Los celtíberos - RUA - Universidad de Alicante

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ALBERTO J. LORRIO
UNIVERSIDAD COMPLUTENSE
DE MADRID
UNIVERSIDAD DE ALICANTE
© Alberto J. Lorrio
Universidad de Alicante
Universidad Complutense de Madrid, 1997
ISBN: 84-7908-335-2
Depósito Legal: MU-1.501-1997
Edición de: Compobell
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LOS CELTÍBEROS
ALBERTO J. LORRIO
XII. Conclusiones
Índice
Portada
Créditos
XII. Conclusiones. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 5
Notas. . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . . 31
XII. Conclusiones
XII. CONCLUSIONES
E
sta obra estudia el tema de la Cultura Celtibérica,
esencial para comprender la etnogénesis de la
Península Ibérica y la problemática general del mundo celta. La existencia de Celtas en la Península Ibérica está
atestiguada por las evidencias lingüísticas y por las noticias
proporcionadas por los historiadores y geógrafos grecolatinos, habiendo sido repetidamente tratado por investigadores
de diferentes disciplinas.
Las noticias más antiguas sobre los Celtas, con independencia del conflictivo Periplo de Avieno, son debidas al
griego Herodoto, quien ya en el siglo V a.C. los situaba en
la Península Ibérica. No obstante, habrían de pasar algunos
siglos para conocer los nombres de los pueblos célticos peninsulares y sus territorios: los Celtíberos y los Berones, en la
Meseta Oriental, el Sistema Ibérico y el Valle Medio del Ebro;
los Célticos, en el Suroeste; y diversos grupos de filiación
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Alberto J. Lorrio
Los Celtíberos
céltica, claramente diferenciados de otros no célticos, en el
Noroeste, en la actual Galicia y el Norte de Portugal.
Partiendo del análisis de las fuentes literarias (vid. capítulo
II,1.1), la Celtiberia se presenta como una extensa región,
en el interior de la Península Ibérica, sobre cuya delimitación territorial no siempre existe unanimidad, produciéndose
diferencias sustanciales, cuando no contradicciones, entre
los autores grecolatinos en cuyas obras aparece mencionada con mayor o menor detalle. Dichas fuentes aluden a
veces a una Celtiberia extensa, equivalente a la Meseta en
buena medida, que se halla presente en los textos de mayor
antigüedad, pertenecientes a los inicios de la Conquista, y
que será la que recoja Estrabón en su libro III, situando la
Idubeda -el Sistema Ibérico- al Este, sin que dude en considerar a Segeda y Bilbilis, localizadas en el Valle Medio del
Ebro, como ciudades celtibéricas. Junto a este concepto lato,
existe otro más restringido que sitúa la Celtiberia en las altas
tierras de la Meseta Oriental y el Sistema Ibérico y en el territorio situado en la margen derecha del Valle Medio del Ebro,
sin que autores como Plinio o Ptolomeo ofrezcan tampoco
un panorama suficientemente esclarecedor. Así, Plinio (3, 19
y 3, 25-27) tan sólo considera como Celtíberos a Arévacos y
Pelendones, cuya localización en el Alto Duero es bien coÍNDICE
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XII. Conclusiones
nocida, así como a los habitantes de Segobriga, en la actual
provincia de Cuenca. Ptolomeo (2, 6) trata de forma independiente a los Arévacos y Pelendones de los Celtíberos, a
quienes atribuye una serie de ciudades localizadas entre el
Ebro Medio y el territorio conquense.
Como puede comprobarse, tal como es concebida la
Celtiberia por los escritores clásicos, se observan inexactitudes a la hora de definir sus límites territoriales, que en
cualquier caso debieron estar sujetos a modificaciones a lo
largo del tiempo, no estando clara tampoco la nómina de pueblos que se incluirían bajo el término genérico de celtíbero,
aunque parece fuera de toda duda tal filiación para Arévacos,
Belos, Titos, Lusones y Pelendones, resultando más discutible la adscripción de grupos como Olcades o Turboletas.
El teórico territorio celtibérico definido por las fuentes literarias
viene a coincidir, grosso modo, con la dispersión de las inscripciones en lengua celtibérica, en alfabeto ibérico o latino.
Este panorama de la Celtiberia corresponde a un momento
tardío, contemporáneo o posterior a la conquista del territorio
por Roma, teniendo que recurrir al registro arqueológico para
identificar el territorio celtibérico en los siglos anteriores a la
presencia de Roma.
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Los Celtíberos
El análisis del hábitat y las necrópolis, así como del armamento y el artesanado en general, ha permitido establecer la
secuencia cultural del mundo celtibérico, con lo que por vez
primera se cuenta con una periodización global para esta cultura (fig. 143) que, aunque realizada a partir principalmente
del registro funerario, integra las diversas manifestaciones
culturales celtibéricas. Debe tenerse en cuenta, pese a todo,
la diversidad de áreas que configuran este territorio y, a menudo, la dificultad en la definición, así como el dispar nivel
de conocimiento de las mismas. La periodización propuesta
ofrece tres fases sucesivas, con un período formativo para el
que se ha reservado el término Protoceltibérico: una fase inicial o Celtibérico Antiguo (ca. mediados del siglo VI-mediados
del V a.C.), una fase de desarrollo o Celtibérico Pleno (ca.
mediados del V -finales del III) y una fase final o Celtibérico
Tardío (finales del III-siglo I a.C.), intentando adecuar la compleja realidad celtibérica a una secuencia continua y unificadora de su territorio. Para éste, no obstante, se han diferenciado distintos grupos o subáreas de marcada personalidad
cultural y étnica:
1. A partir sobre todo del estudio de las necrópolis y de las
asociaciones de los objetos en ellas depositados ha sido posible definir una zona nuclear, localizada en las tierras altas
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XII. Conclusiones
de la Meseta Oriental y el Sistema Ibérico, que se estructura
en dos grandes regiones: el Alto Tajo-Alto Jalón, a la que se
vincula el valle bajo-medio del Jiloca, y el Alto Duero.
2. Otra correspondería al territorio meridional de la Celtiberia,
que comprende las serranías de Albarracín y Cuenca, englobando los cursos altos de los ríos Turia, Júcar y Cabriel.
Resulta esta zona, en líneas generales, mal conocida debido
a la información fragmentaria que se posee de esta región.
Por otra parte, los cursos superiores del Cigüela y el Záncara,
subsidiarios del Guadiana, en la zona centro-occidental de la
provincia de Cuenca, configurarían una zona de transición,
compleja de definir en lo que a su identidad celtibérica se
refiere.
3. Más difícil de definir aún es el estudio de ciertas regiones
cuyo carácter celtibérico se configura en época tardía, por lo
que presentan dificultades principalmente en la interpretación
de sus fases antiguas. Este es el caso de la margen derecha
del Valle Medio del Ebro, territorio que aparece integrado
con el resto del mundo celtibérico a partir de los siglos IV -III
a.C., y, muy probablemente, de otras áreas de la Meseta, limítrofes de la Celtiberia, generalmente atribuidas a Vacceos,
Vettones, Turmogos, etcétera.
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Los Celtíberos
La demostración de la continuidad en el uso de las necrópolis (cuadros 1-2), cuya seriación ha sido posible gracias,
sobre todo, al análisis de los equipos militares depositados
en las sepulturas, justifica plenamente la utilización del término «celtibérico» desde al menos el siglo VI a.C. Pero, por
ello, este término debería quedar restringido, inicialmente, a
lo que cabe considerar como el área nuclear de la Celtiberia
histórica, circunscrita a las altas tierras del Oriente de la
Meseta. Tal continuidad queda confirmada por los propios
hábitats, que ofrecen una evolución paralela a la registrada
en las necrópolis, al igual que ocurre con la cultura material y
la estructura socioeconómica.
No obstante, existe cierto confusionismo en la utilización del
término «celtibérico». Así, para un sector de la investigación,
este término es utilizado de forma genérica (vid., en este
sentido, Sacristán 1986: 91 ss.; Martín Valls y Esparza 1992;
etc.), quedando referido a un momento que cabe situar entre
finales del siglo III a.C. hasta la conquista romana, y a un territorio que excede con mucho a la Celtiberia de las fuentes
literarias, ocupando buena parte de las tierras de la Meseta,
que por los autores clásicos sabemos que fueron habitadas
por Vettones, Vacceos, Autrigones, etc. El criterio utilizado
sería el tecnológico y estaría relacionado con la presencia
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XII. Conclusiones
de la cerámica realizada a torno, de pastas bien decantadas
cocidas en atmósferas oxidantes, lo que les confiere sus característicos tonos anaranjados, y decoración pintada.
Frente a esta postura, parece más acertado utilizar el término
celtibérico referido a un sistema cultural bien definido, tanto
geográfica como cronológicamente, que abarcaría unitariamente desde el siglo VI a.C. hasta la conquista romana y el
período inmediatamente posterior (Almagro-Gorbea 1993:
147). Esta terminología supone un concepto del mundo celtibérico basado en el desarrollo de un sistema cultural que
parece totalmente adecuado para explicar el origen y la evolución de su cultura. La continuidad observada en el registro
arqueológico permitiría, pues, la utilización de un termino
étnico a partir del período formativo de esta Cultura, a pesar
de las dificultades que en ocasiones conlleva su uso para
referirse a entidades arqueológicas concretas.
Un problema esencial es el de explicar la formación de la
Cultura Celtibérica. Términos como Campos de Urnas, hallstáttico, posthallstáttico o céltico han sido frecuentemente
utilizados intentando establecer la vinculación con la realidad
arqueológica europea, encubriendo con ello de forma más o
menos explícita la existencia de posturas invasionistas que
relacionan la formación del grupo celtibérico con la llegada
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Los Celtíberos
de sucesivas oleadas de Celtas venidos de Centroeuropa.
Esta tesis fue defendida por P Bosch Gimpera (vid. capítulo
I,2), quien, a partir de los datos históricos y de las evidencias
de tipo lingüístico, planteó la existencia de diferentes invasiones, intentando aunar las fuentes históricas y filológicas con
la realidad arqueológica. A este fin, adoptó para la Península
Ibérica la secuencia centroeuropea, Cultura de Campos de
Urnas-Cultura Hallstáttica-Cultura de La Tène, abriendo una
vía de difícil salida para la investigación arqueológica española, dada la dificultad de correlacionar dichas culturas con
las peninsulares, al tiempo que la idea de sucesivas invasiones no encontraba el necesario refrendo de los datos arqueológicos (Ruiz Zapatero 1993).
La hipótesis invasionista fue mantenida por los lingüistas (vid.
capítulo I,3), pero sin poder aportar información respecto a
su cronología o a su vía de llegada. La de mayor antigüedad,
considerada precelta, incluiría el lusitano, lengua que para
algunos investigadores debe de ser considerada como un
dialecto céltico, mientras que la más reciente sería el denominado celtibérico, ya plenamente céltico (vid. capítulo XI).
La delimitación de la Cultura de los Campos de Urnas en el
Noreste peninsular, área lingüísticamente ibérica, esto es, no
céltica y ni tan siquiera indoeuropea, y la ausencia de dicha
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XII. Conclusiones
Fig. 143.-Diagrama de correlación entre la Arqueología, la Lingüística, las fuentes
históricas y la cronología del mundo celtibérico.
cultura en áreas celtizadas, obligó a replantear las tesis invasionistas, ya que ni aceptando una única invasión, la de
los Campos de Urnas, podría explicarse el fenómeno de la
celtización peninsular.
Por todo ello, filólogos y arqueólogos han trabajado disociados, tendiendo estos últimos o a buscar elementos exógenos
que probaran la tesis invasionista o, sin llegar a negar la existencia de Celtas en la Península Ibérica, al menos restringir
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Los Celtíberos
el uso del término a las evidencias de tipo lingüístico, epigráfico, etc., en contradicción con los datos que ofrecen las
fuentes escritas. De hecho, la dificultad de correlacionar los
datos lingüísticos y la realidad arqueológica ha llevado a que
tales disciplinas caminaran separadamente, lo que dificulta
la obtención de una visión globalizadora, ya que no se podrá
aceptar plenamente una hipótesis lingüística que no asuma
la realidad arqueológica, ni ésta podría explicarse sin valorar
coherentemente la información de naturaleza filológica.
Una interpretación alternativa ha sido propuesta por M.
Almagro-Gorbea (1986-87; 1987a; 1992a y 1993; AlmagroGorbea y Lorrio 1987a) partiendo de la dificultad en mantener que el origen de los Celtas hispanos pueda relacionarse
con la Cultura de los Campos de Urnas, cuya dispersión se
circunscribe al cuadrante Nororiental de la Península (Ruiz
Zapatero 1985). Tal origen habría de ser buscado en su substrato «protocelta» (Almagro-Gorbea 1992a; Idem 1993) conservado en las regiones del Occidente peninsular, aunque en
la transición del Bronce Final a la Edad del Hierro se extendería desde las regiones atlánticas a la Meseta (vid. capítulo
I,4). La Cultura Celtibérica surgiría de ese substrato protocéltico (Almagro-Gorbea 1993: 146 ss.), lo que explicaría
las similitudes de diverso tipo (culturales, socioeconómicas,
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XII. Conclusiones
lingüísticas e ideológicas) entre ambos y la progresiva asimilación de dicho substrato por parte de aquélla.
Sin embargo, la reducida información respecto al final de la
Edad del Bronce en la Meseta Oriental (vid. capítulo VII, 1)
dificulta la valoración del substrato en la formación del mundo
celtibérico, aunque ciertas evidencias como las proporcionadas por los poblados de Reillo (Maderuelo y Pastor 1981) y
Pajaroncillo (Ulreich et alii 1993 y 1994), en plena Serranía
de Cuenca, vienen a confirmar la continuidad del poblamiento en estos territorios.
Volviendo a las tesis de M. Almagro-Gorbea, el hecho esencial es que la celtización de la Península Ibérica se presenta
como un fenómeno complejo, en el que una aportación étnica única y determinada, presente en los planteamientos
invasionistas, ha dejado de ser considerada como elemento
imprescindible para explicar el surgimiento y desarrollo de la
Cultura Céltica peninsular, de la que los Celtíberos constituyen el grupo mejor conocido.
A pesar de lo dicho, la presencia de aportes étnicos procedentes del Valle del Ebro está documentada en las altas
tierras de la Meseta Oriental, como parece confirmar el
asentamiento de Fuente Estaca (Embid), en la cabecera del
río Piedra (Martínez Sastre 1992), cuyos materiales son vinÍNDICE
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Los Celtíberos
culables a la perduración de Campos de Urnas Antiguos en
Campos de Urnas Recientes, habiendo proporcionado una
fecha de C14 de 800±90 a.C., lo que permite su adscripción
al período Protoceltibérico (vid. capítulo VII,1), que quedaría
restringido al momento inmediatamente previo a la aparición
de algunos de los elementos considerados esenciales de la
Cultura Celtibérica, como las necrópolis de incineración o los
asentamientos de tipo castreño.
La posibilidad de que estas infiltraciones de grupos de
Campos de Urnas hubiesen sido portadoras de una lengua
indoeuropea no debe desestimarse, si bien está aún por
valorar la incidencia real de estos grupos en el proceso de
gestación del mundo celtibérico. En el estado actual de la
investigación resulta aventurado -y no por ello menos sugerente- vincular la llegada de estos grupos con la introducción
de la lengua «protoceltibérica» (nota 1), término utilizado por
de Hoz (1993a: 392, nota 125) para referirse a «cualquier
estadio de lengua que se intercale entre el celta aún no diferenciado en dialectos y el celtibérico histórico atestiguado en
las inscripciones».
Sea como fuere, parece indudable el origen extrapirenaico de
los Campos de Urnas del Noreste, aceptándose la penetración, al menos en sus fases iniciales (que cabe situar en torno
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XII. Conclusiones
al 1100 a.C.), de grupos humanos demográficamente poco
importantes (Ruiz Zapatero 1985; Maya y Barberá 1992: 176
ss.). Dada la continuidad de la cultura material en el Noreste a
lo largo del primer milenio, y aceptando un carácter indoeuropeo para estas aportaciones humanas, se ha sugerido como
interpretación que explique el iberismo lingüístico que esta
zona ofrece en fecha avanzada lo que Villar (1991: 465 s.)
denomina «indoeuropeización fallida», según la cual las lenguas indoeuropeas del Noreste debieron ir desapareciendo
al ser iberizadas cultural y lingüísticamente. Que al menos
una parte de los grupos de Campos de Urnas hablaron una
lengua indoeuropea de tipo celta o protocelta parece fuera de
toda duda, como vendría a confirmarlo el caso del lepóntico,
lengua celta hablada en el Norte de Italia al menos desde
el primer cuarto del siglo VI a.C. y vinculada con la cultura
de Golaseca, que hunde sus raíces en un grupo de Campos
de Umas, la Cultura de Canegrate (de Marinis 1991; de Hoz
1992b). De acuerdo con esto, y volviendo al Noreste peninsular, cabría plantear, con Maya y Barberá (I992: 176), que
«o bien los grupos migratorios de Campos de Urnas fueron
tan restringidos que no llegaron a imponer su propia lengua
a las gentes del substrato, o bien, la transformación cultural
ibérica borró en gran parte los rasgos lingüísticos indoeuroÍNDICE
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Los Celtíberos
peos, hipotéticamente asumidos por los autóctonos» (vid. de
Hoz 1993a: 391 ss.).
En todo caso, en torno a los siglos VII-VI a.C., se conforma
lo que se ha denominado Celtibérico Antiguo, que se documenta en las altas tierras de la Meseta Oriental y el Sistema
Ibérico, con importantes novedades en lo que se refiere a los
patrones de asentamiento, al ritual funerario y a la tecnología,
con la adopción de la metalurgia del hierro. Surgen ahora
un buen número de poblados de nueva planta así como los
primeros asentamientos que cabe considerar como estables
en este territorio. A esta fase se adscriben una serie de poblados, generalmente de tipo castreño, a veces protegidos
por murallas, documentándose también otros carentes de
defensas, a excepción de la que otorga la propia elección
del emplazamiento. A este momento corresponden asimismo
los más antiguos cementerios de la Meseta Oriental, cuya
continuidad desde el siglo VI a.C. hasta el siglo II, o incluso
después, ya ha sido señalada. Algunos de ellos ofrecen una
característica ordenación interna, con calles formadas por la
alineación de las sepulturas, generalmente con estelas (vid.
capítulo IV,2). Los ajuares funerarios ponen de manifiesto la
existencia de una sociedad de fuerte componente guerrero,
con indicios de jerarquización social, configurándose el arÍNDICE
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XII. Conclusiones
mamento -en el que destacan las largas puntas de lanza y la
ausencia de espadas o puñales- como un signo exterior de
prestigio (vid. capítulo IX, 1).
Para Almagro-Gorbea (1993: 146 s.), la aparición de las élites celtibéricas podría deberse a la propia evolución de los
grupos dominantes de la Cultura de Cogotas I, sin excluir con
ello los aportes demográficos externos, cuya incidencia real
en este proceso resulta en cualquier caso difícil de valorar.
Seguramente, la nueva organización socioeconómica llevaría
a una creciente concentración de riqueza y poder por quienes
controlaran recursos tales como las zonas de pastos, las salinas -esenciales para la ganadería y la siderurgia- o la producción de hierro, que permitió alcanzar en fecha temprana un
armamento eficaz, explicando el desarrollo de una sociedad
de tipo guerrero progresivamente jerarquizada.
Durante esta fase inicial se diferencian dos áreas culturales
de fuerte personalidad:
A) El Norte de la actual provincia de Soria, incluyendo la
vertiente riojana de la sierra, área montañosa que constituye
un ramal del Sistema Ibérico, donde se desarrolló la llamada
«cultura castreña soriana» (Romero 1991a). Su personalidad cultural está fuera de toda duda, habiéndose puesto en
relación con los Pelendones históricos. Incluye la cabecera
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Los Celtíberos
del Duero, así como las cuencas altas de los ríos Cidacos,
Linares y Alhama, que vierten sus aguas al Ebro. Su personalidad vendría apoyada por los propios patrones de asentamiento y por sus espectaculares defensas, con potentes
murallas -a veces incorporando también torreones-, fosos y
campos de piedras hincadas (vid. capítulos III,2 y VII,2.2), así
como por la ausencia de evidencias funerarias seguras (vid.
capítulo X,6).
B) Las tierras del Alto Duero circunscritas al Centro y Sur de
la provincia de Soria, territorio relacionado con el Alto Jalón y
el Alto Tajo, que engloban los asentamientos castreños y las
necrópolis del Sureste de la provincia de Soria y de las parameras de Sigüenza y Molina de Aragón, así como del Valle
del Jiloca y de las serranías de Albarracín y Cuenca (vid. capítulo VII,2.2). Los poblados se sitúan en lugares estratégicos
elevados, aunque no siempre se hagan patentes las preocupaciones defensivas de los castros de la serranía soriana,
documentándose, también, asentamientos en llano. Aunque
en las fases más antiguas se evidencie una homogeneidad
en lo que respecta a las características del poblamiento, lo
cierto es que para las etapas más recientes, a partir del siglo
II a. C., las diferencias son importantes, ya que serán las tierras del Alto Duero y las de la Celtiberia aragonesa las que
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XII. Conclusiones
ofrecerán una mayor tendencia hacia la organización urbana
que evidencia la aparición de los oppida.
El nivel inferior del Castro de La Coronilla (Cerdeño y García
Huerta 1992: 83 ss.) ha proporcionado una interesante información sobre el urbanismo de esta fase inicial, habiéndose
documentado casas rectangulares adosadas con muro trasero corrido y abiertas hacia el interior del poblado, ocupando
tan sólo la zona septentrional del hábitat.
Desde el siglo V a.C. y durante las dos centurias siguientes
se desarrolla el período Celtibérico Pleno, a lo largo del cual
se ponen de manifiesto variaciones regionales que permiten
definir grupos culturales vinculables en ocasiones con los
populi conocidos por las fuentes literarias. El análisis de los
cementerios, y principalmente de los objetos metálicos depositados en las tumbas, sobre todo las armas, ha permitido
estructurar este período en diversas subfases, por otro lado
difíciles de correlacionar con la información procedente de
los poblados, a veces únicamente conocidos a través de
materiales de superficie (vid. capítulo VII,3). Al final de este
período aparecen plenamente integradas en la Celtiberia las
tierras de la margen derecha del Valle Medio del Ebro, poniéndose de manifiesto la uniformidad de este territorio con el
resto del mundo celtibérico, pero aún no está suficientemente
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Los Celtíberos
claro en qué momento y de qué forma se produjo lo que podría interpretarse quizás como «celtiberización» de esta zona
(Royo 1990: 130 s., fig. 2).
Las necrópolis revelan la creciente diferenciación social con
la aparición de tumbas aristocráticas cuyos ajuares están
integrados por un buen número de objetos, algunos de los
cuales pueden ser considerados como excepcionales, como
las armas broncíneas de parada o la cerámica a torno (vid.
capítulos VII,3.1.1 y IX,2). Este importante desarrollo aparece inicialmente circunscrito al Alto Henares-Alto Tajuña, así
como a las tierras meridionales de la provincia de Soria pertenecientes al Alto Duero y al Alto Jalón, pudiéndose relacionar con la riqueza ganadera de la zona, con el control de las
salinas o con la producción de hierro, sin olvidar su situación
geográfica privilegiada, al constituir el paso natural entre el
Valle de Ebro y la Meseta. La proliferación de necrópolis en
esta zona puede asociarse con el aumento en la densidad
de población, lo que implicaría por tanto una ocupación más
sistemática del territorio.
A partir de finales del siglo V se observa un desplazamiento
progresivo de los centros de riqueza hacia las tierras del Alto
Duero, que puede relacionarse con el papel destacado que
desde ese momento va a jugar uno de los populi celtibéricos
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XII. Conclusiones
de mayor fuerza: los Arévacos. Esto queda demostrado en la
elevada proporción de sepulturas con armas en los cementerios adscribibles a este período localizados en la margen derecha del Alto Duero, lo que viene a coincidir con el empobrecimiento de los ajuares, incluso con la práctica desaparición
de las armas, en otras zonas de la Celtiberia (vid. capítulos
VII,3.1.1 y IX,3).
Por lo que se refiere a los poblados, de los que son tipo
característico los de calle o espacio central, se incorporan
durante esta fase nuevos sistemas defensivos, como las murallas acodadas y los torreones rectangulares, que convivirán
con los característicos campos de piedras hincadas ya documentados desde la fase previa en los castros de la serranía
soriana (vid. capítulos III,2 y VII).
El período comprendido entre finales del siglo III a.C. y el siglo
I a.C., el Celtibérico Tardío, parece evidenciarse, a pesar de
la escasa documentación existente, como de transición y de
profundo cambio en el mundo celtibérico (Almagro-Gorbea y
Lorrio 1991).
El hecho más destacado puede considerarse la tendencia
hacia formas de vida cada vez más urbanas, que se debe enmarcar entre el proceso precedente en el mundo tartesio-ibérico y el de la aparición de los oppida en Centroeuropa. Como
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Los Celtíberos
exponente de ello están los fenómenos de sinecismo documentados por las fuentes, así como la posible transformación
de la ideología funeraria reflejada en los ajuares, que puede
explicar el desarrollo de la joyería, tal vez como elemento
de estatus que sustituyera al armamento como símbolo social. En estos productos artesanales, como en los bronces
y cerámicas, se observa un fuerte influjo ibérico, lo que les
confiere una indudable personalidad dentro del mundo céltico al que pertenecen estas creaciones, como evidencian sus
elementos estilísticos e ideológicos. Dentro de este proceso
de urbanización debe considerarse la probable aparición de
la escritura (de Hoz 1986a y 1995a). Ésta se documenta ya a
mediados del siglo II a.C. en las acuñaciones numismáticas,
pero la diversidad de alfabetos y su rápida generalización
permiten suponer una introducción anterior desde las áreas
ibéricas meridionales y orientales. Asimismo, hay que señalar
la existencia de leyes escritas en bronce (Fatás 1980; Beltrán
y Tovar 1982), produciéndose ahora el desarrollo de una
verdadera arquitectura monumental (Beltrán 1982; AlmagroGorbea 1994a: 40) (vid. capítulo III,4).
Para esta fase final se cuenta con las noticias procedentes
de las fuentes literarias, que van a permitir analizar en profundidad la organización sociopolítica de los Celtíberos (vid.
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XII. Conclusiones
capítulo IX,4), proporcionando un panorama más complejo
que el conocido con anterioridad, tan sólo definido a partir del
registro arqueológico. Se documentan grupos parentales de
carácter familiar o suprafamiliar, instituciones sociopolíticas
como senados o asambleas, instituciones de tipo no parental como el hospitium, la clientela o los grupos de edad, así
como entidades étnicas y territoriales cuyos nombres son conocidos por primera vez. Estas mismas fuentes ofrecen información de gran interés sobre la organización económica de
los Celtíberos, coincidiendo en señalar en líneas generales
su carácter eminentemente pastoril, que sería complementado con una agricultura de subsistencia (vid. capítulo VIII,1).
Otro hecho clave en este período parece ser la continuidad
de la expansión del mundo céltico en la Península Ibérica, al
parecer desde un núcleo identificable, en buena medida, con
la Celtiberia de las fuentes escritas. Así parece deducirse de
la comparación de la dispersión de los elementos célticos documentados en el siglo V-IV a.C. y los más generalizados de
fecha posterior, a veces incluso potenciados tras la conquista
romana. Este proceso, que según los indicios arqueológicos
e históricos aún estaba plenamente activo en el siglo II a.C.
(Almagro-Gorbea 1993: 154 ss.), se habría extendido hacia
el Occidente, como lo prueba la dispersión geográfica de las
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Alberto J. Lorrio
Los Celtíberos
fíbulas de caballito (fig. 8,A) o de armas tan genuinamente
celtibéricas como el puñal biglobular (fig. 8,B), que llegaron
a alcanzar las tierras de la Beturia Céltica, coincidiendo en
esto con la información proporcionada por las fuentes literarias, como la conocida cita de Plinio (3, 13) o las evidencias
lingüísticas y epigráficas (vid. capítulos II,2 y XI).
El fenómeno de expansión celtibérica, de modo semejante
a Italia, se enfrentó a la paralela tendencia expansiva del
mundo urbano mediterráneo. Los púnicos, a partir del último
tercio del siglo III a.C., y, posteriormente, el mundo romano,
dieron inicio a una serie de enfrentamientos, que culminarían
con las Guerras Celtibéricas, que constituyen uno de los principales episodios del choque, absorción y destrucción de la
Céltica por Roma, heredera de las altas culturas mediterráneas.
A modo de reflexión final pueden señalarse algunos puntos
de interés:
1. La existencia de Celtas en Hispania está plenamente
demostrada a partir de evidencias de distinta índole (históricas, lingüísticas, epigráficas, arqueológicas, etc.), siendo
los Celtíberos, de todas las culturas célticas de la Península
Ibérica, la mejor conocida y la que jugó un papel histórico y
cultural más determinante.
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XII. Conclusiones
2. Se pueden identificar como Celtas aquellos grupos arqueológicos que desde la I Edad del Hierro (siglos VII-VI a.C.) evolucionan sin solución de continuidad hasta el período de las
Guerras con Roma, momento en el que se identifican con los
pueblos considerados como «Celtas» por los historiadores y
geógrafos clásicos, y que ofrecen además evidencias de poseer una organización sociopolítica y una lengua celta.
En este sentido, el término «celtibérico» puede utilizarse para
las culturas arqueológicas localizadas en las tierras del Alto
Tajo-Alto Jalón y Alto Duero ya desde sus fases formativas.
La continuidad de la secuencia cultural permite correlacionar
las evidencias arqueológicas con las etno-históricas en un territorio que coincide con el atribuido por los autores clásicos a
los Celtíberos y cuya lengua, el celtibérico, es la más segura
lengua celta identificada como tal en la Península Ibérica.
3. No está demostrado que la celtización de la Península
Ibérica se haya realizado a través de los Campos de Urnas
del Noreste. Se podría plantear, por tanto, con los datos actuales, que para el componente céltico peninsular no existe
tal vinculación, por más que estén documentados aportes
étnicos minoritarios en la Meseta Oriental procedentes del
Valle del Ebro desde una fecha tan temprana como el siglo
VIII a.C. (vid. capítulo VII), cuya incidencia real en el proceso
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Alberto J. Lorrio
Los Celtíberos
formativo de la Cultura Celtibérica resulta difícil de establecer.
4. Es evidente que existen elementos celtibéricos en áreas
no estrictamente celtibéricas, lo que puede interpretarse
como indicio de procesos de celtiberización, dada la fuerza expansiva de esta cultura y, por tanto, de celtización de
dichos territorios, proceso que no requeriría importantes
movimientos étnicos sino que pudo ser intermitente con
efecto acumulativo, con la imposición de grupos dominantes,
seguramente en número reducido, migraciones locales o
incluso la aculturación del substrato (Almagro-Gorbea 1993:
156). La dispersión de armas celtibéricas -como los puñales
biglobulares- puede verse como indicio de esta expansión y
del consiguiente proceso de celtización, documentado también en la distribución de los antropónimos étnicos Celtius y
Celtiber y sus variantes, de los propios topónimos en - briga,
etc., hecho puesto de relieve por textos en lengua celtibérica
en territorios no celtibéricos de la Meseta y de zonas más
alejadas, como Extremadura, idea indirectamente recogida
de forma explícita por Plinio (3, 13), para quien los Célticos
de la Beturia procedían de los Celtíberos.
Todo ello sin excluir la presencia de otros Celtas hispanos
diferentes de los Celtíberos, como los Berones, o que dicho
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XII. Conclusiones
proceso de celtiberización se realizara sobre un substrato de
componente celta de mayor extensión, por otra parte difícil
de determinar. En cualquier caso, el fenómeno de la celtización se produjo preferentemente hacia el Occidente de la
Península, posiblemente debido a que los pueblos asentados
en estas zonas pertenecerían a un substrato común indoeuropeo al tiempo que destacaban por su riqueza ganadera, lo
que debió constituir un importante aliciente para los pueblos
celtibéricos en su proceso de expansión.
5. Este mundo céltico así entendido ofrece variabilidad en el
tiempo y en el espacio y, por tanto, no se puede ver como algo
uniforme, lo que se confirma en buena medida al aumentar
los datos que evidencian una importante complejidad.
6. Debe destacarse la personalidad de la Céltica peninsular y,
dentro de ella, de la Celtiberia, respecto a la Céltica del otro
lado de los Pirineos, dado el importante influjo que sobre ella
ejerció la Cultura Ibérica, reflejado en aspectos tales como la
adopción del torno de alfarero, la tecnología en el trabajo de
los metales nobles, el tipo de armamento utilizado, la moneda, la escritura, etc., a lo que habría que añadir su situación
marginal en el extremo occidental de Europa, alejada de las
corrientes culturales que afectaron de forma determinante a
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Alberto J. Lorrio
Los Celtíberos
los Celtas continentales, identificables con las Culturas de
Hallstatt y La Tène.
7. Los Celtíberos pasan de este modo a constituir una parte
muy importante de la Cultura Céltica, a pesar de que, debido
fundamentalmente a la identificación de dicha cultura con
la de Hallstatt-La Tène, los estudiosos de los Celtas han
excluido, a menudo, la Península Ibérica de las monografías generales sobre este pueblo protohistórico, al basarse
en una ordenación etnia-cultura, hoy totalmente superada,
como evidencia el problema paralelo que presenta la Cultura
de Golaseca.
De esta forma, se comprende mejor la importancia de la
Cultura Celtibérica dentro de los procesos de etnogénesis de
la Península Ibérica y del marco general del mundo celta.
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XII. Conclusiones
1. Sobre este tema, vid. de Hoz 1992a: 19; Idem 1992b: 230; Idem
1993a: 392 ss.
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