Presentación del libro: J. L. González Recio (editor), Átomos, almas

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Presentación del libro :
J. L. González Recio (editor), Átomos, almas y estrellas. Estudios sobre la
ciencia griega, Plaza y Valdés Madrid / México, 2007.
Presentación del libro en la Facultad de Filosofía y Letras de Alicante
durante la Setmana Cultural de Tardor, el 21 de noviembre de 2007 por su
editor Dr. José Luis González Recio:
Antes que ninguna otra cosa, quiero agradecer a Mª Àngels Llorca Vicedecana
de Cultura, al profesor Pérez Herranz, a Pilar Fabregat, que se ha ocupado de mi viaje, a
la Facultad de Filosofía y Letras y a la Universidad de Alicante todas sus atenciones y la
invitación a participar en esta Semana de Otoño.
Empezaré contándoles algo sobre el origen de este libro (Átomos, almas y
estrellas. Estudios sobre la ciencia griega) que he tenido la suerte de coordinar.
Escribir sobre la Grecia clásica exigía, desde luego, cierta temeridad. También alguna
ingenuidad, tal vez, por el deseo de ofrecer algo original y a la vez riguroso. De
cualquier manera, significó rendirse a la seducción que ejerce la cultura griega sobre los
que amamos la Ciencia y la Filosofía. También fue un estímulo, sin duda, la ausencia de
bibliografía en castellano sobre la ciencia griega, y los contados estudios que pueden
hallarse en otras lenguas (los de Cohen, Farrington y Lloyd; o más recientemente los de
Naddaf, Nardo y Rihll).
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Desde el principio sabía que deseaba cumplir varios objetivos definidos:
a) Hacer patente que existió una ciencia griega. Es decir, que
diversas ciencias iniciaron su andadura histórica en Grecia, alcanzando un
grado de madurez y de penetración notables; lo que no equivalía a un
estado de desarrollo paralelo.
b) Pretendía mostrar, también, que la cultura griega ya vislumbró
que ciencia y filosofía, apartándose ambas del pensamiento mítico, eran dos
modos de indagación racional diferenciables; lo que no significaba ni
significa que la Filosofía pueda desentenderse de la Ciencia ni que ésta
careciese o carezca de compromisos filosóficos.
c) En tercer lugar, quería atender a los vínculos que pueden
señalarse entre la antigua ciencia griega y la ciencia moderna o
contemporánea, e incluso explicar que el razonamiento experimental no fue
desconocido, por ejemplo, en Atenas o Alejandría.
d) Y, por último, el libro tenía que ofrecer una aproximación
detallada a la estructura, el método y los programas teóricos que fueron
apareciendo en las diferentes disciplinas. Para conseguirlo, era necesario
que cada capítulo fuera escrito por un especialista. Así fue como ofrecí
trabajar sobre Geografía a Ángela Redondo, sobre Astronomía a Ana Rioja,
sobre Física a Juan Antonio Valor, sobre teorías de la materia a Carmen
Mataix, en torno a la Medicina griega a Dolores Escarpa, sobre Psicología a
Óscar González Castán, sobre Lógica a Antonio Benítez, sobre Matemática
a Fernando Pérez Herranz y sobre la Música, que Grecia creó en la
encrucijada entre el arte de la tragedia, la Ciencia y la Filosofía, a Rafael
Benedito. Me reservé para mí mismo un capítulo sobre Biología, que es la
ciencia a cuya historia he dedicado mayor atención.
El resultado no podemos juzgarlo nosotros. Lo único que puedo decir es que
hemos quedado razonablemente satisfechos. Cualquiera de los autores ha ido mucho
más lejos de lo que fueron mis expectativas iniciales, y pienso honradamente que el
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libro aporta
perspectivas originales y contribuciones valiosas en cada una de sus
secciones. Como pueden imaginar, no voy a hacer un recorrido pormenorizado por cada
capítulo, aunque sí quisiera aludir brevemente a su contenido particular, para que tengan
una idea general del conjunto de la obra. El libro se abre con el capítulo titulado “Las
Orillas de Gea y los labios de Océano, la parte de Geografía. Describe los progresos
realizados desde Hecateo y Anaximandro (VI a.C.), hasta el gran tratado geográfico de
Ptolomeo (II n.e). El impulso dado por Heródoto a la geografía descriptiva; el
nacimiento de la geografía física y humana; el papel desempeñado en la ampliación de
los conocimientos geográficos por las expediciones de Alejandro Magno; la
constitución de una ciencia de la Tierra gracias a Eratóstenes; o los avances en
cartografía que lograron Hiparco y Crates de Mallos son examinados con detenimiento
para poner de manifiesto que la Geografía quiso ser ya en Grecia, como sostuvo
Heródoto, una ciencia sometida a la observación, y no a los antiguos relatos de los
sacerdotes.
La Astronomía griega fue mucho más allá de la escueta función instrumental que
había tenido inicialmente en Babilonia y en Egipto. El valor que posee para la
ordenación de las tareas agrícolas perdura, los nexos entre el macrocosmos y el
microcosmos humano están también latentes, como lo seguirán estando incluso en la
época de Kepler, pero el papel que jugarán los pitagóricos, Platón, Calipo y Eudoxo será
decisivo en el momento de orientar la astronomía hacia la geometría celeste. Hasta
Aristóteles, el modelo de las esferas homocéntricas en las que van prendidos los
planetas el Sol y la Luna será aceptado como real esquema cosmológico y astronómico.
Sin embargo, las anomalías se irán imponiendo en la observación con tal fuerza, que los
astrónomos alejandrinos preferirán finalmente no comprometerse con el significado
realista de sus hipótesis, para limitarse a salvar las apariencias a través del único recurso
geométrico admitido desde Platón: la trayectoria circular con movimiento uniforme de
los cuerpos celestes. Comenzó a construirse gracias a estos astrónomos alejandrinos una
geometría del cielo que se mantendrá activa y fértil hasta Copérnico, recogida en el
capítulo titulado “Sobre los dioses visibles: estrellas y planetas”.
Tras los dos primeros capítulos, el libro continúa con una presentación de la
Física de Aristóteles, contemplada desde sus contrastes con la ciencia moderna, es decir,
vista en relación a su distancia con la física que fue edificándose a lo largo de la
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Revolución Científica. Se trata, en suma, de un diálogo con la física de Aristóteles
después de la Modernidad, como proclama el nombre del capítulo. La física aristotélica
tiene un andamiaje formal basado en la lógica de las categorías, conscientemente
separado de la matemática; no es una física- matemática por decisión de su autor. Hay
que señalar que tiene por objeto sólo los movimientos naturales; y ellos comprendían
para Aristóteles todos los cambios que hoy entenderíamos como biológicos, por
ejemplo. La noción clave para elaborar esta física, en gran medida delineada sobre
intuiciones biológicas, es la noción de sustancia. Las sustancias son todo lo que existe;
y todo lo que hay son entidades orgánicas que cambian su forma más esencial o sus
formas accidentales. Se trata, además, de una física con cierta dosis de indeterminismo,
puesto que no todos los cambios posibles tienen lugar. Galileo discutirá con los
aristotélicos paduanos todos estos supuestos de la teoría aristotélica sobre el cambio, en
el período fundacional de la nueva ciencia.
El capítulo titulado “Los confines de la materia” nos hace percibir con claridad
el auténtico genio de los griegos. En sus teorías, interactúan preguntas y problemas que
se extienden desde la física hasta la metafísica. Desde un punto de vista científico, lo
más relevante es que la concepciones del espacio, del tiempo, de la estructura de la
materia y de la posibilidad del vacío luchan entre sí, dentro de aquel mundo conceptual,
con armas muy parecidas a las que se verán aparecer durante los siglos XVI y XVII en
las polémicas que enfrentarán a Descartes con Henry More y a Leibniz con Newton. Las
estrategias argumentales y la ontología de fondo que soporta el atomismo frente al
sustancialismo, o la existencia del vacío frente a un universo pleno, no fueron diferentes
a las redescubiertas por la ciencia moderna.
El capitulo V —“Aire, calor y sangre o la vida inventada desde el Mediterráneo”
— dedicado a la Biología, procura aproximarse a las tres vías que fueron ensayadas en
Grecia para dar una respuesta a la existencia de esos seres singulares que llamamos
seres vivos: el camino de la mecánica, la vía del diseño y de los fines y los primeros
ensayos de una biología formalizada. Es muy notable que Grecia fuera capaz de definir,
también en este dominio, rutas para la indagación que resumen, casi en su integridad,
las sendas filosóficas por las que ha discurrido después toda la historia de la Biología.
Por otra parte, la figura de Aristóteles brilla con enorme fuerza en esta rama de la
ciencia, que él será capaz de cultivar poniendo en marcha dentro de ella esferas de
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conocimiento tan definidas como la sistemática, la embriología, la fisiología o la
anatomía.
La medicina griega, desde la escuela pitagórica hasta el sistema galénico, es un
ámbito de conocimiento que alcanzó en el mundo helénico un desarrollo y una madurez
muy notables, Junto con la Astronomía, la Anatomía y la Fisiología son las dos
primeras ciencias factuales que según Benjamin Farrington lograron un firme
asentamiento teórico y metodológico. El apartado del libro “La salud y la enfermedad
en el templo de Asclepio” recorre el camino que lleva desde los ensayos explicativos de
Alcmeón de Crotona al corpus galénico, pasando por los períodos hipocrático y
alejandrino.
“Alma, sensación y mundo: su vida secreta en Grecia” es el título que se da a las
páginas que se ocupan de las teorías sobre el alma, es decir, de la Psicología. Tomo en
este caso palabras del autor del capítulo para sintetizar el valor de aquella psicología
naciente: “Con todas estas reflexiones tan envolventes, tan dispares y, sin embargo, tan
engarzadas necesariamente entre sí hemos llegado al final de la pequeña ventana que
hemos abierto para vislumbrar la riqueza, complejidad, densidad y profundidad del
pensamiento griego sobre el alma. La sentencia de Heráclito con la que comenzábamos
[‘Los límites del alma no los encontrarás andando, aunque recorrieras todos los
caminos; tan profundo fundamento tiene’] quizá parezca tener más actualidad al final
del trayecto, del atajo que hemos recorrido junto a Platón y Aristóteles. Las dificultades
y los problemas sin resolver son numerosos, pero también lo son los logros. ¡Ojalá
muchas de las cosas que se han dicho después en la historia de la filosofía y de la
psicología, y otras muchas más que se siguen diciendo hoy día, hubieran estado a la
altura del lugar donde dejaron los problemas Platón y Aristóteles y del refinamiento y
belleza de los que fueron capaces”.
La sección de Lógica gira en torno a la doble creación griega de la lógica de
términos y de la lógica de enunciados. La silogística de Aristóteles intentó consolidarse
como un sistema de reglas de inferencia basadas en la relación que los términos de las
proposiciones establecen entre sí dentro de las premisas; de la que se sigue
necesariamente una nueva relación que queda recogida en la conclusión. “Los principios
de la argumentación y la luz de la prueba” es el nombre que recibe esta parte del libro.
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Dirá Kant muchos siglos después que la lógica de Aristóteles era una construcción
perfecta y acabada a la que no cabía hacer ningún añadido. Aunque se equivocaba, lo
cierto es que Grecia inauguró la sistematización de la teoría de los razonamientos con
validez formal y por medio de la lógica estoica se adentró en el análisis de aquella
inferencia que tenían su fundamento no ya en las relaciones establecidas entre los
términos que forman parte de las proposiciones sino entre las proposiciones mismas.
“Entre Samos y el Museo: la travesía por el número y la forma geométrica” tiene
por título el capítulo que ha escrito el profesor Pérez Herranz sobre la matemática
griega. Con él aquí, tan cerca, no me atrevo introducirme ni superficialmente en su
contenido. Tras una introducción metodológica, sus epígrafes se refieren a la
geometrización del universo emprendida por Tales y Anaximandro; a los pitagóricos y
sus herederos helenos; y a la matemática desarrollada en el Museo alejandrino. Con un
rigor y una minuciosidad que seguro no extrañará a sus alumnos, en esos tres apartados
principales se lleva a cabo un brillante análisis de la matemática griega: del número
modular pitagórico; de las dificultades operatorias; de los problemas del infinito; de la
cuadratura del círculo; de la teoría de la proporcionalidad; del sistema de Euclides o de
su querido universo topológico de consecuencias tan importantes para la morfología y la
Biología.
El libro concluye con un capítulo sobre la música griega: “Los ecos de la
melodía universal y la música en la polis”. En él se describen los instrumentos con que
la música era interpretada; las leyes por las que la música se regía; se explica el papel de
la música en el teatro; se habla de sus relaciones con la gimnasia; se estudian los
géneros, modos y ritmos; o se valora su cometido en la educación y en la vida de la
ciudad.
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