El Aleph, breve resumen

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El Aleph
Un cuento de JORGE LUIS BORGES
JORGE LUIS BORGES
Todo el mundo reconoce su infinita cultura, su fama de irrefrenable lector y de intelectual
refinado, su literatura culta, misteriosa, fantástica, la perfección de su lenguaje. Todo esto
acompañado por cierta timidez, una sombra de misantropía acentuada por su ceguera, cierto
esnobismo debido a su erudición, pero también por un candor, una pureza. Un hombre de genio
tan complejo y tan sencillo.
Escribió cuentos, ensayos y poemas.
Biografía
Nació en Buenos Aires en 1899.
A los 4 años ya sabía leer y escribir. Creció bilingüe porque en su casa se hablaba inglés y
español.
El inicio de su educación formal a los 9 años y en una escuela pública, fue una experiencia
traumática para Borges, sus compañeros se burlaban de aquel sabelotodo que llevaba gafas, vestía
como un niño rico, no se interesaba en los deportes y hablaba un poco tartamudeando.
Cuando su familia se trasladó a Europa él vivió con sus familiares en Ginebra, Suiza. Allí aprendió
el francés y el alemán.
Cuando regresó a Argentina tuvo el cargo de director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires.
En 1955, después de varias operaciones , perdió casi por completo la vista. Murió en Ginebra en
1986.
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El Aleph, breve resumen
El cuento está narrado en primera persona por el autor.
Al principio del relato Borges recuerda “la candente mañana de febrero en que
Beatriz Viterbo murió…”. Era el año 1929 y desde entonces, cada año, en abril,
volvía a casa de su querida amante extinta, donde lo recibía su agradable familia y,
en particular, Carlos Argentino Daneri, primo hermano de Beatriz, bibliotecario y
modesto escritor para Borges.
Pasado el tiempo, Carlos Argentino lo llamó por teléfono diciéndole que desde su
niñez había descubierto en el sótano de su casa un objeto que le permitía ver el
universo y, contemporáneamente, cada elemento que lo compone. Era una sencilla
esfera tornasolada y le dio instrucciones para conseguir encontrarla.
Borges acudió a la casa de Carlos y en el sótano, como Carlos le había explicado,
encontró el Aleph y mediante él descubrió algo que da escalofrío. ¿Qué vio Borges
en la parte inferior de ese escalón del sótano de su amigo Carlos Argentino? Un
pequeño espejo, una esfera que lo asoma al origen, a la creación. Y por eso al
Secreto del místico encuentro entre el Uno y el Todo y del Todo y el Uno.
Ese descenso al sótano es algo tan siniestro, extraordinario y también insoportable
por el incesante pasar de imágenes y la percepción simultánea de diversas
dimensiones del Universo: el último grano de arena y la inmensidad de los
desiertos. Aleph, lugar donde se puede asomar al Infinito.
Al final del cuento, en una posdata, Borges nos dice que abatieron el edificio de la
calle Garay seis meses después. Luego, nos explica que para la Cábala, la primera
letra del alfabeto hebreo, el Aleph, representa el En Soph, la ilimitada y pura
divinidad. Ella tiene forma de un hombre que señala el cielo y la tierra, para indicar
que el mundo inferior es el espejo del superior.
Añade que, según lo que está escrito en antiguos papeles, existirían otros Aleph, como el que se
encuentra en una de las columnas de piedra que rodean la Mezquita de Amr en el Cairo. Luego,
termina diciendo:
“¿Existe ese Aleph (…)?¿Lo he visto cuando vi todas las cosas o lo he olvidado?
Nuestra mente es porosa para el olvido; yo mismo estoy falseando y perdiendo,
bajo la trágica erosión de los años, los rasgos de Beatriz.”
(En las siguientes páginas se narra el momento del descubrimiento del Aleph)
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…En la parte inferior del escalón, hacia la derecha, vi una pequeña
esfera tornasolada de casi intolerable fulgor.
Al principio la creí giratoria; luego comprendí que ese movimento era
una ilusión producida por los vertiginosos espectáculos que encerraba.
El diámetro del Aleph sería de dos o tres centímetros, pero el espacio
cósmico estaba ahí, sin disminución de tamaño. Cada cosa (la luna del
espejo, digamos) era infinitas cosas, porque yo claramente la veía
desde todos los puntos del Universo.
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Vi el populoso mar,
vi el alba
y la tarde,
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vi las muchedumbres de América,
vi una plateada telaraña en el centro de una negra pirámide,
vi un laberinto roto (era Londres),
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vi interminables ojos escrutándose en mí como en un espejo,
vi todos los espejos del planeta y ninguno me reflejó,
vi en un traspatio de la calle Soler las mismas baldosas que
hace treinta años vi en el zaguán de una casa en Fray Bentos,
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(…)vi convexos desiertos ecuatoriales y cada uno de sus
granos de arena,
vi en Inverness a una mujer que no olvidaré, vi la violenta
cabellera, el altivo cuerpo, vi un cáncer en el pecho,
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(…)vi en una quinta de Adrogué un ejemplar de la primera
versión inglesa de Plinio, la de Philemon Holland. Vi a un
tiempo cada letra de cada página (de chico yo solía
maravillarme de que las letras de un volumen cerrado no se
mezclaran y perdieran en el decurso de la noche),
vi la noche y el día contemporáneo,
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