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Iván Núñez Prieto
Pensamiento
Educativo. Vol. 34 (junio 2004), pp. 162-178
EL PENSAMIENTO DE UN ACTOR COLECTIVO:
LOS PROFESORES REFORMISTAS DE 1928
The thinking of 1928’s reformer teachers
IVÁN NÚÑEZ PRIETO*
Resumen
Artículo que presenta el caso del pensamiento colectivo de los jóvenes
maestros primarios que intentaron reformar el sistema educacional en 1928.
Su obra fue más fuerte en la apropiación y difusión de la nueva pedagogía
activa y paidocéntrica que en una elaboración propia. Destacó más por su
voluntad transformadora que por su densidad académica. Fue un pensamiento crítico y utópico, que tuvo una fugaz aplicación política. Pero trascendió a través de la formación de líderes, de la construcción ulterior de
un discurso educacional y de nuevos intentos de reforma antes de 1973.
Abstract
This article describes the collective thinking of young elementary teachers
who have tried to reform the Chilean educational system during 1928.
Their work has been focused in the appropriation and dissemination of a
new active and child-centered pedagogy. Teachers’ thinking promotes the
will of change rather than academic excellence. It is a critical and utopian
thinking with little political implementation, but it has remained across
leadership development and educational discourse until new reform
attempts before 1973.
* Asesor del Ministerio de Educación. Vicepresidente de la Sociedad Chilena de
Historia de la Educación.
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Entre 1923 y 1928 irrumpe en el escenario público chileno un
actor colectivo hasta entonces silenciado y subordinado: el movimiento de los maestros de la educación primaria estatal. Organizado como
Asociación General de Profesores de Chile (en adelante “la Asociación”), primeramente se ocupó de las cuestiones propias del sindicalismo docente (Núñez, 1986), y luego evolucionó hacia movimiento
sociocultural de contestación al régimen oligárquico en situación de
crisis y reemplazo (Fernández, 2003) y, finalmente, hacia movimiento pedagógico y de reforma del sistema educacional (Vial, 1982;
Núñez, 1987).
La Asociación diseñó y demandó una “reforma integral de la
educación”, con sorprendente eco en la sociedad de su tiempo y en el
primer gobierno de Carlos Ibáñez del Campo. En 1927, dicho gobierno acogió la propuesta de cambio de los maestros, dictó una Ley
de reforma (Escobar D. y J. Ivulic, 1989-90. 5/6: 157-166) y entregó
a los líderes de la Asociación la responsabilidad de implantarla desde el Ministerio de Educación Pública. En 1928, se vivió la inédita
experiencia de aplicación de los conceptos de la “nueva pedagogía”,
a escala de un sistema público de alcance nacional. Fue una experiencia fugaz, pero con proyecciones significativas en el mediano y
largo plazo (sus principales analistas han sido Mariátegui (1929),
1970: 68-79; Adolfo Ferriére, 1932; Galdames, 1932: 128-203;
Eleodoro Domínguez, 1934, y en nuestro tiempo Vial, 1982: 407417; Núñez, 1978; Núñez, 1987. Labarca, 1939: 257-261 y 1932:8,
la enfoca con el subjetivismo de quien no acompañó a los maestros
primarios en su aventura).
El pensamiento de los reformistas de 1928 debe comprenderse en
el marco de las tendencias culturales y político-ideológicas predominantes entre los maestros y sus dirigencias gremiales. Los reformistas
se habían formado en las escuelas normales fundadas, desde fines del
siglo XIX, por pedagogos y pedagogas alemanes. Sin embargo, la generación del 28 no reproducía pasivamente las visiones pedagógicas
importadas de la Alemania imperial. Tampoco aceptaba la hegemonía
oligárquica ni la jerarquización burocrática de la educación oficial.
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Las condiciones objetivas de exclusión y pobreza que afectaban
a los maestros y maestras y las premisas subjetivas que creaban la
sociedad oligárquica en descomposición y el agotamiento de la República parlamentaria (Vicuña, 2002; 467-471), la emergencia del
proletariado y el despertar de las capas medias, unidos al impacto de
procesos como la I Guerra Mundial y sus consecuencias, la irrupción
del fascismo y el bolchevismo, así como los ecos de la Revolución
Mexicana y el grito de los estudiantes universitarios de Córdoba, etc.,
todo confluía hacia una definición vital romántico-utópica de los jóvenes dirigentes. Parte de los reformadores fueron miembros de la
FECH de los años 20. Ellos asumieron posturas “libertarias”, una
versión resignificada del anarcosindicalismo. Fueron también pacifistas y antichauvinistas y promovían la unidad y fraternidad latinoamericana. Lo anterior no excluía que se declararan partidarios de un
rol decisivo del Estado en educación (Domínguez, 1935).
Las ideas fundamentales de los reformistas
Las principales ideas elaboradas por la Asociación fueron
sistematizadas en el llamado “plan de reconstrucción educacional” que,
en 1926, presentaron a la discusión con el gremio de los maestros secundarios (Asamblea Departamental de Santiago de la Sociedad Nacional de Profesores, 1927) y en los enfoques contenidos en la Revista
de Educación Primaria Nº 1 a 8, 1928, cuando la Asociación estaba
implementando la reforma educacional desde el Ministerio.
1.
El pensamiento pedagógico: la crítica
El constructo pedagógico de la Asociación se cimentó en una
fuerte y apasionada crítica a la pedagogía tradicional, por estar centrada en la materia y no en el educando, por no cimentarse en el
conocimiento científico y por postular una enseñanza enciclopédica,
autoritaria, uniformante y desvitalizada. “Nuestra escuela, decía el
dirigente Daniel Navea, no favorece el libre desenvolvimiento del
niño. Programas, horarios, métodos, maestros, mobiliario, todo
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contribuye a desnaturalizar la personalidad del infante, que llega a
la escuela inquieto, vivo, libre, espontáneo. Desde que el niño franquea la puerta de la escuela, ésta comienza a podar a su antojo su
personalidad y así llegamos al caso inaudito en que se llama mejor
maestro a aquel que más crímenes ha cometido matando originalidades infantiles para fabricar muñecos disciplinados a la manera
militar, todos iguales, todos parejos, sin una arista, sin un distingo
especial que anuncie el futuro individuo libre, audaz, pleno, íntegro,
como deben ser el hombre y la mujer del futuro”. (Daniel Navea,
1925: 12).
La vieja pedagogía y el programa escolar eran criticados en los
siguientes términos: “… el mecanismo primordial de la vieja educación funcionaba en el sentido de enseñar o suministrar conocimientos. El maestro consideraba al programa como un código de su labor intelectualista… El maestro servía al programa, no al niño: La
labor escolar giraba con un pie forzado: el conocimiento. Y este concepto que puede tener mucha significación para el adulto pero que
para el niño nada representa, era el zapato chino de la pedagogía
antigua, en que se embutía al espíritu del niño”.
“El programa estaba dividido en asignaturas, división hecha a
base de la clasificación de las ciencias, lo que significa simplemente
un desconocimiento de la psicología del niño … En la escuela las
cosas son presentadas al niño la geografía o la aritmética como parcelas ajenas y encasilladas atendiendo a un criterio que no es el de
su experiencia infantil. El niño liga las cosas, los hechos con sus
intereses egocéntricos, no apareciendo más distinción que la que
realiza el ejercicio de sus actividades espontáneas. Sólo más tarde
cuando el niño llega al período de sus intereses abstractos y en que
su espíritu puede pisar el terreno de la técnica pura, ejecuta el trabajo de la separación y ordenación de las ciencias”. (“Introducción
a los Programas Escolares”, Revista de Educación Primaria, Nº 1,
Santiago, 1928: 34).
El talante vitalista de los reformadores era expresado así: “Hasta ahora se han enseñado materias muertas, símbolos y formas de la
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cultura, podríamos decir en estado inorgánico, carentes del fluido
dinámico y vital”. (“Introducción a los Programas Escolares”, Revista de Educación Primaria, Nº1, Santiago, 1928: 35). En el mismo
sentido se expresaba Luis Gómez Catalán al dirigirse a los padres de
familia: “¿Qué le enseñaban en la escuela? Un montón de cosas sin
sentido que no desarrollaban su sed de saber, su instinto de curiosear … La escuela vieja creía que la memoria era lo más importante
en el niño. Esto no es cierto. El niño es algo más que memoria. Es un
ser vivo, que se está desarrollando o creciendo … ¿A qué iba Ud. a
la escuela? A escuchar … se consideraba que el órgano fundamental
del niño era el oido … A veces Ud. deseaba otra cosa que la monótona palabra del profesor adusto y ceremonioso …Ud. sentía en su
interior grandes fuerzas vitales que lo arrastraban al campo, a la
playa, a la montaña, al parque o simplemente a la calle, pero el ceño
grave del maestro o la varilla se lo impedían … La escuela vieja con
sus bancos y lecciones está dispuesta para escuchar. La escuela nueva debe disponerse de tal modo que sirva para hacer …” (Ministerio
de Educación Pública, 1928: 128-129).
2.
El pensamiento pedagógico: las fuentes de inspiración
Dos fuentes nos informan sobre las raíces teóricas del pensamiento del 28. En una versión final del “plan de reconstrucción educacional” elaborado por la Asociación General de Profesores –modelo directo del anteproyecto de reforma– se reconocían las siguientes
inspiraciones: “…los fructuosos ensayos de Decroly y sus colaboradores en Bélgica, de Demolins, Bertier y Cousinet en Francia, de Bovet,
Ferrière y Claparéde en Suiza, de María Montessori y Gentile en Italia, de Lietz y Kerschensteiner en Alemania, de Reddie, Badley,
Sánderson y otros en Inglaterra, de Dewey, Patri, Kilpatrick, Miss
Parhurst (sic) y Washburne en Estados Unidos, de Agustín Nieto Caballero en Colombia, de Sabas Olaizola y Otto Niemann en Uruguay,
etc. Los autores de estos ensayos han escrito los fundamentos de sus
doctrinas, dando así margen para que éstas sean llevadas a su más
completa realización” (citado por Fuentes Vega, 1951: 54-55).
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El mismo líder de la generación de 1928, que en 1950 era autoridad pedagógica ministerial, recordaba sus inspiraciones en los siguientes términos: “El movimiento de la ‘nueva educación’ que agitaba el
mundo pedagógico europeo y norteamericano, había prendido fuertemente entre nosotros. No sólo los reformadores románticos y empíricos como Tolstoi, Patri, Sanderson, Demolins, Badley, Wynecken,
Kerschensteiner, Radice o Parkhurst, cogieron nuestro entusiasmo, sino
también aquellos otros que buceaban en planos de mayor hondura
científica como María Montessori, Decroly y Dewey. Más aún, experiencias de mayor alcance realizadas en la educación pública de algunos países incidieron en nuestro balbuceante movimiento de renovación de la escuela chilena. Así fue como nos familiarizamos con las
iniciativas de Cousinet en Francia, las de Otto Gloeckel en Austria,
las de la Asociación de Maestros de Leipzig, en Alemania; las del grupo de maestros marxistas, Pistrack, Pinkevich, Chatsky y otros, que se
esforzaban por transformar radicalmente la escuela de la Rusia soviética. En todo ese bullidero de ideas pedagógicas está la fuente de
nuestro afán renovador” (Salvador Fuentes Vega, 1951:23).
3.
El pensamiento pedagógico: la propuesta
La nueva pedagogía europea y norteamericana, de fines del siglo XIX y comienzos del XX, se definía como de base científica,
queriendo hacer suya la epistemología y los métodos de las ciencias
naturales y particularmente el experimental. La naciente psicología
científica hizo de puente para esta apropiación. Los reformadores de
la Asociación adhirieron a la misma orientación (en Núñez, 1978:
35-36, se listan detalladamente los artículos del periódico “Nuevos
Rumbos”, de los pedagogos de esta corriente o relativos a ellos). A
modo de ejemplo, en la formulación del “plan de reconstrucción educacional” se leía:
“El conocimiento del niño”:
“… Cinco etapas caracterizan los distintos períodos del desarrollo
del ser humano desde el punto de vista de los intereses que predomi167
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nan en él en la edad en que la educación ha de atender a sus necesidades: Primer período, 4 a 6 años: período del juego o de los intereses diseminados; segundo período, 7 a 9 años, período de los intereses inmediatos; tercer período, 10 a 12 años, edad de los intereses
especializados; cuarto período, 13 a 15 años, edad de los intereses
abstractos simples; quinto período, 16 a 18 años, edad de los intereses complejos …” (Nuevos Rumbos, 1926: 63. 2-4).
“Leyes científicas en la educación”:
La adhesión de los reformistas a la pedagogía científica los llevaba a
reconocer solemnemente en su diseño de “reconstrucción educacional” las siguientes formulaciones: “Ley del progreso del espíritu humano … el crecimiento del niño se efectúa de dentro afuera por acciones y reacciones … de ahí que nosotros queremos … la mayor
cantidad de espacio libre de modo que el niño pueda estar en permanente contacto con el universo manifestado”.
“Ley biogenética: sobre la base de esta ley “…la pedagogía actual sostiene la necesidad de hacer primero de cada individuo un buen salvaje,
dejándolo vivir a pleno aire cuanto sea posible … La ley biogenética
ha venido a indicar, pues, a la pedagogía moderna, los centros de interés sobre los cuales ha de construir las nuevas experiencias y que, según Dewey, la educación es un proceso de reconstrucción continua de
la experiencia…” (Nuevos Rumbos, 1926: 63. 4).
“Métodos y procedimientos”
“… El muchacho quiere hacer por sí mismo y se le sirve todo hecho,
prefiere ver y buscar él mismo y se le condena a oír pasivamente,
quiere razonar en vez de memorizar, discurrir antes que obedecer …
Es primordial, pues, afianzar la reconstrucción de la enseñanza sobre procedimientos y métodos que guarden armonía con la finalidad
propuesta … estos están íntegramente comprendidos en lo que en pedagogía moderna se conoce con el nombre de Escuela Activa, que
“se caracteriza porque en ella la experimentación u observación directa de los hechos antecede a la teoría o intelectualización … Se
favorece con esto, en el discípulo, el espíritu de observación, crítica
e investigación. El nombre de Escuela del Trabajo con que se designa
habla elocuentemente de sus bondades”. En ella “… el uso del texto
pierde su importancia. Se le reemplaza por la convivencia de espíritu
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a espíritu entre profesor y alumnos, afianzada por el sistema de preguntas y respuestas”. (Periódico Nuevos Rumbos, Nº 63, 1926: 4).
“Los Programas Escolares”.
La dimensión curricular también estaba presente en la propuesta de la
reforma, levantando frente a la compartimentación lógica del programa, una alternativa de integración basada en las necesidades del educando y, particularmente, desde los llamados “centros de interés”. Al
mismo tiempo, se proponía una ligazón estrecha con la acción: “Al
programa dividido en asignaturas, decía un documento orientador del
Ministerio en manos reformistas, ha opuesto la nueva educación el
programa de las ideas asociadas o de los centros de interés, que informarán los programa mínimos, y en que no habrá fronteras entre la
historia, la geografía o el castellano, sino que todo estará estrechamente entrelazado, para formar un nudo vital, o sea una coordinación que se base sobre las necesidades e intereses de los alumnos”.
“… La nueva labor del maestro, continuábase planteando, no debe
fincar en el ‘cuánto’ sino en el ‘cómo’. Es decir, en el método a emplear, antes que en la cantidad de conocimiento. Y pronto nos daremos cuenta que el programa se une al método hasta confundirse con
él y constituir así la técnica del trabajo escolar”.
“… La escuela tradicional cree que el conocimiento guarda una utilidad intrínseca y autónoma. Claparéde coincide con Dewey en que considera la adquisición de un conocimiento como un simple incidente en
el proceso del desarrollo del pensamiento. Ojalá que en la escuela nunca
se imparta un conocimiento sin haberse suscitado previamente la necesidad de saber, que está enlazada a la necesidad de ejecutar. Los
pedagogos modernos consideran que la erudición en la escuela es una
falta pedagógica. Para la nueva escuela, no vale el niño que ‘sabe más’
sino el niño que ‘sabe aplicar el conocimiento a la acción’ entendiéndose esto en el más puro sentido pragmatista. El espíritu sólo vive cuando el trabajo coge y utiliza los elementos del saber”.
“Pedagogos eminentes, prosigue la autoridad reformista, han esclarecido el problema de la contienda entre el programa escolar y el niño,
para expresar que la experiencia infantil contiene en germen las materias de estudio. Los programas en la forma como hasta ahora se han
hecho, no tienen una conexión directa con la experiencia presente del
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niño. Es preciso `psicologizar´ las materias para despojarlas de su aspecto mecánico y frío, haciéndolas residir en el interés y la necesidad.
… La labor del maestro será relacionar las diversas materias, dar una
distribución y flexibilidad conveniente al horario y coordinar el trabajo escolar, para que la división de las asignaturas apenas sea notada
por el alumno”. (Revista de Educación Primaria, 1928; 1: 35).
4.
Los maestros y la nueva pedagogía
La propuesta pedagógica reformista contenía también una referencia al actor pedagógico. Se reconocía la existencia de un desconocimiento del avance pedagógico y de la subsistencia de los “módulos clásicos” mecanizadores, atribuidos a las orientaciones
herbartianas de las escuelas normales. Se hacía finalmente una convocatoria a “un estudio reconcentrado de los nuevos procedimientos
educacionales” y en lo inmediato a “un cultivo máximo del perfeccionamiento”. “Naturalmente que este vuelco casi violento … requiere una comprensión del maestro, que sólo nacerá de un estudio
reconcentrado de los nuevos procedimientos educacionales. Maestros analfabetos en pedagogía moderna, todavía saturados y mecanizados con los módulos clásicos, nunca podrán enrielar su acción
educativa según los principios que informan la reforma educacional
que se verifica. Ojalá que en este período de transición cada maestro haga un cultivo máximo de su perfeccionamiento, para que los
programas mínimos que se confeccionarán adaptando los últimos
adelantos pedagógicos, puedan encontrar trabajadores entusiastas
y eficientes”. (Revista de Educación Primaria, 1928, 1: 35).
5.
Las bases de la reforma del sistema escolar
Víctor Troncoso, uno de los más influyentes líderes de la Asociación, exponía ya en 1925 la concepción del sistema público de
educación que más tarde se plasmaría en el llamado “plan de reconstrucción educacional” y en la matriz legal de la reforma de 1928.
Decía Troncoso: “… nuestro actual sistema de enseñanza es absolu170
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ta y totalmente desarticulado. Lógicamente, debemos desear que haya
entre sus diversas ramas una correlación íntima. Debiera ser –haciendo una comparación naturalista– algo así como un árbol de protectora sombra cuyas raíces simbolizaran la vida pre-natal y cuyas
flores perfumadas y frutos lozanos y fragantes representaran el producto social de la escuela, el hombre útil. En nuestro sentir la obra
de la escuela debe empezar a los cinco años de edad; antes el niño
es joya del hogar y en su desarrollo debe intervenir la ciencia médica. Ella deberá combatir todas las herencias, destruír todas las taras, limpiarlo de los residuos que dejan todas las calamidades sociales”. (Troncoso, 1925: 25).
Troncoso dejaba lanzada la concepción unitaria del proceso educativo que, en su expresión formal o escolar, debía iniciarse a los
cinco años de edad, pero que debía anticiparse en una fase anterior
que recuerda lo que hoy se denomina “desarrollo infantil temprano”,
encargada a la familia y sobre todo a la ciencia médica.
En el “plan de reconstrucción escolar” se hacía más específica
la visión unitaria de la educación, a partir de una formulación de su
finalidad, en los siguientes términos: “…Mantener y acrecentar las
energías potenciales de cada ser en las diversas etapas de su crecimiento y propender al aprovechamiento inteligente de las vocaciones de los individuos”. … “Del reconocimiento de que el fin de la
educación es el de favorecer al desarrollo integral del ser humano
en las distintas etapas de su crecimiento, se desprende como principio básico el de que la función educacional es una sola y que los
diferentes grados que la constituyen no tienen otro objeto que el atender mejor a cada una de las distintas etapas”. Por lo tanto, el plan se
oponía a la supremacía de unos grados de la enseñanza sobre otros.
También rechazaba las categorías y diferencias económicas y sociales agazapadas en la educación. (Nuevos Rumbos, 1926; 63: 2).
La autonomía de la función educacional era reivindicada con
fuerza por la Asociación. Al respecto, el plan afirmaba que “… La
educación es una función independiente de intereses momentáneos.
Se la desnaturaliza si se la emplea como instrumento de propaganda
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… La función educacional debe ser entregada a los técnicos y a los
que de una u otra manera tienen ingerencia en su proceso para su
dirección y administración”. (Nuevos Rumbos, 1926; 63: 2). Cuando
la Asociación usaba el concepto “técnicos”, para referirse a los educadores, en realidad estaba significando lo que hoy día entendemos
como “profesionales” (sobre el contraste entre el rol profesional subyacente en la reforma de 1928 y el rol “técnico” atribuido a los docentes por la Contrarreforma de 1929-30, ver Núñez, 1987: 185-215).
Si la demanda de autonomía y la visión profesional del trabajo
docente eran anticipatorias, con mayor razón lo era el planteamiento
de descentralización del sistema escolar. “… Sustentamos la descentralización del servicio atendiendo a las condiciones geográficas de
nuestro país, las cuales exigen una diferenciación en las características educacionales de modo que ellas se ajusten en lo posible a las
necesidades de cada región”. (Nuevos Rumbos, 1926; 63: 4).
Como cuestión básica en la organización del servicio educacional, el plan afirmaba que “la célula es la escuela, que debe estar
diseminada profusamente en el país”. Junto con ello, una propuesta
audaz y utópica: “la enseñanza debe ser obligatoria en la escuela
primaria y secundaria”.
La organización descentralizada se especificaba así: “… se divide el país en cuatro regiones educacionales atendiendo a las características geográficas y climáticas del país … Las regiones tendrán
su asiento en Antofagasta, Santiago, Concepción y Valdivia (o
Temuco). Podría también crearse una 5ª región con asiento en Punta
Arenas … En cada región habría Consejos de Educación Primaria,
Secundaria, una Universidad y una Academia de Bellas Artes”.
La coordinación nacional del sistema se pensaba como sigue:
“… para correlacionar, mantener la unidad y supervigilar estos consejos estaría la Superintendencia, dividida en cuatros sectores, correspondientes a cada rama educacional”. (Nuevos Rumbos, 1926;
63: 4). Cabe preguntarse por la inspiración de la idea democráticoparticipativa de una red de Consejos responsabilizados de la conduc172
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ción descentralizada del sistema. ¿Fue una simple ampliación territorial y funcional de estructuras existentes hasta hacía muy poco en
la institucionalidad del Estado Docente: el Consejo de Instrucción
Pública (para secundaria y superior) y el Consejo de Educación Primaria? En abono de esta última hipótesis obraría la recuperación de
la Superintendencia, como organismo creatura de la Constitución de
1833.
El plan no quedaba completo sin un planteamiento respecto a la
formación inicial de docentes. Desmintiendo el mito dorado de las escuelas normales, los maestros de la Asociación fueron muy críticos de
sus “alma mater”. Proponían el reemplazo de la formación normalista
“… Es necesario dar al profesorado una preparación científica cuidadosa y dotarlo de las modernas tendencias educacionales en forma
experimental. Si de estos hombres dependerá el futuro de una raza …
es preciso evitar, en primer término, su especialización prematura. Tal
acontece hoy en nuestras escuelas normales. Se hace también necesario dar a todos los profesores igual preparación técnico-pedagógica
ya que el proceso es uno solo … A nuestro entender sólo han de diferenciarse en la especialización correspondiente”.
La elevación del nivel de la formación como post-secundario, su
integración con la formación del profesor de liceo y la demanda de
una moderna orientación científica y experimental, fueron expresiones de un todavía prematuro pero anticipatorio concepto profesional
del trabajo docente.
6.
La traducción legislativa del pensamiento reformista
Buena parte de la matriz conceptual propuesta por la Asociación
inspiró al Decreto Ley Nº 7.500 de 1º de diciembre de 1927, que
diseñó jurídicamente la reforma iniciada con el año escolar siguiente. En lo grueso dicho Decreto replicaba el plan de reconstrucción.
Pero omitió algunos de sus planteamientos más audaces o todavía
inviables: la obligatoriedad de 12 años, la coeducación generalizada,
la formación de maestros primarios en la educación superior. Ade173
Iván Núñez Prieto
más, el Decreto reemplazó la “regionalización” del sistema por una
descentralización a nivel provincial. Le incorporó, en cambio, algunos presupuestos del ideario del Chile Nuevo del Presidente Ibáñez,
que no eran propios de la ideología libertaria y latinoamericanista de
la Asociación.
Condiciones Históricas de Producción del Pensamiento
Pedagógico de los Reformadores de 1928
Lo general en la historia de la educación chilena es que la generación de pensamiento pedagógico sea obra de personalidades individuales. Lo peculiar del caso estudiado es su carácter colectivo. Esto
no excluye que, en un grupo social amplio como el de la Asociación
y sus liderazgos nacional y locales, hubiera personalidades individuales que se destacaban en la producción y difusión del ideario de
la Asociación. Los principales fueron Víctor Troncoso, Luis Gómez
Catalán, Daniel Navea, Humberto Díaz Casanueva, Salvador Fuentes Vega, Eleodoro Domínguez y otros. Aunque no fueron miembros
de la Asociación, participaron en la reforma personalidades como
Luis Galdames y Juan Gómez Millas.
El pensamiento pedagógico de la Asociación era novedoso, pero
poco original. Fue gatillado por la llegada a Chile de la nueva pedagogía activa, paidocéntrica y funcional. En el escenario sociocultural más
amplio, los planteamientos magisteriales representaban un quiebre,
aunque había círculos académico-docentes muy restringidos, para quienes no eran novedad. Por ejemplo: para Darío E. Salas, Maximiliano
Salas Marchant, Amanda Labarca o Luis Tirapegui. Pero lo eran para
el conjunto de actores que participaban en la vida pública.
Por otra parte, las ideas de la Asociación servían de puente entre
la matriz cultural-pedagógica europea y norteamericana y nuestras
culturas periféricas. Más que la originalidad, lo que debe reconocerse y valorizarse es la potencia comunicativa y movilizadora del pensamiento de los maestros reformistas.
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El pensamiento del 28 no se generó en la universidad u otras
entidades académicas. No se pensó y escribió “por amor a la verdad”. Se pensó para la acción y, más específicamente, para el cambio
en el aula o en el sistema escolar, puesto en su marco sociopolítico.
Las convenciones anuales de la Asociación y los círculos locales de
estudio fueron los espacios en que se construía intelectualmente. El
periódico “Nuevos Rumbos” fue el lugar principal de expresión y
difusión. Prácticamente los reformistas no escribieron libros. Antes
de 1928, sus artículos tenían un tono más ensayístico que académico-científico. Sin embargo, su impacto fue tanto o más fuerte que
“El Problema Nacional” de Darío E. Salas respecto a la Ley de Educación Primaria Obligatoria de 1920.
El pensamiento que se analiza fue contrahegemónico: no fue
construido por la elite intelectual; se generó al interior de las clases
medias emergentes y, dentro de ellas, en uno de los sectores más
excluidos. Este rasgo es más resaltante si se considera que la mayoría del preceptorado primario estaba formado por mujeres, entonces
más que ahora marginadas de la vida pública y aplastadas por la cultura machista, mucho más fuerte y legitimada que al presente (Egaña,
Salinas y Núñez, 2003). Dicho pensamiento, además de crítico, hizo
propuesta con ribetes utópicos. Los grupos dominantes de la época
lo vieron como “subversivo” y lo rechazaron con escándalo. Si no
fue ahogado antes de su eclosión máxima en los años 1927 y 1928,
se debió a que el ordenamiento de la época se estaba agrietando gravemente y los sectores más conservadores fueron desarmados por el
movimiento militar de 1924-25.
Fugacidad o Trascendencia: La paradoja de la derrota
El movimiento de 1928 fracasó en la puesta en práctica de su
propuesta. La reforma duró ocho meses. En agosto de 1928, el gobierno de Ibáñez, que la había prohijado, giró en sentido opuesto:
derogar sus decisiones, disolver la Asociación, perseguir a sus dirigentes y desprestigiar sus propuestas.
175
Iván Núñez Prieto
La tentativa de cambio pudo ser intrascendente. Pero el pensamiento que la inspiró fue más persistente que su expresión política
práctica. Con su referencia a las modernas corrientes de la pedagogía activa, paidocéntrica y crítica, que perduraron a escala internacional a lo largo del siglo XX, las propuestas de los reformadores
chilenos sobrevivieron a su transitoria derrota política (José Carlos
Mariátegui (1929) y Adolfo Ferriére (1932).
En lo inmediato y por reacción, produjo la llamada Contrarreforma
educacional de 1929-1931 (Núñez, 1978: 46-71), asociada a la cual
estuvo la matriz conceptual de la “pedagogía experimental” (Núñez,
2002), apropiada más tarde por los derrotados en 1928. En efecto, un
ala de los sobrevivientes de la reforma constituyó la corriente
“funcionalista” al interior del magisterio entre los años 30 y 60 (Núñez,
1995: 3-16). Así, Daniel Navea estuvo en la fragua de la reforma
curricular de la educación primaria de fines de los años 40, junto con
Salvador Fuentes Vega. Víctor Troncoso, por su parte, diseñó y lideró
a comienzos de los años 40 el Plan “Experimental de San Carlos” y los
veteranos de esta experiencia forman el núcleo conductor de las Escuelas Consolidadas de “Experimentación”. La idea fuerza de “unidad, continuidad y correlación del sistema educativo” llegó a permear
el discurso oficial sobre política educacional entre los años 50 y 70
(Núñez, 2004: 74-96). Puede decirse, por una parte, que la verdadera
tumba de los planteamientos sobre el sistema y la política educacional
de los reformistas del 28 se cavó en 1973. Por otra parte, sus planteamientos propiamente pedagógicos sobrevivieron, en la misma medida
en que hay un hilo conductor entre la pedagogía avanzada de comienzos del siglo XX y el constructivismo de fines del mismo.
BIBLIOGRAFÍA
Libros:
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