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Humanidades médicas
Psicología de la salud
Jordi Cebrià Andreua,b y Victor Cabré Segarraa,c
aFacultat
bDoctor
cDoctor
de Psicologia Blanquerna. URL. Barcelona. España.
en medicina. EAP Granollers Sud. ICS Barcelona. España.
en psicología. Fundació Vidal i Barraquer. Barcelona. España.
La estupidez perjudica
seriamente la salud
Hasta hace dos décadas, la estulticia humana no se ha
considerado una cuestión para tomar en serio
Si nuestro interés es mitigar el sufrimiento humano, no hay más
remedio que profundizar en el asunto: es probable que la estupidez
sea la primera causa de sufrimiento en nuestra especie, por delante
de las enfermedades o la maldad.
Referentes bibliográficos
Cipolla, la economía de la estupidez
Historiador italiano especializado en la
historia de la economía, Carlo M.
Cipolla (1922-2000) estudió en la
Sorbona y en la London School of
Economics. Fue un escritor prolífico,
cuya autoridad fue siempre reconocida
en la historia económica. Uno de sus
trabajos más conocido es su breve
análisis económico, demográfico e
histórico de la estupidez humana que
publicó en su libro Allegro ma non troppo, en el que establece
“Las Leyes Fundamentales de la Estupidez Humana”.
Esta frase resume su pensamiento en torno este tema: “Tengo la
firme convicción, avalada por años de observación y
experimentación, de que los hombres no son iguales, de que
algunos son estúpidos y otros no lo son”.
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s intrigante que uno de los fenómenos que mejor explica
la historia de la humanidad, la estupidez, haya merecido
tan poca atención. A lo largo de los últimos tres milenios, sobre ella se ha escrito poco, a menudo superficialidades y en
tono jocoso, como si la cosa no fuera con el autor. Hasta hace
dos décadas, la estulticia humana no se ha considerado una
cuestión a tomar en serio.
Y, sin embargo, los médicos deberíamos considerarla como
un valioso objeto de estudio científico, ya que es posible que
sabiendo más de ella aprendiéramos más cosas de nuestra
propia naturaleza y las maneras que tenemos de enfermar. Si
nuestro interés es mitigar el sufrimiento humano, no hay más
remedio que profundizar en el asunto: es probable que la estupidez sea la primera causa de sufrimiento en nuestra especie,
por delante de las enfermedades o la maldad.
Al igual que su anverso, la inteligencia, no siempre es fácil
de reconocer y todavía menos de definir. Carlo Cipolla1 describe al estúpido como aquel que causa daño a otros sin obtener provecho e incluso padeciendo perjuicio él mismo, en
contraposición al inteligente, que sabe conseguir beneficios
para los demás y para él mismo. Pero el tema es espinoso. Si
los filósofos y los científicos no habían entrado en materia,
es quizás por considerarla poco merecedora de sesudas cavilaciones, pero en parte también por la intuición de que hablar de la estupidez humana es escribir una parte de la pro-
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La imagen, de Tino Soriano
Emociones intensas como el miedo, la ira, la rabia o el amor
En algunos lugares remotos, como
por poner algún ejemplo, pero también sentimientos como la
en la Amazonia Peruana, todavía impera
envidia o el rencor están en el fondo de decisiones desafortunadas.
pia biografía2. No es fácil hablar de ella marcando una distancia de asepsia.
La estupidez es tan ubicua que todos estamos expuestos a
ella, hasta los más sabios. El ser humano lleva en su naturaleza
un germen de estupidez que aflora con mayor o menor esplendor
en cada uno, de manera ineludible. Este es el verdadero pecado
original del género humano. Y, como con los pecados, se puede
hacer el estúpido de palabra, obra u omisión. Con diferencia, las
memeces de palabra son las más frecuentes. Tanto por la incontinencia y/o la sandez de lo que se dice como también por la manera como se interpreta. Hablar es peligroso, pero no hacerlo
también lo es. Un matiz interesante en el fenómeno de la estupidez es el miedo a cometerla, que paraliza la acción y que impide
que decisiones cruciales lleguen a realizarse, causando un perjuicio mayor que el de haber actuado aunque fuera de la peor manera. Con lo que las estupideces por omisión son una categoría
aparte, enormemente dañina por lo inaparente de su índole, muchas veces provocada por no reaccionar a tiempo ante una situación problemática. De hecho este es el origen de la palabra, proveniente del latín, estupere, quedarse aturdido, pasmado.
La estupidez es en parte esencial, pero hay un componente
importante de aprendizaje. Es sabido que, a fuerza del empeño del entorno social y familiar de cada futuro adulto, se consigue de él una conducta ejemplarmente estúpida. En ese
continuo entre esencialidad y aprendizaje hay un amplio
el lenguaje de las armas.
muestrario. Algunos “estúpidos esenciales listos” aprenden a
no parecerlo demasiado —como decía el entrañable Forrest
Gump “estúpido es aquel que hace estupideces”—, mientras
que algunos “listos estúpidos”, convencidos de lo sagaces que
son, aprenden, a base de falta de discreción, a parecerlo mucho. Ya los griegos antiguos tenían un vocablo para referirse al
astuto imbécil, kutopòrinos, un ser aparentemente inteligente pero que toma decisiones nefastas. La creatividad en este
terreno es casi infinita, como reconocía Einstein, que comparaba la magnitud de la estupidez con la infinitud del universo.
Parece ser, además, que la erudición no sólo no protege ni cura de la estupidez, sino que a menudo da coartadas al necio para
pontificar verdades, que a la postre no son más que solemnes
tonterías. ¡Qué miedo dan estos últimos enmascarados en frases
grandilocuentes que argumentan la bondad de acciones que después son catastróficas! Y cuanto mayor es el nivel de responsabilidad del estúpido, más daño causa a mayor número de gente.
La estupidez, como la pereza, está agazapada en nuestro interior esperando a emerger en todo su esplendor. Ambas ejercen una intensa atracción sobre nosotros, y tal vez por eso están emparentadas. Se requiere mucha energía y disciplina
mental para mantenerlas a raya. Esa disciplina quizás marca
como nada el nivel de inteligencia real de cada individuo.
Cuando una persona es capaz de decir, o de decirse, cuán
estúpido ha sido por no reaccionar a tiempo y por no haber
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previsto lo que luego se hace evidente, demuestra esa energía
mental y una buena capacidad de autoconocimiento, aunque
otra cosa es si esa capacidad autocrítica le permite evitar más
adelante la repetición de nuevas, e incluso iguales, estupideces. Tristemente, la autocrítica es excepcional, no sólo se da
en raras ocasiones, sino que las respuestas que producimos
generalmente se revisten de justificaciones y pretextos que
tratan de responsabilizar a los demás de las propias estupideces. En este caso, peor todavía que cometer la estupidez es
defenderla y/o justificarla con énfasis y convicción y hacerla
ostentosa. Las conductas estúpidas, según Sternberg3, se ven
favorecidas por un cierto egocentrismo y dificultad para reconocer los errores propios. El egocentrismo, si además es narcisista, no sólo no reconoce sus propias estupideces, sino que
es un hábil detector de las de los demás.
guerra a un país vecino? En cualquier caso, como decíamos,
no siempre trabajan al unísono.
Todas estas razones enumeradas muy someramente tienen
en común que impiden hacer una lectura realista de la situación y nos hacen ciegos a los detalles y a los indicios que indican que las cosas no van por donde debieran. En la estupidez
siempre hay un cierto grado de ceguera que nos impide percibir la realidad objetivamente y tomar decisiones coherentes,
ya sea por distorsiones de pensamiento —los prejuicios, las
supersticiones o los dogmatismos lo son5— o por interferencias emocionales o comunicativas a las que antes hacíamos referencia. En todo caso, ese punto ciego personal suele ser invisible para su dueño.
Una estupidez tras otra
Si hay una estupidez individual, seguro que hay otra de rango
superior, la estupidez social6. Si el sumatorio de inteligencias
particulares puede hacer más inteligente a una comunidad, el
conjunto de sus estupideces la puede convertir en más estúpida. Tenemos muchos antecedentes históricos que lo refrendan.
La pregunta crucial que cabe hacerse en este inicio de milenio
es en qué dirección avanzamos. Hay una cierta sensación de
que las necesidades espirituales, racionales y emocionales actuales de las personas son saciadas con productos comunicacionales que parecen potenciar demasiado a menudo el pensamiento mágico, los prejuicios, el fanatismo y una penosa escala
de valores. Naturalmente, este asunto tiene implicaciones en la
salud percibida por las personas, en su repertorio de recursos
para afrontar la vida y en su capacidad de ser más felices.
Alcanzar un mayor grado de integración en nuestro comportamiento implica articular niveles de funcionamiento cerebral que, a menudo, están disociados. Y requiere una complicidad colectiva. Conseguir una cierta sinergia entre la mente y
el cuerpo, lo psíquico y lo somático, la mente y el cerebro, la
capacidad intelectual y la inteligencia emocional, lo cognitivo
y lo emotivo, supone un argumento que da sentido y dirección
al sujeto individual y a la especie. Quizá no nos impida seguir
cometiendo errores, pero si que puede permitirnos repararlos
y, quizá, aprender de ellos. Por el contrario, los actos estúpidos, poco meditados, sólo consiguen nuevas disociaciones e
interferencias en el proceso de integración del sujeto.
Si pretendemos una sociedad mas inteligente —¿más sana?— hay que trabajar para que sea posible desaprender mucho de lo que se da por sentado y reaprender el hábito de
pensar, de aumentar la autoconciencia, que significa también
estar atentos a los pensamientos y las emociones y de algún
modo aprender a manejarlos armónicamente.
Se insinúa así un trinomio fascinante, salud-inteligencia-felicidad, tres conceptos que parecen estar íntimamente relacionados. Por este camino, llegamos a definiciones con matices
diferentes a las que enunciábamos al principio: inteligencia sería la capacidad de trabajar activamente para hacer más felices a los demás y a uno mismo, y la estupidez sería trabajar
para la infelicidad de los otros, aunque en apariencia se experimentase un primer momento de placer. Al final esto último
seguro que acaba perjudicando la salud.J
Si el ser humano es la cima de la evolución y lo es por su inteligencia superior, ¿cómo es que es el único animal que comete una estupidez tras otra? Una primera explicación puede
que sea porque una persona inteligente tiene un mayor abanico de acciones a realizar, más objetivos y más variables a
controlar. Adolecemos, como especie, de la capacidad de controlar todos los elementos necesarios para hacer proyecciones
de futuro. Es lógico pensar que tenemos más posibilidades de
llevar a cabo un mayor número de comportamientos estúpidos
que inteligentes, y más cuando la situación es nueva y compleja. Planificar, sopesar los factores que influenciarán una situación futura requiere la activación de la corteza prefrontal, encargada de visualizar escenarios de futuro. Y la actividad de
un supervisor4, un módulo de la conciencia que dialoga con
nosotros mismos, y que pondera cada decisión. Estas computaciones exigen un gasto de energía que a muchos resulta displicente. Un acto estúpido tiene, por tanto, un primer momento hedónico: el placer de no pensar en las consecuencias.
Nuestra inteligencia óptima se basa en un armonioso funcionamiento de tres sistemas de inteligencia que trabajan al
unísono en nuestro cerebro: el instintivo- reflejo —el más antiguo—, el emocional —enormemente potente y competente— y el cortical. Estos tres niveles con frecuencia no trabajan
en colaboración. De vez en cuando, el cerebro emocional secuestra el racional y dicta las conductas. En otras, impregna la
decisión racional con emociones tóxicas que incrementan el
riesgo de cometer un acto estúpido. Emociones intensas como
el miedo, la ira, la rabia o el amor, por poner algún ejemplo,
pero también sentimientos como la envidia o el rencor están
en el fondo de decisiones desafortunadas. La falta de atención
y reflexión viene por desidia, por interferencia emocional o
por posiciones vitales tales como la vanidad, la petulancia o
la fantasía de infalibilidad, que ya de por sí es una posición
estúpida hasta el tuétano.
De igual forma, cuando la racionalización capitaliza exclusivamente ámbitos en los cuales los sentimientos y las emociones tienen un claro protagonismo, las posibilidades de actitudes estúpidas aumentan. Pretender racionalizar contenidos
humanos que obedecen a un alto grado de subjetividad, como
el amor, el dolor, la gratitud o el temor, puede provocar alguno
de los comportamientos más estúpidamente faltos de contacto
con la realidad. Y todo ello a pesar de que, en nombre de algunas de estas emociones, pero también en nombre de no pocas
ideas y convicciones, se abanderan algunas de las más notorias estupideces. ¿Qué sistemas inteligentes mandan cuando
se declara amor eterno a una persona o cuando se declara la
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¿Podemos hacer algo inteligente ante ello?
BIBLIOGRAFÍA
1. Cipolla CM. Allegro ma non tropo. Barcelona: Grijalbo-Mondadori; 1999.
2. Ponte di Pinto O. El que no lea este libro es un imbécil. Madrid: Santillana; 2002.
3. Sternberg RJ. La inteligencia humana. Barcelona: Paidós; 1989.
4. Borrell F. Entrevista clínica. Manual de estrategias prácticas. Barcelona:
semFYC; 2004.
5. Marina JA. La inteligencia fracasada. Barcelona: Anagrama; 2005.
6. Van Boxsel M. Enciclopedia de la estupidez. Madrid: Síntesis; 2003.
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