La copla popular - Real Academia Española

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DISCURSOS
LEIDOS
ANTE
LA
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
LA RECSPCIÚN FULICA DEL BXCMO. SS^OK
D. JUAN ANTONIO
CAVESTANY
CELEBRADA E L DÍA 23 D E FEBRERO D E 1902
MADRID
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Paseo da San Tícente, SO
1902
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DISCURSOS
LEIDOS
ANTE
LA
REAL ACADEMIA ESPAÑOLA
EN lA RKCSPCIÓN PÚBLICA DEI- BXOIO. SfSOR
D. JUAN ANTONIO
CAVESTANY
CELEBRADA EL DÍA 23 D E FEBRERO D E 1902
MADRID
EST. T I P . fffSnCaSOKBS DB BIVADSNBTEAJ
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Paseo de San Y i o n t e , SO
1902
DISCURSO
DEL
E X C M O . SR. D. J U A N A N T O N I O
CAVESTANY
SEÍSOEES ACADÉMICOS:
P o r impulso irresistible del corazón, no por rendir t r i b u t o
á la costumbre, comienzo manifestándoos m i g r a t i t u d por la
señalada merced con que me honráis designándome para ocupar
u n sitio á vuestro lado, y realizando con ello uno de los más
vehementes deseos de m i vida.
P r u e b a es de la sinceridad con que os hablo la contrariedad
que me produce pensar que un uso, nunca interrumpido,
manda que sean de agradecimiento las primeras palabras que
en estos discursos se pronuncien, no sólo porque acaso sospechéis que las mías se inspiran en esa costumbre y no en un
sentimiento espontáneo, sino también porque no debéis juzgar
de mi gratitud por la de aquellos que antes que yo os han
manifestado la suya. Aumenta la generosidad del dón la pequenez de los merecimientos de aquel á quien se concede.
A nadie habéis hecho merced t a n g r a n d e como á mí, porque
nadie la ha merecido menos. J u s t o es que y o os esté más que
nadie obligado.
Pero no quiero pecar de ingrato cuando deseo m o s t r a r m e
agradecido, y no correspondería dignamente á vuestra bondad
fatigándoos con la expresión de m i reconocimiento. Termino,
pues, con este punto, pidiéndoos que me perdonéis la discul-
— G —
pable presunción, hija del convencimiento de m i inferioridad,
de querer ser en algo superior á mis antecesores: en la intensidad de la g r a t i t u d con que correspondo al honor que me
hacéis.
¡ Triste cosa es, seilores, que las puertas de este templo de
las letras y del saber sólo hayan de abrirse ante la m u e r t e !
N o se puede decir, sin embargo, con absoluta propiedad en
la presente ocasión que la silla que vengo á ocupar lo haya
estado por el m u e r t o ilustre á quien sucedo. E l n o m b r e del señor D. Cayetano Fernández figuró d u r a n t e muchos años en la
lista de los Académicos, pero la Academia apenas disfrutó de
su cooperación y de su presencia. Pocos de vosotros le habéis
conocido, y si yo t u v e ese placer hace tiempo, lo debo á haber
nacido en Sevilla, donde él casi siempre residió.
F u é el Sr. Fernández llamado al seno de esta insigne Corporación en el año de 1866, cuando era preceptor del rey don
Alfonso X I I , á la sazón Príncipe de Asturias. Tomó posesión
de su plaza en 1871, y tan corto tiempo se sentó entre vosotros, que el n ú m e r o de sus asistencias á vuestras j u n t a s no
pasa de once, segiín he visto en la admirable necrología del
Académico muerto, que acaba de hacer y publicar, p o r encargo
de la Academia, u n o de sus más preclaros individuos: el señor D. Miguel Mir.
E s t a consideración podría, acaso, excusarme del cumplimiento del deber de recordar aquí los méritos de mi antecesor,
porque cuanto yo pueda deciros sobre este p u n t o os lo ha
dicho antes, con mayor elocuencia y en forma más castiza y
galana, el P. Mir en su folleto. N o quiero, sin embargo, dejar
de pronunciar también breves palabras sobre el particular:
m u y pocas, porque n o os descubrirán nada que no sepáis; al-
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—
gunas, porque suprimirlas tal vez pareciera deseo de regatear
la admiración y el elogio á quien con tantos títulos los reclama.
J^a figura de D. Cayetano Fernández es interesante por muchos conceptos. Distinguido caltivador de las letras, sacerdote
ejemplar, orador extraordinario, no vivió siempre consagrado
á la religión. Necesidades de la vida, unidas tal vez á una prof u n d a vocación, sólo durante pocos afios olvidada, luciéronle
vestir, en los albores de su existencia, el hábito del seminarista. Buscó más tarde la ventura en la paz de u n hogar, formado
por el amor y bendecido por el cielo. L a muerte deshizo en
breve aquel hogar dichoso, del que desaparecieron á la p a r la
esposa que lo embellecía y la hija que lo alegraba, y el señor
Fernández entonces volvió los ojos á Dios y vistió de nuevo
el traje talar, llevando al sacerdocio el corazón fortalecido por
el golpe del infortunio: que el dolor es el y u n q u e en que se
templa el alma humana.
Ya era jurisconsulto m u y distinguido y acreditado cuando
volvió nuevamente á cursar la teología en las aulas del seminario, dando con ello prueba de humildad. L a fama de sus
virtudes, j u n t a á sus indiscutibles merecimientos como predicador, poeta y hombre de inteligencia y cultura excepcionales,
le llevaron en breve al cargo, ya citado, de preceptor del P r í n cipe de Asturias y á la dignidad de Chantre de la basílica
sevillana, que nunca quiso cambiar por el anillo episcopal,
aunque le fué con insistencia ofrecido. E n Sevilla, cumpliendo
escrupulosamente con sus deberes de sacerdote cristiano, y
consagrando al cultivo de las bellas letras sus momentos de
ocio, vivió d u r a n t e los últimos treinta años, y allí exhaló, pocos meses há, el postrer suspiro, rodeado de general estimación
y respeto.
Sus obras poéticas y literarias—más conocidas en Andalucía
que en Castilla—son por todo extremo dignas de recomenda»
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ción y aplauso. Las fábulas ascéticas y las novelas, biografías
y artículos, enamerados por el Sr. Mir en su necrología, son
obras importantes y meritorias, que seguramente se salvarán
del olvido y perpetuarán el nombre del que fué vuestro compañero; pero donde D. Cayetano Fernández brilló siempre
como astro de primera m a g n i t u d fué en la oratoria sagrada.
De noble y arrogante presencia, de hermosa voz, de ademán
severo, de palabra fácil, brillante y correcta, era el modelo del
g r a n orador. Seviila entera llenaba la Catedral cuando predicaba D. Cayetano, como familiarmente se le llamaba, y su
acento inspirado y solemne, vibrando bajo las grandiosas naves; su unción religiosa, su aspecto profético, se apoderaban
del alma de aquella m u l t i t u d , pendiente de sus labios. Y o le
oí muchas veces, en mis anos primei'os, cuando aún no estaba
en edad de comprenderlo bien; pero acaso por el poder maravilloso del sentimiento y del arte, mi corazón sentía lo que m i
inteligencia no alcanzaba, y , como á todos, me arrastraba, me
dominaba el encanto supremo de aquella palabra admirable.
No he vuelto á oirle, pero tan indeleble huella dejó su voz
en mi alma, que desde entonces la idea de la elocuencia es algo
que para mí va unido á su rfecuei-do ; algo que yo no puedo separar del nombre de D. Cayetano Fernández. ¡Quién había de
decirme que me estaba reservado el honor de sucederle entre
vosotros !
Y cumplido el piadoso, y para m i grato deber, de rendir
tributo de justicia á su memoria, entro de lleno en materia.
Careciendo yo del vasto saber de cuantos me han precedido
en el lugar que ahora ocupo, he resistido victoriosamente á la
tentación de disfrazarme de erudito al buscar tema para mi
discurso. Tal vez no me hubiera sido difícil, desempolvando
libros en una biblioteca, presentarme ante vosotros con un estudio más digno de este acto solemne que el ligero y v u l g a r
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que os ofrezco. N o lo he querido hacer. Cultivador modesto de
la poesía, á ella he pedido el asunto de mi disertación. Obligado por el precepto de los estatutos á discurrir ante vosotros,
he escogido, para cumplir con el m a n d a t o , u n tema cuya m a g nitud é importancia son, sin d u d a , superiores á mis fuerzas,
pero q u e , por eso mismo, p o d r á ocultar mejor la pobreza de
m i ingenio: examinar brevemente la obra admirable de un admirable poeta. E l poeta es el pueblo: su obra la copla.
N o i g n o r o — s i bien lo he sabido después de concebida la
idea y formado el p r o p ó s i t o — q u e el tema que voy á esbozar
ha sido ya desarrollado ante esta ilustre Academia. F u é una de
las partes que abrazó el discurso de recepción de u n vate preclaro, compañero vuestro y maestro mío, á quien llorarán
siempre las letras españolas: D. Antonio García Gutiérrez,
autor insigne de El Trovador y Juan
Lorenzo.
Hubiérame forzado la coincidencia á buscar otro asunto para
mi trabajo á no estar seguro de que entre éste y el de m i glorioso antecesor existen fundamentales diferencias, aun sin
contar aquella, inevitable y desventajosa para m í , que necesariamente ha de resultar de la superioridad del ingenio de García Gutiérrez sobre el mío.
La copla popular, tema exclusivo de mi discurso, es, como
acabo de decir, sólo una de las partes que abraza el de García
Gutiérrez, que estudia también los refi'anes y los romances,
considerándolos igualmente como poesías del pueblo. Y no limita su estudio al examen de romances, refranes y coplas en
su estado actual, por decirlo así, sino q u e , con g r a n erudición,
se remonta á su origen y analiza su desenvolvimiento á través de las sucesivas transformaciones de los tiempos y del lenguaje. E n ima palabra, el discurso de García Gutiérrez es un
notable estudio sobre la formación del verso castellano (aunque él modestamente quiera circunscribirlo á las composiciones
populares y anónimas), donde se observa cómo nacen y se des-
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—
arrollan la rima y el ritmo, que van formándoae y perfeccionándose al mismo tiempo que el idioma, desde el latín de los
visigodos hasta la rica y armoniosa lengua de Castilla.
Muy distinta és la índole de mi discurso. N o me propongo
elevarme á las fuentes de la poesía popular, examinar sus comienzos, seguirla en sus evoluciones, a q u i l a t a r l a influencia
que sobre ella ejercieran el latín ó el árabe. Mi intención es
sólo estudiarla someramente en su manifestación más v u l g a r :
en la copla nacida del pueblo y por él cantada á todas horas,
en ese raudal constante de inspiración y de t e r n u r a , natural,
sincero y espontáneo.
Y no he de j u z g a r iónicamente la obra; he de extender m i
juicio al a u t o r , á ese autor anónimo y fecundo á quien nadie
conoce y que siempre crea; he de procurar sorprenderlo cuando
trabaja y produce; empeño fácil de lograr puesto que el poeta
del pueblo no d a , como los otros, forma á sus pensamientos
encerrado entre las cuatro paredes de una habitación, sino que
concibe y expresa sus inspiraciones al aire libre, por regla general; mirando al cielo y contemplando á la tierra; recibiendo
las caricias del viento y del sol. P o r eso su poesía tiene la pureza, la diafanidad y la frescura que da el contacto continuo
con la naturaleza.
Observo ahora que he cometido g r a v e inexactitud al calificar de desconocido al a u t o r de nuestras coplas populares. No es
cierto que lo sea. Todos le conocemos, todos le hemos visto alg u n a vez, porque él no se oculta á nuestra mirada. E s el gañán
que rompe con su arado la tierra de las vastas llanuras castellanas; el segador que se abrasa bajo los rayos del sol de fuego
de Andalucía; el marinero cuva barca mecen las olas del m a r
azul que besa las playas levantinas; es el campesino que vuelve
á su h o g a r después de la r u d a faena; es la moza enamorada
que espera á su rondador tras la cortina de ñores de su reja;
es el hijo que perdió á su madre, y echa de menos aquel amor
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insustituible y bendito; es el preso que se lamenta, el a m a n t e
que suspira, el dichoso que ríe, el triste que llora; es el pueblo
que trabaja, que padece, que goza y que ama, y busca para sus
alegrías y para sus dolores, para alivio de su labor y para compañera de su descanso, lo que ha sido, es y será siempre la expresión suprema del sentimiento humano: la poesía
No es esta facultad creadora patrimonio exclusivo de los espíritus cultivados. Tendencia imperiosa, ó p o r mejor decir, necesidad verdadera del alma, lo mismo aguijonea á aquellos
cuyo gusto formó el estudio y depuró la lectura asidua de los
grandes poetas, que á aquellos otros que, sin modelos que imit a r ni reglas escritas á q u e sujetarse, sienten el impulso de expresar en forma métrica sus ideas y sus sentimientos.
Siempre ha existido la poesía popular, y no es, en mi sentir,
menos digna de estimación que la erudita, como no es menos
estimable el oro que guarda la tierra en sus entrañas ó arrast r a n los ríos en sus arenas, que el que, bruñido y pulimentad o , sirve de engarce á perlas y rubíes. Bella es la flor que
produce el cultivo, pero no lo es menos la que brota espontáneamente en el campo, y no sé yo p o r cuál me decidiría, si me
viese obligado á elegir; si por la rica estufa, abundante en rosas, gardenias y jazmines, artificialmente obtenidos, 6 por el
pobre collado, para quien teje la primavera su brillante tapiz
de lirios, margaritas y amapolas.
No quiere esto decir que las coplas populares sean siempre
las flores del campo, menos fragantes y duraderas que las del
jardín ó la estufa. H a y momentos en que la musa del pueblo,
por milagros de la intuición, se remonta á las más elevadas regiones de la belleza y produce obras de perfección admirable.
Cantares conozco que pudieran llevar al pie el n o m b r e de cualquiera de los inmortales maestros de la poesía española, sin
que la firma sufriese menoscabo. Recordad aquella conocidísima seguidilla que dice:
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—
E s amor en la ausencia
Gomo la sombra,
Cuanto más apartada
Más caerpo toma.
Ausencia es aire
Que apaga el fuego chico
Y aviva el grande.
líi reducido espacio de siete versos basta al autor de esa copla
para hacer una acabada y perfecta poesía. N o cabe mayor hermosura en la imagen, mayor exactitud en el símil, mayor sencillez y claridad en la expresión. Nacida, sin d u d a , del dolor de u n pecho herido por el mal de la ausencia, está además
impregnada de u n sentimiento dulce y comunicativo. Muchas
separaciones de amantes debe haber hecho menos dolorosas ese
cantar, bien consolando á aquellos q u e , olvidados al alejarse,
hayan mitigado su pesar con la consideración de que la ausencia sólo apaga el fuego chico, y que no merece, p o r t a n t o , ser
lamentada la pérdida de un amor que no resiste á esa p r u e b a ;
bien alentando á aquellos oti-os que, correspondidos con lealtad
por un dueño ausente, tienen la alegría, compensadora de las
tristezas de la separación, de pensar que el amor no se debilita
con la distancia, sino que, por el contrario, se arraiga y crece,
porque el viento de la ausencia se encarga de avivar la llama
verdadera, el fuego grande.
U n a poesía encantadora y completa es también esta otra copla, que seguramente todos conocéis:
Dos besos tengo en el alma
Qae no se apartan de mí:
El último de mi madre
Y el primero que te di.
¿ E s posible expresar con mayor concisión y belleza un pensamiento más tierno y poético ? ¿ Qué poeta desdeñaría la paternidad de ese cantar? N o creo que se pueda (csentir más hondo
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—
ni hablar más claro». Con la idea de esa estrofa hubieran podido escribirse muchos versos, muchísimos, tal vez un poema.
Materia sobrada hay para ello. Esos dos besos, encarnación y
símbolo de los dos más grandes amores de la vida, en sus momentos de mayor intensidad, el líltimo de la madre moribunda
y el primero de la m u j e r amada, ofrecen ancho campo donde
extenderse. P e r o la musa qiie inspira los cantos populares es,
por naturaleza, concisa. Bástale, por lo general, con cuatro
versos para encerrar en ellos la más larga de sus inspiraciones.
Hace bien, puesto que con eso tiene suficiente para producir
obras de peregrina belleza.
P o r centenares pudiera citaros coplas no inferiores á las dos
citadas. Me limitaré, sin embargo, á escoger algunas, m u y pocas, de distintos géneros, pues de todos ofrecen muestras brillantes los cantares.
Bellísimo es también el que sigue:
« Si no me quieres te mato »,
Dicen unos ojos negros,
Y dicen unos azules
a Si no me quieres me muero».
Muy dados han sido siempre los poetas á buscar comparaciones que pudieran llamarse asti'onómicas. E l sol, la luna y
las estrellas han servido constantemente de términos de comparación al amante para encarecer y cantar la hermosura de la
dama de sus pensamientos; pero pocas veces ha sido expresada
la idea con el ingenio que en la copla siguiente, que tiene, más
que n i n g u n a de las anteriores, el sello peculiar del estilo del
pueblo:
La luna se va, se va
Déjela usté que se raya,
La luna que á mi me alumbra
Está en aquella ventana.
— U —
E n ocasiones la musa popular, generalmente amorosa ó j u guetona, se hace sentenciosa y grave, y de sus sentencias, encerradas en imágenes, se desprenden útiles advertencias, cuando
no verdaderas enseñanzas.
Modelo de esa clase de cantares es el siguiente:
Arroyo, no corras tanto,
Mira que no eres eterno,
Que el verano lia de quitarte
Lo que te lia dado el iavieriio.
A igual género pertenece este o t r o , que transcribo tal como
el pueblo lo canta:
El libro de la experiencia
N o sirve al hombre de na:
Tiene al final la sentencia
Y nadie llega al final.
Propende el poeta del pueblo á dar forma"material y palpable á sus ideas. P o r eso se observa en sus obras una irresistible tendencia á la imagen y á la metáfora. Esa es su cualidad
característica. Llévalo tal modo de ser al abuso de la hipérbole,
y con él á la exageración, n o siempre de buen g u s t o ; pero en
este mismo defecto es donde encuentro que se marca con más
poderoso relieve su personalidad.
Una de las coplas en que mejor puede apreciarse esta condición es la siguiente, citada también por García Gutiérrez en
su discurso:
Cien años después de muerto
Y de gusanos comido,
Se han de encontrar en mis huesos
Señas de haberte querido.
E s e amante, cuyo amor aspira á triunfar, no sólo moral, sino
también materialmente de la muerte, conservando en sus hue-
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—
sos, un siglo después de enterrado, las huellas de su afecto,
bien merece que se le perdone lo atrevido de la idea, en gracia
del sentimiento que la inspira y del vigor poético que encierra.
E l autor de la copla, seguramente meridional, sólo concebía
así, por lo menos en aquel momento, la verdadera pasión; inacabable, vencedora de las mismas leyes de la naturaleza.
Tampoco debemos parar mientes en el atrevimiento de la
metáfora, para fijarnos sólo en su belleza, este otro cantar:
Al pie do una cruz bendita
Llorando me arrodillé,
Las lágrimas de mis ojos
Se quejaban al caer.
E s indudable que las lágrimas no se quejan, pero ¿qué menos puede permitírsele que decirlo al que siente á las suyas
abrasarle el alma y las mejillas?
D e mayor indulgencia necesita esta otra copla, que no puedo
resistir á la tentación de transcribiros, por ser una de las que
más fielmente reflejan el carácter especial de los cantos populares de Andalucía. Encontraréis en ella una palabra que no
existe en vuestro diccionario. N o la he querido alterar, no sólo
porque me hubiese sido m u y difícil sustituirla, sino también
porque en esa palabra, inventada tal vez para la copla, consiste
y estriba su originalidad y su encanto.
Cuando me siento en la cama _
Y en ti me pongo á pensar,
Las paredes se escalichan
B e lástima que les da.
Ciertamente que hay en esos cuatro versos verdadero abuso
del sentido figurado, cuyos discretos límites no conviene traspasar; pero después de todo, ¿qué dice en la estrofa el poeta
del pueblo que en casos análogos no hayan dicho otros poetas?
Siempre han tratado éstos de buscar analogías entre el estado
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16
—
de su alma y el m u n d o exterior, como si quisieran asociar á la
naturaleza á sus dolores ó á sus alegrías. Figúrasele al dichoso
que el sol brilla más claro, que las aves lanzan más puros gorjeos. Antójasele al desgraciado-que el cielo se obscurece, que
callan de p r o n t o tórtolas y ruiseñores. E l autor de la copla,
sumido en el dolor por desdenes ó engaños de su amada, miró
sin duda en torno suyo, buscando un sol que pudiera ocultarse
entre pardas nubes, ó un valle ameno que perdiera de repente
sus armonías y sus aromas, y no encontimándolos, y viendo sólo
á su alrededor las enjalbegadas paredes de su dormitorio, á
ellas recurrió, á falta de otra cosa, y las hizo conmoverse, dej a r caer á pedazos la cal que las cubría: escalicharse.
También es clásicamente andaluza, y en mi sentir modelo
de gracia y naturalidad, esta otra copla:
Tienes una cinturita,
Que anoche te la medí;
Con media vara de guila
Catorce Tueltas le di,
y aun me sobró una poquita,
Bien es verdad que en las rimas ligeras ó regocijadas es
donde brilla, acaso con mayor intensidad, el ingenio del
pueblo.
Dice u n amante, conocedor de que el amor verdadero triunfa
al fin de las resistencias maternales:
¿De qué le sirve á tu madre
Echar la llave al corral,
Si te has de venir conmigo
Por la puerta principal?
Otro, desdeñado tal vez por su pobreza, se queja en estos
términos:
El cariño de los pobres
E s como el aire colao,
Que todo el mundo le huye.
N o le pille un comtipao.
— 17
—
Cuenta u n tercero la historia de sus desventuras — historia
completa y p o r todo extremo lamentable — con la siguiente
seguidilla:
Al pasar por tn calle
Tropiezo y caigo;
Me levanta tu madre
D e un ladrillazo:
Vuelvo la cara
Y venía tu padre
Con una vara.
,
Queja de distinta clase, f u n d a d a en un p r o f u n d o conocimiento de la realidad, es la de aquel enamorado, víctima de
los caprichos de su Dulcinea, que exclamaba:
«Estarás sujeta al hombre»,
Dijo Dios á la mujer;
Debió decirlo d& guasa,
Porque sucede al revés.
Sin duda no era su amor tan profundo como el de aquel otro
que, compendiando el suyo en una sola palabra, decía:
El Padre Santo de Roma
Me mandó que te olvidara,
Y o le dije: Padre mío,
N i aunque me recondenara.
Creen muchos que las llamadas coplas populares no son hijas
del pueblo, sino composiciones de poetas, más ó menos conocidos, que nunca han reclamado la paternidad de esas obras.
Sin negar y o que esto pueda suceder en algunos casos, forzoso es convenir que en la inmensa mayoría de ellos es el pueblo, propiamente dicho, el autor de los cantares. Esto no necesita comprobación. E s un hecho y u n hecho visible, puesto
que las rimas populares no nacen, como antes he dicho, en la
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22
—
soledad del gabinete de trabajo de sus creadores, sino delante
de testigos que presencian su concepción y su nacimiento.
L a canción popular no es patrimonio exclusivo de ninguna
región de España. E n todas ellas canta el pueblo y canta á todas horas, porque el canto es—lo repito—el auxiliar de su labor
y el compañero de su descanso.
De ese constante y machas veces inconsciente cantar, es de
donde salen las nuevas rimas. E l campesino que labra la tierra,
el pescador que cose sus redes, la moza que atiende á los menesteres domésticos, el que trabaja y el que. descansa, hombres
y m u j e r e s , mozos y viejos, todos mezclan cuando cantan á la
copla aprendida la que inventan en aquel momento. Claro es
que no todas esas coplas perduran. L o s mismos que las crean
las olvidan muchas veces, y aun aquellas que subsisten y quedan no nacen desde luego con la forma clara, concisa y bella
en que son más tarde conocidas; nacen toscas y sin pulir. E l
pueblo improvisa siempre, y la copla improvisada es, por lo
general, incorrecta. E l inventor del cantar no hace otra cosa
que lanzar la idea. Oyela uno que la repite, corrigiéndola. De
este segundo la aprende u n tercero, que también la mejora, y
así, en sucesivas reformas, la copla pierde su primitiva rudeza
y se va perfeccionando poco á poco. P o r eso los cantares son
anónimos; porque no es posible determinar quién es su verdadero autor. ¡Cuántas veces el primero que la concibió habrá
oído u n a copla, después de estas transformaciones, sin sospechar que era obra auya ! E n realidad, estas rimas pertenecen
tanto al que las inventa como al que las modifica. Son de los
dos y de ninguno. Son del pueblo.
Y a dije que todas las regiones de España son fecundas en
coplas; pero no todas lo son igualmente. U n a tiene en este
p u n t o indiscutible superioridad sobre las demás. Me refiero á
Andalucía. De ella salen principalmente los cantares que luego
se extienden por todas partes.
—
19
—
Para el pueblo andaluz el canto es algo consustancial con su
naturaleza; es una necesidad imperiosa de la vida. Quitadle
sus canciones, y le habréis quitado la mitad de su carácter. E n trad en casa del pobre en Andalucía. Tal vez no encontraréis
n i aun silla en que sentaros; pero no dejaréis de ver la guitarra colgada de la pared. ¡ A y del hogar donde no la encontréis !
La ausencia de ese instrumento representa más que la ruina;
significa la desesperación; porque así como en comprarlo se
empleó el primer dinero reunido á costa de privaciones, al
venderlo no se vendió sólo el último resto del pobre a j u a r ; se
vendió también la esperanza, la alegría. Mientras queda la guitarra, queda el bálsamo que cura las heridas del dolor; queda
la seguridad de encontrar el olvido de los males. Tal vez pensando en ella dijo alguno la célebre frase: « E n casa no comemos, pero nos divertimos mucho.»
Desde que se pone el pie sobre el suelo andaluz no deja de
oirse el canto del pueblo. Parece el latido constante de su corazón; la vibración continua de su alma. Resuena en las orillas
de sus ríos; en las fragosidades de sus sierras. Repiten sus notas los verdiblancos olivares, las pomposas viñas, las huertas
alegres. Deteneos ante la casa del cortijo. Primero dejaría la
cal de cubrir sus blancas paredes, que de salir de su interior
la seguidilla de la zagala ó la calesera del mozo de muías. Seguid al vaquero que guarda la torada. Antes dejaría de llevarla
al abrevadero que de endulzar sus soledades entonando malagueñas ó sevillanas. E n t r a d en las ciudades; recorred las calles;
asomaos al taller
E l canto os seguirá por todas partes siempre; pero sobre todo al llegar la noche, y con ella la hora del
descanso. Entonces es cuando Andalucía entera canta; cuando
comienza el reinado de la alegría. Entonces es cuando la andaluza ciñe su cuerpo con la limpia y crujiente bata, que ella
misma a l m i d o n a , y su cabeza con las flores que ella misma
cría, porque para sus macetas es Abril todo el año. Entonces
-
20
es cuando el galán corre en busca de la dama por quien suspira; cuando la vivienda se adorna y el patio se engalana y la
guitarra rasguea; cuando el enamorado improvisa ó repite coplas en que pinta su amor, el celoso sus celos, el triste sus dolores, el dichoso sus alegrías, todos sus sentimientos, y el
himno soberano del pueblo-poeta vibra en los aires y sube al
cielo en la serena majestad de sus noches hermosas y estrelladas.
Fuente inagotable de cantares nuevos son estas veladas. Á
ellas lleva dispuesta la copla en que declara su amor el que
aspira á conseguir el de una m u j e r ; en ellas lanza sus lamentos
la que se cree vendida ó desdeñada por u n dueño ingrato. Á
estas quejas ó á aquellas declaraciones contestan, más ó menos
veladamenté, los aludidos, en estrofas que improvisan en aquel
instante, y estas luchas poéticas, estos torneos de ingenio, estos
piques, que es el nombre que se les da comiinmente, son venero constante de que se n u t r e el cancionero popular.
Acaso en alguna de estas reuniones, en el corro formado á
la puerta de su vivienda, fué donde una mujer, quejosa de su
amante, dijo por primera vez estos tres versos, en que corren
parejas la belleza del pensamiento y la sobriedad de la expresión:
,
A mí no me quiere nadie.
Las madres son las que quieren,
Y ya se murió mi madre.
Y tal vez á ellos contestaría el g a l á n , cuyos desdenes bien
podrían tener por base los celos, con este otro cantar:
Primero hizo Dios al hombre
Y despaéi á la mujer.
Las torres se hacen primero
Y las Teletas después.
E n ese mismo corro debió ser donde un celoso, queriendo
vengarse públicamente de la m u j e r que juzgaba infiel á su cariño, dijo con a m a r g u r a :
-
21
—
Tu querer es como el toro,
Que adonde lo llaman va;
El mío 63 como la piedra,
Donde la ponen se está.
Y quizás la mujer, acusada injustamente, contestó con esta
otra estrofa, que se le escapó del alma, mientras las lágrimas
le rebosaban de los ojos:
El hombre que no se añige
Cuando llora «na mujer,
Ni ha conocido á su madre
Ni sabe lo que es querer,
¡ Cuántas coplas admirables tienen su origen en estos corros
que llenan al anochecer las calles de Andalucía!
Probablemente en uno de ellos fué donde, la víspei-a de
marchar á servir al Rey y á la P a t r i a , dijo u n mozo, despidiéndose de su novia, estos sentidísimos versos:
Ddjame ir á la zaga
Del carro, Pedro,
P a no alegarme tanto
Del bien que dejo.
A cuya tierna despedida contestó, sin d u d a , la interesada,
segura de su fidelidad y la de su amante, con el conocido
cantar:
Suspiros que de mi salgan
y otros que de ti saldrán,
Si en el camino se encuentran,
¡Cuántas cosas se diránI
N o son estas reuniones, particulares ó íntimas, la única
fuente de donde brota la copla andaluza: otra existe también
abundantísima, y, por t a n t o , digna de mención. E l que se
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llama—siti que vosotros, legisladores del idioma, hayáis aceptado el vocablo—café cantante.
Hé aquí u n o de los lugares donde la musa popular se muest r a más activa y creadora, y donde puede verse con mayor
claridad q u e , contra la opinión antes citada, las coplas no son
poesías de autores eruditos de los qiie el pueblo se apodera,
sino que es el pueblo mismo quien los produce.
E n el café cantante (perdonadme que repita la palabra) nacen también continuamente nuevas rimas. Cantadores y cantadoras son, sin sospecharlo ellos mismos, fecundísimos poetas
encargados de enriquecer á diario el cancionero del pueblo.
E s rareza que oiga dos veces la misma copla el que frecuenta
estos lugares. E l repertorio viejo cede siempre su puesto al
n u e v o sobre el tablado donde la guitarra congrega en t o r n o
suyo á los maestros del arte del canto; porque éstos tienen á
menos repetir coplas conocidas. E s preciso inventarlas nuevas.
La realidad y la vida ofrecen asuntos donde inspirarse. E l suceso que impresionó d u r a n t e el día es el que, llegada la noche,
sirve de tema á las coplas. Quien vió llorar á u n h i j o por la
m u e r t e de su madre, raro será que no cante estrofas donde palpite el afecto -filial, uno de los sentimientos que hacen vibrar
más dulcemente la lira del pueblo. Quien vió desfilar soldados,
evocará en sus rimas el recuerdo de tantos hogares entristecidos por el alejamiento del mozo que los alegraba, de tantas
amantes como llorarán su ausencia. Epitalàmico será el cantar
del que presenció una boda. D e t u m b a s y de sauces hablará en
el suyo quien pasó j u n t o al cementerio. L a musa p o p u l a r — y
en eso se diferencia de la e r u d i t a — c a n t a sólo lo que ve ó lo
q u e siente: no busca nunca su inspiración en sucesos fabulosos
ó en sentimientos imaginarios.
L a s dos últimas v e c e s — n i n g u n a m u y próxima y a — e n que
he asistido á este espectáculo, característico de Andalucía, he
comprobado por mí mismo esta apreciación. F u é en Sevilla.
—
—
E s t a b a m u y reciente, en la primera de dichas ocasiones, el
bnndimieDto de un trozo de bóveda que puso en riesgo la existencia de aquella hermosa Catedral; acababa de ocurrir, en la
segunda, la m u e r t e de u n célebre torero sevillano. Al peligro
que corría el famoso templo, á la pena con que los hijos de la
capital andaluza veían casi en ruinas aquella maravilla de la
arquitectura, se referían todas las canciones que escuché la vez
primera; la segunda n o oí más que coplas en que se lamentaba
la pérdida del infortunado lidiador. Ambos sucesos eran los
que más hondamente le impresionaban en una y otra ocasión,
y el pueblo hacía de ellos el tema de sus rimas. E n el torero
muerto lloraba algo que era suyo y que perdía para siempre:
el amigo, el hermano, criado j u n t o á él, nacido en humilde
cuna, llevado por el valor y la destreza á las cumbres de la
celebridad, expirante luego sobre la arena entre gritos de hor r o r y aclamaciones de entusiasmo. E n la Catedral, medio der r u m b a d a , no veía sólo la ojiva rota y las piedras caídas, la
destrucción del templo que era su orgullo, de aquellas naves
que abren á la oración el camino del cielo; parecíale que, con
la bóveda, se hundían y desmoronaban su piedad y su fe, y
estos sentimientos, tan desemejantes y tan íntimos, arrancaban á su alma aquellas estrofas, rudas y primitivas ciertamente,
pero quizás por eso mismo de mayor poesía: que el brillante,
al ser tallado y pulido, pierde en tamaño lo que gana en esplendor.
E s indudable que las inspiraciones de esta musa reclaman
más que otras la prolija labor de selección, que el tiempo se
encarga siempre de hacer. La mayor parte de estos cantares
no merece salvarse del naufragio del olvido; pero, entre los
más imperfectos ó defectuosos, se encuentran no pocos admirables. 1 Cuántas de esas bellísimas coplas, conservadas en las
distintas colecciones existentes, h a b r á n nacido sobre estos tablados! Considévanse por todo el m u n d o los conciertos de que
-
2é —
hablo corno espectáculos de mera diversión, propios del carácter del país, donde el culto aparente que se rinde á Apolo y
Melpòmene no es sino el disfraz de otro, más real y verdadero,
tributado á Venus y á Baco. Y o , respetando el parecer de los
que así opinan, declaro que, cuando he asistido á estas veladas,
me ha parecido asistir al gabinete de trabajo de un poeta, á
quien he sorprendido en el m o m e n t o de dar forma á sus ideas.
E l tablado de estos cafés es para mí la mesa donde escribe sus
obras ese g r a n poeta que se llama el pueblo andaluz, de cuya
labor son auxiliares las palmas que le estimulan, la g u i t a r r a
que le precede, las castañuelas que le acompañan, y, sobre
todo, el riquísimo vino de aquella tierra privilegiada: oro f u n dido en las altas copas de tosco cristal, corriente de fuego en
las venas y raudal de inspiración en el alma.
El haber reclamado el primer lugar entre las comarcas españolas para Andalucía, como fuente y origen de coplas populares, no quiere decir que yo desconozca que las restantes tienen también su cancionero, digno de estudio y alabanza. E n
todas las regiones de nuestra patria tiene el pueblo su poesía
especial, y en todas ellas cumple esta poesía con la primera y
más importante de sus misiones: la de reflejar fielmente el carácter, la naturaleza y el modo de ser de la región que es su
cuna.
E n Castilla, donde el pueblo se consagra principalmente á
las ásperas faenas de la labor, tienen las coplas u n sello peculiar
que las distingue de las del resto de España. N o busquéis en
ellas imágenes, sino sinceridad. Son las rimas del campesino
•rudo, del hombre cuyo rostro azota la nieve en invierno y
"tuesta el sol en el estío, y que ama, sin embargo, á aquel pobre
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—
t e r r u ñ o que tan mezquinamente recompensa su esfuerzo. Rimas
del campo, al campo sólo se refieren. Las coplas castellanas son
lamentos de los pastores, las expansiones de las zagalas', los
gritos de los boyeros, las quejas de los gañanes. Veis en ellas
volver al pueblo las yuntas en larga fila al declinar la tardé;
entrar en el redil las ovejas, protegidas por el noble mastín que
las guarda y defiende; sonar en la t o r r e de la aldea el toque de
oraciones, que anuncia el fin de la faena diaria;; verdeguear la
siembra naciente, granar luego la espiga, amontonarse más
tarde los haces en la era. N a d a que recuerde la vida diaipada^y
azarosa de las ciudades: nada que no sea la relación directa y
constante con la naturaleza. La lluvia que fecunda; el sol que
vivifica; la tierra que produce: aire sano, olor á tomillo por
f u e r a ; por dentro nobleza, laboriosidad, resignación, todas las
virtudes de la vieja tierra de Castilla, cuna, nervio y alma de
nuestra nacionalidad.
Dicen que los pastores
Huelen á sebo,
y el pastorcito mio
Huele á romero.
Oí esta copla—confirmadora de mis anteriores asertos—una
tarde, á la entrada de un pueblo de la provincia de Salamanca,
y me impresionó vivamente oiría. N o sería seguranaente su
autora la m u j e r en cuyos labios la escuché; pero yo pensaba
que lo era y hasta me parecía entrever, á través de los amores
de aquella moza de simpático aspecto, limpia y saludable, y
aquel pastor que á ella le olia á romero, toda una novela, ó por
mejor decir, toda una historia, m u y vulgar, sin duda, pero m u y
interesante y m u y tierna: la historia de dos seres, nobles.y vigorosos, que enlazan su vida, para compartirla entre el amor y
el trabajo; que forman un hogar del que la pobreza no arroja
á la alegría; que cumplen con todos sus deberes, hasta con el
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—
de dar numerosos hijos á la patria: los que han de cultivar su
suelo, los que han de defenderla con el fusil al hombro, los
fuertes, los humildes, los buenos, los que de niños son la luz y
el orgullo de la mísera casa, y luego, de hombres, los encargados de cerrar piadosamente los ojos á l o s pobres viejos, cuando
la tierra, tantas veces regada por el sudor de sus rostros, los
llame á su seno y caiga sobre ellos, obscuros soldados del deber, muertos sobre el campo de batalla, sin dejar otra huella de
su paso por la vida que una tosca cruz do madera entre los
jaramagos del cementerio
P e r o esas cruces toscas son las
grandes, las redentoras. E n una de ellas murió Dios.
A l paso do los bueyes
Van los gañanes.
¡Mira qué paso llevan
Los holgazanes!
También esta copla es castellana neta. Y no lo es menos la
siguiente:
Cuanto más alto va el sol
Más callento está el terreno:
Cuftnto más lejos de ti
Más en el alma te tengo.
Pero con mayor relieve que en las anteriores, encuentro yo
que se marca el carácter especiallsimo de la poesía castellana
en la que voy á citar, oída también por mí en Castilla:
¿Con qué te lavas la cara
QHG tan colorada estás?
— M e lavo con agua clara,
Y Dios pone lo demás.
Ese ú l t i m o verso € Y Dios pone lo demás» es por sí sólo una
poesía completa. N o puede decirse de modo más ingenioso y
conciso que n o son los afeites los que dan la belleza, sino la
j u v e n t u d y la frescura. Una hermosa no necesita más que del
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—
agua de la fuente para lavar su rostro: lo demás, esto es, los
veinte años, los ojos rasgados, la boca incitante, las mejillas
sonrosadas, eso, lo pone Dios: no se imita con colorete.
Y a so llevan laa yeguas
Al herradero.
¡Pobre de la que tiene
Su amor vaquero!
E s t e cantar es todo un poema: el poema de la zagala enamorada que ve que sus compañeras van. á ser dichosas y que ella
sigue condenada á no serlo nunca. Con las yeguas, que vienen
á ser herradas, vuelven al pueblo los yegüeros; los verán nuevamente las mozas que los esperan
Sólo ella no verá al que
adora, que sigue allá, en la lejana dehesa, cuidando á s u torada.
I Pobre de la qne tiene
Su amor vaquero!
T a n t o como en Andalucía y en Castilla, y no me atrevo á
decir que m á s , porque más no es posible, márcase el carácter
regional en las coplas aragonesas.
También en Aragón es el canto una necesidad imperiosa de
la vida. N o se concibe al aragonés sin la jota. E n sus compases
se compendia y resume el espíritu de aquel pueblo. Al són de
sus notas a m a , t r a b a j a , lucha, vive y muere. Cántanla á todas
horas niños, mozos y viejos. Á semejanza de la oración aprendida en la infancia, que nunca se olvida, el aragonés no se
olvida nunca de su jota. Llévala en sus labios cuando abandona
la comarca, como el recuerdo de la patria ausente, como el lazo
que á ella le liga. Con sus cadencias ari'ulla la madre al hijo
que duerme en la cuna, enamora el galán á su dama, combate
el soldado, recuerda el anciano su j u v e n t u d . L a jota es todo:
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—
canción maternal, t r o v a de amores, estrofa guerrera: es el
himno de una raza; es la palpitación del alma aragonesa.
Las rimas del pueblo aragonés son r a d a s como su carácter;
pero también como su carácter francas, sinceras, varoniles.
I.levan el sello de su personalidad. E s la poesía de iin pueblo
viril, enemigo de la ficción, que dice sólo lo que siente; de
áspera corteza, pero de fondo admirable.
Fácil demostración tendría lo que afirmo; pero no quiero
seguir citando coplas. E s t o me llevaría muy lejos, y ya es hora
de acercarme al final de esta disertación, con la que pongo á
prueba vuestra paciencia.
N i cabe, dentro de la índole y extensión de este discurso,
hacer u n análisis, por ligero que fuera, de las canciones populares en todas las regiones de España; ni m i falta de conocimiento de los distintos dialectos de nuestra lengua me lo consiente; ni, en ú l t i m o caso, cuanto pudiera deciros, á partir de
aquí, sería otra cosa que la repetición de lo ya dicho.
¿Quién n o conoce loe cantos del pueblo de Galicia, dulces,
poéticos, impregnados de santo amor á la comarca? ¿Quién no
ha oído alguna vez, ya en vascongado, ya en español (pues de
ambas maneras se cantan frecuentemente), esas coplas sencillas, amorosas, apacibles, que acompaña la reposada cadencia
del zorcico? ¿Quién no se ha deleitado, en fin, en alguna ocasión escuchando las candorosas rimas asturianas ó montañesas, melancólicas, como lo son siempre la música y la poesía
de las montañas; los vigorosos acentos de los orfeones catalanes, que repiten las estrofas de la musa de aquel pueblo, nieta
de la vieja musa provenzal; los apasionados cantares de la
huerta de Murcia, ó de las alegres costas valencianas? Inspiraciones desemejantes, de distinta naturaleza, y aun expresadas en diferentes dialectos, pero unidas entre sí por u n lazo
comiin á todas; porque lo mismo las que vienen saturadas con
los perfumes de las rías y de los valles de Galicia, que las que
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29
—
reciben sus aromas de las rosas que riegan las aguas azules del
Guadalquivir; lo mismo las que proceden de los riscos que fueron cuna de n u e s t r a independencia, que las que nacen entre
los incomparables bosques de palmeras alicantinos, todas conspiran á idéntico fin, n i n g u n a intenta romper la unidad sagrada
de la p a t r i a — ¡ l a poesía no es cómplice de crímenes!—; antes
bien, esa unidad se robustece por la variedad misma de estas
rimas, que conctivren j u n t a s á formar ese admirable libro que
tiene el epígrafe de Cantos populares, y debajo el nombre glorioso de u n poeta inmortal: el pueblo español.
¿ E s necesario que os encarezca, para concluir, la importancia de las coplas? N o , ciertamente. T a n t o valdría encareceros la importancia de la poesía en general, de cuyo árbol es
rama frondosa la del pueblo. Tiene ésta considerable valor en
la literatura de todas las n a c i ó n ^ , y quizá, más que en ninguna,'en la nuestra, no sólo por su belleza, sino también por
su abolengo y p o r su antigüedad. El cancionero actual es el
hijo del romancero antiguo.
P a r a j u z g a r de la importancia de las rimas populares, con
un ejemplo basta. E l pueblo español, nuevo Tirteo, ha sabido
con su canto conducir á u n a hueste al triunfo. Repitiendo una
copla se ha escrito una de las páginas más brillantes de nuestra historia. P o r ella vencimos en lucha desigual y terrible;
por ella cambiamos la faz del m u n d o ; que esa copla, levantando los corazones y haciendo hervir la sangre en las venas,
f u é la que detuvo el vuelo de las águilas imperiales; fué la que
demostró á E u r o p a que no era invencible el que hasta entonces lo parecía.
E s a copla—y transcribiéndola a c a b o — e s aquella de todos
conocida, sublime por su sencillez, que encontrará siempre eco
en el alma española, porque despierta sus dos sentimientos
más puros: la religión y el amor patrio:
-
30 —
La Virgen del Pilar diee
Que no quiere ser francesa,
Que quiero ser capitana
De la tropa aragonesa.
He dicho.
».
• -.1 -
DISCURSO
DEL
E X C M O . SR. D. M A N U E L D E L P A L A C I O
s;:- -
»
SEÑORES
ACADÉMICOS:
Si hubiese yo creído que al darme el encargo de contestar
al elegante y ameno discurso del Sr. Cavestany lo hacíais únicamente para añadir una partida más á la deuda de gratitud
que tengo con vosotros, acaso mi natural pereza ó mi poca
afición á la prosa (ya que ni en la salud ni en las ocupaciones
puedo buscar más razonables disculpas) me hubieran aconsejado declinar este honor, que, á serme indiferente, me recordaría
aquella copla, fiel expresión del más refinado egoísmo, que
dice:
A mi me importa muy poco
Que un pajarillo en el campo
Salte de un árbol á otro.
Pero vuestra discreción y vuestra justicia me permiten afirmar que no fué así. Al escogerme para acompañar al Sr. Cavestany en este viaje, que á su edad todavía ofrece la perspectiva de magníficos horizontes y de floridos campos, ya
nebulosos y yermos á la nuestra, recordasteis, sin duda, que
aquí, como en todas partes, yo soy un defensor ardiente y
entusiasta de la poesía; que la rindo en mi ancianidad el mismo
culto que la rendí en la juventud, y que no sólo á los que
por derecho propio tienen entrada y lugar preferente en su
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—
templo, sino á los que lo rondan, halagando á las musas con
ofrendas, por humildes que sean. Ies cantaría de buena gana
lo de
Arrímate á mi querer,
Como las salamanquesas
Se arriman á la pared.
Y que el Sr. Cavestany es poeta, y poeta de grandes facultades y alientos, lo sabe el público, que le aplaudía ya á los
diez y seis años en El esclavo de su culpa, y que le aplaude hoy
en La reina y la comedíanla y en el Nerón y en El leoncillo;
lo dicen cuantos conocen sus versos y sus poemas, y lo prueba
el discurso que acabáis de oírle, vistoso ramo de flores, en el
cual ha mezclado á las propias las que con sumo acierto ha
escogido en el j a r d í n , siempre fecundo, de la inspiración popular.
N i n g u n a observación t e n g o que hacer á ese discurso, con el
cual estoy enteramente de acuerdo; pero sí aduciré algunos
datos, debidos más á la experiencia que al estudio, los cuales
confirman nuestra idea de que el cantar nace espontáneamente
en el corazón y brota en los labios del pueblo español, primero,
por la vivacidad de su espíritu imaginativo y soñador como
pocos, y segundo, por la estructura de su idioma, esencialmente
rítmica, que hace que hasta personas iliteratas, que no han
abierto jamás u n libro, ni han asistido á u n a representación
teatral, puedan improvisar, sobre todo en romance, horas enteras, según he tenido ocasión de oir, lo mismo en los cortijos
de Andalucía, que entre los jíbaros de P u e r t o Rico y entre los
troperos y payadores de la América del Sur.
Sólo hay u n idioma que iguale, y acaso supere al nuestro, en
la facilidad que ofrece á los improvisadores, y es el idioma i t a liano. He conocido algunos que m e han causado verdadero
asombro, y he visto en Florencia un espectáculo de ese género
que no debo olvidar. E n algunos teatros de escasa importancia
— 35
—
suele haber u n actor cómico, al que llaman stenterello, encargado de amenizar ciertas representaciones, en las cuales desempeña u n papel, pero á su capricho y ajeno á la acción de ia
obra, que i n t e r r u m p e cuando le parece, improvisando en prosa
y en verso escenas en que refiere los sucesos de la capital, ó
discurre sobre política, ó se b u r l a graciosamente de 'cosas y
personas. Recuerdo que una noche, para obsequiarme, se ocupó
con preferencia de España, á cuyas mujeres no escaseó las flores, que se trocaron en espinas al hablar de frailes y toreros.
Sospecho y o que esta facultad improvisadora es común á
todos los pueblos de la raza latina, precisamente por sus afinidades de lenguaje, mientras que en el Norte apenas se improvisa, pero en cambio se reflexiona m á s ; lo cual hace que sus
poetas sean más pensadores, pero menos poetas que los nuestros.
E l cuadro que nos ha trazado el Sr. Cavestany de cómo se
siente la poesía en las regiones andaluzas no es producto de su
fantasía; es u n cuadro visto y arrancado del natural, con el que
yo también me he regocijado muchas veces, y que aun hoy m e
habla de alegres excursiones matinales por la sierra de Córdoba, y de noches pasadas j u n t o á una reja, poco después cerrada
por defunción, como se cierran los establecimientos mercantiles. P o r q u e dice m u y bien el nuevo Académico: todos los sentimientos, las d u d a s , los pesares, cuanto nos apasiona ó nos
conmueve, todo encuentra su forma ó su reflejo en el cantar,
que es á la vez risa y llanto, reproche y alabanza. Centenares
de ejemplos podrían añadirse á los que habéis oído y celebrado
anteriormente; de fijo guarda vuestro cerebro algunos que asoman á mis labios"; pero desisto de la confrontación, y os hago
gracia de ellos; los únicos de que m u y á la ligera voy á ocuparme, y eso porque no creo justo el olvido en que los ha dejado el Sr. Cavestany, son esos cantares que me permitiré llam a r cuarteleros, y que inventan y cantan los soldados, ya
— separa requerir de amores á las patrooas, ya para distraer las fatigas del campamento. H é aquí u n o de los que mejor pintan
las amarguras del servicio militar en aquellos tiempos en que
nuestros ejércitos triunfaban, aunque no comían:
Ln vida de I03 soldados
E s andar por los lugares.
Dormir en cama prestada,
Morir en los hospitales.
O aquel otro en el cual parece se encierra todo un memorial
de agravios:
La bala que á mi me hirió
También rozó al comandante;
A él le hicieron coronel,
Yo tan soldado como antes.
Mi padre, que era u n veterano de la guerra contra los ingleses, antes de serlo de la de Napoleón, sabía de memoria muchos
cantares de su época, y de él aprendí yo aquello de
Longa'le dijo al "caballo:
Sácame de este arenal,
Que me vienen persiguiendo
Los de la Guardia imperial.
Y éste, que no he visto impreso en ninguna parte, ni he
oído á nadie más que á él, por lo cual supongo sería suyo, como
otros versos alusivos á F e r n a n d o V I I que nos recitaba para
entretenernos:
Y a no quiero^más batallas
Con el Duque de Orillón,
Porque la parte de presa
Se ha vuelto conversación.
¿Quiere esto decir que los cantares sean obra exclusiva del
pueblo? De n i n g ú n modo. Los hace también la g e n t e culta;
los han hecho distinguidos poetas, y los nombres de A u g u s t o
^ 3 7
_
F e r r á n , V e n t u r a Ruiz Aguilera,-MelcTior de P a l a u , Narciso
Escobar y tantos más, figuran, y no debajo de dos ó tres muestras de esa clase, sino al frente de colecciones enteras que encierran muchos y perfectos modelos. .
Y o mismo, y sabe Dios no lo cuento por alabarme, si bien
tampoco creo me denigro colocándome, al nivel del vulgo,
tengo entre el voluminoso fárrago de mis versos no pocos cantares. Y por cierto que uno de ellos lo oí años atrás en boca
de un mayoral de los coches que desde la estación llevaban á
los baños de Marmolejo, cuyo m a y o r a l , no seguramente por
espíritu crítico,- pues era bondadoso hasta con sus muías, sino
para poner mi idea en armonía con su palabra, hubo de corregirlo p o r sí "y ante sí.
Decía yoi
E n el viaje de la vida
Van loa ricos á caballo,
Los caballeros á pie
Y los pobres arrastrando.
E n vez de los caballeros á pie, él cantaba: los caballeros á
pata; m i frase era sin duda más fina, pero la suya era más lógica; él creería, en sus cortos alcances, que el de peón no es
oficio de caballeros.
Ahora, si el Sr. Cavestany me hubiese dejado abierto el cam i n o , sería el momento de internarse en la selva obscura de
las suposiciones investigando el origen dudoso y el desarrollo
seguro del cantar ; pero como yo pienso que al no hacerlo me
ha dado u n ejemplo de sensatez, renuncio á la busca y captura
de argumentos en pro ó en contra de esta ó la otra opinión, y
concluyo afirmándome en la mía de que el cantar nace por espontáneo impulso en el alma del pueblo, y es para él tan pronto
lazo de concordia como señal de despedida; anuncio de vent u r a y arma de combate á la vez, siendo además, y esto en
grado eminente, germen y raíz de la verdadera poesía, de esa
que existe en todo y sobre todo.
Bien venido sea el Sr. Cavestany á esta docta Academia,
donde aiin se la dignifica y se la atiende; donde, al rendir culto
al idioma, se lo rendimos también á la que es su hermana gemela, creyendo, con el entusiasmo y la fe que ni años ni desdichas han podido apagar en nosotros, que sólo la poesía cura
los dolores de la realidad; que por ella fuimos grandes, y toda
regeneración debe tener su símbolo y su ideal en ella; porque
es para los jóvenes que t r a b a j a n y luchan, esperanza; para
los ancianos que recuerdan y lloran, consuelo.
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