¿Yo, creo que no les he dicho nada sobre el horario? Pero sí, iba
esas horas, de ocho a dos.
—De acuerdo Matilde, vamos a dejarlo aquí, ¿su marido le ha dicho
que está citado también?
—Sí, pensó, que si a mí me habían llamado, también lo harían con
él.
—Por favor no salgan de la ciudad sin hacérnoslo saber, podríamos
necesitar hacerles más preguntas.
—No, no desde luego, lo que usted diga.
—Adelina, ¿ahora que ya la conoce opina lo mismo? —dijo la
inspectora.
—Sí. No la he visto en mi vida.
—De acuerdo, es todo, ¡ah! un momento Adelina, ¿cree que hacían
buena pareja, Matilde y el ex de la señora?
—Bueno, yo no conozco los gustos del señor, pero, la verdad es que
son muy parecidas…
—Sí, tiene razón, guardan cierta similitud teniendo en cuenta la
diferencia de edad, es usted una buena observadora, ¿y ve usted al
señor Alós que podía mantener relación con las dos?
—Bueno, hay gente muy rara, a lo mejor sí.
En mi mente, se había grabado la figura y, sobretodo, la cara de
Matilde a través del cristal. Era una mujer aún joven aunque bastante
corriente, una de esas mujeres que pasan desapercibidas para los
hombres, pero que para las mujeres… trasmiten algo misterioso.
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Después de lo sucedido, la relación entre Víctor y Matilde era algo
tensa, de alguna manera tenía que sacarle a su mujer lo que hablo en
comisaría. «Madel, necesito que me cuentes lo que has dicho a la
policía». No fue muy diplomático, pero cuando se lo contó, se quedó
más tranquilo. Él nunca reveló a nadie las conversaciones que tuvo con
Laura, y quedaba claro que Matilde no sabía nada.
Aquellos años atrás, fueron muy tensos para él, estaba furioso por
haberse quedado sin trabajo varias veces, y aunque la última vez solo
duró tres meses, fue necesario pedirle ayuda económica a Laura. Más
tarde, lo contrató la empresa en la cual seguía estando. Y, aunque en
tres ocasiones más volvió a pedirle dinero, siempre se lo devolvió.
—¿Tiene usted la misma dirección que su esposa, cierto? Por favor
deme su nombre completo y… ¿tiene teléfono móvil?
—Sí, me llamo Víctor Alós Verdú, y mi teléfono es….
—¿Dígame, cuánto tiempo mantuvo relación íntima con la difunta
Laura Guiñan?
—Durante cinco años y unos meses.
— ¿Cómo se conocieron? —dijo el policía.
—La conocí un día en el parque…
—¿Fue la ruptura traumática para alguno de los dos? ¿O… por el
contrario quedaron como buenos amigos? —dijo el policía.
—Bueno, yo diría que la separación fue lastimosa, pero quedamos
en que si uno de los dos necesitaba del otro, hablaríamos sin
problema. Durante unos años no hubo comunicación entre los dos,
todo había quedado en una extraña amistad. Las pocas veces que volví
a verla, rehuimos hablar del pasado y, la última vez que estuve en su
casa, fue para devolverle lo que me había prestado hacía cinco meses,
y darle las gracias. Eso sí, mi mujer no estaba presente, solo había
una señora que la acompañaba para no estar sola. Debo decir que la
encontré muy desmejorada, pero pensé que el paso de los años había
empezado a pasarle factura.
—¿La relación con su esposa durante el tiempo que trabajó en casa
de Laura, era normal?
—En realidad, nosotros llevábamos ya quince años casados cuando
mi mujer se puso a trabajar para ella, y hasta ese momento
funcionábamos bien, bueno, en alguna ocasión he notado en Matilde,
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una especie de celos al surgir el nombre de Laura, en alguna
conversación.
—¿En algún momento sacó usted provecho económico de su
amistad con la difunta?
—Sí, le repito lo mismo que le dije anteriormente. Fue cuando me
quedé sin trabajo, pero siempre tuve claro que se lo devolvería, lo
nuestro en el pasado estuvo bien, pero no era mi intención
aprovecharme de ello, así que cuando volví a trabajar, en los meses
siguientes, le devolví hasta el último céntimo.
—¿Volvió posteriormente a su casa? —dijo el policía.
—No. Ya no tenía sentido, trabajando mi mujer para ella…hubiera
sido violento... no, no volví.
—Gracias señor Alós, de momento es todo…
—¿Han averiguado cómo murió? —dijo Víctor.
—Las peores pistas siempre conducen a otras interesantes —le
contestó el inspector.
Todos los cabos determinaron, que tendrían que volver a declarar.
—Gracias por venir, Adelina. Queremos que nos diga si usted
siguió haciendo la compra en casa de Laura.
—Bueno, creo que si, cuando me marchaba me entregaba una lista
con lo que se necesitaba, y por la mañana lo traía.
—¿También la de los, medicamentos?
—También. El doctor le hacia las recetas y yo las sacaba de la
farmacia.
—¿Qué clase de medicinas eran? —dijo el policía.
—Bueno, para la hipertensión, antibióticos, antiácidos, ah, y un
inhalador para cuando se constipaba, porque le costaba respirar…
—¿Cuándo tomaba el antibiótico? —dijo el policía.
—Era frecuente que se le cargaran los bronquios, y a la mínima, D.
Pedro se los aconsejaba.
—¿Cada cuanto tiempo le hacían recetas? —preguntó el policía.
—¡Ay! no sé…como cada veinte días... sí, creo que más o menos,
veinte días, ¡pero no siempre eran antibióticos!
—Gracias Adelina, por cierto, ¿está segura que solo a usted le
daba las recetas Laura?
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—Bueno, segura, no, yo no sé lo que hablaba con Matilde,
pregúntele a ella, ¡ay! perdón, no quería decirlo así,…
—No se preocupe Adelina, lo entendemos.
—¿Usted puede asegurar que nunca sacó medicamentos para
Laura, con o sin receta? Píenselo, Matilde —le preguntó el policía.
—¡No, no me los hubieran dado sin receta! A veces he comprado
algún medicamento para mí, porque tenía la farmacia más cerca que la
que hay por mi barrio, pero para…mí.
—Señor Alós, ¿padecen usted o su esposa de hipertensión?
—No, ninguno de los dos, ¿por qué? —dijo Víctor.
—Le comunico que consta en nuestro poder una orden judicial para
registrar su casa. Tenemos certeza de que su esposa compraba las
pastillas que se tomaba Laura, para la hipertensión. Suponemos el fin,
aunque ella lo ha negado. Por eso le pedimos su colaboración para que
esta tarde que está previsto el registro, nos asegure que no estará
su esposa allí.
—De…acuerdo. ¿Sobre qué hora irán ustedes?
—Alrededor de las seis de la tarde. Aguardaremos en el coche,
hasta que usted nos indique que ya ha salido. ¿De acuerdo?
—Sí, sí, de acuerdo.
A las seis en punto, Víctor, sale del portal y les hace la señal
pactada.
Tres policías de paisano, entran en el piso y se dirigen
directamente al cuarto de baño. Allí registran a fondo y en menos de
una hora, han terminado. Encuentran rápido lo que buscaban, varias
cajas de medicamentos son introducidos en una bolsa de pruebas. En
la puerta, Víctor, espera que le den alguna noticia.
—¿Han encontrado algo? —musitó Víctor.
—Gracias, ya les avisaremos. —dijo un policía.
Por la frialdad con que fue cometido el crimen, Matilde Morón fue
condenada a 32 años de cárcel. Y como declaró en el juicio, no pudo
asumir la historia de amor que su marido y Laura vivieron, «antes de
conocerme a mí».
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Premeditadamente fue apagando la vida de ésta, aumentando poco
a poco la dosis de su tratamiento. Pero el corazón de Laura era más
fuerte de lo que ella deseaba, se resistía a parar, siguió latiendo.
Martirizada por el remordimiento que no la dejaba vivir, determinó
aquella mañana nada más llegar, entrar en la habitación donde Laura
aún dormía, coger su propia almohada, y cortarle el aire hasta acabar
con su vida.
Hoy sigue pagando su diabólico crimen, por unos celos que ya no
tenían ningún sentido.
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Carlos F. López Delgado. 57 años. Sin práctica ni estudios
literarios. Tuvo que vivir una experiencia desagradable en América
Latina para que le entrara el «gusanillo» por la escritura.
¡Afortunadamente!
La necesidad de escribir la historia para que su hija supiera qué le
había pasado en ese tiempo se convirtió en una novela: «AL
INFIERNO» (entrada libre).
Ahora está en tratos para convertirla en guión cinematográfico y
posiblemente en una serie de T.V.
En el tiempo de espera ha terminado dos novelas más:
«NO TENGO NADA» (solo los recuerdos) y «SOLO PARA 87»
(perdón por la publicidad).
Ha colaborado en la revista «CONTRALUCES» del Ayuntamiento
de Alicante como escritor de relatos. Sabe que para aprender tiene
que escribir, luego escribir y después volver a escribir. Lo hace todos
los días. Unas veces bien y otras no tan bien. Pero no pasa nada
porque lo repasa y lo mejora. O por lo menos lo intenta.
Plasma en papel todo lo que se le ocurre. Relatos serios, cómicos,
críticas con ironía, chistes, mensajes. Cualquier excusa es buena para
hacerlo.
Parece que a la vejez ha encontrado lo que de verdad le gusta
hacer: Escribir.
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¿Decisión acertada?
Parece que sí
Personajes
Daniel. 38 años. Casado, con una hija de 16 años. Abandonado. Y
lógicamente separado. Dos años parado. Harto de la vida. Cansado.
Aburrido. Desquiciado. Sin futuro.
«Happy». Una perra loba. Nació salvaje. Pero el destino la hizo
ser la compañera perfecta de un ser humano. Parece que el destino
los juntó.
Una perra abandonada por su madre y un humano abandonado por
el mundo.
«Macho». Perro lobo. Padre de los cachorros de «Happy».
Paz. Hija de Daniel. 16 años. Pelo castaño. Ojos verdes. La hija
más bonita del mundo.
Este relato es ficticio.
Tiene algo de realidad.
Puede que sea solo un sueño o un gran deseo.
Solamente lo puede saber él.
Espero que les guste. Que les haga pensar. Que les haga ver que
en este mundo todavía puede tener cabida el amor y la ternura.
Gracias.
La lluvia era su peor enemigo. Le impedía caminar por los
embarrados y angostos caminos que tenía que recorrer para ir a su
hogar. A su nueva casa. A su nuevo refugio.
Todo era nuevo para él. Llevaba nueve meses «viviendo». Hasta
entonces no había existido. Solo había sobrevivido. Nueve meses
hacía que tomó la medida de apartarse de lo que hasta ahora había
sido su vida. No fue fácil tomar la decisión. El destino fue el que le
empujó a dar el paso. Un destino que a veces es caprichoso, a veces
benévolo y a veces cruel.
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La única que disfrutaba del camino era su compañera. Su amiga. La
que sabía que no le iba a fallar. Tenían fama de no fallar a sus amos.
Era una perra loba que se le apareció en una jornada de senderismo.
Un cachorro de lobo. Perdida en la espesura del bosque. Sola y
hambrienta. Y como él, con falta de cariño.
Al principio le costó hacerse con ella. Pero solo tuvo que ofrecerle
parte de su bocadillo para que el pequeño animal se acercara a saciar
su hambre. La acarició y este detalle fue suficiente para que la
perrita comprendiera que estaba a salvo con su nuevo y benefactor
amigo. Desde entonces no se habían separado.
La llevó a la que hasta entonces había sido su casa. La bañó. Le
hizo arroz blanco con trozos de pollo y cuando se quedó dormida
saciada de comida y cariño, él se tumbó en la cama a pensar en su
futuro, pero sobre todo en su pasado.
Su pasado era lo que le causaba más tormento. Su futuro no le
preocupaba. No lo conocía y por lo tanto no le inquietaba. Era su
pasado lo que no le dejaba dormir.
Recordaba el abandono de su esposa. Cuando se quedó sin trabajo
todo cambió. Comenzaron las discusiones por cualquier cosa sin
importancia y los reproches por no poder encontrar otro trabajo y el
tener que quedarse en casa mientras su esposa tenía que volver a dar
clases de música. La situación empeoro cuando ella salía más de lo
debido con la excusa de que tenía que vivir. Que tenía derecho a salir
y divertirse. Esas eran sus palabras. Él no lo entendía porque cuando
era el que trabajaba no lo hacía. Ahora, la situación había cambiado.
La niña, su hija, ahora con 15 años se daba cuenta de todo. Asistía
a las disputas hasta que se iba a su cuarto a llorar por la situación
que estaban viviendo sus padres.
Un día decidieron acabar con todo y se separaron. En un principio
amigablemente, pero a raíz de encontrar su esposa nueva pareja la
cosa cambio para peor. Su esposa no veía con buenos ojos que Paz, su
hija, pasara demasiado tiempo con él. El nuevo marido era un
millonario que daba demasiados caprichos a su ahijada. Empezó
regalándole una moto y un poni, que podía montar en la nueva casa a
dónde se mudaron.
Recorrer 100 Km. los fines de semana empezaron a aburrir a su
adolescente hija y las excusas para no querer pasar los días con su
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padre eran continuas. Hasta que un día le dijo que quería estar una
temporada sin verlo. Que así tendría más tiempo para buscar trabajo.
Estaba claro que la madre había ayudado a que tomara esa decisión.
Ahora estaba sin trabajo, sin familia y sin futuro. Vivía en una
habitación cedida por sus padres aguantando los reproches diarios y
las críticas por su mala situación.
Estaba cansado.
Cansado de vivir de la manera que lo estaba haciendo. Así llevaba
un año. A veces incluso había pensado en acabar con todo. Pero no de
la manera que a veces toman ciertas personas: el suicidio. Nunca
pensó en tomar esa decisión. Quería vivir. Pero no de la forma que lo
estaba haciendo. Sabía que tenía que cambiar pero no encontraba
como hacerlo.
Y esa noche, mirando a la perrita, su nueva amiga, tomó la
disposición de empezar de nuevo.
Se levantó de la cama intentando que su nueva compañera no se
despertara. Pero por instinto, la perrita, acostumbrada a vivir en la
zozobra de la vida de los animales salvajes, abrió los ojos para saber
a dónde se dirigía el ser que le había dado cobijo y comida. Sabía que
no se tenía que separar de él. Así se lo había inculcado su madre y así
se lo pedían sus genes y la propia naturaleza. Vio que su amigo recogía
cosas desconocidas para ella y la intuición le decía que fuera detrás
de él.
Se alegró cuando vio que el pequeño animal le seguía por todos
lados. Ya no se sentía solo. Había tomado una decisión. ¿La correcta?
No lo sabía. Pero el subconsciente le había dado las órdenes. No lo
pensó demasiado.
Se acercó hasta la cocina y empezó a recoger utensilios que le
servirían en su nuevo destino. Dos cuchillos grandes, la piedra de
afilar, tres cantinas plásticas vacías, una cuchara, un caldero de
hierro que ya no usaba su madre, un garrafón para recoger agua y una
caja de cerillas. El resto tuvo que ir al garaje dónde su padre
guardaba las herramientas. De allí cogió el hacha, una linterna que se
cargaba con la fuerza motriz de la mano, una radio que le regalaron
en el día de su cumpleaños y que funcionaba con pequeñas placas
solares, una docena de cepos para pájaros, un rollo de alambre que no
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sabía para qué, pero que lo cogió y cuando ya salía vio una caja de
velas que también recogió.
Por ahora parecía que estaba todo. Volvió a su cuarto a recoger
una vieja mochila. La llenó, la cerró y le echo la última mirada a lo que
había sido su último hogar.
La perrita le había estado siguiendo en todo momento. Sin saber ni
entender nada, tampoco le hacía falta. Con estar cerca de su nuevo
amigo estaba contenta. Lo manifestaba moviendo lo único que tenía
para demostrar su alegría: su rabo.
Daniel la miraba complaciente de saber que tenía a alguien cerca.
Entró en el baño para recoger lo único que le faltaba, su cepillo de
dientes.
Volvió a su cuarto para echarle un último vistazo. Se miro en el
espejo y se acordó de la ropa. Estaba bien con lo que llevaba puesto.
Un vaquero, una camiseta y las botas de montaña que usaba en sus
paseos al monte. Recogió unos viejos tenis y unas sandalias de agua.
Abrió el armario para hacerse con varias camisetas más, otro par de
pantalones vaqueros, un viejo chubasquero y la manta del avión que se
trajo de recuerdo en el viaje de novios. Nada más. Eso era todo lo
que se iba a llevar a su nuevo destino.
—Creo que lo tenemos todo —le dijo a su nueva amiga sin pensar si
le estaba entendiendo.
Parece que sí, porque la perrita movió el rabo.
—Por cierto —siguió diciéndole a la perrita—. Todavía no tienes
nombre. A ver qué nombre te pongo. —Después de unos segundos
pensando—. ¡Ya lo tengo! Te llamaras: «Happy» ¿te gusta? «Happy»
«Happy» —la llamaba acariciándole la cabeza.
La perrita, ahora llamada «Happy» parece que le gustó porque
movió el rabo con más alegría, al mismo tiempo lamía la mano de su
amigo. O más bien: de su compañero.
Escribió una nota para sus padres para que no se preocuparan por
su ausencia. Solo les ponía que se iba a ir una temporada a la montaña.
Nada más.
La ruta la tenía aprendida bastante bien. Tres días a la semana
salía para hacer la caminata. Había descubierto que a cuatro horas de
su casa estaba la parte de la montaña más salvaje y natural que
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hubiera visto nunca. Era un recodo de montaña que estaba protegido
de los vientos del norte.
De allí manaba un manantial de agua cristalina.
El refugio iba a ser: una mina abandonada.
Un día la descubrió de casualidad. Se quiso proteger de un
chaparrón y se metió en una cavidad que no se veía muy bien desde
fuera, pero que luego reveló que era más profunda de lo que parecía.
Unos 100 metros cuadrados. Con una temperatura estable y todo el
suelo seco. Esto le demostró que no tenía goteras.
Ahora vivían allí. Ya llevaban nueve meses desde que tomó la
decisión. No le estaba yendo tan mal. El agua la tenía asegurada. La
comida también. Cazaba pájaros con los cepos y había aprendido a
poner lazos para cazar conejos. Tenía frutos secos que recogía en su
época, así como fruta salvaje que en el verano había servido para que
no echara en falta su vida en la ciudad. Salían todos los días a revisar
las trampas y a suministrarse de todo lo que fuera comestible. Hacía
acopio de todo lo que se pudiera guardar sin pudrirse y el resto se lo
comían. Recogía leña seca y limpiaba de maleza su nuevo territorio.
Tenía un trabajo no remunerado pero muy bien pagado
psicológicamente.
Aprovechaba las tardes que no salía a recoger frutos o a cazar
para arreglar la entrada de su nueva casa. El interior, después de
mucho trabajo, de quitar las piedras y alisar el suelo parecía un
apartamento de la Quinta Avenida. O por lo menos eso fue lo que le
dijo a «Happy»
No echaba de menos a casi nadie. Algunos días, quizá a sus padres.
Y todas las noches a su hija. Pero el cambio de vida había sido
enriquecedor. El duro trabajo diario no le dejaba pensar en otra cosa
que no fuera la supervivencia en su nuevo mundo. Al no tener noticias
del «exterior» se le había olvidado que había crisis, paro, y todos los
problemas que había estado teniendo.
Hablaba continuamente con «Happy». Le contaba todo lo que
harían al día siguiente. La perrita lo miraba y a veces, por el
movimiento del rabo parecía que entendía todo lo que su compañero le
decía.
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Parecía mentira, pero estaba siendo la época más feliz desde que
se separó de su esposa e hija.
Poco a poco se iba acomodando en su nuevo hogar. Se agencio unos
troncos que usaba de asientos y aparadores. Con soga y cuatro palos
se hizo una cama para estar por encima del suelo. Por las tardes iba
haciendo muescas a la pared para tener estantes y poder poner los
frutos secos que iba recogiendo. En la entrada habilitó un sitio para
cocinar. Con ramas hizo separaciones y diferenció los lugares de
dormir con los de cocinar. La entrada de la mina la cambió para que el
viento no entrara tan directamente. Recogía vigas de la vieja mina y
las ponía en la entrada para hacerla más pequeña, con un marco de
palos y soga terminó de hacer la puerta y de paso lo hacía todo más
confortable. No se aburría. Siempre buscaba y encontraba algo para
arreglar. Hasta las pieles de los conejos que cazaba le servían para ir
haciendo remates para la puerta. Echaba en falta herramientas que le
hicieran los trabajos más fáciles, pero no se venía abajo. Pensaba y
rápidamente encontraba la solución al problema. Estaba decidido a
sobrevivir en su nueva vida.
Se dormía al anochecer y se levantaba al alba. Llevaba una vida
como pensaba que lo habían hecho sus antepasados humanos. Los
únicos que habían sido felices.
Al amanecer ya estaban listos para salir y hacer la ronda por los
lugares dónde había puesto los cepos y los lazos. A veces tenía suerte
y otras no, pero todos los días había premio. Los conejos eran los más
fáciles de coger. Parecía mentira pero era así. Hasta ahora estaba
teniendo suerte. El día que menos cazó fueron tres, el que más, seis.
Cuando el día había sido bueno, estaba cuatro días sin poner los lazos.
Creía que a ese ritmo se iba a quedar sin conejos. Nunca pensó que
sería tan fácil buscarse la comida. Echaba de menos unas gallinas. Le
gustaban los huevos y pensaba a menudo como conseguirlas pero
tenerlas requería ir al pueblo y tener que dar la cara. Hasta ahora no
había tenido necesidad de hacerlo. Quizá bajara un día a saludar a
sus padres y de paso se haría acopio de lo más necesario.
Estaba feliz, él y «Happy». El estar todo el día hablando con la
perrita le venía muy bien para no parecer un loco. Lo de «perrita» era
un decir porque en ese tiempo se había hecho un gran perro. Muy
bonita. Pura loba. Pelo gris, con rasgos blancos y negros. Ojos grises
39
que miraban directamente a la cara de su compañero cuando le
hablaba. Como no hacían algunos humanos.
Una mañana, antes de que amaneciera notó que «Happy» estaba
aullando de una manera lastimera que no conocía. Al salir del refugio
para ver qué pasaba se llevó un susto tremendo. Sentado en la
entrada de la mina estaba el perro lobo más grande que había visto
nunca. Rápidamente volvió a entrar y cerró lo que le servía de puerta.
Miró por una rendija y vio que el lobo también se había asustado y
había salido huyendo hacía el bosque. Rápidamente le echó un vistazo
a «Happy» y lo comprendió todo.
Estaba en celo.
—Parece que te ha salido un novio —le dijo sonriendo y
acariciándola.
La perra salió corriendo y ladrando al que si se descuidaba la iba a
dejar preñada. Como todavía no estaba en su día fértil, no entendía
que hacía ese gran perro acechando en lo que era su territorio.
Daniel, la llamó, pero «Happy» no estaba ahora para atender a su
compañero. Le picaba la curiosidad por saber de dónde había salido y
a dónde se había ido ese precioso macho.
Se cansó de llamarla pero «Happy» no acudía a la llamada de su
compañero y amigo. Al medio día empezó a preocuparse por ella. Se
sentía solo. Ahora se daba cuenta de lo que la necesitaba. El paraíso
que había sido hasta ahora su refugio ya no lo era tanto. Volvió a salir
por la tarde al bosque y siguió llamándola. Nada. Ni rastro de ella ni
del macho. Al anochecer fue que entendió que la naturaleza
reclamaba lo que era suyo. Veía hasta lógico que pasara lo que
ocurrió. La perra se había ido con un miembro de su raza. Crearían
una nueva familia y se olvidaría del humano que un día la recogió
cuando su madre no apareció.
No durmió en toda la noche. Ahora, cualquier ruido le hacía
asomarse a las rendijas de la puerta por si era ella. Estaba en
zozobra. Antes, sabiendo que tenía una buena guardiana, se acostaba
y no se preocupaba de los desconocidos ruidos del bosque. Se sintió
otra vez solo. Era la primera vez que le ocurría desde que tomó la
decisión de escapar del mundo civilizado.
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Al amanecer salió al bosque, pero no a buscar la posible caza, sino
que fue a seguir buscando a su compañera. Nada. Ni rastro. Empezó a
mentalizarse que la había perdido para siempre. Ya no estaba a gusto.
La vuelta a su refugio era volver a los recuerdos y a la melancolía de
no tener a nadie que le recibiera y nadie que le escuchara.
Llegó la tarde, el anochecer, la noche cerrada y el nuevo día.
Seguía igual. No se hacía a su nueva situación. La echaba de menos.
Parecía mentira pero era así.
¿Cómo un animal le podía causar esa pena?
Estuvo todo el día pensando qué era lo que iba a hacer. Así no
quería estar. Solo. Sin nadie a su lado. Esa no era su intención cuando
tomó la decisión. Fue ella, la perrita, la que le empujó a tomar la
decisión de dejarlo todo y empezar una nueva vida en la montaña.
Incluso llegó a pensar en abandonar y volver a su casa.
Como estaba cansado de estar todo el día buscando a su
compañera enseguida se quedó dormido.
Al amanecer oyó ruidos que no sabía de dónde procedían. Tampoco
quién los hacía. Se levantó y acudió a la rendija que le dejaban las
pieles que había ido poniendo en la puerta.
Ahí mismo le dio un vuelco el corazón.
Era «Happy» la que estaba acurrucada en la puerta y aullando,
pero lo hacía de una manera como no queriendo que su compañero se
enterara. Sabía lo que había hecho. Lo había dejado solo al acudir a la
llamada de su propia naturaleza.
Estaba mojada, fea, flaca, sucia, y maltratada por su aventura
sexual. Pero en cuánto vio que su compañero no le pegaba y que solo la
acariciaba y le hablaba en el mismo tono que hacía siempre se le
olvido todo. Empezó a lamerle todo lo que podía abarcar con su hocico
y su larga lengua.
—¿Dónde has estado? —le preguntaba Daniel.
Ella le lamía y miraba hacía el bosque. Como diciéndole que era allí
que había estado.
—Me has dado un susto tremendo —le decía al mismo tiempo que
la acariciaba—. Te he echado mucho de menos.
«Happy» se acercó al cuenco dónde estaba el agua y sacio su sed.
Pero no por mucho tiempo. Enseguida volvió a lamer la mano de su
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amigo. Le quería decir que ella también lo había echado mucho de
menos. Pero… no podía.
Para Daniel fue lo mejor que le podía pasar. Recuperar a su
perrita. A su compañera. Ahora volvía a estar feliz. Enseguida le
preparó los restos del conejo del día anterior y que él no había
podido probar. Ella sí dio buena cuenta del sabroso conejo. Tenía
hambre. El sexo siempre da apetito.
Preparó el pozo que había hecho en dónde brotaba el manantial
que normalmente usaba para bañarse y metió a «Happy» para dejarla
limpia de barro y restos de hierba que tenía pegada a todo su cuerpo.
Notó que estaba delgadísima.
—Parece que no has parado en los tres días «bandida». Ese perro
ha estado abusando de ti —le decía riéndose mientras restregaba
todo su cuerpo—. Ahora engordaras, no te preocupes.
Ella le miraba con ojos lastimeros. Entendía que había pasado algo
pero no sabía el qué. En realidad solo había acudido a la llamada de
sus necesidades.
Después del baño y una buena comida se quedaron tranquilos.
Tanto ella como él. Pero si notó que «Happy» estaba mucho más
cariñosa que antes. Parecía que necesitaba congraciarse con su
compañero. Sabía que tenía que hacerlo. Y con estos gestos le
demostraba que ella también lo había echado mucho de menos.
La vida que llevaban volvió a su rutina. La caza, la recogida de
frutos y los paseos por el monte.
Pero ahora ya no estaban solos.
Les acompañaban cuatro cachorrillos de lobo. Tres machos y una
hembra clavada a su madre.
Delante de ellos caminaba marcando el terreno un lobo grandísimo.
Era el padre de todos los cachorros. Había sido un lobo que hasta
entonces había vivido solo en las montañas. Expulsado de su manada
por tener problemas con el macho alfa. Cuando conoció a «Happy»
cambió todo para estar al lado de ella. Al principio le costó bastante
tiempo. Ella no vivía sola. Lo hacía con un humano. Pero con tenacidad
y tesón consiguió que la hembra abandonara al humano y se fuera con
él a vivir. Duro poco. Solamente tres noches pudo aullar de alegría.
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Cuando se dio cuenta que la preciosa hembra se volvía con el
humano le entró una gran pena. Se había vuelto a quedar solo.
Gracias a su olfato averiguó dónde se escondía la hembra que iba a
cambiarle su forma de vivir. Lo primero que hizo fue cazar un
cachorro de jabalí para ella.
Aprovechó la oscuridad de la noche y lo dejó en el lugar dónde
sabía que ella tenía la guarida con el humano. Y se sentó a esperarla.
Así fue como encontraron el primer regalo del peligroso pero
enamorado lobo.
Cuando salían a cazar vieron al jabato tirado en la puerta. Al
principio Daniel no entendía quién había podido ser. «Happy» sí. Pero
no sabía como explicárselo a su compañero. Ella, en cuánto lo olió supo
que había sido él. El perro que tanto cariño le había dado en los tres
días más felices de su vida. Nadie había sabido morderle en el cuello
como lo hacía él.
Todavía no entendía el por qué lo había dejado solo en las
montañas.
El instinto le dijo que volviera con el que la había ayudado de
pequeña. Y así lo hizo. Pero se acordaba mucho de ese perro tan
guapo que le había robado el corazón. No sabía qué hacer. Pero
cuando vio el regalo supo que era para ella. Lo compartió con su amigo
humano para decirle que sentía el tener que abandonarlo. Estaba
decidida a hacerlo y volver con el que la iba a hacer madre
Pero su macho se adelantó. Fue él, el que dio el paso de ir a
buscarla. Y ahí fue dónde lo volvió a ver. Sentado enfrente del
jabato. Como diciéndole: «esto es para ti, mi reina».
Ella miraba a su amor y a su amigo. Iba, lamía el hocico de su perro
y volvía a lamer la mano de su compañero. Así estuvo hasta que le hizo
ver a Daniel que quería a los dos. «Que no iba a abandonar a ninguno
por el otro y que se tenían que llevar bien».
Daniel lo entendió rápidamente. Entró a la mina y salió con un
trozo de conejo. Se lo ofreció al perro y al principio este se hacía el
remolón. Fue «Happy» la que se lo quitó de la mano y se lo llevó a su
macho. Se lo tiró delante de su hocico y si Daniel le hubiera
entendido habría sabido lo que le dijo: «toma, esto es para ti y ahora
que sabes que te quiero, quédate conmigo».
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Y así fue. Se quedó hasta que nacieron los cachorros. Habían
formado una gran familia. Daniel sabía que estando el macho,
«Happy» nunca más abandonaría su compañía. La vida cambio para
todos. «Happy» estaba súper feliz. Los cachorros tenían a su madre y
a «Macho», su padre. Y Daniel estaba más acompañado que nunca.
Solo le faltaba su hija.
Era por la única que lloraba en silencio por las noches.
Pero en ese momento no sabía que le quedaba muy poco para no
hacerlo más.
Le esperaba la mayor sorpresa de su vida.
La más feliz.
La que nunca se había podido imaginar.
La que se merecía.
Y eso mismo ocurrió una fría tarde otoñal.
Un día cuando todavía no terminaba de oscurecer, los perros le
dieron la alarma. A «Macho» se le erizaron los pelos del lomo.
«Happy» se quedó quieta con el rabo entre las patas. Algo pasaba.
Los cachorros empezaron a aullar. Daniel se quedó quieto. Alguien
venía. La primera vez que ocurría. Nunca había tenido visitas. Ahora
oía ruido de pasos pero todavía no sabía quién podía ser.
«Macho» fue el primero que la vio.
Era una muchacha joven de unos 17 años. Castaña, de pelo muy
largo. Ojos verdes. Muy bonita. Vestía unos gastados vaqueros, y se
abrigaba solo con un chubasquero. A Daniel no le dio tiempo a ver
mucho más antes de que le salieran las lágrimas. Como pudo paró al
perro para que no fuera a por ella y pudiera herirla. No quería que la
atacara. Sencillamente porque era su hija. Su adorada, esperada y
añorada hija.
—Hola papá —le dijo al mismo tiempo que adelantó los brazos para
darle un abrazo y que no viera que estaba llorando.
—Hija mía —solo acertó a decirle antes de acogerla en un fuerte
abrazo.
Los perros se quedaron muy quietos viendo como los dos humanos
se abrazaban y gemían tal cuál hacían ellos. El instinto les decía que
no había peligro para su compañero. Algo había entre ellos para
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demostrarse ese cariño. Enseguida se acerco «Happy» a oler a la
visita que había hecho tan feliz a su amigo. El olor le dijo que venían
de la misma familia. Y que tenía buenos sentimientos.
Los perros saben sentir las buenas vibraciones en los efluvios del
cuerpo.
—Perdóname papá. He estado muy ciega para no querer verte más.
Perdóname —le decía dándole los besos que no había podido darle en
mucho tiempo.
—No hay nada que perdonar, cariño. Me has hecho muy feliz. Me
alegro mucho de que estés aquí —le decía acariciándole el cabello—.
¿Cómo sabias que estaba aquí?
—¿No te acuerdas que cuando era pequeña me trajiste aquí tres o
cuatro veces? Fui a ver a los abuelos y me dijeron que estabas en la
montaña. —Miro a su padre sonriendo—. Enseguida supe que estarías
en la vieja mina. ¿Y estos perros? —acabó preguntando.
—Es muy largo de contar, cariño.
—Pues empieza, porque vengo a quedarme hasta que comiencen las
clases. Además quiero escribir esta historia.
—¿Te gusta escribir?
—Mucho. Fuiste tú el que me metiste el gusanillo cuando escribías
historias de tramperos en Canadá y me las leías por las noches.
—En realidad esto es Cantabria —le dijo sonriendo.
—¿Y para qué crees que existe la imaginación? Es lo único que
tienen los escritores. Imaginación para inventar y corazón para sentir
lo que escriben. Era lo que me decías de pequeña.
—Me acuerdo.
—Siempre me dormía pensando que un día viviría en una montaña
rodeada de lobos. Por cierto —le dijo mirándole a la cara—. Estás
muy guapo con esa coleta y esa barba.
—Gracias, cariño. ¿Has comido? —no esperó a que le contestara—.
Ven, tengo conejo recién asado —le dijo abrazándola y acompañándola
hacía la mina—. En realidad —comenzó a contarle—, todo empezó
cuando me dijiste que no querías verme, me fui a pasear a la montaña,
encontré a una hembra cachorro de lobo y…
Los perros solo vieron como entraban en la vieja mina, padre e hija
abrazados y secándose las lagrimas.
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Epilogo.
Así es el destino.
Quién le iba a decir a Daniel que con la decisión que tomó
recuperaría a su hija.
Que esta, escribiría una bella historia de desencuentros y
reencuentros, de lobos, de montañas, de cariño, de amor, y de lo
importante que es en la vida tener a alguien que te quiera.
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Ascensión García Esclapez nació un cinco de Febrero de un año
lejano.
Todo empezó con «Rapunzel», el cuento que le contaba su madre
cada noche; y «Un cerdito y un lobo», el que le contaba su padre por
el día.
Los libros se los traían los Reyes Magos, por eso siempre los
incluía en su carta. De niña escribió varios cuentos, (que nunca nadie
leyó), donde los mendigos se hacían ricos, los árboles hablaban…El
primer libro que le llegó hondo fue «La Historia Interminable». De
adolescente empezó con la poesía y a lo largo de su vida a escrito
muchas historias sin final.
Cuando nació su hija empezó a leerle y a inventar historias sin
descanso; al poco vinieron los cuentos culinarios, uno en cada comida,
donde los tomates y las lentejas se hacían amigos, donde un niño
comía sopa de letras y se hacía inteligente, (según el plato del día).
Ahora que ha crecido, cada una escribe sus historias y luego las
comentan.
Reconoce que se equivocó cuando eligió los estudios, (delineación).
Lo que realmente quería era (y es) escribir. Ahora ha llegado a un
taller de escritura creativa, no sabe cómo, y ha encontrado a alguien
que le guíe. ¡Por fin!
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Haciendo camino
Sentí que aquellas montañas me atraían…como si mi destino
estuviera allí... Había llegado a una playa, y todavía tenía que
atravesar aquel bosque para llegar hasta las montañas. Me quedé allí
parada bajo la lluvia, admirada ante el paisaje. No me importó
mojarme, estaba acostumbrada, odiaba los paraguas y los
chubasqueros. Lo bueno en esta ocasión era que la temperatura era
cálida.
Miré al firmamento, el sol empezaba a asomar a través de las
nubes grises. Me sentí grande y pequeña a la vez: grande porque era
la única persona en aquel fascinante lugar y pequeña al compararme
con aquella inmensidad de la naturaleza.
Me pregunté qué habría más allá de las montañas…
Retorcí suavemente mi larga y negra melena empapada por la
lluvia, para que soltara el agua. La ropa se me pegaba al cuerpo (que
mantenía en forma, con muchas horas de ejercicio físico). Me aseguré
de que no había nadie por allí, me quité la camiseta y la retorcí todo
lo que pude, escurriéndola. Me la volví a poner e hice lo mismo con el
pantalón, mientas recordaba la conversación que había tenido unos
días antes con mi madre.
—Mamá, necesito aprender más de la vida —le dije a mi madre.
Así, tan rebuscado, llevaba un tiempo dándole vueltas a la forma de
decírselo y cuando di el paso me salió así. ¿Qué iba a hacer?
—No te preocupes, todos necesitamos aprender de la vida, y todos
los días podemos aprender algo nuevo. —A mi madre le gustaba hablar
de forma filosófica. Como a mí. Yo pensaba que tenía razón, de todas
las circunstancias y de todas las personas se puede aprender algo.
Pero yo tenía que seguir con la decisión que había tomado.
—Lo que quiero decir es, que necesito salir de aquí, quiero conocer
otros lugares, lejos de la civilización, ¿entiendes?, experimentar y
descubrir de qué soy capaz, sin comodidades, rodeada de árboles… o
montañas… en la naturaleza —acabé diciendo. Mi madre me miraba
apenada, no se esperaba que hubiera tomado esa decisión. Seguro.
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—Pero, Yilian, ¡si acabas de cumplir veinte años!, todavía tienes
tiempo… De momento puedes experimentar aquí, en la ciudad. Estudia
algo que te guste, cambia de trabajo… —intentó convencerme.
No era eso lo que yo quería. Había trabajado de canguro donde
había aprendido a tratar a los niños y de camarera donde aprendí a
tratar a toda clase de gente, y sobre todo, en los dos aprendí el arte
de la paciencia, pero para esto no podía esperar más.
—Ya he aprendido mucho de los libros, mamá —dije—. A lo largo
de mi vida he leído cientos de libros, quizá más de mil… he perdido la
cuenta. He vivido con la imaginación la vida de otros, y ahora necesito
vivir la mía. Recorrer mi propio camino. —He de decir, que todo lo que
leía se me quedaba con facilidad en la cabeza, ya tenía un montón de
datos metidos en mi mente.
Mi madre permaneció callada, no sé si para hacer tiempo mientras
se le ocurría algo que decir o porque la dejé asombrada con mi
argumento.
Mi padre llegó a casa en ese momento, cuando parecía que mi
madre iba a decir algo, y entró en la cocina, donde estábamos ella y
yo, sentadas a la mesa, una enfrente de la otra. Después de unos
besos, mi padre, preguntó:
—¿Todo bien? —Era un hombre de pocas palabras.
Mi madre le contó mi deseo de conocer otros lugares. Él se quedó
un rato pensando y después dijo que podíamos hacer un viaje, los tres
juntos, al lugar que yo eligiera. Le dije que necesitaba hacerlo sola.
Volvió a pensar. Le vi asentir suavemente con la cabeza. Cogió a mi
madre de la mano, dijo que tenían que hablar y se fueron a dar una
vuelta. Así era él.
Esperé pacientemente mientras pensaba en mi situación: el paso
debía darlo de todos modos.
Tenía la sensación de que allí fuera, en algún lugar, había algo que
me llamaba, y yo tenía que acudir a esa llamada. Pero prefería hacerlo
con el permiso y el apoyo de mis padres.
Estaba dejando de llover, solo caían unas gotas.
Me colgué la mochila a los hombros y me animé a adentrarme en
aquel bosque, no encontré ningún camino que seguir, pero tampoco me
importó. Mi lema era: «Caminante no hay camino, se hace camino al
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andar», formaba parte de un precioso poema que había leído de niña.
Seguí adelante, haciendo mi propio camino. Al meterme entre los
árboles me invadió una sensación de peligro. Reconozco que de pronto
sentí miedo, ¿y si habían lobos u otros animales salvajes por allí?, se
oían ruidos por todas partes, respiré hondo, no dejé que esa
sensación me venciera. Rebusqué dentro de la mochila y cogí la daga
que mi padre me ofreció, junto con las palabras: «¡Ten cuidado!», en
la despedida. Me la ceñí a la cintura. Para tranquilizarme, me dije, que
esos sonidos eran de los insectos y lagartijas y de las aves en los
árboles. El bosque era frondoso y a pesar de lo alto que estaba el sol,
apenas me llegaban sus rayos. Miré a mi alrededor, no conocía ninguno
de aquellos árboles, algunos tenían frutos, los observé, solo vi uno que
me resultó familiar.
Era bueno tener alimento en un lugar alejado de la civilización.
Me dije que debía pensar en buscar un lugar donde pasar la noche.
Llegué a un claro. Inspeccioné el suelo, me senté y vacié la
mochila. Me di cuenta de que había olvidado mirar la brújula al entrar
en el bosque, no estaba segura de saber volver al mismo punto de la
playa, pero tampoco dejé que eso me desanimara. Cogí mi navaja
suiza, y guardé todo en la mochila, y con la brújula en una mano y la
navaja en la otra, fui en busca de ramas y hojas para hacerme una
choza. Para darme valor, pensé en los años escolares que había
dedicado a aprender kárate (y aún seguía practicando cada día por mi
cuenta): podía realizar varios katas con rapidez y soltura, ¿pero me
serviría eso para enfrentarme a animales salvajes?
Algo se movió entre los arbustos, un escalofrío me recorrió la
columna. Guarde la navaja en un bolsillo y cogí la daga, esperando salir
con vida de allí…
Llevaba un rato subido a aquel árbol, absolutamente quieto,
cansado de esperar, pero atento, con el arco preparado y la flecha
dispuesta a ser disparada, en cuanto se me pusiera a tiro cualquier
animalillo comestible. Casi se me escapa la risa, pero conseguí
retenerla, me acordé de Cupido, ese angelote del amor que dispara
sus flechas para enamorar a la gente, y me vi a mí mismo como si
fuera él, esperando enamorar al primero que pasara por allí. ¡Ja, ja,
qué gracia!… Y allí estaba mi presa, un venado se había parado a
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comer a pocos metros. Tuve que mover, suavemente, mi arma unos
centímetros a la derecha. Me imaginé la trayectoria de la flecha y
cuando la dejé ir hacia la víctima… alguien se cruzó en su camino… El
animal salió corriendo al mismo tiempo que se oyó un grito ahogado.
Salté del árbol, no estaba demasiado alto. Me temía lo peor, ¿y si
había matado a alguien? El corazón se me aceleró, y no fue por el
salto, «¡Por favor, no!», rogué, por si algún dios me podía oír. Pero no
hizo falta, o es que el dios ya me había escuchado, porque vi a una
chica (lo supe por su larga melena) que intentaba esconderse entre
los árboles y arbustos.
Me reí por lo bajo, «imposible esconderse de mí» pensé.
—¡Oye!, puedes salir, sé que estás ahí y la verdad es que no tengo
ninguna intención de hacerte daño… estás herida, lo sé, puedo
ayudarte —le dije. Vi sangre en las hojas de un arbusto cercano.
Silencio…
Empezaba a perder la paciencia.
—Vale, dejaré que te desangres si es eso lo que quieres. —Se oyó
un ruido entre el follaje, me acerque sigilosamente. Estaba tendida
en el suelo, ¿y si era cierto que se había desangrado?, acerque mi
cara a la suya… respiraba. «Se ha desmayado», pensé. La flecha le
había rozado el costado sin llegar a clavarse. «Uf, menos mal»,
murmuré. Aun así la herida necesitaba mi atención, sangraba
bastante, aunque, había visto heridas peores…
—¡Atiza! —exclamé. A su lado había una daga. «Puede ser
peligrosa», me dije.
Recogí la mochila, que seguro era suya, y metí en ella, la brújula y
la daga que estaban tiradas a su lado. La daga se la requisaría más
tarde. También recogí mi arco y el carcaj, que con el susto lo había
dejado caer al pie del árbol, un gran fallo por mi parte, había estado
todo el rato desprotegido, era la primera vez que hacía algo así, claro
que, nunca antes me había pasado nada semejante.
Dejé mis pensamientos aparte y me concentré en mi víctima, tenía
que curarle la herida, busqué la planta adecuada. La búsqueda fue
corta, tenía experiencia en ello, arranqué unas hojas y me acerqué a
la chica que estaba unos pasos más allá. Miré dentro de la mochila, no
me gustaba curiosear en las cosas ajenas, pero esta vez tuve que
hacerlo, cogí una botella de agua que había en ella y le limpié la
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herida, después machaqué las hojas de la planta, me acuclillé a su lado
y se la puse de cataplasma, cubriendo la herida.
Abrió los ojos de pronto, justo cuando más absorto estaba yo,
mirándola. Me sobresalté y caí hacia tras. Otro fallo mío: había
dejado de estar alerta.
Abrí los ojos. Al principio me sentí desorientada. Estaba herida.
Recordé haber visto a un chico a través del arbusto, y había oído su
voz. Reaccioné, e intenté levantarme, pero un ligero mareo y un dolor
agudo me lo impidieron. «Es él, ha intentado matarme», pensé al verle
allí, a mi lado, «¡pero no lo ha hecho!, ¿y si tiene otras intenciones?,
igual estoy equivocada y no ha sido él», todos esos pensamientos
pasaron rápido por mi mente. «Puede ser peligroso», me dije
finalmente. Con la mano busqué la daga, primero en el cinto y después
tanteando a mí alrededor. No la encontré, seguro que la tenía él, me
miraba sonriente a unos pasos de mí. Debía ser unos pocos años
mayor que yo.
—¡Ajá!, ¡buscas la daga!, ¡quieres atacarme! Lo sabía —me dijo.
—¡Pero qué dices!, ¡si tú has intentado matarme, y casi lo
consigues! —dije con voz débil.
Conseguí levantarme, el dolor iba remitiendo poco a poco.
—¿Yo?, ¡si te has metido en medio y has espantado a mi presa! —
dijo, como asombrado de que le viera capaz de algo semejante—.
Además, debes saber, que he sido yo quien te ha curado la herida —
añadió satisfecho dándose importancia.
Bajé la vista hacia la herida, sentí un zumbido en la cabeza al ver
la camiseta rasgada y ensangrentada, nunca había soportado la visión
de la sangre. Respiré hondo unas cuantas veces y me levanté la
camiseta, hasta ver la herida cubierta por una masa verde.
—Gracias —dije—. Ahora dame la mochila, tengo que seguir mi
camino. —Pensé que debía alejarme lo antes posible de él.
—Deberías tener cuidado, estamos cerca del territorio de los
lobos, y pueden ser muy agresivos. —Parecía preocupado. Quizá era
cierto. El miedo me recorrió el cuerpo. Traté de disimularlo.
—Gracias por el aviso, lo tendré en cuenta. Dame la mochila… y la
daga. —insistí. «Tengo que hacerme la choza», pensé.
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Michael y Yilian se encontraban en el bosque, cerca del territorio
de los lobos, y eso era peligroso. Michael lo sabía, y no quería que
Yilian continuara sola su camino, sabía que cuando le diera su mochila,
ella se iría y no la volvería a ver, por lo menos, no con vida. Le gustaba
aquella chica, pero no podía obligarla a quedarse con él, aunque
intentó convencerla.
—Te daré la mochila, pero deberías acompañarme, tengo un
refugio seguro. Te aseguro que es peligroso quedarse en el bosque
por la noche.
La mente de Yilian se puso a valorar los pros y los contras, solía
hacerlo cuando tenía que tomar una decisión importante: «No le
conozco. Cierto que la herida ya no me duele tanto, pero después de
todo él es quien me la ha hecho. Parece un buen tipo, aunque las
apariencias a veces engañan. Sus ojos verdes y su pelo castaño…y su
cuerpo… no es que sea muy guapo, pero tiene atractivo. Aun así, el
físico no lo es todo…»
Michael esperaba su respuesta impaciente.
—Vamos, decídete, el camino es largo y si sigues pensándotelo
puede que no lleguemos a tiempo.
—De acuerdo, pero dame la mochila y la daga. —Yilian finalmente
pensó que sería mejor enfrentarse a un hombre que a una manada de
lobos.
Michael se la entregó. Le daba gracia tanta tozudez con la dichosa
mochila.
—La daga está dentro —dijo.
Ella cogió la daga y la metió en la funda que llevaba en la cintura,
aunque mantuvo la mano cerca mientras caminaba a su lado. Por si
acaso.
—Me llamo Michael —se presentó él—. ¿Te encuentras bien?
—Sí, gracias. Mi nombre es Yilian. —Prefirió propiciar la buena
convivencia.
Michael cogió unos frutos de un árbol y se los ofreció.
—Debes coger fuerzas. El sol está bajando y puede que
encontremos lobos en el camino. ¿Sabes utilizarla? —dijo señalando la
daga.
—Cuando llegue el momento lo descubriré —dijo, intentando
aparentar calma—. En los momentos de peligro, es cuando nos damos
53
cuenta de lo que realmente somos capaces. De todos modos, siempre
es mejor protegerse con un arma sin saber usarla, que no tener
ninguna cuando estas en peligro —añadió con una sonrisa poco
convincente.
Él soltó una maldición por lo bajo, «seguramente no sabrá usarla»,
se dijo, pero se quedó durante un rato pensando en las frases de
Yilian.
—¿Qué haces en este bosque? —preguntó él después de un rato
de silencio.
—Hacer mi propio camino… mi destino. —Sonrió con disimulo, le
gustaba ver cómo le hacía pensar—. «Caminante, son tus huellas el
camino y nada más; caminante no hay camino, se hace camino al
andar» —recitó—. Es de un poema…y eso es lo que hago... camino —
aclaró ella.
—Y ¿qué haces tú? —quiso saber Yilian.
—Vivo aquí desde los dieciocho… hace ya siete años. Llegué aquí
cuando salí del orfanato —se sinceró él.
—Y ¿por qué viniste aquí? —Yilian sentía curiosidad.
—No encontré trabajo. Caminé durante días, buscando… Salí de la
ciudad, y empecé a ver huertos repletos de frutas y vegetales, allí
calmé el hambre, y se me ocurrió, que quizá, si seguía a la naturaleza
podría sobrevivir. Ya sabes, como en la prehistoria. —Michael sonrió,
y continuó—: cuando llegué aquí, no lo hice con intención de quedarme,
me perdí. Al segundo día encontré un refugio, al principio no fue fácil,
pero al igual que a los animales, a los hombres, el instinto de
supervivencia nos ayuda. Por lo menos en mi caso —aclaró.
Yilian le parecía una chica rara, hablaba de una manera que le
hacía pensar todo el rato. El no solía pensar en temas
trascendentales, se tomaba la vida más a la ligera, intentando
sobrevivir con sentido del humor. Ahora le había hecho recordar, y
pensar en el pasado.
—¿Tienes familia? —preguntó Michael.
—Mi padre y mi madre, bueno, también algunos tíos y primos, pero
nunca nos visitamos.
Los dos siguieron caminando en silencio, cada uno sumido en sus
pensamientos: Yilian pensando en sus padres, y Michael en cómo debía
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ser tener una familia. Él nunca supo por qué había estado en un
orfanato.
Habían llegado a un río y Michael de pronto se detuvo. Unos
metros más allá había una manada de lobos (contó seis), que se habían
acercado a beber al río. Sabía lo que Yilian y él debían hacer:
quedarse totalmente quietos y estar atentos a la reacción de los
lobos. Existía la posibilidad de que si no se sentían amenazados, ni
estaban demasiado hambrientos, siguieran su camino después de
saciar la sed.
Yilian no sabía nada sobre el comportamiento de los lobos, aun así,
el miedo hizo que no se moviera en un principio, después, volvió la
cabeza hacia Michael y pensó que también él estaba paralizado por el
miedo. Miró hacia los lobos, habían dejado de beber. Pensó en correr,
pero no quiso dejar a Michael solo y, además, seguro que ellos la
alcanzarían.
Michael vio el peligro, los lobos tenían ahora su mirada fija en
ellos y se acercaban lentamente, gruñendo y enseñando los colmillos.
Despacio, cogió el arco y una flecha y se preparó para defenderse; le
susurró a Yilian que se pusiera detrás de él y cogiera la daga, por si
acaso.
Michael tensó el arco… y soltó la flecha cuando vio que uno de
ellos se lanzaba hacia él. El lobo cayó al suelo, pero los otros ya
estaban rodeándoles. Michael volvió a preparar el arco, pero sabía
que tenía un serio problema: los demás animales no esperarían a que
les llegara el turno.
También Yilian se dio cuenta de la situación, debía ayudar a
Michael, si no acabarían los dos muertos.
Yilian guardó la daga en su funda, prefirió evitar la sangre, y la
verdad, confiaba más en sus manos y en su cuerpo, se puso al lado de
Michael, se concentró en los atacantes y se preparó para bloquear y
golpear. Realmente no tuvo mucho tiempo para prepararse, ni Michael
para impedírselo, un lobo saltó hacia su cuello, ella lo detuvo
levantando el puño hacia arriba con el codo doblado y golpeándole en
la cabeza. Sintió un tirón en la herida del costado, pero ahora no
podía detenerse. El animal cayó al suelo, y Yilian aprovechó para
dejarlo inconsciente con un nuevo golpe, al hacerlo bajó la guardia y
otro lobo se sirvió de esa distracción para atacarle. Michael, que
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estaba a su lado, lo vio venir y reaccionó rápido, lo derribó de una
patada, cogió la daga del cinto de Yilian y la clavó en el cuello del lobo
cuando este se disponía a atacar de nuevo. Ella se dio cuenta de su
error y se concentró de nuevo. Otros dos se le echaban encima, pensó
que seguramente la atacaban a ella porque la veían más débil, o quizá,
porque sabían que estaba herida, a uno se lo quitó de encima con un
bloqueo y una patada de talón en el estómago, todo estaba
sucediendo muy rápido, Yilian se giró para defenderse del otro, pero
Michael se le adelantó, quitándoselo de encima con un movimiento
rápido de la daga, pero no antes de que el animal le rozara con sus
colmillos en la herida, al intentar morderle. Yilian aguantó el dolor con
los dientes apretados y se volvió para enfrentarse al siguiente, vio
que todos los lobos estaban ya en el suelo y también vio sangre, la
cabeza le volvía a zumbar y supo lo que le iba a suceder... Michael la
agarró a tiempo, evitando que cayera entre los lobos, y sonrió, a
pesar del miedo y la preocupación.
«Una chica tan decidida… y tan débil con la sangre…», se dijo. Pasó
sus brazos por debajo del cuerpo de Yilian y la sacó de aquella
masacre de lobos dirigiéndose a su refugio, que ya no estaba muy
lejos. Siguió caminando a paso ligero por el margen del río, hacia las
montañas, esperaba no encontrarse con ningún peligro más. Le
preocupaba que ella se despertara antes de llegar, y se pusiera
furiosa al verse en sus brazos. «En mis brazos…», suspiró, «suena
bien», se dijo.
Yilian despertó a la luz de varias velas, todo a su alrededor era de
roca, los techos, las paredes… hasta una mesa. También vio una
estantería (esta, de madera) con libros. Se levantó de la cama, sintió
dolor y un ligero mareo y se sentó en ella, «también es de roca»,
murmuró.
—¿Te encuentras bien? —Yilian sobresaltada volvió la cabeza, y
vio a Michael. Pensó que aquel debía ser su refugio y que él le había
llevado hasta allí.
—No del todo… pero seguimos con vida, eso es lo que importa —
respondió.
»Parece una cueva —comentó, fijándose en las paredes y en el
techo.
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—Es una cueva... en la montaña —dijo, preguntándose, si a ella le
gustaría.
—En las montañas… —murmuró—. Me gusta —le dijo sonriendo,
como si hubiera adivinado sus dudas.
Allí era donde, ella, había deseado llegar… y allí estaba.
—Quiero salir fuera —dijo Yilian de pronto, a la vez que se
levantaba de la cama para acercarse a la puerta.
—Deberías descansar. He vuelto a curarte la herida, pero no
debes hacer ningún esfuerzo, para que cicatrice pronto —se preocupó
Michael, pero le abrió la puerta al ver que no se detenía.
A Yilian le pareció que atravesaba una especie de cocina office,
apenas se fijó, siguió caminando detrás de Michael, con el cuerpo
ligeramente inclinado hacia el lado dolorido, hasta una gran puerta de
roble, él la abrió…
El bosque llegaba hasta la puerta. Yilian se giró hacia las
montañas, donde estaba la cueva.
—¿Qué hay más allá? —preguntó. Se oía el murmullo del agua.
—Cuando te recuperes te lo enseñaré —dijo sonriendo. Ella le
dedicó una gran sonrisa, volvió a entrar en la cueva, fue hasta la cama
y descansó, estaba dispuesta a esperar, esforzándose lo menos
posible para que aquello cicatrizara de una vez. Michael sonrió de
nuevo, Yilian no dejaba de sorprenderle.
Llegamos a la cúspide de la montaña, y por fin mire al otro lado…
Michael me había ayudado a llegar hasta allí, él ya lo había hecho
otras veces, fue arriesgado, pero a veces hay que correr riesgos para
conseguir lo que uno quiere. Había valido la pena, vi un acantilado y
una cascada, que bajaba hasta el mar, las olas golpeaban fuerte
contra las rocas, y más allá, en el horizonte, vi una isla. Me vino a la
mente otra parte del poema: caminante no hay camino sino estelas en
la mar…
—Michael, puede que me quede una temporada —le dije con una
sonrisa. Él también sonrió.
Habíamos conseguido una gran amistad durante mi recuperación.
Miré a Michael. A mi alrededor tenía todo lo que necesitaba. «…y
al volver la vista atrás se ve la senda que nunca se ha de volver a
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pisar», me dije, recordando el camino recorrido hasta llegar a aquella
playa.
Quizá estaba allí mi destino…
María-Sol GarcíaRosco. Nació en Mérida (Badajoz), hija de
madre extremeña y padre castellano. Ha vivido en Almansa, donde
inició el Bachiller, y en Alicante. En esta ciudad cursó los estudios de
Magisterio, ejerciendo, por primera vez su profesión de maestra en
Alcoy. De vuelta a la capital, preparó una oposición para optar a una
plaza de locutora en Radio Nacional de España. Tras conseguirla, ha
estado desempeñando esta actividad informativa hasta alcanzar el
grado de locutora comentarista. En sus años de profesión, ha
realizado innumerables entrevistas en directo en un «magazine», por
el que han pasado todo tipo de personas. Sin duda, esta experiencia
ha sido la fuente de inspiración de alguno de sus relatos, incluido el
que publica este libro.
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Ingratitud
La mañana era templada y luminosa, fiel exponente de una
incipiente primavera, que invitaba a abrir las ventanas de par en par,
para que los rayos del sol, prestaran su calor a las numerosas
dependencias de una residencia de mayores, donde las horas
transcurrían lentas para los allí acogidos. El edificio no era demasiado
grande, lo cual le imprimía un toque de íntima confortabilidad.
Ubicado en un bello paraje de Asturias, desde donde se divisaban
verdes prados y alguna que otra cabaña. Estaba rodeado de zonas
ajardinadas con numerosos bancos de madera, diseminados a lo largo
de sus paseos. Todo estaba muy cuidado y de fácil accesibilidad. Las
flores, principalmente rosas que soportan bajas temperaturas, las
cuales también se dan por estas latitudes, bordeaban los senderos,
por donde paseaban los ancianos que podían hacerlo y quienes
padecían algún tipo de minusvalía, eran acompañados en sillas de
ruedas por cuidadoras ó familiares en las horas estipuladas para las
visitas.
Alrededor de las diez de la mañana algo turbó el silencio que,
habitualmente, reina en este lugar. La puerta del vestíbulo se abrió y
numerosas voces se escucharon. De pronto, intentaron suavizar su
elevado tono, contagiadas por la serenidad que allí se respiraba. Se
trataba de cuatro personas, tres hombres y una mujer, que rodeaban
a una anciana en silla de ruedas, desplazándose hasta la recepción.
Allí ya les esperaban, siendo atendidos muy amablemente, por la
persona sobre la cual recaía esta responsabilidad, que no dudó en dar
la bienvenida a la nueva inquilina llamándola por su nombre.
—Buenos días Rosa: bienvenida. Deseo que se encuentre muy a
gusto entre nosotros. Sus nietos me han hablado muy bien de usted.
La anciana se limitó a asentir con la cabeza y, una vez
cumplimentados todos los trámites, les mostró la habitación que
debía compartir con otra residente.
Una vez allí, María, su nieta deshizo el equipaje y, de forma
ordenada, colocó todas las pertenencias de Rosa en el armario a ella
destinado. Ya todo en su sitio, volvieron al vestíbulo, sin que Rosa
abandonara la silla de ruedas, y recorrieron, una por una, todas las
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zonas comunes para los 32 residentes, terminando en el comedor
donde, en aquel instante, desayunaban varios ancianos.
En todo este itinerario por el centro no invirtieron más de una
hora. Antes de marcharse, le preguntaron a su abuela si deseaba
quedarse en una de las mesas que, en aquel instante, ocupaban dos
señoras. Ella, dulcemente, asintió de nuevo. Tan solo el más pequeño
de sus nietos, Javier, la besó. Sus miradas se encontraron,
coincidiendo con una sonrisa de complicidad. Rosa cerró los ojos al
verlos desaparecer, y al abrirlos, se encontró con otra mirada, más
alegre y optimista, a la que correspondió con agradecimiento.
Tenía frente así a Leonor, quien llevaba tan solo un año en este
lugar, Era de baja estatura y aspecto vigoroso. Había cumplido 66
años, aunque aparentaba menos edad. Inteligente e inquisitiva,
sacrificó los mejores años de su vida para cuidar de sus progenitores.
Esto le producía una gran satisfacción. Antepuso las lógicas
aspiraciones de toda mujer joven, como son formar un hogar con
marido e hijos, para prestar toda su ayuda y dedicación a sus padres
enfermos. No echaba de menos las oportunidades perdidas que, sin
duda, no estaban destinadas a ella y le hacia sentirse bien el haber
cumplido con su obligación.
Se levantó y aproximándose a Rosa le dijo muy quedamente, para
no perturbar su intimidad
—¿Cómo se llama?
—Rosa —fue la respuesta. Las ancianas, con las que compartía la
mesa, se habían marchado.
—No se quede sola —añadió Leonor—. ¿Le gustaría acompañarnos?
—Haciendo referencia a un grupo de ancianos allí reunidos.
—Sí —fue la respuesta.
Este sería el primer paso para unir, por la amistad, a dos seres
solitarios, con necesidad de cariño que, por diferentes motivos, el
destino había hecho que se encontraran en un lugar aparentemente
cálido, pero envuelto en la frialdad que produce el miedo a un futuro
desconocido y en soledad.
Esa primera noche y sucesivas que Rosa pasó en su nuevo domicilio,
fue ayudada por dos cuidadoras a desnudarse y meterse en la cama.
Cuando hubieron terminado, Leonor, tras pasar por el cuarto de baño,
ocupó su lecho y se despidió de su compañera con un cálido:
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—Buenas noches, Rosa.
En la obscuridad del dormitorio Leonor intentó memorizar el
rostro de la anciana. Se dijo: «Tiene que haber sido muy hermosa».
Realmente todavía lo era. Tan delgada y erguida. Su cabello blanco
recogido en la nuca, con un sencillo moño, le imprimía dignidad y
elegancia. Esto contrastaba con la deformidad de sus manos. El
tiempo y un duro trabajo habían marcado su huella. Dedos largos y
huesudos terminaban en uñas limpias y cuidadas .También, Leonor
había percibido su dificultad para comunicarse con los demás: Pensó:
«Tengo que averiguar algo más sobre la que ya es, de hecho, mi
compañera de habitación».
Leonor se levantó temprano, como todos los días. Suele ser de las
primeras que acuden al comedor. Lo hizo con cuidado, para no turbar
el descanso de Rosa. Una vez allí, aprovechando la ausencia de
testigos, le preguntó a Luz, que es quien normalmente sirve el
desayuno:
—Oye Luz, tu sabes que yo comparto la habitación con Rosa, la
recién llegada. Pues bien, yo le noto «algo raro». Siempre está
callada, con la mirada perdida, como ausente, ¿tu sabes que le
ocurre?
Luz se aproximó a ella, como temerosa de que su respuesta
pudiera ser oída por los escasos residentes diseminados por el
comedor.
—Creo que padece Alzheimer y la enfermedad está bastante
avanzada, ya que tiene 83 años —y añadió—: ¡Pobrecita! ¿Cómo habrán
sido capaces de traerla aquí, que no conoce a nadie? ¡Que ingratitud!
Leonor se quedó pensativa, mientras saboreaba un sorbo de café
con leche. Ella que tanto miedo tenía a la demencia senil llamada
Alzheimer. Además, había oído que afecta cada día más a las
personas de edad avanzada.
Los comentarios de Luz confirmaron sus sospechas acerca del
comportamiento de Rosa. Eran los síntomas de padecer dicha
enfermedad. Y el sentimiento de piedad hacia su compañera, le hizo
saborear, con menos placer que de costumbre, la primera comida del
día.
Una vez terminada, dirigió sus pasos hacia la biblioteca, para
averiguar algo más sobre ésta cuestión. Leonor encontró mucha
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información. Supo que esta enfermedad fue identificada por Emil
Kraepelin, mientras que la neuropatología característica fue
observada por el psiquiatra y neuropatólogo alemán, Alois Alzheimer
en 1.906. Ambos psiquiatras la descubrieron, pero el primero valoró la
importancia de encontrar la base neuropatológica de los desórdenes
psiquiátricos, por eso, decidió nombrarla «Enfermedad de
Alzheimer» en honor a su compañero. « Acto sin duda generoso »,
pensó Leonor. Pero, además, supo algo realmente curioso: el doctor
Alzheimer tuvo una paciente de 51 años que padecía fuertes
sentimientos de celos hacia su marido, además de desorientación,
dificultades para leer y escribir a lo que se sumaba una progresiva
pérdida de memoria. Cuando esta paciente falleció, el doctor
Alzheimer estudió su cerebro, descubriendo la atrofia cerebral que
padecía y las placas formadas por una sustancia peculiar, como
también manojos de fibrillas localizados en el interior de las
neuronas. Este fue el primer caso que el doctor Alzheimer trató y
que definía los síntomas de la enfermedad
—¡Es asombroso! —repetía una y otra vez Leonor, sin apartar su
mirada del libro que le facilitaba información tan valiosa. Y continuó
leyendo—: «A medida que avanza la enfermedad hay mayor con fusión
mental».
Por eso, cuando le preguntó su nombre, además de decírselo,
añadió: «¿Dónde estoy?», y ella no supo qué responder. Tan solo le
dijo: «¡Conmigo! Me llamo Leonor».
Finalizó la lectura averiguando que la dificultad para hablar es
otra de sus manifestaciones, como el aislamiento e incluso la
irritabilidad y agresión. En ese momento Leonor pensó: «Estos
síntomas no se daban en Rosa. Era dulce y silenciosa. Ni un gesto ó
palabra malsonante». Pensando en todo esto, lo que le provocaba
mayor indignación era el comportamiento de su familia, internándola
en este lugar que contribuiría, sin duda, a acelerar su demencia. Ella
había oído decir, que estos enfermos necesitan un ambiente familiar
feliz; que les ayuden a practicar algún ejercicio y socializar con sus
amigos. Pero ellos habían hecho todo lo contrario. Habían cambiado
bruscamente sus rutinas diarias; la habían trasladado allí, un lugar
nuevo y desconocido, que empeoraría su estado. ¿Qué podría hacer
ella? Se dijo una y otra vez. Su decisión fue rápida: ayudaría a Rosa
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para lograr que su estancia en esa Residencia le resultara lo mas
grata posible y, de este modo, su estado de salud, tan deteriorado,
mejoraría. Se convertiría, no solo en su compañera de habitación, sino
también en su lazarillo. Daría con ella paseos por el jardín y le
hablaría, aunque no recibiera respuesta. La obligaría a comer y sobre
todo, intentaría hacerle reír, para que sus ojos, siempre tristes, se
iluminaran. Era su tarea a partir de ese momento, sin importarle cómo
había sido Rosa en otros tiempos aunque, intuía, que no tenía nada que
ocultar.
La decisión tomada la cumplió a rajatabla, día tras día, y Rosa
mejoró notablemente. Las enfermeras y cuidadoras no alcanzaban a
comprender el cambio experimentado en los primeros meses de su
estancia allí. Muy de tarde en tarde, la visitaba alguno de sus nietos,
sobre todo el pequeño, Javier, aunque su pérdida de memoria a largo
plazo, no le permitía identificarlos. Pero nunca había rencor en su
mirada, pero si extrañeza cuando le hablaban.
Sus largos silencios se interrumpían con las palabras precipitadas
de Leonor, narrándole las peripecias de su juventud, hasta dar con
sus huesos en aquel entorno, sin duda bonito, principalmente —le
decía— desde que la había conocido.
Pero un día, que Leonor jamás olvidaría, Rosa no se quiso levantar.
Leonor no llamó a la cuidadora que, diariamente, se encargaba de
vestirla y llevar a cabo su aseo personal. Sin perder tiempo, buscó al
doctor Nicolás, eminente geriatra con el que contaba la residencia.
Rápidamente acudió a la habitación. Fuera, Rosa esperaba su
diagnóstico.
—Leonor —dijo el doctor.— me temo lo peor.
Esta se llevó las manos a los labios, como tratando de ahogar un
grito de dolor.
—¡No es posible doctor! Si Rosa había mejorado.
—Sus cuidados y deseos de ayudarla habían dado sus frutos —
subrayó el médico convencido.
—Pero, ¿ cómo ahora, de repente, ocurre esto? —preguntó Leonor.
—Es difícil de explicar. Creo, personalmente, que Rosa no quiere
vivir. Tus esfuerzos por estimular su vida diaria han sido muy útiles,
pero la enfermedad avanza inexorablemente y me temo ha llegado a
su fase terminal.
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Rosa repetía una y otra vez: «¡ No puede ser doctor! ¡ No puede
ser!».
—Vamos a hacer todo lo posible para descartar esta circunstancia.
Repetiremos las pruebas de imagen cerebral TAC y resonancia
magnética nuclear, pero no existe «test pre-morten» en el
Alzheimer. Debes saber que el promedio de vida de los pacientes es
de 7 a 10 años. Sin embargo, se conocen casos, que pueden sobrevivir
alrededor de los 21 años, pero son los menos. También se dan otros
en los que se llega antes a la etapa terminal, entre 4 y 5 años y a Rosa
se lo diagnosticaron, según tengo entendido, hace 3. Pero el fin se
acelera cuando el enfermo, sin saber por qué, se niega a seguir
viviendo.
Leonor le pidió que la tuviera al corriente de su estado y dándole
las gracias, se alejó a un lugar solitario donde poder llorar. Sentía
impotencia por no haber logrado nada con su esfuerzo. Y fue en ese
momento, cuando ella se sumergió en una profunda tristeza.
Una vez que el doctor Nicolás y la dirección de la Residencia
pusieron en conocimiento de la familia el giro producido en el estado
de salud de Rosa, su empeoramiento fue progresivo. Estaba bajo la
vigilancia permanente de una enfermera en la pequeña clínica con la
que contaba el edificio y Leonor volvió a quedarse sola en la
habitación.
¡La echaba tanto de menos! También en el comedor y restantes
zonas comunes. Pero sobre todo, sus paseos con ella por el jardín,
ahora sin flores, triste y solitario. Hacía frío. Las salidas al exterior
eran muy escasas, a pesar de ir tremendamente abrigados.
Se acercaba la Navidad…«¡ Qué triste le iba a parecer sin tener a
su lado a Rosa!». Se sentía inútil, preguntándose, una y otra vez:
«¿Qué misteriosa razón había motivado el abandono de Rosa por la
vida? ¿Sería ella capaz de averiguarlo?¡ Al menos lo iba a intentar!».
Faltaban pocos días para Navidad. Si alguien ha visitado una
institución de estas características en esas fechas, sabrá que es
difícil, muy difícil disimular la tristeza que se respira en el ambiente
por parte del personal que trabaja, afanosamente, por imprimir un
clima cálido y alegre. No hay posibilidad de lograrlo, porque los
ancianos, en su mayoría están solos y echan de menos sus hogares y
principalmente a esa familia, que ellos creían tener y por la que tanto
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se habían sacrificado. Parece un contrasentido, pero, para ellos, son
los días más tristes del año.
Leonor no olvidaba que fue, precisamente el 25 de diciembre, «Día
de Navidad», cuando el corazón de Rosa dejó de latir. Todos los allí
acogidos le dijeron adiós con lágrimas en los ojos y la mayoría sintió
un miedo atroz. Mas de uno se preguntaba: «¿ Seré yo el próximo?».
Leonor obsesionada por este repentino y fatal desenlace, decidió
llevar a cabo su propósito de averiguar si había alguna razón que lo
hubiera motivado. Su mente se iluminó con una luz que la llevaba al
dormitorio y en él al armario de Rosa. En ocasiones, el cariño que
Leonor sentía por ella, le llevó a pensar, que su propia compañera era
quien desde el más allá, tuvo mucho que ver con ello.
Aprovechando la confusión del momento, entró en su habitación,
donde seguían las pertenencias de su amiga. Abrió el armario de par
en par y descubrió, además de la maleta, una bolsa de lienzo en un
rincón. Al parecer, su nieta la colocó allí, sabiendo que se trataba de
algo personal, que a nadie interesaba, excepto a la propia Rosa.
Quizás, ni se molestó en averiguar su contenido.
Con decisión, Leonor se apoderó de ella, temerosa de que alguien
la descubriera, dando lugar a una falsa interpretación de su acto. En
el interior había una caja de hierro, no demasiado pesada, fácil de
abrir, lo que le hizo suponer, que no contenía nada de valor material,
como joyas o dinero. No se equivocaba. Eran unas cuantas fotografías
en blanco y negro, deterioradas por el paso del tiempo, y un modesto
cuaderno, con tapas negras de gran grosor, que parecía un diario. Sin
tiempo para comprobarlo, lo introdujo todo de nuevo en la bolsa y la
guardó en su armario a buen recaudo.
Una vez pasados los momentos tristes del entierro, nada la
retenía entre sus compañeros y mucho menos la presencia familiar.
Volvió a su dormitorio y lo primero que hizo fue comprobar si se
habían llevado las escasas pertenencias de Rosa. Efectivamente, ya
no estaban allí. Aunque se sentía bastante segura, le tranquilizó,
todavía mas, pensar que nadie había echado de menos la bolsa de
lienzo, que ella guardaba como un pequeño tesoro por descubrir. Sin
dilación, la cogió de nuevo y cerró la puerta para que nadie pudiera
interrumpir su «especial encuentro» con Rosa. Sobre la cama vació su
contenido. Allí estaban las fotografías deslucidas. Habían quedado
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diseminadas sobre la colcha e intuitivamente las acarició con las
yemas de los dedos como, imaginó, habrá hecho ella en muchas
ocasiones. Allí estaba, delgada y erguida, muy joven. Realmente había
sido muy hermosa. Su pelo castaño caía, aparentemente desordenado,
sobre los hombros, con la apariencia de una diosa. Su sonrisa era,
como la que tanto le llamó la atención cuando la conoció, dulce y
permanente en sus labios finos y bien dibujados. Junto a ella
aparecían otras personas desconocidas para Leonor pero, sin duda,
entrañablemente queridas por ella. «¿Cómo es posible que el paso del
tiempo deteriore, hasta ese punto, a las personas», se preguntaba.
«¿Dónde habían ido a parar la viveza de sus ojos obscuros y
grandes?». Sin embargo, el tiempo no logró borrar la dulzura y
serenidad de su rostro. De pronto, la mirada de Leonor se detuvo en
el pequeño cuaderno. Lo cogió, abriéndolo, cuidadosamente, como si
temiera deteriorarlo y tan absorta estaba en su lectura que, de
repente, todo desapareció alrededor al ir descubriendo su contenido.
Mi nombre es Rosa. Nací en el seno de una familia humilde y
numerosa. Éramos ocho hermanos, de los cuales sobrevivimos dos.
Una escasa alimentación fue mermando, poco a poco, la salud de los
más pequeños, hasta una total desnutrición que les causó la muerte.
Ante una situación tan extrema, solamente lograban superarla los
más fuertes. Mi madre fue la principal víctima de esta miserable
existencia, en la que sobrevivíamos gracias al escaso dinero que traía
mi padre a casa Yo le quería muchísimo, a pesar del dolor que sentía
cuando le oía llegar a casa, a altas horas de la madrugada, bebido,
tras haber caído en la trampa del alcohol. Su débil voluntad era
superada por la adicción a la bebida. Resultaba difícil para él tener
que sobrellevar la dura carga de una familia numerosa a la que amaba
con todo su corazón y con la que compartía, con ficticia alegría, la
escasa comida que había en la mesa. Él renunciaba a ella, haciéndonos
creer que ya había comido previamente. Yo deseaba poder odiarle por
su adicción y, a pesar de mi corta edad, apreciaba la generosidad de
su corazón que un día dejó de latir, cansado por las largas jornadas
de duro trabajo, por un mísero jornal, en la hacienda de un
terrateniente. Tenía 38 años. Fue una tragedia para este frágil
hogar, que tuvo que fragmentarse, para lograr sobrevivir.
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Mi hermana y yo entramos como sirvientas en casas de nuevos
hacendados, que presumían de nuestro servicio, pagado con la comida.
Mi hermana, que tenía 14 años, se resignó a nuestra triste suerte. Sin
embargo yo, con un año menos, no tenía más meta que salir de esa
esclavitud, para alcanzar un destino más justo: poseer mi propia casa,
recuperar mi dignidad, arrebatada injustamente, y poder disfrutar
de la compañía de mi madre, tan querida por mí. Contemplar
diariamente su rostro bello, sereno y cuidar su cuerpo cansado, por
largas jornadas de duro trabajo en la cocina de una fonda de
estación. Ella, que nos amaba intensamente, nunca aceptó las
numerosas proposiciones de matrimonio de hombres jóvenes, con
edades similares a la suya, que se enamoraban de su belleza y bondad.
Pero ella jamás olvidó al amor de su vida, a pesar de haberle causado
tanto dolor. Lo recordaba bueno y cariñoso.
Mi niñez perdida era una cuenta pendiente que la vida tenía
conmigo. Mi débil cuerpo, castigado por trabajos no adecuados a mi
edad, albergaba una férrea voluntad, que alimentaba el deseo de
escapar y buscar nuevos horizontes que mejoraran mi existencia.
¡Y lo logré! Mi madre, mujer hacendosa, que tuvo que remendar
tantas veces nuestra ropa, hasta tener que desecharla, me había
enseñado a zurcir. Gracias a su buen hacer y tesón, llegué a realizar
este trabajo con pulcritud. La profesión de zurcidora, en aquella
época, era muy apreciada por las clases con cierta posición social, que
pagaban generosamente a quienes realizaban esta labor, que ellos
eran incapaces de hacer, en sus valiosas sábanas de hilo. A mis 17
años entré a formar parte del amplio grupo de personas, que
integraban el servicio de una de estas acaudaladas familias.
Valoraban mi trabajo y lo compensaban generosamente.
Allí empecé a recorrer el camino que me llevaría a la meta soñada.
Ahorré el dinero suficiente para poder reunir a mi madre y hermana
y juntas compartir una casa humilde, pero suficientemente espaciosa,
que nos permitía disponer de la independencia e intimidad, que nunca
habíamos tenido. La familia para la que trabajaba, me regaló algunos
muebles, para ellos de escaso valor e inalcanzables para mí.
La vida me devolvía la deuda que tenía pendiente conmigo. Un día
inolvidable conocí al primero y único amor de mi vida con quien
contraje matrimonio. Tuvimos una hija, Lucía, que siempre estuvo a
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nuestro lado. Él me dejó un luminoso día de Mayo que se tornó gris
para mí, cuando su corazón se detuvo. Cada noche siento su cuerpo
junto al mío, demandando el calor que la muerte le arrebató. Creo que
pronto estaré con él. Sin duda me está esperando.
Y esta es la historia de mi vida. He tenido que salvar tantas
vicisitudes que han minado mi salud y endurecido mi alma. Sin
embargo, todavía tengo la fuerza necesaria, para seguir adelante y es
posible que esta energía, sea el secreto de mi longevidad.
Hay algo de lo que quiero haceros partícipes: siempre he tenido
grandes deseos de vivir. Sobre todo de ser feliz y os aseguro que lo
he conseguido. Pero, si por alguna causa esta ilusión me faltara,
preferiría deciros adiós.
Leonor muy impresionada por este relato, que recogía «retazos»
de la vida de Rosa, sintió el alivio de haber descubierto los motivos,
que movieron a su amiga a abandonar el interés por este mundo. Lo
entendía perfectamente. Los suyos la dejaron en este triste lugar,
como se abandona un mueble usado, cuando ya no es de utilidad. Ella,
que tanto había hecho por todos. Su sacrificio y dedicación para
acogerlos, marcándoles unas directrices en la vida, que ellos debían
desarrollar libremente, había tenido este fin, cuando más los
necesitaba: los muros de un hogar para mayores. ¡ Tremenda
injusticia!
«¡Pobre Rosa!» lloraba Leonor. «¡Ojalá y te hubiera conocido antes,
cuando en tu cerebro había tanta lucidez!».
Si durante el tiempo que se conocieron sentía por ella una
entrañable amistad, ahora se sumaba una gran admiración por su
generosidad. «¡Nunca te olvidaré!».
Pasaron lentamente los días. Una tarde Leonor se encontraba en el
jardín, aprovechando el calor de los últimos rayos del sol, sentada en
uno de sus bancos, con los ojos cerrados, sumida en sus propios
pensamientos, cuando un leve golpecito en el hombro le hizo
contactar de nuevo con la realidad. Era Luz que, amablemente, le dijo:
—Leonor, ¿puedes venir un momento, por favor? Me dice la
directora que han venido los familiares de Rosa y desean conocerte.
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De pronto, Leonor pensó: «¿Habrían echado de menos las
fotografías y el cuaderno que, con tanto celo, guardaba?». Quería
salir de dudas.
—Luz, ¿sabes qué quieren de mí?
—¡Oh sí! —respondió—. El doctor Nicolás les ha hablado muy bien
de ti y quieren conocerte.
Respiró hondamente y dirigió sus pasos hacia el despacho de la
dirección. No sentía ni el más mínimo interés por verles de nuevo,
pero debía ir. Lo haría por Rosa.
—¡Hola Leonor! Gracias por venir —señaló la directora—.
¿Recuerdas a estos jóvenes? Son los nietos de Rosa. Han venido
varias veces a verla. Quieren darte las gracias por lo mucho que has
ayudado a su abuela durante el tiempo que ha estado entre nosotros.
Se acercaron uno a uno, para estrecharle la mano y expresarle un
agradecimiento que —pensó—, nada significaba para ellos.
—¡Ah, mira Rosa, estos son su hija y el marido, a quienes no
conocías.
La saludaron fríamente. Pero al cruzar su mirada con la de Lucía,
que así se llamaba la hija de Rosa, advirtió, sorprendida, que sus ojos
miraban a un punto perdido, como si no estuviera con ellos. «Era la
mirada de Rosa». La palabra Alzheimer acudió, de nuevo, a su mente,
sin atreverse a pronunciarla. La genética había cumplido, una vez más,
su designio. En ese instante, recordó haber leído, que la mayoría de
las personas con esta enfermedad han tenido algún familiar que la
habían padecido e inmediatamente pensó: «Pero Lucía no tendría
mucho más de 60 años. Sin duda formaba parte de ese número
limitado de pacientes que la padecen de forma temprana. Si no
recordaba mal, esto se debe a la mutación de un gen llamado PPA.
¡Era horrible!» pensó.
Leonor sonrió a Lucía y en sus ojos había una súplica de perdón,
por lo mal que la había juzgado, cuando echaba de menos su presencia
en los días de visita. Se preguntó si la tendrían pronto ingresada en
este lugar. Nadie sabía la respuesta o tal vez sí. Observó, con agrado,
el cariño con el que el hijo menor, Javier, el soltero y soñador, la
atraía hacia sí por los hombros, como si no quisiera separarse de ella,
al mismo tiempo que miraba a Leonor, con agradecimiento y una
sonrisa de complicidad. Con ella, intentaba darle a entender, que ese
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abrazo significaba que su madre permanecería junto a él hasta el fin
de sus días. «¿Por qué no? » se preguntó Leonor. «¡Todo es posible!».
Así lo relataba Rosa en su diario: «Todo hombre ó mujer ha de
afrontar las dificultades que la vida le plantea con valentía y actitud
positiva».
«Yo estoy plenamente de acuerdo con ella» y añadió: «cada
persona ha de tomar la decisión final, pero siempre pensando que a
los nuestros les debemos “todo”. Por eso, hemos de actuar con
justicia y generosidad» señaló Leonor. Sonriendo recordó una cita de
H. de Liury, que siempre le había gustado: «La generosidad no
necesita salario, se paga por sí misma».
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Yolanda Lázaro Romero. Muy precoz escritora y lectora, Yolanda
no ha dejado de escribir desde que aprendió a hacerlo. Ya con 5 años
escribía poesía, cuentos y revistas. A los 6 años se enamoró de «La
Odisea» y «La Ilíada», que leía y releía en su versión para niños.
Tempranamente interesada por la literatura clásica y la filosofía,
mezclada con lecturas juveniles, vivió siempre en un mundo de letras
que a menudo la alejaban de los habituales juegos infantiles. Valorada
por profesores e incomprendida por quienes le rodeaban, se
redescubrió a sí misma al cruzársele en la vida otros artistas.
Interesada por todo arte, se recreó también en la pintura
autodidacta, el arte dramático, la música, actuando en los albores del
«Teatro de Altura Puja» y colaborando en dos exposiciones
multidisciplinares interpretando sus propias canciones.
Aburrida de Alicante, en donde no se encontraba a sí misma,
escapó junto a su hija Miranda a Ibiza, donde ha pasado los últimos 9
años y gran parte de los 4 anteriores viviendo en el campo. Fascinada
por las letras, la naturaleza, deporte, magia y espiritualidad; dice
extraer su inspiración de la raíz de todo lo que le rodea. Escribiendo
siempre recuerdos por venir…
71
La lágrima
A Olaf Lenk, quien me
miró y pudo verme
Una vez el cielo derramó una lágrima en los ojos de un hombre que
miraba las estrellas. Tanto era el ardor de esa lágrima que el hombre
no pudo parar de llorar desde aquel momento. A veces trataba de que
no salieran, pero entonces las lágrimas se deslizaban hacia el corazón
y allí lo inundaban todo, produciéndole un llanto incluso más grande y
doloroso que el primero que comenzó a salir. Inicialmente trató de
usar aquellas lágrimas plantando nuevas semillas en su jardín, para
regarlas cada día con el agua de sus ojos… pero fue inútil. Sus propias
manos excavaron la fértil tierra y plantaron las semillas. Él vio la
planta crecer prósperamente y darle flores, y la cubrió de amor por
ello, pero cuando se acercó para envolverse de su aroma y su color la
lágrima cayó en sus pétalos y la quemó. Sucedió una vez, y dos, y
muchas más de tres. De esta forma el hombre fue con sus lágrimas
formando charcos aquí y allá cada día, y sus lágrimas acabaron por
inundar los bosques, así como su propio jardín, y cubrió el huerto, las
flores, y todos los caminos de ida y de vuelta.
Un día, al despertar, se descubrió sólo en su minúscula isla,
bañando la entrada de su hogar un mar de lágrimas. Dio vueltas y
vueltas alrededor de la casa, pero solo un círculo de rocas y piedras
lo separaban del mar. Con la rabia de mil vidas arrojó un guijarro al
agua, junto a un grito tan aterrador que rebotó en las paredes de su
casa abriendo una grieta. Desesperado y triste se recostó sobre una
roca contemplando el infinito. Y tanto tiempo pasó que las noches y
los días lo sorprendían siempre en el mismo lugar.
Era junio, cuando de tantas estrellas fugaces que existían,
emocionado lloró, y lloró, y aulló frente a lo efímero de la belleza. Por
poder contemplarla pero no alcanzarla. Por poder admirarla pero no
tocarla. Por culparla de su constante llanto, de la desaparición de los
bosques y los pueblos, de la captura en su minúscula isla. Desanimado
entró en casa, con los ojos cubiertos de sangre y la piel helada. En
posición fetal, como un bebé, continuó durmiendo.
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Cuando despertó todavía no era de día, pero un rayo de luz se
colaba por la ventana. Intrigado por la luminosidad salió
hipnóticamente a la puerta. Allí descubrió a una extraña dama de
cabellos plateados y piel casi transparente, mirándolo fijamente.
—¿Dónde estabas? —preguntó él con reproche.
—Jamás dejé de acompañarte —respondió ella.
—¡Mientes! Te busqué mil noches y no te encontré. Tan cambiante
un día y nada mañana.
La plateada dama, muy ofendida, comenzó a inflarse hasta
convertirse en una blanca y redonda esfera, iluminándolo todo.
—¡Desagradecido! Diseño tus creaciones, perpetúo tu ilusión. Ya
estaba aquí mucho antes de que tú o cualquier humano poblaseis la
Tierra. Fui un espíritu libre retozando sensualmente con los
elementos en los cuatro puntos cardinales, hasta que aparecisteis y
mi destino cambió su rumbo por amor.
—Tu misterio me seduce de la misma forma en que me daña…
—¡Desagradecido! Recuerda que soy yo quien diseñó tus
creaciones, quien perpetúo tu ilusión.
—¡Me abandonaste, y permitiste que el universo cegara mis ojos
de acuática melancolía! —chilló él.
—¿Cómo te atreves a hablarme así? A mí, hermana del Sol, hija
del Firmamento y la Madre Tierra, amada ninfa de todos los seres,
protectora inseparable de los ciclos femeninos. —Gritaba
enfureciéndose cada vez más mientras tomaba un amenazador tono
naranja—. ¡Compañera de poetas y amantes de la belleza,
perpetuadora de la vida, alumbradora de pasiones, portadora de
sueños!
—¡Si tanto me amas y tan poderosa, eres sácame de aquí, maldita
seas, de tan limitado espacio que tanto duele! Dama de las mil caras y
los mil nombres. Escondiéndote de mí cada noche con trajes distintos
para que no te viera. ¡Lunática, caprichosa, bruja distante! ¡Yo que te
creía poetisa, sacerdotisa, cómplice de mis secretos! —La voz le
fallaba mientras los ojos le ardían— ¡Tú, no hiciste nada cuando el
cielo me castigó a llorar!
—¿No te das cuenta que fuiste tú quien dejaste de mirarme y de
soñar? Dejaste de ser tú para convertirte en lo que los demás
querían que fueras ¡Yo siempre he vivido despierta de noche, soñando
73
de día, para velar por tu alma! ¡Sin mí no eres nada! Pero sin ti yo
tampoco…—entonces la dama de plata comenzó a encogerse de nuevo,
y adaptándose al tamaño de una mujer leve se acurrucó entre los
brazos de él, que la apretó con fuerza, rindiéndose ante ella.
—¿Y qué puedo hacer? —preguntaba desconsolado en llanto—. Soy
preso de mi propio mar, en esta isla que ahora sostiene mi historia a
lomos de su ombligo. Por más que avanzo sólo rodeo, y todo me
regresa al corazón.
—No estás errando el camino, sino negándolo —le contó ella
compadeciéndose de él.
—¿Qué quieres decir?
—No es que todo te regrese al corazón, es que en tu corazón está
la salida…—sentenció ella enigmática regalándole entonces un ratito
de silencio.
—¿Y el camino a mi corazón?
—En tu propia casa, exactamente en el mismo lugar donde
descansas cada noche, justo al centro de tus sueños. Para salir has de
entrar, ¿comprendes?
Aunque todavía perplejo, un atisbo de consciencia asomaba en los
acuosos ojos de aquel hombre. Frunció el ceño y con un ademán de
mano y un intento de sonrisa la invitó a pasar a su casa, y juntos
traspasaron la misma entrada por donde llegan los sueños.
—Mira, aquí es donde guardo mis objetos mágicos —dijo él,
moviéndose de un lado para otro mientras señalaba con su dedo mil
rincones—. Mira, allí, y ahí, y allá y allí. A veces mi soledad no está
sola, y mis ángeles-demonio corretean por aquí llenándolo todo de
vida.
—¡Sí, sí, sí! —la plateada dama comenzaba a entusiasmarse con el
lugar—. ¿Pero y tu jardín secreto? ¿Dónde está? Yo sé que hay más.
¡Busca, busca el camino!
Rastreando toda la casa, palpando suelo y paredes, al fin encontró
una extraña muesca en un muro. Apartando una enorme piedra con la
fuerza de un titán abrió la puerta trasera de su hogar, allí donde
moraban los seres invisibles con los no visibles. Donde convivían
orugas con hadas y moscas con duendes. Donde los dragones
paseaban a media noche y los unicornios siempre eran bienvenidos.
Excitado comenzó a hablarle a la dama de princesas perdidas en el
74
tiempo, de magnéticas brujas y sus pócimas, de faros, de lagos y
barcas y lejanas noches junto a un río. Y de cómo en ocasiones los
extremos se unen y se funden, y se abren puertas dimensionales
donde todo puede ocurrir.
—Me gustaría presentarte a alguien —musitó el hombre de manera
enigmática señalando a un niño sentado en un rincón.
—Hola Luna —saludó el niño tímidamente sosteniendo una
incipiente crisálida entre sus manos que todavía tenía que emerger—
Yo Soy Él…—le dijo alzando la mirada hacia el hombre, que a su lado
acariciaba su cabecita.
—Sé quién eres, y me alegro tantísimo de volver a verte…—
respondió ella.
—Estaba perdido. Tenía miedo —dijo el niño a su Yo adulto.
—Siento tanto haberte olvidado…—susurró el hombre—. No sé
cómo pudo ocurrir. Algo me distrajo, y al mirar hacia atrás ya no
estabas. Y se hizo el olvido. De pronto me sentí vacío, un trozo de mí
se había extraviado, ¡pero yo no sabía que eras tú! Imbécil de mí,
como un loco buscaba fuera lo que siempre había estado aquí —sus
lágrimas salían a borbotones, casi no podía hablar—. Bendita lluvia,
que derramó en mis ojos su consciencia para a través del llanto
hacerme despertar.
El niño le sonrió, y olvidando su timidez, miró a la dama a los ojos
con la dulzura que sólo una mirada infantil puede entregar, y la llenó
de paz. Ella le inventó un baúl repleto de irrompibles sueños con los
que jugar. No se despidió de él. Sabía que cuando le diesen la espalda
se subiría a los hombros de él y lo acompañaría invisible allá donde
fuese.
En silencio regresaron por el mismo lugar por donde habían venido.
Salían de casa cuando en el horizonte un lívido resplandor anunciaba
el amanecer por aquel extremo de la isla. La dama plateada comenzó a
elevarse vistiéndose de nuevo de blanca esfera, y quedó flotando
frente a él, observándolo con orgullo.
—Éste eres Tú, el que yo veía. Aquél que no lograbas ver cuando el
espejo te miraba —le dijo al hombre, mientras el mar lo acariciaba
con una ráfaga de viento haciéndole cerrar los ojos.
Se dejó llevar por ella y meciéndolo entre sus brazos, Luna le
cantó una nana inventada. El hombre se convirtió en un ser sin
75
nombre, sin sexo, casi sin cuerpo físico. No comenzaba ni terminaba
jamás. Era lo más hermoso que los ancianos ojos de ella habían
contemplado jamás. Se abrazaron uno al otro en la templada
madrugada, y se elevaron sobre un suelo de agitadas aguas. Y fueron
aire, viento, rayos y truenos y silenciosas nubes. Se sumergieron
juntos bajo los océanos, y fueron ola, alga, delfín, estrella de mar.
Más tarde se arrastraron sobre la tierra, y fueron arena, serpiente,
gacela, roca, raíz de árbol, piedra….Finalmente al fuego de sus
corazones regresaron, formando Uno con Todo. Y fueron volcán,
hoguera, llama, llama primogénita. Tan reprimido, silencioso y
maltratado amor explotaba ahora entre los brazos de aquella
misteriosa mujer.
—¡Pídeme un deseo! —le dijo ella coqueta.
—Deseo…deseo que jamás me dejes sin ti.
—Nada desearía más que eso. Yo te amo, criatura rara. En
realidad nada resulta tan fácil como el deseo que me pides. Pues yo
nunca dejé de acompañarte.
De los ojos de él explotaron ríos de lágrimas que las nubes
recogieron al instante. A cada lágrima derramada, una punzada en el
corazón. A cada lágrima olvidada más levedad en su alma. Su cuerpo,
exhausto al fin, se quedó durmiendo junto a ella una vez más, pues
aunque él no lo recordaba, lo había hecho durante toda su vida, e
incluso antes. Había hecho el amor con la Luna, la dama eterna, y de
esa unión habían cesado sus lágrimas y su dolor. Ella lo llevó flotando
hasta su cama, y se marchó por la ventana. Selene regresó a sus
cielos dejándole la huella de sus pasos en cada constelación.
Las flores muertas, las estrellas fugaces y todo lo efímero y
amado quedaron guardados para siempre en los rincones de su
corazón. Ya no existían cicatrices por haberlas perdido, sino gratitud
por haberlas conocido. Desde ahí sólo sé que despertó un día con un
maravilloso sueño en su memoria. Sé que el mar se alejó de su casa, y
aparecieron de nuevo los pueblos, las montañas, la gente, los árboles
y los caminos. Sé que su corazón no le pesaba, que podía mirar las
estrellas sin monotonía, que su alma se volvió a abrir a la vida.
Cuentan que un día, junto al tronco de un árbol, encontró a una
estrella caída. Él la ayudó a levantarse extendiendo sus brazos hacia
76
ella. Quedaron en pie un eterno instante, y hallaron millones de
universos en sus ojos. Y agarrándose fuertemente las manos
corrieron montaña abajo, ¡hacia el bosque! ¡Y corrieron como lobos,
como niños, como nubes, como lágrimas en el viento!
77
De familia madrileña, Gonzalo Correas nace el 12 de junio de 1975
en Valencia y termina echando raíces en Alicante. Sin duda, este
vaivén vital que ha experimentado le ha influido en la confección de
este relato, «Lentejas y Violetas», donde el Destino también juega un
papel importantísimo en la vida de los personajes.
No es el primer relato que ha diseñado. Llegó a presentarse al XI
Certamen de Narrativa Hoguera Plaza Maisonnave, de Sant Joan D
´Alacant. Piensa seguir haciéndolo, y conservar dichos relatos, con la
idea de poder publicar en un futuro una colección de los mismos en
forma de libro.
En estos momentos está ilusionado con las letras.
Anecdóticamente, su vida profesional siempre ha estado orientada a
los números. Ha realizado fundamentalmente trabajos relacionados
con la Contabilidad. La aventura literaria la aborda ahora que ya tiene
ciertos conocimientos. Su experiencia anterior se limita a diversos
escritos para la revista local Villa de Sant Joan, comentando las
actividades de la Orquesta de Pulso y Púa, de la que es miembro.
Primero la música y ahora la escritura: como buen Géminis intenta
progresar en el mundo del arte. Cuenta con lo más importante: mucha
humildad y ganas de aprender.
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Lentejas y violetas
Comenzó a recoger la ingente colección de trastos que se
acumulaban encima de su mesa, necesarios todos ellos en su trabajo
diario, folios de documentación varia, bolígrafos, carpetas, un
rotulador fosforito, una regla… Lo guardaba todo en el primer cajón
de la mesita auxiliar que tenía a su izquierda, a la altura de la cadera.
Lo hacía con parsimonia y poca ilusión, pero las formas no eran tan
acusadas como antaño. Ahora se equiparaba a sus compañeros de
oficina, que todos los viernes, con la perspectiva del fin de semana
que tenían por delante, se esforzaban en adelantar sus tareas para
poder marchar un poco antes.
Desconectaba su ordenador a las tres menos cinco minutos, en su
caso había un motivo añadido: la excesiva lentitud de maniobra del
aparato, que necesitaba mucho tiempo para ejecutar cualquier orden,
cuando no se quedaba bloqueado, mostrando en la pantalla ese
insoportable relojillo de arena. Muchas veces había pedido a sus
superiores que se lo cambiaran por un modelo nuevo, tal era el
fastidio que le provocaban las esperas, pero jamás cedieron a sus
solicitudes. En estos momentos poco le importaba, ya no se quejaba
de nada, su actitud y su carácter habían cambiado, tanto con sus
jefes como con sus compañeros. Incluso cuando se despedía de ellos
los viernes, sentía que sus palabras y buenos deseos le salían del
corazón, que no eran fingidos.
Poco tiempo atrás atravesó un bache vital, nunca entenderá los
motivos, ¿las relaciones familiares, quizás?, pero realmente fue así:
trabajaba en las oficinas de la Delegación de Cultura de Alicante,
desde que aprobó las oposiciones con una excelente puntuación, de las
mejores de la convocatoria. La euforia inicial se fue disipando y pasó
a llevar una vida rutinaria en exceso; cuando terminaba la jornada
laboral no tenía planes; los tiempos de ocio se presentaban siempre
poco atractivos, el fin de semana discurría tedioso y lento, sin
alicientes... Y al final, vuelta a empezar, como una noria de feria:
llegaba la noche del domingo y se acostaba sabiendo que al día
siguiente le tocaba de nuevo madrugar.
79
Por fortuna, las cosas estaban cambiando. Todo comenzó cuando
conoció a Doña Ángela, un ser maravilloso que hacía honor a su
nombre: parecía bajar del Cielo. Una mujer relativamente mayor,
podía ser su madre, de carácter afable y bondadoso. Y todo fue
gracias al cine, su auténtica pasión, bien conservada desde la etapa
de adolescente. En un patio de butacas semivacío, en uno de esos
aburridos domingos, coincidió con esta señora; desde el primer
momento se fijó en ella, pues vestía de forma elegante y su porte era
espectacular: esbelta, guapa… Siguieron coincidiendo, no sólo en los
estrenos comerciales de la semana, también en los actos y foros de
cine que se organizaban en la ciudad. En uno de ellos, celebrado en la
Sala Cultural de El Corte Inglés de la Avenida Federico Soto, donde
acudían con asiduidad, empezaron a conversar. Fue tras el visionado
de «El Apartamento»; comentaron sus impresiones y coincidieron en
la valoración positiva de la película de Billy Wilder. Ella se presentó
en primer lugar. A continuación lo hizo él: «yo me llamo Lucas, había
dicho con seguridad y aplomo en aquel instante».
Empezaron a verse también fuera del ámbito de las salas de cine;
hacía un par de semanas que se habían juntado en una cafetería, por
hablar, simplemente. Había nacido una sana amistad. Este fin de
semana no había nada interesante en la cartelera. Quizás por eso, la
señora había invitado al funcionario a su casa. Era la primera vez y lo
más extraño de todo era que la cita se había planteado para el lunes.
Lucas tuvo que pedir el día libre en el trabajo, no había problema,
alegó que era su cumpleaños y deseaba descansar, todo era cierto,
para poder cumplir con la invitación. Había un motivo que, en cierto
modo, le desconcertaba: al parecer, Ángela deseaba presentarle a
alguien muy especial para ella.
Con la llegada del lunes daba comienzo una nueva semana de duro
trabajo, que Sol afrontaba, como no podía ser de otra manera, con
buena predisposición y alegría de espíritu, dos cualidades que ya se
habían consolidado como rasgos destacados de su personalidad. De
origen sudamericano, su vida había estado expuesta a diferentes y
numerosos cambios, alguno de tintes dramáticos, como lo es siempre
la pérdida de algún ser querido. El último de ellos se produjo cuando
su madre, hace ya casi cinco años, decidió viajar a España, en busca
80
de una vida mejor. En Alicante, preciosa ciudad bañada por el mar
Mediterráneo han encontrado ambas estabilidad y prosperidad.
Sol, que pronto aprendió a valerse por sí misma sin mucho
esfuerzo, se dedicaba actualmente a la noble faena de servir a los
demás, con todo lo que esto conlleva. Había estado tanto a las
órdenes de ancianos como de matrimonios jóvenes con absorbente
vida laboral, sin muchas posibilidades de atender debidamente a sus
hijos. De su experiencia con los mayores había sacado conclusiones:
sentía que a veces las personas gustan de tener a alguien en casa
aunque sólo sea por disfrutar de compañía. Al principio tuvo poca
suerte, los hogares donde prestaba sus servicios domésticos no
resultaban ser de su agrado. En cambio, este último, en el que apenas
llevaba
un
par
de
meses
trabajando,
era
diferente,
fundamentalmente por la amabilidad de la señora de la casa, una
mujer de unos sesenta y cinco años cuyo nombre era Ángela.
Con ella, su condición de empleada interna se había suavizado
considerablemente: le concedía retirarse el fin de semana, lo que le
permitía convivir por más tiempo con su madre, la única familia que le
quedaba. También se había ganado su confianza hasta tal punto que
enseguida le hizo una copia de las llaves, para que dispusiese de ellas
según su conveniencia. Y si esto fuera poco, sucedía que la casa de la
señora estaba muy cerca de la propia, en pleno barrio de Benalúa,
prácticamente en la zona centro de la ciudad, con todas sus
comodidades, pero con más tranquilidad y menos ruido; un barrio
coqueto, que debía su nombre a la persona que más se involucró en su
fundación, un marqués de origen madrileño, que actuó como un
generoso mecenas, a finales del siglo XIX.
Realmente Sol estaba de enhorabuena. Intuyó desde el primer
momento que la mujer era una bellísima persona. Se había mostrado
simpática incluso el día de la entrevista. Sol recuerda con todo lujo
de detalles cómo le impresionó la casa nada más llegar, aquellos
salones tan amplios, los sofás, las alfombras, los muebles, los largos
pasillos, las numerosas estancias, todo de grandes dimensiones, como
si se tratara de un castillo medieval. Recuerda que al salir a la calle
pensó que tendría mucho que limpiar, que acabaría todos los días
agotada, pero rezó a la Virgen un sinfín de oraciones por conseguir el
trabajo, así como era ella de creyente. Y al final se le concedieron las
81
gracias: fue elegida tras superar una prueba culinaria: la señora le
pidió por favor que cocinase algo; y ella triunfó con un exquisito guiso
de lentejas.
Hay algo que se le ha quedado grabado en la mente, aquella
anécdota inicial que tanto le llamó la atención: el mismo día en que
entró a servir, se acercó Ángela hasta su habitación y, tras darle la
bienvenida, le hizo partícipe de su afición desmedida por las
manualidades: lo que más hacía era decorar cofrecillos de madera con
pintura plástica, rematados con una suave capa de barniz; pero
también jarrones de extrañas formas, vasijas de cristal e incluso
botellas de licor vacías, todo con motivos florales, de una belleza sin
parangón.
Como siempre, con un adelanto de diez minutos de reloj sobre la
hora prevista, llega Sol hasta el edificio donde trabaja. Lo primero
que hace nada más cruzar el umbral de la puerta es decir buenos días
al aire, sin preocuparse de si alguien la escucha, sin obtener tampoco
respuesta; intuye que la señora está en la ducha y aprovecha para
entrar en la cocina y hacer las oportunas comprobaciones; tiene que
saber con qué ingredientes cuenta para preparar la comida, pero
enseguida se lleva la primera sorpresa del día: ya está todo en
marcha, hay una cazuela en los fogones, más grande de lo habitual,
por cierto. «A lo mejor Ángela tiene invitados» piensa, al mismo
tiempo que da media vuelta y se dirige a su habitación. Desea mudar
de ropa para estar así más cómoda. Y cuando ya está lista para
empezar a trabajar, siente unos golpecitos en la puerta acompañados
de una dulce voz que pide permiso para entrar. Y Sol no duda en
conceder el permiso, pues sabe que quien está al otro lado de la
puerta es Doña Ángela, la reina de la casa; la mujer, en el otoño de la
vida, es todo un torbellino de fuerza e ilusión y esto a Sol le encanta,
pues ella también es así, aunque con otra edad. Se saludan besándose
las mejillas con cariño y se relajan. La joven muestra su sorpresa:
—¿Cómo es que ya está hecha la comida? —pregunta Sol—, bueno,
mejor así. Tendré más tiempo para planchar.
—Hoy no vas a planchar —responde Doña Ángela dando un puntapié
al cesto de la colada, apartándolo de la vista de la chica—. Hoy vamos
a pintar.
82
Se refiere a los cofrecillos de madera. A Sol se le ilumina la cara
al instante, está encantada con esta actividad. Doña Ángela le enseñó
bien y la chica aprendió rápido. Ahora se maneja ya con soltura, como
si llevara haciéndolo toda la vida. Al igual que su maestra, desarrolla
los mismos pasos antes de empezar a faenar: prepara sus frasquitos
de pintura junto con un bote repleto de pinceles. Y por último, un
cubilete de agua, un paño y un platito de porcelana para las pruebas
de color. De repente, la segunda sorpresa del día, la más importante,
sin duda:
—Hoy tenemos compañía —desvela Ángela. Y dicho esto aprovecha
para presentar a Lucas, el hombre alto y delgado que aparece a su
espalda. Se ha mantenido al margen de la conversación por educación,
o quizás por timidez. La señora de la casa trata ahora de involucrarlo:
—Nos conocimos en una sala de cine, hace un par de meses. Lucas
es todo un experto, ha visto más películas que nadie en esta ciudad—
exagera—. Cuéntaselo tú mismo —añade, como queriendo obligar al
joven a que hablase.
Pero Lucas apenas aporta nada a los comentarios de doña Ángela.
Sonriendo, se limita a pedir por favor que cambien de tema, pues no
se siente cómodo en el papel de protagonista:
—Hoy me he tomado el día libre —explica, dirigiéndose a Sol en
todo momento—, Doña Ángela insistió en invitarme a comer y sobre
todo, quería que nos conociésemos.
Sol escucha todo con suma atención. Por boca del propio joven,
puede conocer su edad, ya que hoy es su cumpleaños, que se gana la
vida trabajando como funcionario de Cultura, y que está lejos de su
familia, que ni siquiera vive en Alicante. Pero no da más detalles, pues
no es muy hablador, ni su carácter demasiado agradable a primera
vista. Tal es así que es Doña Ángela quien definitivamente toma el
mando de la situación:
—Le he comentado que eres muy buena con las pinturas. Hazle una
demostración, por favor. No me cabe ninguna duda —añade con
picardía— que le va a encantar.
—Por supuesto. Ahora mismo empiezo —responde Sol esbozando
una sonrisa un tanto nerviosa.
La joven sudamericana empieza a faenar bajo la atenta mirada del
invitado, quien no pierde detalle de nada. Lucas se concentra en
83
observar el proceso de ejecución del trabajo. Se maravilla de ver la
destreza inaudita de los dedos. Y por fin, queda boquiabierto al
contemplar el resultado final: del primer cofrecillo no puede decir
otra cosa que le parece una obra de arte. Al poco rato se anima y
empieza él mismo a decorar. Y aunque su ritmo es muy lento, pues es
un principiante al fin y al cabo, no se le da mal del todo. Sol aporta
sus consejos, Ángela también, pero sobre todo disfruta observando a
su amigo. Hace poco tiempo que le conoce y nunca antes le ha visto
tan entusiasmado. Podría decir que nunca le ha visto tan feliz; una
felicidad desbordante, justo en el momento en que termina su obra:
Lucas ha conseguido reproducir un conjunto de violetas en un
cofrecillo, utilizando el color morado para los pétalos y el verde claro
para los tallos. Ha quedado precioso y por eso recibe las
felicitaciones de sus maestras. Y él se anima, se anima tanto que
hasta se le ocurre una idea con la que se sorprende a sí mismo y a sus
compañeras: es entonces cuando lanza una propuesta, en principio
descabellada, pero que no por ello deja de resultar interesante:
comenta que un amigo suyo vende este tipo de manualidades en un
bazar, y que gustosamente adquiriría todo lo que ellos hiciesen.
Y quiso el tiempo que estas tres personas unidas por los caprichos
del Destino, empezaran a verse cada vez más. Se juntaban los fines
de semana, con la excusa de cumplir con los pedidos. Y es que los
cofrecillos decorados con motivos florales empezaron a venderse
como rosquillas, todos los comerciantes de la zona deseaban contar
con ellos en sus estanterías. Tenían bastante éxito. La gente los
adquiría para posteriormente regalarlos, por tener un detalle con
algún ser querido. O también para guardar sus objetos más valiosos,
las sortijas, los anillos… Y en las bodas, por ejemplo, se elegían para
entregarlos a las mujeres, como recuerdo del enlace.
En cada sesión de trabajo reforzaban sus lazos de unión; las horas
que compartían juntos se llenaban con emotivas conversaciones.
Consiguieron formar un equipo, más que de trabajo, de amistad,
donde cada uno participaba al otro los principales aspectos de su
vida. Quien más se benefició del ambiente de camaradería y
confianza del pequeño grupo fue Doña Ángela, pues acabó conociendo
a la perfección a Sol, la joven criada, y a Lucas, su amigo, a quien
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aquellas sesiones de manualidades habían consolidado su nueva forma
de ser y de ver la vida.
De Sol lo sabía prácticamente todo, pues era transparente como
una vasija de cristal. Sabía de sus alegrías y de sus tristezas, de sus
motivaciones. Sabía que había peleado bastante, pese a su juventud, y
que ahora por fin había encontrado un hogar donde se sentía querida
y valorada. Y pudo saber que, estando aún en su país de origen, había
perdido a su padre y su hermano, en un mismo accidente de
circulación, y que cada día luchaba por superar este dolor. Cuando
esto ocurrió, le costó mucho aceptarlo, combatió como pudo el
trauma. Al principio simulaba hablar con ellos, pues su madre le
convenció que esto era un buen truco… Ella incluso les cocinaba su
plato favorito, pues los dos hombres de su vida tenían una cosa en
común: su gusto por las lentejas. Las lentejas, que unos años después,
por caprichos del Destino, supusieron su éxito en el trabajo.
También acabó conocer a Lucas en profundidad. El joven abrió su
corazón de par en par: en cierta ocasión comentó que tenía una
hermana llamada Violeta, que padecía una minusvalía psíquica, lo que le
causaba tristeza y desazón. Quizás este aspecto de su vida familiar
le había influido tanto como para ser la causa de su antiguo carácter,
siempre huraño y negativo. Pero lo cierto es que la primera vez que
pintó se acordó del nombre de su hermana, se dejó influir
conscientemente por ella: le sirvió de fuente de inspiración para su
primera gran creación. Hoy en día, un año después de aquello, el
cofrecillo de flores violetas seguía contando con el favor del
público... Y Lucas visita a su familia regularmente. Y mantiene una
sonrisa en los labios que enamora a todo el que le conoce.
Doña Ángela está cada día más contenta. Disfruta observando a
sus dos seres más apreciados. Sabe, pues es lista como un lince, que
con el tiempo terminarán juntos. Y ella también ha puesto su granito
de arena. Ella siempre ha sido así, siempre ha hecho la vida fácil a los
que le rodeaban, ha buscado su felicidad. Cuando le preguntaban por
qué lo hacía, respondía: por puro egoísmo, pues este tipo de acciones
le generaban a sí misma un gran bienestar. Un punto de vista muy
particular.
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Hoy en día, no cabe en sí de gozo, pues, ciertamente, Sol y Lucas
son para ella, de un tiempo a esta parte, especiales. Ambos han
contribuido a paliar su soledad, pues no tenía a nadie a su lado. Su
marido, un piloto de Iberia que en vida siempre le trató con cariño,
aparte de poder disfrutar con él de los viajes que gustosamente
escogiesen, a precios rebajados, había fallecido hacía tiempo,
donándole una generosa pensión. Tenía una hija, pero apenas la veía:
vivía en Nueva York con su marido. Una chica de una inteligencia
prodigiosa, que destacó desde muy niña con las letras y que ahora
ejercía con éxito su profesión de abogada. Ya parece que se le ha
olvidado que tiene una madre, pues ni siquiera estuvo presente el año
pasado por Navidad; contribuyendo a acrecentar la soledad de una
mujer que, por otra parte, ya no le entristecía del todo.
Fundamentalmente porque la soledad le ayudaba a pensar. Pensar
le gustaba mucho, y creía sinceramente que le ayudaba a mantenerse
joven. Por eso era frecuente que los domingos se quedase sola en
casa, dando paseos por los largos pasillos, pensando.
Esta vez pensaba en Sol. Estaba tan contenta con ella. Qué mona
venía siempre, con su pelo negro azabache, suelto o recogido en una
trenza. Y qué eficiente era en el trabajo. Limpiaba las habitaciones
con el celo de una camarera de un hotel de lujo. Se había convertido
en su segunda hija. «A mí nunca me han gustado las lentejas, y desde
que las hizo ella… Es mi plato favorito», pensaba a menudo.
Y también pensaba en Lucas, cómo no. Y en el Cine, que nunca le
había apasionado, pero desde que le conoció podía ver perfectamente
una o dos películas al día. Tampoco había ido nunca a los foros, El
Corte Inglés sólo lo pisaba para comprar esos preciosos vestidos de
seda que la hacían destacar sobre el resto de mujeres… Sigue
pensando y maquinando:
«Ahora los tres disfrutamos como enanos con las manualidades. A
ver si esta idea va a convertirse ahora en un proyecto de futuro.
Mejor, así mis dos niños pasarán más tiempo juntos. Es más, voy a
decirle a Lucas que ya está bien, que se case con Sol, a ver qué le
parece la idea».
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Eva Gallud Mira. Devoradora desde niña de cualquier tipo de
literatura que cayera en sus manos, esta funcionaria alicantina, ahora
más selectiva en sus lecturas, se decide a iniciarse en la escritura y
trasladar al papel sus sentimientos, unas veces, y sus improvisadas
fantasías otras tantas, al matricularse en el Taller del programa
municipal Alicante Cultura.
Su experiencia en el mundo de las letras no ha sobrepasado hasta
ahora la redacción de documentos administrativos, pero espera
continuar con esta aventura y ver cumplidas así sus tareas relativas a
la procreación, la reforestación y la memoria escrita.
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Los colores del Hutong
El rostro de Elisa reflejaba claramente sus pensamientos. Aunque
según su DNI tenía 55 años, aparentaba 10 menos gracias al bisturí
de un afamado cirujano estético. Sus ojos almendrados, verdes con
manchas pardas y pestañas espesas y oscuras, y su abundante pelo
negro, le daban a su cara un aspecto felino, casi salvaje. Sentada en
el rickshaw, junto a un hombre chino gordo y sudoroso, se sujetaba
con una mano al reposabrazos y con la otra a su bolso color pistacho,
sin dejar de botar, debido al adoquinado de los callejones del Hutong
pekinés, mientras su cabeza no dejaba de dar vueltas sobre el mismo
asunto: «¡En qué momento se me ocurriría a mí agradecer la invitación
a esta excursioncita!».
El hombre a su lado no dejaba de mirarla sonriendo, mientras ella
le devolvía una educada mueca de agradecimiento con el fin de no
hacer peligrar las ventajosas condiciones contractuales que había
conseguido durante la cena de la noche anterior.
Como hija única de un importador de pieles del que heredó a los 20
años un negocio anquilosado, Elisa de la Hoz había exprimido su
juventud trabajando mientras terminaba sus estudios, consiguiendo
después de 35 años una importante proyección internacional y un
merecido renombre en la industria de la moda, diseñando y
fabricando bolsos y zapatos. Trabajadora y apasionada de su
profesión, inteligente y decidida; competitiva y a veces temeraria en
sus decisiones, había sabido aprovechar las oportunidades que en
cada momento se le habían presentado con sensatez y sin
amedrentarse. Pero ahora los grandes holdings textiles empezaban a
absorber también el mercado de la piel y su orgullo no le permitía
abrirles paso, así que intentaría plantarles cara fabricando en el
emergente mercado asiático y evitar perder la empresa familiar que
tanto esfuerzo le había costado levantar.
Cuando Liu Chan le explicó que antes de la firma del contrato, el
señor Nanking quería invitarla a conocer una de las zonas más
turísticas de Pekín, Elisa pensó en la mítica y legendaria Ciudad
Prohibida, o en la Gran Muralla o quizás en la nueva ciudad olímpica a
la que se desplazarían en el magnífico Audi A8L negro con el que la
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habían recogido a las puertas del hotel, disfrutando como una turista
más en una bonita mañana de primavera. Encantada con la idea de
olvidarse de los protocolos laborales, Elisa había estrechado la mano
del empresario chino que le respondía con gesto de asentimiento y
amplia sonrisa. Entonces el señor Nanking no le había parecido tan
obeso como ahora. A pesar de su pequeña estatura, el tamaño de
aquel hombre, ayudado por los vaivenes del rickshaw, la apretujaba
contra los hierros de los reposabrazos, situación que no parecía
importunar demasiado a Nanking, que continuaba sonriéndole.
Atrapada por los rollizos michelines del señor Nanking y sin
transpiración posible por el efecto del toldillo amarillo plastificado,
su vestido de lino había quedado irremediablemente arrugado y ella,
empapada en sudor. A pesar de estar en primavera el calor era
asfixiante en Beijing.
Mientras la comitiva formada por 3 de estos carros-bicicletas
atravesaba aquellos estrechos y malolientes callejones sin
alcantarillado, dando tumbos en aquel vehículo tirado por un pobre
hombre, delgado y enclenque, Elisa intentaba desviar la mirada para
no ver el deprimente paisaje formado por manzanas de casas bajas
interiores, rodeadas de gruesos muros grises casi ennegrecidos y
callejones estrechos transitados por ancianos en bicicleta. Jamás
imaginó paisaje tan desmoralizador en el centro de la ciudad. Ayer
mismo por la mañana había abandonado la cosmopolita ciudad de
Shangai, dónde había visitado las oficinas centrales del señor
Nanking, y el magnífico skyline del Pudong no tenía nada que ver con
las vistas actuales. Para llegar a estas callejuelas habían recorrido
unos kilómetros a través de la amplísima Gran Avenida de la Paz,
transitada por un tráfico agobiante y flanqueada por inmensos
edificios colmena. Ahora este lugar parecía un submundo surrealista,
a pesar de figurar en las mejores guías turísticas como visita muy
recomendable.
Al bajar la vista hacia sus pies observó sus bonitas sandalias
diseñadas por ella misma y fabricadas por las manos de quizás algún
habitante de una de esas casas. Unas sandalias de tacón de cuña en
piel color chicle adornadas con decenas de cuentas de cristal de color
rosa pálido cosidas artesanalmente, una obra de arte perfecta,
encargada al señor Nanking como referencia de su futuro trabajo. Un
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trabajo cuyo precio en España se elevaba excesivamente para el tipo
de cliente al que intentaba dirigirse desde el inicio de la dichosa
crisis actual. Viendo aquella preciosidad, Elisa intentaba convencerse
a sí misma de que el paseo en rickshaw valía la pena.
En ese momento el conductor frenó delante de una gran puerta de
madera de dos hojas pintada de color rojo escarlata que, al empezar
a abrirse, dejaba ver un bonito jardín interior formado por grandes y
frondosos árboles, rodeado de pequeñas construcciones de planta
baja con grandes ventanales. Jamás podía imaginar que tras aquellos
espesos muros podría albergarse algo similar.
Sus acompañantes bajaron de los rickshaws y fueron saludando a
una mujer anciana y menuda que les esperaba a las puertas del
edificio. Todos se inclinaban ante ella, que no dejaba de sonreír muy
amablemente. «Le presento a la señora Shang, directora del
Orfanato Estatal para niñas sordomudas» le puntualizó Liu Chan.
Elisa estrechó con fuerza la mano amigable que le tendía la señora
Shang. Los pequeños ojos rasgados de aquella humilde mujer,
transmitían una fuerza y trabajo infatigables.
Comenzaron la visita por el recinto mientras Liu Chan le iba
traduciendo cada una de las explicaciones de la Directora Shang. Al
mostrarles las aulas dónde pequeños grupos de niñas trabajaban
afanosas en sus tareas escolares, la dulce y vivaracha directora les
informaba de la situación de las niñas, algunas de ellas esperando ser
intervenidas quirúrgicamente para conseguir recuperar todos
aquellos sonidos que ansiaban escuchar. Gracias a los donativos de
visitas como aquella, la fundación estatal se mantenía en pie.
Al abrir la puerta de una de las aulas, una pequeña de pelo
cortísimo, delgaducha pero avispada, salió corriendo hacia Elisa y se
echó a sus pies acariciando las piedras de colores que brillaban en sus
sandalias. Ella se agachó recriminando cariñosamente a la niña sin
pararse a pensar que la graciosa chinita no podía oírle. Al tirar
suavemente de su brazo para ponerla en pie la niña se agarró a su
mano, mirándole fijamente a los labios. A través de aquel contacto la
felicidad de la niña se irradió como un contraste líquido por todas las
venas de Elisa. Su deseo de ser madre se había ido posponiendo por
motivos de trabajo y la mano de esa niña le devolvió el instinto y la
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sensación de necesidad de ver cumplido ese deseo. Sin dejar de mirar
a la niña y sin soltar su mano se dirigió a la señora Shang, sin
acordarse que ella no entendía su idioma: «señora Shang, Vd. y yo
tenemos mucho de que hablar».
Aunque aquellas aulas estaban llenas de colores procedentes de
los trabajos de dibujo que las niñas colgaban de las paredes y
pegaban a las cristaleras, Elisa sentía, casi visualizaba, una atmósfera
gris que hacía opaca, indefinida e imprecisa la alegría de aquellas
niñas. Inmediatamente, manteniendo firmemente sujeta la mano de
Mei Lin, a través de la cual recibía tantas sensaciones, se volvió hacia
Liu Chan y le apuntó:
—Dígale a la señora Shang que estaré encantada de colaborar en
el funcionamiento de la escuela y si prepara un dossier con la
situación económica actual de la Fundación haré lo posible por
conseguir aumentar los donativos externos.
—Pero esto no es una Fundación privada, señora —respondió Liu
Chan—. Es un orfanato del Gobierno Chino. La gestión del Orfanato
es gubernamental, no privada. Cualquier solicitud de documentación
oficial podría entenderse como una intención de espionaje, de
intrusismo internacional...
—Vamos, por Dios, Liu Chan, déjese de bobadas. Sabe
perfectamente que no es esa mi intención. Solo intento solucionar la
vida de estas niñas en la medida de mis posibilidades— dijo Elisa
volviendo la cara hacia Mei Lin. La niña se soltó de su mano y se
refugió en el aula dónde sus compañeras retomaban sus ejercicios.
La señora Shang se dirigió a Liu Chan solicitando que retomara el
papel de traductor y tras escuchar las intenciones de la amable
señora europea, se lamentó de la imposibilidad de acceder a su
petición sin darle más explicaciones, aunque eso sí, con un gesto de
agradecimiento a través de una leve inclinación de cabeza.
El señor Nanking también interrogó a Liu Chan sobre el contenido
de aquella discusión, dejando bien claro que no colaboraría con
personas corruptas contrarias al Régimen que pudieran suponer un
problema para su negocio.
—Pero bueno, ¿qué está pasando aquí? —preguntó Elisa—. Sólo
intentaba ayudar a estas niñas en la medida de mis posibilidades,
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nada más. Tranquilo señor Nanking, firmaré el contrato con usted sin
ocasionarle ningún problema diplomático.
—Agradecido señora —dijo Liu Chan traduciendo las palabras de
Nanking—. Si le parece bien acudiremos a su hotel mañana a las 10:00
h. para la firma del contrato.
—¿No podría ser por la tarde? Tengan en cuenta la diferencia
horaria con mi país. Me gustaría poder disponer de alguna persona de
mi gabinete jurídico por si necesitara asesoramiento vía telefónica.
—Señora De la Hoz, ¿duda Vd. de nuestra honestidad? —contestó
ofendido el señor Nanking—, puede estar segura que cada una de las
cláusulas ha sido revisada por mis letrados. De acuerdo, ¿le parece
bien a las 4 de la tarde? —accedió Nanking.
—Muy bien. Muchísimas gracias. Gracias por todo señora Shang —
se despidió dirigiéndose a la Directora del Orfanato—. Mañana, en
cuanto termine mi reunión con el señor Nanking me gustaría volver a
visitarla para hacerle entrega de mi donativo, ¿le parece bien sobre
las 6? No la entretendré demasiado.
—Está bien señora —dijo la directora asintiendo con la cabeza y
ofreciéndole su mano como señal de despedida—. Hasta mañana.
La comitiva se despidió de la señora Shang y salió del recinto.
Elisa no dejaba de darle vueltas a cuál sería la manera más apropiada
de ayudar a aquellas niñas sin que resultara conflictiva para aquella
dulce y amable señora. Esa misma tarde hablaría con Ricardo.
Ricardo Avellaneda siempre había sido su mano derecha. Era su
asesor financiero, jurídico, fiscal e incluso algunas veces, sentimental
desde hacía 15 años. Aunque dirigía una importante compañía global
de servicios financieros, Elisa siempre pudo contar con él para
ayudarla a consolidar la empresa familiar en el sector. La confianza
que mantenía en Ricardo desde sus tiempos de estudiantes y su más
que demostrada experiencia en el Derecho Internacional hacían que
Elisa lo viera en determinadas ocasiones como un bote salvavidas en
un naufragio.
El teléfono móvil de Ricardo sonaba insistentemente con el sonido
de los teléfonos antiguos, un tono poco habitual en los nuevos
terminales iPhone. Desde el otro lado del loft, una mujer de piel
morena y pelo rojizo enfundada en un catsuit de cuero negro y botas
altas de tacón vertiginoso ordenó: «¡Esclavo, ¿por qué está sonando
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ese móvil? Hazlo callar inmediatamente!». La mirada azul de la
dominatrix atravesaba el antifaz a la vez que levantaba el látigo
insinuante.
—Lo siento mi ama. No volverá a ocurrir. Puede azotarme si lo
desea —babeó Ricardo poniéndose a cuatro patas sobre la cama king
size con sábanas de seda color vino.
—¡No, no voy a hacerlo! ¡Te marchas!
—Por favor, madame, fustigue a este sumiso por haberse portado
mal —susurró Ricardo.
—¡¡He dicho que te marchas!! —rugió Mariela—. Pero antes ya
sabes que debes besar los pies de tu señora. ¡¡De rodillas!!
Descendió hasta el suelo gateando y jadeando como un perro y
cuando su lengua comenzaba a lamer la puntera de la bota que le
ofrecía su maitresse, una patada en la cara lo lanzó hacia atrás a la
vez que el látigo restallaba en su espalda.
—Gracias señora —susurró Ricardo mirando cariñosamente a
Mariela mientras se limpiaba con el dorso de la mano el hilillo de
sangre que le chorreaba por un orificio de la nariz.
—¡Ah y antes de marcharte recoge la habitación! Eres un cerdo y
me das asco. Voy a darme un baño. Cuando salga no quiero verte aquí.
Mariela dio media vuelta y se dirigió hacia el cuarto de baño
contoneándose mientras comenzaba a desnudarse. Con tan sólo 25
años sabía muy bien como someter a los hombres. Desde que salió de
Las Independencias en su Medellín natal, hacía casi 10 años, prometió
que ningún hombre volvería a ponerle una mano encima. Había
prosperado rápidamente en aquel barrio financiero gracias al tráfico
de cocaína con clientes, en su mayoría banqueros, agentes de bolsa,
jueces y abogados, viciosos de carteras abultadas que le dejaban
importantes cantidades de dinero también por sus prácticas de
bondage y sadomasoquismo.
Al mirarla ensimismado, Ricardo empezó a recordar el primer día
que la conoció, en los calabozos de la Comisaría Central hacía un par
de años. Su amigo Gregorio, miembro del Consejo Superior del
Estado, le había llamado urgentemente solicitándole sus servicios
como abogado de confianza para ayudar a una amiga a salir de un
apuro. «Avellaneda, te debo una», le agradeció el Consejero.
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Se puso en pie y comenzó a recoger su ropa desperdigada por toda
la habitación. Una vez vestido estiró suavemente las sábanas
brillantes, acariciando después las esposas que todavía colgaban del
cabecero de hierro forjado. Sacó su billetera y dejó sobre el
colchón, visiblemente maltratado, dos billetes de 500 euros,
garantizándose así una próxima sesión de lasciva sumisión. Levantó la
cabeza y mirando hacia un ángulo del techo de la habitación lanzó un
beso a la cámara que le estaba grabando. Mariela grababa todos sus
servicios y transacciones por si algún día alguno de sus clientes
decidía pasar de sumiso a rebelde. Sólo Ricardo sabía de la existencia
de aquella cámara camuflada ya que él le había aconsejado su
colocación por su seguridad.
Mientras intentaba localizar sus zapatos tanteando con los dedos
de los pies la moqueta bajo la enorme cama cuadrilátero, sintió que
tropezaba con un pequeño objeto metálico. Se agachó y descubrió un
gemelo de oro con las iniciales NLC y unos símbolos chinos
indescifrables para él. Esas letras ya las había visto en algún otro
lugar pero no perdió más tiempo con aquello y se guardó el gemelo en
el bolsillo de la americana. Se calzó y salió disparado hacia el hall de
la casa. Sobre una cómoda reposaba su iPhone: «1 llamada perdida de
Eli».
La llamó inmediatamente. Mientras esperaba la señal que tardaba
en llegar, dejó definitivamente al esclavo sumiso y cerró tras de sí la
puerta del apartamento de Mariela. A sus 54 años y a pesar de ser un
hombre alto, apuesto y muy seductor, Ricardo seguía intentando
recuperar la chispa que encendió definitivamente su corazón aquel
día que se encontró por primera vez con Elisa de la Hoz en la
Facultad. Eli se exigía demasiado a sí misma, había dedicado mucho
tiempo a sus negocios, pero nunca se había percatado de sus
sentimientos hacia ella; mientras que él, intentando arrinconar esos
sentimientos en una esquina de su corazón, había estado
experimentando con toda clase de estimulantes y estupefacientes,
confundiendo la ley de la oferta y la demanda con el amor.
Por fin escuchó la voz de Elisa al otro lado del auricular:
—¡Ni hao! —contestó Eli.
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—¿Qué tal está mi geisha? ¿Cómo van las negociaciones? ¿Te
defiendes bien con Liu Chan a tu lado? Me lo recomendaron desde la
Embajada.
—Ya hablaremos de eso en otro momento, Ricardo. Estoy cansada
y tengo ganas de irme a la cama. ¿Has recibido ya los informes de
Nanking Limited Company? Mañana me reúno con ellos a las 5 de la
tarde y necesito saber si hay algún aspecto importante a tener en
cuenta antes de la firma del contrato.
—Sí, los tengo. Precisamente me has pillado saliendo del despacho
de la Consultora. Llevo toda la mañana trabajando en ello. Ejem,
bueno... vamos a ver. Parece ser que el señor Nanking es un hombre
muy influyente en su país. Además de ser propietario de Nanking
Limited Company posee varias empresas de exportación, y lo que es
más difícil, de importación. Y digo difícil porque todavía sigue siendo
complicado introducir artículos extranjeros en ese país. Viaja varias
veces a Europa, incluyendo España, para mantener el contacto con sus
empleados y proveedores, aunque todavía no he logrado descubrir qué
artículos son los que importa. Por eso estuve indagando de dónde
proviene esa facilidad para conseguir visados. Al parecer su esposa
es la hermana del Ministro de Interior chino. Además Nanking
preside varias Fundaciones o Instituciones gubernamentales,
maniobras políticas gracias a su cuñado que de alguna manera le
sirven para blanquear la imagen y los beneficios de la familia Nanking.
—Repite eso. ¿Qué tipo de Fundaciones dices qué dirige?
—Pues no he llegado a saber cuáles son exactamente, pero creo
que se trata de Instituciones benéficas: orfanatos, hospitales...
Gestiona directamente la administración de los fondos como
donaciones particulares y luego los desvía a paraísos fiscales, vamos
un sinvergüenza en toda regla, un corrupto más de la clase política
china.
—¡No me lo puedo creer! ¿De dónde obtienes toda esa
información? Eso no es un informe financiero es casi un informe
policial.
—¿Por qué te sorprendes? Sabes que tengo amigos en todas
partes.
—Esta misma mañana me ha llevado a visitar uno de esos
orfanatos. Tenías que haberlo visto. Esas pobres niñas sordomudas y
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las necesidades que tienen. Hay que ser un cafre inhumano para
mantenerlas como espectáculos de feria. Tenemos que hacer algo de
manera que esas niñas tengan la oportunidad de volver a oír y llevar
una vida lo más digna y normal posible. ¡Tienes que seguir
investigando, cueste lo que cueste!
En el tiempo que había durado aquella conversación Ricardo había
llegado a su despacho, una manzana más allá del apartamento de
Mariela. Al terminar Elisa su última frase él ya había abierto el
dossier sobre Nanking que tenía encima de la mesa. Se fijó en el
logotipo de la empresa, era el mismo que hace unos minutos acababa
de ver grabado en el gemelo encontrado bajo la cama de Mariela. Lo
sacó del bolsillo y volvió a mirarlo.
—¡Elisa creo que lo he encontrado! Creo que empiezo a atar cabos
y tengo la solución para conseguir un contrato ventajoso para ti y
esas niñas. Espera un momento...
Ricardo encendió su ordenador. Comenzó a buscar imágenes en
Internet del señor Nanking y sus empresas. ¡Y lo encontró! ¡Era él! Lo
había visto en algunas ocasiones saliendo del edificio dónde Mariela
tenía su apartamento, acompañado de dos «gorilas» como armarios
empotrados y un coche de lujo esperando en la puerta.
—¡Es él, Elisa! ¡Es él!
—¿Quién, dónde, de qué hablas ahora? —preguntó Mariela.
—De Nanking. Acabo de ver su foto en Internet. Le conozco. El
motivo de sus viajes a España. No es vino o jamón serrano
precisamente lo que viene a comprar aquí para importar a su país.
¡Trafica con droga, Elisa! Cocaína colombiana exactamente.
—¿Y tú como estás tan seguro de eso? ¿Desde cuando tienes tú
contacto con este tipo de personas? ¿Pero en qué líos andas metido?
¡Por Dios Ricardo, me estás asustando!
—Pues deja de asustarte porque voy a empezar a redactar el
contrato con Nanking.
—¡Pero que estás diciendo, no pienso hacer negocios con un
delincuente! —exclamó Elisa.
—Y no los vas a hacer, los harás directamente con el Orfanato. Sé
como convencerle para que sea él quien te venda su empresa por una
simbólica cantidad y, como agradecimiento por tu contribución al
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desarrollo económico de su país te nombre presidenta de honor del
Orfanato para niñas sordomudas del que me has hablado.
—¿Pero cómo vas a conseguir todo eso? ¡¡Es imposible!!
—No te preocupes Elisa. Sin haber sido consciente de ello Nanking
ha protagonizado un esclarecedor y sugerente reportaje de sus
actividades delictivas y esas imágenes servirán para convencerle de
nuestra propuesta de transacción si no quiere que hagamos promoción
internacional de tan didáctico documental.
—Está bien Ricardo, sigo sin entender nada. Lo único que ha
resonado como un eco en mi oído ha sido: Presidenta del Orfanato
para niñas sordomudas. Explícame cómo vamos a hacer todo eso.
En ese momento volvieron a las retinas de Elisa los colores del
Hutong, la cara amable de la señora Shang y sobre todo, la carita
dulce de Mei Lin y dejó de escuchar a Ricardo al otro lado del
teléfono mientras él le explicaba que a la mañana siguiente recibiría
la visita de un buen amigo, diplomático, antiguo miembro del Consejo
Superior del Estado que tuvo que trasladarse a Pekín con urgencia
hacía un par de años.
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Beatriz Jiménez Donate
Desde siempre fue la niña de «ese libro tiene pocos dibujos» que
se agobió a los siete años al ver que los libros pasaban bruscamente a
tener seiscientas hojas. Y pese a ello, finalmente, una navidad, ya con
sus quince años, decidió regalarse un libro. Y luego llegó Harry Potter
enseñándole que cuanto más largo, más interesante; y «El Legado»
para que definitivamente no leyera nada con menos de cuatro tomos
de cientos de páginas.
Pero su vena escritora llegó de repente, gracias a internet.
Siempre inventando historias que no pasaban de su cabeza (y algunas
que otras copias por comer chicle en clase en primaria), finalmente
las ponía en papel, o mejor dicho en KB. Personaje tras personaje,
historia tras historia. Se presentó a dos concursos de su instituto,
que ganó, ambas con historias LGTB, sus favoritas. Y gracias a su
profesor de valenciano, también presentó su relato de la posguerra al
Concurso de Literatura Joven del Campello, ganando su IX edición.
Ahora, a sus diecisiete años y en pleno bachillerato científico,
sueña con acabar alguna de sus decenas de novelas empezadas, y tal
vez publicar alguna. Y con suerte, poder dedicarse a ello y/o al cine
en un futuro.
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Mi historia por culpa
de un Jueves
Voy a contar una historia, mi historia, porque creo que ya es hora
de ser mi propio protagonista. Me he pasado la vida estudiando y
explicando la vida de mucha gente… y finalmente me toca a mí.
Para conservar cierto anonimato y darle mayor interés llámenme
Señor I. ¿Por qué I? Por Imbécil, que es lo que soy. O tal vez Idiota,
Inútil o Ingenuo. Elegid el que más os guste.
Sin la Señora P (de Puta, así tan basto) esta historia no sería lo
mismo. Y solo nos queda poner nombre a la manzana de la discordia.
«Jueves» es un gran nombre para él: siempre en el medio.
Todo empezó un jueves (¡vaya por Dios!) por la tarde, cuando mi
mujer llegó más tarde de lo normal. Sí, mi mujer es la Señora P. Me
dijo que había estado en el médico y con los ojos brillantes de alegría
me soltó:
—¡Cariño! ¡Estoy embarazada!
«Cariño» ella nunca me llamaba esas cosas. Por un segundo se me
contagió la alegría, al siguiente recordé que no me gustaban los niños
y después de un largo minuto de silencio lo más importante hizo acto
de presencia en mi cabeza:
—¡Felicidades!—le dije ácidamente—Y felicita también al padre.
Tengo una sorpresa para ti: ¡Soy estéril!
Admito que la cara que puso fue tal que casi me alegré. Una
mezcla de miedo, sorpresa y confusión por verse descubierta. Me
sentí realizado de un modo increíblemente cruel.
Lo cierto es que me lo tomé bastante bien. No la quería, nunca la
quise. Y ella a mí tampoco. Y por eso mismo, ninguno de los dos era
fiel. ¡Sorpresa! ¿Qué esperaban? ¿La historia de un dolido esposo?
No, esta historia no trata de eso.
Mi mujer no intentó explicarse, simplemente recogió sus cosas y
se fue a nuestra segunda residencia. Ya os lo he dicho, ella tampoco
me amaba. Ni si quiera nos caíamos bien ya. Habíamos sido mejores
amigos, siempre, pero la relación había destrozado ese cariño y lo
había transformado en resentimiento.
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¡Era libre! Después de tantos años, por fin. Libre.
Y, joder, cómo me asustaba eso.
Llamé a Jueves, mi amante, pero estaba comunicando. Quería
verlo, que viniese a casa y que lo hiciéramos sin miedo a ser
descubiertos.
Oh, se me olvidaba, Jueves es un hombre. Bueno, un chaval. Un
joven con cuerpo de atleta y labios de Cupido. El muy cabrón me había
devuelto a la adolescencia y recordado por qué había empezado a
salir con la Señora P: era un gay en el armario con miedo a decírselo
al mundo. Y ella había sido la tapadera ideal.
Pero Jueves me había enseñado lo genial que era estar con otros
hombres. Jueves era el hermano de uno de mis alumnos, los padres de
ambos viajaban constantemente e ignoraban a sus hijos, por lo que
fue él quien vino a reunirse conmigo.
No sé si fue su juventud, su forma de ser, su sonrisa o solo el
físico… pero me cautivo al instante. Esa misma tarde acabamos en los
aseos del instituto. Fue intenso e increíble, y no fue la última vez.
Desde ese día venía a verme en todas las horas de visitas de padres y
algunas otras. Realmente era un amante increíble. Tampoco es que
hubiera tenido anteriores, pero no podía imaginar nada mejor. Y hoy
en día, tampoco.
Me dejé caer en el sofá y encendí la televisión. Coloqué en el DVD
uno de esos discos que escondía a mi mujer: las temporadas
completas de Queer As Folk, compradas en un arrebato homosexual
hacía unas semanas. Jueves me trastornaba.
Nada más darle al play algo empezó a vibrar bajo mi pierna.
Encontré allí el móvil de trabajo de mi mujer. Le llamaba un tal
«Doctor», pero sin apellidos ni nada, solo «Doctor». Sospechoso. Así
que lo cogí.
—¿Dígame?—pregunté con voz de pito y una tos fingida.
—¿Está la señora P?—dijo la voz del otro lado, usando,
obviamente, su verdadero nombre.
La voz me era más que familiar, pero por teléfono, todas lo son.
—Sí, soy yo—añadí con más voz de pito y otro par de toses—,
tengo la voz un poco tomada…
—Oh, vamos, Señor I, no mienta…—respondió esa voz antes de
reírse.
100
ESA VOZ.
—¿Jueves? Joder. ¿Tú? ¿Tú has preñado a mi mujer?—pregunté
incrédulo y cabreado al mismo tiempo, con esa vena algo farruca que
me salía solo al enfadarme.
Al otro lado del teléfono las risas se pararon en seco. Oh, se ve
que no tenía ni idea del «percance». ¡La muy zorra se tiraba a mi
amante! Por eso la P de Puta, no por todo lo anterior. Se podría haber
quedado embarazada de cualquier otro. ¡Siempre quitándome lo poco
que aprecio! La odio. La odiaba. Y siempre la odiaré por ello.
Colgué a Jueves y marqué rápidamente a mi mujer. Dejémoslo en
que fueron dos largas horas de insultos y acusaciones sin pies ni
cabeza. A ninguno nos gustaba el hecho de haber compartido amante,
aunque por lo que oía de ella, parecía no significar lo mismo que para
mí. Dos horas, por cierto, pagadas íntegramente por ella. Já.
Lo más curioso es lo poco que pareció sorprenderle que me tirara
hombres. Supongo que tras vivir juntos ocho años y conocernos de
toda la vida, son cosas que se saben. Como la adicción de mi mujer a
los jovencitos, por ejemplo. Debí haberlo visto venir.
Pasaron tres semanas y lo único que hacía era ir del instituto a
casa y de casa al instituto; y en casa solo corregía exámenes y veía
QAF. Pero justo al pasar esas tres semanas, Jueves se presentó en
mi casa con la ropa aparentemente pintada sobre la piel. No quise
dejarle pasar, había planeado no volver a hablarle… pero acabamos en
circunstancias muy diferentes.
No mediamos palabra, y sin saber cómo estábamos en el sofá
desvistiéndonos mutuamente.
¡Malditos instintos básicos!
Sí, porque si tienes al chico más sexy del mundo besándote el
cuello y desabrochándote la camisa te es imposible pensar con
claridad y es aun menos probable que te dure el enfado.
Ya habiendo acabado el mejor polvo de mi vida, estábamos
abrazados en mi sofá y me susurró un «lo siento» que no dudé en
aceptar. Lo sé, soy un perfecto Imbécil, por eso la I. Por siempre me
ha sido imposible decirle que no a ese maldito Adonis mortal.
Las semanas que siguieron a aquella fueron bastante increíbles.
Tenía a Jueves en mi casa casi todo el tiempo, incluso un día se trajo
a su hermano para que le ayudase a aprobar mi asignatura (Historia).
101
Mi mujer no me llamaba, yo no me acordaba de ella y casi podía
imaginar cómo hubiera sido mi vida si no me hubiese casado con ella.
Y lo cierto es que me gustaba mucho.
Pero nada bueno es eterno, y al pasar tres meses de nuestra
separación, me llamó. Era porque se iba a hacer las pruebas del
embarazo y quería mi ADN. Por mi no había problema, sabía que yo no
era el padre. ¿Cuándo había sido la última vez que nos había
acostado? Ehm… probablemente hacían cinco años de ello.
Llamé a un amigo abogado y me dijo lo que esperaba: la Señora P
estaría preparando los papeles del divorcio y querría endosarme al
crío para sacarme más dinero. Además si no me pidiese la prueba
quedaría cómo una zorra promiscua ante el juez. Chica lista.
Lo desastroso del caso fue que quedó conmigo en la clínica donde
harían las pruebas para que no hubiese posibilidad de engaño. Y allí
estaba también Jueves u otros dos jóvenes que no conocía ni de vista.
Zorra. Zorra. Y ZORRA. Y seguramente aun faltaban un par de críos
menores de edad que no podía llevar ante un juez o la enchironarían
por pederastia.
Fue más que incomodo y el peso de la realidad volvió a mis
hombros. Él, Jueves, se había acostado con mi mujer. Era una
verdadera traición. Era algo por lo que merecía estar enfadado. Pero
me podían más las ganas de joder a esa zorra, por lo que estuve todo
el día tonteando con él y lanzándole miradas, incluso plantándole algún
beso.
Nos cogieron la muestra del pelo, pues al ser los dos «amantes» la
saliva podría llevar a error. La cara que se le quedó a mi mujer de
nuevo al vernos besarnos apasionadamente fue todo un poema.
Pero conforme salimos de la clínica y él me tomó de la mano, yo se
la solté bruscamente. Y él lo tomó por lo que no era. Está bien, admito
que seguía siendo un gay en el armario, pero era difícil salir. No, nos
veíamos fuera de mi casa ni en sitios públicos. Y no, no caminábamos
de la mano por la calle. Aun así, realmente no éramos novios, así que…
¿por qué caminar de la mano?
—Sabes? Lo malo de quedarse plácidamente en el armario, es que
le gente se cansa de entrar a visitarte—me dijo malhumorado.
—¿Y tú sabes qué es lo malo de no elegir acera? Los coches siguen
pasando, tal vez te atropellen.
102
Y dicho esto, le dejé con un palmo de narices y una mierda de
salida a lo más puro crío celoso.
Pero no era justo. Ni para él ni para mí. Vale, Jueves tenía solo
diecinueve años, por lo que no podía obligarle a algo serio. Y yo aun
estaba casado… pero sinceramente, me gustaba mucho y no quería
dejarlo ir. Lo quería solo para mí. No quería compartirlo con otros
chicos, y aun menos con mujeres. Porque el nene era bisexual y
además uno que parecía tirarse todo lo que se le ponía a tiro.
Estuve varios días rompiéndome la cabeza yo solo. Las dudas me
asaltaban, como a los doce años, tras observar una revista de
bañadores para hombres con otros ojos. Ahora ya sabía
definitivamente que era gay, pero seguían las preguntas de « qué
pensaría todo el mundo». Y la más importante «¿cambiaría eso mi
vida drásticamente?». Mi lado más cobarde al desnudo. Tenía miedo
al cambio. Y más aun considerando que Jueves probablemente no
aceptaría una relación estable siendo aun tan joven…
Pero llamó de nuevo el abogado de mi mujer y nos dijo que quería
reunirnos a todos para conocer el resultado de las pruebas. Las
dichosas pruebas. No era mi hijo, no me importaba. Pero aquella
llamada despertó algo en mí, un vértigo provocado por el miedo. ¿Y si
era hijo de Jueves? O hija, lo que fuera.
Le llamé y quedamos una hora antes de la cita con el abogado en
una heladería que había cerca de la clínica. Al verle volví a olvidar
todos mis enfados y solo conseguí desear sus labios con mayor ansia
que nunca… pero me contuve. Pedimos dos horchatas y estuvimos en
un incomodo silencio durante quince minutos. Finalmente, conseguía
hablar:
—Jueves… lo siento. He estado escondido toda mi vida, no puedo
salir del armario de repente. Pero… si no estuviese solo… sería más
fácil —conseguí articular.
Él me sonrió dulcemente y me cogió de la mano.
—No estás solo —me dijo con cariño.
Le devolví la sonrisa y suspiré aliviado.
—No pensé que sería tan fácil. Yo… bueno, creí que no eras tan
maduro, que no querrías nada serio… ya sabes.
Una carcajada para aligerar tensión salió de mi boca un segundo
antes de observar su mueca. Vale, la había cagado.
103
—No me has entendido. Estaré como amigo, como algo más… pero,
no estoy preparado para atarme a alguien; señor I, lo siento.
Y dicho eso, notablemente incomodo, se levantó y se fue. Sin duda
alguna, la metedura de pata del siglo.
Me terminé mi horchata, pagué las dos y fui a mi cita con el
destino. Estuve ausente durante toda la palabrería del abogado y la
empresa sobre la fiabilidad y observé con cierta curiosidad a mi
mujer, que ya se le notaba que tenía otro ser dentro de ella. Y
también vi en ella la pregunta no realizada de por qué Jueves y yo
estábamos en esquinas opuestas de la sala y no acaramelados como la
última vez.
Cuando el médico encargado del caso abrió el sobre crucé los
dedos para que Jueves no fuera padre y le rogué a todas las deidades
que conocía y otro par que había imaginado en mi infancia.
Ninguno de ellos me escuchó.
Jueves iba a ser padre.
Salí de allí sin mediar palabra y en cuanto llegué a mi casa llamé a
mi amigo para contratarlo como abogado. Pacté con mi mujer el
divorcio para que no pasase por un gran juicio y lo dejamos en que el
dinero, fifty-fifty, ella se quedaba la casa de verano y el coche, y yo
nuestra casa y la del pueblo. Era normal que yo tuviera esta última,
pues era herencia de mi abuela… y además ella siempre había odiado
el campo. Aun así, fue todo entre abogados, yo no tenía ganas de ver
su cara.
Me pedí una baja de tres semanas (lo que quedaba de curso) y me
fui a esa misma casa que mi mujer había rechazado de buena gana.
Me llevé mis películas gays favoritas y el portátil y apenas salí de
casa en todo junio y julio. Hasta que llegó el hijo de unos vecinos.
Llamémosle «Ozú» porque era la palabra que más repetía, y porque
ozú mi arrma cómo eztaba er quillo . Me lo encontré comprando el pan
y comenzamos a hablar. Llevaba estos pantalones que parecían
leotardos de lo ajustados que eran y una camiseta de tirantes que
tenía la misma tela que un pañuelo para limpiarse las gafas. Y aunque
no tenía pluma... se veía que era gay a dos kilómetros de distancia.
Fue un amor de verano que me ayudó a olvidar las penas y que me
sacó del armario forzadamente. Toda mi familia vivía en el pueblo en
verano, y eso, pillarnos como un par de adolescentes dándonos el lote
104
en el bosque fue bastante directo. He de añadir que mi familia se lo
tomó muy bien… nunca les cayó especialmente bien la señora P. Hasta
mi abuela me soltó un «mejor que comas salchichas a conejo rancio».
Volví a mi cuidad con un look mucho más juvenil y colorido, con una
sonrisa en la cara y sin miedo, con ganas de comerme el mundo. Mi ex
mujer ya se había llevado todo lo suyo de MI casa y hasta la vuelta a
clase me ponía de buen humor. Hasta en cierto momento eché de
menos a Ozú, pero entonces salí de fiesta y me ligué a otro hombre y
se me pasó.
Vivía la vida con la que siempre había soñado. Un día una de mis
compañeras me pilló en la calle besando a otro hombre y el instituto
entero se enteró al poco tiempo de que « el de Historia era gay», pero
no me importó y a ellos tampoco. Un día un chico de mi clase hizo una
broma con ello y toda la clase calló de repente, hasta que me reí y
todos me imitaron.
Había sido un estúpido por preocuparme tanto de todo. Pero pasó
una cosa más, algo que no esperaba pese a ser tan posible: me
encontré con la señora P y Jueves.
Ella estaba ya embarazadísima e iban de la mano. Jueves estaba…
diferente. No llevaba esa ropa tan provocativa y en su rostro no se
leía una constante burla picara y seductora. Parecía realmente mucho
más maduro. Y estaba aun más guapo.
Respiré hondo y los saludé. A ambos les costó un segundo
reconocerme, pero me saludaron igual de animadamente. Estuvimos
hablando un par de horas en las que Jueves no dejó de mirarme a los
ojos maravillado, devolviéndome aquel nudo en el estomago que había
olvidado gracias a Ozú y una larga lista de hombres.
Resulta que Jueves había decidido hacerse cargo también de la
beba (¡porque iba a ser niña!) y de la madre, y que habían decidido
empezar una relación seria por la cría. Y por el momento no les iba
mal del todo. Les felicité y también les conté mi historia hasta el
momento omitiendo los encuentros sexuales, lo que la acortó
bastante. Finalmente nos despedimos y quedamos en mantener el
contacto.
Y así fue. Jueves y yo empezamos a ser amigos. Quedábamos,
hablábamos como iguales y especialmente comíamos juntos, ya fuera
en restaurantes o en mi casa. Había crecido ese verano, ya era un
105
hombre y uno, por cierto, bastante interesante mentalmente
hablando. Había conseguido una beca para estudiar periodismo y no le
iba nada mal. Además como él había dicho: « periodismo serio, no
deportes».
Faltando una semana para que la señora P saliese de cuentas,
apareció una noche en mi casa, con una botella de whiskey medio vacía
y llorando desconsolado. Me confesó que no quería a mi ex mujer; que
aunque seguía siendo bisexual, ella ya ni le gustaba; y que aunque le
daba algo de miedo ser padre estaba preparado, pero no para vivir
con ella toda la vida.
Y también me dijo que me amaba y que llevaba meses arrepentido
de no haber aceptado mi oferta.
En otro tiempo habríamos acabado en la cama, pero ambos
habíamos crecido y cada uno durmió en la suya.
No volvimos a hablar hasta el nacimiento de la pequeña, a la que
llamaremos «Cosita Preciosa» por razones más que obvias. Nada más
romper aguas, me llamó; sí, la señora P, me llamó. Estuve en el
hospital en cuestión de minutos, llegué incluso antes que ellos,
nervioso y temblando como un flan. No esperaba esa respuesta por mi
parte ni yo mismo.
Ambos me pidieron que estuviera presente en el parto y yo
acepté. No recuerdo las cosas con claridad, todo lo veo como en un
sueño neblinoso, demasiado profundo para controlarlo pero aun así
siendo consciente de él.
Fue hermoso y asqueroso a partes iguales.
Pasé el resto de esa noche de la mano de Jueves, observando a la
niña como dormía. Todo era bellamente irreal. Al despertar la madre,
nos miró y sonrió.
—«Cosita Preciosa» tendrá dos padres excelentes —dijo con una
carcajada cansada—. Sabía que esto acabaría así, ya lo acepté hace
tiempo. Tú tampoco eres mi hombre ideal, Jueves. Pero sí el suyo.
Y dicho eso me señaló. Y Jueves me besó, y yo a él. Y supe que era
cierto.
Así que esa es mi historia. Ahora Cosita Preciosa tiene una gran
madre y tres papás aun mejores. La señora P (ahora de Pediatra) se
casó con un viejo amigo de la familia y Jueves y yo aun nos estamos
poniendo de acuerdo con dónde celebrar la Luna de Miel. Tienen la
106
custodia compartida y milagrosamente, nos llevamos los cuatro la mar
de bien.
La moraleja de esta historia, por lo tanto, es que no debemos de
asustarnos de nuestros sueños, sino que hay que perseguirlos. Y cómo
sé que Jueves no se callará si no lo pongo, añadiré también el típico
«más vale tarde que nunca». Así que, señores, señoras, me despido
deseándoles que sean felices en sus desestructuradas (o no) y
curiosas familias.
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Mª Victoria Llompart Ortí, nació en Valencia el 20 de mayo de
1967. Obtuvo su título de bachiller de la rama de ciencias; por aquel
entonces se oía decir: «el que vale, vale, y el que no para letras», de
manera que despreciando las letras, y siguiéndole el juego a quienes
la influenciaron negativamente, peleó con el número pi y el teorema
de Pitágoras, hasta situaciones insostenibles; aprobó los exámenes,
gracias a la memorización de otros ejercicios similares a los de la
evaluación, cambiando unos números por otros, y sin razonar una sola
teoría. Sin embargo, el tiempo pone todo en su sitio y al final, son las
letras a través de su afición por la lectura, las que han dejado
constancia de su influencia positiva, por diferentes motivos: ser
capaz de meterse en la piel de los personajes, desde el lugar del
«lector», lo que conlleva vivir la vida real, al mismo tiempo que tantas
otras vidas creadas para soñar despierto. Su última gran odisea,
después de muchos intentos mediocres, a la hora de expresar
sentimientos y situaciones en forma de cuentos o relatos, es el
aprendizaje de todo lo relacionado sobre ello, mediante un curso de
escritura creativa, que por cosas del destino, está llevando a cabo en
Alicante.
108
Mis cinco lunas
Siempre le había hecho ilusión que alguien la esperara en el
aeropuerto con un cartel en el que apareciera su nombre escrito, por
ello cuando lo visualizó, apareció en su cara una amplia sonrisa que la
delató, sirviéndole de pista al hombre de rasgos africanos que la
estaba esperando. Se presentaron cordialmente, para a continuación
dirigirse hacia el poblado de Safane.
Isabel dejó su equipaje en la casa que le había sido asignada,
mientras Ousman la esperaba en la entrada. Sin perder un minuto de
su vida se puso manos a la obra. Allí había mucho que hacer. Ousman
la acompañó hasta el hospital donde había decidido de manera
voluntaria colaborar. Concretamente en el departamento de
detección y atención del sida. La falta de personal sanitario era
evidente. El granito de arena que ella iba a aportar podía ser crucial
para salvar muchas vidas. Su labor consistía en llevar un seguimiento
de los pacientes contagiados por el VIH, incluyendo visitas a sus
casas con la intención de que la toma de medicamentos fuera la
correcta.
Cuando entró a la casa de Ramibia, la reconoció al instante. Su
mirada penetrante la acompañaba continuamente a todas partes
desde aquel día. El cuerpo y la voz, debilitados por el avance de la
enfermedad, la confundieron unos segundos, pero cuando le explicó
parte de su historia y le mostró a su bebé de nueve meses, no dudó
en afirmar que se trataba de ella. El pequeño, a pesar de estar
también enfermo, tenía buen aspecto. Como si la conociera de toda la
vida le preguntó:
—¿Donde están tus otros hijos?
—Las niñas en la escuela y los niños han ido a lavar la ropa.
—¿A lavar la ropa? Pero… ¿cuántos años tienen?
—Cinco y tres años —dijo Ramibia con naturalidad, como si esa
tarea fuera la más normal para unos niños de esas edades.
El bebé era precioso. Los ojos eran como dos lunas con un círculo
negro en medio. El blanco de los ojos daba la impresión de poder
hacer la función de linterna en ese hogar en el que no había luz
eléctrica. No hacía más que sonreírle como si supiera que en parte, de
109
ella dependía a partir de ese momento, el seguir cumpliendo meses,
para pasar a cumplir años de vida. Isabel no pudo reprimirse y lo
cogió en brazos. Su madre la miró con aprobación y agradecimiento.
Mientras seguía con las visitas de las casas concertadas, pasó por
el lugar donde niños y adultos, lavaban la escasa indumentaria de la
que disponían. Cientos de cubos llenos de agua remojaban el ropaje
sucio. Las canciones que cantaban al mismo tiempo que frotaban y
enjuagaban la colada hacían de la tarea todo un festín. Entre el
gentío, Isabel intentó adivinar quienes de los niños de cinco y tres
años serían los de Ramibia, pero enseguida lo descartó dada la
posibilidad remota de conseguirlo.
El mercadillo de Safane atraía a muchísima gente de los
alrededores. Se veía desde primera hora de la mañana como iban
llegando vendedores y compradores al pueblo. Mujeres cargadas con
grandes cestos repletos de distintas clases de verdura, cereales, o
cacahuetes, apoyados sobre su cabeza. Un tránsito concurrido de ir y
venir de bicicletas pedaleadas por hombres. Carros viejos y
maltrechos remolcados por un burro, dirigido por niños de apenas
nueve años, encargados del trayecto de ida y vuelta y de la venta de
la cosecha, recogida por sus familiares y allegados. Isabel, quedó
impactada por el ajetreo de la gente. Aunque al principio le costó
regatear los precios, con el tiempo lo hacía por inercia. El personal
sanitario aprovechaba ese evento para hacer campaña sobre métodos
de prevención del sida. Informaban a la gente formando grupos y les
repartían preservativos. Algunas personas les hablaban con malos
modales, ante la insistencia de que se unieran al grupo para ser
informados sobre el virus VIH. Los motivos de ese malhumor ante los
voluntarios eran puramente religiosos, influenciados por los oradores
de las distintas religiones.
Dora y Saba, de diez y once años tenían cuerpos de mujer. Eran
altas y bien formadas físicamente. La madurez de la vida dura que les
había tocado vivir no había conseguido endurecer el corazón de esas
preadolescentes deseosas de recibir muestras de cariño.
110
—¡Hola chicas! —saludó al verlas en la casa un día de colegio—,
¿habéis hecho novillos? —siguió diciendo con curiosidad y
preocupación.
—Hoy no se encuentra bien la mamá. Nos hemos quedado a
cuidarla —contestaron a coro.
Isabel se acercó al lecho donde yacía Ramibia. Tenía la cara y el
cuerpo empapados de sudor. Les pidió a las muchachas que le
trajeran paños humedecidos, para ponérselos por todo el cuerpo, al
mismo tiempo que mandó llamar a los camilleros. Fue ingresada de
urgencia. Un virus inofensivo para cualquier persona estaba a punto
de llevarse al otro mundo a Ramibia. Isabel luchó por salvar la vida de
Ramibia, con todas sus fuerzas, día y noche. Cuando notó que la
fiebre ya no era tan intensa, se relajó y el sueño la venció, en una de
las sillas en las que los cuidadores de sus enfermos ocupaban. Pero
como una madre que duerme con el cerebro latente ante cualquier
imprevisto de su hijo, Isabel abrió los ojos y se encontró la mirada y
sonrisa dulce de Ramibia.
—Muchas gracias Isabel —le dijo débilmente desde la cama del
hospital.
Fue entonces cuando Isabel se levantó de la silla y sin prestar
atención al crujido de sus huesos, se acercó a ella para abrazarla. El
chispeo de sus ojos dando rienda suelta a un sentimiento de emoción
le hacían ver borroso el blanco de las sábanas.
—¿Sabes algo de mis hijos? —preguntó Ramibia nerviosa, como si
acabara de volver al mundo real—, tengo que volver a la casa —siguió
hablando al mismo tiempo que intentaba incorporarse para a
continuación desvanecerse debido a su débil estado.
Apenas la reanimó le dijo:
—Ramibia, tus hijos están bien. Dora y Saba se están encargando
del cuidado de los niños.
—Pero…ellas tienen que estudiar —añadió con la sensación de que
todo un sueño se desvanecía.
—Ahora lo primero es la salud. En cuanto a las niñas no te
preocupes. Si te parece bien, yo misma me encargaré de explicarles
los temas que lleven con retraso.
—Isabel, ¿tú me harías un gran favor para cuando yo muera?
111
Fue entonces cuando a Isabel se le aceleró el pulso, pensando que
lo que le iba a pedir Ramibia, era que se hiciera cargo de sus cinco
hijos, como suplicó aquel día en que ella la vio por primera vez en la
televisión desde España, en un reportaje que emitían sobre el sida en
la región de Burkina Faso.
—¿De que se trata? —preguntó Isabel, con la voz nerviosa.
—Verás…como ya te expliqué, mi marido se acostaba con
prostitutas y, cuando él murió, aunque los médicos dijeron que había
muerto de sida, en el pueblo se corrió la voz, de que la causa de su
fallecimiento fue la malaria. El sida está mal visto. Yo y mi bebé, nos
hicimos las pruebas del sida y salieron positivas. Él me lo había
transmitido a mí, y yo a mi bebé, pero…nadie me creyó. Todos me
dieron de lado. Están convencidos de que soy una prostituta.
Necesito que a través de tus contactos en el hospital, les enseñes a
la comunidad de vecinos, que son los que dirigen la reputación de las
mujeres, el certificado de defunción de mi marido con la causa de su
enfermedad. Publicarlo por todas partes, para que la honra vuelva a
mi casa, y mis hijos estén bien vistos por todos, y crezcan con
seguridad.
—Sin duda alguna lo haré, pero voy a intentar por todos los medios
de que tú misma puedas ser testigo de tu verdad.
El resto de los días que Ramibia pasó en el hospital, Isabel se
ocupó de que en el hogar de ella no faltara de nada. Si por lo menos la
familia de Ramibia tomara partido, volcándose con ella y sus niños
como merecían, la desolación a la que estaban predestinados no sería
tan dramática.
El pequeño Abas ya estaba dando sus primeros pasos. Su madre,
no podría guiarlo en el descubrimiento del mísero espacio que tenía
por objeto analizar, como cualquier criatura de esa edad. Las únicas
que hasta el momento se solidarizaban con ella, eran las mujeres que
pertenecían a la asociación de viudas. Habían formado un grupo cada
vez más fuerte, aunque no tanto como el de la comunidad de vecinos.
Las mujeres que quedaban viudas eran sometidas a un nuevo
matrimonio forzoso, con un hermano o familiar del fallecido, pero si
alguna de ellas se revelaba ante semejante barbarie, eran acogidas y
112
auxiliadas por esa asociación. En general, defendían los derechos e
injusticias de la mujer, en un mundo de desigualdades abismales.
Entre algunas de las mujeres de la asociación y los hijos de
Ramibia, le hicieron una fiesta de bienvenida cuando regresó de nuevo
a casa. Por unas horas, todos los allí presentes se olvidaron de las
penas y, exaltadas por el reencuentro con quien por unos días
creyeron no volver a ver, se despojaron de toda energía negativa y
demostraron su alegría en forma de bailes, cantos, y un sinfín de
actos de amor hacia Ramibia.
Isabel frecuentaba casi a diario la casa de Ramibia; no solamente
lo hacía como personal sanitario sino también, como profesora
particular de Dora y Saba. Aprendían rápido y se esforzaban en
tener los deberes de clase, más lo que les mandaba Isabel, al día.
Mientras tanto, Maalik y Babukar dibujaban la tarea que les disponía
Isabel apenas entraba por la puerta. Incluso el pequeño Abas, sabía
que ese era el momento del aprendizaje y, se pasaba el rato
colocando las piezas una a una, en el tablero de ajedrez que llevó a la
casa Isabel. Los lazos de amistad que se habían formado entre Isabel
y Ramibia y sus cinco hijos, no tenían límite ni condición. Ese día
Ramibia, le insistió a Isabel en que se quedara a cenar con ellos. Sus
amigas le habían traído un guiso especial de la zona, y quería que ella
lo degustara. Gustosamente Isabel se quedó, pero como quedaba
todavía un rato para la cena, los críos se fueron a dar un paseo. Se
llevaron al pequeño Abas, pues apenas vio indicios de salida a la calle,
se agarró a la pierna de su hermana Dora, y no había manera de
arrancarlo, así que accedieron al chantaje del chiquillo.
—¿Por qué no me cuentas algo de tu país?
—En España las casas tienen luz eléctrica, agua potable y
alcantarillado, lo que conlleva una vida más cómoda e higiénica. Las
neveras generalmente están repletas de alimentos, de manera que a
todas horas estamos comiendo. Así que luego que nos toca apuntarnos
a los gimnasios para quemar parte de las calorías ingeridas.
—Isabel, ¿tú te has enamorado alguna vez?
Sorprendida por la pregunta y por el tiempo que llevaba alejada de
su pasado, tardó un poco en contestar:
—Sí. Una vez me enamoré perdidamente.
113
—Y… ¿te pudiste unir a esa persona? —preguntó Ramibia
ilusionada esperando una historia de cuento de princesas.
—Pues… lo cierto es que disfruté la relación el poco tiempo que
duró, pero no salió como hubiera deseado. Verás es que mi historia te
la estoy contando por el final. Mejor la empiezo desde el principio. Yo
trabajaba en una farmacia desde muy jovencita y, conocí a un hombre
diez años mayor que yo. Él siempre que entraba iba trajeado, y
seguro de sí mismo. Comenzó a seducirme con regalos inesperados e
invitaciones a restaurantes, teatros y demás sitios de
entretenimiento, sin reparar en el gasto.
Llegaron los hijos de Ramibia deseosos de probar el guiso tan
especial con que les habían obsequiado, de manera que fue una cena
de lo más entusiasta y agradable. Isabel ayudó a recoger los restos
de comida e incluso les puso el pijama a los tres pequeños, para
acompañarlos hasta la cama y contarles un cuento como les había
prometido ese día.
—¿Cómo queréis el cuento inventado o tradicional? —preguntó
antes de iniciar a relatar el cuento en cuestión.
Después de pensarlo unos segundos y ponerse de acuerdo los tres,
pidieron uno inventado pero con animalitos. Isabel que era una
experta en inventar historias, lo hacía con tanta expectación que
difícilmente iban a iniciar el sueño mientas relatara el cuento. De
manera que cuando acabó, les dio un beso y les dijo que si no tenían
sueño que contaran ovejitas en silencio hasta que se durmieran.
Otro de los días en que Isabel apareció por casa de Ramibia, antes
de que empezara las clases le hizo señas para que se acercara un
momento donde ella estaba tumbada, para comunicarle al oído, que
luego seguirían con su historia de amor, pues la tenía en ascuas.
—Bueno Isabel, ya estamos solas, creo recordar que nos quedamos
en que el tipo ese tan elegante te llevaba a sitios caros.
—Sinceramente, fue más lo material y superficial lo que me llevó a
dejarme conquistar por él. Cuando quise darme cuenta ya estaba
casada y embarazada de mi primer hijo. Materialmente no me faltaba
de nada, pero él ya no tenía las atenciones de antes. Llegaba tarde
del trabajo y, los fines de semana, se iba de repente, por que se le
presentaba alguna urgencia de tipo profesional. Él era director de
114
una cadena de hoteles de categoría en Marbella, lugar de turismo de
la gente muy adinerada.
Se oían unos gritos de auxilio desde lejos, para hacerse más
cercanos con el paso de los segundos. Dora y Saba traían con un
manto de sangre al pequeño Abas. Su madre se levantó de un salto, y
apoyándose entre los muebles, y las paredes, se acercó al niño
esperando lo peor. Isabel se hizo cargo enseguida de la situación, y
viendo que la herida salía del labio partido, tranquilizó a la madre
para a continuación llevarse a Abas al hospital, con la intención de que
le pusieran unos puntos de sutura.
—Me voy a poner un letrero en la frente que diga, «gracias
Isabel», por todo lo que estás haciendo por nosotros —le dijo
Ramibia a Isabel apenas entró con Abas durmiendo sobre su hombro
—, hay té recién hecho, ¿te apetece una taza?
—Si, ya lo sirvo yo, no te levantes Ramibia.
—Vale, pero…recuerdas que nos dejamos tu historia a medias?
—De acuerdo, sigamos. El trato hacia mi persona empezó a ser
humillante. Me ridiculizaba siempre que le apetecía, y no tenía ningún
tipo de complejo en hacerlo a solas, delante de mis hijos, e incluso de
la familia, o en público. Eso me apartó bastante de él, y aunque en un
principio, lo achacaba al estrés del trabajo e intentaba darle
oportunidades, con la esperanza de que su carácter se suavizara,
pasaron los años y la cosa iba de mal en peor. Aguantaba el tirón por
los niños que ya tenían ocho, trece y quince años. Pero un día que él no
esperaba que yo apareciera por la casa de verano, lo encontré
traicionándome, no con una mujer, sino con un trío. Tampoco te creas
que me pidió perdón. Creo que hasta disfrutó de ver mi cara
desencajada, al encontrarme con la orgía de la que él era el anfitrión.
—¡Que canalla! —añadió Ramibia apretándole la mano con fuerza.
—Pedí la separación, y como él quería la custodia de nuestros hijos
con la intención de seguir haciéndome daño, y de dejarme tirada de
patitas en la calle, se buscó a un abogado de prestigio, el cual sobornó
a jueces y fiscales, de manera que el padre de mis hijos con farsas y
mentiras, ganó el juicio quedándose con ellos. Un varón y dos
hembras. Los únicos días que tenía derecho legal para verlos, me
costaba una barbaridad llegar al corazón de ellos, por lo manipulados
que los tenía en contra de mí. Mi relación con mis hijos ha sido muy
115
escasa y mala, hasta pasar casi desapercibida. Tan solo se enternecen
un poco en época de Navidad, pero aún así noto como se avergüenzan
de mí, por la austeridad de mi casa, y la forma de vida humilde que
llevo, en comparación con la de despilfarro que llevan ellos. Y esa es
mi historia Ramibia.
—Todavía falta la parte en la que te enamoras, ¿ no?
—Eso fue la época en que trabajaba en un bar, de camarera, y uno
de los compañeros y yo, teníamos mucha afinidad. Los dos estábamos
libres. Nos atraíamos físicamente y comenzamos a iniciar una relación
de pareja. Aunque escarmentada de mi primer matrimonio, no
esperaba nada de ningún otro hombre, no pude evitar sentir por él un
enamoramiento ciego como el que no había sentido nunca jamás por
nadie.
—¿Y que pasó con él gran amor de tu vida?
—Sin esperármelo en absoluto, puesto que nuestra relación iba
viento en popa, me encontré un sobre en el buzón de mi casa que
contenía fotos con fecha de tres días anteriores, en las que se veía a
Rubén, haciendo toda serie de perrerías pornográficas con una mujer
despampanante. Me dijo llorando y amargamente que no sabía qué
clase de droga le echarían en la bebida que no pudo evitar caer en sus
brazos. Siempre pensé que había sido cosa de mi ex marido para
seguir hundiéndome, pero aún así tuve que dar carpetazo a esa
relación. Fue entonces cuando sentada en el sofá, vi el reportaje
donde salías tú, pidiendo ayuda. Vine a ofrecértela, y al mismo
tiempo, a encontrarme a mí misma.
Un día de los que Isabel visitaba a los enfermos, vio muchísima
gente entrar y salir de casa de Ramibia. Temió lo peor y respirando
hondo y lentamente, se acercó al lugar. Para su sorpresa agradable se
trataba de todos los familiares y vecinos del poblado que iban a
hacerle una visita a Ramibia, con la intención de pedirle perdón, por
las falsas acusaciones que se hicieron injustamente sobre su persona.
Isabel la dejó con la intimidad de su gente, y se marchó a sus
quehaceres, pero al día siguiente cuando regresó para dar las clases
de repaso, Ramibia, con expresión de felicidad, le hizo señas en
dirección a su frente; al acercarse a ella pudo leer: «gracias».
116
—También te quería decir algo muy importante para mí. Ayer lo
hablé con la familia. Con la ayuda de ellos, quisiera que mientras
pudieras, guiaras en su camino a mis cinco hijos.
—Lo haré —dijo con convicción Isabel.
El funeral fue festejado por todo lo alto como es costumbre allí.
Tres días duró, con sus danzas y actuaciones teatrales en las que los
individuos llevaban máscaras y una vara en la mano para ser usada de
repente contra los presentes, salvo que estos consiguieran escapar
para no ser zurrados con la vara. Un sinfín de festejos que sus cinco
lunas y ella presidieron, y participaron, como así era el deseo de la
inolvidable Ramibia.
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Cora González Tato
Alicantina, de 29 años. Teclea cabizbaja «experiencia cero en el
mundillo literario». Gracias al taller ha descubierto una afición que
tenía dormida, prácticamente en coma. Sabe que escribir bien es
demasiado complicado, pero por lo menos está menos verde que hace
unos meses y disfruta intentándolo. El problema es que siempre que
tiene oportunidad, acaba matando a alguno de sus personajes. Se ha
autorrecetado, como buena española, hacer un relato al mes sobre
cualquier cosa, sobre quien sea y de la manera que sea para poder
curarse.
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No usar sin
consentimiento previo
Leo había vuelto del colegio muy consternado. Subió las escaleras
y se encerró en su habitación sin mediar palabra. Hacía meses que
esta situación no se repetía, pero Julia supo inmediatamente de qué
se trataba. «Otra vez no». Se acercó a la habitación de Leo y se
apoyó en la puerta, escuchando atentamente. Leo lloraba en el
interior sin consuelo alguno. Julia suspiró con la mirada fija en la
madera, hizo de tripas corazón y llamó suavemente.
—Leo…¿cariño? —Julia pegó su frente a la puerta—. ¿Me dejas
pasar?
Los sollozos se amortiguaron un poco pero no recibió ninguna
invitación. Mejor eso que una negativa directa. Como madre, y dado
todo lo que habían pasado este último año, el hecho de que aun la
necesitase era todo un alivio.
La puerta crujió al abrirse. La habitación estaba todo lo
desordenada que se puede esperar de un chico de quince años, pero
estaba bastante limpia y era luminosa. Las cortinas naranja
proyectaban un ambiente sereno y tranquilo en el espacioso cuarto;
no parecían haber captado las emociones humanas de aquel momento.
Sólo eran las cinco de la tarde y Leo debería estar aun en el colegio,
pero allí estaba, hecho un ovillo encima de la cama. Julia se acercó a
él y sólo necesitó acariciarle su oscuro pelo rizado para que él se
abalanzara sobre ella y la abrazase fuertemente.
Le apretó estrechándolo contra sí y le dejó desahogarse. Leo lloró
hasta que se quedó sin fuerzas. Una modelo rusa observaba la escena
apretándose lascivamente los pechos desde su póster en la pared,
definitivamente algo fuera de lugar en aquel preciso momento. Julia
se separó de Leo y le puso ambas manos sobre la cara, obligándole así
a mirarle a los ojos.
—¿Qué ha pasado?
Leo abrió lentamente la boca pero no emitió sonido alguno. Sin
dejar de mirar a su madre hizo una mueca, como si fuera un agresivo
119
y a la vez tristísimo perro, levantando los labios para mostrar su
dentadura. A Julia se le heló la sangre.
—¡Leo! ¡Dios mío! —Julia no podía creer lo que veía—. ¡¿Pero cómo
están tan..?!
«Amarillo huevo». Los dientes de Leo estaban completamente
amarillos. Potenciados además por la luz crepuscular que filtraban las
cortinas de la ventana, se teñían ligeramente de anaranjado. Se veían
antinaturales. No era el tono del esmalte dental de los muy
fumadores o de los muy cafeteros, sino el color amarillo que elegiría
un niño pequeño para rellenar un dibujo del Sol. Además contrastaba
repulsivamente con el rojo de sus labios.
«Esto ya es demasiado».
Esa noche Julia Romeu fumaba pensativa apoyada sobre la
barandilla. En esos momentos agradecía que existiera el tabaco.
Observaba las copas de los árboles, meciéndose ligeramente con el
aire. Estaba resultando un mayo calurosísimo pero en el microclima de
Cinc Rius estaban disfrutando de unas noches frescas que animaban a
cenar en la terraza y a respirar aire puro. Desde allí tan solo
necesitaba conducir media hora para llegar a su nuevo trabajo en el
restaurante Brivido, situado en el centro de Barcelona. Cinc Rius era
más tranquilo. Ahora se veían parejas paseando y riendo, algún que
otro vecino sacando al perro (con su correspondiente bolsita) y
sospechosas idas y venidas de gatos. Vivían en un barrio tan civilizado
que incluso estos gatos llevaban su correspondiente chapa
identificativa. Si te encontrabas un gato dentro del jardín leías
directamente las instrucciones: M’anomenen Crostita i visc al
carrer… Sólo tenías que llamar a la puerta que te indicaba Crostita y
te asegurabas una tarde de calurosos agradecimientos de parte de
sus amantísimos dueños; la versión extendida incluía té, café, pastas,
cháchara insustancial y algún que otro jugoso cotilleo vecinal. Una
forma tan buena como cualquier otra de romper la rutina que los
envolvía. Pero a Julia nadie le había dejado instrucciones sobre qué
hacer en estos momentos. Ahora estaba sola, o por lo menos, un poco
más sola que estando casada. El padre de Leo se había quedado en
Londres después del divorcio. Trabajaba tanto fuera que
120
prácticamente nunca estaba dentro. Tampoco iba a ser de mucha
ayuda ahora. ¿Dónde estaba esta semana? ¿Sri Lanka? ¿Venezuela?
Necesitaba calmarse y pensar. Enlazó un cigarro con otro y soltó
el humo mirando el cielo estrellado. Jamás hubiera pensado que en un
sitio tan idílico como Cinc Rius fuesen a tener tantos problemas. Si
antes de volverse a España alguien le hubiera dicho que iba a pasar
esto, y precisamente allí, se hubiera reído en su cara. Lo que estaba
claro es que algunas cosas parece que nunca cambian.
Cuando ella tenía diez años, fue testigo de un episodio un tanto
cruento en su escuela. Era un día festivo y se habían preparado
diversas actividades en el patio en el que participaban estudiantes de
todos los cursos: teatro, bailes, actuaciones… pero ese día la lluvia les
sorprendió a todos. Empezó a diluviar por la mañana y no paró hasta
bien entrada la madrugada. Fue un absoluto caos, hasta Julia se pudo
dar cuenta de ello. Profesores, bedeles, secretarias y técnicos de
sonido corriendo de un lado a otro protegiendo cables y partes del
escenario del agua. En el interior del colegio más de dos centenares
de niños chillaban y corrían por los pasillos. Los adultos tenían cara
de estar al borde del colapso. Y entre todo ese follón, el sonido de
una explosión dejó a todo el mundo congelado. Julia recuerda el denso
silencio previo a los gritos.
Un alumno de dos cursos más se las había ingeniado para colar un
enorme y grueso petardo en el colegio, un auténtico Monster. Su
objetivo inicial era ponerlo bajo el escenario para sabotear las
actuaciones, pero la lluvia le saboteó a él. Frustrado, acabó por
tirárselo a las manos a una chica de su clase, Montse, que estaba sola
en el aula, practicando al piano. El petardazo fue ensordecedor y se
vio potenciado por la caja acústica del enorme piano de cola. Lo hizo
porque pensó que sería divertido, aseguró más tarde en instancias
policiales.
Julia recuerda que cuando se llevaron a Monsita en la ambulancia,
aun tenía la venda sobre los ojos y su pequeño cuerpo se
convulsionaba horriblemente. Había sangre por todas partes. Monsita
perdió casi todos los dedos con la detonación, y los que no perdió se
lo tuvieron que amputar en el quirófano. La pobre Monsita tocaba el
piano diariamente desde los cuatro años, y como ese fatídico día los
121
truenos le ponían nerviosa, se refugió en la sala de música para hacer
lo que más le tranquilizaba en el mundo entero. La joven Julia tuvo
por aquel entonces una triste revelación: realmente existen personas
malas.
A Julia las pesadillas le atormentaron durante meses aunque nunca
supo realmente qué llegó a pasar con Montse o con el chico aquel.
Ninguno de ellos apareció más por la escuela.
Ahora su hijo se enfrentaba a otro desalmado en el colegio, Mario
Heredia. Este era del tipo psicópata-adinerado. Y estaban en una
edad más difícil, y mucho más peligrosa. Su modus operandi incluía
pastillas o productos químicos, tenía que investigarlo. Le daba pánico
que un día se le fuera la mano con una broma de estas y enviara a su
hijo al hospital.
Tras el primer incidente, sólo un mes después de haber inscrito a
Leo en el colegio, Julia tuvo un enfrentamiento directo con el padre
de Mario y sobrepasada por la indiferencia de éste, llegó incluso
hasta amenazarle directamente. Diego Heredia la tomó por una
chiflada. Dos meses después, llegó la segunda broma de Mario, y Julia
fue directamente a hablar con el director del centro. Parecía
consternado, sí, pero por la posibilidad de perder la inyección
económica que provenía anualmente de las arcas de los Heredia.
Tener un caso recurrente de crueldad en sus aulas no era prioritario.
«¿Y ahora qué?». Ir a la policía no era una opción, no cuando se
trata únicamente de «bromas entre chavales». La tratarían igual que
el cabronazo de Heredia. Apagó frustrada el cigarro contra la
barandilla. Era momento de pensar un plan B, o de cambiar de colegio.
Leo no había ido el día siguiente al colegio, ni tampoco fue el día
después. No pensaba ir hasta que recuperara su color de dientes
normal y algo de su dignidad. El amarillo iba desapareciendo, pero
seguía estando ahí. Su madre ni siquiera le había soltado una charla
sobre Cómo Actuar Cuando Eres Humillado Constantemente Para
Parecer Más Fuerte De Lo Que En Realidad Eres. En cambio había
llamado al colegio para decir que Leo estaba enfermo y que no
volvería en unos días.
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Al tercer día de reclusión, su fiel amigo Iker llegó corriendo a su
casa.
—Leo, Leo, Leo —Iker canturreaba su nombre mientras entraba
por la puerta y cuando le vio en el sofá le dedicó una amplia sonrisa y
un giro de baile—. Me vas a querer mucho, mucho, mucho.
Iker Echebaren había sido el único que había demostrado algo de
empatía con él en los últimos meses. Tenía un año más y acaba de
repetir curso, lo que le hacía sentirse un poco inadaptado. Los
desorientados y los inadaptados siempre acababan uniendo fuerzas,
como fue el caso de Iker y Leo. Además, durante años había sufrido
las risitas altivas y los desprecios constantes del amor de su vida,
Clara. Heredia. La hermana mayor de Mario, mezquina y superficial
como ella sola. En su fuero interno les deseaba cualquier tipo de mal,
había sufrido mucho.
—Primero dime cómo me llaman —le espetó Leo—, estoy
preparado.
Leo cargaba ya en sus espaldas con la lacra social de tener casi
una docena de apodos, algunos ingeniosos y otros simplemente
crueles. El problema, pensaba, no eran las espaldas, era cuando te los
decían a la cara.
—Tío… «Yemita» va ganado adeptos. Adivina a quién se le ha
ocurrido... Pero por lo menos sólo parecen haberse enterado los de
nuestro curso. Ah, ¡bueno! —pareció recordar algo importante—. «El
Panocha» también se ha oído por…
Leo dejó de escucharle.
Él era un tío normal, buen tipo. Incluso a veces era muy divertido.
Siempre caía bien. En su antiguo colegio nunca había tenido un solo
problema de este tipo. Pero ahora, en España, había pasado de ser un
tipo normal con una vida normal a ser el paria y el hazmerreír de un
colegiucho privado de pueblo.
Se habían mudado a Cinc Rius para cambiar de aires y su madre se
lo había vendido como una nueva etapa, un nuevo hogar pacífico y
relajante. «Pacífico mis cojones». A él le habían elegido como víctima
sólo por ser el nuevo.
—Leo, ¿tío? —Iker le miraba incrédulo con sus grandes ojos
abiertos—. ¡Que te estoy diciendo que he descubierto de dónde saca
Mario sus mierdas! —ya había captado la atención de su amigo así que
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prosiguió satisfecho—. He descubierto una página web.
Estadounidense. Venden todo tipo de artilugios para gastar bromas,
entre comillas —y por si acaso no había quedado claro, hizo también
los gestos de las comillas con los dedos—. ¿Sigues queriendo
vengarte, Yemita?
Y Yemita asintió sonriéndole con sus dientes de yema de huevo.
Nunca había gastado tiempo y energía pensando en terribles
venganzas, sino en ser invisible y pasar todo lo desapercibido que
pudiera. Ahora era distinto. Ahora tenía un compinche.
Los dos amigos miraban absortos la pantalla del ordenador.
Abrieron la página web y, simplemente, alucinaron. Iker había
recibido un correo muy extraño con el enlace a esta página y aunque
no podía estar seguro, sus conjeturas apuntaban a que era alguien del
colegio o que les quería ayudar o que se sentía culpable.
—Soluciones sofisticadas para un mundo peligroso —tradujo Leo.
Allí había de todo y más. Pistolas de descargas, dardos
paralizantes, ¡gafas de visión nocturna!
—Pincha en Venganza —Iker le guiaba como si él mismo hubiera
diseñado la página.
Cuatro calaveras daban vueltas sobre un fondo negro. Más abajo,
aparecían varios productos. El plato fuerte parecía ser la venganza
química. Había frasquitos de todo tipo: unos provocaban sarpullidos y
picores por todo el cuerpo durante horas, otros actuaban como
bombas fétidas o te hacían evacuar explosivamente, algunos
provocaban vómitos durante horas. Encontraron el que te teñía los
dientes de amarillo durante días. Debajo de la foto rezaba: …y la
mejor parte es que tu víctima nunca sabrá por qué la gente le mira
con asco hasta que se mire en un espejo. Efectivamente, así fue como
Leo se dio cuenta. Los viales se vendían por un módico precio de entre
$2.95 y $9.95 (más gastos de envío).
Para evitarse complicaciones legales todos los productos advertían
con grandes letras rojas: NO USAR EN OTRAS PERSONAS SIN SU
CONSENTIMIENTO. Delirante.
—Tenemos aquí tres de tres, colega. La primera putada que te
hizo Mario fue la del vómito —Iker golpeó el pequeño frasquito de
124
cristal en la pantalla—, no hace falta que te recuerde el espectáculo
que diste en el salón de actos cuando saliste a…
—Recuerdo que Mario me dio un vaso con agua antes de subir…
aunque ya sabía que había sido culpa suya.
—Aquí dice que la mayoría funcionan disueltos en otros líquidos,
mejor si están calientes, como el café, pero hemos aprendido que
funcionan igual de bien con agua fría.
—Eso parece —Leo veía abrirse un mundo de posibilidades ante
sus ojos—, y aquí tenemos al causante de que me estuviera cagando
por todo el colegio sin poder contenerme dos meses después —señaló
con la barbilla al vial que aparecía en pantalla—: Evacuator se llama.
4.95 dólares dice que cuesta.
—Para cagarse.
Leo miró a su nuevo amigo y le sonrió con su sonrisa amarillenta.
Con todo el tema de la venganza había recuperado el buen humor y se
alegraba de que alguien tuviera tantas ganas de devolvérsela a Mario
como él. Los Heredia eran muy populares, pero muy poco queridos.
Leo e Iker dedujeron que, dado el éxito de las anteriores bromas,
Mario y su séquito de imbéciles iban a seguir por la misma línea.
Habían quedado impunes las tres veces y en esta página tenían
material para martirizarle durante toda una vida y no recibir una sola
reprimenda. El paso más acertado sería devolvérsela cuanto antes ya
que contaban con el efecto sorpresa. Iker votó por pedir los tres
viales que habían utilizado sobre Leo y metérselos a la vez en la
bebida a Mario, grabarlo y subirlo al Youtube. Leo votó por probar
algo nuevo.
— Creo que he encontrado mi estilo —y Leo leyó poniendo un tono
melodramático—: ¿Alguna vez se preguntó qué se siente al ser
atacado por un enjambre de hormigas de fuego? ¡Ahora usted puede
saberlo! El contenido dentro de este vial causa picazón, ardor y
quemazón en la piel. Uso externo. La única buena noticia es que
pasadas 24 horas finalmente el dolor… —miró a Iker maliciosamente
cuando dijo dolor— se detiene. ¡Este es de los caros! 9.95 dólares.
—Me lo has vendido. Ahora a ver cómo lo pagamos, sólo aceptan
Visa o Mastercard.
125
Leo tardó menos de cinco segundos en resolver el problema. Su
madre se había dejado la cartera en casa, y él la había visto allí
olvidada todo el día. Le cogió su Visa sin demasiados remordimientos,
él mismo se lo repondría más adelante. Su madre rara vez miraba los
movimientos de su tarjeta.
Cuando subió a su habitación con la tarjeta de su madre en la mano
vio a Iker con la boca abierta frente a la pantalla.
—Me parece que nos va a salir un pelín más caro… —y le giró el
portátil en su dirección para que pudiera ver la pantalla—. ¡Mira qué
juguetito!
Allí estaba el asombroso Dispositivo Generador de Náuseas, con
un irrisorio precio de 22.95 dólares. Y más abajo, su versión
mejorada: el Súper Dispositivo Generador de Náuseas. Éste un poco
más caro, 35.95 dólares.
—¡Ultrasonidos, tío! —chilló entusiasmado Iker.
Se trataba de un dispositivo electrónico, absurdamente pequeño.
Por la forma y el diámetro parecía una moneda, aunque era más tosco
y grueso. Extremadamente fácil de esconder, algo casi infantil.
Debajo de una silla, dentro de la cama, encima de un armario…
Cualquier sitio. Mediante la emisión de ondas ultrasónicas este
aparato genera sensación de malestar, mareos, desorientación, etc. y
se mantiene funcionando seis horas encendido y seis horas apagado
Estos ultrasonidos son imperceptibles para el oído humano pero
afectan considerablemente a sus receptores del equilibrio
provocando todos los síntomas anteriores. Y sólo necesitaba de una
pila de botón para funcionar.
Leo no era partidario de provocar tanto trastorno físico y mental
a alguien bajo ninguna circunstancia, pero los acontecimientos del
último año le habían hecho replantearse sus valores. Tampoco ponía
que ese dispositivo pudiera causar la muerte. Si había alguien que
merecía sufrir, ese era sin duda Mario Heredia.
—¿Te imaginas ponerle esto en su propia habitación? —preguntó
Leo.
—¿Te imaginas ponerle dos de éstos en su propia habitación? —
Iker siempre iba un paso más allá.
126
Introdujeron todos los datos de la tarjeta de la madre de Leo en
la página y tras debatirlo brevemente, compraron dos de los
dispositivos. Con los gastos de envío y el cambio de moneda, a su
madre le había costado menos de 45 euros la broma. El precio de
unas zapatillas. Si alguna vez preguntaba algo, él se disculparía y diría
que se había comprado cualquier idiotez online.
El paquete con el matasellos de Estados Unidos llegó a casa de
Iker trece días después. En el colegio las aguas habían vuelto
superficialmente a su cauce y la llegada del buen tiempo traía una
sensación agradable que se volvía contagiosa. Se oían más pájaros e
insectos que nunca y los estudiantes aprovechaban cualquier rayito
de sol que pudiera broncearles. Leo volvía a tener los dientes
normales pero se mostraba más huidizo con sus compañeros.
Hablando durante la comida, Iker se ofreció voluntario para
meterse en casa de los Heredia y colocar el dispositivo. Leo se negó
rotundamente pero su amigo le interrumpió.
—He estado un par de veces en esa casa, hace años, cuando Clara
todavía me invitaba a sus cumpleaños —explicó Iker masticando—. Es
gigantesca. Yo sé dónde están sus habitaciones, o al menos creo que
lo sé. El padre nunca está los fines de semana, negocios, imagino. No
me preguntes qué demonios pasa en esa familia —suspiró—. Mario y
Clara están hasta arriba de actividades extraescolares los sábados,
como buenos niños ricos, por lo que este sábado por la mañana me
parece la mejor opción. Si actúo por el barrio con normalidad, cantaré
menos que si me deslizo por la noche cuando estén todos durmiendo.
Quiero hacerlo yo y somos colegas, ¿no?
—Hasta la muerte. ¿No tienen madre?
—La madre es un auténtico zombi, tío. Una pirada total. Creo que
ahora está preñada, o ha dado a luz hace poco, no sé. Te aseguro que
puedes pasar por su lado y ni se entera —susurró convencido—. Iré
con mucho cuidado, pero la casa es tan grande como yo sigiloso. Y tú,
Leo, perdona tío, pero eres bastante torpe.
Leo siempre había sido alto y torpe, y algo cobardica. Nada que
objetar.
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Iker era un chico valiente y siempre se ofrecía voluntario para
cualquier cosa que supusiera el mínimo riesgo. Probablemente era
adicto a la adrenalina o algo parecido. A los 16 años no se le tiene
miedo a nada. Le gustaba implicarse y se sentía orgulloso de poder
hacer todo eso por su querido amigo Leo, una persona estupenda que
estaba siendo tratada cruelmente. Además, entrando furtivamente
en esa casa podría incluso pasar un rato en la habitación de Clara.
Podría incluso llevarse algún souvenir.
El allanamiento no pudo salir mejor. Todo lo que tenía que salir
bien, salió mejor que bien. Así se lo contó a Leo aquella misma noche.
El lujoso vecindario estaba muerto. Estaba nublado y hacía muchísimo
viento, por lo que no había nadie paseando. Tampoco había ningún
coche dentro de la casa. Iker sólo tuvo que deslizarse entre los setos
que rodeaban la casa y buscar una ventana abierta. Tuvo suerte a la
primera. Se encontraba en pleno éxtasis aventurero, si hubiera sido
de noche, se hubiese pintado la cara y puesto un gorro negro. En la
casa no vio absolutamente a nadie y por la cantidad de baberos y
juguetes que había desparramados por la casa dedujo que el bebé ya
había nacido. La puerta de la calle estaba cerrada a cal y canto
aunque la mayoría de ventanas estaban abiertas. Decidió meter el
dispositivo dentro de la silla de ejecutivo que usaba Mario en su
estudio. «Estudio de Mario» ponía en la puerta, no había pérdida. Si
no iban a provocarle una diarrea explosiva delante de todo el mundo,
por lo menos que Mario tuviera serios problemas para aprobar curso.
Ahora venían los exámenes finales. Rajó una costura de la silla e
insertó los dos pequeños botones. «Hecho». Una vez puesto el
dispositivo Iker desvió sus pensamientos a la visita de cortesía a la
habitación de Clara. Si hubiera estado más concentrado, al darse la
vuelta habría visto a menos de cuatro metros a la señora Heredia
durmiendo profundamente en un sillón cerca de la cuna del bebé. De
saberlo, Iker nunca hubiera dejado algo tan peligroso cerca de un
niño tan pequeño.
Leo e Iker habían tardado más de dos semanas para planificarlo
todo y no dejar cabos sueltos, pero jamás se hubiesen imaginado que
fueran a ver sus resultados tan pronto. El lunes siguiente Mario llegó
a clase media hora tarde, pálido y ojeroso. Al pasar al lado de Leo ni
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siquiera se acordó de molestarle. Dulce recompensa. Iker se giró
para comunicarse mentalmente con Leo.
«¡¿Has visto?! ¡Ha funcionado!».
«¡No me lo puedo creer, tiene un aspecto horroroso!».
Desgraciadamente, Mario fue recuperando el color de su cara a lo
largo del día y cuando acabaron las clases les obsequió con otra joya:
Yemita y su amigo mariquita. Y precisamente eso fue lo último que le
oyeron decir ese curso. Mario faltó al día siguiente, y a los dos días
les comunicó el tutor en clase que Mario no volvería en un tiempo, ya
que lamentablemente su hermanito recién nacido había fallecido. Iker
y Leo no pudieron ni mirarse a la cara de la impresión. Los Heredia se
cogieron vacaciones anticipadas por asuntos familiares y los
exámenes finales los hicieron desde su nueva casa.
La muerte del bebé fue toda una conmoción en Cinc Rius. Contaban
que llevaba un par de días muy enfermo y que al final, simplemente,
se asfixió. Los médicos no comprendían que había pasado. Nadie lo
comprendía muy bien, de hecho. La madre sufría crisis de ansiedad a
cada rato y Mario se culparía toda su vida porque sabía que era algo
relacionado con ese estudio. Él se había sentido mal los últimos días
cuando estudiaba. Sus náuseas, dolor de cabeza y arcadas apuntaban
a un problema de visión o de gripe. Lo solucionaba levantándose y
respirando aire fresco en el jardín. El bebé, en cambio, no podía
alejarse, estaba en una cuna en ese mismo estudio mientras
cambiaban el suelo de su habitación. Fue su propia madre la sugirió el
cambio provisional: «En el estudio de Clara hay demasiada corriente,
en el de Mario estará más tranquilo». Hasta que un día empezó a
ponerse muy malito.
Cuando su hijo le contó nerviosísimo lo que les había dicho el tutor
Julia se quedó descompuesta. Por el terrible hecho en sí mismo y
porque había algo en Leo que no acababa de identificar. Ató cabos.
¿Era culpa? Parecía culpa, o quizás vergüenza. Fuese lo que fuese, era
su hijo. Era un buen chico. Le abrazó muy fuerte y así se quedaron
madre e hijo durante un rato, con un mar de dudas en sus cabezas y
muchos sentimientos abrumadores.
La noche de los dientes amarillos Julia había peinado la red con
determinación en busca de artículos de broma que pudieran rayar la
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legalidad. Estaba en modo Madre Luchadora Sin Escrúpulos. Encontró
una página en la que se podían comprar cientos de productos por los
que Mario Heredia hubiera matado (si es que no conocía ya esa
página). Ella sólo tuvo que enviarle anónimamente ese enlace al correo
del amigo de su hijo y olvidarse a propósito la cartera en casa con las
tarjetas de crédito. Le parecía una buena idea que por una vez,
alguien le diera un escarmiento al matón del colegio con su propia
medicina. Esta era una de las situaciones en las que no poner la otra
mejilla está más que justificado. Luego ya le daría la charla a su hijo
y se preocuparían de las consecuencias, pensó.
Pero ahora no dejaba de preguntarse si realmente Leo estaba
relacionado con tal atroz suceso, si no se les habría ido de las manos
o si era posible que Leo hubiera comprado cualquier cosa mediante su
Visa y todo esto fuera una trágica coincidencia. Lo cierto es que un
ardor espantoso le subía desde la boca del estómago.
—Leo, amor. ¿Usaste mi tarjeta de crédito hace unas semanas? —
tanteó mientras aun le abrazaba.
—Ay, mamá. Perdón. Me compré unas zapatillas brutales, deberían
haber llegado ya… —Leo se separó de su madre—. ¡Te dejaste la
tarjeta y sólo estaban de oferta ese día!
Y Julia le creyó. No quería saber nada más.
Le creyó porque sólo así se exculpaban ambos de lo que había
pasado.
130
Frank Guerra. Nacido en 1980, este escritor alicantino aprendió a
leer para poder saber lo que sus personajes preferidos de tebeo,
Mortadelo y Filemón, decían. A partir de entonces devora todo lo
impreso que cae en sus manos.
Ha colaborado con la editorial Sombra en la publicación de
artículos para su revista digital y posteriormente también con la
editorial NSR en la edición, publicación y escritura de la revista
digital que durante 5 años fue un referente en el panorama de los
juegos de rol, mesa y tablero hispanoparlante. Con ellos también
publicó en formato físico tres módulos autoconclusivos para los
juegos de rol sLAng y NSD20. En el año 2009 ganó el tercer premio
de relato breve de la Diputación de Alicante. Ha diseñado un juego de
cartas basado en los combates de lucha libre y tiene varios proyectos
en diferente estado de gestación.
Y no tiene gato.
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Postapokaliptika: Encuentro
El viento soplaba a través de las calles desiertas de la ciudad. Se
deslizaba a lo largo de largas avenidas cubiertas de escombros y
vegetación, atravesaba edificios que todavía se erigían desafiantes al
paso del tiempo por sus fachadas desmoronadas y sus ventanales
huecos, provocando un aullido lúgubre que resonaba por toda la
desolación
Kilómetro tras kilómetro en la cuasi silenciosa metrópolis se veían
los restos de lo que antes había sido civilización. Deshechos oxidados
de cientos de vehículos seguían descomponiéndose al sol de la
mañana, toneladas de cascotes se amontonaban por doquier
alcanzando alturas que se podían considerar como pequeñas colinas.
La naturaleza había vuelto a reclamar con fuerza lo que le pertenecía
y árboles, arbustos y plantas crecían por entre las grietas del
asfalto, en el interior de edificios, asomando por las ventanas de los
pisos superiores. La ciudad muerta rebosaba de vida.
En una de estas montañas gris y verde al principio de una ancha
avenida se encontraba un hombre, vigilando la aparentemente vacía
ciudad que comenzaba delante de él, sin sospechar que a su vez era
observado desde la sombra interior de una estructura cercana.
El espía le vigiló atentamente desde su escondite. Se encontraba
comiendo los restos de su última caza y no se percató de su llegada
hasta que por casualidad miró hacia el exterior. Era muy silencioso,
pues apenas les separaban una decena de metros y le había
sorprendido totalmente.
Tratando a su vez de resultar silencioso apartó las mantas que
formaban su cama y se acercó renqueando hasta la ventana. Sus
músculos nudosos se tensaron cuando apretó entre sus grandes
manos una tubería rota de hierro con los restos de sangre seca de
sus últimas víctimas. Rechinó inconscientemente los dientes mientras
miraba con odio al hombre. El dolor que soportaba desde su
nacimiento dentro de su cabeza, aumentó.
El recién llegado empuñaba en su mano derecha una lanza metálica
que siempre le acompañaba a juzgar por el óxido que el sudor había
comenzado a provocar en la zona por donde la empuñaba. Una gran
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bolsa de tela raída colgaba del costado contrario, repleta de quincalla
y herramientas. Un odre de piel asomaba por debajo de la bolsa.
La piel del intruso era oscura, tostada por los rayos del sol a lo
largo de toda una vida pero pudo ver que no había empezado a
desarrollar la enfermedad de la piel como muchos a su edad y eso era
gracias a su amuleto de plástico, el material de los Antiguos: una
pequeña botella de color naranja pálido que colgaba de su cuello,
atada por una tira de cuero negro y bendecida por el chaman de su
tribu. Sus brazos estaban descubiertos, ya que se cubría con un
chaleco de exploración cubierto de bolsillos, rotos en su mayor parte,
y llenos de las más variadas cosas los que aún conservaban su utilidad.
Las piernas estaban cubiertas hasta la rodilla por unos pantalones
destrozados y en sus pies se veían unos zapatos de piel oscura que
comenzaban a degradarse peligrosamente.
Desde lejos sería muy difícil distinguirle del resto del paisaje en
el que se encontraba, ya que toda su vestimenta era del mismo tono
gris y se fundía con los restos de la ciudad. El sol naciente quedaba a
sus espaldas, cegando a cualquiera que mirara en su dirección y
otorgándole una seguridad extra que siempre era necesaria en aquel
entorno.
El recolector Joram se rascó la poblada barba sin dejar de mirar
fijamente a la desolación. Parecía esperar algo entre ese silencio roto
por los lamentos del viento, una señal.
De pronto se agachó, dejó la lanza y cogió un cascote sin dejar de
mirar la extensión que tenía ante los ojos. Lo colocó en una honda que
sacó de la bolsa sin dejar de observar. Lentamente comenzó a girarla
hasta que alcanzó la velocidad necesaria, con un fuerte giro de
muñeca la disparó. Un golpe secó se escuchó a unos cincuenta metros
de su posición y una pequeña nube de polvo se levantó en el aire antes
de ser arrastrada por la brisa.
El recolector guardó su arma y comenzó a bajar de su posición
hacia el lugar del impacto.
Cuando llegó allí recogió su botín: un gato pardo que había elegido
mal momento para curiosear. No había podido guardarlo cuando
escuchó un lejano estruendo. Levantó la vista y vio a lo lejos en las
profundidades de la ciudad como se levantaba una espesa nube de
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polvo. Otra construcción había cedido. Una grande al juzgar por el
tamaño de la nube.
Ese momento fue el que su observador escogió para cargar contra
él.
Aprovechando la distracción saltó por el hueco de la ventana y
comenzó a correr salvajemente, agitando en el aire la pesada tubería
en dirección al hombre, de espaldas.
Este tuvo el tiempo justo de girarse para ver como una mole de
músculo apenas cubierta por unos harapos corría gritando en su
dirección agitando un trozo de metal. «¡Un merodeador!» El
pensamiento fugaz fue lo único que cruzó su mente antes de
comenzar a esquivar la embestida inconscientemente.
Pero lo hizo tarde y recibió un impacto que le hizo saltar en el aire
y caer al suelo encima de un montón de deshechos unos metros al
norte. Sintió una punzada de dolor en la espalda al chocar contra el
asfalto, algo se le había clavado profundamente.
Apenas pudo comenzar a incorporarse cuando el merodeador,
emitiendo un aullido de triunfo saltó sobre él con el arma apuntando a
su cráneo. El impacto sobre el viejo asfalto causó una grieta y un
estrépito metálico que rebotó en las ruinas cercanas, causando un eco
que se alejó ciudad adentro. Joram había rodado sobre su costado en
el último momento evitando el golpe fatal por escaso espacio. Sin
detenerse se puso en pie para hacer frente a aquella masa de
músculos grises, «¿qué está haciendo en las afueras de la ciudad?»,
se preguntó. Los merodeadores siempre habitaban en el interior y
muy pocas veces se les veía a plena luz del día, preferían las sombras,
pues su piel era débil ante la luz directa del Sol.
El merodeador tardó unos segundos en reaccionar; giró su
deforme cabeza hacia Joram con expresión estúpida. Su lento
cerebro no había procesado por completo que su presa había
escapado al devastador golpe.
«Seguramente habrá sido expulsado de su grupo. Demasiado
estúpido para ser de utilidad, demasiado peligroso para tenerlo
cerca». Con un escalofrío de pronto se dio cuenta de que estaba
desarmado. Había dejado la lanza en el montículo para usar la honda,
que también había perdido tras el golpe. Antes de que pudiera pensar
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en qué hacer a continuación la criatura reaccionó con un salvaje
aullido y de nuevo corrió hacia él.
«El hombre tiene miedo de Granto, y por eso huye» pensó el
merodeador. «Le aplastaré por atreverse a cazar mi comida. No
podrá escapar de Granto, porque Granto es el más»... el dolor le atacó
de nuevo, perforándole la cabeza y haciendo que cesara en su carrera
trastabillando y soltando la tubería para sujetarse la cabeza con
ambas manos. El aullido salvaje se transformó en un aullido agudo
mientras caía de rodillas y gruesas lágrimas comenzaban a deslizarse
por sus mejillas.
Joram, ignorando el espectáculo que tenía ante él corrió hacia su
izquierda todo lo rápido que su herida le permitía, entre los
matorrales y el agrietado asfalto. Cuando llegó al montículo lo escaló
con manos y pies, resbalando un par de veces a causa del ansia. Por
fin alcanzó la lanza y la aferró lanzando una exclamación de triunfo.
Al volverse para enfrentarlo, pudo ver al sollozante ser que ya no
suponía una amenaza. Aprovechó para buscar con la mirada la honda, y
la pudo ver, abandonada sobre el armazón oxidado de algo que pudo
ser Tecnologíko en tiempos de los Antiguos, al otro lado del
merodeador.
Cautelosamente bajó, dispuesto a recuperar el arma a la que se
había acostumbrado. No era difícil fabricar otra, pero con esta había
conseguido abatir más presas que con ninguna otra. Era cuestión de
orgullo.
Granto consiguió dominarse poco a poco. Toda su vida había
sufrido de aquellos golpes de dolor que en cualquier momento le
inutilizaban. Eran la causa de que no pudiera pensar con claridad
durante mucho tiempo seguido y de sus frecuentes ataques de ira que
habían causado que le expulsaran de su grupo. Había estado vagando
durante semanas, alejándose de su antiguo territorio y abriéndose
paso hacia la zona exterior de la ciudad. Finalmente se había
establecido aquí y había conseguido una buena reserva de caza, pues
aquí abundaban los gatopardos, erizos y hormiratas, además de
algunos árboles cuyos frutos no le producían dolor de barriga.
Se levantó lentamente y recogió su arma del suelo, entonces vio al
hombre que también había recogido su lanza moviéndose lentamente
en su dirección.
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—¡Tú, hombre! Quieres atacar a Granto cuando está indefenso,
pero Granto es listo y no se deja sorprender ¡Te mataré!
«Maldición, me ha visto» se lamentó Joram. Notaba como le corría
la sangre por la espalda y el dolor aumentaba. No resistiría otra
carga de aquel gigante, era hora de usar la cabeza.
—Tranquilízate, merodeador. No pretendo atacarte. Solo he
venido a buscar comida para mi familia.
—Tú vienes hasta la ciudad para robar mi comida —le contestó
señalándole—. Granto está solo y tiene siempre hambre y dolor, y no
puede pensar claro ¡Tú te aprovechas de Granto!— terminó rugiendo,
mientras avanzaba un paso hacía él, agitando peligrosamente la
tubería.
—No, te equivocas. No quiero aprovecharme de ti. No sabía que
vivías aquí y si lo hubiera sabido no habría cazado. Tú te llamas
Granto, ¿cierto? Yo me llamo Joram —y alzó su mano izquierda a
modo de saludo, pero sin soltar la lanza. Granto no parecía
convencido.
El aludido se mostró confuso ante aquellas palabras. Le habían
enseñado que los hombres no eran de fiar, venían a la ciudad a robar
la comida y los tesoros Antiguos a los merodeadores, que vivían en
ella desde hacia generaciones. Se creían superiores y andaban por ahí
erguidos como si todo les perteneciera.
—Granto no te cree, hombre Joram. Tratas de engañarme con tus
palabras porque crees que Granto es estúpido ¡Pero no lo soy! —Y alzó
aquel trozo de metal por encima de su cabeza una vez más.
De pronto se escuchó un chillido agudo que fue seguido por varios
más. Antes de que pudieran reaccionar se vieron rodeados por una
manada de riseños: animales salvajes ponzoñosos que vivían entre las
ruinas buscando carroña. Siempre iban en manada y aunque uno solo
no era demasiado peligroso para un cazador, la manada entera sí que
lo era. Ahora formaban un círculo alrededor de los dos, surgieron por
encima de las montañas de escombros, de entre la vegetación y sobre
el vehículo oxidado que todavía mostraba la honda abandonada.
Granto y Joram dejaron de enfrentarse para prestar toda su
atención a las criaturas que les rodeaban. Instintivamente sabían que
aquella situación era peligrosa para ambos.
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—Una manada de riseños —murmuró Joram mientras giraba sobre
sí mismo para contar a los ejemplares—. Deben haber huido del
derrumbe que escuché antes. Pero no atacan nunca a presas vivas,
¿qué ocurre aquí? —Mientras hablaba contó seis de ellos.
—¡Ja! Hombre Joram se cree listo y ni siquiera sabe que se llaman
carcajes y que sí que cazan presas vivas cuando están hambrientas. —
Se giró hacia la más grande de ellas y la señaló con la tubería—: esa
es su líder y les dice qué tienen que hacer.
Todas aquellas criaturas que les miraban con negros ojos parecían
iguales: un pelaje rojizo, con calvas en varias partes y heridas y
úlceras que les dotaban de un aspecto enfermizo. Eran cuadrúpedas y
tenían una cola corta y pelada parecida a la de las formiratas. Dos
grandes orejas negras les apuntaban y del prominente morro goteaba
una baba amarillenta entre los colmillos. Esta era su peor arma, pues
su mordedura causaba la enfermedad y la muerte a las pocas horas.
Pero el ejemplar señalado por Granto era diferente: más grande que
el resto, con más cicatrices y no tantas heridas. Y si era posible, una
mirada más astuta. Sin duda estaba más sano que el resto de su
manada, posible razón para que llegara a liderarla.
Joram se mostró sorprendido por el conocimiento del merodeador,
ya que él mismo desconocía lo que acababa de escuchar. Nunca se
había enfrentado a un ejemplar de riseño (o carcaje), y solo había
visto cadáveres traídos por otros recolectores de sus incursiones.
—Te propongo una tregua entre nosotros hasta que nos ocupemos
de los riseños, Granto ¿Qué te parece?
—Se llaman carcajes, estúpido Joram. Y sin más, cargó hacia el
líder.
El recolector se alegró de que por fin aquella mole cargara hacia
algo que no fuera él mismo.
Cuando comenzó el enfrentamiento los riseños empezaron a emitir
su horrible chillido agudo con el que se comunicaban. Se decía que
algunos hombres se habían vuelto locos tras escuchar varias horas
aquellos malditos ladridos parecidos a risas malévolas. Dos se
movieron rápidamente para cubrir al líder y saltar sobre Granto.
Otros dos se acercaron hacia Joram cautelosamente mientras les
apuntaba con la lanza moviéndola de uno a otro.
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Granto golpeó despreocupadamente a uno de sus atacantes, que
con un terrible crujido de cráneo dejó de ser un problema, sin
embargo el otro le alcanzó y logró cerrar las mandíbulas en torno a su
brazo izquierdo.
Mientras tanto Joram, de espaldas, seguía tanteando a la pareja
de riseños que seguían acercándose ladrando esas extrañas risitas
que comenzaban a ponerle nervioso. Lanzó un ataqué a uno de ellos y,
como si estuvieran esperando esa reacción, el otro saltó sobre su
lado desprotegido mientras el primero se apartaba del lanzazo.
Tuvo el tiempo justo de reaccionar para parar la embestida con el
mango de la lanza. La bestia cayó al suelo de pie, gruñendo, y su
compañera atacó la pierna de Joram, que retrocedió asustado ante la
ferocidad de aquellas criaturas.
Granto atacó al líder ignorando al carcaje que colgaba de su brazo.
Lanzó un golpe con su arma, pero aquel lo esquivó saltando al suelo.
Desde allí le gruñó mientras gruesos goterones de baba le goteaban.
Lanzó un par de ladridos al aire y esquivó otro golpe que abrió un
agujero en el asfalto sobre el que estaba hacía un momento.
Durante los siguientes momentos se vivió bastante confusión.
Entre gritos, gruñidos y maldiciones los dos recientes aliados
hicieron frente a su enemigo común. Joram y Granto acabaron
espalda contra espalda. Joram logró acabar con uno atravesándole el
costado con la punta de la lanza, pero el otro se mantenía cauto y
buscando su oportunidad. Granto logró herir al líder pero tras sufrir
varios mordiscos que ahora le hacían sangrar por varios sitios y
gruñir de dolor. A sus pies yacían tres cadáveres y ahora mismo solo
quedaban dos bestias, una ante cada uno de ellos.
Joram estaba muy cansado, la herida de la espalda no hacía más
que latirle con fuerza, y comenzaba a marearse a causa de la pérdida
de sangre. No podía ver la herida pero estaba claro que era más
grave de lo que pensaba. Sudaba profusamente y miró al riseño que le
enfrentaba, que sangraba por una de las úlceras de su piel y jadeaba
por el cansancio, parecía muy débil también. Joram se arriesgó y
asestó una punzada, esperando que el animal se apartara y él a su vez
variar el ángulo de ataque para sorprenderlo, pero el sorprendido fue
él cuando su lanza atravesó limpiamente al animal de parte a parte sin
que este hiciera amago de esquivar. Tembló unos instantes y murió
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sin emitir sonido alguno. Cuando sacó la lanza del cuerpo escuchó un
grito de Granto a su espalda. Se giró rápidamente para ver al
gigantón caer presa de nuevo de uno de sus ataques de dolor
quedándose indefenso ante el riseño que aprovechó la oportunidad
saltando en dirección a su garganta.
La lanza se clavó perfectamente en el costado mientras la bestia
estaba en el aire, chocó contra Granto, que cayó al suelo al recibir el
choque, y murió en el acto.
Joram se acercó a un lloriqueante Granto y le dio unos golpecitos
de ánimo en el hombro mientras se sentaba al lado suyo «Animo
grandullón, ya ha terminado».
Tras unos minutos, Granto pudo volver a actuar con normalidad. Se
sorprendió al ver al hombre sentado a su lado.
—¿Qué hace hombre Joram sentado a mi lado? ¿No me tienes
miedo?
—¿Miedo? Ahora mismo estoy agotado, dolorido y probablemente
la herida de la espalda me mate en poco tiempo, así que si quieres
acabar conmigo, hazlo ya por favor —y escupió hacia un lado. Luego
sacó su odre y bebió un largo trago.
Granto miró el cadáver atravesado ante él y volvió a mirar a
Joram con su cara retorcida en algo parecido a una sonrisa. «Has
salvado a Granto del gran carcaje. Granto no te matará esta vez».
—Pues no sé si agradecértelo o maldecirte —y como vio que el
grandullón no le había entendido añadió—: y tu deberías mirarte esos
mordiscos rápidamente, son venenosos.
Granto miró sus heridas y rió con voz cavernosa. «No dolerán más
que unos días y luego se curarán. Granto no muere fácilmente».
Pasó una hora durante la cual el Sol siguió ascendiendo en el cielo
y comenzó a notarse el calor. Ciudad adentro los edificios en pie
proporcionaban sombra y frescor, pero aquí en las afueras había
pocos sitios donde guarecerse. Se acercaron al escondite de Granto y
allí el hombre pudo usar unas vendas que llevaba en la bolsa junto con
un potingue que aplicó a las que iban a estar en contacto con su
herida mientras Granto le observaba sin decir nada. Cuando terminó
de vendar su espalda se acercó a él y le vendó las heridas que
presentaban peor aspecto. Ninguno habló. Salió afuera y recogió sus
139
armas. También recogió el hasta entonces olvidado cadáver del gato
pardo y lo levantó en dirección a Granto:
—Este me lo llevo, creo que me lo he ganado.
La respuesta fue otra carcajada.
Cuando se marchó se giró por última vez hacia su anterior
enemigo. Le vio observarle desde la entrada de la ruina que le
escondía del Sol. Levantó uno de sus musculosos brazos y le saludó
una vez. Pudo ver el dolor que le producía el movimiento.
Se quedó pensando seriamente un buen rato. Granto a su vez se
preguntaba qué hacía el estúpido hombre Joram allí plantado en vez
de irse, mirándole fijamente. Creció la rabia en él de nuevo y se sintió
desafiado. Estaba pensando en coger su arma cuando le escuchó
decir:
—Me arrepentiré de esto, y es probable que me maten cuando
llegue al asentamiento, pero hoy nos hemos ayudado mutuamente.
Quizá no te maten, pero esas heridas te duelen mucho y en mi
asentamiento hay un tecnochamán que puede ayudar a que se curen
bien. Ven conmigo, aquí estás solo.
Al caer la tarde, el recolector llegó al poblado. Refugioseguro se
extendía al pie de una cadena montañosa. Varias decenas de cabañas,
construidas con una amalgama de materiales recogidos de la
naturaleza o de la ciudad albergaban a la población. Unas doscientas
almas sobrevivían en el caluroso valle seco, luchando contra la
escasez día tras día.
Cuando los vigías avistaron a Joram dieron el aviso para que
abrieran las puertas. Cuando vieron el enorme bulto que le
acompañaba cubierto por unas telas para protegerle del Sol se
quedaron boquiabiertos, y cuando vieron entrar a ambos y
descubrieron que el recolector había traído hasta Refugioseguro a un
merodeador cundió el pánico.
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Juani G Costa. Nació en Mazarrón (Murcia) Un pequeño rincón del
mar Mediterráneo del que se siente navegante. Su niñez la vivió en su
Mazarrón natal. La adolescencia y juventud en Barcelona y en la
actualidad reside en Alicante. Necesita la luz y el color del
Mediterráneo para respirar, aunque ama las montañas, nunca podría
vivir lejos del mar.
Su amor por la lectura le viene desde muy joven, gracias a su
madre.
Sin embargo la escritura no la descubrirá hasta pasados los
cuarenta. Tiene mucho que contar, pero no sabe cómo hacerlo.
En 2010 se inscribe en un taller de escritura creativa y es ahí
entre construcción de personajes, estructuras, narrador, tiempo
verbal… donde comienza su apasionante historia con la escritura.
A pesar de su corta andadura en el mundo de la escritura, ya son
muchas las satisfacciones que de él ha recibido.
En 2011 ve la luz, por primera vez, un relato suyo en un libro.
Impulsado por el taller de escritura en el que participa.
Manda un relato al concurso de Relatos Urbanos, promovido por la
asociación de libreros de Alicante y su escrito es seleccionado entre
más de 450 obras, para formar parte del libro que esta asociación, en
colaboración con la Editorial del Club Universitario, edita.
En 2012 manda un relato al concurso Mujeres en la Vida Pública
del ayuntamiento de Valencia, está a la espera del fallo del jurado.
Se inscribe de nuevo en el taller de escritura, para seguir
adquiriendo nuevos conocimientos, que le ayuden a seguir adelante
con esta aventura que ha comenzado.
Y escribe este nuevo relato que tenéis en vuestras manos. Un
homenaje a tantos y tantos, hombres y mujeres que han tenido que
abandonar su tierra, familia amigos… Para ir en busca de una vida
mejor.
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Regreso a sus orígenes
Dedicado a todos los hombre y mujeres
que han dejado atrás sus raíces para ir
en busca de una vida mejor
El tren avanzaba por la llanura manchega, en su interior una mujer
se debatía entre escuchar su cerebro o su corazón.
Marta había realizado este viaje en múltiples ocasiones, desde que
su padre, huyendo de las sequías y las miserias del campo, había
emigrado con toda la familia a Barcelona. Pero este no era un viaje
más, no era un viaje de vacaciones, como los que solía hacer en
agosto, para pasar los veranos junto a sus abuelos, en este viaje
debía tomar una decisión que le cambiaría la vida.
Por fin, tras más de siete horas de viaje, llegó a aquella estación
de tren que tan bien conocía, buscó a su primo entre la gente, pero no
lo encontró. Detrás de ella escucho una voz familiar.
—Hola Marta —la saludó Pablo—. He venido yo a recogerte porque
tu primo, sintiéndolo mucho, no podía hacerlo.
Se saludaron con un beso en la mejilla, el leve roce hizo que Pablo
se azorase, la miró sin disimulo, a sus cincuenta y cinco años seguía
siendo bellísima, lo que había perdido en juventud, lo había ganado en
elegancia. Ella había sido el sueño de todos los chicos del pueblo: la
ondulada melena negra, que solo ella sabía mover como abanicos en las
tardes de verano; las largas y bien contorneadas piernas y esos
grandes ojos verdes, la hacían parecer una diosa. Pero entre todos
los chicos que la rondaban, ella lo eligió a él, Pablo había sido su
primer amor.
Cuando los padres de Marta decidieron llevar a su familia a
Barcelona, en busca de una vida mejor, Marta suplicó a sus padres
que la dejasen con sus abuelos, no quería, no podía alejarse de su
amor.
—No me puedo ir —les dijo a sus padres—, sé que tan solo tengo
quince años, pero también sé que él es mi verdadero amor y temo
perderlo si ahora me voy.
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Sin las miradas, las palabras y las caricias de Pablo, ella se sentía
morir. Pero su padre fue tajante en eso, toda la familia junta iría en
busca de una vida mejor.
El día que partieron, los padres de Marta llevaban las viejas
maletas ligeras de equipaje, en ellas apenas había unas mudas nuevas
que sus abuelos les habían comprado para el viaje. Pero cargadas de
esperanzas ante un futuro mejor para sus hijos. Para pagar el viaje,
el alquiler del primer mes y alimentarse hasta que cobrasen el primer
sueldo habían tenido que vender las tierras y el rebaño que poseían,
lo único que siguieron conservando fue su casa, la casa que ellos
mismos, con sus propias manos habían construido para casarse.
Hacía cuarenta años que Pablo, con ojos llorosos, la había
despedido en la misma estación que hoy la recogía, a la mente de
ambos acudió aquel recuerdo, pero los dos guardaron silencio. Se
dirigieron al coche, durante unos largos segundos continuaron
callados, fue Pablo el primero que empezó a hablar.
—Qué guapa estás, cómo pude dejarte escapar, que tonto fui —le
dijo, mirándola con verdadera admiración y cariño.
—Sí, me dejaste por otra, pero creo que has ganado con el cambio
—le contestó Marta a la vez que reía con esa risa tan suya, alegre y
franca.
Los primeros meses en Barcelona fueron duros para toda la
familia, pero especialmente para Marta, atrás había dejado a sus
amigas y confidentes, a sus primos, abuelos… pero sobre todo había
dejado a Pablo, a su amado Pablo.
Corrían los años setenta cuando llegaron a Barcelona. Su padre
encontró trabajo en Corberó, una fábrica de electrodomésticos,
mientras que su madre lo hacía en una portería cercana a las Ramblas,
el trabajo de su madre les permitía vivir en la portería de forma
gratuita y ahorrar el dinero de la vivienda. Marta, por su parte,
trabajaba por las mañanas, vendiendo fruta en el conocido mercado
de la Boquería y por las tardes estudiaba. El trabajo le obligaba a
levantarse de madrugada para preparar el puesto de fruta antes de
que abriesen el mercado, cuando cerraban debía limpiar e irse
corriendo a casa para comer rápido y marcharse a la academia, que
con tanto esfuerzo pagaban sus padres. Por aquella época, en
Barcelona, no había suficientes plazas escolares, con lo que los
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padres que querían que sus hijos estudiasen, debían pagar academias
particulares que se enriquecían a costa de familias de clase humilde.
Sin embargo y, pese al cansancio acumulado, Marta se encerraba
todas las noches en la habitación que compartía con Sandra, su
hermana pequeña, y allí bajo una luz tenue, que utilizaba para no
despertar a la pequeña, le escribía a Pablo cartas llenas de amor, de
añoranzas y deseos de reencuentros.
Pablo esperaba las cartas de Marta con verdadero anhelo, ellas le
hacían vivir, porque era lo único que tenía de su amada y le hacían
morir, porque en ellas Marta le hablaba del pesar que sentía por esta
separación. Pablo pensó en abandonar todo, e ir, cual caballero
salvador, al encuentro de su amada, pero su sentido de
responsabilidad se lo impidió. Su padre padecía una rara enfermedad
muscular, que le imposibilitaba para realizar los trabajos del campo,
por ello, a sus dieciocho años, él, junto a su madre, se tuvo que hacer
cargo de las labores de labranza y la granja.
Al acabar el bachiller Marta se matriculó en la universidad, iba a
cursar estudios de periodismo. Sus padres que habían ido guardando,
no sin esfuerzo, todo lo que ella había ganado en el mercado, unos
días antes de que empezara la universidad, le dieron el mejor de los
regalos que ella, a lo largo de toda su vida, recibiría.
—Oye Marta — le dijo su madre—, tu padre y yo hemos ido
ahorrando todo lo que tú ganabas, para que llegado este momento, tú
puedas dedicarte plenamente a estudiar.
Marta comenzó a llorar.
—Sois los mejores padres —les dijo, a la vez que los abrazaba—,
por mí y por mis hermanos tuvisteis la fuerza de cambiar vuestra
vida, para darnos a nosotros una mejor, de abandonar vuestra casa,
vuestras raíces… Por ello os doy las gracias, os quiero, me habéis
hecho la persona más feliz del mundo, os prometo que no os
defraudaré.
Y no lo hizo, el primer año obtuvo unas notas excelentes, ayudaba
a sus hermanos con los deberes, a su madre en la casa y aun le
quedaba tiempo para dar clases a dos niños del vecindario. Cada vez
estaba más integrada en la ciudad que los había acogido, tenía dos
amigas que había conocido en la universidad, al principio sólo quedaba
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con ellas para estudiar, pero poco a poco se fue incorporando a otras
actividades que ellas realizaban.
Montserrat y Nuria, las dos nuevas amigas de Marta pertenecían a
un grupo excursionista. Formado por jóvenes, en su mayoría
universitarios, hijos de trabajadores que sabían el esfuerzo que
habían tenido que hacer sus padres para que ellos pudiesen llegar a la
universidad. En las largas noches de montaña, junto a la hoguera,
todos contaban los esfuerzos que sus padres realizaban.
—Mi padre ya lleva tres semanas de huelga —decía Miguel, uno de
los chicos—, gracias a que mi madre está en otra fábrica trabajando
y que yo después de la universidad me voy a descargar camiones, pero
mi padre tiene compañeros que viven de lo que le dan los familiares y
los familiares poco pueden dar.
—Sí, en el metro he visto grupos de trabajadores pidiendo, para
poder continuar con la huelga —apostillaba otra de las chicas—, yo les
hubiese dado algo, porque conozco bien lo que es que tu padre esté
sin trabajo, pero, como vosotros bien sabéis, he podido venir aquí
porque me habéis pagado el viaje.
—No basta sólo con hablar —continuó Carlos—, no podemos
mantenernos indiferentes, nuestros padres están luchando para
conseguir unos derechos que en otros países ya hace décadas que los
tienen —se quedó callado mirando el fuego, todos sus amigos le
observaban en completo silencio, por fin continuó—: no os dais cuenta
de que lo que nuestros padres siembren, es lo que vamos a recoger
nosotros.
Marta, que durante toda la alocución de Carlos había estado
pensando en sus abuelos, se sorprendió a si misma diciendo:
—Estoy de acuerdo con Carlos, no podemos seguir mirando hacia
otro lado, debemos estar junto a aquellos que luchan por los derechos
de todos —y continuó—: mis abuelos guardeses de una finca no han
tenido nunca un día de fiesta, ni unas vacaciones y ahora, a su vejez,
deben seguir trabajando porque no tienen paga de jubilación, ni
ningún otro derecho. Cuando no puedan más se tendrán que ir con un
hijo, porque ellos habiendo trabajado toda la vida de sol a sol, no les
queda nada de retiro.
Formaron un grupo de apoyo a trabajadores en huelga: les
distribuían las octavillas, hacían rifas para conseguirles dinero, les
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informaban y sobre todo le daban apoyo moral. En ocasiones estas
actividades les suponían un grave peligro, la dictadura franquista
estaba tocando a su fin, pero todavía había una enorme represión
policial.
A Pablo lo seguía queriendo muchísimo, pero ya no le escribía
tanto, ya no tenía la necesidad de contarle todo y hasta en ocasiones
sentía que él no la entendía. Sus vidas se iban separando. Fue él,
consciente de ello, el que dio el primer paso. Fue a verla a Barcelona,
no quería, no podía esperar más, debía decirle todo lo que sentía
mirándola a los ojos.
Marta regresaba de la universidad cuando lo vio a lo lejos, corrió
hacia él.
—Hola qué sorpresa —le dijo, a la vez que se colgaba de su cuello
—. ¿Qué haces tú aquí?
—Ver a la chica más guapa de toda La Mancha y Cataluña —le
contestó.
—No, en serio, cómo has venido sin avisarme.
—Marta debemos hablar sobre nosotros y nuestro futuro y esto
quería hacerlo frente a frente.
—Sí, tienes razón, lo hemos estado aplazando, pero debemos
hablar.
Se sentaron en una terraza alejados de la gente y hablaron
durante horas.
—Tú eres y siempre serás —le decía Pablo— mi primer gran amor,
ese puesto nadie, nunca te lo podrá arrebatar. Cuando en mi vejez
piense en el amor pensaré en ti, porque contigo aprendí a amar, a
besar, cómo voy a poder olvidar el primer beso de amor, el calor de
tus labios sobre los míos, las primeras caricias a escondidas. No
Marta, yo nunca te podré olvidar. Pero sé, que aún queriéndote con
locura, esto ha llegado al final. Tu vida y la mía son totalmente
distintas, tú has iniciado un camino que debes seguir recorriendo y,
yo no puedo seguir esperando algo que siento que no va a llegar. Tú es
difícil que regreses al pueblo y yo tengo en él unas obligaciones que
no puedo abandonar. Marta, me siento muy solo, necesito tener cerca
de mí a una persona que cuando esté triste me consuele y que cuando
esté contento, pueda compartir con ella esa alegría.
146
Marta entendía lo que le ocurría a Pablo, ella misma se había se
había planteado muchas veces su futuro junto a él y siempre lo veía
muy difícil.
Cogidos de la mano recorrieron la distancia que les separaba de la
casa de Marta, al verlos llegar, su madre que se encontraba en la
portería, se quedó muy sorprendida.
—Qué —le dijo esta, dirigiéndose a Pablo— ¿no has podido
aguantar hasta el verano para ver a tu chica? —y añadió—: cuando
suba me pones al tanto de cómo va todo por el pueblo.
Les contaron todo a sus padres, estos se entristecieron mucho,
porque le tenían un gran afecto a Pablo, pero lo entendieron.
—No os ocultamos que tu madre y yo habíamos hablado muchas
veces de vuestro futuro en común y, la verdad, lo veíamos bastante
complicado —les dijo su padre.
Se fueron toda la tarde a visitar Barcelona, querían volver a
recorrer, una vez más, las calles y plazas del barrio gótico, que tanto
les gustaban. En la plaza de Sant Josep Oriol, a petición de Pablo, un
pintor le hizo un retrato a Marta.
—Guárdalo es mi regalo y si un día vivimos juntos, lo pondremos en
nuestra casa y, si nunca lo hacemos, este retrato te recordará
siempre a mí —le dijo Pablo.
Marta siempre tuvo este retrato en el mejor lugar de su casa.
Por la noche Marta le presentó a sus nuevos amigos, a todos ellos
les cayó muy bien. Hablaron del campo y sus dificultades, de los
problemas y ventajas de la gran ciudad, pero también hubo tiempo
para las risas y la diversión. Al despedirse Pablo les invitó a todos
ellos a conocer su pueblo. Al día siguiente Marta lo acompaño al tren,
se besaron, ese sería su último beso de amor, se abrazaron fuerte
hasta que Pablo tuvo que subir al tren. En el andén Marta continuaba
con el brazo en alto mucho después de que el tren hubiera
desaparecido. Le había dicho adiós a su gran amor.
Se volvieron a ver en el verano. Pablo fue a buscarla en cuanto que
tuvo conocimiento de su llegada, quería decírselo él, antes de que se
enterase por otros.
—Isabel y yo desde hace algún tiempo nos vemos más a menudo,
nos estamos dando una oportunidad — le dijo nerviosamente—. Me ha
147
costado decírtelo, porque temía que tú, aunque lo nuestro acabó hace
ya más de tres meses, te pudieses sentir molesta —y añadió—: yo
nunca podría hacer nada que te hiciese daño.
—Nunca me has hecho daño y ahora tampoco —le contestó Marta
—. Eres el hombre más considerado, tierno y cariñoso que he
conocido —y para romper la tensión añadió en tono jocoso—: ¡¡pero te
has dado mucha prisa en sustituirme por mi mejor amiga!!
Siguieron hablando durante horas, Marta le confesó que ya intuía
algo, Isabel, amiga de Marta desde pequeñas, se lo había ido dejando
ver en sus cartas.
—Al volver de Barcelona —le contó Pablo— me sentía triste,
abatido. Me refugié en Isabel, ella me sabía escuchar, poco a poco me
fui acostumbrando a su compañía y llegó un día en el que me di cuenta
que volvía a reír junto a ella, que cuando no estaba la necesitaba…
Carlos, el amigo de Marta, con la excusa de la invitación de Pablo,
un día se presentó en el pueblo. Vino como amigo, en ningún momento
le habló a Marta de amor.
—Tu amigo Carlos bebe los vientos por ti —le dijo un día Isabel a
Marta, cuando se bañaban en el río—, él tan hippie, tan defensor del
amor libre está colado por ti, no ves como te mira, no lo quiere
reconocer, pero su corazón late fuerte por ti.
—¡¡Anda Isabel!! No seas lianta, es un buen amigo que ha venido
porque lo ha invitado Pablo —le contestó Marta y añadió riéndose—:
tú lo que quieres es liarme con uno, porque me has quitado el novio. —
Las dos rieron chapoteándose agua.
Fue un verano maravilloso, el verano que cerraba el ciclo de la
juventud. Ya ningún otro verano sería tan alegre para ninguno de
ellos.
Marta regresó a Barcelona, pronto llegó el invierno y con él, una
dura huelga en la fábrica donde trabajaba su padre. El comité de
empresa durante semanas había intentado dialogar con la empresa,
pero ante la intransigencia de esta, habían decidido en asamblea ir a
la huelga. La huelga duraba ya casi un mes, las fuerzas flaqueaban, el
cansancio, el frío y la escasez económica hacían mella en los
trabajadores. Era la estrategia de la empresa: deteriorarlos, para
que una vez hundidos, aceptaran las condiciones que ella les imponía.
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Marta y Carlos que siempre estaban con ellos, fueron detenidos,
golpeados y fichados por la policía.
La detención no los amilano, al contrario, siguieron ayudando a los
que los necesitaban, si cabe, con más fuerza.
Al acabar sus carreras, Carlos se especializó en temas laborales,
defendiendo, siempre a los más desprotegidos. Marta, por su parte,
se dedicó a escribir en un periódico denunciando las injusticias. En
España comenzaba, tímidamente, la democracia y ya se podían
denunciar, públicamente, algunos atropellos.
Pasados los años se fue a trabajar a otros países más
desfavorecidos, siempre denunciando las injusticias, en más de una
ocasión su seguridad se vio seriamente comprometida. En uno de
estos viajes conoció a Marcos, médico de una ONG. Por él se quedó a
vivir en Guatemala. Marcos fue su amor de madurez, con él descubrió
el amor en toda su plenitud.
Durante el día vivían por y para los demás, Marta escribía en
periódicos locales, era la voz de los que no podían hablar y daba
clases a niños del pueblo. Mientras que Marcos atendía a los
enfermos. Al llegar la noche los dos se tumbaban muy juntos y se
contaban lo acaecido durante el día. Disfrutaban cada momento que
vivían juntos, escuchaban música, a los dos les gustaba la misma,
leían… pero sobre todo hablaban, siempre tenían cosas que decirse.
Marcos pasaba consulta en un orfanato cercano y Marta, siempre
que podía, lo acompañaba para echarles una mano a los escasos
cuidadores. Unos de esos días vieron al final de la escalera a una niña
de unos tres o cuatro años, estaba sentada sobre los peldaños,
abrazándose las piernas, recogida sobre si misma y llorando
calladamente. Impresionaba la cara de tristeza de aquella pequeña,
Marta se le acercó.
—¿Qué te pasa?, ¿por qué lloras? —le pregunto.
—Lloro porque quiero unos papas.
La niña lloraba porque, después de estar unos meses en una casa
de adopción, los padres adoptivos, al comprobar que tenía una
pequeña lesión en el corazón, la habían devuelto al orfanato.
Aquella noche Marta y Marcos hablaron largamente sobre la
pequeña y tomaron una decisión. Al día siguiente llegaron al orfanato
temprano y tras hablar con los responsables del mismo, fueron a
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buscar a la pequeña. La encontraron en el patio, separada de los
demás niños, recogiendo pequeñas piedrecillas. Marcos la cogió en
brazos y le preguntó:
—¿Nosotros te gustamos como papás? Porque tú a nosotros sí que
nos gustas como hija —y añadió—: ¿Quieres ser nuestra hija?
Como respuesta Lucía, ese era su nombre, le dio un sonoro beso y
escurriéndose de Marcos fue corriendo hacia los brazos de Marta.
La niña era un amor de criatura y se criaba sin ningún problema, la
pequeña lesión de corazón era un leve soplo, que al crecer
desapareció. Regularmente viajaban a España para ver a la familia y
amigos, todos ellos estaban encantados con la pequeña Lucía.
Eran inmensamente felices hasta que el fatal destino se llevó a
Marcos. Llovía de forma torrencial la noche que vinieron a buscarle,
para que fuera a ver un niño que tenía fiebre y convulsiones, en un
poblado de alta montaña. Marta le dijo que no fuera, que ya no podría
pasar, que los riachuelos estaban desbordados. Pero él no la escuchó,
su deber de socorro prevalecía sobre todo lo demás.
Ya no volvió a sus brazos, a su amor. El vehículo en el que viajaba
fue arrastrado por las aguas y con él todo un mundo de proyectos, de
ilusiones.
Carlos, su gran amigo, viajó a Guatemala e hizo todos los trámites
que ella no tenía fuerzas para hacer. Marta que destacaba por su
gran fortaleza se quedó pequeña, desvalida, sin energías para realizar
ni la más mínima gestión, ella solo se dejaba llevar.
Carlos se la llevó a ella y a su hija a Barcelona y allí al calor de su
familia, de sus amigos poco a poco fue recobrando la fuerza, la
serenidad. Empezó a escribir pequeñas crónicas, a salir más. Su hija
le dabas las fuerzas para continuar.
Un día les llegó, desde el pueblo, una propuesta de compra de la
casa de sus padres. Parecía una oferta tentadora, se iba a construir
un macro complejo y ofertaban por las tierras un precio muy superior
al que valían. Los hermanos se debatían entre conservarla, si bien era
cierto que hacían poco uso de ella, o venderla.
Marta decidió ir hasta el pueblo y verlo todo in situ, le iría bien y
así terminaría el libro dedicado a Marcos y a los que, al igual que él
habían perdido la vida por los demás.
150
Pablo la llevó hasta su casa, durante el camino habían ido hablando
sobre Isabel, sus hijos… Pero no fue hasta que llegaron a casa de
Marta, cuando Pablo le preguntó cómo estaba y le ofreció toda su
amistad y apoyo.
—Estoy mucho mejor — le contestó Marta— y todo gracias a
vosotros, mis amigos, mi familia. La verdad es que soy muy
afortunada por todo el cariño que me dais.
Pablo le había traído una cesta llena de verduras recién
recolectadas, huevos, pan y té de roca, que él mismo había recogido
en las montañas cercanas.
— ¡Uhh! té —dijo Marta, a la vez que lo olía—, cuántos recuerdos
me trae.
Entró en la casa, estaba impecable y olía a jazmines, el día
anterior Isabel lo había arreglado todo y había colocado ramitos de
esta flor. Subió a su habitación, miles de recuerdos se agolparon en
su mente, pasó casi toda la noche despierta pensando, pero feliz.
Aquella cama la había acogido en un abrazo tierno, que le devolvía la
paz.
A la mañana siguiente se levantó al amanecer, bajó a la cocina y se
hizo un té, su aroma le hizo evocar escenas y olores, que aunque
lejanos en el tiempo, le eran muy familiares: el olor a leche recién
ordeñada por su padre, para que su madre les hiciese a ella y a sus
hermanos el desayuno, el olor a leña de la vieja cocina, el olor que
desprendía el té que su padre siempre tomaba.
Tomó la humeante taza y fue a sentarse bajo el viejo parral,
compañero de tantas tardes de verano, recordó a su madre cosiendo
bajo él, a su padre bebiendo agua fresca del pozo, cuando llegaba
exhausto después de un día de trabajo duro en el campo, a sus
hermanos, y a ella misma, jugando... a sus abuelos…
Los primeros rayos de sol se colaban juguetones entre los
ramajes, a esta hora eran agradables, luego vendría el insoportable
calor de las horas centrales del día.
Los siguientes días los dedicó a ver a la familia; a pasear, al caer la
tarde, junto al río; a escribir y a reflexionar sobre su futuro y el de
su hija. Aunque esa decisión la tenía tomada, casi, desde el primer
día.
Habló con sus hermanos.
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—Yo creo —les dijo— que no debemos vender la casa, nuestros
padres pasaron verdaderas necesidades y no lo hicieron. Por otra
parte —añadió— es el legado que le dejaremos a nuestros hijos, no
debemos privarles de sus raíces.
Lo tres hermanos estuvieron de acuerdo en no vender.
—Creo que me voy a quedar a vivir aquí —le dijo un día Marta a sus
hermanos—, aquí me siento en paz y es un buen lugar para criar a
Lucía, como quería Marcos, en contacto con la naturaleza —y continuó
—: sé que nuestros padres tuvieron que salir de aquí huyendo de la
miseria, pero esto ha cambiado, ya todos los chicos van a estudiar a
pueblos cercanos, los medios de comunicación y de locomoción lo han
acercado todo.
A su hija le encantó el pueblo, acostumbrada a vivir en las
montañas, aquel lugar le era más próximo, le resultaba más fácil vivir
en él.
La macro urbanización, resultó ser un fraude inmobiliario, en el
que más de la mitad de los alcaldes de los pueblos interesados
estaban implicados. Ese fue el primer artículo, de muchos, que Marta
escribiría en defensa de aquella, su tierra.
152
Sonia Aracil Gisbert. Nació un día de invierno hace ya diecisiete
años, y a una edad muy temprana le encantaba que le leyeran cuentos
plagados de princesas, hadas y duendes. A medida que iba creciendo,
su afán por devorar cada vez libros más grandes hizo que comenzara
a experimentar probando a escribir una historia que reflejara todas
las ideas que por su mente pasaban. Un libro, sin embargo, fue el que
despertó en ella ese afán evocador e imaginativo, a partir del cual
cada novela se convertía en una aventura que sobrepasaba las letras
de las páginas. Desde entonces, aunque últimamente pocas veces, no
ha dejado de imaginar historias y de plasmarlas en un papel. Una de
esas veces, se atrevió a enviar uno de sus relatos a un concurso, y
acabaron publicándolo junto con otros varios. Capaz de leer cualquier
documento que caiga entre sus manos, esta joven dada a escribir
desearía poder tener una biblioteca donde poder colocar todos los
libros que ha leído y que le gustaría leer.
153
Sombras del pasado
El atardecer teñía el cielo de un color anaranjado, aún plagado de
sombras oscuras que amenazaban con extenderse. Junto al
embarcadero de aquella pequeña ciudad de Grecia se encontraba una
playa, vacía a causa de la fresca brisa que la primavera traía consigo.
Sin embargo, desde las barcas más cercanas a la orilla se podía
observar fácilmente una figura solitaria, sentada en la arena y de
cara al mar. Vestía ropas elegantes, y su cabello rubio y revuelto
ondeaba con la brisa que de vez en cuando agitaba su camisa. Entre
sus manos sostenía un libro, en apariencia grueso, y fijaba con
atención la vista entre sus páginas. De vez en cuando, levantaba los
ojos y observaba el horizonte, recreando lo que acababa de leer en su
mente e imaginando que vivía aventuras como las de los protagonistas.
Aleksander Rockefeller finalmente fue consciente de que la luz
iba desapareciendo poco a poco y cerró el libro con melancolía.
Ansiaba retornar a la lectura que tan apasionadamente lo tenía
inmerso, pero la luz era tan tenue que le era imposible continuar.
Se levantó y comenzó a caminar en dirección a la ciudad para
volver a sumergirse en la civilización y así quedar atrapado por la
vorágine humana. No obstante, mientras caminaba, pudo vislumbrar
por el rabillo del ojo una sombra y rápidamente giró la cabeza. Junto
a la orilla, había una figura que se adentraba hacia las profundidades
del océano con paso lento y seguro. Se podían adivinar unas curvas
femeninas bajo el vestido voluminoso que llevaba, y su cabello caía en
forma de cascada a su espalda. Sin embargo, esta visión duró
solamente unos segundos, pues la figura se desvaneció en cuando el
joven parpadeó.
Aleksander quedó boquiabierto ante esta visión, y su semblante se
tornó pálido. Con el corazón latiendo cada vez más rápido, se
encaminó con paso decidido lo más lejos posible de aquel lugar.
Cuando hubo salido de la playa, antes de continuar caminando hacia
su casa, se volvió y observó fijamente el lugar donde la figura había
desaparecido. Le pareció ver un destello en las aguas, y, sin saber por
qué, deseó volver a ver aquella silueta que había atrapado su visión y,
sin saberlo, su juicio.
154
La casa estaba sumida en un silencio sepulcral cuando Aleksander
entró por la puerta. Tan solo se escuchaba el sonido de las agujas del
reloj que se encontraba en el salón. Sin detenerse siquiera, ascendió
por las escaleras y se dirigió a su dormitorio. Una vez allí, encendió la
lámpara de noche y se tumbó en la cama, dispuesto a continuar con su
lectura. Sin embargo, sus pensamientos divagaron hacia aquella
silueta de mujer que había desaparecido.
Desde que era niño, siempre había soñado con poder ver alguna
vez una criatura mágica que le apartara de la rutina a la que estaba
sometido todos los días. Siempre había creído que existía algo más
allá de la realidad, y confiaba en que un día sus deseos pudieran
cumplirse. Imaginó que aquella silueta se adentraba en su habitación
y lo arrastraba hacia un mundo nuevo y mágico donde él pudiera ser
una persona nueva.
En ese momento, se escucharon unos pasos que ascendían
dificultosamente por la escalera. Un golpe secó acompañó uno de los
pasos, indicando que la persona había sufrido una caída. Aleksander
se incorporó y se situó en la entrada de la habitación. Ascendiendo se
encontraba una mujer que portaba los cabellos recogidos
fuertemente tras la nuca en un moño. Sus ropas se encontraban mal
colocadas, y sus pies desnudos temblaban levemente cada vez que
daba un paso. Desde el umbral de la puerta, Aleksander observó a su
madre con el ceño fruncido. No le sorprendió que agarrara una
botella de vodka en su mano derecha, de la misma forma que no quedó
anonadado cuando ella le dirigió una mirada vidriosa y vacía.
—Ah, estás aquí —susurró la señora Rockefeller con voz pastosa
—. Me voy a dormir —afirmó, mientras daba pasos tambaleantes
hacia su dormitorio.
—¿Cuándo llegará padre? —inquirió Aleksander, aun sabiendo de
antemano la respuesta.
—Mañana —respondió cortante—. Hay que madrugar y estar bien
—consiguió vocalizar, a pesar de que su voz y su capacidad de
expresión habían quedado influidas por el alcohol.
Aleksander asintió despacio mientras observaba como Raquel
Rockefeller entraba en su dormitorio y cerraba la puerta tras de sí
con un golpe seco, que sin embargo no causó que se cerrara del todo.
155
Al final del pasillo, justo al lado del dormitorio de sus padres, se
abrió otra puerta, desde donde asomó la cabeza un chico más joven
que Aleksander. Al observar que solamente estaba su hermano en el
pasillo, salió de su dormitorio y se dirigió al pequeño armario junto a
las escaleras, del cual extrajo de uno de sus cajones un par de
billetes.
—¿Qué haces, Myron? —preguntó Aleksander desde la puerta de
su habitación.
—Ha salido un juego nuevo y mañana iré a comprarlo —respondió
sin mirarlo, mientras los cabellos castaños le tapaban su cara
regordeta. Una vez concluido su propósito, volvió a entrar en su
habitación, cerrando la puerta tras de sí.
A Aleksander no le extrañó el curioso aislamiento que su familia
experimentaba en esos momentos, pues llevaba ya demasiado tiempo
sin poder cambiar nada en aquella familia.
Desde que su madre había comenzado a beber cuando su padre se
tenía que ausentar durante largas temporadas debido a su complicado
trabajo y para olvidar los problemas que le acarreaba ese matrimonio,
su hermano Myron se había recluido en sus videojuegos. No obstante,
esta situación cambiaría levemente en cuanto su padre llegara a casa
al día siguiente. Él volvería a poner en su sitio a su familia. Lo que
desconocía, era que ya era demasiado tarde para salvar la soledad
que embriagaba la casa, y que él mismo había caído en las garras de
otra forma de aislamiento.
A la mañana siguiente, Aleksander se despertó de golpe tras
haber sufrido una pesadilla. En ella, aparecía la silueta cada vez más
cerca, tanto que casi podía llegar a tocar el cabello que era ondeado
por el viento. Sin embargo, cuando fue a estirar las manos para
envolver los mechones entre sus dedos, la mujer comenzó a correr,
cada vez más rápido, perdiéndose de vista en la lejanía.
Se incorporó y descubrió el libro que estaba leyendo en aquellos
momentos junto a él, pues la noche anterior no había podido superar
la influencia del sueño. Cuando bajó a la cocina, sobre la mesa central,
había una serie de maletas lujosas dejadas con especial cuidado.
Desde la puerta que daba a la zona exterior de la casa entró un
hombre alto de cabellos claros y de porte majestuoso, vestido con un
156
traje de buena marca. Stephen Rockefeller no solía sonreír cada vez
que veía a su hijo. Guardaba sus sonrisas para aquellos empresarios
que escuchaban sus palabras, o para aquellos que adulaban su trabajo.
Sin embargo, en su propia casa, no era capaz de sonreír.
—Buenos días, padre —saludó Aleksander, consciente de que
solamente obtendría de él una mueca.
Ni siquiera le dirigió una palabra. Simplemente lo miró de arriba a
abajo y continuó caminando hacia la puerta que daba paso al vestíbulo.
En ese momento Raquel cruzaba en dirección a la cocina, lo que
provocó un choque entre ellos.
—Ya has llegado. ¿Qué tal el congreso? —inquirió la señora
Rockefeller a su marido. Cada vez él que volvía de sus largos viajes
por el mundo, Raquel se peinaba cuidadosamente y abandonaba la
botella para arreglarse y mostrar un aspecto decente que
complaciera a su esposo.
—Bien —respondió él vagamente mientras se disponía a seguir su
camino. Sin embargo, frunció el ceño mientras observaba una pequeña
mancha en la camisa de su mujer —: tienes la ropa manchada,
deberías lavarla con más cuidado —le reprochó, a la vez que se giraba
y continuaba caminando.
Raquel Rockefeller se quedó mirando a su marido desde el lugar
donde se encontraba situada mientras hundía los hombros y en su
semblante aparecía una mirada sombría y taciturna. Aleksander,
testigo de todo ello, sabía que esa expresión era lo que precedía a
que volviera a agarrar la botella. Y en efecto, se dirigió a la despensa,
donde había un armario destinado a las botellas de alcohol. Agarró la
primera botella de vodka que encontró y se dispuso a abrirla cuando
entones Aleksander, sabiendo la reprimenda que su padre le daría a
Raquel, le arrebató la botella de las manos.
—Padre está en casa, madre. Mejor será que no te vea —le dijo,
mientras volvía a colocar la botella en su sitio.
—¿Y qué más da? —respondió ella, dejándose caer al suelo e
intentando ahogar algunos sollozos que comenzaban a aflorar —. No
importa lo que haga mientras parezca perfecta.
Aleksander no respondió. Simplemente observó como su madre
comenzaba a derramar un par de lágrimas, mientras se abrazaba
fuertemente, intentando sujetar el alma que se le salía por cada gota.
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Se agachó y se colocó a su altura, mirándola a los ojos. Raquel le
dirigió una mirada triste y culpable.
—Yo sé que no me quiere —afirmó la señora Rockefeller.
Aleksander hizo ademán de contradecirla con el fin de consolarla de
alguna de las torpes maneras que se le pudieran ocurrir.
»No, déjame acabar —dijo, entre una orden y un ruego—. Creo que
ha llegado la hora de que te explique por qué me casé con él —hizo
una pausa para coger fuerzas mientras se limpiaba las lágrimas que
caían por sus mejillas—. A tu edad yo siempre quise ser artista. Me
ilusionaba ir a los museos de arte y hasta que no llegara la hora del
cierre no había quién me sacara de allí. Pero mis padres consiguieron
persuadirme de que fuera a la universidad, y así lo hice.
»Comencé a estudiar, aunque siempre encontraba algún rato libre
para ir a escuchar las conferencias que daban sobre pintura. Y fue
entonces, en una de esas charlas, donde conocí a Quil. Quil era un
escultor que vivía en un piso pobremente amueblado y pequeño, todo
desordenado y lleno de figuras y de trabajos a medio acabar. No
pude evitarlo: me enamoré de él. Me fascinaba su alegría de vivir y su
sonrisa. Sus ojos siempre me miraban directamente a la cara, no
como tu padre. Él me animó a continuar mi sueño de ser artista, y yo
comencé a creer que era posible.
»Cuando le di la noticia a mis padres de que iba a dejar la carrera
para estudiar Arte, no aceptaron mi decisión. De hecho, acusaron a
Quil de querer conducirme al fracaso. Y, quizá si hubiera seguido a mi
corazón, no hubiera acabado así… —tragó saliva y respiró hondo.
—Madre, no hace falta que me cuentes esto —le dijo Aleksander,
mientras por dentro le ardía la curiosidad.
—Aleksander, escúchame: es necesario que sepas esto —confesó
la señora Rockefeller, sin titubear y mirando a su hijo a los ojos—:
era joven y fácilmente influenciable, y consiguieron convencerme de
que no era lo mejor tirar mi futuro por la borda. Por tanto, seguí
estudiando mientras mantenía una relación con Quil, quien me
inspiraba y me amaba tanto o más como yo le amaba a él.
»Pasaron los años, y conseguí graduarme en la carrera que
eligieron mis padres y en un curso de arte de nivel medio. Mis padres,
para celebrar lo primero, organizaron una fiesta donde invitaron a
personas importantes de la provincia. Entre ellas, se encontraba tu
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padre, Stephen Rockefeller, que acababa de heredar la empresa
familiar. Nos presentaron y después, en la intimidad, me dijeron que
habían hablado con él y que le habían ofrecido mi mano. Yo me negué
rotundamente a comprometerme con él, un desconocido que con los
años se ha mostrado huraño y el padre que tú has llegado a conocer.
»Al día siguiente le dije a Quil lo que había pasado, y también que
mis padres conseguirían lo que se propusieran. Quil sugirió que nos
fugáramos, que viviéramos del arte y que comenzáramos una nueva
vida. Yo acepté la idea, y acordamos vernos en la estación de tren a la
mañana siguiente. Fui al colegio mayor de mi universidad y comencé a
recoger mis cosas. Sin embargo, mi padre acudió a verme y a intentar
persuadirme de que aceptara la proposición de Stephen. En un
arrebato de furia, le confesé mi idea de fugarme con Quil. Él, con un
semblante serio, hizo un par de llamadas de teléfono y me dejó
recluida en la habitación, sin poder salir, bloqueándome la salida junto
con dos guardaespaldas.
»Así pasamos el día entero, y para cuando me dejó salir de mi
habitación y pude acudir a la estación, no había ni rastro de Quil. No
volví a verle.
Raquel Rockefeller guardó silencio mientras Aleksander intentaba
asimilar la historia que acababa de escuchar.
—Madre, no hacía falta que me contaras esta historia —volvió a
decir Aleksander, sin saber exactamente el por qué de esta
repentina confesión.
—Te la he contado, hijo mío, porque si me casé con tu padre fue
porque me di cuenta de que estaba embarazada —soltó de golpe, sin
dirigirle la mirada a Aleksander.
El joven se quedó observando fijamente a su madre, sin saber
cómo tomarse esta información. Se levantó lentamente, desviando la
mirada de su madre al vacío. Raquel se levantó a su vez y se acercó a
él.
—Aleksander, escucha, si tenemos esta vida es porque no podía
ser una madre soltera, y prefería vivir a disgusto siempre y cuando tú
tuvieras una vida privilegiada—confesó, mientras gruesas lágrimas
volvían a derramarse por sus mejillas.
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—Me voy fuera —dijo con una voz neutral, mientras pasaba al lado
de su madre, la cual hizo ademán de abrazarle. No obstante,
Aleksander se apartó bruscamente de ella.
Mientras el joven salía de la casa cada vez a una velocidad mayor,
a su espalda Raquel Rockefeller agarraba una de las botellas de vodka
y la abría para luego llevarse a los labios directamente desde la
botella sorbos tan grandes como si de agua se tratara.
Aleksander echó a correr, cada vez a más velocidad, mientras
alguna lágrima discreta se dejaba deslizar por sus mejillas. Su cabeza
todavía no podía asimilar esta información que tan abruptamente
acababa de entrar en su vida. Sin embargo, lo que no podía sospechar
era que su corazón no querría abrirse nunca a abrazar la realidad que
su madre le había mantenido oculta durante tantos años. Por una
parte sentía un cierto alivio al saber que su supuesto progenitor no lo
era; y por otra parte, no quería cambiar el rumbo de su vida tomando
otro camino diferente al de su familia. No quería abandonarla para
seguir una vida dedicada al arte, como había hecho su padre biológico.
No soportaba la pintura ni la escultura, y verse emparentado con un
escultor no le inducía una gran emoción.
Sin darse cuenta, llegó hasta la playa, donde el sol se veía situado
justo sobre el horizonte, alumbrando tenuemente el ambiente que aún
se encontraba marcado por algunas sombras de la noche. Tomó aire al
llegar al paseo situado justo a su lado y observó como la gran esfera
solar ascendía con lentitud. Deslizó la vista hacia las aguas cuyas olas
rompían en la orilla suavemente.
Mientras recorría con la mirada la orilla del mar, pudo vislumbrar
una sombra que se deslizaba lentamente sobre la arena. En esa figura
volvió a descubrir el cabello oscuro y la silueta femenina que lo había
tenido cautivado durante ese día que había pasado. Sin pensarlo, se
adentró en la playa con sus mocasines y se dirigió velozmente hacia la
orilla. Conforme se iba aproximando hacia la sombra, podía ver más
detalles, como su vestido vaporoso de color blanco que ya había
notado anteriormente, y la delgadez de su figura. Cuando estuvo a
apenas dos pasos de ella y podía llegar a rozar la piel de sus brazos,
la joven se giró, y Aleksander quedó totalmente encandilado de ella.
Sus ojos azules como el océano se pusieron en contacto con los suyos,
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de manera que quedó inmerso en ellos y sintió como que se ahogaba,
pero de una manera que no le asustó, sino que le hizo sentir acogido
por la oscuridad de sus pupilas. Su tez era completamente lisa, y sus
facciones eran perfectamente lineales, lo que le daba un aire de
ligereza y perfección. Sus labios poseían unas formas perfiladas y su
color rosado resultaba sensual y atractivo a la vista.
Aleksander no pudo pestañear al observar tan espléndida belleza,
y quiso llegar a acariciar su suave piel. Sin embargo, cuando alzó la
mano para tocar lo que parecía el sueño de cualquier ser humano, la
joven se alejó de él en dirección al mar. Se adentró en sus aguas bajo
la atenta mirada de Aleksander hasta que sus rodillas quedaron
cubiertas. En ese momento, se giró y mediante una mirada que le
transmitió al joven sus deseos, él comenzó a caminar en dirección a
ella. Esa misteriosa muchacha representaba todas las aventuras, los
sueños y los deseos de los que Aleksander siempre había querido ser
protagonista, como lo eran los héroes de los libros que había leído.
Quizá esa afición por la magia, ese deseo por encontrar lo que se
esconde en el alma de las personas, viniera de su padre biológico, el
escultor que se esforzó en creer en un amor que no supo cómo llegar
a flotar y ser libre.
Ante este pensamiento, se colocó al lado de la muchacha, quien lo
observó con sus penetrantes ojos azules. A continuación, ella acarició
su brazo, provocándole un gran número de sensaciones. Desde que la
vio por primera vez había deseado acariciar su suave piel, y cuando
ella situó sus dedos en su brazo, sintió que volvía a nacer. La
muchacha le agarró la mano y juntó sus dedos con los suyos, mientras
comenzaba a dar algunos pasos en dirección a las profundidades del
océano. Él, sintiéndose como si estuviera tumbado sobre una nube, se
dejó llevar, siendo arrastrado cada vez más en dirección a un mar
adentro que se mostraba misterioso y a la vez amenazador. Una vez
que su cuerpo entero quedó sumergido dentro de las aguas, sintió un
último momento de pánico, sofocado por el beso que la joven le dio en
sus labios, causando que toda preocupación y sentimiento de
desasosiego y desazón desapareciera para siempre como una hoja
ondeada por el viento que no se sabe a dónde irá a parar.
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Desde el embarcadero, un navegante terminaba de soltar el
amarre al que estaba sometida su barca para disfrutar de un día de
soledad en alta mar. Sin pensarlo dirigió su mirada hacia el océano,
regodeándose de la suerte que tenía al poder disfrutar de aquel día
de libertad. En las cercanías de la orilla, pudo ver a una figura que se
adentraba en el mar. Conforme ajustaba la vista para poder ver
mejor, pudo descubrir a un chico joven que caminaba solo, estirando
su mano como agarrando algo invisible a lo que ferrarse para poder
soportar la realidad que cada día le martirizaba por dentro.
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Mamen Llavador. Nace un 28 de agosto en Alicante. Estudia
secretariado y ejerce como auxiliar administrativo. Escribe cuento y
rima infantil (CUENTOS A PAU) de los cuales tiene una extensa obra
y ganado en dos ocasiones el premio de relato corto «Cachivaches».
Ha publicado en diversas ediciones colectivas como «Relatos del
taller literario Alezeia» del Instituto Juan Gil Albert; «Palabras»,
«Versos y cuentos desde el otoño» y «Soledad de Soledades» de la
Universidad de Alicante y «Cosecha negra», de la editorial Agua
Clara.
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Una función, una actriz novata
y un actor con tablas
—Mañana estrenamos. Que nadie se ponga nervioso. Lo tenemos
ensayado y bien ensayado, no va a ver problemas. Tú, Inés, ya sabes,
templanza. No va a pasar nada. Así que todo el mundo esté tranquilo
—dijo el director dirigiéndose a los actores que iban a llevar a escena
unos micro relatos en lo que antaño fuera un prostíbulo.
La antesala es una barra donde el público toma un vino antes de
que comience la función. Unas pocas sillas ayudan a las personas a
soportar la espera, al tiempo que una pantalla informativa sobre la
pared frontal indica las obras con sus respectivos horarios. A la
derecha una escalera apenas iluminada desciende a las antiguas
habitaciones de las prostitutas, reconvertidas hoy en salas de teatro.
Una acomodadora irrumpe agitando una campanilla, es la manera de
anunciar el comienzo de cada obra. «¡Sala cuatro!» «¡Sala dos!»
pronuncia a voz en grito mientras hace sonar nuevamente la
campanilla. El público se agolpa, sin atropellarse. «No hablen alto»,
dice con voz imperiosa la acomodadora mientras guía a los
espectadores por la angosta escalera, y añade en el mismo tono:
«detrás de cada puerta se lleva a cabo una función». Todo el mundo
baja los escalones en silencio, pero algún que otro cuchicheo se deja
oír porque las paredes y escalones, pintados de negro, hacen más
confuso el lugar.
Inés es una de las protagonistas. Está nerviosa porque es su
primera actuación y va a interpretarla ante un público a pie de
escenario, un público que puede oír las palpitaciones e incluso el fluir
de su sangre.
Inés es de un pueblo del norte de Burgos. Un lugar donde el
contacto con el ganado es cotidiano, donde las mujeres llevan a sus
hijos pequeños a trabajar cuando van a la huerta y los acomodan a la
sombra de algún árbol mientras ellas arrancan las malas hierbas de
los bancales. Después, cuando regresan al hogar, se entregan a las
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labores domésticas y se pierden en la cocina trajinando con los
pucheros, para luego fregar, lavar y tender la ropa, mientras el
viento infla las faldas en los tendedores y las sábanas vuelan como
gigantescas gaviotas.
Escapó Inés de aquel destino contagiada por las maravillas que
contaban los que volvían de la capital. Mientras echaba la llave al
portón de su casa grabó en su retina los muros y la tierra envejecida
por los siglos. Recordó a sus padres, la enfermedad, las largas horas
de hospital, ella sola al pie de la cama... Ahora todo pertenecía al
pasado, nadie la retenía en aquel lugar y huyó para perderse en la
gran urbe. Su carácter retraído y falta de experiencia hizo que
huyese de hoteles para alojarse en pleno vientre de Madrid donde las
muchachas en la calle exponían sus cuerpos a las miradas de los
desconocidos.
La habitación donde se hospedaba se iluminaba de cuando en
cuando por el intermitente neón del burdel de enfrente. Desde allí
observaba a los clientes habituales que salían dándose los últimos
retoques. De vez en cuando unas palabras sin continuidad llegaban
hasta ella: «Hombre, qué casualidad, con lo grande que es Madrid…»
escabulléndose la frase entre los transeúntes.
El tiempo corría como una maratón sin que Inés encontrase un
trabajo adecuado. En el comedor del hostal conoció a Aurelio, de
curtida piel, cuidada barba y aspecto elegante. Era actor en paro
«pero con grandes perspectivas de futuro» solía decirle. Recordó
Inés cuando se acercó a su mesa con un descaro asombroso
invitándose gratuitamente. En aquel momento lamentó no haber
tenido arrestos para escapar de aquel abordaje con cualquier excusa
y, sin ella misma darse cuenta, fue apoderándose de su confianza.
Todavía no se explicaba cómo pudo vencer su timidez ni por qué
comenzó a encargar dos menús. Aurelio hablaba y ella lo escuchaba
con entusiasmo pues le rondaba en la cabeza la posibilidad de ser
actriz. No se le daba mal, al menos es lo que decían en el pueblo
cuando participaba en las funciones organizadas por La Casa de la
Cultura.
Después de patearse la ciudad en busca de trabajo, en Madrid el
dinero merma de una manera alarmante, se reunía con Aurelio en el
comedor del hostal. Conforme pasaban los días se dio cuenta de que
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era un hombre calculador y nada hacía gratuitamente. Un día le
comentó el proyecto de una productora que quería montar un teatro
exprés aprovechando el local de un prostíbulo en decadencia. Uno de
los guiones versaba sobre la obra Padre y hermana de Anna R. Costa.
La productora buscaba gente profesional que fuese capaz de actuar
frente a un público joven, entendido y exigente.
—Figúrate Inés, la idea es genial porque la gente podrá escoger el
tiempo que desee pasar en el teatro. Y no me vengas con que estamos
en crisis porque vernos actuar por cuatro euros está al alcance de
cualquiera. Eso de que no voy al teatro porque no tengo dinero ya no
va a servir de excusa, o lo de que no voy al teatro porque no tengo
tiempo tampoco, porque cada obra durará un máximo de veinte
minutos.
»Si te atreves te recomiendo —le dijo de repente—. Todo un lujo
para ti y el guión es sencillo, muy corto. Me da la impresión de que
tienes madera interpretativa y que conste que no suelo equivocarme,
para eso tengo buen ojo —concluyó a la espera de una respuesta.
Dicho así a Inés le asustó la idea pero pensándolo fríamente
aceptó. Por probar no perdía nada. Quién sabe, quizás Aurelio llevase
razón, podría ser la oportunidad de su vida.
Inés, tan delgada y esbelta, con aspecto frágil e inocente y su
cara angelical era ideal para el papel que le asignaron, el de una
hermana misionera. Aurelio sería su partenaire en el reparto, su
complexión fornida, y su inteligente mirada encajaba a la perfección
en el de cura párroco. Durante los duros ensayos tuvieron el primer
escollo: Monseñor Rouco puso el grito en el cielo solamente por llegar
a sus oídos el título: «Una hermana en apuros acude con urgencia al
padre confesor». Con la colaboración de Intereconomía y La Razón,
difundió la voz de alarma. La productora estaba de enhorabuena
porque, sin comerlo ni beberlo, ese morbo atribuido les proporcionaba
publicidad gratuita. En un pis pas, se agotaron las entradas.
Y llegó el día del estreno.
El decorado simulaba una iglesia: un tapiz sacro ocupaba toda la
pared frontal, lo primero con lo que tropezaba la vista del
espectador; en el ángulo izquierdo una peana con una capilla portátil,
de esas domiciliarias, ranura incluida para la limosna; en el ángulo
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derecho una mesita con una lamparilla que da luz al recinto; cuatro
bancos de iglesia con capacidad para seis personas cada uno, el
primero ocupado por los actores, un cura y una hermana misionera
con su hábito blanco impoluto. Los tres bancos restantes para los
espectadores, no más de dieciocho (máximo que admitía el
habitáculo).
Se encendieron las luces del escenario: la hermana misionera se
supone que acaba de llegar de África enviada a recabar fondos para
la misión…
Comenzaba así el guión:
—Dime, hija mía —dijo el padre confesor—, en qué te puedo ser
útil.
—Padre, no me voy a andar con remilgos. Voy a ser clara y concisa:
la congregación está pasando momentos muy duros. Necesitamos
urgentemente ayuda económica —responde Inés sin titubear.
—Hija mía, yo bien quisiera… —se excusa Aurelio saliendo del
confesionario. Con unas palmaditas en la espalda de Inés agrega—:
pero mi parroquia es pobre y yo sólo soy un humilde pastor de la
iglesia —responde Aurelio, serio, aparentando humildad.
—Pero padre, nosotras necesitamos dinero. Nos han retirado las
ayudas y para más escarnio, ahora quieren que paguemos el IBI por
nuestra CASA —se queja ella respetuosamente con voz quebrada.
—Sí, estoy al tanto, hija mía. Una injusticia más contra la iglesia.
Pero, ¿qué puedo yo hacer por vuestra congregación? —replica
Aurelio humildemente. Aunque sabía el guión al dedillo, sus ojos
desmentían la falsa humildad y su pensamiento evadía el guión
comiéndose a Inés con la mirada mientras evocaba el día que la
conoció: la encontró indecisa y pueblerina, con una timidez que rallaba
en la ñoñería. No estaba enamorado de ella pero tenía que hacérselo
creer para llevar a cabo la reacción que de ella esperaba.
—Padre, sabemos que usted tiene poder mediático y ha ayudado a
otras congregaciones publicitándolas. Colabore con nosotras, se lo
ruego por el amor de Dios —implora en esos momentos Inés
suplicando con ternura mientras acogía complacida las miradas de
amor que le lanzaba Aurelio.
—Hija mía, no es tan sencillo como tú crees. Necesitaré algunos
datos, el nombre de la hermana superiora…, vuestra misión en
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África…, cuántas misioneras sois… —mientras hablaba Aurelio iba
aproximándose, envolviéndola con sus palabras, parecía olvidado por
completo de la presencia de los espectadores.
—Eso no es problema, padre —dice Inés elevando la voz para que
se diese cuenta y volviese al papel que interpretaba—. Ahora mismo
conecto con la madre superiora —musita con temblorosa voz mientras
del hábito saca un iPhone que airea ante el público para llamar a la
cordura a Aurelio que, le parecía a ella, que estaba perdiendo el
papel. No reconocía la metamorfosis que se estaba operando porque
lo recordaba distante, frío y calculador. No en vano le contó todo lo
que había sufrido hasta hacerse un hueco dentro del mundillo del
teatro, sin estudios ni padrinos y trabajando duro en lo que se
presentase hasta llegar a donde ahora se encontraba. Por ese motivo
le extrañaba su comportamiento y a la vez, le abrumaba pensar que
ella era la causante de aquel descontrol.
Aurelio se percató de la insinuación y exclamó como si estuviese
realmente sorprendido:
—Vaya por Dios hermana, están ustedes a la última en tecnología.
Quién lo diría al verla a usted tan angelical.
En esos momentos, ante el asombro de Inés se escucha una voz en
off:
«Hermana misionera, has sido elegida para traer a este mundo al
Salvador».
Inés se quedó perpleja porque aquello no entraba en el guión.
Estaba tan confusa que miró con incredulidad a Aurelio sin saber qué
decir ni que actitud tomar. Y con voz estrangulada, desde lo más
profundo de su alma, pronunció mientras retrocedía hacia el rincón
opuesto:
—No, no puede ser, esto es una confusión. Yo no puedo, no estoy
capacitada…
«Precisamente hija mía, por eso has sido elegida. El párroco te
guiará en tu cometido»
Al notar el azoramiento de Inés, Aurelio se regocijaba. Todo
estaba saliendo a pedir de boca según lo acordado con el director de
la obra. Querían visualizar hasta dónde era capaz de improvisar como
actriz. Desorientada, Inés comenzó a gritar:
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—¡No veo, no veo! Padre ¡me he quedado ciega! —exclama mientras
unos lagrimones incontrolados se desprenden de sus cristalinos ojos.
Entre los espectadores no se escuchaba ni respirar. Aurelio
estaba azorado ante la escena protagonizada por Inés. Al verla tan
angustiada, algo muy vago y sutil se rebeló en su interior.
—Tranquila Inés, esto te sucede porque no tienes fe en mí —dice
Aurelio que, momentáneamente había dejado a un lado el papel de
cura párroco, pero como actor que era supo salvar la situación. Los
espectadores no se percataron de nada, absortos como estaban en la
interpretación de ambos actores.
—Querida, esto te sucede porque no tienes fe —repite—, sin fe no
irás a ninguna parte. La fe mueve montañas, querida mía. No puedes
ser tan inocente e incrédula ante la voz del Señor, padre celestial de
todos los pecadores. Déjate guiar porque Él sabe bien lo que se hace.
—Aurelio…, yo…, no… —tartamudea compungida. Fuera de control
no encontraba las palabras que justificaran su azoramiento.
—Sí ya sé, te comprendo. No sabes qué camino tomar, y confundes
hasta mi nombre. Yo no me llamo Aurelio, soy el párroco. Me oyes, soy
el cura párroco —recalca con énfasis—. Deja ya de preocuparte, que
aquí estoy yo para indicarte el camino —con estas palabras y
acariciándola intentó tranquilizarla. Conduciéndola por la cintura la
guió hacia la capilla portátil para que se arrodillase acatando lo que se
le indicaba.
«Hija mía —seguía emitiendo la voz—, concebirás al Salvador por
obra y gracia del espíritu del párroco que, a partir de ahora, se
convertirá en tu fiel compañero para que no te desvíes de tu meta».
—Padre, usted sabrá… —balbucea Inés que intentaba coordinar el
caos que se había formulado en su mente. Trataba de volver al guión
pero cada vez que lo hacía surgía una nueva frase que la despistaba
todavía más. Deseaba que la función acabara, sus nervios iban a
explotar. Ya no resistían tanta presión.
—Claro que sí, hija mía. Por supuesto que yo sé. No te preocupes,
esto no es nuevo para mí —responde Aurelio con aplomo al tiempo que
recordaba cuando le propuso a Inés la idea de ser actriz:
«Necesitamos actores jóvenes, con ímpetu. Actores capaces de
enfrentarse a un público dentro del escenario».
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—Señor, hágase en mí según tu palabra —suspira Inés, los ojos
encharcados, en un acto de resignación. Aquello no tenía ni pies ni
cabeza e ignoraba la fórmula para salir airosa. Para más escarnio las
miradas de Aurelio la descontrolaban transportándola a paraísos
indescriptibles.
—Hija mía, me doy cuenta de que has vuelto a razonar. Ahora todo
será más fácil. Sécate esas lágrimas y déjate guiar —le dice
totalmente arrebolado ante la imagen virginal del semblante de Inés.
—:¡¡¡Padre, veo!!! ¡¡Veo!! ¡He recuperado la vista y la noción del
tiempo! —exclama frotándose los ojos con energía, al tiempo que se
sobresaltaba a sí misma al confundir guión y realidad. Totalmente
atónita por la catarsis, no daba crédito a las secuencias que estaba
viviendo.
—Hija mía —responde Aurelio, satisfecho del cariz que había
tomado la interpretación. Cruzando las manos beatíficamente,
argumentó —: ¿ves?, todo tiene solución en la vida cuando se es
creyente. Ahora tienes fe en mí y eso es lo que importa —puntualizó
pletórico, mientras la ayudaba a incorporarse conduciéndola con
ternura hacia la mesita del rincón del escenario.
A Inés, que sentía el contacto de Aurelio sobre su carne, le iba y
le venía rubor tras rubor proporcionándole un aspecto inmaculado
como si de una auténtica y angelical novicia se tratase.
—Padre, por favor se lo pido, dele al interruptor y apague la luz
que me da muchísima vergüenza.
Al hacerse la oscuridad sucedió lo impredecible, una simbiosis se
produjo entre ambos actores que, atraídos por el imán de la pasión,
se abrazaron asfixiadamente. Con las luces apagadas los
espectadores en sus bancos aguardaban el desenlace mudos de
expectación. Un golpe seco rompió el silencio de la sala y al momento
las luces del escenario se iluminaron poniendo al descubierto la
escena final.
Inés no había podido resistir tanta emoción: había caído
desmayada con tan mala fortuna que dio con la cabeza en el canto del
banco produciendo un sonoro golpe, lo que fue entendido por los
espectadores como el final de la obra. El público entusiasmado,
puesto en pie, ovacionaba a los actores sin percibir el caos y desastre
que habían presenciado. Mientras Inés permanecía aún en las
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tinieblas del impacto incapaz de incorporarse, Aurelio caminaba
desconcertado por el escenario con los brazos elevados agradeciendo
en voz alta, no los aplausos del público, sino la suerte de que la
desgracia no hubiese sido mayor.
Al día siguiente la crítica elogiaría la obra y la prensa se haría eco
del rotundo éxito de aquellos dos actores para nada conocidos. Por
todo Madrid se correría la voz y nadie querría quedarse sin ver la
función.
Aurelio era consciente de que en adelante habrían de esforzarse,
noche tras noche, en repetir fielmente su ópera prima y, como un
encantador de serpientes quiso hipnotizar a Inés, pero ella, con el
impacto sufrido rehuía su presencia, ocultándose bajo el manto de su
timidez. No volvió a actuar porque se sintió incapaz de continuar con
la obra, renunciando así a sus sueños de ser actriz.
Sentada en el banquillo, escuchó inmutable la sentencia por
incumplimiento de contrato que se llevaba por delante el resto de sus
ahorros.
Se había despedido de Aurelio con expresión ausente,
decepcionada consigo misma. Asfixiada de tanto humo regresó al
pueblo.
Al abrir el portón de su casa se agolparon todos los recuerdos. Un
estremecimiento la hizo volver a un pasado del que quiso huir. Repasó
en su memoria aquellos días intensos vividos en la ciudad con el
frenético ir y venir de la gente. Al recordarlo ahora, le producía un
desasosiego infernal con una desoladora impresión de vacío y
abandono al pensar en Aurelio. Añoraba su mirada arrogante, su
frialdad y sus charlas durante las comidas. Aquella capacidad suya
tan increíble para afrontar situaciones inhóspitas, le provocaba
envidia y admiración porque ella jamás la tuvo. En la ciudad, los más
afortunados tenían trabajo y el resto se buscaba la vida como podía.
Todo eso lo sabía ella muy bien porque se había recorrido la ciudad
infructuosamente. Los bares proliferaban como hongos y las mesas
invadían las aceras mientras las riadas de coches iban dejando tras
de sí una estela de CO que se ingería entremezclada con el sorbo de
la copa.
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Pasó un pestillo a ese pasado inmediato mientras dejaba vagar la
mirada admirando la grandiosidad de los olmos, convencida ahora de
tener entre sus manos la llave de la verdad, de que la vida era un
soplo y no merecía tanto sacrificio.
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