El don de la Indulgencia - Arzobispado de Buenos Aires

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El don de la Indulgencia
Breve resumen para su mejor comprensión
Porta fidei 6: «Mientras que Cristo, “santo, inocente, sin mancha”
(Hb 7, 26), no conoció el pecado (cf. 2 Co 5, 21), sino que vino
solamente a expiar los pecados del pueblo (cf. Hb 2, 17), la
Iglesia, abrazando en su seno a los pecadores, es a la vez santa y
siempre necesitada de purificación, y busca sin cesar la conversión
y la renovación. La Iglesia continúa su peregrinación “en medio
de las persecuciones del mundo y de los consuelos de Dios”,
anunciando la cruz y la muerte del Señor hasta que vuelva (cf. 1
Co 11, 26). Se siente fortalecida con la fuerza del Señor resucitado
para poder superar con paciencia y amor todos los sufrimientos y
dificultades, tanto interiores como exteriores, y revelar en el
mundo el misterio de Cristo, aunque bajo sombras, sin embargo,
con fidelidad hasta que al final se manifieste a plena luz».(Lumen
Gentium 8). En esta perspectiva, el Año de la fe es una invitación a
una auténtica y renovada conversión al Señor, único Salvador del
mundo. Dios, en el misterio de su muerte y resurrección, ha
revelado en plenitud el Amor que salva y llama a los hombres a la
conversión de vida mediante la remisión de los pecados (cf. Hch 5,
31). Para el apóstol Pablo, este Amor lleva al hombre a una nueva
vida: «Por el bautismo fuimos sepultados con él en la muerte, para
que, lo mismo que Cristo resucitó de entre los muertos por la
gloria del Padre, así también nosotros andemos en una vida
nueva» (Rm 6, 4). Gracias a la fe, esta vida nueva plasma toda la
existencia humana en la novedad radical de la resurrección. En la
medida de su disponibilidad libre, los pensamientos y los afectos,
la mentalidad y el comportamiento del hombre se purifican y
transforman lentamente, en un proceso que no termina de
cumplirse totalmente en esta vida. La «fe que actúa por el amor»
(Ga 5, 6) se convierte en un nuevo criterio de pensamiento y de
acción que cambia toda la vida del hombre (cf. Rm 12, 2; Col 3, 910; Ef 4, 20-29; 2 Co 5, 17).
I.
INTRODUCCIÓN
Según la etimología popular la palabra indulgencia viene de indulto. La palabra
indulgencia (del latín indulgentia, de indulgeo, "ser amable" o "compasivo") significa,
originalmente, bondad o favor; en el latín post-clásico llegó a significar la remisión de
un impuesto o deuda. Indultum está formada de in (sin) y dultun (deuda). En la Ley
Romana y en la versión Vulgata del Antiguo Testamento (Is. 61, 1) se usaba el término
para expresar la liberación de una cautividad o castigo. Entre los términos equivalentes
usados en la antigüedad se encuentran: pax, remissio, donatio, condonatio.
¿Qué son las Indulgencias? El Catecismo de la Iglesia Católica, con palabras de
Pablo VI, nos da una definición precisa: “La indulgencia es la remisión ante Dios de la
pena temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel
dispuesto y cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la
Iglesia, la cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad
el tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos” (Catecismo, 1471).
¿Qué es lo que se perdona con la indulgencia? No se perdonan los pecados, ya que
el medio ordinario mediante el cual el fiel recibe de Dios el perdón de sus pecados es
el sacramento de la penitencia (cf Catecismo, 1486). Todo pecado lleva consigo una
culpa y una pena. Culpa es la ofensa hecha a Dios; pena es lo que merecemos por la
realización de dicha ofensa. Esta pena muchas veces es la consecuencia del acto
pecaminoso que hiere a la persona y la deja marcada con una herida. La culpa de los
pecados se borra por medio del sacramento de la penitencia y también con el acto de
contrición perfecta que incluya el propósito de confesarse cuanto antes.
Las indulgencias son la conmutación de la pena debida por nuestros pecados que
ya han sido perdonados en el Sacramento de la Confesión.
Las indulgencias se obtienen por la Iglesia que, en virtud del poder de atar y
desatar que le fue concedido por Cristo Jesús, interviene en favor de un cristiano y le
abre el tesoro de los méritos de Cristo y de los santos para obtener del Padre de la
misericordia la remisión de las penas temporales debidas por sus pecados. Por eso la
Iglesia no quiere solamente acudir en ayuda de este cristiano, sino también impulsarlo
a hacer obras de piedad, de penitencia y de caridad" (cf Catecismo, [1478])
¿Qué pretende la Iglesia al conceder Indulgencias? La Iglesia pretende al conceder
Indulgencias ayudar la incapacidad que tenemos de expiar en este mundo toda la
consecuencia de nuestros pecados, haciendo que consigamos, por medio de obras de
piedad y de caridad cristiana, lo que en los primeros siglos procuraba con el rigor de la
penitencia.
La raíz de la distinción entre culpa y pena la encontramos en la Sagrada
Escritura, por ejemplo en el Libro Segundo de Samuel, capítulo 12, versículos 13 al 14.
Dice así: "David dijo al profeta Natán: He pecado contra Yahveh. Respondió Natán:
También Yahveh perdona tu pecado, no morirás. Pero por haber ultrajado a Yahveh
con ese hecho, el hijo que te ha nacido morirá sin remedio",
Analizando brevemente el texto, vemos que se habla del perdón de una culpa, de
un pecado, pero también se dice que persiste una pena, una consecuencia de mal:
"Por haber ultrajado a Yahveh, el hijo que te ha nacido morirá sin remedio". No nos
interesa aquí pensar el tema de la muerte del hijo inocente de David, sólo diremos que
este es un caso particular por el que nadie puede pensar que Dios lo tratará de la
misma forma. Con esta aclaración y volviendo a nuestro tema, descubrimos que el
arrepentimiento de David no ha alcanzado para quedar totalmente libre, por más que
sí le haya alcanzado para ser perdonado. Esta distinción entre culpa y pena se presenta
a menudo en la Biblia. Para recordar a vuelo de pájaro un texto del Nuevo Testamento
leamos el Evangelio de San Lucas, capítulo 16. Allí se nos cuenta el final de vida de
Lázaro, un rico que una vez muerto sufre terribles tormentos, habiéndosele terminado
para él las oportunidades de cambiar. No se nos dice que en esta vida era malo, sólo se
dice que por ser rico andaba de parabienes. En definitiva pena es nuestra contribución
a la salvación. Porque Dios quiere que el hombre se salve, pero participando con su
libre decisión. San Agustín decía: "El Dios que te creó sin ti, no te salvará sin ti". Dios es
el que salva, es verdad, pero cada uno tiene que corresponder a esa acción de Dios.
II.
ASPECTOS TEOLÓGICO-PASTORALES. EXPLICACIÓN DEL BEATO PAPA JUAN PABLO II.
El beato papa Juan Pablo II así explicaba lo que significa el don de la indulgencia
en una audiencia general, la del 29 de septiembre del año 1999:
“1. Relacionado íntimamente con el sacramento de la penitencia, se presenta
a nuestra reflexión un tema delicado, sobre el que se han dado
incomprensiones históricas, que han incidido negativamente en la misma
comunión entre los cristianos. En el actual contexto ecuménico, la Iglesia
experimenta la exigencia de que esta antigua práctica, entendida como
significativa expresión de la misericordia de Dios, sea bien comprendida y
acogida. La experiencia atestigua que en ocasiones se han dado actitudes
superficiales con respecto a las indulgencias que acaban haciendo banal el don
de Dios, arrojando sombras sobre las mismas verdades y sobre los valores
propuestos por la enseñanza de la Iglesia.
2. El punto de partida para comprender la indulgencia es la abundancia de la
misericordia de Dios, manifestada en la cruz de Cristo. Jesús crucificado es la
gran «indulgencia» que el Padre ha ofrecido a la humanidad, mediante el
perdón de las culpas y la posibilidad de la vida filial (cf. Jn 1,12-13) en el
Espíritu Santo (cf. Gal 4,6; Rm 5,5; 8,15-16). Ahora bien, según la lógica de la
alianza, que es el corazón de toda la economía de la salvación, no podemos
recibir este don sin aceptarlo y corresponder a él. A la luz de este principio, no
es difícil comprender cómo la reconciliación con Dios, si bien está fundada en
su ofrecimiento gratuito y rico en misericordia, implica al mismo tiempo un
proceso laborioso en el que el hombre está involucrado con su compromiso
personal y la Iglesia con su tarea sacramental. A causa del perdón de los
pecados cometidos después del bautismo, este camino tiene su punto central
en el sacramento de la Penitencia, pero se desarrolla también después de su
celebración. De hecho, el hombre debe «curarse» progresivamente de las
consecuencias negativas que el pecado ha producido en él (y que la tradición
teológica llama «penas» y «residuos» del pecado).
3. A primera vista, hablar de penas después del perdón sacramental podría
parecer poco coherente. Sin embargo, el Antiguo Testamento nos muestra
cómo es normal sufrir penas reparadoras después del perdón. Dios, tras
definirse a sí mismo como «Dios misericordioso y clemente... que perdona la
iniquidad, la rebeldía y el pecado», añade: «pero no los deja impunes» (Éx. 34,
6-7). En el segundo libro de Samuel, la humilde confesión del rey David,
después de su pecado grave, le alcanza el perdón de Dios (cf. 2 Sam 12,13),
pero no la supresión del castigo anunciado (cf. 2 Sam 12,11; 16,21). El amor
paterno de Dios no excluye el castigo, aunque éste siempre queda
comprendido dentro de una justicia misericordiosa que restablece el orden
violado, en función del mismo bien del hombre (cf. Heb 12,4-11). En este
contexto, la pena temporal expresa la condición de sufrimiento de aquel que,
si bien está reconciliado con Dios, queda todavía marcado por estos
«residuos» del pecado que no le abren totalmente a la gracia. Precisamente,
en vista de la curación completa, el pecador está llamado a emprender un
camino de purificación hacia la plenitud del amor. En este camino, la
misericordia de Dios sale al encuentro con ayudas especiales. La misma pena
temporal desempeña una función de «medicina» en la medida en que el
hombre se deja interpelar por su conversión profunda. Este es también el
significado de la «satisfacción» requerida por el sacramento de la Penitencia.
4. El sentido de las indulgencias ha de ser comprendido en este horizonte de
renovación total del hombre en virtud de la gracia de Cristo Redentor, a través
del ministerio de la Iglesia. Hunden su origen histórico en la conciencia que
tuvo la antigua Iglesia de poder expresar la misericordia de Dios, mitigando las
penitencias canónicas infligidas por la remisión sacramental de los pecados.
Ahora bien, esta mitigación estaba siempre acompañada por compromisos,
personales y comunitarios, que asumieron, con carácter sustitutivo, la función
«medicinal» de la pena. De este modo, podemos comprender que por
indulgencia se entiende la «remisión ante Dios de la pena temporal por los
pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y
cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la
cual, como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el
tesoro de las satisfacciones de Cristo y de los santos » («Enchiridion
indulgentiarum», «Normae de indulgentiis», Libreria Editrice Vaticana 1999,
p.21; cf «Catecismo de la Iglesia Católica», 1471). Por tanto, existe un tesoro
de la Iglesia que es «dispensado» a través de las indulgencias. Esta
«distribución» no ha de ser entendida como una especie de trasferencia
automática, como si se tratase de «cosas». Nos encontramos más bien ante
una expresión de la confianza plena que tiene la Iglesia de ser escuchada por
el Padre cuando --en consideración de los méritos de Cristo y, por su don, en
consideración de los de la Virgen y los santos-- le pide que mitigue o anule el
aspecto doloroso de la pena, desarrollando el sentido medicinal a través de
otros itinerarios de la gracia. En el misterio insondable de la sabiduría divina,
este don de intercesión puede ser benéfico también para los fieles difuntos,
que reciben sus frutos de manera apropiada a su condición.
5. Entonces se puede ver cómo las indulgencias, en lugar de ser una especie de
«descuento» del compromiso de conversión, son más bien una ayuda para un
compromiso más disponible, generoso y radical. Esto se exige hasta el punto
de que para recibir la indulgencia plenaria requiere como condición espiritual
la exclusión «de todo afecto hacia cualquier pecado, incluso venial»
(Enchiridion indulgentiarum, p.25). Se equivoca, por tanto, quien piense que
puede recibir este don con la simple aplicación de cumplimientos exteriores.
Por el contrario, son requeridos como expresión y apoyo del camino de
conversión. En particular, manifiestan la fe en la abundancia de la misericordia
de Dios y en la maravillosa realidad de comunión que Cristo ha realizado,
uniendo indisolublemente la Iglesia a sí mismo, como su Cuerpo y Esposa. “
III.
UNA MUY SENCILLA EXPLICACIÓN CATEQUÍSTICA
Imaginemos que somos una hermosísima figura de madera y que en ella la acción
del pecado es como un clavo la desfigura. Por tal hecho, la imagen ha quedado
dañada el clavo ha alterado su fisonomía, su utilidad y su belleza.
Para que podamos recuperar la talla en su estado original tendremos que llevar a
cabo dos tareas distintas: extraer el clavo y reparar el daño sufrido, es decir, restañar
el agujero que el clavo ha producido al romper la madera.
La extracción del clavo en nuestro interior la realizamos mediante el sacramento
de la confesión. Por él, los pecados quedan perdonados y nos vemos libres de la culpa
de los mismos; la figura queda libre de ese clavo incrustado y en perfecta disposición
para recuperar su hermosura original. Pero aún queda una tarea pendiente: tapar el
agujero que el clavo ha dejado, por dos razones fundamentales: para consolidar la
firmeza de la estructura (que ha podido quedar debilitada por muchos agujerospecados) y para recuperar la nobleza de esa madera valiosa y bella.
Con ambas finalidades tenemos que afrontar la segunda tarea, tapar los agujeros:
esto lo conseguimos con la obtención de las indulgencias que vienen a remitir, a
eliminar, la pena temporal (agujeritos de la madera) que el pecado ha dejado en
nosotros y que tenemos que satisfacer en esta vida o en la futura, en el purgatorio,
para que dichos 'agujeritos' queden resueltos antes de acceder a la gloria del Cielo.
La indulgencia es, por lo tanto, la aplicación que hace la Iglesia del tesoro de
gracias recibidas para que, una vez perdonado el pecado por la confesión y libres de la
culpa del mismo, podamos restaurar en nosotros los efectos del pecado, es decir, las
heridas que éste ha dejado en nosotros, lo que llamamos pena temporal.
IV.
ASPECTOS DISCIPLINARES
1. El «Código de derecho canónico» (c. 992) y el «Catecismo de la Iglesia católica» (n.
1471), definen así la indulgencia: «La indulgencia es la remisión ante Dios de la pena
temporal por los pecados, ya perdonados, en cuanto a la culpa, que un fiel dispuesto y
cumpliendo determinadas condiciones consigue por mediación de la Iglesia, la cual,
como administradora de la redención, distribuye y aplica con autoridad el tesoro de las
satisfacciones de Cristo y de los santos».
2. En general, para alcanzar las indulgencias hace falta cumplir determinadas
condiciones (las enumeramos en los números 3 y 4) que comúnmente se les dice
“condiciones de costumbre” que son invariables y para todos los casos (menos en
articulo de muerte) y realizar determinadas obras (el acto específico que está
indulgenciado: visita a la iglesia, tal o cual obra de piedad o misericordia, etc.) que por
lo tanto es para cada vez en particular.
3. Para alcanzar las indulgencias, es preciso que, al menos antes de cumplir las últimas
exigencias de la obra indulgenciada, el fiel se halle en estado de gracia.
4. La indulgencia plenaria sólo se puede obtener una vez al día. Pero, para conseguirla,
además del estado de gracia, es necesario que el fiel
- tenga la disposición interior de desapego del pecado;
- se confiese sacramentalmente de sus pecados;
- reciba la sagrada Eucaristía (ciertamente, es mejor recibirla participando en la santa
misa, pero para la indulgencia sólo es necesaria la sagrada Comunión);
- ore según las intenciones del Romano Pontífice.
- realice la obra indulgenciada.
5. Es conveniente, pero no necesario, que la confesión sacramental, y especialmente la
sagrada Comunión y la oración por las intenciones del Papa, se hagan el mismo día en
que se realiza la obra indulgenciada; pero es suficiente que estos ritos y oraciones se
realicen dentro de algunos días (unos quince) antes o después del acto indulgenciado.
La oración según las intenciones del Papa queda a elección de los fieles, pero se
sugiere un «Padrenuestro» y un «Avemaría». Para varias indulgencias plenarias basta
una confesión sacramental, pero para cada indulgencia plenaria se requiere una
distinta sagrada Comunión y una distinta oración según las intenciones del Santo
Padre.
6. Las indulgencias siempre son aplicables o a sí mismos o a las almas de los difuntos,
pero no son aplicables a otras personas vivas en la tierra.
V.
LA INDULGENCIA DEL AÑO DE LA FE. DECRETO DE LA PENITENCIARÍA APÓSTOLICA
“En el día del quincuagésimo aniversario de la solemne apertura del Concilio
Ecuménico Vaticano II, al que el beato Juan XXIII «había asignado como tarea
principal custodiar y explicar mejor el precioso depósito de la doctrina
cristiana, para hacerlo más accesible a los fieles de Cristo y a todos los
hombres de buena voluntad» (Juan Pablo II, Const. Ap. Fidei Depositum, 11 de
octubre de 1992: AAS 86 [1994] 113), el Sumo Pontífice Benedicto XVI ha
establecido el inicio de un Año particularmente dedicado a la profesión de la
verdadera fe y a su recta interpretación, con la lectura, o mejor, la pía
meditación de los Actos del Concilio y de los Artículos del Catecismo de la
Iglesia Católica, publicado por el beato Juan Pablo II, a los treinta años del
inicio del Concilio, con la intención precisa de «lograr de los fieles una mayor
adhesión a ello y difundir su conocimiento y aplicación» (ibid., 114).
Ya en el año del Señor 1967, para hacer memoria del décimo noveno
centenario del martirio de los Apóstoles Pedro y Pablo, parecido Año de la fe
convocó el Siervo de Dios Pablo VI, «la Profesión de fe del Pueblo de Dios,
para testimoniar cómo los contenidos esenciales que desde siglos constituyen
el patrimonio de todos los creyentes tienen necesidad de ser confirmados,
comprendidos y profundizados de manera siempre nueva, con el fin de dar un
testimonio coherente en condiciones históricas distintas a las del pasado»
(Benedicto XVI, Carta Ap. Porta Fidei, n. 4).
En este tiempo nuestro de profundísimos cambios, a los que la humanidad
está sometida, el Santo Padre Benedicto XVI, con la convocatoria de este
segundo Año de la fe, tiene la intención de invitar al Pueblo de Dios del que es
Pastor universal, así como a los hermanos obispos de todo el orbe, a fin de
que «se unan al Sucesor de Pedro en el tiempo de gracia espiritual que el
Señor nos ofrece para rememorar el don precioso de la fe» (ibid., n. 8).
Se dará a todos los fieles «la oportunidad de confesar la fe en el Señor
Resucitado en nuestras catedrales e iglesias de todo el mundo; en nuestras
casas y con nuestras familias, para que cada uno sienta con fuerza la exigencia
de conocer y transmitir mejor a las generaciones futuras la fe de siempre. En
este Año, las comunidades religiosas, así como las parroquiales, y todas las
realidades eclesiales antiguas y nuevas, encontrarán la manera de profesar
públicamente el Credo» (ibid.).
Además todos los fieles, singular y comunitariamente, serán llamados a dar
abierto testimonio de la propia fe ante los demás en las circunstancias
peculiares de la vida cotidiana: «la misma naturaleza social del hombre exige
que éste manifieste externamente los actos internos de religión, que se
comunique con otros en materia religiosa, que profese su religión de forma
comunitaria» (Decl. Dignitatis humanae, 7 de diciembre de 1965: AAS 58
[1966], 932).
Dado que se trata ante todo de desarrollar en sumo grado —por cuanto sea
posible en esta tierra— la santidad de vida y de obtener, por lo tanto, en el
grado más alto la pureza del alma, será muy útil el gran don de las
Indulgencias, que la Iglesia, en virtud del poder que le ha conferido Cristo,
ofrece a todos aquellos que, con las debidas disposiciones, cumplan las
prescripciones especiales para lucrarlas. «Con la Indulgencia —enseñaba
Pablo VI— la Iglesia, valiéndose de su potestad como ministra de la Redención
obrada por Cristo Señor, comunica a los fieles la participación de esta plenitud
de Cristo en la comunión de los Santos, proporcionándoles en medida
amplísima los medios para alcanzar la salvación» (Carta Ap. Apostolorum
Limina, 23 de mayo de 1974: AAS 66 [1974] 289). Así se manifiesta el «tesoro
de la Iglesia», del que constituyen «un acrecentamiento ulterior también los
méritos de la Santísima Madre de Dios y de todos los elegidos, desde el
primer justo al último» (Clemente VI, Bula Unigenitus Dei Filius, 27 de enero
de 1343).
La Penitenciaría Apostólica, que tiene el oficio de regular cuanto concierne a
la concesión y al uso de las Indulgencias, y de estimular el ánimo de los fieles a
concebir y alimentar rectamente el piadoso deseo de obtenerlas, solicitada
por el Consejo Pontificio para la Promoción de la Nueva Evangelización, en
atenta consideración de la Nota con indicaciones pastorales para el Año de la
fe de la Congregación para la Doctrina de la Fe, a fin de obtener el don de las
Indulgencias durante el Año de la fe, ha establecido las siguientes
disposiciones, emitidas en conformidad con el pensamiento del Augusto
Pontífice, a fin de que los fieles estén más estimulados al conocimiento y al
amor de la Doctrina de la Iglesia Católica y de ella obtengan frutos espirituales
más abundantes.
Durante el Año de la fe entero, convocado desde el 11 de octubre de 2012
hasta todo el 24 de noviembre de 2013, podrán lucrar la Indulgencia plenaria
de la pena temporal por los propios pecados impartida por la misericordia de
Dios, aplicable en sufragio de las almas de los fieles difuntos, todos los fieles
verdaderamente arrepentidos, que se hayan confesado debidamente, que
hayan comulgado sacramentalmente y que oren según las intenciones del
Sumo Pontífice:
a.- cada vez que participen en al menos tres momentos de predicación
durante las Sagradas Misiones o al menos en tres lecciones sobre los Actos del
Concilio Vaticano II y sobre los Artículos del Catecismo de la Iglesia católica en
cualquier iglesia o lugar idóneo;
b.- cada vez que visiten en peregrinación una Basílica Papal, una catacumba
cristiana, una Iglesia Catedral, un lugar sagrado designado por el Ordinario del
lugar para el Año de la fe (por ejemplo las Basílicas Menores y los Santuarios
dedicados a las Santísima Virgen María, a los Santos Apóstoles y a los Santos
Patronos) y allí participen en alguna celebración sagrada o, al menos, se
detengan en un tiempo de recogimiento con piadosas meditaciones,
concluyendo con el rezo del Padre Nuestro, la Profesión de Fe en cualquier
forma legítima, las invocaciones a la Santísima Virgen María y, según el caso, a
los Santos Apóstoles o Patronos;
c.- cada vez que, en los días determinados por el Ordinario del lugar para el
Año de la fe (por ejemplo en las solemnidades del Señor, de la Santísima
Virgen María, en las fiestas de los Santos Apóstoles y Patronos, en la Cátedra
de San Pedro), participen en cualquier lugar sagrado en una solemne
celebración eucarística o en la liturgia de las horas, añadiendo la Profesión de
Fe en cualquier forma legítima;
d.- un día libremente elegido, durante el Año de la fe, para la piadosa visita del
baptisterio u otro lugar donde recibieron el sacramento del Bautismo, si
renuevan las promesas bautismales en cualquier forma legítima.
Los obispos diocesanos o eparquiales y los que están equiparados a ellos por
derecho, en los días oportunos de este tiempo, con ocasión de la principal
celebración (por ejemplo, el 24 de noviembre de 2013, en la solemnidad de
Jesucristo Rey del Universo, con la que concluirá el Año de la fe) podrán
impartir la Bendición Papal con la Indulgencia plenaria, lucrable por parte de
todos los fieles que reciban tal Bendición con devoción.
Los fieles verdaderamente arrepentidos que no puedan participar en las
solemnes celebraciones por graves motivos (como todas las monjas que viven
en los monasterios de clausura perpetua, los anacoretas y los ermitaños, los
encarcelados, los ancianos, los enfermos, así como quienes, en hospitales u
otros lugares de cuidados, prestan servicio continuo a los enfermos...),
lucrarán la Indulgencia plenaria, con las mismas condiciones, si, unidos con el
espíritu y el pensamiento a los fieles presentes, particularmente en los
momentos en que las palabras del Sumo Pontífice o de los obispos diocesanos
se transmitan por televisión y radio, recitan en su propia casa o allí donde el
impedimento les retiene (por ejemplo en la capilla del monasterio, del
hospital, de la estructura sanitaria, de la cárcel...) el Padrenuestro, la
Profesión de Fe en cualquier forma legítima, y otras oraciones conforme a las
finalidades del Año de la fe, ofreciendo sus sufrimientos o los malestares de la
propia vida.
Para que el acceso al sacramento de la Penitencia y a la consecución del
perdón divino a través del poder de la Llaves se facilite pastoralmente, los
Ordinarios del lugar están invitados a conceder a los canónigos y a los
sacerdotes que, en las Catedrales y en las Iglesias designadas para el Año de la
fe, puedan oír las confesiones de los fieles, las facultades limitadamente al
fuero interno, en cuanto —para los fieles de las Iglesias orientales— al can.
728, § 2 del CCEO, y en el caso de una eventual reserva, las del can. 727,
excluidos, como es evidente, los casos considerados en el canon 728, § 1; para
los fieles de la Iglesia latina, las facultades del can. 508, § 1 del CIC.
Los confesores, tras advertir a los fieles de la gravedad de pecados a los que
se vincula una reserva o una censura, determinarán apropiadas penitencias
sacramentales, tales para conducirles lo más posible a una contrición estable
y, según la naturaleza de los casos, para imponerles la reparación de
eventuales escándalos y daños.
La Penitenciaría finalmente invita ardientemente a los excelentísimos obispos,
como poseedores del triple munus de enseñar, gobernar y santificar, a la
solicitud en la explicación clara de los principios y las disposiciones que aquí se
proponen para la santificación de los fieles, teniendo en cuenta de modo
particular las circunstancias de lugar, cultura y tradiciones. Una catequesis
adecuada a la índole de cada pueblo podrá proponer más claramente y con
mayor vivacidad a la inteligencia y arraigar más firme y profundamente en los
corazones el deseo de este don único, obtenido en virtud de la mediación de
la Iglesia.
El presente Decreto tiene validez únicamente para el Año de la fe. No
obstante cualquier disposición en contra.
VI.
DISPOSICIONES EN LA ARQUIDIÓCESIS DE BUENOS AIRES
El Sr. Arzobispo dadas las facultades que le otorga el Decreto de la Penitenciaría
Apostólica ha dispuesto:
1. Que en esta Arquidiócesis de Buenos Aires todos los fieles cristianos podrán
obtener el don de la Indulgencia Plenaria, a lo largo del Año de la Fe, a partir de su
solemne apertura y hasta la clausura del mismo, cada vez que peregrinando a
cualquiera de los templos siguientes participen en una celebración sagrada o, al
menos, se recojan durante un tiempo en meditación y concluyan con el rezo del
padrenuestro, la Profesión de fe (Credo) en cualquier forma legítima, las
invocaciones a la Virgen María y, según el caso, a los santos apóstoles o patronos:

Iglesia Catedral de Buenos Aires
Por las Basílicas Menores (una por cada Vicaría Zonal):




Basílica de San Nicolás de Bari (Vic. Centro)
Basílica del Espíritu Santo - Pquia. Ntra. Sra. de Guadalupe (Vic. Belgrano)
Basílica de San Antonio de Padua (Vic. Devoto)
Basílica de San José de Flores (Vic. Flores)
Por los Santuarios o lugares de devoción popular:





Santuario de Jesús Misericordioso
Santuario Eucarístico - Iglesia de Jesús Sacramentado
Santuario de Ntra. Sra. de Fátima
Santuario de Ntra. Sra. de la Medalla Milagrosa
Santuario de Ntra. Sra. de Nueva Pompeya




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



Santuario de Ntra. Sra. que desata los nudos (Pquia. San José del Talar)
Santuario de San Cayetano en Liniers
Santuario de San Pantaleón
Santuario de San Ramón Nonato
Santuario de Santa Rita de Casia
Pquia. San Gabriel Arcángel
Pquia. San Cayetano en Belgrano
Pquia. Ntra. Sra. de Balvanera
Pquia. Virgen Inmaculada de Lourdes
Pquia. San Fermín
Por los tempos en lugares con mayor transito de personas en la Ciudad:




Pquia. Inmaculada Concepción en Belgrano
Pquia. Sagrada Eucaristía
Pquia. Inmaculado Corazón de María
Pquia. Resurrección del Señor
2. Que según el inciso C del Decreto de la Penitenciaría Apostólica en esta
Arquidiócesis de Buenos Aires los días determinados para alcanzar la Indulgencia en
otros lugares serán:


Cada una de las celebraciones arquidiocesanas que oportunamente se
anunciarán.
La celebración principal de las fiestas patronales de cada una de las parroquias
o cuasiparroquias de la Arquidiócesis.
3. Que deberá recordarse a los fieles que "por enfermedad o justa causa" no puedan
salir de la casa o del lugar donde se encuentren, podrán obtener la Indulgencia
Plenaria, si “unidos con el espíritu y el pensamiento a los fieles presentes,
particularmente cuando las palabras del Sumo Pontífice o de los Obispos Diocesanos
se transmitan por radio o televisión, recen, allí donde se encuentren, el Padre
nuestro, la Profesión de fe en cualquier forma legítima y otras oraciones conformes a
la finalidad del Año de la Fe ofreciendo sus sufrimientos o los problemas de su vida”.
4. Que se promueva asimismo la posibilidad de alcanzar el don de la Indulgencia
Plenaria un día cualquiera elegido libremente por cada fiel, durante el Año de la Fe,
visitando el baptisterio o lugar donde recibieron el sacramento del Bautismo, si
renuevan las promesas bautismales de cualquier forma legítima.
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